El origen de la sangre maldita

Un relato basado en La Marca del Guerrero

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El origen de la sangre maldita XV. Los estandartes ondeaban en la frontera interior. El oso enfurecido enmarcado por un amanecer dorado. El águila posada contemplando un anochecer escarlata.

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Los soldados, de uno y otro bando, mantenían una primera línea de vigilancia, a escasos quinientos metros los unos de los otros. Se miraban, se estudiaban, se preguntaban qué había de distinto entre ellos y sus enemigos, y finalmente se forzaban a un odio tan irracional como necesario para emprender la lucha del hombre contra el hombre. Algunos, rezaban para pedir victoria. Otros, rezaban para rogar perdón por sus próximos actos. El monarca se había desplazado hacia la frontera, en compañía de sus guardias y el ejército del reino. Otros señores se encontraban en pabellones a pocos pasos, pero ninguno con él. Acababa de hablar con el sacerdote de la ciudad más cercana, que había hecho traer tras conocer los resultados de la batalla en la capital Someti y sobre todo las armas que allí se habían utilizado. No había un ingeniero de guerra de verdad en la capital desde antes de que su padre naciera. No había sido necesario, se había convertido en una figura inútil. Ahora se daba cuenta de hasta qué punto había llegado la necedad de su familia. Fuera, el viento racheaba, a ratos más calmado, a ratos más furioso. Pero los guardias y especialmente los soldados lo ignoraban. Todos esperaban el comienzo de la batalla, echando vistazos desconfiados a los tres trabuquetes, las docenas de balistas y los pocos onagros dispersados por las filas de los Aivanek. Entre los efectivos reales había un número elevado de soldados con armadura completa e incontables arqueros. Eran muchos más, probablemente triplicaban a las fuerzas Aivanek. Los guardias de la casa real Amoyda y los de las otras familias que habían prestado en mayor o menor medida su apoyo, estaban convencidos de que aquel enfrentamiento sólo podía acabar en una impecable y aplastante victoria. Los soldados y los nobles, legos en estrategia, tenían una opinión bien diferente. Todos sabían que los Aivanek no se aventuraban a presentar batalla si no tenían oportunidades de vencer. Y las tenían. Lo habían demostrado sobre los Salvino y Ustípede. Aunque no veían las armas que habían usado hace semanas contra ellos, todos eran conscientes de que las poseían y de que, dado el caso, si la necesidad apremiaba, las harían valer. Incluso aquellos estrategas que daban por ganada esa batalla, sabían que se enfrentarían a una pérdida de fuerzas como no se había visto desde la guerra por el trono, hacía siglos ya. La pérdida de guardias minaría la autoridad y la capacidad de mantener la paz en el Reino, tanto frente a los campesinos como entre familias. Fue el propio rey quien, tras largas deliberaciones, propuso ofrecer un acuerdo de paz. Se amparaba, que no es poco, en que la razón de aquella guerra había sido anulada, puesto que los Someti habían renunciado al bosque los Ustípede les reclamaban. No había en teoría, pues, razones para combatir, a no ser aquellas ocultas que en realidad habían empujado al monarca a ser partícipe de aquel sinsentido que no era de su incumbencia.

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Se redactó, pues, una oferta de finalizar aquella guerra, que cada cual acudiera de vuelta a su hogar, con sus hombres y su honor intactos. Un mensajero, abrumado y tembloroso puesto que conocía la fama de los Aivanek respecto a quien llevaba noticias no deseadas, fue el encargado de atravesar la primera línea de los suyos y adelantarse en soledad hacia sus enemigos. El joven tuvo los arrestos necesarios para llegar hasta veinte pasos de la línea enemiga. Un ejército entero con todos los ojos vueltos hacia él. Hay constancia de que tartamudeó tanto aquel joven ese día que hasta el momento de su muerte -por suerte para él cuatro décadas después- se le llamó Jailko el tartamudo. Jailko el tartamudo dijo así: - Por or-or-orden de mi-su majesta-tad, soy endivia-enviado con una misi-siva para el se-señor de lo… los… los Aivanek, noble señor de los Aivanek –llegó a corregirse. Los guardias del Águila Carmesí, murmurando entre ellos risas y burlas, dejaron paso al mensajero, que llegó no se sabe cómo –dada la flaqueza de sus rodillas- hasta el suntuoso pabellón en el que los Aivanek disfrutaban de una comida tardía. Se deshizo en disculpas, presuntamente tan faltas de entereza como sus anteriores palabras, y entregó el mensaje. Tuvo que esperar a que terminaran de leerlo los señores, inquieto por su destino. Fue entonces cuando Renio le indicó, con un gesto casual que bien podría haber sido otro distinto que le mandase al degüello, que podía marcharse. Salió de allí como pudo, con un nudo en la garganta, y los guardias le hicieron apresurarse a empujones y provocaciones que le hicieron recorrer a la carrera los doscientos metros que separaban a un ejército de otro. El señor de los Aivanek estaba preocupado. Los enemigos eran muchos y tendrían que usar armas que no se atrevía a usar. Si llegaba a saberse -y se sabría- que había hecho uso de ellas contra el rey, tendría encima a la molesta Institución. Un miembro de su familia ocupaba el cargo de Suma Sacerdotisa en esos momentos, y era consciente de ello, pero también de que aquella mujer no cedería a presiones con tanta facilidad. Es más, su cargo sería cuestionado si no condenaba las armas de guerra impías. Quizás incluso la juzgasen por herejía. Ella perdería la vida y los Aivanek el recién conseguido poder sobre la Institución. Se mirase por donde se mirase, para uno y otro bando, en fin de la guerra era la salida más lógica. Sin embargo, no se puede hablar de lógica con un corazón que ardía en deseos de venganza. -Esto ha llegado demasiado lejos. El rey propone un fin del conflicto, deberíamos aceptar. No piden nada a cambio. -¿Qué van a pedir, si los Someti ya han entregado el maldito bosque? Han ganado. Y saben que perderán esta batalla si la inician –el primogénito de los Aivanek tomó un sorbo de vino-. Les venceríamos. Pero esa victoria nos serviría de bien poco. Nos deben la vida de la reina, que aún no ha quedado claro el asunto, pero la tía tendrá que perdonarme, no voy a seguir con la guerra sólo por su memoria. Las demás casas se desbandarán y se nos pondrán en contra. Necesitamos el comercio. Esperaba que su majestad obtuviera menos apoyos, pero a la vista está que si ganamos entraremos en un conflicto grave entre familias, pocas de las cuales nos apoyarán. -Iniciamos esta guerra por Alía –repuso Renio fríamente-. Y la concluiré aunque tenga que anegar el maldito reino en sangre.

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-Nuestra sangre es la que terminará derramándose, hermano. Hemos dejado en claro que no se juega con los Aivanek. El rey lo acepta y baja la testa. Bien a gusto le descabezaría, pero sería contraproducente en estas circunstancias. -Poco me importa lo que opines –respondió Renio ásperamente. -¿Y lo que opine yo, hijo? –preguntó entonces el señor de los Aivanek. Dado que su hijo menor no respondió, ordenó al primogénito que se marchara para que pudieran hablar a solas-. Esto ha de terminar en algún momento, Renio. Has matado al muchacho de los Ustípede, has hecho huir derrotado al señor de los Salvino, has exterminado a más de la mitad de las fuerzas del Sur, has protegido a los Someti y has plantado cara al rey. ¿Qué más necesitas para saciar tu venganza? -La corona, padre. O más exactamente la cabeza que hay bajo ella –contestó Renio. El señor de los Aivanek suspiró y sacó una daga antigua de entre su ropa. -Este arma perteneció a mi padre, y a su padre antes que él, y a tu tatarabuelo. Fue perdida y recuperada. Volví a forjar su hoja y a lustrar su empuñadura. Esta daga conoció la guerra por la corona. Sí, es cierto, así de antigua es. Ya entonces estaba forjada. Como digo, conoció la derrota en la guerra por la corona, y conoció luego muchas otras, y también conoció victorias, venganzas y traiciones. Siempre estuvo con nosotros, en los peores y en los mejores tiempos. Así debemos ser todos, parte de esta familia, para servir a la familia, incluso cuando servir es amargo. -Aún no es momento de poner fin a mi venganza. -Las venganzas, Renio, no conocen fin. Si no se lo confieres, nunca lo alcanzará. Te lo ruego, hijo, recapacita. No podemos seguir combatiendo. Hundiremos a la familia. -¡No me importa! –restalló el joven. Luego, ante el rostro compungido de su padre, se dio cuenta de lo que había dicho y sintió el corazón llagado y un nudo en la garganta-. Es tanto el dolor, padre, es tanto el odio… Creo que estás en lo cierto. No habrá final para mi venganza. No habrá final hasta que muera. Y, padre, deseo morir y volver con ella, si es que los dioses me reservan alguna piedad. Su padre asintió, se levantó y le abrazó con fuerza. Y entonces, el señor de los Aivanek clavó la daga en el costado de su bienamado hijo, por él y por la familia. La clavó en lugar exacto, para que su agonía fuera breve, y sostuvo su cuerpo entre las manos hasta que quedó fláccido e inerte. Murió en silencio. En el suelo le dejó con delicadeza y se permitió un instante para llorar su perdida. Las lágrimas del padre se mezclaron con la sangre de su hijo, que él mismo había derramado, y luego envolvió su cuerpo con un estandarte de los Aivanek, con el águila carmesí sobre su pecho. Por último, se dirigió a la mesa y tomó la botella de cristal que había comprado a los Someti hacía mucho tiempo. La mezcló con el vino y aun así le supo amargo. Pero bebió.

Cuando el joven señor de los Aivanek, heredero del título, volvió a entrar en el pabellón, preocupado por la tardanza, con un par de guardias a su espalda, contempló en el interior de la tienda la pareja de cadáveres. Uno en el suelo, manando sangre y con el rostro blanco. El otro con la cabeza sobre la improvisada mesa, como dormido, sin estarlo. Su hermano y su padre.

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El origen de la sangre maldita -¿Señor? –preguntó uno de los guardias dubitativo y horrorizado.

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-Que un mensajero sea enviado a los Amoyda. Aceptamos la finalización de la guerra –contestó el ahora señor de los Aivanek sin despegar los ojos de su padre. Sus vasallos se inclinaron y salieron apurados del lugar. La guerra había acabado, no con una gran batalla, pero la mayoría de las guerras no acaban así. El exterminio o un acuerdo de paz suele ser la forma. Esta vez, sería paz. Así lo había decidido. Porque ahora era el señor de los Aivanek, el señor de una familia temida y respetada en todo el reino, y que bajo su mando aún lo sería en mayor medida. El nuevo señor de la familia Aivanek paseó su mirada por los rostros muertos de su familia y sonrió.

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