Creación, Edén y Templo – Primera Parte
Creación, Edén y Templo
Por Mario R. Montani
Estatua de Adán y Eva con el fondo del Jardín en el Centro de Visitantes de la
Manzana del Templo
La estructura heptádica en Genesis 1-3
En las tradiciones del Medio Oriente, el número 7 corresponde a la perfección. En
primer lugar, porque es la suma de 3 (reservado a la divinidad y el cielo, el eje
vertical) y el 4 (lo terrenal, los puntos cardinales, “los cuatro rincones de la
Tierra”, el eje horizontal). Algunas tradiciones consideran que el nombre ADAM
representa justamente los puntos cardinales, ya que en griego son las iniciales
de Anatole (Este), Dusis (Oeste), Arctos (Norte) y Mesembria (Sur), siendo un
acrónimo de los cuatro rincones de donde fue tomado el polvo para formarlo (2
Enoc 30:13-15 y Oráculos Sibilinos 3:24-26)
El número sagrado 7 rige la estructura cíclica en el hebreo antiguo. Se menciona
323 veces en la Biblia. La caída de los muros de Jericó, la menorah (candelabro
de 7 brazos), los sellos del Apocalípsis, los 7 machos y 7 hembras de cada especie
animal que Noé debía llevar al Arca. Eliseo envía a Naamán a sumergirse 7 veces
en el Jordán para curarse de la lepra.
La frecuencia del número excede las creencias judías o cristianas y la hallamos
por doquier: Roma se edifica sobre 7 colinas, las 7 maravillas del mundo, los 7
mares, las notas musicales, los colores del arco iris. Para los hindúes hay 7 centros
o chacras. Los tibetanos creen que el estado intermedio entre la vida y la muerte
dura 7 días. En el Corán se habla de 7 sentidos esotéricos. Para los egipcios
representaba la vida eterna por ser puro y completo, al no tener divisores. Mitra
tenía el número siete consagrado a él. El ciclo lunar se establece con 4 períodos
de 7 días cada uno.
Aún en los cuentos tradicionales tenemos a los 7 enanos y las botas de 7 leguas.
El número 7 está también relacionado con los convenios. No es de extrañar, pues,
que aparezca reiteradamente tanto en la forma como el contenido de los primeros
capítulos del Génesis. El versículo 1 del primer capítulo, en hebreo, contiene 7
palabras: běrē’šît bārā’ ’elōhîm ’ēt hašāmayim wě’ēt hā’āreṣ. (“El principal de los
dioses convocó”, según la interpretación de Joseph Smith en los funerales de King
Follett) El versículo 2 ya contiene 14, dos veces 7.
En todo el pasaje de referencia, muchas palabras clave aparecen en múltiplos de
7: Dios (35= 7×5), tierra (21=7×3), cielos/firmamento (21 veces), “y así fue hecho”
(7), “y Dios vio que era bueno” (7)
El rabino italiano Umberto Cassuto lo menciona del siguiente modo: “Luego del
versículo introductorio, la sección se divide en siete párrafos, cada uno de los
cuales corresponde a uno de los siete días. Una indicación obvia de esta división
puede observarse en la frase recurrente, Y fue la tarde y la mañana el día primero,
y así sucesivamente… los términos luz y día aparecen siete veces en el primer
parágrafo, y hay siete referencias a la luz en el cuarto… El agua es mencionada
siete veces a lo largo de los parágrafos dos y tres… la expresión “que era bueno”
aparece siete veces (en la séptima como “muy bueno”). En el párrafo 7, que trata
sobre el séptimo día, se dan tres frases consecutivas (para dar énfasis) formadas
por siete palabras y que, en el medio, contienen la expresión séptimo día: Y acabó
Dios en el DIA SEPTIMO la obra que había hecho, y reposó el DIA SEPTIMO de
toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el DIA SEPTIMO y lo santificó… Las
palabras en el párrafo siete totalizan 35 (5 veces 7)…Suponer que todo esto es
mera coincidencia no es posible… Es como si esta simetría numérica fuese el hilo
dorado que une todas las partes de esta sección” (U. Cassuto, A Commentary on
the Book of Genesis, Part I: From Adam to Noah (Jerusalem: Magnes Press, 1961,
pags. 13-15)
Gordon Wenham también ha observado: “El número siete domina este capítulo
inicial de un modo extraño” (Gordon J. Wenham, Genesis 1-15, Word Biblical
Commentary Volume 1, Waco, Texas: Word Books, 1987, pag. 6).
El marco poético y la simetría de ese pasaje inicial ha llevado a algunos estudiosos
a considerarlo “la liturgia cósmica del séptimo día” (Marc Vervenne, Génesis 1,
pag. 53)
El Edén como prefiguración del Templo
Muchos han considerado el relato de Génesis 1-3 como la construcción de un gran
Templo. Se reúnen los elementos de las cuatro regiones del universo, se ordena
el caos y se lo transforma en cosmos, se lo consagra y santifica en el séptimo día,
y se establece el Jardín de Edén como el Lugar Santísimo dentro de ese Templo.
Los relatos de la creación siempre han estado relacionados con la actividad en los
lugares sagrados. Aún los babilonios recitaban el poema épico Enuma Elish, que
contaba su versión cosmogónica de la formación de la tierra y el hombre, en sus
cultos.
G.K. Beale sugiere: “El efecto acumulativo de los paralelos entre el Jardín de
Génesis 2 y tanto el tabernáculo como el templo de Israel, indican que el Eden fue
el primer templo arquetípico sobre el que se basaron todos los templos de Israel”
(Beale, Temple and the Church’s Mission, A Biblical Theology of the Dwelling
Place of God, 26, pags. 79-80)
De modo similar, Meredith G. Kline explica que: “El Jardín de Edén fue una
versión microcósmica y terrenal del templo cósmico y el sitio de una proyección
visible y local del templo celestial” (Kline, Kingdom Prologue: Genesis
Foundations for a Covenantal Worldview, pag. 32)
Edén y Paraíso son a veces utilizados como sinónimos. Paraíso no es una palabra
hebrea, procede del griego paradeisos que pasó al latín como paradisus, y se
utilizó en la versión Septuaginta de la Biblia para aludir al Jardín de Edén. El
término griego, a su vez, procede del persa paerdis (cercado), que está compuesto
por paer- (alrededor, emparentado con el griego peri-) y la terminación –
dis (crear, hacer). La palabra ha tomado diversas formas en las traducciones:
bosque (Nehemias 2:8), jardín (Eclesiastés 2:5), o huerto (Cantares 4: 12-15). De
modo que el Señor plantó un jardín cerrado en Edén. El jardín cerrado (hortus
conclusus) implica la mano de un jardinero, un orden, contrapuesto al caos de la
naturaleza virgen.
La palabra Edén, en hebreo, implica tanto “delicia” como “planicie”, por lo que
puede hacer referencia a un jardín en la planicie o a un jardín de las delicias.
En Ezequiel 28: 13-4, la descripción de Edén nos dice:
“En Edén, en el huerto de Dios, estabas; de toda piedra preciosa era tu
vestidura: de cornalina, topacio y diamante, jaspe, ónice y berilo, zafiro,
carbunclo, y esmeralda y oro; los primores de tus tamboriles y flautas fueron
preparados para ti en el día de tu creación. Tú, querubín ungido, protector, yo
te puse allí; en el santo monte de Dios estabas; en medio de piedras de fuego
andabas”
Aquí el Edén es equiparado al santo monte de Dios (un símbolo bastante
frecuente para referirse al Templo) y las piedras mencionadas son las mismas de
las vestiduras sacerdotales en Israel.
El tabernáculo como una nueva Creación
En la introducción de su estudio, “Sabbath, Temple and Enthronement of the
Lord”, Moshe Weinfeld escribió: (http://files.eshkolot.ru/weinfeld2.pdf)
“En la tradición mesopotámica, el mito de la creación del mundo se conecta con
la construcción de un templo. De modo que leemos en el Mito Babilónico de la
Creación que después de completarse la creación, se construyó el templo Esagila
para Marduk, de modo que él pudiera descansar junto a su séquito. En Tarbiz
XXXVII (1968) pag. 109 y siguientes, consideré brevemente la asociación del
Sabbat y el Templo en la Biblia, y sugerí que los sacerdotes israelitas
dramatizaban la conclusión de la creación a través del Sabbat, del mismo modo
que los pueblos del antiguo Cercano Oriente dramatizaban sus épicas de la
creación en dramas del culto. Sin embargo, en vista de la conexión entre
Creación y Construcción de Templos en Mesopotamia, es necesario preguntarse
si también en Israel existía tal conexión entre Creación y
Templo”. (Weinfeld, “Sabbath, Temple and Enthronement”, pag 1)
La respuesta de Winfeld en ese trabajo es un definitivo sí.
La estudiosa Margaret Barker, metodista y especialista en el Antiguo Testamento
y el cristianismo primitivo, asegura:
“Otro patrón corrobora la tradición del templo de que el Adán original era un
sumo sacerdote. Cuando Moisés en el Sinai recibió el mandamiento de construir
un tabernáculo, replicó sobre la tierra lo que había visto en su visión en lo alto
de la montaña (Exodo 25: 8-9, 40) Textos posteriores indican que lo que Moisés
vio no fue un templo celestial – aunque algunos aseguran que eso es lo que vio.
La visión que tuvo Moisés fue la de los seis días de la Creación mientras estuvo
dentro de la nube de gloria por seis días (Exodo 24: 15-16). Esta visión es ahora
el inicio del primer libro de Moisés, Génesis 1. Una comparación de los seis días
creativos y las etapas de erigir el tabernáculo (Exodo 40: 16-33) muestra que
cada día de la creación fue representado por un elemento del decorado del
tabernáculo o del templo. El sexto día, cuando Adán fue creado, corresponde al
lavatorio de agua en el que los sumos sacerdotes se purificaban antes de
acercarse al altar. Este patrón de correspondencias es un tema complejo y
fascinante, pero que no podemos explorar hoy en detalle. Tomemos nota, sin
embargo, de que Adán como el original sumo sacerdote es una tradición del
templo bien conocida y fundamentada”. (Margaret Barker, 2010, Adam the High
Priest in the Paradisaic
Temple http://www.templestudiesgroup.com/Papers/Barker_TheParadisaicTe
mple.pdf, pag. 2)
La propuesta de Barker está también sustentada por nuestra lectura del Libro de
Moisés en la Perla de Gran Precio.
Existen varios paralelos entre el relato de la creación y la construcción del
tabernáculo según se detalle en el libro de Exodo, incluyendo el hecho de que la
consagración del mismo duró siete días.
Weinfeld ha tomado en cuenta la comparación de frases idénticas o similares
entre Exodo 39-40 y Génesis 1:
1) Gen. 1:31 [“Y vio Dios todo lo que había hecho, (kăl ’ašer ‘aśah), y he aquí que
era (wěhinēh) bueno en gran manera”]; Exod. 39:43 [“Y vio Moisés toda la obra
(kăl hamělā’kāh) – que la habían hecho como Jehová había mandado” (wěhinēh
‘aśû’ōtāh)”].
2) Gen. 2:1 [“Y fueron acabado los cielos y la tierra (wayěkulû) y todas (wěkăl)
las huestes de ellos”]; Exod. 39:32 [“Y así fue acabada toda (watēkěl kăl) la obra
del tabernáculo de reunión”].
3) Gen. 2:2 [“Y acabó Dios… la obra que había hecho (wayěkăl
’elōhîm…měla’kěto ’ašer ‘āśāh)”]; Exod. 40:33 [“Y así acabó Moisés la obra
(wayěkăl mōšeh ’et hamělā’kāh)”].
4) Gen. 2:3 [“Y bendijo Dios… (wayěbārek)”]; Exod. 39:43 (“Y Moisés los
bendijo”].
5) Gen. 2:3 [“Y lo santificó (wayěqadaš)”]; Exod. 40:9 [“…y lo santificarás
(wěqidašětā) con todos sus enseres”]. (Weinfeld, “Sabbath, Temple and
Enthronement”, pag 503)
Y Crispin Fletcher-Louis lo resume al declarar:
“Obviamente, estas correspondencias significan que la historia de la creación
tiene su origen en la liturgia del culto y que el Tabernáculo es un mini cosmos”
(Fletcher-Louis, All the Glory of Adam, pag. 63)
El Templo como Nueva Creación
Los paralelos entre Creación y Tabernáculo también se trasladan a la
construcción del Templo de Jerusalén. John D. Levenson señala:
1. La construcción del Templo de Salomón tomó siete años hasta
completarse (1 Reyes 6:38). En Levítico 25: 3-7 el séptimo año se
denomina Sabbath, conectando los siete días de la semana con siete años
de labores agrícolas en Levítico o arquitectónicas en 1 Reyes.
2. La dedicación del Templo tiene lugar durante la Fiesta de los
Tabernáculos, que era un festival de siete días en el séptimo mes del año.
3. El discurso de Salomón durante la dedicación del Templo incluye siete
peticiones (1 Reyes 8: 31-35)
4. El concepto měnûḥāh también une Templo y Creación. Al finalizar cada
proyecto hay descanso. Salmos 132:13-14 asocia la experiencia del Templo
con el descanso. De hecho, 1 Crónicas 22:9 declara que la razón por la que
Salomón fue elegido en vez de David para erigir el Templo era que se
trataba de un hombre de reposo (’îš měnûḥāh) y paz (šlm) lo cual estaba
implícito en su propio nombre (šlmh). (Levenson, Sinai and Zion, pag.
143)
El Edén como Lugar Santísimo
Gregory Beale comenta:
“Puede discernirse que existía un santuario y un lugar santísimo en Edén que se
corresponde en líneas generales con el posterior templo de Israel. El Jardín
debería visualizarse no como el origen del agua sino como rodeando Edén, ya
que Génesis 2:10 dice “Y salía de Edén un río para regar el huerto…”. Citando
a John Walton “Edén es el lugar de donde provienen las aguas y la residencia
de Dios, y el jardín es colindante con esa residencia”. Del mismo modo, Ezequiel
47:1 dice que el agua surgirá desde el lugar santísimo en el futuro templo
escatológico y regará la tierra circundante. De modo similar, en el templo del
fin de los tiempos de Apocalípsis 22:1-2 se muestra ‘un río de agua de vida…
proveniente del trono de Dios y del Cordero’ que fluye hacia una arboleda-jardín
que toma el modelo de Génesis 2 y Ezequiel… Si Ezequiel y Apocalipsis se
desarrollan a partir del primer jardín-templo… entonces Edén, el área donde se
localiza el surgimiento del agua, puede compararse al santuario interior del
posterior templo de Israel y el jardín que lo rodea al lugar santo… Edén y su
jardín adjunto forman dos regiones distintas. Esto es compatible con la
identificación del candelabro en el lugar santo del templo como el árbol de la
vida ubicado en suelo fértil en las afueras del lugar interior que marca la
presencia de Dios… De modo que uno puede percibir una gradación creciente de
santidad desde afuera del jardín hacia adentro: la región por fuera del jardín
está relacionada con Dios y es ‘muy buena’ (Génesis 1:31) ya que es la creación
de Dios (el patio exterior); el jardín mismo es un espacio sagrado separado del
mundo exterior (el lugar santo), donde los siervos sacerdotales adoran a Dios
al obedecerle, cultivando y cuidando; Edén es donde Dios mora (el lugar
santísimo), la fuente tanto de vida física como espiritual (simbolizada por las
aguas). (Beale, Temple and the Church’s Mission, pags. 74-75)
Otros elementos coincidentes son la presencia de los querubines en los cortinados
del tabernáculo y el templo, así como sobre el arca, y también las entradas que
apuntan al Este.
Lawrence Stager también concluye que “el Templo de Salomón original fue una
concresión mitopoeica del cielo en en la tierra, del Paraíso, del Jardín de Edén”.
(Stager, Jerusalem and the Garden of Eden, pag. 191)
En la primera parte de este artículo señalamos aspectos que relacionaban la
creación y el edén con símbolos reflejados en la construcción del tabernáculo y el
posterior Templo de Jerusalén. También sobre los usos de ciertas configuraciones
geométricas y numéricas.
La perfecta forma cúbica del Lugar Santísimo en el tabernáculo fue revelada a
Moisés en el Monte Sinaí (Exodo 25:8-8). Años más tarde se replicó este formato,
en mayores dimensiones, en el Templo (1 Reyes 6:20). Se colocaron cuatro pilares
en el lado Este del Lugar Santísimo (Exodo 26:32-33), lo cual creaba tres angostas
entradas al recinto. Un velo se extendía entre estos pilares con las figuras de
querubines, o guardias angelicales, bordados en él. La cantidad de querubines no
está especificada en las escrituras, pero es muy posible que se tratase de tres, uno
por cada una de las entradas.
En el libro de Apocalipsis, Juan puede ver que la Nueva Jerusalén, la ciudad
celestial, tiene forma de cubo y también que hay tres portales respectivamente en
sus cuatro lados, con un ángel haciendo guardia en cada uno de esos portales
(Apocalipsis 21:12, 16).
El Arca del Convenio se hallaba en medio del Lugar Santísimo del templo
terrenal. Muchos estudiosos de la Biblia creen que dicha arca era una
representación del trono de Dios, lo cual identificaría a ese espacio como la sala
del trono del Rey Celestial. Cuando Juan, el Revelador, ingresa a la Nueva
Jerusalén, ve que el trono de Dios se encuentra allí (Apocalipsis 22:3).
En Salmos 29:10 se nos dice que “Jehová reina en el diluvio, y se sienta Jehová
como rey para siempre”. En cierto modo se declara que el trono de Dios se
consideraba ubicado sobre un cuerpo de agua. En las mitologías del cercano
oriente (incluyendo Israel) se enseñaba que durante la creación Dios había
vencido al caos (o al monstruo del caos) representado por las tumultuosas olas
del mar. Según las tradiciones judías, el Templo de Jerusalén estaba fundado
sobre una roca, la primera en surgir de entre las aguas en los actos creativos, que
constituía el verdadero centro del mundo, el axis mundi, uniendo cielo, tierra e
inframundo.
Varios de los Salmos han sido identificados por los estudiosos como parte de la
liturgia para el ingreso al Templo. Uno de ellos, el Salmo 15, nos dice:
“¿Quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién residirá en tu santo monte? El que
anda en integridad y hace justicia y habla verdad en su corazón”.
Otros salmos litúrgicos, como el 9 y el 96 asocian estos elementos resaltados al
trono de Dios desde el cual juzgará al mundo, y que, por tanto, pueden
relacionarse con el Lugar Santísimo.
También es notable que cuando Juan, en Patmos, indica las condiciones para
ingresar a la ciudad celestial menciona:
“No entrará en ella ninguna cosa impura ni nadie que
haga abominación y mentira” (Apocalipsis 21:27)
Tres características que parecen oponerse a Integridad, Justicia y Verdad.
De los estudios de varios eruditos bíblicos como Peter C. Craigie, Psalms 1–
50 (Waco, TX: Word Books, 1983) pags.150–51; Craig C. Broyles, “Psalms
Concerning the Liturgies of Temple Entry” en Peter W. Flint y Patrick D. Miller,
Jr., eds., The Book of Psalms: Composition and Reception [Boston: Brill, 2005]
pag. 251 y Artur Weiser, The Psalms: A Commentary [Philadelphia: The
Westminster Press, 1962] pag. 724, parece deducirse la siguiente secuencia para
ingresar al Tabernáculo y al Templo:
1. El sitio era frente a una de las puertas del templo.
2. Quien venía a adorar preguntaba al sacerdote los requisitos para ser
admitido. Esta era una pregunta relacionada “con la naturaleza y el
carácter de la persona que deseaba entrar a la presencia de Dios”.
3. El sacerdote respondía especificando esos requisitos.
4. Dicho intercambio concluía con una bendición.
Muchos han relacionado también esta liturgia del templo con las
recomendaciones del Salvador en Lucas 13 acerca de la salvación en el Reino de
Dios:
“Y vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur” (Lucas 13:29) La
indicación de los puntos cardinales podría ser una referencia al cuadrado o al
cubo y a los puntos de ingreso al templo/trono de Dios.
“Esforzaos por entrar por la puerta angosta, porque os digo que muchos
procurarán entrar y no podrán” (Lucas 13:24)
“y estando fuera, comencéis a llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor,
ábrenos…” (Lucas 13:25)
Es interesante que, como derivación de estas prácticas antiguas, presentes no sólo
en Israel sino también en Egipto, la Iglesia Católica celebra cada 25 años un
jubileo, en el cual, tanto el Papa como los Arzobispos en sus Catedrales se acercan
a la Santa Puerta y golpean en ella tres veces mientras recitan parte del litúrgico
Salmo 24. En el caso del Papa, utiliza un martillo de oro y, tras los tres golpes
rituales, dice: ‘Aperite mihi portas justitia’ (Abridme las puertas de la Justicia).
El mazo o mallete, junto a la balanza y la espada, es el símbolo más identificativo
de la Justicia en todo el mundo.
Algunas fuentes señalan el origen de la utilización del mazo en este sentido con
Thor, Dios del Trueno en la mitología nórdica, quien tenía influencia protectora
en el clima, las cosechas, la consagración, la justicia, los viajes y las batallas.
Recordemos, entonces, que los atributos morales para poder presentarse ante el
representante del Señor frente al portal eran Integridad, Justicia y Verdad. Es
interesante ver que cada uno de esos conceptos puede relacionarse con ciertas
herramientas utilizadas en la Arquitectura desde antaño.
Justicia
El Salmo 118, también considerado litúrgico, nos dice:
“Abridme las puertas de la justicia; entraré por ellas y alabaré a JAH. Esta es
la puerta de Jehová; por ella entrarán los justos” (Salmos 118:19-20)
Mientras que Isaías 28:17 confirma:
“Y pondré el juicio a medida de cordel, y a nivel la justicia…”
En Egipto e Israel se utilizaba un merkhet, sencillo pero eficaz artilugio que unía
una barra recta a una plomada con hilo para establecer la línea vertical al suelo.
Se la empleaba para alinear estructuras, pero también para medir el tiempo y
confeccionar mapas estelares. La palabra merkhet significa “instrumento de
conocimiento”
Si bien no están claro los instrumentos usados simbólicamente para medir la
justicia, tanto la plomada como la cuerda de medir parecen adecuados.
Verdad
En Salmos 89:8 se menciona que la fidelidad rodea el trono de Dios. El Targum
hebreo aclara que está rodeado por la Verdad, un requisito que los reyes de Israel
debían cumplir “caminando en la verdad” para ser un ejemplo. La palabra hebrea
utilizada para “rodeado” es sabib, que también significa circunferencia o círculo,
lo cual nos lleva a considerar otra herramienta arquitectónica: el compás.
Dios Arquitecto (1215)
Integridad
En los originales hebreos, lo que se ha traducido como “integridad” aparece en
ocasiones como meshar, cuyo principal acepción es recto o derecho y puede
traducirse simbólicamente como “rectitud”. Deriva de yashar que también
significa “en línea recta”.
El Salmo 45 declara:
“Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de justicia es el cetro de tu
reino” (Salmos 45:6)
La palabra utilizada para cetro es shebet que también significa “vara”. En muchas
tradiciones, la vara o regla es símbolo de la perfección como instrumento de
medida y emblema de la línea recta, ya que se utiliza para trazar esas líneas. La
regla simboliza además moderación, templanza, orden y justicia. En un sentido
ético, es la norma que debe regir la conducta.
Deidad egipcia con vara de medir.
El profeta Ezequiel (quien simultáneamente era un sacerdote del templo) recibió
una visión del santuario. En la puerta que daba al oriente tuvo su encuentro con
un ángel “que tenía un cordel de lino en su mano y una caña de medir” (Ezequiel
40:3). En general, la caña se utilizaba para medidas cortas y el cordel para las más
largas.
Es interesante además observar que el ángel que enfrenta Juan en el Apocalipsis
“tenía una caña de oro para medir la ciudad, y sus puertas y su muro” (Apocalipsis
21:15)
El valor simbólico de esta caña o regla parece aplicarse del mismo modo para
medir las almas de los hombres.
“Entonces me fue dada una caña semejante a una vara de medir, y se me dijo:
Levántate y mide el templo de Dios, y el altar y a los que adoran en
él” (Apocalipsis 11:1)
Ezequiel y el ángel toman las medidas del Templo.
En el Dictionary of Biblica Imagery, de Leland Ryken, James C. Wilhoit y
Tremper Longman III (Downers Grove, Illinois, Inter Varsity Press, 1998), pag.
128 se establece:
“La Biblia nos propone un Dios que construye… Dios es presentado como un
maestro constructor en su obra de la Creación”.
Así también nos lo presenta Proverbios 8:27
“Cuando formaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba el círculo (que
implica el uso de un compás) sobre la faz del abismo”.
Circulus Horologi Solaris et Lunaris (1616).
O Job 38:4-7:
“¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?… ¿Quién dispuso
sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel? ¿Sobre qué
están fundadas sus bases? ¿O quién puso su piedra angular, cuando
alababan todas las estrellas del alba…?”
Isaías 34:11
“… y él extenderá sobre ella el cordel del caos y la plomada del vacío”.
Finalmente, repasemos 1 Reyes 3:6, donde Salomón declara:
“Tu hiciste gran misericordia a tu siervo David, mi padre, porque él anduvo
delante de ti en verdad, y en justicia y en rectitud de corazón para
contigo…”
William Blake, Dios creando el universo.
De todo lo expuesto parece surgir un patrón que muestra la edificación del
Templo (y anteriormente del tabernáculo) como una repetición de los actos
creativos de Dios, el Gran Maestro Constructor. Que el interior de estos edificios
sagrados era también una imitación del Trono y la Corte Celestial. Que los
instrumentos de medición utilizados tenían un profundo valor simbólico
relacionado con los conceptos de verdad, justicia e integridad, que permitían el
ingreso a los controles de las respectivas puertas. Que el rey de Israel
representaba también en cierto modo al Rey de los Cielos. Que la entrada al Lugar
Santísimo estaba indicada mediante tres puertas estrechas a las que el Salvador
se refiere veladamente en sus enseñanzas.
Si bien la mayoría de las escrituras que hemos mencionado corresponden al
Antiguo Testamento, y por tanto a la cultura de Israel, la aparición de conceptos
similares en Lucas y Apocalípsis muestra que los primeros cristianos también
adoptaron estos principios. Según la tradición, el litúrgico Salmo 24 estaba siendo
recitado en el Templo al momento de la resurrección del Salvador. Tanto Justino
Martir como Irineo, quienes vivieron en el siglo II, aplicaron las palabras de dicho
Salmo al propio Jesucristo. De hecho, buena parte del simbolismo de golpear con
el mazo tres veces frente al portal y brindar palabras claves para el ingreso se
mantuvo aún en el período de la Gran Apostasía.
El presente texto se ha beneficiado con la lectura de “Cube, Gate, ande Measurign
Tools: a Biblical Pattern” de Mathew B. Brown, tal como aparece en Interpreter:
A Journal of Latter-day Saint Faith and Scholarship 37 (2020), pags. 41 a 66.
Tercera Parte
Por Mario R. Montani
Hemos analizado en anteriores secciones de este artículo las características
heptádicas del relato de Génesis sobre la Creación así como su réplica en la
contrucción del Tabernáculo móvil y los posteriores Templos fijos. También
vislumbramos algunas relaciones numerológicas y el uso de elementos de
medición en las construcciones, emparentados con los requisitos para entrar en
la Casa del Señor.
Haremos un breve repaso de esas características introduciendo reflexiones tanto
de estudiosos fuera como dentro de la Iglesia para relacionarlas con las creencias
de los Santos de los Ultimos Días.
Volviendo al Edén.
En la introducción de su capítulo “El Misterio del Edén”, Joseph Fielding
McConkie, Profesor de Escrituras Antiguas de BYU, nos plantea algunas
interesantes preguntas:
“¿Qué era el Edén? ¿Acaso fue real o sólo un mito universal, una alegoría para
explicar el origen del hombre, una respuesta para la mente primitiva? ¿Fue
Adán moldeado en arcilla y Eva creada a partir de una costilla de Adán?
¿Existió alguna vez un jardín en el cual vivieron nuestros primeros
padres, dichosamente inconscientes de su desnudez? Y de ser así, ¿qué ocurrió
con el jardín cuando Adán y Eva ya no estaban allí para cuidar de él? ¿Las
serpientes permanecían erguidas y tenían el poder de conversar con hombres y
mujeres? ¿Existió alguna vez un árbol, el fruto que permitió el conocimiento de
lo bueno y lo malo? ¿Existió otro árbol, cuyo fruto trajo consigo la
vida sempiterna? ¿Qué era el Edén? ¿La narración es figurativa o literal?
¿Es real o una sombra de la realidad, o es una magistral combinación de
ambas? ¿Eso se aplica con mayor razón en la Biblia, como una parábola, un
libro sellado, un tipo, una narración velada a los ojos de los que no poseen
instrucción espiritual? ¿La historia del Edén es, en realidad, una luz que revela
el camino que todos deben recorrer para regresar ante la presencia divina? ¿En
qué consiste el misterio del Edén?” (Joseph Fielding McConkie y otros, Adán, el
Hombre, 1990, Deseret Sudamérica por acuerdo con Bookcraft, Inc, Buenos
Aires, pag.30)
Algunos han denominado al relato de Adán y Eva en el Jardín como una
“metáfora sagrada”, lo cual coincide con las advertencias que recibimos en los
templos modernos acerca del valor simbólico de las reactualizaciones de esa
metáfora.
El Elder Bruce R. McConkie declaró:
“Nuevamente, el relato es figurativo. El significado de comer el fruto del árbol
de la ciencia del bien y del mal es que nuestros primeros padres cumplieron con
todas las leyes, de modo que sus cuerpos pudieran transformarse del estado de
inmortalidad paradisíaca al estado de mortalidad natural (Bruce R.
McConkie, Cristo y la Creación, Ensign, Junio de 1982, pag. 15)… No sabemos
más acerca de cómo se produjo la caída de lo que sabemos acerca de como Dios
creó la tierra y la hizo girar a través de los cielos en su estado
paradisíaco” (Bruce R. McConkie, Un nuevo testimonio acerca de los Artículos
de Fe)
Los miembros de la Iglesia poseemos creencias únicas y distintivas sobre el lugar
donde se encontraba el Edén, lo que allí realmente ocurrió y la esperanza, junto
al Profeta Joseph Smith de que los designios del Señor:
“Han tenido el objetivo de promover el bien universal del mundo, de establecer
la paz y la benevolencia entre los hombres, de promover los principios de la
verdad eterna… y de originar la gloria milenaria, cuando la tierra muestre su
crecimiento, reanude su gloria paradisíaca y se convierta en el jardín
del Señor” (Enseñanzas del Profeta José Smith)
De las muchas Moradas de Dios.
La Casa del Señor, o el sitio de su morada y adoración, ha tomado diferentes
formatos en su paso por las distintas culturas y épocas en las que fue considerada
como tal. Es bien conocido el pasaje en el que Jacob, después de tener el sueño o
revelación sobre “la escalera que une cielo y tierra” (Probablemente una versión
antigua y no explícita de los grados de gloria que aparecen en Doctrina y
Convenios 76), declara:
“¡Cuán asombroso es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios y puerta del
cielo… y tomó la piedra que había puesto de cabecera, y la alzó por señal y
derramó aceite encima de ella. Y llamó el nombre de aquel lugar Bet-el (Casa
de El)… Y esta piedra que he puesto por señal será casa de Dios” (Génesis 28:
17-22)
En Bet-el el profeta Samuel juzgaba al pueblo y fue uno de los sitios donde estuvo
el Arca de la Alianza, símbolo de la presencia de Dios. El profeta Eliseo visitaba el
lugar (2 Reyes 2:23), Amós predicaba allí (Amos 7:12-13) y Jeremías menciona
que, debido a la idolatría, “la casa de Israel se avergonzó de Bet-el” (Jeremías
48:13).
Martín Lutero razonó:
“Por tanto, el primer templo es el que construyó el patriarca Jacob. Por
supuesto, no fue como los nuestros, fueron un montón de piedras en un campo.
Allí se reunía la iglesia para oir la Palabra de Dios y oficiar los ritos
sagrados” (Martin Lutero, Luther’s Works, Vol.2, Lectures on Genesis, Chapters
6-14, editor Jaroslav Jan Pelikan)
En el Antiguo Testamento también hallamos las 12 piedras conmemorativas
recogidas en el Jordán (Josué 4) y muchas menciones a altares. La
palabra altar deriva del latin altare, proveniente de altus (elevación) y en su
definición es una estructura consagrada al culto religioso sobre la que se realizan
ofrendas o sacrificios. En otras civilizaciones, el altar de piedra recibía el nombre
de ara. Podía indicar el lugar donde había tenido lugar una teofanía, la
conmemoración de un hecho, o el sitio para adorar a Dios.
Para los estudiosos bíblicos, el primer altar mencionado en las escrituras es el
construido por Noé, al salir del arca (Gen. 8:20). Sin embargo, la historia de Caín
y Abel con sus respectivas ofrendas parece implicar la existencia de altares
previos. La revelación moderna explica que Adán mismo realizó sacrificios como
símbolo de la expiación preanuncidada. Varios textos apócrifos contienen esta
misma información. Por ejemplo, los atribuidos a Rabbi Nathan, del segundo
siglo:
(Después de ser echado del jardín a un mundo de obscuridad, Adán se regocijó
con la salida del sol) “Se levantó y construyó altares, trayendo un buey, cuyos
cuernos extendió más allá de sus pesuñas, y lo ofreció como holocausto… En esa
ocasión tres grupos de ángeles ministrantes descendieron, y en sus manos había
laúdes y liras y toda clase de instrumentos musicales. Y cantaron la canción de
alabanza junto a Adán” (The Fathers According to Rabbi Nathan, Judah Goldin,
traductor, New York, Schocken, 1974, pags. 14-15)
Los primeros altares fueron, probablemente, construidos con tierra. Este acto
simbólico de recoger los materiales “de los cuatro rincones de la tierra” está ligado
directamente al recuerdo de los momentos de la Creación. Es posible que “las
cuatro esquinas” del altar del tabernáculo, mencionadas en Ex. 27:2 y 38:2,
tengan este mismo sentido.
Estos sitios de adoración no poseían un formato fijo y sus materiales podían
variar desde una “peña” (Jueces 13:19), una “piedra grande” (1 Samuel 14:33-35)
o “varias piedras” (1 Reyes 18:31). Además de los ejemplos ya mencionados, el
Antiguo Testamento menciona altares construidos por Abraham (Gen. 12:7-8),
por Isaac (Gen. 26:25), por Moisés (Exod. 17:15; 24:4), Balaam (Num. 23:1),
Gedeón (Jueces 6:26-27), David (2 Sam. 24:18-19) y Elias (1 Reyes 18:31-32).
El nombre hebreo para el altar (mizbe’ah) implica la realización de un sacrificio
cruento. Su estandarización está detallada en Exodo 20:24-26
“Altar de tierra harás para mi, y sacrificarás sobre él tus holocaustos y tus
ofrendas de paz… Y si mi haces altar de piedras, no las labres de cantería,
porque si alzas herramienta sobre él, lo profanarás…”
Otros ejemplos de lugares sagrados para la adoración los encontramos
abundantemente en el Antiguo Testamento:
“Y tuvo este hombre Micaía una casa de dioses; e hizo un efod y terafines, y
consagró a uno de sus hijos, y llegó a ser su sacerdote…” (Jueces 17:5)
“Y mantuvieron levantada la imagen que Micaía había hecho, todo el tiempo
que la casa de Dios estuvo en Silo” (Jueces 18:31)
“Entonces Samuel dijo al pueblo: Venid, vamos a Gilgal para que confirmemos
allí el reino. Y fue todo el pueblo a Gilgal, e invistieron allí a Saúl como
rey delante de Jehová en Gilgal. Y sacrificaron allí ofrendas de paz
delante de Jehová, y se alegraron mucho allí Saúl y todos los de Israel” (1
Samuel 11:14-15)
“Y aconteció que al cabo de cuarenta años, Absalón dijo al rey: Yo te ruego que
me permitas ir a Hebrón a pagar mi voto que he prometido a Jehová…
Y el rey le dijo: Ve en paz. Y él se levantó y se fue a Hebrón”. (2 Samuel 15:7,9)
También merecen mención especial, las montañas y otros “lugares altos”. En
Salmos 78:69 no sólo se identifica el santuario con las alturas sino que se lo
relaciona directamente con los actos creativos.
“Y edificó su santuario como las alturas, como la tierra que fundó para siempre”.
La palabra Sión significa en su origen hito o señal y siempre se lo relacionó con
un lugar encumbrado y visible. Aparece más de 150 veces en la Biblia. Con el
tiempo pasó a identificar la ciudad de David, Jerusalén, y, tras la construcción del
Templo de Salomón, se expandió para representar al Templo y el área que lo
rodeaba.
“Su cimiento está en montes santos. Ama Jehová las puertas de Sion más que
todas las moradas de Jacob. Cosas gloriosas se dicen de ti, ciudad de
Dios”. (Salmos 87:1-3)
Con la aparición del primer templo en Jerusalén los otros santuarios naturales
fueron desacansejados como centros de adoración, por ello es que “los sitios
altos” en ocasiones son relacionados con idolatría en etapas posteriores, tal como
el caso de Salomón (1 Reyes 11:7-8) o la construcción de Jeroboam en Bet-el.
En el Libro de Mormón, al encontrarse sus protagonistas alejados de la
posibilidad del Templo hasta construir los suyos propios, muchas teofanías
ocurren en lo alto de montañas. Aún el profeta Lehi, espera el riguroso
alejamiento de la ciudad santa marcado por la ley (tres días de viaje) para erigir
un altar y adorar a Dios.
“Y aconteció que después de haber viajado tres días por el desierto, asentó su
tienda en un valle… y sucedió que erigió un altar de piedras y presentó una
ofrenda al Señor, y dio gracias al Señor nuestro Dios” (1 Nefi 2:6-7)
De modo que sí, los sitios en los que adorar a Dios han sido muy variados. El Elder
James E. Talmage explicó:
“En la aplicación más amplia de la palabra, el Jardín de Edén fue el primer
santuario de la tierra, porque en él fue donde el Señor primeramente habló al
hombre y dio a concer la ley divina. Sinaí también llegó a ser un santuario
porque el monte fue consagrado como la morada especial del Señor mientras se
comunicaba con el profeta y expedía sus decretos. La santidad de estos lugares
era semejante a la de Horeb, donde Dios habló a Mosés desde en medio del
fuego; y donde, al acercarse, el hombre se detuvo ante el mandato: ‘No te
acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra
santa es’” (James E. Talmage, La Casa del Señor, Deseret Book Company, 1977
Edición Revisada, pag. 16)
Entrando nuevamente al Edén
John H. Walton ha investigado profundamente sobre los aspectos cosmológicos
de los templos en la antigüedad y encontró una conexión clara entre Creación y
los edificios del Cercano Oriente que ostentan construcciones simbólicas y
decorados que refieren a los actos creativos.
“Muchos de los nombres dados a los templos en el mundo antiguo indican su rol
cósmico. Entre las docenas de ejemplos posibles, notemos especialmente al
templo de Esharra (‘Casa del Cosmos’) y Etemenanki (‘Casa de la Plataforma de
la Fundación entre el Cielo y la Tierra’)… El rol del templo en el mundo antiguo
no es en primera instancia un lugar para que la gente se reúna a adorar como
las iglesias modernas. Es un lugar para la deidad – un espacio sagrado…” (John
H. Walton, The Lost World of Genesis One: Ancient Cosmology and the Origins
Debate, Downers Grove, Illinois, IVP Academic, 2009, pags. 75 y 79)
En la obra ya citada anteriormente de G.K. Beale, el autor declara enfáticamente:
“Argumentaré que el Jardín de Edén fue el primer templo arquetípico, y que fue
el modelo para todos los templos subsecuentes” (G.K. Beale, The Temple and the
Church’s Mission: A Biblical Theology of the Dwelling Place of God (Downers
Grove, Ill.: Apollos, 2004), pag. 26)
Analizaremos brevemente la orientación del tabernáculo de Israel y su relación
con el Jardín. Que utilicemos la palabra “orientación” es casi redundante, ya que
su origen etimológico se encuentra en Oriente, el Este, lugar de donde sale el sol.
Sin embargo, el uso común nos permite hablar de un sitio “orientado hacie el
Oeste”, que, si analizáramos el origen de los vocablos, sería un perfecto oxímoron.
El relato del Génesis nos recuerda:
“Por lo tanto, lo sacó Jehová Dios del huerto de Edén para que labrase la tierra de
la que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre y puso al oriente del huerto
de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todo slados
para guardar el camino del árbol de la vida” (Génesis 3:23-24)
El pasaje parece indicar que el Jardín tenía algunos caminos y entradas, ya que la
protección para evitar el regreso se establece únicamente en el sector del Este.
Muchas tradiciones consideran que Adán y su familia se establecieron al oriente
de Edén, por lo que un posible retorno tendría que realizarse en sentido Oriente-
Occidente.
No casualmente, el ingreso al tabernáculo, se realizaba por la puerta del Este, con
el sol a espaldas del candidato, y enfrentando el Oeste, donde se encontraba el
Lugar Santísimo, la morada de Dios. Esto, simbólicamente, representaba un
retorno al Edén y a la posibilidad de ser admitidos en la presencia real de Dios,
mediante los actos de sacrificio que se realizaban allí.
Si bien algunos catedráticos han considerado la posibilidad de que en Israel se
adorase mirando hacia el Este, más bien parece una característica de los que
veneraban al sol. Es muy esclarecedora la visión del profeta Ezequiel, en el
capítulo 8, cuando el ángel que lo orienta le muestra algunas de las
abominaciones de la apostasía:
“Y me dijo: ¿No ves, hijo de hombre? Mira otra vez; verás aún abominaciones
mayores que estas. Y me llevó al atrio interior de la casa de Jehová; y he aquí,
junto a la entrada del templo de Jehová, entre el pórtico y el altar había como
veinticinco hombres con sus espaldas vueltas al templo de Jehová y con sus
rostros hacia el oriente, y se postraban ante el sol, hacia el oriente” (Ezequiel 8:
15-16)
En otro pasaje, el mismo profeta recibe información adicional:
“Entonces me hizo volver hacia la puerta exterior del santuario, la cual mira
hacia el oriente; y estaba cerrada. Y me dijo Jehová: Esta puerta estará
cerrada; no se abrirá, ni entrará por ella hombre, porque Jehová Dios de
Israel entró por ella…” (Ezequiel 44:1-2)
De modo que, para los Santos de los Ultimos Días, todos los sitios de adoración
del pasado, incluyendo el Tabernáculo y los Templos de Israel, apuntaban a la
posibilidad de un retorno al Jardín de Edén y a poder participar del fruto del
Arbol de la Vida. Mediante el sistema de sacrificios, esos sitios mantuvieron
presente la promesa de una restauración que no tendría lugar hasta la propia
misión expiatoria de Cristo. Como lo explica Pablo en su epístola a los Hebreos:
“Tenemos un altar, del cual no tienen derecho a comer los que sirven al
tabernáculo… Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su
propia sangre, padeció fuera de la puerta de la ciudad… Así también Cristo fue
ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y la segunda vez, sin
pecado, aparecerá para salvar a los que le esperan…” (Hebreos 13:10-12; 9:28)
El velo del templo partido al momento de su muerte implica la posibilidad para
todos de entrar a su presencia y retornar al Edén.