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Ensayo Nadia

El documento discute las diferencias entre la ética, la moral y los derechos/leyes como reguladores de las relaciones humanas. Explica que la ética se refiere al comportamiento humano y lo que está bien/mal, y que la moral son las normas de una sociedad. También analiza los valores en la sociedad actual y cómo afectan las relaciones entre las personas.
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Ensayo Nadia

El documento discute las diferencias entre la ética, la moral y los derechos/leyes como reguladores de las relaciones humanas. Explica que la ética se refiere al comportamiento humano y lo que está bien/mal, y que la moral son las normas de una sociedad. También analiza los valores en la sociedad actual y cómo afectan las relaciones entre las personas.
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Nadhia Kttich

C.I. 19.925.340
Contaduría Pública
Sección 2018-B

En las relaciones que establecen entre si los individuos, se pueden presentar


con alguna frecuencia diferencias de criterio. En un primer nivel, la costumbre
evita y resuelve tales diferencias. En segundo nivel, el derecho y las leyes serán
quien las regulen y solucionen. Pero existe un sector de las relaciones humanas,
en el cual, por su carácter, o bien personal, o bien perteneciente a una escala de
valores y creencias, ni el derecho ni la costumbre tienen influencia. Es entonces
cuando aparece la moral. En esta se encuentran muchos valores y normas, cuyo
cumplimiento o incumplimiento no tienen ninguna consecuencia física, ni en otros
campos. Es el individuo mismo, su propia apreciación y valoración como ser
humano, quien se ve afectado o beneficiado, de mal o bien proceder moral.
Se puede decir, entonces, que los reguladores de las diferencias entre los
individuos son: la moral, los derechos y las leyes y la costumbre con estos se
puede llegar a una vida mucho más pacífica obteniendo mejores relaciones con
las demás personas. De allí, que en una sociedad democrática y pluralista como
en la mayoría de los países del mundo, se asiste a una de las muchas modas que
aparecen en cada período posterior a una crisis de valor es morales y/o éticos, o
bien a un relativismo moral exagerado. La ética se ha puesto de moda. Todos
hablan de ética: los políticos, los científicos, los medios de comunicación, los
abogados, los jóvenes, los no tan jóvenes, o sea, todos los sectores de la
sociedad. Por lo tanto, surge la siguiente interrogante: ¿Qué es la ética, moral o la
axiología?, ¿En qué se diferencian?, no se tienen todas las respuestas, pero
utilizando el razonamiento, se tratará que este ensayo permita para reflexionar.
Al respecto, la ética es un ideal de la conducta humana, que orienta a cada
persona sobre lo que está bien, lo que es correcto y lo que debería hacer,
entendiendo su vida en relación con sus semejantes, en busca del bien común.
Hoy día el hablar de ética y sus problemas es un asunto que se ha generalizado,
esto debido principalmente a la gran amplitud de las malas prácticas que se han
presentado en gran parte de los países, por parte de los profesionales que ofrecen
sus servicios, así como de las diversas instituciones públicas y privadas que al no
tener límites en su toma de decisiones sobre explotan los recursos con los que
cuentan.
En el ámbito de la filosofía, se conoce como ética, según Millán-Puelles
(1996): “…a una rama de esta disciplina, que se especializa en estudiar el
comportamiento humano, en términos de la bondad o maldad que puede albergar
un individuo dentro de sí y en su actuar” (p. 65). De esta manera, la ética coloca el
foco en las acciones humanas, a través de la variedad de valores humanos como
el bien, el deber, la virtud, así como la felicidad. igualmente, la ética se encarga de
estudiar la moral de una sociedad, entendida como un sistema de normas, que
tienen adopción individual y social. En este sentido, la ética se interesa en
descubrir cuáles son los rasgos o motivos por los cuales un grupo social prefiere
un sistema moral por sobre cualquier otro.
De acuerdo a la literatura filosófica, la ética tendrá como objeto único el
comportamiento humano, que sea consciente, tanto en lo privado como en lo
público, es decir, que correspondan a la decisión individual y sobre los cuales
pueda ejercer control, a través de la razón. Sin embargo, la ética no es una rama
filosófica que se limite a observar el comportamiento del hombre, sino que dicha
observación se hace con el fin de emitir un juicio sobre éste, determinando si es
un comportamiento correcto, incorrecto, inapropiado, justo, bondadoso o malvado.
En este sentido, la filosofía también señala que el sentido ético hará que el
individuo cobre conciencia del alcance de sus actos, en relación a si estos son
correctos o no, de acuerdo al esquema de valores humanos, éticos y morales que
contempla el sistema moral de la sociedad a la que pertenece. En palabras de
Savater (1991), en su obra Ética para Amador, la ética no es otra cosa que “el arte
de discernir lo que conviene y lo que no conviene” (p. 13). De esta forma, un
individuo ético será aquel que sepa diferenciar entre el bien y el mal, escogiendo
generalmente el bien.
En cuanto a las acepciones y analogías entre ética y moral, el asunto
fundamental del que la ética se ocupa es la felicidad humana, mas no una felicidad
ideal y utópica, sino aquella que es asequible, practicable para el hombre. Al
menos así aparece en lo que se podría llamar la tradición clásica de pensamiento
moral desde Aristóteles hasta Kant, excluyendo a éste último. Según Spaemann
(1995):
Como todo ser vivo, el hombre no se conforma con vivir simplemente.
Pretende vivir bien. Una vez garantizado el objetivo de la supervivencia,
se plantea otros fines. Para comprender el significado de lo ético, lo
primero que hace falta es entender que la finalidad de la vida humana
no estriba sólo en sobrevivir, es decir, en continuar viviendo; si la vida
fuese un fin en sí mismo, si careciese de un “para qué”, no tendría
sentido (p. 23).

Tener sentido implica estar orientado hacia algo que no se posee en plenitud.
Ciertamente algo de esa plenitud hay que poseer para aspirar inteligentemente a
ella: al menos algún conocimiento, a saber, el mínimo necesario para hacerse
cargo de que a ella es posible dirigirse. Con todo, el dirigirse hacia dicha plenitud
se entiende desde su no perfecta posesión. Soy algo a lo que algo le falta. Cuando
el hombre piensa a fondo en sí mismo se da cuenta de que con vivir no tiene
suficiente: necesita vivir bien, de una determinada manera, no de cualquiera.
Dicho de otro modo: vivir es necesario, pero no suficiente.
Por supuesto que para conseguir esto hace falta una generosa inversión de
esfuerzo inicial, superar la resistencia e imprimir en los primeros pasos un especial
ímpetu para que dejen profundamente marcada la huella que facilite y oriente
otros pasos en esa misma dirección. Ocurre lo mismo al ponerse a andar, una vez
vencida la inercia al primer paso, el segundo cuesta menos, y así sucesivamente,
hasta que llega un momento en que lo que más cuesta es detenerse. En la vida
moral pasa algo parecido. Conseguir una virtud exige, primero, una orientación
inteligente de la conducta: saber lo que uno quiere y aspirar a ello eficazmente,
poniendo los medios. Hace falta emplear un esfuerzo moral, eso que se entiende
como fuerza de voluntad.
Por lo tanto, ambos fines, el subjetivo y el objetivo, es decir, lo que el agente
desea lograr con su acción y lo que de suyo logra si ésta se lleva a efecto
conforman lo que se podría llamar la sustancia moral de la acción y, entre ellos, es
el fin subjetivo el más importante en la valoración ética global. De esta suerte cabe
decir que no puede ser bueno algo que se hace en contra de la propia conciencia
subjetiva. Pero eso no significa que lo sea todo lo que se hace de acuerdo con
ella, como lo manifiesta Laun (1993):
El primer deber que cualquiera puede encontrar en su conciencia moral,
si mira bien, es el de formarla para que sea una buena conciencia, es
decir, estudiar, buscar la verdad, consultar con las personas prudentes
para salir de dudas, etc. (p. 63).

Las reglas del buen hacer, acción llevada a cabo conforme a los imperativos
de la razón instrumental constituyen, sin duda, deberes profesionales. Y esto no
es en modo alguno ajeno al orden general del deber ético. Aún más, las
obligaciones éticas comunes para cualquier persona son, además, obligaciones
profesionales para muchos. Al menos así se ha visto tradicionalmente en ciertas
profesiones de ayuda como el sacerdocio, la educación y, en no menor medida, la
medicina o la enfermería. En último término, esto se puede decir de todas las
profesiones honradas, pues en todas se da, de manera más o menos directa, la
índole del servicio a las personas. Pero en ésas es más patente, para el sentido
común moral, que no es posible, por ejemplo, ser un buen maestro sin intentar ser
buena persona. Es verdad que no se educa, o no se ejerce buena medicina, sólo
con buenas intenciones, pero tampoco sin ellas.
Con referencia a los valores en la sociedad actual, ciertamente, se vive en
una sociedad que muestra un franco deterioro en la capacidad de convivencia
entre los seres humanos (y de éstos con la naturaleza), y bien se podría achacar
este deterioro a la pérdida de ciertos valores “tradicionales”, en especial, aquellos
que supuestamente han forjado la nacionalidad y la cultura: el trabajo, la vida en
familia, la honradez, la educación, la libertad, el patriotismo, el respeto a los
demás, la solidaridad y la paz. Pero quizás el problema central no reside en los
valores que no se cumplen, sino en los valores que efectivamente se cumplen. Al
respecto, Barrio (1997), manifiesta:
Por eso, se tiene que hablar de los valores centrales de nuestra
sociedad, aquellos que en estas lamentaciones casi nunca se
mencionan. Estos son: la competitividad, la eficiencia, la racionalidad
instrumental, el egoísmo, la masculinidad patriarcal y, en general, los
valores de la ética del mercado y del patriarcado. Los podemos
sintetizar en un valor central, el valor del cálculo de la utilidad propia,
sea por parte de los individuos o de las colectividades que se
comportan y que calculan como individuos; como son los Estados, las
instituciones, las empresas y las organizaciones corporativas y
gremiales en general. Estos son los valores que se han impuesto en
nuestra sociedad actual con su estrategia de globalización, y su
expresión más extrema se encuentra en las teorías sobre el “capital
humano” (p. 89).

Su vigencia no se cuestiona e incluso es protegida por todo un aparato de


leyes, en lo civil y en lo penal. Desde esta perspectiva, no hay ninguna crisis de
estos valores. La crisis más bien se debe ver como crisis de la convivencia
humana que estos valores incuestionados está provocando. El deterioro está en
otra parte. Al imponerse este cálculo de utilidad propia en toda la sociedad y en
todos los comportamientos, se imponen a la vez las maximizaciones de las tasas
de ganancias, las tasas de crecimiento y de la perfección de todos los
mecanismos de funcionamiento en pos de su eficiencia formal.
La necesidad de la convivencia aparece incluso como un obstáculo frente a
estos valores. Vistos desde el cálculo de utilidad propia, todas las exigencias de la
convivencia aparecen como obstáculos, como distorsiones del mercado. Para los
valores vigentes de nuestra sociedad la convivencia y sus exigencias son
irracionalidades, son distorsiones. Desde esta perspectiva del cálculo de utilidad
propia, lo indispensable es inútil. Lo indispensable es la convivencia, la paz, el
cuidado de la naturaleza, pero este indispensable para la vida no entra y no puede
entrar en el cálculo de utilidad, por lo tanto, es inútil.
Por eso, para que los discursos sobre la recuperación de los valores
tradicionales no sea simple moralina, es necesario, urgente; reconocer los
verdaderos valores dominantes de la sociedad actual y el impacto que estos
generan en las relaciones humanas. Antes que “volver a los valores” se necesita
una nueva racionalidad, tanto económica como de la convivencia. Se necesita
también una nueva economía para la vida que sea suelo fértil para nuevos
valores, como aquellos de la igualdad real, la solidaridad, la justicia y la
democracia real, los valores de una economía social y solidaria.
Con respecto a los principios de la ética, prácticamente existe consenso que
deben fundamentar las acciones de todo profesionista que se precie de estar
actuando moralmente. Más allá de la existencia y apego a ciertos códigos
deontológicos que plantean muchos gremios profesionales, en un nivel de mayor
generalidad y profundidad teórica se encuentran estos tres principios de acción
ética que deben normar el comportamiento en el campo de la acción socio-
profesional. Desde los planteamientos de Martínez (2006), estos principios
fundamentales son: el principio de beneficencia, el principio de justicia y el
principio de autonomía.
En cuanto al principio de beneficencia, Hortal (1996) afirma: "Un profesional
ético es aquel que hace el bien en su profesión haciendo bien su profesión" (p. 3).
Esta es una excelente definición del principio de beneficencia que implica dos
elementos complementarios e inseparables: el hacer bien la profesión, es decir
que un profesional ético es aquel que desarrolla su actividad de manera
competente y eficaz, cumpliendo adecuadamente con su tarea; y por otra parte, el
hacer el bien en la profesión, es decir, ejercer la profesión pensando siempre en el
beneficio de los usuarios de la actividad profesional y en el beneficio de la
sociedad, de manera que se cumpla con el bien interno de la profesión, que se
aporte el bien específico para el que fue creada.
En cuanto al principio de autonomía, como bien señala Hortal (1996), el
principio de beneficencia puede interpretarse de manera que genere una visión de
profunda asimetría entre el profesional y el usuario de sus servicios. Si el
profesional debe hacer el bien al usuario y a la sociedad con su práctica, puede
considerarse entonces que es él el que sabe y puede, y el usuario y la sociedad
los que no saben ni pueden; que el profesionista es el sujeto activo del bien y el
usuario y la sociedad son meros receptores pasivos de este beneficio que
recibirán del ejercicio profesional. Entonces, el principio de autonomía busca evitar
esta relación de dependencia y paternalismo al señalar que el usuario no es un
simple receptor pasivo, sino un sujeto que debe participar activa y
responsablemente en las decisiones que implican la prestación del servicio
profesional.
Por último, con referencia al principio de justicia, el mismo autor señala que
".la ética profesional no se agota en las relaciones bilaterales entre los
profesionales y los destinatarios de sus servicios profesionales" (p. 6); sino que se
enmarca en un sistema social que será, en última instancia, el que reciba los
beneficios o sufra los daños de una práctica profesional bien o mal realizada. Por
ello, el principio de justicia establece que, en toda prestación de un servicio
profesional, cada uno de los sujetos involucrados debe cumplir con su deber, es
decir, con la tarea que se le ha encomendado, con lo que se espera que haga, sin
extralimitarse, pero sin pecar tampoco de insuficiencia en su responsabilidad.
En este mismo orden de ideas, hay dos disciplinas que se relacionan
estrechamente con la ética: la axiología y la deontología. La primera, aun cuando
la palabra no ha sido admitida aún por el diccionario castellano, es la teoría de los
valores. La segunda, la teoría de los deberes. El termino axiología es muy usual
en los ámbitos de la filosofía, y particularmente en el de la ética. Designa la
evaluación reflexiva de los valores éticos. El primero en utilizarlo, como traducción
de la teoría del valor fue Urban. A partir de él se lo ha usado especialmente en
relación con los valores éticos y estéticos. Este es el sentido que la palabra tiene
en el campo de la filosofía, aun cuando algunos han pretendido darle un alcance
más general. La deontología en cambio, de la teoría de los deberes. Es la
evaluación reflexiva sobre lo debido, lo justo, lo solidario, lo bien intencionado.
Ambos sistemas de ideas se encargan de lo ético si por ético hemos de entender
la teoría de los valores y la teoría de los deberes.
Al respecto, toda profesión lleva intrínseca el cumplimiento de un deber, lo
cual obviamente no conlleva al adelgazamiento de la libertad individual sino al
cumplimiento de un conjunto de criterios apoyados en normas y valores que
asumen quienes realizan una actividad profesional en el cumplimiento de sus
responsabilidades. el Artículo 25 de la Constitución de la República Bolivariana de
Venezuela (1999):
Toda persona tiene derecho de acceso a los órganos de administración
de justicia para hacer valer sus derechos e intereses, incluso los
colectivos o difusos; a la tutela efectiva de los mismos y a obtener con
prontitud la decisión correspondiente. El Estado garantizará una justicia
gratuita, accesible, imparcial, idónea, transparente, autónoma,
independiente, responsable, equitativa y expedita, sin dilaciones
indebidas, sin formalismos o reposiciones inútiles.

Periodistas, docentes, médicos, abogados, administradores, contadores


públicos, jueces y psicólogos, son entre otros; los agremiados en el país que
comparten Códigos de Ética como mecanismos de auto regulación que tienen por
objeto poner límites a su desempeño y fijar niveles de exigencia y calidad en las
tareas propias de cada profesión. El término deontología profesional hace
referencia al conjunto de principios y reglas éticas que regulan y guían una
actividad profesional. Estas normas determinan los deberes mínimamente
exigibles a los profesionales en el desempeño de su actividad. Por este motivo,
suele ser el propio colectivo profesional quién determina dichas normas y, a su
vez, se encarga de recogerlas por escrito en los códigos deontológicos. A día de
hoy, prácticamente todas las profesiones han desarrollado sus propios códigos y,
en este sentido, puede hablarse de una deontología profesional periodística, de
una deontología profesional médica, deontología profesional de los abogados,
entre otros.
Es importante no confundir deontología profesional con ética profesional.
Cabe distinguir que la ética profesional es la disciplina que estudia los contenidos
normativos de un colectivo profesional, es decir, su objeto de estudio es la
deontología profesional, mientras que la deontología profesional es el conjunto de
normas vinculantes para un colectivo profesional. Al respecto, el Artículo 139 de
dicha Constitución manifiesta: “El ejercicio del Poder Público acarrea
responsabilidad individual por abuso o desviación de poder o por violación de esta
Constitución o de la ley”.
Los Códigos de ética patrios tienen como punto de encuentro, al menos en
teoría, que recogen y desarrollan consideraciones morales acerca de aspectos
complejos en el ámbito de cada profesión, y en los mismos, se contemplan
sanciones para aquellos que violen el espíritu deontológico que propugnan, puesto
que se nutren del marco jurídico y del marco moral de la sociedad. Cada
profesional debería ceñir su actuación al perfil predefinido por su respectivo código
de ética, por lo que un comportamiento alejado de lo que ha sido discutido y
acordado por el gremio sería un comportamiento no ético.
Téngase en cuenta, que la Deontología es una teoría normativa según la
cual existen ciertas acciones que deben ser realizadas y otras que no deben serlo,
más allá de las consecuencias positivas o negativas que puedan tener éstas, o
sea; que hay ciertos deberes y obligaciones que deben ser cumplidos más allá de
sus consecuencias. Según el Artículo 141 de la Constitución:
La Administración Pública está al servicio de los ciudadanos y
ciudadanas y se fundamenta en los principios de honestidad,
participación, celeridad, eficacia, eficiencia, transparencia, rendición de
cuentas y responsabilidad en el ejercicio de la función pública, con
sometimiento pleno a la ley y al derecho.

Integrar la ética a las vidas profesionales, no debería ser motivo de asombro


o presunción, ya que debe ser algo con lo que se debe convivir diariamente, pero
al parecer es un tema muy serio y algo complicado en la realidad actual, ya que en
ocasiones la ética solo se utiliza como un simple maquillaje en las acciones
cotidianas. Se debe estar plenamente conscientes y convencidos de que la ética
se rige bajo principios universales básicos, como por ejemplo la justicia, pues
todos aprecian la justicia desde el momento en que a nadie le gusta ser tratado
injustamente.
De ahí, que ahora se hable de ética en la empresa, puesto que hay asuntos
organizacionales en los que una decisión es condicionada principalmente por los
criterios éticos, y ello ha impulsado las investigaciones y análisis acerca de si es
posible formular normas universales de conducta que permitan determinar cuándo
una decisión es mejor o peor que otras posibles soluciones. Más que una moda, la
ética es en la actividad empresarial, para cualquier organización, una necesidad,
una exigencia que se hace más apremiante conforme crece la complejidad del
tejido social. El tema de la ética en la mayoría de las empresas en la actualidad,
más que un asunto de principios igualmente es de naturaleza estratégica, porque
se vincula con la sobrevivencia de las mismas, y con la convivencia de las
personas que trabajan en ellas.
Asimismo, el fin de las organizaciones guarda un fin social, porque toda
organización se crea para proporcionar unos bienes o servicios, en virtud de los
cuales queda legitimada su existencia ante la sociedad, y éste es un punto central
en la elaboración de un código ético. Afirma Cortina (1998) que las organizaciones
han de proporcionar unos bienes a la sociedad para ser aceptados por ella;
lógicamente, en el caso de no producirlos, la sociedad tiene derecho a
reclamarlos, y por último deslegitimarlas. Estos bienes se obtienen desarrollando
determinadas actividades cooperativas. Y aquí conviene recordar la distinción
entre los bienes internos a una actividad cooperativa y los que son externos a ella.
Refiere el mismo autor, que para diseñar una ética de las organizaciones
sería necesario recorrer los siguientes pasos: determinar claramente el fin
específico, el bien interno a la actividad que le corresponde y por el que cobra su
legitimidad social; luego, averiguar cuáles son los medios adecuados para producir
ese bien y qué valores es preciso incorporar para alcanzarlo; seguidamente,
indagar qué hábitos han de ir adquiriendo la organización en su conjunto y los
miembros que la componen para incorporar esos valores e ir forjándose en un
carácter que les permita deliberar y tomar decisiones acertadas en relación con la
meta. Asimismo, es necesario discernir qué relación debe existir con las distintas
actividades y organizaciones, así como también entre los bienes internos y
externos a ellas; y por último, determinar cuáles son los valores de la moral cívica
de la sociedad en la que se inscribe; después es necesario saber qué derechos
reconoce esa sociedad a las personas. Es decir, cuál es la conciencia moral
alcanzada por la sociedad.
Por lo tanto, depende de sí mismos, el establecer un entorno ético, con la
familia, amigos, y principalmente con los colaboradores, para tal misión, se deben
emprender una serie de acciones y actitudes, cuyo objetivo sea el despertar las
reflexiones que fomenten la cultura ética en todos y cada uno de las personas,
como por ejemplo, elaborando y formando un código de valores sobre el cual se
va a proyectar la vida profesional, bajo la premisa de que no se debe imponer
dicho código, si no que éste debe surgir bajo la visión, de que al darle vida, no sólo
se creará un entorno de trabajo agradable, sino que se puede hacer que las
acciones traspasen las fronteras laborales para hacerlo llegar a todos los ámbitos
de laa vida cotidiana.
Pero definitivamente, el decidir llevar un estilo de vida con actitudes
apegadas a la ética, resulta más que difícil, pues tal parece que, en nuestros días,
estas acciones no son muy remuneradas económicamente, al contrario, nos hacen
vernos fuera de ritmo, dentro del mismo ritmo de vida que marca la sociedad
actual. Por tanto, se debe hacer conciencia, de que se requiere con urgencia
personas apegadas a la ética, esto es lo que se necesita en estos días para poder
salir adelante en todos los aspectos de la vida, pues se piensa que de esta
manera se podría mejorar el nivel de vida y por ende el país, del que se forma
parte. Ahora bien, los profesionales de la contaduría están regidos bajo un código
de conducta que implanta como hacer las cosas de una manera eficaz, por ello, la
deontología profesional, es vital para ejercer una profesión bajo ciertas normas
que permitirán realizar bien la labor y respetar a los demás.
En conclusión, cuando ese modo de obrar se hace constante en la conducta
de la persona y ésta se habitúa, ya no es necesario el derroche inicial, y actuar
según esa pauta requiere cada vez menos empeño. Siempre hace falta un
esfuerzo, al menos para mantener la trayectoria sin que se tuerza ni se pierda. De
allí que, según la concepción aristotélica, la ética tiene que ver con lo que uno
acaba siendo como consecuencia de su obrar libre. Si el obrar sigue al ser y el
modo de obrar al modo de ser, no menos cierto es que también el ser “moral” es
consecuencia del obrar, y parte sustantiva de la identidad como personas se
constituye como una prolongación ergonómica de lo que se va haciendo consigo
mismo, si bien esto no excluye que en las personas hay algo hecho no por ellas,
de suerte que, más que autores de la propia biografía, bien puede decirse que se
es coautor.
REFERENCIAS

Aristóteles. (1993). Ética Nicomaquea. Étiica Eudemia. Madrid.

Barrio, J. (1997). Moral y democracia. Algunas reflexiones en torno a la ética


consensualista. Pamplona.

Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. (1999). Gaceta Oficial No.


36.860. Caracas, Venezuela.

Cortina, A. (1998). Ética de la empresa (3° ed.). Madrid: Editorial Trotta, S. A.

Laun, A. (1993). La conciencia. Norma subjetiva suprema de la actividad moral.


Barcelona.

Lorda, J. (1999). Moral. El arte de vivir (6° ed.). Madrid.

Millán-Puelles, A. (1994). La libre afirmación de nuestro ser. Una fundamentación


de la ética realista. Madrid.

Rodríguez Luño, A. (1991). Ética general. Pamplona.

Spaemann, R. (1995) (4ª ed.) Ética: cuestiones fundamentales. Pamplona.

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