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Cancionesespectrales

El documento cuenta la historia de una banda de death metal llamada Monroy's Destruction. La banda visitaba regularmente la tumba de su difunto líder Monroy como parte de un pacto que habían hecho. Uno de los integrantes de la banda, Emanuel, se suicidó y los demás creen que fue porque Monroy se lo ordenó.
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Cancionesespectrales

El documento cuenta la historia de una banda de death metal llamada Monroy's Destruction. La banda visitaba regularmente la tumba de su difunto líder Monroy como parte de un pacto que habían hecho. Uno de los integrantes de la banda, Emanuel, se suicidó y los demás creen que fue porque Monroy se lo ordenó.
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2
página legal
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Era 1995 y la televisión chilena transmitía un programa de-
dicado a los jóvenes y el rock. Uno de los entrevistados, ves-
tido de negro y sin mirar nunca a la cámara, decía: «Quieres
ver partidos de fútbol, quieres ver telenovelas, quieres ser
un nuevo progresista con auto, con esposa, con hijos. No,
en realidad no queremos eso, no». Por esos días se celebra-
ba una tocata en la Plaza Brasil llamada En familia. Ahí
acudirían punks, thrashers, new waves, metaleros y todos
los que habían encontrado una variante de esta familia, una
con hermanos pero sin parientes: una banda de rock. La es-
perada tocata fue una fiesta. Su fiesta. Y resultó lo suficien-
temente ruidosa como para dejar en claro que si el sistema
no los quería no importaba, ellos se tenían a sí mismos, y
tampoco lo necesitaban.
Hay cosas que cambian y otras que, sin importar que
los años pasen, permanecen inalterables: los ganadores, los
perdedores, los metaleros y sus poleras negras, sus chaque-
tas de cuero y sus jeans rotos. Es ahí, en ese riff atemporal,
ensayando en algún garaje prestado de la necrópolis malo-
liente, donde Christopher Rosales encuentra a los Monroy’s
Destruction, un grupo de death metal que, a falta de señales
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de la existencia de un dios –o diablo– confiable, decide ser-
vir al difunto Monroy.
Los personajes de Canciones espectrales –decíamos
que hay cosas que no cambian– no llegarán al escenario
principal de la tocata (tampoco al de la vida acomodada
o al menos segura). Pero no importa, no les importa nada.
Algún ángel caído de esos que llevan dibujados en los par-
ches que pegan en las chaquetas se encargó de avisarles que,
aunque no pertenezcan a ningún lugar, siempre serán bien-
venidos en la hermandad rockera. Death, black, doom. Ro-
sales nos obliga a investigar en las raíces más oscuras y en-
terradas de este árbol original. Volvemos del infierno con un
recado: hemos estado leyendo, investigando bastante, pero
no hemos sido capaces de escuchar lo que dicen. El que nos
habla debe ser el mismísimo difunto.
Ya lo decía el reportaje del siglo pasado: el rock está
nombrando eso que nadie quiere nombrar. Tal vez porque el
que se atreviera a hacerlo –academia, arte, medios de comu-
nicación– se vería obligado a plantearse algunas preguntas.
Cuestionar de qué lado se situaba. «La única forma que tene-
mos de luchar es desde el interior del sistema» se defendían
algunos. «No, gracias, no te creo», decía ya entonces uno de
los protagonistas del reportaje. «No, gracias», dice hasta el
final el narrador de Canciones espectrales. «No, gracias», si-
guen diciendo en alguna sala de ensayo –préstamo de la junta
de vecinos, pieza de atrás– los integrantes de las cientos de
bandas que hacen ruido a esta hora, en esta ciudad.
Ruido solo por el gusto urgente de hacerlo. Los sueños
de gloria, la fama, el disco que lidera las listas no tienen
cabida en la propuesta de Rosales. «Pura evasión, escape,

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necesidad de supervivencia. Y mutilación». Quien pronun-
cia estas palabras en nombre de los Monroy’s Destruction
no solo se refiere al fin de la banda –esta y otras tantas– sino
a la relación de fuerzas, siempre desequilibrada, entre los
sueños y la realidad.
Rebeldes, sí, tal vez en el sentido que utiliza Michel On-
fray en su análisis del «libertario» que asume la misión de
desalojar al poder ahí donde lo encuentra: circunscribir, ro-
dear y esquivar para instalar en ese espacio, siempre move-
dizo, la posibilidad de una ética que los Monroy’s Destruc-
tion intuyen, a su manera nublada y caótica, sin importarles
que exista o no una teoría al respecto.
Teoría y praxis. Discurso y realidad. Escritura. Christo-
pher Rosales dibuja líneas divisorias e instala sobre ellas su
oxímoron metal: la literatura, tal vez demasiado ocupada
durante las últimas décadas en pensarse a sí misma, se ha
olvidado de muchos. No importa, no les importa nada. No
están solos. Los personajes que no han logrado instalar su
voz en los libros tienen una cosa mejor que hacer. Alguien
lo explicó así: «We have been given a gift, we have been
given a road, and that road’s name is rock and roll».
Oscuridad. Violencia. Hay palabras que a medida que es-
cuchamos estas canciones espectrales hay que romper, vaciar,
armar de nuevo. Los Monroy’s Destruction son expertos
en las dos primeras (romper/vaciar). Es en la tercera fase
–la recomposición– donde, por más lecciones que les dé el
difunto Monroy, siempre terminan reprobando. La historia
parece haber estado escrita desde siempre, en quizás qué
pentagrama, qué noche lejana:
«No era nadie. Estaba terminando cuarto medio en un

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dos por uno porque del colegio lo echaron por repetir tres
veces el segundo medio. Tomaba. Inhalaba tolueno de cuan-
do en cuando. Rayaba iglesias y sepulturas con inscripcio-
nes latinas y cruces al revés. Era un caso perdido», dice el
autor de este libro proponiendo una escritura limpia como
única posibilidad de dibujar, sin manchas, la oscuridad.
¿Violencia? «Somos un reflejo de la vida y de lo que
vemos. Si vemos basura, hablamos de basura ¿de qué otra
cosa vamos a hablar?», decía en el pasado del reportaje el
integrante de una de las bandas. Y volvemos al presente, a
los Monroy’s Destruction. La vida. El ruido. El silencio.
Ningún sueño parece escapar al ciclo de la desintegración.
El único disco que la banda grabará en un estudio pres-
tado se perderá luego de que lo escuchen, sin parar, durante
una noche entera. No se trató de un robo ni de un día de
furia, sino más bien de un olvido lento, de esos que ni si-
quiera resultan dolorosos.
En una pila de discos que ya nadie escucha, en un ba-
sural, en la nada, estarán descansando las voces guturales.
Pero llega la tarde, otra vez los garajes se llenan de gritos
y los cables de las guitarras se enredan en la búsqueda in-
sistente de eso que logran encontrar estas páginas: nuevos
espacios desde donde pensar la escritura y en los que depo-
sitar –con la delicadeza, la oscuridad de los mirlos– la pro-
pia voz. No importa, no les importa nada. El autor de estas
canciones espectrales escribe. Las bandas siguen tocando.

maría josé ferrada

12
Nada es bastante real para un fantasma

lihn

Visitábamos la tumba del difunto Monroy al menos una vez


al mes. Alguien había dicho algo de un pacto con el Diablo
y desde entonces se tornó algo ineludible, un rito que debía-
mos seguir rigurosamente hasta el día en que muriésemos.
En aquel tiempo teníamos una banda de death metal a
la que en principio habíamos llamado Daisy’s Destruction.
A los meses cambiamos el nombre, antes de que llamarse
así significara realmente algo para nosotros. Nuestro nom-
bre definitivo llegó de golpe, imprevisto, violento y real. Fue
como por un designio externo, divino, demiúrgico, que nos
azotó de pronto; tal vez por azar, aunque no creo. Aun así
llegamos a tener poleras que nos había bordado la mamá del
loco Tuma con el viejo nombre, además de un dibujo que
hizo el Samuel para la portada de un disco que nunca nació.
Era algo así como un cuerpo mutilado, aunque sus trazos im-
perfectos y el exceso de vísceras y sangre impedían identificar
bien el asunto. Lo del Samuel nunca fue el dibujo, sí las vís-
ceras, sí la sangre, sí el dolor. Tampoco es que importe, a fin
de cuentas, nada de eso fue. Dejamos de llamarnos Daisy’s
Destruction, mutamos hacia algo mucho más real: los Mon-
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roy’s Destruction, la banda de metal extremo destinada a
preservar el legado del finado Monroy, nuestro oscuro señor.
Solo entonces fuimos.
Y es que el finado Monroy terminó por comerse la ban-
da en todos los sentidos posibles. Partió por el nombre, con-
tinuó con las letras de nuestras canciones y terminó con el
suicidio del guatón Emanuel que de vez en cuando cantaba
en la banda, lo que, dicho sea de paso, solo hacía porque
era un cercano y necesitaba una función, un rol, algo que
lo hiciera parte. Era amigo del otro guitarrista y hermano
del batero, pero claramente no tenía talento. Ninguno de
nosotros en verdad lo tenía, pero él menos que nadie. No
sabía tocar nada y era gordo. A mí me caía bien, me volví su
amigo, hasta diría que fue un gran amigo y que lo extraño
más que la mierda, pero nunca me gustó que estuviera en la
banda por lástima.
A veces pienso que fue eso lo que lo llevó a matarse.
Que sabía que no era nadie. Que sus padres evangélicos no
le perdonaban su aspecto. Que no tenía polola. Que la que
tuvo era fea y que lo había pateado. Que estaba lleno de
espinillas. Que tenía tetas. Todo. Se sabía sin lugar en la
banda. En el mundo. Pero el resto decía que no. Que no era
esa la razón. Que el difunto Monroy era el único responsa-
ble. Que la sangre con la que bañó a los temerosos leones
del mausoleo de enfrente, justo antes de morir desangrado
sobre la tumba del propio finado Monroy, no podía signi-
ficar nada más: Monroy, nuestro demoniaco patrono, se lo
había ordenado. Eso creían. Yo igual lo creo a ratos. Pero
no. Tenía que haber otra explicación. A veces yo también
veo a Monroy.

20
††

Emanuel: la historia se escribe con sangre.


Esta historia está escrita con sangre.
Hemoglobina, conchetumadre, puro chocolate derrama-
do en tu honor.

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†††

En la banda éramos cuatro: Samuel, el batero; el Colina en


la guitarra principal; el loco Tuma en el bajo; tanto en la
segunda guitarra como en la voz, yo.
El Emanuel era el quinto.
También cantaba. Su voz era más aguda y rasposa. Una
voz borracha, una voz malherida. El chillido de un payaso
enfermo y desquiciado.
Cuando no cantaba, bailaba. Una danza rara, demente
y sincera, como la de un ritual. En retrospectiva, esa im-
provisación bizarra, pero de entraña, era lo más cercano a
arte verdadero que teníamos. Lo que más nos aproximaba
a tener un aura propia, lo que más se parecía a nuestro sue-
ño oscuro lleno de guitarras distorsionadas, doblepedales y
acoples insufribles en la amplificación.
Entonces fuimos cinco.
A la fuerza fuimos cinco.
Más Monroy, seis.
Componíamos canciones y tocábamos covers principal-
mente de Venom y Mayhem, aunque también algo de Deici-
de. Del primer Deicide, por supuesto.
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El Samuel le puso al bombo de la batería un logo con el
nombre de la banda que él mismo diseñó. Le quedó bueno.
Críptico, pero veraz.
La batería se la habían regalado los papás para que
tocara en la Iglesia. Antes lo hacía, aunque era sólo para
cumplir, como si pagara una deuda por el regalo, porque el
Samuel siempre ha sido satánico; más diabólico que Kris-
tian Eivind. Una sonrisa virulenta acompañaba los com-
paces infumables del rock cristiano; de cuando en cuando,
forzaba el error.
Ensayábamos dos veces por semana. A veces tres. Nun-
ca había pauta, pero más corazón que la rechucha. Eso y el
difunto Monroy hecho carne en nuestros temas, su legado,
nuestra inspiración. Él era la vía a la trascendencia. El camino.
Grabamos un CD con un tipo que tenía un estudio en
Matta. Nos cobró veinte lucas por la sesión, los arreglos,
todo. El dato era del loco Tuma. Amigo de un primo que
tocaba música andina o algo así.
Perdimos toda la tarde grabando. El tipo estaba cha-
to pero hizo la pega. En todo caso, no había mucho que
arreglar. Nos gustaba que el sonido fuera sucio y macabro.
Al día siguiente lo encontramos tirado en el piso, curao y
jalao a más no poder. Se hizo mierda con nuestra plata el
muy bastardo. Cuando nos vio quiso incorporarse, pero a
cambio de eso se puso a buitrear. Podría haberse ahogado
con su propio vómito. Mal por él. Pescamos el CD y nos
marchamos.
Nos fuimos escuchando una y otra vez el disco en la
radio del auto del tío del Colina. No sé quién se quedó con
el original. Yo perdí mi copia cuando me enteré de lo del

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Emanuel. Sentí impotencia y la tiré al techo. A los días me
arrepentí y subí a sacarla, pero no sonaba nada. Los rayo-
nes, el sol y la orina de los gatos habían eliminado lo que
hacía poco fuera tan importante para mí.
Subimos un video a youtube tocando en vivo, grabado
con la cámara de un celular. Sonaba horrible. Además lo
eliminaron porque en una parte el Guatón se desnudaba y
se masturbaba en el escenario. Era justo cuando la canción
decía que solamente el sexo pútrido acallaba el llanto de los
sufrientes de Monroy.
El loco Tuma escribía la mayoría de las letras. Le que-
daban buenas, aunque no sé si alguien lo supo apreciar real-
mente. Yo sí.
El Emanuel escribió sólo una letra. Era la más bizarra
de todas. Nunca la tocamos, aunque el Colina y yo había-
mos creado unos riffs que pegaban como no lo había hecho
ninguna otra de nuestras canciones. Buscamos un sonido
sucio, asqueante. Repetíamos incesantemente el Si Bemol:
el tritón: el sonido del Diablo. No había otra forma de tocar
ese tema, de haberlo hecho hubiese sido el mejor, pero no
alcanzamos. El Guatón se murió antes. La canción murió
con él.
El Samuel quiso recitarla en su funeral, como si se trata-
se de un poema, una elegía terrible y autoimpuesta, el pro-
pio réquiem del guatón Emanuel, pero unos tíos lo tomaron
y lo sacaron del lugar mientras la mamá le gritaba que para-
ra, que acaso no le bastaba con haber llevado a su hermano
menor a la locura. Luego dirigió su mirada a nosotros, una
mirada infernal e inmisericorde, y nos dijo, con un odio que
algún día le daría su lugar en el infierno, que no teníamos

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respeto ni perdón de Dios, que lo que merecíamos era arder
por la eternidad, mientras el papá, que era pastor, la abra-
zaba y en intervalos extraños, entre miradas fijas a nosotros
y desviaciones al cielo, pedía a su dios que nos perdonara y
guiara a retomar la senda del buen camino.
El Colina escupió una de las coronas grandes que ador-
naban el cajón del Guatón. Ahí tuvimos que salir corriendo
porque los tíos, por muy evangélicos que fueran, no iban a
tolerar tamaña herejía. El Samuel, sin embargo, se negó a
correr. Se quedó solo, parado firme y desafiante, mirando a
sus familiares iracundos perseguirnos. Por lo mismo le llegó
un combo que lo tiró al suelo y le dejó la cara hinchada casi
un mes. Aun así, en un acto heroico envidiable, les mostró la
otra mejilla a esos infelices.
Luego de eso no lo volvimos a ver en un buen tiempo. Si
hasta llegamos a pensar que lo habían ofrecido en sacrificio
a su inmundo dios. Cuando reapareció estaba cambiado,
más callado que nunca y con el pelo corto. Le preguntamos
qué onda; no respondió. Dijo démosle no más y nos pusi-
mos a ensayar, aunque esa tarde nada sonó como esperába-
mos y terminamos antes, fumándonos un caño que el loco
Tuma había traído.
Alguien propuso ir a tomar a la tumba del Guatón, pero
el Samuel dijo que tenía algo más que hacer y al resto nos
terminó dando paja. Fue rara la situación que se vivió ahí,
y aunque todos los de la banda entendíamos a lo que se
debía, nos negábamos a aceptar lo evidente. Los Monroy’s
Destruction olíamos a muerte, cada uno cargaba con una
corona de flores negras para nuestro propio funeral. Un
Dark Funeral. La sala de ensayo esa tarde era la evidencia

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insoslayable de nuestro estado de defunción, nuestro pro-
pio ataúd abriéndose ante nosotros y sellándose por el resto
de nuestros días. Ahí murieron los Monroy’s Destruction,
nuestro epitafio nació como una revelación que nos nega-
mos a creer:

aquí yacen los restos


de los sufrientes de monroy
si guardas silencio aún se oyen
sus trémolos acordes
implorar resurrección

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††††

Monroy era nuestro Aleister Crowley y como tal lo venerá-


bamos. No teníamos una mansión pero teníamos su mauso-
leo deslucido con el tiempo, la soledad y los embates de los
sismos de cuando en cuando. Teníamos la escalera enorme
que impedía sellar el trato con Satán. Pero sobre todo, te-
níamos a los leones temerosos mirándonos, gruñéndole al
difunto Monroy, recordando su pacto demoniaco del que
alguna vez alguien de la banda, tal vez el Samuel, escuchó
pronunciar a algún sepulturero medio borracho en busca de
cráneos para venderle a los estudiantes forenses o a metaleros
y góticos engrupidos como fuimos nosotros por entonces.
Eso fue antes de la muerte del guatón Emanuel. Antes
de que tuviéramos algo que contar sobre nuestra banda que
entonces no se llamaba Monroy’s Destruction. Fue algo
aparentemente fortuito. Pero con Monroy no era así, nada
podía ser casual. Lo conocimos de rebote, sí, pero había
algo más, había una conexión mucho más profunda entre él
y nosotros, de eso no hay duda.
Así llegamos a Monroy —nuestro Crowley—, así le di-
mos sentido a nuestras canciones, a nuestra vestimenta lú-
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gubre, a nuestros rostros pintados, a la idea constante de
abrir su tumba y sacar esa cruz que alguien puso para diluir
su legado. Era como si su voz sepulcral nos llamara cons-
tantemente. Una petición extraña desde el más allá: quiten
la cruz, sáquenla, inviértanla. Sentíamos la urgencia de res-
ponder a ese llamado, queríamos servir a Monroy.
Una vez lo intentamos pero un cuidador nos echó con
una luma de fierro retráctil. Salgan de ahí, mierda, nos gritó
mientras se abalanzaba sobre nosotros con brío infernal. El
Samuel tenía algo enfermo que lo impelía a desafiar los gol-
pes; le llegaron la mayor parte de los lumazos, hasta quedó
inconsciente y el Colina con el loco Tuma lo tuvieron que
cargar, mientras el Emanuel le gritaba te vamos a matar,
conchetumadre, nadie toca a un monroy y se queda así no-
más, te vamos a sacrificar, perro culiao. Yo salté con una
patada sobre el viejo que había llegado en bicicleta y con el
fierro en la mano, como una especie de caballero medieval
penoso y con un trabajo de mierda, pero que aun así podía
decir que era el cuidador de tumbas, que era el defensor del
reino de la muerte; salté sobre él, pero con reflejos felinos
me dio un golpe en la pierna que todavía me duele. Salimos
corriendo y no volvimos en varias semanas.
Con todo, Monroy nos impulsaba a gritos a hacer cosas
por él. Nos pedía que lo liberáramos y que divulgáramos
su palabra. Eso resultaba un problema porque aparte de los
enfrentamientos con los cuidadores, no teníamos la más mí-
nima idea de cuál era su palabra, su mensaje de caos (o de
amor) para el mundo.
Buscábamos respuestas, como todos, pero nos pasaba lo
que siempre pasa con esas respuestas: suelen ser un eco pro-

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fundo, desesperado e ininteligible. En este caso era nuestro
propio eco diluido en las paredes de un mausoleo altísimo
y desolado, del que poco y nada sabíamos, pero que intuía-
mos de un significado hermoso, un sentido cantado por án-
geles caídos y de voces intensamente guturales.

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†††††

Nadie pensó nunca en sacarle una foto al Guatón muerto,


tendido, desangrado, vomitado y cagado sobre la escalinata
del mausoleo del difunto Monroy. Nadie pensó en hacer la
carátula de nuestro primer EP y así saltar a la fama. Nadie
pensó en crucificar el cadáver del Emanuel sobre una de las
cruces vueltas animitas del Cementerio General, ni en llevar
su cuerpo y tenderlo frente a la iglesia evangélica metodista
Hermanos de Jacob donde su papá hacía las veces de pastor.
Nadie consideró la idea de beber la sangre o llenar botellas
de Báltica y verterla sobre los instrumentos o aventarla al
público de nuestra próxima tocata en su memoria que na-
die nunca pensó en organizar. No la merecía. Ninguno de
nosotros tomó la iniciativa de encarar al pastor que dio el
responso asqueroso y decirle hijo de perra te veré en el in-
fierno, me voy a recagar de risa cuando Satán te esté culian-
do, viejo maricón. Hubiese sido bueno pero no lo hicimos.
Ni se nos pasó por la cabeza, habían muchas otras cosas en
qué pensar. Una vez el Guatón dijo que si se moría le gus-
taría que meáramos sobre su cuerpo hinchado de muerto,
pero no nos acordamos de eso. Por un lado porque lo dijo
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raja de curao y, por lo tanto, nosotros lo estábamos tanto o
más que él (aunque era difícil estar más curao que él); por
otro, porque pensamos en que su cuerpo gordo hinchado
tras la defunción no cabría en cajón alguno, y en que sería
chistoso verlo así. Muérete luego, guatón dramático, le dijo
el loco Tuma de una, mientras le arrebataba el chimbombo
con violencia y cariño a la vez, y todos juntos nos reímos.
No recuerdo qué hizo él. Ahora lo imagino exánime e in-
trospectivo, mirando una lata y pensándose muerto, planifi-
cando su performance como lo hiciera Cristo poco antes de
morir, pero sin llanto, sin rezos. Y así. Nadie dijo ahora de
muerto él es nuestro patrón. Emmanuel´s Destruction sue-
na feo. Nadie dijo escribámosle una canción. Un tema de
nueve minutos en un disco de sesenta y seis minutos con seis
segundos. Nadie. De imitarlo ni hablar. Nada. Nadie pensó
siquiera un segundo en los verdaderos deseos del Guatón,
nadie pensó nunca en honrar su nombre de ninguna forma.
Para qué.
Yo lo pensé, pero un miedo imperdonable revolvió mis
entrañas.
Nadie lo hizo, nadie lo pensó, nadie fue tan true al fin
y al cabo.

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††††††

Pasamos por varias etapas antes de ser lo que fuimos. Yo


ingresé poco antes de cambiarnos el nombre. Llegué por
casualidad. Era amigo del Samuel y del loco Tuma, con el
que fuimos compañeros en el colegio. Él me invitó. Me dijo
que el vocalista anterior se había ido, que se había vuelto
loco y que no lo habían vuelto a ver desde entonces, que se
lo había tragado la tierra. Estaba pitiao ese culiao, me dijo.
Respondí que no cantaba, que sabía tocar la guitarra y que
me gustaba el trash. Me dijo no importa, grita lo que sea,
nosotros hacemos la magia, y dibujó una sonrisa dulce y vo-
lada, mientras me extendía la cola de un paraguas. Entonces
hicimos algo como una audición y resultó que sí cantaba y
que en la guitarra el death no me venía nada mal. Me sentí
poseído por ese ritmo oscuro, algo así debe ser el amor.
Me invitaron al cementerio a celebrar o a hacer un rito
de iniciación, ya ni sé. Ahí fue que conocí la tumba del di-
funto Monroy, ahí oí su historia y me fascinó inmediata-
mente. Era como si esa historia de subvertir la vida y burlar
la muerte fuera la historia de cada uno de nosotros y lo era.
Lo sigue siendo.
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Comenzamos a visitar el lugar muy seguido y a hablar
con él. Al poco tiempo ya habíamos cambiado el nombre y
de paso el Guatón se nos acopló de lleno. Acababa de termi-
nar con la polola y lo de la banda le venía bien. Un cambio
de aire, de enfoque, qué sé yo. Fue ahí que gradualmente del
death pasamos a una onda más oscura y atmosférica. Ter-
minamos siendo una mezcla de death y black, algo doom
incluso, una amalgama que no lograba consumarse bien,
pero que nos convencía. Teníamos identidad. Y la muerte
del Emanuel lo coronó todo. Ahí alcanzamos el tono, ahí
fuimos realmente los Monroy’s Destruction, aunque la ban-
da finalmente muriera con él.
Fuimos un destello oscuro que se apagó en la inopia del
panorama metalero tercermundista. En su sepulcro yacen
también los restos de lo que fuera la más brutal banda de
metal chileno.

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††††††

Había un sueño recurrente: el Emanuel corriendo; el Ema-


nuel huyendo de su polola; su polola cagándoselo; la mina
pidiéndole disculpas; la mina en una cama implorando la
indulgencia de un Emanuel iracundo; en el sueño estaba yo;
la mina metiéndose conmigo y pidiéndonos perdón.
Pasábamos por un puente. No juntos, pero los dos lo ha-
cíamos. El puente era grande y estaba destruido. Existía la
posibilidad de que se cayera, de morir en el intento y hasta
hubiese sido bueno que así fuera, si de eso dependía mitigar
la sensación angustiosa del sueño. Todo era confuso, nada
tenía un sentido claro, aunque estaba seguro —lo estoy— de
que en él había un significado, de que era una advertencia
o algo. Y ese algo era pura evasión, escape, necesidad de
supervivencia. Y mutilación.
Una sentencia.
Cuando él huía, yo también lo hacía. Era raro porque a
ratos huía de él y a ratos con él. Lo que sí, él nunca huía de
mí, su objetivo último era otro. Ni siquiera sé si me seguía.
Ni siquiera sé si le importaba la traición de la que yo era
parte y que tanto me perturbaba. En cualquier caso, tanto
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en su huida como en la mía, estaba la sensación de que al no
hacerlo nos iban a matar.
Nunca entendí el sueño, pero se repitió innumerables
veces. Era un sueño de símbolos y sensaciones. Era un sue-
ño sin narración. Lo conectaba con la propia historia de los
Monroy’s Destruction, que también era pura entraña, cero
narración. Las historias sin historia son las únicas que ver-
daderamente vale la pena escudriñar.
En el sueño aparecía también la tumba del difunto
Monroy, aunque ahí no se trataba de una tumba, sino de
una casa. Tenía una reja negra en su entrada. La recuerdo
abriéndose lentamente y por sí sola, pero nada más. Se veía
una sombra alta y delgada a unos metros tras la entrada.
Una suerte de Slender Man que yo intuía era el propio di-
funto mostrando su silueta blasfema. Sentía miedo, pero al
mismo tiempo una curiosidad enorme por ir más allá. Un
llamado. No pude entrar. Algo me lo impedía: mis pies ya-
cían fundidos con el suelo del cementerio que en el sueño no
era tal, sino un barrio aristocrático de principios del siglo
pasado. El Emanuel, en cambio, sí entraba guiado por la
figura oscuramente paternal que posaba la mano derecha
en su gordo hombro. Entonces él se daba vuelta una última
vez sólo para decirme que nos veríamos pronto. Te veré en
el infierno, me decía cariñosamente, mientras esbozaba una
sonrisa y plantaba su mirada en mí. Luego se iba. Dejaba
todo atrás. Pasaba a otro plano. Yo quería seguirlo pero no
podía. No estaba listo. Estaba condenado a pertenecer a
este mundo, a este barrio, a esta necrópolis maloliente que
vio nacer y morir a los Monroy’s Destruction, y que en un
nicho irónicamente pequeño guarda los restos del Emanuel.

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El sueño era un vaticinio y a la vez la evidencia de algo
insoportablemente obvio.
Del minuto en que murieron los Monroy’s, nunca más
volví a soñar.

39
††††††
††

No era nadie. Estaba terminando cuarto medio en un dos


por uno porque del colegio lo echaron por repetir tres veces
el segundo medio. Tomaba. Inhalaba tolueno de cuando en
cuando. Rayaba iglesias y sepulturas con inscripciones lati-
nas y cruces al revés. Era un caso perdido. Su familia había
abandonado toda esperanza. Su aspecto desaseado, los pan-
talones con hoyos y la chaqueta de mezclilla llena de par-
ches con palabras ininteligibles sólo eran una lápida en un
ser sin futuro como él. Era negro. Nació muerto. No tenía
mina. Lo dejaron por otro. Por un amigo. Uno sin tetas. Un
traicionero. Sus padres rezaban por su alma cada día, cada
noche. Perdían el tiempo. Se sentían culpables. Tenían razón
en hacerlo. Recibieron el perdón de Dios. O su castigo.

41
††††††
†††

Al cuidador de la entrada lateral del Cementerio General


de Recoleta le gustaba contar historias espectrales. Decía,
por ejemplo, que esa entrada —la suya— correspondía a la
de las brujas, porque de los tres accesos al cementerio era
el que se cerraba de último, lo que lo hacía el lugar propi-
cio para que quienes ejercen la magia negra puedan colarse
por la noche, cuando ya no queda más que los muertos, los
cuidadores y el silencio cómplice de la necrópolis. A esas
horas el cementerio es otro: todo es tan oportuno para los
rituales, las mandas, las invocaciones. En palabras de ese
viejo enfermo y mentiroso: al caer la noche las brujas a es-
condidas aguachaban muertitos.
Parecía contarlo con cierto orgullo, tal vez por lo que
implicaba estar a cargo del cuidado de una entrada tan enig-
mática: ¿cuántas brujas debió echar?, ¿cuántas lo maldije-
ron por frustrar sus planes?, ¿cuántos episodios necrófilos
debió frustrar… o husmear? Quizá su orgullo era fruto del
placer producido por el invento de innumerables historias
de ultratumba, de cientos de mentiras sobre lo desconocido
orquestadas por un viejo con mucho tiempo muerto. Quién
43
sabe. Con todo, la idea de la usurpación de cadáveres nos re-
sultó particularmente atractiva: imaginamos un atril cons-
truido con las vértebras del propio Monroy; una máscara
con el cráneo; uñetas con los dientes o con las mismas uñas
que de cadáver siguen creciendo. ¿Qué tan largas serían las
uñas de Monroy? ¿Qué sonidos tenebrosos saldrían de esos
rasgueos —de sus rasgueos?
Fue el mismo viejo el que contó la historia del difunto
Monroy, el mismo viejo conchesumadre que después nos
atacó cuando cruzamos el sendero que él mismo dibujó
para nosotros. Viejo culiao demente. Yo no estaba cuando
la contó, yo recién me había hecho parte de la banda. Se lo
contó al loco Tuma, al parecer, y este la encontró tan bacán,
tan digna de los entonces Deisy’s Destruction, que corrió
a contarle al Samuel y de ahí al resto que no tardamos en
juntarnos para visitar el lugar.
La historia era sencilla: en ese mausoleo enorme y gris,
sin ninguna figura religiosa que adornase su cúspide y pro-
visto de una escalera gigante de aspecto helénico, semejante
a las de las doce casas de los Caballeros Dorados, se escon-
día algo, un secreto. La escalinata se extendía por al me-
nos tres metros, algo poco común entre los mausoleos, y
al subirla se quedaba de frente, cara a cara, con la propia
cabeza de Monroy, sombrío, duro, constante. Tras esta, una
cruz metálica sobria y triste puesta por un pariente anóni-
mo varios años después de la muerte de Monroy, con la que
buscaba atenuar la enorme laicidad del mausoleo, quizá es-
perando iluso el verdadero descanso del difunto. Nada más
ajeno a la realidad: Monroy no deseaba el descanso eterno,
no anhelaba el cielo en ningún caso, tampoco el infierno;

44
el difunto Monroy había hecho pacto con el mismísimo
Demonio, pidió dinero, pidió fortuna, por eso pudo pagar
esa tremenda tumba que lo acoge en su oscuro reposo. Pero
los pactos se pagan en algún momento y Monroy lo sabía.
También sabía que no se cobran de inmediato: cuando el
cuerpo toca tierra en el camposanto, Lucifer cobra su parte
y se lleva el alma del que hizo el contrato. Es por eso que
en su lecho de muerte Monroy mandó a hacer un mausoleo
muy alto, altísimo, para así no tocar tierra nunca, para ja-
más pagar la deuda con el Coleflecha.
La historia era interesante, pero perfectamente podía
ser mentira. La prueba está en el mausoleo vecino, nos dijo
el cuidador, ¿ven esos leones? Gruñen, tienen miedo, su mi-
rada está plantada en la parte superior del mausoleo del
difunto Monroy, cuidan al fiambre de las energías oscuras
que merodean el sepulcro del endemoniado. Cruz pal cielo,
sentenció.
Los leones son figuras habituales en los cementerios,
pero el aspecto de estos distaba del común reposo y relajo
que solíamos ver en el resto de las tumbas del lugar. Acá era
distinto. Defensivos. Irascibles. Temerosos. El arquitecto del
mausoleo de enfrente sabía del demoniaco vecino que en-
contraría el cadáver al que tenía que hacerle una casa y qui-
so prevenir que cualquier energía negativa o quizá que hasta
el mismísimo Satán, colérico tras el engaño de Monroy, fue-
se a cobrar en venganza otra alma, el alma del vecino.
Los leones tenían miedo. La escalera develaba el se-
creto. Monroy hizo pacto con el Diablo. El pacto no pudo
cerrarse. Nosotros admirábamos a Monroy. Los Monroy’s
Destruction.

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Siempre nos preguntábamos si quitando los leones los
demonios invadirían el lugar. Pensábamos en si eso de algún
modo enfurecía a Monroy o al mismo Satanás. Queríamos
quitarlos y lo intentamos: la fractura de una de las patas del
león izquierdo es nuestra marca, aunque lo hayan atribuido
al terremoto. Aun así, el terremoto contribuyó a que ésta
adelgazara más y hasta amenazara con derribar a uno de
los defensores sepulcrales. Sería deseable, en todo caso, que
otro sismo viniera y arrasara con ambos felinos para que
así la maldición contamine todo el lugar. (Que haga caer la
cruz también; que la invierta). Es lo que quería el Emanuel.
Él mismo fue quien le pegó el hachazo a una pata. Nosotros
lo avivamos, era de noche y estábamos curaos, vimos caer un
pedazo y nos dio miedo insistir. Estábamos en parte picados
con el viejo de los cuentos por habernos atacado. Era la pri-
mera vez que volvíamos al lugar después del acontecimien-
to. Cayó un pedazo de yeso y creo que el mismo Guatón se
quedó con él, creo que hasta lo levantó y dijo viva Monroy,
conchetumadre, aunque tal vez lo imaginé. Las imágenes de
ese momento son tan difusas como fantásticas. El caso es
que escuchamos ruidos y nos urgimos muchísimo. Nadie lo
reconoció, pero sentimos miedo y decidimos marcharnos,
sin embargo nos fuimos contentos, sabiendo que habíamos
sido leales seguidores de Monroy.
Al otro día comprobamos las heridas del león, pero los
borrachos brazos del Emanuel no eran tan fuertes y el yeso
era duro como la vida misma. En todo caso ese fue el hito
que marcó un antes y un después en nuestra relación con
Monroy. Después de eso vino todo. Después de eso la oscu-
ridad colmó nuestras vidas para siempre.

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††††††
††††

Nosotros intentamos aguachar a Monroy: le dejamos de


ofrenda un gato que el propio Samuel degolló luego de en-
contrarlo vagando cerca de las tumbas que parecen blocks.
En una de esas está su hermano.
En una de esas tumbas refulgentes de pobreza y dolor
extremo, yacen los restos del Emanuel. En un nicho pareado
en el que apenas entró su féretro se pudre el Guatón de los
Monroy’s Destruction.

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††††††
†††††

La primera vez que sacrificamos un animal lo hicimos en


un potrero junto al canal, con motivo de la celebración del
cumpleaños del Samuel. A ninguno de nosotros se le había
pasado nunca por la cabeza hacerlo, ni mucho menos di-
mensionamos la sensación de superioridad que implicaba el
asesinato de una criatura. Tampoco previmos el significado
trascendental que había tras el acto, ni que la sangre y la
muerte se fundían y mutaban desencadenando una fuerza
extraordinaria, soltando todo su valor revitalizador. Nos
sentimos vivos.
Lo del sacrificio fue idea del Emanuel, aunque el único
que algo de experiencia tenía al respecto era su hermano
que a los cuatro años presenció uno.
De niños ambos vivieron un tiempo en Coñaripe, en
casa de sus abuelos. Sólo el Samuel tenía algunos recuerdos
vagos de aquello, porque el Guatón era muy chico, apenas
una guagua, y porque aparte su memoria estaba llena de
baches, atrofiada y entremezclada con sucesos improbables,
delirios de una cabeza insensata y perturbada, de la que na-
die nunca podía fiarse (nunca se le diagnosticó ni un trastor-
49
no y, por supuesto, ya es tarde para hacerlo).
De entre los recuerdos del Samuel, había uno en espe-
cial, un fragmento de memoria nítido, oscuro y brutal re-
pitiéndosele constantemente, persiguiéndolo como rémora
desde su infancia hasta hoy: la imagen de su abuelo —el
último recuerdo vívido de él, acaso el único— colgando a
la Laika, la perra de la familia, en un árbol viejo y solitario
ubicado al fondo de la parcela en la que vivían.
La Laika acompañó a su abuelo toda una vida, estaba
en la casa mucho tiempo antes de que el propio Samuel na-
ciera, tenía quince años y se encontraba muy enferma. Era
buena, la quería, la utilizaba para la caza y para ahuyentar
a los intrusos que insistentemente saltaban la cerca para ro-
bar tomates, pero desde hace un tiempo era una molestia y
su condición penosa: había que sacrificarla.
El Samuel nada entendió de lo que vio, sin embargo, las
imágenes del sacrificio —la perra vieja caminando lento; la
perra entregada; la perra envuelta por un lazo al cuello que
el propio abuelo apretó con firmeza; la mirada fija del viejo
a los ojos de la perra; los ojos cafés del animal, brillosos y
prodigados, devolviéndole la mirada, agradeciéndole; la pe-
rra jadeando resignada, con la claridad de que lo que venía
no era bueno, pero entendiendo que en el fondo debía ser
así, que en cierto sentido era lo mejor; un solo tirón; la Lai-
ka colgada de un sauce y jalada por su propio dueño— se
enquistaron en sus ojos para nunca más abandonarlo.
El abuelo impávido realizó el acto y de igual modo se
retiró del lugar. No pareció disfrutar, tampoco sufrir. Eso
sí, según contaba el Samuel, en la escena había un profundo
respeto al animal, nada personal; un designio simplemente.

50
Incluso dijo que cuando le preguntó a su abuelo el porqué,
este respondió con una voz grave que aún resuena en su ca-
beza: porque así es no más.
El Samuel observó todo de principio a fin paralizado,
casi sin pestañear, sin un solo sentimiento invadiendo su
curiosidad infantil que no fuera la perplejidad; se quedó
ahí parado frente a la perra desde el inicio hasta después de
que su abuelo terminara el trabajo, contemplando fijo cada
movimiento espasmódico del animal hasta que se detuvo y
sólo quedó un leve vaivén que lo mecía del árbol comple-
tamente exánime, como si buscara memorizar cada detalle
de lo ocurrido esa tarde, como deseando que esas imágenes
siguieran allí por siempre persistiendo, como una revelación
infame o como una lección de vida prematura y que algún
día le resultaría vital. Así fue.
Nos contó eso y el Emanuel propuso de inmediato, casi
extasiado, sacrificar a un perro con distemper, que a duras
penas sobrevivía gracias a los restos de pan y comida que los
vecinos dejaban a orillas del botadero. Pensé que el Samuel
estaría en desacuerdo y hasta temí que reaccionara con vio-
lencia a la propuesta de su hermano, pero no fue así. Aceptó
enseguida.
No lo ahorcamos, le abrimos el cogote con una corta-
pluma automática que tenía el Samuel. Él mismo hizo el
corte mientras el loco Tuma afirmaba el torso de la bestia y
le cerraba el hocico. Se resistió como pudo, pero su estado
penoso le impidió hacer mucho; eso o nuestra excitación era
tal que pareció un simple juego de niños. El perro se cagó
después de matarlo y el loco Tuma quedó con sus botas en-
sangrentadas y enmierdadas.

51
El Colina nunca participó en estos ritos. Tampoco se
oponía a ellos, pero siempre había excusas y yo entendía
que en el fondo no quería hacerlo. Un par de veces el Samuel
lo presionó, pero al Colina le dio igual, no tengo nada que
probarte, le dijo. No, porque ya está más que probado que
erís un maricón, le respondió el Samuel. Todo el resto ex-
perimentamos el éxtasis del sacrificio. El guatón Emanuel
hasta guardaba la sangre en botellas de Coca-cola. En aquel
entonces ya habíamos empezado a pintarnos la cara blanca
y ennegrecíamos nuestros párpados y labios, como imagi-
nábamos lucía la muerte. El Emanuel nos sugirió echarnos
la sangre que había guardado sobre los rostros pintados
cada vez que tocáramos, pero nadie, salvo él, lo consideró
en serio.
La idea no era buena, a la sangre le salieron grumos y
comenzó a coagular rápidamente. De todos modos al Gua-
tón le importó un carajo, y con la misma determinación con
la que gota a gota llenó varias botellas de medio litro, la
aplicó sobre su rostro cada vez que tocamos en algún lado.
Hedía horrible, pero lo dejamos. Sentíamos que el gesto te-
nía su sello y ciertamente no importaba.
A mí me producía un poco de miedo que en cualquier
minuto apareciera el SAG y nos multaran por inmundos,
como ocurrió en la visita de Gorgoroth, cuando casi can-
celaron el concierto porque las autoridades sanitarias eva-
luaron como inadmisibles las tinas de sangre de cerdo en
las que se bañaban los integrantes. Por suerte lo lograron
arreglar. Mantengo vívido el recuerdo de la banda arrojan-
do vísceras al público y yo ahí adelante, con el loco Tuma,
extasiados en esa experiencia única, macabra y mística. En

52
lo del Guatón algo de eso había, tal vez fue esa la razón por
la que nadie se opuso a que lo hiciera, a pesar del olor.
Nunca nos pasó nada y el Guatón siguió aplicándose sus
reservas de sangre de perros y gatos, chorro a chorro, gota
a gota, hasta el día de su muerte. Una vez se dibujó lágri-
mas con coágulos larguísimos que descendían lentamente
mientras tocábamos hasta llegar a su boca. Fue asqueroso,
sobre todo porque el Guatón llevó su lengua a las comisuras
ensangrentadas y saboreó el crúor fétido, como si de pronto
se convirtiera en un vampiro, en la reencarnación de Tito
Lastarria o de José Tomás Vargas o de los dos.
Visto de otra forma, quizá el verter su sangre sobre los
leones del cementerio fue un gesto tributo a todos los ani-
males que donaron la suya a la causa del difunto Monroy.
Quizá fue esa la razón por la que esa noche maquilló su
rostro con su propia sangre, como un último sacrificio, la
muerte del último animal.
Ahora bien, si me preguntan, el corpse paint en el Gua-
tón siempre me pareció una ridiculez.

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††††††
††††††

Varias veces hablamos con Monroy, aunque por lo general


él optaba por un lúgubre mutismo. Íbamos a su tumba y
hacíamos psicofonías con una grabadora de casete que tam-
bién usábamos en los ensayos. En esa máquina vieja y de
mala calidad logramos capturar su voz. Era rasposa, grave
y doliente, como la de Eduardo Topelberg, de ultratumba y
procaz. Por eso nos gustaba tanto, por eso sabíamos que era
él, por eso queríamos oírla una y otra vez, a pesar de que el
chirrido constante de la grabación pocas veces materializó en
la voz del difunto Monroy. Queríamos registrar su canto, asi-
milarlo, hacerlo uno con el nuestro y en cierta forma así fue.
En una ocasión oímos su risa y lo que creímos fue el in-
sulto a la madre del Colina. En verdad, el audio no era cla-
ro, nunca lo era, identificar los mensajes, los versos, de entre
la barahúnda del ruido blanco era todo un arte. Si hubiesen
sido mensajes transparentes, claros y precisos, no nos hu-
biera interesado en absoluto: lo que buscábamos era oscuro
y chirriante, profundamente verdadero, como el cadáver de
un dios rendido ante el caos.
Pero lo oímos. Tu madre. El culo de tu madre, aventuró
55
el Samuel mirando fijamente al Colina y todos creímos oírlo
también y reímos y asentimos ante el deseo de Monroy o su
broma.
Fuimos exhaustivos, en todo caso. Escuchamos varias
veces el audio; nos hacíamos callar, nos retábamos, quédate
callado, guatón culiao, reclamábamos al Emmanuel, fren-
te a sus constantes interrupciones. Fue difícil de escuchar,
pero no nos rendimos fácil; sabíamos que allí había algo.
Amplificábamos el volumen; atenuábamos el chirrido de la
base que hacía posible la manifestación; ralentizábamos el
registro por uno, por dos, por tres y así, hasta que alguien
dijo «dice tu madre, les juro que escuché eso, hueón».
Fue el propio Emmanuel el que distinguió el mensaje de
entre el violento ruido blanco y apenas lo mencionó, todos
volteamos a mirar al Colina, pues no había duda, se refería
a la suya y a ninguna más. Él había sido el último en pregun-
tar y su pregunta, además, era coherente con la respuesta
del muerto:
¿Quieres que hagamos algo por ti?
Tu madre, respondió.
El culo de tu madre, insistía el Samuel, interpretando
un sonido del principio que saturaba, como un trueno, la
comunicación. Sinceramente esa parte nunca la oí. Era un
sonido demasiado agudo como para entenderlo, pero creo
que se debe mucho más a una deficiencia propia que a una
mentira; el Samuel siempre fue mejor a la hora de escuchar
detalles, hasta diría que de haberlo entrenado, pudo desa-
rrollar lo que llaman oído absoluto, o así se dejaba entrever
en la música y en nuestros ritos espectrales: un oído absolu-
to capaz de escuchar a los fantasmas más impasibles, más

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rebeldes: a nuestro padre, Monroy.
A veces cuando hacíamos este tipo de pruebas de audio
aparecían otras voces rogando atención. Nunca nos impor-
taron mucho esas presencias suplicantes, así que los echába-
mos a puteadas. A pesar de esto, recuerdo una voz que inter-
preté como la de una niña. Nadie se esforzó demasiado en
entender lo que decía y los demás la echaron de inmediato.
El Samuel le dijo sale maraca culiá, de seguro querí pico, y
mientras decía esto se llevaba la grabadora a la entrepierna
y hacía el gesto fálico con el aparato: un Pato Yáñez. Todos
rieron, yo también reí, sin embargo lo que creí escuchar me
quedó rondando un par de noches.
La niña decía no quiero más, y a mí me atormentaban
las ideas que circundaban su discurso, saber qué era aquello
que no quería: un recuerdo de vida, un fragmento de memo-
ria, de ese breve lapso antes de morir; algo de ahora, algo de
muerta, algo que ignoramos, pero que de seguro el Emanuel
ya conoce: un misterio horrible que los muertos siempre se
niegan a develar.
Por lo general preguntábamos estas cosas a nuestros
muertos, ¿qué hay más allá?, ¿dónde estás?, ¿es el infierno
ese lugar?, ¿hay algo después de la muerte?, pero siempre
se iban o volvían a repetir una palabra o frase que habían
dicho antes, un ripio, un estribillo en su relato fantasmal.
Cuando quisimos interrogar a Monroy al respecto,
hubo un sonido fuerte y borroso en la psicofonía que nos
obligó a taparnos los oídos, como si el ruido blanco, que
dentro de sus irregularidades tenía cierta uniformidad,
sufriera una saturación demoniaca, insufrible, un acople.
Luego la voz de Monroy, inconfundible, pero esta vez más

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severa que nunca, agónica y hasta irritada, pronunciándose
por última vez.
Escuchamos esa grabación millones de veces, pero nun-
ca llegamos a un consenso de qué fue exactamente lo que
nos dijo. El Samuel aseguró que decía «nine» y quiso in-
terpretarlo como que nuestro disco tenía que tener nueve
canciones, que simbolizaban el seis al revés, una especie de
símbolo cabalístico ocultista y que no se agotaba ahí, pues,
como Aleister Crowley decía, el nueve es el número más
malvado de todos a causa de su estabilidad inenarrable: el
número de las declaraciones satánicas de Anton LaVey, el
número de pecados de su biblia satánica, el ritual de los nue-
ve ángulos, la suma áurea del seis seis seis y de su reducción
en nueve, en nine.

6 + 6 + 6= 18
1+8=9
nine

La explicación del Samuel no cesaba, el 9 es un número


loco a cagar, decía, el más diabólico de todos, y es un núme-
ro del que es imposible escapar, como la serpiente esa que se
come así misma: si multiplican cualquier número por nueve
y luego suman los dígitos resultantes hasta llegar a una sola
cifra, siempre tendrán el nueve, perversa la hueá, hueón,
chacal, decía el Samuel extasiado a más no poder por su
relato y también un tanto por el copete. Luego ejemplificó:

7 x 9 = 63
6+3=9

58
Luego lo multiplicó por sí mismo para comprobar su
punto y del ochentaiuno llegamos al 9 una vez más. El loco
Tuma sugirió multiplicarlo por el número de la bestia, y con
la ayuda de un celular nos volvió a dar. Quedamos negros
con esa revelación.

666 x 9 = 5994
5 + 9 + 9 + 4 = 27
2+7=9

Hice la prueba en mi cabeza con varios números, bus-


cando la excepción, la ruptura de la norma, una salida, pero
no: el resultado siempre fue el mismo. Nueve. Nueve. 9. Los
tres seis contraídos a cagar.
Grábenselo en la cabeza, conchetumadres, nueve es el
número de Monroy, nueve es el número de todos nosotros,
culiaos, tenemos que hacer un disco en que todo dé nueve:
el número de canciones, los minutos de los temas, el nom-
bre, TODO. Tatuémonos el nueve en el pecho, hueón, es
el mensaje de Monroy, loco, de los Monroy’s Destruction.
Dijo esto emocionado y se empinó lo que quedaba del chim-
bombo que rigurosamente portábamos como parte del rito.
Esta interpretación del Samuel era sin duda fascinan-
te, muchísimo más que la de su propio hermano y el loco
Tuma, que solo escucharon un «Ay», una expresión de do-
lor y lamento intensa, pero poco sustancial y creíble vinien-
do de un espectro como Monroy.
Monroy era un inglés radicado en Chile a fines del siglo
XIX, por lo que no era tan extraño que su respuesta fuese
en inglés, de hecho el Colina, siguiendo esa misma línea,

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creyó escuchar un «bye», lo que sin ser tan potente como lo
del Samuel, tenía bastante sentido puesto que luego de esa
comunicación nunca más volvió la voz del difunto Monroy,
algo que, por cierto, hizo que el Emanuel se pusiera hueón
y llenara de puteadas al loco Tuma que había hecho la pre-
gunta aquella vez. Le ofreció combos incluso, pero quedó
en nada.
Yo, en cambio, escuché algo más aterrador, simple y sin-
cero y me helaba la piel pensar en ello, me congela la molle-
ra darle vueltas a su respuesta. No hay, retumbó por última
vez la voz del fiambre en mi cabeza, antes de diluirse por
completo entre el silencio mortuorio que invade ese lugar.

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††††††
††††††

Incluíamos las psicofonías entremedio de nuestras cancio-


nes. A veces como intro, otras entrecruzándose con los ver-
sos más siniestros y satánicos que colmaban las letras de los
Monroy’s Destruction. Incluso aquella grabación en donde
el propio difunto se pronunciaba acerca de la mamá del Co-
lina fue parte de una canción. Nunca le dijimos, no sé por
qué, no creo que se hubiera opuesto, a ese hueón no le im-
portaban nada esas cosas; si alguno de nosotros se hubiese
metido con su madre todo seguiría igual —soy tu papá así
que respétame, le diría yo si se hubiese presentado la opor-
tunidad. En todo caso ni se escuchaba, se perdía entre el
sonido rasposo del bajo afinado en un tono menos y el del
doblepedal golpeando el bombo miles de veces por minuto.
Pero ahí estaba, innegable y poderosa, la voz burlesca del
difunto, cantando junto a nosotros justo antes del grito gra-
vísimo y reverberante que me correspondía dar, para iniciar
el coro que con el Guatón llevábamos a dos voces —a tres.
Nos recagábamos de la risa cuando sonaba el tema y de la
nada aparecía ese «culo de tu madre» colándose entre el cla-
mor fúnebre de mi voz, al mismo tiempo que nos enorgulle-
61
cíamos de que en él cantara Monroy. Ese mismo tema, por
razones distintas, marcaría un antes y un después en nuestra
puesta en escena, en la postura que como Monroy’s Des-
truction sosteníamos. Cómo medir lo que significa ese tema
ahora, cómo calibrar lo que valía entonces. Se trataba de la
misma canción con la que el Emanuel haría su despedida
en el escenario. No le dijo a nadie, pero desde que se mató
entendí que ese fue su réquiem, su propia marcha fúnebre,
la construcción de un camino directo a esos nichos infini-
tamente más pequeños que la tumba de Monroy. Cavó su
pozo, la cuenca, las fauces que se lo tragarían para siempre.
Por eso cuando tocamos hizo lo que hizo. Por eso su
voz sonó tan distinta, más maltrecha que nunca: circense y
porcina, diluida entre su performance macabra y autodes-
tructiva. Parecía entender que después de eso iba a acabarse
todo. Parecía tenerlo decidido desde ese minuto o antes; no
fue un mero arrebato de borrachera ni la falta de conscien-
cia tras la inhalación de químicos altamente tóxicos como
todo el mundo creyó. Siempre supo que era lo correcto a
través de ese tema abrir camino hacia su tumba. Su último
canto, tras la voz de Monroy, el alarido triste de un animal
agónico. Imborrable.

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††††††
††††††
††

Luego de que Monroy dejara de lado las psicofonías, tu-


vimos que intentar con otros métodos de comunicación.
Probamos con el péndulo, con el libro rojo, con los lápices
reticulares y hasta con escritura automática. Nada. El di-
funto Monroy no nos dirigía la palabra y amenazaba con
no volver a hacerlo nunca más. Nos hizo la ley de hielo. Nos
dio por muertos. Nos sentimos huérfanos, pero insistimos
con terquedad pueril, como los chivos que al faenarlos pa-
tean con su única pata libre, torpemente.
En un viaje al persa a comprar poleras de bandas, en-
contré en un puesto de juguetes una tabla ouija marca Has-
bro. Me costó barata, cinco lucas, y hasta brillaba en la oscu-
ridad. Le conté a los del grupo y la probamos de inmediato.
Funcionó o eso creo. Siempre estaba la duda de si alguien
estaba moviendo el cursor a su antojo. Todos juraron y re-
juraron que no lo hacían, sin embargo la primera respuesta
que obtuvimos a la pregunta ¿quién eres? resultaba increíble.
SATÁN.
Por inercia, todos sacamos el dedo y nos miramos incré-
dulos buscando al culpable de la broma. Ante la negativa de
63
todos, sólo era posible pensar en dos opciones: la primera,
que efectivamente nos comunicamos con Satán padre; la
segunda, que en realidad se trataba de un espíritu infame
que quería darnos un susto o algo. Obviamente, aunque así
fuera, no lo lograría. Le dije si de verdad eres Satán abre esta
tumba, invierte la cruz que perturba el descanso del difunto
Monroy, demuestra que eres quien dices ser. El resto pare-
ció impresionado por mi reacción y me quedaron mirando
extrañados. Luego todos comenzamos a girar la cabeza len-
tamente cerciorándonos de si acaso ocurría algo a nuestro
alrededor, de si la presencia, más allá de hablarnos desde la
tabla, se manifestaba físicamente.
Silencio.
Aguardamos unos segundos. No ocurrió nada. Tampo-
co se movía el cursor del tablero. Nos miramos desconcerta-
dos y me atreví a increpar al espíritu, a develar su farsa. No
erís el Jefe, culiao chanta, le dije, y sin alcanzar a terminar
la frase, la ouija volvió a moverse violentamente. «MIER-
DAS», anotó, y comenzó a dar vueltas en círculos muy muy
fuertes, y a amenazar con salirse, llevando el cursor a los
extremos del tablero, lo que nos obligaba a aplicar presión y
reincorporarlo, para que no escapase lo que ahí había.
No quería irse y terminamos echándolo a la fuerza.
Nunca supe si en verdad cerramos el portal que esa tarde
abrimos. Quizá ese espíritu poseyó al Guatón. Quizá ese
espíritu contribuyó a la infestación del lugar.
Fue este resultado el que hizo al Tuma pensar en que
podíamos escribir canciones utilizando mi tabla. Volvimos
a jugar con ese propósito, pero esta vez lo hicimos en la
casa del Samuel y el Guatón. A ambos les pareció buena

64
idea hacerlo allí y hasta pensaron que servía como lección a
sus padres canutos que no hacían más que criticarlos o, en
el mejor de los casos, hacer de cuentas que no existían, que
nunca tuvieron dos hijos que les salieran torcidos, dobla-
dos, que les crecieran al revés.
La experiencia fue bizarrísima, pero nos dio como para
tres canciones. Los muertos se comportan distinto, son di-
ferentes, su latencia en la tabla es un enigma hasta toparse
con uno y otro y otro fiambre más. Con todo, no hubo nada
excesivamente abrumante, aunque sí dos experiencias que
volvimos canciones y que suspendían esa duda constante
del prójimo ante el juego de la ouija, esa sospecha inevita-
ble, ese esto no puede ser verdad.
La primera había sido la presencia del abuelo del Ema-
nuel y el Samuel. Ellos casi no lo conocieron, murió poco
después de que naciera el Guatón, cuando el Samuel apenas
iba a cumplir cinco años, de un cáncer al hígado fulminan-
te. No dio detalles de su muerte, tampoco insistimos en ello,
sin embargo hubo algo notable, un dato que no se puede
obviar en esta historia. Uno tiende a probar a los muertos (o
a tus compañeros de rito, si se quiere) con preguntas capcio-
sas, y en este caso el Samuel decidió preguntar por la canti-
dad de hijos que tuvo, por sus tíos. La respuesta fue nueve
—número persecutor; hermoso por lo demás— lo que no
calzaba puesto que el Samuel y el Emanuel hicieron el re-
cuento y solo dieron con ocho (esto incluyendo a un hijo no
legítimo, a un niño huérfano vecino del sur, en Coñaripe,
amigo de la familia, que habían adoptado a eso de los cua-
tro años, luego de que sus padres se mataran). No obstante,
ambos sentían una corazonada enorme, tal vez un deseo, de

65
que en verdad hablaban con su abuelo desconocido y de que
en ese número una vez más estaba la clave. Por eso, termi-
nada la sesión, tomaron el teléfono y llamaron a su abuela.
No la llamaban nunca, no la visitaban nunca, si alguien les
decía tu abuela en cuatro les importaba una mierda, porque
en realidad nunca sintieron ese lazo sanguíneo ni con ellos
ni con nadie, pero algo, algo loco, inentendible, les hacía
despertar una suerte de ternura y curiosidad ingente por sus
abuelos, por esa verdad oculta, y entonces la llamaron. Le
preguntaron cómo estaba, cómo se sentía, cómo iba la vida
en el sur, eso y más, y la abuela al borde de las lágrimas
por la sorpresa mayúscula de sus nietos, como casi diciendo
ahora puedo morir en paz; todo para llegar a la pregunta
clave, a la respuesta clave, y es que sí, efectivamente eran
nueve los hijos, nueve los tíos, nueve como el número mar-
cado en el tablero, pero uno había muerto al nacer.
Vi al Emanuel al borde de las lágrimas, al Samuel no
tanto. Él siempre ha sido más duro, pero se notaba que en
el fondo estaba afectado y nosotros, con un respeto inverosí-
mil, preferimos guardar silencio y lo dejamos hasta ahí y esa
tarde no jugamos más. La tabla, en todo caso, demostró que
era mejor que el programa de reencuentros del Pollo Fuentes.
La otra experiencia fue menos emotiva. El muerto era
aburrido y no decía nada. Sólo se limitaba a repetir una
y otra vez la palabra AZAPA, que en ese momento no te-
níamos la más mínima idea de qué mierda significaba. Le
preguntamos su nombre: AZAPA; le preguntamos su edad:
AZAPA; su sexo: AZAPA; nada. Ninguna otra respuesta.
Solo un paso lento, pausado y ripioso por el tablero, como
si estuviera en la búsqueda de algo, de una palabra clave,

66
de una letra, de un símbolo que se tradujera en la respuesta
más precisa a nuestra pregunta, que respondiese incluso a
las suyas de muerto, pero que lejos de cumplir las expec-
tativas, finalmente derivaba en lo mismo: AZAPA-AZA-
PA-AZAPA, como una especie de loop, de círculo vicioso
infinito e infalible. Entonces lo echamos y llegó otro que
algunas luces nos dio sobre el asunto. Andaban juntos, al
parecer, ambos reincidían en AZAPA, pero este, a pesar de
no querer darnos su nombre, nos habló de su muerte, nos
dijo que lo habían asesinado. En Azapa.
El ritmo de este muerto era distinto, más fluido, menos do-
liente, casi en paz, lo que hacía que la comunicación tuviese
mucho más efecto. Le preguntamos cuándo y dijo que el 76.
Esta hueá está fome, dijo el Colina, está hueá es política, se re-
afirmó, pero nadie hizo caso y seguimos inquiriendo a nuestro
espíritu. Dijo que no era chileno y que tampoco era de los paí-
ses vecinos. Le preguntamos si sabía dónde estaba su cuerpo
y volvió a decir AZAPA y cayó en el ripio, no dijo nada más.
Tuvimos que investigar al respecto, pero no había mu-
cho. Se hablaba de un testimonio reciente, acerca de posi-
bles muertos extranjeros enterrados en el Valle de Azapa,
que entonces supimos era un lugar al norte de Chile, por
Arica, donde se sacan las aceitunas.
Nadie pensó nunca en denunciar estos hechos ni nada,
ni siquiera se nos pasó por la mente viajar al norte y buscar
los cráneos, aguachar sus almas. Con todo, hicimos un tema
que titulamos The valley of death. En él hablamos de beber
vino sobre los restos de niños muertos y de comer produc-
tos de la zona, como si fuera triturar los huesos de infantes
malparidos.

67
††††††
††††††
†††

Tuvimos nuestro momento de gloria.


Fue poco después de cambiarnos el nombre. Antes de
la muerte.
Como Deisy’s Destruction solo tocamos una vez en un
bingo vecinal. Habíamos sido invitados por el tío del Coli-
na, que era miembro de la junta de vecinos, el típico viejo
que siempre andaba en todas y que ocupaba ese lugar que a
nadie le interesaba ocupar.
Abrimos el show.
Los asistentes, casi puras viejas y matrimonios con ca-
bros chicos insoportables, no entendieron nada. Aun así, va-
rios amigos metaleros fueron al bingo y vacilaron nuestros
temas. Los corearon. Hicieron un mosh. Quedó la cagá. Fue
un momento eterno, que en realidad duró nada, porque los
viejos reclamaron, nos llenaron de pifias y amenazaron con
irse si no nos bajaban del escenario.
Para arreglar las cosas los organizadores hicieron subir
al doble de Zalo Reyes, que era el plato fuerte esa noche. La
rompió.
Nunca más nos invitaron a eventos de este tipo. Igual
69
ni nos importaba. Lo que nosotros hacíamos no era para
todos ni queríamos que así fuese. La radicalidad de nuestras
voces y guitarras requerían toda una comprensión discursi-
va, existencial, filosófica si se quiere, que la gente promedio
—el mainstream— estaba muy lejos de alcanzar.
Como Monroy’s Destruction, en cambio, las cosas fue-
ron diferentes. No sé si debido a la experiencia, a cierta ma-
durez musical; quiero creer que sí.
Eso y Monroy, lógico.
Nos invitaron a un par de tocatas y por supuesto no des-
perdiciamos las oportunidades. Hubo una particularmente
memorable cerca del cementerio, en Recoleta. Un loco que
había visto un video de nosotros en youtube nos contactó.
Teníamos que preparar el ambiente antes de que tocara una
banda trashera más conocida, los Pipeño Nuclear. Cumpli-
mos. Dejamos la cagá.
Fue la cuarta y la última tocata de la banda. Del reborn
de la banda, claro. El Guatón ya la estaba rayando en mala
y tras la última canción tomó una bolsa del Líder que ha-
bía junto a uno de los parlantes, donde minutos antes hubo
dos packs de Bálticas heladas como nicho, se la puso en la
cabeza y, en el momento en que debía dar el último grito
intenso, un chillido que se perdería con el rasgueo defini-
tivo y constante de las guitarras en distorsión, comenzó a
enrollar el cable del micrófono sobre la bolsa y su cuello y
a aplicar presión con todas sus fuerzas. Siguió gritando y
apretando por un breve lapso de tiempo y su voz no tardó
en volverse silencio. El Samuel, por la sorpresa, abandonó
el doble bombo un segundo, un ripio, una pérdida de ritmo
que retomó enseguida al notar que lo que hacía su hermano

70
tenía más sentido del que había tenido cualquiera de nues-
tros actos nunca; en él estaba la esencia de los Monroy’s
Destruction: el grito desesperado y ahogado era el del pro-
pio difunto Monroy hablándonos desde su tumba vecina,
prueba de que por supuesto oía nuestro homenaje y lo apro-
baba; era Monroy haciéndose carne. El Guatón no tardó en
perder el aire y las fuerzas, por lo que su grito se apagó por
completo, junto a su mueca horrible de dolor y tranquilidad
que se perdía entre los bramidos de los metaleros borrachos
que estaban ahí esa noche. Un dolor silente, escalofriante,
semejante al rostro de entrega a la muerte, que debió ser el
mismo rostro del Emanuel desangrándose sobre la escalera
del mausoleo del difunto la tarde en que perdió por com-
pleto la razón y se quitó la vida. No pudo, entonces, seguir
aplicando presión y el último acorde de la guitarra del Coli-
na desapareció al igual que el grito. Solo entonces el Samuel
se acercó a su hermano y le quitó la bolsa de la cabeza. Se-
guido, el Guatón vomitó bilis y Báltica sobre el escenario y
todo el mundo enloqueció. Esa tocata fue la zorra, estuvo
mandinga la hueá.
Los organizadores nos putiaron, pero había que recono-
cer que en la performance del Guatón cabía el mundo: era
poética la escena, era Monroy hablando a través de noso-
tros, era nuestro jefe dirigiéndonos nuevamente la palabra,
no se había ido, no nos había abandonado. Fuimos como
Silencer, me dijo el Emanuel después de bajarnos del esce-
nario, con una sonrisa que no hallaba espacio en su gordo
rostro y la mirada ebria posada en mí y en nada a la vez.
Le dije que sí y en verdad lo creía, pero me importaba más
saber si se encontraba bien después de haberse autoinflin-

71
gido tal asfixia. En todo caso no le había pasado nada o se
recuperó muy rápido, y entonces reafirmé mi respuesta; y es
que en verdad lo sentía, en verdad lo habíamos sido: el grito
apagado del Guatón había hecho que el público nos amara
o, mejor dicho, nos respetara, que es la forma más cercana
al amor —aparte del aborrecimiento más profundo— a la
que podemos llegar los metaleros de verdad.

72
††††††
††††††
††††

Después de eso vino la muerte del Guatón y solo volvimos a


tocar una vez. No funcionó. Estábamos malditos, eso pen-
saban los cabros, eso pensé yo entonces. Fui a la tumba una
noche solo y le pregunté a Monroy si acaso era eso lo que
quería, si acaso era su decisión acabar con nuestro sueño,
llevarse al Guatón, llevarnos a todos. No respondió.
Hice una psicofonía y tampoco obtuve respuestas. Hubo
algo, pero no era él. La voz lejana que se oía intermitente-
mente decía ser la de un tal Miguel Lira. Decía frío, decía
miedo, decía dolor. No me interesaba el fantasma de Lira;
no indagué más. Le dije chao, nos vemos pronto.
Tuve pesadillas. Me pesaba la idea de la muerte del Ema-
nuel. Me pesaba haberme comido a su mina. Cuando supe
de su suicidio la fui a putear, me dijo que era un hipócrita
de mierda y le pegué un charchazo y le escupí. Terminamos
culiando. La loca no estaba ni ahí. Yo lloré toda esa noche y
volví a la tumba. Me emborraché, dormí en el cementerio,
meé los leones del mausoleo vecino, recité la canción escrita
por el Guatón a todo chancho, como desafiando a la muerte
y a los sepultureros que no pescaron. Me dejaron ser. Quise
73
intoxicarme con pastillas, pero terminé tirado vomitando
junto la tumba de mi amigo. Me dolía la cabeza y estaba
mareado. Quizá me desmayé, no lo tengo claro. Una vieja a
la que nunca más volví a ver me tocó el hombro, me ayudó
a reincorporarme y me acompañó hasta la salida. Me sentí
vulnerable. Solo. Me di lástima. Debí morir, pero aquí estoy.
Quizás sea inmortal.

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††††††
††††††
†††††

Nunca más volvimos a visitar el mausoleo, nunca más volvi-


mos a visitar al difunto Monroy: ahora es él quien nos visita
a nosotros, ahora es él quien nos encara con su inexorable
rostro lleno de verdad.

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††††††
††††††
††††††

A veces escuchaba voces. Estoy seguro de que no era el úni-


co, pero después del suicidio y de que el Samuel anunciara
de manera formal que dejaría la banda, las cosas se pusie-
ron demasiado tensas como para dedicar tiempo a hablar
de muertos. Queríamos seguir, intentarlo de todos modos,
pero estábamos malditos. Me negué a creerlo entonces, sin
embargo las evidencias del inminente quiebre nos perse-
guían por todas partes, hiciéramos lo que hiciéramos, como
cuando un serial killer mata uno a uno a tus amigos y tienes
la certeza de que el próximo en su lista eres tú. Y fue así:
el hálito infecto de Monroy nos perseguía y el desconsuelo
de los fantasmas manifestado a través de la tabla y de las
grabaciones hicieron osmosis en los agonizantes Monroy’s
Destruction de ahí en más, hasta sepultarnos para siempre.
Sucedió de a poco. Intentamos llenar los vacíos y curar
nuestras heridas, pero en vez de eso solo fuimos acumulan-
do fracaso tras fracaso. Buscamos batero y nos fue pésimo.
Creo que el Colina puso un aviso en internet que nadie vio.
Estuvimos un mes entero sin baterista y, dicho sea de
paso, sin saber nada del Samuel. Tampoco nos importaba
77
mucho, en ese minuto hasta lo odiábamos un poco por de-
sertor. El loco Tuma tenía un amigo que estaba empezando
a tocar y lo invitamos. No hubo rito de iniciación, no hubo
feeling, no hubo nada. Ni una semana llevaba tocando con
nosotros cuando ya se había agarrado a combos con el Coli-
na, porque este le exigió tocar bien derribándolo de una pa-
tada en el sillín. El amigo del loco Tuma se reincorporó de
inmediato y empujó al Colina. El Colina respondió con un
combo seco —brutal— que jamás hubiera esperado, pues,
si viniera al caso comparar, diría que siempre fue el más
tranquilo del grupo.
Luego del incidente el amigo del Tuma no quiso volver
a ensayar con nosotros, por más que el loco le insistiera. El
Colina se excusó diciendo que nunca fue su intención sacar-
lo de la banda y a renglón seguido miró al Tuma y le dijo:
no sabía que era tan sentimental tu amigo, y una sonrisa
maldita se dibujó en su rostro, inesperadamente desafiante.
De todos modos, el loco Tuma y el amigo ese quedaron en
iniciar un proyecto paralelo a los Monroy; menos duro, más
rockero, medio sicodélico-mariguanero incluso; fue eso lo
que atrajo la atención del loco Tuma, de eso no hay duda.
Ni idea de en qué quedó su proyecto, ni me importa, más
que seguro es una mierda.
Nunca tuvo cabida en la banda. Aparte de ser incapaz
de sostener un golpeteo constante, seco y animal de la caja
—y ni hablar del doblepedal—, sus gustos musicales nos
resultaban infumables. Escuchaba Ratt y Van Halen y usa-
ba una muñequera de cuero horrenda, última de maraca,
que alguna vez creo habérsela visto al vocalista de Maná.
Patético. El loco Tuma nos decía que habíamos sido de-

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masiado severos, que era tela y que si lo esperábamos un
tiempo demás que veríamos resultados positivos. Hasta se
atrevió a compararlo con mi ingreso a los entonces Deisy’s
Destruction, lo que me pareció inoportuno y desatinado en
demasía, así que lo mandé a la chucha y no le hablé en tres
semanas, ni siquiera a la hora de ensayar. Jamás evité su
mirada eso sí, por el contrario, le devolvía una desafiante
llena de odio, le dejaba en claro cada vez que podía que en
ese ensayo no estaba tocando con él, sino en su contra; el
perdón es para losers.
Nunca encontramos quien llenara ese vacío, y aun así
los tres seguimos por varios meses juntos, aunque ensayan-
do cada vez de forma más irregular, más torpe. Lo de tocar
en vivo no volvió a ocurrir nunca.
En un arranque de desesperación, fui a la casa del
Samuel a pedirle —suplicarle/humillarme— reconsiderara
volver a la banda, que si lo necesitaba podíamos ensayar
menos (no le dije que eso ya lo estábamos haciendo), pero
que era indudable que para los Monroy’s Destruction su
ausencia significaba una inmensa pérdida que amenazaba
darnos fin de una vez por todas, y que, si de pérdidas se
hablaba, él y yo sabíamos que con el Guatón era más que
suficiente. Sentí que entendía mi punto y hasta pude ver en
él un arrebato de nostalgia que lo impelía a aceptar mi ofer-
ta, pero una vez más me equivoqué.
La otra semana me voy a Iquique, me dijo, me voy de
voluntario a hacer el servicio militar.
Cuando me contó, no pude contener gritarle lo maricón
que era, que cómo iba dejar sus sueños metaleros e irse así
como así, con un conformismo e hipocresía que me hacían

79
desconocerlo. Despreciarlo. Eso no se hace, loco, eso no se
le hace al metal, culiao, ¿no erai tan true, hueón? Pensé que
erai true po, hueón, le escupí y un nudo de impotencia y ren-
cor se apoderó de mi garganta y todavía no me abandona.
Los ojos se me pusieron vidriosos por la rabia.
No respondió.
Por último hazlo por tu hermano, insistí sin pensarlo, y
mis palabras cavaron un silencio abisal y decidor. Me miró
fijo, con determinación, hasta odio vi en sus ojos: yo ya no
tengo ningún hermano, hueón, que te quede claro, no hay
vuelta atrás. Punto.
Fue como una puñalada para mí, o como la patada que
empuja al abismo de la tumba al fantasma que reniega su
muerte. Eso fue. Eso es. Monroy y yo fuimos empujados de
una sola y seca patada al fondo de un féretro en el que no
queríamos estar. Y en él estaba el Guatón, ensangrentado y
sonriente y hediondo.
Hubo un mes en el que no ensayamos un solo día. Era
como si ninguno de nosotros se acordara de la banda, como
si todos ignoraran los gritos de ultratumba del difunto
Monroy o como si el duelo del Guatón nos hubiera vuelto
a invadir. O su fantasma. Por supuesto no era así, pero creo
que los tres notábamos que los recursos se agotaban, acaso
ya no lo habían hecho por completo.
Cuando nos volvimos a ver fue sólo para entender que
era el fin. Algo pasó entremedio que no soy capaz de ver
ahora, y que menos supe vislumbrar entonces, que hizo de
nosotros otras personas; que perdiéramos el rumbo. El Co-
lina estaba cambiado, se había cortado el pelo y la barba y
andaba con una polera verde con un bolsillo en el pecho.

80
Había entrado a un CFT a estudiar cableado o algo así. El
loco Tuma y yo no opinamos nada al respecto, no nos im-
portaba mucho a decir verdad, y nunca leímos el mensaje
entrelíneas que nos entregaba. Se estaba justificando, nos
daba razones para su salida de los Monroy’s. Agregó que
entraría a trabajar de reponedor en un mayorista y que no le
quedaría tiempo para la banda. Yo lo miré fijo, intentando
penetrarlo, dañarlo. Tengo que ayudar en la casa, mi mamá
está enferma, agregó. No dijimos nada. Hay que hacer algo
por la vida, ya me aburrí de vivir esta mentira, me aburrí de
la mentira del metal, dijo mirándome fijamente. No supe
qué responder y desvié mi mirada hacia el suelo. El metal
no es mentira, pensé, pero no respondí nada, qué caso tenía.
No me indigné, no me enojé, nada. De alguna forma
entendía que no era del metal de lo que escapaba el Colina.
Se veía en su rostro, en el brillo de sus ojos resaltaban las
sombras de todos esos animales muertos; en sus palabras
resonaban los susurros de espectros innombrables que por
envidia nos querían ver morir. Creía que eso había enferma-
do a su madre, quería enmendar las cosas, estaba confundi-
do y profundamente equivocado si creía que con eso basta-
ría para deshacer la maldición de los Monroy’s Destruction,
porque era tarde, nuestro pacto ya había sido sellado y él, lo
quiera o no, sería parte de este para siempre.
Hubo un silencio incómodo e insoportablemente exten-
so. El loco Tuma buscó aplacarlo con marihuana. Me ofre-
ció y acepté. El Colina no. Ahí dijo me voy, nos vemos. El
loco Tuma movió la cabeza con letargo, pero se entendía el
gesto; yo me quedé plantado, sentado en el piso mirando el
suelo, buscando nada.

81
Sentí pena por él. Lástima.
Conecté mi guitarra al amplificador y toqué Freezing
moon. Luego abrí una lata de cerveza y me la mandé al seco.
Bastardo culiao, dije, hijo de puta, complementó el Tuma.
Nos sentamos apoyando la espalda a la pared, chocamos
nuestras latas de cerveza y nos quedamos ahí absortos a be-
berlas hasta que en esa sala no hubo más que silencio. El
loco Tuma se había quedado dormido. Lo desperté y aban-
donamos el lugar.
Ahí murieron los Monroy’s Destruction, el loco Tuma y
yo no podíamos hacer nada para evitar ese destino trágico
que ya nos había alcanzado. Nunca lo conversamos, nunca
declaramos esa defunción, pero era algo tácito e innegable.
Nos seguimos juntando un tiempo. Íbamos a tocatas y
conciertos de cuando en cuando, pero de la banda nada. El
loco Tuma hasta parecía haberla olvidado, o bien era más
fuerte que yo —más realista— y lo superó rápido. Al poco
tiempo se puso a tocar folklore en el grupo de su primo y
yo seguía dándole vueltas en mi cabeza a la idea de revivir
la banda.
Para no perder toda esperanza, le propuse hacer un dúo
que fusionara lo que hacía actualmente con lo que fuimos,
algo medio doom folk atmosférico y que llevara por nombre
Ema’s Destruction, en honor al Guatón. Lució interesado,
dijo démosle y por un minuto pensé que de verdad lo consi-
deraba y que podría llegar a funcionar, pero no contaba con
que a las semanas desaparecería del mapa.
Habíamos quedado de ir juntos al concierto de Testa-
ment con Cannibal Corpse, pero no llegó y por esperarlo
quedé más atrás que la mierda. Al otro día esperé que el

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hueón se manifestara y me dijera qué le había pasado, so-
bre todo porque antes me había pedido que le comprara la
entrada, que después me pasaba la plata, pero ni rastro de
él. Fui a su casa y me dijeron cortante que no estaba, que ya
no vivía ahí, remarcando extrañamente ese no vivir como si
significase algo más, como si implicara un sentido de mere-
cimiento o algo.
No supe nada más de él. Se lo había tragado la tierra, tal
vez la misma tierra que se tragó al guatón Emanuel tiempo
atrás.
Escuché algo de que se había ido con una mina italiana
mayor que él. Que la mina le ofreció casa, le ofreció todo.
Que la mina no era tan mina. Que pagaba ella los moteles.
Que era de plata. Que la primera vez al loco Tuma no se
le paró por estar muy volado. Todo eso lo escuché, pero ni
idea. Yo nunca vi a la italiana, yo nunca le vi una mina a ese
hueón.
Me quedé solo. Solo. Solo con el alma de Monroy pe-
sándome sobre los hombros —y él cargando en los suyos el
peso de un pacto demoniaco ancestral e irresuelto—, aplas-
tándome, reduciéndome a cenizas, aniquilándome. Quizá
invitándome a cruzar esa reja, esa brecha sepulcral que se-
paraba a los Monroy’s Destruction del verdadero mensa-
je, llamándome a ser realmente un miembro de su banda
mortal; pero no había certezas, no habían mensajes ni vi-
siones ni sueños ni nada que me permitiera contar con ello;
no había cómo saberlo; la única evidencia presente era la
ausencia y la desolación.
Y aquí estoy ahora, camino a la pega escuchando Dar-
kthrone, pensando todavía en todo esto: en esa tumba, en

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nuestra banda, en el Guatón y en esas voces. Pasándome el
rollo enorme de que quemar la iglesia de sus padres sería un
lindo tributo, una hermosa coronación de todo; un triunfo.
Un único y mísero triunfo que para mí haría que todo esto
valiese la pena, que nada de esto fue una mentira. He pen-
sado en el humo como una luz negra: el fulgor del alma de
Monroy, de un difunto Monroy presente y todopoderoso.
Lo pienso y llego a nada. No me atrevo. No soy Varg ni
tengo ancestros vikingos.
Echarse al cura, echarse al pastor.
Ya se ha hecho.
La banda muerta es mi peor fantasma. Pienso en eso
y en la muerte y en mi vida y en el dolor, que es parte de
la vida, que es parte del metal. Pienso en que nadie más lo
supo ver así, que nadie más le fue tan fiel al metal después
de todo. Que nadie fue leal al juramento que le hicimos a
nuestro jefe, nuestro Aleister Crowley, al difunto Monroy.
Que todos huyeron, que era lo fácil.
Yo no. Yo estoy aquí, yo me casé con lo que soy, yo soy
estos gritos, yo soy estas guitarras, yo soy de verdad, cu-
liaos. Porque eso, a fin de cuentas, es lo que hace poderoso
al metal: que es vida, que es más real que la mierda, que
no se anda con pancartas ni mentiras, que va con la verdad
de frente sin importar lo inmunda que esta sea. La vida es
una mierda y te lo dice; el amor no existe, la carne manda,
la monogamia es otro invento más del cristianismo impos-
tor; los que creen y le cantan al amor, deben atenerse a las
implicancias siempre nefastas que van de la mano: la trai-
ción, el engaño, la mariconería; y ahí está para refregarte
lo importante del placer sexual, la invocación de Pititis y el

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onanismo feroz, endemoniado. Dios es un maraco y su hijo
se gasta parejo como su padre también; el metal no, el me-
tal es realidad y de la realidad no se escapa, hueón. Nadie
escapa. Ese era el mensaje del difunto Monroy, no otro. Lo
sé ahora y me resuena constantemente como una vocecilla
del más allá, como una epifanía, una revelación. Monroy:
un metalero ancestral, primigenio, que desde la muerte nos
mostró la vida y toda su crueldad, que destruyó todos los
sueños habidos y por haber. No lo odio por eso, cómo ha-
cerlo. Era su misión, porque los sueños, al fin y al cabo, son
para pendejos y nada más.
Eso me lo dijo el Guatón un día que tocamos en una
peña. Me lo dijo curao, me lo dijo volao, me lo dijo exta-
siado en su performance misteriosa y bizarra. Me lo dijo
un Guatón que nunca debió estar en la banda —que mató
la banda— pero que paradójicamente también era la ban-
da. Me lo dijo con una sabiduría ajena a él, proveniente del
otro lado, del más allá. Era el guatón Emanuel hablando
en lengua y más razón no podían contener esas palabras: el
propio Monroy hablando a través de sus labios borrachos,
el propio difunto Monroy hablándome a mí, su servidor, el
último portador de su mensaje de dolor y destrucción.

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