Cancionesespectrales
Cancionesespectrales
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Era 1995 y la televisión chilena transmitía un programa de-
dicado a los jóvenes y el rock. Uno de los entrevistados, ves-
tido de negro y sin mirar nunca a la cámara, decía: «Quieres
ver partidos de fútbol, quieres ver telenovelas, quieres ser
un nuevo progresista con auto, con esposa, con hijos. No,
en realidad no queremos eso, no». Por esos días se celebra-
ba una tocata en la Plaza Brasil llamada En familia. Ahí
acudirían punks, thrashers, new waves, metaleros y todos
los que habían encontrado una variante de esta familia, una
con hermanos pero sin parientes: una banda de rock. La es-
perada tocata fue una fiesta. Su fiesta. Y resultó lo suficien-
temente ruidosa como para dejar en claro que si el sistema
no los quería no importaba, ellos se tenían a sí mismos, y
tampoco lo necesitaban.
Hay cosas que cambian y otras que, sin importar que
los años pasen, permanecen inalterables: los ganadores, los
perdedores, los metaleros y sus poleras negras, sus chaque-
tas de cuero y sus jeans rotos. Es ahí, en ese riff atemporal,
ensayando en algún garaje prestado de la necrópolis malo-
liente, donde Christopher Rosales encuentra a los Monroy’s
Destruction, un grupo de death metal que, a falta de señales
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de la existencia de un dios –o diablo– confiable, decide ser-
vir al difunto Monroy.
Los personajes de Canciones espectrales –decíamos
que hay cosas que no cambian– no llegarán al escenario
principal de la tocata (tampoco al de la vida acomodada
o al menos segura). Pero no importa, no les importa nada.
Algún ángel caído de esos que llevan dibujados en los par-
ches que pegan en las chaquetas se encargó de avisarles que,
aunque no pertenezcan a ningún lugar, siempre serán bien-
venidos en la hermandad rockera. Death, black, doom. Ro-
sales nos obliga a investigar en las raíces más oscuras y en-
terradas de este árbol original. Volvemos del infierno con un
recado: hemos estado leyendo, investigando bastante, pero
no hemos sido capaces de escuchar lo que dicen. El que nos
habla debe ser el mismísimo difunto.
Ya lo decía el reportaje del siglo pasado: el rock está
nombrando eso que nadie quiere nombrar. Tal vez porque el
que se atreviera a hacerlo –academia, arte, medios de comu-
nicación– se vería obligado a plantearse algunas preguntas.
Cuestionar de qué lado se situaba. «La única forma que tene-
mos de luchar es desde el interior del sistema» se defendían
algunos. «No, gracias, no te creo», decía ya entonces uno de
los protagonistas del reportaje. «No, gracias», dice hasta el
final el narrador de Canciones espectrales. «No, gracias», si-
guen diciendo en alguna sala de ensayo –préstamo de la junta
de vecinos, pieza de atrás– los integrantes de las cientos de
bandas que hacen ruido a esta hora, en esta ciudad.
Ruido solo por el gusto urgente de hacerlo. Los sueños
de gloria, la fama, el disco que lidera las listas no tienen
cabida en la propuesta de Rosales. «Pura evasión, escape,
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necesidad de supervivencia. Y mutilación». Quien pronun-
cia estas palabras en nombre de los Monroy’s Destruction
no solo se refiere al fin de la banda –esta y otras tantas– sino
a la relación de fuerzas, siempre desequilibrada, entre los
sueños y la realidad.
Rebeldes, sí, tal vez en el sentido que utiliza Michel On-
fray en su análisis del «libertario» que asume la misión de
desalojar al poder ahí donde lo encuentra: circunscribir, ro-
dear y esquivar para instalar en ese espacio, siempre move-
dizo, la posibilidad de una ética que los Monroy’s Destruc-
tion intuyen, a su manera nublada y caótica, sin importarles
que exista o no una teoría al respecto.
Teoría y praxis. Discurso y realidad. Escritura. Christo-
pher Rosales dibuja líneas divisorias e instala sobre ellas su
oxímoron metal: la literatura, tal vez demasiado ocupada
durante las últimas décadas en pensarse a sí misma, se ha
olvidado de muchos. No importa, no les importa nada. No
están solos. Los personajes que no han logrado instalar su
voz en los libros tienen una cosa mejor que hacer. Alguien
lo explicó así: «We have been given a gift, we have been
given a road, and that road’s name is rock and roll».
Oscuridad. Violencia. Hay palabras que a medida que es-
cuchamos estas canciones espectrales hay que romper, vaciar,
armar de nuevo. Los Monroy’s Destruction son expertos
en las dos primeras (romper/vaciar). Es en la tercera fase
–la recomposición– donde, por más lecciones que les dé el
difunto Monroy, siempre terminan reprobando. La historia
parece haber estado escrita desde siempre, en quizás qué
pentagrama, qué noche lejana:
«No era nadie. Estaba terminando cuarto medio en un
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dos por uno porque del colegio lo echaron por repetir tres
veces el segundo medio. Tomaba. Inhalaba tolueno de cuan-
do en cuando. Rayaba iglesias y sepulturas con inscripcio-
nes latinas y cruces al revés. Era un caso perdido», dice el
autor de este libro proponiendo una escritura limpia como
única posibilidad de dibujar, sin manchas, la oscuridad.
¿Violencia? «Somos un reflejo de la vida y de lo que
vemos. Si vemos basura, hablamos de basura ¿de qué otra
cosa vamos a hablar?», decía en el pasado del reportaje el
integrante de una de las bandas. Y volvemos al presente, a
los Monroy’s Destruction. La vida. El ruido. El silencio.
Ningún sueño parece escapar al ciclo de la desintegración.
El único disco que la banda grabará en un estudio pres-
tado se perderá luego de que lo escuchen, sin parar, durante
una noche entera. No se trató de un robo ni de un día de
furia, sino más bien de un olvido lento, de esos que ni si-
quiera resultan dolorosos.
En una pila de discos que ya nadie escucha, en un ba-
sural, en la nada, estarán descansando las voces guturales.
Pero llega la tarde, otra vez los garajes se llenan de gritos
y los cables de las guitarras se enredan en la búsqueda in-
sistente de eso que logran encontrar estas páginas: nuevos
espacios desde donde pensar la escritura y en los que depo-
sitar –con la delicadeza, la oscuridad de los mirlos– la pro-
pia voz. No importa, no les importa nada. El autor de estas
canciones espectrales escribe. Las bandas siguen tocando.
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Nada es bastante real para un fantasma
lihn
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Emanuel. Sentí impotencia y la tiré al techo. A los días me
arrepentí y subí a sacarla, pero no sonaba nada. Los rayo-
nes, el sol y la orina de los gatos habían eliminado lo que
hacía poco fuera tan importante para mí.
Subimos un video a youtube tocando en vivo, grabado
con la cámara de un celular. Sonaba horrible. Además lo
eliminaron porque en una parte el Guatón se desnudaba y
se masturbaba en el escenario. Era justo cuando la canción
decía que solamente el sexo pútrido acallaba el llanto de los
sufrientes de Monroy.
El loco Tuma escribía la mayoría de las letras. Le que-
daban buenas, aunque no sé si alguien lo supo apreciar real-
mente. Yo sí.
El Emanuel escribió sólo una letra. Era la más bizarra
de todas. Nunca la tocamos, aunque el Colina y yo había-
mos creado unos riffs que pegaban como no lo había hecho
ninguna otra de nuestras canciones. Buscamos un sonido
sucio, asqueante. Repetíamos incesantemente el Si Bemol:
el tritón: el sonido del Diablo. No había otra forma de tocar
ese tema, de haberlo hecho hubiese sido el mejor, pero no
alcanzamos. El Guatón se murió antes. La canción murió
con él.
El Samuel quiso recitarla en su funeral, como si se trata-
se de un poema, una elegía terrible y autoimpuesta, el pro-
pio réquiem del guatón Emanuel, pero unos tíos lo tomaron
y lo sacaron del lugar mientras la mamá le gritaba que para-
ra, que acaso no le bastaba con haber llevado a su hermano
menor a la locura. Luego dirigió su mirada a nosotros, una
mirada infernal e inmisericorde, y nos dijo, con un odio que
algún día le daría su lugar en el infierno, que no teníamos
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respeto ni perdón de Dios, que lo que merecíamos era arder
por la eternidad, mientras el papá, que era pastor, la abra-
zaba y en intervalos extraños, entre miradas fijas a nosotros
y desviaciones al cielo, pedía a su dios que nos perdonara y
guiara a retomar la senda del buen camino.
El Colina escupió una de las coronas grandes que ador-
naban el cajón del Guatón. Ahí tuvimos que salir corriendo
porque los tíos, por muy evangélicos que fueran, no iban a
tolerar tamaña herejía. El Samuel, sin embargo, se negó a
correr. Se quedó solo, parado firme y desafiante, mirando a
sus familiares iracundos perseguirnos. Por lo mismo le llegó
un combo que lo tiró al suelo y le dejó la cara hinchada casi
un mes. Aun así, en un acto heroico envidiable, les mostró la
otra mejilla a esos infelices.
Luego de eso no lo volvimos a ver en un buen tiempo. Si
hasta llegamos a pensar que lo habían ofrecido en sacrificio
a su inmundo dios. Cuando reapareció estaba cambiado,
más callado que nunca y con el pelo corto. Le preguntamos
qué onda; no respondió. Dijo démosle no más y nos pusi-
mos a ensayar, aunque esa tarde nada sonó como esperába-
mos y terminamos antes, fumándonos un caño que el loco
Tuma había traído.
Alguien propuso ir a tomar a la tumba del Guatón, pero
el Samuel dijo que tenía algo más que hacer y al resto nos
terminó dando paja. Fue rara la situación que se vivió ahí,
y aunque todos los de la banda entendíamos a lo que se
debía, nos negábamos a aceptar lo evidente. Los Monroy’s
Destruction olíamos a muerte, cada uno cargaba con una
corona de flores negras para nuestro propio funeral. Un
Dark Funeral. La sala de ensayo esa tarde era la evidencia
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insoslayable de nuestro estado de defunción, nuestro pro-
pio ataúd abriéndose ante nosotros y sellándose por el resto
de nuestros días. Ahí murieron los Monroy’s Destruction,
nuestro epitafio nació como una revelación que nos nega-
mos a creer:
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fundo, desesperado e ininteligible. En este caso era nuestro
propio eco diluido en las paredes de un mausoleo altísimo
y desolado, del que poco y nada sabíamos, pero que intuía-
mos de un significado hermoso, un sentido cantado por án-
geles caídos y de voces intensamente guturales.
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El sueño era un vaticinio y a la vez la evidencia de algo
insoportablemente obvio.
Del minuto en que murieron los Monroy’s, nunca más
volví a soñar.
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el difunto Monroy había hecho pacto con el mismísimo
Demonio, pidió dinero, pidió fortuna, por eso pudo pagar
esa tremenda tumba que lo acoge en su oscuro reposo. Pero
los pactos se pagan en algún momento y Monroy lo sabía.
También sabía que no se cobran de inmediato: cuando el
cuerpo toca tierra en el camposanto, Lucifer cobra su parte
y se lleva el alma del que hizo el contrato. Es por eso que
en su lecho de muerte Monroy mandó a hacer un mausoleo
muy alto, altísimo, para así no tocar tierra nunca, para ja-
más pagar la deuda con el Coleflecha.
La historia era interesante, pero perfectamente podía
ser mentira. La prueba está en el mausoleo vecino, nos dijo
el cuidador, ¿ven esos leones? Gruñen, tienen miedo, su mi-
rada está plantada en la parte superior del mausoleo del
difunto Monroy, cuidan al fiambre de las energías oscuras
que merodean el sepulcro del endemoniado. Cruz pal cielo,
sentenció.
Los leones son figuras habituales en los cementerios,
pero el aspecto de estos distaba del común reposo y relajo
que solíamos ver en el resto de las tumbas del lugar. Acá era
distinto. Defensivos. Irascibles. Temerosos. El arquitecto del
mausoleo de enfrente sabía del demoniaco vecino que en-
contraría el cadáver al que tenía que hacerle una casa y qui-
so prevenir que cualquier energía negativa o quizá que hasta
el mismísimo Satán, colérico tras el engaño de Monroy, fue-
se a cobrar en venganza otra alma, el alma del vecino.
Los leones tenían miedo. La escalera develaba el se-
creto. Monroy hizo pacto con el Diablo. El pacto no pudo
cerrarse. Nosotros admirábamos a Monroy. Los Monroy’s
Destruction.
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Siempre nos preguntábamos si quitando los leones los
demonios invadirían el lugar. Pensábamos en si eso de algún
modo enfurecía a Monroy o al mismo Satanás. Queríamos
quitarlos y lo intentamos: la fractura de una de las patas del
león izquierdo es nuestra marca, aunque lo hayan atribuido
al terremoto. Aun así, el terremoto contribuyó a que ésta
adelgazara más y hasta amenazara con derribar a uno de
los defensores sepulcrales. Sería deseable, en todo caso, que
otro sismo viniera y arrasara con ambos felinos para que
así la maldición contamine todo el lugar. (Que haga caer la
cruz también; que la invierta). Es lo que quería el Emanuel.
Él mismo fue quien le pegó el hachazo a una pata. Nosotros
lo avivamos, era de noche y estábamos curaos, vimos caer un
pedazo y nos dio miedo insistir. Estábamos en parte picados
con el viejo de los cuentos por habernos atacado. Era la pri-
mera vez que volvíamos al lugar después del acontecimien-
to. Cayó un pedazo de yeso y creo que el mismo Guatón se
quedó con él, creo que hasta lo levantó y dijo viva Monroy,
conchetumadre, aunque tal vez lo imaginé. Las imágenes de
ese momento son tan difusas como fantásticas. El caso es
que escuchamos ruidos y nos urgimos muchísimo. Nadie lo
reconoció, pero sentimos miedo y decidimos marcharnos,
sin embargo nos fuimos contentos, sabiendo que habíamos
sido leales seguidores de Monroy.
Al otro día comprobamos las heridas del león, pero los
borrachos brazos del Emanuel no eran tan fuertes y el yeso
era duro como la vida misma. En todo caso ese fue el hito
que marcó un antes y un después en nuestra relación con
Monroy. Después de eso vino todo. Después de eso la oscu-
ridad colmó nuestras vidas para siempre.
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Incluso dijo que cuando le preguntó a su abuelo el porqué,
este respondió con una voz grave que aún resuena en su ca-
beza: porque así es no más.
El Samuel observó todo de principio a fin paralizado,
casi sin pestañear, sin un solo sentimiento invadiendo su
curiosidad infantil que no fuera la perplejidad; se quedó
ahí parado frente a la perra desde el inicio hasta después de
que su abuelo terminara el trabajo, contemplando fijo cada
movimiento espasmódico del animal hasta que se detuvo y
sólo quedó un leve vaivén que lo mecía del árbol comple-
tamente exánime, como si buscara memorizar cada detalle
de lo ocurrido esa tarde, como deseando que esas imágenes
siguieran allí por siempre persistiendo, como una revelación
infame o como una lección de vida prematura y que algún
día le resultaría vital. Así fue.
Nos contó eso y el Emanuel propuso de inmediato, casi
extasiado, sacrificar a un perro con distemper, que a duras
penas sobrevivía gracias a los restos de pan y comida que los
vecinos dejaban a orillas del botadero. Pensé que el Samuel
estaría en desacuerdo y hasta temí que reaccionara con vio-
lencia a la propuesta de su hermano, pero no fue así. Aceptó
enseguida.
No lo ahorcamos, le abrimos el cogote con una corta-
pluma automática que tenía el Samuel. Él mismo hizo el
corte mientras el loco Tuma afirmaba el torso de la bestia y
le cerraba el hocico. Se resistió como pudo, pero su estado
penoso le impidió hacer mucho; eso o nuestra excitación era
tal que pareció un simple juego de niños. El perro se cagó
después de matarlo y el loco Tuma quedó con sus botas en-
sangrentadas y enmierdadas.
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El Colina nunca participó en estos ritos. Tampoco se
oponía a ellos, pero siempre había excusas y yo entendía
que en el fondo no quería hacerlo. Un par de veces el Samuel
lo presionó, pero al Colina le dio igual, no tengo nada que
probarte, le dijo. No, porque ya está más que probado que
erís un maricón, le respondió el Samuel. Todo el resto ex-
perimentamos el éxtasis del sacrificio. El guatón Emanuel
hasta guardaba la sangre en botellas de Coca-cola. En aquel
entonces ya habíamos empezado a pintarnos la cara blanca
y ennegrecíamos nuestros párpados y labios, como imagi-
nábamos lucía la muerte. El Emanuel nos sugirió echarnos
la sangre que había guardado sobre los rostros pintados
cada vez que tocáramos, pero nadie, salvo él, lo consideró
en serio.
La idea no era buena, a la sangre le salieron grumos y
comenzó a coagular rápidamente. De todos modos al Gua-
tón le importó un carajo, y con la misma determinación con
la que gota a gota llenó varias botellas de medio litro, la
aplicó sobre su rostro cada vez que tocamos en algún lado.
Hedía horrible, pero lo dejamos. Sentíamos que el gesto te-
nía su sello y ciertamente no importaba.
A mí me producía un poco de miedo que en cualquier
minuto apareciera el SAG y nos multaran por inmundos,
como ocurrió en la visita de Gorgoroth, cuando casi can-
celaron el concierto porque las autoridades sanitarias eva-
luaron como inadmisibles las tinas de sangre de cerdo en
las que se bañaban los integrantes. Por suerte lo lograron
arreglar. Mantengo vívido el recuerdo de la banda arrojan-
do vísceras al público y yo ahí adelante, con el loco Tuma,
extasiados en esa experiencia única, macabra y mística. En
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lo del Guatón algo de eso había, tal vez fue esa la razón por
la que nadie se opuso a que lo hiciera, a pesar del olor.
Nunca nos pasó nada y el Guatón siguió aplicándose sus
reservas de sangre de perros y gatos, chorro a chorro, gota
a gota, hasta el día de su muerte. Una vez se dibujó lágri-
mas con coágulos larguísimos que descendían lentamente
mientras tocábamos hasta llegar a su boca. Fue asqueroso,
sobre todo porque el Guatón llevó su lengua a las comisuras
ensangrentadas y saboreó el crúor fétido, como si de pronto
se convirtiera en un vampiro, en la reencarnación de Tito
Lastarria o de José Tomás Vargas o de los dos.
Visto de otra forma, quizá el verter su sangre sobre los
leones del cementerio fue un gesto tributo a todos los ani-
males que donaron la suya a la causa del difunto Monroy.
Quizá fue esa la razón por la que esa noche maquilló su
rostro con su propia sangre, como un último sacrificio, la
muerte del último animal.
Ahora bien, si me preguntan, el corpse paint en el Gua-
tón siempre me pareció una ridiculez.
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rebeldes: a nuestro padre, Monroy.
A veces cuando hacíamos este tipo de pruebas de audio
aparecían otras voces rogando atención. Nunca nos impor-
taron mucho esas presencias suplicantes, así que los echába-
mos a puteadas. A pesar de esto, recuerdo una voz que inter-
preté como la de una niña. Nadie se esforzó demasiado en
entender lo que decía y los demás la echaron de inmediato.
El Samuel le dijo sale maraca culiá, de seguro querí pico, y
mientras decía esto se llevaba la grabadora a la entrepierna
y hacía el gesto fálico con el aparato: un Pato Yáñez. Todos
rieron, yo también reí, sin embargo lo que creí escuchar me
quedó rondando un par de noches.
La niña decía no quiero más, y a mí me atormentaban
las ideas que circundaban su discurso, saber qué era aquello
que no quería: un recuerdo de vida, un fragmento de memo-
ria, de ese breve lapso antes de morir; algo de ahora, algo de
muerta, algo que ignoramos, pero que de seguro el Emanuel
ya conoce: un misterio horrible que los muertos siempre se
niegan a develar.
Por lo general preguntábamos estas cosas a nuestros
muertos, ¿qué hay más allá?, ¿dónde estás?, ¿es el infierno
ese lugar?, ¿hay algo después de la muerte?, pero siempre
se iban o volvían a repetir una palabra o frase que habían
dicho antes, un ripio, un estribillo en su relato fantasmal.
Cuando quisimos interrogar a Monroy al respecto,
hubo un sonido fuerte y borroso en la psicofonía que nos
obligó a taparnos los oídos, como si el ruido blanco, que
dentro de sus irregularidades tenía cierta uniformidad,
sufriera una saturación demoniaca, insufrible, un acople.
Luego la voz de Monroy, inconfundible, pero esta vez más
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severa que nunca, agónica y hasta irritada, pronunciándose
por última vez.
Escuchamos esa grabación millones de veces, pero nun-
ca llegamos a un consenso de qué fue exactamente lo que
nos dijo. El Samuel aseguró que decía «nine» y quiso in-
terpretarlo como que nuestro disco tenía que tener nueve
canciones, que simbolizaban el seis al revés, una especie de
símbolo cabalístico ocultista y que no se agotaba ahí, pues,
como Aleister Crowley decía, el nueve es el número más
malvado de todos a causa de su estabilidad inenarrable: el
número de las declaraciones satánicas de Anton LaVey, el
número de pecados de su biblia satánica, el ritual de los nue-
ve ángulos, la suma áurea del seis seis seis y de su reducción
en nueve, en nine.
6 + 6 + 6= 18
1+8=9
nine
7 x 9 = 63
6+3=9
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Luego lo multiplicó por sí mismo para comprobar su
punto y del ochentaiuno llegamos al 9 una vez más. El loco
Tuma sugirió multiplicarlo por el número de la bestia, y con
la ayuda de un celular nos volvió a dar. Quedamos negros
con esa revelación.
666 x 9 = 5994
5 + 9 + 9 + 4 = 27
2+7=9
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creyó escuchar un «bye», lo que sin ser tan potente como lo
del Samuel, tenía bastante sentido puesto que luego de esa
comunicación nunca más volvió la voz del difunto Monroy,
algo que, por cierto, hizo que el Emanuel se pusiera hueón
y llenara de puteadas al loco Tuma que había hecho la pre-
gunta aquella vez. Le ofreció combos incluso, pero quedó
en nada.
Yo, en cambio, escuché algo más aterrador, simple y sin-
cero y me helaba la piel pensar en ello, me congela la molle-
ra darle vueltas a su respuesta. No hay, retumbó por última
vez la voz del fiambre en mi cabeza, antes de diluirse por
completo entre el silencio mortuorio que invade ese lugar.
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idea hacerlo allí y hasta pensaron que servía como lección a
sus padres canutos que no hacían más que criticarlos o, en
el mejor de los casos, hacer de cuentas que no existían, que
nunca tuvieron dos hijos que les salieran torcidos, dobla-
dos, que les crecieran al revés.
La experiencia fue bizarrísima, pero nos dio como para
tres canciones. Los muertos se comportan distinto, son di-
ferentes, su latencia en la tabla es un enigma hasta toparse
con uno y otro y otro fiambre más. Con todo, no hubo nada
excesivamente abrumante, aunque sí dos experiencias que
volvimos canciones y que suspendían esa duda constante
del prójimo ante el juego de la ouija, esa sospecha inevita-
ble, ese esto no puede ser verdad.
La primera había sido la presencia del abuelo del Ema-
nuel y el Samuel. Ellos casi no lo conocieron, murió poco
después de que naciera el Guatón, cuando el Samuel apenas
iba a cumplir cinco años, de un cáncer al hígado fulminan-
te. No dio detalles de su muerte, tampoco insistimos en ello,
sin embargo hubo algo notable, un dato que no se puede
obviar en esta historia. Uno tiende a probar a los muertos (o
a tus compañeros de rito, si se quiere) con preguntas capcio-
sas, y en este caso el Samuel decidió preguntar por la canti-
dad de hijos que tuvo, por sus tíos. La respuesta fue nueve
—número persecutor; hermoso por lo demás— lo que no
calzaba puesto que el Samuel y el Emanuel hicieron el re-
cuento y solo dieron con ocho (esto incluyendo a un hijo no
legítimo, a un niño huérfano vecino del sur, en Coñaripe,
amigo de la familia, que habían adoptado a eso de los cua-
tro años, luego de que sus padres se mataran). No obstante,
ambos sentían una corazonada enorme, tal vez un deseo, de
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que en verdad hablaban con su abuelo desconocido y de que
en ese número una vez más estaba la clave. Por eso, termi-
nada la sesión, tomaron el teléfono y llamaron a su abuela.
No la llamaban nunca, no la visitaban nunca, si alguien les
decía tu abuela en cuatro les importaba una mierda, porque
en realidad nunca sintieron ese lazo sanguíneo ni con ellos
ni con nadie, pero algo, algo loco, inentendible, les hacía
despertar una suerte de ternura y curiosidad ingente por sus
abuelos, por esa verdad oculta, y entonces la llamaron. Le
preguntaron cómo estaba, cómo se sentía, cómo iba la vida
en el sur, eso y más, y la abuela al borde de las lágrimas
por la sorpresa mayúscula de sus nietos, como casi diciendo
ahora puedo morir en paz; todo para llegar a la pregunta
clave, a la respuesta clave, y es que sí, efectivamente eran
nueve los hijos, nueve los tíos, nueve como el número mar-
cado en el tablero, pero uno había muerto al nacer.
Vi al Emanuel al borde de las lágrimas, al Samuel no
tanto. Él siempre ha sido más duro, pero se notaba que en
el fondo estaba afectado y nosotros, con un respeto inverosí-
mil, preferimos guardar silencio y lo dejamos hasta ahí y esa
tarde no jugamos más. La tabla, en todo caso, demostró que
era mejor que el programa de reencuentros del Pollo Fuentes.
La otra experiencia fue menos emotiva. El muerto era
aburrido y no decía nada. Sólo se limitaba a repetir una
y otra vez la palabra AZAPA, que en ese momento no te-
níamos la más mínima idea de qué mierda significaba. Le
preguntamos su nombre: AZAPA; le preguntamos su edad:
AZAPA; su sexo: AZAPA; nada. Ninguna otra respuesta.
Solo un paso lento, pausado y ripioso por el tablero, como
si estuviera en la búsqueda de algo, de una palabra clave,
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de una letra, de un símbolo que se tradujera en la respuesta
más precisa a nuestra pregunta, que respondiese incluso a
las suyas de muerto, pero que lejos de cumplir las expec-
tativas, finalmente derivaba en lo mismo: AZAPA-AZA-
PA-AZAPA, como una especie de loop, de círculo vicioso
infinito e infalible. Entonces lo echamos y llegó otro que
algunas luces nos dio sobre el asunto. Andaban juntos, al
parecer, ambos reincidían en AZAPA, pero este, a pesar de
no querer darnos su nombre, nos habló de su muerte, nos
dijo que lo habían asesinado. En Azapa.
El ritmo de este muerto era distinto, más fluido, menos do-
liente, casi en paz, lo que hacía que la comunicación tuviese
mucho más efecto. Le preguntamos cuándo y dijo que el 76.
Esta hueá está fome, dijo el Colina, está hueá es política, se re-
afirmó, pero nadie hizo caso y seguimos inquiriendo a nuestro
espíritu. Dijo que no era chileno y que tampoco era de los paí-
ses vecinos. Le preguntamos si sabía dónde estaba su cuerpo
y volvió a decir AZAPA y cayó en el ripio, no dijo nada más.
Tuvimos que investigar al respecto, pero no había mu-
cho. Se hablaba de un testimonio reciente, acerca de posi-
bles muertos extranjeros enterrados en el Valle de Azapa,
que entonces supimos era un lugar al norte de Chile, por
Arica, donde se sacan las aceitunas.
Nadie pensó nunca en denunciar estos hechos ni nada,
ni siquiera se nos pasó por la mente viajar al norte y buscar
los cráneos, aguachar sus almas. Con todo, hicimos un tema
que titulamos The valley of death. En él hablamos de beber
vino sobre los restos de niños muertos y de comer produc-
tos de la zona, como si fuera triturar los huesos de infantes
malparidos.
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tenía más sentido del que había tenido cualquiera de nues-
tros actos nunca; en él estaba la esencia de los Monroy’s
Destruction: el grito desesperado y ahogado era el del pro-
pio difunto Monroy hablándonos desde su tumba vecina,
prueba de que por supuesto oía nuestro homenaje y lo apro-
baba; era Monroy haciéndose carne. El Guatón no tardó en
perder el aire y las fuerzas, por lo que su grito se apagó por
completo, junto a su mueca horrible de dolor y tranquilidad
que se perdía entre los bramidos de los metaleros borrachos
que estaban ahí esa noche. Un dolor silente, escalofriante,
semejante al rostro de entrega a la muerte, que debió ser el
mismo rostro del Emanuel desangrándose sobre la escalera
del mausoleo del difunto la tarde en que perdió por com-
pleto la razón y se quitó la vida. No pudo, entonces, seguir
aplicando presión y el último acorde de la guitarra del Coli-
na desapareció al igual que el grito. Solo entonces el Samuel
se acercó a su hermano y le quitó la bolsa de la cabeza. Se-
guido, el Guatón vomitó bilis y Báltica sobre el escenario y
todo el mundo enloqueció. Esa tocata fue la zorra, estuvo
mandinga la hueá.
Los organizadores nos putiaron, pero había que recono-
cer que en la performance del Guatón cabía el mundo: era
poética la escena, era Monroy hablando a través de noso-
tros, era nuestro jefe dirigiéndonos nuevamente la palabra,
no se había ido, no nos había abandonado. Fuimos como
Silencer, me dijo el Emanuel después de bajarnos del esce-
nario, con una sonrisa que no hallaba espacio en su gordo
rostro y la mirada ebria posada en mí y en nada a la vez.
Le dije que sí y en verdad lo creía, pero me importaba más
saber si se encontraba bien después de haberse autoinflin-
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gido tal asfixia. En todo caso no le había pasado nada o se
recuperó muy rápido, y entonces reafirmé mi respuesta; y es
que en verdad lo sentía, en verdad lo habíamos sido: el grito
apagado del Guatón había hecho que el público nos amara
o, mejor dicho, nos respetara, que es la forma más cercana
al amor —aparte del aborrecimiento más profundo— a la
que podemos llegar los metaleros de verdad.
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masiado severos, que era tela y que si lo esperábamos un
tiempo demás que veríamos resultados positivos. Hasta se
atrevió a compararlo con mi ingreso a los entonces Deisy’s
Destruction, lo que me pareció inoportuno y desatinado en
demasía, así que lo mandé a la chucha y no le hablé en tres
semanas, ni siquiera a la hora de ensayar. Jamás evité su
mirada eso sí, por el contrario, le devolvía una desafiante
llena de odio, le dejaba en claro cada vez que podía que en
ese ensayo no estaba tocando con él, sino en su contra; el
perdón es para losers.
Nunca encontramos quien llenara ese vacío, y aun así
los tres seguimos por varios meses juntos, aunque ensayan-
do cada vez de forma más irregular, más torpe. Lo de tocar
en vivo no volvió a ocurrir nunca.
En un arranque de desesperación, fui a la casa del
Samuel a pedirle —suplicarle/humillarme— reconsiderara
volver a la banda, que si lo necesitaba podíamos ensayar
menos (no le dije que eso ya lo estábamos haciendo), pero
que era indudable que para los Monroy’s Destruction su
ausencia significaba una inmensa pérdida que amenazaba
darnos fin de una vez por todas, y que, si de pérdidas se
hablaba, él y yo sabíamos que con el Guatón era más que
suficiente. Sentí que entendía mi punto y hasta pude ver en
él un arrebato de nostalgia que lo impelía a aceptar mi ofer-
ta, pero una vez más me equivoqué.
La otra semana me voy a Iquique, me dijo, me voy de
voluntario a hacer el servicio militar.
Cuando me contó, no pude contener gritarle lo maricón
que era, que cómo iba dejar sus sueños metaleros e irse así
como así, con un conformismo e hipocresía que me hacían
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desconocerlo. Despreciarlo. Eso no se hace, loco, eso no se
le hace al metal, culiao, ¿no erai tan true, hueón? Pensé que
erai true po, hueón, le escupí y un nudo de impotencia y ren-
cor se apoderó de mi garganta y todavía no me abandona.
Los ojos se me pusieron vidriosos por la rabia.
No respondió.
Por último hazlo por tu hermano, insistí sin pensarlo, y
mis palabras cavaron un silencio abisal y decidor. Me miró
fijo, con determinación, hasta odio vi en sus ojos: yo ya no
tengo ningún hermano, hueón, que te quede claro, no hay
vuelta atrás. Punto.
Fue como una puñalada para mí, o como la patada que
empuja al abismo de la tumba al fantasma que reniega su
muerte. Eso fue. Eso es. Monroy y yo fuimos empujados de
una sola y seca patada al fondo de un féretro en el que no
queríamos estar. Y en él estaba el Guatón, ensangrentado y
sonriente y hediondo.
Hubo un mes en el que no ensayamos un solo día. Era
como si ninguno de nosotros se acordara de la banda, como
si todos ignoraran los gritos de ultratumba del difunto
Monroy o como si el duelo del Guatón nos hubiera vuelto
a invadir. O su fantasma. Por supuesto no era así, pero creo
que los tres notábamos que los recursos se agotaban, acaso
ya no lo habían hecho por completo.
Cuando nos volvimos a ver fue sólo para entender que
era el fin. Algo pasó entremedio que no soy capaz de ver
ahora, y que menos supe vislumbrar entonces, que hizo de
nosotros otras personas; que perdiéramos el rumbo. El Co-
lina estaba cambiado, se había cortado el pelo y la barba y
andaba con una polera verde con un bolsillo en el pecho.
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Había entrado a un CFT a estudiar cableado o algo así. El
loco Tuma y yo no opinamos nada al respecto, no nos im-
portaba mucho a decir verdad, y nunca leímos el mensaje
entrelíneas que nos entregaba. Se estaba justificando, nos
daba razones para su salida de los Monroy’s. Agregó que
entraría a trabajar de reponedor en un mayorista y que no le
quedaría tiempo para la banda. Yo lo miré fijo, intentando
penetrarlo, dañarlo. Tengo que ayudar en la casa, mi mamá
está enferma, agregó. No dijimos nada. Hay que hacer algo
por la vida, ya me aburrí de vivir esta mentira, me aburrí de
la mentira del metal, dijo mirándome fijamente. No supe
qué responder y desvié mi mirada hacia el suelo. El metal
no es mentira, pensé, pero no respondí nada, qué caso tenía.
No me indigné, no me enojé, nada. De alguna forma
entendía que no era del metal de lo que escapaba el Colina.
Se veía en su rostro, en el brillo de sus ojos resaltaban las
sombras de todos esos animales muertos; en sus palabras
resonaban los susurros de espectros innombrables que por
envidia nos querían ver morir. Creía que eso había enferma-
do a su madre, quería enmendar las cosas, estaba confundi-
do y profundamente equivocado si creía que con eso basta-
ría para deshacer la maldición de los Monroy’s Destruction,
porque era tarde, nuestro pacto ya había sido sellado y él, lo
quiera o no, sería parte de este para siempre.
Hubo un silencio incómodo e insoportablemente exten-
so. El loco Tuma buscó aplacarlo con marihuana. Me ofre-
ció y acepté. El Colina no. Ahí dijo me voy, nos vemos. El
loco Tuma movió la cabeza con letargo, pero se entendía el
gesto; yo me quedé plantado, sentado en el piso mirando el
suelo, buscando nada.
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Sentí pena por él. Lástima.
Conecté mi guitarra al amplificador y toqué Freezing
moon. Luego abrí una lata de cerveza y me la mandé al seco.
Bastardo culiao, dije, hijo de puta, complementó el Tuma.
Nos sentamos apoyando la espalda a la pared, chocamos
nuestras latas de cerveza y nos quedamos ahí absortos a be-
berlas hasta que en esa sala no hubo más que silencio. El
loco Tuma se había quedado dormido. Lo desperté y aban-
donamos el lugar.
Ahí murieron los Monroy’s Destruction, el loco Tuma y
yo no podíamos hacer nada para evitar ese destino trágico
que ya nos había alcanzado. Nunca lo conversamos, nunca
declaramos esa defunción, pero era algo tácito e innegable.
Nos seguimos juntando un tiempo. Íbamos a tocatas y
conciertos de cuando en cuando, pero de la banda nada. El
loco Tuma hasta parecía haberla olvidado, o bien era más
fuerte que yo —más realista— y lo superó rápido. Al poco
tiempo se puso a tocar folklore en el grupo de su primo y
yo seguía dándole vueltas en mi cabeza a la idea de revivir
la banda.
Para no perder toda esperanza, le propuse hacer un dúo
que fusionara lo que hacía actualmente con lo que fuimos,
algo medio doom folk atmosférico y que llevara por nombre
Ema’s Destruction, en honor al Guatón. Lució interesado,
dijo démosle y por un minuto pensé que de verdad lo consi-
deraba y que podría llegar a funcionar, pero no contaba con
que a las semanas desaparecería del mapa.
Habíamos quedado de ir juntos al concierto de Testa-
ment con Cannibal Corpse, pero no llegó y por esperarlo
quedé más atrás que la mierda. Al otro día esperé que el
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hueón se manifestara y me dijera qué le había pasado, so-
bre todo porque antes me había pedido que le comprara la
entrada, que después me pasaba la plata, pero ni rastro de
él. Fui a su casa y me dijeron cortante que no estaba, que ya
no vivía ahí, remarcando extrañamente ese no vivir como si
significase algo más, como si implicara un sentido de mere-
cimiento o algo.
No supe nada más de él. Se lo había tragado la tierra, tal
vez la misma tierra que se tragó al guatón Emanuel tiempo
atrás.
Escuché algo de que se había ido con una mina italiana
mayor que él. Que la mina le ofreció casa, le ofreció todo.
Que la mina no era tan mina. Que pagaba ella los moteles.
Que era de plata. Que la primera vez al loco Tuma no se
le paró por estar muy volado. Todo eso lo escuché, pero ni
idea. Yo nunca vi a la italiana, yo nunca le vi una mina a ese
hueón.
Me quedé solo. Solo. Solo con el alma de Monroy pe-
sándome sobre los hombros —y él cargando en los suyos el
peso de un pacto demoniaco ancestral e irresuelto—, aplas-
tándome, reduciéndome a cenizas, aniquilándome. Quizá
invitándome a cruzar esa reja, esa brecha sepulcral que se-
paraba a los Monroy’s Destruction del verdadero mensa-
je, llamándome a ser realmente un miembro de su banda
mortal; pero no había certezas, no habían mensajes ni vi-
siones ni sueños ni nada que me permitiera contar con ello;
no había cómo saberlo; la única evidencia presente era la
ausencia y la desolación.
Y aquí estoy ahora, camino a la pega escuchando Dar-
kthrone, pensando todavía en todo esto: en esa tumba, en
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nuestra banda, en el Guatón y en esas voces. Pasándome el
rollo enorme de que quemar la iglesia de sus padres sería un
lindo tributo, una hermosa coronación de todo; un triunfo.
Un único y mísero triunfo que para mí haría que todo esto
valiese la pena, que nada de esto fue una mentira. He pen-
sado en el humo como una luz negra: el fulgor del alma de
Monroy, de un difunto Monroy presente y todopoderoso.
Lo pienso y llego a nada. No me atrevo. No soy Varg ni
tengo ancestros vikingos.
Echarse al cura, echarse al pastor.
Ya se ha hecho.
La banda muerta es mi peor fantasma. Pienso en eso
y en la muerte y en mi vida y en el dolor, que es parte de
la vida, que es parte del metal. Pienso en que nadie más lo
supo ver así, que nadie más le fue tan fiel al metal después
de todo. Que nadie fue leal al juramento que le hicimos a
nuestro jefe, nuestro Aleister Crowley, al difunto Monroy.
Que todos huyeron, que era lo fácil.
Yo no. Yo estoy aquí, yo me casé con lo que soy, yo soy
estos gritos, yo soy estas guitarras, yo soy de verdad, cu-
liaos. Porque eso, a fin de cuentas, es lo que hace poderoso
al metal: que es vida, que es más real que la mierda, que
no se anda con pancartas ni mentiras, que va con la verdad
de frente sin importar lo inmunda que esta sea. La vida es
una mierda y te lo dice; el amor no existe, la carne manda,
la monogamia es otro invento más del cristianismo impos-
tor; los que creen y le cantan al amor, deben atenerse a las
implicancias siempre nefastas que van de la mano: la trai-
ción, el engaño, la mariconería; y ahí está para refregarte
lo importante del placer sexual, la invocación de Pititis y el
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onanismo feroz, endemoniado. Dios es un maraco y su hijo
se gasta parejo como su padre también; el metal no, el me-
tal es realidad y de la realidad no se escapa, hueón. Nadie
escapa. Ese era el mensaje del difunto Monroy, no otro. Lo
sé ahora y me resuena constantemente como una vocecilla
del más allá, como una epifanía, una revelación. Monroy:
un metalero ancestral, primigenio, que desde la muerte nos
mostró la vida y toda su crueldad, que destruyó todos los
sueños habidos y por haber. No lo odio por eso, cómo ha-
cerlo. Era su misión, porque los sueños, al fin y al cabo, son
para pendejos y nada más.
Eso me lo dijo el Guatón un día que tocamos en una
peña. Me lo dijo curao, me lo dijo volao, me lo dijo exta-
siado en su performance misteriosa y bizarra. Me lo dijo
un Guatón que nunca debió estar en la banda —que mató
la banda— pero que paradójicamente también era la ban-
da. Me lo dijo con una sabiduría ajena a él, proveniente del
otro lado, del más allá. Era el guatón Emanuel hablando
en lengua y más razón no podían contener esas palabras: el
propio Monroy hablando a través de sus labios borrachos,
el propio difunto Monroy hablándome a mí, su servidor, el
último portador de su mensaje de dolor y destrucción.
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