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Historia Del Paraguay

La leyenda cuenta la historia de una joven llamada Kerana que era hija de Marangatu. El espíritu maligno Tau se enamoró de ella y trató de raptarla, pero fue detenido por el espíritu del bien Katupyry después de una batalla de 7 días y 7 noches. Tau finalmente raptó a Kerana y fueron maldecidos, dando origen a 7 monstruos mitológicos del Paraguay.
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Historia Del Paraguay

La leyenda cuenta la historia de una joven llamada Kerana que era hija de Marangatu. El espíritu maligno Tau se enamoró de ella y trató de raptarla, pero fue detenido por el espíritu del bien Katupyry después de una batalla de 7 días y 7 noches. Tau finalmente raptó a Kerana y fueron maldecidos, dando origen a 7 monstruos mitológicos del Paraguay.
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La Leyenda de la Yerba Mate

Hace muchísimos años en una localización próxima a los Saltos del Guairá, vivía
un matrimonio y su hija en una rústica cabaña. La muchacha era joven, buena y
muy bella.

Una noche, llamó a la puerta un sujeto afable, quien le pidió al dueño del domicilio
que le permitiera dormir allí, pues se encontraba exhausto por el viaje que había
realizado.

Le dijo que, si le brindaba la oportunidad de pernoctar ahí, en cuanto saliera el sol


al día siguiente, abandonaría la casa de inmediato. El jefe de familia aceptó, pues
vio en los ojos del hombre que decía la verdad.

Luego el anfitrión, le pidió a su mujer que matara a la última gallina que les
quedaba, pues debían atender a su huésped con lo mejor que tuvieran. Después
de cenar, el matrimonio le dejó su cama al forastero, mientras ellos durmieron en
el suelo.

A la mañana siguiente, el extraño se encontraba alistando sus cosas para partir,


cuando de repente mandó llamar a los integrantes de aquella familia que también
lo habían tratado.

– Tengo algo que confesarles, apreciables amigos. En realidad, soy un enviado


del cielo para premiar a la gente que hace buenas acciones de manera
desinteresada. Desde que entré a su hogar, me di cuenta de que ustedes son una
familia de bajos recursos. No obstante, me dieron de comer y de beber, sin
importarles que eso significara el quedarse sin alimentos.

El padre de familia sorprendido por la confesión, le dijo al sujeto que no aceptaría


ningún tipo de pago, ya que lo había hecho con todo gusto.

Sin embargo, el ángel insistió y les comentó:

– Haré que su hija sea inmortal.

En cuanto terminó de pronunciar esas palabras, el hombre movió sus manos y el


cuerpo de la chica fue convertido en una planta, misma que fue sembrada afuera
de su casa.

– Las personas podrán quitarle sus hojas, pero siempre volverá a florecer.

Esa planta fue la Yerba Mate, usada para preparar una infusión característica de
los pueblos sudamericanos. Las ramas y las hojas se tuestan con delicadeza
hasta que sueltan todo su aroma.
La leyenda de Karãu

Dice la leyenda que un día Karãu


salió por la tarde de su casa con el
objetivo de buscar medicamentos
para su madre, quien se encontraba
sumamente enferma. Sin embargo,
mientras se encontraba caminando
rumbo a la botica, notó como en una
de las casas cercanas estaban
celebrando una fiesta muy amena.

Se asomó y como conocía a los


organizadores, entró a echar un vistazo. Olvidando por completo su misión, invitó a
la pista de baile a la muchacha más guapa, quien por cierto aceptó, debido a que
Karãu también era un joven sumamente atractivo.

En su mente pasó la idea de únicamente bailar una pieza o dos. No obstante, los
minutos se comenzaron a convertir en horas. De pronto, alguien tocó el hombro del
chico.

Karãu giró su cabeza hacia atrás y se dio cuenta de que quien trataba de llamar su
atención era uno de sus mejores amigos.

– ¿Qué sucede? ¿Porque me interrumpes?

– Vengo a darte una muy triste noticia. tu madre ha muerto.

– ¿Y para eso vienes a distraerme? La gente muere todos los días y no por eso
debemos de dejar de disfrutar la vida. Te pido que regreses por donde viniste y me
dejes seguir en la fiesta. Ya tendré el tiempo suficiente para llorar mi pena, más por
el momento prefiero seguir sintiéndome feliz. Replicó Karãu sumamente molesto.

En el instante en el que el reloj marcaba exactamente la 1:00 de la mañana, la mujer


de la reunión se despidió del joven.

– Tengo que irme a casa. Ya es muy tarde.

– Yo te llevo. Sólo tendrás que decirme dónde vives.

– Vivo detrás de aquella colina que ves ahí. Hoy no quiero que me acompañas. Sin
embargo, puedes venir a visitarme por las tardes en las que la melancolía por haber
perdido a tu madre no te deje en paz.

Inmediatamente después de escuchar esa frase, Karãu se arrodilló y pidió perdón


al cielo, ya que se había percatado que, por su culpa, su mamá había fallecido.

A los pocos minutos, el muchacho hizo un juramento en el que prometió caminar sin
rumbo fijo por los pantanos ataviado con ropa de luto, hasta el último día de su vida,
pues sólo con eso podría en algún momento obtener el perdón de su madre por
haber sido un hijo desobligado.

Mientras tanto, el dios Tupã escuchó el compromiso que el joven había lanzado al
cielo y lo transformó en un ave negra, la cual estaría condenada a llorar sus penas
en las desembocaduras de los ríos por toda la eternidad.
Leyenda de Ñanduti

Cuenta los sucesos que vivió


Samimbi, una muchacha muy
hermosa e inteligente, de quien
estaban enamorados dos fuertes
y bravos guerreros guaraníes.

Uno de ellos respondía al nombre


de Yasyñemoñare (cuyo
significado en castellano podría
interpretarse como «Hijo de la
luna»). Mientras que el otro se
llamaba Ñanduguazú, aunque
casi todos le decían Ñandú.

Una noche de luna llena en la que


Yasyñemoñare se hallaba
rezando al pie de un árbol,
suplicándole el auxilio divino a
Tupã, a fin de que éste lo ayudara a entrar en el corazón de Samimbi, observó que
en la copa del arbusto se movía algo muy hermoso parecido a un encaje de color
de plata.

De inmediato, el guerrero comenzó a trepar con la intención de tomarlo y después


obsequiarse lo su amada. En ese instante, paso por el mismo lugar Ñanduguazú
quien al notar de que su contrincante, se llevaría ese precioso trofeo quedó invadido
por los celos y le disparó una flecha, haciendo que éste cayera y muriera como
consecuencia del golpe.

Ñandú movió el cuerpo del otro guerrero un poco y comenzó a trepar el árbol para
llevarse el encaje. A pesar de esto, en el momento en el que sus manos pudieron
tocar ese extraño lienzo, se percató de que aquello no era más que una telaraña.

El desasosiego que le provocó haber acabado con su rival de una manera tan vil
(recordemos que lo asesinó por la espalda) no lo dejaba vivir en paz. Pasaba los
días y las noches hundido en el remordimiento, hasta que finalmente se lo confesó
a su madre.

La mujer al principio se molestó, pero luego le pidió a Ñanduguazú que la condujera


hasta el árbol en donde todo aquello había ocurrido. Cuando arribaron al sitio,
ambos quedaron extrañados, pues vieron azorados que en una de las ramas
colgaba un encaje exactamente igual al descrito por el muchacho.

Después la octogenaria y el guerrero regresaron a su casa. No obstante, la anciana


quedó tan maravillada al ver el diseño de esa telaraña, que pensó que, quizás
obsequiándole un encaje igual a su hijo, éste recuperaría la tranquilidad perdida.

La señora quien dicho sea de paso era una experta tejedora, se cortó su larga trenza
de cabellos de plata y la hiló delicadamente hasta que la transformó en una madeja
de «estambre».

Luego se puso a tejer copiando los intrincados patrones elaborados por las arañas
hasta que fabricó una tela idéntica a la vista en aquel lugar.
Tau y Kerana

Tau y Kerana

Dice la leyenda que existió una mujer asombrosamente hermosa llamada Kerana
(dormilona). Esta era hija de Marangatu, y para desdicha de su padre, se pasaba el
día durmiendo.

Un día, Tau, el espíritu maligno se enamoro perdidamente de ella. Para lograr estar
junto a ella y conquistar su amor, se convirtió en un joven humano e intentó raptarla
y así tenerla para siempre a su lado. A este acto tan perverso, se interpuso Katupyry,
el espíritu del bien que ayuda a las personas que se encuentran en peligro,
enfermas o tristes. Intervino en los planes de Tau para evitar que la raptase.

Tau y Katupyry tuvieron una larga y feroz pelea que duró siete días y también siete
noches. Katupyry venció a Tau, venciendo así el bien contra el mal. Tau fue
entonces exiliado por Pytayovái, que es el dios de la guerra y el valor. Pytayovaí es
conocido por llevar el fuego de la destrucción muy dentro de él.

Tau no pudo quedarse con los brazos cruzados, de igual manera raptó a Kerana.
Por esto, Arasy lo maldice y también a Keraná. Ellos procrearon hijos y a causa de
la maldición éstos nacieron con aspecto de monstruos. Este es el origen de los 7
mitos del Paraguay: Teju Yagua, Mbói Tu`i, Moñái, Jasy Jatere, Ao- Ao y Luisón.
Leyenda guaraní: el Yrupe
Hermosas leyendas, cuentos, historias y mitos describen las características propias
de nuestro país. Una de esas es la de Yrupe. De cada leyenda existen diferentes
versiones, ya que estas narraciones se transmitían en forma oral y de generación
en generación. Compartimos en esta página una bella leyenda guaraní.

 Esta leyenda ocurre en las


orillas del río Paraná, donde vivía el
cacique Ruicha Tacu, quien
gobernaba una tribu de hombres
muy aguerridos en la que
sobresalía uno: Pytã. Este hombre
estaba enamorado de la hija de
Ruicha Tacu, Morotĩ.

Pytã y Morotĩ se amaban mucho,


pero siempre se obstaculizan
piedras en el camino.

Un día, Morotĩ andaba paseando


con sus amigas cerca del río
Paraná y quiso presumir del amor
que Pytã sentía por ella. Lanzó su
brazalete de oro al fondo del río y
le dijo a sus amigas que Pytã iba a
recogerlo, pues la amaba tanto que no quería verla triste. Sus amigas le dijeron que
era muy peligroso, pues el río era muy bravo, sin embargo, ella dijo que Pytã era el
mejor nadador y que por su amor, se iba a lanzar.

Llamó desesperadamente a su enamorado: «Pytã, Pytã, se ha caído mi brazalete


al río y quiero que lo recojas». En su inmenso amor, Pytã se lanzó al río y nunca
más salió. Morotĩ, desesperada, mandó a llamar al brujo para que le diga qué había
pasado. El brujo analizó el río y le dijo que Pytã estaba bien, pero que ahora está
en el fondo de los mares con Kuña Paje, quien era la hechicera de los ríos. Ella se
había enamorado de él y le había prometido todas sus riquezas a cambio de que se
quede con ella, a lo que Pytã había accedido.

Desesperada, Morotĩ se lanzó al río y logró salvarlo de las garras de Kuña Paje, y,
al emerger a la superficie, salieron en forma de una hermosa flor de pétalos rojos y
blancos, así transformados ofrecen su amor y belleza a todo el mundo.
LEYENDA DEL MAINUMBY

Cuentan los ancianos que el gran Tupâ es justo y bueno cuando justa y buena es la intención
de los hombres. Y la intención de Potí (poty) y Guanumby (mainumby) fue la más noble que
existe en este mundo: amarse siempre y mucho, más allá del cielo y de la tierra, del tiempo
y de la muerte, de la vida y de la humanidad.

Eran sus familias de tribus enemigas y hacía tanto tiempo que se odiaban que ya nadie
conocía la razón. Cuentan que Potí era bella. Bella como el alba en primavera. Bella como el
viento del atardecer que arrastra las hojas en otoño y alivia a los hombres del verano. Bella
como el sol que acaricia los rostros y alumbra la sombra del invierno. A Guanumby no le
costó enamorarse, y muy pronto Potí también lo amó.

Una y diez mil veces se encontraron más


allá del monte blanco, bajo el sauce criollo,
sin que nadie los viera. Pero un día la
hermana de Potí sospechó. Sigilosa, la
siguió hasta el monte y descubrió el secreto.
Y enseguida se lo confió a su padre.

Al día siguiente, como siempre, Guanumby


cruzó el monte blanco y esperó bajo el
sauce. Pero Potí no llegó. Desesperado, se
acercó a la aldea, a riesgo de que lo mataran.

Y encontró a Potí discutiendo


fervorosamente con el cacique de su tribu:

─¡Jamás lo permitiré! ─le gritaba él.

─¡Estoy enamorada de Guanumby! ¡Debes entenderlo, padre!

─¡Nunca! Por la mañana te casarás con uno de los nuestros, y esa es mi última palabra.

Entonces Guanumby salió de su escondite. Como si hubieran podido ensayarlo una y diez
mil veces gritaron al unísono, ante el horror del cacique:

─¡Oh, gran Tupâ, no lo permitas!

Cuentan los ancianos que jamás se vio en la tierra otro prodigio igual. De pronto Potí y
Guanumby vieron sus propios cuerpos, extrañados, como si ya no les pertenecieran. Potí se
deshizo en un tallo pequeño pero firme y su piel se fue volviendo suave como un terciopelo:
era una flor, una flor bellísima como ella misma lo había sido antes de que el gran Tupá la
transformara.

Guanumby, al mismo tiempo, se volvió ligero como el aire: dos alas diminutas, casi
transparentes y veloces lo mantuvieron en vuelo y, desesperado por encontrar a Potí, se alejó
torpemente del lugar. Desde entonces la busca. Huele cada flor de cada monte de cada de
cada aldea. Besa con su pico las corolas más bellas con la secreta esperanza de encontrarla.
Cuentan que unos hombres lo vieron y quedaron extasiados por el color de sus plumas y la
rapidez de sus movimientos.

─Picaflor ─lo nombraron, porque una y diez mil veces lo vieron escarbando con su pico el
interior de las flores, ignorantes de que Guanumby solo busca los besos de su amada.
La leyenda del hornero

Cuentan que en las tribus que habitaban a orillas del río Paraguay, cuando los
muchachos llegaban a cierta edad debían pasar tres pruebas. La primera consistía
en correr muy rápido, mucho más que el viento veloz. Para superar la segunda
tenían que nadar de un lado al otro del río. Por último debían cumplir con un extraño
ritual: quedarse acostados sin moverse, muy quietos, tan quietos que no podían ni
siquiera pestañear, durante un largo tiempo. Todos los jóvenes de esa tribu se
entrenaban con gran dedicación para poder pasar esa prueba.

Aprobarla, significaba pasar a ser adultos. Una vez existió un joven llamado Jahé
que sorprendió a todos con su destreza. Cuando le tocó realizar la primera prueba,
muy pronto dejó atrás a los demás competidores. Cuando cruzó el río, mientras los
otros luchaban para que la corriente no los llevara, él juntaba piedritas de colores
que encontraba en el fondo. Cuando debió permanecer acostado, el se mantuvo tan
quieto, que por más que saltaban, y hacían bromas a su alrededor, él permanecía
inmóvil como una piedra.

Así Jahé, pasó ha ser un adulto. Lo que nadie sabía era que mientras el joven corría,
en las alas del viento escuchó la voz de una mujer como el canto de un ave. Esa
misma voz fue la que lo alentó mientras cruzaba el río Paraguay y la que le permitió
concentrarse cuando debió permanecer quieto. Como era costumbre en esa época,
el jefe de la tribu premió a Jahé concediéndole la mano de su hija. Jahé no podía
aceptar ese ofrecimiento, pues la melodía que escuchó durante la prueba lo
acompañaba día y noche. Jahé se había enamorado. El jefe de la tribu comenzaba
ha impacientarse por la falta de decisión del joven.horneroennido Una mañana el
muchacho elevó sus brazos al cielo pidiendo a su amada que lo ayudara a decidir.
Entonces volvió a escuchar su voz. Las manos de Jahé comenzaron a moverse al
compás de una suave música, hasta que tomaron el movimiento de las alas de un
pájaro. Los que observaban la escena vieron con asombro cómo el cuerpo del joven
comenzaba a transformarse en un pájaro y se perdía volando en el aire. El ave era
de color pardo y desapareció en los bosque que bordean el Paraguay. Buscó entre
los árboles a su amada pero no la encontró. Construyó una casita de barro para
resguardarse de los rayos, los vientos y las lluvias. Por fin una mañana la dulce
cantora se posó en su nido y desde entonces es su compañera.
Leyenda La chicharra

"la leyenda explica que La chicharra Muere cada año y que resucita al siguiente,
como una especie de alma en pena, purgando así su culpa de haber asesinado al
Crespín; con su estridente canto procura acallar los gritos de la esposa de la víctima,
que aún lo llora y llama desconsoladamente "el saber popular dice que las
chicharras no mueren cuando termina la temporada de calor, sino que dejan la piel
prendida al tronco de los árboles, y que se entierran luego para salir al año siguiente.
De modo que las cigarras son las mismas año tras año"...
Ynambu guasu (adaptación)

Esta señora sí que era pobre y desgraciada. Aparte de que tenía muchos hijos, solo
podía alimentarlos con los huevos que recogía poniendo trampas alrededor de su
casa. No le quedaba tiempo para otra cosa.

Pero a medida que los hijos crecían, comían más huevos. Entonces tuvo que poner
más trampas, cada vez más lejos de la casa. Poner tanta trampa la hacía sentir
tramposa y, además, su reuma le dificultaba la tarea.

Un día que estaba particularmente amargada —cosa comprensible si se lleva esa


vida— así como el pescador recorre el espinel, ella salió a recorrer sus trampas.

Y, ¡oh sorpresa! En cada trampa que revisaba… ¡una perdiz!... y eran muchas
trampas.

Tantas que las perdices ya no le cabían en la canasta que llevaba para traer los
pajaritos que pensaba encontrar y criar, adiestrándolos para poner muchos huevos.
Entonces, estiró de los árboles una liana, para poder atarlas y llevarse a todas las
perdices.

Pero eran tantas que, cuando las perdices atadas levantaron vuelo, a quien se la
llevaron volando por los aires fue a la señora.

Los hijos la esperaron bastante, la verdad.

Pero, luego, y como tardaba tanto, en vez de ponerse a golpear la mesa y gritar
«queremos comer, queremos comer, queremos comer», como eran muy bien
educados y considerados, resolvieron salir a buscarla.

La encontraron detrás de un tacurú, sentada en el suelo, en medio de una infinidad


de perdices, con una cara un poco rara.

Se acercaron despacito, para no levantar la perdiz, como quien dice.

—Ndéiko, mamita —le preguntaron extrañados.

—Che ha nda chéi —cloqueó la buena mujer.

Y acto seguido, sin previo aviso, se transformó —vaya uno a saber por qué— en
una perdiz enorme que, desde entonces y cada vez que se siente en peligro, repite:

—Che ha nda chéi, che ha nda chéi, che, ha nda chéi,…


La leyenda
Ypaka'a

Hace mucho tiempo, vivía una mujer


que se había olvidado de Dios y de
que alguna vez moriría, siempre se
acicalaba y perfumaba. Ella vivía en
un palacio. Frente a su casa tenía
una laguna, rodeada de hermosas y
costosas flores, que eran cultivadas
por sus sirvientes; las plantas eran
muy cuidadas.

Esa llamada señora tenía muchos


perros y gatos a los que perfumaba y
mimaba día y noche, tanto como ella
se acicalaba trataba a sus animales.

Esta mujer brindaba toda su atención a su cuerpo, por temor a envejecer, y a


menudo se olvidaba de su alma. Una mañana llegó hasta su puerta una ancianita,
muy delgada, una mendiga, y le pidió yerba.

Se acabó la yerba (opa ka'a) le respondió de mala manera.Solo para mi mate,


todavía no desayuné le dijo la pordiosera. Vete a buscar lombrices en los
alrededores de mi laguna, si quieres desayunar y terminó la yerba, ya te lo he dicho
le respondió la altiva mujer. Ojalá le maldijo al irse la pordiosera te conviertas en
pájaro por tu duro corazón.

Se terminó la yerba (opa ka'a) le gritó finalmente y lanzó una carcajada al entrar a
su habitación. Al poco tiempo cayó enferma esta presumida mujer. Una terrible
enfermedad le fue carcomiendo y a la vez, le iba saliendo en la piel un hermoso y
brilloso plumaje. Una tardecita se agravó su enfermedad, se fue encogiendo y se
convirtió en pájaro. Se levantó, caminó a saltos en busca de lombrices. Desde esa
noche fue vista una nueva ave de plumaje brilloso y hermoso. Se terminó la yerba
(opa ka'a, ypaka'a) va gritando entre los camalotes.

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