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CAPITULO 1

El paso de la niñez a la adolescencia pasaba sin mayor pena ni gloria, los chicos
tenían ya un par de años en preparatoria, comenzaban a estresarse con la
universidad, las carreras que elegirían o los destinos a que partirían, las parejas
formales ya se habían establecido así como las amistades que permanecerían
inalterables para toda la vida.

Cada uno de ellos ensimismado en su propio universo, preocupado por las materias
que tenían que acreditar para no perder el pase universitario o los sentimientos que
tenían que confesar para no quedar por siempre olvidados. Atrás quedaron las
inocentes inseguridades, los coqueteos nerviosos, la incertidumbre de
descubrimiento porque quien diría que llegaría un momento donde personajes como
Helga G. Pataki regresaban de las vacaciones Decembrinas transformada en toda
una mujer.

Sucedió, al igual que la tempestad, el paso de las estaciones y la voz gangosa de


todo chico que se convierte de la noche a la mañana en un suave o grueso barítono
que a toda fémina hacia suspirar. Fue un cambio brusco, en toda medida traumático
para los que tuvieron que sobrevivirlo junto al "Terror Pataki" ella se negaba
rotundamente a usar sostenes cursis y femeninos a pesar de que su pecho insistía
en reventar los tejidos y botones de toda camiseta, su cintura se acentuó como la
de una avispa, las piernas se tornearon debido el deporte que durante toda la
infancia había practicado. No es que fuera poseedora de una belleza romántica y
sensual como la de Lila o sinuosa, inocente y discreta como la de Phoebe, su belleza
era más dramática como toda ella. Salvaje en sus cabellos revueltos y los rasgos
fuertes pues aunque sus curvas eran femeninas, no pasaría por damisela de cuento
encantado jamás. Ella conservo sus modales bruscos y arrebatados, su conducta
irreverente y bendito sea el cielo por los sostenes deportivos que no eran para nada
finos o delicados, pero sostenían lo que tenían que soportar y ocultaban de la vista
y del morbo lo que no se tenía que observar.

La "uniceja" pasó a ser historia antigua, gracias a una intervención clínica de Miriam
y Olga, la sometieron a depilación láser en contra de su voluntad, pues afirmaban
que era el regalo perfecto para el despertar de su "muñequita adorada" Helga
amenazó con asesinarlas mientras dormían esa misma noche pero una llamada
telefónica de Phoebe le hizo creer que quizás, la nueva Helga podía conquistar al
nuevo Arnold.

Una promesa platónica, embaucadora y en cierta medida cruel pues cuando se


vieron, luego de una pausa de casi seis meses porque el paso de la secundaria a la
preparatoria no sucedía de manera tan inmediata si tenías el invierno más crudo de
los últimos ochenta años y se cerraban calles y escuelas de Hillwood hasta que se
derritiera todo vestigio de hielo.

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No hubo bromas, palabras hirientes, ni miradas secretas. Sólo un silencio
prolongado entre dos personas que creían conocerse perfectamente bien y que de
pronto descubren que se desconocen por completo.

Helga había chocado accidentalmente contra él, distraída como solía suceder ahora
con los mechones de sus cabellos que se quedaban atrapados por debajo de las
correas de su mochila, él se tardó más de cinco segundos en reconocerla, ella que
lo conocía a plenitud grabó en su memoria cada nuevo detalle: el cabello más largo
y peinado hacia atrás, la presencia de una barba ligeramente bohemia, la estúpida
gorra gracias a los Dioses había desaparecido y aunque seguía utilizando camisa
larga a cuadros, esta no parecía más una ridícula falda, los músculos de sus brazos
y pecho parecían un poco más marcados, en estatura seguía siendo un poco más
alta que él pero era una diferencia de escasos tres o cuatro centímetros, cuando
terminaron su evaluación visual, uno del otro Arnold sonrió con ligereza y se disculpó
por su torpeza.

Un simple: —Por favor discúlpame, Helga. —a pesar de que había sido ella la que
chocó contra él.

—Pierde cuidado, Arnold. —a pesar de que el chico la había observado de pies a


cabeza sin ninguna clase de recato.

Su voz, invariablemente de adolescente sería la fuente de inspiración para los


poemas de esa misma tarde y si ella no se desmayó ó dejó de respirar en ese preciso
segundo, se debió única y exclusivamente a que en ese momento sonaron las
chicharras anunciando el inicio de clases.

Escuela más grande, tres veces más alumnos de los que estaban acostumbrados,
ellos ya no compartían todas las clases pero se veían en las que consideraban
importantes.

Esto es, que él podía ver a la verdadera Helga en literatura y ella podía ver al
verdadero Arnold en historia, el encuentro con sus padres lo había llevado a querer
seguir sus pasos, aún no sabía si como antropólogo, historiador o arqueólogo pero
quería explorar tierras, encontrar mundos, conocer tribus y empaparse de toda clase
de cultura. Se decía entre voces que pasó cuatro de sus seis meses de vacaciones
en la Selva, que aprendió a escalar y sobrevivir en condiciones infrahumanas. Helga
podía apostar a que ya no era el mismo debilucho enclenque de antes, de hecho, si
pudiera sentir la fuerza de sus brazos al rededor de la cintura, no pediría más en la
vida.

Los clubes deportivos no cambiaron en absoluto, ella logró coronarse una vez más
como capitana de Béisbol, división femenina, lo que no le hizo demasiada gracia
pero las reglas impedían que jugara en las grandes ligas. Es decir: rodeada de un
montón de toscos, sudorosos y mal hablados hombres. Gerald era el capitán del
equipo de Baloncesto, Phoebe de Voleibol, Rhonda volvía a liderar a las

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animadoras, Harold participaba en Judo y Arnold, no lo iría gritando por los
corredores pero se había conseguido una posición respetable en el Fútbol Soccer.

Así pues, de manera lenta y segura las cosas terminaron de colocarse en su sitio,
hubo amistades que se rompieron y nuevas alianzas que se hicieron, ellos dejaron
atrás el Campo Gerald para acudir a otros sitios como bares, cafeterías, centros
comerciales y parques de diversiones ubicados a las afueras de su pueblo. Arnold,
ni bajo tortura china lo admitiría, pero en sus ocasionales encuentros solía extrañar
sus malos modos, su sonrisa embustera, el tono de voz grosero y altanero, su
violencia física y es que él tenía que tener el caso más extremo de síndrome de
Estocolmo, porque la veía jugar en el campo y era "Su Helga" la que recibía el
calificativo de guerrera amazona, pues se había llevado la copa de oro dos
Campeonatos seguidos.

Si la veían en la base, otros retadores se retiraban, las apuestas subían y el dinero


corría. Ella era un poco indiferente a todo esto aunque podía ver en sus
movimientos, la luz de sus ojos y la sonrisa sincera que se sentía libre, de una
manera en que no podía serlo con la literatura o cualquier otra clase de asignatura.
Su cabello largo trenzado por debajo de la gorra, la goma de mascar en los labios,
el uniforme ceñido a sus curvas y aquí tuvo que pellizcarse de manera mental
cuando asoció la palabra "curvas" con la imagen de Helga —su abusadora
personal— Pataki.

No siempre tenía oportunidad de verla, a decir verdad asistía al campo de Béisbol


únicamente cuando escuchaba que eran otros los que iban a verla, hasta Gerald
apostaba por ella y es que podría no soportarla, ni querer tenerla cera, pero…

—Viejo, está haciendo milagros por mi fondo Universitario.

Algunas ocasiones creyó verla en las gradas cuando era él quien jugaba pero
siempre que lograba identificarla, otras voces lo llamaban.

Él, era popular entre las chicas, de una manera en que nunca antes lo había sido,
le gustaba que fueran lindas con él y le tenía sin cuidado si eran morenas, rubias,
altas, delgadas o bajas, aunque si se podía elegir, se inclinaría por la que
consideraba el amor de su vida.

Lila, siempre estaba en la primera fila del campo de soccer para apoyarlo y a él le
bastaba con una sonrisa de su cara para olvidar lo que hacía y renovar fuerzas.

Su relación personal si quiera había mejorado, continuaban las palabras coquetas,


las miradas distantes, el servilismo que no terminaba en nada y las citas que se
prolongaban hasta elevadas horas de la noche dónde él intentaba besarla y la
pelirroja giraba el rostro para que el beso acabara en alguna otra parte de su cara.

Hablando de parejas, Sid pretendió declararse a Rhonda en la fiesta de fin de curso


del primer año pero tuvo que cancelarlo porque cuando la encontró, ella ya estaba
llegando a segunda base con Curly, Gerald le pidió matrimonio accidentalmente a
Phoebe en lugar de simplemente pedirle que fuera su novia, Eugene tuvo su
esperado encuentro con un grupo de sexis bomberos el mismo día que Sheena
decidió por fin invitarlo a salir, Harold se veía más de lo estrictamente necesario con
Patty y en cuanto a Helga, bueno ella se seguía resistiendo a participar en el

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"espectáculo" la primera vez que apareció una "carta de amor" sobre la puerta de su
casillero se esperó hasta que pasara él y lo interceptó en el camino.

—Disculpa que te moleste, querido amigo con Cabeza de Balón, pero si tuvieras la
gentileza de explicarme como funciona "esto" —y al mencionarlo le mostró la carta
con escritura burda que sin lugar a dudas debía pertenecer a cualquier chico de la
escuela. Él se encogió de hombros, no muy seguro de entender, qué era lo que le
pedía.

—Se supone que es un halago, Helga.

—Ya, esa parte la entiendo, sé leer desde el jardín de infancia, por si no lo recuerdas.
Mi punto es, ¿Si tú escribieras una carta para "halagar" a tu noviecita Lila, la dejarías
simplemente y te irías? ¿O esperarías a que la leyera y te diera alguna clase de
respuesta?

—Esperaría, por supuesto…

—Gracias, eso es todo lo que quería saber. —acto seguido sacó la goma de mascar
de sus labios. Un aroma a mango le llegó por lo alto, combinado con su perfume que
debía ser a flores o dulces, la goma terminó sobre la carta, luego la arrugó en el
interior de su puño y la arrojó al primer depósito que encontró en su paso. Él quiso
explicarle que quizás su admirador secreto era un chico tímido, tenía que ser
paciente. Ella era una romántica, ¿No es cierto? ¿Qué no era eso lo que les
apasionaba a todas las chicas desde Walt Disney?

—¿A ti te parece que seguimos en cuarto grado?

—¿Perdón…?

—Que si para ti está bien seguir suspirando por los pasillos y sostener su mano
cuando a Lila le dé la gana, por mi perfecto. Pero otras personas maduramos más
rápido y lo que queremos es una declaración formal, sin medias tintas, directo a la
cara. —su estómago se revolvió cuando escuchó todo eso. Vagamente fue
consciente de que no estaban solos ni en un sitio íntimo, estaban a medio pasillo
donde cualquiera los podía ver y peor aun escuchar. Nadie reparaba
específicamente en su charla, con excepción de los Beisbolistas que recién iban
saliendo de práctica.

Helga, arrebatada como siempre era, lo había tomado por las solapas de su camisa
y se había acercado a él, como en los viejos tiempos cuando cerraba el puño diestro
por lo bajo y amenazaba con tirarle los dientes por el simple acto de estar respirando.
Su pulso se aceleró al recordarlo, algo en su mente y su pecho reaccionó. Él tenía
que tener problemas de carácter clínico, si estaba ahí, deseoso de que Helga G.
Pataki, le rompiera la cara.

No sucedió nada de eso, ella lo liberó de su agarre y le acomodó las ropas, su


camisa de vestir a cuadros y algunos cabellos que se le habían desacomodado, él
tuvo el impulso de imitar la acción, los cabellos de Helga estaban por buena parte
de su cara, vestía con camisas holgadas de cuello redondo y generalmente en
diferentes tonos de rosa, jeans azules deslavados, rotos de abajo y ajustados por lo
alto, zapatos deportivos del mismo color rosado. Nunca la había visto con zapatillas,

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aunque sí solía verla en ausencia de todo calzado porque los pies se le hinchaban
luego de practicar demasiado.

Se despidió sin mayor ceremonia, giró el cuerpo y se perdió a lo largo del pasillo. A
partir de entonces, la escena de la carta se repetía y no solo con las notas de papel,
sino con lo que sea que dejaran en su casillero: números telefónicos, animales de
felpa diminutos y con chupón que se adhería a cualquier superficie, globos
multicolores y hasta chocolates y dulces. Esos últimos los desplazaba a los
casilleros de sus costados. Nadine, estaba especialmente feliz de tener golosinas
gratis, el chico del otro casillero, sólo tuvo que preguntar una vez, si a caso ella lo
estaba invitando.

—¡Por supuesto que no, tarado! ¡Dáselos a tu propia novia, la escuché quejarse en
los baños de que eres bastante tacaño!

Su resistencia a salir en citas, aceptar obsequios o responder coqueteos, la estaba


convirtiendo en una especie de reto a superar. Los que se decían Casanovas
juraban que antes de terminar el año, tendrían un beso de sus labios, los mas
osados, no sólo querían besarla, sino hacerla suya de las maneras menos
propias…Él tuvo que contar hasta cien, más de una vez en la cafetería, el campo de
soccer, laboratorio de química y donde quiera que escuchara esa clase de salvajada.

Helga podía cuidarse sola, él sabía que podía cuidarse sola, pero aún así, no le
gustaba lo que de un tiempo hacia acá se venía escuchando.

Gerald vomitó en la cafetería el miércoles, dos días antes de San Valentín, cuando
el capitán de Béisbol de la división masculina comenzó a gritar que estaba decidido
a acostarse con ella, describió detalladamente sus generosas curvas, mismas que
se adivinaban de manera perfecta cuando el uniforme deportivo se pegaba a sus
formas debido al sudor. Él le había enviado las cartas, los dulces, además de los
animales de felpa y comenzaba a sospechar que ella sabía que era él quién lo hacía.

—¡¿Oye viejo, no crees que deberías aceptar un no, como tal?! ¡Ninguno de esta
escuela le interesa! Pasó seis meses completos en Paris, ¿Cómo sabes que no
conoció a un Franchute contra el cual ni tú ni nadie, podría competir? —se quejó su
amigo luego de terminar de devolver el almuerzo que recién acababa de ingerir.

El aludido no le dio importancia, si quiera volteó a verlo. Capitanes de otros equipos


no se llevaban entre sí. Gerald era famoso y reconocido por sus estrategias
ofensivas y capacidad de líder, pero su equipo no había ganado ningún oro, sólo
platas. Jake, quien era el capitán de Béisbol, se levantó con la charola de alimento
en mano y sin más declaró.

—Si digo que tarde o temprano caerá, es porque lo hará…

Un mal sabor de boca se instaló en el interior de sus labios cuando escuchó ese
relato, sabía que Gerald se lo diría a Phoebe y que ésta a su vez se lo contaría a
Helga, lo que no terminaba de entender era por qué su mejor amigo sentía la
imperiosa necesidad de referírselo a él.

—¡Es que es Helga! ¡Y ese tipo me enferma!

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—¿Más que ella?

—Crecimos juntos, ¡Maldición! es como si hablaran de querer tirarse a mi propia


hermana.

—¿Perdón…?—por un segundo le pareció divertido que mirara a Helga como a su


hermana, luego consideró que al ser ella, la mejor amiga de su novia más que nada
sería cuñada.

—¿No entiendes?—interrumpió el moreno su línea de pensamiento. —¡No habla de


querer ser su novio, enamorarla, invitarla, sólo quiere…!

—Ya entendí…—y su estado de ánimo ensombreció, su estómago se revolvió, la


sangre al interior de sus venas, hirvió.

No hubo tiempo para indagar en eso, suponía que Phoebe, Rhonda, Nadine y las
demás estarían enteradas y cuidando de Helga. Era una tradición entre chicas,
flanquear distancias y mantener apariencias, cosa que no acostumbraban los
chicos, ellos simplemente se plantaban de frente y tiraban dientes.

La antigua Helga plantaría la cara y soltaría algunas patadas, la de ahora tenía otro
tipo de plan.

Llegó San Valentin, con sus declaraciones de amor, bailes improvisados y besos
apasionados en cualquier parte del edificio.

La tradición de su escuela indicaba que los chicos regalaban chocolates a las chicas
y si estas correspondían se comían la golosina. Lila ya estaba degustando una barra
enorme de chocolate blanco cuando él tuvo oportunidad de ir a buscarla. Le dejó el
suyo que era de chocolate negro y que además tenía forma de corazón.

Rhonda obligó a Curly a comprarle una decena de sus favoritos, los que eran
excesivamente caros y exclusivos, Harold llevó galletas de chocolate horneadas en
casa, Patty las devoró con ansias, a excepción de una, esa sería para su mamá.
Gerald le compró un enorme chocolate en forma de oso a Phoebe, de color blanco
y con coco. Eugene, le obsequió un pequeño chocolate a Sheena, la chica lo aceptó,
aunque no se lo comió.

Helga por su parte instaló un puesto de chocolates en la explanada principal. Colocó


un letrero fluorescente en el dónde decía. "No llores, sólo come" había chocolates
de todo tipo, las chicas "sin pareja" se abalanzaban por ellos en avalancha. Gerald
silbó por lo alto, ampliamente impresionado, Harold pidió que le recordaran si Helga
era hombre o mujer.

—¡Es una mujer, estúpido! —gruñó Rhonda, porque obviamente el centro de


atención ahora que tenía novio debía ser ella, y no la antigua uniceja. Reprendió a
Nadín sonoramente por estar ahí y tener las mejillas impregnadas de chocolate,
Pataki le dijo que la dejara en paz, todas tenían derecho de disfrutar este día.
Además no era obligación de los hombres repartir golosinas.

—¡Claro que lo es! Se llama tradición. —reclamó la pelinegra.

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—Pues tú celebras el amor, yo la liberación...—al comentar eso le dio una generosa
mordida a una barra de chocolate que curiosamente era de la marca que a él más
le gustaba. Su estómago sintió un nuevo estremecimiento. No podía creer que todos
sus admiradores, se abstuvieran traerle chocolates ese día. Pero más tardó en
pensarlo que en lo que Jake Cabot, estaba delante de todos armando un escándalo.

—¿Es esta tu respuesta?—preguntó temerario, aunque su tono de voz, no sugería


interrogación, sino más bien reclamación. —Helga, le arrojó una carta a la cara que
obviamente atrapó en su mano.

—Mi respuesta es que te olvides de la idea, estoy ocupada, no me interesas. —hubo


murmullos por todas partes, miradas indiscretas y algunas personas que optaron por
la retirada antes de que los ánimos se calentaran.

—Los chocolates…

—Te agradezco el gesto, pero no tenías que invertir tanto dinero. ¡No soy un objeto
que puedas comprar! pero si tanto te interesa aliviar tus "ansias" puedes intentar con
cualquiera de ellas. —las chicas con chocolate en las manos y cara tragaron duro,
no tenían idea de cual era el escenario completo.

Había de todo tipo, desde las inseguras que salieron corriendo, a las tímidas cuyas
mejillas se incendiaron y cabezas bajaron, Nadine sonrió esperanzada, levantó el
rostro además del pecho. Helga se terminó la barra de chocolate que sin lugar a
dudas debió comprar en la cafetería y se levantó de su asiento. Jake la destruyó con
la mirada, sobretodo por la exhibición y humillación pública.

Eso no se quedaría así, todos lo supieron, pero decidieron no pensar en eso.

—¡Hey! Phoebe, Cabeza de Cepillo, Balón, les guardé uno.

—¿Qué? —Gerald salió de su trance, las personas igualmente se dispersaron, la


mesa de chocolates aún tenía algunos que permanecieron intactos. Nadie, con
excepción del personal de limpieza se atrevió a tocarlos.

—Antes de dártelo necesito saber si no fuiste tacaño con Phoebe, Geraldo—


comentó la rubia mostrando tres barras de chocolate que sacó de su mochila, eran
de diferentes marcas. Los favoritos de Gerald, eran los chocolates amargos, los de
Phoebe eran los blancos, los suyos eran aquellos que Helga ya se había devorado,
pero quedaba otra barra que era de chocolate almendrado.

Pensó que esa sería para él y que constituía el sabor favorito de Helga…

—¡Por supuesto que no fui tacaño! Y disculpa si no me lo creo, pero tú jamás, en


diecisiete años de vida has tenido la intención de hacerme alguna clase de regalo.

—Tampoco te emociones tanto, zopenco. Supe de labios de Phoebe que me


defendiste en una especie de "situación incómoda" Así que tómalo como una forma
de agradecimiento, porque no iba a colgar cartulinas fluorescentes con tu nombre
escrito en alguno de los pasillos. —Gerald se sorprendió por completo, Phoebe
sonrió complacida. La rubia se tomó la libertad de recordarles que San Valentín, no
era el día exclusivo de los enamorados, sino también de la amistad.

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—Celebro por nosotros…—y al comentarlo le entregó el chocolate almendrado. La
siguiente clase comenzaba de inmediato, la chicharra además de las voces a grito
de algunos profesores se los recordaron, él fue directo a algebra y sobre el
chocolate, claro que se lo comió, pero por alguna razón, no se lo terminó. Helga
nunca les había regalado algo, hasta Phoebe decía que en su relación de mejores
amigas, no intercambiaban regalos.

"Helga, no cree en los obsequios, piensa que si quieres decirle a alguien que lo
quieres, lo demuestres con palabras o acciones. Nada que se compre con dinero"

Lo siguiente en la tradición de su escuela, sucedía el 1ero de marzo. Si los


sentimientos de ambos eran correspondidos e iban en serio, ese día las chicas
aceptaban salir con los chicos. Él invitó a Lila, la pelirroja aceptó —como amigos—
pues antes de su cita que podría ser después de las seis, iría a comer con otro chico
llamado Larry.

—¿No te molesta, cierto?

—En absoluto…—respondió resignado. —ya era el final de las clases, era viernes y
por consiguiente todas las citas se estaban planeando para un fin de semana
romántico. Tomó su chaqueta del interior de su casillero, Lila le siguió el paso, ella
traía unos libros sueltos en los brazos, él se ofreció a sostenerlos cuando una voz a
grito llamó la atención de ambos.

—¡Suéltame!

—Te estoy diciendo que saldrás conmigo en este momento.

—¡¿En qué idioma te debo decir que no me interesa?!

—En el único que de verdad importa…—Jake tenía a Helga acorralada en una


esquina, varias personas observaban, entre ellos sus amigos de Secundaria.
Rhonda, Curly, Stinky, Harold, Phoebe y Gerald. Resultaba impresionante, por no
hablar de indignante ver a la mujer que conocieron como una buscapleitos, abusona
y golpeadora, acorralada por un hombre que le superaba no solo en estatura sino
en masa corporal. Él sintió el impulso de separarlos, de hecho soltó los libros de la
pelirroja que cayeron como en cámara lenta, al mismo tiempo que Cabot tomaba el
rostro de Helga y la besaba a la fuerza.

Hubo un silencio sepulcral, a él la sangre se le congeló al interior de las venas, Lila


soltó un diminuto grito, se llevó las manos al rostro al igual que el resto de féminas.
Phoebe gritó el nombre de su amiga. La única que podía saberlo era ella, después
de todo eran amigas de toda la vida.

Lo único bueno que el gran Bob había hecho por sus dos hijas, era llevarlas a clases
de defensa personal. Él no era estúpido, era un patán, avaro, ensimismado en su
negocio que reconocía por sobre todas las cosas que también era un cerdo y como
tal, no quería que otros cerdos se tomaran libertades con sus hijas. Claro que no,
primero muerto que verlas sufrir por algún degenerado demasiado mañoso y fue por
eso que aún presa del horror, Helga escuchó su nombre y recordó quién era.

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Se afianzó firme sobre la planta de sus pies, reunió fortaleza, no supo de donde y le
descargó un codazo lo más fuerte que pudo en el pecho, Jake se fue hacia atrás,
levantando el rostro visiblemente indignado, tenía los labios rojos, húmedos de ella,
la imagen de él la devastó, así que después le dio un puñetazo que esperaba le
hubiera roto la nariz y tuvo que detenerse ahí porque obviamente, sus piernas
amenazaron con dejar de sostenerla. Phoebe era rápida, de hecho su velocidad era
algo que le daba ventaja a la hora de jugar voleibol. Antes de que su amiga
desfalleciera, ella ya estaba ahí y como la respetaba y protegía su dignidad, la obligo
a caminar en dirección de los baños. El silencio entre los presentes se prolongó aún
con un chico que gritaba indignado que Helga G. Pataki se arrepentiría de sus actos.
Muchos ya no fueron dueños de sí mismos, porque sí. Ella había convertido sus
infancias en un martirio, pero también había apoyado y participado en todos los
momentos que la necesitaron y sí, era una patada en el culo, con una actitud de los
mil infiernos, pero jamás…

Jamás, había hecho a ninguno de ellos llorar.

Y esa era la parte más vulnerable de todo esto, que mientras lo golpeaba, primero
en el pecho y después en el rostro, hubo lágrimas saliendo de sus ojos. Y ellos hasta
ahora, nunca la habían visto llorar. Ella daba la cara, peleaba sus batallas aun a
sabiendas de que no iba a ganarlas, si perdía se humillaba como la tradición
indicaba, pues Helga G. Pataki aceptaba la derrota cuando la misma llegaba. Arnold
quería ir con ese sujeto y repartirle su propia tanda de golpes, claro, él era un
pacifista, estaba en contra de la violencia física, pero…en este momento, en serio,
no sabía de lo que sería capaz en este momento, porque él sí la había visto llorar,
pero por sus padres, su historia personal, sus sueños de infancia, no por esto, y en
su corazón sentía que ninguna mujer tendría que llorar por esto.

Levantó el rostro y habría cumplido su cometido de poner en práctica las lecciones


de karate que no sabía si recordaba cuando fue Harold quien levantó la voz por
todos.

—Si la vuelves a molestar, el único que se arrepentirá de sus actos serás tú, mi
amigo. Y eso no va sólo por Helga, sino por cualquiera. Si una dama, te dice que
no. La respuesta es no, de lo contrario, voy a romperte los huesos y si me dices que
no…voy a ignorar por completo el sonido de tu voz…

Harold había llegado casi el metro ochenta de estatura, en masa corporal seguía
estando pasado de peso, pero no era grasa, sino músculo. El deporte, las artes
marciales que por consejo de Patty recién practicaba lo habían convertido en un ser
impresionante e imparable. Jake, se limpió la sangre del rostro, claro, él tenía el
apoyo de todo el equipo de Béisbol, pero después de Harold se unió Gerald, cuyo
equipo de Baloncesto no tendría problemas en romperse el alma contra ellos, Curly
no tenía demasiado que ofrecer pero ahí estaba, Eugene salió de la nada, sus
cabellos rojos al mismo tono de su indignación, comentó algo sobre abrirle el pecho
y bañarse en sus entrañas si otra vez la tocaba. Stinky se mostró de acuerdo y por
alguna razón, entre todo el barullo él no se movió.

Él, era al que Helga más había molestado, y también era el único a quien ella había
besado…

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CAPÍTULO 2

—Viejo, andando…

Gerald se le había unido de nuevo, después de que entre todos escoltaran a Jake
Cabot a la salida. Él tuvo que parpadear un par de veces antes de caer en la cuenta
de que efectivamente la puerta principal ya estaba libre de problemas. Las chicas
se habían retirado, Lila ya no estaba a su lado, ni ella o los libros que dejó caer en
su pequeño exabrupto.

—¿Gerald…?—el moreno rodó los ojos y comenzó a tirar de su brazo para obligarlo
a caminar junto a él.

—Si, Tierra llamando a Arnold. Sé que no es un espectáculo de todos los días, pero
ya no tenemos nueve años.

—¿Qué?

—Que defendiera a Helga no es para tanto, ¡No iba a estar enfadado con ella toda
la vida! y Phoebe tiene clases avanzadas los viernes. Si la conozco, como creo que
hago, Pataki no permitirá que arruine su historial académico por algo como "esto" —
él asintió mecánicamente con el rostro. Aún no procesaba lo que era "esto" ni
tampoco le llegaba la revelación de ¿En que momento de la vida Gerald aprendió a
conocer a Helga? pero ya estaban llegando a los baños y había un montón de
personas que cuando los vieron llegar discretamente se replegaron.

—¿Van a llevarla a su casa, cierto?—preguntó Rhonda como si fuera una orden,


además de la cosa más obvia. Gerald le mostró las llaves de su auto. Desde los
dieciséis años conducía un viejo mustang coupe rojo que perteneció a sus abuelos
y normalmente era Phoebe la única chica que se subía, pero por hoy haría una
excepción.

—De acuerdo, antes de irnos hagamos un pacto sobre esto, ¿Quieren?—sugirió


Rhonda ante la atenta mirada de todos.

Eran los mismos chicos que se reunían para jugar en el callejón del Barrio y el patio
de la escuela hace poco más de diez años, independientemente de sus relaciones
personales o de que se agradaran entre sí, asintieron a la petición de Rhonda y
esperaron a escuchar su propuesta.

Era algo simple, no iban a hablar sobre esto.

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Nadie tenia derecho a preguntar a Helga sobre sus sentimientos, esencialmente
porque apenas si se enteraban de que tenía sentimientos y que era una mujer, que
como tal y como todas, era sensible y vulnerable. Ellos no la tenían propiamente en
un pedestal de oro, pero no iban a mancillar la imagen de su bravucona por culpa
de un idiota. Todos se mostraron de acuerdo y luego de estrechar manos y
despedirse en pos de disfrutar con sus parejas del fin de semana se fueron.

Gerald llamó a la puerta del baño, tres veces seguidas, luego hizo una pausa y tocó
dos veces más.

—Es un toquido secreto —explicó.

—¿Para que despiertes a todos en casa de Phoebe o para qué?

—¡¿Ehh?! Claro que no es para eso, es más…¡No te interesa! —la puerta se abrió
luego de unos cinco minutos. Phoebe tenía el rostro un poco sucio debido al rímel.
Se le había corrido el maquillaje del rostro, sus cabellos negros los llevaba atados
en un sencillo moño, el color azul seguía siendo su preferido para vestir además de
las camisas holgadas que por más que lo intentaba delineaban sus discretas curvas:
la cintura breve, las caderas anchas, los pechos pequeños pero bien formados,
completaba el atuendo con una falda tableada a la altura media de los muslos,
medias transparentes, botas cortas de tacón cuadrado y gafas de montura gruesa,
su mochila era de tirantes y de color negro, la llevaba a la espalda, como una
extensión de sí pues los estudios, así como sus amigos eran de lo más importante
en su vida. Saludó a Arnold con un movimiento de mano y después dejó que pasara
Helga, la rubia había soltado sus cabellos y los había vuelto a atar con una liga en
una coleta floja que le caía sobre el hombro diestro, al lado contrario le pasaba la
correa de su mochila, un morral de color rosado con estampado de flores. Ella, aún
estaba dudando sobre cómo actuar, cómo reaccionar, cómo comportarse y
finalmente optó por gritar.

—¡Le tiraré los dientes al primero de ustedes que me mire con si quiera un poco de
compasión! —declaró mirando con furia tanto al Cabeza de Balón como al Cepillo,
Gerald levantó las manos en son de paz y respondió con el mismo tono elevado.

—¡Como si existiera un Universo en el que yo pudiera dedicarte algo como eso!

—Bien Geraldo, ¿Y tú? —sus ojos azules eran como centellas: coléricos y
electrizados, él los sintió invadir su cabeza, penetrar sus defensas pero también,
debajo de todo eso reconoció un poco de miedo. Negó con el rostro, guardando las
apariencias. No le correspondía a él juzgarla o criticarla. A decir verdad, no entendía
por qué Gerald lo había obligado a acompañarlo.

—Todo está igual entre nosotros, Helga…—comentó sin dejar de verla a la cara,
advirtiendo el conjunto completo de sus mejillas pálidas y los labios rosados,
húmedos, delineados por alguna clase de brillo o labial. Hasta ahora era consciente
de que Helga usaba maquillaje, aunque no era tan elaborado como el de Phoebe,
sus ojos no estaban delineados, ni sus pestañas rizadas. Solamente eran sus labios
y curiosamente eran esos los que habían provocado.

—¡Más te vale, cabezón! —lo amenazó como antaño y él sintió nostalgia, aunada a
un nuevo y desconcertante estremecimiento. el estómago vacío, la cabeza dando

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vueltas. Helga dio el asunto por terminado y giró el rostro en dirección de su amiga,
la asiática estaba un poco más calmada pero visiblemente afectada.

Le dolía la agresión que sufrió la rubia, la fachada de mujer ruda que hoy día aún
obligaba a sostener y le dolía de más que no pudiera ser honesta con sus
sentimientos, que siempre debiera mantenerse de pie, cuando lo único que quería
era derrumbarse en el piso y llorar.

Durante los breves minutos que se encerraron en el baño era eso lo que había
hecho. La dejó caer en lo que revisaba que el baño estuviera vacío y colocaba el
cerrojo en la puerta porque no quería las miradas indiscretas de Rhonda y su
comitiva. Helga lloró como la antigua niña, porque seguía siendo esa mujer
romántica y apasionada que guarda sus labios para la persona indicada. Ese beso,
"el que te toma desprevenida y de manera forzada hasta desvanecer tus defensas
y reclamar tu lengua" estaba destinado a Arnold. En su mente y su corazón, aún
tenía sentimientos por Arnold y mentiría si dijera que en sus fantasías recurrentes,
no era él quien tomaba la iniciativa y le dedicaba una carta, una sonrisa, una palabra.

Esa ilusión, del amante osado se terminó, ¡Ese maldito se la arrebató! y dolía,
porque Arnold, aparentemente ni se inmutó.

"Phoebe, acabo de darme cuenta, de que le importo menos que nada…"

"No digas eso Helga, él es un pacifista y la situación…la verdad es que a todos nos
tomó por sorpresa"

"No quiero que me canonicen, ni que me martiricen"

"¿Entonces qué es lo que quieres….?"

"No lo sé…"

Estaban discutiendo eso, cuando escucharon el llamado de Gerald a la puerta.


Helga se incorporó de inmediato y lavó su cara además de tomar un poco de agua
directo del grifo y escupirla en el lavabo. ¿Por estas cosas las niñas bien, llevaban
pasta dental y cepillo en sus bolsos? A ella jamás se le habría ocurrido incluir eso
como el contenido esencial de su bolso. Phoebe le ofreció una toalla facial que
llevaba extra para las prácticas de voleibol y después le regaló su brillo labial.

"Es de cereza, lo compre hace unos días"

"No me trates como Princesa"

"Jamás lo haría pero ni tú ni yo queremos que la boca de ese pelmazo sea lo último
que toque tus labios"

—Llegarás tarde a tu clase, Phoebe ¿No necesitabas todas las asistencias para
tener mas oportunidades de obtener el pase universitario?

—Sí, pero…
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—Pero nada, Cabeza de cepillo te esperará en las canchas de Baloncesto para
después llevarte a tu casa.

—E…espera, en realidad, yo…—Gerald tiró las llaves que olvidó sostenía en su


mano. Helga sonrió socarronamente pero no lo miró, seguía concentrada en su
mejor amiga, en el secreto que las dos compartían desde que decidió que amaba a
Arnold, mucho más de lo que lo odiaba. Phoebe la abrazó con fuerza, Arnold anotó
de manera mental que se estaba perdiendo de algo.

Helga parecía conocer los hábitos deportivos de Gerald así como el moreno parecía
conocer la vulnerabilidad de ella, ¿Desde cuando eran tan íntimos? Y más
importante que eso ¿Por qué le molestaba tanto? Phoebe rompió el abrazo, se
limpió unas lágrimas traicioneras del rostro y después se inclinó para recoger las
llaves y devolvérselas a su novio.

—¿Estás segura de que estarás bien?—preguntó por ultima vez, sin dejar de mirarlo
a él. Gerald sonrió con la misma complicidad que compartían ellas.

La respuesta a sus preguntas le llegó de manera inmediata.

Era Phoebe quien los había unido de alguna extraña y misteriosa manera. Ella
compartía cosas de su mejor amiga con su novio y viceversa. Ellos debieron terminar
por aceptarlo porque la querían.

—Ya te dije que si, y no me lo tomes a mal melenudo pero lo último que quiero en
este momento en encerrarme en algún sitio con cualquier clase de c-h-i-c-o, ¿Tú
eres un chico, cierto?—Gerald rodó los ojos y replicó.

—Si, Helga, soy todo un hombre pero no tan varonil como tú. —Helga le levantó el
puño cerrado, aunque tuvo que disimular el dolor, porque se le estaba inflamando.
Gerald sonrió y se abrazó a su novia para llevarla al salón de cálculo avanzado.

—¿La acompañas tú, viejo? —inquirió sin pensarlo Johanssen. Él aún estaba
estupefacto por la revelación. ¿Dónde tuvo la cabeza durante todo este tiempo?
Ellos eran "amigos-amigos" del tipo que se hace bromas pesadas y se apoya en
situaciones desesperadas. Él seguía siendo el chico de respaldo, a quien llamas
cuando no tienes a nadie mejor que llamar.

Helga dejó que se fueran los enamorados, sacó una goma de mascar del interior de
su bolso y la metió en su boca, "mango" pensó para sus adentros y de recordar la
vez que estuvieron tan cerca el uno del otro, con unas palabras de amor no
confesas, se le hizo agua a la boca. Ella giró sobre la suela de sus VANS
desgastados y emprendió la huida con paso calmo, él se movió por inercia. No sólo
por obligación o cortesía, sino porque quería estar dónde ella fuera.

—No tienes que acompañarme, Arnoldo puedo cuidarme sola.

—L…lo sé, —comentó de inmediato. Caminando un poco por detrás pero sin dejar
de mirarla en su totalidad, resuelta, plena y a pesar de todo ello, frágil y fémina. —
Pero vas a necesitar una venda y algo de hielo para eso…

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—¿Cómo…?—Helga detuvo sus pasos y así él pudo señalar el puño que tenía ya
bastante inflamado.

—Cuando se enfríe el músculo podría dolerte mucho. —ella resopló, porque ya le


dolía demasiado, pero estaba tan enfocada en no ponerse a llorar delante de él que
apenas si lo notaba.

—Tomaré analgésicos.

—Pero te puedo llevar...

—¡No voy a entrar a la enfermería…!—y eso lo dijo mas que nada porque si volvía
a pasar por ese lugar, todas sus defensas se derrumbarían. Arnold suspiró cansado,
ella se relajó, confiada de ganar esta batalla.

—¿Puedes venir entonces a la casa de huéspedes?

—¿Por qué…?

—Para que pueda curarte —y ella ya no dijo nada, pero accedió a que él la guiara.
Arnold no tenía auto como Gerald, tomaba el autobús al igual que el resto pero en
esta ocasión optaron por caminar. Uno junto al otro en ceremonioso silencio.

No se sentía incómodo, más bien un poco ansioso. Él hubiera querido tomar su


mano sana, sentir su calor y decirle algo como que un beso no era tan importante,
pero la verdad es que para él también lo era. Dejaron atrás la zona de la escuela,
algunas tiendas departamentales, cafeterías y negocios. Ahora estaban por el
parque y de pronto Helga sintió la necesidad de romper el momento.

—¿Entonces…así es como siempre te sientes…?—preguntó deteniéndose de


frente a él porque si había alguien que conocía todas sus facetas ese era él.

—¿Perdón?

—Hablo de las veces en que te besé por la fuerza y por…sorpresa —Arnold se


quedó de piedra, porque claro, él también había estado pensando en eso. En los
besos que compartieron durante toda su historia y es que ni siquiera se trataba de
uno, sino de cinco.

Tres en la tierna infancia, uno más a los doce años y el último antes de entrar en la
preparatoria.

Helga lo miraba de manera intensa. Siempre era así, no tenía otra forma de
describirla como no fuera "una mujer apasionada y directa" Estaba de cara a él,
como en el momento en que confesó sus sentimientos y le dio un largo y profundo
beso.

Al evocar el pasado, recuerda que se aterrorizó de inmediato, como es natural y


como era de esperarse al tratarse él de una inocente víctima en las afiladas garras
de su asesina. No movió un solo músculo y durante las primeras centésimas de
segundo pensó que estaba perdido. Ella lo mataría, o después de besarlo, lo
abusaría pero honestamente estaba exagerando y eso no fue lo que sucedió.

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Aquel, no era su primer beso, ni el segundo entre ellos, era el tercero y mientras lo
pensaba podía afirmar que los labios de Helga eran idénticos a los de la falsa Cecile,
pensó en su figura, su ternura, creyó que por fin se había apoderado de él la locura
heredada a su abuela, pero no era un invento. Era cierto, Helga y Cecile, eran la
misma persona que decía quererlo.

Cuando terminó el beso y su mente llegó a la conclusión de que este podría ser el
tercero de muchos o el último de pocos, Helga habló de "la locura del momento" No
era verdad que sintiera por él, algo como eso.

¿Amor?

¿Era eso, lo que "no" estaban sintiendo?

Él no se lo preguntó por demasiado tiempo, acababa de encontrar a sus padres y


de descubrir un nuevo mundo de posibilidades. Lo que lo llamaba a voz en grito era
la aventura y lo que menos le interesaba era esta nueva clase de estremecimiento.

El cuarto beso sucedió en otra obra de teatro.

Eso no estaba planeado así porque Helga ni siquiera participaba en la obra, era la
guionista y asistente de dirección. Él se quedó una vez más con el papel protagónico
porque en esta ocasión, sí sería Lila Sawyer a quien besaría, más en séptimo el
ensayo, (media hora antes del estreno) cuando la pelirroja seguía sin poder besarlo,
Helga perdió los estribos, arrojó sus papeles al suelo y se dirigió a él como una leona
en cacería.

Lo tomó de las ropas que por cierto ya eran las de la obra: un traje color negro de
corte inglés con chaleco y corbata grises a juego, tiró de las solapas de su saco, él
cerró los ojos y levantó rostro por acto reflejo, tan acostumbrado a la diferencia de
altura entre sus cuerpos, a la forma de sus labios y lo intempestivo de sus arrebatos,
separó los labios, contrario de las ocasiones en que aún eran niños, saboreó su
boca y sintió su lengua danzar junto a la suya.

Fue un beso breve que disfrutó en cierta medida y que se vio roto por la necesidad
de Helga de recalcarle a Lila lo fácil que era.

"Eso es un beso, Sawyer. Arnold no muerde y no se te van a caer la piel, los labios
o la cara por tocarlo. Son amantes, ¿Recuerdas?" —gritó señalando los papeles en
el piso. "Su esposa por fin murió de Tifoidea, la enterraron hace unas horas y él no
quiere llorarla, quiere recordarla a través de ti. Tú eres la razón de que le fuera infiel
en su lecho de muerte porque le recuerdas a la mujer que amó en los años que fue
verdaderamente bella…"

La obra fue todo un éxito, por el guión más no por la actuación. Al final, él terminó
besando a Lila un poco más abajo de los labios, inclinó el cuerpo para que no se
notara que sus bocas no se habían tocado. Siendo honestos, ahora que lo pensaba,
quizás la obra era una proyección de los sentimientos de Helga.

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"Tú eres la razón de que le fuera infiel, porque le recuerdas a la mujer que desde
siempre amó"

Su corazón dio un diminuto salto al llegar a esta conclusión, las imágenes de "la
falsa Cecile y Helga Pataki" revolotearon en su cabeza. ¿El estaba enamorado de
ella? Nunca antes se lo había preguntado. La rubia permanecía con él, aunque se
había dirigido a una banca en el límite del parque. Él la siguió, aún sin decir nada,
sospechaba que faltaba poco para que Helga se hartara, su relación se resumía en
esto:

Ella gritando, confesándolo todo y él quedándose mudo.

El ultimo beso, pudo ser interpretado como despedida.

Sabía por boca de todos que Olga tenía un puesto reconocido en una Universidad
Francesa, sus padres planeaban visitarla a finales del año, pero los rumores también
decían que si los Señores Pataki se divorciaban, Helga y su madre se quedarían
con ella.

Era el término de las clases, ultimo año de Secundaria, al regresar de vacaciones


estarían en Preparatoria y tampoco es como si muchas cosas de la actual Helga lo
hubieran tomado por sorpresa. Los jeans desgastados que vestía entonces ya se
ceñían a su cadera, las camisetas sin mangas daban una buena idea de la que sería
su sensual anatomía.

Y sí, lo dijo bien porque él ya conocía a Olga y la única palabra que tenía para
describir a su hermana mayor era "sexy" Obvio resultaba suponer que la menor de
los Pataki tendría una figura así de envidiable. Cuando se despidieron, Gerald ya
iba algunos metros por delante con Phoebe y el resto de sus amigos, también los
habían dejado a solas.

Se miraron por segundos que parecieron minutos, palabras murieron en aquel


momento y otras no pronunciadas nacieron. Sus ojos se buscaban con ansiedad y
a la vez se evitaban. ¿Qué le podías decir a una mujer que pasó de ser tu golpeadora
personal a una amiga distante pero sincera?

—¿Así que París…?—preguntó por curiosidad y cortesía. Ella se encogió de


hombros, el tirante de su hombro derecho cayó. Él lo acomodó en su sitio, como si
el roce de su mano sobre su piel pálida fuera algo común entre ellos, una caricia
espontánea, un gesto esperado. Helga no dijo nada, pero sus ojos por el contrario,
lo devoraban.

—¿Qué vas a hacer tú? ¿Explorarás todo el Continente?

—Sólo Perú y Ecuador

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—Trata de hacer que no te maten…

—Y tú trata de hacer que no te deporten…—Ambos sonrieron por el comentario,


luego ella le pidió que prestara atención al lugar dónde se habían parado. Era el
gimnasio de la escuela así que él no entendió a lo que se refería hasta que hizo
hincapié en los decorados navideños.

—Oh…

Un muérdago se elevaba por encima de sus cabezas. Y ahora tenía sentido que
todo el mundo los hubiera dejado solos. —cerró los ojos en el momento exacto que
sintió el roce de sus labios. Sabor a mango envió descargas eléctricas por todo su
cuerpo, separó los labios como en el teatro, la sintió abrirse paso en su boca, jugar
con su lengua. Un beso húmedo, ansioso y quizás un poco desesperado. Las manos
de Helga estaban una vez más en su cuello, él relajó los músculos, cerró un poco el
espacio entre sus cuerpos, sin tocarla…invadirla, lo importante para él, era
respetarla.

Y el beso acabó con una simple frase.

"Feliz Navidad…"

—Ar…nold…

Dejó de viajar por el mar de los recuerdos, Helga tenía el rostro rojo, húmedo de
llanto, su primer instinto fue pensar que la había lastimado al quedarse tanto tiempo
callado, pero después la miró doblarse del dolor y contempló el puño diestro que de
rojo comenzaba a ponerse morado.

—¿¡Te has estado aguantando todo este tiempo!?

—¡No me grites!

—¡Yo quería llevarte a la enfermería! ¡Y fuiste tú la que empezó a gritar!

—¡Eres tú, el que apagó su cerebro!

—¡Yo no apagué mi cerebro!

—Claro que sí, yo lo vi muy claro. Solo hizo falta preguntar lo obvio…

—¿Qué…?

—¡Me odias!

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—Helga…—él no tenía paciencia para ella. Es decir, siempre lo sacaba de sus
casillas pero para llevar la fiesta en paz y en pro del pacifismo no ahondaba de más
en la herida. La dejaba hacer sus rabietas, amenazarlo, golpearlo y sí, besarlo.

Se aclaró la garganta en lo que hacía un barrido visual del espacio a su alrededor


por si veía al vendedor de helados y como mínimo le compraba algo para ponérselo
en la mano. No vio nada, además de parejas que ya comenzaban a besuquearse y
toquetearse por los rincones. Helga terminó por levantarse, él la frenó tirando del
brazo sano.

—No te odio, y nunca pensé demasiado en los besos que me has regalado…

—¿Perdón…?

—Cuando éramos niños, decidí que eran cosas de niños y en el ensayo de la obra,
pensé que era sólo teatro…

—¿¡Así besaste a Lila…!?—preguntó con ojos enormes a lo que él, simplemente


negó.

—No nos besamos, pensé que le daba pena hacerlo delante de tantos, pero ha decir
verdad….ella y yo…nunca nos hemos besado.

—¿¡Qué!? Pero…si han estado saliendo desde…

—El origen de los tiempos, yo lo sé, pero no nos hemos besado y aún no he
terminado. Lo que "hiciste" nunca me pareció ofensivo o repulsivo. Sólo un poco
intimidante, porque…tú sabes. Se supone que somos los chicos los que besamos a
las chicas.

—Claro, soy el ejemplo viviente de eso…—señaló ofendida, Arnold se empeñó en


mirarla a los ojos. Verde sobre azul, las aguas calmas de él intentando mezclarse
con el profundo mar que habitaba en su ser.

—El ultimo beso fue diferente.

—¿Diferente, cómo?

—No era solo el muérdago, éramos nosotros. Se sintió correcto.

—¿Y entonces por qué…?—se atrevió a preguntar, a pesar de que estaba a punto
de ponerse a gritar de dolor. No cerró el puño correctamente al momento de soltar
el golpe. Sí, era una mujer atlética que se mantenía en forma, pero el calor del
momento, el traumatismo emocional de ser besada por otro sujeto, el nivel de su
enfado al ver la sonrisa prepotente de ese descarado, la llevaron a reaccionar sin
pensar y seguramente se había fastidiado un tendón, un dedo, un nudillo o dos.

—¿Por qué no dije nada desde que nos volvimos a ver…? —Helga asintió con el
rostro pero en esta ocasión no pudo evitar volver a doblarse del dolor. ¡Quería
drogas y de las fuertes! ¡Las necesitaba ahora! Arnold la levantó con soltura,
tomándola de la cintura. Un gesto involuntario y que honestamente se sintió de lo
mejor, comenzó a escoltarla hacia la casa de huéspedes. No estaban demasiado

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lejos y su abuela con toda seguridad tendría algo para calmar su dolor y bajarle la
hinchazón. Retomó la conversación a medida que adquirían un paso firme, relajado.
—Porque como te dije, nunca pensé demasiado en eso y ambos regresamos tan
diferentes…

—Y tan nosotros…

¿Existía un "nosotros" entre los dos?

La pregunta se quedó en el aire, pues lo siguiente que quería saber era lo que sintió
al ser besada por ese bastardo. Si se lo hubiera preguntado a él, le diría que lo que
sintió fue que se moría, que la persona que era se transformaba en otra pues desde
siempre, había sido ella la que lo besaba a él. La que decidía a quién querer, la que
encontraba formas de volver íntimo un espacio público, la que no tenía miedo, sólo
pasión y convicción.

Verla temblar entre las formas de Jake, verla llorar por causa de él, despertó algo
en su interior que no podía comprender, la sangre se congeló en el interior de sus
venas, algo en su mente se fragmentó. La imagen de Helga a los nueve años
diciendo que lo quería, que le gustaba con pasión y locura, que escribía decenas de
poemas inspirados en él y que hasta guardaba un altar en su alcoba.

Eso era lo que le impidió reaccionar, recomponerse de la impresión, porque esa niña
era asombrosa y no merecía ser tocada por un cualquiera.

—¡Santo cielo! ¡¿Pero qué fue lo que les pasó, Arnold?! —su abuelo estaba
barriendo las escaleras de la entrada principal, al sonido de su voz se unió la de su
abuela.

—¡¿Qué está…?! ¡Eleanor! —Helga levantó el rostro y por extraño que pareciera
corrió a reunirse con su abuela.

—¡Gertrude!

CAPÍTULO 3

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.

Phil tuvo que apartar a Arnold luego de que al chico casi se le cayera la mandíbula
con la imagen de su abuela y Helga apretándose en tremendo abrazo. Es decir,
sabía que Puki estaba algo loca y que Helga también, ¿¡Pero, esto!? Ninguna de las
dos lo abrazaba a él ¡Es más! Ninguna de las dos le mostraba ese "lado" a él.

Iba a comenzar a protestar a voz en grito, cuando de pronto su abuelo le hizo una
seña para que prestara atención al sonido.

Sollozos, leves y apenas perceptibles, que le hicieron guardar silencio y seguir


obedientemente a Phil hacia adentro.

—Déjalas unos minutos hombre pequeño y ahora que estamos aquí, dime ¿Qué
demonios fue lo que les pasó?

Estaban en la cocina, Arnold sacó una silla, se acomodó a la mesa y trató de


organizar sus ideas. Phil por su parte, estaba ocupado revisando alacenas de
manera aleatoria.

—¿Esa Eleanor, es la niña furiosa que golpeaste con tu bola de béisbol, cierto?

—Se llama Helga, abuelo.

—¿Helga Eleanor? ¡Pff! Con razón todo el tiempo se la pasaba gruñendo.

—No, su segundo nombre empieza con G

—¡¿Geleanor?! —se quejó. —Estos padres y sus nombres "modernos" arruinan la


infancia y el estado emocional de sus hijos… —Arnold suspiró para sus adentros,
resignado a que tu abuelo llamara a Helga como quisiera.

—Si, es ella.—interrumpió, antes de que Phil encontrara una forma de relacionar los
nombres modernos con la Segunda Guerra mundial.

—Oh, ya tiene tiempo que no se pasaba por aquí, es decir…estando tú aquí.

—¿Qué?—Arnold levantó la vista. Su abuelo ya se había acomodado en la silla de


enfrente y colocado sobre la mesa un par vasos con whisky.

—Yo pregunté primero, soldado. Ahora, bebe

—Sabes que no bebo.

—Estás más pálido que la muerte, Arnold. Y esa chica tenía el rostro manchado de
llanto, tú la abrazabas por detrás como si quisieras protegerla de la vida misma. No
es que no seas caballeroso con todas las personas, pero creo identificar algo cuando
lo veo.

—¿Qué clase de algo?—inquirió interesado.

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—Dime lo que les pasó y luego te diré lo que yo creo que sucedió. —La mirada de
su abuelo debía ser la misma que usaba en el ejército ya que no admitía
vacilaciones. Arnold se rindió y aceptó el trago que le era entregado. Levantaron los
vasos como demandaba la tradición y después bebieron de un solo golpe.

El sabor amargo se le escurrió por la garganta como fuego líquido hasta aterrizar en
el estómago, luego observó la imagen del vaso vacío, como si poseyera las
respuestas a las preguntas que a penas y se estaba haciendo. Trató de pensar en
una forma cuerda narrar la situación, mientras su abuela y Helga entraban por la
puerta principal y se dirigían al salón de lectura.

Un cuarto privado, reservado exclusivamente para Gertrude. Cuando se metía ahí,


ni siquiera Phil se atrevía a molestar, era su santuario. Todos necesitaban uno, hasta
Arnold que seguía conservando la habitación del techo.

Él, nunca le habló a sus abuelos sobre la complicada relación que mantenía con
Helga. La intimidación a que era sujeto durante las clases y en los casilleros, los
extraños y contados momentos en que se trataron con respeto, la declaración de
amor y el apasionado beso. ¡Oh, no. Eso jamás! Ni a Gerald se lo contó, porque
seguramente él se lo diría a todos y pronto sería el hazmerreír de todo el vecindario
o peor aún, Helga se enteraría y no dudaría en volver a…

¿Golpearlo o Besarlo?

¿Fue tan malo, ese beso?

¿Por qué nunca pensó en ese beso? ¿O en el siguiente?

Definitivamente, cuando intentaba besar a Lila, pensaba en el ultimo. Quería saber


si los labios de Lila se abrirían de la misma manera que los de Helga, si su ternura
sería la misma, la textura de su lengua, el olor de su perfume, la calidez de su
piel…Creyó, que por ser más dulce y más linda, el beso sería distinto, como fresas
tiernas, derritiéndose en su boca, pero ese beso nunca llegó. Y a Helga…

Otro hombre la besó.

¿Sentiría distinto? ¿Querría volver a besarlo? ¿Estaría dispuesta a dejar que alguien
más la besara?

¿Y por qué le importaba ahora, a quién besara o quién la besara?

—¡Ahh…! ¡Simplemente, no lo entiendo! —gritó de pronto, dejando caer el vaso


junto con su cabeza sobre la mesa. Phil, lo miró de reojo se sirvió otro trago y lo
bebió.

—¿Qué tienes que entender si todo para mi es muy simple hombrecito? —Arnold
resopló pero permaneció tumbado en la mesa. —Su abuelo bufó con sorna y de ser
más joven o más hábil, desearía tener a mano una de esas cámaras digitales y
hacerle una fotografía. "Primer dilema de amor" así la pondrían en el álbum, pero
como no tenía nada de eso, se conformaría con guardar su estampa en la memoria.

—De acuerdo, si quieres una pista. Sólo habla con ella.

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—¿Para qué?—Levantó el rostro, mirando a su abuelo porque en serio. ¡Necesitaba
una explicación para lo que estaba sintiendo! ¿Pero a quién se la iba a pedir?
¿Gerald? Se desmayaría ante la contemplación de la idea, él se estaba quedando
sin oxígeno en el cerebro ante la contemplación de la idea. ¿¡Él y Helga!? ¿¡Él quería
besar a Helga!? ¿¡Y agarrarse a golpes con Jake por haberla besado!? No, no era
solo el beso, era que la había lastimado, ella estaba llorando. Y él no quería que
nadie la hiciera llorar.

Phil miró la tortura en la cara de su nieto, y mentiría si dijera que no disfrutó el


momento.

—¡¿Cómo que para qué?! La chica furiosa, te trae de cabeza. ¿Quién lo diría? Tal
vez la maldición se transfirió a ti y por eso no me morí.

—¿Otra vez vas a empezar con eso de que debías morir a los noventa y un años?

—No somos eternos, Arnold.

—Tú y la abuela, están perfectamente bien de salud.

—Claro que lo estamos, si tú vas a pagar la maldición viviremos hasta los doscientos
años.

—¿¡Qué maldición!?—preguntó entre fastidiado, interesado y desesperado por


cambiar el tema de conversación.

—¡Oh, ya déjalo en paz! —comentó Gertrude entrando en la cocina. Su abuelo se


emocionó al verla. Arnold, había pasado el suficiente tiempo con ellos, como para
reconocer que sus abuelos en verdad se querían. Eso lo relajó y tranquilizó.

—Ah, Galletita. ¿Me preguntaba cuando ibas a aparecer por aquí?—comentó Phil,
aún divertido.

—Cómo si extrañaras tenerme por aquí, viejo zorro. —respondió su abuela,


señalando la botella y los vasos de Whisky en la mesa. Acto seguido se dirigió a él.

—Dejé a Eleanor con el puño sumergido en una cubeta de hielos, el doctor Evans,
nuestro único inquilino dice que debe bajar la hinchazón para poder hacer una
valoración. Le sugerí que durmiera un poco, pero quizás aprecie más que la
acompañes un rato.

—Está bien.

—¿Qué tan fuerte golpeó ese poste de electricidad?

—¿¡Eh…!?

—El poste, Eleanor dijo que recibió una mala noticia y por la impresión, golpeó el
poste. —Arnold miró a su abuela como si por fin se hubiera vuelto totalmente loca.
El problema con eso era que no había locura en sus ojos. Helga le mintió y Gertrude
sabía que lo hizo, pero no la presionó. En su lugar, lo mandaba a él para que la
cuidara.
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—Creo...que lo golpeó lo más fuerte que pudo.

—¿Y esa noticia fue tan mala?

—Espantosa…

—Con razón tú estabas tan pálido y a la pobre le dio por llorar. Eleanor nunca baja
la guardia, trátala con respeto Arnold.

—Lo haré…—se levantó de su asiento dispuesto a reunirse con ella, pero cuando
alcanzó el umbral de la cocina, no se resistió a preguntar.

—¿Desde cuando ustedes dos, son tan cercanas?

—Oh, Eleanor solía pasar mucho tiempo por aquí, Arnold

—Claro que no.—se quejó de inmediato.

—Claro que si. —se obstinó su abuela. —Siempre que tú no estabas, claro está.

—¿¡Qué!? ¿Y por qué…?

—No te pongas celoso, sabes que tengo cientos de libros en ese cuarto. Ella venía
a leer y a pasar tiempo con una pobre vieja que todos tienen por senil y loca.

—¿Está hablando en serio, abuelo? —preguntó sin creerlo. Phil asintió con una
enorme sonrisa como de tiburón. Ese gesto quería decir "Te trae de cabeza y ni
siquiera te habías dado cuenta" —roló los ojos cansado. Se suponía que con la edad
llegaba la madurez, pero sus abuelos descubrieron que con la edad, ya no les
importaba el daño colateral que producían sus actos. Retomó la huída y entonces
fue el turno de Gertrude. Se acercó misteriosa a él, susurrando a su oído.

—Espero que esa noticia, no sea que voy a ser Bisabuela…

—¡AHH! ¡ABUELAAAAAAAA! —Puki y Phil se comenzaron a reír a mandíbula


suelta, cómplices de su fechoría. Él escapó lo más rápido que pudo y se encerró en
el único cuarto silencioso de toda la Casa de Huéspedes.

—¿Arnold? —Claro, su cerebro de verdad se apagaba. ¿Cómo pudo olvidar que en


ese cuarto estaba Helga? —la miró nervioso, sintiendo el rostro caliente por la
vergüenza que le hicieron pasar sus abuelos.

—¿C…como te sientes, Helga?—preguntó, tratando de sonar normal, pero sonó


como alguien con neumonía. La garganta la sentía seca, las manos sudorosas, el
rostro ardiente, al tono de los cabellos de Eugene. ¿Qué más le faltaba? ¿Que

23
alguien viniera a ponerle el traje de conejo? Definitivamente, eso no fue tan
humillante como esto.

—Mm…mejor, el doctor me dio muchas, muchas muchas, drogas.

—¿Tantas?

—Creo, porque nunca te había visto tan colorado, Cabeza de Balón.

—Si, debe ser por eso.—mintió y se acomodó en el sillón a su lado.

—Espero, no te moleste la mentirilla piadosa.

—¿El doctor, no se dio cuenta?

—Aún puedo abrir y cerrar el puño, no es una fractura, a lo mucho un desgarre. Tú


practicaste artes marciales, sabes lo que pasa si no cierras el puño correctamente.

—Eso fue durante un mes, a los nueve años y no volví a practicar jamás

—Lo recuerdo, amas la paz y la vida…—respondió comenzando a quedarse medio


dormida.

—¿Ya llamaste a tus padres?—la pregunta la agarró desprevenida por lo que no


hubo oportunidad de ocultar el gesto amargo.

—No hay a quien llamar, Arnoldo

—No digas e…—ella lo interrumpió con una de sus miradas. Intensa, Helga estaba
volviendo a ser sincera con él.

—Miriam se quedó en Europa con Olga, y Bob se supone que debía estar conmigo
pero hace un tiempo que se fugó con una Secretaria de treinta y dos años que bien
podría pasar por mi hermana mayor.

—¿¡Qué...!?

—Fue cerca de las vacaciones de Verano, dijo que no le comentara nada a mi madre
porque tú sabes "No queremos que regrese a su problema de alcohol" Y si Olga lo
supiera, no pararía de llorar en semanas. Además de que me obligarían a volver, y
yo no quiero estar en París...

—¿Por qué no?—Helga cerró los ojos, Arnold supuso que no escuchó su pregunta,
ya que continuó hablando.

—El trato que hicimos fue este: Yo me quedaba callada y él seguía pagando mi
educación y los servicios de la casa.

—¿Llevas viviendo sola, todo este tiempo?—preguntó acercándose de más a su


cuerpo, Helga lo dejó hacer, acomodando la cabeza en su hombro, el puño herido
estaba sobre su muslo, el hielo en la cubeta ya casi se había derretido, por lo que

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no servía de nada que lo tuviera ahí. Su piel aún se veía roja y ligeramente hinchada.
Arnold quiso sostener su mano, enlazar sus dedos o en su defecto, acariciar la
superficie hasta que ya no sintiera ningún atisbo de dolor.

—No es como si hubiera mucha diferencia en realidad, ellos siempre se olvidaban


de mi. Mi nombre, mi cumpleaños, mi lugar en la mesa, mis alergias…

—Aún así, debió ser duro…—Y no es que la revelación fuera una sorpresa. Él ya
había visto los descuidos de sus padres, prácticamente desde que se conocieron,
pero esperaba que todo eso ya fuera agua pasada. Que encontraran una forma de
relacionarse ahora, que Helga, ya era prácticamente una adulta. Nunca se imaginó
que la dejarían sola, porque él jamás estaba solo. Creció sin sus padres, pero sus
abuelos, pocas veces lo hacían sentir solo.

—Sólo al principio, después te acostumbras…—lo estrechó, como solía hacer en


sus más íntimas fantasías. Para Helga esto era un sueño, ella debió quedarse
dormida en el sillón largo como le sugirió Gertrude, por tanto podía acomodarse con
él, sincerarse con él, olerlo a él...

—¿Ya no te duele…?—acarició finalmente su mano y secretamente agradeció el


contacto. Que ella lo abrazara, aún si era por el velo del medicamento.

—¿Hueles a Whisky?—inquirió sin mirarlo. Dormida, siempre hablaba dormida


hasta que finalmente se vencía.

—Helga…—la rubia ya no respondió. Sólo soltó un suave suspiro, evidenciando su


desconexión con el mundo. Quizás esto era un sueño. Uno demasiado extraño y de
un Universo Alterno, dónde sus cuerpos encajaban juntos y no eran necesarias las
palabras o los pretextos para estar unidos. Suspiró a su vez, perdiéndose en la
imagen de Helga y el momento.

El salón de lectura era verde en su mayoría. Tres paredes y media revestidas de


estantes a rebosar de libros. Un sillón largo a manera de diván que era el mismo
dónde se recargaban ellos, alfombra roja con motivos florales a sus pies y pequeñas
ventanas angostas por la parte alta, casi pegadas al techo, conferían una iluminación
tenue pero romántica. Phil insistió en poner mesitas de centro en las esquinas y
junto al sillón con lámparas de escritorio para que su Galletita no perdiera la vista,
pero Gertrude no acostumbraba encenderlas, por el contrario tenía candelabros y
velas de cera en diversas formas y tamaños. Arnold observaba todo eso, mientras
comenzaba a quedarse dormido.

Él y Helga nunca antes habían estado así de cerca. Ella contra su hombro, él
estrechando su mano, las piernas dobladas por la parte baja del sillón. Esta era una
situación irreal, totalmente ilusoria. Era un sueño, no podía ser real.

—Deja de espiarlos, Galletita.

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—¿Y qué se supone que estás haciendo tú, si se puede saber?—respondió
ofendida.

—¿Yo? Pues vine a quitarte de la puerta.

—Claro que vienes a eso, ya hiciste suficiente dándole a beber ese Whisky que
podría derribar hasta a un caballo.

—Es un Shortman, tiene que aprender a beber, y a tratar a una dama.

—¿Dama? ¿Entonces ya no es la maldición?

—¿Te dijo la chica furiosa, lo que en realidad pasó?

Cerraron la puerta y volvieron a la cocina. Los huéspedes habituales de la Casa,


hacía un par de años que se habían retirado. Su plan a futuro cercano era vender el
inmueble y mudarse a una casa más pequeña en el campo. Arnold se iría pronto a
la Universidad y su hijo continuaba viajando por el mundo, él y su esposa tenían su
propia casa en Brasil, así que ellos, disfrutarían sus últimos días en pareja viendo
crecer el pasto, florear las rosas, caer las hojas en el otoño. Era un plan agradable
para alguien que ha trabajado durante tantos años.

—No me dijo nada, pero te apuesto un riñón a que tuvo que ser cosa de algún otro
chico.

—¿Apuestas de órganos, eh?—preguntó divertido. Buscando su maza de cartas en


el armario. —Bueno, un pulmón a que volverán sus visitas a horas inapropiadas.

—¿Tu pulmón? ¿Para qué quiero esa cosa marchita de más de cincuenta años de
fumar? Ofrece tu cadera.

—La tuya está más buena. —respondió guiñándole un ojo a su esposa. Ella ya
estaba sacando lo necesario para preparar la cena.

—¿Qué había de malo con sus visitas a horas inapropiadas?

—Nada, desde que dejó de espiar a nuestro nieto mientras dormía a pierna suelta.

—Exageras, eso casi nunca pasó.

—¿Nunca? ¿Qué tu vives en la Luna?

—En Plutón, si tanto así quieres saberlo. Y sólo fueron unas cuantas veces.

—Las anoté en un diario, esas y las noches de declamación de poemario.

—Ah, si te molestaba tanto. ¿Por qué nunca subiste con una escoba a bajarla de
nuestro tejado?

—No quería despertar a Arnold.

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—¡Mientes! Esperabas que algún día despertara y la descubriera.

—Pero eso no iba a suceder jamás, si tú lo dejabas en coma con esas cenas
"especiales"

—Lo dice el que acaba de usar la misma estrategia.

—Fue para quitarle lo pálido.

—Pues lo mío era para que durmiera más cómodo.

—¿Siendo espiado?

—Tú me tuviste bajo vigilancia militar por los primeros tres años de relación.

—Es diferente, tú ya estabas por tu cuenta y yo tenía que protegerte de miradas


externas.

—¿Quién defendía a quién en las peleas callejeras?—preguntó señalándolo con la


punta de su cuchara de madera.

—¿Crees que fue una pelea callejera?—preguntó Phil, sumamente interesado.

Eso tendría sentido: Un bravucón los atacó a ambos y la chica furiosa terminó
rompiéndole la cara y rompiéndose la mano. Debió llorar por lo poco hombre que
era Arnold. Aceptaba la culpa, lo consintieron demasiado, nunca le enseñaron a ser
un hombre como demandaba la tradición, pero a decir verdad, tampoco con Miles
habían hecho un gran trabajo. Gertrude y él, eran más del tipo "vive y deja vivir"
además, la "maldición" de la familia decía que a todo Shortman le llega la suya.

Una mujer con carácter que ponía su universo de cabeza. Por la que dejaban de
andar en las nubes y se enfocaban en responsabilizarse, trabajar y sentar cabeza.

Ya le hacía falta a su hijo bajar de las nubes, pasaba demasiado tiempo soñando
despierto, aunque ha decir verdad. Él hubiera preferido una chica un poquito menos
"loca"

Gertrude lo sacó de sus cavilaciones, él se acababa de vencer a sí mismo en el


"Solitario"

—Ya te dije que sí, ahora sirve de algo y ve a comprar carne para el estofado.

El sol ya comenzaba a ocultarse en el cielo, ellos seguían juntos en la misma


habitación, pero Phoebe continuaba preocupada y distante. Sabía que no sería una
tarde "normal" con su chica, después de esa escena en la escuela. Jake era un idiota

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y todos ellos unos ingenuos. Aún eran chicos del vecindario, fueron criados con
valores, respetaban a sus mayores, ayudaban a las personas. Claro, sabían
defenderse y demás, pero nunca serían de los que se acercan directamente a besar
a una chica cuando la respuesta ya fue, no.

Si Phoebe lo hubiera rechazado cuando se declaró, él se habría retirado. No sólo


por orgullo sino por respeto. Él estaba enamorado de ella desde hacía años, aunque
no tenía entonces muy definida la parte de la fidelidad. Probó a salir con otras chicas
antes, pero finalmente se rindió porque a todas las terminaba comparando con
Phoebe. No eran tan listas, lindas, tímidas… No disfrutaban sus bromas, no
entendían nada de deportes, ni lo seguían a dónde fuera.

Su chica, era ella porque la quería y la pensaba por horas y horas a lo largo de los
días y como es natural y normal, justo ahora que estaba jugando nerviosa con la
pantalla táctil de su celular que permanecía negra porque Pataki no atendió una sola
de sus llamadas, ni había respondido los mensajes de texto, él sugirió que fueran a
visitarla.

—Se está haciendo tarde, así que podríamos ir un rato.

—¿Qué?

—Le diremos a tus padres que vamos por un helado y te traeré de vuelta antes de
las ocho como juré que haría el día que nos anunciamos como novios.

—¿Estás seguro?

—De lo que estoy seguro, es de que no dormirás tranquila hasta que la veas o hables
con ella. Yo no me preocupo tanto porque sé que es una chica ruda, seguramente
está ocupada aterrorizando parejas en los parques.

—No, ella no es así.

—Claro que si, estará entre los arbustos mascando su goma, intimidando pobres
diablos para que no se pasen de listos con sus novias. Tomándolos por la chaqueta
y colocándolos contra alguna reja…

—¡Gerald! —Phoebe pocas veces subía el tono de voz y cuando lo hizo, no tardó
demasiado en asomarse su padre por la puerta. Si, estaban juntos, en su habitación,
pero él estaba acostado en la cama, recargando el cuerpo contra la pared y ella
sentada en su bonita silla de escritorio. No se tocaban, no nada de nada. (hasta
cumplir la mayoría de edad)

—¿Todo bien, aquí dentro?—inquirió el mayor.

—Claro que si, padre. Sólo me alteré porque Gerald se muere por comprar un
helado, cuando es obvio que tú ya no vas a dejarnos salir otro rato. —el señor
Heyerdahl, miró su reloj de pulso. Él y su esposa confiaban demasiado en su hija.
(Diecisiete años de excelente comportamiento le habían ganado ciertas libertades,
como tener a su novio de visita en casa y en su recámara) Aún quedaban tres horas
para las ocho de la noche.

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—De acuerdo, pero si llegan un minuto tarde, se cancelan las salidas del fin de
semana. —los dos asintieron en tono militar. Su padre, regresó a sus asuntos, es
decir a mirar el televisor sobre el sillón de su sala, dónde lo esperaba su linda y
amada esposa.

—Traigan pan blanco para la cena. ¿Te quedas a cenar, Gerald?

—Seguro, muchas gracias por invitarme Señora Heyerdahl

El pueblo, no se había alterado demasiado con el paso de los años. Los edificios
seguían siendo los mismos y estando en su lugar, sólo que se habían modernizado
y ahora contaban con cosas como: Cafés Internets, centros de video juegos y esas
cadenas de mini-mercados que estaban por todos lados. La tienda de localizadores
del señor Pataki se había ido a la quiebra con la llegada de los teléfonos inteligentes.
Tuvo que renunciar a su orgullo y aceptar un contrato en la firma de su competencia,
ganaba más dinero que antes, eso era un hecho pero también lo era, que se había
sentido "menos hombre" al perder algo tan valioso como su negocio. Su casa seguía
estando al fina del vecindario, llegabas fácil en bicicleta, pero ellos iban a pie,
tomados de la mano y cortando por el mercado. Se encontraron con el abuelo de
Arnold al pedir el pan blanco y Gerald no dudó en saludarlo.

—¡Hola, Phil! ¿Ya preparando la cena?

—Si, esa mujer loca nos quiere tener a todos en engorda. ¿Pero bueno, ustedes
que hacen afuera tan tarde?

—Ibamos a casa de Helga, —respondió Phoebe. —No se sintió bien en la escuela


y quisiera saber si ya está mejor.

—¿Helga…? ¡Ah, hablas de Geleanor!

—¡Sip! —respondió animada. Gerald no entendía nada, pero un codazo en las


costillas lo obligó a mantenerse callado.

—Pues no vayan tan lejos, está en la Casa de Huéspedes, Arnold la llevó ahí,
porque la chica furiosa no quiso ir al médico.

—¿Y se encuentra mejor?

—Evans es un gran doctor, pero también un caballero. No quiso decirle la verdad a


ella.

—¿Significa que está peor?—preguntó Gerald, sintiéndose mal por haberse burlado.

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—Las lesiones en las manos suelen ser delicadas. Si no quiere tener futuras
complicaciones, debe estar fuera del deporte o las peleas callejeras como mínimo
dos meses.

—Oh…—comentaron al unísono.

—Si, ahora que lo saben y que se ve que son buenos muchachos. Vayan a decírselo
cuando la vean.

—¿¡Qué!?—gritaron asustados.

—Ya se los expliqué, el doctor no tuvo el valor de decirle la verdad a una chica "tan
bonita" entonces o lo hacen ustedes o se lo encomiendo a Arnold.

—¡Él es el que tiene complejo de buen Samaritano!—gritó el moreno, escudándose


detrás de su novia.

—¡Gerald!

—¿Qué, es la verdad? Si se lo digo yo, seguro me salta encima y me muerde el


cuello como hizo el de Walking Dead

—Ya te dije que Helga no es así.

—¿Si? Pues, mi abuela siempre decía "crea fama y échate a dormir"

—¡Eso qué!

—También me enseño, "más vale aquí corrió que aquí quedó" y yo prefiero ayudar
a tu madre en la cocina o enfrentar a tu padre en ajedrez a decirle a Helga que no
puede jugar más Béisbol. —salió corriendo por el mismo lugar que habían llegado.
Phoebe se disculpó con Phil, y si "Geleanor" seguía en su casa, le pedía de favor
que le diera sus saludos y le pidiera que atendiera su celular.

—Ah, eso debe ser por el medicamento. Tenía mucho dolor cuando llegó y por eso
Evans la durmió. Arnold la está cuidando así que no te preocupes por nada.

—¡Gracias!

—Ahora, ¿Tú que eres tan linda y amable, me vas a decir qué fue lo que pasó?

—Me encantaría, Señor Shortman pero tengo que alcanzar a mi novio antes de que
se caiga y aplaste el pan.

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El olor a estofado llegó a sus sentidos, también una sensación cálida y que nunca
antes había experimentado. Le trajo recuerdos de la más tierna infancia, antes de
las peleas, los llantos y el alcohol. Cuando se abrazaba a su madre y ella le decía
que la quería, que la amaba más que a nada y ella ingenuamente le creía porque
obviamente. Ni su padre o su hermana, eran nada.

Despertó, aún sin abrir los ojos, disfrutando el recuerdo y sintiendo un ligero
hormigueo en la mano lesionada. La sensación cálida se extendía por todos lados,
alguien la abrazaba y ella conocía su aroma, la loción para después de afeitar que
usaba. Era Arnold, y el conocimiento de ese hecho, único y extraordinario la llevó a
abrir los ojos y levantar el rostro.

Él estaba ahí, recostado junto con ella en el sillón largo de Gertrude, su mano estaba
enredada en la suya y sus ojos verdes, las musas inspiradoras de más de un soneto
o poema estaban en los suyos. Contrario de lo esperado, él no se quitó, la abrazó,
más fuerte, más firme, más íntimo y definitivamente, más real.

—¿Estoy soñando?—pregunta estúpida y desesperante porque él, no respondió. La


seguía mirando como siempre deseó que hiciera cuando tenía nueve años y
escapaba de su casa para buscarlo. Porque Olga no estaba y sus padres peleaban.
¡Porque no entendía de lo que se trataba! Si dos personas estaban casadas, era
porque se querían, porque se escogieron y decidieron pasar el resto de sus vidas
juntos. Eso decían las películas, los libros, los cuentos de hadas que desde que
aprendió a leer disfrutaba.

¡Pero no sucedía!

Miriam lloraba, Bob gritaba. No había besos al pie de la escalera, ratones que
hablaban, calabazas mágicas. Había reclamos furiosos, gritos aterradores, manchas
en prendas de vestir arrojadas a la cara, relojes, platos, todo lo que tocara sus
manos arrojado a las paredes o al piso.

Y entonces ella salía por la ventana y corría, se escapaba de esa vida y entraba en
alguna otra. Dónde los papeles se invertían porque no era ella la princesa dormida,
ni él el caballero galante.

Arnold, siempre parecía calmo al dormir, feliz, ajeno a las maldades y perversiones
del mundo. Por eso le gustaba tanto, porque él era amable y nunca prefería pelear.
Él no protagonizaría una escena de esas, no lastimaría a su pareja.

Él era la pareja ideal, para una persona irreal.

Ella, no podía aparecer como era delante de él. No podía ser la que era delante de
nadie. No podía dejar que todos en el pueblo supieran que Bob y Miriam no eran la
pareja feliz que decían ser. Y fue entonces que se colocó una coraza, ruda e
impenetrable, la misma que justo ahora parecía caer a sus pies, porque Arnold la
miraba a ella, la mujer que era. No la niña temerosa, egocéntrica, agresiva y furiosa.
Sino la chica que soñaba con el beso de su príncipe galante, que la miraría así y la
estrecharía así.

—¿Te estoy lastimando?—preguntó Arnold, soltando su mano, ella negó. Pero una
vez que empezaba a llorar, era difícil hacerla parar. Por eso no lo hacía, delante de

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nadie, que no fueran Phoebe o Gertrude. "la hermana y la madre que tanto
necesitaba"

—Helga…—se acomodó de nuevo, de manera correcta en el sillón. Haciendo caso


omiso de "esto" porque a ella no le pasaba algo como "esto" Ella no tenía citas, ni
recibía caricias, ni era abrazada o consolada por la persona que amaba.

Ella, no era una princesa. Eso desde hacía años lo tenía más que claro. Ella era la
que se quedaba fuera del cuadro, la que tomaba las fotos de las parejas envidiables,
la que escribía de deseos y pasiones ingobernables, porque eran las proyecciones
de todo lo que anhelaba, más no tenía.

Arnold la abrazó por detrás de nuevo, su primer instinto fue hacerlo a un lado pero
resistió.

Esto era un invento...

Esto era un sueño…

Esto no estaba sucediendo...

—Es real…—comentó la voz de Arnold, porque todo lo que creía que estaba
pensando, lo enunció en alto. El rubio buscó su mirada, limpió sus lágrimas ¿Quién
además de Arnold llevaba un pañuelo blanco en el bolsillo interno de su pantalón?
—Estamos en mi casa, en el salón de lectura y yo he decidido decirte, que en
realidad, me gustas, gustas…

CAPITULO 4

Helga se quedó tan quieta después de escuchar sus palabras, que por un momento
Arnold creyó que se había enfadado, que la había ofendido, que ese momento no
podía ser, sino el peor de todos para confesar sus sentimientos. Sin embargo dejó
de llorar y también de temblar. Sus ojos lo miraban con insistencia, él se esforzó por
mostrarle su cara más honesta.

Después de todo, escuchó su declaración.

"Ella no era una princesa, no era acariciada, protegida, valorada, amada"

Y descubrió que estaba de acuerdo con todo eso, porque a partir de ahora quería
ser quien lo hiciera. Acariciarla, protegerla, valorarla, amarla...

—¿Estoy siendo muy atrevido?—preguntó, sin dejar de verse en sus ojos, ella al
parecer haber perdido del todo la capacidad para hablar, así que prosiguió.

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—En la escuela dijiste que te gustan los hombres que dicen las cosas de frente y
sin medias tintas. Bien,…—suspiró y dejó caer un poco la cabeza hacia atrás. Eso
de confesar no era su fuerte, pero si recordaba la escena correctamente, cuando lo
dijo a parte de él, Jake estaba en el pasillo. Pensar en el beisbolista hizo que se le
congelara la sangre de nuevo. ¿Cabot escuchó sus palabras y pensó que era "esto"
lo que quería? ¿Una declaración directa y un beso robado a la fuerza?

¿A caso él no se moría por besarla de igual manera?

—Arnold…—levantó el rostro, dejando pasar su molestia, escapar los demonios de


su naturaleza.

Él la quería, pero de manera distinta. No se atrevería jamás a dañarla, ofenderla,


¿forzarla…? ¡Sería impensable!

—Helga…—sus miradas temblando, diciéndose mil cosas sin pronunciar ninguna.


Los ojos de ella. ¿Por qué tardó tantos años en reconocer que siempre lo miraba de
manera intensa? —Por favor déjame terminar.

—Pero no tienes que hacerlo. —interrumpió. —Yo, sé que no te gusto. Si crees que
me harías un favor con tu compasión…

—¡Es que no es eso! —casi saltó a su regazo, ella se replegó contra el respaldo y
desvió el rostro.

La habitación estaba a tenue iluminación. Sus abuelos encendieron algunas


lámparas de noche pero no todas para no despertarlos. Sus rostros se delineaban
por esa extraña combinación de luz y sombra, sus ojos destellaban con dramatismo,
los de Helga siempre tan expresivos, habían pasado del escepticismo a la tristeza y
ahora lo miraba con algo de recelo. Él intentaba ser honesto, no sabía si ella lo
comprendía pero tenía que decirlo, aclarárselo. Antes de que se fuera.

—Te lo digo en serio, lamento que tuviera que pasar algo como "esto" para que me
diera cuenta de mis sentimientos.

—¿Qué…?—preguntó levantando la mano diestra. Estaba a la defensiva, dispuesta


a soltar otro golpe, así se rompiera el puño en el intento.

—Helga...cuando lo vi besarte, dejé de ser yo mismo…—se levantó, porque no


podía decir todo esto teniéndola tan cerca. Cerró los ojos y de haber podido le daría
la espalda, pero eso ultimo no lo hizo porque sería una falta de respeto y además
se había comprometido a ser sincero.

—Me invadió un sentimiento, una sensación que no sé describir y que no pude


controlar. Por eso no me moví, porque ni yo mismo sabía de lo que sería capaz, si
me acercaba a los dos.

—¿Cómo dices…?—ella se levantó también, buscando su rostro porque sabía que


esto era difícil para él, pero también que le estaba diciendo la verdad.

—¡Que quería separarlos! —gritó. —En cuanto lo vi acorralarte y cuando te besó


quise más que golpearlo, asesinarlo…—confesó, de frente a su rostro. La diferencia

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de sus estaturas, tan mínima ahora, sus cabellos rubios, la palidez de su piel, sus
mejillas llenas, la gruesa línea de sus labios,…el labial se había esfumado, eran una
vez más sus labios rosados. Los observó a detalle, sin disculparse por estar siendo
tan osado.

—Arnold…—Helga lo escuchaba con fascinación o quizás, él estaba en medio de


alguna especie de alucinación. Como fuera sus manos se encontraron, la zurda de
ella y la diestra de él. —advirtió un tenue velo de preocupación en sus ojos, la adoró
por eso.

—Sabes que jamás haría algo como eso, pero por un momento desee ser la clase
de hombre que monta en cólera y se va a los golpes para defender a la mujer que
quiere.

—¿Qué…? —ella seguía sin creerlo pero la vacilación de su mirada hacía un rato
que se había esfumado. Arnold se acercó a su cuerpo, acechándola como si bailaran
pero en lugar de rodear su cintura, capturó su rostro con la mano libre.

—Me gustas Helga, me gustabas desde hace tanto, sólo que no quería aceptarlo.
Siempre encontraba excusas para evadir lo nuestro, pero se me acabaron cuando
lo vi...

—No…esto, no puede ser cierto…—Helga renegó para sus adentros, cerrando los
ojos mientras Arnold delineaba su labio inferior con uno de sus dedos, permitió el
roce, la caricia íntima y la desairó en su fuero interno. Él no podía estarle diciendo
eso porque había una línea demasiado fina entre su cordura y su locura.

Esa línea se estaba perdiendo y si ella no pasara el ochenta por ciento de sus días
soñando "con esto" tal vez podría creerlo.

—Mis pretextos…—prosiguió Arnold, invitándola a mirarlo de nuevo. —Los temores,


la venda en mis ojos se desprendió segundos después, cuando Phoebe gritó tu
nombre y tú te defendiste, pero había lágrimas en tus ojos…—la rubia quería llorar
de nuevo, golpearse en el rostro y despertar, mas no lo hizo porque el dolor en la
mano herida aún era constante. No paralizante pero si un aliciente para indicar que
no estaba durmiendo y que Arnold, por fin estaba diciendo lo que por más de siete
años había querido escuchar.

Más que eso la tenía tan cerca de su cuerpo, acariciando su rostro, en una
habitación a rebosar de libros, velas románticas y luz nocturna. Se sintió como una
"Princesa" Bella, bailando con la Bestia, aunque sinceramente, su príncipe de
cuento era más atractivo que el promedio.

—¿Todos lo vieron…?—preguntó por protocolo y también por orgullo. ¿Cómo la


verían Rhonda y las demás al saber que era una patética, cursi y débil mujer, que
en un momento de distracción fue sorprendida por el Lobo Feroz?

Arnold hizo caso omiso de la pregunta, aún no terminaba con su explicación.

—Helga, lo único que pensé entonces y que no he dejado de pensar hasta ahora,
es que tú eres la única mujer que de verdad me ha besado y que yo quiero ser el
único hombre que de verdad te haya besado…

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—"Acepto" —respondió sin palabras pues una vez más tenía la garganta seca. Las
piernas le temblaban, su estómago se revolvía. Si no la besaba ya, iba a ponerse a
gritar. Pero claro, su cabeza de balón, era tan propio y bien educado que aún no
culminaba la declaración.

—¿Quieres ser mi…?—ella no lo dejó terminar. ¡Claro que quería ser su novia, su
mundo y su vida! pero por sobre todas las cosas, lo que quería era besarlo. Húmedo
y hambriento, reclamó su boca sin violencia. Aunque milésimas de segundo después
el recuerdo de Jake la hizo vacilar y perder la concentración. Arnold debió suponerlo,
ya que la rodeó con su cuerpo, la mano que estaba en su rostro pasó a apoderarse
de su cintura y ella lo abrazó con el brazo herido, lo aferró hasta que el dolor le
aseguró que esto no era un sueño y que quien la besaba era él.

Su amado, por siempre, Arnold…

Eran sus labios, sus formas, texturas y Dios bendito, porque también era su sabor,
ella lo saboreo como una niña a la más exquisita golosina y él la saboreó a su vez,
como la más tierna y dulce de las fresas, iban a continuar por ahí, perdiéndose el
respeto mutuo pero entonces, la puerta del cuarto fue abierta de pronto, seguida de
un grito histérico de su abuela.

Ambos por acto reflejo se separaron del otro. Ella se lastimó el puño otra vez porque
obviamente era diestra y estaba acostumbrada a usar sus puños para
absolutamente todo. Chilló de dolor al abofetearlo y gritarle "mañoso" Arnold no
podía estar más confundido y avergonzado. Phil también entró aunque él lo hizo con
una jodida "escopeta" y preguntando a voz en grito por "dónde estaban los nazis"

El Doctor Evans, fue el último en unirse a la escena, pues si bien estaba


acostumbrado al escándalo de sus caseros esto era demasiado. Vio a su joven y
bonita paciente, más roja que una granada acariciando su puño, después vio al nieto
de los Shortman con el rostro igual de incendiado y se hizo una buena idea del
espectáculo.

Llamó a la calma e invitó a Eleanor (así la presentó Gertrude) a su consultorio.

Él estaba interesado en adquirir la Casa de Huéspedes. Aún no hacían el papeleo


formal pero los abuelos y él no tenían problema con esperar a que Arnold terminara
sus estudios e ingresara a la Universidad. De momento era el único inquilino, había
transformado tres cuartas partes del pabellón de las habitaciones en consulta, sala
de espera y una especie de quirófano. Helga estaba impresionada por todo esto,
ciertamente no tenía la más mínima o remota idea.

—No queremos correr la voz de la clínica hasta que todo esté pagado. La
Universidad de Arnold para ser mas exactos. —comentaron los ancianos. Ella
asintió con el rostro, aunque ese pequeño golpe de realidad ponía inquietos a sus
demonios.

Un año y medio…es lo que les restaba para partir a la Universidad, era lo que
podrían estar juntos, si es que lograban seguir juntos. Si Arnold no descubría lo rota
que estaba por dentro y decidía que no quería permanecer con ella…

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—¿Hay dolor?—preguntó el doctor examinando su mano. Ella siseó un poco, pero
no le dolía la mano. Tenía miedo, pavor de estropear su sueño…

—Te enseñaré a vendarte, pon atención porque deberás explicarle a la persona que
vaya a ayudarte con la curación. Asintió con el rostro, esforzándose por obedecer.
Arnold se quedó en la consulta, sus abuelos se habían retirado a preparar la mesa.

—¿Te quedas a cenar, cierto? —preguntó Gertrude antes de salir por la puerta. Ella
asintió otra vez, pero Arnold podía ver la preocupación en sus ojos. ¿Quién iba a
ponerle las vendas? ¿Quién iba a quedarse con ella? A él le parecía sumamente
cruel que se quedara sola. ¿Si tenía dolor a mitad de la noche y no podía alcanzar
los vasos en la alacena...?

—No me mires así…—interrumpió las atenciones del médico la nítida voz de Helga.

—No te estoy mirando de ninguna manera.—respondió. —¿Y qué no estabas


poniendo atención?

—Lo hacía, pero tu mirada inquisidora, literalmente me mata. —el doctor suspiró.
Pensó, acertadamente que apenas se estarían conociendo.

—Puedes hacerlo tú misma, lo único importante es que no queden ni muy flojas o


demasiado firmes. No te cortes la circulación ¿De acuerdo?

—Lo capto, Doc

—Y esto último es para asegurarnos, de que no vuelvas a abofetear a tu novio…—


les guiñó un ojo a los dos. Arnold bajó la mirada, ella miró a la nada. Evans se retiró
un momento para abrir un anaquel y extraer de el una muñequera.

—Así no harás movimientos bruscos.

—Yo no…—la calló con una mirada. Ella se exasperó porque claro, el doctor no era
ningún estúpido y ya había captado que no golpeó ningún poste de luz. Le golpeó
la maldita, cuadrada y dura quijada a un hijo de puta, más insistente que una
cucaracha.

—Si hay dolor en la noche, tomate una de estas. —le entregó un frasco con píldoras,
además de una receta con los horarios de las curaciones. Debía cambiarlas cada
mañana o cada noche, dependiendo de cuando acostumbrara tomar su baño,
durante un mes entero.

—Entiendo que es tu mano dominante y que aún vas a la escuela, es probable que
tus compañeros puedan ayudarte con las tareas. La nota te excusará de las
actividades deportivas.

—¿Perdón…?—Arnold tragó en seco. Sería más fácil sacar agua de una roca que
decirle a Helga que no podía jugar Béisbol.

—Nada de actividades físicas, señorita…

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—Pataki —Helga se levantó un poco de su asiento, Arnold revisó que el doctor no
tuviera objetos punzo cortantes a mano.

—¿Eleanor Pataki?—preguntó para anotarla en su registro.

—En realidad, ese es un apodo entre la querida Gertrude y yo. Mi nombre es Helga
G. Pataki y quiero una segunda opinión.

—Claro que puedes tenerla, pero te apuesto mi cédula profesional a que todos los
médicos de este pueblo te dirán lo mismo. Reposo absoluto por lo menos quince
días.

—¿Pensé que era un mes?

—Lo ideal sería un mes, pero ya que eres tan insistente, te haré una segunda
evaluación en esa fecha para descartar que tengas complicaciones a largo plazo.

—¿Qué clase de complicaciones podría tener? Por si no lo notó Doc, yo no soy una
"muñeca" no me quiebro a la primera.

—Lo note, pero tampoco has tenido la mejor alimentación últimamente.

—¿¡Qué!? —Arnold y ella reaccionaron al mismo tiempo.

—Tienes varias uñas quebradas, se te cae mucho el cabello y no creo que este
"accidente" fuera tan aparatoso en sí, pero es obvio que no estás consumiendo
suficiente calcio, hierro o proteína a diario.

Helga no agregó nada porque obviamente, una chica de diecisiete años ¿Qué iba a
saber de alimentación balanceada? Cuando vivía con sus padres por lo menos se
hacían cargo de comprar la comida, ella la preparaba pero había de todo en su
cocina. Desde que combinaba los estudios con los deberes del hogar, se limitaba a
una comida diaria y normalmente eran hamburguesas, patatas fritas y sodas. Si no
fuera por el béisbol se pondría como vaca...

¡Oh, dios mío…Arnold la dejaría por ser una vaca!

Evans agregó vitaminas a la prescripción, además comer más frutas y verduras.

—Las complicaciones que te quiero evitar son que pierdas fuerza en el puño, que
no puedas sostener objetos o cerrarlo en su totalidad.

—¿¡Todo por golpearle la cara a ese bastardo!? —Evans miró a Arnold, el rubio
puso cara de "Mis papás ya estaban casados"

—¿Que tan cerca tenías al…"nacido fuera de matrimonio"?

—¿Importa?

—No soy policía, ni la Santa Inquisición, ¿De acuerdo? y en realidad esto es muy
sencillo, sólo aliméntate bien, ponte la curación junto con las vendas, usa la

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muñequera y evita la actividad física de "alto impacto" —eso ultimo lo dijo mirando
alternativamente a Helga y Arnold. Ninguno de los dos entendió la indirecta, sonrió,
eran tan lindos y jóvenes.

—Lo que ordene Doc. Ahora, dígame por favor que tiene una terminal para pagar
sus servicios.

—¿Terminal?

—Helga sacó una tarjeta de debito del bolsillo izquierdo de su pantalón y agregó que
sus padres trabajaban todo el día. Ella se hacía cargo de sus gastos, indirectamente,
claro.

—Pues no tengo nada de eso pero la consulta podría correr...

—A cuenta del depósito por la Casa de Huéspedes. —Declaró Arnold, Helga iba a
replicar pero el rubio fue mucho más rápido. Agradeció los servicios y la ayudó a
levantarse de su asiento.

—¡Pero…!

—Pero nada…—la arrastró al pasillo, Evans cerró la puerta de su consulta y volvió


a sus asuntos.

—¡Arnold, qué crees que…!

—Es parte de nuestro acuerdo con el Doctor, y si me permites cambiar de tema, tal
vez deberías dejar de mentir tanto.

—¿Perdón…?

—Que no está bien que le digas a todos que sigues viviendo con tus padres.

—Si se enteran de la verdad, me sacarán de la escuela. ¡Estoy demasiado cerca de


la independencia real!

—¡También de una hospitalización real…! —Oh, genial. La mirada de Arnold, era


diferente a todas las que conocía y que tenía almacenadas en su memoria. Estaba
molesto pero no porque ella le arrojara bolas de papel al cabello o se negara a
trabajar en equipo. ¿Le molestaba que no procurara su cuerpo? ella definitivamente,
no se esperaba esto. Intentó huir pero él la acorraló de nuevo. Sus manos al rededor
de su rostro, su cuerpo por delante del suyo, sus ojos mirándola sin permiso con
detenimiento, preocupación y sí…un ligero atisbo de amor.

—N…no es para tanto…—dijo sin mirarlo a los ojos. ¿Por qué le fascinaba y
asustaba tanto? No quería enamorarse más de él porque cuando supiera todo. Lo
frágil que era, lo abandonada que estaba, se decepcionaría de ella.

—Lo es, tú sabes que lo es. —sus ojos, entre furiosos y preocupados. ¿No lo hacían
ver endemoniadamente apuesto y peligrosamente sexy?

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—Cc…comeré verduras…—pronunció a media voz, porque si él seguía con eso,
ella se iba a desmayar. Una voz interna sugería que podría vivir de sus besos y
caricias locas. Para reafirmar este punto iba a demandar otro beso, pero una vez
más los interrumpieron.

—Todas las que quieras...—comentó su abuela que había ido a buscarlos para que
se sentaran a la mesa.

—Agradezco la invitación pero en realidad, creo que debería volver a mi casa...

—Si temes por tu virtud encerraré a Arnold en el baño…—el aludido volvió a


sonrojarse hasta las orejas. Helga también aunque por otro lado, podría
acostumbrarse a esto.

—No es por eso…en realidad…me están esperando…—Arnold la reprendió por la


mentira y entonces se separaron. Él, la tenía contra la pared, como el zorro a la
deliciosa oveja.

—¡Qué bien! Porque odiaría tener que castrarlo…

—¡AAAAAABUELA! ¡YO NO…! —Arnold corrió hacia ella tratando de defenderse,


Gertrude levantó el rostro y lo amenazó con la cuchara de madera.

—¡Estoy loca, no ciega! Sé muy bien lo que veo con mis ojos jovencito y eso es
ilegal a menos que me digas que ustedes dos ya son…

—¡Lo somos!—gritó él con las manos en son de paz para no recibir un cucharazo.

—¿Lo son? —preguntó la anciana, mirando ahora a Eleanor. La rubia estaba


encantada con esto. ¡No sabía, que no era la única que torturaba a Arnold! Adoraba
a su abuela, y sólo por eso se atrevió a cuestionar.

—¿Lo somos…? Arnold estaba ahora mas confundido y dolido que al principio. Si
una declaración de veinticinco minutos y dos pergaminos no eran suficientes para
Helga. ¿Entonces qué lo era? iba a darse la vuelta, gritar que las dos estaban locas
y encerrarse en su alcoba pero en ese momento Phil apareció de la nada, le sacó
una fotografía y casi lo deja ciego con el flash de su muy antigua y ostentosa
Polaroid.

—¡Por fin te atrapé, enano! Claro que son novios Galletita, sólo mira la miseria en
su rostro. —comentó mostrando la foto recién salida de la cámara. Gertrude estuvo
de acuerdo. Helga iba a ofrecerles las joyas de la corona a cambio de esa foto, pero
entonces el abuelo tuvo la mejor de las ideas.

—Geleanor, párate junto a él. —Arnold aún estaba viendo estrellas de colores,
cuando una malévola Helga se pegó a él y susurró a su oído, coquetamente como
si lo besara.

—Eres mío, Arnold Shortman. Tus días de paz y tranquilidad, se acabaron. —la vida,
el alma o mejor fuera dicho su instinto de conservación se le escurrieron por los pies.
Su abuelo eligió ese momento para sacar la foto y así es como aparecían: Él, más

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lívido que la muerte y ella más sonriente que un sensual gato con complejo de
asesino.

Se reunieron en la mesa a compartir la cena. Helga adoraba el estofado de Gertrude


y lo habría devorado con avidez de no ser por esa estúpida cosa en su mano diestra.

—¿Te ayudo?—sugirió Arnold, al verla sufrir por el hambre y su poca capacidad


para meter en su boca la cena.

—¡¿Crees que no puedo alimentarme a mi misma, melenudo?! —Lo amenazó igual


que Gertrude con su cuchara, Arnold roló los ojos y volvió a su plato. Phil hizo un
comentario acerca de los "sobre nombres modernos" ¿Qué había de malo con los
viejos apodos como Galletita y…?

—¿Horroroso adefesio?—lo llamó su esposa.

—Arpía desdentada.—contra atacó.

—Costal de huesos...

—Momia disecada…

Helga podía ver una suave sonrisa en el rostro de ambos cuando se insultaban, tan
diferente de como lo hacían sus padres y se rindió con la cuchara permitiendo que
Arnold la ayudara. En alguna carpeta dentro de los miles y miles de archivos que
tenía almacenados sobre fantasías con Arnold, había algo de ellos dos comiendo
en un Restaurante, dónde él le invitaba de su plato.

La escena real no era idéntica a esa, pero vaya ¡Se estaba desmayando de hambre!
y nunca antes había usado la mano zurda para nada mejor que sostener a un
individuo, antes de golpearlo con la diestra. Tendría que practicar el fin de semana.

Terminaron sobre las ocho treinta de la noche, pensó en que Phoebe estaría
despidiendo a Gerald en el umbral de su casa con un beso y quizás algunas palabras
sobre lo que harían en la mañana. Era el fin de semana romántico que todos estaban
esperando. Las tradiciones escolares siempre la habían molestado, la ponían
nostálgica pero no era el momento de pensar en esto. Agradeció la comida y le juró
a Gertrude que no es que no se quedara por temor a las manos largas de Arnold.

—Si ella es la que empieza…—comentó el rubio en un tono tan bajo que solo Helga
logró escucharlo.

—De acuerdo, pero eres bienvenida siempre que quieras. —le aseguró la anciana.

—¡Pero no quieras! —le gritó su abuelo, desde su sillón en la sala.

—La dejaré en su casa y regreso en seguida.

—Vayan con cuidado, este barrio ya no es tan seguro como antes.

—Lo haremos.

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.

Partieron a pie, él de su lado izquierdo para que ella pudiera abrazarlo o tomar su
mano, la verdad es que esto de caminar juntos era un poco extraño, pero en absoluto
incómodo.

—¿Qué dices de una tregua?—preguntó la rubia cuando ya habían avanzado un


considerable tramo.

—¿Perdón?—Helga se adelantó un poco más y caminó hacia atrás, para poder verlo
a los ojos.

—Tú no me delatas y yo prometo cuidar más mis hábitos alimenticios.

—No pensaba delatarte, sé que puedes cuidarte sola. Pero "esto" pudo ponerse más
feo…

—¿Más que sentir que me moría por dentro? ¡Tú querías matarlo! ¡Yo me estaba
muriendo! ¿Sabes que soy alérgica a las fresas?

—No…

—Bueno, si pruebo una, literal "me muero" y en ese momento sentí que me estaba
comiendo una fresa gigante...

—Helga…—él sabía que tenía tendencia a cambiar de tema y hablar de más cuando
se sentía acorralada. También sabía que era una chica lista y que al igual que él,
debió cruzarle por la cabeza la posibilidad de que se rompiera un hueso al jugar en
el campo. El béisbol no era un deporte de gran contacto pero aún así tenía sus
riesgos. Una bola perdida, o una bola lanzada a gran velocidad. ¿Si al robar la base
alguien la golpeaba demasiado fuerte…?

—¡No me mires así!—prohibió colérica, deteniéndose en seco por delante de él.


Arnold le devolvió la cortesía, igualmente colérico.

—¿Y cómo quieres que lo haga, si me preocupo por ti?—Su cabeza de Balón tenía
nuevamente esa mirada entre apasionada y furiosa. A la luz de la calle, se veía de
lo más fascinante pero ella no iba a dar su brazo a torcer.

—¿Porque soy tu novia, ya decidiste que soy de papel?

—No eres mi novia…—Helga casi deja de respirar ahí mismo, Arnold prosiguió con
una sonrisa un poco traviesa.

—Eres la mujer que me vuelve loco y no pienso que seas de papel. Creo que eres
arriesgada, apasionada e imprudente, además de la persona más valiente que he
conocido porque pocos a nuestra edad aceptarían el riesgo de vivir por su cuenta.
Y claro, te concedo el que no cuidaras tus hábitos alimenticios porque la única vez
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que nos dejó a solas la abuela, Phil y yo no pudimos hacer nada mejor que meter la
lata de frijoles al microondas y verlo explotar.

—¿¡Qué!?

—Vinieron los bomberos, él me culpo a mi, por cierto. Pero yo sólo sugerí abrir una
lata, él la metió al microondas. —su comentario aligeró la tensión del momento.

—Sé que pudo ponerse aún más feo. Que toda la escuela pudo enterarse que estoy
por mi cuenta y me enviarían a Servicios Sociales o de vuelta a París con mi
hermana y mi madre.

—¿Por qué no quieres estar con ellas?

—Por la misma razón que no quiero que me mires así

—¿Así cómo?

—¡Cómo si te importara! —explotó, volviendo a caminar sin él. Arnold la siguió a


corta distancia, luego la tomó por el brazo sano y la hizo detenerse a la sombra de
un árbol.

—Me importas…

—¿Y cómo es posible, si hasta antes de las tres de la tarde, tú y yo no éramos nada?

—Sabes tan bien como yo, que "nosotros" nunca hemos sido "nada"

—¡AHHHH! ¿POR QUÉ ERES TAN INSUFRIBLE?—preguntó para sus adentros,


aunque una vez más lo terminó gritando. Y era una suerte que no hubiera tanta
gente en la calle pues más de uno habría pensado que era él quien la acosaba.
Arnold sonrió por la declaración de su novia y luego la vio tratar de tirar de sus
cabellos con ambas manos pero no funcionó porque tenía la diestra vendada.

—¿Por qué eres tú tan difícil?! —preguntó acercándose de nuevo, en una silenciosa
tregua.

—Porque todas las personas a las que se supone que debía importarles, no hicieron
más que abandonarme…

Reanudaron la marcha sin agregar más nada, ya estaban en su calle y


prácticamente en su casa, las luces del pórtico estaban apagadas. Arnold no se
impresionó por el hecho pero a Helga le extrañó.

—Grandioso. Bob, por fin dejó de pagar la luz.

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—¿Dejas las luces encendidas?

—Sólo la de afuera…—subieron los escalones de dos en dos, al llegar al último


encontraron varios vidrios rotos.

—¿¡Pero qué….!? —Helga buscó apresuradamente las llaves en su bolso, Arnold


intentaba encontrar el origen de los vidrios.

—Creo que es tu foco…

—¿Y cómo…?

—¿Niños jugando a la pelota? —Helga encontró las llaves y las colocó en el cerrojo.
No era una teoría descartable, aunque dudaba que se atrevieran a lanzar piedras o
pelotas a la casa de "La señora loca" como ya la llamaban esos mocosos insufribles
de siete, nueve y doce años.

Encendieron la luz una vez adentro. Bob no dejó de pagar los servicios y el interior
estaba justo como ella creía recordarlo.

—Disculpa el desorden…—comentó en automático aunque no había demasiado


que disculpar. Salvo algunas prendas de vestir sueltas entre los sillones y las sillas,
todo lo demás estaba en su sitio. Helga se desprendió de su bolso, dejándolo sobre
el sillón de una pieza, él la observó, mientras entraba en la cocina, tomaba un plato
a medio llenar de croquetas y comenzaba a llamar a alguien llamado "mantecado"

—¿Es en serio?—cuestionó impresionado.

—Les dije que me estaban esperando.

—¿Y se puede saber qué es mantecado?—preguntó mirando por los rincones por
si se aparecía un conejo, un cuyo ó quizás fuera un Schnauzer, aunque jamás
imaginó que Helga fuera de mascotas pequeñas, rechonchas y adorables.

—Tu competencia...—respondió filosa, comenzando a subir las escaleras. Arnold


notó, sin querer que todos los marcos estaban de cara a la pared excepto uno dónde
aparecían sus padres, hermana y ella en una época mucho más vieja. Helga era
una niña de brazos, Olga parecía de seis o siete, su madre llevaba los cabellos
largos, casi a la misma altura que usaba ella. Su padre miraba a su madre y ella a
su vez lo miraba a él. Se veían felices, un cuadro perfecto.

—¿Competencia?—inquirió para no perder el hilo de sus pensamientos.

—Un rubio cenizo de ojos imposibles y bastante escurridizo.

—¿Esa es tu descripción de una mascota?

—Es mi descripción del amor de mi vida...—él se sonrojó por el comentario, ella


decidió echar más leña al fuego. —Por cierto, ¿A ti te parece bien, meterte de lleno
a la casa de tu novia herida, que por cierto vive sola?

—¿Eh...? Bueno, yo...—Helga soltó una carcajada y entró en su habitación.


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—No te emociones, Arnold. Hace años que deseché el altar y los libros de poemas.

—¿Qué...?

—Nada, ¿Te importaría...?—Arnold captó que quería que buscara a mantecado bajo
la cama.

—¿No va a morderme la cara, cierto?

—Es un tigre dientes de sable, ¿Qué esperas que haga?

—¿Tigre...? ¡Espera, tienes un gato!

—En efecto, Sherlock. —ella corrió las cortinas para revisar la ventana, encontró
más vidrios sueltos, además de a su gato.

—¡Mantecado! —el felino maulló en respuesta, parecía sucio, molesto, además de


entretenido. Estaba deshaciendo una pelota de béisbol con su boca. ¿¡De dónde
sacaste eso...!? —preguntó arrodillándose a la altura del pequeño que la miró con
unos filosos ojos asesinos. Verdes como los de Arnold y a decir verdad, su pelaje
era rubio, pero de un tono más oscuro que el de su enamorado.

Phoebe se lo regaló cuando supo que estaría por su cuenta. Según la asiática
necesitaba un guardián en su casa. "Valiente caballero estaba hecho" a parte de
apoderarse de la casa, "mantecado" (como decidió llamarlo en honor a su adorado)
no había hecho gran cambio en su vida, comía, dormía, montaba orgías o peleas
callejeras en su tejado y básicamente, hacía lo que quería.

—¡Entrégame esa pelota o voy a comerme tus croquetas! —mantecado la miró


como evaluando su amenaza. Ciertamente, habían más croquetas suyas que
comida para humanos. Luego vomitó la pelota, le siseó a su ama y notó a la otra
persona en su recámara, a él le siseó más feo y le mostró todos los dientes
completos. Arnold estaba impactado por la interacción entre "ama y gato" aunque lo
más importante para él, era la ventana rota en la habitación de Helga.

Creo que no fue un simple accidente...

—¡Mantecado! —las pisadas del gato dejaban un pequeño rastro de sangre. Claro,
a su bola de pelos le pareció genial la idea de quedarse ahí, sobre los vidrios
cortados devorando esa maldita pelota.

—¡Vuelve aquí para que te revise! —el gato siseó de nuevo pero caminó como un
rey de puntitas hasta la entrada del baño. Helga corrió detrás de él, el botiquín de
primeros auxilios estaba en el mueble del espejo, mantecado pareció comprender
el nuevo predicamento de su brazo, así que saltó al lavamanos y se acomodó de tal
forma que ella pudiera verle las patas.

—¡Un día de estos, juro que te echaré a la calle!

—¡Miau! Miaau Miaaau! (traducción: Un día de estos cambiaré la cerradura)

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Arnold decidió revisar el resto de la ventana, además del patio. No se veía gran cosa
con el foco destrozado, iba a ir por una escoba y recogedor para levantar los vidrios
pero en su lugar, decidió prestarle atención a la pelota.

Tenía una palabra escrita con marcador negro.

"Mía"

CAPITULO 5

"Jake"

El nombre del beisbolista apareció tan claro como el agua en la mente de Arnold,
quiso tomar la pelota en su mano y rumiar por lo alto pero en ese momento Helga lo
llamó desde el baño.

—¿Podrías ayudarme dos segundos, Arnold? —salió de su trance y corrió al baño.


Helga y Mantecado, no sólo parecían haberse duchado en el lavabo sino que justo
ahora sostenían un silencioso duelo a muerte. Músculos tensos, miradas intensas,
ella tenía las patas delanteras del animal en el interior de su puño izquierdo, el
diestro estaba doblado sobre su vientre, el agua oxigenada y las gasas esterilizadas
descansaban libres de pecado sobre el mueble a su lado.

—¿Qué necesitas que haga?—ella, obviamente no lo estaba mirando a él, trataba


de hipnotizar a su gato y aparentemente lo estaba logrando. El felino la miraba
embelesado y puede que se tratara de la "maldición" de su abuelo o de que él
efectivamente fuera un honorable nieto de Gertrude, pero por un instante imaginó a
Helga cuidando con esa clase de devoción a su hijo. —Se reprendió de manera
mental— Aunque pensando bien no era tan descabellada la idea, es decir, ella algún
día...

—¡¿Quieres apresurarte?!—gritó la rubia, pues Mantecado ya estaba siseando y


retorciéndose como gusano. Él tomó el agua oxigenada, humedeció una gasa y
después buscó donde aplicarla. La pata izquierda del felino tenía un pequeño corte
como de ocho milímetros, al presionar la superficie, siseó como loco y trató de salir
huyendo pero entonces Helga lo tranquilizó con el sonido de su voz.

No era un canto, ni el tarareo de una melodía, era un simple susurro para tranquilizar
al minino. Mantecado ronroneo complacido en contestación, dejó de retorcerse
como loco y luego ella le pidió que le vendara la pata.

—Come mejor que yo, así que sanará pronto…—el comentario no le hizo ni pizca
de gracia pero obedeció. En el mueble del espejo había algo de cinta, además de
tijeras. Notó otros objetos que eran imposibles de ignorar ya que eran cosas mucho,
muy, demasiado, bastante, femeninas. (tampones) las pasó de largo y ahora
entendía las prohibiciones del doctor y las amenazas de su abuela. Ellos ya no eran
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niños, ella era una mujer, malditamente hermosa y que hacía le sudara la piel. Cortó
algo de cinta, un pedazo de gasa, la humedeció en el agua oxigenada y después se
la puso al gato que sacó todas sus garras y a punto estuvo de arrancarle un dedo.

Helga se llevó la peor parte, ella recibió una mordida en la mano sana pero no fue
profunda, luego de terminar, el gato indignado y ofendido les regaló su respectiva
amenaza de muerte y se retiró cojeando a algún otro rincón de la casa.

—¿Estás bien?—preguntó porque en serio se asustó cuando la mordió.

—No fue su culpa, no está acostumbrado a que lo manoseen o le pongan cosas en


su preciosa, delicada y "Real" pata.

—Déjame ayudarte

—¿Te estás acostumbrando a esto, no es cierto?—preguntó extendiendo la mano


para que él la limpiara y le pusiera su propia gasa.

—¿A qué?—cuestionó entretenido. Era bueno con las manos, tenía un pulso firme
y un tacto agradable. Helga no pasó por alto el hecho de que se estaban tomando
de las manos. Era la primera vez que lo hacían (desde que eran novios) sin estar
huyendo, peleando o siendo observados.

—A rescatarme…—comentó cuando él terminó de curarla, su mano se quedó sobre


la suya, era más grande, cálida, fuerte. Intercambiaron miradas, ella sentía la
necesidad de sus labios, él por su parte sintió la necesidad de abrazarla.

Sucedieron ambas cosas, él tiró de su brazo acercándola a su cuerpo y besó sus


labios sin permiso pero con consentimiento. Había urgencia en los besos de ambos,
desespero en sus manos, se comieron la boca por los años perdidos, el tiempo
desperdiciado y también para borrar todo vestigio de aquel extraño.

Cuando se separaron, fue porque Helga necesitaba verlo otra vez. Sus ojos verdes
en ella, sus manos en su piel, tenía los labios húmedos de su boca, las mejillas
sonrojadas por estar con ella. La revelación la estremeció de gozo, de la cabeza a
los pies, luego Mantecado soltó un maullido breve, seguido de algo siendo roto.
Arnold recordó los vidrios, la pelota con esa palabra escrita y no dejó que se fuera.

—Helga…

—¿Qué pasa…?—su mirada. Había tantas cosas que él desconocía de ella y tantas
que ella desconocía de él. Siempre observó a distancia, creyó saber quien era o
como se comportaba pero al parecer, Arnold Shortman era una persona totalmente
diferente en privado.

—Hay algo que necesito que veas…—la condujo de regreso a su alcoba. Helga,
confiaba en él, lo amaba con toda su alma pero aún así, no pudo evitar ponerse
nerviosa.

—¿N…no piensas abusar de mi, cierto?—Arnold volteó a verla, más roja que nunca
y la verdad es que se veía adorable. Quiso cobrarse algunas cosas de la infancia y
por tanto en vez de soltar su mano la presionó con mas fuerza.

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—¿Sería abuso…?—Helga separó los labios, como pez fuera del agua, él sonrió de
esa forma que sabía ahora, le hacía temblar las rodillas. Sus manos sudaron, más
no se soltaron.

—Tt…—las palabras se atoraron en la garganta de la rubia, él liberó su mano y soltó


una carcajada.

—¡ARNOLD!

—Lo siento, pero debes admitir que me la pusiste muy fácil

—¡Pagarás por esto!

—Cuando quieras…—siguió abriéndose paso en su recámara. Ella titubeó un poco,


la familiaridad con que se trataban, la naturalidad con que se introducía en su
mundo.

Esa casa, había pasado tantos meses abandonada que honestamente, ya


comenzaba a ver "fantasmas" no que su demencia llegara a niveles alarmantes y lo
inventara a él, sino que a estas alturas, hasta extrañaba a su hermana.

Tenerlos, aún si ella y sus padres nunca se llevaron bien era una constante en su
vida. Miriam bebiendo sobre la mesa o dormida en el sofá, Bob rumiando en el
pasillo porque ella dejó encendida una vez más la luz de su recámara. "¿Qué no
sabía que tan altas llegaban las facturas?" ella lo sabía pero lo hacía a propósito
para que su padre recordara que existía.

Arnold estaba agachado junto a los vidrios que olvidó que debía levantar. ¿Era eso
lo que quería que viera? ¿Qué tan dañada quedó su ventana? ¿Cómo la tapaba?
¿Dónde se compraba un vidrio nuevo?

—Esto rompió tu ventana. —comentó él mostrándole una bola de béisbol. Tenía una
inscripción en ella que hizo que le corriera un ligero escalofrío por la espalda.

MÍA

No era una amenaza, ni siquiera significaba nada. Los niños del vecindario tal vez
tenían esa forma de recalcar la pertenencia sobre sus cosas, pero aún así, con todas
esas excusas, ella necesitó recostarse un momento.

—Creo que no fue un accidente…

—Desde luego…—interrumpió a su novio quien soltó la pelota y la miró de regreso.


Helga se sentó con las rodillas pegadas al pecho y la espalda recargada contra la
cabecera de la cama. Las cobijas estaban dobladas de la manera en que las dejó al
salir a la escuela esa mañana. Tres pares de tenis distintos, pero del mismo color
estaban en el piso, aunados a unas pantuflas verdes, pantalones de dormir grises y
una blusa larga del mismo color pero con un gato blanco estampado al frente. Todo
eso yacía entre la cama y la silla de su escritorio, sobre el mismo había un montón
de libros, libretas, hojas sueltas, lápices, pinturas y un pequeño portarretratos en
forma de corazón, con su foto…

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Era él, a los nueve años. ¿Desde entonces guardaba su foto? ¿Por qué le
sorprendía tanto? ¿A caso no fue esa la edad en que dijo estar perdidamente
enamorada de él? Escribir sonetos, poemas, seguirlo a luz y sombra por toda la
escuela. La voz le salió un poco ronca, él no creía estar a la altura o ser merecedor
de todo ese amor.

—Helga…

—Creo que deberías irte.

—Eso ni pensarlo

—Es tarde, tus abuelos están esperando y yo necesito…—el argumento de ella ya


no pudo ser concluido, el celular de Arnold comenzó a sonar en el bolsillo trasero de
su pantalón. Se disculpó y atendió la llamada, era Gerald.

—Viejo, tenemos problemas serios.

—Dímelo a mi…—bufó por lo bajo saliendo de la habitación, ahora que Helga había
aprovechado el interludio para esconder el rostro entre sus piernas.

—¿Tan mal lo tomó Pataki?—preguntó, recordando su breve encuentro con Phil en


el mercado.

—¿Qué sabes tú de ella?—inquirió caminando lo justo para sentarse al inicio de las


escaleras.

—Tal vez demasiado…—el tono de su amigo sonaba extraño. Falto de la antigua


jovialidad que añadía a cada uno de sus comentarios. Él no se exasperó, esperó a
que continuara. —…Hace unos cincuenta minutos estaba saliendo de casa de
Phoebe, tú sabes que mis padres solo me permiten sacar el auto de la casa a la
escuela y viceversa, así que iba a pie por la bien conocida avenida. Los audífonos
puestos, pensando en mi chica, todo normal hasta que un maldito auto rojo casi me
aplasta.

—¿¡Estás bien!?

—Por los pelos, viejo. Total que agité el puño y le grité barbaridades a ese
imprudente cuando me fijé en su reflejo en el espejo lateral izquierdo y noté que era
Cabot

—¿Jake?

—No, la chica bonita de la serie de Televisión. ¡Claro que era él! O mejor sea dicho,
lo que quedó de él, tenía una venda horrorosa a mitad de la cara. Creo que Helga
por fin la hizo buena, sé que fue en defensa personal, pero ese sujeto está enfermo.
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—¿Por qué lo dices?

—Iba a mas de cincuenta en dirección de su casa, como soy un caballero, además


de un chico de lo más intrépido decidí investigar por mi cuenta. Subí corriendo hasta
alcanzarlo, él efectivamente estaba ahí pero ella no estaba. O si lo hacía, no salió.
—Arnold bufó de nuevo, sintiendo como la sangre comenzaba a hervir en sus venas.
Gerald tosió un poco, se aclaró la garganta y prosiguió. —Estaba aporreando su
puerta como un demente, gritando igual que en la escuela, lo caro que pagaría.
Como no hubo respuesta, volvió a su auto. Pensé que eso era todo, el maldito loco
se iría, pero no. Sacó un bate de Béisbol además de una bola sobre la cual escribió
una maldición. Lo primero que hizo fue destrozar el foco de la entrada principal con
el bate, lo segundo lanzar la bola a la ventana. ¿Te acuerdas del árbol?

—¿Qué árbol?—preguntó un poco descolocado.

—El árbol, había uno frente a su casa muy grande y frondoso. Phoebe me dijo que
Helga solía escaparse por ahí cuando las cosas adentro se ponían densas…en fin.
Es la primera vez que noto que ese famoso árbol no está y eso solo porque la bola
se fue directo a la ventana. Escuché un grito en respuesta como un chillido
aterrorizado, creí que era ella, así que salí de mi escondite y me atreví a enfrentarlo.

—¡NO!

—Claro, antes de eso ya había marcado al 911 y levantado la denuncia pero tú


sabes. Hay algo con eso de que sea la "hermana" de mi chica que me hace cometer
cosas estúpidas. Le dije que se fuera, que esa no era su casa y además le mencioné
mi llamada a la policía. El tipo ni se inmutó, la locura en sus ojos, si en la escuela
parecía alarmante, ahora me pareció escalofriante, arrojó el bate al piso, cerró los
puños y dijo que se moría de ganas, desde hace un tiempo por patearme el trasero.

—Gerald…

—Sí, ya sé. Phoebe se pondrá como loca, peor que mi madre, porque puede que le
devolviera uno de tres golpes, pero el resultado dio asco.

—¡Por Dios! ¿¡Estás en tu casa!?

—Sip, me golpeó en la cara, pateó a mis futuros hijos y remató en el estómago. Es


un cobarde y por cierto, la patrulla nunca llegó, ni Helga…

—Ella estaba en mi casa…—interrumpió. Aunque no sabía si para defenderla o para


completar la información.

—¿Tan tarde, seguía ahí?

—Mis abuelos insistieron en que se quedara a cenar y antes de eso, bueno…las


cosas se complicaron un poco.

—Escuché por ahí que no jugará más béisbol. —se burló. Aunque otra parte suya
lo resintió. Verla jugar era como ver a Xena, la princesa Guerrera, aunque sin esas
cosas lesbicas que le producían sueños húmedos en la pre-adolescencia, claro.

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—¿Podrás jugar Baloncesto?—interrumpió su amigo la fantasía delirante.

—Claro que sí, lo que no podré es salir con mi chica mañana.

—Phoebe no es superficial como otras.

—¡Pero yo soy vanidoso! —comentó en un claro berrinche. —Además de que la


llamé antes que a ti y cancelé nuestra cita.

—¿Sin comentarle lo sucedido?

—¡Es para protegerla! Ahora escucha, esta es la verdadera razón por la que te
llamé. ¿Recuerdas que destituyeron a mi viejo y lo mandaron de la acción a pudrirse
detrás de un escritorio?

—Lo recuerdo, tu padre era el último policía honesto que quedaba en el pueblo.

—Bien, Jake Cabot es hijo del oficial que lo está reemplazando. Vinieron de otro
estado hace dos años y medio, en el momento exacto que iniciamos clases. En su
otra escuela fue fichado por conducta violenta, sus evaluaciones son un asco pero
siempre termina pasando por su excelente desempeño en deportes. Adora golpear
cosas con un endemoniado bate y su ultima novia, además de dejar la escuela,
levantó una orden de restricción en su contra, pero la retiró días antes de que se
mudaran a Hillwood.

—¿Cómo averiguaste todo eso?

—Phoebe me enseñó a hackear la base de datos de nuestra escuela.

—¿Para qué querría ella hacer algo como eso?

—Para demostrar que puede. Ya sabes, toma todas esas clases avanzadas y
eventualmente tenían que servir para algo.

—Es genial, pero ¿Por qué me lo estás diciendo?

—¡¿Qué no es obvio?! Ese demente tiene a la justicia de su parte y Helga le partió


la cara delante de toda la Preparatoria. Puede que antes quisiera…tú sabes...a-
costarse-con-ella, (Gerald seguía sintiendo escalofríos e inmensas ganas de vomitar
ante la idea de Helga y el sexo) ahora creo quiere matarla. ¡Oh, no sé, viejo! ¡No sé!

—Cálmate…

—¿¡Calmarme!? ¡Me arde la cara! ¡Las joyas de mi familia fueron devaluadas! Y por
si fuera poco, mis sensuales músculos resultan que no sirven para nada.

—Sólo descansa, mañana nos vemos y hablamos de esto.

—¿Y si ese demente regresa a su casa?

—Le avisaré…

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—Ya lo intenté pero su teléfono está desconectado. ¿¡Tienes idea de la cantidad de
películas violentas que comienzan con un teléfono descompuesto!? Ahora, si
involucro a mi viejo, tengo miedo de que lo degraden aún más en su empleo.

—Gerald…

—Ni siquiera les dije la verdad sobre los golpes, inventé un cuento sobre un asalto
"por la custodia de mi teléfono celular y ipod" ¿Pero, y si le pasa algo? ¿Si llama al
911 y la llamada vuelve a ser ignorada?

—¡Basta! —su amigo estaba al borde del paroxismo, así que esto lo mandaría a la
tumba pero irremediablemente tendría que decírselo. —Estoy en la casa de Helga.

—¡¿Qué?!

—Yo…—no sabía como hacerlo así que simplemente continuó hablando. —vine a
traerla hace un rato, encontramos los vidrios rotos, además de la bola. El grito que
escuchaste debió venir de su gato.

—¡MATÓ A SU GATO! ¡DIOOOOOOS POBRE GATO!

—¡NO! Mantecado está bien, sólo se lastimó una pata.

—¿Mantecado? —Gerald iba a profundizar en lo ridículo de ese nombre cuando


decidió echar un ojo a la pantalla de su celular y el bonito reloj que marcaba las
nueve treinta y tres de la noche.

—Si, Mantecado, ahora, puedes…

—¡NO! Tú puedes explicarme ahora, ¿Qué haces tan tarde en la casa de Helga?

—Ya te lo dije Gerald, vine a dejarla…

—Eso es en la puerta y te vas

—Había vidrios rotos y ella tiene la muñeca vendada

—¿Entonces…?

—¿Lo tienes que saber ahora?

—¿Prefieres mañana con té y galletitas? Le puedo pedir a mi hermana sus viejos


sombreros con flores, si gustas.

—De acuerdo, pero ¿Estás sentado?

—Recostado, a decir verdad

—¿Nauseas, mareos?

—¡HABLA YA, SHORTMAN!

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—Estoy en su casa porque en el transcurso de este día decidí y recordé que Helga
Pataki, en realidad me gusta, gusta.

—¡¿QUÉEEEEEEEE?! —al grito ensordecedor de Gerald se unieron los de sus


padres y hermana demandando que se callara o lo "callaban"

—Se lo dije a ella y justo ahora podría decirse que…

—¿¡Qué…!? —Gerald podría asegurar que estaba más pálido que la muerte, sus
manos temblaban, el teléfono celular estaba a nada de abandonar sus manos por el
sudor y del otro lado, Helga había temido que Arnold se hubiera ido y salió a
buscarlo. Escuchó su conversación al teléfono desde la parte en que le decía a
Gerald que había venido a dejarla, así que le arrebató el celular ahora que estaban
en la mejor parte.

—¿Qué, viejo? ¡No me dejes con el suspenso!

—Que es más mío que tuyo…—la voz de Helga al teléfono fue para Gerald como
escuchar la voz de Sadako (la niña del aro) y el conocido "Seven days" la llamada
se terminó en ese momento y el moreno pasó el resto de la noche preguntándose si
Jake Cabot, lo golpeo tan duro que su cerebro se le escurrió.

—¿Ya tan pronto dando las buenas nuevas?—preguntó la rubia devolviéndole su


teléfono. Arnold notó que se había puesto las ropas de cama, además de lavar sus
dientes y trenzar su larga cabellera.

—No pensé que fuera un secreto.

—No lo es…—le obsequió una sonrisa y él quiso besarla de nuevo. El momento


tendría que retrasarse, comenzaba a hacer frío y no tenían idea de con qué tapar la
ventana.

—Creo que hay focos en una caja de la cocina.

—Eso puede esperar…

—Y bolsas de plástico para la basura, con suficiente cinta debería de bastar.

—Déjame hacerlo.

—¿Ya llamaste a tu casa? —el reloj marcaba ahora quince minutos para las diez. Él
no era partidario de las mentiras, pero concedía que podían existir sus excepciones.

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—Llamaré, pero me niego a irme. No soy un pervertido, acosador, ni nada de lo que
puedas imaginar. Me quedo porque podrías necesitarme para tapar la ventana,
levantar los vidrios, cambiar tus vendas y averiguar dónde se metió tu gato.

—¿No lo haces por la bola de béisbol?

—Creí que no querías hablar de eso.

—Y no quiero, pero si vas a quedarte, hablaremos…

Helga regresó a su alcoba, él no tenía idea de para qué, pero llamó a sus abuelos.
Phil contestó más dormido que despierto, sorprendido de que no estuviera en su
cuarto.

—Hombrecito, creímos que hace horas que habías regresado.

—No, lo siento. Me encontré con la madre de Gerald en el camino, dijo que tuvo un
accidente y vine a verlo. Voy a quedarme en su casa.

—¡Santo Cielo! primero la chica furiosa y luego tu mejor amigo. ¡Es la maldición,
Arnold! ¡Te lo dije! ¡Nadie está a salvo!

—Por eso, n…—se sentía mal de mentirles. Él no acostumbraba mentirles, pero


ahora no se trataba de él, sino de Helga. —...No quisiera arriesgarme.

—Es más seguro así, regresa mañana a la hora que puedas. Confiamos en ti y los
Johanssen, salúdalos de nuestra parte.

—Claro, abuelo. Disculpa que te despertara. Buenas Noches. —Terminó la llamada


y le envió un mensaje de texto a Gerald.

"Mis abuelos creen que me quedo a dormir en tu casa, cúbreme"

"¿Es enserio? ¡Yo me llevo los golpes y eres tú el que le va a reventar su cherry!"

"No seas imbécil"

"¿Yo? Sólo te advierto que no voy a cuidar bebés cabezones con uniceja"

"Cállate"

"Jodete Shortman, quiero la exclusiva mañana, si es que puedes levantarte en la


mañana"

Iba a escribir que no pensaba acostarse con ella, pero en lugar de eso decidió borrar
los mensajes. No quería que Helga o sus abuelos los vieran. Hablando de la rubia
regresó con su ceño fruncido y los brazos cruzados a la altura del pecho.

—Elige ahora o sufre para siempre.

—¿Perdón?

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—Si vas a quedarte por temor a que vuelva el Lobo Feroz, pienso que es estúpido
que tu estés abajo y yo arriba.

—¿Por qué sería estúpido?

—¿A dónde supones que podría correr o que tan bien crees que me podría
esconder? El único acceso es la entrada principal y todas las habitaciones con
excepción de la mía y el cuarto de baño están cerradas con llave. Bob, no quiso que
rentara los cuartos a vagos o armara "fiestas demasiado locas" así que se aseguró
de que me sirviera para lo estrictamente necesario. El árbol que en años mejores
fue mi mejor amigo y secreto confidente fue talado hasta la raíz. No hay casas tan
cercanas a la mía como para que pretendas saltar al tejado vecino y en conclusión,
si brincaras en un acto de desespero a la nada te romperías una pierna, es una
caída de por lo menos seis metros. Así que, elige.

—¿El qué?

—Dormimos en mi cama o acampamos en la sala.

—La sala.

—Sabia elección. Ahora te dejé algunas cosas en el baño que creo…que te podrían
funcionar…—se ruborizó un poco al comentar lo último, luego le dio la espalda y
volvió a su cuarto.

—¿Qué haras tú?

—Revisar la cámara oculta para verte desnudo.

—¡¿Qué?!

—¡Voy a bajar las sábanas, a menos que quieras dormir sobre el piso!

—Yo lo hago

—¡Yo puedo!

—El doctor dijo que no hicieras esfuerzos

—ARNOLD

—¿QUÉ…? —Aparentemente, a Arnold Shortman le encantaba acorralar a su novia


con su figura, no es que ella se quejara, que no lo hacía. Su cabeza de balón tenía
un cuerpo delgado pero bien trabajado. No sabía si por los meses de vagar en la
selva o por jugar fútbol soccer, lo que fuera, le había formado unos brazos fuertes
aunados al torso duro y de atrayente musculatura, su loción ya se había esfumado
pero no tenía un aroma desagradable, era él, solo él y la tenía justo ahora
tambaleando a la orilla de su cama. Sus ojos llamándose a gritos, invitando al
pecado, como ella gustaba de jugar con fuego, se atrevió a besarlo, tirando de sus
ropas para ver cual era el resultado.

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Cayeron irremediables sobre la cama, comiéndose la boca y buscándose con manos
ansiosas, cuando los ánimos se calentaron y los dos sintieron la urgencia de hacer
desaparecer la ropa, él se quitó de encima y ella se levantó de un salto.

—Voy a buscar las bolsas de plástico y la cinta para tapar la ventana…

—Voy a usar tu baño…

La habitación, oficialmente estaba prohibida.

Helga desapareció más rápido que una exhalación. Él tenía las mejillas incendiadas
y el corazón latiendo al cien al interior de su pecho, le dio risa, lo rápido que se
"entendían" o quizás fuera mejor decir "encendían" siempre le gustaron los besos
de Helga, no por nada los recordaba con el pasar de los años. Tenerlos ahora
cuando quisiera, lo hacía sentir como un niño pequeño. Uno muy caprichoso y adicto
a las golosinas. Antes de encerrarse en el baño decidió levantar los vidrios pero cayó
en la cuenta de que Helga ya lo había hecho, también corrió las cortinas y de manera
improvisada colocó un pedazo de papel en la ventana. Era bastante autosuficiente,
no le gustaba depender de nadie, lo que en realidad le gustaba aunque pudiera
causarles problemas, debido a su complejo de buen Samaritano.

Suspiró para sus adentros, entrando en el baño, echó el cerrojo a la puerta y


encontró un cepillo de dientes nuevo, además de un juego de pantalón y camisa
rojos que podrían quedarle algo ajustados.

Su chica era única, lista e independiente, tomaba sus propias decisiones y el punto
aquí era, que le había dado a él a elegir.

"Elige ahora o sufre para siempre"

¿Significa que de haber votado por la cama, ellos…en realidad…lo estarían


haciendo?

—¡AHHHHH! ¡ESA MUJER SOLO TRATABA DE VOLVERLO LOCO! —lavó sus


dientes, su cara y se cambió de ropas. Los jeans, el cinturón y la camisa a cuadros
no serían cómodos para dormir. Además le estaba dando unas ropas deportivas que
debían venirle bastante grandes a ella. Olían a su perfume ¿flores, dulces? No,
Helga olía a mango y él ya quería un nuevo beso de sus labios.

Salió del baño ya cambiado, colocó sus ropas sobre la silla del escritorio, Helga le
dejó la bolsa de plástico negro además de una cinta plateada para que tapiara la
ventana. Lo hizo con cuidado y además de eso, colocó refuerzos en el resto del
marco. Creyó ver una silueta de negro sobre la acera mientras trabajaba pero
rechazó la idea.

Eran sobre las diez treinta de la noche. Jake Cabot no podía estar tan loco, ¿Oh, si?

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CAPITULO 6

Helga Pataki tenía muchas facetas. No que él no lo hubiera notado desde cuarto
grado. Estaba la chica ruda, la tímida, vulnerable, romántica y también la apasionada
que luchaba contra corriente y se enfrentaba a las "sombras" para devolverle a él
algo tan importante como sus padres.

Cuando supo que era ella quien se ocultaba bajo el disfraz, no pudo creerlo. La
acorraló, (como seguía haciendo) para dejarla sin argumentos pero también para
arrancarle las máscaras porque él necesitaba conocerla a ella, la verdadera Helga,
la que se escondía detrás de todas esas capas de hostilidad y mal genio. La chica
de sus "sueños" y puede que aquello hubiera sido una exageración o que estuviera
totalmente acertado porque la niña que decía "Que estaba bien" "Que lo hizo porque
no lo odiaba, en realidad lo amaba con pasión y locura desbordante" Sólo podía
pertenecer a sus sueños, luego esa misma niña lo besó, marcando el destino de los
dos.

¿Porque era destino, cierto?

Ellos estaban juntos porque sus mundos chocaron en ese momento y cada decisión
tomada desde entonces hasta ahora, los había llevado a admitir que irreparable e
innegablemente, estaban enamorados el uno del otro. No existía ninguna maldición
que él llevara en la sangre, ni tampoco estaban bajo el ojo inquisidor de ninguna
entidad malévola, ¿Cierto?

Jake Cabot, no estaba escudriñando en sus jardines a la espera de que Helga


saliera para hacer con ella lo que quisiera. Esa clase de cosas no sucedían en su
pueblo, en su mundo, en sus vidas.

Terminó con la ventana y volvió a cerrar las cortinas, hubiera preferido asegurarse
de que todas las ventanas estaban igualmente cerradas, pero se conformó con
verificar que las puertas de las habitaciones sí lo estaban, el cuarto de baño tenía
una pequeña y angosta ventana con vidrios esmerilados, no creyó posible que una
persona pudiera meterse por ahí, de hecho parecía ser la salida de emergencias de
Mantecado ya que el gato rubio y de ojos profundos, lo estaba observando de mal
modo cuando él terminó de hacer el recorrido de la planta alta.

—Hola pequeño…—el aludido lo destruyó con la mente o al menos eso le pareció a


él. La bola con pelos le daba ternura, tenía un nuevo objeto en la boca, intentó ver
lo que era y casi se va de espaldas cuando lo descubrió. Le arrojó un bendito "reloj"
que marcaba las once de la noche a los pies y luego siseó como advirtiendo que si
no salía por la puerta grande sus días en la tierra estarían contados. Él pasó saliva
por la garganta e intentó de nuevo. Los animales, normalmente lo adoraban, él era
el chico bueno que todos amaban pero más tardó en acercarse que en lo que
Mantecado le mostró la dentadura completa y saltó sobre su cabeza, como es
natural gritó de pavor, porque eso de ser desfigurado por un gato no debía sentirse

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nada bonito pero el felino solo escapó por el pasillo y se perdió en las escaleras.
Helga gritó desde abajo si estaba todo bien.

—¿Te viste en el espejo o por qué gritas tanto? —él roló los ojos y agradeció que
su humor negro no se hubiera visto afectado a causa de su "relación" Bajó los
escalones con cuidado luego de tomar las cobijas y almohadas de cama, estaba por
llegar a la sala cuando Mantecado se metió entre sus piernas y lo envió a rodar tres
escalones abajo.

Helga corrió en su auxilio, aunque más que preocuparse por él, le inquietaba que
hubiera aplastado a su gato.

—¿Estás bien, amor? —el felino subió a su regazo y maulló como si estuviera
ampliamente traumatizado. Él se levantó "sin ayuda" y señaló que había sido el gato
quien trató de asesinarlo.

—¿A caso te volviste loco?

—No le agrado.

—Por supuesto que no. —agregó sin mirarlo a los ojos, estaba ocupada haciéndole
cariñitos a la bola de pelos. Eso no le gustó y replicó.

—¿Por qué el es "amor" y yo Melenudo?

—Porque él es mi amor y tú un melenudo—para reafirmar este punto, Mantecado


se derritió entre sus brazos, ella lo apretujo amorosamente y tras besarle la frente le
dijo que lo sentía mucho pero que el cabezón feo de ahí se quedaba.

—Miau, miau, miau….—negoció, mostrando todo lo lindo, regordete y hermoooso


que era. Helga tenía debilidad por sus ojos verdes, le recordaban a los de Arnold y
ha decir verdad, todo en su mascota le hacía evocar al desgraciado.

—De verdad lo siento amor, se queda por hoy pero puedes "jugar" con él —esa
declaración fue suficiente para el felino que escapó de sus brazos y se perdió entre
las sombras.

Arnold no quiso preguntar las implicaciones de la palabra "jugar" pero sospechaba


que no pegaría el ojo en toda la noche. Volviendo a lo que les atañía, Helga ya había
acomodado los sillones largos de la sala de tal modo que quedaban uno frente al
otro.

—¿Qué entiendes tú, por no hacer esfuerzos con la mano lesionada?—preguntó,


porque en serio, si este era el trato, ella hubiera tapiado la ventana y él acomodado
los sillones.

—Tienen ruedas y no son tan pesados, Arnoldo.—agregó la "O" porque él no era su


padre, ni su madre, de hecho tenía como cuatro horas de ser su novio. Y eso no le
confería mayor derecho que besarla cuando a ambos les diera la gana. Cruzó los
brazos a la altura del pecho, su muñeca diestra la traicionó y dolió como una
puñalada, quizás si se había excedido pero para eso estaban las pastillas que le
obsequió el doctor.

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—¿Segura que no te lastimaste?—insistió, evaluándola con su mirada. Ella adoraba
esa expresión entre sombría y seductora pero el orgullo era más fuerte así que lo
mandó al carajo, dándole la espalda y buscando las pastillas en su bolso. Arnold
suspiró y regresó a levantar las sábanas y almohadas que dejó en el piso, acomodó
las "camas" también revisó la puerta principal, Helga ya lo había hecho, además de
asegurar todas las ventanas con cerrojo.

No había más vidrios rotos y la oscuridad de la calle era casi total.

Su casa vacía no le asustaba, estaba acostumbrada a la soledad, era una buena


compañera cuando te conoces a plenitud y crees estar satisfecho con lo que eres.
Ella había hecho las pases con sus demonios internos hacía largo tiempo. Luego
apareció Jake Cabot y su universo…lentamente se derrumbó.

Necesitaba que lo supiera Arnold, era una parte crucial para el éxito de su relación,
por no hablar de la "situación" pero honestamente, no se le ocurría por dónde debía
iniciar la conversación.

—¿Gustas algo, un vaso de leche, agua, cereal?—preguntó ahora que se servía un


poco de agua para ingerir las pastillas.

—Estoy bien, gracias.—se tomó dos, aunque la nota decía específicamente que
tomara una. Miró la mesa redonda de reojo, evocando la imagen de su madre, tantas
mañanas atrás. Sobre la única vez que la impresionó, por no decir que la aterrorizó,
Miriam tenía una botella de licor en una mano y un montón de pastillas, redondas y
pequeñas en la otra. Su estómago se revolvió de inmediato pero reprimió el impulso,
levantó el rostro, se armó de valor y como hacía cada mañana, de cada día de su
vida, se repitió que no moriría, sólo era otro día.

—Yo pido el sillón más largo.—comentó al ver que Arnold estaba por acomodarse
en el.

—Por supuesto.—se cambió de lugar, ella sonrió con sorna. Tan bobo, tan dócil y
tan lindo.

—Y también la palabra.—soltó un profundo suspiro, sus manos temblaron, el


estómago una vez más se quejó.

—Te estoy escuchando.—la miró a los ojos, ajeno a su infierno interno. ¿Debía trata
de explicarse o callar para siempre? ¿Qué fue lo que llevó a sus padres a la
inminente separación? La palabra o el silencio, ella tenía que tomar una decisión.

—¿Deberíamos poner música de fondo? ¿Un video? ¡Ya sé, una película de miedo!

Nerviosa, la notó Arnold. Helga una vez más estaba nerviosa y un poco histérica.
Esta era una situación irreal, tratándose de ellos pues si bien se conocían de casi

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toda la vida, nunca antes habían compartido esta clase de intimidad. Gerald y
Phoebe llevaban meses de novios y él dudaba que ya hubieran vivido una situación
similar.

¿Esto era porque Helga, siempre iba demasiado rápido? ¿O porque él era
demasiado lento? Tal vez, tenía que ver con el temor de que sus momentos juntos,
debido a lo diverso de sus temperamentos, jamás se repitieran.

Helga encendió el televisor y navegó entre canales hasta encontrar una película de
suspenso.

"Mírame"

A él no le parecía tan buena idea contemplar la escena en que el psicópata asesino


llama al teléfono de casa y comienza a describirle a la chica cada objeto que tiene a
su lado. Helga observaba atenta, acomodada ya en su sillón. Mantecado se adueñó
del restante y se hizo un ovillo sobre el bolso de su dueña, él se sentó junto a ella,
es decir.

Al parecer, aún no se iban a dormir.

Cuando el asesino de la película irrumpió de pronto, rompiendo los cristales de la


gran puerta de vidrio, Helga se impresionó y él la tranquilizó. ¿De eso se trataba ser
novios? Proteger, procurar, amar…rodeó sus hombros con un brazo, sus miradas
se encontraron, luego ella presionó el "mute" con el control remoto y se perdieron
en la mirada del otro. Por un momento deseó besarla, recostarla, contemplarla en
pijama de pies a cabeza pero, ella no lo dejó.

Colocó un dedo sobre sus labios, dijo que era importante, necesitaban hablar.

En su corta experiencia de chicas que solo salían con él para olvidarse o celar a
alguien más, la frase "necesitamos hablar" significaba, "vamos a terminar lo que ni
siquiera empezó porque ya cumpliste tu papel" Él no tenía papeles que interpretar
con Helga, sabía que lo amaba así que accedió.

En el televisor el asesino ya estaba destrozando la casa, la chica intentaba llamar a


emergencias pero él arrancó el cable de la pared, Katie salía del armario y corría
despavorida escaleras arriba, Melvin la seguía por detrás con el cuchillo en alto,
mientras tarareaba una estúpida tonada que no sabía por qué se sabía, pero se
sabía. Helga soltó un suave suspiro, apenas perceptible y de no ser porque él estaba
concentrado 50/en la pantalla y 50/en su novia, no lo habría notado.

—Pienso que esto de Jake, es mi Karma…—comentó serena, acomodándose de tal


manera que le daba la cara a él e ignoraba la película. Su declaración le pareció tan
descabellada y ha decir verdad estúpida que no pudo evitar replicar.

—¿De verdad, Helga…?

—Tú no lo sabes y en verdad esperaba que jamás lo supieras, pero hubo una época
en que…—suspiró de nuevo, él pudo notar, cómo se arrepentía y aferraba, todo en
el mismo respiro. —…te acosaba en serio.—concluyó. Evadiendo sus ojos,
ocultando su precioso rostro bajo la sombra de sus cabellos.

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—Lo sé…—respondió calmo. Si eso la torturaba, lo mejor es que parara.

—No, Arnold no lo sabes.

—Helga, dijiste que escribías poemas, que me seguías a todos lados en la escuela
y que hasta tenías un altar con mi imagen en tu armario.

—También me metía a tu cuarto, hurgaba entre tus cosas y te espiaba por la ventana
horas después de que te habías ido a dormir.

—¿¡Qué!?—la cara de Arnold, en las milésimas de segundo que la miró con horror
definitivamente marcaban un fin a su relación. Eso la atemorizó y se defendió por
instinto.

—¡No es tan horrible como suena! —lo hizo a un lado (por no decir que lo empujó
con ambos brazos para que se alejara lo más posible de ella) Mantecado volvió a
saltarle encima. No lo atacó, más bien lo pasó de largo para subirse al regazo de la
rubia que lo apretujó entre sus manos.

Él no se marchó de la sala, pero entendió que necesitaban retirarse a sus esquinas,


si es que pretendía escuchar el resto de la historia.

En la película, luego de una basta persecución y pelea Melvin tenía a Katie bajo sus
formas y le enterraba el puñal en el pecho una y otra y otra vez. Ella preguntaba con
escasas fuerzas los motivos, ¿Por qué le hacía algo como esto? Era porrista,
además de hermosa y la chica más rica y popular de la escuela. (En circunstancias
normales, Helga se habría burlado de la escena argumentando que ese sería el final
dramático de Rhonda) El asesino terminaba el trabajo y antes del pase a los créditos
decía que era porque ella, jamás lo había notado.

¿Jake Cabot asesinaría a Helga porque ella jamás lo había notado? No,
ciertamente, ella lo notó, lo rechazó y también lo humilló. Conocía los riesgos y las
consecuencias de sus actos, como hace unos minutos que lo besó, tirando de sus
ropas para cayeran en la cama.

Si le estaba diciendo esto, es porque creía en verdad que se trataba del "karma" en
su diccionario mental, eso era equivalente a un ajuste de cuentas, castigo divino o
mano a mano. Él no creía que Helga hubiera hecho algo tan terrible (como para
merecer a Jake Cabot)

Bueno, si lo besó a la fuerza, pero no pudiera decirse que él se resistió o que no le


gustó...miró su posición tensa, la vergüenza en su rostro. Si ella quería confesarse,
lo menos que podía hacer era escuchar. Se veía tan pequeña, atormentada por sus
secretos y no tendría por qué estarlo.

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Lo hecho, hecho estaba. Y ahora que lo pensaba, su presencia en la Casa de
Huéspedes podría explicar cosas que siempre quiso entender. "Envolturas de goma
de mascar y comida chatarra que aparecían de tanto en tanto en la azotea" "Objetos
que dejaba en un sitio y aparecían en otro" "Un relicario de oro que encontró alguna
vez y que su abuela abruptamente le arrebató"

Era eso, pensó para sus adentros.

Ambos parecían cómodos y acostumbrados a la presencia de Helga en la casa.

"…Ya tiene tiempo que no se pasaba por aquí, es decir…estando tú aquí…"

¿Pero qué tan idiota podía ser?

Eso se lo dijo Phil, Gertrude comentó algo similar.

"…Eleanor solía pasar mucho tiempo por aquí, Arnold. Siempre que tú no
estabas, claro está..."

La conexión en su mente, la revelación de hechos que le fueron confusos durante


buena parte de su infancia lejos de volver a enfadarlo, le hicieron querer
saber ¿Cómo o por qué es que lo hacía? ¿En verdad lo amaba? ¿O solo
estaba…ligera y enfermizamente, obsesionada?

Mantecado interrumpió el momento, ronroneando para su dueña. Un sonido suave,


repetitivo y calmo, ella acariciaba su pelaje y ambos se miraban a los ojos como si
compartieran los secretos místicos del universo.

Él se perdió en ella, la verdadera Helga, ¿A caso, no era esto lo que quería?


Contemplarla sin máscaras, palabras crueles, bromas que se tintaban con matices
de verdad.

El "por qué" se lo dio a conocer de a poco, en una narración de eventos desfasados.


La mente de Helga tendía a mezclar sucesos pasados con los presentes. Así que él
la escuchó con la misma fascinación con que se sumergía en una novela histórica.

Como si fuera otra persona y no ella, la que le decía que necesitaba aferrarse a
algún vestigio de amor en su tierna infancia y que fue él, el desdichado —o
afortunado— objeto de su adoración.

Las pasiones que no compartía, los sentimientos que tan inocentemente vertía, los
fue comprendiendo a profundidad a medida que iban creciendo. Sus abuelos
tuvieron que ver con eso, cansados ya de verla suspirar y llorar a elevadas horas de
la noche.

61
La invitaron a pasar, una ocasión que estaba lloviendo. Sus padres rebasaron el
límite de lo permisible y a ella ya no le importaban el frío, la lluvia o la noche. Sólo
quería escapar, gritar, llorar…Le abrieron las puertas de su casa, también de su
corazón, bajo la condición de que entendiera que lo que sentía por él, no era amor.

Siempre fue una chica lista, encontró en los libros de Gertrude historias crudas,
crueles y verdaderas dónde el amor se acaba, el príncipe abandona a la princesa o
ésta muere atravesada por cientos de agujas para que él pueda ser feliz en brazos
de otra.

Aceptó, que como en su casa no existía "el felices por siempre" y que ni ella ni él,
"estaban destinados a corresponderse" Después de todo, su confesión, el tercero y
que creyó sería el último de sus besos hacía un par de años que se había dado, sin
ninguna clase de resultado.

Estaban en secundaria, él salía con la perfecta de Lila y ella estaba más fascinada
por la literatura y el teatro. Escribió aquella obra que les obsequió su cuarto beso.
No había segundas intenciones en ese beso, aunque reconoció que sus labios se
abrieron y que él correspondió el beso.

El amago de las viejas costumbres, la nostalgia por la niña enamorada que fue, la
llevaron a volver a notarlo. Sin obsesión pero aún a distancia. Reconoció los
atributos que habían cambiado en él y las costumbres que permanecieron
inalterables en él. Su generosidad, cordialidad, galantería y optimismo. Le gustaba,
ya no el príncipe de sus sueños sino el verdadero Arnold, aunque honestamente ya
no aspiraba a tenerlo en sus brazos.

Apreciaba a Lila y también aprendió a llevarse bien con él, sin ocultar sus
sentimientos bajo una capa de hostilidad. Los sobrenombres permanecieron, los
modos arrebatados también, ella ya no visitaba la Casa de Huéspedes y es que si
de algo se había convencido en los últimos quince años de vida, eso era de que
Helga Geraldine Pataki, no era una "Princesa" a lo mucho sería escudera y por tanto
le tocaba forjarse un camino entre fuego y hierro.

Le dio oportunidad a otros chicos, salió con algunos, así como él alternaba sus citas
entre Lila y esas bobaliconas que sólo querían usarlo como reemplazo, pero no
funcionó porque sin importar lo que hicieran, ella terminaba comparándolos con él.

Sus ojos verdes, sus cabellos dorados, su estúpida cabezota de balón.

Si, quería conocer los misterios de una pasión, saber si su corazón podía
experimentar y merecer amor pero todo eso quería hacerlo con él, así que se retiró.
Ya no eran niños, ya no tenía miedo de los gritos de su padre o de los "comas
etílicos" de su madre. Ya no podía subir por la escalera de incendios y esconderse
detrás de alguna estructura para verlo.

Ahora tenían las horas de clase, los círculos de estudio y también los encuentros
inesperados que los seguían sorprendiendo a medio pasillo.

Su ultimo beso (previo al noviazgo) lo hizo definitivo.

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Lo disfruto y agradeció, pero a pesar de la diminuta flama de pasión que ardió en su
corazón no pudo negar que una vez más fue ella quien lo besó. La que se entregaba,
la única que amaba. Él correspondió, quizá por cortesía, tal vez siempre era así
como lo hacía. De la manera que fuera, lo alejó de su lado y se despidió.

Iba a olvidarlo, seis meses en Paris le harían superarlo pero esa era la Ciudad del
Amor que daba vida al fantasma de la falsa Cecile, así que en lugar de eso decidió
volver a escribir. No de manera platónica como acostumbraba hacer, sino como los
autores que crearon las novelas que le prestó Gertrude. Los mismos que amaron a
distancia y jamás fueron amados en respuesta.

Lo extrañaba, tanto al inventado y que nunca fue, como al apuesto rubio que ahora
es. Quería verlo, escucharlo, despedirse de nuevo.

Una ultima palabra, un ultimo beso.

Sólo uno.

Dejó que su madre y hermana la convirtieran en esta. La transformación no le


molestó tanto, luego de que Phoebe sugiriera que tal vez, así podría enamorarlo. Se
suponía que tendría que pasar algo, pero cuando se encontraron el primer día de
escuela ninguno de los dos se atrevió a hacer algo.

Él seguía saliendo con Lila y a ella, ya se le habían acabado las ganas de luchar.

El divorcio de sus padres fue devastador en más de un sentido, ella no tenía fuerzas,
además de que entre más pasaba el tiempo, más se iba enfrascando en la escuela,
el futuro, la vida...

Jake Cabot, la agarró por sorpresa, con la guardia baja porque Bob tenía poco de
haberla abandonado. Estaba distraída, pensando en todo y a la vez en nada.
Reconoció que al recibir la primer nota, su instinto natural la obligó a pensar en él,
pero no era él…nunca sería él.

—Helga…—interrumpió su alegato. Ella no lo miraba a los ojos, en todo este tiempo


lo más que había hecho era apagar el televisor y aferrarse aún más a su gato, los
ronroneos del peludo animal intentaban comprenderla, acompañarla, consolarla. Él
hubiera querido intervenir desde antes porque Helga se encontraba en un error.

Claro que merecía experimentar y poseer amor. Además de que él también la


extrañó. Nunca lo admitiría en alto, pero algunas noches, mientras vivió con sus
padres se descubrió a sí mismo pensando en ella…

—Déjame terminar…—su voz, apasionada como la recordaba se había


transformado en un leve susurro. Estaba cansada, como ella misma mencionó y eso
en verdad lo asustó. ¿Por eso no procuraba su cuerpo? ¿Una vez más, no le
importaban el frío, la lluvia o la noche?

No…, lo que no le importaba era comer, dormir, luchar por merecer amor…

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—Estoy en mi límite, Arnold. Acepto que me pasé de la raya al humillarlo
públicamente, pero si tú hubieras leído el resto de notas que me escribió, burdas,
obscenas y tan asquerosamente tórridas, probablemente habrías hecho lo mismo.

—¿¡Qué te escribió!?—preguntó entre colérico y preocupado. Las palabras de


Gerald se repitieron en su cabeza. "No habla de querer seducirla, enamorarla,
invitarla. Ese sujeto, sólo quiere…"

—¡No quiero recordarlo! —gritó. Mantecado salió huyendo por su arrebato. Ella
cambió de posición en el sillón y agregó. —¡Tampoco deseo ser vista, ni tratada de
esa manera! ¡Sigo siendo yo, Arnold! Una depilación, unas ropas nuevas y esta
estúpida "anatomía" no me convirtieron en otra. Por eso no te impresioné porque tú
me conoces bien.

—Me impresionaste…—confesó, esperando hacerlo con total sinceridad y


convicción.

—¡Cállate!—se ruborizó, porque él no la miraba con terceras intenciones, sino con


honestidad y puede que un poco de amor.

—Pero es la verdad.—insistió. Quiso acercarse a ella, pero lo rechazó.

—No he terminado. ¿Qué no ves lo difícil que esto es para mi? —lo veía, pero como
solía suceder con todo lo que le trataban de explicar, no lo entendía. ¿Por qué era
necesario desgarrar su alma, remontarse a la niña de su tierna infancia? Si quería
asustarlo, lo único que había logrado era enamorarlo.

Quería estar con ella, definitivamente quería ser quien cuidara de ella.

—Lo reté para que toda la escuela supiera que Jake estaba sobre mi y que yo no
iba a dar mi brazo a torcer. —sonrió con pesadez, al tocar su brazo herido. También
porque a media batalla, se le había metido él en la mente y la piel. Compró los
chocolates ese día para regalarle uno a él. Phoebe ya le había dicho lo que sucedió
en la cafetería. Hasta el cabeza de cepillo la defendía, pero y Arnold

¿Dónde estaba, su Arnold?

—El mensaje fue claro, todos nos preocupamos.—comentó el rubio, buscando sus
ojos, ella lo miró de vuelta. Una expresión entre desapasionada y resignada. Jamás
creyó que vería algo así en ella.

—Excepto yo…

Ella había estado más distraída ensamblando los fragmentos de su torturada alma.
Recordando la cantidad de poemas que le escribió, las veces que lo siguió entre
clases, cómo se colaba en su habitación cuando sus abuelos la dejaban entrar por
la puerta principal y entre un descuido suyo y un acto de gran osadía propio, lo
invadía.

Nunca le robó nada. —aclaró. (aunque omitió decir que ganas no le faltaron)
tampoco le dejó nada. Se sentía estúpidamente feliz con sólo estar ahí, tirada en su

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cuarto. Era su puerto seguro, a los nueve años de edad y cuando sólo quería gritar,
llorar y escapar, ese cuarto con "cielo" era su lugar favorito en el mundo.

Imaginarlo a él, en su serenidad, ambicionar o desear una familia así de ideal.

No era perfecta, sus padres estaban ausentes pero aún así se querían. Podía
reconocer el amor y el afecto que se tenían cuando se veían. En su casa, sólo hubo
lo mismo que reflejaba en la infancia: hostilidad, altanería, violencia.

Y ahora no quedaba, ni eso.

Pensó en el fin de semana romántico, imaginó que él y Lila bailarían a la luz de las
velas en el Chez Paris, ella nunca volvió a ese restaurante, ni a sentir la música o
aquel candor en su corazón, pensaba en todo eso cuando el gran imbécil la abordó.

"Vas a salir conmigo…" —¡Ni siquiera era una pregunta o una invitación! El hijo
de puta le estaba ordenando y aquello la enfureció. ¿¡Qué derecho tenían, de pasar
así de que quién era ella!?

Él, al ignorarla y Cabot al inventarla.

Le dijo que no, que estaba ocupada, lo mejor era que se fuera pero no la escuchó.
Colocó una mano a la altura de su cintura con la otra la tomó por el brazo.

"¡Suéltame!"

Arnold recordaba la escena desde ese punto, estaba con Lila, quien estaba
pensando en ese chico Larry o Barry, no le importaba. La voz de Helga hizo corto
circuito en su mente, fuego líquido, descarga eléctrica, la reacción que tuvo fue la
que ya comentó.

—¿Ahora lo entiendes…?—interrumpió la rubia las cavilaciones de su mente. Él solo


entendía que estaba loca. ¡Se arriesgó tanto, durante tantos años porque tenía la
estúpida idea de que no importaba lo que pasara con ella! ¿¡Cuantos accidentes
pudieron pasarle!? Un auto pudo golpearla, un loco asustarla o un maniaco
secuestrarla.

Sólo era una niña, una niña perdida y asustada. La misma que llegó por si misma a
su primer día de escuela porque sus padres olvidaron llevarla.

Se horrorizó entre más la escuchaba y también la entendió. Comprendía ahora el


amor con que ella y su abuela se abrazaron. Además de las reservas de su abuelo
a tenerla de vuelta.

Phil era más sobre protector con él, era su "hombrecito" le recordaba a su propio
hijo. No que Gertrude no lo quisiera, pero ella era como Helga, es decir que estaba
loca.

—Entiendo que tratas de convencerme de que todo esto es tu culpa, pero no lo es…

—¡No! Arnold, tú no puedes…—Helga volvía a sentir el rostro ardiendo,


amenazando con derramar llanto pero lo reprimió. Evocó una escena más del
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pasado y se convenció de que él, era su enamorado, su amado, por siempre,
Arnold…

En el recuerdo a que hacía referencia, se trataba de Gertrude, fue ella quien le dio
su mano, quien la invitó a pasar a su casa. Ella no entendía ¿Por qué no estaba
llamando a la policía o despertando a Arnold para decirle que su compañera de
escuela era una desquiciada, enferma, acosadora y loca? La anciana le colocó una
toalla sobre los hombros, comenzó a secarla y entre más lo hacía comentó.

"No sé que clase de culpa crees que estás pagando castigándote así, pero no tienes
que hacerlo" "Si no tienes a dónde ir, siéntete libre de venir aquí"

—¿Por qué...?

"No se lo diremos a Arnold, está claro que no quieres que se entere nuestro Arnold,
pero te dará pulmonía si sigues saliendo con este clima"

La abrazó, limpió sus lágrimas, además de sus ropas.

Esa noche, Bob había golpeado a Miriam y a ella le dio tanto pavor tener que
interponerse entre ellos, recibir un golpe o peor aún, tener que abrazar a su madre
después de que se hubiera ido su padre. Lloró hasta quedarse seca, hasta que Phil
se despertó y comenzó a rumiar sobre lo mucho que desde siempre había detestado
al inconsciente de Bob Pataki.

Hicieron un pacto silencioso, le dieron las llaves del salón de lectura. El santuario de
Gertrude, con todos los libros que la salvaron de cometer alguna clase de locura.

Arnold, era el hijo innegable de ambos, ¿Quién sino él podría disculparla por sus
actos?

—Helga, lo que sea que hicieras en el pasado, ya quedó en el pasado. Y lo que


sucedió en la escuela, no tendría por qué haber pasado. Tú le dijiste que no, él
insistió y te besó.

—Hizo más que eso…

—Te hirió…—y eso era algo que él, no podía tolerar. Se levantó de su asiento,
dispuesto a confortarla. —No eras tú y aún ahora creo que no eres tú…

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—¿Qué…? —respondió con voz medio rota. Las lágrimas no salieron de sus ojos,
pero su rostro seguía ardiendo. Él reprimió el impulso de besarla pues si la culpa
pertenecía a alguien, era a él.

—Que me estás dando todas las razones que se te ocurren por las cuales podría
dejarte, debido a que estás cansada de luchar. Has estado peleando contra el
mundo durante tanto tiempo que es lógico que ahora quieras descansar. Entiendo
que tienes miedo, que has esperado, imaginado o deseado tanto lo nuestro que
ahora que es verdadero, temes que se vaya a acabar. Y ese miedo, aunque con
fundamento, no es algo que vaya a pasar.

Te prometo, que no va a pasar. No voy a dejarte escapar. —se acomodó a su lado,


de rodillas frente a ella, tomando su mano izquierda entre las suyas, besó la
superficie, ella se sintió una vez más como la princesa de algún cuento encantado.

—Arnold…

—Dijiste que yo era tuyo, bueno tú eres mía. Y si quieres escuchar las razones por
las cuales podrías dejarme esas son mucho mas breves. ¡Soy un estúpido! Si me
hubiera dado cuenta antes, si te hubiera buscado antes, si te hubiera cortejado y
amado antes, nada de esto se habría suscitado.

"Amado" era la primera vez que él decía que la amaba…—el llanto que estaba
reprimiendo, finalmente escapó. Arnold la atrajo a su rostro, besando sus labios con
recato. Ella dudó al principio pero finalmente se rindió, disfrutaron del beso, de sus
temores, de verse a la cara sin máscaras u otra clase de maldiciones.

—¿Entonces, no estás molesto?—inquirió sin creer que no se hubiera marchado.

—Estoy impactado y molesto, sí, pero con tus padres y mis abuelos. No sé cual de
todos fue mas inconsciente. Tú necesitabas a alguien que estuviera a tu lado.

—Ellos me acompañaron…—comentó refiriéndose a sus abuelos.

—También te ocultaron.

—No estaba lista para dejar salir este lado mío al mundo...

—¿Y lo estás ahora?—inquirió, porque la Helga que estaba rota, era indeciblemente
hermosa: frágil y delicada cual muñeca de porcelana. Pero no era esa la mujer que
amaba.

Helga tenía muchas facetas y todas convergían en la misma asombrosa mujer. La


que le ayudó a superar sus miedos, la que se quedó con él cuando todos los que
decían apoyarlo ya se habían retirado. La que alguna vez lo abofeteó, humilló y
desairó porque su exceso de bondad y patetismo ya la estaban enfermando.

Ella lo levantó alguna vez de sombras, le ayudó a recuperar la confianza en sí


mismo. Y era hasta ahora es que se estaba enterando. Siempre quiso saber, ¿Por
qué estaba ella cuando más la necesitaba? Para darle una palmada en el hombro,
un puntapié, para hacerle olvidar a alguna otra mujer…

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Helga no respondió a su pregunta, comenzaba a quedarse dormida. Este había sido
un día demasiado largo, lo mejor que podían hacer era descansar. Mañana hablaría
con Gerald, ella sin lugar a dudas querría hablar con Phoebe, estaba pendiente el
asunto de Cabot, el cómo lograr protegerla de alguien que estaba claramente,
enfadado, obsesionado y desquiciado.

—Lo que me gustaría, es que te quedaras todas las noches a mi lado…—Dormida,


Helga decía cosas interesantes cuando comenzaba a quedarse dormida.

—Podría ser…—reconoció luego de recostarla en el sillón, la cubrió con las


sábanas, ella sonrió con sorna. Él estaba hablando en serio. No iba a dejarla sola,
así que tenían dos opciones. O ella se mudaba a la Casa de Huéspedes o él
conjuraba un hechizo místico que permitiera que sus abuelos lo dejaran quedarse
con ella.

—También te podría lastimar…—comentó a media voz y con los ojos ya cerrados.

—¿De qué estás hablando?

—Jake…

—¿Te amenazó en sus cartas?

—No…pero creo reconocer el peligro cuando lo veo. —y al comentarlo pensó en su


padre arruinando el bonito rostro de su madre.

Diecisiete años luchando por no convertirse en Miriam Pataki y esto era lo mejor que
lograba. Arnold no entendería. Era dulce que se quedara con ella, que aceptara su
locura y fantasía delirante pero no era eso lo que quería que supiera.

Al final del día, resultaba que no tenía tanta fuerza, no logró confesarse.

Ella no creía que ser el objeto de adoración de un desquiciado fuera consecuencia


obvia de haberlo acosado. El karma no funcionaba así. Te apuñalaba en la cara,
años después de haberle dado la espalda a tu madre.

Cuando escapó de su casa aquel día tormentoso, Miriam gritó su nombre pero ella
no la escuchó. No quería ser parte de todo eso. ¡No quería ver, escuchar, sentir!
Maldita sea, ¿Por qué tenía que sentir? ¿Por qué la maldijeron con un corazón que
se aferraba tanto a sentir? ¿Con una familia que no hacía más que herirla? Y
entonces corrió, hasta quedarse sin fuerzas, hasta volver a estar en el tejado de su
"adorado" el príncipe dormido, el caballero galante que jamás lastimaría a nadie.

—No dejaré que te haga daño.—prometió él, mirándola dormir.

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—Ni yo, que te lastime a ti…—Arnold se sorprendió al escucharla. Pensó que estaba
dormida, pero aún sonaba lúcida y coherente. Tal vez, sólo estaba agotada. Él
tendría que acostumbrarse a esto, ser mucho más paciente porque en su historial,
la que levantaba espadas y luchaba contra dragones era ella y no él.

¿Podría protegerla de Jake Cabot? ¿Cómo demonios iba a lograrlo?

—¿Arnold…?

—¿Sí…?—él ya se había acomodado en el otro sillón, se cubrió con las sábanas


hasta el pecho y el endemoniado gato volvió a hacer su aparición arrastrando una
manta que debía ser suya pues la hizo bolas y en ella se acostó. Marcando el
territorio virgen entre los dos, suponía que si intentaba moverse Mantecado le
arrancaría un brazo así que mejor no lo intentó.

—Prométeme ahora, en este instante, que no vas a dejar que te haga daño...

—Helga…—sus miradas se encontraron. Ya no había temor o inseguridad en la


suya, sólo convicción y súplica. ¿Por qué insistía en que importaban todos, excepto
ella? ¿A caso no veía lo mucho que se preocupaba por ella?

—No te rebajes a su nivel, júrame que no serás como él.

—Lo juro…ahora tú promete que no vas a dejarme fuera de esto. Si tienes algún
otro secreto, quiero saberlo. —Helga huyó de su mirada, es decir que sí había otro
secreto.

—Lo prometo…te lo diré, cuando pueda. ¿Y tú? ¿Tienes algún secreto?

—Te escribí una carta, mientras estaba con mis padres en la selva…

—¿A mi…?

—Y nunca pensaba dártela, pero ahora…te la cambio por tu dolor...

CAPITULO 7

—¿Tu carta por mi dolor…?—inquirió la rubia con voz desapasionada y quizás un


poco molesta. Él tuvo que reprenderse de manera mental y volver a recordarse que

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Helga, estaba acostumbrada a librar sus propias batallas y jamás mostrar su
debilidad.

—No tienes que…—intentó reparar el error pero ella levantó la mano sana en son
de paz.

—Cállate, Arnold. ¡Duérmete ya! —dicho esto se dio la vuelta y cubrió su cuerpo con
la sábana. El suspiró, buscando el apagador de la luz con la mirada. La casa de
Helga era bastante amplia, bellamente decorada pero no transmitía un ápice de calor
de hogar. Debió ser duro, demasiado difícil para ella, vivir siempre a la defensiva,
esperando lo peor de los demás.

Hizo a un lado la sábana que lo cubría, Mantecado abrió un solo ojo y él hubiera
querido patearlo o como mínimo enseñarle el dedo de en medio pero el gato ya
estaba sonriendo. Seguro, que si Helga tenía que elegir, el que dormiría en el baño
o en el patio sería él, así que continuó su camino y se encargó de apagar la luz. De
regreso, ya más relajado tuvo que escudriñar las sombras, no fuera a pisarle la "real"
cola al "amado" gato de su novia. No sucedió eso, lo que pasó es que Mantecado
se subió a su sillón y enroscó su osamenta en el lugar dónde él había estado
posando su cabeza.

—¡Baja! —le ordenó en un susurro.

—Ssss…—el desgraciado, le mostró las garras. Pero bueno, él era un pacifista, no


se iba a pelear con la bola de pelos mas desesperante del mundo, ni con nadie. Así
que hizo lo único lógico y "suicida" que alguien en su situación podría hacer, es decir:
se metió en el sillón con su novia.

—¡¿Ehhhhh?! ¡¿Qué crees…qué…?!—se quejó la rubia, dándole un codazo en las


costillas, él resistió el golpe y de todas formas se acomodó junto a ella. Ya habían
demostrado en la casa de huéspedes que podían compartir el mismo espacio.

—¡Arnold…!—volvió a golpearlo, él la rodeó con sus brazos. ¿Esto era una


canallada? ¿O un abuso de confianza? No lo sabía, pero se sintió feliz de ganarle
en su juego al gato.

—Mantecado me corrió del otro sillón y no pienso dormir en el piso.

—¡Usa una silla, súbete a la mesa, improvisa!

—Eso es lo que hago, aquí cabemos los dos…—le susurró al oído y ella
instantáneamente se relajó. Su aliento en el cuello enviando descargas eléctricas
por todo su cuerpo.

—Intenta lo que sea y te arrancaré los brazos, melenudo.

—¿Intentar? Si la única que tiene pensamientos macabros eres tú…—dicho esto


cerró los ojos y relajó cada uno de sus músculos. ¿Aroma a mango? No, mas bien,
era el aroma natural de su novia inundando sus pulmones, sus manos rodeando su
cintura, el brazo herido de Helga estaba por la parte alta de sus cuerpos, procuró no
moverlo demasiado para no lastimarlo.

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Mantecado permaneció con sus hermosos ojos perfectamente abiertos,
escudriñando las sombras, descifrando misterios en la oscuridad de la noche.

Helga, no soñó con nada nuevo.

Revivió escenas pasadas que la llenaban de vergüenza y algo de tormento, pero la


antigua desesperación que solía consumir sus fuerzas cada que rememoraba esos
eventos, no apareció. El roce de las manos de Arnold, la prisión de su cuerpo, el
calor de tenerlo, la hacía sentir segura, amada y acompañada.

La soledad, que usualmente derrocaba sus fuerzas y aplastaba su espíritu, ya no


estaba. La sintió desprenderse, al igual que todas las otras máscaras. Ella, ya no
era la chica ruda, orgullosa, malditamente atormentada por lo que pudieran decir o
juzgar de ella, porque cierto es que lo primero que aprendió de su padre era aquello
de que "es mejor ser temido que querido" y ella había preferido eso.

Para proteger su corazón, su vulnerabilidad, para salvarse a si misma de terminar


como Miriam.

En algún rincón de su mente aún tenía miedo de mirarse en el espejo y parecerse a


ella. Se dejó crecer los cabellos tanto como solía usarlos su madre, aunque no sabía
bien el por qué.

Eran como un espejo, una de la otra, pero aún así se atrevía a desafiar el destino, a
gritar al viento que era más orgullosa, valerosa y poderosa, que estaba por encima
de cualquier idiota que osara mostrar interés en su piel…

Nadie la tocaría, nadie la humillaría, nadie dejaría una cicatriz tan profunda que
buscaría sanar con alcohol o estupefacientes por el resto de sus días.

El destino, no la alcanzaría.

El karma, jamás la aplastaría.

Eso era lo que se repetía cada vez que jugaba en el campo. Cuando golpeaba la
pelota con todas sus fuerzas y corría como si su vida dependiera de ello, huyendo
de sus demonios, de sí misma, de la historia que según los profesores en materia,
existía para no repetirse.

Arnold la abrazó un poco más fuerte, como si presintiera la batalla que estaba
librando por dentro. A la sensación de su aliento en el cuello siguieron las descargas
eléctricas que se fundieron en la sangre que bombeaba su corazón.

Se sabía segura con él, por primera vez en mucho tiempo, quiso creer que todo
estaría bien.

71
.

Arnold, soñó con las sombras.

Estaba en San Lorenzo, en aquella selva nutrida de árboles y exótica fauna. Sus
pasos lo conducían al volcán que lo vio nacer en una escena similar al ritual que se
llevó a cabo cuando cumplió los catorce años de edad.

Para los "ojos verdes" esa era la edad en que se convertían en adultos y por tanto
paso de ser "niño" a "hombre milagro" le hicieron participar en ritos, bastante
impresionantes y que involucraban pruebas físicas, místicas y de inteligencia.

Todas las superó con creces, granándose el respeto de "su gente" además del amor
y orgullo de sus padres.

Regresando al sueño. Se encontraba solo, sentado en posición de loto ante una


gran fogata, detrás de él se levantaba su tienda fondeada por la frondosa selva.

Se suponía que debía meditar, centrar su cuerpo, su alma y su mente, aislar cada
componente externo hasta que no escuchara, ni el cantar de las aves, el susurro del
río o el crepitar del fuego. Lo fue haciendo de a poco, hasta que lo único que escuchó
fue el sonido relajado de su respiración y los latidos de su corazón...

—/—

SAN LORENZO,
DOS AÑOS Y MEDIO ATRÁS.

Como "niño milagro" se esperaban cosas asombrosas de él. Sus abuelos siempre
estaban diciendo las cosas maravillosas que algún día lograría hacer pero ha decir
verdad, todo en su vida se sentía como seguir las instrucciones de un manual. Era
educado, caballeroso y amable, porque se suponía que lo tenía que ser. Se
involucraba en los problemas de los demás porque decían que era él, quien sabía
mejor que nadie lo que tenían que hacer. Se la pasaba todo el tiempo soñando
despierto porque desde muy pequeño, le dijeron que existía otro lugar al que debía
pertenecer y aunque no era el mejor deportista, el mas arriesgado o el más
ingenioso, nunca le faltó el espíritu de la aventura porque sentía en su sangre que
efectivamente, había más cosas que tenía, podía y debía hacer.

El manual a seguir era muy simple:

72
"Sé la mejor versión posible de ti"

"Ayuda a otros, porque llegará el momento en que te despidas de todos" "Arriésgate,


goza, sufre, ríe, enójate, pero no te dejes gobernar por las emociones, porque tú
fluyes como el fuego. Eres lava ardiente durmiendo en un volcán y si estallas, cosas
terribles pasarán"

Él podía con todo eso, ya era un maestro dominando cada aspecto de ello y
ciertamente pocas personas ponían a prueba su temperamento.

Pocas, por no decir: Helga.

Al pensar en ella pasaban cosas que tenían que ver con los demonios internos de
su naturaleza.

Fuego, lo sentía arder al interior de sus venas, una descarga de energía que no
sabía bien como interpretar porque Helga lo ponía al límite, pero también le hacía
conocer sus limites.

Si lo pensaba con detenimiento. En los meses que pasó con la tribu de los ojos
verdes, aprendiendo sus costumbres y tratando de estrechar lazos con sus padres.
Él sólo se relajaba o enfadaba cuando la recordaba a ella. Y fue sugerencia de Miles,
luego de constantes gritos a mitad de la noche que se sentara al calor de la hoguera,
meditara como los nativos le enseñaron a hacer y se concentrara únicamente en lo
que hacía rabiar o estremecer a su corazón.

Mintió.

Cuando preguntaron ¿Por qué despertaba gritando? bañado en sudor y con el


corazón acelerado. Él sólo dijo que había visto sombras. Soñó con las sombras, más
nunca aclaró que entre ellas, la había visto a ella. Sus cabellos rubios, los ojos
celestes, la tez clara, su dedos delgados, la cintura estrecha, dónde había querido
colocar las manos la ultima vez que se besaron pero no se atrevió.

Miedo.

Era eso lo que carcomía su alma, lo que no le dejaba dormir de la noche al alba, así
que haciendo de tripas corazón y a sabiendas de que regresaría a la mañana
siguiente a Hillwood, obedeció.

Ataviado únicamente con el pantalón de cama, pues su camisa de dormir una vez
más se había pegado a sus formas por el sudor. Salió de su tienda y encendió una
hoguera. No quería más pesadillas, más pensamientos, más recuerdos, ¡más nada!
relacionado con Helga, así que meditó.

Una chica preciosa lo acompañó esa noche. Cabellos negros, piel morena y ojos
verdes que destellaban como luceros.

Ellos se conocieron durante aquella encomienda, se enfrentaron a las mismas


pruebas, tenían la misma edad y los "ojos verdes" no discriminaban entre un hombre
o una mujer. El rito, de manera general servía para convertirlos en guerreros.

73
Hombres y mujeres de gran valía que protegerían los secretos de la tribu y darían la
vida por su pueblo.

Él más que nada se convirtió en estratega. No usó sus músculos para combatir, ni
las herramientas para responder a la violencia. Se valía de su astucia para superar
cada prueba y esto de "Helga" se lo tomó como la ultima de ellas.

Anthea, ya había expresado sus sentimientos. Se sentía atraída por él y aunque le


halagó y sentía exactamente lo mismo (físicamente) rechazó su propuesta. Él no
viajó todos esos kilómetros para conseguirse una novia, lo hizo para afianzar lazos
con sus padres, para estar dónde le dijeron desde niño que debía estar, para
sentirse uno con la naturaleza porque cierto era que había algo que despertaba en
él cuando se sentaba a las faldas del volcán, pero aún así. Como toda fémina que
expresaba interés en él, era perseverante y terca.

No dijeron nada, él adoptó la posición de loto y ella lo imitó, de frente a él con la


hoguera ardiendo entre sus cuerpos. Vestía un conjunto de top y pantalón marrones
que la hacían lucir como alguna ninfa mística del bosque. Cerró los ojos, ignoraba
si ella lo efectuó a la vez pero como sea, se obligó a relajarse y pensar en su mayor
temor.

"El Terror Pataki"

Y al pensar en sus formas: el cuerpo de que niña comenzaba a transformarse en


mujer, la luz de sus ojos con todas esas cosas que él sabía que se moría por decir
pero que nunca más se atrevería a decir. Ese fuego interno que parecía dar vida a
la sangre que corría por sus venas, reaccionó.

—¿A dónde vas….?—preguntó Thea, cuando aclaró las cosas con los demonios
internos de su naturaleza y se levantó comenzando a juntar tierra para apagar la
hoguera. Ella a su vez se incorporó, arrodillándose a su lado, enlazando sus manos
una vez el fuego se hubiera apagado. Podía ver, gracias al resplandor de la luna y
la inmensidad de la noche una flama de pasión y deseo similares a los propios
ardiendo en sus ojos, pero aunque era preciosa. (con Dios de testigo que era una
de las mujeres más hermosas que había visto en su vida) él, no la siguió.

Lo invitó a pasar la noche en su tienda. Ante sus padres y la tribu de los "ojos verdes"
ya eran adultos, podían enlazar sus destinos, ser el uno del otro y a pesar de que
entendía lo que le ofrecía y su cuerpo lo quería, el corazón no lo sintió correcto y por
tanto no cedió.

Se encerró en su tienda, encendió una vela y escribió una carta.

Todo lo que le quería decir, todo lo que le hacía sentir, todo lo que por cuatro meses
no lo dejó dormir, lo expresó en letras. Nunca las diría en alto, jamás volvería a
leerlas, eso se lo prometió a sí mismo pues cuando concluyó, la dobló en cuatro,
anotó sus iniciales como todo nombre y la selló con cera.

"H.G.P"

74
—/—

Regresando al inicio y a su sueño. Él meditaba de nuevo, en total soledad, de frente


a la misma hoguera. Ya no había dudas en su corazón. Decidió a quién quería en
su corazón pero ahora necesitaba volver a ser lo que fue.

El guerrero, el estratega, el por algunos llamado. "Hombre milagro"

Era ya bastante entrada la mañana cuando ambos se levantaron, él abrió los ojos y
encontró la mirada intensa de ella. No decía nada, no se movía, pero lo miraba.
Hubo una discreta sonrisa en su cara cuando lo vio despertarse, él la correspondió.
Y hubiera sido maravilloso besar sus labios con devoción pero escucharon unos
cuantos golpes contra la puerta y eso los puso alerta.

Arnold se levantó primero, Mantecado ya estaba arañando y rumiando contra la


puerta. La persona al otro lado lo llamó con afecto.

—No te pongas así, Soy Phoebe…—la sangre se les congeló en el interior de las
venas a ambos. La pelinegra insistió, llamando ahora a Helga.

—¿Está todo bien ahí dentro? Nunca respondiste mis llamadas o mensajes de texto
y hay vidrios en tu pórtico. ¡Dios, mío! ¿Qué le pasó a tu ventana? —Helga le pidió
que no se moviera con un leve susurro, de nada serviría esconderse de Heyerdahl,
más que nada porque Gerald ya lo sabía y el rubio le pondría un altar a su mejor
amigo por haber protegido su secreto la noche entera. Pataki se apresuró a medio
acomodar sus cabellos y responderle a su amiga a voz en grito.

—¡Espera un segundo! No encuentro las llaves.

—Siempre las dejas detrás del televisor…

—¡Ya lo sé, Bob! —Phoebe soltó una risita, Mantecado rumio más, al parecer estaba
decidido a ser quien diera la exclusiva sobre las visitas indeseables en casa. Una
vez la llave entrara al cerrojo y la puerta se abriera, la bola con pelos escaló al regazo
de la morena, Phoebe se distrajo un poco con eso, cerró la puerta por detrás de su
cuerpo, después vio a su mejor amiga y por ultimo….se quedó de piedra.

—Oh…—dos cabezas rubias la miraban a los ojos con gestos avergonzados y


culposos, y aunque había evidencia de un campamento improvisado en la sala, se
obligó a sí misma a ser paciente y esperar una explicación. Los cabellos sueltos de
ambos no mentían, las ropas de cama tampoco, las sábanas estaban tiradas entre
ambos sillones, una almohada parecía haber sido usada por Mantecado, la otra
estaba en el sillón mas largo, el control remoto igualmente descansaba en el piso,
no había calzado a la vista o demás prendas que despertaran sospechas.
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—¿Sucedió algo aquí de lo que me debería preocupar a largo plazo?—ambos
negaron, aunque sus rostros se sonrojaron.

—¿Tiene que ver con lo que le pasó a tu pórtico y a la ventana?—ambos asintieron,


como chicos de tres años, atrapados con golosinas en la mano.

—¿Él es la razón de que no me respondieras una sola llamada?—Helga asintió,


avergonzada, sumamente culpable por haber dejado de lado a su mejor amiga y
como Phoebe la conocía y disfrutaba un poco con la tortura china, bajo al gato y
espetó.

—¡Toma tus cosas Mantecado, nos vamos! ¡Este lugar ya no es apto para criar a un
gato! —el peludo corrió por la sala en dirección de la cocina, tomó su tazón de
croquetas con la boca y siguió a la morena.

—¡E…espera, Phoebe…! ¡Mantecado…!—el gato, ni la miró se enroscó a los pies


de Phoebe quien simplemente cruzó los brazos a la altura del pecho y agregó.

—Helga, me has…decepcionado.

—¡No pasó nada! —se defendió.

—Pasó mucho por lo que puedo ver, dime si no durmieron en la sala o si Arnold no
trae el pants deportivo que te compró Bob y por el cual bramaste como loca durante
horas porque tu padre cree que eres tan gorda como una vaca…

—¡Puedo explicarlo!—insistió.

—Te doy veinte segundos…—la morena fingió tomar el tiempo mirando su reloj de
pulsera. Arnold no sabía si meterse en la línea de fuego o correr escaleras arriba y
volver a ponerse su ropa.

—Phoebe, por favor…—suplicó.

—Diecisiete, dieciséis…—comentó sin despegar la vista del reloj, luego volvió a


mirar a la rubia y enfatizó. —de acuerdo, sólo responde dos cosas y quedamos a
mano.

—Lo que quieras.

—¿Te rompiste la muñeca?

—No…—la culpa se le escurrió por los pies y descargó un suave escalofrío en su


espina dorsal. Claro que lo más importante para su amiga, no era la presencia de
Arnold en su sala, sino la muñequera que saltaba a la vista sin importar quien la
viera, acarició la maldita cosa que seguía en su sitio y al hacerlo sintió un hormigueo
que se extendió por el brazo completo. Phoebe lo notó, pero aún así prosiguió.

—¿Arnold y tú…?

—¡N…nosotros…estamos juntos…!—contestó el rubio y después se atoró un poco


con las palabras. —Quiero decir, que después de que salimos de la escuela, me di
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cuenta de lo mucho que me importa Helga y de que no quería…que la besara o
fastidiara otra vez, el idiota de Cabot...

—Ajá…—comentó la asiática con las gafas ligeramente empañadas y una sonrisa


ladina en el rostro. —¿Desde que salimos de la escuela hasta el momento de ahora,
tú no encontraste un solo momento en el cual pudieras hacerme una llamada?—
Helga se ruborizó por completo, estaba por tirarse a los pies de su amiga y suplicar
perdón. Mantecado ya estaba tratando de abrir la puerta, le dijeron que se iban, así
que él ya se iba, por la puerta grande, como los humanos cuando hacían de las
suyas.

—¡Es que no podía decírtelo por teléfono o mensaje de texto! ¡Es Arnold! ¡El que
dijo que le gusto y que quería estar conmigo es Arnold! No Stinky, Brainy, Eugene o
Alan ¡Tenía que decírtelo en persona, debes creerme, hermana…!—la
desesperación en su tono de voz era todo lo que necesitaba Phoebe para corroborar
que estaba siendo sincera. Se soltó a reír mientras abrazaba a su amiga y le
aclaraba que todo estaba como siempre. Arnold por su parte anotó los nombres de
los susodichos en su cabeza. ¿Todos ellos habían expresado su interés en
Helga? Sabía de Stinky, de hecho tenía entendido que su primer novio había sido
Stinky, ¿Pero, los demás? Brainy era su acosador personal…

—¿Eugene, no era gay? —preguntó en alto sacando a las féminas de su abrazo. —


Phoebe y Helga lo miraron como si le hubiera salido otra cabeza y después
rompieron a reír a mandíbula suelta.

—Es bisexual y no te traumes demasiado por eso, ¿Quieres?—sugirió la rubia, pero


la morena vio una oportunidad y la utilizó.

—No le mientas Helga, como hemos sido amigos durante toda la vida seré honesta
contigo, Shortman…—Heyerdahl, lo miró a los ojos, sus anteojos brillando con un
nuevo matiz de seriedad o maldad.

—¡Phoebe, no lo hagas…!—suplicó Helga tirando del brazo diestro de su amiga,


Phoebe sonrió mínimamente, la apartó con suavidad y continuó hablando.

—Tengo que hacerlo, es el mejor amigo de mi novio y además, no me es indiferente


del todo…

—¿Qué…?—se atrevió a preguntar él, mientras la pequeña asiática le guiñaba un


ojo. Phoebe era linda, no "linda, linda" pero linda, sus mejillas se colorearon.

—Te lo voy a decir una única vez así que mas te vale poner atención…—como mejor
amiga de la buscapleitos número uno de su escuela, Phoebe conocía el sutil arte de
la intimidación. No solía utilizarlo, claro. Ella era más elegante y sofisticada que eso.
Se bastaba de su inteligencia para derrotar a sus enemigos y Helga era una pieza
importante en su vida, era su Reina (porque siempre renegaba de ser Princesa) pero
era todo lo que por mejor amiga tenía, así que debía protegerla. Se aproximó a
Arnold, como si fuera a compartirle el más íntimo de los secretos y susurró a su
oído.—Todos menos Alan, tuvieron su oportunidad con Helga y la desperdiciaron,
trátala mal y voy a encargarme de que él sea el caballero de cuento encantado que
mi querida amiga cree que ve en ti.

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Te dejará tan mal parado que no quedará de ti, ni un recuerdo. ¿Y sabes cómo voy
a conseguir eso? Dándole mi apoyo al ciento por ciento. Soy prácticamente su
hermana, además de la chica más inteligente de la escuela, que no se te olvide que
podría destruir tu vida, si te atreves a herirla. —terminado el discurso besó su mejilla.
Un beso helado que se le antojó a él como el beso de la muerte.

Helga miró el espectáculo recordando la amenaza de muerte que le había susurrado


a "Geraldo" cuando osó pedirle a Phoebe que se convirtiera en su "esposa" la
pequeña descabellada había dicho que sí.

...Y toda la escuela estalló en aplausos y vítores, todos menos ella, claro está. Ella
permaneció en las sombras, detrás de una planta junto al baño de los caballeros y
esperó a que el Cabeza de Cepillo decidiera ir a deshacerse del "miedo"

Lo interceptó antes de que sacara a su amiguito del pantalón, (no quería traumas
futuros, aunque le hacía ilusión que mojara su entrepierna) le colocó una mano a la
altura del cuello, cortándole la respiración mientras gritaba a todo palurdo que
estuviera en el baño que saliera por la puerta grande o se preparara para el show.
Tres hombrecitos corrieron, dos con las prendas a medio colocar y uno con la
mercancía al aire, ella se ordenó no perder los papeles, Phoebe era más importante
que el trasero de nadie...

Suspiró por los viejos y buenos momentos, Arnold ya estaba más pálido que la parca
y su amiga, más sonriente que una serpiente.

Adoraba a su hermana.

—De acuerdo, antes de que te los encabezados del periódico, ¿Puedo saber a que
se debe el honor de tu visita? ¿No es hoy el gran fin de semana romántico? —
Phoebe acomodó sus gafas y jaló una silla de la mesa pues no le apetecía sentarse
en el sillón. Helga roló los ojos, comenzó a levantar las sábanas y almohadas
mientras gesticulaba en dirección de ella:

"que no hicimos nada"

"tendrás que conseguir otra sala, si pretendes que me siente como si nada"

Respondió su amiga, gesticulando de la misma manera. Tenían su propio idioma,


cosa que fastidiaba a Gerald y que próximamente fastidiaría a Arnold, al tirar de una
sábana rebelde, su mano volvió a doler así que siseó de dolor y Shortman salió de
su estupor.

—¿Estás bien…?—preguntó acercándose a su novia.

—¡Odio esta maldita cosa!—se quejó, golpeando su muñeca contra el piso.

—No deberías…—sugirió el rubio, ella lo mandó a callar con un juramento.

—¡Sé perfectamente bien lo que debería o no hacer, Arnoldo! —él suspiró e intentó
conciliar desde otro ángulo.

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—Platica con Phoebe, yo arreglo la sala y voy por mis…cosas…—el rubor fue
imposible de ocultar en el rostro de ambos. Heyerdahl sintió el impulso de tomar una
foto, llamar a su novio y contárselo todo, pero él era la razón de que estuviera ahí,
molestando a su mejor amiga en el fin de semana romántico.

—Se trata de Gerald…—anunció como si no hubiera habido interrupción. Helga se


olvidó de Arnold, porque resultaba fácil olvidar que llevabas como doce horas de
vida con novio cuando tenías trece años de ser la mejor amiga de alguien.

—¿¡Ese gusano se atrevió a dejarte!? ¿¡Voy a tener que matarlo!? —inquirió


levantando el puño que la hizo retorcer de dolor mal disimulado hasta que le lloraron
los ojos. Arnold suspiró de nuevo, dobló las sábanas, juntó las almohadas y buscó
al gato asesino pero ya se había escapado...subió escaleras arriba, esperanzado de
caer de nuevo.

—Primero estaba muy emocionado—continuó narrando Phoebe. —toda la semana


habló de eso…

—Ahórrate los detalles de "eso" ¿Quieres…?—comentó Helga, buscando en las


alacenas superiores algo para preparar de desayuno. Encontró carne seca y tenía
huevos en la nevera. Sería un desayuno campesino, a Arnold le gustaba lo
"campesino" —pensó para sus adentros, destruyendo un inocente huevo en el
interior de la mano vendada.

—¡Helga! —Phoebe miró lo que hacía, se levantó de inmediato buscando un trapo


limpio, la llevó al lavabo para atender su mano. —Tienes que tener más cuidado, sé
que no estás acostumbrada a usar la mano izquierda, pero…

—Sólo fue un accidente, ¿Si…?

—¿Esos accidentes han sido frecuentes? —le quitó la muñequera y comenzó a


levantar las vendas, su mano aún estaba inflamada y el dolor, era evidente que
seguía siendo materia constante.

—Escucha, cuando salimos de la escuela fuimos directo a la casa de huéspedes,


me encontré con Gertrude y me puse algo histérica, lloré como bebé hasta
quedarme dormida, luego resulta que estaba con Arnold y él estaba algo sensiblero,
se disculpó por haberse tardado en reaccionar tanto…

—¿Ves? ¿Te dije que había motivos!

—Fueron más que motivos, dijo que en ese instante se dio cuenta, de lo mucho que
me quería…—Phoebe reprimió un gritito de emoción, Helga se puso más roja que
una granada y continuó explicando. —Yo no lo creía, pero él insistió, luego nos
besamos y todo se salió de control…

—¿Dices que no estás feliz con su relación?

—¡NO! Sólo que…¡No sé como manejarlo! ¡No sé si la receta mágica de la felicidad


es la completa sinceridad o la ausencia de ella! ¡No sé si lo que llevó a mis padres
a la destrucción fue la verdad o el silencio!

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—Tranquila…—Phoebe, entendía sus temores y le hubiera gustado abrazarla, pero
respetaba su espacio. Buscó otra toalla para secarla, luego de haber limpiado y
examinado su mano, se veía bien, el daño profundo sin lugar a dudas debía ser
interno. —…Sabes que Gerald y yo nos contamos prácticamente todo, por eso es
que estoy aquí.

—Lo siento, te interrumpí…

—No importa, como te decía Gerald parecía muy emocionado antes, luego me llamó
a las nueve de la noche y canceló nuestra cita. Dijo que no podía explicarme ahora,
que surgió un imprevisto, pero no se me ocurre nada que…—Helga percibió un poco
de temor en el tono de voz de su amiga y se obligó a ser fría, sincera y lógica.

—Sabes que aunque deteste al Cabeza de Cepillo y siga creyendo que es muy poca
cosa para ti. Él te quiere en serio, no te lastimaría a propósito o yo cumpliría mi
palabra de sacarle la espina dorsal por la boca. —Phoebe sonrió. Debió agregar un
detalle de esos a la amenaza que le soltó a Shortman. —Si fuera el de antes, te diría
que seguramente cometió alguna estupidez como darle chocolates a otra chica al
mismo tiempo que a ti, pero Gerald ya no es así.

—¿Estás segura?

—¿Crees que he dejado de vigilarlo? Sólo tiene ojos para ti. No hay ninguna
atrevida, aparte de las fans locas que lo siguen en el baloncesto pero eso se
soluciona cuando el idiota dice por el micrófono "la plata que ganamos hoy, va por
mi chica" —Phoebe se sonrojó y reconoció que eso era cierto. —Eres su chica, él
está orgulloso de hacerle saber a todos en nuestra escuela que tiene algo serio con
el cerebrito, número uno en todo el estado, Heyerdahl.

—Tienes razón.

—Pero si estás preocupada por él, vamos a verlo…

—¿¡De verdad!?—esa era la verdadera razón de que fuera a buscarla. No tenía el


valor de ir a buscarlo, sola.

—Dame unos…veinte minutos para ducharme.—normalmente serían diez, pero con


la mano herida…

—De acuerdo, pero…—la mirada en su amiga una vez más cambio.

—¿Pero…?

—¿Si yo no hubiera llegado…los dos se habrían bañado…?—Arnold escogió ese


momento para regresar a la sala, escuchó sus palabras y volvió a caer por los
últimos tres escalones. Mantecado que sigilosamente lo había estado siguiendo lo
disfrutó, se subió a su cabeza cuando aterrizó. Phoebe se sorprendió por el golpe y
corrió a auxiliarlo, Helga ni se inmutó.

—¡Santo Dios! ¿Estás bien…?—preguntó la asiática dispuesta a levantarlo.

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—Está bien, así es como baja mis escaleras. —respondió la otra para molestia de
su novio.

—Que graciosa…

—Es la verdad…—Arnold ya llevaba sus ropas puestas, además del celular que se
quedó sin batería y por tanto no tenía manera de saber si alguien lo había estado
tratando de localizar.

—Toma el cargador del mío, debe estar en mi escritorio pero creo que sería mejor
si Phoebe te lo alcanza…

—Esperaré en la sala…—la pequeña Heyerdahl disfrutó la incomodidad de ambos,


escoltó a su amiga mientras el chico con cabeza de balón, encendía el televisor y
navegaba entre canales hasta encontrar algo entretenido.

—No respondiste mi pregunta, Helga…—insistió Phoebe, pues la rubia había


requerido asistencia para quitarse su maldito sostén deportivo.

—¡Claro que no! ¡Si no hubieras llegado, el cabezón se regresaba a su casa y yo te


llamaba para que vinieras a ayudarme!

—Ajá…—pronunció en un tono tan desapasionado que denotaba todo, menos que


le estaba creyendo.

—¡Es la verdad! ¡Cuando me trajo a casa encontramos los vidrios en el pórtico, luego
la ventana de mi alcoba rota y su paranoia aunada al espíritu de gran Samaritano le
impidieron volver a su casa.

—Te creo, sólo me estoy divirtiendo con esto.

—¡Phoebe!

—¿Qué? He esperado más de siete años a que suceda esto ¡Déjame


disfrutarlo…!—Helga tomó su toalla además de ropas y se encerró en el baño. La
morena buscó el cargador que estaba donde dijo, además del celular de su amiga,
traía su propio cargador en el bolso, supuso que apreciaría el detalle. Volvió a la
sala donde Arnold estaba aún incómodo, intercambiando miradas letales con
Mantecado.

—¿Entonces…?—cuestionó ofreciéndole el cargador.

—Te juro que lo único que hicimos durante toda la noche fue platicar.

—¿Sólo eso…?—Mantecado rumió, maullando como loco.

—De acuerdo, nos besamos unas cuantas veces…—reconoció luego de conectar y


encender su teléfono. No había llamadas perdidas o mensajes nuevos. Eso lo
tranquilizó.

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—¿Y que más…?—Phoebe conectó a la corriente el teléfono de la rubia pero no lo
encendió. Ella, pensó Arnold le daba un nuevo significado a la palabra "intimidación,
él estaba por confesar hasta cuantas veces fue al baño pero en su defecto comentó.

—Le dije que la amo, porque es cierto. Y eso de la ventana y el foco de la entrada,
sé que fue obra de Jake.

—¿Lo sabes? —él asintió. Pensando en si debía decirle la verdad a Phoebe o


esperar a que se enterara por sí misma. ¿Cuál era el protocolo para la novia de tu
mejor amigo? Gerald había protegido a Helga dos veces en el pasado, suponía que
el silencio era una forma de proteger a Phoebe, eso pensaba Gerald pero él no lo
creía así.

Los secretos impidieron que él y Helga estuvieran juntos hacía tanto…

—Si, lo sé. Pero creo que no soy yo quien debería decírtelo.

—¿A qué te refieres…? —escucharon ruidos en la parte de arriba y ella quiso


apresurarse por si la necesitaba su amiga. —¿La atendió un médico, cierto? ¿Qué
fue lo que dijo?

—Debe cambiar las vendas y ponerse una curación para desinflamar el músculo.

—¿La tienes?

—Debió quedarse en su bolso…—Phoebe buscó entre las cosas de Helga, encontró


lo que buscaba, además de la prescripción médica.

—Gracias por hacer todo esto, Arnold. —comentó antes de ir escaleras arriba.

—No has preguntado una sola vez por sus padres, así que asumiré que ya sabías
que estaba sola.

—Si, y como charlaron toda la noche voy a suponer que estás al tanto de lo delicado
de la situación.

—¿Existe alguna posibilidad de que alguien más lo supiera? —preguntó recordando


la silueta que creyó haber visto en el patio.

—¿Alguien como Jake?—inquirió y pensó la respuesta en lo que Helga parecía estar


peleando con el agua del baño. —Un poco de hackeo en la red y te darías cuenta
de que los pagos de servicios se hacen por transferencia electrónica, las compras
las hace Helga con tarjeta de débito, la gente del pueblo ya estaba acostumbrada a
verla solo a ella. Su madre no solía ir al mercado pero le daba una lista detallada,
probablemente noten que no está comprando como antes, pero lejos de eso…

—¿Qué pasó con la línea de teléfono?

—No lo sé exactamente, Helga dice que Bob decidió cancelarla porque ninguno de
los dos la usaba. Aunque ahora que lo mencionas, me parece raro que Bob
cancelara…

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—¿Por qué?

—Los teléfonos celulares destruyeron su negocio, así fuera sólo para fastidiar a
Helga, Bob optaría por llamar al teléfono fijo…—Helga llamó a Phoebe, la morena
se disculpó y corrió escaleras arriba. Él se acercó al teléfono, el cable estaba
desconectado. Helga lo desconectó

¿Por qué haría algo como eso?

La única razón que se le ocurrió, es que estaba recibiendo llamadas indeseadas.

"...Si tú hubieras leído las cartas obscenas que me escribió..."

¿Y si no se limitaba a escribirle? ¿Si consiguió su teléfono fijo? Como hijo de un


oficial de policía asumía que sería bastante sencillo.

Le marcó a Gerald.

—¡Hey! Si estás despierto, hombre con suerte…—saludó efusivamente el moreno.

—Cállate, Gerald.

—Qué genio, cualquiera diría que después de…

—Sólo hablamos, —interrumpió.

—Pfft, con razón tienes ese humor.

—¡Basta! Phoebe está aquí, te apuesto mil dólares a que convencerá a Helga de ir
a buscarte a tu casa.

—¿Qué? ¡No viejo! No puedes…

—¿Qué quieres que les diga? ¿Sabes que Phoebe puede soltar amenazas peor que
"El Padrino"

—Oh, te tocó esa cosa de "Lastima a mi hermana y te sacaré la espina dorsal por la
boca"

—A mi me amenazaron con destruir la totalidad de mi existencia sobre el planeta.

—Esa es mi chica.

—Bueno, quieras o no debemos charlar todos.

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—¡¿Por qué?!—inquirió comenzando a ponerse nervioso. Los golpes en su cara no
habían sido muchos pero aún se notaban, se veía como el saco de boxeo de
Pacquiao.

—Porque estamos involucrados todos. Tú, ya te metiste hasta las narices y anoche
creo haber visto una silueta observándonos por la ventana de su cuarto...

—¿Su cuarto?! ¿Qué no cerraron las...?

—¡QUE NO ME ACOSTÉ CON ELLA!

—¡Pues deberías, maldito amargado!

—¡GERALD!

—Oh, vamos, es tu primer novia. Tengo que sangrarte por esto.

—No es mi primer...

—Lo es...tú lo sabes, Helga lo sabe, Dios lo sabe...

—Tú no eres...

—Gracias, hermano. Me parezco pero acepto que no soy Dios. —Arnold bufó,
aunque ya no sabía ni porqué se molestaba por esto.—¿Algo más?

—Sí, ¿Qué tan fácil es conseguir el número telefónico de alguien?

—¿Por qué preguntas?

—Curiosidad, para los hijos de oficiales de policía, ¿Qué tan difícil es?

—Depende que tan cercano seas a tu viejo o que tanto aspires a seguir los pasos
de él... Mi padre nos enseñó hace años, mi hermano le sacó más jugo que yo.

—¿Por qué?

—Esas cosas de C.S.I, no son lo mío. ¿Te veo al rato?

—Sabes que si, no me perdería tu funeral.

—¿Tan mal crees que me va a ir?

—Escuché que Phoebe cree que le cancelaste por otra chica...

—¿¡QUE!?

—Helga te defendió...

—¡DIOS...! ¡Primero, yo la defiendo a ella, luego ustedes se hacen novios, ahora


ella me defiende a mi! ¿Es el fin del mundo y no me enteré?

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—Sí, no le digas a Phoebe que ya "sabías" no se tomó nada bien el no tener la
exclusiva y no creo que sea el fin del mundo, tal vez solo sea...

"Es la maldición Arnold, la maldición"

Evocó las palabras de su abuelo y un mal sabor de boca se instaló en sus labios.

CAPITULO 8

Helga y Phoebe regresaron a la planta baja en busca de Arnold, el rubio no se


encontraba donde la morena lo había dejado y eso llamó la atención de la otra,
revisaron a conciencia desde su posición el amplio espacio que se abría a su
alrededor. Paredes con cuadros que daban la espalda, papel tapiz neutro y con
algunos motivos florales que por el paso del tiempo ya se estaban desdibujando, los
sillones seguían siendo los mismos de siempre, la alfombra bajo la mesita de centro
también pero ahora que los miraba pensaba en él…

Sus mejillas se colorearon, sintió las rodillas temblar y algo como su niña interna de
uniceja y coletas desprendiéndose de su centro, revoloteando por la sala gritando y
bailando. "¡ES MÍO! ¡POR FIN LO LOGRÉ! ¡LO TUVE ENTRE MIS BRAZOS UNA
NOCHE ENTERA Y ES MÍO!" esa niña pequeña andaba saltando de sillón en sillón
mientras Phoebe encontraba a Mantecado mirando fijamente la puerta, como si
quisiera evitar que la misma se abriera y sonrió, a la vez que caminaba resuelta
hacia él.

—¿Qué estás haciendo travieso? —el minino evadió la pregunta, cambiando de


posición y lamiendo su pata diestra. "Aquí casual, tomando una ducha en la entrada.
¿Tú que tal? ¿Nuevas gafas?" sus ojos verdes la evaluaron minuciosamente,
Phoebe se inclinó dispuesta a abrazarlo pero el ágil caballero peludo escapó entre
sus piernas y se perdió escaleras arriba.

Segundos después se escucharon unos suaves golpes contra la madera.

—¿Helga…?—la rubia salió de su trance, luego de verse a sí misma de nueve años


arrojando pétalos por todos lados y aspirando el perfume de Arnold que
posiblemente quedara adherido a las telas del sillón. Se reprendió de manera
interna, aunque cierto desliz se le debía permitir luego de diez años de dedicación e
insana obsesión…Tendría que visitar al psicólogo escolar algún día, aunque por
ahora se conformaría con acercarse a sus amigos luego de que Heyerdahl abriera
la puerta para que entrara Arnold con cara de vergüenza.
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—¿Se te olvidó algo, cabezón?—preguntó con los brazos cruzados al frente porque
honestamente se le hacía de muy mal gusto que saliera por la puerta grande sin
despedirse.

—No se me olvidó nada porque no pensaba irme, Helga.

—¿Y que hacías afuera?—inquirió con una nueva inflexión en la voz. Phoebe
decidió salir de la línea de fuego y disfrutar el show detrás de la barra de la cocina.
Arnold miraba el piso y no a Helga, quien obviamente se molestó más por ese hecho.

—¿Dónde está?—preguntó aún sin mirarla

—¿El qué?—respondió sintiendo como comenzaba a hervirle la sangre por dentro.


Lo adoraba y todo, pero en serio que a veces le daban ganas de volver a golpearlo
por ser tan tarado.

—¡Tu gato me dejó afuera!

—¿¡QUÉ!?—gritó la rubia como si hablara de que la luna era de queso o que el


"hombre paloma" era ciento por ciento verdadero.

—Lo que oíste. —respondió mirándola por un momento para después dirigir sus
pasos a la escalera. Esa bola de pelos tenía que estar arriba, lo que estaba perfecto
porque el baño también estaba ahí y él iba a arrojarle un balde de agua helada. En
alguna ocasión leyó que los gatos odiaban el agua, ese pequeño aprendería. Helga
presintió sus intenciones o quizás solo estaba furiosa porque pensó que él era la
clase de hombre que se va después de…dormir con su chica.

Pataki le cerró el paso, Phoebe abrió una bolsa de patatas fritas que encontró en la
alacena de arriba.

—¿Oí que estás culpando a Mantecado?

—¡Eso fue lo que pasó!

—Es un gato: cuatro patas, cola, orejas puntiagudas. ¿Quieres que te dibuje un
esquema o qué?—Arnold roló los ojos, sintiendo exactamente lo mismo que ella:
que la sangre le hervía y que esa mujer era la única en el mundo que lo hacía perder
el control. Respiró hondo, como le enseñaron a hacer los nativos para mantener la
calma y después se explicó.

—Fui a la cocina a buscar la caja dónde tienes los focos, encontré uno y pensé en
cambiar el que se rompió en tu pórtico. Estaba haciendo eso, levantando los vidrios
y arrojándolos en el depósito de la basura cuando tu gato me cerró.

—¿Cómo sabes que fue él y no el viento? —preguntó acercándose de más a su


cuerpo. Un acto reflejo de años de peleas en el pasillo de la escuela.

—No había viento y además lo escuché.—él imitó la postura, quizás sujeto a la


misma predisposición.

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Phoebe que los conocía de siempre y que había atestiguado más de uno de sus
encuentros, encontró interesantes las diferencias de entonces a ahora. Ya no había
temor en los ojos de su amiga. (lo dijo bien porque regularmente Helga disfrazaba
la pasión que sentía por él con esa furia desmedida, pero era tan arrebatada en sus
actos que las más de las veces tenía temor de perder los papeles y sucumbir a la
tentación de besarlo) Siempre que peleaban ella quería besarlo. ¡Hacer que usara
su boca para algo más que decirle lo mucho que lo sacaba de quicio! Lo mal que
creía que estaba de la cabeza o lo equivocada que se encontraba en sus
argumentos. Por su parte, Arnold ya no la veía como a cualquier persona, no había
seriedad e indiferencia en su mirar, la veía con disfrute, de hecho ella estaba
dispuesta a apostar a que el rubio por fin estaba coladito de amor por su amiga.

—Claro, Mantecado es tan inteligente que en nuestra primer semana juntos le


enseñé a imitar una risa macabra, también hace malabares con cuchillos y oculta
una granada de humo en el tazón de croquetas.

—Muy graciosa…—respondió filoso, casi por encima de ella. La diferencia de


estaturas tan mínima ahora, que ha decir verdad, gozaría el momento en que fuera
más alto que ella. De momento sus alientos se mezclaban, las manos picaban, los
ojos evaluándose con descaro. Helga dibujó una sonrisa de superioridad. Él sintió
el impulso de reclamar sus labios.

—Lo sé, es un don…—Arnold levantó el cuello y besó su boca. Phoebe casi se


ahoga con una patata y se dio golpecitos contra el pecho a medida que se escurría
de la barra hasta alcanzar el piso porque claro, ella no era una fisgona.

Bueno, sí.

Pero, no...

Los novios se separaron tan abruptamente como se habían juntado. Arnold le


susurró a Helga que "ese" era su verdadero Don, ella se puso roja hasta las orejas
y él terminó la pelea argumentando que escuchó al gato "sisear"

—Las serpientes sisean, no los gatos.

—Lo que sea que haga tu gato para señalar su desprecio, sé que fue él porque me
detesta.

—Claro que lo hace, estás robando la atención de su única fuente de techo y comida.

—¿Entonces me crees?

—Creo que no te irías sin decir adiós…—Arnold tomó sus manos en el interior de
las suyas, teniendo especial cuidado de no lastimarla. Disfrutó la mirada que le
dedicaba ahora, lucía tan femenina y adorable que no entendía dónde podía existir
esa niña furiosa de antes.

—No lo haría…—respondió de inmediato. —Es decir, no después de…—Helga


presionó sus manos, el rubor de su rostro dando paso a otro tipo de sensación,
¿adrenalina?, ¿deseo?, ¿la necesidad de tenderse con él en el sillón de su sala otra

87
vez? los ojos de Arnold parecían comprender lo que sin voz decía, más sin embargo
no era una mirada promiscua, descarada u obscena la que le obsequiaba.

Ellos estaban por encima de eso, lo que compartían era más grande que el sexo.

—Sé que no te irías después de eso…—cerró los ojos e inclinó el rostro dispuesta
a recibir otro beso pero entonces otra personita los interrumpió.

—¡¿E.S.O…?! —gritó Phoebe que había pasado de la barra a esconderse en el


lateral del sillón. Quería escuchar lo que decían. (Sí, tantos años siendo la secuaz
de Helga, de acompañarla en las sombras para perseguir a dónde fuera que el rubio
se metiera, le dejó sus propias secuelas y no pudo aguantar más)

Arnold soltó sus manos y se alejó lo más posible de Helga, sus rostros sonrojados
no dejaban una sola cosa a la imaginación, tampoco el beso recién compartido que
en el caso de ella, le había dejado el labio inferior ligeramente inflamado. Shortman
gustó en esta ocasión de morderle la boca. "Helga Pataki lo volvía loco, loco, loco,
cuando se ponía así de insufrible y necia, tanto que él quería demostrar que podía
con toda esa locura y terquedad desbordante" Phoebe que para estas alturas había
pasado del color normal de su piel a uno mucho más pálido demandaba respuestas
que ninguno de los dos se mostró dispuesto a otorgar.

—¡Lo sabía, Helga me mentiste! ¡Vámonos Mantecado! —el gato bajó como un rayo
de luz dorada y trepó por las piernas de la asiática hasta alcanzar su regazo. Phoebe
giró con dramatismo dispuesta a salir de la casa o comenzar a ser sobornada.

—¡Te compensaré! ¡Soportaré a tu estúpido novio toda la tarde sin decirle una
palabra ofensiva!

—¿Que hay de los apodos?

—Lo llamaré por su nombre, hasta seré dulce, tierna y amable, le diré lo "apuesto"
que se ha puesto con el pasar de los años…—la ultima parte le dio escalofríos pero
los disimuló bastante bien. Phoebe se mostró de acuerdo pero aún así no soltó a
Mantecado.

Si había un loco atacando la casa donde vivían, no quería que se quedara a solas,
le acarició la barriga y el peludo bigotón se derritió entre sus brazos. Se hacía un
poco tarde, lo mejor sería apresurarse.

—¿Ya están listos o van a comer algo?

—La mamá de Gerald prepara unos deliciosos….—comentó Arnold, para aligerar


las cosas.

—Wafles —concluyó Phoebe la oración por él y sonrió encantada con la idea.

Helga dijo que sólo tenía que encontrar su pequeño bolso entre todo lo
desparramado en el sillón de una pieza y tomar su chaqueta, los celulares de ambos
ya estaban cargados aunque el suyo permanecía apagado. Arnold tomó nota de eso
y del teléfono fijo desconectado. Si la línea hubiera sido cancelada el aviso
automático sería ese. "Suspendida o fuera de servicio" pero el número de Helga

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sonaba eternamente ocupado. Él le marcó desde su celular para corroborar la
"mentira" y al no saber como enfrentarla decidió "ponerse a trabajar" cambiar el foco,
limpiar los vidrios de la entrada, también le hecho una buena mirada a la puerta y la
cerradura. La suya, era una casa no tan vieja pero sí bastante descuidada, al menos
el Gran Bob, invertía en un buen trabajo de cerrajería.

La rubia encontró lo que buscaba debajo de una pila de libros, como era el "fin de
semana romántico" no les dejaron deberes. Así que por ese lado se podrían relajar,
le mandó un mensaje de texto a su mejor amigo en lo que Helga tomaba su
chaqueta, indicando que iban para su casa y que además de eso se morían de
hambre.

La respuesta le llegó en un escueto.

"NO INVENTES"

La familia de Gerald era bastante grande, acogedora y quizás un poco conflictiva


pero en la medida de lo posible hacían sentir bienvenidos a sus invitados.

Como no cabían todos en el comedor de la sala, les permitieron comer sus wafles
en la habitación del moreno, quien por cierto se encontraba un poco "indispuesto"
Arnold se sorprendió de que los señores Johanssen no comentaran nada sobre el
"asalto" quizás Gerald tenía mayor poder de convencimiento del que creía, pero
como fuera, lo encontraron en su alcoba, sentado a la sombra en una esquina de su
cama, jugando con las cuerdas de una guitarra.

Jamie' O, al igual que todo jovencito que recién llega a la pubertad había sentido el
impulso y deseo irrefrenable de "convertirse" en una alocada estrella de Rock, sus
padres le compraron la guitarra clásica porque antes de la eléctrica tenía que
dominar esa y como es natural el chico decidió que eso no era cool, ni estaba a la
moda, además de que le dolían los dedos después de practicar y simple y
sencillamente la abandonó.

Gerald por su parte tuvo el mismo impulso apenas comenzó a salir con Phoebe,
contrario de su hermano mayor, él no quería ser "nada" tan solo le gustaba
complacer y sorprender de vez en cuando a su chica y es así que al pensar en lo
sucedido entre ayer y hoy muchas cosas comenzaron a poblar su cabeza.

La primera, más importante y la que no lo dejó dormir a pierna suelta, fue la de


Arnold y Helga "juntos" el baile horizontal, en una cama, de la noche al alba y por
eso fue que comenzó a tararear poco después de saludarlos, aún bajo el manto
protector de las sombras y pedirles de favor que se acomodaran como quisieran
alrededor de su escritorio que fungiría como mesa.

Julian, (su madre) les había dejado todo puesto tan pronto como escuchó el llamado
a la puerta y fue así que comenzaron a repartirse la mantequilla, mermelada de

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moras y el jarabe de maple mientras Gerald decía con voz de trovador algo así
como…

"…La noche que se quisieron,


duró hasta lo que pudieron,
se arrancaron la piel,
perdiendo el norte en sus besos.

Saliendo de la escuela,
esa que fue testigo,
de un tupido cuento de bullying, acoso y delirio…"

—¡Voy a matarte Johanssen! —gritó Helga tan pronto como terminó de cantar,
provocándose un jadeo de dolor, porque claro, tenía que ser, aplastó la botella de
maple en el interior de la mano diestra. Arnold estaba más rojo que la granada y
Phoebe, sinceramente quería saber como es que su novio tenía facilidad para crear
"este tipo de cosas" pero sacaba seis en literatura y redacción. Suspiró atormentada,
cortando un trozo de wafle y metiéndolo en sus labios.

¡Estaba exquisito!

—Toma un número y has fila, gruñona. —respondió Gerald con poco de sorna y
mucho de molestia pues no le agradó para nada ver la muñequera en su mano. "Ese
tipo era un demente" Tenían que detenerlo y honestamente no se le ocurría el cómo,
entrevistó a su padre poco después de que volvió de su turno doble en la Comisaría.

James Cabot, ya no era solo su reemplazo, era el segundo al mando, mano derecha
del Comisario, es decir, un pez demasiado gordo para que lo pudieran atrapar. Dejó
la guitarra donde no se cayera y se dignó al fin a salir de las sombras. Phoebe ahogó
un nuevo grito, Helga se tragó el siguiente reclamo, Arnold se sintió impotente y
sumamente molesto. El rostro de su "hermano" estaba marcado en el pómulo diestro
por un golpe sin lugar a dudas dado con el puño cerrado y tenía además el labio
inferior roto e inflamado por la parte media.

Phoebe se levantó de su asiento corriendo a "revisarlo" sus atenciones fueron


respondidas con unos cuantos. "Estoy bien, nena" "No fue nada"

—¿Qué fue lo que pasó? ¡¿Por esto no querías que te viera?! —preguntó luego de
haber revisado a conciencia, sin permiso, ni pudor cada poro de su piel.

—No, no quería que me vieras porque soy demasiado apuesto y el mundo no


merece verme siendo "esto"

—Gerald…—Phoebe le regaló un beso que sorprendió al moreno pues su chica, por


lo general era sumamente reservada. Nada de contacto labio a labio a no ser que
estuvieran a solas. Respondió gustoso pero se lamentó de inmediato pues el labio
inferior le ardió. Heyerdahl se disculpó y procedió a acomodarse junto con él en la
cama.

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—¿Hey, tú estás bien?—preguntó Gerald con un tono que sugería verdadera
preocupación por ella. Helga sintió escalofríos, luego asintió restándole importancia
a su mano.

—Un par de semanas con esta cosa y quedaré como nueva.

—¿Tan dura tiene la cara ese idiota?

—Díselo tú…—interrumpió Arnold, pues no le gustó nada el diminuto lapsus de


camaradería que compartieron los dos. Gerald frunció el ceño, él se mostró firme en
su declaración.

—¿De qué están…?—inquirió Phoebe, su novio suspiró y dijo que estaba bien.

Les contó todo, desde que dejó la casa de su novia hasta que necesitó unos diez
minutos para levantarse y salir del jardín frontal de Helga.

Las dos estaban visiblemente alarmadas y sorprendidas por lo ocurrido.

—¡¿Pero cómo pudiste ser tan imbécil?! —gritó colérica Helga, levantándose de su
asiento y dirigiéndose a él.

—¿¡Imbécil!?—respondió en el mismo tono, levantándose a su vez. —¡No sé en que


clase de caverna oscura y primitiva te hayan criado, pero a mi me enseñaron que lo
que hice es correcto!

—¿Recibir una paliza por una mujer que ni siquiera te agrada te parece correcto?!
¡¿Y si estuviera armado?! ¡Si en lugar de los puños te hubiera golpeado con el bate
de béisbol! —gritó comenzando a ponerse un poco histérica.

Por suerte para todos, Jamie'O ya había reclamado el televisor de la sala y subido
el volumen a todo lo que daba. Sus padres estaban en la cocina lavando los platos
y haciendo limpieza, su abuela ya estaba prácticamente sorda y se había llevado a
Mantecado a su cuarto, tenía bolas de estambre que podría apreciar y en cuanto a
Timberly, ella estaba ocupada en la línea telefónica hablando de chicos y estrellas
de POP con su mejor amiga de la escuela.

Gerald contó internamente hasta diez. ¡Claro que consideró todas las cosas que la
rubia le estaba gritando! ¡No era tan idiota! y por las caras que tenían Arnold y su
novia, parecía que el consenso general era que él, era un idiota.

—Lo pensé, ¿De acuerdo? Y no, no soy del tipo estúpidamente heroico que se arroja
a una lluvia de balas sin pensar en las consecuencias de sus actos. Lo escanee, soy
bueno midiendo a la gente, observando detalles. Les juro a los tres que estaba ciento
por ciento seguro de que no traía armas blancas o de fuego.

—¿Ahora resulta que tienes visión rayos "X"? —preguntó Helga a punto de perder
los estribos, el rostro le ardía los ojos amenazaban con ponerse a llorar.
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¡Ella no quería nada de esto! ¡Jamás lo quiso! ¡De verdad…!

—Te lo dije anoche, Arnold. —respondió dirigiéndose a su hermano, el cual tenía un


gesto de lo más desconocido en el rostro. ¿Qué era esa mirada de gánster asesino
serial y poco hablador que tenía su viejito? ¿Celos? ¡Claro! Helga y él prácticamente
estaban uno encima del otro mientras se gritaban, pero siempre estaban así cuando
se peleaban. Era para dar más énfasis a las amenazas. No porque se amaran o
secretamente…se desearan… —la contemplación de la idea le produjo un notorio
escalofrío que no pasó desapercibido por Phoebe.

—¡Gerald..!

—Todo está bien, nena. —le guiñó un ojo y le sopló un beso. Helga dobló los brazos
a la altura del pecho, apretando su estómago porque una vez más estaban ahí las
inmensas ganas de vomitar. Arnold resopló sin dejar de destruir a su amigo con la
mirada. "Los demonios internos de su naturaleza" "La lava ardiente de un volcán a
punto de hacer erupción"

Si así se ponía con Gerald, no quería ni pensar en cómo reaccionaría el lunes que
se topara con Jake en cualquier lugar de la escuela.

—Jamie'O es el de las cosas CSI, yo el de las intelectuales. —Helga dejó escapar


una sonora carcajada. Gerald la mandó a callar con un movimiento de mano y se
continuó explicando. —El punto es que sabía en lo que me metía y creo adivinar que
tú también. —declaró señalando a la rubia que estaba a nada de regresar al mundo
el par de wafles que había ingerido.

—No me señales con tu "atlética y musculosa mano" —respondió Pataki


apegándose a la promesa de ser gentil con el afro. Gerald enarcó una ceja, Arnold
sintió el impulso de alejar los cuchillos y tenedores de su campo visual porque no
fuera que los llegara a "utilizar"

—No te señalo pero quiero saber de una vez por todas la historia completa. —
Solicitó como todo un oficial al mando. Helga presionó sus manos, la diestra dolió,
una punzada profunda que comenzaba a necesitar de manera frecuente para
separar la realidad de la fantasía.

¿No decían en las novelas de Gertrude que las mentiras tarde o temprano salen a
la luz? ¿No decía su conciencia que todo lo malo que había obrado en algún
momento tendría que pagarlo? ¿A caso alguna vez dejo de ver el rostro maltratado
de Miriam en sus pesadillas? Se replegó hacia atrás, sin ser consciente de que
estaba comenzando a hiperventilar. No era asmática, ni tenía problemas de vías
pulmonares o nada por el estilo. Sólo era propensa al drama, la divina comedia que
era su vida completa, se dobló un poco más cuando choco con la silla y estuvo a
punto de caer irremediable a la nada. Arnold la atrapó a tiempo, la rodeo por la
cintura y después la atrajo a su cuerpo. Ella aceptó y agradeció el gesto
abrazándose a él, dejando de temblar y finalmente apartándose de él.

—Estás con nosotros, lo que sea que sucediera…—comentó el rubio, tratando de


tranquilizarla.

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—No vamos a juzgarte…—continuó Phoebe, acercándose también y Helga se
sentía como una pequeña oveja rodeada de un montón de zorros hambrientos. ¿Por
dónde empezaba?

—¿Qué hizo realmente para molestarte?—inquirió Gerald. —Sé que lleva meses
asechándote, usaría la palabra "cortejar" pero ambos sabemos que no era eso a lo
que se dedicaba. —Helga asintió, pasando de la silla de escritorio y adquiriendo una
posición mucho más cómoda en el piso. Junto a la puerta, con las rodillas dobladas
al frente, mismas donde le gustaría ocultar el rostro, pero no lo hizo.

—Si quieres saber la verdad, te diré que todo esto comenzó con el Béisbol…

Yo quería ser Capitán de la liga varonil, no femenil

¡No me miren así! Ustedes son las únicas niñitas que verdaderamente he entrenado
y para ser más honesta. No me gusta entrar a los vestidores con toda esa "pompa"
femenina. Perfumes, maquillajes, cremas correctivas compradas en todas partes del
mundo, lencería de diseñador. ¿¡Cuantos años se supone que tenemos!?
¿¡Diecisiete o veintidós!? luego toda esa cháchara innecesaria de muchachos y
citas, me tenía harta.

La liga varonil entrena una hora después de nosotras, Si conseguía un cambio de


"administración" podría usar los vestidores para mi sola. Diez minutos, no más. Sin
ser una Barbie, una Princesa o una Zorra cualquiera.

—¡Helga!—reprendió Phoebe su uso del lenguaje, pero esa era otra cosa, que
apreciaba de conducirse con un montón de palurdos. Los chicos no tienen
problemas con soltar palabrotas de vez en cuando. Se los hizo saber y continuó
narrando.

—El entrenador me dio por segunda vez en la historia un rotundo "NO" le reclamé
haber ganado dos oros para él, ¡Demostré mi capacidad, también mi valía como
Capitan! pero el señor Thompkins dijo que no era decisión suya, sino de Jake Cabot.

—¡¿Qué, tiene comprado al equipo ese imbécil?!—inquirió Gerald.

—Fue lo que pensé, así que ese mismo día lo encaré…—Helga dejó escapar un
suspiro. Sus amigos que bien la conocían imaginaban el tono y la disposición con
que decidió ir a encararlo.

—Lo encontré en los vestidores. Si Gerald, Phoebe, Arnold, me metí en los


vestidores a buscarlo. ¡No estaba pensando! Nunca estoy pensando, bueno sí, más
bien diría que nunca pienso en lo que debería estar pensando.

Solo sé, que quería ser Capitán y dejar de sentirme acomplejada entre tanta
"mujercita esplendorosa y perfecta" que me recordaba a Lila Sawyer…—Arnold
sudó frío por la mención de Lila, Gerald deseó por un momento que lo tragara la
tierra y lo escupiera en otra recámara.

La debilidad de Helga, era algo que si bien, venía conociendo y escuchando desde
que comenzó a salir formalmente con Phoebe, aún no le terminaba de caer bien. La
rubia concluyó esa parte de su discurso diciendo que si no podía tenerlo a él, por lo

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menos quería disfrutar a plenitud la tercer cosa que más amaba en la vida. Arnold
se sonrojó por completo, Gerald se burló arrojándole un cojín a la cara, Phoebe se
reprendió de manera interna por no estar al tanto de nada de esto.

Sí, seguían siendo amigas, y sí, se seguían viendo todos los días, pero desde que
tenía una relación formal, la amistad entre ellas se estaba enfriado. Helga nunca
trató de separarlos o boicotearlos, había sido una amiga excepcional que al saberse
vencida (en materia del amor) se retiraba a su esquina para no molestar. Le debía
tanto, su lealtad, honestidad, su fortaleza, porque cierto es, que si bien le dio el sí.
A las dos horas ya se estaba arrepintiendo. Sus padres eran demasiado
tradicionales, obligarían a Gerald a presentarse, puede que su padre hasta lo
pusiera a "prueba" y a todo eso Helga le dijo que estaba bien.

"¿Tienes alguna mínima y remota idea de lo cruel que eres?"

"¿Cruel, de qué estás hablando Helga?"

"De nuestros sueños de infancia, bueno. De los míos. El caballero galante, el alma
gemela, el hilo del destino. El chico que te conoce en la tierna infancia y que al llegar
a una edad madura decide que es a ti, a quien ama con locura"

"Helga..."

"Es cruel, porque es mi sueño. Pero al mismo tiempo es hermoso porque es


verdadero. Si se tratara de mi, no dudaría ni un segundo. Tus padres son
asombrosos, ¿Qué tiene de malo con que sean formales y tu padre quiera retarlo a
un duelo de espadas?"

"Papá ya no practica la esgrima"

"Lo que sea, tienes todo para ser feliz. No dejes que el miedo te venza" —y ahora
que lo recordaba, creía haber visto un ligero matiz de nostalgia en las facciones de
su amiga. Le hubiera gustado tanto en ese momento que sus historias fueran la
misma. Que no se hubiera dejado vencer por la oscuridad de su corazón y permitido
que Arnold solo la viera como una chica gruñona y molesta. Si conociera a la
verdadera, si alguien que no fuera ella llegara a conocer a la verdadera Helga, su
historia de amor surgiría...

Dejó de pensar en eso y volvió a prestar atención a la conversación.

—Me abrí paso entre un montón de pesados, no vi a nadie desnudo por si lo están
considerando. Era casi la hora en que entregan las instalaciones así que estaba
segura de que todo el mundo ya debería de estar entre un 60 o 70 por ciento vestido.
Pregunté a un pelirrojo por su Capitán de equipo. Me respondió cortésmente aunque
sus ojos me observaban como si me tratara yo de alguna especie de alucinación.
Dijo que el Capitán estaba revisando que estuvieran cerradas todas las duchas, así
que fui con paso firme hacia allá. —los tres chicos conocían las duchas y vestidores.
Mismas instalaciones tanto para chicos como para chicas, para alternar entre ambos
sexos estaban los horarios de tal modo que "supuestamente" no se cruzaban jamás.

Y aún así, Helga Pataki lo había logrado.

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—Jake Cabot, el gran bastardo en persona. Disculpa la palabra, Gerald.

—Di las que quieras.

—Correcto, él estaba ahí con su metro ochenta de estatura y unos noventa u


ochenta kilogramos de altanería y soberbia. No eres el único bueno estudiando a la
gente, Johanssen. Llevaba la chaqueta del equipo con su nombre bordado así que
lo llamé por tal. Giró en redondo, sorprendido de escuchar una voz femenina y me
evaluó sin consideración de la cabeza a los pies.

Yo, como ya aclaré, no estaba pensando. Sabía lo que quería, ser Capitán, nada
más.

Pero aparentemente, el mensaje que envié fue que quería ser la Diosa de todo ese
harem.

Phoebe ahogó un grito más prolongado entre ambas manos, Gerald silbó por lo alto,
obsequiándole una reverencia porque en serio, Helga Pataki si que sabía hacerlas
buenas. En cuanto a Arnold, bueno él necesitaba un poco de aire y algo que golpear.

—Claro, eso no lo supe entonces. Yo le hablé inmediatamente de Béisbol, de mis


intenciones de tomar su lugar como Capitán y la idea le provocó risa. No sólo a él,
sino a todos. Le repetí mis méritos, dijo que ya los conocía aunque claro, solo de
oídas. Al maldito jamás se le ocurrió que valiera de algo la liga femenil, teniéndolo a
él en la varonil, luego me dirigió una de esas miradas que hacen que quiera romperle
a cualquiera la cara e intentó tocar mi cabello y yo lo aparté de un manotazo.

Se burló de nuevo, yo lo llamé idiota. Preguntó, ¿Cómo es que una muñeca tan bella
tenía una lengua tan sucia? y le dije que se detuviera, porque no era eso lo único
que tenía...—Arnold sintió la sangre hervir en el interior de sus venas, Gerald y
Phoebe presintieron que el resto de la historia no sería placentera. Helga suspiró de
nuevo, escondiendo el rostro con la sombra de sus cabellos.

Evocó en su memoria la conversación completa.

—Puedo verlo,—escupió Cabot con un mediocre intento de coquetería. —Todos


pueden verlo,—insistió llamando la atención del equipo completo. La tenían rodeada
y hasta ahora era que se venía dando cuenta. No eran todos, suponía que solo los
patanes como él, se quedaban a observar la fiesta. —¿Cómo te llamas, amor?

—Helga Pataki, y no soy tu amor.—aclaró en un tono elevado que no admitía


réplicas y hasta cerró el puño diestro como acto reflejo.

—Lo serás,—respondió confiado, sonriendo como todo un idiota, pero según las
chicas de su propio equipo, sonreía como todo un galán. —Si yo lo digo, lo serás...—
hubo un escalofrío que le recorrió la espina. Al mirarlo ahí, por delante de ella,

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considerablemente más alto, ¿fuerte?, ni se diga y acompañado de sus amigos. Ella
no era tonta, nunca lo había sido y en todas las peleas que se había metido, por lo
menos tenía la certeza de estar en igualdad de condición "uno a uno y en la misma
media de peso" Exceptuando a Patty, pero esa fue una situación extraordinaria que
se salió de sus manos y no venía al caso porque la chica finalmente le terminó
agradando y adoraba la pareja que hacía con Harold.

No le convenía pelear, pero jamás, ¡Jamás! había aprendido cuando se tenía que
callar.

—¿Tienes el ego tan inflamado que no escuchas lo que te digo? —sugirió con sorna,
segura de una sola cosa y esa era de que era excepcional "huyendo" siempre
escapando. Le daría una patada en los bajos y saldría de ahí, no la atraparían. El
Gran Bob, nunca logró atraparla para darle una merecida paliza, así que ellos no lo
harían.

—Escucho que quieres un favor, amor. —sonrió de nuevo, dando una indicación con
las manos que aparentemente quería decir que lo tenía controlado y lo mejor era
que se fueran. Lo hicieron, aunque no sin antes decir unas palabras que por respeto
a la casa de Gerald, ella no iba a pronunciar.

—Favor con favor se paga…—quiso tocarla de nuevo, ella se apartó. No lo golpeo,


ni siquiera lo tocó. La idea de todo contacto le produjo asco, así que giró en redondo
y salió corriendo.

Escuchó risas, más palabras "prohibidas" y entonces podría decirse que se convirtió
en la favorita del "Diablo"

Jake Cabot, era el "Diablo" del campo de béisbol, así como ella era la "Guerrera
Amazona"

—¡Dios Santo, Helga! ¿Por qué nunca me lo dijiste?—inquirió Phoebe ahora que la
rubia parecía haber terminado.

Gerald y Arnold encontraron algo de sentido o relación con las salvajadas que a su
vez habían escuchado. Sobre lo atrevida, arrebatada y osada que era. Sobre los
lugares donde querían montarla y las posiciones en que querían colocarla.

A ninguno se le ocurriría jamás que la "Guerrera Amazona" había sido capaz de


meterse en el vestidor con todos los chicos del equipo de béisbol adentro. No que
no cometiera locuras en la secundaria o primaria. ¡Pero ya no eran niños! Ese era
su gran problema, que ella no aceptaba que ya no eran niños. No aceptaba que era
una mujer hermosa, que atrapaba miradas y despertaba pasiones. Helga, creían los
dos, se seguía viendo a sí misma como lo que fue.

La chica que algunas veces confundían con chico, por lo arriesgado de sus actos.

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Heyerdahl se abrazó a ella. Helga, no había terminado. Les habló de las cartas, que
no eran exactamente las mismas que de tanto en tanto aparecían pegadas en la
puerta de su casillero, les contó que en cada partido posterior a esa "entrevista" él
la seguía. Como capitán endiosado y aparentemente consentido del entrenador
Thompkins, se paseaba por todos lados, aguardaba detrás de las gradas, le cerraba
el paso cuando quería ir a cambiarse e inclusive le quitaba el agua, bajo sugerencia
de que la tomara de sus labios.

Interpuso una queja formal en Servicios Escolares pero no procedió.


Interpuso una ley de hielo, pero entonces otros ánimos fueron los que se levantaron.

Envidia.

De sus compañeras de equipo, las mosquitas muertas que ella había levantado para
convertirlas en jugadoras respetables le daban la espalda porque aparentemente
Cabot era un Dios en la tierra de humanos y ella era la única incapaz de notarlo.

—Pues, si es bastante atractivo pero, definitivamente no es nuestro tipo. —comentó


Phoebe a lo que recibió una sonrisa discreta de su amiga.

—Bueno, entonces ya no solo era él, sino "ellas" pero sé manejar a las "Rhondas"
del mundo desde hacía tanto que honestamente, me recordaron algunas de las
cosas para las que he venido al mundo.

—¿Trapeaste el piso con ellas?

—Soy la capitana, hermana. Es decir, que soy el "Rey Simon" y lo que yo digo se
hace. Creo que hice llorar a más de una y aunque sé que está mal, disfruté hacerlo.

—¡Me da mucho gusto, Helga!

—¿Verdad...?

—¿Y entonces, por qué no me dijiste nada?

—¿De qué serviría, Phoebs?

—¡¿Cómo que de qué, yo podría...?!

—Fastidiar a Gerald, por solo hablar de mi y destruir tu relación con el único idiota
que menos te merece en el mundo pero que te ama más que a su vida.

—¡Oye!—se quejó Gerald, pero ninguna de las dos lo escuchó. Estaban en "su
mundo" hablando en "su idioma" cosa que Johanssen detestaba pero respetaba,
porque ninguna de las dos tenía "hermanas" bueno, Pataki si, pero jamás entendería
¿Cómo es que puedes ser enemigo mortal de alguien de tu propia sangre? siendo
que él tenía una familia bastante grande y claro que se peleaban, pero a la vez se
adoraban.

—No importa que esté con Gerald, tú sabes que...

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—Lo sé, —interrumpió. —Y tú sabes, que tengo una sobrada tendencia a solucionar
mis problemas sola.

—¡Pero este no es un solo problema! —se metió Gerald. —¡Ese tipo está
desquiciado y demente!

—¡¿Crees que no lo sé?!—respondió la rubia, rompiendo el abrazo que sostenía


con su amiga y levantando el rostro de nuevo.

—Sé que sabes que es insistente, pero creo que hasta ahora te das cuenta de que
es peligroso. —Helga boqueo un poco, como pez fuera del agua. Arnold se sentía
apartado, una vez más era el que estaba de más en el cuadro.

Gerald sabía de antemano que ella vivía sola. ¡Por eso lo había llamado y estaba
tan preocupado! Al igual que Phoebe jamás hizo mención a sus padres. Cuando le
pidió consejo, lo hizo porque sabía, que estaba sola e indefensa.

¡Él era un idiota! Tan obsesionado con Lila, tan perdido en su mundo, soñando tanto
con pertenecer a otro lugar que finalmente no encontraba lugar dónde quería estar.
Miró a Helga, porque definitivamente era con ella donde quería estar y se atrevió a
declarar.

—Lo sabías desde antes, ¿No es cierto? —preguntó levantando la voz. —El teléfono
de tu casa no está suspendido sino desconectado.

—¿Estuviste hurgando?—inquirió fingiendo molestia, pero no tenía nada que


reclamar, siendo que ella se había metido hasta por debajo de sus cobijas.

—No sé cuantas veces te he dicho que lo único que hago...

—Es preocuparte por mi...—terminó la oración por él, aceptando la mano que le
ofrecía para levantarse del piso y ahora que estaba ante él, aparte de querer vomitar,
comenzaba a sentirse mareada.

—¿Era algo de esto, lo que no me podías decir?

—Tal vez...—mintió, él sabía que lo hacía porque no lo miró.

—Helga...—insistió buscando su mirada, verse en su mirada para consolarla,


abrazarla, besarla. ¡Todo lo que quería es que esta locura acabara! Como se
resistió, él tuvo que acorralarla contra la puerta de la habitación de Gerald y era una
suerte que el sonido del televisor siguiera rebasando los niveles de lo admisible.
Helga se quiso escapar, él no se lo permitió así que explotó.

—¡AÚN NO PUEDO DECIRLO! ¡¿POR QUÉ NO ACEPTAS QUE ES MI CASTIGO?!

—¡Porque no puedo creer que estar enamorada secretamente de mi, meterte a los
vestidores o humillarlo delante de toda la escuela sea la causa de esto!

—Pero lo es, ¡Todo esto es una consecuencia de eso! ¡Yo, nunca quise involucrar
a nadie más en esto! ¡Gerald, aunque diga que te odio, realmente no te odio...

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Yo...!—Helga decía incoherencias cuando se sentía acorralada, pero también, y lo
sabían los tres. Solía rendirse y confesar la verdad.

—¡Tú no hiciste nada malo! —insistió su novio y ella se soltó de su agarre para
colocarse en otra posición y gritar.

—¡LO HICE, ARNOLD! ¡LO HICE! ¡Bob golpeó un día a Miriam y yo estaba en el
medio! Pude decir algo, recibir los demás golpes o quizás tratar de detenerlo. Lo he
imaginado decenas de veces con una acción diferente, pero la única verdad es que
no quise hacerlo. ¡Ella me llamó a mi, dijo mi nombre! ¡Por una vez en la vida dijo
correctamente mi nombre y yo la dejé! ¡No quería ver, escuchar! ¡No quería estar
ahí, así que me fui!

¡Ahora estoy sola!

Pago el precio de mis actos.

¡Y ese golpe que tiene Geraldo, debería estar en mi cara!

¡Ahora que lo saben digan que me odian, que soy un ser cruel, miserable e ingrato
y que no quieren volver a verme jamás!

CAPÍTULO 9

Arnold se acercó a Helga después de escuchar lo disparatado de su discurso,


observó su cuerpo que temblaba en diminutos espasmos, las lágrimas manaban
como un caudal, mismas que intentaba retener con las manos sin poderlo lograr y
aunque Phoebe sintió el mismo impulso de envolverla en sus brazos y jurarle que
no había escenario, universo o mundo en el que la pudiera odiar, comprendió que
no era a ella a quien correspondía consolarla.

Shortman la abrazó con algo de resistencia porque la rubia atormentada y terca,


insistía en no merecer consuelo, consideración, amor. Jamás lo había recibido y a
estas alturas de la vida no esperaba comenzar a tenerlo.

Quizás "esto" era otra consecuencia…

Una condena…

Por pretender que por fin podría estar con él…

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Arnold la besó, tan pronto escuchó eso ultimo, la envolvió entre sus brazos,
presionándola contra la puerta que se quejó en sus goznes pero que
afortunadamente no cedió. Helga intentó apartarlo con esa voluntad férrea que
poseía pero finalmente correspondió, se abrazó a él, abrió sus labios para él, dejó
que mas lágrimas cayeran de sus ojos por él.

Gerald, sintió unas enormes ganas de abrir la ventana y tirarse en caída libre a la
nada. Phoebe tomó su mano, le pidió que mantuviera la calma, y aunque él lo sabía,
lo entendía, lo escuchó todo y tampoco la odiaba…la situación lo rebasaba.

Diez años…

Según Phoebe, Helga estaba enamorada de "alguien" de toda la vida. No era un


secreto a voces, todos lo sabían desde que estaban en sexto grado y el Director
Wartz tuvo la genial idea de revelar en el auditorio, frente a todo el cuerpo estudiantil,
la identidad de la ya tan famosa y aclamada "Señorita G"

Helga G. Pataki.

Los murmullos, gritos, señalamientos y hasta desmayos no se hicieron esperar. La


furiosa chica que él y sus amigos conocían estalló cual "anima del infierno" y saltó
de butaca en butaca hasta alcanzar en el estrado al Director.

—¡¿Cómo se atreve a decir mi nombre, si teníamos un trato?!

—¿Trato? Ah, claro. Pero como ya está en su ultimo año, "Señorita G" pensé que
sería prudente dar a conocer a todos su "identidad"

—¿Mi identidad? ¿¡Quién se cree que es para decidir eso, sin consultarme primero!?

—En este momento, no me creo nada. Soy el Director de su escuela y por tanto soy
responsable de mantener informado a todo el personal.

—¡Patrañas! Lo que quiere es vengarse porque no acepté representar a la escuela


en el maldito concurso de deletreo.

—Ese concurso, ahora que lo menciona era lo único que mantenía a flote la
"reputación" de nuestra escuela. En el área correspondiente, claro está.

Helga se puso aún más loca y al parecer ni a ella, ni a Wartz les importaba el
espectáculo que estaban dando. Algunos chicos de tercero y quinto grado
comenzaron a escaparse del auditorio, los profesores a su vez salieron intentando
retenerlos.

Esa, fue una junta "extraordinaria" y aparentemente el único asunto de interés era
ese.
100
Su "grupo" acorraló a Phoebe, entre Rhonda, Curly y prácticamente todos, rodearon
a la pequeña asiática que intentaba a duras penas mantener la calma. El rictus firme,
la barbilla en alto, defendiendo como siempre los intereses de su amiga, pero
obviamente, nadie la iba a dejar en paz, si no se atrevía a confesar.

—¡Habla ya Heyerdahl! Tu guardaespaldas personal, está muy ocupada ahora como


para venir a salvarte ¡Así que escupe! —demandó Rhonda en un tono que
definitivamente no le gustó pero hasta él "Gerald Johanssen" estaba sumamente
impresionado por la revelación del Director Wartz.

Phoebe ahogó un pequeño suspiro, inhaló profundo y sin más pronuncio.

—Dime lo que quieres saber, Rhonda

—¿Ella es la Señorita G?

—Pues…—en el estrado, Helga ya estaba siendo sometida por dos sujetos enormes
que él identificó como parte del personal de limpieza. Supuso que era eso, a falta
de verdadero personal de "seguridad" que le quitara a la pequeña lunática de encima
al Director, creyó que ahora sí la expulsarían de la escuela, pero no tenía tanta
suerte, él jamás tenía tanta suerte.

Phoebe dio otra respiración profunda y comentó.

—¿La han leído, cierto? Todos ustedes se sienten aireados y sumamente ofendidos
porque la han leído y disfrutado, profundizado o simplemente encontrado
identificación y sosiego en cada una de sus palabras y por tanto no conciben que
quien las escriba sea Helga.

"Su chica" que desde entonces ya hacía que se le llenara el estómago de mariposas,
descendiera su temperatura corporal, le sudaran las manos y prácticamente se
congelaran su cerebro y corazón. Logró que todos sus agresores se detuvieran en
seco, múltiples rostros miraron al piso, otros más suspiraron para sus adentros, los
más afectados parecían reflexivos.

Él por su parte, tenía ganas de vomitar porque ¡Claro que la había leído! y no
entendió un carajo, pero se leía bonito, era profundo, interesante, invitaba a la
meditación y no como las matemáticas o las ciencias exactas. Sino como algo que
te hacía pensar en la persona amada, porque era lógico que buscaras palabras
"para fantasear" cuando estabas atrapado en una edad que tu cuerpo comienza a
cambiar y no sabes si tirarte al piso, arrojar piedras a la ventana o gritar que la amas
y la odias porque sientes tantas cosas al mismo tiempo que crees que vas a explotar.

Y su bella pelinegra estaba en lo cierto. Resultaba imposible, que quien hiciera eso,
quien sintiera algo tan profundo e intenso fuera Helga.

Si lo recordaba correctamente, La Señorita G se volvió popular en su escuela, luego


de un concurso de poesía que ganó con dicho pseudónimo. Se publicó en el
periódico mural y apareció también en la página central de la Gaceta, los directivos
y profesores pretendían identificar a la autora.

El sobrenombre no les decía nada y tenían "propuestas" para ella.

101
Un mes después, la publicación se repitió. Nuevo poema, mismo alias.

La popularidad aumentó y comenzado el mes siguiente había un verso, poema o


pensamiento nuevo a la semana. Él no era un fan ¡Claro que no era su fan! Es más
volvería a casa y se lavaría el cerebro para olvidar todas esas cosas cursis y
metafóricas que le hacían suspirar como niña y pensar en la "hermosa Phoebe
Heyerdahl" como un idiota.

Se golpeó internamente. Basta de fantasías. ¡No podía ser Helga!

—¿¡Estás diciéndolo en serio!? —preguntó y gritó Rhonda, regresándolo a la


realidad.

El auditorio estaba vacío, supuso que se llevaron a Helga con camisa de fuerza o
como mínimo a rastras. El resto del profesorado debió llevarse a sus alumnos y
nadie reparaba en ellos puesto que el responsable de su grupo, también era
responsable del "Terror Pataki" silbó por lo alto, al menos le reconocía eso. Su
demencia no tenía límites.

—Creo que el mensaje del Director fue bastante claro,—respondió Phoebe. —


Además de que los "arrebatos" de Helga lo confirmaron.

—Pero, ¿¡CÓMO, CÓMO!? —Rhonda le quitó una Gaceta a Nadín de las manos,
arrancó las hojas, una tras otra hasta llegar a la página central y comenzar a recitar.

"Siempre tuyo,

nunca mío,

y por más que lo trato de evitar,

eterno.

Este sentimiento,

este dolor,

la dulzura disfrazada de indiferencia

pero que,

sin lugar a dudas es amor"

Stinky salió corriendo mientras lloraba y gritaba, que sentía exactamente lo mismo.
Por "ella" siempre sentiría lo mismo, Sid lo siguió, gritando que no cometiera alguna
locura como volver a salir con "ella", Harold y Patty se sonrieron de manera discreta,
Sheena miró por lo bajo a Eugene, éste estaba más ocupado tratando de no

102
apuñalarse los ojos con un lápiz que tenía Curly descansando en el oído mientras
que Arnold le decía a Lila que no entendía nada de lo que decían.

—¿Cuál es el problema? ¿Qué tiene de malo que Helga sea poetiza? Es decir, ya
todos sabíamos que era bastante buena en esa materia.—la pelirroja suspiró
mirándolo como si fuera de otro planeta y comentó.

—No me lo tomes a mal, pero no lo entenderías Arnold. Los sentimientos de una


chica, son demasiado complicados. —acto seguido sacó un pañuelo de sabrá Dios
donde y comenzó a limpiarse las lágrimas imaginarias del rostro. Se disculpó con
todos porque tenía que irse. Se verían en la siguiente clase. Claro que para estas
alturas a nadie le importaba la clase.

—Te acompaño…—comentó Shortman.

—¿No te quedas a escuchar?

—Como dije, no entiendo por qué arman tanto escándalo. —salieron por donde
Stinky y Sid habían corrido. Él suspiró para sus adentros, porque en serio, a veces
no entendía a su hermano.

Phoebe se ajustó los lentes sobre el puente de la nariz y agregó.

—Lee entre líneas, Lloyd. Está bastante claro que la "Señorita G" escribe a un amor
no correspondido.

—¡PERO CÓMO! —gritó la morena, amante de la moda. —¡¿CÓMO PUEDE


ESCRIBIR ALGO COMO ESTO Y SALTAR COMO BASHEE DISPUESTA A
SACARLE LOS OJOS AL MISMÍSIMO DIRECTOR?! ¿QUÉ, TIENE MÚLTIPLE
PERSONALIDAD? ¿TRASTORNOS MENTALES? ¡¿ESTÁ MEDICADA Y
ABANDONA REGULARMENTE SU TRATAMIENTO?! —él prestó atención a eso
ultimo. Porque si estaba medicada explicaba taaantas cosas sobre su
comportamiento.

—Por supuesto que no. Ella es una persona perfectamente normal, sin ninguna
clase de trastorno emocional o mental. Se comporta de esa manera, porque como
señalé, su amor la rechaza y tortura diariamente.

—Un segundo,—interrumpió él. —¿Dices que es una loca, violenta e impulsiva


porque el chico que le gusta, le restriega en la cara, todos los días a su novia? —
preguntó evidenciando lo que todos estaban pensando. Phoebe se mordió el labio
inferior y segundos después asintió.

—¿De verdad?—inquirió sin creerlo, la asiática insistió. Dijo que sí, que Helga
estaba enamorada de él, desde hacía tanto que un día simplemente no logró
controlarlo.

—¿Y se desquita con nosotros? ¿Esa es su justificación? ¡Tienes que estar


bromeando, Phoebs! para que eso tuviera sentido ella tendría que estar enamorada
desde el jardín de niños porque no recuerdo un solo día de nuestras vidas en el que
Helga se haya comportado como una persona nor…m…al…—alargó la ultima

103
palabra porque el estoicismo de Heyerdahl era todo lo que necesitaba para
confirmar.

—¿¡Es en serio!? —insistió Rhonda, pero en esta ocasión Nadín la cayó.

—¡Si esa es la razón, es suficiente justificación para mi! Un amor no correspondido


lo explica todo.

—¡Así es!—confirmó Sheena y tanto Eugene como Curly las secundaron. Prosiguió
un debate entre un nuevo grupo y subgrupo de personas, hasta que Rhonda volvió
a levantar la voz.

—¡De acuerdo! Supongamos que creo que esa mujercita vulgar tiene sentimientos
en algún rincón retorcido de su alma. ¿Quién es él?

—¡¿Cómo?!—respondió Phoebe quien ya se había levantado dispuesta a irse.

—Su nombre, debo tenerlo para poder correr el chisme por la escuela completa.

—Alucinas si crees que te lo diré.—respondió su chica cruzando los brazos a la


altura del pecho.

—Bien, pues más vale que te prepares para algo que es demasiado bajo para mi,
pero que podría "costear" para que efectúe alguien más. —hizo el amago de traer
un fajo de billetes y Harold captó el soborno. Él se preparó para comenzar a gritar
como niñita, porque no iba a dejar que le pusieran las manos encima a su tierna y
dulce Phoebe.

—¿Rhonda, en serio te piensas rebajar a ese nivel? Creí que eras más sofisticada
que eso. —se burló Phoebs. —Además, sabes lo que te pasará si me haces lo que
sea a mi.

—Lo sé, lo sé, tu matona personal me saltará como araña en la primer esquina que
pase, pero aún así quiero saberlo.

—¿Conoces a Helga de toda una vida y crees que sería tan estúpida como para
decirme su nombre?

—Eres su mejor amiga, queridita.

—También soy una persona íntegra que respeta los sentimientos y secretos de los
demás. Helga no me ha dado un nombre y yo no se lo he pedido jamás. Pero si
quieres saber como lo referimos para hablar de él, su nombre "clave" es mantecado.

—¿¡Qué!?—gritó histérica. Sin creerlo.

—Así es, corre por los pasillos a decir que Helga G. Pataki tiene un amor no
correspondido por el mantecado de fresa. Lo ama tanto pero no puede tenerlo
porque es alérgica y si lo come, se muere. —Rhonda gritó frustrada, levantando los
puños en dirección de la pequeña morena. Phoebe levantó el rostro, segura de que
Helga la vengaría y trapearía el piso de toda la escuela con Lloyd.

104
—¡Pruébalo!—demandó prácticamente por encima de ella.

—Si te muestro una sola de nuestras conversaciones privadas, ¿Te das por bien
servida y juras no volver a tocar este tema?

—Lo juro, nadie volverá a hablar de Helga y su "amor no correspondido" —Phoebe


sonrió con un poco de superioridad, tomó su teléfono móvil y accedió a los mensajes.
No tuvo que buscar ninguno.

Los dejó leer el último.

"...Oh, mi dulce, cruel y tormentoso Mantecado yo debería tenerte en mis brazos…"

Harold suspiró al terminar de leer y comentó algo así como que "él también le
escribiría al mantecado" Patty agregó que su amor verdadero era la tarta de
manzana. Curly ovacionó al pie de queso con mermelada de frambuesa, Sheena al
pastel de chocolate, Rhonda gritó que todos eran idiotas y que no estaban hablando
de postres.

—¡HELGA NO LE ESCRIBE AL MANTECADO DE FRESA!

—Claro que si,—la interrumpió Patty. —Lo acabamos de leer, sufre, grita, maldice y
golpea porque en el fondo ella es como yo…

—¿Como tú?—preguntó Lloyd quien para estas alturas lucía sumamente alterada.

—¡Sí, por eso me buscó pleito en cuarto grado! ¡Es una gorda en pausa!

—¿¡QUE!?—gritó él, porque en serio. No podían creer eso. ¿Oh, si?

—¡SÍ, lo es…!—confirmó Phoebe tratando de aguantar la risa. Rhonda gritó otro


poco pero esa parte se la perdió porque el objeto de su adoración, es decir Phoebe
Heyerdahl se escapaba por donde lo hicieron todos y él prefirió seguirla.

La conclusión oficial de aquel altercado fue esa. Helga G. Pataki era una gorda en
pausa. Amaba las golosinas más que a la vida misma y maldecía diariamente porque
no podía consumirlas. Luego de su "espectáculo" con el Director Wartz la columna
de la Señorita G fue cancelada y todos se olvidaron del tema.

Él nunca había vuelto a pensar en el supuesto amor "no correspondido" de Helga,


en su eterno enamoramiento por el mantecado de fresa hasta este momento en que
los veía deshacerse a besos contra la bendita puerta de su cuarto que tendría que
incinerar, arrancar o como mínimo desinfectar porque en serio.

Jamás lograría verla de la misma manera.

105
Cuando la rubia se tranquilizó y su "amigo" dejó al fin de succionarle la boca, su
cerebro siguió procesando, conectando ideas y la revelación fue directa.

—Mantecado…—pronunció en un tono tan bajo, que ni siquiera Phoebe lo escuchó.


Unos segundos después en que Arnold se tomaba la libertad de limpiarle las
lágrimas a su chica con los dedos de ambas manos, se escucharon golpes contra
la mencionada puerta. "Romeo y Julieta" se hicieron a un lado, lo suficientemente
rápido como para que Jamie'O pudiera asomar su fea cabezota y escupir una
indirecta.

—¿Por qué tanto silencio? ¿Se están portando bien?—los escudriñó a todos, menos
a Helga porque la chica lista decidió darle la espalda a la puerta.

Su hermano lo taladró con sus ojos de medusa esperando convertirlo en piedra, él


resopló.

—Nos portamos bien. ¿Ves algo que no se encuentre bien? —Jamie'O hizo un
nuevo barrido ocular, Helga se recompuso en lo que aparentemente era un talento
innato y le dirigió a su hermano la mirada más plana y neutral que pudo mostrar.

—No lo sé, enano. Mi instinto dice que aquí hay demasiadas hormonas reunidas y
tu declaración no me convence del todo.

—¿Entonces piensas sentarte aquí? ¿No estabas viendo la tele?

—Mamá y papá fueron con Timberly al cine, la abuela se quedó dormida y yo estoy
a cargo de que ustedes "NO HAGAN BEBÉS"

—¿¡QUEEEEEE!? ¡PERO QUÉ….! ¡CÁLLATE! ¡LÁRGATE! —le arrojó a su


hermano lo primero que encontró, que fue una almohada, el idiota se comenzó a reír
y abrió de más la puerta.

—De acuerdo, no me quedaré con ustedes porque seguramente hablan de cosas


demasiado estúpidas e incoherentes pero sí les pondré un vigilante.

—¿Disculpa?—Gerald cruzó los brazos a la altura del pecho, el resto de invitados


tenían las mejillas incendiadas y no sabían dónde meter las caras por el bochorno.

Jamie 'O disfrutó su poder de mando y permitió que entrara como Faraón una
simpática bola de pelos que Gerald jamás había visto.

—Mr. "M" cuida que no hagan nada malo. —Mantecado "siseo" hizo ese sonido que
perseguiría a Arnold en sus más profundas y retorcidas pesadillas por el resto de
sus días y el hermano mayor de Gerald, tomó todos los platos sucios, junto a la
mermelada, mantequilla, jarabe de maple y salió por donde había entrado.

Dejó la puerta abierta, pero el gato la "cerro"

Hubo dos centésimas de segundo en las que cada uno procesó lo sucedido, Arnold
no soportó más porque claro, había "prioridades" en esta vida y ganarle la pelea a
su "enemigo jurado" era número uno en la lista.

106
—¡Así fue como lo hizo! —le gritó a Helga quien tenía la misma expresión seria.
Phoebe comenzó a reír a carcajadas mientras Gerald, sentía cómo le temblaban las
rodillas porque evidentemente eso de "hacer bebés" era algún tipo de trauma que
les metieron sus padres cuando pequeños.

Arnold insistió en que el gato había hecho algo verdaderamente malo, Helga lo llamó
tarado y después comenzó a reír a la par de Phoebe, el Faraón, Mantecado alias
"Mr.M" se trepó con elegancia y dramatismo propios de un agente secreto o asesino
serial a la silla, pasó de ahí al escritorio y luego le mostró la dentadura completa a
Arnold para finalmente treparse en él.

Su amigo con cabeza de balón gritó como si lo estuviera atacando "Freddy Krueger"
las chicas volvieron a retorcerse de risa y él tuvo que imitarlas porque, viejo.

Esto era de otro mundo.

—¡Quítamelo, quítamelo, quítamelo! ¡Gerald, Phoebe, HELGA!

—¡Mantecado, basta! —pronunció la rubia una sola vez y el felino saltó de la cabeza
de balón al escritorio. Todo un caballero, bien sentado, como si nada hubiera
pasado, es más hasta se concentró en lamer su pata izquierda. Arnold lo miró como
si fuera la cosa más horrorosa de todo el poblado.

—¡Casi me…!—comenzó a quejarse.

—Tú empezaste,—interrumpió la rubia. —No deberías levantar cargos en presencia


del acusado.

—¡AHHHHHH! ¡¿Por qué siempre lo defiendes?!

—¡Porque no te hizo nada! —Helga buscó en el bolso que seguía teniendo a la altura
de la cintura y extrajo un espejo para que pudiera ver "que no tenía nada" a Arnold
lo único que le importaba es que le ardía la cara y que algún día….Algún día, le diría
a su abuela que preparara "estofado de mantecado" sí, eso es lo que haría.

—¿No estás feliz ?—preguntó Helga al ver el ceño fruncido de Arnold, el rubio bufó,
volvió a acomodarse en su silla y cruzó los brazos a la altura del pecho. Helga
suspiró resignada y se dirigió al faraón.

—Mantecado, discúlpate con él.

—¿Miau miau? (Traducción: Disculparme, yo)

—Discúlpate ahora o te quedarás aquí para siempre. Puede que tengas bolas de
estambre en abundancia pero yo te compro croquetas de la mejor marca.

—Miau... (Traducción: ¡Ja!)—desestimó el peludo, volviendo a lamerse las patas.

—Te dejo atrapar roedores, afilar tus garras en las patas de las sillas y el sofá,
también desayunar "canaritos" ¿Crees que alguien más te va a consentir de esa
manera? —Mantecado dejó de lamer y miró a su dueña como si estuviera "jugando"
Helga le sostuvo la mirada.
107
El resto de ellos creían que esto era una "broma" la interacción ama-gato no debería
ser así, pero sucedía.

Helga dibujó una sonrisa siniestra, el gato se bajó del escritorio y se convirtió
automáticamente en una "adorable" máquina de "ronronear" pasó junto a las piernas
de Arnold, trepó por las mismas hasta subir a su regazo y quedarse ahí, hecho bolita,
en "modo automático"

La expresión del rubio era la misma a que lo estuviera tocando un Demonio o un ser
abominable extraído de las profundidades del infierno. Mantecado temblaba como
todos los mininos que hacen ese ruidito que para él era algo así como un motor
encendido.

—¡Acarícialo, Arnold! Te está obsequiando su máxima muestra de afecto. —ordenó


Helga.

—No…—él honestamente quería que le quitaran esa cosa de encima antes de que
le hiciera la peor canallada de todas, es decir. Lo orinara.

—No va a hacer nada malo.

—Disculpa si no me lo creo.

Gerald miraba a su amigo y al gato, pasó de uno a otro con ojos expertos
encontrando las similitudes y diferencias como en esos cuadros que venían en las
tiras cómicas de antaño.

La luz que se había encendido previamente en su cabeza se volvió a prender.

—¡Él es mantecado!

—Brillante deducción, Sherlock —se burló Helga.

—No mantecado el gato, sino mantecado, mantecado. "El Mantecado" —las chicas
lo miraron sorprendidas, Helga señaló a su amiga a la vez que susurraba: "¿Cuánto
le has dicho de mi a este tarado?"

—Yo no le dije nada específico, Helga. —juró reacomodando sus gafas y saliendo
de la aparente línea de fuego. Gerald se levantó e insistió con una sonrisa de lo más
estúpida en la cara.

—Pero sí hubo algo cuando estábamos en sexto grado. ¡El día que descubrieron a
la Señorita G!

—¡Cállate Geraldo!—amenazó la rubia.

—¡NO, NO VOY A CALLARME! ¡EL RUMOR ERA CIERTO! —gritó a la vez que
corría para escapar de los golpes que le soltaba Pataki. Arnold que lo escuchó todo
y que una vez más volvía a sentirse fuera de la conversa trató de recordar.

—Tú eras la Señorita G y después corrió el rumor de que estabas obsesionada con
las golosinas y…¿el sobre peso…? —comentó y preguntó a su novia. Helga que ya
108
tenía a Gerald acorralado contra una pared se quedó de piedra, el moreno escapó
y miró una vez más al gato y a su hermano.

Eran idénticos, cabellos dorados, ojos verdes. El gato ganaba el concurso de


belleza, pero ¡Bah! El misterio de su infancia al fin estaba resuelto.

—¡TODO LO QUE ESCRIBIAS ERA PARA ÉL!

—¿Mantecado?—preguntó el rubio observando al gato. —Phoebe ahogó una


pequeña burla. "si que era lento" Gerald roló los ojos y comenzó a buscar en su
librero, tiró montones de cosas hasta que finalmente lo encontró.

—¡Sabía que guardé uno!

—¡GERALD, NO TE ATREVAS! —amenazó Helga con los puños en alto, el dolor


pasando desapercibido ante la amenaza de ser "humillada" Johanssen la ignoró
(como solía hacer) encontró la página que quería, luego se aclaró la garganta y
dedicó una reverencia a su amada.

"Dicen que no debo

dejarme llevar por el amor

Sé que no es un juego

pero a veces pierdo la razón.

Sé lo que me hago

y aunque me haga daño, aguantaré,

Por miedo a convertirme

en alguien que no sepa querer.

Quiero ver la luna caer,

Las estrellas del revés

aunque alguna se estrelle.

Quiero cosquillas en mi piel

quiero ver mi amanecer

sin condiciones.

Seré...

109
Un loco enamorado más

Qué más da si yo te quiero a rabiar

aunque después me duela más"

Phoebe aplaudió fascinada, Helga le arrebató la gaceta dispuesta a romperla en mil


pedazos pero el moreno la recuperó.

—¡Eso es mío, Pataki!

—¿Tú seguías a la Señorita G? —preguntó Arnold, ampliamente anonadado.

—¡Sí, me gustaba y qué! Tú eras el único de toda la escuela que no la leía. Lo que
le habría años de terapia a esta maldita lo…ca—Gerald paró su discurso al percibir
la sombra de la muerte en la gélida mirada de la rubia, quizás se había pasado. Un
poquito, no mas…corrió a esconderse a las espaldas de su novia y desde ahí
comentó.

—¿Ya dije que me gustabas? Bueno, no tú, tu talento, las palabras, es


decir…¡CLARAMENTE ERES UN TARADO! —Arnold se sintió ofendido por lo que
intentó levantarse para replicar pero "Mantecado" parecía, haberse ¿Dormido? entró
en pánico. Conocía historias de horror por "despertar" a los gatos así que
permaneció en su sitio y protestó.

—¿Por qué discutes con Helga y me insultas a mi? Es más, desde hace un rato, no
entiendo nada de lo que están hablando.

—Porque eres taaaan denso.

—¿Me estás diciendo lento de pensamiento, Gerald?

—Digo que no es posible…

—Déjalo así Johanssen, —comentó la rubia. —Lo que no le interesa, NO LE


INTERESA.

—¿De qué demonios están hablando?—insistió Arnold.

—¡POESÍA! —gritaron los tres.

—Helga es poeta, eso lo sabemos desde sexto grado ¿Cual es el misterio? —


Phoebe, quien era por muchos considerada la chica mas lista y paciente de la
escuela, hizo a un lado a su novio y se acercó al rubio.

—¡Que todo lo que escribía y sigue escribiendo te lo dedica a ti! Cada letra,
enunciado, párrafo. ¡Tú eres el "mantecado" de su vida! Ese gato se lo di porque se
parece a ti y ni siquiera de eso te has percatado.

110
Arnold se quedó de piedra, Gerald agradeció que no matara a su "viejito" si era un
poco lento para las cosas del amor, pero en general era un buen tipo, lo seguía
queriendo en su vida.

Helga por su parte, comentó algo como:

—¡Dios! ¿Así es como se supone que guardas mis secretos?

—No, así es como evito cometer, homicidio.

Mantecado despertó por los gritos de la morena, lo observó a los ojos,


destrozándolo, disfrutándolo.

Vergüenza.

¿La olían los gatos? él pensó que sí y examinó a la bola de pelos. "NO SE
PARECÍAN EN NADA" él no fue creado por Satanás, sólo consiguió que un volcán
no hiciera erupción, al momento de nacer pero no había nada de anormal o
extraordinario en eso. El gato le sostuvo la mirada, él recordó las palabras de su
novia al momento de preguntarle si era esa su descripción de una mascota. "es mi
descripción del amor de mi vida" sintió como la sangre coloreaba sus mejillas a
causa del bochorno. Helga trató de decírselo en todo momento, "él es el mi amor, tú
un melenudo" Claro, él era el idiota número uno de todo Hillwood porque jamás pudo
ver lo que tenía ante sus ojos.

Mantecado sonrió, como si leyera sus pensamientos. ¿Los gatos no podían hacer
eso, cierto? Decidió que en serio, odiaba a ese gato. Y sobre lo que leyó Gerald,
sobre lo que dijo Gerald.

Se sentía tan culpable…

Helga suspiró, aclaró su garganta y dijo que si ya habían terminado, cubrió su cuota
de humillación pública por una semana, mes o quizás hasta año.

—No, Helga. No hemos terminado —comentó Phoebe. —He estado analizando lo


que dijiste hace un momento, referente a tus padres. ¿Fue por eso que talaron el
árbol?

—Si…

—Pues si es así, teníamos diez años. Tú no puedes seguir castigándote por eso, y
aún si quisieras, si lo consintieras, asumo que perder tu "vía de escape" fue
suficiente condena.

—No para eso…

—Helga…—Phoebe miró a los chicos y decidió que necesitaban un poco de


intimidad, les ordenó que se fueran, porque eso de pedir no se hacía con el puño
cerrado y mirada asesina.

Gerald accedió, solo pidió que por lo que más quisiera, no la dejara "hurgar" en sus
cosas.
111
—¡Cómo si me interesaran las revistas de modas y chicas que tienes bajo la cama!

—¡Yo no tengo…!

—¡FUERA, LOS DOS AHORA!—interrumpió Phoebe porque sabía la habilidad que


tenían esos dos para empezar a pelear y olvidarse de lo importante. Cerraron la
puerta detrás de sus cuerpos. Mantecado se acomodó junto al umbral como todo un
soldado.

"Por aquí nadie pasa"

—Helga…

Phoebe sintió que aunque la conocía de toda la vida y creía ser la única testigo de
las múltiples facetas de su amiga, había demasiadas cosas que aún no sabía. ¿Por
qué no se lo decía? ¿A caso, alguna vez la hizo sentir incómoda? ¿No confiaba en
ella?

—No te lo dije por ninguna de las razones que sé que estás pensando…—comentó
Helga, como siempre. Leyendo sus pensamientos, viendo a través de sus miedos.

—¿Entonces?

—Tú, eres como lo mejor y más puro y bueno que he tenido en mi vida. Así que en
algún momento pensé que si te compartía todos los horrores con los que vivía, los
temores, el dolor. Te contaminaría y esa pureza, esa belleza tan característica tuya
se mancillaría.

—Helga…—Phoebe se abrazó a ella, porque sus sentimientos seguían siendo


nobles y hermosos. Porque se seguía preocupando por ella, cuando debía
preocuparse por sí misma. Y evocando el pasado, todo lo que supo de aquel
altercado, fue que sus padres "la descubrieron" la buscaron por todos lados y no la
encontraron.

Nunca le dijo donde pasó la noche, pero a la mañana siguiente contrataron a alguien
para que talara el árbol.

En las columnas de la "Señorita G" hubo toda una semana dedicada a la "naturaleza"
Harold adoró esas letras, Sheena, Lila y varias personas también. Creían que se
refería al viejo Pete, o que hablaba de la vida en sí.

Sólo ella logró leer entre líneas, sólo ella supo que las referencias al viejo amigo, el
secreto confidente, aquel que te acompaña en tus momentos más desesperados y
que finalmente se aparta, estaban dedicadas al árbol que le brindaba más que sus
brazos, alas para volar.

112
Concluyó el abrazo diciéndole a su amiga que no era ninguna clase de monstruo o
ser desalmado, que ni ella ni Gerald, y por supuesto Arnold, iban a dejarla. Que no
tenían motivos para odiarla, que los padres son los que deben proteger a sus hijos
y que si bien ella estaba decidida a ser la escudera y no la princesa de su cuento de
hadas.

Aún eran niños...

—Teníamos diez años, Helga. Tu madre no tenía ningún derecho a ponerte en el


medio, es más ni siquiera debió pronunciar tu nombre porque lo que ella tenía que
hacer, era protegerte de todo mal. Lamento que no sucediera así, que te hiciera
sentir culpable, porque supongo que con el alcohol y los estupefacientes, más de
una vez debió haberte culpado por las acciones de Bob.

—Así es…

—Pues no es tu culpa, mírame a los ojos Helga. ¡No lo fue! Tú no tenías porque
estar en el medio, no tenías porque escucharlos o verlos. No tenías por qué consolar
a tu madre cuando era ella quien consentía los maltratos de tu padre.

—Miriam le tenía tanto miedo…

—Lo sé, es una reacción natural tenerle miedo a aquellos que nos lastiman, pero tu
madre lo permitió…—Phoebe iba a continuar con su discurso hasta que unas cosas
llevaron a otras y fue una conclusión totalmente diferente a la que llegó.

"Jake" él estaba intimidando a Helga, la estaba presionando tanto que su amiga


llegó al límite, evocó su pasado, recordó a sus padres, cometió una estupidez detrás
de otra porque obviamente, estaba decidida a no repetir la historia de Miriam. Los
temores de Arnold estaban bien justificados. ¿Por qué desconectó la línea de
teléfono? ¿Por qué ya no respondía sus mensajes y llamadas a celular? Ella pensó
en eso a lo largo de toda la noche pues desde que salía con Gerald, asumía que
Helga decidió concederle intimidad pero no se trataba de eso.

¡Helga ya estaba siendo acosada por Cabot!

¡Lo mataría!

Bueno, ella no era así de imprudente, ambiciosa o visceral, pero sí descubriría lo


que Helga les estaba ocultando. Todas las llamadas telefónicas dejaban un registro
electrónico en algún lado, los mensajes también. Puede que Gerald pudiera
ayudarla o Jamie 'O ahora que trabajaba en el departamento de justicia de otro
condado porque la "situación" laboral de su padre no permitió que ingresara al de
Hillwoood, pero tenía acceso a claves y esas cosas que necesitaban.

La rubia sollozó otro poco, sin alarmarse por el silencio que recientemente se había
creado, la animó a que recompusiera su estado.

—Sé que fue duro, que intentas pagar alguna clase de culpa, pero no tienes qué
hacerlo…

—Phoebe…

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—No, Helga. Por esta vez en la vida hazme caso. —tomó el rostro de su amiga con
ambas manos, la miró a los ojos y comentó. —No eres un monstruo, no le debes
nada a tus padres porque si fuera así, no estarías sufriendo por esto. Tienes
sentimientos, corazón. Eres una persona maravillosa que no sé como es que ha
podido sobrevivir a todo esto, sin pedir ayuda a nadie. Pero ahora que lo haces, te
juro por nuestra amistad que no vamos a dejarte caer.

—Gracias.

—Eres fuerte, la persona más fuerte que he conocido y eso no va a cambiar. ¿Saber
por qué? Porque Arnold te ama…—Helga se ruborizó hasta las orejas y su amiga le
aseguró que era cierto. Su único defecto era el nulo interés por la poesía o literatura
en general, pero no todos los hombres podían ser perfectos. Gerald, coleccionaba
más revistas de modas que de deportes.

—Es una niña.

—Una que tarda en arreglarse más que yo…pero así lo amo.

—Yo también lo amo, —comentó refiriéndose a Arnold. —Aunque jamás, me haya


notado.

—Ahora te nota y el lunes en la escuela, todos lo comprenderán y aceptarán de la


misma manera en que hizo Gerald.

—Aún no te perdono por convertirme en una "gorda en pausa"

—Si lo hiciste, cuando te dije que a Rhonda le dio un tic nervioso que casi terminó
en parálisis facial, lo hiciste.

En la sala Jamie 'O observaba a los chicos con gesto reflexivo, se burló
internamente. "Problemas de chicas" jamás creyó que vería así a su hermanito y a
su amiguito.

—¿Qué pasa, gusanos? ¿Los corrieron por meter las manos donde no debían?

—¡NO! —gritaron los dos.

—¿Entonces los corrieron por no meterlas manos donde no debían?

—¡DIOS! ¿QUÉ ESA CLASE DE MIERDA ES LA ÚNICA QUE TIENES EN LA


CABEZA?—se quejó Gerald para deleite de su hermano.

—No, sólo quería comprobar que aún seguían respirando. Parece que llevan todos
los problemas del mundo sobre los hombros y si los conozco como creo que lo hago,

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diré que una vez más se metieron en más problemas de los que pueden controlar.
—Arnold y Gerald miraron a Jamie 'O como el adulto responsable que desde hacía
un par de años era. El moreno les pasó un par de cervezas. Atrás quedaron los años
de beber soda para olvidar el dolor.

—¿Qué es esta vez? ¿Tiene que ver con el asalto que no fue un asalto?—Gerald
tragó en seco, su hermano, no preguntaba. Afirmaba. —Tal vez puedas engañar a
mis padres, porque claro, sigues siendo su bebé. Pero para mi, eres un gusano en
la cuerda y nadie te golpea que no sea yo. —Gerald miró a su hermano como si
fuera lo que en realidad era. "un oficial de policía ampliamente calificado" y asintió.

—Entonces, "extraoficialmente" ¿Qué sucedió? La rubia que trajeron, no fue la que


te golpeó ¿Cierto?

—¡No! Al que golpeaba era a él. —se defendió señalando a Arnold quien se molestó
de inmediato. Jamie 'O sonrió, chocando su cerveza con la del rubio. —Y ahora te
golpea duro contra el muro. ¡Bien hecho! —Arnold casi se ahoga con el trago recién
dado, Gerald estalló a carcajadas chocando los cinco con su hermano.

—¡Que solo dormí en su sillón! —bramó, dejando la cerveza en la mesa de centro.

—Pues claro, con la mano que tiene lesionada ¿Cómo iba a pasar algo más…?—
comentó el mayor, dejando su cerveza vacía por igual.

—Eso no los detiene de estar como sanguijuelas. —comentó Gerald haciendo


ademanes con la lengua y las manos.

—¡BASTA LOS DOS!—gritó Arnold, sintiéndose mucho más molesto.

—Nop, quiero saber la verdad. ¿Quién te golpeo y a quien golpeo?

—Yo te daré la exclusiva porque creo que podríamos necesitar de tu ayuda. —


comentó Phoebe entrando en la sala y dejando en claro que tenían pocos minutos.
Su amiga estaba en el baño, no creía que se tardara demasiado.

—Cuñada…—saludó el moreno con efusión.

—¿No tienes cervezas para todos? Helga, podría sorprenderte.

—¿Helga…?—inquirió Jamie buscando en su base de datos mental. —¿El "Terror


Pataki"?

—La misma.—concedió con una sonrisa de lo más esplendorosa.

—¡Vaya! No sabía que le gustaban los…—Arnold puso tal expresión de fastidio que
el moreno no terminó la oración.

—¿Se puede saber cómo es que la conoces?—preguntó impresionado. Al parecer


todos la notaban, menos él.

—¡Tu chica, es una Diosa para las luchas! Siempre que vayas a la arena apuesta al
mismo que ella. ¡Jamás pierde! Bueno, si hubo una vez pero se enfadó tanto por el
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resultado que ella misma saltó al ring y fulminó al vencedor. El árbitro levantó su
mano y preguntó su nombre.

"Helga, el Terror Pataki" Todos le entregamos nuestro dinero, alguien hasta arrojó
su ropa interior. Fue épico.

—¿Cuánto hace de eso? —preguntó Gerald.

—¿Cuánto llevas sin usar pañal?

—¡CONCENTRENSE!—gritó Phoebe.

—Tendremos tiempo, si el gruñón va a distraerla.—comentó el mayor. Arnold contó


hasta diez y se levantó. ¿Así sería cuando todos en la escuela lo supieran? ¿Cada
persona que conociera encontraría un momento para restregarle lo idiota y falto de
sentido común que era? Claro, por qué no. Hasta donde estaba entendiendo a Helga
solo le faltó pilotar un avión y escribir en el cielo cuanto lo amaba.

Fue escaleras arriba, hasta alcanzar la habitación de Gerald, ella ya estaba ahí con
la Gaceta en manos, releyendo sus letras.

—Lamento, no comprender la poesía.

—Si lo hicieras, tal vez no me gustarías tanto. ¿Dónde fueron Phoebe y Gerald?

—Nos están dando espacio.

—¿Más?

—¿A qué te refieres?—cerró la puerta detrás de sí. Seguro de que Phoebe ya habría
descifrado algo que conectaba a Cabot con el pasado de Helga, sus miedos, su
culpa. ¡Ese bastardo era el causante de todo esto!

—Estoy segura de que ni siquiera ellos, se han besado como nosotros en este
cuarto.

—Te volveré a besar así, cada vez que pienses que debes pagar un precio por estar
a mi lado.

—Arnold…

—Te amo, no lo supe hasta ahora. Pero eras tú, siempre tú.

—Y dices que no entiendes la poesía.

—No son metáforas, es la verdad. Quiero estar a tu lado, lo que abre el preámbulo
a otra cosa que te quería preguntar.

—¿Me vas a pedir matrimonio?—inquirió con sorna. No había diversión en el rostro


del rubio por lo que ella sintió que se le secaba la garganta y le temblaban las
piernas.

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—No, somos muy jóvenes para eso, además de que no hemos conversado en
absoluto de ello. Quiero que te quedes con nosotros, en la casa de huéspedes.

—¿Qué? —ella lo miró como si se hubiera vuelto loco.

—Es una casa de huéspedes, mi habitación es la más apartada del resto, pero si
aún así te parece incómodo, creo que podría convencer a mis abuelos de ponerte
una cama en el salón de lectura. Estarás segura y si intento cualquier cosa, ya sabes
"mi abuela va a castrarme"

—¿Estás hablando en serio?

—Si dices que no, será a la inversa. Convenceré a mis abuelos de quedarme
contigo.

—¡Espera! ¿Por qué…?

—Porque Jake sabe dónde vives, intentó hacerte salir rompiendo tu foco y ventana.
Además no creo que lo detenga el hecho de que seas una mujer.

—Sé defenderme…

—Lo sé y ese es el punto, que si vamos a estar juntos. Lo hacemos en todos los
sentidos, los dos defendemos, ninguno se esconde. No más.

CAPITULO 10

—Arnold…—el escepticismo en los azules ojos de la chica hicieron probable la idea


de tenerse que mudar. ¿Cómo se lo diría a sus abuelos? es más ¿Cómo lo tomarían
sus abuelos? Hasta donde ellos sabían, él y Helga solo llevaban un día de novios...

Un día y ninguno de los dos la llamaba por su verdadero nombre. Sonrió, evocando
la forma en que la referían.

Geleanor y Eleanor.

¿De dónde salió ese nombre? ¿A caso ella podía ser todas y a la vez ninguna?
¿Dónde estaba la verdadera Helga? La única, auténtica, la que hacía que sus

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sentidos se pusieran al máximo, la que ponía a prueba sus demonios internos, la
lava ardiente de su volcán.

La observó de nuevo, de pie ante él, la gaceta terminó sobre el escritorio de Gerald,
sus ojos lo estudiaban atentos, directos, emulando decisión cuando por dentro se
encontraba sufriendo.

—¿Aún no me crees?—preguntó, acercándose a ella. Acarició su mejilla, Helga


cerro los ojos agradeciendo el contacto, luego se tomó la libertad de llevar un
mechón rebelde de rubio cabello a la parte trasera de su oído. Pataki suspiró, tímida,
trémula. Él la disfruto, porque en verdad le gustaba verla así, trágica, dramática. La
princesa del cuento encantado.

Pero sabía bien, que ella era más que eso.

—¿No he logrado convencerte de que te amo? —preguntó colocando los dedos


sobre su barbilla, ella lo miró. La decisión permanecía en su mirar, junto al temor.

—No se supone que tengas que convencerme…—comentó mirándolo con una


nueva intensidad. —Creo en lo que veo y en lo que escucho. Sé que hablas en serio,
Arnold.

—¿Entonces? ¿Por qué siento que te estás alejando?

—Me pides que renuncie a mi…

—Eso no es…—Helga lo interrumpió, rehuyendo al contacto de sus manos,


apartándose lo mínimo para continuarse explicando.

—Mi casa, mis pesadillas, mi convicción. ¿Qué pasará cuando lo que quede, no sea
lo que quieres? —él no pensó exactamente eso, aunque ahora que lo
mencionaba ¿A caso estaba diciendo que necesitaba flagelarse día con día para
enfrentar el mundo con esa arrogancia tan característica suya? ¿Era posible que
esa fuerza que amaba en ella, esa seguridad y pasión, vinieran de la mano con el
dolor?

Por supuesto.

Pero ella negaba el dolor, rehuía a su pasado, lo enterraba junto al amor y por eso
en lugar de decir "te amo" pregonaba "te odio" la contempló a totalidad, no solo sus
cabellos desordenados, cayendo por buena parte de su cara, los ojos azules con
ese amor incondicional, irrefrenable, las mejillas sonrosadas, los labios llenos,
mismos que como siempre, ya se moría por probar. Admiró su fortaleza, ya que
cualquier otra persona, luego de confesar lo dicho o de vivir lo mismo, ya se habría
dejado derrotar. Se habría dado al alcohol o las drogas, en la preparatoria era
bastante sencillo acceder a ambas cosas, había grupos que te ofrecían, te invitaban
una probada o si querías más intimidad, bastaba acudir a las fiestas o bares
indicados.

Helga pudo caer en algo así, pero seguía aferrada a ser como es…ingobernable,
inquebrantable. Sus ganas de luchar se estaban desvaneciendo, pero en lugar de
rendirse, ser cobarde y huir, se mantenía en pie, por él…

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¿Cómo lo llamó anoche? El inventado y que nunca fue contra el apuesto rubio que
ahora es.

Aún si esto era karma. (Cosa que sinceramente, seguía sin creer) él quería
permanecer a su lado, luchar sus batallas, arrebatarle el dolor...

—Quiero todo de ti…—pronunció sin chistar. Helga lo miró impresionada,


ligeramente desconcertada. Lo supo porque hubo vacilación en sus ojos y una
maldición, no pronunciada en el temblor de sus labios.

Él le sonrió y continuó explicando. —Quiero que vivas conmigo porque soy yo el que
necesita sentirse tranquilo. Porque no lograría dormir una sola noche sabiendo que
hay otro tipo que te ha besado y que además de eso, desea hacerte daño. Nunca
dije que no llevaras las maletas, tus miedos, pesadillas, lo que quieras traer a
cuestas, te ayudaré a cargarlo.

La carta, por cierto. Sigue siendo parte del trato.

—¿La que nunca pensabas darme…?—inquirió con apenas un hilillo de voz. Arnold
sí que sabía como dejarla sin aliento, argumentos, pretextos…

La madurez propia de la adolescencia le había otorgado una seguridad notable. Ya


no se andaba por las ramas, decía lo que pensaba y le encantaba.

—Si…—hubo un silencio entre ambos, como si una vez más se retiraran a sus
esquinas para planear la siguiente estrategia. ¿Esto era una pelea? ¿Un duelo de
confesiones? ¿De voluntades? ¿Por qué todo con él…era tan diferente?

—¿Y por qué…?—preguntó recuperando el aplomo, viajando en su nube


haciéndose mil ilusiones porque quizás…quizás, él la amaba desde antes, pero no
se atrevía a confesarlo.

—Porque...honestamente, no tengo idea de lo que escribí en ella.

—¿¡Qué!?—gritó molesta. Él se rascó la nuca, sabía que se enfadaría, pero era la


verdad.

—Hay rituales,—explicó. —Ceremonias en las que participé para ganarme el


respeto y honor de la tribu. Una de esas incluía meditar frente a una hoguera, relajar
el cuerpo, aislar la mente…

—Tu mente siempre ha estado aislada Cabezón…—se burló. No porque deseara


interrumpirlo, sino porque "necesitaba" interrumpirlo. Su mente, hiperactiva desde
siempre creaba infinidad de escenarios. Las palabras "rituales" y "tribu" la llevaban
a pensarlo con muy, pero muy poca ropa.

—¿Me dejas terminar? —Pataki dijo que sí pero negó con el rostro. Él la miró sin
entender el bochorno en sus mejillas y la mirada esquiva. ¿Creía que esto, que le
decía era una broma?

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—Helga…—la llamó, porque aparentemente, en su relación. La única con derecho
a ponerse "seria" era ella. Y eso lo enloquecía, acrecentaba la lista de cosas en esa
mujer que lo sacaba de sus casillas.

—¡Te estoy escuchando!—se defendió, pero seguía sin mirarlo. —¿Por qué no lo
recuerdas? ¿Qué era lo que conseguías luego de meditar frente a una hoguera y
aislar tu mente?

—Volver a dormir…—respondió con un barítono que no sabía, ni de donde se sacó.

—¿¡Qué…!?—inquirió ahora si, mirando el conjunto completo. Porque no es que no


lo notara antes, ella siempre lo notó desde antes, pero Arnold Shortman era más
que un simple rubio apuesto. Estaba bellamente trabajado, muy bien esculpido, esos
músculos que había tenido en torno a su piel a lo largo de la noche entera,
aparecieron cuando volvió de la selva y su cerebro, entre más pensaba en eso,
estaba dejando de enviar la señal para que entrara el oxígeno necesario a su cuerpo.

La forma en que la miraba Arnold, esa oscuridad seductora que descubrió apenas
ayer que la volvía loca, estaba otra vez ahí, juzgándola, retándola…se mordió el
labio inferior y fingió sumo interés en lo que sea que le estaba diciendo.

—Tú me quitas el sueño, Helga…

—¿Qué…? —¡Dios, si que la ponía idiota! Nunca había repetido la misma palabra
tantas veces en un periodo tan reducido de tiempo. Shortman sonrió, acortando la
distancia entre sus cuerpos, ella sintió que si se acercaba más se moriría ahí mismo
y si la tocaba ¡Mejor que no la tocara! —se replegó hacia atrás, el chico se extrañó
por el acto. Pensó que estaba molesta o que su confesión aún le parecía una broma
pero nada de eso explicaba el nerviosismo y bochorno, la forma en que humedecía
sus labios, el cómo miraba su cuerpo, porque obviamente, él notaba cómo miraba
su cuerpo.

—¿Me estás escuchando o solo finges para tenerme ocupado?—Helga dio una
inhalación profunda, calmó sus impulsos, sus ansias. Tenía años de experiencia en
eso, lo tenía controlado. Si, controlado. —se mintió.

—Te estoy escuchando…—insistió, sin mirarlo a los ojos, porque esa mirada oscura,
peligrosa y sexy era lo que indudablemente la llevaría a la perdición.

—Mientes.—sentenció.

—¡No lo hago!—replicó.

—Puedo ver claramente que estás divagando.

—¡Tengo problemas de concentración! —gritó. —Aparecieron el primer día de


escuela, cuando fuiste estúpidamente amable y te convertiste en mi fantasía
delirante.

—¿Perdón?—se burló, agradecido y halagado por su honestidad.

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—¡Que te hagas a un lado! ¡Agotas el oxígeno en este cuarto, tan absurdamente
reducido, y por ultima vez. Sí te estoy escuchando!

—¿De verdad, que fue lo último que dije?

—¡Algo de que no puedes dormir! —respondió un poco furiosa, aunque sus mejillas
seguían rojas y sus labios humectados. Él se acercó otro poco más, Helga ya no
tenía a dónde escapar, chocó con el escritorio de Gerald, él prosiguió, quizás con
intención o gozo, de saberse su perdición.

—Así es, intento decirte que cuando estaba con mis padres, lejos de todos y todo lo
que había conocido. Despertaba alterado, (omitió el "gritando") pensando en ti.

—¿Por qué en mi…?—miró sus ojos, la sensualidad de esos ojos, el poderío, la


fortaleza, mezclándose con su alma noble. Sintió que se le secaba la garganta, que
se le encogía el estómago, que quería anclarse a él, arrancarle las ropas y fundirse
en su piel…¡No Helga! ¡No pienses en eso!—se gritó de manera interna. Pero otra
voz le contestó a esa, que fue él, quien empezó. ¡Tan apuesto, maduro, ardiente!
¡Tan, él…!

—No lo supe entonces pero estoy seguro de saberlo ahora…—confesó. Mirando el


adorable rubor de sus mejillas, el nerviosismo de sus ojos, el temblor de sus manos,
la intención…que le hizo recordar sus sueños.

Las pesadillas que la incluían a ella y al ultimo de sus besos. Ese que se dieron en
navidad, dónde saboreó su lengua y se entregó al clamor de sus labios, dónde supo
indudablemente que se trataba de ella y que podría besar a otras, pero que ninguna,
lo besaría como Helga.

Un beso lento, que se volvió apasionado. Un beso que parecía hablar de ellos, lo
inconcluso, lo confeso pero jamás vivido.

En la pesadilla, él se rendía. Dejaba caer sus barreras, mandaba al infierno a esa


voz que decía que debía separarse de ella. Porque sí, eran conocidos, eran amigos,
pero jamás habían compartido algo tan íntimo. Helga era su "bully" pese a haber
confesado amarlo, era la mujer que lo ponía contra las cuerdas y le hacía perder
toda pelea. Era la que le daba la mano y después volvía a tirarlo o patearlo. Era la
mujer que quería y a la vez temía porque si lo entregaba.

Helga G. Pataki, haría pedazos su corazón.

Él lo sabía, lo comprendió desde el principio, que sus pasiones eran desmedidas,


que ella era fuego y él viento. Que uno de los dos, si es que terminaban juntos
consumiría al otro, pero por alguna razón, no podían mantenerse demasiado lejos
del otro. Intentaba olvidarla, negarla, conformarse con ser su amigo, hacer caso
omiso de todo lo dicho.

Pero cuando lo estaba logrando, cuando conseguía avances con Lila o cualquier
otra chica, aparecía de nuevo. El encuentro inesperado a medio pasillo, el choque
de sus cuerpos, la pelea entre ambos, el movimiento de sus labios diciendo mil
maldiciones, cuando todo lo que pensaba él, era que quería besarlos.

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Más no se atrevería a tocarlos porque él, era el caballero, el muchacho amable, el
que siempre pedía permiso…Y ya estaba cansado, de seguir las reglas del manual.

La besó de la exacta manera en que habían hecho e hizo lo que en el sueño tanto
había repetido. Se abrazó con una mano a su barbilla, con la otra a su cintura, la
pegó de tal manera a su piel que la sintió entre sus formas con toda su fortaleza. Y
no tenía idea de qué era con lo que Helga había estado divagando pero debía estar
en la misma línea de pensamiento puesto que sus manos, lo aferraron de la exacta
manera, la muñeca herida en su cuello, la otra por la parte baja de su cintura,
pegando sus pechos, separando las piernas, acomodándose a él, moldeándolo a él.

Hubo un momento en que los alientos se agotaron y sus labios se separaron, él no


quería liberarla, dejarla…mordió el labio inferior de la mujer como hizo en su casa
pero en esta ocasión sí logró lastimarla. Helga lo dejó hacer, lejos de abofetearlo o
tirarlo y golpearlo, lamió la herida recién abierta y lo miró con desafío.

¿A caso no eran los dos jugando con fuego? ¿Deseando rebasar los límites,
conocerse, sentirse? Helga lo retó con un movimiento de rostro, en realidad no supo
si eso fue lo que hizo, pero él así lo sintió.

Su fuego, la lava ardiente del volcán.

La acorraló de nuevo y se olvidó de pensar. La levantó por los glúteos, sacándole


un grito que ahogó al reclamar su boca. Helga enredó las piernas en torno a su
cintura y se aferró a él para no caer, hubo tiempo para la sorpresa, para la vacilación,
para que le temblaran las rodillas puesto que este era un movimiento nuevo y jamás
había intentado levantar a su novia.

El equilibrio se fue al demonio, intentó apoyarla, pero no alcanzaron el escritorio o


la pared, chocaron contra el librero que sostenía sobre la parte mas alta un trofeo
de baloncesto que por el impacto de sus cuerpos juntos se fue irremediable a la
nada y se rompió en pedazos.

Helga gritó, él la bajó, o quizás fuera mejor decir que la dejó caer una vez recordó
donde estaba la cama de su amigo. Ambos tenían ahora las respiraciones agitadas,
los labios hinchados, las ropas fuera de sitio...

Gerald, iba a matarlo.

En la parte baja de la casa, Jamie 'O intentaba hacer algo con la información que
recientemente le habían dado. No le gustó lo primero, aborreció lo segundo y
definitivamente iba a rumiar durante horas por lo tercero, pensó en comenzar su
discurso diciéndole a Gerald que estaba "bien" que defendiera a su amiga, que
persiguiera a ese loco, pero que estaba tremendamente "mal" que lo hiciera sin estar
preparado.

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Tenía las palabras exactas en la punta de la lengua cuando se escuchó un sonoro
golpe, en la parte de arriba seguido del grito de la rubia.

Los tres se miraron con sorpresa. Obviamente el lobo feroz no estaba en la casa,
era imposible que Jake Cabot irrumpiera en "su" casa y por tanto la explicación era
solo una.

Se dibujó en sus labios, en la sonrisa bobalicona que hizo que Gerald se pusiera
más pálido que la misma muerte y Phoebe más incómoda que cuando sus padres
insistieron en que viera las fotos de Gerald de bebé.

Era un bebé lindo.

Y hablando de niños…

—¡ESTÁN HACIENDO BEBÉS! —gritó como lema de guerra, como el líder de los
Espartanos con escudo y lanza en mano. Su hermano saltó del sillón, subiendo las
escaleras lo más rápido que pudo gritando como era de esperarse a todo pulmón.

—¡NO PUEDEN HACERLO EN MI CUARTO! ¡NI SIQUIERA YO, LO HE HECHO


EN MI CUARTO!

Jamie'O estalló a carcajadas, Phoebe en serio que no encontraba dónde


esconderse. Su "cuñado" le dio golpecitos en la espalda para tranquilizarla
argumentando que Gerald era tan torpe, algunas veces, de verdad, le facilitaba tanto
el burlarse en su cara. Y si "lo estaban haciendo" el susto que se llevaría al abrir la
puerta, no tendría nombre, ni apellido.

Phoebe suspiró, Gerald obviamente no pensó en eso. Pensó en años de


psicoterapia para volver a dormir en su muy amada y pachoncita cama.

Abrió la puerta de un solo golpe y encontró a los culpables de su mal humor, los
morados en su cara y de que no tuviera un fin de semana "romántico" manoseando
"algo" en su escritorio.

—¡¿QUÉ ESTÁN HACIENDO?! —los rubios levantaron las manos, como si aquello
fuera un arresto y mostraron el cuerpo del delito. Descansando sobre la madera
opaca, partido en tres partes que eran las mismas que lo conformaban.

Antes de que comenzara a gritar, porque como todo adolescente tenía su carácter
y su habitación era su templo, mismo del cual él era el Dios, absoluto, inquisidor y
quizás….muy en el fondo benévolo.

Helga lo cayó.

—Puedo repararlo, soy bastante buena de hecho. Años de experiencia destruyendo


y "reparando" los trofeos de Olga, sin jamás ser atrapada y antes de que lo digas.
No fue un acto premeditado, nosotros…

—NO ME HAGAS PENSAR EN USTEDES COMO UNA UNIDAD. —respondió


furioso. Y los obligó a separarse.

123
Esta, no era la primera vez que ese trofeo se caía y se partía. Timberly lo había
botado accidentalmente cuando golpeo el librero con una pelota, porque la "señorita"
no entendía que el soccer se practicaba afuera y no "dentro" de la casa. Su madre
lo tiró cuando movió el librero para "levantar" su chiquero. Su padre y hermano lo
tiraron como seis veces más cuando su lugar no era ese, sino una de las mesas de
la sala.

No era "el gran trofeo" estaba hecho de resina y plástico, mal acabado y no
representaba un primer lugar o un oro. Era de color plata y decía segundo lugar,
pero hacía referencia a una competencia estatal y eso era lo que le gustaba de
tenerlo postrado.

Los "novios" lo miraron temerosos a la espera de su veredicto y él tuvo que tragarse


los argumentos al caer en la cuenta de que, la que estaba más "desvestida" era
Helga. Su camiseta tipo jersey estaba fuera de sitio, sus cabellos sueltos más
enmarañados que de costumbre, pero la cereza del pastel, no era esa, sino que
tenía una herida como la propia, en los labios.

Al "Terror Pataki" nadie la había marcado con un puñetazo en la boca. Su novio,


casi le arranca la boca. Y eso de verdad, le agotó la paciencia.

—¿Helga, por qué no bajas con Phoebs en lo que yo hablo con Arnold?

—En serio, puedo...

—¡NO ME IMPORTA EL TROFEO! ¿Puedes salir, antes de que me porte como un


verdadero tarado, contigo? —la rubia asintió, el bochorno visible en sus afilados
rasgos y antes de que atravesara el umbral por completo, Gerald comentó.

—Tal vez quieras acomodarte la ropa primero, mi hermano…

—Entiendo y de verdad, lo siento…—cerró la puerta y corrió a esconderse en el


baño con la vergüenza ardiéndole mucho más que los labios, además de la maldita
muñeca doliendo como el infierno porque le dio miedo y sorpresa y se aferró al cuello
de la camisa de Arnold con todas sus fuerzas temerosa de caer, aunque ahora no
sabía el por qué.

Él nunca la dejaría caer. Era fuerte, indómito, salvaje…

¡Dios…!

¿Y así, quería que se fuera a vivir con él?

Gertrude, iba a castrarlo.

124
—¿¡TE VOLVISTE LOCO!?—gritó Gerald, sumamente molesto. Porque las dos
veces que habían comprometido la santidad de su cuarto, el que comenzó fue
Arnold.

—Lo siento, Gerald.

—¡No! ¡No lo sientes, porque si fuera así, no la estarías provocando!

—¿Qué, tienes cámaras?—preguntó molesto, frustrado porque aparentemente


Gerald, se había auto proclamado el guardián de la virtud de Helga.

—No me hacen falta, sé leer a las personas y de los dos, ella era la única con los
labios rotos. Escucha, sé que es tu novia, entiendo que sea más que bonita…

—¿Que dijiste...?—inquirió con aún más molestia en la voz. Gerald supo por dónde
iba y le agradó la idea de arrojar más leña a la hoguera.

—Que no es bonita, es sexy…ardiente.

—Retráctate.

—Todos antes que tú ya lo habíamos notado. ¿Por qué otra razón crees que vamos
a verla jugar? Jake Cabot es un animal en celo, pero al menos es un animal honesto.
¿Cuál es tu pretexto?

—¿Estás comparándome con Cabot?—preguntó, ya no molesto. Sino furioso,


porque el dedo seguía en la yaga. El hecho de que todos vivían en este mundo,
menos él. ¿Qué le pasaba a su mente? ¿Se iba a Narnia y no regresaba? No era el
momento de pensar en eso. Era el momento de decirle a Gerald que bajara los
humos o él, le rompería lo que le quedaba de cara.

—Estoy tratando de entender, viejo. Sé que la loca era ella, la enamorada,


apasionada. Si sigues con esta "patética idea" sugiero que vayas a la P.S 118 y
pidas los números de las Gacetas donde publicó "La Señorita G" a todo nos hizo
reflexionar, amar, crecer…

—Gerald,—interrumpió. —¿A dónde quieres llegar con esto? ¿Y a qué te refieres


con patética idea?

—Me refiero a que puedo con el hecho de que siga enamorada de ti, pero ¿Cómo
esperas que crea que de la escuela a tu casa, te enamoraste también?

—¿Perdón?—inquirió pasando de la furia al deseo homicida. ¿Quién era él para


cuestionar sus sentimientos por la mujer?

—Por lo que veo y entiendo. Al igual que a Cabot, a ti solo te gusta su cuerpo…—
Arnold soltó el primer golpe, mismo que fue esquivado y respondido.

En sus años de amistad, varias veces se habían peleado y no en todas Shortman


salía bien librado. Esta vez era diferente, porque le ofendía y enloquecía todo lo que
el moreno decía. ¿A caso Gerald, guardaba más que sentimientos de amistad por
Helga?
125
Se lo preguntó.

—¿No serás tú el que desea estar con ella?

—Tanto como desearía, pasar la eternidad en el infierno.

—Entonces, no entiendo…

—Porque eres denso, Arnold…—el calificativo le enfureció y en esta ocasión, sí lo


derribó y golpeo. Johanssen escupió un poco de sangre, el labio inferior se le volvió
a abrir y sonrió con dientes blancos, manchados de carmín.

—Helga, es la hermana de mi chica. Yo no pretendo otra cosa, más que llevarme al


altar a mi novia. Puede que no ahora, pero cuando terminemos nuestras carreras,
estemos titulados y tengamos muchos ceros en nuestra cuenta. Phoebe será mi
esposa y eso convierte a Pataki, en familia.

—¿Espera, qué...?

—Mi propia hermana, está convirtiéndose en una mujer de lo más hermosa y mi


trabajo es procurar que no existan "Jake Cabot's" en su vida. Cuidar de Helga, puede
que me ayude a proteger a Timberly, así que disculpa si debo insistir.

Arnold, que para estas alturas estaba encima del otro con los puños cerrados, en
espera de asestarle el golpe fatal se disculpó de manera interna por haberle abierto
el labio a su mejor amigo, por haber pensado cosas que no estaba permitido pensar,
por besar de manera arrebatada, alucinante y apasionada a su novia dentro de una
que "no era su alcoba" e iba a decirlo en alto, pero Gerald no era precisamente un
luchador honrado.

Le colocó un puñetazo en el ojo izquierdo, lo derribó al piso y preguntó de nuevo,


haciéndole una llave de lucha que seguramente todos conocían menos él, porque
no veía luchas, ni participaba en ellas, ni acostumbraba acabar de cara al piso con
un moreno que pesaba como el tormento rompiéndole los huesos.

—¡No fue de la escuela a mi casa! —replicó, golpeando el piso con la mano libre,
en espera de ser liberado. —¡Me gustaba desde antes, desde el Chez París, la
tercera vez que nos besamos!

—¿¡Tercera…qué!?—Gerald aligeró un poco la fuerza con que lo sometía, pero no


lo liberó. Ahora estaba molesto por no saber de qué diablos le estaba hablando. Al
Chez París, que él supiera. Sólo había ido con dos chicas: la primera era Cecile y la
segunda era Lila. ¿Dónde demonios encajaba Helga? ¿Y cuales fueron el primer y
segundo beso?

—No te lo dije nunca porque hablamos de Helga, mi bully personal, tú pensarías que
estoy loco.

—Ciertamente, eso es lo que pienso…—presionó un poco más el brazo que le


doblaba cruelmente hacia atrás y el rubio gritó.

—¡Gerald, basta! ¡Suéltame!

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—¡NO! —y fue su turno de convertirse en el vasallo del Diablo. Le susurró al oído,
como un sicario o un ser de lo más desalmado. —Me vas a decir todo lo que no sé,
supuesto "mejor amigo"

En la sala, Helga ya se había unido a Phoebe y Jamie 'O, el adulto responsable tuvo
la cortesía de disculparse e ir a meterse a la cocina. ¿Querían tacos?
¿Hamburguesas? Apostaba a que podía hornear un pastel.

—Hamburguesas estaría bien. —comentó Phoebs, recordando que Gerald, amaba


ese platillo en particular. Cuando quedaron a solas, Helga no sabía con qué taparse
la boca y eso le dio risa a su amiga. "¿Quien pensaría que esa era la forma de
mantenerla calladita y bien sentadita?"

—¿Sigues segura de que no han hecho nada de lo que te puedas arrepentir en no


sé, nueve meses aproximadamente?

—Totalmente segura…—respondió con la mano herida en la boca. La morena


disfrutó y picó otro poco.

—¿De verdad?

—¡Si!—se quitó la mano de ahí para darle más énfasis a su enojo. Ella sonrió de
lado y siguió.

—¿Aún no has contado los lunares que pueda tener en las abdominales y la espalda
baja?—inquirió. Porque lo intuía, entre más maduraban y la rubia insistía en seguir
pregonando su amor a los cuatro vientos. Ella sabía, que si llegaba a tenerlo, no se
podría controlar. Ya no eran fantasías, ya no eran poesías, ya no era la edad de los
unicornios rosas. Era la edad de las hormonas y la sorpresa era que aparentemente,
Arnold tampoco se podía controlar.

La envidió, porque Gerald era un caballero y ella estaba ligeramente…"interesada"


en algo más. Demasiado control parental en su vida, necesitaba portarse mal, lo
compensaba cuando salía con Helga, pero maldición.

La rubia se puso totalmente roja y volvió a taparse. Ya no la boca sino toda la cara.
Phoebe terminó por reír, soltó una risa afable, amigable. Helga la miró como si
estuviera loca. Sabía que Heyerdahl tenía el talento para reinar en el infierno, sin
jamás haber juzgado a nadie.

Sólo los picaría con su tenedor gigante, a la distancia prudente y sin sentirse
culpable.

Cuando iba a comenzar a molestarla también, escucharon los gritos en el piso de


arriba, los golpes que indudablemente hablaban de una pelea y las dos, junto con

127
Jamie'O se miraron aleatoriamente como para decidir, ¿Quien iría a separar a los
niños?

—¡Tú tienes prohibido volver a salir de mi campo visual! —le comentó a Helga, quien
volvió a tomar un cojín del sofá y taparse la cara.

—Iré yo…—sugirió la morena.

—Pero si están peleando y te metes en el medio saldrás volando. —comentó Helga,


puesto que su amiga seguía siendo delgada y baja de estatura. Phobe no se ofendió,
sabía de sus nulas posibilidades en campo armado. A Jamie'O se le quemaba la
carne en la estufa, así que accedió a que subieran las dos.

—¡Pero más les vale que bajen los cuatro o los amarraré a una silla y los obligaré a
ver documentales de paternidad!

—¿¡QUÉ!?

—Si van a hacer bebés, deben saber como cuidarlos…

—¡NO ESTÁBAMOS HACIENDO BEBÉS!—gritó Helga, con el rostro incendiado


pero gracias al "beso" de Arnold, ninguno de los dos le iba a creer. Los gritos en la
parte superior aumentaron.

"¡YA SUELTAME!"

"¡JAMÁS!"

A las dos les dio pánico que de verdad se estuvieran golpeando, Gerald ya estaba
algo maltratado cuando llegaron y Arnold tenía las habilidades combativas de una
patata. Subieron corriendo, Jamie'O regresó a la cocina y comenzó a cantar.

"…PRIMERO TÚ ME DAS, LUEGO YO TE DOY…"

Pasaron de largo el pasillo de las habitaciones, todas abiertas con excepción de la


de Gerald, por el rabillo del ojo alcanzaron a ver a la abuela, sentada en su sillón
reclinable, viendo el televisor con Mantecado acomodado a sus pies, tejía o al menos
eso pretendía porque el peludo bribón estaba haciendo trizas la inocente bola de
estambre. Intercambiaron miradas, una vez alcanzaron la puerta indicada, ya no se
escuchaba nada.

Ni un susurro o murmullo.

—¿No creerás que…?—preguntó Helga pues Gerald se veía realmente molesto


cuando la corrió de su cuarto. Y como deportista que era, además de la hermana
ignorada, entendía que los trofeos eran importantes, marcaban la diferencia, hacían
saber tu posición en la familia.

Se sentía horriblemente mal por destruir esa maldita cosa. De hecho, se sentiría
menos culpable, si hubieran tirado su diploma de secundaria.

Phoebe le sonrió.
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—No creo que Gerald llegara a matarlo, recuerda que viene de una familia de
oficiales de policía. Pero puede que lo obligara a matarse a sí mismo o que esté
construyendo justo ahora, una delicada pero perfecta escena del crimen. —Helga
casi admiró el brillo malévolo en los fríos ojos de su amiga, recordando "por qué" se
hicieron amigas. Ambas amaban planear, eran metódicas, inteligentes y por
supuesto, cínicas y obsesivas. Ignoró el comentario y colocó los dedos de la mano
sana sobre el pomo.

Lo habían hecho decenas de veces, en la primaria y secundaria para espiar a Arnold


y la estúpida Lila cuando tomaban su almuerzo en cualquier otro salón para tener
intimidad. De recordarlo le hervía la sangre, pero bueno.

Ahora el pequeño "bastardo" era suyo y adoraba su enorme, balonesca y estúpida


cara.

No quería que se la deformaran. (más, a decir verdad)

Giró el pomo con soltura, Phoebe se acomodó por detrás, como siempre lo hacía,
cuidando sus espaldas, analizando las sombras a la espera de mirones, personal
administrativo o de intendencia que las hiciera correr como alma que lleva el diablo
en dirección de la nada. Abrió la puerta, apenas una rendija, las dos aguzaron su
vista y después…

Después…

Veían a sus novios, uno encima del otro en una posición de lo más íntima y una
gritaba, mientras la otra huía, porque la palabra del día era "BEBÉS" y llámenlas
locas, ¿Pero qué otra cosa se podía pensar de esas llaves grecorromanas que
aparentemente Gerald Johanssen sabía hacer?

Los chicos se separaron al grito de Phoebe, que fue secundado por la voz histérica
de Helga, la abuela no escuchó nada pero Jamie'O soltó su sartén, apagó la estufa,
se quitó los guantes, gorro, mandil y si no fuera porque era su casa, habría tomado
el arma de fuego y revisado las balas en el cartucho.

Salió a paso firme, llegando a la sala y a tiempo justo para ver. Como su querida
cuñada y su odioso hermanito se caían por las escaleras.

Arriba, aún en la seguridad del pasillo, Arnold tenía a Helga fuertemente agarrada
del brazo, el sano, no el herido, el que ya le dolía y le dolió a un más porque no pudo
reprimir el impulso de abofetear a su novio.

—¡IDIOTA!

—¡Yo no hice nada!

—¡POR ESO! —A como Helga entendía, uno no se dejaba atrapar por una llave de
esas y simplemente se quedaba tirado esperando clemencia. ¡Era por dignidad!
¡Sentido común, virtud, valía! ¿¡Cómo ese idiota no lo entendía!? —bajó las
escaleras hecha una furia, solo los dos escalones que le tomó ver a su amiga
aplastada por su novio y desparramada en el piso.

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—¡PHOEBS!

Jamie'O cumplió su amenaza, una vez le colocara a cada quien, cada cosa en su
lugar.

Es decir, que Helga tuvo que quitarse la muñequera, tomar sus drogas felices y
cambiarse de vendas porque la mano la tenía el triple de hinchada, Arnold recibió la
carne de su hamburguesa cruda para ponérsela en el ojo y un poco de ungüento
para los golpes de su quijada y la "bofetada" Gerald, tenía los labios hechos una
auténtica desgracia, así que no podía ni abrir la mandíbula. Su hermano revisó que
no requiriera sutura. No era así, solo tenía que mantener una compresa con hielos
pegada a los labios durante un considerable rato. Phoebe, se rompió los lentes en
la cara y ahora se arrepentía por "pecar de pensamiento" la próxima vez que quisiera
más "acción" en su vida, se subiría a un juego mecánico y accidentalmente olvidaría
cerrar su cinturón. Al menos así conservaría su "vista" sin los lentes no veía una
mierda, solo manchas borrosas y su cuñado los castigó, repartiéndolos en los
sillones de manera que él creía que estarían tranquilos.

(Arnold con Phoebe y Helga con Gerald) para que miraran documentales sobre
educación sexual y cuidado de infantes.

Phoebe, estaba ciega pero no sorda, quería apuñalarse los oídos con un lápiz bien
afilado de la pura vergüenza. Arnold, que tampoco veía demasiado bien la entendía.
Gerald, que ya había dejado de sangrar estaba resignado y "tranquilo" hizo que
Shortman le confesara cosas desde el día que se conocieron y eso para él era un
éxito.

—¿Y entonces ustedes sacan seis y tres en biología porque no saben o


entienden…?—comentó la rubia señalando la pantalla donde una mujer y un
hombre, estaban a punto de enseñar científicamente "cómo tener sexo".

—¡CÁLLATE, HELGA!—gritaron los tres pero la chica estaba drogada. Y desde


siempre había tenido problemas para mantenerse callada.

—¿Tus problemas conmigo, siempre han sido porque te quitaba la atención de


Arnold? —preguntó, ladeando el rostro y mirando al moreno que tenía a menos de
siete centímetros de distancia.

—¡Cierra el pico, Señorita G!

—¡No me llames así!

—¿Qué demonios significa eso para empezar?

—Señorita Golpeadora, grandísimo idiota.

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—¡Ja! Claro, "amor, amor, amor" todo lo que escribías eran un montón de cursilerías.

—¡Qué leías!

—¡Para pensar en Phoebe!

—¡Pervertido!

—¡Lunática!

—¡YA BASTA! —gritó Heyerdahl, porque la falta de visión le estaba dando un


tremendo dolor de cabeza. —¡La "G" es por su segundo nombre, que prácticamente
es tu nombre!

—¡PHOEBE!—gritó molesta. E intentó levantarse, pero esas drogas felices eran


materia pesada. No tardaría en quedarse dormida, Arnold lo sabía y suspiró
pensando en ¿Cómo la iba a sacar para llevársela a casa? —la contemplación de
la idea lo puso feliz y nervioso. Más lo último, el pedazo de carne en su ojo terminó
por caer directo a su estómago.

—¿Mi nombre?—preguntó Gerald, mirando al a "ebria" que se le había tumbado


encima porque ya no podía con su alma. La sostuvo exactamente igual que Arnold
a "Mantecado" como si le diera urticaria con tan solo tocarla.

—Si, Geraldo. Mi segundo nombre, es el femenino del tuyo. Y ahora ya sabes por
qué lo escondía tanto.

—¿Tu nombre completo es Helga Geralda? —Arnold estalló a carcajadas, Phoebe


rumió pensando en aclararle la idea, pero entonces Helga contraatacó.

—¿Y tú dices que Arnold, es el denso?

—No se puede ser perfecto en todo, Helga.

—Phoebs mírame a mi, le estás hablando al perchero.

—Te lo advierto, sé demasiadas cosas vergonzosas sobre ti, así que no seas cruel

—En la lista de días más locos que hemos vivido, este se lleva el premio.

—Sip —concedió la morena, menos amenazante y más divertida.

—¿No fue romántico? Gerald y Arnold se confesaron sus sentimientos…

—¡HELGA!—gritó Arnold y la rubia se mordió la lengua.

—Está bien, solo quiero que me digan que versión vamos a dar el lunes en la escuela
para poder relajarme y apagar mi cerebro.

—Podría ayudarlos con eso, aunque sería un movimiento bastante arriesgado. —


Comentó Jamie'O que había terminado de llevarle la comida a su abuela.

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—¿Arriesgado? —cuestionó la rubia. —¿Dirás que nos subiste a tu auto y lo
estrellaste en la autopista?

—No, aunque eso también podría funcionar. Pensaba en ajustar cuentas con ese
tal, Jake Cabot, —Helga, se bajó la embriaguez de los fármacos y se acomodó de
nuevo sobre el respaldo del sillón, los demás miraron a Jamie como si fuera un
tarado, pero que él recordara nunca le dijeron que la rubia no podía estar enterada.

—¿Qué clase de cuentas tienes con él?

—Tenemos historia. Su padre le quito el puesto al mío y ahora él golpeó a mi


hermanito. Puedo abrir un expediente con eso, investigarlo de manera directa y decir
que tal vez, no golpeó solo a Gerald.

—Eso ultimo sonó peligroso. —comentó Helga. —Todo lo anterior me parece bien,
pero si lo que quieres son más cargos contra él, toma esto…—buscó en el bolso
que traía en la cintura y sacó su teléfono celular. Seguía apagado.

—¿Qué clase de prueba es esta?—preguntó Jamie pues en su explicación, los


chicos solo llegaron a la parte en que Gerald fue golpeado. No aclararon que Cabot
llevaba meses acosándola y que fue a él, a quien ella golpeó.

—En la comisaría de aquí se burlaron de mi. Me acusaron de provocarlo por el


simple hecho de estar "respirando" ¿A dónde esperas que mire? ¿Qué es lo que
quieres que piense? Su padre, como ya dijiste trabaja en el cuerpo de policía y
aparentemente la versión oficial es que "Yo me ofrecí" No pude levantar una
denuncia porque soy menor de edad y eso significa que no existo, ni tengo derechos,
ni nada de nada hasta que pueda votar.

La razón principal de esto, es que vivo sola. Y si insisto en hablar de él, me sacarán
de la escuela y enviarán mucho, muy, demasiado, bastante, lejos.

Jamie'O se quedó de piedra, los chicos también porque ella solo había comentado
que intentó proceder de manera legal "dentro de la escuela" No tenían idea de que
había agotado todas sus opciones en Hillwood.

—¿Quien te dijo eso en la comisaría?—preguntó Jamie, el detective privado, el


oficial a cargo.

—¿Que lo provoqué? Prácticamente todos, es un pueblo pequeño, lleno de cerdos,


sin ofender a tu difunta y deliciosa mascota, Arnold.

—¿Y lo de enviarte lejos?—inquirió mirando a su hermano y a los otros chicos.


Porque eso era delicado, una menor de edad no podía estar viviendo sola, ni siquiera
en Hillwood

—Eso es más complicado. Jake lo sabe, no sé como. Y me ha estado amenazando


con decírselo a todos. Empezando con su padre y no sé como proceda de manera
real, pero me hace sentir como indocumentada a punto de ser atrapada por
migración. Generalmente aguanto, pero este ultimo mes, la pasada semana. Todo
se fue al carajo.

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—¿Esas amenazas están aquí?—insistió Jamie presionando el teléfono, sin
decidirse aún a encenderlo. La chica asintió, sin mirarlo a él.

—No tengo recursos. Si crees poder ayudar, debes saber que mi familia está
dividida. Lo último que supe de mi hermana y madre es que de Francia se irán de
tour por toda Europa. Mi padre sigue pagando los servicios, enviando dinero a la
tarjeta de débito pero por más que llamé y envié mensajes de texto, correos
electrónicos, Bob no respondió.

Creo que debí poner en el remitente "Olga" en lugar de Helga…—Jamie'O no supo


a lo que se refería, los demás sí y sintieron ganas de patearle la cara al Gran Bob
Pataki.

—Mi punto es, que si vas a usar eso para ajustar cuentas con el tipo que tiene en la
mira a parte importante de tu familia, solo puedes verlo tú. No quiero que lo vean, ni
se involucren Phoebe, Arnold o Gerald.

—Desde luego.

—¿Si salen las cosas mal, tendré que testificar?

—Nada saldrá mal. Tú continúa con tu vida, confía en mi.

—Es lo que he estado haciendo las ultimas cuarenta y ocho horas de mi vida…

Porque era muy probable que Jake Cabot abriera la boca y arruinara su vida. Nunca
debió golpearlo, nunca debió humillarlo, nunca debió retarlo.

Pero entonces…

¿Nunca debió estar con Arnold?

Se quedó dormida. Esas cavilaciones se las guardó para sí misma y los demás,
llegaron a las mismas.

—¡Si se lo dijo a su padre, es probable que ya la estén buscando!—comentó


Phoebe.

—No lo creo, ese tipo fue directo a su casa. —la tranquilizó Gerald. —Quiere
asustarla, pero no va a entregarla. Si se la llevan de Hillwood, no se podrá acostar
con ella.

—¡Gerald! —reprendió Jamie.

—¿¡Qué!? Eso es lo que quiere, por eso me atreví a seguirlo.

133
—¡Bien! Pues mi consejo es el mismo. Sigan con sus vidas, si preguntan por los
golpes en sus caras "chocamos con el auto" Y si tienen algún voluntario para ser
"tutor" temporal de su amiga, inclúyanlo en la fiesta rápido. No podemos ser nosotros
porque ya estamos bastante involucrados, Gerald.

—¿Phoebs?—preguntó el moreno.

—Hablaré con mis padres, pero nuestra casa no tiene habitaciones disponibles.

—En teoría, solo tendrían que decir que estaban enterados de que sus padres se
irían y hacerle algunas visitas de tanto en tanto. Su padre, le sigue dando dinero
para sus gastos. Y entonces, el único problema que queda es la seguridad de su
casa.

—Yo me ocuparé de eso. —comentó Arnold ante la atenta mirada de todos.

—¿No estás planeando montar guardia en la puerta de su casa, cierto?—comentó


Gerald.

—Le pedí que se mudara con nosotros a la casa de huéspedes. Aún no me ha dado
respuesta.

—Si estaban como sanguijuelas poco antes de tirar su trofeo, la respuesta es sí. —
comentó Jamie'O para el bochorno de Arnold y la diversión de Phoebe y su hermano.

—¡Bueno, ya quiten esas caras! ¿Quieren otra cerveza? ¡Esperen, alguien debe
acompañarme a chocar el auto!

CAPÍTULO 11

Después de todo lo sucedido en casa de Gerald se habían vuelto a quedar donde


Helga.

La rubia no estaba segura de mudarse con él, eso fue lo que dijo pero en realidad,
Arnold creía que tenía miedo o vergüenza de que sus abuelos supieran que estaba
por su cuenta. Convencieron a Jamie'O de llevarlos al hogar de los Pataki, el joven
adulto accedió aunque no sin darles unos cuantos sermones sobre educación
sexual.

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—¿Quieren terminar sus estudios y largarse de este pueblo, cierto? —preguntó el
moreno aparcando frente a la enorme y casi abandonada casa.

—¡Claro que queremos! No somos estúpidos Johanssen, lo que pasó en tu casa fue
un…"pequeño arrebato del momento" no es nada de lo que te debas preocupar.—
comentó Helga.

—Pues me preocupo, porque no hay nada más peligroso que dos adolescentes
solos.

—¿Y qué, te vas a quedar a velarnos?—se burló, bajando del auto junto con su gato.

—Nop, "Mr.M" puede cuidarlos bien. —el gato maulló como si comprendiera y se lo
tomara en serio. Arnold resopló, Helga ni se inmutó. A Jamie'O se le hacía tarde así
que se despidió. —De acuerdo, gusanos. La oferta inicial sigue en pie.

—¿Qué oferta?—inquirió la rubia, buscando sus llaves en su bolsa.

—Ah, claro. Te quedaste dormida. Si ven cualquier cosa sospechosa me llaman…

—Seguro, porque tú vives tan cerca…—interrumpió con sorna.

Jamie'O se había mudado al Centro de la Ciudad vecina. Una urbe bastante


considerable de población y delincuencia. Sólo visitaba a sus padres los fines de
semana, por eso estaba en casa y al ver a Gerald con la cara golpeada quiso
quedarse a indagar al respecto. Su jurisdicción obviamente no incluía Hillwood pero,
le debían favores, además de que James Cabot (el padre de Jake) no era santo de
la devoción de ninguno.

Se rumoraba que consiguió su plaza de manera turbia, él no dudaba que fuera así,
ya que su padre era de los pocos hombres honestos que quedaban en el pueblo y
en unos meses habría candidaturas para la alcaldía. Su pueblo natal seguía en la
mesa de subastas. Ya no pretendían derrumbar su vecindario, sino todo Hillwood
para convertirlos en una urbe similar a Chicago o Nueva York, lleno de tiendas
departamentales, centros comerciales, recreativos, hoteles de paso, lujo y demás.

Derrocar al hijo, puede que abriera el camino para advertir las verdaderas
intenciones del padre. Jamie'O estaba seguro de poder conseguir algo con esto. Así
que no quitaría el dedo del renglón.

—Estoy a dos horas de camino, muñeca. Y además, te voy a dar esto.—le ofreció
un teléfono desechable. Helga estaba familiarizada con ellos, los detestaba pues
cada mensaje o llamada que recibía de Jake, venía de uno de esos simpáticos
números. La compañía celular se lo dijo y su poca paciencia la orilló a mejor apagar
y olvidarse de su teléfono.

Se lo pensó al principio, esperanzada a recibir alguna llamada de Bob, Olga o


Miriam, un pensamiento infantil y estúpido sin lugar a dudas, porque ni siquiera
cuando vivían aquí se molestaban en hacerle una llamada para saber como estaba.

Phoebe telefoneaba de vez en cuando pero coincidían regularmente en la escuela,


compartían el almuerzo los lunes y jueves, además de que solía recogerla los

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miércoles. Día que Gerald practicaba baloncesto y se quedaba hasta muy tarde. Los
martes y viernes, su mejor amiga podía prescindir de su presencia. No se lo
reprochaba, lo entendía.

Se veían tan bien juntos…ella y Gerald.

¿Y ahora, era su turno?

Miró por el rabillo del ojo a Arnold, luego presionó el teléfono desechable en el
interior de su mano. ¿Tanto tiempo se durmió en el sillón de su sala? No lo creía.

—¿Me estás dando algo que perteneció a alguna víctima?—inquirió furiosa, porque
si se negaba a ser tratada como "Princesa" imagínense ser tratada como "Víctima"

—Lo llevo en la guantera para cualquier emergencia. —respondió de manera


serena. Con las manos en alto y en son de paz. —Ese número es monitoreado por
mi oficina las 24horas del día. Así que manda un "911" si te vuelve a molestar ese
bastardo y verás acción SWAT de primera mano. —eso le gustó a la chica, claro
que no abusaría del poder.

—Solo usalo para emergencias, ¿De acuerdo? —le indicó Jamie'O con un
movimiento de manos que sugería una despedida.

—De acuerdo —respondió guardando el celular en su bolso y con el mismo


movimiento de manos.

—Entonces, si ya no tienen mas reproches. Los veo la próxima semana, gusanos


—se metió en su auto, luego de chocar los cinco con Arnold y disculparse por el
derechazo y la llave de luchas que le aplicó su hermano.

—No te preocupes, también fue mi culpa

—Y recuerden, no hagan bebés.

—¡NO VAMOS A HACERLO! —gritaron los dos a punto de arrojarle una piedra o
mejor aún, patear el auto. Jamie'O estalló a carcajadas, encendió el motor, comenzó
a ir hacia atrás y entonces Helga le gritó que detuviera el auto.

—¿Qué pasa? —preguntaron los dos. Pero la rubia ya estaba corriendo al lugar
donde se encontraba su gato.

Mantecado encontró el bate de béisbol de Jake, (oculto entre la maleza de meses y


meses de no podar el césped) y lo arrastraba de manera forzada en dirección de
ellos. Adentro de la casa estaba la bola que arrojó contra su ventana. Eso era
evidencia, ¿Cierto? Le servía para armar el caso, quizás para obtener sus huellas y
conseguir una orden de arresto o restricción.

—¿No es un chico demasiado listo, cierto?—preguntó el moreno una vez tuviera


ambas cosas.

—Es más visceral. —respondió Arnold.

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—Cierren bien la puerta y no es que quiera presionar pero en serio. Me gustaría más
que te quedaras con él.

—¡No es tan fácil!—gritó Helga, pero Jamie'O ya estaba partiendo en su auto.

—Sí lo es…—respondió Arnold, buscando su mano para presionarla en el interior


de la suya.

Entraron en la casa, Mantecado como el primero, corriendo a reclamar cada


pertenencia suya en la sala. Ellos cerraron la puerta, revisaron las ventanas y
cortinas que continuaban corridas.

—¿Quieres que mueva los sillones?—inquirió el rubio sin mirarla.

—No hace falta, Arnold

—¿Por qué?—estaba a su lado, dirigiendo una de esas miradas intensas a él.

—Si voy a mudarme mañana, quiero pasar contigo, esta noche en mi cama.

Helga sabía como ponerlo nervioso con esa lengua rosada, gráciles labios, además
de lo sugerente de sus palabras. Comenzó a caminar por delante de él, los
Johanssen los invitaron a cenar en compensación por los "malos tratos" de su hijo,
así que para esas alturas ya era bastante entrada la noche.

Él la siguió, como la abeja a la miel o esos mosquitos que siguen la luz y se


electrifican al tocarla.

Metió su celular en la parte trasera del pantalón, volvió a decirle a su abuelo que se
quedaría con Gerald, aunque no dijo nada de tener un ojo morado o haber besado
a su novia hasta el cansancio. Phil le dijo que estaba bien, pero mañana lo querían
de vuelta a primera hora del día. Sus padres llamaron a media tarde preguntando
por él, era poco común que lo hicieran, así que él también quería hablar con ellos.

Una vez en su alcoba, Helga tomó sus ropas de cama y se disculpó para cambiarse
en el baño. El conjunto de pantalón y sudadera rojos que le prestó la noche anterior
estaba donde él lo había dejado. Decidió cambiarse también y mientras lo hacía con
un nerviosismo y torpeza que nunca antes había sentido perdió el celular en el piso
y pensó en un mensaje de texto que recibió entre la narcolepsia de Helga y el
regreso de los padres de Gerald.

Ni siquiera recordaba que tenía una cita con Lila.

"…Arnold, por favor no me lo tomes a mal, pero las cosas están saliendo muy bien
con Larry. ¿Podemos vernos cualquier otro día? Te lo compensaré…"

137
Él miró la pantalla de su celular como si aquello se tratara de una broma pesada,
después dirigió sus orbes a la rubia que seguía tendida por el largo del sillón y sobre
las piernas de su mejor amigo y sonrió. Phoebe notó su exabrupto, supo que recibió
un mensaje, pero no veía bien sin sus gafas.

—¿Todo está en orden?—preguntó instintiva, directa.

—Olvidé que vería a Lila, pero acaba de cancelarme.

—¿¡Esa creída, cómo se atreve!?—respondió como lo haría Helga, cerrando los


puños y frunciendo el ceño. Arnold se sorprendió por el acto pero le restó
importancia.

Su abuela solía decir que "Si el demonio duerme, su espíritu astral se posesiona de
cualquiera"

Volviendo al celular, él no supo como sentirse o reaccionar, pensó en responder con


alguna bobada como siempre lo hacía. "Está bien, no pasa nada. Podemos vernos
cuando quieras" luego pensó en decirle que no había problema porque "Él también
tenía una cita que estaba resultando bastante bien" Solo que aquello, no era una
cita.

Ellos se confesaron, se acompañaron, compartieron cosas que él creía que la gente


común no decía en "la primera cita" iban más rápido que todos ellos juntos, por
temor, ansiedad, inseguridad…

La rubia salió del baño, sus ropas de vestir dobladas en una mano, la pijama gris
con el gato blanco cubriendo sus delicadas formas. Él la miró de pies a cabeza,
seguro de que la amaba, la quería, respetaba y como hombre, claro que la deseaba.

No comentaron nada, él también se ocupó de doblar sus ropas. Helga le echó una
mirada al cuarto, dijo que no tendría demasiado que empacar.

—Solo las cosas de la escuela y no tengo demasiada ropa.

—¿Que hay con los libros de poemas y el altar?

—Los tiré, ahora me basta con esto. —abrió su armario. Como mencionó, no había
demasiada ropa, el interior parecía más bien un librero, tenía un espejo ovalado de
marco plateado sumamente ornamentado y una cosa que parecía un árbol de la que
pendían algunas joyas como aretes, collares y anillos. ¿Serían de su madre,
hermana o suyos? Le pareció muy lindo, femenino, acorde a "Cecile" y tan
poco "Helga" pero se calló, cuando la rubia tomó un relicario en forma de corazón y
se lo ofreció.

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Se parecía al que su abuelo le obsequió a su abuela en su aniversario. El que creía
que Gertrude le arrebató de las manos aquel día que lo encontró tirado pero no era
ese, sino este.

—Abrelo. —sugirió. Dándole la espalda para ver las demás cosas que podría llevar
u olvidar. Él abrió la pequeña pieza bañada en oro, en el interior no se sorprendió
de encontrar su foto, pero contrario del porta retratos en su escritorio, ese no era él
a los nueve años. Sino diecisiete, llevaba la camiseta del equipo de soccer y una
sonrisa estúpida que obviamente, no le dedicaba a ella.

—Helga…—se abochornó y enterneció. Todo al mismo tiempo, quería besarla,


jurarle devoción. Prometerle compensación por tantos años perdidos.

—Soy una acosadora de nivel profesional. —reconoció con una sonrisa cínica, digna
y esplendorosa.

—¿Vas a llevarlo en la escuela?—inquirió porque la Helga que conocía, no solía


usar joyería.

—Sólo si tu llevas algo a juego. —respondió conocedora de que él no tenía nada


que hiciera referencia a "ellos"

—No es justo.—se quejó devolviéndole la joya.

—La vida nunca lo es, melenudo.—lo colocó en su sitio y cerró el armario. Tras
hacerlo comentó, sin mirarlo. —Ahora, deberíamos dormir si mañana vamos a meter
todo esto en cajas y llevarlas a tu casa.

—Creo que debería hablar con mis abuelos primero.

—Correcto, entonces tu vas a casa y si todo sale de acuerdo al plan, vienes por
nosotros. —la palabra "nosotros" le cayó como un balde de agua helada. Él no
quería vivir con la cosa peluda, horrorosa y malévola. Pero definitivamente, Helga
no iba a dejar a su "mantecado"

—Te llamaré.—prometió, luego de darse por vencido. El peludo era un buen


guardián, encontró el bate y la bola de béisbol. Si entraba en la casa, Arnold podría
jurar que a Jake, si le destrozaría la cara con sus afiladas garras.

—¿Cual crees que sea el número de esta cosa?—comentó sacando el celular


desechable porque no iba a conectar la línea telefónica.

Sobre la vez que la desconectó, se trató de Jake, su voz gruesa, desapasionada y


directa.

Llamándola amor, diciendo que sabía dónde vivía y que además de eso estaba sola.
139
"No tienes dónde esconderte, ni la escuela o en tu casa"

"¡Déjame en paz, maldito bastardo!" —iba a colgar pero el chico listo, la interrumpió.

"Caerás…"

"¿¡Qué!?" —se atrevió a preguntar, mirando como en la película que disfrutó junto a
Arnold, las puertas y ventanas, por si el "asesino" se encontraba en casa, pero no
había nada.

"Te romperé, tarde o temprano. Eso es lo divertido de todo esto. Tú no sabrás


cuando, pero caerás"

Terminó la llamada, ella desconectó el cable del aparato. Las llamadas a celular
siguieron poco después.

Un número distinto cada vez, le molestaba menos pues si no tenía el número


registrado se limitaba a no contestar. Pero después le envió mensajes.

Y ella no podía, no leer…

Curiosidad aunada a un cierto instinto autodestructivo. Como fuera, los leyó.

Una amenaza detrás de otra, de corte colérico, obsceno y hasta erótico. En una
cadena de mensajes describía la manera exacta en que "se lo haría" ella tomó el
celular y lo arrojó contra la pared más cercana que tenía.

Lloró de furia e impotencia.

En algún momento de sus vidas, Olga pasó por lo mismo y ella recordaba el
momento exacto en que atravesó la puerta de su casa y se abrazó a su padre a la
vez que decía que de todos los hombres "él era el único envidiable" Bob la abrazó,
Miriam resucitó de su "coma etílico" y entre los dos preguntaron qué era lo que
pasaba.

Un chico, un motociclista rudo, vulgar y sucio se atrevió a seguirla de camino a la


Preparatoria y de vuelta a casa. Eso no sucedió únicamente ese día, había pasado
toda la semana y ella lo ignoraba, pero ese día el motociclista se cansó de observar
algo más que sus piernas largas y ajustadas faldas, le cerró el paso, bajó de su
vehículo y la acorraló contra una pared de ladrillos.

Ella sintió el impulso, que siempre sentía de defender causas justas. Quiso salir con
toda su prepotencia, indignación y violencia a buscar al bastardo y tirarle todos los
dientes de su horrenda cara. Puede que no se llevaran, que jamás se comportaran
como amigas, confidentes o hermanas, pero esa idiota, era su hermana.

Nadie que no fuera ella tenía derecho a humillarla, rebajarla o hacerla llorar. Helga
G. Pataki, no lo permitiría jamás. Pero entonces fue Bob quien montó cólera y salió
a "arreglar" ese asunto.

140
.

Las cosas que la rompía empezaban ahí, en una familia disfuncional que habría
luchado contra fuego y marea por defender a su hermana, más no a ella. ¿Jake lo
sabía? ¿Lo intuía? ¿Cómo supo que estaba sola? ¿Lo decían sus ojos, su cadencia,
la forma en que golpeaba a la pelota en cada juego de Béisbol y corría por el campo
esperando que con eso, el viento se llevara sus gritos desgarrados?

No lo sabía…

Y no podía distraerse con eso porque Arnold estaba de pie frente a ella, mirándola
con esos ojos verdes, curiosos e inteligentes, preguntando mil cosas que aún no
diría por respeto o protocolo. Probó a guardar el número que se sabía de memoria
y que correspondía a él.

En su haber, pocas veces se habían marcado. Solo lo hacían para ponerse de


acuerdo cuando les tocaba hacer algún trabajo escolar juntos o cuando Gerald y
Phoebe no podían reunirse con ellos porque se habían escapado a una cita
romántica juntos.

Cuando Arnold se sentía demasiado triste y se sorprendía llamándola a ella.

Cuando Helga se sentía igual y marcaba pero antes del tono prefería colgar.

Marcó esta vez, el celular de Arnold sonó y apareció el número "privado" en la


pantalla.

—No creo que funcione.—comentó desilusionado.

—Solo oprime marcar de vuelta.—insistió la rubia, él lo hizo y funcionó. En la pantalla


de Helga apareció "A.S" —¡Perfecto…! —comentó con un ligero velo de la anterior
desazón que se demostró en el quiebre de su voz y en la transparencia de unas
lágrimas que no derramó.

Arnold comenzaba a conocerla mejor que nadie, a ver entre cada una de sus
facetas. Distinguir cuando se encontraba melancólica y triste, así que en el momento
que dejó el celular en su escritorio, decidió hacer lo mismo y abrazarse a su cuerpo.

Sin preguntas, ni indirectas. Ella se lo diría cuando tuviera fuerzas o estuviera lista.
Aún así, suponía que el celular que dejó en manos de Jamie'O tenía información
suficiente como para hacerla sentir vulnerable.

Y Helga detestaba sentirse o saberse, vulnerable.

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La besó y ella suspiró en el interior de su boca, abrazándose a él con todas sus
fuerzas hasta que los alientos se agotaron. Se separaron, sin perder la intimidad del
momento, Helga se dirigió a la cama y levantó las sábanas.

—¿Qué lado prefieres? —preguntó con la normalidad con que se pregunta ¿Que
sabor de helado prefieres? La cama era parte central de la habitación, dos burós
estaban a sus costados, por la parte trasera la ventana y al costado diestro el
armario de pared a pared, del lado izquierdo se encontraba el escritorio, junto a un
cesto de ropa sucia y un perchero lleno de bolsos, chaquetas y hasta zapatos
deportivos. Él le dijo que no importaba.

—Claro que importa, yo podría empujar hasta tirarte si no recuerdo que estás ahí.

—Izquierdo. —supuso que ella dormiría más cerca del armario. Ahí estaban sus
libros, sus secretos, sus tesoros.

—Entonces, apaga la luz y ven aquí. —él obedeció de inmediato. La rubia se


recostó, aunque no dejó las cosas así.

—Por cierto, antes de que te emociones. Te estoy invitando a dormir. No ha cumplir


mis más tórridas y oscuras fantasías. —Sonrió, porque así era Helga. Y ha decir
verdad, él tampoco estaba pensando en cumplir sus más tórridas y oscuras
fantasías. Sólo quería estar junto a ella...su Helga.

Apagó la luz y al hacerlo pasó saliva por la garganta, repitiéndose a sí mismo que
esto no era diferente a dormirse en el sofá de la sala.

¡Claro que lo es! —recalcó una voz de su cabeza pero él la mandó a callar, porque
era el caballero, el chico amable, el mismo que prometió cuidarla de los cerdos
"honestos" (por usar las palabras de Gerald) como Jake.

Arnold mentiría si dijera que luego de meterse en las sábanas, no sintió el impulso
de abrazarla, pegarla a sus formas de la manera exacta en que hizo la noche
pasada. Sus manos extrañaban su cintura, la nariz su perfume, la barbilla la forma
de su hombros, ese hueco entre el cuello y el hombro donde estaba descubriendo
que le gustaba apoyar la cabeza y ella se dejó hacer, bajo la amenaza inicial de
arrancarle ambos brazos si se pasaba de listo.

Soñaron sin pesadillas, despertando con las primeras luces del alba pese a ser
Domingo y no tener ninguna alarma conectada. ¿Serían los nervios? ¿El
escepticismo?

En esta ocasión, él no resistió el impulso de buscar sus labios, luego de descubrir


que en algún momento de la noche, ella había girado y buscado su regazo. Estaba
contra su pecho y él podía aspirar el perfume de sus cabellos y contemplar lo
apacible de su rostro. Fue el primero en despertar y poner alerta los instintos de su
compañera.

Sus ojos azules, la suave sonrisa, el innegable amor tantas veces profeso, lo
llevaron a inclinar el cuello y reclamar su boca.

142
Un beso corto, casto, seguido de un "Buenos días" que se les metió hasta lo más
profundo del alma.

Se cambiaron en el mismo orden de antes, ella en el baño y él usando su cuarto.


Cuando estuvieron listos, Helga ofreció preparar algo de comer, pero él prefirió irse
para aprovechar la mañana.

—Te llamaré lo antes posible.

—De acuerdo, vaquero.

—No hables como mi abuela.

—¡Hablo como yo quiero, zopenco!

Salió disparado en dirección a la Casa de Huéspedes. Su abuelo ya estaba


barriendo las hojas sueltas de la entrada, su abuela terminando el desayuno, los dos
pegaron el grito en el cielo tan pronto como lo vieron.

Su ojo no lucía tan mal. (según él)

—¿Qué fue lo que hicieron, chaparro? ¿Salir a buscar al que asaltó a Gerald para
reclamar sus cosas?

—Claro que no.

—¿Entonces…? —su abuela fue aún más drástica que Jamie'O, le puso un filete
completo, rojizo y sangrante en el ojo. La explicación de "absolutamente todo" no
hizo felices a sus abuelos.

Extrañó la botella de whisky y el mazo de cartas en la mano diestra de su abuelo,


además de la cuchara de madera en la fuerte mano de su abuela. Los dos tardaron
en ponerse de acuerdo, de hecho lo mandaron a la sala con su plato de cereal en lo
que discutían y llegaban a alguna clase de resolución.

Cuando lo llamaron de nuevo, él ya estaba considerando irse a vivir con Helga, pero
no por decisión propia, sino porque sus abuelos lo echarían. Lo sentaron en la mesa
y comenzaron el regaño.

Lo que más les enfurecía es que "guardara esa clase de secreto"

—Te educamos mejor que eso, Arnold.—reclamo Gertrude, con los brazos en jaras
a la altura de la cintura.

—Además, es tu obligación, por no decir que deber, poner a salvo a tu mujer. —gritó
Phil. —¿Qué es lo que planeabas? ¿Que los golpearan a los dos con ese bate de
béisbol, si ese demente regresaba y se metía a su casa?

—No…—respondió culpable, porque obviamente, su seguridad era número uno en


la lista de prioridades de sus abuelos.

143
—Pues no entiendo por qué no la trajiste de inmediato, Arnold. Si estaba sola, la
habríamos aceptado, esa misma noche tu abuela insistió en que se quedara con
nosotros. ¿Oh, es que acaso...?—los ojos de su abuelo se pusieron oscuros y muy
pero que muy negros. Gertrude tomó la cuchara, pero no la de madera sino una de
metal que pensó dejaría marcas feas en su piel, le quitó la palabra a su esposo.

—Arnold, ¿Le arrebataste su virtud a Eleanor?

—¡NO!—gritó de inmediato, pero su abuela aún así golpeo la mesa con la cuchara.

—Si es así, no entendemos ¿¡Por qué guardaste tantos secretos!? Dormiste en su


casa, no solo una, sino dos noches y ahora vienes a pedir que la recibamos. Cosa
que por supuesto vamos a hacer, pero no sin antes saber ¿¡Qué pretendes
exactamente con esa mujer!?

—¿¡QUÉ!?—miró a su abuelo, buscando salvación pero Phil conservaba el gesto


profundo y colérico. Él no era un pervertido. ¿Por qué todos insistían en verlo como
uno? (los golpes que le propinó Gerald, extrañamente le volvieron a doler)

Que él recordara en diecisiete años de vida pocas veces lo habían regañado. Ni


siquiera las contaba con los dedos de una mano y normalmente tenían que ver con
cosas que sucedían por consejo o coacción de los demás.

Gerald, convenciéndolo de ir al Centro de la Ciudad vecina a conseguir ropa,


accesorios y zapatos deportivos a precios de fábula que resultaron ser robados y
que por supuesto casi logran que los metan a la cárcel.

Sid y Stinky convenciéndolo de que le diera una "fumada" a los habanos del padre
de alguno de ellos hasta hacerlo sentir que moriría de enfisema.

Lorenzo, sugiriendo que fueran a esa fiesta de chicos mayores que ofrecían todo
tipo de bebida que era "adulterada" y lo llevó a vomitar por horas y horas y horas.

Por decisión suya, nunca había hecho algo tan estúpido, como "dormir y escaparse
con su novia dos noches seguidas" pero se sentía casi un hombre. De hecho, según
la tribu de los "ojos verdes" él ya era un hombre y si se quedaba con Helga, habría
fogatas, ceremonias y bailes de la noche al alba.

Pensó fugazmente en Thea, sus ojos verdes, la piel morena, la invitación a


convertirse en "su hombre"

No sintió la misma pasión con ella, que con Helga.

En la Tierra que lo vio nacer, decidió que a quien quería era a Helga. Y lo plasmó
en papel, en una carta que celosamente guardó, antes de beber el brebaje que le

144
haría olvidar todo lo aprendido y vivido para que no divulgara los secretos de la Tribu
con ningún extraño.

Así fue, él era "el hombre milagro"

Pero vivía entre extraños, en tierras desconocidas y por tanto, lo trataban como un
forastero que estaba de paso.

Olvidó todo lo sucedido en la selva y con su entrada a la Preparatoria y el retorno


de la vida escolar, no profundizó de más en la experiencia.

No obstante, encontró la carta que era para Helga pero le dio miedo leerla y la
guardó.

Al igual que ella, él tenía miedo de su pasado.

Su destino.

Ese que profetizaba grandes cosas, cuando lo único que quería hacer era viajar por
el mundo y conocer nuevas tierras. Le preguntó a su padre, una vez la encontró.

"¿Tú sabes por qué pude haber escrito esto?" —Miles lo observó al otro lado de la
cámara. Los ojos y los cabellos del mismo color que los propios. Su madre estaba
en una expedición botánica con las demás mujeres de la tribu. En esa ocasión,
pudiera decirse que compartieron un momento padre e hijo.

"¿Recuerdas que participaste en rituales para ganarte el respeto, honor y tu lugar


en la tribu?"

"Si…"

"Bueno, cada uno tenía un motivo: Honor, lealtad, valor, amistad…Yo mismo
presenté las pruebas, interesado en conocer a detalle los secretos y misterios de la
tribu. Debo repetir que estoy muy orgulloso de ti, ya que has logrado hazañas con
las que a tu edad, yo apenas si podía soñar"

"Gracias…"

"Volviendo al punto, fue a mediados de la prueba final que comenzaste a dudar"

"¿Dudar?"

"Si, Arnold. Despertabas gritando a mitad de la noche, agitado, desesperado.


Diciendo incoherencias que tu madre achacó a la enfermedad "del sueño" que ataca
a muchos de los lugareños. Te hicimos beber brebajes pero nada funcionaba. Fue
por eso, que lancé una moneda al aire y te pedí que encendieras una hoguera y
meditaras.

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La prueba final, tiene que ver con el amor. Abrir tu mente y tu corazón, pienso que
fue demasiado, debido a tu corta edad pero los "ojos verdes" creen que ya eres un
hombre y por ser "milagro" ya tienes a tu "destino"

"¿Destino?"

"Sugiero que leas esa carta, creo que tiene un nombre escrito. ¿Cierto?"

"Si, pero no puede ser ella…"

"¿Por qué no?"

"Porque no"

"Entonces, confía en las palabras de los sabios. Cuando debas tener las respuestas,
llegarán"

"¿Qué se supone que significa eso?"

"Te hicieron olvidar lo vivido para que no lo contaras entre tus amigos de la escuela,
pero ese conocimiento aún permanecen en algún lugar de tu memoria. Cuando
estés listo, puede que en un año, diez o tres, recordarás por qué la escribiste. Y lo
más importante, se la darás"

"No hay forma de que haga eso papá"

"Pero ya lo hiciste, la escribiste porque quieres dársela. No te atormentes con esto,


Arnold. Lo entenderás cuando llegue el momento"

Terminó la llamada su padre y él pensó en romper la carta, leerla o quemarla.

Su historia se repetía como en cámara lenta hacia atrás, empezando por el ultimo
beso y acabando en el primero.

La confesión de sus sentimientos, que no eran otros mas que de amor.

Y pensó que era otra broma.

Ya no de ella, sino del destino, burlándose en su cara por seguir fielmente las reglas
del manual. Metió la hoja doblada en cuatro y sellada con cera en el anuario de la
escuela primaria, donde estaba la foto de su grupo y ahí la dejó.

Volviendo a la cocina y a la mirada furiosa de sus abuelos, finalmente respondió.

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—Guardé en secreto que vivía sola porque decidí esperar a que Helga les contara
ese hecho. Y me quedé en su casa esas dos noches porque no quería dejarla y ella
no estaba segura de venir. Hablamos, más que nada se trató de eso. Ahora sé que
no mentían al decir que ella solía pasar demasiado tiempo aquí. Que le tenía miedo
a su padre porque solía golpear a su madre y creo que esa fue la razón principal de
que no te dijera la verdad sobre lo que le pasó a su muñeca, abuela.

Gertrude resopló. Sacó la botella de whisky y sirvió tres vasos mismos que se tomó
y volvió a servirlos, ahora sí para ofrecer el correspondiente a cada uno.

—De acuerdo, vaquero. Yo te cambié los pañales así que voy a asumir que lo que
dices es cierto.

—Lo es…—respondió sincero y si no tuviera un filete sangrante en el ojo, se habría


visto mucho más maduro al hacerlo. Su abuelo se tomó el trago de ambos y tras
hacer una inclinación de rostro comentó.

—¿Tus intenciones Arnold, cuales son?

—No estoy seguro de comprender la pregunta, abuelo.

—Es muy simple, chaparro. Mientes, te escondes y pides a todos que hagamos
locuras por esa escandalosa y furiosa mujer. ¿Vas en serio con ella o es otro de
esos tontos enamoramientos que tienes por niñas bonitas que te dejan con el
corazón herido y llorando en una esquina?—Phillip Shortman le sirvió un generoso
trago y Arnold se lo tomó, liquido amargo corriendo por la garganta hasta aterrizar
en el estómago.

—Voy en serio, abuelo.

—¿Tan en serio como para luchar a muerte contra sus siete hermanos con tal de
tener su mano? —¿¡Qué!? —se preguntó de manera interna porque ya se le hacía
raro que el "lapsus" de lucidez de sus abuelos durara tanto.

Gertrude parecía emocionada con las palabras de su abuelo.

—Fueron tres, mis hermanos eran tres y los derribaste uno a uno en la casa de mis
padres.

—Eran finales de la guerra Galletita, todo lo que quería era hacerte mía.

—No tenías que romperle el brazo a Steven.

—¿Ese no era el que dijo que te consiguieras algo mejor?

—Quien lo dijo fue, Stuart y el que lo secundó fue Simon.

—Pues, les tocó a los tres por igual. Y tú Arnold, si ya tomaste una decisión, ve a
ducharte y cambiarte, esa chica furiosa tiene carácter, si tardamos demasiado va a
mandarte al carajo.

—¡Gracias abuelo! —respondió con una resplandeciente y enorme sonrisa.


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—Las reglas de la casa son las mismas, Arnold Shortman. —sentenció su abuela.
—Veo manos fuera de sitio y voy a anular tu descendencia.

Su abuelo estalló a carcajadas y comentó que quizás ese hubiera sido un método
efectivo para terminar con la "maldición" Él seguía sin entender de qué iba eso, pero
estaba mas emocionado con la idea de avisarle a Helga.

Le marcó.

"Mis abuelos están de acuerdo, en un par de horas iremos por ti"

"Nosotros, y no te asustes si vomito en el camino"

Ella no vomitó, pero si intentó hacerse un ovillo sobre el asiento trasero del auto y
ocultar su rostro bajo la sombra de sus cabellos y una gorra de béisbol. Los cambios
la ponían nerviosa. Esto de recibir "caridad" la hacía sentir patética y famélica.

La mudanza fue breve, la vida de Helga como ella misma refirió cabía en cuatro
cajas: escuela, ropa, artículos de uso personal y las cosas de mantecado.

El felino bravucón y colérico estaba aferrado a su tazón de croquetas y miraba


receloso a todos desde su caja de arena. De hecho, se metió ahí y no salió hasta
que lo instalaron de nuevo. En el salón de lectura no podía quedarse por lo que el
Doctor Evans sugirió que pusieran la caja de arena en el techo, él se ocuparía de
limpiarla a la vez que alimentaba a las palomas y demás aves.

Helga le colocó un cascabel a su "bebé"

—Lo siento amor, pero aquí no puedes atacar palomas o canaritos.

—Miau, miau, miau. —negoció, mirándola con el corazón roto. Ella lo abrazó y le
juró que no era su culpa que tuviera que cambiar de rutina.

—Es temporal, cuando volvamos a casa te ayudaré a atrapar al pájaro más gordo y
jugoso que elijas. Mantecado se mostró de acuerdo pero en el resto del día, no le
vieron ni el polvo.

Su abuela, (porque tenía mejor madera que él y su esposo) en compañía del Doctor
Evans, metieron un sofá cama en el pequeño cuarto de lectura.

El médico general no hizo preguntas, pero sí se dio a la tarea de revisar las heridas
de los muchachos.

El puño de Helga iba de mal en peor, le colocó nuevas vendas y le sugirió algunos
ejercicios para sanar la articulación y bajar la hinchazón. Si en el transcurso de la
semana no mejoraba, le pondría un cabestrillo, la idea la horrorizó pero terminó
accediendo. La mordida en el labio inferior casi desaparecía pero aún así, Evans le
obsequió una crema.

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—Supongo que no quieres malos entendidos en la escuela. —ella iba a rezongar,
pero después consideró que estaba en lo cierto. Si nadie sabía de lo suyo con
Arnold, supondrían que quien la marcó fue Jake Cabot.

—Y por favor, deja de golpear a tu novio. —comentó divertido, aunque ni ella, ni


Arnold lo desmintieron.

—El ojo está bien. —comentó mientras lo revisaba. —Si descansas lo suficiente
mañana por la mañana no tendrás nada.

Agradecieron las atenciones y después fue el turno de ella de encarar a sus abuelos.

Como no era buena con las disculpas, ni los argumentos, se limitó a prometer que
sería una inquilina modelo. No la verían, no los molestaría, es más, podía comer en
la calle y no convertirse en una carga tan pesada.

—Oh, puedes ponerte una sábana blanca, si tanto quieres pasar por aquí como un
fantasma. —comentó Phil, con algo de sorna. La rubia se ruborizó hasta las orejas,
no sabía que tan hondo podía meter la pata con los Shortman.

—Estamos en la misma posición de antes, Eleanor. —comentó Gertrude. —Si no


tienes a dónde ir, eres bienvenida aquí. Nuestra casa es tuya, también nuestro
Arnold. —aseguró guiñándole un ojo. —Siempre y cuando estén conscientes de que
para todo hay momento y lugar. —los adolescentes se tomaron de las manos y
asintieron.

—Lo que la vieja bruja quiere decir, es que nuestra casa será pera huéspedes pero
eso no la convierte en ningún hotel. —resumió Phil, para la diversión de su esposa
y vergüenza de ellos.

—Les juro que Arnold y yo…—comenzó a comentar la rubia pero los ancianos la
interrumpieron.

—Son jóvenes, —concedió su abuela. —Están en la flor de la vida y creo que los
conozco lo suficiente como para tener mis reservas. Pero, aún así los quiero y deseo
lo mejor para ustedes.

—Respétense —ordenó el abuelo. —Y no tendremos que amenazar, castigar o


"castrar" a nadie.

—Lo haremos. —prometieron. Sin soltarse de las manos. Y ambos adultos mayores
recordaron el momento en que Phillip pidió la mano de su esposa en matrimonio.

¡Claro que se respetaron! De camino a la habitación y nada más. —intercambiaron


miradas cómplices, pero no agregaron otra cosa a sus argumentos.

El día se les fue en un parpadeo y aun no terminaban el "rol" para el uso del baño.

Como los dos iban a la escuela en el mismo horario y ellos no querían que se
encontraran a medio vestir o peor aún sin vestir. Uno se ducharía en la noche y otro
en la mañana.

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Helga pidió la noche.

—Entonces, te ayudaré a preparar el baño querida. —acotó Gertrude. —Es una


tubería bastante vieja y asumo que debes estar exhausta...

Su abuela se llevó a la rubia, él se quedó con su abuelo. Aún tenían que resolver lo
de Jake Cabot.

—¿Estás seguro de que ese bravucón, no fue a su casa de nuevo?—preguntó su


abuelo.

—No volvimos a ver o escuchar nada, aunque ya era algo tarde cuando nos dejó
Jamie'O

—El chico Johanssen es listo, podemos fiarnos de él, pero los patanes nunca se
quedan quietos. Eso de ser golpeado por una chica, no va a gustarle Arnold. Tienes
que estar preparado

—¿Crees que será capaz de...?

—Si se atrevió a amenazarla delante de toda la escuela y se fue a los golpes contra
Gerald, porque tu amiguita no salió de su casa. Sí, creo que planeará hacerle algo
pesado a tu dama

—¿Y cómo…?

—No lo sé, en circunstancias normales te diría que llamaras a las autoridades. Pero
esa jovencita está en una situación delicada. No dejaremos que se la lleven los de
Servicios Sociales y la coloquen en un hogar temporal o alguna de esas faramallas.
Vas a tener que estar atento a cada uno de sus movimientos.

—De manera regular, ni siquiera lo veo. No sabía de su existencia, hasta los


comentarios de Gerald, lo sucedido el día de San Valentín y este viernes que la besó
por la fuerza...

—¿Y sentiste ganas de asesinarlo?—inquirió el mayor entre curioso y serio.

—Mas o menos...—respondió sincero. Su abuelo lo estudió, como en ese momento


que le comenzó a salir la barba y optó por enseñarle como afeitarse.

—¡Hmp! Eso me recuerda que llamamos a tus padres para enterarlos de todo y
esperan que los llames de vuelta. Estarán hasta mañana en el campamento así que
llámalos pronto o quédate con las ganas hasta el siguiente bimestre.

—¿Te dijeron si van a desheredarme?

—Parece ser que si esta noche hay luna llena, te caerá la maldición por partida triple.
—se burló y después recuperó el aplomo. —Están de acuerdo en que tu novia viva
con nosotros, siempre y cuando tu estés en la torre más elevada del Castillo y ella

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oculta en el sótano. Es en serio Arnold, los vemos como conejos una sola vez y tu
abuela y yo...

—Ya me quedó clara esa parte.—pronunció algo aburrido y fastidiado. (solo fue una
mordida y solo fue un intento de levantarla para tenerla mas cerca de su cuerpo.
Sentirla completa y saber si podía con ella y claro que podía) Sonrió como idiota, su
abuelo, lo golpeó con un periódico enrollado en la frente.

—Pon atención, porque lo segundo que querían decirte es que ese volcán estuvo
un poco activo estos días.

—¿Pero están bien?—inquirió preocupado.

—Pregúntales tú, chaparro.

Lo mandó a su cuarto y luego de cambiarse las ropas para dormir enlazó la llamada
de video por Skype, sus padres tardaron un rato en contestar pero después de seis
intentos estaban ahí, en una tienda de acampar mucho más moderna que la ultima
que había visitado pues incluía servicios de electricidad y una red inalámbrica algo
errática, pero latente.

Le sonrieron de inmediato y lo saludaron.

—¿Cómo has estado, hombre pequeño? —preguntó su padre, aunque se retractó


de inmediato al señalar el ojo inflamado.

—¿Te pusiste sándalo?—inquirió su madre, él le dijo que no. Sólo dos filetes y algo
de ungüento.

—No importa, campeón. —recuperó la jovialidad su padre. Suponía que como se


perdieron prácticamente toda su vida, no se sentían con la autoridad para regañarlo
o corregirlo por ninguno de sus actos. —Queríamos saber cómo has andado de
ánimo estos días.

—¿Ánimo?—preguntó sorprendido.

—Si,—prosiguió su madre. —El volcán presentó actividad, el viernes a media tarde


y no ha parado de soltar ceniza desde entonces. Los nativos nos preguntaron por ti.
Están preocupados por ti.

—¿No siguen pensando que estoy vinculado a ese volcán, cierto?

—Aún tenemos nuestras reservas pero lo cierto es que lo estás.—comentó Miles,


sereno y calmo. —Tu abuelo, nos puso al tanto de la situación y tu cara lo dice todo.

—Papá…—comentó molesto, porque si escuchaba eso de que debía ser la


"encarnación de la benevolencia en la Tierra" iba a ponerse a gritar. ¡Él no era
responsable o causante de la erupción o calma de un volcán!

—Tranquilo. —medió su madre. —Solo queremos saber cómo estás. ¿Nos


presentarás a esa chica…Eleanor? —Stella, no logró disimular cierto matiz de dolor
cuando la mencionó. Él se preguntó ¿Por qué? ¿A caso su madre sentía nostalgia
151
de que ya fuera un hombre y no la incluyera en su vida diaria? ¿Lo sentían mas lejos
ahora que conocía a la mujer de su vida? Le habría encantado preguntar pero la
chica en cuestión irrumpió de pronto en su habitación.

—¡Mira, cabezón! Tu abuela me dio una grabadora como las que usaban los
reporteros en la era dora…da...—Helga congeló su discurso cuando cayó en la
cuenta de que él, no estaba navegando en redes sociales o viendo vídeos graciosos
en su Laptop.

Conversaba con sus padres, quienes se impresionaron al verla.

—Lo…siento mucho, Arnold. Bob y Miriam nunca me enseñaron a…—Se disculpó


con la cara incendiada. Él la miró como a una bendita aparición porque así era
Helga.

Tenía esa sobrada tendencia a meterse en su alcoba sin jamás llamar a la puerta.
Nunca le molestó que lo hiciera y justo ahora, no sabía si le molestaba. Su madre la
reconoció del pasado, porque en su momento, ambas féminas intercambiaron
palabras.

—¿Tú, eres Eleanor?—la rubia miró a la pantalla de la pequeña Laptop, Stella


Shortman la miraba científicamente, clínicamente y eso la hizo montar en pánico e
intentar huir, Arnold que bien sabía que eso es lo que haría, la sujetó por la mano
herida, sacándole un gemido de dolor que lo orilló a soltarla pero aún así, le ordenó
mantenerse donde estaba.

Su padre carraspeó al otro lado de la cámara. Helga los miró a ambos a punto de
liberar lo que en el transcurso del día no había soltado.

Es decir, vomitar.

—¿Ese es tu nombre?—insistió Stella y poco después agregó. —Porque si es así,


creo que te estoy confundiendo.

—No lo hace, señora Shortman. Soy yo, Helga…aunque Gertie, me dice Eleanor
por alguna misteriosa y desconocida razón.

—Oh, que curioso, mi Suegra tan divertida y yo toda angustiada. Por favor llámame
Stella, te presento a mi esposo, Miles.

—Que gusto.—el antropólogo saludó con una inclinación de rostro, igual de


confundido que su hijo, así que se atrevió a preguntar.

—¿Ustedes fueron de compras a la misma tienda o cómo es que…?—hubo algo


más que el pánico en los azules ojos de la rubia. Stella lo advirtió y a pesar de que
era una promesa, se decantó por romperla y confesar.

—Verás, querido. Cuando recién reencontramos a Arnold y viajamos a Hillwood


junto con él, tenía dudas sobre cómo acercarme a nuestro hijo. Como buscarlo,
como llamarlo. Esta jovencita se acercó a mi, una tarde en que me rendí y fui a
esconderme para llorar de frustración y rabia en los columpios del parque.

152
Se sentó junto a mi, entonces llevabas dos coletas y un vestido rosado con zapatos
blancos y camisa de cuello redondo del mismo color, mascabas una goma de sabor
cereza, el olor me llegó poco después de que reventaras una bomba y comenzaras
a hablar de lo maravilloso que es nuestro Arnold.

Sus gustos e intereses. Me dijiste todo lo que necesitaba saber para perder el miedo
de acercarme a mi hijo, así que siempre te estaré agradecida por ello.

Arnold miró a la rubia que estaba parada junto a él de nuevo. ¿Ella hizo eso? ¿De
verdad hizo eso? Quiso preguntarle, pero antes de que sucediera, Helga se dobló
por la mitad, sacándoles un susto de muerte a todos y vomitó en el bote de basura
que afortunadamente alcanzó.

Miles, no pudo evitar preguntar, si de verdad esa era su novia.

—Así es. —respondió él, palmeándole la espalda a la escurridiza mujer que


regresaba toda la cena que no hacía mucho que había ingerido en el precioso bote
que ahora tendría que desechar.

—¡WOW! —comentó su padre, recibiendo un codazo en el pecho de parte de su


madre.

—Me alegra que al fin, se decidiera a confesar lo que siente por ti…—comentó Stella
y él no supo que responder. Porque Helga lo confesó hace mucho y en realidad…

—Él que acaba de decidirse y confesar soy yo.

—¿Le corresponde la carta?—inquirió ahora su padre, para sorpresa de su madre.

—¿Qué carta?—preguntó la botánica.

—Cosas de hombres….—respondió, seguro y algo pomposo.

—¡Los hombres no escriben cartas, Miles!

—Claro que si…—Arnold sonrió al ver a sus padres y después a Helga que había
terminado de devolver el estómago y ahora se tapaba la cara con ambas manos a
la vez que repetía.

"Esto no está sucediendo, no está sucediendo, no está sucediendo, no…"

—Está sucediendo, Helga. —pronunció, en un suave barítono llamando la atención


de todos. La ayudó a levantarse poniendo una mano a la altura de su cintura.

—Que forma de perder la pena…—comentó la rubia para deleite de su novio y


sorpresa de sus "suegros"

—Ah, es tradición familiar. —agregó Miles. —Si alguien no se avergüenza o se


humilla públicamente, no es amor de verdad.

153
—¡Cállate, son unos niños!—le recordó su esposa.

—Pero es la verdad. ¡Yo literalmente me tiré a los pies de tu madre, Arnold! ¡Y sigo
ahí diecinueve años, después! —la morena con cabeza de balón, le dio otro codazo
a su marido, quien intentó escapar del golpe y a consecuencia de eso, la conexión
inalámbrica se cayó.

Helga suspiró a la pantalla negra y después comentó.

—Dime que eso no significa que voy a vomitar cada vez que los vea.

—No lo sé… ¿De verdad, le dijiste todo eso a mi madre?

—Arnold, lo creas o no. Eso no fue producto de mi tremenda o delirante devoción a


ti. Tenías unos padres, que de verdad querían agradarte. Atravesaron medio
continente para conocerte y reencontrarte. ¿Crees que me iba a quedar de brazos
cruzados, viéndolos partir sin abrazarte?

—Igual se fueron.

—Porque la vida no es color de rosa. Pero te quieren, los admiras, deseas ser como
tu padre, no mientas. Y en cambio yo, me mataría si llego a ser como alguno de mis
padres…

—No lo serás. —Gertrude gritó desde abajo que haría revisión de alcobas en diez
minutos y esperaba que cada uno, estuviera en la suya. Se sintieron pequeños,
traviesos e ingobernables de nuevo.

Arnold, se dirigió a su librero y rebuscó entre volúmenes hasta encontrar el anuario


de la primaria.

—Es para ti…—le ofreció la carta una vez la encontró.

—¿Ya sabes lo que dice?

—No con exactitud.

—Entonces no la quiero. ¿Qué tal que escribiste todas las razones por las que tú y
yo no debemos estar juntos? ¿Lo mucho que me odias, por ser una fastidiosa,
mandona y golpeadora?

—Dudo que escribiera eso.

—Y yo me niego a tenerla hasta que estés seguro de que debo leerla.

—¿Todo contigo tiene que ser así de difícil?

—Acabo de vomitar delante de tus padres, déjame en paz.

—Y yo que te pensaba besar…

154
.

CAPÍTULO 12

Los enamorados dedicaron un momento a contemplarse en silencio, ella perdida en


los ojos de él, Arnold perdido en la suculenta y bien delineada boca.

Esa, sería la primera noche que "no pasarían juntos" que Helga no sentiría sus
brazos al rededor de la cintura o se confortaría con su aliento soplándole al cuello.
La duda apareció de manera inmediata, el temor de que todo esto se tratara de
alguna especie de sueño.

¿Y si Jake le regresó el puñetazo, la golpeo en la cabeza tan duro que esto no era
más que una "muy vívida" alucinación?

Se acercó a Arnold, acarició su rostro de una manera en que nunca antes había
hecho, el gesto sorprendió al rubio pero no la interrumpió. Por el contrario, cerró los
ojos permitiendo el contacto de unos dedos que comenzaban a ponerse fríos por la
temperatura o el miedo. Tan pronto como consideró esto último la observó en su
vacilación, el rostro que comenzaba a aprender de memoria y que diría con las
manos al fuego que pertenecía a la mujer que amaba estaba triste, melancólico.

Así que se atrevió a comentar.

—No va a pasar nada…

—¿Qué?—inquirió retirando las manos, saliendo de su diminuto trance.

—Creo que te asustan los cambios por eso me advertiste que podrías vomitar en el
auto y me parece que es así porque eres una persona sumamente aferrada. Firme
en sus convicciones, leal en el amor…

—Arnold…—comentó desviando la mirada, apartándose pero no demasiado. Aún


quería sentirlo cerca de su piel, convencerse de que "esto" no iba a desaparecer.

—Te asusta lo que vaya a pasar mañana, pero no cambiará nada. Seguiremos
haciendo las mismas cosas de siempre, sólo que las haremos juntos…—ella se
ruborizó al escuchar eso ultimo, él adoró ese matiz coloreando sus mejillas pero
desapareció tan pronto como había llegado.

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—No te emociones demasiado con eso, melenudo. —pronunció, atemorizándolo
con la dureza de su voz.

—¿Perdón…? —¿A caso quería…terminar? Pensó para sus adentros, sin disimular
el temor por lo que Helga, sonrió restando dramatismo a la situación.

—Digo que borres la entrada de "Romeo y Julieta" de tu cabeza. No soy una


Princesa.

—¿Quien dijo que buscaba princesas?

—¿La historia de tu vida, hasta ahora? —Arnold sonrió. Claro, él era el idiota más
grande de todo Hillwood. Si aquello fuera la época antigua, los juglares cantarían
canciones y los bufones narrarían su historia entre risas y maldiciones, pero por
hoy...

Si Helga necesitaba algo para asegurarse de que no romperían o "desaparecerían"


al amanecer pensó en darle un objeto que además de eso, la obligara a pensar en
él.

—¿Estás segura de no querer la carta?—preguntó señalando el sobre que terminó


en una esquina de su escritorio, junto a la Laptop.

—Tanto como tú, al elegir el sofá en lugar de mi cama. —golpe bajo y para rematar
le guiñó un ojo. Acción que por supuesto lo hizo sudar frío mientras buscaba lo que
quería en el interior de su armario.

Contrario de ella, él tenía montones de ropa mal doblada por todas partes, juguetes
de cuando era pequeño, figuras de colección, revistas deportivas, cómics y una cosa
que parecía ser un emparedado de algo que jamás se comió y que empezaba a
generar su vida propia.

Ese lo dejó donde estaba, si algún día respiraba o se movía, le pondría nombre y lo
adoptaría como mascota.

Encontró lo que buscaba tomándolo entre sus manos.

—La voy a necesitar el martes…—comentó arrojándole una prenda a la cara.

—¿¡Oye, pero que te…!? —era su camiseta de fútbol soccer, la única que tenía
porque los uniformes escolares salían en un ojo de la cara y él no quería abusar de
la seguridad financiera de sus abuelos. Helga terminó más roja que el carmín al
reconocer la prenda.

Él sonrió satisfecho con su treta.

—Creo que querrás cambiarte eso y además…—se acerco a su presa, señalando


la parte alta de su pijama que terminó manchada de vómito.

Helga tuvo una diminuta confrontación de ánimas.

156
Sus "suegros" no solo la vieron vomitar como si no hubiera mañana, también la
conocieron en su "sensual" pijama de conejo gris con morado. ¿Las cosas con la
familia de Arnold no podían terminar peor, cierto? ¿¡CIERTO!? —le preguntó a la
voz de su cabeza pero esa maldita estaba callada, sofocada, pues Arnold Shortman
la tenía en la mira y no contra la pared o el armario pero sí demasiado cerca de la
puerta.

Imágenes del beso en la casa de Gerald embotaron su sistema, hicieron que se le


nublara la mente, se secara su garganta y su boca se hiciera agua…

Arnold, no la besó de nuevo, no rozó sus labios aunque aquel parecía el destino de
su tentadora boca, (eso definitivamente tenía que ver con que ella aún apestaba a
huevo podrido y existían límites en el amor profeso entre dos personas que recién
salían) susurró a su oído algo que le quitaría el sueño, además del miedo y le haría
maldecirlo a la vez que adorarlo.

"Espero que sueñes conmigo"

Gertrude se autoinvitó a pasar en ese momento. Vio a su nieto alejarse como el


zorro astuto de la exquisita oveja y a Eleanor salir corriendo como alma que lleva el
diablo escaleras abajo. Le dirigió una mirada asesina a su "hijo" el jovencito de
cabellos dorados y ojos color jade se encogió de hombros, juró que no hizo nada.
Es más, ya se iba a la cama.

Ella no había nacido ayer, así que le cerró la puerta y la aseguró con llave.

—Te liberaré de tu arresto domiciliario a las 5:00am, vaquero.

—Como quieras, sólo no vayas a olvidarlo abuela.

—¿Cuándo te he olvidado?

Touché.

Pero aun sí, él se quedó encerrado con un bote que apestaba a "vómito de Helga"
quiso abrir la ventana, sacarlo al tejado, pero entonces se encontró con la "bendita"
bola de pelos dorados, alias "mantecado" "Mr.M" o mejor dicho, "su enemigo número
uno en todo el mundo" y lo miró de tal modo que sin lugar a dudas quería decir:

"Atrévete a abrirla y te arrancaré los dedos"

—¡Helga me quiere más que a ti! —se le ocurrió gritar. El gato, maldijo (¡De verdad,
lo hizo!) Se tradujo en un maullido horrible que llamó a otro séquito de felinos.

—Miauuuuuuuuu…

—Meawwwwwwww….

—Rwaaaaaaaw…

—¿Ese último era un mapache? —Arnold se quedó con los ojos cuadrados y ahora
entendía qué era lo que el condenado hijo de "Helga" había estado haciendo desde
157
que le perdieron la pista (Conocer el vecindario, darse a respetar entre los
lugareños) suspiró, resignado a tener concierto gutural de bestias por la noche
completa. No importaba, no planeaba dormirse tan pronto. Aún quería salir de
dudas, leer la carta.

Recordar por qué, le escribió una carta. La tomó entre sus manos rompiendo el sello
con cuidado.

Esa, era su letra, él conocía su forma de crear las palabras, el como las inclinaba
hacia la derecha, pegando algunas, separando otras y sin cerrar completamente las
"a" y las "o"

Eso tenía que ver con la madurez y el carácter pero de momento, lo importante no
era eso, sino esto:

Helga:

Comienzo a notar que te pienso,


Y empiezo a asustarme de nuevo.
Sin embargo lo guardo en secreto,
voy a dejar que pase el tiempo.

Empiezo a creer que te quiero


y ya empiezo a soñar con tus besos.
Sin embargo no voy a decirlo
hasta que tú sientas lo mismo.

Porque tengo miedo, miedo de quererte


y que no quieras volver a verme.

¿Dejé pasar demasiado? ¿O aún no ha sido suficiente?


¿Querrás escucharme, encararme?
¿Volver a besarme?

Por eso,
Si lo hacemos,
Si coincidimos de nuevo,
dime que me quieres,
o que ya no lo sientes,
que ya no corre por tus venas
ese calor que siento al verte.

¡No lo intentes!

Sé que me mientes...

Estrujó la carta, antes de terminar de leerla, pensando en todas sus negativas, todos
sus encuentros furtivos, las miradas esquivas, los intentos de "transformar" lo dicho,
hecho, expuesto…

Su ultimo beso, bajo un muérdago. Ambos comiéndose la boca, suspirando,


anhelando hasta que ella se separó tan abruptamente como se había acercado. Lo

158
miró a los ojos, tímida, bella, separó sus labios una vez más para él, para despedirse
de él.

Una disculpa casual, tono de voz neutral a pesar de que él sabía que sus ojos
querían llorar.

La dejó ir, como siempre, como el viento, la brisa marina, el agua corriendo entre
sus dedos.

Eso definitivamente tenía que ver con la parte final de la carta.

Comienzo a notar que te pierdo,


Y ya empiezo a echarte de menos.

Sé que se va apagando lo nuestro,


Mas sin embargo, no voy a creerlo.

¿Para qué negar, si no es mentira,


que soy el único en tu vida?

Y tú la única en la mía.

Se dejó caer sobre la cama, como tantas otras veces en el pasado, releyó las
oraciones que parecían formar un verso, quizás un poema pero no lo sabía porque
él no era poeta.

No era nada artístico ha decir verdad, al menos no, en ausencia de ella.

Su musa, su inspiración.
Su amada y maldición.

Apretó la carta contra su pecho, siendo juzgado y observado por singular número
de gatos. El techo transparente no era tan simpático a los diecisiete años. Él y sus
abuelos pensaban cambiar los vidrios por algunos que le dieran vista al cielo e
impidieran a los mirones observarlo de vuelta, pero como ya estaba a nada de irse
a la universidad y Hillwood seguía siendo el pueblo más pacífico y aburrido del
mundo, lo dejaron para después.

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Suspiró, maldiciendo el "perfume" que se había encerrado en su habitación. ¿Con
qué tapaba esa cosa? ¿La pila de cómics que ya no leía? ¿Las revistas de deportes?
¿El anuario? Lo que fuera, necesitaba taparlo ya o dejarlo como estaba y caer en
un delicioso "coma" inducido por vómito.

Sonrió pensando en Helga.

Claro que no era princesa, ¿Cómo lo sería? Si se comportaba como un marinero


ebrio.

Hablando de la aludida y encontrándonos en la parte baja de la casa de huéspedes,


ella se desprendió de la prenda sucia arrojándola en el cesto que trajo desde su
casa, luego hizo lo mismo con el pantalón y se colocó la camiseta de Arnold como
prenda única sobre la ropa interior.

Ella, no era una chica especialmente femenina. Estaba peleada con su cuerpo desde
prácticamente siempre. Desde que cada persona en su entorno social, la comparaba
con su hermana, quien para fines prácticos nació siendo una Barbie, piernas largas
bien torneadas, cintura de avispa, pechos redondos y firmes, que usara su cuerpo
como principal arma de intimidación y distracción tampoco ayudaba mucho porque
cuando iba a su escuela, a todos (incluyendo a Arnold) se les caía la baba y ella no
podía más que rabiar porque era el opuesto a lo "bello" Harold Berman lo sabía y
refería bastante bien.

Cuando insultaba sus orejas de "cabra" su estúpida ceja única, las piernas largas,
sí, pero sin ninguna clase de curva. ¡Era una tabla! y ni siquiera una divertida para
surf, sino una condenada tabla para golpear.

Pero justo ahora, que se contemplaba en un espejo de cuerpo completo que


Gertrude insistió en traer de su alcoba matrimonial, podía ver y creer que era
bella…la ropa de Arnold obviamente le quedaba justa, no era demasiado larga
apenas si cubría lo importante, dejando sus muslos expuestos y parte del pecho
también. Era una camisa tipo polo, ella dejó abiertos los botones de arriba y a
consideración suya se veía sexy…

Arnold, la hacía sentir sexy, especial, única, diferente…

Apagó la luz y se dejó caer sobre las sábanas blancas, soñando como vaticinó aquel,
en su amado, alucine, fantasía constante...

Cabeza de balón.

160
.

A la mañana siguiente, Arnold tenía un dolor de cabeza tremendo además del


estómago revuelto porque el "delicado" aroma de su habitación, aunado al
"concierto" de Mantecado, no lo dejaron dormir.

Antes que bañarse, buscar a la rubia o hacer cualquier otra cosa, sacó el desecho
biológico directo al depósito junto con su "experimento casero"

Se disculpó con el emparedado que jamás se comió, pero en serio, las nauseas lo
harían devolver el estómago y con uno de los dos que lo hiciera creía que era más
que suficiente.

Cuando estuvo listo, un par de horas después (porque ni todo el jabón floral del
mundo le quitarían la sensación de apestar a huevo podrido) se miró en el espejo
de medio cuerpo que tenía en su habitación.

Nervioso.

Era así como se sentía, porque aunque Helga le dijera que no, él tenía expectativas
y no es que esperara ser el centro de todas las miradas pero al menos esperaba
algo de entusiasmo por parte de sus amigos más cercanos. Le intrigaba la reacción
de Stinky y Eugene, (los que en su momento invitaron o salieron con Helga) por no
hablar de lo que pudieran decir Rhonda o Lila.

La primera, por ser la cotilla número uno de su vecindario, además de la que movía
la balanza hacia la aceptación o rechazo de cualquier "relación" la segunda, por ser
su crush, alias "amor imposible e incondicional" de toda la vida.

¿De verdad, él estaba ahí, un lunes por la mañana, siendo novio de Helga G. Pataki
y sintiéndose mal por Lila Sawyer? ¿A caso creía que podría lastimarla?

¡Pero si ella misma le canceló, y él no contestó!

Por eso, no sabía que debería decirle. ¿Cómo podría abordarla? Si llegaban a la
escuela tomados de la mano, asumiría que todos se darían por enterados, pero
Helga no era la clase de chica que se dejaba tomar de la mano…tampoco creía que
lo dejara besarla. Debido al modo en que actuó Jake, sería un milagro si permitía
que alguien más la besara…en la escuela, es decir.

Suspiró.

Lo primero en la lista era darle la carta. Hacerle saber que pensó en ella, con la
misma insistencia en que lo pensaba a él.

Sonrió como todo un idiota y se miró por millonésima vez al espejo. Su ojo izquierdo
ya estaba bien, como si no tuviera nada más que los vestigios de haberse desvelado
y ahora entendía a Gerald cuando tardaba "siglos" en arreglarse para sus citas con
Phoebe.

161
Él, no sabía que camisa ponerse, de qué lado peinarse, cuanta loción debía usar o
si es que a caso ¿Se debería afeitar? No, nada de eso importaba porque lo que más
le quitaba el tiempo, era la noción de que en realidad…

Ya le gustaba a su novia "de la manera que fuera" su estomago se retorció un poco,


tomó sus cosas que incluían la carta en la parte más "privada" de su mochila y bajó
a la cocina para desayunar en familia.

—¿Dónde está Helga?—preguntó en lugar de saludar. Su abuelo estaba en la silla


de siempre, leyendo el periódico e ignorando la taza humeante de café postrada
ante su rostro, su abuela terminando de freír el tocino, tarareando una canción de
vaqueros. Al igual que siempre.

—Geleanor salió hace quince o veinte minutos—comentó Phil sin despegar la vista
de la sección de deportes. —Dijo que tenía que presentarse antes si quería hablar
con los profesores de su "problema especial"

—¿Problema?—inquirió él, desilusionado y un poco angustiado.

—La mano, vaquero. —acotó su abuela dejando el plato de tocino en la mesa. —


Eleanor es diestra, no podrá tomar apuntes con esa cosa espantosa así que le di la
grabadora. Creo que está prohibido usarla de manera deliberada por lo que deberá
pedir autorización antes de ocuparla. Es una chica lista, espera emboscar a todos
sus docentes en la sala de Profesores. Así no tiene que entrevistarlos uno por uno
y someterse al escrutinio de sus compañeros de grupo.

—Oh…—comentó él porque obviamente, no le habría molestado acompañarla.

—Dijo que se verían en la tercera clase. —animó Phil con ligera sorna. —¿Tienen
historia juntos?—él sonrió. Lo había olvidado.

—¿Ves? No está todo perdido chaparro.

—Gracias abuelo.

—Además, no la acoses demasiado o se terminarán odiando.

—No es acoso…—se quejó dándole una mordida a su rebanada de pan tostado.

—Claro, claro. ¡Pero termina ya o llegarás mas tarde que ese degenerado!

—¿Jake?

—No, Jack el destripador ¿Oh, como se llamaba el loco de Viernes 13?

162
—¿Jason Voorhees?

—También esta el asesino de la rosa negra…—comentó su abuela sentándose a la


mesa. —Jacob Trent

—¿Que me dices de Jules Mayfair?—preguntó Phil a su "Galletita"

—¿El que violaba mujeres con buenas caderas?

—Las perseguía solo si tenían una gran descendencia. Verás, buscaba una madre
apropiada para su hijo, Arnold. —acotó el anciano en lo que él se empinaba el jugo
de naranja y corría escaleras arriba a lavarse los dientes.

—¡Claro que buscaba mujeres con grandes caderas! ¿Cómo si no, iban a tener una
gran descendencia?—rezongó Gertrude cuando él volvió a tomar su mochila,
despedirse de ellos y… congelarse en la puerta.

—¿Qué sucede, hombre pequeño? —preguntó el anciano, secundado por su mujer


que estaba una vez más con la cuchara de metal en las manos.

—¿A…abuelo, crees que podrías hacerme un favor…? —preguntó un poco dudoso.

—Depende,—respondió el viejo zorro. Su mujer, detectó algo con su mirada de


halcón, así que se atrevió a preguntar.

—¿A cuantos hombres hay que matar?

—Ninguno…—respondió trémulo, aunque con el rostro un poco incendiado a causa


del bochorno.

—¿Entonces…?—preguntaron los dos, levantándose de sus asientos como en


aquella ocasión que confesó haber perdido el reloj de su bien amado y respetado
padre. (lo tomó sin pedir permiso para impresionar a una chica…)

Minutos después de explicar el "favor" Arnold corría por la avenida principal. No tenía
la mas remota idea del horario escolar de Jake Cabot, pero a él se le hacía
excesivamente tarde. Tal fue su interludio que no notó los mensajes de texto
enviados por Phoebe Heyerdahl y Gerald Johanssen.

Ellos ocuparon su ultimo día libre en desarrollar todo un plan de espionaje y


vigilancia que involucraba a gran parte de sus amigos. Los mismos que se mostraron
dispuestos a defender a Helga y que ya estaban esperándolos como solían hacer
todos los días a la entrada de la escuela.

163
Sabían, que si querían saber de qué iba la "treta" tenían que llegar un poco antes y
aunque Pataki no solía unirse al barullo matutino, por lo menos los saludó cuando
pasó de largo como una exhalación. (no notaron sus labios rotos, pero sí hicieron
énfasis en que usaba colorete rojo. La muñequera se ocultó bajo una camisa con
mangas demasiado largas, solía llevarlas de ese modo, así que nadie reparó en lo
obvio).

Helga, elogió las nuevas gafas de Phoebe, los zapatos de Rhonda, el peinado de
Nadine, el llavero que llevaba Patty atado a la bolsa y que por supuesto era regalo
de Harold, a Sheena le aplaudió su buen gusto en estampado de flores, respecto a
los chicos cruzó miradas, puntapiés, además de los clásicos gritos de ¡Hazte a un
lado perdedor! y estos respondieron como una horda de soldados recibiendo a su
general.

¡Helga! ¡Helga! ¡Helga!

Una mano al aire, la otra golpeando el corazón y la rubia los llamó tarados, pero
tenía una sonrisa enmarcando sus rasgos.

No por nada se gano el apodo de "Guerrera Amazona" ellos se lo pusieron, aunque


ha decir verdad, la idea vino de Gerald luego de verla jugar una final.

Tras verla partir, se apostaron donde siempre. Arnold y Lila no parecían llegar y
Rhonda no se abstuvo más de comentar.

—Dios, déjale algo para besar a su madre, Heyerdahl.—Gerald y Phoebe se


pusieron mas rojos que la sangre. El labio inferior del moreno no estaba tan hinchado
como los días anteriores pero aún permanecía marcado.

—N…no sé de lo que hablas. —respondió la asiática cruzando los brazos a la altura


del pecho.

—Claro que lo sabes. —contraatacó Curly, defendiendo los comentarios ofensivos


de su mujer.

—Pero ustedes no, por lo que se puede ver. —intervino Gerald, algo fastidiado y a
decir verdad molesto porque no fue "eso" lo que le pasó. Curly cruzó los brazos y
levantó el pecho como indicando que en cualquier momento lo podría golpear.
Gerald, imitó el gesto, mostrando la dentadura perfecta.

"Primates" pensó Rhonda.


"Idiotas" pensó Phoebe.
"Levanten las apuestas" pensaron todos, pero no estaban ahí para verlos pelear.

—¡Basta!—intervino Sheena. —Algunos queremos saber algo más que su vida


privada.

—Lo dice porque no tiene una. —señaló Sid a lo que Stinky le recordó que ellos
tampoco tuvieron citas.

—La tengo, salí con Eugene por si tanto quieren saberlo. —el pelirrojo llegó al tono
de sus cabellos y asintió con el rostro.

164
—Fuimos al cine y después a cenar, eso es todo.

—Maravilloso, pero tu "novia" tiene razón. Por increíble que suene, ¿Queremos
saber cómo se encuentra Helga? Escuché rumores de que Jake, tiene la nariz rota
y que tampoco podrá jugar esta temporada. —acotó Rhonda, llamando la atención
de todos.

—¿Tampoco…?—inquirió Lila, que recién llegaba con un chico moreno al que


despidió con un beso en la boca.

Phoebe tomó nota mental de eso. En circunstancias normales temería por el estado
emocional de su amiga, pues si bien nunca tuvo nada formal con Arnold, le fastidiaba
que sus "chicas" lo mandaran al carajo.

¿Qué todas eran palurdas, moscas muertas o simplemente idiotas?


¿Qué no veían, lo que ella veía?

Y aunque Phoebe lo hacía nunca encontró especialmente interesante a Arnold, era


atractivo, eso ni como negarlo, educado, amable, pero a su consideración le faltaba
algo de encanto, personalidad y por supuesto, esa chispa coqueta y divertida que
tenía Gerald.

Recuperó el aplomo, carraspeando para llamar la atención de su audiencia y


comentó.

—Helga se lesionó la muñeca al golpear a Jake y por tanto no podrá jugar más
Béisbol. —todos se quedaron mudos, algunos (los que apostaron) patearon lo
primero que vieron y los que no encontraron nada se conformaron con tirar sus
mochilas y pisarlas. Ahora entendían por qué, al saludar. No pasó de la agresión
verbal a la física, por qué huyó de sus miradas y quizás…sopesaron el por qué, del
maquillaje cubriendo sus labios.

¿La habría mordido como Phoebe a Gerald?

Ninguno la vio después de ese día. A nadie le gustaba ver a sus héroes caer, a los
genios malévolos, las mentes perversas que llenan de suspenso y adrenalina tu
vida. Suspiraron con resignación los más profundos, los más densos arremetieron.

—¡¿Desde cuando nuestra matona profesional olvidó como matar?! —se quejó Sid,
Stinky lo volvió a callar y en esta ocasión el más bajo no dudó en empujarlo y
mandarlo a volar algunos centímetros por los lados.

—¿Desde que se volvió mujer? —preguntó Harold para recibir un pellizco de Patty,
pero era verdad. Todos lo pensaron, las implicaciones de que alguien invadiera así
tu espacio personal, por no decir que se atreviera a hacer con tu cuerpo, algo que
tú no quisieras que te hicieran.

Les revolvía el estómago y claro que por eso es que estaban ahí, preguntando por
ella, cuando de manera regular estarían hablando de quien besó o invitó a quien, el
"fin de semana romántico"

165
—Helga siempre ha sido mujer. —comentó Rhonda para sorpresa de Phoebe. —Y
si se lastimó el brazo es porque obviamente, no estaba en su mejor momento. A
todos nos ha pasado, así que dejemos el asunto de lado. Ustedes tienen cara de
Gánsteres,—acotó señalando a Phoebe y Gerald. —¿Asumo que idearon un plan
para vengarse de Cabot y por eso nos llamaron?

—Venganza es una palabra muy fuerte, Lloyd. —comentó Phoebe ajustándose sus
gafas color azul eléctrico y abriendo su bolsa para repartir sus "planes" a cada uno.

—"Deportación" me parece aún más fuerte, queridita. Y por si ya lo olvidaste, te


recordaré con quién estás hablando.

Soy Rhonda Wellington Lloyd y me niego a estudiar en la misma escuela que ese
patán. De modo que el fin de semana "romantico" lo estuvimos investigando. Y si
Jake Cabot comete otra falta como esa puedo hacer que lo suspendan. Para
expulsarlo formalmente tendría que armar un escándalo de nivel colosal en la junta
administrativa de fin de mes, pero con sus antecedentes no se me sería complicado
lograrlo.

—¿Cómo sabes de sus antecedentes?—preguntó Gerald.

—Como presidente del Comité Estudiantil, se me concede cierto poder.

—¿Es decir?

—Que pudo solicitar información "privada" de cualquier estudiante y pedí la de él.

—Impresionante.

—Nadie que no sea yo se mete con mis súbditos.—comentó la morena cruzando los
brazos a la altura del pecho. Aunque de manera personal y real, lo hacía por aquella
ocasión en que Helga la defendió de un bravucón.

En ese entonces, ni siquiera eran amigas.


Justo ahora, no sabía si eran amigas.

¡Pero lo importante no era eso! No quería pisar el mismo suelo que ese idiota. Verlo
le daría náuseas, asco, cólera bulliciosa que amenazaría con transformarse en una
úlcera gástrica y según su padre, era muy joven para tenerla.

La deportación, era mejor que solicitar un cambio de escuela o de horario.

Además, esto podría demostrarle a cualquiera de qué estaban hechos los Lloyd.

—De acuerdo. —concedió Heyerdhal, entregando las ultimas hojas a Harold y Patty

—¿Vamos a seguirlo?—preguntó Berman, intentando descifrar el horario que le


habían dado.

—No exactamente. —explicó Gerald. —Jake, siempre ha estado ahí pero como nos
importaba un carajo, nunca nos dimos cuenta. Lo que les pedimos, Phoebs y yo es
que a partir de ahora "lo tomen en cuenta" para eso es el horario. Cuando coincidan
166
con él al término de alguna de sus clases vean que hace, escuchen lo que dice. Si
involucra a Helga en alguna de sus "conversaciones privadas" avísennos de manera
inmediata.

—¿Y qué es lo que harán, ustedes?—inquirió Stinky, preocupado


y peligrosamente medio enamorado de la mujer.

—Mi hermano es policía, ¿Recuerdas? lo tenemos cubierto.

—¿No creen que suspenderlo o expulsarlo sea demasiado? Digo, sí cometió una
canallada pero quizás…quizás pensó que Helga le daba alas.—comentó Lila,
mirando el horario que estaba resaltado en las clases de química y matemáticas.

—¿Alas?—preguntó Phoebe, claramente alterada.

—Pues…si, estuve saliendo todo el fin de semana con un chico que tiene una
hermana que juega béisbol con Helga y esa chica cree, que "eso" lo provocó ella.
Se da tanto a desear en la escuela, que bueno…alguien tenía que cometer una
locura en algún momento.

—¿¡Qué!? —preguntó la asiática, haciendo a un lado a su novio que pretendía


refrenarla. —Tú eres una de las chicas más acechadas de toda la escuela y me
estás diciendo ¿Que eso lo provocó ella? ¿Si se tratara de ti, lo referirías de la misma
manera? —Lila suspiró, porque si. Seguía siendo de las chicas mas bonitas y
solicitadas de la escuela. Nunca le faltaban obsequios e invitaciones a pesar de que
solían verla con Arnold.

El siempre soñador y "ausente" Arnold, a consecuencia de eso, algunas veces la


interceptaban en los corredores, a mitad de las escaleras o le sugerían en presencia
del rubio que lo dejara y se "divirtiera" con ellos. Ella, era una dama y a todo decía
que no. Tener a Arnold, honestamente era un buen escudo. Las ofertas que recibía
nunca pasaban a más porque argumentaba tener algo con él. "No era nada formal,
pero no quería lastimar su corazón"

Aunque, de tanto en tanto, si el chico en cuestión era especialmente insistente o


apuesto, le permitía un beso.

Solo un tímido y a veces húmedo, cálido y hambriento beso.

—Si… —pronunció en alto. —Si se tratara de mi, si me hubieran robado un beso a


mi, lo referiría por igual. Jake dijo que sólo quería ver si su negativa iba en el único
idioma que le importaba, el físico... —Phoebe estuvo a punto de saltarle a la yugular.
No era violenta o especialmente peleonera, pero había visto a Helga hacerlo cientos
de veces y algo de eso se le debió de pegar. Rhonda la detuvo a medio vuelo,
tomándola del brazo, regresándola a su sitio y recuperando la atención de los chicos.

—Claro, ese sería un escenario posible de no ser porque la vimos llorar…

—¿¡Qué…!?—preguntó la pelirroja ataviada con un coqueto pantalón corto color


pistache, zapatos de piso blancos, abiertos del frente y camisa de vestir sin mangas
del mismo color. Los cabellos los llevaba sueltos en su mayoría, se sujetaban por
detrás con un par de trenzas atadas con un lazo verde. El peinado lo llevaba así,

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desde aquella esplendorosa tarde en que un travieso chico, comentó que lucía muy
bien con ese estilo.

—Tú no lo notaste porque estabas haciendo una pausa para recoger los libros que
te tiró Arnold —prosiguió Rhonda. —Pero los demás, que sí prestamos atención a
nuestro entorno, la vimos llorar. ¿Una persona que da alas, se pondría a llorar?
¿Además, en que Universo crees que Helga se daría a desear? Ella es una cínica,
descarada, mata pasiones de primera. ¡No quiso salir con nadie, porque a ti y a
todos se les ha olvidado que ya está enamorada de alguien!

—¡¿QUEEEEEÉ?! —gritaron sus amigos histéricos a una sola voz.

Todos, menos Lila, Phoebe, Gerald, Eugene y Stinky

En referencia a los últimos dos, baste decir que cuando los terminó, Helga Pataki
hizo referencia a ello.

No fue el clásico "no eres tú, soy yo" Pero sí comentó, que no era justo tener un
corazón que si bien cuidaría y procuraría. No mantendría.

No eran ellos quienes poblaban su mente en aquel momento y aunque le gustaba


pasar tiempo con cada uno, lo hacía porque no le impedían pensar en su amor
verdadero.

A Stinky no le molestaba que pensara en otro hombre cuando intentaba besarla. A


Eugene tampoco, aunque ha decir verdad, él ni siquiera lo intentó. Les gustaban las
mismas cosas: el teatro, la ópera, el baile. Era grandioso estar con alguien que
apreciara el arte y no hiciera comentarios hirientes sobre su preferencia sexual.

Stinky gozaba de leer junto a ella, compartir algún pastelillo o golosina, iban a bares
bohemios, lugares donde se podía degustar un poco de café, arte plástico y poesía.
Nada íntimo, pese a tratarse de lugares verdaderamente íntimos.

Cuando volvieron, (en primer año de Secundaria) ni siquiera lo planearon,


coincidieron por casualidad en el recinto.

Él, que sabía de sus pasiones secretas, de sus letras ocultas, de su amor no
correspondido, se subió al escenario y le dedicó una canción.

…Solo estoy deseando volverte a ver.


Echando de menos tu piel.
Solo estoy, sin tu amor.
Y con mi guitarra donde
compuse la música que, me habla de ti
y habla de mi.

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Regresa a mi,
aunque sea una vez más.
Te quiero muy lento amar,
regresa a mi, regresa a mi…

Y la rubia regresó, entre el estrépito de los que aplaudían y la llamaban a unirse a


él una vez más en la vida. Helga era una flor, una rosa, tenía sus espinas, bastante
filosas pero también una dulzura y perfume por los que él lucharía.

Y de hecho, lo haría…

Lo estuvo pensando el fin de semana completo, la llamó una decena de veces, pero
el número de casa estaba desconectado y el celular apagado. Pensó en ella, en
todas las oportunidades que tuvo para "estar con ella" besarla con decoro, arrebato
pero eso sí, sin permiso.

Ella era como la "mujer bonita" Eugene y él, lo comentaron alguna vez en la escuela.
Les permitía abrazos, roces, besos, en cualquier lugar excepto los labios. Esos eran
para él…

El hombre a quien quería hasta desfallecer.

Y es así que mientras sus amigos dilucidaban, él pensaba en ella, pero la pregunta
permanecía la mesa. ¿En quien pensaba Helga? Nunca se lo reclamó, aunque era
imposible no hablar del tercero en la relación.

"No es nadie"—afirmó la última vez que rompieron.


"¿Al menos es real?"—inquirió pues el velo de tristeza en las delicadas formas de la
mujer, le caía verdaderamente mal.
"¿A caso crees que padezco alguna clase de problema mental?"
"Lo has esperado tanto que comienzo a creer que es o muy idiota, muy afortunado.
O le pasó algo demasiado malo"
"¿Muerto…?"—inquirió con una sonrisa rota que le oprimió el alma. "No está muerto,
bueno quizás debería enterrarlo, pero no puedo lograrlo…"

Lila carraspeó de pronto, llamando la atención de todos y sacando a Stinky de su


vacilación.

Ella creía que Rhonda Wellington con su metro setenta de estatura, cabellos cortos
al estilo "Bob" pantalones negros ajustados a las caderas, zapatillas de tacón del
mismo color que obviamente no necesitaba pero usaba para sentirse mas
"endiosada" y camisa carmesí de Diseñador, exageraba.

¡Claro que lo sabía y le enfurecía! Que Arnold no se diera cuenta y que Helga, no
se lo dijera. Eran tan lentos esos dos que en serio, algunas veces quería gritarle a
Arnold, que notara a la rubia histérica que estaba detrás de la puerta mirando.

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¿Pero entonces, si Helga no lo "invitó" la hermana de Larry mintió? ¿Ella se
sobrepasó en su declaración?

No lo creía.

Helga era tímida, sólo se trataba de eso. Quizás, al igual que ella, necesitaba un
empujoncito, un beso de "esos" que te hielan la sangre pero calientan la carne. Lo
merecía, era obvio que Helga G. Pataki necesitaba con quien "liberarse"

—Sé que está enamorada de "alguien" —gritó. —Pero también sé que ese chico,
por más indirectas que ha recibido no le corresponde.—se defendió de las féminas.
El resto de ellos intentaba recapitular los últimos diez años de su existencia.

—Mantecado… —pronunció Patty. Y los demás lo repitieron como una especie de


mantra sagrado. La pelirroja continuó en su exabrupto, las clases casi comenzaban
pero a ninguno podía importarle menos que nada.

—¡¿Qué a caso piensa morirse de amor por él?!—preguntó, esperando compasión,


comprensión.

—¡Esa decisión no es tuya! —gritó Phoebe. —¡Y lo que dices, es horrible!

—Lo que digo es cierto. Jake, sólo quería saber si podía encender alguna clase de
pasión en su ser.

—¿Lo dices en serio?—preguntó una nueva voz que pertenecía a Arnold. El rubio
miraba a Lila como si fuera otra y no la chica por la que tantos años se la pasó
suspirando.

Cuando lo reconoció, obvio resulto el sobresalto de Sawyer, pero si ya había


comenzado iba a terminar.

¡Estaba cansada!

Él era como una especie de "servicio social" del que hacía mucho se quería liberar.
Le estuvo cuidando "el mandado" a Helga por demasiados años, esperando que se
animara y confesara. Orando porque él, algún día la notara pero eso jamás parecía
pasar y por fin conocía a alguien a quien quería amar.

"Larry Lawless" y aunque le parecía cruel cortar de raíz su relación. No se le ocurría


otra forma de arrancarle a Arnold el interés por conquistar su corazón.

—Si, lo creo. ¿Por qué quieren crucificarlo, si él solo pretendía invitarla? —insistió.
Arnold se ofendió, la molestia fue notoria en su rostro pero ninguno se la explicó
salvo por Phoebe y Gerald.

—Helga le dijo que no. —comentó aireado, pasando de todos y del espectáculo que
aparentemente estaba montando. —Reiteradas veces en diferentes situaciones,
comentó no estar interesada.

—¡Y por eso la besó! —la chicharra que anunciaba el inicio de clases sonó en algún
lado. Los chicos miraron de uno a otro, pensando que jamás los habían visto pelear.
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Siempre eran los "términos medios" pasivos, afables y calmos. Eran la "nada"
encarnada, como las parejas casadas que ya no se aman, pero que están tan
acostumbradas el uno al otro que no se apartan.

Rhonda y Harold tenían que exponer en su primera clase, Sheena ya estaba baja
de notas en la suya, Sid y Curly tenían examen así que de esta forma se fueron
replegando, pero antes de dispersarse, comentaron que se apegarían al "plan"

—¡Abriré un chat de grupo por WhatsApp! puede servirnos para emergencias o


cualquier otra cosa. —comentó Gerald corriendo a clases junto a su novia.

—¿Como para irnos de tragos, si lo expulsamos? —comentó Eugene, alegre.


Rhonda gritó que nada de alcohol a menos que incluyeran a Lorenzo. (él, Alan y
Brainy estaban en el turno de la tarde, ajenos a todo el ajetreo, pero podrían
incluirlos de un momento a otro).

Volverían a estar juntos, como esas tardes en que bateaban una bola en el campo
Gerald.

Volviendo a la explanada, Arnold continuaba furioso, mirando a Lila como jamás


creyó que lo haría. La pelirroja jugaba con sus cabellos conocedora de que se había
pasado de la raya pero aún así lo sostenía. Shortman, no podía con el cinismo en
su rostro así que apretó los puños, y sin perder del todo la entereza comentó.

—La besó porque es un cobarde que no conoce el respeto por los deseos o
sentimientos de nadie. Y por cierto, eso que llamas "invitación" yo lo nombraría
"pasarse de listo"

—¡¿Es que quieres que se muera de amor o impotencia?!—gritó, torturada por la


mirada inquisidora de Arnold y es que era bien sabido que tenía su carácter bastante
guardado, pero letal y desalmado.

—Escucha Lila, Phoebe estaba en lo cierto, esa decisión no es tuya. Pero si tanto
te importan las "relaciones" de Helga, te diré que ya sé, que soy al que quiere.

—¿¡Qué…!?—soltó en un grito, que se escuchó mas bien como un chillido.

—El hombre que ama, quien dijiste que por más que la ve, no le corresponde pero
adivina qué, desde que nos dejaron en la escuela este viernes por la tarde, le
correspondo…—Lila se llevó las manos a los labios, todo su cuerpo temblaba en
diminutos espasmos y ni siquiera estaba segura del momento en que había
comenzado a llorar, miró a los lados contemplando los pasillos a nada de quedarse
vacíos. Esa ya no era la primaria o secundaria, era su responsabilidad si entraban o
no a clases.

171
Aquí no había prefectos que les llamarían la atención o personal de limpieza que los
llevara a escobazos hasta su salón.

Arnold y ella tenían casi todas las clases juntos, producto del "enamoramiento" que
no era tal, y del "servicio social" que no se acercaba ni al estatus de "caridad" por
tanto no tenía caso dejar el tema inconcluso o tratar de escapar.

—¿Cómo…?—preguntó, luego de sorberse los mocos y limpiarse las lágrimas con


las manos.

—¿De verdad te importa? —respondió filoso. —Suena a que te interesa, a que


quieres ser su amiga pero si lo fueras, tanto de Helga o mía. Me lo habrías dicho
hace mucho.

—¡Ella no quería que lo supieras! Si la ibas a amar debías hacerlo por propia cuenta.
¡Y no te atrevas a reclamarme, porque te dio todas las señales y tú jamás las notaste!

—¿A caso no eras tú, quien ocultaba esas señales?—inquirió colérico. Porque en
serio, no podía creer que Lila tuviera sentimientos o pensamientos tan feos.

—¡¿Yo…?!—se defendió con lágrimas nuevas ensuciando su rostro. —¡Yo recuerdo


haberte dicho muy claramente que solo te quería como amigo! —la declaración hirió
el orgullo de Arnold, porque efectivamente, eso fue lo que dijo pero él creía que si
era constante, si se mantenía fiel a sus sentimientos, ella en algún momento llegaría
a notarlo.

Se equivocó.

—Es cierto que lo hiciste, pero "esto" de ocultar que Helga estaba enamorada de
mi, no me parece de amigos.

—¿Y por qué no le reclamas a Phoebe? ¡Ella es la novia de tu mejor amigo! son
más cercanos que nosotros dos.

—¡Eso no es cierto, nosotros éramos…!

—Éramos, Arnold. —comentó, apartando la mano del rubio que pretendía tomar la
suya. —Y lo creas o no, lo que hice fue por ustedes. Helga vivía dos vidas, por eso
siempre aclaré que "los sentimientos de una mujer eran demasiado complicados
para que tú los lograras entender"

Ella era dos personas en una misma y decidió que tú conocieras a la bravucona que
luchaba sola sus propias batallas, ni Phoebe, ni yo tuvimos el valor que arremeter
contra eso. No nos correspondía a nosotras, lo que sucediera entre ustedes, tenían
que decidirlo solos. Y si bien me alegra o conforta que por fin lo sepas. Me hiere
profundamente que te atrevas a pensar así de mi.

—Lila...

—No soy la villana de este cuento, Arnold. En todo lo caso, lo fueron ustedes, ella
te puso contra la pared y tú nunca hiciste el amago por llegarte a defender.

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—Por favor, discúlpame…—comentó, un poco mas relajado, buscando los ojos de
la mujer. Los encontró apagados, reflexivos y melancólicos.

—No, porque no me retracto. Y por lo que veo, no vas a perdonarme.

—¿A qué te refieres?

—A que en esta "disputa" sigo estando del lado de Jake.

—¡No puedes creer que está bien lo que hizo!

—¡Pero lo está! Mientras siguiera "obsesionada" contigo nunca iba a avanzar. Los
chicos como Eugene o Stinky, no lograrían apagar jamás la flama de su pasión, pero
Jake…

—¿Por qué los mencionas a ellos?—inquirió nuevamente furioso. Lila sonrió con
desazón, lo miró a los ojos. Atrás la mirada tierna, amable.

—Helga, ha salido con ellos, entre la primaria y secundaria. Después pareció


resignarse, creo que tu "madurez" la dejó deslumbrada y a juzgar por tu reacción,
valió la pena esperarte.

—Eso no significa que deje de preocuparme por ti…—comentó porque si pensaba


así, sería el blanco perfecto para chicos como "Jake"

—¡Yo estoy bien! Larry me pidió que fuéramos novios. Hace semanas que salimos
a espaldas tuyas.

—¿Qué…?—la pregunta se escapó de sus labios, aunque honestamente ya no valía


la pena indignarse.

—Lo que oíste, no quería lastimarte así que no te dije nada. Pero este día planeaba
hacerlo. Nos besamos cuando llegamos, esperaba que estuvieras con los demás y
nos vieras hacerlo.

—Pero llegué tarde.

—Siempre lo haces, aún así…espero que seas muy feliz.

—Te diría lo mismo, pero honestamente. Lo que espero, es que nunca te encuentres
a un cobarde como Jake.

La cafetería de la escuela comenzaba a llenarse de chicos que llegaron tarde y no


fueron admitidos en su primera clase, Arnold se dirigió hacia ahí, la biblioteca no era

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precisamente lo suyo y Lila estaba convencida de que, si le sonreía de cierta forma
al profesor de matemáticas, éste le daría el paso.

Seguía siendo la misma, perder lo que tenía con Arnold no le arrebataría nada,
después de todo, ellos nunca fueron nada…pero aún así.

Algo en su pecho dolía.

El segundo periodo transcurrió sin mayor pena, ni gloria. Arnold cambió su lugar
habitual sentándose en la parte de hasta atrás, Lila se quedó en la banca de
siempre, algunos chicos se extrañaron pero de manera general, todos se sentaban
donde querían. Lo que no solía romperse, era "quien se sentaba con quien" y como
estaban acostumbrados a verlos juntos, asumieron que por fin "rompieron"

Las chicas le sonrieron a Arnold, los chicos a Lila, la pelirroja correspondió algunas
miradas, coloreando sus labios de rojo intenso, Arnold, sacó un libro (que no era de
biología) y enterró la cabeza en él, mientras el profesor en turno hablaba sin parar y
dibujaba esquemas de sabrá el infierno qué.

En esa clase estaba un distraído Eugene, que no solía meterse con nadie y por tanto
su presencia no alteraba a nadie.

Tercer periodo y el chat abierto por Gerald, comenzaba a ponerse intenso, como no
le agradó el "encuentro" entre Lila y Arnold no los agregó, Pataki no tenía nuevo
número y a su novia tampoco la incluyó. Sabía que lo mataría por hacerlo pero de
momento fingiría demencia y seguiría de cotilla.

"¿Lila rompió con Arnold, por defender a Helga?"—preguntó Eugene.

"No seas idiota, no se rompe con alguien como Arnold por alguien como Helga" —
respondió Rhonda.

"¿Por qué no?"—inquirió Curly

"Porque, no" —aseguró Lloyd

"¿Entonces, por qué se enfadaron?" —insistió el pelirrojo.

"¿Estás seguro de eso?" —preguntó Nadine.

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"Pues...es la primera vez en siete años que no se sientan juntos"

"¿De verdad?"—se interesaron todos.

"Momento, no puedes romper con alguien que NO es tu novio"—apuntó Gerald.

"Cállate tú, claro que son novios, toda la vida han estado juntos" —remarcó Rhonda.

"Caminan juntos, estudian juntos, comen juntos, pero NO ESTÁN JUNTOS"—


insistió.

"Si es verde, tiene plumas, canta como loro y se comporta como loro. ES UN LORO"
—acotó Lloyd.

"Que NO, él es mi hermano y les digo que NO está con Lila Sawyer"

"Si lo hiciera, sería incómodo. Ella besó a Larry esta mañana"—intervino Sheena.

"¿Quien?" —preguntaron todos.

"Larry Lawless, el chico apuesto de física" —respondió la castaña y recibió puros


vistos. (Pocas personas incluían física en sus clases regulares, si podías cambiarla
por algo más sencillo como biología o química orgánica)

"De acuerdo, entonces rompieron porque ella lo cambió por otro"—continuó


Eugene.

"No lo cambio, dejémoslo en que se decidió por otro"—aclaró Gerald.

"Esta semana, querrás decir"—comentó Sid algo filoso.

"¿Bueno, tú comiste gallo esta mañana o qué diablos te pasa?"—preguntó Stinky

"Solo digo que cada semana, lo cambia por otro. Él es tan denso que no se ha dado
cuenta o quizás si y por fin decidió que le molesta"

"¿Y si estabas tan enterado, por qué no nos habías contado?"—inquirió Harold.

"Nunca preguntaron y además, Gerald está en lo cierto. Ellos no son novios, solo
salen juntos, como creo recordar que prefieren algunos" —la pedrada le llegó a
Stinky, también a Eugene quienes tuvieron el impulso de disimular el pánico, pero
eso era un chat electrónico y nadie veía si entraban en pánico.

Se preparaban para tomar su siguiente clase, estaban en los casilleros cambiando


los libros, cuando de pronto dos personas chocaron.

Intempestivo.

Sus encuentros regularmente sucedían así. Cuando no era ella la que chocaba con
él, Arnold lo hacía. Cada uno ensimismado en su propio mundo, universo, drama
interno.

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Helga lo mandó al Demonio como solía hacer.

—¡Fíjate por donde vas pedazo de animal! ¿Qué no ves que estoy herida?—levantó
la mano vendada, además del rostro y cuando vio que era Arnold, sus mejillas se
colorearon.

El aludido quiso morirse en ese mismo momento.

¿Esto era un dé jà vu?

No, claro que no. Ambos tenían clase de historia y se dirigían al salón de manera
apresurada porque él sabía perfectamente bien por qué estaba enfadado. (pero ni
idea, de lo que la haría rabiar a ella)

"Miradas indiscretas por todos lados" ofertas de mujeres en las que jamás había
reparado, ademas del cinismo de Lila y su manía de enrojecer sus labios y sonreírle
a toda clase de pesado.

Estaba furioso, el dolor de cabeza no había amainado y honestamente…

Ni siquiera se acordaba de Helga, a pesar de que había soñado con ella.

Cuando la golpeó y la escuchó maldecir furiosa y colérica, todas las piezas de su


universo encajaron, verla quedarse muda delante de él, colorear sus mejillas porque
se trataba de él, no tenía precio. Así que sonrió y ella correspondió.

La escena fue vista por varias personas que siguieron en lo suyo, a excepción de
sus amigos.

Todos escucharon la voz a grito de su Guerrera Amazona y sintieron pena por el


pobre infeliz que se cruzó en su camino. El mencionado era Arnold, su siempre
apacible y bonachón Arnold.

Pero no hubo disculpas ceremoniosas por parte de él, punta pies, ni amenazas con
el puño cerrado protagonizadas por la mujer. Hubo un momento que hablaba de dos
personas que se reconocen entre la multitud y están felices por encontrarse.

Stinky sintió sus pulmones vaciarse, la quijada de Rhonda estuvo a punto de


alcanzar el suelo, Eugene intercambió una mirada cómplice con Sheena, Harold y
Patty imitaron el gesto, Phoebe suspiró enternecida. (así era su amiga) Gerald, se
aclaró la garganta porque él también tenía expectativas. (Sí, odiaba a Pataki pero
adoraba a su hermano y merecía un escándalo de vez en cuando) más cuando él
también sabía de las "indiscreciones" de Lila, pero Arnold se las tragaba por que
"aún no eran novios"

En fin, estas oportunidades de dar exclusivas y humillar a "Geralda" no se daban


todos los días y por tanto había que aprovecharlas.

—Y con ustedes, en presentación estelar "Mantecado y La Señorita G"

—¡NO!—gritaron Stinky y Rhonda.

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—¡SI! —gritaron varios. —Sheena, Eugene, Nadine, Phoebe y Patty se abrazaron.
Sid, le recibió algunos billetes a Curly (ellos lo sospecharon desde hacía años, pero
claro. Los machos alfa, pecho peludo y ego de atlante no andan por ahí hablando
de parejas o cosas sentimentales) Harold comentó algo como:

—Yo no veo ningún mantecado.

—¡PORQUE ERES IDIOTA! —gritó Rhonda. —¡Y ESTA ES UNA BROMA


DEMASIADO PESADA, JOHANSSEN! —señaló al moreno, pero este se limitó a
señalar a los rubios.

Ya habían salido del trance (de observarse como a lo más fascinante) y se hablaban
con normalidad.

—¿Quieres que te ayude con eso?—preguntó Arnold referido a su mochila.

—¿Qué sales con alguien y automáticamente, te vuelves su esclavo?—respondió


con el mismo tono elevado, o quizás habló tan alto porque se sabían observados y
los nervios la estaban acabando.

Lo suyo era la humillación pública, lo sabía de sobra porque cuando de meter la pata
se trataba ella lo hacía hasta el fondo y si no era vomitar delante de sus "suegros"
terminaba nadando en queso fundido o desmayándose en el auditorio después de
que alguien más leyera su poema más exclusivo. Arnold persistió en su afán, le quitó
el bolso pasándolo por la parte alta de su rostro y le dijo que sí…

—Aunque no sería lindo que me llamaras así.

—¿Prefieres horrible adefesio?

—Momia disecada…—se fueron por el largo del pasillo, ignorando las miradas
curiosas, los gritos histéricos de sus amigas. (entre las cuales obviamente no se
encontraba Lila) y las nuevas apuestas de los chicos.

—¡Cinco dólares a que duran una semana! —comentó Sid, señalando a Curly

—¡Cincuenta a que duran un mes!—respondió animado.

—¡Quinientos si se casan!—se metió Gerald, para la sorpresa de todos por lo


elevado de la apuesta.

—¡¿QUEEEEEE?!—gritó Rhonda, aún sin creerlo o aceptarlo. —Si se casan, me


ordenaré como ministro y oficiaré la boda.

—Tú no puedes porque eres niña. —acotó Harold.

—¡SI SUCEDE ESE MILAGRO CUALQUIER COSA SERÁ POSIBLE! Y no huyas,


Heyerdahl, tú me lo tienes que explicar todo. ¡Lo sabías desde esta mañana! ¡¿Por
qué no llegaron juntos?! ¡¿Es más, desde cuando están juntos?!

—Lo siento, pero no puedo. Ya se me hace tarde para química.

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—¡Pero no puedes irte! ¡GERALD, TE ORDENO QUE LA METAS EN EL CHAT!

—¿Cual chat…?—preguntó curiosa.

—¡NINGUNO! —respondió dudoso, corriendo en dirección de su siguiente clase, al


igual que los otros.

—¡GERALD! ¿Estás organizando otra fiesta a mis espaldas?—preguntó siguiendo


a su novio.

—¡Claro que no...!—respondió aunque sin voltear a verla.

Ninguno de ellos reparó en otra pareja que estaba en el mismo pasillo observando
la misma escena. Larry se acercó a Lila y borró de su rostro una traicionera lágrima.

—¿Segura que no sientes nada por él?

—Segura, y no es por eso que lloro.

—¿Entonces por qué...?

—No lo entenderías, son demasiado complejos, los sentimientos de una mujer...

CAPÍTULO 13

La semana transcurrió en un parpadeo, ya era viernes, su ultima clase y Arnold


simple y sencillamente no podía soportarlo.

Desde el lunes Helga lo estaba evitando. Salía a horas inhumanas de la casa, se


perdía entre pasillos de la preparatoria y en las únicas clases donde podía
encontrarla, se mostraba frívola y distante. Sus abuelos tampoco ayudaban mucho,
temerosos de que "rompieran sus votos" se limitaban a preparar la mesa para que
compartieran la cena y después los enviaban cada cual a su cuarto.

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Lo peor, es que no podía decir que ya no lo amara porque era "ella" y aunque se
comportara de manera extraña seguía teniendo sus detalles como en la clase de
historia que lo mandó al cuerno porque la "distraía" demasiado.

"Quédate en tu lugar, Arnoldo"

"Pero yo creí…"

"Me importa un carajo lo que creas, lo que sé y es un hecho, es que no quiero


reprobar la materia. Así que siéntate en tu lugar"

Él sonrió como idiota pensando que ya la distraía suficiente sentándose por delante
de ella, la idea le agradó. Con excepción de que cuando acabó la clase, Helga
recuperó su grabadora y se quedó charlando con el profesor e ignorándolo por
completo"

"¿Se te ofrece algo, Shortman?"—inquirió el Señor Burnside, al tiempo que la


escurridiza rubia tomaba sus cosas, agradecía la ayuda y salía por la puerta.

"No, nada…yo, solo esperaba a mi…"

"Oh…"—respondió el profesor, conocedor del tema. "Pues date prisa, porque se


escapa"

La llamó en un tono que esperó no sonara tan desesperado, Helga congeló sus
pasos y giró en redondo.

"Déjame asimilarlo, ¿Quieres?"

"Es que no entiendo"—comentó sincero porque estaban juntos y todos lo sabían.


Bueno, no todos pero sí los que debían, es decir sus amigos. Helga se acercó, lo
mínimo para ser confidentes, amigos, —¿Pero Novios?, él no creía que parecieran
novios— lo miró a los ojos. Había amor en ese gesto, pero también preocupación.

"Yo creo que sí, pero no quieres aceptarlo"

"¿Se trata de Jake…?"—preguntó con precaución y ella asintió. ¿Así que no quería
que los vieran juntos, porque le preocupaba lo que hiciera Jake? —grave error.
Quiso tomar sus manos pero ella huyó del contacto. No desistió en su afán y en
compensación, la acorraló contra la pared cubriéndola por completo con su cuerpo.

"Helga, yo puedo…"—quiso decirle que podía protegerla pero obviamente, eso no


era cierto. Compartían solo dos clases de seis, sin mencionar los entrenamientos
que en el caso de él, consumían buena parte de su tiempo. Aún no sabía lo que
pensaba hacer ella respecto al béisbol, ese deporte era su vida. No poder jugar,
debía estarla matando. La contempló en su vacilación, trémula, bella, miró sus
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cabellos rubios, los ojos que lo evitaban, esos labios que indudablemente adoraba
y por delante de todo eso, levantándose como un monolito sagrado, la decisión.

"Lo que puedes hacer, es dejar que lo maneje a mi modo…" —temor, angustia. Eso
fue lo que detectó en sus palabras y en serio le dolió.

"¿Al menos me dejas besarte?" —Helga le dijo que sí, con su mirada y la forma en
que separó los labios mucho antes de pronunciar.

"Siempre…"—la besó, profundo y arrebatado, sin importarle los demás aunque


como era cambio de clase y ellos se quedaron con Burnside hasta tarde, pocos eran
los que andaban deambulando por los pasillos.

Cuando se separaron y contemplaron, ella fue directa en su resolución, dijo que


almorzaría con Phoebe así que se verían hasta la cena.

De modo que el primer día de escuela, no llegaron, ni se fueron juntos a casa.

El martes, él tenía práctica de fútbol. La estuvo buscando al termino de todas sus


clases y no la encontró por ningún lado. Comenzaba a sentir de nuevo ese dolor de
cabeza punzante, aunado a un pésimo humor porque necesitaba la playera que le
"prestó" ¿En serio dejaría que lo suspendieran del juego? Su entrenador era muy
estricto con la "camiseta del equipo" lo obligaría a dar como mil vueltas a la cancha
por no llevarla. Y estaba tan cabizbajo, meditando en eso, que no se percató de
nada hasta que un objeto no identificado lo golpeó en la cara.

"Buenos reflejos, tarado"

"Helga…"—tomó la playera y suspiró. Ella tenía una sonrisa traviesa en el rostro,


bravucona en toda la norma. ¿A caso, lo hizo a propósito? Sus ojos brillaban con el
destello malévolo de la guerra, así que era cierto. —¡La mataría!— aunque no a
reproches, sino con besos. La acorraló de nuevo, estaban a la entrada de los
vestidores, todos sus compañeros ya estaban cambiándose adentro pero él no entró
porque no tenía que cambiarse para correr cinco mil vueltas.

Helga, no borraba la sonrisa de sus labios, él la disfrutó, porque aunque se vieran


por las tardes y noches, la quería tener cerca en todo momento.

"Vas a llegar tarde…"—comentó juguetona.

"Me iban a regañar de todas maneras"—concedió, cerrando más el espacio entre


sus cuerpos, aspiro su perfume, (en serio que le gustaba ese olor a mango o quizás
fueran dulces y flores) Como sea, ella se sonrojó al notarlo, el hecho de que él
enredara los dedos entre sus cabellos y levantara el cuello para observarla de lleno.

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"Pero yo quería verte practicar"—susurró en un ligero puchero que le encantó. ¿A
caso sabia que esta tortura, de distanciarse de él, hacia que la extrañara y deseara
hasta casi desfallecer? la miró resuelto, indeciso sobre si besarla en el cuello o los
labios.

"¿Porque somos novios?"—inquirió dándose algo de importancia, misma que por


supuesto, ella asesinó.

"Porque estarás distraído y será muy divertido"—intentó alejarse, él la besó, sin


soportar por mas tiempo la ausencia de su cuerpo. Helga respondió como siempre,
amoldándose a él y cuando se agotó el aliento y se separaron pronunció con
descaro.

"Dormí, usando únicamente tu playera"

El entrenador gritó su nombre en ese preciso momento como un ogro, demonio o


troll furioso. La rubia le guiñó un ojo, luego lo empujó hacia los vestidores, ambas
manos presionando su pecho a la vez que decía otra cosa como.

"Sufre"

Claro que sufrió porque era hombre y bueno, no haría casting jamás para
canonizarse como santo. ¿Durmió desnuda, usando únicamente su playera? ¿Solo
eso, nada más que eso? Su perfume estaba impregnado en toda la prenda, eso lo
enloqueció y cuando preguntaron por lo enrojecido de su rostro y lo torpe de sus
movimientos él comentó algo así como que estaba enfermo y le dolían el estómago
y la cabeza.

Al entrenador, obviamente eso no le importó, a menos que cayera muerto o medio


muerto y se convulsionara en el campo, él lo quería corriendo. Los torturó física y
psicológicamente durante noventa minutos pero él resistió porque Helga estaba en
las gradas, además de las novias de sus compañeros de equipo. Entre más pasaba
el tiempo, algunos otros la notaron y preguntaron quien era. Él no les dijo su nombre
pero aclaró que era su novia.

"¿Entonces, la pelirroja bonita de siempre, está libre?"

"Ya tiene novio"

"¡Maldición!"

"Y si no reaccionas, esa dulzura también" —señalaron a Helga y pudo verla


charlando con algunos chicos. Eran Lorenzo, Brainy y otro sujeto que no reconoció.
Ese parecía muy cómodo con su chica, así que él se olvidó de los últimos detalles
de la práctica y corrió a ducharse y cambiarse para alcanzarlos.

"Es Alan, ¿Cómo no te acuerdas de Alan?" —comentó la rubia una vez partieron
camino a casa.

Aparentemente, él se cambiaba más lento que un octogenario pues cuando salió,


Helga ya estaba despidiéndolos. Dijeron algo sobre ir de tragos alguna noche para

181
ponerse al día y él no estaba seguro de qué fue lo que les dijo, pero dos de tres lo
miraron con recelo.

"Si se porta mal, llámanos"—sugirió Lorenzo.

"Damos palizas, gratis"—comentó Brainy. (Desde que superó sus problemas de


asma, se comportaba como cualquier adolescente medio hablador, petulante y
patán. Aún llevaba gafas de montura metálica y un corte de cabello a rape, similar
al militar)

"Yo, les enseñé a hacerlo, señoritas"—respondió Helga levantando el puño herido y


ellos imitaron la acción en lo que evidentemente era una especie de saludo "secreto"

No sabía que se llevara tan bien con otros chicos (que no fueran Gerald o él) aunque
ahora que lo pensaba, con ellos no se llevaba bien, eran a los que molestaba. De
modo que estos, ¿Eran sus amigos? por qué nunca los vio juntos. ¿Cuando se
reunían? No, mejor era preguntar, ¿A dónde iban cuando se reunían?

Helga no agregó más nada, a la espera de que él recordará quién era Alan, de lo
único que le sonaba ese nombre era del chico que Phoebe dijo que apoyaría
incondicionalmente, si se atrevía a destrozar el corazón de su amiga.

Eso no le gustó y se lo comentó.

"¿Alan? ¡Dios, Phoebe está loca! Aunque debió mencionarlo ya que él y yo...nos
encontramos en Francia"

"¿¡Qué!?" —preguntó o mejor fuera dicho que gritó. Ella lo miró, entre melancólica
y divertida.

"Tranquilo, vaquero. Si recordaras quién es, sabrías que estudia fotografía y estuvo
ahí para hacer una sesión fotográfica de sitios arqueológicos"

"¿Es decir, que hicieron turismo juntos?"

"Visitamos museos, avenidas, parques...pero antes de que lo agregues a tu lista de


enemigos públicos, te recuerdo que en todos esos lugares encontré oportunidad
para pensar en ti"

"Gracias..." —eso devolvía el universo a su sitio y disminuía el impulso asesino, que


ni siquiera sabía que tenía.

Llegaron a casa pero lejos de entrar, se sentaron en los primeros escalones de la


entrada. Era tarde, el cielo comenzaba a tornarse de rojo a morado, vieron el
atardecer en silencio pero a pesar del espectáculo de luz y sombra que ella tendría
que adorar, permanecía misteriosa.

"¿Hay algo más que me quieras decir?"—preguntó arrebatando un mechón rebelde


de su frente. ¿A caso, ella y Alan se besaron? En la ciudad del amor, dónde confesó
haber hecho el ultimo intento por arrancarlo de su corazón… Lo creía posible y si
era así, no tendría qué reprocharle. Pensó en lo duro del golpe que sería para él,
pero a la vez atrajo a sus memorias los ojos verdes de "Thea"

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Helga, no era la única que hizo "turismo" del brazo de alguien más y no sabía en
qué momento se lo tendría que contar.

"Ni ayer, ni hoy fue a la escuela"—pronunció directa, sacándolo de sus


pensamientos. Obligándolo a ser "serio"

"¿Jake...?"

"Sé que Gerald tiene a todos buscándolo entre las sombras. Eso me preocupa
porque son demasiados. ¡Todos podrían salir lastimados!"

"¿A caso crees que él, no se los habrá explicado?"

"No lo sé, pero necesito verlo"

"¡¿Hablarás con Jake?!" —preguntó porque la idea de verlos en el mismo sitio le


enfebrecía. Helga negó con el rostro y aquí tuvo que ser reflexivo. Él era el adicto a
la historia y ella la Guerrera Amazona, supuso que necesitaba "verlo" para saber si
haría algo al respecto. Si tomaría represalias contra ella o sus amigos.

Su novia, tenía espíritu guerrero. A los nativos de los "ojos verdes" les agradaría
Helga porque sabía leer a las personas, intuía el peligro y actuaba a consecuencia.

"Te avisaré, si lo veo"

Miércoles, era el día en que practicaba Gerald así que todos se reunieron en las
canchas de baloncesto para hablar del "desaparecido"

"Hey, ¿Dónde están las Señoras Shortman y Johanssen?"—preguntó Rhonda con


fingida sorna.

"Los padres de Phoebe no la dejan volver tan tarde, así que Helga la acompañó a
su casa"—respondió escueto porque en serio. Esa explicación del "por qué" no
podían pasar esa tarde juntos le cayó como una patada en el hígado.

"¿Y ustedes son novios solo de palabra?"—inquirió Curly con cierto tono burlón y
molesto.

"No"—respondió cruzando los brazos al pecho.

"Pues, nunca los vemos juntos y ya estamos a media semana"—agregó Harold. ¿En
serio, hasta él se burlaba en su cara?

"Eso es porque Helga, no quiere que nos vean juntos"—declaró.

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"Jmp! uno creería que era más amante del espectáculo"—prosiguió Nadine,
animada por Rhonda.

"Lo hace por Jake"—comentó sin mirarlos, concentrado en el partido aunque no


tenía ni idea de cuantos puntos iban a favor de quién.

"¿Jake?"—chilló Sid y hasta ahora notaba que entre la multitud también estaban
Stinky, Sheena, Eugene y Patty.

"Le preocupa lo que pueda hacer si sabe que estamos juntos"

"¿Entonces iba en serio la amenaza?"—preguntó Sheena con las manos a la altura


de los labios.

"No lo sé, pero Helga cree que sí"

"¡Es PATÉTICO" —gritó Rhonda e hizo que alguien de la cancha se le fuera el balón.
"¿Él está intimidando a nuestra bully? ¿De verdad, lo está haciendo? Sé que es una
chica, con corazón, sentimientos y no sé lo que haría yo, si me besara el monstruo
más horroroso del pantano. ¡¿Pero ESCONDERSE?! — volvió a gritar y el balón se
le fue de las manos al que lanzó y no encestó. Gerald los vio desde su posición y
les hizo una serie de señas obscenas con los dedos. Sid, Stinky y Patty la
respondieron.

Rhonda prosiguió.

"Creí haberles dicho que una tontería más de ese gusano y haré que lo expulsen"

"¿De verdad?" —inquirió él, porque era la primera vez que escuchaba algo como
eso.

"Te lo prometo, querido. Y él lo sabe, por eso no ha venido, precisa de un


comportamiento ejemplar porque está a nada de ser enviado a un tutelar"

"¡No es cierto…!"—dijeron todos y Rhonda les habló de un archivo oculto que debía
ser el mismo al que Gerald accedió.

"Conducta violenta en su anterior escuela, orden de restricción por parte de su ultima


novia, servicio social obligado por daño a propiedad publica"

Harold silbó por lo alto, Patty se preocupó porque de todos, su novio era el único
que lo amenazó. Era bueno en combate cuerpo a cuerpo pero seguía siendo
demasiado noble y despistado. Un movimiento en falso y Jake lograría derribarlo.
Los otros, en general comprendieron por qué Helga, quería esconder a Arnold.

"Debe amarte, demasiado"—comentó Nadine alegre y aunque él compartió su


entusiasmo se sentía un poco decepcionado.

"¿Por qué no tratas de convencerla?" —sugirió Sheena. "Dile que todos estamos
con ustedes, que no dejaremos que Jake Cabot se les acerque"

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"¿Aún después de saber lo peligroso que es, quieren ayudarnos?"—preguntó
impresionado.

"Pues, claro" —respondió Eugene. "¿Con quienes crees que estás hablando?"

El silbato sonó anunciando el final de la práctica. Entre todos se levantaron para irse
a sus casas, él esperó a Gerald y preguntó por los avances de Jamie'O.

"No tiene nada" —comentó su amigo, luego de haber chocado los puños como en
los viejos tiempos.

"¿Cómo puede ser, si se llevó todo?"

"Si, pero Cabot es demasiado listo o afortunado. El bat y la bola de béisbol están
llenos de huellas dactilares, imposible aislar alguna. En cuanto a los mensajes de
texto, son claras las amenazas pero todas son dirigidas de manera anónima y al ser
números desechables podría ser cualquiera. Inclusive podrían alegar que vienen de
varias personas, Jamie está furioso porque mi negativa a denunciar, tampoco ha
ayudado a la construcción de su caso"

"¿Entonces, volvemos al inicio?"

"Si y no, ella tiene el número de emergencias que le dejo mi hermano. Tendría que
denunciarlo en el acto"

"¿Sugieres que se use de cebo?" —preguntó, cerrándole el paso al moreno y


mirándolo como si fuera un desquiciado.

"Ya sé" —rezongo con las manos en son de paz. "No lo digo en serio, solo es un
hecho que tendría que atacar de nuevo"

"Así jamás pareceremos novios"—suspiró, apretando los puños, su mejor amigo le


palmeó la espalda con resignación.

"Es la cruz que te tocó cargar"

Jueves, fue un espejo del lunes. El profesor Burnside estaba realmente animado con
la grabadora de audio, sus compañeros de grupo pensaron que quizás se estaba
volviendo loco o era tan excéntrico que pretendía grabar sus clases para adularse a
sí mismo.

Como fuera, los minutos de clase acabaron al mismo tiempo que la cinta y todos se
levantaron para salir en estampida a los pasillos, casilleros y de ahí a su siguiente
materia. Él volvió a esperarla, el historiador se tomó la libertad de decir que hacían
una bonita pareja, aunque lucían algo deprimidos.

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"Parece que tienen miedo a quererse en serio, ¿Quien va a regañarlos, sus padres?"

"No…"—respondieron a una sola voz.

"¡Entonces salgan, disfruten!"

Los mandó de paseo y ellos obedecieron, en esta ocasión ella no se escapó. Le dijo
que entregaría su puesto y renunciaría al béisbol.

"Pero, tú amas jugar béisbol"

"También amo escribir…"—se hizo a un lado, sentándose en el piso y él la


acompañó, colocándose a su lado, Helga ocultó sus ojos con la sombra de sus
cabellos y poco después comentó que estaba siguiendo las indicaciones del Doctor
Evans al pie de la letra pero el dolor no se iba.

El médico hizo otra radiografía, todo estaba en orden, así que el problema, podría
estar en su cabeza.

"¿Estrés?"—sugirió.

"Tal vez, pero si no mejora, ya no será un partido de béisbol, no podré sostener


objetos, lanzar, escri…—la jaló, para confortarla entre sus brazos porque era
evidente que comenzaba a ponerse intensa. Ella se aferró a él y suspiró contra su
cuello, por precaución, él se fijó que no estuvieran siendo observados, los pasillos a
esas horas del día, se encontraban a medio recorrer, así que se relajó también y
trató de tranquilizarla.

"Sé que no quieres oírlo, pero esto de Jake, te está superando"

"No es cierto"

"Claro que si, Rhonda y los demás quieren que los dejes participar. Yo, quiero que
me dejes ser tu novio de manera formal"

"¿Y permitir que te lastime? ¡Jamás...!"

"No ha venido en toda la semana"

"Por eso debo renunciar, sin su molesta presencia en la cancha"

"Si estás segura de que eso es lo que quieres, te acompaño…"

Helga le dijo que estaba segura, pero no logró reprimir el rastro de unas lágrimas
que le limpió con soltura.

El entrenador Thompkins no se tomó nada bien su renuncia, lo adivinó porque se


quitó la gorra, la arrojó al piso y después saltó sobre ella hasta dejarla plana. Helga,
volteó a ver a sus compañeras de equipo, algunas lloraron, otras se alegraron. Esas,
debían ser las que culpaban a su novia de darse a "desear" (si fuera otra clase de
persona, él les habría hecho señas obscenas con los dedos, además de tomarles

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fotos para que Phoebe o Rhonda convirtieran sus vidas en un auténtico infierno)
pero como no era así, cruzó los brazos a la altura del pecho y esperó a que se le
uniera su chica.

"¡Pataki, espera!" —gritó el entrenador, cuando ya estaban por irse.

"¿Necesita, algo?" —preguntó él, porque Helga tenía pinta de estar a punto de
tirarse a llorar y quería llevarla a algún lugar donde se pudiera desahogar.

"Tú, has pasado mas horas que yo entrenándolas, juzgándolas. Debes tener en
mente a alguien digno de ser tu reemplazo" —las sonrientes víboras de antes se
pusieron nerviosas, las que lloraban, se abrazaron y gritaron que a su "Capitán"
ninguna podría reemplazarla. Helga también sonrió, como la Guerrera que era, las
recorrió con sus ojos letales de una a una.

"¡Blake, limpia tu sucia cara y ve con el entrenador!" —las víboras sisearon, Helga
las ignoró, el entrenador también estaba dudoso pero Pataki se mostró firme en su
decisión.

"Para ganar, más que fuerza o velocidad, se necesita estrategia y corazón. La


primera parte es cosa suya, la segunda de ella"

Se fueron por donde habían entrado, Helga ya no tenía clases por el resto de ese
día, él tenía idioma extranjero pero no le importó…

"¿Vamos a escondernos un rato?"—sugirió y la rubia asintió.

Viernes, y como comentó de manera inicial, Helga lo estaba ignorando.

Clase de Literatura, la segunda materia en que coincidían y en la que se metió


porque era un masoquista, odiaba su vida o (le encantaba escuchar y ver declamar
a Helga G. Pataki)

La profesora tenía como sesenta años y le recordaba a su abuela. Cabello cano


peinado en un moño alto, lentes de gruesa montura, vestidos largos y sacos
entallados. Lo detestaba porque había cosas que simple y sencillamente no
entraban en su cabeza, como la poesía y el teatro, tampoco encontraba sentido en
diferenciar los géneros literarios porque para él, todo se resumía en lectura y ya.

¿Para qué hablar de tragedia, drama y romance? ¿Que no eran todos la misma
cosa? pero cuando lo expresó, Helga abrevió por la clase y lo golpeó con un
diccionario. Desde entonces, él se limitaba a ocupar su lugar en el salón, no hacer
preguntas. Y la maestra lo intimidaba, atravesándolo con sus ojos furiosos y soltando
comentarios hirientes como que no iba a pasar, "solo por estar respirando"

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—Recuerden, el examen será la próxima clase. —todos bufaron en contestación y
comenzaron a guardar sus cosas para salir del salón. Él suspiró, resignado a tener
otro hermoso seis porque gracias al infierno, no todo era poesía y teatro. El ensayo
científico lo entendía, también esas cosas de comprensión de lectura.

En fin, Helga una vez más se quedó hasta el final para recibir la grabadora que la
astuta maestra metió en el interior de su saco para no llamar la atención.

—¿Te has pasado tanto tiempo sin hacer nada que ya te pegaste al asiento,
Shortman?—preguntó la maestra dirigiéndose a él.

—No…—respondió sin disimular su total indiferencia por el destino incierto de esa


mujer.

—Entonces, ve a robar oxígeno a otro sitio, seguro que esa noviecita tuya de
cabellos rojos tendrá algo más interesante que hacer con tu cuerpo.

—¿¡QUÉ FUE LO QUE DIJO!?—gritó Helga, uniéndose a la conversa. Anabelle


Beauvoir enarcó una de sus delineadas cejas y los miró a los dos sin vacilación.

—Vaya, creo que te juzgué mal todo este tiempo Juliette.

—¿Perdón...?—inquirió Helga, a punto de destrozar la grabadora en el interior de


su mano izquierda.

—Ya sabes, Juliette Drouet y supongo que él, es Victor Hugo.

—¿Quién?—se atrevió a preguntar pero las dos féminas lo asesinaron con la


mirada. Optó por salir del salón e indicarle a Helga que la esperaría en el pasillo.

—¿¡Es en serio!?—inquirió la rubia a su profesora en un tono tan elevado, que hasta


él lo escuchó.

—Yo te preguntaría lo mismo, pero es evidente que sientes algo muy intenso por
él…—espió por la ventana y pudo ver como la docente se daba la vuelta para
comenzar a apilar sus documentos. Helga se quedó muda con el rostro incendiado
y ha decir verdad, le encantó.

Salieron a paso lento, ultima clase del último día de la semana y como aún no había
rastros de Jake, sugirió que fueran a algún sitio y se relajaran.

—¡Juliette Drouet! ¡Se atrevió a compararme con Juliette Drouet! —gritó la rubia
ahora que estaban en uno de los jardines de la escuela.

Él hubiera preferido ir a la cafetería pero ese día tenían varias cosas con fresa en el
menú de postres y ella no comía, ni tocaba absolutamente nada que pudiera estar
contaminado con la fruta.

—¿Tan fuerte es tu alergia? —preguntó, porque le gustaban las fresas. Aunque


tenía años sin probarlas. Un día, su abuela inventó algo sobre campos de fresas
asesinas mutantes y dejó de comprarlas. ¿Eso tendría que ver con la llegada de
Eleanor a su casa?
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Quien sabe, se lo preguntaría más tarde.

Volviendo a lo suyo, se dejó caer sobre el pasto, disfrutando con la vista de los
árboles distantes, las pinturas frescas, esculturas y las pequeñas flores que se
resumían a unos cuantos dientes de león, lirios y trinitarias. Su novia se acomodó
junto a él, ignorando la pregunta inicial porque seguía rezongando y él no tenía ni
idea de quiénes eran Juliette y Victor. ¿Conquistadores? ¿Inquisidores?

Se lo preguntó.

—¿De verdad es tan malo?

Helga resopló, obligándose de manera mental a no llamarlo idiota, estúpido e


iletrado. Sabía que la "literatura" no era lo suyo y que no había escenario o universo
en el que supiera quién era Victor Hugo.

Juliette, (pensándolo bien) era una comparación razonable. La actriz francesa le


escribió cartas de amor tan tórridas, pese a saberlo casado con esa insípida de
Adèle Foucher, (y ahora tenía ganas de romperle la cara a esa profesora mirona,
porque seguramente, Adèle era esa maldita campesina sin gracia de Lila Sawyer)
amigos desde la infancia, madre de sus cinco hijos (Y al pensar en la palabra "hijos"
destruyó el bonito jugo que sostenía en el interior de su palma izquierda).

Arnold que parsimoniosamente "divagaba" pasó saliva por la garganta pensando


que quizás, el momento que tanto había estado esperando por fin había llegado, así
que abrió su mochila y buscó la carta.

Helga, seguía asesinando a la buena maestra en su cabeza, lo adivinabas por su


postura dominante, los músculos tensos y aunque sus cejas ya no eran una cuando
se enfadaba en serio, parecían una.

Él carraspeó para volver a llamar su atención, ella reaccionó como era su tradición.

—¿¡QUÉ QUIERES!?—preguntó con el puño perfectamente cerrado. Quizás no era


el momento indicado, pero era muy tarde para detenerlo.

Le extendió la carta, ella la reconoció y vació el contenido de sus pulmones, mientras


que unos tres o seis metros por detrás, todos sus amigos lo hacían por igual.

Sí, estaban convencidos y "divertidos" de que fueran novios pero hasta ahora no los
habían visto en ninguna clase de ambiente íntimo y ellos querían "disfrutar" por no
decir que "atestiguar" el estado romántico de Arnold y Helga.

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—¿Estás totalmente seguro de que debo leerla?—preguntó mirando el sobre
blanco. Papel normal, tinta negra, la maldita letra de Arnold escribiendo las iniciales
de su nombre y por debajo un sello con cera de abeja, finamente abierto.

—Así es…—respondió sincero, directo. No estaba nervioso, contrario de ella que de


no haberlo derramado ahora intentaría ahogarse con su jugo de mango.

—¿P...por qué aquí? ¿N…no sería mejor en tu casa?

—Helga, ya me hiciste esperar toda la semana y aunque acepto que "perseguirte"


por la escuela es divertido, prometiste que la leerías cuando estuviera convencido y
lo estoy.

—Tt,..te fascina verme vomitar, ¿cierto?—comentó pero ya estaba desdoblando la


carta. Arnold, no creía que fuera a devolver el estómago, aunque quizás no fue tan
buena idea dársela después de que comieran un par de hamburguesas dobles con
patatas, tocino y queso. (A las afueras de la escuela reinaba la comida chatarra en
todas sus variedades y presentaciones. Nada de frutas venenosas, gracias.)

Metros por detrás, los chicos se empujaban unos a otros. No todos tenían la agudeza
visual requerida para la encomienda por lo que las chicas eran las que narraban la
situación.

—¡Están intercambiando cartas!—comentó Sheena.

—Claro que no, él le dio una carta. Ella aplastó su jugo. —Aclaró Nadine.

—¿Y qué dice?—preguntó Harold.

—¿¡Cómo esperas que sepamos que dice!?—gruñó Rhonda.

—Tal vez sea la renovación de su contrato. Los términos bajo los cuales aceptará
"fingir" que es su novio.—comentó Curly (aún dolido por perder veinte dólares ante
Sid)

—Puede ser…—concedió su mujer. (dándole por su lado, porque si no era ella,


entonces quien)

—Pues si lo es, ella no parece feliz…—comentó Sheena.

—¿Por qué?—inquirió Eugene, él también necesitaba gafas pero como muchos


prefería forzar la vista a arruinar su "apariencia"

—¡No puede ser!

—¡Helga!

—¡Está!

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—¡Llorando! —gritaron a un mismo tiempo Patty, Nadine, Sheena y Rhonda.

Gerald y Phoebe (que recién se unían a la fiesta) intercambiaron miradas


nerviosas. ¿Qué diría esa carta? ¿Las razones por las cuales ya no podía
acompañarla? ¿A caso se hartó de que Helga no quisiera que se demostraran su
amor? —Johanssen presionó la mano de su novia en el interior de la suya. Lo que
sea que sucediera lo afrontarían juntos, aunque si rompían...perder cinco dólares
sería el menor de sus problemas.

Stinky, vociferó algo como un juramento, cerró ambos puños y estaba a nada de
correr hacia ellos y separarlos, porque ésta era la segunda vez en su vida que la
veía llorar y puede que a Jake no lograra ponerlo en su lugar, pero a Shortman le
arrancaría el alma entera. Su acto heroico se acabó tan pronto como inició, porque
una vez concluyó su lectura, la rubia dirigió su mano herida al rostro del otro.

Una bofetada que le dolió a mas de uno. Arnold, no se preocupó por su rostro, (por
el contrario, atrapó con su mano aquella que le había golpeado) no se disculpó por
lo escrito, sino que se aproximó de más a ella, quien ya decía unas palabras que
ninguno de los mirones lograba escuchar.

—¿Alguno de ustedes sabe leer los labios?—inquirió Rhonda sumamente


interesada en la pareja.

—La que los lee, es Helga. —comentó Phoebe, con sus propias lágrimas surcándole
el rostro. ¿Entonces terminaban? ¿Después de todos estos años, del fin de semana
más apasionado que ninguno de los dos hubiera experimentado? ¿De mudarse a
su casa…? Arnold Shortman decidía que simple y sencillamente…—se abrazó a
Gerald, hundiendo el rostro contra su pecho, el moreno la abrazó, cerrando los ojos
por igual. —¿En serio era capaz de hacerlo? ¿Su viejo tenía tan erradas sus
prioridades? No quería creerlo y después de un nuevo grito, supo que no había por
qué creerlo.

—¡OH…!

—!POR…!

—!DIOS!

—¡LA ESTÁ BESANDO!

—¡SE ESTÁN BESANDO! —gritaron todos, tan fuerte y descarado que era
imposible que no los hubieran escuchado, aún así Arnold no se detuvo en la acción
de reclamar sus labios.

La carta terminó aplastada contra el pasto, debajo de la mano izquierda de Helga,


mientras aquel se tomaba mas atrevimientos de los permitidos delante de todos sus
amigos.

Ella escuchó sus gritos de desconcierto y aunque la parte malvada de su ser lo


disfrutó y pensó en la cara de horror que tendría Rhonda, otra parte pensaba en los
versos de esa carta.

191
.

"…No voy a decirlo,

voy a dejar que pase el tiempo…"

"...Dime que me quieres,

o dime que ya no sientes,

este calor que siento al verte.

No lo intentes, sé que mientes…"

Quiso golpearlo de nuevo pero se le estaba agotando el raciocinio junto al aliento.


Cuando se separaron, Arnold tenía una sonrisa traviesa, sensual pero no seductora.
No era aquel gesto oscuro que le enloquecía, sino uno nuevo, satisfecho de hacerla
perder en su propio juego, pues en su "relación" la que besaba y los hacía perder
sus papeles de "víctima y verdugo" era ella y no él.

Arnold limpió sus lagrimas, aquello debió ser el aliciente o la indicación que
necesitaban sus amigos para saber que todo estaba bien.

Phoebe suspiró de alivio, aunada a unos cuantos más que ya comenzaban a


preguntarse ¿Cómo debían reaccionar? ¿Quien invirtió el universo? ¿Por qué, él la
besaba y ella lloraba?

Helga volvió a doblar la carta, acariciando sus bordes, llamándolo idiota, él se


disculpó bajo promesa de no volver a hacer nada tan idiota.

—Eres un idiota. Todo lo que haces, has hecho y harás es idiota.

—Está bien...

Eugene, no contuvo por mas tiempo las ganas de correr y acercarse a ellos. Es
decir, ya sabían que los estaban viendo y él necesitaba respuestas porque salió con
ella y al igual que Stinky conocía el lado sensible y romántico de Helga y le
emocionaba y le enloquecía (también le hacía rabiar de celos) pero por debajo de
todo eso, se sentía feliz por sus amigos.

—¡Lo sé, interrumpo! Lo siento, de verdad, lo siento. Pero me tienes que dar
detalles, cariño. —la ultima palabra le salió natural y bastante "femenina" Helga,
escudriñó los alrededores.

Rhonda se había desmayado y Curly junto a Patty y Nadine intentaban devolverle


el sentido. Stinky estaba golpeando a Sid, eso le sorprendió pero creía intuir la razón,

192
Harold se ocupaba de separar a esos dos, lo que dejaba a la pobre de Sheena junto
a Phoebe y Gerald, indecisos sobre si debían acercarse o no.

Agradeció que nadie más notara el "lado femenino" de Eugene, si bien ya no era un
secreto que gustaba por igual de ambos sexos. No escatimaban en gastarle bromas
cada que podían y eso la enfurecía.

Se sacudió el pasto de las ropas porque Arnold, en serio tenía problemas al tratarse
de ella y la había tendido de espaldas a la vez que borraba todo registro del brillo
con sabor a cereza (que usaba por él) de sus labios.

—¿Quieres que te acuse con tu abuela, manos largas?—inquirió luego de hacerle


un gesto a los demás para que se acercaran.

—¿Eso…? Fue por haberme golpeado, Juliette.—respondió con una sonrisa


bastante boba.

—¡¿Qué, a caso quieres que te golpee en serio?!—gritó porque la comparación con


la francesa, aún le parecía de mal gusto.

—Depende, ¿Quieres que te declare mi amor en serio?—le guiñó un ojo y Helga


terminó del color de la sangre. Luego, lo llamó "maldito descarado e idiota" y guardó
la carta en el interior de su bolsa.

—¿Siempre se comportan así?—preguntó Eugene y Gerald se tomó la libertad de


decir que sí.

—Tal y como los ves.—Johanssen tenía una sonrisa de satisfacción en el rostro. No


tenía idea, de qué iba la carta o del por qué, su amigo decidió que sería buena idea
hacer llorar a su chica, pero aparentemente se entendían.

—Entonces, ¿De verdad, eres mantecado?—inquirió Sheena, pues lo estuvo


pensando en los días pasados y el misterio no la dejaba concentrarse en nada.

Hacían buena pareja, ahora que los veía juntos pero al momento de imaginarlos o
recordarlos, no conseguía involucrarlos en un ambiente tan cercano.

No podía vincular los versos que la hicieron fantasear, ilusionarse, sonreír y soñar
con Arnold Shortman, aunque había algunos que describían el dorado de unos
cabellos en referencia a la luz del sol, ojos jade como piedras malditas, azul del cielo,
—¡Oh, cruel tormento!—

Arnold le dijo que sí.

—Yo soy el mantecado de su vida...

Pero Sheena, y algunos más todavía no lo creían.

Los habían visto pelear y discutir hasta el cansancio decenas de veces, era cierto
que la única que lo llevaba al límite era Helga, porque Arnold tenía una paciencia
inmensa con todos, excepto ella. También era verdad que cuando Helga se pasaba
de lista y requería un escarmiento, era con él con quien se rendía.
193
Su relación (de la tierna infancia) a ojos suyos jamás cambiaría de "víctima y
verdugo" pero en esta etapa de sus vidas, aceptaban que se querían.

Un viento fresco removió los cabellos de algunos, dejaron sus mochilas en el pasto
y comenzaron a unirse a ellos.

Ese lugar estaba en la parte media de la escuela. No en la mas remota que muchos
usaban para perderle el respeto a sus parejas, fumar hierbas, consumir bebidas
alcohólicas, hacer pintas y hasta rituales satanistas, tampoco a la entrada donde
podrían encontrar parte del personal administrativo.

Era zona "cultural" pegada a las obras de los futuros artistas, relativamente privada
y por tanto la rubia se atrevió a fantasear.

Esos, eran sus amigos de toda la vida. En los que confiaba y a los que quería aunque
las más de las veces, maldecía. Se puso de pie, ante la interrogante mirada de su
novio y es que ya estaban todos y Rhonda Wellington Lloyd tenía pinta de quererla
y poderla asesinar si no obtenía en este segundo lo único que había ido a buscar.

Es decir, una escena digna de Romeo y Julieta.

Cerró los ojos e hizo fluir su poesía.

Y es que yo no he visto más cruel sol

que el de tus cabellos,

desestabiliza el cuerpo

y me altera el pensamiento.

Provoca mi sonrisa,

que involuntariamente aparece

si es que estoy cerca de ti.

Ojos verdes que me enamoran,

creando al instante la necesidad de ti.

De observarte y entregar de nuevo,

todo el corazón.

194
De esperar tu mirada

y labia distante,

junto con la luz del sol.

Oh, dulce boca,

posa ya tus pasos

sobre estos desdichados labios,

desabridos por los tristes besos

que nos hemos dado.

Dolientes por haber amado

como no se ama.

Porque no era el tiempo.

Porque quien te amó,

no era a quien amabas

con dedicación.

Ahora espero, no sentir mas tormento,

confesaré que tengo miedo.

De volver a amarte como en el pasado,

pero confiaré en tus ojos verdes

y en la luz del sol.

Su voz, que innegablemente fue ganando pasión además de volumen y entonación


llamó la atención de los curiosos. Pintores, dibujantes, profesores de arte y demás
dejaron sus labores para identificar a la dueña de tan elocuente voz. Se
sorprendieron de ver a su Guerrera, a la Amazona de cabellos trenzados que solían
ver atravesar el campo como si la persiguiera el destino, la muerte o alguna otra
clase de maldición.

195
Cuando terminó, más de uno aplaudió, los enamorados se besaban, ella abrió los
ojos para el objeto de su adoración y este correspondió el gesto dispuesto a
levantarse y comérsela a besos, pero entonces otra cosa fue la que sucedió.

Un objeto perdido salió de la nada, impactando en la estructura de metal que tenían


más cercana, el sonido que profirió al golpear les congeló el alma, el rebote impacto
contra la cabeza de alguien e hizo que la poeta se fuera irremediable a la nada. Su
novio corrió a socorrerla, los demás gritaban aterrorizados y es que el herido no era
otro mas que el muchacho con peor suerte en el poblado.

Sheena estaba histérica, lloraba y gritaba, intentando reanimar a Eugene, los


profesores de artes plásticas llamaron a la calma pero ninguno de ellos obedecía a
la calma. Phoebe, (que aspiraba a estudiante de medicina) revisó de manera
apresurada a su amigo, un golpe en la cabeza de esa magnitud no vaticinaba nada
bueno, llamó a Harold, no tenían tiempo para que llegaran los de servicios médicos.

—¡Hay que llevarlo rápido a la enfermería!—ordenó al chico.

—¿Se va a poner bien?—preguntó Sheena con lágrimas en los ojos.

—Eso lo determinará un médico.—respondió, indicándole a Harold que no lo


moviera demasiado brusco. Debía llevarlo sin correr pero caminando rápido. Los
profesores intentaban imponerse, el resto de estudiantes ya habían huido
despavoridos y ellos estaban decididos a actuar en lugar de escuchar.

—¿Alguien sabe qué lo golpeo?—preguntó Rhonda, buscando en los alrededores


junto a Curly, Sid y Stinky. Helga se obligó a sí misma a salir de su estupor, buscó
entre la hierba espesa, siguiendo la trayectoria del objeto y es que ella vio de manera
indirecta como esa cosa pasaba, veloz y letal justo a un lado de su cara.

¿Ese golpe era para ella? ¿Una vez más era para ella, pero el que resultó herido
fue el más tierno, dulce y frágil de sus amigos?

Eugene era débil, ya no tan bajo de estatura pero igualmente delgado y en absoluto
atlético. No practicaba deportes porque su constitución delicada aunada a la mala
suerte siempre lo dejaban en la banca o la enfermería.

Ellos no solían molestarlo más allá de las palabras porque si le soltaban un golpe,
por mínimo que este fuera, el moretón le quedaba por días.

La advertencia en sus juegos de niños solía decir

"Eugene es de papel"

Y aunque lo incluían en todo, sabían que contra él, no se debía arremeter.

—Es una bola de béisbol. —pronunció colérica. La tomó con la mano herida, Arnold
que estaba por detrás, sintiendo sus emociones, prediciendo sus acciones, la vio
levantarse y dejar en el pasto el relicario de oro que después de todo, sí había estado
llevando.

196
—Helga…—tomó la pieza de joyería y se dirigió a ella, pero no lo estaba
escuchando. Tenía lágrimas en los ojos, al igual que algunos por la impotencia y
preocupación. (el sonido fue tan intenso y el mundo estaba tan loco, que en una
primera idea, todos creyeron que se trató de un balazo) Phoebe, se había retirado
junto con Harold, Patty, Nadine y Sheena, la enfermería no estaba tan lejos, rogaban
porque no tuvieran impedimentos en socorrerlo.

Un profesor se acercó finalmente a la rubia, temblaba como una hoja, más era de
ira, no miedo.

—Señorita, es obvio que se trató de un accidente…—pronunció el aludido.

—No lo fue —respondió tensa. —Las canchas de béisbol no están ni remotamente


cerca de aquí y aún si se tratara de alguien "practicando" la velocidad, además de
la fuerza sugieren que fue un acto premeditado. (los que quedaron, además de él
se miraron entre sí. Helga hablaba de más cuando estaba acorralada, pero en esta
ocasión no pensaba en ella, sino en Eugene) —¿Qué clase "dice" da usted,
Señor…?

—Thomas Harker, Dibujo Ambiental.

—Bueno, le agradezco la preocupación pero el daño ya está hecho. Nuestro amigo


está siendo trasladado a la enfermería y si "en serio" cree que fue "un accidente" me
parece que aquí ya no hay nada que usted pueda hacer. —el profesor la miró
colérico. Helga no sentía respeto por ninguna figura de autoridad, en específico no,
en situaciones así.

—Solo digo que lo tomen con calma, éstas cosas pasan.

—Eso le diré a su madre, si es que despierta…

Harker se enfadó aún más, gritó que si tanto creía saber de la situación, lo
acompañara a la dirección. Helga resopló pero accedió.

—Déjeme tomar mis cosas… (miró a Gerald, el moreno supo lo que pretendía)

Llamar a Jamie'O quien estaba a un par de horas de distancia.

¿Jake se quedaría en la escuela? Por supuesto que sí, el problema era que ninguno
lo vio entrar, porque no estaba asistiendo a sus clases, estaba merodeando en los
pasillos, quizás los observó desde el principio.

—¡Todos ustedes también! —bramó el profesor. —Si algo le pasa a ese muchacho,
serán responsables por mover su cuerpo y no esperar al personal médico.

—¿Responsables, nosotros? —gritó Helga. —¿Qué me dice del que arrojó la


pelota?

—Como mencioné, esto fue un accidente que lamentablemente, indisciplinados


como usted intentan agravar. —Harker tomó del brazo a su novia para que se
moviera más rápido. Eso no le gustó a él, pero no pudo reclamar nada porque al
menos.

197
Ahí estaría segura.

La conocía a la perfección, sabía que ardía en deseos de buscar a ese bastardo y


partirle la cara. Todos, de hecho. Pero en verdad, era peligroso. El destino fatal de
esa bola, ¿Era Helga? No, entre más lo pensaba, más se convencía de que era él.

CAPÍTULO 14

N/A: Suceden diferentes escenas en diferentes lugares y con diferentes personajes


a lo largo de la presente entrega. Para que no se me pierdan tanto, cada que vean
esas separaciones de circulitos y puntitos es que cambiamos de escena.
Las cursivas son para pensamientos y recuerdos. Lo que está entre
comillas suelo usarlo para diálogos en el chat o diálogos dentro de un evento
pasado.

Si les quedan dudas o no me entendieron ni papa pueden preguntar, y en la


respuesta a los comentarios se los aclaro.

—o.O.O.o—

Los chicos habían pasado cerca de "hora y media" en la dirección, dando su versión
de los hechos de manera individual y también por grupo, algunos se sintieron
intimidados por sus bajas calificaciones, otros atacados de manera indirecta por su
historial de mala conducta, pero en general quien se llevo la peor parte fue Rhonda
Wellington Lloyd.

Como presidente del comité estudiantil se esperaba mejores resultados de


ella. ¿Cómo permitió que ese jovencito de diecisiete años fuera levantado de
manera tan brutal y salvaje? ¿Qué no sabía que las heridas en la cabeza son
sumamente delicadas? ¿Quién firmaría como responsable?

—Lo haré yo, por supuesto. —contestó determinada. Su padre era un prestigiado
abogado, cualquier situación "legal" que se derivara de esto podría manejarla a la
perfección.

—¿Y qué es lo que hacían en ese lugar? —inquirió el director Owen, ahora que
terminaba de hablar con ella y requería de humillarla públicamente como efectuó

198
con los anteriores. —Entiendo que las clases de algunos ya habían terminado, otros
tienen asignaturas especiales o clases optativas. —los chicos se miraron entre sí,
de manera "discreta" pero evidente. Sid y Stinky, eran libres por el resto del día,
Curly tenía calculo avanzado junto con Phoebe, Gerald usaba esas horas "extra"
para entrenar a solas en las canchas de baloncesto, Arnold de manera habitual,
estaría asistiendo a Lila en la biblioteca (la pelirroja gustaba de auxiliar a la
bibliotecaria, organizando volúmenes para que estuvieran listos el lunes por la
mañana) y en cuanto a Helga, bueno ella estaría en otra parte de la escuela,
acompañando a otra persona.

No pensó en él hasta el martes que la alcanzó en las gradas de soccer y eso ni


siquiera fue porque lo hubiera invitado sino porque él la encontró con el lente de su
cámara fotográfica. Iba en compañía de los habituales Lorenzo y Brainy, la
saludaron como indicaba la tradición, chocando los puños y uniendo las manos,
después comentó de manera sutil que el viernes pasado la había estado esperando
durante casi una hora.

"Tuve un ligero accidente, como podrás ver"—se defendió, levantando el puño


herido y fue evidente en los rostros de todos la preocupación.

"¿Béisbol?"—sugirió Lorenzo y ella asintió, dubitativa sobre si decir la verdad o no.


¿Qué tan cercana se sentía a ellos? ¿Qué tanto derecho tenía de invadir o
comprometer la seguridad de ellos?

"¿Por eso estudias la posibilidad de unirte al futbol soccer?"—preguntó Alan y ella


carraspeó porque era estúpida la idea de que dejara su pasión por cualquier otra
opción.

"Intenta de nuevo, vaquero"—respondió, imitando la postura y el acento sureño de


Gertrude. Brainy fue el que adivinó, estudio el campo de soccer y encontró entre los
jugadores al antaño objeto de su adoración. Arnold, atravesaba el campo como alma
que lleva el diablo. "Celoso" pensó para sus adentros y una parte de su ser, disfrutó
con que así fuera.

"¿Estás aquí por Arnold?"—inquirió expectante. Ella no le dijo que sí, pero se tomó
la libertad de acariciar su cuello, encontrar la cadena de oro y tirar de ella hasta
extraer el relicario en forma de corazón.

"¿Quieres abrirlo?"—sugirió con un leve toque de coquetería, por los años pasados,
por todas las veces en que la siguió, observó y también se le declaró. Brainy tomó
la diminuta pieza en el interior de su mano diestra, a sus espaldas Lorenzo y Alan
prestaban suma atención, la abrió ejerciendo presión con sus dedos y después
gruñó al observar la fotografía en el interior.

"¿No era más sencillo decir que otra vez lo persigues?" —se quejó el joven cerrando
la pieza y devolviéndola a su dueña.

"Es que ese es el asunto, no lo sigo. Lo espero, Arnold y yo estamos saliendo"—los


ojos de Brainy brillaron con desconcierto, después con desconfianza y finalmente
con aceptación.

199
"No es cierto"—comentó Lorenzo, con una sonrisa de lo más tremenda.

"¿Crees que miento?"—comentó a la defensiva pero el semblante cabizbajo de Alan,


debió servirle como alguna especie de confirmación. Él lo aceptó de inmediato
aunque quizás se debiera a que captó mas de lo que quería con el lente de su
cámara.

"Pudiste avisar"—comentó, volviendo a la actitud medio pretensiosa y


desinteresada.

"Perdí mi celular a consecuencia del ataque"—se le escapó la palabra "mágica" y


una vez más tenía la atención de los tres a su completa disposición.

"¿Te asaltaron?"—preguntó Lorenzo

"Algo así…"—se volvió a guardar el relicario y después soltó un suspiro que debió
metérseles hasta el alma. —¿Confiar?— Ciertamente, no era un asunto de
confianza, era de comprometer la seguridad de otros.

Alan entendió su diminuta confrontación de ánimas. Seis meses en Paris, (aunque


no se vieron todos los días) ayudaron a que él aprendiera a descifrar algunos de los
misterios que albergaba en su ser.

"¿Esa es la razón de que te veas así?"—preguntó, dudoso sobre si debía tocarla o


no. Ella lo supo, tan pronto como lo miró. Seguían siendo los mismos ojos profundos
y anhelantes. El contacto de sus manos o cuerpos, sería demasiado para Arnold,
así que rechazó el tacto y se hizo a un lado. No obstante, Redmond era insistente,
acostumbrado a obtener siempre lo que quiere se atrevió a cambiar de pregunta.
"¿Oh, a caso lo es él…?—el rubio se les unió, los jeans azules, los zapatos
deportivos, la camisa a cuadros y su maleta rebotando en el hombro. Ella no
entendió del todo la intención en sus preguntas, pero no hubo oportunidad de
profundizar pues cuando Shortman los saludó, todos se despidieron.

"Tal vez podamos compartir algunos tragos la próxima vez?—sugirió Lorenzo.

"Y ponernos al día"—agregó Brainy. —ella les dijo que sí, aunque no debió lucir muy
convencida.

"Anímate Pataki, unos tragos el día que quieras"

Ella quería ahogarse en alcohol justo ahora, desconectar su cerebro, embotar su


sistema. La vida sería mucho mas sencilla así, quizás por eso a Miriam le
encantaba vivir así.

Durante todo este tiempo Rhonda fijó su mirada en ella, se veía terrible. Pálida cual
fantasma y llámenla loca pero ella estaba entre un setenta y ochenta por ciento
segura de que había perdido peso en la ultima semana. ¿A caso tenía anemia?
¿Padecía demasiado estrés? —¿Y a quién se lo preguntaba?— ¡No podía ser la
única que hubiera notado que de un tiempo hacia acá apenas si se pasaba por la

200
cafetería! La evaluó sin pudor, llamando la atención del Director que seguía
esperando respuestas, además de ejercer una ultima intervención.

—Estábamos ahí, celebrando la unión de nuestros amigos "Arnold Shortman y


Helga Pataki"—respondió. Los aludidos presionaron el agarre con que se sostenían,
(la mano izquierda de ella, en la diestra de él) solo se soltaron cuando el rubio fue
llamado a "declarar" e inclusive entonces, quien la sostuvo fue Gerald.

El moreno, no había cesado de repetir que en cuanto llegara su hermano todo


estaría bien. Ella asentía con el rostro y es que su fortaleza inicial se había
desvanecido tan pronto como todos optaron por "protegerla"

Temerosos de que sus pasiones se incrementaran a niveles insospechados y


terminara inmersa en otra clase de problema, la hicieron callar, acaparando la
atención del Director y dejándola atrás.

Ella, no era una Princesa…


No merecía protección, ni conmiseración…

Lo sucedido a Eugene era culpa suya, solo de ella y de nadie más…

Eso, era lo que pensaba mientras Wellington Lloyd, continuaba su explicación.

—No sé si lo sepa, Señor Director pero todos nosotros egresamos de las mismas
escuelas de educación primaria y secundaria.

—Lo sé, puedo verlo en su expediente. —comentó y en esta ocasión, se dirigió a


Helga.

—¿Entonces, a parte de Capitana de béisbol usted es amante de la poesía?—Helga


asintió por delante de su novio, un leve movimiento de rostro. Y es que aún no sabía,
en qué momento le permitirían hablar.

—¿Qué le pasó en la muñeca?—ella bufó, tratando de ocultar la mano pero el rostro


del Director le indicó que no venía al caso efectuarlo.

Se quitó la muñequera y las vendas en el cuarto de baño, quince minutos atrás.


Mientras entraba Rhonda y salía Gerald, explicó a los demás que le dolía
demasiado. Ya no podía soportarlo y cuando sucedía así, lo mejor era que no llevara
nada en la mano. Su puño, se veía casi igual que el otro con excepción de lo
hinchado y que no obedecía a sus mandatos. Se crispaba involuntariamente y
temblaba de tanto en tanto, como si quisiera cerrarlo y no pudiera lograrlo.

—¿Se lastimó en el altercado de hace un momento?—Helga negó, presionando la


mano de su novio y soltando el aire de sus pulmones, Owen no era reconocido por
su extraordinaria calma, así que se mostró un poco más severo.

—De acuerdo, todos ustedes salgan de mi oficina y de la Dirección ahora. Ya los


entrevisté de manera individual por lo que no será necesario que esperen a esta
jovencita.

—Pero nosotros…—comentó Arnold en casi una súplica.

201
—Ustedes, ya me dieron su versión de los hechos y estoy casi seguro de que
querrán ir a la enfermería a "despedirse" de su otro amigo.

—¿Qué…?—preguntó la rubia, soltándose de su novio.

—Ah, con que si puede hablar. —Helga bufó, por no decir que gruñó, Owen sonrió
de manera peculiar y prosiguió.

—Eugene Horowitz, será trasladado al hospital del poblado. Su condición es estable,


pero aún no ha despertado.

—Vayan con él…—sugirió Helga mirando a Arnold. Él no sabía qué veía en ella. Si
todo el amor, la bondad o el profundo dolor y arrepentimiento. ¿Lo culpaba por
sugerir que se relajaran? ¿Oh, se culpaba por relajarse? —¿De verdad, se hacía
preguntas así de estúpidas?— ¡Claro que se culpaba! A ojos suyos, ella era
responsable por todo lo malo en el mundo.

Hubiera querido abrazarla, besarla y colocarle el relicario de oro para que supiera
que seguía con ella pero cuando lo intentó, Helga le dijo que se lo devolviera mas
tarde.

"…Cuídalo tú, con todo lo que está sucediendo, seguro lo perderé otra vez…"

Susurró un "te amo" con los labios, al momento de ponerle su chaqueta sobre los
hombros, no era la camiseta de soccer pero tenía que significar algo, ella agradeció
el gesto, se despidió sonriendo.

La sonrisa más triste del mundo y luego salieron de la oficina del Director.

—Vamos viejo,—comentó Gerald, colocando una mano en su hombro. —Ella querrá


saber cómo lucía Eugene en la camilla de emergencias.

—¿Y cómo esperas que luzca?—inquirió en respuesta. Si el alma casi se le sale del
pecho en el momento mismo que Sheena gritó como loca y lo vio ahí tendido.

Extrañó su voz, alegre y despreocupada, gritando el conocido "Estoy bien" pero ni


siquiera se movió. Sabía que era amigo íntimo de Helga, la forma en que la
llamó "cariño" haciendo que sus celos se encendieran porque no sabía si
quería seducirla, invitarla a un cuarto privado o llevarla de compras y convertirse en
su nueva "mejor amiga" pero nada de eso importaba ahora.

Estaban hundidos en espesa mierda y él tenía la imperiosa necesidad de quedarse


con ella.

—¿Dormido pero tranquilo?—sugirió Gerald, sacándolo de sus pensamientos.


Rhonda y los demás resoplaron por detrás. (A nadie le gustan los "daños
202
colaterales") Y por horrible que pareciera, su joven y atolondrado amigo se había
convertido en eso.

—De acuerdo,—se disculpó Johanssen. —Digo idioteces cuando me pongo


nervioso, pero en serio. Necesitamos al resto.

—¿Por qué?—gritó Shortman. Ahora que estaban en una de las jardineras frente a
la dirección.

—Porque hice algo de CSI ahí dentro y necesito a mi chica para pensar en algo
concreto.

—La mía, no ha vuelto. —respondió de inmediato.

—Entonces nos dividimos.—comentó Rhonda, pues también quería conocer el


estado de Eugene. Sus padres (porque los llamó e informó de lo precario de la
situación) la matarían, si había complicaciones de algún tipo, la desheredarían y
después la asesinarían.

—No lo creo…—Gerald pidió tiempo, tomó a Arnold de los hombros y lo empujó


hasta apartarlo un poco.

—¿¡Qué te pasa!? Sé que no la soportas, pero al menos deja que me quede a


esperarla.

—Si la soporto…en dosis pequeñas —aclaró. —Y esto que te voy a decir viene de
mi corta experiencia mediando entre "ellas"

—¿Perdón…?—lo miró como si estuviera loco y es que de hecho, desde hacía dos
minutos parecía un loco.

—Helga va a culparte, no ahora pero cuando se calme buscará culpables porque


ella es la Guerrera Amazona y tu gusano en el alambre. Si quieres tener algunos
puntos a tu favor, deberías ver a Eugene porque te apuesto lo que quieras a que
nada desearía en este momento, más que estar con Eugene.

—Por favor…—se quejó sintiéndose medio harto, cansado, fastidiado.

—Piénsalo, viejo.—insistió. —Helga está sola, desde hacía mucho que está
completamente sola. Ahora te tiene a ti, pero en el "ínter" nos tuvo a "nosotros"
somos su familia y como su novio, tienes que hacerle saber que velaste por su
"hermanito" —Arnold resopló, sin convencerse con la idea. No porque no la creyera
sino porque le enfurecía que la conociera tan bien, Gerald.

—Hablando de hermanos, ¿Cuánto tardará en llegar Jamie'O?

—¿Veinticinco minutos, treinta…? Es Viernes, la autopista está mas congestionada


de lo usual.

—De acuerdo, ignoraré todo lo que dijiste porque no voy a irme, así que se breve
¿Qué fue lo que viste en la oficina del Director?

203
—¡AHH! ¡Eres insufrible, Shortman! —gritó, llamando la atención del resto. —¿Le
mencionaste algo de Jake, cuando te interrogó?

—No, solo comenté lo mismo que dijo Helga sobre la fuerza y velocidad de la bola.

—¿En algún momento, llegó a abrir el cajón de su escritorio?—preguntó cuando se


acercaron los otros.

—¿Hablas de un botón publicitario que dice "Vota por Cabot"?—preguntó Curly a lo


que Gerald asintió.

—¿¡QUÉ!?—gritaron histéricos todos. Johanssen llamó a la calma y les recordó que


en un par de meses tendrían votaciones por la alcaldía del poblado.

—Esto, es una suposición pero "digamos" que la escuela se sostiene de un


porcentaje del dinero recaudado en las elecciones.

—¿¡Estás sugiriendo que el padre de ese demente, tiene comprado al Director!?—


inquirió Arnold, devolviendo el favor de colocar las manos sobre sus hombros y
ejercer presión.

—No sugiero, por eso quería que nos reuniéramos con el resto.

—Tendrás que conformarte con nosotros, porque quiero saberlo ahora. —ordenó
Rhonda, cruzando los brazos a la altura del pecho. Sin levantar sospechas o eso
esperaban que pareciera. Gerald bufó, se liberó del agarre de Arnold y comentó.

—Cuando pasé, le dije al Director que sospechaba directamente de Jake Cabot, ya


que él me emboscó el viernes y me rompió el labio inferior. El imbécil ni se inmutó,
dijo que esas cosas "pasaban" yo me ofendí por la condición de Eugene y entonces
él comentó que debería estar "agradecido" también me aconsejó andar con cuidado
de ahora en adelante, suponiendo que yo " fuera su objetivo"

—No puede ser cierto…—comentó Rhonda vaciando el aire de sus pulmones, el


moreno la miró a los ojos, procediendo a relatar exactamente lo que sucedió.

"¿Entonces, sabe que tiene un objetivo?"

"Sé, que pasan cosas. Esta es una escuela demasiado grande. Y el fin de semana
"romántico" suele generar este tipo de reacciones.

Hace dos años, una jovencita de sexto semestre se subió al edificio mas alto y
amenazó con tirarse, si el chico que le gustaba no dejaba a su novia.

El año anterior a ese, otro idiota de cuarto semestre atacó a un pobre diablo con
unas tijeras de diecinueve centímetros de largo por "acercarse" de más a la que "él"
decía que era "su" novia. Solo le hizo heridas superficiales, no hubo dedos
cercenados, pechos perforados o nada de lo que pueda estar imaginando. Lo que
intento que entienda, es que estos "incidentes" se convierten en leyendas urbanas
y apostaría a que ni siquiera los había escuchado porque como comenté de manera
204
inicial, la escuela es demasiado grande y en general. Todos los involucrados se
arreglan entre sí"

"¿Me está diciendo que si quiero venir a golpear a alguien, puedo hacerlo siempre
y cuando no lo mate?"

"Le estoy diciendo que son cosas que pasan. El viernes fue usted, hoy ese pobre
chico llamado Eugene, mañana quien sabe y así sucesivamente hasta que el
agresor obtenga lo que quiere"

"Entonces, sabe lo que sucede y no hará nada para evitarlo"

"Sé que a los sujetos como Jake, nada los detiene y soy responsable de algo más
grande que ustedes…siete"

Al escuchar esa parte Arnold, se puso como loco.

—¡¿Y lo acabamos de dejar a solas con Helga?!

—¡Es el Director de la escuela, Shortman! —le recordó Gerald. —¿¡Qué querías que
hiciera, armar un escena y conseguir que me expulsen de la escuela!? ¡QUIERO IR
A LA UNIVERSIDAD! por si ya no te acuerdas. Nuestra mejor apuesta es esperar a
que llegue mi hermano.

—¿¡Y qué hará él, si seguimos sin pruebas!? Aunque lo "denuncies" te tratarán de
loco.

—¡No sé viejo, por eso quería a Phoebe, porque yo honestamente no lo sé…!—se


alejó un poco, todos los demás estaban cabizbajos, sin creer en lo escuchado.
Aprovechó el interludio para mirar su celular.

Nadine anunciaba por el chat que ya estaban subiendo a Eugene a la ambulancia,


Sheena y Patty lo acompañarían pues Phoebe y Harold fueron detenidos para
declarar ¿Por qué carajos movieron a un chico "herido" sin esperar al personal de
servicios médicos?

"¿Por qué?" —comenzó a teclear. "¿Tal vez porque la madre de Phoebe es


neurocirujana y siempre ha estado versada en medicina avanzada?"

"Hey, no me lo grites a mi, yo solo quería notificar" —se quejó la rubia y Gerald se
disculpó.

"¿Cómo van las cosas por allá?"—preguntó, ya más relajada.

"Fatal"

"Lamento leer eso"

205
"Dile a mi chica que la extraño"

"¿A cual de todas?"—respondió con un poco de sorna que ninguno de los dos
compartió.

—Nadine manda saludos. —comentó. —Eugene va saliendo para el hospital justo


ahora.

—¿Ellos están bien?—preguntó Rhonda, afligida por su amiga.

—Si, los únicos "interceptados" fueron Harold y Phoebs, la misma mierda de querer
saber "por qué hicieron lo que hicieron"

—Tal vez debimos dejar que estirara la pata en el césped. —comentó Curly con los
brazos cruzados a la altura del pecho. No lo decía en serio, solo que le enfadaba
todo esto.

—Si me permiten decirlo…—comentó Stinky. —Creo que debemos vigilar a Helga y


tú no estás haciendo nada bien ese trabajo. —acusó señalando a Arnold.

—¿Perdón…?—preguntó el rubio.

—Sé que "dices" estar "enamorado" y "cegado" por ese amor, pero toda esta
semana, ella ha ido de mal en peor… —Arnold se molestó porque claro que lo había
notado, hasta Gerald se lo había remarcado.

El día que se fueron juntos, luego del partido de baloncesto, encontró oportunidad
para mencionarlo.

"Viejo, ¿Qué de a tiro, no la dejas dormir?—inquirió con algo de sorna, él enloqueció


por la sugerencia pero aún así respondió.

"Como les dije, mientras practicabas. Se trata de Jake, está obsesionada, estresada
y preocupada. Ya no por sí misma, sino por todos. Intento hacer que lo olvide, que
se distraiga o relaje, pero Helga es…"

"Inquebrantable"

"Error, esa es la imagen que quiere que vean, pero en realidad…"—no pudo decirle
a su mejor amigo que por dentro era sensible, trágica y frágil. Que se estaba
derrumbando delante de él, aún si en los escasos momentos de intimidad, lograba
irradiar de luz y fuerza su identidad.

Jake la estaba rompiendo. Lentamente, cumplía su palabra.

206
—¿¡En serio crees que no lo sé!?—reclamó a Stinky cerrando los puños por delante
de su cuerpo, gesto recién aprendido o mejor fuera dicho, copiado de su mujer.

—¡Si lo sabes, a parte de egoísta, eres sumamente cruel!

—¿¡De qué demonios me estás acusando!?—gritó. Llamando la atención de todos


los que pasaran a su alrededor.

—¡Expresas tu "amor egoísta" por una mujer que no te puede corresponder!

—¿¡Qué!?

—¡Lee entre líneas! lo dijo en su poema "ella tiene miedo de ti" ¡Tú la estás
lastimando!

Y contrario de los deseos de cualquiera, el primer golpe fue dado.

—o.O.O.o—

De vuelta a la Dirección. Helga escuchaba lo mismo que Gerald, sólo que enfocado
de distinta manera.

—¿Lo dice en serio, Director Owen?

—La puerta está ahí, cuando esté lista se puede ir…

Con aprehensión, Helga se tragó las lágrimas que no derramó, luego buscó en su
mochila, tomó el teléfono desechable cuyo único número en la memoria seguía
siendo el de su amor, escribió un mensaje corto, desapasionado pero iba al grano.

—Me jura que si hago lo que quiere, se detendrá.

—Se lo pondría por escrito, pero eso está por encima de mi capacidad.

—Supongo que entonces, puedo dejar mis cosas aquí…—Owen no se impresionó


por lo gastado de su bolsa y el celular que pertenecía como al siglo pasado, estaba
claro que era de escasos recursos económicos y que con toda seguridad perseguía
la beca deportiva que concedían a los jugadores más condecorados.

Él se aseguraría de que la tuviera.


Ingresaría a la Universidad de su preferencia.

—¿Quiere que se las dé, a alguien en particular?—inquirió cuando le pareció que


estaba lista. Ajustaba sus prendas, esa chaqueta azul que le dejó su novio y le venía
bastante floja.

207
—Phoebe Heyerdahl…—respondió soltando sus cabellos. El dolor en general la
estaba matando, aunque ya no sabía si era real o inventado. Si estaba en su cuerpo
a leguas claras famélico o en su mente rota y fragmentada. Pensó en las pastillas
que le recetó el buen doctor, recordó a su madre.

Una de las escenas más caóticas que en su corta existencia observó, había sido a
su mami dormida sobre la mesa y rodeada de un montón de pastillas. En aquel
instante pensó.

Al fin, terminó.
Bob, lo logró, Miriam se mató, pero su madre no murió.

¿Ella moriría? ¿Se parecía más a su madre o a su padre? No lo sabía pero supuso
que en breve lo averiguaría.

—o.O.O.o—

Mientras tanto, Alan Redmond deambulaba por los rincones y lugares poco
recorridos de la Preparatoria, tomando fotografías a diestra y siniestra pues como
todo estudiante "había hecho" sus deberes y por tanto ya tenía las imágenes que
les pidieron para la clase de fotografía. Sus objetivos habituales eran objetos
inanimados, encuadres de texturas, líneas, curvas, le gustaba lo abstracto aunque
de tanto en tanto encontraba alguna musa y no dudaba en capturarla bajo
esperanza de descubrir su alma y engatusarla.

Pensó en Helga, ya que todos los viernes (desde que regresó) era una especie de
"tradición" que aquella lo acompañara en su "vacilación" no solían charlar
demasiado. A ella no le gustaba la cháchara pero al menos le permitía fotografiarla.

Miró al cielo, suspiró y capturó lo primero que se encontró.

Le gustaba, con el Diablo y Dios de testigos que esa chica, triste y melancólica de
verdad le gustaba pero no podía enamorarla.

Créanle, lo intentó.

Sobre la primera vez que la vio, no fue en Hillwood sino en Paris, él estaba vagando
por los rincones, estudiando la arquitectura, buscando algún encuadre interesante
cuando de pronto, esa rubia preciosa se le apareció. Recargada contra la pared de
un puente miraba a la nada. Hacia arriba o abajo, como si no pudiera decidir si
acabaría su vida saltando o se iría a otro lugar volando.

Al igual que ahora, lo que le gustó de ella fue su tristeza.

208
.

Es extraño, por no decir que perturbador, enamorarte de la pena de alguien pero


lucía hermosa en su fragilidad. Detuvo a un comerciante de flores, tenía dinero de
sobra así que le compró un ramo de rosas.

"Lamento tu pérdida…"—comentó en perfecto francés, ofreciéndole el obsequio.

"¿Quién dice que perdí algo…?"—respondió por igual. Un acento seductor,


romántico y elegante. ¿No era por eso llamada, la Ciudad del Amor? Cada sonido
de sus labios, cada movimiento de sus lenguas, así fuera para dar algo tan simple
como una indicación, sonaba de lo más delicioso.

Aceptó las flores, apretándolas contra su pecho, aspirando su perfume y poco


después suspirando. Pequeña, eso fue lo que le pareció, aun si usaba maquillaje en
los labios, las mejillas y ojos, estilizaba sus piernas con zapatillas de tacón y
acentuaba su cintura con esa cinta que se le antojó de lo más coqueta.

Se presentó, Alan Redmond.

"Sabía que no eras francés"—respondió con un brillo en la mirada, de inteligencia y


bravuconería.

"¿Qué me delató?"—preguntó intrigado, fascinado.

"A los franceses no les interesan las chicas americanas"

"¿Es que ya lo has intentado?"—inquirió enarcando una ceja, dando a entender que
a él, lo tendría más que conquistado.

"Mi madre y hermana…"—dio la vuelta, zanjando el tema. Él consultó su reloj de


pulsera, tenía una cita con su padre desde hacía diez minutos y si no llegaba en
veinte más, lo mandaría a buscar con helicópteros y toda la onda 007, aun así
alcanzó a gritar.

"No me has dicho tu nombre"

"Tu mismo lo dijiste, lo perdí…"

"¿Y cómo te encuentro otra vez?"

"No lo harás"

Pero lo hizo.

Volvió a pasar por ese puente todas las tardes y también en las noches. Ella salía
cada cuatro días junto con la puesta de sol, los cabellos ondulados, peinados en una
media coleta y un flequillo que le cubría buena parte del rostro.

209
Melancólica.
Siempre triste, reservada y discreta.

En su tercer encuentro la fotografió con descaro, sin pedir permiso aunque bien
sabía que se lo había dado. Cuando la noche se hizo espesa ofreció llevarla a "casa"
¿Se hospedaba en algún hotel?

"Mi madre y hermana viven sobre esta calle, llegando a la cerrada"

"¿Pero, tú no?"

"No…"—le pareció que sufría así que en lugar de insistir le ofreció un boleto para
visitar el museo.

"¿Bruno Amadio?"—inquirió sin sorprenderse así que aparte de hermosa, era culta.

"¿Te veo aquí mañana, a las ocho?"

"¿Qué no cierran el museo a las seis?"

"Para mi no" —Su musa levantó una ceja. Así que eso tampoco la impresionó. ¿Lo
investigó en internet? Él como tal, aún no era famoso pero su padre sí.

"Te acompaño, solo si no es una cita"—lo miró a los ojos, decidida e inquisitiva, él
se contagió del gesto, era galante pero tenía su carácter.

"Es un encuentro entre dos personas que se atraen, por definición. Una cita"

"¿Quién dijo que me atraes?"—inquirió tramposa, cruzando los brazos a la altura del
pecho, él se confió.

"Tu predisposición a seguir viniendo a mi encuentro…" —Tenía que haber algo


mágico en eso. Pensó. Aunque si habría de ser honestos, ella seguía vacilando
sobre la vida y la muerte a espaldas del puente.

"Lo hago por respeto..."—respondió, ya sin verlo.

"¿A mi...?"—sugirió petulante, importante. Cuando eres rico, es imposible no darte,


ciertos aires.

"A lo que perdí…"—confesó, señalando el puente, las aguas cristalinas del río Eure.

"¿Tu nombre?"—preguntó porque en casi un mes, seguía sin saber quien es.

"Mi identidad…"

Esa no la descubrió hasta mucho después de citas que no eran citas porque lo que
le gustaba era verla a ella. Atrapada en su propia piel, su pasado o tragedia, tenía

210
decenas de preguntas por hacer pero aún si las hiciera, sabía que no iba a
responder.

A ultima instancia, sentados en el sillón de unos de los cafés mas elegantes y


románticos de Paris, se atrevió a cuestionar.

"¿Dama o caballero?"

"¿Perdón…?"

"Quien te roba el pensamiento"

Su relación, en conformidad. Se desarrolló de tal manera que ella no tenía


problemas para acompañarlo en sus misivas fotográficas siempre y cuando él no
tuviera problemas con que se pusiera a escribir. Llevaba un libro rosa en sus
comicios, luego fue rojo, azul y finalmente verde. Escribía durante horas, él lo supo
pues dedicó toda una tarde a capturarla con su cámara.

Su semblante cambiaba cuando lo hacía, de melancólico a uno profundo,


enamorado y reflexivo.

Quiso leer sus letras, contemplar sus manos sin sentirse un extraño, dejarse
describir por ella, saber si es que a caso, él ocupaba alguna de sus escenas pero
jamás lo dejó efectuarlo.

De lo que observó, escribía en varios idiomas, a veces en español, francés o


italiano. Amante de las lenguas romances, honestamente no le sorprendió.

"Balón…"—respondió.

"¿Qué?"

"Balón, pienso en un grandísimo idiota con cabeza de balón…"—y curiosamente,


conocía a alguien que encajaba en tal descripción.

"¿El piensa en ti?"—picó en la herida, después de todo sabía que la batalla la tenía
más que perdida.

"No lo sé…"—respondió con algo de nostalgia y esperanza en su voz.

"Pero quieres que lo haga"—insistió. Terminando su bebida y chasqueando los


dedos para que le trajeran otra.

"Tal vez…"—respondió esquiva. Siempre lo hacía, engañar a sus demonios, huir de


su pasión.

"¿Quieres que te ame, si o no?"—preguntó molesto, por no decir que ofendido y algo
furioso porque ahí estaba él. Chico soltero, apuesto, culto y millonario perdiendo su
tiempo con "Melancolía" pues a falta de un nombre real, así fue como la llamó.

211
"¡Si!"—gritó. Siendo reprendida por los franceses, pues ese café, sería precioso por
fuera, pero demasiado estrecho por dentro. Cuando se disculpó y enrojeció, vio
desvanecida toda la tristeza anterior. Advirtió en su rostro una sonrisa discreta,
tímida pero sincera.

Pensar en él, le devolvía la alegría, así que tomó una resolución.

"¿Y siendo así, qué haces aquí?"—se limpió el rastro de café de los labios, ella tenía
un poco de chocolate caliente también, no usaba su servilleta así que se tomó la
libertad de tocar por primera vez su boca. A través del lienzo blanco, pero ahora sí
la sorprendió.

Lucía mucho más hermosa sonrojada que trágica. Se lo comentó.

"¿No se supone que si te gusto, deberías dejar de insinuar que me vaya?"

"Pero yo no te gusto y ese es un hecho que aunque no puedo cambiar, tal vez
consiga remediar"

"¿A qué te refieres?"

"A que muchas veces la fantasía es mejor que la realidad. ¿Qué si sales con él y no
es como lo esperabas? ¿Qué si no sabe ver, todo lo que yo puedo ver? ¿Si solo
ama el envoltorio y no el contenido?"

"Arnold, es un idiota pero en absoluto superficial"

"¿Arnold? ¿No te estarás refiriendo a Arnold Shortman, verdad?"—y la vergüenza


en su rostro, lo confirmó.

"¿Entonces, eres de Hillwood? ¿Su compañera de clase? ¿Cómo hace él para


conocer personajes tan extravagantes? —la pregunta se le escapó, pues cuando su
padre los presentó.

Él jamás se habría imaginado que tendría por conocido a un jovencito de ese


pueblucho.

"Si, soy de Hillwood y él todavía no me conoce. Mi nombre es Geraldine Laybourne.

Pensó que mintió cuando volvió al pueblo y desesperadamente la buscó, pero


después de indagar con el dinero y personal de su padre supo que no lo hacía.

Geraldine era su segundo nombre y aquel, el apellido de soltera de su madre.

"No te iba a decir mi verdadera identidad, así como así"—comentó cuando


finalmente la reencontró.

212
Estaban en la entrada de la Preparatoria, le pidió a su padre que lo inscribiera en la
misma escuela que ella pero por sus compromisos empresariales y actividades
extraordinarias a lo más que pudo aspirar fue al horario vespertino.

Aún así lo agradeció, le gustó verla tal y como era...

Extrañó las zapatillas, vestidos cortos, maquillaje en su rostro pero adoró su fuerza,
coraje y espíritu.

Lo invitó a verla jugar béisbol y además de eso le presentó a sus amigos, Lorenzo y
Brainy, el primero era igualmente rico (pugnaba una especie de condena de
humildad al ser enviado a estudiar a ese lugar) el segundo medio patán pero la
seguía a todos lados con lealtad.

Se entendieron perfectamente cuando acabó el partido, "Helga" se llevó un oro y les


sugirió que fueran a algún lado a celebrar.

No había más que ellos. Pensó que su "grupo" sería mas grande o estrecho pero
seguía siendo solitaria y melancólica. Quiso indagar sobre el idiota de Shortman
más lo omitió al ver lo rápido que vaciaba sus tragos. Lorenzo le daba cuerda,
bebiendo a la par de ella, chocando copas al brindis del "viejo y no correspondido
amor" Brainy le cuidaba la espalda, la protegía de cualquiera que quisiera tocarla.

Él se les unió de a poco, bebiendo, pensando, meditando.

Si estaba tan alegre, ¿Por qué parecía que en lugar de gritar de algarabía lo que
quería era tirarse a llorar?

La respuesta le llegó de inmediato.

Ella no estaba con ellos, al igual que en Paris, no estaba con él.

Estaba con sus pensamientos, con sus recuerdos, el pasado, deseando saltar del
puente o volar junto a él…

—o.O.O.o—

—¡YA BASTA! ¡Estúpidas e idiotas! ¿¡Quieren separarse de una maldita vez!? —


gritó Curly, parándose en medio de los dos. Arnold y Stinky detuvieron su pelea para
observarlo. ¿En serio, les gritaba así? Debía ser una broma pero no hubo momento
de indagar al respecto.

Una secretaria bonita, caminaba hacia ellos, llevaba en el hombro la mochila de


Helga.

213
—Phoebe Heyerdahl, ¿Conocen a Phoebe Heyerdahl? —inquirió mirándolos a
todos. Gerald asintió, comentó que era su novia pero no entendía qué hacía con las
cosas de su amiga.

—El Director dio orden de que se las diéramos a Phoebe Heyerdahl, pero es Viernes
y tenemos mucho trabajo. ¿Alguno de ustedes podría entregarle esta bolsa?—
Gerald asintió, recibiéndola entre sus manos.

—Yo se la doy pero no entiendo, la dueña de esta mochila, entró con ella.

—Claro que lo hizo, pero se sentía tan mal que la enviamos a la enfermería.

—¿¡Cómo que la enviaron!?—preguntó Arnold.

—Nosotros hemos estado aquí y no la vimos salir.—agregó Stinky

—Porque estaban "peleando"—les recordó la mujer robusta de falda corta, saco


entallado y zapatillas de aguja.

—Esos dos estaban peleando, los demás esperábamos. —agregó Rhonda.

—Bueno, si no la vieron salir es porque lo hizo por la puerta de atrás. "Solo para
personal autorizado"

—¿Desde cuando…?—la secretaria le paró el discurso a Rhonda, si no querían


notas permanentes en su expediente personal, mejor que la dejaran trabajar. Ya
tenían muchos pendientes, desde que los llevaron a "declarar"

—No me gusta nada de esto…—comentó Sid sacando su celular, preguntó en el


chat si sabían algo de Helga.

"No sabemos de ella, Harold y yo seguimos en la enfermería, llamaron a nuestros


padres y esperamos que vengan" —respondió Phoebe.

"Mamá va a matarme"—agregó Berman.

"Todos moriremos, pero algo me dice que ella lo hará más feo" —el comentario de
Sid, puso en alerta los instintos de protección de Phoebe.

"¿Por qué lo dices? ¿Qué ha pasado?"

"Un resumen rápido sería que el Director "está con Cabot" y perdimos a Helga"

"¡NO! ¡NO ME DIGAS ESO! ¡NO PUEDE SER!"—fue toda la respuesta de la


asiática.

"Tranquila, vamos a encontrarla"—ultimó Arnold.

Él también había sacado su celular y antes de acceder al chat, encontró un mensaje


de ella.

214
"Voy a acabar con todo esto, por favor perdóname.
Te amo."

Le pidió a sus amigos que se dividieran, Cabot era peligroso así que debían ir en
parejas. Si lo encontraban y estaba con Helga, lo ultimo que debían hacer era
atacarlo de manera directa. Debían alejarlo de ella, activar las alarmas contra
incendios, gritar como locos que ese demente quería "asesinarla" o llamar de alguna
manera su atención.

Los chicos estuvieron de acuerdo, ya se les ocurriría algo para "improvisar" si se


topaban con el bastardo. Se repartieron varias zonas de la escuela y además
agregaron en el chat a todos los que pudieron.

"Si ven a Helga, manden una alerta"—anunció Rhonda.

"¿De qué hablan?"—respondió Lorenzo.

"¿Está bien? —quiso saber Lila.

"¿Qué pasa?"—preguntó Brainy

"Hizo enfadar a la persona incorrecta y si la encuentra va a lastimarla"—comentó


Gerald.

"¡¿Quién es?!"—quiso sabe Brainy, saliéndose de la clase en la que apenas si


acababa de entrar.

"El mismo que acaba de mandar a Eugene al hospital, es peligroso. Si la ven y está
acompañada, no se acerquen a él"—Curly envió una fotografía de Jake sacada del
anuario escolar. Todos la recibieron, Lila dejó caer los libros que acomodaba en la
biblioteca, Phoebe y Harold intercambiaron una mirada tortuosa, se tomaron de las
manos y soltaron una súplica, además de un juramento, pues no tenían idea de lo
que estaba sucediendo.

Lorenzo apretó los puños, guardando en su mochila la tableta electrónica y demás


para salir de su clase.

"Ni los profesores o directores van a ayudarnos, por favor tengan cuidado"—les
recordó Arnold.

Curly se fue con Rhonda hacia la zona sur, Sid con Stinky al norte, Lorenzo se juntó
con Brainy, dirigiéndose a la zona "ruda" de la Preparatoria. Si pretendían "abusar"
de su amiga, necesitarían un lugar apartado, el chico de gafas y corte militar, sugirió
armarse con algo pero el otro le comentó que esperaba que no llegaran a tanto.
215
Arnold partió sin Gerald, si tenían una oportunidad de presentar "cargos" aquel debía
esperar y escoltar a su hermano.

—¡Ve a los vestidores!—sugirió el moreno. —A los dementes les gusta "crear


recuerdos" seguro ese sitio representa algo especial para él, fue donde se
conocieron, donde la invitó y sugirió esa tontería de "favor con favor se paga"

Shortman asintió, a decir verdad también lo pensó. La sangre se congeló al interior


de sus venas tan pronto como leyó el mensaje de Helga.

¿Iba a terminar con todo esto? ¿Es decir que se entregaría? ¿Dejaría que
él…? ¡No...! mejor no pensar en eso.

Se lo envió veinte minutos atrás, cuando estaba peleando con Stinky porque el más
alto decía que él "no podía proteger a su mujer"

¿Y no podía?

¿Ella también lo creía, por eso en lugar de acercarlo se había desvivido por
apartarlo? ¿Por eso lucía tan preocupada, pálida y demacrada? Porque sabía que
la única opción era...

Bailar con el Diablo.

¡NO!

Comenzó a correr pensando en todos los "rituales" toda la "preparación" toda esa
"magia" que según la tierra que lo vio nacer lo convertía en "milagro" porque era eso
lo que necesitaba para evitarlo.

—o.O.O.o—

Alan, continuaba debatiendo.

Si ahora estaban juntos, —pensó para sus adentros— fotografiando el cielo, las
copas de los árboles, cualquier cosa que le recordara a ella.

¿Entonces por qué, aún se veía melancólica?

Había felicidad genuina cuando coincidieron en las gradas de la escuela, coquetería


y presunción cuando sugirió a Brainy que descubriera la identidad de su amor.
Orgullo, al decir que estaban juntos, tanto que hasta él, lo aceptó.

Pero después advirtió el miedo, una sombra, algo siniestro. Helga hizo énfasis al
agravio que padeció y por eso él no se abstuvo de preguntar si esa sombra de

216
oscuridad (porque ya no era melancolía lo que ensombrecía su rostro, sino algo
más) era a causa de eso o de Arnold.

¿Estaba con quien amaba, pero él no la amaba? —descartó la idea cuando el


muchacho en cuestión apareció.

No llegó diciendo "Hola, soy el novio de Helga" sino que saludó lo más cortés que
pudo y después se concentró en ella. Ambos se observaban, se sonreían, se
adoraban sin proferir una sola palabra.

Una pintora francesa creó un cuadro divino que describiría la escena a la perfección.

Se titulaba "Beso" y en el aparecía una pareja iluminando la noche eterna. Ella rubia,
ligeramente mas baja que él, los cabellos sueltos, enredando los brazos en el cuello
de aquel, quien era de cabellos negros, ojos azules y la observaba con devoción.

Sus labios no se tocaban, mas sin embargo se advertía en su intimidad, que eran el
uno del otro. Un mundo completo, un universo perfecto.

Los dejaron a solas y desde entonces no había vuelto a verla, le preocupaba. No


era especialmente supersticioso, pero esa oscuridad en su rostro, la falta de luz en
su cabello, energía en su cuerpo, le preocupaba en serio.

Encuadró algo más a lo lejos y fue ahí que la vio, caminando tan silenciosa,
misteriosa y distante que más que caminar parecía flotar. La capturó en foto y
también la siguió, era demasiado tarde, de hecho él debería estar en su primera
clase pero no le importó.

Quería saber sobre ella, entender qué pasaba con ella.

Estaba yendo en dirección de los campos deportivos. Era viernes, este día
entrenaban los de Fútbol Americano pero cerca de dos horas después, hasta ellos
debían haber terminando, fue sigiloso en su persecución, algo de esto no le gustó.

Helga mentía, levantaba sus mas oscuras pasiones y después se escondía pero lo
hacía en la luz. No en las sombras.

¡Era eso! Su musa, perseguía sombras, completamente sola y la pregunta que se


hacía, era ¿Por qué? ¿Dónde estaba Shortman? ¿Phoebe…? ¿No dijo tener una
amiga llamada Phoebe?

Pasados unos metros de camino incierto, se encontró con alguien.

Un sujeto alto, vestido en su totalidad de negro y como no distinguía bien sus rasgos
lo fotografió, llevaba la parte media del rostro cubierta por una venda. Helga lo
contempló orgullosa, satisfecha.

¿Ella fue quien lo lastimó? ¿O lo miraba con otra clase de intención?


217
El tipo le dedicó unas palabras que no escuchó, la miró con descaro, aprobando o
desaprobando sus encantos. Eso le ofendió, le enfureció. ¡La chica que conocía, no
permitiría jamás esa clase de valoración! pero no hizo nada más que sostener una
postura firme y levantar el rostro a la par del pecho.

Quien fuera, acarició un mechón de cabello suelto, su musa siseó, presionó los
puños, pero no le hizo frenar en su acción. Él no entendía. ¿Qué sucedía? ¿Dejó a
Shortman? ¿Engañaba a Arnold? ¡No, su musa, su inspiración, jamás podría actuar
con tal descaro!

El hombre sonrió por debajo de las vendas, acto seguido colocó una mano a la altura
de su cintura y la escoltó hacia el interior de la escuela.

¿Qué hacía? ¿Se entrometía? ¿Por qué lo engañaba con un completo extraño y no
con…él?

Buscó su celular, al tranquilizarse. Le envió un mensaje a Brainy. ¿A caso ella,


siempre había sido así? Sabía que rompió en pedazos el corazón de aquel pero
jamás le dio detalles, sólo dijo que esa mujer no podía ser para él.

—o.O.O.o—

Los vestidores estaban ocupados, llenos a rebosar de jugadores de Fútbol


Americano que aparentemente, no tenían para cuando acabar. Desnudaban a un
novato y lo vestían de mujer para el momento en que pasó corriendo por ahí como
una exhalación.

¿Dónde buscaba? ¿A qué lugar decidió llevarla?


¡Maldita sea, Helga! ¿Dónde estás?

Arnold estaba a nada de ponerse a gritar y tirar de sus cabellos hasta quedarse
calvo cuando se encontró con otro más. Un chico mucho más alto y delgado que él,
cabellos castaño oscuro, ojos miel y una maldita cámara que debía costar más que
su casa.

Ese, corría como desesperado no muy lejos de él. Le gritó.

—¿Has visto a Helga?

—Iba con un tipo de negro, los perdí hace diez minutos!

—¿Diez? ¿¡Por dónde se fueron!?

—No lo sé, entraron por este pasillo, ¿Qué hay en este pasillo? —Arnold se tomó
dos segundos para reconocer dónde estaban, ahí había almacenes, era donde
guardaban el equipo deportivo.
218
Una sola puerta al final del recorrido y estaba cerrada. Forcejearon contra ella, no
escucharon nada, pero era su mejor apuesta.

—¡Hay que tirarla!—sugirió a gritos.

—¡Podría lastimarla!

—¿Se te ocurre otra forma?

—Si, —él tenía una llave maestra porque le encantaban los lugares "clandestinos"
para sacar fotos. Según el abogado de su padre eso era "ilegal" pero según el
"ingeniero" que se la consiguió podía abrir lo que fuera. Esperó que fuera cierto, la
sacó de uno de los bolsillos de su pantalón y se la dio al rubio.

—Tu la abres, yo lo golpeo…—ofreció señalando la cámara. Era semiautomática y


aún perteneciente a la vieja escuela, podría aplastar un cráneo con ella o eso decía
la internet y nunca tuvo intención de ponerlo a prueba.

La llave giró con fuerza en la cerradura, Arnold sintió todos sus instintos ponerse
alerta, el interior estaba escasamente iluminado, era un espacio amplio, jodidamente
inmenso. Ellos podrían estar donde fuera, así que se separaron.

Dio varios pasos sin apenas hacer ruido, cuando los encontró.

Se escuchaban jadeos, un aliento siendo asfixiado. La figura de negro consumía con


su peso a la que tenía por amada, estaban de pie y la tenía contra la pared.

Reconoció sus cabellos rubios por detrás de él, sus dedos delgados y pequeños,
aferrándose a las gruesas y enormes manos de él, luchando por liberarse, respirar.

Arnold ya no fue dueño de sí mismo, gritó que la soltara en un alarido que


indudablemente debió llamar a su amigo.

Jake, le arrojó el cuerpo de Helga para escapar, lo que hizo Alan ya no lo supo, se
concentró en ella que aún luchaba por respirar, estaba roja, hinchada. ¿Qué le
pasaba? la recostó e intentó revisarla, ella lo miraba aterrada, los labios separados,
el aliento escapando a su cuerpo. Decía algo, él no entendía hasta que optó por
pegarse a sus labios.

"Fre-sa..."

¿Sabes que soy alérgica a las fresas? —recordó. —Bueno, si como una, literal…me
muero.

La levantó en brazos dispuesto a llevarla a la enfermería. Muchas otras cosas


debieron suceder mientras la buscaba pues sus amigos lo alcanzaron.

Jamie'O estaba con Harold, esposando a Jake, quien se retorcía como un loco y
vociferaba. Phoebe también gritó, cuando lo vio emerger junto a su amiga, llamaron
a personal médico que no tenía idea de dónde salió y le pidieron recostarla en una
camilla, él obedeció pero, para entonces.

219
Ella, ya no respiraba.

¡No está respirando!—gritó algún paramédico. Él sintió que se moría ahí mismo,
negó con el rostro y les informó de su alergia. Phoebe se tiró al piso llorando con
desesperación, Gerald tuvo que socorrerla. Los demás también estaban ahí, los
reconoció a todos incluyendo a Lila y algunos de sus ¿padres?

Helga desapareció en el interior de una ambulancia y como es natural, él la siguió.


Le abrieron las ropas, inyectaron una sustancia en el pecho, además de presionar
la superficie a fin de reactivar su respiración.

Funcionó después de varios intentos y él sintió la sangre volviendo a correr por sus
venas, luego los paramédicos informaron de un objeto que llevaba oculto en las
ropas.

Era la grabadora de su abuela.

¿Qué fue lo que hiciste…? —preguntó a la rubia sintiendo su sangre volviendo a


ponerse densa. Los paramédicos intentaron sacarlo, él les dijo que era su novio y
se quedaría con ella. La grabadora era "evidencia" según un oficial de policía
también presente y en el que ni siquiera había reparado.

—Jamie…

—Se la entregaré al Detective James Oswald Johanssen, personalmente. Cerraron


las puertas de la ambulancia, el motor ya estaba rugiendo.

—¿Nombre de la paciente…?—preguntaron para ponerle una pulsera plástica en la


muñeca. Les dijo quien era y preguntó, si existía algún problema con que llevara un
par de placas con ella.

—¿Placas…?—repitió el enfermero que le colocó la pulsera además de otras cosas


por el resto del cuerpo.

Él le mostró un juego de placas que mandó a hacer su abuelo, era similar a las que
se usaban en el ejército. El viejo zorro tenía las suyas por haber servido a las tropas
en la Segunda Guerra Mundial. Se las guardaba su esposa y es que en aquel
entonces se acostumbró que fueran dos. Una con el nombre y datos del soldado,
otra con los de su amor.

Así, en caso de fallecimiento sabían a quién entregar el cuerpo.

—No parece tener fracturas así que dudo que la retengan por mucho tiempo.

—¿Perdón?—inquirió, mirando a la mujer que de momento se mantenía respirando


por una mascarilla y tanque de oxígeno.

—Significa que cuando terminen los exámenes y la pasen a piso podrás


colocárselas. La intoxicación por alergia se ve peor de lo que es, una vez el
medicamento surta efecto, bajará la hinchazón y podrá respirar con normalidad.

—Pero, ella dijo que si comía fresas...literal, se moría.


220
—Si no la hubiéramos atendido a tiempo, si no lo hubieras detenido a tiempo, pero
lo hicimos.

—¿Detenerlo...?

—No quiero abrumarte con esto, pero su agresor dejó huellas de sus dedos por todo
su cuello, iba a asfixiarla.

CAPITULO 15

A lo largo de la semana el clima de San Lorenzo se había visto brutalmente afectado.


Las mañanas dejaron de ser soleadas, las tardes se volvieron frías, como si una
tormenta estuviera a punto de arremeter pero no lo hiciera. El cultivo se vio dañado,
la flora y fauna también. Los "ojos verdes" ofrecieron todo tipo de baile, ceremonia
y ritual a las faldas del volcán pero hasta ahora, ninguna cosa había funcionado.

Al tercer día, aunado a la brisa que arrancaba las hojas de los árboles, asustaba a
las aves y abría surcos irregulares sobre la tierra fresca, una lluvia de ceniza
comenzó a caer, se inició en la noche y no paró por los dos días siguientes.
Temerosos de que una erupción volcánica se llevara todo lo que tenían por amado
hablaron con el líder de su tribu para que se reuniera con los forasteros.

Sabían, que el que reconocían como "milagro" había conocido a su "destino" y que
como es natural, la calma del volcán ya no dependía de uno, sino de dos.

La pasión o traición que alimentaran los dos. La lava ardiente o paciente.

Anthea, (la nieta de su líder) estaba especialmente ofendida por ello. Su "destino"
tenía que estar ligado a ese lugar, las tierras que lo vieron nacer, las mismas que
según sus leyendas debía proteger pero le ordenaron no inmiscuirse, ni proponer.

Su abuelo se reunió con los padres del "Milagro" éstos dijeron que creían en su
unión pues conocían a la chica en cuestión. Era débil de corazón pero fuerte de
espíritu, confiaban en su decisión, en la fortaleza de su amor. No obstante, al cuarto
día la ceniza dejó de ser blanca y se tornó cobriza.

Quinto día y despertaron con un leve movimiento sísmico, salieron de sus tiendas,
observaron el cielo que permanecía negro, mas no por la ausencia del sol sino

221
porque la ceniza lo ocultaba todo. Hubo que tomar decisiones, alejar a los ancianos,
mujeres y niños para que no resultaran heridos.

A los forasteros se les pidió explicación. ¡Ellos dijeron que no debían temer a su
unión!

"No es su traición lo que despierta la rabia del volcán sino algo más" —anunció
Antha, la esposa del líder y mujer mas anciana, sabia y respetada de la tribu.

"¿De qué se trata?"—quisieron saber los extraños, absortos por la desesperación y


el miedo.

"Muerte, lo único que percibo en la ceniza del volcán es el preludio a una


muerte" —los padres del Milagro no escucharon mas subieron a su vehículo
motorizado y volvieron al lugar dónde hacían sus estudios más sofisticados. Ahí
habían instalado lo necesario para comunicarse con aquel pero por más que
insistieron no atendieron.

La preocupación era notoria en sus rostros, también lo difícil y terrible de su


"decisión" no podían dejar morir a un pueblo entero, pero tampoco podían dejar a
su único hijo solo. Abrazados el uno al otro, enlazando tanto sus destinos como sus
labios fue que lo decidieron.

Stella se quedaría en San Lorenzo, Miles viajaría a casa. Después de todo, sus
padres, su historia, su vida, se encontraban ahí.

"Tú también eres mi vida"—comentó el arqueólogo mirando a su esposa con ternura.

"Pero Arnold, es nuestro todo" —un ultimo beso, aunado a la presión de sus manos
como final despedida y se separaron.

La razón de que sus llamadas no fueran atendidas se debía a que Gertrude y Phil,
no se encontraban en casa. Varias horas antes del movimiento sísmico que los
despertó, el Doctor Evans bajó a la cocina de Sunset Arms para pedirles que por
favor encendieran el televisor.

Las noticias locales informaban de dos estudiantes de la escuela preparatoria


número 221, siendo trasladados de emergencia al hospital, el primero sufrió una
herida de gravedad en la cabeza, la segunda intoxicación por alergia. Los detalles
de esto no se dieron a conocer pero se pedía a los padres de familia que
mantuvieran la calma. Se tomaría testimonio a los involucrados y se llamaría en
privado a los familiares de los afectados.

Mientras anunciaban todo esto con la parsimonia con que se habla del bache en la
calle seis que hizo derrapar a los pobres diablos que regresaban de una noche
bastante alocada, los Shortman vieron a varios de los amigos de su nieto siendo

222
captados por alguna impertinente cámara. La chica Heyerdahl lloraba desconsolada
en los brazos de su madre, el mediano de los Johanssen estaba por detrás
acompañado de su padre, varios oficiales de policía hablaban con los chicos, Lloyd,
Berman y Peterson, otros como Sammy Redmond también andaban por ahí pero el
barrido de la cámara regresó al presentador y no vieron por ningún lado a su nieto.

La sangre se congeló en el interior de sus venas, la saliva se secó en sus bocas, los
instintos, la superstición por no hablar de los malos presagios se hicieron presentes.

Puki, intercambió una mirada con su esposo, se desprendió del mandil que llevaba
sobre el vestido, Phil apagó el televisor y rumió sobre ir a buscar la escopeta, el
Doctor Evans intentó llamar a la calma pero ambos tenían desde hace días un mal
presentimiento.

Esa chica furiosa, a quien daban posada, si bien conservaba el ingenio e


impertinencia de siempre, había estado sumamente deprimida toda la semana. No
que le faltara el amor de su nieto pues éste, fiel a su educación había sido todo un
caballero, galante y ocurrente, le sacaba sonrisas, además de regalarle besos que
se consumían tan pronto como ellos los mandaban a dormir a sus cuartos.
Preocupados por la situación, además de curiosos por su condición intentaron
indagar al respecto pero la astuta chica solo dijo que se estaba "adaptando" a esto.

Nunca tuvo una familia que preparara desayunos o se preocupara por ella, unas
figuras "paternas" que se miraran con amor, en lugar de hacerlo con fastidio y recelo.
Tampoco había tenido una "relación" Sí, salía con chicos, admitía que le gustaba y
se divertía con los idiotas que invertían su dinero esperanzados a obtener algo más
de ella, pero no les daba nada…ni siquiera las gracias por ocupar aquel hueco que
existía desde hacía tanto en su corazón.

No insistieron, entendían que la suya era una situación complicada. Aún así, querían
que se relajara. Cada mañana le sugerían que esperara a Arnold pero se negaba.
Tenía cosas que hacer. Un pendiente, una querella que la ponía nerviosa, ausente
y notablemente decadente.

Intentaron desde otro ángulo, preguntando a su nieto pero respondió exactamente


lo mismo. Ella se estaba "adaptando" quería manejarlo a su modo. ¿El
qué? preguntaron ellos, ¿Su relación? ¿La mudanza?

—Jake…

La respuesta no les satisfizo, pues ambos habían sobrevivido una guerra y conocido
la hostilidad, el estado de alerta, el temor, angustia y paranoia. ¿Es eso lo que
estaba experimentando? ¿Pero por qué? ¿Por qué, el Universo se aferraba en
castigarla de esa manera? No lo entendían pero aún así, sugirieron a su jovencito
que no se alejara de ella, que fuera su soporte, su fuerza, que no la perdiera.

—Sé que es su único nieto pero antes de que cometan alguna locura, sugeriría
que…—la voz de Daniel Evans se extinguió tan pronto como sonó el teléfono de
casa. Un timbre conocido, común, corriente y que dadas las circunstancias les
congeló el alma.

223
Viajaron en silencio hasta el hospital, teóricamente uno de ellos debía dirigirse a la
escuela pero ahí no estaba su nieto y ellos querían ver a su nieto. Quien los llamó
dejó en claro que Arnold no sufrió ningún agravio, fue su "novia" o la que él dijo que
era su novia. Helga G. Pataki, les pedían a su vez que si tenían forma de contactar
con sus padres lo hicieran.

—¿Qué le pasó a esa chica?—inquirió Phil, pues fue él quien atendió la llamada.

—Lo siento, pero no tengo autorización para…

—¡Pamplinas! —gritó el anciano colgando con un severo golpe y mirando al Doctor


como sugiriendo que si no les prestaba las llaves de su auto (que era mucho más
moderno y rápido) las robarían en lo que canta un gallo.

—Por favor, no vayan a chocarlo.

—No prometemos nada. —respondió Gertrude caminando hacia la puerta.

Arnold estaba "desecho" cuando llegaron. Un semblante adulto y cansino que ni en


sus peores momentos le habían observado, corrieron a su lado para abrazarlo, el
chico se desmoronó en llanto y cuando una enfermera quiso acercarse para recoger
sus datos, Puki la miró de tal modo que se arrepintió hasta de haber nacido.

En la misma sala estaban los padres de Eugene, (Nate y Dedee Horowitz) además
de Patty Smith acompañada de su madre Prudence y Sheena Shane junto a su
padre Ethan.

Ellos exigían noticias del pelirrojo pero estaba en urgencias, siendo sometido a
exámenes, estudios y no sabían que tanta otra cosa. Cuando Arnold se tranquilizó,
se acercaron a él. Las chicas no habían podido aclarar nada en las pasadas horas.
Se les fueron como agua entre el llamado y la llegada de sus padres, el alta medica
de Eugene y la toma de datos generales.

Los paramédicos de la escuela admitieron su desconocimiento del tema, sólo


llevaron al chico, les pagaban por llevar a tiempo a los chicos.

Como responsables de su estado, tenían etiquetados a Phoebe Heyerdahl y Harold


Berman, Sheena y Patty le juraron a sus padres que no era así. Phoebs le había
dado los primeros auxilios, Harold lo llevó a la enfermería, ellos eran sus héroes y a
pesar de saber eso, no podían hablar de lo que pasó, porque ni ellas entendían lo
que sucedió.

"Estábamos en uno de los jardines, Helga recitaba poesía y después alguien arrojó
una bola de béisbol con tal fuerza que nos asustó a todos y noqueó a Eugene"

224
La llegada de Arnold y Helga, escoltados por paramédicos pertenecientes al poblado
les hizo suponer lo peor. Sus padres no entendían, ¿¡Qué era lo que no les
decían!? pero las histéricas chicas solo se limitaron a llorar y decir que no lo sabían.

Helga Pataki tuvo complicaciones minutos antes de llegar al hospital, su garganta


volvió a cerrarse, los pulmones se negaban a recibir aire, el corazón sangre, su
cerebro a generar impulsos eléctricos y por tanto hubo que entubar. Arnold sentía
que la vida se le escurría, le dijeron que "no estorbara" palabras crueles que le
sentaron como una puñalada pues no había nada que pudiera hacer para ayudarla.

Fue intervenida de una manera que le pareció violenta, más se reportaba "estable"
cuando ingresaron al hospital y se olvidaron de él.

Era consciente de los demás en la sala, de la necesidad que tenían de reunirse y


saber lo que pasaba pero su semblante debió indicarles que no se acercaran. Se
sentó, lo más apartado que pudo y tomó el celular en sus manos. Cinco llamadas
perdidas, cuatro de Phoebe y una de sus abuelos. Se sentía fatal, horrible por no
decir nada, ¿Pero qué les podría decir? ¿Que no pudo cuidarla? ¿Que la amaba
más que a nada y aún así...?

"Lo hiciste bien, chico"—le recordó el paramédico antes de irse y el asintió, pero no
era así como lo sintió. Mientras la entubaban, admiró en su piel blanca las marcas
de los dedos de Jake y se sintió furioso, impotente.

Él, iba a matarla…

Y como la situación era de lo más horrible, no sabía si hubiera preferido encontrarlo


a punto de violarla. ¿Qué hubiera hecho entonces? Sabía que Helga habría peleado
hasta su ultimo aliento pero en lugar de eso, Jake la tenía contra la pared,
presionando su cuello.

¿Por qué? ¿Por qué detener sus impulsos, si todos sabían que quería desvirgarla?

—Vamos, hombre pequeño. —animó Phil. —Dinos lo que pasó, en las noticias
sueltan puras estupideces y luego llamó una señorita idiota, diciendo que la chica
furiosa se intoxicó. —

Arnold asintió con el rostro, miró a todos sus espectadores y confesó.

—Helga es alérgica a las fresas, pero no es únicamente eso lo que le ocurrió… —


los padres de sus amigos lo miraron resueltos, enfadados, curiosos, desesperados
e indignados. Esperaban respuestas a sus demandas, pero suponía que parte de la
madurez, tenía que ver con no ponerse a pegar de gritos contra un adolescente que
tenía pinta de sostener sobre sus hombros todo el peso del mundo.

—El sujeto que golpeó a Eugene con la bola de béisbol trató de asfixiarla.

225
—¡Santo Dios!—gritó Dedee Horowitz cubriendo su boca con ambas manos.

—¿¡Pero por qué!? ¡¿Qué hicieron mi hijo y esa muchacha?!—inquirió Nate,


sumamente alterado.

—Eugene, no hizo nada. Como supongo le habrán comentado, nosotros estábamos


en uno de los jardines escuchando a Helga recitar poesía. Ese ataque, creería yo,
estaba destinado a ella o a mi.

—¡¿Pero cómo es posible?!—gritó Ethan, apartando celosamente a su hija. Sheena,


le pidió que se calmara. Sus amigos, no eran malas personas.

—Verán, el agresor está obsesionado con Helga y desde hace una semana yo…soy
su novio…—cerró los ojos dejando escapar una pequeña lágrima. Temblaba, pero
suponían todos que no era consciente de estarlo haciendo, la palidez de su rostro,
además de la tortura que veían en sus ojos, evocaba lo mucho que le importaba esa
chica. Se sintieron mal por él, furiosos en general pues no veían al "Gran Bob" o a
la "Durmiente Miriam" por ninguna parte.

Arnold, resopló de nuevo y se dirigió a sus amigas.

—Cuando ustedes se llevaron a Eugene, nosotros fuimos llamados a la Dirección,


declaramos lo mismo que acabo de decir ante el Director, perdimos hora y media de
nuestro tiempo intentando explicar la situación, luego nos separaron y perdimos a
Helga.

Sé que no van a creerlo, —comentó mirando ahora a los padres. —Pero el Director
Owen está de parte del agresor. Su padre es influyente, desconozco la posición que
tenga pero creo que pretende tomar la Alcaldía…—los adultos estaban sumamente
impresionados. Sabían de las futuras elecciones, de la posición vulnerable de su
poblado, la economía cayendo y los gastos en aumento pero jamás creyeron que la
educación o seguridad de sus hijos se verían comprometidas a causa de estos
hechos.

—Owen debió intimidarla, convencerla de alguna manera de reunirse con él.

—No…—sollozaron Sheena y Patty, ambas se tomaban de las manos, mientras


miraban al rubio que no había terminado de hablar.

—Señores Horowitz, Helga es ruda, irascible. No escucha consejos, ni obedece


razones cuando monta en cólera y toma una decisión pero les aseguro que su
sentido de la justicia no tiene comparación. Ella, adora a su hijo, tengo entendido
que iban juntos a obras de teatro, musicales, cine y demás. —los aludidos asintieron.
La recordaban de esas salidas, nunca formal, siempre con jeans deslavados y
zapatos deportivos. No obstante, tomaba el brazo de su hijo como toda una dama y
ambos partían tarareando o bailando en dirección del lugar del evento.

—Ella encaró a Jake para defendernos, el Director Owen le sugirió a Gerald que los
ataques no se detendrían hasta que el agresor tuviera lo que quisiera.

—¿Y asesinarla es lo que quería? —inquirió Prudence, colocándose por delante de


Patty como si con eso pudiera proteger a su hija de todo lo que malo que sucediera.

226
—No….—respondió Arnold. —No creo que esa fuera su idea, en los pasillos de la
escuela se rumoraba otra cosa, algo que por respeto no diré delante de ellas. —
Ethan Shane tiró del brazo de su hija y Prudence Smith hizo lo mismo con la propia,
las abrazaron de manera protectora haciéndose a la idea pero sin creer en ella.
Arnold se volvió hacia sus abuelos, ambos habían permanecido todo este tiempo en
ceremonioso silencio, los músculos tensos, la posición recta.

—Abuela, la grabadora que le diste a Helga la llevaba consigo, pienso que grabó
una declaración, de alguna manera debió obligarlo a confesar su intención.

—Pero, entonces…—interrumpió Nate.

—Ese sujeto la descubrió y…—prosiguió Ethan, temblando de pies a cabeza.

¿Desde cuando su pueblo se convirtió en esto? ¿Comenzó cuando se expandieron?


¿O sucedió al permitir la entrada de tantos extranjeros? Con toda seguridad, si. De
las familias fundadoras ya quedaban muy pocas, ellos constituían a gran parte de
ellas pero cuando sus hijos entraran a la Universidad, sabían que se irían.

Hillwood se perdería, se convertiría en una Urbe Cosmopolita y el resultado de


eso ¿Era esto?, negó con el rostro mirando al mas viejo y sabio de ellos. Phil
Shortman le sostuvo la mirada y ultimó.

—Perdió el control. —la oscuridad en sus ojos denotaba lo convencido y ofendido


que estaba por llegar a esa resolución.

—¿Y a todos esto, tú dónde estabas Arnold?—preguntó su abuela, los brazos


cruzados a la altura del pecho, la mirada recelosa por no decir que furiosa.

—¡Buscándola! hice todo lo posible para…—su abuela lo abofeteó, ante la atenta


mirada de todos.

—¡No se hace lo posible por los que amas, se hace lo imposible! ¡Eleanor arriesgó
su vida y no creas que porque te quiero, no voy a golpearte de vez en cuando! ¿Ese
sujeto del que hablas tanto, lo atraparon?

—Si…cuando subí a la ambulancia con ella, Jamie'O y Harold lo estaban


esposando, él está bien por cierto. —Patty agradeció el comentario sobre su novio
y se soltó un poco del agarre de su madre.

—¡Más les vale que lo tengan bien vigilado o yo misma iré a acabarlo!—bramó la
abuela para satisfacción y gratitud de todos.

—Bueno, si ya sabemos todo lo horrible. ¿Horowitz y esa chica, están bien?—


preguntó Phil, sin poder retrasar por más la pregunta.

—No lo sabemos. —confesaron los padres de Eugene. —Él ha tenido algunas


intervenciones quirúrgicas anteriormente, es propenso a los accidentes pero nunca
pierde…

227
—El buen humor y la fe. —comentó Sheena, esperanzada a que estuviera bien. La
misma enfermera de antes, se acercó de nuevo, sosteniendo en los brazos una
carpeta con documentos.

—Disculpen que los moleste, pero ¿Ustedes son familiares de Helga Pataki?

—Si, lo somos. —respondió Gertrude.

—¿Son familiares directos?—insistió nerviosa, pues hasta donde entendió, el rubio


que llegó con ella era su novio.

—Por supuesto, es la futura esposa de nuestro Arnold.

—¡A…abuela!—gritó el chico ruborizándose por completo. Sus amigas sonrieron,


los otros padres no supieron como tomarse ese dato.

—Lo siento, pero necesito a sus padres o alguien que tenga su historial médico.

—¿Por qué? ¿Le pasó algo malo?—preguntó Arnold, desesperado.

—Ella, continúa en observación. Eugene Horowitz, está por ser transferido a piso, si
quieren pasar a verlo el enfermero Massett puede conducirlos. —Nate y Dedee se
apresuraron a seguirlo. Sheena suspiró, llorando de alivio, gesto que no pasó
desapercibido por su padre y como ya eran demasiadas emociones por un día
decidió que podían acompañarlos. Seguro llegaban a algún acuerdo para que todos
tuvieran un momento con el jovencito. No iba a leerle la cartilla de "tocas a mi hija y
te tiro los dientes" pero algo se le ocurriría. Patty y su madre acudieron también,
después de todo llevaban horas en la sala de espera por él.

—¿Tienen alguna forma de contactar a sus padres? —insistió la enfermera. —Los


teléfonos que nos proporcionó la escuela se encuentran desconectados y es de
suma importancia que sepamos si hay algo más a lo que sea alérgica.

—Yo le puedo ayudar con eso. —interrumpió una nueva voz. Reba Heyerdahl venía
llegando en compañía de Phoebe y su esposo Kyo.

—Nosotros somos los tutores temporales de la Señorita Pataki, tenemos su historial


médico…—acotó el Señor Heyerdahl acercándose al mostrador junto con su
esposa, la enfermera y los abuelos Shortman.

—¿De verdad lo tienen?—preguntó Arnold acercándose a su amiga.

—Si, la única vez que se "intoxicó" teníamos tres. Sucedió en un restaurante familiar,
sus padres estaban distraídos con Olga, no recuerdo los detalles, tan solo sé que
su madre la dejó en la mesa con sus panqueques, tenían mermelada de fresa

228
además de jarabe de maíz. Ella estaba comiendo sin meterse con nadie, todo normal
hasta que de pronto ya no podía respirar.

Bob y Miriam hicieron todo mal porque no sabían de su alergia, creyeron que se
ahogaba con un pedazo de pan así que su reacción contribuyó a que se pusiera aún
más mal. Nosotros estábamos a unas mesas, mi madre es médico, así que llamó a
una ambulancia.

¿Puedes creerlo? Reacción alérgica y no tenían ni idea. —él bufó en contestación.


No sabía como sentirse al respecto.

—¿Recuerdas mis exabruptos en casa de Gerald? —preguntó un poco más


animada. Él asintió, mirando a la asiática que tenía el rostro inflamado de tanto llorar.
—Herencia materna. —comentó. —Mi madre se puso como loca, exigió que le
hicieran análisis completos a esa pobre niña y guardó una copia. Esos datos se los
ha ido actualizando el hospital bajo sospecha de maltrato familiar.

—¿Lo dices en serio?—preguntó impresionado.

—¿Por qué habría de mentir? Pero no es para tanto, si me permites continuar. Al


año siguiente, coincidimos en el jardín de infancia. No supe si me recordaba o si se
sentiría incómoda de que supiera lo descuidados que eran con ella pero en lugar de
eso, Helga se convirtió en mi guarda. No hubo un común acuerdo por si alguna vez
llegaste a pensarlo, de aquel incidente jamás hablamos. Solo comenzó a sentarse
junto a mi en silencio y el día que alguien más grande (porque ambos sabemos que
todos en la escuela eran mas grandes y fuertes que yo) trató de hacerme algo, ella
lo puso en su lugar y comentó:

"Ahora estamos en paz, hermana"

Phoebe se abrazó a sí misma y rompió a llorar, sus gafas estaban sobre el cuello
de su camisa y no frente a su cara. Suponía Arnold que de tanto llorar, le estorbaban.

—Desde entonces ha sido mi hermana, Arnold. Ha estado ahí para mi, aún si
parecía mi jefa y yo su secuaz. Se exactamente por qué se enamoró de ti, aunque
después de un tiempo hasta a ella le pareció una exageración.

—¿Por qué lo dices?

—¿No te parece obvio? Ahí estabas tú, un completo extraño por segunda vez en su
vida, preocupándote por ella. ¿Pero, dónde estaban sus padres? ¿Dónde estaban
los que se supone que deberían procurarla?

—Me golpeó…—comentó, aligerando la carga emocional, recordando aquel día, ya


no con molestia, ni intriga, sino con pena.

—La hiciste sentir incómoda, vulnerable. A decir verdad, en ese entonces, de verdad
te odió…—Phoebe limpió su cara con manos desnudas y volvió a ajustarse las
gafas. —¿Cómo iba a saberlo? con unos padres como esos. ¿La diferencia entre el
odio y el amor?

—¿Tú se lo enseñaste?—la pelinegra negó, mirándolo a los ojos.

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—Traté, pero ya sabes lo terca, insufrible e inteligente que es.

—¿Solo, lo descubrió?

—Yo diría que lo sintió, un día te miró diferente y comenzó la "diversión"

—En serio, creí que me odiaba…

—Claro que lo hace, mi abuela siempre decía "Phoebe, si odias a alguien cásate
con él, no hay peor tortura, ni mayor victoria que esa"

—¿Entonces, odias a Gerald?—inquirió con algo de sorna.

—Con todo lo que soy…

—¿Escuchaste la cinta? —preguntó cambiando abruptamente de tema. —¿Qué


está pasando en la escuela?

—No lo sé, me convertí en "Myrtle la Llorona" cuando los vi partir. Gerald, Rhonda
y Jamie'O la oyeron, después me la dieron a mi. Sé que es parte de evidencia y que
no debería tenerla, pero insistieron en que tú la oyeras. —Phoebe rebuscó entre sus
cosas y hasta ahora, Arnold era consciente de que llevaba el bolso de Helga, extrajo
la grabadora y la presionó entre sus manos, luego lo miró a los ojos con dolor y
súplica.

—Antes de oírla, te pido que me digas exactamente lo que pasó con Helga.

—Phoebe, no creo que debas…

—¡Por favor! ¿Sabes por qué me dejó este bolso? —el rubio negó, ella quiso llorar,
pero se controló. —Estábamos en una horrible tienda de segunda mano porque a
Helga le encantan las "cosas con historia" como tu casa, tus abuelos,
básicamente, todo tú.

Buscábamos, de hecho el relicario en forma de corazón y yo la vi. Me gustó el corte,


el diseño, me acerque y pregunté a la empleada si era el único color disponible.
Cosas de chicas, una especie de pacto que desespera a Gerald porque si
encontramos algo que sea pieza única y de color "rosa" automáticamente pertenece
a Helga, si es "azul" me pertenece a mi y como intuirás, se lo quedó ella. Yo no lo
quería exactamente para mi, pensaba en mi madre que en ese entonces tomaba un
diplomado y requería un bolso para guardar sus informes pero no se lo dije, insistí
en que por una vez me dejara tenerlo, pero su respuesta fue.

"Cuando me muera, podrás tenerlo"

Helga no juega con eso, Arnold. Ha estado toda su vida danzando con la muerte
porque sus padres la aterrorizaban y si no creía morir a manos de Bob, creía que
Miriam se mataría. Así que si me lo dió es porque en el fondo ella creía…

—Helga, no va a morir.—interrumpió el discurso de la joven asiática. Sus rostro una


vez más estaba rojo, sus mejillas inundadas de llanto y aunque quería compartir el
sentimiento. A lo único que se pudo aferrar fue a lo que le dijo.
230
Helga era fuerte, él sabía que era fuerte, más que él, más que todos.

Tomó a su amiga de la mano y la arrastró a una habitación más privada, cuarto de


limpieza o eso parecía la diminuta estancia. Le relató lo sucedido en la escuela, la
forma en que la encontró y luego Phoebe retrocedió la cinta en la grabadora y le dio
play.

Sonidos de agua cayendo hicieron saber a ambos que estaba en un cuarto de baño
y que lavaba sus manos además de su cara. Arnold supuso que comenzó a grabar
durante los minutos que pasó "desprendiéndose de sus vendas"

Lo siguiente era una breve conversación entre ellos, algo privado y sentimental.

Le dejaba su "corazón" el relicario de oro para que no fuera a perderlo.

Se sintió mal por no darse cuenta, por caer en su trampa y es que ella siempre había
sido la maestra de las trampas. ¿Por qué no desconfió al verla tan calmada? era
obvio que algo tramaba y la cinta avanzaba hasta la parte en que el director los
corrió a todos y se encerró con ella.

—¿Le ofrezco un vaso de agua, goma de mascar, café?—inquirió Michael Owen


muy atento.

—¿Qué tal una explicación?—sugirió.

—¿A qué se refiere?

—¿No lo recuerda? Hace diez meses aproximadamente me senté aquí y le hablé


de Jake Cabot, específicamente su expediente personal y las partes que hacen
referencia a su historial de violencia y orden de restricción por parte de su ultima
novia.

—Oh, si. Ya viene a mi memoria.—el sonido de un cajón siendo abierto, además del
de un encendedor haciendo fuego, les dio una imagen de la escena completa. Owen
dio una profunda calada a su cigarrillo, Helga se aclaró la garganta.

—Recordará que nada de eso le importó, salvo amenazarme con expulsión por
hackear la red de la escuela e inmiscuirme en cosas que no me interesan.

—Eso sigue siendo delito, señorita Pataki

—¿Y comprometer la seguridad de sus estudiantes, qué es?

—¿Me acusa de algo en específico?

231
—Diría que de no cumplir su deber, pero acabo de notar que sí lo hizo.

—¿Perdón?

—Creo que después de que vine, usted se reunió con él, charlaron, se convirtió en
su paladín...—Owen soltó una carcajada, la rubia ni se inmutó.

—Sigue teniendo una imaginación muy vívida, señorita Pataki.

—¿No está apoyando a Cabot para las elecciones?

—Es un país libre y la escuela se beneficia de aquellos que pretendan la alcaldía.

—¿A cambio de qué?

—En este caso específico, usted. —Helga vació sus pulmones, no obstante no hubo
temblor en su voz.

—¿Yo?

—Como bien menciona, en aquel entonces pude expulsarla pero jamás encontré a
sus padres. James Cabot, por el contrario se reunió conmigo y me hizo saber
lo delicado de su situación.

—¿¡Mi qué…!?—inquirió comenzando a notarse furiosa.

—Ah, ¿Es que no lo sabe? Si continúa estudiando aquí, se debe únicamente a la


intervención del padre de Jake. Sé que está sola señorita Pataki, lo que constituye
un delito y debí reportarla hace mucho. Pero no lo hice porque "favor con favor se
paga" y es hora de que usted pague.

—¿¡DE QUÉ DEMONIOS…!?—gritó, levantándose de su asiento y golpeando con


el puño sano el escritorio.

—Ah, ah, ah…—reprendió el hombre. —Cuide sus modales y por favor no se haga
la inocente. Tengo el testimonio de varios muchachos que dicen que usted fue a
buscar "al Diablo" a los vestidores.

—¿¡QUÉ!?

—También tengo testimonio de jovencitas que aseguran que lo ha perseguido,


seducido e invitado en los lugares menos apropiados.

—¡Yo, jamás…!

—Ahhh, pero lo acaba de hacer. Su "declamación" de poesía, besarse


apasionadamente con su "novio" en un área pública, le da mala reputación,
cuestionable, sin lugar a dudas. —Arnold sudó frío al escuchar esto último. Volvió a
sentir que era su culpa. Solo suya y de nadie más.

Él le sugirió que se relajaran, él la besó, él la inspiró a recitar poesía.

232
—¡ME ESTÁ DICIENDO ZORRA!—gritó histérica.

—Le estoy diciendo que vaya a buscar a Cabot o el siguiente afectado podría ser
él...

Arnold P. Shortman, diecisiete años, hijo único de unos padres que ni siquiera se
encuentran en la ciudad, sus abuelos son adultos mayores, demasiado ha decir
verdad. ¿Usted considera que estarían en condición de soportar alguna clase de
tragedia? —Helga ahogó un grito y volvió a dejarse caer sobre la silla frente al
escritorio. La grabadora debía estar en su pecho o demasiado cerca de su corazón
porque tanto él como Phoebe, sintieron el temor creciendo en su interior.

—¿Lo dice en serio, Director Owen?

—La puerta está ahí, cuando esté lista se puede ir… —Helga volvió a vaciar el aire
de sus pulmones, buscó algo en su bolso, probablemente en aquel momento le
escribió el mensaje de texto.

—Me jura que si hago lo que quiere se detendrá…—Arnold y Phoebe se miraron


entre sí, la asiática volvía a tener lágrimas en los ojos, pero ya no de dolo, sino de
rabia.

—Se lo pondría por escrito, pero eso está por encima de mi capacidad.

—Supongo que entonces, puedo dejar mis cosas aquí…

—¿Quiere que se las de a alguien en particular?—Helga bufó, sensiblemente


nerviosa. Ninguno de los oyentes admitía de donde sacó tal fortaleza, pero lo sabían.
Vivir con sus padres la convirtió en una mujer de lo más asombrosa.

—Phoebe Heyerdahl…—la aludida tembló de cabeza a pies. Su nombre dicho como


un susurro, una disculpa, quizás hasta despedida. Arnold preguntó si necesitaba
una pausa pero se negó. Su amiga arriesgó su vida. ¡Ese canalla del Director la
puso entre la espada y la pared, sin remordimiento alguno, ¿angustia? Ja! Parecía
que se regodeaba con el sufrimiento de Helga.

A continuación escucharon una puerta siendo cerrada y los pasos, además de la


respiración agitada de la rubia. Camino incierto que les puso los nervios de punta,
Arnold recordó su propia persecución de ella, aunque en ese momento estaba
"pelando" con Stinky, sintió el impulso de golpearlo otra vez, de buscarle pelea a
cualquiera pero ellos eran los pacifistas, los que usaban la cabeza, no instrumentos
de guerra.

—Arnold, Phoebe…—llamó de repente la rubia, arrancando a cada cual de sus más


profundas cavilaciones.

Sé que no van a perdonarme por lo que estoy por hacer pero créanme, lo planee.
Desde que tu abuela me prestó esta grabadora, Cabeza de balón espero la
oportunidad de acercarme a él. Sé que es arriesgado, que podría descubrirme y
hacerme daño pero ya lo escucharon.

233
Yo soy la apuesta segura, la que no tiene nada, ni a nadie. La que está sola y
desamparada pero he ahí la grandeza de su error. Los tengo a ustedes. Arnold, sé
que vas a encontrarme porque siempre has sabido cómo ayudarme. Ninguno de los
dos concibe la cantidad de veces que he querido derrumbarme pero en cada
ocasión, me salvaron.

Phoebs, sabes bien por qué prometí que nunca dejaría que te hicieran daño.

Arnold, tú sabes que te amo...nada más importa, excepto que te amo y tú a mi.
Dijiste hace poco que estamos juntos en esto, que ninguno se aparta y no es eso lo
que estoy haciendo.

Yo voy por el Diablo, tú vienes por mi.

Si las cosas salen verdaderamente mal, no me arrepiento de nada, salvo de no


haberte besado antes de marcharme. De no haber bajado la guardia antes,
probablemente el número de heridos sería más grande, pero habría sido egoísta y
disfrutado a plenitud de ser tu novia. La entrada de Romeo y Julieta, perdón. La
entrada de "Juliette y Víctor" deberías buscarlos, se guardaron amor por años, uno
socialmente incorrecto porque él estaba casado y ella era una mujer de lo más
cuestionable. Una que no se mordió la lengua o rompió los dedos para declamar su
amor a los cuatro vientos.

Mi tiempo se acaba, así que seré breve…

La respiración de la rubia se había tranquilizado, dejó de correr, lo que quería decir


que ya había deducido, donde se encontraba Cabot.

Te amo, sin importar lo que pase, si me odio o me odias después de esto, yo te


amo…me aferraré a eso para defender mi posición. No solo por ti, sino por todos.

Sabes tan bien como yo, que Gerald no debió ser golpeado, que Phoebe podría
comprometerse porque fue ella quien me enseñó a hacer el hackeo, que Eugene
podría olvidar cada detalle de su vida, perder el pase Universitario, despertar
únicamente con los recuerdos de cuando teníamos nueve años.

Y que todo esto es mi culpa.

Sí, así de terca e insufrible soy. Sigo creyendo que es mi culpa, porque yo lo busqué
y enfrenté.

Ahora debo acabarlo, darle la cara al Diablo.

—Aquí estás…—la voz de Cabot se escuchó, un poco lejana pero clara. Luego
prosiguió un silencio que les caló el alma a ambos.

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Phoebe miraba a la grabadora, Arnold pensaba en ella, intentaba imaginar la
expresión que tendría en la cara. En unos días más no tendría que esforzarse tanto,
Alan Redmond entregó la memoria de su cámara digital a la Policía, él los captó en
el momento que se encontraron, cuando Jake la escoltó al interior de la escuela y
finalmente cuando los reencontró. Él, con sus manos en el cuello de ella, la rubia
aferrándose con todas sus fuerzas, los cabellos sueltos, enredados, ella era luz en
contraposición a él que parecía muerte, sombra.

En la cinta de audio, Jake Cabot volvía a hablar.

—Mírate, amor. Dije que te rompería, que algún día caerías y ya estás a punto de
desplomarte a mis pies.

—¿Eso crees?—preguntó Helga, la voz firme pero Arnold y Phoebe sabían que por
dentro sufría.

—Creo que luces aún más hermosa así, rota.

—Lo que sea que me quieras hacer, sabes que lo soportaré a cambio de ellos.

—¿Ellos?

—Los que viste en el jardín cultural, los mismos que estaban en la entrada de la
escuela hace ocho días.

—Te costará, porque son demasiados.

—Pagaré...

—Entonces vamos, a dónde no puedan encontrarnos…—Jake se acercó a ella, lo


supieron porque su respiración se alteró. Arnold presionó los puños, Phoebe dejó
escapar el aire de sus pulmones. Lo siguiente volvía a ser el sonido de pasos, lentos
y acompasados, luego unas llaves en la cerradura y la voz de Helga.

—Pensaste en todo

—Solo lo esencial…—la puerta se cerraba otra vez con llave, Phoebe quería
ponerse a gritar. Arnold sostuvo su mano para que no lo hiciera, Cabot prosiguió, un
tono fuerte, desapasionado.

—Vi como te besaba…—declaró con una nueva entonación en la voz.

—¿Qué día...?

—El lunes...

—¿Y te controlaste tanto?—sugirió incrédula.

235
—Es que era entretenido, verte caer…—cerca, él estaba demasiado cerca de ella,
lo intuían por sus voces, además de la respiración.

—¿De eso se trata esto?—prosiguió, tratando de ganar tiempo.

—Y de arrancarte las ropas, romperte los huesos, fundirme en tu piel

—¿Por qué yo?—preguntó, intentando sonar firme, pero fue notoria cierta vacilación
en su voz. —¿Qué tengo de especial que no posean las locas que convenciste de
hacerme quedar como una zorra?

—Abandono.

—¿¡Qué…!?—chilló, golpeándolo haciéndolo a un lado.

—Oh, vamos, amor. Sabes tan bien como yo, que nadie va a buscarte…si fuera así,
me habrías detenido desde que te envié los mensajes de texto.

—No me llames, amor

—Te llamaré como me dé la gana. Ahora cumple tu parte o a la siguiente no fallaré.

—¿Admites que fuiste tú quien golpeo a Eugene con esa bola?

—Sí, también admito golpear a tu amiguito de preferencias dudosas.

—¿¡Quién!?

—Johanssen, te defiende más que a su novia. En realidad, lo golpee por eso y lo


haría otra vez.

—¿La ventana de mi casa, el foco de la entrada?

—Bueno, ¿Qué querías que pasara, si tú me arruinaste la cara?

—Cualquiera diría que te ves mucho mejor así

—Es bueno que te agrade ¿Cómo prefieres hacerlo?

—Dímelo tú, ¿Alguna parafilia en especial?

—No te quieras pasar de lista…

—Pero lo soy, contrario de la media común soy bastante inteligente, sé que tienes
una maldita obsesión conmigo pero no por lo que dices. El daño colateral no te
asusta, aún si tuviera padres que se preocuparan y me buscaran, tú seguirías en tu
afán porque tu mente enferma desea desvirgarme. ¿Qué no fue eso lo que sucedió
con tu ex? —acusó. —La encontré en internet, sé que tú la forzaste a tener sexo,
pretender ser tu novia aunque no lo era, y te obedeció durante meses porque tenía
miedo de hablar pero a diferencia de mi, ella no estaba sola.

236
—¡Cállate!—gritó colérico.

—¿¡Es eso lo que me va a pasar a mi!? —insistió. Helga ya no era dueña de sí


misma. La situación la rebasaba, entre la locura y la desesperanza, siguió hablando
sin esperar respuesta, salvación o lo que fuera. —¿Me arrancarás la virtud? Dímelo,
Jake ¿Te calientan las vírgenes, rubias y frágiles?

—¡Basta!

—¡No! porque si es lo que esperas, deberías saber que ya no soy virgen.

—¿¡QUÉ!?

—Has memoria, sé que volviste a mi casa el viernes cerca de las diez treinta de la
noche pero no estaba sola. La silueta que viste tapiando la ventana, quien te vio en
el jardín de mi casa, no era yo sino Arnold.

—Mientes.

—¡Mira lo que le hiciste a mi mano! —gritó abanicando el aire con un movimiento


que le instaló descargas eléctricas de dolor. —¿Crees que tendría fuerza para
realizar todo ese trabajo?

—¡MALDITA SEAS! —en la cinta de audio siguieron gritos aunados a sonidos de


persecución y pelea, Phoebe sintió la sangre congelarse en el interior de sus venas,
aunque otra parte de sí, aplaudió la audacia de su amiga. Arnold se convenció de
que estaba loca. Lo presionó hasta hacerlo perder el control.

Por eso fue que la atacó.

¿Qué era peor en la mente de una chica? ¿Un intento de asesinato o una violación?

¡¿Pero que preguntas tan más estúpidas se hacía?!

Jake la atrapó tomándola de la mano herida y estampándola contra alguna pared,


el grito que soltó su amiga, junto a una risa de satisfacción por parte del otro les hizo
saber que estaba perdida.

—Aún si no eres lo que quiero. —susurró Jake a manera de promesa. —me llevaré
mi premio. Te romperé, en tantos pedazos que no habrá forma de unirlos de nuevo.

—A…arn…—la voz entrecortada de Helga, hizo que ambos cerraran los ojos y se
imaginaran lo peor.

—¿Suplicarás?

—Nun…ca…

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—Entonces, ¿Qué tal un ultimo beso…? Cuando pierdas la conciencia, te
violaré…—Phoebe soltó un grito y se tapó los oídos, Arnold continuó escuchando,
sonidos se succión que obviamente, describían un beso, luego la respiración de
Helga se alteró. No era solo el que ese hombre la estuviera asfixiando, sino algo
más…

—Comió fresas.—comentó a Phoebe.

—¡¿Qué?!—inquirió la morena.

—Jake, comió fresas, la besó y por eso Helga…

—¡Dios mío!

Unos segundos de eso y poco después se escuchaba él.

—¡SUÉLTALA!

La cinta acababa cuando Helga chocó contra él. Phoebe tuvo que volver a quitarse
los lentes y limpiarse la cara, él en serio necesitaba romperle a alguien el alma.

—Arnold… —interrumpió Heyerdahl. —¿Helga puede estar embarazada?

—¡NO! Phoebs, no lo hicimos. Helga, dijo eso para provocarlo, distraerlo.

—No se lo diré a nadie, si no quieres. Pero necesito saberlo. ¡Los doctores deben
saberlo!

—Te lo juro Phoebs. Solo dormimos juntos, nos besamos como locos pero ni ella,
ni yo...—se atragantó las palabras al recordar cada escena y se corrigió. —
¡Llevamos una semana de novios! ¿Qué crees que estamos tan locos?—ella lo miró
de tal modo que sin lugar a dudas quería decir.

"Sí, lo creo. Están locos de pasión y amor desbordante" él se ofendió a


sobremanera, la tomó de los hombros y aseguró.

—Ni siquiera nos hemos...visto sin ropa…—bueno, en realidad, él la vio descubierta


del pecho cuando los paramédicos intentaban devolverle el aliento. Se sonrojó hasta
las orejas y Phoebe supo que lo que decía era cierto.

—¡Esa mujercita me va a escuchar cuando se despierte!—recalcó.

—Lo sé y Gerald seguro que mandó la cinta para recriminar que no le diera la
exclusiva.

—No, Jamie'O la envió para que no fueras a culparte a ti mismo. Helga tomó la
decisión. Nos defendió a todos.

—Y estará bien, le gritaremos juntos por preocuparnos tanto.

—De acuerdo, ahora vámonos

238
.

Fueron de regreso a la sala de espera, ahí el escenario era un poco distinto, rostros
furiosos y distantes. Específicamente los de la madre de Patty y su abuela.

—¿Qué sucedió?—preguntó a su abuelo.

—Prudence contactó al "Gran Bob" viene de camino pero llegará hasta pasado
mañana.

—¿Por que tanto tiempo?

—No está en el país, volvería antes pero parece ser que hará veinte escalas por
todo el globo terráqueo con tal de ahorrarse nueve dólares.

—Genial…—respondió con sarcasmo. Aunque eso no explicaba porque las féminas


estaban tan coléricas.

—Usa tu sentido común, chaparro. ¿Por qué crees que la madre de Patty tenía el
número privado de Bob? Uno que ni la escuela, el hospital o su propia hija conocían.

—Oh…

—Y la vieja bruja de tu abuela está como furia porque claro. Bob no atendió llamadas
de emergencia, pero sí la de una posible cita. —las ganas de romperle la cara a
alguien volvieron. Pero suponía que Helga necesitaba a sus padres, aún si eran
como esos.

—¿Ya saben algo de Helga?—preguntó Phoebe a su madre, Reba le corrigió la


postura y le limpió la cara con su propio pañuelo antes de contestar.

—El medicamento se aplicó correctamente, bajó la hinchazón y sus signos vitales


son estables. No obstante, la pasarán a rayos equis porque no me gusta nada la
forma en que se dobla su mano diestra, también pedí una evaluación del daño a su
tráquea. Ese bruto le dejó marcas de dedos en buena parte del cuello. Tu padre
tiene fotos, claro "es ilegal" porque no hay una orden judicial, ni se han presentado
cargos pero de eso ya se están encargando los Señores Lloyd y Johanssen.

—¿El padre de Rhonda?

—Por supuesto cariño, sabes que es un abogado de lo más respetable y


tu cuñado, tiene renombre también, recuérdame invitar a los Johanssen a cenar esta
misma semana.

—Lo haré.

239
—Entonces, ya quita esa cara. En unas horas más podrás ver a tu amiga, estará
bien. No ha despertado por el medicamento, pero es una chica lisa y bastante fuerte.
¿No lo recuerdas? porque yo si. Básicamente, por eso te dejé ser amiga de una niña
con esos modales y vocabulario.

—Gracias mamá.—Phoebe se abrazó a ella, Reba correspondió el gesto. Se había


servido de su profesión para subir a verla y supervisar los procedimientos médicos
al igual que hizo años atrás cuando se intoxicó. Seguía odiando y maldiciendo
secretamente a sus padres pero reconocía que había sido buena para Phoebe.

Su hija era demasiado reservada y solitaria algunas veces, Pataki la animó,


invitándola a salir todas esas veces y hasta apoyando su relación con Gerald.

Sheena y su padre bajaron poco después, la hora de las visitas se había terminado
y como era un hospital y no un hotel, las enfermeras exigieron la presencia
únicamente de los familiares directos, la castaña estaba decepcionada y dolida por
eso.

—¿Cómo está?—preguntó Arnold.

—Despertó, reconoció a sus padres pero preguntó ¿Por qué estaban tan grandes?
cree que tiene doce años, los médicos aún no saben cuanto tiempo durará esa
pérdida de memoria.

—Lo lamento…—comentó sincero.

—Yo también…—su padre que no toleraba por más tiempo esta situación, insistió
en llevarla a casa. Si necesitaban algo, estaba en su teléfono móvil. Prudence se
despidió también aunque no pudo evitar las miradas de fuego que le dirigió Gertrude.

—Puede que seas una mujer respetable ahora, Gertie pero te recuerdo quien de las
dos administraba un burdel.

—Eran tiempos de guerra.

—Estos también.—la señora Smith se fue con su hija por delante. Patty conocía la
historia, no le enorgullecía la doble vida de sus padres pero tampoco era quien para
juzgar.

—Nosotros, igual nos vamos. —anunció Kyo Heyerdahl. —No se preocupen por
nada, llevaremos las fotografías y reportaremos el estado médico de ambos chicos
a la policía. Ustedes solo velen por ella, al igual que los Horowitz se ocuparán de
Eugene.

—Gracias.

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—Es lo menos que podemos hacer, somos familia. —y dicho esto estrechó la mano
de Phil Shortman y salieron.

CAPÍTULO 16

La noche comenzaba a caer fría y silenciosa cuando una persona más se unió a la
escena. Su padre entró atropelladamente, asustando a los de seguridad y a un par
de bonitas enfermeras que venían pasando por la puerta principal. Estaba sucio,
acelerado y hablando en español porque claro, su uso del idioma natal era algo que
solía olvidar cuando regresaba a casa. Él se levantó de su asiento e inmediatamente
fue a impedir que lo sacaran a golpes y juramentos.

—¡Arnold!—el antropólogo se abrazó a él antes de que pudiera decir. "No es un


vagabundo, drogadicto o en absoluto peligroso. Se trata de mi padre, quien por cierto
es investigador y vive en alguna selva perdida de Centro América" —correspondió
el abrazo. Sus abuelos hicieron las presentaciones para que los de seguridad
bajaran la postura defensiva y las enfermeras se relajaran.

—Dios, que susto me has dado. ¿Por qué no hay nadie en casa? ¿¡Qué sucedió!?
—lo despegó de su lado y comenzó a inspeccionarlo como si tuviera tres y no
diecisiete años. Él permitió el escrutinio porque en serio, tenerlo frente a él parecía
un sueño.

—E…espera, papá.—se quejó cuando aquel parecía dispuesto a contarle hasta los
lunares de la espalda con tal de asegurarse de que estaba bien. ¿Qué haces aquí?
—preguntó luego de que Miles se quitara la bolsa de viaje y sonriera con una
perfecta hilera de dientes blancos.

—¿Qué, qué hago?—Miles saludó y abrazó a sus padres antes de continuar


charlando.

—¿¡No te has bañado en dos meses o tres!?—gritó Phil

—Y diría que seis. —confirmó Gertrude, pero el aludido ni se inmutó.

—Me bañé…—respondió animado haciendo cuentas de manera mental. —A inicios


de semana, cuando comenzó a caer ceniza blanca del volcán.

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—¿Qué?—preguntó Arnold, preocupado y mirando a los lados. —¿Dónde está
mamá?

—Stella se quedó en el campamento, Arnold. El volcán parece haber despertado y


sé que no te gusta escucharlo pero los sabios creen que tú tienes que ver con eso.

—¿Pero, cómo…?—se sintió intimidado, tanto que estaba a punto de tirar de sus
cabellos y ponerse a gritar.

¿Su relación con Helga despertaba la furia del volcán? ¿Los sentimientos que tan
celosamente guardaba por ella? ¡Porque si era así, estaban jodidos! ¿Lo oyeron?
¡J-O-D-I-D-O-S! Sus sentimientos por esa mujer eran tan intensos que en el
transcurso de los últimos días, ni siquiera él había logrado dormir. Veía lo que se
hacía, era consciente de lo que todos reclamaban y decían más su amor no parecía
ser suficiente.

Sus palabras, preocupación, los consejos y súplicas…

Helga parecía indiferente a todo él, excepto cuando se besaban. Cuando sus labios
entraban en comunión y ella bajaba todas sus defensas y le permitía acceder a más
de su boca. Solo entonces, en los diminutos instantes que la apretaba contra su
pecho y la sentía suspirar sobre la comisura de sus labios, sabía que seguía siendo
ella.

Y estando ahí, enamorada de él, entregada a él, siendo de él…

Su padre lo arrebató de sus tortuosas cavilaciones, se habían sentado de vuelta en


la sala de espera.

—Porque es cierto, Arnold. ¿Dime sino, qué haces en el hospital? Todo el camino
escuché de dos jovencitos accidentados en tu escuela, vine lo más rápido que pude
con el corazón en un hilo porque los sabios de la tribu también dijeron que lo que
veían en la ceniza del volcán era el preludio a una muerte.

—¡HELGA NO VA A MORIR! —gritó asustando al resto de familiares que


aguardaban en las sillas e impresionándolos a ellos. Miles sonrió, lo mínimo para
aclarar que esa no era su intención. No vino como ave de mal agüero, sólo lo hizo
porque estaban sumamente preocupados por él.

—No tienes que creerlo pero debes admitir que parte de eso es cierto. Tu madre y
yo presentimos de alguna manera que estabas mal.

—¿¡Y la dejaste sola tú también!? —reclamó Gertrude golpeando a su hijo en la


misma mejilla que abofeteó a su nieto.

—¡Auch!

—¡Qué bonita pareja hacen los dos, buenos para nada! —un par de cabezas rubias
miraron al suelo mientras una calva comenzaba a sonreír pero el gusto no le duró

242
demasiado. —¡De qué te ríes, si la culpa la tienes tú! ¡Nunca me dejaste educarlos
con mano dura!

—Pero, galle…—Gertrude, le acomodó su propia bofetada a Phil.

—¡Galletita, nada! ¿Stella estará bien, Miles Shortman?

—Desde luego, ella es tenaz, valiente e inteligente, si percibe verdadero peligro


convencerá a los nativos e irá al refugio.

—Mas te vale. —Gertie le mostró el puño diestro perfectamente cerrado, Miles


levantó ambas manos en son de paz y se escudó por detrás de su hijo. Arnold tuvo
la certeza de que esta vez, las cosas con sus padres eran diferentes porque se
conocían.

Quizás no eran tan íntimos pero ya no eran tres desconocidos.

Él ya no era un bebé tierno, inocente y quizás hasta indiferente por la ausencia de


sus padres. Ellos forjaron una relación, estrecharon lazos cuando vivieron juntos y
por eso dividían sus obligaciones entre el honor, deber y la preocupación por su hijo.
Agradeció infinitamente el gesto, aunque la causante de eso (de estar juntos)
también había sido Helga.

Le resumió a su padre lo que había pasado. Miles se impresionó y en algunas partes


se horrorizó por el relato pero no hubo oportunidad de profundizar en el daño, las
enfermeras recibieron quejas por lo "inadecuado" de su estado y le pedían de favor
que si no era familiar directo de algún paciente, se retirara.

—¡Ya le dijimos que venimos con la futura esposa de nuestro Arnold!—gritó Gertie
señalando a su nieto.

—Y sé que le encantará el detalle pero el hospital no es demasiado grande y las


políticas exigen que sean familiares directos. En este horario, sólo se permite la
presencia de uno.

Y como confirmación a este hecho, el padre de Eugene venía saliendo. Cabizbajo y


cansado, les comentó que tenía que ir a casa, avisar en su trabajo que Dedee se
ausentaría el resto de la semana, preparar comida, ropa, demasiadas cosas.

Los Shortman reiteraron su apoyo para cualquier cosa que necesitara e


intercambiaron miradas duras entre sí. Arnold les pidió de favor que se fueran, su
padre requería una ducha con carácter de urgente y sus abuelos tenían
medicamentos que tomar en la noche, los horarios y nombres estaban pegados en
una hoja blanca junto al refrigerador, las medicinas se guardaban en la primer gaveta
de la derecha, él se quedaría a velarla y si sucedía cualquier eventualidad los
llamaba.

—Siempre me sorprende lo mucho que has madurado, Arnold.—Miles le


desacomodó el cabello y presionó su hombro diestro en señal de apoyo antes de
irse.

—Gracias por venir.

243
—Tu madre también te ama y quisiera estar aquí pero los nativos siempre se han
sentido más cómodos con ella. Si sucede algo extraordinario, por no decir que si
llega a hacer erupción el volcán, es más fácil que le crean a ella que deben evacuar.

—Lo sé…

—Trata de no preocuparte demasiado, las mujeres de nuestra familia son


sorprendentes.

—¿Qué?—preguntó sintiendo cómo se coloreaban sus mejillas por la impresión.

—Puede que el nombre se suceda de padres a hijos pero el coraje, la fuerza y


espíritu, viene de ellas. —Gertrude resopló cruzando los brazos a altura del pecho y
comenzando a caminar en dirección de la salida. Miles le besó la frente, tomó su
maleta del piso y la siguió, Phil se quedó otro poco con él. La mirada dura, el gesto
reflexivo y profundo.

—Mujeres histéricas, neuróticas y locas, Arnold. Esa es la maldición que ha


perseguido a nuestra familia por eones.

—¿También mi mamá?—preguntó porque Stella, siempre le pareció de lo más


normal, calmada y resuelta, él creía haber sacado el carácter de ella.

—¿Si sabes que Stella ya vivía con esos "ojos verdes" cuando tu padre
"accidentalmente" se tiró a sus pies?

—Si…

—¿Te parece que una persona normal abandonaría la civilización para vivir entre
un montón de…?

—Ya entendí.—interrumpió.

—Saluda a la chica furiosa de nuestra parte, dile que Gertie nos golpeó a todos en
su honor.

—Lo haré.

—Y toma esto. —le extendió un reproductor de mp3 que llevaba en el bolsillo


izquierdo del pantalón, era un pequeño cuadrado de color rosa con audífonos
igualmente rosas. —Geleanor dijo que si "algo" llegaba a suceder te lo diera.

—¿¡Qué!? ¡Abuelo, tú…!—gritó a punto de derribar a su abuelo y recriminar a puño


cerrado hasta quedarse sin voz.

—Sí y tú también lo sabías. Toda la semana se la pasó actuando extraño y ambos


hicimos lo que mejor sabemos hacer cuando esas mujeres indómitas hacen de las
suyas.

—¿Nada?—inquirió con el corazón encogiéndose en su pecho. Phil negó mirándolo


a los ojos.

244
—Confiar en su demencia y después actuar. Supe por los paramédicos que llegaste
a tiempo justo de impedir que la asesinaran.

—Aún así…

—Nada, chaparro.—lo miró a los ojos y le desacomodó aún más el cabello. —¡Tú
eres el hombre milagro! ¿No es cierto? Esos ojos verdes creyeron que Geleanor
moriría y no fue así. Sube a su habitación, intimida o golpea a quien tengas que
enfrentar pero entra a su habitación y quédate con ella.

—Sí

—Sostén su mano, susúrrale al oído, hazle saber que estás cerca, nada les gusta
más que saber que estás cerca.

—Gracias... —se hubieran abrazado pero entonces los sorprendió el increíble


rechinar de unos neumáticos y el grito histérico de su padre suplicando a su madre
que por favor lo dejara conducir a él.

—¡Pamplinas! ¿Cuando fue la ultima vez que condujiste un auto Tex?

—¡Esta mañana! ¡STELLA ME PRESTÓ EL AUTO ESTA MAÑANA!

—¡Ni siquiera tienen autos en esa selva!

—¡E…es un jeep! La fundación nos aumentó el presupuesto, nos permitieron tener


un auto y montar equipo más sofisticado.

—Tonterías…

Los vio partir, afortunadamente con su padre al volante y poco después se quedó a
solas con sus pensamientos. El reproductor de mp3 siendo presionado en el interior
de su mano. Quería entenderla, imaginarla, conocerla pero lo cierto era que Helga,
constituía para él todo un misterio.

Era un lobo solitario. No, más allá de eso, tenía la certeza de que no importaba lo
que le sucediera, como si fuera reemplazable, como si nadie notara su ausencia.

Era una mujer tonta, cruel y también egoísta, porque claro que él lo notaría. Phoebe,
Gerald…, todos sentirían su ausencia y la extrañarían. (Él ya la estaba extrañando
con sus modos arrebatados, su arrogancia y voluntad férrea) los brazos alrededor
de su cuello, sus labios abiertos presionando, humedeciendo y abriendo los
suyos…reprimió una lágrima traicionera a la vez que la tía de Sheena, (antigua
enfermera de la P.S 118) Shelley, se acercaba para informarle que ya podía subir a
verla.

245
—Disculpa que tardara tanto en buscarte pero tenemos políticas bastante estrictas.

—No importa, ¿Helga se encuentra bien?

—Si, despertó por espacio de algunos unos minutos, estaba asustada y confundida.
No obstante, logró preguntar por sus padres, ¿Bob y Miriam?

—Así es…

—Se volvió a dormir por el medicamento y su pocas defensas.—él se sorprendió por


esto último. Tenía entendido que estaba comiendo mejor en los desayunos y cenas
con él y sus abuelos.

—Tranquilo, podría ser a causa del estrés que su cuerpo no esté resistiendo,
recomendamos tenerla una semana en observación.

—¿Tanto tiempo?

—Tiene heridas de cuidado en la tráquea, puede que al principio le cueste trabajo


hablar, comer y beber, también hay fisuras en los metacarpos primero y quinto,
suponemos que el agresor la sujetó del puño con demasiada fuerza y dada la
naturaleza del ataque, quisiéramos hacer también una valoración psicológica.

—Entiendo…—alcanzaron la puerta y Shelley le entregó un gafete de personal


autorizado.

—Vas a tener que quedarte muy callado porque en teoría, sólo los familiares directos
y mayores de dieciocho años pueden quedarse con los pacientes.

—Gracias.

—Si despierta de nuevo, dale mis saludos y la gratitud de Sheena.—esto ultimo lo


comentó con un poco de recelo en la voz.

—¿Perdón?—inquirió intentando descubrir su verdadera intención.

—Mi sobrina está perdidamente enamorada de Eugene y por lo que entendí. ¿Tu
amiga lo defendió, cierto?

—No es mi amiga, es mi novia y ese golpe no era para Eugene, sino para mi…—
Arnold entró en la habitación sin esperar respuesta porque Helga, hizo todo eso por
él.

El Director lo amenazó directamente a él, mencionando incluso a sus abuelos y


Helga debió tomar la decisión.

Si, era un plan. Uno que llevaba cinco días tratando de desarrollar pero no lo hacía,
porque tenía miedo.

Miedo de los riesgos, de las consecuencias, de no ser egoísta y disfrutar plenamente


su amor.

246
La vio recostada en la cama de barrotes metálicos y sábanas blancas, sus cabellos
caían desacomodados alrededor de su cara, la muñeca diestra la llevaba enyesada
reposando en un cabestrillo, la izquierda surcada por una intravenosa a través de la
cual le suministraban medicamento, el cuello lo llevaba igualmente vendado,
agradeció no tener vistas de los dedos de Jake en su pálida piel porque de ser así,
estaba seguro de no poder soportarlo.

Sintió un par de lágrimas calentando su cara tan pronto como se sentó en la silla
junto a la cama, lo suficientemente cerca como para poder culparse y contemplarla,
buscó en los bolsillos de su pantalón varias cosas, el relicario de oro, sus placas
metálicas (los cuales se colocó en el cuello) y finalmente el reproductor de mp3.

—¿Qué más quieres que escuche, Helga? ¿Poesía? ¿Que no fue mi culpa? ¿Que
seguimos juntos a pesar de que todo lo has hecho tú sola? Phoebe dice que toda tu
vida has danzado con la muerte. ¿Entonces, son viejas amigas y por eso decidiste
que estaba bien hacerle una visita? —preguntó todo eso a su "bella durmiente" luego
se puso los audífonos, encendió el reproductor y le dio play.

Guns N' Roses la conocida voz de Axl Rose, le daba las buenas noches y susurraba
un tema que si bien conocía, en este momento no hubiera elegido escuchar.

Don't you cry.

Era una letra preciosa que concedía consuelo en el momento que más necesitaba
tenerlo.

—¿También pensaste en esto?—preguntó a sus ojos dormidos, ausentes, tímidos.

Las letras se desgranaban al compás de la música y sus lágrimas.

¿Que sostenga su mano, abuelo? —se preguntó para sus adentros. —¿Cómo, si no
puedo hacerlo? siguió escuchando, lamentando los diecisiete años y que ya no fuera
un chico demasiado enano porque le habría fascinado hacerse un ovillo sobre la
silla, subir las rodillas hasta ocultar en ellas su cara y llorar desconsolado a pesar
de que lo que quería Helga, era que no llorara.

Háblame suavemente,
Hay algo en tus ojos,
No bajes la cabeza tristemente,
Y por favor no llores.

Sé cómo te sientes en el interior,


Yo he estado ahí antes.
Algo está cambiando dentro de ti,
Y no lo entiendes.

No llores esta noche,


Todavía te amo, nene.
No llores esta noche,
No llores esta noche.

247
Hay un cielo arriba de ti, nene,
Así que no llores esta noche.

Dame un susurro,
Y dame un suspiro,

Dame un beso antes de decir adiós.

No lo tomes tan duro ahora,


Y por favor, no te sientas tan mal.
Seguiré pensando en ti,
Y los tiempos que tuvimos, nene.

Y no llores esta noche,


No llores esta noche,
No llores esta noche.

Hay un cielo arriba de ti, nene.


Así que no llores esta noche.

Y por favor recuerda,


Que nunca mentí.
Y por favor recuerda,
Cómo me siento por dentro,
ahora, cariño.

Tienes que hacerlo a tu manera,


Pero estarás bien,
ahora, dulzura.

Te sentirás mejor mañana.


Vuelve con la luz de la mañana, nene.

Y no llores esta noche,


Y no llores esta noche,
Y no llores esta noche,

Hay un cielo arriba de ti, nene.


Y no llores,
No llores nunca.
No llores esta noche,
Nene, quizás algún día.

No llores,
No llores nunca,
No llores esta noche

Se abrazó a sí mismo, dejándolo fluir todo porque honestamente nunca había


experimentado una experiencia cercana a la muerte y ni siquiera era él quien se
moría. Era ella, siempre ella, la que ponía al límite sus emociones.

248
Helga…—pronunció su nombre en un lamento, un susurro, una promesa. No sabía
ni por qué lo decía, por qué le dolía, por qué ese maldito quiso asfixiar y violar a su
novia. Unos golpes sobre la puerta lo intimidaron y sobresaltaron.

Alan también quería saber de ella y no pretendía importunar, tan solo quería hacerle
saber que contactó con su madre y hermana y que llegarían el Domingo por la
mañana, tenían algunos pendientes que resolver antes de tomar el vuelo. Él asintió
aunque sintió un ligero desasosiego porque su padre vivía en una selva a mitad de
la nada y llegó de inmediato.

¿Tan poco les importaba? ¿Servía de algo que vinieran a consolarla o la lastimaría
más que se tomaran su tiempo para buscarla? No lo sabía, pero informar a su familia
seguía siendo lo correcto. Cuando el moreno se fue le dejó en claro que nadie más
llegaría a molestarlos, dio instrucciones a las enfermeras de que nadie entrara a su
cuarto. Él volvió a asentir aunque no se resistió de preguntar por qué le preocupaba
tanto.

—¿Qué a caso no es obvio?—respondió con una sonrisa ladina en el rostro. —Si


no te pones listo, yo me la quedaré.

—Helga, no es un objeto.—advirtió, intercambiando miradas con el que alguna vez


fue su amigo. Redmond le sonrió de nuevo, un gesto en apariencia natural y
petulante.

—No estoy diciendo que lo sea, sólo aclaro mi posición. Ella me gusta más de lo
que crees y si bien no pienso interponerme en su relación, te advierto que si la haces
sufrir o la pones en riesgo otra vez, la cortejaré. —salió por la puerta blanca,
dejándolo con un sentimiento de desazón. Stinky era algo obstinado y arrebatado
en sus pasiones pero en general no constituía un problema, sabía que Helga no lo
dejaría por él o Eugene.

Brainy tenía rato de haberse retirado a su esquina, pero Alan…hasta Phoebe lo


prefería para su amiga y cavilar en eso no le permitió darse cuenta de que la rubia
en la cama estaba despertando.

—Arn...old…—escuchó en un leve suspiro, recompuso su estado con movimientos


tan bruscos que estaba seguro de haberse arañado la cara, Helga no había abierto
los ojos, pero sí humedecía sus labios, él buscó al rededor, había un vaso de agua
en una mesita frente a la cama, se aproximó a tomarlo y acercarle la pajilla.

—Ha…ces…ruido…—susurró ahora sí, mirándolo a los ojos.

—¿Cómo supiste…?—ella no contestó pero lo fulminó con la mirada. Era obvio que
hablar le producía dolor y que la enfermera Shelley le habría puesto al tanto sobre
la ausencia de sus padres. Si no era él, debía tratarse de Phoebe pero la asiática
quedaba descartada por lo estrictos que eran sus padres con sus horarios. Se
disculpó de inmediato por haberla despertado.

—Lo siento mucho, Helga…—la miró a los ojos queriendo transmitir con eso todo lo
que estaba sintiendo. La angustia, desesperación pero sobretodo el amor. Ella
pareció entenderlo, su gesto era el mismo, aunque resultaba doloroso verla tan
pálida, vendada y en una cama.

249
—No...he…muerto…—le recordó, con una sonrisa que intentó ser conciliadora pero
que en su defecto le salió rota.

—Te arriesgaste demasiado…—comentó queriendo acariciar sus manos, pero eran


inaccesibles al igual que su cuello o sus labios.

—Deja…dormir…—recriminó, porque como es natural, detestaba que la viera como


una Princesa.

—Perdón…—se disculpó en un tímido susurro porque le seguía fallando. No sabía


como cuidarla, ni como consolarla. Ella le dedicó una especie de maldición, parecía
molesta, realmente furiosa pero aquello era solo una apariencia. Sonrió,
deslizándose a un lado, sobre el brazo que tenía el catéter. —A…braza…me…

—¿¡Cómo dices…!?—ella ya no se molestó en repetir, hizo un movimiento con el


otro brazo para indicarle lo que quería. Esa cama era tan pequeña como el sillón de
su sala, sabía que "cabían" pero tenía miedo de lastimarla.

—¡Ahora!—ordenó en un tono tan alto que debió lesionarla. Se quitó los zapatos y
se subió a la cama por detrás de su cuerpo, sin mover las sábanas pues otra parte
de su mente señaló la posibilidad de que estuviera…bueno, pues… desnuda. ¿Esas
batas de hospital no eran casi transparentes y según la televisión nunca cubrían
absolutamente nada? ¿Y esa no era la mujer que más amaba en la vida entera? dejó
de pensar idioteces abrazándose a ella. Helga suspiró en agradecimiento y poco
después del silencio, rompió a llorar.

—Ya estás a salvo…—le prometió. —Te tengo y no voy a perderte otra vez…—
Helga asintió, dejando escapar más transparente llanto. Él presionó sus formas,
pegó la frente a sus cabellos, buscó su aroma pero justo ahora a todo lo que olía
era a cosas de hospital. Su perfume se había perdido y no quería ni pensar en la
clase de exámenes que le habrán efectuado. Debió ser duro, humillante si es que
todos tenían por primera idea, confirmar si Jake la había violado.

Eso no pasó, su chica era demasiado lista. Una guerrera en toda la norma.

—Descansa,—sugirió. —Necesitarás fuerzas porque mañana, todos nuestros


amigos querrán asesinarte y pasado mañana verás a tus padres.

—¿Bob…?—preguntó impresionada.

—Sí, tu madre y hermana también…

—¿Cómo…?

—No importa como los encontramos, lo importante eres tú. Jake y el Director Owen
estaban en un error, ¿Sabes eso, verdad? Que no estás sola, que no eres
reemplazable, que nosotros jamás vamos a dejarte.

—Arn…old…

—Mi abuela, me golpeó a tu salud. El abuelo me dio el reproductor de mp3 que le


dejaste, los dos mandan saludos. —comentó con una sonrisa que le hizo cosquillas

250
en la piel y agregó. —No sabía que te gustaba Guns N' Roses, personalmente
prefiero a Metallica, tengo algunos discos que podríamos escuchar
cuando volvamos a casa. —Helga asintió y el continuó hablando porque era eso o
soltarse a llorar porque en verdad se asustó.

No le importaba el volcán, ni los ojos verdes. Le preocupaba su madre pero aún así
no se iba a controlar. Estaba harto de tener que medir sus emociones, de no poder
demostrar lo que siente, porque si la perdía…

Literal, se moriría…—la abrazó más fuerte y siguió su monólogo.

—Debes saber que te amo y te odio por arriesgarte tanto pero eso lo discutiremos
más adelante.—Helga asintió de nuevo, él revisó que estuviera en una postura
cómoda, no quería que se lastimara de más, los medicamentos debían evitar que
sintiera dolor. Y aquí se recordó que todo con ella, siempre era evitar el dolor. La
confirmación de ese hecho le produjo temor, Helga debió sentirlo ya que se
recompuso y habló.

—Quédate...

—No me iré. —le aseguró pero ella negó con un movimiento de rostro, giró sobre la
espalda buscando sus ojos. Los encontró ligeramente enrojecidos por el llanto pero
igualmente hermosos, dramáticos y tan azules como las aguas del mar.

—Siempre…—hubo intensidad en el tono de su voz. Una promesa más allá de los


juegos de niños. Quizás era ese el modo en que Gerald le propuso matrimonio a
Phoebe, porque él sintió que el corazón dejaba de latir al interior de su pecho, pero
al mismo tiempo tenía la certeza de hacerlo.

Despertar todos los días a su lado, quedarse con ella sin importar lo que les trajera
el mañana.

—Siempre…—confirmó, besando su frente pues sentía que la herida era demasiado


fresca como para reclamar su boca, ella se relajó después de eso. Ambos lo hicieron
de hecho, su promesa no obstante, no pudo ser cumplida.

La enfermera del turno nocturno pegó de gritos sobre las once de la noche cuando
los encontró juntos. Casi lo mandan a su casa, pero él era el único acompañando a
su novia y las políticas del Hospital exigían que hubiera alguien con ella por cualquier
situación de emergencia.

—Sólo quédese en su asiento, la intravenosa no debe moverse de sitio y las heridas


en su tráquea…

—Estoy…bien…—aseguró la impertinente paciente a su histérica enfermera.

—La muñeca…—insistió la mujer que debía estar sobre los cuarenta y siete años
de edad. —Helga intentó mover la mano enyesada sin éxito alguno, el cabestrillo
impedía que lo hiciera. No había forma de que se lastimara y cuando él la abrazó,
metió los brazos por debajo de los suyos, estaba aferrado a su cintura, su espalda
y sus piernas.

251
—Si los vuelvo a ver juntos…—reclamó la mujer.

—No volveré a moverme de mi asiento, se lo prometo. —aseguró él como todo un


caballero. Helga sonrió con sorna, como el gato de Alicia o mejor fuera dicho,
"Mantecado" ese peludo endemoniado estaría bastante inquieto. Siempre salía a
recibir a su dueña, trepando por su cuerpo hasta alcanzar su regazo y siseándole a
él como si con ello lo maldijera.

Extrañó a todos en casa, tener a sus abuelos y a su padre cenando en la mesa,


conociendo a Helga, él presentando formalmente a su novia.

Dos días después, el escenario era totalmente distinto.

Los rumores de que tuvieron sexo en su primera cita se extendieron entre los chicos
de Preparatoria como un huracán. Sus amigos no lo creían pero la noticia era
poderosa. Helga conservó el estatus "zorra" se decía entre voces que engatusó al
siempre sereno, confiable y amable Arnold para "atrapar" a Cabot.

—¡¿Cómo es posible que se crean eso?!—gritó Phoebe paseándose por la sala de


Gerald.

—Pueblo chico, infierno grande…—le recordó su novio. Suspirando y sintiéndose


igualmente, fastidiado.

No podía creer la facilidad con que se corrió el rumor, culpaban a Rhonda. ¿Quien
más sino Lloyd para correr el chisme mas jugoso de todo Hillwood? No obstante,
resultaba insultante que creyeran que Helga sería capaz de prácticamente "violar" a
Arnold. Su amigo no se merecía eso, pero bueno, tenían aquel viejo historial de
"abusadora-víctima" que daba bastantes cosas malas de qué hablar.

La versión "extraoficial" era esta: Helga, necesitaba perder su virginidad para


protegerse de Cabot y por consecuente, se tiró a Arnold.

El asunto de su "independencia" lo tenían bien cubierto, los señores Heyerdahl se


mostraron firmes en la Tutoría temporal de la chica, dijeron que no habían notificado
a la escuela porque no lo creyeron pertinente. Robert Pataki seguía pagando sus
estudios y manutención, ellos sólo estaban a cargo de que Helga se encontrara bien.
Reconocieron que debieron prestar mas atención en las visitas que le daban los
fines de semana, dónde sí vieron sus cambios de humor y salud pero lo atribuyeron
a la presión del venidero pase universitario.

Jake Cabot, estaba de camino a una prisión estatal, cumplió dieciocho años el mes
pasado, así que ya podía ser procesado como adulto.

El Director Owen se encontraba suspendido de sus actividades por mal manejo en


su administración, la cinta de audio que grabó Helga, fue presentada y admitida

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como evidencia ya que el mismo Owen le firmó un documento donde la autorizaba
a utilizar esa grabadora para cualquier cosa que "le salvara la vida" dentro del
campus escolar.

—Tu enemiga publica es bastante inteligente, Gerald. —comentó Jamie'O a su


hermano al compartir esto ultimo.

—Ya no somos enemigos, de hecho creo que me está comenzando a caer bien.—
respondió restando importancia al asunto, hojeando algunas páginas ilustradas que
le facilitó Brainy a través de Lorenzo.

El antiguo acosador de Helga tenía habilidades para el dibujo y diseñó una historieta
que si todo salía como lo tenían planeado distribuirían dentro de poco en la
Preparatoria.

Se llamaba "HELL-GA" y trataba de una heroína que era la versión sexy y


superpoderosa del "Terror Pataki" su traje era parecido al de Batwoman, sólo que la
máscara tenía orejas de gato y en lugar de ser rojo, era rosa con negro, la cabellera
rubia y peinada en un montón de bucles que le caían con gracia hasta la espalda
baja. Quería ver la reacción de Arnold cuando viera lo frondosas que eran las curvas
que Brainy le había inventado a su novia.

Se pondría como loco, (peor que él, porque como es natural todo superhéroe
necesita un compañero y Phoebe aparecía como analista de datos y poseedora de
tecnología de punta) Las viñetas que revisaba justo ahora, eran para autorizar el
diseño de su chica: delgada, atlética y sensual pero sin provocar, al contrario de la
protagonista.

Hell-GA, (Golpeadora Anónima del Infierno) era atrevida y coqueta aunque el disfraz
también tenía sus detalles como el emblema en su cinturón que era un mantecado
y su mascota de la vida real (dónde aparecía como una estudiante de cabello corto
hasta la barbilla y ligeramente ondulado) un gato. Pretendían narrar lo sucedido con
Cabot, una especie de "alerta" escolar para que las chicas no se dejaran
amedrentar.

Brainy no comentó si, sí o no pero él le sugirió que de alguna manera incluyera a


Arnold.

"Vamos, viejo. Tú la seguías por todos lados en la escuela, sabes mejor que nadie
que sus súper poderes, le vienen del amor a ese desgraciado"

"Que lo sepa y que suceda, no quiere decir que vaya a reflejarlo en mi historieta"

"Creí que ya lo habías superado"

"Lo superé, pero no la he olvidado. Lee los encabezados de las revistas, Johanssen.
Nunca se olvida al primer amor de tu vida" —roló los ojos y dejó el tema de lado.

253
.

Hasta ahora, ninguno de ellos había reunido el valor de pasar a verla.

A nadie le gusta ver a sus héroes caer. De modo que el sábado se limitaron a visitar
a Eugene y agradecer que su habitación no se encontrara en el mismo pabellón que
la de Helga.

El pelirrojo permanecía confundido, creyendo que tenía doce años y extrañándose


de que todos cambiaran tanto. Aún así se veía feliz, le agradó que él y Phoebe
fueran novios, al igual que Patty y Harold, sobre Sheena confesó, sentirse nervioso
cada vez que la veía.

"Creo que…ella y yo… ¿Ustedes saben si ella y yo…?" —le dijeron que sí. La
morena lo había estado velando de la noche a la mañana, además de que nadie en
el mundo (a parte de su mamá) se preocuparía así por él.

"¿Y desde cuando, es decir cómo…?"—Phoebe le prometió que eventualmente lo


recordaría. No debía presionarse, su cerebro no tenía daños así que lo mejor que
podía hacer era tomarlo con calma.

"De acuerdo. ¿Entonces, esto sucedió en un recital de Helga? No pensé que llegaría
el día en que ella recitara poesía delante de toda la escuela"

"Lo hizo por una ocasión especial"—le recordó Patty.

"Cierto, mi mamá me lo dijo. Celebraban su noviazgo, que extraño que de todos


quien le gustara fuera Arnold"

Phoebe resopló, visiblemente incómoda por el comentario de su novio y es que las


palabras de Cabot le seguían dando vueltas en la cabeza.

"Johanssen, te defiende más que a su novia"

¿Sería cierto? ¿A caso Gerald, guardaba sentimientos de amor por…?

—Hey, ¿En qué piensas, nena?—preguntó el moreno dejando las hojas en la mesa
de centro y volteando a verla.

—N…no es nada…—mintió, pero aquel no se lo creyó.

—Solo digo que podríamos ser amigos, —reafirmó levantándose de su asiento y


yendo a su encuentro. —Salir los cuatro alguna vez, ponerle los nervios de punta a

254
Lloyd, porque tu sabes, el segundo rumor mas jugoso de Hillwood es que ella y
Curly, están por romper. —Phoebe asintió, aceptando más que el roce de sus
brazos, el beso de sus labios.

Recordaba ese rumor del momento en que todo acabó.

Las patrullas de policía, además de la ambulancia entraron a la escuela por la puerta


de atrás. Lorenzo y Brainy los condujeron a la "escena" del crimen (según la
ubicación proporcionada por Alan) dos minutos y medio después una sombra negra
salía de entre los arbustos y un aireado Redmond gritaba a todos que debían
detenerlo. Harold reaccionó por instinto, escuchar lo de Helga, no les sentó nada
bien a ninguno. Saberla desaparecida, dispuesta a todo por vengar a su amigo.

Porque sabían que si alguno de ellos lo haría sin medir consecuencias esa sería
ella.

Se le plantó enfrente e intercambiaron algunos golpes, Jake desveló su identidad al


dejar caer la capucha que le cubría el rostro, luego Jamie'O ayudó a derribarlo y
entre los dos lo esposaban cuando Arnold emergió junto con Helga.

Ella gritó como loca, tirándose al piso y es que la rubia se veía tan mal, totalmente
desvanecida que por un momento se imaginó lo peor. Los paramédicos
reaccionaron dando los primeros auxilios, gritaron que no estaba respirando y como
si estuviera feliz o satisfecho, Cabot tuvo la genial idea de volver a amenazarlos.

Dijo conocer sus rostros, además de sus nombres, mencionó a Rhonda, la morena
seguía firme sobre sus zapatos de tacón pero contrario de lo esperado no fue Curly
quien la protegió con su cuerpo, sino Lorenzo.

Sabían, de sus años en Secundaria que el millonario tenía interés en ella, que la hija
de alta cuna también guardaba sentimientos por él, pero que por alguna razón no
daba su brazo a torcer.

¿Sería que no le gustaba, gustaba? ¿O sus padres no estaban de acuerdo con la


relación?

Dos familias acomodadas, debían celebrar esa clase de unión porque si lo


comparabas con Curly claramente salía perdiendo. Thadeus Gamelthorpe, aún era
excéntrico, ya no tan macabro como antes pues dejó las gafas de montura roja para
usar un par de lentes de contacto, suavizó su sonrisa de aquel gesto grotesco a uno
mucho más amable, el cabello lo seguía llevando corto pero peinado hacia atrás y
suponían todos que Rhonda tenía que ver con su renovado interés por la moda.
Maduró para agradar a su novia.

¿Pero, lo que sentía ella por él, en verdad era amor?

Para ser honestos, sí, estaban juntos todo el tiempo pero siempre era él quien la
buscaba a ella, quien tomaba sus cosas, sus manos, quien le pedía besos que no
concedía pues según la Señorita Lloyd despreciaba las demostraciones de afecto
públicas.

255
El fin de semana romántico (según Nadine) también encontró pretextos para
desairarlo, cenaron en algún restaurante publico, bailaron a la luz de las velas e
intercambiaron obsequios pero en un ambiente que jamás sugirió nada íntimo.

Lorenzo, por su parte. Solía beber con los muchachos y Helga, brindando por el
viejo amor no correspondido. Se parecía a su amiga en ese sentido. Resignado a
ser ignorado, reemplazado, dejado, más cuando Cabot la amenazó la tomó del brazo
y la colocó a resguardo.

Curly ni se movió, para todos la amenaza fue demasiado. ¿Se atrevería? ¿Saldría
de la cárcel? con un padre tan influyente lo creían posible y si era así. ¿A quién
atacaría primero? casi asesina a la más ruda. A su matona profesional, así que todos
se congelaron en su sitio.

Jamie'O le ordenó que se callara y comenzó a leer sus derechos.

La ambulancia tenía pocos minutos de haberse llevado a Arnold y a Helga, ella


siguió sollozando, Gerald se apresuró a ofrecerle consuelo, la abrazó y tranquilizó
como siempre lo hacía. Le prometió que todo estaría bien, Pataki los enterraría a
todos y si por algún motivo algo salía mal, le partiría la cara a la mismísima Parca y
volvería con ellos para seguir agrediéndolos.

—¿A caso creía que Helga se perdería la oportunidad de estar con Arnold? No,
jamás lo haría. Ellos estarían juntos y serían la pareja más vomitiva del pueblo
porque él seguía sintiendo arcadas ante la contemplación de sus besos.

Es verdad, Gerald podría estarse llevando mejor con Helga, pero no la veía
de esa manera.

Ella era una tonta, ridícula, patética y de lo más celosa, aunque él tenía la culpa. Su
historial de novias, jamás la dejaría tranquila. Concluyeron su sesión de besos y se
alistaron para salir.

Desde aquel viernes, ambos habían pasado demasiado tiempo en la jefatura de


policía, declarando lo que sabían, presentando las pruebas que tenían.

El caso fue abierto y estaba en proceso. Contactaron con la ex de Jake Cabot,


Stephanie Brown, corroboró todo lo que Pataki dijo, además de que su apariencia
hablaba por sí sola: chica rubia de ojos azules, piel pálida y bastante guapa. La
acompañaron sus padres a declarar, ansiosos de que por fin se hiciera justicia.

Bob, Miriam y Olga Pataki llegaban esa mañana al hospital y Phoebe quería estar
presente por si se ponían impertinentes.

256
Hospital General de Hillwood.

Pese a las protestas del personal, Arnold permaneció con Helga, las enfermeras no
entendían en qué cabeza cabía que su novio se acurrucara con ella (después de un
ataque que pretendía ser sexual) pero la rubia aclaró que necesitaba sentir su
aliento para poder respirar.

Ningún adulto, salvo los Shortman entendían la profundidad de su relación y aunque


no podían hacer nada para frenar los rumores, sí tenían evidencia médica que
señalaba la virtud intacta de la rubia. Eso relajó los ánimos de todos, especialmente
los de Gertrude que cuando lo escuchó, amenazó con anular la descendencia de su
familia.

Ahora estaban esperando los resultados de su ultima valoración médica, además de


la hora de visita. Arnold estaba sentado con los audífonos puestos, ligeramente
apartado del resto y fue por eso el primero que los vio.

Tres cabezas rubias más una cana que discutía aireadamente con su ex esposa.

—¿¡Quieres calmarte, Miriam!?—gritó con voz firme, Bob.

—¡Es que no puedo creer que trajeras a tu novia!—respondió con lo que él creía
que era una especie de temblor en la voz.

—¡Vine porque me dijeron que algo le pasó a la niña! ¿Cómo querías que supiera
que te avisarían a ti también?

—¿Porque soy su madre?!—respondió a tiempo justo de que una enfermera se


acercara y preguntara quienes eran.

Olga se presentó, haciendo caso omiso del espectáculo de sus padres, anunció que
eran familiares de Helga G. Pataki.

—¿Familiares directos?—la encargada del archivo los evaluó con la mirada, él lo


hizo a la vez y concluyó que su novia estaba en lo cierto. La secretaria de treinta y
dos años con la que se fugó Bob, bien podría pasar por su hermana mayor.

—Si, lo somos. ¿Qué sucedió?—inquirió el gran hombre. —¿Accidente de béisbol,


la atropelló algún auto, la maldita niña decidió imitar a su madre y se tragó un frasco
de pastillas?—la insinuación dio pie a una nueva retahíla de gritos que terminaron
por alterar a sus familiares. Miles intercambió una mirada con Phil y Gertrude, el
anciano tuvo la precaución de tomar a su mujer de la mano e invitarla a tomar un
poco de aire.

—¿Sigues guardando la vieja Glock en la guantera, Phil?—inquirió misteriosa.

—Sabes que volvimos a tomar "prestado" el auto del Doctor, él no tiene armas en la
guantera.

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—Quizás guarde un escalpelo.—salieron por la puerta principal, él se guardó los
audífonos y el reproductor rosado. Helga tenía listas de reproducción bastante
interesantes, como aquella que se titulaba "Todo aquí duele" y efectivamente, todo
en ese track list, dolía.

Otra más se llamaba, "Cabeza de Balón" y era la que escuchaba en ese momento.
Música pop, alegre, romántica y sugerente a más no poder.

"Besos, besos,
es lo que tú y yo tuvimos,
porque no veías más allá,
de esos besos que te dan escalofríos,
mi boca era tu ley"

Suspiró para sus adentros y no tenía idea de qué les diría la del archivo, pero Bob
Pataki entendió todo mal. A mitad de sus "rabietas" una enfermera lo señaló a él
como novio de su hija y más tardó en parpadear que en lo que tenía un par de
enormes manos levantándolo por la fuerza y unos ojos furiosos mirándolo con
desprecio.

—¡¿Así que eres tú el que besó y envenenó a mi hija?!

—¿¡QUÉ!?—como solía suceder en situaciones de emergencia, su cerebro se


apagó y de no ser por su padre, su "suegro" lo habría asesinado. Miles, le sugirió a
Bob que soltara a su hijo y si era capaz de calmarse y comportarse como la sociedad
demandaba durante diez minutos, él le explicaba.

—¿Qué me pretende explicar usted…?

—Miles Shortman, antropólogo. (y esto lo comentó porque en su experiencia había


aborígenes de la selva mucho más educados)

—Robert Pataki, empresario. —Miriam resopló por detrás cruzando los brazos a la
altura del pecho, ella y la "novia" de Bob, intercambiaban miradas recelosas, Olga
por su parte se acercó a él para saber si estaba bien.

—¿Eres Armand, cierto?—preguntó animada.

—Arnold. —respondió, arreglándose la camisa y sin poder disimular ese viejo


bochorno que desde la tierna infancia le provocaba su "cuñada" Aún vestía con
minifaldas, medias a la parte media de los muslos y chaquetas de cuello en "V" que
levantaban su busto de manera excepcional.

—Lo siento, hace mucho tiempo.—Olga lo invitó a sentarse en la misma banca de


hacía un rato. Sus padres charlaban más tranquilos un poco atrás y las "mujeres"
permanecieron a mitad del pasillo destruyéndose con la mirada. Él se sentó y la miró
a los ojos, azules, aunque no tan claros como los de Helga.

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—¿Entonces, son novios?

—Si, pero no fui yo quien la besó…

La explicación de lo sucedido concluyó con una nueva y escandalosa pelea porque


se suponía que Bob, debía quedarse con Helga.

Había mas familiares en la sala de espera, personas que esperaban análisis o


indicación sobre el estado de sus seres queridos y entonces Arnold, ya no logró
soportarlo.

—Si vinieron exclusivamente a pelear, les sugiero que vuelvan a sus casas pero si
les interesa un mínimo la salud de Helga, guarden silencio y siéntense ya.

—¡Tú no nos vas a decir, ni a mi o a mi familia, cómo nos debemos de comportar!—


respondió Bob, listo para volver a tomarlo por las solapas de su camisa.

Miles, se había retirado pues en lo que su hijo perdía el control, la enfermera de


siempre se acercó para comentar que Helga, ya estaba lista para las visitas. La rubia
estaba sentada a la cama, su bata de hospital era blanca con pequeños motivos en
color verde pistacho. Se sorprendió de verlo a él. No que no hubiera subido antes,
pero los dos solos…era un poco incómodo.

—¿Cómo te sientes?—preguntó amable. Una versión perfecta de Arnold adulto, sin


la cabeza de balón pero el cuerpo atlético debido a sus actividades en la selva de
Centro América, se ruborizó un poco antes de contestar. Se sentía bien, le quitaron
la intravenosa y las vendas del cuello, ya podía pasar alimentos sólidos y en general,
sólo esperaba los resultados psicológicos porque sus pesadillas, comenzaban a ser
materia constante y sólo se detenían cuando Arnold, se recostaba a su lado.

—Es bueno saber que se llevan tan bien. —comentó con una sonrisa que en su
momento debió derretir a Stella. Ella sintió que el corazón le daba un vuelco, aún no
podía con todo ese amor fraterno. Le intimidaba, trastornaba. No sabía cómo
explicarlo, pero en general la hacía sentir como una maldita inadaptada.

—¿Bob…?—se atrevió a preguntar, pues hasta donde entendió. Sus padres y


hermana, llegarían ese día.

—¿Hombre alto, fornido, modales de king kong y cabello cano?

—El mismo.

—Habría subido con las que supongo son tu hermana, madrastra y madre, pero se
quedaron con Arnold.

—¿¡Madrastra!? ¿¡Espere!? ¡¿Por qué?!—preguntó medio entrando en pánico.

—Pues, parece que tienen "problemas" que debieron solucionar antes de venir al
hospital y mi hijo, decidió recalcarles este punto.

—¿De verdad?—insistió sin creerlo.

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—Dijo algo así, como que "si no venían a verte, mejor se volvieran por dónde habían
llegado" —Helga abrió los ojos sumamente impresionada, se sentó mucho más
erguida en la cama, dejando que las sábanas descubrieran su cuerpo hasta la parte
media y se acercó al antropólogo con la antaño vitalidad de antes.

—¿No lo tiene en video?—preguntó con sorna. Miles compartió la gracia, pero


lamentablemente prefirió venir a "prepararla" que tomar fotografía o video.

—Lo lamento, pensé que sería mejor informarte de la situación y acompañarte un


rato. El domingo se amplía el horario de visitas, es probable que tengas muchas.

—Gracias…—la puerta se abrió de nuevo y por ella entraron Arnold y Olga, la rubia
que ya superaba la veintena corrió a aferrarse a la otra.

—¡Hermanita bebé!

—¡NO SOY UN BEBÉ!

—Claro que no, ¡Ya eres toda una mujer! ¡Y tú Armand, todo un hombre!

—¡ARNOLD!—gritaron los dos, pero la adulta en la sala prosiguió con su alegato.

—No importan los nombres, lo que importa son ustedes. Lo escuché todo, bueno,
en realidad lo leí en la red social de su escuela. Es muy importante que aprendan a
llevar un buen control natal…

—¿¡QUÉ!? —gritaron aterrados. (Especialmente porque ninguno de los dos, tenía


idea de que existía una red social en su escuela) Miles, se atragantó las risas y
comentó que esperaría abajo. No sabía si sus padres volvieron a Sunset Arms o
andaban por ahí, rondando por el hospital, abrió la puerta y habría salido como
pretendió pero entonces el resto de Pataki's, entró en acción.

—No tienen por qué asustarse, todos somos adultos. Bueno, ustedes todavía no,
pero saben a lo que me refiero. Admitimos nuestra culpa por haberte dejado sola,
hermanita bebé pero confío en que habrán usado condón. —Olga terminó su
discurso a la vez que Helga y Arnold se tomaban de las manos totalmente
petrificados pues no sabían a cual de los dos, Bob Pataki, asesinaría primero.

—¿¡QUÉ DIJISTE!?

El grito de Bob, retumbó por el hospital completo. No solo una, sino varias veces
pues luego de aclarar ese punto, notó las marcas de dedos en el cuello de su hija,
además del brazo enyesado y se puso de un muy mal, MAL, humor.

El resumen de los hechos, lo escucharon nueva cuenta de labios de la rubia, además


de revisar diez veces el informe médico, dónde se descartaban abrasiones por
agresión sexual.

—Sólo son rumores de gente idiota, Bob. —les aseguró volviendo a la actitud
agresiva y pedante que Arnold bien conocía.

—De acuerdo, tú Armand, ven conmigo un momento.


260
—Soy Arnold, señor Pataki.

—Lo que sea, debemos hablar en privado.

—¿Miles…?—suplicó Helga al antropólogo que ya salía a asegurarse de que no


asesinaran a su único hijo.

—¡Hermanita bebé!—gritó por enésima vez, colgándose de la humanidad de la otra.

—¡Has silencio, Olga!

—¡Es tan apuesto!—la felicitó señalando la puerta.

—¿Te operaron del cerebro?—inquirió furiosa porque ella fue atacada por un
desquiciado que pudo haber irrumpido en su casa desde el día que golpeó a Gerald,
pero no sucedió.

Ella lo enfrentó, lo llevó al límite y por eso le rompió la muñeca, pero también pudo
terminar de asfixiarla y violarla.

Ella podría estar en los encabezados de los periódicos como víctima de violación y
homicidio. No sólo en una red social que la llamaba zorra y usurpadora de la
"virilidad" de Arnold, ella no era lo que en su escuela decían. No se le ofrecía a quien
tuviera una buena entrepierna. No se "tiró" a su novio para jugar al mismo nivel que
Jake Cabot.

No era la Zorra Pataki, era la Guerrera Amazona, jugadora de Béisbol que se ganó
dos oros y que renunció a todo porque su destino abruptamente, se mancilló.

Buscó apoyo en su madre, pero Miriam parecía tan ausente como el día que
descubrió la primera "traición" de Bob, miraba y no miraba, estaba y no estaba. Su
hermana entendía, en su primer abrazo le hizo saber que entendía todo por lo que
había pasado pero no hablarían de eso.

Ellas nunca hablaban de "eso" los problemas, la realidad, lo que dolía.

Hablarían de sexo, de lo atractivo que era su novio y de cómo ser feliz, ahora que
se "convirtió" en mujer.

Nuevos gritos de Bob, la hicieron salir de su estupor, aquella amarga sensación de


que tal vez, esta sería la ultima vez que se verían. Enviaría postales en navidad,
cartas en sus cumpleaños, una visita rápida cuando Olga se casara, tuviera hijos o
lo que fuera.

—Olga, ¿Qué es esa tontería de estar bajo la tutoría temporal de los Heyerdahl?

—¿Olga?—inquirió una señorita que venía junto con él. Era la trabajadora social.

261
—Mi nombre es Helga, Bob. Y recordarás que dada tu "ausencia" me dejaste al
cuidado de Reba y Kyo Heyerdahl, ellos se han hecho cargo de todo el papeleo en
el hospital.

—¿No querrán ahora que yo asuma los gastos, cierto?—preguntó furioso, a lo que
todos (salvo él) se ofendieron.

—Los cargos están cubiertos, Bob.—respondió escueta y desapasionada.


Intercambiando miradas con Arnold, llamando a gritos a Arnold. La trabajadora
social carraspeó, ajustando su saco y recordándoles su presencia en la habitación.

—Mi inquietud es bastante simple. Como familiares directos de la Señorita Pataki,


quiero saber si a partir de ahora vivirá con ustedes.

—¡Desde luego!—anunció Bob

—¡De ninguna manera!—aseveró Helga.

—¿Puedo saber la razón?—preguntó la morena, mirando a su cliente.

—Su trabajo es asegurar que yo, como víctima de abuso y menor de edad me
encuentre en un ambiente seguro y estable. ¿Cierto?

—Por supuesto, la recomendación en estos casos, siempre es que estén con sus
padres.

—En el supuesto de que sean buenos padres. —agregó filosa.

—¿Quieres declarar en su contra?—preguntó buscando una hoja específica dentro


de sus formatos.

—No, sólo estoy corroborando datos. Si voy a vivir en un ambiente seguro y estable,
recibiendo visitas ocasionales de su personal. ¿Esto aplicaría sólo hasta que cumpla
la mayoría de edad, correcto?

—Tienes diecisiete años, Helga. —le recordó la asistente revisando los datos que
tenía en su carpeta.

—Lo sé, Bob, Miriam, Olga. ¿Alguno recuerda, que día es mi cumpleaños?—los
aludidos miraron al techo, el piso, Olga navegó en su teléfono móvil, pero ninguno
acertó.

—Es el veinticinco de marzo. —anunció Arnold, él lo recordaba de aquella vieja


broma del pastel de banana. Su novia sonrió, aunque no sabía si pensaba en lo
mismo.

—Correcto, faltan quince días para eso. Y no quiero pasarlos en "su casa"

—¿¡Pero dónde…!?—preguntaron Bob y Olga. Ella resopló porque explicar todo lo


sucedido una tercera vez y que sólo captaran del diez al veinticinco por ciento, ya
era un insulto. La trabajadora social pensó lo mismo, así que corroboró sus datos.

262
—Te hospedas en Sunset Arms, ¿Eso es correcto?

—Si

—Bien, las visitas las programaremos a partir de la próxima semana. Puede ser
cualquier día por lo que sugerimos que no intenten cambiar su rutina. La idea es
contemplar como estás viviendo, saber si te adaptas a la vida diaria o crees necesitar
el refuerzo de alguna terapia psicológica. Es natural que te cueste trabajo salir a la
escuela, pero como casi estás en tu ultimo año, no te conviene faltar.

—Lo entiendo.

—¡Un segundo! —insistió Bob. —Así sean quince días, sigues siendo mi hija.
¡Volverás a casa! Así que cambie la dirección que tiene en su hoja, señorita.

—Prueba que soy tu hija.—pidió furiosa.

—¿¡Qué!?—gritaron todos.

—No me refiero al ADN, hablo de lo otro, la parte que justo ahora, más me interesa.

—¿La emocional?—acotó la trabajadora, Helga asintió y fulminó a su padre con la


mirada.

—¿Cual es mi nombre, Bob?

—¡Pero que tontería! ¡Te llamas Olga!

—¡Soy HELGA! Y creo que ya probaste mi punto, ahora ve abajo, busca a "Marion"
no vaya a cansarse de esperar y se consiga "otro"

—¿Marion? ¿¡Así es como se llama!? —vaya, primera vez que Miriam abría la boca.
Helga resopló y la trabajadora social los sacó a todos (excepto Arnold) de su
habitación.

—Entonces, Armand. ¿Qué te dijo, Bob?—inquirió la rubia ya más relajada.

—No le puse atención.—confesó.

—¿Perdió su poder de convencimiento?—preguntó con sorna porque


honestamente, nunca se sintió tan poderosa, al enfrentarse a Bob.

—Me concentraba en no mojar mi pantalón.

—Por favor, Arnold.

—¡Es en serio! Además, de que mi padre tuvo que bajar corriendo porque mi abuela
estaba montando un espectáculo en recepción.

—¿Con juegos de azar y mujerzuelas?—preguntó un poco traviesa.

263
—Tal vez...—se sentó al borde de la cama y la miró a los ojos. —lamento que las
cosas salieran...

—Perfectas, Armand. Ya todos saben que estamos juntos...—acotó devolviéndole


la mirada. Profunda, romántica e intensa.

—Lo que "creen que saben" es que dormimos juntos.—se quejó.

—Pues sí lo hicimos.—contraatacó.

—Creen que tenemos sexo.—aclaró.

—¿Y tú problema con eso es...?—se humedeció los labios, quizás llego el momento
de volver a probar sus labios.

—¿Que tú me violaste...?—preguntó porque si para ella, "eso" no era un problema,


entonces sí, tenían un problema.

—¿Sería violación...?—se inclinó lo suficiente para acercarse a su novio, Arnold


interpretó correctamente sus gestos, su petición. Desde hacía dos días que se moría
por uno de sus besos.

—Helga...—pronunció cerrando el pacto, sintiendo su boca y el cómo ella se


aferraba a su cuerpo, el placer les duró lo mismo que el grito de asco de Gerald.

—¡Sepárense, sanguijuelas!

CAPÍTULO 17

Ante la orden, los enamorados profundizaron la intensidad del beso, Gerald los
mandó al carajo y amenazó con lanzarles agua si no paraban. ¿¡Qué no sabían
dónde estaban!?

—Lo sabemos, bebé llorón. —comentó Helga, volviendo a acomodarse contra la


cabecera de la cama. Arnold se sentó a su lado, negándose a soltar su mano
izquierda, destruyendo a su mejor amigo con la mirada y es que desde el día que se
hicieron novios parecían ser presa de una horrible desgracia.

264
Sus momentos juntos, en intimidad eran tan pocos.

Valiosos, románticos y no cambiaría uno solo de ellos pero eran tan cortos que lo
hacían sentir inestable y temeroso. Todo lo que hacían (o gran parte de lo que
hacían) era charlar, dormir, sostener la promesa de eternidad. Es decir, "que él era
suyo y ella su mundo" como si todo entre ellos fuera efímero, como si vivieran en un
Universo Alterno pues cuando decidían pasar al siguiente nivel, algo o alguien los
interrumpía.

Nunca lo concretaban.

¿El qué? Ya ni lo entendía. No sabía si quería besarla hasta quedarse sin aliento o
besarla, tocarla y amarla, hasta desaparecer de su piel todo vestigio de ansiedad
que pudiera haberle dejado, Jake.

Las pesadillas de que era presa llegaban tan pronto como se dormía, despertaba
peleando contra la nada, una fuerza invisible, una amenaza que al parecer, solo él
disipaba. Se abrazaba a sus formas, susurrando al oído, respirando contra su cuello
y entonces lograba dormir.

Su guerrera de cuento, la hermosa amazona que tuvo la enorme fortuna


de enamorar.

Phoebe cerró y le echó el seguro a la puerta, la acción le extrañó pero más tardo en
pensarlo que en lo que la morena abría la mochila que llevaba a cuestas y de ella
emergía un rayo de luz peludo que inmediatamente le saltó encima a su dueña.

—¡Mi amor! —Mantecado ronroneó y se deshizo en halagos para su ama, Helga le


acarició el pelaje al desgraciado, lo acunó contra su pecho y luego de que él
recordara las ganas que tenía de asesinar a ese gato, las cosas se calentaron.

—Ha estado muy triste desde el viernes pasado, casi no come, ni juega. Era
evidente lo mucho que te estaba extrañando.—comentó Phoebe, pues desde el día
que se ausentó de casa, el gato se escapó de Sunset Arms yendo a buscarla por
los tejados.

—¿Así que ese cabezón no quiso cuidarte, amor?—Arnold se puso pálido por la
reclamación. Ni siquiera se acordaba del gato. Bueno sí, pero no pensó que fuera
necesario cuidarlo. ¿Que no hacía lo que quería? Se mandaba solo y lideraba una
manada de gatos y mapaches salvajes. Hasta donde él entendió, sí.

Es lo que hacía.

—Miau miau miau…—acusó el maldito traidor como solía hacer, mirándolo con odio
y fingiendo estar ampliamente traumatizado.

—¿Nadie te dio de comer? ¿Ni jugó contigo?

—Miauuuu miau miau miauuuuu….(Traducción: Todos me dejaron solito, sin


comida, agua, ni objetos que destrozar)

265
—Lo siento mucho, amor…—Phoebe resopló furiosa, porque claro que le dieron de
comer y lo mimaron pero nada le parecía a su señor majestad porque estaba
sumamente malcriado.

Helga lo siguió acariciando de orejas a cola. La verdad es que estaba casi igual a
como lo había dejado, quizás un poco menos regordete pero aún tramposo y
mimado.

No pensó que a él también, le afectaría tanto.

—Gracias, Phoebs. —comentó mirando a su amiga quien se limitó a cruzar los


brazos a la altura del pecho y reclamar.

—No tienes que agradecer. En tu testamento, no especificaste quien conservaría la


custodia de Mantecado así que disculparás si le arrebaté a Arnold, el placer.

—No di…

—¡Digo lo que yo quiero, Helga! —gritó, pasando de ella y volteando a ver a los
chicos. —Ustedes dos, ¡vayan a ver a Eugene, cazar pokemones o lo que mejor les
parezca! Esta señorita y yo tenemos que hablar.

—D…de acuerdo. —Gerald tiró de la manga de Arnold para sacarlo de la habitación


pero antes de abrir la puerta su novia cambió de opinión.

—¡Espera! ¿¡Tú no vas a decirle nada!? —Johanssen pasó saliva por la garganta,
vaciló entre el gesto furioso de su chica y la expresión pálida (por no decir que
aterrada) de la mujer en la cama. Pensó que lo golpearían, pero hoy día ¿Quién no
lo golpeaba? así que volvió sobre sus pasos acercándose a ella.

Pataki se aterrorizó otro poco, notablemente nerviosa y es que él se atrevió a dibujar


ese antaño gesto sensual y coqueto con que abordaba a todas las damas para
conseguir lo que le diera la gana. Tomó su mano izquierda, sacándole un gruñido a
su mejor amigo y quizás haciendo que a su novia se le congelaran tanto la sangre
como los argumentos, luego disparó el tiro de gracia, inclinándose con elegancia y
besando la superficie de la extremidad que tomaba. Helga se quedó más quieta que
nunca, su rostro enrojeció por completo y él, que la sostenía pudo notar como la
temperatura corporal descendía hasta el cero.

Arnold y Phoebe gritaron algo que no entendió, el gato en su regazo abrió los ojos
verdes y le mostró la hilera completa de colmillos. Claro, tenía que ser. Helga G.
Pataki era una mujer por demás custodiada, pero él no pretendía cortejarla, tan solo
quería decir.

—Gracias.

—¡¿QUÉ?!—gritaron todos, Arnold empujándolo por detrás, haciendo que la soltara


y hasta el felino se le trepó por la espalda. Pudo con ambos. No que él fuera
especialmente fuerte, sino que ellos eran igual de mansitos.

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—Dije, gracias.—repitió mirando a la apenada rubia que borraba el amago de beso
contra las sábanas de hospital. Phoebe estaba entre petrificada de coraje, celos e
intriga.

Él continuó hablando con el mismo tono galante y apremiante.

—Apuesto a que nadie te lo ha dicho porque para todos siempre será más
importante que estuviste a punto de perder tu honra y tu vida. No es que a mi me
sea indiferente, sino que puedo reconocer otros hechos. Sé que lo hiciste porque a
pesar de todo, "eso" era lo correcto. Tú eras la única que podía hacer esa jugada,
aún si era tan arriesgada. Así que gracias.

—Gerald…—Helga lo miró a los ojos como jamás creyó que lo haría. Como si fueran
amigos, de hecho lo vio como si lo quisiera y él perdió el hilo de lo que pensaba y
decía tan pronto como Phoebs salió de su trance y comenzó a gritar.

—¡No puedes restar importancia a las consecuencias de sus actos, Gerald! ¡Mira
como la dejó ese cretino!

—Nena, no voy a sostener su mano y llorar por lo que "pudo haber pasado" soy hijo
de un policía. Siempre escuché a mi padre y hermano decir que los "héroes" no
nacen, se hacen.

Bueno, lo que hizo Helga fue un acto heroico.

—¡Fue una decisión estúpida, visceral y arriesgada!—gritó a punto de perder los


estribos y mandarlo al carajo.

Esta discusión también la tenían pendiente y por eso se limitaron entre Viernes y
Sábado a hacer todo lo que pudieran hacer para mantenerse ocupados. Los dos lo
sabían. Que si encaraban el problema las cosas se saldrían de control, pero no
importaba.

Si pensaban así, mejor aclararlo ahora en lugar de avanzar.

Gerald miró a su novia. Colérica, hermosa e histérica, aferrada a sus ideas como
sabía que lo haría, pero él también era un chico bastante aferrado y obstinado.

—Por supuesto que no, lo planeó.

—¡Fueron golpes de suerte! ¡Uno detrás de otro! ¡Ni tú, ni ella podían asegurar que
ese demente no la dañara!

—¡Y ni tú, ni él podían asegurar durante cuanto tiempo lo soportara!

—¿¡Qué!?—inquirió Phoebs, con el rostro igual de angustiado que el de Arnold.

—¿Puedes apoyarme un poco, Pataki? —pidió mirándola a los ojos, Helga asintió.
Sintiéndose terrible por ser la causante de una discusión entre ellos. Suspiró para
sus adentros y se concentró, ya no en él sino en su novio.

267
—Te lo dije en mi casa y lo repetí aquella tarde en las escaleras de tu pórtico…—
Arnold meditó lo dicho, esperando que con ello se le resbalaran los celos, las ganas
de asesinar a su hermano y todas, todas las dudas.

—Dijiste estar en tu límite y que te preocupaba demasiado lo que pudiera pasarnos


a todos.

—Así es…—Helga desvió el rostro, concentrada en el pelaje de Mantecado que


había vuelto a cobijarse en su regazo. Ronroneaba pausadamente, gozando el
sueño de la Bella Durmiente, ajeno a la discusión, sus problemas. A lo "cerca" que
estuvo de quedarse sin ella, porque Gerald tenía razón.

En una semana cambió tanto. La situación la estaba devastando y ni siquiera él


podía hacer algo para remediarlo porque así era ella. Si decidía ir a la guerra sola,
se iría. No dejaría más que un recuerdo, una promesa. Y eso fue lo que hizo…

Helga carraspeó, volviendo a llamar la atención de todos y pronunció.

—No es que no confíe en ustedes, son lo más valioso que tengo pero Gerald está
en lo cierto. Esto tenía que hacerlo, yo.

—¡Pero…! —insistió Phoebe con el rostro húmedo de un llanto que ni siquiera sabía
que había derramado.

—Pero, nada. —ultimó. —Se los dije en la cinta de audio. Sabía que podía
lastimarme y claro que tenía miedo, pero ustedes son en lo que pienso cuando tengo
miedo.

—¡Eso es estúpido! —enfatizó acercándose a su mejor amiga, tomándola por los


hombros ahora que definitivamente no se podía mover y comenzó a abrazarla. —Te
pudiste haber muerto…—comentó en un susurro apenas audible y segundos
después la dominó la ira.

—¡TÚ TE PUDISTE HABER MUERTO!—acusó señalándola con los puños


cerrados.

—Phoebs...

—¡NO! —gritó sobre ella, asustando al pobre gato que huyó despavorido y se
escudó a los pies de Arnold.—¡Sólo escúchame, míranos! ¡Tienes dos días en el
hospital y ya nos estamos desconociendo!

—Phoebe, lo sé…—intentó conciliar, tomando su mano pero la morena rechazó el


contacto.

—¡NO, NO LO SABES! —gritó de nuevo. —Porque subimos antes y escuchamos


perfectamente la discusión con tus padres. ¿Sigues pensando que no significas
nada para ellos?

—¿Cómo dices…?—comentó vaciando el contenido de sus pulmones y volviendo a


desviar el rostro.

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—Te conozco mejor que nadie, Helga. Me dejaste la bolsa, honraste tu promesa.
Así que me importa un cuerno que convenzas a todos de que querías salvar al
mundo y ser la protagonista de las historietas de Brainy.

¡Tú lo que querías, era matarte!

—¡NO! —gritó, quitándosela de encima y golpeando las sábanas lisas, ignorando


las reacciones de Gerald y Arnold que para todo efecto perdieron las ganas de
intervenir y estaban por salir de ese cuarto. Llamar a una enferma, hacer que las
separaran o mejor aún, sedaran.

—¡NO TE CREO! —insistió colérica. —Una parte de ti, siempre ha estado en el límite
pero jamás rebasaste esa línea.

—Phoebe…

—Me lo debes. —exigió. —He sido por años la silenciosa testigo y confidente del
"cómo te haces daño" cada que escapabas de tu casa, cada que corrías bajo la
lluvia, cada vez que lo buscabas. —acusó señalando a Arnold. —Eras tú, tratando
de hacerte daño, sé que el "amor" te convencía de frenar en tu acción, que sus
abuelos te acogieron y dieron mejor consejo del que pudiera haberte ofrecido yo,
pero nunca, jamás, te arriesgaste tanto.

Helga hubiera preferido en ese momento, ocultar el rostro con la sombra de sus
cabellos, borrar las huellas de los dedos de Jake que sabía, seguía teniendo en el
cuello. Desterrar el recuerdo de ese beso, la fuerza con que sometió su cuerpo, el
sonido de su voz. Arrancarlo por siempre de su mente y corazón pero no podía
hacerlo.

Phoebe la miró de nuevo, tomando su temblorosa mano en el interior de las suyas


y prosiguió.

—Debes convencerme, aquí y ahora de que NO buscabas la muerte o bajaré con


quien sea que haga tu evaluación psicológica y le sugeriré la idea.

—Sigo existiendo…—ofreció con una sonrisa que le salió bastante rota.

—Eso no es suficiente.—Phoebe la soltó, se quitó las gafas y sintió más lágrimas


quemarle la cara. Odiaba ponerse así de "sentimental" porque no era "tristeza" era
furia, rabia e ira contenida. La atrevida mujer de cabellera rubia se atrevió a bufar
en contestación y refutar.

—Para Arnold, sí.

—Por favor, no hagas que me dé por odiarlo. —El aludido se quedó de piedra. ¿Era
por esto que Phoebe prefería que Alan cortejara a su amiga? ¿Porque desde su
perspectiva, él sólo la hería? Con su indiferencia e inconsciencia. ¿Pero cómo
esperaba que la correspondiera, si no tenía idea?

Helga carraspeó, mirando un punto muerto en la pared y comentó.

269
—Entonces, no sigas hablando o yo te terminaré odiando. Sé que eres lógica, que
dado mi "historial" la tuya, es la conclusión obvia. Mis padres me abandonaron, aún
en Paris, era como si no me hubieran llevado. Miriam me presentó ante los amigos
de Olga como otra: Geraldine Laybourne. Ellos siempre quieren que sea otra, pero
jamás yo.

Así que volví, a Hillwood y a mi eterno delirio.

Tienes razón, al decir que "antes" quería hacerme daño, pero ya no. No sé como
convencerte. No tengo más argumento que el que ya he expresado. Arnold me
sostuvo entre sus brazos, él sabe que no estaba respirando, también que hubo
complicaciones porque no voy a negarlo. Lo deseé, ¿No es eso lo que prometen a
todo ser patético, agónico y decadente? No más dolor, no más tormento.

Solo olvido.

¿¡Y no fue eso, lo que Jake me dijo!? ¿Que la diferencia entre las otras y yo, es que
estoy sola? ¿¡Y a caso no sabes que es mas fuerte mi orgullo!? porque lo que me
hirió en ese momento, fue el orgullo. ¿Crees que le iba a dar el gusto? A ese
cobarde. ¡Un completo extraño! de arruinar mi destino y regodearse de lo que mis
padres han hecho conmigo, no.

¡No quería morir! ¡Quería vivir y hacerlo pagar por lo que nos hizo a Gerald, Eugene
y a mi! Por lo que deseara hacerles a ustedes, así que no Phoebs, en ese momento,
no me pensaba rendir.

Aún a sabiendas de estar perdiendo, cuando me rompió el puño y después me tomó


por el cuello y ejerció presión. No me quería rendir, la tribulación de mi mente llegó
un poco después…Cuando estaba yaciendo en una especie de nada. Seductora,
atrayente e indeciblemente terrorífica nada.

Pero nos salimos del punto.

En ese momento, que me levantó del piso y besó mis labios, yo...pensé en Arnold.

Te olvidas de la parte más importante y esa es, que por primera vez en mi vida soy
feliz. —eso último lo pronunció mirando al rubio que estaba frío. A la par de Gerald,
los dos inmóviles desde hacía un rato, junto a la cama y de frente a ellas porque no
se les ocurría ni como separarlas o tranquilizarlas.

Habían escuchado que "entre mujeres" podían destrozarse sin jamás lastimarse
pero "esto" era demasiado.

—¿Tanto te gusta?—preguntó la pelinegra que ya había secado sus lágrimas y


recompuesto su estampa. Helga negó con el rostro, mirándola a los ojos.

No sabía cómo explicarlo. No era que Arnold hubiera sido atento con ella a los cuatro
años, ni que se convirtiera de alguna extraña y aterradora forma en el objeto de su
adoración. Era algo inherente a él. Una luz, una fuerza, "algo" que sabía que los
unía.

270
Él era lo que necesitaba para seguir existiendo y por eso insistía tanto en que
durmiera a su lado, para ayudarle a disipar el dolor, deshacerse de las pesadillas,
más que nunca en su vida, ella estaba convencida de que él...

Era su vida.

—Tanto lo amo. —confesó y dicho esto ultimo volvió al tono carmín de sus mejillas
y a humedecerse los labios. Phoebe la abrazó con fuerza, le daba miedo que lo
quisiera tanto, que él pudiera dejarla y aniquilarla.

¿Qué tanto podía confiar en Arnold? ¿A caso él…?

—Yo también la amo. —aseguró mirando a la rubia. Sintiendo


esa estremecedora y espeluznante fuerza que sabía bien que los unía y como
hiciera Gerald al momento de "pedir" a su chica, se aproximó a ella.

Phoebe soltó a la otra por petición de su novio que la tomó por la cintura y la atrajo
a su lado. Shortman se desprendió de algo que llevaba al cuello, un juego de placas
que a Helga le pareció igual a las que usaban los soldados en el ejército.

El viejo Phil tenía unas que le obsequió a Gertrude, la anciana se las mostró en una
de sus tantas tardes de lectura. Dijo que era una promesa de amor eterno y no
porque le vendieran su alma a algún demonio o bruja especialmente malvada.

Sino porque él volvió como lo prometió, regresó a casa, a ella, a su amor.

Y fue así que en el pequeño cuarto de hospital que comenzaba a levantar sospechas
porque llevaba más tiempo del permitido totalmente cerrado. Arnold le pidió permiso
a su novia para colocarle esas placas al cuello y ella asintió.

Tras hacerlo comentó que eran Destino, la elección de palabras le vino de pronto a
la boca.

"Sus almas se pertenecían más allá de este tiempo, su pasión ardía con la misma
fuerza que la lava del volcán, dormido en la tierra extraña que lo vio nacer.

Ella era la mujer que siempre estuvo buscando y que no podía reconocer porque
aún no era su tiempo.

Este era el momento, él estaba seguro de eso ya que se enamoraron para que
pudiera salvarla, hacer que se quedara y nunca más lo dejara"

Hubo un beso como demandaba la ocasión. Húmedo, tanto por sus bocas como por
el llanto, derramado por parte de ella que le amaba más que a cualquiera. Phoebe
también lloró, enternecida, finalmente convencida, Gerald se atrevió a sacar fotos
con su celular y dos centésimas de segundo después no pudo soportarlo más.

—¡Viejo, eso fue hermoso!

—¡¿Qué no conoces el concepto de intimidad?!—reclamó Helga, colérica aunque lo


cierto es que se veía bella, sonrojada y toda atarantada por el beso de Arnold.

271
—¡¿Y tú no conoces la palabra femineidad?! —refutó igual de animado. —¡¿Qué
clase de mujer se comporta así después de recibir una declaración como esa?!

—¿¡Qué clase de bruto no se sale de un cuarto donde hay dos personas que se
están BE-SAN-DO!?

—El mismo que no quiere que los saquen del hospital. ¿Te recuerdo que tienes una
reputación "que aclarar"?

—Te recuerdo que me importa un cuerno lo que piensen los demás.

—¡ESTAMOS HABLANDO DEL HONOR DE ARNOLD!—gritó, señalando al


acusado.

—¡ESTAMOS HABLANDO DE TÍ, ESPIÁNDONOS!—corrigió haciendo a un lado a


su novio. Arnold, se alejó resignado y hasta Mantecado parecía estar de su lado, se
le trepó por las piernas y se acomodó entre sus brazos. ¿Así que él también lo
perdonaba? ¿Ya no eran enemigos jurados? ¿Ya no escaparía de su casa? (En
serio, se sentía fatal por eso) ¿Le tendría que comprar un juguete? ¿Permitir que
sacrificara una inocente, tierna y pachoncita Paloma? No, mejor lo llevaba a uno de
esos "SPA" para gatos y si se le olvidaba recogerlo en una semana, un mes o dos,
que mejor.

—¡PHOEBE! —gritaron los dos, llamando a la mujer que había vuelto a quitar el
seguro de la puerta para no levantar más sospechas.

—Los dos tienen razón. Helga, debes ser un poco más femenina y Gerald, deja de
molestarlos cuando se están besando.

—Pero es que dan ASCO

—Voltéate a otro lado o ven conmigo para darles asco. —sugirió dejando a su novio
sin argumentos, tan divertida fue la cara que puso que los tres que observaban no
evitaron estallar a carcajadas.

—¿Estamos en paz, Helga?—preguntó Phoebs recargada contra la fría superficie


de la puerta.

—Como siempre, hermana. —Heyerdahl sonrió y poco después se escucharon


golpes contra la madera.

—¡Ups! creo que nos pasamos de la hora permitida…—comentó Gerald, echando


una mirada a su reloj de pulsera. Helga procedió a borrarse las lágrimas del rostro y
acomodar su largo cabello de frente al pecho, a Arnold le pareció que se veía
realmente hermosa.

Salvaje e indómita.

Aunque le preocupaba que aún luciera un poco rota. Era por las pesadillas —se
recordó. El estrés que le provocaban sus padres, pero ya se arreglaría él con los
Pataki.

272
.

Por la puerta entraron "El Club de admiradores" de Helga: Alan, Brainy y Lorenzo,
los tres chicos elegantemente vestidos con ramos de flores, globos y
un horroroso animal de peluche.

—¿Una hora con veinticinco minutos, no les parece un abuso?—reclamó Brainy,


enredando el cordón de los globos en los barrotes de la cama mientras Alan
colocaba las flores sobre las mesas que tenía a los lados y Lorenzo se tomaba la
libertad de entregarle esa cosa que parecía un caballo esquelético con alas de
murciélago. (Thestral) *En el Universo de Harry Potter, sólo pueden ser vistos por
aquellos que han visto y comprendido la muerte. (Y en el Universo de esta historia,
ellos tres son como los freaks: les gusta el anime, manga, cómic, además de la
ciencia ficción, literatura sobrenatural y fantástica.)

—Una criatura de las sombras para alguien que ha visitado las sombras.

—Vaya, ¿Así que una se tiene que "medio morir" para que cualquiera se vuelva
caballero y galante?—acusó haciendo que a Gerald se le escurriera el color de las
mejillas y Phoebe lo pellizcara.

—La promoción de "criaturas fantásticas" es válida por el primer intento de muerte.


—Acotó Brainy.

—Al segundo te traeremos un Nigromante. —prosiguió Lorenzo.

—Y para el tercero…—comentó Alan, misterioso y ligeramente molesto. —Te


esconderemos en un lugar tan remoto que ni tu novio o tus amigos, te podrán
encontrar.

A los aludidos se les congeló la sangre en las venas, Helga estalló a carcajadas
permitiendo que los tres la abrazaran. Brainy susurró un "Ni se te ocurra volver a
hacerlo" Alan comentó en perfecto francés: "Seduce a las sombras, persíguelas,
créalas pero no te conviertas en ellas" Lorenzo por su parte pronunció: "Ni con
todo el licor del mundo te perdonaré"

Arnold carraspeó cuando consideró que ese abrazo grupal ya había


durado demasiado. Los chicos se replegaron hacia atrás aunque no sin
antes besarla…

Alan y Brainy, cada uno en una mejilla, Lorenzo en la frente para que su novio se
quejara con ganas o mejor aún gritara.

Superado el drama que incluyó algunas palabras altisonantes además de golpes


tirados al aire, el Club de Fans insistió en su derecho de estar a solas con la dama.

—De ninguna manera…—comenzó a quejarse Arnold pero Helga lo calló.

273
—Yo no impediría que hablaras con tu preciosa Lila, así que déjalos en paz.

—Helga…

—¿Qué, no confías en mi?

—No confío en ellos.

—Pues son mis amigos y entre más pronto te acostumbres…

—De acuerdo, buscaré a Lila…—la fulminó con la mirada y recibió una peor en
respuesta. ¿Quién tenía las de perder en materia de celos? Él, mil y una veces, él.
Se guardó el resto de argumentos y regresó junto con Phoebe y Gerald, la morena
abrió su mochila para que la bola con pelos se escondiera. Mantecado suplicó a su
ama pero era "ilegal" que metieran gatos o cualquier otro animal en el hospital.

—Miau miauuuuu…(Traducción: Por favoooooor)

—Te recogeré pronto. Una semana a lo mucho, amor.

—Prrrrr prrrr…—ronroneó y Helga medio se derritió. Le acarició la barriga.

—Lo siento, amor. Tienes que irte, sé bueno con Phoebe.

—Miauuuuuu…

—Entre mejor te portes, más pronto iré por ti. —Mantecado saltó de sus brazos y se
metió en la mochila. El Club de Fans, aún no podía creer que esos tres se atrevieran
a meter a su gato pero bueno, era su "Amazona" y le permitían lo que fuera.

Phoebe se despidió de todos, Gerald también y Arnold reiteró que no se pusieran


demasiado cómodos porque él, si volvería.

—Tú, mejor ve a bañarte Shortman. —sugirió Brainy, pues desde el viernes el rubio
se negó a salir del hospital y llevaba las mismas ropas que le vieron en el incidente.
Sus mejillas se incendiaron al reconocer esto último, Helga se burló porque a ella le
gustaba (si es posible) un poco más así: medio ido, loco, sudoroso, con esa barba
de dos días sin afeitar y oliendo ciento por ciento a él.

—No se pasen de listos.—amenazó.

—No te pases de posesivo.—sugirió Lorenzo, cerrando los brazos a la altura del


pecho. Arnold resopló y decidió que "esto" era un caso perdido. Su novia se colocó
las placas metálicas a la perfecta vista de todos.

Le pareció una victoria porque claro, ellos eran sus amigos.


Pero él, era su destino. Giró sobre sus talones, cerrando la puerta detrás de sí.
Retirados los "estorbos" lo que los chicos le querían mostrar era la propuesta gráfica
de HELL-GA proyecto que llevaba meses en esbozos, pues se les ocurrió una de
tantas noches de alcohol, amores no correspondidos y béisbol.

274
Brainy estaba a cargo del arte, Alan de la fotografía y digitalización de la obra, las
partes legales y de distribución corrían a cuenta de Lorenzo pero aún necesitaban
un guionista.

¿Y quien mejor que ella para la tarea?

El resto del día transcurrió de manera rápida.

Después de ellos quien la visitó fue Rhonda. Lloyd no llevaba obsequios, ni "escolta"
entró con una gabardina color caqui, sombrero y gafas oscuras a juego, cuando la
vieron entrar, Alan estaba dispuesto a protestar pero la extravagante mujer lo mandó
al carajo mucho antes de que pudiera objetar.

Lorenzo los apremió a que salieran, Pataki detectó algo cuando esos dos se "vieron"
pero no se dijeron nada. Suspiró cansada, pidiendo a "su majestad" que sirviera de
algo y le acercara su comida. Pechuga asada de pollo con verduras al vapor y una
insípida gelatina.

—¿Qué te trae desde las profundidades del infierno, Lloyd?—preguntó como quien
no quiere la cosa.

—¿Cómo, viste la luz y tocaste el cielo?—prosiguió acomodándose con elegancia,


en la silla junto a su cama.

—Claro que vi una luz, pero la rechacé y decidí convertirme en fantasma para jalarte
los pies. —ambas intercambiaron una sonrisa de complicidad, luego pasaron a lo
importante.

Es decir, el "rumor"

—Querida, es probable que escuches…—comenzó Wellington su discurso.

—¿Yo, o todos en este pequeño y retorcido pueblo?—interrumpió.

—¡Oh, Dios. Lo sabes!—gritó, llevándose las manos al rostro y pegando un diminuto


salto en su asiento. Helga la tranquilizó con una mirada y continuó.

—Así es, estoy encerrada en este deprimente lugar y aún así, lo sé. La peor parte
es que fue Olga, "mi siempre querida, perfecta y fastidiosa hermana" la que sugirió
que Arnold y yo follamos como conejos y la pregunta que me hago es ¿Cómo se
habrá enterado? Si esa maldita grabación debía escucharla el departamento de
policía y nadie más.

Rhonda se atragantó con su propia saliva, Helga terminó con la gelatina y aunque
sostenía una cuchara de plástico con la mano ilesa, consiguió dirigirla hacia ella de
manera amenazante y perversa.
275
—Vv…—carraspeó. —Verás, mi padre sugirió que como Presidente del comité
estudiantil, también debía estar presente, Curly me acompañó, ya que él es
vicepresidente, Gerald se metió acompañando a su hermano y como bien dices,
había mas oficiales de policía además de académicos y el inepto del Director.

Cuando terminó la "reunión" consideré que era justo, que todos supiéramos "todo"

Y por "todos" me refiero a los patéticos chicos que alguna vez defendiste para salvar
el vecindario. Se suponía que estabas "a salvo" que todos teníamos un pacto, que
nadie le jugaba chueco a nadie pero aún así...

—La mañana del sábado corrió el rumor por la red social de la escuela.

Lloyd asintió.

Comentó que lo estaba "solucionando" pero con tantas cosas sucediendo al rededor,
no había tenido tiempo de enfrascarse en la tarea. Su padre decía que estaba
mancillando el apellido de la familia, su madre quería cambiarla de nombre y de
escuela. Por ultimo estaba su "relación" con Curly, tema que no podía tratar con
Nadine porque la rubia entendía algunas cosas pero no todas.

Y en conclusión, ella sufría…pero nadie entendía.

—Está bien, te absuelvo de toda culpa, hija mía.—pronunció, Helga.

—¿¡Entonces, me crees!?—preguntó impresionada porque la ultima vez que habló


con los chicos, Harold estaba seguro que la bocaza era ella y todos los demás se
mostraron de acuerdo.

—Por supuesto que te creo, ¿Qué ganarías tú, diciendo que me tiro al Cabeza de
Balón? Además, ¿Uno solo de ustedes, no puede abogar en favor de su honor?
Tiene carácter, independencia, personalidad. Es tranquilo, pero recordarás como se
pone cuando lo fastidio.

—¡Lo sé! Nadie duda de la "pureza" de su unión.

—¿¡Cómo, dices?!—inquirió sentándose mucho más recta contra la cabecera y


tirando su bandeja con algunos restos de comida en ella.

—Que….—balbuceó. —...sabemos que se aman. Nos queda claro que durmieron


juntos porque nos conocemos de toda la vida y es natural que cuando dos personas
"quieren hacerlo" y está todo dispuesto ¿Por qué retrasar el momento? —Ahora
Helga se atragantó con su saliva.

—¿A caso estás sugiriendo que…tu y Curly…?—presionó su estómago y el botón


de "pánico" o mas bien, el que llamaba a la enfermera de emergencia brilló
provocativamente a su lado.

—¡NO! ¡DIOS, NO! —gritó Wellington, quizá un poco histérica, con las mejillas
incendiadas y un notable escalofrío que le recorrió la espina dorsal a causa
del…miedo. Helga celebró su reacción con una sonrisa tremenda, la otra la maldijo
para sus adentros y comentó.

276
—¡Hablamos de ustedes!

—Hablamos de sexo y eso que dices es ridículo. Sí, nos conocemos de toda la vida
pero tenemos una semana con dos días de novios. ¡No nos hemos…! —pausó,
contando hasta diez (para no asesinarla) y atacando desde otro ángulo. —
...Revolcado, atascado, restregado, fusionado y todas las demás porquerías que
sugería la maldita red de la escuela.

—¿¡Oh, Santa María Madre de Dios, las leíste!?—gritó algunos decibeles por arriba
de la histeria.

—Sip, y también Bob. Casi, asesina a mi Arnold por ese maldito rumor, así que
responde:

¿Quién tiene los derechos de esa página?

—Tranquila, baja la cuchara. Ya te dije que lo estoy arreglando. Hasta donde sé, la
crearon alumnos que se graduaron hace varios años. Su programación es mas
bastante sencilla, para acceder no necesitas más que tu número de estudiante y al
postear tienes la opción de que aparezca tu nombre o publicar como anónimo.

No podemos modificarla o tirarla ya que se sostiene del mismo servidor que la


página principal. Pero, sí podríamos ubicar al responsable rastreando la Dirección
IP del primer comentario relativo a ustedes.

—¿¡Y si sabes todo eso por qué no lo has hecho!?—reclamó furiosa.

—Porque mis padres quieren que mantenga un bajo perfil ahora. Heyerdahl está
bajo amenaza también, sus padres son…

—Demasiado estrictos, supongo que habrán tomado medidas un poco locas.

—Confiscaron su computadora personal y se la cambiaron por una aburrida y buena


para nada, notebook.

—Genial, ahora voy a tener que comprarle otra. —Bufó fastidiada, pensando en
alguna otra solución. —¿Curly no era un cerebrito maniático de la informática,
también?

—Lo es, pero él y yo…—Lloyd estrujó un poco la manicura francesa de sus uñas.

—¿Tú y él?—inquirió filosa, apuntando como haría Gertrude con la cuchara.

—Estamos…—Rhonda pareció complicarse demasiado, Helga que no tenía


paciencia para estas cosas se atrevió a presionar.

—Interesante elección de palabras porque desde que están, yo quiero entender "por
qué" están.

—Es…complicado. —aseguró sin mirarla a la cara. Pataki roló los ojos,


desestimando la importancia del asunto.

277
—Que mi padre tuviera un romance con la madre de Patty en algún momento de
sus vidas, es complicado. Que tú estés atrapada en una novela clásica de niñas de
secundaria, es otra cosa.

—¿¡Perdón!?—gritó volteando a verla como si al fin se hubiera vuelto loca.

—Oh, vamos. Sabes que hay un moreno inteligente, apuesto, millonario, medio raro,
(eso es cierto) pero perdidamente enamorado de ti y no haces nada para tenerlo.

—Ee….eso es porque yo ya estoy con…

—Curly, por Dios, Rhonda. ¡¿No aceptas a Lorenzo por estar enredada con Curly?!
Estabas así o mas ebria en la fiesta donde comenzaron a ensalibarse.

—¡Tú no sabes...! Es decir, ¡Ni siquiera estabas...! —refutó levantándose de su


asiento y casi arrojándose sobre ella. Helga se defendió con la cuchara, ya la habían
"aporreado" suficiente por un día.

—Arnold estaba en la fiesta, ¡Claro que yo estaba!—recalcó.

—Jamás te vi…—acusó haciendo memoria y volviendo a tirarse sobre la silla.

—Porque asistí "camuflada" ¿Sabes que nadie repara en el rostro de quien les sirve
los tragos? (Nadie, excepto Arnold. Su cabeza de balón fue el único que notó a la
rubia indiferente, con el ceño fruncido y un traje de dos piezas negro tan ajustado
que a mitad de la noche se tuvo que quitar el chaleco para recordar como respirar.
Estaba con Lila, pidiendo tragos de tanto en tanto para su preciosa, encantadora y
delicada, Lila. Ella los preparó todos "vírgenes" no iba a permitir que el alcohol, los
pusiera al punto de comerse a besos o introducirse en alguna promiscua y oscura
habitación. No señor.)

—¡Eso es absurdo…!—gritó Lloyd aún más histérica. Porque era imposible que ella
supiera…—Su madre es alcohólica— Se recordó de manera interna. —Claro que
Helga G. Pataki, sabría preparar toda clase de trago.

A manera de confirmación la rubia le dedicó una esplendorosa sonrisa y continuó


hablando.

—Entonces, querida. Te pusiste como una cuba, las razones de eso las sabrás tú,
pero estabas algo necesitada de afecto esa noche. Cosa que puedo decir de
algunos más pero el punto es que Sid los vio y el gusano insignificante y celoso
corrió el rumor.

—¿¡Celoso!?—interrumpió con un ligero temblor en la voz.

—¿Qué no lo sabes? —preguntó divertida. —Esa vieja disputa de "le rompió el


celular a Lorenzo" no fue otra cosa más que una pelea por tu honor.

—¿¡QUÉ!?—ahora si estaba al borde del llanto y la paranoia.

—Si, tienes un imán para los chicos raros, cariño.

278
—¡Mira quien habla! Si cuando entré tenías a Brainy y Alan, casi besando tus pies.

—Son mis esclavos y no te salgas del tema. Su besuqueo se hizo de conocimiento


público y como toda señorita de alta cuna, te viste forzada a "formalizar" una relación
que fue producto de nuestro siempre querido, sensual y adictivo Jack.

—¿¡Quién!?—preguntó a punto de sufrir un ataque de nervios porque exactamente


eso, fue lo que pasó.

—Jack Daniel's. (Whiskey originario de Tennessee, U.S.A)

—¡De acuerdo! Estás en lo cierto, pero no se lo puedes decir a nadie! —imploró


ahora sí, tirándose sobre ella.

—Te lo estoy recordando a ti. Ya que de entonces a ahora, ha pasado suficiente


tiempo como para que lo superes.

—¡Es que no es tan sencillo! ¿Qué me dices de los otros rumores?—chilló, tirando
de las mangas de su camisón.

—¿Los que te crucifican en la hoguera por ser la causante de una posible


separación?—Lloyd asintió con los ojos húmedos de llanto.

Si lo "terminaba" sería una arpía, cruel, maldita y desalmada ya que el inocente


chico, "cambió" por ella. Lo sabía y lo reconocía, de hecho ese fue un "proyecto"
que mantuvo en las aguas calmas de la "superación, aceptación y conocimiento" su
relación. Pero ahora, ya no podía decir que no a todos sus intentos de pasar de los
besos a algo mucho más intenso. Se le acababan las excusas, además de los
espacios públicos dónde los hubieran visto tomándose de las manos.

Tenía que hacer algo pero la crucifixión social, no le parecía una opción.

Ella, era una Lloyd, tenía una imagen de mujer respetable que mantener, es decir
que debía ser la novia perfecta, coqueta y discreta. Aceptar su destino con
resignación y esperar la muerte.

Helga resopló nuevamente incómoda. Esos rumores tenían semanas de haber


salido y no los creía para tanto. Se lo recalcó.

—¡Eso es estúpido! Y ya quítate de encima. —acotó apartándola con un codazo.

—¿¡Dónde le ves lo estúpido!?

—En tu cara, princesa. ¿Sabes que siete de cada diez parejas que llegan juntas a
la Universidad, se terminan casando?

—¿Qué...?—chilló con pánico, viéndose en los azules ojos de la otra, que brillaban
con el poderío de la maldad y el raciocinio.

—Si no lo cortas antes de las vacaciones de verano, es un hecho que será tu esposo.

279
—¡NOOO!—suplicó, tirándose al piso con mucho dramatismo.

—SIII…—acotó sintiéndose como regente de los nueve infiernos. Lloyd derramó


llanto. (en serio, lo hizo) Helga creyó que se había pasado pero no le importó. Sus
rumores eran PEORES en el sentido "sexual" de los mismos pero los toleraba,
porque al menos nadie sugería que se acostó con Jake Cabot o el equipo completo
de Béisbol.

—Escucha, si no quieres que la recepción de tu boda sea en un cementerio, habla


con él y rompe su corazón.

—¡No quiero herirlo!

—Y no tienes que hacerlo, sólo dile que hay un tercero en la relación.

—¿Cómo dices…?—preguntó impresionada, de que fuera ella quien le aconsejara.

—Vi como se miraban, así que ninguno de los dos me engaña.

—¿Cómo…nos mirábamos?—inquirió comenzando a sentir las mejillas un poco


rojas.

—Como si fueran lo más fascinante y a la vez doloroso e inalcanzable. —Rhonda


tuvo que recordarse que Helga era poeta y que ya no mantenía más apariencias.
Decía lo que creía, justo como lo sentía.

Le agradó.

Fuertes golpes contra la puerta la hicieron levantarse y volver a "ocultarse" se colocó


la gabardina, los lentes oscuros y sombrero a juego. Quien entró fue Bob,
acompañado de Miriam.

—¿Ya se iban? —fue el primer pensamiento que secó la garganta de la rubia pero
se interrumpió cuando Rhonda le prometió que encontraría al responsable.

—Ve con Lorenzo…

—¿Perdón...?

—También es un maniático de la informática, ¿Recuerdas? Siempre con su Laptop


y teléfono celular. —Rhonda sonrió, prometiendo que lo haría. Helga suspiró
encarando a sus padres, resignándose a la final despedida.

—Armand, habló con nosotros. —comentó Bob, sentándose en la silla. Su ex mujer


miraba por la ventana, demasiado estrecha para escapar, pero lo suficientemente

280
amplia para disfrutar de la noche entrante. Las luces del pueblo, la vida que
comenzaba a vibrar por fuera.

—Parece un buen chico, —agregó Miriam. —Supimos que ha estado contigo a sol
y sombra y por eso, quisiéramos quedarnos en su lugar hasta que te den el alta.

—¿De verdad...?—preguntó impresionada. Sus padres asintieron, cada uno por su


lado. Es decir que estarían con ella. Haciendo un esfuerzo por no faltarse al respeto.

—También,—continuó Bob. —entendemos que no fue él quien te atacó. El


responsable está tras las rejas, se lo llevaron oficiales estatales, así que ya puedes
estar mucho más tranquila. —ella asintió. Esa parte ya la sabía, pero aún así no se
convencía.

Las pesadillas no dejaban de poblar su mente y por eso necesitaba y quería...

¡Santo Dios! ¿Qué haría esta noche sin Arnold? —la preocupación fue notoria en su
rostro y por ello sus padres comentaron.

—Te daremos unos minutos con él, después vendrá una Señorita a hacerte la
evaluación psicológica.

—Está bien…

—¿Quieres que estemos presentes…?—preguntó su madre. Helga negó con el


rostro. La naturaleza de sus pesadillas era algo que ni siquiera ella entendía. No
tenían que ver con el ataque, sino con el lugar a donde fue cuando vaciló su alma y
quiso dejarse caer.

Sereno, calmo y aterrador.

Una oscuridad tenebrosa, una selva de sombras y en el centro de todo eso una
inmensa hoguera.

Pensó que sería ahí donde su alma ardería hasta el final de los tiempos, dónde le
arrancarían el dolor pues todo lo que sentiría sería dolor, dónde perdería la memoria
y se olvidaría de quien fue, lo que hizo y a quien amó.

El recuerdo de Arnold, finalmente, encendió otra llama en su corazón.

Como fuego fatuo, se iluminó el camino de regreso y ella lo siguió hasta que escuchó
su voz.

Llorando, llamando…

—Helga…

Ni siquiera fue consciente del momento en que salieron sus padres y entró el rubio.
Las mismas ropas, el mismo gesto entre preocupado, enamorado y dolido. ¿A caso
su dolor, le dolía? No quería que aquel fuera el recuerdo que se llevara de ella así
que intentó sonreír pero le salieron un par de lágrimas al hacerlo.

281
—La idea de hablar con ellos, era que ya no te hicieran llorar…—comentó
acercándose a la cama, rodeándola con sus brazos. Ella se aferró a él con el único
brazo con que podía hacerlo y negó estar llorando por eso.

—¿Entonces por qué…?

—Te extrañaré.

—Yo también…—Arnold besó sus labios, todo el amor antes profeso, latiendo e
hinchando su corazón, ella suspiró en el interior de su boca. Se miró en sus ojos,
queriendo conservar todo de él, pues jamás tendría suficiente de él.

—Vendré saliendo de la escuela.—prometió.

—Descuidarás tus deberes

—Los haré aquí

—¿También cenaremos juntos?

—Lo que tú quieras, Helga.

—Entonces, llévame contigo.

—Una semana a lo sumo, Eugene también tiene esa condición.

—¿Ya se acuerda de todo?—preguntó esperanzada, pero Arnold negó con el rostro,


sentándose sobre la cama, a su lado.

—Lo que haya olvidado puede aprenderlo otra vez. No te deprimas por él, está muy
alegre, de verdad. Sheena ha prometido ser su enfermera personal y los que tienen
clases con él, han prometido pasarle las tareas hechas y conseguirle las respuestas
de los exámenes. No perderá el último año, tampoco el pase Universitario. ¿Sabes
que quiere ser…?

—Actor de teatro.

—Así es, y lo más que piden en la Escuela de Artes Escénicas es un excelente


dominio del idioma, condición física, coordinación motriz, que sepa manipular más
de un instrumento musical y todo eso, lo sabe hacer.

Practicará muy duro este ultimo año y conseguirá su sueño.

—Lo hará, ¿Cierto?

—Y tú también…

—¿Sabes cual es mi sueño, Arnold?—preguntó juguetona.

—Supongo que quieres ser escritora o quizás Dictadora. No hemos hablado de eso.

282
—¿A parte de ser tu esposa…?—inquirió, sólo para ver la cara que ponía. Las
mejillas del rubio se incendiaron, su garganta se secó, sus dedos temblaron, ella
aprovechó ese momento para besarlo de nuevo. Tiró del cuello de su camisa,
encontrando algo más a parte de la tela que vestía.

Una cadena, su relicario de oro. Se veía interesante con ese corazón al cuello,
contrastaba con el tono de su piel y sus cabellos.

—Mmmmh…debo conseguirle otro igual a "Mantecado"

—No...

—¿Porqué no?

—Porque yo soy tu amor y él, un melenudo.

—¿Lo quieres por escrito, no?

—Cuando lo jures ante un altar, me daré por bien servido…—la besó en la frente.
La doctora que haría su evaluación psicológica ya estaba llamando a la puerta.

—Trata de dormir, comer y portarte bien.

—Trata de no asesinar a mis amigos.

—Vivirán, los invitaré personalmente a la boda. —Helga lo llamó idiota y dejó que
se fuera.

La Doctora era un poco extravagante para su gusto, cabellos de un color rojo


intenso, zapatillas altas de tacón, falda corta a la altura media de los muslos, casi
imperceptible por debajo de la bata blanca que se ceñía con elegancia a su figura.

—¿Quieres un vaso de agua antes de comenzar?

—No, gracias. La declaración de lo sucedido, la habré hecho como unas tres veces.

—Lo sé y aquí tengo una copia. No quiero una descripción metódica y ortodoxa de
los eventos, Helga. Quiero saber, ¿Cómo te sentías mientras todo eso estaba
sucediendo? Y también, me reportan las enfermeras que has tenido problemas para
dormir. Tan serios que has roto las reglas del Hospital, al pedirle a tu novio que se
acueste contigo.

—No hacemos nada malo, sólo…

—Necesitas tenerlo contigo para poder dormir.—la rubia asintió. La Doctora dobló
una pierna sobre la otra y continuó. —No hay nada de malo con eso, a excepción
de esto. No puedes depender de otra persona en todo momento. Tus padres dicen
que eres una chica asombrosa, fuerte e independiente. Desde de los cuatro años te
haces cargo de ti misma. Nunca les has dado problemas y probablemente sea por
eso que se confiaron tanto.

283
—¿Habló con ellos?

—Si, no negaron tener problemas, pero están muy comprometidos a hacer lo


correcto contigo.

—¿De verdad?

—¿Quieres volver a ser esa chica fuerte e independiente? Apuesto a que tu novio
le gustaría también.

—¿Él dijo eso?—preguntó inquieta. La Doctora negó, sólo habló con sus padres,
pero era lógico que él quisiera volver a ver a la que fue...

—De acuerdo.

—¿Quieres comenzar con el ataque...?

—No, quisiera hablar de mis sueños...

CAPÍTULO 18

Debido a las reformas en Sunset Arms, Miles Shortman tuvo que hospedarse en la
habitación de su hijo. Era un espacio bastante amplio y para dormir, solo tenia que
sacar el sillón de la pared y acomodar su cama.

Observar el "cielo" le traía recuerdos de la tierna infancia, cuando era él quien


soñaba con lugares jamás explorados, mujeres exóticas de las que obviamente se
enamoraría y viviría una historia de amor, pasional y atrevido como Indiana Jones.

Le causó gracia reconocer esto último y un agradable cosquilleo en los dedos de la


mano diestra, recordar como fue que conoció a su esposa.

Una belleza exótica, sin lugar a dudas Stella lo era, pero no era nativa de aquella
tierra, sino que era extranjera al igual que él. Soñadora, salvaje, intrépida y todo lo
que sabía que quería en una mujer. Sus ojos verdes, la piel morena, los cabellos
castaño cortos y aquellas curvas.

Dios…

284
A primera vista, de verdad la amó.

Que se rompiera el brazo, al caer "accidentalmente" en su campamento fue daño


colateral del que disfrutaron ambos. Ya que ella lo cuidó y procuró hasta que
consiguió volver a la acción. Y por "acción" se refería a que nueve meses después
estaban recibiendo a su primer y único hijo.

Dar a luz en unas condiciones como esas: en ausencia de todo equipo médico,
personal calificado, con los presagios de los nativos como únicos testigos y ese
imponente volcán a punto de hacer erupción, se tradujo en un horror.

Arnold, no lloró al salir del vientre. Pensaron que venía muerto, que lo perderían
todo, que morirían ahí y es que en el momento exacto que nació hubo un
estremecedor temblor. Los que estaban al rededor suyo corrieron despavoridos,
solo uno se quedó con ellos, le pasó al niño envuelto en una desgastada tela, su
mujer continuaba en el piso, se desangraba y aún restaba retirar la placenta.

Él lo sabía y lo veía pero también era consciente de que la lava estaba a punto de
emanar. La ceniza que cubría el cielo hacía semanas que de blanca se tornó negra,
abrazó a su pequeño que comenzaba a ponerse morado, Stella apenas si tenía
fuerza, le rogó a Eduardo que huyera, éste se negó a hacerlo pero finalmente lo
convencieron. Se acercó a su esposa, colocándola en su regazo y recostando sobre
su pecho al fruto "dormido" de ambos. Unieron sus manos en íntimo abrazo,
impensable reclamar los labios pues le aterró la idea de robarle a Stella su ultimo
aliento.

Cerró los ojos, ofreció una oración al viento y cuando creyó que el final de sus vidas
había sido anunciado su hijo lloró.

Su voz, se expandió por el aire, las aves parecieron celebrarlo, los animales y
árboles también. El volcán entonces, se negó a hacer erupción, los que salieron
despavoridos volvieron a la cima de la pirámide.

Un templo antiguo que celebraba la vida.

A su hijo se le "otorgó" la cualidad de haber vuelto a la vida y se le llamó "milagro"


pues debió ser decisión de su Dios que su existencia calmara las furias del volcán.

Tras atestiguarlo. Aitor y Antha (los abuelos de Anthea) ordenaron que atendieran a
su mujer y que a él se le retirara el niño. Se negó a soltarlo pero dijeron que era eso
o dejar que murieran los dos. Le besó la frente aún impregnada de sangre y cebo,
piel más rosada, cuerpo pequeño, contó los dedos de la única mano que tenía a la
vista. Cinco dedos perfectos y rogó al cielo porque todo él estuviera completo.

Los perdió de vista por un par de días, no le permitieron el acceso a la Tienda de


sus curanderos pero Antha aseguró que los dos estaban bien, su pequeño ya bebía
del pecho de su madre pero las heridas de ella, resultaron graves.

Ya no daría a luz a ningún otro niño.

No llenarían de pequeños las habitaciones y corredores de Sunset Arms, su madre


jamás vería la mesa a rebosar de nietos, ni su padre los trataría como oficiales de

285
su pequeño regimiento. Lloró, maldijo, se peleó con el universo y el Destino entero
pero Eduardo le recordó que estaban vivos.

Y ese seguía siendo el mejor consuelo y regalo del mundo.

Pasados unos meses, insistieron en que se marcharan. Sólo ellos, el niño se


quedaba. Como es natural, ambos se negaron y entonces fue que participó en los
mismos rituales que a los catorce años de edad, enfrentaría su hijo. Se ganó el
respeto, honor y la confianza de todos en la tribu. El objetivo de esto, era ocupar su
lugar. Representarlo en lo que el "milagro" se convertía en hombre y podía cumplir
su designio.

"Mantener a raya la furia del volcán, proteger sus secretos, honrar sus
misterios y por supuesto, trascenderlos"

Stella y él, siempre esperaron que su "destino" se encontrara fuera de aquellas


tierras, que su "alma gemela" perteneciera a alguna chica de cualquier otra parte del
planeta. No querían que se quedara ahí, que su historia iniciara y terminara ahí.

Así que insistieron en que lo dejaran partir.

Anthea, no se convirtió en su "destino" A pesar de que todos aseguraban que para


eso había nacido. Los presentaron, prepararon y sometieron a las mismas pruebas
pero en la final, el corazón de su hijo se decidió por otra. Se aferró a volver a su
hogar, en lugar de quedarse dónde supuestamente debía estar.

El jefe de la tribu, Aitor permitió que partiera.

Si su Destino se encontraba en otra tierra, debía conocerla, cortejarla, "traerla" Así


los dos protegerían sus misterios, serían la fuerza del otro, darían luz a un prodigioso
heredero. Y a ellos les pareció bien, mientras Arnold no despertara, mientras aún la
negara, mientras siguiera siendo él. Pero era evidente que desde hace unos días,
dejó de ser él.

Su hijo despertó, lo supieron todos. Pues se adivinaba en el temperamento del


volcán y el aullido furioso del viento.

Una sucesión de eventos tan rápidos que antes de que pudieran preguntar, los "ojos
verdes" ya hablaban de su "despertar" lograron comunicarse a Sunset Arms, al
término del tercer día. Su padre los puso al tanto de todo, Arnold efectivamente tenía
una novia que se encontraba en riesgo.

Los detalles de esto no les fueron revelados, Stella y él se angustiaron igual que en
el momento de abandonarlo pero horas después la conocieron ó quizás fuera mejor
decir que lareconocieron.

286
.

"Débil de corazón, pero fuerte de espíritu"

Así fue como la describió y justo ahora se arrepentía de hacerlo.

¿La razón?

El preludio a una muerte que no dejaba de dar vueltas en su interior. Antha, era la
profeta, la mujer mas venerable y sabia de todo el pueblo. Si ella decía que había
muerte es porque rondaba. ¿Pero a quién? Estaba ligado a Arnold, eso era un
hecho. Lo sabía, lo sentía. ¿Pero quién? ¿Sus padres, su novia, Stella ó él?

—¿Papá…?—la voz de Arnold lo arrancó de sus cavilaciones. Casi se cae del sillón
al escuchar a su hijo. Estaba con las ropas de cama y el cabello húmedo, lo secaba
con una toalla blanca y al parecer, le impresionó verlo meditar cual estatua.

—¿Estás bien?—insistió el menor dejando la toalla sobre el respaldo de la silla.

—¿Lo estás tú?—respondió incorporándose para llegar hasta él. Arnold asintió pero
su rostro se veía tremendamente cansado, como si hubieran pasado meses y no
días de la ultima vez que charlaron.

—No he dormido bien, eso es todo.—reconoció, restando importancia a su


condición. Él lo invitó a sentarse sobre la cama y accedió.

—¿Aún tiene pesadillas?

—Sí…

—¿Le preguntaste al respecto?—inquirió preocupado. Pues hasta donde él sabía,


los sueños son portales a la mente y la mente conecta directamente con el corazón.
Si tenía pesadillas, era probable que "algo" alcanzara la debilidad de su corazón…

—Helga no ha querido hablar de eso, —interrumpió. —pero hoy le dijo a Phoebe


algo que me desconcertó.

—¿Que cosa?

—Deseó morir…

—¿¡Cómo dices!?—Arnold bajó el rostro y continuó hablando. Una notable sombra


de pesar oscureció sus rasgos, cosa que nunca antes había advertido en él.

—Durante un breve lapso de tiempo, ella deseó morir. No sé si lo pensó por la


situación con sus padres, las palabras hirientes que le dedicaron tanto el Director
como Jake, o si perdió la fe porque en su momento consideró que estar conmigo
atraería sobre nosotros alguna especie de maldición.

287
—¿Por qué pensaría eso?—preguntó Miles, mucho mas serio y preocupado.

—Solo son tonterías. —desestimó.

—Quiero escucharlas. —insistió. Arnold cambio de posición sobre la cama y explicó


que Helga creía que había un precio que pagar por su relación.

—¿Tal cual lo dijo? ¿De donde sacaría esa idea?

—No lo sé…—confesó aún cabizbajo. —…el punto es que describió una apacible y
aterradora nada, luego pensó en mi y recobró la fuerza para vivir.

—¿Y tú que le dijiste?—preguntó compartiendo la sonrisa que de pronto iluminó el


rostro de su hijo.

—Lo mismo que ha estado pregonando la abuela por todo el pueblo.

—¿Que la amas?—Arnold negó y miró a su padre a los ojos.

—Que somos "destino"

—Pensé que no creías en eso.

—Y no lo hacía, pero no creerás la cantidad de cosas que siento cuando la veo…

—Pruébame. —lo retó Miles con una sonrisa aún más grande. La historia existe para
no repetirse, las profecías creerían algunos que son advertencias de lo que está por
cumplirse: una catástrofe o quizás un evento memorable.

Arnold ocupó buena parte de la noche en contar a su padre cómo fue que la conoció.

Una mañana lluviosa, una niña preciosa con el rostro manchado de barro y un moño
rosado en la cabeza.

HOSPITAL GENERAL DE HILLWOOD.

18:00hrs.

—Descríbelo otra vez Helga, recuerda que estás en una zona segura. Te encuentras
conmigo y nada de lo que suceda podrá lastimarte.

La rubia asintió, recostándose en la cama, sintiendo el abrazo tanto de la almohada


como de las sábanas.

288
Sus pesadillas volvieron la primera noche que durmió, sin él.

Era ridículo, patético y a decir verdad, desesperante.

El Domingo, consiguió dormir pegada a sus ropas, la camisa de fútbol soccer que ni
siquiera olía a él, pero que sabía, era de él. Alejó las sombras de su corazón, la
vacilación de su mente pero después tuvo que entregársela y se encontró a sí misma
en medio de aquella aterradora nada.

Oscuridad en su haber, diversos matices de sombras, unas más espesas que otras
y por ello lo describía como una nutrida y abandonada selva.

Cuando despertaba ahí se encontraba en el piso, en la misma posición con que se


hubiera ido a dormir. Sentía el frío, metiéndose en su piel hasta entumecer los
huesos y se levantaba, comenzando a correr en busca de algún halo de luz o calor.

Sus pies desnudos, las ropas de cama que en ese sueño se trataba de un pantalón
corto y una blusa de tirantes blancos. Entre mas avanzaba mas pesado parecía
hacerse el aire, comenzaba a tener problemas para respirar y aumentaba la carrera
al avistar un lejano destello de luz. Las sombras danzaban al rededor de ella, se
desdibujaban a medida que corría y el viento aullaba como si gritara en alguna
lengua antigua y maldita. Dedos afilados, delgados cual rama rasguñaban su carne,
rasgaban las telas de sus delicadas prendas y ella seguía, pensando que en la luz
todo estaría bien, pero se equivocó.

El destello que perseguía, describía una inmensa hoguera, fuego ardiente y


estremecedor. Advertía las llamas devorándose unas a otras, los colores entre rojos,
amarillos y anaranjados, sus ojos quedaban fascinados por algunos segundos ante
la imponente escena y pronto volvían la vacilación y el temor a su corazón.

Incontables pensamientos poblaban su mente. ¿Así moriría? ¿Ahí quedaría? ¿Su


cuerpo, era alma y debía entregarse a la purificación de esas flamas?

Lo intentó.

Avanzó hasta llegar al punto de sentir el calor aplastante contra la piel desnuda,
quemando las puntas de sus cabellos. (los ataba en una coleta floja cuando se iba
a dormir pero la cinta fue lo primero en ser desprendido por las ramas de aquellos
árboles, así que sus cabellos sueltos hondeaban con el viento acercándose de más
a la hoguera) el flequillo le hacía cosquillas en las pestañas, el sudor le corría por
varias partes además de la cara, sentía las prendas húmedas pegadas a su pecho
y los muslos.

Las flamas la llamaban, conciliadoras, imponentes, malditamente hermosas y


aterradoras.

¿Sería rápido? ¿Se consumiría en un parpadeo o sentiría dolor hasta que sus gritos
desaparecieran con el viento?

No lo sabía, pero era tentador.

No más vacío, no más esperanza, no más sueños rotos de niña enamorada.

289
—Así es…—pronunció una voz fémina, bella. Intentó descifrarla, encontrarla a pesar
de las llamas y la halló. Al otro lado de la hoguera, un rostro de piel morena, cabellos
negros y ojos verdes.

—No más nada. —le recordó. Sus labios gruesos, carnosos, los pómulos afilados,
toda ella lucía como una Diosa.

¿Sería la muerte?

¿Su vieja y querida, muerte?

—¿Que pasará conmigo?—preguntó, acercándose al borde, sintiendo la carne


arder, siseando de dolor pues sus pies fueron lo único que posó en las piedras
humeantes que rodeaban la hoguera.

—Te olvidará, como todos los que debieron amarte te han olvidado…

—¿Arnold?

—Sí…

—¡NO! ¡NO QUIERO!

—¡Helga! —la Doctora Johannes estaba con ella, presionando su cuerpo para
hacerla reaccionar. La bata de hospital se había pegado a su pecho, los cabellos a
la frente y todo esto era a causa del sudor, sentía además el corazón acelerado, la
sangre escociendo, las plantas de sus pies dolían y hasta detectó algunos rasguños
sobre la piel expuesta.

—Se supone que no podía hacerme daño…—pronunció, buscando respuestas en


la Doctora de labios tan rojos como sus cabellos, Polaris la miró a los ojos,
ejerciendo procedimientos de seguridad básica primero.

Le revisó las pupilas, presión sanguínea, los rasguños que efectivamente estaban
por el largo de los brazos y piernas, en las plantas de los pies había abrasiones de
carácter mínimo pero aún así, Helga se aterrorizó. Cuando hubo terminado,
Johannes mencionó cosas sobre el poder de la mente. Experiencias tan vívidas que
el cuerpo reacciona como si estuviera ahí.

Ella se sintió como en el set de grabación de "Pesadilla en la calle del infierno" (Elm
Street, Freddy Krueger).

—Tranquilízate, me parece que avanzamos muy rápido. —pronunció la Doctora,


volviendo a acomodarse en la silla, doblando una pierna sobre la otra y dejando
entrever sus bien torneadas curvas. —¿Qué te parece si en lugar de revivirlo tan
vívidamente, escribes sobre ello? —Helga resopló indignada levantando la mano
lesionada.

—¿Con ayuda de una tableta electrónica, tal vez?—sugirió y ella aceptó que podía
ser una opción. Olga tenía una, ojalá se la prestara.
290
—También podríamos probar con el arte.

—¡¿Está hablando en serio?!—gritó furiosa pues le pareció de pronto que se


burlaba. Polaris, no desistió en su plan, entregándole unas hojas blancas además
de un lapicero.

—Usa la mano izquierda, créeme las capacidades motrices mejoran en presencia


de algún miembro dañado. Además, no tienes que trazar un boceto de lo más
detallado, sólo tienes que "sacar" lo que te aterra para poder analizarlo y entrever la
causa de tus pesadillas.

—De acuerdo…—mintió. Pues ella conocía con exactitud la causa de sus pesadillas.

Deseó morir…

Lo deseó durante tantos años que ahora, que casi fue un hecho, la muerte
reclamaba su parte.

Convertirla en nada, hacer que él la olvidara, pero no quería.

Lo amaba, lo amaba demasiado como para dejarlo…

—Oh, Arnold…

—Helga…

El más joven de los Shortman la llamó en sus sueños, Miles lo habrá escuchado
unas tres veces y aunque le enterneció, también le alarmó. De a cuerdo a lo que
sabía, ellos se conocieron en circunstancias poco agradables, parecía que cada que
ella tenía el corazón roto acudía a él. Y cuando su hijo se encontraba intranquilo,
confundido o perdido, encontraba serenidad en ella.

No negaba que también se fastidiaban, Arnold fue muy específico al decir que
básicamente lo volvía loco. Pero las mujeres de su familia eran así y saber que
ninguno era la excepción a la regla se sentía muy pero que muy bien. Miró su reloj
de pulsera y procedió a tomar la computadora personal del menor. Salió de la alcoba
y anduvo con pies descalzos hasta sentarse en el primer descanso de las escaleras,
llamó a Stella por Skype, según dijo la noche anterior, la amenaza parecía haber
pasado.

El clima de San Lorenzo mejoró de manera sorprendente, la ceniza volcánica dejó


de caer y tampoco hubo más temblores.

Cuando atendió su llamada y la miró a través de la cámara sintió como si su alma le


regresara al cuerpo. La Botánica le dedicó una sonrisa de lo más esplendorosa y se
colocó algunos mechones de cabello por detrás de los oídos en un intento
291
improvisado por recomponer su estado. En el campamento, no había oportunidad
de mantener un buen aspecto, él lo sabía y le halagaba que quisiera ponerse bonita
para él.

—¿Como está nuestro muchacho?—realizó como primer pregunta.

—Dormido, a salvo y en casa.

—¿Eleanor?—preguntó, llamándola como solía hacer su suegra.

—Aún tiene problemas para dormir y de hecho es por ella que te estoy llamando.

—¿No crees que es demasiado joven para ti?—inquirió con molestia. Miles casi se
cae por las escaleras al escuchar la acusación y de hecho lo atacó una tos de lo
más nerviosa. Stella lo llamó tonto y espero a que se recompusiera. Cuando lo hizo
el antropólogo juró que jamás la engañaría (mucho menos con la novia de su hijo) y
agregó.

—¿Alguna vez escuchaste la leyenda sobre la vida y la muerte?

—No que yo recuerde…—comentó intentando hacer memoria.

—Bueno, no había pensado en ella hasta el día de hoy. Fue por un comentario de
Arnold que me vino a la memoria.

"Se dice que la vida y la muerte han estado enamoradas desde el inicio del tiempo
pero que debido a lo diverso de sus propósitos, universos y temperamentos, no
pueden estar juntas en ningún momento. Sin embargo se envían obsequios. La vida,
no deja de enviar presentes a la muerte y ésta los guarda para honrar su promesa,
corresponder su amor y esperar el momento en que puedan pertenecerse por
completo"

—Suena trágico y a la vez hermoso. —reconoció Stella, que había escuchado la


narración con los ojos cerrados. —¿Pero qué tendría que ver con Arnold?—pregunto
más preocupada que curiosa.

Miles se llevó la mano diestra al mentón y medito su respuesta.

—¿Recuerdas el templo de la vida?

—¿Donde nació nuestro hijo?

—Y se convirtió en milagro. "El que da o quita la vida" según los presagios.

Stella asintió, envolviéndose con los brazos. En los últimos diecisiete años, no había
querido pensarlo pero lo cierto era que su hijo, sí estaba ligado al volcán.

Durante el tiempo que lo perdieron y vivieron sin él, no se sintieron inquietos, al


contrario. Les bastaba con ver la flora y la fauna que seguían creciendo con
voracidad, el volcán latiente y paciente, pues los sabios dijeron que todo eso tenía
que ver con su hijo.

292
Su temperamento, sus sueños, esperanzas.

Su vida.

Cuando el sol brillaba con intensidad sabían que sonreía y cuando se ponía lluvioso
sufría, otros días eran mas melancólicos, grises y sin lluvia, algunos tranquilos y
templados. Los movimientos sísmicos no aparecían a excepción de que estuviera
sumamente furioso pero eran contadas. Muy contadas las ocasiones y en ninguna
hubo ceniza o amenaza que les hiciera pensar en la erupción del volcán.

En el momento que lo "conocieron" es decir, cuando esa jovencita ganó el concurso


que los llevó a su reencuentro. El volcán, la selva, todo San Lorenzo "despertó" y
esa magia se conservaba hasta hoy.

Les permitieron partir junto con él para estrechar lazos e informarle que llegada la
"mayoría de edad" tendría que regresar. Los catorce años, el ritual de niño a hombre,
la presentación de la persona "destinada a él" sólo que finalmente resultó que no
era para él.

Thea, sí despertó sensaciones en su hijo, pasión romántica y sobretodo sexual. Se


advertía en sus miradas, el fuego y la intención con que se miraban y según Aitor,
si eran "destino" no debían intervenir. Los dejaron a solas en su ultima noche, la
prueba final, donde Arnold debía meditar y abrir tanto su mente como su corazón.

Elegir a la persona dedicada a él, la misma que su Dios, debió enviar para él.

Sabían que era Helga, los eventos recientes confirmaron que se trataba de ella,
¿Pero entonces por qué…?

—¿A dónde quieres llegar con todo esto Miles? Arnold está bien, su novia…

—Ella no está bien…—interrumpió tajante.

—¿Y qué intentas decirme?—preguntó perdiendo la paciencia. Sabía que su esposo


investigó durante años sobre la "procedencia" de su hijo. El milagro que le devolvió
la vida, pues les aterraba que algún día, esa magia mística y extraordinaria se
terminara. Que pudieran hacer algo para ofender a los nativos y que su hijo…

No, mejor no pensar en eso. Ellos siguieron todas las "reglas" ni siquiera salían de
la selva. Entregaron sus vidas en pos de proteger y prolongar la de su niño.

—Que pensé en las profecías y en esa leyenda, porque sé que Arnold es la vida y
creo que ella es la muerte. —Stella se llevó las manos a la boca y miró a su marido,
rogando porque al fin se hubiera vuelto loco. Las palabras de Antha, no obstante
reverberaron en su mente.

—El preludio a una muerte.

—O, el despertar de la muerte.

293
.

ESCUELA PREPARATORIA 221.

Mañana siguiente.

Los chicos volvían a estar reunidos a la entrada principal, había bastante barullo y
antes de que Arnold pudiera preguntar qué es lo que pasaba un grupo de idiotas lo
señaló, acorraló, estampó contra la pared y acusó de ser una especie de "juguete
sexual" el calificativo le pareció repulsivo, le ofendió a niveles desconocidos y estaba
por golpear al pedazo de animal que lo tomó por detrás cuando una nueva persona
intervino y dirigió la atención hacia ella.

—¿Están hablando en serio? ¿Volvimos a la Secundaria o continuamos en


Preparatoria?

—¿Lila…?—se le escapó su nombre, porque cierto era que desde la semana


pasada, ellos dos apenas si se hablaban.

Los bravucones que lo rodeaban y que debían ser la clase de escoria que reprueba
todas y cada una de las materias, no entra a su salón de clase y se dedica a pasar
el rato en las áreas verdes fumando, golpeando o haraganeando, lo dejaron de lado
y se dedicaron a contemplar a su amiga.

La pelirroja llevaba los cabellos sueltos y un adorable vestido verde con detalles
rosa, sus zapatillas de piso eran abiertas, color rosa palo, combinaban con su
mochila y además de eso llevaba maquillaje a juego. Se veía preciosa, más de uno
la elogió, por no decir que le silbaron y susurraron obscenidades que incrementaron
su mal carácter.

—No te metas en lo que no te incumbe, muñeca. —Lila humedeció sus labios, rojos
como cereza y en lugar de retroceder, se acercó a ellos. Coqueta, grácil, toda ella
lo era, desprendiendo inocencia y llamando la atención de los chicos.

—Pero si me importa porque aún no contestas a mi pregunta, guapo. —le guiñó un


ojo y el chico que lo estrujaba lo soltó por completo. Seis imbéciles en total rodearon
a la pelirroja. Él intentaba entender qué es lo que pretendía, quería hacer algo, al
igual que sus amigos pero de momento decidieron observar en silencio.

—¿Qué preguntaste, encanto?

—Si estamos en la preparatoria o volvimos a la secundaria…

—¿Y por qué quieres saber?—cuestionó atrapando un mechón de cabello rojo entre
sus dedos. Lila ni se inmutó, parecía tener "experiencia" en esta clase de situación.
Sonrió con gracia, meneando el rostro cual si estuviera abochornada y libero su
cabello de la mano que lo tomaba.

294
—Porque me parece que todos ustedes son mas grandes que Arnold y lo acosan
por estar con su novia.

—Pataki es una zorra. —acotó el que tenía a su lado.

—Una zorra ardiente. —corroboró el que estaba al frente. —Lila sonrió de nuevo,
un gesto diferente, altivo, furioso y desafiante.

—¿De verdad? ¿Alguno a parte de Arnold, ha estado con ella? —se deslizó entre
ellos y preguntó a los otros que hasta ahora notaba se encontraban mirando.

Toda la preparatoria parecía estar pendiente del acto y Lila los continuó
cuestionando. Decenas de rostros masculinos desviaron la mirada o fingieron estar
ocupados con su teléfono celular. La pelirroja retomó el punto inicial.

—Entonces, —comentó dirigiéndose al mas grande patán. —solo es una chica que
se ha divertido con su novio…

—Es una fácil y él un regalado.—dictaminó señalándolo con la mano. Él iba a


protestar pero Sid lo tenía firmemente agarrado del brazo y Stinky ordenaba que se
mantuviera callado. —¿Quién se acuesta en su primera cita?

—Los que quieren,—respondió Lila aún más coqueta y seductora, envolvió al patán
con su figura, sin tocarlo, sólo haciendo que la mirara, a ella y a nadie más. —¿A
caso, tú nunca lo has hecho? —preguntó casi por encima de él, el chico retrocedió
un poco y notable fue el temblor tanto de su cuerpo como de su voz.

—C…claro que lo he hecho.

—Ah, pero no te creo, primor —Colocó las manos sobre su pecho y lo recargó en la
pared para efectuar su jugada final.

—¿Sabes lo que creo?—preguntó, tocándolo por primera vez, con la punta de su


dedo índice, recorriendo de la base del cuello a la barbilla. —Que todos los que lo
molesten y hoy día sigan corriendo el rumor, es porque jamás lo han hecho. Le
tienen envidia, se mueren de celos porque él, solo es un chico que se enamoró de
una chica y ya no somos niños.

—¿Q…quieres decir que tú…?—preguntó el patán en lo que él diría, era un intento


sobrehumano de no llorar o humedecer su pantalón. Lila se mantuvo en su sitio y
en su papel de embustera, dominante y mujer fatal.

—Sí…también tengo un novio que me gusta mucho y en circunstancias mejores te


diría que me buscaras, si es que termino con él pero de momento solo puedo decirte
una cosa y esa es: qué lástima me das.

Todos ustedes, de hecho. —remarcó, mirando a su apenada audiencia. Los amigos


del patán, no sabían ni donde meterse y había demasiadas personas en aparente
disfrute del espectáculo.

295
—¿A caso no saben que nosotras, apreciamos la experiencia? —múltiples aplausos
y vítores secundaron el comentario. En un parpadeo el rumor parecía estar anulado,
mencionarlo era como afirmar ser casto.

Y en el ultimo año de preparatoria eso era como afirmar, ser cristiano en una iglesia
llena de católicos.

El sonido de la chicharra anunciando el inicio de clases los dispersó a todos, Lila se


aproximó a un muchacho alto y castaño en el que él, nunca antes había reparado,
le sonrió nerviosa, natural, volviendo a ser la verdadera Lila Sawyer.

—¿Cómo lo hice?—preguntó al que correspondió con una tremenda sonrisa.

—Sin duda estarás dentro de la Escuela de Artes Escénicas, amor.

—¿No crees que me faltó un poco?

—¿Para volverme loco o encender la libido de todos?

Lila soltó una carcajada, su novio la rodeo con los brazos y reclamó sus labios. Él
tenía que aprender como hacer eso: observar a su novia coquetear y provocar a
media escuela, sin volverse un monstruo celoso.

Gerald le colocó ambas manos sobre los hombros, sacándolo de su trance. Sid,
Stinky y todos los demás ya se habían replegado.

—¡Hey! déjalos en paz, ¿La veras en casi todas tus clases, cierto?

—Sip

—Además, me permito recordarte que es de mal gusto espiar, cuando dos personas
están be-san-do-se

—Helga te enseñó eso.

—Y por eso lo repito. ¿Cómo está? ¿Dieron mucho asco desde que nos fuimos?—
preguntó fingiendo provocarse el vómito con los dedos.

—Sabes que sí y se encuentra bien. Sus padres se quedarán con ella esta semana.

—WOW, no irán a matarse entre todos, ¿cierto?

—Espero que no, Bob y yo llegamos a una especie de acuerdo.

—¿Respetas a su hija y él respeta sus vidas?

—Tal cual.

296
.

—¿Tú dirías que ya estamos a mano?—preguntó la pelirroja en el cambio de su


primera clase a la segunda.

—¿A mano? Después de hacer eso, diría que te debo la vida.—respondió Arnold
con la vieja camaradería de antes.

—Me halagas pero apuesto mi pase universitario a que "esa" ya se la obsequiaste


a alguien más.—Lila le guiñó el ojo. Ignorando a las filas de "fans" que parecían
decepcionados de verlos juntos al andar.

—¿Demasiado obvio?—preguntó abochornándose por completo. Sawyer lo disfrutó,


Arnold era tan transparente con sus sentimientos.

—Escuché que no saliste del hospital hasta ayer por la noche y eso únicamente
porque debías venir a presentar los exámenes. —el asintió, sintiendo impulsos
asesinos de nuevo. (Todos en ese condenado y microscópico pueblo eran una
maldita bola de chismosos)

—Sí, bueno es que yo…—trató de excusarse jugando con su dedos.

—Eres el caballero de flamante armadura que Helga siempre estuvo esperando.—


concluyó la oración por él, dado que "eso" era cierto.

Desde "Romeo y Julieta" Helga había querido tenerlo y ella sabía que "iba en serio"
pues se tragó el orgullo para confesar que lo quería y necesitaba que le diera su
papel.

"Él nunca la besaría en serio" "Jamás la vería como la princesa de ningún cuento
encantado" "Y todo lo que quería era un beso" Después de eso los dejaría juntos. Si
el "Cabeza de Balón" quería estar con ella, la dejaría tenerlo. No se metería en el
medio.

Y lo cumplió.

Por diez años, no se entrometió. Y aunque pudo haber sacado ventaja, probado los
labios que con tanta facilidad, Arnold le obsequiaba, los rechazó porque sabía que
no era correcto. Ella no iba en serio. Sí le gustaba pero no lo amaba.

Al menos no, al grado de admitirlo delante de sus amigos.

Supo de lo que pasó con Eugene y lo sucedido mucho antes de eso. Que Arnold le
dio una carta que la hizo llorar y que después le obsequió un beso que la hizo callar,
que todos se convencieron, Rhonda se desmayó, Sheena tenía sus dudas y por eso
Helga declamó.

Improvisó un poema de amor.

¿Y a caso ella, no tenía su propio amor? ¿Un chico encantador, apuesto, inteligente
y gracioso?

297
Suspiró para sus adentros, ya que no era correcto aspirar a una pizca de ese mítico
amor. El que te besa por sorpresa y hace que tu Universo completo estremezca. Lo
había buscado, en asombrosa cantidad de chicos, pero ninguno la inspiraba,
ninguno la estremecía, ninguno la hacía querer tocar la luna. Como sabía que Helga,
tocaría el cielo e infierno por Arnold Shortman.

Ya estaban en biología y ambos miraron con nostalgia el asiento vacío de Eugene.

—Me comprometí a conseguir las preguntas del examen, así que yo lo golpeo y tú
te robas uno.

—¿¡Qué!? —antes de que Arnold pudiera reaccionar, Lila chocó "accidentalmente"


con el profesor, haciendo que tirara todas sus cosas, las carpetas, además de los
exámenes que llevaba distraídamente en las manos. Shortman fingió agacharse
para ayudar y mientras lo hacía, tomó un ejemplar y lo introdujo en su mochila.

El profesor Cruz se extrañó de que le faltara uno pero al comprobar que no estaba
Eugene, supuso que lo obvió.

—Ojos en sus exámenes, si veo a alguien sacando cualquier cosa que no sea un
bolígrafo, sale del salón y está reprobado. Lo mismo aplica para los susurros,
cuchicheos o cualquier movimiento que realicen en falso. Tienen cuarenta y cinco
minutos para responder a partir de ahora, cuiden la ortografía y la calidad de su letra.

No voy a estar descifrando garabatos extraños…

—¿Tú te reconciliaste conmigo porque necesitabas a alguien para ayudar a


Eugene?—preguntó Arnold, cuando salieron de clase y Lila informó a todos por el
chat que lo había logrado.

—¿Me crees capaz de hacer algo tan bajo?—respondió juguetona, humedeciendo


sus labios en aquel gesto coqueto y sensual.

—Si, pero también creo que lo hiciste para volver a ser amigos.

—Es lo único que siempre quise que fuéramos.

—Y lo somos. —Arnold le sonrió satisfactoriamente, luego se disculpó porque debía


ir a Historia y ella a inglés, clase que compartía con Larry y de hecho debía esperarlo
para que llegaran juntos.

Lo miró partir perdiéndose entre personas, Gerald y Phoebe andaban por ahí, Harold
y Patty también, las parejas de ensueño, unidas, bellas. Pensó que definitivamente,
él era demasiado denso. No por nada le tomó diez años darse cuenta de los
sentimientos de Helga, pero ¿Y los de ella? ¿Dónde quedaba ese suspiro ahogado,
esa sutil insinuación que decía que "amigos" no quería decir exactamente eso?
¿Que en el fondo de su alma le habría encantado besarlo y saber, si hacía
estremecer de gozo su corazón?

Pero no se atrevió, porque la venció el miedo.

298
Si lo besaba y se enamoraba, se sentiría una traidora. Usurpadora del amor que
debía merecer Helga. ¿A caso ella, no había sufrido demasiado? ¿No lloraba todos
los días y declamaba y peleaba contra su fuero interno? ¿No la odiaba, porque en
el fondo deseaba ser como ella. "La señorita perfección" la que llamaba la atención
del objeto de su adoración? ¿No merecía una recompensa, por todo ese dolor?

Ella creía que sí. Y le encantaba que estuvieran juntos, que él la amara como
deseaba ser amada.

—¡Aquí estas!—Larry la llamó a lo lejos, ella le sonrió, ni siquiera tuvo que fingir. Era
un gesto auténtico, lo quería en serio y cuando se besaban, había un vuelco en su
corazón. No extraordinario, ni para tocar la luna, pero sí, para tocar sus fuertes
músculos, juguetear con sus ropas, la hebilla del pantalón y si él quería…llegar un
poco más lejos.

HOSPITAL GENERAL DE HILLWOOD

16:00hrs.

—El profesor Burnside te extrañó en el examen. —comentó Arnold, en lo que Helga


terminaba con la insípida gelatina de la que siempre se quejaba, más era lo primero
y único que se comía.

Sus padres se alegraron de verlo, aparentemente estaban cansados y querían un


relevo.

Dejó sus cosas junto a la cama y se acomodó en la silla, Helga llevaba su propia
ropa, una camisa rosa de cuello redondo, además de un pantalón de algodón negro.
Le comentó que durante el día, ya no se quedaría ahí, saldría a los jardines del
hospital junto a los demás pacientes en "rehabilitación" se encontró con Eugene,
pero el pelirrojo no la reconoció.

—¿De verdad cambié tanto? —Arnold la miró de nuevo, el conjunto completo y claro
que cambio demasiado. Imposible no mirar sus pechos, aunque segundos después
se arrepintió y la miró a los ojos. Helga ya tenía el ceño fruncido en un claro reproche
pero se lo tragó porque claro que sabía que él era un cretino.

—Perdón,—desvió el rostro sintiendo las mejillas incendiadas. Helga le arrojó el


vaso de gelatina a la cara y él intentó corregir su error desde otro ángulo. —Eugene,
solo recuerda cómo éramos a los doce años.

—¿Y a los doce años, no tenía pechos? ¿¡Es lo que intentas decir!?

—¡No! Bueno, sí…


299
.

A los doce años, todos "estaban cambiando" pero más las chicas, se convirtieron de
la noche a la mañana en una secta que aislaba a los niños y de todo se enfadaba.
Asumió que como sus cuerpos cambiaban notoriamente que los suyos, estaban
recelosas y peleadas con el mundo. Que ellos fueran cerdos, tampoco ayudaba
mucho porque "¿A dónde querían que miraran si sólo había una cosa que mirar?"

Recordaba a Lila, por supuesto que su atención se fijó más de lo normal en ella, sus
curvas de niña a mujer fueron adquiriendo forma de manera espectacular, discreta
y sensual. Además de que según él que fue un cambio que no termino de asentarse
hasta los catorce o quince años de edad.

Respecto de Helga, recordaba que un día sólo dejó de usar su vestido.

Aquel conjunto de rosa y blanco que al parecer le encantaba. Lo dejó en casa y lo


cambió por unos jeans ajustados y blusas de tirantes. Un movimiento arriesgado y
una notable protesta ya que todas las demás usaban chaquetas de la mañana a la
noche, camisas con cuello de tortuga, mangas largas. Vaya, que lo último que
querían era que notara su pecho y Harold, solía señalarla y decir que estaba tan
plana y era tan "ajena a la naturaleza" que claro, que no temía que alguien le viera,
nada.

Su discurso terminaba con los puños de Helga rompiendo su cara, pero un año
después algo se notaba. La cintura más estrecha, las piernas mejor torneadas, su
pecho aún oculto debajo de esas nada discretas prendas y los mechones de cabello
que comenzaba a dejarse suelto y largo.

La "amazona" por referirla de alguna manera, no apareció hasta dos años después.
Cuando dejó los tirantes y optó por las camisas de cuello redondo en un intento por
distraer la atención de sus pechos, pero la prenda caía con gracia, aún si era
holgada y ella nada fémina.

La uniceja, se ocultaba debajo de la cortina de cabello suelto, eso lo recordaba


bastante bien ya que solía olvidarse de ella hasta que Helga se enfadaba de más y
fruncía el ceño a niveles insospechados.

Un par de cejas perfectas, delineadas y coquetas…sintió como si Helga se hubiera


arrebatado algo pero ¿No le dijeron lo mismo cuando él, se dejó la gorra en su casa?

Que le faltaba algo, que no parecía ser él

Y la amazona no se parecía a ella, pero era la misma asombrosa mujer...

—¿¡Sí, qué…!? —preguntó furiosa, dudosa, ya que a medida que pensaba en eso,
él había vuelto a acercarse a ella. Le retiró la bandeja con comida de las piernas y
se recostó sobre ella, rodeándola con su cuerpo, reclamando sus labios y Helga
respondió como sabía que lo haría, como le gustaba que hiciera. Derritiéndose en
su boca, suspirando, aferrándose a él por el cuello de su camisa.

300
—Si, cambiaste demasiado. —respondió. —pero eso es solo un decir. Ya que sigues
siendo la mujer que amo.

—Arnold…—ella lo miró a los ojos y él hubiera seguido por ahí, de no ser porque
ahora que la tenía más cerca, notó los rasguños por el largo de sus brazos.

—¿Qué te pasó…?—inquirió preocupado, revisando la herida solo para encontrar


que tenía los mismos rasguños por todos lados. Su rostro por el contrario, se veía
más determinado que antes, fuerte.

—¿Qué te pasó a ti? —él tenía algunos golpes en la cara y los nudillos, pensó que
no se verían, pero claro. Los dos eran minuciosos con sus cuerpos.

Sucedió durante el almuerzo, él estaba con los chicos en la mesa de siempre cuando
otros idiotas empujaron a Gerald y Sid para hacerse lugar y sentarse a su mesa.
Gritaron a todo pulmón que "él era el hombre" el que había derribado sus defensas,
él único que se había "tirado" a la Amazona, querían detalles, sucios e íntimos,
además de saber ¿Cómo lo había hecho? porque necias como ella, había por todas
partes de la escuela, zorritas que se sentían tan buenas, cuando lo único cierto es
que pedían a gritos a alguien que les tronara los huesos.

El resultado de eso fue que él, se olvidara de sus juramentos (sobre el pacifismo) y
golpeara con el puño cerrado la cara del primero de ellos. Gerald y Sid se vieron
obligados a intervenir porque como demanda la tradición, en menos de dos minutos
toda la preparatoria se estaba golpeando entre sí. Los profesores se tomaron su
tiempo en intervenir, mas que nada porque fue Harold, el último en unirse a la acción
y separarlos a todos bajo amenaza de extraer la espina dorsal de sus troncos, como
lo dejaran comerse su maldita comida en paz.

"Y por cierto, vuelvo a escuchar que llaman a Helga G. Pataki, zorra y yo los
comenzaré a llamar moluscos. ¿Saben por qué? Porque no les quedará un solo
hueso ileso"

Dicho lo anterior, se volvió a acomodar junto con Paty a su mesa. La encantadora


mujer, también había repartido su propia tanda de golpes.

Recuerdos de la tierna infancia, además de que "alguien" tenía que ponerlos en su


lugar, en ausencia de su "golpeadora" habitual.

—Digamos que me topé con la mitad de la escuela que aún te dice zorra…

—¿Y me lo perdí…?—cuestionó mirándolo con una nueva intención. Dispuesta a


comérselo a besos o quizás algo mucho más intenso. Le agradó, pero no accedió.

—Gerald tomó fotos, te las dará en tu cumpleaños. ¿Ahora, respondes tú?

—Intento averiguarlo...

301
—¿Te caíste en esa salida por los jardines?

—¿¡Me crees tan torpe!?

—No, pero quiero entender…—Helga le colocó un dedo sobre los labios para
hacerlo callar. Le gustaba que se preocupara por ella, que la mirara de esa
manera, que estuviera tan cerca e inclusive que se peleara por ella y reprimió el
impulso de besarlo, solo porque en realidad quería pedirle algo.

—Sigo aquí y pretendo quedarme aquí. Por eso creo que me podrías ayudar con tus
cosas "místicas" de la selva.

—¿Perdón...?—inquirió bajándose de la cama porque aunque le fascinaba y de


verdad la amaba, le tenía pavor a su padre y lo ultimo que quería era que Bob entrara
y lo encontrara sobre su hija.

—Dijiste que te enseñaron a meditar, aislar tu entorno, despejar la mente, desvelar


los secretos de tu corazón.

—Sí…

—Pues quiero hacerlo…—él se puso más pálido que la muerte.

—¿A caso tú…tienes dudas sobre nosotros?—Helga negó y lo miró directo a los
ojos.

—Quiero encarar a la muerte, patearla en la cara o preguntar qué diablos le pasa.

—¿¡Qué…!?

Le narró sus sueños y explicó lo sucedido. "recuerdos tan vívidos que tu cuerpo
reacciona como si estuvieras ahí" y el problema con ella era que cada que cerraba
los ojos volvía ahí.

—¿Una selva de sombras con una hoguera en el centro?

—Sí…

—Helga, lo que describes no está en tus sueños. Es San Lorenzo…

—¡Claro que no! Yo estuve ahí, no se parece en…

—No estuviste en el mismo lugar que yo. —interrumpió. —Esa hoguera la he visto
y esa mujer de cabellos negros, piel morena y ojos verdes, la conozco.

—¡No es posible!

—¡Sí lo es! Solo que no puedo creer que se atreviera a llegar tan lejos.

302
Arnold estaba aún más furioso que en la mañana o en la cafetería, Helga no quiso
verlo así y bajo de la cama para acercarse a él, lo abrazó por detrás y comenzó a
tranquilizarlo con el sonido de su voz.

—¿Comprendes que lo que dices no puede tener ningún sentido? San Lorenzo es
una selva salvaje, nutrida, llena de árboles y fauna indomable. Lo que yo describo
es un paraje estéril, árboles secos, tierra árida. Una selva de sombras porque eso
es lo único que hay, objetos con cuerpo pero ausencia de alma.

Phoebe ya lo dijo y aunque no quieras aceptarlo tiene razón. Yo desee morir. No me


mires así, sé que estamos juntos y no tengo dudas de nuestro amor. Pero lo desee
porque en el fondo estoy rota…—Helga tomó la mano izquierda de Arnold y la colocó
sobre su pecho, justo en el corazón. —Algo dentro de mi se rompió hace mucho y
me aterra que veas o toques esa cicatriz. Que no te guste estar con una muñeca
rota.

—Helga…

—Sí, ya sé que no piensas así. Pero cuando me atacó Jake, no pude evitar dudar.
Desperté ahí, no sé donde sea. Mi psicóloga cree que la respuesta está en algún
recoveco de mi mente y si es así, puede que le diera esa imagen porque cuando
hablamos, me describiste esos rituales e hiciste énfasis en la hoguera.

—Lo recuerdo.

—¿Entonces me ayudarás a hacer la paz con la muerte? Mi muerte.

—No lo digas así…

—Si te tengo a ti, nunca más me dejaré ir…—Arnold accedió besando sus labios
con total devoción, sintiendo su corazón al mil, ahora que no había retirado la mano,
con la otra se aferró a su cintura para pegarla a sus formas y hacer que ella también
lo sintiera. Cuando sus deseos llegaron al punto que él estaba luchando por no bajar
la mano a dónde no debía colocarla comentó.

—Te enseñaré, sólo con una condición.

—¿Y cual es…?—sus ojos en los de su novio y quizás de ahí, le confirió el mismo
color de ojos a su encantadora muerte, aunque los de Arnold eran de un verde
mucho más claro y amable. Los de ella eran fríos, crueles, cargados de un odio que
lastimaba en el alma… Arnold separó los labios, pero no terminó de explicar ya que
al mismo tiempo la puerta de su cuarto se abrió y por ella entró Bob

—¡QUITA TU MALDITA MANO DEL PECHO DE MI HIJA!

—¡PAPÁ, NO! ¡NO LE HAGAS DAÑO!

—¡VOY A MATARLO!

—¡NO!

.
303
.

CAPÍTULO 19

Por cuarta vez, Arnold Shortman volvió a tener las que él calificaba de pesadillas,
pero que en realidad eran sueños húmedos con su enamorada etérea. La chica de
cabellos rubios, piel pálida cual porcelana, mirada intensa y labios que besan hasta
consumir su esencia, drenar sus ansias, reducirlo a un simple manojo de piel,
estímulos y deseo.

En el sueño, ellos estaban en su habitación. Helga subía por las bien conocidas
escaleras de incendios, abría el ventanal y se colaba cual fantasma puesto que él
no advertía su presencia hasta que sentía una corriente helada que se le metía por
los huesos a lo más profundo del alma.

Iba vestida con su camiseta de fútbol soccer, solo eso y nada más. Le venía como
un vestido demasiado corto, abierto del pecho y dejando expuestos sus más íntimos
recovecos. La iluminación de la alcoba era pobre, proveniente de la luz de luna y las
lámparas de calle. Aún así, reconocía la intención en su gesto, además de la
seductora cadencia con que se aproximaba a él, al llegar al pie de su cama, colocaba
ambas manos sobre el filo de la prenda y tiraba de ella hasta desprenderla.

No le decía nada, en todos sus sueños, ella jamás le decía nada. Solo se desnudaba
ante él y subía a la cama donde él ya estaba teniendo serios problemas para
respirar. Lo besaba, como acotó. Hasta arrebatarle, las dudas, la inseguridad, el
temor. Sus labios sobre los propios, sus manos el rededor de su cuello, las de él
acariciando palmo, tras palmo de piel. Se incorporaba e invertía la posición de sus
cuerpos, recostándola en la cama, haciendo a un lado la sábana, quitándose las
prendas de noche, que en su caso consistían en una camisa de botones y un
pantalón de algodón azul. Helga se divertía con sus ansias, se burlaba de su
torpeza, las manos le sudaban, todo su cuerpo ardía y no podía entender, cómo es
que ella estaba tan calmada y alegre. La contempló, cuando terminó de arrancarse
la ropa y ella lo contemplaba también. Un agradable cosquilleo le recorrió la piel al
percatarse de cómo ella se regodeaba con él, sus pupilas dilatadas, la respiración
agitada, sabía que lo encontraba atractivo y eso era como mil puntos extra a su ego.

En cuanto a la mujer, la guerrera amazona desnuda ante él, se quedaría sin aliento,
palabras no existían para describir lo malditamente hermosa que era. Y no solo por
el físico, sino porque lo amaba tanto que se entregaba, sin reservas a él

Helga separó las piernas en las que ya se quería perder, lo miró a los ojos con pasión
y extendió los brazos para invitarlo a fundirse en su piel. La acción no tardó en
suceder, la deseaba tanto, la amaba tanto que antes de poder pensar, ya estaban
comiéndose a besos y explorando sus cuerpos.

304
Un jadeo entrecortado, cuando su erección chocó contra el húmedo recoveco y los
dos se miraban temerosos e impacientes. No quería lastimarla, decepcionarla,
embarazarla. No obstante, había fuego en su piel, urgencia en todo su ser y
empujaba, hasta que ella gritaba y él, despertaba.

Desde el lunes que Bob Pataki lo regresó por mano propia a la puerta de su casa y
acusó de ser un maldito e insaciable cerdo con su preciosa y delicada flor. Sus
abuelos y padre lo castigaron encerrándolo por las noches en sus aposentos. Miles,
se quedaba en el salón de lectura. Cosa que aparentemente le cayó del cielo, ya
que comenzaba a perderse en libros e investigaciones de cosas que solo él
entendía.

Y como si las palabras de su "suegro" hubieran sido una maldición, comenzó a soñar
con ella de diferentes formas. Cuando no irrumpía en su alcoba colándose por la
ventana, aparecía en el cuarto de baño mientras se duchaba. En la cocina, donde
la subía a la mesa y desvirgaba a sabiendas de que en cualquier momento podían
aparecer sus abuelos o padre y en otra ocasión, lo abordaba en el vestíbulo. Lo
hacían sobre la alfombra, junto a las escaleras que dan paso a las habitaciones ya
que no conseguían llegar a ningún otro lugar.

Necesitaba una ducha helada, la quinta de la semana y la que presagiaba muchas


más dado que hoy le daban el alta y volver a tenerla tan cerca, no sería bueno para
su calma.

No volvió a visitarla en el hospital, Bob dejo en claro que lo quería lejos de su hija
(mientras él estuviera cerca) y como estaban en semana de exámenes, tampoco le
pareció buena idea a sus familiares que la buscara.

Español, Matemáticas, Historia, Biología, Física, Química, Ciencias Naturales,


Filosofía, Ética y Estética. Al menos ese día, solo sufriría con Literatura, pero
reprobar la materia honesta y sinceramente, le tenía sin problemas.

El Club de Fans de Helga mantuvo un perfil "relativamente bajo" solo aparecieron el


martes, mientras él entrenaba en las canchas de soccer y lo molestaron con tres
letreros gigantes donde se leía perfectamente: "ROMPETE" "UNA" "PIERNA" les
hizo una señal con el dedo de en medio, Alan, Brainy y Lorenzo le contestaron con
los debidos puños cerrados y hondeados de delante hacia atrás (saludando a su
madre) a otros de sus compañeros les quedó el saco, se armó una pequeña revuelta
y su entrenador amenazó con echarlos de las gradas pero entonces llegaron Lila y
Larry

La que fuera una de sus mejores amigas volvía a animarlo con traje de porrista,
pompones y toda la onda. (No tanto por él, sino que parecía estar "aprovechando"
para darle un "show privado" a su novio) parte de él agradeció que lo hiciera (porque
se veía radiante) hasta que se percató de que el Club de Fans, probablemente lo
estuviera "vigilando" los maldijo a todos en "español" idioma que estaba estudiando

305
debido al lugar donde nació y prometió de manera secreta que algún día los
asesinaría o dejaría que lo golpearan y Helga los aniquilara.

Miércoles, no tuvo mayor contratiempo a no ser porque ya era "oficial" el


rompimiento de Rhonda y Curly, hicieron una escena monumental que arruinó la
práctica de Baloncesto de Gerald, el moreno estaba sumamente ofendido y gritaba
a los cuatro vientos al terminar de entrenar.

"¿¡Por qué siempre a mi!?" "¿Por qué no se juntan para joder a Harold cuando está
entrenando?"

La respuesta era simple. Nadie fastidiaba a Harold. Y todos adoraban ver gritar y
hacer rabietas a Gerald Johanssen.

Jueves y ya estaba delirando.

La extrañaba, eso era un hecho. Era un cerdo que se moría por tener sexo, (eso era
otro hecho) pero también debía comenzar a afrontar la profundidad de sus palabras.

Lo estuvo meditando los días anteriores, concediendo que era probable que Helga
uniera todas las cosas que le daban miedo y diera vida a ese extraño sueño.

Polaris Johannes (su psicóloga) atinó a darle pastillas para dormir, no era lo mas
ortodoxo pero ayudaba en el sentido de que apagaban su cerebro (no más sueños)
y así las heridas podían sanar. De las marcas de dedos en su cuello, rasguños por
el largo de brazos y laceraciones en las plantas de los pies, ya solo quedaba un
recuerdo. El cabestrillo era lo único que la fastidiaba pero las radiografías señalaban
que de uno a dos meses estaría bien.

Sus padres la animaban a comer mejor, también a recuperar la fortaleza y vigor.

Olga le obsequió una tableta electrónica (como regalo anticipado de cumpleaños) y


así ellos podían charlar entre las nueve y diez de la noche. Hora en que las
enfermeras hacían su ultima ronda y sus padres dormitaban en las sillas a
disposición. Por este medio le comunicó que Eugene, al fin la reconoció y que en
agradecimiento por vengar su cerebro estaba enseñándole a escribir con la mano
izquierda (él era zurdo). Le faltaba fuerza en el puño pero lo compensaba con su
carácter férreo y voluntad de acero.

"Ya lo verás Arnoldo, escribiré leperadas con las dos manos"

"Siempre es bueno tener una motivación"

"También dibujaré mejor, Brainy se irá de espaldas cuando lo vea"

"¿Que pasó con la bonita tradición de romperles los lentes, sobre el puente de la
nariz?"

"Si tu quieres, también lo haré…"

306
Helga estaba dando su mejor esfuerzo, sobretodo para reunirse con él.

No habían vuelto a tocar el tema de su "petición" la meditación que abriría su mente


y corazón. Él no había querido hacerlo, pensar en "eso" lo ponía enfermo porque las
coincidencias entre lo que dijo y lo que él experimentó en San Lorenzo eran
demasiadas.

¿A caso, no lo sentía en su fuero interno?

¿No la recordaba? ¿No la soñaba y deseaba con la misma intensidad que a la mujer
que amaba?

Las pesadillas, las refería como tal dado que después de soñar con su
novia, aparecía la otra.

Él despertaba agitado, con los vestigios "húmedos" del sueño pero contrario de salir
de la cama, cambiarse de ropas o sábanas, se daba la vuelta e intentaba volver a
dormir.

Las tierras que lo vieron nacer le daban la bienvenida. La selva húmeda, nutrida y
poblada. Reconocía el campamento, las tiendas que en su momento ocuparon sus
padres y él, las de los líderes de la tribu y también la de Anthea.

El fuego de la hoguera ardía como recordaba, al centro de todo su "universo" de


frente al volcán que supuestamente él debía "controlar" y la seductora mujer salía
de entre sombras con las prendas de antaño: una falda larga color caqui, escotada
a los lados, permitiendo la vista de sus piernas largas a todo aquel que quisiera
observar, vientre plano, cintura apenas insinuada, cubría sus pechos con un top del
mismo color que se ceñía a su figura por la parte superior del seno izquierdo y seguía
de largo por el diestro hasta alcanzar el hombro y dar la vuelta hacia atrás, en el
cuello solía llevar un collar negro, delgado, decorado con un par de piedras verdes
y en el centro un colmillo.

Los rumores decían que las piedras representaban los espíritus de sus padres,
fallecidos cuando tenía diez años de edad. La criaron sus abuelos, (al igual que a
él) y referente al colmillo, perteneció a una criatura que intentó tomar su vida pero le
dio caza con una lanza para matarlo y no ser devorada.

Era hábil con el manejo de armas bélicas, además de aguerrida y valiente, por ello
le permitieron entrenar junto a los varones. Su intervención inspiró a otras mujeres
a pesar de que antaño se tenía por mal presagio que tomaran armas o se unieran a
la batalla.

Thea sobresalió de entre todos. No supo si lo hizo por convicción propia o si se


sentía obligada al ser la descendiente de los líderes.

Como sea, cuando la conoció (cerca de cuatro años atrás) le pareció atractiva,
misteriosa y por supuesto sexy. Los retos a que se enfrentaron parecían dirigir sus
impulsos hacia aquellos senderos. La música de los tambores, el sonido de los
cantos, pies desnudos chocando contra la tierra ardiente, el calor de la hoguera, sus

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cuerpos sudando, rozándose de tanto en tanto en aquellos combates bélicos que
mas bien parecían una erótica danza.

Anthea, no tenía problemas con mostrar su femineidad (contrario de las chicas que
dejó en Hillwood) así que él admiró su libertad. Contempló sin pudor la serosidad
cobriza de su piel morena, además de la fuerza con que combatía y mentiría si dijera
que no se dejó vencer mas de una vez con tal de sentirla contra la piel y esto lo
decía porque él, solía practicar con el pantalón de lana y nada más. Ver esa sonrisa
discreta, pero de completa satisfacción al creerse vencedora lo llenaba de gozo.

Su tacto era cálido, (eso lo recordaba ahora) sus ojos profundos, del mismo color
que los propios, delineados por unas pestañas demasiado largas y negras, labios
gruesos, ligeramente más claros que el tono natural de su piel y todo eso, en
conjunto le daba un aspecto maduro y provocativo.

Cuando lo invitó, él no accedió. Pero omitió decir que no lo hizo porque demasiadas
cosas en ella, le recordaban a su mujer.

Su espíritu indomable, fuerza combativa, la libertad de su ser, porque Helga Pataki


tampoco se dejó intimidar por lo que la naturaleza hizo con su ser. Era orgullosa,
arrogante y cualquiera que opinara lo contrario terminaría con la cara en el piso y
uno que otro hueso maltrecho.

Retomando el punto.

En su pesadilla, Thea volvía a postrarse ante él. No la jovencita de catorce años,


que era mucho mas baja de estatura y delgada que él, sino la atrayente mujer que
ahora es.

Cabellos negros, sueltos, cayendo como una sombra por detrás de su cuerpo, los
pies descalzos, brazos desnudos, decoraba el puño diestro con una pulsera que
tenía piedras opacas y algunos huesos, le llamó la atención de manera inmediata
porque toda ella irradiaba sensualidad y poderío.

Le gustaban las mujeres fuertes, (he ahí otro hecho) dominantes, seguras de sí
mismas, que pudieran cuidarse solas, ya que se sabía con la sobrada tendencia a ir
por su cuenta.

Y entonces ella estaba ahí, caminando hacia él con la misma cadencia conque
hiciera Helga, el bamboleo de sus caderas, la intención en su gesto, erotismo
desbordando por cada poro de su piel, pechos pequeños pero bien formados,
caderas anchas. Su cuerpo la deseaba y su mente marcaba una notable diferencia
entre ambas.

Su Amazona conservaba la deslumbrante belleza que en su primer día de


Preparatoria lo dejó sin defensas, pero su fuerza, aquella que en cada encuentro lo
atraía cual imán aparecía cada vez más deslucida.

Thea por el contrario, irradiaba peligro.

¿No era eso, algo que también aprendió a amar de Helga?

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Que lo hiciera temblar, temer, sudar…

Pero de un tiempo hacia acá, todo lo que hacía era llorar.

La Diosa Centro Americana se detenía a distancia prudente de él, volvía a ofrecer


la invitación de unirse a ella en la cama. Ser suyo por una noche, convertirla en
mujer y contrario de la primera vez, él se descubría yendo tras sus pies, seguía sus
pasos como si estuviera poseso, tomaba la mano que le era ofrecida y con la otra,
Anthea abría la hendidura y se perdían en el interior de su tienda...

El sueño, regularmente terminaba ahí, pero esta noche no sucedió así.

Su cuerpo caía en un abismo de sombras, sentía el choque de su piel al impactar


con la cama y después manos que desgarraban sus ropas y lastimaban su carne.
El roce de sus dedos quemaba en la espalda, el aire asfixiaba, no veía nada pero
después reconocía unos ojos que no pertenecían a la mujer que amaba y despertó
gritando con el corazón en un hilo, otra dolorosa erección, además de la culpa,
porque no quería engañar, ni mucho menos lastimar a Helga.

¿Por qué pensaba en las dos. Si se suponía que ya había elegido su corazón?

No tenía dudas al respecto, los "votos" que le dedicó los sentía de manera sincera
y sí. Helga estaba rota, cosa que le aterraba y por eso era ahora que más lo
necesitaba.

Para ser su fuerza y no para engañarla.

El sonido de un mensaje recibido, interrumpió de pronto las cavilaciones de su


mente, la cama en que dormía era un desastre, él un completo asco, el reloj digital
anunciaba las tres diecisiete de la mañana, así que solo podía tratarse de una
persona.

"¿Duermes?"—preguntó su mujer para iniciar o acabar la conversa. Él se dedicó


otro poco de asco y si no fuera por el techo de vidrio optaría por comenzar a dormir
desnudo. Suspiró para sus adentros, golpeándose en la cara con ambas manos para
terminar de despertar, luego se levantó, arrastrando sus pies hasta la silla del
escritorio y cuando estuvo seguro de estar mas o menos consciente se apresuró a
teclear.

"No, realmente"

"¿Seguro?"
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"Estaba por ir al baño"

"¿Incontinencia?"

"Graciosa"

No hubo más palabras por parte de Helga, a pesar de que el chat indicaba que se
encontraba escribiendo. Él encendió la luz de escritorio, bloqueó la cámara de su
laptop con un sticker (por si el universo verdaderamente lo odiaba y lo veía medio
desnudo, excitado y batido su muy encantadora y furiosa novia) recompuso un
mínimo su estado. Es decir, que se cambió las prendas inferiores y agradeció a los
nueve infiernos que desde hace mucho se hacía cargo él solito de su lavandería.

"¿Pesadillas?" —se atrevió a preguntar, pues sabía que aún le costaba trabajo
escribir en el teclado táctil.

"No…"

"¿Bocadillo de las 3:00am?" —inquirió refiriendo a cierto personaje rosado que


comía hamburguesas a esa hora.

"Intuición" —escribió la rubia y él sintió una descarga como de agua helada


corriéndole por la espina dorsal.

"¿Perdón…?" —refirió culpable. Ella era demasiado lista, astuta, veras. ¿La
conexión que los unía habría puesto en alerta máxima las alarmas de su corazón?
No tuvo que preguntar, lo siguiente que envió fue un mensaje de voz.

—Bob y Miriam duermen en las sillas de junto así que no me quiero arriesgar a
hablar demasiado alto. Si me escuchas, solo desperté pensando en ti. No sé como
explicarlo, sentí que me llamabas, como si te pasara algo.

"¿Tú eres la que está en el hospital y te preocupas por mi?" —escribió con dedos
nerviosos. Sintiendo como le temblaba el corazón y se le helaba la sangre.

Helga, por supuesto que no se contentaría con eso.

Envió un nuevo mensaje de voz.

—Quiero, necesito…sólo déjame verte…—ese audio era un poco más agitado, es


decir que estaba saliendo de la cama para apartarse lo mas que pudiera de sus
padres y conversar con él.

"No estoy presentable…" —tecleó porque seguramente traía una cara demasiado
culpable. La piel le escocía en la espalda baja y su corazón no había parado de
amenazar con salirse de su pecho.

Ella, presionó otra vez.

—Arnold, tú me has visto en mis peores momentos, creo que puedo soportar que
estés despeinado, ojeroso y con tu bendita pijama de ositos cariñositos.

310
"De acuerdo" —se resignó porque sonaba demasiado alterada y otra parte de su
ser, agradecía el poder escucharla. Ella lo tranquilizaba, lo aliviaba.

Envió la videollamada, él contestó y quitó el sticker de la cámara, de todas formas.


Se rehusaba a encender por completo la luz.

—¡OMG! ¿¡Estás desnudo!? —fue lo primero que medio gritó su novia porque
obviamente, tenía que ahogar el sonido de su voz para no despertar a sus padres.

—¡CLARO QUE NO! —respondió en el mismo cuchicheo porque seguía intimidado


por las amenazas furiosas de Bob y su Abuela. Se levantó de la silla para que
pudiera ver que traía puesto el pantalón. A Helga le pareció más bien que le daba
un plano completo de su atlético y delicioso, torso desnudo.

—¿¡Cómo se sacan capturas de pantalla con esta cosa!? —preguntó medio


enloquecida y ansiosa.

—Necesitas las dos manos, chica lista. Y deja de pensar así, te dije que iba al baño.

—¿Te duchas a las tres de la mañana? —preguntó mas relajada, pero su rostro
denotaba un adorable y permanente estado de shock.

—A…veces…—la culpa se le escurrió por la cara y ni toda la luz de noche podría


ocultar el bochorno y las ganas que tenía de tirarse al piso y dejar que lo patearan
hasta la muerte.

Helga reconoció ambas cosas: la culpa y vergüenza, se las tragaba en el desayuno


desde tuvo la capacidad de comprender como funcionaba el mundo y optó por
convertirse en bully. Sus ojos lo devoraron acusadoramente, sus labios se abrieron
provocativamente y solo una cosa salió de ellos.

—NO PUEDE SER… ¡Tú, el samaritano!

—¡Vas a despertar a tus padres! —reprendió.

—¿Escuchas ese sonido como de camión en subida? Es Bob, roncando y si eso no


despertó a Miriam, nada lo hará.

—De todas formas…—él no sabía ni cómo ó donde esconderse, Helga comenzó a


convulsionarse de risa y dados los recientes acontecimientos debía admitir que
extrañaba su risa. La misma lo contagió después de unos segundos y los dos reían,
retorciendo sus estómagos y tapando sus bocas para no ser descubiertos.

—Dios, ¿Para esto me despiertas? —comentó, cuando ya se hubieran calmado.

—Yo, no…

—Escuché claramente el sonido de tu voz. Estabas llamándome…—Helga lo miró


a los ojos. Aún a través de la cámara, él sintió la intensidad de su mirada, el fuego
que irradiaba, la pasión y todas esas cosas que le dijo a su padre que sentía por ella
en lo mas profundo de su corazón. La preocupación en su rostro rápidamente fue

311
reemplazada por otra idea y la expresó. —¿Qué pasó campeón. Necesitabas ayuda,
ahí abajo?

—¡DIOS, NO!—se tapó la cara con ambas manos y azotó su faz contra el escritorio
repetidas veces. Helga volvió a reír a mandíbula suelta. Se lo contaría a Phoebe,
seguro como el infierno que se lo diría a ella y después Gerald lo torturaría por horas,
días, semanas…A.Ñ.O.S.

—No te pongas así. —consoló la rubia. —Es perfectamente normal, somos dos
adolescentes sanos, tú demasiado por lo que veo…

—¡Helga, basta! —gritó y saltó de su silla en busca de una condenada camisa, pero
no encontró ninguna porque mas allá del escritorio no veía una mierda.

—Déjame disfrutarlo, hombre de la selva. Eres tan santurrón que seguramente, esa
es toda la piel que veré hasta que lleguemos al altar

—¡No soy santurrón! —se quejó volviendo a su sitio. Helga le sopló un beso e hizo
una especie de "OK" con los dedos de la mano izquierda. Él deletreó la palabra "L-
O-C-A" porque sabía que podía leer los labios y la señorita se ufanó, obsequiándole
una inclinación de rostro.

—De acuerdo, prueba que no lo eres, tú me cuentas tus fantasías y yo te cuento las
mías.

—¡POR SUPUESTO QUE NO!

—Para que te animes yo empiezo. ¿Recuerdas la noche que me dejaste tu camiseta


de fútbol soccer?

—¡Detente ahora ó voy a terminar la llamada!

—¿Por qué? ¿No era buena? En mis fantasías tú eres demasiaaado bueno…

—¡HELGA…! —suplicó y negoció. —Tus padres están a menos de un metro de ti.


No vamos a hablar de esto delante de ellos. —ultimó con urgencia pues de todas
sus fantasías, la de la camiseta de fútbol era su favorita y si seguían por ahí, Bob
Pataki y Gertrude Shortman los asesinarían. Bueno, a él puede que primero lo
cazaran, torturaran y después lo mataran pero como fuera, no se quería morir así.

—Me detengo si admites, que me extrañas tanto que vas a explotar. —pronunció
la impertinente y fogosa rubia. Los brazos cruzados a la altura del pecho. (el
izquierdo mas bien uniéndose a su compañero, pues el cabestrillo mantenía el brazo
diestro en tal posición)

—Si...

—Yo también te extraño, aunque lamentablemente no he podido disfrutarlo


tanto…—le guiñó un ojo y él se preguntó ¿Por qué demonios no buscó una camisa
cuando se cambió? (le ardía la espalda baja y por eso no se cubrió)

312
—Suficiente, ¿has tenido más pesadillas? —preguntó acariciando la zona sensible
en su piel desnuda.

Las coincidencias, una vez más parecían ser demasiadas. "Experiencias tan vívidas
que tu cuerpo reacciona como si estuviera ahí"

Pero él no quería estar con Anthea, quería estar con Helga.

Hacerlo con ella en todos los lugares que pudieran profanar de Sunset Arms

—No, pero no quisiera depender de las pastillas para dormir.

—No lo harás

—¿Quieres decir que me ayudarás? —preguntó con un brillo de astucia en los ojos.

—Sabes que sí. —la rubia sonrió y él hizo lo mismo por asociación. Era un pacto, el
primero de muchos.

—¿Y la condición, es? —preguntó impaciente, dispuesta a todo.

—Te la diré mañana. Ahora creo que deberíamos dormir.

—¿Existe alguna posibilidad de que me recojas tú solo? No hemos tenido una cita
real en dos semanas.

—Lo sé, pasaré por ti después de la escuela e iremos a donde quieras.

—Estás dándome demasiado poder, Arnold Shortman

—Debes gustarme demasiado, Helga Pataki.

—Mas te vale...—la rubia hizo ademán de terminar la llamada pero él, no se resistió
a gritar.

—¡E…espera, una cosa más…!

—¿Te vas a quitar el pantalón y modelarás para mi? Lo aceptaría como regalo de
cumpleaños.

—¡NO! (él iba a decir: Te amo, pero obviamente, los humos se calentaron) Y no
deberías armar tanto escándalo. Me has visto antes, cuando fuimos a la playa

—¡ESO FUE A LOS DIEZ AÑOS! Y no es como si siguieras siendo un gusanillo


escuálido…

—¡Oye…! (al ego de ningún hombre le gusta escuchar que fue tan sensual y atlético
como un espagueti)

—¡TÚ EMPEZASTE! Además, acordamos que ese recuerdo


estaría prohibido porque te besé…

313
—Para que superara a otra… —Y oh, sorpresa. Aquí estaba de nuevo buscando a
Helga para olvidar a Thea.

Maldito fuera él en el nombre de los nueve infiernos. Era un condenado idiota


poseedor de un talento único para hacer sentir mal a su novia.

En aquel entonces.

Helga lo hizo sentir mejor consigo mismo, pero días después. Escuchó a Phoebe
decirle a Rhonda lo sumamente deprimida que estaba. No había podido levantarla
con nada, ni golpear a Harold o amenazar a los pobres diablos de sexto grado
ayudaba.

Así que él, se percató de lo obvio. La trató como un premio de consolación, aceptó
sus labios para reemplazar los que verdaderamente quería probar y por eso se
disculpó. La buscó al salir de clases, la encontró donde ya sabía que estaría. Le
gustaban los lugares altos, así que Helga estaba mirando a la nada y escondiéndose
de todos en el techo de la escuela.

Le dijo que lo sentía, que fue un idiota, que no debió aceptar…

"No hablemos de ese beso nunca más"

Interrumpió su discurso, y el tono en que lo dijo sugirió que no era un tema que mas
adelante pudieran abordar.

No era como la confesión de amor en Industrias Futuro, no era como el beso de


"Romeo y Julieta" no era algo que ella hiciera para demostrarle su amor. Sino algo
que hizo para que él, encontrara otro amor.

Le dolió caer en la cuenta de eso. Mirar la tristeza en sus ojos, así que accedió.

Juró que jamás hablarían de eso. Y a decir verdad, ni siquiera lo contaba como un
beso verdadero porque supo húmedo y salado. En su momento lo asoció con el mar.
Pero después reconoció que había sido un beso triste, lleno de sueños y esperanzas
rotas de Helga.

314
—¿Ya no hay otra, cierto? —preguntó con voz trémula. Arrebatándolo del recuerdo.

—¿Qu…qué…? —hubo duda y temblor en su voz. Helga lo miró con intensidad pero
aún así, él no confesó.

Era un sueño, solo un maldito e imposible sueño.

No se haría realidad.

JAMÁS.

—Si me olvidaras, ¿Correrías con otra? —insistió en el punto porque ella era lista y
él muy idiota.

—No hay ninguna otra…—lo dijo con convicción, aunque no sabía si para
convencerse a sí mismo o a ella.

—¿N…no tienes marcas de dedos en la espalda? —preguntó pegándose a la


Tablet. De lo que podía ver, Helga se había agazapado en una de las esquinas del
cuarto, junto a la ventana y el tablero que utilizan los doctores para ver las
radiografías. La rubia lo encendió y de ahí provenía la iluminación con que la veía.

—Dímelo tú…—se levantó para terminar con esto, porque los dos estaban
sumamente tensos y lo que inició como un juego de seducción, ahora parecía el
descubrimiento de una traición. Dio la espalda a la cámara. La piel hacía un rato que
le dejó de arder.

Y él, no tenía nada.

Solo eran sueños, no eran reales, no los podían lastimar.

—Ok, tienes un trasero de fábula y creo que el encierro por fin, está volviéndome
loca…—comentó demasiado rápido y él volvió a su lugar.

—¿Por qué lo dices, a caso me soñaste con otra?

—Es que no fue un sueño Arnold, ya te lo dije. Quizás se trató de un presentimiento


y luego de saber "lo que estabas haciendo" No estoy segura de ser lo que deseas.

—¿Y qué sabes tú de lo que deseo? —respondió molesto. Destruyéndola con la


mirada, haciendo uso de ese gesto oscuro y sensual que sabía que adoraba. No
obstante, la rubia se obstinó y comentó.

—Dormimos juntos, dos noches seguidas y tú jamás…

—¿Te falté al respeto? Helga, sabes perfectamente bien, que por sobre muchas
cosas soy un caballero, pero claro que te deseo.

—¿De verdad? —preguntó sin creerlo.

315
—Desde que despierto hasta que me duermo. Te lo dije antes, en la casa de
Gerald. Tú me quitas el sueño. —la rubia se convenció, el rubor en sus mejillas lo
confirmó y ahora fue su turno de soplarle un beso. —Es tarde, de verdad creo que
deberíamos…

—No puedo tomar más de una pastilla al día y no quiero verla otra vez...

—Entonces no lo hagas, cuéntame un cuento *Scheherezade… (Referencia a la


narradora de las mil y una noches)

Cuatro de la mañana con cuarenta y siete minutos y Helga acabó por quedarse
dormida. Agradeció de manera interna que por ahí de unos quince minutos la
convenció de volver a su cama. Para charlar, no tenían que verse y ella accedió.
Cuando el sonido de su voz se apagó, la llamo un par de veces con suavidad y no
respondió. Terminó la llamada y contrario de sus deseos, no volvió a la cama.
Encendió la luz de su alcoba, dirigiéndose a la parte alta de su armario donde solía
guardar las cosas que casi nunca usaba, su maleta de viaje estaba ahí aunada a un
objeto que creía conservar de San Lorenzo.

Arrojó cosas al piso de manera desordenada hasta encontrar lo que buscaba. Sus
abuelos recién le quitaban el arresto domiciliario, escuchó la llave entrando en la
cerradura, luego admiró la porquería que tenía por cuarto y procedió a recoger todo.
Cambiar las sábanas, tender la cama y hacer un alijo con todo lo demás para
arrojarlo en la lavadora a la voz de ya.

—¿Otro día de lavado, chaparro?—preguntó su abuelo, distraídamente pero sus


ojos feroces lo incriminaron.

—Ha estado haciendo mucho calor últimamente y yo sudo como cerdo...—


respondió, pasándolo de largo para llegar a la lavandería.

—Debe ser por la primavera, saldrán de vacaciones pronto. ¿Cierto?

—La ultima semana de marzo, si mal no recuerdo.—lavadoras automáticas.


Bendición de los Dioses, solo tenía que oprimir un botón, esperar que se llenara de
agua, meter la ropa, arrojar un montón de jabón, suavizaste de telas y listo.

—¿La chica furiosa, sale del hospital esta tarde?

—Si, iré por ella saliendo de clases. —metió todo junto. Eso de separar colores no
venía al caso ya que casi todo era azul, algunas cosas blancas y rojas pero eran
suyas y le tenía sin cuidado si se decoloraban o manchaban.

—¿Preguntaste a tu padre si ya no estás castigado?—tomó el jabón de polvo y


también el líquido, haciendo una pasta curiosa con ambos. Phil, estaba entre
divertido y sorprendido por lo veloz que era.

316
Desde que él y Puki llegaron a cierta edad, Arnold se encargaba de la casa. Tenía
experiencia y al parecer, desarrolló ciertas mañas para las tareas básicas.

—A eso voy en quince minutos.

—Mejor en cincuenta, métete a bañar primero. Con agua helada, bribón.

—¿Qué?—volteó a ver a su abuelo. El gesto divertido se había transformado en el


del antiguo oficial del ejército.

—Que no nací ayer, Arnold Shortman. Sé por qué andas tan impaciente, sólo
promete que no presionarás a tu novia y que cuando lo hagan, usarán protección.

—Prometido.

—Y no van a hacerlo aquí.

—¿Dónde sugieres, si no hay hoteles en Hillwood?—cerró la lavadora y su abuelo


lo golpeó en la cabeza con el periódico perfectamente enrollado.

—Idiota, si te estoy diciendo que no lo hagas aquí es porque espero que lo hagas
como la gente normal. ¡Hasta que estés casado, viviendo en tu propia casa o te
hayas largado a la Universidad!

—¡Perdón! —su abuelo lo golpeó otras tres veces. —¡Ah! ¡Au! ¡Auch!

—El desayuno se sirve en una hora.

—Ya lo sé

—Y tu padre volverá a San Lorenzo el domingo. Lo que tengas que aclarar, háblalo
ya.

—¿A qué te refieres?

—Esas cosas raras de la selva.

—¿Perdón?

—Ha estado actuando casi tan extraño como tú, pero la diferencia entre los dos, es
que a él hace mucho que dejé de entenderlo.

—De acuerdo.

317
Miles, efectivamente había regresado al modus "historiador e investigador" tenía
pilas de libros acomodados por todas partes y aparentemente, había decidido
ocupar de manera "provisional" la computadora personal de Helga para charlar con
su madre.

—Juro que no abrí ninguno de sus archivos y que solo la uso para el Skype. —
comentó el antropólogo tan pronto como lo vio entrar.

—No he preguntado o reclamado nada, papá.

—Lo siento, Arnold. —dejó el libro que hojeaba sobre la mesa de centro y se levantó
para abrir las ventanas superiores y encender algo más de luz.

—No sabía que tenías libros que aún te interesaran aquí.

—Tengo decenas de libros interesantes aquí. Sé que no eres fanático de la lectura


pero deberías. Tu abuela fue…

—Bibliotecaria, lo sé. ¿Qué es lo que no nos estás diciendo?—preguntó,


acercándole el café junto con el plato de desayuno que no se comió porque una vez
más no salió.

—¿Podría preguntarte lo mismo, no?–Arnold enarcó una ceja y miró a su padre


como si estuviera bromeando.

—De acuerdo, jamás me verás como figura de autoridad.

—¿Y de quién es la culpa?

—Sé que nos odias porque crees que te abandonamos con las manos en la cintura,
pero ojalá hubiera sido tan sencillo como eso.

—Jamás llamaron o escribieron, pero no los odio

—¿Porque no está en tu naturaleza odiar?

—Porque han hecho todo lo que han podido hacer para reparar su error, desde
que no tuvieron a donde escapar.

—¡Auch! Golpe bajo…—respondió Miles, tomando una de sus tostadas con


mantequilla para hincarle los dientes.

—¿Vamos a hablar como adultos o vas a seguir evadiendo?—preguntó el chico,


como todo adolescente, es decir: impaciente.

—¿Piensas faltar a la escuela? —Miles lo evaluó de abajo hacia arriba, ya se había


cambiado, pantalones negros, camisa a cuadros roja, zapatos deportivos del mismo
color, peinado hacia atrás y aderezado con una sutil pero perceptible capa de
"ACQUA DI GIO" (perfume para hombre de Giorgio Armani)

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—Lo haré, si me das respuestas. —Algo parecido al orgullo se instaló en el corazón
de Miles Shortman. Porque él había sido el peor de los capullos en la escuela. Se
saltaba las clases, hacía sus tareas pero jamás las entregaba y cuando lo iban a dar
de baja por su aparente desinterés en toda materia pasaba con excelentes notas
porque tenía un peculiar talento para recordar lo que fuera.

Nunca le costó verdadero trabajo estudiar, creció rodeado de libros y anécdotas


históricas. No sabía que tanto de lo que decían sus padres era real o inventado, así
que se volvió antropólogo por su propia hambre y deseo de descubrimiento.

La mirada de Arnold, decía que no iba a dar su brazo a torcer, así que él lo celebró
otro poco y accedió.

—¿Sobre algún tema en específico? —preguntó terminando sus tostadas y tomando


un merecido sorbo de café.

—Primero que nada, ¿Qué tanto buscas en esos libros? Y segundo, ¿Sabes qué es
esto? —del bolsillo trasero de su pantalón sacó una figurilla de arcilla, Miles casi
escupe el café en su cara pero en lugar de eso, se dirigió hacia él para arrebatársela
de las manos.

—¿De dónde sacaste esto, Arnold?

—Dime que es. —Miles lo puso contra la luz de una lámpara y comenzó a evaluar
sus detalles. Se trataba de una pequeña figura humana, diez centímetros de alto,
asexuada, de cabellos largos ocultos debajo de un complicado tocado, piernas en
posición de firmes, manos en aparente rezo, pero no representaba eso porque la
izquierda se cerraba en puño y era oculta por la diestra que se encontraba recta.

El antaño profesor universitario, cobró vida y habló a su hijo.

—Si observas detalladamente, —comentó señalando la pieza. —la espalda está


dañada de arriba hacia abajo y eso es porque en realidad, se trata de dos. Si es lo
que creo que es, uno representa el día, el otro la noche. ¿O también podría ser...?—
preguntó a él, mirándolo a los ojos.

—¿La vida y la muerte?—Miles asintió, volviendo a examinar la figura.

—Creo que es una réplica bastante buena, necesitaría instrumentos especiales para
darte un estimado de la antigüedad preciso pero de momento, digamos que tiene
unos siete o diez años.

—¿Cómo lo sabes? —Miles habría podido apelar a la coloración de la arcilla, los


detalles tan minuciosos ya que se veían hasta los dedos de cada mano y las hebras
del cabello. Con la antigüedad, las piezas se desgastan y todo eso se va
degradando. Esa cantidad de tiempo le parecía factible porque sí, le habían pasado
años pero no tenía muestras de polvo o tierra. No fue descubierta en una
excavación, ni sacada de algún oscuro y olvidado templo. Se tuvo en un lugar
provisto de un ambiente apropiado y fue cuidada hasta que…

—¿Quién te la dio?—preguntó mirando a su hijo, Arnold dudó a sabiendas de haber


cometido un desagradable y horrible error.

319
—Fue un obsequio de Anthea…—casi deja caer la figurilla al escuchar esto ultimo.
Su rostro ensombreció y miró la computadora portátil de Helga, como si con eso
pudiera encenderla y llamar a Stella. No podía hacerlo y tampoco tenía evidencia
suficiente como para perder los estribos y ponerse a gritar como loco.

—No se supone que saques "nada" de San Lorenzo, Arnold.

—Lo sé, pero dijo que ella lo hizo, que era un objeto para la protección de la
persona amada. —Miles quiso golpear a su hijo por ser tan ingenuo, pero no era su
culpa.

No lo era. (Stella era igual de crédula y ya le estaba hirviendo la sangre para ir a


reunirse con ella)

—Escucha lo que voy a decirte con atención Arnold, toma notas si lo crees
necesario. —argumentó señalando una libreta y pluma que tenía abandonadas en
el sofá cama que hasta ahora, pocas veces había utilizado.

Arnold pasó de ambos objetos, la mirada de su padre era oscura e inquisidora, los
movimientos erráticos. Desde que lo conoció, Miles Shortman jamás lo había
regañado. Sabía que la figura de autoridad para él, era su abuelo. Y no trató de
imponerse sobre ese hecho, que lo hiciera ahora le llamaba la atención por no decir
que intimidaba y hacía que se quedara tieso y frío en la misma posición.

—Figuras incompletas y peor aún, réplicas. No sirven, nunca para la protección. La


pieza original, si es que existe. Debe estar ubicada en territorio sagrado, jamás
debería moverse o romperse. Ellos representan la dualidad que ves refleja en casi
toda cultura o civilización. El bien y el mal, cielo e infierno, etc. Los que quieran
obtener sus favores, pueden hacerlo a través del rezo o en su defecto, rituales,
ofrendas, sacrificios.

Con favores me refiero a lo que bien dices, pedir por la persona amada, salud,
victoria, fortuna. Pero insisto, no deberían separarse jamás. Hacerlo rompería el
equilibrio, generaría caos porque no pueden existir el uno sin el otro.

Esta pieza, Arnold. Puede significar demasiadas cosas, pero dados los recientes
acontecimientos me voy a enfocar en las malas.

—¿Por qué…? —inquirió el menor sin creerlo.

Claro, ¿Por qué iba a creerlo? Él solo era el maldito bastardo que lo dejó solo en el
mundo.

—¿Alguna vez la miraste bien? —preguntó sin dejar que lo consumieran sus
sentimientos. Esto era serio, peligroso. Puede que hasta evidenciara, una especie
de pacto o maldición.

—No…—reconoció su chico. Y al menos eso lo tranquilizó, debió haberla arrumbado


en el mismo lugar donde desechaba sus recuerdos de ellos. Donde se pudrían las
cosas que le importaban una mierda, pero no era el momento de flagelarse por ser
el peor de los padres de manera interna.

320
Debía ser analítico, prudente.

—Los bordes en la espalda, —explicó. —la zona que se partió están ennegrecidos,
color óxido penetrante. Con algunos reactivos te lo diría de manera certera pero de
momento, estoy convencido de que se trata de sangre.

Las cosas malas, siempre tienen que ver con sangre. ¿Es tuya?

—No…

—Arnold, has memoria. ¿Cuando te la dio, cortaste tus manos? ¿Hiciste algún
pacto?

—¡NO!

—No voy a regañarte, hijo. ¡Intento saber cómo ayudarte!

—¡NO HICE NADA DE LO QUE ESTÁS HABLANDO! —gritó. —Me la dio, dos
minutos antes de que ustedes me llevaran a las afueras del campamento, estaba
envuelta en una tela, es más ni siquiera la revisé porque cuando dijo que yo era "su
persona amada"me sentí horrible por no poder corresponderla.

—¿Has tenido esto, durante cuatro años en tu cuarto?

—Si…

—¿Y nunca pasó algo malo?

—No, jamás la busqué porque esas cosas de San Lorenzo me hacen sentir extraño.
Aquí sé lo que soy. Un chico normal, común y corriente, estudiante de escuela,
jugador regular de fútbol soccer, ilusionado con chicas que siempre me dan
calabazas o como dijo el abuelo, me dejan llorando y con el corazón en la mano.

No soy nada diferente o extraordinario.

—¡Pero lo eres!—le recordó su padre.

—¡Esta es la vida que quiero tener! No, esa…—señaló la figurilla y su padre la dejó
en la mesa, enfocándose en él.

—De acuerdo, ¿Por qué la buscaste ahora?

—Pesadillas, he tenido sueños que sospecho están vinculados a los de Helga.

—¿Aún los tiene?

—Papá, te encerraste en ti mismo, cuando te hable de sus pesadillas. ¿Tú sabes lo


qu