O ye Arnold! © 1996 by Nickelodeon/Viacom y Craig Bartlett.

Oye Arnold! ¿Donde estás? 2009 por Hebo Freire.

Esta escrito, lo amo y lo amare por siempre.
El pequeño libro azul

Contenido

9 El bolevar de los sueños rotos.
10 Ese chico con gafas
11 Un largo dia escolar.
12.Un mal dia
13.Los pensamientos de Arnold
14.Amor y Fresas
15. Intervencion
16.La trampa
17.La extraña desaparición de Arnold
18.Sunset arm: habitacion #13
19.Una extraña primera cita
20.Dimesión desconocida
21.La balada de Abner.

El bulevar de los sueños rotos
  Los chicos caminaban hacia el campo Gerald a jugar béisbol, como
era habitual.
  —¿Supieron lo último? El príncipe encantador cortó con Helga en
la feria del vecindario - Dijo Rhonda sacando a relucir el tema del día
- al parecer al fin se quitó los lentes color de rosa.
  —Pobrecita, Ella debe estar sintiéndose muy mal. Comentó Sheena.
  —Seguro, debe estar encerrada en su casa y no querrá ver a nadie.
Dijo Rhonda.
  —¿Pero por qué le terminó? ¿Que no se llevaban muy bien?
Cuestionó Sid.
  —¡Ah! Por amor a dios, estamos hablando de Helga, conociéndola
seguramente lo echó a perder. A decir verdad yo no le veía futuro a
esa pareja. Dijo Rhonda.
  —No deberías alegrarte de la desgracia ajena. Replicó Arnold.
  —No me alegro... en realidad hacían una pareja adorable pero
de ninguna manera iba a ver un “y vivieron felices para siempre”
- Rhonda se adelantó al grupo - Muy seguramente no vamos a ver a
Helga en un largo tiempo.
  Y entonces al llegar al campo Gerald se encontraron a una figura
parada en medio del campo.
  —Quince minutos tarde. Reclamó Helga con voz de mando, sin
una sola expresión de tristeza en su cara.
  —¿Helga que haces aquí? creímos que estabas... dijo Rhonda
visiblemente sorprendida
  —¿Qué? llorando en mi casa, abrazada a mi almohada, escuchando
música de despecho, no soy tan patética como tú... – Helga escupió
al suelo y luego se dirigió al resto de sus compañeros - Y bien ¿van a
jugar o van a seguir hablando de mi vida, obra y milagros?
  —Pues no... Balbuceo Rhonda.

  —Entonces ¿Qué les parece si jugamos? O ¿tienen algún
inconveniente al respecto?
  —Pues yo si tengo algo que decir, pero no tengo ganas de pelear.
Dijo Harold.
  —Pues señores no perdamos tiempo, quiero ver sus respectivos
traseros en cada una de las bases, yo seré el cátcher del día de hoy y
si tienen algún problema con eso, me lo informan y Betzy responderá
a sus inquietudes. Dijo Helga retomando su posición como líder,
ninguno puso objeción alguna, se limitaron a hacer caso sin discutir
nada, salvó Phoebe quien la siguió.
  —Pero Helga... le dijo.
  —Pero nada - Helga le tiró el guante a Harold - en posición niño
rosa.
  — A la orden Madame mamí. Obedeció el chico parándose sobre
la arena.
  Una vez todos tomaron su posición, el juego arrancó y Helga volvió
a integrarse al grupo como si nunca se hubiera ido.
  —¡Vaya! Helga tiene el corazón de piedra, ayer le terminaron y hoy
esta como si nada. Dijo Gerald sorprendido por el temple de Helga.
Arnold guardó silencio y recordó la feria y la cabina de teléfono. Era
como si Helga hubiera resurgido de las cenizas o hubiera montado
una muy buena actuación, Sin embargo se alegró que ella hubiera
vuelto.
  El juego fue entretenido, se divirtieron, anotaron carreras, Helga
evitó muy a su manera que Curly se robara una de las bases. Eugene
le dio a la bola en su turno pero el bate se soltó de sus manos y fue
a dar a las gradas, cuyos espectadores huyeron menos el infortunado
Iggy que recibió el impacto, por suerte no fue grave y el juego pudo
continuar.
  Al final, los chicos se divirtieron mucho.
  —Helga esto va a sonar extraño pero echábamos de menos tus
gritos. Dijo Stinky.
  —¡Ay! que tierno Stinko, te aseguro que mañana me extrañaras
más... de nuevo a las 4. Ordenó Helga mientras todos partían hacia
sus casas.

  —Sí, su señoría. Exclamó Stinky.
Arnold se iba con Gerald pero se quedó un instante al ver que una chica
se acercaba a Helga con una caja en sus manos, ellas intercambiaron
algunas palabras y entonces la chica le entregó la caja a Helga, ella
miró de soslayo el contenido de la caja y luego siguió su camino.
  —Vamos Arnold. Le dijo Gerald.
  —Adelántate, te veo después. Dijo Arnold y fue tras Helga.
  —De acuerdo. Dijo Gerald y se adelantó. El chico alcanzó a Helga,
  —Helga. Dijo él a sus espaldas y ella se sobresaltó al escuchar su
voz.
  —Zeppelín, me asustaste. Contestó Helga.
  —Lo siento, no era mi intención.
  —Nunca es tu intención. Murmuró Helga.
  —Y ¿Cómo estás?
  —No es de tu incumbencia pero hoy me siento de muy buen humor.
– Dijo Helga y se detuvo esculcando la caja y sacó un casete de un
juego – a propósito esto es tuyo.
  Helga le entrego el juego de la “Ocarina del tiempo” Arnold lo
observo, tenía dibujada una calavera roja en la caratula, la cual no
estaba antes.
  — Estaba así cuando me lo entregaste. Dijo Helga.
  —No importa. Dijo Arnold.
  —Muy bien. Dijo Helga y siguió su camino sin ningún deseo de
quedarse a charlar.
  —Supe lo que pasó. Dijo Arnold siguiéndola.
  — Los chismes vuelan pero no tiene importancia, esas cosas pasan.
  —Es cierto, pero... - por primera vez en la vida no sabía exactamente
que decir o hacer - no deja de ser triste ¿verdad?
  —¡Oh sí! Lo es... sin embargo me sobrepondré no fue tan terrible,
terminamos en muy buenos términos, sin rencores, me devolvió mis
cosas, le devolví sus cosas, un apretón de manos, besos, abrazos, no
tuve que llamar a mi abogado, pudo a ver sido peor. Dijo Helga con
naturalidad. Arnold esperaba que se quejara como solía hacerlo.
 —Pero.
  —Es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca.

Dijo Helga sin remordimientos.
  —Creo que tienes razón.
  —Me voy a casa. Dijo Helga.
  —Te importa si te acompaño. Dijo Arnold.
  —No solo me importa sino que me molesta, así que ha molestar
a otro ¡Camarón con pelos! Dijo Helga con frialdad y se marchó. El
chico se quedó atrás molesto por su actitud grosera.
***
  Helga regresó a su casa, entrando por la puerta lanzó la caja al
suelo y se dirigió a la cocina, no encontró a nadie y tampoco encontró
comida, buscó algo en la nevera y en las despensas pero no encontró
nada cocido que pudiera comer, aburrida, rondo por la cocina y su
mirada se topó con un recetario de cocina sobre el mesón. Era un libro
de la colección de “cocina para Dummies”
  —Alguien aprendiendo a cocinar en esta casa… Ja. - Bufó con
burla ojeando el libro con desdén– como si fuera posible un milagro
así.
  El chico la había seguido hasta su casa, desde la distancia y una vez
la vio, regresó sobre sus pasos, topándose con Miriam Pataki, quien
llegaba cargando unas enormes bolsas del supermercado.
  —Hola, tu eres uno de los compañeros de Helga, eres… ¿Arthur?
  —Arnold. La corrigió amablemente el chico
  —¡Ah! Hace mucho que no te veía ¿venias a ver a Helga?
  —No exactamente, solo pasaba por aquí. Dijo Arnold.
  —Oh ya veo. Dijo Miriam y siguió su camino pero sus llaves
cayeron al suelo y ella se agachó para recogerlas, entonces la boca de
la bolsa se abrió y las naranjas rodaron por el suelo. Arnold le ayudó
a recogerlas y luego le ayudo a cargar el paquete.
  —Eres muy amable. Dijo Miriam mientras el chico la acompañaba
hasta la puerta – Helga debe estar en casa, ¿quieres seguir? Hare jugo
de naranja.
  —No gracias, tengo que regresar a casa. Dijo Arnold entregándole
la carga y bajó las escaleras.

  —De acuerdo, gracias. - Dijo ella entrando a la casa – ¡Helga!
¿Estás aquí?
  Después de que la puerta se cerró, el chico entornó los ojos,
realmente si quería jugo de naranja, pero sabía que a Helga tal vez no
le haría gracia verlo ahí.
***
  Miriam entró a la cocina y encontró a Helga frente a la estufa con
un par de ollas sobre el fogón.
  —¿Qué haces?
  —Cocinando, porque aquí nunca hay nada de comer. Dijo Helga
con desdén.
  —Fui por unas cosas al supermercado. - Dijo Miriam pasando por
alto el comentario de su hija – y me encontré a ese chico de tu curso.
  —¿Cuál chico?
  —Ese chico amable que te ayudó cuando te golpeaste la cabeza,
estaba en frente de la casa. - Contestó Miriam y Helga arqueó su ceja.
–es un chico bueno y noble ¿no crees?
  —Seguro Miriam, y es un bobo y metiche también. Dijo Helga
echando la sal en una cantidad exagerada en la olla.
  — No sabía que te interesaba la cocina Helga ¿quieres que te ayude?
  —No, ya voy a la mitad. Dijo ella y probó el agua haciendo una
mueca, el arroz le había quedado muy salado.
***
  El chico entró a la casa dirigiéndose a su cuarto, cruzando por la
sala.
  —¿Eres tu hombre pequeño? Dijo el abuelo sentado en su silla
leyendo el periódico, en compañía de la abuela y una de las mascotas
–¿Dónde estabas?
  —Estaba en la casa de Helga.
  Su respuesta tomó por sorpresa al abuelo.
  —¡¿Le estás montando guardia?! – exclamó el abuelo rompiendo

el diario por el medio – Re cáspita! ¡Pero ella está con ese otro chico!
  —Abuelo, no es lo que crees. - Dijo Arnold entornando los ojos con
aburrimiento ante su exagerada reacción– y además ellos terminaron.
  —Así que tu amiguita de una sola ceja terminó con el tal héroe.
Dijo el abuelo recobrando la compostura.
  —Si. Contestó Arnold, sentándose en la silla de al lado
  —Eso debe alegrarte mucho. Dijo el abuelo dejando el periódico
sobre sus rodillas.
  —Realmente no, Helga actúa como si nada hubiera pasado pero
en el fondo sé que esta lastimada, pensaba decirle algo que la hiciera
sentir mejor, pero no sé qué decir exactamente.
  —Arnold ¿Estás perdiendo el toque? preguntó el abuelo sorprendido.
  —No sé qué decirle, conozco a Helga, si digo la más mínima silaba
incorrecta me hará pedazos pero... Dijo Arnold.
  La abuela escuchó atentamente la conversación mientras espulgaba
a la mascota, sentada en la silla mecedora de la sala.
  —Cuando algo lastima el corazón de una mujer, duele mil veces
más que a un hombre y muchas veces esa clase de heridas no se curan
con palabras, sino con acciones. Dijo ella poniéndose seria como
pocas veces.
  —Galletita, eso es lo más sensato que has dicho este año. Dijo el
abuelo asombrado.
  —Yo digo cosas sensatas todo el año... - protestó la abuela y se
levantó dejando caer al animal al suelo, el cual se levantó y se echó a
correr - lo que pasa es que raras veces me entienden.
  —Pero lo que has dicho tiene sentido... las mujeres son una ciencia
asombrosa y peligrosa, un paso en falso y se acabó. Dijo el abuelo.
  El chico pensó en lo dicho por su abuela y tal vez ella tenía razón
tal vez una acción valía más que mil palabras.
***
  En la escuela al día siguiente, todos los chicos estaban en el salón
charlando y jugando, Arnold estaba en la puerta junto con Gerald y
Sid cuando una sombra lo cubrió.

  —¡Quítate! Gritó Helga y Arnold saltó contra la pared asustado,  
  Helga entro al salón y todos se volvieron a verla.
  —¡Si! ¡Soy yo! Tarados. Dijo Helga con su expresión malhumorada
de siempre y sin añadir nada más fue a su puesto.
  —De vuelta a lo clásico. Dijo Gerald mientras su amigo recuperaba
el pulso normal.
  —Si Gerald, estoy totalmente de acuerdo contigo. Dijo Arnold y
entornó los ojos. Pero no lo sintió de esa forma.
***
  Las clases finalizaron sin ninguna novedad, Arnold regresó a su
casa, frustrado, no había tenido la menor oportunidad con Helga, ella
se limitaba a mirarle con odio y a evitarlo como a la peste. Arnold no
sabía que la razón por la que Helga lo evitaba era porque él mismo
había sido razón que condenó su tórrido romance escolar al fracaso.
  Al llegar la noche Arnold sacó a pasear a Abner su cerdo mascota
y recorrieron el vecindario, luego fueron al parque encontrando a
Helga parada sobre el puente del lago, donde meses atrás había sido
salvada por el príncipe encantador.
  —Hola Helga ¿Qué haces aquí? La interrumpió. Helga levantó su
cabeza con pesadez.
  —¡Ah! eres tú, - le contestó con aburrimiento - solo estaba
pensando en la inmortalidad del cangrejo.
  El chico se detuvo a su lado y Abner olfateó los zapatos de Helga.
  —¿Puedo quedarme un rato contigo? Preguntó y ella se volvió
hacia él con el ceño fruncido, fulminándolo con la mirada.
  —¡No! Contestó Helga secamente y se alejó, recorriendo el
sendero. El chico no se dio por vencido y la siguió jaloneando la
correa de Abner. Helga notó que la seguía y se enojó, se detuvo y lo
amenazó con su puño derecho.
  —¿Que parte de “no” no entendiste? Preguntó lo más agresiva que
pudo.
  —Iba por este mismo camino. - Dijo Arnold sin amedrentarse en
absoluto – Es un país libre.

  —¡Y tiene que ser justo por el camino por donde voy yo!
  — ¡Oye tranquila! Solo pasaba por aquí. Dijo Arnold levantando
las manos.
  —¡Pues sigue y piérdete! Exclamó Helga y siguió su camino.
  —No es mi intención fastidiarte, Helga, solo trato de ser amable
contigo, quiero saber si estás bien.
  —¿Que no ves? Estoy bien. Dijo Helga. 
  —No lo pareces realmente. Dijo Arnold.
  —Que yo esté o no este, no es asunto tuyo, Zeppelin! Exclamó
Helga.
  —Tal vez no, pero quiero saber. Dijo Arnold y su insistencia
fastidio a Helga.
  —¿No tienes cosas que hacer en la vida? bramó Helga volviéndose
hacia él, con muchas ganas de darle un buen golpe.
  —Estoy hablando contigo. - Contestó Arnold y Helga bajó los
hombros - Solo quiero saber cómo estás, como estás realmente.
  —¡A ti que demonios te importa! ¡Ah claro! se me olvidaba. El
gran samaritano quiere consolar a este pobre corazón destrozado y
despechado.
  —No es necesario el sarcasmo, Helga, solo estoy preocupado por
ti eso es todo. Dijo Arnold entornando los ojos.
  —¿Preocupado por mí? Pero ¡Qué lindo! ¡Qué lindo eres! Eres tan
bueno, realmente me conmueves Cabeza de balón, - El sarcasmo le
brotaba por los poros de la piel - pero no hay nada de qué preocuparse.
  —No sé cómo lo logras, yo en tu lugar estaría triste y despechado,
con ganas de cortarme las venas.
  —Yo no soy tan patética como tú o como el resto de la humanidad.
Dijo Helga.
  —No, pero tampoco eres un monstruo al que no le duele que le
rompan el corazón. Dijo Arnold y esa frase hizo que bajara las armas
por un momento.
  —Tal vez si soy un monstruo, un monstruo despiadado, tú deberías
saberlo mejor que nadie.
  —No, no lo eres.
  —Si lo soy, vaya que lo soy.

  —El hecho de que las cosas hayan salido mal no significa que haya
sido tu culpa.
  —Lo arruine viejo, lo arruine por completo, me obsesione con el
tipo y…
  —Porque obsesionarse así por alguien, me parece una tontería Interrumpió Arnold sin contemplaciones pensando que se refería a
Anthony - debes sentirte muy sola para hacer algo así.
  —¡¿Por qué no te largas?! - atajo Helga molesta - ¡alguna alma en
desgracia debe necesitar de ti! ¡Ve! el mundo te necesita.
  —De acuerdo, ya me voy. Dijo Arnold enfadándose también y
pasó por su lado, Helga se quedó en su lugar con los brazos cruzados,
guardándose toda su amargura mientras el chico se alejaba jalando la
correa de Abner, deteniéndose de repente. Ese fue el momento exacto
en que todo cambió, por más que quiso alejarse de esa repelente chica,
no pudo.
  —¿Sabes una cosa? Estoy molesto con ese tipo... tu nunca eres
dulce con nadie y cuando lo fuiste te lastimaron. Dijo Arnold y al
escuchar eso Helga arqueó su ceja, fue una frase muy dulce, una frase
digna del Arnold que tanto amaba.
  —Fue lindo... - Dijo Helga con mirada triste - fue lindo tener
a alguien que le gustara como soy, alguien que me necesitara, fue
lindo tener a alguien que se quedara conmigo aún después de ver lo
desagradable que puedo ser.
  ¿Desagradable? Ella no era desagradable, grito su subconsciente y
quiso gritárselo, pero no se atrevió.
  —Estoy seguro que algún día encontrarás de nuevo a ese alguien...
  —Ya lo encontré Arnold, ya encontré a esa persona especial y la
extrañaré como no tienes ni idea, pero todo terminó. Dijo Helga y se
fue caminando por el sendero.
  —¿Y si él no era ese alguien? preguntó.
  —Si lo era... Prosiguió ella pateando una piedra y una lágrima se
le escapó de los ojos, la seco disimuladamente con la manga de su
chaqueta.
  —Yo no lo creo, dime loco pero yo creo que esa persona especial
nunca te dejaría marchar, no importa lo que suceda. Dijo Arnold con

total convicción.
  —Si claro, tienes una idea muy romántica sobre la vida... ojala
fuera cierto. Dijo Helga y más lágrimas brillaron en sus ojos.
  —Lo es, es cierto, empecé a creer en eso después de que termine
con Lila – Helga se enfadó de sobremanera al escuchar ese nombre–
después de un tiempo me di cuenta de que ella no era la chica para
mí, pero no deje de creer que algún día encontraría a esa persona y
cuando la encuentre, ahora o más tarde, seremos felices.
  —Es la creencia más estúpida que he escuchado. Dijo Helga
mirándolo sobre su hombro y por un momento se dejó ver como
estaba realmente.
  —¿Estas llorando? Le preguntó él sorprendido.
  —No – Dijo ella poniéndose su máscara de niña mala – No es nada
se me metió una basura en el ojo.
  —¿Por que siempre haces lo mismo? ¿Por qué tienes que fingir?
  —¿Fingir? ¿Yo? por favor ¿Qué te pasa?- dijo Helga enfrentándolo
- ¿Olvidas quién soy? soy Helga G. Pataki.
  —El hecho que seas Helga no quiere decir que no puedas llorar.
Dijo Arnold y ese fue el momento en que se le cayó la máscara de
niña mala.
  —Sí, tienes razón, no me queda de otra que llorar - Dijo ella
desconsolada y ya no pudo detener las lágrimas - mírame Arnold, soy
una chica de 10 años con un drama amoroso de una adolecente de 16
años, llorando como una boba en medio del parque, frente a un gran
tonto con cabeza de balón, para cuando tenga 27, voy estar muerta.
  —No digas eso.
  —Mi vida es un asco, me voy a morir sola y sin perro que me ladre,
pero al menos tengo al gran señor de los consejos gratis, que nos
ilumina a todos como un rayito de sol y ya que estás aquí buen señor
¿tienes alguno de tus consabidos consejos que quieras darme para
alegrar mi miserable vida?
  Arnold no dijo nada, lo único que hizo fue acercase lentamente hacia
Helga y abrazarla con todas sus fuerzas. Helga se quedó inmóvil por
un instante que pareció eterno y entornó los ojos mientras sus labios
se torcían y sin poder evitarlo por primera vez en mucho tiempo, se

aferró a él con desesperación. Abner vio algo a la distancia y jaló la
correa zafándose de la mano de su dueño, pero el chico no se percató
de nada, siguió inmóvil abrazando a Helga, perdiéndose en su calidez.
La lluvia se desató de repente, ellos no se movieron se quedaron ahí
abrazados bajo la lluvia olvidándose por un momento del dolor y el
amor.
  Pero entonces Helga abrió los ojos y empujo al chico y lo hizo caer
entre el fango.
  —Nunca te vuelvas a acercar a mí, ¡te odio! ¿Entiendes? ¡Te odio
con toda mi alma! Exclamó Helga y se giró en sus talones echándose
a correr bajo la lluvia. Arnold desconcertado se quedó inmóvil. Su
cerdo Abner se acercó a él olisqueando el aire, como preguntándole
si estaba bien.
  En ese momento un ciclista encapotado de amarillo apareció
encontrándose a Arnold en medio del camino, de inmediato viro
rápidamente, perdiendo el control de su bicicleta y tropezó con un
tronco caído. El desenlace no pudo ser más trágico y gracioso. El
pobre hombre terminó de cabeza entre un charco, totalmente mojado.
Maldiciendo su infortunio se levantó y alzó su puño en el aire.
  —¡Enano! ¿Qué haces ahí tirado como un cono de transito? ¡Casi
me mato por tu culpa!
  Pero Arnold poco caso le hizo a sus quejas, siguió mirando hacia el
horizonte del sendero.
  —¡¿Por qué? ¿Por qué Helga?! ¡¿Por qué eres mala conmigo?!
Gritó, pero ella no le contestó, se perdió en la lluvia y nunca regresó,
dejándolo en la incertidumbre más grande de su vida.

Ese chico con gafas
  Brainy, el chico asmático, tímido y raro del cuarto grado, siempre
fue un misterio para la mayoría, se desconocía sus gustos o que
pensaba de la vida. Su mayor virtud era aparecer en cualquier parte
y siempre detrás de Helga quien posteriormente le golpeaba con el
dorso del puño en medio de los ojos. Brainy terminaba en el suelo con
un montón de estrellas girando sobre su cabeza mientras Helga se
alejaba lanzando un bufido. Aquella persecución comenzó en el jardín
de niños. Una vez se le declaró obsequiándole un anillo de fantasía el
cual Helga rechazó como mejor sabía hacerlo, tirándolo lejos. Pero
esa acción no le extraño a él. Brainy conocía de sobra el motivo,
Helga estaba perdidamente enamorada de Arnold el chico con cabeza
de balón. Un amor que era tan intenso como el suyo propio, aun en su
época más oscura y confusa.
  En su tiempo libre el chico con lentes tenía un pasatiempo, le gustaba
fotografiar y dibujar, pero su hobby no era tomarle fotos a aves o la
naturaleza, o tener la remota posibilidad de captar un avistamiento
ovni, Helga era el objetivo de su lente.
Helga pensaba que lo suyo por Arnold sobrepasaba lo obsesivo pero
tenía que a ver visto a Brainy, él iba más allá, no erigía monumentos
en su nombre, ni sacrificaba animales en su honor pero llevaba todo
un registro histórico de su vida. En el sótano de su casa albergaba
toda la historia de Helga, todas las hojas desechadas, sus soliloquios,
sus rabietas, las golpizas que le daba a sus compañeros, sus sonrisas
sarcásticas absolutamente todo, una colección de fotos, papeles y
videos, desde el jardín de niños hasta el presente.
  El día de su cumpleaños recibió una nueva cámara de video,
pequeña de color plateado. La videocámara tenía muchas funciones,
grababa más de 8 horas de video, se recargaba con batería de litio y
tomaba fotos en lugares oscuros y en movimiento con una nitidez

extraordinaria. Era el regalo perfecto para Brainy, gracias a este
ingenioso aparato podría capturar aunque solo fuera en fotos a su más
grande amor.
***
  Un día cualquiera en la biblioteca, Brainy estaba haciendo una
investigación sobre los presidentes de los Estados Unidos y sacó
unas cosas de su maleta, entre ellas su cámara, dejándola un momento
sobre la mesa en el preciso momento en el que Sid distraídamente
dejaba unos libros al lado, mientras hablaba con Gerald el chico barrió
la mesa y echo todos los libros en su maleta, arrastrando consigo la
cámara.
  Brainy la buscó, pero no la halló, la busco por todas partes, mientras
esta se alejaba en la maleta de Sid.
  Los problemas comenzaron para él cuando la cámara apareció en
manos de Arnold en una cita de estudio, y esta salió a relucir cuando
Sid tiró la maleta al suelo.
  —¿Y esto qué es? Preguntó Harold tomándola entre sus manos.
  —Es una de esas nuevas cámaras digitales. Explicó Arnold
tomándola- ¿Como la conseguiste Sid?
  —No es mía, yo no tengo dinero para algo tan caro. Contestó el
chico
  —Entonces ¿Te la robaste? Preguntó Stinky
  —Por supuesto que no, ¿Por quién me tomas? - Protestó Sid
ofendido - pero tal vez sea de Lorenzo la abre tomado por error de su
casa.
  —¿Porque no vemos que tiene? - propuso Gerald con curiosidad Tal vez contenga una película o algo interesante.
Arnold estuvo de acuerdo fue a su escritorio y conectó la cámara al
puerto USB de su computadora. En la pantalla se abrió el explorador
mostrando su contenido. Habían videos y muchas fotos, pronto se
dieron cuenta que todas sin excepción eran fotos de Helga, Helga en
la playa, Helga tomando agua, Helga empujando a alguien. El chico
abrió el video, vieron un avión, luego el paso del tren #13 cruzando a

gran velocidad, luego la proyección de una sombra en el pavimento,
después su salón de clases y a Helga lanzando una bolita de papel a
su víctima favorita.
  —Ya tienes una prueba contundente del crimen. Dijo Gerald a su
amigo. Arnold cerró el video y abrió el siguiente video, encontrando
que como las fotos, todos los videos era sobre Helga, corriendo,
suspirando quejándose, algunos tenían fechas de hace varios meses y
otros eran recientes, como si fuera un documental.
  —Esto parece una película sobre la vida obra y milagros de Helga.
Comentó Sid.
  —Y es tan mala como la segunda parte de la bruja de Blair. Añadió
Gerald
  —¡Quítenlo! o voy a tener pesadillas. Rogo Harold. Arnold iba
hacer caso cuando el video llego a una escena en especial, en esta
estaba Helga jugando a la casita con sus muñecos (uno de ellos
tenía una pelota de rugby por cabeza) formando una especie de cita
romántica, no pasaron tres segundos antes de que todos los chicos
rompieran a reír y las risas se multiplicaron cuando Helga se levantó
furiosa de la mesa al escuchar a su mamá que la llamaba y se enredó
con el mantel , cayendo al suelo haciendo sin querer el truco de quitar
el mantel sin tumbar los platos.
  —¡Ay no!… - Harold no podía hablar de la risa - este video se
merece un premio.
  —Sí, creo que deberíamos mandarlo a sopa de videos de seguro
que ganamos. Se le ocurrió a Sid, Arnold detuvo el video
  —No me parece buena idea. Se opuso.
  —¿Por qué? Preguntó Stinky
  —A Helga no le gustaría verse en televisión y menos en esa
situación.
  —Pero el mundo debe ver esto, no podemos negar al público la risa
- Argumentó Gerald – seguro que se llevaría el premio.
  —No estoy de acuerdo. Siguió negándose Arnold y Sid sonrió
  —Si te ríes, lo haremos. Reto y volviendo a abrir el video, mostrando
el alocado soliloquio de Helga y la estrepitosa caída. Por más que lo
intentó Arnold no pudo contener la risa.

  —Está dicho el video se manda. Sentencio Harold
  —¡No! si Helga se entera nos matará. Se opuso Arnold con una
falsa expresión de seriedad.
  —Ya nos la arreglaremos con ella. Lo tranquilizo Sid.
  —Olvidan como es Helga, ella es de los que golpean y después
preguntan, admito que puede ganar pero de nada nos servirá el premio
si estamos muertos. Dijo Arnold.
  —No nos matará. Dijo Sid desconectando la cámara del computador.
—  Pero… Arnold dejo de hablar al ver una foto de Helga plasmaba
en la pantalla, en esta se veía melancólica, aquella imagen tenía algo
en particular que le gustó - Sid prométeme que no enviaras ese video.
  —Arnold, no seas aguafiestas.
  —¡Prométemelo! No enviarás ese video y buscarás al dueño, o lo
hare yo.
  —Está bien, lo prometo. Prometió Sid cruzando los dedos en su
espalda. Una clara señal de que no iba a cumplir su promesa.
***
  Los videos que se emitieron esa noche en sopa de videos fueron
los más divertidos, pero ninguno superaba al de la chica del moño
rosa y su soliloquio accidentado. La risa invadió muchos hogares. En
la casa de los Pataki sucedió algo muy distinto, Bob sentado en su
gran sillón dejo de leer su periódico al escuchar un golpe seco en la
alfombra encontrándose a Helga tirada en el suelo boca arriba frente
al televisor, se había desmayado luego de verse en pantalla. Similar
situación se vivía en Sunset Arm pero sin desmayados. Los inquilinos
reían divertidos, menos Arnold, sosteniendo su tazón de avena con
una mano y con la otra una cuchara, recriminó decepcionado.
  —Sid tramposo. Me prometió que no lo haría.
  —Él no tiene palabra - aseguró Gerald dándole una probada a su
respectiva avena - pero espera, tal vez gane.
  —Sí y con el premio cubrirá lo de su funeral por que cuando Helga
se entere lo va a matar. Dijo el chico.
  —Silencio - los interrumpió Oskar - van a decir el ganador.

En la televisión salieron los posibles ganadores.
  —Y el ganador es… - sonaron tambores en el estudio - la niña del
moño rosa y su alocada declaración.
Hubo una explosión de aplausos.
  —Sid es hombre muerto. Aseguró Arnold y la presentadora siguió
hablando.
  —… queremos agradecer este divertidísimo video a nuestro
amiguito Arnold quien nos lo envió. Tanto en Sunset Arm como en
la casa Pataki hubo una reacción similar. Helga se levantó como lo
haría Drácula de su féretro al escuchar ese nombre y Arnold dejó
caer su cuchara en el tazón de avena. Gerald negó repetidamente con
la cabeza.
  —¡Mmm, mmm, mmm! No te va alcanzar para salir del país.
Aseguró él.
***
  —¿Sid cómo pudiste? - Le reclamó Arnold airado - me prometiste
que no lo harías.
Había hecho venir a Sid, especialmente para que le diera una
explicación
  —Y lo hice no lo envié pero tú no dijiste nada si lo enviaba otra
persona.
  —Pero ¿porque yo…?
  —Estuve pensando en lo que me dijiste y tenías razón si yo lo
hubiera mandado, Helga me hubiera asesinado pero si eres tu Arnold
no hay ningún riesgo, Helga no te va hacer nada.
  —¿Qué te hace pensar que no? - interrumpió Arnold - olvidas que
entre todos, soy la persona que más odia en el mundo, si antes me
torturaba con sus constantes bromas, después de esto va hacerme
cosas ilegales.
  —No exageres viejo amigo, Helga es mala pero no lastimará a una
persona tan razonable como tu sin escucharlo antes. Dijo Sid.
  —No lo creo, como dijo Arnold Helga es de las que golpea y
después pregunta - dijo Gerald – lo escuchará claro que lo escuchará,

pero después de que salga del hospital.
Arnold miró a su amigo de reojo al mostrarle ese panorama tan poco
alentador.
  El timbre de la casa sonó insistentemente. La abuela Pookie fue
abrir y al hacerlo se encontró con la figura de una chica de 10 años
con expresión homicida llevando en sus manos un hacha, se parecía a
Jack de Torrance de la película ‘El resplandor’
  —Buenas noches. Saludó Helga secamente entrando a la casa a
paso de carga.
  —Está arriba. Avisó la abuela aludiendo a Arnold. Helga avanzó
por el corredor implacable, si alguien se le hubiera atravesado hubiera
sufrido graves consecuencias. El abuelo salió del baño y la vio
subiendo las escaleras.
  —¿Que vas a hacer con eso pequeña? Le preguntó.
  —Voy a asesinar a Arnold. Contestó glacialmente y por supuesto
que el abuelo se lo tomó en broma.
  —¿En serio? Pero por favor no destruyas la casa - dijo el abuelo¡Ah niños!
  Desde la azotea vieron la puerta abrirse y vieron una fantasmagórica
aparición tras el umbral. La canción de psicosis le hubiera caído
muy bien a la entrada de Helga, ella entró en la habitación y paseó
por esta, empezando a buscar con apremio, debajo de la cama, en
el armario, detrás del sofá plegable sin hallar a quien buscaba. Los
chicos observaban atentamente sus movimientos.
  —No pensé que se fuera a poner así - Dijo Sid mordiéndose las
uñas - no era mi intención ocasionar la muerte de un amigo.
  —Todavía hay tiempo huye de aquí. Le dijo Gerald.
  —No voy a escapar de mi casa - se negó Arnold - aunque tenga
que morir en piyama.
  Abajo Helga paseaba como un león enjaulado, se tranquilizó un
poco cuando un suave olor llego a su nariz y le recordó ese amor que
se negaba a morir, entonces cayó en cuenta de donde estaba, en el
santuario olvidado, respirando profundamente soltó el hacha sobre la
alfombra.
  —Bien… no voy asesinarlo, solo voy a golpearlo pero solo un poco

¡Oh Arnold! ¿porque me hiciste esto? ¿Por qué te burlas de mi amor
y lo pones en manifiesto para que todos se rían? - la ira la volvió a
invadir - cuando te vea te voy a romper, en cuanto te ponga las manos
encima.
  Un rayo iluminó el tragaluz proyectando una sombra en la alfombra,
la sombra del que juro patear. Helga alzo su mirada asesina y lo vio,
Arnold retrocedió intimidado por su expresión, rápidamente Helga
trepó las escalerillas del cuarto como un gato y llegó a la azotea,
quedando frente a frente con Arnold, lejanos relámpagos siguieron
iluminando el cielo mientras Helga miraba al chico fijamente, como si
se estuvieran batiendo en un duelo. Los presentes eran un manojo de
nervios, no sabían en qué momento Helga atacaría, pasaron minutos
enteros como siglos y no pasaba nada.
  —¿Bueno piensa matarlo o no? Preguntó Sid.
  —¡Cállate! Le gritó Gerald dándole un coscorrón, Helga siguió
inmóvil, mirando a Arnold como a un enemigo a muerte.
  —Helga - dijo finalmente el chico sin dejarse intimidar - puedo
explicar lo del video.
  —Ah sí…
  —Si. Pareció que en cualquier momento Helga saltaría a hacerlo
pedazos.
  —Hasta aquí llegó. Aseguró Sid quitándose su gorra.
  —Te recordaremos con cariño valiente Arnold. Dijo Gerald. Tras
un tenso minuto Helga se relajó y dijo.
  —Bien te escucho.
Ni Arnold creyó lo que acaba de escuchar.
  —¿Vas a escucharme?
  —Si melenudo, pero que sea rápido y más vale que sea una muy
buena explicación o te aseguró que el próximo lugar que vas a visitar
es el pavimento.
  —Está bien, el video estuvo en mis manos pero yo no lo envié, lo
mando alguien en mi nombre.
  Un aire fresco invadió a Helga.
  —¡Ay! menos mal no fuiste tú - divagó extasiada - digo y ¿quién
fue el maldito?

  —No puedo decirlo pero te aseguro que hablare muy seriamente
con él. Arnold miró de reojo a Sid quien se encogió de hombros tras
el tanque de agua
  —Siempre pensando en el prójimo ¿no Zeppelín? Pero no me va
a costar mucho saber quién fue - Helga se retiró dándole la espalda
pero se devolvió para pedir algo - solo una cosa, quiero el dinero del
premio y el video, y lo quiero ya, luego podrás seguir con tu vida
felizmente.
  Sin esperar respuesta ella bajó por las escalerillas, Arnold la siguió
con la mirada, jamás creyó que pudiera razonar con Helga de esa
manera. Era como si toda esa ciega locura hubiera desaparecido una
vez la enfrentó.
***
  —¡Si alguien se atreve a hacer un comentario al respecto juro en
nombre de su santa madre que mato a todos los malnacidos presentes!
Esa fue la advertencia que lanzó Helga esa mañana apenas ingresó al
salón de clase, le hubiera gustado decir algo más fuerte, algo insultante
pero la frase estuvo bien, tuvo el efecto deseado, sus compañeros se
abstuvieron de comentar algo, Helga fue a su puesto en alerta máxima,
preparada para matar al primero que dijera la más mínima sílaba al
respecto
  —Buenos días Helga. Saludó su mejor amiga desde el puesto
continuo.
  —¿Que tienen de buenos? - replicó Helga arrellanada en la silla desde que salió el sol ha sido el infierno, solo basto que pusiera un pie
fuera de la casa y todo el mundo ya me estaba mirando, solo faltó que
me sacaran fotos.
  —Lo siento por ti Helga. La compadeció Phoebe.
  —Es increíble que mi dignidad me haya costado $200 dólares siguió Helga lamentándose - no me va alcanzar para nada.
  —No te preocupes Helga, en poco tiempo nadie lo recordará
recuerdas cuando Arnold se disfrazó de conejo para complacer a
Iggy. Recordó Phoebe.

  —¿Olvidarlo? es uno de los recuerdos más bellos de mi tierna
infancia, fue un momento Kodak. Remembró alegremente Helga,
mientras que tres puestos adelante Arnold la miró de reojo por encima
de su hombro.
  —A lo que iba es que el asunto quedo en el olvido.
  —Claro que no, quedo grabado en el corazón y en la sonrisa de cada
niño, es así como por actos tan idiotas alcanzamos la inmortalidad.
Parafraseo Helga aburrida.
  —Pasará al olvido Helga te lo aseguro. Dijo Phoebe. Rhonda llegó
al salón y lo primero que hizo fue ir directo hacia Helga.
  —¡Oye Helga! ¿Quién te tiene así de loquita? dijo pasando por su
lado haciendo el ademán universal de la locura.
  —Que te importa… contestó Helga controlándose para no perder
los estribos.
  —¿Es alguien del salón? ¿O es tu príncipe encantador? Siguió
Rhonda sentándose en su respectivo puesto.
  —Nadie que te interese, Rhondaloide. Contestó Helga volviéndose
hacia ella, deseando que sus palabras la apuñalaran en el corazón.
  —¡Ay Helga! No entiendo como una lengua viperina como la tuya
puede decir cosas tan hermosas. Objetó Rhonda
  —Diré unas en tu funeral, te lo aseguro. Siguió Helga
  —Bueno ya… - las refrenó Phoebe antes de que el asunto se
caldeara- no es momento de pelear.
Helga volvió la vista al frente.
  — Y dices que se va olvidar ¿pero cuándo? Dijo entre dientes
  —A mí me pareció encantador - se sumó de repente Lila atrás
de Phoebe - especialmente el muñeco, estaba hecho a imagen y
semejanza.
  —¿Imagen y semejanza de quién? Preguntó Rhonda. Helga saltó
de su puesto como un resorte.
  —¿Cuál muñeco? ¡Eh! ¿Cuál muñeco? yo no recuerdo ningún
muñeco. Preguntó Helga retadoramente alzando su puño y su voz fue
hundiendo a Lila en su silla.
  —Lo siento Helga lo olvide. Se disculpó Lila, mientras la mitad del
salón volteo la vista hacia ellas. Helga volvió a su puesto cada vez

más irritada, dejándose caer pesadamente en su silla.
  —Phoebe, toma nota. Le pidió.
  —Enterado. Dijo ella y sacó su libreta con un lápiz.
  —Lo primero que voy hacer es encontrar al maldito que provocó
todo esto.
  —¿Que no fue Arnold? Interrumpió ella
  —¿Tú crees que si hubiera sido él estaría tan campante?
  —Con razón sigue vivo… siguió Phoebe.
  —Tengo la copia original del video por cortesía del siempre
colaborador Zeppelin, valiéndonos de esta, vamos averiguar quién fue
el payaso que me ha estado grabando y cuando lo encuentre - Helga
hizo tronar sus nudillos sonriendo con verdadera maldad- va tener el
gran honor de conocer a la gran Betzy y los cinco vengadores.
  En la parte de atrás del salón alguien tragó saliva.
***
  Tiempo después en el patio de la escuela Helga paseaba, escuchando
atentamente el informe que Phoebe tenía para ella.
  —Espero que me tengas buenas noticias.
  —Tengo un par de pistas. - Phoebe repasó su libreta de apuntes
- uno de los videos, es exactamente en el salón de clases, lo que
comprueba que se trata de alguien del salón, si tenemos en cuenta
la posición del sol, la sombra que proyectaba, tu posición en ese
momento y el punto donde estaba la cámara obtenemos un recuadro
perfecto.
  —Al grano Phoebe, solo dime si pudiste encontrar al maldito. La
atajó Helga impaciente
  —A eso voy, teniendo en cuenta esos puntos tal vez logremos saber
quién estaba detrás de la cámara - Phoebe sacó un dibujo del salón
con sus respectivos puestos - este es el punto donde estabas tú en el
momento de la grabación. - señaló una caricatura de Helga y luego
apuntó hacia el dibujo de la cámara - y este es el punto donde estaba
la cámara, todo lo que tenemos que hacer es averiguar quién estaba
en ese puesto.

  —Muy bonito, pero olvidas que en el salón nunca estamos en el
mismo lugar. Replicó Helga aburrida.
  —Es cierto, pero también pude apreciar que uno de los videos
apunta hacia un casillero.
  —¿Y sabes donde esta ese casillero? Preguntó.
  —Por supuesto.
  —Entonces a por él.
Helga y Phoebe se dirigieron de inmediato hacia el casillero señalado.
  —¿Es este? Preguntó Helga
 —Si.
  —Bien, por suerte vengo preparada para estos casos. Helga sacó
una palanca y la sostuvo con ambas manos.
  —Helga ¿qué vas hacer?
  —Lógico Phoebe voy a abrir el casillero.
  —No puedes, es propiedad privada.
  —Claro que puedo, Avísame si viene alguien. Le dijo Helga
poniendo la punta de la palanca en la puerta apalancándola, la puerta
se abrió, Helga la reviso rápidamente, sin encontrar nada salvo el
casillero normal de un chico.
  —Phoebe estás segura que este es…
  —Creo que me equivoque. - Rectificó la chica revisando sus
apuntes - es el de al lado.
  —De acuerdo. - Helga abrió el siguiente casillero pero tampoco
encontró nada - este tampoco es.
  Helga sacó unos libros y se encontró un diario el cual no dudo en
leer.
  —Querido diario, hoy tuve una experiencia inolvidable en el túnel
del amor…
  —¿Helga que haces? - Replicó Phoebe airada - eso no está bien.
  —Ok, a lo nuestro - dijo Helga cerrando el diario y miró de soslayo
el muy decorado casillero - ¿Cómo no lo vi antes? Es el casillero de
Rhonda.
  —Ciérralo, esto es una grave violación a la privacidad, si el director
nos sorprende nos va suspender.
  —Lo sé, nos estamos jugado el pellejo. - contestó Helga cerrando

de golpe el casillero - Procuremos no fallar esta vez.
Phoebe vio que alguien se aproximaba. Arnold y Eugene venían hacia
ellas.
  —¡Zeppelín a las tres! Exclamó Phoebe y Helga de inmediato
escondió la palanca tras de ella, ambas simularon estar charlando
mientras los chicos se acercaban.
  —…Y le dije a Bob “los medias rojas perdieron otra vez”.
  —¡Hola chicas! Saludó Eugene.
  —Hola Costal de sal, Zeppelin ¿Qué hay de nuevo? Saludó Helga.
Eugene sonriente se alejó pero Arnold las miró de reojo. Phoebe
los siguió con la mirada y cuando ellos dieron vuelta a la esquina los
siguió hasta perderlos de vista.
  —Zeppelín fuera del rango. Avisó.
  —Muy bien. Helga siguió con su tarea. Tres casilleros después
encontró uno que apenas abrió se cayeron unos libros al suelo dejando
al descubierto un montón de fotografías todas de ella y también
encontraron un cuaderno. Helga se arrojó de rodillas y comenzó a
revisar.
  —¿Qué diablos es esto? Preguntó horrorizada.
  —Que fotogénica eres Helga. Dijo Phoebe detallando el cuaderno
sin nombre y con muchos dibujos.
  —¡Cierra la boca! … es un demente, ¿de quién es esta porquería
de casillero? - Helga se puso de pie indignada - ¿De quién es este
casillero?
  Ella se dio la vuelta con el puño en alto y se encontró frente a frente
con Arnold quien había aparecido de tras de ella, sorprendiéndola en
infraganti.
  —¡Arnold…! es decir ¿Qué diablos estás haciendo aquí? ¿Nos estás
espiando? Interrogó luego de casi tragarse todo el aire del mundo.
  —¿Qué estás haciendo?
  —Yo estaba, eh bueno - Helga se rascó la cabeza y luego recobro
la compostura - soy la nueva inspectora de casilleros.
  —No me digas. - Dijo Arnold - ¿por qué será que no te creo?
  —Puedo hacer que me creas. Dijo Helga y le amenazó con el puño.
  —Te vas a meter en un lio, Helga. Dijo Arnold.

  —El fin justifica los medios. - Dijo Helga - vámonos Phoebe.
  —Pero… replicó Phoebe.
  —Dije, vámonos Phoebe. Dijo Helga y se fue dejando a Arnold
con el desorden. El chico observó las fotos y tomó una, la más bonita
de todas, mirándola con desdén la guardó para sí. Marchándose de
ese lugar.
***
  Resulto ser que el cuaderno obtenido no tenía ningún tipo de
información o nombre que lo pudiera vincular a alguien. Helga
exasperada rompió varias hojas y luego se lo dio a Phoebe mientras
caminaban.
  —Voy hacerme vieja y no voy a encontrar a ese maldito desgraciado.
Se lamentó impaciente.
  —No desesperes. La animó su amiga siguiéndola.
  —No pudimos investigar con mayor detalle, solo tenemos un
cuaderno con esperpentos míos y del Zeppelin y unos estúpidos
poemas.
  —Podemos llegar a la conclusión, de que esta persona tiene un
desmedido interés por ti y un cierto odio por Arnold - Phoebe hojeó
el susodicho cuaderno y corroboró lo dicho anteriormente mostrando
unas caricaturas del chico, con un piano cayéndole encima y otro
donde era abducido por extraterrestres - lo podemos ver en estos
peculiares dibujos.
  —Hay que decir que le quedo igualito. - destacó Helga divertida ojala se hiciera realidad.
  —¿Lo del piano?
  —No, lo de los extraterrestres ¿Te imaginas? Ellos podrían
descifrar porque tiene esa cabeza tan rara, - divagó Helga seriamente
deteniéndose a la mitad del patio- pero volviendo al tema. Eso
significa que el muy maldito conoce mi más profundo secreto, si solo
tuviéramos algún sospechoso.
  —Es probable que se trate de alguien del salón o puede tratarse
de… - Phoebe dudo un instante en decirlo- de Anthony.

  —No es su estilo, Anthony es amante pero no religioso.
  —O también puede tratarse de Arnie.
  —¿El primo extraño de Arnold? No lo creo, la última vez deje muy
claro las cosas con él.
  —¿Cómo lo tomó?
  —Me dejo una extensísima carta de amor de 47747 palabras y me
dijo que nunca lo olvidara, como si fuera posible olvidar a un sujeto
como ese. - Dijo Helga con aburrimiento. – además el casillero es
prueba de que el sujeto estudia en esta escuela.
  —¡Cierto! Entonces las posibilidades de encontrar al sospechoso
se reducen a un 99.9%. Dio como resultado Phoebe.
  —No es cero, hay que dar con él, tengo que encontrarlo aunque sea
lo último que haga en mi vida - juró solemnemente Helga cerrando su
puño volviéndose a su amiga - pervertido siguiéndome, espiándome
hurgando en mi vida privada ¿Qué clase de monstruo degenerado
hace una cosa semejante?
  Phoebe se quedó mirándola y bajó sus lentes un poco para verla
con sus propios ojos, diciéndole con su mirada “mira quién habla”
  —Digo sin agraviar a esta humilde servidora. Dijo ella librándose
de culpas.
  —Helga, creo que debes considerarlo muy bien.
  —Una cosa es hacer poesía y otra muy distinta fotografiar y grabar
a la persona todo el día.
  —Por favor tú has hecho lo mismo. Dijo Phoebe
  —Pero solo una vez por semana y no tengo tantas como este infeliz
- Se defendió Helga - y lo estoy dejando, estoy decidida a olvidarlo.
Pero ahora estoy más interesada en agarrar al maldito… así que
continúa investigando.
  —Está bien. Respondió Phoebe resignada.
  —Sigue revisando el video, para encontrar más evidencia.
 —Entendido.
  —Si es preciso contratamos un detective. El tarado de Gerald
conoce un informante muy bueno, se llama Funky o Fuzzy o algo así.
 —Enterado.
  —Algún día tiene que aparecer. Dijo Helga

  —Será pronto, es alguien muy cercano a tí. Es como si siempre
estuviera detrás de ti. Las últimas cinco palabras de Phoebe hicieron
eco en la mente de Helga. De pronto tuvo la respuesta que tanto
necesitaba.
 —Phoebe.
 —¿Si?
  —Cancela la investigación, creo saber quién es el culpable. Y sin
perder tiempo Helga se echó a correr sin esperar respuesta de Phoebe.
***
  Helga llegó a un callejón y se paró en la pose del poeta, tomando
aire se inspiró.
  —Mi corazón está roto, está hecho pedazos y aun así tiene fuerzas
para no olvidarte ¡Oh Arnold! Si del agua de Selemno pudiera beber
sin duda la bebería para así poder olvidarte - Se quedó un instante en
silencio a la espera de esa aguda respiración en su nuca. Esperó con
el puño listo más nada sucedió. - He dicho quiero olvidarte pero no
puedo, tu nombre marcado está en mi corazón - hubo otro silencio,
ninguna señal apareció ante ella - distraído, benevolente, idiota,
noble, cabezón, príncipe de mis sueños de amor, desgracia que me
mata cada día. Si llegara el día en el que te pudiera olvidarte ese día
yo… - el soliloquio la dejo exhausta y no hubo ninguna respuesta. Brainy cabeza de chorlito sé que estás ahí, siempre apareces cuando
digo estos estúpidos soliloquios. Aparece con tu cara de baboso y
retardado y déjame matarte - la demanda de Helga no fue escuchada.
- ¡Sal bastardo! - Helga comenzó a buscarlo en el callejón, entre los
botes de basura y dentro de una caja de madera, estaba dentro de esta
cuando alguien apareció tras de ella.
  —¿Helga? Al escuchar esa voz Helga se sobresaltó y levantándose
se golpeó la cabeza con la parte superior de la caja, entre maldiciones
salió y se volvió hacia su interlocutor.
  —¿Arnold? - dijo visiblemente sorprendida - se ha vuelto manía
tuya aparecer detrás de mí.
  —Solo pasaba por aquí ¿con quién estabas hablando?

  —Con nadie, solo estaba poniendo una carnada. Dijo saliendo del
callejón.
  —No entiendo ¿Que quisiste decir con carnada? Interrogó.
  —Con que yo lo sepa es suficiente cabeza de balón. Ahora deja de
seguirme que me pones nerviosa. Dijo
  —Sigues con la idea de encontrar a quien te grabó.
  —Por supuesto y no descansare hasta poner su trasero en un cañón.
Dijo ella.
  —No es para tanto, apuesto que nadie lo recuerda ya. Las palabras
de Arnold fueron desmentidas por un niño que señaló a Helga.
  —Mira mami es la niña chiflada del moño rosa ¿me das tu autógrafo?
Helga gruñó como un lobo feroz asustando al pequeño que se echó a
correr a buscar a su mamá.
***
  Helga Llamó a Phoebe para que le ayudara a dar con el paradero
de Brainy y mientras colgaba se sentó en la banqueta, jugueteo con su
celular mientras pensaba que haría con Brainy una vez lo encontrara.
  —Hay tantas clases de tortura que son tan excitante que es difícil
escoger una - Pensó viéndose interrumpida por una sombra que la
cubrió. El dueño se sentó a su lado en completo silencio - ¿me estas
siguiendo?
  —Iba por el mismo camino. Contestó su compañero de banqueta
lamiendo un helado que compró al señor de los helados.
  —¿No tienes otras cosas que hacer en la vida?
  —Comerme este helado. Contestó simplemente. Helga gruñó
disgustada limitándose a seguir jugando con su celular.
  —Deduzco que ya conoces a tu admirador secreto. Dijo el chico
tratando de romper el hielo.
  —Si vienes a decirme que considere y tome las cosas con calma
ahórrate la saliva cabeza de balón no importa donde este voy a
asesinarlo. Atajo vehemente Helga sin dar lugar a discusión.
  —Es bastante loco ¿no crees? que alguien se obsesioné así por una
persona. Dijo el chico y la agresividad de Helga se evaporó.

  —¿En serio?
  —Y más de alguien como tú – Dijo Arnold y Helga supo que era
lo que quería hacer con Brainy, quería golpear a un idiota con otro
idiota - no lo tomes a mal.
  —¿Cómo debo tomarlo? Como un cumplido. Dijo Helga con el
ceño fruncido y el chico comprendió que si seguía hablando el muerto
sería él.
  —Solo me preguntaba por qué la gente llega a esos extremos ¿están
difícil decir lo que se siente?
  —No tienes ni la más remota idea, Einstein. Masculló Helga.
  —¿Has llegado a obsesionarte de ese modo? Preguntó el chico.
El recuerdo fugaz de todas las estatuas erigidas en su honor pasaron
por la mente de Helga, si no mal recordaba ya había contestado esa
pregunta en la torre de IF. Pero eso ya no importaba en ese momento.
  —Por supuesto que no - mintió descaradamente - ¿Quién crees que
soy? ¿Una maniática?
  Había un video que decía lo contrario, una confesión que no quiso
ser escuchada y un chico que no le creyó mucho que digamos.
  —Y ¿el video?
  —Eso solo era una actuación, quiero ser actriz, quiero ganarme un
Oscar.
  —Fue muy gracioso. Comentó él
  —¿De veras? ¿Crees que gane el premio a idiota del año? Haría
juego con la docena de trofeos de Olga. Dijo Helga
  —Creo que debieron poner todos los videos.
 —¿Cómo?
  —Debieron pasar todos los videos - la miraba de él vagaba por
el pavimento - no solo lo gracioso sino para que la gente viera a la
verdadera Helga.
  —¿Qué quieres decir con eso? Exigió saber Helga a la defensiva.
  —Hubo una faceta que nunca antes había visto y francamente me
gustó mucho.
  —¡Eso era una actuación! La verdadera Helga G. Pataki es la que
tienes al frente ¡nunca lo olvides! Dijo Helga dejándolo muy en claro.
  —Lo que tú digas Helga. Él se levantó tras terminar su helado y

siguió su camino pasando por el lado de Helga.
 —¡Arnold!
 —¿Si?
  —¡Te odio! Afirmó con toda su alma.
  —Lo sé. Murmuró Arnold con los ojos entornados, alejándose.
***

  Ya se estaba dando por vencida, no encontraba a Brainy en ningún
lado, fue como si se lo hubiera tragado la tierra. Era como si el chico
hubiera previsto esa situación de ante mano y hubiera desaparecido.
  —¿Porque será que cuando uno necesita de algo este algo se vuelve
tan difícil de encontrar? - se preguntó Helga caminando por la acera
con los brazos cruzados - voy a tener que dejar la búsqueda hasta
aquí. Pero algún día lo tengo que atrapar.
  Helga dio vuelta en dirección a su casa. Cuando justo al llegar a
la esquina se encontró con Brainy, ambos se quedaron inmóviles un
instante que pareció eterno, hasta que finalmente Helga reacciono.
  —¡Eres tu infeliz! Exclamó Helga apuntándole con el dedo índice.
Brainy no esperó nada y echo a correr, Helga lo persiguió.
  —¡Alto ahí cuatro ojos! Exigió corriendo en pos del chico. La
persecución fue digna de Pop Daddy show. Helga parecía un policía
persiguiendo a Brainy, saltando autos y esquivando gente, él la
perdió de vista luego de arriesgar su vida al cruzar una avenida muy
transitada, creyéndose a salvo le dio una bocanada a su inhalador y
se dirigió a su casa, rodeándola bajo unas escaleras que iban hacia
una puerta. Suspirando Brainy sacó una llave y le dio vuelta a la
cerradura. Cuando una sombra se materializo tras de él.
  —¡Ya te tengo miserable! Exclamó Helga saltándole encima como
un tigre y ambos cayeron dentro de la habitación, la cual prendió luces
automáticamente. Helga le hizo una llave con su brazo alrededor de
su cuello y comenzó apretar.
  —Vamos cobarde, ¡Déjame escuchar ese tronido! Exclamó Helga
pero detuvo su acción homicida al dar un vistazo a su alrededor. En
las paredes habían miles de fotos, todas de ella, liberó a Brainy de su

abrazo mortal y pasmada se acercó para ver más de cerca todo eso,
fotos pequeñas, fotos grandes fotos en blanco y negro fotos de todas
las formas y colores se extendían por la pared, todas juntas formaban
una Helga gigante en todo su esplendor. Al fondo de la habitación
había un televisor antiguo con un DVD, en este se proyectaba un
video de ella, miró el suelo encontrándose con varias hojas de papel,
se agachó para verlas encontrándose que eran poemas que ella misma
había tirado a la basura, supo entonces que en ese lugar había todo un
registro histórico de su vida.
  —¡Criminal! - Helga no encontraba palabras que describieran su
estupefacción se volvió a él y arrugó la hoja con su puño - ¿crees
que esto es un chiste? ¿Estás loco? ¿Qué te crees? ¿Qué eres?
¿Un acosador? ¿Por qué haces esto? Es repulsivo, esquizofrénico,
escandaloso, un crimen, una aberración, un atentado… - Helga se
contuvo de repente - y es la único forma de expresar lo que sientes
por un amor no correspondido. Eres igual que yo dedicas tu vida a
alguien que jamás será tuyo y lo amas aunque no te corresponda. Era
cierto cuando decías que conocías todo sobre mi, debería asesinarte
por loco, pero no tengo el derecho moral de hacerlo - Helga dejó ver
su lado bueno por un instante y dijo las siguientes palabras tanto para
él como para ella misma - quisiera decirte que no fueras estúpido, que
no desperdicies tu vida adorando a alguien que no es para ti. Que lo
dejes ir por tu propio bien, porque lo único que conseguirás es sufrir
y no vale la pena, créeme no vale la pena.
  —Hel...ga dijo por fin Brainy.
  —Dijo un tal escritor del cual no recuerdo el nombre que “la peor
forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que
nunca lo podrás tener”. ¿Es así como te sientes?
 —¡Ssi!
  —Yo también y me muero un poco cada día. Dijo con voz sombría.
  —Yo tengo esperanza. Dijo y no tartamudeo al decir la frase.
  —Si amigo, la esperanza es lo último que se pierde y es el mayor
de los males - sin previo aviso Helga se acercó y le torció la mano. El
chico chilló de dolor - ahora quiero que cada vez que me recuerdes,
recuerdes este mismo dolor por que nunca, nunca será posible, nunca

seré tuya, nunca corresponderé tu amor, porque me repugnas, y no
dudare en hacer tu vida trizas si me molestas.
Helga hubiera querido que Arnold hiciera lo mismo con ella, así se
curaría de ese mal amor que la había hecho perder todo lo que la hacía
feliz. Con resentimiento lo empujó contra la pared y luego se volvió a
la preciada colección de Brainy, tenía que decidir qué hacer con esta.
Parte de su historia estaba ahí, tal vez en unos años todo eso costaría
millones de dólares, por ser objetos invaluables de la fantástica y
poderosa artista Helga G. Pataki pero también en ese lugar estaba ese
pasado que quería olvidar. Helga decidió que hacer. Era lo mejor para
ella y para Brainy. El mal había que arrancarlo de raíz.

Un largo día escolar
  Helga tuvo esa horrible pesadilla de nuevo, esa pesadilla donde ella
se hundía en un pozo sin fondo y se ahogaba lentamente. Despertó
sudando y desubicada, miró hacia la ventana. Afuera hacia un día
maravilloso pero eso no logró animarla. No tenía deseos de ir a la
escuela pero no tenía muchas opciones, o iba a la escuela o pasaba
el día con Miriam. Sin otro remedio saltó de la cama y corrió a darse
una ducha.
  Helga observaba el agua correr por el desagüe. Cuando Miriam
llamó a la puerta.
  —¿Helga te estas bañando? Preguntó ella.
  —No, me estoy regando para crecer. Murmuró ella entre dientes.
  —¿Que dices cariño? Preguntó Miriam. El ruido del agua no le
permitió escuchar con claridad.
  —Si, me estoy dando una ducha, cielos. No puedo tener un momento
de tranquilidad. Se quejó.
  —De acuerdo, no te demores mucho. Dijo Miriam y se retiró.
Helga siguió con su baño. Al terminar cerró las llaves y al mirarse
en el espejo, hizo un fantástico descubrimiento, se dio cuenta de que
había crecido. No era muy notorio pero le emocionó.
  —¡Fantástico! En poco tiempo seré adulta y podre largarme de este
cochino vecindario. Dijo ella con satisfacción y se envolvió en la
gigantesca toalla corriendo a vestirse.
  Una vez lista no se molestó en cruzar por la cocina, fue directo
hacia la puerta y se fue a la escuela sin despedirse de su madre.
  Al llegar, Helga cruzó por el lado de sus compañeros.
  —¡Hola Helga! ¿Cómo estás? La saludó Stinky.
  —¡No es asunto tuyo! Le gritó Helga y siguió de largo sin saludar
a nadie y entró en la escuela, empujando a los chicos que interferían
en su camino.

  —¿Quién era esa? Preguntó una chica de quinto grado.
  —Por la forma en que entró, una bomba de tiempo. Contestó otro
chico. Abajo de las escaleras los chicos de cuarto grado contemplaron
el espectáculo.
  —Como por variar Helga esta de mal humor, parece una vieja
amargada. Dijo Rhonda.
  —Se levantó con el pie izquierdo de la cama. Dijo Stinky.
  —Ella siempre se levanta con el pie izquierdo. Añadió Rhonda.
  —Hola chicos. Saludó una recién llegada Phoebe.
  —Hola Phoebe. La saludó Arnold y le siguieron los otros.
  —¿Han visto a Helga? Preguntó.
  —Llego hace un momento. Dijo Sid.
  —Iré a buscarla.
  —Ten cuidado Phoebe, Helga esta de malas pulgas. - Le advirtió
Stinky - es capaz de comerte.
  —Voy a verla. Dijo Phoebe y subió las escaleras.
  —Soldado advertido no muere en guerra. Le dijo Stinky.
***
  Phoebe buscó a Helga, la encontró peleando con su casillero. La
portezuela de este no quería abrir.
  —¡Abre ya maldita cosa! Gritó golpeando el metal, consiguiendo
abrirla.
  —Buenos días, Helga.
  —¡Eran buenos! Gritó y golpeo la puerta con su puño con rabia.
  —¿Por qué estás tan de mal humor?
  —¡Yo no estoy de mal humor! Gritó Helga.
  —¡Y yo no estoy sorda! Le informó Phoebe haciendo que Helga
frenara su actitud.
  —Lo siento Phoebe, no dormí muy bien.
  —¿Un mal sueño?
  —Si, no ha sido una buena racha para mí. Dijo Helga.
  —No te preocupes, las cosas mejorarán. La animó su amiga.
  —En este momento me encantaría irme de vacaciones.

  —Todavía faltan unos meses para eso, ten paciencia - Dijo Phoebe
y sacó de su maleta un frasco - toma esto, te aseguro que te sentirás
mucho mejor.
  —¿Qué es eso?
  —Es un jugo natural. Dijo Phoebe y Helga tomó el frasco
bebiéndoselo de golpe.
  —Que rico, tráeme uno de estos mañana. Dijo Helga.
  —Enterado, me alegro que te haya gustado, lo preparó mi madre.
Dijo Phoebe y Helga se sintió muchísimo mejor. Ese jugo calmó un
poco su ira. Cerró su casillero y se alejó en compañía de Phoebe,
cruzándose con Arnold quien también dejaba sus libros. En ese cruce
de miradas poco amistosas, Helga le hizo zancadilla y lo hizo caer al
suelo. Los demás chicos rompieron a reír mientras ella se volvía con
una sonrisa cruel.
  —¡Cuidado con el suelo! Le dijo y continúo su marcha impune.
Dejando a Arnold atrás, con una mirada de rabia.
  —¡Helga! - la reprendió Phoebe - ¡Eso fue muy cruel!
  —¡Ay Phoebe! Según tú todo es cruel. Burlarme de él por qué se
cayó es cruel, ponerle una tachuela en el asiento es cruel, lanzarle
una bomba de humo mientras esta en los vestidores es cruel, llamarle
“Cabeza de balón” es cruel, todo para ti es cruel,- Helga se exasperó
y se volvió a Phoebe - ¡Pues perdóname por ser tan cruel!
  —Tranquila Helga, solo era una observación, solo digo que no
deberías tratarlo así, no te ha hecho nada.
  —¿Nada? Ese tonto cabeza ovalada nunca ha hecho nada, solo me
ha traído problemas.
  —¿Cuales? Preguntó Phoebe
  —Los suficientes para odiarlo con toda mi alma. Dijo Helga y
luego se guardó sus pensamientos.
  Phoebe no pudo entender cuál era el resentimiento que tenía Helga
contra de Arnold.
***
  La clase de música era impartida por un temperamental hombre de

cabello blanco que se parecía mucho al gran compositor Händel. Este
maestro tenía unas reglas muy específicas en su clase. Una de esas
reglas era que tenían que afinar sus instrumentos antes de comenzar
la clase, pues él no toleraba el sonido de un instrumento desafinado.
Cuando eso pasaba se ponía rojo como un tomate y desataba su ira.
  Al llegar al salón cada uno tomó su instrumento favorito, Arnold
escogió la flauta, Gerald el piano, Phoebe el violoncelo, Stinky el
triángulo, Sid la trompeta, Harold el saxofón y Rhonda el clarinete,
los demás instrumentos quedaron a manos del resto. Helga tocaba el
trombón y rápidamente lo preparó. Iba a cambiar de boquilla cuando
el sonido de un gato atropellado la hizo saltar de la silla, se volvió a
mirar hacia atrás y vio a Lila tratando de afinar su violín.
  —Lo siento, pero no logro afinarlo. Se excusó ella y Helga dejó su
trombón a un lado, levantándose de su silla.
  —Déjame ver. Dijo ella tomando el instrumento en sus manos.
  —¿Tú qué sabes de violines? Preguntó Harold con sarcasmo.
  —Si, ese es un instrumento muy refinado para ti, Helga. Lo vas a
romper. Dijo Rhonda. Helga los miró con desprecio absoluto.
  —¿Ah sí? - Dijo Helga y le quitó el arco a Lila - escuchen y lloren
perdedores.
Helga tocó la “partita N° 3 Gavotte en rondeau” de Johann Sebastián
Bach, tan magistralmente que dejó a todos boquiabiertos.
  — ¡Wow Helga! - Dijo Phoebe cuando terminó de tocar - no tenía
idea que sabías tocar el violín.
  —Aprendí a tocar el violín a los 8 años, todavía recuerdo cómo
hacerlo - Helga le entregó el violín a Lila - No está desafinado.
  —¿Por qué lo dejaste? Preguntó Phoebe y Helga recordó tristemente
el motivo “no perderemos el tiempo pagando clases a la niña, Olga
es el futuro”. Esas palabras tan duras las había dicho su padre Bob
Pataki en uno de sus tantos descalabros.
  —No me agrada el violín. Dijo Helga y volvió con su trombón. El
maestro ingresó al salón extasiado.
  —He venido corriendo desde el otro lado de la escuela. Porque me
pareció a ver escuchado a Bach en las dulces notas de un violín.
  —Fue Helga quien tocaba el violín. Dijo Phoebe y Helga saltó de

su silla volviéndose hacia ella con una mirada de odio.
  —¿Toca el violín señorita Pataki?
  —De vez en cuando. Dijo Helga.
  —Vuelve a tomarlo. Le ordenó el maestro.
  —Pero… yo escogí el trombón.
  —Cambiarás de instrumento. Ahora serás nuestra violinista.
  —¡Maldición! - Dijo Helga y le entregó el trombón a Lila, no de
buena gana - Ya escuchaste, intercambiemos Lila, toma el trombón,
la boquilla esta babeada.
  Lila hizo una mueca de desagrado.
  —Vas a tener que lavar el trombón, debe estar plagado de GerHelgas. Dijo Rhonda.
  —Rhonda, tú misma eres un germen. Dijo Helga mirándola como
tal y ella le devolvió la mirada.
  —De acuerdo - dijo el maestro tomando la batuta - vamos a empezar.
  El maestro dio la orden y los chicos comenzaron a tocar pero todos
los instrumentos sonaron desafinados y tan estridentemente que
el hombre monto en una ira iracunda y estuvo a punto de tomar el
violoncelo para tirarlo por la ventana.
  Al terminar la clase, todos abandonaron el recinto, corriendo como
una manada de ñus salvajes, Helga se quedó atrás, tenía problemas
para guardar el instrumento dentro del estuche.
  —¡Entra aquí maldita cosa! Exclamó enfadada.
  —Helga, debes tratarlo con delicadeza. Dijo Phoebe y guardó el
violín por ella - en serio que te levantaste con el pie izquierdo de la
cama.
  —No molestes Phoebe. Dijo Helga y salieron del salón directo
hacia la siguiente clase. Deportes.
  En el salón de música alguien se quedó, guardando su instrumento
en su estuche con parsimonia. Gerald se asomó por la puerta.
  —Todavía sigues aquí, date prisa o nos pondrán retraso en la
siguiente clase.
  —Ya voy. Dijo Arnold y salió del salón junto con su amigo.

***
  Luego de ponerse la ropa más apropiada corrieron a clase de
deportes. La clase estaba dirigida por un profesor sustituto, un viejo
conocido de Arnold. Los chicos se reunieron en el gimnasio y Helga
llegó acompañada por Phoebe ubicándose en la fila, notando que
Stinky la miraba fijamente.
  —¿Que me ves? - Reclamó Helga enfadada- ¿Se te perdió otra
igual?
  —Nada. Dijo él. Ella le vio como a una sabandija y se cruzó de
brazos. El entrenador entró al gimnasio.
  —Bien no perdamos tiempo vamos a empezar - dijo el entrenador
sin saludar al grupo - ¿Qué tal, Arnold?
  —Hola entrenador Wittenberg. Dijo él.
  —Bueno, hagan dos filas niñas y niños - ordenó él y todos
obedecieron gradualmente - vamos a jugar un juego nacional no apto
para débiles, vamos a jugar a los quemados.
  —¡Bien! Corearon los chicos emocionados menos Arnold.
  —Practicaremos un poco y luego tendremos un encuentro amistoso
con el equipo del otro salón. Dijo el entrenador Wittenberg mientras
Eugene traía las pelotas, todos comenzaron a sacarlas de la red
mientras Arnold iba a hablar con el entrenador.
  —Pero entrenador Wittenberg, los quemados son un juego muy
peligroso. El año pasado, un niño perdió todos sus dientes.
  —Es un juego nacional y está en el programa así que vamos a jugar
quemados.
  —Pero hay muchos otros deportes que no involucran romperle la
cabeza a alguien. Puso en consideración Arnold.
  —Vamos Arnie, pareces un viejo amargado, deja a un lado ese
pacifista enfermo por llevar la paz y saca al asesino que llevas dentro.
Como lo haces cuando estas al bate, será divertido te lo aseguro. - el
entrenador Wittenberg se dirigió al grupo. - Muy bien, jugaran los
niños, las niñas irán a las gradas.
  —¿Y por qué? Protestó Helga indignada.
  —Se pueden lastimar así que no correré riesgos. Dijo el entrenador

Wittenberg.
  —Si, luego van a estar llorando. Dijo Harold.
  —¡Ja! Yo puedo derribarlos a todos ustedes de un solo tiro, como
si fueran pinos de bolos. Dijo Helga e hizo el ademán con la pelota.
  —No derribarías a ninguno de nosotros aunque nos quedáramos
quietos. Dijo Harold y entonces una pelota derribó sin previo aviso a
Sid, mandándolo lejos.
  —Que buen golpe. Comentó el entrenador Wittenberg y todos se
volvieron a Helga.
  —¡Zas! ¿Qué les pareció eso? Dijo Helga.
  —Suficiente Helga a tu lugar. Esto es un juego para hombres.
  —¿Cuáles hombres? ¿El chico que le gustan las faldas y su pandilla?
Replicó Helga y siguió a las chicas, mientras Sid se levantaba del
suelo sin aire.
  —Cielos, Helga casi me hace comer ese balón. Dijo él adolorido.
  —Es una suerte que no la dejen jugar, o estoy seguro de que acabaría
con nosotros. Dijo Arnold.
  —La tomaría contra ti Arnold, serias su blanco predilecto. - Dijo
Sid. - Ella no desaprovecharía una oportunidad de darle a un blanco
tan perfecto como tú.
  —Si, eso es lo que más desearía. Dijo Arnold con tristeza y bajó la
mirada.
  —¡Alerta Arnold! Exclamó el entrenador Wittenberg y una pelota
lo sorprendió derribándolo.
  —¡Buuuu! ¡Ese no sirvió, sáquenlo de la cancha y arrójenlo al
bote de la basura! - chifló Helga desde las gradas y todas las chicas
se volvieron a verla al mismo tiempo. - ¿Qué? No ha empezado el
partido y ya está en el suelo ¡Pobre lombriz!
***
  Luego de unas cuantas practicas el entrenador Wittenberg trajo al
equipo rival que estaba conformado por los chicos de quinto grado,
los cuales no duraron en mostrar su superioridad. Al tomar el balón
Wolfgang hizo gala de su fuerza y golpeó a Eugene mandándolo hasta

el otro lado del salón.
  —Estoy bien. Dijo luego de resbalar por la pared y caer al suelo.
  —¡Esperen la señal chicos! Aún no ha empezado el partido. Dijo el
entrenador Wittenberg.
  —Esto será pan comido. Dijo Wolfgang y entonces Arnold se
acercó hacia él para entablar las reglas del juego. Lo cual no era una
buena idea pues Wolfgang era un chico que nunca atendía razones.
  —Escucha Wolfgang, no tenemos que recurrir a la violencia,
podrías por favor no lanzar la pelota con tanta fuerza, no queremos
que nadie salga lastimado.
  —Yo no lo lance con fuerza, ustedes son muy débiles, parecen
mariquitas. Dijo Wolfgang
  —Puede resultar alguien herido. Dijo Arnold ofendido.
  —¿Entonces que sugieres cabeza de balón? ¿Qué nos lancemos
almohadas? Preguntó Wolfgang y la idea pareció gustarle al chico.
  —Tal vez podríamos conseguir algo que no sea tan duro algo más
suave ¿Qué les parece? Preguntó Arnold y Wolfgang y compañía
intercambiaron miradas, sonriendo con malicia.
Sid, Stinky y Gerald estaban charlando animadamente, esperando al
otro lado de la línea a que comenzara el partido. Cuando Arnold les
cayó encima, derribándolos al suelo. Wolfgang lo había lanzado con
todas sus fuerzas como si fuera un balón.
  —¡Wolfgang! ¿Qué rayos fue eso? Preguntó el entrenador
Wittenberg.
  —Me equivoque de balón. Se excusó él mientras sus compañeros
emitían risitas burlonas. Desde las gradas Helga se echó a reír.
  —¡Hiciste honor a tu nombre Cabeza de balón! Dijo divertida y las
chicas se rieron. Él le hizo una mueca de disgusto.
  —¡Basta de eso! - Dijo el entrenador y sopló su silbato - ¡Vamos
a jugar!
  El entrenador hizo el saque iniciándose el partido. Arnold jugó y
solo por qué el entrenador se lo rogó de rodillas pero sabía muy bien
a lo que se exponía.
  El partido “amistoso” se convirtió en una verdadera matanza,
rápidamente los chicos de cuarto grado fueron reducidos, luego de

recibir el impacto de los balones que caían como cañonazos. El primero
fue Arnold al que atacaron con todo el arsenal, resultó imposible para
los de quinto fallar un blanco tan formidable.
  Los chicos de grado superior eliminaron uno a uno y hasta hicieron
acrobacias para acabar con el cuarto grado. Muy pocos quedaron
de pie luego de la asonada del quinto grado. Los chicos apenas si se
mantenían de pie muy adoloridos
  —¡¿Pero qué pasa?! Parecen estatuas ¡Muévanse! ¡Hagan algo por
amor a dios! Exclamó el entrenador Wittenberg desesperado, al ver
que su personal mermaba alarmantemente.
  —Oiga déjeme jugar, yo soy su salvación. Mi papá fue campeón en
este juego y obviamente yo también. - Dijo Helga desde las gradas puedo arreglar su problema.
  —No niña, esto es un juego de hombres. Todavía se puede remontar
el marcador.
  —Sí, eso mismo pensaron los vaqueros de Dallas en el 89. Dijo
Helga pero el entrenador siguió en su empeño machista y no hubo
nada que hacer. Los de quinto exterminaron a los de cuarto y la
victoria fue contundente.
  —¡Me dan lástima! - Dijo el entrenador después del partido - no
pudieron descontarse a un mísero contrincante, son una pandilla de...
  —¡Entrenador Wittenberg! Por favor… lo retuvo Arnold ya cansado
de tanto regaño.
  —No me interrumpas Arnold, fue terrible.
  —Solo era un amistoso. Dijo Arnold.
  —Amistoso o no, no tenían por qué apabullarnos así. Dijo el
entrenador y su regaño se extendió durante varios minutos más. El
entrenador no toleraba perder y menos cuando su esposa estaba en las
gradas burlándose de él. Afortunadamente la clase terminó. Arnold
se alegró muchísimo al poder escapar de eso y justo a la hora del
almuerzo.
***
  El chico esperaba pacientemente su turno en la fila de la cafetería

para servirse su comida y su tazón de tapioca, la salsa que tanto le
gustaba. Al llegar al final de la fila la cocinera le sirvió y se giró
para ir a una de las mesas. Cuando Helga apareció de la nada y
distraídamente se topó con él y sin titubeos le quitó la bandeja.
  —¡Gracias! Dijo y se giró sobre sus talones llevándose la bandeja.
  —¡De nada! - Dijo Arnold y se dio la vuelta hasta que cayó en
cuenta del robo y de inmediato se giró saliendo en su persecución. ¡Oye no!
  —Esto es de todos los días. Comentó Gerald a la cocinera. Arnold
alcanzó a Helga y la retuvo por un brazo.
  —¡No es gracioso Helga! ¡Devuélvemela!
  —Lo que se regala no se pide de vuelta, Zeppelin. Dijo Helga y
entonces el chico tomó la bandeja por el extremó.
  —Fue un robo me tomaste distraído. Protestó Arnold.
  —Camarón que se duerme se lo lleva la corriente. Dijo Helga y
trató de zafar la bandeja de sus manos.
  —Dámela Helga.
  —¡Pide otra! - Replicó Helga y forcejeo. - No seas llorón.
  Y entonces comenzaron a jalar la bandeja.
 —¡Devuélvemela!
  —¡Es mía! Exclamó Helga molesta.
  —Muy bien tú ganas. Dijo Arnold soltando la bandeja y la salsa de
tapioca y la comida terminó embarrada en el vestido de Helga.
  —Eres un… exclamó Helga y tomó un plato de un comensal que
pasaba justo por ahí y se lo arrojó. Arnold lo esquivó con facilidad y
ese fue el detonante para el inicio de una guerra.
  —¡Guerra de comida! Gritó Curly y volaron platos, pasta, salsa,
papas y frutas, de un lado al otro del salón, pero la guerra culminó
cuando uno de los platos de pasta fue a dar a la calva cabeza del
director Wartz quien estaba al otro lado del salón y se dio la vuelta;
furibundo.
  —¡Miren! Al director Wartz le creció cabello. Exclamó Wolfgang
y todos los chicos rompieron a reír. El hombre avergonzado y furioso
se quitó el plato.
  —¡¿Quién fue el culpable de esto?!

  Todos apuntaron hacia la pareja en disputa. El director fue directo
hacia los culpables. Helga trató de escabullirse pero el director se lo
impidió con un grito.
  —¡Señorita Pataki!
  —Presente. Dijo Helga encogiéndose de hombros.
  —Le parece que ese es el comportamiento que se debe tener en una
cafetería.
  —No. Dijo ella.
  —Tendrá detención por 2 semanas empezando hoy después de
clases. Sentenció el director.
  —Ya que… dijo Helga resignada y luego él se volvió a Arnold.
  —¡Y tú también Arnold! Estás castigado. Llamare a sus padres y
abuelos.
  —¿Pero por qué? Eso es totalmente injusto director Wartz. Dijo él
indignado.
  —¿Injusto? Tu comenzaste Cabeza de balón - y el director la
fulminó con la mirada - es decir tu comenzaste Arnoldo, yo solo soy
una víctima de tu intolerancia.
“intolerancia” No podía estar hablando en serio, nadie en el planeta
toleraba a Helga más que él, Arnold frunció los labios, mucho más
que indignado.
  —¡Suficiente! Ambos ya saben dónde después de clase. Dijo el
director Wartz y se retiró. Helga se volvió a ver al chico sacándole la
lengua y se marchó, dejando a Arnold gruñendo solo.
***
  El ser castigado por culpa de Helga le hizo enfadar mucho. Al sacar
su libro de arte para la siguiente clase, azotó su casillero con furia.
  —De verdad que Helga te ha hecho enojar. Dijo Gerald y el chico
contó hasta 10 y respiró profundamente tranquilizándose y se centró
nuevamente.
  —Si - Dijo Arnold y caminaron hacia el salón de arte - No entiendo
por qué siempre tiene que molestarme.
  —Por la misma razón por la que tú la amas. Dijo Gerald con una

gran sonrisa y el chico se detuvo.
  —Gerald, te lo vuelvo a repetir, no la amo ¿Cómo voy a amar a la
persona que me trata como basura?
  —He visto tantas cosas extrañas en mi vida.
  —¿A qué te refieres? Preguntó Arnold.
  —Me puse a pensar en Helga y su comportamiento, pero algunas
cosas no me cuadraban y por eso le pregunte directamente a Phoebe.
  —¿Y qué te dijo? Preguntó Arnold sin evitar la curiosidad.
  —Me dijo que Helga es una Tsundare.
  —¿Qué es una Tsundare? Preguntó Arnold.
  —Algún término japonés raro. El punto es que tal vez Helga
en realidad te quiere y pretende odiarte, que ¿por qué? Tal vez por
alguno de esos prejuicios femeninos sin sentidos que se inventan las
mujeres para atormentarse y de paso para atormentarnos a nosotros.
Dijo Gerald.
  —Bien, digamos que hipotéticamente hablando Helga en realidad
uh… me ama - dijo Arnold y se detuvo - pero ¿por qué tiene que
ser tan mala conmigo? Creo que últimamente me odia más que de
costumbre.
  —Ya lo dije es una prejuiciosa. Dijo Gerald y avanzó por el pasillo.
  —Necesito pruebas.
  —Tal vez nunca las obtengas, en tu caso yo le preguntaría
seriamente.
  —Claro y luego estaría seriamente muerto. Helga me asesinaría
solo para quedar como la chica más mala frente a todos, o se burlaría
o…
  —O te rechazaría, cruelmente y sin asco.
  —No quiero ser rechazado. - Dijo Arnold y siguió a Gerald definitivamente no quiero ser rechazado.
  —De que te preocupas acabas de decir que la chica no te gusta.
Arnold iba a protestar cuando un fuerte ruido los interrumpió.
  —¿Que fue eso? Preguntó Arnold.
  —Tal vez fue la llanta de coche que estalló, vamos a clase. Dijo
Gerald restándole importancia.

***
  La clase de arte era la clase favorita de todos. La maestra llamada
Darwin era muy amable y dejaba que ellos jugaran y dibujaran lo que
quisieran. Pero a Helga ya no le gustaba esa clase, porque según ella
había perdido su talento artístico junto a su pasión por escribir.
  Al entrar a clases todos se acomodaron en su lugar. La maestra,
muy animada y sonriente ya estaba en el salón.
  —Niños vamos a dibujar algo, empleando las herramientas y las
técnicas que hemos aprendido hasta ahora - dijo la maestra - tomen
su lápiz y hagan un bosquejo.
  Los chicos tomaron sus lápices y comenzaron a dibujar en sus
cuadernos de dibujo, dibujando lo que primero les vino a la mente.
En poco tiempo caricaturas, cosas abstractas, y retratos absurdos
tomaron forma.
Helga no tenía ningún interés por la clase, estaba aburrida y ya quería
marcharse, durante toda la clase se dedicó a garabatear y arrancar
hojas, haciéndolas bolas, lanzándolas por encima de su hombro. Al
final un gran morro de hojas arrugadas se alzaba detrás de su silla.
  —Helga, ¿Tienes algún problema? Preguntó la maestra, al verla
tan aburrida.
  —No, ninguno.
  —¿Estas segura? Preguntó la señorita Darwin apuntando a la gran
montaña que amenazaba con desparramarse.
  —Es que tengo un dibujo en mente y cuando lo paso al papel ya no
es lo que tenía planeado.
  —Y ¿No te gusta el resultado?
  —No mucho.
  —¿Puedo ver lo que has hecho? Preguntó la maestra inclinándose
para tomar una de las hojas arrugadas.
  —¡No! - Exclamó Helga y todos se volvieron a verla - es decir no,
es horrible.
Ella no quería que la maestra viera las hojas, porque había muchos
garabatos de Arnold acompañados con frases como “es un idiota”
  —Helga, la mayoría de artistas piensan que sus obras son horribles,

pero no necesariamente es así.
  —De verdad, solo son manchas y borrones.
  —Bueno, sigue intentándolo Helga y si la inspiración te guía a eso,
entonces déjalo ser, será igualmente hermoso.
Helga miró su boceto, solo rayones y círculos. La maestra la dejó y
fue hacia Iggy para ver su trabajo.
  —Dejarlo ser, claro como ella no perdió su inspiración le es fácil
decirlo.
Sin inspiración era poco menos que un dibujante de preescolar.
Al terminar la clase, los chicos salieron del salón corriendo entre risas
y voces, Helga ya emprendía la huida cuando su maestra la detuvo.
  —Helga por favor recoge la basura. Le pidió ella amablemente
y Helga haciendo una mueca de disgusto se devolvió y empezó a
recoger sus papeles.
  —¿Quieres que te ayude? Preguntó Arnold quien seguía en el salón.
  —No te molestes. Dijo Helga de mala gana metiendo las hojas en
una papelera y pasó junto a él airosa. Una de las hojas cayó al suelo
el chico la tomó pero antes que pudiera decir o hacer algo, Helga se
la arrebató con las uñas.
  —¡Dame eso pequeña sabandija! Exclamó y metió la bola con
rabia entre la cesta.
  —¡Helga esa frase es muy fea! La reprendió su maestra y Helga se
volvió a ella.
  —¡Ah! Es cierto, lo siento maestra - dijo y luego se volvió a Arnold
-Por favor discúlpeme señora sabandija. Dijo Helga con descaro y
antes de que su maestra dijera algo más ella salió del salón.
  —¡Helga, ven aquí! Dijo ella siguiéndole para reprenderla por su
aptitud grosera. El chico suspiró pesadamente y guardó su cuaderno
de dibujo.
***
  En el salón 206 antes de que comenzara la clase todos estaban
divirtiéndose en el salón jugando. La puerta se abrió y todos
enmudecieron al ser tomados por sorpresa, creyeron que se trataba

del señor Simmons pero no era él sino de Eugene quien apareció
sonriente en el umbral de la puerta.
  —¡Eugene! Se quejaron.
  —Ese soy yo. Dijo Eugene cerrando la puerta.
  —Tarado, pensamos que era el señor Simmons. Dijo Helga.
  —No, soy yo.
  —Si, nos dimos cuenta. Dijo Harold y entonces la puerta se abrió
súbitamente y golpeó a Eugene tumbándolo al suelo.
  —Oh disculpa Eugene, no sabía que estabas detrás de la puerta se disculpó el señor Simmons ayudándolo a levantarse mientras los
otros ocupaban sus lugares - Niños, como la exposición de la antigua
Grecia ya está muy cerca y como ya los vi en acción, ya tengo los
roles protagónicos.
  —¡Noo! Protestaron unánimemente.
  —La mitología griega es muy aburrida. Dijo Helga cruzándose de
brazos.
  —Es parte de la historia antigua, Helga - dijo el señor Simmons
sacando sus libretos - muy bien chicos aquí va la lista; Rhonda hará el
papel de Hera reina de los dioses.
  —La cornuda. Comentó Helga y Phoebe se rio y a Rhonda no le
causo gracia el comentario.
  —Lila será Afrodita.
  —Cielos es fantástico, me encanta, es mi personaje favorito del
mito, ella es tan bella. Dijo Lila y Helga hizo una mueca de disgusto.
  —Sí, me imagino las razones por las que te sientes tan identificada.
Dijo ella
  —Helga silencio - ordenó el señor Simmons - Eugene será Hermes
el mensajero de los dioses, Stinky será Hades señor del inframundo.
  —Oh pero que papel tan espantoso. Se quejó él.
  —Luce con tu pálida personalidad. Dijo Helga sonriente.
  —Curly tendrás el papel de Zeus olímpico.
  —¡Siiii! Exclamó triunfante y se levantó de su puesto parándose en
la silla mientras Rhonda le miraba con disgusto.
  —Arnold será Apolo y Phoebe será Atenea.
  —Ahora que lo pienso a Lila le quedaría mejor el papel de Dafne.

Comentó Helga y Phoebe volvió a reír.
  —Helga, serás la hermosa y salvaje Artemis, hermana de Apolo.
  —No está mal. - dijo Helga conforme - tiene un arco y flechas.
  —Bien, Gerald será el valiente guerrero Paris y Harold será
Poseidón. El señor Simmons iba seguir cuando fue interrumpido por
un anuncio del director. Arnold estaba concentrado escuchando el
mensaje cuando algo le golpeó la cabeza se volvió y vio una bola de
papel en el suelo y Helga detrás de su puesto con sonrisa sarcástica.
  —¿Qué? ¿Me vas a acusar con mamá? Preguntó ella y su comentario
molestó a Arnold.
  —Antes de continuar quisiera dar un par de avisos, como lo
menciono el Director Wartz habrá una salida pedagógica e irán los
chicos de promedio bajo y malo.
  Al escuchar eso de inmediato hubo protestas.
  —¿Pero por qué? Están premiando a los que se portan mal, al
sacarlos a pasear. Protestó Phoebe.
  —¡Sii! coreó la mayoría
  —Entiendo tu preocupación, Phoebe, La caminata será una reflexión
sobre su comportamiento - dijo el señor Simmons - a continuación
daré la lista de los que irán: Curly, Eugene, Harold, Sid, Stinky,
  —¡No! Sí Eugene va, es un viaje sin retorno. Dijo Harold muy
alarmado.
  —Harold, tu preocupación no tiene fundamento - le reprendió el
señor Simmons - seguiré con la lista, Helga…
Al escuchar su nombre Helga saltó como un resorte de su puesto
  —¿Yo? ¿por qué estoy en el grupo de los perdedores?
  —No lo tomes personal Helga, solo es un ejercicio. - Dijo el señor
Simmons y entonces Helga se levantó de su puesto airadamente y
se acercó a él - A ver si entendí ¿voy en ese grupo porque soy una
indeseable?
  —No Helga, tienes buenas calificaciones pero este viaje te enseñara
a hacer tolerante.
  —Tolerante mis muelas,
  —Helga, es por tu bien, este viaje te hará reflexionar. Le dijo el
señor Simmons

  —¿Reflexionar sobre dios y el universo? Puedo hacer eso aquí sin
tener que ir a ningún lado. Dijo Helga y regresó a su lugar, no muy
feliz de tener que ir a esa excursión.
***
  Las ultimas horas del día las pasarían en detención, ahí estaban
Harold, Sid, Curly, Wolfgang, un par de chicos que no conocía, entre
ellos un pelinegro de ojos carmesí, quien no emitía un solo sonido y
se limitada a observar el panorama con los brazos cruzados. Helga se
quedó parada en el umbral y dio un profundo suspiro.
  —Va a hacer las dos horas más largas de mi vida. Tal vez debería
portarme mejor, así no pasaría por esto y no tendría que ir a esa estúpida
caminata- pero cuando llegó Arnold a su lado le hizo zancadilla por
segunda vez en el día y le hizo caer al suelo. - No, esto es divertido
Anda con más cuidado ¿Quieres? Pero que torpe.
  —¡El perdedor ha entrado al edificio! Se sumó Wolfgang y todos
los chicos se rieron. Arnold se puso de pie y le fulminó con la mirada
y fue a sentarse. Helga le siguió y se sentó un puesto adelante del
chico pelinegro. Observó su alrededor solo habían chicos, ella era la
única chica.
  —Bonito cuadro - dijo con sorna - ¿Y tú por qué estás aquí? Le
preguntó a Sid.
  —Stinky y yo estábamos haciendo una pirueta y Sheena se atravesó
y le di una patada en la cara mientras giraba.
  Sid recordó su magistral giro antes de que este derribara a la chica
  —Con razón no vi a Sheena después del recreo - dijo Helga y luego
se volvió a Harold - ¿y tú por qué estás aquí?
  —Tomé una maleta que estaba en el suelo e hice giros con ella y se
me soltó de las manos y fue a dar a la ventana.
  —Y supongo que la ventana se rompió.
  —Sí, pero lo que no me esperaba era que la maleta explotara.
 —¿Explotó?
  —Si ¿No escuchaste el ruido?
  —Lo escuche, pero no me imagine que era,

  —La maleta era de los de sexto pero a mí me echaron la culpa. Dijo
Harold.
  —Vaya lio en el que te metiste - dijo Helga perdiendo el interés y
se volvió al chico pelinegro - ¿y tú por que estas aquí?
  Él no le respondió solo negó con la cabeza.
  —¿Es mudo? Preguntó Harold.
  —Es extranjero, no habla inglés. Dijo Arnold.
  —Ah ya veo ¿Qué idioma habla?
  —Español. Respondió Arnold.
  —Ah… - Helga se volvió a él y habló en perfecto español- hola,
soy Helga y tú.
  —Yo no. Dijo él y Arnold rio divertido. Helga frunció el ceño, no
le gustaba que se rieran de ella.
  —¿Cuál es tu nombre compadre? Preguntó de nuevo.
  —Miguel. Dijo el chico y en ese momento llegó el director Wartz
al salón de los castigados poniéndose al frente del salón.
  —No están aquí por ser los mejores, están aquí por sus graves
faltas a la disciplina así que durante las próximas dos horas van
estar en silencio y quietos, así que ya lo saben, deben permanecer en
absoluto silencio. Dijo el director Wartz y se sentó. Era una sección
de detención que él personalmente iba a velar.
  Las dos horas pasaron tan lentamente que parecía que el reloj se
había detenido, pronto Arnold le dio sueño y se quedó dormido con
su mentón sobre su mano. La presencia del director fue requerida
en otra parte, habían colgado a alguien en el asta de la bandera de
nuevo. Lanzando una advertencia abandonó el salón y los reos se
quedaron en silencio a la espera de que sus pasos se perdieran a la
distancia. Arnold siguió durmiendo a pesar del bullicio y Wolfgang
no desaprovechó esa oportunidad para molestarlo. Tomó una regla y
con esta apuntó hacia su codo golpeando en el lugar exacto. El golpe
hizo que su cabeza resbalara y su frente chocó con el escritorio. Una
explosión de risas invadió el lugar y el chico enfadado y desorientado
se volvió a Helga.
  —Pero que bobo. Se burló ella y el chico supuso de inmediato que
fue ella.

  —¡Helga! Gruñó enfadado.
  —¿Por qué me miras a mí? Yo no hice nada. Dijo Helga igual de
divertida que todos.
  —Suficiente Helga ya me cansé. - Dijo Arnold dejando su puesto –
ya no vas a molestarme más.
  —Oye yo no fui. Negó ella.
  —Siempre eres tú, siempre me estás molestando y francamente ya
estoy harto.
  —¿Ah sí? ¿Y qué vas a hacer al respecto? Preguntó Helga imponente
poniéndose de pie, amenazándolo con su puño derecho.
  —Uy esto se puso bueno - Dijo Wolfgang y se puso cómodo para
ver el espectáculo y apostó con Sid - 10 a que Helga se la parte ahora
mismo.
  El ímpetu de Helga hizo titubear al chico, aunque estaba enfadado,
no quería provocar un conflicto que seguramente iba a lamentar más
tarde
  —No voy a pelear contigo. Dijo Arnold.
  —¡Ah! ahora te echas para atrás. No solo eres un tonto sino también
eres una gallina. Dijo Helga y aunque eso lo alteró se contuvo.
  —Piensa lo que quieras pero no voy a pelear contigo. Dijo él.
  —¡Estúpida gallina! ¡Eres una gallina! ¡Oigan miren todos! ¡Aquí
tenemos una gallina! Se burló Helga y luego cacareo como una gallina
enfadando a Arnold de sobre manera.
  —¡Basta! Exclamó empujándola, pero al hacer eso Helga retrocedió
y tropezó con el pie del chico extranjero que justo en ese momento
estaba ahí y se fue de espaldas, cayendo al suelo con estrepitó
arrastrando un escritorio consigo.
  —¡Helga! Exclamó Arnold mientras Miguel le tendió la mano pero
Helga rechazó su ayuda, y se levantó furibunda, totalmente en bersek.
  —¡Perro maldito! ¡Cómo te atreves a empujarme! Exclamó Helga
y se le fue encima.
  —Espera Helga. Le pidió Arnold pero ella estaba totalmente
enfurecida.
  —¡Te voy a hacer pedazos! Prometió y se lanzó contra Arnold
dispuesta a patear su trasero y le soltó un puñetazo directo a la cara.

Pero para sorpresa de ella, el chico se defendió rechazando el ataque
de Helga haciéndola retroceder. No por nada Arnold era cinturón
negro en karate y el alumno más ilustre de la abuela Pookie. Helga no
se amilanó, volvió a la carga y para cuando todos se dieron cuenta se
vieron envueltos en un combate que incluía patadas de karate y golpes
de ju jit tsu. Era como si fuera un combate entre Chuck Norris Vs
Bruce Lee. Los escritorios fueron apartados a los lados y formaron un
círculo animándolos con sus gritos. Sin embargo Arnold solo estaba
repeliendo los golpes, no tenía la menor intención de atacar a Helga.
  —¡Vamos! No te puedes dejar ganar por una niña. Exclamó
Wolfgang.
  —O de lo contrario ocuparás el lugar de Harold. Dijo Sid.
  —¡Oigan! Se quejó Harold. Ninguno de los dos prestaba atención
seguían peleando ferozmente, Helga soltó un puño y Arnold lo
esquivó y el golpe fue interceptado por la cara de Harold, quien cayó
en brazos de sus compañeros. De inmediato Arnold se volvió hacia
él, preocupado.
  —Harold ¿Estás bien?
  —¡No me quites la mirada de encima grandísimo animal! Exclamó
Helga lanzándose sobre él, pero el chico luego de esquivarla la sujetó
por un brazo y se lo torció. Helga trató de liberarse pero no pudo.
  —¡Ay! ¡Me duele! Se quejó y Arnold la liberó de inmediato, y en su
descuido Helga logro atraparlo y como si fuera uno de sus luchadores
favoritos lo sujetó fuertemente y le hizo un suplex. El cual le sacudió
todas las neuronas de la cabeza y le hizo perder su gorra.
  —¡Oh! Exclamaron todos sorprendidos.
  Arnold viendo estrellas se levantó quedando sentado en el suelo.
  —¡Ese golpe me dolió! Se quejó él sujetando su cabeza con ambas
manos.
  — Eso no fue nada. Dijo Helga y se levantó pisando la gorra sin
fijarse y le saltó encima como una fiera, quedando a ahorcajadas
sobre él, inmovilizo sus brazos con sus rodillas y levantó su puño en
lo alto. La horda dio una exclamación salvaje. Helga iba a molerle la
cara a golpes y no iba poder escapar.
  —Me va a romper la cara. Fue lo único que pudo pensar en ese

momento. Pero cuando los ojos furiosos de Helga se encontraron con
los de Arnold, súbitamente se detuvo.
  Ella era de las chicas que no tenían inconveniente en patearle el
trasero a un chico, pero con Arnold la situación fue distinta, por más
furiosa que estuviera no pudo golpearle. Por un momento se perdió en
el fondo de sus ojos verdes.
  —Tus ojos verdes siguen siendo tan brillantes. Murmuró Helga y
Arnold dejó de moverse.
  —Hhmm... Preguntó sin entender.
  —¿Bueno están peleando o están retozando? Protestó Wolfgang,
rompiendo el encanto. De inmediato Helga le liberó sin poder ocultar
el rojo de sus mejillas.
  —¿Quién eres? ¿El narrador? Preguntó y Wolfgang levantó las
manos.
  —La cosa es con el enano cabezón no conmigo. Dijo él
  —Imbécil - dijo Helga y se volvió hacia Arnold quien se estaba
arreglando las ropas y recogiendo su gorra, pero ya no tenía ganas de
pelear - ya me cansé. Al diablo contigo.
  —¿Qué? ¿Eso fue todo? Se quejó alguien.
  —¿Acaso pagaste boleta? Tengo cosas mejores que hacer que
patear su trasero. Dijo Helga al escupir el suelo y salió del círculo
apartando bruscamente a sus compañeros.
  —Bueno al menos saliste vivo ¡felicitaciones! Dijo Sid atrás de
Arnold.
  —Y con el honor más o menos intacto. Dijo Stinky pero el chico
estaba lejos de sentirse feliz.
  —¿Qué pasa aquí? Preguntó el director Wartz entrando al salón y
todos se volvieron a él.
  —Nada. Solo compartíamos como amigos. Dijo Wolfgang divertido
y todos acomodaron los escritorios.
  —¿Que fue todo ese escándalo? Preguntó el director Wartz al ver
el desorden y ellos no respondieron.
  —No sucede nada. - Dijo Arnold volviendo a su lugar - tropecé y
me caí y todos me estaban apoyando con sus risas.
  —No tolerare esos escándalos en la publica 118, su detención se

extenderá por una semana más. Sentenció el director Wartz y todos
de inmediato expresaron su inconformismo
  —¡No! ¡¿Pero por qué?! Se quejaron.
  —¿Quieren que la aumente una semana más? Preguntó el director
y todos guardaron silencio a regañadientes.
  El chico entornó los ojos mientras se cruzaba de brazos sobre el
escritorio. Qué largo día había sido ese, jamás imaginó que se pelearía
con alguien y menos con Helga. Sin embargo se preguntó por qué ella
había detenido su ataque, se volvió a mirar a Helga y ella ya estaba
devolviéndole la mirada.
  —¿Que estás viendo idiota? Preguntó ella y Arnold desvió su
mirada. Antes de que la mirada de ella lo matara.

Un mal día
  La rutina fue la misma y eso la desesperaba. Helga estaba pensando
seriamente en irse de la ciudad, cambiar de aires, irse con su hermana
Olga, o a alguna ciudad lejana de Rusia o China, pero no podía, tenía
que ir a la escuela y tenía que ver a todos como todos los días. Pero
ese día la rutina cambiaría un poco.
  Había un evento especial en la escuela y todos estarían ahí y ella
tendría que estar presente.  
  Suspiró y contempló su reflejo en el espejo del baño, luego se
cacheteó las mejillas enérgicamente.
  —¡Aquí voy de nuevo! Se dijo.
Helga bajó las escaleras y se encontró a Miriam cargando una cesta
con un cerro de ropa sucia.
  —Helga cariño, ¿Sacaste las cosas que no usas? Preguntó Miriam.
  —No. Respondió.
  —Sácalas por favor antes de irte a la escuela.
  —Lo hare cuando vuelva. Dijo Helga y se alejó de su madre.
  —Te pedí que lo hicieras hace días ¿Qué estabas haciendo? ¿Por
qué no lo hiciste cuando te lo pedí?
 —¿Qué estaba haciendo? ¡Ah claro! Tenía novio, no me quedaba
tiempo para esas tonterías - pensó y luego respondió - Lo olvide.
  —Saca las cosas que no usas, porque si lo hago yo, tal vez me
deshaga de algo que no quieras tirar. Dijo Miriam y fue hacia el cuarto
de lavado.
  —¡Ok! Tú ganas Miriam, lo hare después de la escuela. Dijo Helga
y fue a la cocina sin hacer caso de la orden. Tal como lo esperaba no
encontró nada que llevar en su lonchera.
  —Ah Miriam, gracias por prepararme la merienda es justo como
me gusta. Exclamó Helga desde la cocina con todo el sarcasmo que
le fue posible. Pero Miriam no la escuchó, estaba distraída dándole

una probada a su coctel mañanero al son del ruido ensordecedor de la
lavadora.
  —Eh si cariño que te vaya bien en la escuela, salúdame a tu padre
cuando lo veas. Dijo ella y siguió con sus cosas. Helga se quedó en
medio de la cocina, sin concebir tanto desconcierto.
  —Que te vaya bien en la escuela, ten este delicioso almuerzo que te
dará energías. – Helga imitó a su madre - ¡Ah! que buenos recuerdos
voy a tener cuando sea grande y ella sea una anciana que dependa de
mí.
  Sin perder tiempo Helga salió de la casa, olvidando llevar una
chaqueta y un paraguas, las dos cosas que más echaría de menos ese
día.
***
  Helga se fue a la escuela y la lluvia la sorprendió por el camino.
Así que llegó a su destino, empapada y con frio, justo en el instante en
que salió el sol. Ese era el indicio de que no iba ser un buen día. Un
claxon retumbó y todos se volvieron a ver el coche que estaba frente
a la escuela.
  —Olga llegas tarde, llevo una hora esperándote - dijo su padre
desde el vehículo - tengo un emporio de localizadores que manejar,
no tengo tiempo que perder.
  —Soy Helga, Bob - Corrigió Helga con aburrimiento - y no llegué
tarde, tú fuiste el que llego demasiado temprano.
El gran Bob se bajó del vehículo, cerrando la puerta de un portazo.
  —Como sea… vamos a salir de este asunto de una buena vez, tuve
que dejar el trabajo en un momento importante para venir a esto. Dijo Bob y luego se fijó en Helga - ¿Te mojaste?
 —No, es que sude mucho. - Pensó Helga – Si, papá.
  —Pero como es que no traes una sombrilla. Dijo el gran Bob y
se distrajo al saludar a uno de los padres. Un cliente de su tienda de
localizadores y siguió adelante sin detenerse a mirar a Helga, ella le
siguió a la distancia sintiéndose cada vez más molesta.
Por un breve momento quiso unos padres que se preocuparan por ella,

que la cuidaran y amaran o que por lo menos le pusieran atención.
Pero luego vio a Rhonda Lloyd acompañada de sus padres, saltando
como una niña melosa y consentida y ya no le pareció tan buena idea.
  —Mejor no. Comentó por lo bajo.
  Había un festival en la escuela, se realizaría un concurso para reunir
fondos para la fiesta de fin del año escolar, el concurso se llamaba
“Que tanto conoce de…” El ganador recibiría un jugoso premio.
Helga no tenía ningún interés en especial por el concurso, quería salir
del paso y que su padre le gastara algo de comer.
  El concurso comenzó y por azares del destino, que le encantaba
ponerla en vilo, Helga compitió contra Arnold y su abuelo Phil en la
tercera ronda.
  —Habiendo tanto inútil en el salón y preciso me toca con este
perdedor. A veces pienso que el destino se ríe de mí. Se dijo a si
misma aburrida.
  —Bien alumnos el que gane la tercera ronda sumará tres puntos
y se acercará a las semifinales - dijo el señor Simmons quien era el
animador e inicio la ronda. - Comencemos.
  El señor Simmons inicio con una serie de preguntas a los chicos,
sobre sus acompañantes. La primera tanda de preguntas fue para
Helga.
  —¿Actividad Favorita de tu padre?
  —Ver deportes. Contestó Helga sin demora, acertando, un timbre
verde confirmó la respuesta.
  —Cosa de la que se sienta más orgulloso.
  —Ser el padre de Olga Pataki. Contestó Helga y acertó.
  —¿Objeto favorito?
  —El tanque. Dijo Helga y acertó. Ella obtuvo un muy buen
resultado, solo falló en una pregunta, la fecha de aniversario de boda
de sus padres. Le tocó el turno a Arnold y a él también le fue muy
bien solo falló en una pregunta.
  —Pero dijiste que naciste en 1915. Replicó Arnold
  —No, fue en 1917, cerca del terreno baldío. Dijo el abuelo.
  —En esa época todo el vecindario era un terreno baldío. Comentó
el gran Bob y su comentario hizo reír a Helga. Era la primera vez que

se reía ese día.
  El concurso dio la vuelta, ahora era el turno de los adultos para
contestar las preguntas.
  —¿Cuál es la edad de Arnold? Preguntó el señor Simmons.
  —Él tiene… - el abuelo lo pensó e hizo cuentas contando con los
dedos, dividiendo multiplicando, sacando una calculadora - 9 años
  —¡Correcto! anunció el señor Simmons. Las preguntas continuaron
pero el abuelo falló dos de las respuestas, no recordó cómo se llamaba
el escritor, ni tampoco la comida favorita de Arnold. Contestó que
“Todo lo que le pongan al frente”
  —He vivido toda mi vida con un desconocido. Dijo él rascándose
la calva mientras su nieto negaba con la cabeza. Era el turno del gran
Bob de contestar preguntas sobre Helga.
  —Nombre una actividad favorita de Helga. Dijo el señor Simmons
  —Escribir. Dijo Bob y milagrosamente acertó. Ella arqueó las cejas
sorprendida de que hubiera atinado en algo.
  —Esto va ser pan comido, ese premio es todo nuestro. Dijo Bob y
estiró las manos.
  —Diga el nombre completo de Helga. Preguntó el señor Simmons.
Y Bob respondió rápidamente.
  —Olga… no espere, ese no era, era Helga G… Helga algo. El
timbre rojo de retumbó, Helga no le extraño. Un punto menos para los
Pataki y a Bob no le complació eso.
  —¿Cuál es el color favorito de Helga?
  —El verde. El timbre rojo volvió a prenderse.
  —Ese es el color favorito de Olga. Dijo Helga impaciente.
  —¿Cuál es el mejor amigo de Helga? Preguntó el señor Simmons.
  —Esa es fácil… se llama Alfred. Respondió Bob y esa fue la gota
que rebaso el vaso, Helga se enfadó al mismo tiempo que el timbre
rojo se volvió a iluminar.
  —¿Cuál Alfred? ¡Yo no conozco a ningún Alfred! Exclamó Helga
molesta.
  —Que no es ese chico que está al lado de Hylander - apuntó Bob
con su pulgar a Arnold - hablas de él todo el tiempo, es como si
estuvieras enamorada o algo así.

Helga se quedó de piedra, desvió la mirada negándose a creer lo que
había escuchado, volvió a mirar a Bob, luego miró hacia un lado y se
giró.
  —No, ¿Sabes qué? Yo me voy a la… Helga se retiró del escenario
a la vez que el señor Simmons anunciaba al ganador.
***
  Ella fue directo hacia la salida, Bob la siguió con las palmas hacia
arriba.
  —¿Y qué? ahora vas a estar molesta conmigo. Dijo Bob.
  —Solo déjame en paz Bob. Dijo Helga dejándole atrás.
  —Es solo un tonto concurso. Dijo Bob.
  —¡No! Es una verdad absoluta, que dice que no somos más que
unos extraños con el mismo apellido - dijo Helga volviéndose hacia
él. – Permíteme presentarme soy Helga Geraldine Pataki, tengo 10
años, mi color favorito es el rosa, me gustan la luchas libres, mi mejor
amiga es Phoebe Heyerdahl y Arnold, no Alfred, ¡A-R-N-O-L-D!
¡ARNOLD! Es la persona que más odio en el mundo y también…
Helga se mordió la lengua y luego se giró sobre sus talones saliendo
del recinto.
***
  Mientras se alejaba de la escuela indignada por lo sucedido. Helga
recordó todas sus desventuras con los Patakis, todos los descuidos,
todas las veces que le cambiaron el nombre, todas las veces que
soportó el frio y el hambre. Era cierto que le daban todo lo que quería
monetariamente hablando, pero a veces eso no era suficiente, que le
pusieran atención de vez en cuando no le caía mal.
  Merodeo varias horas por el vecindario y luego fue a un
supermercado, fijándose en una familia feliz, unos padres y dos chicos.
  —¡Presumidos! - Dijo Helga haciendo una mueca de disgusto - Yo
también estaría presumiendo si tuviera esa felicidad pero no la tengo,
la perdí, antes tenía algo que me consolaba en esta tremenda soledad,

al menos tenía una sonrisa para consolarme y seguir adelante pero…
Antes de terminar su frase vio pasar frente a ella a Anthony acompañado
por otra chica de su edad conversando animadamente, no la vieron
siquiera.
  —¡Pero ahora no tengo a nadie, ni perro que me ladre! ¡Vaya
desfachatez! pero no me importa al diablo con todo el mundo. Helga
fue a la máquina de dulces, para comprar algo. Se acercó y deposito
una moneda escogiendo una barra de chocolates, pero justo cuando
esta iba a caer al dispensador, la maquina se trabó. Helga se quedó
viendo su barra de chocolate suspendido en el gancho de la máquina
y un súbito ataque de risa la invadió, Helga se rio de su infortunio a
grandes carcajadas y se fue dejando atrás a la maquina pero regresó
segundos después lanzándose con ambos pies de frente hacia el vidrio,
impactándolo.
***
  El empleado corrió a ver a su jefe luego de escuchar un estruendo
espantoso en el parqueadero del supermercado,
  —Jefe tiene que ver esto - dijo y el hombre corrió a ver qué era lo
que su empleado quería mostrarle - ¡Mire!
  El joven apuntó hacia el parqueadero de uno de los almacenes
cercanos y el jefe vio a la máquina de dulces sobre este, con todos los
dulces por fuera como si un gigante la hubiera arrojado ahí con todas
sus fuerzas.
  —¿Qué paso ahí?
  —No se… pero parece obra de Hulk. Dijo.
  —¡Esos malditos vagos! - Se quejó el jefe - mira los videos de
seguridad, veremos quien fue.
***
  Desquitarse con la máquina de dulces alivianó la presión, pero
aún tenía hambre y se estaba haciendo insostenible, decidió volver
a su casa. Helga se detuvo y revisó su bolsillo sacando un billete de

5 dólares, lo único que llevaba encima para tomar el autobús. Pero
en cuanto sacó el billete un viento rapaz se lo arrebató de las manos
arrastrándolo lejos de su alcance.
  —¡Oh rayos! - Maldijo Helga y corrió tras el billete. - ¡Vuelve
aquí!
El billete fue a parar al jardín de una casa, Helga saltó la cerca
buscándolo y lo recupero, iba a salir del jardín. Cuando escuchó
gruñidos a sus espaldas, Helga se volvió y vio a un perro de tamaño
medio mostrando los dientes. El animal ladró y Helga gritó, saltando
la cerca. El perro ladró desde el otro lado.
  —¡JAJA! ¡No pudiste atraparme costal de pulgas! Se burló
creyéndose a salvo, sin embargó este tenía una salida rápida, un
agujero en la valla, el cual utilizó. Cuando el canino se asomó por
la abertura, Helga tragó saliva y echó a correr. El perro la persiguió
hasta la parte baja del vecindario donde había una ladera y una fuente.
Helga corrió hasta alcanzar un árbol, saltó el tronco trepando a una
rama al mismo tiempo que el perro saltaba para alcanzar su pierna sin
lograrlo. Se creyó salvaguardada de la fiera pero para su infortunio
la rama se quebró y ella cayó del árbol, golpeándose contra el suelo.
El golpe la dejó sin aire y adolorida y sin ninguna salvación contra el
perro. El animal se abalanzó sobre ella y la mordió, llevándose uno de
sus zapatos como premio.
  —¡Maldito pulgoso! Dijo levantándose tambaleante y retrocedió
tropezando con la rama, y rodó ladera abajo, dando botes y finalmente
cayó entre el lodo. No sufrió daños de gravedad pero quedó con el
orgullo por los suelos.
  —Perfecto, o Eugene me prendió su mala suerte o definitivamente
este no es mi día - dijo Helga levantándose y miró sus manos, había
perdido el billete - mis cinco dólares, mi zapato, mi orgullo, mi amor
propio, el novio que me quería ¿Qué me queda entonces? - levantó las
manos al cielo y exclamó - ¿Qué? ¿Qué? ¡¿QUE?!
Se dejó caer en el suelo y esperó a que el mundo cargara con ella.
  Una sombra la cubrió en ese momento, era una figura familiar de
9 puntas. Helga levantó la mirada y vio un águila estirando las alas
sobre la rama de un árbol cercano. Por un momento creyó que era

la estúpida y ovalada cabeza de Arnold, la que se había proyectado
sobre el suelo.
  —¿Un águila? Se preguntó Helga y el animal la miró y abrió el
pico alarmado y emprendió el vuelo. Helga arqueó una ceja no era
común encontrarse con un águila en ese lugar. Se levantó y se arregló
lo mejor que pudo y sin más remedio empezó a caminar hacia su casa.
***
  La lluvia la volvió a sorprender de nuevo, mojándola más de lo
que estaba. Helga continuó caminando bajo la lluvia sin un zapato
y sintiéndose más miserable que nunca. Lo único que deseaba era
llegar a su casa y tomar una ducha de agua caliente y tal vez diluirse
hasta irse por el sifón. Se refugió unos minutos en un paradero de
autobuses a la espera de que la lluvia amainara un poco, entonces
fue cuando encontró un libro muy viejo y con la caratula mojada y
estropeada, el libro estaba abandonado en la silla metálica. Helga lo
tomó y leyó el título “la pieza faltante”. Lo leyó de un solo tirón.
  —Tal vez debería dejar de buscar mi pieza faltante y seguir mi
propia felicidad. Se dijo Helga así misma y se sintió mejor. Abandonó
el libro una vez la lluvia dio tregua un poco.
  Al llegar al vecindario, Helga se detuvo frente a un aparador, había
un televisor que proyectaba velozmente la vida de una pareja, desde
que eran niños, hasta que eran adultos y se casaban y finalmente
llegaban a ancianos. La fugaz alegría que le dio el librito se esfumó.
  —Y saber que pude a ver tenido una vida así, como hubiera sido
de distinto todo, si no hubiera sido tan descuidada - Dijo Helga con
decepción y golpeó el vidrio con su frente – estoy destinada a morir
sola, loca y muerta, jamás tendré una vida así.
  En ese momento un paraguas la cubrió de la llovizna, Helga se
volvió y encontró a Arnold. No pudo evitar que sus ojos brillaran.
Toda la ilusión que creyó perdida volvió por un instante.
  —Helga ¿Qué te paso? Preguntó al verla en ese estado tan
lamentable.
  —Me caí, perdí un zapato y me quede sin dinero para el autobús,

en este momento me siento como una basura.
  —¿Estás lastimada?
  —No, pero… - Pero antes de que Helga pudiera continuar el chico
la cogió del brazo y se la llevó consigo. - Oye despacio amigo ¿adónde
me llevas?
  —Vamos a mi casa, está más cerca que la tuya, ahí podrás secarte
y buscare para ti unos zapatos.
  —No es necesario tanta atención Cabeza de balón, puedo
arreglármelas por mí misma. Dijo Helga deteniéndose y se zafó de
su mano.
  —Por favor Helga, solo trato de ayudarte. Dijo Arnold.
  —No necesito de tu ayuda, te dije que no quería que volvieras
acercarte a mí. Dijo Helga renuente y se marchó a grandes zancadas
dejándole atrás. En otras circunstancias hubiera entornado los ojos y
la hubiera dejado a la suerte que escogió, pero por más que Arnold lo
quisiera no podía dejarla, fue tras ella pero la perdió de vista cuando
un coche pasó frente a él, no supo que camino había tomado. La buscó
por varias cuadras pero no pudo encontrarla.
  —¿A dónde habrá ido? - se preguntó y le preguntó a unos tipos
que estaban en la esquina rodeados por una nube gris - ¿Han visto a
una chica con coletas y vestida de rosa?
  Ellos no supieron contestarle.
  —No pudo ir tan lejos. Dijo y siguió su camino.
  —¡Wow! Había jurado que ese balón de futbol me estaba hablando.
Comentó uno de ellos y Arnold se detuvo entornando los ojos con
aburrimiento. Entonces vio a Helga cruzar la esquina y la siguió.
Helga estaba tratando de huir de la lluvia la cual se hacía cada vez
más intensa. Se apresuró a cruzar la calle pero al hacer eso sus pies
quedaron sumergidos entre un enorme charco. Helga los miró con
cara de póker.
  —Este es el momento donde me parte un rayo. Dijo ella y cerró
los ojos y extendió los brazos a la espera de que pasara precisamente
eso, pero no sucedió nada, siguió esperando una desgracia hasta que
llego Arnold.
  —¿Helga estas bien? Preguntó pero Helga levantó las manos y se

negó a responder, salió del charco arremangándose la falda, a paso de
carga chorreando agua negra. - Por lo menos déjame acompañarte a
tu casa.
  —Ve a ver quién te necesita.
  —Por una vez en tu vida Helga, deja que te ayude. Cuando
lleguemos a tu casa te dejaré en paz. Insistió Arnold y Helga se
encogió de hombros.
  —Has lo que quieras. Dijo haciendo un puchero y Arnold la
acompañó.
Avanzaron unos metros y pronto la lluvia ceso.
  —Mira, dejo de llover.
  —¿Y eso qué? ¿En que mejora la situación? Es el peor día de mi
vida.
  —Tranquilízate Helga, todo ira mejor.
  —Cierra el pico, tú y tu positivismo.
  —Se lo que es tener un mal día. Dijo Arnold
  —¿Ah sí? ¿Sabes lo que es que nada te salga bien y que un montón
de gente te moleste y desprecie? ¿Sabes lo que es la necesidad de
asesinar al del lado solo para desahogarte? Dijo Helga e hizo especial
énfasis en la última frase y Arnold entornó los ojos.
  —No he llegado a esos extremos pero creo que puedo comprender.
  —Claro que si campeón, tú te la sabes todo. Dijo Helga y continúo
su marcha. Arnold miró sus pies y luego se dirigió a ella.
  —Déjame cargarte. Dijo y Helga emitió un bufido.
  —La última vez que hiciste eso estuviste quejándote por dos horas
por tu espalda como un viejito. Le recordó Helga.
  —Te llevaré, no hay problema. Dijo Arnold y ella se detuvo.
  —¡Ay! pero ¿Por qué haces eso? – Exclamó ella haciendo un
berrinche -Te estoy tratando como un perro de la calle, prácticamente
te estoy escupiendo en la cara y justo después de que te patee el
trasero. No te entiendo ¿Por qué? ¿Por qué eres así? Tan benevolente
tan amable ¿Eres un masoquista o solo eres estúpido?
  —Porque… nunca dejaría a una persona que me necesita aunque
sea mi peor enemigo, y porque… bueno, no soporto ver a alguien en
una situación así.

  Esas palabras iluminaron a Helga como un sol.
 —Este chico es un santo… un santo digno de...- Helga detuvo sus
pensamientos antes de que estos se salieran de control.
  —¿Vas a dejar que te cargue? Preguntó Arnold y Helga meditó la
propuesta, no era tan mala idea avasallar un poco a ese tonto, eso le
alegraría el día.
  —Bueno ya que insistes. Dijo Helga y saltó sobre él como si fuera
un vaquero, si hubiera tenido unas pistolas las hubiera usado. El chico
tuvo que hacer acopio de toda su fuerza para cargar a Helga sobre su
espalda. Ella sonrió por fin le pasaba algo bueno ese día.
  Mientras avanzaban por la acera. Helga se dio cuenta que el chico
no zigzagueaba como antes, la cargaba sin ningún problema y saltaba
los charcos con agilidad, también percibió que el olor de su cabello
aún tenía ese efecto embriagador sobre ella y cuando el chico la movió
hacia arriba para balancear el peso, todo en Helga se estremeció.
  —Yo me bajo aquí. - dijo Helga perdiendo los nervios y se soltó se me durmieron las piernas.
  —De acuerdo. Dijo Arnold y la miró - ¿Estás pálida? ¿Estás bien?
  —Sí, sí, sí de maravilla. Dijo Helga tratando de ser natural,
acomodándose el cuello de su camisa mientras manoteaba en el aire,
sintiendo mucho calor pese al frio clima.
  —Entonces sigamos. Dijo Arnold.
  —No hace falta ya estamos cerca. Dijo ella dejándole atrás. El
chico se encogió de hombros y la siguió.
 —Lo pasado es pasado cariño, no puedes volver a caer en lo
mismo, por eso es que estas así. Pensó Helga con resolución.
  —Oye Helga…
  —¿Que?
  —¿A qué se refería tu papá en el concurso?
  —A nada, a nada, solo estaba diciendo disparates. Dijo Helga.
  —Hhmm, no me parecieron disparates.
  —Lo son y no quiero comentar el asunto, ya me da bastante rabia
recordarlo.
  —¿Por qué?
  —Deja tantas preguntas o terminare lo que empecé en la escuela.

  —¿Por qué siempre estás tan irritable?
  —¡Por que sí! ¡Porque así soy yo! ¿Te importa?
  —No debería importarme pero…
  —¿Entonces? - Preguntó Helga y se volvió bruscamente hacia él ¿Por qué estás molestándome?
  —¿Molestándote? - exclamó Arnold exasperándose - No era esa
mi intención, ya no lo hare más.
  Dicho esto se alejó de Helga en dirección contraria y ella se enfadó
muchísimo más.
  —¡Eso es! ¡Evítalo! Estúpido cabeza de balón. Y entonces el chico
se volvió a ella.
  —¡No me vuelvas a llamar de ese modo!
 —¿Cómo?
  —¡Que no me vuelvas a llamar de ese modo! Le advirtió.
  —¿Y qué vas a hacer si te llamó de ese modo? ¿Me vas a demandar?,
¿Me vas a acusar con tu abuela? ¿Con el señor Simmons? ¿Con los
señores jueces de nuestro país?
  —No me retes, Helga. Dijo Arnold dándole la espalda.
  —¡Ah no! - desafió Helga y el chico siguió su camino sin detenerse,
entonces ella hizo una bocina con su manos y gritó - ¡Cabeza de balón!
¡Zeppelín! ¡Camarón con pelos!
  —¡Basta! Exclamó Arnold.
  —¡Cabeza de balón! - Exclamó Helga y él hizo caso omiso - Eso es
lo que eres tú y además de eso eres un… tonto, un fenómeno de circo,
un enano con cabeza extraña.
Arnold no le hizo caso, entonces ella exclamó una última cosa.
  —¡Eres lo peor que me ha pasado en la vida! ¡Ojala jamás hubiera
visto tu estúpida y ovalada cabeza! ¡Ojala desaparecieras de mi vista
para siempre!
  Había dicho esta frase con tanta ira y odio que el cielo se iluminó
y relampagueo con violencia. El chico se detuvo y se volvió a Helga
estupefacto ¿Qué le había hecho él para que dijera semejantes cosas?
  —¡Idiota! Gritó ella y sin esperar respuesta Helga se marchó.
  —¿Qué le pasa? Preguntó Arnold sin comprender. Helga se fue y
en ese momento un coche cruzó por la calle levantando grandes olas a

su paso y una de esas olas cayó sobre Helga lavándola por completo.
La fría agua no hizo otra cosa más que enfurecer a Helga como a un
diablo.
  —¡¿Qué te pasa idiota?! Exclamó ella furiosa y corrió tras el coche
que se detuvo en un semáforo y una vez lo alcanzó Helga se armó de
un ladrillo y lo lanzó contra la ventanilla trasera del vehículo. El vidrio
se hizo añicos con el impacto y el dueño saltó del coche enfadado.
Cuál no sería la sorpresa de Helga a ver que se trataba del gran Bob.
  —¡Criminal! Exclamó y sin esperar nada echó a correr hacia un
callejón antes de que su papá la descubriera pero en su huida se
resbaló y cayó al suelo, golpeándose la cabeza.
El gran Bob no se dio cuenta de quien había sido, cogió el ladrillo
buscó al culpable por la calle con toda la intención de hacerle el
reclamó y se topó con Arnold quien había visto toda la escena.
  —¿Oye tú? ¿Viste quien fue la sabandija que me lanzó esto?
Preguntó el gran Bob. Arnold lo pensó un instante mirando hacia el
callejón y luego contesto.
  —No pude verlo, pero estaba enfadado porque lo mojó con su
coche.
  —¿Lo moje? Ah pues lo va a sentir mucho cuando sepa quien fue,
le va costar muy caro a ver arruinado mi auto. Dijo el gran Bob.
  —Eso empeoraría las cosas, lo mejor si me permite decirlo es que
hablar con él si lo pesca. Hizo mal no lo voy a defender pero estaba
molestó, a nadie le gusta que le mojen en un día de lluvia. Dijo Arnold.
  —Espera que le ponga las manos encima va a saber quién es el gran
Bob - dijo él respirando como un troll - ya lo atraparé, ahora tengo
cosas más importantes que hacer. A propósito ¿Has visto a Helga?
  —La vi hace un momento - dijo Arnold poniéndose nervioso - iba
a su casa.
  —¡Hhmm! La he estado buscando todo el día, está molesta conmigo
por ese estúpido concurso, la gran cosa.
  —Tienes sus motivos.
  —¿Te ha dicho algo? Preguntó el gran Bob.
  —No exactamente pero creo entenderla.
  —Pues ilústrame por favor. Me serviría mucho en este momento.

  —No me corresponde decirlo.
  —Vamos chiquillo, debes saber ya que eres uno de sus amigos.
Dijo el gran Bob y a Arnold le causo gracia el comentario.
  —Creo que Helga se sintió herida y despreciada, porque se suponía
que debía saber todo sobre ella - Dijo y pudo sentir la mirada fija y
ruda del hombretón sobre él – bueno, es lo que yo veo.
El gran Bob se rasco el mentón.
  —Dices cosas con sentido. No se equivocaban las lenguas largas
del vecindario, el viejo Green y la bruja… es decir la señora Vitello
hablan maravillas de ti.
  —Buena la gente tiende a exagerar. Dijo Arnold.
  —En lo personal yo no confiaría en lo que dice un niño, que saben
los niños de la vida y el mundo, no saben nada. Dijo el gran Bob y
Arnold guardó silencio.
  —En fin me Iré directo a casa. Tengo que hablar con Helga, y
atender unos negocios ¡diablos! El negocio con los de Taiwán. Dijo y
olvidándose de Arnold. El gran Bob se montó en su coche arrancando
velozmente. El chico suspiró y luego fue al callejón siguiendo el
rastro de Helga.
***
  Helga avanzaba velozmente por la calle sobándose la cabeza.
Cuando fue interceptada por el coche de su padre.
  —Alto ahí, jovencita. Le dijo el gran Bob y se bajó del coche.
  —No tuve la culpa. Tú fuiste el culpable. Dijo ella a la defensiva
rehuyéndolo.
  —No estoy de humor Helga para seguir jugando al gato y al ratón.
Un idiota acaba de estropear mi coche. Dijo Bob y Helga se sintió
aliviada. Su padre no se había dado cuenta que ella había sido la
culpable.
  —No eres el único que ha tenido un mal día. Dijo mostrándole su
aspecto mojada, embarrada y sin un zapato.
  —¿Dónde está tu zapato?
  —Lo perdí, junto con mis cinco dólares por culpa de un perro

mugroso. Pero ¿sabes? Esto no es nada. Hay cosas que duele más,
créeme. Duele más ser ignorada y despreciada, que estar de este
modo. Dijo Helga y Bob compuso una expresión de pesar. Al parecer
el chiquillo con cabeza de balón tenía razón en sus palabras y solo se
le ocurrió hacer una cosa en ese momento.
  —Mi niña ha tenido un mal día, - dijo él - pero yo sé que te puede
animar ¡vamos! Dale un abrazo a tu viejo.
  —¡Ah! Por favor Bob no estoy para eso - se negó Helga pero no
pudo escapar de los grandes brazos que la rodearon - ¡Suéltame caray!
  Pero luego de un instante Helga se rindió y le devolvió el abrazo.
Comportándose por primera vez en mucho tiempo como en una chica
de su edad. Eso era justo lo que necesitaba en ese momento.
  —Ha sido un día muy largo y malo pero se puede remediar.
Vamos a casa pequeña dama. Dijo el gran Bob. El único testigo de
la reconciliación a parte de los vagos que seguían en la esquina fue
Arnold y no pudo evitar sentirse triste y hasta sentir envidia al ver esa
escena tan conmovedora.

Los pensamientos de Arnold
  Esa mañana varios autobuses se estacionaron frente a la escuela
pública 118 a la espera de sus pasajeros; todos los chicos conflictivos
de la primaria. Ellos serían llevados a una especie de retiro que según
las directivas los haría reflexionar sobre su comportamiento.  
  Uno a uno ellos fueron abordando los autobuses. Helga fue la
última al subir y se abrió paso a empujones por el corredor tomando
el mejor lugar junto a la ventanilla, sacando a Sid de un jalón.
  —Oye yo estaba ahí. Se quejó él.
  —Estabas muy bien dicho. Dijo Helga y se estiró en la silla
poniendo sus manos detrás de la cabeza.
  —¡Quiero mi lugar! - Exigió Sid y Helga estiró su puño sacudiéndolo
amenazante frente a sus narices - claro está que puedo buscar otro
lugar.
  Sid fue a buscar otro sitio mientras Helga se relajó en la silla
satisfecha de salirse con la suya.
  —Con razón estás aquí. Dijo Harold detrás de la silla de Helga.
  —¿Qué quieres decir con eso? Preguntó ella.
  —No estás aquí por ser una linda niña, estás aquí por gritona, fea e
insoportable. Dijo Harold y por supuesto que Helga se enfadó.
  —¡Ah si! Exclamó ella gruñendo saltando por respaldo de la silla
y le dio una golpiza.
  —La próxima te lanzó por la ventana, de paso comprobaré si los
cerdos pueden volar. Advirtió ella volviendo a su lugar y se dejó
resbalar por la silla con los brazos cruzados.
  —¿Oye y por qué a Arnold no lo golpeaste? Preguntó Stinky
desde la silla continua, mientras Harold se frotaba el chichón de su
cabeza.
  —Esa es una excelente pregunta, - Dijo Helga apuntando al techo
con su dedo índice - veraz no lo golpeé porque no busco golpear lo

físico, busco golpear su alma.
  La última frase lo dijo como toda una villana.
  —Oh… Pues que sádica. - Dijo Harold y siguió probando su suerte
- no deberían llevarte a un retiro espiritual sino a un asilo.
  —¿Ah sí? Preguntó Helga desafiante parándose de su silla y Harold
se escondió de inmediato.
  —No, ya no… dijo y se salvó de otra paliza pues el profesor de
música subió al autobús tomando el mando.
  —Silencio por favor, el autobús arrancará en contados segundos,
siéntense y manténgase quietos. Dijo y los chicos hicieron caso pero
solo por unos segundos.
  Helga no estaba muy feliz de estar ahí, no era un honor estar entre
los “desaplicados” pero no estaba en ese lugar por ser buena, tenía
varias anotaciones, y casi termina en la correccional por culpa del
incidente de la máquina de dulces, a pesar de que ella argumento que
la chica que aparecía en el video no era ella, si no alguien parecida.
Sin embargo el buen nombre de su padre la salvó aunque no se salvó
de un castigo en el que no podría salir ni tendría mesada por el resto
de su vida. Sentencia firmada por el gran Bob.
  Helga miró por la ventanilla y suspiró, al menos estaría lejos de él
y no tendría que ver su fea cara ese día.
***
  Desde la ventana del salón 206, Arnold vio arrancar los autobuses,
muchos de sus amigos iban ahí, le hubiera gustado ir, salvó por el
hecho de que Helga su némesis y últimamente su peor enemiga estaba
a bordo, pero iban de excursión y a él le gustaba las excursiones y
habría más acción que donde estaba. El salón estaba casi vacío, solo
estaban, Rhonda, Lila, Brainy, Nadine, Phoebe, su mejor amigo y él.
Sheena no había ido ese día a la escuela, porque estaba lastimada
después de la patada accidental que le dio Sid pero no se estaba
perdiendo de nada. Todo estaba tan silencioso como una iglesia.
  No obstante había un lado bueno del asunto ni Helga, ni los
fastidiosos chicos de quinto lo molestarían, no le harían bromas

pesadas, ni harían comentarios sobre su cabeza, ni habrían bolitas
de papel pegadas en su cabello, o pegamento en su trasero, podría
estudiar, comer su tazón de tapioca, charlar animadamente como
nunca antes había tenido oportunidad. Sería el primer día en la historia
en que nadie lo llamaría “cabeza de balón”.
Según como lo veía ese día sería excelente, un día inolvidable. Todos
compartían la misma opinión
  —Que tranquilo esta todo ¿no? - Dijo Rhonda - se nota la diferencia
cuando no estamos rodeados por los fenómenos.
  —A mí me hubiera gustado ir, hubiera sido una experiencia muy
divertida. Dijo Lila.
  —¿Estás bromeando? ese es un viaje de presidiarios. Lo peor de
esta escuela va en esos autobuses, los fenómenos, los rebeldes, los
desaliñados ¡aj! - Rhonda hizo una mueca de asco – cuanto mal en
un solo lugar, pero gracias a eso vamos a descansar de toda esa mala
onda que ha habido últimamente.
  —Es cierto, todo ha estado tan extraño, ¿Cuál será la razón?
Preguntó Lila.
  —Algunas personitas andan con muy mala energía y otras se está
portando muy extraño. Dijo Rhonda mirando de reojo a Arnold y
cuando él se fijó que ella lo miraba. Rhonda desvió la mirada y siguió
hablando con sus compañeras. El señor Simmons entró y al verlo, las
chicas tomaron su lugar. En el transcurso de la clase nadie lanzó un
solo avión de papel o hizo algún comentario hilarante. El maestro se
impresionó de la tranquilidad, paz y serenidad que había en el salón.
***
  Todo marchó sobre ruedas las clases, el recreo, la merienda, pero
con el transcurso de las horas se empezó a tornar aburrido. Había
demasiado silencio en la escuela, todos estaban tan metidos en sus
tareas y estudios que nadie hacia el menor ruido. Solo se escuchaba el
sonido de las manecillas del reloj y el abrumador ruido de la tiza sobre
el tablero. Era como si la escuela hubiera perdido el picante, como si
la alegría se hubiera ido y la escuela se hubiera convertido en un

monasterio. La escuela parecía como un circo sin payasos, como una
cantina sin ebrios, como un estadio sin aficionados. En pocas palabras
la escuela era aburrida. No obstante, maestros y alumnos nunca se
habían sentido tan seguros de caminar por una escuela pública.
  En la ultima hora de la jornada Arnold fue al laboratorio de
computación y una vez estuvo frente al computador intentó entrar a
su correo personal, pero no pudo. Una y otra vez el sistema rechazó
su usuario y contraseña.
  —Hola Arnold. Saludó Phoebe entrando a la sala y se dirigió a una
mesa donde había una pila de hojas.
  —¡Hola! Contestó frustrado.
  —¿Tienes algún problema? Preguntó Phoebe al ver su cara.
  —Tengo un problema para entrar al sistema. - Dijo Arnold
impaciente - creo que piratearon mi correo electrónico, estaré en serios
problemas si eso sucede, tendré que hablar con los administradores
y…
  —Tienes la tecla de bloqueo mayúsculas activado. Señaló Phoebe.
  —Ah claro. Se dio cuenta Arnold y desactivó la tecla. Dando
gracias al cielo que no había nadie cerca para burlarse de él. Phoebe
tomó sus hojas y se dio la vuelta e iba a marcharse cuando su móvil
timbró, dejo la pila sobre la mesa y revisó su teléfono. Había recibido
un mensaje de texto en mayúsculas.
  —Un mensaje de Helga ¿eh? Dijo Arnold.
  —Sí, es ella. Dijo Phoebe y respondió rápidamente el mensaje. dice que no se ha divertido en absoluto, que la han hecho caminar
mucho, que no hay palabra para describir su furia aunque yo si tengo
una palabra para describirla.
  —Es Tsundare, Gerald me dijo que describiste a Helga como una
Tsundare.
  —Tsundere describí a Helga como una Tsundere. Corrigió
amablemente Phoebe.
  —¿Que significa esa palabra? Quiso saber Arnold.
  —Es el arquetipo que describe a una persona que tiene un
comportamiento frío y hostil con alguien, pero que después de un
tiempo muestra su lado cálido, sensible y amigable. Dijo Phoebe y

Arnold arqueó las cejas, le impresionó la exactitud de ese significado,
solo faltaba una foto de Helga para llevarlo al diccionario.
  —Es un término bastante interesante. Dijo él.
  —Bueno es la palabra que más define a Helga, aunque tengo
que decir que la palabra que describe a Helga en este momento es
“irritante”
  —Ya lo creo. Dijo Arnold.
  —Últimamente ha estado así. La vez pasada me llamó tarde en la
noche para contarme que tuvo un mal día, que era la persona con más
mala suerte en el mundo pero le dije que nadie podía tener más mala
suerte que Eugene, él es un Shlimazl caminante. Le contó Phoebe.
  —¿Un qué? preguntó Arnold.
  —Shlimazl que quiere decir “una persona que tiene crónica mala
suerte” en yiddish. Explicó ella.
  —Wow no conocía el significado de esa palabra - dijo Arnold y
luego dijo tanto para Phoebe como para él - de hecho no conozco el
significado de muchas palabras.
  —Leo mucho en internet - dijo Phoebe y tomó su pila - ¿Por qué
el repentino interés en esta palabra?
  —Por nada, simple curiosidad. Dijo Arnold y clavó sus ojos en la
pantalla.
  —Oh ya veo. - Dijo Phoebe - ¿Sabes Arnold? Helga a veces puede
ser muy irritante pero hoy en particular la he echado de menos.
Arnold miró hacia el reloj de la sala.
  —Es tu mejor amiga.
  —Si lo es. - Dijo Phoebe. - y no es lo mismo sin ella.
  —Tienes razón, no es lo mismo. Yo también la echo de menos.
Dijo Arnold sin pensar.
  —¿Como? Preguntó Phoebe y sus gafas se deslizaron por su nariz.
  —Es decir, se nota su ausencia.
  —¿La extrañas? preguntó Phoebe extrañada y le observó con el
mismo interés que tendría un científico por un experimento.
  —No exactamente, extraño a los chicos, es más divertido cuando
estamos todos. Sin embargo admito que ha sido el día más tranquilo
que he tenido en años en la escuela. - dijo Arnold cerrando los ojos -

es la primera vez en años que estoy en el salón sano y salvo.
  —Ya veo, creí que extrañabas a Helga, sería extraño extrañar a
alguien que te trata como te trata. Dijo Phoebe y acomodó sus gafas.
  —A veces me gustaría saber por qué le gusta meterse conmigo.
Dijo Arnold cruzando los brazos sobre su pecho.
  —Algunas cosas no tienen una respuesta clara, pero creo que Helga
desquita su frustración contigo.
  —Pero pese a todo, pese a todo lo que ha pasado, pese a todas las
cosas malas que me ha hecho y dicho, no la odio y hasta puedo decir
que la echo de menos.
  —¡Hmmm! Bueno dicen que todos tenemos un némesis que nos
complementa, Batman tenía al Guasón y Sherlon Holmes tenía a
Moriarti y al parecer tú tienes a Helga. Dijo Phoebe y eso le causo
gracia a Arnold.
  —Eso no suena nada bien, ¿Has visto como terminan esos
personajes?
  —No creo Helga llegue al nivel de quererte muerto, pero si me lo
preguntas yo creo que hasta podrían ser amigos.
  —Es imposible, ella me odia, si estuviéramos los dos en una
habitación acompañados por Hitler y Sadam Husein y ella tuviera un
arma cargada con dos balas, las dos serian para mí.
  —Pero Helga no se comporta así porque te odie realmente, es algo
más profundo. Helga es una Tsundere, una Tsundere en conflicto, tal
vez sea más fácil aprender teoría atómica que ha Helga, pero ella es
una buena chica pese a lo mala, tirana y despiadada que pueda ser, en
el fondo es muy sensible. Dijo Phoebe y al darse cuenta de que estaba
hablando de más se despidió y salió del salón dejando al chico con
sus propios pensamientos.
***
  Arnold tuvo bastante tiempo en la sala de computación para
recapacitar sobre sus sentimientos y sobre los acontecimientos que
habían pasado los últimos días y se dio cuenta que tal vez fue una
exageración pensar que amaba a Helga, le gustaba pero no la amaba en

realidad y ese día lejos de ella le bastó para recapacitarlo seriamente. 
  Ella tenía algo que le gustaba era vidente pero era demasiado
consiente de que eso no podía ser, ella le odiaba con todo su alma.
  Lo mejor era dejar todo bajo llave y actuar como siempre había
actuado con Helga, ignorándola y tolerándola. Lo único que quería
saber en ese momento era porque lo odiaba. Si tuviera una forma de
preguntárselo sin morir en el intento. Si tan solo hubiera una forma de
saber ¿Por qué ella lo odiaba tanto?
  —Estas distraído Arnold. - dijo la maestra Darwin a sus espaldas.
- No escuchaste cuando te saludé.
  —Lo siento maestra - Dijo Arnold volviéndose a ella sobresaltado
y digitó sobre el teclado para rellenar un formulario en la pantalla¿Cómo está usted?
  —Bien. - dijo ella - venía por mis hojas ¿puedo saber que te tiene
tan preocupado?
  —Nada. Dijo Arnold fijándose que aunque presionaba las teclas no
estaba escribiendo nada.
  —¿De verdad?
  —Solo estaba pensando en Hel… se cortó inmediatamente antes
de decir su nombre.
  —Estabas pensando en tu amiguita Helga, ¿Te ha seguido
molestando? Le hice una severa anotación por eso, si lo deseas
podemos iniciar un proceso disciplinario.
  —No, ella no me ha hecho nada malo… aún. - Arnold hizo especial
énfasis en la última palabra.
  —Si sigues teniendo problemas con ella, me informas.
  —Claro.
  En ese instante alguien llegó.
  —Maestra Darwin. Dijo un chico pequeño de tercer grado.
  —Voy - dijo la maestra - nos vemos en clase, Arnold.
  —De acuerdo señorita Darwin. Dijo Arnold y la maestra salió
del salón dejándole con las resoluciones que había tomado hasta ese
momento.

***
  Al final de la jornada los chicos buenos salieron de la escuela, justo
con la llegada del autobús que traía a los chicos malos de la excursión.
Arnold corrió a recibir a sus amigos y se sorprendió cuando los vio
cubiertos de picaduras de abejas.
  —¿Pero que les paso? Preguntó al verlos en tan precaria situación.
  —Harold le dio un balonazo a un panal de abejas, y todo un
enjambre nos atacó, casi no podemos escapar. Explicó Sid adolorido
y picado por las abejas igual que sus compañeros.
  —Salimos vivos de milagro, si no fuera porque todos saltamos a
un lago cercano no estaríamos aquí contándote la historia. Explicó
Stinky.
  —Duele mucho, esto me puede matar. Se quejó Harold.
Arnold volvió la vista y vio a Helga, ella estaba perfectamente bien
salvó por una picada en toda su frente.
  —… fue una maravillosa jornada - le contó a Phoebe quien estaba
a su lado - vivimos en armonía con la naturaleza y e incluso tuvimos
una sesión de acupuntura con abejas. No me había divertido tanto
desde que se inundó la escuela.
  —¿Pero reflexionaste y encontraste la paz? como era el objetivo de
la excursión. Preguntó Phoebe.
  —No voy a encontrar lo que nunca he tenido - Dijo Helga y pasó
por el lado de Arnold con las manos atrás y se marchó sin saludarlo
si quiera - vamos, quiero estar lejos de este circo lo más lejos posible.
  —Enterado. Dijo Phoebe siguiéndola.
Arnold las vio marcharse y luego se topó con el más afectado por las
abejas. Eugene.
  —Eugene ¿Estás bien?
  —Sí, las abejas me picaron mucho pero estoy bien, afortunadamente
unos guapos guardabosques me salvaron. Dijo él con la cara hinchada.
  —No eres alérgico ¿cierto? Preguntó Arnold.
  —No, no lo soy o ya estaría muerto. Dijo Eugene.
  —Tú eres alérgico a la buena suerte. Dijo Harold a su lado.
  —Parece que después de todo fue buena idea no ir a ese paseo.

Dijo Arnold.
  —Por cierto, Helga te extrañó mucho. Dijo Sid.
  —¿En serio? Preguntó Arnold extrañado.
  —Si claro, echaba de menos a su mandilón. Contestó Sid y se rio.
Arnold entornó los ojos con aburrimiento, le hubiera respondido si
hubiera sabido que significaba esa palabra.

Amor y fresas
  Helga se había prometido algo seriamente, no volvería a soportar
el hambre, aunque tuviera que robar, matar o mentir, no volvería a
soportar el hambre, pero como estaba en problemas con los Patakis y
no podía darse esos lujos, opto por una medida menos ortodoxa, que
no le gustaba para nada pero decidió aprender a cocinar.
  Al principio todo fue complicado, la comida quedaba espantosa,
muy salada o muy simple, o incomible y todo terminaba en el lavaplatos
o en la basura, pero después de muchos ensayos, lágrimas, rabietas,
cortadas en los dedos, quemones, casi un incendio, Helga aprendió el
fascinante arte de la cocina, lo dominó como un verdadero chef. En
poco tiempo empezó a preparar platos exquisitos, nunca más tuvo que
soportar el hambre o robarle el almuerzo a alguien
  Un día llevo una suculenta comida, resguardada en su lonchera,
pero lo que menos esperaba era que Harold fuera atraído por el
olor exquisito de la comida y se acercó hacia el escritorio de Helga
buscando la fuente, encontrando la lonchera junto a la silla y al
abrirla, se encontró un enorme emparedado que estaba etiquetado por
la misma Helga con el nombre “club sándwich” acompañado con tres
magdalenas con glaseado de chocolate y una malteada.
  —¿De quién es esta maravilla? - Se preguntó y leyó en la bolsa el
nombre de Helga - ¿de Helga? ¿Dónde habrá conseguido esta ricura?
- Harold miró hacia a un lado y luego hacia el otro y luego miró al
emparedado - emparedado tu eres el único culpable.
  Harold le dio un mordisco, estaba delicioso, la salsa era exquisita.
  —¡Ay que rico! - dijo y le dio una mordida a la magdalena, y se
sintió transportado a la gloria. – Es lo más sabroso que he comido en
mi vida.
En ese momento Arnold apareció.
  —Hola Harold ¿Qué haces? Preguntó.

  —Arnold, tienes que probar esto es lo más rico que ha existido en
este planeta. Dijo Harold y le dio una de las magdalenas.
  —Pero ya está mordido. Replico Arnold.
  —No salgas con tonterías… ¡pruébalo! Insistió Harold y
prácticamente le metió el postre en la boca a la fuerza.
  Harold no estaba exagerando realmente era lo más sabroso que
había probado. La ambrosia tenía que saber de ese modo.
  —No estabas mintiendo. Dijo él.
  —Verdad que está muy rico - Harold buscó y sacó el frasco que
contenía la malteada bebiéndolo – esto también está muy delicioso.
  Harold bajó el frasco y al volver la vista hacia las magdalenas,
estás ya había desaparecido
  —¿Hay más? Preguntó Arnold esperanzado.
  —¡Huh! pero si ya te lo comiste todo, no dejaste ni las migajas y
yo que quería darle otra probada. Vamos a tener que dejarte de llamar
Cabeza de balón y ponerte “Mordelón”. Se quejó Harold y Arnold se
encogió de hombros. No por nada él era el campeón de los glotones
de la ciudad.
  —Lo siento Harold pero estaban deliciosos. Se disculpó Arnold.
  —Entonces ni sueñes que voy a darte de este emparedado. Dijo
Harold y le dio un mordisco y lo hizo con tanto gusto que se sintió en
éxtasis - la comida es lo mejor que puede a ver en el mundo.
  —Creo que tienes razón, hay que felicitar a tu madre, nunca había
comido una magdalena tan deliciosa.
  —Esto no lo hizo mi madre.
  —¿Entonces quién? Preguntó Arnold.
  Harold iba a responder cuando Helga apareció buscando su olvidada
lonchera que había dejado en el salón y vio a Harold con su almuerzo.
Al ver su deliciosa obra de arte en manos de ese truhan glotón, Helga
se enfadó y se lanzó contra él sujetándolo por el cuello, estrellándolo
contra la estantería del salón.
  —¡Bola de manteca! ¿Cómo te atreves a comerte mi almuerzo?
ahora mismo te abriré la barriga y sacare mi comida y luego te rellenaré
con piedras. Juró Helga decidida a cumplir su amenaza mientras lo
estrellaba repetidamente contra la estantería.

  —¡Helga por favor tranquilízate! - le dijo Arnold y no fue buena
idea Helga se enfadó más - Harold no es el único culpable yo también
me comí tu almuerzo.
Al escuchar eso la oleada homicida de Helga se disipó, soltó a Harold
y se volvió a Arnold.
  —¿Que? Preguntó mientras Harold recuperaba el aliento.
  —¡A ver! quiero ver que le hagas lo mismo que me ibas a hacer a mí.
Exigió Harold pero Helga levantó su mano en ademán de golpearle.
  —¡Cállate gordinflón! - dijo ella preguntando luego con todo el
sarcasmo de mundo - ¿tú también? ¿y estaba delicioso?
  —Si lo estaba, me comería otros tres. Dijo Arnold.
  —Me alegra mucho que te haya gustado. Al próximo le añadiré
veneno, con eso aprenderán a no meterse con lo ajeno.
  —No es necesario que hagas esas cosas horribles, no volverá a
pasar, lamentamos mucho habernos comido tu almuerzo. Se disculpó
Arnold entornando los ojos.
  —Te tengo noticias Arnoldo, yo no como disculpas. Dijo Helga.
  —Encontraremos una solución, no te preocupes.
  —Que no me preocupe, se comieron mi almuerzo pero que par de
hambrientos.
  —Oye no soy un hambriento. Se quejó Harold.
  —¿Recuerdas la película que vimos la última vez? - recordó Helga
- te comiste la boleta antes de entrar.
  —Tenía hambre. Dijo Harold.
  —Lo que quiero ver es como vamos a arreglar esto. Dijo Helga
  —Ustedes arreglen, yo me largo. Dijo Harold y Arnold lo sujetó
de su camisa.
  —Harold y yo te gastaremos el almuerzo. Dijo Arnold.
  —Gastaremos me suena a tren. Replicó Harold.
  —Harold tú me diste las magdalenas y no me dijiste que eran de
Helga.
  —No es mi culpa, tú te comiste todo, yo solo le di un mordisco al
emparedado. Dijo Harold y guardó lo que quedaba del emparedado
en la lonchera.
  —En eso tienes razón pero… dijo Arnold pero antes de que pudiera

decir algo más Harold dijo entregándole la lonchera.
  —Eso es ¿qué discutes? ya perdiste, arréglatelas con madame
yo me largo. Dijo Harold y emprendió la huida, sin darle tiempo de
responder. Arnold lo observó a la distancia volviéndose a Helga quien
lo miraba con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
  —¿Y entonces?
  —Te invitare el almuerzo… vamos.
  —¡Ah! ¡ah! - dijo Helga y cerró los ojos - no me vas a compensar
con la basura que sirven en la cafetería, si me vas invitar tiene que ser
igual a lo que traía en la bolsa.
  —Está bien ¿Dónde lo compraste?
  —No lo compré, yo lo hice. Afirmó Helga y Arnold la miró
extrañando, le hubiera parecido menos absurdo si hubiera afirmado
que podía escupir monedas de oro por la boca.
  —¿Tu? ¿En serio?
  —¿Por qué? ¿Tiene algo de raro que yo cocine? Preguntó Helga
enfadándose.
  —No, es que bueno, creí que no te gustaba esas cosas, como eres
algo…
  —¿Algo que? ¿Que? ¿Que? Preguntó Helga enfadada.
  —No encuentro la palabra adecuada pero es impresionante, no
puedo creer.
  —Pues créelo melenudo, yo hice los pastelillos que tú te tragaste y
si no me crees - Helga le amenazó con el puño y entonces Arnold se
fijó que su mano estaba llena de banditas, ella avergonzada escondió
su mano - me tiene sin cuidado.
  —Escucha Helga, ya sé cómo solucionar esto, como tú lo hiciste
entonces yo haré lo mismo.
  —No quiero comer de la comida de tu abuela. Dijo Helga.
  —No, cocinare algo para ti personalmente y lo traeré mañana. Dijo
Arnold.
  —Mañana no hay clase. Dijo Helga.
  —Iré a tu casa y cocinaré para ti o si prefieres iremos a mi casa.
Dijo él y esto la tomó por sorpresa.
  —No es necesario dar tantas vueltas.

  —No solo lo hago por compensarte, ha sido el mejor postre que he
probado y me gustaría que me enseñaras a hacerlo.
  —Bueno puedo enviarte la receta.
  —Excelente entonces iré a tu casa ¿Estás de acuerdo?
  —Si bueno es que…
  —Entonces iré a tu casa a las 11. Dijo Arnold y ese momento
Gerald se asomó a la puerta.
  —¡Oye Arnold! ¿Qué haces viejo? No voy a esperarte todo el día
para almorzar
  —Ya te alcanzó - le dijo Arnold volviéndose a Helga - nos vemos
más tarde.
  —Pero… - balbuceo Helga pero Arnold no se quedó a escucharla,
pronto se perdió de vista - Arghhh! Hubiera aceptado el almuerzo y
ya, no tenía por qué complicarme la vida, ahora ¿Qué voy a hacer con
ese imbécil en mi casa? Tengo que cancelar esa cita.
  —¡Oye Helga! - exclamó una vocecilla y Helga se volvió y se
encontró con una minúscula Helga parada encima de la repisa, - a
esa hora no hay nadie en tu casa, es tu oportunidad de hacer lo que
quieras con él… - e hizo especial énfasis en la siguiente frase - incluso
matarlo.
  —¡Hmmm! - Dijo Helga llevándose la mano al mentón - ¿Por qué
no?
***
  Ella olvidó la dichosa cita, hasta que lo vio parada justo a su lado esa
mañana mientras hablaba con Phoebe por teléfono y veía caricaturas
desde el sillón de su padre. Miriam le había hecho seguir mientras se
marchaba.
  —¿Qué demonios haces aquí? Preguntó Helga interrumpiendo su
conversación.
  —Recuerdas lo que acordamos ayer. Le recordó Arnold
pacientemente.
  —¡Ah! Lo había olvidado. Dijo Helga al recordar y se levantó de
un salto - , Phoebe ¿Qué te parece si vienes a mi casa? ¿Vienes más

tarde? Bien, trae una bolsa y una pala.
  Arnold pasó por alto el comentario al fijarse en el peinado que
llevaba Helga, tenía el cabello suelto como en raras ocasiones.
  —Nunca te había visto con el cabello suelto.
  —Y yo nunca te he visto sin gorra. - Respondió Helga dirigiéndose
la cocina - ¿No has pensado en buscarle remplazo? Veraz la gorra no
crece contigo.
  —No había pensado en eso. Dijo Arnold cayendo en cuenta de que
Helga tenía razón.
  —¿Bien por donde quieres comenzar? Y la pregunta le hizo dudar.
  —No sé.
  —De acuerdo, sigue mis instrucciones al pie de la letra y saldremos
de esto rápidamente, comienza tomando ese tazón de ahí, yo te diré
que hacer. Dijo Helga. El plan era que Arnold hiciera todo lo que
Helga le ordenara pero resulto ser todo un disparate, él no seguía sus
instrucciones, Helga le decía que sacara un cuchillo que estaba en
tercer cajón y Arnold terminaba abriendo todos los cajones y eso la
impacientaba enormemente.
  Al final Helga intervino y se hizo cargo de la cocina. Eso no fue del
agrado de Arnold, fue totalmente excluido del proceso, con Gerald
incluso con su abuela había sincronía, podían trabajar juntos, pero
con Helga fue totalmente distinto.
  —Pon atención porque no tengo la menor intención de volver a
repetirlo. - Dijo Helga mirando el horno - ya horneamos las magdalenas
por 30 minutos. Vamos a sacarlas para ver como quedaron.
  —Muy bien. Murmuro él aburrido.
  —¿Qué sucede? ¿No estabas interesado en esto?
  —Si pero…
  —Eres un tonto voluble. - Dijo Helga y entonces abrió el horno
sacando el molde con las magdalena recién horneadas con una toalla,
en vez que con el guante coge ollas y se quemó la mano - ¡Ay!
¡Maldita sea!
  Las magdalenas cayeron y se esparcieron por el suelo, mientras
Helga soplaba su mano desesperadamente. De inmediato Arnold la
tomó del brazo y la llevó al fregadero, donde abrió la llave a toda

capacidad, salpicándole la cara a Helga, pero no se molestó a pesar
de terminar mojada.
  —No parece una quemadura grave. Dijo Arnold.
  —¡Duele, duele, duele!
  —Esto te aliviara rápidamente. Dijo él frotándole la mano con
delicadeza. Helga se sintió muchísimo mejor, casi extasiada, pero
cuando se dio cuenta de lo cerca que estaba de Arnold, no pudo evitar
dar un respingo y sonrojarse.
  —¡Ya es suficiente! Dijo y se liberó salpicándole la cara al sacudir
su mano.
  —¿Ya te sientes mejor?
  —Si, si, no fue nada. Dijo Helga.
  —Creo que mejor atendemos esa quemadura.
  —No es necesario, estoy bien - Helga vio las magdalenas por el
suelo - maldición se han echado a perder.
  —No te preocupes. Dijo Arnold. Helga tomó una de las magdalenas
del suelo y le dio un mordisco.
  —Tienes razón, están deliciosas. - Dijo Helga y le dio otra mordida
- ahora que ya sabes hacerla lo demás es pan comido, ahora agradecería
que levantaras este desorden.
  —¡Hhmm! Murmuró Arnold mirando el gran desorden que había
en la cocina. Helga le dio la espalda y lo dejó con el caos, Entonces
llamaron al teléfono.
  —¿Si? Preguntó Helga con la boca llena.
  —Hermanita bebe ¿Eres tú? Preguntó una dulce voz femenina, y
Helga supo de inmediato de quien se trataba.
 —(No, soy otra) si Olga soy yo. Dijo Helga bajando los hombros
con aburrimiento.
  —¡HERMANITA! - Su exclamación casi la deja sorda, Helga
apartó el auricular de su oreja - ¿Cómo estás? ¿Dime cómo estás? Me
da gusto escuchar tu voz.
  —Estoy bien Olga.
  —¿De verdad? me da tanto gusto saberlo, lamento tanto no haber
estado ahí. No sé qué hubiera hecho si te hubiera perdido.
  —Olga, eso fue hace meses.

  —Cuanto lamento no haber estado ahí, pero no pude, cuanto lo
siento.
 —Ya estoy acostumbrada. - pensó Helga- Olvídalo Olga, y cambia
de tema. Ya te he dicho un millón de veces que estoy bien.
  Desde el accidente Olga no dejaba de tocar el tema, y eso no le
gustaba, ella quería olvidar ese episodio de su vida.
  —Pero no te preocupes dentro de poco iré a visitarte mi querida y
preciosa hermana.
  —¡Ay que dicha! estoy dando saltitos de alegría, no puedo esperar
a que llegue el día. Dijo Helga con fingida felicidad.
  Mientras Helga hablaba con su hermana. Arnold se dedicó a
sincronizar el reloj de la cocina.
  —Nos vamos a divertir mucho ya lo veraz.
  —Ya lo creo, Olga ya lo creo - Luego de esa animada conversación
Helga se despidió de su hermana. - Cielos pero que fastidiosa. Bueno
en que iba yo, ah es cierto estábamos en “Cocinando con Arnold”.
  —Por cierto…. Le dijo regresando a la cocina pero Arnold la
detuvo antes.
  —Olvide decirte que había traído dulces. Dijo él y sacó una caja
de bombones.
  — ¡Ay que tierno! Déjalos ahí y termina con eso. Dijo Helga
  —Vamos están deliciosos. Dijo metiéndole el dulce en la boca,
un dulce cubierto de derretido chocolate. Helga pudo saborear sus
dedos y sentirlos en su lengua y labios. Un golpe de diez mil voltios
no la hubiera sacudido tanto, como esos dedos atrevidos e inocentes
metiéndose en su boca. Se saboreó y relamió como un gato.
  —Están deliciosos ¿cierto? Preguntó Arnold.
  —Sí, pero hazme un favor, - Pidió Helga cuando volvió a poner los
pies sobre la tierra -no vuelvas a hacer eso.
  —¿Que?
  —Eso, tonto, no vuelvas a hacer eso o te juro que lo lamentarás.
Advirtió Helga y Arnold no entendió a qué iba esa amenaza.
  —Hay más si quieres. - Dijo él mostrándole la caja. Helga se
la quitó y devoró uno a uno los dulces, pasándolos enteros pero el
bombón no tuvo el mismo efecto de antes - ¿De qué están rellenos?

  —De fresa. Dijo Arnold y entonces Helga dejó de comer y miró
fijamente la caja y luego hacia la mesa en esta estaba la envoltura de
la misma. Había una gigantesca fresa pintada en el frente, Helga pudo
ver como a esta se le dibujaba una boca y comenzaba a reír.
  —¡FRESA! - exclamó Helga y empezó a escupir y esa acción
ofendió a Arnold.
  —Oye si no te gustó, no tienes que hacer eso. Le dijo enfadado.
Helga lanzó el empaque lejos y corrió hacia la alacena, empezó a
abrir los cajones y las gavetas buscando algo desesperadamente.
  —¿Qué te pasa? Preguntó Arnold desconcertado.
  —¡Grandísimo tonto! ¡Tú quieres matarme! - Exclamó Helga ¡Voy a morir! ¡Voy a morir!
 —¡¿Como?!
  —¡Soy alérgica a las fresas! y tú me diste las suficientes para que
quede tiesa en diez minutos. Exclamó Helga sacando todos los cajones
y tirando todas las cosas buscando la única forma que podía salvarla.
  —¡¿Que?! Exclamó Arnold alarmado al comprender la gravedad
del asunto - ¡Yo no sabía!
  —¡¿No sabías?! ¡Tú el sabelotodo no sabías! Exclamó ella y le
empujó corriendo hacia la sala y esculcó todos los cajones de las
mesas pero no encontró lo que necesitaba y entonces las náuseas
la invadieron y antes de trasbocar sobre el tapete, tomó uno de los
trofeos de Olga y dejo todo su contenido estomacal en este.
  —¡No te quedes ahí parado como una estatua! ¡Llama a emergencias!
Exclamó Helga y volvió a vomitar. El chico corrió hacia el teléfono,
marcando rápidamente para buscar ayuda. A los pocos segundos
alguien le contestó.
  —¿Hola emergencias? Tengo un lio aquí. Dijo Arnold angustiado.
Al otro lado de la línea le respondieron rápidamente.
  —¿Arnold? ¿Eres tú? Preguntó la voz de su abuelo y él miró la
bocina. Estaba tan nervioso que había llamado a su casa y no al 911.
  —No, es decir sí, soy yo pero intentaba llamar a otra línea.
  —¿Qué sucede? Quiso saber el abuelo.
  —Es que… Arnold le iba a explicar cuando escuchó un fuerte
ruido en la sala, como el de un árbol cayendo, sin responder nada

corrió hacia allí arrastrando el teléfono, arrancando cable de la pared.
Arnold encontró a Helga en el suelo con el trofeo y los dulces a su
lado y pensó que había muerto a causa de las fresas. En cuestión de
segundos imaginó toda una película, el mundo le echaría la culpa, él
era el único culpable pues nadie tenía más motivos para eliminarla
que él, ni su abuelo ni Gerald lo defenderían y la justicia lo condenaría
a la silla eléctrica que los guardias diseñarían exclusivamente para su
cabeza.
  —¡¿Que voy hacer?! Exclamó alarmado llevándose las manos a la
cabeza.
  —¡Oye Arnold! ¡No te quedes ahí parado, ayúdame por amor a
dios! Dijo Helga levantando la cabeza y su aspecto lo asustó, su cara
estaba tan deformada y tan hinchada que era irreconocible, parecía
una galleta.
  —¿Estás bien? Preguntó Arnold
  —No, no estoy bien, voy a morir y ¿sabes por qué? ¡POR TU
CULPA! Dijo Helga apuntándole con el dedo
  —No era mi intención...
  —No me morí en ese cochino lago y si aquí, por culpa de un torpe
y atolondrado cabeza de balón. Pero qué suerte la mía. Se quejó ella
llevándose la mano a su hinchada y brotada cara.
  —¡Voy por ayuda! Dijo Arnold corriendo en círculos.
  —¡Arnold! - Exclamó Helga y su voz se escuchó igual a la de
Rocky Balboa luego de una dura pelea - ¡No te atrevas a dejarme sola!
  —Pero… dijo él. La puerta de la casa se abrió y llego Miriam.
  —¡Helga! Ya estoy en casa… dijo ella quitándose la chaqueta. Al
verla Arnold corrió hacia ella y la sujetó por la mano.
  —Señora Pataki rápido, Helga, las fresas... ¡Se va a morir! Dijo y
la arrastró hacia la sala donde encontró a Helga.
  —¿Pero qué te pasó? Preguntó Miriam al verla en tan deplorable
condición.
  —Las fresas se comieron a Helga. Contestó Arnold y a pesar de
sus enredadas palabras Miriam pudo entenderle y supo que hacer.
Ella corrió hacia una de los gabinetes y sacó un jarabe que contenía
un líquido de color rojo, un poderoso antihistamínico, lo destapó y se

lo dio a beber a Helga.
  —Rápido Helga, bebe esto. Dijo ella a su lado. Helga obedeció
sorbiendo ávidamente el líquido, mientras Arnold retorcía la bocina del
teléfono con sus manos. La panacea fue efectiva a los pocos minutos
la hinchazón desapareció y el brote rojizo de su cara disminuyo.
  —Voy a llamar al médico. Dijo Miriam.
  —No es necesario, ya estoy bien. Dijo Helga.
  —Helga cariño sabes muy bien que no debes comer fresas, son
peligrosas para ti. Dijo Miriam.
  —Lo sé, fue un accidente.
  —Qué bueno que llegue a tiempo y que no estabas sola, tu amiguito
estaba aquí.
  —Sí, que suerte, gracias a los dioses que Arnold estaba aquí. Dijo
Helga con sarcasmo dedicándole una de sus miradas a Arnold.
  —Ve a tu habitación a descansar yo me hare cargo. Dijo Miriam.
  —Bueno. Dijo Helga sin mucho ánimo.
  —Puedes acompañarla por favor. Le pidió Miriam a Arnold y él
asintió, acompañando a Helga a su habitación.
***
  —A qué punto hemos llegado en nuestro mutuo odio. - Comentó
Helga subiendo por las escaleras - tratar de eliminarme con fresas
¡Huh! pero que idílico.
  —Te aseguro que no fue intencional, yo no sabía que…
  —Ahórrate tus disculpas Arnoldo - Dijo Helga - De todas maneras
no te hubieras librado de mí, me hubiera convertido en fantasma
y te hubiera seguido atormentando y me aseguraría de que fueras
miserable para siempre. ¿Sabes que haría? Me quedaría en la tierra y
te asustaría, prendería las luces de tu cocina, y jalaría tus pies mientras
duermes, me sentaría en el asiento trasero de tu coche y me asomaría
por el retrovisor, si eso sería muy divertido.
  —Entonces será mejor que cuide que eso no pase. Dijo Arnold.
Helga le miró de reojo antes de pararse frente a la puerta de su
habitación y luego soltó una risa fingida.

  —Si como sea. Puedes hacerme un favor. Dijo Helga
  —Si Helga lo que quieras. Dijo Arnold
  —¡LÁRGATE DE AQUÍ! Gritó ella entrando a su habitación y le
cerró la puerta en la cara.
  —¡No lo sabía! Exclamó Arnold hablándole a la puerta y luego
se fue muy aburrido, nada salió como esperaba. Resignado decidió
irse, tropezando con una caja llena de libros y cosas, la cual se volcó
y las cosas que esta contenía se esparcieron por el suelo. Arnold las
volvió a meter en la caja topándose con el moño rosa, se preguntó por
qué Helga había dejado de ponérselo, desde que la conocía siempre
llevaba ese moño. Había pensado que era tan valioso como lo era la
gorra azul para él, pero de un momento a otro, Helga dejo de llevarlo.
El asunto le intrigo seriamente, tomó uno de los libros y le dio una
hojeada, leyendo una página al azar. Era un libro de poemas muy
inspiradores aunque muy tristes y para fortuna de Helga en ninguno
mencionaba a Arnold, pero si lo describían a la perfección. Pero a él le
gustaron los versos, le gustaba la poesía y este libro tenía versos muy
bonitos, siguió leyendo abstraído sin darse cuenta de que la puerta de
la habitación de Helga se abría. Arnold siguió leyendo animadamente
el libro y entonces notó que ya había visto un libro parecido.
  —Esto es… dijo cuándo una sombra lo cubrió.
  —¿Qué estás mirando? Preguntó Helga a sus espaldas y su voz fue
tan tenebrosa que lo hizo saltar. Arnold espantado se dio la vuelta y la
encontró mirándolo como un dragón enfundando un terror sin igual.
  —Lo siento Helga es que…
  —¿Pregunte que estás mirando?
  —No era mi intención…
  —¿Que estas mirando?
  —Este libro. Dijo Arnold
  —¡Dame eso! - Helga le arrebató el libro - ¿Qué no sabes que la
curiosidad mató al cabeza de balón?
  —Lo siento.
  —Mira de verdad no quiero matarte, pero estas haciendo unos
méritos. Dijo Helga alzando su puño lanzando su libro en la caja y
regresó a su habitación antes de cumplir sus amenazas.

  —¿Tu escribiste ese libro? Preguntó siguiéndola.
  —Eso no te importa…. Porque yo habría de…
  —Porque realmente me impresionó. Dijo Arnold parándose en la
puerta.
  —¿En serio? Preguntó Helga dejando su furia.
  —Si de veras, creo que deberías compartir tus poemas con el
mundo.
  —En primer lugar, no lo escribí, en segundo lugar yo no compartiría
nada con el mundo que quiero esclavizar, en tercer lugar - Dijo Helga
y dejó la caja en el suelo volviéndose hacia él y entonces se fijó en lo
que Arnold llevaba en la mano - ¿Qué haces tú con eso?
  —¿Esto? ¿Es tu moño verdad?
  —Si, ¡Dámelo inmediatamente!
  —¿Por qué esta en esa caja?
  —No es de tu interés pero todo esto va directo a la beneficencia.
  —¿Puedo quedarme con el moño y con los libros? Preguntó Arnold.
  —¿Para qué lo quieres? ¿Buscas algo que te combine con la faldita?
Preguntó Helga burlonamente.
  —Pensaba dárselos a Lila. Dijo Arnold con los ojos entornados
refiriéndose a los libros pero Helga creyó que hablaba de su moño y
se enfadó. Los ojos le cambiaron de color mientras ella le arrebataba
el moño con las uñas.
  —¡Prefiero comérmelo, antes de permitir un insulto semejante!
  —Tranquila Helga, si es tan importante ¿Por qué quieres tirarlo?
  —¡Ya estoy harta de ti, desde que llegaste no has dejado de
molestarme, has tratado de matarme y además quieres llevarte mis
cosas y dárselas a la señorita perfección, porque no me haces un favor
y te largas de una buena vez antes de que definitivamente te aniquile! 
  Al desahogarse Helga giró sobre sus talones cerrando la puerta. El
estruendo se escuchó hasta la cocina donde Miriam levantó la mirada
hacia al techo.
  Helga estaba tan enfadada que quería mascar su lazo rosa ¿Qué le
pasaba a ese idiota? tuvo tanta ira que casi lloró de la rabia.
No se apartó de la puerta cuando llamaron nuevamente a esta. Helga
furiosa abrió la puerta rápidamente.

  —¡QUE! Exclamó y su grito hubiera espantado a cualquiera, pero
Arnold no huyo.
  —Tienes razón Helga, nadie más puede llevarlo, lamento mucho
haber dicho esa tontería, no sé qué estaba pensando. Estaba tratando
de que nos lleváramos bien. Trataba de mostrarte que podíamos ser
amigos… porque me gustaría que fuéramos amigos…
  Y al escuchar eso Helga lanzó una risotada de diablo rodeado por
llamas.
  —¡Amigo el ratón del queso! ¿Por qué querría yo ser amiga de un
tarado como tú? no tengo ningún interés y sabes ¿Por qué? ¡Porque te
odio! ¿Entiendes? Odio tu estúpida cabeza de balón.
  —Siempre he querido preguntar eso - dijo Arnold al vislumbrar la
oportunidad - ¿Por qué? ¿Hice algo que te molestara en el jardín?
  —No tienes que hacer algo para que alguien te odie, tu sola
presencia puede ser irritante. Dijo Helga
  —¿Por qué?
  —Porque, porque, somos diferentes, como el agua y el aceite, el
bien y el mal, el yin y el yan. Yo soy Aries y tú eres un estúpido.
  —Soy libra y esas son solo excusas ¿cuál es la verdadera razón? Y
no me iré de aquí, sin una razón, quiero saber de una buena vez por
qué me odias tanto.
  Helga no soporto la presión y he hizo una acción totalmente
inesperada, se acercó hacia él amenazante.
  —¡Grrrr! Porque sí. Dijo ella y le beso los labios. Arnold abrió
sus ojos desmesuradamente e intentó escapar pero Helga no le dejo
huir se aferró a él haciéndole tropezar con la caja. Ambos cayeron al
suelo, el golpe casi le rompe el cuello. El techo se escureció por un
momento y luego vio estrellas.
  —Que suavidad, que calidez. Pensó Helga y lo siguió besando
sintiendo amor que solo sentía por Arnold.
  Entonces reaccionó y abrió los ojos.
  —¿Pero qué diablos estoy haciendo? pensó con horror y se quitó
de prisa de encima, quedando de rodillas muy derecha frente a él - Yo.
  Antes siempre tenía una excusa para besarlo, una obra de teatro, un
programa de televisión, el calor del momento pero ahora no tenía una

excusa.
  Miriam entró a la habitación y ambos se volvieron a ella
mecánicamente y ella los observo por un momento.
  —Cariño ¿Ya te sientes mejor? preguntó ella
  —Si de maravilla. Dijo Helga.
  —¿Está todo bien?
  —Sí, todo en orden, Miriam. Dijo Helga.
  —De acuerdo el doctor está por llegar. Dijo Miriam y se fue. Helga
respiró profundamente y luego se volvió hacia Arnold.
  —Bien, antes de que te hagas alguna idea rara, no es lo que crees,
fue otro caso de... de... tu sabes, esto nunca paso ¿De acuerdo?
  Él no respondió simplemente asintió.
  —Ahora largo... no quiero volver a verte en mi casa, es la última
vez que te lo digo. Dijo Helga y él se puso de pie. Dirigiéndose
directamente a la puerta.
  —Helga... dijo él parado en la puerta
  —¿Que?
  —Te ves mejor con tu moño rosa. Fue lo único que se le ocurrió
decir y ella se sonrojó, no fue muy notorio a causa del sarpullido que
cruzaba su cara.
  —¡Fuera de aquí! Le gritó saltando hacia la puerta cerrándosela
una vez más. Arnold se alejó mucho más que desconcertado. La
chica que lo odiaba acababa de besarlo como otras tantas veces y sin
motivo aparente.
***
  Se detuvo a fuera de la casa Pataki, preguntándose qué diablos
había pasado ahí dentro, cada día se desconcertaba más con Helga, ya
no sabía que pensar. Se dio la vuelta y se topó con Phoebe, ella venía
en dirección contraria acompañada de Gerald, ella simplemente lo
saludó.
  —Hola Arnold. Y se dirigió directamente a la puerta y tocó. A los
pocos minutos la puerta se abrió y ella entró. Arnold se extrañó de esa
fría actitud.

  —Gerald ¿Qué haces aquí?
Casi al mismo tiempo que Phoebe llegaba al cuarto de Helga y se
reunía con ella, Gerald se descruzo los brazos y suspiró pesadamente
diciendo.
  —Tenemos que hablar viejo.

Intervención
  El día que Arnold fue a casa de Helga, Phoebe fue a casa de Gerald,
para luego ir a casa de Helga. Su plan era hacer que su amiga sacara
toda su frustración y que Arnold si tenía algo que decir lo hiciera de
una buena vez por todas. En pocas palabras era devolverle el equilibrio
a la fuerza.
  Pero aquello no era sencillo de hacer, podría desencadenar una gran
batalla donde podría perder su amistad con sus respectivos amigos
pero tenía que hacerlo.
Phoebe llegó a casa de Gerald y llamó a la puerta, esta se abrió y
apareció la señora Johanssen la madre de Gerald.
  —Hola Phoebe.
  —¿Cómo esta señora Johanssen?
  —Bien, sigue por favor – ella la guio a la sala y luego anunció su
llegada– ¡Gerald! Phoebe está aquí.
  —¡Ya bajo! Dijo él desde el piso superior.
  —Siéntate, Gerald estará contigo en un momento. Dijo la señora
Johanssen y le dejo en la sala. Phoebe se acomodó en el sofá y miró a
su alrededor, estuvo unos minutos a solas hasta que apareció Timberly,
la hermana menor de Gerald.
  —¡Hola! Saludó alegremente.
  —¡Hola! Respondió Phoebe.
  —¿Eres la novia de Gerald? Preguntó Timberly y automáticamente
Phoebe se sonrojó luego de saltar en el sofá.
  —No, soy una compañera de clase.
  —Yo creía que sí, siempre los veo juntos – dijo Timberly y fue
hacia la mesa de la sala sacando uno de los libros, un álbum de fotos
de la familia - ¿Quieres ver fotos?
  —No en este momento, luego las veré. Dijo Phoebe pero Timberly
la ignoró saltando sobre el sofá, y abrió el álbum.

  —¡Mira! ¡Aquí esta Gerald! Señaló Timberly sonriente apuntando
hacia una foto donde estaba Gerald de bebe en la bañera. Phoebe no
pudo evitar sonreír pero contuvo la risa al ver la fotografía, era muy
graciosa.
  —Y aquí estoy yo - Dijo Timberly pasando las páginas rápidamente,
señalándose mientras apuntaba con su dedo sobre la foto – ¿Lo ves?
  —Es muy bonita. Comentó Phoebe.
  —¿Verdad? Cuando sea grande quiero ser una princesa. Dijo
Timberly mientras su madre llegaba y se sumaba para ver el álbum.
Phoebe se fijó en una foto, en donde Gerald estaba de mal humor.
  —¿Por qué esta tan enfadado en esta? Quiso saber.
  —Eso fue cuando cumplió ocho, Jeimi O. le robo su deseo al apagar
las velas. Dijo la señora Johanssen. Timberly le dio el álbum.
  —Espera voy a mostrarte todos mis juguetes. Dijo ella saltando de
la silla, corriendo hacia las escaleras.
  —No hagas desorden, Timberly. Advirtió su madre y siguió con
sus quehaceres.
  —¡Oh mamá! Protestó Timberly a la distancia. Phoebe quedó
nuevamente sola en la sala, cerró el álbum y lo dejó a un lado. Jeimi
O. el hermano mayor de Gerald llego en ese momento.
  —¡Hola! ¿Cómo estás? Dijo sentándose a su lado en el sofá y
encendió la televisión.
 —Bien.
Gerald bajo las escaleras en ese momento y se encontró a su hermano
fastidiando.
  —¿Cuáles son tus intenciones con mi hermano?
  —¡Jeimi O!
  —¡¿Que?! Solo averiguo los antecedentes de la futura esposa de
mi hermano.
  —¡No fastidies! Exclamó Gerald molesto.
  —De acuerdo Romeo, no quiero ponerte nervioso. Dijo su hermano.
  —¡Largo! Pidió Gerald.
  —Ah quieren estar a solas, muy bien - dijo Jeimi O. y se levantó pero los vamos estar vigilando.
  —¡Largo! Dijo Gerald irritado.

  —De acuerdo tortolos, ya los dejo solos. - Dijo él y le hizo un giño
a Phoebe – por cierto Phoebe, ayer vi a mi hermano escribiendo una
carta, creo que era para ti, creo que finalmente se animó a declararse.
  —¡No digas tonterías! Dijo Gerald y le tiró un cojín el cual fue
atrapado fácilmente por Jeimi O y se lo regresó con todas sus fuerzas
golpeándole la cara, casi derribándolo con el golpe.
  —¡Mamá! Exclamó Gerald.
  —Jeimi O. deja en paz a tu hermano, este es el primer aviso.
Advirtió su madre.
  —De acuerdo, ya me voy. Dijo Jeimi O. Dejando la sala tarareando
la marcha nupcial.
  —Pero que fastidio, cuando sea grande tendré mi propio
departamento y no tendré que soportar sus comentarios. – Dijo Gerald
y contó hasta diez – Hola Phoebe, lamento mucho este espectáculo
circense.
  —No te preocupes, siempre me pregunte que sería tener hermanos.
Dijo Phoebe.
  —Y te diré lo mismo que le digo a Arnold, no tiene nada de bueno
– dijo Gerald y le tendió la mano – vamos.
  —No pude llegar antes, espero que todo esté bien. Dijo Phoebe y
se puso de pie.
  —Oh vamos ¿qué es lo peor que puede pasar? – Preguntó Gerald e
imaginó lo que podría estar pasando en ese momento, Helga ahorcando
con el cable del teléfono a Arnold mientras le empujaba la espalda
con su rodilla - esperemos que no lleguen al extremo de eliminarse
mutuamente. “esperemos”
  —Hablaremos con ellos.
  —Yo no me entusiasmaría tanto. Si no lo conociera No entendería
su insistencia por acercarse a ella, pero como lo conozco sé que
es más terco que una mula, no tolera que nadie este bravo con él,
aunque se trate de Helga, además la otra vez me contó algo realmente
inquietante. Dijo Gerald.
  —¿Si? Preguntó Phoebe mientras Gerald le abría la puerta y le
daba paso para que saliera.
  —Te contaré algún día, es una cosa de locos. Ahora me gustaría ver

quién va tener mejor suerte, si tú con lady Tsundere o yo con el señor
Bueno. - Dijo Gerald y fue a la cocina – voy a salir un momento má.
  —No te tardes. Dijo su madre.
  —Eso espero. Murmuro Gerald.
***
  Sin embargo enfrentar a Helga no era tan sencillo.
  —¿Hablar de qué? Preguntó ella extrañada luego de que Phoebe
entrara a su habitación y dijera esa frase tan desconcertante
  —Vamos a hablar Helga, es necesario.
  —¿De qué? Preguntó Helga y Phoebe se esforzó por continuar.
  —Sobre los problemas que tienes con tu sabes quién.
  —¿Quien? Preguntó Helga
  —El Mantecado. Dijo Phoebe.
  —Yo no tengo ningún problema con el mantecado, me gusta. De
hecho le compré uno al sujeto de los helados antes de que me quitaran
la mesada. Dijo Helga y Phoebe levantó sus manos para pedirle que
se sentara y Helga le hizo caso cada vez más desconcertada, Phoebe
se sentó a su lado.
  —Yo estoy hablando del otro Mantecado, de Arnold. Dijo ella.
  —¿Arnold? - Preguntó Helga con el mismo tono de alarma que
tenía cada vez que alguien lo involucraba sin previo aviso - ¿Qué
pasa con él?
  —Me lo acabo de encontrar en la entrada y lucía realmente extraño,
parecía un idiota.
  —Eso no es ninguna novedad él siempre ha sido un idiota.
  —No siempre. Dijo Phoebe.
  —Pero bueno eso que tiene que ver.
  —Mira, yo no comprendo muy bien las relaciones humanas, me
resulta totalmente desconocidas, pero he notado que en los últimos
días te has visto afectada seriamente por una de esas relaciones.
  —Hablas del príncipe encantador, eso ya es agua pasada, es historia,
historia patria.
  —No estoy hablando de Anthony, estoy hablando de Arnold.

  —Pero que tiene que ver el cabeza de balón en todo esto, no ha
cambiado nada, él evitándome y yo odiándolo, sí estuvo aquí hoy fue
para compensarme por comerse mi almuerzo, tú sabes muy bien lo
santurrón y complaciente que es.
  —No Helga, las cosas no están como siempre, las cosas dejaron
de ser las de siempre desde el lio del lago, desde que Anthony entro
a tu vida y luego se fue. Las cosas entre tú y Arnold no están como
siempre, han estado críticas han estado turbias y me preocupa por que
tu odio te esta dominando y se está saliendo de control, dicen que te
has vuelto muy agresiva y yo también lo he visto.
  —¿Ah sí? Dime quien dijo eso y ahora mismo voy y le pateo su…
- dijo Helga apretando su puño en lo alto y entonces cayó en cuenta
de lo que decía Phoebe – es decir
¿Cuándo ha pasado eso?
  —Atacaste a Arnold deliberadamente en la escuela y destruiste una
máquina de dulces, si sigues así mañana vas a matar a alguien en un
arranque de rabia.
  —Por favor Phoebe, es una exageración.
  —No estoy exagerando, tienes que decirme que está pasando.
  —No me está pasando nada. Dijo Helga cruzándose de brazos.
  —Si te está pasando y es serio, por favor has el esfuerzo y cuéntame.
  —No tengo nada que decir. Dijo Helga.
  —Dime cual es el problema. Insistió Phoebe.
  —¡No hay problema! Exclamó Helga.
  —¡Helga! Lo volveré a repetir, hay un problema, estas molesta por
algo y te estas desquitando con Arnold.
  —¡No es cierto!
  —¡Si lo es! Te desquitas con él y él no te ha hecho nada malo.
Y esas palabras fueron tan contraproducentes que la enfadaron.
  —¿No? ¿Tienes el descaro de decir que no? ¡Todo lo malo que
me pasa en mi miserable vida es culpa suya! Hoy por ejemplo trato
de matarme con fresas, ¡fresas! Casi muero en la sala - acusó Helga
deliberadamente - Y no solo eso también fue su culpa que me
castigaran por romper la maldita máquina de dulces, de tener el peor
día mi vida, de comerse mi almuerzo, de que terminaran conmigo,
fue su culpa que casi me ahogara en el lago, es el culpable de tantas

cosas que no me alcanzaría el día para enumerarlas. Helga se puso
de pie y empezó a andar en círculos por la habitación como un león
enjaulado.
  —Helga, nada de eso es culpa de nadie. Dijo Phoebe.
  —¡Como que no! - Exclamó Helga deteniéndose – ¡Todo me ha
salido mal y es por causa de él! ¡ARGG! ¡Como lo detesto! ¡Lo
detesto! ¡Lo detesto! ¡Lo detesto!
  —¡Tranquilízate por favor! Le pidió Phoebe.
  —¡No me tranquilizo! - Exclamó Helga apunto de transformase en
Hulk – No me tranquilizo, estoy harta de toda esta bazofia. ¡Estoy
harta de todo esto! ¡De Arnold, de esta casa, de ti y tu perfecto romance
y sobre todo estoy harta de estos estúpidos libros!
Helga pateó los libros que estaban esparcidos por el suelo. Phoebe
quedó estupefacta, no pensaba que el problema también fuera con
ella.
  —¿Mi perfecto romance?
  —A mí no me engañas, no estoy ciega tu siempre has tenido lo que
yo no.
  —Porque yo he sido sincera y no me escondo como una sombra.
Exclamó Phoebe.
  —¿Que yo no he sido sincera? ¡Pero si lo grite como una maldita
loca y quede como tal como una maldita loca! ¡Como una desquiciada!
Y ya estoy harta de ser así, ¡Ya estoy harta de esto!
  Helga tomó los libros y los empezó a tirar uno a uno por la ventana,
Phoebe tuvo que lanzarse a un lado antes de que ella en su ciega ira
la golpeara.
***
  Abajo en las escaleras del pórtico Arnold se volvió viendo los libros
volar por la ventana.
  —No te preocupes es Phoebe enfrentado un demonio muy peligroso.
Dijo Gerald.
  —¿Un demonio? Preguntó Arnold.
  —Sí, pero eso no nos importa ahora, sigamos.

  —Gerald no hay nada que hablar, ya te lo dije vine aquí para
compensar a Helga por comerme su almuerzo.
  —Y justo después de que te agredió y casi te deja en ridículo frente
a los chicos de la escuela.
 —Si.
  —O tu memoria de corto plazo no está funcionando adecuadamente
o hay algo más que no quieres decir.
  —Si sugieres que es porque me gusta o algo no es cierto ya te lo he
dicho un millón de veces, ella no me gusta.
  —Si eso ya me queda bastante claro pero entonces ¿por qué estás
aquí?
  —Ya te lo dije, vine porque me comí su almuerzo y quería
compensarlo y fue un desastre, casi la mato porque resulto alérgica a
las fresas y me gritó y luego…
  —Ay viejo este es el lio más serio y enredado en el que te he visto
envuelto.
  —No hay ningún lio.
  —Claro que lo hay, resumiéndolo de este modo, tienes un conflicto
con una chica, la cual te pateo el trasero, te grito, te trato como un
perro de la calle y aun así vienes a su casa y le haces unas galletas.
Dijo Gerald.
  —Magdalenas. Corrigió Arnold.
  —Lo que sea, no te había visto en un dilema así desde que te
encaprichaste con Lila. Dijo Gerald.
  —No me encapriché con Lila, realmente ella me gustaba –
puntualizó Arnold impaciente – pero me di cuenta que ella no es la
persona especial que estaba buscando.
  —¿Y ahora estas buscando esa persona en Helga?
  —No, no tiene nada que ver con romance, simplemente quería
hacer las paces, estoy cansado de esa guerra sin sentido contra ella,
quería firmar un tratado de paz.
  Gerald arqueó las cejas, eso ya era otra cosa.
***

  Mientras tanto Phoebe luchaba contra la furia de Helga, casi a
punto de usar una silla y un látigo para contenerla.
  —¡Qué tan miserable tengo que estar para que este feliz! Exclamó
Helga y se sentó exhausta, su estallido de furia casi arrasó con la
habitación.
  —¿Ya te sientes bien? Preguntó Phoebe.
  —¿Bien? ¿BIEN? ¿Acaso PAREZCO estar bien? Solo se te ocurre
preguntar ¿Ya te sientes bien? cuando claramente se ve que NO LO
ESTOY... Estoy hecha polvo, no soy más que una sombra de lo que
era y es su culpa. Oh como me gustaría no haberle conocido.
  —No digas cosas que más adelante puedes lamentar Helga, ya has
dicho muchas el día de hoy. Dijo Phoebe y ella levantó la mirada.
  —No me arrepiento de nada de lo que mi boca diga, él desea
exactamente lo mismo, lo sé.
  —No puedes estar segura de semejante cosa. Dijo Phoebe.
  —Claro que sí, recuerdas el lago, ¿Cómo olvidarlo? ¿Cierto? Si
hubiera sido su cerdo Abner o mejor, si hubiera sido Lila, hubiera
saltado con la valentía de Lancelot y me hubiera salvado, pero no, se
trataba de mí, su muy fastidiosa y fea compañera de clase.
  Phoebe arqueó las cejas, al descubrir cuál era la raíz de la ira de
Helga, ella creía que Arnold no había hecho nada por salvarla. Cuando
fueron las circunstancias las que influyeron en eso.
  —Helga, estás pensando mal, ¿tú crees que el no hizo nada para
salvarte?
  —No lo hizo porque no le importaba ¿Por qué salvar a su peor
enemiga? Yo no lo hubiera hecho, hubiera dicho “Arnold se está
ahogando, ya lo salvará otro” Dijo Helga y Phoebe soltó una risita.
  —Y lo dice la chica que se disfrazó de agente y traiciono a su padre
para ayudar Arnold a salvar el vecindario. - dijo Phoebe - si Arnold
hubiera estado en tu lugar, tu hubieras saltado para salvarlo.
  —Si porque lo amo. - dijo Helga y se mordió la lengua - lo amaba
pero él…
  —No has pensado que tal vez Anthony se adelantó y te salvó. Dijo
Phoebe.
  —Pero la gente del lugar dijeron que ellos no hicieron nada, que

no les importo. Lo escuche con mis propios oídos que se habrán de
comer los gusanos.
  —La gente dice cosas sin pensar, sin saber qué fue lo que realmente
sucedió. Tú lo has hecho Helga, en innumerables ocasiones. Dijo
Phoebe.
  —Si pero…
  —La gente dijo eso, pero ellos no te dijeron lo angustiado que estaba
Arnold cuando te encontró en ese estado. Gerald me lo contó, ese día
él estaba realmente asustado, creyó que de verdad habías muerto.
  —¿En serio? Preguntó Helga.
  —Sí, Helga, realmente estaba preocupado, más que eso, estaba
desesperado.
  —Um. - Dijo Helga y bajó la cabeza. – No sabía eso -luego levantó
la cabeza y señaló - ¡Pero de todo lo demás si tiene la culpa!
  —¡Ay Helga! de lo único que ese chico es culpable es de ser buena
persona, él es el más bueno y noble de todos.
  —Y el más tonto y metiche también pero está bien. - Dijo Helga.
- tu ganas Phoebe, no tiene sentido seguir culpándole de lo que no ha
hecho.
  —No puedes culpar a los demás de tu infelicidad. Dijo Phoebe.
  —Está bien, está bien. Admito que no he sido una persona grata en
estos días, lamento haber dicho esas cosas.
Helga volvió a bajar la cabeza.
  —Helga, Después de todo lo que ha pasado, sigues amándolo
¿Cierto?
  Helga la miró y recordó el beso que apenas hacia un rato había
sucedido y todo lo que sintió en ese momento.
 —No.
  —¿Me dices la verdad? Preguntó Phoebe.
  —Por supuesto, ya no lo amo, ya lo superé, la poetisa que amaba a
Arnold murió en el lago y fue por el bien de la humanidad.
  —¿Estás segura?
  —Sí, es lo mejor. No iba a ningún lado estando obsesionada por un
tonto cabeza de balón.
  —Pero era amor, algo obsesivo y fuera de lo normal pero era amor.

Replicó Phoebe.
  —Phoebe, me estaba condenando sin darme cuenta. - Dijo Helga
molestándose las uñas - si seguía con eso iba a camino a convertirme
en una maniática, ya lo era de hecho, me siento vacía pero es mejor
que ser una loca que posiblemente va a terminar muerta.
  —¿De dónde sacaste eso? Preguntó Phoebe asombrada.
  —De una película protagonizada por esa Amber Sherman, la actriz
a la que le envié mis “saludos” la otra vez.
  —Si la recuerdo, que sucede con esa película. Dijo Phoebe.
  —En esa película hizo el papel de una chica obsesionada y su
historia era muy parecida a la mía, me vi tan reflejada en ese papel
que al ver el final tuve miedo de terminar así, No me gustaría terminar
con un tiro en la frente.
  —Por favor, tú nunca te has dejado influenciar de ese modo. Dijo
Phoebe.
  —Después de casi morir, he reflexionado mucho sobre mi vida.
Dijo Helga.
  —Esa es solo una película y muy mala por cierto, no es un ejemplo
de vida ni nada parecido. Fueron puras coincidencias.
  —A veces la realidad supera a la ficción, tal vez no sea como en esa
película tal vez sea como en Misery. Helga hizo una sonrisa pícara.
  —Esta es tu historia Helga, tú historia y la de Arnold, no tiene
que terminar mal, no si no lo quieres, deja el odio y sigue adelante.
Aseguró Phoebe.
  —Es difícil ver hacia adelante cuando un enorme dirigible está
enfrente de tus narices tapándolo todo.
  —¿No te has preguntado por qué ese dirigible está ahí en este
preciso momento de la historia?
  —¿Uh? Murmuró Helga sin entender.
  —La razón es que tal vez él quiere estar contigo, tal vez porque
le gustas, tal vez porque quiere ser tu amigo, aun no me queda claro
pero está claro que quiere acercarse. Dijo Phoebe y Helga rememoró
todas las escenas, esa noche en el parque, en el salón de dibujo, frente
el aparador en el peor día de su vida, cargándola, obsequiándole los
bombones de fresa, a pesar de que ella se había portado como una

verdadera villana, Arnold siguió acercándose a ella.
  —¿Tú crees que…?
  —No lo sé Helga, no lo sé, pero si no te perdonas y liberas a tus
demonios, vas a terminar lastimándolo de verdad y te odiara. No me
gustaría que eso pasara. Dijo Phoebe.
Helga miró el techo.
  —Tienes razón, el cabeza de balón es un buen chico, he sido muy
mala con él. Un día voy a ser castigado por todo lo que le he hecho.
  —Tal vez. - Dijo Phoebe y se acomodó sus gafas - pero creo que
todo saldrá bien mientras lo admitas y seas totalmente sincera.
  —¿Admita que?
  —Que aún lo amas. Dijo Phoebe y volcó la caja esparciendo todos
los libros que quedaban tomando el relicario que también estaba
dentro y lo sostuvo con ambas manos llevándolo hacia ella.
  Helga clavó su mirada en la sonrisa congelada de Arnold y un
torbellino de pensamientos cruzaron por su cabeza
  —No hay nada que admitir, yo lo odio y eso no va cambiar. Dijo y
entonces su alter ego hizo su intervención.
  —Pero antes lo amabas.
  —Pero ahora lo odio.
  —Pero antes lo amabas y eso no ha cambiado, siempre lo amaras,
no importa lo que suceda, no importa quien se interponga, tú siempre
lo amaras.
  —¡Lo odio y sin embargo…! Helga tocó su relicario con la punta
de sus dedos y fue como si se hubiera roto un hechizo maligno, como
si la oscuridad que estaba sobre ella se hubiera rasgado y la luz la
remplazara iluminándola. Helga se liberó de ese odio oscuro que la
había atormentado durante meses y volvía a ser la Helga de antes, la
Helga que amaba a Arnold.
  —¡Yo lo amo! Dijo tomando su relicario con amor y suspiró.
Phoebe sonrió al fin volvió a ver ese brillo en los ojos de Helga.  
  La intervención había sido exitosa, Helga había sacado toda esa
malignidad que se había apoderado de su corazón y no le permitía
amar a Arnold. Ella guardó su relicario bajo su bata rosa y luego
cambio su expresión pero ya no era una expresión de odio, era la

expresión normal de Helga.
 —Phoebe.
  —Si Helga.
  —Esto nunca pasó ¿Entendido?
  —Entendido. - dijo Phoebe - pero… antes de cerrar el caso, que
vas a hacer con respecto a…
  —Una cosa a la vez, ya solucionaré los problemas con el mantecado.
  —Arnold. Dijo Phoebe.
  —Si ese, hay que darle un poco de tiempo, no creo que me vaya
recibir con los brazos abiertos precisamente en este momento, tal vez
hasta cambió de opinión. - Dijo Helga y fue a su mesa de noche y
sacó un cepillo - ahora solo quiero acicalarme un poco, cepíllame
el cabello. - y entonces recordó las palabras de Arnold “Te ves mejor
con tu moño rosa” - y colócame mi moño rosa, creo que ya me siento
mejor para volver a lo clásico
  —Sera un placer Helga. Dijo Phoebe satisfecha.
***
  Gerald miró al cielo este se estaba despejando gradualmente luego
de que muchos nubarrones grises lo hubieran cubierto.
  —Entonces no pasa nada entre tú y Helga.
  —No. Dijo Arnold.
  —¿Última palabra? Preguntó Gerald.
  —Última palabra.
  —Menos mal, ya me estaba preocupando. Muy bien vamos por
un helado y sigamos con nuestras vidas felizmente. Dijo Gerald. El
chico se extrañó que su amigo dejara el tema tan fácilmente. Pero
decidió dejarlo de ese tamaño.
***
  Al siguiente día en la escuela, Arnold llegó a la escuela encontrándose
con sus compañeros Gerald, Stinky, Harold y Sid y después de
saludarse se dirigieron a la entrada principal encontrándose de súbito

con Helga quien para sorpresa de Arnold llevaba su moño rosa y venia
acompañada por Phoebe, Rhonda, Nadine y Lila.
Se quedaron un momento mirándose y luego Helga reaccionó como
siempre.
  —¡A un lado Cabeza de balón! Dijo ella pero su tonó de voz era
diferente, era con odio pero era ese odio particular, ese odio tan
familiar y picante. El chico le dio paso y Helga pasó a su lado a paso
de carga. Parecía que todo volvía a la normalidad, todos lo sintieron
en ese preciso momento. Phoebe se detuvo un segundo junto a Gerald
y le murmuró.
  —Volvimos a lo clásico.
  Phoebe tenía razón.

La trampa
  Ser la chica más popular era sin duda una de las mejores posiciones
sociales que se podía tener. Pero a la vez podía ser un tanto tedioso, sobre
todo si era perseguida insistentemente por alguien tan desagradable
como Curly, miembro ilustre del grupo de los fenómenos. Rhonda
Lloyd tenía que lidiar con él todos los días, pues este la acosaba
constantemente, idolatrándola a a niveles asombrosos, cosa que no
podía ser más molesta para ella, tanto que estaba pensando seriamente
en ponerle una restricción policiaca.
  —Curly ¿Cuándo vas a entender? ¡No me gustas! ¡Eres la persona
más fastidiosa del mundo! Le dijo mientras estaba en el comedor de
la escuela.
  —Pero podría gustarte. Dijo Curly.
  —Déjame en paz fenómeno, nunca me podría gustar a alguien
como tú.
  —No me rendiré, Rhonda.
  —Ríndete Curly no tienes una sola posibilidad conmigo, por qué
yo… – ella buscó la respuesta adecuada para quitárselo de encima de
una vez por todas – tengo un novio.
  Sus palabras tomaron por sorpresa a Curly
  —¡¿Que?!
  —Lo que has oído, tengo novio. Rhonda se levantó de la mesa con
su bandeja, pero fue interceptada por un consternado Curly.
  —Mientes, mientes con tus hermosos dientes. Aseguró Curly.
  —Es así, te lo puedo asegurar.
  —¿Quién? ¡exijo saber! Demandó Curly y fue el turno de Rhonda
para ser tomada desprevenida. Ella buscó una respuesta rápida.
  —No te importa.
  —Si no dices un nombre entonces es una mentira. Declaró Curly,
entonces Rhonda busco un chivo expiatorio para apoyar su gran

mentira, miró a Harold eructando, a Wolfgang haciéndole calzón
chino a un pobre comensal y a Stinky hablando con la boca llena.  
  Ningún candidato llamó su atención hasta que sus ojos se fijaron
en el blanco perfecto, quien estaba en la barra deslizante reclamando
su almuerzo.
  —Allá esta mi muñeco adorado. Señaló Rhonda con una mirada
coqueta. Curly se volvió a mirarlo y al hacerlo sus gafas se deslizaron
por su nariz.
  —¿Arnold? ¿Estás hablando en serio?
  —Si él, Arnold mi amorcito adorado. Contestó Rhonda.
  En la barra, un escalofrió recorrió la espalda de Arnold mientras se
servía su porción de tapioca.
  —¿Qué te pasa? Le pregunto Gerald a su lado.
  —De pronto sentí un escalofrió. Dijo Arnold.
  A varios metros Curly se volvió a Rhonda.
  —¿Desde cuándo?
  —Desde el proyecto, no lo había hecho público pero ante tu molesta
insistencia no tengo otro remedio. Afirmó Rhonda.
  —No te creo. Dijo Curly negándose a creer.
  —Si quieres te lo muestro. Retó Rhonda y Curly se sobresaltó, él
no podría ver a su amada Rhonda con otro chico.
  —No tienes que comprobarme nada, tus labios son incapaces
de decir mentiras, ahora me voy. Curly se retiró del comedor muy
apesadumbrado. Rhonda sonrió satisfecha al lograr su cometido. Los
que estaban cerca y escucharon todo comenzaron a murmurar, entre
ellos Phoebe y Helga.
  —¿Sabías eso Helga? Rhonda y Arnold ¿novios? Preguntó Phoebe.
  —Ya quisiera esa pobre tonta… murmuró Helga molesta.
  —¿Vas a hacer algo al respecto?
  —No, alguien ya se apersono del asunto. Por primera vez solo
tengo que sentarme y disfrutar. Añadió Helga y ella tenía razón. Curly
ya estaba tomando cartas en el asunto y lo hizo al encerrarse en el
salón de clase.
  —Con que novios ¿eh? con que se quieren mucho, pues déjame
decirte amigo mío que te has hecho de un poderoso enemigo. Así que

disfruta mientras puedas, porque desde hoy sin que lo sepas, la daga
de Damocles penderá sobre tu cabeza de balón y cuando menos te lo
esperes ¡ZAZ! – Curly clavó un lápiz en un borrador que estaba sobre
el escritorio del señor Simmons, con tal violencia que lo traspasó de
lado a lado. – ¡Plañirás ese día Arnold! ¡PLAÑIRÁS!
Curly rompió a reír como un demente, mientras su sombra se hacía
horriblemente gigantesca en el fondo del salón.
***
  Rhonda no vio ningún inconveniente en mantener su mentira, los
rumores corrieron pero nunca fueron confirmados o desmentidos. Sin
embargo no esperaba que Curly llevara a cabo una terrible venganza
la cual puso en marcha un día antes de empezar las clases.
  —Es momento de mi terrible venganza. Murmuró Curly y salió de
su escondite cargando un spray, saliendo al encuentro de Arnold por
el corredor donde estaban los casilleros del quinto grado. Al pasar por
su lado fingió tropezar y cayó de bruces al suelo, sus gafas rodaron
por el suelo.
  —¡Oh rayos! Se quejó Curly.
  —Curly ¿estás bien? Le preguntó Arnold recogiendo sus gafas y se
las devolvió. Curly las sostuvo con una mano.
  —¡Oh! gracias ¿Podrías sostener esto? Le pidió y extendió su mano
con el spray.
  —Claro. Dijo Arnold y tomó la lata, Curly con ambas manos libres
se puso sus gafas.
  —¡Gracias! Dijo él con sonrisa fingida y luego se alejó a paso largo.
  — Espera olvidaste tu aerosol. Le avisó Arnold corriendo tras de él,
pero se topó con Wolfgang y su banda parados en medio del corredor. 
El gigante miraba algo con detenimiento, ladeando su cabeza como
si no entendiera lo que estaba viendo. Arnold se giró a ver que tanto
veía y entonces supo de qué se trataba. Era el primer plano del casillero
de Wolfgang con una enorme caricatura de él y un letrero que decía
“¡Wolfgang apesta!” la pintura provenía del tarro que sostenía en las
manos. Al ver esto supo que estaba en serios problemas.

  —No es mío. Trató de explicar Arnold.
  —¿Ah no? El spray dice otra cosa. Dijo Wolfgang alistando sus
puños y comenzó avanzar junto con su tropa asediando a Arnold
como una jauría de lobos.
  —¡Déjame explicarte! dijo Arnold pero sabía que era inútil, no
tenía escape.
  — ¡PARTAN AL BALÓN EN DOS! Gritó Wolfgang.
  —¡¡Sii!! Exclamó la banda del quinto grado y se le fueron encima,
todos a la vez.
***
  En el salón Gerald miró su reloj. Arnold estaba retrasado y eso era
poco inusual. Curly entró en el salón con una flamante sonrisa en la
cara.
  —Oye Curly ¿Has visto a Arnold? Le preguntó
  —No ¿Por qué? Contestó Curly tratando de parecer casual.
  —No ha llegado y él es muy puntual como un londinense, se me
hace muy extraño. Dijo Gerald
  —Tal vez tuvo un imprevisto. Opinó Curly y miró hacia atrás del
salón fijándose en Helga, ella le estaba viendo y entrecerró los ojos.
Curly se acomodó las gafas y fue a su puesto.
***
  En la clase de la señorita Darwin. Sheena y Nadine fueron al salón
a recoger las cosas de artes. Pues la maestra había decidido hacer la
clase al aire libre.
  —Es cierto los rumores que dicen por ahí, Nadine. ¿Rhonda y
Arnold son novios?
  —Es falso, Rhonda lo dijo para que Curly no la molestara más.
Dijo Nadine.—No harían mala pareja. Comentó Sheena.
  —¿Tú crees? Preguntó Nadine.
  —Si, aunque Rhonda se ve muy alta a su lado – dijo Sheena y
continuó -Llevemos esto afuera.

Ambas tomaron las cosas cuando algo cayó del techo entre las
pinturas, Sheena y Nadine alzaron la mirada hacia arriba al mismo
tiempo y se encontraron con una escena dantesca. Arnold estaba
pegado al techo totalmente cubierto con cinta industrial gris,
parecía una mariposa atrapada en una telaraña. Las niñas gritaron
horrorizadas ante este hallazgo.
***
  Helga fue enviada por la maestra Darwin para averiguar por qué
tardaban tanto Sheena y Nadine, se encontró con ellas y al conserje en
el salón de arte tratando de bajar al pobre Arnold que estaba pegado
al techo.
  —Hablando de momias egipcias esto sí que es un hallazgo, hubiera
traído la cámara. Dijo Helga al encontrar esa escena.
  —Con cuidado. Dijo Sheena
  —Le pusieron mucha cinta, voy a tener que llamar a los bomberos.
Dijo el hombre cortando las tiras, las demás cedieron por el peso y
Arnold quedó de cabeza.
  —Ahora si lo he visto todo. Comentó Helga divertida.
  —Solo un poco más. Dijo el hombre y cortó las últimas tiras que
lo mantenían atado al techo, Arnold cayó al suelo estrepitosamente.
  —¡Oiga con cuidado! Le reclamó Nadine.
  —Entre más rápido lo hagamos menos va a doler. Dijo el hombre y
procedió a quitarle el resto de cinta, con tan poca delicadeza que casi
pasaba por depilación con cera.
  —¡Esto es un crimen! Dijo Sheena.
  —Ya casi terminamos. Dijo el conserje y le quitó la mordaza gris
que tenía en la boca y casi le arranca los labios. El chico se lamentó.
  —Lo siento. Se disculpó el conserje e iba a quitarle la cinta de los
ojos pero Arnold se negó.
  —No, está bien así.
  —¿Está seguro?
  —Sí, no hay problema. Dijo Arnold y el conserje tomó los retazos
de la cinta y se fue.

  —¿Estás bien? Preguntó Sheena preocupada.
  —No, no estoy bien. dijo Arnold tanto lastimado como enfadado y
trató de quitarse la cinta que le cubría los ojos por sus propios medios.
  —¡No! espera, te vas a quedar sin pestañas. Le dijo Sheena.
  —Quiero quitarme esto. Alegó.
  —Voy a ir a decirle a la señorita Darwin. Dijo Sheena y salió a
buscarla. Helga se acercó luego de que ella pasara por su lado.
  —¿Qué hacías colgado en el techo?
  —No estaba divirtiéndome te lo aseguro, me tendieron una trampa,
me metieron en un lio con los de quinto. Wolfgang junto con sus
amigos me dieron una paliza y luego me colgaron del techo. Explicó
  —Pobrecito – se compadeció Helga acercándose hacia el acuario
que estaba en el salón –…el pececito.
  —Helga no molestes no ves como esta. Le reclamó Nadine.
  —Me ayudan a quitarme esto, no puedo ver. Pidió Arnold.
  —¿No puedes ver? Preguntó Helga
  —No. Respondió y Helga comenzó a hacerle muecas de todos los
estilos aprovechando su ceguera.
  —¡Deja de hacerme muecas Helga! Advirtió Arnold adivinando
de ante mano lo que hacía. Helga dejo de hacerlo y manoteo como lo
haría Curly el de los tres chiflados.
  —¿Quién te tendió la trampa? Preguntó Nadine.
  —Algo me dice que Curly tiene que ver con esto. Respondió
Arnold.
  —Ese loco no te tendería una trampa de ese estilo sin una buena
razón – dijo Helga cruzándose de brazos - y la tiene. El muy idiota
cree que le quitaste a su chica.
 —¿Como?
  —Rhonda le dijo que tú y ella eran novios. Resumió Nadine
  —¿Novios? Siguió cuestionando Arnold.
  —Si, ¿cómo la vez melenudo? Preguntó Helga.
  —¿Por qué Rhonda dijo una mentira tan grande?
  —Quería que Curly la dejara en paz. Argumentó Nadine.
  —No me cabe en la cabeza semejante mentira. Dijo Arnold.
  —Y eso que es bien grande. Añadio Helga.

  —Hay otras formas de hacer eso, no había necesidad de mentir.
Dijo Arnold ignorando el comentario de Helga y dio un paso adelante
cuando tropezó con una cinta pegada a sus zapatos. Nadine lo ayudo
a levantarse.
  —Solo le falta las risas de público a esta comedia. Comentó Helga
y entonces Rhonda hizo su aparición.
  —Oh Arnold supe lo que paso. Dijo ella con preocupación.
  —Rhonda ¿por qué le dijiste esa mentira? Le reclamó.
  —Quería que me dejara en paz.
  —Esa no es la forma, lo mejor que podías hacer era hablar con él
sinceramente y aclarar las cosas, lo único que conseguiste al decir
esas mentiras es complicar todo. Aconsejo Arnold acercándose hasta
donde creía que estaba Rhonda.
  —Dudo mucho que esa lámpara atienda tu consejo, Cabeza de
balón. Dijo Helga, Arnold le estaba hablando a una lámpara que
estaba en el salón a unos metros de Rhonda.
  —Tienes razón, lamento mucho lo sucedido no quise involucrarte de
esa manera. Se disculpó Rhonda, ella sabía cuándo debía disculparse.
  —Está bien pero no lo vuelvas a hacer. Dijo Arnold impaciente con
la cinta que cubría sus ojos.
  —Llevémoslo a la enfermería. Propuso Nadine ante la demora de
maestra.
  —Yo los sigo. Dijo Helga divertida con el asunto.
  Las chicas escoltaron a Arnold fuera del salón hasta la enfermería,
pero la enfermera no estaba en ese momento. Nadine resolvio ir a
buscarla mientras Arnold la esperaba sentado afuera del consultorio.
Justo en ese instante Wolfgang, Curly y un grupo de estudiantes
cruzaron al mismo tiempo en direcciones opuestas y Curly entró
en acción haciendo tropezar al grandulón con tal disimulo que cayó
en plancha sobre el suelo justo frente a Arnold. Las risas invadieron
el lugar. Wolfgang se levantó respirando como trol embravecido
y lo primero que dedujo es que el cabeza de balón le había hecho
zancadilla.
  —Ah con que quedaste con ganas de más. Dijo
  —¿Que? Preguntó Arnold confundido.

  —¡No te hagas el ciego que sabes perfectamente de que te estoy
hablando! Bramó Wolfgang y le sujetó por el cuello.
  —¡Espera Wolfgang yo no he hecho nada! Trató de defenderse, sin
entender que estaba pasando.
  —¡Nada! ahora mismo te voy atender como es debido. El grandulón
iba a golpearle cuando Rhonda interfirió.
  —¡No te metas con él! ¡grandulón abusivo! Lo defendió.
  —¡Tú no te metas! Exclamó Wolfgang y la empujo. Rhonda fue
a dar al suelo y esto fue visto por Curly quien ya no le pareció tan
gracioso lo que estaba pasando, salió velozmente a defender a Rhonda
y le lanzó un tarro completo de pegante que encontró a la mano
directo a la cabeza. Wolfgang sintió su cabello mojado y pegajoso y
se volvió a quien había hecho semejante cosa.
  —Nadie se mete con Rhonda mi amada y vive para contarlo.
Advirtió Curly valientemente.
  —¿Ah sí?… ¿Y puedes imaginarte que le pasa al que se mete
conmigo? Preguntó Wolfgang y sin esperar respuesta se lanzó sobre
Curly para darle la paliza de su vida. Los chicos presentes en el pasillo
retiraron la vista horrorizados.
  —¿Qué sucede? Quiso saber Arnold confundido sin saber que
estaba pasando, solo escuchaba el escándalo.
  —Ojos que no ven corazón que no siente, Zeppelin - Dijo Helga y
sacudió su mano – ¡Auch! Eso debe doler.
***
  Luego del escarmiento, Curly fue pegado a la pared con cinta gris
quedando como una momia.
  —Curly déjame decirte que eso es lo más valiente que has hecho
por mí. Le dijo Rhonda conmovida.
  —Fue un placer defenderte querida Rhonda.
  —Lamento mucho haber mentido, espero que puedan perdonarme.
Siguió Rhonda.
  —No hay problema. Dijo Arnold libre de la cinta adhesiva que
cubría sus ojos. Helga personalmente se la había quitado luego de

hartarse de verlo así, quitándosela con una maestría de cirujano.
  —Sin resentimientos, Arnold. Dijo Curly.
  —Sin resentimiento. Contestó él.
  —Te invitaré un helado para compensarte por tantos problemas. Lo
invitó Rhonda.
  —¡Vale! Aceptó Arnold y ambos se fueron dejando a Curly pegado.
  —¡Oigan! no me dejen aquí. Suplicó él pero no fue escuchado.  
  Ambos se fueron y lo dejaron ahí pegado a su suerte. Una rueda vacía
de cinta gris rodo prisionera del viento por la acera y fue golpeada por
una enorme cola escamosa, la cual se alejó por las sombras de una
pared. El dueño de la cola miraba expectante su presa, una paloma y
como la más cruel de las criaturas avanzó hacia el ave para devorarla
sin consideración. Cuando una figura humana tropezó con él y cayó.
Ella se levantó entre maldiciones encontrándose con sus ojos de reptil
desalmado.
  —¡Ah eres tú! Volviste a aparecer estás más grande que la última
vez que te vi - El lagarto monitor siseó alegremente avanzando
amistosamente hacia su dueña y ella lo cargo con dificultad - ¡Estás
muy pesado, viejo! Bueno ya que decidiste aparecer nuevamente
puedes hacerme un favor, hay una niña que me cae mal y tiene una
nueva mascota, un canario y quiero que te lo comas.
Helga se alejó cargando a su lagarto monitor hacia su casa.

La extraña desaparición de Arnold
  Helga llevó al lagarto monitor a su casa y le buscó el mejor nombre
que se pudo ocurrir, lo llamó “Arnold” cariñosamente por petición
propia de lagarto que le encanto nada más al oírlo. Helga y su lagarto
fueron muy felices.
  Pero unos días después tuvo serios problemas para mantenerlo en
casa. La bestia como la llamaba Bob hizo muchas maldades, entre
ellas tirar todos los trofeos de Olga y romper algunos. Pronto los
Pataki quisieron fuera a esa alimaña de su casa, Helga no tuvo de otra
que buscarle un nuevo hogar.
  —Me alegré de verlo al principio pero se ha puesto muy pesado
– le contó a su amiga Phoebe mientras compraban revistas en el
supermercado. – Bob juro que si para mañana no se iba, lo iba a
disecar.
  —¿Y que vas a hacer Helga? Preguntó Phoebe
  —Estoy encariñada con él pero no tengo otra alternativa – Helga
suspiró aburrida – voy a tener que mandarlo a la granja.
  —¿Cuál granja?
  —A la que van todos los animales que sobran. Dijo mientras leía el
último número de su revista favorita.
  —Helga, eso es muy cruel. Opinó Phoebe.
  —No tengo alternativa, tengo que deshacerme de Arnold. El
mundo será más feliz sin él. Decidió Helga y dejó la revista en el
estante saliendo del establecimiento en compañía de su amiga. Sin
darse cuenta que su conversación había sido escuchada por Sid, el
chico de gorra verde y botas de escarabajo quien miró con suspicacia
a Helga.
***

  Sid era el niño más paranoico y crédulo de la ciudad, una vez creyó
que había matado al director Warts con una brujería hecha con una
barra de jabón y también había creído que Stinky era un vampiro.
Incluso llego a creer que Arnold era un extraterrestre, argumentándose
en el hecho de que no tenía padres y la particular forma de su cabeza. 
  Toda una investigación se entretejió alrededor de Arnold que incluyo
a los hombres de negro, pero obviamente el teatrillo se vino abajo y
Sid quedó en ridículo esta vez frente a la nación y eso que Arnold le
siguió la corriente admitiéndolo “soy Arnold y soy de Vulcano, vengo
en son de paz” haciendo el saludo vulcano con su mano.
  Sid se disculpó y juró que la próxima vez investigaría más antes
de afirmar cualquier cosa pero no fue sino hasta ese momento en el
supermercado cuando una nueva película se formó en su cabeza.
Sid creyó firmemente que Helga quería eliminar a su amigo, así que
lo primero que hizo fue advertirle a Arnold, llamándolo esa misma
noche por teléfono.
  —Arnold escucha es importante. Habló en voz baja temiendo que
lo escucharan.
  —¿Sid? ¿Eres tú? Preguntó Arnold mirando a su vez la bocina.
  —Si soy yo, escucha amigo. Helga trama algo contra ti.
Al escuchar esto Arnold entornó los ojos sin extrañarse de nada.
  —¿Que?
  —Helga planea realmente algo malvado.
  —No me digas. Planea usar mi cabeza de tiro al blanco de nuevo
con la cerbatana.
  —No, algo realmente malvado. Creo que esta vez va en serio, ella
quiere eliminarte.
Arnold abrió los ojos de par en par por un momento.
  —Sid creo que estas exagerando, Helga me odia pero no como
para quererme muerto.
  —Yo escuche muy bien cuando dijo que iba a eliminarte.
  —Helga no va a eliminarme, no creo que llegue a esos extremos.
– Arnold estaba cansado y quería irse a dormir – buenas noches Sid.
  —Espera Arnold. Rogó Sid mas no pudo evitar que colgaran el

teléfono - Me creerás cuando estés muerto.
  Arnold se metió en su cama y apagó las luces con su control remoto
cerrando los ojos, pero por alguna razón las palabras de Sid dieron
vueltas en su cabeza, se dio la vuelta en la cama y abrió uno de
sus ojos. Tuvo la sensación de que Helga estaba afuera observándole
con mirada asesina. Arnold algo nervioso se cubrió con la manta y
finalmente se durmió.
***
  Al día siguiente Sid llegó a su casillero y sacó sus libros fijándose
en Helga a la distancia, estaba muy feliz lo cual no era habitual,
decidió seguirla y averiguar que tramaba.
  —Está hecho, ya me deshice de él. Le anunció a Phoebe.
  —¿En serio? Preguntó ella.
  —Sí, ahora esta donde debe estar, en el jardín. Al escuchar esto
Sid supuso de inmediato que había pasado. Helga cometió el crimen
como lo prometió y luego de perpetrarlo lo enterró en un jardín.
  —Debo decírselo a alguien – dijo alarmado – ya se… voy a
decírselo a Arnold… no, él es el muerto, entonces debo decírselo a la
policía pero primero necesito pruebas y ayuda.
Sid corrió por el corredor en busca de la única persona que podía
ayudarle aparte de Arnold.
  Gerald estaba por entrar al salón cuando alguien lo jaloneo hacia
una esquina del corredor.
  —¡Gerald! Helga asesinó Arnold. Anunció Sid sin la menor
delicadeza.
  —¿Al fin? Fue lo primero que se le ocurrió preguntar.
  —Es en serio Gerald, Helga eliminó a nuestro amigo.
  —Bueno yo sabía que lo odiaba pero no como para asesinarlo.
Concluyó Gerald sin alarmarse en absoluto.
  —Lo hizo, créeme, escuché claramente cuando se lo decía a
Phoebe. Dijo Sid muy seguro de lo que decía.
  —Tranquilízate, seguramente escuchaste mal. Arnold está bien.
Apuesto que está en el salón esperándonos – Gerald evadió al nervioso

Sid y entró al salón encontrando a todos presentes menos a su amigo
– bueno llegara en cualquier momento.
  —No va a llegar, no puede hacerlo. Ahora esta con Dios. Dijo Sid en
voz baja. Las clases comenzaron y cuando el maestro Simmons paso
lista, Arnold estaba ausente. Gerald estaba extrañado estaba seguro de
que vendría, justo habían hablado esa mañana. Volvió la vista hacia
atrás y vio a Helga con una gran sonrisa. Gerald sacudió la cabeza
negándose a creer en los disparates de Sid. Sabía muy bien que era
común que el universo conspirara para alimentar la imaginación del
Sid. En el descanso fue directamente a llamar a Sunset Arm.
  —Salió como todas las mañanas. Fue la respuesta del abuelo quien
contestó al teléfono, como si fuera lo más natural del mundo. Al colgar
el desconcierto de Gerald aumentó.
  —Bueno, esto es muy extraño Arnold desaparece misteriosamente
y Sid afirma que está muerto. Gerald buscó a su amigo en todos lados
y no lo encontró.
  —Te digo solo una persona sabe dónde está y esa es Helga. Afirmó
Sid uniéndose a su búsqueda desesperada.
  —Si eso es cierto vamos a hablar con ella. Propuso finalmente
Gerald. Ambos se dirigieron a buscar a Helga. La encontraron
hablando airadamente por el móvil junto a los columpios.
  —No es mi problema, no lo quiero de regreso, bótenlo hagan un
bolso con él, que se yo.
Al escuchar la conversación Gerald quedó desconcertado.
  —¿Un bolso? A que se refiere Helga. Esas palabras no tuvieron
sentido para él. Helga colgó cuando Sid salió a plantarle cara.
  —¿Qué?- Preguntó Helga al ver la miraban tan fijamente – ¿se te
perdió otra igualita?
  —¿Qué hiciste con él? Preguntó Sid acusadoramente.
  —¿Con quién? Preguntó Helga.
  —¿Con Arnold?
  —¿Con el cabeza de balón?
  —El mismo.
  —Nada ¿Por qué?
  —Mientes y te aseguro que llegare al fondo de esto, Helga. Advirtió

Sid y se fue dejándola desconcertada.
  —¿Y a este idiota que bicho le pico? Se preguntó ella con las
palmas de sus manos arriba.
  Helga cada vez era más sospechosa, más pistas la unían con la
desaparición de Arnold, llamadas misteriosas que hablaban de él
y de un dinero. Sid cada vez estaba más convencido de que ella se
había cargado a su amigo. Decidieron seguirla de cerca como una
sombra, en busca de algo que la involucrara en el crimen y averiguar
el paradero de su amigo. Helga estaba en el muelle comiéndose un
helado cuando recibió una llamada.
  —Ok estaré ahí en una hora, recuerda nadie debe saber lo
que tenemos entre manos. Dijo y luego puso una de esas miradas
sospechosas como si ocultara algo.
  —Lo ves Helga es culpable, seguro que ahora planea ir a celebrarlo.
  —No sé, Sid. Hay cosas que no encajan. Dijo Gerald.
  —Acéptalo amigo, Helga mató a Arnold y piensa salirse con la
suya, depende de nosotros que ese crimen no quede impune – Sid
cerró su puño como un héroe – nuestro amigo no lo agradecerá
inmensamente en el cielo.
***
  Helga se encontró con su contacto en un callejón y luego de una
corta conversación se despidieron, ella salió esta vez cargando con
un carrito. Al doblar la esquina se topó con Gerald.
  —¿Qué pasa viejo? Saludó Helga alzando su mano. Gerald cerró
los ojos y suspiró pesadamente.
  —Bien Helga voy andar sin rodeos ¿Has hecho algo malo en contra
de Arnold el día de hoy?
  —No, ni siquiera he visto a ese estúpido cabeza de balón. Y ¿A qué
viene esa pregunta tan extraña?
  —Arnold desapareció misteriosamente esta mañana y Sid asegura
que tú lo borraste del mapa.

  —¿Que?
  —Sí, que lo borraste del mapa, que lo sacaste del menú. Dijo
Gerald muy seriamente. Helga se recuperó pronto de la sorpresa que
le provocaron las palabras de Gerald y luego muy tranquilamente le
explicó.
  —Mi estimado Gerald, es bien sabido mi odio por Arnold, pero
yo nunca llegaría al extremo de eliminarlo. Al menos que me dé un
buen motivo y no me lo ha dado, así que te aseguro que yo no tengo
nada que ver con su desaparición, sino lo has visto hoy seguramente
el muy torpe se perdió en uno de sus universos paralelos y cuando se
dio cuenta estaba lejos del vecindario. Tú sabes muy bien lo distraído
y cabeza hueca que es Arnold.
  —Tus palabras tiene sentido Helga pero hay cosas que no cuadran.
Dijo Gerald.
  —Pregunta y yo te contesto.
  —No mataste a Arnold.
  —Si me vuelves a preguntar lo mismo, ahora mismo voy a buscarlo
y te traeré envuelto en papel de regalo y moño incluido. Juró Helga
impaciente.
  —Entonces… Gerald iba a continuar con su interrogatorio. Cuando
Sid llegó acompañado de la policía.
  —Es ella, atrápenla. Señaló a Helga, quien retrocedió espantada
por la acusación. Los dos policías que llegaron no hicieron nada de
eso.
  —Señorita, este niño la sindicaliza de un crimen.
  —No he cometido ningún crimen. Se defendió Helga.
  —Claro que sí, yo te escuché cuando lo planeaste y cuando lo
ejecutaste apuesto que llevas al pobre Arnold en esa carretilla.
  —¡Bastardo! Le maldijo Helga.
  —Pero ¿No se supone que lo había enterrado en un jardín? Preguntó
Gerald.
  —Pues… - Sid se quedó sin argumento – pues no sé pero que lo
mató, lo mató.
  Los policías decidieron investigar un poco para resolver el misterio.
  —Señorita, permítanos ver lo que lleva atrás.

  —¡No! - Se negó Helga y esto la hizo sospechosa – es decir no es
necesario no llevo nada importante.
  Ante esta respuesta los policías se tomaron el asunto en serio,
uno de ellos fue hacia la carretilla y el otro flanqueo a Helga, ella se
mordió las uñas pues no quería que vieran el contenido de la carreta.
El policía quitó la manta que cubría el carrito. El hallazgo dejó de una
pieza a todos los presentes.
  —Oh por dios… una cabeza. Dijo Sid horrorizado.
  Los policías se llevaron una gran sorpresa mientras Sid se llevaba
las manos a su cabeza perturbado ante el hallazgo.
  —¡Oh dios santo! Lo hizo pedacitos.
  —¡Qué demonios significa esto! Exclamó un policía sin comprender.
  —¡Asesina! – acusó Sid a Helga deliberadamente. - ¡Asesina cruel
y despiadada!
  —¡Yo no mate a nadie! Se defendió Helga nerviosa.
  —No lo niegues esta es la prueba irrefutable de que mataste a
nuestro amigo.
  —¿A quién mataron? Preguntó alguien a las espaldas de Gerald y
Sid respondió por él.
  —A Arnold y tan buena persona que era.
  —¿A mí? Preguntó la voz confundida y entonces fue cuando todos
cayeron en cuenta, Gerald en primer lugar. Arnold estaba justo detrás
de él.
  —Arnold viejo estas aquí. Dijo él aliviado y Helga suspiró aliviada.
  —Ah que bien, Arnold puedes decirle a estos idiotas que no estás
muerto.
  —¿Yo?... No, yo estoy bien. Contestó Arnold.
  —¿Dónde estabas? Preguntó Gerald
  —Wolfgang me encerró en el baño y no pude salir hasta que el
director Wartz me sacó, grite durante horas pero nadie me escuchó.
Explicó Arnold
  —¡Ah Claro! Eso explica muchas cosas. Dijo Gerald.
  —Que gracioso y yo creí que Helga te había eliminado, la escuche
decir en supermercado “voy a eliminar a Arnold, el mundo será más
feliz sin él”

  —No hablaba del cabeza de balón, hablaba de mi lagarto monitor,
el cual pensaba mandar a la granja pero luego lo envié a un centro
especial llamado “el jardín” el cual quiso devolvérmelo porque se
comió a todas las aves del lugar.
  —Un momento… - interrumpió Arnold – le pusiste mi nombre a
la bestia que se comió a mi loro.
  —Tiene la misma manía de meter el pico donde no lo llaman.
Contestó Helga.
  —Que honor me haces. Repuso Arnold no muy feliz con el
homenaje. Los policías interrumpieron.
  —Entonces no cometiste ningún crimen.
  —No claro que no – respondió Helga molesta - voy a cometer uno.
Dicho esto se lanzó sobre Sid a acabarlo pero Gerald se lo impidió.
  —Hay algo que no me queda claro – dijo Gerald mientras Sid se
escondía tras él – ¿Que hacías con una estatua de Arnold en pedazos?
Señaló la carreta, donde una estatua de alabastro estaba en pedazos y
que por un momento por efectos traicioneros de la luz habían creído
que se trataba de Arnold. Helga se puso nerviosa.
  —Esto yo… yo bueno yo – busco rápidamente una respuesta –
Elsa me lo dio por que fundiendo esto puedo hacer mi proyecto de
ciencias, un volcán ¿alguna pregunta más?
  —No pues ya toda está claro. Dijo Sid
  —Entonces me largo si tienen alguna duda hablen con mi abogado
– Helga tomó el mango de la carretilla – ¡ahora quítense!
  Su gritó los apartó a un lado.
  —Sid ¿Puedo concluir que toda esta película del homicidio es obra
tuya? Preguntó Arnold con los brazos en jarras.
  —Si, mea culpa. Dijo él encogiéndose de hombros.
  —Eres increíble. Dijo Arnold.
  —Pues creer que casi me como el cuento. Dijo Gerald y entonces
uno de los policías bastante de mal humor intervino.
  —Jovencito otra broma de estas y te encerraremos en una
correccional. Advirtió.
  —Sí señor. Prometió Sid pero eso difícilmente sucedería.

Sunset Arm, habitacion #13
  Aquel día al atardecer, los chicos del vecindario estaban sentados
en las escalinatas de Sunset arm, algo aburridos. Era domingo y no
tenían nada que hacer, no tenían un plan o dinero y sin estos el tiempo
se hacía extremadamente lento.
  —Y si lanzamos piedras en el rio. Propuso Sid.
  —Ya jugamos eso esta mañana. Respondió Harold con ambas manos bajo la quijada suspirando con tedio.
  —Pensemos en algo y rápido antes de que muramos de aburrimiento. Dijo Gerald en un estado casi vegetativo.
  —Podemos ir al parque. Sugirió Arnold pero a nadie le entusiasmo
la idea. El abuelo de Arnold se asomó por la puerta viendo a los niños.
  —Vaya… no había visto tantas caras largas desde la ultimas vez
que estuve en una carrera de caballos. Comentó
  —No tenemos que hacer. Dijo su nieto
  —Sí, estamos aburridos, aburridos… aburridos. Añadió Harold
bostezando como una morsa.
  —Muy aburridos. Resumió Stinky. La única dama presente no dijo
nada, luchaba por mantenerse despierta.
  —Ya encontraran que hacer, se deja de hacer cosas una vez ya se
está muerto. Dijo el abuelo Phil entrando a la casa al mismo tiempo
que Curly llegaba pavoneándose con orgullo.
  —Oye guardián de las leyendas - se dirigió Curly a Gerald - ¿tienes
alguna leyenda urbana que contarnos?
  Gerald lo pensó un instante
  —No en este momento, creo que se me está acabando el material.
Contestó Gerald.
  —Que mal porque entonces eso significa que tú puesto como guardián de las leyendas urbanas corre peligro mi muy estimado Gerald
- advirtió Curly disfrutando el momento - porque yo Curly tengo una

historia.
  —¿En serio? Preguntó Arnold.
  —Así es. Aseguro el chico.
  —¡Cuéntala! Suplico el grupo saliendo de su letargo
  —No, a mí me da miedo. Se negó Harold.
  —Ay Harold no seas cobarde. Le dijo Sid
  —Anda Curly cuenta tu historia. Pidió Stinky
  —Ja ¿quién tiene el poder ahora? Yo Curly lo tengo - se jactó el
chico triunfante con los brazos en jarras dándose cuenta después que
el grupo se dispersaba - esperen, esperen ya les voy a contar.
  Los niños volvieron a su puesto rodeándolo.
  —De acuerdo pero sin payasadas. Advirtió Helga sentándose de
nuevo en su lugar en el primer escalón, todos hicieron lo mismo, ocupando sus lugares.
  —Muy bien - Curly se paró arriba de las escalinatas de Sunset Arm
y se aclaró la garganta - lo que les voy a contar no los dejara dormir
esta noche. Hace 100 años existió un hombre que vivió en este vecindario, su nombre era Ernest Gammelthorpe, él era anticuario y
le gustaba coleccionar cosas, en esa época estaba enamorado de una
bella doncella, la cual idolatro con locura por muchos años.
  —Me aburro. Rompió a decir Helga aburrida.
  —Aun no termino. La mujer rechazo su amor y se casó con otro,
dejando a Ernest destrozado. El hombre murió de tristeza en una desolada habitación.
  —Eso no asusta… abucheo Harold.
  —Y eso que misterio tiene. Siguió Helga
  —Cualquiera diría - continuo Curly sin prestar atención a sus molestos compañeros - que murió de amor pero no fue así, extrañas fueron las circunstancias de su muerte que se dieron en el cuarto #13,
la habitación maldita, muchos dicen que se suicidó tirándose por la
ventana pero otros dicen que los espíritus que habitan en el cuarto
maldito lo llevaron a la locura y la muerte.
  —¿El cuarto maldito? Preguntó Sid
  —El cuarto #13, el cuarto que te lleva a la locura, es el lugar más
horrible del planeta que se aprovecha de tus deseos más oscuros, ha-

ciéndolos realidad a cambio de tu alma.
  —¿Y dónde está ese cuarto maldito? Preguntó Gerald.
  —Justo aquí dama y caballeros - presentó Curly con la mano extendida al edificio que se extendía a sus espaldas - el cuarto #13 el lugar donde hay gritos y cosas extrañas suceden, en ese lugar el alma de
Ernest y de muchos más se perdieron, y hoy en día sigue la habitación
sigue esperando a más víctimas, ansioso e insaciable… Fin.
Curly se ganó un aplauso general al concluir su historia.
  —Wow que historia - comentó Stinky - tengo que decir que si da
miedo… parece que tu puesto como guardián de las leyendas urbanas
corre peligro, Gerald.
  —Eso lo veremos. Añadió el chico torciendo la boca.
  —Una historia genial Curly, pero todos sabemos quién es el guardián de las leyendas. Dijo Sid.
  —Hay una diferencia, mi historia es verídica. Dijo Curly y compuso una sonrisa realmente macabra.
  —No lo creo - interrumpió Arnold - yo vivo aquí y jamás en mi
vida he escuchado algo sobre ese cuarto.
  —¿Por qué no le preguntas a tu abuelo, Arnold? Si alguien conoce
ese cuarto ese es el casero. Reto Curly sin dejar su sonrisa malévola.
Arnold se quedó pensando en sus palabras.
  —Ahora que lo pienso nunca lo he visto y nunca ha sido mencionado por el abuelo. Dijo Arnold.
  —¿No será que el cuarto esta maldito porque es la habitación de
Jack el cuatro ojos? Interrogo Sid
  —No él vivía en el sótano… creo. Respondió Arnold distraídamente pensando seriamente en el asunto, era extraño y le emocionaba
la idea de que un cuarto así existiera en su propia casa.
  —Solo es un estúpido cuarto - desacredito Helga - no lo rentan
porque no está habitable y ustedes ya le están montando una película
por lo que dijo este baboso.
  —Voy a hacerte caso Curly - Dijo Arnold - voy a preguntarle al
abuelo.
  El chico entro a la casa seguido por sus amigos, Helga se quedó en
la entrada vacilando en entrar pero al final se decidió. Arnold encon-

tró a su abuelo en el comedor limpiando los muebles.
  —Abuelo ¿Existe una habitación #13? Interrogo Arnold. El anciano pareció sorprenderse con la pregunta del pequeño buscando una
respuesta adecuada.
  —No existe una habitación #13 enano.
 —¿No?
  —Anteriormente si existía pero era una habitación a la que a los
huéspedes no les gustaba quedarse así que la clausuraron. La habitación quedo perdida en el tiempo, así que olvídala y si alguna vez la
encuentras nunca entres bajo ninguna circunstancia ¿entendido Arnold? Ordenó su abuelo abandonando el comedor rápidamente. Lo
dicho por el abuelo que rara vez le prohibía algo, despertó desmesuradamente la curiosidad de Arnold
  ¿Qué había en la habitación #13 para que fuera clausurado? ¿Los
fantasmas que menciono Curly?
  —Me da curiosidad ¿Por qué no vamos a investigar? busquemos la
habitación #13 Propuso Arnold animado.
  —¡Eso, asustémonos! ¡Como amo ese juego! como no tenemos
nada que hacer vayamos al cuarto maldito a divertirnos. Se quejó Harold no muy entusiasmado con el plan.
  —Harold, es una buena idea. Dijo Arnold.
  —Arnold - atajó Gerald - ¿no acabas de escuchar a tu abuelo que
no entraras a ese cuarto bajo ninguna circunstancia?
  —Si lo escuche, pero creo que lo dijo para animarnos a entrar. Dijo
Arnold volviéndose a su mejor amigo.
  —Oye Arnold ¿es que a ti no te asusta nada? Preguntó Harold.
  —Claro que si - respondió Stinky por él - empieza con H.
  Todos rieron y Arnold no le cayó en gracia el comentario.
  —¿Que dicen? Se sumó a la conversación Helga.
  —Nada, hablábamos de los monstruos a los que Arnold les tiene
miedo.
  —Yo no tengo miedo de ningún monstruo - Protestó él - vamos a
investigar el cuarto #13
  —Si vamos a ver que hay en ese lugar. Se animó Sid
  —Yo no voy a ese lugar. Se negó Harold

  —Vamos Harold estas en mi casa e iremos todos juntos. Lo tranquilizo Arnold.
  —Eso es lo que siempre dices y luego las cosas se ponen extrañas,
yo no quiero quedar atrapado en ese cuarto. Dijo Harold.
  —¡Eres una gallina! Se burló Sid.
  —No soy gallina, solo que no se me antoja ir. Argumentó Harold.
  —Muévete bola de manteca, no seas tan gallina - lo azuzó Helga
empujándolo - señores… más acción y menos palabras.
  —Apuesto que eres la primera en llorar, cuando pase algo feo en
ese cuarto. Aseguro Harold.
  —¿Qué puede haber en ese cuarto? ¿Uno de los ancestros momificados del cabeza de balón?- Bromeo Helga recibiendo una mirada de
reojo de parte del aludido - en marcha montón de tontos antes de que
nos salgan telarañas en este lugar.
***
  El grupo de niños avanzó por el corredor hacia el cuarto misterioso, Harold atrás del grupo, sintió que a cada paso que daba el miedo
le hacía cosquillas en la nuca.
  —Oigan muchachos en ese cuarto no debe haber nada, mejor regresemos. Insistió él.
  —Solo vamos a ver que hay en esa habitación y luego regresamos.
Dijo Arnold, Helga se quedó a esperar a Harold y le susurro.
  —Los cobardes son los primeros en caer.
  —¡Cállate! Exclamo Harold alterado, contaron las habitaciones y
llegaron hasta la habitación #12 y siguieron hasta la siguiente encontrándose que era la habitación #14, Arnold buscó el número encontró
la 10 y la 11 pero no la 13.
  —Tu abuelo dijo que quedo perdida en el tiempo, así que no existe, vámonos hacer otra cosa, vamos a jugar marcianitos. Concluyo
Harold con prisa. El chico observo que las puertas 11 y 15 estaban
muy separadas la una de la otra, Miró la habitación #11 e hizo lo
mismo con la #15, encontrándose que el tamaño de las habitaciones

no correspondía, había un gran espacio en medio de estas, el cual no
podía ser ocupado por pared. Arnold detalló detenidamente la pared
y entonces hizo un descubrimiento, encontró una esquina del papel
colgante levantado y lo arrancó encontrándose unas tablas de madera
cubriendo una puerta. Quitó varias tablas y vio el numero marcaba
#13. Era la puerta de la habitación maldita.
  —La encontramos. Dijo Arnold. Todos los niños se reunieron
frente a la puerta, era igual que todas las demás en perfecto estado, de
color café y el pomo en forma de diamante tenía un adorno como el
de los hoteles con una estrella de cinco puntas, había un letrero de advertencia que decía “por favor no entre a esta habitación” El numero
3 estaba torcido.
  —Se los dije aquí esta, en este cuarto murió mi familiar. Dijo Curly
entusiasmado y sus palabras estremecieron a los más cobardes.
  —Nunca dijiste que era familiar tuyo. Dijo Gerald.
  —Lo es por eso conocí la historia. Informó el peculiar niño de
gafas redondas. Los chicos comenzaron a quitar las tablas la cuales
salieron muy fácilmente, cuando la puerta quedo libre de obstáculos.
Arnold hizo los honores de anfitrión y le dio la vuelta al pomo para
abrir la puerta, estaba con llave.
  —¿Y la llave genio? Preguntó Helga a su lado con los brazos en
jarras.
  —La olvide, debe estar con las demás iré por ella. Dijo Arnold y
fue por esta, sus amigos lo siguieron a la distancia, Helga se quedó
atrás mirando de reojo la puerta y le quito el adorno para observarlo
de cerca y de repente la puerta se entre abrió sin necesidad de la llave.
  —Oye tarado… la puerta estaba abierta. Informó Helga apresurándose a entrar sin fijarse que unas sombras peculiares la rodeaban. Los
niños regresaron más la puerta se cerró en las narices de Stinky.
  —Oye Helga la puerta se cerró… abre. Dijo Stinky golpeando la
puerta no hubo ningún tipo de respuesta.
  —Genial Helga quiere llevarse toda la diversión para ella sola.
Protestó Sid indignado, mientras Stinky seguía golpeando a la espera
de que Helga abriera.

***
  La puerta se cerró a sus espaldas sin previo aviso. La obscuridad
la tomó por sorpresa, buscó rápidamente un interruptor el cual hayo
con rapidez. La habitación se iluminó y lo que encontró no logro impresionarla.
  —Ja esta es la famosa habitación del miedo.
  Era una habitación como cualquier otra en Sunset Arm, tenía una
cama desplegable y vieja, un armario, un espejo enorme en un marco
de madera, un peinador y una mesa de noche donde estaba un viejo
radio reloj descompuesto, al fondo había una especie de cocina.
  —Es un cuarto y nada más, no sé qué esperaban encontrar aquí
- Dijo con aburrimiento e intento abrir la puerta sin lograrlo - oigan
perdedores abran.
  No escucho ninguna respuesta o ruido de sus compañeros.
  —Bueno tal vez se abra solo desde afuera tendré que esperar a que
Arnold venga con la llave. Dijo paseando la habitación curioseando, miró su reflejo en el espejo de marco de madera, aprovecho para
acomodarse el peinado y se perfilo su ceja, fue cuando sintió una
presencia a su lado, volvió la vista buscándola sin hallarla. Volvió la
vista hacia el espejo, este ya no proyectaba su reflejo sino el reflejo
de Arnold justo frente a ella como si el espejo se hubiera convertido
en una pantalla.
  —¿Qué diablos? - se acercó restregándose los ojos - ¿Cómo rayos
te metiste ahí Arnold?
  Golpeteo el vidrio con sus ojos al mismo tiempo que el reflejo hacia lo mismo.
  —Estoy alucinando, tanto haber adorado al cabeza de balón me
está haciendo ver visiones.
  La imagen sonrió con ternura poniendo una mano contra el vidrio,
Helga vio que decía algo.
  —Estoy bien loca, sabía que no debía entrar a esta estúpida casa.
Dijo dejando el espejo y se alejó de este dándose la vuelta, notando
que la temperatura de la habitación estaba bajando bruscamente, Hel-

ga mirando al techo fue hacia la puerta.
  —Ya no me está gustando esto ¡Abran quiero salir! - dijo Helga y
golpeo la puerta – Arnold abre la puerta o te juro que te golpeare ¿me
están escuchando?
  Helga se dio la vuelta y entonces se llevó un gran susto cuando vio
a Arnold justo frente a ella.
  —¡Maldito! Me asustaste - exclamó Helga enfadada - ¿por dónde
entraste?
  El chico no le contestó
  —¡Hola! ¿Te estoy hablando tarado? Te tragaste la lengua y te has
quedado mudo. Dijo Helga y el chico siguió sin responder solo entorno los ojos y su mirada fue muy extraña igual que la sombra que
cubrió a Helga en ese momento.
***
  Stinky insistió un par de veces en golpear la puerta, Helga no dio
ninguna señal de querer abrirla.
  —Como siempre Helga haciéndose la interesante. Dijo Curly brazos cruzados
  —¿Qué tanto estará haciendo? Quiso saber Stinky rascándose la
cabeza. En ese momento regreso Arnold junto con los demás.
  —Tengo la llave - Anunció mientras avanzaba - casi no la encuentro era la única llave que no tenía número.
  —Helga se encerró a dentro y no quiere abrir. Dijo Stinky mientras
Arnold alborotado metía la llave en la cerradura dándole la vuelta
lentamente. La puerta se abrió rechinante, lo primero que vieron fue
la cama en medio de la oscuridad.
  —Helga ¿Dónde estás? Llamó Arnold encendiendo las luces, las
cuales encendieron luego de repicar no hubo ninguna respuesta. La
habitación estaba desierta.
  —Seguramente se escondió - dijo Sid a sus espaldas - quiere asustarnos como cuando se hizo pasar por la novia fantasma.
  —¡Con que sí! pues no lo vas a lograr, te vas a quedar con las ganas
¿Escuchaste Helga? Exclamó Harold. Los niños recorrieron el lugar.

  —En mi opinión solo es una habitación común y corriente, a la que
hace mucho no le pasan la aspiradora. Dio su opinión Sid contemplándolo de arriba abajo.
  —Eso parece. Añadió Arnold. Curly dejo el grupo dirigiéndose a
la cocina.
  —Fascinante realmente fascinante. Exclamo emocionado. Los niños comenzaron a curiosear salvo Gerald quien se quedó bajo el
dintel de la puerta
  —¿No vas a entrar? Le preguntó Arnold.
  —No gracias estoy muy bien aquí. Contestó Gerald sintiendo algo
raro, había algo en ese lugar que no le traía buena espina.
  —¿Dónde estará metida Helga? Se preguntó Stinky mirando dentro del armario.
  —No hay muchos lugares donde pueda esconderse. Aseguro Arnold
  —¿Y si se metió en el espejo? como en esa película de poltergeist.
Cuestionó Sid.
  —No digas tonterías eso es imposible - Replico Arnold - Helga está
escondida por ahí, esperando el momento preciso para asustarnos.
  —¡Esa maldita niña! Exclamó Harold nervioso retrocediendo y
tropezó con una arruga de la alfombra cayendo, Gerald fue ayudarlo
dejando su posición, e inmediatamente la puerta se cerró automáticamente.
  —Diablos. Dijo el chico saltando hacia la puerta, intento abrirla
pero no pudo, Gerald se asomó por debajo de la puerta y vio la llave,
hizo el intento de alcanzarla sin éxito, su mano no alcanzaba a pasar
por debajo de la puerta.
  —Tenía la sensación de que esto podía pasar - Dijo poniéndose de
pie - nos quedamos encerrados en el cuarto maldito.
  —¿Cómo que encerrados? - Harold arranco a golpear la puerta frenéticamente - ¡Auxilio! ¡Nos quedamos encerrados aquí!
  —No pierdas la calma Harold seguramente la puerta está trabada.
Aseguro Arnold tranquilamente.
  —Si como no, lo que pasa es que esta habitación esta maldita y
nosotros quedamos atrapados en esta. Exclamó Harold exasperado.

  —Esta habitación no tiene nada de malo, ya lo viste por ti mismo.
Dijo Arnold muy seguro de sí mismo. La radio se encendió de repente, sintonizando una vieja canción. Los niños casi quedan pegados al
techo, Arnold antes que todos.
  —Re pámpanos… - exclamó Sid muerto del susto- ¿Quién encendió la radio?
  —Se prendió sola. Aseguro Stinky apagando el aparato - pero juraría que no estaba funcionando hace un momento.
  El aparato parecía funcionar perfectamente, los números brillaban
en su panel marcando las 13:00 pm, Stinky dejo la radio reloj sobre
la mesa.
  —Helga - Arnold miró al techo por qué no se le ocurrió otro lugar
- ¡no sé cómo lo hiciste pero sé que tú lo hiciste!
  —No sé Arnold esto supera los poderes de su señoría. Afirmó
Stinky asomándose al espejo.
  —¡Fueron los fantasmas… ya están aquí! Rompió a decir Harold
asustado - ¡y nos van a llevar!
  —Nada de eso. Rebatió Arnold, Stinky miro su reflejo en el espejo
y vio los pies de Helga sobre la cama, ante esta visión Stinky se giró
sobre sus talones y al no encontrar a nadie el espanto se apodero de
él, se puso blanco como un papel.
  —Ay ya me dio. Dijo temblando como gelatina.
  —¿Qué sucede? Pregunto Gerald preocupado por su expresión.
  —Acabo de ver a Helga. Respondió.
  —¿En dónde? Interrogo Sid.
  —Ahí - señaló la cama que se reflejó en el espejo - ahí la vi en el
espejo pero al volverme, no estaba. Arnold investigo el lugar y luego
en el espejo.
  —Tu imaginación te ha jugado una mala pasada. Dijo.
  —Yo la vi, lo juro por mi mamá. Aseguro Stinky.
  —No nos dejemos llevar. Dijo el chico mirando el espejo, en este
se hubo un reflejo, proyectándose dos figuras adultas a su lado, un
hombre y una mujer, Arnold vio a sus padres ahí como si estuvieran a
su lado, sin dar crédito cerró los ojos y cuando los volvió a abrir ellos
ya no estaban ahí y tampoco veía su propio reflejo sino Helga vestida

como Cecile.
  —¿Viejo?! Gerald noto su perturbación acercándose a él. Arnold
reacciono por sí solo.
  —Nos estamos dejando llevar por nuestra imaginación, debe existir una buena explicación de que pasa aquí. Hubo un ruido extraño
como de un mueble moviéndose por el suelo, todos se quedaron inmóviles como estatuas aguardando, entonces Sid miró hacia una de
las paredes y sus ojos se agrandaron.
  —¿Qué es eso? preguntó y todos se volvieron hacia la pared junto
a la puerta , encontrando un bulto extraño saliendo del papel tapiz,
pronto notaron que era la figura de una persona, atrapada en la pared,
las manos de esta levantadas en lo alto, como tratando de salir.
  —¿Qué diablos es eso? exclamó Harold apuntando con el dedo.
  —¡Es una persona! exclamo Gerald y todos dieron un grito espeluznante y corrieron a la siguiente habitación Harold iba detrás del
grupo cuando algo lo agarro de su chaleco azul. El corazón le dio un
vuelco
  —¡Me agarro! ¡Me agarro! ¡Me agarro! Gritó espantado tratando de zafarse, sintiendo la presencia más demoniaca que jamás haya
existido justo tras de él. Afortunadamente Arnold regreso a ayudarle.
  —¡Es la puerta! señaló corriendo a liberarlo del pomo de la puerta
de la cocina, en cuanto Harold fue libre corrió junto con su amigo a
esconderse donde estaban los otros debajo de una mesa, en la habitación hubo un silencio sepulcral y la temperatura cada vez era más
baja.
  —Hace frio. Dijo Gerald.
  —Tenemos que buscar la forma de salir de aquí. Dijo Sid.
  —¡Oigan! - exclamó Curly apareciendo de repente colgando su
cabeza sobre la mesa sobresaltando a todos los presentes - ¡Este lugar
es increíble! ¡No puedo creer que estemos en el lugar donde murió mi
bisabuelo!
  —¡Estúpido quieres matarnos del susto! Protestó Harold indignado
saliendo de su escondite agarrándolo por el cuello de la camisa.
  —¿Qué pasa? ¿Porque todos están tan asustados?
  —¡Que no ves lo que pasa en este lugar tarado inmundo! - Excla-

mó Harold casi llorando, y entonces la radio se encendió nuevamente
poniendo a todos los niños en vilo - ¡ahora todos vamos a morir!
  —Solo es un radio. Dijo Curly soltándose de las manos de Harold
y fue hacia la otra habitación.
  —No vayas, ahí hay un monstruo en la pared. Le aviso Harold.
Curly se asomó y luego se volvió al grupo.
  —¿En dónde?
  — Ahí tarado justo al lado de la puerta.
  —No hay nada. Dijo Curly y entonces se animaron a volver a la
habitación, no había nada en la pared salvo el papel tapiz despegado. Gerald saltó sobre el aparato y lo desconecto más el radio siguió
funcionando sin tener batería alterna. El chico lo golpeo con la palma
de su mano, los números de la pantalla se volvieron locos hasta marcar las 11:34 y se quedó en esa hora, Gerald harto lo tiro al suelo
y el aparato quedo de cabeza, Harold vio el aparato y trago saliva y
temblando señaló, en el reloj se podía leer perfectamente “hEll” una
palabra poco esperanzadora, el radio volvió a encenderse y Gerald lo
volvía a tomar y lo tiró al suelo con todas sus fuerza rompiéndolo y
pisoteándolo más el diabólico radio no se callaba, cada vez sonaba
más fuerte. Desesperado Sid corrió a la cocina, directo al lavaplatos
y jaló una de las llaves, la cual se convirtió en manguera y regresó
rápido apuntándole al radio con esta como si fuera un arma.
  —¡Cállate! Exclamó y jaló del gatillo pero no salió agua, Sid se
apuntó con la manguera y en ese momento un chorro de agua sucia
salió por la boca de la manguera mojándole la cara.
  —¡En esta mugre choza nada funciona bien! Se quejó Harold quitándole la manguera y apunto al radio un débil chorro de agua salió y
se vertió sobre el aparato. Hubo un corto circuito y las chispas hicieron saltar a todos, humo salió del radio y finalmente se calló.
  —¡Casi nos electrocutamos! ¡Estuvimos a punto de morir! Exclamó Gerald alarmado. Harold se lanzó sobre Arnold a pedirle una
explicación.
  —A ver explícanos ¿Que fue eso? vamos no te quedes callado, ¿no
que todo tiene una explicación? Exigió jaloneándolo
  —¡Tranquilízate Harold! Le pidió el chico.

  —No me tranquilizo, todos vamos a morir y tu tan tranquilo. Se
quejó Harold pero se equivocaba Arnold tenía el corazón en la mano,
estaba tan asustado como todos.
  Después de unos segundos pareció reaccionar por fin y comenzó a
buscar al culpable por todas partes.
  —¿Que buscas? Quiso saber Curly el más tranquilo en tan dramática situación.
  —Busco a la culpable de todo esto - Dijo abriendo el armario, Arnold buscaba a Helga estaba seguro de que ella era la culpable de la
broma, al abrirlo encontró una oscuridad muy profunda - ¡Helga sal
de donde quiera que estés! Exigió y antes que pudiera decir algo una
oscura y tenebrosa mano lo agarró y lo jalo hacia la oscuridad.
***
  Por largos minutos no supo nada de si, se vio rodeado de la más
profunda y fría oscuridad.
  —¡Hola! Gerald, Harold, Stinky, Sid, Curly, Helga - llamó pero no
hubo respuesta - ¿dónde están? tanteo el lugar pero no encontró nada
era como si estuviera en una gran habitación lo cual no era posible
porque era un armario.
  — No es gracioso Helga, te estás pasando de la raya, ¿Crees que es
gracioso que me encierres en el armario? pues no lo es. Dijo Arnold
y trató de encontrar la salida sin fijarse que una mano la cual no era
de Helga, lo seguía tratando de rodearlo, ni tampoco vio la maligna
sonrisa que flotaba en la oscuridad.
  —Helga, es la última vez que te lo digo. Dijo Arnold y entonces la
mano lo afianzo por los hombros y lo sujeto como un muñeco, fuera
lo que fuera esa no era Helga. Era demasiado grande y pesado. No se
atrevió a averiguar qué era lo que le apretaba el pescuezo.
  —¿Helga? preguntó y entonces sintió un lengüetazo en la cara, frio
y baboso como el beso de una serpiente. El chico dio un alarido y
se escapó de la mano corriendo como loco en la oscuridad. Corrió y
corrió gritando buscando la salida desesperadamente. Al final vio una
luz y corrió hacia está saliendo del armario. Cerró la puerta y se apo-

yó contra esta y luego de contar hasta diez volvió a gritar. Se quedó
inmóvil a la espera de que el monstruo o lo que fuera tratara de salir
pero no sucedió nada.
  —Solo es mi imaginación, estas cosas no están pasando realmente, no hay un monstruo en el armario tratando de comerme. Se dijo
así mismo tratando de recuperar la serenidad. Entonces escucho un
piano, Arnold jadeo pero se tranquilizó había un piano en la casa, seguramente la abuela estaba tocando, se despegó de la puerta luego de
trancarla con una silla que encontró.
  —¿Chicos? Preguntó pero no encontró a nadie vio que los muebles
estaban distribuidos de otra manera - ¿a dónde han ido? Arnold camino por la habitación y encontró el radio despedazado en el suelo.
  —¿Chicos? - Arnold se volvió hacia la puerta principal y trató de
abrirla - tal vez ya salieron de la habitación y me dejaron aquí.
  Arnold tocó a la puerta y entonces la silla se movió por si misma
hacia un lado y la puerta del armario se abrió lentamente. Arnold se
giró en sus talones mirando fijamente hacia la oscuridad dentro del
armario. A la espera de que el monstruo saliera, pero no sucedió nada,
se armó de valor y acercándose cerro el armario y volvió a poner la
silla.
  —¡Esto no tiene lógica! dijo y entonces fue hacia una de las ventanas, si conseguía abrirla podría pedir auxilio. La ventana estaba muy
opaca y sucia casi no podía ver el exterior, trato de abrirla, lo logró
luego de varios intentos. El aire que entro le refresco y alivio mucho,
se asomó y vio una mujer joven en el patio de la casa, jamás la había
visto. La mujer al sentirse observada levanto la mirada y se volvió
justo hacia la ventana donde estaba Arnold. Al verla el corazón le dio
un salto.
  —¡No puede ser! Exclamó retrocediendo y entonces la ventana se
cerró machucando sus manos. Arnold se zafó de la ventana y se hizo
una cortada en una de sus manos.
  —¡Esto no puede ser! Ella es… exclamó y tomó lo que quedaba
del radio diabólico y lo lanzo contra la ventana rompiendo los vidrios
y se volvió a asomar, no había nadie allí abajo. El patio estaba totalmente solo igual que él en esa habitación.

  —Fue una alucinación como todo lo que ha pasado en esta habitación. - dijo y miró la cortada de su mano y chupó la herida - me
duele, odio que me duela. Escucho ruidos en la cocina, valientemente
fue hacia allí y se encontró de golpe con Helga.
  —¿Qué pasa? ¿Por qué tanto escándalo? Preguntó ella. Arnold fue
hacia ella y la sujetó por los hombros, chocándola contra la pared.
  —Y te atreves a preguntarlo cuando todo lo que ha pasado es obra
tuya ¿dónde estabas? ¿Cómo hiciste todo eso?
  —¡Oye para tu carro! Protestó
  —Te crees muy graciosa, crees que no sé qué estas detrás de todo
esto.
  —¿Que? preguntó ella confundida.
  —Sé que tú lo hiciste, Helga, quieres asustarme. Dijo Arnold.
—¡Oye Arnold! lo interrumpió Sid y el chico se volvió hacia él, estaban él y todos los chicos.
  —Sid. Dijo Arnold
  —¿Qué demonios haces? preguntó él confundido.
  —Yo... - Arnold se volvió hacia Helga pero no había nadie, estaba
sosteniendo el aire con ambas manos. Al notarlo se enderezo y se
volvió a ellos.
  —¡Vieron eso! ¡Arnold ya se volvió loco! este lugar está dominado
por todos los fantasmas ¡larguémonos de aquí! Dijo Harold
  —¡Derribemos la puerta! dijo Gerald y todos se unieron corriendo
como caballos desbocados hacia la puerta maldita.
  —¡Esperen! Exclamó Arnold pero sus palabras no detuvieron a sus
amigos.
  —¡No vamos a esperar nada! Replicó Harold .Todos se fueron contra la puerta, golpeándola y dándole patadas pero fue inútil. La puerta
era indestructible.
  —¡No hay salida! grito Stinky y todo se arrimaron contra la puerta.
  —Nuestra única esperanza es que alguien nos haya escuchado.
Dijo Gerald.
  —¿Y si no? preguntó Sid.
  —Pues como diría mi abuelo “hasta aquí llegamos”. Dijo Stinky.
  —Juro que si salgo de esta es la última vez que me uno a sus jue-

guitos, no importa que piensen de mí. Juró Harold a pies juntillas. Los
niños se quedaron junto a la puerta, muy asustados a la espera que el
mal que había en esa habitación se los llevara. Hubo más ruidos cerca
de ellos. Arnold pareció reaccionar ante el espanto.
  —¡La leyenda de la habitación 13 es verdadera! Dijo y Harold le
fulminó con la mirada.
  —¿No me digas? Exclamó.
  —Si lo es y si queremos contarla, tenemos que salir de aquí pero
primero hay que encontrar a Helga cuanto antes. Dijo Arnold y sus
palabras no entusiasmaron a nadie.
  —Tenemos que encontrar a Helga. Insistió Arnold.
  —Ella está perdida tratemos de salvarnos nosotros. Dijo Harold
pero Arnold no quería irse sin ella.
  —No me iré sin ella. Dijo Arnold.
- Pues si tanto quieres ir pues ve, yo no me voy a mover de aquí. Dijo
Harold mientras Arnold se separaba del grupo.
  —No Arnold no vayas. Le dijo Sid.
  —Tengo que encontrarla. Dijo Arnold y al asegurar eso los muebles se movieron por si solos quedando en desorden.
  —Arnold dime que desarrollaste poderes y moviste los muebles.
Pidió Gerald.
  —No, no fui yo. Dijo Arnold y los muebles volvieron a moverse
el espejo quedo justo frente a los asustados niños, pero no vieron su
reflejo sino un espectro de tenebrosa sonrisa la misma que sonreía en
la oscuridad del armario y entonces en la macabra habitación las luces comenzaron a titilar y finalmente quedaron a oscuras. El grito de
los niños estremeció todos los rincones de la habitación #13, gritaron
como locos espantados sin saber que les podría pasar, sin saber en
qué momento el espectro sacaría sus garras y se los llevaría dios sabe
a dónde. Una luz rasgo la oscuridad, la puerta que hasta el momento
había permanecido sellada se abrió chocando con los niños y tras el
umbral apareció el abuelo con una linterna.
  —¡¿Qué pasa?! Preguntó encontrándose a todos los niños escondidos tras del niño más pequeño.
  —¡Ya me gano! Rompió a decir Harold y todos se alejaron de él

prudencialmente
  —¡Abuelo! Exclamó su nieto aliviado de verle otra vez.
  —¡Enano no te dije que no entraras a esta habitación! Le regaño.
  —Lo siento abuelo - se disculpó Arnold amedrentado - queríamos
comprobar si la leyenda de la habitación #13 era cierta.
  —Y lo es… ¿Crees que estaba bromeando? Ahora salgan de aquí.
Ordenó el abuelo, los chicos obedecieron.
  —Esperen no podemos irnos sin Helga. Dijo Arnold.
  —¿Crees que ella este en este mundo? - Replicó Curly - Yo creo
que esta pérdida ¡Olvídala Arnold! ya encontraras otra que te moleste.
  —Buscare a Helga. Dijo Arnold y fue a buscarla bajo la cama. La
única cosa que seguía en su lugar.
  —¡Helga! - Arnold se asomó bajo la cama y se le iluminó la cara ¡Aquí está!
  —¿En serio? Preguntó Harold incrédulo.
  —Así que todo el tiempo estuvo bajo la cama. Dijo Gerald desde
el umbral de la puerta
  —Eso parece - Arnold extendió su mano para sacarla, - Vamos
Helga salgamos de aquí.
  Al tomar su mano notó que estaba muy fría iba a jalarla, cuando de
repente escucharon ruidos en la cocina, escucharon el rechinar de una
puerta que se abría. Todos quedaron en vilo hasta el abuelo.
  —¡Santos macarrones! - Exclamó él - ¿Qué fue ese ruido?
  —¡Parece ser una puerta! Dijo Curly Todos miraron fijamente hacia la entrada de la cocina y sin más Helga por que no podría ser otra,
salió disparada, pálida como un muerto.
  —¿Helga? Preguntó Sid confundido pero ella no dijo nada lo hizo
a un lado y salió de la habitación espantada. Arnold muy confundido
giró su cabeza y encontró al espectro de sonrisa maliciosa y lengua
larga sonriéndole mientras le veía con sus ojos negros sin pupilas. Al
ver a tan horrendo ser empezó a gritar y su grito se escuchó por todo
lo largo y ancho del vecindario.

Una extraña primera cita
­  Como parte de las actividades extracurriculares, la escuela pública
118 llevó a sus alumnos a una excursión al Domo, un centro interactivo e investigación, lugar donde había todo tipo de atracciones científicas. Lo primero que se encontraron fue una máquina electrostática,
le llamaban el generador de Van de Graaf, una máquina que utilizaba
una cinta móvil para acumular grandes cantidades de carga eléctrica
en el interior de una esfera metálica. Helga Pataki fue la primera en
probarla, después de ser desafiada por sus compañeros. Al tocar la
esfera, sus coletas se desataron y su cabello quedó de punta como un
diente de león.
  —Alguien quiere una muestra gratis. Ofreció ella estirando su
dedo, varios se acercaron y recibieron un choque eléctrico, lo suficientemente para hacerlos brincar. Algunos picaron a Helga con sus
dedos causando igual efecto.
  —¡Basta ya! Dijo hartándose de la esfera y la dejó.
  —La electricidad estática es un fenómeno que se da cuando un objeto se carga de energía eléctrica y la libera al entrar en contacto con
otro - explicó el señor Simmons señalando a la esfera - esta liberación
se da por ejemplo cuando rozamos nuestros zapatos contra la alfombra y luego tocamos a alguien en ese momento habremos liberado la
energía acumulada.
  —Mhmmm electricidad estática - murmuró Helga volviéndose hacia la esfera de Van de Graaf - es como tener el rayo de Thor en la
mano.
  Helga quiso comprobar y con la energía que aún tenía, se acercó a
Eugene apuntándole con el dedo índice, dándole un choque.
  —¿Helga que haces? La interrogó el señor Simmons.
  —Comprobaba la lección señor Simmons. Contestó ella sonriendo
con fingida inocencia.

  —Me alegra tu interés por la ciencia pero no molestes a tus compañeros. Le advirtió su maestro.
  —Sí señor. Prometió Helga, promesa que fue a saco roto. Durante
un buen rato Helga se la pasó bailando sobre una alfombra, pues tenía
muchísimas ganas de probar lo aprendido en una persona en especial, alguien a quien adoraba molestar. Arnold caminaba al lado de su
mejor amigo Gerald cuando fue atacado por sorpresa por un rayo. El
golpe lo tumbo al suelo.
  —Te deje como estrella de navidad, cabeza de balón. Exclamó
triunfante Helga pasándole por encima, Arnold se levantó después no
muy feliz.
  —Pareces un sol. Comentó Gerald sin poder contener la risa apuntada a su cabello, este tenía más puntas de las que normalmente llevaba, Arnold se arregló el cabello justo antes otro ataque, esta vez de
parte de Wolfgang.
  —Parece que nuestro amigo es vulnerable a la electricidad. Comento Stinky.
  —Si, no se puede ni poner de pie. Dijo a su vez Sid muy divertido
mientras el pobre chico se retorcía en el suelo.
***
  Después de ese evento, Arnold siguió siendo víctima de Van de
Graaf, hasta su casillero lo atacó.
  —Eso te pasa por ser tan positivo - comentó Gerald divertido, ni él
se había escapado de la tentación - atraes a todos los negativos como
un pararrayos, vas a tener que usar traje de goma.
  —Por lo menos Helga me ha dejado en paz. Dijo pero para su desgracia Helga cruzó en ese momento picándolo. Arnold cayó al suelo
sin resistencia.
  —Esto es mejor que las bolitas de papel. Dijo Helga corriendo por
el corredor.
  —¿No te parece que Helga tiene el encanto de una anguila eléctrica? Comentó Gerald con burla ayudándolo a levantarse. La risa de
Helga desapareció al esconderse detrás de la puerta de la cafetería.

  —Oh Arnold ¿Qué se siente ser atacado por las despiadadas saetas
del amor? Esas flechas ardientes sin tino que buscan infundir el deseo
en tu corazón - Helga cambió su expresión nirvanico para volver a
ser la de siempre, dirigiéndose hacia su mejor amiga quien estaba en
una de las mesas – ¡Oye Phoebe! Deja todo lo que estás haciendo,
tengo planes para esta noche.
 —¿Planes?
  —Tengo dos tiquetes para el Monster Truck Destrution en primera
fila. Dijo ella muy emocionada.
  —Ah lo siento Helga pero no puedo, tengo una reunión con mis
padres muy importante. Se excusó Phoebe.
  —¿No puedes dejarlo para otro día?
 —No.
  —Bueno tú te lo pierdes. Dijo ella ocultando el disgusto que le
provoco su negativa.
  —Invita a alguien más.
  —No tienes que decirlo me sobra gente para invitar. Helga se levantó dirigiéndose a la siguiente en la lista, quien irónicamente se
trataba de Lila.
  —Lila ¿Te gustaría venir conmigo a un evento especial? Le preguntó sentándose frente a ella.
  —Cielos Helga suena muy interesante ¿qué evento es?
  —Monster Truck Destrution, la destrucción masiva de autos más
grande de la historia. Dijo sin ocultar la emoción.
  —¿Es uno de esos eventos donde un carro de grandes ruedas le
pasa por encima a unos más pequeños?
 —¡Exacto!
  —Es muy violento.
  —Vamos Lila, deja que un poco de violencia entre en tu vida, va
estar muy bueno.
  —No me gustan esos eventos, me gustan más los eventos culturales.
  —No me digas que tu sofisticación no te permite la diversión violenta. Replicó Helga.
  —Me gustaría ir más a la opera.

  —Está bien, voy a ir a buscar a ver que otro inútil quiere ir conmigo. Dijo con resignación. Lila mordió su pitillo y sonrió como si se le
hubiera ocurrido la idea de inventar el bombillo.
  —¿Por qué no invitas a Arnold?
  —¿Arnold? - Helga no pudo disimular la sorpresa al decir su nombre - no creo que vaya.
  —¿Por qué? Preguntó Lila. Helga lo vio pasar por el comedor atacado por la espalda por los niños de quinto que se divertían electrocutándolo.
  —Lo he estado molestando más de la cuenta y es la última persona
que invitaría en el mundo (la penúltima para ser exactos). Respondió
  —Helga no tienes que fingir conmigo. Dijo Lila entornando los
ojos. Helga torció la boca.
  —No estoy fingiendo y no tengo por qué estar hablando estos temas contigo. Helga se levantó dirigiendo sus pasos hacia la salida.
  —Invítalo, él no te va decir que no. Escuchó decir a Lila mientras
la puerta se cerraba tras de sí.
***
  Helga consultó con todo el mundo y todos le dieron la misma negativa, por diversas razones. Rhonda le dijo por ejemplo que ella no
asistía a espectáculos barbáricos, Harold a quien había puesto todas
sus esperanzas también rechazó su invitación al estar castigado, similares respuestas recibió de parte de Sid y Stinky y el resto del curso.
Solo le faltaban tres personas, a una la descartó con el dorso de puño
cuando le respiró en la nuca así que solo le quedaba Gerald y Arnold.
Helga fue a decirle a Gerald más cuando lo tuvo al frente cambió de
opinión, quedándose con la palabra en la boca y el dedo índice en lo
alto.
  —Olvídalo. Dijo y siguió su camino dejando a un muy extrañado
Gerald.
  Al final del día, Helga sostenía los tiquetes con aburrimiento, la
función comenzaría a las 7 y no tenía acompañante.
  —Las ruedas volaran, los pilotos se quemaran y yo estaré sola

como un champiñón ¡Que mugre!
  Helga se resignó suspirando aburrida, tomó sus útiles escolares y
salió del salón de clase con los ojos cerrados, tropezando con algo que
estaba tirado en el suelo y cayó de narices al suelo. Ella se levantó con
ambas manos en la frente y buscó al culpable de su caída, encontrándose con Arnold tirado en el suelo.
  —¿Qué?... ¿qué demonios estás haciendo ahí estúpido cabeza de
balón a medio inflar? Wolfgang respondió por él saltando a su alrededor.
  —¡Rebota pelota! Se burló, luego de propinarle la 500ava electrocutada del día.
  —Ah ya caigo - añadió Helga poniéndose de pie al mismo tiempo
que Arnold - ¿Que no te podías morirte en otro lugar?
  —Lo tendré en cuenta la próxima vez. Dijo él levantando los libros
de Helga.
  —Muchas gracias. Dijo ella agradeciendo arrebatándoselos posteriormente.
  —¿Vas a casa? Preguntó Arnold mientras levantaba sus propios
libros.
  —Si, me largo tengo cosas que hacer. Respondió ella con renuencia mientras seguía su camino. Arnold la siguió.
  —Supe que tenías boletos para un evento. Comentó.
  —Sí, tengo dos boletas para un Monster Truck. Respondió Helga
con el ceño fruncido.
  —Y ¿Con quién iras?
  —Con nadie - contestó Helga molesta - resultó que todo el mundo
tenía mejores cosas que hacer.
  —¿En serio? ¿Entonces vas a ir sola?
  Helga se detuvo en medio del corredor cambiando su actitud, se
preguntó si era buena idea preguntarle o no, tomó aire y se volvió a
Arnold.
  —Bueno solo me falta preguntarte a ti, Arnoldo - Helga rozó ligeramente con su mano el lomo de sus libros - ¿Te gustaría ir conmigo
al evento?
Arnold arqueó una ceja

  —¿Me invitas por qué soy tu última opción? Después de imponer
la moda de electrocutarme.
Helga volvió a irritarse.
  —Si no quieres ir solo dilo. Ahorrémonos la palabrería. Dijo no
muy dispuesta a escuchar sus reclamos.
  —De acuerdo. - Dijo Arnold continuando su marcha. Helga lo observó y tomo eso como un no. Entonces él se volvió y dijo - y… ¿A
qué horas paso por ti?
  —¿Vas a ir? Preguntó Helga con incredulidad.
  —Sí, voy a ir contigo, pero con una condición.
  —¿Cual? Preguntó Helga y Arnold se devolvió hasta donde estaba
ella hasta quedar a la altura de sus ojos.
  —No más choques eléctricos.
  —¡Hecho! Respondió Helga extendiendo su mano para cerrar el
trato, pero en cuanto Arnold acercó su mano, un choque eléctrico lo
sacudió, mandándolo de nuevo al suelo.
  —Esa no vale fue sin querer. - Dijo Helga contemplándolo desde
arriba mientras se retorcía – no seas tan exagerado.
***
  El evento colmó todas las expectativas de Helga, arena, grandes
rampas, carros de grandes ruedas haciendo piruetas, motociclistas
que no valoran sus vidas saltando por las estratosferas. El gran dragón
mecánico lanzando fuego sobre un coche destrozado, fue un espectáculo digno de ver. Arnold tuvo que admitir que fue muy divertido,
salvo cuando esquivó una llanta que cayó a las gradas y cuando un
enorme carro se acercó amenazante hacia ellos.
Al final ambos salieron de la feria muy satisfechos.
  —Valió la pena el dinero que invertí, espere todo el año para ver a
ese dragón comerse a ese vehículo. Comentó Helga
  —Si, fue divertido. Añadió él comiéndose una bola de algodón
mientras abandonaban la feria.
  —¡Matanga! - Dijo Helga arrebatándole el dulce, mordiendo el
mismo lado que Arnold - que dulce esta.

Arnold se lo quitó de la mano.
  —La pase muy bien Gracias Helga.
  —Como sea, tengo que admitir, que a veces no eres tan molesto
Arnoldo. Admitió Helga
  —Tú tampoco Helga cuando te lo propones puedes ser muy agradable.
  —Siempre soy agradable - protestó Helga deteniéndose a media
marcha - soy un amor de persona.
  —Lo que tú digas Helga - dijo Arnold arrancando un pedazo un
algodón y llevándoselo a la boca mientras caminaban por la a lo largo
de una reja frente a la feria. Después de esas palabras el silencio más
profundo los rodeó y se sintieron un tanto incómodos.
  —Bueno... dijeron al mismo tiempo y luego callaron.
  —Yo primero. Dijo Helga caminando hacia atrás y entonces se
topó con algo peludo y al girarse se encontró con un enorme gigante
que a la sombra se veía como un macabro minotauro. Helga asustada
saltó a los brazos de Arnold.
  —¡Tranquila niña soy solo un toro inofensivo! respondió un hombre disfrazado de toro, llevando unos cupones en las manos. Helga
irritada y bajándose a trompicones, recobró la compostura.
  —¿Un toro con ubres? Preguntó enfada apuntando a las ubres que
llevaba el disfraz
  —No podía llevar lo otro - dijo toro de peluche - lamentó el susto
pero me urge deshacerme de estos cupones, son un descuento especial en “hamburguesas del loco Harry” así que quería darle uno a ti
y a tu novio...
  —A ver... - lo atajó Helga bruscamente luego de erizarse como un
erizo - ¡No somos novios!
  —Ah bueno la promoción es para... Explicó el toro pero ella le
quito el cupón.
  —Pero por una hamburguesa gratis soy novia de Fredy Krugger.
Dijo Helga y Arnold la miró de reojo.
  Entraron al restaurante, tomando su lugar en la fila. Al llegar a la
caja, Helga esperó a que Arnold escogiera pero él no escogió con la
prisa que ella hubiera deseado. Pronto tanto ella como la cajera co-

menzaron a impacientarse. Helga empezó a hacer muecas y agarrarse
las coletas cada vez que Arnold cambiaba de opinión.
  —El de él que sea agrandado y con un helado de chocolate. Dijo
Helga al final.
  —Oye. - Se quejó Arnold - puedo decidirlo por mí mismo.
  —Van a cerrar y tú nada que te decides. Dijo Helga.
  —Quiero algo especial. - dijo Arnold y se volvió al panel - pero no
me decido por cual.
  —De acuerdo, que te parece el combo dos que viene con el juguete coleccionable - dijo y el no pareció convencido - te quedas con el
juguete.
 —¿Si?
  —Será todo tuyo.
  —Muy bien. Dijo Arnold y una vez zanjado el asunto ambos se
volvieron a la cajera.
  —Queremos el combo dos y rápido. Dijo Helga dejando el cupón
a la vista de la cajera.
  —Lo siento el combo dos está agotado, tenemos el combo 1 y el
combo tres. Dijo la cajera con una gran sonrisa. Ambos bajaron los
hombros con decepción.
  —De acuerdo denos el combo tres. - dijo Helga y se volvió a Arnold - o tenemos que hacer quórum de nuevo.
  —No, está bien Helga tú decides.
  —Sale un combo tres. La cajera les dio su turno y los chicos fueron
a buscar una mesa, reservando una que estaba justo al lado de la ventana. No paso mucho tiempo pero Arnold se impaciento, tenía hambre
y el olor de las hamburguesas era excesivamente bueno.
  —Averiguare que pasa. Dijo Arnold dejando su lugar. Helga con
su mano bajo la barbilla volvió la vista hacia la ventana entornando
sus ojos.
  —La mejor cita de mi vida hasta ahora. Se dijo para sí.
  —Dice que no tardan. Dijo Arnold regresando mientras Helga recobraba su expresión normal.
  —Ok! dijo ella.
  Luego de varios minutos llego su orden. Hambrientos como esta-

ban comieron ansiosos y también charlaron riéndose de las desgracias
de Eugene o de las tonterías que hacían Harold, Stinky y Sid.
  —... Y entonces le dije “es crema de afeitar” y Harold casi no capta
el mensaje. Dijo Helga.
  — ¿En serio?
  —Si el muy idiota lo hubieras visto.
  —Eso fue realmente malvado.
  —No, fue una broma muy buena. Dijo Helga y de pronto surgió
un incómodo silencio entre ambos, cruzaron varios autos, transitaron
varias personas riéndose y hablando a su lado, Helga miró al techo y
el chico miró su malteada leyendo la letra pequeña del envase.
  —Y... ¿Qué siente vivir como un cabeza de balón? Preguntó Helga
y Arnold entornó los ojos.
***
  Cuando terminaron la comida se levantaron de sus asientos y pasaron al lado de la piscina de pelotas.
  —No vas a entrar. Dijo Helga apuntando con su dedo pulgar.
  —Ya estoy grande para eso.
  —¿De verdad? a mí no me parece. Dijo Helga y rapazmente le
quitó su gorra.
  —¡Helga! teníamos una tregua. Le dijo Arnold tratando de recuperar su gorra.
  —Eso era mientras duraba la feria cabeza de balón. Dijo Helga y
lanzó la gorra a la piscina. Arnold la vio volar como un freesby antes
de que se perdiera entre las pelotas
  —¡Helga! se quejó él y fue a rescatar su gorra. Helga lo observó.
  —Ah mi cielo, adoro molestarte, adoro amarte - dijo y luego añadió – Lastima que no traje la cámara o si no.
Arnold se deslizó ágilmente por las escalerillas y se dejó caer por la
resbaladilla, cayendo a la piscina de pelotas y comenzó a buscar su
gorra. Un adulto que pasaba por ahí se detuvo.
  —¿No estás muy grande para jugar en la piscina de pelotas?
  —No... Negó Arnold buscando su gorra.

  —Bueno. Dijo el adulto y se fue, Helga soltó una risita. Cuando
Arnold recuperó su gorra salió de la piscina y encontró a Helga arriba
de las escalerillas con un par de helados.
  —Creí que ya no había trato. Dijo Arnold.
  —Si no quieres helado, lo tirare. Dijo Helga.
  —Este bien. Dijo él sentándose a su lado y tomó el helado. Ambos
lo comieron en silencio. Una señora desde la caja registradora codeó
a su esposo y los señaló.
  —Mira esa pareja tan adorable...
  Ellos se sobresaltaron ante el comentario y e hicieron una mueca
de disgusto
  —Nunca falta el entrometido - Comentó Helga molesta poniéndose de pie y pensó extasiada mientras bajaban las escaleras - ¡Ah! esa
señora creyó que éramos novios. ¡Ojala fuera cierto! mi dicha sería
tan grande que no cabría en este universo.
  Helga se distrajo tanto en sus pensamientos que olvido por donde
iba.
  —Helga. La llamó Arnold.
  —...Como me gustaría que eso fuera verdad. Pensó Helga pero
terminó estrellándose contra el vidrio transparente del ventanal del
establecimiento como una mosca. La gente del lugar se rio y Helga
se sonrojo.
  —La salida es por aquí. Dijo Arnold señalando la salida unos metros de donde estaba Helga. Ella salió rápido de ese lugar muy disgustada por la tontería que acaba de cometer. Agradeció que Arnold
no se burlara aunque lo que ella no sabía era que él tuvo que hacer un
esfuerzo sobre humano para no hacerlo.
***
  Afuera del establecimiento solo escuchaban el canto de los grillos
y el ruido de uno que otro automóvil que cruzaba por la calle.
  —Será… será mejor que nos vayamos a casa, es muy tarde. Dijo
Arnold.
  —Si vámonos. Estuvo de acuerdo Helga. Ambos recorrieron la dis-

tancia que los separaba de la estación del metro. Al llegar la encontraron atestada de gente, la causa era un retraso en la línea del metro.
  —Maldición esto está lleno hasta los topes. Se quejó Helga.
  —No esperaba que estuviera de ese modo. Dijo Arnold
  —Olvídalo hermano, no pienso subir. No soy equipaje, ni un animal. - Dijo Helga volviéndose a Arnold y lo vio incomodo - y ¿a ti
que te pasa?
  —No me gustan las multitudes. Dijo él.
  —Ya somos dos, larguémonos de aquí. Dijo Helga y trataron de
abrirse paso entre la multitud. En ese mismo instante el metro apareció haciendo su parada. Los pasajeros se lanzaron hacia el vagón que
abrió sus puertas y ellos sin que pudieran evitarlo, fueron arrastrados
por la ola humana, que los llevó hasta el interior del metro. El tren
cerró sus puertas arrancando a toda velocidad.
  —Voy a salir echa una tortilla de aquí. Dijo Helga sin poder moverse, preguntándose cómo es que la gente le gustaba viajar así. Arnold
no la estaba pasando mejor.
  —¿Bajamos en la siguiente estación? Preguntó.
  —Si nos dejan... - Helga notó que estaba muy ansioso, de verdad
Arnold odiaba las aglomeraciones -Tranquilo, solo repite después de
mi “grandes espacios abiertos”. Arnold la miró de reojo. No le había
causado gracia el comentario. En la siguiente estación la marea humana volvió a transitar, dándoles la oportunidad de moverse y respirar. Helga trató de obtener espacio empujando a la gente más la
muchedumbre se compactó de nuevo y como un muro los aprisionó.
Entonces a ella se le ocurrió una gran idea.
  —¡Tengo la solución! Dijo con gran alegría.
  —¿Así? - Preguntó Arnold – ¿salimos volando?
  —Mejor aún. Dijo Helga y le dio una dosis de electricidad estática
que lo fulminó. Helga lo sostuvo como un muñeco de trapo con gran
facilidad
  —¡Oh Arnold! Te sientes mal ¡Vamos! yo te ayudo – dijo Helga
con fingida alarma– alguien por favor quiere ceder su asiento a este
pobre chico ¡Le ha dado un soponcio!
  De inmediato se despertó la solidaridad en el vagón, le dieron un

asiento rápidamente, Helga lo dejó caer como si fuera un bulto.
  —Vengo con él. Dijo sonriente luego de apañárselas para quitarle
el asiento continúo al otro pasajero. Se acomodó a su lado feliz de
salirse con la suya pero entonces el chico se deslizo del espaldar del
asiento y cayó sobre su hombro. Helga trató de quitárselo de encima
pero resultó que su cabeza era realmente pesada y no fue que le disgustara mucho. De cierto modo había estado esperando una situación
semejante, lo había soñado toda su vida, Helga se sintió más dichosa
que nunca. De pronto él abrió los ojos le miró y entonces misteriosamente le sonrió y ella le devolvió la sonrisa. Pero el encanto se rompió cuando recobro la conciencia por completo y se encontró en esa
posición, ellos intercambiaron miradas por un largo minuto y entonces Helga no le quedó más que reaccionar como mejor sabía hacerlo.
  —¿Qué crees que haces? Exclamó empujándolo, sacándolo de la
silla como a un perro. Arnold cayó al suelo en redondo.
  —Que manera de despertar a un enfermo. Comentó alguien y Helga roja como un tomate jalo su falda para cubrir sus rodillas. Mientras
él tomaba asiento de nuevo.
  —Conseguiste buenos lugares. Comentó como si nada hubiera pasado.
  —Cierra la boca. Dijo Helga.
  El resto del viaje lo continuaron en silencio, el más incómodo de
toda su vida. Helga recordó que Rhonda había dicho que cuando el silencio se volvía incomodo era porque algo más profundo se escondía.
Pero decidió ignorar lo dicho.
  Un vago subió al metro y comenzó a hablar con los pasajeros, Helga no le prestó atención solo pensaba en salir lo antes posible y correr
a su casa. Entonces el vago dijo:
—Si tienes algo que decir dilo, porque después puede ser demasiado
tarde. El tiempo pasa y los sentimientos cambian.
Ambos sin poder evitarlo se miraron, efectivamente había algo que
decir, algo que confirmar, pero no dijeron nada. El metro llegó a la
estación de parada y ellos se bajaron.
  —Bueno, ya me voy. Dijo Helga.
  —Si. Dijo Arnold.

  —Oye... Dijo Helga.
 —¿Si?
  —Lo del hoy nunca pasó. Aclaró ella.
  —De acuerdo. Dijo Arnold y a Helga le pareció que había desilusión en su cara.
  —Hasta luego Camaron con pelos. Dijo Helga.
  —Nos vemos en la escuela. Dijo Arnold y ambos se dieron la espalda al mismo tiempo alejándose. Arnold dio unos pasos adelante y
entonces repentinamente se volvió a buscar a Helga.
  —Helga… Dijo pero no encontró a nadie en esa estación, Arnold
bajo la mirada sin fijarse que Helga se había escondido tras una columna, recitando uno de sus apasionados soliloquios mientras besaba
su relicario con amor.

Dimensión desconocida
  Ese día no estaba de muy buen humor, no era tan optimista como lo
era Eugene. Helga había hecho una de las suyas, le había jugado una
broma muy pesada y no quería ni verla.
  —¿Sabes Helga? A veces puedes ser sumamente irritante. Le dijo
pasando por su lado.
  —Vamos Cabeza de balón no es para tanto. Dijo Helga divertida.
  —Sí que lo es. Dijo él alejándose mientras todos se burlaban. Helga tuvo cargo de conciencia después de ver a Arnold irse tan enojado.
  Arnold salió de la escuela a paso de carga, alcanzado después por
su mejor amigo.
  —Tengo que admitir que de todas las bromas que te ha hecho esta
se lleva un premio.
 —¡Gerald!
  —En serio, Helga ya es una maestra en las bromas.
  —Ya quisiera yo que me dejara en paz. Dijo Arnold.
  —Vamos al Árcade, ahí podrás descargar toda tu ira. Recomendó
su amigo.
  —Buena idea. Dijo Arnold.
  Llegaron al Árcade y se encontraron a Sid frente a una máquina
que concedía deseos, en la parte posterior de esta había una leyenda
“pídeme un deseo, pero piénsalo bien, los deseos no son sueños”
  —Hola ¿Qué haces? Preguntó Arnold.
  —Pidiendo un deseo. Contestó Sid.
  —No crees en esas cosas o sí. Dijo Arnold arqueando una ceja.
  —Claro que sí. - Dijo Sid. – solo que no sé qué pedir.
  —Esas cosas no pasan. Desmeritó Arnold.
  —Porque no pides un deseo a ver si se cumple. - Dijo Sid algo molesto y echo una moneda. – esta va de mi parte.
  —No tengo nada en especial que pedir. Dijo Arnold.

  —Porque no pides que Helga desaparezca - Sugirió Gerald en son
de broma - no te volvería a molestar nunca más.
  —No sería una mala idea – dijo Arnold - pero desearía mejor jamás
haberla conocido.
  La máquina brilló y dejo caer una tarjeta en la dispensadora. Sid
tomó la tarjeta y leyó lo escrito
  —Tu deseo ha sido concedido ¿Sabes lo que eso significa?
  —Sid, no seas tonto. Arnold no dio crédito a la máquina. Helga
apareció al rato por la puerta acompañada por Phoebe.
  —Sigue aquí. Dijo Sid.
  —Lo ves. Señaló Arnold.
  —Vaya por un momento pensé que Helga desapareció reventándose como una burbuja. Dijo Gerald imaginando la escena.
***
  Arnold regresó a Sunset Arm, era el día de san Patricio y como por
variar la abuela confundió la fecha.
  —Me pregunto cómo sería vivir con unos abuelos normales. Se
dijo para sí y abrió la puerta, entrando seguido por la banda de animales liderados por Abner, como lo esperaba la decoración de la casa de
huéspedes era diferente a exterior.
  —Bienvenido Celestino, feliz día de san Valentín. Saludó la abuela
muy animada saliendo de la casa, tenía una cita con el abuelo.
  —Feliz día de san Valentín. La saludó él siguiendo de largo por las
escaleras.
  —Oye Arnold - lo atajó el señor Hyunh mientras iba rumbo a su
habitación - me harías un favor.
 —Si.
  —Podrías ayudarme a subir estas cajas al altillo, el abuelo me dijo
que podría dejarlas ahí.
  —Claro señor Hyunh. Accedió Arnold ayudándole a cargar las cajas. Una vez llegaron allí subieron una a una. Arnold decidió acomodarlas un poco y subió una de estas sobre el librero que había en el
lugar. Cuando sin previo aviso la caja se abrió y dejo caer sobre su

cabeza unos libros, haciéndolo caer al suelo. El golpe lo sacó del plano real por un momento.
  —¡Cielos santos! Arnold. - Exclamó el señor Hyunh corriendo en
su auxilio - ¿Estás bien?
  Arnold se levantó viendo estrellas.
  —Estoy bien - dijo después rememorando a Eugene - no fue nada.
  —¿Que pasa allá arriba? preguntó Ernie apareciendo en la entrada
tras escuchar el estruendo.
  —Arnold se ha caído. Informó Hyunh preocupado.
  —¿Te lastimaste chico? Preguntó Ernie examinándolo con la mirada.
  —No, no fue nada.
  —¿Seguro? Tienes un enorme chichón del tamaño de tu cabeza.
Señaló el hombre preocupado.
  —Si seguro. Respondió Arnold
  —Será mejor que tu abuela te vea cuando vuelva. Le aconsejó el
señor Hyunh
  —Si eso hare.
  Después de que su abuela lo viera después de regresar, lo curó (era
muy buena enfermera) y luego se encerró en su habitación, más tarde
ese día tuvo una corta conversación con Gerald por teléfono y habló
con su abuelo, se fue a la cama temprano activando su reloj de energía
vegetal cerrando los ojos a la espera de que ese largo día finalmente
terminara.
***
  La alarma del reloj lo despertó, la apagó rápidamente y se giró
sobre la cama queriendo dormir un poco más. Arnold estaba de muy
buen humor, pensando en el desayuno que la abuela le prepararía,
sonrió entre sueños, más su confort se desvaneció al caer en cuenta
de algo, esa no era la alarma de su despertador, su despertador sonaba con un “¡Oye Arnold! ¡Oye Arnold!” emitido por un muñequito
hecho a su imagen y semejanza, aquella alarma que lo asaltó sonó
como una alarma cualquiera, se levantó tomando el reloj entre sus

manos. Era un reloj de cuerda convencional, entonces notó que no
era lo único diferente, aquel no era su reloj y aquella tampoco era su
habitación. De un solo salto Arnold quedó fuera de la cama, fijándose
del notorio cambio de escenario, su estéreo y su sofá plegable habían
desaparecido, en su lugar solo había juguetes esparcidos por doquier.
Era a simple vista la habitación de un niño promedio.
  —¿Qué demonios? Atinó a decir saliendo a toda prisa por la puerta
en busca de respuestas, descubriendo rápidamente que estaba en un
departamento muy pequeño al parecer en un edificio, muy confundido se dirigió a la cocina, ahí encontró a una mujer de espaldas a él
lavando los platos.
  —Disculpe… dijo, ella se dio la vuelta y le sonrió.
  —Buenos días cariño ¿dormiste bien? Al verla pudo reconocerla a
pesar de que solo la había visto en fotos. La mujer que estaba frente a
él secándose las manos era Stella, su madre.
 —¡¿Mamá?!
  —¿Si? Dijo ella secándose las manos.
  —¿Cuándo regresaste? Preguntó sin poder creerlo.
  —Anoche muy tarde – dijo ella como si tal- ¿Por qué estás tan
asustado? Parece que estuvieras viendo un fantasma.
  —Es que… - ver por primera vez a su madre fue una mezcla indescriptible de sentimiento, se acercó mirándola de arriba a abajo y luego
la abrazó - ¡No puedo creer que estés aquí mamá!
  —¿Nos extrañaste? Le preguntó Stella devolviéndole el afecto.
  —¡Si! No sabes cuánto. Exclamó apretando los ojos con fuerza. La
puerta se abrió y por esta entró un hombre rubio muy alto trayendo
unos paquetes.
  —Ya estoy aquí. Anunció con alegría, Arnold se giró sobre sus talones y lo reconoció de inmediato.
 —¿Papá?
  —¡Hola campeón! Te levantaste temprano - saludó Miles caminando por la cocina, golpeándose la rodilla contra la mesa. Él no esperó a que se recuperara corrió hacia él saltándole encima.
  —Vaya alguien me echo de menos esta mañana.
  La alegría que lo invadía en ese momento fue completa, no espera-

ba una sorpresa semejante.
  —No saben cuánto los eche de menos, quería verlos. Dijo sin despegarse de su padre.
  —¿Que pasa Arnold? - dijo Miles extrañado de su actitud - hablas
como si no nos hubieras visto en mucho tiempo.
  —Fue demasiado. Contestó
  —Te prometemos que no lo volveremos hacer - le prometió Stella
- la próxima vez te llevaremos con nosotros.
  —¿De verdad?
  —Si pero no te alarmes tanto, solo nos fuimos un día.
  Al escuchar eso el encanto se rompió, eso no podía ser verdad, sus
padres desaparecieron cuando era apenas un bebe.
  —¿Un día? Arnold retrocedió desilusionado, al darse cuenta de
que aquello no era más que un sueño.
  —Cariño, estás muy extraño. Dijo su madre
  —No - negó siguiéndoles la corriente - solo los extrañé eso es todo.
  —¿De verdad?
  —Si, todo está bien. Arnold estaba muy decepcionado pero se extrañó de que aquello se viera tan real incluso notaba el perfume de su
madre.
  —Bueno, prepárate para ir a la escuela. Dijo Stella.
  —Está bien. Arnold se fue por el pasillo. Al llegar a la puerta de
su supuesta habitación se pellizcó para comprobar si efectivamente
estaba soñando y le dolió. Eso lo desconcertó, ¿si era un sueño porque
le dolía?
  —Tiene que ser un sueño. No hay otra explicación.
  —Arnold, tu uniforme esta sobre la cómoda. Le informó su mamá.
  —¿Uniforme? Preguntó él sin entender.
  —Si, tú uniforme. Dijo Stella.
  No le tomó mucho tiempo identificarlo, se lo puso y se miró en el
espejo. El atuendo que lucía ahora era muy distinto al habitual, era un
traje de color azul y corbata.
  —Helga diría que parezco un idiota - Dijo en voz alta - esas serían
sus exactas palabras.
  Decidió disfrutar del extraño sueño y buscó el último accesorio que

le hacía falta y para su sorpresa no lo encontró en ninguna parte.
  —¿Pasa algo? Preguntó Stella asomándose a la habitación.
  —¿Has visto mi gorra? Preguntó Arnold y de inmediato su madre
estrechó el entrecejo.
  —La perdiste ¿no lo recuerdas?
  —¡¿De verdad?! - preguntó y ella lo miró muy extrañada - es decir
lo olvidado.
  —Tu lonchera esta lista. Aviso su madre dejando la habitación. Arnold la siguió y le dio terror de hacer la siguiente pregunta
  —¿Dónde están los abuelos?
  —Los iremos a ver el martes. Contestó Miles guardando unos mapas.
  —¿Pero dónde están? Interrogó.
  —Están en la casa de retiro. Su respuesta lo impactó.
  —¿Cuál casa de retiro? ¿Qué sucedió con Sunset Arm? Sus preguntas desconcertaron a Miles y Stella quienes se miraron entre sí.
  —¿No lo recuerdas? El abuelo tuvo que vender la casa de huéspedes a industrias Futuro el año pasado. Le recordó pacientemente
Miles.
  —Eso no puede ser… yo salvé el vecindario junto con Gerald y
Helga. Murmuró perturbado.
  —¿Que dices hijo? Pregunto Stella.
  —Nada. Respondió rápidamente, ellos notaron que estaba muy
raro y se preocuparon.
  —Bien, cuando regreses de la escuela iremos al parque a jugar
béisbol ¿Qué te parece? Le propuso su padre.
  —Está bien. Aceptó el chico pensativo saliendo a la escuela - estoy
soñando de eso no cabe duda pero ¿por qué se siente tan real?
***
  Arnold vino a darse cuenta de un pequeño detalle un poco tarde,
ya no estudiaba en la escuela 118 y vino a enterarse cuando todos sus
compañeros se lo reiteraron empezando por Wolfgang.
  —Miren este idiota se equivocó de escuela. Anunció a los cuatro

vientos desatando risas generales. Arnold huyó de las burlas calmadamente.
  —Bien, ya no me agrada este sueño. Se dijo. Cuando vio a Gerald
a la distancia.
  —Gerald. Lo saludó corriendo hacia él
  —Hola. - Saludó él con frialdad omitiendo por completo su saludo
secreto. - Si me disculpas tengo que ir a clases.
  —¿Pero qué dices? - Gerald no se quedó a aclarar nada siguió de
largo -
¡Gerald!
  Arnold quedó confundido con su actitud esquiva.
  —Arnold ¿Tienes amnesia o qué? - le dijo Sid pasando por su lado
- olvidaste que Gerald y tú ya no son amigos.
  —¡¿Por qué?! Preguntó alarmado.
  —¿Lo olvidaste? Se pelearon porque no pudieron salvar el vecindario y tú tuviste que mudarte. Le explicó.
  —Estás muy extraño estimado Arnold. Dijo Stinky a su vez y ambos lo dejaron atrás.
  —¿Qué rayos sucede aquí? Recupere a mis padres, pero a cambio
perdí mi casa y a mi mejor amigo, esto no tiene sentido.
  En ese momento apareció Phoebe distraída leyendo un libro y chocó con él.
  —Lo siento - se disculpó enfocando sus gafas - Arnold ¿Qué haces
aquí? No se supone que estás en tu nueva escuela.
  —Phoebe ¿Que sucede aquí? Preguntó.
  —¿De qué hablas?
  —Olvídalo, no lo entenderías, sueño o no. Lo cierto es que ya no
estudio aquí. Concluyó.
  —Estas un poco extraño.
  —No te preocupes solo tal vez estoy nostálgico - dijo siguiendo la
corriente - supongo que me han echado de menos, sobre todo Helga.
  —¿Quien? Preguntó Phoebe y la alarma acudió a sus ojos.
  —Helga, tu mejor amiga. Repitió Arnold.
  —Mi mejor amiga es Rhonda, tú lo sabes muy bien, no conozco
a ninguna Helga. Afirmó Phoebe, entonces todo empezó a tener un
sentido abrumador. La máquina de los deseos, su deseo pedido.

  —No puede ser, la maquina concedió mi deseo.
  —¿Qué maquina? Interrumpió Phoebe sin comprender. Pero Arnold no le respondió saliendo a toda prisa de ese lugar.
***
  Arnold corrió hacia la casa de Helga y para su sorpresa la familia
Pataki no estaba ahí, ahora vivía una familia coreana que ni siquiera
hablaba su idioma. Cada vez más aturdido corrió hacia un callejón
tratando de encontrar algún sentido a ese enredo.
  —Esto no tiene lógica es totalmente absurdo, tiene que ser un sueño, tiene que ser un sueño, no existe otra explicación, tengo que despertar – Arnold miró hacia arriba y subió por una escalera de incendio hasta la parte alta cruzándose hacia el otro lado del pasamanos
sosteniéndose del tubo con ambas manos pero el vértigo y temor se
apoderaron de él - Si es un sueño no me pasara nada, no se puede
morir en los sueños pero… y ¿si no es un sueño? No, tiene que serlo,
mis padres desaparecieron en la selva, Gerald es mi mejor amigo y yo
salvé el vecindario y sin duda Helga existe en mi vida.
  Después de un instante de duda se soltó, cayendo dentro de unos
botes de basura. El dolor que le llego hasta la medula le hizo saber
que esa era la realidad.
  —No es un sueño, esto es real - concluyó adolorido - realmente esa
máquina concedió mi deseo.
No cabía duda de que estaba en un mundo donde no existía Helga.
  —¿Y ahora que voy hacer? Se dijo.
  —¡Arnold! - escuchó la voz de Lila y ella apareció a sus espaldas¿estás bien?
 —¿Lila?
  —Estas lastimado. Dijo arrodillándose a su lado.
  —Estoy bien. La tranquilizó Arnold.
 —¿Seguro?
  —Si. Contestó Arnold.
  —Que bueno. Dijo ella y sorpresivamente se acercó dándole un
profundo beso en los labios, él que no esperaba una acción semejante

se zafó rápidamente.
  —Lila ¿qué haces? - preguntó estupefacto tomándola por los brazos - se supone que yo solo te gusto, no te gusto-gusto.
  —¿Que dices? Tu siempre me has gustado-gustado, por eso eres
mi novio.
 —¡¿Novio?!
  —¡Claro! Afirmó Lila entornando los ojos. Arnold no podía creerlo, en esa nueva realidad Lila era su novia y no lo encubría en absoluto. Antes se hubiera sentido en la gloria pero ahora.
  —¿Qué sucede? Preguntó Lila. Arnold tomó distancia se sentía extraño, los besos de Lila no lo encandilaron en absoluto, cada vez se
sentía más confuso en ese mundo.
  —Esto está mal. Dijo él.
  —¿Qué está mal?
¿Cuál es el problema?
  —No es que… estoy comenzando a extrañar a alguien. Confesó
Arnold.
  —¿A quién?
  —A Helga – confesó Arnold con la mirada en el suelo - no lo tomes
a mal.
  —¿Te refieres a esa niña mala que vivía en tu antiguo vecindario?
Sus palabras lo emocionaron.
  —Quieres decir que ¿Helga si existe en este mundo?
  —¿Qué? Refutó Lila sin entender.
  —Quiero decir entonces si conoces a Helga.
  —Si, es una niña muy mala ¿no lo recuerdas? Era una bandida que
hacia cosas muy malas. Le recordó Lila.
  —¿Sabes que ha sido de ella?
  —Hasta donde supe está en un reformatorio pero ¿Por qué ese repentino interés por alguien que no conoces de cerca?
  —Porque la conozco más de lo que crees - Dijo él y sin dar más
explicaciones se alejó a buscar a la Helga de esa dimensión - tengo
que hacer algo.
  —Pero Arnold ¿A dónde vas? Replicó Lila.
  —No te preocupes Lila, te veré después. Le prometió Arnold

***
  El reformatorio de Hillwood albergaba a los chicos más peligrosos de la ciudad, ahí se encontraba Helga Pataki por un crimen que
si cometió. Arnold fue a verla con la esperanza de que al menos lo
recordara. Al verla apenas si pudo reconocerla, no llevaba dos coletas
sino una y no llevaba su moño rosa, vestía un vestido largo con rayas
negras. Ella lucia más malvada de que como la recordaba.
  —¿Como que tengo visita? A mí nadie me visita. Replicó ella caminando hacia a la sala de visitas seguida por la carcelera.
  —Silencio Hellgirl o te castigo. La amenazó está llevándola hasta
donde estaba su visitante, apenas lo vio arqueó una ceja.
  —Y ¿Quién es el cabeza de sandía?
  —Tu visitante. Señaló la carcelera dejándolos solos. La prisionera
se sentó frente a Arnold.
  —Bueno ¿Tu quién diablos eres? Preguntó.
  —Soy Arnold ¿no me reconoces?
  —No recuerdo a ver visto tu fea cara alguna vez. Contestó Helga
renuente.
  —Así que definitivamente cambie la historia. Concluyó Arnold
desconcertado.
  —¿Cómo? preguntó ella sin entender.
  —Es mi culpa que estés aquí.
  —No me digas que fuiste tú quien llamo a la policía - se puso a la
defensiva Helga levantándose de golpe de la silla - si es así te juro que
meteré tu cabeza en...
—No es eso - la retuvo Arnold levantando las manos - esto no tenía
que pasar así.
  —A ver enano explícate. Exigió Helga impaciente volviendo a
sentarse.
  —Parecerá una locura, pero por culpa de un deseo cambie la historia.
  —¿Qué?
  —Tu y yo nos conocíamos me molestabas todo el tiempo y me
odiabas, pedí un deseo a una máquina, le pedí nunca conocerte y se

ha cumplido, pero a cambio toda mi vida cambió.
  —Aja. Siguió Helga cruzándose de brazos.
  —Se supone que debo estar feliz porque en esta dimensión tengo
a mis padres a los cuales nunca conocí pero me siento algo fuera de
lugar. Se sinceró.
  —Entonces vienes de otra dimensión ¿O qué? ¿O cómo?
  —Más o menos.
  —Interesante historia - dijo Hellgirl ladeando su cabeza a un lado
- ahora cuéntame una historia de vaqueros.
  —Sé que parece absurdo pero te estoy diciendo la verdad. Dijo
Arnold.
  —¿En serio?
 —Si.
  Por supuesto que Helga no se lo tomó en serio.
  —Escúchame, Armando. Dijo Helga poniendo sus brazos sobre la
mesa, acercándose un poco como si fuera a confiarle un secreto.
  —Arnold. Corrigió él.
  —Deja las drogas, eso no lleva a nada bueno. Aconsejó
  —No estoy drogado, te estoy hablando absolutamente en serio replicó Arnold ofendido - nosotros nos conocemos, tú me molestabas
todo el tiempo, me llamabas cabeza de balón.
  —Te viene como anillo al dedo hijo - Interrumpió Helga riendo
apoyando la espalda al respaldo de la silla - no te han dicho que tienes
una cabeza muy particular, Adrián.
  —Arnold y si me lo han dicho muchas veces, sobre todo tu que me
odiabas pero me ayudaste a salvar al vecindario.
  —¿Cual vecindario?
  —El vecindario que estaba entre la calle 33 y la 39 ahí vivía con
mis abuelos. Le explicó.
  —¿Dónde está ahora el centro comercial? Preguntó Helga.
  —Si, al pedir ese deseo no me di cuenta que si tú no estabas no podría salvar el vecindario, ahora perdí a mi mejor amigo Gerald y vivo
como un niño cualquiera con sus padres. Había un dejo de angustia
en su voz
  —¿Eso es malo?

  —No pero no me gusta - respondió Arnold cerrando los ojos - no
debería quejarme pero me gustaba mi antigua vida.
 —Andrés…
  —Arnold. Corrigió.
  —Lo que sea, digamos que te creo esa payasada de que vienes de
otra dimensión donde salvaste al vecindario y yo te ayudé y no sé qué
más cosas pero me asalta una pequeña duda si supuestamente te odio
¿Por qué te ayudé? Arnold la miró fijamente, esa era una muy buena
pregunta, ciertamente no lo hizo porque no tuviera nada más que hacer, verdad había en esas palabras sin sentido que él quiso negar.
  —No lo sé, tú eres tan extraña. Contestó.
  —De acuerdo, niño de la otra dimensión, nos conocemos de una u
otra forma pero va ser muy difícil deshacer el deseo que formulaste.
Creo que vas a tener que acostumbrarte a esta nueva realidad donde
no eres un héroe sino un niño común y corriente y donde no nos conocemos – Helga se levantó de la silla para retirarse - fue un gusto
conocerte, salgo como en 10 años. Búscame para salir algún día, mi
viejo tiene un negocio de localizadores en el centro… adiós Arturo.
  —¡Arnold! Corrigió por enésima vez.
  —Si, si, como sea. Se despidió Helga saliendo del ala de visitantes.
  —Ni siquiera Helga es la misma. Se lamentó Arnold mientras la
veía alejarse. Y era cierto salvo por un detalle.
  —Vaya loco, él es el que debería estar encerrado y no yo, nunca
había escuchado tantas tonterías juntas, pero que payaso, que tarado,
que perdedor más grande, que fenómeno más extraño, que cabeza
más rara y ovalada – murmuró Helga mientras llegaba a la reja y salió
por esta luego de que la carcelera la abriera más se detuvo repentinamente devolviéndose hacia la reja - sin embargo ¿no es su extraña
cabeza de balón algo de apreciar? Creo que he caído en su hechizo, en
el brillo de sus orbes verdes, estos me han robado el corazón. Helga
suspiró y entonces Arnold levantó la mirada y le pilló observándole,
mas no se escondió como lo haría la Helga que él conocía. En vez
de eso ella le guiñó con ojo coqueto y luego se fue. La Helga de esa
realidad se había enamorado de Arnold y de eso se dio cuenta él. Ella
se alejó hacia su celda y acostándose en su cama con una navaja lo

dibujó en la pared con una navaja.
***
  Arnold llegó a su nuevo hogar encontrándose con un cuadro nada
familiar al cruzar la puerta, su madre ponía la mesa y su novia Lila la
ayudaba mientras su padre revisaba una cámara fotografía.
  —Hola cariño ¿Dónde estabas? Preguntó Stella.
  —Por ahí. Respondió él sentándose a la mesa. En el transcurso de
la cena todo fue normal, sin embargo cada vez se sentía menos a gusto, empezó a extrañar todo, a sus abuelos bailando sobre la mesa al
son de la música de Dino Spumoni mientras los huéspedes les hacían
barra, a su amigo Gerald, incluso al señor de los helados, extrañó todo
de su antigua vida.
  —¿Por estas tan pensativo? Le preguntó Miles.
  —Por nada. Contestó Arnold.
  —Has estado muy callado toda la noche ¿te sucedió algo en la escuela? Interrogó su madre, pero no podría pasarle nada en la escuela
ni siquiera había ido, si les contara lo que pasaba lo tomarían por loco.
  —No pasa nada, quizá estoy un poco cansado. Nadie quedó muy
convencido de su respuesta.
  —La próxima semana será día de acción de gracias - cambió de
tema Lila - creo que deberíamos hacer algo especial.
  —Que tal unos juegos pirotécnicos. Propuso Arnold recobrando la
emoción mas esta se vio truncada ante la mirada de todos.
  —Juegos pirotécnicos pero eso sería mejor en año nuevo. Dijo Stela.
  —¡Seria genial! No haríamos lo que hacen todos los demás. Arnold Se dio cuenta de que estaba hablando como su abuelo.
  —Esa parece ser una idea de Pookie - Dijo Stella - pero no creo que
sea buena idea hijo, hará mucho frio ese día.
  Arnold se desilusionó ante su respuesta.

Después de la cena escapó hacia la azotea del edificio. Lila lo siguió.
  —¿Te pasa algo? - quiso saber - ¿Has estado actuando muy extraño?

  —Lila esto no está bien. Dijo él asomándose por la azotea.
  —¿Que no está bien?
  —Esto que estamos viviendo, yo no debería estar aquí y tú tampoco. Siguió
  —¿De que hablas?
  —Creí que se trataba de un sueño pero es tan real y perfecto pero…
  —Es real créeme no estás soñando - Afirmó Lila acercándose tomándole de las manos - ¿Por qué no lo crees?
Arnold la miró directo a los ojos, iluminado por esa tierna sonrisa.
  —Lila, lo que más deseaba en el mundo era gustarte- gustarte en
serio.
  —Y me gustas en serio. Añadió ella.
  —Y también deseaba tener a mis padres. Continúo Arnold
  —Están contigo ¿no? Tienes todo lo que un niño normal tiene,
unos padres, una linda novia que te quiere, todo lo que siempre has
querido ¿no estás feliz?
  —No. Respondió categóricamente
  —¿Por qué Arnold?
  —Porque yo tenía un mundo feliz y no era este - Arnold se desesperó soltándose de sus manos – y lo quiero de vuelta ¡Quiero devuelta
a mis excéntricos abuelos, a Sunset Arm, a los huéspedes, a mis amigos, a Gerald y también quiero devuelta a Helga!
  De pronto el cielo se desquebrajó y se rompió como una cúpula de
cristal y luego el suelo se desintegró bajo sus pies cayendo a un vacío
oscuro. Arnold cerró los ojos y cuando los volvió abrir se encontró
con un techo conocido, parpadeo de nuevo y se encontró rodeado por
los inquilinos de Sunset Arm.
  —Muchacho en nombre de todos los ángeles di algo. Insistió Ernie
con preocupación sacudiéndolo en el sofá.
  —Que va decir si casi se mata en la caída, el abuelo nos lo va cobrar
entero. Añadió Oskar comiéndose un paquete de papas fritas gigante.
  —¡Cállate Kokoshka! Exclamó Ernie.
  —Hay que llamar a una ambulancia deprisa. Apuró Susie alarmada
corriendo en círculos.
  —Calma Susie. Dijo el señor Hyunh.

  —¿Arnold di algo? Suplicó el hombre desesperado.
  —¿Dónde estoy? Preguntó con debilidad.
  —En Sunset Arm, unos libros te golpearon la cabeza y te caíste.
Informó el inquilino.
  —¿Sunset Arm?! - Arnold se levantó de golpe - no puedo creerlo
entonces si se trataba de un sueño.
  —Si todo está bien salvo tu cabeza, chico hay que llevarte a un
hospital.
  —¡Genial! Exclamó Arnold feliz saltando del sofá, echándose a
correr por el corredor ante la mirada desconcertada de todos.
  —¡Vaya! el golpe le afecto más de lo que temíamos. Añadió Oskar
comiéndose una papa frita.
  Arnold salió fuera encontrándose a su vecindario tal como lo conocía, nunca se sintió más feliz de estar ahí. Justo en ese momento llegó
el packard y de este bajaron sus abuelos. Arnold corrió hacia ellos y
abrazó a su abuelo y le dio un beso en la calva.
  —Oye chaparro pero ¿Por qué tanto amor? preguntó el abuelo sin
entender, pero su nieto no le contestó y fue hacia su abuela abrazándola también y luego siguió su alocada marcha.
  —¡Bienvenido! Gritó la abuela.
Al llegar a la esquina se encontró con Gerald.
  —Hola Arnie iba hacia tu casa. Lo saludó
  —¿Gerald sigues siendo mi mejor amigo? - Preguntó Arnold sujetándolo por los brazos - ¿salvamos el vecindario?
  —Que yo sepa sí. Respondió confundido.
  —¡Perfecto! Dijo y sin esperar palabra de su amigo siguió corriendo.
  —¡¿Oye que traes?! Preguntó más Arnold no se detuvo a responder
se alejó velozmente recorriendo el vecindario, celebrando y saludando a todos los niños que encontraba en su camino. Rhonda que estaba
ahí se volvió hacia los otros desconcertada como si estuviera viendo
a un loco.
  Al llegar a una esquina chocó aparatosamente con Helga. Los paquetes de mercado que llevaba esta salieron a volar.
  —Arnold… es decir torpe cabeza de balón ¿que no tienes ojos?

Espetó agresivamente Helga sobándose mientras él se sacudía la cabeza.
  —Helga - exclamó Arnold al verla - ¡eres tú! ¡Realmente eres tú!
ya no estás en el reformatorio.
  —¿Cuál reformatorio? Replicó Helga confundida.
  —¡Que gusto me da verte! Exclamó Arnold y sin más se lanzó sobre ella dándole un sorpresivo beso en la mejilla, se lo hubiera dado
en la boca si Helga no lo hubiera esquivado instintivamente.
  —¡Oye viejo! ¿Qué haces? preguntó pero el contacto de sus labios
en su mejilla fue lo suficientemente electrizante para que ella quedara
como un animal disecado. Arnold la soltó levantándose para seguir
con su alocada carrera. Helga se quedó ahí desplayada sobre el andén
con las piernas y los brazos extendidos.
  —Sin comentarios… fue lo único que pudo decir. Arnold llegó
hasta el viejo árbol donde estaba la casa de madera y una vez ahí puso
los brazos en jarras.
  —Así está mejor todo es como debe ser. Dijo orgulloso de su mundo el único que había conocido.

La balada de Abner
  La abuela organizo una fiesta para celebrar el aniversario de Sunset Arm. Los dueños de casa decidieron echar la casa por la ventana
e invitaron a todos al evento. Los huéspedes se encargaron de poner
la música desde una tarima y la abuela vestida como Slash el famoso
guitarrista de rock, se encargó de todo lo demás.
  Hubo dulces, globos y también una piñata la cual instalaron en
el patio de atrás, a la espera del afortunado que tendría en honor de
romperla. Eugene fue el encargado de esa tarea y al hacerlo puso en
peligro a todos los invitados de la fiesta. Antes de darle a la piñata,
Eugene golpeo a Sid en la cabeza y al abuelo de Arnold por donde
más duele.
  —¿Abuelo estas bien? Preguntó Arnold.
  —Menos mal ya tengo un heredero. Dijo él cojeando, mientras
todos corrían huyendo del frenético ataque de Eugene. Finalmente
él logro dar en el blanco y la piñata le cayó encima. Como buitres y
cuervos los chicos del vecindario se lanzaron sobre él a recoger el
botín.
  —¡Estoy bien! Dijo Eugene lastimeramente mientras todos se apoderaban de los juguetes y los dulces e inclusive cosas que pertenecían
a él, sin molestarse en ayudarle.
  Después vino la comida y luego el concierto. El señor Hyunh se
robó el show con una gran canción que hablaba sobre dos amigos que
tuvieron que separarse por cosas del destino, si bien no era música
country el género musical que él tocaba, fue esplendida. La abuela lo
acompaño a lo largo de la canción con su guitarra y después hizo un
alargue de guitarra en solitario de casi veinte minutos que hizo vibrar
a todos los presentes.
  Al terminar la canción el señor Hyunh y su acompañante bajaron
de la tarima y este último se dirigió a Arnold.

  —Buena fiesta, viejo. Dijo y sin más se marchó. Arnold lo miró
extrañado, su voz no sonó como la voz de la abuela, era una voz de
hombre.
  —Wow tu abuela es increíble. Comentó Gerald apareciendo a su
lado.
  —¿Que yo que? Preguntó la abuela apareciendo detrás de Arnold y
ambos se volvieron hacia ella.
  —Abuela ¿Eras tú la que tocaba la guitarra hace un momento?
Preguntó Arnold.
  —No, tuve que atender un asunto y deje un remplazo. Contesto
ella.
  —Entonces si no eras tú entonces el que me acaba de hablar fue…
Dijo Arnold volviéndose hacia donde se había marchado el guitarrista
misterioso.
  —No lo creo ¿Por qué razón estaría él en un vecindario como este?
Cuestionó Gerald.
***
  Arnold dejo el asunto del guitarrista desconocido de ese tamaño y
fue con su mascota Abner, para darle su respectiva parte del festín.
En cuanto la comida cayó a su plato, el cerdo la devoro y no dejo ni
una miga.
  —Veo que te gusto - Dijo él y el cerdo gruño por un poco más de
comida - te daré un poco más tarde.
Abner no estuvo muy conforme e insistió, dándole a coces a sus piernas.
  —Si te doy más te engordaras y el abuelo querrá cocinarte - Bromeó Arnold y le hizo una acaricia detrás de la oreja y Abner entendió
el mensaje -eres un buen chico.
  Arnold adoraba a su mascota, era según él mejor que un perro,
Abner era listo, un cerdo adorable, con solo verlo daban ganas de
abrazarlo. Arnold lo tenía desde que era un bebe, una vez se perdió
pero supo encontrar el camino y regreso a casa, entre los aplausos
de los vecinos y la alegría de Arnold. Después de ese día el chico se

convenció de que siempre estarían juntos.
Arnold se alejó junto con Abner ignorando lo que hacían sus compañeros más cercanos. Stinky y Sid, quien ya se había recuperado del
golpe estaban jugando con algo que Stinky había encontrado.
  —Mira lo que encontré en los muelles. Dijo Stinky.
  —¿Qué es? Preguntó Sid.
  —Es un cohete. Dijo Stinky mostrando un cohete de pólvora.
  —¿Lo vas a prender? Preguntó Sid.
  —Claro hay que ambientar la fiesta. Dijo él y Sid la tomó en sus
manos.
  —¿No vas a esperar que a que se haga más tarde? Los juegos pirotécnicos se ven mejor de noche. Dijo él.
  —Tengo otro, pero quiero ensayar este primero, quiero saber cómo
está la pólvora. Dijo Stinky.
  —Pues vamos a hacerlo. Dijo él y lo puso en el suelo, imaginaron
que al estallar sorprenderían a todos. Stinky sacó un encendedor y
acercó la llama a la mecha, la cual se prendió de inmediato, ellos rápidamente se alejaron y esperaron a que el cohete despegara. El fuego
alcanzó la base del cohete pero se apagó repentinamente. Ambos estiraron el cuello extrañados, pasaron algunos segundos y el cohete no
despego, finalmente Stinky salió de su escondite acercándose, pero
cuando estaba a escaso metro y medio, el cohete estallo como si fuera
una bomba y el impacto lo derribo, no salió herido pero lo dejo aturdido y una bola de fuego resplandeció atrás de Sunset Arm y el estruendo asustó a todos los invitados de la fiesta y a Abner quien asustado
por el estallido y por una fragmento que le se le cayó encima, salió
corriendo por la cerca, hacia la calle.
  —¡Abner! Grito Arnold y sin pensar corrió tras el cerdo. Abner
despavorido cruzó la calle, Arnold lo siguió tratando de alcanzarlo,
cruzando la calle sin ninguna precaución y justo en ese instante el
camión de los helados venía en esa dirección a toda velocidad, justo
hacia Arnold.
  —¡Cuidado con ese coche! Grito Elsa desde la puerta. El heladero
al ver el obstáculo, giro el volante y el camión cambio de dirección,
hacia Abner, el cerdo vio al enorme camión venir hacia él pero no

pudo esquivarlo. El camión pasó frente a los ojos de Arnold y se estrelló contra una pared. El heladero casi se ahoga con la bolsa de aire
y salió del camión lanzando maldiciones.
  —¡Niño idiota casi haces que me mate! Gritó él colérico. Arnold
no le respondió, se quedó parado en la mitad de la calle, horrorizado
y con los ojos desorbitados mirando a su mascota inmóvil, maltrecha
y herida, con la lengua afuera y sin ninguna señal de vida. Elsa llego
a su lado mientras él se acercaba lentamente hacia su mascota temblando, levantando sus manos hacía él, al mismo tiempo que todos
alarmados salían a ver que sucedió.
  —¡Rayos y centellas! ¿Qué sucedió? Preguntó el abuelo alarmado.
  —Un accidentee. - Dijo Elsa alarmada - el cerdito, el cerdito, pobre
ceerdito.
  —¡Oh dios mío! Exclamó horrorizada Suzy llevándose las manos
a su cabeza.
  —¿Esta bien? preguntó Gerald con un hilo de voz acercándose hacia su amigo.
  —¡La culpa es de Arnold! Acuso el heladero sosteniendo su brazo,
todos se volvieron a verlo y él solo pudo murmurar una palabra.
 —Abner…
***
  Una ambulancia llego a atender la emergencia. El heladero se rompió un brazo y Abner resulto seriamente afectado, no se movía, ni
respondía. El abuelo y Oskar lo subieron al packard para llevarlo
al veterinario, mientras los paramédicos atendían al heladero que no
dejaba de quejarse.
  —¡Ay de mí! ¿Qué va ser de mi trabajo? Como se supone que voy
a vender helados. Exclamó como un doliente.
  —Por qué no tiene más cuidado, como se le ocurre correr a esa
velocidad en una vía publicaa. Replicó Elsa al lado de los demás vecinos.
  —¡Oiga señora! La culpa no es mía, Arnold fue el que se atravesó
como una maldita vaca, es un milagro que no le haya pasado el ca-

mión por encima. Se defendió el heladero.
  —¡Si pero atropello a la mascota! Exclamó Suzy.
  —Era él o era el maldito cerdo, no tenía elección señora. Replicó
él y al escuchar esas palabras Arnold se volvió hacia él enfurecido.
  —¿A qué se refiere con el maldito cerdo? ¡Se llama Abner! ¡Y USTED LO ATROPELLÓ!
  —Escucha bien enano, si alguien tiene la culpa aquí, ¡ESE ERES
TÚ! Date por bien servido que es ese animal y no tú el que va en esa
sabana, si se muere ¡Bien merecido lo tienes por tonto! Dijo el heladero y sus palabras lo hirieron en lo más profundo de su corazón.
El packard dio un arrancón.
  —¡Sube rápido Arnold! No hay tiempo que perder. Dijo el abuelo y él mecánicamente obedeció, subiéndose al packard. El vehículo
arrancó velozmente hacia la veterinaria más cercana. Los chicos del
vecindario lo vieron perderse al dar vuelto a la esquina.
  —Esto no se nada bien. Dijo Gerald preocupado.
  —¿Tú crees que se salve? Preguntó Sid.
  —No lo creo, se rompió las patas, en casa cuando un caballo se
rompía una pata, la única solución era un par de balazos. Respondió
Stinky.
  —No digas eso. - Dijo Gerald mirándole enfadado - este no es un
cerdo cualquiera, es Abner la mascota de Arnold, si se muere... no
quiero pensar que va a pasar.
  —¡Esto es terrible! Pero yo se quienes tuvieron la culpa. - dijo
Rhonda dirigiéndose a dos causantes - Stinky y Sid ustedes tienen la
culpa como se les ocurre estallar esa cosa en una fiesta.
  —No es nuestra culpa, el cohete estaba defectuoso, ¿cómo íbamos
a saberlo? Se defendió Sid.
  —Se les va ir hondo, van a ver. Dijo Harold.
  —No fue culpa nuestra, fue culpa del heladero, él fue el que lo
atropelló, lo dejo como goma de mascar sobre el pavimento. Continúo su defensa Stinky.
  —Eso no importa en este momento. Dijo Gerald ya cansado de
verlos discutir.

***
  En la veterinaria estaban los abuelos de Arnold, Arnold y Oskar a
la espera de noticias de Abner. El veterinario salió acabo de un rato.
Arnold salto de la silla y corrió hacia él.
  —¿Que sucedió? ¿Va a salvarse? ¿Cierto? Preguntó ansioso.
  —Temo que no traigo buenas noticias, tiene una lesión interna muy
grave y llego sin constantes fisiológicas Dijo el veterinario.
  —¿Eso qué quiere decir? Pregunto el niño y el veterinario bajo la
mirada.
  —Me temo que no puedo hacer nada. Dijo él y al escuchar eso
la abuela se llevó la mano a la boca, el abuelo se llevó su mano a la
cabeza y Oskar sacudió sus manos.
  —¿Eso qué significa? Preguntó el niño tratando de encontrar el
lado bueno a esas palabras.
  —No hay nada que hacer, lo siento mucho chico.
  Al escuchar esas palabras, quedo sin habla y con un nudo en el
fondo de su pecho, apenas si tuvo la certeza de que esa seguía siendo
la realidad. La abuela lo sostuvo por los hombros mientras su abuelo
y Oskar lo rodeaban.
  —Puedes despedirte de él si así lo deseas. Dijo el veterinario.
 —Si.
  —¿Estás seguro hombre pequeño? Preguntó su abuelo.
  —Si. Respondió Arnold y siguió al veterinario.
  Él los llevo hasta donde estaba, sobre una mesa, una vez ahí, el
veterinario los dejó solos.
  —Esto es lo que odio de mi trabajo. Murmuró el veterinario y salió de la habitación dejando la puerta abierta. Todos se reunieron
alrededor de Abner en un profundo silencio. El chico se acercó a su
mascota, él parecía dormido no tan mal como decía el veterinario. Tal
vez estaba equivocado, o tal vez estaba bromeando. Pero la quietud
de Abner dijo lo contrario. Definitivamente su mascota se había ido.
  —¿Podrían... podrían dejarme solo con él? Pidió y ellos se miraron
entre sí.
  —De acuerdo. Dijo el abuelo y le dio unas palmadas de ánimo en

su espalda y salió de la habitación junto con Oskar y Pookie. Al estar
solo ahí con su mascota sintió frio y un dolor profundo. Una profunda soledad como si se hubiera quedado solo en un planeta distante,
jamás se había sentido tan desolado.
  —¡Oye Abner! ¿Sigues aquí? El veterinario dice que no hay nada
que hacer, ¿Es cierto? - le tocó el lomo justo en la pequeña quemadura
que la pólvora le había provocado - Yo no quería que te pasara nada,
no quería que pasara esto, Abner lo siento, si yo no hubiera sido tan
descuidado tu no estarías... en ese instante, llego al límite y rompió a
llorar, como nunca antes, sus lágrimas cayeron sobre la piel amoratada de Abner. El chico lloro desconsolado, apoyado su cabeza sobre
su lomo. Y fuera de la habitación escondida detrás de la puerta como
una sombra, Helga aguardaba, tratando de evitar que se le escaparan
las lágrimas.
***
  Helga regreso a su casa muy abatida, cuando abrió la puerta casi se
arrastraba, estaba muy triste hasta para caminar.
  —Qué día… - murmuró caminando hacia el comedor encontrándose a sus padres - ya estoy en casa.
  —Bienvenida, sigue la cena está servida. Dijo Miriam lucida como
raras veces y sirvió una suculenta chuleta de cerdo en un plato. Helga
miró la carne con desagrado. Esa había sido la peor de las ironías.
  —No gracias, no tengo hambre mamá. Dijo Helga.
  —¿No tienes hambre…? Preguntó Miriam extrañada.
  —Guárdale su parte, Miriam, debió comer como un cerdo en la
fiesta de los Hylander. Dijo Bob cortando con maestría su chuleta.
Helga se retiró a su habitación con nauseas. Se encerró y fue a su armario, buscando el interruptor. Al encontrarlo encendió las luces y de
inmediato la estatua de Arnold, echa con figuras de lego se iluminó.
Cuando volvió a lo clásico volvió a sentir la necesidad de erigir una
estatua en honor a Arnold su amado cabeza de balón. Le había tomado una eternidad construirla pero finalmente lo había conseguido,
solo para honrarla con pesar en ese momento. Helga se dejó caer de

rodillas derrotada.
  —Nunca más, nunca más mi cielo quiero volver a verte tan triste
como te he visto hoy. No quiero volver a ver lágrimas en tus ojos, no
quiero verte de ese modo nunca más. Oh amado, si pudiera retroceder
el tiempo, sin tan solo tuviera el poder, si tan solo pudiera hacer mío
tu dolor... que desgracia la que ha sucedido hoy. Recitó Helga. El
teléfono timbro, Helga lo ignoro pero luego escucho la voz del gran
Bob llamándola.
 —¡Olga!
  —¡¿Que?! Preguntó Helga exasperada.
  —Es para ti. Dijo él y de inmediato Helga se puso de pie.
  —¿Para mí? Preguntó
  —Sí, contesta rápido. Dijo Bob a grandes voces, Helga se apresuró
a contestar el teléfono y en su afán piso una ficha lego que estaba en
el suelo, entre maldiciones y brincando en un solo pie, Helga alcanzo
el teléfono y contesto.
  —Diga… - pero nadie respondió - ¡Ah genial llamó un mudo! ¡Hablen o voy a colgar!
  —Helga, soy yo Arnold…
  —Arnold… - Helga estuvo a punto de ahogarse con su propia saliva - Hola ¿Cómo sigues?
  Helga era muy consciente de que no era momento para molestar o
poner apodos.
  —Bien, bueno sé que es un poco tarde, pero solo quería decirte que
mañana… el chico se cortó, no pudo seguir hablando.
  —Sí lo sé, mañana enterramos a tu mascota y quieres que este ahí.
Completó Helga y lamento haber sido tan cortante.
  —Sí, eso es…
  —¿A qué horas?
  —Cerca de las dos. Dijo Arnold casi sin voz.
  —Ahí estaré. Dijo Helga.
  —Te esperare.
  —Bueno, adiós. Se despidió Helga.
  —Buenas noches, Helga. Dijo Arnold y hubo un largo silencio antes de que Arnold colgara. Helga se quedó con la bocina escuchando

el pitido de la línea.
  —Buenas noches Arnold, mí desconsolado amor.
***
  Esa noche Arnold tuvo una terrible pesadilla, soñó que estaba corriendo tras de Abner y el camión aparecía nuevamente atropellándolo, dejándolo inanimado a sus pies. El chico se arrodillaba junto a él,
suplicando para que se levantara pero Abner no lo hacía y entonces
lloró. El heladero mirándolo a través del espejo de su vehículo hablo
y pudo escucharlo perfectamente casi como si estuviera junto él.
  —No llores, es un animal, los animales no van al cielo, llora si se
hubiera muerto tu abuelo o tu abuela o si hubieras salido herido, deja
el escandalo mocoso.
  Arnold despertó y vio el tragaluz de su habitación cubierto de agua,
había comenzado a llover. Al ver las gotas sobre el vidrio. Los ojos se
le llenaron de lágrimas.
***
  El día de la despedida, el cielo estaba gris y frio. La música vino
a ambientar aquel ambiente trágico. Un grupo de chicos ajenos a la
situación estaban en una van, escuchando a grandes decibeles “november rain” mientras bebían unas cervezas, no era la canción más
alegre ni tampoco la situación. Helga levantó la vista.
  —Solo falta que llueva para completar esta tragedia griega. - Dijo
muy aburrida - esto es una mugre.
  —¿Van a dar algo de comer? Preguntó Oskar y su esposa le dio un
codazo. - ¿Que? Yo solo quería saber.
  La ceremonia comenzó, Gerald dio el discurso solemne, como la
vez que ofició el funeral del pez dorado de Eugene, pero esta vez
Arnold no lo acompañó con la armónica. Estaba perdido en su dolor.
  —Estamos todos reunidos aquí, para despedir a Abner, mascota y
mejor amigo, quien tristemente nos dejó el día de ayer. Tal vez para
algunos solo es un cerdo, pero para nosotros era más que eso, era un

amigo y no hay palabras que expresen lo que se siente perder a un
amigo y en circunstancias tan trágicas, no pudimos decirle adiós, no
esperamos perderlo de esta forma, no esperábamos perderlo nunca,
nunca más escucharemos sus gruñidos y sentiremos sus lengüetazos
pero su recuerdo será perdurable, nunca lo olvidaremos, estará presente en nuestro corazón. Para esas alturas del discurso los ojos de
Gerald estaban llenos de lágrimas.
  —Nunca lo olvidaremos. Repitieron sus compañeros y uno a uno
los chicos pasaron junto a la pira y lanzaron flores.
  Helga lanzó la suya al mismo tiempo que el chico, levantó la vista
y lo vio a la distancia, lo vio tan triste y desconsolado, sintió un inmenso pesar por él. La ceremonia terminó y para cerrar la clausura
decidieron darle una despedida vikinga, para despedirlos como el mejor de los héroes pero fue una terrible idea, la peor de todas las ideas,
pues aquello se salió de control, para colmo de males comenzó a oler
a asado.
  —¿Quién fue el genio? preguntó el abuelo dirigiéndose hacia los
tres huéspedes de la casa.
  —Yo no sé, yo dije que era mejor enterrarlo en jardín pero salieron
con el cuento del tratamiento que se le dan a los animales de granja y
que querían despedirlo como un rey. Dijo Ernie a la vez que uno de
los vecinos aparecía en escena.
  —Vecino, ¿Es un asado? ¿Pero no es un día muy frío para eso?
Preguntó este muy confundido.
  —No es un asado, es un evento muy serio, que se acaba de ir al
diablo. Dijo el abuelo con coraje muy contrariado.
  —Parece que el deseo del puerquito es que nos lo comiéramos para
que viviera en cada uno de nosotros. Comentó Harold y tanto Rhonda
como Helga lo golpearon, dándole un codazo y un pisotón al mismo
tiempo. Pero no había nada que hacer. Ese había sido el funeral más
horrible de la historia, que le dejo al más afectado un trauma de por
vida y un asco total por la carne.
***

  Desde entonces, Arnold se volvió un niño taciturno y mudo y su
tristeza fue tal que hizo que el mundo perdiera sus colores y se volviera gris, llovió sin parar durante días. Una gran nube negra cubrió
el vecindario, hacia frio y todos estaban triste y aburridos. Era un
ambiente poco propicio para el heladero quien no podría vender sus
helados y el dolor en su brazo le hacía estar aún más molesto. Y cuando vio al chico con cabeza de balón frente a su camión le hizo sentirse
aún más fatal.
  —¿Qué quieres? - le preguntó renuente pero el chico no le respondió - si vienes a hacerme el reclamo por lo de tu mascota no pienso
disculparme, fue tu culpa no mía. Pude haber muerto en ese accidente, ¿sabes? o eso es lo que tu querías hubieras preferido que hubiera
sido yo y no tu mascota el que se hubiera muerto, o ¿Qué tal tú? ¿Eh?
¿Eso te hubiera gustado?
  El chico no respondió simplemente dejo caer su mano sobre la base
y dejo unos cuantos monedas y un billete.
  —Quiero un helado de chocolate, por favor.
  El heladero desconcertado sacó el helado del congelador entregándoselo en la mano y Arnold se alejó del camión de los helados como
si nada, como si él fuera un tipo del montón y no el causante de su
gran infortunio.
  —¡No fue mi culpa! Exclamó pero el chico sigue su marcha y el
heladero gruñó disgustado.
***
  Eugene iba con su bicicleta cuando se encontró a su amigo montado en el columpio, inmóvil en el aire. Se detuvo cuanto antes pero al
frenar perdió el control de su bicicleta y termino en el suelo luego de
dar una vuelta campana con su bicicleta.
  —¡Auch! – Se quejó y se levantó dirigiéndose hacia donde estaba
él - hola Arnold.
 —Hola.
  —¿Cómo estás?

  —No muy bien como quisiera estarlo. Confesó Arnold y Eugene
sintió pesar, intento buscar una forma de levantarle el ánimo.
  —Oye ¿Quieres venir a jugar?
  —No, gracias.
  —¿Quieres hacer algo? ir algún lado ¿ir a Dinoland? ¿Al acuario?
 —No.
  —¿Quieres ir a la tienda de animales? Tal vez encuentres un nuevo
amigo. Sugirió Eugene y la sola idea de buscarle un remplazo a Abner
irritó a Arnold, pero se guardó sus pensamientos.
  —No me parece una buena idea en este momento. Le dijo lo más
amable que pudo.
  —Bueno ¿Te importa si me quedo aquí a tu lado?
  —No, no me importa. Dijo Arnold y ambos se quedaron balanceándose en los columpios en silencio.
***
  En la escuela pública 118 antes del inicio de las clases. Gerald fue
a buscar algunos libros en su casillero.
  —¡Ohayo Gerald! Dijo Phoebe acercándose a su lado.
  —Hola Phoebe.
  —¿Cómo va todo?
  —Tratando de seguir su curso. Dijo Gerald.
  —¿Sabes algo de Arnold?
  —Aún está curando su alma como dirían en la tele, se recupera no
te preocupes.
  —Fue muy triste lo que sucedió. Comentó Phoebe
  —Ni que lo digas - dijo Gerald encontrándose una foto, donde estaba él junto a Arnold y Abner, y sintió una puñalada en medio del
pecho - pero la vida continua.

***
  En el salón de clases, Arnold brillo por su ausencia, él no había
vuelto a clases desde entonces. Helga se sentía como un sol sin estrellas, igual desconcierto invadía a sus compañeros.
  —Veo que Arnold tampoco vino hoy. Dijo el señor Simmons preocupado.
  —No ha superado lo de su cerdito. Dijo Stinky sintiéndose culpable.
  —Se le acabo el mundo al pobre infeliz. Dijo Curly
  —Curly, tú estarías igual si te hubiera pasado a ti. Dijo Rhonda.
  —Plañiría solo por ti Rhonda. Dijo él y todos se burlaron y Rhonda
hizo una mueca de disgusto.
  —Niños, silencio - pidió el señor Simmons - creo que debemos ir
a ver a nuestro amigo y darle nuestro apoyo.
  —Solo le daremos más motivos para suicidarse. - Intervino Helga
sin hacer chiste al respecto - admitámoslos nos quedaron debiendo el
curso de motivación, que lo diga Phoebe.
  Phoebe se encogió de hombros en su escritorio.
  —Además es un riesgo acercarse a él, miren como dejo a Eugene.
Eugene estaba en su escritorio en un estado de total depresión, no
había colores en su cara.
  —No vale la pena vivir, es un mundo horrible donde no hay respeto por nada. Dijo diluido en su propia tristeza.
  —Y dice que solo estuvo diez minutos a su lado, pero su negatividad lo dejo en ese estado, esta tan deprimido que las plantas se secan
a su paso. Dijo Helga y entonces Phoebe se acercó a Eugene y le dio
una bofetada que lo hizo reaccionar.
  —¡Phoebe! la reprendió el señor Simmons
  —¡Auh! - Se quejó Eugene pero volvió a la normalidad - tenemos
que ayudar a nuestro amigo y sacarlo de ese horrible estado, nunca
había visto tanta negatividad desde que me quede atrapado en un hueco y los bomberos no sabían cómo sacarme.
  —Bueno suerte Billy. Dijo Helga no muy convencida.

  —Tal vez no seamos buenos para dar moral ni ánimo, pero es nuestro amigo y él siempre nos ayuda cuando tenemos un problema, debemos ir y acompañarlo, es lo menos que podemos hacer. Dijo Rhonda
y Helga arqueo su ceja.
  —¿De qué novelas sacaste eso, Rhondaloide?
  —Tú no puedes entender por lo que está pasando Arnold, porque lo
odias pero nosotros sí y haremos lo que sea para animarlo. Dijo ella y
Helga estrecho su ceja.
  —Rhonda, te has hecho merecedora del premio al amigo del año.
Dijo Helga
  —Helga - le llamó el señor Simmons - Estoy de acuerdo con Rhonda, clase, hoy iremos a ver a nuestro amigo Arnold.
  —¡Si día libre! Grito Harold, mientras Helga se arrellano en su
puesto, sin gustarle un poco la idea.
***
  En Sunset Arm las cosas iban mal, El abuelo estaba preocupado
por Arnold, no encontraban la forma de devolverle la alegría perdida.
  —Ha como vamos, voy a tener que pagarle un psiquiatra y con lo
caro que son. Dijo él rascándose la calva.
  —No bromees Phil. Dijo la abuela guardando las cosas de la obra
que había montado para Arnold. La cual fue un absoluto fracaso, no
le levantó el ánimo en lo más mínimo.
  —No estoy bromeando, estoy preocupado Galletita, este asunto de
Abner lo ha afectado mucho. Dijo el abuelo y en ese momento Ernie
pasó por el corredor.
  —Dejen que pase el duelo, perdió a su mascota, no esperen a que
este bailando y cantando de un día al otro, no después de ese horrible
funeral.
  —Pero es que no me gusta verlo así. - Dijo la abuela tomando aire
de un actor shakespeariano - si él está así de triste, que nos depara al
resto de los mortales.
  —Es cierto, pero Ernie tiene razón hay que darle tiempo, por lo
menos ya no está encerrado. Dijo el abuelo.

Arnold estaba en la azotea de Sunset Arm, dándole de comer a sus
palomas, las aves se lanzaron sobre la comida mientras él fue a sentarse en una de las banquetas y desde ahí contemplo a las palomas con
melancolía. Las aves pronto terminaron su ración y se fueron volando, dejando una nube de plumas por todos lados, solo una se quedó,
Chester, esta voló hacia Arnold y arrullo a su lado. El niño apenas si
le miró.
  El abuelo apareció en la entrada de la azotea.
  —¿Cómo va todo hombre pequeño?
  —Más o menos.
  —Sé que es duro, si hubiera sabido que ese cerdo nos iba a causar
semejante dolor, lo hubiera pasado a la parrilla. Dijo el abuelo.
  —Por favor abuelo, no digas eso. Pidió Arnold.
  —Siempre tiene que a ver un infeliz que nos deja marcados, Pooter, Abner, el infeliz de Jack el cuatro ojos, siempre habrá algo que
nos marque profundamente. - Dijo el abuelo y se sentó a su lado pero así es la vida, muchas cosas pasan por esta, unas se quedan otras
se van pero no te preocupes chaparro nunca te quedaras solo. Siempre
recuerda los buenos momentos que vivieron juntos - Dijo el abuelo y
le dio unas palmaditas en la espalda - me voy, estoy más parlanchín
que de costumbre, solo vine a decirte que todos tus amigos están abajo esperándote, ¿Qué te parece si bajas a saludarlos?
  —Bajare en un segundo. Dijo él y el abuelo se marchó. Arnold
contemplo a Chester, este emprendió el vuelo directo hacia el cielo.
Y en cuanto la paloma se fue, él bajó la cabeza.
***
  Al bajar las escaleras encontró a todos sus amigos de la escuela,
todos lo saludaron y le dieron su apoyo incondicional, o por lo menos
lo intentaron.
  —Sabemos que estás muy triste por lo de tu cerdo, Arnold. Hubiera sido mejor que hubiera terminado en el horno. Dijo Stinky.
  —Sí, y no como una plasta en el suelo. Dijo Harold y Rhonda le
dio un codazo que le saco el aire. Helga parada en el resquicio de la

puerta de la sala, con los brazos cruzados, rodo los ojos.
  —Lo que estos idio… es decir Stinky y Harold tratan de decir es
que también nos dolió mucho lo que sucedió con… - Rhonda no recordó el nombre de la mascota, Phoebe se lo susurro al oído - Barney,
digo Abner y sabemos lo importante que era para ti, queremos animarte para que regreses a la escuela.
  —Gracias. Dijo Arnold. A la distancia Helga negó con la cabeza.
  —¿Que podemos hacer por ti? Haremos lo que sea, ataremos a Sid
y a Stinky a un cohete y los haremos volar, te aseguro que te sentirás
mejor después de verlo. Prometió Rhonda y la idea no le gusto a los
implicados.
  —Oye no… protesto Sid pero Arnold los interrumpió.
  —No tienen que hacer nada, fue un accidente. Nadie tuvo la culpa.
Dijo Arnold.
  —Entonces permítenos darte unas palabras de apoyo. Dijo el señor
Simmons y
  Cada uno dijo unas palabras de ánimo incluidos Sid y Stinky quienes se disculparon casi llorando, pero no fueron muy efectivos. El
chico siguió igual o peor. Al final todos abandonaron la casa de huéspedes muy aburridos y abatidos, Helga fue la última en salir topándose con Phoebe.
  —Helga creo que debes decirle algo. Dijo ella.
  —¿Y qué le voy a decir? “Mi más sentido pésame” un “todo está
bien cabeza de balón, mañana será otro día”. Dijo Helga.
  —Ni siquiera Gerald su mejor amigo pudo animarlo.
  —¿Y tú crees que a mí me va ir mejor? Sabes como soy, no tengo
tacto ni moral y si no lo mato la sarta de tonterías que dijeron allá
adentro, lo matare yo con solo abrir el pico. Dijo Helga y Phoebe se
quitó sus gafas para verla con sus propios ojos.
  —Helga, te necesita como nunca antes te ha necesitado. Dijo ella
muy seriamente y se marchó siguiendo a sus compañeros. Helga se
quedó en la puerta del Sunset Arm.
  —¡Criminal! Dijo ella y entro a la casa, caminando por el corredor.
El abuelo la vio cruzar cuando bajaba las escaleras y la siguió con la
mirada igual que la abuela quien estaba en la cocina. Elsa y los otros

huéspedes también la siguieron con la mirada, Helga siguió de largo
sin mirar a nadie y fue a la sala y luego lo buscó en el patio de atrás,
lo encontró ahí sentado en una de banquetas de la fiesta, melancólico
y taciturno. Le dolió verlo así.
  —Aquí voy - dijo Helga y suspiró, rara vez se encomendaba a Dios
y ese fue uno de esos momentos - que Dios se apiade de mí si meto
la pata.
  Ella caminó hacia Arnold, buscado la manera más rápida de iniciar
la conversación.
  —¿Qué onda cabeza de balón? Saludo y el chico de inmediato se
volvió hacia ella.
  —¿Helga? Creí que ya te habías ido con los otros. Dijo Arnold
extrañado de verla ahí.
  —Se adelantaron - explicó Helga y se acercó - escucha, no hagas
caso a lo que sucedió adentro, ellos solo quieren ayudar, están preocupados.
  —Lo sé, no tienes que decirlo. Dijo él y volvió la vista al frente.
Helga se quedó con un nudo en la garganta todo lo que pensaba era
“¿y ahora que le digo?”
  —Y bueno rayos ¿piensas quedarte así toda la vida? Si era tu mascota, pero un simple animal a fin de cuentas, no era una persona - ese
fue el momento donde Arnold comenzó a exasperarse - Y se murió,
eso le pasa a todos, a ti, a mí, a todos, todo el mundo muere, a todos
nos van a comer los gusanos, no va quedar nada de nosotros nos convertiremos en polvo, en ceniza, en mugre, en un triste recuerdo de
ayer, así es la vida hay que aceptarlo.
Arnold levantó la mirada y la miró con las cejas arqueadas.
  —Si lo que querías era levantarme el ánimo, lo estás haciendo mal.
Le dijo molestó.
  —Estoy tratando de actuar éticamente cabeza de balón a lo que
voy, eso es lo que siempre pasa, esa es la triste realidad lo único que
nos queda es el recuerdo de lo especial que fue, - eso mismo le había
dicho el abuelo - yo no lo conocí personalmente, pero tuve algunos
encuentros, como cuando se robó mi relicario y tuve que corretearlo
por casi 10 cuadras, o cuando en la graduación de mi hermana aprove-

cho el desorden provocado por el komodo 3000 y se comió el pastel.
  —Se lo comió todo. Dijo Arnold al recordar la escena.
  —¿Lo recuerdas? Olga lloro al lado como una desconsolada, mientras el cerdo se daba un festín. Dijo Helga y la imagen de su hermana
mayor llorando al lado del pastel mientras el cerdo se lo comía la hizo
sonreír maliciosamente.
  —Una vez el abuelo instalo una puerta corrediza hacia el jardín
y Abner arrastró una bolsa llena de basura a través de esta, el abuelo
estuvo furioso ese día. Recordó como el abuelo saltaba de la rabia
mientras el cerdo lo observaba sin comprender.
  —Debió ser digno de ver, no debió gustarle en absoluto. Dijo Helga y se sentó a su lado en la banqueta.
  —O cuando se comió toda la cena de navidad, ese día tuvimos que
comer hamburguesas. Siguió Arnold.
  —Que loco... Dijo Helga.
  —Se… se supone que siempre estaríamos juntos, que estaríamos
en cada foto hasta que ya estuviera en la universidad y el estaría tan
grande como yo pero... pero no fue así, se ha ido, Helga, se ha ido y
nunca lo volveré a ver, aun no puedo creer que esto haya pasado, no
puedo creer que Abner este...
  La voz se le cortó y bajo la cabeza, tratando de ahogar las lágrimas.
Helga lo consoló en silencio por un largo rato para luego añadir.
  —Tal vez lo vuelvas a ver algún día, tal vez al lado de ese sujeto
con barba que se dice creo el mundo. Dijo Helga.
  —¿Crees que los cerdos van al cielo?
  —Claro que sí, no veo un motivo de por qué no, tal vez hasta reencarne de nuevo en este mundo, en un político tal vez.
  —Eso sería terrible. Dijo Arnold.
  —Lo volverás a ver sino lo olvidas, nadie muere hasta que es olvidado, yo por ejemplo me encargare que mi recuerdo será perdurable.
- Dijo Helga poniéndose de pie – habrá un país con mi nombre.
  El comentario hizo a Arnold sonreír y en ese instante sucedió un
milagro, el sol regresó y brillo con todo su esplendor.
  —Gracias Helga. Dijo parándose a su lado
  —¿Por qué?

  —Por esto.
  —Cuando quieras viejo, ¿para qué están los enemigos? Cuenta
conmigo salvo los domingos que hay luchas. Dijo Helga y le dio la
mano. Él la abrazó a cambio. Helga quedo inmóvil por un momento
y por primera vez en la historia no lo empujo. El chico recordó lo que
dijo el abuelo, tal vez tenía razón, tal vez él y Helga tenían razón. En
ese momento los chicos del vecindario se asomaron por la cerca y los
vieron abrazados en la mitad del patio.
  —¡Ay! pero que bonita pare... iba a gritar Harold pero Phoebe le
dio un puñetazo en la cara que lo dejo Nocaut.
  —Nadie va arruinar este momento. Dijo ella y sonrió satisfecha.

¡Gracias amigo!

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