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La influencia estilistica francesa en Prosas profanas

Se ha mencionado de sobremanera que sus influencias - españolas y extranjeras- han variado hasta
aquí, las de Francia, particularmente el parnasianismo y el simbolismo, siguen siendo las más intensas.
Rubén confiesa su predilección por lo francés, lo parisino: “Mi adoración por Francia fue desde mis
primeros pasos espirituales honda e inmensa.”

Dentro de dicha influencia es imposible no mencionar a el parnasianismo y el simbolismo, dos escuelas


francesas que corresponden a la segunda mital del siglo.

El parnasianismo tomó su nombre del título de una revista: Le parnasse contemporain, que apareció en
Francia en 1866, con su fundador el poeta Théofilo Gautier (1811-1872) y su conocida divisa: El Arte por
el Arte. En términos generales, esta escuela se caracteriza por el rigor, la perfección, la belleza de las
formas, el ideal de una poesía lograda con el buril o el cincel, como se esculpe o se burila una escultura.

Los temas parnasianos son, de preferencia, los mitos griegos, la evocación de épocas remotas y pasadas,
y las evocaciones de ambientes exóticos, como las japonerías y chinerías orientales.

Poemas eminentemente parnasianos son, en Darío, “Canción de carnaval”, los poemas de la sección
“Recreaciones arqueológicas” y “Sinfonía en gris mayor”. Citemos algunos versos:

Musa, la máscara apresta,

Ensaya un aire jovial

Y goza y ríe en la fiesta

del carnaval.

Ríe en la danza que gira,

Muestra la pierna rosada,

Y suene, como una lira,

Tu carcajada. (“Canción de carnaval”)

Era la hora del supremo triunfo


Concedido a mis lágrimas y ofrendas

Por el poder de la celeste Cipris,

Y era el ritmo potente de mi sangre

Verso de fuego que al propicio numen

Cantaba ardiente de la vida el himno. (“Friso”)

¿Quién adelanta su firme busto?

¿Quirón experto? ¿Folo robusto?

Es el más joven y es el más bello;

Su piel es blanca, crespo el cabello,

Los cascos finos, y en la mirada

Arde del sátiro la llamarada. (“Palimsesto”)

Es viejo ese lobo. Tostaron su cara

los rayos de fuego del sol del Brasil;

los recios tifones del mar de la China

le han visto bebiendo su frasco de gin. (“Sinfonía

en gris mayor”)

El simbolismo es una escuela que arranca con Charles Baudelaire (1821-1867). En 1866 aparece el
Manifeste Symboliste, época en que la corriente literaria se desarrolla con Verlain (1844-1896), Rimbaud
(1854-1891), Mallarmé (1842-1898) y otros.

No satisfechos con la perfección y la belleza formal de los parnasianos (aunque no la rechacen), los
simbolistas se proponen desentrañar las significaciones profundas de los estados de ánimo, porque tras
la realidad objetiva que nos rodea, existe un mundo espiritual. Ese mundo es el que el poeta debe
descubrir y darlo a conocer al lector. Y recurren al símbolo para expresar su poesía porque, como dice
Baudelaire, todo lo que existe simboliza algo espiritual. Así, la primavera simboliza la juventud, el otoño
la madurez y el ocaso la decadencia o la muerte.
El simbolismo es, un arte que se propone sugerir todo cuanto esté oculto en el fondo del alma de las
cosas. Por eso es que a este arte ya no encajan las formas escultóricas o la perfección formal de que nos
hablan los parnasianos, sino un lenguaje fluido y musical. Como decía Verlain: “¡La música por encima de
todo!”.

Comprender un poema simbolista exige cultura, conocimiento de los principios y técnicas de esta
escuela. Por eso es que no es tan fácil entender a Rubén en su “Coloquio de los centauros”, poema en el
que nos habla de cosas que tienen oculto un ser vital, como el alma que hay en cada una de las gotas del
mar:

¡Himnos! Las cosas tienen un ser vital: las cosas

tienen raros aspectos, miradas misteriosas;

toda forma es un gesto, una cifra, un enigma,

en cada átomo existe un incógnito estigma;

cada hoja de cada árbol canta su propio cantar

y hay un alma en cada una de las gotas del mar.

Darío ha adquirido perfección técnica en su estilo poético y ensaya con éxito procedimientos simbolistas
como “el uso del lenguaje liberado de la sintaxis”, yuxtaponiendo elementos sintácticos sin nexos
formales. Y la armonía del verso la logra seleccionando las palabras por su sonido y su efecto musical.

Enriquece el vocabulario con préstamos del francés (bruno por castaño, terraza por azotea, del Cristo por
de Cristo, etc.) y el empleo de neologismos y anglicismos; arcaísmos (superbo, ‘soberbio’; protervo,
‘perverso, obstinado en la maldad’; ansa, ‘que sirve para asir’; etc.); y otros procedimientos como la
formación de nuevos vocablos por analogía (zafirar, de zafir, perlar de perla), que son todos ellos
recursos simbolistas frecuentes en Prosas profanas.

La “flamante literatura francesa” es evidente en esta obra: Leconte de Lisle (“Friso”, “Palimpsesto”,
“Dafne”, “El cisne”, “Coloquio de los centauros”); Moreas (“Era un aire suave...”); Banville (“Canción de
carnaval”); Barbey d’Aurevilly (“Cosas del Cid”) y Verlaine en estos poemas y en los demás.

En suma, Darío recibió del parnasianismo el anhelo de perfección de la forma (Leconte de Lisle) y del
simbolismo la preeminencia de la música (Verlain). Pero Darío no es “ni simbólico, ni parnasiano”, como
lo advirtió Valera en Azul... Y Guillermo Rothschuh Tablada, refiriéndose a Prosas profanas, confirma lo
dicho por el crítico español:

“Busca lo musical verleniano..., ensaya el matiz, la fugaz sugerencia que transporta a atmósferas lejanas
y nostálgicas”.