ESPAÑA
INVERTEBRADA
José Ortega y Gasset
Este libro se elabora a partir de los artículos publicados en el
Diario El Sol desde 1920 hasta 1922 por José Ortega y además de
escritos sobre el ser de España, iniciando con el desastre el 98 y
continuando con algunos acontecimientos que hicieron de España
un objeto de reflexión en los primeros 25 años del siglo XX del cual
Don José Ortega fue figura capital, pues se dio una intensa y
profunda preocupación por la literatura y el regeneracionismo
político.
En el año 2000 a 80 años de haberse escrito “España Invertebrada” y 20 de escribir una
Constitución democrática, las ideas propuestas en este escrito por Don José Ortega y Gasset se
deben considerar como una valoración acertada, que habría que analizar para ver si se
consideran útiles a las circunstancias presentes, que se ha logrado y que falta por lograr.
Este texto fue presentado en sus ediciones como « Una aplicación del método de la razón
histórica, un estudio del proceso general de integración y descomposición de las naciones,
una teoría de la sociedad, como una ecuación de minoría ejemplar y masa dócil a esa
ejemplaridad, así como la explicación de fenómenos característicos de la Historia de España,
como los pronunciamientos, los regionalismos y los separatismos, y la acción directa de
determinados grupos sociales, en suma, los particularismos que disociaron nuestras clases y
regiones», en realidad es el contenido del texto, pero quizá su mayor atractivo resida hoy en
el original y certero análisis del problema capital de España, derivado de los particularismos
políticos y sociales, en especial de aquel que afecta a la unidad final de España: los llamados
nacionalismos particularistas.
El ensayo “España invertebrada” de Ortega y Gasset
presenta dos secciones diferenciadas y complementarias.
La primera parte, “PARTICULARISMO Y ACCIÓN DIRECTA”, es un diagnóstico político de la
situación nacional de la España de los años 20, aquejada por el fantasma del particularismo
y la desintegración.
El ensayo empieza con un comentario de la “Historia romana” de Mommsen.
Ortega sostiene que el caso de la civilización romana es paradigmático pues constituye “la única
trayectoria completa de organismo nacional que conocemos”.
El génesis de toda nación puede explicarse por un “vasto sistema de incorporación”. Esta teoría
contradice la opinión intuitiva según la cual un pueblo se conforma “por dilatación de un núcleo
inicial”.
El ejemplo romano demuestra que el núcleo inicial de toda nación funciona, más bien, como un
“agente de totalización” que logra incorporar políticamente a colectividades autónomas que
pasan a articularse como partes de un nuevo organismo nacional.
Este es un claro ejemplo de nacionalismo político que deja en un segundo plano el factor
cultural, étnico y lingüístico. Dentro de la nueva unidad política, el agente totalizador – en el caso
de España, Castilla – posee un rango privilegiado y además una misión: la de imponer una
“energía central” que obliga a las colectividades incorporadas a vivir “como partes de un todo y
no como todos aparte”.
Los agentes de totalización que son capaces de formar grandes naciones son aquellos que
poseen un “talento nacionalizador”, que se basa en “un saber querer y un saber mandar”.
La integración nacional descansa sobre dos bases complementarias: en primer lugar, la
fuerza militar, la “gran cirujía histórica”, que posee una importancia “adjetiva”.
El militarismo está indesligablemente asociado a la posesión de un “dogma nacional” o un
“proyecto sugestivo de vida en común”.
Esta es la dimensión propiamente ideológica de la incorporación, que presenta un valor
substancial.
El proceso de incorporación explica la formación de las naciones, pero este principio solo
opera en el periodo “formativo y ascendente” de las mismas. De modo análogo e inverso, “la
historia de la decadencia de una nación es la historia de una vasta desintegración”.
Este segundo principio político explica el devenir histórico de España desde el reinado de
Felipe III hasta los años veinte: como un “larguísimo, multisecular otoño, laborado
periódicamente por ráfagas adversas que arrancan del inválido ramaje enjambres de hojas
caducas”
Ortega se pregunta por qué existen separatismos, regionalismos y nacionalismos que
procuran una secesión étnica y territorial en la España de los años 20. La precondición para
llegar a una respuesta consiste en reconocer que la capacidad de Castilla para constituirse
en agente totalizador residió, históricamente, en un talento nacionalizador que le permitió
plantear un programa nacional sugestivo que convocó las voluntades del resto de la
península.
SEGUNDA PARTE
LA AUSENCIA DE LOS MEJORES
La segunda parte, “La ausencia de los mejores”, es una reinterpretación de la historia
española en función de la distinción masa/minoría. Diagnóstico político y reinterpretación
histórica se conjugan: la crisis política de España es, para Ortega, una manifestación
contingente de un defecto constitutivo de la raza española: el rechazo a las élites por parte
de las mayorías.
En la segunda parte del ensayo, la argumentación de Ortega hace un giro a partir de la
siguiente frase: “hoy no hay hombres en España”.
Particularismo y acción directa no son las causas profundas de la desintegración española;
son las consecuencias actuales de una “enfermedad gravísima del cuerpo español”, su
“aristofobia”.
Este mal generalizado es la masificación. Para Ortega, una sociedad “sana” es aquella que
se rige por la ley de “ejemplaridad/docilidad”: ejemplaridad de las élites, imbuidas de
representatividad política, y docilidad de las mayorías, respetuosas de una jerarquía natural y
necesaria.
Una sociedad que se aparte de este imperativo, que Ortega describe como biológico, es una
sociedad enferma que se auto condena a la disolución.
Históricamente, el pueblo español ha sufrido desde su génesis una “perversión de sus
afectos” que lo lleva a odiar y aniquilar a una ya de por sí escasa “minoría selecta”,
negándole su derecho a mandar
Específicamente, la perversión proviene de la debilidad y anquilosamiento de los visigodos.
La ausencia de “señores” feudales capaces de imponer su gobierno por la fuerza es el
síntoma histórico de una “raza enferma”, desprovista de vitalidad cultural, la cual, en rigor, no
ha sufrido una verdadera decadencia, porque sus graves defectos de constitución la han
privado desde siempre de una auténtica existencia social. Incluso el Siglo de Oro es
reinterpretado por Ortega como un espejismo: el “maravilloso salto predatorio” del
imperialismo fue el paradójico resultado de una debilidad regional incapaz de contrarrestar la
unificación nacional de la península.
El modo en que esta reinterpretación anti-democrática del pasado español confluye con el
diagnóstico político de la realidad nacional actual no está explicado explícitamente en el
ensayo: el lector es el llamado a vincular las dos secciones para concluir que la causa
principal por la cual el particularismo avanza en España es la falta de una clase política
fuerte que posea la suficiente legitimidad como para articular los diferentes espacios
regionales y sectores sociales que componen la península dentro de un nuevo proyecto
nacional. Aunque Ortega tampoco lo afirma con claridad en su ensayo, esta nueva misión
nacional parece consistir en una especie de “imperialismo espiritual” como el que reclamaba
Ganivet: “la unificación espiritual de los pueblos de habla española”