Naturaleza y Acto de Fe en la Revelación
Naturaleza y Acto de Fe en la Revelación
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Naturaleza de la Revelación
Tengamos en cuenta que si la naturaleza de la revelación de Dios es para el hombre, no es
posible exponer la naturaleza de la revelación como un puro objeto. Es necesario tener
siempre presente su relación esencial con Dios (origen) y con el hombre a quien está
destinada. ¿Qué es revelación? ¿Cuál es su naturaleza? Esta naturaleza depende de la
realidad del Misterio, y más estrictamente, del Misterio Trinitario del que derivan la
libertad, el amor y la gratuidad de la revelación salvadora.
Cuando pensamos en el hombre, la naturaleza de la relación se plantea a partir de las
realidades fundamentales de su ser: naturaleza histórico-corpórea, la racionalidad, la
relacionalidad. Acontecimiento, palabra, verdad, experiencia son los elementos con los que
la existencia humana se teje.
Revelación y Creación
La revelación ofrece desde el principio al hombre la vocación a la comunión con Dios. No
hay una separación radical entre creación y revelación.
Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne
de sí en las cosas creadas, y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se
manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio (DV 3)
El Concilio Vaticano II ha puesto de manifiesto las estructuras cristológicas de la creación
al recordar que la creación tiene lugar mediante Logos: “al crear y conservar todo por el
Verbo Dios ofrece a los hombres un testimonio perenne de sí mismo en las cosas creadas”
(DV 3). Esto es lo que se llama REVELACIÓN NATURAL
Catecismo de lglesia
CEC 32 El mundo: A partir del movimiento y del devenir, de la contingencia, del orden y
de la belleza del mundo se puede conocer a Dios como origen y fin del universo.
San Pablo afirma refiriéndose a los paganos: "Lo que de Dios se puede conocer, está en
ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del
mundo se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad"
(Rm 1,19-20; cf. Hch 14,15.17; 17,27-28; Sb 13,1-9).
Y san Agustín: "Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a
la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo [...] interroga a
todas estas realidades. Todas te responde: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es su
proclamación (confessio). Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la
Suma Belleza (Pulcher), no sujeta a cambio?" (Sermo 241, 2: PL 38, 1134).
CEC 33 El hombre: Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien
moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el
hombre se interroga sobre la existencia de Dios. En todo esto se perciben signos de su alma
espiritual. La "semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia" (GS
18,1; cf. 14,2), su alma, no puede tener origen más que en Dios. CEC 34 El mundo y el
hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último,
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sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas
"vías", el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la
causa primera y el fin último de todo, "y que todos llaman Dios" (San Tomás de Aquino,
S.Th. 1, q. 2 a. 3, c.)
Revelación y Salvación
Aquí la revelación se identifica con autocomunicación y automanifestación personal de
Dios. Dios abre el misterio de su intimidad, se da a conocer en la historia, y llama a los
hombres a participar de su propia vida.
Revelación y salvación aquí van juntas, pues Dios muestra su misterio y su voluntad para
llamar al hombre a la comunión con Él (DV 2, 6).
Mediante la revelación divina quiso Dios manifestarse a Sí mismo y los eternos decretos
de su voluntad acerca de la salvación de los hombres, "para comunicarles los bienes
divinos, que superan totalmente la comprensión de la inteligencia humana” (DV 6).
Se inicia con la llamada de Dios al hombre a su salvación. “Y aquel que nos destinó para
esto (creación) es el mismo Dios que nos dio las primicias del Espíritu (salvación)” (2Co
5,5).
La revelación forma parte de la salvación, pero no se identifica con ella. Dios no
condiciona la salvación de forma absoluta a la aceptación de su revelación en Cristo. De
hecho, la revelación no llega a todos los hombres y Dios quiere que todos los hombres se
salven: todos están llamados a la salvacíon (LG 16; GS 22).
«Los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con
sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su
voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna»
(LG 16).
Tiene su quicio está en Cristo. En Él se alcanza salvación, aun no habiéndolo conocido.
“Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena
voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la
vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia,
debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de
sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (GS 22).
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El acto de fe La respuesta a la Revelación
La fe en la Sagrada Escritura
La noción bíblica de fe es muy densa.
Sus formulaciones en el Nuevo Testamento ayudan a comprender aquellos del Antiguo para
poder así aprender los variados matices con qué esta realidad el fórmula en la Biblia.
Antiguo Testamento
En el Antiguo Testamento no existe un solo término para designar la fe, sino un CAMPO
SEMÁNTICO.
El término más común que se aplica a la acción de creer es el verbo ‘aman = mantenerse
fiel a, ser estable, estar fundado.
Después del pecado, Dios hace una promesa a Adán y Eva (cfr. Gn 3,15). La vida en el
exilio del paraíso viene a significar la vida de fe. El hombre debe creer que YHWH
cumplirá su promesa a pesar de los aparentes desmentidos. La promesa se convierte en
pacto con Noé (Gn 9,16) y en alianza con Abraham (Gn 17).
Otro modelo de fe en el Antiguo Testamento es Moisés y la experiencia del éxodo (Ex 4,1-
9; 14). Aquí Dios que se dirige al hombre o al pueblo, pide ser escuchado, confía una
misión a realizar y hace una promesa. Cuando el hombre acepta el mensaje de Dios
manifestado por sus representantes y confía en sus promesas, la vida brota nueva: el
hombre sale de sí mismo y de su seguridad y camina confiado en las palabras y promesas
de Dios.
Cuando el pueblo experimenta el exilio en Babilonia con todo lo que esto lleva consigo, los
profetas interpretarán los acontecimientos como fruto de la infidelidad del pueblo
denuncian de nuevo la necesidad de la fe para existir. Is 7,9: si no creen no subsistirán
En los salmos la fe es definida sobre todo como confianza. El salmista presenta al Señor
como el pastor lleno de bondad y de misericordia, qué hace superar el miedo al peligro (Sal
23,4-6). Sal 23, 4 Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú
estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza.
Nuevo Testamento
Inicialmente, la fe en el Nuevo Testamento va a designar lo mismo que designaba en el
Antiguo Testamento: La relación confiada del hombre con Dios quien se acercaba a él,
mediante su palabra y su acción, para ofrecerle la salvación. Sin embargo en el Nuevo
Testamento adquiere una relevancia mayor hasta el punto de ser un elemento de
autocomprensión de los hombres en relación a Dios. Los cristianos son ahora “creyentes”
(2 Ts 1,10).
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4.- En san Juan, la fe se centra en la persona de Cristo, no sólo en su mensaje o sus obras.
La fe está más asociada al Verbo que el sustantivo (pisteuos). Esta fe equivale a “recibir a
Jesús”, “aceptar su testimonio”, “seguirle”, “permanecer en Él” (Jn 6,35; 10, 26-30). En san
Juan se ve la máxima personalización de la fe en Cristo Jesús. La fe del hombre conoce a
Dios a través de Cristo que ve y revela al Padre. Así la fe es un camino dinámico y
existencial que va acompañado del aspecto de conocimiento, que en Juan adquiere
una intensidad particular. De esta forma, en los Evangelios, Jesús es revelación y revelador.
5.- En las cartas de san Pablo, la fe es un tema capital y difícil al mismo tiempo. La figura
de oír la palabra (Rm 10,14-21) y se realiza plenamente mediante la aceptación obediente
de esa palabra. Además, la fe es una gracia de Dios, sostenida por la acción del Espíritu. En
este sentido, supera lo que el hombre puede hacer por sí mismo (Flp 1,29: “les ha sido
otorgado no sólo creer en Cristo, sino padecer por él”).
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Un punto de discusión en torno a la fe paulina tiene que ver con la interpretación luterana
de la fe. Según la exégesis luterana clásica, san Pablo se estaría refiriendo a una fe que
anula la ley y las obras. Aunque en Pablo la fe tiene un lugar central para la justificación
(Rm 10,9), la contraposición entre fe y obras de la ley significa una renuncia muy radical al
valor de las obras como medio de salvación. Los textos para genéticos de Pablo no
permiten esa interpretación. Por eso, como expresa la carta de Santiago, una fe puramente
teórica, independiente de la vida y de las obras, no sería plenamente fe (St 2,14-26).
La fe tiene que ver con el entendimiento y la voluntad. La aceptación del mensaje de la
salvación se llama obediencia (Rm 10,16).
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El acto de fe – teología
La fe en la historia del Dogma
La fe en la Patrística La sólida enseñanza de la Biblia junto con una reflexión temprana
sobre lo que significa ser cristiano, sobre la conversión y sobre las consecuencias
existenciales de la fe, hicieron que la naturaleza de la fe fuera un tema importante para
pastores y autores cristianos. Pronto se comenzó a desarrollar la teología de la fe, puesta en
relación con la caridad, el testimonio, la pertenencia a la iglesia, el conocimiento, etc.
En la época patrística, junto a la necesidad de la fe en Cristo se unió, muy pronto, el
carácter eclesial de la fe.
Es decir, la fe no es sólo del sujeto, sino que es también la fe de la iglesia, es decir, de un
sujeto que pertenece a la communio.
Nos vamos a ocupar aquí desde este momento fundamentales:
• El gnosticismo
• la formulación de la “regula fidei”
• la doctrina de san Agustín
Frente a esta teoría, la teología cristiana reaccionó insistiendo en la certeza de la fe, la cual
consideraba verdadera “episteme”, conocimiento fundado y riguroso. El acto humano de la
fe no se mide por la inestabilidad o fragilidad del hombre, sino por la fidelidad de Dios a
quien el hombre oye y acepta. La fe es un estado definitivo, donde desde los más doctos
hasta los más sencillos encuentran en ella un estado irrebazable, que no puede disolverse en
un conocimiento superior. Además, desde temprano se entendió que el movimiento interior
de la fe lleva a buscar una explicación de sí misma. La oposición pistis-gnosis es superada.
Como señala Clemente de Alejandría, la fe es verdadero conocimiento, no sólo como
certeza, sino que es amor y cumplimiento de los mandamientos.
Como resultado de la controversia gnóstica, se puso de manifiesto que la fe es respuesta del
hombre al Dios que habla y garantiza la certeza y seguridad de la fe. Al mismo tiempo, el
comienzo de la fe se muestra como resultado de una acción moral: una vez que el hombre
cree, la fe afecta al conjunto de la acción moral del sujeto.
Regula Fidei También en relación con los gnósticos, a partir del siglo II, y sobre todo en el
III y IV, tuvo lugar un proceso de ordenación y formulación de verdades. Ante la
deformación que presentaba la doctrina gnóstica acerca de la fe, la Iglesia propuso el
principio de la “regula fidei”. Ella procede de la Escritura misma, y tiene la función de
servir de criterio de verdad de la fe frente a la herejía.
Hay relación entre el depótito de la fe y la regla de fe. Por ser norma de fe, es esencial al
depósito la función de ofrecer la “regla de la fe” con la cual juzgar la autenticidad de una
enseñanza en la Iglesia. La regla de la fe fue desarrollada por san Ireneo en el contexto de
la lucha contra los gnósticos. Frente a las doctrinas gnósticas muy extendidas, Ireneo apela
a la “regla de fe” recibida de los apóstoles de Cristo y accesible en la profesión de fe
bautismal de las Iglesias de fundación apostólica. Las doctrinas gnósticas son ajenas a esa
regla de fe y están desvinculadas de las iglesias apostólicas, y por eso son falsas.
En la medida en que la regula fidei recoge una formulación de la fe, se pone el acento en la
fides quae creditur (lo que se cree), en la fe confesada. El proceso de recoger y expresar la
fe apostólica en fórmulas, que se da ya en el Nuevo Testamento (Fil 2,11; Jn 3,34; Rm
10,9; 1Jn 2,22, y otros) se vio fortalecido por la necesidad de oponerse a las propuestas de
doctrinas heréticas. Esto culminó en los concilios que propusieron símbolos (Nicea y
Constantinopla).
Según Congar, “los padres llaman regla de fe, o con más frecuencia, regla de verdad, algo
que los apóstoles comunicaron, habiéndolo recibido previamente de Jesucristo, y que la
Iglesia transmite desde entonces, en cuanto esto es normativo para la fe”. Y. Congar. La
tradición y las tradiciones. Dinor. San Sebastián 1964, 55. La regla de fe está, entonces, en
relación con el carácter apostólico de las iglesias, especialmente la de Roma (Ireneo) y
expresa y rige la unidad de la fe de todos los cristianos. La regla de fe no es la verdad sino
un criterio de verdad. El único origen de la verdad es Dios y su revelación.
San Agustín de Hipona
El aporte de san Agustín es fundamental, por su propia experiencia, por el conocimiento
especialmente vivo y profundo del itinerario del hombre hacia la fe y porque contiene una
doctrina sobre la relación entre la fe y la estructura cognoscitiva del hombre. Por fin, por su
aporte fundamental al carácter gratuito de la fe.
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Agustín muestra conocer bien el aspecto psicológico del hombre qué se mueve a la fe o
resiste la fe. La fe es el término al que llega el corazón inquieto del hombre (cfr.
Confesiones I,1) que, mientras no encuentre y se adhiere a Dios, tampoco encuentra paz y
sosiego. Lo que muestra Agustín es que el ser humano está hecho para Dios y que su
destino no es el resultado de la casualidad sino consecuencia del plan amoroso de Dios para
el hombre. Por eso el aspecto psicológico (itinerario del hombre) y el aspecto teológico de
la fe (la fe como gracia) se dan internamente unidos.
La fe es conocimiento. El asunto es qué tipo de conocimiento. El obispo de Hipona
distingue 3 tipos: la contemplación, la ciencia y la fe. La fe se distingue de los otros porque
se orienta a una autoridad, a un testimonio. La fe es condición y presupuesto del entender:
crede ut intelligas (cree para entender). Pero también se puede afirmar: intellige ut credos
(entiende para creer). Para poder creer, es necesario comprender aquello que se va a creer.
La fe no sólo se relaciona plenamente con el conocimiento del sujeto, sino que, incluso, se
pone de manifiesto la continuidad que hay entre ellos. Sin embargo, la fe no es sólo
conocimiento humano: el hombre no la alcanza por sí mismo sino que la recibe.
“Creer es pensar con asentimiento” (credere est cum assentione cogitare). La inquietud del
corazón desaparece en el encuentro confiado con Dios en la fe. La fe es un hecho que se da
en el conjunto de la existencia humana. Es un hecho no sólo intelectual, sino al mismo
tiempo, moral en el que la libertad comprometida por el amor desempeña una función
primordial. Sin embargo, aparece otra inquietud que es el deseo de comprender, el cual le
lleva a pensar sin abandonar ni condicionar por ello el asentimiento de fe.
En cuanto al carácter gratuito de la fe, san Agustín lo defiende enérgicamente contra los
pelagianos y lo semi pelagianos. Los pelagianos defienden a tal punto la libertad humana
que la gracia se haría innecesaria; los semipelagianos matizan lo anterior, poniendo el valor
de la libertad en el inicio de la fe. Con eso pretenden poner a salvo la autenticidad moral del
hombre y evitar todo quietismo. La gracia queda desvalorada. Agustín defiende, en cambio,
que, en lo tocante a la fe, todo proviene de la gracia de Dios, tanto el inicio como la misma
fe en cuanto a conocimiento.
La fe en la Edad Media
La fe adquiere en la Edad Media características particulares. Ya no es solo una expresión de
la relación del hombre con Dios, sino que además es uno de los principales elementos de
unidad tanto religiosa como también cultural y social. La fe se concibe como aquello de lo
cual se parte sin discusión, un hecho común que establece un vínculo entre los diversos
miembros y estamento de la sociedad. La importancia social de la fe no es el único
fenómeno, hay problemas nuevos. Puntualmente, la fe se debe poner en relación con el
saber natural y científico, sobre todo, a partir de la introducción de la filosofía aristotélica.
En relación con el conocimiento de la razón, es necesario precisar cuál es el estatuto de la
ciencia y cuál es el estatuto de la fe, así como qué tipo de relación se da entre ambas. A esto
se une naturalmente la pregunta por la posibilidad que tiene la fe de despertar y proseguir
una actividad racional.
El efecto indirecto sobre la fe es que cada vez más es entendida a partir de una de sus
funciones, la función cognitiva. En este contexto se entiende el alcance del principio
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Esta doctrina afecta a la racionalidad de la fe, puesta en tela de juicio por el racionalismo y
el fideismo, tema para el Concilio. En el cap. III (De fide) se contiene la enseñanza sobre la
fe. Comienza manifestando la obligación que el hombre tiene de creer en virtud de su
dependencia del Creador. Como el Concilio de Trento la considera “humanae salitus
initium” (DH 1532), afirma que la Iglesia concibe la fe como “una virtud sobrenatural
mediante la cual, impulsados y ayudados por la gracia de Dios, creemos que son verdaderas
las cosas divinamente reveladas por él, no por la verdad intrínseca de las cosas conocidas
con la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que se rebela, que no
puede engañarse ni engañarnos” (DH 3008).
Lo que predomina, dado el carácter pastoral que pretende el Concilio, es la acción y papel
de la fe de cara a la evangelización del mundo en la coyuntura de la segunda mitad del siglo
20 (cfr. LG 23; AG 36). Hay algunas enseñanzas explícitas sobre el acto de fe en sí mismo.
Mencionamos dos. Una en la declaración sobre la libertad religiosa y otra en Dei Verbum,
ambas de 1965.
En la primera, en el número 10, el Concilio se ocupa de la libertad del acto de fe, cuestión
básica para desarrollar su enseñanza sobre la libertad religiosa. Afirma el carácter
voluntario de la respuesta de fe, del creer, como una enseñanza constante en la Palabra de
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asentimiento a Dios que revela" (CEC 143; cfr. DV 5). Un poco después afirma: “la fe es
ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; al mismo tiempo, inseparablemente, el
asentimiento libre, a toda verdad que Dios ha revelado” (CEC 150).
Lo número siguiente es el que decimos recoge algunas características de la fe: • es una
gracia, 153. • Acto humano, 154. • Libre, 160. • Necesario para la salvación, 161. •
Comienzo de la vida eterna, 163 ss. Además, por primera vez, se presenta en sentido
trinitario: • creer sólo en Dios (150), • en Jesucristo (151), • el Espíritu Santo (152).
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Naturaleza de la fe
Fe human y fe divina La fe en la respuesta del hombre a la auto comunicación de Dios, de
cuya novedad y gratuidad participa. La fe no es una realidad inédita para el hombre. La fe
esta de algún modo presente en la vida humana y cumple un rol fundamental en las
relaciones cotidianas del ser humano en la sociedad.
Vamos aquí a mencionar que es la fe humana en sus distintas formas, su estatuto
epistemológico, es decir, su carácter de conocimiento. Luego nos vamos a ocupar de la fe
con la que el hombre responde a Dios que se revela. Las dos cuestiones más importantes
ligadas con este segundo sentido son las de carácter teologal y el carácter eclesial de la
misma fe. Cuando el hombre tiene fe en algo o en alguien, se dice que cree. Hay un vínculo
entre fe y creer pues ambas coinciden por su relación con el conocimiento de lo que no es
evidente. Sólo se puede creer en lo que no se ve.
Esto choca con el racionalismo y el método de la ciencia. En referencia a este estatuto de
conocimiento, la fe y el creer es un conocimiento de segundo orden. El conocimiento sería
aquello ante lo cual se alcanza certeza; lo que se cree es provisional, inestable y sin
importancia. Lo paradójico es que el ser humano le interesa aquello que no es evidente de
forma muy particular: su origen y destino (por qué y para qué), las fuerzas esenciales de la
existencia, la relación con los demás, los ideales, etc. Todo esto depende mucho más del
creer que del saber fundado de la vivencia por lo que podemos deducir que debe tener
alguna relación con el conocimiento y con la unidad de la persona.
Creer tiene significados diferentes
Se puede utilizar creer en el sentido de opinar. Creo que irá bien, creo que lloverá Creer en
algo, tener creencias. Creo en extraterrestres Creer en el sentido de poner la fe en algo o en
alguien, creer en cuanto a apostar Fe en Dios. En la fe religiosa en que Dios existe La fe
interpersonal. Tiene que ver con un vinculo de confianza con otr. No en lo que hace solo,
sino otro personal Fe en el Dios revelado, fue en Cristo: Se diferencia de la fue religiosa
común o de la fe en Dios, pues no se sustenta en un conocimiento indirecto de Dios, a
través de la creación, por ejemplo. Aquí se trata de un Dios que se comunica al hombre
como un yo a un tu
Vemos que creer y tener fe está muy presente en la vida del ser humano. Hay una diferencia
especifica entre creer y tener fe, aun en el sentido humano: la fe no está detrás de la
opinión, ni de las simples creencias, porque ni en una ni en otra hay propiamente un otro al
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que se cree. Podemos afirmar que el acto específico de creer al que llamamos fe es un modo
propio de conocer: aquel por el que se accede al objeto, no en virtud de la capacidad
subjetiva de captar intencionalmente lo cognoscible, sino por la aceptación de un testigo y
de su testimonio. El que cree llega a conocer aquello que cree no porque sea evidente para
él, sino porque se fía de otro para quien aquello sí es evidente. El sentido propio de la fe es
“creer algo a alguien” y a “la fe interpersonal”, a nivel de relación humana. También la fe
religiosa y la fe en Cristo.
Entendimiento y voluntad Creer a Dios que se revela se traduce, entre otras cosas,
necesariamente en un juicio que afirma la verdad de lo revelado: “esto es así”, “amén”.
Hacer juicios es propio de la inteligencia y ésta necesariamente interviene en el acto de fe.
Lo hace en 3 momentos: • la inteligencia entiende la Palabra que se le dirige y gracias a ello
el sujeto sabe lo que se le propone para que lo crea • la inteligencia interviene para juzgar la
verosimilitud o credibilidad de lo que se le propone • la inteligencia interviene en el acto de
fe, confesando la verdad de lo revelado, pronunciando el “amén” del asentimiento.
Al responder a las palabras del ángel: “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu
palabra” (Lc 1,38), la Virgen se entrega a la Palabra del Dios, sostenida por la autoridad y
confiabilidad del mismo Dios.
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María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que «nada es
imposible para Dios» (Lc 1,37; cf. Gn 18,14). Isabel la saludó: «¡Dichosa la que ha creído
que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1,45) (CEC 148).
María, la mujer creyente, veía en los acontecimientos ‘palabras’ (INTELIGIBILIDAD),
sucesos llenos de sentido. El devenir no es casualidad, no es suerte, sino que Dios dispone
todas la cosas para bien de quienes ama (VALOR) (cfr. Rm 8,32).
Estos 3 niveles son un único y mismo acto de fe. Pueden existir de forma separada: se
puede creer que Dios existe y no creerle a Dios. La fe siempre está animada por la
esperanza y la caridad. Dado que la revelación tiene un aspecto trinitario, esta misma
fórmula se puede aplicar a Cristo y al Espíritu Santo
Carácter eclesial de la fe
La fe es un acto personal. Cada hombre es el que responde libremente a la iniciativa de
Dios que revela. Pero la fe no es un acto aislado y, por eso, la presentación de la fe como
acto y acontecimiento personal necesita ser completado con la dimensión eclesial del creer.
CREER UN ACTO ECLESIAL. La fe de la iglesia precede, engendra, conduce y alimenta
nuestra fe (CEC 181).
Para que el acto de fe sea personal y eclesial debe haber cierta identificación entre el
creyente y la Iglesia. Esta identificación establece relaciones mutuas que se pueden
sintetizar en: 1.- el creyente está en la Iglesia y de ella recibe el contenido y el modo de
creer. El creyente no identifica por sí mismo la revelación de Dios, como si se tratara de un
hallazgo individual. Es en la comunidad creyente donde recibe la revelación y confiesa la
fe. La importancia de esto surge de la revelación hecha por Cristo y en Cristo y confiada a
la comunidad creyente. Así como Cristo es el mediador de la revelación divina, siendo él
mismo esa revelación, así también el acceso a la fe tiene lugar a través de la Iglesia que es
la esposa de Cristo, con el que comparte todo su ser Iglesia.
2.- La Iglesia es la comunidad de los creyentes, communio fidelium. Dada la vinculación
entre Cristo e Iglesia, es importante añadir que esta Iglesia no es pura realidad mística, sino
comunidad concreta de creyentes. Si el creyente se inserta en la Iglesia para acceder a
Cristo, es también cierto que la Iglesia está en cada creyente que profesa la fe común.
Viviendo en el seno de la comunión de fe (communio fidei), el creyente se ve liberado del
riesgo del particularismo y de una falsa comprensión subjetiva del misterio de Cristo. La
eclesialidad del acto de fe no implica que el sujeto debe hacer suya la fe de la Iglesia, sino
también que, al hacerlo, la fe de la Iglesia se expresa y existe en el acto de fe de quien
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se produce automáticamente. Sólo se accede a ella cuando tiene lugar el acto de creer. Su
fundamento es la autoridad infalible de Dios a quien le es ajena la posibilidad de robar y
engañar. La certeza también va ligada a la relación personal con Cristo: “la fe es cierta no
porque implica la evidencia de una cosa vista, sino la adhesión a una persona”. Esta certeza
no obsta de la búsqueda de inteligencia: fides quarens intellectum.
Los motivos de creer, cuando se trata de una relación interpersonal nunca se pueden
precisar del todo. Estos motivos se fortalecen dependiendo de la relación personal. El
motivo fundamental de creer es Dios y su autoridad. Esto no quita que existan otros
motivos como contexto social, la percepción del del sentido de la vida, el ejemplo de
algunas personas singulares, etcétera. De lo anterior se sigue que la fe está motivada,
también, por la elección del hombre que opta por Dios y renuncia a vivir de la confianza en
sí mismo para abandonarse al otro trascendente.
Inicio de la deificación
Es un tema de Trento, reiterada por el Vaticano I, que la fe es el comienzo de la salvación
del hombre. Es decir, la salvación que trae Jesucristo comienza a ser efectiva a través del
acto de aceptación y de entrega propio de la fe. Esta salvación consiste en la transformación
interior que convierte al hombre pecador en justo, dándole la gracia que asemeja a cristo y
hace hijo de Dios.
Este inicio tiene una dimensión cristológica y escatológica. Ya que mediante la fe, el
hombre entra en la comunión con Dios, la fe se verá afectada esencialmente por la forma de
esta auto comunicación. Y la auto comunicación se da en Cristo para entrar en comunión
con la Trinidad. Por eso, la fe tiene una dimensión trinitaria y cristológica.
Además la fe tiene una tensión escatológica. La fe hace vivir un adelanto de lo que se ha
manifestado en plenitud al final de los tiempos. Con la fe vivimos la comunidad con Dios
como una realidad histórica y esperamos la plena comunión y la participación en la
naturaleza divina como una promesa futura.