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Teoría y Análisis Literarios y Culturales I Unidad 2 Teorías inmanentistas de la literatura y del discurso En el presente documento intentaremos recorrer, de un modo

necesariamente breve y esquemático, uno de los caminos de indagación teórica acerca de la literatura y los discursos en general, desde comienzos del siglo XX hasta nuestros días. Las trayectorias transitadas por el formalismo ruso, el estructuralismo francés, la semiótica y el postestructuralismo pueden ser articuladas en una línea relativamente coherente fundamentalmente por dos razones: las sucesivas influencias de unos sobre otros (del formalismo sobre el estructuralismo, y de éste sobre la semiótica y el postestructuralismo) y la continuidad de ciertos puntos de partida teóricos muy generales. Estas corrientes de la crítica literaria y del análisis discursivo tienen en común el hecho de concentrarse en el examen de las formas lingüísticas y textuales para el estudio del discurso. De ellas puede decirse que son inmanentistas (en contraposición con otras líneas de la crítica que podemos reconocer como sociologistas) por el hecho de que parten del supuesto de que los fenómenos de discurso no se explican por factores extradiscursivos (como los factores sociológicos), sino por elementos estrictamente discursivos. Tanto la forma como el sentido de los textos se derivarían de relaciones puramente semiológicas o discursivas, como las que las que mantendrían unos signos con otros en el interior de un código o sistema de signos, las que vinculan unos textos con otros, etc. Los formalistas rusos Es corriente en las introducciones a la crítica literaria presentar el trabajo de los formalistas rusos como el hito inaugural de la teoría literaria contemporánea. Es cierto que hasta la aparición de los formalistas rusos, hacia mediados de la década de 1910, no se había registrado un esfuerzo sistemático como el suyo para elaborar una auténtica ciencia autónoma acerca de la literatura, con un objeto y una teoría propios. Pero también es cierto que el hecho mismo de asumir, como lo hicieron los formalistas, que la literatura constituye un objeto de estudio aislable de los procesos sociales, con una esencia específica e independiente de factores extraliterarios, no representa un punto de partida inevitable y constituye un postulado que no todas las teorizaciones acerca de la literatura han asumido. En este sentido, las historias de la teoría literaria que asumen indiscutidamente el carácter fundacional del formalismo ruso, explícita o implícitamente, privilegian un postulado inmanentista como éste, ya que, contemporáneamente a los formalistas tuvieron lugar otras propuestas científicas de teoría literaria que concebían a la literatura en relación con factores sociales externos, como es el caso de su coterráneo Mijail Bajtin o de la propuesta marxista del estudioso alemán Georg Lukacs. El formalismo ruso tuvo lugar aproximadamente entre 1914 y 1928, a partir, fundamentalmente, de la confluencia de jóvenes estudiosos nucleados en dos grupos: el Círculo Lingüístico de Moscú (como Roman Jakobson) y la Sociedad para el Estudio del Lenguaje Poético u OPOIAZ (Víktor Shklovsky, Yury Tynianov, Boris Eikhenbaum, etc.). A continuación, intentaremos examinar brevemente tres de sus conceptos teóricos claves: literaturidad, ostranenie y procedimiento. Empapados del efervescente clima intelectual de la vanguardia poética rusa, encabezada por el futurismo y enfrentada a la consagrada poesía simbolista,1 este grupo de jóvenes estudiosos impulsó una encendida reacción contra la crítica literaria académica y la crítica literaria periodística que exaltaba y refrendaba los principios acerca de la poesía
Como ocurrió también en otras naciones, algunos grupos de poetas rusos adoptaron los nombres y ciertos principios originados en otros movimientos europeos, como el simbolismo francés y el futurismo alemán en este caso, aunque de hecho no constituyeran movimientos idénticos a sus modelos de referencia.
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esgrimidos por los simbolistas. Emprender la construcción de una disciplina científica y autónoma acerca de la literatura representaba para los formalistas el camino adecuado para superar las visibles falencias de una crítica periodística impresionista profundamente enraizada en la percepción subjetiva y una crítica académica cuyas pretensiones científicas sólo se reducían a los intentos de aplicar en la literatura métodos y principios de otras disciplinas (historia, filosofía, psicología, etc.). Los formalistas entendieron que un estudio científico y autónomo de la literatura debía atender, no a todo aquello que pudiera tener lugar o expresarse en la literatura (procesos históricos, ideas, fenómenos psíquicos, etc.), sino a aquello que le era esencial, aquello que hacía literario a un texto y que lo distinguía de los textos no literarios. Afirmaban que el objeto de estudio de esta ciencia autónoma que deseaban fundar no era la literatura como totalidad compleja y heterogénea, sino la literaturidad,2 es decir, la característica que determinaba el carácter estrictamente literario de los textos. Así, por ejemplo, para los formalistas rusos, ni la manifestación del renacimiento o el barroco como espíritus de época, ni el idealismo quijotesco, ni las obsesiones cervantinas hacían de Don Quijote una obra literaria. Todas ellas estaban en la obra literaria pero no hacían de ella una obra literaria; estaban en la literatura pero no constituían la literaturidad. Los formalistas rusos entendieron que lo que hacía de un texto una obra literaria no residía en sus contenidos o en las nuevas ideas que expresara (los cuales podrían manifestarse también en textos no literarios), ni en una presunta armonía o complementariedad entre la forma y el contenido, sino en su construcción formal misma. Pero no cualquier disposición formal era literatura, ya que todos los textos tenían alguna y la mayoría de ellos no eran literarios. La pregunta a la que los formalistas intentaron responder apuntaba a identificar qué característica específica era propia y exclusiva de las formas literarias. Para responder a este interrogante, los formalistas comenzaron por analizar y contrastar las funciones que las formas cumplían en los usos de la lengua cotidiana y en los usos de la lengua poética. Concluyeron que en los usos de la lengua cotidiana la forma cumplía una función meramente comunicativa, la de transmitir cierta información o contenido. En estos usos la forma no cobraba un valor en sí misma, sino que era sólo un medio para comunicar. Así, por ejemplo, la disposición de los sonidos de las palabras pasaba desapercibida. No ocurría lo mismo en los usos de la lengua poética. Por ejemplo, la repetición regular de ciertos sonidos mediante la rima llamaba la atención sobre el aspecto sonoro de las palabras así dispuestas. En este sentido, la forma cobraría en la poesía una función en sí misma, un valor autónomo. La lengua poética se caracterizaba, entonces, por disponer formalmente los materiales lingüísticos (los mismos que los de la lengua cotidiana) de un modo inhabitual, de un modo tal que la forma llamaba la atención sobre sí misma y nos obligaba a percibirla. A partir de estos hallazgos en relación con la función de la disposición de los sonidos en la lengua cotidiana y en el verso, los formalistas rusos formularon una hipótesis más abarcadora y ambiciosa acerca de la literaturidad en general: lo que hacía de un texto dado una obra literaria era el hecho de que sus formas no habituales llamaban la atención sobre sí mismas y adquirían, por ello, una función y un valor independientes de los contenidos que a través de ellas se comunicaban. Este efecto que los formalistas denominaron ostranenie3 era lo que definía la literaturidad. Entonces, lo que hacía de un texto una obra literaria era el hecho de que sus formas producían el efecto de la ostranenie, esto es, volvían extraño lo habitual de modo tal que lo que de otra manera pasaría desapercibido se volvía claramente perceptible. Por ejemplo, a partir de estas propuestas, podríamos decir que uno de los elementos importantes que hacen del cuento “La casa de Asterión” de J. L. Borges un texto literario sería el hecho de que el enfrentamiento entre el minotauro y Teseo, que podría

Literaturnost, en ruso, también traducido a veces como “literariedad”. El término ostranenie ha sido traducido al español de diferentes maneras: “desfamiliarización”, “singularización”, “extrañamiento”, “desautomatización”.
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resultarnos muy familiar a partir del conocimiento de textos mitológicos, se torna extraño e irreconocible por el hecho de ser narrado desde la perspectiva y la voz del minotauro mismo. Los formalistas rusos buscaban con empeño que sus generalizaciones, aun cuando fueran tan amplias y abstractas como el concepto de ostranenie, pudieran fundarse en una minuciosa y extensa corroboración empírica. Para identificar en la multiplicidad de textos literarios las construcciones formales concretas que producían el efecto de la ostranenie, acuñaron el concepto de procedimiento. En efecto, los procedimientos eran aquellas disposiciones de la forma que llamaban nuestra atención sobre la misma y, en consecuencia, constituían la literaturidad de los textos. Los formalistas rusos entendieron que los procedimientos que hacían literarios a los textos se hallaban no sólo en el plano sonoro de la poesía en el que hicieron sus primeros hallazgos, sino también en todos sus planos (sintáctico, semántico, etc.), y en todos los géneros literarios (narrativos, dramáticos, etc.), e incluso en todos los períodos literarios. Muchas veces, un mismo procedimiento podía aparecer en toda esta variedad de formas. Así, por ejemplo, el procedimiento de repetición paralelística que en el plano sonoro de muchos textos poéticos podríamos identificar como rima, también podía aparecer en el mismo género en otros planos, como en el caso de la repetición de una misma estructura sintáctica en una serie de versos, e incluso en otros géneros, como en el caso en que en un texto narrativo o dramático se desarrollan paralelamente dos historias estructuralmente similares (por ejemplo, en Las desventuras del joven Werther de Goethe, la repetición paralela de la historia de un triángulo amoroso nos lleva a comparar ambas tramas, a percibir la elaboración formal del argumento e incluso a contrastar las divergencias en sus respectivas resoluciones, el suicidio en el caso del protagonista y el asesinato en el de su amigo). Desde la perspectiva de los formalistas, en todos los casos, son los procedimientos los que dan carácter literario a esos textos, produciendo mediante una disposición formal inhabitual el efecto de ostranenie. Los estructuralistas franceses Una importante característica común de los estructuralistas franceses fue el hecho de tomar como base para la elaboración de sus diversas propuestas teóricas el modelo lingüístico desarrollado a principios del siglo XX por Ferdinand de Saussure (1857-1913). En efecto, lo que hoy conocemos como estructuralismo francés es el conjunto de propuestas desarrolladas por investigadores de distintas disciplinas sociales y humanísticas (por ejemplo, las de E. Benveniste o A. Martinet en lingüística, las de C. Lévi-Strauss en antroplogía, las de R. Barthes, G. Genette, C. Bremond, A. J. Greimas o T. Todorov en teoría literaria, etc.) que, en Francia, en la década de 1960, se desarrollaron en un proceso de mutua retroalimentación y a partir de los principios establecidos por Saussure y sus seguidores (L. Hjemslev, N. S. Trubetskoy, etc.). Los estructuralistas franceses vieron en Saussure el origen de un nuevo paradigma revolucionario en las ciencias del hombre. Al menos dos nociones saussureanas pueden considerase centrales en la definición de este nuevo paradigma científico: la oposición lengua/habla y la noción de valor. A través de la oposición lengua/habla, Saussure se había propuesto recortar un objeto de estudio específico para la lingüística, un objeto que excluía otros aspectos del lenguaje del que se ocuparían otras disciplinas, como la psicología, la historia, la lógica, etc. La lengua era concebida como un sistema de signos lógicamente anterior a cualquiera de sus posibles usos y del cual todos estos usos derivaban (el habla). En consecuencia, el propósito de la lingüística era el de reconstruir el sistema de signos, la lengua, subyacente a todos los usos concretos del habla. Los estructuralistas trasladaron analógicamente esta oposición a otros ámbitos de la actividad humana. Así, por ejemplo, para el antropólogo Claude Lévi-Strauss (1908- ) el objeto de estudio no era el corpus concreto de los mitos de las culturas ágrafas (los cuáles constituirían una especie de “habla”, un conjunto de usos), sino el sistema de mitemas (la “lengua” de todos los mitos) del cual todo mito particular sería una derivación o aplicación concreta.

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Consecuentemente con el propósito de recortar un objeto de estudio propio y exclusivo de la lingüística, Saussure había postulado que lo que determinaba la forma y el contenido de los signos no era su relación con una realidad exterior (los referentes) o interior (las intenciones comunicativas de los hablantes), sino las relaciones que establecían los signos entre sí en el interior del sistema. En este sentido, la lingüística no necesitaba rebasar su objeto específico (el sistema de signos, la lengua) para explicar la forma y el alcance de los signos, ni necesitaba relacionarlos con sus referentes ni con las intenciones de los hablantes (todos estos, fenómenos del habla, no de la lengua). Saussure utilizó la noción de valor (y la de forma) para designar esta propiedad puramente relacional de los signos: el valor de un significante (por ejemplo, el fonema /t/) o el de un significado (por ejemplo, el de la noción de “verde”) no residía en sus propiedades sustanciales (el sonido o la idea concreta) sino en el hecho de que se definía por diferencia y oposición con otros significantes y significados.4 La asunción por parte de los estructuralistas de este principio teórico como fundamento de la existencia de todo fenómeno simbólico (no sólo de la lengua, sino también de los mitos, los textos literarios, los signos de la moda, etc.) tuvo consecuencias cruciales en la constitución del nuevo paradigma. El hecho de que toda realidad simbólica se definiera y analizara de un modo inmanente como la manifestación de las relaciones de oposición entre los signos en el interior de un sistema llevó a concebir y estudiar las estructuras (los sistemas de signos, los códigos, etc.) como si constituyeran realidades con una lógica interna e independiente de los fenómenos de comunicación concretos, independiente del emisor y sus intenciones, del receptor y sus interpretaciones, e independiente de los referentes reales a los que se apuntara. Así, cuando Roland Barthes (1915-1980) estudió la moda, partió del supuesto de que cada vestimenta constituía una especie de frase o sintagma, una combinación concreta de signos, en la que cada signo cobraba un valor y un sentido por el hecho de que se oponía en el interior del sistema de la moda con otros signos por los que podría ser intercambiado (un sombrero por otro, o por la ausencia de sombrero, etc.). Una de las áreas en la que desarrollaron la teoría muchos críticos literarios estructuralistas fue la de la poética. El nombre de la subdisciplina, aunque fue tomado de la antigua tradición retórica occidental, cobró un sentido muy diferente y específico en el marco del estructuralismo. No se trataba de una disciplina preceptiva acerca de la poesía, sino de un área de investigación científica objetiva que tomaba como punto de partida el postulado de que ciertas estructuras formales presentes en los poemas eran las que hacían de ellos unos textos poéticos. En este sentido, el propósito central de la poética como disciplina científica era el de reconstruir los sistemas de signos (con sus elementos y reglas de combinación propias) de los cuales los textos poéticos serían el producto (el “habla”). Roman Jakobson (1896-1982) fue uno de los teóricos que desarrolló una significativa labor en el campo de la poética estructuralista. Su trayectoria como investigador encarna de un modo muy visible las líneas de continuidad que vincularon el trabajo de los formalistas rusos con el de los estructuralistas franceses. Luego de haberse convertido en un referente importante entre los formalistas rusos, R. Jakobson incursionó en la lingüística saussureana fundando el Círculo Lingüístico de Praga. Su conocida conferencia “Lingüística y poética”, pronunciada en Estados Unidos en la década de 1950, constituye un claro ejemplo de esta continuidad. Al identificar la función poética del lenguaje como un uso del mismo en el que la construcción formal del mensaje pasaría a un primer plano de importancia, el autor no se alejaba demasiado de la noción formalista de la ostranenie, según la cual la literaturidad estaría dada por el hecho de que la forma inhabitual llamara la atención sobre sí misma. Pero, al mismo tiempo, en el contexto de este trabajo, Jakobson concretó y dio forma a este principio valiéndose de nociones saussureanas como las de sintagma (eje de la combinación
Lo que otorgaría un valor al fonema /t/ sería el hecho de que por la ausencia de sonoridad se opone a /d/, por ser dental se opone a /p/, /k/, etc.; asimismo, lo que define el valor del significado “verde” es la oposición en nuestra lengua con otros significados como “azul” o “amarillo”, oposición que no necesariamente se dará en otras lenguas con otra delimitación de los significados en el campo semántico de los colores.
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de los signos) y paradigma (eje de la selección de los signos). Según su propuesta, lo característico de la función poética era la creación de relaciones paradigmáticas en el sintagma, es decir, la producción de relaciones de equivalencia entre elementos y segmentos de la sucesión lineal del texto. Así como en los paradigmas de la lengua un sonido equivaldría fonológicamente a otro, un sustantivo equivaldría morfológicamente a otro, etc., en el poema el sonido de un final de verso equivaldría al de otro por la rima, la sintaxis de un verso equivaldría a la de otro por el paralelismo, etc. A comienzos de la década de 1960, Roman Jakobson publicó en coautoría con Claude Lévi-Strauss lo que llegó a considerarse un modelo de crítica literaria estructuralista: un análisis del poema “Les Chats” de Baudelaire. En general, el trabajo desarrollaba un examen y una cuantificación minuciosos y exhaustivos de las equivalencias y oposiciones en los distintos planos lingüísticos del texto (semántico, sintáctico, fonológico, grafemático, etc.) para capturar la estructura fundamental de la que todo el texto derivaría. Los críticos literarios estructuralistas dieron origen a otra subdisciplina cuyo objeto rebasaba el ámbito de lo literario: la narratología. Ésta debía dar cuenta de las estructuras o sistemas a partir de los cuales era posible generar cualquier relato (desde breve un chiste de Jaimito hasta los siete tomos de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust). También en esta área los estructuralistas franceses recogieron y reelaboraron algunos conceptos de los formalistas rusos, como los de trama y argumento (o fábula y sujeto) de Víktor Schlovsky (1893-1984), recuperados, por ejemplo, en la oposición entre historia (lo que se cuenta) y discurso (el modo en que se cuenta) de Tzvetan Todorov (1939- ). Asimismo, el estudio acerca de los cuentos folklóricos maravillosos rusos de Vladimir Propp (1895-1970), un antropólogo próximo a las inquietudes de los formalistas, constituyó el punto de partida para la indagación de la estructura de todo relato en trabajos como los de Claude Bremond (1929- ) o Algirdas Julien Greimas (1917-1992). Lo que buscaban era, en sentido metafórico, la “lengua” del relato, es decir, el sistema que permitiera generar todos y cada uno de los relatos existentes y posibles (los cuales constituirían muestras de un “habla” derivadas de esa “lengua” general del relato). En el nivel de lo que Todorov entendía como historia, los estructuralistas intentaron formalizar una especie de gramática de las secuencias narrativas (el conjunto mínimo de elementos y de reglas de combinación a partir del cual pudiera producirse todo tipo de secuencia) y un esquema básico que permitiera describir la función narrativa de los personajes y sus relaciones. En relación con el nivel del discurso, es decir, con el modo específico en que una historia es narrada, los narratólogos, entre ellos en particular Gérard Genette (1930- ), desarrollaron nociones como las de narrador y narratario, voz, perspectiva, analepsis y prolepsis, etc. Semiótica Vemos que en el campo de la narratología, así como en el desarrollo de otras indagaciones ya mencionadas, como las que Barthes realizó acerca de la moda, el objeto de estudio al que se abocaban algunos críticos literarios estructuralistas rebasaba ampliamente el área de la literatura e incorporaba otros fenómenos lingüísticos (los chistes, los mitos, etc.) y no lingüísticos (el cine, la moda, etc.). Ya en su Curso de lingüística general, Saussure había propuesto inscribir la lingüística en el seno de la semiología, una disciplina más amplia que se ocuparía de los signos en general (lingüísticos y no lingüísticos), y apostaba al futuro desarrollo de la misma. Pero Saussure entendía también que la lingüística no era sólo una rama de la semiológía, sino su componente más importante. Esta enorme importancia otorgada por Saussure a la lingüística en relación con la semiología fue aceptada y aún acentuada por semiólogos franceses como R. Barthes (quien sostenía que cualquier código no lingüístico suponía y se apoyaba en la lengua) o A. J. Greimas (quien desarrolló buena parte de sus propuestas de semiótica sobre la base de las nociones de una subdisciplina lingüística: la semántica). Durante algún tiempo, los estructuralistas franceses, al igual que Saussure, denominaron semiología a la nueva disciplina, pero rápidamente fue ganando adeptos otra denominación derivada de las propuestas del estudioso de la lógica norteamericano Charles

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Sanders Peirce (1839-1914): la semiótica. Si bien es posible distinguir en alguna medida dos líneas de desarrollo de la disciplina a partir de sus orígenes diferentes (Saussure y Peirce, respectivamente), lo cierto es que en las propuestas más recientes se puede reconocer la huella de ambos. Además, resulta difícil realizar una descripción general de todas las propuestas de semiótica, dado que su amplitud y heterogeneidad abarca desarrollos muy diversos como los de A. J. Greimas, el italiano Umberto Eco o el argentino Eliseo Verón. Desde fines de la década de 1960, uno de los más reconocidos e influyentes semiotistas fue el soviético Yuri Mijáilovich Lotman (1922-1993). La semiótica de Lotman tomó como punto de partida propuestas teóricas del estructuralismo y las entretejió con aportes de la teoría de la información. Por ejemplo, en su teoría acerca del texto artístico y poético articuló ambos enfoques al concebir a éste como un sistema en el que se conjugaban en contrapunto numerosas estructuras (fonéticas, léxicas, sintácticas, semánticas, etc.) que, al volverse todas ellas códigos con significados propios en el contexto del texto artístico, conferían al mismo la capacidad de transmitir mayor información que cualquier otro tipo de texto. Los lenguajes artísticos y literarios constituían para Lotman sistemas de modelización secundarios5 que, al igual que otros sistemas semiológicos como los lenguajes científicos, filosóficos, etc., configurarían una visión particular de la realidad. Los postestructuralistas Ya hacia fines de la década de 1960 y, claramente, en la década de 1970, jóvenes investigadores que venían trabajando en Francia en el marco del estructuralismo comenzaron a desarrollar una línea teórica actualmente conocida como postestructuralismo. Entre estos jóvenes, cabe destacar algunos autores muy influyentes hasta nuestros días, como Michael Foucault en el ámbito de la historiografía, Jacques Lacan en el del psicoanálisis, Jacques Derrida y Gilles Deleueze en el de la filosofía, y Roland Barthes y Julia Kristeva en el de la teoría literaria. Tal vez una brevísima referencia al clima intelectual, académico y político de la época pueda arrojar alguna luz sobre el viraje teórico impulsado por estos autores. El acontecimiento del famoso mayo francés de 19686 puso de manifiesto algunos de los valores, certezas e ideales que prepararon este viraje en las tendencias intelectuales de la época: un pronunciado sentimiento antiburgués, entretejido, no sin contradicciones, con cierto generalizado sentimiento de liberación anárquico e individualista. Estos autores no se reconocieron ni se presentaron a sí mismos como postestructuralistas; por el contrario, el término fue acuñado desde fuera para dar cuenta de la innovación teórica común a todos estos nuevos trabajos que se desprendían del seno del estructuralismo francés. El prefijo “post” remite, al mismo tiempo, a una continuidad y a una
Estos sistemas serían secundarios respecto de las lenguas naturales (que, en tanto sistemas de modelización primarios, constituirían la base de una cultura e influirían de un modo poderoso y fundamental en la conformación de las conciencias), a partir de las cuales se elaborarían muchos de ellos (como los lenguajes literarios, científicos, etc.) y en relación con las cuales todos ellos se estructurarían de un modo análogo. 6 El alzamiento estudiantil conocido como el mayo francés se inició en 1968 como una toma de posición y una respuesta de los estudiantes universitarios ante los avances del imperialismo norteamericano. Los estudiantes salieron masivamente a las calles y se sumaron a las luchas antiimperialistas desarrolladas por el movimiento obrero. Los sucesos del mayo francés pusieron de manifiesto los elementos de un complejo clima intelectual juvenil de renovación y rebeldía, que conjugaba, entre otros elementos, consignas marxistas de enfrentamiento con el poder representado por la burguesía y el Estado y reivindicaciones psicoanalíticas de las pulsiones y deseos que la sociedad rechazaba y reprimía. Uno de sus eslóganes más difundidos, “la imaginación al poder”, refleja en alguna medida los valores y sentimientos en juego. La trascendencia internacional del mayo francés deriva también del hecho de que, siguiendo su impulso, numerosos alzamientos estudiantiles análogos se generaron en pocos años en los ámbitos universitarios de muchos países de los distintos continentes. En la Argentina, movimientos de rebelión estudiantil como el cordobazo o el tucumanazo constituyeron, en buena medida, repercusiones del mayo francés.
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ruptura con el estructuralismo. Analizaremos ahora algunas de estas continuidades y discontinuidades. La transición desde el estructuralismo hacia lo que llamamos postestructuralismo constituyó un proceso gradual y en alguna medida inadvertido para los estudiosos de la época. Ciertas consecuencias que se derivaban de la aplicación exhaustiva de la noción saussureana del valor ya habían sido elaboradas por los mismos estructuralistas. La idea de que los signos se definían en mutuas relaciones de oposición en el interior del sistema, que para Saussure representaba un principio metodológico que permitía aislar un objeto de estudio independiente y exclusivo de la lingüística, para los estructuralistas se tornó en una verdad fundamental e indiscutible acerca del funcionamiento de todo fenómeno semiótico. Partiendo de la concepción saussureana del referente como algo externo al sistema de la lengua, los estructuralistas llegaron a la idea de que eran los sistemas de signos mismos, a partir de su lógica de oposiciones internas, los que mediaban nuestro conocimiento y percepción de la realidad y construían inevitablemente una visión predeterminada de la misma. Asimismo, partiendo de la concepción saussureana de los sujetos hablantes como algo externo al sistema de la lengua, llegaron a la idea de que los sujetos mismos estaban en cierta medida prefigurados por los sistemas de signos de los que hacían uso. Así, por ejemplo, Émile Benveniste (1902-1976), enfrentando el supuesto de que los pronombres personales tenían un significado vacío o de que su significado era el referente, argumentó la propuesta de que los mismos se definían en un sistema interno de oposición (la primera persona en oposición a la segunda, y la tercera en oposición a la primera y a la segunda en conjunto), y de allí derivó la idea de que la noción misma de un “yo”, de un sujeto único, era algo que el sistema de la lengua hacía posible. Los postestructuralistas llevaron al límite la aplicación del principio de la diferencia como fundamento de los signos y extrajeron de ello consecuencias filosóficas y epistemológicas a las que no habían arribado los estructuralistas. Para los estudiosos de esta nueva corriente de pensamiento, los lenguajes, más que un medio que influía en la percepción de la realidad y en nuestra autopercepción en tanto sujetos, constituían la realidad misma y construían toda forma de sujeto que pudiéramos encarnar. Para los postestructuralistas no había nada que pudiera ser externo a los lenguajes y los discursos. Detengámonos un momento a examinar en qué sentido puede afirmarse que los postestructuralistas radicalizaron y condujeron a sus últimas consecuencias el principio estructuralista del valor, según el cual el significado de un signo se definía por lo que lo diferenciaba y oponía a los significados de los otros signos. Pensemos esta problemática con un ejemplo. Podríamos decir que el significado de “natural” se delimita en oposición al significado de “artificial”; pero “natural” también se opone a otros términos como “cultural” (cuando hablamos de una conducta humana de origen natural o cultural, etc.) o “social” (cuando hablamos de ciencias naturales y ciencias sociales, etc.). Pero la complejidad para fijar el significado de ese signo no acaba allí, porque cada uno de esos términos a los que se opone, a su vez, se opone a otros. Así, por ejemplo, el término “social” define su significación en oposición a “individual”; y, a su vez, “individual”, puede oponerse a “colectivo” o a “masivo”, mientras que “masivo” puede oponerse tanto a “culto” como a “popular”, etc. ¿Dónde se detienen estas cadenas de oposiciones? Si el significado de un término se define en relación de oposición con otros, ¿cuándo podemos estar seguros de haber dado con el significado preciso de un signo? Para Saussure y para los estructuralistas, todas estas oposiciones constituyen la estructura de un sistema de signos, de una lengua, que sería posible y deseable reconstruir en su totalidad, pero que, en los hechos, sólo se daba por supuesta, puesto que nunca llegaron a concretar la inmensa y difícil tarea de reconstrucción de la estructura completa de oposiciones entre los significados de una lengua. Aunque, en los hechos no pudieran establecer con certeza el significado preciso de un término, los estructuralistas entendían que los signos debían tener un significado relacional determinable, pues cada uno de ellos ocuparía, en un momento dado de la historia de una lengua, un lugar fijo y concreto en la estructura de oposiciones del sistema. En este punto, los postestructuralistas se apartaron de los estructuralistas, radicalizando, al mismo tiempo, el

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principio del valor y de la diferencia como determinante del significado: la noción de los códigos como totalidades cerradas, la concepción de los sistemas en el que todos los signos ocuparían su lugar y recibirían un significado estable era para los postestructuralistas una ilusión. Se trataba de una ilusión que permitía sostener el proyecto pretendidamente científico de los estructuralistas y el de cualquier aspiración de conocimiento objetivo. Al ser desechada esta noción, no sólo hacía agua el proyecto de una semántica estructural científica, sino que la posibilidad de todo conocimiento objetivo se ponía en tela de juicio. Para los postestructuralistas, la ilusión de una realidad externa al lenguaje y accesible al conocimiento se pudo sostener anteriormente sobre la base del supuesto de que los signos mediante los cuales se la representaba tenían un significado fijo. Para los autores postestructuralistas, lo real no era más que los lenguajes y los discursos en constante movimiento y generación de significados. El espejismo de una realidad externa al lenguaje, objetiva, estable y regular se generaría precisamente porque atribuimos a nuestros signos y discursos un significado fijo y, de esta manera, imaginamos que a través de ellos representamos objetivamente algo fijo y estable que les sería externo: la realidad. Este problema fue enfocado por una noción central de la teoría de Jacques Derrida (1930-2004): la différance. El término apuntaba a reunir en uno dos palabras y dos nociones: la diferencia y lo diferido, la oposición y el carácter aplazado del significado. Volviendo al ejemplo del término “natural”, podríamos decir que la différance es lo que hace que el significado deba ser remitido a una cadena de oposiciones que no tiene término, y, por lo tanto, conduce también a que la determinación de su significado siempre quede diferida, aplazada, y siempre se encuentre más allá de lo que podemos alcanzar en cualquier esfuerzo de reconstrucción en el presente. Y esto mismo que se atribuía al plano de los signos se aplicaba a las relaciones entre los textos. De acuerdo con el concepto de intertextualidad de Julia Kristeva (1941- ), los textos cobraban significación a partir de las relaciones y las oposiciones que podían establecer unos con otros. Los textos no poseían un significado estable y contenido en sí mismo, sino que adquirían significaciones diversas en las ilimitadas y multidireccionales cadenas de relaciones que podían establecerse entre ellos. Sin embargo, el flujo permanente y siempre renovado de la significación no se correspondía con la idea más generalizada acerca de los textos: a cada texto un significado. Para los postestructuralistas, esta creencia estaba generalizada, porque la cultura occidental, en toda su historia de culto a la razón, había intentado sistemáticamente ocultar, desconocer y suprimir esta pluralidad e inestabilidad inherente a la significación. Por ejemplo, en su libro S/Z, Roland Barthes distinguía entre dos tipos de texto literario: los textos legibles y los textos escribibles. Legibles eran los textos que limitaban la posibilidad de flujo y variación del significado; los que se ajustaban a códigos preestablecidos y relativamente fijados e institucionalizados y contribuían a reforzar la ilusión de que cada texto tenía un sentido que se podía precisar y de que era posible representar la realidad objetivamente (por ejemplo, las obras literarias del realismo decimonónico). Por el contrario, escribibles eran aquellos textos que invitaban al lector al juego ilimitado de la significación, que siempre podían ser “escritos” nuevamente en cada lectura, ya que no se dejaban aprehender por ninguna estructura o código fijo (por ejemplo, los textos de las vanguardias literarias). En el mismo libro, Barthes desarrollaba un análisis postestructuralista de lo que consideraba un texto literario legible, pero con cierto grado de apertura en la significación: el cuento “Sarrazine” del escritor realista Honoré de Balzac. Su análisis del texto, a diferencia del que, por ejemplo, habían realizado Jakobson y Lévi-Strauss con el poema de Baudelaire, no buscaba identificar las estructuras de las que todo el texto derivaría, sino más bien encontrar los puntos del mismo en los que se hacía posible la multiplicación, el desplazamiento y la inestabilidad de los significados, para luego desarrollar interpretaciones variadas sin agruparlas a posteriori en una estructura u orden jerárquico. De este modo, Barthes intentaba contrarrestar la ilusión del conocimiento objetivo de la realidad que era sostenida tanto por el realismo literario mismo como por una

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crítica literaria que concebía a la significación como una estructura objetiva e inmanente del texto. Para los postestructuralistas había una relación necesaria y bidireccional entre el discurso y el poder. El poder de las instituciones ejercía un control en la producción y recepción de los discursos, y, a través del mismo, lograba fijar los sentidos, detener el flujo de la significación, estabilizar y naturalizar las oposiciones. Así, por ejemplo, llegaríamos a construir nuestra visión de la realidad a partir de oposiciones jerárquicas fijadas por el poder, tales como “primitivo” y “civilizado”, “culto” y “popular”, “hombre” y “mujer”, “razón” y “sensibilidad”, etc. Por el poder de las instituciones, estas oposiciones llegaban a parecer “naturales” y a constituirse para la mayoría en la realidad misma. Al mismo tiempo, el control del discurso, la naturalización de las oposiciones, constituía el fundamento del poder de las instituciones mismas. El poder del occidente colonizador sobre el resto del mundo, el poder de los hombres sobre las mujeres, el poder de la burguesía sobre las otras clases sociales, etc., se sostendría en alguna medida por el hecho de que los discursos difundidos lograban estabilizar y naturalizar este tipo de oposiciones jerárquicas. Michel Foucault (1926-1984) dedicó buena parte de su trabajo a la indagación histórica de los modos en que las instituciones fijaron discursos capaces de prefigurar la percepción y el conocimiento y, de este modo, ejercer control. El discurso era visto como un dispositivo que al mismo tiempo delimitaba lo que podemos saber y lo que podemos hacer. La relación entre discurso, saber y poder constituyó un núcleo de indagación de muchas de sus obras. Un ejemplo característico es el de sus escritos acerca de la locura. Según sus estudios, en distintos períodos históricos podíamos identificar un discurso dominante que establecía y fijaba el límite entre la locura y la normalidad, y que, articulado con la acción de instituciones específicas como, por ejemplo, los manicomios, se habría constituido en un dispositivo de control, exclusión y poder. Los escritos de los postestructuralistas, en contraste con los de los estructuralistas, no perseguían el desarrollo de una exposición clara, precisa y rigurosa desde un punto de vista lógico. Muchos pasajes de sus textos articulaban figuras, giros y usos que parecían más cercanos a la literatura misma que al discurso científico. Pero, desde su propia perspectiva, lejos de constituir un defecto, representaba un recurso honesto y políticamente deseable. Como veíamos, para los postestructuralistas el poder residía en los discursos que fijaban las significaciones y se presentaban a sí mismos, deshonestamente, como fiel reflejo de la realidad. Por lo tanto, fijar un nuevo discurso con pretensiones de de claridad, precisión, rigor lógico y objetividad, aun cuando se pretendiera opuesto a un discurso dominante, sería caer nuevamente en las trampas del poder. Por ello, los postestructuralistas, en lugar de erigir otros discursos con pretensiones de objetividad y estabilizadores del sentido, entendieron que para atacar al poder en su médula era necesario desestabilizarlo, estimulando nuevamente la apertura y el flujo de la significación con textos abiertos y sugerentes.