EL HOMBRE ABIERTO AL TRASCENDENTE
1. EL HOMBRE, UN SER QUE INTERROGA
Es un hecho que el hombre se pregunta. Pregunta al mundo en el que vive. Pregunta
a los otros. Se pregunta a sí mismo. Podríamos decir que es una de las características del ser
humano el cuestionar, el cuestionarse, en último término, a sí mismo.
A todo lo largo de su vida, el hombre preguntará. Ya desde la niñez, a medida que
crece, no se cansa de preguntar y en esta época se contentará con la respuesta que le dé el
adulto. Mas, este ansia de preguntar no termina con la edad adulta o con su clase social o en
el ambiente cultural en el que se desenvuelve. El hombre seguirá preguntando y ya no
bastará cualquier respuesta, porque las cuestiones planteadas tampoco serán una cuestión
cualquiera.
Habrá, ciertamente, preguntas fútiles que podrá plantear o no, que urgirán una
respuesta o no, pero ciertas cuestiones no podrá eludirlas y buscará una respuesta
satisfactoria, porque ésas son esenciales, porque comprometen lo esencial de su vida, de su
razón de ser y de existir.
No es solamente un asunto de intelectuales, pues, aunque cambie el modo, también
los hombres de culturas primitivas, como las africanas, se plantearán las mismas preguntas:
¿Quién soy yo? ¿Qué hago aquí en este mundo? ¿De dónde vengo y adónde voy? ¿Por qué
el sufrimiento y el dolor? Y después de esta vida ¿qué? ¿La muerte que todo lo vuelve sin
sentido? Entonces, ¿qué nos cabe esperar? Estas y otras muchas preguntas se plantea el
hombre de hoy y de todos los tiempos. Muchas veces es la vida misma, el acontecer
cotidiano el que las plantea insistentemente. Ese acontecer que intentamos vivir en armonía,
felizmente. Pero ¿qué es, en qué cosiste la felicidad? ¿Cuál es, en definitiva, el sentido
último de la vida? ¿Acaso hay una realidad que le dé consistencia, que le dé ese sentido
último a la vida? ¿Qué realidad es esa?
Todas estas preguntas son importantes, porque apuntan a lo esencial, a la totalidad
del hombre. No son sólo preguntas para los que ya mueren, sino también para los que
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viven, jóvenes y adolescentes; no sólo para aquellos a los que les va mal en las cosas, sino
también para aquellos a quienes la vida y la fortuna les sonríe con generosidad. Porque
unos y otros se saben, en definitiva, indigentes, radicalmente indigentes. Unos y otros saben
que por sí solos no pueden resolver completamente su vida y los interrogantes que ella les
plantea y que ellos mismos se plantean. Saben que todo hombre, a un momento u otro de su
existencia, tiene necesidad del otro y, a la postre, más allá de los otros que participan de su
misma condición de indigencia, porque es de esta indigencia de donde surge la pregunta del
hombre. Es su deseo de felicidad, de realización plena de su vida de donde surge la
pregunta. El hombre quiere ser feliz y para ello necesita descubrir el secreto de la felicidad
e intuye que es en la respuesta a estas preguntas donde está la clave.
Ahora bien, ¿dónde encontrar la respuesta? ¿Puede el hombre encontrarla en sí
mismo y únicamente en sí mismo? Si no, ¿a quién dirigirla? ¿Quién podrá darle una
respuesta válida y satisfactoria? Todo hombre se pregunta, el religioso y el ateo, pero
¿pueden encontrar ambos la respuesta adecuada de manera indistinta?
2. EL HOMBRE, UN SER INTERROGADO
El hombre es un ser que interroga, que se interroga a sí mismo, pero el hombre es
sobre todo un ser interrogado por los otros y fundamentalmente es un ser interrogado por el
totalmente Otro.
El hombre es un ser relacional. Vive y se realiza en su relación con los otros y en
esta relación necesita ser alguien, pero sólo puede serlo cuando lo es para el otro, de manera
que la suma dignidad humana se vive cuando el otro le toma en serio.
El hombre es un ser religioso y en el hecho religioso, fenómeno humano sumamente
complejo, puede descubrir esta relación que da sentido pleno a su vida. Mas, si el hombre
es capaz de preguntarse por la realidad que da sentido a su vida, en toda su complejidad, es
porque esta realidad irrumpe previamente en su existencia, interrogándole, ya que es esta
realidad, con su presencia en la vida del hombre, la que le impulsa a preguntarse. Pero ¿de
qué realidad se trata?
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2.1 Una realidad que se manifiesta e interroga: el Misterio
El centro del hecho religioso lo constituye esa realidad trascendente que llamamos
“Misterio”1. Éste evoca, para el hombre religioso, esa realidad anterior y superior a él,
totalmente otra, sin punto de comparación con las realidades intramundanas, que forman el
ámbito de su existencia humana, y ni siquiera con él mismo. Es la realidad suprema en
todos los órdenes y cuya presencia le fuera a una reorganización del conjunto del mundo y
de su propia vida.
Los rasgos de esta realidad son una superioridad ontológica y axiológica absolutas,
una completa trascendencia y una santidad augusta. Es esta realidad suprema en todos los
órdenes en cuya presencia el hombre se siente, por una parte fascinado, cautivado por su
presencia y atraído irresistiblemente (Ex 3,1-3), pero, por otra parte, se siente sobrecogido y
anonadado, reducido a la condición de “polvo y ceniza” (Gn 18,27; cf. Job 42,6; Lc 5,8).
Estos componentes de la relación del sujeto ante la presencia del Misterio es lo que R. Otto
expresa con la descripción: “experiencia del Misterio tremendo y fascinante”2.
Dada la trascendencia absoluta del Misterio, ¿cómo el hombre puede relacionarse
con él? Porque el Misterio, en cuanto trascendencia activa, toma la iniciativa de
manifestarse. Pero, ¿cómo puede hacerse visible al hombre una realidad invisible,
totalmente otra con relación a las realidades mundanas? Sólo sometiéndose a las
condiciones espacio-temporales de toda experiencia humana. El Misterio irrumpe en la vida
del hombre, manifestándose, haciéndose, más bien, presente a través de realidades
mundanas de la experiencia humana. El hombre descubre en estas realidades la presencia
invisible, pero real, del Misterio. Ahora bien, estas realidades no se confunden con el
Misterio, de manera que éste sigue siendo una realidad totalmente trascendente, pero al
manifestarlo debe de alguna manera transparentar su condición trascendente. Ciertamente,
el hombre no inventa estos símbolos, pero sí que interviene en el proceso hierofánico. En
las hierofanías, el hombre proyecta necesariamente la presencia inobjetiva del Misterio que
le afecta interiormente y esta proyección en el mundo exterior es la única forma de vivir y
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En este punto y el siguiente seguimos la obra de MARTÍN VELASCO, JUAN DE DIOS, Introducción a la
fenomenología de la religión, Madrid 1978, especialmente las pp. 302ss.
2
Ibid., p. 304. Cf. OTTO, R., Lo santo. Lo racional y lo irracional en la idea de Dios, Madrid 1980
(especialmente los capítulos 4-7, pp. 21-63.
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hacer suya la presencia misteriosa de la realidad trascendente. Mas, dada la situación
cambiante del hombre en la historia, se da necesariamente un proceso de desacralización y
sacralización ya que determinadas realidades sagradas pierden su sentido de
transignificación para que otras realidades más parlantes ayuden a reconocer el Misterio en
la vida.
¿Pero, cómo el hombre, imbuido en el acontecer cotidiano, puede tener acceso al
Misterio y descubrir su presencia en la realidad aquí y ahora y bajo qué condiciones?
2.2 La dimensión de lo sagrado
El Misterio, núcleo esencial del hecho religioso, produce la aparición de una
atmósfera, en la que está bañado dicho fenómeno. Esta atmósfera que envuelve todos los
elementos, ya sean personas, cosas o acontecimientos que componen la religión, es lo que
la fenomenología de la religión llama “ámbito de lo sagrado”. Es un orden nuevo de ser que
no consiste en una realidad determinada, ni en una suma de realidades, sino en una nueva
dimensión que adquieren todas las realidades mundanas al verse referidas a la realidad
trascendente, al mismo tiempo que totalmente nueva y que es la presencia del Misterio.
Hay, no obstante, una forma peculiar de introducirse en este ámbito: hay que traspasar un
umbral y este paso supone una ruptura de nivel. Esto se ve bien, por ejemplo, en Ex 3,2
(hay que descalzarse) o en el cambio de lenguaje y de comportamiento del hombre ante “un
máscara” en la sociedad gueré de Costa de Marfil… Es un mundo “aparentemente” igual al
mundo ordinario, pero es cualitativamente distinto de éste. Es el mundo de lo definitivo, de
lo último y ello lleva consigo una forma enteramente nueva de ser y de comportarse.
3. EL HOMBRE, UN SER QUE RESPONDE
Hemos visto que el hombre es un ser que pregunta y al mismo tiempo es un ser
interrogado, interpelado por la presencia del Misterio en su vida. Pero no basta con la
aparición del Misterio en el horizonte del acontecer humano para que haya religión. Es
necesaria una respuesta del hombre, una reacción bien precisa, porque existe la posibilidad
de respuestas que pueden ser una negación del hecho religioso, concretándose en una huida
ante la realidad misteriosa, en desesperación ante la presencia de un horizonte ilimitado, en
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rebeldía ante una invasión de la propia autonomía por la realidad trascendente. Entonces,
¿en qué consiste esta respuesta que hace del hombre un ser religioso?
3.1 La actitud religiosa y sus expresiones
La aparición del Misterio crea en el sujeto una disposición fundamental que se
expresa en la conducta humana. A esta reacción es lo que llamamos actitud religiosa. Dos
rasgos la componen: una actitud extática o de reconocimiento del Misterio y una búsqueda
en él de la propia salvación.
El primer rasgo responde al carácter trascendente del Misterio. El hombre ante las
realidades mundanas se considera el centro de interés, “la medida de todas las cosas”, de
manera que todas ellas deben girar en torno suyo. Ellas son objetos y él es el sujeto que se
las apropia, que las domina. Para que el Misterio irrumpa en el horizonte de su existencia,
exige del hombre una actitud de reconocimiento. El hombre debe comportarse ante el
Misterio de forma nueva. El Misterio no es una realidad que se pueda objetivar, dado su
carácter de absoluta trascendencia y el hombre debe dejar de considerarse como el centro
total y absoluto. Debe salir de sí mismo en un trascendimiento y aceptar el Misterio como
el centro de su vida, abandonándose a él en una entrega confiada y total.
El segundo rasgo es la búsqueda de salvación definitiva en ese reconocimiento del
Misterio, ya que el hombre religioso, tomando conciencia de estar inmerso en una situación
de mal radical, de perdición, busca en la actitud religiosa ser salvado de esta situación. Pero
por otra parte, esta salvación tiene un aspecto positivo: la salvación consiste en la donación
al hombre de una perfección plena y definitiva. No es ésta una acumulación de bienes que
él podría conseguir por sí mismo, sino en una donación de sentido a una vida abocada
irremediablemente al fracaso. Esta salvación se vivencia como una transformación radical
del ser humano, determinada por una nueva relación con el Misterio, poniéndolo como
única realidad capaz de proporcionarle esta salvación, porque el hombre no puede salvarse
a sí mismo. La salvación no es, pues, el fruto de una conquista, sino de una gracia.
Podríamos decir que el Misterio no sólo interpela al hombre, provocando en él una
respuesta que es a su vez pregunta, abertura, disponibilidad, sino que también le da una
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respuesta válida a su interrogante fundamental. Esta respuesta de parte del Misterio es para
el hombre salvación, donación de sentido pleno a su existencia.
Esta actitud religiosa, en cuanto actitud humana que es, afecta a todo el hombre y a
todas sus facultades y deberá expresarse a todos los niveles humanos, surgiendo
comportamientos en el orden del pensamiento, en el de la acción, en el de la emoción y
sentimiento y en el de su dimensión social. Pero las expresiones fundamentales de la actitud
religiosa podríamos resumirlas a dos: la oración y el sacrificio. En la oración se reflejan de
forma inmediata los rasgos de la actitud religiosa. La actitud de oración consiste
fundamentalmente en vivir la existencia como diálogo interpersonal con el Misterio. El
hombre en oración es un ser que vive toda su vida en la presencia del Misterio y que hace
de ella un acto permanente de respuesta. Esta actitud se concretará en actos, palabras,
gestos de una variedad casi innumerables. El sacrificio será la expresión cultual por
excelencia de esta actitud religiosa que también revestirá multitud de manifestaciones y
formas.
3.2 Las religiones: una concreción de la actitud religiosa
Son muchas las definiciones que se han dado del término “religión”, dado que
abarca un fenómeno humano sumamente complejo como es el hecho religioso. Digamos
que las religiones son la concreción histórica de este fenómeno y, particularmente, la
concreción de esa actitud humana de reconocimiento del Misterio en todas sus
manifestaciones y actos que hemos descrito como actitud religiosa. Ahora bien, dado que el
hombre es un ser en el mundo y un ser social, la religión estará afectada por esta
característica esencial del ser humano. Todas las religiones tendrán elementos estructurales
idénticos, pero las configuraciones concretas serán diversas, porque diversas son las
situaciones socio-culturales de los grupos humanos a través de la historia.