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2 La dimensión trascendente del ser humano
Nuestra dimensión trascendente es la que nos permite no quedarnos
encerrados en nosotros mismos. Al contrario, ella nos impulsa a realizarnos
como seres constitutivamente abiertos a las cosas que nos rodean, a los otros y
al “Totalmente Otro”. Hoy urge reencontrarnos con esta dimensión que nos
constituye, porque su olvido trae de la mano la carencia de fines trascendentes,
reduciendo nuestros anhelos de plenitud, quedando el ser humano encerrado en
su propia finitud sin capacidad de soñar y construir un mundo bueno y justo para
todos.
El teólogo Antonio Bentué explicita este carácter trascendente del ser humano
del siguiente modo:
“Si bien el problema radical del hombre puede ser reducido a una explicación
que disimule o camufle ese problema, en una perspectiva en la que el hombre
pueda ‘alienarse’ en su realidad finita (reduccionismo positivista), ese
optimismo cae minado por su base y ese hombre llega a la experiencia del
absurdo o de lo trágico (filosofías reduccionistas). Pero el hombre no puede
dejar de buscar la posibilidad de fundamento absoluto de su existencia.
La decepción provocada por el optimismo ingenuo nos hace mirar aquella otra
‘ingenuidad’ del hombre de todos los tiempos, que buscó desesperadamente
una ‘salvación’ adecuada para su situación de finitud radical y, en consecuencia,
de muerte...
La posibilidad del “absurdo”, como última palabra de la realidad, haría a la
existencia tan radicalmente irrelevante que, en ese caso, las mismas búsquedas
religiosas, en su inutilidad, no serían menos vanas que las posturas ateas
supuestamente más lúcidas...
El vértigo producido por tal posibilidad es de magnitud tan grande que, si la
racionalidad significa algo, resulta plenamente legítimo postular que Dios
es. Y aquel vértigo puede constituir una verdadera llamada a trascendernos,
superando así el remolino insalvable de nuestra inmanencia. Esa “llamada” solo
puede venir de Dios (cf. Jn 6, 43-45). Ahí vemos lo que realmente somos: un
ojal abierto, en búsqueda del botón que debe irrumpir en nuestra existencia
para fundarla, es decir, para divinizarla y, en consecuencia, darle la
inmortalidad… En esta ubicación podemos captar mejor el significado
profundamente humano de la revelación y de la respuesta de fe”.
Pues bien, sin aquella dimensión trascendente del ser humano, el
fenómeno religioso no sería posible. Este aspecto da cuenta del ser profundo
del ser humano: un ser que se experimenta como no fundado en sí mismo, en
su realidad inmanente o profana.
¿Qué manifiesta el hecho religioso? Búsqueda de su fundamento desde
donde se le dona el sentido de la vida: vida, muerte y convivencia. En un
encuentro cumplido, el creyente a través de la experiencia ha hecho probación
del fundamento a modo de tanteo y de modo dinámico.
Ante la situación de búsqueda del ser humano, del sentido de su vida y de la
realidad, emerge una realidad totalmente distinta, una realidad fundante,
trascendente, que da el fundamento ontológico a la realidad inmanente: Dios.
Como bien afirma Mircea Eliade:
“El fenómeno religioso no se revelará como tal, sino a condición de ser captado
en su propia modalidad, es decir, de ser estudiado en la escala religiosa. Querer
enfocarlo por la fisiología, la psicología, la sociología, la economía, etc., es
traicionarlo; es dejar escapar precisamente lo que hay en él de único e
irreductible, a saber, su carácter sagrado”.
Para concretizar las ideas que hemos revisado, te invitamos a trabajar en las
siguientes actividades concretas que planteamos.