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LA FORMACIÓN DE LOS EVANGELIOS

I.- INTRODUCCIÓN

Antes de abordar el proceso de formación de los evangelios, conviene situarlos en el


complejo proceso de cristalización literaria de la tradición sobre Jesús después de su muerte.
Durante este período de formación del cristianismo se compusieron muchos escritos que re-
cogían parte de dicha tradición y se hizo una selección de los mismos que concluyó con el
reconocimiento de algunos de ellos como Escritura sagrada. En esta etapa, dichos escritos
comenzaron a ser designados como evangelios, porque su contenido era “el Evangelio”. Al
final de este proceso, cuatro de ellos se convirtieron en “los evangelios” canónicos con parti-
cular autoridad en toda la Iglesia.

II.- EL SUSTANTIVO “EVANGELIO”

El sustantivo euvagge,lion no tiene importancia ni en los LXX ni en el judaísmo intertes-


tamentario. En cambio sí se usa con sentido religioso en el culto al emperador romano. Es una
buena noticia la accesión al trono o la victoria del emperador. En una estela del año 9 a. C, el
nacimiento del emperador Augusto es saludado como «el comienzo para el mundo de la bue-
na noticia (euvagge,lion) que traía».

El término «evangelio» se usó muy pronto en la tradición cristiana, como queda refle-
jado en Pablo, a quien pertenecen 60 de las 76 veces que aparece el sustantivo en el NT y 21
de las 28 del verbo. Siempre se trata del anuncio oral de la salvación de Dios ofrecida a los
hombres en Jesucristo. Pablo habla del «evangelio de Dios» (Rom 1,1; 15,16), del «evangelio
de Cristo» (Rom 15,19; 1 Cor 9,12; 2 Cor 2,12; 9,13), del «evangelio de su Hijo» (Rom 1,9);
el genitivo es, a la vez, objetivo y subjetivo: el evangelio que es y viene de Dios o de Cristo y
que tiene por objeto a Cristo o a Dios (su salvación). En Mc 1,1, tenemos precisamente este
fenómeno: VArch. tou/ euvaggeli,ou VIhsou/ Cristou/ Îui`ou/ qeou/Ð (“Comienzo del evangelio de
Jesús - Cristo e Hijo de Dios”). Con este versículo, Marcos da el título que puede traducirse
así: “Comienzo de la Buena Noticia (Evangelio) que es Jesús, Cristo (Mesías) e Hijo de
Dios”. En esta frase condensa todo lo que desarrollará a lo largo de toda su obra. La primera
parte se centrará en demostrar que Jesús es el Mesías (Cristo) y la segunda que es el Hijo de
Dios. Esto sí que es EVANGELIO / BUENA NOTICIA y no el nacimiento o victoria del em-
perador romano.

III.- LOS LIBROS SOBRE JESÚS EN EL CRISTIANISMO NACIENTE

Los evangelios canónicos no fueron los únicos escritos en los que cristalizó la tradi-
ción sobre Jesús. El redactor final del cuarto evangelio reconoce que él seleccionó lo que con-
sideraba esencial para creer y salvarse entre los muchos escritos sobre Jesús: “Hay además
otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mun-
do bastaría para contener los libros que se escribieran” (Jn 21,25); “Jesús realizó en presen-
cia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido
escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis
vida en su nombre” (Jn 20,30-31).
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Lucas, en la introducción al evangelio, expone el método seguido para componer su
evangelio: “Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han
verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron
testigos oculares y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haber inves-
tigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para
que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido” (Lc 1,1-4).

El concilio Vaticano II, en el nº 19 del capítulo V, de la Constitución sobre la Divina


Revelación (Dei Verbum), presenta este proceso, haciendo, precisamente, referencia a dicho
texto de Lucas: “La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los
cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que
Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de
ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles, ciertamente, después de la as-
censión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que Él había dicho y obrado, con aquella cre-
cida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos gloriosos de
Cristo y por la luz del Espíritu de verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evan-
gelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito,
sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por
fin la forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera
acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del testimo-
nio de quienes "desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra" para
que conozcamos "la verdad" de las palabras que nos enseñan”.

1.- Tradición oral y tradición escrita


La tradición sobre Jesús se originó, pues, a partir de los recuerdos de quienes lo cono-
cieron o de los que oyeron hablar de él. Al principio esta tradición se transmitió sólo de forma
oral. Pero con el paso del tiempo los recuerdos memorizados se fueron agrupando en peque-
ñas composiciones escritas para ayudar a los misioneros y catequistas ya sea en la predica-
ción o en la catequesis, ya sea en la liturgia de las comunidades. Estas colecciones de escritos,
con el tiempo, se ampliaron hasta llegar a formar verdaderas obras literarias. La cuestión está
en determinar qué proceso siguió la tradición oral hasta concretarse en textos escritos. Dicho
proceso podríamos simplificarlo en tres fases.

a) Primera fase
En esta fase predominó la tradición oral. Este período comenzó ya durante la activi-
dad pública de Jesús, es decir, antes de Pascua.

En torno a Jesús se formó un grupo de discípulos, en cuyo seno se cultivó una tradi-
ción de palabras de Jesús. Jesús mismo proclamaba el Reinado de Dios, como Evangelio (Mc
1,14-15) y su ministerio tenía un cierto centro en Cafarnaúm, a orillas del lago de Galilea (“su
ciudad”, según Mt 9,1), que se conjugaba con un carácter itinerante: “el Hijo del Hombre no
tiene donde reclinar su cabeza” (Mt 8,20). Suscitó un movimiento carismático, en el sentido
de que no se basaba en los elementos institucionales de la religión judía (Jesús no era ni escri-

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ba ni sacerdote), sino en la fuerza de su personalidad y en el eco popular que encontraba 1.
Prácticamente desde el inicio existe en torno a Jesús un grupo de discípulos que le acompañan
permanentemente, comparten su vida, son los oyentes privilegiados de su enseñanza y, en
alguna ocasión, son enviados a proclamar el mismo mensaje del Reino de Dios (Mc 5,7-13;
Mt 10,5ss.; Lc 9,1-6; 10,1-9) Por supuesto, existe también lo que se suelen llamar los «simpa-
tizantes locales», una serie de gente que no ha abandonado su forma normal de vida y que
acogen fundamentalmente el anuncio de Jesús. Otro ejemplo lo tenemos en los enviados de
Juan Bautista (Lc 7,17-23).

Este período se prolongó después de Pascua hasta mediados del siglo I d.C., momento
en que se comenzaron a poner por escrito algunas palabras de Jesús y de los recuerdos que se
tenían de él. El testimonio más antiguo de este proceso son las cartas de Pablo, donde se en-
cuentran tradiciones procedentes del Señor: “Porque yo recibí del Señor lo que os he transmi-
tido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias,
lo partió y dijo: «Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío.»
Asimismo también la copa después de cenar diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi
sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío.» Pues cada vez que coméis este
pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga.” (1 Cor 11,23-26) o
palabras suyas: “Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no
nos adelantaremos a los que murieron.” (1 Tes 4,15); “En cuanto a los casados, les ordeno,
no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido, mas en el caso de separarse, que
no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su marido, y que el marido no despida a su mu-
jer.” (1 Cor 7,10); “también el Señor ha ordenado que los que predican el Evangelio vivan
del Evangelio.” (1 Cor 9,14).

b) Segunda fase
En esta fase coexistieron la tradición oral y la escrita. Esta fase comenzó cuando algu-
nas palabras o recuerdos sobre Jesús se pusieron por escrito hacia mediados del siglo I d.C. y
terminó cuando los textos escritos empezaron a gozar de una cierta autoridad en las comuni-
dades cristianas hacia finales del siglo II d.C. Durante este período, los recuerdos sobre Jesús
se transmitieron simultáneamente de forma oral y escrita, aunque esta última se fue impo-
niendo progresivamente.

Ambas tradiciones no se concebían entonces como dos canales de transmisión sin re-
lación ni comunicación alguna de una misma tradición, sino más bien como canales comple-
mentarios de dicha tradición, gozando ambos de una misma autoridad y aprecio en las comu-
nidades cristianas. Un ejemplo de esto lo tenemos en uno de la Padres Apostólicos de la Igle-
sia, el obispo de Hierápolis, ciudad de la región de Frigia (Asia Menor), Papías, quien, a co-
mienzos del siglo II, valoraba mucho los recuerdos sobre Jesús, transmitidos oralmente por
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“Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan».” (Mc 1,36-37);
“Vuelve a casa. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer.” (Mc 3,20); “Jesús se
retiró con sus discípulos hacia el mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de
Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al
oír lo que hacía, acudió a él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una pe-
queña barca, para que no le aplastaran. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le
echaban encima para tocarle.” (Mc 3,7-10). Puede verse también Mc 12,12; 14,1-2 y paralelos.
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los testigos oculares, a pesar de conocer ya los evangelios escritos, tal y como nos lo cuenta el
historiador eclesiástico Eusebio de Cesarea2.

c) Tercera fase
Esta fase se caracteriza por el predominio de la tradición escrita, aunque parece ser
que la tradición oral continuó viva durante más tiempo. Se puede afirmar, sin embargo, que la
tradición oral comenzó a perder importancia, cuando, en la segunda mitad del siglo II d.C., se
generalizó el reconocimiento de algunos de los primeros escritos sobre Jesús, de modo que los
recuerdos sobre él se transmitieron principalmente por escrito.

En los siglos posteriores se escribieron otros libros sobre Jesús, pero sin conexión di-
recta con la tradición viva. Algunos de ellos, como los evangelios gnósticos, no hablan del
Jesús terreno, sino del resucitado, que revela sus secretos a sus discípulos por medio de largos
diálogos y discursos. Otros, llamados evangelios apócrifos, amplían con episodios legenda-
rios los relatos de la infancia o la narración de la pasión y muerte de Jesús.

2.- Diversos tipos de las primeras composiciones escritas


La denominación de “libros sobre Jesús” incluye escritos de diversa naturaleza desde
el punto de vista del contenido y de la forma. En realidad, los escritos más antiguos son de
varios tipos. Para reconstruir la evolución de cada uno de esos tipos es necesario tener en
cuenta las colecciones y composiciones más antiguas en las que comenzaron a cristalizar los
recuerdos sobre Jesús. Estas colecciones recogían tradiciones semejantes desde el punto de
vista formal. Los rasgos característicos de estas primeras composiciones se pueden reconocer
también en algunos de los escritos posteriores, de modo que se pueden relacionar las compo-
siciones más antiguas con las más tardías, siguiendo su itinerario por cinco tipos de escritos:
colecciones de dichos; las composiciones integradas por diálogos y discursos; las coleccio-
nes de milagros; los relatos de la pasión y los que ampliaron las noticias sobre la infancia
de Jesús.

a) Las colecciones de dichos


Estas colecciones alcanzan un lugar muy importante en los primeros estadios de la tra-
dición. Los cuatro evangelios canónicos utilizaron pequeñas agrupaciones de dichos, parábo-
las, anécdotas de Jesús que reflejan el estadio más primitivo de este tipo de colecciones.

La primera composición elaborada, utilizada por Mateo y Lucas, se conoce por el


nombre de “Documento Q” o “Fuente Q” que contenía, sobre todo dichos, parábolas, con-
troversias y anécdotas de Jesús, dentro de un incipiente marco narrativo que comenzaba con
la predicación de Juan Bautista y terminaba con un discurso de estilo escatológico.
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“Y si acaso llegaba alguno que había seguido también a los presbíteros, yo procuraba discernir las palabras de
los presbíteros: qué dijo Andrés, o Pedro, o Felipe, o Tomás, o Santiago, o Juan, o Mateo o cualquier otro de los
discípulos del Señor, y qué dicen Aristión y el presbítero Juan, discípulos del Señor, porque yo pensaba que no
me aprovecharía tanto lo que sacara de los libros como lo que proviene de una voz viva y durable” (Eusebio de
Cesarea, Historia Eclesiástica, (3,39,4). Texto, versión española, introducción y notas por Argimiro VelascoDel-
gado. Biblioteca de Autores Cristianos (B.A.C.). Primera edición en un volumen. Tercera impresión. Madrid
2008, pg. 191).
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Algunas de estas colecciones dejaron de copiarse cuando se integraron en los evange-
lios narrativos. Ejemplo de esta trayectoria es el Evangelio de Tomás, descubierto en 1945 en
Nag Hammadi, junto con otros textos de orientación gnóstica, escritos en copto. El Evangelio
de Tomás, a diferencia del Documento Q, carece completamente de un esquema narrativo.

b) Las colecciones de discursos y diálogos


Estas colecciones son la transformación de la tradición de los dichos y apotegmas de
Jesús. Aunque no es posible reconstruir con precisión ninguna composición de este tipo ante-
rior a los evangelios canónicos, es evidente que tal tendencia existía ya cuando éstos se escri-
bieron. En Lucas hallamos algunos diálogos en forma de simposio (Lc 14,7-17,10). En Ma-
teo tenemos amplios discursos compuestos a partir de pequeñas agrupaciones de dichos (Mt
5-7; 9,36-11,1). En Juan, encontramos los discursos y diálogos de forma más elaborada, co-
mo, por ejemplo, en Jn 14-16. Los discursos están construidos a partir de dichos de Jesús,
ampliados según los procedimientos exegéticos característicos de la tradición hebrea, como el
“derash” (por ejemplo Jn 6,24-59), o bien siguiendo los procedimientos propios de la retórica
helenística. A veces desarrollan breves anécdotas de la vida de Jesús. El evangelio de Juan
suele combinar estas dos formas de explicación de las palabras de Jesús, como por ejemplo Jn
8,12-59.

c) Las colecciones de milagros


Junto a estas composiciones, hubo otras que reelaboraron los recuerdos de las acciones
de Jesús y de acontecimientos importantes de su vida. Un desarrollo temprano de estas tradi-
ciones narrativas son las colecciones de milagros. Marcos incorporó en su evangelio varios de
ellos procedentes de la tradición popular, aunque no puede asegurarse que éstos formaran
parte de una o varias colecciones anteriores (Mc 4,35-5,43; 6,45-8,10). Juan, por su parte,
utilizó probablemente una composición en la que los milagros de Jesús, interpretados como
signos, ocupan un lugar importante en su evangelio (Jn 2-12).

La tradición de los milagros no tuvo un desarrollo significativo, como sucedió con la


tradición de los dichos. Tanto Mateo como Juan parecen interesados en limitar esta tradición
de los milagros o en reinterpretarla.

d) La tradición narrativa
La tradición narrativa desarrolló dos tipos de composiciones que experimentaron un
notable desarrollo en los siglos posteriores:

 El primer grupo de escritos está formado por la tradición más precoz e importante
que se formó en torno a la pasión de Jesús. El elato de la pasión fue, probablemente, la com-
posición narrativa más antigua del cristianismo naciente. Una versión de este relato jugó un
papel decisivo en la composición del Evangelio de Marcos (Mc 14-16) y otra versión algo
diferente fue utilizada por el de Juan (Jn 18-19). Tanto el uno como el otro reelaboraron de
forma característica un relato tradicional para insertarlo en la trama de sus respectivos evange-
lios, adaptándolo a su visión teológica. La trama de ambos relatos, desde la escena del pren-
dimiento hasta la del sepulcro vacío, es básicamente la misma. Ahora bien, si tenemos en
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cuenta las diferencias entre ellos, debemos pensar que Marcos y Juan utilizaron versiones
diferentes.

Esta misma tradición podría haberse conservado de forma independiente y fragmenta-


ria en un escrito más tardío: el Evangelio de Pedro, conservado en un códice tardío, pero co-
nocido ya a finales del siglo II y cuyo contenido es una parte importante del Relato de la pa-
sión, la escena de la resurrección y el comienzo de su aparición a los discípulos en el lago de
Galilea. Este evangelio es también un nexo importante entre los antiguos relatos de la pasión
y otras composiciones posteriores, como las reunidas en el ciclo de Pilato o en el Evangelio
de Bartolomé, que comentan o amplían los acontecimientos de los últimos días de Jesús. To-
dos estos escritos figuran como relatos de los evangelios apócrifos.

 El segundo grupo de escritos se centró en los orígenes de Jesús. Las composiciones


más antiguas son los relatos de la infancia de Mateo (Mt 1-2) y Lucas (Lc 1-2). Ambos,
probablemente, de manera independiente compusieron sus relatos a partir de tradiciones suel-
tas para adaptar el Evangelio de Marcos al modelo de las antiguas biografías y para responder
al creciente interés de información sobre el nacimiento e infancia de Jesús. Estos relatos per-
tenecen a un estadio tardío y no hay indicios de la existencia de otros anteriores a los de Ma-
teo y Lucas. Sin embargo serán el punto de partida de otras narraciones centradas en la infan-
cia de Jesús que encontramos en los evangelios apócrifos de siglos posteriores.

Los cuatro evangelios canónicos se diferencian de los demás por su antigüedad y su


capacidad de integrar las diversas formas de la tradición sobre Jesús en un marco narrativo.