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SETECA

1409 Teología de la Unidad


Dr. David Suazo J.

LA ORACION SUMOSACERDOTAL DE CRISTO


Juan 17
(Notas originales del Dr. E. A. Núñez, adaptadas por DSJ)

1. Petición personal vrs. 1-5

La lectura del capítulo 17 del Cuarto Evangelio nos hace sentir que estamos
en terreno sagrado escuchando la oración que el Hijo de Dios le dirige a su Padre
Celestial. Jesús expresó esta oración en presencia de sus discípulos y, uno de ellos,
Juan, la dejó escrita para enseñanza de todos los creyentes de la posteridad. En
medio de la petición Jesús hace una afirmación contundente que debe servir de base
para el asunto de la unidad cristiana. Jesús dice que la meta de todo es que conozcan
al Padre como el único Dios verdadero y a Jesucristo a quien el Padre ha enviado.
En medio de un mundo tan pluralista como el de hoy esta afirmación suena
exclusivista y hasta ofensiva, pero esto es lo que Jesús afirma.

Jesús expresa una petición de carácter personal: que le glorificara a él (su


Hijo), con la misma gloria que se manifestaba en la comunicación trinitaria antes
que el mundo existiera (vs. 1-5). Esta petición de Jesús ha dado lugar a la
interpretación de que la kenosis de Fil. 2:7 se refiere a “despojarse” de su gloria. En
el resto de su oración, Cristo intercede por sus discípulos. Sus peticiones se
relacionan estrechamente con el tema de la unidad cristiana

2. Los participantes en la auténtica unidad cristiana

Con toda claridad el Señor Jesús afirma que en esa oportunidad él no está
rogando por “el mundo” (vr. 9), sino por los discípulos que el Padre le ha dado.
Ellos han recibido y guardado la palabra del Hijo, y, por lo tanto, han conocido y
creído que el Hijo vino del Padre (vs. 6-8). Dicho de otra manera, creen en la
preexistencia del hijo, en su unión con el Padre y en la naturaleza de su misión
como el enviado del Padre. Tienen una fe eminentemente cristológica. Esta fe sería
considerada la base fundamental de la auténtica unidad cristiana.
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Sin rodeos, el Señor Jesucristo traza la línea de diferencia entre los suyos y
los del “mundo”. En forma sencilla y a la vez profunda, él nos ofrece elementos
fundamentales para una teología de la relación y la no relación del cristiano con el
mundo. Los discípulos que el Padre le dio a su Hijo venían del mundo (v. 6: “Los
hombres que del mundo me diste”). Ahora ellos están “en “el mundo (v. 11), pero el
mundo los aborrece, precisamente porque “no son” del mundo (v. 14). Sin embargo
están allí porque el Hijo los ha enviado, así como el Padre envió al Hijo a este
mundo (v. 18). En consecuencia, no le ruega al Padre que los quite del mundo,
donde tienen una misión que cumplir, sino que los guarde del mal (v. 15), que sean
como lirios que no manchan en el fango su blancura, pero sin intentar fugarse del
mundo, sino que sean sal contra la corrupción allí imperante, y la luz en medio de
las tinieblas. Tienen una misión difícil pero no imposible, porque el Hijo intercede
por ellos y el Padre los guarda del mal y los santifica en la verdad, la verdad que él
ha revelado y que ha sido escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo.

El Señor Jesucristo distingue claramente entre la Iglesia y el mundo. No


propone un ecumenismo secular. Existe una Iglesia y una no –Iglesia; hay un
mundo y un no- mundo. Es imposible que haya una auténtica unidad cristiana
entre la Iglesia y el mundo. Este se halla bajo el dominio del mal (v.15), y aborrece
a los discípulos, no obstante que el Hijo los ha enviado al mundo para que éste
conozca el amor del Padre (vs. 21-23). Este es el amor que va de la mano con la
palabra que es verdad (v. 17). La verdad y el amor cristianos son inseparables, Van
unidos en la práctica de la genuina unidad cristina. Inescapablemente, esta unidad es
exclusiva de los discípulos del Señor Jesús; pero no solamente de los que le
acompañaban en ese entonces, sino también de los que “creerían ·por la palabra de
ellos” (v. 20). Gracias a Dios esta es la palabra que ha llegado hasta nosotros y por
haberla creído participamos en la unidad que Cristo pide en su oración pontifical.
Esta unidad es exclusiva, incluye a todos los que creemos en el Hijo de Dios.

3. La naturaleza de la auténtica unidad cristiana

3.1 La unidad auténticamente cristiana es doctrinal.

Ya hemos sugerido que en la oración sumo sacerdotal el fundamento de la


unidad es eminentemente cristológico. Los discípulos de Jesús se diferenciaban
del “mundo” por causa de lo que creían tocante a Jesucristo, y porque creían en
él. El Cristianismo es Cristo, y nuestra actitud hacia él determina si estamos o no
en la genuina unidad cristiana. Ante la persona de Jesús hemos tenido que
decidir si creemos o no que él es el unigénito Hijo de Dios, que él existía antes
de la fundación del mundo, y que él vino del cielo enviado por el Padre. Si lo
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creemos, entonces nuestra fe se basa no en una “cristología de ascenso” (que


Cristo llegó a ser Dios), sino en la “cristología de descenso”, es decir, que
siendo Dios, el Verbo eterno, descendió al mundo enviado por el Padre, en
manifestación del amor divino para todo pecador (Jn. 1.1-14, 3:16). De manera
que la encarnación es determinante para fundamentar la cristología neo
testamentaria que sirve como base de la unidad cristiana.

3.2 La unidad auténticamente cristiana es semejante a la que existe entre el


Padre y el Hijo.

El Señor Jesucristo pide que sus discípulos sean “uno”, así como él y su
Padre son “uno” (vs. 20-23). La unidad entre el Padre y el Hijo es
profundamente personal., ¡Tal es el sublime modelo de unidad que el Cristo pide
para su Iglesia! ¡Nada menos que la unidad existe en el Ser trinitario! La oración
de nuestro sumo sacerdote es más que suficiente para indicarnos que la
verdadera unidad cristina está muy lejos de ser meramente una gran maquinaria
eclesiástica, formada por una variedad de organizaciones que profesan ser
“Cristianos”. Mucho menos consiste la unidad cristiana en una amalgama de
religiones “cristianas” y no cristianas. No es cierto que “la doctrina siempre
divide! La doctrina de la Palabra escrita de Dios nos asegura que ya estamos
unidos en Cristo, nos fortalece en esa unidad, y nos impulsa a manifestarla en la
práctica del amor fraternal (Jn. 13:34-35).

La verdadera unidad cristiana es personal porque emana de la unidad


existente en la Deidad, porque se hace posible para nosotros por causa de esa
unidad trinitaria (vs. 20-23), porque puede manifestarse en nuestra relación unos
con otros, como creyentes en el Hijo de Dios. Nuestra relación filial con Dios
nos hace hermanos de los hijos de Dios.

En el evangelio de Juan, el Señor Jesucristo nos da a entender: (1) la unidad


entre las personas de la Deidad (14:15-25; 17:20-23); (2) la unidad de los
creyentes en Cristo con el Dios trinitario, y (3) la unidad entre los que creen en
el Señor Jesús. Esta gloriosa unidad no puede ser de hechura humana. Viene de
Dios el Padre, en respuesta a la plegaria del Hijo, por el poder del Espíritu Santo
(Jn. 17.20-23; 1Cor. 12:12-27; Gál. 3:25-28; Ef. 4:3; Hech. 2:43-47). La unidad
ya se nos ha concedido en Cristo. No tenemos que buscarla, ni mucho menos
esforzarnos por hacerla; pero sí es imperativo que la guardemos expresándola de
manera práctica y visible (Ef. 4:3) en la comunión y cooperación cristianas, para
“el progreso del Evangelio” (Filp. 1.12). Es interesante notar que aun en círculos
del Consejo Mundial de Iglesias se ha dicho que “la unidad cristiana ya le fue
concedida a la Iglesia, y que este hecho da esperanza de que el estudio sincero
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de la verdad bíblica no creará la unidad, sino revelará más y más de ella”. Por
supuesto, las bases que los conciliaristas proponen para el cultivo de la unidad
son más amplias que las establecidas en las Sagradas Escrituras.

4. El propósito de la auténtica unidad cristiana

4.1 Para que conozcan a Dios y a su Hijo Jesucristo vr. 3

La meta final de la oración de Jesús y de la unidad cristiana es que


“te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has
enviado”. No cabe duda que hay una meta sublime y total. Se podría decir
que Jesús es exclusivo aquí, porque singulariza a Dios como el único Dios
verdadero, lo cual pone afuera a los demás “dioses” de las otras religiones de
aquél entonces y de ahora. No hay manera de obviar esta enseñanza clara y
directa del Señor Jesucristo. La auténtica unidad cristiana se basa en la
convicción de que hay un Dios verdadero, quien ha enviado a su hijo, quien
es ni más ni menos que Jesucristo mismo. ¿Cómo puede haber unidad afuera
de esta verdad? ¡Imposible!

4.2 Para que el mundo crea, vr. 21

Cristo le pide al Padre que todos los discípulos sean uno “para que el
mundo crea”. Este propósito misionero se repite con frecuencia en la
literatura sobre la unidad cristiana, o en congresos interdenominacionales e
internacionales. Pero generalmente no se aclara con base en el capítulo 17
del Cuarto Evangelio. ¿qué se espera que el mundo crea? Jesús da a entender
que los discípulos deber ser “uno” para que el mundo crea que el Hijo estaba
con el Padre desde antes de que el mundo existiera (v. 5), y que el Hijo fue
enviado desde el cielo por su Padre (vs. 8,23). Se destaca en estas peticiones
del Señor Jesús el propósito misionero de la unidad cristiana. Le interesa a
él en gran manera que por medio de la unidad de sus discípulos el mundo
conozca y crea que él ha venido del cielo, desde la comunión y gloria con el
Padre, para ser el Salvador del mundo.

No es difícil aceptar que Jesús de Nazaret fue hombre ejemplar en su


vida pública y privada, maestro excelso, profeta de poderes extraordinarios,
modelo de grandes virtudes y de total entrega al servicio de los demás; pero
no es fácil creer que él es Dios, que él estaba con el Padre desde antes de la
creación de los universos, que sin él nada de lo que ha sido creado fue
creado, y que él vino del cielo, enviado por el Padre para nuestra salvación.
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Sin embargo, estas verdades cristológicas son fundamentales en el plan


salvífico de Dios. Al principio de su oración pontifical, Jesús dice: “Y esta es
la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a
quien has enviado” (v. 3). Este texto no habla solamente de teísmo y
monoteísmo (“el único Dios verdadero”), sino también de cristianismo: Para
recibir la vida eterna le es indispensable a todo ser humano conocer y creer
que Jesucristo es el que ha sido enviado a este mundo como el único camino
para llegar al Padre (Jn. 14.6. Comp. Hech. 4:12; 1 Tim. 2:5).

¿Cómo llegaría el mundo a conocer este mensaje salvador? Lo


conocería por medio del testimonio de los discípulos del Señor Jesús.
Fortalecidos en su unidad, mantendrían y proclamarían las grandes verdades
cristológicas que ellos habían conocido y creído. Si ellos no estuvieran
unidos en su amor fraternal y en sus convicciones tocantes al Cristo de Dios,
su mensaje estaría cargado de incertidumbre. Por eso Jesús dice: “que
también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me
enviaste, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que
tú me enviaste” (vs. 21, 23).

Aprendemos de igual manera en la oración de nuestro sumo


sacerdote, que no se trata solamente de creer en la deidad de Cristo, en su
preexistencia y en su procedencia celestial. También debe el mundo conocer
el amor que el Padre la ha manifestado al Hijo y a sus discípulos (v. 23). No
es un asunto de frío dogmatismo, ni de un sentimentalismo alejado del
concomimiento. No es fariseísmo, ni fanatismo. A menudo la iglesia ha
pecado de ser tan celosa de la verdad que se olvida del amor o tan tolerante y
amorosa que se olvida de la verdad. Tenemos que mencionar de nuevo el
equilibrio que se consigue por medio de la verdad y el amor. Al final de su
oración Jesús dice que le había dado a conocer a sus discípulos el nombre
del Padre, para que el amor del Padre estuviese también en ellos (v. 26).

Lo que Cristo dice sobre el amor hace más comprensible el propósito


misionero de la unidad cristiana. El Evangelio es la buena noticia de que
Dios amó al mundo de tal manera, que ha dado a su Hijo unigénito para que
todo aquel que en él cree no se pierda, sino tenga vida eterna (Jn. 3:16). Los
portadores de este mensaje hemos sido bendecidos por ese amor y debemos
por consiguiente amar, amar a Dios y a nuestros semejantes, tanto a lo que
ya conocen el amor divino como a los que andan huérfanos de amor y
esperanza. Es una gran contradicción predicar del amor de Dios y no amarle
a él y a nuestros semejantes. Es una gran contradicción predicar del amor a
los enemigos de la cruz de Cristo, mientras no amamos a los hijos de Dios,
de quienes somos hermanos. Si el amor de Dios está en nosotros debemos
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manifestarlo amando de manera especial a nuestros hermanos en la fe


cristiana, y esto debemos hacerlo no sólo de palabra sino de hecho y en
verdad (1 Jn. 3.18). De esta manera los del mundo conocerán que Dios nos
ha amado y que El desea que ellos también experimenten ese amor en
Cristo.

Mucho se ha hablado del “escándalo de las divisiones” en lo que


llamamos “la cristiandad”, y mucho se ha dicho contra los intentos de
superarlas por la vía ancha de un pluralismo que parece ir en camino de
negar la singularidad del Evangelio. Pero no debemos referirnos solamente a
lo que sucede o no sucede fuera de nuestro propio círculo evangélico, para
soslayar así nuestra obligación de cultivar como evangélicos la unidad que
por la gracia de Dios ya poseemos en Cristo. Lo que más debe preocuparnos
a los cristianos evangélicos es nuestra tendencia a enclaustrarnos en nuestra
propia iglesia local o en nuestra denominación. Lo que más debe
preocuparnos es nuestra tendencia a levantar muros que nos separan de otros
hermanos en Cristo para edificar nuestro pequeño reino, como si no
fuéramos todos nosotros llamados a colaborar juntos en el reino de Dios
(Col. 4.11).

4.3 Discípulos “mundanos”, iglesia “mundana”, Vrs. 15-18

La oración de Jesús incluye un elemento misionero que no siempre


ha sido bien entendido. Un propósito de Jesús en esta oración intercesora es
el envío de los discípulos al mundo. Juan usa la palabra “mundo” en varios
sentidos: (1) en el sentido ético, es decir, el sistema opuesto a Dios que
representa el mal y (2) en un sentido misionero, el lugar donde los discípulos
deben desempeñar su misión. La oración sacerdotal de Jesús en Juan 17 tiene
ambos significados. Jesús dice que ni él ni sus discípulos pertenecen a este
“mundo” en el sentido ético (vr. 16). Sin embargo, al mismo tiempo Jesús
dice que tanto él como sus discípulos han sido enviados al “mundo” en el
sentido misionero (vr. 18).

Es en este sentido misionero que decimos que los discípulos y la


iglesia deben ser mundanos. La unidad de los discípulos es un factor
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determinante en la medida en que éstos penetran el mundo al que han sido


enviados. El mal testimonio de la iglesia dividida, fraccionada, y en
conflictos internos permanentes no ayuda al cumplimiento de la misión
“mundana” de los discípulos. Las metáforas de la sal de la “tierra”, la luz del
“mundo” y la levadura que leuda la “masa” señalan inequívocamente el
lugar donde los discípulos deben estar y lo que deben hacer. Jesús no nos
envió a la iglesia, sino al mundo.