Integración Económica
El 3 de abril, Estados Unidos firma en 1948 el
Plan Marshall para ayudar a reconstruir los
países europeos afectados por la Segunda Guerra
Mundial. Lee sobre esta y otras medidas de
Integración Económica,
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Es un instrumento de desarrollo a disposición de los países
de mercado insuficiente —y aun de los países grandes que desean ampliar su
ámbito económico— que consiste en la articulación productiva, comercial y
aduanera entre varios de ellos para formar un espacio económico más amplio
que les posibilite el desenvolvimiento económico y social. El tamaño de su
mercado interno es siempre un factor condicionante del desarrollo de un país.
Este no puede ir más allá de las posibilidades que le ofrece la dimensión de su
mercado. Para superar esa limitación se ha acudido a la integración económica
a fin de vencer las barreras de los mercados insuficientes, producir en escala,
bajar los costes de producción e incorporar moderna tecnología.
La integración tiene varias etapas. Comienza con la formación de una >zona
de libre comercio entre dos o más países, sigue con la implantación de
la >unión aduanera y termina con el establecimiento del >mercado
común. Incluso puede ir más lejos, como lo ha hecho la Unión Europea, con la
adopción de una moneda común y la creación de un aparato institucional
comunitario para el manejo de la política monetaria, cambiaria y crediticia de
todos los países miembros; pero ésta es ya una integración política y no
meramente económica.
En todo caso, el proceso de integración puede tener varios grados de
intensidad.
La zona de libre comercio se forma por el abatimiento de las barreras
arancelarias y la apertura recíproca de mercados entre los países que la
conforman. El territorio de ellos forma un solo y gran mercado para los
productos de los países integrados, pero cada uno de ellos mantiene sus
aranceles aduaneros con respecto a los países de fuera de la región.
La unión aduanera adviene cuando a la zona de libre comercio se le añade un
arancel externo común, destinado a gravar los bienes procedentes de “terceros
países”, o sea de países de fuera del área.
Si además se armonizan las legislaciones y las políticas macroeconómicas, se
avanza hacia el mercado común, que implica el libre tránsito de todos los
factores productivos, esto es, personas, bienes, servicios, capitales y
tecnologías.
Este es el proceso de integración económica.
Se puede ir más allá, como pretende la Unión Europea, pero esta es ya una
dimensión política y no solamente económica de la integración porque además
de haber adoptado el 1º de enero de 1999 una moneda común —el <euro—,
de haber creado un aparato institucional encargado de manejar la política
monetaria compartida y de establecer parámetros dentro de los cuales han de
moverse las variables de la deuda pública, la inflación, el déficit fiscal, las tasas
de interés y los tipos de cambio de todos los países miembros, establece como
condición de pertenencia la implantación en ellos de las garantías del Estado
de Derecho, la estabilidad de sus instituciones democráticas, la observación de
los derechos humanos y el respeto a las minorías étnicas y culturales.
La integración económica no es una panacea para todos los males de un país.
Considerarlo así es un error que se comete con frecuencia. No se puede pedir
a la integración más de lo que ella está llamada a dar. La integración es sólo un
instrumento para impulsar el <desarrollo de los países integrados,
especialmente el desarrollo industrial que, por la vía de creación de demandas,
reactiva las otras áreas de la economía: la agricultura, la agroindustria, los
servicios y el comercio.
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Al comienzo, ella fue un instrumento de los países pequeños, cuya estrechez
del mercado, bajo poder adquisitivo de la población y altos índices
de >marginación social produjeron un estrangulamiento económico que
resultaba imposible de superar dentro de los marcos nacionales. La integración
fue, para ellos, una solución a su estancamiento económico. Habían agotado
las posibilidades de su desarrollo y no tenían otra manera de superar sus
limitaciones internas que por medio de la formación de ámbitos económicos
mayores en los que pudieran circular libremente los factores de la producción
en el más amplio sentido: personas, fuerza laboral, bienes, servicios, capitales,
conocimiento científico, tecnología e información.
Sin embargo, más tarde los países grandes vieron también en ella un
instrumento para acelerar su desarrollo. El MERCOSUR, que agrupa a
Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y Venezuela, así como el Tratado de
Libre Comercio (TLC), que integra a las tres principales economías
hemisféricas que, en conjunto, representan el 81% de la población, el 72% de
la superficie territorial, el 97% del producto bruto y el 93% de las exportaciones
de la región, demuestran que la integración puede ser útil también para los
países grandes que buscan mejorar su competitividad en la economía mundial
y colocar sus excedentes de producción en mercados ampliados.
La integración supone la creación de autoridades comunitarias con poder para
legislar, imponer el cumplimiento de los acuerdos entre los países, dirimir los
conflictos que surjan entre ellos y, en general, conducir el proceso integrador.
En otras palabras, implica erigir un poder vinculante sobre los países
miembros. Hacia el año 2000 la Unión Europea, por ejemplo, había formulado
el 75% de la legislación económica vinculante de sus Estados miembros. Y
eso, por supuesto, suscitó un problema de soberanía. ¿Hasta qué punto la
creación de organismos supranacionales, dotados de normas y autoridad cuyas
disposiciones son de obligatoria observación para los Estados, significa una
merma del concepto de soberanía? ¿La formación de un organismo
comunitario, con facultades para tomar decisiones erga omnes sobre los
Estados, es compatible con ella?
Este tema empezó a discutirse hace mucho tiempo, en los albores mismos de
los proyectos de integración. Recuerdo haber asistido en febrero de 1967 en
Bogotá a una mesa redonda organizada por el Instituto Interamericano de
Estudios Jurídicos Internacionales y patrocinada por la Universidad Nacional
de Colombia, que enfrentó a constitucionalistas e internacionalistas en la
discusión de este asunto. La conclusión fue que, en materia de principios, no
hay incompatibilidad entre integración y soberanía. La formación de órganos
comunitarios, bajo un sistema jurídico específico —el Derecho de
Integración o Derecho Comunitario—, no menoscaba sino que reafirma el
concepto de soberanía puesto que cada uno de los Estados que participa en el
proceso lo hace voluntariamente y limita los alcances de su propio poder a
cambio de las ventajas económicas que la supeditación a un orden comunitario
le puede ofrecer. Se trata, en realidad, de una autolimitación. Y esta es una
potestad propia de los entes soberanos. La >soberanía es, por definición, la
facultad de los Estados para auto-obligarse y auto-determinarse.
1. Las primeras iniciativas de integración. A finales de
la década de los años 40, con el establecimiento de la >unión aduanera entre
Bélgica, Holanda y Luxemburgo (Benelux) y con la formación de
la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE), de la Unión
Europea de Pagos y de la Autoridad Internacional del Ruhr, se dieron en
Europa las primeras iniciativas de integración. Esta original fase del proceso
culminó con la suscripción del Tratado de Roma el 25 de marzo de 1957, que
estableció laComunidad Económica Europea (CEE).
Foto por Christopher Skor
El >plan Marshall de Estados Unidos, que se implantó en 1948 para la
rehabilitación económica de los países europeos afectados por la >segunda
guerra mundial, creó la Organización Europea de Cooperación Económica
(OECE), que fue probablemente el primer escalón del proceso de integración
de Europa occidental. La OECE con el pasar del tiempo se transformó, en
1960, en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos
(OCDE), que tiene los siguientes miembros plenos: Alemania, Australia,
Austria, Bélgica, Canadá, Corea del Sur, Dinamarca, España, Estados Unidos,
Finlandia, Francia, Grecia, Hungría, Irlanda, Islandia, Italia, Japón,
Luxemburgo, México, Noruega, Nueva Zelandia, Países Bajos, Polonia,
Portugal, Reino Unido, República Checa, Suecia, Suiza, Turquía, Israel,
Estonia, Eslovaquia, Eslovenia y Chile.
Como respuesta al Plan Marshall y a la OECE, los países de la órbita marxista
formaron el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), conocido también
como Council of Mutual Economic Assistance (COMECON). Esto ocurrió en
enero de 1949. Sus fundadores fueron la Unión Soviética, Checoeslovaquia,
Hungría, Rumania y Bulgaria. Después ingresó Albania pero abandonó la
organización en 1968, a raíz de las desavenencias sino-soviéticas. En 1962
entró Mongolia y Cuba en 1973. Si bien el COMECON nació con objetivos de
cooperación solamente, en 1974 amplió sus horizontes hacia la integración
entre los países marxistas al incorporar a sus fines los Principios
Fundamentales de la División Internacional Socialista del Trabajo y
el Programa Completo de Profundización y Perfeccionamiento de la
Cooperación y el Desarrollo de la Integración Económica Socialista.
Sus resultados, sin embargo, fueron muy pobres. Desde su fundación hasta la
muerte de Stalin en 1953, su acción se limitó casi por completo a registrar los
acuerdos de pagos bilaterales concluidos entre los países miembros. A partir
de 1954 el COMECON dinamizó algo su operación. Propició la celebración de
los llamados acuerdos de especialización, con el énfasis puesto en la industria
pesada, en virtud de los cuales cada país miembro tomó para sí la construcción
de determinados tipos de máquinas a fin de aprovechar la economía de escala.
Pero los países tuvieron que afrontar serios problemas de costes, de calidad y
de precios en su producción industrial, así como de convertibilidad en la
moneda que utilizaban en sus transacciones, puesto que ni aun los rublos
convertibles llegaron a ser eficaces medios de pago internacionales. La
organización hizo crisis en 1990, en la reunión celebrada en Sofía, en que se
produjeron las más virulentas críticas al sistema. Los delegados, al evaluar sus
rendimientos en cuarenta años, condenaron el “despilfarro
energético”, el “sobredimensionamiento de la industria
pesada”, la “subordinación a los intereses soviéticos” y muchas otras
anomalías. Las dificultades fueron tan grandes que el 27 de junio de 1991 se
firmó el acuerdo de disolución del COMECON.
2. La Comunidad Económica Europea. La formación de la Comunidad
Económica Europea, a partir de la suscripción del Tratado de Roma el 25 de
marzo de 1957 por parte de los seis países iniciadores —Bélgica, Alemania,
Francia, Italia, Luxemburgo y Holanda—, fue la culminación de los esfuerzos
emprendidos desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial para unificar
Europa occidental y formar su mercado común. En 1973 ingresaron tres
nuevos países a la Comunidad: Dinamarca, Irlanda e Inglaterra; en 1981 se
incorporó Grecia; en 1986 España y Portugal; en 1995 Austria, Finlandia y
Suecia; en el 2004: Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Lituania, Letonia,
Hungría, Malta, Polonia y República Checa; en el 2007 ingresaron Bulgaria y
Rumania y en el 2013 se sumó Croacia. De modo que la Unión Europea está
compuesta —sin que ésta sea una cifra final— por 28 países, cuyos territorios
y economías forman un solo mercado común, y es el proyecto más avanzado
del mundo en materia de integración. En el año 2013 tenía una población total
de 530’200.000 habitantes distribuidos en los territorios de sus países
miembros.
Todos aquellos países cumplieron con los denominados “criterios de
Copenhague” para poder ingresar, lo cual significaba que, en lo político, eran
considerados Estados —según el concepto geopolítico europeo— en los que
imperaban instituciones garantizadoras de la democracia, la vigencia del
Derecho, la protección de las minorías y el respeto a los derechos humanos; y,
en lo económico, tenían sistemas de mercado con niveles de competitividad
para desenvolverse en el ámbito mercantil de Europa y respetaban el Acuerdo
Europeo de las “cuatro libertades básicas”, que se resumían en la libre
circulación de personas, capitales, mercancías y servicios. En tales
condiciones, cada uno de ellos asumió las obligaciones inherentes a su
membresía de la Unión, especialmente en lo relativo a la política exterior y de
seguridad común.
El proceso avanzó a pesar de los temores de que la integración traería altos
índices de inmigración y la afluencia de mano de obra barata que perjudicaría a
los trabajadores europeos, y del choque cultural y el impacto de los bajos
estándares medioambientales de los países del este europeo que ingresaban a
la Unión.
El Tratado de la Unión Europea —conocido también como Tratado de
Maastricht— firmado el 7 de febrero de 1992, dio una nueva estructura y
alcances al proceso de integración de Europa, entre otras razones, porque
produjo el nacimiento de la Unión Económica y Monetaria (UEM), creó
el <euro como moneda común europea y estableció las autoridades
supranacionales para administrarla.
Para afrontar el reto de una Unión Europea (UE) con veintiocho miembros, la
cumbre de jefes de Estado y de gobierno celebrada en Niza a principios de
diciembre del 2000 reformó las instituciones europeas de la integración. El
parlamento comunitario de 626 diputados pasó a ser de 728, la comisión
europea tuvo un comisario por país —o sea 27 en aquel tiempo— y el consejo
de ministros adoptó un nuevo método de cómputo para la votación. En la
cumbre de Gotemburgo, Suecia, celebrada a mediados de junio del 2001, los
líderes de la UE ratificaron su decisión de admitir nuevos socios a condición de
que ellos afirmaran su respeto a los derechos humanos y aproximaran sus
indicadores económicos y sociales a los de los países miembros.
Su ampliación hacia el este no sólo que modificó el mapa europeo —porque
Alemania y Austria, que fueron el lindero oriental de la Europa occidental, se
han convertido en su centro geográfico— sino que además tiene incidencia en
el orden político y económico internacional del siglo XXI. Una Europa con
alrededor de 500 millones de habitantes, una área agropecuaria de 200
millones de hectáreas (según cifras del 2009) y una potencia económica
incrementada tiene un peso específico mayor en la toma de las decisiones
mundiales. La admisión de los nuevos socios significó un aumento del 29% en
la población total de la UE, del 33% en la superficie territorial y del 44% en el
área cultivable. Pero la incorporación de los países del este europeo implicó
también profundas transformaciones en el interior de ellos, puesto que debieron
hacer grandes esfuerzos de preparación para ingresar a la comunidad.
Esfuerzos dirigidos hacia el fortalecimiento del Estado de Derecho, la
estabilidad de sus instituciones democráticas, la garantía plena de los derechos
humanos, el respeto a las minorías étnicas y culturales y la apertura
económica. La incorporación a la UE significó para ellos el abandono de ciertos
patrones culturales tradicionales, la armonización de políticas económicas con
Occidente y la apertura de sus mercados a la competencia interregional. Todo
lo cual supuso importantes cambios en las instituciones políticas y económicas
de países sometidos antes a la planificación, gobierno y administración
centralistas.
Este proceso de “absorción” de los nuevos socios en el seno de la UE no
estuvo exento de dificultades causadas, entre otros factores, por el inferior
grado de desarrollo económico, la menor renta nacional, las bajas prestaciones
sociales y los elevados índices de desempleo laboral que imperaban en los
países del este europeo. Uno de los problemas que ello planteó fue que los
fondos estructurales, los fondos de cohesión, el fondo social europeo y el fondo
europeo de orientación y garantía, contemplados en los presupuestos de
la UE para financiar obras viales, aeropuertos, ferrocarriles y desarrollo turístico
y potenciar sectores productivos, fomentar el empleo, capacitar mano de obra
calificada, impulsar la agricultura y la ganadería y ayudar a las regiones más
deprimidas de Irlanda, España, Portugal y Grecia, tuvieron que redistribuirse
para atender las necesidades de los nuevos socios de inferior grado de
desarrollo relativo, cuyas economías eran esencialmente agrarias, en perjuicio
de los países anteriormente beneficiados con esos recursos financieros.
El tan controvertido Tratado de Maastricht, firmado el 7 de febrero de 1992,
ratificado en fechas distintas por los Estados suscriptores y en vigencia desde
fines de 1993, entrañó un viraje en el proceso de integración europea y
pretendió sentar las bases de la futura integración política. Después de haber
acogido la propuesta del Canciller Helmud Kohl de Alemania y del Presidente
de Francia François Mitterrand y de haberla completado con la sugerencia de
Felipe González, a la sazón Presidente del Gobierno Español, en ese tratado
por primera vez se plantearon los objetivos políticos de la Unión Europea
(UE), entre ellos los de instituir la ciudadanía común, crear la moneda única,
institucionalizar el Banco Central Europeo (BCE), implantar una política exterior
y de seguridad compartida, establecer la cooperación aduanera y formular
normas comunes en materia de asilo, inmigración, delincuencia, drogas,
terrorismo y asuntos fronterizos.
El tratado buscó la Unión Económica y Monetaria (UEM) de los países
europeos y estableció el programa de convergencia que cada uno de ellos
debe seguir en su manejo macroeconómico para alcanzar este objetivo. Señaló
que su inflación no puede ser superior en el 1,5% anual a la media de los tres
países miembros de menor inflación. El déficit fiscal no debe ser mayor al 3%
del PIB del propio país. La deuda pública no puede pasar del 60% de su
producto interno. El >tipo de interés no debe exceder del 2% de la media de los
tres países miembros con tipos oficiales de interés más bajos. Y en cuanto
al >tipo de cambio, las monedas que aspiren a pasar a la unión monetaria
deben haber permanecido por lo menos durante los dos últimos años dentro de
la banda estrecha del sistema monetario europeo.
En cumplimiento de estos propósitos y metas, el primero de enero de 1999 se
inició la tercera fase del proceso de implantación de la moneda común
europea, denominada <euro, y de la creación del aparato institucional
encargado de manejar la política monetaria de los países integrantes de
la Unión Económica y Monetaria (UEM).
A partir del primer día de 1999 se abrió un período de transición durante el cual
las monedas nacionales dejaron de ser independientes, puesto que se
vincularon irrevocablemente aleuro, aunque mantuvieron su condición de
medios de pago de curso legal hasta que fueron reemplazadas por los billetes y
monedas <euro desde el 1 de enero del 2002.
En el curso de los últimos seis meses del período de transición —o sea de
enero a junio del 2002— se desarrolló un proceso de conversión entre las
monedas nacionales y la moneda común de acuerdo con las tasas de cambio
fijadas irrevocablemente, no obstante lo cual los pagos pudieron hacerse
todavía en cualquiera de esas monedas. Durante ese lapso nadie estuvo
obligado a utilizar el euro pero tampoco impedido de hacerlo, según el principio
de no obligación, no prohibición. Este proceso concluyó el 30 de junio del 2002,
ya que al día siguiente entraron en circulación los billetes y monedas euro que
empezaron a regir como signos monetarios únicos. De allí en adelante las
monedas nacionales pudieron ser canjeadas por euros pero no usadas como
medios de pago.
En cuanto a la distribución de competencias entre la Comunidad y los Estados
miembros, el tratado en su artículo 3.B adoptó el principio de la subsidiaridad
en virtud del cual “la Comunidad actúa en los límites de competencia que le
son concedidos y de los objetivos que le asigna el presente tratado. En los
ámbitos que no sean de su competencia exclusiva, la Comunidad no
interviene, conforme al principio de subsidiaridad, más que en la medida en
que los objetivos de la acción prevista no pueden ser satisfechos de manera
suficiente por los Estados miembros y pueden, por tanto, realizarse mejor a
escala comunitaria”.
Esto significa que se atribuyeron a la autoridad comunitaria sólo las funciones
que no eran ejercidas a escala nacional por los gobiernos, sin menoscabo de la
cohesión de la unión económica y monetaria de laUnión Europea.
El proceso comunitario europeo es, sin duda, el más avanzado que está en
marcha en el mundo. Después de la integración económica se propone llegar a
la integración política. Sin embargo, a cada paso se suscitan confrontaciones
entre “la Europa de las diversidades” y la “Europa de la unión”, ya que a pesar
de todo siguen pesando las disparidades históricas, culturales, políticas y
económicas que crean obstáculos en el camino de la integración.
La Unión Europea de los 28 —de los 27, en realidad, porque en el año 2017
inició su separación Inglaterra— supone la existencia de alrededor de 1.300
regiones, comunidades autónomas, distritos, departamentos, länder y grupos
de municipios. Tiene un territorio común de 4’689.000 kilómetros cuadrados y
agrupa a 505’864.900 personas —cifras del 2012— que tienen diferentes
culturas y que hablan más de setenta lenguas nacionales o regionales, de las
cuales veinte son las oficiales de laUnión. Forman parte de ella: Alemania,
Austria, Bélgica, Bulgaria, Chipre, Croacia, Dinamarca, Eslovaquia, Eslovenia,
España, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Holanda, Hungría, Irlanda, Italia,
Letonia, Lituania, Luxemburgo, Malta, Polonia, Portugal, Reino Unido,
República Checa, Rumania y Suecia. Es este, por tanto, un proceso muy
complejo de integración que avanza trabajosamente. Hay miedo a la
inmigración, a la pérdida de identidad nacional, a los choques culturales, a las
disparidades políticas, a las diferencias religiosas, a la diversidad
idiosincrásica, a la pérdida de cohesión social, al incremento de la delincuencia
y al terrorismo. Todo esto a pesar de que la Carta Europea de Derechos
Fundamentales establece que “la Unión respeta la diversidad cultural, religiosa
y lingüística”.
Ya en el pasado el Tratado de Maastricht levantó encendidas polémicas en
Europa a la hora de ratificarlo. La beligerancia se planteó entre los
“europeístas”, que sostenían la conveniencia de la moneda común y de sus
instituciones, y los opositores que afirmaban que ellas crearían una instancia
monetaria supranacional que afectaría a la soberanía de los Estados y que
excluiría la posibilidad de instrumentar políticas monetarias nacionales e
independientes. Y algunos fueron más lejos: sostuvieron que la moneda única
sería perjudicial para el desarrollo de las economías nacionales. Lo cierto
fue que la ratificación del tratado tuvo tropiezos. La mayoría de los Estados lo
hizo por la vía de decisiones parlamentarias en tanto que otros acudieron al
expediente del >plebiscito, en el que obtuvieron generalmente estrechos
resultados en favor de la ratificación. Dinamarca, sin embargo, votó en contra y
Noruega se excluyó del proceso comunitario.
En septiembre de 1994 los gobiernos de Francia y Alemania, impacientes ante
la lenta marcha de la integración, adoptaron la idea de la “Europa a varias
velocidades” y plantearon la división de los países miembros de la Unión
Europea en tres grupos concéntricos, según su nivel de adaptación a la
legislación comunitaria: los países más integrados formaban el núcleo central
(presumiblemente Francia y Alemania), luego vino el grupo de los Estados que
aún no estaban preparados económica o políticamente para la plena
integración y, finalmente, el tercer círculo de países menos comprometidos con
la unión total.
La tesis de la “Europa a varias velocidades” aseguraría que los Estados
deseosos de ingresar a la U. E. no detuvieran el avance del proceso integrador.
La construcción de la Unión Europea representa un fenómeno nuevo en la
Ciencia Política, en el Derecho Constitucional y en el Derecho Internacional. La
suya no es una vinculación federal ni conferederal de Estados. Es algo
diferente. Pretende la creación de un espacio político en el que deben coexistir
los Estados miembros con la Unión y somete a la soberanía a un
desdoblamiento funcional entre la esfera de autoridad de los Estados y una
suerte de “soberanía comunitaria” o “soberanía compartida” en áreas definidas
como de interés común. El Tratado de Maastricht no sólo que dio nacimiento a
la Unión Económica y Monetaria (UEM), o sea a la moneda única y a las
autoridades supranacionales para administrarla, sino que además sometió a la
jurisdicción comunitaria ciertos elementos de la política exterior, de la seguridad
común, de la justicia y de la policía de los Estados europeos, que tienen que
ver con lo que clásicamente se ha considerado el “núcleo duro” de la
soberanía.
En el curso de la formación de la unión política de Europa y como parte de este
proceso, los líderes europeos reunidos durante los días 15 y 16 de octubre de
1999 en la cumbre de Tampere, al sur de Finlandia, esbozaron los primeros
trazos de la integración judicial de sus Estados que implica el reconocimiento
recíproco de la validez de las sentencias y autos judiciales, de modo que las
órdenes emanadas de los jueces y tribunales de un país pueden y deben
cumplirse en otro. A fin de combatir la delincuencia internacionalmente
organizada, la cumbre de Tampere aprobó el programa de formación de
la eurojust, o sea del sistema de justicia comunitaria europeo.
Europa se anticipó en descubrir que la integración económica, con la
ampliación de los ámbitos productivos y comerciales, puede ser un eficaz
instrumento de desarrollo de los países integrados. Como vimos antes, las
primeras iniciativas de complementación económica se dieron a finales de la
década de los 40 del siglo XX con el establecimiento de la >unión
aduanera entre Bélgica, Holanda y Luxemburgo —el Benelux— y luego con la
formación de la Organización Europea de Cooperación Económica
(OECE), la Unión Europea de Pagos y la Autoridad Internacional del
Ruhr. Esta primera fase del proceso integracionista culminó con la suscripción
del Tratado de Roma el 25 de marzo de 1957, que estableció la Comunidad
Económica Europea (CEE). Después el Tratado de Maastricht en 1992 creó
el euro como moneda regional única e institucionalizó el Banco Central
Europeo.
Para avanzar hacia la integración política y la implantación de una Constitución
europea con órganos supranacionales de gobierno en ciertas áreas de la
gestión pública comunitaria, los presidentes y jefes de gobierno de los entonces
veinticinco Estados de la Unión Europea suscribieron solemnemente en Roma
el 29 de octubre del 2004 el tratado por el que se aprobó el proyecto de
Constitución destinada a establecer un gobierno transnacional sobre los
Estados de la Unión Europea tan pronto como éstos lo ratificaran de acuerdo
con sus normas de Derecho internas.
La Constitución Europea persigue, entre otros, los siguientes objetivos en
materia económica: “a) los Estados miembros de la Unión Europea aplicarán a
sus intercambios comerciales con los países y territorios el régimen que se
otorguen entre sí en virtud de la Constitución; b) cada país o territorio aplicará
a sus intercambios comerciales con los Estados miembros y con los demás
países y territorios el régimen que aplique al Estado europeo con el que
mantenga relaciones especiales; c) los Estados miembros contribuirán a las
inversiones que requiera el desarrollo progresivo de estos países y territorios;
d) para las inversiones financiadas por la Unión, la participación en
adjudicaciones y suministros estará abierta, en igualdad de condiciones, a
todas las personas físicas y jurídicas que tengan la nacionalidad de los
Estados miembros o de los países y territorios; e) en las relaciones entre los
Estados miembros y los países y territorios, el derecho de establecimiento de
los nacionales y sociedades se regulará (…) de forma no discriminatoria”.
Manda esa Constitución que “las importaciones originarias de los países y
territorios se beneficiarán, a su entrada en los Estados miembros, de la
prohibición de los derechos de aduana entre Estados miembros establecida en
la Constitución” y por tanto“quedan prohibidos (…) los derechos de aduana
que graven, a su entrada en cada país y territorio, las importaciones
procedentes de los Estados miembros y de los demás países y territorios. No
obstante, los países y territorios podrán percibir derechos de aduana que
correspondan a las exigencias de su desarrollo y a las necesidades de su
industrialización, o derechos de carácter fiscal destinados a nutrir su
presupuesto”.
La Unión Europea persigue el desarrollo armonioso del conjunto de sus países,
para lo cual “desarrollará y proseguirá su acción encaminada a reforzar su
cohesión económica, social y territorial. En particular, la Unión intentará reducir
las diferencias entre los niveles de desarrollo de las distintas regiones y el
retraso de las regiones menos favorecidas”. En esta dirección, “el Fondo
Europeo de Desarrollo Regional estará destinado a contribuir a la corrección de
los principales desequilibrios regionales dentro de la Unión mediante una
participación en el desarrollo y en el ajuste estructural de las regiones menos
desarrolladas y en la reconversión de las regiones industriales en
declive”. Además, “un Fondo de Cohesión, creado mediante ley europea,
proporcionará una contribución financiera a la realización de proyectos en los
sectores del medio ambiente y de las redes transeuropeas en materia de
infraestructuras del transporte”.
La Constitución garantiza, en el ámbito europeo que rige, “la libre circulación
de personas, bienes, servicios y capitales y la libertad de establecimiento”, bajo
el principio de que “todo ciudadano de la Unión tiene derecho a circular y
residir libremente en el territorio de los Estados miembros”.
El Banco Central Europeo y los bancos centrales de los Estados miembros que
han adoptado el euro forman el Sistema Europeo de Bancos Centrales, bajo
cuya responsabilidad está la definición de la política monetaria de
la Unión, mientras que los Estados que no han adoptado la moneda europea
mantienen la plenitud de sus competencias en el ámbito monetario.
El proyecto de Constitución para Europa, después de haber sido suscrito el 29
de octubre del 2004 por los representantes de los entonces veinticinco Estados
miembros de la Unión Europea, debió ser sometido al proceso de ratificación
por cada uno de ellos, de acuerdo con sus normas internas, es decir, por la vía
del referéndum, en unos casos, o por la aprobación parlamentaria, en otros.
Sin embargo, el resultado no fue uniforme. Hasta mediados del 2006,
Alemania, Austria, Bélgica, Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, España, Grecia,
Hungría, Italia, Letonia, Lituania y Luxemburgo ratificaron el tratado por vía
parlamentaria. España y Luxemburgo lo hicieron también por esta vía pero con
previos referendos no vinculantes, cuyos resultados fueron favorables a la
ratificación. Dinamarca lo ratificó mediante referéndum vinculante. Pero Francia
y Holanda dijeron “no” a la Constitución europea en sus respectivas consultas
populares y paralizaron con ello el proceso. Cosa que ocurrió, en el caso de
Francia, a pesar de la vocación integradora de su gobierno, que en octubre del
2002 propuso la elección por el Consejo de Europa de un Presidente Europeo
para un período de cinco años.
No obstante, a finales del 2009 los líderes de la Unión Europea, al completar el
número de ratificaciones, pusieron en vigencia el Tratado de
Lisboa, que “organiza el funcionamiento de la Unión y determina los ámbitos, la
delimitación y las condiciones de ejercicio de sus competencias”.
Este instrumento internacional, que entró a los predios de la integración
política, confiere a la Unión Europa atribuciones exclusivas y atribuciones
compartidas. Las primeras le dan la potestad de legislar y adoptar actos
jurídicamente vinculantes para todos Estados miembros; y, en virtud de las
segundas, ella y los Estados que la integran pueden legislar y adoptar
determinados actos con sus voluntades concurrentes.
Son competencias exclusivas de la Unión Europea expedir y ejecutar las
normas jurídicas en las siguientes áreas:
a) la unión aduanera,
b) el mercado interior (mercado común),
c) la política monetaria en el área del euro,
d) la conservación de los recursos biológicos marinos dentro de la política
pesquera compartida, y
e) la política comercial común.
Las decisiones en los siguientes ámbitos de acción se toman por voluntades
concurrentes:
a) el mercado interior,
b) la política social definida por el Tratado,
c) la cohesión económica, social y territorial,
d) la agricultura y la pesca, con exclusión de la conservación de los recursos
biológicos marinos;
e) la regulación del medio ambiente,
f) la protección del consumidor,
g) los transportes,
h) las redes transeuropeas,
i) la energía,
j) la libertad, seguridad y justicia; y
k) los asuntos comunes de seguridad en la salud pública.
El Tratado de Lisboa, en cierta manera, sustituyó a la frustrada Constitución
Europea y su propósito central fue forjar una Europa unida más eficiente,
democrática, solidaria, respetuosa de los derechos y valores ético-sociales, que
pudiera ser una actora importante en la escena global.
De acuerdo con él, la Unión Europea es competente “para definir y aplicar una
política exterior y de seguridad común, incluida la definición progresiva de una
política común de defensa”. Sus Estados miembros “coordinarán sus políticas
económicas en el seno de la Unión” y el Consejo dará las orientaciones
generales de las políticas económicas, sociales y de empleo.
La Unión —”que constituye un espacio de libertad, seguridad y justicia dentro
del respeto de los derechos fundamentales y de los distintos sistemas y
tradiciones jurídicos de los Estados miembros”— luchará “contra toda
discriminación por razón de sexo, raza u origen étnico, religión o convicciones,
discapacidad, edad u orientación sexual”.
Los ciudadanos de la Unión tienen el derecho de “circular y residir libremente
en el territorio de los Estados miembros”, de ejercer el “sufragio activo y pasivo
en las elecciones al Parlamento Europeo y en las elecciones municipales del
Estado miembro en el que residan, en las mismas condiciones que los
nacionales de dicho Estado”; de acogerse, en el territorio de un tercer país, “a
la protección de las autoridades diplomáticas y consulares de cualquier Estado
miembro en las mismas condiciones que los nacionales de dicho
Estado”; de “formular peticiones al Parlamento Europeo, de recurrir al Defensor
del Pueblo Europeo, así como de dirigirse a las instituciones y a los órganos
consultivos de la Unión en una de las lenguas de los Tratados y de recibir una
contestación en esa misma lengua”.
La Unión “garantizará la ausencia de controles de las personas en las fronteras
interiores y desarrollará una política común de asilo, inmigración y control de
las fronteras nacionales que esté basada en la solidaridad entre Estados
miembros y sea equitativa respecto de los nacionales de terceros
países”. Reforzará su lucha contra “la delincuencia, el racismo y la
xenofobia”. Ejercerá “los controles de las personas y la vigilancia eficaz en el
cruce de las fronteras exteriores”. Establecerá una “política común de visados
y otros permisos de residencia de corta duración”. Y aplicará “una política
común de inmigración” destinada a garantizar “una gestión eficaz de los flujos
migratorios”, así como la “prevención de la inmigración ilegal y de la trata de
seres humanos”.
El Tratado contiene normas relativas a la institucionalidad, finanzas, educación,
formación profesional, juventud y deporte; salud pública; protección de los
consumidores; investigación y desarrollo tecnológico; medio ambiente y cambio
climático; energía; turismo; protección civil; cooperación administrativa; acción
exterior; y a otras materias cuyo manejo y jurisdicción pertenecen a la Unión.
Los órganos institucionales de la Unión Europea son: el Consejo
Europeo, el Parlamento Europeo, el Tribunal de Justicia Europeo, el Consejo
Europeo, el Consejo y la Secretaría General, la Comisión, el Tribunal de
Cuentas, la Fiscalía Europea, el Comité de las Regiones, el Comité Económico
y Social, el Comité Económico y Financiero, el Comité de
Conciliación, el Sistema Europeo de Bancos Centrales, el Banco Central
Europeo, elBanco Europeo de Inversiones, el Defensor del Pueblo
Europeo, el Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política
de Seguridad, la Europol y el Diario Oficial de la Unión Europea.
3. La CEPAL. En Latinoamérica, laComisión
Económica para América Latina (CEPAL), creada en 1948 por las Naciones
Unidas, empezó a hablar en aquellos años del proyecto de unión aduanera y
de la unidad de cuenta entre los países latinoamericanos y posteriormente, en
1956, defendió la idea de constituir un “mercado regional” sudamericano como
instrumento para acelerar el proceso de industrialización en que estaban
empeñados los gobiernos de la región.
El mercado común centroamericano fue el primero de los proyectos de
integración subregional de América Latina. Tomó forma mediante el Tratado de
Tegucigalpa, celebrado el 10 de junio de 1958, entre Costa Rica, El Salvador,
Guatemala, Honduras y Nicaragua. Posteriormente estos países suscribieron
otro instrumento para establecer las nuevas bases y proyecciones de su
proceso integrador: fue el Tratado General de Integración Económica
Centroamericana celebrado en Managua el 13 de diciembre de 1960. Pero los
problemas políticos y militares que se suscitaron en la zona detuvieron el
proceso integrador por largo tiempo y, pacificada la subregión, comenzó
nuevamente a marchar.
Bajo los auspicios de la CEPAL se produjo en Santiago de Chile, 1958,
la Primera Reunión de Consulta sobre Política Comercial en el sur del
continente, con la asistencia de representantes de Argentina, Brasil, Chile y
Uruguay, una de cuyas conclusiones fue que, sin perjuicio de los estudios
relativos al mercado común latinoamericano, los cuatro países debieran
adoptar, en el plazo más corto, una “política de liberación progresiva de su
comercio recíproco”.
En 1960, como culminación de esta primera etapa de lucubraciones
integracionistas, se firmó en Montevideo el tratado que creó laAsociación
Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) para la conformación de
una >zona de libre comercio como paso previo a la implantación de
un >mercado común regional en el plazo de doce años.
4. El Pacto Andino. Nueve años más tarde —dentro
del marco del Tratado de Montevideo— Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y
Perú firmaron el 26 de mayo de 1969 el Acuerdo de Integración Subregional —
llamado también Acuerdo de Cartagena o Pacto Andino— que dio inicio al
proceso de integración de la subregión andina, al que se adhirió Venezuela en
1973 y del que se desprendió Chile bajo la dictadura de Pinochet en 1976.
Sus dos principales instrumentos fueron el programa de liberalización comercial
automático e irreversible, en el que Colombia y Chile tenían ventajas evidentes,
y el sistema de programación industrial que se propuso distribuir
equitativamente las oportunidades de los sectores más dinámicos de la
industria, que requieren amplias escalas de producción y suponen importantes
saltos tecnológicos —como la industria automotriz, la petroquímica, la
siderúrgica, la farmacéutica— entre los países miembros, a fin de lograr en lo
posible un desarrollo equilibrado de todos ellos. El programa de la industria
metalmecánica se aprobó en agosto de 1972 y el de la industria petroquímica
fue suscrito en agosto de 1975. Sin embargo, ambos programas fracasaron
poco después porque resultaron inaplicables en la práctica.
En 1970 se aprobó el Régimen Común de Tratamiento a la Inversión
Extranjera y sobre Marcas y Patentes —mejor conocido como la Decisión 24
— que contuvo una serie de normas muy severas para la recepción de
capitales del exterior, la operación de las empresas extranjeras, la transferencia
de sus acciones a inversionistas nacionales, la expatriación de capitales, la
remisión de utilidades y, en general, el manejo de la inversión extranjera directa
e indirecta en los países andinos.
Fue precisamente la discrepancia de opiniones respecto de este documento el
principal motivo del retiro de Chile del Acuerdo de Cartagena en 1976, bajo la
dictadura del general Augusto Pinochet.
Para su operación, el Pacto Andino creó una secretaría técnica, que fue
laJunta —representante del interés comunitario y con iniciativa para desplegar
acciones integradoras— y la Comisión que fue el órgano colegiado compuesto
por los representantes de los países, con capacidad política para aprobar
decisiones colectivas y recomendar medidas a la Junta. El originario esquema
operativo del Pacto Andino demandó también un fuerte aparato institucional en
cada uno de los países. Unos crearon ministerios de la integración, otros
unidades administrativas especiales, pero todos asistieron al proceso con
poderosos instrumentos gubernativos.
Pueden establecerse tres etapas en el desarrollo de la integración andina: la
primera, muy dinámica, que se extendió hasta 1975 en que se crearon los
órganos metanacionales para la conducción del proceso, se establecieron
programas de desgravación arancelaria, se adoptó un régimen común de
tratamiento a la inversión extranjera y sobre marcas y patentes y se
implantaron programas sectoriales de desarrollo industrial; después la etapa de
estancamiento, en que el proceso perdió dinamismo a causa de las dificultades
financieras de los países integrados, que bajaron los niveles de su comercio
recíproco, y de los incumplimientos de los compromisos contraídos; y la tercera
etapa, de recuperación y reactivación del Pacto Andino, que se inició en 1989
gracias al impulso dado en Caracas por los presidentes Carlos Andrés Pérez
de Venezuela, Virgilio Barco de Colombia, Rodrigo Borja de Ecuador y Alan
García de Perú, a la vigilancia presidencial directa de la marcha del proceso de
integración y a la reunión de los gobernantes dos veces por año en el marco
del Consejo Presidencial Andino —que fue la nueva y superior instancia
política que ellos crearon— para pasar revista a las acciones cumplidas en el
semestre.
Esto dio un relativo dinamismo al proceso.
En aquella etapa se estableció la zona de libre comercio y, con la adopción del
arancel externo común, se formó sobre ella la unión aduanera a partir del 1 de
febrero de 1995, en preparación del mercado común andino.
Durante el período comprendido entre 1990 y 1995, según informaciones de
la Junta del Acuerdo de Cartagena (JUNAC), el grupo andino incrementó su
comercio intrasubregional a un ritmo del 27% anual, aunque no fue un
crecimiento simétrico puesto que Ecuador alzó sus ventas de 188,5 millones de
dólares a 364 millones, Bolivia de 59,9 a 199 y Perú de 214 a 412, mientras
que Colombia las aumentó de 327,7 a 1.805 y Venezuela de 493,6 a 1.847
millones de dólares. Lo cual demostraba que, con mucho, estos dos países
fueron los beneficiarios principales de la integración puesto que quintuplicaron
y cuadruplicaron respectivamente sus colocaciones en el mercado andino.
No obstantes sus tropiezos y limitaciones, el proceso de integración andina fue,
sin duda, desde el punto de vista técnico e institucional, el mejor logrado de los
que se habían puesto en marcha en América Latina hasta ese momento y era
el único que tenía una instancia judicial comunitaria —el Tribunal Andino de
Justicia— para solucionar las controversias entre los países miembros con
ocasión o por consecuencia de los acuerdos de integración.
Sobre la base de la zona de libre comercio formada por los países andinos, se
implantó a partir del primero de febrero de 1995 la unión aduanera entre tres de
ellos: Venezuela, Colombia y Ecuador, que desde esa fecha aplicaron un
arancel externo común a su comercio con los restantes países del mundo. Este
arancel tenía tres niveles: 5% de gravamen para materias primas, entre el 10%
y el 15% para productos semielaborados y el 20% para productos terminados.
Sin embargo, el AECadoptado por los tres países andinos comprendía el 90%
del universo arancelario. El 10% restante, contenido en el anexo de
excepciones, fue incorporado paulatinamente en el arancel.
En abril de 1996 los presidentes de los países andinos, reunidos en la ciudad
de Trujillo, Perú, tomaron dos resoluciones de carácter formal: sustituir la
denominación “Pacto Andino” con que se conocía desde su nacimiento a este
sistema de integración por la de “Comunidad Andina de Naciones
(CAN”), obedeciendo probablemente a la influencia europea, y crear una
instancia intermedia de conducción del proceso: el Consejo Andino de Ministros
de Relaciones Exteriores.
En consecuencia, los órganos de conducción y de administración de la
integración subregional fueron:
a) el Consejo Presidencial Andino, constituido por los jefes de Estado de los
países integrados, que ejercía la máxima autoridad en el proceso integrador y
cuya misión principal era definir políticas, emitir normas directrices, evaluar el
proceso de integración y supervisar la conducta de los órganos inferiores;
b) el Consejo Andino de Ministros de Relaciones Exteriores que formulaba la
política exterior de los países miembros en los asuntos de interés subregional;
c) la Comisión de la Comunidad Andina, compuesta por los ministros
encargados del comercio exterior, que conducía el intercambio de productos en
el mercado ampliado, evitaba las distorsiones en la competencia y adoptaba las
decisiones necesarias para la marcha del proceso;
d) la Secretaría General, que era el órgano ejecutivo que aplicaba las
resoluciones de los órganos anteriores y ejercía las funciones administrativas;
e) el Parlamento Andino, compuesto de cinco legisladores de cada uno de los
países miembros, que era un foro de discusión y apoyo político al proceso de
integración. A partir del año 2005 los parlamentarios andinos fueron elegidos
directamente por los ciudadanos de cada Estado, en forma semejante a la del
Parlamento Europeo;
f) el Tribunal Andino de Jsticia, que era el órgano jurisdiccional de la
Comunidad encargado de declarar a quién asistía el Derecho en los casos de
litigio entre los países por causa de violación de las normas de la integración o
de incumplimiento de los compromisos contraídos; y
g) los consejos consultivos empresarial y laboral que, integrados por dirigentes
de las cámaras de la producción y de los sindicatos de trabajadores,
respectivamente, participaban en las deliberaciones de la integración andina.
La Comunidad Andina contaba con la Corporación Andina de Fomento (CAF) y
con elFondo Latinoamericano de Reservas (FLAR) como entidades financieras
y crediticias encargadas de costear los proyectos de importancia de sus países
en el ámbito de la integración o fuera de él.
Además existían tres convenios relacionados con su política social:
el Convenio Andrés Bello, instrumento de integración cultural y educativa con
sede en Bogotá; el Convenio Hipólito Unanue referente a la salud humana, con
sede en Lima; y el Convenio Simón Rodríguez, localizado en Quito, que
versaba sobre la integración laboral y la seguridad social.
Formaban también parte de la estructura operativa de la Comunidad:
el Consejo Consultivo Laboral Andino y el Instituto Laboral Andino, con sede en
Caracas, encargados de desarrollar programas de capacitación laboral;
la Asociación de Empresas Estatales de Telecomunicaciones (ASETA), con la
misión de impulsar el desarrollo y la modernización de las telecomunicaciones
para servir a la integración andina; y los consejos de planificación monetaria y
cambiaria, de financiamiento, de política fiscal, de comercio exterior, de
turismo, de cuestiones sociales, de salud, de integración física, de asuntos
agropecuarios, de materias aduaneras, de política industrial y de ciencia y
tecnología, que operaban como entes consultivos de los órganos comunitarios.
Sin embargo, algunos observadores han mirado como inciertas las
posibilidades de la Comunidad Andina, ya por su estancamiento, ya por las
persistentes contradicciones internas entre los países que a ella pertenecen.
En abril de 1997 el gobierno de Perú anunció la decisión de separarse
definitivamente de la Comunidad Andina, con la que había suspendido sus
compromisos a partir de 1992 a causa de su crisis económica interna, aunque
más tarde revisó esa decisión. El gobierno peruano estuvo en desacuerdo con
el arancel externo común, que de todas maneras significaba cierto grado de
protección industrial. El presidente Alberto Fujimori explicó en aquella
oportunidad que su país “ha abierto su economía al mundo aplicando una
política económica basada en el principio de la libre competencia, que debe ser
el sustento de su relacionamiento con las demás naciones del mundo” e insistió
en que deben eliminarse los subsidios y otras medidas que afectaban en la
subregión al comercio libre, dinámico, transparente y leal.
El 19 de abril del 2006, reunidos en Asunción para tratar el proyecto de
construcción de un gasoducto para abastecer de gas boliviano a Paraguay y
Uruguay, los presidentes Evo Morales de Bolivia y Hugo Chávez de Venezuela
declararon “muerta” a la Comunidad Andina a causa de los tratados de libre
comercio celebrados por Colombia y Perú con Estados Unidos. Chávez afirmó
que la CAN “sólo sirve a las elites y a las transnacionales”. Y pocos días
después el gobierno venezolano comunicó formalmente la separación de su
país de la Comunidad Andina. Esa separación se concretó el 22 de abril del
2011.
“Por extraño que parezca, el Acuerdo de Cartagena es la más
antigua de las agrupaciones de integración del mundo en desarrollo que se
haya mantenido sin cambios fundamentales en sus reglas de origen”, afirmó el
economista ecuatoriano Germánico Salgado (1925-1999). No obstante, en
su libro “El Grupo Andino” (1998) sostuvo que este proceso integrador“resultó a
la postre inviable (…) sobre todo teniendo en cuenta la heterogeneidad de la
estructura económica y grado de desarrollo de los participantes”. Afirmó que se
subestimaron las diferencias de capacidad entre los países miembros —
referíase a las distancias económicas y productivas que mediaban entre Bolivia
y Ecuador, por un lado, y Venezuela, Chile y Colombia, por otro— y que “la
diferencia de infraestructura industrial y desarrollo tecnológico entre los cinco
países eran muy marcadas”. Escribió que “el grupo andino partía de la tesis de
que el objetivo primordial era la industrialización mediante la ampliación del
mercado. Es decir, un cambio de la estructura industrial anterior, basada
fundamentalmente en el mercado nacional, por una estructura en la que fuera
posible el desarrollo de industrias con mayores escalas de producción y un
mayor progreso tecnológico gracias a la especialización”.
En este marco de ideas, el economista y profesor ecuatoriano
Francisco Pareja Cucalón, en su trabajo sobre “La integración regional en
Sudamérica: entre el designio y la realidad” (2014), sostiene que “la lenta
erosión y desgaste del proceso andino de integración culminó en 2013 con la
decisión de las autoridades andinas de emprender un proceso de ‘reingeniería’
del Sistema Andino de Integración y una redefinición de sus prioridades. A
partir de esa decisión la CAN entró en un proceso de lenta agonía, si bien al
menos dos de sus instituciones, la Corporación Andina de Fomento, hoy
transformada en Banco de Desarrollo de América Latina, y la Universidad
Andina Simón Bolívar, han logrado fortalecer y acrecentar su actividad”.
Reitera Pareja que, a pesar de los importantes volúmenes de
comercio intracomunitario alcanzados por los países andinos —que en el año
2012 sumaron 10.349 millones de dólares, de los cuales el 73% correspondió a
bienes manufacturados— y no obstantes “los avances recientemente logrados
en materia de cultura, migraciones, ciudadanía andina y protección
consular”, el proceso de integración andina entró en severa crisis a causa
de “una sucesión de omisiones y de acciones disonantes protagonizadas en
diversos momentos por uno u otro de los países miembros” de la comunidad
andina. Y cita como ejemplos de esa distonía las decisiones de Colombia y
Perú de negociar acuerdos de comercio con Estados Unidos al margen de las
normas comunitarias, la salida de Venezuela de la Comunidad Andina(CAN),
“la incapacidad de los países andinos para acordar la negociación en bloque
de un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea y, por último, la compleja
adhesión de Bolivia al MERCOSUR sin abandonar la Comunidad Andina”.
Con referencia a la “reingeniería” decretada por la Comunidad
Andina en su Decisión 792, para adecuarla a los retos del contexto
internacional, anota Pareja que, “según se desprende de pronunciamientos del
Consejo Presidencial en 2011 y de las normas comunitarias expedidas en 2012
y 2013, ella comprendería al menos tres ámbitos: selección de los temas a los
que el proceso andino de integración debe abocarse prioritariamente, revisión
de la institucionalidad de la CAN (tanto del sistema en su conjunto como de sus
diversos componentes) y acercamiento al MERCOSUR, UNASUR y la ALADI
con miras a la convergencia de los esquemas y procesos de integración
suramericanos”.
Afirma Pareja que resulta significativo que
la CEPAL destacara “como premisas para asegurar el éxito del proceso de
‘reingeniería’ no sólo la imprescindible preservación del acervo histórico de la
CAN, sino también una actitud de positiva flexibilidad por parte de los países
miembros para procesar sus diferencias y preservar la unidad, claro llamado de
atención y advertencia para impedir que las fuerzas centrífugas que condujeron
a la crisis terminen por asfixiar al proceso de integración” puesto que los países
andinos eran también parte de UNASUR, ALADI y CELAC y miembros
asociados del MERCOSUR. Adicionalmente, Colombia y Perú pertenecían a
la Alianza del Pacífico —juntamente con Chile y México— mientras que
Ecuador y Bolivia formaban parte de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de
Nuestra América (ALBA). Es decir que las fuerzas centrífugas habían cobrado
notable intensidad.
En junio del 2013 las autoridades comunitarias andinas,
mediante la Decisión 791, integraron un grupo de trabajo formado por sus
miembros y representantes y por delegados de los ministerios de asuntos
internacionales para que, con base en los informes de la Comisión Económica
para América Latina y el Caribe (CEPAL) y la Fundación Getulio
Vargas (FGV), preparase un documento de síntesis sobre “la nueva visión, los
lineamientos estratégicos y la priorización de los ámbitos de acción de la
Comunidad Andina”, dando prioridad a los elementos sociales de la integración
económica, profundizando la complementación comercial, fortaleciendo la
interconexión eléctrica entre los países andinos y avanzando en la articulación
y convergencia entre la UNASUR y el MERCOSUR.
En aquel momento Pareja añadió que “el estado actual de la
integración en Suramérica puede calificarse como confuso e incierto. Persiste
una retórica de la integración que, al menos, mantiene vivos el anhelo y el
designio integracionistas y que admite acciones de cooperación y concertación,
sobre todo política, cuya importancia no cabe subestimar. Pero no puede
desconocerse que la integración profunda, la que conduce desde la integración
económica hasta la unión política, no se encuentra en el orden del día”.
Lo cual podía significar, según pensaba Pareja, que la
integración dejara de cumplir sus objetivos y que los países de la región
optaran por insertarse individualmente en la economía global. Situación que
ponía de manifiesto y denunciaba —de acuerdo con el criterio del mencionado
analista económico— la aversión de los Estados sudamericanos a la
supranacionalidad y a la cesión o compartimiento de soberanía.
Todo esto a pesar de que los miembros del Parlamento Andino —que entró en
funciones a partir de 1984— fueron elegidos democráticamente por los
ciudadanos de sus respectivos Estados: en Perú a partir del año 2006, en
Ecuador 2009 y en Colombia 2010. Observa Pareja que, en este
aspecto, “mutatis mutandis sus circunstancias son similares a las del
Parlamento Europeo”.
5. The Caribbean Community & Common Market
(CARICOM). Fue establecido el 4 de julio de 1973 para propender a la
integración económica de los pequeños países del Caribe, coordinar su política
exterior y fortalecer la cooperación económica, cultural, científica y tecnológica
entre ellos.
El acuerdo preveía varias instancias administrativas, la principal de las cuales
era la conferencia semestral de jefes de Estado. La reunión periódica de los
ministros era también otro de sus mecanismos de operación. La Secretaría
Permanente funcionaba en Puerto España, capital de Trinidad & Tobago.
Formaban parte de este organismo de integración subregional: Belice,
Jamaica, Trinidad & Tobago, Bahamas, Barbados, Dominica, Granada,
Guayana, Saint Kitts & Nevis, Saint Lucia, Saint Vincent, Antigua & Barbuda,
Anguilla, Bermuda, Caicos Islands, Turks Islands, Montserrat, Virgin Islands,
Saint Thomas y otras islas caribeñas.
El CARICOM ha tenido más éxito en la coordinación de las políticas exteriores
de sus miembros que en la integración económica subregional del Caribe.
6. Asociación Latinoamericana de Integración
(ALADI). Ante la frustración de la Asociación Latinoamericana de Libre
Comercio (ALALC), que no pudo constituir la prometida zona de apertura
comercial, los países de la región crearon, por medio del Tratado de
Montevideo suscrito en 1980, la Asociación Latinoamericana de Integración
(ALADI) para alcanzar a través de renovadas estrategias los objetivos de la
integración latinoamericana. Este fue otro de los frustrados intentos
integracionistas de la región.
Sus propósitos originales fueron: promover el desarrollo económico y social de
los países miembros, reducir las trabas al comercio entre ellos, fortalecer sus
vínculos de cooperación e ir hacia el mercado común. Todo esto dentro del
pluralismo político y del tratamiento diferencial en función del nivel de desarrollo
de sus socios y mediante preferencias arancelarias, acuerdos de alcance
regional o parcial, apertura de mercados y cooperación científica y tecnológica.
Sus órganos directivos son el Consejo de Ministros de Relaciones
Exteriores, la Conferencia de Evaluación y Convergencia, el Comité de
Representantes —que es su órgano ejecutivo— y la Secretaría General.
7. North American Free Trade Agreement (NAFTA).
Sobre la base del acuerdo de libre comercio suscrito entre Estados Unidos y
Canadá el 2 de enero de 1988, que entró en vigencia el primero de enero de
1989, y bajo la inspiración de la <Iniciativa para las Américas que propuso en
junio de 1990 el presidente George Bush, con el planteamiento de nuevas
formas de vinculación entre América Latina y Estados Unidos basadas en la
intensificación del comercio, en nuevas inversiones y en la solución del
problema de la deuda, se suscribió el 12 de agosto de 1992 el Tratado de Libre
Comercio (TLC) —llamado en inglés North American Free Trade Agreement
(NAFTA)— entre Estados Unidos, Canadá y México, y al que se adhirió
después Chile.
Con ser muy importante por el tamaño de los Estados comprometidos —370
millones de habitantes y 6.5 billones de dólares de producción conjunta—, este
no fue sin embargo un proyecto de gran envergadura en materia de
integración. Se propuso solamente establecer una zona de libre comercio —
como, en efecto, empezó a establecerla a partir del 1 de enero de 1994— y no
fue más allá en el proceso integrador. Estados Unidos y Canadá tenían interés
en producir más barato en México para mejorar su competitividad internacional.
La integración ofrece esta ventaja: se puede producir donde es más barato
hacerlo, independientemente de las fronteras nacionales. México, por su parte,
buscaba asegurarse el mercado norteamericano y recibir caudalosas
inversiones para dinamizar su economía y ampliar las posibilidades de empleo.
Y todos ellos buscaban, en conjunto, adquirir nuevos mercados fuera de su
región.
8. Grupo de los Tres (G-3). Por medio de la Declaración de Nueva York, a
fines de septiembre de 1990 se constituyó, como un mecanismo informal de
consulta y concertación políticas, el llamado Grupo de los Tres (G-
3), compuesto por México, Colombia y Venezuela. El grupo no se fundó en un
tratado internacional ni contó con una estructura institucional. Mantuvo por ello
su informalidad. Fueron varias coincidencias políticas, geopolíticas y
económicas el factor de su unidad. El grupo instrumentó un programa común
de desgravación arancelaria y la formación de una zona de libre comercio para
la eventual implantación ulterior de un mercado común entre sus miembros. Ha
desarrollado programas de cooperación sectorial en los campos de la energía,
el comercio, el transporte, las telecomunicaciones, el turismo, la ciencia y la
tecnología y, además, programas de complementación en las áreas de las
industrias petrolera, química y siderúrgica.
El 13 de junio de 1994 el grupo firmó en Cartagena los documentos para
establecer la zona de libre comercio entre los tres países, que en conjunto
tenían una población de 150 millones de habitantes y cuyo producto interno
bruto era de alrededor de 400 mil millones de dólares.
El próximo paso era la formación de su mercado común, que originalmente
estuvo previsto para el 1 de enero de 1995 pero que sufrió postergaciones.
9. El Mercado Común del Sur (MERCOSUR). Fue creado en marzo de 1991
para integrar, en una zona de libre comercio, primero, y después en un
mercado común, a Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay.
Este proceso de integración del cono sur se inició con la celebración del
Tratado de Asunción del 26 de marzo de 1991. Allí se acordó abatir los
aranceles entre los cuatro países miembros a partir del 1 de enero de 1995 —
como en efecto se lo hizo—, autorizar el libre tránsito de personas, bienes,
capitales y tecnología entre ellos y preparar las condiciones para el mercado
común. Después, el 17 de diciembre de 1994, los presidentes de los cuatro
países firmaron en Ouro Preto, Brasil, los acuerdos que establecieron las bases
de la unión aduanera que, aunque incompleta, empezó a operar a partir del 1
de enero de 1995 bajo la vigencia de un arancel externo común que contempla
gravámenes que van del 0 al 20% para 9.000 productos.
El Tratado de Asunción —que es el nombre oficial de este instrumento—
invocó como propósito de la integración “la ampliación de las actuales
dimensiones de sus mercados nacionales” como “condición fundamental para
acelerar sus procesos de desarrollo económico con justicia social”, para lo cual
acordó la libre circulación de bienes, servicios y factores de la producción entre
los cuatro países, con eliminación de los derechos aduaneros y restricciones no
arancelarias; el establecimiento de un arancel externo común y la adopción de
una política comercial compartida con relación a terceros países o
agrupaciones de países; y la coordinación de políticas macroeconómicas y la
armonización de las legislaciones entre los Estados-partes en las áreas fiscal,
monetaria, cambiaria, industrial, del comercio exterior, transportes, agricultura y
comunicaciones.
El MERCOSUR ha tenido una institucionalidad muy incipiente. Según
el Protocolo de Ouro Preto —protocolo adicional al Tratado de Asunción—
sus órganos directivos, de carácter intergubernamental, son el Consejo del
Mercado Común, el Grupo Mercado Común, la Comisión de Comercio, la
Comisión Parlamentaria Conjunta, el Foro Consultivo Económico-social y la
Secretaría Administrativa.
El Consejo del Mercado Común —integrado por los ministros de relaciones
exteriores y de economía, cuya presidencia se ejerce rotativamente por los
Estados miembros en períodos semestrales— es “el órgano superior al cual
incumbe la conducción política del proceso de integración y la toma de
decisiones para asegurar el cumplimiento de los objetivos establecidos por el
Tratado de Asunción y para alcanzar la constitución final del mercado
común”. Se reúne cuando es necesario, pero al menos una vez cada semestre
concurren a la reunión los presidentes de los Estados partes. Sus decisiones
son vinculantes para ellos. El Grupo Mercado Común es el órgano ejecutivo de
la entidad. Está compuesto por cuatro miembros principales y cuatro suplentes
por cada país. Su función principal es cumplir y hacer cumplir las decisiones del
órgano superior, aprobar el presupuesto y recibir la rendición de cuentas anual
de la Secretaría Administrativa. Sus resoluciones son obligatorias para los
Estados. A la Comisión de Comercio, compuesta por cuatro miembros titulares
y cuatro suplentes de cada país, le “compete velar por la aplicación de los
instrumentos de política comercial común acordados por los Estados partes
para el funcionamiento de la unión aduanera”. El Foro Consultivo Económico-
social es la instancia representativa de los sectores sociales y económicos
privados de los países miembros para formular recomendaciones o plantear
sus aspiraciones.
Las decisiones de los órganos colegiados son tomadas por consenso y con la
presencia de todos los Estados miembros. El estatuto señala que “la Comisión
Parlamentaria Conjunta es el órgano representativo de los Parlamentos de los
Estados Partes en el ámbito del MERCOSUR”. Está integrada por igual
número de parlamentarios de cada uno de los Estados miembros, designados
por los respectivos parlamentos nacionales de acuerdo con sus normas
internas. Sus responsabilidades principales son coadyuvar a la incorporación
de las normas emanadas de los órganos comunitarios al ordenamiento jurídico
de los Estados, trabajar en la armonización de las legislaciones nacionales y
formular recomendaciones al Consejo del Mercado Común.
De acuerdo con el Protocolo de Olivos para la solución de controversias en
el MERCOSUR, suscrito el 18 de febrero del 2002, los tribunales arbitralesad
hoc, de primera instancia, y el Tribunal Permanente de Revisión se encargan
de solucionar los conflictos jurídicos que surjan entre los Estados o entre éstos
y las personas naturales o jurídicas como consecuencia del proceso de
integración.
Dice el Protocolo de Ouro Preto que la Secretaría Administrativa, con sede en
Montevideo, es un “órgano de apoyo operativo” encabezado por un Director
designado por el Consejo del Mercado Común para el período de dos años,
bajo cuya responsabilidad está la prestación de servicios a los demás órganos
comunitarios, el mantenimiento del archivo oficial, la provisión de apoyo
logístico a las reuniones de los órganos colegiados de la integración, la
prestación de los servicios de secretaría, la entrega de información a los
gobiernos acerca de la marcha del proceso de integración y el desempeño de
las tareas que le sean encomendadas por el Consejo del Mercado Común, el
Grupo Mercado Común y la Comisión de Comercio.
Hay reuniones de ministros de economía, agricultura, industrias, minas y
energía, trabajo, salud, desarrollo social, turismo, educación, cultura, medio
ambiente. Funcionan numerosos foros, reuniones técnicas, reuniones
especializadas, grupos de alto nivel, grupos y subgrupos de trabajo, grupos ad
hoc, todos ellos integrados por delegados y representantes de los Estados
miembros.
Este instrumento de integración contiene, como documentos anexos, el
programa de liberación comercial, el régimen general de origen, la normativa
de solución de las controversias, las cláusulas de salvaguardia y el esquema
de los subgrupos de trabajo del Grupo Mercado Común.
El 31 de julio del 2012 se incorporó Venezuela al MERCOSUR como su quinto
miembro pleno.
10. La Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR). Los gobernantes de
los doce Estados sudamericanos, reunidos en la ciudad del Cuzco el 8 de
diciembre del 2004, proyectaron crear la Comunidad Sudamericana de
Naciones con el fin de desarrollar un espacio“integrado en lo político, social,
económico, ambiental y de infraestructura”. Decisión que fue ratificada en las
cumbres presidenciales de Brasilia en septiembre del 2005 y de Cochabamba
en diciembre del 2006, en las que los presidentes reafirmaron que “la
integración sudamericana no sólo es necesaria para resolver los grandes
flagelos que afectan a la región, como son la pobreza, la exclusión y la
desigualdad social persistentes, que se han trasformado en los últimos años en
una preocupación central de todos los gobiernos nacionales, sino que es un
paso decisivo para lograr un mundo multipolar, equilibrado, justo y basado en
una cultura de paz”.
Con estos antecedentes, los gobernantes de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile,
Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela,
reunidos en la isla venezolana de Margarita, resolvieron consensualmente el 16
de abril del 2007 fundar la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) —
cuyo tratado constitutivo fue suscrito en Brasilia el 23 de mayo del 2008—,
señalar a Quito como su sede y elegirme para presidir la Secretaría General de
la naciente entidad.
Según dijeron los presidentes, la sustitución del nombre: de “comunidad” por
“unión”, fue un cambio deliberado para expresar su designio de dar una
estructura institucional más apretada a la nueva entidad.
Dada mi vieja y ferviente vocación integracionista, acepté la responsabilidad e
inmediatamente puse en manos de los jefes de Estado y de gobierno un
proyecto de estatuto fundacional que contenía mis puntos de vista acerca de lo
que debía ser y hacer UNASUR. En él manifesté mi opinión de que debían
subsumirse en la nueva institución integracionista, de escala regional, todas las
entidades subregionales existentes, a fin de avanzar de la dimensión
subcontinental —representada en ese momento por la Comunidad Andina de
Naciones (CAN) y el Mercado Común del Sur (MERCOSUR)— hacia la
integración continental sudamericana, con base en las experiencias, logros y
frustraciones de los sistemas subregionales.
El desafío era —y sigue siendo— pasar de la escala subregional a la escala
regional en la integración sudamericana, como etapa previa de la integración
global de América Latina y el Caribe. Para lograr este objetivo era
indispensable concentrar en una sola todas las entidades subregionales de
integración y evitar la triplicación de esfuerzos, burocracias y presupuestos.
Los principales cometidos de UNASUR debieron ser la integración cultural,
educativa, energética, financiera, informática, de telecomunicaciones, de
transportes y el avance científico y tecnológico de la región —puesto que en la
sociedad del conocimiento el saber y la información son los “insumos” con que
funcionan los modernos instrumentos de la producción—; el desarrollo
sustentable, compatible con la defensa de los ecosistemas; la promoción y
priorización las numerosas obras de integración física proyectadas en los
campos de la energía, vialidad, telecomunicaciones, informática, transportes y
muchos otros; la corrección de las asimetrías de la globalización para que ella
produzca beneficios globales, es decir, beneficios para todos.
UNASUR debía responder a la vieja y morosa idea de conectar a través del
territorio sudamericano el Atlántico con el Pacífico —como lo hizo América del
Norte en el siglo XIX— para impulsar el desarrollo regional.
Podía contar con la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional
Suramericana (I.I.R.S.A.) que, con “el objeto promover el desarrollo de la
infraestructura de transporte, energía y comunicaciones bajo una visión
regional, procurando la integración física de los doce países suramericanos y el
logro de un patrón de desarrollo territorial equitativo y sustentable”, nació en la
reunión de presidentes sudamericanos celebrada en Brasilia en agosto del
2000. Sobre diez ejes multinacionales de integración física horizontal y
vertical, I.I.R.S.A. ha desenvuelto centenares de proyectos —unos concluidos,
otros en ejecución y otros en preparación— para construcción de rutas y
carreteras entre los países, puentes internacionales, ferrovías, gasoductos,
vías de agua y puertos fluviales.
Ese era el camino para alcanzar los objetivos del desarrollo humano, social y
económico de los pueblos sudamericanos, potenciar su inserción en el mundo
internacional implacablemente competitivo de la postguerra fría, impulsar la
cooperación sur-sur —que ha sido un viejo e incumplido anhelo de los pueblos
del tercer mundo— y alentar la formulación de un régimen jurídico compartido
que permitiera a los sudamericanos tener una nacionalidad común, ser
considerados en pie de igualdad en todos los Estados de la región, cruzar sus
fronteras nacionales sin necesidad de visa ni pasaporte, circular libremente en
los territorios de los Estados miembros, fijar su residencia y trabajar lícitamente
en cualquiera de ellos, montar empresas y hacer inversiones con arreglo a las
leyes de los Estados receptores.
Pero la instrumentación del proyecto tuvo tropiezos. El propósito original de los
presidentes fue mediatizado por las burocracias de cancillería, en medio de
imprecisiones conceptuales. No se formó una institución orgánica capaz de
hacer cosas y de dar resultados tangibles y cuantificables, sino un nuevo foro
para los presidentes, proclive a inflar la retórica espumosa que por más de
medio siglo ha envuelto a los procesos de integración latinoamericanos.
Decidí entonces declinar la alta responsabilidad de presidir la Secretaría
General de UNASUR el 21 de mayo del 2008 y veinticuatro meses después fui
sustituido por el expresidente Néstor Kirchner de Argentina.
Al momento de la creación de la nueva entidad, el subcontinente de 17’752.014
kilómetros cuadrados de territorio tenía alrededor de 380 millones de
habitantes, un producto interno bruto de 1,9 billones de dólares, abundantes
riquezas energéticas renovables y no renovables, grandes reservas minerales,
enormes recursos hídricos y riquísima biodiversidad.
11. Alianza del Pacífico. El 28 de abril del 2011, con
las firmas de los presidentes Felipe Calderón, Juan Manuel Santos, Sebastián
Piñera y Alan García, se constituyó en Lima el Área de Integración Profunda
(AIP) compuesta por México, Colombia, Chile y Perú.
Este nuevo mecanismo de integración subregional, al que se denominó Alianza
del Pacífico, se puso en marcha el 6 de junio del 2012 cuando los presidentes
de México, Colombia, Perú y Chile, reunidos en el desierto chileno de Atacama,
firmaron su acta constitutiva. La nueva entidad integracionista representaba
una población de 215 millones de habitantes, más de un tercio del producto
interno bruto de América Latina y más de la mitad de su volumen comercial.
Sus fundadores subrayaron que el objetivo era la libre circulación de bienes,
servicios, capitales, tecnologías y energía, la construcción de obras de
infraestructura común entre los países aliados y el libre tránsito de personas
entre ellos. Pusieron énfasis en que la nueva entidad integracionista
latinoamericana, a diferencia de las otras, no impulsaba ni defendía
mecanismos proteccionistas y estaba abierta al amplio comercio internacional
con arreglo a las conveniencias de sus países miembros.
El presidente Santos manifestó que “la Alianza no va contra nadie”, no
es “excluyente ni incompatible” con los otros procesos de integración, estará
abierta a la incorporación de nuevos socios y será el proceso de integración
regional más importante de América Latina para su desarrollo económico.
Pero la formación de la Alianza del Pacífico generó “celos” políticos y
comerciales en la UNASUR.
A la VII cumbre de la Alianza del Pacífico, celebrada el 22 y 23 de mayo del
2013 en la ciudad de Cali, asistieron los presidentes Juan Manuel Santos de
Colombia, Enrique Peña Nieto de México, Sebastián Piñera de Chile y Ollanta
Humala de Perú, miembros plenos de la entidad, y estuvieron presentes como
observadores: el presidente del gobierno de España, Mariano Rajoy; el primer
ministro Stephen Harper de Canadá; la presidenta Laura Chinchilla de Costa
Rica; el presidente Otto Pérez Molina de Guatemala; el presidente Ricardo
Martinelli de Panamá; el vicepresidente de Uruguay, Danilo Astori; y altos
representantes de Australia, Nueva Zelandia y Japón.
En esa reunión se incorporó Costa Rica como miembro pleno de Alianza del
Pacífico y se refrendaron los objetivos fundamentales de la entidad, en torno
de los cuales se aprobaron diversos acuerdos para liberar del pago de tributos
arancelarios al 90% de su comercio intrarregional, intensificar los flujos de
comercio e inversión, fomentar la inversión extranjera, mejorar los estándares
de protección de las inversiones nacionales, regionales y extra-regionales,
perfeccionar los mecanismos de solución de las controversias internacionales,
ampliar la cooperación integracionista hacia terceros países, revisar los
avances arancelarios —reglas de origen, facilitación del comercio,
instrumentación aduanera—, crear sinergias para la competitividad de las
medianas y pequeñas empresas de los países miembros, implementar la
mayor transparencia fiscal internacional y combatir la evasión y elusión
tributarias, impulsar el turismo hacia la región, establecer medidas sanitarias y
fitosanitarias en torno al comercio de medicamentos, abrir canales de
cooperación entre las oficinas de propiedad intelectual, impulsar la
investigación científica de los cambios climáticos, favorecer el comercio
transfronterizo, avanzar en las negociaciones multilaterales en
telecomunicaciones, servicios financieros y transporte aéreo y marítimo de
pasajeros y carga, establecer terceras, cuartas y quintas libertades en vuelos
interregionales y abrir embajadas, consulados y oficinas comerciales
compartidas por los países miembros en algunos Estados asiáticos y africanos.
Desde la perspectiva geopolítica, la Alianza del Pacífico obligó a México a mirar
hacia el sur en su estrategia de contrarrestar la influencia económica de Brasil.
Y se proyecta hacia el Pacífico mientras que el MERCOSUR se proyecta hacia
el Atlántico.
12. Comunidad de Estados Latinoamericanos y
Caribeños (CELAC). En la reunión cumbre de 33 jefes de Estado o de
gobierno celebrada en Caracas los días 2 y 3 de diciembre del 2011 se
constituyó la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños
(CELAC), integrada por 33 Estados de la región, con el objetivo declarado de
profundizar la integración regional en el marco de la “solidaridad, cooperación,
complementariedad y concertación política” entre los países, bajo la convicción
de que “la unidad e integración política, económica, social y cultural de América
Latina y el Caribe constituye, además de una aspiración fundamental de los
pueblos aquí representados, una necesidad para enfrentar con éxito los
desafíos que se nos presentan como región”.
La CELAC es, en realidad, un foro intergubernamental que, según dice su
declaración de principios, constituye un “mecanismo de diálogo y
concertación” dentro de la “unidad en la diversidad” de los países que la
integran con el fin de “promover y proyectar una voz concertada de América
Latina y el Caribe en la discusión de los grandes temas y en el posicionamiento
de la región ante acontecimientos relevantes”.
Forman parte de este foro continental: Antigua & Barbuda, Argentina,
Bahamas, Barbados, Belice, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba,
Dominica, Ecuador, El Salvador, Grenada, Guatemala, Guyana, Haití,
Honduras, Jamaica, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República
Dominicana, San Cristóbal y Nieves, San Vicente y las Granadinas, Santa
Lucía, Surinam, Trinidad & Tobago, Uruguay y Venezuela.
La población de estos países, a la fecha de constitución de la CELAC, rodeaba
los 589 millones de habitantes —174 millones de pobres y 73 millones en
pobreza extrema— sobre 50,5 millones de kilómetros cuadrados de territorio,
con un 4,7% de producto interno bruto.
13. La integración: instrumento de desarrollo. En las
condiciones surgidas en la postguerra fría, la integración se presenta como un
instrumento indispensable para el desarrollo humano, social y económico de
los países pobres de Asia, África y América Latina. En el nuevo orden
económico y político internacional, acaudillado por las potencias vencedoras de
la confrontación Este-Oeste, el proceso de megafusiones ha producido una
constelación de corporaciones transnacionales privadas de dimensiones
colosales, cuyas cifras de ventas anuales superan el producto interno bruto de
muchos países y cuyas asignaciones para investigación científica rebasan
muchos presupuestos nacionales. Según datos del Instituto de Estudios
Políticos de Estados Unidos, en el año 2000 de las cien entidades
económicamente más poderosas del planeta, 51 eran corporaciones privadas y
49 eran Estados. Las empresas transnacionales se han convertido en grandes
imperios globales —que no han podido ocultar su vocación de sustituir a los
Estados en el ejercicio de sus facultades soberanas—, hasta el punto que los
imperialismos del futuro no tendrán a los grandes Estados como sus únicos
protagonistas.
14. El proceso de integración en Asia y África. En estos dos continentes
también se han dado pasos hacia la integración económica, aunque menos
decisivos que los de Europa y América Latina. Varias organizaciones
subregionales se establecieron en África en la década de los 60: la Comunidad
Económica de África Oriental, la Comunidad Económica de los Estados de
África Occidental, el Comité Consultivo Permanente del Maghreb, la Unión
Aduanera y Económica de África Central.
En la región árabe se estableció el Consejo de Cooperación del Golfo.
La mayor zona de libre comercio del mundo es la integrada por Estados
Unidos, Canadá, México, Chile, Perú, Japón, Corea del Sur, China, Taiwán,
Tailandia, Malasia, Filipinas, Brunéi, Indonesia, Papúa-Nueva Guinea,
Australia, Nueva Zelandia, China-Hong Kong, Vietnam, Rusia y Singapur. Se
trata del proceso de integración de los países de la cuenca del Pacífico en la
región de intercambio libre más grande del planeta, que representa más de la
mitad del comercio mundial y que tiene enormes potencialidades de desarrollo.
El llamado Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (Asia Pacific
Economic Cooperation, APEC), al que concurrió la mayoría de los países del
área, representados por sus gobernantes, lo decidió en la reunión celebrada en
Yakarta, capital de Indonesia, el 14 y 15 de noviembre de 1994. Allí se
estableció el plazo de 25 años para alcanzar este objetivo. El plazo tenía dos
tramos: uno para la apertura de los mercados en los países industrializados en
el año 2010, y otro para los demás, fijado en el 2020.
El organismo, surgido en 1989 como un grupo informal de diálogo de doce
miembros, ha precisado sus metas de comercio abierto, de libre inversión y de
cooperación económica y tecnológica en el área Asia-Pacífico y ha previsto sus
métodos para alcanzarlas a lo largo de sus reuniones cumbres en Blake Island,
Seattle, en noviembre 20 de 1993; en Bogor, Indonesia, el 15 de noviembre de
1994; en Osaka, Japón, el 19 de noviembre de 1995; en Subic, Filipinas, el 25
de noviembre de 1996; en Vancouver, Canadá, el 25 de noviembre de 1997; en
Kuala Lumpur, Malasia, el 18 de noviembre de 1998; en Auckland, Nueva
Zelandia, el 13 de septiembre de 1999; en Bandar Seri Begawan, Brunéi, en
noviembre del 2000; en Shanghai, China, el 21 de octubre del 2001; en Ciudad
de México el 26 de octubre del 2002; Bangkok el 20 de octubre del 2003; en
Santiago de Chile el 20 de noviembre del 2004; en Corea del Sur el 18 de
noviembre del 2005; en Hanoi, Vietnam, el 18 de noviembre del 2006; en
Sydney, Australia, en noviembre del 2007. En ese año el foro tenía 21
miembros. Los jefes de Estado y de gobierno de ellos se reúnen anualmente
para ajustar sus estrategias.
Esta es la culminación del proceso de crecimiento de las economías del
sudeste asiático, lideradas por el Japón después de su reconstrucción tras la
Segunda Guerra Mundial, que les llevará a jugar un papel aun más importante
en la economía global y a estrechar sus vínculos con los Estados Unidos de
América. En septiembre de 1980 se reunió el primer consejo de cooperación
económica (Pacific Economic Cooperation Council, PECC) en Canberra para
acercar las actividades comerciales, pesqueras, mineras, energéticas y otras
de naturaleza económica entre los países de la región. Este organismo
estableció una secretaría permanente con sede en Singapur, que un año
después convocó una amplia conferencia de los ministros responsables del
comercio exterior. Y en noviembre de 1993 el presidente Bill Clinton de Estados
Unidos invitó a los gobernantes de todos esos países a la primera cumbre de
Asia-Pacífico en Blake Island, cerca de Seattle, donde quedó integrada esta
amplia y poderosa zona de libre comercio, fundada sobre los principios del libre
intercambio internacional, la libertad de inversión y la cooperación económica y
técnica.
Ella hizo el milagro de reunir en un propósito comercial común a las dos
grandes economías asiáticas: China (Hong Kong incluido) y Taiwán, por
encima de los gravísimos y recurrentes conflictos suscitados en el estrecho que
las separa.
15. El Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA).
Con la intención de impulsar otro proceso integrador se reunieron el 12 de
diciembre de 1994 en Miami, por iniciativa del presidente Bill Clinton
de Estados Unidos, treinta y cuatro jefes de Estado y de gobierno de América
Latina y el Caribe para crear el Área de Libre Comercio de las Américas
(ALCA) —Free Trade Area of the Americas (FTAA)— a partir del año 2005
con el propósito de “abrir los mercados y crear una zona de libre comercio en
nuestro hemisferio, reforzar el notable movimiento hacia la democracia y dar a
nuestras naciones la posibilidad de mejorar la calidad de vida para todos
nuestros pueblos”, según dijo Clinton en el discurso de apertura de la reunión.
Era el proyecto norteamericano de integración para América Latina.
El documento fundacional señalaba que “la eliminación de los obstáculos para
el acceso al mercado de bienes y servicios entre nuestros países promoverá
nuestro crecimiento económico. Una economía mundial en crecimiento
aumentará también nuestra prosperidad interna. El libre comercio y la creciente
integración económica son factores clave para elevar el nivel de vida, mejorar
las condiciones de trabajo de los pueblos de las Américas y proteger mejor el
medio ambiente”. Y agregaba que era un imperativo eliminar los obstáculos
para el acceso al mercado común de los bienes y servicios de los países de la
región, bajo la hipótesis de que “una clave para la prosperidad es el comercio
sin barreras, sin subsidios, sin prácticas desleales y con un creciente flujo de
inversiones productivas”.
A la que se denominó primera cumbre de las Américas concurrieron los líderes
de Antigua y Barbuda, Argentina, Bahamas, Barbados, Belice, Bolivia, Brasil,
Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Dominica, Ecuador, El Salvador, Estados
Unidos de América, Granada, Guatemala, Guyana, Haití, Honduras, Jamaica,
México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, San
Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Surinam,
Trinidad y Tobago, Uruguay y Venezuela. El único país excluido fue Cuba por
falta de credenciales democráticas, según explicaron los promotores de la
iniciativa. Todos los países miembros asumieron el compromiso de liberalizar
en el futuro, a través de un proceso de negociación multilateral, el comercio y
las inversiones en las Américas e impulsar el intercambio comercial “sin
barreras, sin subsidios, sin prácticas desleales y con un creciente flujo de
inversiones productivas”.
Para ello se obligaron a desmantelar gradualmente las barreras al comercio y a
la inversión e implantar una zona de libre intercambio entre los países
participantes a más tardar en el año 2005. Con tal propósito se conformó un
comité tripartito integrado por la Organización de los Estados Americanos
(OEA), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Comisión Económica
para América Latina y el Caribe (CEPAL), que sirviera de apoyo técnico y de
asesoría.
La segunda cumbre del ALCA se celebró en Santiago de Chile en 1998 y la
tercera en Quebec en abril del 2001. Ambas reuniones estuvieron hostilizadas
en la calle por los activistas antiglobalización. En el curso de las primeras
deliberaciones se conformaron los órganos de gobierno, administración y
negociación del ALCA y en ellas participaron no solamente el sector oficial
representado por los jefes de Estado y de gobierno y por los ministros y
viceministros de comercio de los países miembros sino también los
empresarios privados, que a través de los foros empresariales de las Américas
habían tenido y tienen la posibilidad de expresar sus puntos de vista y de
defender sus intereses corporativos.
Si el ALCA hubiera funcionado, habría sido, por el volumen de su comercio, el
más grande de los programas de integración económica después de la Unión
Europea, antes que el NAFTA y, con distancia considerable,
el MERCOSUR. Pero esta iniciativa nunca funcionó. Se incumplieron los
plazos y las previsiones. Los partidos de izquierda y los movimientos sociales
latinoamericanos opusieron una tenaz resistencia al establecimiento de la zona
de libre comercio con Estados Unidos. Hasta sectores empresariales privados
manifestaron su oposición al proyecto. Y, entonces, el gobierno norteamericano
optó por suscribir tratados bilaterales de apertura comercial con varios países
de la región.
El ALCA agrupaba a países que representaban una enorme disparidad en
cuanto al tamaño de sus economías y a su grado de desarrollo. Y allí radicaba
su debilidad —al menos su debilidad para con los países de menor fuerza
económica— puesto que no podía garantizar la equitativa distribución de los
costes y beneficios de un área de libre comercio tan extremadamente amplia y
heterogénea. Tal como estaba planteado, la ejecución del proyecto hubiera
profundizado las diferencias entre los países grandes y los pequeños por
carecer de la flexibilidad necesaria para dar un tratamiento diferenciado a los
de menor desarrollo, sea por medio de programas especiales de facilitación de
su comercio, sea mediante la postergación en relación con ellos del programa
de desgravación —a fin de que las economías débiles pudieran tener tiempo
para adaptarse a las nuevas condiciones de competencia— o sea a través del
acceso preferencial de sus productos y servicios al eventual mercado ampliado.
La definición de las pequeñas economías pasaba por la consideración de su
ingreso per cápita, nivel de pobreza, necesidades básicas insatisfechas,
índices de productividad, tasa de alfabetismo, grado de escolaridad, desarrollo
industrial, índice de computadores por habitante, nivel de participación en el
comercio internacional, cifras de endeudamiento externo con relación a las
exportaciones, infraestructura económica y social y otros indicadores
cualitativos y cuantitativos del desarrollo económico y humano.
Sin duda, estos temas fueron el punto central de las discusiones entre los
miembros de la organización en el seno del Comité de Negociaciones
Comerciales. Allí se planteó la cuestión de las asimetrías y se formularon
sugerencias para fijar plazos y condiciones diferenciales en la liberación
arancelaria, normas de origen, subsidios y mecanismos de defensa de las
economías pequeñas, con el fin de evitar que las economías grandes sacaran
provecho abusivo del comercio ampliado mientras que las pequeñas,
perforados sus mercados nacionales, no tuvieran posibilidad alguna de
participar equitativamente en el intercambio y fueran constreñidas a pequeños
“nichos” —market niches— en los mercados exteriores para colocar sus
exportaciones, generalmente compuestas de productos con muy poco o sin
ningún valor agregado.
Por eso Brasil y Venezuela, no obstante su mejor equipamiento comparativo
para la competencia, expresaron sus reservas a la iniciativa norteamericana de
anticipar la operación del ALCA hacia el año 2003. Brasil originalmente propuso
el 2010 como fecha de partida, a fin de que los países latinoamericanos y
caribeños tuvieran el tiempo necesario para abatir los aranceles —que les
proporcionaban buena parte de sus recursos presupuestarios— y se
prepararan para competir con la producción de Estados Unidos y Canadá.
El presidente de México Vicente Fox, teniendo en mente a la Unión
Europea, propuso en Quebec destinar un porcentaje de los recursos
financieros del ALCA para formar un fondo de cohesión social que posibilitara
el reflotamiento de los sectores más empobrecidos de América Latina y el
Caribe. El fondo de cohesión de la Unión Europea, creado a finales de 1992
con el propósito de impulsar el desarrollo armónico de todos sus miembros, ha
servido para asistir financieramente a los países de menor fuerza económica
—en este caso: España, Portugal, Grecia e Irlanda— en la construcción de
obras de infraestructura medio-ambientales y en la promoción de los
transportes.
También los empresarios privados han llamado la atención hacia las asimetrías
de este proceso integrador y en los grupos de trabajo de los que han formado
parte han demostrado mucho interés por definir lo que debe entenderse como
economías pequeñas y los términos diferenciales de tratamiento en plazos,
acceso a mercados y derechos compensatorios que les deben ser reconocidos.
En este campo, como en otros, la “igualdad ante la ley” entre los países
poderosos y los débiles no sirve a los intereses de la equidad. Es evidente que
bajo la enseña de “comercio libre” los países desarrollados son, con mucho, los
que más posibilidades tienen para aprovechar las ventajas de un mercado
ampliado.
No hay que perder de vista que, a partir de los años 70 del siglo XX, las
políticas agrícolas de los gobiernos norteamericanos apuntaron a fortalecer a
los gigantes del comercio de granos y cereales —Archer Daniels Midland
(ADM), Cargill, Monsanto y otros— para que invadieran el planeta con sus
productos de mejor calidad y menores precios. Este ha sido el modelo
económico que, desde entonces, ha estado detrás de la legislación
norteamericana y ha inspirado a sus equipos negociadores en el ámbito
internacional. Su finalidad estratégica es la captura de mercados.
La <globalización y los convenios de libre comercio no son más que estrategias
para alcanzar este objetivo. Por eso los gobiernos estadounidenses presionan
tanto, con la ayuda del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y
la Organización Mundial del Comercio (OMC), para que los países del tercer
mundo abrieran sus puertas arancelarias. El momento en que esto ocurra —a
título de ALCA o de tratados de libre comercio— la producción local será
aniquilada por las exportaciones agrícolas norteamericanas amparadas por los
subsidios y los precios bajos. A eso han apuntado todas las leyes agrícolas
de Estados Unidos (la Ley de Libertad de Cultivar de 1996, el Farm Bill del
2002): a producir en masa, bajar los precios de los productos —algodón, arroz,
maíz, trigo, cebada, soya, avena y sorgo— con ayuda de los subsidios y
“barrer” la competencia. Lo dijo en alguna ocasión el presidente George W.
Bush: “los mercados extranjeros son esenciales para la supervivencia de
nuestros agricultores y granjeros”.
El mecanismo de subsidios agrícolas funciona a través de tres dispositivos:
pagos fijos directos, pagos contracíclicos y préstamos ventajosos para
promociones de mercado. El alto nivel de subsidios ha conducido a niveles
elevados de sobreproducción y a la formación de enormes volúmenes de
excedentes exportables. Se calculaba en el año 2005 que una cuarta parte de
la gigantesca producción agrícola norteamericana estaba destinada la
exportación.
Ahora bien, nada hay que atente más contra el libre comercio que las
subvenciones estatales a la producción. Latinoamericanos, africanos, asiáticos,
europeos y hasta sus socios canadienses han levantado la voz de protesta por
el doble discurso norteamericano, que defiende la libertad de comercio pero
vende productos agrícolas subsidiados. Las Naciones Unidas han estimado
que las exportaciones agrícolas de Estados Unidos causan en los países más
pobres alrededor de cincuenta mil millones de dólares anuales de lucro
cesante.
A comienzos de siglo, durante el gobierno de George W. Bush, en nombre de
la “libertad de comercio” y de la “igualdad de derechos” económicos,
aumentaron las presiones norteamericanas para que los países
latinoamericanos, ya no en el marco del ALCA sino de los tratados bilaterales o
multilaterales de libre comercio, liberalizaran sus mercados para el intercambio
de bienes industriales, productos agrícolas, compras gubernamentales e
inversiones extranjeras directas. Pero, como hemos visto, el contexto
internacional no era realmente de liberalización sino de un proteccionismo
comercial creciente. Estados Unidos mantenían los subsidios a sus agricultores
y con ellos reducían la <competitividad de los productos agrícolas que
importaban. Lo cual afectaba severamente las economías de los países del
tercer mundo. El neoproteccionismo que practicaban los países ricos echaba al
traste los esfuerzos que hacían los países pobres para lograr su desarrollo con
base en la ampliación de sus exportaciones. Ellos encontraban crecientes
dificultades para atender el servicio de sus abultadas deudas externas y se
veían forzados a disminuir sus importaciones para sanear sus balanzas
comerciales.
Las “libertades” e “igualdades” mercantiles que planteaban los dirigentes
norteamericanos colocaban en total desigualdad de condiciones en el punto de
partida a los países ricos y a los pobres. Dar derechos iguales a socios
desiguales era una manera de beneficiar a los económicamente fuertes a costa
de los débiles.
Por estas y otras razones se despertó una tenaz resistencia en los países de
América Latina contra el ALCA. Entonces los Estados Unidos prefirieron
concertar acuerdos de libre comercio de carácter bilateral con muchos de los
países latinoamericanos.