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1.

SUBJETIVIDAD E HISTORICO-SOCIAL: Hoy y ayer,


Piera Aulagnier

LUIS HORNSTEIN
Piera Aulagnier reabre “cuestiones fundamentales”: la psicosis, el yo, lo pulsional,
la realidad, el pensamiento, la interpretación, el proyecto terapéutico, la pasión, la
alienación. Y al vivificarlas, va dejando nombres, huellas de su paso: violencia primaria y
secundaria, sombra hablada, portavoz, proceso originario, pictograma, contrato narcisista,
causalidad interpretada, pasión de transferencia, yo historiador, interpenetración…
Retrospectivamente advertimos que “trayecto identificatorio” es el hilo conductor. Y el
trayecto no está predeterminado pero exige herramientas, machetes para abrirse paso en
la maleza. O sea conceptos: proyecto identificatorio, enunciados identificatorios,
identificante e identificado, principio de permanencia y de cambio, conflicto identificatorio,
libido identificatoria. Gracias al trayecto, el proceso identificatorio, hasta el último día de
Piera, estuvo dando todo de sí. Y ahora, porque su teorización está viva, otros
exploradores siguen avanzando. Mientras los perezosos usan ese otro machete, el de
copiarse, y siguen despotricando contra el yo “imaginario” o subordinados a él (los
extremos se tocan), ella devuelve al yo y al pensamiento el papel que les corresponde en
la apropiación de los enunciados que preceden al advenimiento del yo. Esa maleza
impedía el paso, incluso el paso del aire.
Tal como el yo de su teoría, su teoría tuvo que ser primero enunciada para poder
ser enunciante. Y su teoría fue un trabajo de filiación1, una elaboración de lo recibido del
progenitor, y entonces también un desasimiento. Por eso tomar de Lacan no le impidió
recelar de sus turbiedades institucionales y observar críticamente su práctica, que se
contagiaban las unas con las otras.
Hasta 1968, Piera Aulagnier desarrolla temas psicopatológicos. Después, es la
suya una incisiva, sutil reflexión sobre la relación teoría-práctica. Y finalmente, hasta el
último día, una revisión, una visión con ojos limpios de la metapsicología que fructifica en
La violencia de la interpretación (1975), Los destinos del placer (1979), El aprendiz de
historiador y el maestro-brujo (1984) y Un interprete en quéte de sens (1986).
“Violencia de la interpretación”: Piera usa “interpretación”, una palabra de la
técnica, para la violencia simbólica que ejerce la madre sobre el infans. “Violencia de la
interpretación”: también ejercen esa violencia los analistas sobre los pacientes.
Ella saca a la segunda tópica freudiana del pantano en que había caído y le
incorpora ciertas elaboraciones de Lacan. El yo de Freud es complejo2, tiene muchas
funciones: control de la motilidad y de la percepción, prueba de la realidad, anticipación,
pensamiento. Y también: desconocimiento, racionalización, defensa compulsiva. El
psicoanálisis norteamericano redujo su complejidad, para quedarse solo con las funciones
autónomas del yo, con su adaptación a la realidad3.

1
La expresión es de Laplanche.
2
“En Francia, entre 1953 y 1970, durante la época de la hegemonía lacaniana, estaba prohibido interesarse
en el yo. El mero hecho de tenerlo en cuenta hacía que uno sufriera el reproche de ser un "ego-psychologist",
lo cual es una pura fabulación con fines calumniosos, pues en Francia no hubo nunca un solo partidario de la
ego-psychology .Ni uno solo. Esa actitud, en cambio, paralizó los estudios sobre el yo. Si no hubiera existido
la prohibición de reflexionar sobre el yo y si Francia no hubiese seguido como un solo hombre el dictamen de
Lacan de que el yo era el producto de las identificaciones especulares del sujeto -cosa que es, ipero no
únicamente!- y si, por último, hubiéramos tenido el valor, justamente, de abordar su análisis de otra manera,
pues bien, es probable que no hubiéramos sufrido el retraso que acumulamos” (Green, 1999).
3
En Narcisismo, (Hornstein, 2002) me extendí sobre este debate esencial.

Capítulo 1 7
En la clínica actual al yo le pasa de todo. Son hostigados su consistencia, su valor,
su discriminación con el objeto, sus funciones, perdidas o nunca constituidas. Y en la
teoría actual es hostigada o jibarizada la noción de yo. ¿Por qué? Quizá por su
complejidad, que se presenta inabarcable. Entonces se opta por una parte. Y se arma un
ring de boxeo: yo-función versus yo-representación.
¿Cómo transformar esa riña en un debate psicoanalítico? Creo que volviendo a
pensar. La oposición boxística entre un yo-función (propenso al adaptacionismo) y un yo-
representación (condenado al desconocimiento) enardece el ánimo para poder
escamotear la tarea de construir una metapsicología del yo que dé cuenta de la duplicidad
que constituye al yo. Reducir el yo a su función adaptativa implica sacrificar su dimensión
historizante. Recíprocamente, hacer del yo una imagen engañosa implica subestimar su
función dinámica. No es que Freud sea infalible. Es que también está vez el vio bien y lo
vio antes: no hay versus que valga. La duplicidad es constitutiva del yo, aunque nos dé
trabajo.
Los psicoanalistas franceses, como los argentinos, habían sido suficientemente
prevenidos. Pero al precio de subestimar la función dinámica del yo. Aulagnier es de los
primeros en devolverle su complejidad. Lo piensa como efecto de la apropiación de
representaciones identificatorias que sobre él formularon los objetos investidos. Asumirá
sus deseos y sus afectos y se comprometerá en sus acciones, enunciando pensamientos
y proyectos singulares. Aulagnier no postula una heterogeneidad total entre sujeto y yo.
La oposición entre simbólico e imaginario es interna al yo. Distingue un núcleo estable del
yo (simbólico) y las figuras sucesivas de su proyecto identificatorio.
Hay un devenir identificatorio, un movimiento donde el objeto se transforma en
sujeto a través de las vicisitudes pulsionales. Para decirlo a mi modo, el psiquismo,
transformando el azar en organización, incrementando su complejidad, engendra nuevas
formas y desarrolla potencialidades. La psique es un sistema abierto autoorganizador en
constante intercambio con lo exterior.
Lo que no hay es independencia del yo en relación con la realidad. El vivenciar
actual no puede ser pensado bajo una modalidad solipsista4. Aulagnier batalló muchos
años contra esta falsa alternativa, y de la lucha surgió el yo historiador, un historiador
cuya historización depende del proceso identificatorio.
Y bien, ¿qué historia nos cuenta nuestro paciente? Fuera de algunos detalles
obvios, comprensibles, ¿se trata de un enigma? Para algunos autores, la verdad histórica
es una mera fantasía, una proyección hacia el pasado. Se trata de encontrar relaciones
entre los hechos (responsables de experiencias significativas) y las fantasías en el interior
de las cuales se produce la inscripción de esos hechos mediante la realidad psíquica. A
esa imbrincación de hechos y fantasías se le añaden las interpretaciones (insoslayables)
del yo. La realidad histórica es producto del mundo representacional así generado.
Para los narrativistas se trata de construir un relato verosímil, una “verdad narrativa”
que no solo da forma al pasado sino que se convierte en el pasado. Esta concepción
relativiza la distinción entre “verdad narrativa” y “verdad histórica”. De tal reconstrucción
solo esperan que sea “llevadera”. No hacen sino creer en una verdad objetivable, en algo
fijo que permaneciera invariable (obstáculo materialista) y en negar toda referencia a la
realidad histórica al limitar lo real al discurso del aquí y ahora (obstáculo idealista) (Le
Guen).

4
El solipsismo es una radicalización del subjetivismo en el que todo lo existente se reduce a la
representación, por lo que encierra y aisla a la subjetividad.

Capítulo 1 8
1. Encuentro y producción de subjetividad
El deseo consciente de hijo condensa diversas representaciones inconcientes
maternas procedentes de su historia. Esa historia atravesó cierta secuencia: —ser el
objeto de deseo de la madre —tener un hijo de la madre—, aceptación de la diferencia de
sexos —tener un hijo del padre —dar un hijo a un padre —y al ser madre, anhelar que su
hijo se convierta en padre o madre.
La escena primaria une lo biológico y lo simbólico. Un enigma, pero el más radical:
aquel que aspira a desentrañar el origen vinculando nacimiento, concepción y filiación. La
escena primaria recorre momentos fecundos en los que se reconocen ciertas diferencias:
entre dos sujetos; entre padre y madre; entre deseo y demanda; entre ser hombre y ser
mujer.
La teoría y la sexualidad están imbrincadas: “teorías sexuales infantiles”. El niño
pretende dar respuesta a la causa de sí mismo. “¿Cómo nacen los niños?” La curiosidad
es una interrogación sobre el origen. La psiquis necesita organizar todo aquello que se
presenta desordenado. Origen. Creación de un doble curso temporal: en sus orígenes,
nacimiento y comienzo, y en el futuro, el proyecto. Temporalización acompañada con la
socialización de la psiquis, que le brinda un mundo cada vez más diferenciado y que la
obliga a reconocerlo. Para dominar lo que piensa sobre su origen, el niño responde a su
curiosidad sexual con su teoría sexual infantil. Interrogantes que se prolongarán como
preguntas acerca de otros orígenes (Castoriadis, 1975).
Las teorías sexuales infantiles son producidas por el niño desde su indefensión y
su desconcierto. Primer desconcierto: que nazca un niño. Acontecimiento traumático,
excitación difícil de ligar, que desborda sus posibilidades de simbolización5. La escena
primaria y las teorías sexuales son intentos del niño de responder a sus interrogantes.
Sus remodelamientos ilustran las modificaciones que aportará a esos interrogantes.
Si el niño, en sus primeras construcciones fantasmáticas había otorgado
omnipotencia a la madre ha llegado la hora de cuestionarla. Descubre la existencia de un
tercero, deseante y deseado por la madre. Y al relativizar la omnipotencia materna se
resignifica la escena primaria asumiendo la triangularidad edípica y el reconocimiento de
la diferencia sexual. En los comienzos ese “otro lugar” será asignado por el deseo
materno. Pero luego el padre tiene que jugarse y decidir qué puede ofrecer el hijo a la
madre como placer y qué le está prohibido (“Asi como el padre debes ser/Así como el
padre no puedes ser”, Freud, 1923).
Freud-Melanie Klein-Lacan-Aulagnier. Padre o madre van tomando distintos lugares.
En Aulagnier, ese “otro lugar” testimoniará la presencia de un padre y de un deseo no
sometido al poder materno. El padre es el que desea el placer materno, el que lo causa.
El placer materno, es el que se origina en ese deseo que la madre a su vez, desea6.
La relación del padre con su hijo arrastrará huellas de la relación con su propio
padre. En el padre el deseo de muerte, reprimido (aunque a veces no tanto), será
reemplazado por el anhelo conciente de que su hijo llegue a ser aquel a quien se le da el

5
“Es conveniente que nos detengamos aquí en la ‘pulsión de saber’ de Freud. Esta ‘pulsión’ extrañamente
denominada (al menos a la luz de la determinación ulterior que después hace Freud de la pulsión como
‘frontera entre lo somático y lo psíquico’) es en verdad la fórmula de la búsqueda del sentido por el ser
humano singular desde la ruptura de su estado originario, ‘autista’ o monádico. [...] La búsqueda del sentido
se ve en general colmada por el sentido ofrecido/impuesto por la sociedad: las significaciones imaginarias
sociales. Esta saturación trae consigo que la interrogación se detenga: para toda pregunta, existen respuestas
canónicas o funcionarios sociales (magos, sacerdotes, mandarines, teóricos, secretarios generales,
científicos) que las poseen” (Castoriadis, 1991).
6
Mientras Freud y Lacan aparecen constantemente como trasfondo de su pensamiento, Melanie Klein y sus
discípulos no son explícitamente tomados en cuenta para la búsqueda de una solución para el problema de lo
originario.

Capítulo 1 9
derecho a ejercer la función paterna en el futuro. Lo que ofrece es un derecho de herencia
sobre estos dones.

Ya hemos mencionado “violencia primaria”, a propósito de la libertad de Piera como


pensadora, y en consonancia con nuestro proyecto de que el pensamiento es tema del
sillón y del diván. Veamos ahora los pensamientos del infans. Se le imponen al niño una
elección, un pensamiento o una acción motivados en el deseo materno. Violencia que
bordea el exceso. Exceso que, consumado, anularían su pensamiento autónomo
satisfaciendo un deseo de inmovilidad. Exceso acotado si la madre renuncia a detentar el
lugar de fuente única de placer.
La violencia secundaria aspira a preservar lo que sólo durante ciertos estadíos es
legítimo. La madre es portavoz. Comenta al conjunto de las manifestaciones del niño, así
como es portavoz de un orden histórico-social al cual su discurso está sometido.
La ilusión de una concordancia perfecta –entre lo que la madre cree que el niño
piensa y lo que éste piensa– como pompa de jabón se rompe cuando el niño habla7.
Descubrir que la mirada parental no puede definir sus pensamientos es un paso
fundamental. La “diferencia entre los seres” es previa a descubrir la diferencia entre los
sexos.
El discurso materno anticipa. Transforma en formulable parte de lo indecible propio
de lo originario. Sin esa anticipación el niño no podría convertirse en sujeto. Las
aspiraciones maternas devienen lo que demanda y espera el infans. Aulagnier advierte y
describe el decisivo proceso de la nominación del afecto y sus límites, porque lo
vivenciado desborda toda palabra8. Lo originario y primario incorpora materiales que han
sido metabolizados por la psique materna. Alucinar el pecho es procesar lo que
amamantar significa para la madre.
Hay una “sombra hablada”9. Lo vagaroso y lo articulado. Un conjunto de enunciados
que son testimonio del anhelo maternal concerniente al niño, que, como vimos, se
anticipan a la enunciación que el propio niño hace de sí mismo. Ilustra lo verbalizable de
lo que el niño representa para el deseo inconsciente. A esa sombra hablada se dirigirá su
discurso. El proceso identificatorio transmite además lo reprimido materno, indispensable
para la constitución subjetiva.
La mirada materna está marcada por su relación con el padre del niño, por su
historia infantil, por su represión, por el estado de su propio cuerpo. Su mirada encontrará
en el cuerpo del infans la verdad de los sentimientos que experimenta ella hacia aquél
que habita ese cuerpo. No hay cuerpo sin sombra, ni cuerpo psíquico sin su sombra
hablada. Sombra protectora o amenazante, que protege de una luz demasiado cruda o
que anuncia la tormenta; pero cuya pérdida, en todos los casos, implicaría la muerte
(Aulagnier, 1985).
Antes de devenir el yo, ya el infans propone al investimiento de la madre su cuerpo
prestándose a ser conformado por sus enunciados identificatorios. Su realidad corporal
(anatómica, fisiológica y morfológica) marcan un límite a la omnipotencia materna y la
hacen dudar acerca de su convicción de conocer las necesidades del infans, de adivinar
las respuestas que él espera. Convicción que habrá sido esa ilusión necesaria, sin
embargo, para que ella pueda anticipar al yo que habitará ese cuerpo.
El yo no puede habitar un cuerpo desposeído de su historia. Una primera versión
acoge a este cuerpo. Ese “yo anticipado” al que se dirige el discurso materno, inscribe al
niño en un orden temporal y simbólico. Como no le está permitido soñar que el niño
7
Si el niño sigue sujetado al deseo materno su hablar no será un hablar sino una ecolalia.
8
Un desfasaje notable entre lo experimentado y lo verbalizable tendrá consecuencias en la constitución del yo
y del pensamiento (Mellor, 1998).
9
¡Qué feliz expresión encontró Piera, qué condensada!

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venidero realizará un retorno al pasado, la madre tiene derecho (lo que es una necesidad
para el niño) a soñar con la belleza, con los parecidos, con la vitalidad de ese cuerpo. La
madre asume el riesgo (necesario) de investir por anticipado una imagen en ausencia de
su soporte real, asumiendo también el riesgo de descubrir el desajuste entre la imagen y
el soporte (Aulagnier, 1985).
Este hijo actual es deseado, pero debiera diferenciarse del que había anhelado en
su infancia. “Deseo de hijo”: heredero de un pasado, pero apuntando a un futuro que
ningún hijo real puede (y debe) saturar. Distancia inevitable (y deseable) entre el “deseo
de hijo” y del deseo por este hijo. La madre otorga deseo, don esencial, pero se niega a
ser donante del objeto.
La madre es única, pero el niño no lo es para la madre. Si bien es investimiento
privilegiado, no es exclusivo, ya que ella mantiene otras relaciones, su interés por otras
actividades y su investimiento narcisista. El niño no puede repartir sus investimientos. La
madre los acapara, excepto ese que él destina a su propio cuerpo.
La madre imagina por anticipado para su hijo un proyecto que lo ubica como padre o
madre futuro. El niño hereda, entre otras, dos relaciones libidinales: la de la madre con su
propio padre y la que vive con aquél al que le dio un hijo. El padre es el primer
representante del “discurso del conjunto”. Es un referente que garantiza que el discurso
materno con sus anhelos, sus exigencias, sus prohibiciones son acordes a lo socio-
histórico.

2. Tópica
Por lo que mencioné, el encuentro boca-pecho entre el infans y su madre es
asimétrico. El infans descubre una experiencia de placer; el cuerpo, una experiencia de
satisfacción; la madre, una experiencia física y la percepción de un don necesario para su
hijo. Esa complejidad dejará huellas en el proceso originario. Afecto, sentido, cultura
coexisten: a la leche se le suma una oferta de sentido (Aulagnier, 1975).
La tópica de Piera Aulagnier tiene tres instancias con sendos modos de
representación: el proceso originario (el pictograma), lo primario (la fantasía) y lo
secundario (representación ideica). Cuando los tres espacios se han constituido, toda
información impuesta por la existencia del “afuera de la psique” será metabolizada por
todas las instancias.
Aulagnier compara los materiales en los que abrevan los procesos originario,
primario y secundario, con tres escrituras o tres lenguas con leyes sintácticas propias. No
forma parte de lo originario ese “metasigno” (el signo de relación) necesario para concebir
lo “separable”. Sus figuraciones son performativas: el escritor es lo que se escribe. Lo que
se escribe (o se pictografía) ha metabolizado un estado somático como presentación de
un afecto psíquico experimentado como autoengendrado. La escritura de la que hará uso
lo primario posee este metasigno (el signo “relación”) necesario para imaginar la
diferencia entre el que fantasmatiza y el deseo imputado al otro. Si se considera sólo lo
primario, la fantasía escenificará una relación de fusión, de posesión, de dominio... dos
espacios pero un solo deseo. Los signos de los que se servirá lo secundario integra leyes
que remiten a que el enunciado se construye por referencia al destinatario y los signos de
este lenguaje son comunicados a aquel que no los posee todavía, por aquel que ya ha
tenido acceso a ellos. Ciertas palabras de este tercer lenguaje psíquico caerán en desuso,
otras resultarán prohibidas y otras serán inventadas. Esa lengua utilizada para describir el
mundo está condicionada por el movimiento histórico de la cultura que la habla; el
lenguaje sirve para tomar conocimiento de deseos, sentimientos, proyectos
identificatorios. Está marcado, ante todo, por la historia singular de cada enunciante, por

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sus exclusiones, sus olvidos, sus innovaciones. La psique aprenderá estas tres lenguas y
las utilizará a lo largo de su vida. Pero mientras ciertos signos de lo primario y de lo
secundario podrán intercambiarse produciendo una suerte de lengua compuesta, con la
lengua originaria no sucede lo mismo. La lengua originaria continúa ignorando que cuerpo
y psique reaccionan y viven gracias al estado de relación continua entre sí y de ambos
con su medio.
Para el proceso originario, todo existente es autoengendrado por la psique. Para el
primario, todo existente es efecto del poder del deseo del Otro. Para el secundario, todo
existente tiene una causa que el discurso podrá conocer.

Proceso originario
Hay vida corporal y psíquica antes de haber yo. El yo tiene que ser construido.
Desde el nacimiento, los estados del cuerpo son metabolizados en representaciones. La
psique sufre las consecuencias de la dependencia cuerpo–realidad exterior, psique–
aportes libidinales del otro. Esa doble dependencia, aunque es negada por lo originario,
tiene efectos de subjetivación.
Si el yo no conservara la certeza de habitar un cuerpo, la permanencia de ciertos
puntos de referencia identificatorios desaparecería. No hay historia si a una primera
disociación espacio psíquico-espacio somático no le sucediera una conexión de estos
espacios. Esta conexión señala el paso del cuerpo sensorial a un cuerpo relacional que
permite a la psique asignar una función de mensaje a sus manifestaciones somáticas, e
igualmente leer en las respuestas dadas a ese cuerpo mensajes que le estarían dirigidos.
La noción de pictograma desarrolla la de representante pulsional. Donde Freud
habla de excitación, de estímulo, de descarga. Aulagnier piensa un cuerpo proveedor de
modelos representativos para el psiquismo, la prueba de la alteridad del cuerpo en
relación a la psiquis. Así como el cuerpo puede ser el objeto privilegiado de un deseo de
automutilación es, sin duda, la fuente del placer erógeno (Mellor, 1998).
El pictograma niega lo afuera de sí. Forja dos representaciones. En una, la
realización del deseo implicará una unión entre el representante y el objeto representado.
En la segunda, el propósito del deseo será la desaparición de todo objeto que pueda
suscitarlo. Eros promueve el movimiento que lleva a la psique a unirse al objeto; la pulsión
de muerte, el movimiento que la lleva a rechazarlo. La complementariedad zona–objeto,
por el postulado del autoengendramiento, determina que el displacer originado en la
ausencia del objeto o en su inadecuación, por exceso o por defecto, se presentará como
ausencia de la zona. El objeto malo es indisociable de una zona mala. El deseo de
destruir el objeto se acompañará con el deseo de aniquilar una zona erógena y sensorial.
El pecho malo (Klein) trae consigo una boca mala. Rechazo y desinvestimiento del objeto
significan, para lo originario, deseo de destruir y de aniquilar la zona corporal implicada.
El proceso originario metaboliza las excitaciones endógenas y exógenas. Y lo hace
bajo la modalidad de experiencia de placer o de sufrimiento que acompaña a los diversos
encuentros. El proceso originario persistirá a lo largo de toda la vida como ese fondo
representacional que vincula cada nuevo encuentro con esos primeros encuentros y sus
componentes somáticos10.
10
Freud designó lo que refiere al origen por el prefijo “Ur”. Lo arcaico tiene tres dimensiones: el ontológico (el
ser del comienzo); el discursivo (la posibilidad de un discurso del comienzo) y el gnoseológico (el
conocimiento del comienzo). Lo arcaico remite a paradigmas diferentes: un fundamento, un sustrato de lo
aparente o un antecedente temporal. Esta última alternativa designa el punto de vista histórico que no
descalifica la tercera serie complementaria: el vivenciar actual. Un paradigma es definido por la inteligibilidad.
Así, el Orden en las concepciones deterministas, la Materia en las materialistas, el Espíritu en las
espiritualistas, la Estructura en las estructuralistas. Son los conceptos seleccionados/seleccionantes que

Capítulo 1 12
Estos signos y estos mensajes de origen somático ejercerán un impacto decisivo
en la ordenación de ese tiempo de la infancia durante el cual el medio familiar vela por el
estado del cuerpo descubriendo las manifestaciones que expresen su bienestar, o la
inversa, cierto malestar que preanuncia un peligro desconocido que acecha al niño. El
niño ofrece a la mirada de la madre las manifestaciones de su bienestar, pero “impone”
las manifestaciones de su sufrimiento.
Lo originario introduce una articulación entre la subjetividad y un más acá de esta
subjetividad, constituido por esas primeras representaciones psíquicas caracterizadas por
la ausencia de referencias que permitan separar un polo subjetivo y un polo de alteridad.
Lo originario introduce el cuerpo, puesto que la organización de la psiquis es dependiente
de sus exigencias y de sus ritmos que le provee, por otra parte, sus primeros modelos
representativos (Lebeaux).

Proceso primario
El proceso primario comienza al reconocerse la existencia de un espacio separado
del propio. La puesta en escena fantasmática representa dos espacios, pero sometidos a
la omnipotencia del deseo materno. En lo originario la omnipotencia se ubicaba en el
autoengendramiento. En lo primario la omnipotencia no desaparece sino que cambia de
lugar. Ahora es deseo del Otro11.
El niño, cuando percibe su desvalimiento, pierde la ilusión de una fusión perfecta
con la madre. Ilusión que tambalea ante la conciencia creciente de que es indefenso.
Entre el estado de infans y el de sujeto hablante Aulagnier postula una fase en
que, a pesar de la doble inscripción, la representación de palabra permanece sometida al
postulado de lo primario. La formulación de Lacan del “inconsciente estructurado como un
lenguaje” no podía sino culminar en aporías. Para Freud, el lenguaje (como sistema y no
como resto mnémico) sólo aparece en los procesos secundarios que articulan
representaciones de “palabra” y de “cosa”.
Con el acceso al lenguaje el niño transita del placer de oír (en lo originario) al
deseo de aprehender (en lo primario) hasta acceder a la exigencia de significación (en el
proceso secundario). En lo primario lo oído remite a dos significados: a) representaciones
en las cuales el niño es designado como objeto deseado; b) representaciones mediante
las cuales el displacer es la meta a que apunta el deseo del otro. Lo secundario
trasciende las significaciones primarias y sus dos únicos significados, desplazándose el
interés hacia la búsqueda de significado.
Repasemos. El proceso primario resulta del reconocimiento de una diferencia entre
dos espacios y dos deseos. Sus momentos fecundos imponen una serie de diferencias:
entre dos espacios psíquicos; entre los dos representantes de la pareja parental; entre el
deseo y la demanda; entre ser hombre y ser mujer, y por último, entre significación
primaria y secundaria.

Yo
Este modo de considerar el acceso al lenguaje modifica la tópica. Si se pueden
nombrar imágenes y afectos, se cuenta con la posibilidad de reconocerse mediante
enunciados identificatorios.

excluyen o subordinan los conceptos que les son antinómicos (el desorden, el espíritu, la materia, el
acontecimiento). Los individuos conocen según los paradigmas en que están inscriptos.
11
Freud equipara la fase animista con el narcisismo; la fase religiosa (en la que la omnipotencia se desplaza
en beneficio del objeto) con el narcisismo proyectado sobre los padres; y la fase científica (que difícilmente se
alcanza y que, si se alcanza, difícilmente se sostiene) con el momento en que el individuo acepta las
exigencias de la realidad (Hornstein, 2002).

Capítulo 1 13
El yo anhela que lo “afuera de la psique” se adecue a sus construcciones. Pero lo
“afuera de la psique” desmiente ciertas interpretaciones del yo sobre las causas de sus
placeres, de sus sufrimientos, de sus metas. Tal resistencia obliga a que el yo reconozca
esa realidad que difiere de la fantasía.
La historia libidinal e identificatoria constituye un yo así como permite representar
el objeto fuera de él. El yo surge como efecto. Nace en el tránsito de un estado de
pasividad y dependencia a un estado de actividad e independencia, y poco a poco puede
representarse como separado y diferenciado del mundo ( Rother de Hornstein, 2003).
Sin ningún reparo, sin ningún apuntalamiento, el yo ni se construiría ni se
mantendría en construcción. El yo deviniente tiene un carácter de exterioridad en relación
con la mirada materna que lo enuncia. El proceso identificatorio tiene una determinación
simbólica presente en la subjetividad de los padres. Si en sus primeros intercambios y en
los siguientes el bebé hubiera captado una lábil representación de sí, tendrá un
sentimiento de fragilidad narcisista. Para devenir, el yo debe separarse del yo del otro
primordial, atribuirse esta no identidad. Mediante este índice de exterioridad, la realidad se
presenta al yo como espacio exterior no reductible al espacio propio.12
El niño al reconocer las fronteras entre el yo y el no-yo, no puede negar su
dependencia de fuentes externas. La autosuficiencia deja paso a un sentimiento de
inferioridad. La desmentida del objeto, propia del yo ideal, es reemplazada por el
reconocimiento del objeto, su sobreestimación y la ulterior identificación. El ideal del yo es
el sustituto de la perfección narcisista primaria, pero la perfección se ha separado ya del
yo con un desgarramiento inevitable.
¿Qué sabe de sí el yo? El proceso secundario intenta establecer una causalidad
entre los fenómenos. El primario tiene un atributo de certeza. En cambio, la interpretación
que elabora el yo requiere verificaciones diversas. La duda pone entre paréntesis el
investimiento del enunciante y se centra en el enunciado. El yo, en adelante, no acepta
una idea o la rechaza en nombre del placer o del sufrimiento que le acarrean, ni tampoco
por el “valor” del enunciante. Los enunciados serán sometidos a la prueba de lo verdadero
o de lo falso. Se instituye otra instancia que deberá desempeñar el papel de garante. Si se
pierde esa triangulación se retorna a un estado de alienación, en el que el yo remite sus
pensamientos al juicio exclusivo de otro. El yo anula así situaciones de conflicto y de
sufrimiento. Concreta una tentación: volver a hallar la certeza. (Quizá nadie renuncia por
completo a la ilusión de idealizar a otro -un grupo, un discurso- que pueda encarnar su
imagen idealizada).
La idealización y su eventual transformación (tanática) en alienación se diferencian
de la sublimación. En 1921 Freud afirma que la idealización “falsea el juicio”. Ese
autosacrificio del yo al objeto idealizado se muestra en el enamoramiento pero también en
“la entrega sublimada a una idea abstracta”.

3. Trayectoria identificatoria.
El carácter resulta de la historia de las elecciones de objeto. Freud había descripto
la identificación histérica triangular en los síntomas histéricos, y a la identificación
narcisista le agrega una identificación primaria. Pero subraya: la identificación edípica no
es sólo una identificación narcisista. No lo es porque introduce en el yo el tercero, y no el
objeto investido. El niño ocupa lugares condicionados por el deseo materno, lugares que
no propician la ruptura del vínculo, sino su preservación. La identificación no es un
expediente cerrado, algo que ocurra de una vez y para siempre, sino un proceso que

12
Véase Hornstein (2002 y 2003a).

Capítulo 1 14
prosigue en todo vínculo investido (pareja y otras personas significativas) (Hornstein,
2003,a).
Mientras hay vida, hay trayecto identificatorio. A posteriori, distinguimos hitos.
Hitos identificatorios sin los cuales el aparato sería invadido por angustias
desorganizantes. El yo está constituido por un conjunto de identificaciones producto de los
enunciados que sobre el yo formularon los otros significativos.
El yo anhela conocer futuro del yo. La socialización hace que los interrogantes
acerca de quién es yo y qué deberá llegar a ser ya no encontrará respuestas en ningún
otro sino que tendrá que responder en primera persona.

“Entre el yo futuro y el yo actual debe persistir una diferencia, una x que represente
lo que debería añadirse al yo para que ambos coincidan. Esta x debe faltar siempre:
representa la asunción de la prueba de castración en el registro identificatorio y
recuerda lo que esta prueba deja intacto: la esperanza narcisista de un
autoencuentro, permanentemente diferido, entre el yo y su ideal que permitiría el
cese de toda búsqueda identificatoria.” (Aulagnier, 1975).

En sus primeros años el niño se va apropiando de una historia que se suma a las
representaciones pictográficas y fantasmáticas. Las miradas de los otros le proponen al
yo representaciones identificatorias entre las cuales tendrá que elegir las que lo ayuden a
consolidar su construcción identificatoria13.
Desde el ideal se inviste a los proyectos del yo. Investir el futuro sólo será posible si
el yo advierte ciertos logros pasados acordes a los ideales contemporáneos de ese
pasado. Cada fase histórica debe ofrecer satisfacciones suficientes e insuficientes.
Suficientes para que el niño presienta que la siguiente le ofrecerá otras; insuficientes, para
que se preserven su interés y su curiosidad por nuevos placeres.
La necesidad de ser amado por el ideal prolonga la angustia social (real) pero se
diferencia de ella. El ideal provee de una dinámica centrífuga. Un trabajo de simbolización
lo despersonaliza al alejarlo de los objetos parentales.
Al investir el futuro, la madre realiza una segunda anticipación. Y el niño que
apropiándose de representaciones identificatorias y su correspondiente investidura
narcisista (primera anticipación) se había convertido en enunciante, sin saber que repite el
discurso de otro, también retoma por su cuenta la segunda acción anticipadora. Esta
acción “anticipatoria” internalizada hará que el niño genere sus enunciados identificantes.
El yo ideal que comenzó respondiendo al deseo materno, avanza en su
construcción identificatoria. Y puede avanzar porque las relaciones de objeto resignadas
produjeron identificaciones con aquellos que sustituyeron a las figuras parentales, porque
las propuestas del discurso social devinieron enunciados identificantes. Puede avanzar
porque el sujeto es un sistema abierto. El ideal del yo implica proyecto, rodeo,
temporalidad. Frustraciones y gratificaciones "óptimas" impulsan al niño a desprenderse
de ciertas satisfacciones y lograr otras. El ideal del yo articula narcisismo y objetalidad,
principio de placer y de realidad.
El edificio identificatorio es heterogéneo. Las primeras identificaciones garantizan
puntos de certeza. Lo que quede fuera de estos puntos será objeto de incertidumbre en
cuanto a “quién es yo”. A ellas se agregarán las representaciones identificatorias provistas
por diversos destinatarios de sus demandas. Heterogeneidad que explica la potencialidad
del conflicto identificatorio (Aulagnier, 1984,b)14.

13
Véase las elaboraciones de Kaës en el capítulo 2.
14
¿Quién sino un poeta puede ilustrar este heterogeneidad de la instancia yoica: “¿que me contradigo? Si me
contradigo ¿Y qué? Yo soy inmenso... y contengo multitudes” (Walt Whitman).

Capítulo 1 15
Aulagnier pudo revitalizar la teoría del yo porque estuvo inmersa en la clínica de la
esquizofrenia15. No hay clínica de la esquizofrenia si no se interrogan la representación
(en sus diversas modalidades) y su vinculación con la historia. Su teoría es una teoría de
la potencialidad psicótica. Las condiciones necesarias no son suficientes. En esa distancia
que separa lo necesario de lo suficiente interviene la creación. Las psicosis interrogan
sobre aquello que acontece cuando la constitución del yo está perturbada. El delirio no es
solo efecto de un déficit sino una formación de compromiso. El discurso delirante no es
una mera regresión. Es una elaboración del yo que produce enunciados sobre el origen.
Las psicosis no testimonian una transparencia del inconsciente, ni son solo una
repetición del funcionamiento normal de períodos arcaicos de la vida psíquica. Y aquí
Aulagnier descubre su “interpenetración”. Se interpenetran un escenario fantasmático y
una serie de acontecimientos. Un enunciado de valor identificante, pronunciado por una
voz particularmente investida, se encuentra con la vivencia emocional del niño en el
momento en que lo oye. Esta interpenetración convierte a algo reprimido en no
reprimible16. Aulagnier elude así dos peligros: una teoría traumática simplista y un
idealismo que no considere la relación entre realidad psíquica y realidad a secas.

4. La trama pulsional.
El infans moriría sin los cuidados de la madre o de un subrogado que implanta la
vida pulsional. En el encuentro boca-pecho, un mismo objeto se constituye en causa de la
desaparición de la necesidad y del placer erógeno.
La madre ofrece un pecho deseante, historizante e historizado. Transmite casi
todo: palabras, caricias, gestos, cuidados. El bebé tiene momentos fusionales con la
madre, pero pasa largos períodos a solas. Esa alternancia entre fusión y separación es
esencial y de su ritmo depende que el otro sea presencia estructurante en vez de
presencia arrasante.
Para hacer posible esa contención un “yo debe devenir”. No basta la maduración.
Se requiere cuidar y a la vez propiciar la identificación. Si bien la madre está al servicio de
su bebé (de la autoconservación de éste) también debe “sembrarle” sexualidad. Esa
“exigencia de trabajo” proveniente de un cuerpo erógeno y erogeneizado es el motor del
progreso psíquico.
Se dice que el yo deviene. Digamos como deviene. Se necesita una madre capaz
de decodificar las comunicaciones de su hijo con ella y de comprender su necesidad
recurrente de estimulación y de quietud. Una madre que evite la sobreestimulación y la
subestimulación, evita también la indistinción entre la representación del yo y la
representación del otro.
Un niño puede “estar solo” cuando puede aislarse en presencia de la madre. Sin
esa capacidad, es víctima de la invasión por el otro, ilustrada por su dependencia absoluta
respecto del objeto. La pasivización, en cambio, supone la confianza en el objeto. La
seguridad de que no abusará del poder que de ese modo se le confiere.
En el trabajo de representación se relaciona pulsión y afecto, representación de
cosa y representación de palabra. ¿Cómo pensar estas relaciones? La representación no
es un correlato psíquico de lo corporal. Supone un trámite de los “ruidos” del cuerpo y de

15
Le dediqué un capítulo a la teoría de Aulagnier sobre la psicosis en Intersubjetividad y Clínica (Hornstein,
2003a).
16
“El enunciado identificatorio hace reflexión en la representación fantasmática y vuelve inoperante el trabajo
de modificación, de relativización, inherente al paso del afecto, que es propio del fantasma, al sentimiento que
es resultado de ese trabajo de dación de sentido, de puesta en sentido, operado por el yo” (1984, a). Lo
reprimido se reactualiza tanto por un enunciado identificatorio como un acontecimiento.

Capítulo 1 16
los “ruidos” de la cultura, de la historia, del lenguaje. Trámite que transforma el ruido en
información.
Entre el cuerpo biológico, el erógeno y el mundo representacional hay
heterogeneidad y metabolización. Y su transformación en representación es efecto de un
encuentro. Para algunos autores, la pulsión es endógena. Para otros, es efecto de lo
intersubjetivo y su articulación con lo corporal.
Freud opone pulsiones de vida y de muerte. Las pulsiones de vida congregan las
pulsiones de autoconservación y las sexuales (objetales y narcisistas). Tienen por meta
encontrar soluciones transaccionales que contemplan las exigencias contradictorias entre
autoconservación, libido objetal y narcisista teniendo como horizonte las mudas pulsiones
de muerte. Dice Freud (1938): “La meta de Eros es producir unidades cada vez más
grandes y, así conservarlas, o sea, una ligazón”. Analizo la frase: a) la conservación como
una de las metas; b) su carácter expansivo al crear “unidades” más grandes; c) la ligazón,
que sostiene tanto la conservación como el carácter expansivo. La conservación se
realiza a través del carácter creador. La expansión “neutraliza” la pulsión de muerte
componiendo formaciones más complejas. Complejización es ligadura. La creación de
lazos se opone a la pulsión de muerte. La permanencia del pasado se opone a una
renovación que borrara el pasado. La pulsión de muerte desinviste al objeto,
desinvestidura que amenaza a todo sustituto. “Deseo de no deseo”: será la meta de la
pulsión de muerte. La pulsión de muerte apunta a la anulación de la actividad de
representación. Aspira a la desaparición de todo objeto que pueda provocar, por su
ausencia, el surgimiento del deseo (Hornstein, 2002).
El cuerpo es investido por el yo como origen del placer, producto del cuerpo a
cuerpo con el otro y con el discurso del otro sobre ese cuerpo (el cuerpo hablado). Este
cuerpo–placer es lo primero con que cuenta el yo. El placer erógeno es condición del
placer narcisista o identificatorio. Pero el yo tiene tratos también con el cuerpo–
sufrimiento. En esta antinomia entre investidura y desinvestidura se despliega la vida
psíquica.
Si la desinvestidura es exitosa, no deja rastros. Ninguna huella puede testimoniar
que algo había sido investido17. El sufrimiento, al promover la desinvestidura, es una
oportunidad para la pulsión de muerte. El sufrimiento concierne al sujeto que afronta a la
pérdida de un objeto investido. Solo con sufrimiento se diferencia entre realidad y
fantasía. Pero el exceso de sufrimiento puede desinvestir la causa del sufrir. El sufriente
está confrontado a la decepción ante un vínculo investido. La indiferencia puede
convertirse en defensa contra afrentas procedentes del otro y de la realidad. Si se

17
Un siniestro ejemplo a nivel socio-histórico de una propuesta tanática: El 27 de mayo de 1942 el
representante de Hitler en Checoslovaquia fue asesinado en Lídice. La respuesta de Hitler no se hizo esperar:
el 9 de junio envió la siguiente orden: “1- Todos los adultos de Lídice serán fusilados; 2- Todas las mujeres
serán enviadas a campos de concentración y 3- La ciudad será quemada, arrasada y borrada de la faz de la
tierra”. Siguiendo este designio el 10 de junio se dispersó el ganado, los perros fueron asesinados, los valores
fueron confiscados. Dinamitaron todos los edificios (sin excluír el cementerio). Se cortaron todos los árboles,
todas las vías ferreas y caminos fueron destruídos. El área se convirtió en un desierto. Retomo lo ya dicho: “Si
la desinvestidura es exitosa, no deja rastros. Ninguna huella puede testimoniar que algo había sido investido”.
La humanidad entera se opuso a la furia represiva de la Gestapo: una ciudad en Méjico pasó a llamarse
Lídice, así como el Stern Park en Estados Unidos. Se levantaron monumentos conmemorativos de Lídice en
decenas de ciudades. Una plaza de la Habana fue llamada Plaza Lídice así como barrios de Caracas, Perú y
otras ciudades. Muchas niñas fueron bautizadas como Lídice. El Comité Internacional integrado entre otros
por Einstein, Chaplin, André Maurois, Thomas Mann crearon un Memorial de Lídice para impedir que Lídice
“sea borrada de la faz de la tierra”. Cada aniversario de la destrucción de Lídice numerosas delegaciones de
todo el mundo atestiguan que Lídice vive y que su memoria debe ser preservada. Trabajo de recuerdo de la
pulsión de vida que se opone a la deshistorización y a la aniquilación subjetiva: meta de la pulsión de muerte.
Tarea de memoria activa y vital.

Capítulo 1 17
preserva un proyecto erótico se puede investir ulteriormente. No otra cosa es el trabajo de
duelo.
La memoria es un sistema múltiple de huellas que se reactualizan y se retraducen
una a otras en los diversos sistemas. Si bien Freud conceptualizó la represión como una
falta de traducción, introdujo un “más allá del principio de placer” en el cual predomina lo
traumático, la desligadura y lo vinculó a la pulsión de muerte. La represión implica un
olvido conservador: lo reprimido perdura en el interior de la psiquis. Mientras que la
pulsión de muerte desinviste y destruye las huellas. Produce huecos de memoria que
dificultan el trabajo de rehistorización. Los mecanismos de defensa arcaicos suponen
procesos de desestructuración y de deshistorización. Las fijaciones son tanto
sobreinvestimientos del pasado, como resultantes de los traumas: rupturas en los
sistemas mnémicos. De ahí que la tarea del psicoanalista no consista solo en recuperar
una historia sino en posibilitar simbolizaciones estructurantes (Hornstein, 2003a).

5. La práctica analítica.
Un análisis resulta de un encuentro único de un analizando con su historia y un
analista con su historia (personal, teórica, analítica, práctica) y una disponibilidad para la
escucha. Su escucha estará al servicio de una experiencia singular, la de este otro, la
potenciará, la ayudará a desplegarse. En cambio, cada vez que reduzca este tratamiento
a una réplica de otros, avasallará lo nuevo.
Dicho de otro modo, nuestra práctica es escucha analítica y mucho más. Es
escucha analítica lo que se ha incorporado del sistema conceptual y determina la escucha
y la falta de escucha (teorización flotante). Porque nuestra práctica también está hecha de
(y es hacedora de) representaciones, imágenes, sentimientos que produce el estar
sumergido en la relación transferencial (contratransferencia).
Un día Aulagnier acuña la expresión: “teorización flotante”. Una actitud que moviliza
todo aquello que conoce el analista respecto del funcionamiento psíquico. En el
pensamiento lo mismo que en la clínica, el analista ha sido convocado por un enigma que,
más que resolver, tiene que elucidar. Su background es necesario pero no suficiente. Por
eso está expuesto. Expuesto a un pensar y a un hacer por medio de construcciones
“teóricas” siempre peligrosas si fraguaran antes de tiempo. El analista confronta su “saber
teórico” intentando navegar libremente entre conocido y desconocido, entre las
restricciones del pensamiento teórico y la libertad que posibilita la atención flotante. La
certeza, que caracteriza a lo originario y lo primario, es sustituida en el registro del yo por
la duda. Tener que pensar supone dudar de lo pensado.

“No puede haber realización del proyecto analítico, ni trabajo que merezca este
calificativo, si ambos participantes no son capaces de correr el riesgo de descubrir
pensamientos que podrían cuestionar sus conocimientos más firmes […]. Apuesta
sólo sostenible si se experimenta el deseo de favorecer en sí mismo y en otros el
surgimiento de un pensamiento nuevo” (Aulagnier, 1986).

Por eso el Poder no favorece el saber. El poder es despótico. También en algunas


instituciones analíticas. Y, como ya dije, Aulagnier desconfió de los tejemanejes
institucionales de quién habia sido su analista.
La interpretación implica un proceso de reelaboración que enlaza, a su vez, un
trabajo de diferenciación y de reorganización de los investimientos libidinales. La
interpretación pretende modificar la relación existente entre el yo y el resto de las
provincias psíquicas.

Capítulo 1 18
De cómo entendamos el conflicto, de cómo entendamos, en consecuencia, las
formaciones de compromiso, dependerán las prácticas de cada uno. El síntoma, después
de Freud, no enceguece como lo hacía en una psiquiatría descriptiva. Así, el sentido de
un síntoma, de un vínculo, de una sublimación, de un sueño, de un duelo, de una
inhibición es enfocado en la perspectiva de toda una vida y en la trama del conflicto que lo
origina. “Historia”, “conflicto”, “formaciones de compromiso”, “repetición”, “sexualidad”,
“transferencia” son conceptos en la teoría y herramientas en la praxis. Como conceptos y
como herramientas, permiten confiar en la capacidad de innovación, de invención de las
personas, que pueden -mediante esa simbolización historizante que es el análisis- hacer
llevadera la compulsión de repetición, y a veces hasta librarse de ella.
Lo que surja en una sesión dependerá de la trama de la historia transferencial, es
decir, de lo desplegado en las sesiones precedentes. Pero el análisis ni es todo ni lo es
todo. Dependerá también de otros encuentros que analizando y psicoanalista tengan en
otros espacios y en otros tiempos. Tarea del psicoanálisis es mantener el recuerdo de un
momento del pasado sin estar obligado a borrarlo, o eternizarlo convirtiendo a los objetos
actuales en réplicas del pasado. La interpretación resignifica los enunciados
identificatorios mediante los cuales el yo se define como yo pasado, yo actual, y como
enunciante de un anhelo concerniente a su futuro.
No es deseable “que todo cambie” como propuesta analítica. Es apenas menos
dañina que “que nada cambie”. El analizando se despojaría de sus parapetos: su historia,
sus referentes identificatorios, su patrimonio como sujeto singular. Nuestra tarea consiste
en proveer palabras al afecto y permitirle un asidero en el capital fantasmático del que
dispone. Nuestro oficio nos confronta al riesgo de la violencia secundaria, ya sea por la
imposibilidad de escuchar al otro en su alteridad, ya sea por atribuirnos un poder de
transformación que desconozca lo propio de ese sujeto18.
Cuanto más amplio sea el campo de los “posibles relacionales” del psicoanalista,
mejor terreno será para el abanico identificatorio propuesto por el mundo fantasmático del
analizando. Nada lo obliga a hacer de una entrevista un tratamiento. Pero si toma a una
persona en psicoanálisis no puede negarse a ninguna de las infinitas e imprevisibles
proyecciones. Diagnósticos y pronósticos no deberían cerrarle el oído para lo nuevo. Su
no disposición a lo nuevo indicará violencia secundaria para rechazar lo singular de este
psicoanálisis. De ahí lo necesario de dilucidar la función que tiene la “teoría” en la
escucha y la violencia que puede ejercer en el desarrollo asociativo del analizando
(Hornstein, 2002).
La violencia primaria impone sus palabras al niño en tanto éste necesita palabras
que pongan en palabras a los desbordantes afectos. El trabajo analítico invierte ese
recorrido. La interpretación tiene como finalidad encontrar en estas demandas, estas
inhibiciones, estos síntomas, los conflictos que lo originan y remontar éstos a aquellas
experiencias que han sido su fuente proponiéndose dilucidar ciertas violencias padecidas.
En la relación analítica emerge esa nostalgia que se expresa en el encontrar a
alguien que sabe quién es el sujeto desde el origen, que conoce la totalidad de los
deseos, de los placeres, de las angustias. Este es el riesgo de alienación.
Alienación y pasión no se implican mutuamente. La alienación puede no ser
pasional y la pasión por la droga, por el juego o en una relación no deriva necesariamente
en alienación. La diferencia entre pasión y amor no es cuantitativa, sino cualitativa. La
pasión excluye la reciprocidad. Para el apasionado, el otro se convierte en objeto de
necesidad y está privado de aquello que sólo el objeto posibilita. En muchos textos
18
Esa violencia secundaria “puede ser ejercida a través de la interpretación a ultranza y, podríamos decir
prefabricada, o a través de la persistencia de un silencio que vendrá a probarle al analizando que en el
encuentro no hay intercambio de saber, y que lo que él dice no aporta ningún nuevo pensamiento al analista”
(Aulagnier, 1979).

Capítulo 1 19
Aulagnier diferencia entre el amor de transferencia -necesario para que se despliegue un
análisis- y la pasión de transferencia –que lo hace imposible-19.
La ética analítica lleva a que analizando y analista reconozcan que, excepto en la
primera infancia, nadie puede ubicarse en el registro de la necesidad (y menos el
analista).
El vínculo narcisista se caracteriza por no investir al objeto más que en función de
cierta indiscriminación con el sujeto, proyectando excesivamente aspectos yoicos, o
buscando un ideal o un aspecto inmodificado del objeto fantaseado. Deponer la
omnipotencia narcisista ante la realidad implica un trabajo de duelo. Entre el objeto objetal
y el narcisista, (en la que otro cumple una función narcisista) existe toda una gama. La no
discriminación entre objeto fantaseado y real puede deberse a que el objeto no es
percibido como entidad separada y suple fallas estructurales, o porque no es reconocido
en su alteridad, siempre traumática aunque no cumpla funciones protésicas. El término
objeto es polisémico. El objeto puede ser parcial, total, narcisista. Dar cuenta de la
diversidad de las relaciones con el otro, trabajar la relación narcisista con el otro, implica
evitar el reduccionismo de una visión dual en la que el yo y el objeto están separados
como el adentro y el afuera. Denota la persistencia del ideal de la internalización. Un
punto de vista teñido de normativa y de una teoría ideal del desarrollo hacia la objetalidad
plena en la “normalidad”. Considerar la existencia de una dimensión del otro al servicio del
narcisismo, en cambio, permite considerarlo como aspectos necesarios de todo yo (lo que
varía es el grado) El objeto como función narcisista es una perspectiva fundamental para
la clínica (para toda clínica y no solo la de pacientes “narcisistas”).
¿Podremos hablar de vínculos sin hablar de narcisismo? Recíprocamente,
¿podremos hablar de narcisismo sin hablar de vínculos? Repasemos. Los objetos
cumplirán diversas funciones para el sujeto: balance narcisista, vitalidad, sentimiento de
seguridad y protección, compensación de déficits, neutralización de angustias (real,
neurótica, ante la pérdida de amor del superyó).
Regidos por sus propios deseos, más tarde o más temprano, suave o
violentamente, los otros propenderán a imponer su modalidad y se rehusarán (a veces, no
siempre) a un lugar que no quieren o no pueden ocupar. El yo anhela que lo “fuera de la
psique” se adecue a sus construcciones. Pero lo “fuera de la psique” desmiente ciertas
interpretaciones del yo sobre las causas de sus placeres, de sus sufrimientos, de sus
metas. Tal resistencia obliga a que el yo reconozca esa realidad que difiere de la fantasía
(Aulagnier, 1979).
En las organizaciones narcisistas y estados borderline es variable la configuración
objetal pero constante la dependencia al otro, a que el otro esté o no esté. Estas personas
ponen distancia cuando sienten que el otro amenaza su lábil equilibrio. O se aferran al
otro para no perder, perdiendo al otro, tanto la representación de sí como la del otro. Las
defensas se ubican en relación a los vínculos. La escisión es vinculada por Freud -al
comienzo- con patologías severas. La relación yo-realidad es siempre conflictiva, las
“alteraciones del yo” son universales. (Hornstein, 2003a)
En el narcisismo trófico se cuidan, claro que sí, la identidad o la autoestima pero
queda libido para otras metas y actividades. En el narcisismo patológico, más que
cuidado por la identidad o la autoestima, hay una defensa con uñas y dientes. Es que allí
no se juega el amor propio, sino su falta crónica. Allí el narcisismo no significa amor a sí
mismo sino dolor de sí mismo. La búsqueda de identidad es una encarnizada lucha

19
La relación pasional es atribuible a un déficit de la fusión pulsional. O, más bien, todo sujeto preserva una
tentación pasional. Aulagnier se inclina por esta última posibilidad y advierte sobre el riesgo de “abuso de
transferencia” definiéndolo como “toda práctica y toda conceptualización teórica que amenacen confirmar al
analizando la legitimidad de la ilusión que le hace afirmar que lo que se tiene que pensar sobre el sujeto y
sobre este sujeto ya fue pensado de una vez y para siempre por un analista” (Aulagnier, 1979).

Capítulo 1 20
amenazada por el otro. La frontera entre interno y externo es celosamente cuidada. La
supervivencia no está asegurada. Claman por el “derecho a existir”, allí donde quienes
arriban al narcisismo trófico piden “amar y trabajar”.
No poder desprenderse de los otros… Pegotearse… Rehuirlos…Puede ser casi lo
mismo: avatares del sentimiento de sí. Cuesta aceptar ciertos traumas y heridas
narcisistas, la alteridad, la diferencia de los sexos y las generaciones, la muerte inevitable.
He allí, junto a la roca de la anatomía (mapeada por Freud), la roca de la alteridad.
Estas personas padecen de defectos estructurales y/o ocasionales. Estructurales:
prevaleció un fracaso en la historia identificatoria. Ocasionales, por duelos, traumas,
enfermedades orgánicas, que sacuden momentáneamente el psiquismo. Las defensas se
organizan en dos niveles, en que predomina la represión y la angustia de castración o
bien la escisión y la proyección: defensas por expulsión en el acto y su repetición
(adicciones), en el cuerpo (hipocondría y somatizaciones) y en el otro (identificaciones
proyectivas).
El papel decisivo del ambiente precoz aparece como constante de estas
patologías. Los otros primordiales no pudieron construir los objetos transicionales, que
son y no son el pecho. Su lugar, que debió ser ocupado por el lenguaje, la simbolización,
la creatividad, se verá invadido por las somatizaciones, las actuaciones o por la depresión
vacía (Kristeva,1996). Para que este sujeto acepte siquiera precariamente el proceso
secundario su yo tiene que recurrir a ciertas “alteraciones”20. Prevalece un yo frágil,
“avasallado” por las otras instancias. Labilidad del yo y angustia masiva. Polimorfismo
sintomático e inconsistencia de las relaciones de objeto. El yo cumple malamente su
función de elaboración de los conflictos. Hay indicadores clínicos: la incidencia de los
procesos primarios en el pensamiento así como el despliegue de mecanismos de defensa
primitivos. Y en ellos, la posibilidad de nuestra teorización.
La metapsicología de Freud (recordémoslo) estaba centrada en la angustia de
castración. Los intrépidos psicoanalistas “de frontera” se toparon con angustias que
expresan una labilidad de las fronteras entre el yo y el objeto. Aquí también se trata de no
reducir, de no jibarizar, de “tolerar” en la clínica la existencia de una pluralidad de
angustias y de preparar en la teoría una metapsicología renovada21.
Las problemáticas de la “identidad” tienen síntomas distintos. El sujeto tiene que
hacer malabares psíquicos para soslayar el riesgo de destrucción recíproca con el objeto.
Lo pulsional irrumpe desencadenando angustias contra la intrusión de un objeto. En la
teoría la noción de identidad había caído en desgracia. Pero el hecho es que ciertos
analizandos parecen no contar con reparos identificatorios.

La teorización flotante permite otra escucha donde se atiende también a la


insistencia de ciertas defensas, a la prevalencia de ciertas fijaciones, a lo improductivo del
sufrimiento no elaborativo. Sin anticipación de sí-mismo, no hay proyecto, tampoco
proyecto analítico. Aspiramos a que el sujeto asuma su historia y comprenda como ciertos
encuentros están condicionados por su búsqueda de ciertos rasgos del objeto, de ciertas
formas de restauración narcisista.

20
El pensar que los mecanismos de defensa son intrapsíquicos debe ser revisado ya que en estos casos la
defensa apunta al exterior. La relación del yo con la realidad es siempre conflictiva, no solo en la psicosis se
producen “alteraciones del yo”. Para Freud (1937) ellas tienen, lo mismo que la intensidad pulsional y la
crueldad del superyó, un papel protagónico en cuanto a la posibilidad de transformación de un sujeto.
21
La angustia de desintegración remite al desamparo psíquico, su base es una perturbación económica. La
desintegración del sí-mismo no proviene del peligro de la libido sino de una amenaza de aniquilación del sí
mismo por la irrupción de cantidades. Por el contrario, la angustia señal funciona cuando el sí-mismo es
cohesivo. Desamparo y pulsión, déficit y conflicto no constituyen alternativas incompatibles sino articulables.
(Oppenheimer, 1996).

Capítulo 1 21
Una forma de pensar compleja se prolonga en una forma de actuar compleja. En
todos los tratamientos, el método debe incluir iniciativa, invención, arte y devenir
estrategia. Mucho más en las organizaciones narcisistas. Estrategia y no programa
(libreto). Un programa es una secuencia de actos fijos y sin variantes y puede ser útil
cuando las condiciones no se modifican y no son perturbadas. La estrategia acepta la
incertidumbre. Considera lo aleatorio y se modifica de acuerdo a las informaciones
provistas durante el proceso. Nuestro método tendrá algún parecido con el de la ciencia
contemporánea y casi ninguno con el de la clásica, en la que era un conjunto de
aplicaciones que tendían a poner al sujeto entre paréntesis, como si el observador pudiera
ser eliminado para siempre. Como si los objetos existieran independientemente del sujeto.
El sujeto era o bien perturbación o bien espejo: simple reflejo del universo objetivo.
Unos quieren mantener la pureza del análisis, según la aburrida oposición entre el
oro y el cobre. En la vereda de enfrente, otros recuerdan que el psicoanálisis está hecho
para el paciente y no el paciente para el psicoanálisis. Un sentido común simpático pero
insuficiente se trata de extender el campo del análisis a las personas reales, modificando
el encuadre de acuerdo al caso. Se requiere convertir las opiniones en teoría.
Algunas cláusulas del contrato analítico se han vueltos obsoletas y deben ser
modificadas atendiendo a la singularidad de cada análisis. Y no es humanitario, ni siquiera
es científico, ahuyentar pacientes con una noción mal entendida de “analizabilidad”.
Alterar el contrato no implica renunciar al análisis. Ese es un fantasma que aparece sólo
cuando se idolatran los “standards” y se siente miedo ante lo real que se insubordina al
análisis. ¡Como si lo real alguna vez fuera obediente! Sí. ¿Qué pasa con esa
heterogeneidad que cuestiona el análisis “standard”?

DEL CONTRATO NARCISISTA A LO HISTORICO-SOCIAL


El yo no es innato, el yo nace de otro. Tiene como referencia su propia historia,
pero también las miradas ajenas: articulando su propio reconocimiento y el
reconocimiento que le brindan los otros. Las imagenes que “devuelve” el otro acerca de
quién es yo logran (a veces, no siempre) hacer menos angustiante la interrogación. Pero
la duda está siempre presente y las certidumbres acarrean el riesgo de cierta mutilación
de la movilidad identificatoria. Cada vez más los enunciados que se refieren al yo y lo
definen ya no dependen del discurso de un otro, sino del “discurso del conjunto”
(Aulagnier, 1975).
Gracias al narcisismo trófico, el yo mantiene la cohesión, la estabilidad (relativa)
del sentimiento de sí y la valoración del sentimiento de estima de sí. El narcisismo trófico
nutre al psiquismo: conforma al yo, los ideales, las ilusiones y los proyectos. La clínica es
más amplia que la psicopatología. “De la elección narcisista a la organización psíquica”: el
objeto se transforma en sujeto a través de las vicisitudes pulsionales y su devenir
identificatorio.
El yo inaugura un tiempo historizado. El niño va ingresando en espacios
extrafamiliares que lo enfrentan a nuevas exigencias, a un discurso diverso a aquel que
había predominado hasta entonces. Para que este movimiento se pueda realizar, es
necesario que logre cierta alianza entre variados espacios de investimiento. Condición
necesaria para que se preserven las funciones propias del yo. Los padres fueron los
cosignatarios primeros del compromiso en el espacio familiar. A lo largo de la vida, el yo
suele encontrarse frente a acontecimientos que hacen fracasar ese compromiso,
reactualizando un conflicto entre el principio de permanencia y el de cambio. Pero si a lo
largo de la vida pudo preservar la permanencia de ciertas referencias simbólicas podrá
aceptar e investir el paso del tiempo. El conflicto identificatorio se reabre cada vez que
hay conflicto entre aquello que el yo es, aquello que esperaba devenir y aquello que él

Capítulo 1 22
cree haber devenido. Es decir, se reabre a menudo. Pero no afectará (en la neurosis) la
posición ocupada por el yo en el orden simbólico. La potencialidad psicótica designa uno
de los resultados a los cuales puede conducir la negociación que lleva adelante el niño
con los padres durante su infancia, con ese yo anticipado que ha precedido su propio
devenir sobre la escena psíquica y del cual él debe diferenciarse si no quiere
transformarse en un robot (Aulagnier, 1984b).
El yo requiere de nuevos espacios y de nuevos destinatarios a los cuales demanda
placer y reconocimiento narcisista. El primer espacio de investimiento es el familiar, y al
objeto se le pide (se le exige) placer narcisista y sexual. El segundo espacio es, para el
niño, el medio escolar; para el joven, la relación con los amigos, y para el adulto, el medio
profesional. Las demandas tendrán, para entonces, objetivos parciales: placer narcisista o
sexual. Un tercer espacio de investimiento es lo histórico-social y, en particular, una
subcultura con la que se comparten intereses, exigencias y esperanzas -profesión,
comunidad, clase social-.
Para Castoriadis22 psique y sociedad son irreductible e indisociables. La psique se
socializa incorporando el magma de significaciones imaginarias sociales y la sociedad
sobrevive gracias a esa incorporación. La producción social de individuo, a partir de la
mónada psíquica, es un proceso histórico por el cual la psiquis abandona (aunque nunca
totalmente) sus objetos y su mundo inicial. La vertiente social de este proceso es el
conjunto de las instituciones que impregnan constantemente al niño y su mundo, desde el
nacimiento (Hornstein, 2003b).
La psique es una organización que no puede reducirse a ninguno de los
subsistemas, sus instancias son distinguibles pero no independientes. Se constituyen
históricamente, sí, pero persisten como una totalidad contradictoria: un magma.
Castoriadis llama “magma” a un modo de coexistencia de fragmentos de múltiples
organizaciones lógicas pero no reductible a una organización lógica23.
Hay una larga y compleja tramitación entre la indiferenciación narcisista y la
aceptación de la alteridad y del devenir. Para dar cuenta de esa tramitación, de ese
proceso, debemos revisar nuestra teoría del sujeto. Concibo el proceso como un proceso
identificatorio, con un identificado identificante; con un enunciado enunciante; con un
sujeto no sólo historizado sino historizante; no sólo hablado sino hablante. O sea, un
sujeto en relaciones de determinación múltiples y recíprocas con los otros, lo que implica
asumir que el sujeto es un centro de organización que recrea todo aquello que recibe. Los
determinantes iniciales quedan relegados a la condición de punto de partida. La
transubjetividad inicial ha dado pie a la constitución del sujeto y, a partir de entonces,
habrá intersubjetividad.
¿Como dar cuenta de la complejidad de la historia libidinal e identificatoria y sus
bucles recursivos? ¿Como no ver que hay otras identificaciones, además de los tres tipos
canónicos (primaria, histérica y melancólica) sin los cuales se ciegan la diversidad de
cada trayecto identificatorio mediante el cual los deseos y discursos provistos por los

22
Castoriadis ha entrelazado filosofía, política, psicoanálisis y lógica, y agregado a ese conjunto una mirada
sobre la sociedad, la historia y la constitución subjetiva. Aborda lo histórico-social y la psique, la lógica de los
magmas, la imaginación radical y el imaginario social instituyente. Concibe una subjetividad producto de la
incorporación de significaciones imaginarias sociales, considerando la historia, la creación y el proyecto de
autonomía, en psicoanálisis, pero no sólo en psicoanálisis. Castoriadis es una voz diferente en las llamadas
“sociedades poshistóricas” donde la moda parecería radicar en cierto desencanto en relación con lo social-
histórico, con el pensamiento y con la praxis lúcida. Y esto nos atañe a los psicoanalistas.
23
La noción de magma es aplicada tanto a la psique, en tanto expresión de la imaginación radical, como a la
sociedad en tanto magma de significaciones imaginarias sociales. “Organización” implica construcción y
reproducción de orden y de desorden, allí donde la visión estructuralista, hipotecada a la idea de orden, redujo
la organización al orden. Una organización dispone de cualidades emergentes y comporta una retroacción del
“todo” sobre las partes.

Capítulo 1 23
padres -tan portavoces de la cultura como de sí mismos- son una proyección constitutiva
y no solo alienante?
Debo repetirme y recordar que la psique es un sistema a la vez abierto y cerrado:
abierto estructuralmente, pero cerrado organizativamente. La materia y la energía fluyen a
través de él, pero mantiene una forma estable y lo hace de manera autónoma, a través de
su autoorganización. En otras palabras, la psique es autónoma, lo cual no significa que
este aislada del exterior ya que interactúa con el medio a través de un constante
intercambio de materia, energía e información. En un sujeto pensado como sistema
abierto la relación entre otros investidos, duelos e identificaciones es no solo intercambios
de información y energía sino además de funciones entre el sujeto y el objeto. Así el
paradigma de la internalización resulta insostenible.
El sujeto es por derecho propio un sistema abierto, y no porque algunos
psicoanalistas hayamos apostado al paradigma de la complejidad. La subjetividad
intercambia información-energía y cualidades con los otros significativos. Esto es lo que
Freud descubre en “Duelo y melancolía”, que el sujeto está en un proceso de
autoorganización permanente: un sistema abierto. En un sujeto tal los registros
identificatorio y objetal son indisociables, una imbricación que sólo puede ser pensada
desde una causalidad recursiva.
¿Quiere decir que no existe el sujeto como sistema cerrado? Sí que existe, en
ciertas patologías... y en ciertas teorizaciones que suponen que los encuentros azarosos
no son más que una ilusión debida a nuestra contumaz ignorancia de un determinismo
escondido.
La historia no es mera repetición, ni despliegue de lo ya contenido; incluye
acontecimientos azarosos: el ruido, el otro, lo distinto son vías para el aumento de
complejidad. Una historia que articula repetición y diferencia y conoce turbulencias,
bifurcaciones, fases inmóviles, progresiones, regresiones, rupturas. Postular un
determinismo absoluto implica que todo fenómeno puede ser predicho. Es suponer que el
azar no es más que una ilusión debida a nuestra ignorancia de un determinismo
escondido.
La crítica al determinismo nos libra de prejuicios fatalistas. Nos empantanan falsos
dilemas. ¿El psiquismo es siempre el mismo o el psiquismo cambia? Nos ahogamos en
un vaso de agua. Un historiador no se hace problemas para distinguir, por ejemplo, entre
siglo XIX y siglo XX. Liberada del determinismo clásico la teoría reinvindica los encuentros
actuales como productores de novedad.
Algunos no aceptan la pulsión de muerte. Pero otros parecen no aceptar que la
pulsión de vida implica objetos nuevos,24 encuentros nuevos. ¿Qué es Eros sino la
búsqueda de nuevas relaciones? ¿Hay relaciones sin objeto? Y aquí debemos echar
mano a alguna noción de creatividad para explicar cuándo una relación es nueva y
cuándo es la reactualización de las que ya se tuvo en la infancia. Pensar los vínculos. Ni
desprenderlos de la historia (psicología del yo) ni reducirlos a mera réplica de vínculos del
pasado, como parece ser lo más frecuente. Por favor, que las nociones de cliché, de
matriz, no se nos conviertan en un cliché. Considerado el psiquismo como sistema abierto
privilegiamos los encuentros y los duelos actuales no como realización de una virtualidad
preexistente. Movimiento y fluctuaciones predominan sobre estructuras y permanencias.
Lo incesante es la turbulencia. Un bucle autoorganizador reemplaza la linealidad causa-
efecto por la recursividad mediante la cual los productos son productores de aquello que
lo produce.

24
Se me dirá que Freud escribió “Encontrar al objeto es reencontrarlo”. Pero ya expliqué en Intersubjetividad y
clínica (página 35), cómo esta frase debe recuperar su contexto en la obra de Freud, evitando su
extrapolación.

Capítulo 1 24
La compulsión de repetición es una simbolización que se repite. Pero ¿toda
simbolización está condenada a la repetición? Después de Freud, el énfasis puesto en la
pulsión de muerte ha impedido discernir cómo el interior de la repetición está afectado por
la diferencia. Ese psicoanálisis lúgubre convirtió las determinaciones infantiles en fatales y
parecería que todos los analizandos estuvieran en manos del Destino. ¿Con que
categorías pensar el advenimiento de lo nuevo? ¿Habrá que optar entre un psiquismo
determinado o un psiquismo aleatorio? Exijamos más de nuestro pensamiento.
Epistemológica y ontológicamente desbaratemos los falsos dilemas: entre orden y
desorden, sistema y acontecimiento, permanencia y cambio, ser y devenir. En la práctica,
solemos abrirnos, de hecho, a lo impredictible, a lo azaroso, al desorden. Más abiertos
estaremos si legalizamos, con teoría, esa apertura de hecho. Coexistencia de azar y
determinismo. En un psiquismo totalmente determinado no podría suceder nada nuevo y
un psiquismo totalmente abandonado al azar -que fuera sólo desorden- no constituiría
organización y no accedería a la historicidad.
Reducir el ser al ser determinado niega la creación “la creación quiere decir que en
ningún momento la totalidad de las cosas existentes esta tan determinada que impida la
creación de nuevas formas”. La determinación existe, pero no puede reducirse el ser a
esta, y es eso lo que permite la creación. De cierta manera el pasado sigue vivo y es
retomado por el presente. Pero el presente no solo reinterpreta el pasado, sino que lo
recrea25.
El tiempo es impensable sin la creación. Creación es –para Castoriadis- creación
ontológica. La ontología tradicional había opacado el ser, el tiempo y la creación,
mediante la hipercategoría de la determinación. Si algo esta determinado lo está desde
siempre y para siempre. Si cambia, los modos de su cambio ya están determinados. Los
acontecimientos no son, en tal caso, más que la realización de las leyes y la “historia” no
es más que el despliegue de una “sucesión”. Una metodología de la pereza.
¡Oh, el azar! ¿Dónde querrán ustedes comenzar el debate? El azar mezclado con
el determinismo. Para decirlo a quemarropa, ¿la realidad es una instancia o no lo es y en
nuestro consultorios tratamos con sonámbulos? Es un hecho: en la clínica actual
predominan duelos masivos y realidades devastadoras que hacen tambalear vínculos,
identidades, proyectos personales y colectivos. Y es una hipótesis: esa dimensión
traumática de la realidad genera deshistorización y desubjetivación.

Las dimensiones imaginarias se insertan en relaciones asimétricas de poder que


estructuran las instituciones y la vida social. Lo histórico social no es una simple fuerza
exterior, sino una base productiva que constituye a los sujetos. Pero no ejercen un influjo
homogeneizante ya que la psique reinterpreta las significaciones imaginarias sociales. Si
se transforma lo imaginario en un universal ideológico vacío, no hay espacio para estudiar
la incidencia de lo histórico–social en las transformaciones de la subjetividad.
Castoriadis cuestiona la versión lacaniana de lo imaginario: “Los que hablan de lo
imaginario, y por tal entienden lo ‘especular’, el ‘reflejo’ de lo ‘ficticio’, no hacen sino
repetir, por lo general sin saberlo, la afirmación que desde siempre los encadenó al
sótano de la famosa caverna: es necesario que este mundo sea una imagen de algo”. Lo
imaginario no es un ocultamiento de la “falta”. Lo inconsciente no cubre ni sufraga una
“falta” o “hiancia” que fuera el núcleo de la subjetividad. La realidad psíquica conoce la
ausencia, pero un objeto antes que se pueda experimentar como ausente o faltante tiene

25
La fantasía no solo una combinación de percepciones sino la capacidad de la psique de crear y de
organizar imágenes y escenas diversas a partir de una representación. La representación no es la recepción
pasiva de información sino la creación de información. “La imaginación es la facultad de poner un objeto, de
presentarlo para el sujeto originariamente, de hacer ser un objeto a partir de X, a partir de un choque
proveniente de X” (Castoriadis, 1991).

Capítulo 1 25
que haber sido investido. “Vivencia de satisfacción” enlaza vivencia y naturaleza
fantasmática del inconsciente26. Si lo imaginario se reduce a la chatura del objeto
especular se descree de sus dimensiones creativas. Lo imaginario sobrepasa ilusiones,
señuelos y trampas. No es un intento de poner un parche a una falta original del sujeto.
Es la capacidad de crear y transformar algo; es inseparable de la fantasía, la
representación y el afecto.
La psiquis y lo histórico-social son expresiones de lo imaginario (imaginación
radical en la psique e imaginario social para lo histórico-social). Ambos fueron puntos
ciegos del pensamiento heredado. Castoriadis diferencia lo instituído de lo instituyente. Lo
instituyente es producto de la fuerza creadora del colectivo e instancia potencial en todo
proceso histórico. La liberación de la imaginación radical conduce a la autonomía siempre
y cuando posibilite reflexionar sobre sus fundamentos. Condición bajo la cual tanto una
sociedad como un sujeto pueden darse leyes propias (Hornstein, 2003b).
El campo socio-histórico y simbólico se caracteriza por significaciones imaginarias
sociales, encarnadas en instituciones. La subjetividad es producto de la incorporación de
significaciones imaginarias sociales creadas por el colectivo anónimo de los sujetos, a
partir de su imaginario social instituyente. El sujeto deviene dando a su pasado y a su
porvenir un sentido, eligiendo un proyecto identificatorio y una interpretación de su historia
reelaborada sin cesar. Para que este proceso pueda desarrollarse la institución debe
ofrecer a la psique un sentido.
La psique requiere sentido: las instituciones, mediante capas de socialización que
se aglomeran alrededor del núcleo de la psique, lo proveen mediante las significaciones
imaginarias sociales. Lo que mantiene unido a una sociedad es un magma de
significaciones imaginarias sociales condicionado, pero no determinado (Franco, 2003).

En el dominio histórico-social nos preguntamos cual es la base de la cohesión de


esa urdimbre de fenómenos propios de una sociedad y que es lo que hace nacer formas
nuevas de sociedad.
Lo que mantiene unida a una sociedad es su institución que incluye normas,
valores, lenguajes, herramientas, procedimientos y métodos de hacer frente a las cosas y
hacer cosas. ¿Como se imponen las instituciones? Mediante la adhesión, el apoyo, el
consenso, la creencia. Lo hacen mediante la transformación de la materia prima humana
en individuo social, en el cual se incorporan tanto las instituciones como sus
“mecanismos” de perpetuación. La institución produce individuos que la producen y la
reproducen27.
El deseo inconsciente no es independiente ciertas necesidades humanas
transhistóricas: el desvalimiento infantil, la necesidad de abrigo y alimento, la separación e
individuación, el apego, etc.. Hay un nexo entre los intereses materiales (mencionados por
lo socio-histórico) de los seres humanos y el espacio creador donde se despliegan el
deseo inconsciente y la simbolización.
Ni necesidades biológicas ni deseos psíquicos eternos pueden dar cuenta de la
sociedad y de la historia. Causas constantes no podrían producir efectos variables. La no
determinación de lo que es no es simple indeterminación, sino que es creación,

26
Véase en este libro el panel destinado a Castoriadis y, en particular, las intervenciones que vinculan su obra
con la de Aulagnier.
27
“La sociedad, a su vez, se instituye en cada caso en la clausura. Clausura de su lógica, clausura de sus
significaciones imaginarias. Ella fabrica los individuos imponiéndole aquella y estas; fabrica, en consecuencia,
primero y sobre todo -y con exclusividad, en la aplastante mayoría de las sociedades, individuos cerrados,
individuos que piensan como se les ha enseñado a pensar, evalúan del mismo modo, dan sentido a lo que la
sociedad les enseñó que tiene sentido, y para quienes estas maneras de pensar, de evaluar, de normar, de
significar son, por construcción psíquica, incuestionables” (Castoriadis, 1991).

Capítulo 1 26
surgimiento de otras determinaciones. “Lo viviente no crea en libertad absoluta su sistema
de captura, su interpretación de los elementos del medio ambiente sino que se apuntala
en lo dado”. La representación es la forma en que los estímulos del mundo son
procesados por el ser vivo creando información.
Las sociedades oscilan entre heteronomía y autonomía. La autonomía es
alcanzada por el hombre cuando deviene un sujeto reflexivo que está en condiciones de
cuestionar las significaciones imaginarias sociales, dándose a sí mismos sus leyes. El
sujeto tiene a su disposición una capacidad de fantaseo y de invención de nuevas formas
si puede soslayar una identidad compacta, una cultura que aplasta lo instituyente con el
peso del pensamiento heredado28.
La representación y lo histórico-social se vinculan por el ejercicio de una reflexión
crítica sobre las fuentes de su actividad de representación, sus pulsiones, deseos,
sufrimientos y sentimientos, modificando la relación entre yo y la fantasmática
inconsciente. Subjetividad, autonomía y deseo pueden alcanzar la realización más plena,
y así ser trasformados en ese empeño por comprender a ese otro interior: lo inconsciente.
La interpretación, al operar un desplazamiento en cuanto a la causalidad, reorganiza el
campo de la significación, logrando que el analizando articule de otra manera los verbos
ser y tener.
El psicoanálisis no puede renunciar a establecer una relación distinta entre lo
consciente y lo inconsciente mediante la reflexividad y la acción deliberada. La actividad
deliberada es, desde el punto de vista metapsicológico, la existencia de una cantidad de
energía libre coordinada con la reflexividad. El surgimiento de esa subjetividad reflexiva es
el fin del proceso analítico y lo que indica su terminación. La reflexión consiste en
cuestionar la clausura en la que estamos cautivos proveniente de nuestra propia historia y
de la institución social-histórica. Requiere nuevas formas y figuras de lo pensable creadas
por la imaginación radical (Castoriadis, 1997).
La reflexión surge cuando el pensamiento se interroga no solo sobre sus
contenidos particulares, sino sobre sus presupuestos. Para que exista reflexión, hace falta
la imaginación radical: hay que poder representarse no como un objeto, sino como
actividad representativa. Supone poner en suspenso los criterios y las reglas que fundan
el pensamiento como actividad simplemente consciente, con el supuesto de que otros
criterios y reglas, todavía no seguros, acaso aún desconocidos, podrían reemplazarlos.
¿Que es lo que hace surgir sociedades diferentes? La creación, como obra de lo
imaginario social, es el modo de ser en el campo histórico-social. La sociedad es
autocreación que se despliega como historia. Siempre hay una masa hipercompleja de
cosas existentes y en su interior se gesta la creación histórica. Claro, algo había en lo
viejo que, de una manera u otra, preparaba lo nuevo o se relacionaba con lo nuevo.

Si hubo una concepción ingenua de la historia, ello no borra la historia ni el pensar


sobre la historia. En las llamadas “sociedades poshistóricas” se ha difundido un
desencanto en relación con lo social-histórico, con el pensamiento y con la praxis lúcida.
¿Lo compartimos como ciudadanos? Y como psicoanalistas, ¿la historicidad acaso no
supone una subjetividad instituyente capaz de pensar su presente, su pasado y su futuro?
El tratamiento es un encuentro, si no con la Libertad, al menos con una mayor
libertad. Las psicoterapias anteriores a Freud, él mismo lo dijo, cercenaban la libertad. En
el rescate de la singularidad histórica estriba la diferencia del psicoanálisis con las
terapias sugestivas y morales, que algunos habían creído definitivamente derrotadas. El
psicoanálisis consiste en escuchar al otro como otro. El respeto por las marcas históricas
28
La sociedad puede progresar hacia la autonomía si combate su tendencia a recaer en lo instituído mediante
la imaginación instituyente. El sujeto dispone de una capacidad de invención de nuevas formas de las que
cada día es testimonio la actividad científica, intelectual y artística.

Capítulo 1 27
intenta delimitar la alteridad. Y en la práctica el lugar de la historia está emparentado con
el que le otorgamos a la historia en la constitución del sujeto y con el concebir la
transferencia como un proceso histórico. También con la conceptualización que tengamos
de la historia colectiva. Esa historia es constitutiva de la subjetividad. Reivindico un
“utopismo crítico” que elabora proyectos y se oponga tanto al voluntarismo sin
fundamentos teóricos como a cierto fatalismo impregnado por consignas como “el fin de la
historia”, “la muerte del sujeto” o la “derrota del pensamiento” que condujo a muchos
analistas a idealizar el desencanto por identificar lucidez con pesimismo. Un proyecto al
servicio de Eros supone la elaboración de ciertos duelos y tiene como protagonista la
diferencia. Apostar al “utopismo crítico” no es sólo una irresponsable, fogosa e
inconducente actitud juvenil sino la única manera de refundar la esperanza.

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