Está en la página 1de 3

LA NATURALEZA DE LOS PRONOMBRES – ÉMILE BENVENISTE

En el debate siempre abierto acerca de la naturaleza de los pronombres, es costumbre considerar dichas formas
lingüísticas como si formaran una misma clase formal y funcional; al ejemplo, pongamos por caso, de las formas
nominales o de las formas verbales. Ahora, todas las lenguas poseen pronombres, y en todas se los define como si se
refirieran a las mismas categorías de expresión (pronombres personales, demostrativos, etc.). La universalidad de
estas formas y de estas nociones conduce a pensar que el problema de los pronombres es a la vez un problema de
lenguaje y un problema de lenguas o, mejor, que si lo es de lenguas es por serlo antes de lenguaje. Es como hecho de
lenguaje como lo plantearemos aquí, para mostrar que los pronombres no constituyen una clase unitaria, sino especies
diferentes según el modo de lenguaje del que sean signos. Los unos pertenecen a la sintaxis de la lengua, los otros son
característicos de lo que llamaremos las "instancias de discurso", es decir, los actos discretos y cada vez únicos merced
a los que la lengua se actualiza en palabra en un locutor.

Debe considerarse ante todo la situación de los pronombres personales. No basta con distinguirlos de los demás
pronombres mediante una denominación que los separe. Hay que ver que la definición ordinaria de los pronombres
personales como consistente en los tres términos yo, tú, él, precisamente suprime la noción de "persona". lista es
propia tan sólo de yo/tú, y falta en él. Esta diferencia esencial se desprenderá del análisis de yo.

Entre yo y un nombre que se refiera a una noción léxica, no hay solamente las diferencias formales, muy variables,
que impone la estructura morfológica y sintáctica de las lenguas particulares. Hay, otras, derivadas del proceso mismo
de la enunciación lingüística y que son de naturaleza más general y más profunda. El enunciado que contiene yo
pertenece a ese nivel o tipo de lenguaje que Charles Morris llama pragmático, que incluye, con los signos, a quienes
lo usan. Puede imaginarse un texto lingüístico de gran extensión -un tratado científico, por ejemplo- en que yo y tú no
apareciesen ni una vez; a la inversa, sería difícil concebir un corto texto hablado en que no fuesen empleados. Pero
los demás signos de la lengua se repartirían indiferentemente entre estos dos géneros de textos. Fuera de esta
condición de empleo, que es ya distintiva, extraeremos una propiedad fundamental, y por lo demás manifiesta, de yo
y tú en la organización referencial de los signos lingüistícos. Cada instancia de empleo de un nombre se refiere a una
noción constante y "objetiva", apta para permanecer virtual o para actualizarse en un objeto singular, y que se
mantiene siempre idéntica en la representación que despierta. Mas las instancias de empleo de yo no constituyen una
clase de referencia, puesto que no hay "objeto" definible como yo al que pudieran remitir idénticamente estas
instancias. Cuando yo tiene su referencia propia, y corresponde cada vez a un ser único, planteado como tal.

¿Cuál es, pues, la "realidad" a la que se refiere yo o tú? Tan sólo una "realidad de discurso", que es cosa muy singular.
Yo no puede ser definido más que en términos de "locución", no en términos de objetos, como lo es un signo nominal.
Yo significa "la persona que enuncia la presente instancia de discurso que contiene yo". Instancia única por definición,
y válida nada más en su unicidad. Si percibo dos instancias sucesivas de discurso que contengan yo, proferidas por la
misma voz, nada me garantiza aun que una de ellas no sea un discurso narrado, una cita en la que yo seria imputable
a otro. Así que debe subrayarse este punto: yo no puede ser identificado sino por la instancia de discurso que lo
contenga, y sólo por, ella. Sólo vale en la instancia en que es producido. Pero, paralelamente, es también en tanto que
instancia de forma yo como debe ser tomado; la forma yo no tiene existencia lingüística más que en el acto de palabra
que la profiere. Hay pues, en este proceso, una doble instancia conjugada: instancia de yo como referente, e instancia
de discurso que contiene yo, como referido. La definición puede entonces ser precisada así: yo es el "individuo que
enuncia la presente instancia de discurso que contiene la instancia lingüistica yo". Por consiguiente, introduciendo la
situación de "alocución", se obtiene una definición simétrica para tú, como "el individuo al que se dirige la alocución
en la presente instancia de discurso que contiene la instancia lingüística tú". Estas definiciones apuntan a yo y tú como
categoría del lenguaje y se refieren a su posición en el lenguaje. No se consideran las formas específicas de esta
categoría en las lenguas dadas, y poco importa que estas formas deban figurar explícitamente en el discurso o puedan
permanecerle implícitas.

Esta referencia constante y necesaria a la instancia de discurso constituye el rasgo que une a yo/tú una serie de
"indicadores" participantes, por su forma y sus aptitudes combinatorias, de clases diferentes, pronombres los unos,
adverbios otros, otros más locuciones adverbiales.

Tales son primeramente los demostrativos: este, etc., en la medida en que están organizados correlativamente a los
indicadores de persona, como en lat. hic/iste. Hay aquí un rasgo nuevo y distintivo de esta serie: es la identificación
del objeto por un indicador de ostensión concomitante a la instancia de discurso que contiene el indicador de persona:
este será el objeto designado por ostensión simultánea a la presente instancia de discurso, la referencia implícita en
la forma (por ejemplo, hic opuesto a iste) asociándolo a yo, tú. Fuera de esta clase, pero en el mismo plano y asociados
a la misma referencia, hallamos los adverbios aquí y ahora. Saldrá a relucir su relación con yo definiéndolos: aquí y
ahora delimitan la instancia espacial y temporal coextensiva y contemporánea de la presente instancia de discurso
que contiene yo. Esta serie no se limita a aquí y ahora, sin embargo; crece merced a gran número de términos simples
o complejos procedentes de la misma relación: hoy, ayer, mañana, dentro de tres días, etc. De nada sirve definir estos
términos y los demostrativos en general por la deixis, como se hace, de no agregarse que la deixis es contemporánea
de la instancia de discurso que porta el indicador de persona; de esta referencia extrae el demostrativo su carácter
cada vez único y particular, que es la unidad de la instancia de discurso a la cual se refiere.

De modo que lo esencial es la relación entre el indicador (de persona, de tiempo, de lugar, de objeto mostrado, etc.)
y la presente instancia del discurso. Pues en cuanto no se apunta ya, por la expresión misma, a esta relación del
indicador a la instancia única que lo manifiesta, la lengua recurre a una serie de términos distintos que corresponden
uno a uno a los primeros y que se refieren no ya a la instancia de discurso, sino a los objetos "reales", a los tiempos y
lugares "históricos". De donde correlaciones como yo:él - aquí:allá - ahora:entonces - hoy:aquel día - ayer:la víspera -
mañana:al día síguíente - la semana próxima:la semana siguiente - hace tres días:tres días antes, etc. La lengua misma
descubre la diferencia profunda entre estos dos planos.

Se ha tratado demasiado a la ligera y como cosa obvia la referencia al "sujeto parlante" implícito en todo este grupo
de expresiones. Se despoja de su significación propia esta referencia si no se discierne el rasgo por el que se distingue
de los demás signos lingüísticos. Es, con todo, un hecho a la vez original y fundamental el que estas formas
"pronominales" no remitan a la "realidad" ni a posiciones "objetivas" en el espacio o en el tiempo, sino a la
enunciación, cada vez única, que las contiene y hagan reflexivo así su propio empleo. La importancia de su función se
medirá por la naturaleza del problema que sirvan para resolver y que no es otro que el de la comunicación
intersubjetiva. El lenguaje ha resuelto este problema creando un conjunto de signos "vacíos", no referenciales por
relación a la "realidad", siempre disponibles, y que se vuelven "llenos" no bien un locutor los asume en cada instancia
de su discurso. Desprovistos de referencia material, no pueden usarse mal; por no afirmar nada, no están sometidos
a la condición de verdad y escapan a toda denegación. Su papel es ofrecer el instrumento de una conversión, que
puede denominarse la conversión del lenguaje en discurso. Es identificándose como persona única que pronuncia yo
como cada uno de los locutores se pone sucesivamente como "sujeto". El empleo tiene, pues, por condición la
situación de discurso, y ninguna otra. Si cada locutor, para expresar el sentimiento que tiene de su subjetividad
irreductibles, dispusiera de un "indicativo" distinto (en el sentido en que cada estación radioemisora posee su
"indicativo" propio), habría prácticamente tantas lenguas como individuos y la comunicación se tornaría estrictamente
imposible. El lenguaje ataja semejante riesgo instituyendo un signo unico, pero móvil, yo, que puede ser asumido por
cada locutor, a condición de que no remita cada vez sino a la instancia de su propio discurso. De suerte que este signo
está ligado al ejercicio del lenguaje y declara al locutor como tal. Es esta propiedad la que funda el discurso individual,
en el que cada locutor asume por su cuenta el lenguaje entero. El hábito nos hace fácilmente insensibles a esta
diferencia profunda entre el lenguaje como sistema de signos y el lenguaje asumido como ejercicio por el individuo.
Cuando el individuo se lo apropia, el lenguaje se convierte en instancias de discurso, caracterizadas por ese sistema
de referencias internas cuya clave es yo, y que define el individuo por la construcción lingüística particular de que se
sirve cuando se enuncia como locutor. Así los indicadores yo y tú no pueden existir como signos virtuales, no existen
sino en tanto que son actualizados en la instancia de discurso, donde marcan mediante cada una de sus propias
instancias el proceso de apropiación por el locutor.

El carácter sistemático del lenguaje hace que la apropiación señalada por estos indicadores se propague en la instancia
de discurso a todos los elementos susceptibles de "acordarse" formalmente con ellos; ante todo, por procedimientos
variables según el tipo de idioma, al verbo. Debe insistirse en este punto: la "forma verbal" es solidaria de la instancia
individual de discurso por ser siempre y necesariamente actualizada por el acto del discurso y estar en dependencia
de este acto. No puede comprender ninguna forma virtual y "objetiva". Si el verbo es de ordinario representado por
su infinitivo como encabezado de léxico en numerosas lenguas, es convención pura; el infinitivo en lengua es muy otra
cosa que el infinitivo de la metalengua lexicográfica. Todas las variaciones del paradigma verbal, aspecto, tiempo,
género, persona, etc., resultan de esta actualización y de esta dependencia respecto a la instancia de discurso,
notablemente el "tiempo" del verbo, que es siempre relativo a la instancia en que figura la forma verbal. Un enunciado
personal finito se constituye pues sobre un plano doble: pone en acción la función denominativa del lenguaje para las
referencias de objeto que ésta establece como signos léxicos distintivos, y dispone tales referencias de objeto con
ayuda de indicadores autorreferenciales correspondientes a cada una de las clases formales que el idioma reconoce.

Pero ¿siempre es así? Si el lenguaje en ejercicio se produce por necesidad en instancias discretas, ¿tal necesidad lo
condena también a no consistir más que en instancias "personales"? Sabemos empíricamente que no. Hay enunciados
de discurso que, a despecho de su naturaleza individual, escapan a la condición de persona, o sea que remiten no a
ellos mismos, sino a una situación "objetiva". Es el dominio de lo que se denomina la "tercera persona".

La "tercera persona" representa de hecho el miembro no marcado de la correlación de persona. Es por ello por lo que
no es una perogrullada afirmar que la nopersona es el solo modo de enunciación posible para las instancias de discurso
que no deben remitir a ellas mismas, sino que predican el proceso de no importa quién o no importa qué, aparte de
la instancia misma, pudiendo siempre este no importa quién o no importa qué estar provisto de una referencia
objetiva.

Así, en la clase formal de los pronombres, los llamados de "tercera persona" son enteramente diferentes de yo y tú,
por su función y por su naturaleza. Como se ha visto desde hace mucho, las formas como él, lo, esto, no sirven sino en
calidad de sustitutos abreviativos ("Pedro está enfermo; él tiene fiebre"); remplazan o relevan uno u otro de los
elementos materiales del enunciado. Pero esta función no se anexa tan sólo a los pronombres; puede ser cumplida
por elementos de otras clases; llegado el caso, en francés o español, por ciertos verbos (cet enfant écrit maintenant
mieux qu'il ne faisait l'année dernière -"este niño escribe ahora mejor que lo hacía el año pasado"). Es una función de
"representación" sintáctica que se extiende así a términos tomados a las diferentes "partes del discurso" y que
responde a una necesidad de economía, remplazando un segmento del enunciado, y hasta un enunciado entero, por
un sustituto más manejable. No hay así nada en común entre la función de estos sustitutos y la de los indicadores de
persona.

Que la "tercera persona" es de veras una no-persona, es cosa que ciertos idiomas muestran literalmente.2 Por no
tomar sino un ejemplo entre muchos, he aquí como se presentan los prefijos pronominales posesivos en las dos series
(aproximadamente inalienable y alienable) dei yuma (California): 1? pers. ? -, ?any-; 2? pers. m-, many-; 31 pers. cero,
ny-3 La referencia de persona es una referencia cero fuera de la relación yo/tú. En otros idiomas (indoeuropeos en
particular), la regularidad de la estructura formal y una simetría de origen secundario producen la impresión de tres
personas coordinadas. Tal es especialmente el caso de las lenguas modernas de pronombre obligatorio donde él
parece, lo mismo que yo y tú, miembro de un paradigma de tres términos; o de la flexión de presente indoeuropeo
con -mi, -si, -ti. De hecho la simetría no pasa de ser formal. Lo que hay que considerar como distintivo de la "31
persona" es la propiedad 1) de combinarse con no importa qué referencia de objeto; 2) de no ser jamás reflexiva de
la instancia de discurso; 3) de disponer de un número a veces bastante grande de variantes pronominales o
demostrativas; 4) de no ser compatible con el paradigma de los términos referenciales tales como aquí, ahora, etc.
Un análisis, incluso sumario, de las formas clasificadas indistintamente como pronominales, conduce, pues, a
reconocer en ellas clases de naturaleza harto diferente, y, en consecuencia, a distinguir entre la lengua como
repertorio de signos y sistema de sus combinaciones, por una parte, y, por otra, la lengua como actividad manifestada
en instancias de discurso que son caracterizadas como tales por índices propios.

Intereses relacionados