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ESPERANZA LUEGO DEL DILUVIO

Mariana Pérez Pinzón Colegio El Carmen Teresiano Cúcuta

Un fugaz rayo de luz atraviesa la estancia. 5 segundos después, el bramido de un poderoso trueno le hace eco, retumbando contra los cristales de las ventanas y amenazando con hacerlos añicos. María Eugenia se incorpora rápidamente dando un salto y previendo lo peor.

No hay tiempo para razonar, sus músculos parecen moverse por sí mismos. El agua ya está al nivel de sus rodillas y le dificulta el paso. A su alrededor, la lluvia cae impasible sobre el techo de latón, tan fuerte, que si hablara, tendría que gritar para lograr escuchar su propia voz.

Se dirige lo más rápido que sus piernas le permiten a la otra habitación. La oscuridad es total, pero la tarea no le es tan difícil puesto que lo ha vivido ya muchas veces. Sin embargo, no importa cuántas sean, le es imposible deshacerse del terror que la invade al pensar en sus hijas, siempre en peligro. Sus pequeñas piernas no aguantarían ni un segundo sobre el suelo.

Como puede, alcanza el marco de la puerta y gracias a un conveniente relámpago, las divisa. Ambas sentadas, expectantes. Esperando la llegada de su madre, sinónimo de seguridad. Ya no lloran, ni gritan. La experiencia les ha enseñado que de esa forma nada conseguirán contra la corriente que aumenta cada vez más. Su madre se apresura hacia ellas, quienes se le abalanzan, cada una en un brazo. Tan sólo confía en su fuerza, su memoria y su instinto, pero sobre todo, en Dios.

Con sus hijas ayudándole a ubicarse, Eugenia se aferra a la puerta principal. Sabe que allá afuera la corriente es mucho más fuerte, pero es donde se encuentra el único sitio seguro al que puede llevar a sus pequeñas. Abre la puerta con decisión.

-Dios santísimo, Señor Jesucristo, Virgen María, por favor, ¡Protéjanos!- Y con esa plegaria, camina hacia adelante.

Ya son las 5:30 de la mañana. La lluvia ha perdido su fuerza, pero continúa cayendo sobre sus cabezas. El frío aire ha estado congelándolas por más de una hora, mas el nivel del agua se resiste a disminuir lo suficiente como para regresar a casa.

Sentadas sobre un peñasco, se han refugiado a la sombra de un cují1 cuyas hojas apenas resisten las pesadas gotas que las bombardean. Algunas caen sobre Eugenia, quien protege a sus hijas estrechándolas contra su pecho. Está tiritando, pero no es de importancia para ella. Después de todo, han sobrevivido a lo peor.

A lo lejos, la construcción de ladrillo, a la que llama hogar, se alza en medio de un arroyo sucio recién formado. Al igual que ella, cientos de familias en todo el barrio han tenido que abandonar el lugar, junto con sus objetos, para escapar de la corriente antes de que la fuerza del agua sea suficiente como para arrastrar un taxi.

” ¿Qué será de Doña Gloria?, su muchachito apenas y aprendió a caminar”, piensa. “¿Y la tienda del Señor José? ¡Si acababa de remodelarla!”. El clima es inclemente hacia sus sufrimientos.

Leidi, una de las niñas, se incorpora, señala hacia el cielo y dice:

-¿Por qué no para de llover, mami?

Su madre le responde, porque todas las matas todavía no han recibido el agua que necesitan, mi niña.

-¿Tenemos que quedarnos aquí siempre?

-Sí.

-¿Si el agua es para las matas, por qué se mete en nuestra casa? Si ponemos una pared alrededor, ¿no podríamos parar el agua? Así riega las matas y no inunda la casa.

-Boba, claro que no, le responde su hermana Sofía dos años mayor. El agua es muy fuerte y se rompería la pared.

-¡Silencio!, le reprime su mamá. ¿No ves que ya casi escampa?

-¿Cómo lo sabes? -dicen ellas al mismo tiempo- .

-Porque luego de la tormenta, siempre viene la calma.

Ambas se miran y deciden con los ojos quedarse calladas. La voz de su madre se había quebrado, no era el momento para discusiones tontas. Los niños poseen esa habilidad especial, que muchos adultos pierden, esa de saber callar cuando hay mucha tensión. Se recostaron suavemente y cerraron los ojos. María Eugenia les besó la frente aguantando una lágrima.

Para cuando saliera el sol, tendrían que volver a lidiar con todas las cosas emparamadas. Lo peor de todo, era que el trote se repetiría otra vez.

Era poco frecuente que lloviera, pero cuando pasaba, el aguacero era tal que salir sin sombrilla parecía imposible. A menudo lo presentían y eran capaces de poner sus cosas a salvo; pero como se sabe, Cúcuta es conocida por sus inesperados cambios climáticos. Es capaz de pasar del odiado “bochorno” a una lluvia torrencial en cuestión de horas. Y cuando sucedía en la madrugada, el agua se soltaba tan fuerte como el diluvio universal.

Las calles se inundaban en cuestión de minutos. La única opción, que tenían familias como las de Eugenia, era salir y esperar. Esperar a que la naturaleza estuviera a su favor. Así lo seguiría haciendo hasta que llegara algún tipo de salvación contra el ciclo de catástrofes que mensualmente debían sufrir.

Lo que no sabía ella era que la esperanza estaba a la vuelta de la esquina.

El sol ya había salido, y la mañana transcurría lentamente en el barrio Las Chiveras. Eugenia lavaba sus trastes, mientras que sus hijas dibujaban tranquilamente en el suelo. Cuando se encontraba enjabonando una de las ollas más grandes, leves toques resonaron por toda la casa, interrumpiendo el calmado crac, crac del viejo ventilador al que estaban acostumbradas.

Se apresuró hacia la puerta, notando las miradas curiosas de sus hijas. Al abrirla, fue recibida por un apretón de brazos. Luego, escuchó una voz, un tanto chillona, que reconoció enseguida:

-¡Eugenita, mi comadre del alma!, ¿cómo está?

-¡Tanto tiempo, Irene! Voy bien, muy bien, en la lucha diaria, rió. ¿Y usted?

-No mijita, imagínese…

-Adelante, Irene, por favor entre y siéntese como en su casa -Se le adelantó, previendo el desborde de palabras que se avecinaban- venga le preparo un cafecito mientras hablamos ¿Qué le parece?

-Qué pena molestarla, con permiso -se dirigió hacia la sala y tomó asiento, colocando su enorme bolso sobre una mesa-, pero primero, cuénteme sobre lo que pasó hace dos semanas. ¡Qué tragedia tan horrible, por Dios! Quedé muy preocupada en cuanto escuché la noticia, casi me voy de cara al piso.

Las hermanas inmediatamente perdieron todo interés en la mujer que tenían al frente. Recordaban aquel suceso como si hubiera sido una pesadilla, con la diferencia de que sabían que era real. No era que no quisieran a la tía Irene, no. Solo que hablar tan a la ligera de algo como eso, les parecía irrespetuoso y hasta cruel. Su madre Eugenia, que notó la incomodidad en el aire, se restó a decir:

-Sí, nos dio duro, como a todos en el barrio. Claro que ahora estamos aquí, y eso es lo importante -sonrió mientras revolvía la bebida con cuidado y se dirigía a la habitación principal- .

-Tiene toda la razón -tomó la taza que le ofrecían y dio un gran sorbo- lo que importa es que están bien.

-Fuimos muy afortunadas. Le doy gracias al Señor que pudimos salir sin ningún daño. Físico, digo.

-Escuché que alguien murió en San Martín, arrastrado por la corriente, dijo sin demasiado tacto.

-¿Qué? -Eugenia dejó caer su pocillo con un ruido sordo que hizo saltar a sus hijas- .

-¿Cuántos han sido ya, 6? -Levantó toscamente la cara desfigurada por el enojo- .

-¡Llevamos más de 20 años así, y el gobierno no hace absolutamente nada!, ¿cuántos deben morir para que nos paren bolas?, ¡no hay derecho! -puso las manos en su cabeza, mientras que sus gruesas lágrimas iban cayendo por sus mejillas, en parte eran por su ira, y en parte por su dolor- .

-¿Cuánto más tenemos que esperar? -No pudo continuar- .

El llanto silencioso, que había estado reprimiendo Eugenia desde hace mucho tiempo, salió a flote. Recordó cómo llegó a su casa, destruida tan solo hacía 13 días: empapada, miserable y pobre.

Pensó en los “ricachones” disfrutando una noche perfecta, mientras escuchaban el hermoso sonido de la lluvia caer en sus casas gigantes; resguardados en sus sábanas, sin preocupaciones, ni miedos.

Pensó en todos a los que había visto secar sus pertenencias en las calles, sobre el suelo aún fangoso del aguacero; a quienes habían perdido sus objetos más valiosos, dañados o arrastrados por la corriente, aparentemente interminable.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por sus hijas, quienes se aferraron a sus piernas. Aunque en realidad fueron las palabras de Irene, las que la devolvían a la realidad.

-Pero Eugenia, cálmese un poco, ¿no ve que ya van a comenzar la obra? -dijo Irene mientras la abrazaba tratando de reconfortarla- .

-Uuuna…

adecuadamente- .

oobra…

¿qué

obra?

–los

sollozos

le

impedían

hablar

-La que están construyendo aquí mismito, unas calles más abajo, ¿no me diga que no sabía?

-¿De qué habla?, ¿quién está construyendo?, ¿para qué? -preguntó- calmándose de a poco- .

-¡Pues hablo de la obra del canal! ¿No puedo creer que no sepa nada? ¡Vamos, alístese rápido para ir a mostrarle!

Irene la empujó hasta la habitación y cerró la puerta. En seguida, se dirigió hasta donde las niñas y les preguntó si querían acompañarlas, a lo que ellas asintieron.

–Bueno, entonces pónganse las chancletas -ellas obedecieron sin dudar- . ¿Para qué era el canal? Estaban deseosas de averiguarlo.

Se dedicaron a llamar a su madre mil veces a través de la puerta hasta que ella salió. Estaba muy bien arreglada, lista para ir a ver el supuesto canal del que tanto hablaba su hermana Irene.

Caminaron al sol a través de las callejuelas hasta llegar a la vía principal. Irene la guió. A medida que avanzaban, se escuchaban más de cerca las palas que cavaban y las mezcladoras mientras rodaban.

Comenzaron a distinguir las típicas vallas verdosas que rodeaban las construcciones. Sin embargo, una gran parte se encontraba sin ellas. Conforme se iban acercando, notaron a los obreros sudorosos trabajando a pleno mediodía.

Allí, justo a un lado de una concurrida calle, se hundía un gran abismo que parecía tener unos 5 metros de profundidad. En el centro, trabajaban hombres con chalecos verdes. Eugenia no lo podía creer.

-¿Esto es lo que creo que es? -preguntó con un hilo de voz- .

-¡Exactamente, mijita! Estará terminado en unos 2 meses y medio, según dicen, y es extremadamente largo. Podrías caminar por una hora siguiendo lo que llevan, y no llegarías al final.

-Pero llevan haciendo esta vaina como año y medio. Juraba que la habían abandonado -y era cierto- . Ella ya no tenía esperanzas en el proyecto, ni siquiera lo recordaba con claridad. No solo eso, sino que era frecuente que las cosas que prometían los del gobierno casi nunca se hacían realidad.

Un

¿asombroso no?

camino

increíblemente

largo

que

ayudaría

a

desviar las lluvias,

-Ah, lo que pasa es que por culpa de los aguaceros y todo eso, tuvieron que parar. Te cuento -averigüé todo yo misma- Son como 2 kilómetros de canal,

y solo faltan unos cien metros. Mire, mire allá. Dicen que es un sistema de

última generación, un geo… no sé qué de tubos ecológicos. Además -se le acercó al oído- se dice que gastaron más de 13 mil millones en hacerlo, y eso que solo van en la segunda fase -a Eugenia se le erizó la piel- .

-¿Mil millones? ¡Juepucha! -ahora sí que estaba sorprendida- .

-Trece Eugenita, trece mil millones. Además, pavimentaron las calles de al lado, ¿no ve? Y también renovaron el sistema de alcantarillas… ¡Ay, se me olvida lo mejor! Ya no más inundaciones: Las comunas 3 y 4 nunca volverán

a saber lo que es una inundación. Atravesar los lugares más críticos, llevarse las corrientes lejos, ¡eh, increíble!

Los ojos se le aguaron de nuevo ¿Qué estaba viendo?, ¿acaso era real? Sentía como si todo lo que acababan de contarle fuera fantasía, una ilusión. Pero sabía que su hermana nunca mentiría con algo así.

Si de verdad terminaban la dichosa obra, jamás tendría que sentir ese terror de nuevo, esa incertidumbre que se clavaba en su estómago cual yaga, esa de que en algún momento podría no levantarse a tiempo y perder a sus preciosas hijas entre las embravecidas aguas cuyo nivel, más de una vez, llegó a su pecho.

No más noches oscuras y ensordecedoras a la sombra de algún árbol, sentadas en la tierra esperando que la tormenta acabase. No más muebles enmohecidos y electrodomésticos dañados. Nunca más eso de volver con terror a ver qué quedaba de su casa. ¡Nunca más!

Levantó su cabeza mirando al cielo. A su lado, sus hijas examinaban tomadas de la mano el borde de concreto ya terminado de la construcción. Irene, quien había mantenido el silencio para admirar un poco más el lugar, le dirigió una sonrisa sincera.

-Solo el tiempo lo dirá.

El cielo es rasgado por un haz blanco que ilumina todo a su alrededor. Un gran trueno retumba inmediatamente después, haciendo vibrar los vidrios. Afuera llueve incesablemente. María Eugenia abre los ojos por instinto y de un brinco aterriza de pie. Que sus pies no fueran tocados por agua, era algo inusual, pero de nuevo su instinto le dictó el dirigirse corriendo a la habitación contigua.

Al llegar, pudo distinguir sus siluetas, y se apresuró para cargarlas, una en cada brazo. No sabía por qué, pero algo estaba fuera de lugar. Quizás era el ventarrón que dirigía la lluvia en múltiples direcciones, era algo extraño. No le dio importancia, en cambio, se dirigió a la puerta principal, llegando más rápido de lo que estaba acostumbrada.

-¿A dónde vamos, mami? -pregunta Leidi, extrañada- Si la casa no está mojada por dentro.

La casa no está mojada por dentro, es verdad, no está mojada por dentro. ¿La casa…?

Bajó la mirada hacia sus pies. Estaban más secos que nunca. Descargó a sus hijas para dirigirse a la pared y tanteando a ciegas, presionó el interruptor de la luz. La pequeña estancia fue iluminada en unos cuantos segundos y allí estaba, la prueba verdaderamente real.

Aparte de las goteras ya conocidas, el suelo de concreto se encontraba completamente intacto. Seco. Caminó temblando con pasos vacilantes. Las niñas se abalanzaron a ella, abrazándola fuertemente. Las piernas no le dieron, las palabras tampoco, y cayó de rodillas. Con ambos brazos, estrechó a sus hijas en un abrazo maternal.

-¿Estás triste mami? -preguntó Sofía- .

–Todo lo contrario mi amor -Eran demasiado pequeñas para distinguir los tipos de llanto- .

Se mantuvieron así por un momento, varios momentos, muchos momentos que pasaron como segundos para las tres. Tomó mucho tiempo, pero finalmente habían terminado esa obra de la que había perdido toda esperanza.

Recordó las noches frías y húmedas que terminaban en madrugadas con la casa hecha un desastre. Recordó que sus oídos eran unos, antes y después de escuchar semejantes truenos. Recordó que sus más horribles pesadillas se habían convertido en realidad. La lluvia fue el miedo de toda una vida. Pero en ese momento, en ese instante se sentía tan segura, tan protegida.

Hacía tan solo 4 días, el canal Las Chiveras había sido inaugurado. Irene le relató que había sido un evento gigante, lleno de gente, y que incluso el mismísimo alcalde había hecho presencia realizando un recorrido a lo largo de la construcción terminada. Dijo que, además, habían pavimentado y renovado totalmente la vía. - Esta vez sí que me grabé todo, Eugenita: es una geoestructura que también protege la ribera del Río Pamplonita, y mejora el alcantarillado, ¡una verdadera maravilla ecologística!

Sus hijas bostezaron, era la 1:00 de la madrugada. Reaccionando, las cargó de nuevo y se dirigió a habitación a paso lento, disfrutando el momento. Las puso en la cama, y acto seguido, sacó una sábana de debajo del colchón para cubrirlas con ella.

-¿Ya no va a volver a inundarse la casa? -habló Sofía- .

-Nunca más, niñas, nunca más. -La madre acarició su cabeza con una sonrisa- .

-¿Es porque terminaron ese hueco gigaaaante donde que estaban señores? Dijo Leidi, haciendo énfasis con sus bracitos. Eugenia no pudo contener la risa.

-Claro que sí, mi amor. El hueco se lleva tooooda el agua muy, muy lejos -respondió con un tono tierno, risueño-. Pero ahora es muy tarde, así que tienen que irse a descansar.

-Si se duermen rápido, mañana las llevo a mirar el canal nuevo.

-¡Yey!

Entre risas, las niñas se acomodaron entre las sábanas. Cerraron sus ojos y al poco rato, estaban completamente dormidas.

Eugenia se levantó suavemente, y caminó hacia la puerta principal. Tenía que verlo, con sus propios ojos. La abrió lentamente para encontrarse con la calle de siempre, empapada, pero para ella, estaba prácticamente seca.

El agua corría sobre ella, pero no era más que una fina capa, deslizándose calle abajo. Cerró la puerta. Ahora estaba completamente convencida. Apagó la luz, y sin dificultad, se sentó en el borde de su cama. Suspiró. Su nueva vida podría comenzar ahora, sin miedos, sin temores. Por fin, su hogar era seguro.

Se imaginó a las 65.000 personas que en ese mismo instante, como ella, disfrutaban de la calidez de su hogar gracias a la construcción del nuevo canal. Se preguntó si se habrían despertado alarmados por culpa de la costumbre y el estrépito de la tempestad; si habrían llorado, reído o bailado de felicidad. Pero lo que sí sabía con certeza, era que todo había sido una bendición de Dios.

Se recostó, arropándose con la sábana. Era la primera vez, en muchos años, en que el repiquetear de las gotas sobre el tejado, la relajaba. Los rayos y truenos continuaban asestando el cielo, pero para María Eugenia ya eran muy lejanos. Dio gracias con el corazón y, lentamente arrullada por el sonido de la lluvia, se fue quedando profundamente dormida.

No lo había creído hasta ese momento, ¿verdad? Pero ahora, estaba totalmente convencida de que luego de la tempestad, siempre viene la calma y de que, incluso después del diluvio universal, siempre hay esperanza.

1.“Árbol corpulento de 18 metros de altura. Su copa aparasolada es ramas espinosas, recias y largas” : Expediciones Botánicas, Siglo XXI, Colombia Aprende. Recuperado de:​​http://goo.gl/vOvqP9

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