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Tecnica Legislativa del Código Civil Argentino - Alfredo Colmo

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BIJUAR
BIBLIOTECA JURÍDICA VIRTUAL ARGENTINA

TÉCNICA LEGISLATIVA DEL CÓDIGO
CIVIL ARGENTINO

Al Maestro
FRANÇOIS GENY

ALFREDO COLMO

Ex Profesor titular de derecho civil en la Facultad de derecho de la. Universidad de
Buenos Aires Ex Miembro de la l' Cámara Civil de Apelaciones de Buenos Aires

TÉCNICA LEGISLATIVA
DEL CODIGO CIVIL ARGENTINO

SEGUNDA EDICIÓN

ABELEDO-PERROT
BUENOS AIRES

PROLOGO DE LA SEGUNDA EDICIÓN

No deja de ser honrosa una segunda edición en obras, como la presente, de
contenido técnico. Nuestro medio se paga todavía de los comentarios y exégesis,
porque estima que eso es lo práctico. El conocimiento del Código en si mismo, esto
es, en su modo de formación, en el espíritu que lo ha inspirado y en el sentido más
cabal de sus diversas disposiciones, que darla la clave para la interpretación más
segura de un precepto dado, todavía no goza entre nosotros de mucho favor. Estamos
en el natural período del empirismo, y debemos esperar la acción espontánea de la
cultura y el tiempo.

Pero ya ha comenzado ésta. Lo probaría, entre otras circunstancias, la necesidad
de la presente edición, que con persistente diligencia me reclama el editor.
A propósito, esperaba disponer de tiempo para mejorar el trabajo, si no para,
rehacerlo, corrigiéndolo, poniéndolo al día y aun aumentándolo. Como no vislumbro
esa tregua en mis atenciones, me decido por fin a reimprimirlo casi tal cual está: con
sus imperfecciones y todo, sigue siendo útil, siquiera por ser obra única en su género
tanto en el país como en el extranjero. Apenas si a este último respecto cabe
descontar las excepciones bien recientes de las obras de Ray y de Ménard, que cito a
continuación.

Lo deploro no poco. Son muchas las mejoras que la obra reclama, y esto en
sentidos diversos. Y hubiera podido aprovechar al efecto no sólo la experiencia de
los años corridos desde la primera edición, sino también la bibliografía posterior a
la misma conocida después.
De esta última y sin contar trabajos que sólo de nombre tienen que ver con lo
propiamente técnico del derecho, según pasa con la-de F. de León y Olarrieta,
Metodología de la ciencia del derecho, y con la de E. Gil y Robles, Ensayos sobre
metodología jurídica, que son de carácter eminentemente didascálico, puedo citar:
(W: Pescatore, Lógica del diritto; Michon, L’initiative parlementaire et la réforme du
travail législatif; Kohler, Filosofía del derecho; Tourtollon, L'histoire du droit, etc.;
y de entre la posterior: Stammler, Génesis del Derecho; Picard, Les constantes du
droit; Pontes de Miranda, Systema de sciencia positiva do direito, 2 vols., Rio de
Janeiro, 1922; Société de Législation comparée, Les transformations du droit, 2
vols.; Cogliolo, Scritti varii di diritto privato, vol. III; Roguin, La science juridique
pure, 3 vols,; Perreau, Technique de la jurisprudence, 2 vols.; Bonnecase, L'école de
l'éxégese, 1919, y luego parte del tomo 1 de su Supplément al Traité de Baudry, en el
cual formula una crítica muy extensa y hasta severa de las concepciones de Geny y
de Perreau; Duguit, Traité de droit public; Davy, Le droit, l'idéalisme et

l'experience; G. Cornil, Le droit privé; Del Vecchio, Supuestos filosóficos de la
noción del derecho; G, Renard, Le droit, la logique et le bon sens, y Le droit, l'ordre
et la raison; J. Ray, Structure logique du Code civil français; A. Ménard, Technique
juridique en matière d'obligation; etc.
A ello cabe agregar el movimiento legislativo ocurrido en el mundo con
posterioridad a la primera edición: la adopción de los códigos soviéticos, los
tratados de derecho civil entre Francia e Italia, los nuevos códigos civiles de Turquía
y Austria, la reforma de todos los códigos en Italia, etc.
Se comprenderá, así, cuánto hay de aprovechable en todo ello. Y se alcanzará el
interés que para nosotros entraña el conjunto de tales factores, para hacer efectivas
las consiguientes enseñanzas en la reforma que estamos envías de efectuar de
nuestro código civil.

A. C.

Buenos Aires, julio de 1927.

PARTE GENERAL

OBJETIVOS DE LA TÉCNICA JURÍDICA
Y DEL PRESENTE TRABAJO

1.- DOS DIFICULTADES EN PUNTO A TÉCNICA
JURÍDICA

1.-Voy a comenzar un estudio, el de la técnica legislativa de nuestro código
fundamental de derecho privado, con el grave temor de no llevarlo a buen término.
Tengo que vencer al efecto dos órdenes primordiales de dificultades. Desde luego,
hay carencia de precedentes en estas cosas, pues no sé de ningún trabajo análogo, si
se prescinde de uno que otro esbozo y de esta o aquella alusión más o menos directa o
incidental. Además, suscita prevención en lo común de las mentes eso de la técnica; o
se la mira como una superchería, aduciéndose que la inteligencia de los códigos no
requiere tal quinta rueda, por lo mismo que basta, y sobra, con la cabal noción de sus
preceptos; o se la juzga como una rémora, en cuanto las reglas técnicas pueden trabar
el juego espontáneo y libre del legislador, y en cuanto la mayoría de los códigos del
mundo no han obedecido a cánones técnicos de ningún género y no se han
encontrado peor por eso.
Dejo de lado, por obvia, la dificultad de fondo de mis escasas aptitudes para
realizar la tarea, y pido permiso para un breve examen de esas dos cortapisas, pues la
mejor demostración del asunto deberá encontrársela en el mismo trabajo y en lo
educador y constructivo de su contenido, siempre que yo resulte capaz de hacerlo
sentir no va de hacerlo resaltar.

A.-2.- Lo relativo a la falta de antecedentes me es irremediable. Podrá serme útil
en el sentido de permitirme el desarrollo de mi personal punto de vista, ya que así no
impera en mi ninguna sugestión extraña; pero me coarta por eso mismo, por cuanto
no alcanzo a fecundar mi criterio con los horizontes y proyecciones que
necesariamente revela todo pensamiento ajeno.
Bastará un resumen de las obras que al respecto conozco pues las he citado ya en
una publicación anterior, La, técnica jurídica en la obra del Profesor Geny. (p. 10 y
ss.).

El maestro incomparable es, sin disputa, Ihering, quien en los tomos terceros y
cuarto de su admirable Esprit du droit romain nos ha dado, a propósito de la técnica
del derecho romano, los principios capitales de la técnica jurídica. Según él, tiene ésta
como objetivo fundamental la simplificación del derecho. Y ello en dos formas:

cuantitativa y cualitativamente. La primera se consigue mediante varios recursos: 1º,
el análisis, que nos dé los elementos el alfabeto como él dice del derecho; 2º, la
concentración lógica, que conduce a la reducción a normas o principios de toda esa
heterogeneidad de elementos, y se resuelve en lo que se llamaba leyes en el derecho
antiguo, o en lo que se denomina párrafos o artículos en los códigos del derecho
contemporáneo; 3º, el orden sistemático de la materia. que da pie para la formación
del árbol genealógico de los cuerpos del derecho, según las expresiones del maestro
de Goettingen, esto es, para la distribución y el plan metodológico de las instituciones
que abarca el derecho que se contemple; 4º, la terminología jurídica, en cuya virtud es
preciso echar mano de un lenguaje riguroso, que trasunte claramente, y en forma
invariable, las correspondientes ideas; 5º, la economía jurídica, que estriba en el
empleo del menor número posible de medios para obtener el mayor número de fines,
y debe de obligar, entre otras cosas, a que no se emplee “medios y principios nuevos
para producir lo que es dable realizar con la ayuda de medios y principios de que ya
se dispone”. La segunda forma, la simplificación cualitativa del derecho, tiene que
ver con el orden interno, la simetría y la unidad de los principios o normas y de las
instituciones, a fin de que “las partes del derecho, no obstante hallarse separadas y
limitadas, se reúnan armónicamente en una unidad”, a objeto de que “el pensamiento
pueda abrazar tan fácilmente la parte como el conjunto”.
No sólo ha tenido Ihering el gran mérito de ser quien primero ha desbrozado el
terreno, sino que, además, ha dado las pautas de fondo sobre la materia. Ningún
jurisconsulto posterior ha hecho adelantar mucho camino a las mismas, si se deja de
lado maneras de ver más o menos incidentales.
Ni siquiera puede decirse que sus predecesores se le habían adelantado en la
concepción. Cabe omitir las alusiones un tanto generales de Montesquieu. El mismo
Bentham, tan creador, se atuvo a los grandes principios de fondo en sus Tratados.
Rousset se limitó, en su Science nouvelle des lois, t. 1, pp. 17 y 327, a estudiar lo
relativo a la técnica legislativa externa de los códigos y leyes, así como a lo
concerniente al lenguaje de los mismos y al problema de las ulteriores revisiones de
los preceptos y obras legislativas. Y Savigny apenas si ha rozado la técnica legislativa
interna en su célebre trabajo antico¬dificador (Vocación de nuestro siglo para la
legislación y para la ciencia del derecho, pp. 27, 44, etc.), y en su Sistema, t. II.
párrafos XIX y XX, pues se redujo, en principio, al aspecto metodológico, según
puede verse en este mismo tomo, cap. I del libro II, particularmente en el párr. LVIII.
La faz ampliamente técnica del derecho ha sido estudiada sobre todo en Alemania.
Quien desee conocer una bibliografía abundante al respecto deberá consultar la obra
de Geny, Science et méthode en droit privé positif, t I, texto y notas de las pp. 104 y
105, etc. Yo me contraigo a citar las obras germánicas que directamente conozco, y
que son bien pocas: Zitelman indicó la necesidad y el contenido de la técnica
legislativa interna de los códigos, en una comunicación que dirigiera al Congreso
internacional de derecho comparado que se celebró en Paris en 1900, que figura en el
t. I de los respectivos Proces vervaux), p. 189 y ss.; y Stammler ha consagrado al
asunto buena parte de su Theorie des Rechtwissenschaft, y luego la ha aludido en su
Génesis del derecho. Pero uno y otro se han limitado a lo general o abstracto de la

técnica, pues no la han aplicado a código alguno, si se omite, con relación al segundo,
una que otra indicación ocasional.

3.-Fuera de Alemania conozco exceptuando expresiones limitadas como las de
Michoud con relación a las personas jurídicas, t. I, núm. 4. de su Théorie de la,
personnalité morale - el análisis, un poco sumario, que Saleilles ha hecho de la
técnica del Burgeruches Gesetzbuch, en el cap. XI de su Introduction á l'étude du
droit civil allemand. Demogue estudia ampliamente, en la segunda parte de su obra
Notions fondanentales de droit privé, tanto la técnica en general, como sus aspectos
legislativo, doctrinario y jurisprudencial, y las aplicaciones de los consiguientes
principios a tópicos diversos, como la clasificación y el contenido de los derechos, la
noción del sujeto del derecho y del patrimonio, la técnica de la voluntad jurídica, etc.
(v. su Traité des obligations, I, 147 Y ss., 11, 561, bis, etc.), Y la fuerte producción de
Geny, lo más completo y reciente de lo que hasta ahora se posee al respecto, después
de esbozada o presentida en trabajos previos (Méthode d'interprétation et sources en
droit privé positif. La technique législatve danis la codification civile moderne, Des
droits sur les lettres missives, la conferencia Procédés d'élaboration du droit civil
incluida en el tomo Les méthodes juridques. Su estudio, La concepcion générale du
droit et de sa méthode dans l'ocuvre de R. Saleilles) , se ha resuelto en la obra en
cuatro tomos, Scíence et technique en droit privé positit. Es menester agregar la
circunstancia de que Geny es como el padre en esta materia, con relación a los
juristas no germánicos. Todos los citados, salvo Saleilles, han escrito después de él.
Lo mismo cumple decir respecto de Brugi, el único autor italiano que ha reconocido
importancia al asunto. En su librito Introduzione alle science giuridiche e sociali, tan
hermosamente científico y filosófico, le ha consagrado todo el párr. 13 del cap. III, si
bien sin aportar nuevas luces: justifica la necesidad del tecnicismo jurídico, se
explaya sobre la dialéctica y el lenguaje, etc., y después de insistir sobre lo
sistemático del derecho concluye puntualizando las relaciones entre la ciencia y la
ley.

No es nada fácil encontrar análisis de la técnica de principio y de la técnica
legislativa. Aun en las publicaciones que acabo de citar, este segundo punto no
aparece casi nunca. Sólo Saleilles y Geny han procurado mostrarnos la técnica de los
códigos alemán y francés, respectivamente. El resto es lógica pura o predominante.
Lo que es relativamente común hallar son estudios más o menos sistemáticos de
lógica interpretativa, sobre todo a partir de la recordada obra de Geny, Méthode
d'interprétation et sources (ampliada a dos tomos en 1919), a la cual han seguido las
de Vander Eycken, Mallieux, Degni, H. de Page y otros que cito en mi recordado
trabajo “La técnica jurídica”, así como las citas y análisis de la doctrina de Geny en
tratados generales o introductivos (Planiolm Capitant, etc), o en estudios más o
menos especializados, como el de Lambert, La fonction du droit civil comparé, p. 30
y ss., o en enciclopedias o introducciones jurídicas, como las de Boguin, Picard,
Brugi, Filomusi-Guelfi, de la Grasserie, etc., que también he mencionado en mi
susodicho trabajo.

Y es aún más frecuente la contemplación de otro importante aspecto propiamente
técnico, el de la metodología (el plan, la estructura, la ordenación y clasificación de

las instituciones en los códigos y obras jurídicas). A las publicaciones que en mi
Técnica Jurídica he citado, cabe agregar entre muchas otras, claro está las siguientes:
Girard, Manual élémentaire de droit romain, pp. 7 y 8; Windscheid, Pandette
(traducción italiana), t. I. párr. 13; Polacco, Le obbligazioni nel diritto italino, n 9 2;
Zachariae-Orome, t. I, párr. 21; Huber, Eleposé des motifs, t. I, p. 17; etc.

4.-En el derecho americano, en cambio, es bastante raro encontrar algo a estos
respectos. Nos domina la letra de la ley, y nos creemos bastante felices si logramos
adosarle un comentario cualquiera de sempiterna exégesis: señalar una excepción,
una restricción, una ampliación o una contradicción (sobre todo esto último), nos
parece el sumumn del derecho y de su ciencia. Asi nadamos en lo empírico, en los
lugares comunes, en lo diminuto y en todo el consiguiente resto, que dice bien poco
de nuestro derecho y de nuestras aptitudes para galvanizarlo y hacerlo vivir, para
amoldarlo a su época y a su ambiente, para mejorarlo, para enseñarlo y difundirlo
hasta hacerlo popular, y para elevarlo a su natural categoría de disciplina social (y no
puramente legislativa), que, al dimanar de las condiciones generales de su medio -la
cultura, la economía, la política, la ética, etc.-, se convierte en el regulador de las
actividades más pragmáticas y educadoras del hombre en sociedad.
En cuanto yo sé, el único problema técnico que en rigor nos ha preocupado, y esto
en expresiones bien aisladas, ha sido el de la metodología. Quien primero lo estudió
directamente fué Freitas en las pp. XL Y ss. de su Cosolidaçao das leis civis, para
aplicarlo concretamente en esa misma obra legislativa, como luego hiciera en su
Esboço. Después de él nuestro Vélez Sarsfield se preocupó de lo mismo, según puede
verse en la nota con que remitió al Gobierno el primer libro de su ulterior proyecto.
De nuestros juristas, pocos han rozado el tópico: Segovia lo ha hecho sólo
incidentalmente, si bien más de una vez, en su Explicación y critica del código civil y
en su Explicación y crítica del nuevo código de comercio; Rivarola lo ha
contemplado en su faz más general en la Introducción de sus Instituciones del
derecho civil; y Salvat hace lo propio en los números 64 y 88 del t. I de su Tratado.
En cuanto a autores no argentinos, citaré a Bevilaqua, Código civil dos Estados
Unidos do Brazil, t. I, párr. XI. de los Preliminares, a Ferreira Coelho, Codigo Civil
dos Estados Unidos do Brazil, t. III, p. 245 y ss., así como a Álvarez, que en su obra
Nouvelle conception des études juridiques ha puntualizado lo atingente a los
supuestos técnicos de fondo de las codificaciones del porvenir, lo mismo que lo
relativo a la técnica interpretativa y a la externa de las mismas.
A mi me ha preocupado el asunto de mucho atrás. Desde 1909 - fecha a partir de
la cual figura en mi programa y en mi curso de derecho civil la materia de la
metodología del código- tengo en bosquejo una obra de mucho aliento sobre la lógica
del derecho civil, en la cual, y de conformidad con el plan que hasta ahora tengo
trazado, habré de analizar ese derecho en su lógica analítica (comprensión o
contenido, y extensión o divisiones del mismo), en su lógica metodológica, en su
lógica genética, en su lógica interpretativa, en su lógica estrictamente técnica
(elaboración legislativa, jurisprudencial y científica o doctrinaria) y en su lógica
didáctica. Asi, el presente libro viene a ser apenas un mero capitulo de esa obra.

Mientras tanto he dado a luz algunas publicaciones más o menos especializadas
sobre el tema. En 1913, Sobre didáctica del derecho civil; en 1915, en un articulo
Sobre metodología en la codificación civil, que apareció en el número de noviembre-
diciembre de ese mismo año de la Revista general de legislación y jurisprudencia,
editada por la casa Hijos de Reus, de Madrid; y en 1916, mi susomentado estudio La
técnica jurídica en la obra del Profesor Geny.
Como se ve, los precedentes de técnica legislativa son muy escasos, así en
cantidad como en calidad, pues no hay uno solo que ahonde el consiguiente análisis
de ningún código, y por mucho que en los supuestos más decisivos, los de Saleilles y
Geny, que antes he señalado, los respectivos trabajos se cobijen bajo el nombre de
positivas autoridades jurídicas.
La dificultad, de consiguiente me resulta irremediable Lo hago constar no para
cohonestar las deficiencias del presente estudio, por lo mismo que nadie tiene el
derecho de emprender una obra cualquiera sin estar en condiciones de poder
realizarla con medios suficientes y con relativa eficiencia, sino para hacer notar lo
pobre de nuestra producción en tal sentido, lo independiente de mi situación y lo
delicado del análisis.

B.-5. En lo que toca a la segunda dificultad, será tarea difícil la de vencer las
prevenciones que en general suscitan estas cosas de cualquier técnica,
particularmente en materia jurídica, donde no se está acostumbrado a ellas, y donde,
por lo mismo, se las mira con desconfianza, si no con desdén.
Muy lejos estoy de hallarme seguro de poder despejarlas en mi caso. Ihering,
primero, ha debido dedicar varias páginas del citado t. III de su Esprit du droit
Romain, para hacer resaltar la importancia de la materia y para enrostrar a sus colegas
el olvido en que la tenían. Y Geny, después, ha tenido que hacer lo propio en el
primer tomo de su Science et technique, hasta creerse obligado a justificar la misma
necesidad y conveniencia de la técnica jurídica. Cabe suponer, así, lo que el asunto
puede importar entre nosotros, que nos mantenemos tan ajenos a todo cuanto entrañe
disciplina no ya científica sino aun ética y hasta legislativa, que somos tan amigos de
lo que llamamos inspiración personal, que resultamos tan refractarios - pese a nuestro
aparente revolucionarismo- a lo que implique cambio de metro o innovación, y que
preferimos en esto como en todo las vías expeditivas y cómodas de lo ya conocido y
trillado.

Bien me consta lo que se ha abusado del preceptismo, con el cual se quiere
sinonimizar la técnica. Sé que las reglas de la gramática no sirven para enseñar a
hablar correctamente. Hay admirables retóricos, si el calificativo cabe en el caso, que
son incapaces de sentir propiamente la belleza, ni siquiera de escribir un buen soneto.
Son muchos los que saben decir cómo debe ser hecha una cosa, y que resultan
incapaces de llevarla a la práctica. En definitiva, abundan los cánones y faltan los
hechos, sobran las técnicas y carecemos de obras, menudean los andamios y los
edificios quedan por hacerse.
Más aun. La mayoría de las cosas, particularmente en asuntos psicológicos y de
vida colectiva, como la política, la legislación y el gobierno, se realizan sin técnica
alguna. Tal pasa, concretamente, con el código civil. Es que, se agrega, eso de la

técnica si no es una superchería es una cosa como instintiva, que no se aprende en los
libros, que se tiene inconscientemente, por efecto de la natural predisposición o por
virtud larvada de la general cultura.
De ahí que toda su armazón de normas y principios resulte por lo menos innecesaria.
Y no sólo es innecesaria. También es peligroso. Los cánones técnicos, como todos
los cánones del mundo, son cristalizaciones de criterio, son categorizaciones de
pensamiento y de acción. Y no hay nada más inconveniente, para no emplear el
concepto más fuerte que cuadraría, que eso de reducir a fórmulas invariables, a
rígidos lechos de Procusto, el criterio y la acción, que, debiendo como deben
subordinarse a la vida que han de interpretar y favorecer, y que es, hasta por
definición, cambio perpetuo, diferenciación progresiva y constante evolución,
requieren libertad y no esclavitud, elasticidad y no fijeza, vale decir, adaptación a las
circunstancias variables, y nunca lo inverso de la supeditación de la realidad a sus
preceptos tan fríos como falsos.

6.-La retahila no es corta. He querido limitarme a lo expuesto, porque, según creo,
es lo principal. Y advierto, desde luego, que no poco de ello es de la más pura verdad.
Es bien raro, por de pronto, que ninguna técnica pedagógica, militar o musical haya
contribuido a formar, no ya un Pestalozzi o un Horacio Mann, ni un Bolivar o un
Napoleón, ni un Bach o un Wagner, sino ni aun un maestro, un general o un músico
de condiciones más que medianas.
También es cierto que Diocleciano y Bonaparte eran perfectamente ignaros en
cualquier técnica política, lo que no ha impedido que resultasen genios de primera
agua en punto a gobierno de países. Lo mismo ha pasado en cosas legislativas: id a
buscar técnicas previas y sabias en el código civil francés, que logró expandirse por
casi las cinco partes del mundo, y, sobre todo, en el derecho romano,.que es la gran
luminaria que hasta hoy informa todos los cuerpos jurídicos de derecho privado al
través de dos mil años de vida humana!
Y es bien exacto lo de que las normas y categorías técnicas han resultado, en no
contados casos, restos incómodos que han coartado la expansión y, más que todo, la
innovación, contra las cuales han debido rebelarse los espíritus superiores y
creadores. Wagner ha sido la reacción contra las técnicas musicales. Hugo lo fué
contra las de la poesía, como luego lo ha sido, si bien en otra forma, Wal Whitman. Y
si fuéramos al fondo del asunto, hallaríamos también que Jesús es la protesta contra la
“técnica” del paganismo, como Lutero lo ha sido contra la del vaticanismo, o la
revolución francesa lo fué contra la del “antiguo régimen”, para recordar a Taine, y
nuestra propia emancipación, que no ha sido sino una revuelta contra la técnica
económico política de la madre patria.
No seré yo quien haya de desconocer todas esas verdades. Y tengo en alto precio
la libertad para ponerle cortapisas inútiles, así como guardo el más profundo respeto
por la vida para querer posponerla a fórmulas que, por el simple hecho de ser tales,
resultan siempre estrechas y esclavizadoras.

7.-Más conviene no exagerar las cosas. La libertad y la vida pueden quedar
intactas y en su lugar sin sentirse afectadas en lo mínimo por técnica alguna. Todo

estriba en que se haga de la técnica el uso que corresponde. Todo finca en que no se
abuse de ella. Lo que si es injusto es que por sus abusos se fulmine la misma técnica.
Con igual criterio habría que echar por tierra los libros, los viajes, el dinero, los
gobiernos y cualquier otra cosa en el mundo, por lo mismo que de nada se deja de
abusar.

El que abunde el preceptismo técnico en casi todo, y el que así tengamos muchos
más retóricos que constructores y creadores, es achaque natural del hombre. Para
modificarlo seria menester ante todo alterar la constitución humana.Y quisiera yo
saber de algún poder capaz de mostrarnos el cómo al efecto.
Cierto que ni el Ramayana, ni el De natura rerum, ni Shakespeare han conocido
los cánones de ninguna técnica literaria, lo que no impide que las obras aludidas
brillen perdurablemente en los más altos firmamentos. Pero ello prueba demasiado,
por donde así no prueba nada. Probará con respecto a esas obras, pero nada más. No
hay derecho de extender, mucho menos de generalizar, el argumento que entrañan.
De tal suerte se daría como inútiles todas las técnicas: ¿se concebirla, así, un albañil
sin aprendizaje, o un médico o un abogado que no hubiesen pasado por las
respectivas facultades universitarias?
Lo único cierto es que en los casos referidos, y en muchos otros análogos, el
elemento técnico pasa tan a segundo plano ante lo soberanamente bello de la
correspondiente creación, que prácticamente no tiene por qué contar. Y lo que en
general es igualmente cierto es que en todos esos supuestos ha habido siempre una
técnica, inintencionada, es cierto, pero no por eso menos real. Véase, si no, la técnica
del derecho romano que tan de relieve ha puesto Ihering. Es que, fatalmente,
quienquiera que haga una cosa, se traza, aun sin pensarlo ni quererlo, un conjunto de
normas de acción y una serie de procedimientos adecuados, que vienen a constituir su
arte o su técnica más o menos propia. Tan cierto es ello que en los casos iguales
siempre se echa mano de los mismos recursos, y que el total de éstos viene a tener
como un fondo de organismo y unidad que les imprime carácter y orientación
definidas. Y las distintas normas técnicas no son otra cosa que la condensación en
principios generales y superiores, fundamental y objetivamente iguales en cada orden
de disciplinas para todo el mundo, de esos procedimientos y de esas artes particulares
o individuales. Lo único malo es que ese contenido fundamentalmente igual tienda
a ser convertido en un principio uniforme, que no tenga en cuenta las modalidades y
circunstancias ocurrentes.
No puede caber duda. Ningún código, para limitar el asunto a lo que
inmediatamente interesa, puede dejar de adoptar un plan metodológico de sus
instituciones, dictar reglas concretas o abstractas, establecer presunciones, emplear un
lenguaje correcto y claro, etc. Todos los códigos necesariamente entrañan el
problema técnico de su respectiva elaboración, a efecto de que resulten obras
armónicas y eficientes, en las cuales el máximo de los fines pueda ser obtenido con el
mínimo de medios, lo que es una simple aplicación de una ley universal, la de la
economía de medios, la del menor esfuerzo, que tanto ha hecho resaltar Spencer en
sus First Principies para el dinamismo mundial, y que tan fuertemente ha patentizado
Ihering en materia jurídica.

Es acaso deseable librar el asunto al azar de las circunstancias y confiar en las
técnicas intuitivas de los codificadores, so pretexto de casos en que ello ha permitido
el mejor de los resultados, como ha acontecido en derecho romano, en el código civil
francés y en nuestro código civil? No tendría sentido. Tales casos son excepcionales,
aun suponiendo que los dos últimos puedan ser aducidos con toda la fuerza que se
quiere asignarles. Las mentalidades superiores no requieren técnica alguna, mas no
porque la técnica sea inútil, sino porque llevan en si mismos todo el gran capital
intelectual de su genio. Por eso tampoco requieren muchos conocimientos científicos:
por si solas son capaces de contemplar cualquier cosa en la integralidad de sus
aspectos, y tienen aptitud para 1a síntesis supremas de las creaciones más audaces y
de las ciencias más acabadas. Viceversa, las mentalidades inferiores jamás alcanzarán
nada, por mucho capital técnico y científico que posean: el elemento subjetivo, el
instrumento creador es tan deficiente que no cuenta con ningún poder organizador y
constructivo. Pero esos son los casos extremos. Y en esto, lo mismo que en derecho y
lo propio que en cualquier otro supuesto, ad ea potius debet adaptari jus quae et
frequenter et facile, non quae per raro eveniunt, lo que, en términos más breves, se
traduce en aquello de que las leyes, como todas las reglas, no se hacen para los casos
raros. Amoldando al caso la cita, puedo repetir lo que en otro trabajo -La encuesta
sobre educación secundaria - he dicho contra los que resisten la preparación didáctica
de los profesores: “La preparación profesional es tan necesaria como cualquier otra.
Se dirige al término medio, y así a la gran mayoría y de ese término medio están
naturalmente excluidos los dos extremos: los sin aptitud ni vocación, que ni con ella
serán nunca profesores; los predispuestos y consagrados, que sin ella lo serán
siempre”.

De otra manera se llegaría a positivas enormidades. Contemplemos lo común de
los hombres, esa parte de humanidad a que pertenecemos, lector, tú y yo, esa aurea
mediocritas que ya canonizara el viejo Horacio, y digamos si es posible que entre dos
individuos de allí sacados, y que estén naturalmente en condiciones iguales, es
posible que pueda dar más de sí el individuo no previamente educado que el que ha
pasado por una adecuada preparación. Análogamente, no es imaginable la suposición
de que entre dos códigos, uno de los cuales ha sido concebido y elaborado a la buena
de Dios, al paso que el otro ha sido fruto de una técnica madurada, el primero pueda
resultar superior al segundo. ¡Pero seria dar la razón a Quiroga y sus gauchos contra
Paz y sus escueleros”!. ¡Pero equivaldría a sostener que el código civil alemán no es
superior en mucho a cualquiera de los códigos hasta entonces existentes en el
mundo!. ¡Pero tanto importaría decir que la cirugía cafre está a la altura de la
teutónica!

En una palabra, la técnica instintiva puede ser mejorada y completada por la
técnica consciente. A menos que se pretenda que la inteligencia no corrige o suple e
integra las naturales deficiencias del instinto, lo que sería simplemente prodigioso. Y
a menos que se pretenda, con el bergsonismo contemporáneo, más o menos bien o
mal interpretado, que la intuición acierta siempre y está bien por encima de todos los
cánones y de cualquier disciplina intelectual. Aparte la enormidad que ello implicaría,
y para lo cual me remito a mi Técnico Jurídica, donde me he explayado acerca del
posible papel de la intuición en derecho (p. 61 y ss.), me bastará con decir que si ello

fuera así, lo menos que cuadraría seria dar por tierra con todas las escuelas, barrer con
todos los títulos y diplomas y quemar en efigie la razón y todas sus obras!
Seamos serios, y mantengamos el análisis dentro del buen sentido que le
corresponde. La técnica jurídica no tiene por qué ser mala, como no lo es ninguna
técnica. Si esa técnica inaprendida y como instintiva de que he hecho mérito poco
más arriba puede darnos códigos como el francés o el argentino, hay todo el derecho
del mundo para suponer y sostener que los respectivos codificadores habrían
producido obras mejores si hubieran sabido reducir a principios orgánicos -
racionales, coordinados, uniformes y generales la empírica balumba de sus técnicas
inconscientes, cuyas normas hesitantes, contradictorias o ausentes han dado pie a
planes metodológicos que pudieron ser mucho mejores, a disposiciones teóricas, a
preceptos contradichos, a reglas diminutas o excesivas, y a lo impreciso de un
lenguaje -sin mencionar su elegancia- que se resiente de una larga serie de
ambigüedades y de otra serie aun más larga de sinonimias, esto es, a un conjunto de
fallas que cabria haber salvado.

8.-Por lo demás, la técnica no reata ni coarta. Es cierto que cuando se abusa de
ella, se llega a cristalizar y a categorizar ne varietur sus normas. Pero eso no es la
técnica, sino la técnica de algunos. La buena técnica tiene que ser de moldes
flexibles, debe evolucionar, por lo mismo que responde a una fenomenología, como
la jurídica, en perpetuo devenir, y a la cual necesita amoldarse so pena de no
interpretarla y de resultar una mentira. Es lo que pasa con la misma ciencia del
derecho. Es lo que ocurre con cualquier ciencia o disciplina. Un buen día se le ocurre
a un espíritu un tanto dogmático y reaccionario proclamar “la bancarrota de la
ciencia”, so pretexto de que ésta, cargada de deficiencias y contradicciones, se había
mostrado impotente para satisfacer el espíritu humano en sus afanes de “más allá”, y
no había podido sustituir los valores psicológicos llenados por la religión que aquélla
acababa de destronar. Todo eso es fantasía. Es innegable que el mundo de
civilización y cultura que vivimos es producto eminente de la ciencia: así en higiene,
en salud y en mortalidad; así en alojamientos, en alimentación y en viajes; así en
comunicaciones, así en educación, así en riqueza y bienestar fisiológicos, así en
política y gobierno, así en filosofía como en religión y aun en arte; en una palabra, así
en todo cuanto concierne a mejora de condiciones de vida orgánica, intelectual y
afectiva, tanto en lo individual como en lo social y hasta en lo internacional.
La ciencia ha tenido sus lagunas y sus antinomias... Pero eso no es razón para
dudar de ella. Al fin y al cabo, la ciencia es obra humana, por donde le son inherentes
las naturales imperfecciones. ¿Hay derecho para ponerla en juicio por razón de diez -
¡de cien!- fallas o por virtud de diez - ¡de cien!-contradicciones?. Pero es que
entonces nada cuenta todo el ingente tesoro acumulado por obra de ella en verdades y
en obras perdurables desde que el mundo es mundo?. Pero entonces hay título para
renegar de nuestra misma inteligencia, y para aventurarnos al azar de la creencia y de
la fe ciegas? ¿Pero entonces la razón no cuenta en el mundo? …
Precisamente, el espíritu científico consiste en eso; en reconocer y confesar errores
y en procurar corregirlos y sustituirlos por las verdades que cuadren; en inclinarse
ante la relativa pobreza de nuestros medios y ante lo grandioso del espectáculo del

universo; en cambiar la hipótesis de ayer por la de hoy; en transmutar en verdad,
cuando ello es posible, la hipótesis provisional, o bien en abandonar las hipótesis no
fecundas o no comprobadas; en adaptarse a su época y circunstancias, en sufrir el
general curso de la evolución, y en hacer concordar siempre los principios con las
cosas, fenómenos o relaciones que trata de interpretar.
Por lo demás, es bueno no olvidar que ni aun en las más recientes concepciones
filosóficas, tan anti-intelectuales, tan anti-científicas, como el intuicionismo y el
pragmatismo, se ha llegado a las exageraciones a que son tan propensos los espíritus
fácilmente deslumbrables de los numerosos diletantes y habladores que pretenden
barrer con ella. Bergson ha dicho (en sus Données inmédiates y en su Introduction a
la métaphysique) que la ciencia no puede ser desalojada de sus dominios propios, el
análisis de la objetividad, donde alcanza lo absoluto, lo mismo que la intuición en el
campo de la conciencia; para concluir hermanando la ciencia con la intuición en una
reciproca conjunción, y para refundirlas en una superior unidad de fondo (cons.
Segond, L'intuition bergsonienne, pp. 95-6). Y el pragmatismo - para condensar los
17 pragmatismos que contara cierto filósofo norteamericano- jamás ha podido
desconocer lo "útil" de los resultados científicos y de la misma ciencia, por más que
James (Philasophie de l'expérienae, p. 137; The varieties of relilious experience, p.
491) haya inculpado a ésta. Como ya lo hiciera Dergson, la invasión ilegítima de los
horizontes metafísicos y religiosos.
Lo que debe quedar como indiscutible es que - y habría que repetir no poco de La
pensée et les nouvelles écoles antiintelectualistes de Fouillée, particularmente en su
Conclusión - la ciencia (la idea, el concepto), como expresión que es del pensamiento
y del espíritu, tiene también su fin, lo mismo que cualquier acción (pues ella lo es), y
no puede ser contrapuesta a la filosofía, por lo mismo que, al igual que la intuición,
forma parte de la vida y de la realidad que ésta entraña, que no puede ser separada o
dividida, que es única y que obra en lo orgánico de su plural y fecunda propulsión.
Podrá no aceptarse aquello de Remy die Gourmont (Promenades philosophiques, p.
133) de que “no hay más que una filosofía digna de este nombre: la filosofía de las
ciencias”; cabrá discrepar de Ostwald (Esquisse d'une philosophie des sciences,
Prefacio), que afirma que “el movimiento actual reviste más bien el carácter muy
nítido de una filosofía de las ciencias”; es concebible que no todo el mundo admita
los panegíricos de la ciencia que han hecho no pocos autores (y hasta poetas, como
Sully Prudhomme), que he citado en mi trabajo La cultura científica dado a luz en el
n9 de marzo de 1917 de la Revista de filosofía, y a los cuales se puede agregar Le
Dantec en cualquiera de sus producciones (particularmente en la última, Contre la
métaphysique, capítulos II y III), así como Pearson, The Grammar of Science.
Introduction); pero no es dable, ni remotamente, negar a la ciencia moderna, que
tanto ha contribuido a la eclosión de la filosofía, de la religión y del mismo arte, la
palabra primera, y última, en asuntos de orden fenoménico y positivo, jamás
trascendente, como los del hecho, y la consiguiente disciplina, del derecho. Sería, si
no, el mundo al revés: el gobierno de las cosas jurídicas por el subjetivismo
impresionista e individual de cada uno, la objetividad jurídica sujeta al personalismo
de los criterios. La reacción habría ido, así, demasiado lejos: so pretexto de
contenerse la ciencia en los limites que le son propios, se le hurtaría campo de acción

.al quererse sustituirla por ese esoterismo intuicionista de las modernas escuelas.
Tanto valdría proscribirla del todo.
Pero esto no me concierne sino incidentalmente. De ahí que remate el asunto
diciendo que ya he estudiado en otro trabajo (La técnica jurídica en la obra del Prof.
Gény, capítulos IX y X) el papel posible de la intuición en el derecho. Allí he dicho,
y me basta repetirlo, que la intuición como criterio, como método y como
verificación no tiene nada que hacer en materia jurídica; y que sólo es concebible, lo
mismo que en cualquier otra ciencia, como medio de invención o descubrimiento,
nunca como elemento de investigación y análisis.
Es posible que haya habido exageraciones científicas. Pero eso no es debido a la
ciencia, sino a otra cosa. La buena ciencia, la ciencia, nunca puede ser dogmática, ni
jamás pontifica ni categoriza. Lo que quiere decir que la ciencia no desconoce que
hay cosas en las cuales ella no lleva la primera palabra, como son las de arte y las de
religión. Lo que quiere decir que, así, ella se traza sus límites con relación a esas
disciplinas. Lo que quiere decir que, cabalmente, lo científico estriba, en tales
supuestos, en el examen integral del asunto, a efecto de que se dé a la razón y a la
lógica lo que les corresponde, de que se deje en el campo de la emoción lo que le es
propio, y de que no se invada el círculo de lo que es materia puramente intuitiva. De
ahí que no proceda sostener que la ciencia intente sustituir los ideales religiosos. Lo
único que hace es mostrar en las religiones sectarias y antropomórficas, lo diminuto,
lo degenerado, lo artificioso, lo grosero y lo formalista de sus respectivos cultos.
Jamás ha pretendido atacar el sentimiento mismo de lo religioso, que es connatural al
hombre y que existirá mientras éste siga siendo hombre…
Pero todo esto es excesivo para lo que aquí interesa. En mi obra Los países de la
América latina he consagrado al examen del asunto, en su faz general, bastante
desarrollo en el cap. V de la parte primera. Por eso me creo con derecho de remitirme
a lo que allí tengo expuesto, y limitar a lo dicho lo que toca al problema de fondo
con el cual se ligan el de la técnica general y el de la técnica jurídica.
Volviendo a la primera de éstas, para dar ya de mano al tópico, advertiré que
tampoco es una traba la técnica en cuanto pueda limitar la espontaneidad y el libre
vuelo de los espíritus superiores y creadores. Es precisamente en éstos donde la
técnica se hace más elástica y cuando amplifica sus cuadros, por lo mismo que ellos
le descubren nuevos horizontes, le allegan más medios y le afirman o cambian sus
conclusiones. Si hay algún espíritu que se sienta cohibido por las aparentes categorías
técnicas, es, sin duda alguna, porque se trata de un espíritu incapaz de elevarse y de
independizarse, es porque se trata de un espíritu inapto para destruir construyendo, es
porque se trata de un espíritu no creador y, de consiguiente, tampoco superior.
Y ahora en lo que hace especialmente a la técnica jurídica, me bastará apuntar la
siguiente consideración: hasta ahora, y salvo las ocasionales o incidentales
expresiones a que me he referido, la elaboración del derecho y de los códigos ha
quedado librada al juego incoordinado de la inconciencia. De ahí que haya imperado
en el terreno del derecho el empirismo más acentuado, vale decir, lo insistemático, lo
inorgánico y lo anticientifico. Y si el derecho, como disciplina que es, resulta una
ciencia, es inconcebible que no se lo trate con los miramientos que a cualquier ciencia
corresponden.

La tarea se hace, entonces, tanto más necesaria y hasta indispensable, no ya
conveniente, cuanto que es bien escaso el capital técnico de que hasta hoy se dispone.
Y en otro sentido complementario, la tarea es tanto más urgente cuanto que precisa
contribuir de inmediato al desarraigo de todo ese impresionismo que tiende,
fatalmente, a subjetivizar cosas, como las del derecho, que son tan objetivas y
naturales como las de cualquier fenomenología, a quitar al derecho su carácter y su
contenido científico, y a hacer mirar la disciplina jurídica como no sujeta a leyes,
como no subordinada al causalismo colectivo, y como ajena al dinamismo general de
su respectivo ambiente.
Es lo que yo procuraré hacer, dentro de mis medios y aptitudes, con relación a

nuestro código civil.

9.-De otro lado, se puede contemplar el asunto más positivamente todavía.
¿Qué es, al fin y al cabo, el derecho codificado?. Es toda una armazón de técnica
eminente, es toda una construcción de medios, es todo un edificio de andamiajes
técnicos.

Tómese la familia. La parte naturalmente jurídica se reduce a unos cuantos
principios: conservación de la especie, potestades marital y paterna, patrimonios
conyugales y filiares, etc. Gran número de los preceptos que la rigen (formalidades
del matrimonio, registro civil, venia marital, alimentos, tutela, curatela, etc.), se
constituyen con el mecanismo complicado que pone en juego a los indicados
principios. Lo mismo cabe decir en punto a las pruebas del nacimiento, de la
ausencia, de la defunción, de la demencia y sordomudez de las personas: lo jurídico
(científico. natural) es el simple hecho del nacimiento, de la demencia, etc., que se
reduce en cada caso a una regla única; lo grave es el resto, quiero decir, la serie de
normas indispensables para poner en movimiento esas reglas, para asegurarlas, etc,
en todo lo cual no hay otra cosa que artificios de técnica.
Mírese todo cuanto es precepto abstracto: obligaciones, hechos jurídicos,
personificación, objeto del derecho, etc., y dígase si en todo ello no hay
precipuamente un tecnicismo que salta a la vista, si en todo ello lo que dimana de la
naturaleza es bien remoto y pobre, por cuanto apenas si se contiene en la
circunstancia de que tales creaciones sean obra humana.
El aspecto formal, de solemnidad y de prueba, de los actos jurídicos, es una
creación técnica de primera agua. ¿Qué hay en el fondo de ello como perteneciente a
la vida concreta y positiva del mundo?
Lo mismo cabe decir de los registros de derechos reales: entrañan tecnicismo
puro, ya que los principios de fondo son bien contados (seguridad para terceros
adquirentes, o, lo que es casi igual, prevención de la mala fe o de los errores posibles
de los transmitentes).

Obsérvese la complicación técnica de las materias de la evicción y la redhibición,
ante lo sencillo de los supuestos naturales: asegurar al adquirente una posesión
pacífica o útil de lo que ha recibido.
El juego de las acciones reales (lo mismo que el de las acciones en general) es de
técnica rigurosa, pues lo único natural que contienen es el principio de que el
respectivo derecho puede ser invocado ante los tribunales.

No se variará de espectáculo en materia de sucesiones. Los correspondientes
supuestos (igualdad de los herederos, garantías de los acreedores de la herencia,
libertad relativa de testar, etc.), resultan poca cosa ante las formalidades
testamentarias el beneficio de inventario, la separación de los patrimonios, la
colación, la legitima, la partición hereditaria, etc., en todo lo cual el aspecto técnico
es simplemente preponderante y decisivo.
No puede caber duda. El código es expresión de la naturaleza jurídica del hombre,
es cierto. Pero también es trasunto de la organización, de la sistematización, de la
armónica coordinación entre medios y fines, vale decir, de ciencia jurídica. Y la
ciencia jurídica, lo propio que cualquier ciencia, es prístinamente una construcción
técnica, en cuya virtud analiza los distintos medios que sirvan para lograr los fines
deseables, hasta dar con la adaptación más eficiente, esto es, más firme, más
económico y más provechoso. Por lo demás, ya se lo verá concretamente en el-curso
del presente análisis, con relación a nuestro código.

II -DELIMITACIÓN DEL PRESENTE TRABAJO

10.- Pero antes de entrar en el consiguiente estudio, es conveniente que precise
más el objeto de este trabajo, delimitando algunos conceptos no bien definidos o
caracterizados, e indicando el contenido y el plan del mismo.
He hablado, más de una vez, de técnica jurídica, así en general. Otras he hablado
de técnica científica o doctrinaria, de técnica legislativa, de técnica jurisprudencial,
etcétera.

Es que la técnica jurídica es un género que entraña varias especies. La primera se
refiere a los medios y formas de la elaboración del derecho en general. Viene a ser,
así, como el arte del derecho. Las segundas contemplan los distintos aspectos
formales del derecho, o, si se prefiere, las diversas fuentes del derecho, o, todavía, las
doctrinas especies del derecho. Hay un derecho científico o doctrinario, elaborado por
los jurisconsultos; como hay un derecho legislativo, elaborado en los códigos y leyes
por los legisladores; y como hay un derecho jurisprudencial, elaborado por los
tribunales y contenido en las sentencias de los mismos.
Pues bien, y reduciendo a esas formas, fuentes o especies, las expresiones más
notorias del derecho, a cada una de ellas corresponde una técnica adecuada y propia,
por muchos que sean los puntos de contacto entre ellas (ya que el derecho es, en su
fondo, una disciplina única), y por numerosos que sean los arraigos comunes de todas
ellas en el núcleo unitario del derecho, pues que todas son derecho.
Y así, la técnica científica o doctrinaria concierne a la elaboración jurídica de los
jurisconsultos, para mostrarnos, entre otras cosas, cómo y porqué éstos analizan el
fenómeno jurídico en sus elementos; cómo, luego, combinan y recomponen esos

distintos elementos para darnos las normas y principios que gobiernan una serie de
fenómenos; cómo, después, se elevan a las construcciones jurídicas que implican la
creación de los consiguientes cuerpos o instituciones (el matrimonio, la tutela, el
sujeto del derecho, la obligación, etc.), hasta elevarse a lo más alto de la creación de
teorías generales, como las de los actos jurídicos, del abuso del derecho o de la
responsabilidad; etc., etc.
La técnica jurisprudencial estudia y reglamenta no pocas cosas: los criterios
interpretativos del derecho (en lo cual no hace sino amoldar los principios generales
de cualquier interpretación jurídica), del punto de vista de los casos a juzgar; su
tendencia a crear derecho, como los pretores romanos o como los modernos jueces de
Inglaterra y de varios estados de la Unión Norteamericana; su adaptación a las leyes
escritas o a las costumbres, o bien su amoldamiento a las circunstancias particulares
de cada hecho o contienda; el arte de confeccionar y dictar sentencias, separando o no
las cuestiones de hecho de las de derecho, dividiendo luego estas últimas, o no
dividiéndolas; etc. (cons. Demogue, Op. cit., p. 215 y ss.; Fabreguettes, La logique
juridique et l'art de juger, pasim, etc.).
Y la técnica legislativa, que es la única que habré de considerar en mi trabajo,
tiene por misión establecer los principios relativos a la expresada elaboración de los
códigos y leyes, desde su preparación y confección hasta su sanción por los poderes
correspondientes. En ello se contiene un conjunto de cosas de todo interés: quién
debe encargarse de su preparación y confección, si conviene coleccionar leyes y
códigos o dictar otros nuevos, si es preferible imitar o inspirarse en los factores
ambientes, cuál habrá de ser el plan metodológico, qué caracteres debe revestir la ley,
cómo deben ser concebidos los preceptos legales, cuáles son las normas a seguirse en
el estilo de las leyes o códigos, etc.
Como se ve, el asunto es complejo. Para introducir algún orden en él, se hace
indispensable una clasificación de todo ese contenido de la técnica.
La primera división toca a lo más amplio: la técnica legislativa en adelante hablaré
simplemente de la técnica, siquiera en obsequio a una brevedad que es siempre
encomiable, y ya que el asunto no puede prestarse en el caso a ninguna ambigüedad -
es externa o es interna. Es externa si se refiere a la tarea de la preparación y de la
sanción de las leyes o códigos: así, lo que toca al nombramiento de comisiones
especiales, parlamentarias o no, o de un jurisconsulto de reputación, para la
confección consiguiente, y lo que hace al voto de esos códigos o leyes, ya a libro
cerrado, ya con discusión, etc.
Y es interna en todo el resto, que en principio puede ser resumido en la
consiguiente concepción de las ideas jurídicas que en ellos recibirán la forma de
preceptos dispositivos. El respectivo pensamiento de fondo, reflejar el ambiente y
estimularlo, supone los elementos que lo hagan posible: los relativos a que se decida
la simple colección de leyes existentes, o la creación de leyes nuevas; a que se
codifique en todos los aspectos o formas del derecho, o sólo en materia civil,
comercial, etc; a que se consulten los diversos factores sociales; a que se adopte un
plan metodológico adecuado, etc. Dicho pensamiento implica también los elementos
propiamente técnicos, y menos amplios que los anteriores. Desde luego, los
concernientes al carácter general de la ley: en cuanto la regla deba ser escueta, o bien

ir acompañada de preámbulos o comentarios; en cuanto la disposición haya de ser
directa, o bien admita las referencias; en cuanto la norma tenga que ser concreta o
abstracta; y en cuanto el pensamiento jurídico que deba ser traducido en ley resulte
completo o integral y guarde la necesaria armonía y unidad fundamentales. En
seguida, los que corresponden a la concepción de los mismos preceptos legales: si
éstos han de ser teóricos o prácticos; si dispondrán imperativamente, o si tenderán a
suplir voluntades omisas o presuntas; si se empleará la definición para caracterizar las
instituciones; si será conveniente el recurso de las divisiones o enumeraciones; y si
las presunciones y las ficciones deberán desempeñar algún papel. Finalmente, lo que
cuadra en punto a estilo: la corrección, la claridad, la concisión y la misma relativa
elegancia, que muestren un lenguaje uniforme, un pensamiento bien expresado, y en
general, las virtudes de toda obra literaria, ya que un código lo es, pues, como dice
Alberdi –Obras Postumas, t. VII, p. 285, “un libro es u n código de ideas”, de donde
se infiere que un código es un libro de normas jurídicas; el consiguiente uso de
términos y giros o fórmulas que tengan fijeza y sentido invariable, a cuyo efecto será
menester que se eche mano de un solo término O giro para traducir la misma idea, y
viceversa, que cada término o giro no corresponda sino a una sola idea; y, por último,
el problema relativo a la calidad de fondo del estilo o lenguaje, en cuanto sea
preferible un lenguaje propio, esto es, de tecnicismo riguroso y más o menos
esotérico, o bien un lenguaje que en lo posible se aproxime al lenguaje corriente.
Tal es el contenido sumario del presente trabajo, que desarrollaré en el orden que
acabo de dejar esbozado.

III.-OBJETIVOS TÉCNICOS DE UN CÓDIGO

11.-Sólo me resta, antes de hacerlo, precisar un punto final. Es el que se
contiene en los objetivos primordiales que cabe perseguir en un código civil.
El más importante de todos es, sin duda alguna, el de la seguridad de los derechos
y de las situaciones jurídicas conexas. Como que el código no responde a otra
consideración: la reglamentación y prefijación de las relaciones de derecho, en sus
caracteres y en sus distintas proyecciones, habilita a todo el mundo -tal es por lo
menos la presunción- para conocer de antemano el alcance y las consecuencias de sus
actos jurídicos. De ahí que haya como amoldar la consiguiente conducta. De ahí que
proceda la previsión. De ahí que la actividad sea posible y de ahí que la expansión
pueda resultar eficiente.
En tal virtud se consolida una serie de situaciones de hecho (la posesión, la
tenencia de un titulo al portador, los actos del heredero aparente, etc.), que
contribuyen a las aludidas actividad y expansión, o que se refieren a circunstancias
que cualquiera tiene el derecho de considerar efectivas y jurídicas. En tal virtud se

organiza la publicidad de otras situaciones (disolución de las sociedades, régimen
hipotecario, etcétera), a efecto de que se esté en condiciones de conocerlas. En tal
virtud se protege a los terceros de buena fe (cosas muebles no robadas ni perdidas,
otorgantes de una escritura ante un funcionario que en realidad no sería competente,
contratantes con un mandatario que 'ha dejado de serlo, etc.), que han adquirido un
derecho en forma que sólo aparentemente era trasmisible. En tal virtud toda buena
jurisprudencia tiende a la fijeza de sus decisiones...; pero a este respecto es bueno
limitar los desenvolvimientos entre nosotros, ya que nuestra jurisprudencia, tan
relativamente inconstante, tendría que empezar por ser más científica y consciente
para poder llegar a la indicada fijeza. En tal virtud hay que hacer no pocas cosas más:
fulminar los efectos retroactivos ocultos, proscribir las traidoras suspensiones
escondidas de la prescripción..., en una palabra, tener en cuenta que el derecho
individual de quien pueda resultar perjudicado por un acto jurídico, debe ceder ante el
derecho social de la seguridad (que es actividad posible, que es expansión útil, que es
eficiente desarrollo, vale decir, confianza, riqueza y porvenir) que representa el
individuo que pretende el mantenimiento, y no la nulidad, del acto referido, siempre
que, claro está, se trate de un individuo de buena fe, y también, en la mayoría de los
casos, siempre que ese individuo sea un adquirente a titulo oneroso.
De otra parte, esa seguridad no debe llegar a la cristalización, a la fosilización de
los derechos y situaciones concomitantes. Un código es no sólo un instrumento de
seguridad, sino también un órgano propulsor de movimiento y un factor de previsora
y elástica evolución. Por eso, y en virtud de la misma razón de fondo que se tiene en
materia de seguridad, el bien colectivo, la seguridad individual debe ceder a la
evolución que reclaman las exigencias ambientes: el contrato de transporte no puede
ser regido de la misma manera cuando hay de por medio automóviles o aeroplanos en
vez de ferrocarriles; el propietario de un fundo está obligado a explotarlo (no en
nuestras leyes, bien entendido); los contratos colectivos o de adhesión, lo mismo que
la voluntad unilateral y los diversos casos de las promesas de deuda, no pueden ser
mirados a la luz de los principios del contrato individual del romanismo de nuestros
c6digos, etc. En suma, la evolución del mundo y la vida, determinada por una suma
de factores de todos los órdenes (económicos, éticos, políticos científicos y
culturales), tiene que acarrear una concomitante evolución en el derecho, so pena de
que éste no responda a su época ni a su medio, y de que, así, resulte una traba o una
rémora, en vez de ajustarse a las modalidades que debiera traducir, para no llegar a lo
más alto de las mejoras que deberla preparar y fomentar a fin de ser efectivamente un
órgano de previsión y de progreso.
Lo único que hay de difícil a estos respectos es un problema circunstancial; hasta
qué punto la evolución debe prevalecer sobre la seguridad, o viceversa, ya que ambas
tienen el mismo asidero de fondo, y ya que las dos resultan antinómicas en su
específica virtualidad.

Ahí de lo atinado de una jurisprudencia que pondere el doble interés en juego, y
que sepa aquilatar el que sea más decisivo según las circunstancias. Ahí de una
jurisprudencia prudentemente innovadora, que, sin renegar del pasado, procure
acomodarse al presente y preparar el porvenir, a objeto de dar pie, progresivamente, a
la ulterior legislación que haya de consagrar el derecho nuevo. Es así como cabe

explicar la función jurídicamente educadora de la jurisprudencia francesa, que tanto
se ha adelantado al código, al extremo de encontrarse prácticamente a la altura de los
códigos más recientes, como el alemán y el suizo. Es así como se justifican los
escasos amagos de igual carácter entre nosotros (fulminación de la usura, en nombre
de la moral, no obstante el articulo 621 del código civil; validez plena de los títulos
sobre inmuebles adquiridos por donación, malgrado lo reipersecutorio de la acción
que dimana de las donaciones inoficiosas, etcétera). Y es así cómo es posible en la
historia del derecho, aun prescindiendo del fecundo pretorianismo romano, la gradual
admisión de la subrogación consentida por el deudor, de los títulos a la orden y al
portador, del contrato de seguro, de las estipulaciones por terceros, etc, sin contar lo
más antiguo de la irreivindicabilidad de las cosas muebles, etc.
Por último, la universal ley del menor esfuerzo no podría dejar de tener su
expresión en el derecho. Se resuelve en la economía de tiempo, de actividad., de
medios y de todo cuanto implique simplificación. La pesantez del derecho civil es
poco menos que proverbial. La independencia del derecho comercial no es debida, en
principio, a otro factor. Hay en él todavía demasiado formalismo, aunque no sea éste
como el del derecho romano. El fetichismo de la propiedad inmueble, en esta época
de acciones y demás papeles al portador, es bastante anacrónico. La espiritualización
de esa propiedad, ya obtenida a medias en materia de hipoteca (divisible, movilizada
y hasta casi independizada), podría ser complementada en muchas otras formas.
Bastaría con apuntar lo relativo a lo lento y caro de una transmisión inmobiliaria, que
requiere tan largas escrituras y certificados. El sistema Torrens obviaría una porción
bien fuerte de esos inconvenientes.
Es cierto, sin embargo, que una exagerada economía puede redundar en daño de
toda seguridad, que es lo que primero corresponde tener en cuenta, ya que las
simulaciones y demás supercherías de la mala fe podrían ser muy facilitadas. Pero,
como siempre, se trata del uso y no del abuso, de la economía. Tiene que ser ella
gradual y moderada. Debe venir por evolución y no por revolución. Ha de obedecer a
las circunstancias ambientes, nunca a las preconcepciones teóricas de los
reformadores. Es evidente que de tal suerte se resuelve, también como siempre, en un
problema circunstancial, vale decir, en un asunto de prudente adecuación de medios a
fines. Y esto no es cosa del otro mundo, ya que no hay problema social, jurídico o
político, que no estribe en lo mismo.

PARTE ESPECIAL
LA TÉCNICA LEGISLATIVA DEL CÓDIGO

SECCIÓN PRIMERA

LA TÉCNICA EXTERNA

CAPÍTULO ÚNICO

l.- LA TÉCNICA ARGENTINA EN SI MISMA

12. -Como es sabido, el Dr. Vélez fue nombrado para proyectar el código, por
decreto de octubre 20 de 1864, suscrito por el General Mitre como Presidente y por el
Dr. E. Costa como Ministro de Justicia, en virtud de lo dispuesto en la ley nº 269, de
junio 9 de 1863, cuyo art. 19 autorizaba al P. E. para designar “comisiones
encargadas de redactar los proyectos de los códigos civil, penal, de minería y de las
ordenanzas del ejército".
La ley y el decreto, un tanto antinómicos, según se ve, tenían antecedentes.
Poco después de Caseros, Urquiza dictó un decreto, con fecha 2 de agosto de 1852,
en el cual se creaba una comisión codificadora para la confección de los códigos
civil, penal, comercial y de procedimientos.
Este decreto es bastante largo e interesante.
Se hace notar, en los respectivos considerandos, que estábamos regidos por leyes
recopiladas que constaban en “muchos voluminosos códigos”, por “leyes dispersas...
de dos y medio siglos, y que sin embargo son desconocidas del pueblo a quien
obligan”, por "leyes multiplicadas y aun contradictorias", "deficientes" e
"inaplicabIes", que dejan ancha puerta a los pleitos"; que los códigos entrañan una
“ordenación en plan ideológico y coherente”; etc.
De ahí que se concluyera organizando la aludida comisión que se dividía en cuatro
secciones (una para cada código), a objeto de que éstas trabajasen desde luego
particularmente, y a fin de que después se estudiara y controvirtiera las interferencias
y contactos necesarios entre los distintos códigos, en el seno de la comisión general.
Además se disponía que la Suprema Corte examinase los proyectos, una vez
adoptados por la comisión, y que los jueces auxiliasen a ésta en sus trabajos, a cuyo
efecto también se solicitaba la cooperación de “todos los habitantes del pais,
nacionales o extranjeros”. Como redactor del código civil se nombró a don Lorenzo
Torres; como consultores, a los doctores Alejo Villegas y Marcelo Gamboa. En
virtud de la renuncia del señor Torres, fué designado en su reemplazo el Dr. Vélez
(setiembre 3 del mismo año 1852).
El hermoso decreto, lo mismo que las comisiones, no se resolvió en nada práctico:
la revolución del 11 de septiembre dió por tierra con cualquier tarea legislativa de tal
género.

Dos años después se dictó, con fecha 2 de octubre, una ley por la cual se
autorizaba al P.E. para nombrar una comisión codificadora “en el número de
individuos que se estimase conveniente”. Es notable que no se haya impreso
organismo alguno a esa comisión, como se hiciera en el decreto de 1852, que tan bien
conciliaba, en lo relativo de las cosas, el doble aspecto fatal de tareas semejantes, vale
decir, la pluralidad y la unidad, el análisis y al síntesis, lo especial y lo general, en
una palabra, la coordinación armónica y superiormente única de los distintos códigos
particularmente de los de derecho privado. Nada me ha sido dable descubrir al
respecto en el pensamiento de los iniciadores de la ley. Sólo cabe apuntar que la
circunstancia de dejarse al P. E. la determinación de “número de individuos que se
estimase conveniente” en la constitución de la comisión, puede indicar que aquello se
dejaba a criterio del P.E., por donde se lo creía meramente reglamentario.
De todos modos, esa ley, lo mismo que el susodicho decreto, no pasó de un deseo
y de la simple expresión: jamás fué llevada a la práctica, al extremo de que ni siquiera
se designó por el P. E. la comisión aludida. Los conflictos entre la Confederación y
Buenos Aires, que culminaron en Cepeda, en el Pacto de San José de Flores, en la
Convención de 1860 y en Pavón, no permitieron ningún pensamiento de gobierno que
no fuese político o que no se refiriese a lo perentorio de las circunstancias. Y es
evidente que el pensamiento legislativo requiere tranquilidad y relativa
despreocupación, por lo mismo que se vincula con obra ponderada y con intereses
que no atañen directamente al problema de la organización.
De ahí que sea menester aguardar casi una decena de años para encontrar otra
manifestación gubernamental al respecto.
Fué en 1863 cuando se dictó la mencionada ley 269, con fecha 9 de junio, en cuya
virtud se autorizaba al P.E. para que nombrase comisiones encargadas de redactar los
códigos civil, penal, militar y de minería (ya se tenía el código comercial, pues por
ley de septiembre 12 de 1862, se había declarado código nacional el código de
comercio que entonces regía en la Provincia de Buenos Aires, desde octubre de 1859,
“redactado por los doctores Vélez Sársfield y E. Acevedo”, según rezaba el art. 19 de
la misma ley).
A esa ley se debió el decreto - posterior en más de un año- de octubre 20 de 1864, en
el cual se designaba al Dr. Vélez para que “redactase el proyecto de código civil”. En
la nota que dirigiera el Ministro al Dr. Vélez al comunicarle su nombramiento, le
recomendaba la conveniencia de indicar concordancias y citas legislativas, así como
la de formular notas explicativas de las disposiciones legales y del pensamiento que
las inspirase, y hasta le trazaba, en lineamientos bastantes sumarios y no siempre
correctos, ni aún con relación a la época, el sistema de fondo de las instituciones del
código.

13.-Tal es, en síntesis, el génesis de la designación del Dr. Vélez.
Dije, al comenzar, que ésta respondía, en el doble aspecto que presentan la ley y el
decreto respectivos, a precedentes nacionales. En la ley se habla de “comisiones”
redactoras, como se hiciera en el decreto de 1852 y en la ley de 1854. En el decreto se
convierte esas comisiones en individuos, según ya se había hecho en Buenos Aires

con el citado código de comercio, y según también lo había resuelto en la práctica el
mismo decreto de 1852.
El Dr. Vélez, alejado por entonces de toda función política, aceptó complacido el
cargo y se puso a la tarea inmediatamente.
Nadie sabe cómo trabajó, aunque es dable inducirlo de no pocas circunstancias,
exteriorizadas en muchas formas y oportunidades: cons. la biografía de Vélez por
Sarmiento (Obras, t. XXVII, p. 375); el prefacio que escribiera el Dr. Obarrio para la
obra Fuentes y concordancias del código de comercio del Dr. Alcorta; la nota
dirigida al gobierno por los doctores Plaza y Prado en 1871 (con motivo de la planilla
de correcciones de la edición del código hecha en Nueva York, que se les había
encomendado tan pronto como se recibió en el país esa edición) ; algunas de las
cartas que Sarmiento y el mismo Vélez dirigieran a nuestro Ministro en los Estados
Unidos, publicadas en La Nación de junio 5 de 1917 por un hijo del citado Ministro;
el trabajo que diera a luz el Dr. B. Otero Capdevila, a fines de mayo y a principios de
junio de ese mismo año, en el citado periódico, sobre una comparación de los
originales del código (depositados en la Universidad de Córdoba) con las diferentes
ediciones del mismo; las revelaciones hechas por algunos Senadores cuando se
discutió la ley de fe de erratas y correcciones del código (nº 1196, de setiembre 9 de
1882); y algunas obras especiales, como la del Dr. E. Martinez Paz, Dalmacio Vélez
Sarsfield y el código civil argentino (p. 144).

A lo que parece, trabajó solo. En verdad que no tenía grandes motivos para contar
con la opinión de nuestros juristas, entre los cuales no había un solo jurisconsulto.
Más aun, los pensamientos adversos contribuían a afirmarlo más en el propio.
Alguien le observó, en cierta ocasión, que algunos miembros de la Suprema Corte
encontraban malo tal o cual precepto legal. El Dr. Vélez no sólo no hizo caso alguno
de la observación, sino que, además, ante una insistencia formulada al respecto, llegó
a decir que no tendría inconveniente en poner entre las concordancias y citas de las
disposiciones criticadas: “en favor, Demolombe, Aubry y Rau, etc., en contra, Fulano
y Zutano; a ver si creen poder tener el derecho de figurar éstos al lado de los
jurisconsultos en quienes me inspiro”.
Es igualmente verdad que en la época no había nadie que estuviese en mejores
condiciones que el Dr. Vélez para una obra semejante. Se trataba, por de contado, de
un jurisconsulto, guardada la relatividad del concepto: había escrito y publicado más
de una obra (los comentarios sobre las Instituciones de Alvarez y sobre el Prontuario
de Castro, su Derecho público eclesiástico, su prólogo de la traducción castellana de
la obra de derecho constitucional de Curtis, etc.), había ejercido la profesión de
abogado patrocinando grandes causas, estaba bien versado en economía (su cátedra
en la Universidad de Buenos Aires, su fundación del Banco de la Provincia de
Buenos Aires, etc.), había sido legislador varias veces, fué Ministro otras más, tuvo
alguna participación en la confección del código de comercio de esa misma Provincia
(cosa que hoy niegan algunos descendientes del Dr. Acevedo), hasta tenia versación
literaria (su traducción de la Eneida, etc.) ; en suma, había realizado una tarea tan
compleja que fatalmente debía haberlo educado para alcanzar el derecho en la visión
suprema de los distintos arraigos, interferencias y proyecciones del mismo, lo que

tenía que resolverse en la medida relativa postulada en la sana y fecunda conjunción
última de la ciencia y la experiencia, de la teoría y la práctica, de los libros y el
mundo.

De ahí que sea difícil discutir su designación. Fué ella tan sabia como cualquier
designación que se haga en favor de una persona que es insustituible porque es única.
No creo que cupiera mayor elogio del Dr. Vélez. y bien complacido se lo tributo.
Por eso resulta disculpable su legitimo orgullo: todo aquel que vale es orgulloso,
sin que esto importe justificar la ostentación o la vanidad del orgullo.
Hay razón, pues, para que el Dr. Vélez trabajara solo, como indudablemente ha
hecho. Tal circunstancia explica la doble modalidad de su código: su fuerte valor de
fondo y sus numerosos traspiés de detalle.
Pero esto último se explica también por otra circunstancia. El código le insumió
poco más de cuatro años de labor, pues, según es sabido, en 1869 lo tuvo listo y lo
sometió a la consideración del gobierno, acaso debido a instancias de Sarmiento,
entonces Presidente (que tan alta opinión tenía del Dr. Vélez y de su obra, y que
estaba muy interesado en la urgente sanción del código), acaso porque el mismo
Vélez quería dar cima a su tarea por razón de lo relativamente avanzado de su edad
(estaba por frisar en los setenta años

14.-Sea de ello lo que fuere, el P. E. (Vélez era entonces Ministro de Sarmiento,
por donde resulta que lo último del código acaso fué confeccionado entre las
exigencias de las altas tareas oficiales) se apresuró a obtener la aludida sanción. Al
efecto lo envió a la Cámara de Diputados en agosto 25 de 1869, con un mensaje en
que solicitaba su aprobación a libro cerrado. Ello malgradó la circunstancia, que se
mencionaba en el mismo mensaje, de que el Colegio de Abogados - al cual se había
pedido opinión sobre el punto- había manifestado que era preferible la discusión
previa. Claro está que al P.E. tenía que parecerle inmejorable el proyecto para poder
sustentar aquella indicación. Efectivamente, en el susomentado mensaje el P. E. no es
muy parco en los elogios del código.
Debo advertir que lo que se sometió al Congreso fué el proyecto tal cual había
sido ya impreso. En 1865 se habla publicado por el mismo Dr. Vélez el primer libro,
por la imprenta de La Nación Argentina. Los tres libros restantes fueron editados por
la casa de Coni, en el mismo formato (aunque no en idéntico tipo) que el primero.
Esos cuatro tomos constituyeron el proyecto que el Congreso tuvo presente en sus
deliberaciones y sanción. Hago constar, de paso, que el primer libro fué acompañado,
de parte del Dr. Vélez, con una nota de remisión en que éste explica su pensamiento
de fondo, y puntualiza una serie de consideraciones (sobre fuentes, instituciones
contempladas u omitidas, método, etc.) a propósito de todo el código y del libro
citado. Los demás libros fueron remitidos al gobierno sin nota alguna. Debo agregar
que al pie de aquella nota de Vélez recayó un decreto (en julio 23 de 1865) en que se
ordenaba la publicación del libro en número bastante para ser distribuido a los
senadores y diputados, a los miembros de la Suprema Corte y de los demás tribunales
nacionales y provinciales, a los abogados y a los demás personas competentes, para
que lo estudiasen y se formasen opinión acerca de sus meritos y deficiencias.

Casi un mes después de haber enviado el P. E. el proyecto, se inició la discusión
del mismo en la Cámara recordada (p. 381 y ss. del Diario de sesiones de 1869).
El señor González Durand, en su carácter de miembro informante de la respectiva
comisión, aconsejó el aplazamiento de la discusión del proyecto, so pretexto de que
la comisión no había tenido tiempo de estudiarlo. El señor Cáceres sostuvo lo mismo,
si bien por otras razones de más fondo: quería la “revisión por la opinión pública” de
una ley tan importante. Se opuso el Ministro de Justicia a cualquier aplazamiento, y
solicitó su aprobación a libro cerrado, como se había pedido en el mensaje susodicho.
Así se resolvió, adoptándose un proyecto de ley cuyo art. 19 expresaba la aprobación
del proyecto de código, cuyo art. 29 mandaba que los tribunales diesen cuenta
anualmente de las dificultades y vacíos que notasen en la aplicación del código, y
cuyo art. 3 ordenaba recabar análogos informes de los tribunales provinciales (el art.
4°, que autorizaba al P. E. para que éste nombrase una comisión de abogados “de los
más competentes”, a fin de que en el término de cinco años, o antes de tal plazo,
aconsejasen las reformas y mejoras que creyesen oportunas, no fué sancionado).
No menos fulminea resultó la conducta del Senado. En vano el señor Oroño
arguyó con una serie de consideraciones de tinte bastante alberdiano. Los señores
Navarro y Colodrero manifestaron que optaban por la sanción inmediata y sin
discusión. Lo mismo expresó el General Mitre, apoyando al Ministro (Avellaneda).
En este sentido se pronunció la Cámara, y el proyecto fué sancionado tal como
viniera de la otra Cámara, por donde el código debía empezar a regir desde el 19 de
enero de 1871. Con fecha 25 de setiembre del mismo año, el proyecto quedó
convertido en ley (nº 340), por la promulgación del P.E.

15.-Vino luego la tarea de la publicación del código.
Dadas las preferencias de Sarmiento, no debe extrañarse la circunstancia de que se
mandase hacerla en Nueva York, no obstante las naturales dificultades del idioma. En
las cartas dadas a luz por el señor García Mansilla, y a que me he referido poco más
arriba, se verá la serie de instrucciones transmitidas por aquél al encargado de la
edición, nuestro Ministro en los Estados Unidos, Dr. Manuel R. García, tanto sobre la
estereotipía de la edición, como sobre correcciones de pruebas de imprenta y sobre la
puntuación y ortografía correspondientes.
Así se hizo. La impresión quedó lista bien pronto, y el código impreso llegó al

país a fines de 1870.

Inmediatamente se notó que había diferencias entre esta edición del código y el
proyecto que el Congreso sancionara en 1869. De ahí que se nombrase -por decreto
de diciembre 29 de 1870- una comisión, compuesta por los doctores Plaza y Prado,
para que la revisasen, comparándola con el proyecto, y para que informasen acerca de
las discrepancias que al respecto ofreciera.
El trabajo de esta comisión tenia que ser prolijo, por donde iba a requerir algún
tiempo. Por eso resultaba imposible que el código empezara a regir el 19 de enero de
1871, como estaba dispuesto en la ley citada.
Advierto, a propósito, que el proyecto Ocantos, presentado a la Cámara de
Diputados en 1870 (Diario de sesiones de tal año, p. 97 y ss.), aunque aprobado en
esa Cámara en junio 17 del año citado (p. 120 del susodicho Diario de sesiones) para

que el código rigiera desde el 19 de enero de 1872, no había logrado sanción
legislativa.

Tal fué la razón del decreto de enero 10 de 1871, en cuya virtud se disponía que
mientras se concluye el examen ordenado de la edición de Nueva York, se declaraba
oficial la edición del proyecto, que era la convertida en ley por el Congreso, tal como
éste había sido impreso en los cuatro tomos recordados, por las imprentas de La
Nación Argentina y de la casa Coní.
En verdad que este decreto entraña una anormalidad constitucional. No solamente
en cuanto importa una invasión de jurisdicción, por razón de que declaración
semejante sólo puede ser hecha por el Congreso; sino también porque no era
necesario, por lo mismo que no agregaba prácticamente nada a la ley nº 340, que
cabalmente contenía la sanción del proyecto, por donde era éste la ley civil del país.
Acaso por aquello de que lo que abunda no daña, el decreto no fué observado.

16.-Mientras tanto, la comisión de los doctores Plaza y Prado continuaba su tarea
de cotejo de la edición de Nueva York con la del proyecto adoptado. Parece que
exigió un estudio detenido, pues se tardó siete meses en dar el informe respectivo.
Efectivamente, el 31 de julio de 1871 se expidió aquélla. Acompañada por una
extensa nota explicativa del trabajo, iba una planilla de correcciones de diversos
órdenes: de fallas tipográficas, de errores evidentes, de ciertas alteraciones
gramaticales en tiempos de verbos y en giros fraseológicos, de aclaraciones de
preceptos formalmente oscuros, etc.
El P. E. remitió el informe y la planilla de correcciones al Senado, con fecha
setiembre 5 de 1871, pidiendo la aprobación de todas éstas. Contra la opinión del
senador Oroño, que persistía en su actitud contraria a la sanción del mismo código, el
proyecto fué votado.

En la Cámara de Diputados fué más viva y concreta la controversia. El Dr. José
M. Moreno hallaba en el código, tanto en la edición entonces oficial como en la de
Nueva York, una serie tan larga de alteraciones, de errores y de contradicciones, que
se hacia indispensable una obra de más fondo que la llevada a cabo por la comisión
de 1871. En tal virtud propuso la adopción de un proyecto según el cual quedaba
aprobada la edición de Nueva York como código oficial, con excepción de aquellas
disposiciones en que se contuviera “contradicciones y oscuridades notables”, a cuyo
respecto se preceptuaba la designación de una comisión de abogados para que las
estudiase y las señalase para el 19 de mayo de 1873 (Diario de sesiones, 1872, p. 82 y
ss.). El proyecto del Dr. Moreno fué adoptado en la Cámara, salvo en lo relativo a la
última palabra de las entrecomilladas.
Pero en el Senado (julio 16 del mismo año) se lo rechazó en lo que respecta al
nombramiento de la comisión de abogados (contenido en el art. 39 del proyecto). La
Cámara de Diputados insistió en su anterior voto (p. 387 del Diario de sesiones). El
Senado mantuvo el suyo, a su turno. Y la Cámara joven concluyó por plegarse al
criterio senatorial (pp. 425-6 de dicho Diario de sesiones).
En tal virtud quedó dictada la ley nº 527 de agosto 16 de 1872, por la cual se
declaraba auténtica la edición de Nueva York, con esa planilla de correcciones “que

se agregará como fe de erratas a dicha edición”. Tales correcciones suman dos
docenas.

Más de una de ellas es discutible. Y no faltan otras poco felices. Entre éstas
incluyo la del art. 521, que desvirtúa el precepto. Basta ver las fuentes del articulo,
basta compararlo con los supuestos concretos en que se lo hace jugar, para alcanzar el
principio de que el codificador distingue, en materia de indemnización de daños e
intereses, la doble situación de la simple culpa o del dolo del deudor, para hacer
cargar con una indemnización mayor al deudor doloso. Tal como queda literalmente
la disposición, no habría razón para obligar a éste a una indemnización distinta de la
que corresponderla contra el deudor meramente culpable. Es cierto que en los
criterios contemporáneos de la reparación integral, asi como en el de la
responsabilidad objetiva, determinada no por la imputabilidad personal del obligado
sino por el daño efectivamente producido, lo subjetivo de la responsabilidad
(culpable o dolosa) no puede jugar nada, desde que lo importante es el perjuicio
sufrido; pero ello nada tiene que hacer con el código, que ha seguido las aguas de la
tradición jurídica en estas cosas, de acuerdo con la cual la indemnización de daños es
no sólo una reparación pecuniaria sino también una pena.

17.-Ya teníamos, pues, el código en forma, si bien con el incómodo apéndice de
una fe de erratas. De consiguiente, la edición oficial era la de Nueva York. La del
proyecto sancionado en 1869 sólo podía serlo, como se preceptuaba en el art. 2 de la
ley 527, “en la parte que estuviera conforme con el texto de la edición de que habla el
artículo primero de esta ley”.
Poco después, en 1874, el P. E. solicitó del Congreso la autorización necesaria
para hacer una nueva edición del código. El Dr. Argento apoyó la iniciativa. El doctor
Moreno se pronunció en contra de la misma, e insistió en su proyecto de 1872: el
código contenía muchas deficiencias bien importantes, y requería el consiguiente
examen de parte de personas peritas. La Cámara de Diputados concluyó por conceder
la autorización pedida (pp. 61 y 129 y ss. del Diario de sesiones de 1874). Sin
embargo, el Senado no llegó a tratar el respectivo proyecto.
Es bueno que insista, a propósito de la edición oficial adoptada, que es todavía la
actual, pues las posteriores de 1883, 1889, 1901 y 1904 - del diario La Pampa las dos
primeras, y de la concesión Carril y Méndez las últimas - han sido calcadas (con
pequeñas diferencias simplemente ortográficas, entre las cuales no abundan las de
puntuación) sobre la de Nueva York, y se han limitado a incorporar al texto del
código el apéndice de las erratas y correcciones de la ley 1196 de que me ocuparé
dentro de poco; pues se ha complicado el asunto con las revelaciones a que me he
referido más arriba, sobre los originales del código depositados en la Universidad de
Córdoba.

18.-Se pretende que estamos viviendo bajo el régimen de un código apócrifo, por
razón de que las ediciones del mismo discuerdan con relación a los respectivos
originales. Y se arguye con la circunstancia de que muchos de los errores de tales
ediciones, así como gran parte de las erratas y correcciones de las dos leyes

susomentadas, respectivamente no se encuentran en los originales, o habrían sido
innecesarias porque en éstos el correspondiente texto es irreprochable.
Lo primero carece de cualquier asidero: no estamos gobernados por ningún código
apócrifo. Lo que se sancionó como ley por el Congreso en 1869 no fueron los
originales del código, sino el proyecto impreso en La Nación Argentina y en la casa
de Coni, pues lo que al efecto se remitió por el P. E. no fueron los originales
manuscritos sino los cuatro tomos impresos de las ediciones indicadas. Por lo demás,
la ley 527 quita cualquier duda: el código civil de la República se encuentra en la
edición hecha en Nueva York en 1870 así como en las correcciones fijadas en esa
misma ley. Más aún: el art. 29 de la ley 1196 ordenó una nueva edición oficial del
código, en que se incorporase la ley de correcciones, con el agregado de que ella seria
“la única considerada oficial”. Y es sabido que en tal virtud se procedió a la tarea con
la edición de La Pampa en 1888 (literalmente reproducida en la de 1889).
De consiguiente, la afirmación no tiene sentido jurídico ni legal. A lo sumo si cabe
aceptarla en cuanto científicamente hace resaltar las diferencias del código imperante
con respecto a los originales del mismo.
Aun en tal terreno, creo que no corresponde magnificar las cosas. Desde luego
observo que en la publicación del Dr. Otero Capdevila se acepta la circunstancia de
que en materia de contratos, dos tercios de las correcciones y erratas de las leyes
aludidas no figuran en los originales: de las 108 correcciones contenidas al respecto
en aquellas dos leyes, sólo 37 habrían resultado inútiles, por cuanto los originales no
les habrían dado pie.

En segundo lugar, cabe apuntar que el proyecto sancionado por el Congreso en
1869 fué impreso bajo la dirección y con las correcciones del mismo Dr. Vélez. Tal
circunstancia supone: 1º que la impresión debe haber sido realizada sobre originales
indiscutibles; 2º que la edición ha tenido la ventaja de la intervención personal del
autor del proyecto. Y es notoria la deficiencia gramatical y literaria de esta edición, al
extremo de que la misma edición de Nueva York, con todas sus fallas y deméritos de
expresión, lo es superior.
En tercer lugar, es de observarse que tales originales pueden distar de serlo. Se
trata de “borradores”, de “anotaciones” de "copias" en que se acusa lo que en la
técnica de los escritores se llama apuntes, bosquejos, esquemas y todo el resto afín de
la preparación, del estudio, del génesis, de la formación, etc., del consiguiente
pensamiento. ¿Qué es, pues, lo definitivo en ellos? ¿Dónde se encuentra el verdadero
pensamiento de su autor?
Más aun. Hay mucho en ellos que no es de puño y letra del codificador. ¿Hasta
qué punto, entonces, hay derecho para pensar que la intención de éste se halle
cristalizada en las meras copias o en la posible colaboración ajena?
Todavía más. Esos “originales” son varios, pues en algunos supuestos llegan hasta
siete distintos. ¿Cuál de ellos contiene la expresión última de la intención legislativa?
Por lo demás, observo que se trata de originales que cabria calificar de ex post
facto. Fueron donados a la Universidad cordobesa en 1892, mucho después de
sancionado el código y de fallecido el codificador. Quién sabe, por lo mismo, cuántas
modificaciones no fueron introducidas en ellos a posteriori. Quién sabe, igualmente,
cuántas ideas nuevas fueron agregadas, ni cuántas ideas primitivas fueron dejadas de

lado. De ahí que nadie tenga el derecho de poder afirmar que en ellos se encuentre el
pensamiento legislativo del código, sino, a lo sumo, el pensamiento del Dr. Vélez
como individuo, como jurista, vale decir, como persona privada y no como
codificador.

La conclusión que de ello surge es elemental. Los originales susodichos carecen
de cualquier valor legislativo, aun en el sentido de la mera interpretación del código,
pues no son ni pueden ser el antecedente obligado de éste. El único valor que tienen
es de carácter puramente psicológico, en cuanto muestran en la persona del Dr. Vélez
el flujo y reflujo de su pensamiento jurídico. Ello sin contar el valor bibliográfico e
histórico que naturalmente entrañan por cuanto se trata de papeles ligados a nuestro
código más fundamental de derecho privado, y por cuanto representan todo un
precioso legado intelectual de nuestro jurisconsulto más eminente.

19.-Es menester advertir que el código no quedó inalterado por mucho tiempo.
Sin contar una larga serie de leyes que lo rozan más o menos incidentalmente, hay
varias otras que son de acentuado y directo carácter civil.
Entre las primeras se tiene las leyes de correos y de telégrafos (contratos entre
ausentes, propiedad de cartas misivas, etc.), de ferrocarriles (locación de servicios,
contrato de transporte, oferta a personas indeterminadas, etc.), de papel sellado
(requisito contractual y testamentario, prescripción de las acciones correspondientes a
la violación de la ley, etc.), de moneda (obligaciones de dar sumas de dinero), de
caza, de pesca, de bosques, de aguas, de ríos, de mensuras, de aduanas, de warrants,
de patentes, de tierras, de colonización, etc., etc. Son tan importantes, del punto de
vista civil, como las de ferrocarriles y de correos y telégrafos, las de contribución (un
pago ulterior no hace presumir el pago anterior, prescripción de las respectivas
acciones, creación de un nuevo derecho real, etc.), de afirmados y de obras sanitarias,
que entrañan características análogas a la de contribución, etc. También cabe recordar
las leyes de lotería, de juego, de impuestos internos (sin contar entre éstas varias
leyes especiales sobre azúcares, vinos, alcoholes, etc.), y muchas más que, como las
precedentes, son ante todo de carácter administrativo, fiscal, etc., esto es, ligadas de
algún modo al derecho público y con proyecciones civiles en no contados supuestos.
Entre las segundas, y sin perjuicio de que también omita involuntariamente la
mención de más de una ley interesante, figuran las siguientes: nº 1196, sobre
correcciones del código civil (setiembre 9 de 1882) ; nº 1565, de octubre 31 de 1884,
sobre registro civil (de matrimonios, nacimientos y defunciones), ampliada por las
leyes 3703 y 3986, que extendieron el registro a los territorios nacionales; nº 1656
(modificada por las leyes 4206 y 6026), sobre loterías nº 1804, de setiembre 24 de
1886, reformada por la ley 8172, sobre el régimen del Banco Hipotecario, y que
entraña una buena alteración de la hipoteca legislada por el código, sobre todo en
cuanto espiritualiza el crédito hipotecario, y el derecho consiguiente, al movilizarlo y
al reconocerle en cierto limite y sentido un carácter de derecho independiente y no
accesorio, algo así como el del derecho análogo del código alemán; las leyes de 1888
y 1889 sobre el matrimonio civil, que secularizan la institución, antes sujeta a
disposiciones del derecho canónico, y que motivaron una controversia tan larga como
interesante en el Congreso, particularmente en la Cámara joven; nº 2797 y otras sobre

aguas; la ley orgánica de los tribunales, en que se crea el registro de los derechos
reales, lo que importa alterar, con relación a terceros, el sistema de la tradición del
código; los distintos tratados de derecho civil celebrados por el país, especialmente
los del Congreso de Montevideo (1889) ; nº 3683, de octubre 14 de 1899, según la
cual los acreedores de sumas procedentes de semillas vendidas o de trabajos de
cosecha pueden hacer efectivos sus privilegios sobre el importe de las primas
correspondientes a seguros agrícolas en favor del deudor de aquellas sumas; nº 3942,
de agosto 11 de 1900, que, de acuerdo con lo que es corriente en materia de
estipulaciones por terceros, reconoce como de propiedad directa del beneficiario, y no
derivada por sucesión, el seguro de vida constituido en favor del mismo, de tal suerte
que su importe no puede responder a las obligaciones del constituyente del seguro
(pero esto, no embargante su decidido carácter civil, pertenece entre nosotros al
derecho comercial), y a la cual dió una ubicación tan curiosa (allá en las sucesiones)
la comisión de la Facultad de derecho en el Proyecto de correcciones de que haré
mérito dentro de poco, cuando su lugar natural era entre los art. 1161 a 1163, que
cabalmente contemplan los contratos en favor de terceros; o nº 4097, de agosto 9 de
1902, sobre juegos de azar; nº 4124, de octubre 1 de ese mismo año, sobre redención
de capellanias; nº 7092, sobre propiedad literaria, científica y artística; nº 8875, de
diciembre 13 de 1912, sobre debentures, que incorpora a nuestro derecho la conocida
institución británica, en cuya virtud puede haber un derecho real de hipoteca sobre
bienes no especificamente determinados; nº 9151, que modifica los arts. 1032 y 1037
del código civil, en el doble sentido de que no es menester que las escrituras matrices
sean escritas por el mismo escribano, ni que se transcriba un documento habilitante,
que, aun cuando no haya sido otorgado por el escribano autorizante, haya sido al
menos incorporado a su registro con cualquier otro motivo; las distintas leyes sobre
contrato de trabajo (descanso dominical, trabajo de mujeres y niños, accidentes del
trabajo, etc.) ; la reciente ley de prenda agraria; etc., etc.
Creo que puedo prescindir del estudio particular de la técnica externa de cada una
de tales leyes. Todas han sido fruto directamente legislativo, por donde no han tenido
más elaboración que la común a nuestras leyes: su estudio por la respectiva comisión
de legisladores, su discusión en la Cámara originaria, su ulterior examen semejante
en la otra Cámara, etc. Por lo demás, no se ha suscitado con relación a ninguna de
ellas controversia alguna acerca del problema técnico.
20.-No aconteció lo mismo con la primera de las leyes citadas, la 1196, sobre
correcciones del código. Por eso considero que merece un análisis particular.
En 1878 se presentó un proyecto de ley en cuya virtud se proponía una serie de
enmiendas (sumaban 29) del código. Su autor, el senador Paz, insistió acerca de su
respeto por la obra del Dr. Vélez, asi como sobre la circunstancia de que se trataba
tan solo de simples errores tipográficos o evidentes, por donde su proyecto no
implicaba la reforma del código sino la edición de una simple fe de erratas.
La correspondiente comisión, compuesta por los doctores Cortés, Arias y Argento,
se expidió el año subsiguiente de 1879, aconsejando la adopción del proyecto de
correcciones tal como ella lo despachara, esto es, con 174 enmiendas.
En la sesión en que se trató ese despacho (17 de junio del año citado), Sarmiento
fué el primero que contestó el discurso del miembro informante (Cortés),

oponiéndose a la discusión del mismo. Con oratoria dominante, y hasta sarcástica,
estableció un distingo de lo más agresivo: había en el Senado abogados, pero no
jurisconsultos; de ahí que este Cuerpo no tuviera el derecho de tocar en forma alguna
la gran obra de Vélez, mucho más cuando las simples erratas del proyecto originario
habían degenerado en positivas correcciones, como las que entrañba el despacho de la
comisión. El Dr. Cortés se defendió con habilidad y sin intimidación alguna. Los
doctores del Valle y Pizarro acompañaron a Sarmiento. Y los senadores Torrent y
Vélez apoyaron a la comisión.
En una sesión ulterior, este último senador propuso la votación en general del
despacho. El senador Pizarro se opuso en un discurso lleno de ática malicia y de un
talento parlamentario de primer orden. Pero la mayoría estaba formada, y la votación
propuesta fué un hecho. Vino luego la discusión en particular de cada una de las 174
enmiendas, lo que tomó una serie de sesiones. En el curso de las mismas -
particularmente de las primeras, pues luego se impuso un silencio sistemático, ya que
nada le demostraba la necesidad de todas esas correcciones - se hizo más patente la
fuerte personalidad del Dr. Pizarro, asi como el sentido práctico de del Valle, y lo
generalmente subalterno de los conocimientos jurídicos de casi todos los senadores,
con excepción del Dr. Cortés. De cualquier manera, quien desee no formarse mala
opinión jurídica de nuestros senadores, debe no leer el conjunto de dicha discusión
(que corre impresa en tomo aparte: Discusión de la fe erratas y correcciones “al”
código civil”, Buenos Aires, Imprenta de La Nación, 1879).
En 1880 se pasó el proyecto sancionado a la Cámara joven. Puede verse en las
páginas 395, 504 y ss., 535 y ss. y 539 y ss. del respectivo Diario de sesiones, las
ulterioridades que en ésta tuvo el proyecto. La comisión (compuesta por los doctores
J. C. Paz, A. D. Rojas, R. Ruiz de los Llanos, B. Solveyra, l. M. Chavarria, C. L.
Marenco, L. Lagos García, M. Demaria y M. de Tezanos Pinto), aumentó las
correcciones a 314 (temo no haber contado bien). E informó en su nombre el Dr.
Rojas, quien dijo que las correcciones tendían a interpretar preceptos poco claros
mediante reformas gramaticales y lógicas, a concordarlos entre si suprimiendo
contradicciones, a cambiar términos vulgares por expresiones técnicas, etc. Se
levantó la sesión sin discutir. Lo mismo ocurrió en la siguiente. Por fin se entró en el
correspondiente estudio con fecha 25 de julio, concluyéndose por adoptar casi todas
las enmiendas propuestas por la comisión.
En el Senado se rechazó 28 modificaciones (casi todas contenidas en la sustitución
del vocablo locura por demencia, introducido en la Cámara de Diputados). Vuelto el
proyecto a esta rama del Congreso, no se insiste en la sanción primitiva, con
excepción de la del inc. 6º del actual art. 1791 (Diario de sesiones de 1882, p. 14).
Pero el Senado mantuvo su actitud que debió imponerse por razón de su privilegio de
Cámara iniciadora, y en virtud de que se llenó al efecto el requisito de los dos tercios,
por donde el proyecto quedó convertido en sanción definitiva, promulgada luego por
el P. E., con fecha 9 de setiembre del mismo año.
Como es sabido, las correcciones llegan a 285. La gran mayoría de ellas son
justificables: en principio responden a exigencias meramente gramaticales, a razones
de simple buen sentido y a necesarias correlaciones con otras del código o con el
espíritu de fondo del mismo. La verdad que en tales sentidos se pudo haber hecho

mucho más y mejor. Ya se lo verá cuando más adelante, en LA PARTE ESPECIAL,
cap. IV, de este trabajo, estudie la técnica literaria del código, en lo cual se contendrá
la de no pocas de las indicadas correcciones de la ley 1196: son numerosos los
defectos de expresión, son abundantes las superfetaciones y oscuridades, etc. Ya se lo
verá, igualmente, cuando haya de puntualizar las frecuentes contradicciones y las
múltiples repeticiones que en el mismo se tiene (núms. 69 y ss. y 75-6).
Por lo demás, entre las enmiendas adoptadas hay varias que son observables. La
del actual art. 325, sobre ser poco clara, resulta diminuta, pues, como ya observara el
Dr. del Valle en la discusión senatorial, se deja de lado el supuesto del hijo póstumo.
La del art. 572, relativa a la sustitución del vocablo quiebra por el de Insolvencia (que
motivó en el Senado una larga controversia: p. 363 y ss. del citado libro Discusión de
la fe de erratas correcciones al Código civil), además de no aclarar gran cosa el
concepto, es igualmente diminuta, ya que pudo ser extendida a otros supuestos
análogos o afines (art. 301, 962, 1397, 1464, 1714, etc.). Pudieron ser más felices las
de los arts. 1332 y 1405, que no delimitan cabalmente, con relación a los arts. 1404 y
1406, el contenido de lo aleatorio de una venta. La supresión del actual inc. 6º del art.
1791, aconsejada por la Cámara de Diputados, habría sido de toda obviedad.
De cualquier modo, con esa ley se hizo obra buena, sin que por eso haya lugar
para magnificársela, pues el valor científico que entraña es muy de detalle y casi
subalterno.

21.-Con esto puedo dar por terminado el estudio de la técnica externa del código.
Ha habido otras leyes civiles muy discutidas, sobre todo las de registro y de
matrimonios civiles (puede verse lo cálido de la controversia en la Cámara joven,
particularmente con relación a lo segundo, en los respectivos Diario de sesiones:
1884, t. II, p. 847 y ss.; 1888, t. II, pp. 373, 405, 422, 442, 456, 485, etc.), pero no en
materia de técnica legislativa. De ahí que no puedan interesar a tal respecto. Y de ahí
que tampoco seduzca ninguna otra ley civil, pues la técnica ha sido invariable. Sólo a
veces se ha recurrido por las comisiones correspondientes al asesoramiento de
entidades más o menos entendidas, si bien a propósito de proyectos que no han
llegado a ser ni siquiera sancionados, no ya convertidos en ley; tal aconteció, por
ejemplo, con el proyecto de adopción del sistema Torrens en materia de enajenación
de derechos reales, con el que establecía la indivisión hereditaria en las sucesiones de
cierta cuantía (creándose al efecto un derecho vitalicio de usufructo en favor del
cónyuge supérstite), etc.
Lo único digno de mención particular es el Proyecto de correcciones “al” código
civil (Buenos Aires, Imprenta de G. Kraft, 1908) pendiente de consideración. Nació
con motivo de un decreto de julio 28 de 1900, en el cual se dió comisión a dos
personas para que corriesen con la tarea de la nueva edición del código, que se
mandaba hacer y que debía ajustarse a estas bases: incorporación de la ley de
matrimonio, tomándose como modelo la edición de 1870 y las correcciones ulteriores
(de 1872 y de 1882); y salvedad de “los errores o incorrecciones o falta de armonía
de las distintas disposiciones correlativas del mismo código”.
La comisión se expidió a mediados de 1902 en un despacho en que se había
excedido de su cometido, si bien, a lo que parece, con asentimiento previo del

entonces Ministro de Justicia, pues no se limitó a la correlación y armonía de los
preceptos de la ley de matrimonio con los del código que resultasen rozados o
afectados, sino a una tarea más amplia de correcciones de forma y de fondo de todo el
código.

El Ministro pasó a informe de la Facultad de Derecho el trabajo de la comisión.
Los profesores que la Facultad designara al efecto hicieron notar la extralimitación, y
creyeron prudente solicitar, como se hizo, que el Ministro precisase el alcance del
decreto susodicho, a objeto de que ellas pudieran ajustar su conducta. Como parece
natural, el Ministro les dió amplias atribuciones para realizar “una labor más
completa y trascendental”.
En tal virtud, la comisión de la Facultad procedió al desempeño de su cometido.
Revisó las correcciones de la comisión anterior, si bien sin pronunciarse acerca de su
mérito, pues prefirió lo conservador de la tarea, que llama “mecánica”, de ajustarse a
lo originario del decreto de 1900, y no quiso aventurarse en la obra “completa y
trascendental” que también deseaba el nuevo Ministro.
Su trabajo consta en cinco planillas. En la primera se abarca 11 variantes de
expresión, que correspondía adoptar de acuerdo con las leyes de correcciones de 1872
y de 1882, y que no habían sido bien tomadas en la edición de 1883. En la segunda se
ajusta la ley de matrimonio al código, para lo cual, y como ya lo hiciera la primitiva
comisión, hubo que unificar varios artículos de aquélla, y se introdujo modificaciones
que tendían - a coordinar disposiciones de la ley o a suprimir lo transitorio de otros
preceptos de la misma. En la tercera figuran las correlaciones indispensables
entre la ley de matrimonio y el resto del código, ya que la desarmonía al respecto era
evidente en más de un supuesto. En la cuarta no se hace más que incorporar al código
las leyes 3863 y 3942 (sobre privilegio de los acreedores por semillas respecto de las
primas por seguros agrícolas, y sobre seguros de vida), siempre sin alterar la
numeración de los arts. del código. Finalmente, en la quinta se incluye los artículos
que se ha creído necesario proyectar para dar cabida a la transición operada con
motivo de las tres leyes incluidas en el texto del código.
La nueva comisión realizó un buen trabajo. Depuró el de la primitiva (agregando
correcciones, suprimiendo otras, modificando algunas, etc.), y señalo más firmeza
jurídica y legislativa en sus enmiendas y adaptaciones. Pero no se lanzó a lo
escabroso de una revisión general del código, como hubiera podido hacerlo según la
última nota ministerial. De suerte que a tal respecto las trescientas cincuenta páginas
de alteraciones contenidas en la respectiva publicación corresponden exclusivamente
a la comisión anterior.
Cabe advertir que estas alteraciones son, en su inmensa mayoría, de simple
expresión. De ahí que disten de representar la suma de mejoras que reclamarla el
código, si se entrase en la inoportuna aventura de su general reforma. Hay en el
código muchas contradicciones, incoherencias e inarmonías, que no se han tocado por
la comisión. Son todavía más numerosas las repeticiones que para nada se han tenido
en cuenta. Lo mismo digo del largo conjunto de preceptos meramente enunciativos,
completamente inútiles que pululan en el código. Eso que no me refiero sino a lo que
en él está expresado; que si fuésemos a sus comisiones y a su adaptación a lo
adelantado de la vida del derecho, las deficiencias subirían de punto, así en cantidad

como en calidad. Más aún: fuera de ese aspecto de fondo, en la misma faz de la
forma, del lenguaje, las aludidas alteraciones o enmiendas en bien poco tocan las
fallas lexicológicas y ortográficas, y menos todavía las que tienen que ver con las
frecuentes anfibologías de conceptos ambiguos y de sinonimias prodigadas al exceso,
ni las relativas a las construcciones defectuosas y al fraseo bastante zurdo de las
disposiciones legales, como se verá más adelante, cuando analice el lenguaje del
código (cap. IV de la PARTE ESPECIAL).
En cuanto a la labor de la segunda comisión, la de la Facultad, nada hay que decir,
pues ella es limitada, en razón de que no se ha querido, como indiqué, invadir el
dominio de todo el código, y se prefirió la tarea externa de la simple adaptación de las
tres leyes mencionadas.
Lo que es cierto es que todo ello acusa una tendencia, en el sentido de la reforma
integral del código, que no me toca examinar aquí. En cuanto en ella se trata de la
técnica externa de la obra, cabe apuntar la relativa mejora de la designación de
comisiones extraparlamentarias y constituidas por gente perita, encargadas de
elaborar los consiguientes proyectos.

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