Está en la página 1de 5

El laicismo: seis tesis contrarias a la Educación Pública

Olac Fuentes Molinar

Primera tesis:
Se ha afirmado que la enseñanza pública controla y “cuadricula” la mente
de la población y que el Laicismo es un instrumento antirreligioso.

Respuesta:
Estas afirmaciones son infundadas, pues no corresponden a la realidad de
la política educativa actual; intentan darle vida a una antigua querella, que México
ha sido resuelta y ha dejado atrás mucho encono y serios daños; y porque
deforman el significado que el laicismo tiene hoy como garantía de la tolerancia, el
pluralismo y la libertad de conciencia.
El laicismo no es una doctrina confrontada por otras. Es una posición frente
a una pluralidad de doctrinas, particularmente religiosas, que reclaman por igual la
validez de su visión del mundo. Ser laico significa reconocer el derecho de todos a
practicar una religión – si ésa es su decisión – y hacerlo en el ámbito de la familia,
de las propias comunidades religiosas y de las organizaciones ligadas a ellas.
En la escuela pública, a la que acuden todos sin diferencias, el Estado se
encuentra obligado a promover una formación común, fundada en valores
compartidos por todos mas allá de las diferencias entre doctrinas religiosas, que
suelen ser irreductibles y frecuentemente se expresan de manera intolerante.
Como acción de interés publico, la educación tiene que luchar por la armonía,
empezando por la propia, y negarse a ser un espacio en el cual los adultos
pretendan dirimir sus diferencias y disputarse la conciencia de los niños.
La educación pública que imparte el Estado se deriva de las facultades y
obligaciones que le imponen la Constitución y sus leyes reglamentarias. En ellas
se funda la orientación de la educación. Nos esforzamos porque todos tengan la
oportunidad de lograr una formación científica fundamental al desarrollar las
capacidades de leer, expresarse y escribir, y usar las matemáticas con
inteligencia.
Aspiramos a que la escuela aliente la confianza en la razón humana y la
capacidad de pensar libremente. Se busca, por muchos medios, fortalecer nuestro
sentido de identidad como nación y orientar a los niños hacia la protección de
nuestros recursos, el cuidado de la salud y la vida, la convivencia en la paz, la
tolerancia y la ley. No creo que en todo ello exista una sola idea particularista, ni
alguna intención insidiosa. Es con estos criterios que la separación de la iglesia y
el Estado, base constitucional en la gran mayoría de las naciones, adquiere un
sentido concreto en la función educativa pública.
Segunda tesis:
Se sostiene que las orientaciones oficiales son positivistas y obstaculizan la
formación valoral de niños y jóvenes.

Respuesta:
El positivismo es una teoría superada, y no creo que alguien la sostenga
hoy en el sistema educativo. Por lo que toca a la formación en valores, el laicismo
derivado del artículo tercero no postula la neutralidad ética ni el vacío de valores.
La escuela pública proclama – y practica en la inmensa mayoría de los casos - los
valores colectivos de la tolerancia, la democracia, la igualdad de sexos, razas y
orígenes sociales, y el respeto a la dignidad de las personas. En el ámbito del
individuo, se insiste en la iniciativa personal, en la colaboración, en el aprecio al
trabajo, la honradez y la verdad. Creo que son valores que comparten los católicos
genuinos, los cristianos no católicos, los judíos y cualquier persona de buena fe
que tenga o no creencias religiosas.
Es necesario fortalecer la formación valoral en los tiempos que vivimos. Hay
una tarea que corresponde a la escuela, y que ésta no puede realizar sola, pues a
veces la sociedad le traslada funciones que ella misma no ha sabido o no ha
querido cumplir. De todos modos, estoy convencido de que en la sociedad
mexicana de hoy no hay espacio de vida colectiva que sea más civilizado que en
una escuela pública.

Tercera tesis:
Se argumenta que el pluralismo moderno justifica que las iglesias participen
en la educación pública.

Respuesta:
En primer lugar, hay que recordar que en la educación por los particulares
se ejerce abiertamente este derecho, a partir de la reforma de 1992. En realidad,
así se venía haciendo, pero en un absurdo ambiente de simulación. Ahora los
padres, al inscribir a sus hijos en un plantel, saben cuál es la opción que están
tomando.
En la escuela pública las cosas son distintas. El pluralismo en relación con
la religión es cada vez más rico en México. Existen los que profesan una religión y
los que prefieren no tenerla. En el vasto campo del cristianismo existen numerosas
denominaciones, algunas intensamente enfrentadas entre si. Una creciente
internacionalización ha dado mayor presencia a las religiones no cristianas. Aun
en el ámbito del catolicismo, hay padres y madres que prefieren mantener la
religión en los espacios de la familia y de la comunidad de creyentes y, además,
me atrevo a decir que entre los católicos hay matices en los acentos doctrinales y
en las prácticas que distan de ser homogéneos.
Como la validez y el ejercicio de un derecho no dependen del número de
aquellos que lo reclaman, habríamos de aceptar que en la demanda de la
enseñanza religiosa todos estarían en condición de igualdad.
Debemos tener presente que las religiones son, casi por naturaleza,
sistemas de creencias intensamente arraigados por la fe y, por ende, también
proselitistas. Aunque la coexistencia religiosa ha ganado la tolerancia en el
espacio abierto de las sociedades, todavía hoy, en el mundo y en México,
encontramos numerosos testimonios de efectos disolventes en la confrontación
religiosa.
Llevar esa pluralidad en competencia al espacio pequeño y de intensa
convivencia de la escuela sería enormemente dañino para el ambiente de armonía
y de propósito común que los niños y jóvenes necesitan aprender. No debemos
abrirle la puerta a la discordia, ahí donde más nos daña, ni entender el pluralismo
como confrontación de múltiples intolerancias. Seguramente en eso pensaba el
presidente López Mateos, hace más de 30 años, durante la gran polémica del
texto gratuito, cuando formuló la frase aquella de que “la paz de la escuela es la
paz de México”.

Cuarta tesis:
Se considera que los libros de texto gratuitos son el principal instrumento de
control gubernamental sobre las ideas de la población.

Respuesta:
Hasta donde lo ha permitido la capacidad de la Secretaría, hemos tratado
de elaborar los libros conforme a los avances de las ciencias, a nuestro
conocimiento sobre la forma en que aprenden los niños y a nuestra valoración
respecto a los requerimientos del trabajo de los maestros. En cuestiones que por
sí mismas son controvertibles, hemos intentado resolver los problemas con
ponderación y objetividad. Seguramente desde posiciones particularistas, los
libros deberían ser distintos. Sin embargo, en la perspectiva de los consensos
científicos y pedagógicos hoy predominantes y de los valores comunes de los
mexicanos, ¿cuáles son los contenidos de los libros que se consideran sectarios?
¿En dónde se encuentran las formulaciones identificables con un propósito
manipulador y cuadriculador de mentes? ¿Dónde está el oscurantismo?
Hay que hacer una reflexión de mayor alcance sobre el significado
educativo de los libros de texto. En ellos, a partir de las formulaciones de las leyes
y de los planes de estudio, se ha tratado de establecer un marco coherente,
sistemático y progresivo de lo que hoy entendemos como formación básica,
indispensable para todos.
Los libros son una base que asegura un punto de partida común; no son, ni
han sido nunca, un referente educativo único y excluyente. Su uso real está
mediado por las prácticas infinitamente variadas de los maestros y por los
múltiples recursos que utilizan, entre ellos los libros y materiales educativos
complementarios, ofrecidos abundantemente por la industria nacional y la
extranjera.
Como medio cultural, los libros de texto gratuitos son permanentemente
perfectibles y deberíamos acordar los plazos para su evaluación sistemática y
mejoramiento. Sin embargo -y asumo el riesgo de ser yo quien lo diga- los libros
renovados se comparan ventajosamente por su calidad con otras opciones, si uno
concibe a la educación como medio para aprender a pensar, y no para repetir o
recordar.
El libro gratuito tiene, además, un evidente sentido social. En un país en el
cual la población pobre o de recursos muy modestos es mayoritaria, la distribución
universal y oportuna de los textos es un alivio para la economía familiar y una
seguridad de tener en las manos los medios básicos de estudio, que en muchos
lugares serían inaccesibles por otras vías. No está por demás recordar lo que esto
significa: en el país hay aproximadamente 95 000 escuelas primarias y entre ellas
5 100 de sostenimiento privado. Que lleguen a ellas 123 millones de libros -y que
lo hagan a tiempo- no podría hacerse con un sistema distinto del que estamos
empleando.

Quinta tesis:
El carácter gratuito de los libros es ficticio, puesto que su costo se cubre
con los impuestos que pagamos los mexicanos.

Respuesta:
Es obvio que cuando se otorga a la gente un servicio gratuito, su costo
debe cubrirse de algún modo. Todas las obras y servicios públicos – calles, agua
potable u hospitales – se pagan con los impuestos que la gente aporta y con los
recursos de la nación. Con ellos se da atención a necesidad colectiva. Cuando el
uso de esas obras y servicios es general y gratuito, o altamente subsidiado, el
gasto público social cumple la función de transferir recursos de quienes tienen
más a quienes menos tienen.
Definir el destino del gasto exige establecer prioridades, más severamente
en épocas de limitaciones económicas, porque gastar en un sector reduce los
recursos para invertir en otros. En el caso de los libros de texto, no se puede
encontrar un uso alternativo que sea más notable y que tenga mayores efectos
positivos a futuro que esta inversión.

Sexta tesis:
El debate, y la polémica en general, dañan a la educación porque producen
intranquilidad y confrontación.
Respuesta:
No. La educación se beneficia con el debate serio, informado y en torno a
problemas colectivos reales. Lo que me parece infortunado son los términos de
estas tesis. Creo que, particularmente en épocas como las actuales en México,
todos estamos obligados a cuidar el fondo y la forma de nuestras expresiones
políticas. No sólo es cuestión de buenas maneras, sino de evitar que el discurso
público se degrade en la descalificación genérica y en las aseveraciones que no
se fundamentan en hechos. Un debate degradado no le sirve a la educación ni al
país, descalifica a la política y resta autoridad intelectual y moral a quienes
participan en él.

También podría gustarte