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No. 9 - BOGOTÁ D.C. JULIO - DICIEMBRE DE 2013 - ISSN 1900-5091

gavia@udistrital.edu.co
http://revistagavia.blogspot.com

No. 9 - BOGOTÁ D.C. JULIO - DICIEMBRE DE 2013 - ISSN 1900-5091

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Facultad de Ciencias y Educación

ENSAYO
Otras perspectivas para comprender
la edad, la generación, el futuro…
Germán Muñoz González
(escritor invitado) 5
El Cuco de los sueños. En los
espacios de la memoria elemental
Catalina Garcés Martínez 12
El Dios Errante, de Pedro Gómez
Valderrama. Del cuerpo, lo prohibido
y la transgresión
Iván Darío Vargas González 19
La bohemia en Bogotá a principios
del siglo XX. “La Gruta Simbólica” y
el Parque de la Independencia
Gerson Vanegas Rengifo 24

POESIA
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·Tarde al fin
·Del reino, una tiniebla
·Trashumante
·Último nacimiento
·Espejos interiores
·Cualquier esquina del tiempo
·Dolor de tumba
·Estados menguantes
·Anunciación
·Ser
Jorge Valbuena
(escritor invitado) 35
·Algo sobre-nosotros
·¿Qué fue el amor?
·Visita al Minotauro
·¿No soportamos acaso tanta cosa muerta?
·Pos-Necro-Polis
Luis Armando Botina 44

CONTENIDO

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·En el vestíbulo (secuencia poética).
Del libro inédito Poemas para nadie
·En el vestíbulo
·Mortales
Ricardo Canizales 50
·Velo de noche
·El adiós
·Jaguar
Henry Alexander Gómez 52
·Al espejo

Rafaela Vega 55

Para publicar en GAVIA…
Todo texto debe ser entregado en fuente Times New Roman 12 puntos, interlineado
de 1.5, tamaño carta. Enviarlo como archivo adjunto que incluya todos los datos
personales y de contacto del autor (nombre, profesión u oficio, número telefónico,
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nombre e información personal, así esta no sea publicada. Al final de los ensayos se
deberá indicar la bibliografía consultada y citada en formato APA. Las notas a pie de
página deberán ubicarse al final del escrito. El tema será libre dentro de los géneros
establecidos por la revista (ensayo, cuento, poesía) en cuanto a la sección Palabras de
más, se amplía a (entrevista, crónica, reseña, texto híbrido).
El Colectivo Cultural Gavia busca personas que estén interesadas en presentar su
trabajo gráfico. Así, abre convocatoria a ilustradores que se encuentren dispuestos a
comprometerse con la parte
gráfica de la revista , creando imágenes a partir de los textos a publicar. A las personas
que colaboren se les dará el crédito respectivo, pensando que la imagen es un texto con
sentido completo. Además para la revista es importante el respeto por los derechos de
autor establecidos por la ley.
Los trabajos se recibirán en los correos electrónicos
revistagavia@gmail.com y gavia@udistrital.edu.co

·Esta mañana

Édgar Zigaü 56
·Noventa y nueve pájaros
Leonardo Gómez Téllez 56
·Fábrica
·Una oración por Lowell,
Massachusetts
00 Emil Andrés Osorio Llanos 57
·Grafías Ignotas
·Exégeta grisáceo
·Autorretrato
·Sicofante
Juliana Chacón Naranjo 59

PALABRAS DE MAS
Álvaro Mutis, entre la poesía y los
viajes de Maqroll el Gaviero
Rolando Franco

RECTOR

87

Inocencio Bahamón Calderón

VICERRECTOR ACADÉMICO

Borys Bustamante Bohórquez

Charlot: un lenguaje de la crítica
María Fernanda Molano H. 91

FACULTAD DE CIENCIAS Y EDUCACIÓN

Trashumancia
Fabián Becerra González 94

COORDINADORES GENERALES

Autobiografía de Mademoiselle
Floridor
Amalia Hernández Rodríguez 98

GRUPO EDITORIAL

DECANO

William Fernando Castrillón Cardona
Fabián Becerra González
Daniel Mauricio Bohórquez
COMITÉ CUENTO
Angélica Téllez (coordinadora)

Escarcha

Alexandra Lozano

Lorien Vainberg 61

Viaje vectorial

Emilse Galvis

José María Ortega 102
Velos de antaño
Angélica E. Guzmán G. 62
Omnipresencia
Daniel Mauricio Bohórquez R. 63
·Yo, Verlaine
·Gaviotas impúdicas
Talisayo, campeón en tres
encuentros difíciles 64

Fabián Becerra González
Karen Bautista

¿Qué sigue ahora?
Daniel Mauricio Bohórquez R. 104

COMITÉ ENSAYO
Lorena Ramírez (coordinadora)
Andry Quintero

Del coro como cuerpo de la tragedia
Milena Ladino 107

Jimmy Ortiz
Milena Ladino
COMITÉ POESÍA

Jacobo Fijman: el Cristo Rojo
Omar Ardila 110

Diego Valbuena (coordinador)
Daniel Mauricio Bohórquez
Rolando Franco
COMITÉ PALABRAS DE MÁS

·Dioscórides
·Prolegómeno a un regreso
Diego Valbuena 65

Diego Valbuena
Jimmy Ortiz
Milena Ladino
DIRECCIÓN SECCIÓN DE PUBLICACIONES

CUENTO

Rubén Carvajalino C.
COORDINACIÓN EDITORIAL
Miguel Fernando Niño Roa

Taller de literatura

Carolina Sanín 00
(escritora invitada) 71
El escritor
David Alejandro Betancourt V. 75
Ars Invocatoria: Un vistazo a la
Ethernidad
Richard León 76

Edwin Pardo Salazar
CARÁTULA Y DIAGRAMACIÓN
Jorge Andrés Gutiérrez Urrego
CORRECCIÓN DE ESTILO
Carolina Ochoa Gutiérrez
COLABORACIÓN
Lorena Méndez Rivera
Cristhian Andrey Hidalgo
ILUSTRACIÓN PORTADA

Camilo Tavera

ILUSTRACIONES

Amar a la muerte
Jackeline Páez Salvador 80

Camilo Tavera

Voy en la búsqueda
Adriana Rosas Consuegra 83

PRODUCCIÓN EDITORIAL

FOTOGRAFÍA

Ingrid Agudelo

Editorial UD.

Universidad Distrital Francisco José de Caldas

Miembro de la Asociación de Editoriales

Universitarias de Colombia (ASEUC)

revista
p a l a b r a s

g avia
d e

m á s

JULIO-DICIEMBRE DE 2013
N Ú M E R O
9
revistagavia@udistrital.edu.co

Los textos presentados en la siguiente
publicación expresan la opinión de
sus respectivos autores y la revista
no se compromete directamente en
la opinión que éstos puedan suscitar.

. .. . . .. .

e d i t o r i a l
Evocación de vicisitudes
¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber
meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la
literatura básicamente es un oficio peligroso.
Roberto Bolaño
En este número Gavia, Palabras de Más… retoma camino en función de un reto asumido a lo largo de nueve ediciones que son muestra axiomática de una apuesta por el lenguaje, la creatividad y la letra impresa; constituyentes de
un legado de generaciones estudiantiles de las más variadas procedencias institucionales, quienes hoy son sustrato
de un nuevo giro de tuerca. Una osadía. Nuestra sosegada quimera: el afianzamiento del Colectivo Cultural Gavia.
La travesía nos lleva a destinos inadvertidos y andanadas exorbitantes, a sucesiones de alabanzas e imprecaciones propias del fuero férreo de la tinta y el papel. Nos abocamos a la búsqueda de composiciones ignotas y
mundos aprehensibles que interpreten su experiencia al vaivén del desgrane y la dilucidación. Nos encumbramos en asta porfiada y velo ondulante para vislumbrar los brazos amigos de nuestros lectores, quienes dirigen
indicios de su espera por la tripulación.
Las elucubraciones de muchos autores emergen como desafío al duelo que plantea la hoja virgen en aulas, aceras,
corredores y demás recovecos. Siendo fundamento para la investigación y la creación literaria que confluyen en una
mezcolanza de delirio ante la vida y desprecio por la ignominia, permitiéndose así sentar posiciones, avizorar su
tiempo y desembocar en el no pocas veces resbaladizo oficio de la literatura, que de alguna manera incita a rehuir
del anonimato. Al interior de esta edición observamos la condición estética de la palabra y con ella una tozuda fidelidad por el quehacer artístico que desenvuelve la madeja y teje ofrecimientos desbordados de sentido y significado.
Nuestra humanidad, oscilante entre la fe y la zozobra, hiende trazos cincelados en la historia, mediados por la
consciencia de finitud que nos exhibe como entidad proclive a desvanecerse en el aire. Ha de ser por eso que
entregamos a ustedes el noveno número, cabalísticamente definido como arcano de prudencia en soledad y
deportivamente acuñado a la punta delantera, esa que llevamos en afán de ganarle la partida a la ineludible
parca que nos espera en apacible silencio.
Mientras continuamos a la espera de acometer esas lides Gavia, Palabras de Más… extiende la invitación para seguir
haciendo de la terquedad un bastión contra el olvido que ha de llegar. Tiente estas páginas, cosquillee sus líneas,
desmenuce todos y cada uno de los recodos que justifican los propósitos de nuestro comité editorial.

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palabras

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Otras perspectivas para
comprender la edad,
la generación, el futuro…
Germán Muñóz González*

Escritor invitado

El asunto de la temporalidad

U

n asunto determinante para la adecuada comprensión de la condición juvenil contemporánea es la
temporalidad. El sentido común nos dice que la juventud es un marcador natural e inevitable de una edad
biológicamente determinada, una clasificación orgánicamente fundada de las personas que, como consecuencia
de su edad, implica posiciones sociales específicas. Sin
embargo, para los sociólogos (Parsons, 1942) la juventud
no es una categoría universal de la biología sino un constructo social cambiante que aparece en un particular momento del tiempo bajo determinadas condiciones.

más

Escritor
invitado

Podemos distinguir múltiples lecturas y perspectivas teóricas del tema. Entre ellas se destacan: la socio-demográfica, que pone el acento en los ciclos de vida biológicos,
mirados como periodos con fronteras ‘naturales’; la generacional –donde se complejiza la mirada de las ciencias
sociales–, que permite
ver la posición social
del sujeto en relación
con otros hechos históricos, con consecuencias en la percepción diferenciada de
los sujetos jóvenes; y
los estudios culturales,
donde el concepto de
juventud no tiene significado universal.

* Filósofo de la Universidad de San Buenaventura (Bogotá); Doctor de tercer ciclo en Lingüística de la École de Haute Études en Sciences Sociales de París; Doctor
en Ciencias Sociales, niñez y juventud de la Universidad de Manizales y del Centro de Estudios Avanzados en Niñez y Juventud (CINDE). Docente e investigador
de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas y de la Universidad de Manizales, Investigador en ciencias sociales con especialización en estudios culturales.
Docente en las áreas de comunicación audiovisual, educación y desarrollo social, gestor de políticas públicas de juventud.
Autor de las obras: Secretos de mutantes: música y creación en las culturas juveniles (Bogotá: Siglo del Hombre Editores-DIUC, 2002); Viviendo a toda: jóvenes, territorios
culturales y nuevas sensibilidades (Bogotá: Siglo del Hombre Editores, 1998); ¿Qué significa tener 15 años en Bogotá? (Bogotá: Compensar, 1995); Otros sentidos detrás de
las palabras y la imagen (Bogotá: Fundación Social, 1993); ¿Democracia sin participación? (Bogotá: Ediciones Grupo Social-ANIF, 1981); Hacia una pedagogía basada en los
medios de comunicación (Bogotá: CIEC, indoamerican Press Service de Colombia, 1973). Ha publicado en Nómadas (Universidad Central de Colombia) y en la revista
de la Facultad de Educación (Universidad Externado de Colombia).
Se ha desempeñado como director, productor, investigador y guionista en distintos proyectos de series audiovisuales educativas con el Ministerio de Cultura,
CENPRO y FOCINE. Dentro de su producción audiovisual se encuentran los proyectos: “No hay derecho” (derechos jóvenes en la escuela), 2000; el largometraje
“Trashumantes” (diásporas del terror: historias de desplazados), que fue Premio Nacional del Ministerio de Cultura, 1998; “Muchachos a lo bien” y “Cali ve
joven” (derechos humanos y educación para la convivencia), 1995-1998; “Generación re” (12 capítulos, versión en video de los siete aprendizajes básicos para la
convivencia), 1996; “Tejiendo un orden para ser felices” (documental sobre el alcalde popular de La Florida, Nariño), 1995. “Están buscando algo” (serie de cuatro
capítulos sobre las culturas juveniles de Bogotá); videos documentales/educativos de 25 minutos para Compensar, 1994-1995.

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Sin embargo, la ‘edad biológica’ es, en sí misma, parte
de un sistema cultural clasificatorio y no un punto fijo al
cual se cuelgan las expectativas sociales. La juventud como
edad no tiene características unificadas, ni es un estadio
transicional seguro. En consecuencia, la juventud no es
tanto una categoría biológica recubierta de consecuencias sociales, como un complejo conjunto de cambiantes
clasificaciones culturales atravesadas por la diferencia y la
diversidad. Como constructo cultural, el significado de
juventud se altera a través del tiempo y el espacio según
quién y/o para quién se define. La juventud es un constructo discursivo formado por la vía organizada y estructurada en que hablamos y construimos el ser joven en tanto
categoría de personas. Particularmente significativos son
los discursos de estilo, imagen, diferencia e identidad.
La juventud sigue siendo un concepto ambiguo: es importante comprender las consecuencias de la infantilización y juvenilización de las generaciones contemporáneas: La esperanza de vida en Colombia llega hoy a
los. 76 (en los países del primer mundo casi a los 85),
por lo cual recién se hacen adultos a los 40 (recordemos
que hace apenas 60 años la gente no vivía más de 45); y
para algunos es posible obtener un doctorado a los 27.
Es decir, la población colombiana es una población en
proceso acelerado de envejecimiento y precarización (la
pirámide de edades muestra que para el 2015, los menores de 26 años solamente representarán el 44,7% por
efecto de menores tasas de natalidad y mortalidad), que
alcanza más rápido metas educativas y/o profesionales,
sin que ello se traduzca en mejor calidad de vida.
Incluso las definiciones legales son inciertas. En algunos países (Inglaterra, por ejemplo), la edad en la cual
una persona puede comprar alcohol, consentir en relaciones heterosexuales, comprometerse en prácticas
homosexuales y hacer uso del derecho al voto, son diferentes. La edad física se plantea de manera imprecisa
y diferencial como marcador para definir, controlar y
ordenar la actividad social (James, 1986). La juventud
sigue siendo una clasificación ambivalente y debatida
que se ubica entre los límites de la niñez y la adultez:

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Los límites de la categoría niño varían en cada
cultura y han cambiado considerablemente a
través de la historia occidental en las sociedades
capitalistas. La frontera que separa al niño del
adulto es realmente difusa. La adolescencia
es una zona ambigua al interior de la cual la
frontera niño/adulto se localiza según quién
está categorizando. Entonces, los adolescentes
tienen negado el acceso al mundo adulto, pero
ellos se distancian a la vez del mundo infantil.
Al mismo tiempo conservan ciertos lazos con la
niñez. Pueden aparecer tratando a los adultos
porque trasgreden las fronteras y se inmiscuyen
en sus espacios… La acción de dibujar la línea
en la construcción de categorías discretas
interrumpe lo que es naturalmente continuo. Es
por definición un acto arbitrario. (Sibley, 1995)
Los griegos tenían dos palabras para referirse al tiempo:
Cronos y Kairos. La primera se refiere al tiempo cronológico, lineal, secuencial, medible, universal, idéntico
para todos; la segunda significa el tiempo propio, el momento indeterminado donde las cosas especiales suceden, porque hacen parte de un mundo interior, subjetivo. Mientras la naturaleza de Cronos es cuantitativa, la
de Kairos es cualitativa. A las anteriores se puede añadir
el “tiempo social”, categoría acuñada por J. M. Valenzuela, que será objeto de ampliación más adelante.
La temporalidad juvenil no se entiende exclusivamente
con el significado de la longevidad; se requiere al menos pensarla como la conjunción de la edad biológica y
la edad social, construida en la dinámica del cambio de
época, donde caben las diferencias. Así como se crean
acuerdos sociales que legitiman la edad para entrar a la
escuela, para votar, para trabajar, para ser propietario,
se establecen ‘transiciones’ significativas para el paso
a la adultez: dejar la escuela, incorporarse al primer
trabajo, abandonar el hogar paterno, casarse y tener el
primer hijo. También, “desde una perspectiva cultural,
antes de los años 50, se entendía por juventud la etapa
de entrenamiento para la madurez, la recolección de
experiencias y anécdotas aprovechables en el negocio

REVISTA

privado y la reflexión pública” (Monsivais, 2008). Y la
imagen predominante del joven era la del “felizmente
integrado, escolarizado, deportista, culto, con valores
cívicos, creativo, responsable, leal, honrado y limpio
mental y físicamente” (Urteaga, 2004).
En el nuevo siglo, en contextos de precariedad, desencanto, violencia, consumo exacerbado, desigualdad e incertidumbre, se desdibuja el
tiempo social. Es decir, mientras por un
lado vemos una generación de jóvenes mejor calificados, más disponibles al cambio,
con avidez de experimentar, sin muchos
reclamos de ingreso, más adaptables al
control, más flexibles laboralmente, por
el otro la nueva fuerza de trabajo conlleva
prejubilaciones y despidos a edades muy
tempranas, sobre-explotación en sistemas
como los call-centers o las ventas con jornadas intensivas y rutinarias, inestabilidad
permanente, ocupaciones sin contrato ni
derechos sociales, duro enfrentamiento a
la competencia feroz del mercado, ‘rebusque’ en comercios ambulantes y denigrantes, en todo tipo de tráfico y actividades
para-legales. Lo anterior implica la desafiliación de las instituciones, la pérdida
del sentido, la soledad. Los jóvenes, que
nunca salen de esa condición porque nunca pueden salir de la casa de los padres,
porque siguen siendo estudiantes eternos,
porque nunca encuentran un trabajo decente y, en consecuencia, nunca pueden
fundar con autonomía su propia familia,
porque viven en situaciones de riesgo insoportable, “se convierten prematuramente
en jóvenes-viejos o en jóvenes muertos”
(Perez Islas, 2011).

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palabras

de

más

hoy uno nunca se transforma en adulto, uno permanece
joven: ya no hay conflicto intergeneracional. Además, en
la sociedad del riesgo y la flexibilización, uno nunca se
establece definitivamente, todos compartimos la amenaza de quedar por fuera. Y, por si fuera poco, el paisaje
mediático se ha pluralizado, la esfera pública ha sido reemplazada por el grupo objetivo, por la contra-economía

Sabemos que la juventud fue una “promesa” de novedad, de libertad, de rabia... un
problema. Pero el conflicto entre generaciones se empieza a extinguir. Todo indica que

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del nicho propio, por una tenue forma de irritación y
hasta de indignación. “Ser joven es hoy una posibilidad a la que aparentemente cualquiera puede acceder
sin importar la edad” (Bunz, 2007). Uno simplemente
actúa y consume como joven. Ni Cronos ni Kairos… se
trata de tiempos diferenciados con intensidades particulares, desiguales.

¿Cuál futuro?: lecturas desde la mirada juvenil
La perspectiva de ‘futuro’ se puede entender como un
objeto que los mismos jóvenes definen (desde su experiencia) y que no es igual para todos, es el “tiempo
social” hecho de diversidades y multiplicidades, en el
cual caben la resistencia y la creación.
En Colombia, este tema ha sido construido con el enfoque de “no-futuro”: recordemos la película Rodrigo D,
de Víctor Gaviria, el libro Ausencia de futuro, de Rodrigo
Parra, el ensayo No nacimos pa’ semilla, de Alonso Salazar; y se convirtió en un mito legitimado socialmente,
incluso por los mismos jóvenes.
En el libro “Jóvenes: el futuro llegó hace rato”, Florencia Saintout (Buenos Aires, 2009) propone la siguiente hipótesis:
Los discursos dominantes acerca de los jóvenes
los han definido como sujetos del desorden, a
los cuales es necesario disciplinar y controlar.
Se les nombra como aquellos a quienes nada
interesa ni conmueve, en medio de su infinita
apatía y desidia se vuelven peligrosos para la
sociedad, decadentes y frágiles, evidenciando
el malestar social. Para ellos, el mundo en
que viven está muy lejos de la promesa de la
abundancia de oportunidades iguales para
todos y de oportunidades diferentes. Lo que los
jóvenes dicen es que ellos mismos, en medio
de la incertidumbre, proponen e imaginan
las posibilidades del futuro desde el presente.
Es necesario escucharlos, no condenarlos (lo
cual es éticamente perverso). Y abandonar las
posiciones tremendistas (que los victimizan), y
las posiciones románticas (que los enmascaran).

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Los jóvenes aparecen como informantes privilegiados
para hablar del “futuro que llegó hace rato”, es decir,
de aquello que en nuestras sociedades está cambiando
y que ellos pueden ver como ningún otro, porque su
socialización, su entrada a la vida pública, se está haciendo bajo las reglas de un mundo muy distinto al que
vivieron las generaciones anteriores, que hoy se pierden
entre la nostalgia de lo que ya pasó y la desesperación
de no tener los mapas de lo que está sucediendo. Los
jóvenes tienen que construir los mapas para el mundo
al que se enfrentan sin las verdades de las generaciones
de los adultos. No se trata de rebeldía por la edad –la
negación de los saberes de sus mayores–, sino que esos
saberes no sirven para dar respuesta a las crisis, a lo
‘global’, a la incertidumbre, a la precariedad y vulnerabilidad social, a las políticas neoliberales.
No existe un único modo de ser joven, no podemos hablar de juventud en singular. De acuerdo con el lugar que
se ocupe en el espacio social, de acuerdo con el género,
con los capitales materiales y simbólicos por los cuales se
esté atravesado, se es joven de distinta manera. Aunque
más allá de las diferencias todos están atravesados por
una época, lo cual permite hablar de ellos en singular.
Más allá de la juvenilización de la sociedad entera, la
gran marca que define la generación actual de jóvenes
tiene que ver con una época de gran incertidumbre, de
crisis estructural y de una profunda vulnerabilidad y precariedad, en dos sentidos: polaridad y fragmentación.
En este tiempo han aprendido a ser elásticos, a inventar
respuestas: las familias pueden tener infinitas formas; la
política se redefine en una banda, cantando y bailando
en una plaza; la escuela ha dejado de ser un trampolín
de ascenso social; el trabajo tiene básicamente un valor
instrumental. Con creatividad o con ironía esconden la
angustia de los caminos sin salida, del paso caótico a la
vida adulta, de la libertad para inventarse otra vida en
medio de grandes limitaciones y complicaciones.
En los sectores populares, la mayoría de los jóvenes se
sienten perdidos frente a las demandas de sus derechos

REVISTA

frente al Estado: no perciben la condición de ser sujetos
de derechos. En el mundo del trabajo han naturalizado
las condiciones de precarización e incluso de explotación: es normal, no se puede hacer nada ni reclamar
a nadie. Han asumido, en relación con la política, que
nadie los representa, que es imposible hacer algo a través del sistema de partidos para transformar la situación y, en consecuencia, se retiran.
La des-ciudadanización es un saber adquirido: no existen condiciones de igualdad, aceptan que no poseen
los mismos derechos ni saben cómo pelear por ellos
(tampoco saben cómo fue en el pasado). Ven el futuro como volátil, azaroso, impredecible; produce temor
y angustia, aunque mezclado con esperanza (“no todo
está dicho”). ¿Cuáles son, entonces, sus aspiraciones
y expectativas? No es que sean apáticos, ven el futuro
como táctica (“acción que determina la ausencia de
un lugar propio […] y permite la movilidad […] tomar
al vuelo las posibilidades que ofrece el instante” (De
Certeau, 1997), como ingenio para participar de algún
modo de lo que vendrá.
Las instituciones de la familia, la escuela y el trabajo están
siendo redefinidas y la política con ellas. En el caso de la
familia, o mejor, de las múltiples formas de vida familiar,
tienden a ser formaciones más democráticas, espacios
menos restrictivos y más plurales, con mayor autonomía
para sus miembros –aunque no de la misma forma en
todos los sectores sociales–. Aún así, pervive una idea de
familia como refugio, como lugar de los afectos.
La escuela, por su parte, ya no garantiza la movilidad social ascendente, ni los saberes que legitima son los únicos verdaderos. La matriz logocéntrica ha sido desplazada por las escrituras de las TIC, y con ella la adquisición
de competencias como la argumentación. Una escuela
que se articula a la lógica de la reproducción del capital
forma consumidores; en consecuencia, ni convoca, ni
seduce, ni desarrolla capacidades para el ejercicio de la
ciudadanía. Por el contrario, tiende a polarizar y fragmentar separando a los estudiantes por clases sociales,

g avia

palabras

de

más

formándolos en medio de la desigualdad y la diferenciación, en contra de sus expectativas, porque siguen
pensando la educación como un derecho universal.
La cultura del trabajo, anclada sobre la idea del sacrificio para un mejor mañana, ya no opera. Aunque no
ha desaparecido totalmente, el sentido del trabajo es
básicamente instrumental: resolver las necesidades de
la vida cotidiana, sin ser una prioridad. Tener un trabajo puede ser muy problemático por la inestabilidad,
la precariedad y la angustia que genera vivir a la intemperie. En este campo, como en ningún otro, sienten el
proceso de des-ciudadanización: ausencia de derechos
básicos, regulación de las relaciones por el mercado (en
ausencia del Estado) como algo natural.
El “no” más rotundo ante un orden válido para otras
generaciones se erige contra la política entendida como
sistema de partidos y representaciones. Los jóvenes se declaran apolíticos y cuestionan todo un modo de concebir
la política: repudian a los políticos y sus prácticas, más aun
a todo el sistema. Esta condena colectiva habla de otras
concepciones y de la fundación de nuevos modos y nuevas
reglas de participación en el espacio público. Las subjetividades juveniles emergen en el momento que dicen que no
quieren que nadie los represente, que no quieren resignar
el nombre propio, la identidad o el género en causas colectivas donde sienten que se diluyen; prefieren posturas más
éticas que morales, más plurales que verticales. Conciben
la política anclada en el presente –no en el futuro–, piensan más en causas con principio y fin –no en proyectos de
largo plazo–. Los jóvenes quieren actuar al margen de los
sistemas partidarios tradicionales sin medir la posibilidad
de quedar por fuera de los espacios de intervención social
(más allá de los micro-espacios cotidianos). Pero nunca
son indiferentes a la política.

Tiempo heterogéneo
Por otra parte, José Manuel Valenzuela (2009) en El futuro
ya fue. Socio-antropología de los jóvenes en la modernidad, introduce dos categorías particularmente valiosas en este traba-

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jo: el “tiempo social” y la “biorresistencia” (en el campo
semántico de la biocultura, más allá del biopoder).
En primer lugar, enfatiza la heterogeneidad del tiempo
o la ruptura de la concepción del tiempo homogéneo
de la historia. Esa condición diversa, desigual y no-homogénea se define como tiempo social, el cual se expresa
de manera diacrónica en el tiempo histórico, pero también en la simultaneidad del tiempo sincrónico a partir
de la desigualdad social. Por otra parte, esta categoría se
complementa con el concepto de intensidad del tiempo
social, que se puede entender como tiempo no-absoluto
o existencia de intensidades diferenciadas del tiempo
social en la experiencia individual (dos personas envejecen de manera diferente, dependiendo de dónde están
y cómo se mueven), lo cual se inscribe en el cuerpo y
participa de la definición de proyectos y expectativas
personales y sociales (no hay tiempo lineal).
En segundo lugar, emerge como elemento central, el
cuerpo en la disputa social: la participación de este como
objeto semantizado en la disputa por su control, pero
también como elemento de resistencia cultural o como
expresión artística. Es notorio que aparezca como lugar
de resistencia mediante el ejercicio de la sexualidad (control y reproducción), o la gestualidad en el baile (movimiento y cinética sexuada). Se constituye así en recurso
de mediación cultural (articula procesos de sujeción y
resistencia, de normalización y transgresión, de control
y libertad, de castigo y desafío, de sufrimiento y placer).
El concepto de biopolítica resulta imprescindible para
comprender aspectos centrales de la dimensión política y
el ejercicio de poder en nuestras sociedades. Sin embargo,
es necesario sacarlo de las limitaciones lineales y unívocas
que ha arrastrado. La propuesta de la biocultura implicaría
la dimensión biopolítica definida desde el conjunto de
dispositivos establecidos por los grupos dominantes para
controlar, disciplinar y generar cuerpos disciplinados que
actúen de acuerdo con sus intereses, en el sentido que le
otorgan Foucault, Heller y Agamben; pero también implica la biorresistencia definida como el conjunto de formas

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de vivir y significar el cuerpo por parte de personas o actores y grupos sociales en clara resistencia, disputa o desafío
a las disposiciones biopolíticas. El objetivo de la biopolítica es el homo sacer, el de la biorresistencia es la disposición
de decidir sobre el cuerpo propio.
La biopolítica posee insoslayable centralidad como parte
de las estrategias de poder –en las que existen amplias convergencias entre los poderes políticos, económicos y religiosos–. Esto se manifiesta en muchos de los asuntos que
inciden en la conformación de sentido de la vida en las
sociedades contemporáneas y se expresa en las perspectivas de grupos de poder que intentan controlar a la mujer
expropiándole la capacidad de decidir sobre su cuerpo, lo
cual se presenta de manera visible en el debate sobre el
aborto, los dispositivos de control de la sexualidad de las
y los jóvenes, los marcos normativos para decidir sobre el
consumo de sustancias ilegalizadas por el marco jurídico,
el poder del mundo sistémico para imponer modelos de
belleza que expande la anorexia y la bulimia, el control
normativo sobre el vestuario y los accesorios.
Como podemos apreciar, estos ejemplos que afectan de
manera principal a la población joven poseen un papel
fundamental como insumos de la dimensión biopolítica. No obstante, esta implica procesos sociales y formas
diferenciadas de articulación con perspectivas culturales,
ideológicas, políticas, estilos de vida, códigos de sentido,
desde las cuales se conforman apropiaciones y recepciones diversas. La biopolítica intenta someter o canalizar
la voluntad y la percepción de las personas, pero éstas no
son esponjas que asimilan de manera acrítica los dispositivos y controles del poder. Los individuos y los grupos
sociales conviven de manera reflexiva y crítica con esas
disposiciones y generan diversos procesos de biorresistencia mediante los cuales disputan el control y el significado
del cuerpo, como sucede con organizaciones y grupos que
impulsan la despenalización del aborto o el consumo de
drogas, o quienes se pronuncian por una mayor libertad
sexual. También se encuentra la resistencia de una enorme cantidad de personas quienes, pese a las disposiciones
dominantes, asumen la decisión de interrumpir un em-

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barazo no deseado, que consumen sustancias consideradas ilegales, que utilizan su propio cuerpo como recurso
expresivo a través de tatuajes, perforaciones, escarificaciones y alteraciones, o que expresan su disidencia o transgresión al orden disciplinario por medio del vestuario.
La biocultura incluye procesos complejos donde se articula la biopolítica, la biorresistencia y diversas formas
de bio-significación que no se construyen en el campo de tensión de las anteriores. Este proceso implica
diversos repertorios de adscripción y resistencia, pues
una misma persona puede interiorizar la condición
normativa de la biopolítica en el tema del aborto, pero
transgredir la prohibición a consumir drogas, vivir una
sexualidad discorde con la moral dominante, o pertenecer a un colectivo que utiliza el cuerpo como posicionamiento crítico a las perspectivas dominantes.

Referencias bibliográficas
Bunz, M. (2007). La utopía de la copia. El pop como
irritación, Buenos Aires: Interzona.
James, A. (1986). Learning to belong: the boundaries of adolescence. En A. P. Cohen (Eds.), Symbolizing
boundaries: identity and diversity in British Cultures. England: Manchester University Press.

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Monsivais, C. (2008). La modernidad en la nevería,
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Parsons, T. (1942). Age and sex in the social structure of the United States. American Sociological Review,
7(5), pp. 604-616.
Pérez Islas, J. A. (2011). Las transformaciones en las
edades sociales. Escuela y mercados de trabajo. En R.
Reguillo (Coord.), Los jóvenes en México. México: Fondo
de Cultura Económica.
Saintout, F. (2009). Jóvenes: el futuro llegó hace rato.
Buenos Aires: Prometeo Libros.
Sibley, D. (1995). Geographies of exclusion: Society and
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Urteaga, M. (2004). Imágenes de lo juvenil del
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(Coord.), Historias de los jóvenes en México. Su presencia en
el siglo XX, México: SEP/IMJ/AGN
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de los jóvenes en la modernidad. México: El Colegio de la
Frontera Norte.

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El Cuco de los sueños.
En los espacios de la
memoria elemental
Catalina Garcés Martínez*

Leloley, lelolay que lelolay, lelolay
quisiera saber si está
quisiera saber si está, allí la casa de Yagua.
Está el palito de Jagua, el Quenepo y el Guamá.
Y está la hamaca colgá
la hamaca colgá en la que yo descansaba.
Porque anoche la buscaba en un sueño que soñé
y llorando desperté al ver que no la encontraba.
Leloley, lelolay que lelolay, lelolay
y yo veré una vez más, y yo veré una vez más
la vaquita y el becerro
como bajaban el cerro a beber en la quebrá
y el perro fiero detrás
bendito hombre que junto a ellos bajaba.
Todo esto lo contemplaba y era un placer para mí
y anoche cuánto sufrí porque soñé que no estaba.
La casa de Yagua – Celina y Reutilio

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urante el día nuestros pies nos llevan por innumerables caminos, que recorremos apurada o despaciosamente, destejiendo pensamientos, intentando
comprender o dejando ir, pero en la noche quedan en
alto. Al desprendernos de la materialidad de nuestro
cuerpo, entramos en el sueño, para buscarnos en diferentes espacios y temporalidades. El ser más antiguo
que en nuestros años, aprovecha el sueño para hilar su
memoria viva en el cuerpo; ya que todo lo vivo recuer-

da, por lo tanto no solo es pensamiento el del cerebro,
sino el de la piel, los huesos, el cabello y la sangre.
Esa percepción existe en varias cosmovisiones indígenas de América. En este ensayo nos enfocaremos en la
importancia de los sueños como conciencia creadora y
caminante de espacios paralelos a los que recorremos
despiertos; espacios reales y significativos para la experiencia humana. Asimismo, reflexionaremos sobre la
importancia de los sueños como una forma de hilar
la memoria colectiva, no solo en el sentido de colectividad humana, sino de la madre naturaleza como ese
gran tejido consciente que también sueña mientras crea
y se sueña a sí misma a través de nosotros.
Miguel Ángel Asturias recoge, en sus Leyendas de Guatemala, la importancia de los sueños como forma de
conocimiento de los espacios y la memoria en la cultura
maya, con lo cual aporta un poderoso componente a la
riqueza de las vanguardias literarias latinoamericanas,
que por esa época, a través de perspectivas como el surrealismo, se cuestionan sobre la experiencia onírica
como una forma de explorar los caminos interiores de
la creación, caminos de reconocimiento que Asturias
recorre desde los mitos mayas.
En la primera de estas leyendas narra la historia, o mejor, la memoria de “Guatemala”, desde los antiguos
espacios a la época colonial, con la ayuda de un ser onírico, el Cuco de los Sueños, que “va hilando los cuentos” en la memoria de los pueblos y las ciudades. Estas

* Licenciada en Literatura de la Universidad del Valle. Correo electrónico: catalinam6@gmail.com

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ciudades con sus murallas y fuentes también son seres
de la memoria, pues con el paso del tiempo se levantan
unas sobre otras, que no desaparecen sino que quedan
en lo profundo. El Cuco de los Sueños hila todos estos
relatos y los combina en un gran telar.
El Cuco de los Sueños hace ver una ciudad muy
grande –pensamiento claro que todos llevamos
dentro– cien veces más grande que esta ciudad de
casitas pintaditas en medio de la rosca de la plaza
de San Blas. Es una ciudad formada de ciudades
enterradas, superpuestas, como los pisos de una
casa de altos. Piso sobre piso. Ciudad sobre
ciudad. ¡Libro de estampas viejas empastado
en piedra, con páginas de oro de indias, de
pergaminos españoles y papel republicano!
¡Cofre que encierra las figuras heladas de una
quimera muerta, el oro de las minas y el tesoro
de los cabellos blancos de la luna guardados en
sortijas de plata! Dentro de esta ciudad de altos
se conservan intactas las ciudades antiguas.
Por las escaleras suben imágenes de sueño
sin dejar huella, sin hacer ruido. De puerta
en puerta van cambiando los siglos. En la luz
de las ventanas parpadean las sombras. Los
fantasmas son las palabras de la eternidad. El
Cuco de los Sueños va hilando los cuentos.
(Asturias, 1970, p. 18)
Asturias nos narra un ser soñante profundamente consciente, nos lleva por los espacios olvidados de nuestra
existencia, espacios antiguos que la ciudad moderna
nos oculta. El sueño saca a la luz esas ciudades arcaicas,
no solo como escenarios sino como temporalidades vivientes en la memoria profunda.
Esta forma de relatar y el sentido que se le da al relato
es muy diferente a la narrativa histórica occidental, que
tiende a ponerse de parte del poder oficial, intentando explicar racionalmente los acontecimientos, abordándolos primero desde la perspectiva de los grandes
héroes, o de los sucesos políticos y económicos que

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marcan a los pueblos. Desde la visión mítica maya que
leemos en Asturias, la narración de la memoria está
muy ligada a la comprensión del territorio y sus fuerzas
elementales en relación con el devenir humano en el
sentido de comunidad. El Cuco de los Sueños va hilando las imágenes, los muros, las voces del mercado y
los claustros, la voz de los volcanes, de los muertos, y de
todas aquellas formas de existir de la ciudad, que parece
que se perdieran en el tiempo, pero que crean resonancia entre las memorias que la habitan. Veamos cómo
los mayas actuales conservan la visión de los espacios y
las vivencias recorridas durante el sueño:
En la actualidad se cree que hombres, animales
y plantas tienen Tonalli y que a algunas plantas,
como el maíz, se les atribuye la facultad de
dormir, es decir, de noche sale su tonalli, como
el de los hombres y los animales; por eso se dice
que no se debe desgranar el maíz de noche.
El tonalli o sombra es la parte del espíritu
que se separa del cuerpo en la muerte; parece
corresponder al ch’ulel de los tzotziles, que habita
en el cuerpo humano durante la vida, sale
a vagar durante el sueño, la embriaguez y el
orgasmo, y abandona el cuerpo en el momento
de la muerte porque es la parte inmortal del
alma. En Tepoztlán, cuando alguien muere, deja
su sombra en el sitio donde fue velado, y a los
ocho días, los parientes, con una madrina y un
padrino, llevando ceras y agua bendita, rezan
oraciones “levantan la sombra” y la conducen
al cementerio para colocarla al lado del cuerpo.
(De la Garza, 1990, p. 120)
En este maíz soñante y en los espacios naturales que
también son espacios culturales y espirituales, encontramos la relación entre la ecología de la tierra y la ecología de los cuerpos, por eso no es adecuado hablar de
lo sobrenatural cuando nos referimos a estos espacios y
sus seres, pues en las cosmovisiones indígenas no están
sobre lo natural, son expresiones de conciencia de la
propia naturaleza.

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El tonalli abandona el cuerpo, que queda deshabitado
y vulnerable cuando este sale a pasear. En el chamanismo actual los sueños son muy importantes, pues
hay enfermedades que el tonalli contrae en sus viajes
nocturnos y al regresar al cuerpo se las transmite.
También se pueden interpretar los sueños para comprender el desequilibrio que ha causado una enfermedad a la persona, ya que las enfermedades también
son espíritus. Por ejemplo, las pesadillas son síntoma
de debilidad del corazón y la única forma de curarlas
es que la persona adquiera control para que su tonalli
pueda enfrentarlas.
En varias tradiciones encontramos la creencia de que
los mundos que visitamos en los sueños son realidades
paralelas al mundo vivido durante la vigilia. Espacios
diferentes que en ciertos puntos se entrecruzan, así
como los seres que los habitan.
…para los nahuas de hoy, en el sueño el tonal de la
gente se desprende del cuerpo, por lo que puede
desplazarse a los ámbitos sagrados, inaccesibles
para el cuerpo, como el inframundo; pero
también puede salirse accidentalmente durante
la vigilia, como en el “caso de pérdida del alma”.
El tonal de todos los hombres se externa durante
el sueño, pero no saben ni recuerdan bien al
despertar dónde estuvo su tonal; en cambio,
hay unos hombres que saben muy bien adónde
van sus almas y que además, las pueden dirigir
voluntariamente, es decir, pueden controlar sus
sueños; son ellos los curanderos y mayordomos.
Los curanderos envían su tonalli a Tlalocan,
en el estado de sueño, para rescatar a las almas
capturadas, o pueden ver en sueños el sitio
terrestre donde se quedó el alma, como hemos
dicho antes. (De la Garza et al., 1984, pp. 120-121)
De esta forma, los sueños van hilando el mito personal
de cada ser humano en la memoria de su cuerpo, de su
sangre, de su respiración, de la humanidad que en él o
ella han tomado las sustancias primordiales; por eso la

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fuerza de los elementos se manifiesta a través de símbolos en nuestros sueños, cada uno de ellos es una fuerza
creadora, una actitud hacia la vida y el conocimiento,
una sensibilidad y un temperamento particular.
Los sueños de los biliosos son sobre fuegos,
incendios, guerras, muertes; los de los melancólicos,
de entierros, sepulcros, huidas, fosas, de cosas
siempre tristes; los de los pituitosos, de lagos, ríos,
inundaciones, naufragios; los de los sanguíneos, de
vuelos de pájaros, de carreras, festines, conciertos
y cosas que no se osa nombrar. En consecuencia,
los biliosos, los melancólicos, los pituitosos y
los sanguíneos quedarán respectivamente caracterizados por el fuego, la tierra, el agua y el aire.
Sus sueños trabajan de preferencia el elemento
material que los caracteriza. Si admitimos que a
un error biológico, sin duda manifiesto pero muy
general, puede corresponder una verdad onírica
profunda, estaremos prontos para interpretar los
sueños materialmente. (Bachelard, 1978, p. 12)
Gastón Bachelard, en su obra El agua y los sueños, propone que cada sueño desde la sustancia se origina en una
imaginación de la materia en transformación. Es posible aproximarnos a la comprensión de una ecología de
los sueños, entendida como la relación entre el ecosistema de la tierra, cuya fuerza manifestada encontramos
en el mito, y el ecosistema del cuerpo, con su memoria
biológica y emocional manifestada a través de los sueños, escritura del recuerdo y del destino intimo. “Por
ejemplo en el caso del sueño de la curandera de Huepeyan, como estaba tratando una enfermedad de pérdida
del alma, el soñar con agua significaba que el alma se
había perdido en un sitio acuático”. (De la Garza et al.,
1990, p. 122).
En la literatura se mueve la palabra, pero no la palabra
en un sentido utilitario o práctico, sino como energía
y voluntad humana transformada y dirigida por medio
del lenguaje. Las fuerzas poetizadoras del universo también actúan en las obras literarias, pues son otra expre-

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de

más

sión del despliegue de la vida en su dinámica creadora.
La obra narrativa es un ser con vida propia, pero también es un reflejo de su creador, como parte integral de
la vida a través de la cual la vida se manifiesta.
Ya que en la narrativa de Asturias encontramos una
poética del sueño, busquemos las materialidades que
llevan a sus soñantes a través de diversos espacios y temporalidades, para emprender una búsqueda más amplia
de la importancia de los elementos en diversos relatos
en torno al sueño.
El relato de “Los brujos de la tormenta primaveral” comienza con la intuición del asalto, todos los peces han
saltado de la mar a las ramas de los árboles. Aparece
Juan Poyé: el hombre mar, árbol, río manco y tierra profunda, el antiguo soñador de la creación, es el hombre
hondo de la tierra, que crea la realidad y se crea a sí
mismo mientras sueña “se oían sus dientes piedras de
río, entrechocar de miedo” (Asturias, 1970, p. 92).
Juan Poyé sostiene el mundo mientras lo sueña, sueña
el mundo en pleno asalto, en plena transformación. Sus
raíces se tensionan intentando retener la tierra, pero es
inevitable la arremetida de las aguas y el fuego que dan
lugar a la tormenta. En este fragmento vemos el sueño
de Juan Poyé, árbol de la vida, y transformación de los
espacios elementales:
Algo pasó, por poco se le caen los árboles de las
manos. Las raíces no supieron lo que pasó por
sus dedos. Y de la contracción de las raíces en el
temblor, nacieron los telares. Si sería parte de su
sueño. El incendio no alcanzaba a las raíces de
las ceibas, hinchadas en la fresca negrura de los
terrenos en hamaca. Y así nacieron los telares.
El mar se lamía y se relamía de gusto de sentirse
sin peces. Si sería parte de su sueño. Los árboles
se hicieron humo. Si sería parte de su sueño. El
temblor primaveral enseñaba a las raíces el teje
y maneje de la florescencia en lanzadera por los
hilos del telar, y como andaban libres los copales
preciosos, platino, oro, plata, los mascarían para

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bordar con saliva de meteoro los oscuros güipiles
de la tierra. (Asturias, 1970, p. 92)
También está latente la percepción del cuerpo humano
como ecosistema y la visión del territorio como un ser
que siente, sueña, se estremece, crea y se transforma
profundamente como el humano. En este relato las
aguas fluctuantes sumergen en sí todo lo creado para
transformarlo.
La mística en torno al agua y sus revelaciones está presente en todo el mundo indígena americano, quise
analizarlo en las Leyendas de Guatemala que recogen los
relatos mitológicos de la tradición oral maya; en estos
textos la expresividad de los elementos se manifiesta en
toda su fuerza poética:
La Poyé despertó a los enviones de su marido,
abrió los ojos de agua nacida en el fondo de
un matorral y dijo, cuando pudo hablar ¡Masca
copal, tiembla copal! El reflejo se iba afilando,
como cuando el cometa. Poyé reculó ante la luz,
seguido de su mujer, como cuando el cometa.
Los arboles ardían sin alboroto, como cuando el
cometa [...] Y con él iba su mujer, la Juana Poyé,
que de él no se diferenciaba en nada, era de tan
buena agua nacida. (Asturias, 1970, p. 92)
La contemplación del reflejo en el agua y en el sueño
es la contemplación de su profundidad, de nuestra intimidad. Existen fuerzas de la visión humana que sobrepasan la voluntad de contemplar el elemento acuático
que humanizado a través de nosotros se ve a sí mismo
en los ojos del otro.
Agua es más que un elemento; generadora, guía y guardiana de los sueños, espejo del firmamento, espejo del
tiempo, que no solamente nos habla en su cristalina
superficie, sino desde toda su densidad, desde sus profundas grutas, abismos y criaturas, nos viene a mostrar
una imagen, reflejo nuestro, que aunque nace de nosotros mismos es de distinta materialidad. El sueño como

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espejo de la vida es una manifestación de la fuerza acuática hablándonos a través de sus reflejos. El agua como
espejo del cielo, de su tiempo, de sus días y sus noches,
ha visto el paso de sus nubes, encrespándose con la lluvia y leído cada uno de sus astros.
Felipe Cárdenas, en su trabajo Antropología y medio ambiente, habla del trasfondo de la hidromancia. Al igual
que la mente, las aguas deben alcanzar la quietud, para
propiciar el desdoblamiento de la conciencia. La contemplación del reflejo provoca el ensueño, evocando
la profundidad de las aguas detrás de la imagen –reflejo nacido de la luz, de ahí que la luz y el agua sean
elementos de creación y conservación de la vida–. El
agua como elemento polivalente, en permanente transformación, es receptiva a la luz, al movimiento y como
ningún otro elemento se funde en todas las materialidades, por eso se presta a amplias lecturas, siendo en sí
misma causa de la creación y la destrucción.
Retomando la visión de la materialidad acuática del
sueño, Gastón Bachelard habla de las ensoñaciones
compuestas, como binomios mediante los cuales la
naturaleza crea diferentes formas, en diferentes combinaciones. “El poeta elige su realidad de la realidad”
(Bachelard, 1978, p. 35). Los sueños son las construcciones aéreas del agua, pues el universo onírico es vuelo
y espejo, expresado en el pez volador, ese ser mítico que
vemos en varias culturas del mundo como la muisca y
la sinú en su orfebrería, en la pintura de Marc Chagall,
los peces del asalto en “Los brujos de la tormenta primaveral”, y en el mito azteca de Quetzalcóatl: la serpiente emplumada que emerge del océano. El pez volador
simboliza al soñante que atraviesa diferentes espacios
y estados de conciencia, pues viniendo de las oscuras
profundidades acuáticas emerge hasta el cielo.
Observamos todas estas realidades en una sola imagen,
cuando contemplamos a los peces nadar y al mismo
tiempo el reflejo de las nubes en la superficie acuática,
otorgándonos la visión de peces voladores. El iris, como
el cielo nocturno, es el abismo que conduce hasta el alma

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de la persona que lo contempla; ahí en donde todo lo
que puede imaginarse es, y es porque puede imaginarse.
En el relato “Los brujos de la tormenta primaveral”,
encontramos el agua y la tierra en constante tensión y
reciprocidad. Entre la tierra firme y las aguas fluctuantes, se mueve el tejido raizal de Juan Poyé, resistiendo
la disolución absoluta en el fuego y el agua, para dar
lugar a la nueva vida:
Hasta donde los minerales sacudían su tiniebla
mansa, volvió su presencia fluida a turbar el
sueño de la tierra. Reinaba humedad de estancia
oscura y todo era y se veía luminoso. Un como
sueño entre paredes de manzana-rosa, contiguo a
los intestinos de los peces. Una como necesidad
fecal del aire, en el aire enteramente limpio, sin
el olor a moho ni el frío de cáscara de papa que
fue tomado al acercarse la noche y comprender los
minerales que no obstante la destrucción de todo
por el fuego, las raíces habían seguido trabajando
para la vida en sus telares, nutridas en secreto por
un río manco. (Asturias, 1970, p. 94)
Existe una danza creativa entre el agua y la tierra, como
condensación y solidificación de la materia, necesaria
para dar nacimiento a las raíces-vida como un tejido
constante. Juan Poyé árbol y río manco es naturaleza
soñante desde la más pequeña y oscura de sus raíces,
que siente y transmite el alimento del humus y el movimiento de escarabajos y demás insectos cavadores hasta
sus altos frutos, contra los que se estrellan los peces que
saltan de la mar.
En este punto reaparecen Juan y Juana Poyé en el recorrido de su nieto, el río mensajero, hijo navegable de las lluvias que incansablemente recorría la tierra buscando a sus
descendientes, a quienes solo encontraría uniéndose en
sueño con la Diosa invisible de las palomas de la ausencia:
Apareadas en barcos de cristal y sueño, se
acercaron; pero en una de las velas llegó dormida

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y su reflejo de carne femenina tomó forma de
mujer al entrar en las aguas del río mezclada con
la sangre de los hombres del menguante lunar.
Esplendor luminoso y crujida de dientes frescos
como granizo alrededor de los senos en miel, de
las caderas en huidiza pendiente, del sexo, isla de
tierra rosada en la desembocadura, frente al mar.
Y así fue, como hombres y mujeres nacidos de
menguante, poblaron la ciudad de la Diosa
Invisible de las palomas de la ausencia. Del río
oscuro salían las arañas. (Asturias, 1970, p. 99)
Asturias nos enseña el lenguaje del agua, las aguas profundas que entretejiendo las raíces sustentan la vida en
las ciudades superiores, las aguas dulces, sexuales y nutritivas, las aguas oscuras, portal de la muerte y los enemigos ocultos, pues si por el sueño del agua son creadas
las ciudades, por el sueño del agua también son destruidas, cuando los seres que las habitan quebrantan las
leyes del amor.
Ya había verdaderas murallas, verdaderos
templos, y mansiones verdaderas, todo de tierra
y sueño de hormiga, edificaciones que el río
empezó a lamer hasta llevárselas y no dejar ni el
rastro de su existencia opulenta, de sus graneros,
de sus pirámides, de sus torres, de sus calles
enredaderas y sus plazas girasoles.
¿Cuántas lenguas de río lamieron la ciudad hasta
llevársela? Poco a poco, perdida su consistencia,
ablandándose como un sueño y se deshizo en
el agua, igual que las primitivas ciudades de
reflejos. Esta fue la ciudad de Gran Saliva de
Espejo, El Guacamayo. (Asturias, 1970, p. 102)
En los diversos movimientos de la lengua río y mar,
vemos el agua como un ser que habla, degusta y se alimenta y que con su lengua moldea la vida. La lengua
transformadora de realidades, la lengua del agua entretejida en la tierra. Así el Cuco de los Sueños va hilando
los cuentos, y soñando ciudades unas sobre otras. Hi-

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lando en la conciencia del narrador la memoria de su
comunidad y su territorio.

Referencias bibliográficas
Asturias, M. Á. (1970). Leyendas de Guatemala. España: Salvat Editores.
Bachelard, G. (1978). El agua y los sueños. Ensayo
sobre la imaginación de la materia. México: Fondo de
Cultura Económica.

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Cárdenas Támara, F. (2002). Antropología y ambiente: enfoque para una comprensión de la relación:
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De la Garza, M. (1990). Sueño y alucinación en el
mundo náhuatl y maya. México: Universidad Autónoma de México.
Levi-Strauss, C. (1972). Estructuralismo y ecología. España: Editorial Anagrama.

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“El dios errante”, de Pedro
Gómez Valderrama.
Del cuerpo, lo prohibido y la
transgresión
Iván Darío Vargas González*

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l erotismo es un tema fundamental en las narraciones de Pedro Gómez Valderrama, (Colombia,
1923-1992), en donde la confluencia de elementos históricos y sociales se conjugan hasta crear una identidad cultural cargada de un sinnúmero de fenómenos
propios del mestizaje y la permeabilización del pensar
y sentir colombianos, pero que a su vez se reúnen en la
visión universal del erotismo, la religión y el cuerpo en
una tierra convulsa y en formación.
Examino en este artículo la figura del erotismo en el
cuento “El dios errante”, del escritor colombiano Pedro
Gómez Valderrama, a partir de los postulados sobre el
erotismo de Georges Bataille, de los que hablaré en la
primera parte. Por otro lado, haré una aproximación a
las figuras del cuerpo, lo religioso, el deseo, la prohibición y la transgresión como motores de lo erótico.
En este trabajo se esboza la concepción erótica construida por Bataille en su libro El erotismo (1957), mientras que utilizamos la obra literaria para ejemplificar su
aparición, su comportamiento y sus ambigüedades. La
aproximación a las ideas del eros pretende despertar el
interés por un tipo de lectura que se hace de una obra
literaria, como también intenta dar a conocer al autor y
su producción artística.

Pedro Gómez Valderrama fue un escritor colombiano que contó con una gran maestría narrativa; como
prueba de ello encontramos sus cuentos “El retablo de
Maese Pedro” (1967), “La procesión de los ardientes”
(1973) e “Invenciones y artificios” (1975), compilados
por él mismo en 1980 bajo el título Más arriba del reino.
Así mismo, escribió “Muestras del diablo”, “En el reino
de Buzirago” y “El engañado” (1958), y la novela La
otra raya del tigre (1977), obra que da cuenta de la colonización alemana en el Estado Soberano de Santander
durante el siglo XIX, y que es el horizonte estético del
cuento que se trabaja en esta propuesta.
Para tratar de comprender la obra de Gómez Valderrama debemos situarnos en el momento histórico por el
que atravesaba Colombia cuando aparece, en lo que
respecta a la literatura, la revista Mito, que propone una
revisión de los valores culturales establecidos.
Desde Mito, Pedro Gómez Valderrama, y otros grandes
escritores que participaron de esta empresa como Hernando Valencia, Eduardo Cote Lamus, Héctor Rojas Herazo, Gabriel García Márquez y Fernando Charry Lara,
actualizaron sus discursos sobre lo político, lo estético
y lo filosófico, y trataron de dar al país un nuevo aire
de progreso. “El aislamiento del país, la esclerosis de la
tradición, la persecución en todos los órdenes”, de que
hablara más tarde Gómez Valderrama, habían creado un

* Licenciado en Español y Literatura de la Universidad Industrial de Santander. Correo electrónico: idvg@hotmail.com

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ambiente repulsivo que era imperioso barrer con un aire
nuevo. “Esta respiración artificial se la proporcionó Mito
a la vida intelectual y cultural del país” (Ruiz, 1977, p.
XV). La apertura a la discusión y reformulación de las
concepciones latentes en el ethos cultural colombiano debían ser combatidas mediante el pensamiento crítico, a
partir de la libertad de expresión.
La narración cuenta la llegada de un piano negro traído
de Europa, por petición de un alemán adinerado. El instrumento comienza su travesía desde Liverpool (Inglaterra) y llega a Cartagena de Indias para seguir su recorrido
por el Río Grande de la Magdalena hasta alcanzar su destino final, en donde se reuniría con su dueño. El piano
se convierte en el agente primordial de la narración, es
decir, la cualidad de instrumento musical se pierde para
configurarlo como personaje alrededor del cual los cuerpos, la pasión y el erotismo hallarán lugar:
El piano estaba sobre la lancha como el protagonista insensible de una historia maravillosa, en
la cual desfilaban las mujeres a quienes habían
estremecido sus notas, aquellas que se las habían
arrancado con un impulso sexual trunco, aquellas
que habían sido apretujadas, acariciadas, besadas,
sofaldadas… (1977, p. 102).
Un primer acercamiento al tema del erotismo en “El
dios errante” nos lleva a sospechar que el instrumento
es un portador del placer, mediante la concomitancia
entre el deseo y la atracción, a partir de elementos intangibles y subjetivos como el arte y la música.
En una región de Colombia se ha fundado
un poblado […] Veinte hombres, los mismos,
llegan a la puerta trayendo en su lomo un
piano, el primero que se conoce en la región,
el instrumento prodigioso, la casa de música de
la civilización occidental, Mozart, Beethoven,
Haydn, Brahms, Berlioz, todo contenido en
un cajón de madera y unas manos. (Gómez
Valderrama, 1977, p. 105)

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Luego de largos años, el piano negro se aproxima a su
destino final cargado por varios hombres que desafían
los cerros andinos y que marchan lentamente con el
instrumento a sus espaldas, como si fuesen sacerdotes
de un extraño rito. El instrumento yace junto al estanque que el alemán mandó a construir en su castillo,
en el fondo del cual habita un legendario caimán. El
piano, el hombre, el majestuoso reptil y la música de
Wagner se juntan para participar en la orgía nocturna
de los dioses. Las notas del instrumento traído desde
Liverpool, el primero y único que se conoce en la región, emana sus notas que navegan las montañas y llanuras con su música alucinante y extática.
Ferozmente, dulcemente, la espuma de las notas
se arremolinan con la velocidad del sonido y
en este va rodando, y se detiene en los caballos
amarrados […] y baja a las trincheras de la guerra
[…] y ante una pareja trenzada para engendrar
un hijo, y suena en la celda de un monje
que se flagela ardiendo de pecado… (Gómez
Valderrama, 1977, p. 106)
Es necesario entender el erotismo como algo más complejo que el simple acto sexual. Opuesto a esto, lo erótico funciona en lo vedado, en lo clandestino. Es la
conciencia del hombre frente al gozo espiritual: cuando
renuncia a su continuidad y pone sus sentidos y el cuerpo a su servicio. En cuanto a la concepción de este, es
indispensable entenderlo como puente entre lo espiritual y lo primitivo.
En “El dios errante” vemos cómo el cuerpo se convierte
en el vehículo de lo primitivo a través de la manumisión
del deseo sexual que ha estado dominado por normas
sociales y religiosas. “(…) pulgada a pulgada, día a día,
año a año, el piano iba remontando la corriente del río
como un buque fantasmal. Después de meses de subienda, de orgías de estallidos sexuales, de maldiciones y cansancio, de calores, de sudor y hambre, iba llegando poco
a poco…” (Gómez Valderrama, 1977, p. 103). La descripción del paisaje nos lleva a pensar, también, en el papel

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de la naturaleza como escenario de lo primitivo. Así, vemos cómo el río sirve de atmósfera para la emancipación
de lo antes oculto, además de ser un espacio en donde se
sintetiza el plan de civilización en tierra americana.
El viaje por el Magdalena es una especie de procesión,
en donde se conjuga lo ritual con lo transgresor y es ahí
donde lo erótico tiene sentido: “(…) un día aparecen los
negros borrachos acompañados de una negra ataviada
de rosa con un estrafalario sombrero lila, la cual, apenas
entra la barca en el agua alza sus enaguas y pone sus posaderas oscuras en la tapa del cajón del piano” (Gómez
Valderrama, 1977, p. 104). Los marineros descienden del
lanchón para ir en busca de mujeres y alcohol, y regresan
acompañados de una hembra negra con la que se juntan
al son de las melodías del piano negro, robusto como un
hombre e imponente en su figura masculina. Por medio
de la música y la festividad, las cargas se aligeran y los
cuerpos pierden su identidad diferenciadora.
…entraron al bongo las mujeres, a fornicar con
los marineros de agua dulce por unos puñados de
monedas. Una de ellas metió la mano por el hueco
de la tabla desprendida, y sin saber cómo arrancó
unas notas que se quedaron temblando en el aire
quieto. La negra fue tumbada en el piso por el
contramaestre, y los aullidos placenteros siguieron
el mismo camino de las notas suspendidas.
(Gómez Valderrama, 1977, p. 103)
Aquí la narración apela a la música para que sirva de soporte a la escena sexual. Obsérvese que la presencia de
la negra es definitiva en lo erótico, al mismo tiempo que
es señalada como sede de la concupiscencia. La imagen
femenina de la negra adquiere sentido en cuanto a la
propuesta que hace Gómez Valderrama del encuentro
de dos culturas: la civilización occidental europea y la
bastedad de los hombres y mujeres de esta tierra: “Las
gentes de los caseríos salen a la orilla a contemplar el
cortejo fantasma y a oír los cuentos de la negra, sentada
con las piernas abiertas sobre el piano […] occidental
mensajero de cultura y redención para los pueblos ham-

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palabras

de

más

brientos y sedientos y desesperados y esclavos”. (Gómez
Valderrama, 1977, p. 104)
Georges Bataille, en El erotismo, nos muestra las implicaciones psicológicas y antropológicas del eros. Al hablar
del cuerpo, el antropólogo francés lo ubica como un objeto de deseo dentro de la actividad erótica, sin desligarlo
de su perspectiva histórica, y la muda entre animalidad
y humanización. Bataille da por sentado las diferencias
que existen en lo erótico y el coito: “…solo los hombres
han hecho de su actividad sexual una actividad erótica”
(p. 15). La actividad sexual, común entre humanos y animales, se diferencia en que los primeros le dan un sentido profundo, un estímulo psicológico que lo separa de la
reproducción como finalidad del acto.
Ahora bien, lo corpóreo en “El dios errante” tiene
como punto de partida la contraposición entre lo masculino y lo femenino. En primera instancia, la figura
de lo masculino es adoptada por el piano y los hombres que lo cargan, mientras que lo femenino se hace
patente por medio de la negra que los acompaña en la
travesía y de otras mujeres que, de forma indirecta, participan del cortejo que lleva el instrumento. Lo femenil
se manifiesta en la concepción del cuerpo como sede
del pecado, que responde a las prácticas confesionales
del siglo XIX en Colombia; sin embargo, este se libera
de lo punitivo en la actualización del deseo erótico.
Mompox estaba en seco como un barco varado
sobre la playa, y el bongo permaneció durante
varios meses atracado en la arena […] había una
casa blanca […] y en los corredores las largas
solteronas vestidas de negro recorrían la casa y
la vida como un cansancio, añorando el empuje
masculino, consumidas de virginidad, de soledad
y de tristeza”. (Gómez Valderrama, 1977, p. 103)
El cuerpo en el cuento de Gómez Valderrama es también motivo de vigilancia y castigo, especialmente en la
dimensión religiosa. Y es ahí donde aparece otra figura
de lo erótico, puesto que el cuerpo se mueve entre lo

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sexual, lo religioso, lo sagrado y lo secreto, en el que el
interdicto auspicia el deseo. Estas prohibiciones tienen
la sexualidad por objeto, es decir, limitan el acto sexual,
en el caso de la religión, a lo estrictamente reproductivo. De esta manera, el cuerpo como objeto de deseo se
mueve entre la experiencia de lo erótico y la experiencia
religiosa: “La experiencia interior del erotismo requiere
de quien la realiza una sensibilidad no menor a la angustia que funda lo prohibido, que al deseo que lleva a
infringir la prohibición. Esta es la sensibilidad religiosa,
que vincula siempre estrechamente el deseo con el pavor,
el placer intenso con la angustia” (Bataille, 1957, p. 43).
Esto puede referenciarse en “El dios errante” con el paso
del instrumento por un caserío a orillas del Magdalena:
…y al fin, en uno de los caseríos que recorre
inmenso el viaje sobre el río, hay una cruz sobre
una de las chozas, y un hombre de túnica agita
las manos desde la orilla aventando bendiciones,
las bendiciones saltan sobre el agua como
piedrecillas lanzadas al ras de la superficie,
los habitantes se congregan para ver pasar al
Demonio hembra vestido de rosa y con sombrero
lila, que manotea sobre el piano escondido
ululando maldiciones, y el hombre de blanco
se da cuenta de pronto de que sus fieles creen
más, mucho más en el demonio rosado que
en los latines que murmura despechadamente
lanzando cruces con su mano derecha sobre la
barca hereje. (Gómez Valderrama, 1977, p. 104)
En “El dios errante” la prohibición se configura en el
personaje que representa el poder eclesiástico de la población de Mompox: “…nada en el desarrollo del erotismo es exterior al terreno de la religión, y justamente el
cristianismo, al oponerse al erotismo” (Bataille, 1957,
p. 36). Ese hombre de blanco es la parodia de la intervención de la religión, y las fuerzas subyacentes en el
erotismo que son el deseo y miedo del pecado.
Asimismo, Bataille trabaja sobre las relaciones complejas que existen entre la experiencia erótica y la experien-

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cia mística, que en suma son de una misma naturaleza,
pues estas lindan en los límites del ser. “El erotismo
es la apropiación de la vida frente a la muerte” (Bataille, 1957, p. 15); la muerte no es un hecho ajeno al
ser humano, por el contrario, le atrae y apasiona. De
esta manera, ocurre un encuentro entre Eros y Tánatos,
fuerzas que se encuentran íntimamente vinculadas con
la experiencia erótica.
Vemos entonces cómo la prohibición se hace latente en
lo religioso: “El conocimiento del erotismo, o de la religión, requiere una experiencia personal, igual y contradictoria, de lo prohibido y de la transgresión” (Bataille,
1957, p. 40). Para que lo erótico se dé, debe haber una
violación a un interdicto. Dicha infracción es, en palabras de Bataille, un “regreso a la naturaleza”, al carácter
primigenio instintivo y violento. Aunque la transgresión
sea un retorno a los orígenes irracionales, no por esto la
prohibición se suprime totalmente. Tanto la interdicción

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y la violación de la regla son cómplices, pues estas se superan y mantienen al mismo tiempo, lo que hace que la
contravención y la denegación sean motor de lo erótico.
En primera instancia, hay un impedimento de comunicar la experiencia, de actualizar la relación fuera de lo
normativamente establecido, y al mismo tiempo, una
conciliación de la duplicidad “prohibición-transgresión”,
a través del respeto a la ley y el pavor de infringirla.
Recordemos el cuento “La procesión de los ardientes”,
donde la transgresión se funda en las interdicciones respecto al acto sexual y estas son mediadas por las concepciones acerca del cuerpo y la religión. Juan Fernando
Taborda Sánchez (2006) lo refiere así:
El relato da cuenta de las dificultades que
implicaba asumir en toda su plenitud la relación
amorosa en la sociedad colonial, la cual es, en
realidad, causante de la muerte de los amantes.
Pero aún conscientes de la muerte que implica su
unión, los amantes la asumieron como afirmación
de la intensidad de la vida […] cumpliéndose la
superstición popular de que quien fornica un
Viernes Santo queda pegado… (p. 75)
De esta manera, el tratamiento que hace Pedro Gómez
Valderrama del erotismo lo inscribe dentro de un proceso de renovación de las letras colombianas: “Pedro
Gómez aparece […] como el punto focal de fuerzas concentradas que borran los límites del cuento y del ensa-

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de

más

yo, de la invención y la reflexión, de la sensibilidad y
la inteligencia”, nos dice Jorge Eliécer Ruiz (1977) en
el prólogo de Más arriba del reino (p. XIII). Su trabajo
está más allá de la estética literaria y de lo exclusivamente formal; la creación de Gómez Valderrama centra su
atención en el manejo de lo ideológico y en la composición artística a partir de temáticas universales. De ahí
que este trabajo sea una posible lectura de su obra y
aproximación al autor que admiro.

Referencias bibliográficas
Bataille, G. (1957). El erotismo. Buenos Aires: Editorial Sur.
Gómez Valderrama, P. (1977). El dios errante. En Más
arriba del reino. Caracas: Editorial Biblioteca Ayacucho.
Gómez Valderrama, P. (1977). La otra raya del tigre.
Madrid: Alianza Editorial.
Henao Restrepo, D. (febrero, 1999). Gómez Valderrama o la utopía liberal. Estudios de Literatura Colombiana.
Ruiz, J. E. (1977). Pedro Gómez Valderrama en la
encrucijada de la literatura colombiana. En Más arriba
del reino. Caracas: Editorial Biblioteca Ayacucho.
Sánchez Taborda, J. F. (2006). Historia y brujería en
los cuentos de Pedro Gómez Valderrama. Revista Universidad de Antioquia, 284, pp. 68-77.

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La bohemia en Bogotá a
principios del siglo XX.
“La Gruta Simbólica” y el
Parque de la Independencia
Gerson Vanegas Rengifo*

Que abran el parque de los profetas
Y los dejen venir hasta mí, con sus salientes ojos alucinados,
Sus arremolinadas greñas, sus barbas cundidas de piojos
Y sus inciertas piernas de ebrios de Dios.
Que los dejen llegar hasta nosotros,
pues necesitamos su testimonio.
Su demencia corrobora nuestra razón
Y sus palabras nuestro designio.
Jorge Zalamea Borda, El sueño de las
escalinatas (1964)

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ablar de la bohemia hoy en día no solo parece un
asunto del pasado, uno que solo atraería a curiosos o investigadores, sino también un asunto de actualidad, pues no faltan las personas intrigadas en saber
cómo era su ciudad, qué ha cambiado o sigue siendo
igual, qué hacían sus habitantes para distraerse, cuáles
eran los lugares frecuentados para determinada actividad, etc. Incluso, hay quienes se preguntan por qué o a
qué se debe el reconocimiento que aún tienen ciertos
intelectuales que escribieron o cantaron un poco sobre
ella, poetas y artistas que quizá hemos oído mencionar

en programas de televisión o hemos leído en revistas
culturales, cuando no es sino por boca de amigos, profesores o algún miembro de la familia que nos enteramos que alguna vez existieron.
El presente artículo tiene por objeto recordar la existencia
de un grupo de poetas y periodistas que, con su ingenio y
humor, alegraron mediante sus improvisaciones poéticas
y chistes más de una fría noche bogotana de principios
del siglo pasado. Se trata de hacer un breve pero sustancioso recorrido por una ciudad muy aislada de lo que ocurría en gran parte del mundo, con un ambiente para nada
propicio a celebraciones, debido a los odios partidistas y a
la pobreza existente en sus calles y en el país. Ese fue el panorama que caracterizó esos primeros años del siglo XX
y que tuvo efectos no solo en el ánimo de los habitantes
de la capital sino en el de otras ciudades de la República,
como se puede constatar en los moderados y escasos festejos por el centenario de la Independencia que tuvieron
lugar por toda Colombia en 1910.
Ante la prolongada adecuación de la calle 26, por razones que todos conocemos, para la tercera etapa del
sistema de transporte masivo TransMilenio, y ante la
construcción del Parque Bicentenario1, considero que
es pertinente hacer un acercamiento a esta zona, que
hoy en día representa uno de los patrimonios históri-

* Licenciado en Español y Literatura de la Universidad Industrial de Santander. Correo electrónico: idvg@hotmail.com
1 Polémico proyecto a cargo del arquitecto Gian Carlo Mazzanti, que integraría lo que queda del Parque de la Independencia con el Museo de Arte Moderno de
Bogotá (MAMBO) y parte de los edificios ubicados sobre las carreras 10a y 13.

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cos y culturales más importantes en la historia de la
ciudad. Esto es debido a la cercanía de edificaciones
como el Museo Nacional, el Centro Internacional Tequendama, el Centro de Convenciones y Exposiciones
Gonzalo Jiménez de Quesada, la Torre Colpatria, la
Biblioteca Nacional, el Museo de Arte Moderno y el
Teatro Jorge Eliécer Gaitán, entre otros, así como a motivos relacionados con la historia de Bogotá del país y
de su sociedad, que pasaremos a explicar más adelante.
Gran parte del terreno que originalmente ocupaba el
Parque de la Independencia está por desaparecer para
dar prioridad a más de millón cuatrocientos mil vehí-

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más

culos que a diario transitan la ciudad, en detrimento
del peatón que vive, trabaja y camina ocasionalmente
por ese sector. Según los vecinos del lugar, organizados
en un colectivo de protección y cuidado del parque llamado “Habitando el territorio”, el proyecto del nuevo Parque Bicentenario, a pesar de estar basado en un
plan que empezó a desarrollar Rogelio Salmona (19272007) antes de su muerte, se apartaría del diseño y la
estética arquitectónica utilizada por el mismo Salmona
en el conjunto Las Torres del Parque. Esto afectaría los
logros conseguidos en esas materias y negaría de paso
una continuidad arquitectónica con una de las obras
más recordadas del renombrado arquitecto bogotano,
declarada Bien de Interés Cultural en 1995
por el gobierno nacional. Es cerca de este
mismo conjunto habitacional, en uno de sus
rincones, en el que se encuentra inscrito en
una placa parte del poema que a manera de
epígrafe encabeza este texto.
Vale la pena aclarar que una primera versión
de este trabajo se presentó en el marco del
foro sobre el Parque de la Independencia, “III
Encuentro de Memoria, Comunidad y Entidades”, celebrado en la Biblioteca Nacional
de Colombia el 22 de septiembre de 2011.
En este evento se expusieron algunos ensayos
sobre esta temática, escritos por historiadores
de la Pontificia Universidad Javeriana, además de videos que presentan las diferentes
transformaciones que ha sufrido el Parque
de la Independencia, y en los que se incluyen
opiniones sobre los cambios que tuvo. Agradezco, por tanto, a la Asociación Periferia por
su amable invitación a participar en este importante foro sobre el pasado y el presente del
parque y, por supuesto, a conversar sobre un
pedazo de la historia de nuestro país.

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La bohemia y “La Gruta Simbólica”
En Colombia, y en particular en la historia de la literatura colombiana del siglo pasado, el caso más llamativo en
cuanto a lo que se conoce como ‘la bohemia’2, es el de
“La Gruta Simbólica”, grupo conformado por varios periodistas, poetas y narradores que durante los años de la
Guerra de los Mil Días (1899-1903) se caracterizó por el
humor que la mayoría de sus integrantes demostraron en
sus escritos (columnas periodísticas, memorias personales o de grupo, poemas, cuentos, etc.). Otra característica
de esta tertulia era la de reunirse en bares ubicados en el
barrio de Las Nieves o cerca a la Plaza de Bolívar; recorridos que muchas veces, y ante el cierre de
los establecimientos, los llevaban de cantina
en cantina sin importar la hora, a pesar del
toque de queda imperante y la presencia de
la Policía y el Ejército en las calles del actual
centro de Bogotá. ¿Pero qué es ‘la bohemia’
exactamente, o cuál es su intento de definición más adecuado? El mismo Bernardo Rojas (2011) la entiende como:

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Según el investigador Gilberto Gómez Ocampo en su
libro Entre María y La Vorágine: la literatura colombiana finisecular (1886-1903), si estos escritores son identificados
por la crítica literaria nacional como bohemios, tal denominación sirve también para indicar una condición rara
vez mencionada en los análisis sobre esta figura en nuestro país: el vínculo que este personaje puede tener con el
canon literario colombiano existente hasta el momento
y, lo más relevante, la labor que tiene en la sociedad y en
los procesos modernizadores que tienen lugar en ella y
en su escenario por antonomasia: la ciudad. Para Gómez
Ocampo (1988), la figura del autor bohemio:

…una forma modernista de asumir esos
procesos de transformación económica,
política y social [en que se ven sumidas
las ciudades]. La queja del bohemio, ya
que ello resulta inocultable, es, muchas
veces, en contra de un mundo que se
está mecanizando, que se hace esclavo
del reloj y que quiere regular todos los
órdenes de la existencia. El bohemio hace
una resistencia, más o menos consciente,
frente a todos estos cambios, y para ello
lleva una vida que parece contradecir esos
presupuestos modernizadores. No es por
ende fortuito que un aire de decadencia
acompañe estas manifestaciones y que sus
referencias vitales y bibliográficas estén en
Europa, y sobre todo en Francia. (p. 9)
2 Especie de “transformación vital” generada por los procesos modernizadores que viven las ciudades, según la tesis que sostiene en uno de sus trabajos el historiador
Manuel Bernardo Rojas (2001).

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…señala una transición importante en el papel
que el autor como tal pasa a ocupar en el nuevo
siglo. Consideremos que el aspecto más relevante
en este cambio es el hecho de que el autor ha
perdido poder y ya no solamente no escribe desde
posiciones de poder legal (como Núñez y Caro)
o desde una perspectiva política militante (Vargas
Vila y Juan de Dios Uribe) sino, como Soledad
Acosta, desde posiciones marginales. En el caso
de Soto Borda el artista está enmarcado por la
típica bohemia: el café de la esquina y el grupo de
estrechos camaradas, generalmente embarcados
en una publicación literaria, Revista Gris, en el
caso de los de La Gruta Simbólica. El espíritu
iconoclasta del grupo se manifiesta en el nombre
de su revista, opuesto irónica pero benévolamente
al azul rubendariano. (pp. 151-152)
“La Gruta Simbólica” estuvo integrada, entre otros, por
Rafael Espinosa Guzmán, en cuya casa tuvo lugar la reunión en la que “se creó” el grupo; por el poeta boyacense Julio Flórez (1867-1923), quien escribió algunos
versos dedicados al grupo y a sus actividades; por Luis
María Mora “Moratín”, ensayista y cronista, quien dejó
para la posteridad su libro Los contertulios de “La Gruta Simbólica” (1936), publicado 30 años después de los
sucesos que narra en este; y quizá su figura más interesante y versátil literariamente hablando: Clímaco Soto
Borda, auténtico humorista de profesión, cofundador
y columnista de varios periódicos, sonetista y autor de
probablemente la primera novela urbana del país, Diana Cazadora: novela basada en los acontecimientos de 1900
(1915), además de un libro de relatos que le antecedió,
Polvo y ceniza (1906), ambas obras con personajes y costumbres bogotanos reconocibles.
En su libro sobre “La Gruta Simbólica”, Luis María Mora
(1936) explica los orígenes fortuitos del grupo y describe
un poco el ambiente que se respiraba en la Bogotá de
entonces, donde uno de los últimos hechos de mayor
conmoción en cuanto a las artes y la literatura había sido
el suicidio de su poeta más famoso, José Asunción Silva
(1865-1896). Según el cronista, algunos de sus amigos

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más

poetas no pudieron regresar temprano a sus casas y antes de verse sorprendidos y aprehendidos por el toque
de queda impuesto por las autoridades, se encaminaron
hacia la casa de Rafael Espinosa Guzmán, que quedaba
cerca del último bar o café en donde departieron y estuvieron bebiendo hasta altas horas de la noche. “Muchos
de los que frecuentaban esta Gruta Simbólica eran poetas taciturnos, desencantados, bohemios que buscaban
la doncella de la muerte, del olvido y del vino. La época
no podía ser más sombría: eran los tiempos de la guerra
cruel de 1900 y de la separación de Panamá.” (p. 40)
En efecto, el panorama que presentaba el país –pero
sobre todo Bogotá– a comienzos de siglo estaba lejos de
parecerse al deseado por el Estado y la sociedad colombiana a pocos años de la celebración del centenario de
la Independencia. Entre otras circunstancias, la Guerra
de los Mil Días, la posterior separación y pérdida territorial de Panamá (1903), y el fin del gobierno del presidente Rafael Reyes luego de casi cinco años en el poder
(1904-1909), contribuyeron a que algunos sectores sociales de la capital no se mostraran tan entusiasmados
con la idea de celebrar el centenario, pues la situación
socioeconómica y política de Colombia y del mundo
era entonces poco estable y conflictiva.
Sin embargo, hay que destacar que a pesar de la crisis
se obtuvieron algunos avances en obras de infraestructura vial y de ferrocarriles (por esos años llegó el primer
automóvil al país y se construyeron y prologaron varias
líneas férreas, sobre todo hacia el río Magdalena), y el
número de exportaciones de productos colombianos
hacia el exterior se incrementó y se mantuvo constante
(el café, el caucho, el petróleo, etc.). Esto hizo que sin
importar las dificultades que suponía la organización
de un evento de tanta importancia, este se pudiera realizar con la participación, limitada por las élites, de la
gente que vivía en los barrios, parroquias en realidad,
que conformaban la Bogotá de entonces, pues fue en
esta ciudad donde se concentraron en su mayor parte
los festejos de conmemoración de la Independencia.

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La Exposición del Centenario y el cercano
sector de San Diego
En su artículo “¿Cómo representar a Colombia? De las
exposiciones universales a la exposición del Centenario
1851-1910”, el historiador Frédéric Martínez (2000) nos
ofrece una de las imágenes más adecuadas a lo que fue
esta celebración. En ella, aparte de conmemorar una fecha histórica, el objetivo real fue crear el imaginario de
un progreso material comparable, aunque con reservas,
al visto en las exposiciones europeas del siglo anterior,
y que contribuiría a la “inminente y necesaria” industrialización del país, a su entrada a la modernidad y al
capitalismo en boga de las economías más fuertes e importantes del mundo. La exposición fue un éxito, muy
a pesar de los materiales utilizados en la construcción
de los pabellones (madera y cemento), a los altos costos
que representó su edificación para la debilitada economía nacional, y al escaso valor estético y funcional que
tuvieron para la ciudadanía en los años venideros:
La Exposición del Centenario, último producto
de la fascinación por las exposiciones universales,
se impone también como la primera empresa
oficial de difusión masiva de una identidad visual
de la nación. Restringida a los pilares del orden
social (la Iglesia, los próceres), a las diversiones
populares organizadas por las autoridades y a las
aficiones civilizadoras de las élites (el hispanismo
académico, el modernismo industrial); la
representación de la nación finalmente dibujada
en 1910 ofrece ante todo un reflejo fiel de la
jerarquía social colombiana. En eso, más que
en la representación de una nación hipotética,
el Centenario proporciona el retrato de una
sociedad cuya estructura jerárquica es, ella sí,
bien real. (Martínez, 2000, p. 323)

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No hay nada más ilustrativo de lo anterior que la lectura de uno de los poemas escritos por uno de los hermanos Bayona Posada, Jorge, quien en la primera parte de
“Dualidad”, recoge las impresiones que tuvo al visitar
el Parque de la Independencia, en especial el Pabellón
de Bellas Artes, donde a cargo de Don Andrés de Santamaría (1860-1945), pintor bogotano y director de la
Escuela de Bellas Artes de la ciudad, tuvo lugar el Salón
de Artes de 19103:
Es en la exposición. Por los salones una lujosa
multitud pasea, admirando las múltiples ficciones
que el lienzo exhibe y el escoplo crea: / Ya es un
toque de luz agonizante que se prende a un portal;
un árbol viejo que alarga un brazo al resplandor
distante mendigando la gracia de un reflejo; /
ramilletes galanos donde ríen las flores como
bocas; un paisaje cuyos tenues colores se deslíen
como unas curvas en el tul de un traje; / o Diana,
la impecable, que en la diestra el arco empuña en
ademán terrible, mirando al corso Emperador, que
muestra su perfil, cual su gloria inconfundible. /
El ambiente es propicio al flirt; esencias enervantes
provocan tentaciones, y el Arte encubre amables
confidencias y se presta a amorosas sugestiones.
/ Finge la Exposición una colmena donde el
enjambre bullidor se mueve, y la rosa, el clavel y
la azucena son la escultura, el cuadro y el relieve.
(Bayona Posada, 1983, pp. 57-58)4
En 1883, ante la ausencia de una zona de recreación
urbana y en homenaje al natalicio del libertador Simón
Bolívar, se inauguraba el Parque Centenario, ocupando
una gran extensión de tierra, casi en los extramuros.
Sin embargo, este sector solo pudo integrarse a Bogotá
gracias a que entre las múltiples obras y mejoras urbanísticas realizadas para la celebración de la Independencia, se incluyó la del tranvía. Así, poco a poco, el Parque

3 Para los interesados en el tema de la exposición artística de ese año se recomienda consultar el artículo del historiador Alejandro Garay Celeita (2006).
4 El hermano menor de Daniel y Jorge, Nicolás Bayona Posada (1899-1963), es el compilador de una antología de textos de varios autores, reunidos en ocasión del
cuarto centenario de la fundación de Bogotá (1938), llamada El alma de Bogotá, publicada ese mismo año. Un trabajo interesante y bien documentado sobre ese
libro, pero sin publicar, es el de Amada Carolina Pérez (2000).

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3 Para los interesados en el tema de la exposición artística de ese año se recomienda consultar el artículo del historiador Alejandro Garay Celeita (2006).
• El hermano menor de Daniel y Jorge, Nicolás Bayona Posada (1899-1963), es el compilador de una antología de textos de varios autores, reunidos en ocasión del
cuarto centenario de la fundación de Bogotá (1938), llamada El alma de Bogotá, publicada ese mismo año. Un trabajo interesante y bien documentado sobre

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de

más

Centenario pasó a convertirse en uno de los lugares más
frecuentados por los bogotanos, en especial, los fines
de semana, festivos y días patrios. En 1926 se rodarían
escenas de la película Garras de oro en el Parque de la
Independencia, y escenas de Alma provinciana tendrían
como fondo a la escultura de La Rebeca, instalada en
julio de ese mismo año en el Parque Centenario.5

la Independencia) eran sitios muy concurridos. Estos
lugares también muy utilizados para ferias y exposiciones, como ocurrió en julio de 1907, con la exposición
efectuada en el Parque Centenario y que se considera,
junto a varias que hubo en el siglo XIX pero realizadas
en otros lugares de la ciudad, como un preámbulo de
la de 1910.6

En su libro Cuando Bogotá tuvo tranvías y otras crónicas
(1973), el abogado y periodista Andrés Samper Gnecco
(1918-1988) menciona a uno de los personajes pintorescos del parque, lo que nos da una idea de la función
recreativa a la que estaba destinado este sitio, sobre todo
entre los niños, quienes eran los que más lo disfrutaban:

Al poco tiempo de establecerse la Cervecería Bavaria en
sus cercanías, se fundó el barrio La Perseverancia en un
sitio llamado Altos de San Diego, en tierras compradas
por el alemán Leo Sigfried Kopp (1857-1927), fundador
de la empresa. Este barrio es conocido por ser el primero de su tipo en Bogotá, pues en él vivían los trabajadores de la cervecería, en su mayoría obreros, por lo que
sus humildes viviendas quedaron en las inmediaciones
de la fábrica. La cercanía de Bavaria al Parque Centenario, establecida en mayo de 1891 en los terrenos que
hoy ocupa el Parque Central Bavaria, es un hecho que
no deja de llamar la atención, en especial por la larga
historia que tiene en la ciudad el consumo de una bebida de fabricación artesanal como lo es la chicha.

Con los tranvías, Bogotá estrenó dos parques,
situados en la calle 26. Del Camino Real (hoy
carrera Séptima) hacia occidente quedaba el
llamado Centenario. En él, rigurosamente vestido
de cúbilo y levitón, el señor Peinado (jamás
apellido alguno coincidió mejor con su titular)
entregaba a los niños que ya se habían acaballado
en los corceles de palo de su tiovivo, pequeños
floretes con los cuales, tan pronto se ponía este
en marcha gracias al empuje más que bruto
que le daban dos indianazos para hacerlo girar,
podían enganchar argollas plateadas o doradas
que otorgaban el derecho de permanecer a bordo,
de balde, por unas vueltas más. Con leontina y
reloj en mano, el erguido y solemne propietario
esperaba el momento de su omnipotencia para
dar la voz de mando que la chiquillería le solicitaba
con insistencia gritando: ‘Fuerza, señor Peinado,
fuerza’. (Samper Gnecco, 1990, pp. 48-49)
Bogotá tenía, a comienzos del siglo XX, un poco más de
cien mil habitantes; ante la falta de zonas de recreación
y esparcimiento para sus ciudadanos, no resulta difícil
imaginar que tanto el Parque Centenario como el Bosque de los Hermanos Reyes (luego llamado Parque de

Don Miguel Samper (1825-1899), empresario y hermano
del también santafereño José María Samper (1828-1888),
escritor y político del siglo XIX, destacaba la importancia de la fábrica de la cervecería, a la que consideraba
“el más grande establecimiento de la ciudad”, además
de señalar la calidad de la cerveza ahí producida, pues:
“acá, en nuestras alturas, en donde el vino cuesta tan alto
precio, la cerveza lo suple entre las clases acomodadas, y
es de desearse que pueda el precio ponerla al alcance de
las pobres para empezar a librarle combate a la dañosa
chicha.” (Samper, 1998, p. 115)
Afirmación premonitoria la de Don Miguel (1896), pues
en 1910, con motivo del centenario de la Independencia, Bavaria lanzó al mercado “La Pola”, una bebida en
homenaje a la heroína Policarpa Salavarrieta que además

5 Algunos fotogramas de esas películas se pueden ver en el libro de Nazly Maryith López Díaz (2006).
6 Para conocer más acerca de los eventos realizados en el Parque consultar el libro de Luis Carlos Colón (2007).

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de la calidad de su sabor tenía un precio asequible, con
lo que obtuvo una gran acogida entre los habitantes de
la ciudad, relegando a la chicha casi al olvido, aún dentro
de la gente más pobre. Con el paso del tiempo, la expresión “pola” se convertiría en el término para denominar
a la cerveza en el interior del país.

que fue luego la escuela militar, es hoy el Hotel
Tequendama y un alegre centro comercial. Y el
cementerio [posiblemente se refiera al Central] sigue
siendo la colección de muertos católicos, suicidas
y protestantes. En torno, barrios residenciales.”
(Arciniegas, 1996, 470-471)

Pero volviendo al tema que nos ocupa, el evento central
de los festejos por el centenario de la Independencia fue
la Exposición Agroindustrial de 1910, que sirvió para inaugurar el Parque de la Independencia con los acostumbrados concursos y recitales de artes plásticas, literatura y música característicos de los eventos oficiales y
de sociedad de la época –además del espectáculo de
las luces que alumbraban el espectral recinto por las
noches– también sirvió para confirmar el gusto de
los capitalinos por uno de los inventos más recientes
y maravillosos de entonces: el cine. Al igual que tres
años antes, en uno de los pabellones del parque, el
Pabellón de la Industria, tuvieron lugar varias exhibiciones cinematográficas (nocturnas) que mostraban escenas en las que aparecían desde procesiones
religiosas y corridas de toros hasta el mismo presidente de la República, en un rápido y certero registro de cómo transcurría la vida en algunos pueblos y
ciudades del país.

Pero ni el Parque de la Independencia se salvaría de la
suerte que tuvieron los sitios del sector que nombra Arciniegas. La inauguración del Parque Nacional en 1934,
y del Lago Gaitán en 1936 –mandado a construir por
este dirigente político durante su paso por la alcaldía, y

Sin embargo, el máximo enemigo de las obras del
hombre, más que la naturaleza, parece ser el tiempo.
O una mezcla de los dos. Los cambios no se hicieron esperar, y años más tarde, el escritor Germán
Arciniegas escribiría en una anécdota lo siguiente
sobre el sector de San Diego, cercano al Parque de la
Independencia:
La iglesita de San Diego era un farol en la puerta
de Bogotá, que alumbraba por una cara al
Panóptico, por la otra al asilo de locos, y por la
otra al cementerio. Hoy la cárcel está convertida
en el Museo Nacional. Lo que fue el patio, en
donde estuvo el hombre fiera y otros criminales,
son los jardines de una escuela. El asilo de locos,

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que estaba en donde hoy se ubica el sector comercial de
El Lago–, se convertirían en una significativa muestra del
interés de los alcaldes de la ciudad por la construcción y
apertura de nuevos parques. Estos ocuparían la función
asignada en un principio a los de la Independencia y del
Centenario, una decisión en parte motivada ante el rápido crecimiento poblacional y espacial de la ciudad hacia
el norte, y en lo poco rentable que resultaba el cuidado y
mejoramiento de los anteriores.
De esta manera, durante un par de décadas posteriores
a 1910, el Parque de la Independencia tendría instalado
en su interior, sin utilidad permanente y en ruina, los
abandonados pabellones de artificio y las olvidadas estatuas de próceres erigidos para la ocasión. Fue así hasta
que las excavaciones adelantadas por la administración
del alcalde Fernando Mazuera Villegas (1948) para ampliar el trazado de la calle 26, obligaron a desmantelar
dichas instalaciones y a enviar algunas de sus esculturas
a otras plazas y lugares de Bogotá. La calle 26 también
acabaría con el Parque Centenario al atravesarlo, dejando una pequeña rotonda con la escultura de La Rebeca
en el medio, a modo de una herida de muerte para una
ciudad que recién empezaba a afrontar la modernidad
en sus múltiples y variables formas.

Para el recuerdo
Por cuestiones de tiempo –como grupo se disolvieron
mucho antes de las celebraciones–, se puede afirmar que
los contertulios de “La Gruta Simbólica” no participaron de la fiesta preparada por el Gobierno de turno para
conmemorar el centenario de la independencia, como
sí ocurrió con Doña Soledad Acosta de Samper (18331913), probablemente la escritora más importante del
siglo XIX en nuestro país y quien fuera esposa del también escritor José María Samper, cofundador de la actual
Universidad Nacional de Colombia. En 1905 Julio Flórez tuvo que abandonar el país y a su regreso, en 1909,

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se radicó en Usiacurí, un pueblo del departamento del
Atlántico del que saldría pocas veces, en su mayoría para
ofrecer recitales de su obra poética en Bogotá y en Barranquilla, hasta su muerte, ocurrida en 1923.
Clímaco Soto Borda siguió viviendo en la capital, años
en los que se dedicó a publicar poesía –Salpique de versos (1912), en colaboración con Enrique Álvarez Henao
(1871-1914), también poeta y compañero de estudio en
el Colegio del Rosario de Luis Antonio Mora–, y al periodismo, pues a lo largo de su vida colaboró en varios
de los periódicos de la época fundados por él o por sus
amigos. Justamente en uno de esos publicó un poema
dedicado a los barrenderos7, en el que anticipaba, no
sin cierta ironía, la cantidad de actos cívicos y, por consiguiente, de oradores y de discursos que en ellos habría
al aproximarse la fecha indicada para el comienzo de
los festejos en la ciudad, el 20 de julio de 1910:
Es la hora en que la luz aplaca los luceros ante su
majestad la blanca Aurora, y limpian la ciudad los
barrenderos / Hay tanto que barrer… ¡Qué noble
obra! Tanto mal, tanto enjuague, tan impura la
misma luz del sol, tanto que sobra, y el burgués…
y el político en la altura que al pueblo oprime y
sus afanes cobra… ¡Por fin hay que barrer tanta
basura! / A barrer… a barrer, es necesario que no
volvamos a la Patria Boba, quién pudiera dar luz
al Centenario, quién pudiera alumbrar nuestro
Calvario, quién pudiera volver la pluma escoba!
(Pereira Fernández, 2010, p. 85)
Por lo visto, la irreverencia y el humor de estos bohemios poco tenían que ver con el ruido de las máquinas
y de los inventos, del concreto usado en las edificaciones y de las modernas luces que engalanaron los sitios
de celebración, así como de las infaltables elegías a los
protagonistas de lejanas batallas y de tiempos más heroicos. Tal vez la más apasionada pero justa descripción

7 “Los barrenderos”, poema de Clímaco Soto Borda, es tomado del artículo de investigación de Alexander Pereira Fernández (2010).
6 Para conocer más acerca de los eventos realizados en el Parque consultar el libro de Luis Carlos Colón (2007).

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de ellos la hace el escritor y periodista bogotano José
Antonio Osorio Lizarazo (1900-1964)8 en una pequeña
crónica publicada en el periódico El Tiempo en 1939
para recordar y homenajear a los admirados hombres
de letras y periodismo de su infancia:
Pero ellos, nuestros inmediatos antecesores, con
los cuales, en la adolescencia, que empieza a ser
remota, alcanzamos a ir de juerga y a trasnochar,
era menos compleja y más diáfana. Tenían tiempo
de mantener incólumes sus entusiasmos, de
trabajar con pausa, y de tomar el trago como una
oportunidad para desarrollar las propias facultades
y no como un impulso codicioso de ganar dinero.
Por eso, despreocupados y alegres, hacían de cada
cosa terrible pretexto para un epigrama. Y añade
en tono no menos exaltado y anacrónico que sus
elogiados: ¡Cómo menospreciamos, y con cuánta
injusticia, toda esa sencillez, toda esa simplicidad
en los placeres, los que pertenecemos a posteriores
generaciones! (Osorio Lizarazo, 197, p. 340).

Referencias bibliográficas
Arciniegas, G. (1996). El Padre Almanza. En América
nació entre libros. Bogotá: Imprenta Nacional de Colombia.
Bayona Posada, D.; Bayona Posada, J. & Bayona Posada, N. (1938). Poesía rústica y poesía romántica. Bogotá:
Imprenta Banco Popular.
Bernardo Rojas, M. (2001). Cantar de amigos y de
copas. Notas sobre el Medellín bohemio. Modernidad,
sentido urbano y periodización de la bohemia. Revista
Credencial Historia, 142.
Colón, L. C. (2005). La ciudad de la luz: Bogotá y la
exposición agrícola e industrial de 1910. Bogotá: Alcaldía
Mayor de Bogotá, Corporación La Candelaria.
8 Un importante y reciente estudio sobre las novelas urbanas de Osorio Lizarazo y de la vida en Bogotá en los años de su aparición, desde comienzos de la década
del treinta hasta mediados de la del sesenta, es el de Edison Neira Palacio (2004).

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Garay Celeita, A. (2006). El campo artístico colombiano
en el Salón de Arte de 1910. Historia Crítica, 32, pp. 302-333.
Gómez Ocampo, G. (1988). Entre María y La Vorágine: La literatura colombiana finisecular (1886-1903). Bogotá: Ediciones Fondo Cultural Cafetero.
López Díaz, N. M. (2006). Miradas esquivas a una
nación. Reflexiones en torno al cine silente de los años
veinte y la puesta en escena de la colombianidad, Bogotá:
Alcaldía Mayor de Bogotá, Instituto Distrital de Cultura y Turismo.
Martínez, F. (2000). ¿Cómo representar a Colombia? De las exposiciones universales a la exposición del
Centenario, 1851-1910. En Sánchez, G. & Wills, M. E.
(Eds.). Museo, memoria y nación. Bogotá: Ministerio de
Cultura, Museo Nacional.
Mora, L. M. (1936). Los contertulios de “La Gruta Simbólica”. Bogotá: Biblioteca Aldeana de Colombia.

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de

más

Neira Palacio, E. (2004). La gran ciudad latinoamericana. Bogotá en la obra de José Antonio Osorio Lizarazo.
Medellín: Fondo Editorial Universidad Eafit.
Osorio Lizarazo, J. A. (1978). Novelas y crónicas. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura.
Pereira Fernández, A. (septiembre, 2010). Cachacos
y guaches: la plebe en los festejos bogotanos del 20 de
julio de 1910. Anuario Colombiano de Historia Social y de
la Cultura, 38.
Pérez, A. C. (2000). La invención del ‘cachaco’ bogotano: crónica urbana, modernización y ciudad en Bogotá durante el cuarto centenario de su fundación, 1938, Tesis Historia.
Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana.
Samper Gnecco, A. (1990). Cuando Bogotá tuvo tranvías y otras crónicas. Bogotá: Villegas Editores.
Samper, M. (1998). Retrospecto. En La miseria en
Bogotá. Bogotá: Colseguros.

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Escritor
invitado

Tarde al fin
Jorge Valbuena*

En la basílica del mundo
Las ocho lámparas extinguen su rocío
Acaloradas cofradías de lumbres
Viejo cénit de cementerios
Alcaravanes disecados
Al borde de la puerta
Satélites hurtados por meteoros
Andantes en los siglos de la luz
La discordia abre sus ventanales
Sus hogares limpios que disecan las palabras
La humareda continua
Las heridas
Caminan por la calle
Esta tarde
Por esta ciudad vacía
Que cambia los ecos de la tierra
Por una bendición de ruecas muertas
Este bus pasa por la prisión
Y será tarde para bajar al asfalto
Amarrarme el zapato
Y esperar a que caiga
La última gotera.

* Licenciado en Educación Básica con Énfasis en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Gestor cultural. Cuenta
con estudios de Maestría en Literatura Hispanoamericana. Presos, su primer poemario, recibió el premio Departamental de Poesía de Cundinamarca en el año
2008. El mismo año, los arados del parpadeo fue merecedor del Premio de Poesía Revista Surgente. Su obra Péndulos fue reconocida con el primer puesto en el
Concurso Bonaventuriano de Poesía en el año 2010 y su poema “Abismos del silencio” fue ganador en el Concurso Nacional de Poesía “Palabra de la memoria”.
Participó en el XIV Encuentro Internacional de Poetas en Zamora, Michoacán, México. Actualmente se desempeña como profesor de la Universidad Distrital
Francisco José de Caldas. Colabora como corresponsal en la revista Reddoor de Nueva York. Forma parte del colectivo literario La Raíz Invertida.

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Trashumante
Recorremos el muro donde la sombra cuelga de la soga
escribimos los nombres que
se han fugado de este lado del silencio
y silbamos al encuentro de
nuestros dedos sobre la lluvia.

Del reino,
una tiniebla
En tu cielo hay tempestades que caminan
Sombras ocultas
Donde todo acontece
Tu cielo es siempre carne
Bajo mis notas destruidas
Es nube del presagio que rumora la canción.
Silencio
Algo de lluvia, asombro, taberna y sangre
Divaga y siente la combustión de los siglos
La llama
Como un arlequín que se encierra,
Ríe a tientas de la sonoridad de los sables
Y el dolor duerme
En el asombro de la lluvia,
En los huesos del olvido
Donde todo perece.
Anochece, tu cuerpo es un jardín incendiado
Mis manos
Dos orugas en la niebla.

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Podríamos hablar de caparazones o del hielo
hablar del blanco y del negro como uno más
pero callamos.
Es necesario callar cuando la
historia de los pinceles ha sido secada
y el ebrio soldado afila su respiro para olvidar el viento
y las crisálidas se petrifican al mediodía
en altamar ateridas por su calma.
Tenues ruecas cantan en la memoria
tejen la melodía estacionada en la huella…
Los pies deben regresar
con nueva piel a la tierra
y elaborar la nueva ruta
sobre viejas histerias ampolladas.

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Último
nacimiento
Repites la canción dentro de la
oscuridad que te nombra
La silbas, la terminas, la llueves
Enfermas el viento
Engendras otro fuego.
Dejas que la soledad vomite sus lápidas
Que los vidrios se rompan dentro de ti
Y se siembren en tus labios.
Vacías el dolor a cada trago
Cierras los ojos y abres la caverna
Donde ladran las aves que te asedian.
Purgas tus manos de caricias
Lames la oscuridad
Muerdes el silencio.
Aciertas al decir
Que padecemos eclipses al soñarnos
Y culminas con un suspiro lento
Que corta los filamentos de tu risa.
Un murmullo fatuo rompe los espejos
Los fragmentos se marchitan
Al beber de tu piel.

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Espejos
interiores
La prisión
es siempre idéntica a sí misma.
José Emilio Pacheco
Te habita el hallazgo
aún en su creación fortuita
remplaza tus ojos por labios
en el latido de la montaña.
¿Acaso el rebaño de sombras busca la
trémula constelación de tu sonrisa?
Invades el polen de esta oscuridad
dominas sus jardines interiores
las alas del alquimista
que soñó en su cueva
cada uno de tus plenilunios
se hizo instante de ti
hibernando en tu piel.
Recuerdo tu nombre como una despedida
como una espada que desenvaina el guerrero
y lo confina a su delirio
de grietas coaguladas…
Recuerdo la muerte que me
edificaste en mitad de la montaña
diciéndole al misterio que aturdía los caracoles
que mis palabras son incendio
de cenizas mojadas
y entonces llovía,
por entonces llovía…
y era esa pasada lágrima
la que te daba el calor
para anunciarle al fuego
lo que mis labios veían.

Besé tu recuerdo entonces
ebrio de nacer
y ser invierno
en toda la absolución de la tarde…
Alguien oculto tras la puerta
preparó las valijas para el viaje.

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Cualquier
esquina del
tiempo
Los adioses han aprendido a pronunciarnos
en los límites de su olvido;
remiendan los alaridos de la tarde
Ocultan la herida puesta en las orillas
el reloj desnudo que cabalga hacia el silencio
los ojos ciegos del dios que nos delata
han terminado por hallarse
Ebrios de despedidas y rituales
la noche nos encuentra husmeándonos
lamiendo la sombra que quedó en la llovizna
salvando del color helado los sables
y al valiente.
Una voz amarga nos crece desde el cielo
el firmamento que escondemos es una piel estrellada,
el tiempo aguarda sobre el miedo
que un pasado
inhóspito y errante
decida abandonarse a su suerte.

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Dolor de
tumba

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más

esta úvula gimiente y citadina
esta mortandad de dioses en que sueño
esta caverna oscura y silenciosa
este papel de viento en que suspiro
esta mitad de abril en que me encierro
esta gota que se ahoga en mi costado
esta piel tejida en las esquinas
estos minutos y este minutero
esta agonía ebria de ti hasta perderse
esta encrucijada
estas voces
este vencido
estas cajas registradoras donde sueño
este titilar de notas sobre la lluvia
este hombre muerto en mitad de la vía
esta discordia
este óleo crudo que me llora
esta vía láctea sin retorno
este catalejo mudo y sordo
estos días que buscan una orilla
esta puerta abierta y herida
esta oscuridad ardiente y enemiga
estos botones sin vestido
estos perseguidos
esta tumba…
esta tumba
y todo su dolor encendido
que me nombra,
esta noche y esta sepultura
estas manos frías y moribundas
esta sangre oscura que se niega a salir y evaporarse
en esta mitad de mí
que ahora presiento
mitad de ti
y última.

Son estos insectos en el escenario
estas alas rotas sobre la comedia
esta noche absorta en que divago
este ser inhóspito que escribo
este salvavidas solo
esta aparición en los sextantes

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Estados
menguantes
Antes de la claridad de los ojos convulsos
Tiras una piedra a la boca de los secretos
La haces sangrar como si desapareciera
Y los dientes incendiaran el aire
Quieres mirar
Te asomas
Piensas reinar en el otro lado de tus estaciones
Astillar tus manos con palabras afiladas
Y dejar que caigan lágrimas sobre la piel
Basta tu retrato y el de tu espejismo
El beso desanclado que murmura y miente
(Los parpadeos sobre mi rostro…
Dulce guillotina de los sueños)
Duermes
Te dejas dormir bajo los alardes
Cierro las cortinas
Soplo el último pabilo
Y me acerco a tus ojos
Hoy el sol ha eclipsado los girasoles
Algo de frialdad hay en el firmamento desnudo.

Anunciación
Adentro late un murmullo
uno de hace tiempo resuelto a salir,
un augurio de rostros consumidos
voces aferradas a esa oscuridad en reserva,
un grito que deshace su tempestad sinuosa
altas rocas que renacen de la higuera,
atraviesan sin llanto
la garganta del silencio,
urden los cráteres que anuncian
asilan los rumores contenidos
en todo el aire y el respiro,
dispuesto el arrullo
los relámpagos se desentierran.

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de

más

Ser
Lamer de los eclipses, su rosa interior, el éxtasis
de anticuario que tiñe los espejos. Llover sobre su
tiempo de ángeles consumidos. Calmar el invierno
que cae despacio sobre las calles. Ser un eco sideral de otra noche perpetua. Morder un anzuelo
en un desierto inhóspito. Ansiar despierto escalar
los cinco dedos de mi mano, su abismo blanco,
sus abrojos, meditar este silencio y dividirlo.

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Algo
sobre-nosotros
Luis Armando Botina*
El Minotauro se enamora
Su cabeza es cortada
Y en sueños agoniza
Las tristezas mutiladas.
Saserof

Un beso en tu boca es una cicatriz que sangra
Tu distancia un olvido que ladra
Tocar tu cuerpo es taparle la boca al silencio
Nuestras manos son el uno contra el cero
Tu soledad un labio de ventana
Tu mirada una caricia gastada
Estar juntos un abismo que nos mira
Sentirte es un eco de la piel que grita
Esperarte es lamer la última copa
Cuando se va a dormir el bar de la esquina
Amarte es embalsamar el alma con espinas
Besarte es una extraña píldora que mata.

* Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad de Nariño. Ha participado en recitales poéticos a nivel nacional en Bogotá, Bucaramanga, Cali, Medellín y
Pasto, y a nivel internacional participó en el I, el IV y el VI Recital Internacional de Poesía de Pasto 2005, evento realizado con el aval de la revista Prometeo de
Medellín, centenario a Aurelio Arturo-Poeta del Siglo, 2006. Algunos de sus poemas han sido seleccionados para ser leídos en el café tertulia Porfirio Barba Jacob,
en Medellín, a la vez que algunos de estos textos han sido publicados en la antología poética Laberintos del tiempo, auspiciada por la Alcaldía de Medellín, la
Universidad de Antioquia y la Universidad Nacional. En diciembre de 2007 publicó su libro Sequías del tiempo, y actualmente está editando su segunda antología
poética titulada Ciudad de hierro.

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más

¿Qué fue
el amor?
A la memoria del muerto.
Canción popular
Caricias usadas
Manos filosas en senos prohibidos
Dedos tristes
Rellenando un crucigrama gastado
Labios que beben los cuajos del fastidio
¿Qué fue el amor?
El dios oscuro de orgasmos perdidos
La cicatriz podrida de la ausencia
La virgen perdida en una cama de semen
La muerte secando sus ropas
Sobre luces entrenadas de vidrio
¿Qué fue el amor?
El cansado verano
Ahogando sus llantos en infinitas almas perdidas
¿Qué fue el amor?
El refrigerador desconectado
Descongelando el amor en tu boca
La espina clava en el costado
Abierto de los sueños
¿Qué fue el amor?
La lluvia que cae de rodillas
El aullido del beso del pasado
La caricia usada
Bajo la improvisada batuta del olvido.

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Visita al
Minotauro
Algo sobre Trípoli
En el laberinto
La bestia
Entierra su cabeza en los vasos del abismo
En los extramuros
Al dios le cortan la cabeza
Oscura piel de humo
Acéfala ciudad que duerme
En la cama bajo la colcha de los remordimientos
En el sudor reaparece el tedio
Y la botella del insomnio esta descorchada
Y vacía
Lamiendo el aliento de la bestia humana
He visitado el terror congelado
La hipócrita dentadura de la madrugada
Tengo pena
Tristeza industrial
Sobrevuelo de nostalgia
He visto la cabeza rodar
Chorrear la sangre seca
He visto la historia en la arena
Cortando la garganta
Mutilando con su puñal
Uno a uno
Los cubos de carne que me atan al sueño
Duerme mi niño
Y duermo

9 También se puede leer: Sobre tanta cosa muerta.

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La pesadilla es un hilo de cobre
Un cordel atado a la fiera del laberinto
Esta ves
El matadero despierta de su sueño
Aliña cuidadosamente las entrañas subversivas de la fiera
En el estómago del hombre
Un perro aruña el pasado
Y en la cocina descalza
Circular
Cerrada
Se fritan las tripas del odio
Duerme mi niño
La bestia está muerta
De su carne se alimentará el mañana
Los buitres
El hambre mundial y su bondad
Y por sobre todo
El dios oscuro que se orina en la cama
Porque le dan miedo las sombras
del monstruo que lo asechan
Bajo las oscuras escaleras del recuerdo
Duerme mi niño
La bestia está muerta
La pesadilla está muerta
El laberinto está muerto
Y el niño se echa a llorar
Sobre el cadáver ausente del sueño.9

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¿No
soportamos
acaso tanta
cosa muerta?
Hagamos tierra
Viseras que alimentan el mañana
¿No soportamos acaso tanta cosa muerta?
El hambre de los días que es un sudor transparente
El dios subterráneo bajo la cama

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Los lentos huesos de alquiler
Los humos que muerden tanta cosa muerta
Ladrando en las costillas del insomnio
El crepúsculo respira
Sobre el vaso del amor regado en la resaca
La calavera se muerde a sí misma
Y el silencio convida a comer los platos del hastío
En los cruces de las mañanas que
levantan buitres de fuego,
Reproducciones inútiles de hombres industriales
Naces de los espejos
Lames de las paredes el polvo que fallece
Dialogas con gargantas
Y lenguas mutiladas
Y en tu pecho llevas un ataúd
Que se agita como un recuerdo
Piel de la noche
Hojas secas de abandono crece en los ojos
Como los gusanos del olvido
En los excremento de la historia
¿Y acaso no soportamos tanta cosa muerta?
Lavando la baba oscura
En sombras que se revuelcan en el alma
Como sombríos parásitos
Agonizando en la boca de las venas
¿No soportamos tanta cosa muerta?
Callando bajo el almidón de los retretes.

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Pos-Necro-Polis
Junto con tu recuerdo se aproxima
el relente a distancia y pasto herido
con que impregnas las botas... la fatiga.
Oliverio Girondo
El mar y sus ronquidos, los parásitos del alma, los colores
y sus fantasmas, la tarde varada y los números que hacen
el amor, el vértigo restituido a las formas desnudas de los
días, la sola soledad de ventanas labradas con terror, el
sigilo endurecido por la seca muerte, los senos blancos
como saliva de la madrugada, la flecha ardiente en alma
herida, los cadáveres fosforescentes del olvido, el delirio
vertido sobre la tibia luz de la nostalgia, la vaga sombra de
un fantasma, la tristeza sostenida, los huesos del arpegio,
la marihuana cariada del sueño, la nocturna ave carnívora
de la noche, el insomnio dormido, la bestia anacrónica
de tu amor, el duro silencio abrazado al olvido, el puro
sexo que te arranca del viento, ese gris aburrimiento que
te deja acariciando una duda, en el sombrío espejo nocturno, el cigarrillo en tu boca, todo como todo sabe a nada,
los besos del infierno, la leche madura de la maldición,
tu nombre tallado en el fuego, los
pájaros de agua, la asfixia de los
años, el corazón agonizante del
tiempo, que agoniza, los poemas
cirqueando (hociqueando) en
la nada, la mira del silencio que
canta, los besos arcangélicos, la
sangre oscura, la vampira eternidad del endriago, la angosta tijera
de la muerte, el sueño liquido, el
sueño sólido, el sueño en estado
de licuefacción, las amor-fas calzas
de la pasión, el vacío de dientes
afilados en el olvido, los abismos
tísicos del alma, la carne de sebos
oscuros, los tragos del pecado, las
tetas de la muerte, el sol ahorca-

g avia

palabras

de

más

do, la muñeca salvada del infierno, las sombras mordiendo el abandono, las moscas mordiendo mis nostalgias,
los piojos de la ausencia arrastrando el sudor ocre por las
venas, este cráneo de ventana, esta necesidad, pasando
lista a las amebas de la conciencia; soledad inflamable,
abandono cáustico, sangre oscuramente cóncava, abismo
de aristas ciegas, sobre el ausente perímetro de la tristeza,
sombras inventadas en rincones amaestrados del sueño,
animal de apariencia única, adiestrando su lengua entre
espesas babas de la soledad.
Cráneo, caries, mocos de tumbas y ventanas, vino vertiginoso, olas ciegas del tiempo, angosta soledad cortada,
crustáceo muerto de cera, voz de sol negro, catando a
las víboras anémicas del vacío, ave de desconsuelo, fieras de pico, desgarrando todo acerca de la nada, tripa
cadavérica de la luna rasguñando pulgas de sueño, arterias de las calles, ojos cíclopes de semáforos, brazos cortados de hambre, mirada de cajero automático, sombra
de agua, sombra de arena, espectros del tiempo.
Y esta lengua habla de pasos de verano, de heridas distancias, hablándole a las nostalgias para que se queden, en
trozos de coaguladas esperanzas.
Y esta la soledad es un gas inflamable, el abandono de músculos cáusticos, la saliva oscura, la
cicatriz de las palabras, las fosas
de esquinas deslumbrantes, el
círculo ausente de sombras inventadas en rincones amaestrados de sueños.
Y este yo, es un animal de apariencia única, la adiestra tripa de
la ausencia.
Febreagrio 11 de 2011
Del texto Post-Necrofílico; Resecas Tetas de la Muerte
Luis Botina

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En el vestíbulo
(secuencia poética),
del libro inédito Poemas
para nadie (fragmento)
Ricardo Canizales*

En el vestíbulo
Lo que habita el límite
En el nombre de las cosas que parecen saberlo todo
A más tardar frente a nosotros
Después de la premonición
Del encierro
Del tan anhelado exilio y la huida
Absolutas se posan con todos sus rostros
A escuchar nuestras respuestas sin preguntas
Allí están, al final de la espera
Emblemas de todo lo que creímos salvado
De todo lo que juzgamos nuestro

* Ricardo Canizales nació en Guadalajara de Buga, Valle del Cauca, Colombia, en 1978. Actualmente vive en Cali. Ha trabajado en el arte y la cultura. Actor y
tallerista en el grupo Teatro Sueño Latino. Participante varias veces del Encuentro Nacional e Internacional de Narración Oral de Buga. Fue cantante del grupo de
rock alternativo Normopatía y en Jafari Trío (música colombiana). Ha publicado en Arquitrave, revista de poesía colombiana, edición virtual e impresa en el 2008;
en Casa de Asterión, revista peruana de poesía, edición impresa en octubre de 2008, en la sección “El sótano se bifurca” (creación-poesía) y en la revista literaria
azul@arte, edición virtual, entre otras. Participó en el Festival Internacional de Poesía de La Habana en 2010.
Hace parte del colectivo artístico Exiliado Interno, en el que el trabajo como curador-artista lo lleva a ser parte del Salón Regional de Artistas 2009 y del Salón
Nacional de 2010 en Colombia. Desde el 2007 le apuesta a su propia publicación virtual en los blogs literarios http://umbralpoesia.blogspot.com y http://
equispersona.blogspot.com

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más

Mortales
Si en lugar del vaso reposaran
Ciegos y vacíos como una boca abierta
Tus ojos sobre esta mesa
Podría recordar
La casa de la sed
Los muros de sus puertas
El olor de la sangre
Insisto, tal vez apresuro
Levanto el aire servido
El peso de las suposiciones
Las letras del dolor que no pude
El hilo que abre la ventana y…
…si en lugar de la luz reposaran
Más allá de cualquier ausencia
Húmedos y quietos como una boca abierta
Tus huesos sobre la tierra
Sabría regresar
A extasiarme en el umbral
A mirarme mirar todas mis preguntas
Presumo, tal vez confieso
Que mi cuerpo no conoce estos abismos
Que el dolor solo es placer
Si persistimos

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El adiós

Velo de noche
Henry Alexander Gómez*

Vivir la lentitud
de la hormiga,
confuso
en una ola de arena.
Entre el amor y mi sangre
hay un silencio de pájaros,
velos
como mareas de hielo
bordados
con filamentos de sal.

I
En la tarde,
las semillas de diente de león,
vulneradas por el viento,
se disipan
como limadura de espejo
en la memoria.
Atrás queda la página en blanco,
la mirada imposible, lo que ya no despierta.
II
Sin rumbo,
sin regreso,
en un vacío de huesos,
el crepúsculo devora los pies del caminante.

Alguien ha escrito mi nombre
en
una
roca
incendiada
con el carbón que tiñe
lentamente
la noche.

* Estudió Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Gestor cultural, fundador y director del Festival de Narrativa y Poesía
“Ojo en la tinta”. Accésits del Concurso Nacional de Poesía “Si los leones pudieran hablar” (2008), Casa de Poesía Silva. Sus poemas aparecen en las muestras de
poesía Piedras en el trópico (2011) y Raíces del viento (2011). Actualmente se desempeña como promotor de lectura y escritura en la Red Capital de Bibliotecas
Públicas de Bogotá -BibloRed y hace parte del colectivo literario La Raíz Invertida. Su libro Memorial del árbol se publicará próximamente. Correo electrónico:
miskatonikhenry@hotmail.com

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Jaguar
In the forests of the night,
What immortal hand or eye
Could frame thy fearful symmetry?
William Blake

El enigma de sus pieles me sorprende una vez más
a la hora de la muerte.
Otra vez la madrugada socavando las angustias
y los temibles secretos; he soñado un jaguar ciego
pariendo los miles de espejos que lo preceden
desde el primer tigre de Adán en el paraíso:
un laberinto de perlas negras, de negros anillos de fuego,
de umbrosos trazos de jade negro,
en el marfil dorado que yace en la penumbra
de la indómita selva.
¿Qué visión inmortal? ¿Qué misterio esconde su carne?
Sus flameantes ojos ciegos aún me siguen
en la oscuridad de mis pasos hacia la tumba,
como una piedra de oro inconmovible
en las molicies del firmamento de Alá en el desierto.
Lo soñé una y mil noches en esta eterna madrugada.
Lo soñé en la forma del tigre, del lince, del leopardo;
en la forma del puma, del león y
de la imponente pantera.
Lo soñé en el rostro infame del cazador
y en el sagrado rostro del hechicero.
Lo soñé en el altar de sangre de una raza
que veneró tu terrible simetría con el universo.
Lo soñé al acecho, en la tarde de un árbol muerto,
y devorando un hombre bajo el amazónico diluvio.
De la mano de Poe y Blake soñé también a Tzinacán
en su hemisférico encierro,
descifrando la escritura de Dios

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en sus indescifrables pieles.
Espíritu del cometa que le ruges mil veces al alba
despertándome en mis noches ciegas y blandas,
¿Qué portentosos e inmemoriales sigilos
le guardas a la espesura de los sueños?
No soy yo el que presume de tu esfinge,
ni la ligera aurora que me trae tu recuerdo.
Es la soledad que encierra mis días y mis libros
y un tiempo de otros tiempos que
revela nuestros miedos.

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de

más

***
Cuando hablamos de amor
Aludimos a la agitación
Eterna
De los granos de arena que vuelan
Dentro de las olas del mar.
***
El cortejo (o de cómo morir complacida en el intento)
Te cortejan mis piernas,
mi espalda al descubierto.
Susurros de aliento
que embarque en el aire con
tripulación de intuiciones.

Al espejo
Rafaela Vega*

Mi boca tiene la forma de un cerrojo. Estos ojos
me son desconocidos después de cada parpadeo.
En las mejillas guardo los secretos que mi olfato me
profesa. De mis oídos solo queda el brutal silencio de
tanto recuerdo. Frente al espejo contemplo orgullosa
aquellas cosas que nunca emigrarán de mi frente:
mis secretos, los sobrevuelo en desvelos. Silencio.
Comprendo hoy la agitación de los recuerdos no
nacidos. Mientras, hurgan en mi interior miles de
respuestas que renunciaron a su
pregunta. Agacho la cabeza y veo mis manos
tejer los fantasmas que me abrazan plácidos.
El desconcierto de amarme a mí misma.
Elevo mi voz con los cantos que consuelan a las ánimas de mi soledad.

Los gemidos son fantasmas de deseos muertos,
de ansias de ti
ya gastadas.
El cortejo,
en principio,
es desconocimiento de las formas de agotarme en ti
y morir complacida en el intento.
Es un contrato visual,
la tibieza del deseo condensada en los ojos.
Quienes se acarician la piel
solo hasta entonces se descubren.
El cortejo eterno entre los amantes verdaderos
es igual,
exactamente igual
a ese espacio húmedo que sobrevive
entre la orilla de la playa
y el mar.

* Seudónimo.

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Esta mañana
Édgar Zigaü*

He despertado con el deseo de rechazarte,
repudiar tus sueños,
negar tus ideas,
maldecir el rostro de tus creencias,
vender tus objetos,
regalarte un boleto
para que te vayas lejos, sin estancia fija,
esquivar tus furtivos encuentros,
odiar tu odio y tu alegría,
exiliarte en el olvido
y erigir un muro de Berlín
que en dos cuerpos separe nuestros anhelos confusos.
Esta mañana, me levanté con ganas de romper
el corazón de tu conciencia
y lo único que logré
fue encontrarme con tus manos
que cosían nuestros sueños,
con tus pies que barrían con los muros del olvido,
con tus piernas que se ofrecían
como objeto de subasta,
con tus cabellos que volaban como recuerdos,
con tus pechos catapultados como girasoles
hacia el cielo de los deseos,
con tus ojos que abrían las carnes de la alegría,
y con tus brazos que pescaban al esquivo fugitivo
para, al final, ensartarme un beso encubierto de enemiga dicha.

Noventa y
nueve pájaros
Leonardo Gómez Téllez**

Pero si pasas la vida recogiendo del
suelo los cristales rotos y rojos,
mira al cielo:
rayos de sol que descienden mostrando los dientes,
[con violencia;
halos de plata que se ocultan en las natas
de la noche, que te asechan y te cortan.
Pero si se te acumulan los besos en los
labios y se cuajan en cortezas,
mira al frente:
una luna descansando sobre el ala alta que de
día es verde, mirando tras barrotes de troncos,
[viendo nada.
Pero si las lágrimas serpentean sobre tus
mejillas y se escurren por las comisuras
de tu sonrisa,
pero si tu mano que se cierra en el vacío
y entristece a un pecho solitario,
pero si el viento que te viste de nada

* Seudónimo.
** Estudiante de Licenciatura en Español y Literatura de la Universidad Industrial de Santander. Correo electrónico: leonardogomeztellez@hotmail.com

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de

más

[ y de ilusiones,
pero si el mundo tramposo que pretende
llenarte los bolsillos con amaneceres,
pero si los soles que te calientan los bolsillos,
pero si el día de pago a la vuelta de la tristeza y
las monedas sonando al interior del cuerno.
No más soles.
No más peros.
La tierra cede bajo tus suelas y un huevo de
tierra húmeda se cierra en torno a ti.
Abrázate las rodillas y no abras la boca.

Fábrica
Emil Andrés Osorio Llanos*

La tarde
es un cristal endeble
que se rompe
bajo la estela de mis pies.

* Realizador audiovisual. Estudiante de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia. Correo electrónico: anarkade3@hotmail.com

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Una oración por
Lowell, Massachusetts
No tiene nada más que hacer,
distinto a obligarse a soportar
la ansiedad típica del mediodía
por otra calada de Lucky Strike,
desde que lee un párrafo cualquiera
de su primer libro, que, como un vinilo
lleno de rayones y polvo por el desuso,
se ha quedado girando en la tornamesa,
ausente de escucha, porque su dueño,
de alguna forma u otra, ha estado
ebrio y drogado desde que se despertó.
Traje de tres piezas, corbata, mocasines marrones,
con una férrea expresión
de jugador de fútbol americano
en el rostro a pesar de su borrachera,
aún se encuentra sin saber
si su imagen –y de verdad, chico, lo quiero saber–
proyecta ese estilo que está marcando
un poco, sí, diríase que,
algo de diferencia en el estilo
de vida americano, o al hombre adulto
de clase media, algo culto, que quiere llorar.
Al menos, lo único que le queda de consuelo a Jack,
es que a diferencia de los de su padre,
sabe que mientras recorre barrios enteros
habitados por chinos y negros,
sus bolsillos están totalmente vacíos.

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más

Grafías
ignotas
Juliana Chacón Naranjo*

Exégeta grisáceo
El ojo entornado de la luna precisa ver mi poesía,
desdeñosa su mirada cavilaba en la osadía,
de escribirle a la muerte con trágica inspiración:
que dejara ya a mi odio cantar esa canción.
Si ha parado la trashumante maniática de cifrar
las notas fuliginosas de la voz de la tristeza,
es que de aprendidas ha empezado a cantar
las nihilistas letras que la muerte le confiesa.
Ya la jornada convertida en un himno infernal
hacía de la alborada una monodia aberrante
de las vísperas la burla: pestilencia circundante,
y de la noche, su llegada: la confidencia fatal.
Adiestrada la demente, de ceguera recurrente,
osó asaltarle un día, a la muerte, la alegría,
de asesinar en las almas con ladina cobardía:
la sensatez de la locura y la lógica polivalente .
A la lectura, la luna divide sus ojos, seducida,
al ver que su tarea es relucir el funeral
de la muerte imbele y su sombra suicida,
y acompañar la risa incoercible de quien diera ese final.

* Licenciada en Física de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Correo electrónico: alba_juliana@yahoo.com

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Autorretrato
El alma, el cadáver de una rosa.
El corazón, la letanía sombría del universo.
La existencia, una escena de un sueño.
La razón, un olvido del absurdo.
Las manos, el sueño estéril de los amantes.
Los ojos, la impaciencia del pintor.
La boca, el retrato de la cobardía.
Las curvas, un lugar en la vecindad del sol.
Los pies, la evasión de la superficie.
Los brazos, las asíntotas del mar.
La idea, la incongruencia del poeta.
El cabello, la prolongación de la angustia.
La risa, un sortilegio hecho de llanto.
El llanto, el anciano espectador de los domingos.

Sicofante
El delator es el verdugo más
compasivo de los homicidas.
Quien conoce a su espía
conoce el riesgo y la salvación.
Que del delator no se espere engaño, ni rectitud.
No se le pide piedad a la espada
que cercena al mentiroso.
El delator es el más diestro de los silogistas.
Quien admite a un delator entrega
su confianza y su cobardía.
Que al delator no se le exija solo
reserva, sino también autonomía.
No se pone precio bajo a la
intención sincera del jurista.
El delator es el mejor de los interlocutores.
Quien conversa con el delator no
podrá ser más atendido.
Que no se diga del oficio del
delator que es una trama de embustes.

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No existe mayor goce que dar oídos
al canto imprevisto del pájaro.
El delator es la salvedad de todas las sentencias.
Quien no tiene la oportunidad de
liberarse a través de sus revelaciones,
que no calumnie al confidente sin razones.
No reconozco injuria más narcisa que
la que se le hace al informante.
El denunciante es la salvación de los ingenuos,
Quien tiene al delator de su lado, aniquila sin miedo.
Que no se le envilezca por
revelar lo que otros ojos no ven.

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de

más

Escarcha
Lorien Vainberg*

Siento un dolor de escarcha
Que me invade el horizonte
Cuando no es de noche
La escarcha se hace olvido
Las horas se ausentan de mis días
Y el adiós se vuelve verbo
Cuando me cede uno que otro destierro
Habría que ver el dorso de la sombra
“de lo que es sin haber sido”
Limpiar la ceniza de los errores
De lo que fue “sin querer perdido”
Ya les dije a todos
Que tengo un dolor de escarcha
–impermeable al sol–
Y que proyecta una sombra de olvido
Sobre todo cuando llueve

* Seudónimo

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Velos de
antaño
Angélica E. Guzmán G.*

Mi forma y figura
Se desprenden del oficio olvidado,
Jóvenes samurái venían a retozar
En la musicalidad de mí cítara.
¡Samurái! ¡Samurái! Venid a escuchar
Los vocablos sueltos de un poema a medias.

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¡Oh samurái!
Ven al lecho de esta pequeña pincelada,
Gracia que el destino ha otorgado para ti.
¡Envuélvete en mi traje de arte innombrable!
Los cerezos son gotas de rocío sobre tu cuerpo
El filo de tu espada ha cortado mi aliento.
¡Oh Samurái!
Con mi fenecer ha de descansar tu alma,
¡Se abren las fauces del arte olvidado!
Un beso de loto al querido Samurái…
(Cicuta Praevius)

¡Entra en la pintura inacabada!
Descansa tus manos de la lucha ensangrentada
Que llevas por las sendas de la tierra.

* Estudiante de Literatura de la Universidad del Valle. Grupo de Investigación Literaria Gato Negro. Correo electrónico: enlariveradelanocheplutonica@gmail.com

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más

Omnipresencia
Daniel Mauricio Bohórquez Rodríguez *

Observo a la distancia y
Simulo indiferencia.
Ignoro el mundo que se quiebra
Debajo de mi entraña.
Te cuento sin hablar
El universo onírico
De unas cuantas noches
Que aferrado a mis deseos
Me escapaba contigo.
Y así como esa noche que corrí,
Aún con el cuerpo inmóvil
Hoy mientras escribo me desplazo
A un lado de tu lado
A ver si escucho siquiera un poco
Mi mano acercándose a tu mano.

* Licenciado en Educación Básica con Énfasis en Humanidades y Lengua Castellana. Universidad Distrital Francisco José de Caldas. elviejodani@gmail.com

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Yo, Verlaine
Talisayo, campeón en tres encuentros difíciles*

Me dediqué por años a sopesar poemas
y a verlos andar
por aquello de la cadencia.
Recibí una carta, ¡Mil!
Pero una carta con poemas jovialmente acres
como enviada por un cavernario muy sensible
que pasa horas y horas pensando en el silencio.
Se trataba de un cavernario
capaz de emborracharse con su vetusto amante.
Dejé a mi mujer por amar a Rimbaud,
niño bobo al que tuve que pedirle
como si fuera un favor
que no se marchara
y sin embargo lo hizo
como una cabrita inconsciente que se
pierde errando en el pedregal

*

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ignorante en cuanto a extrañar
desarraigado como todo buen poeta.
Él interrumpió la línea de mi vida
con su navaja de arrabalero
se fue a celebrar su corazón de
pirata en lo más intestino del desierto
tumbado sobre la estera se revolcó
mortalmente y tuvo que regresar.
Entonces interrumpió nuevamente la línea de mi vida
ahora con una nueva llaga séptica
que ya no era cuestión de letras y abismos
más aún, poético hasta en su muerte
me acribilló con su última respiración
el canallita ese me abandonó definitivamente
sus mejillas bermejas palidecieron
sus manos escritoras
ya sin el pálpito de la angustia en sus aristas
se soltaron
y Rimbaud cayó hacia la nada
cae todavía
y yo lo salvo en mis borracheras.

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de

más

Gaviotas
impúdicas
Era tu cuello un lirio
al que acercarse costaba delicadeza,
lenta pincelada
estribos atornillados al pie de plomo.
Bastaba con hallar una buena estrategia,
cosa que nunca sucedió,
para filtrarme hasta tus pechos,
con las manos cubiertas de labios,
ligeras y vaporosas,
justas como niebla que ama a la colina y se va.
Toda tu anatomía era un viaje por sueños estivales,
o un descenso de gaviotas impúdicas
que se hunden en tu confusión de reina sibarita,
vencida por la constricción
que se padece
y se necesita.

Dioscórides
Diego Valbuena*

I
Ayer en la tarde bajo un sol patibulario
tomé rumbo hacia Roma
¿cómo no hacerlo?
y al cruzar el puente Milvio de la Via Cassia
sentí desfallecer
Abro mis párpados
alucino por la fiebre
siento la frescura de unas manos seguras de sus años
pregunté por su nombre
tal vez me lo dijo
no sé cuánto llevo tendido
en esta estera
donde comprendo que atiende
a los que viven
y envuelve
a los que mueren
II
Entre brillos y densidades
vi el hogar entrañable
del sabio Dioscórides,

* Licenciado en Educación Básica con Énfasis en Humanidades y Lengua Castellana. Universidad Distrital Francisco José de Caldas. diegortizv@gmail.com

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con más empeño que determinación
cargué mi peso
y mi nublada conciencia
hasta el rellano
esperando ser salvado.
Nerón ha enloquecido
me dijo al oído
o tal vez al sopor
y mientras pasa las hojas de su sabiduría
Dioscórides, el sabio
recita en otras lenguas
guarda silencio
pide mi atención
habla de mi enfermedad
y de mi cura, tal vez:
Busca la piel de tu deseo
bebe del manantial de sus entrañas
la salinidad de su voz
el resplandor de sus sueños
llénate de su aliento
haz tisanas con sus pasiones
reposa en su regazo
hasta la tercera luna nueva.
Dioscórides, el sabio
levanta sus años
y entre el humo de sus medicinas
creo ver
tus ojos esmeraldados
tu cuerpo marmóreo
tu sonrisa interminable
y al tercer mes
con fuerzas renovadas
y el cansancio apaciguado
desanudo la Via Cassia
y regreso de donde
nunca debí huir
de nuevo regreso
hacia ti.

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Prolegómeno
a un regreso
¿Robinson cómo es posible que volvieras de tu isla?
tierra fértil en sueños y deseos
nación fecunda para la soledad,
has encontrado un viernes fuera del calendario
has despreciado estar fuera del tiempo
Y ahora observo tu rostro
¡Pobre Robinson!
con tus ropas ajadas
con la mirada incrédula
con los cambios que te agobian
con la inmensidad del nuevo mundo
con un vasto hueco en tu océano interno
Has vuelto de tu isla
para extraviarte en la península del olvido
y sentir la sed del penitente
en este desierto de cuerpos calcinados,
has vuelto de tu isla
en una barca sin remos

la barca que nunca tendremos
barca de aislamiento
barca de predicamento
barca sin movimiento
barca a sotavento
barca del padecimiento
¡Pobre Robinson!
enjuga tus lágrimas con los harapos
que han ocultado nuevamente tus vergüenzas
fuera de tu isla
¡Era tuya Robinson!
¿por qué despreciaste la tierra prometida?
¿creíste que se llegaba ayudado de un mapa?
¿creíste que encontrarías señales de tránsito?
¿desvíos?
¿retornos en u?

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¿cruces a la derecha?
Robinson
volviste de tu isla
y quedaste atrapado en un camino sin retorno
Volviste de tu isla y te encontraste
con el dolor de la muerte rondando en cada esquina
en la vendimia de las vidas efímeras
perdido entre más y más asfalto
ennegrecido por la exhalación de las máquinas
¡Vete, Robinson!
te exhorto a que abandones este mundo
corre con tus pies llenos de callos y costras
llenos de plazas y avenidas populosas
sube tu iris hasta perderse
en la disputa intestina de tus lágrimas con la lluvia
no hay tiempo que perder
no hay espacio que perder
date prisa
¡Lárgate Robinson!
que yo te seguiré
y volveremos al silencio de las palabras
que vienen del silencio
allá donde juntos pertenecemos
al reino de lo inocuo

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al paraíso de lo irreverente
al sueño de lo irresoluto
al mundo de lo irrevocable
al deseo de lo irreprehensible
al mar de lo irremisible
Robinson
si tú murieras
las almas perderían el camino
y los que dejas en vida
esperando tu regreso
entre nauseabundas telarañas
alzaremos nuestro iris
para soñar entre muertos
con la tierra fértil
en la nación de la fecunda soledad.

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pornocochinon@yahoo.com.mx

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Escritora
invitada

Taller de
literatura
Carolina Sanín*

L

a última sesión del taller de literatura que dictaba
Manuel Hernández en la Universidad de Los Andes no tuvo lugar en la universidad, ni en Bogotá, ni en
horas laborales. El profesor entró en el salón, nos dijo
que no habría clase y nos dejó sin nada con qué terminar la tarde. Yo pregunté por qué no nos íbamos todos
juntos a la terminal de transportes. Pensándolo desde
aquí, me parece que quería hacerme acompañar a un
viaje simulado: estaba a dos semanas de graduarme de
la universidad y de irme de Colombia por varios años,
y gestaba una asociación inconsciente según la cual el
resto del mundo, a donde me iría, era equivalente al
resto del país, a donde irían las personas que abordaran
los buses en la terminal. La salida al campo significaba
la salida del taller en el que habíamos hablado hasta el
cansancio sobre los objetos literarios de la ciudad.
Tan pronto como llegamos a la terminal vimos
lo obvio: que ese era el inicio y no el destino
de una excursión, y que ahí no íbamos a ver
nada que no nos hubiéramos podido imaginar
cada uno por separado. Alguien propuso que
volviéramos al centro de Bogotá en taxi, y alguien
que siguiéramos yéndonos. Yo inventé que
contratáramos una furgoneta con un conductor
y fuéramos al Salto del Tequendama. Hernández
no decía nada; dejaba que nos encamináramos

* Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Los Andes y obtuvo un PhD en Literatura Hispánica y Portuguesa de la Universidad de Yale, donde se especializó
en la literatura de la Edad Media. Residió brevemente en París y durante siete años en Barcelona, donde tradujo libros del inglés y el francés para diversas
editoriales. En 2005 se mudó a Nueva York, y allí permaneció hasta 2010 como profesora de la State University of New York-Purchase College. Desde 2010 es
Profesora Asociada en el Departamento de Literatura de la Universidad de los Andes. Tuvo en el El Espectador una columna dominical durante tres años, y
actualmente escribe la columna “Pasar fijándose” en la revisa Arcadia. Es autora de la novela Todo en otra parte (Seix-Barral, 2005), del ensayo biográfico Alfonso X
(Panamericana, 2009), del libro para niños Dalia (Norma, 2010) y de la colección de cuentos Ponqué y otros cuentos (Norma, 2010). Ha publicado crónicas, textos
autobiográficos, artículos críticos, cuentos en revistas y antologías colombianas y extranjeras. Le interesan los estudios de género, la narrativa postmoderna, la teoría
literaria, el psicoanálisis, la teoría del teatro, las vidas de los santos, los animales y las piscinas.

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hacia una situación que nos advendría por
estar juntos, por ser jóvenes, por la realidad de
estar involucrados en una educación literaria
compartida.
En el Salto del Tequendama había anochecido y
lloviznaba. Oímos la caída del agua del río Bogotá,
olimos la basura química que era el agua y vimos
brillar el blanco azul de la espuma venenosa,
casi sólida, que duraba en la ribera como si no
estuviera hecha de burbujas sino de pegotes de
óleo en un cuadro del Salto del Tequendama,
reproducido en un libro escolar de geografía que
contaba que, según una leyenda indígena, en el
Salto se había originado el mundo.
A nuestra izquierda, suspendido del precipicio,
estaba el Hotel del Salto, un castillo construido
en los años veinte del siglo XX. Un estudiante
mencionó que en otra época las parejas bogotanas
iban a pasar su luna de miel en el hotel, ahora
abandonado, como las parejas estadounidenses
iban a las Cataratas del Niágara. Otro recordó
historias de gente que saltaba con el agua. Mientras
unos repasábamos así los finales literarios del
matrimonio y la muerte, y evocábamos pasados
que no daban pie a ninguna historia ni a ninguna
diversión, otros encontraban una ventana que
cedía, entraban en el hotel, abrían la puerta por
dentro y nos invitaban.
Un instante después yo estaba adentro, mirando
desde la ventana la baranda en donde acababa
de desear que el castillo fuera mío y que me diera
otra vida, una de hotelera, una vida hospitalaria.
Algunos compañeros subieron al segundo piso.
Arriba dieron vueltas, corrieron, rieron y se
preguntaron si no habían oído en algún lado que
un mafioso había comprado el hotel en ruinas
para hacer de él otro hotel. Volvieron a bajar.
Traían la noticia de que el edificio estaba tan
abandonado como parecía. Estábamos a punto
de quedarnos nuevamente desocupados, cuando
un compañero nos hizo callar para que oyéramos
cómo del piso de arriba llegaba el sonido de la

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respiración de un dormido. No alcanzaba a ser un
ronquido. No sabíamos si era uno de nosotros,
que nos quería asustar, o un extraño misterioso
que tenía el sueño pesado, que vivía en el hotel,
que vivía durmiendo por ser fantasma. Vi que
una cortina se movía y que el profesor no estaba;
se había quedado afuera, mirando desde la
baranda hacia el salto, de espaldas al castillo.
Pasó un gato, yo me asusté y grité, y de un momento a
otro los que se habían juntado para decir que el hotel
estaba abandonado se dispersaron para rumorar que
en realidad no lo estaba. Acababan de ver que la electricidad estaba conectada. Encendían el castillo cuarto
por cuarto, y se preguntaban mutuamente qué habían
visto, qué habían descubierto, qué había, como si cada
uno hiciera de cuenta que su interlocutor acababa de
llegar de lejos, como si cada uno creyera traer noticias
de otro estado de las cosas. Imaginé que el segundo piso
estaba lleno de cautivos amarrados a sillas; de personas amordazadas, cubiertas de fundas negras, a quienes otras personas habían disfrazado de muebles para
que nosotros no las viéramos. Luego me distraje para
darme cuenta de que no podía imaginar quién había
abandonado el hotel. Entre el rumor y los pasos encontré un silencio en el que llegó el ruido de dos cuerpos
que pesaban en el segundo piso, que no podían ser de
fantasmas y que hacían chillar los muelles de una cama
estrepitosa. Un compañero vino a buscarme a la sala
y me llevó a la cocina. Alcanzó a gustarme porque se
había acordado de mí. Yo no me acordaba de él. Nunca
lo había visto en el taller.
Había platos sucios, unas sábanas pisadas en el suelo,
una toalla blanca por ahí y tres cuencos llenos de arroz
crudo sobre un mesón junto a la entrada a una bodega
oscura. Alguien encendió la luz de la bodega y vi en
ella una decena de bultos blancos, cada uno con un
rótulo en el que decía “Arroz puro”. Acababa de terminar la cosecha, y el Hotel del Salto no estaba al filo del
agua que rodaba, allí en esa peña donde no se cultivaba nada en una cumbre de la cordillera de los Andes,

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sino rodeado de agua estancada, en las antípodas, en
un arrozal de China. El compañero que empezaba a
gustarme me alcanzó un paquete de galletas que había
encontrado en la despensa, para que lo robara en su
lugar. Casi me importó no saber si lo había visto antes,
pero en lugar de eso, no me gustó más.
Unos estudiantes habían salido del hotel para hablar
con Hernández de lo que nos estaba pasando. Le hacían preguntas como pidiéndole que leyera la historia
que le estábamos haciendo; que nos interpretara, que
adivinara el presente o el delirio; una vez más, que nos
enseñara algo sobre componer historias. Todas las preguntas eran variaciones y derivaciones de “¿Está vacío?
¿Está lleno?”. Yo también salí. Nuestro profesor se indecidía entre decir cosas que no
sabía decir y decir cosas que no
sabía. Nos preguntó qué creíamos
estar haciendo. Luego nos mandó
a anunciarles a los que seguían
adentro que era hora de irnos.

g avia

palabras

de

más

Giselle, que descubrió que había dejado su
chaqueta en el hotel, y menos yo, que me quedé
a acompañarla. Ella se acercó a la entrada del
castillo o el hotel, se detuvo a medio camino y
señaló los faros de un bus rural que venía de
la montaña, en la dirección contraria a aquella
de donde nosotros habíamos llegado. El bus
frenó en la curva y dejó junto a la entrada del
hotel a una niña de unos doce años o trece, con
uniforme escolar.
Primero nos pareció que la recién llegada no nos había
visto. Enseguida la vimos asomada a la ventana más alta
del castillo, de la torre, agitando la chaqueta de mi amiga. “¡Muchacha!” gritó, y Giselle se acercó a la pared.

Los que entonces abandonaron el
castillo me parecieron una multitud. Me asusté por segunda vez en
la noche al pensar que eran más
que los que habían entrado, como
si el gato que me había asustado se
hubiera transformado en gente. Estuve segura de estar soñando, estuve
segura de estar despierta, y al escribirlo me viene a la memoria una clase de Manuel Hernández en la que
él hablaba de la metáfora mientras
yo escribía en mi cuaderno “sí no sí
no”. Y a pesar de que salían tantos
del hotel, parecía que por cada uno
que salía otro se quedaba adentro:
uno en sombra a quien ninguno de
nosotros habría reconocido.
Todos se metieron en la
furgoneta menos mi amiga

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“Qué me hicieron”, dijo la niña, en una frase delgada
y despaciosa, así, sin signos de interrogación. Se quedó
en la ventana, con la casa toda encendida a sus espaldas. Nosotras corrimos hacia nuestros compañeros, espantadas, sin haber recuperado la chaqueta.
Desde esa misma noche, en mi casa, cuando estaba a
punto de contar la historia por primera vez, supe que
no tenía por hacerlo. Que nadie iba a poder mostrarme
qué era lo que sucedía en ella. Que nadie iba a poder
señalar el espectro. La conté, sin embargo, muchas veces más. Cada vez me percaté de que quien me escuchaba no me creía. Sentía que a mi oyente le pesaban
la ambigüedad del tema y la incertidumbre del género:
¿Le estaban contando una historia de terror, una de secuestrados, una de histeria colectiva, o simplemente el
contenido de una hora de clase? Pero el año pasado
volví a contarla, y la mujer que me oía me creyó y me
preguntó: “¿Pero qué fue lo que ustedes le hicieron a
la niña? ¿Qué le hicieron a la casa? ¿Qué destruyeron?”
Yo había desestimado ese punto de la historia,
su misterio. Había esperado descubrir algún
día que la adolescente en la ventana, la
castellana que cuidaba un castillo abandonado y
misteriosamente regresaba del colegio en medio
de la noche, era una alegoría de la educación,
o algo así. O que la niña era el fantasma de un
dolor y una violencia, el fantasma de su muerte,
y que nos preguntaba qué cosa le habían hecho
otros. Pero quizás el núcleo de la experiencia
era la inconsciencia de nuestro acto y su reflejo
en la pregunta de la niña, que no había sido
ni un lamento ni una increpación, sino una
pregunta de ignorancia. Ella quería saber qué
cosa le habíamos hecho en su casa, en su hotel,

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en su castillo, para no tener que buscar el daño
largamente. “¿Qué me hicieron?”. A lo mejor,
para hacer mi historia verosímil, yo tenía que
interesarme por el personaje de la niña, por mi
personaje; hacerme responsable de él, creerle;
investigar qué le había hecho yo incluso antes
de entrar en su casa; y tomar una posición –allá
arriba, en la ventana más alta del hotel, en la
torre del castillo– desde la cual preguntar qué
había hecho todo aquello en mí.
Al final del semestre de taller, tras haber
hablado mucho y escuchado mucho sobre la
ciudad, habíamos salido al campo para destruir
simbólicamente el objeto de nuestra pedantería.
Habíamos dejado la ciudad atrás para invadir
y violar una casa de nadie, una ruina, y para
invadir y violar transitivamente a una niña
fantasmal que se parecía a nuestro pasado.
Dejábamos de ser niños, años después de haber
dejado de serlo. La destrucción histórica de la
ciudad, que habíamos comprendido juntos,
guiados por Hernández y a través del estudio de
la erección de la ciudad colonial, del recuerdo
de los fuegos del Bogotazo y de los estallidos
de las bombas que interrumpían las clases en
los años noventa, volvía a interpretarse sin
ciudad, al borde del agua que caía y pasaba, en
un castillo, en la rotura de una metáfora que
nos dejaba perplejos.
El episodio de la niña del Hotel del Salto tenía la función de quedar detrás; no atrás, no en la memoria, sino
agazapado en la sombra propia; no como un recuerdo
sino como un impulso que nos recordaría que todavía
no sabíamos escribir; que siempre nunca sabríamos escribir todavía.

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El escritor
David Alejandro Betancourt Vélez*

Ó

scar Monteiro, con una hoja en blanco sobre el escritorio y un esfero en la mano, se puso a pensar.
Recibir el Nobel. Atender llamadas de periodistas, amigos y familiares. Recibir felicitaciones. Dar entrevistas,
conferencias. Alquilar un traje para la ocasión. Firmar
autógrafos, libros. Hacer dedicatorias. Recibir aplausos.
Hablar por un micrófono. Escribir un texto a la altura del
evento. Hablar de política, de
literatura, del próximo libro…
Dejó de pensar.
Fue por un café a la cocina y
ante el sonido incisivo del teléfono decidió desconectarlo.
¡Que esperaran! Se sentó de
nuevo en la silla, ante la hoja
y el esfero, y continuó pensando. Escoger las palabras para
ese día. Posar para las fotos.
Leer un fragmento de la obra.
Soportar aplausos, que lo llamen escritor, maestro. Responder preguntas. Soportar
el ego… Fue al baño.
Antes de volver al escritorio
para continuar con su tarea,
colgó el teléfono, observó la

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de

más

biblioteca, la repasó por un momento. Se sentó a
pensar. Las comparaciones, las críticas, las envidias,
la competencia, las editoriales, los editores, los amiguismos, las publicaciones, los concursos, las tertulias, las ferias del libro, los rankings, la fama, el olvido… Dejó de pensar.
Encendió un cigarrillo. Agarró fuerte el esfero, recostó el codo sobre la mesa, acomodó la hoja. ¡Ahora sí!,
escribiré mi máxima obra, dijo en voz baja. Pero antes pensó. Escribir un cuento.
Meses y meses. Escribir un
libro. Años. Terminarlo. Leerlo. Releerlo. Corregirlo. Escuchar a los amigos. Darle la
bendición. La editorial. Esperar meses la respuesta. El no.
La imprenta. Desear dinero.
El sí. Firmar el contrato. Ver
cómo amputan el libro… Decidió no pensar más.
Sorbió el último trago de café,
apagó el cigarrillo en el cenicero y, antes de irse a dormir,
¡ahora sí!, escribió: “Óscar
Monteiro decide no ser escritor, no es capaz, le faltan
agallas, le da miedo. Óscar
Monteiro seguirá siendo crítico”. Se levantó del asiento,
guardó el esfero y la hoja en el
cajón, cogió el libro de David
Betancourt (que mañana destrozaría) y se lo llevó a la pieza.

* Periodista. Autor del libro de cuentos Buenos muchachos (2011), editado por la Editorial Universidad de Antioquia. Correo electrónico: davinchibetancourt@
hotmail.com

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Ars Invocatoria:
Un vistazo a la Ethernidad.
Richard León*

A Alfred Jarry
La pitonisa habitaba la Dimensión Ethérea.
En la cárcel de piedra habitaba en horario de oficina, descanso los domingos.
Su ascenso al éther se adivinaba en cielos despejados
y profundamente azules, adornados por sol abrasante.
Su descenso a la piedra resultaba menos diciente. A veces se llovía al azar; otras, simplemente, se dejaba caer
como estrella fugaz. Siempre ha gustado del drama.

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ra un local sucio y pobremente iluminado con una
bombilla amarillenta y grasosa. Pues si la pitonisa
era reconocida por sus dones y bien pagada por sus servicios, sabía simular muy bien la austeridad y la miseria.
Había escuchado hablar fervorosamente de sus amplios
dones psíquicos y parasicológicos, de su legendario poder sanador y de sus incontables y misteriosos viajes y
comunicaciones con el más allá. Pero no alcancé a prever
la magnitud de los misterios que aguardaban tras la colorida y manchada cortina detrás de la que ella esperaba.
Un hombre ataviado de blanco en fiero contraste con
su piel oscura, me dijo finalmente, con una voz fría y
distante:
—La reverendísima hermana le espera.
Atravesé la cortina encontrándome en un corredor vacío
y oscuro que desembocaba en una habitación con candilejas y saturante aroma de incienso quemado. Ingresé...

—¿Has venido en busca de la Iluminación y... ?
—Si de la candela verde se trata... —interrumpí apresurado, como siempre que me toman por sorpresa. No esperaba la sonrisa de complicidad con que me respondió.
—El primer salto es el de la fe, si no crees no encontrarás lo
que vienes a buscar —dijo en tono cordial—. ¿Qué deseas?
¿Cuál es tu búsqueda? —preguntó mientras encendía un
tabaco de descomunal tamaño y arrojaba volutas de humo
sobre mí—. Puedo atravesar el umbral de la ocultación y establecer contacto con espíritus y demonios, con seres de
dimensiones y universos complementarios al nuestro.
Tomó las flores, azules como el cielo de donde descendía,
y evitó una infusión, innecesaria, masticando directamente los pétalos.
Abandonó su cuerpo en trance e ingresó en las sombras.
Y entre las sombras su mirada se perdió.
Y entre las sombras se encaminó, profundamente
extasiada.
Su mirada empezaba a enturbiarse, su voz iba perdiéndose crecientemente entre el humo del incienso y el
tabaco. Ciertamente no sucedía gran cosa y no pasaba
de ser un incómodo momento en que observaba a una
mujer en aparente trance (“¡Más trabada que el putas!”)
que me timaba en mi cara y, además y para colmo, cuya
recreación terminaba financiando.

* Licenciado en Educación Básica con Énfasis en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Creador y co-director de
Revista Esperpento, publicación cultural de carácter virtual. http://revistaesperpento.blogspot.com. Correo electrónico: labetauro@hotmail.com

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de

más

Se mueve en la oscuridad
Como la noche
Silenciosa y grave

delicadamente y la llevaba descuidada hasta
sus labios... La dejaba caer sorprendida a cada
momento por algún fuego fatuo.

Se deja caer
En un movimiento
Fugada la oscuridad
Como en la noche
Silenciosa y calma
Se deja ir
Sin un movimiento

A la sombra de sus ojos se hallaba, sin haberlo notado
había caminado bajo la oscuridad de su mirada
incansable y vidriosa.

Sintiéndome como un imbécil sin remedio cuya ingenuidad le había llevado a creer en lo que otros, a su
vez y también ingenuamente, habían confiado, estaba
dispuesto a irme...

Él esperaba en la colina con una botella en la mano, de
la que bebía intermitente cuando concluía la práctica
de algún movimiento con su estoque. Lo clavaba en la
tierra eufórico, desenfundando su revólver y disparando
contra algún transeúnte desprevenido: aves y hormigas
por igual, sin hacer diferencia.

—Él habita uno de los brazos de la estrella de piedra —dijo
con una voz áspera justo antes de que me fuera, sosteniendo mis manos con sus manos sudadas y resbalosas,
y viendo más allá de mi rostro palidecido por la sorpresa de su mirada perdida.
—... —tragué saliva.
—Él habita una pequeña estrella de uno de los brazos de la
estrella de piedra; el hombre es una de las flores ventosas del
brazo de la asteria —recitó con voz grave y profunda.
La isla estaba despierta. Se dejaba llover por el sol
indiferente, se dejaba pasear entre los visitantes, se
dejaba... La isla estaba desierta.
Esperaba mayores revelaciones. Pero la pitonisa pareció
caer en un profundo sopor, guardando silencio por largo
rato. En realidad, no volvió a decir cosa alguna. De la
sorpresa pasé a la frustración y al enfado, como siempre
que algún oscuro secreto parece a punto de ser revelado
y, sin embargo, permanece oculto y vedado a mi mirada.
Caminó distraídamente por la pradera sembrada de oscuridad y belladonas. Escogía una

El escarabajo de Lautrèamont pasó silbando alegre.
La pitonisa se apresuró a apresarlo entre sus manos
temblorosas. Escapó zigzagueando entre las ruinas,
ruidoso.

Otra vez estaba a punto de irme, cuando el gesto penetrante y envejecido de la pitonisa llamó mi atención.
Señalaba hacia un rincón oscuro y misterioso, detrás de
polvorientos manuales y libros de hechicería, en que reposaba un ajado y sucio espejo cuyo destello sorprendía
y causaba encogimiento.
—El espejo no se ha roto, no puedo cruzarlo —
concluyó, mientras disparaba nuevamente su
revólver hacia el cielo, indignado.
Atravesó el cristal de un cabezazo, desconcertado porque
no cediera ante la lógica de la detonación. El cristal cedió
sin romperse, dejando pasar su cabeza en movimiento
hostil como si resbalara en un líquido calmo.
La pitonisa apuró su paso empujándolo hacia el
espejo, guiando su cuerpo astral a través del abismo
en que cayeron.
Miro el espejo e ingreso en el juego del doble, en el juego del otro que imita mis movimientos precarios y perfectamente previsibles. Muestro mis manos, las muevo,

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hago sombras, juego con ellas. Me inclino en respetuosa
reverencia como disculpándome por mi grave aspecto de
palidez verdosa. En la luna del espejo empezó a formarse
luego una figura brillante, difusa, ethérea. De la Gidouille mítica de la panza de Ubú formada en el cristal surgió de repente la figura críptica de su creador. Su primer
instinto fue el de guiar sus manos hacia el cristal, comprender la naturaleza de su encierro, la fría resistencia
que le impedía establecer contacto material y directo con
nuestra dimensión. En un segundo movimiento apuró
un trago de la botella que llevaba en su bolsillo.

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—¡Mierdra! —gritó ante la mística del cristal. Sus imperdonables y precisos revólveres le acompañaban, pero no el
signo del velocípedo. En un gesto de absoluta naturalidad
hizo una reverencia, como disculpándose por tan grave
aspecto de palidez verdosa, por sus ademanes exagerados.
—No durará demasiado —dijo cansadamente la pitonisa, con voz súbitamente marchitada—, así que aprovecha el tiempo. El hechizo se desvanece luego de un
rato, siempre lo hace. Después de todo, Doblemano no
permitiría que se burlarán de él transportando un cuerpo astral a sus espaldas por sobre el mar
de hombres rojos para que se comunicara con un ser humano.
Reflejo sombrío
De tenue mística
Duplicada soledad
Destello de arista
Yo soy otro dispersado
Yo es otro desplegado
Apuró otro trago, aun más largo que
el anterior. Después estiró la mano en
brindis.
—¡Vivan las Fuerzas Armierdras! —y otra
extensa consulta a su botella, mientras
con su mirada inquieta y ciertamente
despectiva me inspeccionaba—... ¿A
qué se debe esta conjura de nos? ¿A qué
se debe el escándalo de nuestra visita al
supramundo? Quizá el apreciado caballero pueda explicárselo a nos...
Se quedó dormido al alba, con la
entintada pluma en la mano y las hojas
secas pegadas a su cara. Los personajes
se abigarraban entre los garabatos,
agazapados, a la zaga de su despertar
sobresaltado por las pesadillas del
alcohol y el éther.

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—¡Este es el siglo de nos! —una risita sádica resonó
tras el cristal—. ¡Somos libres incluso de obedecer,
la esclavitud es la verdadera libertad! —alcancé a escuchar que decía mientras disparaba sus revólveres
entusiasmado hacia la nada, hacia la profunda oscuridad del abismo.
Un sueño y otro sueño
Y el inevitable retorno de la pesadilla,
Su ritmo siniestro y marcado,
El paso violento de la alteración.
Un sueño y otro sueño,
Y el inevitable regreso a la pesadilla.
Repentinamente, el tono oscuro e inmóvil del espejo
empezó a tornarse rojizo, vivo, móvil. Cruzó sus manos
sobre una mesa invisible y descansó su barbilla sobre
ellas, con aire compungido y melancólico. Una última
consulta a su botella, comprensiblemente demorada,
marcó su lento desvanecimiento en el brillo del cristal.
Una sonrisa de patético triunfo quedó registrada de forma sutil en la débil memoria de mi rostro.
El cristal se resquebrajó al sonido del tercer disparo.
Su materia líquida cedió finalmente a la lógica de
la detonación, rompiéndose en los mil y un pedazos
de la inexactitud, su espíritu en fuga resonó en el
agudo rompimiento del cristal. El otro, el doble
precario, mi desconfiado reflejo, se convierte en los
mil y un rostros de la pesadilla de la Hidra, sus
espíritus se difunden a mis pies, escapan a la mística
del cristal, atraviesan el umbral de la ocultación. Yo
soy otros miles, liberados en la violencia del disparo,
dispersados en la violencia del caos.

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palabras

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más

La pitonisa estaba visiblemente conmovida. Descansaba en su cómoda silla de cuero agrietado. No
sabía decir si por el quiebre del espejo o por los
espíritus en fuga de cada trozo de reflejo, de cada
pedazo de cristal.
Volvió sobre sus pasos agitado, disparó indiscriminadamente hacia el cristal que lo separaba de su
reflejo indiferente.
Todo esto era muy bello, como literatura, pero he
olvidado...
Enardecido, bamboleaba obsesivo su revólver, dispara
y volvía a agitarlo en el aire como pesarosa despedida.
Todo esto era muy bello...
Disparaba violentamente contra su implacable captor,
se sacudía. No era el signo de la desesperación, era
burla, retorcido melodrama, sorna...
¿Qué hay de más bello que platos geométricamente
alineados?
Todo esto era muy bello...
Y los filisteos de piel y cabellos rojos corrían, hombres
rojos de rostros borrosos y perfectamente olvidables, un
mar vivo e infinitamente calcinado.
¿Qué hay de más hermoso que pares de zapatos
alineados según el orden militar?
Todo esto era muy bello...
Y la barca de maderos roídos y gastados sigue su paso
por sobre los rostros rojos impenetrables mientras la
palidez verdosa se pierde en la Ethernidad.

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Amar a la
muerte
Jackeline Páez Salvador *

S

ucedió hace algún tiempo, cuando la tierra era más
cálida y fértil; eran esas épocas en que los campos
rebosaban de abundancia y el ganado reposaba en las
verdes praderas. Por esos días rayaba los trece años. El
cuerpo no había alcanzado la estatura final y la musculatura se reducía a una fina capa de piel que le cubría
los endebles huesos. Su vida transcurría entre el trabajo
en el trapiche de la familia, los juegos, y las lecciones
en la escuela; podría decirse que era feliz. Inocente y
sencillamente lo era, hasta la gloriosa tarde que la vio a
ella, que caminaba tan fina y sigilosa, flexionando sus
piernas como una gata asechando a una presa. A ella,
que dejaba en el aire un olor a almizcle, a tierra y a
flores. De repente soltó un suspiro y cortó el aire con
un rápido movimiento, sus recuerdos se aquietaron y
volvió a su tarea, revisó el traje de paño que le había costado tres meses de su salario, bajó la mirada y escudriñó
entera la habitación en busca de los zapatos, y mientras
caminaba hacia ellos, una brisa trajo consigo el aroma
de los tiempos pasados.
Dejó el trabajo en el trapiche y corrió tras de ella, y
aunque era veloz en las carreras contra los niños de su
escuela tuvo que doblar la marcha para poder alcanzarla, observándola, deteniéndose en el espacio para grabar en el alma los pasos de la mujer que se asemejaban
al cobijo de las sombras al caer las noches. Agitado el
corazón por fin logró verla con claridad justo en el momento en que se agachaba para besar a la abuela enferma. La mirada fija en aquella diosa impidió ver cómo
se desprendía el alma etérea del inservible cuerpo. Desprevenidamente, la tomó con los ojos, repasando con

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las manos de su deseo, las finas curvas que se derramaban bajo el manto de seda negra, palpó aquellas formas,
aquellos senos tan redondos, firmes y blancos. Saboreó,
desde lo lejos, esos labios silenciosos tan carnosos y oscuros como las moras que crecían en el monte y oía
vagamente la sinfonía que tocaban sus cabellos negros
al mecerse en el viento. Susurraba discorde la melodía
del viento al pasar por el cabello de la mujer, tomó uno
por uno los zapatos y los lustró afanosamente; al buscar
la camisa almidonada y perfumada, se detuvo frente al
espejo advirtiendo que necesitaba un baño.
El agua helada le cayó sobre la espalda. Algo había paralizado su cuerpo, como si hubiera visto un espanto,
pero ¿por qué no tenía miedo? De pronto la mujer volteó a verlo, y aunque no pudo mover un solo músculo
o escuchar un solo latido, una tímida llama lo empezó
a invadir; las mejillas, el estómago y las manos ardían y
el punzón de carbón se concentraba en la mitad de las
piernas, ensanchando, inflamando, allí donde el cura,
la madre y las monjas de la escuela le prohibían ponerse
las manos. Ella se acercó felina, con sus ojos fijos en la
cara del muchacho. Danzaba para él. Liviana, sensual.
Escudriñando el rostro de la diosa, alcanzó sus ojos,
negros como noches sin estrellas, y descubrió en ellos
el faltante brillo de la vida. La hinchazón se hizo insoportable y en el sopor de la visión derramó sus mieles al
tiempo que ella se esfumó en una nube del polvo.
Tomó la toalla secando minuciosamente, se afeitó con
el cuchillo recién afilado, el que había dispuesto especialmente para la ocasión, teniendo cuidado de no
cortar la piel áspera y morena. Despertó del ensueño
para ver llorar a su madre sobre el cadáver de la abuela.
Desde aquel día desconoció el sabor de la alegría; la angustia y la ansiedad se habían convertido en sus amantes en las noches en las que la indomable memoria la
traía junto a él. Trascurrieron dos años de tormentosa
espera; pero, para su fortuna, la diosa había vuelto.

* Estudiante de Licenciatura en Educación Básica con Énfasis en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Correo
electrónico: xaffir@hotmail.com

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Regresó a la cama, desnudo, volcó su cuerpo sobre el
colchón que él mismo había remendado, ahora las formas de sus extremidades hacían parecer su cuerpo al de
una estatua griega, una morena estatua griega, el pecho
se expandía al compás de sus respiraciones, el cabello
caía sobre la almohada perdiéndose en la sombra del
atardecer, fijó su mirada en el techo de la habitación
y volvió a perderse en su mundo, escuchó de nuevo la
voz del niño y, como aquella vez, renació la esperanza.
“¡Don Simón! ¡Don Simón!” Nunca el nombre de su
padre parecía reconfortarlo tanto. “¡Don Simón, ayuda!” El eco de una desesperada voz llegaba hasta sus
oídos. “¡Don Simón! ¡A mi mamá la picó un animal!”.
El corazón latía de nuevo y la llamarada en el alma renacía. Se podía respirar la espesura de la tragedia.
Nuevamente dejó el trapiche, la escena se repetía en su
cabeza, sus cabellos, su tez; parecía que la angustiosa
espera llegaría a su fin. Cuando llegó, ella estaba de pie
a un lado de la carretera, la campesina muerta yacía en
la mitad del camino. Esta vez procuró no parpadear,
para no perder ni un instante e hizo todo lo posible por
no quedarse petrificado y caminar. Se acercó, tomó su
mano fría; su rostro inexpresivo le dirigió una mirada
melancólica. No aguantó más y se abalanzó sobre ella,
quiso tenerla, besarla. Creyendo, todavía inocente, que
podría tocarla.
A partir de esa mañana de domingo no volvió a casa. Al
levantarse de la cama siguió pensando en ella. Errante
vagaba por los pueblos, entre caminos y caseríos buscando a la gente moribunda, buscándola, deseándola.
Se fue convirtiendo en su mensajero. Los niños lo miraban con terror y huían temiendo que pudiera invocarla.
Cansado de vagar por tres largos y angustiosos años,
de verla por unos cuantos instantes; planeó la estocada
final. A los dieciocho años, trabajó varios meses como
labriego, consiguiendo por ello algo de dinero. Alquiló
una pequeña habitación, en la que ahora, a la media luz
de la tarde, se viste. Camina en busca del cuchillo, se
mira una vez más en aquel trozo de espejo acomodándose el cabello rizado en una cola. Toma el cuchillo,

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que había dejado en el baño, lo lava y lo pone sobre la
mesita junto a la cama.
Recuesta su fornida existencia sobre la cama; echa un
último vistazo al campo, recuerda con amargura su espera. El desprecio de la mujer que amaba, lentamente
llena su cabeza con las imágenes que configuraban un
collage de ella, el mundo a su alrededor gira, hunde
la cabeza en la almohada, estira su mano, toma firmemente el cuchillo, desabrocha el puño de la camisa y
suavemente y sin mirar da el primer corte, la sangre,
cálida, fluye tímidamente. Pálido, tratando de aquietar
su cabeza, que revoloteaba sin cesar, cambia de mano al
verdugo y lánguidamente corta la otra muñeca. La sangre corre a través de las heridas abiertas, pensadas para
morir lentamente. Un zumbido se riega por la cama,
el aire se apoca, después de tanto verla despedir gente
desconocida se negaba a verlo a él, piensa mientras desaparecen las sensaciones en sus piernas. Cierra los ojos
y cuando levanta la mirada, la encuentra sentada a sus
pies. Con las pocas fuerzas y el cúmulo de deseos, erige
el cuerpo y la abraza, fuerte, atrayéndola a su pecho.
Desnuda su blanquecina figura y entre caricias la colorea de rojo sangre.
Se amaron, se entregaron: la muerte y la vida. Cruzaron,
como niños jugando, de un lado para otro los límites
del cielo y las tinieblas. La muerte fue suya y cuando las
fuerzas no le daban más, entre ecos y sinfonías escuchó
una voz cantando un arrullo: “Duérmete, niño mío”.

REVISTA

Voy en la
búsqueda
Adriana Rosas Consuegra*

V

oy en la búsqueda. Chigorodó estaba allí. Yo, aquí.
Salí hace tres días. Hace un día los descuartizaron
a todos. Mamá alcanzó a esconderse en el túnel que le
cavé por si ocurría lo que nos temíamos, mientras yo
estaba fuera. Estuvieron tres horas. En tres horas murieron todos. En tres horas ni siquiera juicio hicieron, en
tres horas borraron los apellidos de mi pueblo, en tres
horas los bebés pararon de llorar. A uno de tres años lo
persiguieron hasta el monte y allí lo cazaron.
No entienden. No comprendo. Busco mi búsqueda.
Quedé allí tendido cuando volví, hoy a las seis de la
mañana. Llegar gritando y no encontrar respuesta. Desde la noche anterior lo presentí y por eso decidí volver
antes de tiempo.
A la entrada la cabeza del niño de tres años con un cartel abajo, diciendo que nadie volviera por estas tierras.
Que las tierras ahora eran de ellos. Después de que llegaran los gavilanes, los zorros, los gusanos y la carroña
desapareciera, ellos volverían a reinar.
Sigo mirando con los dedos, tapando parte de mis ojos,
como si con este rito volviera a un pasado, mientras
Pachito, el de tres años, todavía corría, todavía sacaba la
lengua cada vez que me veía.
Ahora vuelvo y solo veo aquello que no hubiera querido nunca ver, aquello que no pensé que podía pasar,
aquello de ver trozos regados en el suelo, en los techos,
en los árboles. Todavía un olor a sangre fresca. Todavía
a punto de levantarse y unirse en sus partes desmembra-

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das. Todavía creyendo que había bebido algún brebaje
de hongos alucinógenos. Todavía sin digerir la ausencia
de las voces en el pueblo. Solo zumbidos, zumbidos de
moscas verdes brillantes arriba de cada trozo de carne.
Un tigrillo llevándose deprisa una mano. Mi tío con
su ojo mirándome desde el árbol de arriba. María, su
rostro, sobre un charco de sangre. Manuel, Manuel y su
larga cabellera de indio. Felipe y su pecho musculoso.
Marleny con su falda roja.
Nadie sale a recibirme. Todos pululan el espacio, no han
dejado aún la tierra. Están esparcidos y ellos mismos se
asombran de ver sus cuerpos ahí tirados. Grito con una
esperanza. Grito para ahuyentar tanta muerte. Grito por
si queda alguno de ellos para que me mate a mí también.
Grito porque salí a buscar ayuda, y no querían venir. Grito porque lo presentía y debí haber estado con ellos también. Grito porque necesito ahuyentar al suicidio. Grito
porque la locura me sobreviene. Grito porque pronto
vendrán sobre mí, y me exigirán la ayuda que prometí
y no traje a tiempo. Grito porque qué más puedo hacer,
si la impotencia ya mojó la tierra que me recoge. Grito
porque llamo a los dioses que teníamos. Grito porque
quiero que un tornado se lleve todo esto y vuelva a unir
lo que está esparcido. Grito porque una lluvia borraría
los gritos de ellos que todavía guardan los árboles. Grito porque los pájaros no están hoy al amanecer. Grito
porque la lechuza me mira desde su árbol de la noche
y solo siento la culpabilidad. Siento que yo también debería estar allí. Grito porque la tristeza exige un canal
de liberación. La liberación que me daría la muerte, la
liberación de no estar aquí unido sino desperdigado. Mi
mano aún agarrada a una silla, mientras mi tronco está a
tres metros de medio lado. Grito invocando los espíritus
que no los protegieron. Grito porque me dejaron solo
lleno de culpas de incertidumbres.
Escucho un grito. Un grito que no es de ellos. Es dulce
en su miedo. Un vestido negro blanco se arrastra y viene

* Doctora en Literatura de la Universidad Autónoma de Barcelona. Escritora. Correo electrónico: adrirosas@gmail.com

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hacia mí. Unos ojos unidos a un tronco a unas piernas.
Un abrazo que está por venir, y un llanto descontrolado
que me enloquece me tira al suelo, que me hace besar
la tierra y dar gracias. Un rostro que besa mi rostro mojado. Un rostro lleno con más arrugas que hace tres
días. Era un rostro moreno que hoy está amarillo. Un

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corazón a punto de reventar con tantos latidos. Reunió
los latidos de los demás en ese solo corazón. Llena de
tierra, pero enterita. Enteritos los dos salimos, enteritos
para fuera, porque allí dentro no hay pieza que se pueda armar, allí dentro la luz se apagó y se oscureció de
tanta sangre negra que vimos mientras salíamos.

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Álvaro Mutis, entre la
poesía y los viajes de
Maqroll el Gaviero

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l pasado 22 de septiembre, en la Ciudad de México, Álvaro Mutis falleció a la edad de noventa
años, legando un corpus literario exaltado -tanto por
el público lector, como por la crítica profesional- como
uno de los más ricos de la literatura hispanoamericana
del siglo XX. Su obra le hizo merecedor de dos de los
galardones más distinguidos de la lengua castellana: el
Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1997) y el
Premio Miguel de Cervantes (2001). El COLECTIVO
CULTURAL GAVIA, rinde homenaje póstumo a tan
emérita obra, mediante la publicación de este escrito,
presentado por uno de sus integrantes durante el ciclo
de autores del Club de Lectura, organizado por las revistas Gavia y La Ventana, el 24 de mayo de 2012, en
el Edificio de Posgrados de Ciencias Humanas Rogelio
Salmona de la Universidad Nacional.
Por: Rolando Franco*

La poesía substituye,
La palabra substituye,
El hombre substituye,
Los vientos y las aguas substituyen…
La derrota se repite a través de los tiempos
¡ay, sin remedio!
Los trabajos perdidos (Álvaro Mutis)

Álvaro Mutis es un escritor, poeta, cuentista y novelista colombiano. Sus libros, sin ser muchos, representan
toda una vida dedicada a las letras, amparada en la poesía; la escritura de Mutis y su personaje central, Maqroll
el Gaviero, se deslizan por los límites de los viajes por el
mundo, el mar y el encuentro de la reflexión interior.
La vida del autor es un continuo deambular por el
mundo, por los caminos, los ríos y la poesía. Álvaro
Mutis crea un universo alrededor del gaviero, este universo se presenta en siete novelas cortas: La nieve del
Almirante, Ilona llega con la lluvia, Un bel morir, La última
escala del Tramp Steamer, Amirbar, Abdul Bashur, soñador
de navíos y finalmente Tríptico de mar y tierra, novelas que
perfectamente, como en sus recientes impresiones, son
una sola historia –Empresas y tribulaciones de Maqroll el
Gaviero- donde el tiempo, distintos lugares y personajes
del mundo se conjugan para ser parte de la ilusión que
es la vida del Gaviero.
Algo interesante en el personaje de Mutis es que no
solo emprende el viaje narrativo, este personaje también lo escuchamos en la poesía del autor en prácticamente todos sus libros, tanto que la reunión de su
poesía tiene por nombre Summa de Maqroll el Gaviero
(poesía reunida) e incluso en la reunión de sus relatos
con el cuento Un rey mago en Pollensa.

* Licenciado en Educación Básica con Énfasis en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Cuenta con estudios
en Cultura y Literatura y Estudios Editoriales del Instituto Caro y Cuervo. Integrante de la revista Gavia Palabras de más, siendo Coordinador General de la
publicación en los números 5, 6 y 7. Se desempeña como docente, gestor cultural y promotor de lectura. Fotógrafo amateur, amante de la poesía y la literatura
oriental. Actualmente coordina el Nodo Bogotá de la Asociación Red Nacional de Estudiantes de Literatura y Afines (REDNEL Colombia).

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En el abordaje de la escritura de Mutis, a través de una
lectura que pretende abarcar una visión global de la
poesía en su obra, la idea es dar cuenta de la obra poética del autor, su personaje Maqroll, la vida, la existencia
que toma sentido en el viaje, la muerte que se anhela,
los amigos, el amor, las mujeres, el río, el mar; todo esto
conjugado en la escritura, las imágenes plasmadas en
sus textos y la poesía.
En la escritura de Mutis, él mismo reconoce a sus libros
como los viajeros y los que cuentan historias, ellos se reconocen como autónomos, aunque en todo proceso creativo
el autor ofrece visiones que configuran ese universo visible
en la escritura, permitiendo ahondar por creaciones únicas que al mismo tiempo conviven con escenarios de la
memoria y de la vida del autor, de este modo:

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el mundo de las ordenadas ciudades europeas y
de las largas travesías en barco a las que se había
acostumbrado y sin las cuales le resultaba difícil
concebir la vida.
Ahora bien, este universo que sobrevive a los recuerdos
se hace permanente en la obra del autor, sin llegar a
ser autobiográfica, y esto es lo interesante, subyuga a
Maqroll parte de lo sentido y experimentado, convirtiéndose éste en la voz que construye ese mundo que
el autor experimentó, pero también todo lo que quiso,
soñó y tal vez sintió.

Oración de Maqroll
Tu as marché par les rues de chair
René Crevel, Babylone

se entreveran de manera indisoluble los
lánguidos paisajes de la campiña europea con
la pujante naturaleza de la Tierra Caliente
que propicia la vida y la destrucción de una
manera acelerada; las brumosas y frías llanuras
de Flandes cruzadas por lentas barcazas, con el
bochorno estridente de los puertos tropicales
adonde llegan los barcos tras una larga travesía
por los mares; la severa majestad de las catedrales
y palacios de piedra que atestiguan el paso de los
siglos, y los ríos torrentosos de los Andes que
arrasan las montañas en tiempos de creciente;
los hechos de guerreros y de reinos que tienen
la pátina de los años, y el mundo sofocante
de los trópicos que todo lo deslíe y lo desgasta
con su hálito letal y destructor. Amalgama
nutrida y poderosa a la que vendrá a sumarse
la experiencia de desgarramiento y pérdida del
exilio, que aparecería en su vida desde muy
temprano para repetirse varias veces. Tenía tan
solo nueve años cuando la muerte repentina de
su padre obligó a la familia a abandonar Bruselas
para establecerse definitivamente en Colombia.
De esta manera, el primer luto grave de su vida
va unido a la ausencia de un universo completo:

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No está aquí completa la oración de Maqroll el
Gaviero.
Hemos reunido solo algunas de sus partes más
salientes,
cuyo uso cotidiano recomendamos a nuestros
amigos como antídoto eficaz contra la
incredulidad y la dicha inmotivada.
Decía Maqroll el Gaviero:
¡Señor, persigue a los adoradores de la blanda
serpiente!
Haz que todos conciban mi cuerpo como una
fuente inagotable de tu infamia.
Señor, seca los pozos que hay en mitad del mar
donde los peces
copulan sin lograr reproducirse.
Lava los patios de los cuarteles y vigila los negros
pecados del centinela. Engendra, Señor, en los
caballos la ira de tus palabras

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y el dolor de viejas mujeres sin piedad.
Desarticula las muñecas.
Ilumina el dormitorio del payaso, ¡Oh, Señor!
¿Por qué infundes esa impúdica sonrisa de placer a
la esfinge de trapo que predica en las salas de espera?
¿Por qué quitaste a los ciegos su bastón con el
cual rasgaban la densa felpa de deseo que los
acosa y sorprende en las tinieblas?
¿Por qué impides a la selva entrar en los parques
y devorar los caminos de arena transitados por
los incestuosos, los rezagados amantes, en las
tardes de fiesta?
Con tu barba de asirio y tus callosas manos,
preside ¡Oh, fecundísimo! la bendición de las
piscinas públicas y el subsecuente baño de los
adolescentes sin pecado.
¡Oh Señor! recibe las preces de este avizor
suplicante y concédele la gracia de morir
envuelto en el polvo de las ciudades, recostado
en las graderías de una casa infame e iluminado
por todas las estrellas del firmamento.
Recuerda Señor que tu siervo ha observado
pacientemente las leyes de la manada. No olvides
su rostro.
Amén.
A partir de la oración de Maqroll, se percibe el tono de
íntimo asocio entre el hombre y “Dios” sin ser este una
entidad completamente sagrada, más bien como una
persona o cosa más, prendidas en la selva o en el río a
las cuales se les implora, se les grita, el ruego del gaviero
involucra el mundo y sus elementos, por la misma línea
se percibe en la poesía el renacimiento.
en cada una de las andanzas del Gaviero y con ellos
sus paisajes y obsesiones: la selva ceñuda que acecha,

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el mar abierto y liberador, el trópico maligno y
devorador, la Tierra Caliente reconfortante y feroz,
territorios donde Maqroll realiza la exploración
lúcida y desencantada de sí mismo, enfrascado en
la búsqueda de un tesoro que no corresponde de
manera alguna a una forma de enriquecimiento
material, pues se trata de la sabiduría destilada en
él, alambique de la experiencia que nos entrega
en cada una de sus empresas fracasadas. Hecho de
luz y sombra y de imágenes provenientes de orillas
contrapuestas que logran ser conciliadas y sublimadas
a través de la figura errante y desesperanzada de
Maqroll el Gaviero, con la que Mutis ha podido
expresar su pesadumbre existencial, su sentimiento
de pérdida y caída, su experiencia del exilio y su
visión rediviva de la poesía que, como «una fértil
miseria», puede germinar de los escombros y salvar
del olvido a todo lo que muere.
Se presentan los momentos y temas del viaje intenso
de Maqroll, el viaje es íntimo, es personal, el recorrido
no se presenta vivamente en el tiempo ni la distancia,
se construye en la reflexión que aqueja la existencia y la
vida, la pregunta se encuentra en el sueño, en el delirio
y la enfermedad.

La plagas de Maqroll
«Mis plagas», llamaba el Gaviero a las
enfermedades y males que le llevaban a los
Hospitales de Ultramar. He aquí algunas de las
que con más frecuencia mencionaba:
Una gran hambre que aplaca la fiebre y la
esconde en la dulce cera de los ganglios.
La incontrolable transformación del sueño
en un sucederse de brillantes escamas que se
ordenan hasta remplazar la piel por un deseo
incontenible de soledad.
La desaparición de los pies como última
consecuencia de su vegetal mutación en
desobediente materia tranquila.

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Algunas miradas, siempre las mismas, en donde
la sospecha y el absoluto desinterés aparecen en
igual proporción.
Un ala que sopla el viento negro de la noche en
la miseria de las navegaciones y que aleja toda
voluntad, todo propósito de sobrevivir al orden
cerrado de los días que se acumulan como lastre
sin rumbo.

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la muerte es una constante, pero en los libros solo hay
mitos sobre ella, existe y no existe al mismo tiempo,
el viaje es lo palpable, la relación física e íntima con
la realidad, que al mismo tiempo construye escenarios
solo visibles en los sueños, la existencia del gaviero es la
del vagabundo, el trascurrir del tiempo se percibe más
como una espiral, o una honda caída al agua, ya que en
un momento lo remite de nuevo a la superficie.

Un irritable y constante deseo, una especial
agilidad para contestar a nuestros enemigos,
un apetito por carnes de caza preparadas en
un intrincado dogma de especias y la obsesiva
frecuencia de largos viajes en los sueños.

Maqroll viaja en las palabras, ahonda en la existencia
humana, es un habitante de la palabra, la desencadena y la calla. El silencio es reflexión, es observación,
es un estado de quietud que rivaliza con el movimiento del mundo, la síntesis de ese modo de habitar la
realidad se encuentra en la experiencia poética, no
se podría negar la tragedia en la vida del Gaviero, y
definitivamente se puede afirmar que la existencia de
este se encuentra atravesada completamente por las
imágenes y la poesía.

El ordenamiento presuroso de altas fábricas en
caminos despoblados.

Referencias bibliográficas

El castigo de un ojo detenido en su duro
reproche de escualo que gasta su furia en la
ronda transparente del acuario.

Centro Virtual Cervantes. (2004) Álvaro Mutis. Instituto Cervantes (España). Disponible en http://cvc.
cervantes.es/actcult/mutis/

Un apetito fácil por ciertos dulces de maizena
teñida de rosa y que evocan la palabra Marianao.

Mutis, Á. (1995). Empresas y tribulaciones de Maqroll el
Gaviero (siete novelas). Bogotá: Alfaguara.

La espera gratuita de una gran dicha que hierve y
se prepara en la sangre, en olas sucesivas, nunca
presentes y determinadas, pero evidentes en sus
signos.

La división del sueño entre la vida del colegio y
ciertas frescas sepulturas.
Mutis describe su mundo y su vida soñados en las palabras de Maqroll, el personaje se deja llevar por la vida,

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Mutis, Á. (1960). Relatos de mar y tierra. Buenos Aires: Random House Mondadori.
Mutis, Á. (2008). Summa de Maqroll el Gaviero (Poesía
reunida). Barcelona: Random House Mondadori.

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Charlot: un
lenguaje de
la crítica
María Fernanda Molano Hernández*

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l lenguaje es un medio que tienen los seres humanos para expresar sus pensamientos, sentimientos y
deseos. Es así como Charlot, el personaje del cine mudo
creado por el joven actor británico Charles Spencer Chaplin, a través de su lenguaje corporal, critica el mundo moderno: un mundo insensible y devorador. En las películas
Tiempos modernos, El chico, La quimera del oro, Luces de la
ciudad y en el cortometraje Vida de Perro, entre otros, no es
necesaria la oralidad para ser testigos de acciones, gestos
y miradas que se traducen en injusticias, dolor, tristeza y
desasosiego. En Tiempos modernos las acciones de cada uno
de los personajes son suficientes para comprender cómo
el poder, la manipulación y la dominación se reflejan a
través de obreros trabajando en máquinas que terminan
tragándose a los hombres, como le sucede a Charlot.
Así mismo, en El chico se refleja la actitud filantrópica de
Charlot al recoger al niño que escucha llorar en un bote
de basura y, en medio de su humildad y pobreza, decide
acogerlo y protegerlo del hambre, del frío y del peligro
de las calles. Las lágrimas de John, el niño que es abandonado por su madre en un coche, reflejan el dolor y la
tristeza que siente al verse separado abruptamente de los
brazos de Charlot por las personas que llegan del orfanato para llevárselo. La actitud egoísta e inconsciente del
médico y del policía se expresa en acciones incomprensivas, frías y rudas al tratar de separar violentamente a
John de los brazos de Charlot, quien decide enfrentarse
a los hombres que pretenden llevarse al hijo amado.

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Al igual que Charles Chaplin, Miguel de Cervantes
Saavedra, tres siglos atrás, acudió al arte y a la imaginación para levantar su voz de rechazo hacia un mundo
incomprensible y egoísta. Gracias a la palabra, el escritor español recrea el nuevo mundo: el mundo de la modernidad en el que la caballería andante ya no tiene
cabida; la fantasía y la imaginación se ven rechazadas
por un orden establecido, en el cual priman el poder
y la manipulación. Estos dos “novelistas sociales”, en
palabras de Pierre Vilar, reflejan y critican dos tiempos
de crisis a través del humor:
He dicho 1605-1615, Cervantes, Don Quijote,
la armadura y el almete. Igual hubiera podido
decir 1929-1939, Charles Chaplin, Charlot, la
chaqueta negra, el bombín y el bastón. Nunca
dos obras han estado tan emparentadas. Las
dos grandes etapas de la historia moderna
están en ellas captadas del mismo modo.
(Vilar, 1964)
Charlot y Don Quijote son la versión moderna de
los bufones y los payasos que caracterizaban la cultura cómica popular de la Edad Media, en la cual el
humor festivo era de carácter general, porque la risa
se consideraba patrimonio del pueblo, por eso todo
el mundo vivía el carnaval sin interesar la desigualdad, la condición y las jerarquías que caracterizaban
a las fiestas oficiales:
Las celebraciones carnavalescas ocupaban un
importante lugar en la vida de las poblaciones
medievales. La influencia de la cosmovisión
carnavalesca sobre la concepción y el pensamiento
de los hombres, era radical: les obligaba a renegar
en cierto modo de su condición oficial (como
monje, clérigo o sabio) y a contemplar el mundo
desde un punto de vista cómico y carnavalesco.
(Vilar, 1964, p. 18).

* Estudiante de Licenciatura en Educación Básica con Énfasis en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad del Tolima. Correo electrónico: marialiterature@
hotmail.com

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La cultura cómica popular se acentúa con fuerza en
Gargantúa y Pantagruel, la obra representativa de la literatura renacentista, en la que la risa y la gramática
jocosa se caracterizan por su carácter ambivalente al
degradar y regenerar a la vez. Por ello,
…rebajar consiste en aproximar a la tierra, entrar
en comunión con la tierra concebida como un
principio de absorción y al mismo tiempo de
nacimiento: al degradar, se amortaja y
se siembra a la vez, se mata y se da luz a
algo superior. Degradar significa entrar en
comunión con la vida de la parte inferior
del cuerpo, el vientre y los órganos
genitales. (Bajtín, 1987: 25).
Pero en el mundo moderno la risa pierde su
carácter ambivalente porque el aspecto regenerador y positivo de esta desaparece haciendo primar la ironía y el sarcasmo. Como afirma Mijaíl Bajtín (1987):
La parodia moderna también degrada, pero
con un carácter exclusivamente negativo,
carente de ambivalencia regeneradora. Ya
en esta época el principio material y corporal
cambia de signo, se vuelve paulatinamente
más estrecho y su naturalismo y carácter
festivo se atenúan. (p. 26)
Por ende, el duque, la duquesa, el sacerdote,
el bachiller Samsom Carrasco y todos aquellos que se burlan de Don Quijote quedan
por fuera de las artimañas y de los malvados
planes, al ser el caballero de la triste figura y
su escudero los objetos burlescos que terminan padeciendo dolores y sufrimientos.
En el caso de las películas de Charles Chaplin, no se degrada al otro por medio de expresiones satíricas sino que basta la risa, las
miradas, los gestos y las acciones para humi-

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llar, ofender, herir y dominar al otro, desconociéndolo como un ser que piensa, siente y ama. No son las
expresiones satíricas las que ridiculizan al otro, ahora
es la parodia la que polemiza. No es el dogmatismo
religioso y el misticismo al que se cuestiona y critica,
ahora es el fordismo que caracteriza al mundo moderno el que se pone en tela de juicio por ser violento,
insensible y absurdo.

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Este personaje con chaqueta negra, bombín y bastón
llegó al mundo para cuestionarlo por medio de la quinésica que se convierte en un medio para la crítica y
la controversia. Por esto, el lenguaje corporal adquiere
una gran importancia en el mundo de Charlot, porque
a través de él Charles Chaplin “nos legó una obra que
retrata el mundo que nos ha tocado vivir (la locura de
la guerra, la deshumanización de la modernidad, el horror de la pobreza)” (Paredes, 2011, p. 3). Es la ironía,
el dramatismo y la genialidad las que han perpetuado
en la historia de la humanidad a este gran crítico social.
Estas son las razones por las cuales se invita a dejarse
sumergir en el mundo de Charlot, un mundo en el cual
la risa, el humor, el dolor, la tristeza, las injusticias y las
lágrimas regocijan pero a la vez entristecen.

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Referencias bibliográficas
Bajtín, M. (1987). Planteamiento del problema. En:
La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: el
contexto de François Rabeláis, Madrid: Alianza Editorial.
Paredes, J. (2011). La parodia de la crisis. Diario El Comercio, suplemento cultural El Dominical,
abril 3 de 2011 [en línea] Disponible en: http://
clioperu.blogspot.com/2011/04/chaplin-y-su-charlot-reflejo-de-los.html
Vilar, P. (1964). El tiempo del Quijote. En: Crecimiento y desarrollo. Economía e historia: reflexiones sobre el
caso español. Barcelona: Ariel.

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Trashumancia

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Fabián Becerra González*

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l profesor Isaac Jensen, reputado políglota e insigne catedrático de amplio reconocimiento en los
círculos académicos de Copenhague, pasó quince años
de su vida enclaustrado entre humores de pipetas, emanaciones gaseosas, disertaciones newtonianas, tubos
de ensayo y racionamientos cartesianos, hasta que se
le metió la idea de abrazar un espejismo del que nadie
pudo despojarlo, emprendiendo un viaje costa a costa
que lo llevó a atravesar el mar Báltico: Polonia.
La procedencia de aquella empresa radicaba en la lectura
de una trilogía literaria que había devorado en su juventud. El autor de la obra, cuyo legado inmortalizó el siglo
XX, lo había encantado de tal manera que en cuanto
tuvo oportunidad, al cabo de unos años, empacó valijas y
abordó el primer buque con destino al puerto de Gdansk.
Allí descansaría algunas horas para proseguir con calma, a través del río Vístula, su travesía por más de medio país rumbo a Varsovia, ciudad donde esperaba encenderse con algunos tragos de vodka después de visitar
una que otra alameda o restaurante, pero donde nunca
se hubiera imaginado caer rendido frente al pañolón
blanco y los faldones color pastel que preservaban las
hermosas piernas de Halina Zebrowski, la más maja
danzarina de mazurca que hubiera podido encontrar
en toda Europa del este, y con quien habría de engendrar a Jesper, el único hijo de esa insólita relación.
Así, lo que debía ser un viaje vacacional terminó convirtiéndose en una extensa estancia que llevó a que el profesor olvidara durante cuatro años el detalle de volver
a Dinamarca, donde a excepción de su anciano padre
y uno que otro colega, no tenía a nadie más que incentivara su regreso. Sin embargo, la paranoia por los ru-

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mores de guerra tenía al país de Halina muy caldeado, y
ella se lo hacía notar cada que salían a comprar las provisiones para surtir el negocio de lácteos que administraban, aledaño a su hogar, viendo cómo los estantes de
los almacenes yacían vacíos a causa del represamiento
de víveres que los ciudadanos acometían en sus casas,
previendo un posible ataque militar a la ciudad.
Paralelamente, se había hecho muy usual el expendio
de máscaras anti gas en las farmacias, mientras las familias construían rudimentariamente refugios subterráneos que pudieran resguardarlos de lo que muchos consideraban entonces como un inminente bombardeo de
parte del gobierno alemán. No obstante, lo único que
se le ocurrió al profesor para aminorar la tensión fue
proponer a Halina una nueva vida en las entrañas de
Copenhague, quien aceptó, no sin antes recomendarle que antes concluyera un mínimo de detalles que les
permitiera vivir sin complicaciones en su tierra natal,
como lo eran una casa y un trabajo modesto para ella,
quien dentro de poco sería una inmigrante más. Él enseguida dispuso el regreso a su país para finiquitar los
requisitos, llevándose durante esos días a Jesper para
que se fuera adaptando a su nueva patria. Y todo iba
muy bien, paulatinamente el profesor revitalizaba sus
pulmones con la atmósfera de su natalidad y proyectaba una vejez próspera con su familia cuando faltaba
muy poco tiempo para volver a estar juntos, pero sucede que en agosto Europa se acostó y septiembre despertó al mundo en guerra.
En el marco de la operación Fall Weiss, ataque relámpago al mando del general Wilhelm Keitel, faltando
poco para el alba el III Reich invadió a Polonia con
soldados de pertrechos atronadores, tanto en el cielo bafeado como en las inmediaciones del Vístula.
Los aeropuertos y centros de mando fueron tomados
por las fuerzas foráneas, los puentes arrollados por
la insostenible carga de bombas arrojadas desde los

** El presente fragmento es extraído del cuento inédito Los desaires de Gustavo Cerati. (2009).
* Estudiante de Literatura de la Universidad Nacional de Colombia. Correo electrónico: fabecerrag@unal.edu.co

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aviones de la Luftwaffe, las vías férreas quedaron atrofiadas, y fue así como resonó el estallido repicado de
las guarniciones en el país donde alguna vez, desde
el exilio, el Romanticismo se hizo verso en letras de
Adam Mickiewicz y fondos armoniosos de un Chopin
cada vez más nocturno y sombrío.
El profesor se informaba de lo sucedido sintonizando en su radio la noticia aciaga. En principio procuró

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contener la calma, pero esta se le disipó al ver que no
había forma de saber algo acerca de Halina, dado que
las comunicaciones al otro lado del Báltico habían
sido anuladas. En esa aflicción pasó junto a su hijo
los cinco meses más desgraciados de su vida, ignorando si la amada habría muerto bombardeada, si estaría
sometida a los vejámenes de un campo de concentración, o si en el mejor de los casos pudo darse mañas
para escapar con otros refugiados a Rumania.
Una noche recordó lo mucho que ella le
había hablado de un pueblito muy famoso
por su explotación petrolífera en Argentina, donde tradicionalmente había convivido una compleja porción de ciudadanos
de descendencia polaca. Entonces, como
la zozobra lo estaba atormentando y además suponía que la llegada de los alemanes a Dinamarca, al igual que el resto del
continente, sería irreductible, decidió embarcarse con su pequeño en un barco de
vapor que los condujera por el Atlántico
al puerto de Buenos Aires, donde abordaría después el destino hacia Comodoro
Rivadavia, el mencionado pueblo petrolero. Inmediatamente, viéndose en este,
estableció contacto con la Casa Polaca,
esperanzado en encontrar a Halina para
volver a verla danzar con ese par de piernas supremas, que ojalá dieran un nuevo
alumbramiento para volver a ser felices
refundando una familia holgada. Sin embargo, a pesar de la diligente solidaridad
de los polaco-argentinos nada se pudo hacer. La guerra terminó y el profesor, con
lágrimas en los ojos, viendo un día a su
hijo patear un balón, tuvo que tomarle la
cara entre las manos y por fin aceptar lo
que nunca hubiera querido decir durante o después del holocausto: “Mamá está
desaparecida”.

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Ese instante Jesper siempre lo tendría presente, especialmente el día en que a sus diecinueve años atestiguó cómo su padre, envilecido por la pena moral, se
convertía en el primer Jensen fallecido en las Américas.
Desde entonces, incrementó su dedicación portuaria
a la pesca de merluza y langostinos, y con esto pudo
comprar un barco que le significó a sus treinta años la
tranquilidad para comenzar una nueva y definitiva vida
en Buenos Aires, desconociendo hasta ese momento
que su ímpetu lo encumbraría más allá de esa capital
tras más de una década.
El recuerdo nebuloso de la madre y la profunda desazón incrustada en el corazón del padre, hicieron que el
pequeño Jesper siempre se interesara por estudiar autodidactamente las gestas inverosímiles de las guerras
que el mundo ha grabado en su historia. En particular,
le llamaba mucho la atención toda lectura que tuviera
que ver con el mentado rebelde que no hacía muchos
años había sido abatido por el ejército en las laderas selváticas de Bolivia. Pero para entonces no eran tiempos
fáciles los que se vivían en Argentina.
Al igual que en el caso de su madre, estaban muy presentes las desapariciones forzadas a esa altura de siglo y
lo último que quería era volver a presenciar una hecatombe de tal magnitud. Fue por eso que a sus más de
cuarenta años quiso, al igual que el controversial guerrillero, aventurarse a conocer palmo a palmo la geografía del Nuevo Mundo, no tanto para instar una futura
insurrección –a esas alturas de su inusual vida deseaba
mantenerse al margen de toda empresa que contuviera
balas y fusiles en sus pasajes–, sino para darse la oportunidad de conocer las más importantes urbes de los
países caribeños, que solo distinguía gracias a los atlas
meticulosamente coleccionados desde la adultez póstuma a la defunción de su progenitor.
El itinerario del solterón consistía en conquistar la magia de estas naciones transatlánticas, desde los ombligos
cadenciosos de las garotas en Río de Janeiro, hasta los
huapangos zapatistas de la Plaza Garibaldi en Ciudad

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de México, haciendo viajes escalados durante cerca de
dos meses en los que le bastaría el dinero para regresar y
seguir su rutina de tendero ostentoso en Buenos Aires,
donde muy seguramente tendría que saber esconder
los textos contrapuestos al régimen que tanto lo venían
acompañando desde su llegada perpleja a Comodoro
Rivadavia. Teniendo para entonces la sensación de
haber hecho una renovación en su vida, tras caminar
sobre el suelo de varias poblaciones iberoamericanas.
Pero hubo dos factores que Jesper pasó por alto. El primero desconocer que la austeridad no era una característica propia de su linaje, y el segundo, olvidar que su
sangre -la misma sangre del profesor- estaba destinada
a disparatarse en los brazos de una extranjera cuando
alguno de sus dueños se obsesionara por conocer países
manifestados en su literatura predilecta.
Quería distinguir la vastedad en la talla del Corcovado y lo logró, su vocación marítima le hizo anhelar las
playas del puerto venezolano de La Guaira y entre sus
aguas se sumergió, pero cuando faltándole dos tercios
de viaje llegó a Bogotá, una ciudad fundada sobre los
escombros clasistas de casi media centuria, se vio con
recursos acortados, pagándose posada en un albergue
humilde administrado por una señora cuyo nombre
no podía ser más digno para una ciudadana criada en
el país del Divino Niño y el Sagrado Corazón. Doña
María Jesús Chiquinquirá, al igual que él una señora
madura, de trato amable y emociones esquivas para
los atavismos maritales, hasta cuando lo distinguió y
le escuchó renegar su ingenua forma de planificar los
gastos de un trayecto paradisíaco que llegaba a su fin sin
siquiera arribar por Centroamérica.
No fue un pañolón blanco o un faldón folclórico,
sino simplemente compartir con ella una taza de chocolate con boleros de Los Panchos lo que hizo que
Jesper vendiera el almacén de Buenos Aires y regresara definitivamente a Colombia, para casarse con su
anfitriona y propagar inesperadamente la estirpe cinco años después de la noche nupcial, como si acaso la

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invasión del III Reich hubiese dejado en los Jensen la
impronta genética de errar por el mundo en busca de
la mujer ansiada para morir sobre la quietud de una
superficie geográfica adoptada.
Finalmente, tras quince años de matrimonio y una vida
muy osada, el 13 de junio de 1995 el señor Jesper Jen-

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sen Zebrowski falleció en una clínica al sur de Bogotá,
víctima de una afección cardiaca. Ese día por fin volvió
a estar tranquilo junto a sus padres, no solo porque no
habría más guerras ni bombardeos que los separaran,
sino por tener el convencimiento de conseguir lo que
su padre no. Morir en presencia física de su familia:
María Jesús y la joven Nina.

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Autobiografía de
Mademoiselle Floridor

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Amalia Hernández Rodríguez**

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oy Mademoiselle Floridor, actriz excelsa de Francia,
nacida en Chmably, al norte de París en 1775, bajo
el reino naciente de Luis XVI. Mi madre, mademoiselle
Catalina, nombre estandarte de sus virtudes actorales y
líricas, me parió sin fuerza ni fe, atendida por una de las
matronas en Chambly reconocidas por traer al mundo
varones débiles como fideos, apachurrados por el paludismo incesante de la mala gana, y mujeres bellas y
virtuosas en las artes eróticas. Mi estilo ampuloso en las
artes escénicas, heredado de Molière, revistió de valor
mi labor lustrosa y nobiliaria dentro del teatro. 
En realidad soy hija de una prostituta francesa, que se embarazó en el descuido magnánimo de uno de sus parroquianos, quien a cambio de su silencio le envió a París al
cuidado de un eunuco, poco varonil y muy sumiso. Mientras el Delfín desfilaba en palacio, con una figura de mastín, intentando dejar atrás sus deudas y observando la
pobreza de su reino, mi madre, desparramada entre el
lujo de hotel Lmue Merci, nunca visto en Chambly, pero
decadente en París, violentada allí por la exuberancia de
las construcciones y obviamente por los altísimos tributos
derogados con el fin de apoyar la lucha contra los británicos por las colonias angloamericanas, fue engañada por
el eunuco amaricado, quien con el dinero que le succionó de mi padre para nuestro mantenimiento, y junto al
camarero principal del hotel –con quien se comportaba
como un jovenzuelo dulce al mando de una gálata–, huyó
dejándonos en la total ruina, agravada por el mal pago de

los servicios de mi madre, pues los parroquianos se quejaban de la vida tan costosa y dejaban atrás los placeres
del cuerpo, para hacer el amor con las ideas y coitar con
una revolución naciente que escupía a la cara la herencia
mortuoria de los luises antecesores. 
Al tiempo, me convertía en una niña dulce de tres años
y mostraba una sabiduría especial que hacía alborotar
las voces eróticas de las amigas de mi madre. Aprendí
muy rápido a hablar y mis habilidades para los distintos instrumentos admiraban al jefe del reparto musical
que amenizaba las noches de labor de mi madre, cada
vez más vieja, decadente, fea y hedionda, pero con una
gran ternura guardada en el baúl de su vientre, que me
permitía obviar la vida que llevaba. En esas noches,
entre encajes que parecían más arreglos mortuorios y
afanes absurdos, mi madre me dejaba encerrada en el
cuarto del hotel, que para este entonces y por posesión
sexual de mi madre –o más bien del gentil hombre que
era su dueño sobre ella– se había convertido en nuestro
hogar. En esas noches umbrosas y escapada del sueño,
jugaba con mi sombra, sin entender por qué escuchaba
chirridos de tablas, risotadas y ondulaciones en el cuarto destinado para habitación de amantes. 
Pronto aprendí a cocinar, a bordar y demás labores cortesanas. Cuando tenía siete años mi madre rogó al respetable
obispo de la ciudad que se hiciese cargo de mis estudios,
él se negó, alegando que a la hija de una mujer como ella
no valía la pena educarla. De no haber sido por la convincente labor de mi madre con el cura una tarde en el atrio,

* Este personaje es mencionado en la obra de Alejo Carpentier, El reino de este mundo.
** Estudiante de Licenciatura en Educación Básica con Énfasis en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Correo
electrónico: amaliahernandez1990@gmail.com

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poniendo en práctica todos sus conocimientos y tomando
muy enserio el cuerpo del Señor dentro de ella, mientras
la iglesia estaba cerrada, yo no sabría escribir. 
El obispo Robert Jacques Monsa, se dedicó desde entonces a mi educación con próspera y fructosa labor.
Pronto aprendí a leer y a escribir, a recitar y a orar. A
pesar de mi educación tan dogmática, no sé por qué
nunca creí en Dios, supongo que desde que fui concebida él y yo hemos tenido una muy mala relación. 
Cuando tenía diez años, una tarde, mientras se suponía que repasaba mi lección de oratoria, un impulso
magnético me llevó a espiar las conversaciones de mi
madre con el obispo; conversaciones muy activas, donde sus cuerpos parecían una masa deforme intrincada
por los lazos de la blanca sotana del cura. Curiosa más
allá de cualquier extrañación, observaba a mi madre,
que por cierto era quien llevaba la batuta de estas enciclopédicas conversaciones, produciéndole al cura un
éxtasis frenético que terminaba con un padrenuestro
y unas cuantas monedas para nosotras. Mi suspicacia
e intelecto me hizo comprender todo al instante, a pesar de nunca haber recibido instrucción formal en las
artes amatorias. Me había criado entre meretrices y en
las madrugadas de poco sueño escuchaba las conversaciones de mi madre con sus amigas, sobre las diversas
potencias de los parroquianos. 
Transcurrieron otros cuantos años, al cabo de los cuales
yo había adquirido el apetecido cuerpo de una mujer
con caderas lo suficientemente fuertes para soportar los
embates masculinos, senos redondos y espigados coronados por una juguetona mancha café, y unos labios
dispuestos a besar para comer. Intenté trabajar pero me
rechazaron al conocer el nombre y la labor de mi madre. No podíamos viajar pues el dinero era escaso. No
quiero que con la anterior explicación se me dé una
mirada lastimera, no quiero ser escombro de todos. 
Cuando decidí mi labor lo hice por todo lo dicho y porque me parecía un trabajo más, no sé si porque de un

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modo u otro fui criada en ella, o porque pensaba que el
reducto de la vida era vivirla. Esos grandes pensadores
de la historia mueren creyendo que trascender es legar
a posteriori; olvidan que la búsqueda máxima del ser humano es la felicidad, es el orgasmo mismo de la existencia, y que nadie los recordará, solo sus nombres para
hacerse al valor de un reconocimiento. O utilizaría sus
legados para parafrasearlos patéticamente, escondiendo tras esas palabras sus miedos y dolores. ¿Entonces?
Queda vivir como el más grande acto de lucha para sí
mismo y en mi naturaleza yo era una prostituta, desde
aquella tarde en que mi madre y el obispo teñían de jugos el camisón eclesiástico, desde aquella tarde y desde
siempre, yo soy prostituta. 
Desde el inicio mis labores en la industria amatoria
fueron especiales. Por ser la menor del prostíbulo, hija
putativa de muchas de mis compañeras, se me permitió
escoger al primer parroquiano como acto de cariño. Pasé
varias noches sentada en una mesa, sin permitirme ninguna interacción con un hombre. Ningún mozón reventaba las flores de mi pubis con una mirada. Regresaba a
casa y mi madre me recibía con su mirada lacónica de
muerte y tristeza. No había querido que yo la reemplazara, pero mi determinación y entereza le demostraron que
no podía hacer nada contra la decadencia natural.
En noches posteriores, un hombre de unos cuarenta
años llegó con la única intención de beber un trago de
vino para aliviar sus angustias existenciales. Ese hombre, con su mirada, logró que mi clepsidra se rompiera
en pedazos y derramara caricias impensadas en su piel.
Me acerqué y sin pronunciar palabra me siguió a una
alcoba reservada para mis labores. En silencio me desnudé mientras él observaba sin ninguna expresión. Me
puse frente a él e hizo de paladín en mi sexo. El barco
atracó tres veces en mi puerto. 
El pago por aquella noche me hubiese permitido sobrevivir varias semanas de no ser por aquella ambición
femenina de ornados que me hicieron, desde el inicio
de mi vida, perder la lucidez. Al poquísimo tiempo mi

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madre murió por la tristeza que le generó mi profesión.
Mientras, mis favores y servicios se hacían cada vez más
exquisitos y reconocidos. La tristeza la reemplacé por el
dinero y el vacío lo obviaba con encajes coloridos, regalos perfumados y sábanas humectadas. Mi valía dentro
de la industria, seriamente asumida, aumentó también
por el hecho de que mis favores jamás los recibió un
hombre que no me produjese una pizca de desenfreno.
Siempre escogía los que decían poseer una excelsa comunión con el teatro y me inmiscuí en este a cambio
de mis favores. 
Sin nada que me atara a París, me marché. Después de
viajar por varios meses llegué al Cabo, en La Española.
Allí conocí a Monsieur Leonormand de Mezy, caballero
ilustre que poseía una gran cantidad de tierras. Fuerte y
virtuoso en el amblar. Todos allí me consideraban una
bella flamenca –creyendo inocentemente que provenía
de Flandre en el norte de Francia–. Usaban el gentilicio
que ocultaba sutilmente mi pasado. En 1795 me casé
con él y regresamos a París. Al poco tiempo el barco
atracaba de nuevo en el puerto de Saint-Marc. 
Leonormand ansiaba este lugar y en el fondo yo también, pues reconozco que mis escasas virtudes escénicas
me llevaron cierta vergüenza en París, además del temor a que mi vida pasada fuese descubierta. En aquel
lugar exuberante coloreado por los negros tímidos y
hediondo a esclavitud, encontré mi fuga, algunas noches en brazos de mi esposo o en las de algún lustroso
mandinga, fornido y reverberarte.
Al cabo de veinte años, Leonormand había caído en
un profundo abismo entre el trago y la dejadez, aunque
sus tierras prosperaran lo que contribuía a la exageración en los gastos invertidos en vino y esclavas. Muchas
noches me levantaba azorada por el calor infernal y los
insectos que me cuchicheaban al oído, para encontrar

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a mi marido en cualquier lugar de la hacienda, forzando a una joven negra, convirtiéndola en una afrodita
dolida que solo podía derramar lágrimas silentes de
aspaviento y sumisión. Desde entonces lo odié. Desde
entonces hice de los negros fornidos mis paladines favoritos, los citaba en algún arbusto lejano, y mientras con
melindre se mecían sobre mí, yo fatigaba el alma con
orgasmos vengativos.
Estaba vieja igual que mi madre y el paludismo me había torturado. En el abismo desempolvado de mi existir, en mi decadencia natural y en medio de los negros
bullentes de sexo y miedo, de vez en cuando recordaba
melancólicamente mis dotes teatrales y, ebria de vino y
de dolor, recitaba frente a los esclavos que me observaban con ojos de hiena, en silencio, sabiendo de mi caída, mi naturalidad y hediondez. Todos los negros atracaron en el mar de mi cuerpo, todos excepto Ti Noel,
a él nunca le participé de este pedazo de placer por su
cercanía con Leonormand y porque sus ojos eran espacios como amalados por la fuerza de un abismo. 
Ahora me encuentro aquí, tendida en el suelo, con una
hoz atravesándome el vientre, repugnante como mi
existencia. Mi rostro agonizante, si no ya muerto, refleja mi indignidad, mi vida vivida en una lucha fangosa,
con hedor a dependencia, a vanidad, a estatuas de oro
a las que las palomas regalan su naturaleza corporal y
en las que los hombres aliñan deseos sin pensar. No fui
dama, no fui prostituta, no fui actriz, no fui francesa,
no fui mujer, solo fui un respiro erótico sobre el mundo, que murió habiendo vivido sin mí, tácita, putrefacta, inexistente. Bella como un gran potro respingado,
pero no como una lluvia milenaria. Hoy no he muerto,
solo resido en mi estado natural, en el sexo de las flores
que nacerán en estas tierras y que serán bellas por su
esencia, no por sus aromas. Hoy vi mi lucha, que no era
para mí, que fue un respiro y ni siquiera lo viví.

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Viaje vectorial
José María Ortega*

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oy ave, sobrevuelo el centro de Bogotá, viajo sobre la
Plaza de Bolívar, es un día oscuro, una brisa helada
me golpea el rostro, se aproxima la lluvia. Planeo por la
carrera Séptima hacia el norte. Abajo, sobre las calles, las
hormigas obreras que transitan esta ciudad entran y salen de sus hormigueros llevando la muestra de su trabajo
a la reina. Se dirigen de un lugar a otro con su actitud
autómata y rutinaria, repitiendo incesantemente las mismas tareas, siguiendo los mismos caminos; deviniendo
máquinas productivas. Se hace visible su cansancio, el
hastío de una vida que nunca pensaron, reducida al trabajo y la producción para otros. Del otro lado, frente a
sus grandes edificios, edificios-colmena, se encuentran
las otras obreras, las abejas, sosteniendo la vida de su reina, suministrándole el polen que mantiene con vida el
motor que hace girar esta sociedad de consumo.

Desciendo sobre la Séptima con Diecinueve. Ahora soy
perro, vago por las calles y caen sobre mi cuerpo las
primeras gotas que descienden del cielo. Siento el desprecio y el desdén a mi alrededor, no existo para aquel
rebaño desorientado que busca a su pastor. Rebaño dócil y sumiso que disfruta la vida gregaria, encerrado en
su corral y pastando de vez en cuando en sus umbrales.
Me deslizo hacia la Caracas y doblo a la derecha buscando la calle Veintidós. Hay una transmutación en los

* Seudónimo.

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habitantes de este sector, ya no son hormigas, tampoco
abejas; mucho menos rebaño. Ahora son felinos, gatos
audaces, animales hipnóticos que se desplazan de un
lugar a otro asaltando a sus presas; aquellos gorriones
que son devorados entre las garras de estos félidos. Esta
especie ronda sobre todo en las noches, a esas horas devoran con mayor gusto, rapidez y facilidad a sus presas
que caen indefensas en sus garras.
Atravieso el barrio Santa Fe y me dirijo al Cementerio
Central, allí los muertos me recuerdan que no somos más
que miasma y gusanos. Experimento un nuevo devenir,
soy Hernán, “habitante de la calle”, eufemismo que el Estado y la sociedad emplea para referirse a aquellos que han
sido desplazados y marginados por la violencia, la guerra y
la muerte que aqueja al país. Estos habitantes son la escoria, la vergüenza y los “desadaptados” de la sociedad, si tal
palabra realmente significa algo. No obstante, habitante
de la calle a mí no me molesta porque eso soy, habito las
calles de esta ciudad, las navego, las problematizo, las vivo
y experimento; fundo las calles de esta ciudad y las afirmo
con mis incesantes recorridos; las aprehendo.
Soy náufrago que resisto la Metrópoli en días y noches
de tormenta, hago parte de esta generación de neocínicos urbanos que viajan por los límites de la Gran Capital. Me identifico con sus otros habitantes, somos multitud, potencia solidaria; por eso devengo animal, soy
ave, perro, felino; soy una multiplicidad. Soy navegante
del alba y el ocaso, devengo ciudad, calle, alcantarilla.
Piloteo mi propia nave, la dirijo a las fronteras y a los
umbrales indeseados por la colectividad. Soy Hernán,
mi puerto de partida y de llegada es Bogotá.

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¿Qué sigue
ahora?
Daniel Mauricio Bohórquez Rodríguez *

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oy, hace un año exactamente,** despertamos con
la sensación de que algo grande iba a pasar. Entraba, desapercibida por nuestros sentidos, una amenaza
que iba a tocar nuestras más sensibles fibras y nos haría
salir de ese letargo de supuesta comodidad. El año 2011
llevó tras de sí uno de los acontecimientos más importantes para la educación en Colombia: un movimiento
estudiantil, nacido tímida pero decididamente, que había logrado convocar una cantidad importante de estudiantes y docentes universitarios de toda la nación.
El objetivo, retirar el proyecto de reforma de la Ley 30
presentado al Congreso de la República. A la par que
crecía el movimiento, las críticas y el pesimismo no se
hicieron esperar y, ante los ojos atónitos de un pueblo
cansado y conforme, cumplíamos con el primer paso
hacia la búsqueda aún incierta de una educación acorde a las necesidades y realidades del país colombiano.

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Pero, como mencionaba Nietzsche en Zaratustra, el niño
es la última transformación del hombre y su superioridad
radica en la inocencia (ignorancia), principio básico de la
creación. No por esto quiero decir que debamos empezar
de ceros, todo lo contrario, como parte de un Estado Social de Derecho debemos reconocer que tenemos un sistema de leyes que no puede ser ignorado. Germán Vargas
Guillén, en su texto Del decir al hacer, propone que como
estudiantes y ciudadanos hagamos uso de los mecanismos
de participación ciudadana, en especial de la iniciativa
popular legislativa y normativa. Aprovechando la opinión
pública surgida a partir de los movimientos estudiantiles,
es posible mover una gran cantidad de personas que apoyen un proyecto de ley pensado por y para el pueblo.

Hacia la consecución de un nuevo
proyecto de ley de educación
Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo,
hunden las manos en la masa y la levantan
con la levadura de su sudor.
Entienden que se imita demasiado,
y que la salvación está en crear.
Crear es la palabra de pase de esta generación.
Nuestra América, José Martí

Ahora es el momento de dar provecho al principal
avance de los estudiantes, que no se trata de otra cosa
que del apoyo (o por lo menos, la atención) del pueblo
colombiano. Existen, a mi forma de ver, algunos puntos a favor; el principal, ignoramos por completo qué es
una educación de verdadera calidad. Luchamos por instinto para que no se nos impida recibir algún día una
educación digna, queremos ser custodios del fuego aún
sin saber para qué nos sirve. Y me llamo ignorante no
por el hecho de ignorar todo lo que se ha adelantado,
sino porque hago parte de una generación que recibió
educación importada, con sistemas que difícilmente se
ajustan a nuestras necesidades sociales.

El principal objetivo de los años siguientes es la creación
de dicho proyecto de ley. Quisiera pensar que todos los
jóvenes estudiantes tenemos la idea común de que antes
de copiar un sistema educativo, lo mejor para nuestro
país es la creación de uno propio a partir de las necesidades actuales y futuras. Fernando González, en su ensayo
titulado Los negroides, sostiene que la dificultad del pueblo colombiano es la vanidad, entendiendo esta como simulación, como hurto de cualidades: “Hemos agarrado
ya a Suramérica: vanidad. Copiadas constituciones, leyes
y costumbres; la pedagogía, métodos y programas, copiados; copiadas todas las formas” (González, 1995, p. 17).

* Licenciado en Educación Básica con Énfasis en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Correo electrónico:
elviejodani@gmail.com
** Escrito en 2012

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Al igual que en el epígrafe citado, hay una exhortación
hacia la creación, a encontrar otros modos de superación
del pensamiento colonial. Tanto Martí como González
atribuyen las dificultades de América a la copia de modelos y costumbres europeos. Es pues menester de nosotros, como futuros docentes en Humanidades, detonar
en los jóvenes el espíritu creador, inscribir en sus espíritus ese afán de originalidad: “La pedagogía consiste en la

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práctica de los modos para ayudar a otros a encontrase;
el pedagogo es partero” (González, 1995, p. 19).
En una de las sesiones de la academia deliberante, se
invitó al Festival de Poesía de Bogotá. La cuota extranjera fue Casimiro de Brito. Todo el recital se puede resumir en viajes intermitentes hacia paisajes de pesca, de
naufragios, de recuerdos de la infancia y unas cuantas
anécdotas de vida. En la parte de
preguntas, tuve la oportunidad de
interrogar a los poetas y no indagué más que por la postura de ellos
ante la escasa enseñanza de la poesía en las aulas de educación básica.
No esperaba encontrarme con una
lúcida respuesta acorde al momento que estábamos presenciando.
Todos coincidían en lo peligrosa
que puede resultar la poesía para
el poder (Casimiro de Brito había
sido encarcelado por uno de sus
poemas), porque su principal característica es que obliga al lector
a aprender realmente a leer, es decir, a pensar. Más allá de lo que en
unos años suceda en cuanto a la
educación, como futuro docente
en Humanidades no dudaré un
instante en provocar la lectura
poética en los estudiantes que a mi
cargo se encuentren, la poesía representa el sentir humano a partir
de la reflexión. Busca lo universal
en lo particular, de ahí su carácter
de identificación con el lector. Ya
lo decía Octavio Paz: “Cada poema es único. En cada obra late,
con mayor o menor grado, toda la
poesía. Cada lector busca algo en
el poema y no es insólito que lo
encuentre: ya lo llevaba dentro”.

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No propongo que el nuevo proyecto de ley se acerque a
la formalidad poética, simplemente debemos poseer la
sensibilidad necesaria para saber responder a las verdaderas necesidades del pueblo colombiano.
La creación es una práctica que se puede y se debe manifestar en la escuela, si es que queremos que algún día
aquellos seres sean custodios más adecuados del fuego
de la educación de calidad. Muchos estudiantes en estos momentos, al igual que nosotros, se preparan para
lo que viene en la educación superior. Mi aporte como
educador en Humanidades: la iniciativa por la creación
como detonante de un sinnúmero de procesos que lle-

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van a la construcción crítica de la persona, a la búsqueda y manifestación de su voz.

Referencias bibliográficas
González Fernando (1995). Los negroides. Ensayo sobre la Gran Colombia. Medellín: Universidad Pontificia
Bolivariana.
Martí, José (1891). Nuestra América, Venezuela:
Biblioteca Ayacucho [en línea] Disponible en: www.bibliotecayacucho.info/downloads/dscript.php?...Nuestra_America.pdf [consulado enero 5 de 2012]

REVISTA

Del coro como
cuerpo de la
tragedia
*

Ana Milena Ladino Rojas **

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l buscar los orígenes de elementos tan distantes a
nuestro tiempo, resulta difícil encontrar certezas
en las indagaciones que nos planteamos, quizá a causa
de la desaparición del objeto de investigación o bien de
la distancia temporal que separa a aquel que investiga
de este; más precisamente es labor del filólogo escudriñar en los indicios y los vestigios, en las escrituras del
pasado para construir el conocimiento del presente.
Nos ayuda también el arduo trabajo de diversos escritores con las mismas preocupaciones y, evidentemente,
las obras mismas. Es por eso que este escrito tiene por
objetivo, al menos a manera de síntesis, inquirir acerca del quehacer del coro en la tragedia griega, y hallar
de este modo su función en una de las obras clásicas
escritas por Sófocles, Antígona representada aproximadamente en 441 a.C. en la Grecia antigua.
Comencemos por evocar la estructuración de una tragedia griega, que como sabemos no se dividía, como la
nuestra, en actos netamente separados por interrupciones del espectáculo. La tragedia griega estaba compuesta por partes dialogadas y partes cantadas. Las partes
dialogadas se dividían en tres: el prólogo, los episodios
y el éxodo, términos que, aún en nuestro tiempo, conservan su significado. Para los griegos, el prólogo era,
según la definición tradicional de Aristóteles, todo lo
que antecedía al párodos, es decir, la entrada del coro
en solemne procesión. Por otra parte, estaban los episo-

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de

más

dios, que eran las partes de la tragedia que tenían lugar
entre dos intervenciones del coro, es decir entre dos
estásimos, donde el coro, dividido en estrofa y antistrofa,
danzaba y cantaba alternadamente.
Recordaré, por último, el éxodo, canto final que ejecutaba el coro antes de salir del teatro y solía incluir
un comentario abstracto acerca de la situación que seguía al drama representado. De este modo, podemos
ya advertir la trascendencia e importancia del coro en
la tragedia griega, pues está presente desde su estructuración, de su actuación depende la división u organización estructural de la tragedia, que no se concibe
sin coro, es decir, es parte fundamental de esta. Como
afirmaba Murray (1966): “Si logramos entender el coro,
habremos entendido el núcleo y corazón de la tragedia
griega”. Podemos asimismo percibirlo desde su participación activa en todo el transcurso de la obra, como
formuló Aristóteles en su Poética: “En cuanto al coro,
debe ser considerado como uno de los actores, formar
parte del conjunto y contribuir a la acción”.
Desde esta estructura empezaremos a analizar Antígona.
El prólogo, como lo hemos mencionado anteriormente, servía para situar al espectador acerca del tiempo
y el espacio, es decir, dónde y cuándo se desarrollaba
la acción y el tema. Por el nombre de la obra y los referentes mencionados, los asistentes sabían qué parte
de la historia debían recordar pues, cabe anotar, todas
estas historias clásicas eran conocidas por el conjunto
del pueblo griego, pero lo novedoso era la manera de
representarla. Normalmente estaba a cargo de uno o
más personajes.
Al revisar la obra en cuestión, encontramos un primer
diálogo entre Antígona e Ismene, este constituye el prólogo, es el momento en que las hermanas conversan
acerca de los infortunios que han caído sobre su familia, la muerte de sus hermanos y las resoluciones que

* Sófocles. (2003) Antígona. En Mutis, S. (ed.) y Alamillo, A. (trad.). Señal que cabalgamos, vol. 24. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.
** Estudiante de Filología e Idiomas con Énfasis en Francés de la Universidad Nacional de Colombia. Ponente en el IX Encuentro Nacional de Estudiantes de
Literatura y Afines, realizado en la ciudad de Cartagena en octubre de 2011. Correo electrónico: milena.ladino.r@gmail.com

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Creonte ha dictado para el tratamiento de los cadáveres. En este primer momento, Antígona revela sus intenciones y los movimientos que ejecutará, pero serán
estos mismos los que la conducirán a su propia muerte.
Esta discusión precede a la entrada del coro, es decir al
párodos, en el que el coro tiene una función fundamentalmente narrativa, como lo dice Torres (2006), “saluda
la paz recién lograda y rememora el desarrollo de la guerra”. Este coro es conformado por un selecto conjunto
de ancianos de Tebas, justamente elegidos por su comprensión del pasado, fundamental para la dilucidación
del presente; sin embargo, ellos todavía no tienen conocimiento de lo ocurrido en la ciudad, aún ignoran
la resolución de Creonte, la cual es una prohibición de
las pompas fúnebres para Polinices. Continua Torres:
Esta falta de conocimiento de la acción inmediata
[…] colabora a crear en el espectador la sensación
de estar presenciando, de manera privilegiada,
una acción de la cual “sabe más” que alguno
de los personajes involucrados en ella. Este
“conocimiento”, unido al saber previo del mito,
hace que la exaltación de la paz, que está a cargo
del coro, se torne una gran ironía, en la medida
en que el espectador sabe que nuevos males, quizá
mayores que los de la guerra, están ya sobre la
ciudad de la siete puertas. (Torres, 2006)
De esta manera, Sófocles juega con la ignorancia y el
conocimiento humanos: los personajes aseguran algo,
convencidos siempre de poseer verdades absolutas, pero
la realidad misma se encarga de demostrarles lo contrario. Los asistentes contemplan asombrados la ceguera de
aquellos que los representan en escena, pues como lo
decía Schlegel, el coro como compendio y extracto de la
masa de espectadores representa al espectador ideal.
Continuaremos la exploración de Antígona a través de
sus episodios y sus estásimos. En los episodios, como
ya lo hemos mencionado, eran la parte de la tragedia
que ocurría entre dos intervenciones del coro, aparecían los actores y dialogaban entre sí o en su defecto

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con el corifeo que llevaba la voz cantante del coro. En
Antígona podemos percatarnos de la existencia de varios episodios, con la correspondiente entonación de
los estásimos. En el primer episodio, encontramos a
Creonte proclamando su decreto de negar sepultura al
cadáver de Polinices, en ello el coro no ve complicación
ninguna y en un principio da su plena aprobación. Sin
embargo, inesperadamente llega uno de los guardianes
que vigilaba el cadáver de Polinices a avisarle a Creonte
que alguien ha violado su decreto y ha hecho el sepelio
simbólico del cadáver, y después de anunciar esto a su
patrón y de aguantar las acusaciones de este ante tal
osadía, sale de escena.
Aquí empieza el primer estásimo, en donde el coro estalla atónito en una serie de consideraciones y meditaciones sobre lo misterioso que es el hombre y los extremos a que le lleva a veces su mismo genial talento;
al terminar se declara enemigo de aquel que no sienta
respeto ante el bien. El segundo episodio, en el cual
entra de nuevo el guardián arrastrando a Antígona, el
guardia denuncia haberla visto enterrando el cuerpo,
y el mismo Creonte indaga a Antígona sobre la veracidad de lo que cuenta su guardia, a lo que ella responde
confesando haberlo hecho, y haciéndole saber que ha
premeditado hasta su misma muerte. En este momento
el corifeo interviene varias veces destacando la entereza
de Antígona, y en medio de la discusión entre Creonte
y esta, el corifeo sin inmiscuirse advierte la llegada de
Ismene, con la que continua la discusión, y a la cual
decide Creonte también matar.
Las dos hermanas son llevadas a la prisión, y allí el coro
entona su segundo estásimo, meditativo como el anterior, y que, como lo dice Lucas de Dios (1982), pondera
las desventuras ancestrales de las grandes familias mitológicas. Aquí empieza el siguiente episodio, en el que
entra a escena Hemón, hijo de Creonte y prometido
de Antígona, quien solemnemente defiende su parecer
acerca de lo sucedido, a lo que el corifeo habla diciéndole tanto al padre como al hijo que ambos deben escucharse, pues ambos defienden bien sus puntos de vista;

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sin embargo, el rey no escucha, y Hemón deja la escena.
El corifeo pregunta a Creonte si son dos las muertes
que dará, pero él interpreta esto de otra manera y resuelve no matar a Ismene.
Viene aquí el tercer estásimo en el que el coro entona
un himno a los destrozos del amor malogrado, y el cual
se alterna con los cantos de Antígona, quien en ningún momento se retracta de lo hecho, y a quien el coro
responde con frialdad, esquivez y dureza despiadada.
Errandonea (1962) comenta que “cuando Antígona es
llevada definitivamente, el coro, siempre ante la importuna presencia del tirano, anuncia las desgracias que a
toda la familia real van a sobrevenir”. Mientras tanto,
entra Tiresias sin ser llamado, exhorta a Creonte a que
ceda y dé contraorden, y así libere a Antígona de la prisión y a su propio hijo de la muerte. Aquí interviene de
nuevo el coro, entonando un alegre hiporquema –poesía
lírica coral griega acompañada por una danza de movimientos miméticos– pidiendo a los dioses para que
vengan a asistir a la ciudad. Después de esto los acontecimientos se precipitan, muere Antígona ahorcada,
Hemón se suicida, y al oír tal noticia, la reina Eurídice
entra al palacio y se suicida también.
Por último encontramos el éxodo, que es la última ejecución del coro antes de salir de escena; en Antígona
este último canto es compartido entre el coro y Creonte, que devastado por todo lo sucedido no hace más
que llorar a gritos las muertes que ha causado, el coro le
manifiesta que tarde ha venido a comprender lo que es
la justicia, y como último canto, le dice: “Los soberbios
son castigados por los dioses y solo a la vejez aprenden
lo que es cordura”.
Como breve conclusión, podemos decir que en esta
obra el coro se reserva para elevaciones de tipo lírico,
como nos lo dice Errandonea (1962), que son del todo

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de

más

necesarias en el drama griego. Utiliza sus estásimos para
influir en las mentes y las voluntades de los actores y en
los sentimientos de los espectadores, con una verdadera
eficacia persuasiva, dando consideraciones elevadas de
justicia, sabiduría y moral. También se utiliza el recurso
de las plegarias a los dioses en forma de canto; al respecto
conviene decir que es bien y ampliamente utilizada la
lírica, con lo que enriquece el diálogo y el desarrollo de
las pasiones que entran en juego en la acción dramática.
Vemos, de este modo, dos registros: la lengua del coro
ligada a la tradición lírica, y la lengua de los protagonistas
del drama ligada, por el contrario, con la prosa. Por último, podemos decir que Sófocles utiliza también al coro
para anunciar la llegada de personajes, y al creerlos conocidos, adelanta las intenciones con las que se acercan,
alivianando en gran medida la trama de la obra.

Referencias bibliográficas
Aristóteles (1974). Poética de Aristóteles. En V. García (ed. y trad.), Biblioteca Románica Hispánica. Madrid:
Gredos.
Lucas de Dios, J. M. (1982). Estructura de la tragedia de
Sófocles. Madrid: C.S.I.C. Instituto Antonio de Nebrija.
Murray, G. (1966). Eurbides y su tiempo. México: Fondo de Cultura Económica.
Sófocles (2006). Antígona. En T. Torres (ed.). Prólogo
y notas. Montevideo: Ediciones del Pizarrón.
Sófocles (1962). Teatro completo. En I. Errandonea
(trad.). Teatro completo de Sófocles estudio dramático. Madrid: Escelier.
Vernant, J. P. y Vidal-Naquet, P. (1789). Mito y tragedia en la Grecia antigua. Madrid: Taurus.

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Jacobo Fijman:
el Cristo Rojo
Omar Ardila*

Entre mi pintura y mi poesía hay una misma mano. Las
mismas concepciones. De niño me dijeron que sería un gran
pintor. Y entonces quemé todo. Ahora lo hago para perfeccionar mis sentidos, externos e interiores. Solo de esa forma es
válido pintar y escribir. Y hasta que los pintores y escritores
no lo entiendan, deberían dejar esas cosas. Porque están mintiendo. El arte tiene que volver a ser un acto de sinceridad.
(Jacobo Fijman, en entrevista con
Vicente Zito Lema, 1969)

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esde los oscuros pabellones del horror, donde la
agónica lucha contra la razón asfixiante era una
necesidad y donde la soledad se imponía abigarrada de
imágenes aéreas, rescatamos una voz que transitó hacia
el grito, luego de desnudarnos con sus contrapuntísticos efluvios; es la voz de Jacobo Fijman, quien vio cerrarse la última puerta de esta morada hace 40 años (en
un día impreciso de 1970, aunque las notas necrológicas aparecieron el 1 de diciembre de ese año), luego de
entregarnos una de las obras poéticas más desgarradas,
transparentes y profundamente místicas de la literatura
argentina en la primera mitad del siglo XX.
Su vida, marcada por el sino de la pobreza y del olvido,
fue un constante deambular entre sórdidos lugares y
el manicomio (donde finalmente sería internado desde 1942 hasta su muerte). El informe que ordenaba
su reclusión definitiva presentaba el siguiente cuadro
clínico: “alienación mental por psicosis distímica – síndrome confusional”.

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De estirpe judía, nació en 1989 en Berasabia, un pueblo del antiguo Imperio ruso, hoy perteneciente a la República de Moldavia. Emigró junto a su familia hacia la
Argentina en 1902, instalándose en la región de Lobos
(al sur de la Provincia de Buenos Aires), donde realizó
su formación básica e intermedia. En 1917 llegó a Buenos Aires para adelantar estudios de francés, tras haber
alcanzado la licenciatura, lo que le permitió desempeñarse como profesor, aunque solo por un corto tiempo.
Su insaciable búsqueda de conocimiento lo condujo a
indagar en otros temas: filosofía antigua, griego, latín,
leyes, matemáticas. Además, día tras día, se preocupaba por perfeccionar la interpretación del violín, el cual
lo había acompañado desde la adolescencia y seguiría
siendo su fiel compañero en el deambular para ganarse
la vida, tocando por unas cuantas monedas donde el
hambre lo llevara.
Hacia 1921, luego de un extraño suceso en el que se
vio envuelto, fue detenido por un policía que lo presentó ante la comisaría como “un individuo que dice
ser el Cristo Rojo y que padece el mal de la anarquía”.
Posteriormente fue internado por primera vez en un
hospicio. Allí recibió electrochoques y fuertes castigos,
y permaneció alrededor de seis meses, manteniendo el
rigor tanto en su escritura como en su pintura.
Desde su salida, y ya con una obra en ciernes, empezó a vincularse con algunos magazines, en los cuales
aparecieron publicados sus primeros textos. En 1926
fue invitado por los jóvenes impulsadores de la revista
Martín Fierro (Macedonio Fernández, Jorge Luís Borges,
Oliverio Girondo y Leopoldo Mahecha) para que se les
uniera en su proyecto. Motivado por la acogida que le
brindaban, se dio a la tarea de publicar su primer libro,
Molino rojo, en el mismo año.
Aunque el nombre de esta obra fácilmente podría entenderse como una evocación de los movimientos revolucionarios del momento, Fijman aclaraba que más

* Poeta, ensayista y analista cinematográfico. Correo electrónico: oardimu@yahoo.com

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bien tenía que ver con “dos estados del alma” (la locura
y el delirio), en los que se traslucían su itinerario en el
manicomio y la lucha sostenida con la razón que no le
daba espacio para desplegar su vuelo. En este poemario
ya empezaba a desnudar a la locura y a mostrárnosla
como una vivencia “tan humana” y además propicia
para la creación, pues “hallaba en la demencia una instancia poética”.
Asimismo, la obra está atravesada por el dolor y la desesperanza. Ha establecido un romance con la agonía, se
siente “una mortaja viva” y considera que “el sudario
más frío es uno mismo”. Sin embargo, en medio de
tanta nostalgia por las partidas perdidas y aún sintiendo que es “muy larga la noche del corazón”, también
afirma con vehemencia que su “corazón es blanco de
ternura” y que espera hallar alguna salida, quizá en medio de un mundo erotizado que parece activarse en los
versos finales de su poema “Cópula”:
Nuestros cuerpos: auroras y ponientes
En la alegría loca de los vientos
¡El corazón del mundo es nuestra boca!

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Lenin; tenía por padre a Trotsky, era un caldeo que
observaba las estrellas, dirigía las batallas, iba a las barricadas, llevaba la bandera roja… en fin, era multiplicidad sin tiempo que vivía por y para su única razón
existencial: la pintura y la poesía.
En 1929 vio la luz su segundo libro, Hecho de estampas,
el cual está dedicado, entre otros, a Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, Eduardo Mallea y Raúl González Tuñón; amigos que aún seguían animándolo pero
que luego lo abandonarían. Esta obra está poblada de
recuerdos (de la niñez y de la adolescencia) cuando, a
pesar de estar circundado por un entorno armonioso,
su mirada de infante ya buscaba dónde posarse para
encontrar un poco de sosiego.

Poema III
Está mi risa de niño
con la abuelita ciega de la noche oscura.
Resuenan mis botas groseras de campesino
en la ternura de los caballos,
y he ido.
Al son de ríos lúcidos y puros

En su primer viaje a Europa
(hacia 1924), desde donde llegaban los ecos de las vanguardias,
especialmente del surrealismo,
Fijman se cruzó con Bretón,
Eluard, Artaud y Lautréamont,
aunque no se enfiló con ellos
debido a su interés creciente por
el misticismo, que lo llevó posteriormente a bautizarse como
católico y a querer ser sacerdote.
Fueron los días en que empezó
a proclamar que era un santo
“aunque estuviera prohibido
por la Iglesia”. En su exaltación,
también se veía como el Cristo
Rojo, Jesucristo, Beethoven,
un nihilista, el superhombre,

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tiemblan las curvas de los pozos como las dulces
patas de los corderos.
Encerrada en mis pasos sigue la noche oscura.

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y los vientos se cubren por sus vuelos.
Nuestras tierras alumbran recostadas en cielos y mediodías.

El libro continúa con una estela de sombra y un subfondo agónico, pero a pesar de ello, hay un encantamiento con el mar, los océanos y las estrellas, espacios
donde busca la infinitud a través de la contemplación,
teniendo a la soledad y al silencio como aliados, aunque también estos los abandonan en cierto momento,
dejándolo doblemente huérfano.

A la manera de los grandes místicos, Fijman percibe
una consubstanciación con la “fuente de todo amor”,
habla con ella de alma a alma y se siente partícipe de
la gloria infinita que de ella emana, aunque tenga que
padecer soledad y sufrimiento debido a su condición
humana. Pero para quien ha centrado su esperanza en
la trascendencia espiritual, es natural que sienta cómo
siempre resurgen las albas por todas partes: “en el sueño del padecer nacen las albas”.

Tras un segundo y frustrante viaje a Europa, vuelve a
Buenos Aires y publica en 1931, su tercer libro, Estrella
de la mañana. Es un libro que bordea la iluminación, que
se aproxima a la gracia, que nos muestra un poeta-verbo
encarnado en el misterio de la eternidad, y aunque comienza con un verso lapidario: “Los ojos mueren en la
alegría de la visión”, rápidamente vuelve a dejarse llevar
por la tranquilidad que le inspira el devenir; de nuevo
surge la esperanza, eleva una plegaria y acepta su destino
como un reto espiritual. Es un Job que clama desde su
dolor, que sabe esperar y que quiere “morir en Cristo”.
Experimenta una profunda entronización con figuras
angélicas, acepta su propia cruz con alegría y le dice a su
alma que “somos en Dios desnudez ordenada”.

Los años que siguieron a la publicación de su tercer
libro son los más desconocidos de la vida de Fijman.
Olvidado por sus amigos y extraviado de sus familiares, se sume en la pobreza y vive la agudización de su
problema psiquiátrico, hasta que en 1942 es detenido
por la Policía y enviado al Hospital Psiquiátrico José T.
Borda. Allí es sometido a fuertes descargas eléctricas y a
un régimen de alienación; sin embargo, aprovecha cada
momento libre para continuar pintando y leyendo a autores sacros. En este periodo, el delirio místico se acrecienta. Su amor por la Virgen María es intensificado;
y conversa permanentemente con ángeles y demonios.

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Está contigo la paloma santa.
Alma mía, somos en Dios desnudez ordenada.
Nos levantan las manos olorosas de paraíso.
Ando sobre la tierra
y en nuestra sangre muero y resucito en la sangre de Cristo.
Desnudez ordenada
en las manos cubiertas de sueños y prodigios de sueño y de
prodigio.
Desnudez ordenada por la pasión y la muerte.
Desnudez ordenada que cae en la primera muerte y que levanta la primera vida.
Se pone multiplicada de misterios, y la manzana conviértese
en palomas,

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Al final de sus días, en el cuaderno que guardaba celosamente, se encontraron, además de numerosos dibujos, algunos poemas sumamente crípticos, con un singular ritmo, que los hace bastante musicales; allí mismo
también hay un afianzamiento de la imagen pura, cristalina, directa, la que había empezado a buscar desde
el momento en que se distanció de las construcciones
metafóricas de los martínfierristas.

Eclogario
Acá dentro conmigo, tú sabes justamente
De montes y de cabras
Y de dar en el nombre
Los consejos y trigos,
Las albas y deuterias.

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Ahora ahora con el sueño
Tanto y cuanto de flor,
Y más y más de almendras y manzanas,
Acuérdate, pretexta, de ser eternidad,
Tú tan amiga de la flor,
Y tan amiga de la estrella,
Tanto o cuanto de flor,
Tanto o cuanto de estrella.
Ahora ahora con el sueño
De albas y deuterias,
Acuérdate, pretexta, de ser eternidad.
Gran parte del material rescatado y de las últimas visiones de Fijman se las debemos a Vicente Zito Lema,

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más

quien conoció al artista en 1968, y desde ese momento se
propuso compartir con él diversas reflexiones en torno
a su quehacer. En una larga entrevista realizada por Zito
Lema, podemos entrever la transparencia del poeta y la
claridad de sus apreciaciones; sin embargo, el dictamen
médico aseveraba que padecía de alienación mental.
Pero respecto a la salud mental, Fijman también tenía
su propia percepción, con la cual cerramos este sentido
homenaje: “Yo he investigado el alma, también la psiquiatría.
Y sé que los ciegos y los sordomudos son dementes. Que los muy
ricos y los que llevan uniformes son dementes y peligrosos. Y que
los que visten sotanas y se llaman hijos de Cristo son los más
dementes, hipócritas y demoníacos de todos”.

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No. 9 - BOGOTÁ D.C. JULIO - DICIEMBRE DE 2013 - ISSN 1900-5091

gavia@udistrital.edu.co
http://revistagavia.blogspot.com

No. 9 - BOGOTÁ D.C. JULIO - DICIEMBRE DE 2013 - ISSN 1900-5091

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Facultad de Ciencias y Educación

ENSAYO
Otras perspectivas para comprender
la edad, la generación, el futuro…
Germán Muñoz González
(escritor invitado) 5
El Cuco de los sueños. En los
espacios de la memoria elemental
Catalina Garcés Martínez 12
El Dios Errante, de Pedro Gómez
Valderrama. Del cuerpo, lo prohibido
y la transgresión
Iván Darío Vargas González 19
La bohemia en Bogotá a principios
del siglo XX. “La Gruta Simbólica” y
el Parque de la Independencia
Gerson Vanegas Rengifo 24

POESIA
M

Y

CM

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K

·Tarde al fin
·Del reino, una tiniebla
·Trashumante
·Último nacimiento
·Espejos interiores
·Cualquier esquina del tiempo
·Dolor de tumba
·Estados menguantes
·Anunciación
·Ser
Jorge Valbuena
(escritor invitado) 35
·Algo sobre-nosotros
·¿Qué fue el amor?
·Visita al Minotauro
·¿No soportamos acaso tanta cosa muerta?
·Pos-Necro-Polis
Luis Armando Botina 44

CONTENIDO

C

·En el vestíbulo (secuencia poética).
Del libro inédito Poemas para nadie
·En el vestíbulo
·Mortales
Ricardo Canizales 50
·Velo de noche
·El adiós
·Jaguar
Henry Alexander Gómez 52
·Al espejo

Rafaela Vega 55

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Todo texto debe ser entregado en fuente Times New Roman 12 puntos, interlineado
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