No. 8 - BOGOTÁ D.C.

MAYO DE 2012 - ISSN 1900-5091

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Facultad de Ciencias y Educación

No. 8 - BOGOTÁ D.C. MAYO DE 2012 - ISSN 1900-5091

revistagavia@udistrital.edu.co
http://revistagavia.blogspot.com

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EDITORIAL
Carta de navegación
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ENSAYO
El acontecer como umbral entre la
torno a la obra La neblina del ayer
Aida Marcela Gutiérrez Molano 00
(escritora invitada) 5
Teatro y nación en la época de La
Independencia
Rodolfo Celis Serrano 12

POESIA

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~ Azul domingo ~
Brian Leonardo Espitia C. 25
·Monótona muerte
·Todavía no he visto...
·La ventana se abre...
·Cada instante ha fundido...
·Tejados
·Un objeto habla
·En el país del sueño

Edgar Hans Medrano Mora 26
I

CONTENIDO

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·Árbol talado
·Bandera
·Lava platos en USA
·Al pie de la letra, 5
·Todo bajo control, 4
John Galán Casanova 00
(escritor invitado) 21

José Landa 33

·Infamélica
·Adela
·Nada es imposible
·Parejita
·No es ella la mujer
·Se fue
Rolando Revagliatti 36
·Madre nuestra
·Ayer la muerte

David6m 39

·Vendaval
·Apocalipsis 9, 5-6
Davidsaturnodonatti
(Germán David Díaz) 40

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·¿Quiénes somos?
·Pétalo y roca
·Culpa
·Carpe Diem
·Self
Rosita Catalina Isaza Cantor 42

Rector

Inocencio Bahamón Calderón

Vicerrector Académico

María Elvira Rodríguez Luna

Facultad de Ciencias y Educación

·Murmulario
·Ángeles nocturnos
·De la claridad
·Canto del escondrijo

Decana

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Coordinadores generales
Diego Valbuena

Jorge Valbuena 46

Diana Carolina Gamboa
Grupo editorial

Extravío

Comité cuento

Harol Bernal 51

Angélica Téllez (coordinadora)
Fabián Becerra

CUENTO

Alexandra Lozano
Karen Bautista

Dos igual a uno
Ángela Del Pilar Lancheros Mora 00
(escritora invitada) 53

Comité ensayo

Desconectado

Diego Valbuena

Richard León

Mary Luz Guerrero (coordinadora)
Diana Carolina Gamboa
Lorena Ramírez
Andry Soliany Quintero

55

Comité poesía
Daniel Mauricio Bohórquez (coordinador)

De vuelta

Rolando Franco

Richard Jaimes 58
Compañía
Jhon Alexander Rocha Avendaño

Carlos Fino
Carolina Ochoa
Comité palabras de más

59

Un tinte inesperado
Luna Marcela Enciso Ortiz 60

Daniel Mauricio Bohórquez
DIRECCIÓN SECCIÓN DE PUBLICACIONES
Rubén Carvajalino C.
CoordinaCIÓN editorial

Espera

Matilde Salazar Ospina

Julián Acosta Riveros

64

Irina Florián Ortiz
CARÁTULA y diagramación

Los sonidos del silencio
(Cuento para leer en voz alta)
Carolina Ochoa 66

Jorge Andrés Gutiérrez Urrego
Corrección de estilo
Maria E. Mejía
Ilustración portada

PALABRAS DE MAS
Arista D
Diana Carolina Cabrera Gómez
El efecto realidad
Francisco Enríquez Muñoz

69
72

·Ella X
·Ella Y

Gina Brijaldo
Un miércoles con Lupe
Nathalie De la Cuadra N.

78

Diana rivera

Sonia güiza

milton figueredo

jonathan camilo durán cutiva

samanta garcía

camilo tavera

mauricio sosa

diana muñoz

santiago calderón

Producción editorial

80

Crearse creando

Paul Dávila

George Jiménez

Ilustraciones y fotografías

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Sección de publicaciones

Universidad Distrital Francisco José de Caldas

Miembro de la Asociación de Editoriales

Universitarias de Colombia (ASEUC)

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revistagavia@udistrital.edu.co

Los textos presentados en la siguiente
publicación expresan la opinión de
sus respectivos autores y la revista
no se compromete directamente en
la opinión que éstos puedan suscitar.

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e d i t o r i a l
Carta de
navegación
El hombre que no lee no tiene ninguna
ventaja sobre el que no sabe leer
Mark Twain

U

n nuevo año y un nuevo número. Surcando el inmenso mar de palabras, hemos ido lanzando nuestras redes y recogiendo bestias imaginadas, escupidas por manos desconocidas y enigmáticas. Hemos atracado al
puerto levantando victoriosos nuestro botín.
En sus manos, se encuentra el diario en el que se describe a detalle el ánima de estas bestias de tinta, majestuosas e inmortales, cuyo brillo y vida se
encuentran en sus ojos, querido lector. No nos pida explicar lo inverosímil,
las mejores cosas del mundo viven en el terreno de lo inexplicable. Viva esta
aventura como todo un gaviero: que la revista sea su catalejo, mire al horizonte, pero siempre consciente de que de su contemplación depende el rumbo
de la tripulación.
¡Adelante gaviero! La travesía que lo aguarda se encuentra llena de alegrías y
caídas, de sueños pesados, de calor insoportable. No olvide cargar su cartera
de apuntes, allí usted anotará las sensaciones y las situaciones que viva en
esta tribulación, en esta empresa. Todo esto, a fin de continuar con un itinerario de inicio ubicable y de final impreciso. Gavia 8 se presenta como una
sinfonía inconclusa que con pasión hemos ido componiendo en ese mar de
genios insospechados.
Buen viento y buena mar.
Cartagena de Indías, 3 de octubre de 2011

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Escritora
Invitada

El acontecer como umbral
entre la memoria y el olvido:
una reflexión en torno a la
obra "La neblina del ayer"
Aida Marcela Gutiérrez Molano*
"La llegada de un recuerdo es un acontecimiento,
el olvido no es un acontecimiento, algo
que suceda o hace que suceda"
Ricoeur

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urante el camino se muestran las huellas de quienes lo han habitado, la lectura es el habitar en la
obra; si se parte de la experiencia de leer la novela de
Leonardo Padura, La neblina del ayer, surge la posibilidad de entender la memoria y el olvido como la negación en la cual reside el ser que necesita de su contrario
para existir. Por tanto, la ausencia se vuelve presencia
en esta obra desde la intuición; con ella, se cuestiona la
legitimad de la historia oficial y se perturba lo que ha
sido callado. El siguiente texto enfoca su mirada a la relación que existe en la novela de Padura entre estos dos
estados y la importancia que para la Historia presenta
la voz palpitante de quienes la experiencian.
En La memoria, la historia, el olvido, Ricoeur enuncia
cómo el tiempo ha marcado un acontecer, el cual, al ser
evocado puede convertirse en padecimiento; de estar
pasivo, vuelve a animarse y convoca ese sentir que alguna vez fue al presente. La neblina del ayer propone, desde
su título, la aparición de un referente que la antecede,
el título corresponde al bolero Vete de mí, que así mismo

es uno de los subtítulos (lados) que le da forma a la novela. Esta parte está constituida en un primer momento por la ausencia; vete de mí es un imperativo que se
muestra en la novela como el indicio de lo que vendrá,
se podría decir que es el olvido de reserva, el recuerdo que
pasa desapercibido, pero que se mantiene palpitante.
El enunciado del título, muestra el pasado animando la
voz de una cantante que se hace presente en la imagen
de un recorte de periódico, un acontecimiento que permite la lectura de otros instantes, en él se instala una de
las tantas marcas que ha ocasionado el pasado. Vete de mí
propone distancia, ausencia, separación, una frase que
fractura una unión antes existente. Desde esta perspectiva,
es posible preguntarse: si la novela recurre al bolero que
constituye, en esencia, una mirada nostálgica en medio
del Caribe. ¿Cuál es la concepción histórica que maneja
Padura desde la construcción en la palabra? ¿Para qué el
recuerdo y el testimonio como construcción de esa colcha
de retazos llamada memoria? ¿Por qué no despejarse del
pasado? ¿Para qué hallar el recuerdo y la marca? ¿Cuál es la
reconciliación que expone Mario Conde, el protagonista
al develar la verdad que auscultaba el pasado?
Por el momento, es necesario volver al texto para hallar
esas marcas que permiten dicha disertación. Lo primero que remite a esta concepción son los epígrafes, con
ellos, la novela inaugura su preocupación histórica, “el

* estudiante de maestría en literaturas española y latinoamericana universidad nacional de buenos aires.

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lector se encuentra en el umbral de la obra, el cual le
permite ver el tiempo de despertar como el tiempo de
remover lo que su paso ha logrado difuminar, hay que
quitar la manta de polvo y escudriñar en los escombros
que ha dejado para poder desocultar, hallar la verdad,
hallar la Historia y, por qué no, la reconciliación desde
la incógnita que propone un relato en este caso policial.

Lado A, el encuentro con lo oculto
El pasar del tiempo modifica la existencia, como propondría Marguerite Yourcenar El tiempo gran escultor.
La novela presenta esta modelación a partir de la construcción de los personajes y de los escenarios que los
cubren; La neblina del ayer muestra cómo transcurren
algunas décadas en La Habana, las cuales dan cuenta
de la transformación de los habitantes cubanos enfrentados al antes, durante y después de la revolución, Con
este transcurrir, Mario Conde está puesto en un presente (2003) atravesado por el acontecer que le permite
vislumbrar la premonición difuminada de lo que desencadenará el hecho de volver para remover el pasado.

porvenir es de Dios, pero el pasado es de la historia. Dios
ya no puede influir en la historia, en cambio el hombre
aún puede escribirla y transfigurarla. Juste Dion” (Padura, 2005). En esta cita se alcanza a intuir cómo la experiencia no puede ser arrebatada, la historia necesita ser
contada y resguardada por quienes la han vivido, puede
cambiar de aspecto, ser transfigurada; sin embargo, está
siendo narrada y padecida por sus protagonistas.
El primer epígrafe que utiliza Padura es de Buda, en
este, expone una preocupación temporal, esperanzadora y de acción, “Sólo hay un tiempo esencial para
despertarse; y ese tiempo es ahora” (2005). Con ello el

En el año 2003, el panorama que propone el narrador
de esta historia es desalentador: la ciudad se compone
de ruinas, es mejor estar a la vera del pasado que vivir el
presente de hambruna por el que camina Conde. Tal vez,
esta es una de las razones por las que el personaje pasa de
ser un policía investigador a estar cobijado en la compra
y venta de libros viejos, el haber renunciado a dicho cargo le permite rememorar las historias que llevaron a los
propietarios de libros a venderlos, de manera que allí se
presenta una indagación de la Historia y de lo que oculta
desde otro ángulo, Conde no como policía, sino como
recolector de historias en la compra y venta de libros.
Las calles en La Habana son percibidas por el transeúnte
llenas de desamparo, suciedad, prostitución y delincuencia, venta de libros y objetos que, al parecer, son un lujo
para la época por la que atraviesa la isla, “casi todos los
habitantes de un país amenazado de muerte por inanición” (Padura, 2005), esta cita pone de relieve la situación

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de desespero por la que cruzan los habaneros, la escasez
producto de la caída de la Unión Soviética lleva al borde
a Cuba, la isla debe alojar así a turistas que muestran una
modernización externa fruto del capitalismo que hace
que el sujeto deseante (el habanero) comience a ver en
estos objetos su frustración. El licenciado Héctor Palacio
Ruiz expone cómo tras la caída de la Unión Soviética:
Fue necesario abrir paso a una nueva forma
de producción, que incluía elementos de
capitalismo (empresas mixtas) estas inversiones
también han producido un gran impacto en
la conducta social, que ha experimentado un
cambio muy visible en el desarrollo de la vida del
cubano. Nuevas formas de existencia en amplios
sectores sociales, modernización de la vida, en
el vestir, en hábitos, en la aparición de muchos
artículos desconocidos y ahora deseados. Esto ha
motivado el crecimiento de la delincuencia, la
corrupción, la prostitución y otros males visibles
que han tocado fondo en la conducta social de la
población (Palacio, 1998).
De esta forma, la novela empieza a enmarcar una sociedad desesperada, el tiempo es para ella una carga con la
que tiene que existir, la Historia es comprendida como
un mar de pesares, el tiempo es devorador, existe un
clamor que aqueja cada vez con mayor fuerza. La prerrevolución y la posrevolución que aún con situaciones
diferentes evidencian con mayor reparo la desigualdad
social. Antes de la revolución, capas sociales, clubs que
albergaron el cuerpo de una joven cantante de bolero,
prostitución; durante la revolución cierre de los clubs,
anulación del capitalismo, lucha y apoyo por parte de
los pobladores; posrevolución, como era mencionado,
“delincuencia, corrupción prostitución...”.
Libros, discos y fotografías, la parte A de la novela tal y
como una caratula de un vinilo muestra a Conde como
sujeto de remembranza, al encontrar una biblioteca –
añorada desde su actividad comercial– y a sus propietarios hábidos de dinero y de alimento, da inicio a un

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enigma que roza la superficie de la Historia, en el ahora
ausculta libros y el espacio que habitaron estos durante
algunas décadas; la rememoración se hace presente e implica una búsqueda, como lo señaliza Ricoeur, con la
que el personaje empieza el viaje al pasado que apenas
se alcanza a señalizar en el primer testimonio.
Asimismo, la novela propone una lectura a la Historia
cubana que alberga diferentes visiones, los personajes
la asumen según su generación, su formación, su vivir,
–nos hicieron creer que todos éramos iguales y
que el mundo iba a ser mejor. Que ya era mejor...

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–pues los estafaron te lo juro. En todas partes
hay unos que son menos iguales que los otros y
el mundo va de mal en peor [...]
–fue bonito mientras duró (Padura, 2005).
Estas palabras son la visión de la generación que creció
en medio de la crisis económica y de la desesperanza,
unos añoran el sueño vivido y otros ya no lo quieren
vivir, porque ni siquiera lo alcanzaron a conocer, de allí
que el ahora permita en el instante sujetar los tiempos
que se anclan a un mismo la palabra.

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La voz anhelante del pasado que más se percibe es la
de Conde, quien demarca el sueño que fue Cuba; esta
sensación se conjuga perfectamente con la mirada que
utiliza Torres de Denzil Romero acerca del bolero: “es
la forma que tenemos los caribeños para decir que anhelamos morir en lo anhelado, que queremos disolvernos en lo disuelto” (Torres, 1998). Es ese sentimiento
nostálgico que aparece para recordar que el pasado
constituye el presente, lo marca y lo demarca; lo que
fue es mejor que lo que es, la posibilidad de vivir en el
sueño es mejor que salirse de él. Conde se puede quedar refugiado en el canto del pasado, pero es el canto el
que lo obliga a indagar, a quitar la venda que la Historia
oficial ha manipulado.
El relato empieza a dar un giro y es en el testimonio de
un periodista (Silvano), en el cual la premonición se
hace cada vez más certera, un crimen cometido en el
pasado necesita que alguien lo resuelva, pero es precisamente en este punto en el que se empieza a percibir la
necesidad de la Historia para resolver los enigmas del
ser presente, lo que ha sido se remueve para develar lo
que en algún momento permaneció oculto.

Lado B lo oculto revelado
Un segundo crimen en el presente abre las campanas de
alerta a este ex-policía investigador, no solo porque lo involucra directamente, sino también porque es el punto
en la novela en el que se encuentra el Lado B, “me recordarás”, la ruptura de los lazos en “vete de mí”, empiezan con esta canción a ser revelados, en el recuerdo de
quienes tuvieron la experiencia del pasado oculto, pero
también de quienes quisieron quedar inmersos en él.
“Me recordarás” es el vértice, es el encuentro con el enigma, es el llamado de lo que más adelante el estado de ensoñación le reclama a Conde, porque el pasado removido
esconde el padecimiento de quienes lo sufrieron en un
momento dado, el ayer como es llamado en las dos canciones, se vuelve a animar con las cicatrices que le deja a
Conde la búsqueda de una de las piezas más importantes

del rompecabezas, y su aletargamiento es el que le da en
el presente la capacidad de disertar el pasado.
La historia escondida en los archivos de la policía, verídicos en su oficialidad cae, al precipicio, en la unión
de las piezas que componen las voces, los manuscritos
(cartas), el relato, todos ellos entendidos como testimonio.
La posibilidad de contar el ayer, de indagar en el misterio que se ocultó con el tiempo, con la muerte, con la
locura silenciada, parte de una necesidad, que esta vez se
relaciona con la sensación de hambre, ya es un estado en
el que se encuentran los personajes y es en él en el que
se le permite el misterio salir a la luz; en analogía con el
recuerdo, del hambre surge la necesidad de alimentarse,
quizá esta relación simbolice la carencia de memoria y la
obligación del olvido por la situación espacio-temporal.
Por lo anterior, es posible entender la concepción histórica de Leonardo Padura como la construcción de diversos
relatos, los cuales, al tejerse, exponen no una sola mirada, sino que, por el contrario, están llenas de relatos, son
como una colcha de retazos, como las ruinas de las que

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habla Benjamin; esto se puede corroborar en el siguiente
enunciado del narrador “Conde extrajo una mirada compleja de su pasado, del pasado de todos los habitantes de la
isla, y tuvo la intuición de que el mundo podía ser de muy
diversos colores, y las verdades, más complejas de lo que
oficialmente parecía” (Padura, 2005, p. 165).

permanente de ese mundo nostálgico y, así, recurrir a
su presente esta vez con la mirada esperanzadora que
le proporcionó la desocultación y la memoria: “Con la
vaga pero latente conciencia de que sin la preservación
de esa fraternidad quizás se habrían olvidado de vivir
hacía mucho tiempo” (Padura, 2005).

Asimismo, en esta novela con toques del relato policial, se expresa la preocupación no solo por develar un
crimen cometido (acontecimiento), por hallar quién es
el responsable, cómo lo hizo y por qué, sino también
mostrar cómo a partir de las imágenes de La Habana,
de los libros, se esconde la bruma que ha hecho el paso
del tiempo. Es posible decir que a partir de esta forma,
el autor logra mostrar la Historia desde las historias, comenzando con un periodista, una prostituta, pasando
por la asesina y la prueba contundente, la escritura, es
decir el sentido que encierra la palabra.

Cada uno de los elementos que se entremezclan en la novela proponen la negación, el olvido con su contrario la
memoria; ella es acontecer que permite otro estado en la
conciencia de los personajes y, por qué, no del lector. Ricoeur habla de perdón como el dar, es un donarse. La deuda
se ha compuesto de la falta y solo con el don se logra una

Varios elementos constituyen este relato, por ejemplo el
hecho de proponerse un crimen en el pasado (durante la
revolución) y décadas después hacerlo visible; esto implica ver en la obra una propuesta de novela histórica, puesto que comienza a dar a conocer cómo el presente puede
ser leído desde el pasado, cómo “La narrativa histórica
se escribe desde la perspectiva del presente” (Perkowska,
2008, p. 41), y cómo la ficción de un pasado en la novela
está en función del ahora, de esa sociedad roída, de esa
cartografía que envuelve a La Habana en el crimen de su
cotidianidad, velado por la mirada oficial.
La Historia en la novela es propuesta como la unión de
lo que cuentan quienes la vivieron y no impuesta por la
Historia oficial; la segunda es percibida como la causante del olvido que suprime las huellas y manipula la memoria colectiva; Ricoeur plantea el conocimiento del
pasado como una purificación, como el purgar el presente para que así pueda surgir el perdón. En La neblina
del ayer se revela el perdón no como olvido supresor, en
el desenlace, el perdón surge de la revelación. Conde
termina con la voz que lo perturba solo cuando está resuelto el conflicto y puede salir, aunque no de manera

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memoria feliz, una reconciliación; con el olvido se instauraría “la impotencia de la reflexión y de la especulación
a la cabeza de la lista de las cosas a las que renunciar, a la
cabeza de lo irreparable” (Ricoeur, 2004). Como se percibe. el estado de los personajes en el comienzo de la novela,
el origen de la falta se encontraba oculto, era un presente
dislocado que necesitaba sanar, ya que muestra cómo un
hecho en el pasado repercute en cada uno de los sujetos
que como seres históricos se componen de él.
En la obra, se percibe un sentimiento que agolpa a los
seres que albergan un sentimiento nostálgico, del recuerdo de una alegría que alguna vez fue, aparece la añoranza
de un futuro que se desvanece en el presente. Es posible
decir que la propuesta de Padura es una búsqueda del
pasado que sirva como testimonio: “hacer una literatura
que de alguna manera fuera dejando también testimonio
de lo que ha sido la vida cubana en estos años” (Padura,
2005), por medio de su personaje construido a lo largo
de cinco novelas que anteceden a La neblina del ayer. Con
esta novela, Padura logra que su obra respire el halo de la
Historia como una construcción de voces en la representación del presente y las imágenes del pasado de la que
están cargados sus personajes.
La neblina del ayer propone la mirada al pasado que, mediante las ruinas desea despertar a los muertos y salvarlos
de su desastre, aun cuando no lo logra, aunque “con la
misma varita mágica tal vez Conde podría remendar el
destino trágico en el cual se habían vistos envueltos y de
un golpe los sacaría de aquella historia para darles otra
vida” (Padura). Su personaje es “Mordido por el dolor
propio y el ajeno [comprendiendo] que todo lo vivido en
estos días era una advertencia macabra de su incapacidad
para remendar las vidas de otras personas y, sobre todo,
la suya propia” (Padura, 2005). El sentimiento continua
latente, pero es visto diferente desde el acontecer.

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lo oculto de la Historia aunque en ella se encuentre la
catástrofe que permite un padecimiento más reflexivo?

Referencias bibliográficas
Benjamin, W. (1973). Tesis de filosofía de la historia
(1940). Madrid: Taurus.
Padura, L. (2005). La neblina del ayer. Barcelona: Tusquets Editores.
Palacio, H. (1998, 1 de dic.). Cuba 1990-1998. Los Movimientos que ha experimentado el Sistema Político Cubano a Partir de 1990. Apreciaciones sobre los finales de 1998
y 1999. Recuperado en octubre del 2010 de http://
www.cubanet.org/CNews/y98/dec98/01a7.htm
Perkowska, M. (2008). Historias Híbridas. La nueva novela histórica Latinoamericana (1985-2000) ante las teorías posmodernas de la historia, Iberoamericana. Madrid.
Ricoeur, P. (2004). La memoria, la historia, el olvido.
México: Fondo Cultura Económica.
Torres, V. F. (1998). La novela bolero latinoamericana
(1ª ed.). México: Universidad Autónoma de México.
Wieser, D. (s.f.). Leonardo Padura: “Siempre me he
visto como uno más de los autores cubanos” 2005
Espéculo. Revista de estudios literarios. Recuperado
en octubre del 2010 de http://www.ucm.es/info/
especulo/numero29/padura.html

La pregunta queda abierta ¿es mejor el olvido que no
permite reflexión y que se acalla en una aparente tranquilidad o, por el contrario, es necesario llegar a rastrear

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Teatro y nación
en la época de La
Independencia
Rodolfo Celis Serrano*

Introducción

L

a literatura colombiana nace de un proceso continuo de democratización de la escritura, mediante
el cual las múltiples voces de la pluralidad nacional dan
lugar a unos discursos inmanentes a su lugar de enunciación, latentes mucho tiempo en los pliegues profundos de la realidad colombiana. En ese sentido, lo que
muestra la aparición de la tragedia independentista en
el despertar del siglo xix solo es el inicio de un largo
periplo en el cual la primera palabra la tendrá la élite ilustrada, especialmente santafereña, la cual, además, concentra el poder económico-político y necesita construir
y consolidar un discurso de nación, benéfico a sus intereses de clase, conforme a las condiciones de su tiempo.
De esta manera, espero mostrar cómo la tragedia se convirtió en esa primera piedra angular de nuestra literatura en la que se fraguaron unos discursos de lo nacional,
apropiados para la época y la clase social enunciante. Entonces, para efectos de este ensayo, se centrará el análisis
en la producción teatral de la época de la Independencia,
para lo que se asume un corpus de obras que van desde
El parnaso transferido (1920) hasta Sulma (1933), en las
que se intentará evidenciar la hipótesis planteada.

* Estudios Literarios, Universidad Nacional de Colombia, correo: fitocelis@yahoo.com

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Primeras palabras...
Cinco años antes de que el proceso independentista bolivariano llegase a su
fin en Ayacucho, un jovencísimo, Luis
Vargas Tejada, produjo una loa teatral
titulada El parnaso transferido que anuncia el derrotero de la literatura neogranadina subsiguiente. La obra se constituye en un reclamo a las musas del
Olimpo para que abandonen su lugar
en el Viejo Mundo y emigren hasta estas tierras colombinas, las cuales, desde
ahora serán residencia de la Libertad.
Más allá de las cualidades literarias de
la pieza en cuestión, lo que se anuncia
es la continuidad de una cierta tendencia teatral persistente desde los primeros años de la lucha independentista,
en las cual la representación viva viene
a multiplicar, magnificar y concienciar a los nuevos ciudadanos de la república frente a su realidad y destino
histórico. Al respecto, dice Laverde Amaya que:
[...] el teatro se mantuvo a despecho de todo,
porque era un especie de templo profano, en
donde resonaban en las tragedias acentos de amor
a la libertad que la multitud oía con delectación
sublime, encarnando en esas imágenes que herían
su fantasía, sus más fieles aspiraciones sociales y
políticas (Garzón Marthá, 1990, p. 107).
En consecuencia, lo que se puede colegir es que antes y
durante la campaña libertadora, en la Nueva Granada se
dio un auge de la representación teatral, especialmente
enfocada en el género trágico, en el cual, siguiendo una
tesis hegeliana, el espíritu (en este caso independentista)
se manifestó por medio de unas formas concretas del arte
(Hegel, 2002, p. 17) y en el que el discurso coyuntural imperante encontró, en las tablas del recientemente fundado Teatro Ramírez, una retumbante bocina para hacer oír
las exigencias de libertad. A esto, habría que añadir que

el cúmulo de acontecimientos vividos a lo largo de una
década revolucionaria, después de casi tres siglos de una
larga y sosegada vida colonial, hicieron que los hombres
de aquel tiempo asumieran una actitud trágica frente a la
vida, actitud que, sin duda, echaba sus raíces en la lectura de los clásicos griegos y franceses, en las concepciones
trágicas del cristianismo campante, pero, especialmente,
en el sentimiento de estar “viviendo en la historia”.
Si imaginamos que después de la revuelta popular del
20 de julio de 1810, asistimos al escenario político de
la Patria Boba, en que se tranzan en la más sangrienta
guerra fratricida los criollos, en aras de dirimir por las
armas el mejor modelo de gobierno para la naciente república; guerra que solo deja ruinas, hambre y muerte
a su paso; y que a ella le siguen los días grises de la reconquista española que lleva al paredón a los hijos más
ilustres de la élite criolla; sumado a la definitiva campaña bolivariana que devuelve la independencia, es de suponer que la conciencia histórica de los neogranadinos
se vio profundamente impresionada, que los vientos
apocalípticos no dejaron de soplar y que la concepción

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de estar viviendo una época oscura de la que emergería
la patria, solo sostenida por el aliento de la libertad y la
heroicidad de sus guerreros, era una realidad tangible.
En ese sentido, se puede decir que la tragedia nacional,
contemporánea de la novela histórica europea, nació
como aquella del sentimiento de “vivir” en la historia,
en tanto los grandes acontecimientos revolucionarios,
como bien señala Lúkacs, convierten la historia en una
experiencia de masas, así, que

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independentista, influido por revoluciones burguesas de
origen ilustrado, el que hizo patente en estas tierras la
mano implacable de unos reyes invisibles, pero que castigaban mediante sus instituciones militares, económicas
y jurídicas; en ese sentido, fue el mismo pensamiento
libertario de la élite ilustrada y la tarea de pensarse la
independencia y el destino americano desde América lo
que le dio presencia y malignidad al poder regio.

[...] la rápida sucesión de estas transformaciones
confiere a los cambios un carácter cualitativo
muy peculiar, borra la impresión general de que
se trata de “fenómenos naturales”, hace visible el
carácter histórico de las revoluciones con mucha
mayor claridad de lo que suele suceder cuando se
trata de un caso aislado [...] Y si tales experiencias
se combinan con el conocimiento de que
parecidas revoluciones ocurren por doquiera
en todo el mundo, resulta muy comprensible
el fortalecimiento de la idea de que hay una
historia, de que esta historia es un interrumpido
proceso de cambios, y, finalmente, de que esta
historia interviene en la vida de los individuos
(Lúkács, 1966, p. 13).
En ese sentido, para los habitantes de las colonias americanas, la historia se hizo algo concreto en sus vidas,
pero asumiendo ribetes de lo trágico; mientras que la
élite criolla se vio obligada a encontrar un medio de
propaganda de sus ideales que, a diferencia de Europa,
donde ya existía un público lector, no podía ser la novela sino el teatro, en el que tuvo que “develar el contenido social y las condiciones y circunstancias históricas de
la lucha, estableciendo un nexo entre la guerra y toda
la vida, entre la guerra y las posibilidades de desenvolvimiento de toda la nación” (Lukács, 1966, p. 14).
También es de anotar que si en las colonias americanas,
durante mucho tiempo, el poder monárquico era sentido desde la lejanía, fue a partir del fervor revolucionario

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Una vez construido discursivamente un poder monstruoso al cual oponer resistencia, también la autoconciencia de época se fraguó en proclamas, memoriales
de agravios, arengas, periódicos y, finalmente, un teatro
trágico, síntesis dialéctica entre lo sensible y lo espiritual
del momento, pues, como bien señala Garzón Marthá:
[...] la tragedia, en la primera fase de su desarrollo,
manifestaba, con singular intensidad, la total
ruptura del hombre americano con un mundo
contradictorio, a la vez propio y ajeno, en el cual
no tenía cabida porque una poderosa fuerza,
considerada antinatural a los ojos de la razón, lo
excluía (1990, p. 109).
Finalmente, esa relación tragedia-historia es dialéctica;
los cauces de influencia se mueven en ambas direcciones y como manifestaciones del espíritu de su tiempo
están pergeñadas de azares y circunstancias siempre
móviles e inaprensibles; pero la evidencia de su mutua
correlación es inobjetable.

La posindependencia
Los autores neogranadinos, una vez ahuyentado el fantasma de una nueva reconquista española y establecido
el orden republicano, se dieron a la tarea de instaurar
la nación a partir de lo discursivo; en este sentido, es
significativo que todas las jóvenes naciones, así como los
regímenes incipientes, necesitan construir unos discursos de identidad nacional y es allí donde se apela a los
medios más directos de comunicación con el pueblo o
con la clase más cercana, mediante todas las instancias
que el sistema vigente pone al alcance del poder. Pero,
antes de ello, vale aclarar una cuestión fundamental para
este ensayo sobre ¿quiénes eran los “padres de la patria”?
Los hombres que dirigieron la Independencia y fundaron la República representaban a una minoría ilustrada,
políticamente comprometida con sus intereses de clase
y económicamente conservadora, aunque de tendencia
exportadora; una minoría que movilizando masas de des-

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arrapados, había hecho la guerra a los españoles peninsulares, porque a sus intereses les convenía una nación joven
para administrar y donde obtener prerrogativas que mejorasen sus condiciones de bienestar; pero que no recogía
las exigencias y las reivindicaciones de justicia social de los
más amplios sectores poblacionales, como esclavos, mestizos, indígenas, campesinos, colonos o mujeres.
La élite criolla, centralizada en Bogotá, a pesar de las
contradicciones internas sobre el mejor modelo de Estado por implantar, no tardó en fundar la nación en
torno al ideal de un pasado histórico que borrara toda
huella de la época colonial, que hiciera tabula rasa a partir de la batalla de Boyacá, partida de nacimiento para
el Estado moderno, pero que se cimentase, a su vez,
en un pasado mítico al margen de la sombra hispánica, para lo que se hacía preciso resignificar lo indígena
como patrimonio nacional.
Fue así como la tragedia se convirtió en el género literario en el que desembocaron las exigencias históricas
de una época germinal ciudadana, pero también el escenario, dado su carácter elevado, en el que se pusieron
en juego las cuestiones y los debates ideológicos más
importantes del quehacer público de una clase interesada en cooptar y mantener un statu quo heredero del
sistema colonial. Como bien señala María del Rosario
Acosta, “lo trágico se presenta [...] como una metáfora
para hablar de la estructura de la realidad, de la relación del hombre con el mundo, con los otros y con la
historia” (2006, p. 4).
Ahora bien, si la tragedia griega se puede ver como una
respuesta literario-dialéctica a un momento crítico de
transformaciones históricas, también es cierto que la
tragedia neoclásica francesa, modelo asumido por nuestra producción teatral inmediata al grito de independencia, asume un discurso representacional en el cual
los textos dan cuenta de lo político desde el poder hegemónico, pero escindido de esas otras dimensiones de la
realidad representadas por las exigencias democráticas
y libertarias de los demás sectores neo republicanos. En

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ese sentido, resulta esclarecedor la tesis de Erich Auerbach, cuando plantea que:
La tragedia clásica de los franceses presenta el
límite extremo de la separación estilística, del
desprendimiento de lo trágico de lo cotidiano
real a que ha llegado la literatura europea; su
concepción del hombre trágico y su expresión
verbal son producto de una educación estética
cada vez más distanciada de la vida media de su
época (1996, p. 365).
De lo anterior, se desprende que los trágicos neogranadinos, imbuidos en su condición de clase y desde este
lugar de enunciación ideológico, construyen una serie
de obras que como Atala, Guatimoc, Sugamuxi o La madre de Pausanias se interrogan por la construcción de la
patria o por la identidad de lo nacional, en contraposición a lo hegemónico hispano, pero siempre en el marco de un discurso extraño de héroes e idealizaciones,
lejos de un espacio de representación democrática y diversa para los diferentes sectores marginados del poder
político-económico central. En ese sentido, es válido
aquel postulado de Alberto Moreira, según el cual:
La identidad ha funcionado en la tradición
latinoamericana como ideologema nacional o
continental al servicio de reivindicaciones antiimperialistas orquestadas por las formaciones
hegemónicas, de cariz fundamentalmente criollo
y burgués, que han dirigido políticamente
los destinos de la región. Pero esos sueños
de identidad nacional/continental encubren
la pesadilla de la violenta homogeneización,
uniformización y represión de sociedades
múltiples y diferenciales (1999, p. 46).
En conformidad con lo anterior, si tomamos como
ejemplo ilustrativo este tipo de literatura al servicio
del poder posindependentista, en la obra Sugamuxi de
Vargas Tejada, encontraremos que el autor camufla su
discurso de clase tras la fachada de una tragedia muisca

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en la que se presenta la confrontación de unos valores
raizales de índole mítico-ancestrales, opuestos al discurso utilitarista, de orden económico, pregonado por los
conquistadores españoles. Pero, la máscara de la representación teatral esconde, en su estructura profunda,
unos ideologemas propios de la minoría dominante,
en los cuales las voces indígenas solo constituyen una
muestra de todos los temas ilustrados de la época sobre
los mundos aborígenes, siempre ligados a los mitos del
canibalismo –aquí sacrificios de vidas humanas a dioses
indolentes– o del “buen salvaje”.
De esta forma, la historia de la conquista sirve para revelar
lo “irracional”, como motivo la decadencia de la cultura
antigua y como modelo por evitar en la construcción de la
nueva nación; sin embargo, lo paradójico es que mientras
en los tablados se mostraba a los muiscas como unos profetas de la nueva tierra liberada, en las tierras de la nueva
patria, los descendientes de aquel pueblo sufrían.
Mientras se representaba la tragedia de la conquista de
los muiscas a manos del imperio español, mostrado este
como un “vencedor soberbio que derrama en el pueblo
conquistado desolación, venganza i cautiverio” (1857,
p. 200); se enaltecen los valores ideológicos sobre los
que se funda la nueva patria, tales como el sacrificio y
la libertad: “Patria i libertad númenes sean sobre todo
preciosos i queridos” (p. 173). O “No importa que mi
sangre se derrame; cuán dulce es inmolarse por la Patria” (p. 197); para, finalmente, condenar las prácticas
idólatras de los nativos, vistos como inferiores moralmente, frente a la raza criolla neogranadina. Es así
como en el epílogo de la obra, un agonizante Sugamuxi
exclama: “¡Abra la muerte su insaciable boca! Mi falsa
religión muera conmigo i del templo perezca la memoria” (p. 227); con lo cual se comprende que en el proyecto nacional propuesto por Vargas Tejada y el sector hegemónico que representa, no puede haber espacio para
los habitantes originarios de estas tierras, máxime si
perduran en su estado de “salvajismo natural”. Por ello,
es comprensible que el mismo escritor, siendo secretario del Senado de la República, en un decreto del 1º de

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mayo de 1826 pedía: “medidas conducentes a civilizar
a los indígenas de La Guajira, el Darién y la Mosquitia,
acusados de llevar una vida salvaje” (Langebaek, 2007).
En relación con lo anterior, tiene razón Alfonso Múnera cuando plantea que:
[...] desde la región andina se construyó una
visión de la nación que se volvió dominante
[...] La jerarquía de los territorios que dotaba
a los Andes de una superioridad natural, y la
jerarquía y distribución espacial de las razas, que
ponía en la cúspide a las gentes de color blanco,
fueron dos elementos centrales de la nación que
se narraba, sin que a un lado surgiera de las otras
regiones una contraimagen de igual poder de
persuasión (2005, p. 22).

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Es de mi parecer que esta razón no explica convenientemente tal fenómeno literario y, en ese sentido, creo que
sí hay una organicidad de la tragedia nacional de la independencia, la cual no solo se enraíza en la tradición
precedente, sino también en las necesidades expresivas
de los nuevos tiempos; y que si esta desaparece es porque también la ideología libertaria criolla que le había
insuflado alientos se desvanece muy temprano.

Expuesto lo anterior, resulta esclarecedor el hecho de
que la literatura, vista como una herramienta de valor
epistemológico y como espacio de la representación del
espíritu neogranadino independentista, no hubiera estado exenta del discurso hegemónico dominante de las
élites criollas.

Sulma, el canto de cisne
Con Sulma, obra de José Joaquín Ortiz, se cierra el breve y fructífero periodo trágico en la incipiente literatura
nacional, una época marcada con fuego por las tensiones históricas suscitadas en las luchas independentistas,
la distribución del poder al interior de las clases privilegiadas y la construcción de un discurso de nación
inmerso en el quehacer escritural de la época. Pero,
contrario a la opinión de González Cajiao, para quien:
La tragedia no fue en Colombia el resultado natural
de tradiciones o de procesos autóctonos; fue más
bien, como tantas otras cosas, la imposición de
una “moda” por parte de espíritus cultivados
y aristócratas que tuvieron la fortuna de poder
deslumbrarse con las “últimas vanguardias” (1989).

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Hacia 1833, año en el que aparece Sulma, ya no quedan
héroes a los cuales cantar loas: los mártires de la época
del terror son una generación trágica y olvidada que surgió muy temprano para la vida republicana. Bolívar ha
muerto en el destierro como cualquier tiranuelo tropical;
Santander no pasa de ser un legista acoquinado; Sucre
sucumbió en el paso de Berruecos; Córdoba cayó como
un vulgar bandolero en las tierras de Antioquia y Vargas
Tejada, el principal rapsoda de la patria, como la Gran
Colombia, no sobrevivió a los vientos secesionistas. Si
este último, en La madre de Pausanias, proclama la muerte
del tirano para salvar la patria, ya no queda patria por la

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cual seguir derramando sangre y tinta, pues los herederos
de la libertad no son más que grandes hacendados esclavistas que seguirán peleándose el poder en cada nueva
guerra civil, como si el mal atribuido a los españoles se
hubiese quedado a vivir en sus hijos renegados.
En este nuevo contexto, en un mundo sin heroicidad alguna, donde solo se ha dado un traspaso del poder entre
clases hegemónicas; en el cual el ideal de patria central
pierde adeptos frente al fortalecimiento de las regiones
que favorecen el desarrollo cuadricefálico de la nación,
y donde empieza a dominar lo privado sobre lo público
con la aparición de una incipiente sociedad burguesa. Es
lógico suponer que el gusto del auditorio haya cambiado
y que, en ese sentido, se privilegie un teatro de la evasión,
en amplia medida despolitizado, lo que se pone de manifiesto cuando Garzón Marthá dice que: “el gusto estético
de la época se inclinaba por los caracteres complejos, las
tramas enredadas, las situaciones ambivalentes, extrañas,
incluso grotescas” (1988, p. 13).
Así termina una época trágica y fulgurante que dará
paso a un oscurantismo literario, asociado en el siglo
xix al debate ideológico-político, en el cual, de forma
gradual, la literatura va cobrando autonomía, en la misma medida en que se abren espacios para la expresión
de nuevas voces subdominantes, que durante aquella
época independentista solo podían subsistir en la oralidad y el folclor; proceso que sucede en paralelo con la
constitución de un estado nacional, burgués y moderno, siempre en crisis. Pero, esa es otra historia.

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Árbol talado

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Escritor
Invitado

John Galán Casanova*

Talaron todas
sus ramas.
Amputado,
continúa atado al negro suelo
que bebe sol.
El tronco clavado
como una cruz.
Talaron todas las ramas,
no tiene semillas
ni frutos.
¿Por qué el aserrador
hizo a medias la tarea?
Árbol talado,
a la deriva,
los muñones a cielo abierto.
Tan cerca y tan lejos
de la luna
los días
la muerte

* Poeta y ensayista. ALMAC N AC STA. Su primer libro, obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven de Colcultura
en 1993. Su segundo libro, El corazó´n portátil, se publicó en 1999. El tercero, AY-YA (1997), apareció en el 2001.
En el 2005 publicó la biografía Luis Tejada. Vida breve, crítica crónica. La Universidad Externado de Colombia
publicó en 2008 la antología de sus poemas Al pie de la letra. En el 2009, entre 118 obras participantes, su libro
Árbol talado obtuvo el XV Premio Internacional de Poesía Villa de Cox, en Alicante, España. La prestigiosa
editorial Pre-Textos publicó Árbol talado en junio del 2010.

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Bandera
la vida.
El hombre sale
y tiende la camisa
en la cuerda.
Arrima el taburete
al tronco
y se recuesta
al fresco de la enramada.
Allí lo asesinan.
La camisa ondea,
bandera

Lava platos
en USA
de una patria vencida.
Abro el grifo
y me sumerjo
en el río del tiempo.
El lavaplatos
es la cascada de la infancia
encogida por los años.
El agua cae
y hace que se arruguen
las yemas de mis dedos.
Ante montañas de loza
como único horizonte,
no me quejo:
el trabajo es simple,
da para ahorrar
unos buenos dólares.
Al regresar a Colombia
construiré una piscina

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Al pie de la
letra, 5
en el patio de la casa.
En la mesa,
como una taza humeante,
el poema servido.
Tomó años
a tientas
concluirlo.
Será leído
en segundos.
Ínfimo
en la hoja,
deshielo
contra viento y marea,
de la sima del silencio
al mar nuestro

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Todo bajo control, 4
de la lengua.
Cómo ibas tú a adivinar,
querido Borges,
que google y yahoo
vendrían a ser
los senderos del jardín
que se bifurca.
No imaginaste
el infinito aleph
en los botones
del control remoto,
ni a ti mismo
como un átomo
en el laberinto de la red.

La TV llegó a cada casa
como caja de Pandora,
como caballo de Troya
a levantar los puentes
del tiempo.
Recluido
a sus anchas,
el televidente:
minotauro
lelo
ante la pantalla,
ahíto de vida y muerte
a domicilio.

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~ Azul domingo ~
Brian Leonardo Espitia C.*

…a una tarde de agosto,
invadida de recuerdos…
...Triste, cálido, azul domingo,
recuerdos multicolor, en el cielo, inmóviles,
al viento vuelan, atados por el indestructible hilo
...de la memoria...
...el ovillo sigue en tierra, en manos de la niña que sonríe.
Devana más hilo, el recuerdo se eleva, enaltecido,
estático, siempre atado en el ovillo, vuela victorioso,
...en medio del azul sin nubes...
...en medio del azul domingo
cientos más serpentean en el cielo,
elevados cada uno por su niño,
sostenidos cada uno por su ovillo,
...¡el enredo inevitable aparece, acaba el juego !...
...retornan, en picada, a tierra los recuerdos,
niña y niño los desatan, se los llevan consigo muy adentro,
sin rencor y sin orgullo, se entrecruzan sus miradas:
...–gusto conocerte –, medita la niña ante el espejo,
...–difícil olvidarte–, piensa el chico en su ventana...
...a través de la distancia, separados,
el domingo, los recuerdos compartidos
...son los mismos...
...en los días y las noches de la lluvia,
de nada sirve que el azul domingo esté soleado,
cuando las cometas, recuerdos enredados,
permanecen en el viento, entre nubes.

* Estudiante Universitario, correo: brianlespc@hotmail.com

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Monótona muerte
Edgar Hans Medrano Mora*

I
Acerca de la tumba que me llama
cuando abrí mis ojos, cuando
lancé mi mirada
apretada como sombra, como roca,
como circunstancia perdida.
No me vi en los libros
que jamás se han escrito, suicidios
de Babel, suicidios míos
junto con mi monótona muerte.
Extendí el mundo que tenía adentro
para verlo por fuera, hasta que muera,
y desconozco todos los mundos, y desconozco
todas las pupilas que desde dentro me inventan.
II
Le doy el perdón a ese día
tan oscuro como el porvenir
de todos ellos, de sus signos inútiles
y de tantas experiencias.
No tenía mucho que decir, no tenía
que irme de donde estoy,
todo está dicho pero tan poco,
son pocas palabras las que nos dibujan
y ya no importan, nada,
ni el día que me nota incansable.
Perdono el día que no escribí,
el día que no pude inventar,
ni un signo, ni un murmullo
me trajo la memoria en la impaciencia.

* Estudiante de Literatura de la Universidad Nacional de Colombia.

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III
Hace poco me ha visto
un tiempo de mañana,
mutismos temblando y
los ojos al sol, son ellos
los que cantan
sosteniendo imágenes.
He surgido dos veces
de este país nocturno,
suelo vivir en oscuridad
con el sol como metáfora,
con la palabra que es
metáfora de la voz.

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V
No puedo surgir
de mí sin repetir nada.
rápida la silente labor
nos amortaja y luego huye.
¿De dónde construir
sin destruirnos un poco?
No puedo mirar
luego de superar mi infinita
ceguera de luz,
pero no soy de aquí
y es poca la niebla que me mide.
¿Cómo vivir
después de haber muerto un poco?

IV
Cosas no vividas
se han vivido, la muerte
y algo más. El viento
que hizo mi rostro,
que hizo lo irrepetible.
De a poco
la arena me busca,
mi mano esculpe el viento
y el terreno abandonado;
he sido la muerte de mi palabra,
he comenzado
la sílaba de mi mutismo.

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Todavía no he visto...
Todavía no he visto
la extensión de lo más lejano
y esas montañas no sostienen el cielo
ni lo gris que se abre
como una mano muerta.
Un día no ha sido menos
por poco, y yo pienso
en lo que no ha existido,
en lo que nunca pensaré.
El sueño ha salido a vivir su realidad,
a marcar el suelo con tizas de color,
a acariciar con sus manos lo que nunca
ha sido, la carne que en dolor se ha convertido,
ese espejo ha mentido y repite,
poco a poco, en cada eternidad,
todas las nostalgias del Tiempo.

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g avia

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m á s

La ventana se abre...
La ventana se abre
y en ella cae el firmamento
y una rama agitada
y la sombra de una vaca. Al oír
el destello rubio
la habitación recibe a la noche
de blanco, como una novia
que solamente muestra sus labios.
Afuera todo se oculta, todo
significa un poco más
y se sobresalta
mientras el mundo interior
no se decide a dormir.
Las tinieblas de adentro se sirven
de la luz para distinguirse
y huir
de las tinieblas infinitas: es el
cuerpo
que teme en su desnudez
al mundo.
¿Para qué los muros, las fronteras
que cuartean y aturden
el curso del universo
hacia nosotros?

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Cada instante ha fundido...
Cada instante ha fundido
fragmentos de deseo
y hoy no quiero ser yo, ni ser otro,
ni la sangre de una espada
que brota en la pared.
Para ser otro, morir.
No hay dolor con aroma de infancia,
ni un placer minúsculo involucrado
con nada, esto es el mundo.
Ya no puedo soñar si la lluvia cae
o en una caída horizontal
que me sepulta de lado
y me iguala y me desdobla
en una taciturna calma mutilada.

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Tejados
Tejados. Son libros abiertos
sobre las casas
y la lluvia se desliza
acariciando el lomo
y las portadas.
Un gato vagabundo
lee lo escrito,
maúlla traduciendo
los idiomas del polvo.
Un río cae de a poco
en esta tarde.

g avia

p a l a b r a s

d e

m á s

Un objeto
habla
Un objeto habla
en ocasiones con su silencio,
a veces,
una roca de papel,
una ruina,
otras,
la vida, un espejo,
que nada refleja,
crea.
Las letras secuestran
los deseos, por partes
pierden a un hombre.
Anochece y son cosas
mudas, alguien
las escucha.
Algún día morirán en grito.

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En el país
del sueño
En el país de mi interior sumergí las anclas
y descendí del barco que me llevaba, dormido,
entré a un infierno verde en donde las personas no existían
porque estaba yo transfigurado en signos,
en sombras que transportaban la mente
con ruedas utilizadas para los sueños.
En él recorrí todo lo profundo y, a veces,
en esta tarde tranquila se posa
un recuerdo acuático sobre la ventana
y sobre los espejos de todo el mundo
que duplican en ojos las muertes derruidas.
Allí grité el aroma del silencio y cada espacio
que me separaba de mi alma, todo callaba
y un triste aire giraba sin alcanzar el cielo
pues fallecía en unas gradas negras
dejándose reposar sobre el polvo, los pedazos de alguien.

y, de a poco, se termina allí
un aguacero que se sumergió en un abismo
oculto entre las nieblas del tiempo,
no del lugar.
Caminé sin moverme en aquella región,
donde a veces, el ruido se detenía
pero sin callarse; moribundo se posaba
sobre los renglones de mis segundos,
de lo infinito que se destaca en lo invisible;
no pude caer, ni morir, ni deshacerme,
porque no se trataba de mi muerte
y mucho menos de mi mundo.
No había universo en el país del sueño.

Una piel crujía, pero era el arrebato
de una eternidad por la muerte
que recorría dispendiosa cada lugar
y en su camino florecían negros los cadáveres.
Todo se repetía y no había un color azul
que me identificara de todos, que me separara
de los vivos que no respiraban
porque el viento se había endurecido
y su cáscara se deshacía
en fragmentos de ceniza.
Y entre ruidos de pájaros que no están, hojas
que se mueven pero sin árbol, una curva
en el horizonte separa
la tierra del cielo

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José Landa

I
"...advertiste cómo el tren parecía entrar
en una catedral olorosa a tisana y a fiebre."
Álvaro Mutis

Las distancias son ópticas. Desde el zócalo de esta estatua se mira La Habana. Así nos hicieron creer cuando
acudíamos a contemplar el horizonte donde ardía nuestra imaginación. De noche, cuentan, se ven las luces de
islas taciturnas, ebrias de mar y mal, de marinos capaces
de cautivar a jóvenes isleñas que se extraviaron de madrugada, en pos de cuerpos ajenos.
Pero, no es verdad. Desde el zócalo de esta estatua nunca se mira nada semejante. Los ojos chocan con el mar.
Abajo la ciudad es un hormiguero donde dioses impíos
caminan y destruyen cada nueva torre de Babel que se
levanta, cada nuevo lenguaje que aparece, cada historia
fugaz que se difunde.
Desde acá arriba el mundo es un abrupto sitio, espacio
donde el tiempo abre su cuerpo como granada que estalla de repente.

g avia

p a l a b r a s

d e

m á s

que han ingerido el agua hasta
explotar sus pulmones ficticios.
Abajo la paloma, la lechuza sabihonda,
los viejos dueños de los mitos del amor o la sabiduría.
En medio ciertas nubes dispuestas
a impedir que un Concorde
llegue a su destino, mientras niños siniestros
arrojan a la atmósfera aviones como cruces,
advertencias como signos de suma
o multiplicación de penurias.
Circular arriba tal si fuera abajo, da igual,
puede apreciarse el vaivén de trenes
que viajan sobre rieles aéreos
en forma de espirales, de ondas como
en un agua gelatinosa,
detenida en el ambiente,
ambiente donde un niño arroja una piedra
desde la ventanilla del tren para formar otras ondas
que se multiplican para que el tren siga andando.
Es el tren de todashoras,
el tren de la tarde que arrastra en un vagón la noche
y en el vapor deja escapar el día.

Abajo laberintos y espejos, catacumbas.
Sobrevolar es siempre un don de peces
que respiran muy hondo,
llenan sus branquias de veneno,
aletean en sueños alrededor del
sol como si polillas fueran
en torno de un foco de cien watts.
Andar arriba, flotar, es privativo
de medusas hartas del océano

* Escritor, pintor y periodista (Campeche, México 1977). Autor de doce libros publicados en México, Guatemala,
Brasil y Canadá. Ex becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes 2004 y accésit en el Premio Luys
Santamarina 2010 (Murcia).

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Es el tren de la película donde
viajan gánsteres, asesinos,
ladrones de bancos, pederastas, mujeres
cuyas ropas huelen demasiado a deseo,
muchachos travestís que asoman la cabeza
por las ventanas para sentir la velocidad en su cara.
Es la palabra tren.
O la imagen del tren.
O el ulular del tren.
O las ruedas del tren.
Lo que se mueve aquí
igual que allá.
Esa serpiente que sesea su cuerpo metálico,
lo arrastra por los rieles del tiempo,
transporta en su andar todo lo que mira y oye,
se mete en todas partes
como una serpiente de sombra.
Es el tren.
La palabra tren.
La imagen del tren.

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El ulular del tren
que anda por todas partes,
seduce a las ciudades,
los valles,
los puertos,
los desiertos incluso.
Acá en esta metrópoli,
por ejemplo,
anda el tren por todas partes.
Como la palabra tren.
Como la imagen tren.
Como el sonido tren.
Como el intruso tren.
Ese tren, por ejemplo,
se convierte, cualquier instante, en el reptil metálico
que asola esta ciudad enferma de por sí
–los rieles donde pasa cortan en dos el cielo–,
vuela a pesar de tanta pesadumbre de sus viajeros,
de quienes transportan en su equipaje

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m á s

el tiempo que duraron observando
cómo moría el tiempo,
fotos de enamorados que murieron
en la guerra contra el abandono,
flores dentro de un libro de álgebra
sin las páginas 21 y 33,
el olor de esos parques donde alguna vez caminaron
del brazo de la tarde,
fachadas de edificios coloniales a punto del desplome,
bancas de hierro donde la herrumbre
instaló sus campamentos,
cartas de malamor,
cantos de sirenas meretrices
que desviaron trayectos de fechas anteriores,
dedales para no pincharse con la rueca de la fatalidad,
camisas de fuerza para trabar las emociones,
diarios íntimos con dibujos de corazones atravesados
por una flecha,
esferas de malabarista,
un disco de música emo,
serpientes disecadas en posición de círculo.
Uróboros. Uréteres que escupen humores fecundos.
Abajo la realidad, la resaca
después de haberse embriagado de tanta
ilusión óptica, arriba.
Braman los grandes trenes,
rechinan sus dientes ciertas máquinas,
un grupo de hombres pone a mojar
sus barbas de resignación
cuando miran al vecino que pierde
la cabeza por un súcubo,
y más abajo los desvaríos,
las alucinaciones por culpa de babeles cotidianas,
Fiura seduciendo traileros en una carretera solitaria,
Trauco penetrando jóvenes bailarinas.
En medio del abajo y el arriba: anillos periféricos,
–esos bordes de ciudades como islas autómatas–
caminos que llevan siempre al punto de partida.
Adentro de ese anillo la metrópoli
condenada a morir en sus propias fauces,
alimento de sí misma y sus pobladores.

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Rolando Revagliatti

Infamélica
Infamélica y yo
socios en la aventura
poética
limítrofe
liquidante
Ella más famélica que infame
y yo
al revés.

Adela
Adela es toda
soltera tanto como
su madre es toda
casada
No avizoramos que Adela
llegue a ser como
su madre
Su madre nunca fue
tan soltera como
Adela lo es.

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Nada es
imposible
No es imposible que sean treinta
los años que hace que no la veo
Con ella convivo
–no es imposible–
desde hace treinta años
Mi ceguera
y ella:
nada es imposible.

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Parejita
El volátil Héctor Thorpe
y la atribulada Esther Torr
linda parejita
andan bien juntos
aunque con frecuencia
tropiezan
y agonizan.

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No es ella
la mujer
No es ella la mujer que me dio la vida
no es ella mi vida
no es ella la mujer de mi vida
ella no se desvive por mí
apunta a mi vida
y me mata.

Se fue
Cuando se fue
se fue por esa puerta
Tardó esa puerta
en cerrarse
Tanto tardó como yo
tardé en decidir
y ejecutar la acción pertinente
Tardé pero lo hice
Sucedió
Obtuve encierro
al irse.

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Madre
nuestra
David6m

Madre nuestra, mía y de mis hermanos, que de la casa
haces un cielo y en ella estás, santificado el obrero que
te amó y te ama. Venga a nosotros tu rebozo de amor,
hágase para ti la tierra, hágase para ti el cielo. Danos
hoy nuestro poema y prepara café, la forma de mis
letras siempre la hace tu mano, no me dejes escapar
del odio que siento hacia los que nos explotan. No
nos dejes desistir en la insurrección, no nos libres del
mal, madre nuestra, mía y de mis hermanos, de tu
luz necesito hoy para blandir unas cuantas mentiras y
hacer feliz al esclavo, o al moribundo. Sea la felicidad
el veneno de dios, sea tu amor la sangre de mi brazo,
sea tu historia la mía, muera yo en las viejas líneas de
tu mano y no en el ajedrez de los dictadores, Amén.

Ayer la
muerte
A Andrés Barbosa

Ayer la muerte de un poeta que yo no conocía y que
sin saber amaba. Eso va para ti, Muerte, mis condolencias porque se te escapó uno de tus bastardos. Ni
una palabra de más tengo ahora, ni un sentimiento
justo, las cosas suceden mientras en un potrero el
viento y el heno se aman homosexualmente, se dan
caricias milagrosas, se suministran vida. Y en las
antípodas o a un metro de distancia mueren poetas,
que bien pudieron ser inmortales pero que deciden
escapar, porque morir es solo renunciar a la Muerte
de hoy, la del manso resuello con el que nos recuperamos de la noche y la sorda caída del telón.

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Vendaval
Davidsaturnodonatti

Y les fue dado, no que los matasen, sino
que los atormentasen cinco meses;
y su tormento era como tormento de escorpión cuando hiere al hombre.
Y en aquellos días los hombres buscarán la muerte, pero no la hallarán;
y ansiarán morir, pero la muerte huirá de ellos.

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Apocalipsis
9, 5-6
El Sol había muerto. La oscuridad era esa llama incandescente que no te deja volar. Ángeles sin alas devoraban el último reflejo del espejo. Mujeres empedernidas
te cocían los párpados. Las cenizas de la luz se desangraban a la intemperie. Por la herida prorrumpían el temblor y el miedo. En el espejo de los ojos de los saqueadores se veían las sombras de los estrangulados. El dios
del relámpago encandilaba los ojos de los despojados.
Negras aves saqueaban el pecho de los cadáveres. Cada
relámpago hacía trizas las trizas de los huesos.
Desde las nubes caían las máscaras de la muerte. Serpenteantes obsesiones granizaban sobre el deseo humano. El grito de las raíces nublaba las respiraciones.
Granizaban los truenos. Los cuervos acechaban los cadáveres colgados del árbol obscuro.
Y otros huían. Ellos huían con una rosa muerta entre
las manos y una estrella, inmóvil, naufragando en su
sangre como un cadáver. Ellos huían mientras el fuego
les carcomía los ojos. Huían mientras el delirio regresaba con sus aspas gigantes y llenaba como torrente la
sangre de sus cuerpos convulsionantes. Ellos huían por
todas partes. Ellos huían hacia ningún lado.
Huían, simplemente huían.
Huían sin cesar.
 
–¿Y de quién huían?
–Huían de ellos mismos.

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¿Quiénes
somos?

Rosita Catalina Isaza Cantor

No hay nombre u ocupación que baste
para definir el ser que nos habita.
Gotas de luz en el océano de la plenitud,
no nos define un credo o una raza...
Somos trasgresores de fronteras cotidianas.
Cabalga nuestro centro por
senderos multidimensionales
sin encontrarnos nunca con la circunferencia impuesta
de un nombre propio que nos vino por azar.
Simplemente hay luz y...
¡Cuán difícil es saberse claridad
en medio de penumbras!
Nos es más fácil envolvernos
en tinieblas pasajeras
y jugar el juego de la vida cotidiana.
No es el azar nuestra ruta
y lo indecible es nuestra meta...

*

Profesional en Estudios Literarios, docente, investigadora, conferencista, gestora cultural y traductora.

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Pétalo y roca

Culpa

A Javier González in memoriam

Habita las paredes,
traspasa los umbrales.
Se yergue ante la ventana
y mira con arrogancia bien fingida
a quienes pasan.

Suave la roca que se deja estar...
No busca llegar más allá del camino por la fuerza.
Fuerte el pétalo de la flor que recorre con el viento
las inmediaciones de su esencia.
Transita el camino,
ligero
y constante.
Ambas, la piedra y la flor,
comparten las miradas del bambú.
No hay apuro para el apego en el devenir

m á s

Es su forma de decir:
“estoy presente
pero duelo hasta el cansancio,
pero sacio,
hiero y soy herida.
Pues culpa soy
y me llamo por las causas olvidadas.
Culpa soy
y me instalo por los miedos.
Se alimenta de penumbras,
pobrecilla,
la culpa que lo puede todo
y que lo calla.
Haríamos mejor
malguardando sus secretos.

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Carpe Diem
Afán ante la muerte ya no tengo.
Tampoco me queda aliento para evitar la vida.
He muerto tantas veces y en tantos seres
que vivir no es otra cosa que un vaivén “ineludible”.
Prisa de la nada,
esta existencia,
nos lleva por eones
ciegos de lo eterno.
Solemos recuperar la vista por instantes
pero caemos
porque nos ata el lazo
de una innúmera mirada colosal,
de una risa lejana,
de un susurro que promete gloria
y pone un precio.

¡Isis, despoja nuestra vida de ilusiones!
...Trae el calor del día que escondes en tu lecho...
...Quiebra este ir y venir de ciclos
cuyo cosmos aún lejano
nos retiene sin vigilia...
¡Corre el velo!
Afán de la muerte, ¿para qué?
¿Para escapar de un giro hacia otra de sus vueltas?
Prisa por la vida, sin embargo,
no aqueja ya esta celda que del cosmos
alberga en su regazo
(prisión efímera y callada)
la esencia que libera hacia la nada.

El lazo no redime
y cuando regresamos
nos cierra la mirada,
apaga el eco de la risa,
va con su gloria trasegando caminos sin rumbo
y nos cubre con el velo de lo incierto.

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Self
Saberte siempre una gota en el inmenso río:
todos tomamos nuestra parte en el correr del agua.
No hay una gota que llene más que otra
No hay una gota que sobre o que falte.
Simplemente hay gotas que están y son.
Se evapora la lucha por saber
quién se acerca más a la humedad.

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Murmulario
Jorge Valbuena

Me pregunto
que puede tener el viento
ahora que respiro desde el fondo.
Me pregunto
si este ahogo es el despojo
de mi sombra,
de esta ebria que camina tras mis pasos
esquivando la agonía que va mojando
el pavimento.
Me pregunto
si es de fuego el viento que ahora soplo
si es su miedo enmohecido
que maltrata los pánicos
el que resguarda la ira
tras una sonrisa penitente.
Me pregunto
si este tráfico
de voz, tragedia y tiempo
es el mismo silencio que nos nombra.
Me pregunto,
me busco
en la mirada inhóspita de tu llanto sabio
que lava mi incertidumbre.
Y mientras llueve desde el cielo que me traza
decido inundarme de tu rostro.
¿Quién sabe de tus lágrimas y de este
misterio que pregunto
sin saber su suerte?
Me pregunto lo que sueñas,
lo que dejas al diluvio.

*

Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana. Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

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Ángeles
nocturnos
Desnudos de abandono
la noche nos acumula entre sus cuerpos.
Gélidos de tiempo y de sombras
armados de lluvias pasajeras
secretos bajo el árbol negro
...
aún vivos

Alguien fermenta en su inanición
a esta hora profunda
bosteza el abandono en la raíz de tu vientre
cruje la canícula.
Bajo las cenizas
el fuego comienza a cicatrizar

viejos
desde la memoria que roen los relámpagos
austeros
desde el despertar.
No es este el cielo de agujas
que oscureció
es otra antigüedad tras el cerrojo
otras pupilas que se observan bajo una masacre
de luciérnagas.
Manos que empuñan la lengua sideral
la astrosa urgencia de olvidar despacio
ahogándonos de oscuridad
lamiendo el polen de las madrugadas
doblando la esquina perpetua.
Empiezan a enfriar los huesos
caen los párpados
los gallos entierran su plumaje
mienten tres veces
picotean a la luna.

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De la claridad
A Amanecer
A la madrugada
despierto sobre tu cuerpo
siempre secreto
allí
entre tus alforjas.
Dueño de la luz que dejaste
bajo mis párpados
o condenado a siempre
perturbar tus
despedidas.
Despierto incierto
y a veces salobre
con el sudor de tu voz
en mi memoria,
con tus manos
delineando el silencio,
con el aroma de la aurora
de cuando te vestías
para los ciegos...
Despierto ciego
soy esta oscuridad que te busca
soy esta piel de ti que se deshace
soy este huracán que dejaste sin océano
soy esta libertad de ti
Que no se agota.

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Canto del
escondrijo
"Ahogado el canto de los pájaros
descienden briznas de plumas
esquirlas de granizo"
Jorge Rojas

En medio de la guerra
un ave construye un nido.
Entre cuerpos talados
delata el límite del tiempo.
Comisura de murmullos
un ayer que desespera.
Alarga su pico al fondo del océano
algo hay de cierto en ese otro paraíso
condenado a la muerte y los enigmas
al hedor de huellas mal hurtadas.
Silencioso y escondido
entre la soledad de un cielo enorme
vacío como esta hora
en que se cae la rama
y forcejean los siglos.

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Extravío

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Harol Bernal*

Un paso, luego otro, un miedo, una piedra en el zapato,
un trámite, una cita -no termina-, el afán por dar un paso,
el interminable miedo, el afán del proceso;
cada estación tan igual a la otra,
tan precisamente diferentes.
Un trámite, el miedo, el afán y la llegada.
Una cita en el arribo, un nuevo mundo,
tan distinto, tan igual, tan idéntico a su antecesor,
un nuevo paso, el trámite, el calor, el frío,
una montaña, un nuevo paso; cuándo
termino, cuándo sigo,
quién decide, no hay afán, pero sigamos.
¿Y después?
Se llega, zancadas tan inmensamente chicas;
a diario otra más, luego otra, ¡otra!
la rutina tan distinta cada día; la distancia
es tan cercana que aleja.

y mientras camino sigo quieto.
Avanzo, pero ¿a dónde?
Diez pasos, cinco, dos
¿qué más da?
Las hojas de mi diario se agotan,
todo es tan distinto, tengo historias;
muchas, distintas, diversas, la misma.
Las cuento y me escuchan solo sordos,
las recuerdan y se publica el “avance”,
¿hacia dónde?
Otro paso, un trámite, una cita,
una historia, una montaña, los extraños, mi casa,
la misma, no he salido; sigue siendo todo
el mismo camino,
el mismo sendero, el mismo paso,
nada, la misma nada
que por siempre será mi casa.

Los extraños, igual que siempre;
tan distintos como antes.
Y son segundos, son horas,
días, meses, años, muchos,
demasiados pasos, llego pero nunca a mi destino,
llego tarde, temprano –no importa.
Sigo, un nuevo paso, el trámite,
el asombro que se pierde, el regreso en espejismos

*

Estudiante de Letras (Universidad Nacional de Buenos Aires).

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Dos igual a uno

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Escritora
Invitada

Ángela Del Pilar Lancheros Mora*

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l silencio de la ausencia retumba en la casa y el olor
a formol aún persiste. ¿Qué si lo volvería a hacer?
¡Sí! Una y mil veces más, aunque... lo sucedido no es
por culpa mía, quien verdaderamente es responsable de
esto es la naturaleza, la misma que hace parir hijos a las
madres y después se los arrebata porque sí, la misma
que juega cuando quiere y se burla del dolor ajeno.
Ese domingo empezó igual que todos los domingos que
había tenido que vivir, o mejor, que habíamos tenido
que vivir. Para mí, está prohibido hablar en singular.
Allí estaba el acostumbrado olor a manteca caliente en
la que se fritaban los huevos revueltos del tío Lucas, los
huevos con jamón de mamá, los huevos con maíz para
la abuela y por supuesto, los huevos fritos, "los dos" huevos fritos para nosotros, para él y para mí, desayuno que
en resumidas cuentas era para uno solo. A mi hermana
la mayor, no le fritaban huevo porque la engordaba y
papá tampoco comía porque le subía el colesterol.
Todo transcurría tan normal ¡tan igual!, que fue precisamente eso lo que me daba ánimo para llevar a cabo
el plan. Hoy nos tocaba ponernos el vestido azul, la camisa blanca a rayas y los tediosos zapatos negros. Cuando lo miraba me daba cuenta de que éramos guapos,
teníamos la piel muy blanca, el pelo oscuro y los ojos

negros azabache, mamá siempre nos engomaba el pelo
hacia atrás y nos hacía caminar juntos cogidos de la
mano como dos mariquitas y es que como contradecir
a mamá si el orgullo de ella era lucir a sus dos hijos gemelos como la unidad, como si dos se redujeran a uno.
Sería imposible olvidar las miradas perplejas de la gente
que nos observaban como curiosidades de circo o las
frecuentes confusiones que los demás tenían cuando
se dirigían a algunos de nosotros. No hubo jamás cosa
que yo hiciera que no hiciera él, no hubo jamás lugar
en que estuviera él que no estuviera yo. Es peor que la
propia sombra, al menos esta no habla y si habla no
tiene la misma voz que uno. Nadie entiende que jamás
pedí venir al mundo con otro exactamente igual a mí
y es que parece que los gemelos estamos condenados a
no ser dos sino uno solo, uno solo hasta la muerte.
La espera casi eterna se hacía cada vez más larga, no hallaba el momento para hacerlo; sin embargo, a su camisa blanca a rayas se le cayó un botón ¡me sentí tan feliz!,
por primera vez había un algo que lo diferenciaba de
mí. La situación era propicia y no iba a desaprovechar
esta irrepetible oportunidad.
Sin pensarlo dos veces me ofrecí a remediar el daño de
su camisa, la excusa perfecta para estrenar las tijeras de

*
Profesional en Publicidad y Mercadeo. Ha realizado varios estudios tanto en su profesión como en el área
de la escritura. Actualmente realiza una maestría en educación con énfasis en psicología y se desempeña como
docente y tallerista. Ha sido finalista del Concurso Internacional Microrrelato Editorial Pelícano. Publicación
Memorias de un amor y otras historias (2010). Ganadora de la Convocatoria Ucronías Historias Paralelas, realizado
por Bogotá Capital Mundial del Libro (2007). Publicación Bogotá historias paralelas (2008). Ganadora del segundo
puesto del concurso literario Ray Loriga para Jóvenes Escritores (2005), realizado por la Fundación Gilberto Alzate
Avendaño. Publicación en el año (2007). Ganadora de la Convocatoria Literatura de Mujeres Jóvenes, Consorcio
La Lupe, realizado por Bogotá Capital Mundial Del Libro (2007). Publicación Yo soy Escritora (2008). Ganadora
de la Convocatoria Ucronías Historias Paralelas, realizado por Bogotá Capital Mundial del Libro (2007). *Fue
Participante de lecturas inéditas en la Feria del Libro 2006 organizado por la Fundación Gilberto Alzate Avendaño.

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modistería de la abuela. Me di la vuelta y con la fuerza
más endemoniada enterré las tijeras en su pecho. Yo
nunca me miraba en un espejo porque viéndolo a él
sabía cómo estaba yo, pero por primera y única vez vi
mi propio rostro y lo vi reflejado en sus ojos negros
azabache o mejor... en nuestros mismos ojos negros azabache, de un tijeretazo le trasquile nuestro mismo pelo
oscuro, le saque nuestro mismo ojo izquierdo, le mutilé
nuestros mismos brazos y nuestras mismas piernas, la
sangre parecía un río por nuestra misma piel blanca.
Sin más fuerzas y asqueado por la imagen de sus tripas
me detuve. Por unos segundos me quedé quieto. Parecía que la ira había escapado de mí, pero ahora era
el dolor quien hacía posesión de mi cuerpo, y no me
refiero a un dolor del alma ni mucho menos de remordimiento, era un dolor físico, carnal, un padecimiento

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que sin morfina fue sedado prontamente por el horror.
Yo en verdad quedé perplejo y paralizado. Cuando observé mi cuerpo; tenía nuestra misma puñalada en el
pecho, tenía nuestro mismo pelo trasquilado, me faltaba nuestro mismo ojo izquierdo, tenía nuestros mismos
brazos y piernas mutiladas.
No tuve necesidad de ver mi cadáver en un espejo, con
ver el de mi hermano gemelo sabia que así me veía yo,
o mejor, que así nos veíamos los dos. Para mí siempre
estuvo prohibido hablar en singular.

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Desconectado
Richard León*

"Mi manera de comprometerme
fue darme a la fuga"
Joaquín Sabina

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espués de notar que yo estaba simultáneamente
feliz y lúcido, una conjugación no solo rara, sino
imposible, ella también quiso sentir lo mismo. Paseaba
lúbrica su mano acariciándose suavemente el cabello,
rizándolo una y otra vez incansable. Claro que sus posibilidades eran restringidas y recurría como con desgano
a las que apenas tenía acceso, todas remitidas a la explotación inescrupulosa de un erotismo tardío y penoso.
Siempre que se iniciaba el recorrido con la extensión
de sus finos dedos, surgía en mí repentinamente esa
sensación de cansancio e impotencia tan poco digna
de todo aquello que pudiera llamarse un buen amante.
Consideraba erróneamente que la felicidad provenía
del encuentro fortuito de nuestros cuerpos, el suyo
como prolongación del mío en una especie de ubicuidad precaria. Sin embargo, no era así. Una felicidad
de este tipo, si acaso cabía llamarla de esta forma, se
encontraba, sin duda, en otro grado y no implicaba necesariamente lucidez alguna.
Lo que ella no veía, lo que sus profundos y húmedos
ojos no alcanzaban a observar, es que sus intentos eran
todos infructuosos y no dejaban en ella más que el espíritu de una deserción fríamente reprimida. Nunca pude
entender por qué la insistencia obstinada cuando en el
fondo ella misma entendía que solamente escapando

pondría fin a tan absurda relación y que, por tanto,
toda acción futura estaría destinada al fracaso. En otro
tiempo, quizá, habría considerado y alimentado su titánico esfuerzo. Pero ahora carecía de sentido y fomentarla no sería más que impulsarla hacia un abismo del que
probablemente no regresaría. Antes, cuando aún existía
la posibilidad, incluso me habría cabido algo de la solidaria magnanimidad del interés fingido, de la gentil
parodia, habría tendido, por qué no, un puente por
medio del cual nuestras mentes pudieran encontrarse
y llegar a comprenderse mutuamente. Ahora, descartadas todas las posibilidades y comportándome como
un déspota, he cortado las pocas conexiones existentes,
cambiándolas por los ecos de un frío intercambio de
voces a las que la mía no responde.
Supuse que su confusión, la explotación de su erotismo tardío buscando sentir lo mismo que yo sentía en
el mismo momento en que yo lo sentía, era producto
de mi aparente y repentino aprecio y llamamiento, expresión involuntaria de esa conjugación notablemente
ambigua, formulado en una descolorida sonrisa dibujándose tenue en mis labios. Quiso comprender en ella,
seguramente, una señal equivocada, una aceptación de
sus esfuerzos, un premio a su insistencia, una razón para
continuarla. Y también supuse, minutos después, que a
ello se debía que, al no encontrar mayor ventaja en el

* Inoficioso ex profeso(r). Estudiante de Humanidades y Lengua Castellana Universidad Distrital Francisco José
de Caldas. Correo electrónico: labetauro@hotmail.com. Blog: http://laudistritopia.blogspot.com.

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empleo de su erotismo, decidiera empezar al otro lado,
paseando lúbrica su mano sobre mi cuerpo, esperando
una respuesta afirmativa, solicitando a mi cuerpo inerme
la atención absoluta a sus lisonjas. Caricias de sus manos
en el abdomen y en el pecho, besos fogosos en los labios
y en el cuello, un transitar de sus cabellos por mis brazos. Nunca antes, como hasta ese momento, me había
sentido tan indiferente hacía una mujer. Mi cuerpo, es
verdad, se encontraba allí, pero era tan frío y distante
como una desértica roca, era completamente indiferente
a todo contacto externo. No sentía absolutamente nada,
ni cosquilleos en las piernas, ni mariposas en el estómago, ni un galopar exultante en el tórax. Nada, a excepción de la cómoda e imposible conjunción feliz y lúcida
que me mantenía plenamente ajeno.
No es que no recordara la ferocidad de su cuerpo felino en la pasión desenfrenada de la expresión amorosa, simplemente es que en este momento de mi vida
me resultaba innecesaria e inapreciable. No es que no
la amara, sencillamente trataba de aceptar la marea
de acontecimientos que me habían llevado hasta este
punto, hasta este preciso momento de nuestras vidas.
Y, realmente, en eso desembocaba la precisión de este
instante, todo lo que sentía, todo lo que era. Se trataba,
innegablemente, de aceptar. De aceptar, que en la carrera contra el tiempo nos estrellaríamos siempre y sin remedio contra el decurso natural de los acontecimientos
del mundo. De aceptar que no había forma de ganarle
como tampoco había razones para hacerlo.
Quizá por eso, mi acción descansaba precisamente en
mi inacción, en una parva pasividad sosegada, en mi
fuga inactiva. Y era obvio que aunque ella tratara de sacar ventaja de esas sencillas lúdicas corporales, de esos
siempre simples y desabridos encuentros cuerpo a cuerpo en que el amor se confunde con el placer, que aunque tratara de construir ligeros puentes de piel y saliva y
lascivia, no había forma de encontrarnos realmente, no
existía una conexión profunda más allá del encuentro
torpe y limitado que nuestros cuerpos urdían insensatos. No pensaba, como me gustaría admitir, en un amor

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que superara las barreras del tiempo y del espacio, un
amor infinito, un amor constante más allá de la muerte. Mucho más modesto que esos fingidos románticos
que llenaban sus bocas de meloserías y trivialidades
melodramáticas de ese tipo, consideraba que el amor
era de aquí y de ahora, de este sentirse vivo y asombrado –aunque yo mismo, ciertamente, no podía afirmar
con certeza si me encontraba vivo o no–, de eso que
antes se traducía en un cosquilleo insobornable. Mucho más materialista, si se prefiere, sabía que el amor,
que nuestro amor, no atravesaría el oscuro umbral de la
muerte, el túnel archipodrido de la repetitiva metáfora,
sino que se limitaría, cuando mucho, a unas exequias
sentidas y sinceras en que las lágrimas suprimirían la
expresión de cualquier otro sentimiento.
El despecho no tardó en llegarle, solamente fue cuestión de desesperar el tiempo suficiente. El rechazo y la
indiferencia, agravios insoportables
para cualquier persona, cobraron
una fuerza aguda y repentina en su
temperamento, traduciéndose en un
llanto excesivo e interminable como
si la materia de la estaban hechos sus
ojos se desbordara deliberadamente
de una vez por todas y para siempre,
señal inequívoca de la decepción y la
rabia que la embargaban al no lograr
sustraerme de la contradictoria lejanía
que nos separaba.

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decirse que anticipaba cada uno de sus pensamientos,
cada una de sus palabras y cada uno de sus movimientos. Secaba irritada sus lágrimas, entendiendo que su
decisión sería definitiva e irrevocable y que una vez tomada ya nada podría hacerse. No, no la culpaba. Después de todo, era la forma más segura para que, finalmente, pudiese encontrar un mínimo sosiego para su
espíritu y su vanidad afrentada. Puesto que no podía
seguirme, tendría que conformarme escuetamente con
un frío consentimiento y una marchita despedida, un
miserable adiós inarticulado.
Después fue el inagotable llanto desde el fondo, el empapado e implacable beso de despedida, la oscuridad
en que se desvanece poco a poco el brillo de sus ojos
y su piel, el monótono y siempre fatal sonido de unos
signos vitales, sonido de mi propia vida, perdiéndose en
la continuidad de una brillante línea que se dibuja sobre
la oscuridad del monitor sin interrupciones.
La confortable fuga del desconectado. Una brillante línea ya sin interrupciones.

Ya para entonces, de las caricias excitantes había pasado a los golpes de
quien siente la impotencia crecer en
su pecho y no halla mejor forma de
expresarla que a través de unos golpes en los que se adivina la frustración que los provoca. Por tan sólo
un instante llegué a sentir que las
conexiones que ella tanto ansiaba se
me desvelaban, que tomaban una forma difusa en mi mente y casi podría

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De vuelta
Richard Jaimes*

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mpezó a soplar el viento, golpea mi ventana, quiere que lo deje entrar para jugar conmigo... estoy
de vuelta, aún me llama, intento no prestarle atención,
pero como no escuchar sus suspiros ahogados... Desea
que salga, para abrigarme y apretarme contra la tierra,
desea mostrarme la naturaleza, tengo miedo... quién
soplará al otro lado de la calle... el viento no es viento,
sino aire que alguien puso en movimiento... me acongoja tener que dormirme, pero el sueño no perdona,
te arranca de la realidad sin pedir permiso... estoy de
vuelta, que lindo sueño, como para no despertar, sin
embargo, me sigue llamando.. .no sé que me llama, o
quién me llama, solo sé que está ahí de vuelta...

* Bogotá, Colombia, 1987. Economista (2009) de la Universidad Externado de Colombia. Actualmente cursa
una Maestría en Economía en la Universidad de los Andes. Correo electrónico: jaimes.richard@gmail.com.

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Compañía
Jhon Alexander Rocha Avendaño*

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o: me siento solo.
Eco: siempre lo has estado.
Yo: ¡solo! ¿Y tú quien eres entonces?
Eco: otra mentira tuya, como las demás.

* Estudiante de Licenciatura en Educación Básica con énfasis en Humanidades y Lengua Castellana, III Semestre,
Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Correo electrónico: jhongocha@hotmail.com

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Un tinte inesperado
Luna Marcela Enciso Ortiz*

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odas las noches entro a un lugar diferente y me
quedo por unas horas. Un bar, una tienda, una discoteca. Tomo algunas cervezas y me dedico a ver sus melenas. Cabezas grandes y pequeñas, ovaladas y redondas
que llevan sobre sí el manantial de mi placer. Algunas
me dan asco repentino. Cabelleras sucias y pegoteadas
a cráneos deformes. Cabezas calvas o con pocos pelos.
Horquilla. Caspa.
Hasta que llegué a aquel bar.
Sentada frente a la barra, de espaldas a la puerta que yo
acababa de cruzar, estaba ella. Su cabello como petróleo
se derramaba y manchaba sus hombros. Una mujer que
inspiraba eyaculaciones tormentosas e intensas. Entré y
me ubiqué en una mesa tras ella. Seguí mirándola. Me
fascinó. En ese momento, levantó el mentón haciendo
danzar suavemente las puntas ondeadas de su cabello
suelto. Me levanté y entré al baño. Me observé frente
al espejo, tras mis párpados, volví a verla. Metal oscuro
que brillaba y chocaba contra su piel. Escuché el tintineo sutil de sus cabellos sobre mí. Sentí la sangre bajando desde mis sienes a mi pene. Contuve el aliento unos
segundos, antes de dar, en mi mente, el siguiente paso.
Volví a mi silla a observar su cabello largo deslizándose
por sus hombros. Cercano a mí. Soltando su aroma en
el aire próximo a mi nariz. Un olor cálido invadió mi
atmósfera y la quise mía para siempre.

Me levanté y la busqué. Le invité un cigarrillo. Ella lo
aceptó y sonrió. Estaba exquisitamente sola. Sin embargo, no atiné a decir algo, el silencio se amplió tanto
que parecía que todo el bar se hubiese quedado mudo.
Ya no escuchaba siquiera la música. Volví a mirarla
mientras ella aspiraba una vez más. El humo se metía
entre su cabello y la atravesaba, la acariciaba. Quise ser
esa blanca bocanada y sentirme aspirado por sus pelos.
Preguntó mi nombre –una muestra de su cortesía– y
continúo preguntando banalidades un rato. Finalmente, percibí su incomodidad. Mi presencia suele causar
ese efecto. Así que tuve que dejarla y volver a mi mesa.
Pasó un minuto. Un minuto tan extenso como el cabello más largo que conocí, latió difuso en mis pupilas
mientras no dejaba de mirarla. Intentaba aprender de
memoria el baile de su pelo sobre su cráneo. Me levanté, volví a acercarme a ella y pedí otra cerveza. Así
pude observarla desde un nuevo plano, arriba, a pocos
centímetros de su cabeza. No tenía raíces visibles, su cabello no olía a tintura. No había una sola cana u oscuro
pelo ensortijado, entrometido en tan liso terciopelo.
Ningún químico o artefacto inocuo de belleza parecía
haber tocado el nido de mis ensoñaciones.
Mi pasión aumentó, aunque se había apaciguado en
otras ocasiones al encontrar cabelleras sucias, mal lavadas o llenas de sustancias cremosas, mantecosas o espesas. Añoraba un cabello en el que pudieran entrar mis
dedos con facilidad, un cabello lacio que me permitiera

*
Bogotá, Colombia, 1981. Escritora por convicción y de oficio. Siente fascinación por el cuerpo femenino
y se deleita escribiendo sobre él. Su primera mención de honor la obtuvo en 1999 con el segundo puesto en el
IV Concurso de Poesía Erótica Palabras e Instantes de la Universidad Pedagógica Nacional. En el 2005 ganó el
II Concurso Literario Úmpala de Sic editorial. Ganando como premio la publicación del cuento Alicia en una
antología de esta editorial. Actualmente pertenece a la comunidad de los cuentos.net.

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jugar con él, hacerlo mío, resbalarlo por mi cuerpo. Y
ese, era el cabello de esta mujer.
Me alejé con pesar, no podía articular palabra. El repique de su cabello retumbaba en mi corazón como
la sangre en mis oídos. Nuevamente me sentí mudo
y detenido en el tiempo. Solo su cabello flotaba entre
las yemas de mis dedos y el espacio que nos separaba.
Sentí la premura de tocarla, de sentir cada hebra como
cuerda de arpa entre mis manos. La tersura de su piel,
su lanosa nuca. El altar de mi ensoñación donde su cabello surgía como torrentes de líquido negro que nacía
a la superficie y no se cansaba de manar. Tenía, además,
que olerlo. Aspirarlo como polvo negro por mi nariz y
embelesarme, drogarme con su belleza.

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preguntaron mi nombre, pero a ninguna quise contestarle. Me dieron asco. Sus pelos sudaban junto con su
piel. Mantecosas extensiones de sus poros. Y no lograba
encontrarla. La casa no era lo suficientemente grande
como para haberla perdido así que mi conclusión era
que ella se había ido. Ya no alcanzaba a percibir el aroma a grafito, dureza negra de mi altar. Estaba a punto
de gritar y aullar cuando la vi venir hacía mí. Me encon-

Se levantó y su cabello rozó lejanamente la burbuja de
mi espacio. Olía a limpio, recién lavado como cabello
desordenado con toalla húmeda a las 8 de la mañana.
La vi irse y escuché nuevamente el mecer de sus cabellos al cruzar la puerta. Tuve que salir rápidamente, no
podía perderla. Caminé tras su cabellera durante unos
siete minutos. Perseguí el aroma de cada hebra azabache
que se soltaba entre el breve espacio que nos separaba,
cuando se detuvo, casi hundí mi nariz en sus pelos. Volteó a mirarme y ni una sola parte de su cuerpo delató
susto o miedo, si es que realmente lo sintió. “Ah, tú...”
– dijo, bajando un poco la entonación hacía el final de
la última sílaba–. Una leve decepción que me molestó.
Le pregunté a dónde iba y si podía acompañarla. Me
miró de arriba abajo. No sé si fue su desparpajo o mi
fisonomía la que produjo ese tinte de confianza, pero
me dijo que sí. Terminamos en casa de uno de sus amigos. Acabé metido en una fiesta en la que ella no se
preocupó por presentarme y yo, que no había tenido el
ingenio de preguntarle su nombre, así que en últimas,
no sabía con quién estaba. Traté de no perderla pero
finalmente la perdí. La desesperanza se apoderó de mí,
la ansiedad corroía las yemas de mis dedos. Mis dientes se desquitaban con terrible furia despegando carne
viva, dejando hendiduras de sangre. Muchas mujeres

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traba en una de las sillas de la cocina. –Pensé que me
habías dejado – me dijo. Su voz lenta y desentonada,
su aliento lleno de licor y babas. Se sentó sobre mis
piernas y lamió mis labios, luego, me besó. Finalmente
la sensación de placer se sentó sobre mi piel. Su cabello acariciaba mi rostro. Desprendía suaves bocanadas
limpias en mis fosas. No me importaba nada más que
poseerla. Ella me llevó a la cama esa misma noche, después de mucho alcohol que aún no lograba sacarme de
esa parálisis que sentía al tocar el grafito que se esparcía
como hebras por su cabeza.
Tuvimos sexo tantas veces como pude contar.

La segunda vez, llevaba su cabello recién lavado, con olor
a frutas, sedoso y limpio. La tercera, una cola de caballo
atada alta y con fuerza que hacía que sus ojos se achinaran y le daban un toque de elegancia extremo. La cuarta,
exhibía unas hebillas, que resaltaban su ternura, hasta
ahora, desconocida para mí. A la quinta, unas trenzas
deliciosas, pequeñas, resbalaban desde su nuca dejando
ver esa fuerza innata de mujer rebelde en constante guerra con el mundo. La octava, llegó con unos rizos que
se enrulaban hermosamente alrededor de sus pómulos y
caían gráciles sobre su cuello y sus hombros, una figura
de porcelana sólo para mí. Una musa, una diosa hecha a
mi deseo, un Ángel que bajaba a mi entrepierna y prometía cumplir todos mis sucios y dulces caprichos.
María, se llamaba María. La mujer que me hacía perder el juicio. La mujer a la que quería absorber, tomar
cada hilo oscuro de su melena
y envolverlo en mi cuerpo, llevarlo como una parte de mí.
La novena vez, olía mis axilas
cuando se levantó bruscamente y me dijo que quería cortarse el cabello. Intuí que quería
ver mi reacción pero no pude
contenerme. Ese cabello era
lo que amaba en ella.

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–Voy a cortarme la melena.
–Ajá
–Es en serio. Me cansé de llevar el pelo largo.
–¿Estás loca? Tu melena es hermosa. ¿Cómo piensas
que puede terminar en el piso de cualquier peluquería?
–Eso es lo de menos, igual vuelve y crece. ¿Qué te parecería un rapado de aquí hasta aquí?
–No me parecería.
–Bueno, no te estoy pidiendo permiso, ¿cierto?
Entendió demasiado pronto mi fascinación por su cabellera, se sintió defraudada por mi obsesión. Nada había
entre nosotros más que el gusto por su hermoso cabello.
Eso creía. Entonces empezó a buscarme con el apuro de
alguien que quiere acaparar y rebosarse de aquello que
sabe que pronto terminará. Desafiante, cumplió todos
mis deseos. La décima y última vez que tuve sexo con
ella, acarició cada parte de mi cuerpo con sus cabellos.
Estaba de pie, desnuda, junto al cabezal de la cama,
dándole la espalda a todo el cuarto. Dándome a mí la
bella visión de su cabello flameante bailando como fuego encendido sobre su espalda erguida. Aspiré el aroma
que reinaba en el espacio que nos unía. Escuché cómo
su respiración cambiaba de ritmo y la toqué. Pasé las
yemas de mis dedos desde sus rodillas hasta sus suaves
nalgas. Las acaricié y baje las palmas de mis manos hasta
su pubis delicadamente depilado. Metí mis dedos entre
las sonrosadas carnes que se me ofrecían y aspiré suavemente el olor de todo su cuerpo a través de su hermosa
cabellera. La dejé mientras quitaba de mi cuerpo las
ropas que ya no necesitaba. Sin mirarme aún, la tomé y
le hice sentir la excitación que
me invadía contra su trasero.
Tomé su rostro, lo ladeé hacía
mí y la besé. Pasé mis dedos
entre cada pelo. Acaricié sus
orejas. Besé su aterciopelada
nuca. La tumbé de frente sobre la cama. Detrás de ella revolqué y despeiné suavemente
su melena haciendo maromas

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sobre su cráneo. Monté sobre su cuerpo e hice círculos
con mi pene sobre ella. Dejé rastros circulares de líquido preseminal sobre su cutis. Quería sentir la calidez
de su piel, encerrar mi miembro entre las redes de esa
melena oscura que se presentaba a mí con la infinitud
del universo. Sobre ella, detrás de ella, aún con la visión
de ese manantial oscuro que no paraba de surgir de
entre los poros de su cabeza. Mi pene palpitando sobre
sus nalgas, me recosté suavemente poniendo mi rostro
sobre el río oscuro de mi obsesión. Abrí sus piernas con
las mías y la penetré despacio, mientras olía su nuca y
aspiraba fuerte como si en ella hubiera alguna droga
desconocida que me enloquecía. La embestí ferozmente y cuando sentí que estallaría en miles de burbujas
oscuras lavé su melena en semen y lo volví una mezcla
de su olor y mis fluidos.

sita, al lado de la cama. Me acerqué por su espalda. Con
el peine marqué delicadamente una línea horizontal en
la parte baja de su cabeza separando su cabello. Tomé
los rizos cercanos a su nuca. Hundí mis dedos con ligereza separando varios mechones y tejí, con admirable
agilidad, dos hermosas trenzas que caían como inertes
sobre su piel. Me detuve. Repetí: como inertes sobre
su piel. Allí lo supe, no tenía sentido quedarme con
aquellas trenzas. Todo su cabello debía ser mío, desde
esas hermosas raíces hasta esas bien cuidadas puntas.
Me detuve y la miré. Creí ver un resplandor extraño
bajo sus párpados. Deslizó su mano en el bolso y extrajo unas tijeras relucientes que rebotaron su brillo sobre
mis ojos y me hicieron parpadear, al darme cuenta de lo
que realmente estaba sucediendo. Ella tenía preparada
su despedida. Yo, acababa de preparar la mía.

Aspiró y espiró suavemente contra la almohada, mientras yo me acurrucaba cerca, sepultando mi nariz en su
húmedo pelo. Luego, aún con rastros de sudor sobre mi
cuerpo, me levanté. Saqué un peine del cajón de la me-

Tomé las relucientes tijeras y corté con firmeza y entera
serenidad su cuello. Cerró los ojos, mientras una lágrima resbalaba por mi rostro. Fue cuando supe que me
había enamorado perdidamente de ella.

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Espera
Julián Acosta Riveros*

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evanto la mano. Empuñada hacia fuera tiene una
forma curiosa, como de caracol; me quedo contemplándola, nudillos pálidos rodeados de rojas escamas. Me recuerdan un poco a los ojos de Padre. Miro la
puerta y creo que, quizás, pero no, debe estar ocupado.
Leyendo, quizás. Uno de esos libros grandísimos que
yo jamás podré llegar a leer, y por los que él siempre me
reprocha mi condición de pésimo lector. Yo, como el
hijo de doce años, débil e inofensivo, él, El Padre. Mi
Padre. Aunque siempre que lo pienso, considero que
Él es demasiado para mí, con su fuerte voz, sentado
en su inmensa silla y luciendo esas manos que podrían
triturar a cualquiera. Especialmente a mí, aunque eso
implicaría que él me determinase, lo cual ya sería una
ganancia. Al menos lograría expiar este malestar de no
estar haciendo lo que debo, como jugar más de lo que
tengo permitido, leer menos de lo que me imponen, dejar de hacer tonterías como estar detenido, sin atreverme
a golpear, al frente de esta puerta alta y maciza. Como Él.
Me estoy cansando del brazo, mi cuerpo se tensa y un
sudor frío recorre mi espalda de nuevo como tantas veces: cuando perdía una materia en el colegio, tenía problemas con mis amigos o en las furtivas y nada fructíferas relaciones de mi adolescencia. ¿No estoy lo bastante
crecido para esto? Debo golpear y entrar, decidirme a
sobrepasar esta terrible muralla que se ha elevado ante
nosotros. Mas no deseo, de todo corazón, interrumpirlo, así sea la lectura de esos folletines de quinta que le
encantan, y en los que se apoya para someter a aquellos que se le acercan mediante una paupérrima pero
nada inconsciente retórica. Ahora me estoy mirando
las uñas, mordidas por el nerviosismo, dedos manchados de tabaco. Debería dejarlo para otro día, pero no,

*

ya estoy aquí. Es hoy o nunca. Pero la verdad es que,
a pesar de mis treinta y tantos años, me siento terriblemente inseguro, al igual que cuando era pequeño
mas, ¿qué me lleva a pensar que no lo sigo siendo? ¡Es
emocionante! Por un descuido mi mano alcanzó a rasgar débilmente la puerta, pero ahora descansa como un
miembro muerto en mi regazo. Nos deslizamos por la
pared hasta el suelo, esta babosa indecisa y yo.
Mi hermana entra al cuarto como si nada, sólo un par
de lágrimas en sus ojos. Antes de cerrar lentamente la
puerta me mira casi extrañada, pero no, parece otra
cosa. Yo, pobre desgraciado, ella, la favorita de Padre;
seguramente ahora lo está contemplando, sentado en
ese sillón que siempre me parecía que le quedaba demasiado pequeño a su enorme figura. ¿Por qué tenía
lágrimas en los ojos? Levanto la mano que quizás, en
un nuevo descuido, se acerque y esta vez el rasguño sea
menos débil. Pero no... Exhalo un profundo suspiro,
mi hermana sale (<>) mientras yo pienso que, quizás
algún día, me atreveré. No lo sé.

Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Correo electrónico: jarvirtual@hotmail.com.

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Los sonidos
del silencio

(Cuento para leer en voz alta)
Carolina Ochoa

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ac tac, tac tac, tac tac. Los pasos del segundo piso
siempre retumban. Tlin tlin tlin, las tuberías siguen rotas, todo en este lugar es una ruina. Está amaneciendo, la luz es como un muro y el tiempo se me agota.
Tic tac, tic tac, tic tac. No puedo decirte, el habla me es
negada y censura cualquier tipo de pronunciamiento,
estás ausente, presente, nacente, demente, silente en
este cuerpo mío. Me afirmo, me fundo; me miento, me
tiento; me reto, me hiero; me pasmo, me entero; me
digo, me callo; me creo, una y otra vez. En tu cuerpo
una y otra vez.
Intento salir, pero no puedo. Los referentes me asfixian, los objetos me lastiman, la luminosidad prosaica
del mundo diurno me traslada hacia lo ininteligible,
ilegible, ininterpretable, imposible, irredimible, insondable, irremediable, inmensurable. De nuevo yo, la
esperadora, enamorada, asfixiada, encantada, embriagada, ultimada, cansada, volada. Shhh, shhh, shhh, el
viento se ha colado por otra ventana, “mariposa vagarosa que vuelas de rosa en rosa”, decía mi madre. Crac,
crac, el vidrio parece romperse, quebrarse, fracturarse,
derrumbarse, mientras me esparzo por el suelo. Beso
tu rostro en mi memoria. Hay un revólver encima de
la cama. Frío, impío, desvarío. Alucinada, arrepentida.
Tac tac, tac tac, tac tac. Tlin, tlin, tlin. ¡Pum!

*

Profesional en Estudios Literarios, Pontificia Universidad Javeriana. Correctora de estilo.

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Diana Carolina Cabrera Gómez*

oz Grave de Hombre- Sé nu verde cremoso
que el eco de trompetas-follaje
se acerca hasta ser puntillas
manchadas con hematomas desvanecidos.

V

VGH- Ser inoculado por emanaciones
de pistilos desflorados,
amar cuerpos traslúcidos
hechos de filamentos de coral y hueso.

Voz Aguda de Hombre- Hay tristezas que se atascan 
en los ojos y en el paladar.
El mar se ahogó en sí mismo
y se ha podrido 
en una caja de perfume extinto.

VAH- A veces
los rápidos subterráneos son asaltados
por invocaciones de suspiros.

Eco Mujeril- Vaina estipante de iris inquietos que
sueñan con ver. La flor bipetal ha de florecer.
VGH- Dancemos sobre un hilo de seda y viento
pues la vida y la muerte
se rozarán en tus fibras
entrelazadas de piel. 
VAH- Que tus pasos floten
en la película aterciopelada
que se balancea en el vacío sin fondo.
VGH- Vivir acantilados que poco a poco
son flanqueados por salvas
de huracanes.
VAH- Dicha la tuya
que es dormitar sobre un brillo carnívoro,
muerde a tientas todo ladrillo
de agua y vientoEM- Azul refrescante, blanco serativo. Las llagas que
lanzan sonidos se han desprendido de la carne.

*

EM- El espiral eterno se aferra a tus piernas hasta que
te conviertas en polvo.
VGH- La sangre se hunde en dunas de carbón,
la voluntad desaparece en la obediencia
hasta hacer del alma
un artefacto cataléptico
VAH- Lepra hecha piel,
dolor escondido en los rincones
de mis nervios.
Tu calor blanco astilla mis huesos
durante tus sueños.
VGH- Mi lengua se ha descarnado a sí misma
tus letras corren por mis heridas
mientras tu nombre se muere
en la comisura de mis labios.
EM- Tu aliento castañetea y el baile nervioso de tus
labios hipnotiza.
VGH- Tus ventanas de aire
se contraen al unísono de mis pisadas.

Profesional en Estudios Literarios, Cel: 3116090223. Correo:tombolaborgiastica@hotmail.com

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VAH- Me arranco tus campos
hasta verte morir de hambre.

Partes de mi cuerpo verás
regadas por tus andenes. 

VGH- Mi sobrecama succiona
la tersura de tus acacias.
Los grillos antropófagos devoran 
los últimos palmos de tu aliento.

EM- ¿Dónde estás? No me conformo con el túmulo de
piel que da reposo al recuerdo
Llanto Bajo Verde- ¡Marfil ennegrecido por el sol! Su
timón aún se sacude

VAH- Guiños reflejos
vomitan tu iris incoloro.
Llanto Alto Perlado- Hay una flor tripetal, pero no veo
ninguna rama abemolada.
LBV- Las flores bipetales están casi extintas, al parecer,
el veneno del cáliz tripetal las ha marchitado.
LAP- No logro escuchar la armonía de los fasoles, cada
vez es más difícil saber cuándo es verano-invierno.
LBV- ¡Mira, un pétalo de Fasol! Sus últimos acordes se
deshacen en los ecos vestigiales del invierno.
LAP- ¡Que azul, que azul! ¿Qué melodía están crujiendo mis huesos?
LBV- Suena al liebestraum de Liszt.
LAP- No, no. Emulan la versión de la paloma interpretada por Elvira de Hidalgo.
LBV- Creo que ha mutado a Calipso
LAP- ¡Que azul, que azul!
VAH- Jugaré a la golosa en la lozanía
de tu piel ausente.
Colgaré mis espaldas en tus ganchos verdes
para no levitar en el abismo
de un limo famélico.
VGH- Oquedades nanométricas has dejado
¿Gusanilla?

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En una batica de tul
Mueren enredados los peces
que hacen sus nidos en acantilados.
VAH- La saliva de mis piernas
ha ahogado tus poros,
de la fuente de mi mirada
solo lleve pus.

VGH- Mi rastro sanguinolento
está surcado por atajos
mis caminos sucumben a latidos
que se desbordan en cada respiración tuya.

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El efecto realidad
Francisco Enríquez Muñoz*

¿

Qué diferencia hay entre el coito representado por
un pintor y el orquestado a seis manos por un cineasta y dos actores? Medio de ánimo altamente representativo, el cine siempre ha sido visto, por críticos y
censores al unísono, a través de un lente con más dioptrías morales que sus contrapartes en pintura, escultura, danza. Una orgía delineada por ínfimos trazos es
representación de divinidad hinduista; un espectáculo
como el Zumanity del Cirque du Soleil es arte light para
la masa adinerada e incauta; Rodin y sus mil muslos de
mujer son pieza de museo. Pero el filme que contenga
el close up de una vulva moviéndose sin recato sobre un
alebrestado pene, succionándolo hacia dentro y expulsándolo parcialmente luego, no. Porque ahí el coito no
se disimula: se exhibe, como desde hace décadas lo hacen el llanto, la muerte y la alegría, en toda su desnuda
carnalidad. ¿Cuál es entonces la diferencia? La realidad.
La imaginación ha muerto y la realidad (sea lo que sea
eso) se ha coronado nueva reina del mundo, ocupando
el trono que no hace mucho pertenecía a aquélla.
La Historia se había escrito hasta ahora con el lenguaje
de los mitos, entreverada de fantasía, de invención y de
magia. Eso es: la Historia venía a ser puro relato, mera
literatura o, en el mejor de los casos, incluso leyenda.
Pero el final del siglo XX exhaló las últimas provisiones de imaginación que nos quedaban tras dos guerras
mundiales, una Guerra Fría y un nuevo mapa del orbe.
Ya no tenemos ni una gota de ficción con que aliñar
nuestro doloroso camino como especie. A partir de
aquí la Historia se contará con la apabullante sencillez
y cercanía, la veracidad, de un video casero. Digamos

*

adiós a los viejos archivos y legajos. La realidad es plana
vista a través de una pequeña pantalla.
Si se fijan un poco todo tiende a teñirse de realidad
cada vez más deprisa. Pareciera una eternidad desde
que series como La familia Partridge, El show de Bill Cosby, Dimensión desconocida, Blanco y negro, Hulk, El hombre
nuclear, La mujer biónica, Los dukes de Hazard, El auto
increíble, Automan, Alf, Los ángeles de Charly, La mujer maravilla, Xena, La niñera, Los guardianes de la bahía, Beverly
Hills 90210 aparecieran en horario estelar. Ahora, en
estos tiempos ya no tan inocentes, no es raro encontrarte en la pantalla chica desnudos totales y encuentros coitales en los que se muestra todo. Los reality porn
(difundidos ampliamente en Internet desde hace años),
donde profesionales del metesaca conviven con gente
“común” en un ambiente controlado, tienen como
objetivo comprobar si los aspirantes poseen la madera
para ser parte del imperio de los gemidos. El ensayo y
la biografía están cada vez más en boga. Las películas de
ficción parecen documentales reales (véase El proyecto
de la bruja de Blair, Alien Abduction: Incident in Lake County, Diary of the dead, Memento, La última película de terror,
Rec, The rise of Leslie Vernon, Los niños del hombre, Senseless, Mordum, Cannibal). ¿Hay algo más descaradamente
real que el detrito, que una simple caquita envasada?,
como ya hizo en 1961 el artista Piero Manzoni poniendo a la venta noventa cajitas con dicho contenido y la
denominación Merda d’artista. Y en 1991el fotógrafo
Jam Montoya empezó a producir la “Serie negra”, un
conjunto de imágenes en blanco y negro que nos recuerdan, de forma real y sin contemplaciones, que las
mujeres hermosas también hacen caca (véase Defecación
suspendida y Defecación convencional). Así, hemos llegado

pornocochinon@yahoo.com.mx

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al actual estado del arte en el cual ya no se busca belleza
sino que se busca realidad. Porque, en teoría, según los
preceptos de los iluminados con vocación censuradora,
el arte consiste en la producción de algo (una escultura,
un cuadro, un libro, una melodía, una fotografía, una
película) cuyo objetivo final sea la belleza.
En la porno setentera se mostraban personas con vello
y con cuerpos no-ideales en actos sexuales que no estaban fuera de la realidad (felaciones, cunnilingus, sesentaynueves, penetraciones vaginales en las tres posiciones
básicas: mujer arriba, mujer abajo y de a perrito). Ahora
una producción de exuberantes muñecas y musculosos
gigantes haciendo tríos a bordo de un lujoso yate en el
Mediterráneo no es competencia para un video de celular donde una chica flaca y un muchacho gordo fornican
alegremente en la azotea de la casa de los padres de ella,
porque el segundo caso es real y mirar cuerpos desnudos no-ideales es también un ideal, como quien adquiere
las grabaciones de conocidos moteles de su ciudad para
observar los actos sexuales de su prójimo y de sí mismo.
Esto ha dado pie a que jóvenes comunes y corrientes,
cuya edad promedio se ubica entre los dieciocho y los
veinte años y cuya experiencia sexual es baja o nula, realicen y graben videos triple equis. Estos videos se llaman
Olya, en honor a una Lolita rusa que interpretó y “subió” a Internet material de este tipo. La tierna inexperiencia de esos polluelos dista mucho de las rudezas y
acrobacias que se desprenden de las producciones de metesaca hardcore a las que los fans estamos acostumbrados,
pero al fin y al cabo esa inexperiencia parece real, a veces
demasiado real, y eso es, precisamente, un ideal, una fantasía. Y combinar hechos reales con hechos ficticios crea
el engaño más poderoso, el efecto realidad.
A principios de la década de los ochenta, Annie
Sprinkle fue tutelada por una actriz porno más experta,
quien la llevó a su casa y la colocó frente a un espejo
para que aprendiera un dato clave: cómo hacer mamadas de forma fotogénica y clara. Lo que Annie aprendió en esas sesiones fue mejorar la ilusión de lo que
entonces se entendía por un acto sexual real. Hoy sus

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calistenias triple equis lucen artificiales porque lo que
ha cambiado no es la naturaleza del acto, sino la forma
en que esperamos que se retrate en la pantalla. Hoy se
cotizan en alza las experiencias auténticas, únicas, verdaderas, que no sean una puesta en escena. Se busca la
realidad –o, por lo menos, algo que así lo parezca.
Como tantas otras cosas en nuestro tiempo, la Navidad es algo que ha abandonado la realidad y ha pasado
a pertenecer al territorio de la ficción, es decir, al del
fingimiento. La Navidad es una prueba fehaciente del
increíble poder persuasivo de las obras de ficción, que
hoy en día impregnan y contaminan el mundo hasta un
extremo difícil de calibrar. En el siglo XIX, quien quería
alternar su vida real con unas dosis de vida ficticia, no tenía más remedio que acudir a los libros y a los folletines;
y quien, por el contario, abominara de lo imaginado, podía pasar sin dificultades su existencia entera sin cruzar
nunca el umbral que separaba con bastante nitidez lo
vivido de lo inventado, lo experimentado en la propia
carne de lo solamente fantaseado, ensoñado o contado.

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A veces, la realidad aplastante se empeña en presentarse
disfrazada de ficción, y de calibre grueso. Ya nos costó
mucho a todos asumir que aquellos aviones que chocaron contra las Torres Gemelas eran reales y no fabricadas imágenes de una película. Y que el subsiguiente
desplome costaba en verdad la vida a personas que no
eran extras ni creaciones de computadora.
Yo suelo encerrarme en mi casa para ver películas, para
refugiarme en la verdadera ficción y huir de esa otra
ficción bastarda a la que aún llamamos realidad.
Aunque la realidad sea mucho más libre y menos exigente que la ficción, aunque en ella quepa todo y no esté
sujeta al concepto de “verosimilitud” –lo que sucede no
es susceptible de ser o no creído: sucede y basta–, aunque se den en la vida circunstancias e historias que no
admitiríamos en la ficción por un exceso de coincidencias o porque resultarían demasiado forzadas y traídas
de las greñas para darles crédito, aun así lo real también
depende un poco de su apariencia, o en alguna medida, se rige por cierta convención estética, en el amplio

En cambio, en nuestra época, esto último es casi imposible y lo primero (la alternancia) se hace arduo: vivimos en un mundo tan saturado de ficciones que nadie
puede sustraerse a ellas o a la huella que dejan, cada vez
más marcada, en el espíritu y el carácter de los contemporáneos. La ficción, antiguamente, se alimentaba en
buena medida de la realidad a la que tenía como referencia excepto en aquellas obras que eran clara y deliberadamente fantásticas. Hoy sucede al revés: no es solo
que la realidad imite al arte, como dijo Oscar Wilde, en
primer lugar, y luego han repetido tantos, sino que el
arte condiciona y domina nuestra realidad, como prueba a menudo el cine. Por ello, rara es hoy la situación
en que alguien puede encontrarse a lo largo de su vida,
raros son los sentimientos o las dudas o las obsesiones
o los odios o las pasiones o los orgasmos que pueda
experimentar (rara es la vivencia), que no hayan sido
tocados o usurpados por alguna ficción, a la cual ese
alguien se verá remitido inmediatamente o, por decirlo
de manera más cruda, por segunda vez.

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y elevado sentido de este adjetivo. ¿Cómo es posible
que Osama Bin Laden haya aparecido en un largo y
soporífero video que parecía sacado de una aventura de
James Bond? Que irrumpa en la pantalla de la tele un
tipo con barba larga, turbante y estudiado aspecto de
iluminado cruel y místico, anunciando la destrucción
de Occidente y de los “infieles”, causa el efecto realidad.
Más aún, cuando se suponía que el sujeto andaba por
ahí escondido en unas cuevas, acosado por los ejércitos
y los servicios secretos del globo entero y, sin embargo,
lucía unas ropas blanquísimas y planchadísimas que
hasta en tiempos de paz y en un palacio habría sido
difícil tener así de radiantes y estiradas. No me nieguen
que la realidad más dura se sobrelleva mejor cuando al
menos se empeña en parecer ficticia.
Los condones previamente usados y luego arrojados a espacios destinados a un coito (o sea, arrojados a cualquier
parte), se convierten en las huellas de algo invisible pero
explícitamente señalado por los signos que lo atraviesan.
Del money shot al latex shot, del cuerpo sexualmente explícito a la sustitución de la corporalidad por sus rastros.
He aquí la realidad, donde los vestigios de una furtiva
actividad sexual (manchas, condones, pañuelos desechables) conforman imágenes más cercanas a la mirada forense que a la pornográfica, evidencias de un momento
pasado pero, al mismo tiempo, ominosamente presente.
“Lo obsceno es el fin de toda escena”, afirmó Baudrillard.
La escena está fundada en la distancia; la obscenidad implica una dilatación de la visibilidad que anula cualquier
distancia. Por otra parte, la escena funciona mediante la ilusión, juega seductoramente con las apariencias. En cambio,
lo obsceno está encaprichado con lo real, con lo verosímil,
con las evidencias. La obscenidad es, según Baudrillard,
“proximidad absoluta de la cosa vista”. No es difícil encontrar un correlato de este régimen de visibilidad ampliada en
la imagen pornográfica, con su zoom in, su medical shot, su
meat shot, su extreme close up. La pornografía es obscena por
su inmediatez, por su literalidad, esa manía por representar
la realidad, reflejar de manera trasparente la verdad bajo la
égida de lo explícito como sinónimo de lo verdadero.

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La realidad ocurre y no nos tiene que persuadir, sencillamente se nos impone. Una de las tareas más difíciles de
la ficción es lograr la verosimilitud. Lo verosímil es lo que
tienen apariencia de verdad, no la verdad misma. Es más,
a menudo, la verdad resulta inverosímil si la extirpamos
de su territorio y la insertamos tal cual en una obra de
ficción. Lo fascinante en la porno contemporánea no es
el placer sexual, sino lo verosímil, el exceso de realidad, la
hiperrealidad del asunto. El efecto realidad del cine triple
equis reside en su hiperrealidad y en su capacidad simultánea de falsificar la realidad, porque el cine triple equis representa en la pantalla un imposible, pero que realmente
sí sucedió en el lugar donde fue grabado.
Las imágenes triple equis tratan de ser más reales que lo
real, mostrando no solo cómo funcionan los genitales,
sino también, y sobre todo, cómo es el efecto realidad. El
efecto realidad tiene el objetivo de mostrar una ficción tal
y como se cree podría ser, o suceder, en la realidad. Ya
sea con webcams o con cámaras digitales, el cine y la fotografía de nuestros días buscan lograr el efecto realidad,
es decir, buscan la escena, la imagen, que parezca vista
a través de los ojos de una persona común y corriente; buscan la escena, la imagen, movida, descuadrada,
sin buena iluminación, de-mala-calidad, mal-hecha, fea,
tan parecida a la realidad real, la de todos los días, la de
tu calle, la de tu casa, la de tu coche, la de tu trabajo,
como sea posible. El efecto realidad consiste en añadir lo
verosímil a lo real, a fin de elaborar la ilusión perfecta.
Todos tenemos la noción de que hay una sola realidad que
determina y limita a todo lo que se encuentra en ella. Pero,
tan inmersos estamos en lo que llamamos vida real como
en lo que denominamos ficción. De esta manera, vivimos
en ese espacio en el que distribuimos las representaciones
de la realidad en la ficción y viceversa. Lo real, paradójicamente, conlleva un elemento ficticio, irreal. La irrealidad
de lo real puede ser cotejada con la realidad de lo irreal.
Del efecto realidad procede la idea de lo verosímil y con
ello la seducción, la inmersión en irrealidades, el engaño, la mentira, lo que no es real, es decir, el cine, la litera-

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tura, la pornografía, el sueño. Peter Lindbergh, un fotógrafo gringo, creó a inicios del 2009 una serie de retratos,
en la cual sus modelos, varias mujeres famosas entre las
que destacaba Monica Bellucci, posaron sin maquillaje y
sin retoques. La realidad es un efecto: uno que hechiza,
ya que parece ofrecer una verdad que nos desobliga de
responsabilidades, un punto de referencia total desde el
cual se puede catalogar lo que sea con certeza absoluta.
El efecto realidad, un efecto parecido al creado por Orson
Wells en su radiofónica Guerra de los mundos, es justo lo
que en 1999, con el estreno de El proyecto de la bruja de
Blair, dio origen a un escalofriante género cinematográfico: el falso documental. El falso documental, que se
presenta ante el público como si fuera un documental
totalmente real pero que, a pesar de su filtro amateur y
de que hace suya la frase “lo que no ves es mucho más
aterrador que lo que ves”, que alguna vez dijo Alfred
Hitchcock, es una obra de ficción, una ficción tramposa que ha encontrado en el terror un terreno abonado
para sembrar la duda sobre lo que es y lo que no es real.
Esa duda, llevada a niveles superlativos
en películas como Actividad paranormal, Ghostwatch, El cuarto contacto y
Suicide girls must die, produce un estado
de desasosiego en el espectador, un estado provocado por un sádico juego de
espejos falsos, en el cual lo único que
se refleja es un hecho escalofriante que
grita: “¡Soy real, soy real!”.

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“Sé lo que es cuando la veo”. Tal es la puritana, ingenua
y notable observación hecha durante un juicio en 1964
por Potter Stewart, un famoso abogado y miembro de
la Corte Suprema estadounidense, acerca de la dificultad de realizar una adecuada definición de la palabra
“pornografía”. Pero, la verdad es que la pornografía se
asocia y se define con representaciones explícitas de actos sexuales. Vale decir, se obtiene el conocimiento de
un acto sexual en el momento de ser descubierto por
la mirada. Por tanto, conocimiento y mirada serán los
ejes por los que transite la estética visual de las películas
triple equis. Conocimiento de un saber sobre cómo se
ven las obras de un género cinematográfico y mirada a
un objeto-cuerpo al momento de su actividad sexual.
El cine de terror, sobre todo el gore, ha empezado a aplicar en su estética visual, como desde hace mucho lo
realiza el cine porno, el POV (Personal Point of View), en
el cual, gracias al empleo de largos planos de secuencia
y de formatos de registro más parecidos al casero, se le
quiere hacer creer al espectador que lo grabado no es

La imaginación ha sido definitivamente
derrotada por la realidad. Hoy en día,
en el cine de terror hay una influencia
no solo de extraterrestres, zombis, Leatherface, Michael Audrey Myers, Jason
Voorhees y Frederick Charles Krueger,
de lo sobrenatural como esencia de lo
cotidiano y la amenaza como forma de
vida, sino también de la pornografía.

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un montaje, sino la realidad misma. Bajo esta premisa,
el cine de terror también ha llegado a utilizar los rasgos
característicos de la estética visual del cine gonzo triple
equis, en la cual la acción está filmada casi siempre con
una sola cámara, los actores (hombres y mujeres) hacen
de sí mismos y estos, en una violación flagrante de la
narración convencional, interactúan con la cámara. El
director-camarógrafo habla con los actores y los actores
hablan con el director-camarógrafo: parece que no hay
ficción. Desde el principio “sabemos” que lo que vemos
es a un sujeto filmando a otras personas llevando a cabo
diversos actos sexuales —y muchas veces participando él
mismo—. Una escena habitual del gonzo triple equis es
más o menos así: aparece un hombre y una chica, o dos
hombres y una chica, o tres chicas, o cualquier otra combinación, a veces vestidos, a veces desnudos; hay un sofá
o una cama de fondo, a menudo en una habitación de
hotel o en la parte de atrás de una camioneta que circula
por la calle; hay un diálogo mínimo y guarro, que no
tiene nada que ver con ningún tipo de historia; y hay
acción, que normalmente comienza con besos, manoseos, masturbaciones, chupadas o mamadas, y después
va escalando hasta el clímax, en el que, si hay varones,
se debe incluir el disparo de semen sobre una cara o sobre una lengua femenina. Entonces viene un fundido a
negro y otra escena similar, que puede o no compartir
protagonistas con la anterior. Lo interesante del gonzo
triple equis es que el director-camarógrafo siempre forma
parte activa y no solo voyerista, de lo que ve y filma. Un
claro ejemplo de esto son los castings realizados por Pierre
Woodman para la compañía europea Private.

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neta con chicas desconocidas que pedían aventón en
una carretera– resultaba muy inquietante. ¿Hasta qué
punto todo aquello era real? El coito era real, las chicas
eran actrices amateurs –Sasha Grey, cuando todavía era
del montón y empezaba a abrirse paso en el universo
triple equis, participó en esto–; no había guión, los
acontecimientos nos llegaban con la estética de video
casero. El espectador intuía que todo era una enorme
ficción, pero lo que hacía que aquellas escenas resultaran especialmente excitantes era la creencia –cuestión
de fe, como en una religión o como en un combate de
lucha libre– de que aquello era real. En este sentido, la
realidad es una forma de fetichismo.
Al inicio, la pornografía fue considerada como “la representación explícita de personas que se prostituyen”.
Más tarde, se le añadieron los más abyectos epítetos:
obscena, ruin, perversa. Hoy en día, escuchamos en
las noticias que la porno motivó al asesino, al violador... Aunque la gente vea pornografía y la disfrute,
sigue pensando que está haciendo algo malo, por ello
la niega. Debemos estar de acuerdo en que los actos
sexuales de una pareja, de cualquier pareja, en los que,
por supuesto, todo es explícito, no son pornográficos,
sino simplemente parte de la realidad misma. El efecto
realidad es una forma de decir algo de la sociedad, es
una herramienta como lo es la poesía y la ciencia, pero
también es una forma de hacerlo. El efecto realidad de
los actos sexuales del cine porno tiene un grado de semejanza con el afamado efecto realidad de los actos violentos del cine de terror.

Desde 1989, cuando John Stagliano inventó el gonzo
triple equis con The Adventure of Buttman, en honor al
periodismo sudoroso, improvisado e hiperrealista que
hacía en las décadas de los sesenta y setenta el escritor
a Hunter S. Thompson, el coqueteo constante entre lo
que es real y lo que no ha alcanzado niveles de una sofisticación inaudita. El primer clásico en esta variante fue,
sin duda, el célebre Bang Bus, que en su momento dejó
a la gente boquiabierta, porque la propuesta –coitos heterosexuales rápidos, sin condón, dentro de una camio-

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Gina Brijaldo*

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o be. Ella está mudando de piel, quiere algo más
que un desprenderse, quiere una piscina, un chapuzón, clavarse hasta el fondo, mujer mocasina, boca
que se estire para tragar burbujas, asolearse, echar la
cabeza hacia atrás y nadar, paladar blanco.
El estanque se abre para ella, nadadora de aguas abiertas del conocimiento. Introducir la punta de los pies
lentamente en las aguas turbulentas de los cuerpos masculinos. Temor, cuando se acercó a la piscina, los hombres se fijaron en ella y su incertidumbre y su vestido de
baño color rosa y su cabello atado y sus muslos blancos.
Brazos como remos la acercan inevitablemente a la piel
de ellos, demasiados. Una brazada, torpe, dos. Ellos,
con sus cuerpos han sellado el cauce de las aguas, juego
del poder, del tobogán de los caprichos fálicos. Miradas
asfixiantes. Burbujas densas. Brazos queriendo ahogarla. Ella, intenta ignorar; estira sus
piernas, dibuja formas saladas.
Tantas horas compartiendo su espacio, mirar más allá del ojo de un
hombre, traspasarlo y encontrar la
montaña. Morar. Quisiera descoser
sus piernas para deslizarse con más
rapidez, movimientos tímidamente
sincronizados, formando pequeñas
curvas al avanzar. Cada curva siguiendo la huella de la que precede. Por
momentos, le gustaría ahogarse. Ella,
encuentra el espacio verde de las dos
mitades, panda y profunda; se acerca,
quiere saber más, sus pies ya no tocan el suelo, la observan. Retrocede.

*

Desemboca, sale; de nuevo las miradas masculinas como
puñales atraviesan su cuerpo. Deviene el agotamiento.
Las aguas se agitaron, la provocación cesa, busca otras
formas de expansión. Le han dicho que hay estrechos
que no se cruzan. Ella siente que habla bajo el agua.
Lengua que se estremece y vibra. Estrecho que poco a
poco se viene abajo. Mujeres adultas y jóvenes toman
jugo de tomate y reflexionan y meditan y crean el lenguaje. Otra humedad. Estanque rebosado, sin miradas.
Ella rastrea la búsqueda de... Irene y Luisa. Fotografía
y pintura. Labor de entrega expuesta en un café. Desconocidas persiguiendo el arte, el lente y el pincel de
dos mujeres para desenmarañar la historia universal.
Mujeres. Manojos de fresas. Pintoras. Artistas. Lienzos
íntimos. El principio y el fin del mundo reposan en
la fotografía de un mar sospechosamente en calma, la
historia de la humanidad descrita
por el pincel de la mujer que pinta
bosques tupidos de palabras verdes
recién cortadas. Ella se siente plácida, paños y pinceles, el obturador
de la cámara de Irene se dilata cada
vez más, cada vez más se adentra en
la conciencia del paisaje y la mirada
femenina. Ella toma una cerveza, se
introduce salvaje en el grito invisible que le da el lenguaje y el arte.
Transformación, búsqueda íntima.
No hay nada, solo un puente transparente que la conecta con su sangre. Ella degusta la libertad como a
su deliciosa y espumosa cerveza.

Docente. Teléfono: 314 424 95 04. ashtore@gmail.com

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r not to be. Música arruinada entre pasto y estiércol. Estirar las cuerdas con dientes. La carne. Desgarrar el muro. Con gritos. Muro antiguo... Dos miedos
piden tregua. Puñal invertido. Respirar en un estanque
de sangre y caballos, de sangre y colibríes, de caballos y
de hojas.
Ella en la oscuridad, sonríe porque algo tiembla en un
rincón. Dedos. Ojos al revés. Una lengua dibuja serpientes en su espalda. Se esconde. No cuartos oscuros.
Prados verdes con vacas muertas. Ropa sucia extendida
al sol. Ella levita en sus pensamientos, deshoja quehaceres, las obligaciones. Mirada de perro. Hueso entre
pecho y la nada. Cama derrumbada. Después de años
luz, dijo su primera palabra. La casa azul se comporta
igual. Música afilada.

subvierten, la excitan, río de aguas turbulentas y contradictorias. La razón se derrite. Sueña consigo misma,
lamiendo a pedacitos su carne surreal y fragmentada.
Ella la vértebra, el anillo dorado, la escama que arde entre la cabeza y la cola del conocimiento multicolor que
serpentea en la escritura, remembrando, posibilitando
la vida, su manera de estar y restaurar su cuerpo que
escribe y se escribe... Fragmentación y cuerpo imperfectos, predilectos. Lunares, cicatrices, hendiduras.
Compongo las memorias de mi boca. Introduzco mis
dedos y mi lengua en la sustancia jugosa que es la vida.
To be or to be, yes, I lick my broken art. My nails. My
untitled mouth. I cut into parts my golden fish, My koi,
I eat it, undone bodies, experimental art, writing feeding on losses. Sin mirar atrás. Red mouth saying now.

Preferiría retroceder. Apolillar la madera, sus piernas. Cae
a pedazos, a la velocidad de una lágrima. Jadea. Arrastra
las palabras, mueren en su garganta. Basta. Su lenguaje
se desvanece, anuncia otro quebrantamiento multicolor.
Ella rueda. Descifra sus sueños. Un juego para ceder el
poder. Desaloja su cuerpo de la mirada masculina. La
pérdida de piel. Ella –la serpiente que alguna vez temió–.
Mudar del pensamiento. Transformación. Introduce su
cabeza y su cascabel en un nuevo placer. Habla de la respiración y del vértigo. Descubre otras músicas. Mujeres
que atraviesan la oscuridad, el erotismo, la fragmentación con los ojos abiertos. Mujeres escarbando la libertad de su pensamiento; cuerpos voluptuosos, delgados,
bohemios, tímidos, rotos, bellos.
Ella diseminada, ella, la polisemia y la pregunta. Ella y
su escritura, su dosis de aire, torrente sanguíneo. Ella,
ha dicho sí, quiero, desfigurarme, arrancar el miedo,
a amar, a construir en solitario, con músicas estruendosas, agitar el lenguaje como un mágico rompecabezas. El arte, la escritura la electrizan, la alborotan, la

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Un miércoles
con Lupe
Nathalie De la Cuadra N.*

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las 10:15 de la noche, Alfonso entra en la peluquería. Con una camisa de cuadros y un pantalón de
algodón, ya afeitado, se sienta en una silla y busca sus
cosméticos.
–Yo llevo diez años en esto, pero en Cavu llevo cinco
años y tres de planta. Los otros años he estado presentándome en otros bares.
Primero saca unos polvos compactos, luego un poco de
base; más polvos, más base…
La peluquería de Alfonso queda en la calle 51 con carrera 15, por el sector de chapinero. Allí es donde se
prepara para su show de todos los miércoles en Cavú.
–¿Qué es exactamente o cómo se llama lo que hace?
–Transformismo. Usted de hombre me ve sin maquillaje, sin tetas, soy cien por ciento natural.
Después de veinte minutos aproximadamente y luego
de poner una capa gruesa de polvos mezclados con
base, comienza la aparición, paso por paso, de Lupe.
Luego de iniciar la sesión de maquillaje, Lupe se para,
busca algunas joyas, más maquillaje y se sienta nuevamente. Llega su maquillador; él es quien decide cómo
arreglarla para la noche. Le pone más base en la cara y
un poco en el pecho, sólo en la parte que va a verse debajo del vestido. Sombras azules, lápiz negro —y muy reteñido— en los ojos y en las cejas para resaltarlas, labial
rojo y, como toque final, unas largas pestañas postizas.

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nathalinka@hotmail.com

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–¿Cómo y por qué empezó con estos shows?
–Estábamos en una fiesta. Se eligió entre un grupo de
amigos quién podía quedar bien transformado y en esa
época, hace diez años, decidimos que yo. Le dije al grupo que si me costeaba todo yo lo hacía. Comencé con
el show y a todos les gustó, luego me presenté en un bar
y allí también gustó. Ahí comencé.
El momento del maquillaje es uno de los más demorados; un poco más de una hora y media duró toda la
preparación de Lupe, pues, como ella misma lo dice,
tiene que taparse muy bien todo para poder quedar
como una mujer.
Después de quedar maquillada le acomodan una peluca larga, la peinan, la enredan, le dan volumen y queda
lista. Un poco de laca, para que el peinado dure toda
la noche, un copete levantado, más laca y termina. Se
para y se va al cuarto donde se cambia. A los veinte minutos aproximadamente sale con un pequeño vestido
morado con leves visos brillantes y un escote que deja
ver uno de sus hombros. Unos tacones altos, que domina perfectamente. Un bolso pequeño de color plateado. Se pone pulseras, artes, un collar y algunos anillos.
Ese miércoles Lupe se retrasó un poco y pide que le digan al taxista que la esperen otro rato. Camina apurada
para un lado y para el otro, busca algo más, se devuelve...
Hacia las doce de la noche por fin está lista para salir.
Cuando Lupe entra a Cavu, todos la están esperando.
Ya la conocen, la buscan, la saludan. Muchos intentan
hablar con ella, pero entre el apuro y los nervios, saluda
a unos cuantos y solo cruza unas palabras con ellos. La
voz de Lupe cambia cuando entra en el bar al igual que
sus movimientos, que son ahora más ligeros. Camina
diferente, un poco más derecha, mueve sus manos más
despacio. Se toca el pelo y lo hace hacia atrás con un
movimiento muy sutil.

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–Tengo que cambiar totalmente de personalidad. No
puedo llegar caminando como un hombre, ni con la
voz de hombre. Cambiar de modales, sentarme como
una mujer, saludar a todo el mundo de beso aunque
no me caigan bien, pero todo esto hace parte del show.
Después de saludar a varias personas, Lupe se desaparece
por un momento y cuando vuelve a salir está con un
nuevo vestido de color blanco con negro, corto, pegado
al cuerpo, zapatos rojos y una rosa roja en el pelo. Se sube
al escenario y la gente ya está lista para ver y escuchar su
show. Una luz se centra justo en el espacio en el que Lupe
se para, el resto del bar queda un poco oscuro.
Hay mucha gente dentro del bar, la mayoría son hombres
de diferentes edades, bailan, hablan, se toman un trago,
se ríen... Cuando Lupe comienza a hablar el bar queda
en silencio. Saluda al público, hace algún
comentario que los hace reír a todos e
interactúa con la gente; les hace bromas
o comentarios a sus peinados, a su ropa
o a la persona que los acompaña. Después de unas cuantas palabras, suena la
música. Lupe empieza a bailar, a caminar
por el escenario y cuando la voz de la cantante entra, entra Lupe también. Se sabe
perfectamente la letra de la canción y la
mímica la hace tan bien que por un momento uno se olvida de Paulina Rubio,
de Pilar Montenegro o de la vocalista de
la Quinta Estación. En ese momento solo
está Lupe y el público lo sabe, lo siente.
Todos la escuchan y la miran atentamente, algunos la acompañan en la canción.
Lupe mueve las manos mientras canta. La
gesticulación de su cara muestra de qué
manera se convence de que es ella la que
canta y de la misma manera hace creer al
público que así es.

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un show, y dentro del público tres o cuatro voces se escuchan en un pequeño grito que dice: ¡No! Sin embargo,
Danna entra al escenario, canta también tres canciones
pero el público ahora se encuentra un poco disperso.
Algunos miran atentamente la presentación, pero otros
siguen en busca de Lupe y aunque ya no está en el escenario, ella sigue siendo el centro de atracción de la
noche. Al terminar el show de Danna, el bar comienza
a bailar nuevamente con la música que quizá algún DJ
está programando.
Un poco de Juanes, Miguel Bose y Shakira son la antesala para la segunda salida de Lupe, mientras tanto ella
va de un lado para el otro, se acerca un momento y me
pregunta qué tal estuvo, pero antes de poderle contestar ya hay alguien más que está tratando de hablar con
ella. Un amigo se acerca y le presenta a un conocido:

Después de cantar tres canciones, Lupe
anuncia a Danna, quien también hará

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–¿Cómo está mi amor, si la está pasando bien papi? –le
pregunta Lupe mientras le consiente la cara.

ni aquel más criticado se siente ofendido, sí en cambio
disfruta de su propia burla.

Después de un repertorio de canciones que dura aproximadamente media hora, sale Lupe una vez más al escenario. Comienza preguntando quién está de cumpleaños
esa noche y entre las voces del público y la voz de ella,
algunas personas van acercándose al escenario. Algunos
no quieren pasar, pero en medio de la insistencia y las
bromas que les hace Lupe terminan cediendo; unos un
poco apenados, otros tratando de hacer parte del show.

Después de terminar su segunda presentación, anuncia
nuevamente a Danna y Lupe se queda a un lado del
escenario en caso de que deba intervenir ese otro show.

Lupe hace reír al público con cada palabra que dice y
es quizás esto lo que hace que cada una de las personas
que se encuentra en Cavu disfrute del show, pues entre
una y otra grosería, sus bromas tienen tanta chispa que

Son las 2:00 a. m., Cavú ya está un poco más desocupado. Alguno que otro borracho intenta seguir a Danna
con su canción. Otros ya están tan cansados que ni siquiera se paran a verla. Sin embargo, permanecen aquellos para los que la noche aún no ha terminado y son
estos los que siguen bailando, hablando,
riéndose; listos para continuar con una
noche que aún promete mucho. A las
2:10 a. m., y antes de la tercera y última
salida de Lupe, me acerco a ella, le digo
que ya es tarde y que debo irme, me dice
que espere un momento y me manda,
a mí y a mi compañero, un saludo por
el micrófono. Pero, al contrario de los
que aún continúan en el bar, nosotros
ya no encontramos más largas para la
noche. Lupe me da las gracias, como a
todos, por haber estado allí, me despido
y le digo que vamos a esperar al saludo
prometido. A las 2:30 a. m. ya estamos
de regreso a casa. Estoy segura de que el
saludo fue un hecho, pero el cansancio
no pudo esperar a las palabras de Lupe
ni a su última presentación.

–Yo en Cavú siempre hago tres salidas, pero en caso
de que la otra persona no guste yo debo entrar y hacer
otro show, por eso siempre debo ir preparada para una
cuarta salida.

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Paul Dávila

Reflexión sobre la escritura artística desde la Filosofía
de la Composición de Poe

"That pleasure which is at once
the most intense, the most elevating,
and the most pure, is,
I believe, found in the
contemplation of the beautiful"
Edgar A. Poe

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oe nos presenta su modus operandi literario. Cada
pieza explícita en su discurso parece ajustarse con
la precisión matemática propuesta por él. Las partes
se articulan a partir de la clara consideración primordial de un efecto o impresión que señala el derrotero de
sus líneas a partir de su elección. Ciertos parámetros
deben cumplirse entonces; entre ellos, notamos antes
que nada su carácter y alcance: universal, logrado con
el tono preciso, sostenido por la unidad e integridad
interna de la obra; su extensión, breve o, mejor dicho,
suficiente o adecuada al efecto y duración esperados.
Esta mirada general sobre su texto nos muestra cómo
Poe, en realidad, antes que considerar el efecto, observó
sin anotarlo algo que se obvió: el público. El poeta inicia
pensando en la relación que establecerá con el lector, lo
interpela directamente y lo provoca. Sin embargo, algo
aún más intrínseco tuvo que revelar a Poe en este primer acercamiento hacía un público expectante el cómo
reaccionaría ese lector, y para ello Poe debió analizar un
enigma primero y hacerlo fecundo: a él mismo. Desde
aquí deseo resaltar ciertos puntos clave en relación con

*

la creación, fuera, claro, de los mismos enunciados por el
autor mismo y señalados brevemente arriba. Primero, la
pregunta que recibe al parecer una respuesta clara desde
Poe acerca de cómo se genera el punto clave del arte,
ya mediante método o de un accidente intuitivo externo –llámese Musa, demonio, duende o amor–, no está,

niordel@hotmail.de

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Accidente intuitivo o método calculado, a mi juicio,
más que un plan por seguir en un género literario, en
general, existe una estructura que aunque tiene patrones es, con sus matices, única en cada obra original.
El cuervo es relatado momento a momento desde su
concepción, pero otro efecto e impresión, tomaría quizá otra ruta para ser alcanzado. Sí hay método, tanto
como hay musa, pero el primero ocurre para cada tipo
de creación, no para todas. Un vaso de agua derramado
sobre un declive de arena bajará, como otro cualquiera hasta el fondo, pero cada uno en su sendero optará
por las arenas a humedecer y las huellas que en ellas
imprima. Ritmo, tono, todo esto nos lo presenta Poe
en su filosofía de la composición, pero el hecho mismo
de pensar en la composición de una filosofía para ello,
para la creación, nos dice quién es Poe. Por ello, cabría
añadir que es el timbre, es decir, el estilo del autor, lo
que determina, a su vez, la ruta que asume el método
para componer. Ese es el enigma que suponíamos arriba, la caligrafía del artista.

con todo, descartada, aun en el mismo texto. Si bien, la
posición de Poe por el método que planifica el desarrollo está delineada paso por paso, aun tenemos elementos
que no satisfacen del todo el momento claro en que se
genera (matemáticamente) la aparición de la nota artística. ¿Solo la sonoridad le hace recordar a Poe la palabra
“nevermore”?, y en cuanto a la originalidad, ¿hasta dónde puede llegar la negación a cercar un punto nuevo?

Finalmente, la belleza, eje real del poema como plantea
Poe, es rodeada por un efecto que la danza y la circunda.
En el cuervo, el ritmo y la técnica dan al tono el espacio
adecuado para la melancolía y el dolor, todo para que
la belleza nos llene y eleve. Aquí, algo ha cambiado dramáticamente con respecto a la antigüedad. Mientras en
Aristóteles el dispositivo que disparaba lo aleccionante
de lo poético era el dolor, el reflejo de lo trágico entre el
actor y el espectador, con Poe, “the most elevating, and
the most pure, is, I believe, found in the contemplation
of the beautiful”, es el placer de la contemplación de lo
bello lo que eleva el estado regular del hombre. Algo
para reflexionar, dos antípodas que se distancian por
su sola existencia, llevan a un mismo punto a quien
realmente las conoce.

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EDITORIAL
Carta de navegación
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ENSAYO
El acontecer como umbral entre la
torno a la obra La neblina del ayer
Aida Marcela Gutiérrez Molano 00
(escritora invitada) 5
Teatro y nación en la época de La
Independencia
Rodolfo Celis Serrano 12

POESIA

M

Y

CM

MY

CY

CMY

K

~ Azul domingo ~
Brian Leonardo Espitia C. 25
·Monótona muerte
·Todavía no he visto...
·La ventana se abre...
·Cada instante ha fundido...
·Tejados
·Un objeto habla
·En el país del sueño

Edgar Hans Medrano Mora 26
I

CONTENIDO

C

·Árbol talado
·Bandera
·Lava platos en USA
·Al pie de la letra, 5
·Todo bajo control, 4
John Galán Casanova 00
(escritor invitado) 21

José Landa 33

·Infamélica
·Adela
·Nada es imposible
·Parejita
·No es ella la mujer
·Se fue
Rolando Revagliatti 36
·Madre nuestra
·Ayer la muerte

David6m 39

·Vendaval
·Apocalipsis 9, 5-6
Davidsaturnodonatti
(Germán David Díaz) 40

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No. 8 - BOGOTÁ D.C. MAYO DE 2012 - ISSN 1900-5091

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Facultad de Ciencias y Educación

No. 8 - BOGOTÁ D.C. MAYO DE 2012 - ISSN 1900-5091

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