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Monólogo de Roque Dalton José González

I

Dentro de pocas horas vendrá la muerte a bosquejarme. ha de encontrarme tierno, bello para sus brazos. afuera, detrás de estos barrotes de yeso, la noche da vueltas como la cola de un animal ponzoñoso. ahora ni siquiera sé quién es el enemigo pero sé que vendrá, a la hora señalada,

a estrellar mi corazón contra la sombra.

lejos está ahora mi nombre de guerra, lejos de la piel y los sentidos (debe andar entre los pastos solitarios, entre la ciudad atestada de verdugos) casi no puedo respirar ya me han vendado los ojos y me siento como un ciego que se hunde entre la hierba. nada sé de los míos; de mis poemas últimos nada sé. el menos espasmo delatará mi sed, el infortunio de estar entre las llamas. línea de oro será mi palabra hebra de fuego que combatió sin tregua. pronto dejaré de fumar de aplastar las pulgas del tapete dorado donde duermo sin rencor, es más: no reconozco a mis verdugos, pareciera que son fantasmas que se alejan bultos de luz ángeles de alas quebradas. nadie habla tampoco

es como si hubiera ensordecido el corazón del sueño ni siquiera tengo tinta entre los dedos secos y tibios como la costumbre de amar.

el

sol dará brillo a estos huesos bañados de piel

II

busqué como todos

la fuente de la eterna juventud.

mi labio mayor lo atestigua:

Praga/Vietnam/San José me hice viejo recorriendo esos sitios

dudé de la inmortalidad cuando cumplí 27

y así lo dije en un poema

entonces todo era hermoso como una cúpula

las muchachas bañaban y reían en mis brazos

llenos de mar y de salvajes inocencias.

Sir Francis Drake no murió joven

murió viejo y torturado

en una celda del palacio de Buckingham

el mismo Franco tuvo que morir helado metido en un tubo de vidrio como capsulita

¿he de morir yo/ joven y arrebatado poeta del terruño metido como todos en un puño de gloria?

me niego a abandonar la ciudad como un corsario obstinado

III

¿existirá la muerte?

¿el

encuentro de la bala con la carne existirá?

yo

que siempre hablé por todos

veo ahora cómo crecen mis palabras; como garfios que se enredan en la piel, como espadas/ como soles de granito. nada cambiará:

el poro de luz sube hasta mis dedos entumecidos por el frío de esta hora del tallo de una flor penderá mi cuello del tallo de una flor.

mi

muerte será como un río turbio entre los hombres

IV

me pudro en una celda sin norte

ni fronteras.

apenas puedo ver el ramo de luz

que se abre y se derrama por el ojo del mundo

es como vivir

bajo los caños de la ciudad. el cepillo dental desconoce mi boca

en mis axilas crece ahora

un enjambre de sordas orugas tengo lodo en los pies

y hasta mis rodillas impuras

sube el hongo conquistador pero todavía puedo hacer bromas/ comparaciones:

Auge y Caída del Tercer Reich broma sangrienta que recorre mis poros

V

¿quién morirá conmigo en esta hora cuántos serán delatados/ arrebatados de su piel envilecidos frente al fuego de la muerte?

VI

habrá duelo entre poetas

cantores de latitudes y abrazos sentirán su carne arder como la mía

los duros picotazos de sol

sobre mi espalda mortecina y emplumada. será duro ponerse luto en el corazón, recorrer las calles pensando en algún verso mío

que anoche mismo escribí entre las flores azules de la muerte

alguna foto mía se filtrará hasta los párpados

y seré nuevamente hijo del sol

y de las frutas que estallan dulcemente sobre los cráneos salvajes

de

los fusilados en el 32

en

mis bolsillos negros encontrarán la rabia que os dejo

VII

¿primero la piel/ el pellejo dorsal? ¿arderán mis pestañas como ramajes de sol? ¿negará la tierra

su oleaje a este cuerpo?

¿arderán las montañas con mi nombre? ¿de qué color es la hierba

que se enreda en el cráneo y lo deshoja? ¿se pudrirá mi cabello

mi diente solar?

calles tristes son estas horas

de San Salvador

con tanta respuesta ciega/ innombrable

VIII

reino de este mundo será mi reino nada haré entre las nubes

sino bostezar y empalidecer como un enfermizo hijo de dioses. fluido es mi acento esta noche que converso con mi sombra:

reino de este mundo que construí a golpes de mar

a golpes de furia.

lejano ahora de la infancia

y del siglo de las luces

mi

amor por el Manchego

no

decae en este instante;

es

más: fuimos parientes

en

aquello de escupir contra los duros

contra los dioses de la niebla/ entristecidos por el miedo

y la traición.

nada tengo que decir que no sean estas palabras de sal:

reino de este mundo donde aún florece para todos

el árbol ahorcado

IX

si

Cardenal estuviera aquí

en este pozo de lamentos

lo sentaría en esta cruz/ en este ojo de luz cerca del vaso de ceniza donde mojo labios y heridas.

conversaríamos

del apóstol de fuego de la revolución

de

las calles de San Salvador que hace tiempo no veo

de

su amor a Cuba

donde bañó con sangre las hojas de caña hablaríamos/ estoy seguro

de la muerte

acantonada en esta espalda mía/ terca y emplumada

él cortaría mis ataduras

y huiríamos como un viejo cuento de Oscar Wilde pero todo es ilusión o pesadilla:

Cardenal debe estar en esta hora tibia y brutal como la erupción del mundo

en su vieja casa de Managua

o

metido en este islote de pintores descalzos

X

espejo de luz será mi cráneo

mi terrestre cráneo

por el que han de pasar

las hordas y los últimos soldados.

ojo de luz será oquedad para que habiten musgos y escarabajos trampa de luz donde enterrarán el pie

los

cautos exploradores

XI

a Rigoberto

vuelan los recuerdos como aves negras y cansadas.

los personajes que ayudé a inventar

son los únicos que me acompañan:

la María Tecún, Mariano el músico, El brujo Juan, célebre en villorrios, y en comarcas hasta mi amigo Carlos, aquel tristísimo que cazaba fieras está aquí

todos están aquí nadie falta en este convidado de muerte

XII

dónde está la María Tecún dónde su amor baladronado

pregonado en el viento/ en las esquinas vacías dónde su corazón de plumas salvajes pedacito de mar en este instante

en que me dan el tiro de gracia