Conjuntos Violentos - 240817
Conjuntos Violentos - 240817
Gustavo Colman
Agosto de 2024
El 14 de julio de 2016 se incendiaron 8 viviendas de la manzana 112 del barrio Santa Inés de
Resistencia, capital de la Provincia del Chaco. Fueron necesarias 10 dotaciones de bomberos
para extinguir el fuego (Policia de la Provincia del Chaco, 2016). Las siguientes son
declaraciones de los Bomberos Voluntarios de Barranqueras:
“Para mí, este barrio es una bomba de tiempo por la forma en la que está construido”
El párrafo resume una de las mayores violencias espaciales, en los términos que describe y
propone Salamanca Villamizar (2022), sufridas desde hace más de 40 años por los habitantes
de los llamados conjuntos habitacionales construidos por la ultima dictadura. “La forma en que
está construido” se refiere al planteo urbano adoptado organizando manzanas con pasillos
peatonales para acceder a las viviendas y también a las deficiencias proyectuales de la
imprevisión de muros cortafuegos; ausencia que muestra la idea generadora del planteo, se
trata en realidad de un edificio, no de 8 viviendas. El fuego se inicio por un cortocircuito, la
combinación de una instalación eléctrica defectuosa, la ausencia de muros cortafuegos y
pasillos peatonales estrechos hizo que 8 familias perdieran todo.
La Ciudad de Resistencia
Resistencia, fue fundada sobre un sector alto de los valles de inundación de los ríos Negro y
Paraná, lo que obligó a adoptar sistemas de defensas contra las crecientes de ambos ríos.
Estos sistemas y el territorio hicieron que la ciudad crezca hacia el oeste y hacia el sur. En 1977
el gobierno de facto de la provincia formuló un Plan Urbano plasmado en el Código de
Planeamiento Urbano del Gran Resistencia, vigente hasta hoy (Municipalidad de la Ciudad de
Resistencia, 1979). El plan tenía dos objetivos, uno es dividir la ciudad en dos áreas. El área
norte para sectores medios y de altos ingresos y el área sur a sectores populares
(Municipalidad de la Ciudad de Resistencia, 1979, págs. 3,4), lo que se logró para la década del
2000 (Falcon, 2011, pág. 9).
El otro objetivo del Plan Urbano de la dictadura tiene tres componentes: a) agotar las
infraestructuras del área céntrica para la expansión en alta densidad, acentuando el proceso
de valorización de suelo y extracción de plusvalías, y la necesaria expansión de infraestructuras
b) en el área norte para las futuras urbanizaciones destinadas a sectores medios y de altos
ingresos y c) en el área sur para los sectores de bajos ingresos.
Para asentar población en el área sur, fue necesario dotarla de infraestructuras que lo
permitan y que además den servicio a las áreas existentes y en crecimiento de la ciudad.
El plan urbano de 1979 y la construcción de los conjuntos habitacionales son las violencias
espaciales más grandes que se padecen aún hoy en la ciudad. La división impuesta reservando
áreas de valor paisajístico a los sectores pudientes y asignando áreas menos valoradas, y hasta
contaminantes, a los sectores populares es una violencia espacial. Fueron impuestas durante la
dictadura, sin consulta, consenso o participación alguna de la población, manteniéndose hasta
hoy. El objetivo de este trabajo es ampliar el estudio de los conjuntos para mostrarlos como un
hecho de violencia espacial.
Conjuntos habitacionales
1
También se los denomina complejos habitacionales, grandes conjuntos habitacionales, grandes
complejos habitacionales, grandes conjuntos o grandes complejos. Todas estas denominaciones se
refieren a la misma producción de viviendas durante las dictaduras de 1.966 – 1973 y 1976 - 1983
2
Esta afirmación tiene validez también si se cambia de escala, la ciudad es una estrategia de concentrar
varias viviendas en un terreno reducido.
la trama y aloja en grandes superficies un número muy superior de viviendas agrupándolas en
grandes edificios que se organizan en el espacio sin seguir la trama urbana tradicional.
El segundo modelo fue utilizado exhaustivamente para resolver las necesidades habitacionales
de los sectores populares, ya que aún no se pudo superar la imposición violenta de resolver el
problema habitacional de los sectores populares gastando muy poco en resolver sus
necesidades (Pelli, 2003, pág. 115). Recientemente pudo establecerse el concepto de vivienda
adecuada (ONU, 1996), poniendo mínimos de habitabilidad, constructivos, espaciales y
urbanos para evitar los abusos. El concepto hegemónico es que para los sectores populares
deben proveerse viviendas que cuesten poco, lo menos que se pueda 3. Esta premisa desarrolló
la prefabricación incorporando otro elemento, la rapidez. La urbanización se aceleró, urgiendo
atender el problema habitacional de millones e imponiendo la premisa de que debía hacerse
rápidamente. Gran cantidad de viviendas disponibles rápidamente fue la premisa dominante.
En Argentina, la estrategia de los conjuntos habitacionales construidos entre 1976 y 1983, fue
conceptualizada en la dictadura de 1966 - 1973. La dictadura de Onganía inició un Plan de
Erradicación de Villas de Emergencia, que requería proyectar las viviendas donde alojar a la
población “erradicada”. Los proyectos fueron seleccionados mediante concursos públicos
articulados entre el estado y el sector privado (Gomes, 2018, pág. 21). Conviene revisar el rol
de los profesionales que proyectaron los conjuntos.
“…planteábamos un ascensor que paraba cada tres pisos, que es lo que estaba
permitido en vivienda social: subir o bajar un piso. De todos modos, hoy no lo haría así.
¿Por qué lo hicimos? Con lo que ahorrábamos con ese diseño, teníamos para darles
más espacio a las viviendas. Por ejemplo, todas las que hicimos siempre tenían un
balcón con terraza grande. Para poner una mesa, una silla, la bicicleta. Priorizábamos
otra cosa. Tampoco usaría los sistemas premoldeados, porque este es un país que no
está preparado para ello. Muchas veces teníamos que entregar las obras en un plazo
perentorio. Utilizábamos escalones prefabricados que se atornillaban, y no
3
Aunque siempre son los sectores populares los que costean sus viviendas y ciudades al pagar los
impuestos regresivos como el IVA.
4
Denomino asentamientos populares a la estrategia espacial de la población de escasos recursos para
resolver vivienda y ciudad por medio de un sistema de relaciones sociales, ocupando terrenos libres,
gestionando la propiedad individual de los lotes y la urbanización del asentamiento para convertirlo en
barrio.
contábamos con que se aflojaban, y costaba mantenerlos. El tema del mantenimiento
no es un detalle menor” (Inzillo, 2019)5
La dictadura recurrió a jóvenes recién recibidos sin experiencia para el proyecto urbano y
arquitectónico de miles de viviendas, los concursos amañados con jurados puestos por la
dictadura escogían proyectos que seguían las premisas impuestas por la dictadura, que
imponían por toda la vida subir o bajar un piso para dos tercios de los habitantes para
“disfrutar” un balcón. Esta violencia espacial persiste luego de 40 años.
La resolución del ascensor, que ahorra un monto insignificante, es una atrocidad para los
discapacitados. Los conjuntos no contemplaban la discapacidad. Los desniveles para acceder a
los edificios, la falta de rampas, los pasillos reducidos o las puertas angostas, criterios mínimos
que debieron contemplarse, sin relevancia presupuestaria, incluirlos solo requería pensar en
discapacitados, en ancianos, en enfermos o lesionados.
Los conjuntos fueron una política de estado para construir viviendas de “interés social” para
los sectores populares. Se atendía su problemática habitacional con una inversión muy inferior
a la necesaria, beneficiando a las empresas constructoras, desarrolladores inmobiliarios y
propietarios de suelo vacante.
Durante el periodo democrático de los años 1973 a 1976 se siguió con esta política, adoptada e
implementada por la dictadura anterior como la más conveniente. No para los sectores
populares como se declamaba, sino para los sectores más concentrados de la construcción.
Para 1976 la dictadura contaba con una política habitacional consolidada que les permitía
construir miles de viviendas organizadas en conjuntos habitacionales de baja inversión estatal
aprovechada por el capital concentrado de la construcción, que disponía de gran cantidad de
proyectos y se adaptaba a las necesidades espaciales que pretendían imponer.
Hacia 1983 se habían construido 238.471 viviendas en 772 conjuntos habitacionales de más de
50 viviendas en 19 provincias (Bekinschstein, Calcagno, & Risso Patron, 2010, pág. 43).
La dictadura impuso un nuevo orden espacial (Rausch, Citroni, & Manassero, 2020, pág. 94)
por el cual se distribuía el espacio de las ciudades según los ingresos de los sectores sociales;
por ejemplo en Resistencia, es al norte los de altos y al sur los de bajos, o en la ciudad de Santa
Fe, al sureste los de altos y al noroeste los de bajos recursos. Este nuevo orden espacial tenía
un rasgo moralizante, como señalan Rausch y otros (2020), pero también en el sentido que
menciona Segato (2003) en el cual la pobreza de los asentamientos populares debe ser
humillada, violentada, destruyéndola, erradicándola y reubicándola en un lugar en donde se
terminen el desorden y lo sucio. La provisión de una “solución habitacional” es la imposición
violenta de un modo de vida. Para la dictadura el progreso y el bienestar consisten en eliminar
las “ulceras urbanas” que significan los asentamientos populares, eliminando su identidad,
5
Olga Wainstein, del Estudio STAFF, proyectista del Conjunto Villa Soldatti en CABA
negando su derecho a integrarse al resto de la ciudad en los lugares conseguidos para vivir,
despojándolos de ellos y condenándolos a vivir en nuevos “artefactos” con formas extrañas de
habitar (Van Poepelen, 2005, pág. 198). Un nuevo orden moralizante que requería la
instalación de una idea y un ejercicio efectivo de la violencia (Rausch, Citroni, & Manassero,
2020, pág. 92), una violencia moral.
El nuevo orden seguía el proceso de segregación espacial propio del capitalismo (Rodriguez
Vignoli & Arriaga Luco, 2003), agudizándolo, necesitaba reubicar a los sectores sociales según
el lugar que la dictadura le había asignado en la ciudad. Los asentamientos populares debían
ser erradicados porque estaban en el lugar “equivocado”. El nuevo orden debía identificar los
sectores sociales por medio de una diferenciación espacial, lograda con la ruptura de la trama
tradicional del damero. Teniendo una organización espacial, imponer una distinta, no por algo
que lo impida, sino para ordenar el espacio según la mirada de quien lo impone, actúa como
una diferencia social inmediata. La trama tradicional es uniforme, comprendida y apropiada, y
una ruptura de ella se percibe como distinto de inmediato (Martino, 2011, pág. 277). Para los
conjuntos habitacionales se recurrió al giro y la interrupción de la trama circundante
(Bekinschstein, Calcagno, & Risso Patron, 2010, pág. 51), generando una trama “singular” 6
(Alcalá, y otros, 2018), una singularidad que encierra; como señala Martino (2011), es
importante considerar la perspectiva construida desde fuera del conjunto por la cual se da “un
proceso de identificación y estigmatización negativa y violenta de un territorio… dentro del
espacio urbano, conduciendo a prácticas discriminantes… Desde un punto de vista externo,
dichos complejos habitacionales cargan con el imaginario de un lugar peligroso, un
«aguantadero» para los delincuentes, imagen que lo representa como un lugar encerrado”
(Martino, 2011, pág. 281).
La ruptura de la trama también se logró con el giro de las calles. La diferenciación debía ser
pronunciada, no bastaba interrumpir la trama generando manzanas grandes o desviando las
calles, sino que además se la debía girar. Una porción del terreno del barrio Güiraldes quedó
afectada por un predio orientado a 45 grados, podría haberse resuelto conteniendo el giro en
esta porción, pero se orientó todo el barrio con la orientación del predio, restringiendo
conectividades con el resto de la ciudad y generando discontinuidades en la trama.
El croquis de Resistencia en 1970 muestra los terrenos de los conjuntos que serían
construidos, están en áreas sin urbanizar, alejadas de las zonas servidas con infraestructuras y
equipamientos. El área del barrio Guiraldes continuaba así en 1977, como muestra el croquis
del CONHABIT.
6
La trama singular se pudo construir porque los conjuntos estaban en terrenos libres, no urbanizados,
lejos de los núcleos céntricos de la ciudad y sin accesibilidades. Esto, además de reubicar los sectores de
medios y bajos ingresos en la periferia, permitía vender al estado un terreno muy caro (Wagner, 2008)
que fue comprado muy barato y vender luego el proyecto, la urbanización, las viviendas y el
equipamiento (Van Poepelen, 2005, pág. 203). Ciclo diseñado para beneficiar a las grandes empresas
constructoras, el nuevo orden no solo moralizaba a los pobres, también era un negocio. (Bekinschstein,
Calcagno, & Risso Patrón, 2010, pág. 37).
Elaboración propia sobre imagen Revista Geográfica N° 3 (Bruniard, 1974).
La diferenciación de las tramas singulares creó un adentro y un afuera. Los croquis de los
conjuntos de Resistencia7 muestran la configuración espacial que determina un área dentro de
otra; la discontinuidad de la trama, el giro respecto de la adyacente y la espacialidad resultante
dentro de ella, completamente diferente a lo que la rodea es una barrera física que materializa
un área dentro de otra (Martino, 2011, pág. 278), dos áreas que se terminan de componer con
los sectores sociales que incluyen. La diferenciación espacial se vuelve estigmatización desde el
afuera hacia el adentro. Esta relación dialéctica surge cuando, a través del espacio, se
diferencia la sociedad. El proceso de segregación social y urbana del sistema capitalista de
producción de hábitat habitual se agudiza, acentuándose con barreras espaciales y se
convierte en violencia espacial cuando se trata de sectores populares los encerrados.
7
Lo que puede verse en otros conjuntos en el trabajo Proyecto Rehabitar (Bekinschstein, Calcagno, &
Risso Patron, 2010) mostrando la continuidad de esta política espacial de la dictadura en todo el país.
Elaboración propia sobre imagen Revista Geografica N° 3 (Bruniard, 1974).
Elaboración propia sobre imagen Plano CONHABIT. 1977.
La dificultad impuesta por el diseño urbano a los habitantes de los conjuntos, contribuye a la
estigmatización, la línea de los contenedores de basura construye una barrera sucia. Es la
basura que proviene del adentro, que se expone afuera mostrando la suciedad del adentro. La
violencia se multiplica porque el municipio evade recoger basura de 200 domicilios para
hacerlo de 10 contenedores8. Hay un ahorro para el municipio en recursos humanos, vehículos
y combustible, ahorro que los habitantes no perciben porque pagan lo mismo por recolección
de basura que el vecino de la trama tradicional (Municipalidad de Resistencia, 2021).
La trama singular impide la atención de problemas en los que sea necesario llegar con
vehículos al domicilio, como una ambulancia o un camión de bomberos. Los incendios
frecuentes en los conjuntos de todo el país que se extienden por el mal proyecto de los
edificios son de difícil extinción por la disposición de las viviendas y la imprevisión de
hidrantes. Es una violencia persistente, encarnada en los habitantes desprotegidos ante los
incendios. Que pueden ocurrir recurrentemente por falta de mantenimiento de las
instalaciones eléctricas y el prematuro y acelerado deterioro que sufren (Dimarco & Leiva,
1995).
La organización del asentamiento deriva también de las necesidades espaciales que tengan sus
habitantes. Los asentamientos pueden alojar habitantes que desarrollen actividades con
tracción a sangre, lo que implica la necesidad de alojar caballos y carros en los lotes; también
pequeñas huertas o gallineros. Estas particularidades organizan el loteo y la apropiación del
espacio de cada familia. Hay que considerar que esto es determinante del mayor o menor
ingreso de la familia.
El asentamiento es una estrategia de los sectores populares para lograr ciudad y vivienda, con
una característica importante: es paulatina. La familia y la comunidad luchan años para lograr
lo necesario. Esto se aprende en la comunidad y se vive durante toda la existencia. La
desarrollan los padres, siguiendo a los abuelos y la siguen luego los hijos en un continuo
generacional que hace crecer y progresar el asentamiento hasta convertirlo en barrio 10.
Las familias necesitan una organización espacial siguiendo sus prácticas que permita que se
adapten a ella, podría ser una serie de manzanas de 1 hectárea cada una, vinculadas por
circulaciones que contengan lotes que podrían distribuirse entre las familias según sus
necesidades y construyendo en cada uno una vivienda que se adapte a las particularidades de
cada familia. Una trama urbana tradicional basada en su unidad básica, la manzana,
estructurada de manera similar al resto de la ciudad. Pero no se adoptó esta organización. Se
adoptaron los conjuntos habitacionales que no tienen ningún punto de contacto con la
practica espacial de los sectores populares (Martino, 2011).
Los conjuntos habitacionales estaban organizados bajo la forma legal que en Argentina se
llamaba Ley 13.512 de Propiedad Horizontal de 1948 11, concebida para el modelo de la
estrategia de reunir varias viviendas en un mismo lote; pero utilizada para sostener legalmente
la estrategia de los conjuntos habitacionales (Bekinschstein, Calcagno, & Risso Patron, 2010).
Generando más conflictos que soluciones. Consiste en dividir al edificio en partes privadas y
partes comunes. Las privadas corresponden al espacio interior de las viviendas, llamadas
unidades funcionales; las comunes son todo el resto del edificio, es decir las circulaciones
necesarias para acceder desde el espacio público exterior hasta la vivienda, la estructura del
edificio, las instalaciones sanitarias y eléctricas o los techos.
En la organización espacial de la trama tradicional, que siguen los asentamientos populares, las
partes comunes, corresponden al espacio de dominio público, es decir que deben ser
mantenidas por la municipalidad. Los vecinos pagan ese servicio en las tasas de ABL
(alumbrado, barrido y limpieza). Tasas que se dividen entre todos los propietarios de la ciudad
y permiten brindar el servicio (Municipalidad de Resistencia, 2021). Característica fundamental
de la trama tradicional, se cuenta con un sistema que compensa pagos y servicios a realizar
entre las diferentes áreas de la ciudad, funciona sobre la base de la compensación y
distribución de la carga de los servicios entre todos los propietarios.
Las dictaduras de Onganía y Videla impusieron violentamente un sistema que eludía este
sistema. Los conjuntos habitacionales se organizaron dejando grandes espacios circulatorios y
verdes dentro de la parcela perteneciente al conjunto habitacional, es decir que lo retiraba del
dominio público, transfiriendo su mantenimiento a los habitantes del conjunto. Fue un
objetivo de la dictadura transferir a los habitantes los servicios que debían brindar las
municipalidades, con el argumento solapado que “la gente debe mantener sus barrios” como
si no lo hicieran al pagar las tasas municipales.
Convirtiéndose en otra violencia espacial cometida por la dictadura, que aún sigue en pie.
Transfiriendo el mantenimiento de los espacios públicos a los habitantes de los conjuntos se
transfiere una responsabilidad de las municipalidades a los habitantes. Los destinatarios
originales eran sectores de bajos o muy bajos recursos, a quienes se suponía beneficiaban
estas viviendas, solo con esta transferencia del mantenimiento del espacio público bajo la
forma de mantener partes comunes de un conjunto, se les cargaba con un gasto que reducía
aún más sus magros ingresos. Al mismo tiempo siguen pagando las tasas habituales de ABL
(Municipalidad de Resistencia, 2021, pág. 3), doble violencia puede decirse.
En los gráficos que siguen se observa una comparación entre la organización espacial de la
trama urbana tradicional y la de los conjuntos habitacionales, comparando las áreas
construidas y libres y porcentajes de superficies de usos privado y público en los barrios
Güiraldes y Santa Inés con un sector urbano tradicional de la ciudad de Resistencia. Estas
superficies de uso público no corresponden al espacio de dominio público, sino que son de uso
público dentro del área del conjunto, es decir que pertenecen al dominio privado. Por lo que
no son mantenidas por la municipalidad (Municipalidad de Resistencia, 2021), sino por los
habitantes del conjunto.
12
Y de la enorme mayoría del país
Elaboración Propia con croquis de Trabalon, 1986
El área publica a limpiar y mantener en los conjuntos es mucho mayor que en la trama
tradicional, casi se triplica y en algunos conjuntos casi se cuadruplica. Se invierte la carga de la
tarea, por medio de una organización espacial; lo que antes hacia la municipalidad, ahora debe
hacerlo la comunidad, habiendo pagado a la municipalidad para que lo haga.
La dictadura aplicó esta política en todo el país, imponiendo planes urbanos y los conjuntos
habitacionales; siguiendo a Rausch (2020) “bajo las premisas moralizantes de orden y
limpieza” pretendieron refundar la sociedad con planes espaciales violentos y represivos
(Rausch, Citroni, & Manassero, 2020). El orden y la limpieza se lograban erradicando villas y
asentamientos y construyendo conjuntos que debían ser cuidados y mantenidos por sus
habitantes desligando al estado municipal de esa responsabilidad que constitucionalmente le
compete y cobra por ello.
Mantenimientos
Es conocido desde hace milenios que los objetos construidos con materiales compuestos se
degradan y deterioran hasta reducirse a como se encuentran en la naturaleza lo que hace
necesario el mantenimiento de las construcciones (Dunowicz & Boselli, 1995) (Arancibia
Fernandez, 2007) (Bernal, 2009). Necesidad invariable en cualquier proceso constructivo desde
la concepción del proyecto y durante la vida útil del edificio. Se deben proyectar y construir
edificios que tengan larga vida útil con bajo mantenimiento.
Pero el edificio debe ser mantenido, lo que será más o menos costoso según como fue
proyectado y construido, situación que no se informa al propietario y se lo asigna sin más
(Leblanc, Pellegrino, & Degano, 2018, pág. 843).
Si se proyectó y construyó con la premisa de bajo mantenimiento, tendrá que costear un bajo
mantenimiento. Pero si el proyecto no lo previó o la construcción fue defectuosa, este bajo
costo de mantenimiento subirá (Arancibia Fernandez, 2007) (Blanco Santos, 2021, pág. 40);
para el caso del hormigón armado, el componente principal de los conjuntos habitacionales, lo
hará según la Ley de los Cinco. Según la cual cada peso gastado durante el proceso de proyecto
y construcción elimina cinco pesos en mantenimiento preventivo, 25 en trabajos de reparación
y 125 en rehabilitación. Es decir que cuesta 5 veces más mantener preventivamente algo que
no fue previsto en la etapa de proyecto o corregido durante la construcción, de no hacer
mantenimiento preventivo costará 25 veces más repararlo y 125 veces más rehabilitarlo (De
Sitter, 1983).
13
El aspecto de la limpieza y mantenimiento de los espacios comunes exteriores, como el
mantenimiento del edificio, son considerados sin analizar los conjuntos en servicio, sino solo en lo que
es su concepción proyectual construida. Los aspectos negativos presentados como violencias espaciales
son antes de ser usados, se infieren sin uso. El resultado del uso, como veremos, es más violento aún.
que para el caso que se cumpla la Ley de los Cinco, los costos deben ser soportados por
población de escasos recursos. O convivir con el defecto.
14
Escogidos entre otros que también estudiaron la temática ya que hay diferentes estudios que
sostienen el deterioro prematuro y pronunciado de los conjuntos habitacionales..
(Norte, 1983)
“Esto parece un barrilete, dice Ruben W. Sandoval, porque el viento no era para tanto
ni para levantar tanto peso, ya ve usted… los hierros están atados con alambres en
lugar de tener bulones… y encima están arrimados nomas a la pared, como para que
no vuele.” (Mario, 1983)
(Norte, 1983)
(Norte, 1983)
“Existen problemas de diseño que repercuten en el mal estado de las viviendas. Entre ellos es
notorio la falta de tabiques divisorios entre viviendas (desde la altura del cielorraso hasta la
cubierta) que favorece la propagación de posibles incendios y el uso de estructuras de madera
que posibilitan la propagación de bichos” (Dimarco & Leiva, 1995, pág. 132). Resulta indignante
esta violencia; 19 años antes de los incendios del barrio Santa Ines fue detectada la
imprudencia proyectual y desidia constructiva de no construir muros cortafuegos y no se hizo
nada; esta información es vital para los habitantes del barrio, se debió informarles para que, al
menos tomen recaudos, este ocultamiento es otra violencia.
La persistencia de la violencia
Una traba de difícil resolución para la conformación de consorcios, aún hoy se mantienen estas
condiciones. Un sencillo paso en la resolución seria dividir las mensuras en porciones que
resulten con menos unidades funcionales para formar los consorcios, lo que puede hacerse por
la vía normal de subdivisión de la mensura original o aprobar una ley o emitir un decreto que
permita formar consorcios más pequeños manteniendo la mensura original, nunca se siguió
alguna de estas alternativas. Los conjuntos siguen sin atención estatal, contribuyendo al
empeoramiento de la situación que padecen.
El Proyecto Rehabitar señala tres grupos de irregularidades dominiales en todo el país. a)
conjuntos habitacionales sobre inmuebles en poder de privados o del estado, nacional,
provincial o municipal; b) unidades funcionales entregadas con boletos de compraventa o
cesiones de derecho, sin escriturar; c) incumplimiento del destino de la adjudicación
(Bekinschstein, Calcagno, & Risso Patron, 2010, pág. 71). A 30 años de entregarse los conjuntos
habitacionales los habitantes no eran, ni lo son aún, propietarios de sus viviendas, la dictadura
y los sucesivos gobiernos democráticos no resolvieron el problema dominial, sumando otra
violencia a las ya padecidas. Las irregularidades, imperfecciones e informalidades dominiales
que la dictadura pretendía erradicar de los asentamientos populares eran cometidas y
mantenidas por la propia dictadura. Nunca tuvieron la intención de resolver el problema
habitacional de los sectores populares, sino despojarlos de sus espacios y beneficiar al sector
concentrado de las empresas constructoras.
Esto impidió que se formen los consorcios y los pocos que se formaron desaparecieron.
(Bekinschstein, Calcagno, & Risso Patron, 2010, págs. 21, 66, 86, 117). El consorcio no es parte
de la trayectoria ocupacional de los destinatarios de los conjuntos, pero es una necesidad para
gestionar su mantenimiento (Bekinschstein, Calcagno, & Risso Patron, 2010) (Dimarco & Leiva,
1995) (Torres Cano, y otros, 2001) y es una de las razones de la persistencia y aumento del
deterioro de los conjuntos.
La violencia persiste también por la inacción del estado. La única acción que tuvo el estado fue
abandonar la construcción de conjuntos habitacionales (Clare Riobóo, 2019, pág. 87). Y
aunque se pueden mencionar iniciativas provinciales como el Programa de Rehabilitación y
Puesta en Valor de los Conjuntos Urbanos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires
(Lekerman & Pose, 2015) o el Proyecto Rehabitar de 2010 financiado por la nación, no tienen
continuidad.
El Proyecto Rehabitar señala la importancia de mejorar las condiciones de vida de más de un
millón de habitantes (Bekinschstein, Calcagno, & Risso Patron, 2010, pág. 72), recuperando un
parque habitacional de más de 230 mil viviendas. La política habitacional evitó seguir
construyéndolos, pero no hizo nada para recuperarlos.
El Registro Nacional de barrios Populares no registra a los conjuntos habitacionales como
barrios populares, a pesar de identificarlos como tales (RENABAP, 2022, pág. 9). Que se
registren las villas y asentamientos porque “albergan la mayor proporción de la población que
habita en condiciones precarias y que además presentan las principales problemáticas sociales
y urbanas” (RENABAP, 2022, pág. 10) refleja la posición e intereses del sector que impulsó su
creación, no la situación de violenta precariedad espacial que sufren los habitantes de los
conjuntos; los excluye de políticas públicas contribuyendo a su invisibilización dentro del
estado. La atención del problema habitacional de los sectores populares requiere mirar el
problema integralmente. La situación actual de las políticas públicas es la disgregación en la
atención del problema según los intereses de cada sector deficitario. En donde la organización
y lucha de los sectores representativos de los asentamientos populares, y la propia situación
de injusticia que sufren, hacen que prevalezca y se atienda esta parte del problema. Pero no
puede implicar la desatención del resto del problema. Comprenderlos como parte del
problema habitacional pero no atenderlos es una violencia más que sufren los habitantes de
los conjuntos y requiere ser detenida.
Este trabajo pretende presentar a los conjuntos habitacionales como hechos de violencia
espacial persistente, que deben ser reconocidos por el estado para formular e invertir en
políticas de recuperación e integración social y urbana de los conjuntos. Incluirlos 15 dentro del
RENABAP, sería un acto reparador necesario para detener la violencia sobre sus habitantes.
15
Podría organizarse otra estructura dentro o paralela a la Secretaría de Integración Socio Urbana que
aborde específicamente el problema de los conjuntos.
La desatención del estado se completa con la operación de ocultamiento del problema más
violenta que existe en nuestra legislación, el déficit habitacional.
El principal insumo para la definición de políticas habitacionales es el concepto del déficit
habitacional, que intenta reflejar la carencia de satisfactores habitacionales (Hancevich &
Steinbrun, 2009, pág. 2) y por el cual se establece la cantidad de viviendas faltantes y la calidad
de las existentes. Datos surgidos de relevar las viviendas junto a los censos de población y las
encuestas permanentes de hogares (INDEC, 2022). La cantidad de viviendas faltantes surge
entre la cantidad total de hogares y la de viviendas existentes más la cantidad de viviendas
precarias irrecuperables que requieren la construcción de una nueva. La calidad de las
viviendas se establece por medio de 14 indicadores. Con una metodología construida al efecto,
denominada CALMAT, que establece categorías de viviendas conforme sus materiales y una
serie de combinaciones entre ellos (INDEC, 2003, pág. 5). La metodología establece que los
conjuntos habitacionales no son deficitarios, ya que el instrumento pondera indicadores que
los conjuntos sobradamente alcanzan. Sus pisos no son de tierra, sus paredes son de
mampostería y están revocadas, sus techos no son de chapas de cartón, tienen cielorraso,
tienen agua por cañería embutida de red pública, el baño tiene inodoro y la eliminación de
excretas es a red pública, no usan leña o carbón para cocinar, en general tienen la cantidad de
dormitorios adecuada para la familia que los habita, la vivienda es propia 16 y tienen internet,
celular y computadora en la vivienda y además las calles que los rodean son asfaltadas y hay
equipamientos comerciales, educativos, administrativos y de seguridad en el área donde se
encuentran. La metodología diseñada no releva el estado de los materiales, que permitiría
establecer si la vivienda es o no deficitaria. Releva una unidad vivienda 17, no el área, lugar o
forma espacial en donde se encuentra y cuando lo hace en el formulario para viviendas
colectivas, no consigna a los conjuntos habitacionales como tales. Este método se adoptó hace
más de 70 años (INDEC, 2003, pág. 6) y se mantiene vigente arrastrando un relevamiento
impreciso de la situación habitacional, ocultando la realidad y reflejando solo la cantidad de
viviendas nuevas ya sea por hacinamiento familiar, hogares que alquilan o que viven en
viviendas precarias irrecuperables. No releva asentamientos populares, ni áreas urbanas
deficitarias críticas ni conjuntos habitacionales. Lo único que arroja el concepto del déficit
habitacional es una previsión de viviendas nuevas (Degano, 2014, pág. 23) para justificar su
construcción en lotes libres (Goncalves Almeida, y otros, 2016).
El sector de la construcción utiliza el déficit habitacional (Lazzari, 2012) (Lago, 2016) para
presentar la necesidad de viviendas nuevas periódicamente, siguiendo la premisa de analizar la
vivienda como unidad (Lazzari, 2012, pág. 14) (Lago, 2016, pág. 21) y evitando analizar la
situación habitacional dentro de una configuración espacial y social determinada. Perdiendo el
conjunto de relaciones espaciales, sociales e históricas que la conforma y determina, se hace
posible pensarla como una unidad que puede ser construida en cualquier lugar libre, donde la
repetición y el agrupamiento de tales objetos no implican mayor cuestión que la cantidad que
puedan caber en el lugar. El concepto del déficit habitacional determina el único satisfactor
que lo resuelve, la unidad vivienda.
El déficit habitacional puede ser una herramienta útil, sirve en una caja de herramientas que
permitan abordar integralmente la problemática habitacional, no como la única que descarte
las demás y oculte la realidad de la situación habitacional de millones de habitantes para
justificar la construcción de viviendas nuevas en lotes libres18.
16
De manera imperfecta, como se mostró mas arriba, pero la mayoría tiene al menos un boleto de
compraventa o cesión de derechos.
17
Lo que es válido también para los asentamientos populares, ya que este indicador no los muestra
como área o conjunto de viviendas.
18
El problema no es solo cuantas viviendas nuevas debe financiar el estado, sino dónde, para qué
sectores sociales y qué hacer con las recuperables e irrecuperables; en asentamientos, en el centro, con
El déficit habitacional se usó para justificar la construcción de los conjuntos habitacionales de
las dictaduras de 1966 – 1973 y 1976 – 1983 (Rausch, Citroni, & Manassero, 2020, pág. 97) y
hoy es una barrera que impide que los conjuntos se consideren como viviendas a recuperar.
Porque según los parámetros que establece la normativa para medir el déficit habitacional, los
conjuntos habitacionales son viviendas adecuadas en los términos establecidos por la ONU en
la Conferencia Hábitat II (1996) y están dentro de “CALMAT I. La vivienda presenta materiales
resistentes en todos los componentes e incorpora todos los elementos de aislación y
terminación” (INDEC, 2003, pág. 12).
Este artefacto que la gente no sabía habitar, que no tenía espacios privados de esparcimiento
ni recreación, que no preveía crecimientos o modificaciones, que no preveía cocheras, muy
complejo de usar, muy caro de mantener, que transfiere a los habitantes responsabilidades de
la municipalidad, que los encierra estigmatizándolos y que los pone en riesgo severo de vida se
entregó a destinatarios de bajos ingresos.
H. Herrera sobre RIPTE, SIPA, INDEC, CQP, FLACSO. Empalme 1996 (Agostinelli, 2023)
Beckinschtein y otros (2010) señalan como una causa de la persistencia del problema del
deterioro de los conjuntos, la disminución de los ingresos. Los destinatarios de los conjuntos
vieron disminuir drásticamente sus ingresos en los 20 años posteriores, el ingreso real
promedio entre 1980 y 2006 disminuyó más del 20% (Bekinschstein, Calcagno, & Risso Patron,
2010, pág. 41); en los siguientes 20 años, si bien hubo cierta recuperación, no se alcanzaron los
niveles de ingresos originales (Amico, 2015) (Kornblihtt & Seiffer, 2018).
Tenemos edificios muy caros de mantener con habitantes con muy bajos ingresos, con
proyectos y construcciones defectuosos cumplirán además la Ley de los Cinco. El resultado,
que se puede ver en el estado de los conjuntos habitacionales de Resistencia, se explica en el
siguiente cuadro que combina la multiplicación de los costos de mantenimiento con la
disminución de los ingresos de sus habitantes.
Imposición violenta
El aspecto más violento de la estrategia consiste en que: quienes no pueden comprar ciudad ni
vivienda deben aceptar lo que otros les proveen, ya que la necesidad de ciudad y vivienda es
acuciante y las posibilidades de resolverla son escasas.
El derecho a tener un lugar donde vivir, conseguido con décadas de lucha popular, se logró con
una imposición: las clases dominantes van a decidir dónde, en qué y cómo van a ser esos
lugares. El sistema estatal de atención de la problemática habitacional consiste en que el
estado decide todo para los destinatarios que no pueden pagar. Generando una diferencia con
los que pueden hacerlo. La imposibilidad de comprar un terreno y construir una vivienda, hace
que el estado decida donde será el terreno y cómo será la vivienda. Se oculta un aspecto
central del problema, la ciudad, haciendo énfasis en el aspecto más percibido como problema
por la población que es el objeto vivienda. La política habitacional no considera al hábitat.
Desde la política de “casas baratas” se ha construido un sistema, invariable en sus rasgos más
importantes, que consiste en organizar la atención del problema habitacional a partir del
objeto vivienda. El sistema puede resumirse en lo siguiente:
La estrategia histórica estatal es que el estado proyecta ciudad y vivienda para los que no
pueden comprarlos. Con un satisfactor uniformado que denominan vivienda de interés social
(Leblanc, Pellegrino, & Degano, 2018, pág. 5). Recurriendo al concepto del prototipo para
atender el problema, se asume que las familias tienen un punto espacial y temporal de
uniformidad, en el cual todas son iguales. La rigidez es una de las características de prototipizar
en forma de conjunto el satisfactor. No es posible crecer o decrecer.
Para el estado el problema habitacional es un gasto en lugar de una inversión, que debe ser lo
menos posible, por lo que se recurre al prototipo, ya que con algunas variantes se resuelven
las diferencias espaciales de las familias. Generando desigualdad entre quienes pueden
comprar vivienda y ciudad contratando un profesional para hacer el proyecto en un lote
adecuado y quienes no, debiendo aceptar la provisión del prototipo (Lekerman & Pose, 2015,
pág. 6)19.
La dictadura de Onganía impuso un proyecto de “profilaxis social urbana” (Gomes, 2017) para
erradicar las villas por el peligro que representaban sus habitantes y para imponer y enseñar
formas de vida civilizadas, ordenando su realidad social, sus relaciones humanas (Leblanc,
Pellegrino, & Degano, 2018, pág. 5) y la estética y moral que pretendían los dictadores (Gomes,
2017, pág. 679). La anormalidad de los asentamientos era una amenaza al orden social
establecido que debían erradicarse violentamente desalojándolos para reubicarlos en un
conjunto habitacional que recomponga el orden social (Gomes, 2017, pág. 679).
La dictadura de Onganía era consciente del conflicto que los habitantes de los asentamientos
vivan en los conjuntos habitacionales. La trayectoria ocupacional de los sectores populares fue
considerada, por lo que se decidió implementar un plan de adaptación para “capacitar” a los
habitantes de los asentamientos. La primera etapa consistió en el Plan Piloto de Realojamiento
de la Villa 7 del barrio de Mataderos en la Ciudad de Buenos Aires, por el cual se construyeron
120 viviendas, que sirvió como experiencia para probar la erradicación y el realojamiento. La
segunda etapa fueron los Núcleos Urbanos Transitorios, en donde las familias se capacitarían
para vivir en las viviendas definitivas en los conjuntos habitacionales que fueron la tercera
etapa.
Las pautas impuestas fueron las que guiaron el urbanismo y la arquitectura de los conjuntos.
Las pautas de diseño arquitectónico pueden resumirse en tres y sintetizan el modelo que las
dictaduras de Onganía y Videla impusieron para evaluar cientos de concursos de proyectos.
Estas pautas nada tenían que ver con las trayectorias ocupacionales de la población de los
asentamientos, son pautas contrarias a la vida urbana, que se desarrolla independientemente
de las pautas que se pretenden imponer y en este caso se desarrolló de manera degradante.
El uso de los artefactos resultantes de proyectar con estas pautas, en articulación con la
imposibilidad de tener consorcios, de realizar mantenimientos y tener pocos ingresos, derivó
en la deformación deteriorante de los conjuntos. Empeorando lo que ya había sido mal
proyectado y peor construido. Las soluciones encontradas por la gente para romper la rigidez
impuesta, sortear el autocontrol de las circulaciones reducidas o cuidar sus autos se
convirtieron en nuevas violencias que, aunque paliaban en parte las que sufrían en los
conjuntos, empeoraban la situación.
Al tiempo que la reducción de las circulaciones vehiculares implica un menor costo de obra.
La combinación del intento de resolver los conflictos vehiculares con la necesidad de acotar los
espacios verdes y el menor costo al reducir calles vehiculares resultó en el planteo urbano de
reducción del ancho de las circulaciones peatonales. Que, además, cumplía la pauta de la
dictadura del autocontrol social. Las circulaciones vehiculares no son necesariamente un
conflicto, se convierten en tales cuando están mal resueltas y son necesarias para mejorar las
condiciones de vida. Por ejemplo, para llegar con una autobomba a un incendio. O a ocho
viviendas incendiadas.
Los siniestros que sufrieron en el barrio Santa Inés en los cuales es difícil extinguir un incendio
o las complicaciones en la recolección de basura son penurias que se vuelven violencias al
haber sido diseñadas.
20
A la vez que aloja también todas las infraestructuras que adaptan el territorio para volverlo urbano,
como las redes de energía eléctrica, de datos, agua y cloaca o los desagües pluviales.
La pauta de diseño de reducción de circulaciones peatonales y vehiculares pudo imponerse
porque se supuso que los habitantes de los conjuntos habitacionales no tendrían vehículos.
La situación de escasos ingresos no impide acceder a un auto usado, viejo, en mal estado, pero
auto al fin que requiere circular y ser resguardado; o aquellos que hoy no pueden acceder a un
auto, pueden cambiar y en el futuro poder comprar un auto. Esta dinámica se desconsideró y
resultó en que los autos deban estacionarse lejos de las viviendas y sin resguardo, que las
compras o los chicos volviendo de la escuela deben hacerse caminando hasta 50 metros bajo
la lluvia para llegar desde los autos hasta las casas como en los barrios Güiraldes, Santa Inés,
España, San Cayetano o Provincias Unidas. O igual distancia para sacar la basura. O la
imposibilidad de movilizar personas mayores, o con distintas capacidades o pacientes de
alguna enfermedad que requieran ambulancia.
Los autos son parte de la vida urbana, son una herramienta de trabajo y un facilitador de los
desplazamientos familiares; al tiempo que se convierten en una necesidad frente al deficiente
sistema de transporte público que afecta a las áreas donde se asientan los conjuntos
habitacionales. Su utilización, desconsiderada por el proyecto, fue introducida en los conjuntos
habitacionales de la manera que pudieron hacerlo sus habitantes, debiendo romper la rigidez
impuesta y resolviendo desprolijamente las necesidades. El resultado es una constante en
todos los conjuntos (Bekinschstein, Calcagno, & Risso Patron, 2010), la ocupación de un
espacio común destinado al esparcimiento, con la construcción de una casilla muy precaria
para guardar el auto. Los casos de los barrios Guiraldes, España, San Cayetano, Santa Inés o
Provincias Unidas (Dimarco & Leiva, 1995), son evidencia de la violencia espacial que sufren
sus habitantes al desconsiderar sus necesidades espaciales.
Comentario final
La violencia es múltiple y extendida. Se hicieron negocios con los terrenos, con las viviendas,
con las infraestructuras y equipamientos, ganaron construyendo mal, se ahorran en
alumbrado, barrido y limpieza, se segrega y estigmatiza a los habitantes, no pueden extinguirse
los incendios ni sacar a enfermos o ancianos de las viviendas y deben vivir en una construcción
deteriorada y deficiente.
Los incendios son la parte final del prematuro, acelerado, prolongado e incesante deterioro de
los conjuntos habitacionales, que fuera denunciado tempranamente por varios estudios que
incluso antes del vencimiento de la garantía de obra lo señalaron y las voladuras de techos del
barrio España lo mostraban.
Lo que continua porque el estado no identifica siquiera como deficitarios a los conjuntos
habitacionales, porque habiendo sido reconocidos por el propio estado como parte de la
emergencia habitacional los ignora al no incluirlos en el RENABAP o porque disponiendo de
programas para rehabilitar los conjuntos no los financia. El escaso recurso económico
disponible para el problema habitacional debe ser usado invariablemente para la construcción
de viviendas nuevas en lotes libres. Los conjuntos merecen escasa o nula atención. Para ellos
no hay siquiera el humillante concepto de la vivienda de interés social.
Los objetivos de estas lineas son que los conjuntos habitacionales se consideren un hecho de
violencia espacial, una modalidad de asentamientos populares, que deben ser situados como
áreas urbanas deficitarias críticas, incorporados al RENABAP e incluidos en los instrumentos de
medición del déficit habitacional para volver observable su situación segregada y deficitaria
critica21 para incorporarlos en las previsiones presupuestarias e iniciar un proceso de
reparación histórica, de recuperación y rehabilitación edilicias e integración social y urbana.
Vivir en artefactos que desconsideran las necesidades de sus habitantes, que se deterioran
rápidamente sin posibilidad de mantenerlos, restringiendo el crecimiento de los hogares, que
dificultan la recolección de basura o el ingreso de ambulancias, que traslada obligaciones
municipales ya cobradas a los habitantes, que segrega, encierra y estigmatiza
persistentemente, que impuso un orden moralizante para someter a la población erradicada y
con situaciones de dominio imperfectas arrastradas por más de 40 años, deberían ser
suficientes razones para establecer que los conjuntos habitacionales son un hecho de violencia
espacial. Pero si no fueran suficientes, están las voladuras de techos y los incendios, y seguirán
estando todas estas violencias si no se cambia la mirada sobre ellos.
21
Así como la del resto de los asentamientos populares.
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