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Conceptos Semánticos

El documento aborda las relaciones semánticas entre palabras, destacando la polisemia, homonimia y sinonimia, así como los cambios semánticos que pueden ocurrir a lo largo del tiempo. Se discuten los conceptos de tabú y eufemismo, así como los cambios por causas sociales, lingüísticas y psicológicas, incluyendo metáforas y metonimias. Además, se menciona la etimología popular y la antonomasia como fenómenos que afectan el significado de las palabras.
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Conceptos Semánticos

El documento aborda las relaciones semánticas entre palabras, destacando la polisemia, homonimia y sinonimia, así como los cambios semánticos que pueden ocurrir a lo largo del tiempo. Se discuten los conceptos de tabú y eufemismo, así como los cambios por causas sociales, lingüísticas y psicológicas, incluyendo metáforas y metonimias. Además, se menciona la etimología popular y la antonomasia como fenómenos que afectan el significado de las palabras.
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CONCEPTOS SEMÁNTICOS

Principales relaciones semánticas

La semántica se ocupa también de estudiar ciertas relaciones que se estable-


cen entre el significado de las palabras. Aunque parece que lo más lógico es
que a cada significante le corresponda un único significado (monosemia), en
realidad suceden con muchísima frecuencia casos diferentes. Reflexionaremos
a continuación acerca de tres de estos casos: la polisemia, la homonimia y la
sinonimia.

Se produce polisemia cuando a un solo significante le corresponden varios


significados diferentes.

Por ejemplo, el término araña tiene dos significados (“animal” y “lámpara con
brazos”), igual que ratón (“roedor” y “accesorio del ordenador”). En ambos ca-
sos, el significado original de la palabra era el primero y se ha ido ampliando
por medio de asociaciones mentales realizadas por los hablantes.

Decimos que dos palabras son homónimas si, a pesar de proceder de orí-
genes diferentes, han llegado por casualidad en su significante.

No se debe confundir la polisemia con la homonimia. Son palabras homónimas,


por ejemplo, el sustantivo vino (“bebida alcohólica”) y la forma verbal vino
(pretérito perfecto simple del verbo venir), o china (femenino de chino) y china
(“piedrecita”). No se trata de una sola palabra cuyo significado se ha ampliado,
como sucede en la polisemia, sino de dos palabras totalmente distintas a las
que la evolución ha hecho converger en una misma forma.

Se produce sinonimia cuando dos o más palabras tienen un significado igual


o muy parecido.

Hay distintos grados de sinonimia:


· Sinonimia absoluta. Es muy poco frecuente, pues resulta difícil encontrar
dos palabras que compartan todos sus semas y valores de uso (alquilar/arren-
dar, esperar/aguarda, verano/estío). Cuando es así, es habitual que uno de los
dos sinónimos vaya dejando de utilizarse a favor del otro, tal como sucede con
la segunda palabra de cada par de los ejemplos propuestos.
· Sinonimia parcial. Dos palabras comparten una parte considerable de su
significado, pero no siempre son equivalentes a causa de sus notaciones o de
las diferentes situaciones en que se usan. Así, cara y rostro son intercambia-
bles en frases como La cara / el rostro de esa joven me pareció interesante,
pero no lo son en La moneda salió cara / *rostro ni en Deberías atreverte a dar
la cara/*el rostro.
· Sinonimia contextual. Dos palabras que no comparten semas pueden fun-
cionar como sinónimas en determinados contextos. Por ejemplo, aunque el tér-
mino lince no es en principio sinónimo de astuto, funciona como tal en la ora-
ción Eres un lince / astuto para los negocios.
Sucede otras veces que dos palabras pueden intercambiarse en un contexto
determinado, pero no se debe a que sean sinónimas, sino a que el significado
de unas de ellas está incluido en el de la otra. Así ocurre en En su jardín cre-
cían las rosas / las flores.

Llamamos hiperónimo a la palabra cuyo significado abarca el de otras, que


se conocen como hipónimos. Los hipónimos a los que se refiere una palabra
hiperónima son, entre sí, cohipónimos.

En el ejemplo anterior, flores es un hiperónimo de rosas. Rosas, claveles, mar-


garitas, dalias, etc., son hipónimos de la palabra flores y son cohipónimos entre
sí.

También es posible que la relación entre el contenido semántico de dos térmi-


nos sea de oposición. Es el caso de las palabras antónimas.

Hay tres tipos de antónimos distintos:


· Antónimos complementarios. La negación de uno de ellos supone la afir-
mación del otro (vivo/muerto).
· Antónimos propiamente dichos. Entre los dos términos propuestos se ex-
tiende una gradación (feo/guapo).
· Antónimos recíprocos. Un término implica al otro (compra/venta).

Los cambios semánticos

Además de sufrir alteraciones en su forma externa, las palabras también pue-


den experimentar cambios en su significado a lo largo del tiempo. Por ejemplo,
hay palabras cuyo significado ha adquirido connotaciones más positivas (del
latín minister “sirviente”, procede el español ministro), mientras que a otras les
ha sucedido lo contrario (en griego, la palabra tirano significaba sencillamente
“rey”).
Los cambios semánticos son transformaciones en el significado de las pala-
bras, que puede ampliarse (palabras como servidor o bajar han adquirido ma-
yor extensión semántica gracias a la informática), o bien restringirse (el tér-
mino latino secare, que significaba “cortar”, ha dado en español segar, “cortar
la mies”).
Las razones que explican los cambios de significados son múltiples, mientras
que, por el contrario, la palabra que lo designa continúa siendo la misma. En
ese caso, podemos hablar de un cambio semántico provocado por la realidad
extralingüística. Sucede esto, por ejemplo, cuando un objeto es sustituido en
sus funciones por otro totalmente distinto que conserva su mismo nombre, de
modo que se ha producido un cambio en el significado de la palabra:

· Una nevera era antiguamente un lugar lleno de nieve para conservar la comi-
da, pero fue sustituida por un aparato que producía frío sin necesidad de nieve.
· Para escribir se utilizó durante mucho tiempo una pluma de ave. Cuando se
abandonó su uso, la misma palabra sirvió para nombrar al nuevo objeto carga-
do de tinta.

2
Cambios por causas sociales

Cuando se evita pronunciar una palabra porque socialmente resulta de mal


gusto, bien sea por pudor, por razones religiosas o porque nombra realidades
desagradables, la llamamos tabú. Son tabúes, por ejemplo, los nombres de
algunas partes del cuerpo y de funciones fisiológicas consideradas sucias o ver-
gonzosas; muchas palabras relacionadas con el sexo y con la función excreto-
ra. También son tabúes las palabras que tienen que ver con la muerte, la en-
fermedad, la vejez y con todo tipo de situaciones que no nos gustan o de las
que, sencillamente, preferiríamos no tener que hablar.
Para evitar tener que usar un tabú, se busca un eufemismo, otra palabra o
expresión que sea equivalente, pero que resulte socialmente aceptable: hacer
pis, en lugar de mear; ajustes de plantilla, en lugar de despidos; no conseguir
los objetivos, en lugar de fracasar; descansar en paz, en lugar de morir.
En muchas ocasiones, los eufemismos tienen un tono humorístico: estar a la
sombra significa esta estar en la cárcel. Otras veces utilizamos disfemismos,
que son expresiones deliberadamente sarcásticas y peyorativas para nombrar
una realidad: estirar la pata o hincar el pico equivalen a morir.
En muchos de estos tabúes se produce un fenómeno curioso, una especie de
degradación o desgaste de los eufemismos, que pronto se convierten en
tabúes y han de ser sustituidos por sucesivos eufemismos nuevos. Así sucede
en los siguientes ejemplos. La palabra viejos se empezó a considerar tabú y fue
sustituida por ancianos. Sin embargo, ancianos comenzó a adquirir a adquirir
connotaciones negativas, por lo que apareció en su lugar la expresión personas
de la tercera edad. Después de un tiempo, esta denominación se ha abandona-
do a favor del término mayores. Otro ejemplo del desgaste de los eufemismos
es la de la palabra tullidos, que dio paso a inválidos. Este eufemismo dejó de
resultar satisfactorio y se sustituyó por minusválidos. Más tarde, ha empezado
a utilizarse un eufemismo nuevo: discapacitados físicos.
Lo más probable es que los eufemismos más recientes, mayores y discapacita-
dos físicos, también vayan perdiendo su eficacia y sean sustituidos por otros
nuevos. De hecho, ya se empieza a oír la nueva expresión personas dependien-
tes aplicada tanto a ancianos como a enfermos.
En resumen, los conceptos de tabú y eufemismo no son fijos, sino que depen-
den de lo que la sociedad encuentre o no aceptable en cada época.

Cambios por causas lingüísticas

Si la denominación de un objeto no es una sola palabra, sino un sintagma


(buey de mar, fin de semana), puede suceder que una de las palabras absorba
todo el significado de la expresión por contagio semántico. De este modo, el
término puro, que significaba “limpio, sin tacha”, amplía su significado y se
aplica a un tipo de tabaco, pues se ha contagiado de sintagma cigarro puro.
Igual que la palabra cámara (“espacio cerrado”), que ya se utiliza como equiva-
lente de cámara fotográfica, o móvil, en lugar de teléfono móvil.

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Cambios por causas psicológicas

Las causas más frecuentes de los cambios semánticos son las asociaciones de
ideas de los hablantes. Los procesos psicológicos que pueden producir cambios
semánticos son variados, pero los más importantes son la metáfora y la meto-
nimia.

A. La metáfora
Puede ocurrir que un objeto reciba el nombre de otro porque el hablante ad-
vierte una relación de semejanza entre ambos. Por ejemplo, cuando alguien
relaciona mentalmente cierto dispositivo de su ordenador con el aspecto de un
animalito y comienza a llamarlo ratón. O cuando el paso de peatones es deno-
minado paso de cebra a causa de sus rayas. Al final del proceso, ratón y cebra
han ampliado su significado.
Existen ciertos grupos de metáforas que son especialmente numerosas. Es el
caso de las metáforas antropomórficas, que consisten en utilizar las palabras
que nombran las partes del cuerpo humano para denominar diferentes realida-
des. De este modo, decimos ojo de un puente, boca de riego, cabeza de fami-
lia, diente de ajo, pie de una lámpara, codo de una tubería…
Son también numerosas las metáforas relacionadas con los animales: araña
(“lámpara de brazos”), lince (“persona aguda y sagaz”), lirón (“dormilón”),
topo (“agente infiltrado en una organización”), potro (“aparato de gimnasia”),
etc.

B. La metonimia
Igual que la metáfora, la metonimia consiste fundamentalmente en dar a un
objeto la denominación que corresponde a otro. Sin embargo, la diferencia es
que la metáfora se basa en una relación de semejanza entre los dos objetos; la
metonimia, en cambio, es una relación de contigüidad entre ambos. Dicho
de otra manera, la metáfora surge de la mente de alguien que compara dos
objetos parecidos; la metonimia surge de la realidad extralingüística, de la pro-
ximidad real entre los dos referentes.
Por ejemplo, en la expresión tomar unas copas, el término copas ha adquirido
una nueva acepción por metonimia, pues no designa el recipiente de cristal,
sino su contenido. El proceso se justifica por semejanza, sino por contigüidad
en los referentes, porque, en la realidad, las copas y sus contenidos están rela-
cionados.
Algunas de las metonimias más frecuentes, que a menudo pasan inadvertidas
por su sencillez, son las siguientes:
· Sustituir el nombre de una obra por el de su autor (Disfrutaba leyendo a Vir-
gilio → las obras escritas por Virgilio).
· Llamar a un objeto por el de su lugar de procedencia (Me resulta demasiado
fuerte el roquefort → el queso al estilo de Roquefort, en Francia).
· Llamar al contenido por el nombre del continente (Cada día se bebe una bo-
tella de agua de dos litros → el contenido de una botella de agua de dos
litros).
· Utilizar el nombre de una parte para denominar el todo (Tocamos a diez euros
por cabeza → por persona).
· Usar el nombre de un signo en lugar de su significado (¡Respetad mis ca-
nas! → mi vejez).

C. Otros cambios semánticos por causas psicológicas

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Además de las metáforas y metonimias, hay otros cambios semánticos que
también se deben a procesos psicológicos de los hablantes. Vamos a hablar
brevemente de dos de ellos.
En ocasiones, los hablantes establecen una asociación mental incorrecta entre
una palabra y su supuesta etimología, de modo que añaden al término un sen-
tido que nunca ha tenido. A este fenómeno se le llama etimología popular.
Así, por ejemplo, algunos piensan que el dedo pulgar se llama así porque era el
más adecuado para matar a las pulgas. En este caso, el cambio de significado
consiste en que se añaden connotaciones nuevas.
La antonomasia consiste en darle a una persona que tiene una cualidad el
nombre de otra a quien se considera el máximo exponente de esas caracterís-
ticas: llamamos un adonis al hombre joven y guapo, o decimos que alguien
muy inteligente es un pitágoras.

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