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El Bien y el Mal

en la Biblia
Breve referencia bíblica sobre el sentido del bien y del mal.

Tomado del Vocabulario de Teología Bíblica de X. Léon-Dufour


Barcelona (1980), 128-131.
 

«Vio Dios cuanto había hecho, y era muy bueno» (Gen 1,31). Sin embargo, para
acelerar la venida del reino escatológico nos invita Cristo a pedir en el padrenuestro:
«Líbranos del mal» (Mt 6,13). La oposición de estas dos fórmulas plantea al creyente
de nuestros días, para el que la Biblia misma ofrece elementos de solución: ¿de dónde
viene el mal en este mundo creado bueno?, ¿cuándo y cómo se le vencerá?
 
I.  EL BIEN Y EL MAL EN EL MUNDO.
 
1. Para el que las ve o las experimenta, ciertas cosas son subjetivamente buenas
o malas. La palabra hebrea tdb (traducida indistintamente por las palabras griegas
kalos y agathos, bello y bueno [cf. Le 6, 27-35]) designa primitivamente a las
personas o a los objetos que provocan sensaciones agradables o la euforia de todo el
ser: una buena comida (Jue 19,6-9; IRe 21,7; Rut 3,7), una muchacha hermosa (Est
1,11), personas benéficas (Gen 40,14), en una palabra, todo lo que procura la felicidad
o facilita la vida en el orden físico o psicológico (cf. Dt 30,15); por el contrario, todo lo
que conduce a la 'enfermedad, al sufrimiento en todas sus formas y sobre todo a la
muerte, es malo (hebr. ra'; gr. poneros y kakos).
 
2. ¿Se puede también hablar de una bondad objetiva de las criaturas en el sentido
en que la entendían los griegos? Éstos imaginaban para cada cosa un arquetipo a
imitar o a realizar; proponían al hombre un ideal, el kalos kagathos que, poseyendo en
sí mismo todas las cualidades morales, estéticas y sociales, ha llegado a su pleno
desarrollo, es agradable y útil a la república. En esta óptica particular, ¿cómo concebir
el mal? ¿Como imperfección, pura negatividad, ausencia de bien, o, por el contrario,
como una realidad que tiene su existencia propia y deriva del principio malo que
desempeñaba tan gran papel en el pensamiento iranio? Cuando la Biblia atribuye
bondad real a las cosas, no lo entiende así. Diciendo: «Vio Dios que era bueno» (Gen
1,4...), muestra que esta bondad no se mide en función de un bien abstracto, sino en
relación con el Dios creador, único que da a las cosas su bondad.
 
3. La bondad del hombre constituye un caso particular. En efecto, depende en
parte de él mismo. Ya en la creación, le situó Dios ante «el árbol del conocimiento del
bien y del mal», dejándole la posibilidad de obedecer y de gozar del árbol de la vida, o
de desobedecer y de ser arrastrado a la muerte (Gen 2,9.17), prueba decisiva de la
libertad, que se repite para cada hombre. Si rechaza el mal y hace el bien (Is 7,15; Am
5,14; cf. Is 1,16s), observando la ley de Dios y conformándose con su voluntad (cf. Dt
6,18; 12,28; Miq 6,8), será bueno y le agradará (Gen 6,8); si no, será malo y le
desagradará (Gen 38,7). Su elección determinará su calificación moral y,
consiguientemente, su destino.
 
4. Ahora bien, desde los orígenes, el hombre, seducido por el maligno escogió el
mal. Buscó su bien en las criaturas «buenas para comer y seductoras a la vista» (Gen
3,6), pero fuera de la voluntad de Dios, lo cual es la esencia misma del pecado. En ello
no halló sino los frutos amargos del sufrimiento y de la muerte (Gen 3,16-19). A
consecuencia de su pecado se introdujo, pues, el mal en el mundo y luego proliferó.
Cuando Dios mira a los hijos de Adán los halla tan malos que se arrepiente de haberlos
hecho (Gen 6,5ss); no hay ni uno que haga el bien aquí en la tierra (Sal 14,1ss; Rom
3,10ss). Y el hombre hace la misma experiencia: se siente frustrado en sus deseos
insaciables (Ecl 5,9ss; 6,7), impedido de gozar plenamente de los bienes de la tierra
(Ecl 5,14; 11,2-6), incapaz hasta de «hacer el bien sin jamás pecar» (Ecl 7,20), pues
el mal sale de su propio corazón (Gen 6,5; Sal 28,3; Jer 7, 24; Mt 15,19s). Está herido
en su libertad (Rom 7,19), es esclavo del pecado (6,17); su razón misma está
menoscabada: viciando el orden de las cosas, llama al bien mal y al mal bien (Is 5,20;
Rom 1,21-25). Finalmente, hastiado y decepcionado, se hace cargo de que «todo es
vanidad» (Ecl 1,2); experimenta duramente que «el mundo entero está en poder del
maligno» (1Jn 5,19; cf. Jn 7,7). El mal, en efecto, no es una mera ausencia de bien,
sino una fuerza positiva que esclaviza al hombre y corrompe el universo (Gen 3,17s).
Dios no lo creó, pero ahora que ha aparecido, se opone a él. Comienza una guerra
incesante, que durará tanto tiempo como la historia: para salvar al hombre, Dios
todopoderoso deberá triunfar del mal y del maligno (Ez 38-39; Ap 12,7-17).
 
II. SÓLO DIOS ES BUENO.
 
1. La bondad de Dios es una revelación capital del AT. Habiendo conocido el mal
en su paroxismo durante la servidumbre de Egipto, Israel descubre el bien en Yahveh
su libertador. Dios lo arranca a la muerte (Ex 3, 7s; 18,9), luego lo conduce a la tierra
prometida, aquel «buen país» (Dt 8,7-10), «en el que fluyen leche y miel» y «en el
que Yahveh tiene constantemente los ojos», y donde Israel hallará la felicidad (cf. Dt
4,40) si se mantiene fiel a la alianza (Dt 8,11-19; 11,8-12.18-28).
 
2. Dios pone una condición a sus dones. Israel, como Adán en el paraíso, se ve
situado frente a una elección que determinará su destino. Dios pone ante él la
bendición y la maldición (Dt 11,26ss), puesto que el bien físico y el bien moral están
igualmente ligados con Dios: si Israel «olvidara a Yahveh», cesara de amarle, no
observara ya sus mandamientos y rompiera la alianza, seria inmediatamente privado
de estos bienes terrenales (Dt 11,17) y enviado en servidumbre, mientras que su
tierra se convertiría en un desierto (Dt 30,15-20; 2Re 17,7-23; Os 2,4-14). A lo largo
de su historia experimenta Israel la verdad de esta doctrina fundamental de la alianza:
como en el drama del paraíso, la experiencia de la gracia sigue a la del pecado.
 
3. La felicidad de los impíos y la desgracia de los justos. Pero en este punto capital
parece fallar la doctrina: ¿no parece Dios favorecer a los impíos y dejar a los buenos
en la desgracia? Los justos sufren, el siervo de Yahveh es perseguido, los profetas son
entregados a muerte (cf. Jer 12,1s; 15,15-18; Is 53; Sal 22; Job 23-24). Dolorosa y
misteriosa experiencia del 'sufrimiento cuyo sentido no aparece inmediatamente. Sin
embargo, por ella aprenden poco a poco los pobres de Yahveh a despegarse de los
«bienes de este mundo», efímeros e inestables (Sof 3,11ss; cf. Mt 6,19ss; Lc 12, 33s),
para hallar su fuerza, su vida y su bien en Dios, único que les queda cuando todo se ha
perdido, y al que se adhieren con una fe y una esperanza heroicas (Sal 22,20; 42,6;
73,25; Jer 20,11). Ciertamente están todavía sometidos al mal, pero tienen consigo a
su salvador, que triunfará en el día de la salvación; entonces recibirán esos bienes que
ha prometido Dios a sus fíeles (Sal 22,27; Jer 31,10-14). En toda verdad, Dios «solo
es bueno» (Mc 10, 18 p).
 
III.  DIOS TRIUNFA DEL MAL.
 
1.  De la ley al llamamiento de la gracia. Al revelarse como salvador anunciaba
Dios ya su futura victoria sobre el mal. Pero todavía debía afirmarse ésta en forma
definitiva, haciendo el hombre bueno y sustrayéndolo al poder del maligno (Un 5,18s),
«príncipe de este mundo» (Le 4,6; Jn 12,31; 14,30).
 
2. Es cierto que Dios había dado ya la ley, que era buena y estaba destinada a la
vida (Rom 7,12ss); si practicaba el hombre los mandamientos, haría el bien y
obtendría la vida eterna (Mt 19,16s). Pero esta ley era por sí misma ineficaz, en tanto
no cambiara el corazón del hombre, prisionero del pecado. Querer el bien está al
alcance del hombre, pero no realizarlo: no hace el bien que quiere, sino el mal que no
quiere (Rom 7,18ss). La concupiscencia le arrastra como contra su voluntad, y la ley,
hecha para su bien, redunda finalmente en su mal (Rom 7,7. 12s; Gal 3,19). Esta
lucha interior lo hace infinitamente desgraciado; ¿quién, pues, lo liberará? (Rom 7,14-
24).
 
3. Sólo «.'Jesucristo Nuestro Señor» (Rom 7,25) puede atacar al mal en la raíz,
triunfando de él en el corazón mismo del hombre (cf. Ez 36, 26s). Es el nuevo Adán
(Rom 5,12-21), sin pecado (Jn 8,46), sobre el que Satán no tiene ningún poder. Se
hizo obediente hasta la muerte de cruz (Flp 2,8), dio su vida a fin de que sus ovejas
hallen pasto (Jn 10,9-18). Se hizo «maldición por nosotros a fin de que por la fe
recibiéramos el Espíritu prometido» (Gal 3,13s).
 
4. Los frutos del espíritu. Así, renunciando Cristo a la vida y a los bienes
terrenales (Heb 12,2) y enviándonos el Espíritu Santo, nos procuró las «buenas cosas»
que debemos pedir al Padre (Mt 7,11; cf. Le 11,13). No se trata ya de los bienes
materiales, como los que estaban prometidos en otro tiempo a los hebreos; son los
«frutos del Espíritu» en nosotros (Gal 5,22-25). Ahora ya el hombre, transformado por
la gracia, puede «hacer el bien» (Gal 6,9s); «hacer buenas obras» (Mt 5,16; ITim
6,18s; Tit 3,8.14), «vencer el mal por el bien» (Rom 12,21). Para hacerse capaz de
estos nuevos bienes, debe pasar por el desasimiento, «vender sus bienes» y seguir a
Cristo (Mt 19,21), «negarse a sí mismo y llevar su cruz con él» (Mt 10,38s; 16,24ss).
 
5. La victoria del bien sobre el mal. Escogiendo el cristiano vivir así con Cristo para
obedecer a los impulsos del Espíritu Santo, se desolidariza de la opción de Adán. Así el
mal moral queda verdaderamente vencido en él. Desde luego, sus consecuencias
físicas y psicológicas permanecen mientras dura el mundo presente, pero el cristiano
se gloría en sus tribulaciones, adquiriendo con ellas la paciencia (Rom 5,4), estimando
que «los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria futura
que se ha de revelar» (8,18). Así desde ahora está por la fe y la esperanza en
posesión de las riquezas incorruptibles (Le 12. 33s) que se otorgan por mediación de
Cristo «sumo sacerdote de los bienes venideros» (Heb 9,11; 10,1). Es sólo un
comienzo, pues creer no es ver; pero la fe garantiza los bienes esperados (Heb 11,1),
los de la 'patria mejor (Heb 11,16), los del mundo nuevo que Dios creará para sus
elegidos (Ap 21,1ss)
 
Jules de Vaulx

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