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La Religiosa

La Religiosa de Denis Diderot narra la historia de Suzanne, una joven obligada por sus padres a ingresar en un convento contra su voluntad. A lo largo de la obra, Diderot describe el maltrato psicológico y físico que sufre Suzanne por parte de las monjas y las autoridades eclesiásticas, y utiliza su historia para denunciar los vicios que generaba la clausura en los conventos franceses del siglo XVIII.

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La Religiosa de Denis Diderot narra la historia de Suzanne, una joven obligada por sus padres a ingresar en un convento contra su voluntad. A lo largo de la obra, Diderot describe el maltrato psicológico y físico que sufre Suzanne por parte de las monjas y las autoridades eclesiásticas, y utiliza su historia para denunciar los vicios que generaba la clausura en los conventos franceses del siglo XVIII.

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La Religiosa

de Denis Diderot (Escritor)
En contra de lo que normalmente se ha creído, y de ahí sus continuas
prohibiciones, La religiosa no es una crítica a los fundamentos del cristianismo,
ni es un discurso literario que pretenda derribar toda una ideología. La finalidad
principal de esta obra de Diderot es la de atacar los vicios que la clausura
generaba en los monasterios franceses de su tiempo. La protagonista de la obra,
Suzanne, es una joven a la que sus padres han obligado a ingresar en un
convento. Su deseo de romper sus votos y el acoso moral y físico al que se ve
sometida, le sirven a Diderot para dar testimonio del daño que el fanatismo y las
coerciones de las instituciones religiosas, no la verdadera religión, causan en la
naturaleza humana. Lamentablemente, la mala conciencia de las jerarquías
eclesiásticas de distintas épocas hizo posible que durante mucho tiempo una
novela tan hermosa, y pese al paso del tiempo de tanta actualidad, no tuviera vía
libre.
Escritor
Denis Diderot
Colección
Básica de Bolsillo – Serie Clásicos de la literatura francesa
Materia
Ciencias humanas y sociales, Lengua y literatura, Moderna, Narrativa
Serie
Clásicos Literatura Francesa
Idioma
 Castellano
EAN
9788446038023
ISBN
978-84-460-3802-3
Fecha publicación
22-04-2013
Páginas
240
Ancho
12 cm
Alto
18 cm
Formato
Rústica

La Religiosa. Denis Diderot


Escrito por Maira Herrero

Publicado: 18 Noviembre 2015


  
Sospecho que mucho antes que Denis Diderot escuchara en casa de Madame
d’Epirey la historia que había conmocionado en la primavera de 1758 a los
círculos progresistas parisinos sobre los infortunios de la joven religiosa
Marguerite Delamarre, ya sobrevolaba sobre su brillante cabeza la idea de
escribir acerca de la vida en los conventos franceses de la primera mitad del siglo
XVIII. Diderot nunca olvidó el triste final de su querida hermana en el convento
de las Ursulinas de Langres, su ciudad natal, donde fue recluida por su débil
salud mental.
La historia de Marguerite Delamarre comenzó cuando sus padres, con a penas
tres años, la enviaron a un convento donde permaneció hasta su muerte a pesar de
sus desesperados intentos de abandonar una vida de privaciones y sacrificios. Su
desesperación le llevó a recurrir a todas las instancias eclesiásticas y civiles a su
alcance, pero naturalmente todos sus recursos fueron desestimados y murió sin
conseguir su ansiada libertad. La noticia impactó de manera muy especial en el
espíritu de un librepensador amigo de Diderot, el marqués de Croismare, quien
trató de ayudar a la religiosa sin fortuna a pesar del tiempo y dinero que dedicó al
asunto. Este hecho y el profundo malestar, por esa práctica tan común de la época
de recluir en conventos a las jóvenes con poca fortuna física y económica, fueron
la excusa perfecta para que Diderot escribiera esta singular novela: “He
comenzado a escribir La religiosa y estaba en ello aún a las tres de la noche.
Escribo a vuela pluma. Ya no es una carta, sino un libro. Contendrá cosas
verdaderas, patéticas”. Con estas palabras le relataba a su querida amiga la
escritora Louise d’Epinay el trabajo que había comenzado. La religiosa escrita en
un estilo directo, casi como si de un informe se tratara pero sin perder su fuerza
dramática, confieren a la obra un carácter de autenticidad que revelan el terrible
fondo de una realidad que comenzaba a salir a la luz.

La religiosa, es una auténtico tratado sobre la mujer, donde Diderot hunde su


pluma para profundizar en problemas cruciales de la existencia humana, aquellos
que conservan su vigencia a pesar de que el mundo haya cambiado de forma
radical. Francia el país más desarrollado intelectual y culturalmente de la segunda
mitad del siglo XVIII, mantuvo durante mucho tiempo las ataduras morales del
Antiguo Régimen, el orden social establecido tardaría en asumir las premisas de
la Ilustración. La religiosa es un relato en forma epistolar, escrito en primera
persona por su protagonista Suzanne Simonin, una bella e inteligente joven que
se ve primada contra su voluntad de la vida a la que parecía destinada. La voz de
Suzanne denuncia asuntos tan universales como; el papel de la mujer en la
sociedad, los entresijos de los conventos y las ordenes religiosas, el fanatismo
culpabilizador de la Iglesia y el cinismo de la sociedad intolerante de su tiempo.
 
El centro de la cuestión de la novela está en el protagonismo de la mujer y su
búsqueda de independencia a través de la idea de tener un pensamiento autónomo
y ser libre para ejercerlo. Ser fiel a si mismo, no asumir las culpas de otro, no
poner el nombre de Dios en vano, son algunas de las reflexiones de la novela.
Dilemas morales básicos todavía hoy en nuestra sociedad y que a Diderot le
sirven para convertir la experiencia del otro en el elemento central de la reflexión
sobre el mundo.
No estamos ante la negación de un Dios verdadero, ni de la fe, pero si frente a la
denuncia de una religión negadora de lo más preciado que tiene el hombre, la
libertad. El anticlericalismo al que se refiere Diderot es aquel que coarta la libre
elección y obliga en nombre de Dios a una existencia impuesta, sórdida y cruel
hasta sus últimas consecuencias. La novela es casi un tratado del comportamiento
femenino frente a las obligaciones impuestas de manera arbitraria y definitoria
por una sociedad castradora y un canto a la tolerancia. Vocaciones forzadas,
vidas indignas y trabajos sin sentido se mezclan con el fanatismo, la melancolía,
la histeria, la sexualidad, la reclusión y la crueldad de un mundo dogmático de
castigos eternos, oscuro y sin control, ajeno a los valores individuales y a la razón
que comenzaban a sentirse con los ilustrados.
La novela apareció por entregas a partir de 1780 en La Correspondencia
Literaria de Grimm, una especie de periódico manuscrito al que solo tenían
acceso contados personajes de la aristocracia europea, y no sería conocida por el
público hasta 1796. Diderot no llegó a verla impresa lo que impidió que su autor
pudiera defenderse de la acalorada controversia que suscitó.
No podemos olvidar que Denis Diderot es uno de los personajes que más han
ayudado a cambiar de manera radical la mentalidad del mundo civilizado. Él es
una de los astros de la pléyade de grandes ilustrados, cabeza universal capaz de
interesarse por todo con sabiduría y originalidad. Su pensamiento se ha
enfrentado a los grandes retos de nuestra historia con una prosa excepcional y
sigue siendo una guía para entender el discurrir de la vida y de nuestra propia
existencia. No hace falta leer entre líneas para darse cuenta de la vigencia de esta
obra que no ha perdido sentido desde que en 1760 Denis Diderot comenzará a
escribirla.
- La Religiosa. Denis Diderot -- Alejandra de Argos - 
Última actualización: 29 Enero 2019
El perpetuo escándalo «La religiosa»
Denis Diderot denunció en «La religiosa», su obra póstuma, la opresión de las monjas en
los conventos de clausura del siglo XVIII

Pedro García CuartangoSEGUIRActualizado:30/12/2018 01:26hGUARDAR

Pocas obras en la historia de la literatura han provocado tanto escándalo


como La religiosa, publicada 12 años después de la muerte de Denis
Diderot, su autor. Hubo que esperar a 1796 para que esta novela
pudiera ver la luz tras la ejecución de Robespierre y durante el Primer
Directorio gracias a que sus amigos habían guardado el manuscrito del
escritor y enciclopedista.
Los ecos del rechazo que supuso la aparición de La religiosa han llegado
a nuestros días en los que todavía es considerada una provocación y un
texto irreverente en algunos ámbitos de la Iglesia, que la puso en el Index
de libros prohibidos. El realizador francés Jacques Rivette hizo una
película que no pudo ser estrenada en 1966 porque el Gobierno del
general De Gaulle la prohibió, debido a las protestas de las asociaciones
católicas. Finalmente pudo ser exhibida en las pantallas un año después
tras intensos debates en la Asamblea y gestos como el de Jean Luc
Godard, que dirigió una carta a André Malraux, ministro de Cultura,
con duras descalificaciones por la censura al filme de Rivette que seguía
fielmente la obra póstuma de Diderot.
Contra su voluntad

La religiosa narra la historia de Suzanne Simonin, una joven de 17


años que es internada en un convento de clausura por decisión de sus
padres y contra su voluntad. En realidad, es hija ilegítima de su madre,
que oculta la verdad a su progenitor. Suzanne es proscrita por su familia
y forzada a jurar los votos pese a que siente un rechazo invencible
por la vida monástica.
Diderot cuenta la peripecia de Suzanne a lo largo de los años en tres
conventos en los que es maltratada. En uno de ellos, la madre superiora
es una sádica que la castiga a torturas psicológicas y físicas, llegando
incluso a simular un ahorcamiento para aterrorizar a la indefensa
novicia. Suzanne, que es una joven ingenua y que lo ignora todo acerca
del sexo, es también sometida a abusos por otra madre superiora, que es
lesbiana y que luego muere a causa de sus remordimientos.
El retrato que hace Diderot de la vida de las monjas en estos conventos
de clausura es devastador. Salvo contadas excepciones, las religiosas son
retratadas como personas sin fe, frustradas, maledicentes y
sujetas a una autoridad arbitraria. Las monjas son cómplices, y a
veces instigadoras, de los malos tratos que sufre Suzanne, a la que la
niegan comida, vestido y alojamiento y a la que no pierden la ocasión de
someter a humillaciones sin cuento.
La novela fue vista como un ataque brutal a la Iglesia católica, ya
que la visión de Diderot sobre las autoridades eclesiásticas era pésima.
Pero el escritor, que no era creyente, no cuestiona la fe en Dios, ya
que, además de Suzanne, aparecen en la obra una superiora llamada
Madame de Moni y otra monja, Thérèse, que se comportan con
extraordinaria bondad y que repudian las arbitrariedades de su
comunidad.
Diderot pretendía, sin duda, escribir una novela realista sin buenos ni
malos. Quería describir la realidad de los conventos franceses de
la época, en los que miles de mujeres eran privadas de su libertad y
confinadas contra sus sentimientos. Y ello con la legitimidad que
proporcionaba la ley civil, que validaba los votos como una condición
irrevocable que obligaba a las monjas a someterse a los mandatos de la
jerarquía hasta su muerte.
Frente al fanatismo

A diferencia de los registros cómicos e irónicos a los que Diderot recurre


en otros textos como Jacques el fatalista, La religiosa está redactada
en tono sobrio y distante, sin concesiones a la retórica, como si
se tratara de una crónica periodística escrita en primera persona porque
es la propia Suzanne la que narra sus desgracias en una larga carta al
marqués de Croismare, su benefactor.
Leída más de dos siglos después de su publicación, La religiosa  podría
ser interpretada como un alegato feminista. Pero también se puede
percibir en la novela una encendida defensa de la razón y de la ciencia
frente al fanatismo de las autoridades católicas que se oponía a la
Ilustración como un movimiento herético.
No hay que olvidar que Diderot, segundo hijo de un maestro cuchillero,
fue el principal promotor y redactor de la Enciclopedia, a la que dedicó
una parte de su vida. Fue el autor de casi 6.000 entradas de las 72.000
que componían la obra, realizada contra viento y marea. Sufrió un
arresto en 1749 por sus ideas heterodoxas, aunque pudo salir bien
librado gracias a la protección de Madame Pompadour y otras
personalidades de la corte de Luis XV.
Lo mejor que se puede decir de La religiosa es que su lectura consigue
atrapar al lector de hoy, que difícilmente puede resistirse a la calidad
de la prosa y la profundidad moral de este clásico.
La Religiosa, de Denis Diderot
Escrita alrededor de 1780, y basada en el caso de una monja
francesa que en 1758 emprendió una demanda legal para ser
eximida de sus votos, La Religiosa es una de esas novelas que no
tienen ni época, ni edad. En ella se narra la historia de   Susana
Simonin, una mujer que hubo de cargar con el estigma de ser
fruto del adulterio de su madre, de la misma manera dolorosa
en que tantas personas enfrentan día a día las barreras, muchas
veces legales, impuestas por los prejuicios y la discriminación.

La Religiosa Denis Diderot


Luego de una infancia relativamente feliz entre un padre
adoptivo que, consciente del engaño, decidió salvaguardar su
honra reconociéndola como hija legítima, y una madre que veía
en ella un incómodo recordatorio de su error, Susana fue
internada en un convento a los dieciséis años. El objetivo:
forzarla a tomar los hábitos, evitando así al señor Simonin el
tener que compartir con ella la herencia de los hijos que creía
suyos, y dando a la madre la oportunidad de lavar su culpa
mediante el sacrificio de la niña. En este punto comienza en
realidad la novela, cuya narración alterna las duras experiencias
sufridas por Susana a su paso por varias instituciones religiosas,
con su lucha por regresar a la vida seglar.
Además de ser un canto a la dignidad y la libertad humanas, y
de mostrar la importancia de que ambas sean debidamente
amparadas por las leyes, con esta novela Diderot abrió al
público las puertas sagradas de los conventos, revelando la
corrupción reinante en la jerarquía religiosa a la par que los
estragos causados por el confinamiento en el carácter de
aquellas mujeres consagradas, con frecuencia en contra de su
voluntad, al servicio de Dios. Quizás por esto último, aunque La
Religiosa nunca fue una obra prohibida, aún hoy es extraño
encontrarla en los compendios elaborados por los historiadores
de la literatura. Y ello a pesar de su innegable calidad literaria,
que se sustenta, sobre todo, en el balance logrado por su autor
entre la profundidad psicológica de los personajes, cuyo mundo
interior está perfectamente delineado, y un realismo sin tapujos,
incluso en el plano sexual. Hagamos entonces caso omiso de los
cánones, y dejemos que la pluma apasionada de Diderot nos
inunde, a través de su heroína, con los sueños de racionalidad y
justicia sobre los cuales los ilustrados ayudaron a fundar la
modernidad; unos sueños movidos no por ideales abstractos y
modelos de perfección inalcanzable, sino por el deseo de
construir un orden social capaz de satisfacer los anhelos más
esenciales de cada ser humano.
"La religiosa" historia de una prohibición
Fernando Trueba
04 nov 1977 - 18:00 PET
Denis Diderot escribió La religieuse en 1760. Tenía 47 años. La novela está
inspirada en un hecho real, que Diderot utilizó para gastar uno de sus más
inspirados bromazos a su amigo el marqués de Croismare, con la complicidad de
Melchior Grimm. Diderot sabía que esta obra era impublicable y la guardó. No
hacía un año aún que el Parlamento de París había vuelto a condenar La
enciclopedia.
La religieuse se publicó, finalme te, en 1796, doce años después de muerte de su
autor. Para much críticos fue un cuento licencioso más.En diciembre de 1965, al
enterarse de que Jacques Rivette había finalizado el rodaje de La religiosa, un
consejero municipal, el «centrista» Fréderic-Dupont, escribía una carta al
prefecto de policlía que hacía referencia a las reacciones que, sin duda alguna,
provocaría en gran parte de la población un proyecto que podía considerarse
como un atentado al honor y a la consideración de las religiosas francesas».
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Días más tarde el prefecto Papon respondía en el Bulletin Municipal
Officiel diciendo que el productor ya había sido avisado en numerosas ocasiones
de que si realizaba dicho filme corría el riesgo de que fuera prohibido
íntegramente y de que «el ministro de Información está dispuesto a utilizar
plenamente los poderes que le corresponden en materia de control
cinematográfico», declaración que el propio ministro Alain Peyrefitte confirmaría
días más tarde.
La Asociación Francesa de Críticos de Cine protestó contra esta serie de
amenazas previas al estreno de la película. El productor, Georges de Reauregard,
se defendió decirando que el guión original de trescientas páginas había sido
modificado ya dos veces a petición del Comité de Censura Previa y que dicho
Comité había aprobado la tercera versión del guión. No importaba. La película
fue totalmente prohibida en abril de 1976 por el secretario de Estado, Yvon
Bourges. En julio del año siguiente el ministro Georges Gorse la autorizaba. El
escándalo sirvió de lanzamiento publicitario a la película. Un periodista
parisiense escribía que la novela de Diderot en que se basaba el filme de Rivette
era «una ,fabulación sin fundamento histórico». Sin embargo, algunos libros que
se conservan en la Biblioteca Nacional de París atestiguan todo lo contrario.
Según la Historia de la Abadía Real de Longchamp, de Gaston Duchesne (París,
1905) y el opúsculo anónimo Notas secretas sobre la abadía de
Longchamp (París, 1768), la casa donde fue recluida Suzanne Simonin, que, en
realidad, se llamaba Suzanne Saulier, se asemejaba más a un prostíbulo que a un
convento. Hasta tal punto que en 1584, Gregorio XIII, a cuyos oídos habían
llegado noticias de las fiestas y orgías de Longchamp, escribió una carta al
obispo de París, Pierre de Condi, pidiéndole cuentas de dichos escándalos. El
bueno de Diderot se había quedado corto.

“Las palabras” de Jean Paul Sartre: un


niño condenado… a ser libre
Última actualización el 29/07/2013 a las 12:36
Las palabras es un libro autobiográfico publicado en 1964, nos cuenta la niñez de
Sartre. Deja de temblar y sigue leyendo, valiente. El pensador francés desnuda
sin pudor su vocación, sus inofensivas miserias infantiles, y al mismo tiempo,
desviste a su familia. Es crudo y sincero. Eso sí, al principio confiesa ser un
“farsante”, un fingidor… ¿qué podemos creer, entonces? Amaba la literatura. Los
libros. Eran sus mejores amigos… los únicos. Una condena. Una ventana. Una
puerta. Un tornado de ideas para un chavalín de seis años.

Viví envuelto en el terror, fue una verdadera neurosis. Si busco la razón de todo
esto, encuentro lo siguiente: niño mimado, don providencial, mi profunda
inutilidad se me manifestaba aún más porque el ritual familiar me adornaba
constantemente con una necesidad forjada. Me sentía de más, luego tenía que
desaparecer. Yo era un florecimiento insípido en perpetua abolición. Con otras
palabras, estaba condenado y podía aplicarse la sentencia en cualquier
momento. Sin embargo, la rechazaba con todas mis fuerzas, no porque quisiese
mi existencia, sino, por el contrario, porque no me interesaba; cuanto más
absurda es la vida, más soportable es la muerte.
Hay autores que causan respeto, y levantas muros en el fondo de tu alma
literaria. Decretas que son soporíferos, y ya está. O eso te gustaría, porque
sospechas que eres tú quien no está a la altura de sus pensamientos, que no
podrás entender de qué demonios hablan. Son divinos, y solo los llamados
intelectuales pueden interpretar lo que han escrito estas mentes privilegiadas; y lo
que han querido decir entre líneas, por supuesto. Los intelectuales. Ellos. Tú no,
ovejita. Tú, no. ¡Me niego! Hay que ser atrevido; o mosca cojonera.
El otro día estaba yo comiendo un bocadillo de tortilla de patatas en un monte
cercano… como ves, soy todo un gourmet. Bueno, andaba yo observando el
vuelo de una mariposa topacio mientras masticaba con dedicación, y pensé…
¡Dios! ¡Acabo de terminar La verdad sobre el caso Harry Quebert! ¿Para esto
aprendí a leer? ¿Para esto tanto esfuerzo? Ejem, ¿esto es volar? ¡Pronto rodarán
la película! ¡Tengo migas por todas partes! ¿Por qué está tan buena la tortilla
de patatas en el monte o en la playa? ¿La cambiaría por un bogavante? ¿Es
pecado comerla sin cebolla?

Envuelto en reflexiones de tanto calado, me levanté y un pie siguió al otro. Al


llegar a casa me dirigí a la estantería de los libros que no tienen fecha de
caducidad. Que sí, que los leeré algún día, pero ahora mismo me dan pereza. ¿No
te pasa a ti? Saqué un tomo al azar: Las palabras. ¡Ahí voy, pequeño francés!
¡Te voy a hincar el diente! Así fue como me metí en este lío. Luego me desnudé
y puse la lavadora. Me quedé mirando. Absorto. La ropa Quetzua daba vueltas y
más vueltas.
Hace unos meses tuve la suerte de que Juan Diego pisara suelo eibarrés para
representar su obra de teatro, La lengua madre. Un monólogo que se sumerge
en el lenguaje, en las palabras. Me estoy haciendo un experto en el tema, aunque
siga sudando tinta china para que las frases que salen a borbotones de mi mente,
tengan sentido para los lectores, cuando me pongo a teclear. No es fácil
ordenarlas, las palabras son caprichosas.
Jean Paul Sartre fue un filósofo, escritor, novelista, dramaturgo, activista político,
biógrafo y crítico literario francés, exponente del existencialismo y del marxismo
humanista. ¿Te parece poco? ¿En qué perdemos el tiempo tú y yo? ¿Fútbol? En
1964 precisamente, mientras Marcelino marcaba un gol que nos daba una
Eurocopa, le concedieron el Premio Nobel de Literatura al autor de La náusea.
Lo rechazó. Lo vomitó. Dejó claro en una carta que los lazos entre el hombre y la
cultura debían desarrollarse directamente, sin pasar por las instituciones. ¡Eso son
principios! Luego quiso cobrar la pasta. Y se lo impidieron… se llevó un buen
portazo en toda la cara. Fue pareja de la también filósofa Simone de Beauvoir.
Un osado…

Se escribe para sus vecinos o para Dios. Yo tomé el partido de escribir para
Dios con la intención de salvar a mis vecinos. No quería lectores, sino
agradecidos. El desprecio corrompía a mi generosidad.
Una mente compleja. Y por tanto, contradictoria. Las palabras es un ensayo, un
emotivo testimonio de su infancia. Gracias a este libro entenderás un poco mejor
frases como, “el infierno son los otros”, “estamos condenados a la libertad”, o “al
nacer somos arrojados al mundo ante miles de miradas hostiles”.
Seré sincero… al principio se me hizo pesado, demasiado árbol genealógico,
demasiados datos. ¡Qué respeto causa ese abuelo! ¡Qué miedo! Charles
Schweizer. Pero poco a poco entras en la familia, entiendes a su madre, te haces
cómplice del chavalín y de sus fantasmas. Nos une la lectura. Sartre describe a su
parentela y las circunstancias históricas y sociales que le rodearon. Me encanta
cómo cuenta el descubrimiento de ese nuevo “arte” democrático, el cine, aunque
sin duda, lo más interesante y curioso, es observar el proceso por el que un niño
se convierte en escritor.

A estas alturas del artículo te habrás dado cuenta de que no voy a perderme en
disquisiciones y debates para defender o acusar la filosofía sartreana, hoy toca
hablar de Las palabras. Solo. Y no es poco. Ese niño primero se refugia en los
libros, aprende a leer, y más tarde, se obsesiona con escribir. A todas horas. Sin
mirar atrás. Un escritor compulsivo. Aquellos textos se perdieron pero yo he
encontrado en esta autobiografía líneas donde recrearme. Bellísimas. Líneas
agudas y sarcásticas donde aprender. Párrafos precisos y pulidos. Si algunos
intelectuales dicen que estamos ante una obra maestra, no seré yo quien los
desmienta. Por una vez, pienso lo mismo.
¡Al diablo las élites! Obviamente, se ha demostrado que mi capacidad intelectual
podría competir de tú a tú en un palacio de cristal… con una cucaracha, y que el
señor que escribió El ser y la nada no debe ser de mi especie. Es decir, yo no soy
el ser. Así que ignora todo lo que he escrito antes y quédate con esto. Me he
divertido. Me ha gustado. Sin más. Porque más allá de todo lo que nos
diferencia… yo también leía de pequeño. A autores franceses. Y yo también me
creía guapo. ¡Que pase el próximo!
¿Cómo nace una vocación? ¿Se puede inocular esa semilla? ¿Cómo se alimenta
esa pasión? ¿Has leído Las palabras? ¿Qué te pareció?

Las palabras, de Jean Paul Sartre:


la génesis de un escritor.
Jaime Molina
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Jean Paul Sartre es mundialmente conocido por su famosa novela La náusea,
obra existencialista por antonomasia. También resulta relevante destacar toda
su producción teatral, de corte existencialista, con piezas magníficas como A
puerta cerrada, Las manos sucias o Las moscas. Y por supuesto también hay que
destacar su obra filosófica, en especial El ser y la nada, o El existencialismo es
un humanismo. En cuanto al ensayo Las palabras, tal vez sea su obra menos
conocida pero también la más personal, en tanto que narra la vida del autor
desde su nacimiento hasta alrededor de los once años.
La falsa conciencia.
En Las palabras Jean Paul Sartre descubre y analiza la génesis de aquella
“neurosis temperamental” que lo mantuvo prisionero durante treinta años y de
la que se liberó recorriendo los propios errores pasados y adquiriendo conciencia
de ellos.
Sartre nos habla de la “falsa conciencia” que le ha hecho vivir la actividad de
escritor como una misión especial con la creencia de que esa dedicación podría
justificar su existencia, asegurándole una salvación de otro modo imposible.
Partiendo de esa premisa, Sartre concluye que su experiencia como escritor acaba
por convertirse en paradigma de lo que puede llegar a ser la literatura: una
soledad abstractamente individualista y falsamente heroica, es decir, una
mixtificación a través de las palabras.
Los abuelos de Sartre.
Jean Paul Sartre (o Poulou, como lo llaman sus abuelos) comienza contándonos
en Las palabras que quedó huérfano de padre a los pocos meses. Este hecho
hizo que su madre, Anne Marie, muy joven entonces, se fuese a vivir a casa de
los abuelos maternos. De este modo Anne Marie vuelve a convertirse en
una “muchacha” a los ojos de sus padres. En palabras de Sartre su madre era
entonces una criatura de “riente inconsciencia” sometida a la bíblica autoridad
del padre, Charles Scheitzer.
El abuelo de Poulou era hijo de un ex maestro que habría deseado que Charles
fuera pastor protestante, y exponente estimado de la cultura académica
oficial. En cuanto a la abuela de Poulou, Louise, Sartre la recuerda como una
mujer católica, retraída, escéptica hasta el cinismo, refinada e insatisfecha; un
espíritu silencioso y absolutamente negativo, que lleva una vida separada, en la
penumbra de su alcoba, afligida por achaques imaginarios que le permiten
reducir al mínimo los contactos con su marido.
A Charles le gusta reconocer públicamente que Poulou es un don del cielo para la
continuación de su obra de “misionero de la cultura”; cada palabra o acto del
niño es acogido como señal profética de futuros prodigios. Poulou, sin padre y
sin una verdadera madre (Anne Marie es para él una frágil amiga a quien
proteger), se identifica totalmente con la comedia del “niño prodigio”, que el
abuelo le mueve a representar.
Leer.
Poulou es introducido en la biblioteca de Charles, para ser iniciado en
el sacerdocio secreto del saber. Allí comienza a descubrir la realidad a través de
los libros, comenzando así aquella  confusión de las palabras con la realidad, que
a Sartre le parece la raíz primordial de aquel “idealismo platónico” del que no se
liberará hasta muchos años después.
Sartre descubrirá relatos de aventuras africanas, novelas de capa y espada,
tragedias clásicas y enciclopedias que son el regalo, reino ofrecido por su
abuelo. Al lado de toda esa ficción compuesta por las palabras “las cosas” del
mundo real le parecen fantasmas descoloridos, sin orden ni sentido.
El niño se proyecta en los héroes solitarios de sus historias, pero siempre se le
caen de las manos en la última página, quedándose él “en medio del camino”.
Para escapar al abandono de la criatura, él se prepara “la más irremediable
soledad burguesa, la del creador”. Del sentimiento de su propia superfluidad se
librará mediante una nueva mentira: escribir.
Escribir.
Pero su abuelo Charles no espera de Poulou el impulso desordenado y caprichoso
del artista, sino el sereno equilibrio del administrador de los bienes
culturales. Las precoces actividades literarias del niño no son bien vistas  por
el abuelo, de modo que Poulou las lleva a cabo a escondidas:
Yo escribía por escribir. No lo lamento, si me hubiesen leído, habría tratado de
gustar, me habría vuelto maravilloso. Como era clandestino, fui verdadero.
Este juego del escondite le permitió a Sartre  una evasión de la “comedia” y, en
cierto modo, un acercamiento a la “verdad”.  En las palabras del propio Sartre:
Todavía no trabajaba, pero ya no jugaba, el mentiroso encontraba su verdad en
la elaboración de sus propias mentiras.
Aunque Poulou era consciente de que en cierto modo estaba traicionando las
esperanzas de su abuelo, conserva la exigencia de una “justificación”, y el
sentimiento de que la vida solo tiene sentido si es un mandato y una misión
confiados por Otro. Así comenzará a escribir para Dios, sin pedir recompensas
mundanas, satisfecho con la gloria futura:
Apenas empecé a escribir, dejé la pluma para regocijarme. La impostura era la
misma, pero ya he dicho que para mí las palabras eran la quintaesencia de las
cosas. Nada me turbaba más que ver a mis patas de mosca perdiendo poco a
poco sus brillos de fuego fatuo en la deslucida consistencia de la materia. Era la
realización de lo imaginario. Un león, un capitán del Segundo Imperio y un
beduino, caídos en la trampa del nombramiento, entraban en el comedor; se
quedaban allí para siempre, cautivos, incorporados por los signos; creía haber
anclado mis sueños en el mundo con los arañazos de una pluma de acero.
En Las palabras Poulou se imagina a sí mismo como alguien que ha llevado a
término la loca empresa de escribir para hacerse perdonar la propia
existencia. Su vida adquiere un carácter providencial en el que los errores son
etapas hacia el continuo perfeccionamiento. Pero mientras Poulou se humilla en
su ser nada, venera en sí al autor de las futuras obras maestras:
Al escribir, existía, me escapaba de las personas mayores; pero sólo existía para
escribir, y si decía “yo” quería decir “yo que escribo”. No importa, conocí la
alegría; el niño público se dio citas privadas.
Balance final.
En las últimas páginas de Las palabras, Sartre efectúa un análisis despiadado de
lo que ha venido a ser, entre 1914 y 1916, la génesis de su carácter definitivo,
descubriendo sus raíces elementales. Habla como el “hombre que se despierta
curado de una larga, amarga y dulce locura” y que “no puede recordar sin reír
sus viejos errores y que ya no sabe qué hacer con su vida”.
Con la perspectiva del tiempo, Sartre ve cómo ha caído todo “mandato
especial” y vuelve a ser el “viajero sin billete” que era a los siete años: una cruel
empresa de gran empuje le ha llevado al ateísmo integral. El Otro, invisible e
innominado que garantizaba inconscientemente “el mandato” y regulaba su vida,
se ha desvanecido, como también ha quedado desvanecida toda ilusión sobre
el carácter salvador de la cultura que, desacralizada y privada de toda
posibilidad de justificar, sigue siendo, no obstante, un producto del hombre en el
que se proyecta y se reconoce.
En Las palabras Sartre hace un balance amargo y lúcido, lleno de seriedad en la
invitación a evitar los falsos senderos que han hecho extraviarse al autor en la
selva de los absolutos, enemigos del hombre, negando así la posibilidad de una
concepción de lo divino que no tenga el carácter de enajenador, y de una fe que
no vacíe al hombre y a la realidad de valor intrínseco.
Como ya apunté al comienzo, Las palabras es la obra más personal de Sartre,
en la que se desnuda ante el lector de forma cruda y sincera, en un conmovedor
testimonio de vida: el de la decepción de un hombre mayor que se ha dado
cuenta de que la literatura no le ha servido, como le hubiese gustado, para
justificar su existencia.
Las palabras. Jean-Paul Sartre. Alianza Editorial.

Las palabras de Jean-Paul Sartre.


“Me volví traidor y no he dejado de serlo. Por mucho que me meta por entero en
lo que hago, que me entregue sin reservas al trabajo, a la ira, a la amistad, sé que
en cualquier instante lo renegaré, lo quiero así y me traiciono, ya en plena pasión,
por el alegre presentimiento de mi futura traición. De una manera general,
mantengo mis compromisos como cualquier otro; soy constante en mis afectos y
en mi conducta pero infiel a mis emociones; hubo un tiempo en que me parecía
más hermoso el último monumento, cuadro o paisaje que hubiera visto; enojaba a
mis amigos evocando cínica o simplemente con ligereza —para convencerme de
que me sentía despegado— un recuerdo común que podía ser precioso para ellos.
Al no poder quererme lo bastante, huí hacia adelante; resultado: aún me quiero
menos, esta inexorable progresión me descalifica constantemente ante mí mismo:
ayer actué mal porque era ayer y presiento hoy el severo juicio que haré mañana
sobre mí. Sobre todo, nada de promiscuidad: mantengo a mi pasado a respetuosa
distancia. La adolescencia, la edad madura, hasta el año que acaba de pasar, serán
siempre el Antiguo Régimen; el Nuevo se anuncian la hora presente pero no está
instituido nunca: mañana afeitarán gratis. Sobre todo taché mis primeros años;
cuando empecé este libro necesité mucho tiempo para descifrar todas las
tachaduras. Había amigos que se extrañaban, cuando tenía treinta años: “Se diría
que no ha tenido padres. Ni infancia”. Y era tan tonto como para sentirme
halagado. Sin embargo, aprecio y respeto la humilde y tenaz fidelidad que
determinadas personas -sobre todo mujeres- mantienen por sus gustos, sus
deseos, sus antiguas empresas, por las fiestas desaparecidas; admiro su voluntad
de seguir siendo los mismos en medio del cambio, de salvar su memoria, de
llevarse con la muerte la primera muñeca, un diente de leche, un primer amor. He
conocido a hombres que se acostaron ya arde con una mujer envejecida por la
sola razón de que la habían deseado en su juventud; otros tenían rabia a sus
muertos o se habrían batido antes de reconocer una falta venal cometida veinte
anos antes. A mí no me duran los rencores y confieso todo, complacientemente;
estoy muy bien dotado para la autocrítica a condición de que no pretendan
imponérmela. Han molestado mucho, en 1936 y en 1945, al personaje que tenía
mi nombre; ¿qué tengo yo que ver con eso? Las afrentas recibidas las cargo en su
débito: ese imbécil ni siquiera sabía hacerse respetar. Me encuentra un viejo
amigo; exposición de amargura: hace diecisiete años que rumia un agravio; en
una circunstancia determinada le traté sin mucha consideración. Recuerdo
vagamente que por entonces me defendía contraatacando, que le reprochaba su
susceptibilidad, su manía de persecución, en una palabra, que tenía mi versión
personal de este incidente: entonces adopto la suya aún con mayor prontitud;
abundo en su sentido, me agobio: me he comportado como un vanidoso, como un
egoísta, no tengo corazón; es una alegre matanza: me deleito con mi lucidez;
reconocer mis faltas con tan buena gracia e probarme que ya no las podría
cometer. ¿Se creería? Mi lealtad, mi generosa confesión no hacen más que irritar
al demandante. Me ha descubierto, sabe que me sirvo de él; a quien odia es a mí,
a mí vivo, presente, pasado, el mismo que ha conocido siempre, y yo le abandono
un despojo inerte por el gusto de sentirme niño que acaba de nacer. Acabo por
aguantar a mi vez a ese furioso que desentierra cadáveres. Inversamente, si me
recuerdan alguna circunstancia en la que, según me dicen, no hice mal papel,
borro ese recuerdo con la mano; me creen modesto y soy todo lo contrario:
pienso que hoy lo haría mejor y mucho mejor mañana. A los escritores de edad
madura no les gusta que se les felicite con mucha convicción por su primera obra,
pero estoy seguro de que es a mí a quien menos le gusta. Mi mejor libro es el que
estoy escribiendo; después viene el último publicado, pero ya me estoy
preparando para que no me guste. Si los críticos lo encuentran malo hoy, tal vez
me hieran, pero dentro de seis meses no me costará tanto compartir su opinión.
Sin embargo, con una condición: por pobre y nula que juzguen que es esta obra,
quiero que la pongan por encima de todo lo que he hecho anteriormente;
consiento que desprecien el conjunto con tal que se mantenga la jerarquía
cronológica, la única que me conserva la posibilidad de que mañana pueda
hacerlo mejor, mejor aún pasado mañana y de que acabe con una obra maestra”.

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