1
BREVE INTRODUCCIÓN A LA FE
1. La fe nuestra de cada día
¿Qué queremos decir cuando decimos que tenemos fe, cuando decimos que creemos
en algo o en alguien?
En primer lugar cuando decimos "nos tenemos fe" o "te tengo fe" queremos indicar
que tenemos confianza en nosotros mismos o en alguien. Por lo tanto, el creer está muy
relacionado con el confiar; y tener fe es, en primera instancia, tener confianza, en uno mismo,
en otra persona, en Dios.
Y esto es algo que vivimos todos los días puesto que no se puede vivir sin confiar; o
mejor dicho, se puede, pero es una pésima forma de vivir. Quien vive desconfiando de todo y
de todos vive encerrado en sí mismo y masticando amargura. No hará nada, ni apoyará nada
de lo que otros hacen. Para hacer algo por nosotros mismos, para producir cambios, para
desarrollar proyectos, para progresar en la vida como individuo y como parte de un grupo
necesitamos confiar. Confiar en nosotros mismos; confiar en los demás; confiar en Dios. El
que se tiene confianza estará abierto a la vida y lleno de proyectos. Y lo mismo el que confía
en los demás, sabrá alentar en ellos sus proyectos y acciones. También quien confía en Dios
se sentirá más seguro en aquello que emprenda pues sabe que cuenta con su ayuda y su
presencia. No se sentirá nunca solo en su caminar por esta vida.
Pero hay un segundo sentido de la fe y del creer, muy común también por cierto.
Aquel que se manifiesta cuando le decimos a alguien "te creo". Esto significa decirle que
aceptamos lo que nos dice como verdadero, aunque no lo veamos por nosotros mismos. Y
decirle a alguien "no te creo" es manifestarle que no aceptamos que lo que dice sea verdad,
sea real. En este sentido la fe hace referencia a un conocimiento indirecto. Aclaremos un poco
esta idea: si vemos algo por nosotros mismos, no hace falta que lo creamos. Es evidente, lo
vemos, está ahí. Pero si no hemos visto algo, algún suceso, y alguien que sí lo vio nos lo
cuenta; entonces lo conocemos por fe. Es decir, le creemos al que nos lo cuenta. Esto es la fe
a nivel humano. En este sentido la fe está muy vinculada a un "conocer sin ver" y el creer al
aceptar como verdadero y real el testimonio de alguien que fue testigo, que vio.
También aquí hay que reconocer que no podemos vivir sin fe, sin creer. O si se
prefiere, podemos, pero nuestra vida quedaría encerrada en un espacio estrechísimo, el de
nuestra propia y exclusiva experiencia personal; mientras que la fe amplía ese horizonte y nos
abre al mundo que nos rodea. Así leer el diario es un acto de fe. La gran mayoría de las
noticias que se publican las creemos porque no las hemos visto personalmente. Tomar un
remedio es también un acto de fe. El prospecto del medicamento me habla de una serie de
efectos esperables, yo no los he visto ni experimentado, sobre todo si es la primera vez que lo
tomo. Pero algún investigador lo ha experimentado y verificado, y yo le creo a él y al
laboratorio que me lo garantiza, y al organismo estatal que existe para certificarlo. Es claro
que vivimos creyendo. Y es claro que si no pudiéramos creer, nuestras posibilidades se
reducirían infinitamente.
Seguramente algún lector ya habrá notado que estas dos acepciones de la fe que hemos
considerado - como confianza y como aceptación de lo que no vemos - están íntimamente
relacionadas. En efecto, normalmente creo y acepto como verdadero algo cuando me lo dice
alguien en quien confío; alguien a quien le tengo confianza. Porque confío en él, le creo y
acepto lo que me dice.
Y en este sentido podríamos dar un pasito más pues normalmente confiamos en
aquellos que estimamos y valoramos. Han demostrado ser "creíbles", "confiables" y también
"amables"; y por eso los aprecio, confío en ellos y les creo. Un ejemplo de esto son nuestros
padres pues son los primeros que nos han querido y a quienes hemos amado, y por eso son los
2
primeros en los cuales confiamos y a los cuales les creemos. O sea que ya desde una mirada
humana la fe va muy unida al amor, se reclaman mutuamente.
En fin, creemos a quienes amamos y a aquellos que nos aman. Creemos porque
confiamos en ellos y aceptamos lo que ellos vieron y nos transmitieron. Creemos, a veces por
comodidad y otras por costumbre, pero por sobre todo creemos porque es la forma más
plenamente humana de vivir en sociedad: creyendo, confiando, amando.
2. El hombre a la búsqueda de Dios
La fe, entendida como confiar y aceptar como verdadero lo que no vemos, forma parte
de la vida cotidiana del hombre. Vivimos creyendo en nosotros y en los demás. Pero ¿de
dónde surge esto de creer en Dios? ¿Cómo y por qué se da que el hombre tiene idea de Dios?
¿De dónde nace esta idea de Dios en el hombre?
Para responder a estas cuestiones vamos a partir de un primer hecho evidente: el
hombre siempre ha sido un ser religioso. El "homo religiosus" ha existido siempre, de muchas
y variadas formas; y la orientación religiosa del hombre, su búsqueda de lo Divino, ha dejado
huellas en todas las culturas de todo los tiempos, incluso las más ancestrales.
Aceptando este hecho, que el hombre es un ser religioso, surgen luego diversas
hipótesis para explicar el origen de la idea de Dios en el hombre. Algunos hablan de
proyección, otros de represión, otros de pensamiento mágico… No las vamos a discutir
porque el modo cómo el hombre llega a formarse la idea de Dios en realidad ni niega ni
afirma la existencia de Dios, más bien nos revela una tendencia u orientación que está
inscripta en el corazón mismo del hombre. Por eso vamos a escuchar lo que nos dice nuestro
propio corazón, nuestra propia experiencia de la realidad.
Ante una mirada serena y silenciosa, lo que descubrimos en nuestro corazón es una
orientación innata al bien, a la verdad, a la bondad, a la belleza… a todo lo que pueda
hacernos felices. Porque todos buscamos la felicidad, a ella se orientan todos nuestros deseos,
proyectos y acciones. ¿Quién no desea ser plenamente feliz? Sin duda que cada uno le pondrá
un cartel con un nombre distinto a la felicidad que busca; pero es lo que todos buscamos: ser
felices, sentirnos plenos. Y muy posiblemente coincidamos en señalar que nuestra búsqueda
de la felicidad se orienta a encontrar a alguien que nos ame de verdad y a quién amar de
verdad. Sentimos esta orientación de nuestro corazón, pero en lo concreto, lo que logramos
alcanzar son bienes, certezas, cosas lindas y buenas; un amor verdadero pero limitado. Y aquí
está la clave: la experiencia del límite. Deseamos y buscamos lo ilimitado y sólo está a
nuestro alcance lo limitado. Por eso nuestro corazón permanece siempre, en cierto modo,
insatisfecho, en búsqueda permanente. En la vivencia del amor estaría la experiencia más
profunda y plena de felicidad a la que aspira el hombre.
Todas las experiencias humanas, incluso las más sublimes como el amor, siempre
terminan con un deseo, una nostalgia de algo más y mejor. Y es por aquí donde intuimos la
existencia de lo ilimitado, de lo perfecto, de lo pleno, de lo total, de Dios. Esta felicidad o
plenitud total no la encontramos "en este mundo", entonces la buscamos en algo o alguien
"fuera de este mundo", o sea algo trascendente, que está más allá de lo que experimentamos
cotidianamente. Y así aparece Dios en el horizonte del hombre. Ese grande e incansable
buscador de Dios que fue San Agustín lo expresaba con tanta claridad y con tanto sentimiento
al inicio de las Confesiones, su autobiografía espiritual escrita en alabanza de Dios: «Nos
hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti» (I, 1, 1).
Hay también otra experiencia de lo limitado que nos invita a tender, a veces
desesperadamente, a lo ilimitado, buscando la ayuda de Dios. Me refiero a la experiencia del
dolor, de la impotencia ante las dificultades, ante la injusticia, ante tantas situaciones que
ponen de manifiesto nuestros límites. Por ejemplo en el caso de la enfermedad, propia o ajena,
3
en especial cuando se manifiesta claramente el límite de la ciencia humana, de la medicina, y
quedamos a la "intemperie", sin respuesta y con mucho dolor. En estos momentos el hombre
religioso, muchas veces dormido, se despierta y clama a Dios pidiendo ayuda. Y esto vale
ante cualquier situación límite que ponga en riesgo nuestra vida y la de nuestros seres
queridos. Y hablar de límite nos lleva a hablar de la muerte, porque la muerte es "él" limite
del hombre. Y ante ella surge la pregunta espontáneamente: ¿hay algo más después de la
muerte?; y de aquí: ¿hay alguien en el más allá? Y en la búsqueda de una respuesta a estas
preguntas nos "tropezamos" inevitablemente con la idea de Dios.
Y continuando con las preguntas que el hombre se formula a sí mismo, están aquellas
que surgen en cierto momento de la vida y que nos inquietan mucho. Son las que se refieren al
sentido de la existencia: "¿Quién soy?"; "¿por qué y para qué vivo?", "¿de dónde venimos y a
dónde vamos?". Son cuestiones universales, de todo los hombres, pues "estas mismas
preguntas las encontramos en los escritos sagrados de Israel, pero aparecen también en los
Veda y en los Avesta; las encontramos en los escritos de Confucio e Lao-Tze y en la
predicación de los Tirthankara y de Buda; asimismo se encuentran en los poemas de Homero
y en las tragedias de Eurípides y Sófocles, así como en los tratados filosóficos de Platón y
Aristóteles. Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde
siempre acucia el corazón del hombre: de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto,
depende la orientación que se dé a la existencia"1. La pregunta por el sentido de la vida se
refiere no tanto a los múltiples sentidos parciales que cada uno puede encontrar en las
acciones cotidianas que realiza, sino al sentido que da unidad a todo lo que existe y nos
sucede en la experiencia, y que los creyentes llamamos el sentido religioso. Así, esta pregunta
nos lleva a buscar una respuesta en lo que nos trasciende, en lo que está por encima y más allá
de nosotros, en Dios.
¿Y qué es lo que nos pasa cuando contemplamos la inmensidad del mar, la
majestuosidad de unas montañas, la serenidad de un cielo tachonado de estrellas o un paisaje
de indescriptible belleza natural? Nos quedamos en silencio, ante la imposibilidad de abarcar
lo inabarcable, de expresar lo inexpresable. Es un silencio que invita a escuchar una palabra
del "más allá". La contemplación de estas realidades trasportan nuestro pensamiento hacia la
posibilidad de la existencia de lo infinito, de lo majestuosamente bello. Así, cuando el hombre
puede escuchar el mensaje de las criaturas y la voz de su conciencia, surge entonces en él la
idea de Dios, de un ser que es causa y fin de todo lo que existe, Bondad suprema, Verdad
plena, Belleza total.
¿A dónde nos llevan todas estas reflexiones? En primer lugar digamos que no nos
llevan ni a la Fe ni al conocimiento de Dios. Sí pueden llevarnos a aceptar la existencia de un
Ser Supremo, Absoluto, a quien llamamos Dios. Y también nos llevan a tomar conciencia de
que el hombre es un buscador de lo Absoluto, un buscador de Dios, que el hombre es capaz de
Dios.
En segundo lugar, que los caminos del hombre hacia Dios son variados y muy
personales, como bien lo expresaba León Felipe en su breve y profunda poesía:
Nadie fue ayer ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol...
y un camino virgen
Dios.
1
Juan Pablo II, Carta Encíclica Fides et ratio, Buenos Aires, Paulinas, 1999, nº 1.
4
3. La creación nos habla de Dios
Hay distintas miradas sobre la realidad, y cada una de ellas ve algo de la misma.
La mirada del científico, de la ciencia empírica, busca alcanzar un conocimiento
exacto de la realidad material, descubrir las leyes que la rigen y explicar mediante teorías la
estructura misma de la realidad observada. Y como fruto de esta "mirada" científica los
conocimientos han crecido enormemente en los últimos siglos, sobre todo con la
disponibilidad de potentes instrumentos de investigación y la posibilidad de efectuar
experimentos muy complejos y precisos que han permitido a las ciencias naturales acercarse a
los fundamentos mismos de la realidad material en cuanto tal, aunque sin lograr comprender
del todo su estructura unificadora y su unidad última. Por eso en la actualidad se reconoce la
necesidad de recurrir a las diversas "miradas", esto es a un enfoque interdisciplinario por
cuanto las diversas ciencias se cruzan y se conjugan pues están orientadas al estudio de la
misma realidad, inteligible y compleja a la vez. Nadie duda de la validez de esta mirada
científica y de la utilidad de sus logros, sólo que es importante aceptar que no es la única
posible y que la misma no puede captar toda la realidad ni dar todas las explicaciones.
Hay otra mirada, que podemos llamarla filosófica en sentido amplio, que no busca
"desentrañar" la realidad sino que ante todo se admira y se maravilla de que la realidad exista
y esté ahí. Ante esta mirada surge una pregunta esencial, genialmente formulada por el
filósofo alemán Martin Heidegger: "¿Por qué existe algo en vez de nada?". Se trata de
preguntarse por el ser mismo de las cosas; y por su origen, por sus causas primeras. Esta
mirada se puede experimentar cuando contemplamos la inmensidad del mar, la majestuosidad
de unas montañas, la serenidad de un cielo tachonado de estrellas o un paisaje de
indescriptible belleza natural. La contemplación de estas realidades trasportan nuestro
pensamiento hacia la posibilidad de la existencia de lo infinito, de lo majestuosamente bello,
de un ser que es causa y fin de todo lo que existe, Bondad suprema, Verdad plena, Belleza
total. Y es aquí donde entra en juego la fe, que responde a lo que la razón pregunta, y
confirma lo que la inteligencia intuye. La fe es una luz "que viene de lo alto" y que nos ayuda
a mirar la realidad sin negarla ni mutilarla, pero considerándola como efecto del acto creador
de Dios. Con esta nueva luz de la fe podemos reconocer con certeza que "la creación nace del
Logos y lleva la marca imborrable de la Razón creadora que ordena y guía. Los salmos cantan
esta gozosa certeza: «La palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos»
(Sal 33,6); y de nuevo: «Él lo dijo, y existió, él lo mandó, y surgió» (Sal 33,9). Toda realidad
expresa este misterio: «El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de
sus manos» (Sal 19,2). Por eso, la misma Sagrada Escritura nos invita a conocer al Creador
observando la creación (cf. Sb 13,5; Rm 1,19-20)" (Benedicto XVI, Verbum Domini nº 8).
La fe ilumina y purifica nuestra mirada para que al ver la obra de la creación nos
elevemos a su Hacedor, al Creador; para que al ver la belleza y la perfección limitada de la
realidad, descubramos la Belleza y Perfección Ilimitada del Creador. Ya San Agustín escribía:
"Interroga a la belleza de la tierra, del mar, del aire enrarecido que se expande por todas
partes; interroga la belleza del cielo..., interroga todas estas realidades. Todas te responderán:
míranos y observa cómo somos hermosas. Su belleza es como un himno de alabanza. Ahora
bien, estas criaturas tan hermosas, que siguen cambiando, ¿quién las hizo, sino Uno que es la
belleza de modo inmutable?"(Sermo 241, 2: PL 38, 1134).
Esta experiencia, simple y profunda, ha llevado a algunos hombres a la conversión, a
la aceptación de la existencia de Dios. Un ejemplo reciente es Jacques Loew (1908-1999),
abogado y luego sacerdote francés, quien en su autobiografía "He buscado en la noche"
cuenta cómo, siendo ateo y de familia anticlerical, descubre a Dios contemplando un copo de
nieve en el silencio de los Alpes. "Qué espectáculo, ¡un copo de nieve! Tan bello, tan
armónico, tan bien construido. No puede ser fruto del caos, es la obra de un artista prodigioso
5
capaz de dejar la marca de su presencia en algo tan minúsculo y que apenas dura un instante.
Este fue mi primer contacto, mi primera intuición de la existencia de Dios”.
Fotos de copos de nieve con zoom macro y microscopio
Ante la mirada de fe la naturaleza se asemeja a un libro donde se puede leer a su
Autor, o sea, a Dios. El mismo Galileo, en una carta escrita al P. Benedetto Castelli (21-XII-
1613), decía que la naturaleza era un libro cuyo autor es Dios y la comparaba con la Sagrada
Escritura. Hoy añadimos a esta verdad que para poder comprender en su unidad y profundidad
el "libro de la naturaleza" necesitamos de la luz que nos viene del "libro de la Sagrada
Escritura".
Para ir concluyendo aclaremos que una misma persona puede tener estas "distintas
miradas" con su diversa "captación de la realidad". Si el científico es al mismo tiempo
creyente podrá conjugar ambas miradas sin mayores inconvenientes, pero distinguiéndolas sin
separarlas. También tendrá que tener en cuenta que son diversas las reacciones que provocan
estas miradas. La mirada de fe ante la naturaleza provoca en el creyente una reacción que nos
puede sonar algo extraña pero que es profundamente humana: alabar, cantar, escribir poesía.
Lejos estamos de la reacción "técnica" que busca dominar y transformar la naturaleza. Aquí se
la admira, se siente gozo por ella y se alaba a su Creador.
El mejor ejemplo de esta reacción creyente sería la bella oración de San Francisco de
Asís conocida como "Cántico de las Criaturas" o "Alabanzas de las Criaturas". Es de notar
que San Francisco la compuso cuando se encontraba muy mal físicamente, aquejado por
muchas enfermedades y casi ciego. Pero su vida interior gozaba de excelente salud y pudo
interpretar el silencioso canto que toda la creación le tributa a Dios; y la silenciosa melodía
que Dios canta en su creación. Su corazón humilde le permitió descubrir y cantar la grandeza
del Señor en sus criaturas. Esta es la versión de León Felipe que se utiliza en la liturgia:
Omnipotente, altísimo, bondadoso Señor,
tuyas son la alabanza, la gloria y el honor;
tan sólo tú eres digno de toda bendición,
y nunca es digno el hombre de hacer de ti mención.
6
Loado seas por toda criatura, mi Señor,
y en especial loado por el hermano sol,
que alumbra, y abre el día, y es bello en su esplendor,
y lleva por los cielos noticia de su autor.
Y por la hermana luna, de blanca luz menor,
y las estrellas claras, que tu poder creó,
tan limpias, tan hermosas, tan vivas como son,
y brillan en los cielos: ¡loado, mi Señor!
Y por la hermana agua, preciosa en su candor,
que es útil, casta, humilde: ¡loado, mi Señor!
Por el hermano fuego, que alumbra al irse el sol,
y es fuerte, hermoso, alegre: ¡loado mi Señor!
Y por la hermana tierra, que es toda bendición,
la hermana madre tierra, que da en toda ocasión
las hierbas y los frutos y flores de color,
y nos sustenta y rige: ¡loado, mi Señor!...
4. La ciencia no se opone a la fe
A fines de diciembre de 2012 circuló la noticia de que un grupo de investigadores de
la NASA a cargo de la Sonda de Anisotropía de Microondas Wilkinson (WMAP) dieron a
conocer las conclusiones finales que arrojó el estudio de datos del artefacto recién retirado.
Las mismas eran que el análisis de la información sustenta la teoría del Big Bang, según la
cual el Universo nació después de una explosión cósmica y se esta expandiendo y
enfriándose.
Seguramente hemos oído mencionar esta "teoría del Big Bang" como explicación del
origen del universo. Lo que seguramente desconoce la mayoría es que la misma fue propuesta
por un sacerdote católico belga en el año 1931: Georges Lemaître. Este sacerdote, antes de
serlo, comenzó en 1913 sus estudios en el Colegio de Ingenieros de Lovaina, pero luego pasó
a estudiar física y matemáticas. Tuvo que interrumpir sus estudios para servir en el ejército
belga durante la primera guerra mundial; pero finalmente en 1920 pudo doctorarse. Ese
mismo año ingresa en el Seminario de Malinas y en sus ratos libres sigue estudiando
matemáticas y ciencias. En 1923 es ordenado sacerdote. Luego recibe una beca para continuar
sus investigaciones sobre astronomía en la Universidad de Cambridge (Inglaterra) y como
fruto de las mismas propone en el año 1931 la teoría según la cual el universo se originó en la
explosión de un «átomo primigenio», teoría que más adelante pasó a llamarse del "Big Bang".
Su teoría fue recibida con cierta desconfianza en el mundo científico, en particular por
parte de A. Einstein. Pero en Febrero de 1933 Georges Lemaître expone en detalle su teoría
del Big Bang en una conferencia en California donde está presente el mismo Einstein, quien
al finalizar la misma se pone en pie, aplaude, y dice que es la más maravillosa y satisfactoria
explicación de la creación que había escuchado.
7
El P. Georges Lemaître y Albert Einstein en 1933 en California (EE. UU.)
Poco antes de la muerte de Georges Lemaître (1966), un grupo de investigadores en
New Jersey descubrieron una radiación de fondo de microondas cósmicas que fue identificada
como un remanente del Big Bang original, dando así mayor reconocimiento a esta teoría. Y
ahora se suma este dato de los investigadores de la NASA que citamos al inicio.
Nuestra intención al escribir esto no es la divulgación científica, sino exponer un claro
ejemplo de que ciencia y fe no se contraponen, no son enemigas en permanente conflicto.
Todo lo contrario, el mismo P. Lemaître decía en una entrevista concedida al periódico
estadounidense The New York Times: "Yo me interesaba por la verdad desde el punto de
vista de la salvación y desde el punto de vista de la certeza científica. Me parecía que los dos
caminos conducen a la verdad, y decidí seguir ambos. Nada en mi vida profesional, ni en lo
que he encontrado en la ciencia y en la religión, me ha inducido jamás a cambiar de opinión".
Es que hoy en día todavía circula bastante la creencia de que el progreso de la ciencia
terminará por hacer desaparecer la religión y la fe. Esto, además de una falsa creencia, es un
grave error epistemológico. Las ciencias, en sentido general del término, estudian la realidad
desde el punto de vista de la materia, de lo mensurable y cuantificable. Estudian la realidad
bajo una óptica particular y para ello tienen una metodología propia. Ahora bien, la opinión de
la ciencia no agota la descripción de la realidad, pues mucho de la misma escapa a su mirada
u objeto formal propio. Hay otras miradas sobre la realidad, no contrapuestas sino
complementarias con la científica. Entre ellas, la mirada de la fe.
Veamos otros ejemplos. El italiano Carlo Rubbia, premio Nobel de Física 1984, decía:
«Cuando enumeramos galaxias o probamos la existencia de partículas elementales,
probablemente no estamos demostrando la existencia de Dios. Pero como científico y
estudioso me impresionan profundamente el orden y la belleza que encuentro en el cosmos y
dentro de los fenómenos materiales. Y como observador de la naturaleza no puedo rechazar la
noción de que aquí hay un orden superior de cosas. Encuentro absolutamente inaceptable la
idea de que todo sea el resultado de la coincidencia o una mera diversidad estadística. Aquí
existe una inteligencia superior, por encima y más allá de la existencia misma del Universo».
Por su parte Francis Collins, investigador responsable de la secuenciación del genoma
humano, declaró ya hace algunos años: «Me sorprendió la elegancia del código genético
humano. Me di cuenta de que había optado por una ceguera voluntaria y era víctima de la
arrogancia por haber evitado tomar en serio el hecho de que Dios podría ser una posibilidad
real». Después de esto, Collins ha llamado al ADN humano «el lenguaje de Dios». (Citados
por M. Casado Velarde en [Link] del 3 de enero de 2013).
8
Por tanto la fe no está en contra de la razón ni de la ciencia, al contrario, las promueve
y hasta las necesita. Ya el Concilio Vaticano II decía en su Constitución Gaudium et Spes nº
36: "La investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma
auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a
la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más
aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la
realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las
cosas, da a todas ellas el ser".
Por su parte, la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos publicó en
enero de 2008 un folleto titulado "Ciencia, Evolución y Creacionismo" con la intención de
iluminar el fuerte debate que tiene lugar en ese país a raíz de la teoría científica de la
evolución. En el mismo dice: "La ciencia y la religión tratan aspectos diferentes de la
experiencia humana. Muchos científicos han escrito elocuentemente sobre cómo sus estudios
científicos sobre la evolución biológica han aumentado, en vez de disminuir, su fe, y muchas
personas creyentes y confesiones aceptan la evidencia científica de la evolución."
En fin, es hora de ponerse al día y superar viejos prejuicios, justificables o no por
cuestiones del pasado. Lo cierto es que ciencia y fe están llamadas a un diálogo fecundo por el
bien de la humanidad.
5. El hombre, imagen y camino hacia Dios
Es algo extraño, pero nos sucede con bastante frecuencia. Cuando hablamos de la
belleza y maravilla de la creación, incluso como camino hacia Dios, normalmente pensamos
en la naturaleza y no en el hombre. Recuerdo que en noviembre de 2011 los argentinos nos
alegramos porque – previa votación mundial – las Cataratas del Iguazú fueron declaradas
como una de las 7 nuevas maravillas naturales del mundo. Las otras 6 son la Selva Amazónica
de Bolivia y Brasil; la Bahía Halong de Vietnam; la Isla Jeju de Corea del Sur; la Isla
Komodo en Indonesia; el Río Subterráneo de Puerto Princesa en Filipinas y la Montaña de la
mesa en Sudáfrica. Pero nadie pensó que la mayor maravilla natural que existe es el hombre.
Nada es más maravilloso en la naturaleza que el mismo hombre, su cumbre y su corona. Esta
exclusión del hombre puede tener una explicación simple: no podía ser juez y parte en este
concurso de las maravillas naturales. Otra explicación, algo más rebuscada tal vez, es que
nuestra experiencia de la convivencia humana, con tanta presencia del mal obrado por los
hombres, nos lleva a minusvalorarlos. Si esta última fuera la razón, no sería del todo justa
porque estaríamos generalizando, pues hay hombres que obran el mal y hombres que obran el
bien. De hecho los objetos de nuestros amores más profundos son las personas. Y si podemos
amar tanto a las personas, es porque son amables, o sea dignas de amor; y lo son porque son
buenas, son valiosas.
Si reflexionamos un poco en lo que estamos diciendo sobre el hombre vemos que en el
fondo de la cuestión aparece algo propio y exclusivo del hombre, que lo ubica por encima de
todos los demás seres de la naturaleza: su libertad, "signo eminente de la imagen divina"
(CATIC nº 1705). En efecto, el hombre tiene una dimensión espiritual, está dotado de
inteligencia y de voluntad libre, por lo cual goza de la iniciativa y del dominio en sus
acciones. Esta libertad, para que sea tal, conlleva la posibilidad de obrar o de no obrar, de
hacer el bien o de hacer el mal. Aquí está su dignidad fundamental así como su posibilidad de
perfeccionarse haciendo el bien o de arruinarse obrando el mal. Y aquí está la gran maravilla
de la creación: esta capacidad del hombre de no ser determinado por su naturaleza, de poder
elegir y, en último término, de poder amar. Sí, pues el fin de la libertad es el amor. Sin
libertad no hay posibilidad de amor. Por tanto, aquí encontramos una de las tantas paradojas
del hombre: aquello que le confiere dignidad, que lo hace amable y capaz de amar, o sea su
9
libertad; es también, cuando se orienta a hacer el mal, lo que nos puede llevar a despreciar al
hombre, a no valorarlo como la más grande maravilla de la creación. Todo un tema, sobre el
cual volveremos más adelante.
Ahora bien, si aceptamos la luz que nos viene de la fe, nuestra mirada sobre el hombre
no puede menos que provocar maravilla. Un buen ejemplo es el Salmo 8: "Al ver el cielo,
obra de tus manos, la luna y la estrellas que has creado: ¿qué es el hombre para que pienses en
él, el ser humano para que lo cuides? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de
gloria y esplendor; le diste dominio sobre la obra de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies".
Aquí el salmista, poeta orante, piensa en su condición humana, sumergido en la noche,
cuando en la inmensidad del cielo se iluminan la luna y las estrellas, y se siente como un
granito de arena en la infinidad y en los espacios ilimitados que lo envuelven. Por otro lado,
reconoce que Dios se inclina sobre el hombre y le corona como si fuera su virrey: «lo
coronaste de gloria y esplendor» y, a pesar de su fragilidad, le confía todo el universo para
que ejerza sobre el su dominio.
Sin duda el salmista se inspira en el primer relato de la creación del libro del Génesis.
Allí leemos: "Dios dijo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y
que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra,
y todos los animales que se arrastran por el suelo". Y Dios creó al hombre a su imagen; lo
creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer" (Gn 1,26-27).
En este relato se dice sólo del hombre que fue creado a imagen y semejanza de Dios y
por ello viene colocado en una categoría especial que lo distingue del resto del mundo creado
y lo acerca a Dios. Esta semejanza divina no es un atributo accidental sino que define la
esencia misma del hombre, quien por ser imagen de Dios es su virrey o representante en la
tierra con la misión de dominar la naturaleza como extensión y presencialización del poder
Divino. En el antiguo medio oriente los reyes o faraones eran imágenes vivas de un dios en
cuanto ejercían poder y dominio sobre el país. Lo que en estas culturas quedaba reservado a
un sólo hombre, el soberano, en la Biblia se afirma de todo hombre.
Según este texto del Génesis el hombre entero, incluida su dimensión corporal, ha sido
creado a imagen y semejanza de Dios. Más aún, la humanidad es descrita aquí como
articulada, desde su primer origen, en la relación de lo masculino con lo femenino. Es esta
humanidad sexuada la que se declara explícitamente como "imagen de Dios". De aquí que
bien puede pensarse que la imagen de Dios está especialmente en el vínculo de amor entre el
varón y la mujer. De hecho los profetas Oseas, Jeremías, Isaías y el Cantar de los Cantares
verán en este amor esponsal la imagen de Dios. Y luego, con la luz plena que nos viene del
Nuevo Testamento, la primera carta de Juan podrá afirmar que "Quien no ama no ha conocido
a Dios, porque Dios es Amor" (1Jn 4,8). Si Dios es Amor, así con mayúsculas, en el amor
humano – y particularmente en el amor del varón y la mujer – encontramos una imagen de
Dios, la más nítida de todas.
Y podemos dar todavía un paso más, casi un salto diría, porque en Jesucristo Dios se
ha hecho hombre y entonces "Jesús, es el rostro humano de Dios y el rostro divino del
hombre" (Juan Pablo II). En Jesús la imagen de Dios se hace realidad plena al punto que para
conocer a Dios hay que conocer a Jesús: "El que me ha visto, ha visto al Padre" (Jn 14,9).
En conclusión, el hombre es, por encima de todas las demás criaturas de la tierra, la
mejor expresión, reflejo o imagen de Dios; es en cierto modo una palabra sobre Dios.
Conociendo al hombre, conociendo el amor humano, puedo llegar a conocer algo de Dios.
Como decía L. Boros: "Encuentro a Dios en mi propia humanidad. Al «ejercitar» el hombre
su humanidad (ésta es la definición de «virtud»), «transparenta a Dios»". Y todo esto se ha
cumplido en plenitud en Jesucristo, "imagen visible de Dios invisible" (Col 1,15).
10
6. Entre la duda y la fe
Estamos en camino, a la búsqueda de Dios y aproximándonos a la "puerta de la fe".
Hemos visto que hay en el corazón del hombre un impulso que lo lleva a trascender lo
cotidiano y a trascenderse a sí mismo. Un anhelo de felicitad plena, de paz profunda, de
armonía. Y en esta búsqueda el hombre encuentra "señales", indicaciones, pistas. En ciertos
momentos y lugares, mucho nos habla de Dios la creación. Vimos que incluso se puede
considerar a la naturaleza como un libro cuyo autor es Dios y, por tanto, entre líneas podemos
descubrir algo de Él. Vimos que Dios ha dejado una imagen suya entre las criaturas, como un
sello grabado en la cera: el hombre; o mejor aún: el varón y la mujer.
¿Y hasta dónde podemos llegar por este camino? Por este camino el corazón puede
llegar a intuir y la razón a afirmar la existencia de Dios. Pero esto no es todavía el encuentro
con Dios pues no hemos podido cruzar con esta búsqueda la puerta de la fe. Incluso más, si
bien en general tenemos que reconocer que el hombre puede llegar por su razón a este cierto
conocimiento de la existencia de Dios porque es "capaz de Dios" (capax dei); en lo concreto
este camino ha fracasado. Lo expresaba ya el libro de la Sabiduría, uno de los más tardíos del
Antiguo Testamento, cuando dice: "Son necios por naturaleza todos los hombres que han
desconocido a Dios y no fueron capaces de conocer al que es a partir de los bienes visibles, ni
de reconocer al Artífice, atendiendo a sus obras; sino que tuvieron por dioses, señores del
mundo, al fuego, al viento, al aire ligero, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa o a los
astros del cielo. Si, cautivados por su belleza, los tomaron por dioses, sepan cuánto les
aventaja su Señor, pues los creó el autor de la belleza" (Sap 13,1). Y de este texto se inspira el
apóstol san Pablo para decir algo semejante en una de sus cartas (Rom 1,19-22).
Esto nos lleva directamente a plantearnos un dilema fundamental para el hombre
creyente, y también para el no creyente, según veremos. La cuestión surge porque Dios
siempre queda fuera de nuestro campo visual y de nuestra misma capacidad de conocer, por
mucho que se extiendan sus límites. Dios es invisible y trascendente para el hombre. Quien
piensa que lo ha visto o que lo ha captado con su mente, seguramente ha confundido a Dios
con otra cosa.
Esto implica que para poder creer tenemos que estar dispuestos a aceptar que lo real no
se reduce sólo a lo que vemos, sentimos o incluso entendemos. Hay que aceptar que hay cosas
esenciales que son invisibles a los ojos (Saint-Exupéry). Y para esto hace falta vencer la
inercia natural por la cual tendemos a quedarnos sólo en lo visible y en lo comprensible por la
razón. Se trata de un cambio de actitud ante la vida, existencial, una verdadera conversión.
Para poder atravesar la puerta de la fe el hombre tiene primero que darse cuenta de que va
detrás de una ilusión cuando acepta sólo lo que puede ver y entender. En este sentido la fe es
indemostrable: es un cambio del ser, y sólo quien cambia la recibe. Y por eso se ha
considerado siempre al acto de fe como un salto sobre el abismo de lo visible. "La fe siempre
tiene algo de ruptura arriesgada y de salto, porque en todo tiempo implica la osadía de ver en
lo que no se ve lo auténticamente real, lo auténticamente básico. La fe siempre fue una
decisión que solicitaba la profundidad de la existencia, un cambio continuo del ser humano al
que sólo se puede llegar mediante una resolución firme"2.
En una de las películas de Indiana Jones hay una escena que ilustra bien esto que
estamos diciendo. Indiana, interpretado por el actor Harrison Ford, tiene que atravesar un
abismo para llegar a una cueva donde se encuentra el cáliz de Cristo. Tiene necesidad de
conseguirlo para poder con él salvar a su padre, interpretado por Sean Connery, que está
moribundo por una herida de bala. Pues bien, está frente a un abismo, se ve sólo la cueva
enfrente pero no se ve como poder llegar a ella. Tiene como única ayuda un viejo cuaderno
2
J. Ratzinger, Introducción al cristianismo, Sígueme, Salamanca, 1982, 33.
11
con palabras claves que descifrar. Aquí la palabra clave es FE. El protagonista medita un poco
y al final salta al abismo, con la sorpresa de que cae sobre un puente que estaba presente pero
no se veía. El salto a la fe, el salto de la fe, que es un abandonarse y confiar en Dios y en su
Palabra, aunque no lo veamos. Parece que caemos en un abismo, y sin embargo, encontramos
apoyo firme, camino seguro. Creer es encontrar este apoyo seguro en la vida.
Y esto no se produce una sola vez sino que es una actitud de vida, de toda la vida. El
creyente, con su acto de fe, con su salto de fe, supera cada vez la sombra de la incredulidad
que lo acecha. Este debatirse entre la fe y la duda forma parte de la condición humana. Así
como el creyente será asaltado por la duda de si es real su fe, aquello en lo que cree y a quien
le cree; también el no creyente será "tentado por la fe" en el sentido de preguntarse si no será
real la fe y ha equivocado su camino al rechazarla. El pensador judío Martin Buber narra una
historia donde un racionalista fue a disputar con un hombre religioso para destruir sus pruebas
a favor de la verdad de su fe. El religioso, al verlo, simplemente le dijo: "Quizá sea verdad".
O sea que le sembró la duda en su incredulidad, y este "quizá" lo paralizó.
Por tanto, en cierto momento la razón tendrá que permitirle a la voluntad dar su salto a
la fe. Así el hombre cruza la puerta y se encuentra con Dios. Pues si bien hay razones para
creer, no se llega a la fe como fruto de un razonamiento. Justamente sobre el origen de la
opción de la fe escribía el Papa Benedicto XVI en su encíclica "Dios es Amor" nº 1: "Hemos
creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida.
No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro
con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una
orientación decisiva. "
Sólo quien ha vivido este encuentro con Dios, que es una gracia, puede comprender la
firmeza y el realismo de su fe. El mismo Blas Pascal, matemático y filósofo, tuvo un
encuentro con Dios tan fuerte que puso por escrito lo vivido en un papel carta y lo llevaba
cosido en el interior de su chaqueta. Se lo descubrieron cuando murió. Allí escribió: "Dios de
Abraham, Dios de Issac, Dios de Jacob: no de los filósofos y los doctos. Certeza. Sentimiento.
Alegría. Paz. Dios de Jesucristo. Tu Dios será mi Dios. Olvido del mundo y de todo, salvo de
Dios. Se lo encuentra solamente por el camino enseñado en el Evangelio. Grandeza del alma
humana. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido. Que no deba ser
separado de Él en la eternidad. Alegría, alegría, lágrimas de alegría."
Otro gran buscador de la Verdad sobre Dios, el Cardenal Henry Newman, llegó a decir
que la fe es la capacidad de soportar dudas. Soportar y vencer las dudas con la oración. Una
compuesta por el mismo Cardenal Newman es muy adaptada para estos momentos:
"Guíame luz bondadosa, las tinieblas me rodean, guíame hacia adelante.
La noche es densa y me encuentro lejos del hogar, guíame hacia adelante.
Protégeme al caminar.
No te pido ver claro el futuro sólo un paso aquí y ahora:
Sólo un paso, sólo el pan para hoy".
7. Dios a la búsqueda del hombre
La búsqueda de Dios por parte del hombre nos conduce, al final, a un espacio de
expectante silencio, ante la posibilidad de que haya alguien "del otro lado" de nuestros
límites; alguien en el "más allá" de nuestra experiencia.
Nos encontramos así ante la puerta de la fe, pero para poder cruzarla antes tiene que
suceder algo "del otro lado". Sí, Dios tiene que comunicarse, tiene que entrar en contacto con
nosotros para poder creer en Él.
12
Y para los cristianos esto ha sucedido y sigue sucediendo. Sí, ha sucedido lo inaudito,
lo increíble, lo inesperado. Dios ha entrado en nuestro mundo, en nuestra historia, en nuestro
tiempo, en nuestra vida. Pero antes de hablarte de esto, querido lector, tengo que advertirte
que quien cruza la puerta de la fe, al comienzo, tiene una extraña sensación. Varios la han
comparado, muy gráficamente, con la experiencia de estar en el agua sin hacer pie. Y es así
porque entramos en una dimensión nueva de la vida donde no podemos manejarnos ya con los
sentidos, que quedan, como los pies en el agua, sin apoyo. Es como entrar en una habitación
oscura, lo que al comienzo nos da miedo e inseguridad pues no vemos lo que hay en ella.
Luego nuestros ojos se van adaptando a la oscuridad, que se nos vuelve más familiar y vamos
perdiendo de a poco el miedo. Entonces se despiertan en nosotros otras capacidades, más allá
de los sentidos. Es que Dios nos da la Gracia para poder creer, aceptar su Presencia invisible,
y para poder escuchar y aceptar su Palabra. Y va naciendo en nosotros una certeza: aquí hay
alguien más; sí, aquí está Él. Entonces comenzamos a tener el sentimiento de una Presencia, y
si perseveramos en permanecer allí, esta Presencia se va haciendo cada vez más firme. No se
trata de una certeza absoluta, pues siempre hay un margen para la duda, lo que nos mantiene
en la libertad de creer o no creer, pues en definitiva sólo cree el que quiere creer. Como decía
Blaise Pascal: "La fe es suficientemente clara para que el creer sea razonable, y
suficientemente oscura para que el creer sea libre".
Ahora sí, volvamos al anuncio cristiano de lo que ha sucedido y escuchemos lo que
nos dice el autor de la carta a los Hebreos: "Muchas veces y de muchas maneras habló Dios
en el pasado a nuestros padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha
hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo el
universo" (Heb 1,1-2).
Dios habló, rompió el silencio, se comunicó con los hombres, más concretamente con
un pueblo al cual eligió para ser el receptor y custodio de su Palabra: Israel, nuestros padres.
No habló directamente, sino por medio de profetas, es decir, de hombres llamados por Dios a
quienes les transmite sus palabras y los envía a anunciarlas al pueblo. Todo el Antiguo o
Primer Testamento es el testimonio de este diálogo de amistad de Dios con su pueblo, a través
del cual fue "acostumbrando" a los hombres a su Presencia, a su compañía. Hasta que "al
llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley"
(Gal 4,4). Por tanto, Dios no sólo habló, sino que se hizo hombre en Jesucristo, el Hijo de
Dios. Sí, lo repetimos, ha sucedido lo inaudito, lo increíble, lo inesperado. Dios ha entrado en
nuestro mundo, en nuestra historia, en nuestro tiempo, en nuestra vida.
No se trata ya de la búsqueda de Dios por parte de los hombres, de lo cual dan
testimonio todas las religiones de la Tierra. Aquí es Dios quien viene personalmente a
hablarle al hombre de sí mismo, a contarle quién es y cuanto lo ama; y a mostrarle el camino
por donde llegar a Él. Lo expresa claramente el prólogo del evangelio según san Juan: "A
Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que estaba en el seno del Padre, El lo ha contado"
(Jn 1,18).
Para los cristianos la gran novedad, la maravillosa y extraordinaria novedad, es que ya
no buscamos a Dios a tientas porque Él se ha manifestado, se ha puesto en comunicación con
nosotros por medio de Jesucristo "en quien Dios habla a cada hombre y cada hombre es
capacitado para responder a Dios". Que Dios se haya hecho hombre en Jesucristo significa
que ha venido a buscar a los hombres, sus criaturas, sus hijos, movido por su corazón de
Padre3.
Este es el Buen Anuncio o Evangelio en el que creemos los cristianos y que se
proclama hasta los confines de la tierra como una permanente invitación a atravesar la puerta
de la fe que ha quedado abierta para todos los hombres. Sin duda que pasar por ella supone
dar un salto, desprenderse de un modo de vivir, de convivir y de comprender la realidad. Pero
3
cf. JUAN PABLO II, Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente, 10 nov. 1995, AAS 87 (1995) nº 6 y 7.
13
no se trata de un salto al vacío. Sabemos por el testimonio de aquellos que ya han dado el
salto a la fe que del otro lado de la puerta hay un camino, claro y oscuro, que nos lleva a la
Vida, a la Verdad, a la Belleza, a Dios.
8. Dios ha corrido el velo y se ha dado a conocer
Vimos al comienzo que tener fe, creer, significaba aceptar como verdadero lo que
alguien nos dice, aunque no lo veamos. Y que normalmente creemos y aceptamos como
verdadero algo cuando nos lo dice alguien en quien confiamos. Y normalmente confiamos en
aquellos que estimamos, valoramos y sabemos que nos quieren.
A nivel sobrenatural pasa lo mismo. La fe es aceptar el testimonio que Dios nos da
sobre sí mismo y que es lo que hemos estado llamando Revelación. No podemos explicar lo
que es la fe cristiana si antes no explicamos en qué consiste la Revelación cristiana. Ya varias
veces hemos hablado de la Revelación, de que Dios rompió el silencio y se comunicó con
nosotros. Ahora vamos a profundizar más en esta realidad, pues como también ya dijimos, la
fe es la respuesta del hombre a la revelación de Dios.
La palabra "revelación" es el sustantivo derivado del verbo 'revelar', que procede del
latín "revelāre", que indica la acción de 'quitar el velo'. Por tanto la 'revelación' es el acto de
quitar el velo, de descubrir algo oculto. Es decir, Dios ha corrido el velo que lo ocultaba de los
hombres y se ha dado a conocer.
Aquí tendríamos que hacer una pausa y quedarnos en silencio meditando sobre esto,
llenos de estupor. Cuando alguien importante nos habla, o nos manda un e-mail o un
mensajito nos llenamos de emoción y se lo contamos a todos. Aquí Dios, el Ser Supremo,
Infinito, Eterno, Creador; Él mismo nos habló.
Dios se ha manifestado. Más aún, Dios quiso ponerse en comunicación con nosotros y
por eso se ha revelado. Es que la revelación es justamente esto, un fenómeno de comunicación
entre Dios y el hombre. De Dios al hombre es la revelación; del hombre a Dios es la fe.
Tan importante y fundamental es el tema de la Revelación que el Concilio Vaticano II
le dedicó mucha atención y terminó emitiendo un documento sobre este tema, que es uno de
los más importantes. Se trata de la Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación
(conocida como Dei Verbum en latín).
Pues bien allí dice: "Quiso Dios en su bondad y sabiduría revelarse a sí mismo y dar a
conocer el misterio de su voluntad" (n º2)
Dios quiso, Dios quiere, Dios nos quiere. Por eso entra en comunicación con nosotros,
porque quiere y porque nos ama. Este es el por qué de la Revelación. ¿Y el para qué? Sobre
esto leemos en Dei Verbum nº 2: "Por esta revelación Dios invisible (cf. Col. 1, 15; 1 Tim. 1,
17), movido por su gran amor, habla a los hombres como amigos (cf. Ex. 33, 11; Jn. 15, 14-
15) y trata con ellos (cf. Bar. 3, 38), para invitarlos y recibirlos a la comunión con El".
En otras palabras, Dios se pone en comunicación con los hombres, se revela, porque
quiere que seamos sus amigos. Dios inicia un diálogo de amistad con los hombres. Para
profundizar en esto sugerimos leer los textos bíblicos citados para confirmar que tienen en
común el uso de la categoría de amistad para expresar la relación de Dios con Moisés y de
Jesús son sus apóstoles. Esto es muy importante porque el acento no está puesto en la
revelación de algo -de una serie de verdades-, sino de Alguien que se automanifiesta para
entrar en comunión. Dios mismo, a través de su revelación, establece una relación personal
con los hombres.
Y aquí está la respuesta a la pregunta sobre el objeto de la revelación, es decir ¿qué es
lo que Dios revela o muestra? A sí mismo, se da a conocer a sí mismo. Por la revelación
divina, Dios ha querido manifestarse y comunicarse a sí mismo.
14
No se trata entonces de un profesor que nos enseña verdades, los contenidos de una
materia. Nos habla de sí mismo. Por eso la teología se refiere a la revelación como auto-
revelación de Dios, en el sentido de auto-comunicación y auto-manifestación personal de Dios
al hombre. Es decir, la voluntad amorosa de Dios es entregar a los hombres, dándolo a
conocer, el misterio de su vida.
Un ejemplo puede ayudarnos a comprender mejor esto. Hay personas que conocemos
sólo de vista, tal vez podamos saber su nombre y de qué trabaja. Pero nada sabemos de lo que
le pasa a esa persona, sus sentimientos profundos, sus anhelos y angustias, sus sueños y
proyectos. Por eso nuestra comunicación o diálogo con esas personas será superficial. Nos
saludaremos y hablaremos del clima, del tránsito o de cosas por el estilo; pero siempre
externas y ajenas al propio mundo interior. En cambio si nos encontramos con un amigo, el
diálogo es profundo, nos transmitimos lo que sentimos, pensamos, queremos. Compartimos
nuestros proyectos, nuestros miedos y angustias. Es decir, con los verdaderos amigos abrimos
nuestro corazón y compartimos nuestro interior. Mediante este diálogo nos vamos conociendo
más y se acrecienta la amistad.
Pues bien, esto es lo que primeramente quiere Dios al revelarse. Contarnos su
intimidad, sus proyectos, para que lo conozcamos y entremos en comunión con Él. En otras
palabras, para que seamos amigos.
Además, Dios nos revela el misterio de su voluntad, esto es, su plan de salvación para
los hombres. Vale decir que gracias a la Revelación podemos conocer la Verdad sobre Dios y
la Verdad sobre el hombre.
Ante esta Revelación de Dios, la respuesta del hombre es la Fe, creerle. Como dice el
Catecismo nº 52: "Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de
responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias
fuerzas".
Dios nos da la Gracia de la Fe, lo cual implica en primer lugar "creer en Él" y luego
"creerle a Él". Sí, lo primero que debe decirle a Dios el hombre es: "Yo Creo en Ti", que
incluye el "Yo confío en Ti", "Yo te acepto como amigo".
Después sigue el "Yo te creo", creo en lo que me dices aunque no lo vea. Justamente
porque confío en Ti, acepto lo que me dices, obedezco a lo que me pides. En este sentido San
Pablo habla de la "obediencia de la fe".
En síntesis: "La fe no es un mero asentimiento intelectual del hombre frente a las
verdades en particular sobre Dios; es un acto por el cual me confío libremente a un Dios que
es Padre y me ama; es la adhesión a un "Tú" que me da esperanza y confianza. Tener fe,
entonces, es encontrar ese "Tú", Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor
indestructible, que no solo aspira a la eternidad, sino que la da; es confiar en Dios con la
actitud del niño, el cual sabe que todas sus dificultades, todos sus problemas están a salvo en
el "tú" de la madre. Y esta posibilidad de salvación a través de la fe es un don que Dios ofrece
a todos los hombres." (Benedicto XVI)
9. Dios se ha dado a conocer a la manera humana
15
Después de haber visto el carácter personal y amistoso de la revelación, nos queda
considerar ahora el modo en que Dios se comunicó con los hombres. Es decir, vamos a
responder a la pregunta: ¿cómo se revela Dios, por qué medios?
De modo claro y conciso el documento conciliar Dei Verbum nº 12 dice: “Dios ha
hablado en la Sagrada Escritura por medio de los hombres y a la manera humana” (DV 12).
La revelación es un fenómeno de comunicación entre Dios y los hombres. Pues bien,
Dios, en su bondad, ha sido "condescendiente" con los hombres y ha elegido para revelarse,
para darse a conocer, el modo humano de comunicarse.
¿Y cómo nos comunicamos los hombres? Mediante palabras y gestos.
La comunicación verbal es prioritaria y evidente. Pero sabemos que hay gestos que
dicen más que mil palabras. Una mirada, a veces, dice mucho sobre la persona; y hay rostros
que nos lo dicen todo. Y los gestos, en sentido amplio, incluyen las acciones que realizamos.
Cuando obramos, nos manifestamos, nos damos a conocer. Es muy cierto que nuestras obras
"revelan" nuestro temperamento, nuestros valores y criterios. La sabiduría popular ha acuñado
la frase "en la cancha se conocen los pingos", la cual expresa en cierto modo esta verdad de la
experiencia humana. Y dicen que San Juan Bosco sostenía que para conocer a los chicos hay
que verlos jugar a la pelota. Sobran ejemplos de esto.
Volviendo al modo de la revelación de Dios, nos dice el documento del Concilio sobre
la Revelación Divina, Dei Verbum nº 2: "Este plan de la revelación se realiza con hechos y
palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la
historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las
palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido
en ellas."
Con esta presentación el Concilio destaca el carácter histórico y sacramental de la
revelación. "Dirigiéndose al hombre, ser de carne y espíritu, inserto en la duración del tiempo,
Dios trató con él por los caminos de la historia y de la encarnación" (R. Latourelle).
El carácter histórico señala que esta revelación se dio en una serie de acontecimientos
sucesivos y progresivos. El aspecto sacramental implica que se revela a través de signos, o sea
de realidades terrenas, a través de gestos o acciones y de palabras.
Dios para darse a conocer entra en la historia y en ella se revela como Persona que
obra la salvación de su pueblo. Se revela actuando, se revela a través de sus gestos y de sus
palabras que constituyen la historia de la salvación. Así, Dios salvando se revela como
Salvador; perdonando se revela como Misericordioso, castigando al culpable se revela como
Justo; amando se revela como Amor.
De modo global, como gestos u obras de Dios, la Biblia nos relata el éxodo, la
formación del reino de Israel, el destierro, el rescate y el regreso a la tierra, la restauración; las
acciones de la vida de Cristo, en particular los milagros, su muerte y su resurrección.
Las palabras de Dios son las que transmite por medio de Moisés, de los profetas que
interpretan las acciones de Dios, de las palabras de Cristo y luego de los apóstoles.
Estas acciones y palabras están íntimamente relacionadas entre sí y se esclarecen
mutuamente por cuanto Dios habla y actúa y sus obras confirman las palabras mientras que
las palabras nos permiten comprender el sentido de las acciones divinas. Un ejemplo. Dios
nos ha dicho que nos ama y que Él es amor (Jn, 3,16; 1 Jn 4,16). Ahora bien, "la prueba de
que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros."
(Rom 5,8). Y "en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en
que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados." (1Jn
4,10). Vale decir que el gesto de entrega de Jesús al morir en la cruz habla, grita el amor de
Dios por los hombres, pero para descubrir esto necesitábamos que la Palabra de Dios nos lo
diga y que la aceptemos por la fe.
16
El carácter histórico de la revelación nos muestra también una "pedagogía divina"
particular por cuanto Dios se comunica gradualmente al hombre, lo prepara por etapas para
que pueda recibir la Revelación sobrenatural que hace de sí mismo y que culmina en la
Persona y la misión de Jesucristo.
Es decir que Dios se comportó con los hombres como un padre que educa a su hijo: lo
fue llevando progresivamente a un conocimiento cada vez mayor. La revelación Divina no es
un bloque compacto y cerrado que cae del cielo. Al contrario, Dios al revelarse se adaptó a
nuestra realidad humana que es histórica, tiene lugar en el tiempo; y por esto se fue dando a
conocer sucesivamente. Primero hubo una larga etapa de preparación, que abarca lo que
llamamos los cristianos el Antiguo Testamento; para llegar a la plenitud de la Revelación en
la Persona de Jesucristo y contenida en el Nuevo Testamento.
"Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en
muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por
medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo"
(Heb 1,1-2).
Llegada la ‘plenitud de los tiempos’ Dios nos habla por medio de su Hijo. Aquí se
trata de un salto cualitativo, de un tipo de revelación distinta por dos motivos:
* Es la revelación suprema porque la transmite el mismo Hijo de Dios que está en el seno del
Padre (Jn 1,18: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre,
él lo ha contado”).
* Es la revelación personal de Dios porque Jesús es Su misma Palabra o Verbo (Jn 1,1.14).
De este carácter progresivo de la revelación se deduce un importante criterio a tener en
cuenta a la hora de leer la Biblia: cada texto bíblico se debe ubicar en su contexto histórico
para ver en qué etapa de la Revelación nos encontramos. No es lo mismo una afirmación
hecha en el Antiguo Testamento que en el Nuevo. Si no tenemos en cuenta este criterio
podemos caer en posturas fundamentalistas.
También, al ser Jesucristo la última palabra de la Revelación Divina, en Él se realiza la
alianza nueva y definitiva, por eso “no hay que esperar otra Revelación pública antes de la
gloriosa manifestación de Jesucristo” (DV nº 4). Podrá haber revelaciones llamadas privadas
"algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo,
no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de "mejorar" o "completar" la
Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta
época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus
fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica
de Cristo o de sus santos a la Iglesia. La fe cristiana no puede aceptar "revelaciones" que
pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud" (Catecismo nº 67).
10. La posibilidad de creer hoy
Hemos visto que para atravesar la puerta de la fe se necesitaba la valentía de superar el
abismo que separa lo visible de lo invisible. Entonces la fe es una actitud por la que acepto
que lo real no se reduce a lo visible o sensible; que hay cosas esenciales en la vida que son
invisibles a los ojos. Sólo con esta actitud puedo acceder al mundo de la fe, al mundo de Dios.
Una vez recuperados del susto por este salto, hay que anunciar que todavía queda uno
más por dar. Sí, hay otro abismo, el del tiempo, el del pasado en relación con el presente.
Para que nos entendamos tenemos que repetir algo ya escrito en una entrega anterior:
que para cruzar la puerta de la fe antes tiene que suceder algo "del otro lado". Sí, Dios tiene
que comunicarse, tiene que entrar en contacto con nosotros para poder creer en Él. Y para los
cristianos esto ha sucedido. Dios habló, rompió el silencio, se comunicó con los hombres, más
concretamente con un pueblo al cual eligió para ser el receptor y custodio de su Palabra:
17
Israel, nuestros padres en la fe. No habló directamente, sino por medio de profetas, es decir,
de hombres llamados por Dios a quienes les transmite sus palabras y los envía a anunciarlas al
pueblo. Todo el Antiguo o Primer Testamento es el testimonio de este diálogo de amistad de
Dios con su pueblo, a través del cual fue "acostumbrando" a los hombres a su Presencia, a su
compañía. Hasta que "al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de
mujer, nacido bajo la ley" (Gal 4,4). Por tanto, Dios no sólo habló, sino que se hizo hombre en
Jesucristo, el Hijo de Dios, y por medio de Él ha entrado en nuestro mundo, en nuestra
historia, en nuestro tiempo, en nuestra vida.
Dios ha cruzado el abismo entre la eternidad y el tiempo; sí, pero ha entrado en un
tiempo concreto, que para nosotros hoy es el pasado. Aquí está la cuestión, pues yo tengo que
pronunciar mi "creo" hoy sobre una revelación o manifestación de Dios que sucedió en el
ayer, hace dos mil años por lo menos.
Pues bien, esta cuestión se resuelve aceptando que existe una comunidad que es la
receptora, depositaria, custodia y transmisora de esta Revelación Divina. En efecto, Dios se
reveló antiguamente a nuestros padres, es decir al pueblo de Israel, quien volcó su experiencia
de Dios y con Dios en los libros del Antiguo Testamento. Y más tarde se reveló plenamente
en Jesucristo, quien formó una primera comunidad con sus doce apóstoles para que fueran los
fieles transmisores de la Revelación y la Salvación de Dios. Y los Apóstoles por su parte
fundaron comunidades y les transmitieron lo que ellos habían recibido de Cristo y del Espíritu
Santo. Y todo eso se volcó en los libros que conforman el Nuevo Testamento. Por tanto la
Revelación de Dios está contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición; recordando que
la realidad de la Tradición es previa incluso a la misma Escritura, que es la Tradición puesta
por escrito. Y la Tradición transmite la Revelación transmitiendo, en primer lugar, la
Escritura.
Justamente para que la Palabra de Dios sea actual en todos los tiempos, desde el
comienzo existió la Tradición que "es el Evangelio vivo, anunciado por los apóstoles en su
integridad, en virtud de la plenitud de su experiencia única e irrepetible: por su obra la fe es
comunicada a los demás, hasta llegar a nosotros, hasta el fin del mundo. La Tradición, por
tanto, es la historia del Espíritu que actúa en la historia de la Iglesia a través de la mediación
de los apóstoles y de sus sucesores, en continuidad fiel con la experiencia de los orígenes". La
Tradición "es el río de la vida nueva que procede de los orígenes, de Cristo hasta nosotros, y
nos hace participar en la historia de Dios con la humanidad" (Benedicto XVI).
Pues bien, hay una comunidad que es la "portadora" o "sujeto" de esta Tradición y es
la Iglesia. Para muchos el sólo hecho de nombrar a la Iglesia puede provocar una cierta
"alergia" o molestia, tal vez por una visión que sólo descubre en ella miserias y debilidades,
que las tiene. Pero más allá de ellas, está la Iglesia en su esencia más profunda y pura; en su
misión más propia e irrenunciable. Y la ha cumplido fielmente desde Cristo hasta nosotros
con la asistencia del Espíritu Santo, que es el que establece la unión entre Cristo y la Iglesia a
lo largo del tiempo. Por eso lo que más nos interesa ver ahora de la Iglesia es su misión, el
papel necesario que ella juega en la transmisión de los contenidos de la fe.
A la pregunta ¿dónde podemos encontrar lo que Dios ha revelado para adherirnos hoy
a ello con nuestra fe convencida y libre? La respuesta es que está en el "sagrado depósito de la
Revelación" que el Señor ha confiado a su Iglesia para que lo transmita a todas las
generaciones. Más adelante, en estas entregas, veremos los contenidos de la fe; lo que
tenemos que creer. Y los encontraremos expresados sintética y ordenadamente en el "credo"
18
de la Iglesia. Como ha dicho un gran teólogo: el acto de fe es personal, pero los contenidos de
la fe son eclesiales, son los de la comunidad de fe, la Iglesia, que nos los transmite.
El acto de fe, el «creo» no es el «creo» del individuo aislado, sino el «creo» de la
Iglesia. La fe es un acto personal, pero no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como
nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí
mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, y luego debe transmitirla a otro. Cada creyente
es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes, es parte de la Tradición viva de la
Iglesia. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a
sostener la fe de los otros.
En fin, gracias a la Transmisión de la Fe (la Tradición) que hace la Iglesia, la
Revelación de Dios es accesible a nosotros hoy. Se salva el "abismo" entre pasado y presente.
Por eso, si bien de manera diferente a los apóstoles, también nosotros podemos tener una
auténtica y personal experiencia de la presencia del Señor resucitado. "A través del ministerio
apostólico Cristo mismo llega hasta quien es llamado a la fe, superando la distancia de siglos
y ofreciéndosenos, vivo y operante, en el hoy de la Iglesia y del mundo. Esta es nuestra gran
alegría. En el río vivo de la Tradición, Cristo no queda lejos, a dos mil años de distancia, sino
que está realmente presente entre nosotros y nos da la Verdad, nos dala luz que nos hace vivir
y encontrar el camino hacia el futuro" (Benedicto XVI).
11. Creer a pesar de los escándalos
Al comunicarse Dios con nosotros en lenguaje humano y por medio de hombres lo que
busca es respetar nuestra libertad para creer. Si, porque la fe es un acto humano, consciente y
libre, tal como corresponde a la dignidad de la persona humana. Pero como se trata de Dios
en su misterio trascendente e infinito, incomprensible a la limitada inteligencia humana, para
recibir la Revelación el hombre debe abrir la mente y el corazón a la acción del Espíritu Santo
que le hace comprender la Palabra de Dios presente en las Sagradas Escrituras. Por tanto, la
fe es al mismo tiempo un don de Dios, sólo posible con el auxilio de la Gracia. O sea que
Dios nos brinda su auxilio para que creamos en Él, pero en última instancia la decisión de
creer o no es nuestra. Está en nuestras manos decirle: sí te creo o no te creo. ¿Y por qué
alguien puede rechazar a Dios, a un Dios rico en misericordia que quiere compartir su vida
con nosotros? ¿Qué dificultades tiene el hombre para poder creer? ¿Qué puede obstaculizar su
paso por la puerta de la fe?
En los evangelios este obstáculo para creer se denomina "escándalo" pues
originalmente el sustantivo skándalon designaba el cierre de una trampa y, en sentido
figurado, ocasión de ruina o de pecado; obstáculo con el que se tropieza. En los evangelios es
frecuente que las personas se escandalicen de Jesús; por ejemplo los discípulos ante la pasión
(Mc 14,27); o Juan Bautista ante su mesianismo misericordioso (Mt 11,3-6); o los fariseos
ante la doctrina de Jesús (Mt 15,12). En San Pablo se trata principalmente del "escándalo de la
cruz" (1Cor 1,23; Gal 5,11).
Vemos que el evangelio identifica, en cierto modo, escándalo con falta de fe, con
incredulidad. Esto requiere una explicación por cuanto no es la idea común que tenemos del
escándalo. En efecto, el diccionario español lo define como: "Dicho o hecho que causa gran
asombro o indignación en alguien, especialmente por considerarlo contrario a la moral o a las
convenciones sociales".
Este sería un primer tipo de escándalo, de raíz moral, evitable y condenable, y que
Jesús mismo condena en el evangelio (cf. Mc 9,42-47; Mt 13,41; 18,7). Lamentablemente
estos "escándalos" morales son verdaderas trabas para llegar a creer pues nos alejan de la
puerta de la fe. Pero existe también un escándalo propio del evangelio, de la sabiduría de la
19
cruz, de la pedagogía de la Encarnación, que es en cierto modo inevitable pues ha sido el
modo elegido por Dios para revelarse a los hombres. Este tipo de escándalo más bien nos
sorprende y nos paraliza un poco, pero no nos aleja de la puerta de la fe.
El Papa Benedicto XVI ha hecho una lúcida descripción de estos dos tipos de
escándalos y de su mutua relación: "la fe cristiana es para el hombre siempre un escándalo, no
sólo en nuestro tiempo. Creer que el Dios eterno se preocupe de los seres humanos, que nos
conozca; que el Inasequible se haya convertido en un momento dado en accesible; que el
Inmortal haya sufrido y muerto en la cruz; que a los mortales se nos haya prometido la
resurrección y la vida eterna; para nosotros los hombres, todo esto es verdaderamente una
osadía. Este escándalo, que no puede ser suprimido si no se quiere anular el cristianismo, ha
sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los
anunciadores de la fe. Se crea una situación peligrosa, cuando estos escándalos ocupan el
puesto del skándalon primario de la Cruz, haciéndolo así inaccesible; esto es cuando esconden
la verdadera exigencia cristiana detrás de la ineptitud de sus mensajeros"4.
Estos dos tipos de escándalo continúan presentes en la Iglesia y en la vida de los
cristianos. El inherente a la fe es consecuencia de que la Iglesia prolonga en la historia el
misterio de la encarnación y, por ello, es necesariamente una realidad humana y divina a la
vez. La fe va necesariamente a sufrir el acoso de la duda y la tentación del escándalo, ya que
la inteligencia se resiste a aceptar serenamente esta "revelación" de Dios a través de los
hombres y en lenguaje y gestos humanos. Sólo el amor y la entrega confiada en Dios
permiten superar correctamente la prueba dando el salto de la fe. Y después de darlo, queda
una sensación de maravilla, de plenitud, de una infinita sabiduría que plenifica la inteligencia
humana.
Hay también un tercer tipo de escándalo u obstáculo para la fe que es la situación de
pecado de los hombres. El evangelio de Juan habla justamente de esto cuando se refiere a la
incredulidad como rechazo de la Luz de Dios que trae Jesús: "Y éste es el juicio: que la luz
vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, pues sus acciones eran
malas" (Jn 3,19). Este texto busca desentrañar el misterio del rechazo de los hombres a
Jesucristo, a la Luz, a la Verdad. Al parecer hay una opción previa, de corazón, por las obras
del mal que quedan ocultas en las tinieblas y la mentira que las envuelve. No se animan a
sacar el mal de su corazón a la luz para ser iluminados, sanados, salvados por el Señor. Es
decir, quien está en pecado suele encontrar una excusa para no creer que en el fondo es una
resistencia a renunciar al propio pecado, a dejarlo atrás.
Por esto mismo Jesús dice al comienzo de su predicación: "el Reino de Dios está
cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia" (Mc 1,15). Para creer hay que convertirse,
hay que cambiar de mentalidad para aceptar la revelación de Dios, hay que dejar el pecado
que aprisiona la voluntad y oscurece la inteligencia.
Tenemos, entre muchos, el ejemplo de San Agustín, quien en sus confesiones cuenta
cómo la situación de pecado en que vivía lo tenía atado y le impedía creer. Después de años
de búsqueda incansable de la Verdad había terminado por aceptar que ésta provenía de Dios y
que estaba en los santos Evangelios. Los "obstáculos" intelectuales se habían disipado, pero
todavía seguía atado a una vida pecaminosa que tuvo que romper para poder creer
plenamente.
En fin, puesto que Dios ha elegido nuestra condición humana, nuestro barro, para
darse a conocer, esto puede ser ocasión de escándalo, de dificultad para creer. Más todavía si,
dada la fragilidad de la condición humana, los mensajeros de la fe escandalizan con su
comportamiento inmoral. O también si el hombre se acostumbra y apega a su pecado, al punto
de resistirse a luz y perderse en sus propias tinieblas.
4
Discurso a las asociaciones católicas comprometidos con la Iglesia y la sociedad. Domingo 25 de septiembre de
2011.
20