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Concepto Colonia Bonilla 2011

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libro congreso.

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L a C u estión Colonial

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L A C U E S T I Ó N C O L O N IAL
Her aclio Bon i l l a
E d i t o r

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La cuestión colonial

© Universidad Nacional de Colombia


© Heraclio Bonilla, editor
© Varios autores

Primera edición, Bogotá, 2011

ISBN: 978-958-99015-4-0

Preparación editorial e impresión


Acierto Publicidad y Mercadeo
www.acierto-publicidad.com

Fotografía de carátula
Una strada di Cuzco
“Ancora la speranza”, Memoria di un paese le Ande
Geneviève Drouhet y Ruggiero Romano

Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin la autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales

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ÍNDICE

PARTE I

Presentación . .................................................................................................................................................................. 13
Heraclio Bonilla

Las enseñanzas ............................................................................................................................................................... 19


Beatriz Bragoni

PARTE II

EL NUEVO MUNDO

La naturaleza y el sentido de las guerras hispanoamericanas de liberación ........................................................ 33


Perry Anderson

El sistema colonial de América británica . .................................................................................................................. 49


Jack Greene

¿Comparando nabos y coles? Descolonización en perspectiva global, 1776-1824 ............................................... 65


Kris Lane

El Bicentenario: la Independencia como proceso continental ................................................................................. 91


Medófilo Medina

Colonia, nación y monarquía. El concepto de colonia y la cultura política de la Independencia .................... 109
Francisco Ortega

El proyecto de gobernabilidad del virrey Francisco de Toledo (1569-1581) ........................................................ 135


Javier Tantaleán

La anatomía del Imperio: México como submetrópoli fiscal del imperio español durante el siglo XVIII ...... 155
Carlos Marichal

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Orden, desorden e imaginario político popular: regalismo y miedos políticos en la crisis colonial
novohispana .................................................................................................................................................................. 171
Antonio Ibarra

El lugar de Brasil dentro del imperio colonial portugués, Siglos XVI-XVIII ....................................................... 183
Ángelo Alves Carrara

Revolución y contrarrevolución en la independencia haitiana . ............................................................................ 203


Jean Casimir

La disolución de las ‘cuerdas de imaginacióǹ en el Virreinato de la Nueva Granada (1765-1810) ............. 225
Georges Lomné

El ejército colonial de la monarquía española en el proceso de las independencias latinoamericanas............ 247


Juan Marchena

PARTE III
LOS OTROS MUNDOS

Culturas coloniales y sujetos subalternos ................................................................................................................. 311


Saurabh Dube

La lógica de las identidades conflictuales en la cuestión colonial en la India ..................................................... 335


Pradip Kumar Datta

Vida y muerte del imperio francés en extremo oriente ........................................................................................... 347


Pierre Brocheux

Los nativos en el espacio público colonial: el Islam y la política de asimilación en San Luis de Senegal ....... 365
Mamadou Diouf

El retorno de los recuerdos de la guerra de Argelia en las sociedades francesa y argelina . ............................. 389
Benjamin Stora

El imperialismo británico y la anexión y zionización de Palestina, 1917-22: ignorancia, reflejo y desastre . .. 401
William M. Mathew

PARTE IV
EL LEGADO

Colonialismo, cultura y política . ................................................................................................................................ 419


Maurice Godelier

Sobre “Indios” y “Criollos”: creación e imposición de identidades subalternas en un contexto colonial ...... 437
Bernard Lavallé

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Color, pureza, raza: la calidad de los sujetos coloniales ......................................................................................... 451
Max S. Hering Torres

La dimensión religiosa de la experiencia colonial ................................................................................................... 471


Sabine MacCormack

Las dinámicas de los colonialismos lingüísticos ...................................................................................................... 487


Adelino Braz

Mujeres colonizadas en tiempos coloniales .............................................................................................................. 493


Christine Hünefeldt & Hanni Jalil

Afrosaberes entre imperios: la experiencia colonial de Puerto Rico bajo España y los Estados Unidos ......... 505
Ángel G. Quintero

Explicando la tradición autoritaria en la Republica Dominicana .......................................................................... 529


Frank Moya Pons

La evolución de la población latinoamericana después de las guerras de Independencia ............................... 537


Herbert S. Klein

Herencia colonial, imperio de la ley y desigualdad económica: dos miradas desde el Perú ............................ 569
Javier Iguiñiz Echeverría

El proceso de desmantelamiento del legado colonial en Bolivia ........................................................................... 583


Itala De Maman & Luis Oporto

La internacionalización de las peticiones de reparaciones ..................................................................................... 601


Nadja Vuckovic

El destino manifiesto de ser colonizado .................................................................................................................... 621


Emir Sader

SOBRE LOS AUTORES.. ............................................................................................................................................. 629

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Colonia, nación y monarquía. El concepto de colonia y la cultura política de
la Independencia

Francisco Ortega

Los vastos y preciosos dominios que España posee en las Indias no


son propiamente Colonias o factorías, como las de otras naciones
sino una parte esencial e integrante de la monarquía española (…).

Real Orden de la Junta Suprema de Sevilla (1809)

Paradigmas: la nueva historia social, la nueva historia política

H
asta finales de la década de los setenta el término colonial tenía la indiscutible virtud
de dotar el análisis histórico de las relaciones sociales en América durante el periodo
de dominación española con una contundencia que era a la vez llena de finalidad y
engañosa. Advirtiendo esta situación, Enrique Tandeter señalaba en 1976 en un breve artículo
titulado Sobre el análisis de la dominación colonial la urgente necesidad de pensar la especificidad
del “hecho colonial” americano, es decir, “el carácter colonial de la formación social” durante
los trescientos años de dominación española (Tandeter, 1976: 155). En ese artículo, Tandeter se-
ñalaba cómo el análisis social del periodo había sufrido un estancamiento producto de la adop-
ción acrítica de los modelos de análisis sobre el fenómeno de expansión imperial anglosajona y
francesa y propone, en cambio, “construir para cada formación –en este caso la americana– el
objeto teórico correspondiente”. Más concretamente Tandeter propone “trabajar en la elabora-
ción del concepto de explotación colonial como clave para producir las ideas propias de las for-
maciones sociales coloniales americanas de la época de la acumulación originaria” (1976: 156).

El llamado de Tandeter ocurre en el umbral de una nueva historia que abordaría con energía
y brillantez la elucidación de los factores económicos y de las fuerzas sociales que definieron la
naturaleza conflictiva de las sociedades americanas y su inserción en la economía mundo desde

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Colonia, nación y monarquía… Francisco Ortega

el siglo XVI. En efecto, desde la década siguiente historiadores como el mismo Tandeter, Carlos
Sempat Assadourian, John Lynch, Germán Colmenares, Heraclio Bonilla y muchos otros, han
revelado los contornos cada vez más precisos de aquello que, precisamente, podríamos llamar,
siguiendo a Juan Carlos Garavaglia, la relación colonial “sea que lo asumamos desde el punto
de vista político, sea que lo estudiemos desde una mirada estrictamente económica” (Garava-
glia, 2005): la inserción, a través de la conquista y sujeción, de los territorios americanos en un
emergente sistema económico global; la extracción de bienes primarios –esencialmente oro y
plata– como fundamentos mercantilistas de la relación con España y Europa; la reorganización
de las sociedades indígenas y la creación de un mercado interno americano inicialmente supe-
ditado a la economía de extracción de bienes primarios; el repartimiento, la mita, la esclavitud
y otras modalidades de trabajo forzado, como los modos establecidos de participación en dicha
economía mundo de los indígenas americanos, los esclavos africanos y otros grupos subordi-
nados en América; el monopolio comercial y las estructuras tributarias como modalidades de
presión fiscal que producían un flujo de valores constante de las colonias a las metrópolis; el
aparato evangélico como modalidad de control social; las reformas administrativas, fiscales y
militares del siglo XVIII que buscaban optimizar la rentabilidad de las colonias de acuerdo con
las nuevas condiciones geo-políticas.

Por otra parte, y como corolario de lo anterior, la historia económica y social hacía eviden-
te una serie de tensiones que habían transformado las sociedades americanas para finales del
siglo XVIII y operaban como factores de preparación para la Independencia: el surgimiento
de élites locales cuyos intereses paulatinamente americanizaron la economía imperial y la
empujaron –por lo menos para el caso de importantes sectores productivos– en dirección
de una creciente autonomía frente a España y sus agentes oficiales o comerciales; la presión
fiscal de un imperio en bancarrota y comprometido en delicados escenarios internacionales,
resentida –esa presión– cada vez con más vehemencia por las élites americanas; la penetra-
ción del aparato administrativo por redes clientelares tan o inclusive más fieles a las lógicas
locales que a las metropolitanas; el vertiginoso crecimiento de poblaciones mestizas urba-
nas y rurales y el concomitante surgimiento de una cultura popular cuya simbología –por
ejemplo, la Virgen de Guadalupe– era de profundo arraigo americano y local; las oleadas de
revueltas populares a lo largo del siglo XVIII en contra de las reformas implementadas por
la Corona; la aparición del caudillaje como modalidad de solidaridad social que vinculaba
efectivamente el ámbito rural y urbano y constituyó la forma de ingreso de amplios sectores
sociales a las guerras revolucionarias; la llegada de nuevos lenguajes políticos e ilustrados
que facultaban a la élite para desarrollar una crítica a las relaciones coloniales, y muchos
otros factores más, todos los cuales parecían explicar las guerras de la independencia y la
ruptura del vínculo colonial.

A mediados de los noventa comienza con fuerza otro proceso de renovación de la historio-
grafía del periodo, esta vez de la mano de François Guerra y, en menor medida, Antonio Anni-
no y Jaime Rodríguez. Como la anterior, que cobra impulso a partir de un déficit notable en la
teorización del hecho social, la nueva historia de lo político (por darle un nombre no necesaria-
mente aceptado de manera unánime por todos los que en ella se ven englobados) introduce un
correctivo a nuestra acostumbrada percepción de lo político como un fenómeno estrechamente
institucional y de carácter instrumental. Para Guerra y otros la comprensión de las acciones

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Francisco Ortega La Cuestión Colonial

individuales y colectivas no es reducible a causalidades socio-económicas y la reproducción


social no depende exclusivamente de las estructuras sociales sino que debe contar con la par-
ticipación de los sujetos –en tanto actores sociales–. Luego, una comprensión de estas acciones
y sus significado social sólo se hace posible a partir de una atención especial al lenguaje del
periodo, las representaciones y sus contenidos simbólicos, los verdaderos fundamentos de lo
político (Guerra, 1989). El objetivo, por tanto, será entender mejor las motivaciones e intencio-
nes de los protagonistas.

El ejercicio revisionista ha replanteado la centralidad de las tensiones sociales arriba detalla-


das en tanto factores causales del proceso de las independencias. Para sus practicantes el llama-
do de Tandeter a teorizar “las formaciones sociales dependientes” (Tandeter, 1976: 152) resulta,
en el mejor de los casos, enigmática; en el peor, anacrónico. Para entender mejor este argumen-
to, veamos su desarrollo en un artículo que publica Annick Lempérière, colega y colaboradora
cercana de Guerra, en el número 4 del 2004 de la revista Nuevo Mundo, Mundos Nuevos de la
Escuela de Altos Estudios de París1. Lempérière impugna el término “colonial” como uno de
esos conceptos anacrónicos que responde más a un uso ideológico que a una descripción cien-
tífica del periodo y, por tanto, cuestiona la eficacia de esa condición relativamente “objetiva”
que la historia social había identificado como colonial en relación con los hechos que marcaron
el comienzo de la Independencia.

Lempérière señala que desde las primeras fechas de la llegada de los europeos a América
hasta –por lo menos– principios del siglo XIX, el término “colonia” significa –siguiendo la
antigua convención romana– un asentamiento que se establece fuera de su comunidad políti-
ca original. Colonizar, escribe Lempérière, significa “ante todo poblar; una migración y una
fundación que no implicaban la dominación de un pueblo sobre otro, sino la toma de posesión
de un territorio” (2004c: 114). Esta visión de poblaciones que son extensiones de la matriz
europea habría facilitado, en parte, la evolución de una institucionalidad y cuerpo jurídico en
el que las provincias americanas hacían parte integral de la Corona española. A su vez, a esa
institucionalidad le correspondía una adhesión que no era impuesta ni el resultado de la for-
taleza militar de la Corona, sino de la común implicación en el ideario monárquico, católico,
corporativista y pactistas, en suma, una sincera pertenencia por largo tiempo elaborada y que
contaba con la participación de amplios sectores sociales, desde los criollos hasta las castas y
los indígenas.

Esa común implicación en un ideario compartido –evidente en las motivaciones y


aspiraciones de los actores, de sus lenguajes y prácticas, sus sistemas de asociación y
sus modalidades de reclamo– llevará a Lempérière, siguiendo a Guerra, a identificar
el contexto euroamericano como el conjunto geo-social y cultural mínimo de análisis
dentro del cual estas acciones se vuelven inteligibles. La adopción de Euroamérica como
unidad de análisis, dentro del cual las provincias americanas adquieren su singularidad,
constituye un abandono del “marco nacionalista y la interpretación ‘colonialista’ tradi-
cionalmente imperantes en la historiografía” (Lempérière, 2004a: 407). Por eso, es más
apropiado comparar a la Nueva Granada con Aragón o inclusive Nápoles que con Haití,

1 «La ‘cuestión colonial’». Incluido en el dossier “Debate en torno al colonialismo” (véase 2004b). Publicado posteriormente, con ligeras mo-
dificaciones, como Lempérière (2004c) y, más recientemente en Carrillo y Vanegas (2009).

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Colonia, nación y monarquía… Francisco Ortega

las posesiones británicas en el Caribe o, lo que se considera aún más desatinado, con la
dominación colonial impuesta por Inglaterra sobre la India a finales del siglo XVIII2.

Para Lempérière el proceso de fragmentación decisiva de esa comunidad hispánica a partir


de 1810 será consecuencia de una situación inesperada –la crisis de legitimidad que emana de
la vacatio regis y la invasión napoloeónica de 1808–. Aún más, dirá siguiendo a François Guerra,
la reacción inicial, unánime e idéntica a ambos lados del Atlántico, será la de jurar lealtad al
Rey (Guerra, 1993 y 2005)3. En ningún momento los americanos, criollos o de otros estamentos,
en 1808 se presentaron como sujetos colonizados enfrentados en una lucha por la liberación
nacional. Y, de ese modo, para Guerra y Lempérière no se puede decir que existía un fermento
social local que propiciara e hiciera inevitable el rompimiento con España.

El futuro rumbo de las sociedades americanas estará marcado por las lentas “mutaciones”
políticas que ocurren durante una buena parte del siglo XIX y que son el producto –no del
nacionalismo americano violentamente reprimido por siglos– sino de la corrosiva y convulsa
penetración de la modernidad política europea en las sociedades tradicionales americanas4.
Las guerras civiles no son más que la disputa por el poder de españoles de ambos lados del
Atlántico en un escenario donde la nueva lógica política se va a desarrollar de manera inexo-
rable. En todo caso, en palabras de Lempérière, “he aquí el punto medular, en aquel entonces
y hasta bien entrado el siglo XIX, ‘colonia’ y ‘colonial’ no tenían ningún contenido ideológi-
co” (2004c: 115).

La condición colonial es un mito del periodo de la independencia: «‘Los patriotas criollos,


señala Lempérière, renegaron de su pasado de colonizadores y colonos para hacer suya la
condición de ‘colonizados’» y crear la valoración negativa del periodo de pertenencia a la mo-
narquía hispánica (2004c: 110). Un mito cuya génesis se puede ubicar entre 1810 y 1820 como
efecto calculado de los criollos americanos para desplazar las autoridades virreinales y poner
en marcha sus propios proyectos políticos de autonomía. «La adopción, por parte de los crio-
llos –señala Lempérière en otra parte– de la apelación ‘colonias’ para calificar lo que fueron
hasta 1808 los ‘reinos’ americanos de la monarquía española fue contemporánea del cambio de
indentidad de ‘españoles americanos’ a ‘americanos’» (Lempérière, 2004a: 411). Lempérière re-
mata señalando que “De colonia a colonial, se pasó, en el siglo XIX, a ‘colonialismo’, con lo cual
‘la cuestión colonial’ entró de plano en el campo de la ideología y de la política” (Lempérière,
2004c: 108). Por tanto, para el historiador apelar al concepto de colonia y a la categoría colonial
implica un uso acrítico y maquinal, tendencioso y deificado (2004c: 107).

Ahora bien, si aceptamos esta conclusión, de orden no sólo conceptual sino también so-
cial, nos vemos obligados a preguntar ¿es posible aún hablar de la cuestión colonial, como tan in-
2 Para Lampérière las consecuencias de usar el término colonial para designar las tensiones sociales y culturales que subyacían las comu-
nidades americanas era la de “aislar el conjunto de nuestra historiografía de otras que, dedicadas también a grandes conjuntos políticos
y culturales, bien podrían proporcionarnos modelos de referencia e instrumentos de rigor y de heurística en cuanto a lo aparentemente
singular de nuestro objeto de estudio”. Según Lampérière, este sería el caso del Imperio otomano. Sin embargo, para una respuesta al
respecto, véase la la réplica de Sanjay Subrahmanyam (2004).
3 La argumentación de Lampérière vuelve explícita una premisa presente en el libro ya clásico de François Guerra (1993).
4 Valga la pena este pie de nota para señalar que la noción de “mutación” que tan eficazmente ha servido para designar las rupturas y
transformaciones repentinas en un momento particular, se ha convertido en una suerte de categoría talismán que necesita ser reexaminada
crítica y analíticamente. Alain Pons identifica los orígenes de la categoría en la literatura política del renacimiento italiano (particular-
mente en los escritos políticos de Maquiavelo y de Giucciardini) para designar las alteraciones más o menos brutales en la vida citadina
y que se dirigen al cambio de los oficiales o de la forma de gobierno. Véase la entrada “Mutazione” en Cassin (2004).

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cisivamente se anunció en el título del simposio que dio pie a esta comunicación? ¿No tendríamos que
renunciar a la convocatoria que nos hacía Tándeter en 1976 y nos renueva Heraclio Bonilla en el 2009?

Colonia: de palabra a concepto

Pero antes de profesar cualquier renuncia examinemos con mayor cuidado el argumento
de Lempérière. Aún más, hagámoslo desde su premisa fundamental –que creo correcta– de la
utilidad y necesidad de –para decirlo con palabras del historiador alemán Reinhart Koselleck,
fundador de la escuela conceptual y más o menos afin al grupo de Guerra y Lempérière– “in-
vestigar los conflictos políticos y sociales del pasado en el medio de la limitación conceptual de
su época y en la autocomprensión del uso del lenguaje que hicieron las partes interesadas en el
pasado” (Koselleck, 1993: 111).

Una mirada a las definiciones tempranas del vocablo colonia parece confirmar el argumento
de Lempérière. Según el Diccionario de Autoridades de 1729, el término Colonia significa “pobla-
ción o término de tierra que se ha poblado de gente extrangera, trahida de la Ciudad Capital,
u de otra parte”, definición que es prácticamente una repetición de la que aparece en el dic-
cionario de Covarrubias (1611) e inclusive en Las Etimologías romanceadas de San Isidoro (c. 630;
reeditado 10 veces en el siglo XVI) y que da cuenta de una estabilidad semántica de largo plazo.
Corroborando esa larga duración, el Diccionario de Autoridades añade: “Los Romanos llamaban
tambien assi a las que se poblaban de nuevo de sus antiguos moradores. Es voz puramente lati-
na. Colonia (…) En toda España fueron en aquel tiempo veinte y cinco las colonias, que se deben
entender de Ciudadanos Romanos (…)”. Notemos que en esta definición, asignarle el término
colonia a un territorio tiene connotaciones positivas al ser un reconocimiento que el Senado
romano les otorgaba a las poblaciones reconocidas como notables en el dominio imperial. Los
habitantes de las colonias hacían parte de la república y eran reconocidos como ciudadanos,
miembros partícipes de la comunidad política del imperio, inclusión que ya aparecía explícita
en el Vocabulario español-latino de Nebrija en 1495. El colono, decía el Vocabulario de Nebrija, es
el ciudadano de la colonia5.

Ciertamente, la noción de colonia como asentamiento tiene una preeminencia en la literatura


neoclásica del siglo XVIII. Un ejemplo distinguido, pero de ninguna manera único, es Medallas
de la colonias, municipios y pueblos antiguos de España del agustino Fray Henrique Flórez (1758),
tratado de numismática que examina los antiguos sellos y blasones de los pueblos de España,
con particular atención a los otorgados por Roma. Ese uso es relativamente extendido y compar-
tido en América, como lo hace evidente el sermón de Nicolás Moya de Valenzuela, presbítero de
Bogotá, en el que fustiga la revolución francesa y conmina a las colonias –las provincias ameri-
canas– a demostrar su patriotismo contra la herejía francesa6. Aún más diciente, en plena crisis
que terminará con el colapso del imperio, Camilo Torres, el llamado ideólogo de la revolución
5 “Ciudadano de alguna colonia. Colonus”. Nebrija (1951). Por su parte, el Diccionario de Autoridades (1729) define Colono como “el
labrador que cultiva y labra alguna tierra por arrendamiento”. Esta misma definición será recogida por el Diccionario universal latino-
español dispuesto de Manuel de Valbuena (1808).
6 El sermón, publicado el 27 de marzo de 1795 en el Papel Periódico de Santafe de Bogotá como ejemplo de patriotismo, dice: “Que la
distancia de vuestras colonias hace que mireis ¡o Americanos! La guerra ofensiva a la Nación como la pintura de una batalla que divierte
más bien que horroriza. No quiero decir, que mirais con indiferencia la causa nacional. Me consta que habeis consagrado alegres vuestros
bienes a la defensa de la Patria (…); mas ya que el océano os separa del campo de vuestros enemigos, y reposaís en el seno de la paz, no
quiero yo que las delicias de esta os hagan olvidar ni un punto las obligaciones de la Religión, y del patriotismo”.

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Colonia, nación y monarquía… Francisco Ortega

neogranadina (Gómez, 1962: V. 2, 44), aceptará el término de colonia en la “Representación del


Cabildo de Santafé a la Junta Central” (noviembre de 1809) para referirse a las provincias ame-
ricanas como parte integral e inalienable de la nación española. Su uso es ciertamente polémico
y ya tendremos oportunidad de regresar a la “Representación”. Sin embargo, todo esto parece
prestarle apoyo al argumento de Lempérière sobre el anacronismo del adjetivo “colonial” para
describir las relaciones de América para con España y Europa.

Esa definición correspondía, no sin tensiones y ambigüedades, con el estatuto jurídico de


los dominios americanos. Los territorios adquiridos por la conquista en el siglo XVI ingresan
–por Real Cédula de Carlos I– en condición de reinos de Castilla y su enajenación queda ex-
presamente vetada7. El término de colonia, cuando presente en las codificaciones legales –por
ejemplo, la Política Indiana (1647) de Juan de Solórzano, las Leyes de Indias (1680) o las Notas a
la Recopilación hechas por Manuel Josef de Ayala (1795)– designan y reglamentan las varias
formas de poblar, es decir, de hacer nuevos asentamientos en los territorios ya integrados8.
Es, por tanto, cierto que desde el punto de vista jurídico, América no tenía una condición legal
inferior, como aquella que caracteriza las posesiones coloniales durante el siglo XIX y XX. Sin
embargo, es igualmente cierto que la existencia de las dos repúblicas –de indígenas y españo-
les– con todas sus connotaciones evangélicas y sociales introducía una subordinación efectiva
de la población indígena que se expresaba en obligaciones impuestas, entre las que se conta-
ban las ya mencionadas formas de trabajo forzado y la tributación9. Por otra parte, su aparato
administrativo –por ejemplo, la Casa de Contratación, el Consejo de Indias– la dotaba de un
estatuto administrativo particular en relación con otros reinos de la Corona y con una función
económica muy precisa. Digamos, por tanto, que los reinos americanos –aún sí incorporados
en el sentido romano– eran una colonia particular cuya participación en la Monarquía ocurría
precisamente gracias a esa calidad diferenciada10.

En 1780, el diccionario modifica –ligera pero sustancialmente– la definición de Colonia ofre-


cida por el diccionario de 1729. Veamos, Colonia: “Cierta porción de gente que se envía de

7 El veto queda consagrado en la Recopilación de Leyes de los Reynos de las Indias (1681): “Por donación de la santa Sede apostólica y
otros justos y legítimos títulos, somos Señor de las Indias Occidentales, Islas y Tierra-firme del Mar Océano, descubiertas y por descubrir,
y están incorporados en nuestra Real Corona de Castilla. Y porque es nuestra voluntad, y lo hemos prometido y jurado, que siempre per-
manezcan unidas para su mayor perpetuidad y firmeza, prohibimos la enajenación de ellas. Y mandamos que en ningún tiempo puedan ser
separadas de nuestra real corona de Castilla, desunidas ni divididas, en todo ó en parte, ni sus ciudades, villas ni poblaciones, por ningún
caso ni a favor de ninguna persona. (…) Y si Nos ó nuestros sucesores hiciéremos alguna donación ó enajenación contra lo susodicho, sea
nula, y por tal declaramos” (Libro 3, título l, ley 1).
8 Así, pues, las Leyes de Indias ordenan que “cuando se sacare colonia de alguna ciudad tenga obligación la justicia y regimiento de ha-
cer describir ante el escribano del consejo las personas que quisieran ir a hacer nueva población, admitiendo a todos los casados hijos
y descendientes de pobladores, de donde hubiere de salir, que no tengan solares, ni tierras de pasto y labor, y excluyendo a los que las
tuvieren, porque no se despueble lo que ya está poblado” (Ley XVIII del título 7 del Libro IV “De los descubrimientos”). Véase Altamira
y Crevea (1951: 66). Señalemos igualmente que no es un uso exclusivo para América. Durante el programa de colonización de la Sierra
Morena, dirigido por el intendente Pablo de Olavide en 1767, el término colonia aparece con regularidad en las fuentes para designar los
asentamientos de los centroeuropeos inmigrantes en la región.
9 Estas obligaciones no se corresponden a las asumidas por otros reinos y poblaciones europeas –como Nápoles, Aragón o Sicilia– cuya
incorporación a la Corona descansaba en una legitimidad de origen dinástico y no como producto de conquistas violentas. Juan Carlos
Garavaglia, en su respuesta a Lempérière, escribe que “De los derechos que otorga la conquista militar, a aquellos resultantes de la le-
gitimidad dinástica, hay un campo jurídicamente inmenso. Por lo tanto, llamar a esto subordinación colonial, no parece fuera de lugar”
(2005).
10 El argentino Ricardo Zorraquín Becú señala que “las Indias, no obstante la personalidad o autonomía que el Derecho les había acordado,
se encontraban en un estado de acentuada dependencia respecto de Castilla. No de la Corona, de la cual formaban parte integrante, sino
del reino y de la comunidad castellanos. Las diversas disposiciones que limitaron la supremacía que teóricamente debió tener el Consejo
de Indias, y la influencia que los peninsulares ejercieron sobre el gobierno de estas provincias, crearon una situación evidentemente su-
bordinada respecto del reino principal. Esta situación se podría comparar con la que contemporáneamente tuvieron otros reinos unidos
accesoriamente a Castilla, como León, Toledo o Galicia, con la diferencia notable de que estos últimos participaban –en las Cortes o en
el Consejo de Castilla– en la dirección del conjunto, mientras las Indias no tuvieron nunca esa posibilidad” (1975). Para una perspectiva
diferente, pero igualmente útil véase Góngora (2003).

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Francisco Ortega La Cuestión Colonial

orden de algún príncipe, ó república á establecerse en otro país: llámase también así el sitio, ó
lugar donde se establecen” (RAE, 1780). Dos son los cambios que nos importa remarcar. En
primer lugar, la omisión completa en el diccionario de fin del XVIII de la referencia a Roma y al
colono como ciudadano (recordemos que esas referencias habían sido componentes esenciales
de la definición de colonia por casi 1000 años). Señalemos que es un borramiento doblemente
peculiar, pues borra el carácter republicano de las colonias precisamente en el momento en que
un fuerte neorepublicanismo se pone en boga en el mundo hispánico. En segundo lugar, la
emergencia de una finalidad (es el príncipe quien envía) completamente ausente en las definicio-
nes previas del vocablo. Ahora bien, una vez que los diccionarios son fuentes poco indicadas
para explorar alteraciones y transformaciones semánticas (su carácter es esencialmente conser-
vador), no parece fácil ni muy docto inferir mucho de estas leves variaciones. Sin embargo, en
estos casos una alteración, por leve que sea, nos debe alertar sobre la posibilidad de transfor-
maciones más profundas en la experiencia histórica y remitirnos a otros tipos de fuentes que
nos permita comprender su significado social.

Digamos aún más, siguiendo a Koselleck, que esa turbulencia semántica a lo largo del siglo
XVIII –en el contexto geopolítico de una renovada expansión colonial europea– es un fuerte
indicio que el vocablo “colonia” deja de ser una simple palabra y adquiere el estatuto de con-
cepto político fundamental. Recordemos que para Koselleck los conceptos (a diferencia de las
simples palabras) son estructuras semánticas que adquieren su condición estructurante de la
experiencia histórica debido a su capacidad de comunicar significados diversos y adversarios,
es decir, a su condición polisémica. En efecto, una palabra se convierte en concepto si “la totali-
dad de un contexto de experiencia y significado sociopolítico, en el que se usa y para el que se
usa una palabra, pasa a formar parte globalmente de esa única palabra” (Koselleck, 1993: 117).
Un concepto constituye simultáneamente índices de las luchas socio-políticas y factores de esas
luchas al constituir horizontes de acción futura y “límites para la experiencia posible y para la
teorización concebible” (1993: 118).

Esa calidad de índice y factor significa que el concepto –en este caso el de colonia– identifica
las “diferentes capas de la economía de la experiencia de la época que entran en la frase” (1993:
108). Sin embargo, la polisemia no es suficiente. La calidad de concepto, señala Koselleck, sólo
se adquiere cuando una palabra es disputada como estrategia de enunciación de intereses con-
trarios, es decir, cuando el mismo se convierte en el objeto de la política. He ahí la razón funda-
mental –con la que coincido plenamente con Guerra y Lempérière– por la cual toda descripción
histórica debe tomar en serio el lenguaje de sus actores. Y esto es importante porque la obje-
ción de Lempérière no es lexical –objeción que, como bien indica Koselleck, no es óbice para la
labor del historiador (1993: 124-125)–, sino fundamentalmente conceptual y social.

Sea este el momento de enunciar mi tesis tan claramente como sea posible. Las turbulencias
del concepto colonia durante el siglo XVIII son indicios de su tránsito de vocablo unívoco y
relativamente poco polémico a concepto sociopolítico fundamental de la modernidad occiden-
tal e ibérica. Esto quiere decir que para comienzos del siglo XIX se cristaliza conceptualmente
una comprensión de la experiencia colonial, marcadamente diferente a la de principios del
siglo XVIII. Esa conceptualización será usada como prisma de manera variada y polémica por
actores del mundo ibérico para designar, evaluar o criticar la relación de América con España.

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Colonia, nación y monarquía… Francisco Ortega

La tesis así formulada no intenta restituir visiones decimonónicas de la independencia como


cruzada anticolonialista de liberación nacional. Tampoco desconoce los aportes significativos
de la nueva historia política que identifican una cultura política compartida por los habitantes
de la monarquía a comienzos del siglo XIX. Pretende, eso sí, restituir una dimensión conflicti-
va dentro de esa gran comunidad que, a mi juicio, ha permanecido impensada. Entendida de
ese modo, la pregunta a desarrollar en el curso de este trabajo será, entonces, ¿cuáles son los
significados de los cuales se llenó el concepto “colonial” durante el siglo XVIII y de qué tipo de
luchas políticas es índice y factor a la vez?

El lugar de las Indias en la Nación y el concepto de colonia durante la segunda mitad


del siglo XVIII

Empecemos por señalar que esa proliferación de significados del concepto colonia en el
siglo XVIII ocurre en el contexto de los varios proyectos de reformas del reino, diseñadas para
rescatar la monarquía de “(…) la grandeza de los males, que padece (…), lo desierto de sus
Provincias, lo inculto de sus Campañas, los arruinado de sus Poblaciones, la decadencia de
sus Fábricas, y los imponderables perjuicios que recibe del Comercio pasivo”, para su pronta
restauración (Uztáriz, 1742). Como parte de ese rediseño general de la comunidad política se
llevan a cabo extensos debates sobre el papel y la naturaleza de América en el conjunto de la
monarquía.

Los reformistas españoles buscaron la creación de un Estado fuerte que permita trans-
formar la estructura agregativa de la llamada Monarquía compuesta en una unidad política
acabada y económicamente eficiente (Pagden, 1994: 3). Además de las reformas económicas
y administrativas necesarias, los procesos de integración buscaron modificaciones sociocul-
turales, la promoción de nuevos valores y una nueva cultura económica y política. Aunque
los programas de reformas buscaron transformar por igual la península y los territorios de
ultramar, a menudo estas últimas figuraban en los programas, políticas y acciones de cambio
en virtud de dos principios dispares: como provincias integrales de la monarquía y como
recursos útiles para la restauración de España. Estos dos principios entrarán en intensa con-
tradicción a lo largo del siglo XVIII.

Si bien es cierto que el reformismo del siglo XVIII no modificó la norma jurídica vigente, tam-
bién lo es que parte de un pensamiento político y económico muy diferente al de la casa de los
Habsburgo redefinió de manera efectiva el lazo entre Europa y América11. La urgencia reformis-
ta en relación con América se hacía sentir en los escritos de los economistas ilustrados José del
Campillo y Cossio y Bernardo Ward. En el influyente Proyecto económico (1787), Ward escribe:

Los asuntos de América están en mucho peor estado, siendo tan importantes que jamás
ha tenido Monarquía alguna posesión igual; arreglar aquel comercio de modo que sirva
de fomento a Nuestra industria, extenderlo mucho más y quitar el contrabando. Esta-
blecer nuevos ramos que hasta ahora no se han emprendido, de muchos milliones de

11 Una mirada rápida a las relaciones de mando en el recién creado virreinato de la Nueva Granada indica una voluntad transformadora del
dominio con el afán de generar una mayor rentabilidad en la relación con la metrópolis. Véase Colmenares (1989: T. 1).

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indios incultos hacer vasallos útiles, aumentar el beneficio de las minas introduciendo
las economías, ingenios e inventos que hemos visto en las de Hungría, Sajonia y Suecia,
donde florecen mucho estas maniobras; extender más la producción de aquellos precio-
sos frutos y su consumo en Europa (…) (1779: XV)12.

Muchos de los temas reformistas son comunes a las provincias españolas y americanas, pero
los presupuestos mercantilistas que suponían que las colonias debían estar subordinadas a los
intereses metropolitanos en tanto surtidores de materias primas, el monopolio y los mercados
cautivos para la producción manufacturera, fuente de recursos impositivos y sustentadoras de
la riqueza y el poderío metropolitano definen una mirada sobre América en la prosa reformista
del siglo XVIII13.

Buena parte del impulso y legitimidad de esa mirada deriva del surgimiento de un nuevo
régimen colonial en el Caribe británico, francés y, en menor medida, holandés, altamente
rentable para las metrópolis. Para los funcionarios españoles esas experiencias se convirtieron
simultáneamente en paradigmas de la buena administración económica y en la llave para
resolver buena parte de los males que aquejaban la Península. Como escribe Ward en su
Proyecto económico “Para ver lo atrasado [que se haya España…] basta considerar, que la Francia
saca anualmente de sus colonias cerca de quarenta millones de pesos, que quiere decir quatro
veces de lo que saca España de todo el Nuevo Mundo” (Ward, 1779: XIV)14. Para mediados del
siglo XVIII las colonias se convierten en objetivos geopolíticos e inclusive se vuelven escenarios
mismos de las guerras europeas, como ocurre en La Guerra de los Siete Años (1756-1763). Una
vasta literatura sobre la naturaleza y el futuro de las colonias europeas –François Quesnay,
Robert Jacques Turgot, Adam Smith– acompaña las frecuentes descripciones de la decadencia
del imperio español y, especialmente, de sus ruinosa relación con sus colonias –el Abate Raynal,
William Robertson o el Abate Pradt–.

Un tercer elemento –adicional a las reformas borbónicas y al surgimiento de un nuevo ré-


gimen colonial en el Caribe– acompaña y hace posible el surgimiento del concepto “colonia”
a lo largo del siglo XVIII y, por tanto, a la reelaboración del lazo que une América a la Corona.
Me refiero al surgimiento del concepto de nación, paralelo y contrario asimétrico al de colonia.
Recientes investigaciones han manifestado la complejidad del concepto de nación durante el
siglo XVIII, lo que hace que sea simplemente imposible abordarlo en el contexto de esta comu-
nicación15. Valga, simplemente, señalar que en el amplio espacio euro-americano el concepto de
nación sufre una transformación sustantiva hasta adquirir un riguroso sentido político a finales
del siglo XVIII. Como dice un reciente diccionario filosófico, bajo el monarquismo, la nación…
se compendia en primer lugar en el cuerpo del Rey –la totalidad de sus súbditos, en tanto que
12 Véase discussion en Bitar Letayf (1968: 128 y ss.).
13 Valga la pena señalar que en la formulación de Ward coexisten de manera difícil dos nociones divergentes. Ward escribe que “Debemos
mirar la América baxo de dos conceptos. 1. en quanto puede dar consumo á nuestros frutos y mercancias: 2. en quanto es una porción con-
siderable de la Monarquía, en que cabe hacer las mismas mejoras que en España”. Parte II, “Sobre la América”, “Reflexîones generales
sobre aquellos dominios” (1779: 228). Federica Morelli (2008), plantea algunas ideas similares –aunque con desarrollos diferentes– a las
aquí planteadas.
14 Más adelante, Ward escribe “(…) cotejamos nuestras Indias con las colonias extrangeras, y hallaremos que las dis Islas de la Martinica y
la Barbados, dan mas beneficios a sus dueños, que todas las Islas, Provincias, Reynos, é Imperios de la América à España” (225). El libro
entero, como el de Campillo, sigue ese esquema argumentativo.
15 Para una reseña comprensiva del nuevo concepto y su relación con la soberanía, véase Mairet (1996). El tema ha sido tratado ampliamente
por la historia iberoamericana. Algunos textos recientes que resultan representativos son: Guerra (2002), Quijada, Bernand, et al. (2000),
Portillo (2000), Annino y Guerra (2003), Palti (2003) y Chiaramonte (2004).

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Colonia, nación y monarquía… Francisco Ortega

son sometidos. Así, la gloria de la nación, tantas veces invocada, no es más que el poderío del
rey (…) La politización de la idea de nación se entiende, entonces, como la serie de esfuerzos
realizados para romper la identificación con la persona del monarca absoluto. A la definición
monárquica se le opone el intento de recuperar para la nación una historia de la comunidad de
las costumbres y la cultura y de hacer valer, contra el poder del Rey, los derechos que le da su
origen (Cassin, 2004: 919-920; mi traducción).

Claro está que el concepto sufre procesos y transformaciones locales muy particulares.
Mónica Quijada ha trazado la manera en que el concepto de “nación” se solapa “con los
antiguos principios de pueblo y potestas –que incluye una revisión de las raíces contractuales
en la tratadística hispánica (…)–” (Quijada, 2008: 26)16. Es un proceso que abarca buena parte
del siglo XVIII, pues ya desde 1736 Benito Feijoo impugna el amor a la patria local y promueve
el amor a la nación, a una nación encarnada en la Monarquía, que incluye, en el caso de Feijoo,
ambas riberas del Atlántico (Feijoo, 1773: V. 3, 263). Pero la realidad es que, como ya lo anotó
José María Portillo, para esa misma época nación y monarquía, precisamente, cesan de coincidir
(Portillo, 2006: 32-53)17. En palabras cercanas al siglo XVIII, podríamos decir que la comprensión
generalizada es que la colonia hace parte de la Monarquía, pero no hace parte de la nación18.

La urgencia reformista, el nuevo régimen colonial en las posesiones británicas y francesas, y


el nuevo vocabulario político europeo serán factores fundamentales –aunados a una creciente
dependencia peninsular en la renta americana– para la elaboración de tres visiones en torno del
lazo que vinculaba a América con la Corona y que llenarán de polisemia nuestro concepto a lo
largo del siglo XVIII. En primer lugar existía un reducido pero influyente grupo de reformistas
ilustrados que defendían la participación de las provincias americanas en el conjunto de la Mo-
narquía en condiciones más o menos de igualdad. En el Consejo Real extraordinario del 5 de
marzo de 1768, presidido por el Conde de Aranda, los fiscales Campomanes y Floridablanca,
dictaminaron que:

Los Vasallos de S.M. en Indias para amar a la matriz que es España necesitan unir sus inte-
reses, porque no pudiendo haber cariño a tanta distancia, solo se puede promover este bien
haciéndolos percibir la dulzura y participación de las utilidades, honores y gracias. ¿Cómo
pueden amar un gobierno a quien increpan imputándole que principalmente trata de sacar
de allí ganancias y utilidades y ninguno les promueve para que les haga desear o amar a la
nación y que todos los que van de aquí no llevan otro fin que el de hacerse ricos a costa suya?

La dramática conciencia de un cierto estado de cosas que atenta contra la unidad de la mo-
narquía contrasta con la contundencia de la última frase del dictamen: “No pudiendo mirarse
ya aquellos países como una pura colonia, sino como unas provincias poderosas y considera-
bles del Imperio Español”19. Notemos aquí que el concepto colonia ya no designa el sentido
16 Véase también la sección correspondiente a “Nación” en Goldman (2008).
17 Este punto ha sido recientemente desarrollado por Morelli (2008).
18 La impresión compartida por una amplia mayoría de los oficiales peninsulares es que América no hacía parte de la nación, por lo menos
no en el mismo sentido que Cataluña, Aragón o Toledo. En el mismo sentido Jose María Portillo señala que para los pensadores españoles
del siglo XVIII la monarquía y la nación no coincidían: “Con muy contadas excepciones, cualquier pensador español del momento tenía
por evidente que las posesiones extraeuropeas del Rex Catholicus –con la excepción de Canarias– contaban como monarquía, pero no
como nación. Esta última, aún sin una definición política sustantiva, era cosa sólo de europeos (…)”. En “Crisis de la Monarquía y nece-
sidad de una constitución”, Portillo (s.f.; véase además 2006).
19 Para un análisis más detallado, véase Konetzke (1950).

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clásico de colonia sino una relación que niega toda consideración política a la posesión20. Es,
igualmente, una previsión que los mismos funcionarios españoles en América van a repetir
una y otra vez. Francisco Silvestre, ex gobernador de Antioquia y secretario del Virrey de la
Nueva Granada manifiesta por vía reservada la urgencia de “estrechar y hacer más íntima
la relación de los habitantes de la América española con los de la Península (…), si se quiere
conservar su unión, nacionalidad y propios sentimientos perpetuamente en orden a religión
y gobierno”21. Entre las recomendaciones formuladas por Campomanes y Floridablanca para
cultivar los lazos entre América y la Península estaban el nombramiento de un diputado en
la Corte como representante de cada uno de los virreinatos22. En este reconocimiento de los
dos fiscales de la participación de las provincias americanas en la nación española, se plantea
desde muy temprano un tema que se volverá recurrente a partir de la crisis de 1808: el de la
representación de la nación.

En segundo lugar mencionemos el proyecto político de mayor fuerza, arraigo y envergadu-


ra durante el siglo XVIII. El ministro José Gálvez es la punta de lanza de este ambicioso proyec-
to reorganizador del espacio americano. Su visita a México en 1765 le sirve de impulso para el
trabajo que llevará a cabo desde 1776, cuando es nombrado Secretario del Estado del Despacho
de Indias. Su proyecto de intendencias acentuaba la presión fiscal, fortalecía la capacidad del
sistema de recaudo tributario, introducía el estanco en varios ramos, establecía nuevos impues-
tos, reformaba el sistema de aduanas y generaba una administración más eficaz en el traslado
de recursos a la metrópoli (Pietschmann, 1996).

En la medida en que crecían las expectativas en torno del potencial económico de las
provincias americanas y se intensificaban las reformas administrativas, empieza a forma-
lizar entre los oficiales de la administración una nueva concepción de lo que debe ser una
“colonia”, distante ya de la noción de poblaciones de ultramar incorporados a la Coro-
na. La propia fórmula de Gálvez de implementar las reformas “bajo las mismas reglas
con que se erigieron en la Península de España (…) sin que se necesite variarlas en más
puntos esenciales que en los del fomento de fábricas, prohibidas en las Colonias (…)”23,
evidencia un entramado conceptual muy complejo en el que se mezclan la tradición ju-
rídica de la Monarquía de cuerpos, la teología política del absolutimo de Carlos III, los
presupuestos mercantilistas de la economía colonial y una clara consciencia de un régimen
administrativo diferenciado y subordinado para las posesiones de ultramar. El Conde Re-
villagigedo, Virrey de México (1789-1794), escribía en su relación a su sucesor en 1794:

20 Ese es un tema ampliamente explotado posteriormente por los liberales españoles en sus polémicas con los reclamos americanos durante
las Cortes de Cádiz. El notable Álvaro Flórez Estrada escribe “Por más que otras Naciones del Continente se jacten de su ilustración, y
de su libertad, fue el Gobierno Español el primero á romper la valla que separaba á las Colonias de sus metrópolis manteniéndolas sin
ninguna consideración política” (1812: 54).
21 Francisco Silvestre, “Apuntes reservados particulares y generales del estado actual del Virreinato de Santafé de Bogotá, formados por
un curioso y celoso del bien del estado, que ha manejado los negocios del reino muchos años, para auxiliar a la memoria en los casos
ocurrentes y tener una idea sucinta de los pasados: de modo que puedan formarse sobre ellos algunos cálculos y juicios políticos, que se
dirijan, conociendo sus males públicos a ir aplicándoles oportuna y discretamente los remedios convenientes por los encargados de su
gobierno” (1789). En Colmenares (1989: T.2, 149).
22 Esta diversidad de posibilidades de vincular a América con la península se hace evidente en “Las modificaciones que experimentó el
gobierno de Indias en la estructuración de las Secretarías de Despacho –unas veces constituyendo una secretaría propia, otras repartido
según materias entre el resto de ministerios– son (...) un reflejo de la alternacia en el poder de los defensores de una u otra línea”. Óscar
Álvarez Gila, “Ultramar”. En Fuentes y Fernández (2002: 681).
23 “Informe y Plan de Intendencias para el reino de Nueva España presentado por el Visitador D. José de Gálvez y el Virrey Marqués de
Croix, y recomendado por el Obispo de Puebla y el Arzobispo de México”. 16 de enero de 1768, 20 de enero de 1768 y 21 de enero de
1768.

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Colonia, nación y monarquía… Francisco Ortega

(…) no debe perderse de vista, que esto es una colonia que debe depender de su matriz
la España, y debe corresponder a ella con algunas utilidades, por los beneficios que recibe
de su protección, y así se necesita gran tino para convinar esta dependencia, y que se haga
mutuo y recíproco el interés, lo cual cesaría en el momento en que no se necesitáse aquí de
manufacturas européas y sus frutos24.

Permítaseme señalar en este momento una de las transformaciones más notables: el


término colonia deja de designar simplemente un asentamiento (que bien puede estar situado
en Europa o América) y pasa a competir con denominaciones administrativas establecidas en
el ámbito americano, como virreinato, capitanía o, simplemente, provincias. La asimilación
del término a las grandes unidades administrativas de la Corona –durante el mismo periodo
de reforma que buscaba optimizar el flujo de recursos a la Península– identificaba el aparato
administrativo como la unidad encargada de asumir los controles necesarios para asegurar la
implementación y el buen funcionamiento de las políticas metropolitanas. En otras palabras,
tenemos en esa asimilación indicios de los que Jürgen Osterhammel ha llamado “la función
del Estado colonial”, diseñado fundamentalmente para crear un marco definido para el uso
económico de la colonia y para asegurar el control de las poblaciones sometidas (Osterhammel,
1997: 57 y ss.)25.

Síntoma de ese nuevo y complejo sentido de colonia será el uso discriminado que un cre-
ciente número de cronistas, ensayistas y funcionarios españoles de la segunda mitad del XVIII
harán del término para designar las posesiones de otras naciones, en particular las británicas
y francesas. Por ejemplo, de los cuatro tomos de la Relación histórica del viage a la América
meridional (1748) de Antonio de Ulloa y Jorge Juan sólo en el último, cuando se describen
las posesiones inglesas y francesas, los autores apelan al término colonia para describir estas
posesiones. El influyente Pedro Rodríguez de Campomanes en sus Reflexiones sobre el comercio
español en Indias (1762) y su Discurso sobre la educacion popular de los artesanos y su fomento (1775),
ambos documentos intensamente preocupados por la integración de América con España,
sigue una práctica similar26. Inclusive en el capuchino Joaquín de Finestrad, autor de El Vasallo
instruido (c. 1789) esa irascible colección de sermones en respuesta al levantamiento comune-
ro en la Nueva Granada, notamos una reticencia completa a usar el término colonia para las
provincias americanas. Cuando aparece, tiene siempre el sentido de asentamiento poblacio-
nal, excepto en el último capítulo, titulado “Demuestra el Dominio y Señorío natural de los
Reyes de España en la América”. En este capítulo Finestrad usa reiteradamente “colonia” para
designar la posesión que ha sido adquirida en condición tiránica e ilegítima y es sometida
a un régimen de explotación marcado por la avaricia, ambición, la rapiña y la usurpación:

24 Instrucción reservada que el Conde de Revillagigedo dio a su sucesor en el mando Marqués de Branciforte sobre el gobierno de este
continente en el tiempo que fue su Virrey (México: Agustín Guiol, 1831). Númeral 364, 90-91.
25 Valga la aclaración que ese control no se ejerce de manera homogénea ni generalizada sobre toda la población americana. Aunque las
élites criollas resultan en su momento víctimas de sospechas y son sometidas a estrecha vigilancia por las autoridades, frecuentemente son
ellas –en su calidad de intermediarios y beneficiarios– las encargadas de implementar las políticas de control. Valga un estudio reciente
que ilustra la modalidad discriminatoria de ese control colonial. Claudia Rosas Lauro (2006), ha estudiado el papel del miedo en el Perú
a las rebeliones indígenas y la difusión del ideario de la Revolución francesa como dispositivo para el sometimiento de las comunidades
indígenas y mestizas.
26 Los ejemplos son innumerables. Añado uno más, de gran envergadura, para simplemente ilustrar hasta qué punto era una práctica gene-
ralizada, aunque sea difícil determinar hasta qué punto fue deliberada. El Conde de Floridablanca, encargado de redactar la “Instrucción
reservada de Carlos III para dirección de la Junta de Estado” (c. 1788), sigue la misma práctica en este precioso documento sobre el estado
de los reinos.

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Francisco Ortega La Cuestión Colonial

Díganme estos académicos: ¿en qué título fundaron sus naciones el dominio y señorío en
el Canadá, en la nueva Inglaterra y en la nueva Escocia? ¿Con qué derecho legitimaron su
posesión los holandeses y dinamarqueses en la nueva Holanda y en la nueva Dinamarca?
¿Qué causas tuvieron para dominar las islas Lucayas, las Bermudas y los establecimientos
en tantas ciudades, puertos y playas en el África y en el Asia? ¿Cuál es el origen de estas
Colonias? ¿No fue ciertamente la avaricia, la ambición, la rapiña, la usurpación de unos
nacionales violentos, aventureros, sanguinarios y piratas invasores?

Contra esa tiranía que justamente podemos llamar colonial en el sentido contemporáneo,
Finestrad destaca los justos títulos de España sobre América.

¿Pero qué me canso yo en increpar a las naciones extranjeras el origen de sus nuevas
colonias? (…) Jamás las naciones extranjeras podrán presentar en tribunal alguno los
títulos tan nerviosos del señorío en América como mi Nación (Finestrad, 2000: 398).

Más importante que la cesión papal, la condición de dominio justo exhibida por España se
ratifica con “el consentimiento del mismo pueblo Americano que aseguran a España en sus
derechos y posesión pacífica de mucho tiempo que es un título evidente y nada equívoco de su
dominio y señorío natural” (2000: 403).

Esta nueva significación del concepto colonial está marcada por tres núcleos de sentido.
En primer lugar, es evidente que el concepto de colonia indica en este caso que la relación de
la posesión con la Nación (es decir, con lo que a finales del siglo XIX se considera la comu-
nidad política por excelencia) es de absoluta exterioridad. Contrario al modelo romano, en
esta acepción el colono no es ciudadano, ni hace parte de la nación.

En segundo lugar, el nuevo significado de colonia suscita o retrotrae el problema de legiti-


midad del dominio. Aun cuando se siguen invocando las donaciones papales como principio
legitimador del imperio, su eficacia es limitada, e inclusive Finestrad –dado en múltiples otras
ocasiones a fundamentar el orden sobre la voluntad del Rey– apela al consentimiento. Por su
parte, lo esencial de las colonias es que son territorios donde ese consentimiento no ha sido
otorgado; su dependencia en las metrópolis es resultado de la fuerza ejercida sobre sujetos
no europeos, considerados incapaces de detentar su propia soberanía. Sin embargo, una mala
consciencia invariablemente acompañaba ese ejercicio. Para finales del siglo XVIII no solo la
escuela salamantina había sentado un legado político en cuanto al carácter viciado de todo
dominio fundado en la violencia; Jean Jacques Rousseau, cuya recepción hispánica ocurrió
más frecuentemente a través de sus comentadores, sentenciaba la imposibilidad de la violencia
para otorgar legitimidad de dominio (Vitoria, 1946; Rousseau, 1992: cap. 4). No es sorpren-
dente, entonces, que los agitadores americanos retomen el tema del justo dominio durante el
periodo de la crisis política y las guerras de la Independencia27.

En tercer lugar, en el nuevo nudo de significados del concepto colonia esa relación está
marcada por un craso régimen de explotación económica –una despiadada fuente de enrique-

27 Para un ejemplo didáctico de tal polémica, ver la primera parte del Catecismo de instrucción popular del presbítero Juan Fernández
Sotomayor (Mompox, 1814).

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Colonia, nación y monarquía… Francisco Ortega

cimiento– que suprime el lazo político. El régimen de explotación convierte a los hombres en
esclavos y no admite preocupación alguna por el colonizado. “La opresión y violencia, escribe
Finestrad, que observamos en sus Colonias francesas son el pronóstico seguro de sus produc-
ciones” (2000: 404). No sorprende que esas sean las metáforas de las que se nutren las primeras
declaraciones incendiarias posteriores a la crisis de 1808. Ignacio Herrera escribe en “Reflexio-
nes que hace un americano imparcial al diputado de este Reino de Granada para que las tenga presentes
en su delicada misión” (1º septiembre de 1809): “La América no se reputa ya por unas colonias de
esclavos, condenadas siempre al trabajo” (Almarza y Martínez, 2008: 63). Y el mismo Camilo
Torres, que seis meses antes en la “Representación del Cabildo a la Junta Suprema” había
apelado al sentido clásico de colonia para argumentar el derecho a participar en condición de
igualdad en la Junta Suprema (representante de la nación española en ausencia del Rey), se
preguntaba en mayo de 1810:

¿Y será posible que todas las naciones gocen de este derecho esencial e imprescriptible,
que el negro de Haití, al tiempo de recobrar su libertad, estableciese libremente su cons-
titución y su gobierno, y que la Española Americana, en el momento feliz de su indepen-
dencia, no goce del mismo derecho…?

Como consecuencia de la convergencia gradual de estos tres significados en el lenguaje de


los oficiales de la Corona, se consolida durante el siglo XVIII una visión de los dominios ame-
ricanos como territorios para ser administrados, no gobernados.

Si bien es cierto que ni los más fanáticos seguidores de Gálvez se expresaron abiertamente de
ese modo, ni los americanos se representaron como colonizados, a los ojos de observadores euro-
peos –como Raynal, Robertson, Pradt– las Indias españolas eran, sin lugar a duda, colonias a finales
del siglo XVIII, de la misma manera que otras posesiones francesas, británicas u holandesas28. Una
percepción que, de acuerdo con recientes estudios sobre la política imperial en el último cuarto del
siglo XVIII, no es tan desatinada ni fuera de lugar. Luis Navarro García señala que “En el terreno
de los hechos, esa política fue cerradamente colonialista hasta 1808” (2000). Aún más, dado el
impacto de las políticas abiertamente imperialistas de la Corona y de la creciente irritación de las
élites económicas y políticas americanas, debemos tomar en cuenta los modos en que esos autores
se leían en América –particularmente cuando sus lecturas eran necesariamente clandestinas– du-
rante la primera década del siglo XIX29.

Finalmente, mencionemos una tercera posición –variante, en realidad, de las anteriores–


que pondera la naturaleza de los lazos de América con España. En 1750 Jacques Turgot había
escrito en Discursos sobre el progreso humano (1750) que “Las colonias son como los frutos que no
dejan el árbol hasta su madurez. Una vez suficientes a sí mismas, hicieron lo que hizo Cartago,
lo que hará un día América” (Turgot, 1991: 46). Esta posición insistía en la inevitabilidad de
la separación de las colonias y proponía la creación de varias monarquías americanas inde-
28 Dando a entender que no había mucha diferencia entre las colonias inglesas y las españolas, el Abate de Pradt se preguntaba en 1802 y,
posteriormente, en 1822: “¿Cuál es la legitimidad de la España sobre la América, ni de la Inglaterra sobre la India?” (Pradt, 1822: 57).
29 Se hace necesario recordar que el nombre del abate Raynal, cuyos textos estaban expresamente prohibidos, no pasa inadvertido a finales
del siglo XVIII en las Américas. En 1796 el editor del Papel periódico de Santafé presenta por dos números una reseña de la vida y obra
del abate. La reseña, claro está, es abstracta al extremo (no se discute ninguna idea en detalle) y fuertemente condenatoria, pero el punto
que me interesa resaltar es que su nombre –y en alguna medida las ideas que invocaba– resultaban familiares a algunos de los lectores del
Papel periódico a finales del siglo XVIII.

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pendientes aunque unidas por lazos dinásticos. Los controversiales proyectos del Conde de
Aranda y el Intendente General de Caracas (1777-1783), José de Ábalos, y el posterior intento
de Manuel Godoy, ministro de Carlos IV, de promover la constitución de las colonias en reinos
autónomos con monarcas de la misma casa española, representan un intento por preservar la
unidad de la Corona ante el reconocimiento que la distancia de las provincias americanas, sus
enormes riquezas y la diversidad de su carácter las empujan a buscar su independencia30. Ante
esa realidad –que las colonias forman su propia nación– es mejor propender, como señala el
Conde de Aranda, por “cuatro naciones [una por cada virreinato]… unidas por la más estrecha
alianza ofensiva y defensiva para su conservación y prosperidad” (cit. en Lucena, 2004: 77)31.

En esa tradición, aunque con un matiz político marcadamente diferente, vale la pena mirar
un texto del importante ilustrado Valentín de Foronda, Carta sobre lo que debe hacer un príncipe
que tenga colonias a gran distancia (Filadelfia, 1803; Cádiz, 1812). Realmente son dos textos, pues
la edición de 1812, además de reproducir el texto de 1803, le agrega un aparte sustancial en el
que reitera la propuesta, adecuada esta vez a las nuevas realidades jurídicas posteriores a la
Real Orden del 15 de abril de 1810, en el que el Consejo de Regencia señalaba la absoluta igual-
dad entre las partes americanas y europeas de la Corona. A Foronda no lo agobia la conciencia
de saber que América pertenece a la Nación, o la premonición angustiosa de que las provincias
americanas buscaban la independencia. Al contrario, a Foronda lo que le preocupa es el lastre
económico que éstas le representan y los efectos perniciosos que supuestamente han tenido
sobre las industrias peninsulares. Por esto es que en 1803 propone que para España resulta más
conveniente vender las Colonias americanas e invertir el dinero resultante en la construcción
de infraestructura, escuelas y servicios hospitalarios y, sobre todo, en estimular la agricultura.
En la versión de 1812 Foronda señala que la idea de la venta no se puede realizar porque los
americanos “son iguales á nosotros por la ley, y por la razón …; luego deben gozar de las mis-
mas ventajas” (Foronda, 1812: III). Su razonamiento es impecable:

Digo que [las colonias] solo nos servirán de un intolerante peso, porque en virtud de
la igualdad de derechos de ciudadanismo podrán plantar viñas, olivares &c. y entonces
á Dios la exportacion de nuestros frutos: podrán igualmente establecer todo género de
manufacturas, y si no la establecieren los efectos serán igualmente funestos á la España,
mientras no pueda competir con la índustria extrangera, porque los barcos suecos, rusos,
ingleses podrán ir á sus puertos en derechura sin pagar más derechos, de los que pagarían
en España, ó que paguen los españoles. No solo podrán ir los barcos de todas las naciones,
sino que podrán establecerse todos los extrangeros lo mismo que en España, Sí Señores,
no hay duda en esto. Son iguales á nosotros por la ley, y por la razon los americanos; luego
deben gozar de las mismas ventajas.

En otras palabras, si las provincias americanas son integrantes de la nación, no son


colonias y entonces, el arreglo político de tres siglos deja de tener sentido: “Si gozan de
las mismas ventajas –se pregunta Foronda– ¿dónde está la utilidad de su conservacion?”.
30 Véase “Dictámen reservado que el excelentimo Señor Conde de Aranda dió al Rey sobre la independencia de las colonias inglesas
después de haber hecho el tratado de paz ajustado en París el año de 1783” y la “Representación del intendente Abalos dirigida a Carlos
III, en la que pronostica la independencia de América y sugiere la creación de varias monarquías en el Nuevo Mundo” (1781). Reprodu-
cidos en Muñoz (1967: 34-44 y 45-49). Para una visión general, véase Teruel (2005-2006).
31 No parece desatinado suponer que esa tradición de naciones federadas bajo una gran monarquía constituye una vía de acceso privilegiado
para la recepción de los debates en torno al federalismo norteamericano.

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De ese modo, Foronda propone cesar toda discusión en las Cortes sobre la representación
americana y otorgarles a las provincias americanas inmediatamente su independencia.

1808-1814: los usos políticos del concepto colonia

Hemos visto cómo el vocablo “colonia” se volvió concepto –en el sentido que le da Kose-
lleck– y cómo se ha llenado de significados contradictorios que son índices de experiencias
coloniales muy concretas y factores en los procesos de definición de la naturaleza del lazo entre
América y la Corona. Su condición de concepto socio-político fundamental del siglo XVIII se
hace evidente en su capacidad para acoger, aun de manera incómoda, realidades políticas poco
antes claramente diferenciadas. Igualmente, el concepto se convertirá, a partir de 1808, en uno
de los prismas privilegiados por medio del cual los criollos entienden su relación con la nación
y la representación. Así, pues, en vez de descalificar el término como puro mito ideologizado,
resulta más útil analizarlo como instrumentos “evaluativo-descriptivos”, es decir, aquellos tér-
minos que, según Quentin Skinner, se usan para describir acciones, y al mismo tiempo tiene
el efecto de evaluarlas (Skinner, 2002: 254). Sólo de ese modo –es decir, suponiendo que tanto
“colonia” como “colonial” hicieron parte del arsenal conceptual de los diversos actores de la
época– se puede entender la vehemencia de las discusiones que siguieron a la crisis de legiti-
midad del sistema monárquico en 1808.

En mayo de 1808, congregada la Asamblea Constituyente de Bayona, se invitan seis delega-


dos americanos a participar en las deliberaciones para aprobar la versión final de la Constitu-
ción española de filiación bonapartista. Pronto, el principio de igualdad entre la península y las
provincias americanas se convierte en un fuerte tópico de discusión y los diputados americanos
toman un papel activo en el desarrollo del articulado que le dará contenido a tal proposición.
Para el objetivo de este ensayo –y como evidencia incisiva de la animosidad visceral producida
por nuestro concepto– vale la pena notar que la redacción inicial del título del artículo 82 leía:
“Las colonias españolas de América y Asia gozarán de los mismos derechos que la Metrópoli”.
El título –y no el contenido– fue objetado por los diputados del Río de la Plata José Ramón Milá
de la Roca y Nicolás Herrera, quienes propusieron cambiar el término colonias –en ese pasaje y
en todo el texto constitucional– por el de provincias hispanoamericanas o provincias de España
en América (Actas de la Diputacion, 1874: 114)32. Después de extendida discusión, la enmien-
da fue aceptada e incorporada al texto final de la Constitución. Expresando el sentimiento de
los delegados, Francisco Antonio Zea agradeció a Napoleón Bonaparte la participación de los
americanos en los siguientes términos:

Estaba reservado al héroe que, únicamente atento al bien universal, levanta ó deprime los tro-
nos, los crea ó los destruye, según conviene á los intereses del género humano; estaba, Señor,
reservado á V. M. el primer acto solemne de aprecio y de justicia que la América ha obtenido de
su metrópoli. Un sólo momento que V. M. ha tenido en Sus manos la Corona de España, que
tan gloriosamente acaba de colocar sobre las sienes de su augusto hermano, hará olvidar en
aquel mundo más de tres siglos de abandono y de injusta desigualdad (Villanueva, 1917: 215).

32 Como señala Antonio-Filiu Franco Pérez (2008), fue sólo en el tercer proyecto de la constitución que se “admite de manera definitiva la
representación en Cortes de los territorios de Ultramar, a la vez que se introduce un Título especialmente dedicado a dichos territorios”.

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La discusión sobre los derechos de los americanos a participar en la nación no se repitió en


los mismos términos durante las Cortes de Cádiz, en buena medida debido a los debates ocu-
rridos en Bayona. Agustín de Arguelles en su intervención ante las cortes parte del supuesto
que el nuevo orden político rompe con el orden colonial: “La América, considerada hasta aquí
como colonia de España, ha sido declarada su parte integrante, sancionándose la igualdad de
derechos entre todos los súbditos de V. M. que habitan en ambos mundos”33.

Notemos que –como indicaba Lempérière– ni el adjetivo colonial ni el verbo colonizar apa-
recen en los diccionarios de la época ni en textos de cualquier tipo, americanos o españoles, del
siglo XVIII. Sólo en 1884 el diccionario ofrece una primera entrada para “colonial” y en 1899 la
define como: “Territorio fuera de la nación que le hizo suyo, y ordinariamente regido por leyes
especiales” (RAE, 1899), definición que se mantendrá hasta nuestros días. Pero, como hemos
dicho, los diccionarios son excelentes indicadores de estabilidad, pero pésimos para detectar
las variaciones.

Una mirada a fuentes más diversas revela que el término colonial aparece con cierta
frecuencia a comienzos del siglo XIX, tanto en la legislación comercial indiana como en
la prosa de reformistas americanos, como José María Quirós y José Donato de Austria.
En los textos de estos últimos el término es un simple adjetivo para designar el comercio
que ocurre en las colonias o los productos de tierras americanas. Sin embargo, tres años
después del texto de Quirós, “Memoria sobre la situación de la agricultura del virreina-
to” (1809) en el que afirma, de forma totalmente neutra, “Todas estas demostraciones y
consideraciones prueban con la mayor evidencia cuán urgente es la necesidad de que
el gobierno providencie el más pronto remedio, porque clama el actual estado de la
agricultura colonial en estos ramos del principal abasto”; el mexicano Fray Servando
Teresa de Mier usa el término para impugnar lo que considera el proceso viciado de la
representación americana en Cádiz: “El [sistema] colonial, dice, degrada tanto, que los
hombres no pueden ser siquiera representados, como en España lo son las mujeres, los
niños y los locos” (Mier, 1888: 330). La continuidad léxica en tan breve tiempo indica que
el hiato semántico entre una ascepción y otra no es tan grande como argumenta Lempé-
rière. Lo que ha pasado, en cambio, es que la agudización de la crisis de legitimidad así
como las nuevas leyes sobre la libertad de prensa han permitido la aparición pública del
concepto evaluativo.

En 1808 la crisis de legitimidad produce una “articulación profunda de nue-


vos significados” (Koselleck, 1993: 114-116), una alteración de las cuerdas ima-
ginarias, como lo llamó Georges Lomné en su presentación en el seminario,
que tenía, sin embargo, raíces locales muy profundas. Si hasta 1808 eran los
funcionarios y reformistas españoles quienes exhibían una aguda conciencia de los
múltiples sentidos de colonia, serán los americanos, a partir de ese momento, quie-
nes asumirán la interlocución y explorarán las consecuencias políticas de ser colonias.
33 No es el único discurso de Arguelles en ese sentido. En ocasión del debate sobre los Ministerios Americanos, Arguelles señala “En cuanto
al otro punto de subsistir las Américas gobernadas según el sistema colonial, sólo apelo a la justificación del Congreso. Una Constitución
que concede iguales derechos a todos los españoles libres; que establece una representación nacional; que ha de juntarse todos los años
a sancionar leyes, decretar contribuciones y levantar tropas; que erige un Consejo de Estado compuesto de europeos y americanos, y que
fija la administración de justicia de tal modo, que bajo ningún pretexto tengan que venir estos a litigar en la Península; una Constitución,
digo, que reposa sobre estas bases, ¿es compatible con un régimen colonial?” (1811: X,404-406).

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Así, pues, cuando a mediados de julio llega a Ciudad de México la Gaceta de Madrid con no-
ticias sobre las abdicaciones de Bayona y la ocupación francesa, el Ayuntamiento de la ciudad
reacciona dirigiéndole al Virrey Iturrigaray un manifiesto declarando su lealtad a Fernando
VII y requiriendo la creación de un gobierno provisional, con el Virrey a la cabeza, que rompa
lazos con todas las autoridades francesas y españolas. El Ayuntamiento fundamentaba tal so-
licitud indicando que ante la

(…) ausencia e impedimento [de los legítimos herederos del trono] reside la soberanía
representada en todo el reino, y las clases que lo forman, y con más particularidad en los
tribunales superiores que lo gobiernan, administran justicia, y en los cuerpos que llevan la
voz pública, que la conservarán intacta, la defenderán y sostendrán con energía como un
depósito sagrado, para devolverla, o al mismo señor Carlos IV, o a su hijo el señor príncipe
de Asturias…34.

La Real Audiencia pronto se declara en contra de la declaración de soberanía y los fis-


cales dictaminarán que “Si un pueblo así subordinado o colonial como éste de Nueva
España se entrometiese a nombrar tales guardadores, usurparía un derecho de soberanía
que jamás ha usado ni le compete, y si lo hace por sí solo y para sí, ya era este un acto de
división e independencia prohibido por esta propia ley”35. Por su parte, el fiscal de lo civil
señalaba que:

Yo no puedo persuadirme que reconociesen por legítima en las presentes circunstancias la


soberanía de este pueblo colonial, y que estando incorporado el patronato de Indias en la co-
rona de Castilla y León, lo ejerciese otra autoridad que la misma corona, o quien representase
y ejerciese legítimamente sus derechos en la península de España (Hernández: 1877: 13-14).

El fiscal remataba señalando que: “esta América adquirida por los reyes católicos,
entre otros por el derecho privilegiadísimo de conquista, es una verdadera colonia de
nuestra antigua España…” (1877: 15).

Este es el contexto en el que el Conde de Floridablanca, el mismo que en 1768 ha-


bía dictaminado que los reinos indianos ‘no son propiamente colonias’, y quien en
ese momento era miembro de la Junta Central, invitó a los virreinatos y capitanías
generales americanas a enviar diputados para que se incorporaran a la Junta Cen-
tral (Navarro, 2000: 80). La Real Orden del 22 de enero de 1809 señalaba que “los
vastos y preciosos dominios que España posee en las Indias no son propiamente Co-
lonias o Factorías como las de otras naciones, sino una parte esencial de la Monar-
quía española”. Seguida esta por la declaración de abril 15 de 1810 que sentencia que
34 “Acta del Ayuntamiento de México, en la que se declaró se tuviera por insubsistente la abdicación de Carlos IV y Fernando VII hecha en
Napoleón; que se desconozca todo funcionario que venga nombrado de España; que el virrey gobierne por la comisión del Ayuntamiento
en representación del virreinato, y otros artículos…”. En Hernández (1877: V. 1., 14-15). En la misma Acta el Ayuntamiento le solicita al
Virrey que “otorgue juramento y pleito homenaje en las manos del real acuerdo en presencia de la nobilísima ciudad como su metrópoli,
y todos los demás tribunales de la capital los que sean citados solemnemente; que igual juramento, y solemne pleito homenaje preste en
manos del excelentísimo señor virrey la Real Audiencia, la Real Sala del Crimen, esta nobilísima ciudad como metrópoli del reino sin
reservar alguno; lo mismo ejecuten el muy reverendo arzobispo, reverendos obispos, cabildos eclesiásticos, jefes militares y políticos, y
empleados de toda clase en el modo y forma que su excelencia con el real acuerdo disponga” (8).
35 “Exposiciones de los fiscales contra las opiniones de los novadores”, 14 de diciembre 1808. En Hernández (1877: V. 1., 11). La expo-
sición comienza señalando que el verdadero fin del Ayuntamiento “es avanzar la soberanía popular, peligroso extremo de que debemos
huir”.

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(…) los dominios españoles de ambos hemisferios forman una sola y misma monarquía,
una misma y sola nación, y una sola familia y que, por lo mismo, los naturales que sean
originarios de dichos dominios europeos o ultramarinos son iguales en derechos a los de
esta península.

Señalemos provisionalmente que no son actos sin precedentes. La Constitución francesa de


1795 declara igualmente las colonias francesas “partes integrantes de la República”, sujetos a
la misma ley constitucional. Como es bien sabido, ese artículo jamás fue llevado a la práctica
mientras que la Constitución bonapartista de 1800 restauró el antiguo régimen y declaró que
las colonias debían ser gobernadas por leyes extraordinarias, de acuerdo con sus costumbres y
circunstancias (Godechot 1983a; Godechot 1983b).

La cadena de respuestas americanas a la declaratoria de la Junta Suprema no se hizo esperar


y constituyen hoy una de las fuentes de cultura política más ricas para comprender la llamada
“desintegración” de la monarquía –como la de Mariano Moreno, “Representación de los Ha-
cendados y Labradores” (sept. 30 1809); Camilo Torres y el Cábildo de Bogotá, “La representa-
ción del Cábildo” (nov. 1809); José Amor de la Patria, “Catecismo Político Cristiano dispuesto
para la instrucción de los pueblos de América meridional” (Chile a mediados de 1810); Fray
Servando Teresa de Mier, “Idea de la constitución dada a las Américas por los reyes de España
antes de la invasión del antiguo despotismo” (1812)– todos ellos retoman buena parte de las
preocupaciones articuladas en torno del concepto de colonia y sugieren que tal desintegración
está, sin duda, motivada, igualmente, por antagonismos y desencuentros locales muy profun-
dos. Recordemos, así mismo, que esos temas ocupan buena parte de los debates en las Cortes
de Cádiz sobre la representación americana y la abolición del vasallaje y son los fundamentos
de los repetidos intentos constitucionales de fundar nuevas soberanías.

Como lo señalamos al principio, la “Representación (…)” encara esos debates rescatando


el sentido clásico de colonia, el cual insistía en ser un asentamiento nuevo de ciudadanos que,
aun cuando físicamente separado del imperio, hace parte integral de éste36: “Las Américas (…)
no están compuestas de extranjeros a la nación española. Somos hijos, somos descendientes de
los que han derramado su sangre por adquirir estos nuevos dominios a la Corona de España
(…)” (Torres, 1832: 8). Partícipes de la nación hispánica los americanos consideraron la con-
vocatoria como una oportunidad para “(…) reformar abusos, mejorar las instituciones, quitar
trabas, proporcionar fomentos, y establecer las relaciones de la metrópoli, y las colonias sobre
las verdaderas bases de la justicia” (Torres, 1832: 25). Para lograr esos objetivos los americanos
precisan, dice la “Representación”, “manifestar nuestras necesidades, exponer los abusos que
las causan, pedir su reforma, y hacerla juntamente con el resto de la nación, para conciliarla con
sus intereses”. De otro modo, concluye en velada amenaza, “ella no podrá contar con nuestros
recursos, sin captar nuestra voluntad”.

El problema fundamental para los americanos es el de la pertenencia a la Nación, pues de ella


se deriva el disfrute de los derechos políticos de sus miembros. A pesar de su lenguaje moderno,
36 Redactada principalmente por el abogado neogranadino Camilo Torres en su calidad de asesor del Cabildo, el documento, sin embargo,
posiblemente contó con la participación de otros abogados y cabildantes. La Representación fue presentada al Cabildo en noviembre de
1809 y rechazada por el Virrey, quien no autorizó su entrega al Mariscal de Campo Antonio de Narvaéz, diputado por la Nueva Granada
ante la Junta Suprema. La “Representación” es igualmente conocida como el “Memorial de agravios”.

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es un problema que hunde sus raíces en el modo en que las reformas dieciochescas dejaron la
fuerte sensación en los americanos españoles que estaban en condición de desigualdad en rela-
ción con los europeos. Aún más, en 1809 estar al margen de la Nación significa no hacer parte de
la República, quedar por fuera de la representación o participar en una representación disminui-
da. La “Representación del Cabildo” insiste en que aquellos a cargo de resolver la crisis política
y de legitimidad no lo hacen adecuadamente, y no lo hacen debido a que no reconstruyen el
mecanismo de legitimidad adecuadamente. Funciona, en cambio, lo que Camilo Torres llama un
“principio de degradación” por medio del cual si bien los americanos están representados en la
Nación, lo hacen de manera pasiva, desigual y disminuida (Torres, 1832: 8) Que la representación
del cabildo opte por apelar al antiguo concepto de colonia como asentamiento republicano es en
sí mismo diciente de la polivalencia del concepto y del grado de incertidumbre y ambivalencia
presente en la capital neogranadina en 1809. Una ambivalencia que se deja sentir en el supuesto
beneplácito con que es acogida la declaración de la Junta Central del 26 de octubre de 1808 por
las que ésta declara que “nuestras relaciones con nuestras colonias, serán estrechadas más frater-
nalmente, y, por consiguiente, más útiles”. De hecho, en ese contexto inestable la noción clásica
de colonia –asentamiento que hace parte de la nación, pero que mantiene una relación agregativa
con la Corona– resulta sorprendentemente afín con las aspiraciones autonomistas expresadas
–casi furtivamente– al final de la “Representación” y que constituyen su verdadera ambición
politica. En efecto, la “Representación” señala que en la medida que una convocatoria general
de la Nación sea muy difícil de llevar a cabo, además de costoso de mantener, se debe convocar
y formar “en estos dominios Cortes generales, en donde los pueblos expresen su voluntad que
hace la ley, y en donde se sometan al régimen de un nuevo gobierno o a las reformas que se me-
diten en él” (Torres, 1832: 30). Esta manera hábil de expresarse evidencia ciertas continuidades
interesantes con las ideas federalistas expresadas previamente, entre otros, por Aranda y Abalos.

El proceso de polarización es casi inmediato y generalizado en el Nuevo Reino de Granada.


El 10 de mayo de 1810 el mismo Camilo Torres escribe una extensa carta a su tío Ignacio de
Tenorio, Oidor de Quito, en el que ya no aparece la idea de colonia o antigua población como
lazo indisoluble entre la metrópolis y las provincias americanas. En cambio, como ya lo señala-
mos, Torres invoca la imagen de Haití (factoría por excelencia en el imaginario occidental que
había logrado su independencia en 1804 después de más de una década de insurgencia) y se
pregunta si los americanos tendrán que esperar mucho más para conseguir la misma libertad
de los ex esclavos.

Poco después de los sucesos de 1810 –durante los cuales se formaron juntas locales que
organizaron sus propios gobiernos independientes de las autoridades españolas– los editores
de El Argos Americano de Cartagena recomiendan abolir las leyes que fueron dictadas “bajo el
sistema más riguroso de ser estos países unas factorías coloniales”. Los editores denuncian la
decadencia en la que estábamos “bajo el antiguo sistema colonial” debido al total desconoci-
miento de los derechos locales. El antiguo era

(…) un sistema rigurosamente colonial, que es lo mismo que decir despótico, opresivo y enemigo
de las luces, trescientos años de abatimiento y abyección, han puesto a la América en un estado
lastimoso37.
37 En “Reflexiones sobre nuestro estado”. El Argos Americano 4 (8 de octubre, 1810), 17-18.

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Y menos de un año después, en agosto de 1811, Nariño escribe en La Bagatela:

Las palabras de fraternidad, de igualdad, de partes integrantes, no son más que lazos que
tienden a vuestra credulidad. Ya no somos colonos: pero no podemos pronunciar la pala-
bra libertad, sin ser insurgentes. Advertid que hay un diccionario para la España Europea, y
otro para la España Americana: en aquella las palabras libertad e independencia son virtud; en
esta, insurrección y crimen; en aquella la conquista es el mayor atentado de Bonaparte; en
esta la gloria de Fernando y de Isabel; en aquella la libertad de comercio es un derecho de la
Nación; en esta una ingratitud contra quatro comerciantes de Cádiz38.

En estos pasajes ya hay una crítica anti-colonial que será retomada por otros como elemento
fundamental de la retórica anti-española y de los nuevos procesos de legitimación. Sin embar-
go, la crítica será también fundamental en el proceso de identificar y crear las condiciones po-
líticas para un nuevo tipo de soberanía. Jorge Tadeo Lozano, el mismo que había jurado como
presidente la Constitución de Cundinamarca en la que se reconocía la autoridad de Fernando
VII, señalaba en 1814 que:

Los independientes y liberales quieren que la Nueva Granada sea una nación, porque ha
llegado el tiempo de serlo. Parece que los coloniales y serviles quieren que bajo el sistema
opresor esperemos la venida del Juez de los vivos y los muertos; los liberales quieren que
nuestros caudales no pasen el océano para enriquecer a nuestros enemigos; los serviles
quieren que con el sudor de nuestra frente sostengamos la fuerza de nuestros contra-
rios destinada para oprimirnos (…) los liberales quieren vernos exaltados al nivel de las
naciones libres, florecientes y poderosas; los serviles quieren para nosotros un pupilaje
y servidumbre eterna y que siempre tributemos el oro, la plata y el incienso de nuestra
adoración a la bastarda España39.

Para entonces el nuevo ensamble conceptual desemboca en la ruptura total con la Nación
española y acota la negatividad desde la cual es necesario pensar la fundación de una nueva
soberanía. Problema ese, espinoso, que tendremos que dejar para otro día.

Conclusión

Hasta acá he tratado de reconstruir, muy esquemáticamente, el proceso por medio del cual el vocablo
colonia adquirió calidad de concepto socio-político a lo largo del siglo XVIII en relación con las reformas
borbónicas, el ascenso del absolutismo, las revoluciones atlánticas (incluyendo, de manera particular, sus
dos variantes americanas: la norteamericana y la haitiana) y el fortalecimiento de las élites criollas.

Contrario a lo que Lempérière argumenta, la noción evaluativa descriptiva de colonia no es


conceptualmente ajena a los agentes contemporáneos del antiguo régimen y del nuevo orden
socio - político. Aún más, claramente el problema colonial era central para la cultura política
del periodo en tanto designaba una experiencia de negatividad política que hacían suya en ese

38 Bagatela 5 (1811).
39 “Liberales y serviles”. El Anteojo de larga vista 9 (1814), pp. 34-37.

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momento. Sus usos políticos más relevantes para sus interlocutores, me atrevería a sugerir, no
son impugnar una exclusión y explotación, sino, sobre todo, iniciar la búsqueda de una nueva
soberanía para las provincias americanas.

Toda conclusión solo puede ser provisional, pues quedan pendientes varias tareas para en-
tender mejor cómo funciona el concepto “colonia” en el momento de la ruptura y construcción
republicana40. Además de profundizar en los contenidos semánticos, es necesario explorar el
abanico de términos con los que comparte ese espectro y con los cuales con frecuencia se con-
funde, a menudo de manera sútil. Términos como reinos, provincias, naciones, posesiones,
dominios, ultramar, colonias, factorias, entre otros, constituyen el ramillete de designaciones
posibles del lazo que unía a América con la Corona. Entender esas continuidades nos permitirá
comprender a cabalidad el modo en que cierto vocabulario político se hizo posible a partir de la
crisis de 1808. Igualmente, es necesario explorar mejor los modos de recepción diferenciada de
esa matriz conceptual en diversas localidades (Santafé, Cartagena, Caracas, Buenos Aires, etc.)
a través de una relectura de los proyectistas americanos, informes burocráticos, epistolarios
privados, gacetas y periódicos ilustrados, entre otros.

Un punto aparte, fundamental éste, consiste en entender la disparidad evidente en la adop-


ción del concepto colonial para describir la exclusión de los criollos americanos de la Nación
española y, por otra parte, la evidente inhabilidad –o falta de voluntad– para entender los
procesos de exclusión puestos en marcha para con diversos grupos sociales en las nuevas repú-
blicas (negros, indios, castas, mujeres, entre otros). El ya mencionado “Memorial de Agravios”
que, recordémoslo, reclamaba igualdad de representación entre las partes de la nación, susten-
taba ese derecho en que los españoles americanos son:

Tan españoles (…) como los descendientes de Don Pelayo, y tan acreedores, por esta ra-
zón, a las distinciones, privilegios y prerrogativas del resto de la nación, como los que,
salidos de las montañas, expelieron a los moros, y poblaron sucesivamente la Península;
con esta diferencia, si hay alguna, que nuestros padres, como se ha dicho, por medio de in-
decibles trabajos y fatigas, descubrieron, conquistaron y poblaron para España este Nuevo
Mundo (Torres, 1832: 9).

La argumentación remataba señalando que “Los naturales, conquistados y sujetos al poder


español, son muy pocos, o son nada, en comparación de los hijos europeos que hoy pueblan estas
ricas posesiones”, una afirmación tan descarada como diciente (Torres, 1832: 9). En pasajes como
este se nos revela una fase profundamente conservadora de las revoluciones americanas y una
voluntad explícita por reproducir la misma condición de exclusion –o de colonialidad, para usar
un término acuñado recientemente– de otros miembros de la comunidad41. Y a menos que se diga
que la contradicción no hacía parte de la sensibilidad o de la capacidad conceptual de la época,
citemos al español Joseph Blanco White quien desde Londres la había señalado en El Español:

Los revolucionistas justifican su resistencia a la Madre Patria a título del derecho que como
hombres libres tienen de elegir su gobierno. (…) Les preguntaremos si insistiendo sobre
40 Jennifer Pitts (2006), explora el pensamiento de Burke, Bentham, Constant y otros críticos de las aspiraciones coloniales de los imperios
europeos a principios del siglo XIX. Para las transformaciones que ocurren en el contexto hispánico, véase Fradera (1999).
41 Véase Castro (2005). También, ver el conjunto de ensayos editado por Lander (2000).

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tal argumento, piensan acomodar la práctica a la teoría? Si recurriendo a artificios y quis-


quillas piensan excluir a sus hermanos negros o pardos, de una completa participación del
poder político ¿juzgan que con estas lecciones de derecho natural frescas en la memoria, se
someterán pacíficamente las castas degradadas a estas restricciones y privilegios?42

Finalmente, contradicciones de este tamaño nos obliga a entender que la exploración con-
ceptual no es autocontenida ni resulta suficiente para comprender la cultura política del perio-
do. Igualmente, necesario y urgente es la tarea de aproximarse a los sistemas de significación
(no sólo linguísticos, no sólo semánticos) de los grupos subalternos, sistemas que articulan no
sólo una comprensión propia de la relación colonial, sino también unas prácticas –muchas ve-
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