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El Último Judío

Este documento narra la historia de Amós, un maestro judío que se siente perdido después de que su amigo Ezra muere. Amós encuentra consuelo en sus rituales religiosos los viernes, como encender velas y rezar, pero la muerte de Ezra ha sacudido su fe. A medida que la tormenta continúa afuera, Amós reflexiona sobre su amistad con Ezra, su educación religiosa y cómo las palabras ya no parecen ofrecerle la verdad y consuelo que solían hacerlo.

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El Último Judío

Este documento narra la historia de Amós, un maestro judío que se siente perdido después de que su amigo Ezra muere. Amós encuentra consuelo en sus rituales religiosos los viernes, como encender velas y rezar, pero la muerte de Ezra ha sacudido su fe. A medida que la tormenta continúa afuera, Amós reflexiona sobre su amistad con Ezra, su educación religiosa y cómo las palabras ya no parecen ofrecerle la verdad y consuelo que solían hacerlo.

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El último judío

Cuento incluido en Hombre-Tiempo. Secuencias de Amós. Ediciones del


Botero, 1973

Algunas veces Amós mira el cielo desde el patio ceniciento, por encima de los cables de electricidad que
cruzan la calle detrás del mercado de Abasto. Y el sol, a veces, se columpia en los cables como un acróbata.
Hay también un poste de cemento blanco en la esquina, donde los cables se juntan en la punta de dos planos
inclinados que dibujan en el cielo el contorno de un techo a dos aguas.

Y esas dos líneas que se unen en lo alto son para Amós como la representación de ese  dos que es la
primera letra del libro venerado al cual ha consagrado su vida.

Si no fuera viernes, Amós estaría ocupado en sus clases de hebreo o en la traducción del Talmud al
castellano. Y en mil menudencias que un hombre solo, un maestro solo, debe cumplir cada día de su
existencia. Pero hoy todo se ha trastornado porque Ezra era su amigo.

Se ha sacado los zapatos y ha encendido los dos pequeños candelabros de bronce. Y se ha quedado
mirando las llamas que oscilan en la penumbra y abre el libro de oraciones.

“Siempre sentí alegría al encender las velas. Y hoy no. No he buscado el poema de Ibn Gabirol, mi oración
preferida, no he orado por mis muertos y por todos los muertos”.

Los viernes, Amós no enciende la luz, lee junto a la llama de los dos candelabros colocados sobre la mesa.
Y el reflejo tornasol es algo palpitante sobre las pequeñas espirales doradas. Y sus dedos palpan las
rugosidades de las tapas de cuero negro, pelado y apolillado. Y siempre, al tocarlas, se hace la misma
pregunta:“¿De dónde vino, a dónde irá? Solo la amistad lo conduce. La amistad lo trajo a mis manos y la
amistad lo llevará de mis manos. El libro de rezos se lo ha prometido a Ezra, él es mi amigo, y si muero antes
este libro pasará a sus manos y si él muere antes su libro pasará a mis manos. Y mucho antes un amigo se lo
dio a mi padre y otro amigo se lo dio al padre de mi padre. Sus hojas están secas como los labios en un día
de ayuno. Pero hoy hay tristeza en mi alma. Las lágrimas de las velas lloran por los muertos. Pero mi alma no
encuentra a mi madre-que-en-paz-descanse. Mi alma no encuentra a Dios-bendito-sea-su-nombre. Ya falta
poco y estaré del otro lado del dolor”.

El relámpago cubre el patio con un fulgor metálico y una blancura cadavérica. Y en la puerta los nudillos
del viento sacuden los vidrios y detrás retumban las tres altas caparazones del Abasto y millares de gotas
pesadas se descuelgan por las cinco diademas blancas del frente y resbalan por las tres cúpulas grises de los
pabellones, y los grandes rastrillos de las marquesinas roturan el aire pesado del mercado. La lluvia, ¿por qué
se desmenuza como arena? ¿Por qué no es una y entera?

“Si no hubiera pasado por allí, estaría como todos los viernes meditando las palabras que dan forma a
todas las cosas y mámma-que-en-paz-descanse estaría metiéndome en la boca una cuchara de dulce recién
hecho por ella en la paila de cobre. ¿En viernes, no es pecado, máma, sentir en la boca el gusto apenas ácido
del dulce de ciruelas remolacha? Y máma-que-en-paz-descanse diría que no con la cabeza. Estuvo tantas
horas revolviendo para que sea espeso y casi negro y que no se queme de abajo.”

Ha dejado el libro sobre la mesa. En la pared, el péndulo del reloj oscila con golpecitos secos, como un
cuchillo picando el tiempo sobre una tabla de madera. Y él fija la mirada en los números romanos adornados
con caracteres góticos.

“Máma trae los candelabros. Los trae de allá de Tatarbunar. De ese pueblo de un nombre tan raro, porque
los caminos del tiempo son muy largos y nadie sabe por qué ese pueblo se llama Tatarbunar. ¿Estuvieron los
tártaros allá, máma? Y ahora ella viene de allá. Y trajo de allá los candelabros más chicos. Porque hay un
pogrom en Tatarbunar y no pueden huir con todas las cosas. De muchos otros pogroms se ha hablado pero
de éste no. Solo máma habla de él. Los candelabros están lisos y opacos por el uso. Pasaron de mano en
mano, de pogrom en pogrom”.

Los números del reloj queman sus ojos y los baja sobre el libro abierto y mira las letras que abarcan todo lo
que existe, lo que existió y existirá. Mira las letras fascinado. Con esas letras se ha dado forma a todas las
cosas. Y hasta Dios-bendito-sea-su-nombre son cuatro letras que nadie sabrá exactamente jamás. Y vuelve a
levantar los ojos hacia el reloj y vuelve a mirar los números que son letras y encoge los pies enfundados en
medias negras como si los números restallaran sobre sus espaldas, comosi el piso se quemara.

“Soy huésped de honor de Ezra los sábados. Él es mi única familia y él canta muy bien, con voz sonora
pero sin entender muy bien el sentido de todo. Su vozarrón llena la mesa los sábados, pero por la tarde yo
comento el sentido de las palabras. Y Ezra reverencia en mí la sabiduría. Ezra es capaz de múltiples tareas, él
puede ser casamentero, y purificar la carne y vender esa carne en el mercado, y puede preparar el mejor
cholent y construir el mejor horno, y ser el más alegre, y bailar el mejor freilej en los casamientos, y organizar
la mejor orquesta en los barmitzvas, y puede dar una bofetada en pleno baile y armar un escándalo, y aunque
distintos somos amigos. Ezra entra al mercado con su saco color crema flotante y el pantalón marrón muy
flojo y arrugado y el diario doblado en el bolsillo, y el corpachón sudoroso en verano y en invierno y el
sombrero de paja, en verano y en invierno, echado hacia atrás, todo él rubicundo como un sol que irradia en
el mercado su alegría. Y la gente lo mira con sorpresa. Yo sé, Ezra, que cuando llegas a tu puesto de carne
purificada pecas por una estúpida vanidad, porque sobre el mostrador de tu puesto está un cartel grande que
dice“con el control del rabinato de Buenos Aires”, mientras que el puesto de al lado solo puede ostentar la
supervisión del rabino Selser. Y sé que te jactas de ello, aunque tu vanidad es apenas un defecto mínimo,
Ezra. Los caminos del mundo son largos. Y la escuela fue ese camino de nuestra rara amistad. Y ya tenías
entonces un vozarrón sonoro y desparramabas vida por todos tus poros. Mientras que yo era serio y ya iba
con mi pantalón largo y mi sombrero de hombre y, como un buen ortodoxo, llevaba las largas colas de mis
patillas trenzadas y enrolladas alrededor de las orejas y no temía las miradas curiosas al entrar en el tranvía.
Y ya entonces reverenciabas en mí a la Palabra”.

Las gotas, lamiendo los vidrios, corren por las vertientes de las baldosas. Y en el reloj las horas chirrían al
desprenderse de las bisagras sin arandelas del tiempo. Amós vuelve la cabeza hacia la estantería de libros
que las comisiones de la comunidad le compraron hasta que pudo ganarse la vida. Necesita de esos libros, no
como antes cuando buscaba el conocimiento para su salvación. Y es como si, en realidad, no viera más que
las veintidós letras de un alfabeto ignorado que le queman el alma porque las veintidós letras se han
transformado en veintidós números. Y él, que sintió siempre la atracción de las palabras, ahora se inclina ante
el Número.“¿No es un dos la primera letra de la Tora?”, susurra en su oído la tentación del número. Y busca y
rebusca las fórmulas antiguas de los cabalistas, y busca y rebusca las diez emanaciones divinas del Uno
único y divino. Y busca y rebusca hasta la caída de los templos paganos convertidos en tumbas, hasta el
incendio de la biblioteca de Alejandría, y más lejos, hasta el cautiverio de Egipto y Caldea. Y busca y rebusca
hasta el nacimiento del mundo, hasta el comienzo del Verbo.

“Leí la palabra de Dios-bendito-sea-su-nombre en todas sus formas. Leí las prédicas de los profetas, las
enseñanzas de los rabíes, las profecías de los taumaturgos. Y leí las controversias de los filósofos y los
comentarios de los eruditos y los textos de los copistas y las parábolas de los moralistas, y leí las maravillas
del tiempo de las cosas y las calamidades del tiempo de los hombres, y leí las mil formas de las palabras de
todos los tiempos de la sabiduría. Y creía que la verdad era una esfera de veintidós letras donde cabía el
Universo y el pueblo de Israel. Y busqué el infinito en todas las cosas y en todas sus formas. Y busqué lo
infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, y no me perdí. Y ahora las simples palabras de un muchacho,
de un chico que yo casi crie y enseñé, me perdieron. Y hasta la alegría del sábado perdí. Y las palabras de las
oraciones perdieron su sentido, y toda esperanza está perdida. Yo, como trastornado y sin razón, he dejado
de creer en la salvación por la Palabra. Perdí el fundamento de nuestro optimismo por encima del dolor y más
allá de la muerte. De pronto ese muchacho, hijo de mi amigo Ezra y casi hijo mío, ese Pablito, travieso y
díscolo en el estudio de la Palabra sagrada pero de buen natural, lo ha revuelto todo. Y todo se disgrega
como arena, como gotas de lluvia. Todo se dispersa. Y empiezo a creer que esa dispersión es un bien. Y
perdí la fuerza de la unidad y las palabras nuevamente tengo que buscarlas, tengo que recorrer de nuevo el
camino de las palabras que dibujan el contorno de las cosas. ¿Cómo dijo Pablito? Si uno se divide en dos,
tenemos dos unos. No lo dijo así sino de forma más directa y sencilla, como un muchacho que no se preocupa
por las palabras de la verdad y apenas atisba algo más que las mentiras de la apariencia. Estamos perdidos...
Estamos perdidos”.
Amós a veces habla de sí mismo en plural como lo hacen los maestros para reforzar su autoridad. La
palabra “perdidos” se pierde en el trueno que sacude la casa y apaga las velas.

“Mámma”.

Las veredas siempre están negras alrededor del Abasto, haya o no haya aguacero, y la cortada donde vive
Ezra es la más negra de todas. A veces un aguacero lava las otras calles. Ningún aguacero llega a lavar la
calle de Ezra. Pero Ezra ríe siempre y pregunta:“¿Qué hacen esas chancletas? Podrían limpiar un poco”,
escudriñando los zaguanes en busca de una cara pálida y unos ojos lánguidos y ociosos al borde de los
umbrales. Y Ezra ha guiñado los ojos como si el sol lo encandilara pero es el sol interior de Ezra lo que
encandila su mirada y forma un abanico de finas arrugas en la comisura de sus párpados. En la calle
aguachenta, el sombrero de paja color tostado irradia siempre el sol tropical de Ezra. Y desde la planchada
del camión estacionado en la vereda de enfrente, por donde ruedan los enormes quesos redondos hasta el
sótano del depósito purulento, los peones lo han llamado a gritos para que él les dé una mano, porque Ezra
puede hacer de todo y está siempre dispuesto a dar una mano a los peones para que el camión esté
descargado a las cinco de la tarde. Y la calle seguirá apestando con ese olor a orines viejos del sótano. Pero
Ezra no está hoy en la calle.

“Pasaba por allí, pasaba de largo para llegar a casa y leer un poco. No pensé en Ezra y pasé
de largo. Pensé que por suerte no tengo enfrente un sótano de quesos sino unos arbolitos
que alegran la vista. Y que mi calle es la más limpia alrededor del Abasto. Y que está el
colegio nacional donde Pablito estudió, y que la librería de al lado, aunque con piso de
machimbre que se hunde cuando lo pisan un poco fuerte, es la más surtida del barrio.
Oscura, eso sí, siempre con una lamparita encendida. Pero allí Pablito pasó los años
jugando con los chicos del librero. “Oy”. Ezra se quejaba. “Oy”. Sí, era Ezra. Y yo pasé de
largo justamente ahora que Ezra me necesita. Ahora que el dolor también golpea a Ezra. Y
de golpe el asunto de Pablito. Recién era Pablito y ahora es Pablo. Y yo comprendo ahora
que ya no es Pablito. Pero lo demás no lo comprendo. Y, con Ezra, me agarro de la cabeza.
“ No sé quién es ella, no sé en qué cree”. Ezra ha empleado circunloquios para no
decírmelo de golpe, porque hay mucha delicadeza en Ezra, mi amigo, y yo soy su huésped
los sábados, y cambiamos recíprocas promesas por nuestros libros de oraciones. Y Pablito
es como mi hijo. Y yo mismo trato de dar un rodeo, de hablar con eufemismos, sin
atreverme a hacer la pregunta directamente y preguntar lo que ella no es. Por eso solo
pronuncio un temeroso “¿Es?” Y el aullido de Ezra, “ ¡No!” me retuerce las entrañas. “No
lo quiero ver más, lo voy a echar a la calle”. “¿Has perdido la razón, Ezra? Yo hablaré con
él. Yo buscaré, yo encontraré”. Y ese estudiante que ha sido Pablito se presentó
despreocupado, silbando como un pájaro. Y por primera vez lo llamo Pablo. “¿Ves Pablo?
Para tu barmitzva no querías estudiar y en tu cabeza dura no entran los caracteres de Dios-
bendito-sea-su-nombre, y no querías conocer la palabra de Dios y todo lo que hay que saber
para decir lo que Él no es y para no incurrir en el pecado de decir lo que es. Y en tu cabeza
dura los caracteres que Dios reveló al pueblo elegido se mezclaron con tus figuritas del club
y con letras de tango. Y aquí está el resultado”. Y él dice: “Maestro, en los números está
también la razón. Todo lo que existe tiene número. Y los números no necesitan ser
traducidos, son iguales en todas partes. Así que, maestro, lo lamento. Pero yo la quiero”.
“¿Qué más puedo decirte, Pablo? ¿Cómo explicarte el goce y el amor de la Palabra? Y la
creación y la purificación por la Palabra?” Y ese estudiante riendo me contesta: “La palabra
es un cadáver. El cielo es un número”. Y me agarró por los hombros como hacía cuando
jugábamos a la gallina ciega y me hizo dar dos vueltas. “Yo te quiero, Pablo, y quiero tu
bien”. “Gracias, melamed, pero yo la quiero a ella, ¿qué puedo hacer?” Comprendí que
todo estaba perdido, pero quiero argumentar por última vez para que algo penetre en su
cabeza dura. “Ahora habrá una mitad menos de nosotros, tu hijo tendrá solamente la mitad
nuestra y el hijo de tu hijo solo una cuarta parte”. Y ese estudiante alegre y despreocupado
como un pájaro, dice riendo: “La división multiplica”. Y ese estudiante se pone a
interrogarme a mí, a su maestro, con un retintín de altanería. “Melamed, ¿usted solo conoce
las palabras que están escritas en los libros? ¿No cree, maestro, que además hay otras
palabras que no están escritas y que su sabiduría es inútil? ¿No sería mejor, melamed,
desparramar las palabras por el mundo para que se multipliquen? Porque, sabe, melamed, la
cantidad se transforma en calidad”. “No, Pablo, hijo mío, lo uno no puede dividirse sin
dejar de ser. Y de nosotros en tu hijo quedará la mitad y en el hijo de tu hijo la cuarta
parte”. “Ya veo, maestro, que usted no solo se ocupa de los cuatro signos del tetragrama
divino y sus emanaciones. ¿No cree, maestro, que, en cambio, en vez de uno, siempre igual
a sí mismo, seremos dos unos y después cuatro y así seremos muchos más que ese uno que
se mira a sí mismo en un espejo inmutable? Porque, maestro, por división nada ha dejado
de ser. Y no olvide que la cantidad se transforma en calidad”. Y reía a carcajadas el muy
desfachatado. “ No quiero oírte más, Pablo, hijo mío. Lo homogéneo debe permanecer
unido si no quiere perderse. ¿No te lo enseñé así, Pablo?” “Adiós, melamed, ¿qué voy a
hacerle si yo la quiero? Nada se pierde, maestro, y el hijo de ella tendrá la mitad nuestra y
el hijo de su hijo la cuarta parte. Y es mejor así, y seremos más, melamed. ¿No conoce
usted más que la multiplicación bíblica, melamed? Es demasiado vieja. ¿Por qué no estudia
la progresión aritmética? Sí, maestro, yo y ella porque nos queremos...” ”
Ahora, perdido y solo, Amós siente la atracción de los números y los libros abandonan las
estanterías apolilladas y cubren la mesa sin memoria. Porque otros, antes que él, se
perdieron por los números.

“Déjeme, máma, ahora no quiero dulce de ciruelas remolacha. Déjeme solo, usted no
puede ayudarme con su dulce de ciruelas y el pogrom de Tatarbunar. ¿Sabe, máma?
Necesito ir por el mundo, ir a predicar la buena nueva del número y su progresión, porque
el número es anterior a las cosas. ¿Usted no sabe que divididos por la mitad somos el
doble? Déjeme, máma, con su dulce de ciruelas. Estoy leyendo a Pitágoras”.

Los vidrios de las puertas trepidan con su sarpullido de lluvia, todo ha sido lamido por
una lengua húmeda, las horas engrasan los resortes del péndulo. Ezra está hundido en el
insomnio de su desdicha. La queja de Amós traspasó la noche.

“La oración del viernes, mi preferida, es ahora como un trapo en mi boca, Ibn Gabirol.
Tus poemas se secan ahora en mi boca como si se quemaran en los ardores del desierto, Ibn
Gabirol. Yo leía antes tus palabras: “Eres uno, no se concibe en ti la multiplicación”, y las
comprendía. Y ésta era la razón de que la destrucción por la muerte y el exterminio no
pudiera alcanzarnos. Ahora ya no, Ibn Gabirol, ahora ya no. Ese chico, ese Pablito, el
estudiante, dijo: La cantidad se convierte en calidad. Ahora me voy, Ibn Gabirol, lejos por
el mundo para decir que la división multiplica y que seremos más cuando dejemos de ser.
Ya hice los cálculos. Será para el año 2033. Una generación, dos, tres, y la humanidad será
nuestra. Y no pereceremos. Y cuando el último judío haya desaparecido volveré en paz y en
la oración de medianoche encontraré tus palabras, Ibn Gabirol, y te diré: Ahora ninguno es
por entero pero todos, completamente todos, son una infinitésima parte de nosotros. Y así
cumpliré el pacto”.
El azogue del tiempo a través del vidrio, era un inmerso espejo que reflejaba la luz de las
esferas. Entonces el espejo y Amós dialogaron.

“¿Qué ves?” “Veo un señor sefardí pariente de Torquemada”. “Predica allí”.

La luz se empañó en el vidrio y una gran nebulosa trastornó el espejo.

“¿Qué ves?” “Veo una comunidad de marranos portugueses de Amsterdam parientes de


Espinoza”. “Predica allí”.

“¿Qué ves?” “Veo los gauchos judíos parientes de Gerchunoff. Veo los bereberes judíos
de África y los ibos judíos de Nigeria y los tribeños judíos de Afghanistán. Veo un
yemenita judío y un herrero judío de Ispahán y veo al gran visir de Turquía, Kiamil Pashá,
y a los jasidistas de Bratislava, veo un árabe judío de Hadramut y al poeta persa ben David,
veo los plateros judíos de Fez, veo a los mellahs judíos de Marruecos y a los judíos
bereberes del Monte Atlas. Veo a Ptolomeo I de Egipto con sus soldados judíos de Libia y
veo un ghetto judío de Trípoli, veo un judío de ojos de almendra y nariz de águila y un
judío de barbilla puntiaguda y párpados caídos, y veo un boxeador rubio de perfil apolíneo,
y veo los ojos zarcos y los ojos renegridos, y las barbas patriarcales y las barbillas
rasuradas, y toda la luz en el vidrio se ha desmenuzado en una inmensa galaxia de puntos
brillantes, y veo a las negras falashas parientas de la reina de Saba y a los caraítas judíos
parientes de Mahoma, y veo a los judíos de turbante y túnicas blancas del Sahara, y veo a
los campesinos judíos de Entre Ríos y a los curtidores judíos de los Cárpatos. Veo las altas
frentes del saber y de la muerte y a Rosa Luxemburg y a un ropavejero. Y veo a los judíos
con los gorros de cascabeles del siglo x y a los judíos con la estrella amarilla del siglo xx,
veo la puerta ojival del ghetto de Viena y la jaula en que se balancea el judío Süss, veo la
sinagoga gótica de Ratisbona y la sinagoga de palmeras de Abisinia, veo a los sacerdotes
falashas con sus tambores negros y a los rabinos de Varsovia con sus togas de pieles. Y veo
las carabelas de judíos desembarcando en América, y veo a los judíos de todos los arrabales
del mundo, y veo a Tamerlán y a los tártaros parientes de las tribus perdidas, y a
Tatarbunar, a Tatarbunar. Y veo el pogrom de Tatarbunar y veo... Ahora no veo más que un
vidrio que llora”. “Predica allí”.

En el vidrio empañado, el foco de luz ha desaparecido y las partículas se han diseminado


en una esfera difusa y temblorosa. En el vidrio empañado la mancha brillante es una galaxia
de miles de soles sostenidos en la planicie de un lago esmerilado.

“Ya falta poco, ya falta poco para el años 2033. Ya falta poco para que esa esquimal
mezcle la tres mil millonésima parte de nosotros con un norteamericano puro Nueva York.
Y todo se habrá consumado: seremos y no seremos. Y veo los números que encienden las
palabras, los números que no necesitan ser traducidos, y veo las fórmulas de la ley, y veo
una llaga blanca sobre el vidrio, y veo a Raimundo Lullio buscando prueba de verdad en los
números y a Rabí ben Maimón, el venerado, y veo la división y el infinito, y ahora veo una
medusa que flota en el espacio cristalino. Y ahora es un ojo, un único ojo glauco que me
mira, transparente y lúcido, en la soledad del vidrio, y veo el dedo de Albert Einstein
diibujando en el vidrio su tetragrama universal. ¿Y ahora la medusa no es una de las
Gorgonas y sus ojos no transforman todo en piedra?” La noche acalla sus tormentas, sus
ecos remotos.

“¿No somos solo tiempo, solo cambio? ¡Qué maravilla! Somos espacio, como Dios,
condenados a ser”.

En el año 2033, Amós se sacó los zapatos y descansó. Está en paz. Su misión se ha
cumplido. Y será viernes y en sus rodillas el libro de oraciones seguirá abierto pero no el
suyo sino el que Ezra le había dado al morir. Y él se preparó a recitar la oración de
medianoche. Pero no pudo ver nada. El foco de luz de neón se había descompuesto. El foco
recién colocado detrás del Mercado de Abasto. Hay apagón sin duda. Tanteando ha
encontrado los viejos candelabros pulidos por la mano de las edades.

“No puedo creer que esa claraboya me mire como un ojo irritado. Es la claraboya de la
casa de enfrente. Ese día el Señor será uno. Veo la puerta de enfrente abierta. Veo una
forma de mujer que avanza. Pero, ¿es el vidrio empañado que borra su cara? Ahora la luz
de neón resplandece sobre su cabeza y la claraboya es un redondo vientre luminoso. ¡Qué
maravilla! ¡Nunca lo hubiera creído! ¿No es la matriarca Raquel que se acerca? Y su
nombre uno. Es increíble. Lleva una cuchara con dulce de ciruela remolacha en la mano.
Entonces, ¿realmente viene a anunciarme que nuestro exilio ha terminado? Déjeme ver su
cara, matriarca Raquel. No me oculte su cara. ¡Oh, máma! ¡Era usted, máma! La luz de
neón me confundió. Y no le vi el pañuelo atado alrededor de la cabeza. Dígame algo. Su
cara está empañada, es difícil verla. En mis ojos usted se resbala como la llama de la vela
sobre un vidrio mojado. Máma, ¿por qué me mira tan triste? Hábleme, estoy tan solo. El
pobre huérfano, ¿se acuerda? Usted me llamaba pajarito, florcita, feigale. Y cómo penetran
esas palabras, cómo penetran. Llámeme muñequito, pajarito. No sabe cómo quedan esas
palabras. Deme el dulce de ciruelas remolacha. Y no me mire tan triste. Dígame algo.

¿Y quién recordará?

¡Máaa-mmaa, perdón!

La sombra del día estaba rota a sus pies. “El año que viene en Jerusalén”. La miró y
repitió el año que viene en Jerusalén. Al amanecer, en el patio, detrás del Abasto, el Judío
Errante se puso los zapatos y empezó a desandar su camino.

El último judío
Cuento incluido en Hombre-Tiempo. Secuencias de Amós. Ediciones del
Botero, 1973
Algunas veces Amós mira el c
pogrom en Tatarbunar y no pueden huir con todas las cosas. De muchos otros pogroms se ha hablado pero
de éste no. Solo máma h
Amós a veces habla de sí mismo en plural como lo hacen los maestros para reforzar su autoridad. La
palabra “perdidos” se pier
cabeza dura. “Ahora habrá una mitad menos de nosotros, tu hijo tendrá solamente la mitad 
nuestra y el hijo de tu hijo solo u
El azogue del tiempo a través del vidrio, era un inmerso espejo que reflejaba la luz de las 
esferas. Entonces el espejo y Am
Gorgonas y sus ojos no transforman todo en piedra?” La noche acalla sus tormentas, sus 
ecos remotos.
“¿No somos solo tiempo,

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