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La figura del artista como monstruo en el umbral en la obra

El mapa y el territorio de Michel Houellebecq

Por:
SANDRA PATRICIA LÓPEZ MENDOZA

UNIVERSIDAD PONTIFICIA BOLIVARIANA


MAESTRÍA EN LITERATURA
MEDELLÍN
2015
La figura del artista como monstruo en el umbral1 en la obra
El mapa y el territorio de Michel Houellebecq
Por:
Sandra López Mendoza

La obra el mapa y el Territorio de Michel Houellebecq, desentrañan la región


francesa de principio a fin. No solo es un recorrido parsimonioso en el cual el autor
se limita a nombrar lugares, sino que además es el habitar en sí mismo. Más que
un café en una esquina al estilo belle epoque, es la vida renacida desenvuelta allí,
un anciano enfermo, turistas chinos, el contenido de un menú, una familia en un
aeropuerto que no para de hablar. En este hilvanar constante se va develando el
sentir de la época en aspectos como el arte, la arquitectura y un extraño
capitalismo excéntrico arraigado en la sociedad francesa. Esta sociedad difusa y
viscosa como la llamaría Mafessoli (Delgado, 2007) en la que a través de la
fotografía y la pintura de Jed Martín deja su imprenta el azorado siglo XXI, es
igualmente el espacio en el cual emergen los monstruos del umbral, estos seres
anómicos, principalmente, encarnados en la obra por los artistas Jed Martin y
Michel Houellebecq, los cuales, serán abordados en el presente texto.

Al interior de esta sociedad francesa, imposible de mirarla desde un punto de


vista positivista, Michel Houellebecq, muestra imágenes constantes de individuos
esclavizados en las tareas cotidianas, como el padre del artista Jed Martín que
debe renunciar a sus diseños contrapuestos al ideal de Van der Rohe y Le
Corbusier, imaginados y dibujados en extensos planos para después
abandonarlos por los proyectos arquitectónicos de la naciente empresa turística
francesa […] El arquitecto Jean-Pierre Martin sin duda había emprendido una
huida hacia adelante en el imaginario y había multiplicado los niveles, las
ramificaciones, los desafíos a la gravedad, imaginando ciudadelas cristalinas e
inverosímiles […] (Houellebecq, 2011, pág. 357). La máquina capitalista lo
absorbe determinado sus proyectos a la rentabilidad económica, semblante

1
El término monstruo en el umbral es tomado de Manuel Delgado ( Las sociedades movedizas)
inmortalizado en la obra de su hijo Jean-Pierre Martin abandonando la dirección
de su empresa.

El personaje de Olga, la amante rusa Jed, igualmente pertenece al mundo del


éxito laboral determinando su accionar dentro del texto, la mayoría de
apariciones de ésta se dan en medio de compromisos sociales asociados a su
trabajo en Michelin. Engranajes que encajan perfectamente con la emergente
sociedad globalizada en donde el habitar es sujeto al empleo así esto implique la
soledad o el abandono de los seres que se aman […] el trabajo único dios
moderno, ha cesado de ser creador. El trabajo sin fin, infinito, corresponde a la
vida sin finalidad de la sociedad moderna. Y la soledad que engendra, soledad
promiscua de los hoteles, de las oficinas, de los talleres y de los cines, no es una
prueba que afine el alma, un necesario purgatorio. Es una condena total de un
espejo sin salida. […] (Paz, 1981), Por tal razón no sorprende mucho el hecho de
que Olga abandone a Jed para seguir escalando laboralmente en Michelin. En
este sentido la joven rusa y el Padre de Jed representan ese sistema visible de la
sociedad francesa en donde se debe marchar según las demandas del mercado
global, no obstante, como se verá más adelante, la novela de Michel Houellebecq
es un espacio que también albergará el monstruo en el umbral, el cual, será la
frontera en contraposición al resto de los individuos.

Michel Houellebecq, talvez sin pretenderlo o adrede , abre paso literariamente a la


descripción de la era digital dejando de lado la industrialización, más recurrente
en la escritura de los autores contemporáneos, como es natural las propias
características que establecen esta época revelan una Francia heterogénea con
vestigios de la campiña que muta aceleradamente al paraíso turístico. Sin
embargo, el artista estará allí para dejar en manifiesto la grieta de la sociedad de
cuya profundidad emergen aquellos seres en estados liminales como Jed Martin y
el mismo Houellebecq.

En un comienzo la novela el mapa y el territorio pone en escena al artista Jed


Martin, un joven de origen burgués, no muy sociable que a partir de unos mapas
de Michelin decide crear una obra de arte fotográfica la cual es medianamente
exitosa, porque no solo se trata de líneas traspuestas unas con otras, sino que en
suma retrata la vida francesa “la producción de representaciones del mundo en
las cuales la gente, sin embargo, no debería vivir en absoluto” (Houellebecq,
2011), ahora bien, es inquietante la concepción del artista como ser liminal, un
monstruo más en el umbral transitando los caminos silenciosos al margen del
sistema social pero estando siempre allí, siendo frontera “una marginación o
rareza social que se traducía en una máxima integración simbólica […]
demostrando hasta qué punto las conductas “anormales” no se oponen a las
normales, sino que las complementa.” (Delgado, 2007) Jed no muestra mucha
ambición por conseguir el éxito y adeptos a su obra, sin embrago, sus piezas lo
convierten en uno de los artistas más reconocidos en Francia y para algunos
coleccionistas del mundo del arte. No se evidencia en el personaje una oposición
clara a las normas sociales pero tampoco es posible anclarlo a ellas. Existe un
mutismo en Jed Martin que no permite ahondar en sus sentimientos más
profundos llevándolo a estar siempre en un estado liminal, pareciera en un
permanente período de búsqueda de elementos que logren asirlo al mundo.
Encontrarse sumido en el arte es la posibilidad de precisar necesariamente la
frontera encarnada por él al definirse como artista:
[…] Ser artista en su opinión era ser alguien sometido. Sometido a
mensajes misteriosos, imprevisibles que a falta de algo mejor y en ausencia de
toda creencia religiosa había que calificar de intuiciones; mensajes que no por ello
ordenaban de manera menos imperiosa, categórica, sin dejarte la menor
posibilidad de escabullirte, a no ser que perdieras toda noción de integridad y de
respeto por ti mismo […] (Houellebecq, 2011, pág. 94)
Ciertamente, el artista es un soñador, que deambula anonadado de lo que sucede
o es dado en la trama de la sociedad, permanece en el limen al margen de todo
proceso social importante. Piénsese un Jed Martin sin un claro interés por el
dinero de sus obras, a tal punto que su galerista Franz Teller le interpela su falta
de emotividad por el valor alcanzado por sus pinturas. Una desazón permanente
alberga en su interior el personaje de Jed, el cual, se deja llevar por la vida sin un
anclaje verdaderamente potente, no es su padre, no son sus amantes, no es el
dinero, no es la fama y a veces el arte tambalea cuando no llegan los mensajes
que lo sometan al ejercicio creativo. El arribo de Michel Houellebecq como
personaje en la obra le inyecta a la existencia de Jed Martin una leve señal de
fascinación por alguien, no sabe con claridad por qué el escritor despierta en él un
interés poco común, llevándolo no solo a retratarlo sino a querer entablar algún
tipo de relación con Houellebecq.
“¿Le estaba invadiendo un sentimiento de amistad por Houellebecq? La
palabra había sido exagerada y Jed, de todos modos, no creía estar en
condiciones de experimentar un sentimiento de esta naturaleza: había pasado
atravesado la adolescencia, la primera juventud, sin haber entablado amistades
muy intensas, a pesar que esos periodos de la vida se consideran particularmente
propicios para su nacimiento; Era poco verosímil que la amistad le llegase ahora
tardíamente […]” (Houellebecq, 2011, pág. 172)
Existe la posibilidad para Jed de mirar a Houellebecq como la paridad de su
monstruo en el umbral, ambos son artistas que traducen el mundo con sus
sentidos desde su propio cuerpo, el cual, es en sí mismo la frontera, estando
dentro y fuera del sistema social para habitarla con su obra de arte y llenar de
sentido aquello que puede ser imperceptible para los que están afuera de la
frontera. Tanto Jed como Houellebecq se encuentran en situaciones liminoidales,
todo aquello que hace parte de la experiencia de vida se localiza desatado,
desestructurado, difuso o en un aparente caos, “[…] aislando y descolocando los
componentes de las estructuras sociosimbólicas para permitir una contemplación
distanciada de su significado, de su valor y por lo tanto de la pertinencia de su
mantenimiento o bien de su transformación.” (Delgado, 2007, pág. 111) En este
orden de ideas, Jed y Houellebecq se despiertan mutuamente una cercanía tácita
a pesar de sus pocos encuentros, ambos saben que poseen ese monstruo del
cual devienen la ambigüedad y la desazón producida esencialmente por
mantenerse en el umbral.
De dicha situación Liminal prorrumpe espontáneamente la obra creativa. Como lo
afirmaría el personaje de Houellebecq:
“para emprender la escritura de una novela hay que esperar a que todo se
vuelva compacto, irrefutable, hay que esperar a que aparezca un auténtico núcleo
de necesidad. Un libro era como un bloque de hormigón que se decide a cuajar, y
las posibilidades de acción del autor se limitaban al hecho de estar allí y esperar,
en una inacción angustiosa, que el proceso arrancase por sí solo.” (Houellebecq,
2011).
He ahí el punto de encuentro entre ambos artistas, la creación de la obra de arte, no
puede estar supeditada al comercio o a la presión de las casas editoriales y
galerías, sino a una verdadera emanación casi autónoma que surge de las
intuiciones (Jed) o la inacción (Houellebecq) pero ésta debe siempre como lo diría
José Luis Pardo “ ser el halito de lo global, el viento que viene de fuera y renueva
el ambiente, lo hace respirable, lo llena de aliento, de espíritu de sentido” (Pardo,
1998, pág. 29). Por tal razón, Jed Martín se tomará un poco más de treinta años
para producir solo tres obras y en el caso de Houellebecq en la espera de producir
sus novelas puede ingerir centenares de botellas de vino y embutidos mientras se
rasca sin parar la micosis de los pies.

El estado de permanente dislocación de la etapa liminal hace que el monstruo se


ubique en la médula de lo urbano, transitando sin descanso y algo desorientado el
entramado social. Jed Martin recorre las calles de Francia no como un flâneur sino
como un ser a medio camino, las descripciones de avenidas, pequeñas
callejuelas, aeropuertos y el mismo viaje en avión son estados transitorios “Él
expresa todos los caminos por los que sólo a él le es dado transitar, no a nosotros”
(Delgado, 2007). Houellebecq por su parte peregrina en Irlanda, Tailandia y
Francia según sus necesidades lo demanden, empero, no se siente de ninguna
parte, basta con la descripción de su casa con múltiples habitaciones solitarias
donde se conservan aún las cajas empacadas, sin dejar de lado el detalle de
mudar la cama para la sala según la explicación del escritor :
“[…] después de su visita me di cuenta de que era el primer visitante que
entraba en esta casa, y que sería probablemente el último. Entonces dije, ¿de qué
sirve mantener la ficción de una habitación donde recibir? ¿Por qué no instalar
directamente mi dormitorio en la habitación principal? Al fin y al cabo me la pasó la
mayoría de los días tumbado […] (Houellebecq, 2011, pág. 145)
El moverse de un lado al otro, permanecer en estados de transito constante,
cambiar intempestivamente siendo un extraño dentro del mundo de lo cotidiano,
concebir una incomodidad estática difícilmente explicable frente a la vida,
caracterizan al artista como un ser en la liminalidad; se sabe que el monstruo en
el umbral padece una anomia social pero nunca está definida con claridad. Verbi
gracia, Jed, no aparenta un trauma por el suicidio de su madre; la enfermedad de
su padre no genera en él sentimientos de amor filial; en el caso de Olga, una de
sus amantes, después de diez años de no verse Jed la abandona sin decir ni una
palabra. El hombre en el umbral deja la sensación de no llegar nunca hacia donde
se dirige y tanto Jed como Houellebecq continúan siendo un pasajero más en el
parsimonioso mutismo al que muchas veces los somete la obra, dejando la
incertidumbre con respecto al vacío al que siempre están sometidos.

Finalmente, En El mapa y el territorio, ambos artistas, no parecen reincorporarse


a una nueva ubicación social, a pesar de la determinación de regresar al campo
como reviviendo quizá ese momento preliminar del neófito. Houellebecq terminan
buscando asentarse en la casa campestre de sus padres en Loiret donde vivió su
infancia, en tanto Jed, habitará la casa de campo de sus abuelos poco después de
enterarse de la muerte de Houellebecq víctima de un crimen atroz. El monstruo
lejos de desaparecer reverdece, en Jed con su última obra de la cual emana un
sentimiento de desolación representando la aniquilación de la especie humana y el
triunfo absoluto de la vegetación. Como hombre en el umbral, él es capaz de
quitar la máscara y mostrar el sentido de la vida, ya que él siempre viaja primero.
Por eso el artista “[…] por definición es un soñador cuya tarea es la de saltarse las
normas del lenguaje, vulnerar los principios de cualquier orden, manipular los
objetos, los gestos o las palabras para producir con ellos sorpresa, nuevas
realidades que nos dejan estupefactos o cuando menos cavilando sobre lo que
nos han dado a ver […].” (Delgado, 2007). Así culminó Jed Martin su última obra
subsistiendo en la liminalidad, en el margen social, siempre ausente inmerso en un
trance del cual nunca pudo salir “Jed Martin se despidió de este modo de una
existencia por la que nunca había tenido sentido un gran apego […]” (Houellebecq,
2011) llevándose, seguramente, la certeza de no haber sido nadie en su paso por
el mundo.
Bibliografía

Delgado, M. (2007). Sociedades Movedizas. Barcelona: Anagrama.

Houellebecq, M. (2011). El Mapa y el Territorio. Barcelona: Anagrama .

Pardo, J. L. (1998). A cualquier cosa llaman arte. Ignacio Castro, 29.

Paz, O. (1981). El laberinto de la Soledad . España: fondo de Cultura Económica


de España.