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Poner el cuerpo: consideraciones sobre la función del acompañante

terapéutico

Abstract

En este trabajo se aborda una cuestión que a menudo se afirma respecto de los
acompañantes terapéuticos: que ponen el cuerpo. Sin embargo, aquí se busca formalizar
dicha afirmación, frecuentemente enunciada con cierta liviandad, y para ello se toman
como punto de partida los conceptos psicoanalíticos de cuerpo y sostén. La
formalización aquí propuesta se realiza, en parte, sobre la base de dos viñetas.

Palabras clave: cuerpo, acompañamiento terapéutico, sostén, registro imaginario

Introducción

A menudo se oye decir que el acompañante terapéutico “pone el cuerpo”. Esta


frase se escucha con tanta frecuencia, y se enuncia en forma tan poco calculada, que
acaba por convertirse en un clisé dentro de una práctica que requiere de un cierto orden
de formalización. Así, “poner el cuerpo” remite la mayoría de las veces a su literalidad:
el hecho de estar presente en cuerpo frente a un paciente alcanza para decir que los
acompañantes ponemos el cuerpo. Esto no deja de ser cierto, pero nos resulta a todas
luces insuficiente. Puesto que, si nos aferramos a la literalidad de la frase, podría
afirmarse al respecto de prácticamente cualquier otra tarea que allí “se pone el cuerpo”.

Y entonces, ¿dónde queda la especificidad del acompañamiento terapéutico?


Diremos que dicho carácter específico se halla en el hecho de que el acompañante
cumple una función, y es allí donde encontraremos aquello que diferencia al
acompañamiento de otras prácticas: el cuerpo que se pone en juego de una manera
particular, como soporte, en la medida en que no se trata simplemente de la corporeidad
material, sino que lo que entra en escena es el cuerpo como construcción imaginaria.

El recorrido que sigue tomará una perspectiva psicoanalítica para ubicar el


concepto de cuerpo, delimitando en ese sentido la función del acompañante que se
recorta en la frase “poner el cuerpo”. Finalmente, dos viñetas nos ayudarán a ilustrar
nuestro punto de vista: veremos claramente que allí, el cuerpo del acompañante se
presta como sostén a dos esbozos de constitución del cuerpo de los pacientes.

Cuerpo y función del AT

Gustavo Rossi propone una definición negativa del acompañante terapéutico.


Afirma que no es “ni psicoterapeuta, ni analista. Ni asistente o trabajador social. Ni
educador especial, ni maestra recuperadora. Ni enfermero psiquiátrico. Ni vigilante,
custodio o guardia privado. Ni secretario. Ni amigo, ni familiar” (Rossi 43). Veamos,
entonces, cómo pensar la función del acompañante terapéutico a la luz de una
perspectiva psicoanalítica.

En su seminario sobre la angustia, Lacan señala a modo de indicación clínica


que, en ciertas ocasiones, es menester “sostener con la mano para no dejar caer” (Lacan,
1962-1963, p. 136). Es cierto que el autor enuncia lo anterior en relación con los
conceptos de pasaje al acto y acting-out, pero no es menos cierto que nos parece
encontrar allí una indicación clínica sumamente pertinente para comenzar a
circunscribir la función del acompañante terapéutico. En este sentido, creemos leer en
ese “dejar caer” una suerte de abandono subjetivo, es decir, dejar librado al paciente a
los avatares de su propio padecimiento, sometiéndolo a un desamparo producido por la
falta del andamiaje que el acompañamiento implica.

Entender esto último nos remite nuevamente a la cita de Lacan, de donde


extraemos ahora otro pequeño fragmento: “sostener con la mano”. El sostén al que hace
referencia Lacan podemos hallarlo en la obra de Winnicott como una de las tres
funciones que la madre suficientemente buena debe llevar a cabo. Junto con la
mostración de objeto y la manipulación, el sostén (en inglés, holding) implica la forma
en que el niño es acogido imaginariamente, e incluso realmente sostenido, por sus otros
significativos, siendo esto uno de los puntos de partida para la constitución yoica. Desde
la perspectiva del autor, estas tres funciones conforman el ambiente facilitador que
habilita la constitución del niño. “Por mi parte –afirma Winnicott–, me conformo con
utilizar la palabra sostén y con extender su significado a todo lo que la madre es y hace
en este período [dependencia absoluta]” (Winnicott, 194, p. 23).
Detengámonos en la definición que el propio Winnicott ensaya, puesto que allí
encontramos el vínculo esencial con la función del acompañante terapéutico. Sostén es
todo lo que la madre es y hace, afirma. Ahora bien, desde la perspectiva de Lacan, ese
hacer y ese ser, tienen efectos que se organizan en los tres registros (real, simbólico e
imaginario). En el registro de las imágenes será donde el acompañante terapéutico halle
su función.

Efectivamente, y siguiendo el planteo de Lacan que rescatamos en el Seminario


10, el acompañante sostiene al paciente, lo toma de la mano para que este no caiga.
Cierto que es que a primera vista, una afirmación de esta índole puede resultar estoica, e
incluso ingenua. Pero es precisamente nuestra tarea proponer un trabajo de
formalización: no se trata de cualquier sostén, de simplemente estar junto al paciente
durante algunas horas tratando de que se sienta bien. El acompañante, diremos, funciona
como un espejo para el paciente, así como la madre suficientemente buena, mediante el
ofrecimiento de su propio ser como imagen, facilita la constitución subjetiva del niño.

Pero la función del acompañante va aún un paso más allá del ofrecerse como
espejo para el paciente, puesto que, si bien esto es el fundamento del sostén que ejerce,
implica un despliegue aún mayor. Es aquí donde hace su entrada la cuestión del cuerpo.
El acompañante terapéutico aporta su propio cuerpo para dar sostén imaginario. Es
cierto que también se habla durante un acompañamiento, y es cierto que, si nos ceñimos
a lo que Lacan plantea hacia el final de su enseñanza, específicamente en el seminario
R.S.I. (1974-1975), los tres registros se presentan siempre juntos, sin preponderancia de
unos sobre otros. Pero también es cierto que el acompañante no interpreta, es decir, no
opera en el registro simbólico. Su función, creemos, queda delimitada por un aporte, un
préstamo del cuerpo propio, en tanto construcción imaginaria, a la transferencia que se
genera con ese paciente en particular.

Dos viñetas: L. y un nuevo lugar, y J. y la posibilidad de un cuerpo

En este sentido, la forma en la que el acompañante done su cuerpo a la


transferencia, tomará diferentes versiones según cada caso. Cabe recordar aquí, por
ejemplo, el caso del pequeño L., paciente autista de 6 años, quien por la gravedad de su
cuadro había abandonado no sólo la escuela, sino además todo espacio de socialización;
las incontables terapias (y el acompañamiento) transcurrían en su hogar, siempre en
presencia de alguno de sus padres. L. solía tener conductas heteroagresivas,
especialmente morder. Ante cada mordida, los padres enfurecían y retaban severamente
a L. La respuesta del acompañante ante estas agresiones fue otra: en lugar de responder
especularmente con otra agresión, soportar esas mordidas, en un comienzo, fue lo que
facilitó que el paciente registrara la presencia del acompañante y, eventualmente,
accediera a salir a pasear con él sin los padres presentes, momentos en los que L. no
desplegó ninguna agresión (ni auto ni hetero) ni berreos.

¿Cómo leer, entonces, esta viñeta a la luz de nuestros planteos? El acompañante


soportó en su cuerpo una agresión y eso permitió delimitar, al menos durante el tiempo
que duraban los encuentros, dos entidades diferentes: la del paciente y la del
acompañante. Mediante un préstamo de su propio cuerpo, el acompañante logró
entablar un vínculo con un paciente cuya posición de rechazo al otro era notable. Es un
ejemplo donde queda en evidencia la forma en que el acompañante hace de sostén, con
su propio cuerpo, al cuerpo del paciente; es la forma en que se hace un lugar al
padecimiento del paciente que difiere del lugar que usualmente se le otorga. Mannoni
señala que “lo que caracteriza a ese tipo de pacientes es que no existen sino como
testigos de la angustia que provocan” (Mannoni, 1964, p. 61). El lugar que el sostén
imaginario del acompañante posibilita, es definitivamente distinto al que destaca
Mannoni.

Nos encontramos finalmente con J., también paciente autista. Sin embargo, con
sus 13 años, presenta características marcadamente distintas. Nada de lo agresivo se
encuentra en J.; más bien se caracteriza por una posición de mansedumbre al decir de
sus padres. Esto queda cristalizado en que siempre que es convocado a tomar la palabra,
aunque sea para decir cómo se siente, las respuestas de J. son, o bien una repregunta al
acompañante, o bien responde con latiguillos de la madre. Durante los paseos con J., se
suelen frecuentar plazas y, lentamente, comienza a desarrollar gusto por jugar con una
pelota. En principio, el juego es patearla, pero básicamente termina transformándose en
perseguirlo para sacársela mientras ríe. Para Navidad recibe un regalo que resultaría
clave para el acompañamiento: una pelota de básquet. El acompañante, quien practicó
ese deporte en su infancia, lleva a J. a un parque donde hay una cancha. Allí, el
acompañamiento cambia de curso (en apariencia) y se transforma en una clase
deportiva.

Sin embargo, otra cosa está en juego. J. tiene una relación particular con su
cuerpo, que queda en evidencia, por ejemplo, en el modo en que corre y en la
coordinación de sus movimientos (o más bien, en la falta de coordinación). La “clase”
es en rigor la envoltura del acompañamiento: lo que allí se desenvuelve es lo que,
precisamente, destacamos como la función del acompañante. Éste, al explicar cómo
picar la pelota con ambas manos, al transmitir algo de la disposición del cuerpo a partir
de proponerse como andamiaje de ese aprendizaje, opera como sostén imaginario para
que algo del cuerpo de J. comience a esbozarse más allá de la imagen que lo constituye
actualmente.

Conclusión

Mediante el despliegue teórico, primero, y el recorte de dos viñetas, después,


intentamos poner de manifiesto el modo en que concebimos la función del acompañante
terapéutico. Partimos para ello de una fórmula casi mántrica en el mundo del
acompañamiento terapéutico, a saber, que los acompañantes ponen el cuerpo.
Dilucidamos, efectivamente, que se trata de una frase verdadera, pero que debe pensarse
más allá de su literalidad. Dicho en otros términos, debe pensarse el cuerpo como
construcción imaginaria, como efecto de una serie de identificaciones que el
acompañante aporta a la transferencia con el paciente como un sostén, como un
andamio que permite que ese paciente pueda elaborar, en vivo y en directo (pues tales
son las coordenadas del acompañamiento) alguna posición que, en articulación con el
tratamiento, reformule su padecimiento.
BIBLIOGRAFÍA

Lacan, J. (1962-1963). El Seminario de Jacques Lacan, Libro 10: La angustia. Buenos Aires:
Ed. Paidós, 2015.

Mannoni, M. (1964). El niño retrasado y su madre. Buenos Aires: Ed. Paidós, 1992.

Rossi, G. (2007). Acompañamiento terapéutico – Lo cotidiano, las redes y sus


interlocutores. Buenos Aires: Ed. Polemos, 2007.

Winnicott, D.W. (1940). La madre suficientemente buena. En Los bebés y sus madres.
Buenos Aires: Ed. Paidós, 1990.