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El Evangelio de hoy nos quiere invita, como a los

discípulos, a tomar partido acerca de las opiniones que


circulan sobre la personalidad de Jesús: ¿Qué dice la
gente de Él? ¿Qué decimos nosotros? ¿Qué dices tú?
Recordando que una cosa es lo que nosotros pensamos
de Él y otra cosa es lo que Él es en realidad. Ojalá que
el diálogo continuo con el Señor nos lleve a descubrir
su amor infinito, manifestado en su muerte y
resurrección; su entrega total y a sentirnos invitados a
proseguir este camino. Ojalá nos enamorásemos de Él
y de sus opciones
Evangelio según san Lucas 9,18-22
Vamos a estudiar hoy, en primer lugar, la declaración
de Pedro (Lucas 9,18-21: “Una vez, cuando Jesús
estaba orando solo en presencia de sus discípulos, les
preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos
contestaron: «Juan Bautista, pero otros dicen que
Elías, y otros que un profeta de los antiguos, que ha
vuelto a la vida». Entonces él les preguntó. «Y
vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro tomó la
palabra y dijo: «Tú eres el Mesías de Dios». Pero
Jesús les prohibió terminantemente decírselo a
nadie”). En el Evangelio según Lucas,
inmediatamente después del episodio de la
multiplicación de los panes (Lucas 9,10-17: “Cuando
los apóstoles regresaron, le contaron cuanto habían
hecho. Y él, tomándolos consigo, se retiró aparte,
hacia una ciudad llamada Betsaida. Pero las gentes lo
supieron, y le siguieron; y él, acogiéndolas, les
hablaba acerca del Reino de Dios, y curaba a los que
tenían necesidad de ser curados. Pero el día había
comenzado a declinar, y acercándose los Doce, le
dijeron: «Despide a la gente para que vayan a los
pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y
comida, porque aquí estamos en un lugar
deshabitado.» Él les dijo: «Dadles vosotros de
comer.» Pero ellos respondieron: «No tenemos más
que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos
nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.»
Pues había como 5.000 hombres. Él dijo a sus
discípulos: «Haced que se acomoden por grupos de
unos cincuenta.» Lo hicieron así, e hicieron
acomodarse a todos. Tomó entonces los cinco panes y
los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció
sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a
los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente.
Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los
trozos que les habían sobrado: doce canastos”), viene
la declaración de Pedro, en la que el apóstol reconoce
a Jesús como el Mesías de Dios (Lucas 9,18-21: “Y
sucedió que mientras él estaba orando a solas, se
hallaban con él los discípulos y él les preguntó:
«¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos
respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que
Elías; otros, que un profeta de los antiguos había
resucitado.» Les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que
soy yo?» Pedro le contestó: «El Cristo de Dios.» Pero
les mandó enérgicamente que no dijeran esto a
nadie”). Mientras que el relato de la multiplicación de
los panes tiene su paralelismo en Marcos 6,30-44
(“Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron
todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado.
Él, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte,
a un lugar solitario, para descansar un poco.» Pues
los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba
tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte,
a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y
muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a
pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos.
Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión
de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen
pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Era ya
una hora muy avanzada cuando se le acercaron sus
discípulos y le dijeron: «El lugar está deshabitado y
ya es hora avanzada. Despídelos para que vayan a las
aldeas y pueblos del contorno a comprarse de comer.»
Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.» Ellos le
dicen: «¿Vamos nosotros a comprar doscientos
denarios de pan para darles de comer?» Él les dice:
«¿Cuántos panes tenéis? Id a ver.» Después de
haberse cerciorado, le dicen: «Cinco, y dos peces.»
Entonces les mandó que se acomodaran todos por
grupos sobre la verde hierba. Y se acomodaron por
grupos de cien y de cincuenta. Y tomando los cinco
panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo,
pronunció la bendición, partió los panes y los iba
dando a los discípulos para que se los fueran
sirviendo. También repartió entre todos los dos peces.
Comieron todos y se saciaron. Y recogieron las
sobras, doce canastos llenos y también lo de los peces.
Los que comieron los panes fueron 5.000 hombres”),
el pasaje de la declaración de Pedro está en Marcos
8,27-30 (“Salió Jesús con sus discípulos hacia los
pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo
esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los
hombres que soy yo?» Ellos le dijeron: «Unos, que
Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de
los profetas.» Y él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién
decís que soy yo?» Pedro le contesta: «Tú eres el
Cristo.» Y les mandó enérgicamente que a nadie
hablaran acerca de él”) Lucas suprime toda una
sección de Marcos (Marcos 6,45-8,26), es la llamada
«omisión mayor». Los episodios que siguen a la
declaración de Pedro muestran que, de aquí en
adelante, Lucas reproduce la secuencia narrativa de
Marcos ¿Por qué omite Lucas todo ese material
intermedio de la redacción de Marcos? Las soluciones
a esta pregunta se pueden sintetizar así a) Lucas
experimentó una necesidad perentoria de abreviar el
texto de Marcos, a causa de sus inserciones
particulares (H. Schurmann). Desde luego, es posible
que sea así, pero la razón no parece excesivamente
convincente, ya que el propio Lucas conserva - en
otras partes de su Evangelio - muchos materiales de
esta sección de Marcos. b) Lucas omite todo un
conjunto narrativo de Marcos, que empieza y termina
en Betsaida, es decir, fuera de Galilea (véase Marcos
6,45: “Inmediatamente obligó a sus discípulos a subir
a la barca y a ir por delante hacia Betsaida, mientras
él despedía a la gente”; 8,22: “Llegan a Betsaida. Le
presentan un ciego y le suplican que le toque”); sería
una especie de omisión por «ὁμοιοτέλευτον» (En
retórica, el homeotéleuton, también llamado
similidesinencia, es una de las figuras de repetición
que consiste en la igualdad o semejanza de los sonidos
finales de palabras que cierran enunciados
consecutivos. Se trata, por decirlo de alguna manera,
de la rima en la prosa. W. E. Bundy). Pero esta
explicación tiene un fundamento muy débil. En
realidad, Lucas sustituye la indicación geográfica de
Marcos: «lugar apartado» (Marcos 6,32: “Y se fueron
en la barca, aparte, a un lugar solitario”),
precisamente por «Betsaida» (Lucas 9,10: “Cuando
los apóstoles regresaron, le contaron cuanto habían
hecho. Y él, tomándolos consigo, se retiró aparte,
hacia una ciudad llamada Betsaida”); además,
suprime la mención de «Cesárea de Filipo» como
localización geográfica de la declaración de Pedro
(véase Lucas 9,18: "Y aconteció que estando Él aparte
orando, estaban con Él los discípulos; y les preguntó,
diciendo: ¿Quién dice la gente que soy yo?"). c) Si es
verdad, como ya hemos apuntado, que la sección
narrativa de Marcos 6,30-8,26 consta de dos series de
episodios prácticamente paralelos (Marcos 6,30-7,37,
y Marcos 8,1-26), que comienzan con una
multiplicación de panes y peces, se podría explicar la
omisión lucana de esos materiales de Marcos por la
tendencia propia de Lucas a evitar toda clase de
«duplicados». Pero tampoco esta explicación llega a
ser plenamente satisfactoria, porque en esa sección de
Marcos hay ciertos pasajes que carecen de todo
paralelismo en la redacción de Lucas. d) En esta parte
de su Evangelio, Lucas pretende, a toda costa, limitar
el ministerio de Jesús únicamente a Galilea; por eso
omite todos los pasajes de Marcos en los que Jesús
sale del territorio para dirigirse a Fenicia,
concretamente a las regiones de Tiro y Sidón. Ese dato
es fundamental para su perspectiva geográfica. Por
consiguiente, la llamada «omisión mayor» se
explicaría por razones de composición personal de
Lucas. Y por eso es tan importante la indicación de
Lucas 8,1 (“Y sucedió a continuación que iba por
ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la
Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los
Doce”) y la invitación de Jesús en Lucas 8,22
(“Sucedió que cierto día subió a una barca con sus
discípulos, y les dijo: «Pasemos a la otra orilla del
lago.» Y se hicieron a la mar”); según la concepción
de Lucas, «la otra orilla del lago» no significa algo
distinto de la región específica de Galilea. Aunque
jamás se refiere al lago con la denominación «mar de
Galilea» (véase Juan 6,1: “Después de esto, se fue
Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de
Tiberíades”), la redacción de Lucas lo considera parte
integrante de la región. Las razones que hayan podido
impulsar a omitir esos materiales de Marcos no son tan
importantes como la propia configuración de esta parte
de su Evangelio, que resulta precisamente de esa
omisión. Por eso, y por la inserción del viaje a
Jerusalén, en Lucas 9,51 ("Sucedió que como se iban
cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su
voluntad de ir a Jerusalén") la función de este capítulo
(Lucas 9) es decisiva. Sin solución de continuidad, la
declaración de Pedro se anuda no sólo con la
multiplicación de los panes y de los peces, sino incluso
con la pregunta de Herodes, en Lucas 9,9 ("Herodes
dijo: «A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de
quien oigo tales cosas?» Y buscaba verle"). Las
correspondencias entre la declaración de Pedro y la
multiplicación de los panes quedan perfectamente
indicadas en Juan 6,1-15: “Después de esto, se fue
Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de
Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las
señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al
monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos.
Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al
levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha
gente, dice a Felipe: «¿Dónde vamos a comprar panes
para que coman éstos?» Se lo decía para probarle,
porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó:
«Doscientos denarios de pan no bastan para que cada
uno tome un poco.» Le dice uno de sus discípulos,
Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un
muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos
peces; pero ¿qué es eso para tantos?» Dijo Jesús:
«Haced que se recueste la gente.» Había en el lugar
mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en
número de unos 5.000. Tomó entonces Jesús los panes
y, después de dar gracias, los repartió entre los que
estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que
quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:
«Recoged los trozos sobrantes para que nada se
pierda.» Los recogieron, pues, y llenaron doce
canastos con los trozos de los cinco panes de cebada
que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente
la señal que había realizado, decía: «Este es
verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.»
Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a
tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo
al monte él solo”; 6,66-69: “Desde entonces muchos
de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban
con él. Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También
vosotros queréis marcharos?» Le respondió Simón
Pedro: «Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes
palabras de vida eterna, y nosotros creemos y
sabemos que tú eres el Santo de Dios»” (R. E.
Brown). Pero aquellas habladurías de la gente, que le
habían llegado a Herodes (véase Lucas 9,7-8: "Se
enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y
estaba perplejo; porque unos decían que Juan había
resucitado de entre los muertos; otros, que Elías se
había aparecido; y otros, que uno de los antiguos
profetas había resucitado"), toman cuerpo
explícitamente en las propias palabras de los
discípulos; el paralelismo es evidente. La precisa
localización geográfica de la declaración de Pedro no
parece interesarle a Lucas; su interés se centra en hacer
ver que la respuesta a la cuestión que plantea el propio
Jesús es, en realidad, una respuesta a la gran pregunta
que se había planteado Herodes. El terreno está
preparado para que, en la contestación, resuene
categóricamente un significativo título cristológico.
También hay que prestar atención no sólo a los
recortes de índole geográfica, al comienzo del
episodio, sino a la omisión subsiguiente de la enérgica
reconvención de Pedro y de la réplica, no menos
incisiva, del propio Jesús (véase Marcos 8,32b-33:
“Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle.
Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos,
reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mi vista,
Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios,
sino los de los hombres»”). De este modo, la
declaración de Pedro no marca el punto culminante del
Evangelio según Lucas, como lo es, en el segundo
Evangelio, el texto de Marcos 8,29 ("Y él les
preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo»"); tampoco es
un episodio clave para la constitución de la Iglesia,
como en Mateo 16,16-19: “Simón Pedro contestó: «Tú
eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Replicando Jesús
le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás,
porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre,
sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te
digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré
mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán
contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los
Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los
cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado
en los cielos»”. La principal función de esta escena
consiste en proporcionar una respuesta decisiva a la
gran pregunta de Herodes. En las narraciones de la
infancia se ha presentado ya a Jesús en su condición de
«Mesías» (Lucas 2,11: "Hoy, en la ciudad de David,
les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el
Señor»); de modo que al lector cristiano del Evangelio
según Lucas no tendría por qué resultarle nueva la
aparición de ese título. Lo que pasa es que, en las
narraciones introductorias, el título tiene un carácter
retrospectivo, es decir, hay que interpretarlo a la luz de
la narración evangélica propiamente dicha.
Precisamente en este episodio es donde tomamos un
contacto directo con los orígenes de la tradición, en la
que empieza a configurarse la idea de la condición
«mesiánica» de Jesús. El título ha salido ya en Lucas
4,41 ("De muchos salían demonios, gritando: «Tú eres
el Hijo de Dios!». Pero él los increpaba y no los
dejaba hablar, porque ellos sabían que era el
Mesías"), pero no como designación expresa, sino en
un comentario fugaz del propio evangelista. Jesús
reacciona a la solemne declaración de Pedro con una
prohibición rotunda (versículo 20-21: "Les dijo: «Y
vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contestó:
«El Cristo de Dios». Pero les mandó enérgicamente
que no dijeran esto a nadie"): durante el ministerio
público de Jesús, los discípulos no deberán decir a
nadie que él es «el Mesías». Esa firmeza de Jesús
sirve, por otra parte, de preparación para ulteriores
correctivos de la mentalidad de los suyos (versículos
22-27: "Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho,
y ser reprobado por los ancianos, los sumos
sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al
tercer día.» Decía a todos: «Si alguno quiere venir en
pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día,
y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la
perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la
salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber
ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se
arruina? Porque quien se avergüence de mí y de mis
palabras, de ése se avergonzará el Hijo del hombre,
cuando venga en su gloria, en la de su Padre y en la
de los santos ángeles. Pues de verdad os digo que hay
algunos, entre los aquí presentes, que no gustarán la
muerte hasta que vean el Reino de Dios»"; 44-45:
"«Poned en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del
hombre va a ser entregado en manos de los hombres.»
Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba
velado de modo que no lo comprendían y temían
preguntarle acerca de este asunto"). Curiosamente, en
Lucas 8,28 ("Al ver a Jesús, comenzó a gritar, cayó a
sus pies y dijo con voz potente: «¿Qué quieres de mí,
Jesús, Hijo de Dios, el Altísimo? Te ruego que no me
atormentes»") Jesús no impone a los demonios esa
prohibición (Lucas 4,41: "De muchos salían demonios,
gritando: « ¡Tú eres el Hijo de Dios!». Pero él los
increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían
que era el Mesías"); sin duda, en la mentalidad del
evangelista el lector debía suponer que se trataba de un
diálogo entre el taumaturgo y su oponente. Conviene
notar que las circunstancias concretas en las que se
produce la declaración de Pedro son una pregunta de
Jesús, y una pregunta doble: por una parte, lo que
piensa la gente, y por otra, lo que creen sus seguidores.
Así es como la declaración de Pedro adquiere su
profundo significado cristológico en la narración
evangélica de Lucas. Jesús es verdaderamente «el
Mesías»; pero esa condición personal implica
necesariamente sufrimiento, reprobación e incluso
muerte, aunque todo terminará en resurrección «al
tercer día» (Lucas 9,22: "Dijo: «El Hijo del hombre
debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos,
los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y
resucitar al tercer día»"). En el Evangelio según
Marcos, la declaración de Pedro tiene una función
decisiva, sobre todo por su relación con el llamado
«secreto mesiánico». En opinión de H. Conzelmann,
Lucas transforma el tema del «secreto mesiánico» en
un equívoco, que da lugar a una concepción errónea de
la pasión. Así se deduce de su omisión de la réplica de
Pedro (Marcos 8,32: "y les hablaba de esto con toda
claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a
reprenderlo") y de que los destinatarios de la
exhortación de Jesús (Lucas 9,23-27: "Decía a todos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien
quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su
vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al
hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se
pierde o se arruina? Porque quien se avergüence de
mí y de mis palabras, de ése se avergonzará el Hijo
del hombre, cuando venga en su gloria, en la de su
Padre y en la de los santos ángeles. Pues de verdad os
digo que hay algunos, entre los aquí presentes, que no
gustarán la muerte hasta que vean el Reino de Dios»")
sean «todos» (versículo 23: "Decía a todos: «Si alguno
quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome
su cruz cada día, y sígame»"), es decir, la gente que
contempló su gloria en el prodigio de la
multiplicación; mientras que el mandato de guardar
secreto (Lucas 9,21: "Pero les mandó enérgicamente
que no dijeran esto a nadie") se basa en la necesidad
ineludible de la pasión. «Se suprime la vehemente
réplica de Pedro y se sustituye por otra temática
diversa: el secreto de la pasión» (H. Conzelmann). La
argumentación carece de fundamento, ya que aquí no
se trata de una concepción errónea de la pasión. Más
adelante se dirá - eso sí - que los discípulos no
entendieron el segundo anuncio de la pasión (Lucas
9,45: "Pero ellos no entendían lo que les decía; les
estaba velado de modo que no lo comprendían y
temían preguntarle acerca de este asunto"); pero eso
no equivale a una sustitución de temáticas, que pondría
de manifiesto la incomprensión de Lucas. Desde los
tiempos de W. Wrede (1901), la historicidad de la
declaración de Pedro ha sido tema de debate. Unos
cuantos años después, R. Bultmann propuso su teoría
sobre el origen de Marcos 8,27-33 ("Y salió Jesús y
sus discípulos por las aldeas de Cesarea de Filipo. Y
en el camino preguntó a sus discípulos, diciéndoles:
¿Quién dicen los hombres que soy yo? Y ellos
respondieron: Juan Bautista; y otros, Elías; y otros,
Alguno de los profetas. Entonces él les dice: Y
vosotros, ¿quién decís que soy yo? Y respondiendo
Pedro, le dice: Tú eres el Cristo. Y les apercibió que
no hablasen de él a ninguno. Y comenzó a enseñarles,
que convenía que el Hijo del hombre padeciese
mucho, y ser reprobado de los ancianos, y de los
príncipes de los sacerdotes, y de los escribas, y ser
muerto, y resucitar después de tres días. Y claramente
decía esta palabra. Entonces Pedro le tomó, y le
comenzó a reprender. Y él, volviéndose y mirando a
sus discípulos, riñó a Pedro, diciendo: Apártate de mí,
Satanás; porque no sabes las cosas que son de Dios,
sino las que son de los hombres"): no se debe a un
hecho histórico que hubiera tenido en Cesárea de
Filipo, sino que nace de la fe de la comunidad
primitiva; la fe de Pedro en la condición mesiánica de
Jesús brotó de su experiencia de la resurrección. Por su
parte, E. Dinkler ha defendido acérrimamente la
historicidad no sólo de la propia declaración de Pedro
(Marcos 8,29b: "Y respondiendo Pedro, le dice: Tú
eres el Cristo"), sino también de la increpación de
Jesús, que llama a Pedro: «¡Satanás!» (Marcos 8,33b:
"Apártate de mí, Satanás; porque no sabes las cosas
que son de Dios, sino las que son de los hombres"), y
eso como elementos de tradición prepascual. Lo cierto
parece ser que el pasaje de Marcos, tal como ha
llegado hasta nosotros, se debe, en gran parte, al
trabajo redaccional del evangelista. Ahora bien:
difícilmente se habría transmitido una palabra de
Jesús, como su increpación a Pedro, si no hubiera sido
originaria del propio Jesús histórico; por otra parte, esa
reconvención parece una respuesta muy apropiada a la
declaración «mesiánica» de Pedro. Por consiguiente,
lo más lógico es atribuir ambos elementos a la
tradición prepascual. No es éste el sitio más adecuado
para profundizar en esta clase de análisis del texto de
Marcos, sobre todo porque Lucas suprime esta parte
del episodio. Pero ese puñado de consideraciones
bastará para darnos una mayor comprensión del
proceso redaccional al que Lucas ha sometido los
pocos elementos que ha conservado de su fuente
(«Marcos»). Para concluir, no estaría mal decir una
palabra sobre el proceso de desarrollo que experimentó
ese título desde la propia declaración de Pedro, hasta
que llegó a cristalizar en el sentido plenamente
cristiano del título: Χριστός («Cristo»). Naturalmente,
en el estadio I de la tradición, es decir, en la
declaración histórica de Pedro, el título no encierra la
plenitud de significado de la fe cristiana; eso no pudo
ser más que consecuencia de la resurrección. Si Pedro
reconoció a Jesús como «el Mesías de Dios» -
naturalmente, en el sentido judío, como explicaremos
en la «nota» exegética a Lucas 9,20 ("Les dijo: «Y
vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contestó:
«El Cristo de Dios»") -, el problema consiste en
determinar cómo fue desarrollándose ese título, hasta
adquirir todas las connotaciones cristianas de la
denominación «Cristo» e incluso a convertirse en
nombre propio del personaje: «Jesucristo». Una vez
más, E. Dinkler ofrece una sugerencia interesante. No
cabe duda que Jesús corrigió el título que acababa de
darle Pedro; pues bien, ¿cómo llegó a ser aceptado por
la comunidad cristiana? Según Dinkler, el eslabón
fundamental de todo este proceso es el rótulo que
presidía la cruz de Jesús: «El rey de los judíos»
(Marcos 15,26: "Y la inscripción de la acusación
contra Él decía: El rey de los judíos"; Mateo 27,37: "Y
pusieron sobre su cabeza la acusación contra Él, que
decía: Este es Jesús, el rey de los judíos"; Lucas
23,38: "Y había también sobre Él un título escrito con
letras griegas, y latinas, y hebreas: Éste es el rey de
los judíos"; Juan 19,19: "Pilato también escribió un
letrero y lo puso sobre la cruz. Y estaba escrito: Jesús
el nazareno, el rey de los judíos"; a pesar de que en
ninguna de las recensiones tiene idéntica formulación).
Por tratarse de una inscripción romana - y, por
consiguiente, cargada de desprecio hacia los judíos -,
difícilmente se puede poner en duda su historicidad. Si
hubiera sido inventada por los cristianos, éstos habrían
usado el título Χριστός («Cristo»), ya que es
inconcebible que la primera comunidad cristiana
hubiera llamado a su Señor «el rey de los judíos». Para
el cristianismo naciente, el personaje que murió en una
cruz fue resucitado por Dios y «constituido Señor y
Mesías» (Hechos 2,36: "Por eso, todo el pueblo de
Israel debe reconocer que a ese Jesús que ustedes
crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías»"). En
otras palabras: el titulus de la cruz, formulado por el
gobernador romano, fue el punto de partida para que
en el Nuevo Testamento se aplicase a Jesús ese título
por excelencia: Χριστός («Cristo»). De hecho, ya en
las primeras cartas de Pablo es muy frecuente el uso de
la denominación Χριστός («Cristo») como nombre
propio de Jesús. Una versión, considerablemente
modificada, de este mismo episodio se encuentra en el
Evangelio según Tomás (Evangelio Tomás 13). La
pregunta que se atribuye a Jesús en ese texto deja bien
clara la infinidad de posibles manipulaciones a que se
presta Lucas 9,18 ("Y aconteció que estando Él aparte
orando, estaban con Él los discípulos; y les preguntó,
diciendo: ¿Quién dice la gente que soy yo?"), que, en
lo que tiene de pregunta - sobre todo en la formulación
paralela de Marcos (Marcos 8,27: "Salió Jesús con sus
discípulos a las aldeas de Cesarea de Filipo; y en el
camino preguntó a sus discípulos, diciéndoles: ¿Quién
dicen los hombres que soy yo?") -, se considera
frecuentemente como secundaria, dentro de la
tradición de los evangelios canónicos. Reproducimos
el texto del escrito copto: «Jesús dijo a sus discípulos:
- Comparadme con algunas personalidades y decidme
a quién me parezco. Simón Pedro le dijo: - Te pareces
a un ángel, por tu honradez. Mateo le dijo: - Te
pareces a un filósofo, por tu sabiduría. Tomás le dijo:
- Maestro, mis labios son incapaces de expresar a
quién te pareces. Jesús replicó: - Yo no soy tu
Maestro; pues has bebido, hasta embriagarte, de la
fuente burbujeante que yo he preparado». A
continuación, Jesús toma aparte a Tomás y le dice tres
cosas, que sus compañeros tratan de averiguar; pero él
se niega a comunicárselas. Naturalmente, tratándose
del personaje que da nombre a la narración - Evangelio
según Tomás -, es éste, y no Pedro, el que recibe la
reprimenda de Jesús; aunque, al final, también recibe
determinadas instrucciones del Maestro) UNA VEZ,
CUANDO JESÚS ESTABA ORANDO (Vuelve la
construcción narrativa Καὶ ἐγένετο («Y sucedió»),
seguido de la oración temporal ἐν τῷ con infinitivo
εἶναι (estar) y de verbo en indicativo συνῆσαν (estaba
con) sin la conjunción καὶ (y). El códice D sustituye el
sujeto del infinitivo αὐτὸν («él», es decir, Jesús), en
singular, por el plural αὐτοὺς («ellos»), incluyendo
también a los discípulos; pero la variante es
decididamente secundaria. No sólo por la construcción
narrativa que acabamos de mencionar, sino también
por la presentación de Jesús en oración, podemos
deducir que la primera parte de este versículo
introductorio se debe al trabajo redaccional de Lucas.
La indicación de que Jesús «estaba orando» da un
relieve particular a este momento, en el que va a
producirse no sólo la declaración de Pedro, sino —lo
que es más importante – la propia «declaración» de
Jesús sobre su destino (versículo 22: "Dijo: «El Hijo
del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los
ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser
matado y resucitar al tercer día»"). En el Evangelio
según Lucas, la mención explícita de la «oración»
suele introducir algún relato particularmente
significativo. Los escritos de Lucas dan una
extraordinaria importancia a la comunicación con
Dios, como clima en el que se desarrolla la vida
cristiana. La oración no sólo ocupa un puesto
privilegiado en su narración evangélica, donde la
figura de Jesús orante cobra un relieve mucho mayor
que en los demás evangelistas, sino que continúa en la
vida de la comunidad cristiana, como se describe en el
libro de los Hechos. La presentación de Jesús orando
es un dato importante para el discípulo, porque una de
las actitudes fundamentales del seguimiento de Jesús
es precisamente la continua comunicación con Dios.
En el pasaje correspondiente de Marcos (Marcos 8,27:
"Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de
Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta
a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy
yo?»") no se menciona ese detalle; Jesús plantea la
cuestión de su personalidad, mientras el grupo va «de
camino» - o «por el camino» - y concretamente con
una localización precisa: «Cesárea de Filipo» (la
moderna Banyas, situada al nordeste del lago de
Genesaret). En el relato de Lucas desaparece toda
indicación geográfica; el lector tiene la impresión de
que el episodio tiene lugar en algún sitio
indeterminado de Galilea, posiblemente en las
proximidades de Betsaida. La próxima indicación
geográfica, en el Evangelio según Lucas, no vendrá
hasta que comience el relato del viaje de Jesús a
Jerusalén (Lucas 9,51: "Sucedió que como se iban
cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su
voluntad de ir a Jerusalén") SOLO (No es fácil dar
una traducción literal de esta expresión griega: κατὰ
μόνας (solo, a solas, ya que el adjetivo μόνας, está en
acusativo plural femenino y exigiría, de por sí, la
presencia del correspondiente sustantivo). Pero la frase
es típicamente griega, tanto en el período clásico como
en la literatura helenística. Se emplea con sentido
adverbial para expresar la idea de «separación»,
«soledad», «aislamiento». Como elemento de toda la
frase introductoria, la «soledad» de Jesús crea un
problema con lo que viene a continuación: «en
presencia de sus discípulos»; si estaba en compañía de
los discípulos, ¿cómo es que se dice que estaba orando
«solo»? Tal vez la redacción de Lucas tolere esta
incongruencia en aras de su verdadero interés, que
consiste en subrayar este momento con el motivo que
ha llevado a Jesús a la oración; eso es lo que le ha
inducido a presentar a Jesús «solo») EN PRESENCIA
DE SUS DISCÍPULOS (La lectura más fidedigna es
aquí: συνῆσαν αὐτῷ («estaba con ellos»). En cambio,
el códice Vaticano lee: συνῆντησαν αὐτῷ («le salieron
al encuentro», «se le acercaron»). Hay que inclinarse
por considerar esta variante como secundaria, es decir,
obra de algún copista ilustrado que quiso eliminar la
discordancia con la indicación precedente) LES
PREGUNTÓ: ¿QUIÉN DICE LA GENTE QUE
SOY YO? (La redacción de Lucas ha sustituido el
término ἄνθρωποι («hombres») de Marcos (Marcos
8,27: "Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos
de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta
pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres
que soy yo?»") por ὄχλοι («la gente»). Sin embargo,
Lucas emplea el pronombre de primera persona: «Yo»,
lo mismo que Marcos; en cambio, Mateo sustituye el
pronombre personal por la expresión «el Hijo de
hombre» (Mateo 16,13: "Cuando llegó Jesús a la
región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus
discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es
el Hijo del Hombre?"), probablemente por influjo de
la declaración de Jesús que viene después de la
respuesta de Pedro (Marcos 8,31: "Y comenzó a
enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho
y ser reprobado por los ancianos, los sumos
sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los
tres días") ELLOS RESPONDIERON: «UNOS,
QUE JUAN EL BAUTISTA; OTROS, QUE
ELÍAS; OTROS, QUE UN PROFETA DE LOS
ANTIGUOS HABÍA RESUCITADO» (Sobre, las
tres figuras proféticas que aparecen aquí, recordemos
lo comentado en Lucas 9,7-8 ("Se enteró el tetrarca
Herodes de todo lo que pasaba, y estaba perplejo;
porque unos decían que Juan había resucitado de
entre los muertos; otros, que Elías se había aparecido;
y otros, que uno de los antiguos profetas había
resucitado"). La gente, incluso Herodes, consideraba a
Jesús como Juan redivivo. En cuanto, a Elías, J.
Schneider defiende que en los evangelios sinópticos
«hay muchas expresiones de la convicción popular de
que la llegada del Mesías tenía que estar precedida por
el retorno de Elías», y como ilustración de esa idea cita
este pasaje de Lucas (Lucas 7,17-20: "El rumor de lo
que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la
Judea y en toda la región vecina. Juan fue informado
de todo esto por sus discípulos y, llamando a dos de
ellos, los envió a decir al Señor: «¿Eres tú el que ha
de venir o debemos esperar a otro?». Cuando se
presentaron ante él, le dijeron: «Juan el Bautista nos
envía a preguntarte: "¿Eres tú el que ha de venir o
debemos esperar a otro?"»"). El mensajero al que se
hace alusión en Malaquías 3,1 ("Yo envío a mi
mensajero, para que prepare el camino delante de mí.
Y en seguida entrará en su Templo el Señor que
ustedes buscan; y el Ángel de la alianza que ustedes
desean. Ya viene, dice el Señor de los ejércitos") se
identifica, más adelante (Malaquías 3,23: "Yo les voy a
enviar a Elías, el profeta, antes que llegue el Día del
Señor, grande y terrible"), con Elías, que será enviado
«antes de que llegue el día del Señor, grande y
terrible». La temática de Elías redivivo depende de un
acontecimiento narrado en el segundo libro de los
Reyes (2 Reyes 2,11: «Mientras ellos (Elías y Elíseo)
seguían conversando por el camino, los separó un
carro de fuego con caballos de fuego, y Elías subió al
cielo en el torbellino»). La separación no se produce
por la muerte y consiguiente sepultura, sino porque
Elías es arrebatado al cielo, de donde se esperaba que
habría de regresar. La redacción de Lucas presenta a
Jesús como «un» profeta redivivo, mientras que
Marcos dice concretamente «un profeta comparable a
los antiguos» (Marcos 6,15) La identificación con un
profeta determinado queda en suspenso. Ahora bien,
como se acaba de mencionar a Elías, se podría pensar
en una referencia al «profeta como Moisés», pero esto
no es, ni mucho menos, seguro. Otra de las figuras
cuya aparición se esperaba, por aquel entonces, era
Jeremías (Mateo 16,14. "Y ellos dijeron: Unos, Juan el
Bautista; y otros, Elías; pero otros, Jeremías o uno de
los profetas"; 2 Macabeos 2,1-7: "Consta en los
archivos que el profeta Jeremías ordenó a los
deportados que tomaran fuego, como ya se ha
indicado, y que el profeta, después de entregarles la
Ley, les mandó que no olvidaran los preceptos del
Señor, ni se desviaran al ver los ídolos de oro y plata y
la pompa que los rodeaba. Entre otras
recomendaciones similares, los exhortaba una y otra
vea a que no apartaran la Ley de sus corazones. Se
decía en el escrito cómo el profeta, advertido por un
oráculo, mandó llevar con él la Carpa y el Arca, y
cómo partió hacia la montaña donde Moisés había
subido para contemplar la herencia de Dios. Al llegar,
Jeremías encontró una caverna: allí introdujo la
Carpa, el Arca y el altar del incienso y clausuró la
entrada. Algunos de sus acompañantes volvieron para
poner señales en el camino, pero no pudieron
encontrarlo. Y cuando Jeremías se enteró de esto, los
reprendió, diciéndoles: «Ese lugar quedará ignorado
hasta que Dios tenga misericordia de su pueblo y lo
reúna"; 15,13-16: "Luego apareció también un
personaje que se destacaba por sus cabellos blancos y
su prestancia, revestido de una dignidad soberana y
majestuosa. Entonces Onías tomó la palabra y dijo:
«Este es Jeremías, el profeta de Dios, que ama a sus
hermanos, y ora sin cesar por su pueblo y por la
Ciudad santa». Después Jeremías extendió su mano
derecha y entregó a Judas una espada de oro,
diciendo mientras se la daba: «Recibe esta espada
santa como un don de Dios: con ella destruirás a tus
enemigos»". La imagen de Jesús, entre el pueblo, es la
de un «profeta» y no precisamente la de una figura
«mesiánica». Eso sirve de contraluz a la declaración de
Pedro. Conviene recordar, a este propósito, las
indicaciones del cuarto Evangelio sobre la reacción de
la gente ante el prodigio de la multiplicación de los
panes: aclaman a Jesús como «el Profeta que tenía que
venir al mundo», y quieren «proclamarle Rey» (Juan
6,14-15: "Al ver el signo que Jesús acababa de hacer,
la gente decía: «Este es, verdaderamente, el Profeta
que debe venir al mundo». Jesús, sabiendo que
querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró
otra vez solo a la montaña") LES DIJO: «Y
VOSOTROS, ¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?»
(En vez de hacer algún comentario sobre esa
diversidad de reacciones, Jesús plantea directamente a
sus propios discípulos la gran cuestión de su identidad.
La pregunta supone, indirectamente, que considerar a
Jesús como «profeta» no es el enfoque más adecuado
de la cuestión) PEDRO LE CONTESTÓ (En la obra
de Lucas, el nombre de Pedro adquiere una gran
diversidad de variantes. Por ejemplo, el jefe de los
apóstoles aparece como Σίμων (Simón), por ejemplo,
en Lucas 5,3-5 ("Jesús subió a una de las barcas, que
era de Simón, y le pidió que se apartara un poco de la
orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud
desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a
Simón: «Navega mar adentro, y echen las redes».
Simón le respondió: «Maestro, hemos trabajado la
noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo
dices, echaré las redes»"); simplemente como Πέτρος
(Pedro), por ejemplo, en Lucas 9, 32-33: "Pedro y sus
compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron
despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos
hombres que estaban con él. Mientras estos se
alejaban, Pedro dijo a Jesús: «¡Maestro!, ¡qué bien
estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra
para Moisés y otra para Elías». Él no sabía lo que
decía"; y es la forma más frecuente en el libro de los
Hechos de los Apóstoles, hasta un total de cincuenta y
seis veces; el nombre compuesto Σίμων Πέτρος
(Simón Pedro) sólo aparece en Lucas 5,8: "Al ver esto,
Simón Pedro cayó a los pies de Jesús, diciendo:
¡Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador!" ,
pero la forma Σίμωνα ὃν καὶ ὠνόμασεν Πέτρον
(«Simón, llamado Pedro») se emplea en Lucas 6,14
("Simón, a quien también llamó Pedro, y Andrés su
hermano; Santiago y Juan; Felipe y Bartolomé");
Hechos 10,5: "Envía ahora algunos hombres a Jope
en busca de Simón, llamado Pedro"; 10,18:
"Golpearon y preguntaron si se hospedaba allí Simón,
llamado Pedro"; 10,32: "Manda a buscar a Simón,
llamado Pedro, que está en Jope, a la orilla del mar,
en la casa de Simón el curtidor"; 11,13: "Este nos
contó en qué forma se le había aparecido un ángel,
diciéndole: Envía a alguien a Jope, a buscar a Simón,
llamado Pedro". Lucas no utiliza jamás el nombre
arameo Κηφᾶς (roca, Juan 1,42: "Entonces lo trajo a
Jesús. Jesús mirándolo, dijo: Tú eres Simón, hijo de
Juan; tú serás llamado Cefas (que quiere decir:
Pedro)". Igual que en Marcos 8,29 ("Y él les
preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo»"), Pedro
aparece como el portavoz de «los discípulos» (véase
versículo 18: "Y sucedió que mientras él estaba
orando a solas, se hallaban con él los discípulos y él
les preguntó: « ¿Quién dice la gente que soy yo?»")
EL MESÍAS DE DIOS (También se podría traducir:
«El Cristo de Dios», si se quisiera subrayar la
orientación del Evangelio según Lucas a destinatarios
paganos – mejor dicho, a pagano-cristianos - que no
habrían podido comprender fácilmente el término ‫מָ ִׁשיח‬
(«Mesías»). El título Mesías ya había aparecido en
Lucas 2,11, dado al Niño recién nacido por el Ángel
de Dios, que es el mismo Dios: "Hoy, en la ciudad de
David, les ha nacido un Salvador, que es el Cristo, el
Señor", y aparecerá al final del discurso de Pedro el
día de Pentecostés (Hechos 2,36: "Por eso, todo el
pueblo de Israel debe reconocer que a ese Jesús que
ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y
Cristo"). El genitivo τοῦ Θεοῦ («de Dios») es una
adición de Lucas a la más escueta formulación de
Marcos: ὁ Χριστός («El Cristo», Marcos 8,29: "Y él
les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy
yo?» Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo»"). No se
puede decir, sin más, que esa adición de Lucas esté
relacionada con la fórmula de Mateo: «El Mesías, el
Hijo de Dios vivo» (Mateo 16,16: " Respondiendo
Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios
viviente"). La frase de Mateo es, en realidad, una
combinación de dos declaraciones de Pedro: una,
proveniente de la redacción de Marcos (ὁ Χριστός, el
Cristo), y otra, derivada de una tradición anterior al
propio Mateo, en la que se contaban algunas
apariciones del Resucitado (ὁ Υἱὸς τοῦ Θεοῦ τοῦ
ζῶντος, «el Hijo del Dios vivo»). Mateo combina esas
dos declaraciones y les añade los versículos 17-19: "Y
Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás,
porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la
sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te
digo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi
iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra
ella. Yo te dará las llaves del Reino de los Cielos.
Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el
cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará
desatado en el cielo»". El genitivo adicional de la
formulación de Lucas hace referencia a una especial
relación entre Jesús-Mesías y el Padre. La
construcción, en sí, no es nueva en Lucas; ya la
encontramos al principio, en Lucas 2,26 ("y le había
revelado que no moriría antes de ver al Χριστὸν
Κυρίου, Cristo del Señor"), y la volveremos a
encontrar en Lucas 23,35 ("Y el pueblo estaba allí
mirando; y aun los gobernantes se mofaban de Él,
diciendo: A otros salvó; que se salve a sí mismo si este
es ὁ Χριστὸς τοῦ Θεοῦ, el Cristo de Dios, su
Escogido") y en Hechos 3,18 ("Pero Dios ha cumplido
así lo que anunció de antemano por boca de todos los
profetas: que τὸν Χριστὸν αὐτοῦ, su Cristo debería
padecer"). Como posibles influjos sobre la
formulación de Lucas se podrían aducir: el texto de
Marcos 14,61 (“Pero él seguía callado y no respondía
nada. El Sumo Sacerdote le preguntó de nuevo:
«¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?»”): «el Hijo
de Dios bendito», o el trasfondo veterotestamentario
de textos como Salmo 2,2: "Los reyes de la tierra se
sublevan, y los príncipes conspiran contra el Señor y
contra su Ungido"; 2 Samuel 23,1: "Y estas las
palabras de David, las postreras: «Fiel David, hijo de
Jesé, y fiel varón a quien levantó el Señor, el ungido
del Dios de Jacob; y autor de apacibles salmos de
Israel" (LXX). En cualquier caso, la relación especial
que Jesús tiene con el Padre no le va a impedir afrontar
el sufrimiento, la reprobación e incluso la muerte. En
cuanto a la declaración de Pedro, como tal y en las
circunstancias históricas en que se pronunció, hay que
entenderla como una manifestación de lo que él
pensaba de Jesús en aquel momento. El término
Χριστὸς (Cristo, Mesías) tenía que tener el significado
normal en el judaísmo contemporáneo; o sea, el
«ungido» que se esperaba, el agente salvífico que Dios
había de enviar como rey o como libertador del
pueblo, según la tradición davídica. Debería ser una
figura como «el Mesías de Israel» que esperaba la
comunidad de Qumrán, o como «el rey de los siglos»,
que vendría de Judá. En la mentalidad de Lucas, el
título Χριστός («Cristo») va decididamente en esta
línea, como aparece en el texto de Lucas 2,11: "Hoy,
en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que
es el Cristo, el Señor». En otras palabras: Pedro, que
ha oído a Jesús predicando la buena noticia del Reino,
que ha visto cómo ha curado a los enfermos, que ha
experimentado la fascinación de sus prodigios,
reconoce a Jesús como «el ungido», el enviado de
Dios, con la misión de «restaurar el reino para Israel»
(Hechos 1,6: "Los que estaban reunidos le
preguntaron: «Señor, ¿es ahora cuando vas a
restaurar el reino de Israel?»"; Lucas 2,26: "y le
había revelado que no moriría antes de ver al Cristo
del Señor""; 4,41: "De muchos salían demonios,
gritando: «Tú eres el Hijo de Dios!». Pero él los
increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían
que era el Cristo"). En el Evangelio según Juan, y en
contraste con la tradición sinóptica, Pedro proclama en
su declaración: «nosotros ya creemos y sabemos que
eres el Santo de Dios» (Juan 6,69), pero no dice nada
de Χριστός («Cristo»). Ahora bien: este último título
Μεσσίας (Mesías, Cristo) aparece en otros pasajes de
Juan - concretamente traducido por Χριστός («Cristo»,
Juan 1,41: "Al primero que encontró fue a su propio
hermano Simón, y le dijo «Hemos encontrado al
Mesías», que traducido significa Cristo"; 4,25: "La
mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo,
debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo»") -,
mientras que «Santo de Dios» no se vuelve a aplicar a
Jesús en todo el cuarto Evangelio. Por consiguiente, no
se puede considerar el título «Santo de Dios» como
más auténtico, o como más cercano a la realidad
histórica, que el título habitual en los sinópticos, a
pesar de su semejanza con Marcos 1,24: "«¿Qué
quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido
para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo
de Dios»") JESÚS LES PROHIBIÓ
TERMINANTEMENTE (La traducción literal sería:
«Pero él, increpándoles, les mandó...». El verbo
παρήγγελλειν («mandar», «ordenar») ya ha salido
anteriormente, en Lucas 5,14: "Y Él le mandó que no
se lo dijera a nadie. Pero anda- le dijo-, muéstrate al
sacerdote y da una ofrenda por tu purificación según
lo ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio";
8,29: "Porque Él mandaba al espíritu inmundo que
saliera del hombre, pues muchas veces se había
apoderado de él, y estaba atado con cadenas y grillos
y bajo guardia; a pesar de todo rompía las ataduras y
era impelido por el demonio a los desiertos"; 8,56: "Y
sus padres estaban asombrados; pero Él les encargó
que no dijeran a nadie lo que había sucedido". En
nuestro texto, Lucas antepone al «mandato» el
participio aoristo de ἐπιτιμᾶν (increpar, reñir,
reprender, imponer la medida justa, censurar; sobre
este último verbo, ver Lucas 4,35: "Jesús entonces lo
reprendió, diciendo: ¡Cállate y sal de él! Y después
que el demonio lo derribó en medio de ellos, salió de
él sin hacerle ningún daño"; 4,39: "E inclinándose
sobre ella, reprendió la fiebre, y la fiebre la dejó; y al
instante ella se levantó y les servía"; 4,41: "También
de muchos salían demonios, gritando y diciendo: ¡Tú
eres el Hijo de Dios! Pero, reprendiéndolos, no les
permitía hablar, porque sabían que Él era el Cristo";
8,24: "Y llegándose a Él, le despertaron, diciendo:
¡Maestro, Maestro, que perecemos! Y Él,
levantándose, reprendió al viento y a las olas
embravecidas, y cesaron y sobrevino la calma"). La
prohibición vale para el período del ministerio público
de Jesús. Después de la resurrección, el propio Jesús
va a dar a sus discípulos el encargo de proclamar,
como testigos, que él es el Cristo crucificado y
resucitado, Lucas 24,46-48: "y añadió: «Así está
escrito: el Cristo debía sufrir y resucitar de entre los
muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en
su Nombre debía predicarse a todas las naciones la
conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son
testigos de todo esto"; Hechos 2,36: "Por eso, todo el
pueblo de Israel debe reconocer que a ese Jesús que
ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y
Cristo»"; 3,18: "Pero Dios ha cumplido así lo que
anunció de antemano por boca de todos los profetas:
que su Cristo debería padecer"; 4,26: "Los reyes de la
tierra se rebelaron y los príncipes se aliaron contra el
Señor y contra su Ungido"; 10,39-43: "Nosotros
somos testigos de todo lo que hizo en el país de los
judíos y en Jerusalén. Y ellos mataron, suspendiéndolo
de un patíbulo. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le
concedió que se manifestara, no a todo el pueblo, sino
a testigos elegidos de antemano por Dios: a nosotros,
que comimos y bebimos con él, después de su
resurrección. Y nos envió a predicar al pueblo, y
atestiguar que él fue constituido por Dios Juez de
vivos y muertos. Todos los profetas dan testimonio de
él, declarando que los que creen en él reciben el
perdón de los pecados, en virtud de su Nombre»")
DECÍRSELO A NADIE (Jesús no niega que él es el
«ungido» de Dios; lo único que hace es prohibir
terminantemente a sus discípulos que empleen ese
lenguaje, con referencia a su persona, por las
connotaciones políticas del término. Inmediatamente
después, en el versículo 22: "Dijo: «El Hijo del
hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los
ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser
matado y resucitar al tercer día»", el propio Jesús
añadirá nuevas precisiones. Lucas toma de Marcos esa
imposición de silencio. Mientras que, en el segundo
Evangelio, esa intimación pertenece al «secreto
mesiánico», en Lucas sirve de trampolín para el primer
anuncio de la pasión, como el evangelista lo encontró
en su fuente («Marcos»). Vamos ahora a estudiar el
primer anuncio de la Pasión (Lucas 9,22: “Entonces
dijo: «El Hijo de hombre tiene que padecer mucho, ser
rechazado por los ancianos, sumos sacerdotes y
doctores de la ley, y ser ejecutado; pero tiene que
resucitar al tercer día»”). Lucas sigue fielmente la
redacción de Marcos, al poner el primer anuncio de la
pasión inmediatamente después de la declaración de
Pedro, en la que el apóstol reconoce a Jesús como «el
Mesías de Dios» (Lucas 9,22: “Entonces dijo: «El
Hijo de hombre tiene que padecer mucho, ser
rechazado por los ancianos, sumos sacerdotes y
doctores de la ley, y ser ejecutado; pero tiene que
resucitar al tercer día»”). La sucesión de ambos
pasajes es tan inmediata, que el anuncio, desde el
punto de vista gramatical, forma parte de la frase con
la que termina el episodio anterior; en realidad, Lucas
no hace más que añadir un participio (εἰπὼν,
«diciendo»), que depende del verbo precedente:
παρήγγειλεν («mandó»; en este caso: «prohibió»).
Esto significa que, al suprimir la frase introductoria de
Marcos: «Y empezó a instruirles» (Marcos 8,31a),
Lucas une la declaración de Pedro y el anuncio de la
pasión con unos vínculos formales mucho más
estrechos que los de su propia fuente («Marcos»).
Aquí tratamos por separado ambos episodios no sólo
por los problemas específicos de interpretación que
plantea cada pasaje, sino también porque Lucas ha
suprimido la escena siguiente de la confrontación entre
Jesús y Pedro. Por otra parte, conviene tratarlos bajo
distinto epígrafe, porque el anuncio de la pasión tiene
sus relaciones particulares con los demás anuncios del
mismo género. Acabamos de señalar, casi de pasada,
el hecho de que la redacción de Lucas omite el
incidente de la violenta reacción de Pedro y la
respectiva reconvención de Jesús (Marcos 8,32-33:
“Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte,
Pedro, se puso a reprenderle. Pero él, volviéndose y
mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro,
diciéndole: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus
pensamientos no son los de Dios, sino los de los
hombres»”). La omisión se debe, indudablemente, al
carácter de esa confrontación, en la que Pedro sale
bastante malparado. A lo largo de su narración
evangélica, Lucas omite deliberadamente - en la
medida de lo posible - todo lo que puede resultar
ofensivo para la figura de Pedro e incluso para los
apóstoles en general. En las respectivas «notas»
exegéticas comentaremos otras modificaciones
menores, en las que se aprecia el proceso de
reelaboración de Lucas sobre el texto de Marcos. El
episodio precedente constituía, en la presentación de
Lucas, una respuesta a la gran pregunta de Herodes
(véase Lucas 9,9: "Herodes dijo: «A Juan, le decapité
yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?» Y
buscaba verle"). Ahora, al omitir la reacción de Pedro
y la subsiguiente reconvención de Jesús (Marcos 8,32-
33: “Hablaba de esto abiertamente. Tomándole
aparte, Pedro, se puso a reprenderle. Pero él,
volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a
Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mi vista, Satanás!
porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los
de los hombres»”), Lucas se centra en las solemnes
palabras de este último, que, en realidad, son otra
respuesta - en este caso, la del mismo protagonista - al
interrogante planteado por el tetrarca. De momento no
hay reacción de los discípulos a la declaración de
Jesús, y los versículos siguientes (versículos 23-27:
"Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero
quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de
qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero,
si él mismo se pierde o se arruina? Porque quien se
avergüence de mí y de mis palabras, de ése se
avergonzará el Hijo del hombre, cuando venga en su
gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles.
Pues de verdad os digo que hay algunos, entre los
aquí presentes, que no gustarán la muerte hasta que
vean el Reino de Dios»") son, a su modo, una nueva
respuesta a la pregunta fundamental. La reacción de
los discípulos quedará consignada más adelante (Lucas
9,45: "Pero ellos no entendían lo que les decía; les
estaba velado de modo que no lo comprendían y
temían preguntarle acerca de este asunto"); pero no
como disconformidad con el enunciado destino de
Jesús, sino como simple incomprensión, como falta de
inteligencia; de modo que «hasta tenían miedo de
preguntarle qué quería decir» con aquellas palabras.
La redacción lucana de esta aseveración de Jesús, en la
que el mismo protagonista anuncia su futuro destino,
reproduce, casi a la letra, el texto de Marcos 8,31: "Y
comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía
sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los
sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y
resucitar a los tres días"; lo único que cambia es la
precisión temporal: Marcos dice: μετὰ τρεῖς ἡμέρας
(«después de tres días»); Lucas, en cambio: τῇ τρίτῃ
ἡμέρᾳ («al tercer día»). Esta declaración de Jesús es el
primero de los tres anuncios formales de su pasión y
resurrección, tal como los presenta el Evangelio según
Lucas; los otros dos se encuentran en Lucas 9,43b-45:
“Estando todos maravillados por todas las cosas que
hacía, dijo a sus discípulos: «Poned en vuestros oídos
estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado
en manos de los hombres.» Pero ellos no entendían lo
que les decía; les estaba velado de modo que no lo
comprendían y temían preguntarle acerca de este
asunto”; 18,31-34: “Tomando consigo a los Doce, les
dijo: «Mirad que subimos a Jerusalén, y se cumplirá
todo lo que los profetas escribieron para el Hijo del
hombre; pues será entregado a los gentiles, y será
objeto de burlas, insultado y escupido; y después de
azotarle le matarán, y al tercer día resucitará.» Ellos
nada de esto comprendieron; estas palabras les
quedaban ocultas y no entendían lo que decía”. La
especial vinculación mutua de estos tres asertos brota
de su presencia en la llamada «triple tradición» y del
carácter peculiar de su contenido; sólo en estos tres
casos Jesús habla directa y pormenorizadamente de su
futuro destino. Sin embargo, por su temática,
entroncan con una larga serie de afirmaciones en las
que Jesús hace referencia a su muerte. Usando la
terminología de H. Schürmann (y de V. Howard),
hablaremos de referencias «veladas»: Lucas 5,33-35:
“Ellos le dijeron: «Los discípulos de Juan ayunan
frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de
los fariseos, pero los tuyos comen y beben.» Jesús les
dijo: «¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la
boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán
en que les será arrebatado el novio; entonces
ayunarán en aquellos días»”; 11,29-32: “Habiéndose
reunido la gente, comenzó a decir: «Esta generación
es una generación malvada; pide una señal, y no se le
dará otra señal que la señal de Jonás. Porque, así
como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el
Hijo del hombre para esta generación. La reina del
Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de
esta generación y los condenará: porque ella vino de
los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón,
y aquí hay algo más que Salomón. Los ninivitas se
levantarán en el Juicio con esta generación y la
condenarán; porque ellos se convirtieron por la
predicación de Jonás, y aquí hay algo más que
Jonás”; 13,31-35: “En aquel mismo momento se
acercaron algunos fariseos, y le dijeron: «Sal y vete
de aquí, porque Herodes quiere matarte.» Y él les
dijo: «Id a decir a ese zorro: Yo expulso demonios y
llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y al tercer día
soy consumado. Pero conviene que hoy y mañana y
pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta
perezca fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén!, la
que mata a los profetas y apedrea a los que le son
enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus
hijos, como una gallina su nidada bajo las alas, y no
habéis querido! Pues bien, se os va a dejar vuestra
casa. Os digo que no me volveréis a ver hasta que
llegue el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en
nombre del Señor!»”; 20,9-18: “Se puso a decir al
pueblo esta parábola: «Un hombre plantó una viña y
la arrendó a unos labradores, y se ausentó por mucho
tiempo. A su debido tiempo, envió un siervo a los
labradores, para que le diesen parte del fruto de la
viña. Pero los labradores, después de golpearle, le
despacharon con las manos vacías. Volvió a enviar
otro siervo, pero ellos, después de golpearle e
insultarle, le despacharon con las manos vacías.
Tornó a enviar un tercero, pero ellos, después de
herirle, le echaron. Dijo, pues, el dueño de la viña:
“¿Qué haré? Voy a enviar a mi hijo querido; tal vez le
respeten.” Pero los labradores, al verle, se dijeron
entre sí: “Este es el heredero; matémosle, para que la
herencia sea nuestra.” Y, echándole fuera de la viña,
le mataron. «¿Qué hará, pues, con ellos el dueño de la
viña? Vendrá y dará muerte a estos labradores, y
entregará la viña a otros.» Al oír esto, dijeron: «De
ninguna manera.» Pero él clavando en ellos la
mirada, dijo: «Pues, ¿qué es lo que está escrito: La
piedra que los constructores desecharon en piedra
angular se ha convertido? Todo el que caiga sobre
esta piedra, se destrozará, y a aquel sobre quien ella
caiga, le aplastará»” (con eventuales paralelismos en
los otros dos sinópticos). A los textos citados
podríamos añadir un tercer grupo de referencias, en las
que Jesús alude al carácter salvífico de su propia
muerte: Lucas 22,19-20: “Tomó luego pan, y, dadas
las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi
cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en
recuerdo mío.» De igual modo, después de cenar, la
copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi
sangre, que es derramada por vosotros”; 22,28:
“Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en
mis pruebas” (véase Marcos 10,45: “que tampoco el
Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir
y a dar su vida como rescate por muchos”). Un último
grupo de alusiones podría concretarse en los siguientes
textos: Lucas 12,50: “Con un bautismo tengo que ser
bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se
cumpla!” (proveniente de «L»); 17,25: "Pero antes
tendrá que sufrir mucho y será rechazado por esta
generación" (composición propia de Lucas, como
resonancia de 9,22: “Entonces dijo: «El Hijo de
hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por
los ancianos, sumos sacerdotes y doctores de la ley, y
ser ejecutado; pero tiene que resucitar al tercer
día»”); 22,22: “Porque el Hijo del hombre se marcha
según está determinado. Pero, ¡ay de aquel por quien
es entregado!»” (véase Marcos 14,21: “Porque el
Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero
¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es
entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber
nacido!»”); 24,7: "diciendo que el Hijo del Hombre
debía ser entregado en manos de hombres pecadores,
y ser crucificado, y al tercer día resucitar"
(composición propia de Lucas, en la que se resumen
todos los anuncios hechos a lo largo de su narración
evangélica). Vamos a centrarnos ahora en el primero
de esos cuatro grupos, que se conoce comúnmente
como «predicciones de la pasión». El versículo que
comentamos (Lucas 9,22: “Entonces dijo: «El Hijo de
hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por
los ancianos, sumos sacerdotes y doctores de la ley, y
ser ejecutado; pero tiene que resucitar al tercer
día»”) constituye precisamente la primera de esas
«predicciones» en la narración evangélica de Lucas. A
partir, sobre todo, de las investigaciones de R.
Bultmann, es relativamente frecuente negar a estos
pasajes toda clase de valor histórico, por considerarlos
como «predicciones después del acontecimiento»
(vaticinia ex eventu). Se trata, según los críticos, de
creaciones de la comunidad primitiva, imposibles de
atribuir al Jesús histórico durante el período de su
ministerio público; se aplica aquí el criterio - hoy
ampliamente reconocido - de la «disparidad» o
«asincronismo» (véase E. Kásemann). Cuando se
observa que, en el Evangelio según Marcos, los tres
anuncios vienen casi seguidos (Marcos 8,31: "Y
comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía
sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los
sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y
resucitar a los tres días"; 9,31: “porque iba
enseñando a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del
hombre será entregado en manos de los hombres; le
matarán y a los tres días de haber muerto
resucitará»”; 10,32-34: “Iban de camino subiendo a
Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos
estaban sorprendidos y los que le seguían tenían
miedo. Tomó otra vez a los Doce y comenzó a decirles
lo que le iba a suceder: «Mirad que subimos a
Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los
sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a
muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de
él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres
días resucitará»”), y todos en la segunda parte del
evangelio, con una función de ir revelando
progresivamente el «secreto mesiánico», y
concretamente en número de «tres», con el alto valor
simbólico de ese número, lo más lógico es suponer que
todo obedece a un calculado artificio de indiscutible
índole literaria. Cierto que hay variaciones en cada uno
de los pasajes, pero también hay elementos que se
superponen; por ejemplo, los tres anuncios mencionan
ὁ υἱός τοῦ ἀνθρώπου («Hijo de hombre»), emplean el
verbo ἀποκτείνω («matar», «ejecutar») y coinciden en
la expresión μετὰ τρεῖς ἡμέρας ἀναστῆναι («resucitar a
los tres días», «después de tres días»); por otra parte,
en dos de los anuncios se usa el verbo παραδίδωμι
(entregar») y se hace mención de ἀρχιερεῖς καὶ
γραμματεῖς («sumos sacerdotes» y «doctores de la
ley»). Todos los esfuerzos por descubrir la
formulación más primitiva de estos anuncios han
resultado fallidos. Sin embargo, hay que reconocer que
en el tercer anuncio se detectan huellas evidentes del
relato propiamente dicho de la pasión (Marcos 14-15).
Por consiguiente, es muy difícil negar una cierta
manipulación literaria por parte de los evangelistas, y
es lógico, ya que las narraciones evangélicas se
escriben con una visión retrospectiva de los
acontecimientos. Pero admitir una elaboración literaria
de los materiales no implica necesariamente la
negación absoluta de su valor histórico, en cuanto
vaticinia ex eventu, y menos aún incluye en esa
valoración negativa a los otros tres grupos de textos en
los que, según la tradición sinóptica, Jesús hace una
referencia, más o menos velada, a su propia muerte.
Sería excesivamente radical afirmar, como hace R.
Bultmann, que «no podemos saber absolutamente
nada sobre la comprensión que el propio Jesús tuvo de
su muerte». Es muy posible que la tradición anterior a
Marcos, al contemplar retrospectivamente el
ministerio de Jesús en Galilea, hubiera atribuido a
ciertas palabras del Maestro un significado más
profundo que el que tuvieron en su momento histórico,
e incluso es comprensible que se hubieran interpretado
esas afirmaciones en un sentido salvífico, que supone
ya todo un proceso de elaboración teológica. Si se
analizan, en sí y por sí mismos, los diversos grupos de
textos en los que Jesús hace referencia a su muerte,
hay que contar, al menos, con ciertos datos de
tradición verdaderamente históricos. Es decir, la
comunidad tuvo que conservar determinadas palabras
de Jesús que manifestaban cómo él, poco a poco, iba
dándose cuenta de que sus crecientes enfrentamientos
con las autoridades judías contemporáneas tenían que
desembocar, previsiblemente, en una situación crítica,
que podría llevarle incluso a una muerte violenta. Le
bastaba mirar a su alrededor: Juan Bautista acababa de
ser asesinado, y, según sus conocimientos, algunos
profetas habían corrido la misma suerte (Isaías:
Ascensión de Isaías 5,1-2: "A causa, pues, de estas
visiones se irritó Beliar contra Isaías, moró en el
corazón de Manasés y lo aserró con una sierra de
madera. Mientras Isaías era aserrado, Belkira estaba
acusándolo y todos los falsos profetas estaban
riéndose y regocijándose a causa de Isaías, pues
Belkira y el demonio Metembuco se burlaban de él. E
Isaías no lloró ni gritó mientras lo aserraban, sino que
hablaba por su boca el Espíritu Santo, hasta que fue
partido en dos. Esto hizo Beliar a Isaías por mano de
Belkira y Manasés, pues estaba Semeyel sobremanera
enojado con aquel desde los días de Ezequías, rey de
Judá, a causa de las visiones que había tenido acerca
del Amado, y también de la ruina de Semeyel que
había visto por mediación del Señor cuando aún
reinaba Ezequías, su padre. Así obró Manasés según
la voluntad de Satanás"; Urías: Jeremías 26,20-23:
"Hubo además otro hombre que profetizaba en
nombre del Señor: Urías, hijo de Semaías, de Quiriat
Iearím. El profetizó contra esta ciudad y contra este
país en los mismos términos que Jeremías. El rey
Joaquím, todos sus guardias y los jefes oyeron sus
palabras, y el rey intentó darle muerte. Al enterarse,
Urías sintió temor y huyó a Egipto. Pero el rey
Joaquím envió a Egipto a Elnatán acompañado de
algunos hombres. Ellos sacaron a Urías de Egipto y lo
llevaron ante el rey Joaquím, que lo hizo matar con la
espada y arrojó su cadáver a la fosa común"; Azarías:
2 Crónicas 24,20-21: "El espíritu de Dios revistió a
Zacarías, hijo del sacerdote Iehoiadá, y este se
presentó delante del pueblo y les dijo: «Así habla
Dios: ¿Por qué quebrantan los mandamientos del
Señor? Así no conseguirán nada. ¡Por haber
abandonado al Señor, él los abandonará a ustedes!».
Ellos se confabularon contra él, y por orden del rey lo
apedrearon en el atrio de la Casa del Señor"; véase,
además, Lucas 11,49-51: "Por eso la Sabiduría de
Dios ha dicho: Yo les enviaré profetas y apóstoles:
matarán y perseguirán a muchos de ellos. Así se
pedirá cuanta a esta generación de la sangre de todos
los profetas, que ha sido derramada desde la creación
del mundo: desde la sangre de Abel hasta la sangre de
Zacarías, que fue asesinado entre el altar y el
santuario. Sí, les aseguro que a esta generación se le
pedirá cuenta de todo esto"; 13,34: "¡Jerusalén,
Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los
que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus
hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los
pollitos, y tú no quisiste!"). Dispersos por toda la
tradición sinóptica hay muchos retazos de diversos
dichos de Jesús que apuntan en esa dirección. No es
imposible que esos datos de la tradición anterior a
Marcos hubieran llegado a formularse como
«predicciones» explícitas para intentar superar, de esta
manera, el gravísimo escándalo de la cruz. Pero, al
mismo tiempo, no es evidente que Marcos fuera el
primero en darles esa formulación concreta. Lo que sí
es plausible es que fuera el propio Marcos el que los
dispuso en tríada y los vinculó a la manifestación
gradual del «secreto mesiánico». Y, finalmente, de la
redacción de Marcos pasó el triple anuncio a Mateo y
a Lucas. Aunque la función principal de este versículo
es dar su perspectiva correcta a la declaración de
Pedro, el anuncio implica, a su vez, una respuesta a la
pregunta de Herodes en Lucas 9,9 ("Herodes dijo: «A
Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien
oigo tales cosas?» Y buscaba verle"). Pero, por otra
parte, prepara el comienzo del viaje de Jesús a
Jerusalén; en Lucas 9,51: ("Sucedió que como se iban
cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su
voluntad de ir a Jerusalén"), Jesús se encamina
irrevocablemente a la ciudad de su destino. Jesús sabe
que su destino de muerte es voluntad del Padre; ni
siquiera una declaración como la de Pedro, que le
reconoce como «ungido de Dios» e instrumento de su
salvación, puede borrar de su horizonte - y
precisamente a este punto de la narración evangélica -
la perspectiva trágica de su muerte. Pedro - y los
demás discípulos - tienen que conocer lo que les
espera) ENTONCES DIJO (Literalmente:
«diciendo». El participio aoristo εἰπὼν (dijo) depende
de παρήγγειλεν (mandó), verbo principal de la frase
con la que termina el episodio anterior (Lucas 9,2l:
"Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a
nadie"). La aseveración de Jesús añade un correctivo a
la declaración de Pedro y matiza la imposición de
guardar silencio) EL HIJO DE HOMBRE (La frase
está tomada de Marcos 8,31: "Y comenzó a enseñarles
que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser
reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y
los escribas, ser matado y resucitar a los tres días".
Esta expresión se refiere al propio Jesús y,
concretamente, a su pasión (sentido que no aparece en
«Q»). En Marcos 8,31: "Y comenzó a enseñarles que
el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado
por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas,
ser matado y resucitar a los tres días" no se presupone
la identidad entre los títulos Χριστός («Cristo») y ὁ
υἱός τοῦ ἀνθρώπου («El Hijo de hombre»). El origen
veterotestamentario de ambos apelativos es totalmente
diferente, y no hay que confundirlos ni hablar de «Hijo
de hombre» como un título de carácter «mesiánico».
En este versículo de Lucas - como, por otra parte, en
Marcos - se usa como correctivo de una designación
mesiánica, precisamente la que suena en labios de
Pedro. Es más, en Mateo 16,20 ("Entonces ordenó a
los discípulos que a nadie dijeran que Él era el
Cristo") se sustituye el título ὁ υἱός τοῦ ἀνθρώπου
(«El Hijo de hombre») por el pronombre personal
αὐτός («él»): «prohibió terminantemente a sus
discípulos decir a nadie que él era el Cristo») TIENE
QUE PADECER MUCHO (También esta frase está
tomada de Marcos 8,31 ("Y comenzó a enseñarles que
el Hijo del Hombre debía padecer muchas cosas, y ser
rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes
y los escribas, y ser muerto, y después de tres días
resucitar"). El verbo impersonal Δεῖ («tiene que», «es
necesario») cuadra perfectamente dentro de uno de los
esquemas interpretativos más importantes de la obra
de Lucas, donde se insiste en la «necesidad» de que
Jesús lleve plenamente a cabo el plan salvífico del
Padre. La tradición sinóptica ha conjugado aquí los
dos temas: «Hijo de hombre» y «sufrimiento». La
tradición veterotestamentaria desconoce absolutamente
la figura de un Hijo de hombre marcado por el
sufrimiento, aunque muchas veces se ha querido
relacionar esta noción con el cuarto cántico del
«Siervo», en el segundo Isaías (Isaías 52,13-53,12: "Sí,
mi Servidor triunfará: será exaltado y elevado a una
altura muy grande. Así como muchos quedaron
horrorizados a causa de él, porque estaba tan
desfigurado que su aspecto no era el de un hombre y
su apariencia no era más la de un ser humano, así
también él asombrará a muchas naciones, y ante él los
reyes cerrarán la boca, porque verán lo que nunca se
les había contado y comprenderán algo que nunca
habían oído. ¿Quién creyó lo que nosotros hemos oído
y a quién se le reveló el brazo del Señor? Él creció
como un retoño en su presencia, como una raíz que
brota de una tierra árida, sin forma ni hermosura que
atrajera nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera
agradarnos. Despreciado, desechado por los hombres,
abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como
alguien ante quien se aparta el rostro, tan
despreciado, que lo tuvimos por nada. Pero él
soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con
nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos
golpeado, herido por Dios y humillado. Él fue
traspasado por nuestras rebeldías y triturado por
nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz
recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados.
Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo
cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer
sobre él las iniquidades de todos nosotros. Al ser
maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca:
como un cordero llevado al matadero, como una oveja
muda ante el que la esquila, él no abría su boca. Fue
detenido y juzgado injustamente, y ¿quién se preocupó
de su suerte? Porque fue arrancado de la tierra de los
vivientes y golpeado por las rebeldías de mi pueblo. Se
le dio un sepulcro con los malhechores y una tumba
con los impíos, aunque no había cometido violencia ni
había engaño en su boca. El Señor quiso aplastarlo
con el sufrimiento. Si ofrece su vida en sacrificio de
reparación, verá su descendencia, prolongará sus
días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de
él. A causa de tantas fatigas, él verá la luz y, al
saberlo, quedará saciado. Mi Servidor justo justificará
a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos. Por
eso le daré una parte entre los grandes y él repartirá
el botín junto con los poderosos. Porque expuso su
vida a la muerte y fue contado entre los culpables,
siendo así que llevaba el pecado de muchos e
intercedía en favor de los culpables"). No se puede
negar, evidentemente, que la obra de Lucas hace
diversas alusiones a este pasaje veterotestamentario
(22,37: "Porque les aseguro que debe cumplirse en mí
esta palabra de la Escritura: Fue contado entre los
malhechores. Ya llega a su fin todo lo que se refiere a
mí"; Hechos 3,13: "El Dios de Abraham, de Isaac y de
Jacob, el Dios de nuestros padres, glorificó a su
servidor Jesús, a quien ustedes entregaron, renegando
de él delante de Pilatos, cuando este había resuelto
ponerlo en libertad"; 8,32-35: "El pasaje de la
Escritura que estaba leyendo era el siguiente: "Como
oveja fue llevado al matadero; y como cordero que no
se queja ante el que lo esquila, así él no abrió la boca.
En su humillación, le fue negada la justicia. ¿Quién
podrá hablar de su descendencia, ya que su vida es
arrancada de la tierra?" El etíope preguntó a Felipe:
«Dime, por favor, ¿de quién dice esto el Profeta? ¿De
sí mismo o de algún otro?». Entonces Felipe tomó la
palabra y, comenzando por este texto de la Escritura,
le anunció la Buena Noticia de Jesús"). Pero es muy
discutible hasta qué punto se puede relacionar la idea
de un «Hijo de hombre marcado por el sufrimiento»
con la presentación del «Siervo» en el mencionado
cántico de Isaías. Por otro lado, hay que subrayar que
en este pasaje (Lucas 9,22: "Dijo: «El Hijo del hombre
debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos,
los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y
resucitar al tercer día»"; Marcos 8, 31: "Y comenzó a
enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer
muchas cosas, y ser rechazado por los ancianos, los
principales sacerdotes y los escribas, y ser muerto, y
después de tres días resucitar"), no se asocia el
«sufrimiento» con el «Cristo»; aparte de que no
disponemos de datos suficientes para afirmar que, en
el judaísmo de la época de Jesús, existiera ya una
relación entre los cánticos del Siervo (Isaías II) y la
figura del Mesías. Al «Siervo» de Isaías 52,13 ("Sí, mi
Servidor triunfará: será exaltado y elevado a una
altura muy grande") se le llama Mesías en el Tárgum
de Isaías; pero la fecha de ese tárgum no se puede fijar
antes del siglo v d. C. Véase también Lucas 17,25:
"Pero antes tendrá que sufrir mucho y será rechazado
por esta generación") SER RECHAZADO (La idea
es de «reprobación» por parte de las autoridades, como
se dice inmediatamente. En Lucas 17,25 ("Pero antes
tendrá que sufrir mucho y será rechazado por esta
generación") se dice: «ser rechazado por esta
generación») POR LOS ANCIANOS, SUMOS
SACERDOTES Y ESCRIBAS (Se recogen en esta
enumeración los tres grupos que constituían el Consejo
Supremo del judaísmo de entonces. Es la primera vez
que aparecen en la obra de Lucas las tres categorías de
dirigentes; ver Lucas 20,1: "Un día en que Jesús
enseñaba al pueblo en el Templo y anunciaba la
Buena Noticia, se le acercaron los sumos sacerdotes y
los escribas con los ancianos"; 22,52: "Después dijo a
los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del
Templo y a los ancianos que habían venido a
arrestarlo: «¿Soy acaso un ladrón para que vengan
con espadas y palos?"; Hechos 4,5: "Al día siguiente,
se reunieron en Jerusalén los jefes de los judíos, los
ancianos y los escribas"; 23,14: "Fueron al encuentro
de los sumos sacerdotes y los ancianos, y les dijeron:
Nosotros nos hemos comprometido bajo juramento a
no probar nada antes de haber matado a Pablo";
25,15: "durante mi estadía en Jerusalén, los sumos
sacerdotes y los ancianos de los judíos, presentaron
quejas pidiendo su condena". La enumeración está
tomada de Marcos 8, 31: "Y comenzó a enseñarles que
el Hijo del Hombre debía padecer muchas cosas, y ser
rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes
y los escribas, y ser muerto, y después de tres días
resucitar". La preposición que emplea Lucas para
expresar el sujeto agente es ἀπὸ (literalmente: «de»,
«desde») y no ὑπὸ («por»), como lo hace
frecuentemente a lo largo de toda su obra; véase Lucas
1,26: "Y al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por
Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret". Otro
fenómeno de composición gramatical, en Lucas, es el
empleo de un único artículo para las tres categorías, lo
que les da mayor cohesión que en Marcos. En la
redacción de Mateo (Mateo 16,21: "Desde entonces
Jesucristo comenzó a declarar a sus discípulos que
debía ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas de parte de
los ancianos, de los principales sacerdotes y de los
escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día"), la
frase preposicional se refiere a πολλὰ παθεῖν («padecer
mucho»); con lo que el sentido de la preposición ἀπὸ
(literalmente: «de», «desde») expresa no directamente
la causa, sino la procedencia de ese sufrimiento: «a
manos de». Sobre el término πρεσβύτερος
(«ancianos», véase Lucas 7,3: "Como había oído
hablar de Jesús, envió a unos ancianos judíos para
rogarle que viniera a curar a su servidor". En la obra
de Lucas, en general, ἀρχιερεύς (sumo sacerdote)
significa «sumo sacerdote», es decir, el jefe de los
sacerdotes que se turnaban en el servicio litúrgico del
templo, el presidente del Consejo Supremo y la
primera autoridad religiosa del judaísmo (Lucas 3,2:
"durante el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la
palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el
desierto"; 22,50: "Y uno de ellos hirió al siervo del
sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha"; 22,54:
"Habiéndole arrestado, se lo llevaron y le condujeron
a la casa del sumo sacerdote; mas Pedro le seguía de
lejos"; Hechos 4,6: "estaban allí el sumo sacerdote
Anás, Caifás, Juan y Alejandro, y todos los que eran
del linaje de los sumos sacerdotes"; 5,17: "Pero
levantándose el sumo sacerdote, y todos los que
estaban con él (es decir, la secta de los saduceos), se
llenaron de celo", etc.). El uso del plural (ἀρχιερέων,
sumos sacerdotes) no implica una referencia a los que
anteriormente habían ejercido el sumo sacerdocio, en
cuanto tal, sino que la denominación «sumos
sacerdotes» designa a los descendientes de familias
sacerdotales, y que eran miembros del Consejo
Supremo. Tenían en sus manos el control del culto, la
conservación del tesoro del templo y la vigilancia
sobre la disciplina sacerdotal. A ese grupo pertenecían
también el «comisario del templo» (Hechos 4,1:
"Mientras ellos hablaban al pueblo, se les echaron
encima los sacerdotes, el capitán de la guardia del
templo, y los saduceos"), los jefes de los diversos
turnos semanales, los responsables del servicio
litúrgico diario y los supervisores del templo. A
propósito de los γραμματεύς («escribas»), véase Lucas
5,21: "Entonces los escribas y fariseos comenzaron a
discurrir, diciendo: ¿Quién es éste que habla
blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados, sino
sólo Dios?"; 6,7: "Y los escribas y los fariseos
observaban atentamente a Jesús para ver si sanaba en
el día de reposo, a fin de encontrar de qué acusarle";
11,53: "Cuando salió de allí, los escribas y los
fariseos comenzaron a acosarle en gran manera, y a
interrogarle minuciosamente sobre muchas cosas". El
historiador Flavio Josefo, refiriéndose a las
autoridades del pueblo judío, establece igualmente una
distinción triple: jefes, sumos sacerdotes y Consejo. En
otras ocasiones, Flavio Josefo modifica ligeramente
esa tríada: jefes, sumos sacerdotes y «fariseos
eruditos», equivalentes, según parece, a los «doctores
de la ley». Pero, al parecer, Flavio Josefo desconoce la
tríada mencionada en los evangelios sinópticos) SER
EJECUTADO (No se dice explícitamente quiénes - o
quién - van a ser los responsables directos de la
ejecución de Jesús. Ver Hechos 2,23: "a éste,
entregado por el plan predeterminado y el previo
conocimiento de Dios, clavasteis en una cruz por
manos de impíos y le matasteis"; 2,36: "Sepa, pues,
con certeza toda la casa de Israel, que a este Jesús a
quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y
Cristo"; 3,15: "y disteis muerte al Autor de la vida, al
que Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual
nosotros somos testigos"; etc.) Y RESUCITAR
(Literalmente: ἐγερθῆναι («ser levantado», «ser
resucitado»). Un ejemplo más de «pasiva teológica».
Lucas emplea aquí el verbo ἐγείρειν (levantar) igual
que Mateo (Mateo 16, 21 ("Desde entonces Jesucristo
comenzó a declarar a sus discípulos que debía ir a
Jerusalén y sufrir muchas cosas de parte de los
ancianos, de los principales sacerdotes y de los
escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día") y en
contraposición a Marcos, que utiliza el intransitivo
ἀναστῆναι («ponerse en pie», «resucitar»). El verbo
ἐγείρειν (levantar) se emplea aquí en el mismo sentido
que en Lucas 7,14: "Y acercándose, tocó el féretro; y
los que lo llevaban se detuvieron. Y Jesús dijo: Joven,
a ti te digo: ¡Levántate!"; 7,22: "Y respondiendo
Jesús, les dijo: Id, decid a Juan lo que habéis visto y
oído; cómo los ciegos ven, los cojos andan, los
leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos
son resucitados y a los pobres es predicado el
evangelio"; 9,7: "Se enteró el tetrarca Herodes de todo
lo que pasaba, y estaba perplejo; porque unos decían
que Juan había resucitado de entre los muertos";
véase Lucas 7,6: "El temor se apoderó de todos, y
glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta ha
surgido entre nosotros, y: Dios ha visitado a su
pueblo". La serie de cuatro infinitivos (παθεῖν,
padecer; ἀποδοκιμασθῆναι, ser rechazado;
ἀποκτανθῆναι, ser ejecutado; ἐγερθῆναι, resucitar ),
dependientes de Δεῖ («tiene que», «es necesario»),
culmina en la resurrección. El destino de sufrimiento,
reprobación y muerte no termina en un estrepitoso
fracaso, sino en perspectiva de victoria) AL TERCER
DÍA (La expresión τῇ τρίτῃ ἡμέρᾳ (al tercer día)
aparece también en otros pasajes de la misma obra:
Lucas 13,32 (sin expresa mención del «día»: "Y Él les
dijo: Id, y decid a aquella zorra: He aquí, echo fuera
demonios y hago sanidades hoy y mañana, y al tercer
día seré consumado"); 18,33: "y después de azotarle,
le matarán, y al tercer día resucitará"; 24,7: "diciendo
que el Hijo del Hombre debía ser entregado en manos
de hombres pecadores, y ser crucificado, y al tercer
día resucitar"; 24,21: "Pero nosotros esperábamos
que Él era el que había de redimir a Israel, y además
de todo esto, hoy es el tercer día que estas cosas
acontecieron"; 24,46: "y les dijo: Así está escrito, que
el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos
al tercer día"; Hechos 10,40: "A éste Dios le resucitó
al tercer día e hizo que se manifestara". Al emplear
aquí esta fórmula, se desvía de Marcos 8,31 ("Y
comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía
padecer muchas cosas, y ser rechazado por los
ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y
ser muerto, y después de tres días resucitar") - que
dice: μετὰ τρεῖς ἡμέρας («después de tres días») - y
coincide con Mateo 16, 21 ("Desde entonces
Jesucristo comenzó a declarar a sus discípulos que
debía ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas de parte de
los ancianos, de los principales sacerdotes y de los
escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día"). No
podemos saber con seguridad por qué Lucas ha
introducido ese cambio. De hecho, en las narraciones
de la infancia ha empleado la frase μετὰ ἡμέρας τρεῖς
(Lucas 2,46: "Y aconteció que después de tres días le
hallaron en el templo, sentado en medio de los
maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas");
además, Hechos 25,1: "Festo, entonces, tres días
después de haber llegado a la provincia, subió a
Jerusalén desde Cesarea"; 28,17: "Y aconteció que
tres días después Pablo convocó a los principales de
los judíos, y cuando se reunieron, les dijo: Hermanos,
sin haber hecho yo nada contra nuestro pueblo ni
contra las tradiciones de nuestros padres, desde
Jerusalén fui entregado preso en manos de los
romanos", y, aunque con un ligero cambio - μῆνας,
= «meses»), en lugar de ἡμέρας («días») -, en Hechos
28,11: "Después de tres meses, nos hicimos a la vela
en una nave alejandrina que había invernado en la
isla, y que tenía por insignia a los Hermanos
Gemelos". ¿Se puede atribuir a sensibilidad lingüística,
ya que la expresión «después de tres días», tomada en
su sentido estricto, querría decir: «al cuarto día»? Por
ahí va la interpretación de N. Walker, que remite al
texto de Oseas 6,2: «En dos días nos hará revivir, al
tercer día nos restablecerá», donde la expresión «en
dos días» (- «después de dos días») se usa en
paralelismo con «al tercer día». Pero, aparte de que la
interpretación de N. Walker se basa en la cronología
de la Semana Santa, establecida por A. Jaubert, la
explicación no resulta convincente. Flavio Josefo usa
las dos expresiones griegas como sinónimas. Lo más
probable es que la locución «al tercer día» se hubiera
ido consolidando en la tradición presinóptica, como
fórmula griega para datar la resurrección de Jesús. De
hecho, la encontramos ya en 1 Corintios 15,4 ("que fue
sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las
Escrituras"), donde se reproduce un fragmento del
kerigma anterior a Pablo. Por consiguiente, lo más
lógico es que Mateo y Lucas, independientemente
entre sí, hayan modificado la expresión de Marcos. Y
lo mismo se puede decir a propósito del verbo ἐγείρειν
(levantar, concretamente: ἐγερθῆναι, resucitar). Sin
embargo, J. Kloppenborg considera las formulaciones
de Mateo y Lucas como una alusión a Oseas 6,2:
"Después de dos días nos hará revivir, al tercer día
nos levantará, y viviremos en su presencia "; es
posible, pero no se puede afirmar con seguridad)