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La veracidad de los evangelios y la

evidencia documental
Por «evidencia documental» queremos decir los textos griegos de los cuatro
Evangelios que están a la disposición de los traductores y escriturarios en nuestros
tiempos. Pasaron catorce siglos antes de que los textos pudiesen beneficiarse de la
exacta impresión y rápida distribución que se debe a la invención de la imprenta,
durante los cuales las copias tenían que hacerse a mano, fuese en frágiles papiros,
fuese en costosos pergaminos. Los autógrafos de los evangelistas se han perdido,
igual que todos los de las obras clásicas de la antigüedad, y hemos de depender en
todos estos casos de copias de copias. Pero se puede afirmar, sin posibilidad alguna
de contradicción de parte de personas enteradas de estas cuestiones, que no existe
obra literaria antigua alguna sobre cuya autenticidad abunden tantas pruebas,
sobre todo en el terreno documental. Los copistas cristianos, inspirados por su fe,
eran mucho más diligentes que los paganos, dedicándose gran número de ellos a
sacar copias de los preciosos escritos apostólicos que eran el sustento espiritual de
las iglesias de los primeros siglos de la era. Como resultado de este santo celo, se
catalogan hoy más de 4.000 manuscritos de todo, o de una parte, del N.T., los
cuales se hallan diseminados por los museos, bibliotecas y centros de investigación
de Europa y de América, revistiéndose algunos de gran antigüedad y autoridad. La
«crítica textual» bíblica ha llegado a ser una ciencia, a la que dedican sus desvelos
centenares de eruditos que pueden discernir el valor de los textos que estudian, y
que nos acercan siempre más a la época apostólica. Variantes en detalle existen,
pero no es cierto que el texto esté muy corrompido. Al contrario, Sir Frederick
Kenyon, director en su tiempo del Museo Británico y autoridad indiscutible en la
materia, afirmaba que los textos griegos modernos, que resultan de los afanes de
los eruditos, tales como el Nestlé revisado, no difieren sino en detalles
insignificantes de los autógrafos de los apóstoles y los evangelistas.
De gran valor es el Códice Sinaíticus, que fue hallado por el erudito alemán
Tischendorf en el monasterio de Sinaí en 1844, y que ahora constituye uno de los
mayores tesoros literarios y bíblicos del Museo Británico. Del mismo tipo es el
Códice Vaticanus, guardado, corno señala su nombre, en la Biblioteca Vaticana,
pero ahora a la disposición de los escriturarios. Fueron copiados de excelentes
manuscritos durante el siglo IV.

De los papiros muy antiguos, muchos de los cuales han sido sacados a la luz por los
arqueólogos en tiempos recientes, puede servir de ejemplo la colección «Chester
Beatty" que contiene los cuatro Evangelios, diez de las epístolas paulinas, la Epístola
a los Hebreos y el Apocalipsis. Fueron copiados de buenos textos en el siglo III.

Se guarda en la Biblioteca «John Rylands» de Manchester un fragmento del capítulo


18 de San Juan, muy pequeño, pero muy importante, ya que, según el criterio de los
paleógrafos, pertenece a la primera mitad del siglo II. Uno de ellos, el doctor Guppy,
ha dicho que apenas había tenido tiempo de secarse la tinta del autógrafo de S.
Juan cuando se sacó la copia a la cual pertenecía este fragmento. Constituye una
evidencia incontrastable en favor de la fecha tradicional de la redacción del
Evangelio según Juan sobre los años 95 a 100 d.C.

No existen otros documentos antiguos que se apoyen ni con la mínima parte de las
pruebas documentales del N.T., y en particular, los cuatro Evangelios.