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MICHEL SERRES

EL PASO DEL
NOROESTE
Hermes V

Serie CIENCIA

EDITORIAL DEBATE
Primera edición: marzo 1991

Directores de la Serie CIENCIA


FERNANDO CONDE y FRANCISCO VARELA

Versión castellana de
SARAH MIRKOVITCH
Revisión de
NEILLY SCHNAITH
Corrección de
RENE PALACIOS MORE

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita


de los titulares del Copyright, bajo las sanciones establecidas en las
leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio
o procedimiento, comprendidas la reprografía y el tratamiento
informático, y la distribución de ejemplares de ella, mediante a1quiler
o préstamo públicos.

Titulo original: Le passage du Nord-Ouest


© Les Editions de Minuit
© De la traducción, Sarah Mirkovitch
© De la versión castellana, Editorial Debate, S. A.
Recoletos, 7, 28001 Madrid

I.S.B.N.: 84-7444462-4
Depósito legal: M. 4.54O-1991
Compuesto en Imprimatur, S. A.
Impreso en Unigraf, Arroyomolinos, Móstoles (Madrid)
Impreso en España
El
nuevo
Zenón







Zenón partió de Atenas para ir a embarcar hacia Elea.
Era un tiempo en que la tierra estaba virgen de carreteras, y
la costa, privada de puertos. Internóse en este espacio nuevo.
Al alcanzar la mitad de su viaje, recordó sus cálculos. Una
angustia le estremeció. No pensemos más, dijo, quizá sea un
sueño. Era inevitable que llegase, poco después, a la mitad
exacta de lo que le quedaba de camino, y su congoja
agravóse, y tornóse más pesada aún en medio del tercer
segmento; sintió, de repente, cómo se pegaba a sus sandalias
el infinito de estas mitades, delante ... Zenón llega, no llega.
¿Llegará?
Zenón partió de Atenas para ir a embarcar hacia Elea.
Algunas tortugas se arrastraban por el polvo de la tierra, y
las flechas volaban en el día. Antes de alcanzar la mitad de su
esfuerzo, midió el tercio del espacio, para matar el tiempo
variaba un tanto su razonamiento. Era inevitable que llegase,
poco después, al tercio de lo que le quedaba de camino, y vio,
alineados delante, la infinita cadena de estos tercios que le
esperaba, interminable ... Zenón pasa, no pasa. ¿Pasará?
Zenón partió de Atenas para ir a embarcar hacia Elea.
Apenas hubo puesto un pie, ligero, delante del otro, se puso a
cavilar sobre las miríadas, y aún más, de maneras de trocear
el viaje, y de recomenzar. Antes de pasar el moto mitad,
aparece el moto tercio, antes del tercio, el cuarto; antes del
cuarto ... el diezmilésimo, y así cuantas veces querré. Zenón
parte, no parte. ¿Dejará Zenón Atenas?
Al dividir su ruta en fracciones, había descubierto que el
espacio se parece al espacio, que en él reina la similitud y,
como suele decirse, la representación. Este espacio
cualquiera, una vez atravesado, se representará. Una y otra
vez, fútil y necia iteración, de información nula.
Michel Serres 12

Quiso cambiar. ¿Por qué siempre caminaba en una


dirección y un solo sentido?
Zenón partió de Atenas para ir a embarcar donde fuera,
en la costa. Encontraré a un pescador en cualquier lugar,
decía. Al alcanzar la mitad de su viaje, unos dicen la tercera
parte, otros dicen la cuarta, pero los más sagaces hablan de
la milésima parte, inflexionó ligeramente su rumbo hacia la
derecha, digamos un cuarto, como suelen calcular los
marineros. Era inevitable que llegase a la segunda mitad, al
segundo tercio, al segundo cuarto, no sé, entonces inflexionó
ligeramente su rumbo a la derecha, digamos un cuarto largo,
como lo evalúan los marineros. Entonces vio, involucionado
en una región del espacio, a su derecha, una especie de cono,
algo así como un cráter, un pozo, cuyo fondo no distinguía.
Zenón se atasca. No, no se atasca. ¿Se atascará?
Zenón partió de Atenas para ir a embarcar hacia Elea.
Hay que decidir, se dijo. Primero, delimitar bien los cortes y
saber dónde pongo el pie, mi elección se hace en lo
innumerable, la mitad, el cuarto, el diezmilésimo; luego,
zanjar bien mi ángulo de inclinación, izquierda o derecha, y
su abertura. Aun antes de partir, incluso antes de elegir, de
golpe, el espacio se llenaba ante él de trampillas virtuales o
posibles agujeros, de zapas o pozos, de ombligos, de
singularidades, soberbio, lujuriante. No, ya no era un camino
de método, era más bien un éxodo, tenía la sensación, un
tanto extática, de extraer su destino del cubilete del
ilusionista. Según su arbitraria elección, podía decir
aproximadamente en qué región estaría en peligro de pasar el
resto de su vida. Zenón escoge. No, no escoge. ¿Escogerá?
Zenón partió de Atenas para ir a embarcar hacia Elea.
Aquello ocurrió hace mucho tiempo, aquello ocurrió hace un
momento. Sabio griego que partió con buen pie y paso
regular. He aquí pues que al tercio (digamos) del recorrido,
una montaña, arrojada allí por los dioses, hizo obstáculo* a su

*
Ante este primer caso de construcción chocante, conviene explicitar el
criterio que ha guiado esta traducción. Hacer justicia al estilo de Michel Serres
supone intentar una fidelidad no sólo de fondo sino también de forma. He sido,
pues, fiel, en la medida de lo posible, a la terminología, la puntuación, la
construcción, los juegos de lenguaje, el ritmo que marca la acentuada
El paso del Noroeste 13
avance. Tuvo que desviarse para volver a encontrar su
verdadero camino, a los dos tercios del recorrido. Este desvío
formaba como un ángulo alrededor de la montaña. Adentróse
sin más en la primera de las dos vías quebradas. Ahora bien,
al tercio del nuevo, recorrido, una colina, arrojada allí por un
dios, le hizo obstáculo. Tuvo que desviarse para encontrar su
camino, a los dos tercios del nuevo recorrido. Aquello
formaba un ángulo alrededor de la colina. Adentróse en la
primera de las dos vías quebradas. Al tercio de esta vía, se
opuso un montículo arrojado allí por algún héroe. De ahí un
desvío hacia los dos tercios, de nuevo. De nuevo un ángulo
alrededor del montículo. Adentróse en esta vía quebrada. Al
tercio, una mota de tierra, arrojada allí por un campesino,
está delante. Desvío por un ángulo alrededor de la mota. Se
adentra. Al tercio, una partícula de polvo, arrojada allí por el
viento, enfrente. Pequeño ángulo, aún, rodeando la partícula.
Avanza. Al tercio, un átomo, arrojado allí por azar, a sus pies.
Ángulo, contorno de átomo. Camina. ¿Quién va a arrojar aún
ante Zenón alguna pequeña partícula, para desviarlo de su
curso, de su retorno al país natal? Zenón ya no pasa. No,
Zenón pasa. ¿Pasa? ¿Pero qué es del propio Zenón ante la
talla de Von Koch?
Zenón por último, el verdadero Zenón o el nuevo, Zenón
de Elea, de Atenas, de París, o de donde queráis, Zenón partió
de aquí para ir a embarcar allá, hacia parajes difíciles. Por
precaución, llevaba en el bolsillo un cubilete, donde bailaban
los dados. Eso me evitará decidir, dijo; y por otra parte, sea el
temor a los dioses, a los semidioses, a las trampas, a las
náyades de buen encuentro y monstruos de mal encuentro, a
los campesinos, a las circunstancias y al viento, prefería
conducir él mismo su maniobra. Da lo mismo, dijo, pero qué
más da. Desde entonces, echa a la suerte el punto de sección
en el que se detiene, ante la interminable cadena de
repeticiones, punto en el cual también cambia de dirección,
también echa a la suerte el largo de sus pasos y, tal vez, su
medida, echa a la suerte la abertura del ángulo en el momento
de la curva, echa a la suerte todos los elementos, variables, de
su camino, echa a la suerte los elementos sobre los que había
variado, en los últimos recorridos.

originalidad del autor. En más de una ocasión, el lector español se sentirá


extrañado a igual título que el francés (N. De la T.)
Michel Serres 14
De repente, la montaña se volvía cercana al átomo, y la
rosa de los vientos al ángulo menudo, la cresa se arrastraba
algunos angströms sobre calzas de gigante, el cabo duro se
constelaba con el rocío escarchado de la ola. Los órdenes ya
no estaban en orden, los órdenes de magnitud ya no estaban
ordenados, y tampoco los géneros de formas: la pequeña roca
de Polifemo, el islote de Pantelleria, la gran isla de Sicilia y el
continente italiano son echados a la suerte por Neptuno, no
están alineados como las Pirámides, a la sombra de Tales.
Este desorden introducido en la similitud producía
sencillamente el estado del hábito y de lo acostumbrado. El
espacio de la razón ya no decía no al espacio de la vida y de
las cosas mismas. Zenón no renuncia de ningún modo a la
razón en la profusión alocada de lo concreto, aprende que la
razón es un caso singular en un sorteo, una singularidad entre
otras. Los recorridos anteriores son pobres y particulares
respecto a este último, el fiel y el afortunado.
Entonces sonríe, suavemente: quizá esté lejos de mi
destino, no importa, dice. Pero creo que ya no estoy tan
alejado de lo real; no lo repita usted.
El nuevo Zenón, de París o de Londres, llamaba a su
método randonnée dado que un viejo término de caza, randon,
había generado dos parientes cercanos y sin embargo
divergentes: el francés randonnée, excursión a pie, y el inglés
random, el azar, la suerte; y dado que quería unir ambos
sentidos a través del canal de la Mancha, o del San Lorenzo.
El
paso
del
Noroeste






Busco el pasaje entre la ciencia exacta y las ciencias
humanas. O, rayano a la lengua, o, rayano al control, entre
nosotros y el mundo.
El camino no es tan sencillo como lo deja prever la
clasificación del saber. Lo creo tan penoso como el famoso
paso del Noroeste.

El paso del Noroeste hace comunicar el océano Atlántico


con el Pacifico, por los fríos parajes del gran norte canadiense.
Se abre, se cierra, se tuerce a través del inmenso archipiélago
ártico fractal, a lo largo de un dédalo alocadamente
complicado de golfos y canales, cuencas y estrechos, entre la
Tierra de Baffin y la Tierra de Banks. Aleatoria distribución y
fuertes coerciones regulares, el desorden y las leyes. Usted lo
emboca en el estrecho de Davis, acaba en el mar de Beaufort.
De allí, corre por el norte de Alaska hacia las Aleurianas.
Alivio, desemboca en el nombre de la paz.
El laberinto global del recorrido se reproduce, cada
mañana, bajo la proa del navío, en el paraje local. Usted
negocia la quiebra del bajío, el banco de hielo movedizo, los
icebergs flotantes, los borgoñones, los cisnes. Pequeños
golfos, canales angostos, cuencas poco profundas, estrechos
apretados. El mapa se estrangula, la teoría de los bancos
mengua. Las alturas se congelan y hacen zozobrar bajo el
peso, las viradas son difíciles, los borneos son laboriosos. El
dibujo que forma el hielo hace avanzar, recular, virar,
inmoviliza.
Ópticas fantasmales engañan, en un medio blanco,
cristalino, diáfano, brumoso. La tierra, el aire y el agua se
confunden, sólidos y líquidos, borrosos copos y neblinas se
mezclan, o, por el contrario, cada uno de ellos se recorta,
fractal, y la luz estalla, irisada, refringente, por roda el
espectro definido, multiplica los objetos, franja los contornos,
juega con las distancias. Dédalo de errores y precisiones para
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la mirada atenta, golfos, canales, cuencas, estrechos de rayos y
de sombras.
Y, de pronto, usted está atrapado. Hala, retrocede
lentamente, se bate largamente en retirada. Volver a empezar.
Usted está apresado diez minutos, diez horas, cuatro días o
nueve meses. Desde fin de agosto, hay que pasar el invierno.
Si usted no cavara, si no calentara, cada día, mañana y tarde,
noche y mediodía, un abra libre, una pequeña dársena de agua,
el hielo, bajo una formidable presión constrictiva, alzaría el
navío a una altura de doscientos pies, al igual que una necia
estatua sobre una columna. Paciencia, el tiempo se pasa en
caminar, detenerse, introducirse, estar atrapado, en la
invernada. Se siembra de bancos inmóviles y ríos inestables, a
veces es golfo, cuenca, y, por suerte, estrecho y canal. El
tiempo se pone a imitar el espacio, como el hielo imitaba el
mapa.
Mapas de espacios apilados hasta perder escalas, donde la
complicación se conserva variando al azar, hielos y deshielos
de las cosas y de la sangre, presas y debacles del tiempo, este
anhelado pasaje exigió largo tiempo. Se intentó desde el
Renacimiento, poco después de haber visto el Nuevo Mundo.
Se probó desde el gran reinicio de las ciencias, poco después
de que el nuevo saber se dibujara en navío bajo velas que
desembocaba de un estrecho más conocido. El canciller Bacon
buscaba la nueva Atlántida. Nunca se dejó de explorar estos
parajes, de arriesgarse en este pasaje. Sí, de aventurarse en él.
Mac Lure, irlandés, ennoblecido en sir Robert Le
Mesurier, mil ochocientas cincuenta, pasa, en el otro sentido,
del oeste al este, pero trampea, atraviesa llanuras y bancos de
hielo en trineo. Cuántos han hecho trampas, en el siglo XIX y
más tarde, haciéndonos creer en el saber unitario, y en el
descubrimiento del pasaje, ancho, entre las ciencias de este
mundo y las ciencias que dicen a los hombres. Al principio de
este siglo, Roald Amundsen, noruego, en una balandra muy
liviana, de cuarenta y siete toneladas, una menudencia, pasa
por fin sin trampas, en treinta y cinco meses y tres inviernos,
en el sentido requerido.
Eso se soñaba desde hace cuatrocientos años. Yo todavía
lo sueño, por el lado del saber.
Navego, desde hace treinta años, en estas aguas. Están casi
desiertas, olvidadas, como prohibidas.
El paso del Noroeste 17
Se yuxtaponen dos culturas, dos grupos, dos
colectividades hablan dos familias de lenguas. Aquellos que,
desde la infancia, fueron formados para las ciencias, suelen
excluir de su pensamiento, de su vida, de sus acciones
comunes, lo que puede parecerse a la historia y a las artes, a
las obras de lengua, a las obras del tiempo. Instruidos incultos,
se les forma para olvidar a los hombres, sus relaciones, sus
sufrimientos, la mortalidad. Aquellos que, desde la infancia,
fueron formados para las letras, son arrojados en lo que suele
llamarse ciencias humanas, donde pierden para siempre el
mundo: obras sin árbol ni mar, sin nube ni tierra, salvo en los
sueños o en los diccionarios. Cultos ignorantes, se dedican a
las rencillas sin objeto, nunca conocieron más que apuestas*,
fetiches o mercancías. Mucho me temo que estos dos grupos
no pugnen más que por posesiones hace tiempo hurtadas por
un tercero, parásito, ignorante e inculto a la vez que las ordena
y las gestiona, que goza de su división y la alimenta 1,
Tuve mucha suerte en quedarme solo durante treinta años
y trabajar en este pasaje en medio de la indiferencia y el
silencio. Me sitúo en la intersección vacía entre ambos grupos
así distribuidos, en este espacio cuya cartografía intento
contar. Espacio blanco privado de apuestas y sin contienda. De
hecho, se dan la espalda los lectores de Zola y los que
establecen la teoría del calor; Lucrecio es tema de filología, y
los hidrodinámicos están a mil leguas de la lengua latina; ¿por
qué pasar por la historia de las religiones para estudiar un
corpus de física o de geometría? ¿Puede uno imaginarse que la
literatura sea reserva de ciencia y no su exclusión? Y así tantos
ejemplos como se quiera, de una conexión difícil y hasta ahora
descuidada. Una travesía del desierto mantiene la esperanza de
la tierra prometida, la esperanza de la miel, la esperanza de la
leche, la mantiene sin recompensa, y la ausencia de apuesta
deja entrever en ello el recobro de lo verdadero con la paz. No
estoy seguro de encontrarme en la desembocadura del pasaje,
pero veo alzarse algunos terceros instruidos, algunos jóvenes
de doble cultura, que ayudan a pensar, a construir o a
reconocer un nuevo archipiélago.
Lo que importa aquí es decir que el pasaje es raro y
angosto. No está garantizado en su parte más ancha como por

*
«Apuesta» trata de aproximarse al sentido irreproducible del término
enjeu: lo que está en juego. (N. de la T.)
1
Le tiers-instruit, en curso de publicación.
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un mar llano y sin escollos, o un estrecho corriente. De las
ciencias humanas a las ciencias exactas, o a la inversa, el
camino no atraviesa un espacio homogéneo y vacío. La
metáfora de este archipiélago extraordinariamente complicado
del gran norte canadiense, casi siempre estorbado por bancos
de hielo, es exacta. Casi siempre el pasaje está cerrado, ora por
tierras, ora por hielos, o también porque uno se pierde. Y si el
pasaje está abierto, es a lo largo de un camino difícil de
prever. Y casi siempre, singular. El Parásito era de hecho un
individuo, natural, cultural, especifico. Conseguía el pasaje,
pero de esa experiencia no se puede deducir una ley global.
En las antiguas, iba a decir clásicas, clasificaciones de las
ciencias, el estado de este pasaje no se describe de ese modo.
Se diría que no plantea problema. Y, de hecho, a primera vista,
no tendría por qué. Vivimos y pensamos tanto de colectividad
como de mundo, el equilibrio de los planetas es la condición
de nuestra supervivencia como lo es nuestro entorno humano,
necesitamos tanto del lenguaje como del oxígeno. Así pues,
las ciencias humanas siguen, en la lista o en el tiempo, a las
ciencias exactas, siguen o preceden, esto no importa, siguen,
preceden, o se yuxtaponen, en suma, donde sea que estén unas
respecto a otras, se encuentran en el mismo espacio y
mantienen relaciones sencillas. Esto es bastante cierto, pero no
del todo.
Decir que en cada uno de los niveles el juego cambia de
reglas bastaría, siempre y cuando el nivel no fuera una regla.
Sí, cuando el juego cambia de regla, el propio nivel cambia y
se pierde.

Poco se ha dicho sobre la constante y profunda relación


entre los creadores de la enciclopedia moderna y el cálculo
infinitesimal. Se subestima la importancia de esta relación.
Leibniz crea el cálculo a la vez que el moderno concepto de la
reunión del saber: inventa el primero, proyecta el segundo. D'
Alembert pasa a la realización, al aplicar el cálculo a la
mecánica, prologa la Gran Enciclopedia. Auguste Comte, tras
una depurada selección, organiza de forma lógica lo que no
era más que un diccionario y canoniza lo que no era más que
una especialidad. Los tres institutores de lo que ya no se llama
una suma están familiarizados con el cálculo integral. Poco se
ha notado su papel en las filosofías de la totalidad.

El paso del Noroeste 19
El cálculo infinitesimal no sólo fue un método entre otros,
fue un modelo de pensamiento, fue la seguridad de los
clásicos. Hay que reconocerlo, era el único medio realmente
fecundo, el único método verdaderamente fructuoso.
Ultrafino, indefinidamente amplio. Por más de tres siglos, fue
el único que dominó la medida, el único que sirvió para
investigar, para encontrar las leyes. Los demás métodos
formulados no eran más que discursos pomposos. Leibniz
comprendió —quiero decir que pensó como si hubiera
comprendido— que ponía pie en una tierra nueva, explotada
por todo el XVIII, de la que Auguste Comte hizo la propia
matemática. En muchos aspectos, el clasicismo es el cálculo.
Ahora bien, ni el éxito, ni una sucesión de triunfos, ponen en
tela de juicio el método para lograrlo. Todos los pensadores
que han pasado de una célula del saber a un establecimiento
sinóptico, todos los pensadores de la síntesis, realizan el gesto
de la integración, respaldados por este buen método, apoyados
en su seguridad. En verdad, el clasicismo es el cálculo: la
clasificación, también es el cálculo. Sin él no sería más que un
apilamiento o una combinatoria un tanto mecánica.
El cálculo se funda en la idea muy sencilla de que existe
un camino de lo local a lo global. Este camino se prolonga, de
proximidad en proximidad, las más de las veces es abierto.
Esta es la idea no dicha de los clásicos, hasta los románticos
incluidos, ésta es la idea que terminó siendo explicitada y
luego puesta en tela de juicio. Hemos terminado por pensar
que esta prolongación no es, las más de las veces, posible.
Lo que nos separa de nuestros predecesores se resume en
parte en eso y es sencillo. Existe un camino, o no existe. Y si
existe, no es cosa temporal, debida a nuestras negligencias o
incapacidades; sabemos demostrar su inexistencia. Un día,
quizá, tendremos que pensar que Newton tuvo suerte en poder
establecer una regla universal, pasar de la caída de los cuerpos
a la circulación de los planetas, es decir pasar de lo local a lo
global, porque se encontró dos veces con un caso de armonía,
cálculo y fenómeno. Esta suerte no se da todos los días. Lo
que solemos denominar razón, racionalidad, no es, quizá, otra
cosa que un caso raro. Lo racional sería un islote inmerso en lo
real. Ya lo he dicho y volveré sobre ello.
De momento, lo que me importa no es el ejercicio de la
ciencia, sino el ejercicio de pensamiento que consiste en
hablar de ella. Estos ejemplos constantes: Leibniz, d'Alembert,
Michel Serres 20
Auguste Comte, Hegel... me inducen a pensar que los filósofos
tendieron a ver la ciencia como la ciencia veía al mundo, que
hablaron de ella como ella hablaba de él. Durante tres siglos,
el gran éxito de las ciencias ha consistido en abrir esta brecha
fácil de lo local a lo global. El camino de la prolongación
analítica fue el verdadero camino de método. No hay por qué
ocultárselo, el método cartesiano hablaba alto pero no servía
para nada, el camino del cálculo no decía su nombre, pero
conducía al hallazgo. Iba del más fino, del más sutil análisis de
proximidad, hasta la ocupación dominada de la totalidad. Así
se actuaba, siguiendo este camino, cuando, dentro del
pensamiento docto, un problema había de ser resuelto. De
golpe, cuando se trataba de pensar la ciencia como tal, se
retomaba el mismo gesto, se seguía el mismo camino.
Que yo sepa, los clásicos no se han planteado muchos
problemas sobre el espacio de las clasificaciones. Está lo local
y está lo global, uno está incluido en el otro y se distribuye en
él. Ciertamente existe un camino que conduce de un saber a
otro, y de un saber a todos los saberes, o a la totalidad del
saber. Se trata, en efecto, a la ciencia como la ciencia aprende
a tratar el mundo.
¡Oh, sorpresa!, los fundadores del propio cálculo son los
únicos en haberse planteado tales interrogantes y en expresar
sus dudas en cuanto a lo que parecía evidente. Leibniz, a
veces, hace notar la existencia de un laberinto o una
singularidad que haría obstrucción al avance tranquilo del
camino, por pérdida o por obstáculo. Ahí, su filosofía analítica
se transforma en estatua de sal. De un modo más profundo, a
mi parecer, Pascal piensa un espacio en el que la prolongación
analítica es, a menudo, imposible. No lo sustituye, como se
creyó, por un proceso dialéctico, sino por un conjunto de
islotes dispares: sus papeles y pensamientos. El estado físico
de los escritos de Pascal son estados fieles a la teoría, que la
hacen ver o la expresan en igual medida que los discursos,
aunque, ahora que lo pienso, tampoco el estado de los escritos
de Leibniz atañe a las circunstancias o a un desorden
momentáneo en el instante de la muerte. Aquí el espacio es
continuo, allí desgarrado, como la hoja de papel, no siempre es
seguro que exista un camino que atraviese los Pirineos o el río,
para conectar la verdad de uno mismo a uno mismo, o que
vaya más allá de la burla que la elocuencia verdadera muestra
respecto de la elocuencia. Sorpresa, el archipiélago Pascal
atañe a profundos conocimientos bajo el cálculo infinitesimal,
El paso del Noroeste 21
y lo que hay de esporádico en Leibniz atañe a pensamientos
fractales allende el cálculo integral. El camino recto que corta
valerosamente el bosque cartesiano parece allí excesivamente
ingenuo, como los caminos bífidos que, posteriormente,
ocuparon a los retóricos más que a los inventores.

Hablo con muchas voces: del método para conducir bien
su pensamiento, de la técnica rigurosa, aunque un poco vaga
todavía, del cálculo, del tratamiento por él de las cosas del
mundo, mecánico o físico, de la escala de los seres, que resulta
de este tratamiento, de los estados de cosas, de la scala entium
y de la scala intellectus, de la escala del entendimiento o del
espacio del saber. Es cierto que las decisiones se toman de
golpe. El espacio es jerárquico, es homogéneo o macizo, a
jirones, cualquiera que sea el espacio del que se hable. Y el
camino pasa o se pierde, en el método, el cálculo, el mundo, el
saber, las clasificaciones. No soy yo el que habla con varias
voces únicamente, todos mis predecesores han seguido esta
vía unitaria.

La desgracia vino, en esta vía filosófica, de la necia


simplificación de una cuestión en la que se manifestó la
exuberancia barroca. Se simplifica, en general, mediante una
elección forzada: continuo o discontinuo, análisis o síntesis,
excluyéndose el tercio. Dios o diablo, sí o no, conmigo o
contra mí, entre dos cosas una sola. Ahora bien, la
complejidad asoma por el lado de lo real, en tanto que e1
dualismo incita a la batalla en que muere el pensamiento
nuevo, en que desaparece el objeto. El dualismo sirve para
definir propiamente las almenas en las que se instalan, por
mucho tiempo en equilibrio, combatientes carentes de coraje.
Uno lucha para no trabajar, al no luchar trabaja. La búsqueda
desaparece en provecho del reparto en escuelas, en sectas, en
grupos de presión, el espacio del problema desaparece bajo la
bulliciosa cuadriculación de los ocupantes. La clasificación,
del latín classis, cuerpo de ejército, también es el resultado de
la relación de fuerzas, tiene mucha relación con la lucha y
muy poca con la apuesta, o mucha con la apuesta y muy poca
con el objeto. La simplificación procede de la lucha. Debería
inyectarse paz para ver un poco más claro, abandonar el
espacio del combate, donde se levanta la polvareda, para tener
visibilidad. La razón por la que el inventor siempre parece
llegar de afuera es que adentro la barahúnda de la lucha cubre,
con su continuo ruido de fondo, los mensajes pertinentes, es
Michel Serres 22
que el adentro mismo está estructurado por aquel ruido. Aquí
dentro se cree que el ruido de batalla es el mensaje sobre el
objeto. Es el error cotidiano y común. Es el más implacable
freno de la historia y del progreso. El verdadero conservador
es aquel que lucha, ya que siempre se lucha del mismo modo.
El inventor no es inventor porque es de afuera: esta idea aún
es de odio, pertenece a los que creen que existe un adentro, y
por lo tanto un afuera; no, es inventor porque todo el espacio
está siempre ya tomado, almena por almena, como se suele
decir, milímetro por milímetro. No ha tenido lugar donde
colocar su cabeza y dormir, como duermen los perezosos.
Tiene pues que inventar, si quiere sobrevivir, e inventar
también un espacio nuevo por completo, sin relación alguna
con el viejo espacio tontamente repartido. Tiene que crear para
vivir, pues vive en la vecindad de la muerte. No, no es el héroe
de lo negativo, dragón con lanza y coraza, pico y uñas. Es el
heraldo de un espacio en otra parte. Lo positivo y lo negativo
son los mismos, gemelos. El inventor está en otra parte, hace
otra parte. En la vecindad del ruido, del caos, del desorden
mortal, donde se alza lo nuevo. El ruido de la batalla mantiene
el espacio, sin solución, de Oriente a Occidente, nada nuevo
bajo el sol de la discordia, exterior como interior. Venecia y
'México fueron fundadas por fugitivos expulsados de espacios
vivibles hacia pantanos, alturas, hondonadas mortales.

La desgracia vino de la simplificación por las armas. Es de
este artefacto social del que hay que desconfiar, si uno quiere
pensar. Los demás prejuicios son de poco peso frente a este
monstruoso animal de necedad. Sí, la lucha es nuestra primera
costumbre, aplasta nuestro despertar intelectual. Sí, el
pensamiento no tiene otro bloqueo que el odio. La desgracia
del pensamiento siempre procede de él, comparado con él,
sólo existen pequeñas desgracias. Volveré de nuevo, más
tarde, a este enorme animal social.

Pascal, muy solo, Leibniz un tanto errante y finalmente
condenado, sabían de lo continuo y lo discontinuo, de los
mundos separados, del universo fractal, y del mundo fluente,
pasajes y rupturas a la vez. El camino existe, no existe. Es así.
Es así navegando, de Davis hasta Beaufort, es así en los
fenómenos, nubes y rocas, es así para el saber, cualquiera que
sea el mapa. No, lo real no está recortado en almenas, es
esporádico, espacios y tiempos, con estrechos y puertos.
El paso del Noroeste 23

La clasificación de las ciencias los ordena en un espacio y


la historia de las ciencias los dispone en un tiempo, como si
supiéramos, incluso antes de las ciencias, qué es del espacio y
qué es del tiempo. La división del trabajo escapa al trabajo.
Quienes hacen la historia y quienes hacen la división no son
los que están en la división ni en la historia, es decir en la
obra. No se trata únicamente de rebelión, sino de necedad. Se
coloca lo fino dentro de lo mal cortado, lo pensado fino en lo
pensado burdo. Dudemos, al menos, de este espacio de clases,
de este tiempo de espectáculo. Supondré entonces jirones
fluctuantes, busco el pasaje entre estos complicados recortes.
Creo, veo, que el estado de las cosas es más bien un sembradío
de islotes en archipiélagos sobre el ruidoso desorden mal
conocido del mar, cimas de cantos desgarrados azotados por la
resaca y en perpetua transformación, desgaste, roturas y
encabalgamientos, emergencia de racionalidades esporádicas
cuyos vínculos entre sí no son ni fáciles ni evidentes. Existen
pasajes, sé de ellos, los he colocado en algunas obras, por
algunos operadores. El último fue el parásito, conjuntamente
cultural y natural y de una voz, en que se abrió y se cartografió
la vía de las ciencias exactas a las humanas. Pero no puedo
generalizar, las obstrucciones son patentes y los
contraejemplos numerosos. Archipiélagos para el espacio y el
tiempo, y no esta malla ingenua de clasificación donde, entre
dos saberes, no hay más que una interfase o un delgado
tabique. Créame, si eso fuera tan fácil, sí, se sabría. Estaríamos
tan a gusto en el mundo y tan adaptados que perderíamos su
conocimiento.

No vale la pena entrar, de joven, en filosofía, si no se tiene


la esperanza, el proyecto o el sueño, de intentar un día la
síntesis. Lo menos que se puede intentar en esos lugares es la
vuelta a un mundo o los doce trabajos de Hércules. Al menos
esto, cuando tan caro se paga en vigilia, estudio y soledad. En
el espacio sostenido por las potencias uniformes, para
escaparles, tal vez no quede, aquí y hoy, más que esta aventura
por vivir, este riesgo por correr, para ver viento.
Puede que no guste la palabra síntesis, ni tampoco la cosa;
puede dudarse de la unidad, ya se ha hecho. No obstante, se
puede intentar ver en grande, disfrutar de una intelección
múltiple y, a veces, conexa.
PRIMEROS
PASAJES






DE DONDE, COSA NOTABLE, NADA SE SIGUE

Se anunciaba una depresión encima del Atlántico; se


desplazaba del oeste al este y en dirección de un anticiclón
localizado encima de Rusia, y no manifestaba todavía ninguna
tendencia a evitarlo por el norte. Los isotermos y los isóteros
cumplían con sus obligaciones. El informe sobre la
temperatura del aire y la temperatura media anual, la del mes
más frío y del mes más caluroso, y sus variaciones aperiódicas
mensuales, era normal. La salida, la puesta del sol y de la luna,
las fases de la luna, de Venus y del anillo de Saturno, así como
otros muchos fenómenos importantes, se adecuaban a las
predicciones contempladas por los anuarios astronómicos. La
tensión de vapor en el aire había alcanzado su máxima, y la
humedad relativa era baja. Dicho de otro modo, si uno no teme
recurrir a una fórmula anticuada pero sumamente juiciosa: era
un hermoso día de agosto de 1913.
Del fondo de angostas calles, los autos corrían en la
claridad de sitios sin profundidad. La sombría masa de los
peatones se dividía en nebulosos cordones. En los puntos en
que las rectas más potentes de la velocidad cruzaban su
flotante prisa, aquellos se espesaban, para luego fluir más
deprisa, y reencontraban, tras algunas vacilaciones, su pulso
normal. El intrincamiento de innumerables sonidos creaba un
estruendoso alambrado de aristas ora arpadas, ora embotadas,
confusa masa de donde brotaba una punta aquí o allí y de
donde se desprendían como destellos algunas notas más claras,
para perderse luego. Sólo por este ruido, aún sin poder definir
su singularidad, un viajero hubiera sabido con los ojos
cerrados que se encontraba en Viena, capital y residencia del
Imperio.
Como los humanos, las ciudades se reconocen por sus
andares. Ese mismo viajero, al reabrir los ojos, hubiese
confirmado su impresión por la naturaleza del movimiento de
Michel Serres 28
las calles, mucho antes de que algún detalle característico se lo
asegurara. Y aunque sólo imaginara que podría serlo, ¿qué
importaba? La cuestión del sitio donde uno se encuentra
comienza a sobrevalorarse desde el tiempo de los nómadas, en
que era necesario memorizar los lugares de pastoreo. Sería
importante aclarar por qué, cuando se habla de una nariz roja,
uno se contenta con la afirmación sumamente imprecisa de
que es roja, cuando sería posible precisarlo casi al milésimo de
milímetro mediante las longitudes de onda; y por qué, al
contrario, respecto a esta entidad asaz compleja como es la
ciudad en que se habita, siempre se quiere saber exactamente
de qué ciudad particular se trata. Así, uno es distraído de
cuestiones más relevantes.
No hay pues que dar al nombre de la ciudad ninguna
significación especial. Al igual que todas las grandes ciudades,
estaba hecha de irregularidades y cambios de cosas y asuntos
deslizándose uno delante de otro, negándose a caminar a paso
lento, entrechocándose; intervalos de silencio, vías de paso y
dilatado latido rítmico, eterna disonancia, eterno desequilibrio
de los ritmos; en suma, una especie de líquido en ebullición en
algún recipiente hecho con la sustancia duradera de las casas,
las leyes, las prescripciones y tradiciones históricas.
Por supuesto, las dos personas que subían por una de las
arterias más animadas de esta ciudad no tenían en grado
alguno esta sensación. Visiblemente pertenecían a una clase
privilegiada; sus vestimentas, sus modales y sus maneras de
hablar eran «distinguidos»; así como llevaban bordadas sus
iniciales en su ropa interior, también sabían, no tanto
exteriormente, sino en las más finas interioridades de su
conciencia, quiénes eran, y que su sitio estaba,
merecidamente, en una capital de Imperio. Suponiendo que
estas dos personas se apelliden Arnheim y Hermeline Tuzzi, y
siendo el hecho imposible puesto que la señora Tuzzi, en
agosto, se encuentra en Bad-Aussee en compañía de su
marido, y que el Dr. Arnheim aún está en Constantinopla,
surge una pregunta: ¿de quién se trata? Son éstas las preguntas
que a menudo se plantean, en la calle, las mentes despiertas.
De hecho, se resuelven singularmente, es decir que las
olvidamos en caso de que no logremos recordar, en los
cincuenta metros siguientes, en qué lugar hemos podido ver
aquellas caras. Las dos personas de las que hablo se
detuvieron de pronto ante una aglomeración. Ya, un momento
antes, algo se había desviado, en movimiento oblicuo; algo
El paso del Noroeste 29
había girado, resbalado: era un enorme camión, brutalmente
frenado, tal como se lo podía ver ahora ahí tumbado, con una
rueda en la acera. En el acto, como las abejas rondando la
entrada de la colmena, la gente se había aglutinado alrededor
de un pequeño círculo todavía libre. Ahí estaba el conductor,
fuera de la máquina, gris como papel de embalaje, explicando
el accidente con gestos torpes. La gente que se había acercado
lo fijaba con su mirada, hundiéndola luego con cautela en la
profundidad del hueco donde un hombre, que parecía muerto,
había sido tendido en el borde de la acera. El accidente se
debía, al parecer de la mayoría, a su negligencia. Uno tras
otro, la gente se arrodillaba a su lado, queriendo hacer algo; le
abrían la chaqueta, la cerraban, intentaban sentar al herido, y
volver a tenderlo; de hecho, lo que se quería era ocupar el
tiempo en espera de la ayuda autorizada y competente de la
Policía Urbana.

También la señora y su acompañante se habían aproximado
y, por encima de las cabezas y espaldas encorvadas, habían
considerado al hombre tendido. Entonces, turbados, dieron un
paso atrás. La señora sintió en la boca del estómago un
malestar que bien podía tomar por piedad; era un sentimiento
de irresolución paralizadora. Tras quedarse un tiempo sin
hablar, el señor le dijo:
—Los camiones que usamos en este país tienen un tren de
frenado demasiado largo.
Esta frase alivió a la señora que agradeció con mirada
atenta. Sin duda había oído el término una o dos veces, pero
no sabía lo que era un tren de frenado y por otro lado tampoco
le interesaba saberlo; le bastaba que el horrible accidente
pudiese ser integrado en un orden cualquiera y convertirse en
un problema técnico que no la afectaba directamente. A más,
ya se oía la estridente bocina de una ambulancia, y la rapidez
de su intervención llenó de alivio a todos aquellos que la
esperaban. Estas instituciones sociales son admirables. Se
levantó al accidentado para tenderlo en una camilla y
empujarlo con ella dentro del vehículo. Se encargaron de él
unos hombres, vestidos con una especie de uniforme, y el
interior de la máquina, al entreverse, apareció tan limpio y
bien ordenado como una sala de hospital. La gente se fue, y
poco faltaba para que tuvieran el sentimiento, justificado, de
que acababa de ocurrir un acontecimiento legal y
reglamentario.
Michel Serres 30
—Según las estadísticas americanas —observó el señor—,
habrá allí anualmente unas 190.000 personas muertas y 450.000
heridas en los accidentes de tráfico.
—¿Cree usted que estará muerto? —preguntó su compañera
que persistía en el sentimiento injustificado de haber vivido un
acontecimiento excepcional.
—Espero que aún esté vivo —respondió el señor—. Cuando
se lo llevaron en el coche, así lo parecía.

Robert Musil, El hombre sin atributos
Exacta y humana





Boston, 17 de enero de 1950, cielo cubierto con 38 % de
humedad, cirrocúmulo. Se anunciaba una depresión encima
del Atlántico; se desplazaba del oeste al este y en dirección de
un anticiclón localizado encima de Rusia y no manifestaba
todavía ninguna tendencia a evitarlo por el norte. Los
isotermos y los isóteros cumplían con sus obligaciones.
Robert Musil publica en 1931 el primer volumen de El
hombre sin atributos. Del primer capítulo, cosa notable, nada
se sigue. Por una consecuencia predicha pues, aunque
ampliamente aleatoria, la novela permanece inconclusa.
Norbert Wiener publica, en 1947, en lengua inglesa, pero en
Francia, la célebre Cibernética, prologada por él mismo, y
fechada o localizada en México. Desde el inicio, anuncia el
estado del tiempo en Boston para el 17 de enero de 1950.
Musil mide la relación de las temperaturas y describe el frente
frío en un día de agosto de 1913. La cuestión del sitio donde
uno se encuentra comienza a sobrevalorarse desde el tiempo
de los nómadas, en que era necesario memorizar los lugares de
pastoreo. Se hubiera pensado, más bien, que son los
sedentarios quienes sobrevaloran el lugar de su estancia: no, lo
hacen los errantes, los emigrados, los caminantes. Robert
Musil pronto deja Viena por Berlín, luego Austria por Suiza,
donde fallece, en Ginebra, en 1942. Ignoro dónde se
encontraba entonces Wiener, y nadie sabe, asimismo, dónde
estaba en el momento en que Hermann edita su obra. Cuál es
la importancia de Viena en esta coyuntura, ya no lo sé, aunque
sea posible y fácil informarse sobre este punto. E incluso
escribir una tesis, una historia, sobre el mismo. Viena, donde
los peatones forman cordones nebulosos, Viena-nube. Nubes
de la depresión que corre sobre el Atlántico, nubes que
desfilan, y que Dios contaría, en la pequeña canción alemana,
en las primeras líneas de Cibernética. Nubes
témporoespaciales. ¿Dónde están? ¿Qué hacen? ¿Qué harán de
Michel Serres 32
aquí a poco? Divertido esparcimiento de la crítica académica,
aquella que hace la historia, o que así lo cree.

He aquí dos comienzos con condiciones iniciales


semejantes. Se llama condiciones iniciales a un conjunto de
coerciones, parámetros, proposiciones en general, de los que
podemos esperar que nos permitan prever el desarrollo
singular de un proceso regulado por una ley general. En las
mismas condiciones iniciales se dice que las mismas causas
producen los mismos efectos. En las mismas circunstancias
dicho encadenamiento es previsible. Las circunstancias aquí
son el juego de las nubes. Ahora bien, a esta nube que está
volando encima de mi cabeza la esparce un turbulento golpe
de viento, y al rato, no hay más que cielo azul. De donde, cosa
notable, nada se sigue. Extraña circunstancia. Wiener: «No
existe término tal como nube, definido como algo casi
permanente; topológicamente, quizá sea una región del
espacio donde tal densidad de agua es tal o tal, pero esta
definición no tiene ningún valor y representa a lo sumo un
estado por completo transitorio.» La nube es sin atributos.
Ulrich tiene el sentido de lo posible mucho más que el sentido
de lo real. Quien tiene esta última noción cuenta los árboles
por metros cúbicos de tal o tal calidad. Quien posee el primer
sentido persigue el bosque, no los árboles. Ahora bien, el
bosque sigue siendo a duras penas definible: una región del
espacio donde ... Bosque-nubes, Ulrich-nubes. ¿Dónde está?
¿Qué hace? ¿Qué va a hacer de aquí a poco?

Otro comienzo, escogido como referencia. Balzac, 1839,


Béatrix ou les amours forcés. Basta con señalar dichas
condiciones iniciales. Principio del relato, y, por lo general,
principios de los párrafos, en los capítulos del comienzo.
Francia —y Bretaña en particular— posee aún hoy algunas
ciudades... Francia es un conjunto, un espacio global.
Contiene, relación de inclusión, una provincia, Bretaña.
Subconjunto que contiene, nueva inclusión, algunas
ciudades... Cadena de encajes, como muñecas rusas, vinculada
por la inclusión o por la pertenencia: posee. Bretaña pertenece,
ahora, a Francia. La serie continúa, por iteración del vínculo:
algunas ciudades, la mayoría de esas ciudades, muchas de esas
ciudades, una de las ciudades. Aquí está Guérande, circundada
por sus murallas, con fosos llenos de agua, sus almenas
El paso del Noroeste 33
enteras, sus troneras no atestadas con arbustos, y con los
puentes levadizos de las tres puertas que aún podrían alzarse.
Dicho de otro modo, Guérande, bien definida y cerrada, por
límite y borde, tanto como lo están Bretaña y Francia por su
frontera, tanto como cada subconjunto en el conjunto en el que
está incluido, como cada espacio local en el espacio global en
el que está inmerso. En el gráfico de representación, contamos
ya, creo, con seis curvas cerradas. El proceso no se detiene, he
aquí sus nuevas etapas: ahí, no en una ciudad cualquiera, sino
en Guérande; en ella, las calles; en las calles, esta calle; al
final de un callejón, una puerta; próxima a la iglesia, una casa;
en la casa, el patio, el jardín, el comedor, mesas y ventanas;
aquí, entonces, el barón. El barón en pleno centro del blanco.
En su hotel, o: de cómo se alojaba este hombre de calidad.
Alojado, localizado. En este hotel, en tal mansión, en tal
calle, que forma parte de las calles de Guérande, que es una
ciudad, de esas ciudades, de las cuales muchas, la mayoría,
gozan de tal propiedad: estar en Bretaña, provincia de Francia.
Si usted busca al barón, lo encontrará ahí, inmóvil, sin error ni
temblor posible: árbol definido y determinado por eliminación
de los demás árboles del bosque. Del relato se diría que está
escrito como una carta, encerrada en una envoltura en la que
están impresas estas sucesivas envolturas espaciales que
llamamos dirección. El mensaje sólo se lee o es legible
después de descifrar o desgarrar estas cajas donde yace. La
carta sólo se escribe o se despacha después del cierre de estas
cajas.
Se ha construido o constituido aquí un espacio en el que lo
local está efectivamente inmerso en lo global, en cada eslabón
de la cadena. Ahora bien, esta relación de inclusión no deja de
plantear dificultades. Aquellas ciudades de las que se trata,
entre ellas Guérande, están fuera del movimiento, del tiempo,
de la historia que transcurre y de la industria; estacionarias,
inmóviles y como inmutables, pues los caminos que conducen
a ellas están cortados. Éstos existen, pero son escasos y sin
flujo. Por un puerto sin muelle hay que cruzar el Loira, donde
la desembocadura es ancha, donde la barra es harto
caprichosa. El espacio es menos homogéneo de lo que se
creía, por las rupturas o, mejor, por la pobreza de
comunicación. Pero, de hecho, ¿adónde van estos caminos? A
la subprefectura, a la capital de un departamento, a París.
Guérande es pues un municipio de un distrito, en un
departamento, etc., y de nuevo aparecen la partición espacial y
Michel Serres 34
la serie de encajes y la jerarquía del poder de la República.
Fuera de la historia y casi fuera del espacio, la ciudad ha
permanecido idéntica a lo que era bajo un Luis, rey de Francia.
Su posición geográfica explica este fenómeno, las carreteras
están casi cortadas. Ahora bien, el antiguo espacio es descrito
del mismo modo y bajo las mismas leyes que el nuevo. La
democracia jacobina y la burguesía industrial. han diseñado
localidades y globalidades sobre el modelo de la
centralización monárquica. El espacio presentado se ausenta y
se representa, idéntico a sí mismo. Aquí nada ha cambiado,
pero tampoco en París. Salvo la diferencia del reposo y del
movimiento. ¿Retomó la palabra revolución su sentido
astronómico?
La ley de este espacio está dicha en el texto. Próxima a la
iglesia de Guérande se ve una casa que es en la ciudad lo que
la ciudad es en el país. La cadena considerada se despliega
según una serie de proporciones. Sin duda la ciudad es en la
región lo que la provincia de Bretaña es en Francia. La
inclusión se vuelve más precisa, aquí. ¿Sería pues el espacio
de las similitudes? Sí. En efecto: allí, las casas no han sufrido
ningún cambio, no han aumentado ni disminuido.
Exactamente como si, en este espacio, el cambio no pudiera
concebirse más que bajo la relación de la dimensión. Eso es:
se trata en efecto de homotecia y transporte, de crecimiento y
decrecimiento. EI espacio de las similitudes es por cierto el de
la geometría corriente, de ahí la pérdida de movimiento, lo
inmutable es estacionario. Es el espacio del como, y el de los
modelos. Guérande es así la Herculano de la Feudalidad, salvo
la mortaja de lava; usted diría un jardín inglés; un desierto de
África bordeado por el océano, pero sin árbol, hierba ni
pájaro; los que trabajan en las salinas parecen árabes envueltos
en su albornoz; Guérande es silenciosa como Venecia.
Espacio de modelos, espacio de imágenes, espacio del
espectáculo, el espacio de las similitudes es, efectivamente, el
de la representación.
Propuse antaño una ley de este espacio, que podemos
llamar clásico. Por ella, el conjunto, lo global, produce un
subconjunto local que produce una ley que reproduce el
conjunto. Verifiquémosla aquí. Al final del callejón se ve el
dintel de una puerta, es ahuecado, presenta el escudo. Ahora
bien, el espacio del escudo es ciertamente, por su propia ley, el
de las particiones, y el ciclo se cierra. Lo puesto en abismo
aquí es el mismo escudo. A partir de ahí, la industria soberana
El paso del Noroeste 35
puede perfectamente destruirlo todo, sin dejar piedra sobre
piedra en esas ciudades de historia, siempre se las hará ver en
el texto, muy idóneamente denominado iconografía literaria.
El relato, porta escudo, ofrece los iconos a la mirada, por el
cierre de la ley es, pues, indestructible.
Troya destruida, queda la Iliada; Jerusalén destruida,
quedan los textos proféticos. Delenda est Cartago. Lisboa
destruida, queda Voltaire. Atenas apestada, queda Lucrecio.
Londres perece en el incendio, San Francisco desaparece bajo
la violencia del seísmo. Esto matará aquello, el libro matará el
edificio, el poema requiere Moscú humeante. ¿Está
quemándose París? ¿Qué odio es éste, el del iconógrafo o el
del escritor hacia lo que el arquitecto ha edificado, viga bajo
techo? ¿Qué detestación milenaria es ésta, la de la grafía literal
contra la grafía de los ideogramas? ¿Contra el diseño de los
constructores? Esta exasperación recorre la historia, no la
entiendo. ¿Por qué esta violencia y estas tumbas de piedras?
Espero escribir sin destruir muros ni planos. La paz.

El espacio de las similitudes, bien encajado en la cadena de


las inclusiones, bien señalado por la ley de las relaciones, y
donde lo local responde a lo global, este espacio de
representación y de imágenes, de escudo e iconografía, sigue
siendo, claro está, un esquema de orden. La cadena está
estructurada por la relación de orden. La casa en la calle y el
callejón en Guérande, la ciudad en su provincia y Bretaña en
Francia, todo eso no es reflexivo, asimétrico y transitivo. He
aquí pues el orden estructural, que puede desplegarse en un
carillón de modelos. Es el orden jerárquico y es el orden del
mundo. La economía del universo organizada por la
observación y la razón. Extrapolemos un poco, aunque bien
poco: Francia es territorio de la Tierra, y la revolución de la
Tierra, equilibrio y movimiento, está comprendida en la de los
planetas exteriores, incluye las revoluciones de los astros
interiores. El sol está en el centro mismo del esquema,
repetido. El espacio de Balzac es el de Laplace, el espacio de la
representación y de la iconografía es el de la mecánica celeste,
el espacio de Laplace es por cierto el del Rey Sol, el de la
monarquía jacobina: centrado en el punto fijo, invariante de las
similitudes. El orden astronómico del mundo se reproduce, en
modelo reducido, en el departamento de Guérande. El cielo y
la tierra están colmados con la gloria del texto.
Michel Serres 36
El orden no sólo es el del espacio o el del ver del observador.
También es un orden de razones, por cadena de relaciones, o
por consecuencia. La ley de una serie por causa y efecto sigue
siendo una relación de orden, no reflexiva, asimétrica y
transitiva. Supongamos una ley única, sucede que se expande,
sencilla y fácil, en lo homogéneo donde lo local no es más que
un pequeño global, modelo reducido del conjunto, ella recorre
la causalidad, como una estrella de secuencias y de
consecuencias que parten del punto de origen, fuente o
referencia. y así pues, todo es previsto o previsible en este
universal regulado, el observador está situado en el mismo
lugar del dios de Laplace. De donde, cosa corriente, todo se
sigue. El relato del dios laplaciano es tan determinista como el
cálculo del dios Balzac. El escrito está predicho. La novela se
encadena de causa a efecto, de condiciones iniciales a su
desarrollo, es el desarrollo de las envolturas precitadas. Es por
secuencias y consecuencias. Lo mismo con el cálculo
astronómico. El mismo espacio y la misma legislación, en una
palabra, el orden. Ahora bien, dado que, en el seno de este
orden del mundo, el tiempo es reversible, siempre queda
abierto un retorno al pasado, henos aquí en Guérande, en
tiempos muy remotos. También Laplace se vuelve barón, una
vez pasada la Revolución: aún hoy ocurren estas cosas.
De tales condiciones iniciales todo se sigue, por deducción
clara y distinta: Francia —y Bretaña en particular— posee aún
hoy algunas ciudades ... Es así como se escribe la historia,
aquella que confunde las condiciones necesarias y las
condiciones suficientes.

De donde, cosa notable, nada se sigue. Musil no ha pasado


por alto a Laplace, ni a Newton, ni a ninguno de los
ordenadores de esta clase: la salida, la puesta del sol y de la
luna, las fases de la luna, de Venus y del anillo de Saturno, así
como otros muchos fenómenos importantes, se ajustaban a las
predicciones hechas por los anuarios astronómicos. Aquí, se
invierte el orden: la nube, la depresión y el anticiclón, el
desplazamiento del oeste al este y la tendencia hacia el norte
preceden a la astronomía y a la mecánica celeste, a la que
siguen inmediatamente la tensión de vapor y la humedad
relativa. No obstante, el meteoro y la atmósfera están incluidos
en el cielo de los planetas. Si bien Musil se encuentra con
Laplace, evita sin embargo a Copérnico: el sol se levanta y se
pone, ya no está en el centro del mundo. Las condiciones
El paso del Noroeste 37
iniciales están bien planteadas, no obstante están alteradas
respecto al texto paralelo. Alteradas también respecto al otro
texto paralelo: Wiener empieza por una canción, ¿cuántas
estrellas en el cielo, cuántas nubes encima del mundo, lo sabe
usted? Dios, el Señor, lleva la cuenta. Alteradas respecto a su
orden espacial. Dicho de otro modo: las previsiones
meteorológicas preceden a la predicción astronómica. ¿Por
qué?
Porque son más fuertes, epistemológicamente hablando,
porque movilizan un saber más complejo, conceptos más ricos
y menos abstractos. He aquí llegado el momento indatable, he
aquí el lugar sin lugar donde el orden clásico se desvanece
como un espectáculo superficial y obsoleto. Aplaudan ustedes,
ciudadanos.
Wiener empezó como Musil. Su pequeña canción alemana
ha señalado estrellas y planetas en el cielo. Es el comienzo de
Kant: la revolución copernicana para una razón pura, en que el
sujeto fijo permanece en el medio, y el espectáculo de las
estrellas para la razón práctica, con la ley moral en su corazón.
Kant, así lo creo, sólo ha mirado el cielo en días claros. La
depresión del Atlántico, al dirigirse del oeste al este hacia
Rusia, pasa quizá por encima de Königsberg, donde entonces
los astros ya no son visibles. La condición de posibilidad para
admirar a Copérnico y la ley moral por astros interpósitos,
condición de la experiencia en el espacio y no en el sujeto, es
que por allí no pase una depresión. Además de las galaxias, las
estrellas y los planetas, hay otros objetos del cielo: los
meteoros. De ahí las nubes de Wiener. Las de Musil. Que, de
repente, obstruyen la representación. Boston, cielo cubierto.
Cirrocúmulo. Königsberg, techo bajo, nimbo, no más gente.
Para ese tiempo, bastante frecuente, del buen tiempo y del mal
tiempo, se necesita un Copérnico.
Wiener: en meteorología, el número de partículas en cuestión
es tan cuantioso que es del todo imposible un catálogo exacto
de sus posiciones y velocidades iniciales; y si, en la práctica,
se realizara este catálogo, si se calculara su posición y
velocidad futuras, no obtendríamos nada más que una masa
impenetrable de figuras que requeriría una reinterpretación
radical antes de que pudiera sernos útil. Los términos «nube»,
«temperatura», «turbulencia», etc., son términos que no se
refieren a ninguna situación física singular, sino a una
distribución de situaciones posibles de las que solamente una
se realiza de hecho. La depresión de Robert Musil lanza
Michel Serres 38
múltiples brazos sobre Europa central, y algunos de esos
puentes, algunos de esos caminos, están cortados. Callejones
sin salida. Nada se sigue pues de dichas condiciones iniciales.
Hermoso día de agosto de 1913, en tal impreciso lugar del
paso de la depresión, Viena por ejemplo, pero, ¿cómo saber
que es Viena?


Ahora ¿qué es una señal? Musil: el intrincamiento de
innumerables sonidos creaba un estruendo alambrado de
aristas ora arpadas, ora embotadas, confusa masa de donde
brotaba una punta aquí y allí, y de donde se desprendían como
destellos, para perderse luego, algunas notas más claras. Sí, la
señal se destaca sobre el ruido de fondo, como una púa afilada
sobre una curva estocástica, puede usted ver su dibujo en
cualquiera de los teóricos de las comunicaciones. El ruido
forma nube, de él se desprende la señal, figura singular sobre
fondo distribuido. ¿Cuál es el sujeto de la señal, o del
relámpago sobre la nube? Uno. El «uno» sin atributos. Pasivo.
De nuevo, ¿puede usted prever una señal singular sobre un
ruido aleatorio de fondo? No. Del ruido de fondo, nada se
sigue. O a veces. Pero ésta es otra historia. Aquella,
precisamente, que hemos de contar.
Peatones en cordones nebulosos, cruces de flotantes
prisas, flujos y pulsos, resis* y ritmos. ¿Quién está ahí, en ese
tiempo, en pleno centro de la turbulencia, quién está ahí y
quién no debería estar, o quién podría estar? ¿Qué mejor para
preverlo que una señal sobre el ruido o que un hermoso día de
agosto, en Viena, en el recorrido del nebuloso frente frío?
El barón de Guaisnic, en medio del blanco de cien
aureolas, localizado, alojado en su hotel. Representado por su
escudo en la puerta y por los retratos de Van Ostade,
Rembrandt, Miéris o Gérard Dow, semejantes en el espacio de
las semejanzas. Está dibujado el hotel —no nos olvidemos de
un solo detalle valioso—, minuciosamente registrado, fechado,
definido, tan nítido en la proximidad de sus bordes como
Guérande por sus murallas y puentes levadizos, como la
provincia de Bretaña por sus fronteras o límites. Hotel
anunciado por el escudo y que pone en abismo el análogo de
los retratos flamencos, casa de la iconografía literaria.

*
«Resis» procede del griego rein: fluir. (N. de la T.)
El paso del Noroeste 39
*
¿Está Ulrich, hijo de un erudito ambicioso y «rassoté» a
quien concedieron la nobleza hereditaria, en su hotel, en
Viena, en 1913? Busque usted pues su locación en la calle,
sinuosa arteria que sale del centro como el radio de una rueda.
Cuando los radios son sinuosos, ¿cuál es la forma de la rueda?
Pronto, embeleso, el hotel. Será un pequeño castillo, una
«locura», un pabellón de caza, no está del todo claro. En
cuanto al jardín, salvaguardado sólo en parte, es del siglo
XVII, no es seguro. Planta baja tal vez del XVII, pisos XVIII,
fachada rehabilitada pero deslustrada en el siglo pasado, el
conjunto, compuesto, tenía aquel aire «movido» de las
sobreimpresiones fotográficas. El espacio de los iconos y de
los escudos se desvanece, la imagen tiembla, y lo definido ha
perdido sus bordes. Si la historia se detuvo en Guérande, ha
continuado en Viena. Ha lanzado un camino que bifurcó, otro
que degeneró y otro más, privado de consecuencias. A la
postre, la reliquia, el monumento, ha olvidado muchas de sus
condiciones iniciales. De donde, cosa notable, se remonta
difícilmente hacia los predecesores. Así es en lo irreversible.
Detenga usted pues la descripción y grite «¡Oh!», ya no es
más que una señal. Una señal que destaca sobre ese temblor,
sobre ese ruido de la forma, y sobre lo nebuloso flotante de la
sobreimpresión.
No, no es impresionismo, es estocástica, y es muy distinto.
En todo caso, puede usted contar las estrellas, están
catalogadas desde la antigüedad. Pero si pide un catálogo de
las nubes, se burlarán de usted. No existe el término nube,
definido como permanente, definido por sus bordes o sus
términos O sus terminaciones. Esto lo afirma Wiener, pero
está por ver.

*
El autor ha tenido la gentileza de informarme sobre este término inusual:
Rabelais lo usaba para referirse a los eruditos a quienes los estudios excesivos
no habían vuelto más inteligentes sino más tontos (sot). (N. de la T.)

Sólidos,
fluidos,
llamas


He hablado de borde para un objeto o un fenómeno.


Supongamos un punto cualquiera de este objeto: para que este
último aparezca como definido por sus bordes o entre ellos (lo
que, bien pensado, no es más que redundancia sobre la palabra
definir, mejor, sobre el término definir) es preciso que reine
una cierta estabilidad en la proximidad de este punto, que los
puntos más cercanos no sean muy distintos del primero.
Supongamos que éste, ahora, se desplace hacia el borde, a lo
que accede cuando cesa esta estabilidad en su más cercana
proximidad; Aquí se produce una especie de rotura, una
discontinuidad: el punto más próximo es de naturaleza
completamente distinta. La descripción, aquí, ya no es global
como la que precede, donde el fenómeno aparece figura sobre
fondo, sino que es meramente local. Ya no requiere como
condición un espacio de inmersión o de prolongación.
Por otra parte, no es ni tan matemática (globalmente, como
decía Pascal) ni tan reciente como parece. Cuando los clásicos
piden un conocimiento o una idea distinta, dicen esto en el
lenguaje natural. Distinguir posee su correspondiente latino en
stinguere, del campo
 semántico
 de
 stimulus
 y
 de
 stylus,

aguijón,
 púa,
 punta;
 estilo, punta
 acerada
 que
 pica
 un

punto;
instigare
es
ser
picado
hacia, como
por
un
aguijón,

de
 donde
 el
 francés
 toma
 instigación
 e
 instinto. El
 griego

σ τ ι γ µ α ,
puntuación,
y
 σ τ ι ζ ω ,
tatuar,
confiere
al
estigma
otro
 contenido.
 Así
 todo
 el
 campo
 va
 hacia
 el
 punto,
 o
 el
dibujo
 señalado
 punto
 por
 punto,
 o
 el
 origen
 puntual
 y

como
 espinoso de
 un
 movimiento.
 Entonces
 el
 prefijo

próximo
 dibuja
 lo
 que ocurre
 en
 la
 proximidad
 de
 este

punto.
 En
 ese
 lugar
 distinguido,
 el fenómeno,
 al
 pie
 de
 la

letra,
se
extingue.
La
luz
y
las
sombras
entran en
el
campo,

lateralmente.
 Nuevo
 ejemplo
 singular
 de
 lo
 que
 otrora

intenté
establecer:
la
semiótica
es
ante
todo
una
topología.

A la
 inversa,
 la
 topología
 es
 un
 buen
 camino
 hacia
 la

semiótica.
 Supongamos pues
 una
 forma
 precisa:

previamente
 incisa,
 recortada
 
 y zanjada.
 Permanece

estable, excepto posterior desgarro. Si es distinta, dispone de
Michel Serres 42
un límite dibujado o señalable punto por punto. La lengua
natural y la matemática, en ese lugar, convergen y se
convienen.

Un ejemplo clásico de esta conveniencia. En la tercera
«Regla para la dirección de la mente», Descartes define la
intuición y da un ejemplo. Así, dice, cada uno puede intuir que
existe, que piensa, que el triángulo se termina (terminari) sólo
por tres líneas, la esfera por una sola superficie, etc. La
intuición ejemplar es por lo tanto un problema de borde, de
término y de límite. Las idealidades geométricas llevadas en
paralelo al cogito no son la definición requerida; sin embargo,
están definidas en el sentido espacial y topológico del término.
Supongamos ahora la definición: por intuición, dice, entiendo
no la fe fluctuante (fluctuantem) de los sentidos, ni tampoco el
juicio falaz de una imaginación mal compuesta (male
componentem), sino, de una mente pura y atenta, la
concepción tan fácil y tan distinta que a partir de ella no queda
duda alguna, etc. El ejemplo, por los bordes, es la definición, y
ésta, por lo distinto; contiene el ejemplo, hasta puede pasar por
él. Sólo el límite se distingue. Ahora bien, dudar, el acto que
se elimina, confirma justamente los dos resultados paralelos.
Dubitare, en efecto, no es más que un frecuentativo de duo-
habere, tener por dos, y, más tarde, Oscilar entre dos
posiciones. El punto se desplaza en el borde, o, si se quiere,
Descartes desplaza el
 σ τ ι γ µ α ,
 el stylus, o el estilo, sobre la
frontera del triángulo. Escribe su reglar al dibujarlo; en
resumen, traza lugares geométricos, nada más. Describe una
regla, en el sentido usual de regla y compás. Sus palabras son
el lenguaje del trazo, el álgebra de la geometría, la lengua
natural de la geometría algebraica que él trajo a la historia. Si
a la intuición le queda una duda, es porque la concepción no es
distinta, es porque el borde no es único. La duda (duo-habere)
es el doble, es la conducción doble, es la bi-furcación. La regla
se ha movido. Hay que borrar, hay que eliminar la bifurcación.
Pronto habrá que destruir el doble, en la prosopopeya del
espíritu maligno, sacrificado en pro del Dios veraz. Por la
bifurcación, el borde se desdobla y el camino forma
encrucijada. Hércules oscila entre el vicio y la virtud. Decidir
es cortar, lo indecidible es ahorquillado. El método hace de
golpe un camino bífido. El camino, justamente, es él mismo
un borde, separa dos regiones del espacio, izquierda y derecha.
Separa el interior del triángulo del exterior, el adentro de la
esfera y el afuera. Si el camino bifurca, el borde no es único,
es fluctuante. Descartes elimina lo dudado, el dos, y excluye la
fe fluctuante de los sentidos. Estos no entregan más que
El paso del Noroeste 43
"bordes flotantes, cuyo conocimiento es confuso. Esta mezcla
de la confusión, donde dos cosas llegan a unirse, es ante todo
una fusión, un camino desemboca en el otro, como se suele
decir de dos ríos, se vierte y se derrama en el segundo.
Confusión, difusión. Descartes también excluye, por la
imaginación, lo compuesto, la quimera hecha con pedazos
disyuntos y reencolada sin esmero, donde lo yuxtapuesto
aparece como proximidad defectuosa, donde el cobordismo no
ensambla: algo como un jirón. No hay conformidad. En suma,
Descartes excluye lo líquido, lo fluido, por consideración de los
bordes, y excluye el tejido mal cortado, mal remendado de la
composición imaginaria, en virtud de la misma consideración.

Partamos de lo que Descartes descarta. Aquello que separa
los sentidos, la imaginación y la mente no es diferente de lo
que separa los objetos del mundo. No hay aquí conocimiento,
ni teoría del conocimiento, en el sentido en que ésta plantea
por un lado un sujeto y por el otro un objeto. Así como para la
teoría escolástica de la adecuación, el intelecto conforme se
reifica, bajo la mirada del tercer hombre, también aquí lo que
ha podido llamarse facultades se divide y se clasifica como las
cosas. Los sentidos no proporcionan más que un conocimiento
confuso porque flotan o fluctúan, redundancia sobre lo fluido.
y la mente pura y atenta proporciona un conocimiento distinto
porque un borde es estable y único. El objeto debe ser sólido,
y eso basta. La esfera es un sólido en el espacio, el triángulo
un trazo de dos dimensiones en el espacio de representación.
Todo el campo a: terminar, definir, distinguir, dudar, fluctuar,
componer, todo este campo semántico induce una topología de
los bordes que no deja ninguna duda, justamente, sobre
aquello de lo que se trata, delimitar con exactitud cuerpos en
el espacio. Haga usted derretir un pedazo de cera en el fuego,
éste fluctúa en la confusión. Aquí, el gesto consiste en
experimentar sobre la tábula rasa de la tradición, en hacerse
cargo de la pastilla de cera, en saber el intelecto. El idealismo
cartesiano es un realismo, las cosas del mundo no se
desvanecen en el sujeto que piensa; por el contrario, el sujeto
retrocede indefinidamente en provecho de los objetos. La
física está fundada. Sólo se trata de sólidos, y el mayor
teorema de geometría cartesiana sigue siendo hoy el
descubrimiento del invariante topológico de los sólidos
regulares del espacio, mediante el recuento de sus bordes:
vértices, aristas, caras. La mente es mente de los sólidos, los
sentidos son sentidos de los líquidos, la imaginación compone
los bordes sin conformidad, la mente, los sentidos y la
Michel Serres 44
imaginación permanecen dirigidos hacia el trazado de los
limites. Así el alma y el cuerpo tienen un borde común, en la
singularidad puntual de la pequeña glándula pineal: cicatriz de
su distinción y de su unión. El fluido va a volver por medio de
la circulación de los espíritus animales y de los remolinos. 

En resumen. En virtud de lo que, aquí, está excluido, sólo
quedan los sólidos. Supongamos pues uno de sus puntos; en su
más cercana proximidad, los demás puntos son estables, hasta
lo discontinuo de su superficie. Supongamos, en particular,
que sean idénticos, perfectamente iguales. Entonces el
volumen es geométrico, transparente como un prisma o como
una esfera, ¿Pero en concreto y como físicamente? Si existe,
es liso, casi idealmente uniforme y unido. Y aquí entran el
espejo o los instrumentos ópticos. De ahí que lo claro se
asocie con lo distinto, el lenguaje de la luz con el lenguaje de
los bordes. Pero la óptica es siempre un problema de bordes,
véase la reflexión, la refracción, donde bifurca el rayo a través
de los medios y así sucesivamente. El Spinoza de la leyenda
realiza el gesto cartesiano por excelencia: pule cristales de
gafas, borra los bordes fluctuantes, mediante fluctuación de la
mano, que toca y trabaja, obtiene un borde liso para un
instrumento de tecnología sensorial. Por este trabajo en los
límites, la vista se convierte en modelo de la: mente. Lo fractal
desaparece en lo liso. Sólido de bordes perfectos, claro,
distinto, riguroso, cristal. El ideal del conocimiento es el
sólido cristalino. Frío como la cera antes de pasar por el fuego.
El ideal del sistema clásico es el cristal. Por sus límites, por
sus prestaciones ópticas, par su equilibrio, por su larga
estabilidad, Esto se ve hasta Schrödinger. Lo excluido es lo
fluctuante, lo excluido es lo compuesto. En el primero de los
casos, queda borrada una gran parte del mundo, tal vez el
mundo entero, por olvido del tiempo. En el segundo, el mito
queda excluido de la ciencia, el mito definido como jirón
remendado y, a su vez, flotante1, el discurso del reencolado
que ahora redescubre la topología. Pensamos y trabajamos
desde ahora en las exclusiones cartesianas, casi las mismas
que las de Auguste Comte, en el entierro o en la coronación de
la edad clásica. El positivismo prohíbe, entre otros, el cálculo
de las posibilidades y la vaga flotación de un conocimiento
que no fuera consistente, sólido, o sea las fluctuaciones en los
dos sentidos principales del término.

1
Hermes IV. La distribution, págs. 197-210. Penélope, la tejedora de las
reglas cartesianas, está en el puesto teórico de los mitos.
El paso del Noroeste 45
Hasta aquí no he hecho más que señalar una proposición
de Bergson: nuestros conceptos han sido formados a imagen
de los sólidos2. Constantes, estables y consistentes, volúmenes
duros y traslúcidos, de bordes distintos y distinguidos. El
trabajo de Bergson comienza en el campo de las prohibiciones
positivistas y cartesianas. Pues el ámbito del que la filosofía
toma sus valores y en el que se apoya ya no es la geometría
corriente de la esfera o del triángulo, ya no es la óptica,
aquella que se reduce a la geometría, ya no es la mecánica de
poleas, cuerpos y pesas, ya no es, en general, esa física general
de los cuerpos inertes que hacía la ciencia de los sistemas
clásicos. La filosofía, desde entonces, me refiero a esa época,
toma como ámbito de referencia el campo de la vida y, más
tarde, el de las llamadas ciencias humanas. Todo el
conocimiento es transformado por ello. «Donde existe una
fluidez de matices huidizos que se entreveran unos con otros
(nuestra atención), dice, percibe colores nítidos, sólidos por así
decirlo, que se yuxtaponen como las cuentas múltiples de un
collar: deberá entonces suponer un hilo no menos sólido que
mantendría juntas las cuentas.» Crítica elemental del método
cartesiano cuyo, eslabón es una cuenta, clara y distinta, vista
por una mente pura y atenta. Entrada en el campo de las
fluctuaciones, de la fluidez, de las nubes y los matices, donde
la luz deja paso a los colores que la dividen de manera
compuesta, y donde toda la cuestión, una vez más, regresa a
los mismos bordes en los que fue dejada.
Supongamos el borde de una nube, nuevo conjunto a
considerar, el límite de un matiz, luz coloreada, supongamos
la frontera de la ola, la cual, en el embate de la resaca,
deposita el guijarro sólido en la playa. El volumen sólido no es
más que un estado de la evolución, ella misma fluida.
Volvemos a la fluctuación. Ahora bien aquí el concepto es el
de un solapamiento. Bergson no proporciona una teoría del
conocimiento confusa, o de la fusión, ofrece un método casi
doble, justamente el del solapamiento. Los bordes
considerados bifurcan. Toma el ejemplo de la gavilla: la

2
«La inteligencia humana se siente como en casa mientras la dejamos entre
los objetos inertes, y en especial entre los sólidos, donde nuestra acción
encuentra su punto de apoyo y nuestra industria sus instrumentos de trabajo;
nuestros conceptos han sido formados a imagen de los sólidos" nuestra lógica es
sobre todo la lógica de los sólidos; por ello mismo, nuestra inteligencia triunfa
en la geometría, donde se demuestra el parentesco del pensamiento lógico con la
materia inerte.
»Depositado por el movimiento evolutivo, ¿cómo iba a aplicarse nuestro
pensamiento a lo largo del propio movimiento evolutivo? Es como pretender
que el guijarro arrojado en la playa dibuje la forma de la ola que lo trajo.»
L'évolution créatrice, Édition du Centenaire, P.U.F., 1959, págs. 489-490.
Michel Serres 46
gavilla crea, por el solo hecho de su crecimiento, direcciones
divergentes entre las que se repartirá el impulso 3. Toda la
exposición, en Les deux sources, de la doble ley de dicotomía
y de doble frenesí, puede ser enteramente inferida desde la
topología descrita por el frecuentativo duo-habitare de la duda
cartesiana, siempre y cuando, por supuesto, se introduzca una
energética allí donde no existía más que una mecánica, o,
mejor dicho, una estática. Bajo la tradicional pareja figura-
movimiento está la pareja fundamental topología-energética.
Discurso de los bordes, discurso del fuego. La duda misma se
convierte en conocimiento. El elemento principal del espacio
es ahora la multiplicidad en sentido riemaniano, la variedad
espacial. Localmente, el espacio es abigarrado, cromático. De
ahí los matices bergsonianos, y el ejemplo, aquí mismo, del
color, del anaranjado doblemente amarillo y rojo. Este es el
juego de fantasía y la imaginación compuesta. El anaranjado
no es más que un collage, un reencolado del espacio, de una
variedad amarilla y de otra variedad roja no recortadas, no
decididas. Quiasmo espacial y luminoso, quiasmo energético y
topológico. La distinción no es la eliminación del segundo
camino nacido de la bifurcación. Es el resultado de la propia
bifurcación. De pronto, todo bifurca. «Reflejo y voluntario
materializan dos enfoques posibles sobre una actividad
primordial indivisible que no era ni uno ni otro, sino que
deviene, retroactivamente, por ellos, ambos a la vez. Lo
mismo diríamos del instinto y de la inteligencia, de la vida
animal y de la vida vegetal, de tanta otra pareja de tendencias
divergentes y complementarias. No obstante, en la evolución
general de la vida, las tendencias así creadas por vía
dicotómica se desarrollan las más de las veces en especies
distintas; cada una por su lado van a buscar fortuna en el
mundo 4 ( ... ). No es así en la evolución de la vida psicológica
y social. Es en el mismo individuo, o en la misma sociedad,
donde evolucionan las tendencias que se han constituido por
disociación y por lo general sólo pueden desarrollarse
sucesivamente. Si son dos, como suele ocurrir con frecuencia,
el interés se dirigirá primero hacia una de ellas: con ella se
llegará más o menos lejos, generalmente lo más lejos posible;
luego, con lo ganado durante esta evolución, se volverá a
buscar aquella que se habrá dejado atrás. El progreso se ha
realizado por una oscilación entre los dos contrarios.» Bergson
prevé, por supuesto, la regulación de una por la acción

3
Les deux sources de la morale et de la religion, ibid., 1225-1228.
4
Las cursivas son nuestras.
El paso del Noroeste 47
antagonista de la otra, pero también prevé que se pueda
caminar por una de las dos ramas hasta la catástrofe. Ésta
«decide» los dos conjuntos, modulo el tiempo. La topología,
de las leyes de dicotomía y de doble frenesí habría hecho decir
a Descartes que, de seguirla en el bosque, uno se perdería
irremediablemente. ¿Pero quién le ha revelado al filósofo
clásico el secreto de que ese bosque tiene bordes, que está
inmerso en un espacio en el que ya no sería posible estar
perdido? Dios, supongo. Ahora bien, en el supuesto de que yo
no forme parte de su consejo divino, ¿quién me dice que no
haya más que bosques, que no esté embarcado, perdido para
siempre? Dicho de otro modo, ¿existen de veras, fuera de la
matemática, objetos con bordes distinguidos? Bergson intuye
que, salvo los sólidos perfectos, escasos por cierto, las cosas
tienen bordes fluentes. La teoría del conocimiento difuso ve
fronteras borrosas. Es el fuera de foco o lo movido de la
sobreimpresión fotográfica, al estilo de Musil o de los
impresionistas. Las ninfeas espejean en el agua. El sólido ha
desaparecido en el fluido, la luz en los colores. Al soporte
epistemológico de lo viviente corresponde una teoría de los
bordes con bifurcación. Un camino límite desemboca en el
otro sin cesar de existir por él mismo, ambos oscilan y vibran
entre sí, y las horquetas del árbol pronto se multiplican. Aquí,
la malla elemental de la red es el duo-habitare, el doble, pero
pronto deviene boscosa como para que el borde fluctúe.
Comienza la era de los fluidos. Toda la lógica o el método
bergsoniano está construido por quiasmos y su objeto, la
gavilla, el chorro de agua, el flujo, el stream of consciousness,
es acuático.
Claro que sería absurdo y falso, demostrablemente, señalar
dos eras, la de los sólidos, la de los fluidos, por un lado el
dibujo distinguido y por el otro el jirón fluctuante en torno a
un rostro, un cuerpo o un objeto cualquiera. Una lectura de
Lucrecio ya había mostrado a Bergson, y a otros, la
importancia de las turbulencias, y los mecánicos de la
astronomía no dejaron de notar que la Tierra, objeto sólido en
movimiento, estaba arropada por un manto de oscilaciones, los
mares, y por una mantilla de atmósfera gaseosa, donde se
arremolinaban las nubes.
Pero si la historia no tiene corte o bruscos cambios de fase,
salvo
si
se
piensa,
justamente,
la
historia
misma
como
una

mecánica de sistemas sólidos en movimiento bajo coerciones
de fuerzas y de relaciones de fuerzas, ¿puede uno decidir, una
Michel Serres 48
vez más, acerca de la adecuación o la conformidad de estas
dos teorías?
Empecemos por su caso singular, la luz: espejo de bordes
perfectos o temblor del espejeo. Cualquier óptico le dirá que la
división claro-oscuro no es distinta más que en circunstancias
excepcionales. Y con precisión, cuando no hay atmósfera,
cuando no hay fluidos turbulentos. En la luna reina lo claro y
la negrura es absoluta detrás de tal obstáculo que intercepta los
rayos. Tórrido aquí, y helado allí. ¿Por qué? Por ausencia de
refracción, por ausencia total de bifurcación. En la atmósfera,
nunca homogénea, nunca isótropa, los medios locales están
distribuidos de forma múltiple, de suerte que los rayos, así
puede decirse, buscan fortuna en el mundo. Se quiebran por
doquier y ejecutan un recorrido caprichoso. Contornean pues
los obstáculos y producen un claro-oscuro, un confuso-
distinto. Y así es como se ve lo más comúnmente del mundo.
No se necesita, donde sea y siempre, la presencia del sol. La
luz se difunde. Si el ver es un modelo del saber, el
conocimiento es, casi siempre, difuso. En absoluto confuso ni
oscuro, sino multiplicado por franjas y difracciones. La
oposición distinta de lo claro y de lo oscuro no cabría más que
para una filosofía del vacío, o sea del espacio geométrico. No
son más que singularidades locales, excepcionales. Por
ejemplo, en el claro de la luna. En el interior de la caverna
negra nos convertiríamos en estatuas de hielo, frente al sol nos
quemaríamos como antorchas. Filosofía del cristal flameante,
olvido de la fluctuación condicional.
De modo más general, en los clásicos, el conocimiento
claro y distinto se encadena al hilo de las relaciones y de las
proporciones. Es la tecnología de una medida. Para medir, lo
hemos visto, conviene aplicar, uno sobre otro, una regla y el
objeto. Entonces, la conformidad exige un borde a borde, una
alineación. Ahora bien, ya se sabe5 que las medidas
aproximadas, que el conocimiento aproximado, en su avance
hacia lo preciso, se encuentran, de golpe, con un obstáculo o
una paradoja. Supongamos que quisiéramos una medida
exacta, necesitaríamos una infinita cantidad de información
para obtenerla, lo cual sobrepasa ampliamente las condiciones
de la experiencia. El punto de la distinción, el punto extremo
del borde más allá del cual se desvanece el objeto, es
demostrablemente inaccesible. Solamente existe en algunas
matemáticas de la tradición. El sólido más liso tiene grano,

5
Hermes IV, La distributión, págs. 33 y siguientes.
El paso del Noroeste 49
nunca podrá usted pulir con exactitud un cristal de gafas
mediante ese aleatorio movimiento de la mano que intenta
recobrar la distribución estocástica de las asperezas. Además,
en lo local más pequeño, su límite vibra con fluctuación
particular. El borde está inmerso en el ruido, en su propio
ruido, y la distinción sería una tarea infinita. El teorema de
Brillouin vuelve improbable y milagroso el cartesianismo,
reside por entero en el milagro griego, el de la geometría. Los
objetos tienen bordes fluctuantes, inclusive los sólidos,
inmersos todos en sus propias franjas como en múltiples
aureolas quebradas. Toda cosa del mundo, en su género, es
nube, remolino y espejo. Un organismo, por ejemplo, es un
sistema abierto y, más que un arte, es un saber el dibujarlo con
límites borrosos y fluentes. Así pues la evidencia no es de
aquí, así pide un recuento infinito. ¿Qué concepto quiere usted
que cumpla?
Todo conocimiento es «adela» *.
El texto inicial de Descartes señala dos exclusiones: lo
fluctuante y lo compuesto. Por la bifurcación, el camino
conduce a Bergson y al conocimiento borroso y quiástico.
Volvamos al tejido abigarrado de la imaginación. Ello nos
lleva de nuevo a la topología.
Si en Descartes la imaginación, es compuesta, en Pascal lo
es, directamente, el espacio. En este último no hay
transposición de los sucesos del espacio en teoría del
conocimiento, o más bien, la hay pero está reconocida. Otrora
mostré el isomorfismo de estructura entre los escritos
científicos y los Pensamientos. En los textos legados por la
demostración puede encontrarse la reserva de ciencia, en el
sentido en que antaño hice uso de esta palabra. Pascal
introduce en filosofía la idea de variedad, de variedad
témporoespacial, de donde la ciencia no tendrá más que
tomarla. Es la crítica más aguda, en pleno siglo clásico, de los
sistemas clásicos. El punto fijo de estabilidad, el centro de
Arquímedes y de gravedad, el punto fijo de visión, el punto en
general de certeza, no se puede encontrar en el espacio. Por

*
El autor explica así su neologismo, en francés «adèle»: la palabra griega
délos quiere decir claro, luminoso, transparente, evidente. Su opuesto adélos
significa sombrío, oscuro, difícil de ver y de conocer. La isla de Delos está casi
siempre envuelta en brumas y vientos violentos que la hacen de difícil acceso.
Los antiguos griegos decían que, de hecho, se llamaba Adelos y que se la había
consagrado al culto de Apolo, dios de la luz y de la claridad, para conjurar todas
esas brumas. El adjetivo «adèle» intenta designar un conocimiento no evidente,
no tanto luminoso como sombrío, en un sentido óptico. No se ven las mismas
cosas con tiempo nublado o con cielo despejado. (N. de la T.)
Michel Serres 50
este descentramiento, el fundamento cede y huye. Esta
proposición es global, por la prolongación analítica de los
infinitos. Consecuencia: el espacio es variado, vuelta a lo
local. Todo ocurre como si el inventor del cálculo
infinitesimal captara oscuramente sus condiciones, por un lado
la prolongación, por el otro el sutil y topológico análisis de las
variedades.
De ahí, una teoría de los bordes y del moto. Graciosa
verdad bordeada por un río. Los Pirineos limitan, más aquí,
más allá, una variación brusca del pro al contra, de la verdad
al error. El espacio es coloreado, abigarrado, aquí mismo
bifurca del blanco al negro. Es el coloreado de los mapas.
Meridiano, elevación de los polos. A la izquierda del borde, la
moral es tal, a la derecha es otra, a la izquierda la palabra es
tal, a la derecha también es otra. El espacio es, condición del
sentido y de los valores, topología bajo semiótica, el espacio
local recortado en región. Respecto al espacio global, nada se
puede decir de él, no tiene ni sentido ni valor de verdad, es
silencioso. El eterno silencio de esos espacios infinitos me
aterra. Si usted habla, fuera del silencio, en el sentido y en los
valores, se necesita una topología local. Entonces la pregunta
se transforma: ¿cómo volver a pegar estos pedazos? Se puede
leer ese recorte como un programa de ciencias humanas, se ha
leído en él la relatividad de las costumbres, de las instituciones
y de las leyes. Y esta variación y este descentramiemo
fundamentan lo que podría llamarse una antropología. Pero
también anuncia una estética del espacio, una nueva
geometría, un sutil análisis de las variedades locales, no
inmersas en un espacio global, de donde ha desaparecido el
referencial. Ahora bien, hay discontinuidad, por la barra de la
montaña, entre dos variedades, por ejemplo, el error y la
verdad. Esta discontinuidad nos impide el descubrimiento de
un invariante por variaciones. Lo esencial, el invariante, es
justamente la variedad. Estamos pegados a ella, encadenados,
no la abandonamos por lo global de inmersión. Estamos
embarcados sin poder dejar esta barca. Si usted imparte moral,
sólo se encuentra en una variedad moral, incluso si usted
pronuncia un discurso elocuente o si usted hace filosofía. El
reencolado de esos pedazos plantea problemas. Y desde hace
poco el problema del reencolado se ha vuelto nuestro: en
matemáticas y en ciencias humanas. El discurso mítico y
religioso es un reencolado topológico.


El paso del Noroeste 51

Pascal se libra del problema al inventar una forma distinta


de invariante. La verdad moral se burla de la moral, la
verdadera elocuencia se burla de la elocuencia, hacer
verdaderamente filosofía es no filosofar: tres ecuaciones en las
que lo verdadero permanece invariante y en las que los demás
elementos se eliminan casi por sustracción. Es porque existe
un punto de reencolado.
La operación de fragmentación y reencolado es el signo de
la imaginación cartesiana para Pascal, es nuestra situación en
el mundo y en el discurso. Ahora bien, en su caso, la
imaginación, maestra de error y falsedad, sigue siendo tanto
más falaz cuanto que no siempre lo es. Lo falso es una
sucesión de ceros, lo verdadero una sucesión de unos, el resto
es una mezcla, bastante aleatoria, de ceros y de unos. Esto es
el azar y lo que, en Bergson, salía a buscar fortuna en el
mundo. La temeridad del azar que sembró las leyes humanas.
Lo cual no quiere decir, ni mucho menos, las únicas leyes que
los hombres hayan promulgado, sino simple y llanamente las
leyes de las ciencias.
Bergson solía decir de Descartes que consideraba como
general, en el mundo y en el conocimiento, los sucesos muy
particulares que ocurren en geometría o en mecánica, que, de
hecho, había inferido una filosofía de una región singular y
local de la enciclopedia.
Lo mismo diría yo del propio Bergson. Su crítica de la
ciencia es la de un saber histórico y datado, su promoción de
una metafísica encuentra, una vez más, sus valores en regiones
particulares, aunque históricamente cruciales, del saber
enciclopédico. Se las puede señalar y lo he hecho en otra
parte: energética, tronco común de una biología y una
sociología. Nuestras teorías contemporáneas casi siempre
repiten los resultados que a partir de ahí obtuvo Bergson.
El objeto de la filosofía, de la ciencia clásica, es el cristal,
y en general, el sólido estable, de bordes distintos. El sistema
es cerrado, está en equilibrio. El segundo objeto-modelo es de
bordes fluentes, es la gavilla o el banco de nubes. Y el sistema
es oscilante. Oscila entre bordes amplios, también tiene
bordes.
He aquí ahora un tercer objeto. Busco un objeto, busco un
modelo. Existe un abordaje, una escala, un tiempo respecto al
cual un objeto cualquiera del mundo no aparece entre los
bordes que acabo de señalar, uniformes u oscilantes.
Michel Serres 52
Supongamos que una cámara haya podido filmar durante
millones de años la costa oeste de Bretaña, con sus riscales y
sus islas, y que podamos proyectar esta película en pocos
minutos. Veríamos una llama. Veríamos el borde del sol. Las
protuberancias de su corona tienen la forma de una costa en el
mar. El Iroise tiene el perfil de un fuego que arde, helado por
el océano o bien por la lentitud del tiempo que es el nuestro.
Ya no es el espejo, ni el espejeo, es la luz en su fuente y en
su producción nuclear.
Los bordes de la llama varían con tal velocidad para
nosotros que no se puede decidir si está, ahí, presente. De
repente se ausenta, se desplaza a otra parte o se representa
aquí mismo, y ya no es la misma llama. Lenguas, cortina o
cabellera. La misma sin embargo —supongo— pero sin
relación alguna con lo que era en el instante inmediatamente
anterior. Que sea inestable es decir demasiado poco, es más
que inestable o menos. Se desgarra súbitamente, es la misma
dentro y por el desgarramiento. Topología paradójica.
Continua y discontinua. Fluctúa, pero no como una gavilla, un
flujo, ni como el embate del oleaje que oscila en el borde de la
playa, en la múltiple conjugación de los vientos y corrientes de
la marea. Su borde —¿pero no es la llama un borde en sí
misma?— no es flotante como lo movido vago del matiz,
parece fluctuar al azar. Danza imprevisiblemente como
transportado por una música estocástica. El temblor del borde
bergsoniano es continuo, se lo puede escribir siguiendo la
malla elemental de la horqueta dicotómica, haciéndola vibrar
con doble frenesí. Las franjas del matiz oscilan, en suma, en
una zona más o menos limitada. Lo movido, lo difuso,
tiemblan en un margen, el espacio de transición, que es, podría
decirse, el borde de los bordes. El objeto del sistema clásico
dispone de un límite lineal, el objeto fluido a la manera
bergsoniana tiene un margen de maniobra, y su borde tiene
juego. Sin embargo, aun amplio, no es más que un intervalo,
una proximidad. Lo movido oscilante es casi estático. La
llama, ella, fluctúa sin frontera y como al azar, alta, nula,
gigante, sin franja ni margen. Siempre desviada de su propio
equilibrio. Lanza brazos que van a buscar fortuna en el
mundo, produce islas independientes de ella y que, pronto, se
desvanecen, parece cambiar de estado por la temeridad del
azar que sembró las leyes. Algunos de estos brazos quedan de
repente sin sucesores, otros continúan lejos su frenesí, ese
borde no tiene juego, es un juego del cual no se está seguro de
saber algún día las reglas.

El paso del Noroeste 53
Hiele usted de golpe la forma estocástica de la llama,
como en un mapa de geografía. ¿Cuáles son los objetos del
mundo que ahí aparecen, modulo el tiempo o el enfoque?
¿Orden o desorden, quién puede decidirlo? Orden desordenado
inmerso en un desorden asaz cercano.
Los objetos son llamas heladas por tiempos diferentes. Mi
cuerpo es una llama un tanto más lenta que esta cortina
chamuscada que consume los leños. Otras cosas son aún más
lentas, piedras, otras más fulminantes, soles. Mil tiempos
hacen batir sus bordes.
El ciclón que se desplaza hacia el anticiclón precede, en el
texto, el movimiento de los astros, salidas, puestas, fases,
anillos. ¿Acaso sus ciclos regulares no son más que círculos
límites de movimientos en torbellino? Eso demostró
precisamente Poincaré6. La regla que establece el orden de
nuestro mundo es sólo una singularidad con fondo de
fluctuaciones. Equilibrio en medio de las desviaciones.
Desde el mundo hasta Viena, la nube condicional no cesa.
La multitud fluye en cordones nebulosos, como la depresión,
flota, y su viscosidad varía, según las corrientes y los nudos,
espesa o desleída, pero, a veces, el fluir adquiere ritmo. De
donde se reencuentra, por análogas turbulencias, el vínculo
por un momento olvidado entre el ρ ε τ ν 
 y el
 ρ υ θ µ ο ς .
 El
pulso normal que sigue la circulación de la multitud es una
singularidad sobre fondo de hesitaciones. Equilibrio por medio
de las desviaciones.
Ruido. Por complejo que sea el sonido que produce una
cuerda vibrante, ésta vibra por vientres y nodos de manera
ordenada, mientras que el alambre de púas del ruido vibra al
azar, confuso y caprichoso en lo local más pequeño. Es un hilo
fractal, diría Mandelbrot. Alboroto innumerable que sobrepasa
toda medida, enredado. De golpe, cortante, una punta
sobrepasa al azar la fluctuación. Clara señal, estallido, nota.
Singularidad sobre un fondo de salto de agua, o sentido que se
desprende del sinsentido. El sinsentido es ese azar, ese ruido
molecular. Y la señal es ese nuevo azar que sobrepasa,
brutalmente el alambrado de lo falto de sentido. El lenguaje se
adosa al alboroto, antes está inmerso en el rumor. ¿Cómo
nace? De una fluctuación. Es fluctuación sobre fondo de
fluctuaciones.

6
Véase Minorsky, Non-linear Oscillations (capítulo 3, «Limits Cyeles of
Poincaré»); Van Nostrand, 1962.

Michel Serres 54
Nubes, remolinos, flujos, ruidos, todas masas primeras sin
atributos. o sin propiedades definidas.
Supongamos pues un líquido en ebullición. Parte de la
ciudad es el recipiente: casas, leyes, tradiciones de la historia.
Hay tiempo, helado, cristalizado, en la parte sólida o, como se
dice, duradera, de la ciudad. Ahora, el resto es líquido que
hierve. Aquí están el fuego y el fluido. A la Sazón, no había
otra manera de producir potencia, energía, fuerza. El Imperio
austrohúngaro es una potencia, la capital es máquina de fuego,
hecha para desarrollar, para producir potencia. Balzac
modelizaba ya París con una caldera. Ambos textos calientan
la energía de su fuerza y de su movimiento, producen la
potencia de sus propias señales. Es la alquimia del verbo en
los tiempos de la industria, de la termodinámica. En Balzac, la
capital es una máquina de vapor, descrita en su
funcionamiento global, como vista desde afuera, en su
tecnología. Era la época de Carnot ¿Cómo poner en marcha la
máquina, cómo mejorar sus prestaciones, cómo comprender
los ciclos que sigue? En Musil, Viena-caldera está descrita
localmente, ya no en su construcción ni en su dinámica
general, sino en los complicados acontecimientos, turbulentos
y numerosos, que suceden en el seno de sus flancos, en el
interior del recipiente. Es la época de Boltzmann y de Gibbs.
¿Qué ocurre pues en el líquido? Respuesta en el texto:
choques, deslizamientos, irregularidades, cambio, disonancias,
desorden; pulsaciones, ritmo, orden. Una mezcla de orden y
desorden: eterno desequilibrio de los ritmos. El resultado es
bien exacto. Balzac, al igual que Carnot, está fuera de la
caldera y por lo tanto su máquina es, de nuevo, determinista.
Musil, igual que Boltzmann, y siguiendo a Turner, entra en la
caldera: su máquina es aleatoria. Aquí o allí se forman orden y
ritmo, y de ese pulso normal algo se sigue. Un líquido en
ebullición tiene ritmos y períodos, como remolinos casi
ordenados, los elementos de la caldera danzan al azar.
Resulta pues más difícil hacer un balance, como en el caso
del hotel de Guénic, en Guérande, en Francia. Balzac instala,
como condiciones iniciales de Béatrix, una serie de
referenciales que se encajan. ¿Dónde está pues el barón? Aquí
mismo. El señalamiento es exacto, sin error. ¿Quién es el
barón? Éste mismo, por tal o tal atributo. Balzac, como el Dios
de Laplace, dispone de la totalidad de la información. Él la da,
el lector la recibe, hasta el más sutil detalle. Lo demás se
seguirá en consecuencia, y creo que hasta por redundancia. El
dios de Laplace es sabio solamente en lo inicial, solamente en
El paso del Noroeste 55
la visión y la previsión. Cuando el mundo se desenvuelve y se
deduce de condiciones, de alguna manera él las repite. Ese
mundo es tonto, tonto sin imprevisto, y tonto por redundancia,
ese mundo está muerto por repetición. Tonto como un planeta,
tonto como un método y tonto como un muerto. Sí, el dios de
Laplace es tonto como un autómata, tonto, sí, como un
ordenador.
Entre usted en la caldera donde el orden y el desorden
mezclan los ritmos e irregularidades, los equilibrios y
desviaciones, es de temer que el punto se pierda. ¿En la nube o
en el remolino, dónde estoy pues? Respuesta: se sobrevalora
demasiado la cuestión del lugar donde uno se encuentra. ¿De
dónde habla usted, Robert Musil? Desde el interior de la caldera,
en la que nunca conozco conjuntamente mi posición y mi
velocidad. Dicho de otro modo, desde Viena, ese líquido en
ebullición. ¿Desde dónde habla usted, Sr. Heisenberg? Respuesta,
como entonces se decía, indeterminada.
Aplicación inmediata. Dos elementos en el fluido caliente,
o sea dos personas en una arteria animada de la ciudad.
¿Dónde están? Aquí mismo. ¿Están ahí realmente? Es
imposible. Hermeline Tuzzi, en agosto, está en Bad-Aussee en
compañía de su marido, Arnheim está de negocios en
Constantinopla. Las informaciones son contradictorias y la
respuesta no es determinable. ¿Quién es pues? He aquí el
movimiento. Un observador, en la calle, estaba delante de la
pareja, avanzaba hacia ella y la pareja iba a su encuentro; los
tres se cruzan y, cincuenta metros después de entreverse, el
tercer hombre ya no recuerda el lugar donde ha podido ver
aquellas caras. El movimiento hace perder los lugares y si se
encuentran en Turquía o en los baños, no pueden caminar ahí.
Balzac ha perdido las huellas del barón, el sistema de
representación se ha desvanecido.
Ahora, desde el observador. Desde su posición y desde su
memoria. Vista del exterior, Viena, la capital, pero qué
importa su nombre, parece un líquido en ebullición. Entremos
pues en la caldera: inmersos en el interior de recipiente,
Arnheim y la señora Tuzzí no tienen en grado alguno esta
sensación. Conservan localmente una referencia, una
pertenencia. Localmente, en la más cercana proximidad del
cuerpo. Basta con observar, de cerca, su ropa interior, para
saber que pertenecen a una clase privilegiada. Ellos mismos,
observadores de sí mismos, saben, en las más finas
interioridades de su conciencia, quiénes son y dónde están.
Sería preciso pues; para obtener la información total, que
Michel Serres 56
existiera un observador por elemento. El observador lejano
tiene poca información, ésta crece con el acercamiento, hasta
la ropa interior señalada con las iniciales y el escudo sólo llega
a su máximo cuando el lugar observante se confunde con el
lugar observado. Ahora bien, en un líquido en ebullición hay
miles de millones de elementos. La exigencia, entonces,
sobrepasa en mucho las condiciones de la experiencia. En
cualquier posición que esté el observador, la información no
es más que parcial, y, por lo tanto, generalmente, bastante
escasa. La pérdida de la distinción está en el sujeto como en el
objeto. No solamente en el mundo existen nubes o flujos que
danzan bajo el efecto del fuego, sino también en aquel que
habla de las nubes y que ve el fuego. La mezcla al azar de
orden y desorden, de información y falta de información
atraviesa la antigua separación del cognoscente y de lo
conocido, vale para ambos territorios que ya no interesa
distinguir. El viejo problema de las condiciones y los límites
del conocimiento no debe ya tratarse en lo objetivo puro y
simple, ingenuo, o en lo trascendental del sujeto, sino en los
bordes fluctuantes del orden y del desorden, donde siempre
está puesto entre paréntesis el borde común al sujeto, al
objeto. Lo nuevo arropa a lo viejo.
(Por otra parte, hay una multiplicidad de observadores con
informaciones parciales, Juntos constituyen una red fluctuante,
trabajan en memorizar o presentificar sus observaciones. Esta
red es informacional en sí misma. También es energética por
los trabajos de transformación de los objetos. Si aún existe una
cuestión trascendental, es la de la intersubjetividad.)
Esos dos observadores de sí mismos saben quiénes son y
dónde están. Excepto que no saben que están inmersos en la
caldera. Su conocimiento no es más que local y ultrafino. No
pueden observar el azar y el orden globales. ¿Qué es pues lo
que pueden ver y saber en la proximidad de sus posiciones?
Una aglomeración, formada por algún choque. Un momento
antes (el intervalo de tiempo es breve) algo se había desviado,
en movimiento oblicuo. Esto es el azar local. Y con mayor
precisión, el clinamen. Y más exactamente, el desvío respecto
al equilibrio. La inclinación, el relámpago que barra la nube, o
la señal que zanja, clara, sobre el alboroto alambrado. Se forma
enseguida un pequeño círculo, un pequeño agujero, en torno al
cual se amontona la gente, como las abejas. Turbulencia local
en la caldera, generada por un choque de elementos, desviados
por inclinación. Pequeña depresión infinitesimal en el cordón
nebuloso de los peatones y el muerto está en el centro. Orden
El paso del Noroeste 57
en el desorden o desorden en el orden, y el muerto en medio
de la gente, como el ojo del ciclón.

Nubes globales, depresión en movimiento, desorden y
ordenación de grandes dimensiones. Nebulosos cordones
locales, irregularidades, pulso normal, ritmo, ordenación y
desorden pequeños.
¿Cómo señalar el borde del orden y del desorden? En una
singularidad estable, en medio de ese círculo, en medio de ese
agujero. El cadáver tendido en el centro de las espaldas
encorvadas. Angustia. Malestar, irresolución, parálisis, el
accidente es azar, pero un azar producido por la multitud o por
el gran número, sus choques, sus entrechoques, su desorden,
su anonimato. ¿Quién soy, dónde estoy, quiénes son, dónde
están?, ignorancia primaria. Y de repente el desgarramiento,
una muerte individual entre el colectivo inmerso en el
alboroto, el fuego y el bullicio. ¿Accidente o crimen, quién lo
sabrá? ¿Accidente de circulación o crimen colectivo? ¿Es
verdaderamente determinable? Nada podemos saber, salvo lo
que acaba de suceder. El desorden era tal que su saber era
nulo. ¿Qué ocurre por saber? Esto: la muerte.
Y bruscamente, todo cambia: del malestar al bienestar, de
la angustia al alivio. El capítulo concluye repitiendo
perdidamente palabras de orden: técnica; instituciones sociales
admirables; hombres de uniforme; interior de una ambulancia
limpio y bien ordenado; impresión, justificada, de que acaba
de producirse un acontecimiento legal y reglamentario. De
pronto todo se precipita del desorden al orden, de la
irregularidad a la ley, de lo indeterminado al reglamento y de
la nube a las estadísticas. Éstas muestran la regularidad anual
de tales accidentes. Por fin reinan el orden y la ley Diótima se
tranquiliza, así como la gente agolpada. ¿Acaso es aliviada por
el discurso técnico de Arnheim sobre los camiones y el tren de
frenado, que ella no entiende y que reintegra el horrible
accidente al centro de un orden cualquiera? No es seguro, ese
discurso ya está ordenado. El texto dice algo muy distinto. No
cesa de presentar lo nebuloso, lo indeterminado, el choque;
cesa en la cadena de las palabras del orden. Y, en medio, el
muerto. Aquella muerte es el punto en el que el desorden se
vuelve orden, en el borde donde uno se convierte en el otro.
La ley acaba de aparecer allí, donde el azar era el amo. La
señal sobre el ruido, la turbulencia en el fluir, el clinamen
sobre el caos, el relámpago sobre la nube, bifurcación y
catástrofe. Se diría el fiat en medio de la nada.
Michel Serres 58
Eso puede decirse con dos discursos. Pero no estoy seguro
de que no sean los mismos. Primero, con el de la ciencia que
llaman exacta: he citado a Wiener y Boltzmann, Heisenberg,
la teoría de la información, Lucrecio y los desvíos respecto al
equilibrio, todo un corpus que proporciona un fiel modelo del
texto, y que puede terminar, si se quiere, en el problema
reciente de la fluctuación y del orden. Luego, con el de la
ciencia que llaman humana. La que se construye en la obra de
René Girard sobre esas cosas ocultas desde la fundación del
mundo. Aquí, una vez más, el desorden está primero, se
borran las diferencias, la crisis explota en una nube de
indeterminaciones. El orden se forma a partir del desorden,
sobre la cabeza del primero que llega, la víctima emisaria.
Aleatorio global, aleatorio local, paso a lo no aleatorio. Origen
del sonido a partir del ruido, por ejemplo, de la amplia
pulsación rítmica sobre el fondo de las irregularidades. Ahora
bien, la probabilidad de que aparezca el primero que llega es
una certidumbre, ya que se trata de una tautología7. La
probabilidad de que sea tal o cual la hija de Jefté, la de
Agamenón, es muy cercana a cero. El primero que llega tiene,
sobre este punto, un valor doble, es el azar casi puro, es la
certidumbre. En este núcleo bivalente, todo se vuelca y la
regla aparece sobre un fondo no legal. Entre estos dos
discursos los esquemas son comunes, concurren aquí, en ese
círculo, en ese hueco, al pie de ese cadáver.
Del desorden a un orden, he aquí el punto crítico, dice
múltiplemente el primer discurso. Del desorden a un orden, he
aquí el crimen, dice múltiplemente el segundo. Y es la misma
palabra, prevista en ese lugar, en el borde del desequilibrio y
del ritmo, del ruido y de la señal, de la indeterminación y de lo
determinado, etc., prevista en ese lugar por la lengua llamada
corriente. Ese punto de decisión y de bifurcación, ese umbral
crítico donde las cosas cambian de estado puede ser
denominado crimen sin mayor inconveniente.
La crítica es efectivamente una ciencia de los bordes. Es
ciencia de la muerte. El accidentado, muerto o aún no muerto,
es Moosbrugger. Y es el propio Ulrich, asaltado en una calle
sombría, salvado por poco de esa riña.

7
Pierre Pachet, Le premier venu, Denoël, 1976.
El paso del Noroeste 59

¿Se reconoce ahí el paso del Noroeste? Robert Musil, al


igual que Ulrich, abandona las ciencias, deja sus problemas a
su tecnicidad, se dedica, como suele decirse, a la literatura. ¿El
darles la espalda no sería resolverlos? Intuye de pronto, aquí,
una síntesis que se levanta hoy, en la cual, ya en Lucrecio,
había intentado formarse. Su nube a la Boltzmann, su alboroto
alambrado a la Shannon, su meteorología comparada con el
sistema del mundo a la Wiener, sus inecuaciones de posición a
la Heisenberg, su caldera a la Gibbs, su cibernética social, su
desviación a la Prigogine, todo ese saber exacto e inexacto de
las cosas mismas, valorado en su relación con un observador y
con la cantidad de información de la que dispone, todo aquel
saber a la Brillouin, se abre bruscamente, por el pequeño
estrecho del accidente en una calle de Viena, que mata al
primero que llega, muerte certera habida cuenta del número,
muerte incierta para quien ha de padecerla, por lo tanto muerte
colectiva en el sentido preciso del término, por el estrecho de
la angustia perdida; de ese malestar convertido en bienestar, se
abre bruscamente, por un orden cualquiera construido sobre el
saber de las ciencias humanas, nuevamente fundadas sobre un
tal esquema. Será el paso del Noroeste, aquel que ya no se
esperaba descubrir entre dos tipos de saber, o bien sigue
tratándose de los hombres y del mundo, pero separados por
una barra, como si hubiera dos mundos, el de los despiertos, el
de los dormidos, como si hubiera dos humanidades, la que se
preocupa por transformar las cosas y la que se deleita con sus
propias relaciones. Este paso del Noroeste lo habían
encontrado los salvajes, con esto quiero decir que, en la vida
cotidiana, los trabajadores lo pasan todos los días. ¿Cuántos
pescadores vascos, en la caza de la ballena, cuántos noruegos,
griegos, fenicios, bretones desconocidos habían descubierto
América y el agujero hacia el Pacífico antes que el sabio
erudito Cristóbal Colón, representante de los Reyes? No lo
escribieron, ésa es simplemente la cuestión. Después de todo,
la cosa no es un milagro, estamos en un mundo del cual somos
tal vez singularidades.
¿Cree usted que estará muerto? preguntó la compañera.
Espero que aún esté vivo, respondió el señor. Cuando se lo
llevaron en el coche; así lo parecía.
Michel Serres 60
Aquellas cosas se esconden en cuanto aparece un orden, la
ciencia no culpable y esas instituciones, admirables. No piense
más en eso. Ponga usted los cimientos ten otra parte. No hay
cadáver en nuestros armarios. Donde Tales funda. La
geometría, no hay muertos, las Pirámides no son tumbas. No
hay naufragio en los números, la historia de Hipaso de
Metaponte es un mito. Así pues olvídese de eso. De ahí, nada
se sigue. O, por el contrario, todo. En fin, todo lo que tiene un
orden.
¿Acaso implica la historia humana un olvido siempre
residual de sus condiciones iniciales? La historia humana,
pues, se sumerge en el flujo de las cosas mismas, y el paso
está bien abierto.
Un cadáver local anónimo, al principio. Ocultado con
celeridad, llevado con celeridad por la ambulancia, disimulado
con celeridad en el desbarajuste de las estadísticas y en el
cálculo de la norma. Ifigenia forzada al secreto, la culpa es de
la religión, antes que de la física atomista, la cual, sin
embargo, se acaba con la peste. Innumerable, innominable
osario de la guerra mundial, al término de este relato
interminable, perdido y esparcido en sus propios pedazos,
papeles dispersos, cuerpo estallado, desorden, nube de señales,
nueva depresión que atraviesa Europa. Ulrich, de nuevo, ya no
sabrá si es o no Ágata, Ágata no sabe si, sí o no, ella es Ulrich.
A los pies del padre muerto se falsificó el testamento. Nuevo
olvido de las condiciones iniciales. Vuelve la indeterminación,
los militares son pacifistas y a la inversa; la Acción paralela
declina. Deseo gemelo de los dos gemelos, odio de las
nacionalidades en el Imperio doble, húngaro y austriaco. Los
dos discursos no cesan, mismos y parecidos, las dos ciencias
son sólo una.
El mismo resultado aquí que la antigua física dejaba ver,
reconducido al saber moderno: la ciencia exacta entre el
sacrificio y la peste de violencia. Musil, en el mismo punto y
en el mismo paso que Lucrecio, hace dos mil años.
El mar es violento, en el paso del Noroeste. Los dos
saberes, rumbo uno hacia el otro, reconocen su borde común.
Es el estrecho, el umbral crítico de la muerte.

Nuestro problema es la complejidad. Ésta caracteriza un


estado, un sistema, cuyo número de elementos y cuyo número
de enlaces en interacción es inmensamente grande o
inaccesible. Nuestros objetos suelen ser sistemas de esta
índole, casi siempre variables según un tiempo o el tiempo,
El paso del Noroeste 61
casi siempre medio de inmersión de aquel o aquellos que
hablan de él. Así vale para cualquier cosa del mundo, así para
la enciclopedia y el lenguaje, así para nuestros grupos y
sociedades, así para la economía, así para esa multiplicidad
témporoespacial en transformación, la cual es, sin duda, la
más fuertemente compleja, y que llamamos la historia.
En la época en que el saber es todavía bastante sencillo y
en que, sobre todo, se propone el trabajo de simplificación,
Leibniz encuentra ya el problema de la complejidad. En medio
de la era clásica, se convierte en su primer filósofo y su primer
lingüista. Construye un sistema basado en mónadas y
multiplicidades, en implicaciones y explicaciones, mediante
un arte combinatorio que denomina arte de las complexiones,
y mediante una multiplicidad de unidades sin puertas ni
ventanas, ellas mismas complejas. Realiza así la variación
regulada más amplia y más completa posible de lo uno a lo
diverso, del principio de identidad al de los indiscernibles. Su
filosofía de lo múltiple esboza las escenografías y proyecta la
inaccesible iconografía de los caminos practicables entre lo
único inimitable y la infinita variedad de la diferencia.
Así es como junto a Leibniz, reflexionando sobre sus
invenciones tanto o más que sobre su metalenguaje, se
aprende a construir el modelo en red. Una red es justamente la
grafía de un sistema complejo. Traza el conjunto de los
enlaces o interacciones entre los elementos de un sistema, es
su simplex. Como consecuencia, la armonía preestablecida
resulta demostrable, pues no es más que el cálculo, por
máxima y mínima, del número de enlaces de un haz centrado
comparado con el de los enlaces de una red corriente.
Curiosamente, había omitido señalarlo, el haz divino cuenta
con tantos enlaces como lados tiene la red, o sea bordes. El
punto de vista de Dios se basta con los bordes. Y estamos
inmersos en el enrevesado tejido de la red. La metafísica cierra
el conocimiento. Integra la enciclopedia en el riguroso sentido
en que cumple su perímetro.
Una vez puesto entre paréntesis el punto fijo exterior, por
los motivos ya mencionados, subsiste el hecho de que el saber
clásico nunca cesará de confirmar la excelente conformidad
del modelo en red. Desde el problema de los n cuerpos, a
continuación de Newton, hasta la constitución química de los
elementos simples y de los cuerpos compuestos, grandes o
pequeños sistemas, se trata siempre de elementos y enlaces. A
partir de ahí, y de manera regular, los planteamientos atañen al
Michel Serres 62
análisis y a la determinación del centro local de la estrella, y a
la existencia y evaluación de los caminos que conectan esos
lugares. Atañen, globalmente, al equi1ibrio resultante del
sistema así constituido. El modelo es formal, y esto significa
que los puntos son en él objetos cualesquiera, estatua de dios,
mesa o cubeta, con esto quiero decir número, letra, átomo o
planeta, célula, función o sujeto, y que también los enlaces
son cualesquiera, desde el movimiento hasta el trazado de una
línea, desde la fuerza de interacción hasta el canal por donde
se comunican los polos. El orden clásico está edificado sobre
este grafo a la vez muy simple y complejo, que llegó hasta
nosotros, a través del siglo XIX. En la modernidad se ha
reproducido recientemente al menos dos veces: por la teoría de
las comunicaciones, y la otra, general, de los sistemas; sobre
todo, por el estructuralismo. Estos dos nuevos esfuerzos eran
embrionarios en Leibniz. Por un canal dado pasa una
información, de la que resulta una nueva aprehensión de las
relaciones entre los hombres, pero también de las relaciones
entre polos distintos de una red informacional, por ejemplo, el
organismo vivo. Y, por otra parte, el isomodismo de
estructura, mejor aún, los morfismos en general constituyen,
por cierto, la relación más poderosa que la historia de las
ciencias haya concebido jamás: lugares otrora aislados,
geometría y mecánica, o religión romana y ritos védicos, se
encontraron vinculados por un puente de una nueva solidez. El
camino cartesiano se ha vuelto pista. de despegue. Bourbaki,
Shannon, Dumézil, repiten el mismo gesto formal y
leibniziano, en un paradigma nuevo y clásico. La red
reaparece, sea cual sea el elemento, el polo o el subconjunto,
sea cual sea el canal, el camino, el vínculo. De nuevo se
pensaba en la enciclopedia como un trabajo posible y, quizá,
no sin esperanza.
Pero el trabajo, ya muy avanzado, de análisis de elementos
y reconocimiento de relaciones, imponía, al menos desde el
final del siglo XIX, una cierta idea de multiplicidad en
desorden. Las grandes poblaciones se anuncian tanto en
Darwin, Boltzmann o Zola. El observador entra por fin en la
caldera, en la que sólo encuentra informaciones parciales. El
objeto sistema, el modelo en red, se funden en sentido literal
bajo la energía de la revolución industrial, bajo el calor y el
saber que la trabaja y la piensa, se ahogan bajo el diluvio del
gran número. Paradójicamente, la tecnología que nos asegura
y nos promete un nuevo y completo dominio del mundo es
contemporánea de un saber que apenas dominamos y sólo
El paso del Noroeste 63
controlamos a medias. La complejidad que era nuestro objeto
se vuelve nuestro problema. Frente al orden clásico llegado
hasta nosotros y llevado a una potencia jamás conocida en el
campo de los métodos estamos obligados a reconocer la
realidad del desorden. El modelo que, entonces, debía
servirnos como base, había de hacer crecer el número de -sus
elementos hasta perderse toda cuenta posible y útil, cuestiona
la existencia misma y la naturaleza de sus relaciones. La red,
en cortocircuito, fundida, se fluidificaba. Pasado Boltzmann,
Bergson retoma el lugar que, por aquel tiempo y en avance
sobre su tiempo, había perdido como epistemólogo. El fluido,
a veces lo he nombrado nube, para decir el caos, el desorden y
el ruido de fondo, cuya complejidad rebasa en mucho la
competencia de las redes instaladas. Esta nube tiene bordes
distintos de los del sistema clásico, distintos y lisos. Fluctúan
según el tiempo, como los de un enjambre de abejas que
vuela, como los de una población grande en la historia en
general o en su propia historia. El desorden inunda el mundo y
la visión del mundo, como observadores y como trabajadores,
estamos inmersos en él. Figura de esta revolución los
meteoros, olvidados, vuelven, el orden del mundo no es más
que medio entre la profusión del universo y la de las nubes, el
orden de la tierra es medio entre la profusión de las
turbulencias y la de los remolinos en la caja negra de las cosas.
Hoy debemos proponer un modelo nuevo para nuestros
nuevos problemas. Hay orden en el desorden, hay desorden en
el orden. Nuestras redes están inmersas localmente en las
nubes, nuestras estructuras en las distribuciones, como
archipiélagos en el mar. Pero también hay nubes en las redes,
y mar entre las islas. Este modelo es sin embargo demasiado
escenográfico, parece aún inmerso en un espacio global del
que nada sabemos, es también casi estático. Una vez más
debemos meditar sobre el tiempo. De hecho, en los bordes
comunes del sistema ordenado, casi estable, y el desorden que
lo rodea y lo penetra, y del que quizá jamás sabremos si se
debe a las cosas o a nuestra ignorancia, en los bordes comunes
del ruido de fondo y de la señal, de lo confuso falto de sentido
y del lenguaje, en los bordes comunes de lo indiferenciable y
de lo diferenciado, de la diseminación y de la siembra, en la
costa entre tierra y agua, ocurren procesos anabólicos o
catabólicos, o metabólicos, procesos que son nuestros
primeros problemas. El orden cae en el desorden, y a veces
nace de él. El océano desgarra la orilla, modela las playas.
Suave escultura del cabo Cod. El caos acuario crea ritmos,
Michel Serres 64
temporales que se esparcen. El orden se hace, desaparece,
recomienza, se desvanece, allí, aquí, antaño, mañana, otrora,
como el borde de Bretaña en millones de años, o como la
llama en algunos segundos. La fluctuación no es una flotación.
Creer como Bergson que el límite es oscilante; que la
bifurcación dicotómica vibra por doble frenesí, es construir
una vez más un modelo espacial donde el tiempo es casi
periódico entre topes extremos asignables. Esta estática es
algo más compleja, pero, después de todo, no es más que una
estática. Tomemos otro ejemplo: en su Historia natural y
teoría general del cielo, Kant esboza un modelo cosmogónico.
Arroja orden en el desorden y a la inversa, anillos de sistemas
en coronas de distribución nebularia, y así sucesivamente.
Parece pues haber intuido el nuevo modelo, red en una nube,
nube en una red. El desorden allí genera el orden, y el orden,
el desorden, en los bordes exteriores, interiores, de las
coronas. Pero, en total, el modelo sigue siendo oscilante,
permanece oscilante como el sistema cosmológico de Laplace,
para quien un mundo de desigualdades irregulares acaba,
finalmente, por traducirse en equilibrio periódico. Cuando el
propio Laplace proporciona, como Immanuel Kant, un modelo
cosmogónico, y genera el sistema a partir de una nebulosa, sea
la red a partir de la nube, Auguste Comte lo retoma y lo lleva a
oscilar. ¿Por qué? Porque el borde común del orden y del
desorden está estrictamente sometido a las mismas leyes que
las que reinan, justamente, en el propio orden. En verdad, el
desorden no está pensado más que como un cuasi-orden o
como un pre-orden. La nebulosa en rotación es ya, para
Laplace, un sistema solar cercano al estado de fluidez o de
calor, las leyes de Newton y otras trabajan, para Kant, en la
distribución primera. Ahora bien, si se aplican sin cautela las
leyes de sistema en los bordes del sistema y del no-sistema, se
llega fatalmente al Eterno Retorno. Es toda la aventura del
siglo XIX, comienza con Kant, no termina con Nietzscne. Los
sistemas, y no sólo los sistemas del mundo, que no escogí más
que como grandes imágenes o modelos, reencuentran la
estabilidad clásica, modulo una oscilación. Rayano al tiempo,
rayano a una historia, el equilibrio, el cierre, físico o
metafísico, aún están ahí. Atrapados en un tiempo que no se
pensó realmente en su vinculación con el desorden como tal,
con el desorden asumido como tal. Ahora bien, no tenemos
leyes y no conocemos funcionamiento más que en, por y para
lo local del orden, y no tendría sentido alguno el aplicarlas,
incambiadas, en los bordes comunes del orden y del desorden.
El paso del Noroeste 65
Así el cierre y el Eterno Retorno no son más que artefactos
filosóficos Así nos debemos a un nuevo esfuerzo teórico. Las
teorías de las que creemos disponer hoy en día han caído en
desuso y resultan obsoletas. Por ellas, el siglo XIX nunca
termina de morir.

Se suele decir a menudo que en las mismas circunstancias,


las mismas causas producen los mismos efectos. Pero ¿qué
son ese «en» y esas dichas circunstancias, dónde están
inmersas aquellas viejas cadenas de orden? Atañen ante todo
al espacio y al tiempo.
67
Espacios
y
tiempos







Lo que sabemos del espacio, se lo debemos a las ciencias
puras. Se lo debemos también a los mitos. Lo que sabemos del
espacio, se lo debemos quizás al lenguaje, del más puro y más
refinado al más denso y más compacto.
Lo que sabemos del tiempo, se lo debemos al cuerpo y a
las cosas mismas; al nacimiento y a la muerte, a la siembra y
las cosechas, al trabajo, al envejecimiento, a la fatiga y al
desgaste, al consumo y a las basuras, a los astros que pasan
por encima de nosotros. Lo que sabemos del tiempo, se lo
debemos a nuestras prácticas y nuestras ciencias aplicadas.
La historia de las ciencias es invariante en este punto, cosa
rara. Nuestro saber a priori jamás nos instruye sobre el tiempo.
Todo el corpus matemático es independiente de él. y todo el
resto del saber depende únicamente de él, desde la mecánica
hasta la historia y desde la astronomía hasta las ciencias de lo
viviente.
Ahora bien, la historia de la filosofía es muy variable
sobre este punto, cosa muy usual. No sé qué es de la división
tradicional entre el sujeto cognoscente y el objeto conocido.
Pero debo constatar que el espacio y el tiempo, acoplados, ora
están del lado de los objetos del mundo, ora del lado del
sujeto. Si no están acoplados, el espacio puede ser del sujeto,
el tiempo de los objetos o, con más frecuencia, a la inversa, el
espacio del mundo, el tiempo de la conciencia.
Ahí hay una dificultad. Somos herederos de dos historias
de las que una es estable y otra fluctuante. No se trata, por
supuesto, de instituir un tribunal para decidir o juzgar cuál de
las dos panes resulta vencedora, de las que, al menos una se
disemina en subpartes.
La pregunta está dos veces mal planteada. Primero,
debemos confesar que no sabemos mucho del conocimiento,
de su funcionamiento, de sus divisiones, con anterioridad o
Michel Serres 68
exterioridad al saber. Podemos por lo menas debatir sobre los
maravillosos palacios donde antaño y otrora estuvo inmerso.
Segundo yen particular, siempre que se habla del tiempo y del
espacio se lo hace constantemente en singular. Ahora bien,
¿qué sabemos, hoy, del espacio? Nada, en rigor. El espacio
como tal, único y global, es, mucho me temo, un artefacto
filosófico. Y, de nuevo, ¿qué sabemos del tiempo, desde
entonces? Nada, en rigor. El tiempo, como tal, único y
universal, es, él también, un artefacto. Cuando hablamos de
esta célebre pareja, monogámica, bendecida por la filosofía, o
en ocasiones divorciada, ni siquiera hacemos una síntesis entre
tiempos. diversos o espacios separados, emitimos un sonido
privado de sentido.
A las ciencias puras les debemos una gran multiplicidad
de espacios. Hemos vivido y pensado largo tiempo bajo el
imperio del espacio euclidiano. Antes de su institución, es
bastante probable que ya estuvieran ahí otros espacios,
pensados por una ciencia, practicados en algunas tecnologías,
hablados en los discursos míticos. La revolución griega de la
geometría y su coronamiento alejandrino borraron esas
diferencias. Por cierto, uno es libre de no confiar plenamente
en las arqueologías, en las prehistorias de este tipo, siempre
sospechosas, con razón, de futuro anterior. Pero hemos
perdido la libertad de creer, de tener la certeza de que el
espacio en el que estamos inmersos, de manera natural, es
único por esencia o euclidiano por naturaleza. Esta fe
inmediata, esta seguridad sobre el mundo es una cristalización
cultural, una producción de la historia, no sólo, tal vez, de la
geometría. También de las teologías y vaya usted a saber si no
también de las políticas.
Lo seguro ahora es la múltiple proliferación de los
espacios. Pasemos rápidamente sobre aquellos que se llamaron
no euclidianos, cuya importancia fue muy sobreestimada. No
hay duda de que su denominación les valió aquel exceso de
honor y, pronto, aquella indignidad de verse reconducidos,
como simples contrarios, a ser casi-gemelos. No, dos
revoluciones decisivas sucedieron en esos lugares. Primero se
comprendió que el espacio euclidiano, prejuzgado puro a
priori del lado de las matemáticas, y juzgado como único real
del lado del mundo, no era, a fin de cuentas, otro que el de las
similitudes, o sea de una métrica y de un grupo de
desplazamientos. De inmediato, se concibieron espacios en los
que no intervenía métrica alguna. La antigua pureza se volvía
El paso del Noroeste 69
una aplicación, la antigua realidad se refugiaba en lo particular
de una tecnología. El antiguo origen, el de la división de las
tierras, pasadas las crecidas del Nilo, el de los constructores de
Pirámides, fue transportado sobre la definición. Y el espacio
euclidiano es efectivamente el de los geómetras, en el viejo
sentido, aquellos que practican el catastro de los campos, el de
los arquitectos y albañiles. El del dominio, por la métrica, de
las ciudades y del campo. De esa cáscara casi empírica se
desprendían espacios que, desde Leibniz, pudieron llamarse
cualitativos, es decir libres de cantidades implicadas por una
medida, relaciones, proporciones, particiones y
desplazamientos. La vieja historia vivía únicamente de la
confusión mantenida de lo puro y lo métrico. Lo cual dice
mucho acerca del Real Tejedor de Platón, en el Político, y
sobre su métrica superior. Fue el comienzo de la topología y
de su lujoso despliegue de espacios, caóticos, densos,
compactos, conexos, y así sucesivamente, y de sus finos
análisis de lo continuo, proximidades, intervalos, bordes, de
abiertos y cerrados, de la orientación y de transformaciones
sin desgarramiento. ¿Qué sucedía, entonces, con nuestro
espacio, éste en el que vivimos y trabajamos? Resultaba muy
claro que el antiguo no era más que el de ciertos trabajos y que
ni siquiera era ya integralmente el de la vista, y tampoco el de
la representación. Desde Poncelet, desde Desargues quizá, el
espacio perspectivo, luego proyectivo, se desprendía de la
métrica. Veíamos, en cierto modo, fuera del espacio
históricamente consagrado. Pero ya Poincaré, seguido pronto
por otros, declaraba, sin que nadie pensara en oponérsele, que
tal espacio topológico es justamente el del tacto. Y así
sucesivamente. Los espacios cualitativos, perfectamente
denominados, son a la vez a priori y sensoriales. Descubrimos
entonces que vivimos en una multiplicidad de espacios de esta
índole, y que trabajamos, de vez en cuando, como el tejedor o
la mujer que hace punto, que ponen en marcha sus dedos sin
verlos, en ellos y por ellos, y no vivimos en ese cubo
euclidiano que sólo constituye mi protección, en mi
habitación. Nuestro cuerpo, y el grupo, en sus redes de
comunicación, se aprovechan ciegamente de esta multiplicidad
que asocian en lo corriente de sus vidas y sus acciones. Esa
estética no está escrita. Y sin embargo se ve y se vive, en las
artes y los oficios, tanto como en lo cotidiano y en lo formal
de elevada pureza. De ahí el artefacto residual del problema
clásico de la representación, que no supone más que un solo
espacio, hoy en día relativizado.
Michel Serres 70
La segunda revolución resultó del problema, que yo trato,
de lo global y lo local. Es casi más decisiva que la anterior. Se
relaciona con un procedimiento fácil de intuir, que consiste en
reencolar pedazos para hacer un objeto cualquiera. Si se
dispone por ejemplo de pedazos de planos, y puesto que la
superficie de una esfera admite, en cada uno de sus puntos, un
plano tangente, es fácil considerar esta esfera por un
reencolado de esas localidades de plano. A partir de aquí,
aparece la paradoja: la esfera es construible localmente por un
reencolado de planos; pero, globalmente, es imposible
desarrollarla sobre un plano. La estructura global y la
estructura local son contradictorias entre sí. Este ejemplo, que
traspongo un tanto fuera de su lengua nativa, es tan
considerable que su lección aparecerá de nuevo en numerosos
lugares, a veces inesperados. La definición de la mencionada
esfera por reencolado de pedazos de planos no exige que esté
inmersa en un espacio ambiente. Por el contrario, así lo exige
su definición corriente: lugar de los puntos equidistantes de un
centro. La superficie, la sobrefaz, está inmersa en un
homogéneo que la rodea por todas partes. Todo pues cambia
profundamente según que este «objeto» espacial dependa o no
de cualquier inmersión de este tipo. Se puede así comprender la
existencia de espacios localmente euclidianos que globalmente
no lo son. Hermann Weyl, al comienzo de este siglo, y según
intuiciones de Riemann, denominó variedad abstracta a un
continuum así reencolado, independiente de la inmersión. Así
el análisis fino de la cosa misma, en su constitución o en su
construcción casi elemental, no siempre proporciona los
mismos resultados que otro análisis, igualmente fino por otra
parte, pero que toma sus referencias fuera del objeto o que, al
menos, conserva su condición en ese afuera. Este espacio
ambiente no deja de ser coactivo, ya no es, como se suele decir
a veces, inocente respecto al objeto. A partir de aquí, toda
nuestra antigua intuición del Espacio se encuentra
conmocionada. De él se extrae la variedad abstracta, Esta se
libera, se desprende, o se desarraiga de él —para ser exactos,
se desengasta de él. Nuestra intuición bifurca, ya no sé si hay
que conservar el vocablo intuición, pues el acto de ver supone
ya uno o varios espacios.

El objeto como tal cambia en su estructura y su definición


según que se extraiga o se sumerja, se engaste o desengaste,
este cambio ya no depende del lugar del observador ni de la
El paso del Noroeste 71
representación, dado que ésta, justamente, supone un espacio
global de definición tal y cual.
Nuevo retorno a la realidad física, la práctica común de las
ciencias aplicadas nos confirma, salvo excepción, que el
espacio es localmente euclidiano. Esta evidencia no es más
que una tautología, ya que aquí se trata de medir. Pero no hay
razón alguna para que así sea con el espacio global. Este, para
nuestra intuición, en el sentido cartesiano o kantiano, no es
más que una dilatación, por extensiones u homotecias
continuadas, de ese pedazo local. El teorema inaugural de
Tales lanza, al mismo tiempo que la geometría, es decir, aquí,
la métrica corriente, una aventura cultural, que hemos
encontrado igualmente en Balzac. La más pequeña de las tres
Pirámides se dilata por similitud en la mediana y ésta en la
grande. El nomon plantado en la tierra, para medir su sombra,
o mi cuerpo plantado ahí por la misma razón, se dilata por
homotecia en la altura de la pequeña. Y esta operación ya no
se detiene: allí se hunde todo el espacio. Pensamos, desde
entonces, dentro de esta pirámide en serie, hemos quedado
atrapados en ella como en la vieja caverna. Toda nuestra
intuición permanecerá congelada en la visión de las
alineaciones luminosas de Tales, en su sucesión de
proporciones. Platón estará en lo cierto al decir, en el Timeo,
que el mundo global está construido por los cinco poliedros
regulares del espacio, ya que el espacio no es otro que su
dilatación. La extracción, la abstracción de Riemann o de
Weyl nos libera, o libera nuestra intuición; de las tumbas en
que Tales la encerró, o del mundo caverna en el que fue
acerrojada. Pues la similitud, o sea la representación, no es
más que una operación entre otras. Y nada nos dice o nos
asegura que el espacio global esté o pueda ser construido sólo
por tales extensiones. De lo local a lo global, existe de hecho
un camino, el camino cartesiano precisamente, por cadena de
relaciones y proporciones, pero no es más que un camino entre
otros posibles de los que muchos están cortados. Existen
variedades que presentan fenómenos irreductibles de
obstrucción a su inmersión en el espacio corriente. Ahora bien,
las cosas se encuentran descongeladas o desengastadas de esa
atmósfera global en la que eran mantenidas, que pensábamos
dada y que no era más que construida, que poníamos a priori y
que no era más que un monumento. Incluso no pueden ya
entrar en ella. Todo ocurre como si hubiéramos encontrado
una puerta de salida a un universal milenario. Como si todo no
Michel Serres 72
pasara más allá del umbral de esta puerta. Ese viejo universal
no es más que un particular. Las cosas ya no son las mismas,
brillan con una nueva presencia. El mundo entero cambia por
completo, he aquí jardines sin pórticos9. El antiguo espacio
era sólo una cosa desmesuradamente hinchada, la rana que
revienta. He aquí variedades, en el más estricto sentido, con
diferencias no globalmente reductibles. Se funda con rigor un
pluralismo.

Esta liberación, ocurrida ya hace mucho, pero no oída
todavía en los discursos pronunciados por la sordera filosófica,
esta liberación fue y sigue siendo difícil. porque, sin duda, nada
es más difícil que pensar lo riguroso bajo la categoría de lo
cultural. Lo riguroso tiende a lo universal, tiende a lo a priori o
a lo trascendental, ahí está su mayor tendencia. Lo cultural
tiende a lo relativo, a lo temporal, a lo singular, a lo fantástico,
ahí está también su mayor tendencia. Lo riguroso tiende a lo
global, muy justamente, lo cultural no es más que local. De ahí
la extrema dificultad de pensar como cultural una globalidad
producida por una operación rigurosa y produciendo nuevos
rigores, soporte de medidas exactas y por lo tanto de nuestro
dominio, consagrado, coronado, por la filosofía trascendental.
¿Cómo volcar hacia la historia lo que es forma a priori del
sentido externo? Siempre se la puede volcar de nuevo en el
discurso filosófico reconduciéndola al concepto. Eso no era
más que una decisión y no un análisis en sentido propio. Para
conducir este último, era necesario un rigor nuevo en el
tratamiento intuitivo de los objetos en el espacio. Hacía falta no
menos que una ciencia de lo cualitativo. La topología,
preparada por Leibniz, vislumbrada por Euler y fundada por
Riemann y otros, se instala paulatinamente como estética
rigurosa. Abre el cerrojo que mantenía juntos, dentro y por esta
forma, lo puro y lo métrico, las variedades diversas y el medio
global en donde parecían engastadas, pluraliza radicalmente la
unicidad tradicional de esta forma a priori. Quizá. justamente,
porque es una ciencia de la deformación. De ahí este resultado
nítido que la hace aparecer como a posteriori. El antiguo rigor,
con todo, no es más que una exactitud, la condición de algunas
medidas precisas o aproximadas. El antiguo espacio es propio
de cierra física, no es más que el imperio del empirismo,
universalmente hinchado, como cualquier imperialismo. Es

9
La naissance de la physique dans le texte de Lucrée, pág 214-237.
(Edición española: SERRES, M., El nacimiento de la Física en el texto de
Lucrecio. Ed Pretextos, Valencia, 1994.)
El paso del Noroeste 73
pues reconducido a un cierto local, y se vuelca finalmente en lo
histórico y en lo cultural. Ese no es solamente uno de los
efectos muy corrientes en la historia de las ciencias, en que un
empuje inventivo vuelve obsoletas las teorías que la preceden,
dentro de la región donde tiene lugar. Lo que se torna caduco
aquí es, de hecho, una visión del mundo, o mejor, lo que
creíamos condición de esta visión. No es pues inmodestia ver
ahí un mundo totalmente nuevo, y un paso inesperado. Nuevo
no significa necesariamente que no haya sido nunca percibido,
sino más bien que fue excluido. Dos de los más relevantes
matemáticos del siglo XVII habían intuido el problema al
margen de las matemáticas. Para Leibniz, la multiplicidad de
las mónadas, infinitamente variadas, no tenían más que una
coherencia local, por ejemplo, en torno a la dominante; pero la
monadología permanecía fuera de alcance. Sólo Dios recelaba
su dominio. La ordenación global estaba desvinculada de
cualquier organización singular, y reclamaba una teología. El
ejemplo de Pascal es más interesante, si cabe. En muchos de
los Pensamientos se describen, como dije, variedades
témporoespaciales que plantean el problema de su reencolado,
y en él se pierde para siempre el problema de una verdad
global. No es sólo el hecho de los Pirineos, del río, de un grado
de elevación del polo o de la entrada de Saturno en Leo. Es un
hecho distributivo que también volvemos a encontrar en la
moral, o en la elocuencia o en la filosofía. También es un
hecho del texto, que se encuentra en los propios textos de
Pascal, así dispersos como tales, y cuyo reencolado plantea
problemas. El verdadero pensamiento se burla de los huecos e
hilos que intentan conectar, aquí o allí, sin fin, los
Pensamientos. Como si de un puerto atravesando los Pirineos
se tratara, o de un puente sobre el río, o de un reloj que marca
el paso del tiempo. ¿De qué me sirve el reencolado local entre
el pro y el contra? Entre esto y aquello. No es más que un errar.
La ordenación global está en el espacio sobrenatural, y en el
cristianismo. El sabio es local, el cristiano es global.
¿Serán estos dos casos un índice de una ley general?
Dicho de otro modo, el espacio único en el que todo parece
inmerso, tanto los objetos como los observadores, ¿no será,
justamente, más que un remanente de la teología? ¿No habrá
hecho Kant otra cosa que llamar forma a priori de nuestro
sentido externo al sensorium Dei de Newton?
Propuse, otrora, una ley que mostraba que textos
considerados no científicos estaban escritos sin embargo en un
Michel Serres 74
espacio tal. El conjunto producía en ellos un subconjunto que
producía una ley, la cual, a su vez, reproducía el conjunto. Hay
que cambiar de ley. Lo global, desde ahora, no necesariamente
produce un local, el cual, a su vez, es portador de una ley que
no reproduce lo global, ni siempre, ni por doquier.

Ya estamos. Vivimos aquí, ahora, todos en familia, en
grupo, taller, profesión, sindicato, iglesia y cuántas cosas más,
en un intervalo corriente de lo que llamamos la historia. Allí
producimos trabajos, pescar arena, cultivar avena, escribir,
votar, preparar próximas transformaciones. Nuestro campo de
actividades no nos parece exento de objetivos claros y, en lo
posible, nuestra acción tiene una meta. Ahora bien, en cuanto
ésta va a buscar fortuna en el mundo, nosotros, aquí, ahora, en
el jardín local que la vio nacer, pronto somos incapaces de
prever sus efectos. Cada uno persigue una felicidad y todos
son infelices, no lo quisieron. Cada uno quiere la paz, todos,
no obstante, gastan quinientos mil millones de dólares al año,
cifra concebible pero inimaginable, exactamente el precio de
una utopía, para destruirse recíproca y meticulosamente. La
suma de hombres y divisas sigue siendo negra como la de las
metas. El efecto puede ser nulo, he aquí la causa sin efecto.
Puede ser mediocre. Puede ser contrario a la causa que lo
buscaba. Puede ser aterrador, formidable, un efecto que
rebasará en mucho su causa, a través de varias lupas positivas
de retomo. A lo sumo, cada uno domina su acción y sus
efectos locales, en una proximidad que es, a menudo, pequeña.
Pero, a fin de cuentas, ¿quién domina la integración global de
esa red, de ese sistema hipercomplejo de fuerzas, energías,
conflictos o efectos en retomo? La respuesta a esta pregunta
siempre se da, justamente, en el espacio unitario de
representación. La respuesta a la pregunta ¿quién? nombra a
alguien que se presenta como dominador de las leyes globales
y que nos representamos como tal. Ahora bien, esta
comprensión, esta capacidad, o esta posibilidad clara y distinta
de una práctica de lo global nunca se dan. Las ideologías, las
filosofías de la historia, las teorías del Estado, las morales
universales están todas escritas en el espacio de
representación, donde, de lo local a lo global, las secuencias y
consecuencias son racionales y dominables. Ahora bien, esto
no es cierto. Sólo es teatro. Un teatro que busca espectadores
bastante poco sagaces como para creerlo. No es algo
imaginario, es sólo un error. Nunca nadie pudo integrar lo
El paso del Noroeste 75
local en lo global, en las acciones humanas individuales y
colectivas, hay por doquier fenómenos irreducibles de
obstrucción a su inmersión en un universo racional. Esta
inmersión nunca es sino ilusoria, y esto porque el hecho de
creer que aquellos que actúan en los escenarios de ese teatro
monopolizan la violencia es un puro y simple error. La
violencia es uno de los dos o tres instrumentos que permiten
que lo local entre en lo global forzándolo a expresar la ley
universal a hacer en fin que lo real sea racional. De hecho,
como en geometría, lo que se hace pasar por un universal
global no es más que una variedad desmesuradamente
hinchada. La representación es sólo este hinchamiento.
Hinchazón o inflación. Usted aún dirá a los violentos: ignoras,
olvidas la geometría.
,


Prevemos el momento exacto de un eclipse. Decimos:


mañana, a las doce treinta, el sol o la luna empezarán a
ocultarse. ¿Qué significa: mañana? Para mí, quiere decir que
un día más pesa sobre mi pasado o acorta mi futuro, y que así,
por desgaste y fatiga, la muerte se vuelve más cercana. En el
orden de los planetas, esto atañe solamente a una
configuración tal como ya se produjo y se reproducirá un
numero considerable de veces. La predicción de este eclipse,
para mañana, es la cuenta de un ciclo cerrado, la medida de un
ritmo. Por lo tanto, prevemos futuro o pasado, indistintamente.
El tiempo de esta astronomía es reversible. Que se dirija en el
sentido habitual o en el opuesto no afecta al orden del mundo.
Cuadrantes solares o relojes miden aquel tiempo que es el de
la estabilidad del sistema de nuestros planetas. Es el tiempo de
las revoluciones, en el sentido astronómico, no lo ha
transformado ninguna revolución tolemaica ni copernicana.
Por eso la mencionada revolución copernicana, en el sentido
que solemos dar a este término, no es tal. El tiempo reversible
la ha atravesado basta Newton, sin que ello afecte a nuestra
historia, sin que ello, tal vez, afecte profundamente a nuestro
espacio.
Es posible que llevemos adentro un reloj que acompase
este tiempo. El electrocardiograma de un individuo sano
presenta unos ritmos muy regulares. Suponiendo que
desplegáramos sus proyecciones en la dirección contraria al
despliegue habitual, nada cambiaría notablemente. Sólo la
enfermedad vuelve falso este razonamiento. Pero, con todo,
cuando mi reloj se gasta, envejece y se oxida, su arritmia deja
Michel Serres 76
oír un tiempo nuevo. La idea de que el tiempo reversible no
nos concierne, que es reductible al espacio y se ha refugiado en
los objetos, técnicos o cualesquiera, es menos que una
aproximación. Es, por supuesto, el tiempo de ciertas cosas, el
de la molécula de amoníaco, por ejemplo, en la cual una
cúspide de la pirámide golpea con regularidad en ambas partes
de su base, pero también es el de nuestro nicho máximo, ese
largo equilibrio del mundo, condición, en última instancia, del
delgado vestido de vida que arropa nuestra tierra, condición, en
última instancia, de la supervivencia humana, es el tiempo de
nuestro corazón. Somos reversibles en las tres cuartas partes de
nuestras acciones. Las de nuestro empleo del tiempo. La
mayoría de las prácticas sociales, desde el calendario hasta la
organización del trabajo, están inmersas en el tiempo
reversible. De él se puede decir lo que se dijo del espacio de las
similitudes, a saber, que nuestra cultura y nuestra historia se
han sumergido y congelado en él, pues los desplazamientos en
el espacio de representación son independientes de sus
direcciones. Es también por lo tanto el tiempo de
representación. Es el tiempo del empleo y de la explotación.
Por él, nuestra cultura nos da la ilusión de la inmortalidad. De
la clausura del convento hasta la jornada laboral ininterrumpida
de la fábrica, la ardilla humana hace dar vueltas a su jaula
creyendo que galopa, es la noria del burro. Al precipitarnos en
la reversibilidad, nuestras sociedades de trabajo y distribución
de las horas y de los días intentan hurtarnos la muerte 10,
hacernos olvidar o perder nuestros otros tiempos. Vivimos
drogados de semejanza y de reversibilidad. Como se trata del
tiempo de nuestro mundo, seguimos persuadidos de que
nuestras organizaciones sociopolíticas imitan la economía del
universo. Permanecemos acerrojados en esta armonía
transparente.
El hecho bruto de la muerte rompe lo reversible. El
electrocardiograma, el electroencefalograma, tienden a
aplanarse. La escritura se erosiona y la señal desaparece en el
ruido. Sé que moriré, que las letras formadas, aquí y ahora,
bajo el espasmo del corazón y los innumerables
estremecimientos de la corteza, irán dispersándose en la amplia
fortuna de las mezclas, y esta ciega certidumbre me libra del
tiempo que creía universal. ¿Acaso nuestra desgracia reside en
el hecho de que esta celda transparente sólo se abre en la

10
La nueva definición de la muerte como electroencefalograma plano
muestra que se remite lo viviente a su tiempo reversible.
El paso del Noroeste 77
agonía? ¿Que no tengamos más que un breve minuto de
sabiduría? Ahora bien: ya sabemos que no somos los únicos
mortales. El equilibrio del mundo es solamente largo, no es
eterno. El retorno de lo reversible no es más que un intervalo,
fulminante, mediocre o inmenso. El sol, enano amarillo,
desaparecerá en su nova. El sistema del mundo se derrumbará
bajo el tedero. El orden, fatalmente, corre hacia el desorden. El
nuevo tiempo, irreversible, no es sólo el del río patético, sino
que se desenvuelve, señalizado, en el cerco de los sistemas
objetivos. Ha salido de las calderas de la revoluci6n industrial,
y de la revolución de Carnot, la cual, por esta vez, merece su
denominación. Paradoja: en el momento en que un nuevo
trabajo, la producción de fuerzas y potencia; empieza a
quemar, con aceleración vertical, todos los depósitos
almacenados con lentitud durante la historia de la tierra, en que
este nuevo trabajo se decide a quemar el tiempo, no siendo las
materias primas más que tiempo, en el mismo momento en que
el nuevo trabajo, por esta regresión, refuerza lo irreversible, la
organización social y política se contrae rígida y bruscamente
en la antigua idea del trabajo, en el eterno retorno de lo
reversible11. Nos parecemos mucho a la máquina de Boltzmann
en la que una rueda gira regularmente y desorganiza hasta lo
indiferenciado un orden determinado de canicas coloreadas12.
Nos parecemos mucho a la máquina de Bergson en la que una
cuchara girada en una taza derrite el azúcar. Trabajamos con la
mayor regularidad en la mezcla desordenada. Que yo sepa,
nunca se le ha objetado a Bergson que el tiempo de un trabajo
determinado hubiese sido aquel que permitiera extraer el
azúcar de la mezcla indiferenciada.
El tiempo irreversible va del orden al desorden, es tanto el
de las cosas mismas como el tiempo newtoniano, es tanto el de
mi organismo mortal como puede ser el tiempo de mi corazón,
es tanto el de nuestros trabajos y nuestra potencia como lo es

11
El trabajo, en el sentido mecánico, es el desplazamiento de una masa. En
el sentido humano del término, corresponde a los trabajos que preceden a la
revolución industrial: tornos, poleas, cuerdas, velas de viento y máquinas de
agua. También corresponde al mundo creado pondere, mensura, numero. Tras
la mencionada revolución, la transformación de las cosas no es ya un trabajo, en
ese sentido. Al remontar la cadena de las unidades mecánicas, se llega a los
conceptos de fuerza, de producción de fuerzas, energía y potencia. Es una
lástima que se haya seguido llamando trabajo a lo que ya no lo era, sino que era
un conjunto de producciones que condicionaban un trabajo eventual. Así
corríamos el peligro de perpetuar el mecanismo clásico mucho más allá de su
desaparición. Lo que ocurrió en muchos casos.
12
Hermes IV, La distribution, pág. 142.
Michel Serres 78
el tiempo de nuestro empleo del tiempo. No es fácil
comprender esta coexistencia: que estemos inmersos en dos
tiempos distintos hasta lo contradictorio. Y, sin embargo, es
así. El mundo y nuestros cuerpos se las arreglan como pueden.
Pero no es del todo seguro que nuestros grupos y su historia
hayan aceptado alguna vez esta doble inmersión sin terror ni
violencia. El tiempo reversible es orden, lo irreversible es
tendencia al desorden: es asaz probable que la violencia de la
historia nazca en su borde común.
Resulta todavía menos fácil entender que aún existe un
tercero. Éste aparece, al menos, en una clase específica de
objetos, aquellos que denominamos seres vivientes, de los que
formamos parte, creo. Siguen desde su emergencia, y sabemos
desde Charles Darwin que siguen una evolución que Bergson
llamaba creadora, de la que se puede, decir por lo menos que
corre a contrapelo de la flecha termodinámica. Del orden al
desorden, ésta hace crecer lo indiferenciado, al contrario de
aquella que hace emerger diferencias. Nada nuevo bajo el sol
de lo reversible, donde todo, período más período menos, se
vuelve principio de identidad. Nada nuevo bajo la llama de la
entropía, donde todo se degrada, por el segundo principio.
Ahora bien, he aquí algo nuevo en la evolución de los
vivientes, algo llega a la existencia en vez de esas nadas. La
segunda irreversibilidad dice no a lo reversible y al primer
irreversible. El sexo atraviesa la muerte. La muerte suspende
el habla del sexo pero no acalla su lengua. El lenguaje del
sexo, por el contrario, vuelve taciturna la muerte. Ésta no hace
más que cebrear con guiños relampagueantes su irreprimible
discurso.
Podemos intentar mostrar que estos tres tiempos son
compatibles, que islas de neguentropía se siembran en la
entropía creciente, podemos hacer que un reloj químico lata a
partir de una estructura disipativa. Ninguno de ellos, en
cualquier caso, es universal. No hay espacio universal, por sí,
en sí, no hay tiempo universal. Cada uno es relativo aun
sistema, depende de su clausura o abertura.
Lo cierto es que, una vez más, lo viviente, al menos, se las
arregla con su copresencia o su sirresis, y que nuestro
organismo, por ejemplo, puede llamarse intercambiador de
tiempos. Camina hacia el desorden y su disolución, y obedece,
por eso mismo, al segundo principio de los sistemas aislados
cerrados, bate lo reversible como un sistema en equilibrio,
sobrevive a las degradaciones por múltiples intercambios de
materia, luz e información, con el exterior, como un sistema
El paso del Noroeste 79
abierto, se reproduce y se sumerge en la evolución como si
contuviera bolsas de neguentropía. No sólo es un sistema
complejo por el número de sus elementos e interacciones, o
por sus múltiples y sucesivas integraciones, sino que es varios
sistemas a la vez, está regulado por varias leyes locales, las del
aislamiento, del cierre y de la abertura. De ahí aquellos
tiempos tan diversos que desembocan en mí como en un
confluente, mi cuerpo vive con sencillez este complicado
sincronismo. Sí, soy a la vez mortal e inmortal, constante e
inconstante, homeoestático y homeorrético, desordenado,
repetitivo, fuente de novedades, saturado de muerte desde mi
nacimiento y saturado de sexo como el chorro de un géiser,
este viejo fiel que me lleva desde la emergencia de los
primeros vivientes y me lanza hacia la abertura de soluciones
imprevisibles. Invariante por el código, frágil, en agonía,
improbable por mi lenguaje y mis hijos. Este confluente de
tiempo es complicado, remolinea. Aquí baja, sube allá, y vibra
aquí y allá. Aquí desorganiza y todo se desarticula* 13, allá
retoma los escombros esparcidos para reordenarlos, hace un
doble trabajo de zapa y reconstrucción sobre los materiales
circundantes que transitan por los bordes, trabajo
contemporáneo o sincrónico en sentido fuerte: no al mismo
tiempo, sino que anuda varios tiempos. Vivir de muerte, morir
de vida, poema y ciencia, es una exacta rapsodia. Sea para
reconciliar metáforas y teoría, sea para reconciliar varias
ciencias entre ellas. La vida puede denominarse ese remolino
abierto que rueda cuesta abajo, que baja, que sube y que vibra,
ritmado. La vida es esa recuperación fallida, retomada, en vilo,
de la continua destrucción, recuperación que relanza la
desviación, un zozobrar que se desploma por fin para ser:
levantado de nuevo por una descendencia. Anda porque no
anda. No es exactamente una imagen, no es exactamente una
descripción de sistema en el espacio-tiempo corriente, por
ejemplo, el de la hidrodinámica. La diseminación del orden es
un tiempo en sí mismo, original, el de la termodinámica usual.
La reconstrucción de los pedazos es un tiempo en sí mismo,
original, el de la neguentropía. El lanzamiento de la desviación
es también, sin duda, otro tiempo, el de la termodinámica de

*
Traducción que trata de aproximarse al término déglinguer, respecto al
cual el autor ofrece la siguiente nota. (N. del T.)
13
Me complace señalar que esta bella palabra es marítima y dice al instante
lo que Lucrecio, a quien atemorizaba el mar, dice en seis libros: déglinguer es
deshacer un ensamblaje de bordas de una embarcación, en la que los extremos
de las jarcias se encabalgan unos a otros. Es desanudar la inclinación y la
turbulencia anudada sobre sí que ésta produce.
Michel Serres 80
los sistemas abiertos. Asimismo el del ritmo, inducido por la
resis y la desviación. ¿Qué es la vida? Empezamos a entender
un poco su arquitectónica, mediante los niveles de integración
de la complejidad. No sé explicar los detalles de su dinámica,
pero creo comprenderla. La vida es idénticamente la sincronía
de varios tiempos. La intuición de Bergson de que la vida es
duración emergente, productora de novedades, me parece
ahora menos de un tercio o un cuarto del estado de las cosas.
De hecho, la vida integra, cómo, aún no lo sabemos, pero
empezamos a vislumbrarlo un poco, la duración bergsoniana o
la evolución a la Darwin, la precipitación hacia el desorden a
la Boltzmann, la desviación a la Prigogine, y el ritmo de lo
reversible, tiempo más remotamente conocido. La vida es
multitemporal, polícrona, es una sirresis. Se baña en el río de
varios tiempos. El flujo de la disolución está en precesión
sobre los demás para la ontogénesis, mi cuerpo sobrevive a la
agonía hasta la consumación de mis años; el flujo de la
negentropía está en precesión sobre los demás para la
filogénesis, la evolución atraviesa la agonía hasta la
consumación de los siglos. La vida está en agonía. desde su
propia fundación. Llevo dentro de mí las dos desviaciones. Mi
organismo reúne varias termodinámicas y la agonía es el
combate de salidas compartidas entre el orden y el desorden
que se compenetran. El instante de la muerte no es más que un
punto singular de este tiempo agónico sin tregua. En nosotros
los tiempos están mezclados entre sí como lo están por
doquier, en el espacio, en una multiplicidad de espacios, el
orden y el desorden, el archipiélago y el mar, la red y la nube,
las señales y el ruido de fondo. Los bordes de esta mezcla son
localmente complicados, bordes de una llama en agonía.
Desde ahora la intuición requerida para esas duraciones
entreveradas, o mejor, distribuidas unas en otras, es la
intuici6n requerida para este modelo difícil. Ella es
conocimiento, con ello quiero decir que así funciona el
conocer en los bordes de la información y del ruido de fondo,
es también la intuición inmediata que se desvela en nosotros:
pues sabemos y experimentamos que somos eternos,
olvidamos y nos acordamos que vamos a morir, y vivimos en
la evidencia de la novedad, todo junto, en bloque, en la
intermitencia casi simultánea de señales emergentes de esa
cortina de niebla que es lo propioceptivo. Hablamos, estables,
en la lengua, hablamos, victoriosos sobre el ruido, o este
ruido, victorioso, nos reduce a un semáforo mudo, al borde
metabólico donde la invención se lanza, al azar, en lo sin
sentido. Conocimiento, intuición y palabra, en desviación
El paso del Noroeste 81
sobre ese borde, fluctuaciones aleatorias en la noche de
nuestros tiempos.
Quizá un día tendremos que descubrir que esa sincronía,
tomada en
un
nuevo
sentido,
no
es
sólo
una
característica
propia

de
los seres
vivientes,
y
que
existen
otros
sistemas
que
disponen

también
de
un
tejido
policrono.

Si el tiempo de lo viviente es una sirresis y si los sistemas


vivos son sistemas de sistemas, dotados, de manera' ambigua,
de propiedades aferentes a sistemas diferentes, ¿cómo pensar
el tiempo de sistemas que, a primera vista, parecen aún más
complejos, grupos o colectividades, en transformación, por
transformación de sus propias relaciones y de sus relaciones
con el mundo que los rodea? Si ya varios tiempos forman
turbulencias, nodos, ayustes, en los que unos y otros se
imbrican más apretadamente aún que una hélice o que el
caduceo de Hermes, en resumen, si para empezar a entender
tales lugares hay que entender varias cronías juntas, ¿cómo
puede uno hablar del sentido de la historia? Este concepto está
privado de sentido. En una primera observación, el tiempo de
la historia también debe ser una sirresis muy compleja. Tal vez
aún no hemos empezado a pensarlo, ni hemos empezado
siquiera a comprenderlo de modo global. Lo cierto, al menos,
es que siempre se lo ha proyectado en la sencillez de uno de
los tiempos, componentes. Sea el eterno retorno de lo
reversible, la trayectoria de un sistema mecánico, el descenso
decadente respecto a un estado inicial valorizado, divino o
mítico, sea el proyecto indefinido de una neguentropía que nos
damos como suplemento o desviación. Supongamos que lo
desconozca todo de las complejidades o multiplicidades
históricas, no veo motivo alguno para definir su tiempo como
el de un sistema particular ya conocido. Es una decisión sin
fundamento. Hay que volver a empezar desde cero.
Funciona porque no funciona. Lejos estamos de los
autómatas cartesianos, de las cajas de música leibnizianas o de
las tortugas cibernéticas. Su diferencia notoria respecto a la
vida es que todas aquellas máquinas funcionaban. Cuanto más
perfecto es su funcionamiento, menos simulan el estado de las
cosas. Dicho de otro modo, ¿qué es la contingencia?
Por extraño que parezca, la contingencia es ante todo la
tangencia a un borde, y a un borde común. Hay contingencia
cuando se tocan dos variedades. Hay contingencia cuando se
tocan dos tiempos. Y si el tiempo puede ser pensado según el
Michel Serres 82
orden y el desorden, he aquí que la contingencia aparece en
los bordes comunes del orden y del desorden, donde
reencontramos su sentido habitual de aleatorio y no necesario.
Así la contingencia es la envoltura de los sistemas, en el
sentido en que se dice que una curva es la envoltura de sus
tangentes. En la más cercana proximidad de sus bordes, los
sistemas lindan con la contingencia. Están rodeados por ella. Y
dado que los sistemas son estables, estáticos, homeoestáticos,
homeorréticos, etc., llamaré a lo que les rodea circunstancia.
Una filosofía de la historia, instruida por las ciencias,
exactas y humanas, deberá, mañana, examinar, describir, y con
rigor, las circunstancias.
El paso del Noroeste 83
Historia:
el
universo
y
el
lugar.
Obstrucción












Escribimos historias del globo, del cielo, de las cosas, de
lo viviente, de los intervalos temporales y de las localidades
del espacio, tanto como del dinero, de las lenguas, de la
vestimenta, de los ritos, de las fiestas y de lo sexual Ya nadie
soñaría con cambiar la Historia universal, drama único de la
humanidad, trama unitaria sometida a una ley o una razón.
Pero todo el mundo trabaja en agotar los campos y objetos
locales cuya historia es posible. Es decir que lo universal ha
cambiado de sentido, de alcance, de figura. Antes se trataba de
su comprensión, ahora se trata de su extensión. Antes se
trataba de la unidad global de un espectáculo, ahora se trata de
una multiplicidad que intentamos cubrir. Para resumirlo, al
pasar los clérigos de las Iglesias a las Ciencias, la historia pasó
de Dios a la enciclopedia. Lo universal sigue ahí, pero bajo
forma de distribución. O bajo el signo del cuantificador.
El cuantificador universal sigue ahí. Todo ocurre, de
hecho, como si a la pregunta: ¿de qué hay historia?
contestáramos: de todo, de todo lo que se presenta, de todo lo
que existe. Por supuesto, hay que agregar: lo que hemos
olvidado, lo que aún no ha tenido historia, lo que el antiguo
trabajo reprimió, relegó al silencio, lo que ha dejado pocas
huellas, trazas o marcas. Ahora bien, no existe una mejor
definición de lo global, ya que a un conjunto se lo une con su
propio complementario, definido por la propiedad contraria: a
saber, lo histórico más lo no-histórico hasta hoy. Cuando se
haya terminado de escribir sobre cosas y seres abandonados
por los predecesores, entonces se escribirá sobre el olvido
como tal y sobre las condiciones de la pérdida. ¿De qué,
entonces, no hay historia? En principio, de nada. No veo nada
que sea anhistórico, no dispongo de ningún criterio que
permita decidir sobre ello. El referido complementario del
conjunto no es más que temporal o momentáneo. No cabe
duda de que escribimos la historia de las idealidades
Michel Serres 84
abstractas, así como la de las religiones cuyos dioses están
ausentes, y que producimos también la historia de la historia.
Y el criterio falta, efectivamente. ¿De qué no puede haber
historia? Pues, de nuevo, de nada. Siempre se puede hacer
historia de todo.
He ahí, como mínimo, un operador común, algo así como
un factor común; he ahí nuestro discurso global de las cosas y
de los discursos; he ahí, como máximo, lo que antaño se
denominaba la ciencia de las ciencias. Y el hecho de que la
epistemología haya sido alcanzada hoy por la historia de las
ciencias es un signo manifiesto de ello. ¿Quién no es, más o
menos, historiador, esté donde esté? ¿Qué disciplina escapa a
la dimensión histórica, o sea a la reducción a lo histórico?
Usted alegará que es algo natural, pues ningún estado de
cosas, ningún estado de signos, ninguna transformación de
estado suele ser independiente del tiempo. Cierto. Yen él todo
está inmerso. Sin duda. Sería tan difícil quitar lo que fuese de
lo histórico o de la historia como sacar un objeto del espacio.
¿Pues dónde lo colocaría usted?, se lo pregunto.

Que yo sepa, nunca se ha expresado inquietud alguna


respecto a esta extensión, a esta propensión a lo universal,
mejor, a esta ocupación virtualmente llena y completa. Y sin
embargo. Cuando, de este modo, una disciplina no conoce
terreno exterior, cuando rechaza hasta anularlo su propio
negativo, cae bajo el peso de un famoso criterio. Nunca es
falsificable. Entendámonos sobre esta palabra. Se puede
criticar, sin duda indefinidamente, tal o cual contenido local de
una historia, señalar en él insuficiencias, sorprender
hipocresías, encantamientos, fantasmas, ferocidades, se puede,
tanto como se quiera o se pueda, ponerlo bajo sospecha de
error, hacer patente su falsedad. Más aún, esta crítica es casi
siempre la historia misma. Soy lo bastante viejo, he trabajado
lo bastante como para saber o para adivinar que no hay una
sola palabra verdadera en todas las historias que me han hecho
leer, entender y ver, desde la escuela primaria obligatoria hasta
el servicio militar obligatorio. Y, más allá, hasta el oficio,
obligatorio para sobrevivir. Pero no se trata de eso. No se trata
de enunciados parciales, no se trata de aquellos relatos locales
encadenados bajo categorías de causalidad. Que eso pueda ser
error o falsedad, ya se sabe, se sabe desde hace mucho tiempo,
aún se sabe más: que error y verdad tal vez no tengan nada que
hacer en este asunto. Pero no se trata de eso. Se trata del gesto
El paso del Noroeste 85
global. Se trata del hecho de que no hay fenómeno, ni estado
de cosas, ni orden de cosas de los cuales no sea posible hacer
la historia, de derecho y demostrablemente. Este gesto siempre
es positivo, nunca es falsificable. Y eso es lo que resulta
inquietante. Y por ahí es por donde huye el sentido.
Usted se reiría de mí si le confesara el proyecto o si
publicara el programa de una mecánica cuántica de las
pasiones o sentimientos. Bastante se han reído de los
sansimonianos. O de una sociología de los poliedros regulares.
O de cualquier otra intersección igualmente poco plausible. Si
el efecto de absurdidad así obtenido procede de la mezcla de
los géneros, eso prueba que hay géneros. Nunca se tiene la
suficiente destreza para manejar su interfase o su interferencia.
Los hay previsibles, los hay muy improbables; los hay
impracticables. De los primeros procede la ciencia normal, en
el sentido de Thomas Kuhn, de los segundos surge una
formidable información, y es la invención, y de los últimos
aquella futilidad nula que le hace reír. En todo caso, las
regiones del saber están delimitadas, conexas o no conexas. Y
su extensión es circunscrita. Su programa se detiene y no
sobrepasa ese recorte. Pero el programa de una historia,
cualquiera que sea su objeto, siempre parece muy razonable. Y
más aún, lo es. Usted no obtendrá nunca un efecto de
absurdidad por variación de campo: escriba pues la historia de
las pasiones y de la mecánica, del colectivo y de los poliedros,
y de cualquier cosa. Eso no plantea problema previo, no está
bajo condición. Siempre es posible, siempre se tiene el
derecho. Esta situación de universalidad no es propia quizá de
la historia, pero sin duda la historia es un ejemplo eminente de
ello. Es sobre todo el ejemplo del cual no se habla.
En el curso de su trabajo, un historiador se preocupa por lo
que puede omitir. Se pregunta cuáles son los territorios que su
filtro, consciente o involuntario, ha eliminado. Cuáles son los
nuevos fenómenos que aún debe registrar y de los cuales debe
dar cuenta. Cuáles son las variables ocultas cuya pérdida sería
decisiva. Cuáles son los parámetros de los que aún no se ha
percatado. Siempre está en busca de lo otro. Trabaja en
colectar, en recolectar, en sumar. Añade, adiciona, reúne.
Mejor, conecta, produce. Sus operadores favoritos son los de
reunión e intersección. Cuanto más materiales maneja, más
posibilidades tiene de encontrar los parámetros explicativos.
Cuanto más minerales se trabajan, más crece la posibilidad de
que aparezca la pepita de oro. En otros términos, es un
Michel Serres 86
trabajador positivo. Todos sus operadores son positivos, hasta
la integración. Nunca sustrae, nunca resta, nunca elimina.
Todo tiene un sentido. O, si lo hace, precisamente ése es el
error. Es la censura y el encubrimiento, la hipocresía. Y la
omisión es, de hecho, su preocupación. A la inversa, nunca
pregunta, nunca debe preguntarse cuáles son los territorios que
escapan, de derecho, a su jurisdicción y
a su investimiento.
Eso lo distingue fuertemente de un sabio corriente: a este
último usted lo reconocerá por el signo de que fatalmente le
dirá, de alguna cosa, en algún momento: eso no me interesa.
Yo, físico, no tengo nada (pertinente) que decirle sobre la
sociología electoral; yo, biólogo, no tengo interés en las
«adelas» ni invisto en ellas. Quizá estén equivocados, pero es
así. La ciencia es, en su trabajo, esa distribución o esa
partición. Ante todo, trabaja en lo negativo. Elimina, sustrae,
resta. No hubiera podido formarse sin ese recorte. No hubiera
podido emerger sin esa división. Así, sus operadores iniciales
son todos negativos, hasta la diferenciación. En el curso de su
trabajo, siempre analítico, un sabio se preocupa más por las
sobrecargas. Se pregunta dónde yace el parámetro parásito que
perturba la descomposición, cómo detectar la variable oculta
que vuelve confuso el problema. Pero, ante todo, cierra su
territorio. No es poco decir que entra en el laboratorio. Es el
encierro en la distinción, en la determinatio negatio. Una
ciencia está sumergida en un universo de silencio que rodea su
cierre, que limita por doquier el lugar desde donde habla, o el
lugar del que habla. Y habla una lengua muy precisa: el
tecnolecto monosémico. Habla por términos, calla palabras.
Sería demasiado poco decir entonces que la historia está
inmersa en el universo del discurso. Pues tiende a devenir el
universo del discurso mismo. No hay, de derecho, silencio
histórico. Lo hay de hecho: cuando la palabra se sustrae por la
fuerza, cuando los conservatorios azarosos del código o
cuando los lugares de memoria han sido, a hierro y fuego,
asolados y convertidos en desiertos donde pacen las cabras,
cuando una cultura, como se dice por antífrasis, devuelve a la
barbarie aquellas que mata. Hay conspiraciones del silencio,
no hay, en principio, obligación de reserva. Quizá la historia
no detente sola esa universalidad del discurso, quizá la tenga
en común con la filosofía. En cualquier caso, incluso las
religiones nunca la han conocido: nunca nadie oró al dios de la
caída de los cuerpos, nunca nadie vio rito o mito respecto a la
gravedad. Hasta las religiones dejaban zonas de silencio, o
El paso del Noroeste 87
placas de ausencia, la más universal tiene lagunas, viste con
jirones. La historia no los tiene y su túnica es sin costura. Aun
cuando no se entienda nada de alguna cosa, o no se invente
nada en algún lugar, siempre se puede hacer la historia de esa
cosa o de ese lugar.
Cuando otrora se intentaba mostrar que la historia no es
una ciencia, se usaban argumentos locales. La versatilidad del
testimonio, la posición del observador y su visión caballera, la
ignorancia o la ceguera de los transmisores de información, la
subjetividad de los informadores, la humillación de los
vencidos, la ferocidad de los vencedores, lo estocástico de lo
acontecedero, lo imaginario de las reconstituciones, el reflejo
enceguecedor de las ideologías, el peso, imposible de levantar,
de los sistemas existentes. Y lo inalcanzable, en suma, de un
saber absoluto. Y la ingenua sencillez de las leyes y los
modelos hasta ahora propuestos. Ahora bien, dichos
argumentos, justos, agudos, lúcidos, se aplican asimismo a
cualquier otra ciencia. A la física, la química, las matemáticas,
etc. Cada una, en su región de exactitud o rigor, debió y debe
combatir palmo a palmo, en los mismos terrenos de lo patético
y lo parcial, del azar y lo observable, de lo complejo y lo
reprimido, del dominio adquirido y de la marginalidad. Desde
los números primos hasta el movimiento browniano hay
aleatorio por doquier, hay relaciones de fuerza en todos lados
y se plantea la cuestión del observador como la de la
complejidad. La metodología y la historia de las ciencias duras
se tejen con esos argumentos y problemas. Y puesto que
contribuyen a hacer de un saber cualquiera una ciencia, uno no
ve cómo mostrarían que un saber distinto no pueda de alguna
manera alcanzarlo. Nada nuevo, aquí, respecto a cualquier otra
empresa de conocimiento. Historia y ciencias auténticas
comparten realmente la misma suerte. Y por lo tanto la
decisión no se juega en el nivel de los procesos locales, de las
aclaraciones tácticas, tiene lugar en los preliminares. La
historia sería una ciencia si (y no: solamente si) pudiera ser
falsificable en su estrategia global.
Aquel, si existe, que dijo por primera vez: todo es historia,
nada escapa a la historia, y que nos encontró a todos ahí, para
creerle, es el verdadero fundador del último de nuestros
discursos universales, y sin duda de la última de nuestras
ideologías.
Michel Serres 88
Desde la era clásica, el triunfo de las ciencias exactas o
experimentales debióse, principalmente, al análisis. No
empleo este término en su sentido amplio y habitual, lo
empleo, aquí, en el sentido riguroso que le confiere la
expresión «función analítica». En los comienzos de la
mecánica y de la física, sucedió que usaron una clase muy
particular de tales funciones, o la formaron, es lo de menos. El
conocimiento local de un número finito de puntos basta para
reconstruir globalmente su grafo, tal es su propiedad eminente.
En otros términos, se han descubierto instrumentos muy
potentes y excepcionales que permitían resolver un problema
cuyo alcance quizá aún no sospechamos: el del pasaje de lo
local a lo global. Y por tanto, pasar, por ejemplo, de la
gravedad, de la caída de los cuerpos, a la atracción universal, y
por tanto servirse impunemente de la inducción, y por tanto
prever, y por tanto. a fin de cuentas, concebir con rigor una
Razón que es, justamente, ese pasaje que sólo es ese pasaje,
que sólo es esa prolongación. La historia es una prolongación
del mismo tipo. Ahora bien, esta razón atañe a instrumentos de
cuya excepcionalidad siempre nos olvidamos. Las más de las
veces, el conocimiento de lo local no permite el conocimiento
de lo global. El creer que lo permite es la definición de la
razón clásica para la que, ya lo dije en otra parte, un
subconjunto comporta una ley que reproduce el conjunto. El
admitir que en general no lo permite es una lección muy
corriente de nuestros trabajos contemporáneos, sean cuales
fueren sus objetos. Sobre este punto, de nuevo, todas las
ciencias comparten la misma suerte, exactas, inexactas o
anexactas. Es, por supuesto, la lección de las ciencias humanas
en particular la lección del discurso de la historia, en el que
todas se proyectan. Seamos lúcidos: no tenemos operador que
nos permita pasar de lo local a lo global, a veces lo formamos,
pero, en suma, es asaz infrecuente. No siempre lo tenemos. A
menudo solemos adquirir una información suficiente sobre
campos limitados (la cuestión de los límites dista mucho de
ser sencilla), pero no sabemos, por lo general, integrarlos entre
ellos, como tampoco sabemos cómo pasar al siguiente nivel de
integración, caso de que exista. Hacemos como que lo
sabemos, tanto en la acción como en el conocimiento, pero no
podemos producir un operador distinto, suficiente, eficaz, de
ese pasaje. En resumen, no sabemos cómo eso funciona. En
tanto que vivimos en esa idea clásica tan particular de que
existe una razón común a lo local y a lo global.
El paso del Noroeste 89
Tenemos ahí, creo, una situación interesante. Esto es un
discurso realmente no falsificable, bajo cuantificador
universal: todo lo que existe es histórico. Eso se justifica
tantas veces como se quiera, pero cae bajo el peso del criterio
de exterioridad. He aquí pues un discurso global, discurso de
fondo de nuestros saberes, ruido de fondo como se dice. He
aquí, por otra parte, discursos locales, que carecen cruelmente,
como tantos otros, de las articulaciones elementales que
posibilitarían esas operaciones de extensión de región en
región, sin las cuales, sin duda, no hay historia. Por lo
universal huye la ciencia. Por la prolongación, tan a menudo
imposible, se constituye con un máximo de dificultades, a
veces en lo imaginario. Quizá no hemos empezado aún a
entender las relaciones paradójicas que mantienen entre sí el
universo y el lugar.
Michel Serres 90
El paso del Noroeste 91

RANDONNÉE



Michel Serres 92




El paso del Noroeste 93

Donde
el
paseo
pone
en
entredicho
los

cuadros
de
la
exposición


Zenón partió de Atenas para ir a embarcar hacia Elea.


Aquello ocurrió hace mucho tiempo, aquello ocurrió hace un
momento. Sabio griego que partió con buen pie y paso regular.
He aquí pues que al tercio (digamos) del recorrido, una
montaña, arrojada allí por los dioses, hizo obstáculo a su
avance. Tuvo que desviarse para volver a encontrar su
verdadero camino, a los dos tercios del recorrido. Este desvío
formaba como un ángulo alrededor de la montaña. Adentróse
sin más en la primera de las dos vías quebradas. Ahora bien, al
tercio del nuevo recorrido, una colina, arrojada allí por un
dios, le hizo obstáculo. Tuvo que desviarse para encontrar su
camino, a los dos tercios del nuevo recorrido. Aquello
formaba un ángulo alrededor de la colina. Adentróse en la
primera de las dos vías quebradas. Al tercio de esta vía, se
opuso un montículo arrojado allí por algún héroe. De ahí un
desvío hacia los dos tercios, de nuevo. De nuevo un ángulo
alrededor del montículo. Adentróse en esta vía quebrada. Al
tercio, una mota de tierra, arrojada allí por un campesino, está
delante. Desvío por un ángulo alrededor de la mota. Se
adentra. Al tercio, una partícula de polvo, arrojada allí por el
viento, enfrente. Pequeño ángulo, aún, rodeando la partícula.
Avanza. Al tercio, un átomo, arrojado allí por azar, a sus pies.
Ángulo, contorno de átomo. Camina. ¿Quién va a arrojar aún
ante Zenón alguna pequeña partícula para desviarle de su
curso, de su retorno al país natal? Zenón ya no pasa. No,
Zenón pasa. ¿Pasa? ¿Pero qué es del propio Zenón ante la talla
de Von Koch? 1.
Su camino, otrora, rompíase, quebrábase sólo en longitud.
Aquí se fragmenta en longitud y en dirección. Al andar, Zenón
también se dicotomiza, para visitar la tierra punto por punto,
para entrar en un nuevo mundo. Para levantar un mapa fiel.
Cada punto es un hueco, cada punto es un pozo por donde
Zenón, al bajar a los infiernos, se pierde.

1
Benoît Mandelbrot, Les objets fractals, Flammarion, 1975.
Michel Serres 94
Quiero dibujar el mapa de los viajes del nuevo Zenón, de
los nuevos Viajes extraordinarios. Este es el mapa de Grecia,
del Peloponeso, del sur de Italia, no lejos de Elea. Zenón sale
de viaje en las costas del mar Jónico. O Egeo. ¿Cuánto tiempo
va a durar su viaje, cuánto mide de longitud, por ejemplo, el
Peloponeso? Este mide, con exactitud, el número de los pasos
de Zenón multiplicado por el valor medio de su paso. Pero la
costa tendría que ser recta. El paso de Zenón siempre es una
cuerda para un arco de curva. La medida pues no es fiel. Peor,
es falsa. Por lo tanto hay que fragmentar el paso para
amoldarse al máximo a las anfractuosidades de la orilla. Pero
todo el mundo ve casi enseguida que a medida que Zenón se
empequeñece, a medida de pequeños pasos, la anfractuosidad
crece también en complicación, que el paso sigue siendo una
cuerda para un arco complicado. Que la longitud del paso
decrece con gran regularidad, pero el número de pasos crece
muy rápido. y por lo tanto que la longitud de la orilla del
Peloponeso tiende al infinito. Así para Ítaca, así para Sicilia y
así para Creta; así para Lesbos, Quíos, Naxos, Ítaca, en sentido
decreciente, así para la más pequeña espora sembrada en el
agua, Patmos, que se sabía inmensa, así para la más mísera
roca, apenas emergida, donde se abandonó a Ariadna. Ariadna
desaparecida antes de haber entregado el ovillo de hilo que
nos libraría de la orilla. Éste es el interminable hilo que nos
pierde, pero que nos hace comprender.
Supongamos que pasamos el ovillo de hilo. Visto desde
Sirio, éste es un punto de dimensión cero. Visto desde aquí es
una bola, de dimensión tres. Visto desde muy cerca, es un hilo
conexo muy doblado, de dimensión uno. Visto desde más
cerca aún, cada hilo es un grueso cilindro de dimensión tres.
Visto en sección, cada hilo está formado por fibras de
dimensión uno, tejidos en un plano de dimensión dos. Visto
desde más cerca aún, éste es un conjunto de átomos de
dimensión cero.
Lo que varía no es la dimensión como tamaño o medida,
es la dimensión en sentido topológico. Por consiguiente, el
espacio tal cual.
El mundo fuera del agua es pues de superficie finita, pero
sus bordes son de una longitud que tiende al infinito, las
fronteras como las costas, quebradas por doquier o
fragmentadas, hasta el más pequeño detalle. La cosa resulta
paradójica para una representación, como se suele decir
habitualmente, de este mundo en un mapa.
El paso del Noroeste 95
Zenón no sólo mide longitudes, es también un geómetra de
superficies. ¿Cuál es pues la superficie del Peloponeso? La
misma razón recomienza. Supongamos un paso al cuadrado. La
superficie de la península es el producto del número de tales
cuadrados por su superficie media. Pero este cuadrado bien
plano, bien llano, raras veces se pone de plano sobre el suelo. Si
es grande, las montañas le hacen obstáculo; si es más pequeño,
las colinas; si es aún más reducido, las rocas; y las motas de
tierra, justamente, a escala del paso. Y en lo muy pequeño, las
partículas de polvo, los cristales, y así sucesivamente. Idéntico
resultado pues: ¿acaso tendría el mundo un volumen finito para
una superficie infinita? La cosa resulta paradójica para su
representación, como se suele decir, en el mapa.
El viejo Zenón era cruel para los viajeros y los arqueros; el
nuevo, al parecer, acomete contra los geógrafos. Aquellos cuyo
pan de cada día es la representación del mundo. Nunca se había
generalizado la dicotomía. Retómela usted, varíe sobre las
proporciones y los sentidos de la marcha, introduzca un sorteo
de variables, usted escribirá al menos siete variaciones hasta la
excursión a pie. Era nuestra abertura.
El viaje del nuevo Zenón no va de un punto a otro como
cualquier viaje corriente. Zenón no parte de Atenas para ir a
embarcar hacia Elea. Aquí hace algo muy distinto. No pasa. No
pasa a través de un lugar que menosprecia o teme, como el
bosque, el de los malhechores o el de Descartes. No va de una
ciudad a otra, donde suceden cosas importantes, pasando por el
espacio donde no pasa nada interesante. Quiero decir: cuando la
línea es recta, la información es nula, y por lo tanto, el método
estéril. No, Zenón visita el espacio, lo visita bien. Lo visita
incluso con tal esmero que va a pasar por todos sus puntos. No,
Zenón no viaja en el sentido corriente, levanta un mapa de la
región. Para ello, ha encontrado un camino que divide la
dificultad en tantas parcelas como se podría o como se
necesitaría para mejor resolverla. La dificultad, aquí, consiste
precisamente en levantar un mapa. La dificultad, aquí, no es ni
más ni menos que la representación. El mapa de Quebec que
suelo usar traza una línea recta de Riviere-du-Loup a Trois
Pistoles, bordeando el San Lorenzo. Confiese usted que esto es
absurdo. Cualquiera sabe, por haber estado allí, que se ha de
sustituir el tercio central de ese segmento por un promontorio,
eliminado por dicha representación. Supongamos pues la
representación del promontorio. ¿Es bueno el mapa, o sea, fiel?
En absoluto. Cualquiera sabe, por haber estado allí, que se ha
de sustituir el tercio central de la primera ladera de este
promontorio por un cabo. ¿Acaso el mapa se vuelve fiel? No,
Michel Serres 96
desde luego. Cualquiera sabe que al tercio central del cabo ...
Zenón no plantea aquí el problema del tránsito, sino el de la
figura. Ésta aún sigue siendo infiel. Aquí el viaje no va de un
punto a otro, desciende los grados de la escala. Apila unos
sobre otros los mapas en un espacio hojaldrado. Busca el
límite de lo representable, busca lo real en las
anfractuosidades del fragmento.
Zenón no viaja desde un punto, la salida, hacia otro, su
llegada, no pasa a través del espacio. Si se desplazara en
sentido corriente, por ejemplo en un sentido, podríamos
seguirle las huellas, en un mapa, o podríamos localizarlas en
una pantalla de radar. Haría falta, aquí, para seguirle, cambiar
de mapa continuamente, cambiar continuamente la escala del
mapa o de la pantalla, o cambiar, como suele decirse, de
representación. Supongamos que tengamos de una región del
espacio varios mapas de distintas escalas; dispongámoslas
unas encima de otras en un volumen hojaldrado. Zenón ya no
sigue direcciones y sentidos a lo largo de uno de aquellos
mapas, sino que desciende normalmente a las hojas sucesivas,
perfora un pozo en el espesor de las representaciones. Al
retomar, al reiterar su curva, encadena de hecho la sucesión de
hojas. De la infidelidad de las representaciones sucesivas
extrae. una serie exacta. Y desciende infinitamente hacia lo
local. Su recorrido conecta las escalas.
De momento, eso sólo parece que atañe al tamaño o a la
dimensión en el sentido que tiene este término en el uso
corriente. Pero pronto se desprende otro sentido. Se suele decir
de buen grado que el mapa, el plano, son a dos dimensiones, y
el recorrido o la línea a una sola dimensión. Que los objetos,
como el espacio, representados en el mapa son a tres de esas
dimensiones. Benoît Mandelbrot calculó la dimensión de esa
curva de Von Koch seguida por el nuevo Zenón, en la
prosopopeya de ese día. La llama un objeto fractal, un objeto
cuya dimensión es una fracción, comprendida entre uno y dos.
La cosa es intuitiva, puesto que se trata efectivamente de uña
curva y que pasa por todos los puntos del plano o de un
subconjunto del plano.
Zenón de hecho viaja de la dimensión uno del camino, de
la ruta que sigue, a la dimensión dos, planar, de la variedad de
la cual está levantando el mapa. Su viaje pasa el espacio, su
viaje le hace atravesar espacios. Lanza un puente de la línea al
plano.
El paso del Noroeste 97
Y ahí, ante todo, descubre dos cosas. La primera no le es
propia, pertenece a Jean Perrin. Ya la decía, en Les atomes. Se
refiere al grafismo. En el dibujo convencional, en la
representación, el trazado, que así se llama por esta razón, no
es más que un sustituto, lo que he denominado una cuerda.
Ahora bien, esta cuerda es continua, regular, lisa, mientras que
lo que sustituye es quebrado, irregular, granoso. Fragmentado,
lacunario. El grafismo puentea las lagunas, acorta y pone
derivaciones. Es sin duda una economía, y sin economía, no
podríamos ni hablar ni pensar, pero implica errores
perfectamente mostrables: sustituye lo infinito por lo finito, lo
discontinuo por lo continuo, lo vacío por lo lleno, lo azaroso
por lo regular, lo contingente por la ley (la ausencia probable
de tangente por la tangente), y finalmente lo real por lo
racional. Cuando usted haya vertido una capa lisa de hormigón
a lo largo de la costa bretona, ésta ya no tendrá una longitud
inacabable, sino finita. Eso mismo es la tecnología, la
sustitución de lo infinito por lo finito, eso mismo es el
dominio. Lo real no se agota, se cubre. Se cubre de letras. Los
muros leprosos de nuestras ciudades en ruinas están devorados
por la escritura. Lo fractal, no tayloriano, está recubierto por lo
tayloriano, liso, indefinidamente, la esponja está en la bolsa,
transparente o no, de plástico.

La segunda pertenece a Benoît Mandelbrot. Por cierto,


nunca nadie había visto eso. Para ello, hacían falta dioses y
héroes. Ni el cabo ni el promontorio se presentan de manera
regular en ese tercio de la costa cada vez que se emprende un
nuevo recorrido. Las cosas no se fragmentan a medida.
Olvidémonos de esta regla y del refrán del cuento. Eso se
quiebra un tanto al azar, y el plato que cae no se rompe en
pedazos regulares. Zenón deberá a veces girar a la mitad de su
ruta y otras bifurcar en el mismo momento de la partida, y a
ratos desviarse a las puertas de la llegada. Digamos que
detenta en mano un dado o la espada de Gordion, echa a la
suerte y decide así, o zanja, la longitud y la dirección de sus
pasos, según las coerciones ya existentes. Es la última
variación del poema cálculo. Inyecta lo aleatorio en lo
ordenado. Convierte su recorrido, no en un éxodo, sino en una
excursión, en el sentido que ya he dado a este término.
Entonces, y cualquiera que sea la barahúnda, siempre quedará
que hay cabos y bahías. Promontorios tan considerables como
Europa o África mismas, y golfos que por sí solos ya son
mares. Otros menos grandes, como el Peloponeso, otros aún
Michel Serres 98
menores, como el cabo Sunion, y así hasta las piedras y los
átomos. Cualquiera que sea la escala del mapa, la
representación traza formas análogas, estadísticamente
homotéticas. Siempre cabos, siempre bahías. Aquello se
reproduce en cada representación. Lo que aquí es estable no es
la representación, ni la forma representada, es la distribución
azarosa pero analógica de las cosas a través de todas las
escalas. El mapa es, al tiempo, inestable e infiel. ¿Acaso sería
lo real estocásticamente regular? Y el grafismo es
demostrablemente falso: demostrablemente, es decir para el
conjunto de las hojas por debajo de él. Y, sin embargo, como
transversalmente a todos los grafismos posibles de los cuales
se sabe que ni uno es retenible, el conjunto de
representaciones deja algo estable y fiel. Cada mundo es un
mundo de istmos y estrechos, todo mundo es de golfos y
penínsulas. De la cadena de escalas se desprende una
regularidad vaporosa en lo caótico global. Aquello no se
rompe a la medida, pero hay similitud «adela» en el seno del
quebrantamiento.
Entonces un nuevo Tales resuelve los problemas del nuevo
Zenón. La destrucción o la segmentación por dicotomías'
repensadas deja ver por fin la reconstrucción. He aquí una vez
más un origen de la Geometría. Donde finalmente este término
significa el mundo, el mundo siempre olvidado en lo continuo
del grafismo, el mundo olvidado del mapa, mundo
desconocido y sin embargo familiar. El de las estrellas y las
montañas, de las orillas del mar y del relieve de las islas, el
mundo en fin, aquel cuya belleza cansa. Al igual que un día
Tales introdujo, además de uno de los orígenes de la
geometría, una teoría del conocimiento en la que la similitud y
la analogía desempeñaban el papel principal, o, mejor, el
mimo principal, teoría de la que, desde Platón, ningún filósofo
supo librarse, también este nuevo Tales nos introduce en este
conocimiento que llamo «adela», no evidente.

Así como se vuelca un iceberg, la matemática,


globalmente, viró al formalismo a principios de siglo.
Abandonó la intuición. Olvidó la intuición. Incluso, a veces,
condenó la intuición. Los maestros de la mitad del siglo decían
sin vacilar que la geometría había nacido de la axiomática
hilbertiana. Que antes no existía. Ahora bien, algunos
atrasados murmuraban que había muerto, que había muerto a
causa de tales decires.
El paso del Noroeste 99
Inmediatamente después de ese vuelco, y quizá por él,
sobrevino un formidable maremoto. La oleada logística,
axiomática, formal, no correspondió sólo a las matemáticas.
En todos lados no se hablaba más que de rigor, y a veces en
lugares donde ni siquiera tenía razón de ser. Durante un
tiempo no se discurrió más que sobre lenguas y lógicas.
Período por entero dedicado a los signos y al nominalismo,
perdido el referente, perdido el mundo, perdida la intuición del
espacio. El tsunami alcanzó todas las orillas del mar
Enciclopedia. Físicos o filósofos, sociólogos o biólogos, todos
éramos formalistas. Hasta el rigor, claro, y luego, hasta el
exceso. Cuando quería conocer un animal, leía un libro acerca
de este animal, en el que nunca, jamás, veía el animal.
Estamos cansados ya de no ver nada. Quiero ver por fin detrás
de esos logogrifos, y quemar esas pantallas de palabras y de
signos. Eso es. Vuelve la intuición. Vuelve el espacio. No la
vieja geometría que, muerta, permanece muerta, no los
antiguos discursos que, marchitados, caen en el polvo, sino
algo bellamente visible y nuevo que colma nuestros ojos. Las
catástrofes a la Thom, o los fractales de Mandelbrot. Sí, por
fin volvemos a ver el animal. Desde hace cinco o diez años ha
vuelto la fiesta. El domingo del mundo.
Desde hace por lo menos medio siglo, el más olvidado, el
más despreciado, el más descuidado de los objetos usuales de
la filosofía es el Mundo, este mundo en el que ya no vivimos,
del cual vamos a visitar, a veces, los escombros fósiles en los
lugares más alejados de nuestro saber-hacer, este mundo
vencido, mutilado, repelente, que podemos por fin
conmocionar a nuestro antojo, sin saber demasiado lo que
resultará de eso. Lo que el siglo XVII había previsto, que lo
domináramos, lo que el siglo XIX había prescrito, que lo
transformáramos, esos decires filosóficos son hoy día juegos
de niños que conducimos según nos plazca. Vamos hasta los
límites de esas lecciones, sabemos, podemos destruirlo, y
algunos se están preparando para ello, en el método y la razón.
Ya no es el fondo de nuestras necesidades, aún menos el telón
de fondo de nuestras existencias. Lea usted lo que, a título de
filosofía, se publica en Francia desde mi nacimiento, no
encontrará ahí ni una raíz de árbol, ni una cascada, ni un río, ni
la llanura y nunca la sonrisa del Océano. Esto podría
denominarse «acosmismo»: nuestras tiranías no necesitan del
mundo.
Hay calles, carteles escritos, el rumor de los discursos.
Unas cuantas relaciones brutales. Hay pocos objetos, aún
menos grandes objetos: Lo que parece perdido, por ese
Michel Serres 100
idealismo triunfante, en este mundo nuevo que ya no es más
que nuestras representaciones o nuestras prácticas, lo que
parece perdido, sí, quizá sea la grandeza, y es, sin lugar a
duda, la belleza. Pues la belleza no es otra cosa, quizá, que el
mundo en su grandeza. Queda, es triste, la riña.

No es sólo la filosofía la que pierde el mundo, como se


dice que se pierde el norte. La ciencia que, sin embargo, tenía
el propósito de decirlo, darlo, entenderlo, preparar sus
producciones, también lo ha perdido, tan recientemente como
la filosofía, quizá por las mismas razones. Y tan
completamente como cada uno de nosotros. Estallada como la
metralla en múltiples especialidades, no despeja ningún lugar
desde donde ver en grande. Una miríada y más de refinados
haces de luz registran aislados cada vez más ajustados,
introducen en ellos tanto mayor claridad cuanto que ahuyentan
sus tinieblas hacia la periferia, de ahí el efecto de luciérnagas
danzantes en su oscuridad global espesa; a fin de cuentas, se
percibía mejor la caverna por el viejo fuego humoso que
escocía los ojos.
Hace mucho que, una vez cerrado un libro de ciencia, no
había vuelto a ver o visto de nuevo lo que los griegos
denominaban la sonrisa innumerable de las aguas, que,
instruido por ellos, no había vuelto a sentir de otro modo las
ráfagas de viento, que no había vuelto a encontrar, cambiado,
el caos de las estrellas, y que no había vuelto a leer la
diseminación de los archipiélagos, el encaje de las orillas y la
sierra de las cumbres. No se trata, claro está, del mundo como
nueva totalidad o como universal, idea que ya descartaron
nuestros bisabuelos, sino del mundo como grandes conjuntos
de fragmentos, del mundo como lotes de formas. Tan a
menudo se habían confinado en la poesía intimista o en un
arcadismo festivo los decires del mar, del aire y de las islas,
que el reencontrarlos, de repente, en las matemáticas y en la
historia, me dio sofocos. Hacía mucho tiempo, desde Perrin,
desde Lucrecio, que la ciencia no me había empujado afuera.
Afuera, para volver a ver lo que nunca había visto. Afuera,
como sin duda lo hacían los físicos de Jonia.
Salgamos, dejémonos llevar por Benoît Mandelbrot. El
mundo terráqueo regresa a nosotros, gracias a él, por pedazos
inmensos, el viento, el océano, la orilla. Pronto será la fiesta
del mundo o el retorno de lo olvidado.
El paso del Noroeste 101
Como es habitual, la más antigua de las historias regresa a
nosotros al mismo tiempo que el más viejo de los mundos. Los
físicos de Jonia, ya citados por Jean Perrin, veían así a ratos el
mundo.

El primer objeto fractal con el que me he encontrado,


antes de leer a Mandelbrot, y antes de saber, por lo tanto, que
se llamaba fractal, es justamente el mundo. Al leer a Kant y su
Historia natural y teoría general del cielo, construía un
triángulo o infinitas coronas concéntricas con homotecia
interna, donde el retorno de lo regular se producía con el
concepto más general posible del orden, a saber el sistema,
donde la remoción al azar se producía con el concepto más
general posible del desorden, a saber la distribución. De modo
que el objeto fractal construido finalmente podía merecer dos
veces la denominación de universal: representaba el universo
y era objeto fractal del cual todos los demás son realizaciones
fragmentadas, así como aquella curva señalada al comienzo
del siglo pasado era la curva universal. Mandelbrot mismo
dice que Cantor tuvo la idea de su curva que pasaba por todos
los puntos del plano después de leer ese texto de Kant. Y yo
había logrado el mismo resultado sin nombrarlo así,
dibujándolo de otro modo 2.
Se vio antaño una batalla de ranas que los carteles hicieron
pasar por La gigantomaquia. Algunos tomaban partido por lo
discontinuo, otros por lo continuo. Puesto que nada es tan
interesante como el combate, eso aturdió a más de uno. Lo
cual no impidió que los planetas giraran a lo largo de orbes
continuos, ni que los quanta dieran pequeños saltos. Esto nos
recuerda una querella, en las postrimerías de la era clásica: los
ovistas pretendían que nos reprodujéramos con óvulos y
ovarios, en tanto que los vermistas abogaban por los machos y
los espermatozoides. Nunca a nadie se le ocurrió que el
gusanito tenía que encontrarse con el huevito. Está lo continuo
y lo discontinuo, así es, no puedo remediarlo. Están las
funciones analíticas, dicen bastante sobre el mundo, otras no
lo son y también lo hacen. No todas las francesas son
pelirrojas, no todos los trazados son taylorianos.
Las querellas son el freno de la historia y el motor de la
necedad. La libido dominandi excluye toda invención, toda
intuición, el descubrimiento. Lo nuevo es incomparable. Nada

2
Hermès IV, La distribution, págs. 115-124.
Michel Serres 102
es más viejo que la comparación, nada más repetitivo que la
polémica, ni más conservador que el combate.
He aquí materias regularmente continuas: los cristales
como el diamante, los líquidos como el agua, los gases. He
aquí materias indefinidamente cavernosas, como decía Perrin,
que había leído la física de Lucrecio: las rocas a orillas del
mar, yo como ser vivo, las esponjas y los árboles, aquel humo.
¿Por qué habría de haber una batalla entre el equipo del
diamante y el de la esponja? Un poco de deporte, para reír, si
acaso.
Es mejor decir fractal, con Mandelbrot, que discontinuo.
Ahí la intuición global es la de las curvas continuas
inderivables.

Para los antiguos, en torno a Epicuro, un simulacro era


como una piel que revestía los objetos, dejada por ellos como
una muda de serpiente, que volara en los espacios de
comunicación, que reencontrara nuestros ojos en el acto de
ver, por ejemplo. Los objetos, para ellos, son complejos
lacunarios, llenos, saturados de huecos, cuevas, hiatos,
agujereados como esponjas.
En torno a Anaxágoras, se debatía sobre la homeomería:
como si la parte de una cosa reprodujera el todo, al igual que
la parte de la parte, y así sucesivamente. Leibniz hubiera dicho
que el pez, en el lago, está él mismo lleno de lagos llenos de
peces, y así sucesivamente.
Esto es el retorno de las esponjas, otrora menospreciadas.

Esto es pues el retorno de las homotecias internas. Tal


objeto se divide en partes que tienen entre ellas relaciones de
similitud asignadas. Volveremos sobre esta intuición sencilla
que nos hace ver hasta perderse de vista la curva de Von
Koch, et alia. Pero esta relación de homotecia que, hasta
ahora, llena el espacio localmente, hasta sus ínfimas partes,
también puede vaciarlo. De tal segmento sustraigo el tercio
central y reitero la operación en todos los segmentos
residuales. Al cabo de una cuenta interminable, queda un
conjunto fuertemente lacunario. Puedo dedicarme a gusto a
tales sustracciones, en un cubo, un adoquín, un volumen del
espacio corriente. Le quito, aquí o allí, un cubo parcial de
lados determinados, luego recomienzo la operación para cada
uno de los cubos restantes en el cubo global, de idéntico
volumen que el agujero practicado. Con suma rapidez, el
El paso del Noroeste 103
adoquín se volverá muy lacunario. Mandelbrot lo llama una
esponja de Sierpinski. Ya no es más un fantasma precientífico,
es un buen objeto, claro y preciso, aun cuando el azar trastorna
la iteración regular de semejantes operaciones de pasajes. Creo
incluso que necesito esta esponja para comprender el mundo.
La idea de homeomería, en hueco, valga la expresión.

Volvamos por un momento a lo largo de las costas de


Bretaña. Supongamos la bella paradoja del mapa o del
trazado: a medida que su escala se vuelve más fina, más
precisa y más aproximada, crece la longitud de la costa. Este
crecimiento no tiene límite alguno, puesto que el
decrecimiento del paso elemental de medida tampoco lo tiene.
En una bahía entre dos cabos, hay cien cabos y la mitad de
bahías, algo que nunca termina en la orilla siempre
recomenzada. Las orillas tienden al infinito. Si quisiera dar
una vuelta fiel al mar Mediterráneo, no podría cercarlo por
más larga que sea la historia. Zenón de Elea está de vuelta.
Ahora bien, los relieves de la tierra también tienden al infinito,
en superficie y en volumen, por las mismas razones. En
cualquier valle entre dos sierras, siempre hay tantas
eminencias y surcos como se quiera. El mundo, bajo nuestros
pies, ante nuestros ojos, entre nuestras manos, pierde sus
límites y su finitud, no porque, de golpe, se vuelva inmenso en
su amplio horizonte, sino porque, localmente, cede, se
fractura, se frange, se vuelve disparatadamente lacunario. Ahí
donde veo un cabo y una bahía, ahí donde bordeo un golfo y
un promontorio, adivino más y los hay por miríadas
intercaladas. Ahí donde siento punta y laguna, hay,
indefinidamente, agujas que brotan y lugares que faltan.
Bernoulli le hacía decir otrora a su espiral eadem resurgo,
resucito idéntico a mí mismo, e hizo escribir teorema y
esquema en su propia tumba, así surgiré de entre los muertos,
yo mismo. Mandelbrot bien diría de sus objetos fractales que
resurgen sin cesar semejantes a ellos mismos, por reiteradas
relaciones de homotecia interna, por formas repetidas
variadas, por laguna de laguna 3. Este borde de mar y esa roca

3
La cita de Cesaro, ibid. (pág. 29), retoma textualmente Bernoulli. Si
estuviera dotada de vida, la curva de Von Koch no podría ser aniquilada sin ser
suprimida de golpe. Renacería constantemente desde las profundidades de sus
triángulos como la vida en el universo. No es por azar, creo, que la primera idea
que viene a la mente es la de destruir o matar esto. Esto que prolifera y no se
detiene.
Michel Serres 104
desgarrada son fuentes de metáforas sencillas, sorteadas al azar,
un caprichoso manantial de homeomerías. Desde la escala
actual, otras formas están como de parto, en otras direcciones,
en otras longitudes, anchuras o alturas. Pero siguen siendo picos
y calas, homotecia continuada, aunque en desorden, de
presencia y ausencia. La orilla siempre es forma, y bajo
cualquier escala: cabo, bahía; la roca es forma: llena, vacía; el
cielo es forma: punto brillante, espacio negro; etc., o sea:
presencia y ausencia, uno y cero. Cero y uno, cala y pico para la
orilla, lleno y vacío para la roca y el firmamento. Objetos como
una sucesión aleatoria de ceros y unos. Entre dos números
sucesivos, otra sucesión aleatoria y así sucesivamente. Es decir,
una interminable sucesión aleatoria de una gigantesca cantidad
de información. Es la estructura de una esponja o de un queso
gruyere, con perdón de mis abuelos de la mano derecha
racional. A ellos no les gustaban los cuerpos esponjosos, ni los
poros, ni las cavernas, nunca leyeron a Epicuro ni a Lucrecio de
quienes Descartes y Réaumur, al igual que Franklin, extraen sus
metáforas. Aquéllos, más que nada, creían poder decir: eso no
es, eso nunca será ciencia. Ante cualquier nuevo hontanar, van
del corte a la exclusión, de la exclusión a la ceguera. No hay
nada que excluir, venas de oro se ocultan bajo rocas
consideradas estériles por doquier. Vuelta de la esponja en la
orilla del mar. Heme de nuevo aquí en esos bordes donde mis
antepasados me dejaron: nunca terminaré de trazados por
contraseñas y faltas. Empleo expresamente estas palabras con
doble voz, topología y probabilidad. Esta orilla real, esta misma,
es aleatoria, sí claro, al azar, improbable, y es lacunaria. Su
topografía, su calco es una tarea infinita, una idea ya de la razón
pura. Aquella roca es una esponja. a la Sierpinski, un objeto
fractal. El cero puenteará la falta, el uno punteará la contraseña.
Un cero por vacío, un lleno por uno.
No, el hidrógrafo, el topógrafo no delinean así. Nadie ve ni
siente así, ni que decir tiene. Si así fuera, nos desvaneceríamos.
La fuente de lo real nos dejaría encantados, extáticos,
fascinados, helados, inmóviles. Todo el mundo comete
negligencias. Ya es algo confesar negligencias. ¿Negligencias o
exclusiones? El trazo, basto, puentea tales exclusiones. Barra la
entrada del detalle, desempolva, ahuyenta a los parásitos. En
lugar de esta barra, a escala más fina, encontrará usted una
singular ramificación. La barra la acepilla. Acepille usted lo
extrínseco, decía Cavaillès, uno de mis abuelos, muerto en el
campo de gloria. Pero aquello. recomienza, pues la
ramificación, por el contrario, si se la acepta, descuida a su vez
otra floración de complejidades de detalle. Este detalle es un
El paso del Noroeste 105
resto ineliminable. Siempre vuelve, sea cual fuere la exactitud
que podamos pretender, pulula indefinidamente en el seno de
mi precisión. Precisión sigue siendo escindir, detalle sigue
siendo tallar. Despedazo para refinar un análisis, dicotomizo.
Al hacerlo, vuela y cae polvo, se esparcen astillas, nunca
terminaré de recogerlas con palita y escobita. En la caverna
con fuego nunca hay humo; por la dicotomía, o la distinción,
no hay escamas ni huesitos. Todo está siempre tan limpio. No,
así no es. El aserrrín pulula. Y la escobita siempre acaba por
dispersar el resto. Esto ya lo dije. Y es el teorema de Brillouin:
se necesitaría una cantidad infinita de información para la
perfecta exactitud, para dar cuenta al fin de todo detalle
residual, a cualquier nivel que sea. Brillouin dice entonces lo
real fractal. Demuestra un real fractal. Hace ver, hace concebir
un real las más de las veces no tayloriano. Lo real es pleno,
saturado de detalles. Lo real es una talla frontal con sus
recortes y sus conos de deyección. Lo real es fractal,
tomizado, tallado, pululante de fragmentos, de átomos
divididos en partículas y en quarks, de detalle. Esta talla
parece provenir de un antiguo término olvidado que
significaba: esqueje. Lo real se fragmenta o bifurca, se planta
de nuevo, arraiga de nuevo en sí mismo para siempre resurgir.
Nunca se dan por terminados sus reinicios, sus invaginaciones.
Lo racional clásico es una empresa en que las cosas se acaban,
en que tienen un fin y un cierre. Definición y definitivo. El
racionalista es un hombre limpio, virtuoso y limpio, puesto
que trabaja tiene manos, manos limpias que trabajan en la
limpieza. Aquí todo es exacto y puro, peinado, tirado a cordel.
Un jardín bastante limpio y el cerco contiguo. El racionalista
aborrece lo sucio. Purifica, define, trabaja en excluir esta
suciedad de detalle 4.
Por fuerza, el cordel es negligente, no podría pasar por
todas partes, traza un trazo y tacha el hormigueo de
contraseñas y faltas. El sentido también es negligente. Pone
derivaciones y puentea. El dibujo del hidrógrafo pierde un
tanto los detalles de la orilla, ahuyenta la ramificación fractal.
El trazo se desliza continuo por los pliegues y se asienta en
puntas elegidas. El puente tirolés sobre la garganta encajonada
tensa su cuerda sobre el arco irregular de los rápidos y
cascadas. Si dijera todo, si escribiera todo, mañana todavía

4
Si el mundo fuera, en realidad, como lo preveían las ciencias clásicas y a
menudo la filosofía, la historia se hubiera acabado hace mucho. Por otra parte,
estaba previsto que terminara pronto. O se completara, o se extrapolara por
eterno retorno.
Michel Serres 106
estaríamos aquí. Zenón, convertido en escritor, se hunde en
Dublín, no ya su vida por veinticuatro horas, sino por una
hora, un minuto, un nanosegundo. Aquel golpe de luz
anaranjada en el matorral invernal me requiere para el fin de la
historia, y los primeros mil millones de años de mi eternidad
prometida. Siempre se necesita la cuerda sobre el arco. Por
más atento que esté, paso por alto una falta. Dibujar tan sólo
una miseria de lo real. Ni siquiera un esqueleto, ni siquiera un
pequeño maniquí de madera. Jean Perrin, en un texto célebre,
según Lucrecio, habla de los cuerpos indefinidamente
cavernosos. Difícilmente se puede hablar —añade— de una
viga de madera, de su superficie; pero se habla con utilidad de
la misma si se quiere pintar su superficie; como si se tratara de
una lámina de estaño envolviendo una esponja, algo así como
una bolsa de plástico. Es el gran retorno de los físicos de la
antigüedad, ¿acaso el gran Pan no estaba muerto? Vuelvo a
empezar: al complejo fractal, el mapa sustituye un continuo
regular; cada trazo establece una derivación, clasifica,
puentea, disimula una ramificación. Ya no es la esponja. El
tejido global de tales trazos es la bolsa de plástico traslúcida.
Ahora bien, así sucede con todo mapa, sea cual fuere la escala.
Cualquiera que sea el mapa, por más fiel que sea su finura,
siempre hay cuerdas que toman el lugar de los arcos. Ahora
bien, existe una infinidad de mapas, tanto como escalas, una
infinidad de bolsas de plástico, una infinidad de envolturas
alrededor del cuerpo indefinidamente cavernoso. Es el retorno
de los simulacros.
Las pieles sobre lo fractal. Pronto volveré a lo representado.
¿Pero acaso percibimos de otro modo? La vista, el tacto, el
olfato, el gusto, hasta el oído nunca llegan a las invaginaciones
aleatorias y sin fin. Si así fuera nos desvaneceríamos, el
tiempo se congelaría al paso de un hálito, bajo el salto de agua
de una voz, en las caricias de una semilla. Nuestros sentidos
corren, puentean ellos también. Nunca se percibe lo
indefinidamente cavernoso; no se percibe más que el conjunto
de las puertas, el tejido de los atajos, la bolsa de plástico.
Ahuyentamos el detalle, y nos quedamos sólo con las pieles.
Percibimos un tanto las superficies, puntos singulares en un
continuo. Lucrecio es exacto, en el espacio de comunicación
vuelan las mudas. Vivimos de manera perceptible en medio de
simulacros, de simulaciones del mundo. Nuestros sentidos
simulan los objetos, en el mejor sentido técnico.
La técnica también puentea lo fractal. Alisa las paredes
con enlucido o argamasa grumosa, talla las piedras y las alinea
El paso del Noroeste 107
con plomada y nivel, vierte hormigón en las anfractuosidades,
purifica el mineral, pule las barras y las trefila. Rectifica.
Trabaja en rectificar. Ofrece al racionalista el modelo, el
ejemplo, la metáfora de la rectificación. Por suerte, los
filósofos desconocen la tapia gracias a la cual se normalizan
superficies y volúmenes. Las costas de Bretaña y otras,
convenientemente hormigonadas, rectificadas, tapiadas, al fin
correctas, tendrían una longitud, finita, Por fin, lo real sería
racional, es decir, finito. La tapia, aquí, es simulacro, la
rectificación es al trabajo lo que el trazo, la barra eran al
dibujo. La técnica nunca ha obrado de modo distinto al de la
representación. El universo de artefactos en el que vivimos,
esa mayonesa de racionalidades clásicas cuajadas desde hace
poco, es el triunfo advenido del idealismo: por fin el universo
es nuestra representación. Ya no tenemos objetos ni relaciones
sino racionalizados. Trabajados, rectificados, producidos,
puenteados, tapiados. Mundo propio del racionalismo aplicado
o del materialismo racional que, con un ademán, relega a otro
lugar las vesanias o los poemas.
Que arroja a los desperdicios los recortes de la talla,
raspaduras, barreduras, escorias. Hay que encontrar un lugar o
un campo de estiércol para todos los residuos de rectificación.
Se necesita un infierno para lo no-racional. Ya Platón no
quería cabellos ni lodo ni mugre. La dicotomía deja raeduras,
el cepillo raspaduras, la división aserrín, polvo, toda una
suciedad de detalle. El detalle es el resto de lo real cuando ya
ha pasado por ahí lo racional, cuando el racionalista ha
recortado, distinguido, dividido. La división de las cosas
forma una nube pulverulenta de escombros y cenizas. Y
cuanto más racional es el mundo, más basuras produce.
Entramos en el infierno puritano de la separación del paraíso y
del infierno. Espacio propiamente teológico recubierto de
trabajos y teoremas. División primera de lo sucio y lo limpio,
lo falso y lo verdadero, lo oscuro y lo claro, lo imposible y lo
cierto, lo contrario y lo idéntico, lo oponente y lo mayoritario,
el mal y el bien, lo impuro y lo puro, el Diablo y Dios, la cual
ya produjo el todo de la exclusión. Esta división también es
fractal, no cesa, lanza por doquier su homotecia interna,
reticula el espacio, tal vez imita lo real, tal vez digo lo real
fractal empujado por ella. De golpe, ella levanta un montón de
escombros, con su trabajo de despedazamiento. Tenemos
Michel Serres 108
5
ejemplos de ello por doquier . El menosprecio por la hez del
pueblo está vinculado a su división en clases sociales. La más
baja población no es la de la clase ínfima. pues ya es una
ventaja inmensa el pertenecer a una célula, a un subconjunto
cualquiera, ya dividido y por consiguiente reconocido y
señalado; ello satisface esa libido de pertenencia, tan potente y
desconocida, que condiciona la voluntad de potencia o la
libido de dominación. La población más baja es el residuo de
la división, y el polvo que ha producido. Bien lo dice la
lengua: la escoria, la raspadura6 la hez. Eso no está
contemplado por la teoría; la cual no existe más que por
divisiones, eso no está considerado por nadie, puesto que cada
uno no existe más que por sus divisiones. ¿Dónde está pues la
raspadura residual de la división del trabajo? ¿Dónde los
escombros de la división del saber y de las ciencias? Algún día
se encontrará usted conmigo en los campos de estiércol, es
ahí, también, donde se tiene la posibilidad de hallar maravillas
perdidas por el proceso de talla, por el trabajo de producción.
Algún día, los epistemólogos hurgarán en los cubos de basura.
Algún día los sabios, hartos de un terreno aséptico donde ya
nada crecerá, irán en busca de una nueva fecundidad en las
tierras mismas por ellos hoy despreciadas. Hasta en las
habladurías de mujeres, hasta en lo que llaman cháchara,
literatura, imaginación. A nosotros, los literatos o filósofos,
cada vez más se nos percibe como residuos de la división del
saber. De hecho, somos la reserva del saber. Sí, la fecundidad
de la ciencia por venir.
En las basuras de la talla, reencontraremos el mundo mismo.
Preso en el viento. Empujado, forzado por su dominio, por
la brisa, arrojado al suelo, arrojado cuanto que el cabeceo y
balanceo rompen irregularmente la sustentación antepuesta. El
grano, la brisa, sopla muy fresco (grand frais)*. Todos los
bordes llamean en las franjas. No se es acosado por el viento.

5
Así como ahuyenta a los parásitos, el racionalista determina un espacio

limpio. En virtud de la teoría estercolar, este espacio limpio es de todos. Ya que
sólo la suciedad, o cualquier fenómeno invadiendo el espacio, asegura la
propiedad. Este espacio es hostelero, hospitalario. Esto se llama aquí
universalidad de la ciencia.
6
Bajo el pecho del dragón, bajo el pecho del caballo de san Jorge, ambos
divididos por la lucha en contrafuerte, yacen los residuos de la división, hombre
y mujer despedazados, miembros dispersos, escombros. Lleve esto pues al
cementerio, a la fosa común, al vertedero municipal.
*
En lo que sigue, se da un juego irreproducible en torno a las expresiones
grand frais, «muy fresco», y a grands frais, traducida según el caso como «a
mucha costa», «en grande». (N. de la T.)
El paso del Noroeste 109
Como por una mano ancha y constante, continua, opresiva,
sino asido violentamente por la ráfaga, algo soltado luego, y,
en el intervalo, guanteado, abofeteado, sopapeado por
pequeñas manos vivas, agudas, rápidas. La gran turbulencia es
un rosario casi circular de granos. Hace mucho que los
hombres de mar hablan de granos, por economía supongo, ya
que se trata de un grano de granos de granos, hace mucho que
los hombres de lengua creen que los marinos dicen granos
cuando están al caer copos borrosos o granizos. Afuera,
hombres de lengua, toquen ustedes con su cuerpo el grano del
viento, como decimos el grano de la piel o el grano de un
metal, y como debería de decirse el grano de las costas de
Bretaña. Sí, el viento es la brisa, quebrada (brise, brisée)*.
Otra etimología oscura, dicen ellos. Afuera, hombres de
lengua, reembolso hoy al mar y a Bretaña aquello que me
dieron, en mi corta juventud a mucha costa (a grands frais). El
viento está lleno de subvientos, se quiebra en vientecillos,
donde los pequeños sopapos son un poco más suaves. ¿Muy
fresco, dice usted? Cambiemos los apartados del viejo
diccionario, pongámosle por fin un gorro de mar. Ya no el
fresco, de fresquito, el viento fresco puede ser ardiente. ¡Pero
sí los costos, del dinero, de los gastos y de la carga, sí, los
gastos corrientes, de frangere, fractum, fractal! Decían ante las
turbulencias acuáticas: pasamos sobre un montón de piedras.
Oiga, Mandelbrot, los marinos sabían de lo que usted habla,
hasta lo habían denominado como usted. Gracias por haber
sabido reescuchar el viento como ellos y haberlo sentido de
nuevo en la piel. Hoy, huracán fractal, sus señorías, vamos a
llevar nuestra vida en grande (à grands frais). Bien lo valen
esos hallazgos, esas voces del viento. ¿Acaso estaría el viento
quebrado como un lenguaje, como la mañana en que llegó el
Paracleto? ¿Acaso la lengua, cualquier lengua, se articula
como un viento, una turbulencia? No solamente las palabras
del viento, no solamente el sentido de las palabras del viento,
sino el soplo de las voces, en todas las lenguas o, mejor dicho,
en lenguas. En la mañana de Pentecostés, el viento se divide
en pequeñas lenguas, sabemos ahora que el viento se fracta,
así, siempre. Toda lengua, toda voz se fracta en vocales, por la
interrupción de las consonantes. La barrera de los dientes, del
paladar, de la lengua, detalla, rompe, embrida la emisión del
soplo, nuestro propio viento. El viento del Paracleto habla en
lenguas, seguro, todos los vientos, de hecho, tañen todas las

*
Juego irreproducible con: briser, «quebrar»; brise, «brisa y quiebra»; bise,
«vientecillo» y «besito». (N. de la T.)
Michel Serres 110
lenguas. La lengua es un soplo intermitente; como ella, el
viento es un objeto intermitente.
¿Acaso la lengua es una sucesión parasitaria que impide
que el soplo sea laminar? El grito es laminar, el alarido, el
llamado, el lamento, el clamor, el vagido, la aclamación son
laminares. Y luego, el aleluya y el evohé. Barrados, cortados,
fractados, intermitentes, interrumpidos, troceados en pequeñas
voces. Que impide el grito, que prohíbe el llamado, que obliga
al lamento a dejar pasar riñas.
El lenguaje se levanta como el viento.
El lenguaje es intermitente, está al azar en la homeomería.
La homotecia es diferenciada por el azar, pero el azar es
temperado por la combinatoria. Apenas temperado.

Es el momento de retomar el ritmo y la resis. No les había


dado más que una solución fluvial, la de los marineros. He
aquí la solución marina, la de los marinos de mar: el flujo que
corre no corre laminar por mucho tiempo, no sólo entra en
turbulencias, sino que se fractura, se reparte. Así, las
turbulencias son fractales. Así, el mundo formado desde la
espiral turbulenta está lleno de objetos indefinidamente
cavernosos. Lucrecio sigue siendo coherente bajo la mira de
Mandelbrot. Suave mari magno, de nuevo.
El hecho de que sea un atomista quien dé la turbulencia, y
que ésta esté formada de átomos y por átomos, lo confirman
los contemporáneos, quienes ven en la turbulencia un
fenómeno intermitente.

El mar se levanta con el viento. Oleaje amplio del océano,


o corto en el mar Jónico. Entre las crestas o las cabezas de
cresta, el agua no es lisa y suave, se frunce y se franja. La
risada imprime la brisa en el oleaje. Es una risa llena de
sonrisas, la sonrisa multiplicada de la gran algarabía, un rizo
lleno de risotadas, ¿habrá que decir sonrisada? ¿Cómo no
haber visto ya el viento o las turbulencias fractales, puesto que
eso se escribe cada día en grandes faldones de la llanura alta?
El fresco, la brisa, el grano franjado escriben en risada bajo
oleaje, en crestas sobre sonrisas, en el pergamino verde.
La turbulencia es una espiral, véase la física en su
nacimiento griego. Aquellos griegos eran marinos. El término
griego original en este asunto es una hierba, una retama, el
esparto con que desde siempre se trenzan sogas y jarcias,
El paso del Noroeste 111
guindalezas y meollares, el marino hace lo que toca y ve,
tuerce, trenza hilos, cabos de cabos, y así sucesivamente.
¿Cuántas vueltas para llegar a las fibras en un cordaje serio?
Un cordaje es fractal, es homeómero. Es así como resiste a las
fuerzas fractales, a las ráfagas. La turbulencia es una espiral:
eadem resurgo. De la trenza también puede decirse que
resurge de sí misma.

Ahuyente usted a los parásitos y volverán con más fuerza.


Resurgen indefinidamente de ellos mismos. Ahuyentad los
demonios, dice san Lucas.

Y ahora, tome usted el mapa de esa ensenada y ese cabo,


rada ferial. No es lo bastante precisa, dice usted, lo bastante
recortada. Entonces levante un mapa mejor, con una escala
más refinada. Todavía no me satisface, dice usted. Levante un
tercer mapa. Y así sucesivamente. Pronto, para la rada o la
ensenada, para el cabo o la península, habrá apilado un gran
número de grafos, número que puede crecer tanto como usted
quiera. Considere esa variedad hojaldrada, ese libro. Puede
usted, si acaso, barajar sus páginas, como cartas. Cada una de
esas hojas, dice usted, es una representación de la rada. Es
relativa, es falsa, y debemos desconfiar de ella. Sí, cierto,
sabemos eso desde que el mundo es mundo, o mejor desde que
el mundo levanta mapas. Pero, a propósito, ¿qué decir del
volumen infinito hojaldrado aquí presente? ¿Y qué decir del
recorrido transescalar que apunta todo recto a través del libro?
Tomo un punto en un mapa de cualquier grado, y procuro
encontrarlo de nuevo en el mapa siguiente, y así sin descanso.
Este recorrido es a la Péano o a la Von Koch, este recorrido es
una curva que construye todavía otro espacio al tiempo que lo
llena. ¿De qué otro modo nombrar esos procesos sino
transrrepresentativos? Es decir presentativos.
¿Y cómo nombrar esas nuevas variedades cuya dimensión
no es entera, como la de un punto, un plano o un volumen,
sino fractal? ¿Puede uno representarse espacios de dimensión
fraccionaria, entre el plano sobre el que se dibuja y el volumen
que se ve, se toca o se siente? El camino fractal de
representación pasa por estos espacios en que la cuestión se
pierde y se ilumina, es decir se resuelve.
Recordemos los conjuntos borrosos: la cuestión de la
pertenencia caía entre uno y cero y también la cuestión de la
Michel Serres 112
verdad. Aquí, la cuestión de representación flota igualmente
entre los valores enteros tradicionales. No corresponde al
orden de la decisión sino al orden del pasaje. Es el viaje de
Zenón. Lo que quería mostrar.
El paso del Noroeste 113

SEGUNDOS
PASAJES


Michel Serres 114
El paso del Noroeste 115

Obstrucción:
la
epistemología


Se puede dar vuelta en torno a la ciencia como en torno a


una cosa para percibirla mejor. No por ello se nos entregan la
ciencia o la cosa tales como son, pero al menos aprehendemos
sus múltiples perfiles.
Hará apenas veinte años, un único discurso se arrogaba el
derecho de hablar de ciencia: los manuales que lo sostenían se
titulaban lógica, vaya usted a saber por qué. La lógica antigua,
la de Aristóteles, de los estoicos o del Medioevo, es, en efecto,
una disciplina formal de larga vigencia; la lógica matemática,
la de Leibniz, Boole o Russell, es una segunda lógica; pero la
lógica en el sentido de los cursos franceses de filosofía, hasta
mediados de siglo, en el sentido de las oposiciones y de los
inspectores, lejos de ser una lógica no era más que una charla
de comentarista sin exactitud ni consistencia. Una charla, sin
embargo, que describía los resultados y métodos, suministraba
normas a las teorías y demostraciones, juzgaba el valor del
saber, trataba de fundar el conocimiento y concluía con una
moral que hoy nos haría reír si no fuera para llorar.
La situación de esta lógica, por más abusiva que ahora nos
parezca, no era, no obstante, tan extraña. Si, en vez de la
ciencia, usted coloca textos de literatura, si los comenta a la
manera en que dicha lógica discurría con suma seriedad sobre
teorías y métodos, obtendrá de pronto el curso de francés. En
él también se resume, también se escogen fragmentos, se
describe, se clasifica, se enjuicia y se acaba por moralizar. En
él se contempla la vida de los grandes hombres. Son cursos de
comentarios, cursos de explicación: por un lado, la crítica en
el sentido de Bayle y Richard Simon, la crítica en el sentido de
Immanuel Kant, deriva paulatinamente hacia un estado
lánguido y produce lo que se llama crítica literaria; por el otro,
la lógica, en los bellos sentidos de que hablé, termina en
aquellos manuales de preparación para el bachillerato. Lo
esencial aquí es preservar un oficio, profesionalizarlo
Michel Serres 116
mediante repetición y reproducción: quien no puede, quien
nunca pudo inventar un teorema, un protocolo, una
experiencia, quien no sabe, quien nunca supo escribir un
poema, un guión, un relato, puede y sabe, en última instancia,
explicar, comentar algo ya producido. O contar la vida de los
autores, o editar fragmentos escogidos y obras completas. O
describir las condiciones del descubrimiento. Así es como los
profesores, amparados contra todo riesgo por el espesor de la
crítica, matan decididamente toda creación.
La «lógica» era a la ciencia, teorías y métodos, lo que el
análisis lógico a la lengua y a la gramática. Principales y
subordinadas; hipótesis y conclusiones. Era el mismo
intitulado, el mismo tipo de operaciones, era la misma
pantomima de rigor. En ambos casos, se clasificaba elementos
de sintaxis. Con medio siglo de intervalo, impacientes por esos
esquemas, algunos buenos espíritus hicieron una pequeña
revolución de palacio: se trataba de sumergir en la historia
esas clasificaciones abstractas en demasía, de ahí un muy
logrado efecto de concreto. Así nació la historia literaria, así
nació, algo más tarde (o más temprano) la historia de las
ciencias. El objeto-texto es captado en el tiempo, el de su
autor, su clase, su grupo, su lengua y así sucesivamente, el
objeto-ciencia es captado en el mismo tejido o el mismo flujo.
Nuevo modo, del todo paralelo, de discurrir sobre dos objetos
perfectamente sustituibles. Muy pronto se nota, aunque todo
tiende a ocultarlo, que las polémicas suscitadas en y por la
historia de las ciencias reproducen aquellas que ocurrieron u
ocurren a propósito de las literaturas: papel y lugar de las
ideologías, súbita emergencia de escuelas o paradigmas,
determinaciones externas de núcleos sólidamente definidos,
independencia o no de determinados núcleos internos, etc. Vea
usted cómo se parecen los propios residuos: en ambos casos,
se acumulan condiciones necesarias sin que nunca se alcance
la suficiencia, en ambos casos todo se explica, salvo por qué
es bello, salvo por qué es verdadero. La historia de las
ciencias, la última nacida en el campo de las historias, a pesar
de la especificidad de su objeto, no se ha distinguido mucho
de todas sus predecesoras.
Todo sucede como si las opciones del comentario se
movieran muy poco por el cambio de lo comentado. El ritual
de los comentaristas es crasamente invariante, aunque el texto
a leer se extraiga de las Santas Escrituras, de las escrituras
ilustradas, geniales y laicas, de los archivos o artículos de
ciencias, aunque el objeto sea sagrado, bello, exacto, riguroso,
El paso del Noroeste 117
preciso, verificable o que sólo exista como huella, y marca.
Siguen peleándose más o menos por las mismas razones y
detrás de las mismas armas. Así usted encontrará sin dificultad
a los Richard Simon, Lanson y Brunetiere en historia de las
ciencias, a los Bayle y los Monsieur Langlois. Los había en
igual cuantía, y de las mismas escuelas, en la hermenéutica
sagrada o en la historia general. Al arrebatar el sitio a los
sacerdotes, los profesores adoptaron de inmediato su lenguaje,
y aunque los nuevos cabalistas hayan cambiado de pretexto,
no por eso cambiaron de costumbre. La misma distribución de
escuelas y puntos de vista se halla por doquier: aquellos que
formalizan, aquellos que prefieren historicizar, los de la
condición, los del número, los del sentido, los del discurso tal
como está escrito, los del signo, los del referente ... Desde la
enseñanza rabínica o las escuelas medievales cristianas hasta
el tratamiento docto de las historias, literaturas o ciencias,
cambian por cierto las cosas, pero quizá no las maneras de
darles la vuelta, las maneras de «aprehenderlas».
Se puede dar vuelta en torno a la ciencia. La «lógica» y la
historia son dos estaciones de ese recorrido. Pero ya hemos
aprendido que el viaje no es original, que muchos otros, que
daban vueltas en torno a un objeto muy distinto, ya lo han
hecho. Hay que saber también que esos puntos de vista son
compatibles entre ellos, pero quienes los sostienen son
inconciliables. Como decía Rousseau, los expertos tienen
menos prejuicios que el hombre de la calle, pero se aferran a
ellos con más furor. Nada más opuesto a un historiador que un
formalista, y a la inversa. Nadie más hostil a un teólogo que
otro teólogo, a un comentarista que otro comentarista. Cuando
no se inventa, ha de investirse la energía en alguna parte. La
excomunión y la herejía son conducta o estado de parásitos y
no de productores: ya existe un objeto y todo el problema
radica en ponerle la mano encima impidiendo que otro lo
haga. Si se tratase de producir el objeto, no habría tantas
polémicas. De hecho, se trata de «aprehenderlo», apropiárselo.
Cierto es que se da la vuelta al objeto: pero también, pero
sobre todo para saber exactamente por dónde cogerlo, por
dónde asegurarse su propiedad exclusiva. Los expertos o
especialistas tienden a volverse poseedores. El lógico habla de
ciencia, el historiador de la ciencia también, pero ninguno de
los dos la produce.
La situación interior del productor le prohíbe ver las cosas
globalmente, le quita tiempo para hacer algo más que no sea
Michel Serres 118
producir, le impide pensar en los fines de su estado y su
función. A este respecto, el positivismo, esa filosofía donde se
pregunta cómo y se evita el porqué, es la filosofía que se
vuelve necesaria en la situación del trabajador, del
investigador, del hombre de pruebas o de laboratorio. En
cambio, basta con escoger uno de los puntos de vista del
exterior para estar en situación de intervenir. En vez de
encontrarse en el grupo que está evolucionando, el
comentarista, a distancia, tiene tiempo, espacio, vista, está en
el proyecto más que en el producir. Lo llamo comentarista por
comodidad. Lo he visto lógico u hombre de historia. Pero
puede ser sociólogo, puede ser sociohistoriador. En tal caso
analiza la comunidad científica y las colectividades locales
que la componen como si de grupos o clases cualesquiera se
tratase. Cómo se forman y encuentran coherencia, cómo se
divide el trabajo, cuáles son las leyes de competencia que
asolan, qué tipos de desigualdades irrumpen en su seno, etc..
He aquí un nuevo punto de vista, una nueva captación mucho
más fuerte que las evidenciadas por el historiador, de los
períodos muertos, o por el epistemólogo. En efecto, ese
colectivo dedicado a la razón o que ostenta más bien el
monopolio de la definición de la razón, está a su vez inmerso
en el colectivo corriente. De él le llegan todas las
determinaciones concebibles e intenta, a cambio, otorgar
eficacia a su fuerza, a sus coerciones originales. A fin de
cuentas, se comporta como cualquier otro grupo, cualquier
otro grupo de presión. En el interior de este colectivo
corriente, y no excepcional, la toma de poder, la carrera de los
honores, la competencia, el sometimiento de los más débiles y
la exclusión de los marginales, son condiciones ordinarias que
sólo diferencian a los científicos de los demás hombres en el
hecho de que, a veces, éstas son más refinadas, más astutas,
más crueles. Que no sean bestias no significa que aquellos
hombres sean ángeles. Pero puede suceder que lo sean para
cubrir sus pasiones banales con razones teóricas sublimes: es
su lado sacerdotal o pastoral. Nada más usual para un
sociólogo, nada más prosaico para un novelista. El acceso a
los cargos superiores recompensa siempre a los más dotados
por la naturaleza o por el medio para el ascenso social, y raras
veces al mejor cualificado en su especialidad, de ahí pues dos
poblaciones: los que trabajan y no hacen más que esto, ésos
saben y son sabios, y los que administran y corren tras los
cargos, se reúnen y se unen, éstos gobiernan, sin saber nada
más. La situación interna reproduce la situación exterior. No
es para asombrarse del parecido entre los príncipes de la
El paso del Noroeste 119
ciencia y los príncipes corrientes del mundo. Tan incultos y
bárbaros, tan hinchados de suficiencia y de voluntad de poder.
La ciencia como colectividad traza un campo de fuerzas en lo
colectivo, y a su vez está atravesada por un campo de fuerzas
de esta índole. Al igual que un pueblo corriente por donde
pasean los acostumbrados profesionales del poder. Es
interesante, aunque del todo escandaloso a los ojos del lógico,
ver cómo se desprenden invenciones y resultados a lo largo de
esas líneas de fuerza. El viejo dogma inexpreso de la
independencia del saber exacto, riguroso, respecto a la historia
de su emergencia y a las relaciones, de aquellos que lo
producen, se topa con tantos contraejemplos como se quiera.
Pero también encuentra su contradogma reductor: para él, todo
el saber podría ser inducido o deducido de sus condiciones
sociohistóricas. A lo que puede replicarse lo que se debe
objetar a cualquier dogma: ¡hágalo pues! Induzca, deduzca
usted, no se detenga. Si aquellos que lo detentan fuesen
capaces de ejecutar en la práctica su teoría, he ahí que serían
inventores en historia de las ciencias y en ciencias. Créame,
eso se sabría. En ese sitio lloverían premios y medallas. Todo
el mundo acudiría allí donde la inteligencia hubiese sido, al
fin, trivializada. En suma, tan cierto como que la ciencia no
baja del cielo es que no se ha encontrado aún guía o mapa
alguno para la invención. Y la producción de conceptos sigue
siendo escasa. Pero, entre ambos dogmas, si no sé con certeza
por dónde pasa la ruta exacta, sé, en cambio, por dónde pasa la
del poder y la de lo operatorio. Basta con seguir las huellas del
hombre político, aquel que quiere apropiarse de un factor de
poder. Su práctica muestra que no cree en el dogma de la
independencia. Decide y financia aquí y no allí. Pues da por
descontado la obtención de ciertos resultados. Apuesta al
contradogma. No estoy diciendo que tenga razón, le veo
actuar. Le veo convocar expertos. Veo cómo los elije. Coge
unos cuantos Nobel para cartel, para que su reunión sea
plaúsible y legitimada, los rodea de consejeros y financieros.
La política de la ciencia queda en mano de los políticos, de los
sociopolíticos. Sé de algunos que fallarían en una de las cuatro
reglas. La ley de la ignorancia regresa una vez más. Podíamos,
a gusto, reímos de los epistemólogos que hablan sin saber, o
de esos historiadores que estudian la mecánica del siglo XVII
a falta de entender la del XVIII, esto no tiene secuelas, el
ridículo nunca mató a nadie, a pesar de lo que se diga; ya no se
puede reír tanto de los consejeros y ministros que afirman sin
pestañear que la ciencia es un asunto demasiado serio para
dejarla en manos de los científicos. ¿Y qué clase de seriedad
Michel Serres 120
es la suya? ¿Cuál es la seriedad de sus reuniones y sus
discursos? La de las estadísticas y del gancho de las finanzas,
las armas, la bomba y el apocalipsis. Gestionan, rigen,
financian, deciden, dirigen. Éste es el reto del poderío y del
poder. Todos los maestros dijeron siempre que la fábrica es un
asunto demasiado serio para que esté en manos de los obreros,
que la tierra es demasiado grave y pesada para los campesinos;
es el argumento de la esclavitud. Es el argumento del dominio.
Hay que saber ciencia para dominar el mundo, no es necesario
saberla para dominar la ciencia. Y así es como los que tienen
entre manos el dominio pueden ser fantoches o monigotes,
cuando en ese lugar peligroso se requerirían sabios entre los
sabios.
Cuando nos propusimos dar vuelta en torno a la ciencia, al
comienzo no se trataba más que de lenguaje. Me parece que
ahora puede entenderse por qué la disciplina de partida se
titulaba «lógica». Sólo era cuestión de lengua, en efecto, de
logos, y quienes hablaban de ella ostentaban el título y la
función de profesores. Nada más. Se hubiera podido —se ha
hecho, aún se hace— llevar la estrategia hasta la lingüística de
la ciencia. Estudiar sus discursos como discursos, refinar el
análisis del sentido, de las significaciones. Las escuelas no han
faltado en esto, hasta la semiótica. El paralelismo con el
comentario literario o con cualquier discurso segundo,
reflexivo o crítico, como vemos, se renueva. Todo el arte del
comentario se desplaza en bloque, al margen de lo comentado:
arte o ciencia, política o religión. En resumen, sólo se trataba
de lengua, o de hablar de la ciencia (respectivamente, de
cualquier otro objeto textual). No se trataba más que de juzgar,
a lo sumo, en valor de verdad o en términos de sentido. Pero
cuando los políticos o consejeros hablan de la ciencia (o,
respectivamente, de otros objetos) las apuestas se vuelven más
pesadas. Ellos organizan, financian, deciden. La cosa aquí es
demasiado seria para dejarla en manos de los profesores.
Así pues, el recorrido no sólo ha reconocido lugares
teóricos, disciplinas o instancias, sino que también se ha
encontrado con hombres: el lógico en el sentido tradicional,
moderno o contemporáneo, el lingüista y el analista, el
historiador en el sentido corriente, y así sucesivamente.
Supongamos pues la serie canónica de los comentaristas: cada
uno es a su escuela lo que un animal a su nicho ecológico,
dueño exclusivo, señor propietario, celoso y desdeñoso para
con el vecindario. Esto reproduce perfectamente las
El paso del Noroeste 121
situaciones usuales de la enciclopedia, imperio dividido entre
generales. De modo que quienes pronuncian el discurso
crítico no son muy distintos en su comportamiento de los
individuos o grupos que pronuncian el discurso directo. Pero
surge todavía una segunda serie: la antigua ciencia de las
ciencias se divide, de hecho, en lingüística, sociología,
psicosociología, historia, prehistoria, antropología, y qué sé
yo. En otros términos, el discurso segundo, crítico, no es
sostenido por una metaciencia, una instancia o colectividad
exterior a la ciencia, sino por una parte de ella misma, la que
solemos llamar ciencia humana. Y el discurso segundo,
reflexivo o crítico, quizá esté usurpado. Pues, ¿en nombre de
qué ésta u otra parte del saber se arrogaría el derecho de hablar
de todas las demás? Mejor aún, cuanto más estatuto científico
tiene la sociología de la ciencia, por tomar un ejemplo al azar,
tanto más es ciencia como aquella de la cual habla, y más se
puede reiniciar sobre ella la operación que acaba de intentar.
Muchas de las ciencias humanas, cuyo pórtico está atestado de
escombros, barren con esmero el umbral de las demás
ciencias, donde escasea desde hace lustros la basura. El vago e
inexperto discurso sobre la falta de exactitud o rigor de
saberes rigurosos o exactos es habitual y sin embargo nadie
puede clavar un clavo de hierro con un martillo de lana. No
veo ahí únicamente problemas de método. Veo sobretodo un
conflicto de facultades. En cuanto nacieron, dichas ciencias
humanas empezaron a ocupar el espacio de la enciclopedia. A
conquistar su lugar y sitiar los lugares vecinos. Cierto es que
en aquellos tiempos las ciencias naturales, por decirlo rápido,
eran dueñas de esos lugares. Dueñas del saber y dueñas del
mundo. Desde el Renacimiento hasta Renan habían
conquistado, con lucha de alto vuelo, todo el espacio. Lo que
ahora denominamos crisis del saber es este conflicto de
facultades Las recién nacidas acometen contra las ciencias
naturales, las interrogan, las critican, les piden cuentas. El
sabio héroe del siglo pasado fue el físico, hoy es el
economista. Fue químico o biólogo, ahora es jurista o
historiador. Ahora bien, si la física poco dice de la economía,
a la inversa se puede, se debe estudiar la economía de la física;
la bioquímica nada sabe decir del colectivo o de la historia,
apenas empieza a hablar de ellas, pero la historia o la
sociología de la química y la biología son inmediatas y
operativas. El conflicto, de repente, es asimétrico. Por un lado,
la crítica sólo se ejercita sobre su terreno autóctono, por el otro
la crítica es el ejercicio mismo del nuevo saber. El poder,
entonces, comprende de qué lado se inclina la balanza. El
Michel Serres 122
dominio del mundo es bien poca cosa comparado con el
dominio de los hombres. En los comienzos de las ciencias
naturales, se había anunciado para mañana el amo y poseedor
de la naturaleza. Al albor de las ciencias humanas, nadie grita
de espanto ante la idea del amo y poseedor de los hombres. Y
sin embargo, viene como vino el otro. Peor, se le espera. Tanto
más esperado cuanto que el dominio completo de las cosas del
mundo comienza a transgredir nuestras esperanzas, que no es
lo que Descartes había querido, lo que nuestra era clásica
había proyectado, cuanto que el mesianismo sansimoniano o
cientista hoy nos parece ingenuo y peligroso, que la ciencia
está fracasando en su vieja vocación civilizadora, que
Hiroshima no es un accidente fortuito, que el dominio racional
del mundo en nada modificó la servidumbre de los hombres
sino que la ha agravado, puesto que se ha convertido en su
instrumento. Las ciencias humanas nos hacen esperar el
dominio de este dominio. No sea usted ingenuo dos veces.
Considere, por el contrario, cómo el hombre político se forma
ante todo en la economía, la sociología y las estadísticas. Se
acerca a las ciencias humanas, en donde hoy yace el poder.
Vea usted el mundo después de tres siglos de saberes y
tecnologías físicas... ¿ Puede decir en qué estado se encontrará
el grupo humano después de tanto tiempo de ciencias sociales?
¿Después de que los dominadores hayan ejercido el poder en
nombre de ese saber?
Las ideologías, las teorías, las religiones, las ciencias han
acunado siempre nuestras esperanzas mientras cumplían una
función crítica; siempre fueron atroces en cuanto tuvieron el
poder. Lúcidas y generosas, primero, implacables luego. Esta
ley no tiene excepciones, hemos pagado lo suficiente por
haberla aprendido. ¿Por qué quiere usted que las ciencias
humanas sean, precisamente, una excepción?

¿Ha concluido el recorrido? No, tal vez apenas comience.


Hemos reconocido y encontrado hombres y grupos. Inmersos
en conflictos cada vez más acuciantes, con retos más
agobiantes, con problemas más graves. Raras veces la palabra
del profesor ha matado a hombres; la del político se
compromete a hacerlo, por definición, puesto que ejerce
exactamente la violencia legitimada. Mientras la ciencia sea
objeto de un discurso, el trabajo es una obra, un recreo, una
El paso del Noroeste 123
diversión, casi un arte; si se convierte en instrumento de
poder, ahí está la muerte.
Un lugar, entonces, permanece vacío, y aquellos que lo
ocupan siempre están ausentes. Ahí donde surge la pregunta
más banal y rara, la más apremiante y la más eludida:
¿porqué? O también: ¿para qué? No espere usted que aquellos
que hemos visitado en su nicho fijo la planteen jamás, con ello
peligrarían su oficio o su extorsión. Y sin embargo, hay que
decidirse a plantearla. ¿Qué hemos ganado con una empresa
iniciada hace ya dos milenios y medio en la luz griega de las
idealidades geométricas, reiniciada en el Renacimiento,
acelerada, exasperada, universalizada desde la revolución
industrial hasta el presente? ¿Hacia qué se dirige? ¿Y acaso
podemos orientarla? Si pudiéramos, si tuviéramos que
orientarla, ¿hacia qué objetivos? En otros términos, ¿qué
hacer? Liberación o muerte, independencia o esclavitud,
existencia o aniquilación: cuando se nos pregunta si hay que
darlas, intercambiarlas (suponiendo que nos pertenezcan,
suponiendo también que se nos permita dar o intercambiar),
más nos valdría saber lo que se da.
Trátase de finalidades. ¿Quién puede decidir sobre esas
finalidades? ¿Quién puede conocerlas? Todo concurre a cerrar
el lugar y expulsar a quien lo ocupa. Por la mera e interna
razón, primero, de que el curso de la ciencia es imprevisible.
Afortunadamente. Ningún método condujo jamás a una
invención. Más bien la bloquea. Cuando éste existe, explota
las posiciones adquiridas, acentúa el conservadurismo. Nadie
pues sabe hacia qué se dirige el descubrimiento. En la ciencia,
todo puede preverse, administrarse: la ganadería, las
oposiciones, la financiación, el correo, la jerarquía, las
aplicaciones, el secreto ... , todo salvo la invención, todo salvo
su propio genio. Eso es tan cierto que de ello se pueden sacar
buenas definiciones: el núcleo residual de la ciencia es
sencillamente lo que no se puede prever ni administrar; la
ciencia no es más que lo nuevo; habría que encontrar otro
vocablo para designar lo previsible, y para movilizar al mayor
número. En pocas palabras, ahí la invención resulta a menudo
desfasada respecto a la esperanza. Eso describe una historia, lo
que tengo ganas de llamar una verdadera historia, con sus
azares y sus circunstancias. Y que, por lo tanto, escapa a las
finalidades decididas. Pero todavía no se trata de eso. Aun
cuando la historia se congelara, la otra pregunta quedaría
entera: ¿por qué?
Michel Serres 124
Podemos en parte responder a esto. Podemos asignar
finalidad local. Claro está, incluso demasiado claro, que la
hidrodinámica y sus aplicaciones, sondeos y bombeos, pueden
suministrar agua donde no la hay, que la técnica de la vacuna
puede erradicar tal o cual enfermedad, que la química de abonos
puede mejorar el rendimiento de tal o cual cultivo hortícola, está
claro incluso que éstos son avances. No se necesita, para valorar
cosas semejantes, un moralista profundo o un sabio. Hay que
actuar, y rápido. Si no se tratase más que de cuestiones locales,
apenas se plantearían. No es el caso. Las finalidades locales se
combinan entre ellas de modo muy complejo, de suerte que el
dominio singular, aquí y ahora, se pierde y plantea problema.
Sucede a veces que de una solución nazca un nido de
problemas. Inclusive en los casos más favorables: agronomía,
medicina, física de suelos. Y aquí no contemplo las condiciones
reales, sociales, económicas, políticas de la solución. Digo
reales por tradición, quería decir humanas. Las condiciones
naturales, por supuesto, son igualmente reales. A fin de cuentas,
somos remitidos a la finalidad global. Es la que nos interesa. Y
es la que está en juego. Si bien es cierto que la intervención
científica ha contribuido sobremanera a transformar las
sociedades industriales, es dudoso que haya cambiado la
naturaleza de sus problemas fundamentales. No ha habido
menos masacres en la Europa docta del siglo XX que en los
mismos lugares, cuando estaban cubiertos por el antiguo
bosque. Todo sucede más bien como si la intervención
científica, a la manera de un coeficiente, hubiera acelerado su
carrera, reforzado su urgencia. Hubo muchas más masacres en
la Europa docta, más rápidas y sin errar el golpe. Todo sucede
como si la ciencia, cuantitativa, produjera más crecimientos que
transformaciones. La rana se vuelve una rana enorme, mientras
que su deseo era volverse buey. La cantidad crece, las
soluciones son más eficaces, pero los problemas aumentan en
vez de desaparecer, se trasladan en vez de ser resueltos.
Lo que acabo de escribir es discutible. Se puede discutir
pero no decidir. Eso equivale a decir que las finalidades globales
están fuera de alcance. ¿Quién puede juzgar, quién puede zanjar
la cuestión? Los que parecen faltar en el lugar vacío.
¿Moralistas? ¿Deontólogos? Títulos y personajes irrisorios, que
no sirvieron sino como máscara para la fuerza. Quien todo lo
tiene, también es dueño, como suele decirse, de su conciencia,
de la moral y de la razón prudente. Quien pudiera juzgar, quien
supiera decidir, podría combinar las finalidades locales y
dominar los procesos. Y este es el Dios de Laplace, de los
El paso del Noroeste 125
sabios y los filósofos. La pregunta ¿qué hacer? ¿porqué? en esas
materias como en otras, encuentra respuestas locales,
diferenciales, limitadas, no es integrable. No tenemos, quizá
nunca tendremos, respuesta global. El lugar vacío es el del
Saber Absoluto. El filósofo lo abandonó poco después del
teólogo.
El lugar vacío es el de lo Universal. Pedimos que se ocupe;
también pedimos que sea exterior a la ciencia, puesto que
planteamos la pregunta por qué, puesto que esta pregunta hace
del saber global un medio. Ahora bien, la ciencia era justamente
la que ocupaba este lugar de lo universal, sólo la ciencia lo había
conquistado, desde el advenimiento de la modernidad. Sólo ella
es universal, en su teoría pura y su lenguaje, logos matemático
comprensible de derecho por doquier, por doquier decible, sean
cuales fuesen las lenguas positivas, y por doquier persuasivo sin
violencia. Sólo ella es universal, por su práctica de un tipo de
real verificado, puesto que libera las propias leyes del universo,
bajo cualquier latitud. Así es como la vieron nuestros padres, así
es como la hemos creído. Y por ello el siglo XVIII europeo
celebró las Luces. Y por ello el siglo XIX escribió sobre el
Saber Absoluto. El Dios de los clásicos, el de los sabios y los
racionalistas ya no deposita en la historia más que uno de sus
viejos atributos, el Pensamiento. Lo Absoluto ya no lo es más
que bajo la especie del saber. Lo Absoluto no es más que la
Ciencia.
¿Cómo juzgarla, puesto que detenta el último lugar, desde
donde todo se enjuicia? Ella lleva pues en su flanco sus propias
finalidades (es decir las nuestras). Ella piensa, dice lo cierto,
sabe, como se dice, adónde va. Y por lo tanto, nos guía. El
cogito pasa del individuo al saber. Si bien la Historia, con sus
determinaciones, sigue siendo su condición, eso no cambia
mucho las cosas: la historia misma comporta sus propias
finalidades. El optimismo de nuestros predecesores románticos
cabe en una palabra, el Movimiento. Nunca se vio movimiento
alguno que no conlleve su propio fin. Un sistema global, como
el Saber o la Historia, lo es en tal medida que no posee ninguna
referencia exterior. Y es, por consiguiente, autorreferenciado.
Lleva pues en sí mismo su finalidad. Los fines están implicados
en el propio movimiento, en el saber mismo, en sus
transformaciones, en las transformaciones de la historia. Y eso
es exactamente lo Absoluto. Nuestros padres no sólo inventaron
el movimiento perpetuo, sino también el movimiento absoluto.
La emergencia de las ciencias humanas y el conflicto de
facultades resultante asestó un golpe mortal a un optimismo
Michel Serres 126
que puede llamarse laplaciano. El presente de la ciencia es
asaz conforme con lo que preveía Renan cuando escribió su
Porvenir. Pero no sólo se trata de Academia, o de ideas muy
puras. Hay que reconocer que la economía ofrece más medios
para conducir y engañar a los hombres que la física o la
química. La retórica del poder ha perdido sus cartas para ganar
sus cifras. El príncipe del día ya no pide sus luces a Newton
más allá de Maupertuis o Voltaire, sino a la sociología en el
sentido de Auguste Comte. Es positivista, rodeado por
positivistas. Esto revela su época. Así son por doquier. Ello les
permite sobre todo no plantearse nunca la pregunta por qué,
sino siempre, indefinidamente, la pregunta cómo. La política
es positivista, también ha eliminado toda finalidad. No sabe
qué hacer ni por qué, sabe (?) cómo funciona. La política de la
ciencia, en particular. Pero todo el mundo sabe ya que no es
porque eso ande que uno puede fiarse ciegamente de aquello
hacia lo cual eso anda. La política, no hace mucho, preveía un
poco. Ahora, gana tiempo. Gana seis meses, o tres semanas, o
el fin de semana. ¿Sobre qué pérdida gana esos días? ¿Sobre
qué pérdida irremediable?

Antes de que se le expulsara de su lugar, el Saber


Absoluto nos había dejado en herencia, y como fruto de su
paso en el espacio de nuestras esperanzas, un segundo atributo
del Dios de los clásicos, la infinita potencia, el Arma absoluta.
Lo universal como saber había generado lo universal como
poder, o sea como destrucción. En tanto el primero
permanecía inalcanzable, el segundo se volvía alcanzable. Y,
sin embargo, a este último no se le expulsa tan fácilmente de
su lugar como se hace con una sencilla idea de filósofo o de
sabio. Muy al contrario, es este absoluto, el último en
aparecer, el que nos expulsa del futuro, contra el cual los
príncipes de este mundo intentan ganar tiempo.
Ya no podemos ocultarnos que el futuro pertenece a la
destrucción universal. Ahora el saber ha vuelto transparente su
finalidad. Esta no se veía en los tiempos de optimismo, era lo
ignoto de la ciencia, era precisamente lo que volvía absurda la
idea de Saber Absoluto. Al legar al poder su universal, la
ciencia ha vuelto absoluta la violencia. En esta cosa, en este
objeto: el arma absoluta, concurren la ciencia y la potencia.
Ahí está, ante nosotros, es nuestro futuro. Ella es ese dios de
los contemporáneos que prohíbe, amenazándonos con sus
rayos, que jamás planteemos la pregunta ¿para qué? Sí, para
El paso del Noroeste 127
eso era. Para someternos a este dios, que por fin puede
llamarse el Mal radical, por emplear todavía la lengua de los
clásicos. O, simplemente, la muerte.
Desde entonces, pululan los lugares en torno a la ciencia.
El del teólogo que lee por doquier los atributos de los viejos
dioses monstruosos, el del metafísico que hoy sabe del peso de
los antiguos juegos sobre lo absoluto y lo universal, el lugar,
en fin, del filósofo según Los Álamos.
Éste habla con prudencia del saber. Ha perdido confianza.
Ha perdido confianza en aquellos que hablan del saber y en
aquellos que lo administran. Ha perdido confianza en sus
propietarios. De ellos, la ignorancia es el defecto menor y la
voluntad de poderío su exceso corriente.
La ciencia ha empujado al poder hasta los últimos límites
de su lógica. Hoy día los déspotas universales son paradójicos:
sólo pueden serlo con la condición de su destrucción. La
historia entera vacila y retiene sus novedades ante ese muro
incontorneable. Al pie de este muro todos somos esclavos, sin
distinción de etnias, continentes o culturas. O bien, con
relación a ese futuro, lo más desarrollado no es, en verdad,
sino lo más avanzado, como decimos de las frutas y de las
carnes.
Ahora veo lo que hace obstrucción al paso hacia lo global.
Me salta a los ojos.
Michel Serres 128
El paso del Noroeste 129

Historia
de
las
ciencias











Consideremos un muelle y señalemos que Turgot lo
consideraba en estos términos: «Ocurrirá con la fertilidad de la
tierra como con un muelle que uno intenta tensar cargándolo
con pesos iguales. Si este peso es ligero y si el muelle no es
muy flexible, la acción de las primeras cargas podrá ser casi
nula. Cuando el peso sea lo bastante fuerte como para vencer
la primera resistencia, veremos cómo el muelle, de un modo
sensible, cede y se dobla; pero cuando se haya doblado hasta
cierto punto, resistirá más a la fuerza que lo comprime, y un
peso cualquiera que lo hubiera doblado una pulgada ya no lo
hará doblar más que media línea. El efecto disminuirá así más
y más. Esta comparación no es del todo exacta pero basta para
dar a entender mi idea: cuando la tierra se acerca a lo máximo
que puede producir, un gasto muy elevado aumenta sólo muy
poco la producción.» Olvidemos la tierra y la agricultura, al
menos de momento, y conservemos el modelo mecánico y su
ley aproximada que denominamos el modelo y la ley de los
rendimientos no proporcionales, desde las Observations sur la
mémoire de Saint-Péravy.
He ahí una máquina, descrita en la era de las máquinas y
los equilibrios estáticos. He aquí ahora un motor, para la era
de los motores. Es bien sabido que, al alcanzar una velocidad
determinada, un gasto de carburante que lo hubiera elevado al
régimen de un intervalo tal o cual ya no lo eleva más que una
leve parte de este intervalo. Una vez más disminuyen los
efectos al crecer los gastos. El rendimiento no es proporcional.
Para un modelo dinámico, y tal vez termodinámico, nos
aproximamos a una circunstancia semejante. Podemos trazar
una primera curva de rendimientos llamados decrecientes.
De buen grado llamo a la aeronave Concorde un final de
serie. En el supuesto de que quisiéramos ir más rápido, pronto
deberíamos expulsar a todos los pasajeros para dejar lugar a
los tanques de queroseno. Dicho de otro modo, para adquirir
Michel Serres 130
un poco de velocidad hay que consentir mucho más gasto. Y
este «un poco» decrece mucho, cuando este «mucho» crece
enormemente. A lo sumo, transportaremos de manera óptima,
con la condición de no transportar nada en absoluto. Y esto es
lo que sucede en la aviación militar, mucho más rápida y
avanzada que su homóloga civil, pero que no lleva nada más
que un operador y la muerte. Es sabido que en pro de la
muerte ningún sacrificio se rehúsa. Así, el Concorde no puede
tener hijos, al menos de descendencia directa, a causa de una
relación de máximo a mínimo. Este utensilio sólo progresa
con la condición de que olvide su utilidad y borre
paulatinamente aquello para lo que está hecho. Que funcione
por funcionar. O para ser vector de muerte. Esterilidad o
guerra. Es sabido que, en materia de producción militar, ya no
cuentan la rentabilidad, el rendimiento. La contrapartida, por
desgracia, es menos sabida: cuando un rendimiento decrece en
grado sumo, la producción se lanza entonces hacia la muerte,
y ya no interesa más que al arte militar.

¿Es general la ley Concorde? Supongamos que, en una


ciencia determinada, por ejemplo las matemáticas,
quisiéramos demostrar un teorema fino, una conjetura antigua,
probable pero hasta ahora dejada sin prueba. Supongamos
también que, para establecerlo, tuviéramos que construir una
tecnología muy pesada, tal vez nueva pero muy compleja y
difícil, y sobre todo exclusivamente destinada a dicha
demostración. Se produciría un gasto máximo para un
rendimiento local. Esto ha sucedido, al contrario de ciertas
épocas en que un método relativamente sencillo devoraba en
un santiamén inmensas áreas de la disciplina. Y se trata, una
vez más, de un teorema Concorde.
Consideremos la inversión de lo máximo y lo mínimo. Al
comienzo de una generación —empleo este término a
propósito por sus múltiples sentidos—, muy pocas ideas, muy
pocas hipótesis, o un modelo con un mínimo de complejidad
producen un máximo de rendimientos en un tiempo muy corto
y procuran con igual rapidez la adhesión de los investigadores
(volveré sobre este último punto). Desde entonces, el
rendimiento es excelente. Leibniz decía que la creación del
mundo tuvo lugar según esta ley del mínimo de gasto para el
máximo de efecto. Hablaba como teólogo. Si traducimos esta
ley científica, devolviéndola a su lugar de origen, la ciencia,
El paso del Noroeste 131
vemos de inmediato que hay que decir: cuando existe esta
relación de máximo a mínimo entre unos resultados y la
tecnología que los hace factibles, entonces y sólo entonces hay
creación. Y dado que sólo se usa este término para la relación,
por completo indeterminada, entre la producción del Todo y lo
dado de Nada, nos limitamos a decir: invención, sin darle
mucho peso a esta palabra. Dicho de otro modo, el comienzo
de una generación es asimismo ese lugar donde la curva de los
rendimientos se encuentra lo más cerca del eje vertical.
Poco a poco la curva tiende a arquearse. Pasa a través de
una fase media, en la que el gasto crece para resultados aún
importantes. Debe entenderse el gasto en todos los sentidos
posibles: no sólo la metodología o la tecnología, su
complejidad en cuanto al número de elementos en juego y sus
combinaciones, sino también la masa de investigadores
movilizados, el volumen financiero invertido, el tiempo
dedicado a este trabajo. etc. Asimismo, hay que contar como
resultados no sólo la explicación, la aplicación y la
publicación, sino también, quizá, y volveré a hablar de esto, la
parte del público interesada, o apta, si acaso, para comprender
su perfil. Su importancia decrece como el rendimiento. La
curva, entonces, se aplana mucho y se dirige hacia lo que he
llamado finales de serie. Sigue creciendo, pero más lentamente
que cualquier función potencia. El esfuerzo se maximaliza
para una fecundidad decreciente, y en esta generación como
en esta referencia, deben de consentirse unos costes cada vez
más fuertes para obtener rendimientos cada vez menos
relevantes. No por ello el proceso se detiene; otras coerciones,
y a veces de las más fuertes, pueden hilar su perpetuación.
Cuando el número de investigadores ha aumentado mucho,
cuando una o varias instituciones se han organizado para
explotar el filón, cuando una jerarquía se ha impuesto por la
cizaña, la inercia de este movimiento es enorme, y sirve de
relevo a la dinámica inicial. Todo induce a proseguir un
camino que se ha vuelto estéril por la inversión de la relación
motora máximo-mínimo. Y la ideología es esta misma inercia,
O, por lo menos, su discurso.
La curva propuesta indica las producciones en ordenadas.
Contabiliza, en las abscisas, el conjunto de sus condiciones. El
término condición disimulaba un verdadero problema al
impulsar el análisis hacia una lógica en la que difícilmente se
diferenciaban suficiencia y necesidad, hacia una lógica lineal
en todo caso. En cuanto se despliega este intento de
evaluación sobre un plano, vemos cómo varía esta lógica y la
Michel Serres 132
propia eficacia de las condiciones. Ya no nos contentamos con
regresar a lo condicional, lo cual nunca es decisivo para lo
condicionado. Ahora bien, estos varían juntos, y de manera
paradójica, puesto que el primero crece y el segundo decrece.
Y la curva puede denominarse curva de las condiciones de
producción.

Este modelo extremadamente sencillo y escogido con


desenfado da cuenta de una cantidad de cosas, al menos, para
empezar, en historia de las ciencias y las técnicas. El explicar
el progreso por un decrecimiento tiene su chispa. Si volvemos,
una vez más, a la revolución copernicana, debemos admitir la
múltiple pesadez del modelo tolemaico final, y el alto costo
que se requería de esa empresa para salvar los fenómenos. A
cada acontecimiento local, por una circunstancia de detalle,
casi por cada observación, se le había de sumar un nuevo
álabe, un nuevo excéntrico y otro epiciclo, y volver a poner el
sistema en obra. Lo puntual llevaba a retomar las cosas en su
conjunto. El sistema global cambiaba de forma en cada
ocasión: trabajo máximo, puesto que cada vez se comprometía
el todo por un mínimo de explicación, la cual, esta vez,
concernía a lo local. La curva de rendimientos decrecientes se
situaba entonces en su última fase. Con la llegada del
heliocentrismo o su retorno, dado que ciertos griegos lo habían
propuesto, una sola idea, un modelo sencillísimo, hizo notar,
como decimos, la diferencia. Ahora bien, esta diferencia es
enteramente contable. Es, aquí, relación de lo uno, enunciado
como hipótesis, y de lo múltiple en cantidad, aquellos
fenómenos que se han de salvar. La relación se invierte
respecto a la diferencia tolemaica: el único fenómeno a salvar
mediante una rectificación de la multiplicidad del sistema. Tal
diferencia se vuelve motriz, y el dinamismo del nuevo modelo
es muy fuerte, aun cuando se sigue planteando el problema de
su fidelidad a las cosas. Sabemos cuánto tendieron a perpetuar
a Tolomeo las imposiciones socioculturales. Me inclino menos
a pensar en una perversidad ideológica singular, que nos
halaga porque ciertas polémicas siguen abiertas para algunos,
según la época, que en un proceso totalmente corriente, el cual
siempre y por doquier se reencuentra en las fases terminales
de la curva. Una masa excesiva de personas, intereses,
poderes, está involucrada en el asunto. Si los resultados
objetivos, por así decirlo, son, de hecho, escasos y caros, el
edificio que los administra y los parasita es enorme. Hasta
podría denominar a esta tercera fase parasitismo y
El paso del Noroeste 133
administración. Un inmenso edificio, incluso si ya no sirve de
nada, exige perpetuación por su misma enormidad. De él
dependen demasiados buscavidas. Hoy, como todo el mundo,
sé de instituciones que hace mucho se despidieron de su
fecundidad, inútiles, estériles, pero también de la dimensión de
la Iglesia de aquellos tiempos, y que perpetúan con fuerza y
sutileza la producción de discursos perfectamente
improductivos. La defensa del universo tolemaico se hace
menos por oscurantismo que por «economía». El parasitismo y
la administración no son más que soluciones, malas pero
existentes, al problema del paro. A veces bastan algunos
trabajadores para salvaguardar las apariencias. Todos, efectos
corrientes de la explotación. Para resumir: se sabe que la
ciencia clásica se desarrolla con suma rapidez en el camino
copernicano, desde Newton hasta Laplace. Newton está en la
primera fase, y es la explosión, Laplace está en la segunda, y
es el equilibrio construido. Pero se sabe menos que el
problema de los n cuerpos, desde el caballero de Arcy hasta
Poincaré, lleva la curva a su última fase, la complejidad
máxima. Y volvemos al golpe a golpe: como testigo, la
trayectoria de las naves del espacio. De ahí, las tablas de las
que podemos decir que se parecen en mucho a las alfonsinas,
o toledanas. Cierto es que la revolución copernicana no murió
de eso pero sí llegó al final de serie respecto a la fecundidad.
Si no hubiese sido por el relanzamiento de los militares, y la
solicitación de fondos para las armas y para la muerte,
podemos preguntarnos si todavía los astrónomos se hubiesen
interesado por el antiguo sistema del mundo. Estos se
abalanzaron en tropel sobre las cuestiones de astrofísica, es
decir a otro lugar, sobre un problema distinto y un proceso
totalmente nuevo. Y, precisamente, esta ciencia de relevo debe
concluir en este momento su primera fase. Así, la sencilla
curva de rendimientos decrecientes expresa bastante bien el
triple desarrollo de la astronomía en un largo intervalo, y los
tres renaceres que la escanden: Tolomeo, Copérnico-Newton y
la astrofísica.
En la historia de las matemáticas, si se efectuara una
valoración global de la relación entre métodos y resultados,
debería construirse la misma curva. La ciencia griega utiliza
como instrumentos las relaciones y proporciones. Por medio
de eso que le servía de álgebra, ésta explora el campo de una
geometría. De ahí nace una floración de resultados, de Tales a
Euclides, pero se observa también con toda claridad cómo, a
medida que nos acercamos a los últimos textos, crece la
Michel Serres 134
dificultad: para un teorema un tanto fino y sofisticado, la
demostración requiere un gran número de mediaciones, una
cadena de proporciones de tal longitud que no es, por parodiar
una frase demasiado celebrada, ni sencilla ni fácil. El
rendimiento de la razón griega decrece. La geometría helénica
se pierde en las arenas por esta caída esencial de eficacia.
Descontando a algunos destacados genios, desaparece en el
comentario, él mismo extremadamente complejo. Después de
Proclo, se hubieran, tenido que cerrar las puertas de la escuela
de Atenas. La aparición de nuevos métodos permite resolver
los mismos problemas con menos gasto, y a continuación
plantear nuevos recorridos. He aquí la geometría algebraica o
cálculo infinitesimal. Nueva explosión, en la era clásica, en la
que se amontonan los resultados; le sucede la madurez del
siglo XVIII, hasta Euler y Lagrange. Muy poco después,
Galois describe el estado de las cosas en términos de desorden
y dificultad para ir más allá. La matemática clásica se perdía
de nuevo en los rendimientos decrecientes. El hecho de que
continúe en su avance durante más de cien años no impide
que, desde Gauss y Abel, se encuentre en posición de salida
otra generación cuya madurez conocimos en el siglo XX.
Ahora bien, al leer hoy en día ciertas novedades en que la
tecnología vence, y de lejos, frente a resultados ya alcanzados
y conocidos, o, por lo menos, conjeturados, se evoca acto
seguido a los geómetras griegos posalejandrinos. Para no
multiplicar sin necesidad los ejemplos, basta con examinar el
estado contemporáneo de la física para admitir que ésta se
encuentra en la fase extrema de rendimientos decrecientes: la
inversión es enorme, aplastante la literatura, pero la historia
marca el paso.

La primera parte de la curva es, históricamente, tan clara


como la última. Todo el mundo reconoce sin dificultad a los
genios epónimos, Copérnico, Galois u otros, que irrumpen
bruscamente en la complicación y esterilidad de los modelos
con excéntrico o de un álgebra que jadea. Estos grandes
epónimos son, por supuesto, prosopopeyas. Todo el mundo ha
descrito esas revoluciones, sin tener en cuenta, a veces, la
inercia de anteriores generaciones, sin medir, a veces, la
amplitud del salto. Este puede ser nulo, puede ser inmenso.
Puede que exista y puede que no. Entre el último griego y el
reinicio de los clásicos, e incluso teniendo en cuenta la
aportación árabe o helenística, el foso excede el milenario. Por
El paso del Noroeste 135
el contrario, las fallas marcadas por Copérnico o Abel y Galois
tienen una amplitud nula, ya que la antigua generación persiste
largo tiempo antes de que toda la invención posible acarreada
por las nuevas estrategias se vuelva productiva, incluso
patente o eficaz. Los casos, referidos por doquier, de Mendel
olvidado o de Wegener despreciado, lejos de ser
excepcionales, son corrientes. Ocupan un foso colmado por el
continuo de la antigua curva. Y la transformación se encuentra
diferida. A veces porque la novedad no es todavía decidible y
no, como se ha dicho a menudo, por la necedad o la maldad de
los hombres. Es el caso, en efecto, de Copérnico, o el de
Wegener. Tuvo que esperarse el advenimiento de la óptica en
un caso, y el del paleomagnetismo en el otro. De ahí el tiempo
de latencia que separa a Copérnico de Bradley, a Wegener de
Fred Vine. Hay ahí como un corte colmado, como un
recubrimiento inicial. Si usted elige un modelo discontinuo, se
muestra ciego ante Tycho Brahe, Descartes y Leibniz, lo cual
no es poco; si opta por lo continuo, permanece víctima de la
apariencia, pues el encabalgamiento de las curvas puede dar
un perfil casi plano. La visión recurrente en la curva de última
fila puede deslizarse en superficie, o, por el contrario, ir en
busca de un inicial sepultado. Hasta podría decirse que la
excepción se vuelve regla, y que la invención es siempre
subyacente. Nunca ocupa la rampa de lo visible. En los puntos
de unión, lo que se ve es la emergencia de la nueva curva. Y,
en general, se señala o se ilustra al antecesor por un fenómeno
de remisión. Vine remite a Wegener, Bradley a Copérnico,
Bourbaki a Galois y así sucesivamente. Cabe señalar, no
obstante, otro tipo de encabalgamiento. Si consideramos la
distancia del primer tipo, aquella que separa, por así decirlo, a
los últimos geómetras griegos de los primeros clásicos, se
observa un foso gigante. Sin embargo, lo muestro en otra
parte, el Renacimiento, hasta Galileo incluido, es arquimédico
de cabo a rabo. Como si en el ocaso del recorrido griego
Arquímedes explotara la geometría hasta los confines de la
mecánica, como si, en el recomienzo del siglo XVI, los
mecánicos de Occidente retomaran a Arquímedes en otro
terreno que el de la ciencia pura. La solución de continuidad
linda con la cronología, la conexión linda con el cruce de
disciplinas. A la inversa, por recurrencia, nos vemos forzados
a reconsiderar algunas físicas antiguas. De ahí el resultado
bruto: la vieja problemática de lo continuo o discontinuo, en
historia, nunca es pertinente. Esto depende de la medida: si la
separación o el salto es nulo en un sentido horizontal, puede
Michel Serres 136
ser inmenso en sentido vertical y si en el primer caso es
inmenso, puede ser nulo en el segundo.
Al igual que se suelen analizar casi por doquier estas dos
partes de la curva considerada, se suele también desatender un
poco la segunda fase. La caracterizaría de buen grado como la
edad de los grandes tratados. La distinción de Kuhn entre los
manuales escolares y los actos originales, procedente en línea
recta de Auguste Comte, y sobre la que descansa el
aprendizaje del paradigma, o sea del estado en sentido
positivista, pasa por alto el gran tratado. Los Elementos de
Euclides, así como la Mecánica analítica de Lagrange, no son,
ni de lejos, manuales en sentido pedagógico; y tampoco son,
ni tan de lejos, originales que entregan, recién salida, una idea,
una teoría o una hipótesis. Para ser exactos, presentan
Recapitulaciones, en las que caben tanto lo arquitectónico
como la invención, en las que la ordenación de un segmento
de historia es tan importante como la novedad. Son
monumentos, en las dos acepciones del término, admirable
construcción y huella de toda una época. La historia de una
ciencia está sembrada de esos grandes tratados. Su
distribución es significativa. Siempre se sitúan en la segunda
fase de la curva, cierran la primera y anuncian la última. Es el
momento de la síntesis, o de la sinopsis, de dogma y de
tiempo. Es el momento de calma entre el flujo y el reflujo, el
equilibrio alcanzado antes de la inversión de las tendencias.
Durante la primera fase, pocas tesis producen grandes
resultados, durante la tercera, muchas inversiones
proporcionan unos pocos efectos, aquí, en este medio casi
diagonal, el gasto compensa lo adquirido y recíprocamente.
Los actos originales forman el material de aquellos edificios,
de ellos se extraen los manuales escolares, como calderilla. De
ahí su especificidad de presentación: ofrecen la ordenación,
retórica, deductiva, coherente, del espacio renovado por. el
momento de la invención y de la historia así producida. Es allí
donde debe leerse un estado de la disciplina, en el verdadero
sentido estático de ponderación entre el movimiento
acelerado, a la izquierda, y el movimiento retardado, a la
derecha, o de equilibrio, o de régimen, o de vagancia, entre la
formación del motor y las limitaciones de contención; estado
de equilibrio entre dos separaciones; es ahí donde debe leerse
el paradigma, que entonces ya no es una noción vaga, en
contra de lo que el término significa; sino que es simplemente
un libro. Mostrado, publicado, a plena luz. Si no temiera el
El paso del Noroeste 137
pleonasmo, escribiría de buena gana que ahí se lee la
disciplina en estado de sistema.
Claro está, la posición del gran tratado en el recorrido de
la segunda fase puede variar según la disciplina, el momento
de la historia e incluso el acabado de su construcción. Las
tablas alfonsinas o toledanas que recapitulan globalmente la
época tolemaica son utilizadas en el siglo XIII (1252) e
impresas sin interrupción hasta el Renacimiento, tales como
las dejó Isaac ben Said. Pero la Mecánica celeste de Pierre
Simon Laplace corona y culmina la época copernicana y
newtoniana. Laplace precede por poco a Herschell con su
análisis espectral y la entrada del universo en la astronomía.
Así, lejos de Tales u otros precursores, los Elementos de
Euclides son una construcción posclásica y bastante próxima
del fin, y sin embargo muy alejada del encuentro de un nuevo
modelo. Por el contrario, el gran tratado de Lagrange sobre la
Teoría de las funciones analíticas puede considerarse casi
contemporáneo del nacimiento de las matemáticas llamadas
modernas, en el intervalo Gauss-Galois. Pero, también por el
contrario, la Mecánica analítica, recapitulación deductiva e
histórica de lo que se denominará mecánica clásica, dista
bastante de la relatividad o de los quanta, aunque esté próxima
a Carnot y la termodinámica. ¿Por qué no decido? ¿Quién
pondrá de manifiesto la distancia entre Bourbaki y su
reconstrucción de las matemáticas modernas, empresa asaz
lejana de sus precursores, y el momento en que todo se
reconsiderará a partir de nuevas bases? Parece, no obstante,
que esta torre inacabada no se encuentra muy distanciada de la
fase de los rendimientos decrecientes, cuando se recorre el
mismo movimiento. Vemos cómo el gran tratado se desplaza
ligeramente en la fase media, con relación a la emergencia de
una curva totalmente nueva.
Todo esto clarifica los acostumbrados debates sobre el
momento de una revolución. Pues el gran tratado presentifica el
estado, hace existir el paradigma, lo muestra y lo demuestra,
logra desde entonces formar escuela. O, si se quiere, la escuela o
el grupo lo produce aunque la causalidad siga siendo cíclica. El
gran tratado es la teoría de la revolución, su Biblia. Pero la
Biblia no siempre se escribe en momentos de revelación. Puede
ser largamente ulterior. ¿Quién empieza? Tales, por ejemplo.
Pero siempre se escribe como si Tales hubiera leído a Euclides,
o como si Galileo tuviera en mente el movimiento lagrangiano,
o como si Galois hubiese formado parte del cenáculo de
Bourbaki. Con razón hablaba Bergson de movimiento
Michel Serres 138
retrógrado de lo verdadero o de historia recurrente: Wegener
ya no existiría sin Vine, Smith o Le Pichon, no habría Tales
sin Euclides. ¿Quién empieza? ¿Pero quién empieza qué? Sin
duda Euclides comienza la geometría euclidiana, pero, de ese
modo, señala a Tales como el iniciador. No sólo es una
historia intelectual. La curva de los rendimientos decrecientes
marca en abscisa el gasto, o el esfuerzo invertido. He aquí que
puede calcularse en número de hombres. Al comienzo, en este
origen, que por otra parte no es más que el origen en el sentido
del modelo matemático —es únicamente sobre él que estoy
reflexionando en este momento—, al comienzo, digo, ese
número es próximo a cero. En el límite, existe. un hombre
solo. Wegener está solo, al igual que Tales, Carnot, Galois u
otros. Solo en la muerte que encuentra en Groenlandia, en casa
de Esquirol, de una estocada, o de su propia mano en la orilla
del Adriático. No hay ni un ápice de romanticismo, allí,
contemple usted la curva, no se trata más que de crecimiento.
Wegener está completamente solo. Du Toit es su discípulo. Ya
van dos, luego tres. Carnot más Mayer. Prosiga usted. En el
momento de Platón, luego en el momento de Euclides, aquello
forma escuela. Entonces ocurre lo que se quiera, la dinámica
de grupo, la política. Lagrange vive en el Louvre, Laplace es
senador, Fourier tiene una prefectura. Es la época de los
barones. Está la escuela activa y productiva, y luego los
puestos. El gran tratado hace las grandes poblaciones. Grandes
escuelas y grandes universidades. Es la época de las
instituciones, el saber se mira hacer en vez de hacer, se
parasita, se jerarquiza, se burocratiza, complejo, enorme,
derrochador, derrochador para subsistir, ya no produce mucho.
Se celebra a sí mismo y organiza su celebración. Se reúne para
elegir presidentes. Los parásitos de la ciencia hormiguean en
torno a la invención. Entonces, si queda alguna esperanza, es
que la ciencia productora y viviente se sitúe fuera de la
ciencia. Supongamos que se deba encontrar un individuo que
no esté formado, bien formado por la fábrica, el monopolio o
la administración. La novedad, entonces, procede del bárbaro.
Visto desde la fase institucional, el precursor, entonces, ocupa
el lugar de un santo, un genio, un héroe. Lo patético, entonces,
procede de la religión. La población, hinchada en grado sumo,
concelebra a su propio profeta. De hecho, ¿qué hubiese sido
de ella sin él? Y, a la inversa, ¿qué sería de él sin ella? Es el
número creciente que produce su historia y su ideología, como
se suele decir. Nos percatamos de que se considera a Galileo
por ejemplo como a un Mesías. Un mesías antimesías, claro,
El paso del Noroeste 139
como todos. El que hizo frente a la Iglesia. Pero es otra Iglesia
la que lo canta y lo inmortaliza: una determinada apoteosis
ahuyenta a otra. Ahora bien, al hacerlo, expulsa de su seno a
algún otro salvaje o bárbaro que puede, llegado el momento,
constituir un nuevo mesías muy adecuado. Lo grave, y creo
que puede ocurrir hoy en día, sería que la Universidad
respondiera de golpe a su nominación: que ésta se volviera
universal, como la Iglesia de antaño se quería católica. Ya no
tendría exterior. Ya no habría ciencia fuera de su institución,
acondicionaría en su funcionamiento a las fuerzas de
oposición y disidentes. En cuanto que el revolucionario
funciona, aclimatado, en el interior, su energía no trabaja más
que para la perennidad de la institución. Es funcionario. La
dinámica global del proceso se encaminaría pues hacia su
extinción, dada la imposibilidad de encontrar a uno cualquiera
del otro lado de sus bordes. Se fundan potentes instituciones
para criticar a las instituciones. Llegará el día, cercano sin
lugar a duda, en que buscaremos con angustia a alguien que no
sea instruido, o que lo sea de modo muy distinto: tan potentes
y monótonas resultan las multinacionales del pensamiento.
En resumen, todo sucedería como acabamos de decirlo si
se supone que no hay ciencia. El movimiento global no es
específico de su historia. Es sociología corriente, dinámica de
grupo o historia de las religiones. La curva canónica de los
rendimientos decrecientes deja ver un notable desdoblamiento.
En ella decrece la invención y crece el gasto. Esto significa,
con exactitud, que decrece la ciencia y crecen juntas todas las
determinaciones propiamente sociales u otras, que estarían ahí
lo mismo que si se tratara de cualquier otra cosa. Mucha
ciencia aleja de estas últimas, poca ciencia conduce a ellas.
Cuando más, ya no hay ni un ápice, ni un centavo, ni un
gramo de ella. La historia de las ciencias se convierte en
historia de la pérdida de las ciencias. Cuando el saber es
dinámico y muy fuertemente productivo, se encuentra bastante
desvinculado de la institución; cuando se relaciona con ésta de
manera muy conexa, pierde su dinamismo y su productividad,
se vuelve insignificante. No he dicho que en eso haya causa o
efecto, digo que en el tiempo sucede así. El resultado parece
severo, sin embargo es fiel al estado de las cosas. En el
momento mismo en que triunfa la llamada Escuela francesa,
en la Politécnica y otros lugares, a comienzos del siglo pasado,
Michel Serres 140
en el momento mismo en que se enseñan los resultados y
métodos a un porcentaje escogido por y para el poder, se
acaba con su fecundidad: llega la decadencia, fulminante. Pero
la instalación está asentada. Todo ocurre como si el poder de
prestación sociopolítico de un texto o de una institución
estuviera en razón inversa de su capacidad de descubrimiento.
Y recíprocamente. La institución transforma en dogma el
pensamiento.
Esta historia vale tanto como otra cualquiera. Del mismo
modo que la ley de decrecimiento valía tanto como la ley de
progreso. Aun cuando la especificidad de la ciencia, o sea la
invención, se diluye en el número de los convictos o en las
leyes de lo colectivo, eso no impide que siga siendo verdadera
la ley universal del parasitismo. Siempre que en algún lado
haya productores y algo que llevarse a la boca, pululan los
buitres. Dado que éstos proliferan con celeridad, hacen
historia. Tristemente, todo sucede como si la historia de las
ciencias empezara verdaderamente en cuanto la ciencia viva
termina su curso inventivo. Cuando se sabe, por otra parte, que
la división del trabajo en los laboratorios o instituciones de
investigación no es distinta de la que organiza cualquier
fábrica de calzados, banco, manufactura o casa de comercio,
cuando se ha acordado igualmente que los procedimientos
selectivos no son diferentes, aquí o en los, juegos olímpicos,
elecciones senatoriales o pruebas de ingreso en la Armada,
cómo. Y por qué entonces la sociedad docta, la escuela de
vanguardia o el grupo de élite habrían de tener costumbres
distintas de las de cualquier colectividad, patrocinio, convento,
círculo de truhanes o partido político. Una secta entre tantas
otras, en la que, como en cualquier otra parte, todo es presión.
Y el poder mata la invención. Esto se deduce sencillamente
del ejercicio de la norma; se ve y se experimenta cada día. Una
vez más, están en razón inversa.
A partir de ahí, siempre se puede hacer historia. y proponer
curvas, esquemas o procesos. Estos salvan los fenómenos,
incluso mediante hipótesis paradójicas, como acabamos de ver.
Son modelos, relativos, como antaño los modelos del mundo, no
son más verdaderos que otros, por equivalencia de hipótesis y
cambio de punto de vista. Los mejores son aquellos que
aseguran gloria y poderío a su autor ... Aquí, la curva y la ley de
rendimientos decrecientes, de fidelidad relativa, como otra
cualquiera, tienen al menos el mérito de hacer ver, cómo se
constituye y crece lo colectivo. Este último está sujeto a sus
El paso del Noroeste 141
coerciones de costumbre. Ni esta ley ni estas coerciones son
específicas de la ciencia y, por consiguiente, no lo son
tampoco de su historia. Todos los modelos usados hasta ahora
son pues indeterminados, transportables donde sea, como
veremos.
Ahora bien, de la invención propiamente dicha, o sea de la
producción, aún no ha habido historia. No se han planteado más
que sus condiciones necesarias, las cuales distan mucho,
muchísimo, de ser suficientes. La creo vinculada con procesos
ergódicos, hablaré de ello más adelante. Retomemos, de
momento, los modelos posbergsonianos que circulan en la
actualidad. Y consideremos el extremo, a la izquierda, de la
curva de rendimientos decrecientes, el origen que las otras dos
fases producen retroactivamente y magnifican con sus cánticos.
Aquí están los genios, en términos bergsonianos, los otros, los
del exterior, los solitarios, jóvenes, locos, los profetas, qué sé
yo. ¿Quién no ve el hecho tan sencillo de que siempre son
sacrificados? No hay aquí romanticismo ni pathos, sino una
dinámica ahora conocida. La crisis de una ciencia no difiere de
cualquier crisis corriente, es decir sacrificial. La llamada crisis
de los irracionales hizo naufragar a Hipaso de Metaponte, e hizo
que el texto de Platón cometiera un parricidio de sobra .célebre:
el asesinato de Parménides. Sin duda la tormenta en el mar es
tan metafórica, pero en sentido distinto, como este asesinato de
papel. Algún soldado romano, al término de la geometría griega,
da muerte a Arquímedes en la toma de Siracusa, defendida,
como se sabe, con mecánicas concebidas por él mismo. Había
introducido estos instrumentos en sus demostraciones, palancas
en las parábolas. Ahí, sin duda, concluía una historia, y con
mucho se inauguraba otra. La muerte al comienzo o la muerte
al final, la muerte; en cualquier caso, en el estado de crisis. Será
verdad, será falso, en historia o en imágenes, no se trata de eso.
Escrito está y nada puedo en contra. Le sigue una contabilidad,
pronto impresionante, que va desde Empédócles hasta Majorana
y que entrega a Galois, Carnot, Boltzmann y unos cuantos más,
a la sangre o a la locura. Las crisis de la ciencia tampoco
parecen jugarse al ajedrez o en un empíreo de categorías. No es
la danza elegante del adentro y del afuera, ni una
reestructuración de buena compañía. La de los sabios es tan
mortal como otra cualquiera, y la razón a secas, tan implacable
como la razón de Estado. Ni Galileo ni Bruno están aislados en
su género, forman ley: no arcaica, como tiende a creerse, sino
tan eficaz en Sicilia, hará unos tres milenarios, como hoy en
cualquier parte. Tomo en serio, tomo a lo trágico este resultado
Michel Serres 142
reciente, aunque de estado antiguo: a la ciencia de los átomos,
en Lucrecio, le precede un sacrificio humano y le sigue la
peste de Atenas. Vislumbro que la peste es una figura con
sentido idéntico al del naufragio en el que desapareció cierto
pitagórico. Y tomo en serio este texto y su marco porque
nuestra propia física atómica, analizada por los filósofos de las
ciencias como un triunfo polémico sobre los obstáculos del
sentido común, como una victoria sobre la escuela contraria,
va desde el suicidio destino de Boltzmann hasta la bomba de
Hiroshima, o, sea desde un sacrificio a orilla del mar hasta una
peste de la cual no estamos seguros de poder salir con vida.
Los epistemólogos están tranquilos y las historias son calmas.
Pero éstas cortan en el lugar adecuado, para salvaguardar el
silencio del gabinete. Ahora bien, en este lugar como en
cualquier otra parte, la violencia parece fundadora, pues
acompaña y sanciona las crisis de transformación.
Relea ahora las historias corrientes. Su modelo es bastante
constante. Ellas describen un proceso relativamente canónico,
Supongamos un sistema establecido que domine una
disciplina. Sus modelos, al cabo de un tiempo, pierden su
eficacia. Ya no producen tanto y chocan, localmente, con
problemas no resueltos. Llega, desde afuera, otro modelo, una
nueva estrategia, traídos generalmente por un iniciador
epónimo, que resuelven dichos problemas en ruptura con lo
que precede, y reestructuran con nuevos costos el área de la
disciplina, la cual, de golpe, invade tierras más amplias. El
epónimo es expulsado o beatificado por una apoteosis, la
revolución nunca se impone sin dificultad o sin un plazo de
tiempo, variable según los casos. Kuhn ofrece este modelo
para la gloria, pero es eficaz para todos aquellos que usan
operadores análogos: crisis y retos, polémica y dialéctica,
filosofía del no, cortes y discontinuidades, topología global de
lo interior y de lo exterior, etc. Se demuestra con facilidad que
el conjunto de este esquema es isomorfo con aquel que
Bergson había establecido en Les deux sources de la morale et
de la religion. Sospecho incluso que fue trasladado sin
variación del campo en que se formó a mil lugares distintos.
He aquí pues lo cerrado y lo abierto, formalmente hablando.
Ya no se trata de religión ni de moral, se trata de un lugar, se
trata de un grupo. O de un espacio en general. Que puede ser,
según se desea, el hospital del enfermo, o el manicomio, o
determinada escuela de razón, o la cárcel de los condenados.
Un medio cerrado se encuentra bajo el dominio de una norma.
Norma racional. de nuevo, o de costumbres, de salud, de
El paso del Noroeste 143
poder, y así sucesivamente. De dogma. Lo cerrado, decía
Bergson, está supeditado a procesos de exclusión, adquiere
actitudes violentas, es sede de combates. Los ejemplos son
claros: asesinato, saqueos, guerras. Ahora bien, sucede a veces
que debe superar dificultades insuperables. Advienen entonces
individuos, genios, sabios, profetas, héroes o santos:
anormales, sencillamente, respecto a la norma. En todo caso,
individuos fuera de la frontera de lo cerrado. Por ellos, la
norma cambia, lo cerrado se abre, y el grupo se reestructura.
No por cambios cuantitativos o continuos, o acumulativos, no
por grados, sino por un salto, un brinco, una discontinuidad
cualitativa, una transformación de naturaleza. Es el corte. Les
deux sources, por otra parte, no rehúsa aplicar este esquema
canónico a la historia de las ciencias, ni a la norma concebida
como salud, física, mental o adaptada a lo colectivo: es un
esquema formal y general que cita expresamente estos casos.
Así pues, el traslado resultaba fácil por estar previsto. El
propio Bergson sigue la dura ley de los iniciadores: aquellos
que lo repiten lo excluyen, dicen, si se tercia, que se oponen a
él. Es cierto que su lengua, académica y fina, fechada,
dificulta el reconocimiento. Pero los esquemas o modelos no
dejan por eso de ser menos isomorfos. Desde ahora y en todas
partes trabajan bajo el olvido de su origen. Y por lo tanto,
nada nuevo desde entonces. La propia historia de las ciencias
está subordinada a tales rendimientos decrecientes.
Ahora bien, y ahí está el punto, el iniciador construyó el
modelo primero en la región de lo religioso. ¿Se ha de
relacionar pues la reciente biblioteca de historia de las ciencias
con el apartado de historia de lo sagrado? Sería un retorno
extraño y mordaz de lo que llamamos ideología, no
precisamente por los conceptos sino, de modo inesperado, por
la dinámica de los funcionamientos. Ahora bien, y aquí está el
segundo punto, el esquema de Bergson, difundido por doquier
en la literatura, es, a su vez, isomorfo con el de René Girard.
Supongamos un grupo en estado de crisis. Cerrado sobre sí
mismo, helo aquí confrontado con un obstáculo insuperable, la
violencia, insuperable porque su dinámica puede llevar el
grupo a extinguirse. Éste expulsa en el acto el chivo expiatorio
y lo lincha o lo sacrifica, tras una fina dialéctica entre lo
Mismo y lo Otro. Exorcizada por sí misma, la violencia acaba
por extinguirse, el grupo deifica a aquel que ha matado, su
historia es renovada. Puede, de nuevo, vivir en paz o cerrarse.
Los operadotes son de hecho análogos, funcionan con
precisión según una dinámica similar, con la leve diferencia de
Michel Serres 144
que Girard encontró el motor donde los otros sólo esbozan una
topografía, o se limitan a describir un movimiento: por
ejemplo, mediante las leyes de dicotomía y doble frenesí.
Desde entonces, se cierra el círculo de la demostración. El
modelo está construido en el terreno inicial de lo religioso, con
vista a la génesis de lo sagrado, de lo que es, o de las energías
que lo mueven. Ahora bien, es precisamente éste, con una o
dos isomorfías de diferencia, el que siempre se utiliza en
historia de las ciencias —e historias afines—, es decir en un
campo que tradicionalmente aborrece del primero. Esta
transferencia podría denominarse profanación al revés, o paso
del Noroeste al revés, de las ciencias humanas a las ciencias
exactas. Ahora bien, justamente no hemos omitido la lista
impresionante de aquellos que señalan los cortes o
revoluciones, en las historias corrientes, o sea los genios
extramuros en términos bergsonianos, es decir los sacrificados
según el último modelo. La crisis científica es una crisis de
cierre, y ésta, una crisis sacrificial. La especificidad del saber
parece desvanecerse, y no hemos avanzado más allá del siglo
de Lucrecio. Comte no se equivocaba al vincular fetichismo y
positivismo: los fetiches surgen en masa, invisibles, en los
lugares donde menos se lo espera, incluso, y quizá sobre todo,
entre aquellos que repudian la filosofía positiva, o 'Creen
haberla repudiado para siempre. Es el retorno de lo religioso,
el retorno de lo sagrado, como se dice de lo reprimido.
«Corte», en griego, se dice con una palabra que ha generado
en nuestra lengua el término templo1.
Pero hay que seguir un poco más" adelante. Ya he dicho y
lo demostraré una vez más, en detalle, que Bergson produjo
una filosofía bien ubicada. A fines del siglo pasado, la ciencia
estaba en crisis, como de costumbre; al parecer, había que
elegir entre Ostwald y Boltzmann. Los problemas de la
materia, y pronto, de la vida, por usar como entonces términos
de metafísica, ya pasaban por la energía y la potencia, el
discurso mayor emergente rondaba la termodinámica. En esta
bifurcación, Bergson apostó por Ostwald, y perdía
temporalmente; la ciencia oficial, más tarde, apostó por

1
El término «tiempo» tiene, a su vez, una doble etimología. Procede
posiblemente de τεµνω «cortar», de la misma familia que «templo» y «átomo».
O bien de τεινω, «tensar», «estiran, que dice exactamente lo contrario. Por un
lado, la discontinuidad algebraica; por el otro, lo continuo topológico. La
tradición remota que asocia en una sola palabra estos dos sentidos es admirable
y razonable.

El paso del Noroeste 145
Boltzmann. Por paréntesis, no estamos lejos, hoy, de una
bifurcación en dirección contraria, donde ambos caminos se
encuentran y confluyen, síntesis lo bastante paradójica para
que podamos leer esa vieja polémica como si fuera
prehistórica. En suma, el lenguaje termodinámico es pues
aquel en el que las cosas se mueven; de donde resulta una
cierta deriva con respecto al positivismo, dado que Auguste
Comte había ignorado la revolución de Camot. Pero la
bifurcación alejaba mucho a los ostwaldianos, tipo Bergson,
del positivismo; por el contrario, ésta no alejaba tanto a los
partidarios de Boltzmann, siempre fiel a la Escuela francesa,
más allá de los interdictos del filósofo en materia de
probabilidades. De modo que bastaba, anteayer, con invertir,
el discurso bergsoniano, el mismo opuesto a Comte, para
reencontrar por doble negación la estrecha proximidad del
positivismo. En eso consistió la aventura de Bachelard. Lo
que cegaba respecto a esta genealogía es el paulatino
desvanecimiento del discurso termodinámico como lugar
decisivo donde se transformaba el paradigma. Primero, por los
desplazamientos o la metafórica bergsoniana que lo visten
hasta lo irreconocible; luego, por el desconocimiento de
Bachelard que en él no vio más que un ejemplo
complementario, ya que sus ciencias de elección no fueron
otras que las de Comte; por último, por la llegada en masa de
las ciencias humanas. Ahora bien, dos circunstancias acaban
de despertar este olvido. La primera es el gran retorno de la
termodinámica en las disciplinas con fuerte capacidad de
invención: teoría de la información, biología, estudio general
de los sistemas abiertos, etc. La segunda es la certeza, cada
vez mayor, de que los modelos dominantes en las ciencias
humanas están a menudo, por no decir siempre, modelados a
su vez según esquemas fundamentales de termodinámica. De
ahí una revisión de la filosofía bergsoniana, por ejemplo. Ésta
anticipa repetidas veces los problemas científicos de hoy, no
en su designación, sino en su trabajo efectivo. Eso no se había
visto desde hace mucho tiempo y nunca se vio desde entonces
en los discursos epistemológicos, siempre concebidos como
descripción, repetición o comentario. Esta filosofía construye
por otra parte modelos sumamente fieles a los esquemas
termodinámicos. Es por lo que dije que estaba bien ubicada,
como intuición aguda de los desafíos del tiempo, y como
previsión de los problemas que debemos encarar ahora. De ahí
la lectura, con nuevos costos, de lo cerrado y lo abierto, y de la
metáfora de las, dos fuentes. En un sistema cerrado, la
entropía se acrecienta hasta lo que antes se denominaba la
Michel Serres 146
muerte energética. Bergson no es el único que generaliza, que
exporta este resultado. Pura que un sistema de este tipo se
perpetúe, o siga funcionando, tiene que tomar fuera de su
cierre una nueva energía, de hecho, una diferencia. En este
caso, sigue siendo dinámico, pero ya no es cerrado, está
abierto. En el caso contrario, se encamina hacia el desorden y
la diseminación. En él, pues, el equilibrio es el caos máximo.
Todo cierre equivale, por lo tanto, a término, a la detención, al
equilibrio o al reposo estático, y respectivamente, a la muerte.
Toda falla abre a una desviación con respecto al equilibrio, a
un reinicio posible de un movimiento producido, y
respectivamente, a la vida. De este modelo sencillo, pronto
refinado, trabajado, vuelto complejo, ya ni se cuentan las
aplicaciones a todos los campos, próximos o distantes, de las
ciencias de la vida a las del lenguaje, de las ciencias «exactas»
a las «ciencias» humanas. Ya antes de la repentina expansión
de la teoría de la información, Bergson la había desprendido
del suelo termodinámico donde parece haber nacido, para
probar su capacidad heurística en otras áreas. Así realizaba un
gesto que se volvió común desde entonces, aunque ciego a
menudo a su sentido de origen.
Se reinicia la demostración, pero se desplaza. El modelo
corriente usado por los historiadores de ciencias u otros es
isomorfo con el de Bergson. Hace poco éste resultaba
reductible, en el ámbito de lo sagrado, al de Girard. Pero ahora
son todos juntos isomorfos con el esquema primitivo de la
termodinámica. Existe, en general, un sistema cerrado que
deriva hacia el desorden. Este término es vertido a múltiples
lenguas, y por ende, ampliamente polisémico. No de derecho,
pues eso lo ignoro, sino de hecho, en los textos aquí tratados.
Este sistema evoluciona, de suyo, hacia la máxima entropía.
Es cada vez menos diferenciado, y por lo tanto, cada vez
menos productivo. Cada palabra, aquí, cubre una tesis. Cada
tesis es tributaria del modelo. Los elementos del sistema,
puede decirse, se asemejan cada vez más. Poco a poco, nadie
puede dividirlos en clases. Trasládese el modelo de ámbito de
sentido a ámbito de sentido y se dirá ora que aquellos tienen la
misma velocidad, ora la misma cara, que el sistema se
encamina hacia la muerte, o hacia el fin, o hacia su propia
destrucción, o hacia una no producción. Hacia el equilibrio
exacto o hacia el fin del tiempo: en efecto, ¿qué es el tiempo
sino esta propia deriva? Entonces, si el sistema escapa a lo
ineluctable, es porque reconstituye previamente una
diferencia. Sólo hay una solución y es el sentido mismo de la
palabra solución: para reencontrar la desviación respecto al
El paso del Noroeste 147
equilibrio, hay que atravesar la frontera, practicar una
hendidura, abrirse. O producir la solución de continuidad. El
sistema cerrado debe negar su propio cierre y superarse como
abierto, en y por esta negación, como se decía en mi juventud.
Ahora vemos cuántas lenguas descubren aquí su comunidad.
De ahí retomo la lista, aquella de los nombres propios: los
esclavos, los locos, los damnificados, he aquí los genios, los
héroes, en términos bergsonianos, los sacrificados, en el
sentido de la crisis, todos son epónimos de la exterioridad o
del sistema abierto, y Maxwell, en este lugar, los bautizó
demonios. El conjunto de la demostración anterior se vuelca
en esta última. No habíamos entendido, hace un rato, que se
trataba, sencillamente, de construir un motor. Y que funcione.
Si todos estos modelos son conjuntamente isomorfos, la
vieja querella de la ciencia y de lo religioso dista mucho de
estar resuelta. Tan lejos como en aquella hora lejana en la que
Lucrecio oponía ambas áreas dándoles idéntica estructura, tan
lejos como en la fecha cercana en que los oponentes se valen
de las mismas armas y hacen gestos en espejo. ¿Acaso hace
falta decir, con Nietzsche, que un determinado hipódromo
vuelve sobre sí? He aquí grandes progresos, dice. Hemos
superado, libres y cultos, los supersticiosos terrores y las
angustias de lo sagrado. El más intenso esfuerzo de la
reflexión nos llevó a triunfar sobre la metafísica. La ciencia
está hecha, se hace. Entonces, sentimos la necesidad de un
movimiento retrógrado: estos avances proceden de allá,
teníamos que pasar por estas etapas. He aquí lo mejor, no cabe
la menor duda, pero esto mejor no lo es sino por la evolución
susodicha. La ciencia ha de completarse por su justificación
histórica. En el extremo de la pista; un poco más allá de
nuestras apreciaciones contemporáneas, el hipódromo se
cierra. Este eterno retorno local no es más que el de Comte,
para quien el fetichismo es matricial y la religión terminal,
pasados los tres estados, teológico, metafísico y positivo.
Nietzsche delinea un contorno semejante y lo puntúa con las
mismas etapas.
No estoy muy seguro de la validez del círculo, ni del
discurso evolutivo por retrogradaciones, grados o progresos,
por estaciones, etapas, estados. Uno juraría por el movimiento
aparente de los planetas, por su entrada en las constelaciones
del zodíaco. Estábamos en lo religioso o metafísico, y hoy
estamos en ciencia, como un astro se encuentra en Virgo o en
Tauro. El filósofo o el historiador perpetúan el oficio de mago.
Salvan los fenómenos, como dije anteriormente. Recortan
Michel Serres 148
categorías culturales tan poco pertinentes como el área de la
Lira o de Orión en el espacio sitiado por la astrofísica. Ahí no
residen las diferencias; si es que las hay. Se descubren vetas
de oro en el seno de rocas llamadas estériles, del mismo modo
que tierras prometidas, donde se creía que corrían la miel y la
leche, resultan tan poco fecundas como el desierto. En lo que a
veces se designa bajo el nombre de ideología pueden
hormiguear profundos problemas, lo que se aísla como ciencia
puede acabar por mostrar su aridez. La mayoría de las veces,
estos cortes esbozados con un gesto análogo al del sacerdote
que recorta un espacio del cielo, son repartos de poder, y los
problemas que generan tienen menos de epistemología que de
política. Nunca nadie cerró un campo más que para decir: esto
es mío. Lo maravilloso es que siempre se encuentre gente lo
bastante ingenua como para creerlo. Aun cuando hemos
encontrado el espacio ya recortado de esta manera y todos
estos artefactos nos han obligado a una inmensa labor. Aun
ruando hemos tenido que poner a prueba, en cientos de lugares
del saber y en cientos de fechas de la historia, la analogía de
funcionamiento y la isomorfia de estructuras entre lo que
suponíamos ser ciencia y lo que poníamos como siendo
religioso: no sólo para la conducta de los individuos y la
dinámica de sus grupos, lo cual no es más que evidente, sino
para el conjunto de especificidades o categorías que éstos
manipulan. A medida que las estrategias se vuelven más
complejas y las miras más globales en el terreno
epistemológico, a medida que nos distanciamos respecto al
segundo, que aparece cada vez más como el de las ciencias
humanas arcaicas, ambos caminos parecen inflexionarse hacia
una convergencia, lo hace todo poco inimaginable. Se avecina
un saber nuevo en el que podremos forjar una síntesis cuyas
aproximaciones estamos viviendo. Por fin podremos
aprehender una cultura, la nuestra por ejemplo, en su bloque y
su masa, historia incluida, sin hojaldrado artificial o arbitrario,
o, más bien, abusivo. Entonces la propia demostración de
isomorfia parecerá menos un resultado que la afloración de
falsos problemas, de dificultades inducidas por una
clasificación convencional o discrecional.
Quizá, en el fondo, no se trate más que de un conflicto de
facultades. Vuelva usted a considerar dicha división de tierras.
La ciencia, tal y cual, la historia y la teología, la filosofía y la
literatura, la lingüística y la antropología, y cuántas cosas más.
Toda disciplina está formada como una flexión o un,
redoblamiento, ostenta su genitivo. Fabricamos historia de las
El paso del Noroeste 149
ciencias, historia de las religiones, historia de las literaturas,
etc. Esto significa que los propietarios de la región historia se
apoderan, por robo e invasión, de los enclaves de los vecinos.
A éstos se los ve desde el lugar dominante, se los reescribe en
el lenguaje de la historia, entran dentro de sus categorías. Lo
que equivale a decir bajo sus Horcas caudinas. Lo mismo
fabricamos filosofía de la historia, de las ciencias, y así
sucesivamente. El lugar y el lenguaje dominantes. se
desplazan. Hacemos lingüística aplicada a la filosofía, la
historia, las ciencias, etc. Nuevo desplazamiento del saber
considerado mayor. A la inversa, hemos hecho filosofía de las
religiones, de la historia de las religiones, de la antropología o
de la lingüística religiosas, y así tanto como se quiera. Se
puede dar vuelta a la flexión o invertir la instancia. Descubrir
una dinámica global de lo sagrado, luego discurrir sobre la
historia, las ciencias, las lenguas, hasta sobre la psicología
según las categorías de la nueva lengua. Basta con repartir el
bloque cultural en lugares y continentes para inventar,
partiendo de este recorte, genitivos que son las huellas de una
hegemonía. Ora la detenta Esparta, ora Atenas y ora Tebas. O
la economía, o la historia, o bien la lengua, y así tanto como se
quiera. Es el conflicto de las facultades. O la de teología se
adueña del poder, o es la de filosofía, o bien la de historia. No
es porque hoy la presidencia esté en manos de la historia que
se conoce mejor la cultura. Ésta se encuentra simplemente
atravesada en un sentido unívoco y hay que pagar en las
distintas aduanas. Según quien triunfe en este conflicto,
cambia el uniforme de los aduaneros, o la divisa bajo la cual
se han de presentar las especies. Si realmente existe una
ideología, es la siguiente: dividir para reinar o para hacer la
guerra o para embolsarse los beneficios. Distribuir con
arbitrariedad para que algo ocurra en los límites, algo que hará
la felicidad de alguien. Es un teatro de ilusiones, como se
suele montar en política al atribuirse adversarios para que el
pueblo se quede boquiabierto ante la acción. Es un teatro de
sombras, donde lo que se cree saber no es más que un
redoblamiento, sombras proyectadas por sombras propias. A
medida que se multiplican las flexiones y aplicaciones, los
pliegues y explotaciones, aumenta la negrura y se
amplifica la comedia. Ésta se vuelve real, por el espesor.
Ahora bien, una vez demostrado que los modelos
construidos en un lugar cualquiera, para aprehender y
comprender los lugares vecinos o lejanos, siempre son
isomorfos unos con otros, sean cuales sean los lugares
de objetos o de expansión, entonces las particiones o
Michel Serres 150
clasificaciones caen por sí solas, y los puestos de aduana se
quedan vacantes. Al igual que no hay, en las ciencias exactas
y rigurosas, disciplina dominante que pueda imponer sus
razones y sus normas, tampoco hay una primera, una última
instancia en las ciencias humanas, ni en el saber en general, ni
en la cultura en general. Hay interferencias fecundas y
combinaciones abortivas. Mejor aún, en un momento u otro,
cuando un saber local toma el poder global, entonces puede
usted estar seguro, por esta señal y este trabajo, que acaba de
afirmarse como algo muy distinto de un saber. La cultura no
se reparte, las ciencias no se dividen nada de todo esto se
clasifica. ¿Una última prueba? Intente usted definir cada una
de estas instancias. La palabra misma lo dice, si usted parte,
recorta, divide, puede definir. Ahora bien, no puede hacerlo.
Las disciplinas forman juntas un nudo gordiano que sólo pudo
cortar el sable de un guerrero que quería invadir Asia. Sólo el
poder recorta el saber. En estado apacible, es denso. Estoy en
busca de la paz.
No necesito un círculo, ni un hipódromo, ni un estadio de
espectáculos para saber que los modelos de historia también lo
son de religión, o que ambos lo son de ciencia, y así tanto
como se quiera. Estos calificativos me parecen astrológicos y
los modelos o procesos, relativos, sustituibles por equivalencia
de las hipótesis. Por ejemplo, crecimiento o decrecimiento. En
el espesor del cielo, hay galaxias por doquier. Con ello quiero
decir que los objetos están distribuidos. Así es y nada puedo
en contra. Así es en el cielo y así es en la producción de
grupos e individuos.
Así es en el paso del Noroeste.

Hace poco tracé una curva de rendimientos decrecientes.


La que intuyó Turgot y que usan, a veces, los economistas. Es
empírica, encadena perfectamente ciertos estados de cosas. Es
fiel a lo que sabemos de la historia de las ciencias: la
fecundidad de los aislados, la edad mayor de los grandes
tratados, el hormigueo de los parásitos cuando la
administración gestiona las impotencias y esterilidades. Es un
modelo tan posible como los modelos de crecimiento. Salva
los fenómenos, como se dice de los modelos del mundo.
Una ciencia, considerada según lo que produce,
evoluciona pues de lo improbable hacia lo probable. Y esto es
su historia y su tiempo. Cuando se habla de «ciencia normal»
hay que entender que toda producción es ahí del orden de lo
El paso del Noroeste 151
probable. Vuelvo con ello al esquema termodinámico o por lo
menos a la ley de la información, a su definición por la
escasez.
Así, algunas cualidades, flotantes o patéticas, se vuelven
rigurosas. Así, algunos adjetivos reencuentran su concepto. Ya
no diremos de la invención que es imprevisible, inesperada,
insólita, incluso anormal; ya no hablaremos del nuevo espíritu,
donde el adjetivo cualifica un nombre tan vago como él.
Diremos de la invención que es una fuerte improbabilidad,
noción dada por un cálculo, el de las probabilidades. Así para
verbos usuales: descubrir, encontrar; éstos traducen gestos
banales que se realizan al buscar un objeto perdido. La crítica
pronto monta en cólera: no se descubre un teorema o una ley
como si de una aguja de oro en medio de un pajar se tratase,
puesto que no se sabe de antemano si hay una joya en la
hierba. Si así fuera, no se buscaría más que lo que ya se sabe.
y el saber preexistiría pues a sí mismo, como si estuviera en
alguna parte, fuera de nosotros. Sin embargo, puede darse el
caso de que se sepa sobre el lugar global o la dirección de la
búsqueda. Pero en realidad no es ése el problema. El gesto
evocado ahí no actúa sobre la petición de principio ni sobre
una historia invertida. Actúa sobre la multip1icidad de estados
de cosas. La aguja en el pajar es, por ejemplo, una cifra en
medio de miles de millones de cifras en las ruedecillas de un
candado, es, en general, un determinado en medio de un
posible innumerable. Esto produce una relación muy cercana a
cero que evalúa, con precisión, lo improbable. El arte de
inventar, como lo concebía Leibniz, supone un inventario, y
este último supone los grandes números. Muy a menudo, pues,
el inventario supera, y con mucho, nuestra capacidad práctica,
o las condiciones generales de la experiencia y la teoría. Dicho
de otro modo, estamos inmersos en una profusa multiplicidad
de estados de cosas, estamos desbordados por este caos.
Nuestro cuerpo, ya, selecciona, elige, recorta, decide. De aquí
a poco volveré sobre esta actividad. La invención científica no
procede de otra manera. Elige un estado de cosas entre un
enorme número de tales estados. Como decían los griegos,
procuramos salvar los fenómenos. Y por ello entendemos que
hay que explicarlos, dar cuenta de ellos, o simular su
producción. Es cierto, pero con ello se salta un eslabón. Ante
todo conviene, al pie de la letra, salvarlos, es decir sacarlos del
naufragio, en el caos indescriptible de los estados de cosas,
separarlos del tejido fluctuante que los aprisiona, preservarlos,
conservarlos, relativamente invariantes.
Michel Serres 152
Esta acción de salvamento los produce o los hace aparecer.
Antes de esta operación no son fenómenos. Permanecen
ahogados en el ruido de fondo, encadenados, fundidos en un
posible inventario, perdidos, extraviados en el pajar en que el
cuerpo, el grupo, o incluso los sabios se debaten, ellos mismos
extraviados, perdidos. Entonces, lo que está recortado,
separado, salvado, parece insólito, inaudito. Detrás de esta
apariencia o la psicología patética de las facultades de
asombro, sólo hay esto, muy sencillo: la determinación de tal
estado de cosas en medio de la multiplicidad posible de
estados se evalúa por una relación tan cercana a cero que no se
la puede llamar sino improbabilidad. Dado que la ciencia ante
todo selecciona sus fenómenos, tiene como correlato lo
improbable. Su objeto, aquí, en primer lugar, no es lo general,
como suele decirse a menudo, sino lo excepcional. Y
sencillamente por eso es rica en información.
Por ello tomo en serio, pero con nuevos costos, la vieja
categoría de milagro. Ya en el siglo XIX retomó vigencia en el
léxico de las ciencias: hablábase del milagro griego, para la
invención de la geometría, del de Pinel en el manicomio, del
milagro de Jeans en el horno termodinámico, del milagro de
los monos mecanógrafos en la prosopopeya de Borel. ¿Cuál es
la probabilidad de que un litro de agua se enfríe y congele en
un horno cerrado? Es extremadamente baja, pero no nula.
¿Cuál es la probabilidad de que una pandilla numerosa de
cuadrumanos que se agita frenéticamente en máquinas de
escribir acabe por producir un texto sensato o genial? Es, por
supuesto, muy cercana a cero, pero no igual a cero. Todo lo
que sucede en esta cercanía, en lo más cercano posible a lo
imposible, lo llamaremos milagro. Esta improbabilidad se
calcula, ya se ve, y parece todo lo distante que se quiera del
vocabulario de la teología. La invención, tal como la hemos
evaluado hace poco, es el milagro mismo. Y Renan, al escoger
esta palabra para hablar del inicio, en Grecia, de las
matemáticas, se encontraba, sin saberlo, en lo calculable.
¿Acaso sería el inventor ese antropoide que arranca del teclado
la página inolvidable? Que sea único en su especie, y que eso
no se ve todos los días, nos lo enseña muy pronto el cálculo.
De esos juegos límites Borel sacaba la idea, en última
instancia bastante razonable, de que los acontecimientos más
improbables nunca suceden y que la ciencia no tiene por qué
ocuparse de tales excepciones. Ahora bien, acabamos de vivir
una completa transformación de esta concepción.
El paso del Noroeste 153
El caos, el desorden, son de lo más probable. Si existe un
fondo de las cosas y del mundo, es el ruido de fondo. Un orden
o una forma cualesquiera son, a la inversa, poco probables. La
vieja distinción entre fondo y forma, tan poco pertinente en los
campos en que fue aplicada, resurge aquí bajo la definición
precisa del ruido y la información, del desorden y el orden, de lo
probable y lo improbable. Acontecimientos como una unión de
partículas o átomos, la disposición de una molécula o la
construcción de una trama cristalina, son ya altamente
improbables en medio de la nube de fondo o el desorden
estocástico. La formación, concepto que solía citarse con
frecuencia, no es una operación frecuente, es, por el contrario,
un acontecimiento inhabitual. Toda formación es sin duda
ergódica: el efecto caprichoso de una operación al azar se
encuentra regularizado cada vez más por una repetición
suficiente de esta operación. Volveré sobre esto, que es
considerable. Asimismo, la constitución de un cristal aperiódico,
de una molécula gigante, de una proteína plegada, como
también su asociación en sistemas relativamente estables y
autorregulados, son acontecimientos literalmente milagrosos.
Todo esto es tan improbable, tan próximo o cercano a cero, que
parecería que se puede pasar al límite: eso nunca ocurre, eso no
existe, eso es imposible. En otros términos, es tan excepcional
que la ciencia no tiene por qué ocuparse de ello. Y sin embargo,
eso existe, y sin embargo gira, y sin embargo es turbulento...
Mejor aún, si algo existe, y mejor que nada, es precisamente
este orden y esta forma, que emergen del caos y del ruido, es
precisamente este milagro improbable más que ese caos
desordenado. Existen más bien estados de cosas que el clamor
de fondo: mejor, es decir en desviación respecto a él. Y mejor
aún, la ciencia, y no sólo la ciencia, sino también la cultura, el
trabajo, la teoría y la práctica, en general, no se ocupan más que
del orden y de las formaciones, y se atienen a esta desviación.
¿Acaso sería su objeto, justamente, lo improbable? ¿O ellos
mismos serían a su vez órdenes y formaciones? La ciencia, al
menos, empuja delante de ella el caos en desorden, como límite
y cierre más allá de lo cual ya no tiene nada que decir ni hacer.
Sea que lo tenga como objetivo, sea que lo retenga como
problema, relativo a la ineficacia temporal de sus realizaciones,
siempre está puesto por delante, excluido del orden: ob-jectum,
pro-blema, un único término para dos lenguas, un mismo gesto
para dos filosofías. Y sin duda una misma cosa para este mismo
término, en cuanto se ve que la ciencia es más un orden en sí
que el sujeto del cual orden y desorden serían los problemas o
los objetos. De ahí viene la inversión, más allá de las
Michel Serres 154
contradicciones. Hace un rato, lo improbable no era más que
esta excepción imposible que, al no ocurrir nunca, no podía
concernir a la ciencia. Ahora bien, hoy es el único terreno que
le concierne, por órdenes, formas, formaciones, estados de
cosas y cosmos, lenguaje bien formado más allá del ruido. Y
esto, no aquello, es bien evidente en cuanto que la ciencia es
una formación, en cuanto que es un orden, tan improbable
como un milagro emergiendo del caos. Tiene como correlato
lo improbable que ella misma es. Información, escasa, de
formas, escasas.
Lo real no es racional: esta proposición es la más
probable, se emite en la proximidad de lo cierto. Lo real es
racional: esta proposición es la más improbable, se emite en la
proximidad de lo imposible. Como si hubiera dos tipos de real
acumulándose en cada extremo, en cada borde del segmento
unitario: el del desorden y el de las formas, el del ruido y el de
la información, el de la frecuencia y el de la escasez, el de la
desviación y el del equilibrio. El primero no es racional y el
segundo es improbable. El desorden está en el orden de las
cosas y el orden en su excepción. No se trata aquí de una
dicotomía, de una pareja de contrarios, se trata de lo que
ocurre en la más cercana proximidad de un punto y que nada
tiene que ver con el resto del área. Lo que emerge de una isla,
en medio del océano, es lo que rodea la cresta; el resto,
inmenso, está inmerso. Así se realiza la partición: por un lado,
casi todo, por el otro casi nada. Lo que existe, desviándose del
caos, pasa, para emerger, por el más estrecho puerto
concebible, por la adherencia al cero de probabilidad. Que lo
racional sea real, es una proposición tan improbable como su
recíproca. Pero ambas designan juntas un estado de cosas:
existen formas realizadas, respecto al cual nada puedo hacer.
Esta existencia es literalmente milagrosa. Es una isla rara, por
encima del mar que ocupa el espacio. Y la ciencia tiene el
mismo estatuto: su límite y su borde es ese real, numeroso en
desorden, donde su lenguaje se dispersa y se disuelve en
ruidos, su terreno es la isla de lo real informado, dominio
improbable, punta de aguja en que se insemina el logos.
Esta isla es afortunada, como se decía en los relatos
ilustrados. Y lo repito con precisión: la ciencia ha sacado el
gordo en una lotería en la que las ganancias son tan enormes
como raras. Es lo que existe tal cual: antaño, cuando todavía
uno se sabía insular, ahí se distinguía la materia, la vida, el
lenguaje, se hacía metafísica. La isla es lo que existe, y la
existencia es, sin más, una suerte increíble.
El paso del Noroeste 155
Es aquello respecto a lo cual cualquier otro acontecimiento
es improductivo y sólo hace ruido: la resaca en la costa. ¿Por
qué no bautizarla con el nuevo e insólito nombre de
metafísica? La ley de la física, su principio regulador, indican
la deriva hacia el desorden. Así lo real, y su tiempo, y quizá la
historia, van de lo improbable a lo probable. El segmento está
orientado, todo huye de la escasez. Desde entonces, Roma ya
no está en Roma; cuando la destrucción amenaza su ciudad,
Temístocles fuerza a los atenienses a abandonarla a su suerte,
para fundar en el mar, en otro elemento, una nueva Atenas. La
física era ciencia de los estados ordenados supuestamente
corrientes. Pero acaba por demostrar que son extraordinarios,
en los límites de lo imprevisible. Sus leyes ya no son más que
leyes de excepción. Huyendo hacia el desorden en catarata, la
física huye de sí misma, se destruye en el solar de sus antiguas
fundaciones. Lo real probable se encuentra fuera de su poder.
Ahora bien, respecto a este desorden ya usual, el de la física, o
el de lo real previsto por la física, los estados ordenados, los
estados existentes, improbables y milagrosos, están al lado,
pero más allá, están por cierto sobre el mismo segmento, pero
en su lugar límite. Son literalmente meta-físicos. La física me
impone decir que la existencia, en general, es metafísica. Lo
cual, quizá, no quiere decir más que tomada en cuenta por una
nueva física, ella misma en desviación respecto a la antigua. O
sea, pues, por un nuevo saber.
Entonces ya no veo la diferencia entre la actividad de
invención y la propia existencia. La invención como tal,
milagro raro e improbable, desborda el sujeto cognoscente,
teórico y práctico. Lo imprevisible tiene lugar, se hace, se
forma, es la isla a la que yo, isla, estoy aferrado, donde hablo
mi lengua rara, donde informo mediante mi trabajo inesperado
formas ya extrañas, dándoles forma. La invención absorbe
tanto a los sujetos como a los objetos, al lenguaje como al
mundo. Una vez producida, empieza el desgaste, la deriva, y
el arrastre hacia el mar. Lo que existe, se piensa y se habla,
surge, vertical, del pequeño intervalo cercano a cero, y en
cuanto lo adelanta un poco, tiende largamente, muy
largamente, hacia lo diseminado. La isla se erosiona y los ríos
brotados de la cresta arrastran hacia el mar las arenillas
innumerables de su deriva. Esto vale para el mundo, vale
asimismo para mi cuerpo y el de todos los seres vivos, vale
también para cualquier lenguaje y —en particular para la
ciencia. ¿Pero por qué hablar según distribución y por
clasificaciones? Eso puede decirse en lengua universal. Lo
Michel Serres 156
improbable es originario y la historia declina. Hay milagro en
el horno de Jeans.

De quien inventa y de lo que ha descubierto solemos decir,


con suma naturalidad: pero ¿adónde fue a buscar eso? Nada,
aquí, se le parece. Lo mimético fracasa, eso es inimitado. El
primer interrogante es la cuestión de lugar. ¿Adónde? Es esta
ingenuidad tan sencilla, que retoman con gran sabiduría los
modelos arriba indicados. ¿Adónde pues? En el exterior. ¿En
el exterior de qué? De aquí, respondo, del saber del grupo
corriente y normalizado, del lenguaje usual y codificado, de la
ciencia normal, de la formación en escuelas reputadas como
superiores, en pocas palabras, del sistema cerrado en general.
Fuera de lo cerrado, la tautología no es mala imagen para una
ingenuidad. Pero es expresiva sino explicativa: fuera de las
trivialidades, fuera de la red cerrada de las opiniones, de la
policía, de la cortesía, fuera de los muros, fuera de la ley. Es
preciso que haya muros de clausura para que los mosqueteros
entren en el convento, después de haber abierto un corte. ¿Qué
significa este exterior? Siempre es más o menos una metáfora.
Veo, experimento lo que es un sistema cerrado en física. O lo
que es para un convento, una cárcel, un manicomio, una escuela
o, un jardín privado. Destierro, cuarentena, profanación. Pero
¿en el espacio cultural o categorial? En él únicamente se
construyen muros para abrirlos mejor. Es ahí donde la invención
resulta más fácil. Basta con destruirlos o tacharlos de artificiales.
Y sin embargo.
He aquí pues el fulgor del relámpago el gran despegue,
hace casi tres milenios, el milagro griego, la invención de las
matemáticas. Todos nosotros percibimos el mundo mediante
los terminales sensorios y la piel, lo esbozamos con nuestros
gestos, lo soportamos y lo disfrutamos, lo transformamos por
el trabajo, lo significamos por el lenguaje, al menos con ello lo
designamos, lo soñamos y lo fantaseamos, por el mito y lo
patético. Para el grupo de los despiertos existe un mundo real,
incluso franjeado por el sueño y los ensueños, incluso inmerso
en la demencia y la belleza. O, más bien, lo real nunca ha sido
sino ese mundo, concreto, flotante, sólido, frágil, preciso y
fundido, resistente y inaprensible. Pronto mostraré que nada
hay en los sentidos que pase al intelecto. Tales, Pitágoras o
cualquiera de estos nombres inaugurales, se coloca de repente
fuera del mundo. Fuera de este mundo, fuera de lo real. He
aquí la exterioridad máxima, la utopía radical, la anomalía, de
El paso del Noroeste 157
la que, sin duda, todas las demás serán meras variedades. Lo
que aquí es inventado no pertenece a este mundo, ni al mundo
objetivo ni al universo del discurso. Aquí no hay punto, recta,
ángulo ni triángulo. Asimismo, no hay demostración ni
univocidad en lo que se dice, o en lo que circula entre
nosotros. Platón no dice otra cosa, en su lengua, y nosotros
decimos lo mismo, convencidos de afirmar algo muy distinto.
El lugar noético o inteligible está separado como con hacha
del espacio o del mundo sensible, y este último, sin embargo,
participa del primero, como si no pudiera existir sin él,
atravesado como está por el torbellino relativista y las
contradicciones discursivas del juicio de percepción. Ahora
preste usted nuevos oídos a nuestros historiadores de la
invención: el iniciador se sitúa en el exterior, nos llega desde
fuera de la clausura, donde fue dejado, abandonado,
repudiado, desde allí reestructura con novedad el conjunto
normal en crisis. La distancia entre ambos discursos es nula.
He aquí el antiguo mundo, he aquí el epónimo de otro mundo
que va a transformar el viejo, transido de crisis y de crítica,
supongo que lleva el hacha para practicar un corte.
Redistribuimos la moneda de cambio del viejo discurso
platónico. Y científico y religioso, una vez más. Todo ocurre
como si el milagro griego, primera invención de la ciencia,
hubiera radicalizado de golpe nuestros esquemas. Como si
estos esquemas distribuyeran en el tiempo el discurso
platónico. Como si la historia de las invenciones hubiera
seguido la misma curva que cada historia de una ciencia. El
primero de los milagros atraviesa el modelo en su máximo
alcance. Lo cerrado, lo normal, lo usual en desgaste o lo
corriente en crisis, es el mundo entero como tal, lenguajes y
objetos. El exterior es entonces el lugar en términos absolutos.
Inodoro, insensible, inaudito, incoloro, intangible. ¡Cuánto
habremos odiado y ridiculizado este otro mundo, mientras
alabábamos a los escasos héroes de aquel lugar otro! ¿Dónde
quiere usted que esté ese exterior, sino en el límite, en los
bordes de este mundo de aquí tomado en general? Teníamos
que ser cruelmente etnocentristas para colocarlo, más cerca de
nuestros fosos o nuestras murallas. La invención de las
matemáticas es aquí invención absoluta, desgarramiento de la
historia, aquella que ha vuelto posible todas las demás, no sólo
por la técnica, sino por el gesto fundador.
A partir de ahí, ella responde a los dos criterios
propuestos. Al de exterioridad, ante todo, responde de manera
radical, primera, insuperable. Y, en particular, al subcriterio de
Michel Serres 158
la crisis: este mundo no deja de estar en crisis;
indefinidamente relativo y siempre transformado; la crisis es
el propio mundo. El lenguaje, cualquiera que sea nuestra
manera de actuar, conduce a la crítica o es crítico; la crítica es
el propio lenguaje. Y nunca nadie saldrá de crisis ni de crítica,
a menos que abandone el mundo donde los invariantes están
ausentes, a menos que abandone el mundo y el lenguaje. Los
invariantes venidos de fuera, regresados, estabilizan entonces
variaciones, los estados de cosas pueden considerarse como
invariantes por variaciones. Y el concepto se vuelve decible.
¿Seguiremos siendo, en nuestros esquemas repetitivos,
platónicos incorregibles? La invención responde, en segundo
lugar, al criterio de improbabilidad, responde a ello de manera
radical. Las formalidades matemáticas, formas de la intuición
o formas del discurso, por utilizar una distinción pertinente a
la sazón, son del todo inexistentes y no construibles: cada vez
que las construyo, en la arena o en la tablilla de cera, debo,
bajo riesgo de salir de la geometría, decir, pensar o hacer
como si no fuera más que algo informal. Es absolutamente
improbable que algún día trace una recta. Eso no ocurre,
nunca ocurrirá. Incluso es demostrablemente imposible.
Respecto al lenguaje público, la necesidad de lo demostrativo.
es totalmente improbable, bloquea una dialéctica de la cual es
sabido que no se detiene, lima la polisemia de la cual se sabe
mejor aún que es la carne de las palabras. Por primera vez,
bajo las nubes y la luz del día, dos hombres pueden por fin
entenderse y comprenderse, lo cual es, todo el mundo está de
acuerdo, el colmo de lo impensable. Eso no ocurre, nunca
ocurrirá. No obstante ocurrió, en Grecia, en aquellos tiempos.
En su totalidad, la ciencia emerge, improbable, de otro mundo,
de modo tan radical que cualquier otra invención no consiste
más que en retomar ese doble trabajo, de manera tan perfecta
que imita hasta la propia existencia.

Así, la producción empieza por la mayor rareza (rareté).


Por ello compruebo que en la cercanía del origen (hablo del
modelo), la variable probabilidad es, efectivamente, la más
baja que se pueda encontrar. Compruebo localmente la
fidelidad de la curva. En este lugar cercano a cero la
información es máxima, el rendimiento brota, cuasi vertical. Y
es casi verdad que allí todo está dicho. Todo ocurre como si no
quedara más que mostrar con paciencia la veracidad del decir
inicial. Fuerzo un tanto las cosas, pero no es tanto forzarlas
como impulsarlas. Queda por reclutar a miles de especialistas
El paso del Noroeste 159
y fletar cuarenta barcos, invertir dinero, construir una
maquinaria muy sofisticada, recorrer millas de océanos, mares y
continentes, organizar el Año Geofísico Internacional, perforar
la corteza mediante una prodigiosa hazaña tecnológica, someter
indefinidamente a prueba el paleomagnetismo de las rocas, etc.,
todo para verificar la hipótesis de Wegener. La idea de
Wegener que, por una vez, y por haberse situado en otro lugar,
en Groenlandia, según dicen, donde observó la ruptura de los
hielos en el mar (otra vez la historia de una manzana que cae o
de un herrero que golpea sonidos afinados), concibió un lugar
otro tan diferente del mundo (en el sentido geográfico, ahora)
que lo bautizó con un nombre nuevo: Pangea. Era, una vez
más, la isla de Utopía, un supercontinente que generalizaba el
Gondwana de Suess, que, al completarlo con una Laurasia, era
otro mundo. A la vez nuevo, para la ciencia, y tan antiguo
como el mesozoico. No se puede satisfacer mejor el criterio de
exterioridad. Dicho esto, la Pangea no era nada menos que
improbable, ya que hacía falta desplazar masas enormes. Y no
es la huida lejos de los polos, o una fuerza vinculada a las
mareas que podían convertirse en el motor de semejante
deriva. El criterio de escasez (rareté) no es menos satisfecho.
Volver móvil lo que desde siempre era el referente de la fijeza
es otra revolución copernicana.
Para explicar la hostilidad de los especialistas ante la
hipótesis de Wegener sobre la deriva de los continentes, debo
decir que siempre se ha olvidado la importancia metafórica de
su dibujo en una especie de inconsciente cultural. Ya a
comienzos de la edad clásica, se dividía las ciencias o se las
clasificaba por comparación con continentes separados 2 ; es
de esta imagen que Leibniz se befaba, alegando que, para
clasificar las ciencias, más valía tomar la metáfora del mar que
con tanta facilidad, decía, podía dividirse en océanos o
cuencas, por medio de una espada. Ahora bien, si los
continentes se encuentran alejados entre sí, los especialistas,
en su nicho, están en paz, respectivamente, como buenos
propietarios. Pero si hay deriva a partir de una Pangea, nadie
está ya tranquilo. Existiría una ciencia como espacio no
partitivo, en un tiempo asignable. Así, la idea de Wegener

2
Ya en el Novum organum scientiarum, de 1620, Francis Bacon delinea, a
la vez, una geografía de esta índole y la metáfora enciclopédica. Toda la
prehistoria de la geofísica enfrenta a los partidarios de la continuidad, tipo Lyell,
con los que, por el contrario, disfrutan de las rupturas catastróficas. Esto se
reproduce en la historia de las ciencias.
Michel Serres 160
configura además alguna nueva epistemología, que mucho se
cuidan de excluir o reprimir las divisiones sociohistóricas de
las ciencias. La Pangea se fragmenta y el mundo se parece al
paso del Noroeste.
El paso del Noroeste 161

Origen
de
la
geometría,
3


El primer libro de los Elementos no se abre con los cinco


postulados y los cinco axiomas clásicos. Empieza con
veintitrés definiciones: del punto, de la línea, del ángulo, y así
sucesivamente. Como si de una gramática tradicional se
tratara: en primer lugar, la morfología, luego la sintaxis. Si se
considera sobre todo la sintaxis, estamos en presencia de un
sistema cuyo rigor y pureza formal han causado la admiración
de sus oficiantes durante casi dos milenios. Así es como se ha
leído y se relee a Euclides, derecho al hilo y con pleno
derecho. Quisiera considerar aquí unas definiciones en sus
sentidos. ¿Se ha observado que la primerísima palabra del
texto era σηµείον, el signo? Bajo la métrica dicha, bajo la
topología no dicha, ¿llevan los Elementos algo que atañe al
sentido?
Cuando a principios de siglo Hilbert reconstruía la
geometría mediante objetos ideales para los que proponía, con
burla, los nombres de mesa, vaso o botella, indistintamente,
criticaba de hecho lo que, en Euclides, tiene sentido o un
sentido. Y, al eliminarlo, llegaba a la Geometría, aquella que
desde entonces consideramos como tal. También era como
decir, al menos por preterición, que, en los Elementos, de
ningún modo se trataba todavía de geometría. O no del todo.
¿De qué se trataba, pues? Si se trabaja el sentido en las
definiciones, creo que no resulta imposible contestar a esta
pregunta.
La observación irónica de Hilbert es el fin de una larga
historia y el comienzo de una nueva ciencia. Lleva el sentido a
cero. Si la geometría de Euclides no es totalmente, o no es
todavía, pura, abstracta o formalizada, es porque arrastra, en
su vocabulario y su morfología, núcleos de sentido
inanalizados. Esto lo sabemos desde hace por lo menos un
siglo, cuando nuestros predecesores inmediatos registraron,
por ejemplo, hechos de topología ahogados en la métrica.
Procedieron a uno, a varios filtrados, que produjeron los
Michel Serres 162
resultados clásicos de hoy. Es menos sabido que la' historia de
la matemática griega, anterior a Euclides, funcionó como una
sucesión de filtros. No se limitó a acumular invenciones. Los
Elementos forman un sistema deductivo, constituyen un
balance histórico de resultados conocidos en la fecha en que
fueron escritos, pero son asimismo, en parte, el residuo de
elecciones y análisis previos. La escuela platónica, por
ejemplo, depuró el antiguo léxico de la geometría, intentó,
como dijo Mugler, desensibilizarlo. Los pitagóricos llamaban
color a la superficie; el Menón prefiere el término límite. He
ahí un caso de análisis del sentido y rectificación del
vocabulario. Una variedad del espacio se define de otro modo
que por la percepción, excepto que se piense que pasamos de
la vista al tacto. No obstante, la finalidad explícita es formar
una idealidad. Así, Platón no estaba a favor del propio vocablo
geometría, sin duda porque recordaba prácticas de
agrimensura. Estas discusiones y análisis no se ciñen
solamente a la Academia, muchas de ellas están presentes en
Aristóteles: no terminan con los Elementos de Euclides, ya
que las perpetúa Proclo, en las postrimerías de la escuela de
Atenas. Hilbert señala el final de una historia del sentido,
Euclides escribe en un momento determinado de su curso. Así
me otorgué el derecho de analizar el sentido de los términos
euclidianos, dejando de lado deducción, sistema y sintaxis, a
imitación de los geómetras y filósofos griegos. Retomo un hilo
olvidado de la historia, abandonado por la Geometría pura y
abstracta en los cubos de basura donde Hilbert arrojó los
vidrios y las botellas.

Supongamos en primer lugar, en las Definiciones, dos


idealidades, dos objetos o dos seres geométricos, el plano y el
trapecio. No planteo ninguna hipótesis sobre su realidad ni
sobre su modo de existencia ni, como se dice sin pensar, sobre
su estatuto. Son palabras.
El plano, έπίπεδοζ, y el cuadrilátero definido como no
siendo ni un cuadrado ni un rectángulo, ni un rombo ni un
romboide, τραπέξιον. En el primer caso se trata, literalmente,
de lo que está colocado sobre el suelo. A nivel mismo del
terreno llano, sin inclinación. En el segundo, de lo que se
apoya sobre cuatro pies, tetrápodo, por ejemplo una mesa.
Todos los puntos, relativamente altos, de la mesa, todos los
puntos, los más bajos, de lo que está en el suelo, están en
reposo. Y hay tanto más reposo cuanto que el plano o lo llano
se introduce antes del ángulo o la inclinación. Lo que aquí se
El paso del Noroeste 163
apoya o se coloca permanece estable de todas formas. Las dos
palabras así vinculadas, los dos «seres» así designados, son
figuras de estática. Aún no sé nada de sus modos de
existencia, pero sí sé de su estatuto, que hace tautología con,
estática. Son estados estables. Eso es confirmado en las
Definiciones 4 y 7 con .el uso del verbo κειται empleado
después del verbo έστιν, y empleado antes del ángulo y la
inclinación. En el referencial geométrico designa la situación,
como por ejemplo el inglés to lie. Pero, al igual que él, se
emplea para decir que algo está tendido, colocado
horizontalmente, extendido. De todas formas, siempre se trata
de reposo, de inmovilidad, de estado estable. Verbo de estado,
en un referencial primero de estática. De repente, ya no hablo
de geometría.
Pero si nunca habló usted de ella, dirá usted. Pues su
análisis es oblicuo, considera plano y trapecio fuera de la
geometría, desde el inicio. Por lo tanto no habla de Euclides,
sino del perro, animal ladrador, mientras que se trata del Can,
constelación celeste. Empiezo de nuevo: la escuela platónica y
el conjunto de los filtros griegos no procedieron de un modo
distinto del mío, no abrieron otra vía que la que sigo y que
conduce a Hilbert. Si el color se difunde en el espacio, la
superficie y el plano, si el color, invariante del espacio, pues
nunca aparece sin él ni éste sin aquél, molestó sin embargo a
Eudoxo, Platón, Teeteto, ello es seguramente por una cola de
sentido olvidada hace mucho por la geometría que ellos
practicaban. Ellos eliminan un residuo fuera del sistema, se
empeñan en borrar la mácula del sentido. De ahí mi cuestión
del suelo y de la mesa, incluso si el plano ha abandonado la
tierra de origen, incluso si el proceso de la geometría le ha
vuelto la espalda a este sentido desde su propio amanecer. A
veces, a menudo, las palabras son fósiles. Y la traducción
enmascara el estado fosilizado. Reinicio pues la operación
platónica. Está claro, por ejemplo, que el término έπιϕανεία,
para superficie, súbita aparición a la luz, epifanía, es un fósil
muy reconocible del tiempo pitagórico del color. La palabra
superficie traduce mal a la vez esta apariencia y esta memoria.
Asimismo, el término plano traduce muy mal έπίπεδοζ, lo que
está sobre el suelo, y trapecio no es más que una traslación. Ha
olvidado los cuatro pies de su infancia.
Prosigamos. El término κλίσιζ, inclinación, utilizado para
la definición del ángulo es, como se sabe, nuevo en Euclides,
quien lo retoma en el libro XI, donde comienza la
estereometría. Arquímedes, por supuesto, Papo y Proclo
Michel Serres 164
también, lo usan constantemente, pero es ignorado por la
tradición geométrica griega, desde Tales hasta el léxico de
Aristóteles incluido. Para ella, un ángulo evocaría más bien
una línea quebrada: aquí, el término sería más bien κλἁσιζ, y
el verbo, κλἁν, a menudo empleado en el vocabulario de la
óptica. En la definición 8, donde aparece κλίσιζ, ya figura
έπίπεδοζ y κειµένων. La proximidad de estos tres términos
es instructiva. Algo se inclina, o se mantiene en desviación
respecto al equilibrio. La balanza inclina, baja y sube al
mismo tiempo. Proclo leía sin duda en ello un esquema de este
tipo, puesto que criticaba la definición como productora no de
un ángulo sino de dos. La estática reaparece, pero acompañada
esta vez por un comienzo de cinemática. En efecto, κλίνω, de
nuevo, designa un apoyo, pero también una caída, una
situación extendida sobre un lecho o una mesa. Mejor, sobre
un lecho de mesa, cuando los griegos se sentaban a la mesa.
Pero, por la inclinación, un desvío, una flecha y ya casi un
movimiento. Eπίπεδοζ, κλίσιζ, τραπέζιον, equilibrios
sucesivos y construidos en niveles crecientes.
La semejanza de κλίσιζ con κλἁσιζ es del mismo orden
que la de έπίπεδοζ, con έπυρἁνεια. Su diferencia es la
distancia entre la estática y la óptica. Platón rehúsa adoptar el
término έπυρἁνεια, demasiado luminoso, demasiado visible,
demasiada apariencia. Euclides rehúsa κλἁσιζ. por motivos
similares, seguramente, ya que escribe ἁπτοµένων que atañe
al área del tacto, pero al introducir por primera vez κλασίζ,
confiesa, sin decirlo, y tal vez sin saberlo, motivos muy
distintos, del orden de la mecánica. La inclinación no es ante
todo un acontecimiento del espacio, sino la ruptura de un
equilibrio ya existente y la búsqueda de una nueva estabilidad.
Me inclino y me tiendo. Kείται desaparece, σταθείσα, la
palabra que necesitaba, aparece ahora con su corolario
epistemológico, έϕεστηκυία o έϕέστηκευ. He aquí el ángulo
recto, norma de métrica, por supuesto, pero también esquema
de equilibrio. Lo epistemado es ante todo el equilibrio.
Así, lo recto puede inclinarse. Lo recto, es decir εύθύζ,
εύθεία. Ahora bien, εύθύζ, que es el buen recorrido, se opone
a πλἁγιοζ, oblicuo, a στρογγύλοζ, lo redondo o redondeado,
a καµπύλοζ, lo curvo o recurvado, a περυρερηζ, que gira,
que rueda, que se mueve circularmente. No aquí, en el texto o
en la palabra euclidiana, sino en la lengua en general. Dicho
de otro modo, tenemos tres formas y tres movimientos: lo que
es recto y va en línea recta; lo que ladea y se inclina; lo que es
El paso del Noroeste 165
redondo, que gira en circulo. Este orden es precisamente el del
conjunto de las Definiciones. Primero lo recto, línea recta y
plano llano; luego el ángulo y su inclinación con desviación
respecto al equilibrio, ángulo que a su vez puede ser recto,
pero también obtuso o agudo según dicha desviación; e
inmediatamente después, el circulo. Señalemos de paso que lo
agudo, όξεία, significa tanto vivo como rápido, y que
ἁµβλεία, lo obtuso, se aproxima mucho al verbo ἁµβλύνω,
que a veces designa la desaceleración de determinado
movimiento. Pasamos sencillamente de la estática a la
foronomía. El movimiento de rotación aparece con el ángulo o
la inclinación, ellos mismos aparecidos en el recorrido recto.
Este resultado no se obtiene únicamente por los sentidos
laterales en las distintas áreas semánticas, sino que también se
obtiene en el orden y por la propia construcción del texto.
Señalemos, por último, que, desde la introducción del círculo,
en la definición anterior y en la suya propia, aparece el
término σχηµα, cuyo vínculo con ρυθµόζ conocemos, en el
linaje democríteo y aristotélico. Se usa aquí, por supuesto, la
circunferencia de la cual he partido. El primer esquema, en
Euclides, es el círculo, o sea, de algún modo, el ritmo.
Volvemos al equilibrio, o más bien alcanzamos un equilibrio
nuevo, más allá de la inclinación y del movimiento circular o
angular. El diámetro configura esta estabilidad, al igual que el
centro.
Ahora bien, una inclinación nueva aparece con la segunda
figura del plano, el triángulo o, mejor, el trilátero. Euclides,
como es sabido, define tres de ellos: el equilátero, el isósceles
y el escaleno en general. Esta clasificación se suele leer por
género y diferencias. Pero, de nuevo, ¿qué es el sentido?
Iσοσκελέζ , designa literalmente dos piernas iguales. Platón
emplea esta palabra en el Eutifrón (12d) para decir un número
par, la retórica lo retoma para un discurso a partes iguales o
equilibradas. Este es el período. Otra vez el ritmo. Pero
σκέλοζ, dice la pierna. En el mismo lugar platónico,
σκαληνόζ dice lo impar, pero designa, en general, algo o a
alguien que cojea. Proclo lo acerca a σκολιόζ, oblicuo o
tortuoso, y a σκἁζω, cojear, ser desigual. A partir de ahí
vuelve la estática, el escaleno se inclina, el isósceles recupera
el equilibrio perdido, y perdido en un movimiento, el del
andar. Señalemos a este respecto que γωνία, el ángulo, agudo,
recto u obtuso, gracias a lo cual podremos clasificar los
triángulos en rectángulos y demás, es un rincón, el pilar de un
puente, pero sobre todo se emparenta con γόνυ, la rodilla.
Michel Serres 166
Concluyo en parte volviendo a mi punto de partida, por uno
de los cuadriláteros. Aquí lo más interesante no es, creo, el
trapecio o la mesa tetrápoda, equilibrada en todos los casos, sino
el rombo y el romboide. En efecto, el término ρόµβοζ procede
de ρέµβω, girar o más bien dar vueltas, como un remolino. Y
ρόµβοζ es una peonza, o cualquier objeto de forma circular
capaz de girar alrededor de un eje. Arquímedes, por supuesto,
atribuye a esta figura una serie estereométrica y denomina
rombo sólido a dos conos con base circular común y con
vértices opuestos sobre el mismo eje. Aquí tenemos la peonza y,
en Euclides, una peonza planar. Ahora bien, sabemos, por un
conocido pasaje de la República (IV, 436d), que el espín de la
peonza le había planteado a Platón el difícil problema del
reposo y el movimiento. Porque dando vueltas es estable,
contradicción. Platón se las ingenia para afirmar que ésta está
en reposo en relación con lo recto, y en movimiento en relación
con lo redondo, lo cual es verdadero sólo a condición de ignorar
que su eje es tanto más estable cuanto más rápido gira. Los
mecánicos griegos no conocían, por cierto, el teorema, pero el
hecho, supongo, jamás fue ignorado por los niños. Éstos juegan
con la contradicción que retrasa al filósofo. Gozan del reposo en
y por el movimiento circular. De ahí que se pueda gozar de lo
que da miedo, para volver al texto de Platón. La peonza no es un
mal fármacon, veneno y remedio. Ella construye una
contradicción. Y las Definiciones de Euclides, más infantiles
que la República, también la construyen. Vosotros, los griegos,
siempre seréis niños, dice el viejo sacerdote egipcio del Timeo.
Niños de ciencia y de geometría, emancipándose de las
tradiciones repetitivas. En pocas palabras, las Definiciones
terminan, o casi, con dos casos de figura, trapecio y rombo, en
que se trata del equilibrio, sea sobre un lugar alto, sea sin base
sobre una sola punta, y con un movimiento, casos finos,
complejos, difíciles y sofisticados. En algún modo, todo
conduce al rombo: el punto donde se coloca, la punta aguda (el
antiguo στιγµη, el όξεία del ángulo, la aguja o el aguijón del
κέντρον) sobre la que se apoya el ángulo formado por esta
punta, el círculo descrito por la peonza en rotación, el doble
triángulo visible como estable en el movimiento, y el
cuadrilátero plano denominado rombo. Nada es recto, todo es
recto, nada es estable, todo es estable. El texto construye pieza
por pieza el rombo que se arremolina, en resumen, construye el
remolino, antes que el dibujo principal del haz de paralelas que
nunca se encuentran mientras se continúen en las dos
direcciones. Se diría que es, de nuevo, el modelo que saqué a la
luz en la física de Lucrecio; modelo matematizado en el sistema
El paso del Noroeste 167
arquimediano: turbulencias y catarata. Aquí se lee tanto la
tradición democritea como la que remonta a Platón.
Todo ocurre, entonces, como si las Definiciones
construyeran término a término, caso por caso, y parte por
parte, equilibrios, estabilidades cada vez más complejas a
partir de las más sencillas. Desde el punto bajo más bajo, de lo
que está colocado sobre el suelo mismo, hacia el punto más
alto o el caso más fino, más difícil, exactamente el caso
contradictorio, por sucesivas rupturas de los equilibrios
anteriores y accesos a nuevas estabilidades: inclinación,
movimiento, rotación, andar desigual de los cojos (dos pies,
cuatro pies, un solo pie... ), en fin, todas esas rupturas
conjuntas. Ya no es el anuncio de una Geometría. Son los
prolegómenos de una Mecánica. Se diría que Lagrange
aparece en Euclides. La Mecánica analítica parece emerger de
los Elementos, la idea de que la estática domina la foronomía,
y hasta casi el principio de las velocidades virtuales.
Entendemos al menos por qué el espacio euclidiano siempre
nos ha parecido el espacio familiar de nuestras tecnologías
habituales, más que un espacio abstracto, formal y puro. Es
porque ya es, o todavía es, un espacio lagrangiano o un
espacio arquimediano, en suma, un espacio de estática. El
espacio del suelo, de las paredes en ángulo recto, de las mesas,
de los apoyos y de las puertas. No, 1ª geometría euclidiana no
era ni pura ni abstracta, y Hilbert tiene razón, y Klein, antes de
él, más aún: era una matemática todavía aplicada. El grupo de
desplazamientos todavía está ligado a adherencias prácticas.
No podía ser de otra forma. Tenemos ahí el mayor
monumento de la ciencia griega, su realización ejemplar.
Ahora bien, esta ciencia, έπιστηµη, sigue siendo, en su
sentido y su proyecto, un saber del equilibrio, este término de
conjunto nos lo dice. Euclides vuelve a decirlo con
έϕεστηκυια o έϕέστηκεν. La ciencia como tal, en su
definición, está inscrita en las Definiciones. El monumento
lleva en su fachada la inscripción. Este saber de las
estabilidades perdura desde los griegos hasta Lagrange, y
probablemente más allá, a través del positivismo y después de
él, esta ciencia homónima del equilibrio llega hasta nosotros,
hasta el momento reciente en que el saber se convierte en el de
las desviaciones respecto a este equilibrio. La ciencia
occidental es la de las estabilidades, el sistema euclidiano no
lo oculta. Es sistema sintáxico y sistema para la semántica.
Michel Serres 168

Consideremos una bola cuyo contorno está mal definido,


cuya frontera o periferia no es precisa. Una bola cuyo όροζ, el
πέραζ al principio no están bien recortados. El problema
general de la definición puede representarse por esa forma que
puede delinearse en un espacio como el área semántica de una
palabra. En la lengua usual, este área tiene bordes fluctuantes.
Señalemos, en la bola, una bolita cerrada, por ejemplo un
punto, basta con que este punto se encuentre en el interior.
Consideremos así dos, tres, etc., varias bolas y, respectivamente,
el mismo número de puntos señalados en su interior. De puntos
a puntos, tracemos tantas líneas como sea posible. Tenemos en
total una red conexa. Las relaciones entre los puntos
determinan los puntos en el interior de las áreas semánticas y,
recíprocamente, los puntos en el interior de las áreas
determinan las relaciones. Esta doble definición estabiliza y
resuelve en la práctica el problema de la definición. Las
Definiciones forman una red bien conectada, que puede
construirse y dibujarse. Señalemos por último que, para
construirlo, no hemos necesitado más que tres palabras
presentes en el texto mismo: όροζ, o πέραζ, el límite,
οηµείον, el punto, y γραµµη la línea. Volveremos sobre estas
tres palabras.
El método utilizado hasta ahora consiste en elegir una bola
y desplazarse en su área a partir del punto señalado por el
texto. Lo esencial, por supuesto, es no acercarse nunca a la
frontera fluctuante, y menos aún sobrepasarla. Supongamos
pues este desplazamiento, que podríamos denominar, grosso
modo, cambio de sentido. Adopta en el área una cierta
dirección, un cierto sentido. Pregunta: ¿en cuántas bolas puede
uno operar este desplazamiento, con la condición de que sea
el mismo, en la misma dirección y en el mismo sentido?
Respuesta: únicamente en un subconjunto. En efecto, es
imposible, en el área έπιϕἁνεια, de έτερόµηκεζ, o de
παρἁλληλοι, por ejemplo, señalar un punto que pueda
referirse al movimiento o al reposo. Y si eso fuera posible para
el conjunto de la red de las Definiciones, éstos resultarían
ambiguos. Siempre se hubiera leído la estática en la
Geometría. Y, por consiguiente, si se unen los nuevos puntos
del subconjunto al igual que antes, se obtiene una subrred. La
subrred sacada a luz hasta ahora es la de la mecánica. Algo de
Lagrange o de Arquímedes inmerso en Euclides, para fijar las
ideas. Ahora bien, la subrred está construida sobre la lengua
El paso del Noroeste 169
usual. Y reconstruida de tal modo que estamos convencidos,
tras los sucesivos filtrados operados por la escuela platónica,
por ejemplo, en el vocabulario de la geometría, que hubiese
sido reducida o eliminada por un cambio local del léxico, si
hubiera tropezado con la práctica de los geómetras griegos.
Así pues Euclides todavía sustituye κλισίζ por κλἁσιζ, con el
propósito de borrar cualquier referencia a la óptica o a lo
visible, de suerte que έπιϕἁνεια es un fósil o un resto de esta
evolución. Ahora bien, la subrred mecánica sigue estando
presente, no ha sido sometida a un filtrado, se ha conservado.
¿Por qué?
El motivo ha sido explicado, en parte, cuando se ha
invocado el término έπιστηµη. La idea global de la ciencia,
inscrita en su propio vocablo, es la del equilibrio. El léxico la
restituye. Pero no la deja ver directamente. En algún modo, la
oculta. Bajo la definición de identidades abstractas oculta un
esquema que, quizá, es democriteo, puesto que se lo ha podido
releer en la física de Lucrecio, la cual, no cabe duda,
permanece ligada a la idea griega de la ciencia. Desde
entonces, lo mismo que en un cuadro, se lee el original bajo
los retoques. Partiendo de ahí, quizá damos con algo
relacionado con el origen de la geometría, el residuo
considerable de un muy antiguo filtrado. La cuestión del
origen es más sencilla de resolver en la lengua misma que a
través de la historia o, peor, de la metafísica.
Ahora bien, la subrred de la mecánica, desde el equilibrio
hasta la peonza que remolinea, tiene mucha extensión en la red
global. ¿Acaso podemos iterar esta operación y descubrir
subrredes, menos extensas que aquélla, y, por lo tanto, más
soterradas? ¿Habrá retoques que nos oculten algo más que la
mecánica? Habría que traducir trapecio por mesa de banco o
mesa de cambio, después de haberlo traducido solamente por
mesa, y construir la subrred asociada. ¿Podría leerse una
antropología en el segundo nivel de este palimpsesto? Así lo
creo.
Otros caminos conducen a un resultado semejante.
Michel Serres 170
El paso del Noroeste 171

Origen
de
la
geometría,
4


Aristóteles escribe que Egipto fue la cuna de las


matemáticas. Demócrito sitúa sus rigurosas demostraciones
por encima del arte de los harpedonaptas. El Timeo hace que
Solón dialogue con un viejo sacerdote egipcio. Herodoto
cuenta las divisiones agrarias de Sesostris y la importación en
Grecia de la geometría. Diógenes Laercio y Plutarco informan
que Tales midió la gran Pirámide. Ése es el corpus de los
orígenes, que ha de leerse en bloque.
Aunque las fuentes que informan del milagro griego, a
saber, la invención de la geometría «abstracta», son escasas,
muestran, al menos, una concordancia: esta relación entre la
Grecia antigua y la civilización egipcia. De ahí la discusión
tradicional, ya viva en la antigüedad, retomada por Montucla,
Bailly, en los siglos XVIII y XIX, y hasta nuestros días.
Enfrenta los dos lugares de nacimiento. La geometría
apareció, bien en el valle del Nilo, bien en las orillas del mar
Jónico. Ruptura o legado. Controversia y disyunción. Esto
implica razonar sobre el hilo unitario que es el tiempo
monódromo: algo ocurre en ese punto, o antes, o después. A lo
largo de un modelo lineal no hay medio. Hay que zanjar. Esto
implica también zanjar en los textos: o Demócrito o Herodoto.
Si uno de ellos tiene razón, el otro se equivoca. Dualismo de
lo verdadero y lo falso, de lo fiel y lo infiel. No hay medio,
hay que zanjar. Cuando la historia es lineal, antes o después
hay partición de lo auténtico y lo erróneo. Ello implica
desatender la masiva lección de las fuentes, su concordancia.
Y también desatender aquello mismo de lo que se trata, la
geometría.
La geometría nació de un transporte por mar, en el diálogo
de los griegos y los egipcios y entre sus relaciones. ¿La
geometría? No. No existe la geometría. Una geometría. ¿Cuál?
No la de Hilbert, no la del programa de Erlangen, ni incluso la
Michel Serres 172
de Euclides. Sencillamente, la de Tales. Donde el sol escribe en
la arena del desierto el perfil triangular de Keops, donde el sol
proyecta jeroglíficos. ¿Qué es esta geometría en la práctica? No
en las «ideas» que supone, sino en la actividad que plantea. En
primer lugar, es un arte gráfico, un arte del dibujo. Luego, es un
lenguaje que habla del dibujo trazado, presente o ausente. Eso
no sólo es verdadero en una geometría arcaica, también lo es en
el propio Descartes. Cuando éste inventa la geometría
algebraica, una cierta aplicación de la ciencia denominada
«álgebra» a la ciencia llamada geometría, o al saber de los
esquemas espaciales, descubre tan sólo un lenguaje
particularmente fiel para expresar con fórmulas lo visible de
estas variedades. Habla del dibujo, mejor que Euclides, pero
como él, mejor que Tales, pero como él. Su plano es el desierto
de Egipto donde la luz escribe todos los dibujos posibles. Hay
un esquematismo y una lengua, hay un grafismo y el organon
que habla de él. Antaño, los matemáticos habían perdido la
actividad gráfica, hoy vuelven a ella. De ahí las sístoles y
diástoles de las filosofías vinculadas a esta práctica, las de la
intuición. Y los movimientos conjuntos de filosofías opuestas,
los formalismos. Intuicionismos y formalismos son sin duda las
teorías más fuertes derivadas de esta práctica: una lengua habla
de un grafo.
Platón no obra de otro modo, sea al meditar o al demostrar.
El invariante más reiterado de su lengua es el demostrativo. El
matematon es abstracto: no hablo de ese cuadrado, de esa
diagonal, de aquello mismo que se encuentra ante nosotros, de
aquello que acabas de trazar en la arena con la punta del palo o
dibujar de cualquier otra manera. Hablo de igual modo del
conjunto de los grafos. Dicho de otro modo, los dibujos de la
familia participan de un único discurso. No hablo de esto, sino
que hablo en particular de esto. De ahí la filosofía del no y la
filosofía de lo otro: el discurso pertinente no es completo si no
designa el simpleto y su complementario en el conjunto
considerado, él y lo que no es él, los otros que no son el mismo.
Hasta pronto. Sócrates interroga al esclavo. ¿Sabes que este
espacio es cuadrado (τοιουτον)?, ¿que las cuatro líneas que ves
son iguales (ταζ γραµµαζ ταυταζ) ?, ¿que estas líneas lo
atraviesan? Dice: un espacio de esta índole, este lado, esta nueva
figura, una superficie como ésta, empezando por aquí, este
rincón que permanece vacío, y así sucesivamente. Ahora, aquí
se trata, fijaros, del origen de los conocimientos. ¿De dónde saca
el esclavo ignorante su saber? Si la geometría es ejemplar en
esta cuestión, se trata en efecto, lateralmente al menos, del
El paso del Noroeste 173
origen de la geometría. Y tanto en su contenido problemático,
la diagonal, como en su forma lingüística. Ahora bien, ésta
demuestra por acumulación de demostrativos. La «cosa» está
ahí, mostrada, demostrable. La lengua raya hasta lo más
próximo su adaptación, su fidelidad. Habla de un grafo. Y la
pregunta es: ¿cómo dibujar, cómo hablar adecuadamente de un
trazado?

¿Y qué decir ahora respecto a las artes gráficas, en Egipto?


Nos quedan algunas reproducciones de edificios, como el de
Tell al-Amama, donde plano, construcción y sección se
mezclan sin el dominio de lo que llamamos perspectiva, en la
que, además, puede variar la escala. Pero el papiro Gur'ab
muestra una reproducción del mismo tipo, en su perfección. Es
el plano de un naos dibujado con tinta negra en un
cuadriculado rojo exactamente ortonormalizado. Lo que llama
la atención, al margen de la precisión del trazado lineal, es el
referencial a la manera cartesiana: visiblemente, el arquitecto
y el constructor saben de geometría, si por ello se entiende una
técnica exacta de dibujo a escala, un arte de la reproducción.
Los levantamientos topográficos, incluso bastos, que han
llegado hasta nosotros, confirman este sentimiento. Eso da la
razón a Herodoto y a las viejas historias de los harpedonaptas:
el valle del Nilo dominaba la métrica. Entonces los griegos
pudieron importar todo aquello que, a los ojos de Platón como
a los nuestros, es a la postre poca cosa; todo aquello que, a los
ojos de Auguste Comte, es lo esencial: para él, la geometría es
una ciencia natural, una estrategia de la medida. De ahí la
necesidad de decidir.
Si la geometría es una métrica, regresamos a las cuestiones
tradicionales que bloquearon por tres siglos o más la discusión
sobre el origen de la geometría. Se confundía lo puro con lo
métrico, uno se fatigaba en pasar de las medidas precisas a la
pureza de lo abstracto. Ahora bien, el paso de lo exacto a lo
riguroso es infinito, por la cantidad de información, o imposible.
Pues la matemática nada tiene que ver con la exactitud; la física,
las ciencias aplicadas, son exactas o inexactas; la matemática es
anexacta. Si bien los egipcios trasmitieron a los griegos
estrategias de medida, por más finas que se quiera, les frenaron
más bien en el camino de las matemáticas. Los habrían lanzado
a la ruta infinita de la aproximación. En esta ruta, los
historiadores procuraban detectar, en la naturaleza o en el arte,
Michel Serres 174
formas perfectas: la del círculo, del cono, etc. Que las
encuentren o no, no cambia mucho. La geometría, en el sentido
griego, o sea en el verdadero sentido, no necesita en absoluto de
su presencia: razona, como se dice, con rigor sobre trazados
cualesquiera. Con necesidad, no con precisión. Platón tiene
razón al detestar el vocablo geo-metría, esta agrimensura de la
tierra en la que los egipcios fueron maestros. Es el positivismo o
el cartesianismo del papel milimetrado que nos oculta la
solución. Los harpedonaptas son los antepasados de los
politécnicos, de Monge, por ejemplo, no así de Teeteto o
Eudoxo, no así de la escuela platónica. La ruta de la medida
justa al razonamiento puro estaba cortada por el mar
Mediterráneo. De hecho, por todos los océanos del mundo.
Tales midió pues la gran Pirámide. No directamente: por su
reproducción. El objeto, sí, pero ante todo su sombra, la sombra
proyectada, la proyección en el plano desértico áspero. Tales
mediatiza la relación por el dibujo del borde. Platón dibuja un
esquema en la arena y dice esto, esta esquina y esta línea.
Muestra y demuestra. Aquí, el sol escribe sobre el desierto el
jeroglífico del monumento. Y Tales habla de un trazado.
Volvemos a nuestras premisas. Por el estilo, del rayo de sol, por
la marca de Ra, del bien, de la luz, del más allá del bien, la
escritura de dios.

Lo que está en juego en el corpus de las fuentes, por tratarlo


como un conjunto sin división, es una concordancia. El
encuentro de los griegos con los egipcios: Demócrito, Solón,
Tales. Los sabios viajan. Atraviesan el Mediterráneo. Los textos
relatan la circunstancia. El acontecimiento: un sabio, éste, este
sabio griego y este sacerdote egipcio. También ellos recortan
una masa, y la rellenan con nombres propios. Pero este plural
distributivo es en realidad un colectivo. Una cultura se
encuentra con otra, un sistema cultural descubre a otro, un
sistema signalético está en presencia de otro. Otro: el más
opuesto. Dialogan, cada uno en su lengua. Ahora tenemos que
traducir. Y esta traducción es la geometría.

Sistema cultural, eso se dice rápido. Seamos más precisos.


Egipcios y griegos hablan entre ellos de ciencia: la antigua y la
nueva, una emblanquecida por el tiempo, y una a punto de
nacer. Ahí yace una ciencia tradicional, todo un saber
memorizado, capitalizado en biblioteca, durmiendo en papiros.
El paso del Noroeste 175
Conjunto de adquisiciones almacenadas, información
señalada, su valor no importa, por el momento. De ahí resulta,
como mínimo, un sistema elaborado para conservar la
información. Justamente, un sistema gráfico.
El sistema egipcio se encuentra ya por entero en el plano del
naos, el levantamiento de las minas de oro. Es un sistema de
representación. Domina la reproducción. Agrupa emblemas
directamente objetivos. De ahí su abundancia, opuesta a la
reducción numérica de los alfabetos. Los jeroglíficos exhiben el
objeto, lo muestran. Las cursivas hieráticas, demóticas, lo
sepultan. He aquí el pájaro, el buey, el jarrón y la casa. Puede
que la antigua leyenda de Tales establezca una etapa importante
en la evolución de los medios de comunicar. En vez de
transmitir objetos, como parece confirmado que se hacía antaño,
se transmite la reproducción gráfica de esos objetos, su esquema
fiel. Ya está allí lo inaccesible de Auguste Comte: hay objetos
incomunicables. Pasamos de Keops al jeroglífico prismático. El
logógrafo es efectivamente una proyección planar. Por supuesto,
si dibujo un jarrón para significar este jarrón, no sólo comunico
la palabra o la cosa, sino también la forma y el tamaño de esta
cosa. Al contrario, si escribo alfabéticamente las seis letras del
término jarrón, el dibujo ha perdido forma y tamaño de objeto,
debo encontrar una nueva lengua para comunicar esta
información, para decir la relación del trazado en la arena y de
la tumba de pie, la relación del jeroglífico y el objeto
representado, relación patente, o sea muda en el dibujo
logográfico. El sistema egipcio acerroja esta relación que no
puede ser dicha en su propio grafismo, destinado por entero a
mostrarla al ojo. Al igual que no puede evaluarse el rigor de un
sistema en su lengua de rigor autóctona, tampoco puede
evaluarse la fidelidad a la cosa en la lengua autóctona de un
sistema construido para exhibirla desde sí mismo.
Los sistemas signaléticos en juego son los más diferentes
entre aquellos que habían establecido la Media Luna fértil o el
Mediterráneo oriental. Es este desfase enorme el que
descubrieron los griegos al desembarcar de su travesía. La
escritura jeroglífica es representativa, pictográfica,
logogramática, en suma, un dibujo. Sí, en este sentido es una
proto-geometría. Y también lo es en esto: que la conocida
evolución de lo que se llamaba ideograma muestra una
tendencia a eliminar el detalle, a depurarse en un esquema. Cada
trazo representa una palabra, o sea una cosa, por lo menos en su
origen. Por lo menos en lo que ve alguien que no descifra, un
Michel Serres 176
3
griego, por ejemplo . Imagen, intuición, realismo. La escritura
griega se opone a ese sistema. No se ha hecho bastante hincapié
en que la notación alfabética es de origen helénico. Los fenicios
llevan su escritura, aún consonántica, a las factorías comerciales
diseminadas en la periferia del mundo griego. Una vez más,
pasamos el mar. De los sistemas semíticos al nuevo, aparece la
nota de las vocales, es decir el alfabeto finito que luego iba a
propagarse por doquier y permanecer más o menos estable.
Felizmente llamado así, alfabeto, para designar su origen, y
mejorando como por compensación ciertas notaciones
semíticas. El alfabeto griego es el primero definitivo, es decir
exactamente el último, el nuestro. El pueblo que todo lo inventó,
el desnudo, la risa, el logos y lo patético, había forjado antes la
herramienta fundamental. Ya no reproduce el objeto, este
objeto, sino que analiza el flujo fónico en elementos. La historia
de la escritura, tal como la expone Gelb4, por ejemplo, ve
funcionar un proceso dicotómico que llegó, aquí, a su término.
El logograma dibuja la palabra, la cosa. El sistema logo-silábico
se vuelve silábico y recorta la palabra, ahora hablada; pronto se
vuelve consonántico, luego un verdadero alfabeto en el que las
sílabas se reparten en letras. Desde entonces, el dibujo, en la
página, la tablilla o el pergamino, analiza algo muy distinto del
objeto que se supone debe designar. Es un signo de signo. Y
este sistema simplificado funciona exactamente como una
protoálgebra5. Discurso, convención, formalismo.
Salón, Tales, llegan a Egipto: un sistema cuasi algebraico
entra en cortocircuito con un sistema cuasi geométrico. Un
discurso se encuentra con una imagen. Un formalismo

3
Que el dominio de un sistema impide absolutamente reconocer otro, se
mide, ciertamente, con el genio de Champollion, por ejemplo, es decir por el
tiempo de trabajo que requirió el descifrado de los jeroglíficos. Pero también por
pequeños bloqueos: ¿quién ve, por ejemplo, la oreja dibujada por nuestro signo
de interrogación como un residuo del antiguo sistema? Al final de una pregunta,
traza la espera del Cuerpo y el pabellón deseoso: escucho.
4
l. J. Gelb, A Study of Writing, The University of Chicago Press, 1952.
5
De algún modo, el sistema alfabético corresponde a un sistema cualquiera
de numeración. Ambos se basan en un conjunto finito de signos atómicos. Como
la tabla de los elementos de Mendeléiev, o el código genético de la bioquímica.
O la familia restringida de átomos diferenciados, en Lucrecio. O los seres
geométricos elementales en Euclides. Esta relación entre las letras y los números
asumida por los griegos en su propia escritura es tan sólida que se acaba en el
mismo punto: por un lado, la numeración binaria reducirá el conjunto a dos
elementos, el cero y el uno; por el otro, el código Morse reducirá el alfabeto a
dos signos, el punto y el guión. Es pues la misma evolución, aunque por un lado
la combinatoria esté completa y, por el otro, presente lagunas. Esta diferencia
tiene inmensas consecuencias.
El paso del Noroeste 177
descubre una forma. Una convención entra en contacto con
una fidelidad. Es todo el problema de Cratilo. ¿Qué es la
geometría? He dicho: el discurso de un dibujo. Ahí estamos:
cómo alfabetizar un jeroglífico. Cómo analizar, dicotomizar
este signo que designa un esquema,
¿Pero de qué hay que dar cuenta? De la emergencia de lo
abstracto. No de lo métrico exacto, sino de lo puro. Observe
usted lo que sucede en el cortocircuito de la concordancia, en el
fuego del encuentro expresado por el corpus. Tenemos aquí un
lenguaje, un sistema signalético fiel a los objetos, pero que no
puede evaluar por sí mismo esta fidelidad. Repetitivo, por
consiguiente, y muerto, pues incapaz de tematizarse él mismo.
He ahí ahora un sistema de signos que designa signos. El
desfase entre ellos es perfectamente valorable con rigor: ambos
sistemas forman juntos como un lenguaje y un metalenguaje.
Uno describe las palabras-cosas, el otro analiza las palabras-
signos. Sea cual fuere la traducción que usted imagine entre
ambos sistemas, queda, como residuo, el prefijo meta. El
encuentro ha producido la abstracción. Lo que había que
demostrar. En la más cercana proximidad de una fidelidad
pedregosa que no puede volverse sobre sí misma, la convención
se descubre como convencional, levanta acta de su formalismo,
emerge como abstracción. Pero sigue fascinada por la fidelidad,
su contrario, se levanta y coge su palo en un intento de
alcanzarla.
¿De qué hay que dar cuenta? De la abstracción como
desfase respecto al objeto. La diferencia entre ambos sistemas
da cuenta de ello, y su encuentro la produce. Del logos como
relación, de la unidad como elemento, de sus remisiones a una
forma. Una vez concluida la dicotomía, dan cuenta de ello el
paso al elemento alfabético, la referencia, por mediaciones
controladas, de este sistema analizador a esquemas jeroglíficos.
No es suficiente. Cuando analicé a Tales, concluí con una
pregunta difícil: ¿qué es un discurso interminable? y sólo di una
respuesta patética6. De hecho, la matemática es un discurso
interminable, sin que esta definición sea recíproca. Hay pues
que encontrar el motor de lo que ahí se engendró,
indefinidamente continuado hasta nosotros y sin riesgo de
límite. El cortocircuito, la concordancia, que ha producido lo
abstracto, ése es el motor mismo. La meta del sistema en
esquemas, del conjunto plural de la reproducción, es reagrupar,
uno intuito, de una ojeada, la máxima información, tota simulo

6
Hermes II, L'interférence, pág. 180.
Michel Serres 178
Todo de un único y mismo golpe. El sistema griego, limitado,
no tiene Ja misma meta, tiene, quizá, el efecto inverso. Hay
miríadas de veces más información en el plano, el esquema o
el jeroglífico, que en la secuencia lineal de letras. Sobre todo
si éstas están aquí, como puntos o guiones, sin tener en cuenta
su dibujo, así formado con el único propósito de reconocerlas,
distinguirlas unas de otras. El ojo recibe mucha más
información que la oreja. Como es sabido. Se necesitan
centenares de líneas para definir una imagen televisual. Se la
recorta en secciones, como hacía Demócrito con el cilindro o
el cono, cuando inventó a la vez el primer cálculo infinitesimal
y el atomismo elemental. El sistema alfabético, pobre y
abstracto, lineal y convencional, se encuentra con un sistema
rico y objetual, planar e intuitivo. El primero, resultado final
de una dicotomía fundamental, se pone de nuevo a
dicotomizar en cuanto consigue un campo donde relanzar su
funcionamiento propio. El sistema cultural griego es la
dicotomía. El motor está instalado. Una pobreza encuentra un
expediente y se va de viaje: en pos de una fortuna, una fortuna
que, de por sí, no se reconoce como tal. El discurso devana
indefinidamente el esquema. El triángulo, la diagonal y el
cuadrado... La figura es este cuerno de la abundancia de donde
fluyen sin tregua las infinitas combinaciones de un alfabeto
abstracto que no sabe, que no puede alcanzarla. Del mismo
modo que si uno quisiera rellenar con puntos un intervalo.
Carrera del alfabeto hacia el jeroglífico, carrera del discurso
hacia la intuición, carrera de lo formal hacia lo real, carrera de
lo abstracto hacia lo concreto, carrera de la flecha hacia el
blanco. Aquiles inmóvil a paso rápido. Zenón, desde la
fundación de las matemáticas 7.
El sistema griego es incapaz de intuición. Sólo puede
representarla como un fin. Como cualquier cultura alfabética,
algebraica. De ahí su fascinación por Egipto y la geometría.
La filosofía de Platón, el ver, el modelo, la idea, el sol, los
sólidos estereométricos, todo esto está construido sobre la más
negra carencia del sistema signalético. Sobre la reminiscencia
egipcia. Sobre el viaje de Tales, de Solón y de los otros. Sobre
el diálogo inicial con el viejo sacerdote emblanquecido por el
tiempo.

7
El sistema pictográfico se basa en variedades continuas. El alfabeto, en la
discontinuidad atómica. Cuando esta última se pone a discurrir sobre aquél, de
inmediato surge la cuestión de lo continuo y lo discontinuo. De ahí resultan las
paradojas de lo infinito, desde la fundación. El discurso interminable fluye por la
abertura histórica de la dificultad.
El paso del Noroeste 179

El tiempo. Algo se lanza que ya no acabará más. La


linealización incalmable de la cosa. Un movimiento
interminable que se tartamudea por átomos de signos. La
diferencia y el contacto entre ambos sistemas produce lo
abstracto, por supuesto, produce sobre todo algo parecido a un
movimiento perpetuo. Lanza la ciencia, lanza la historia de las
ciencias, lanza la historia. Ese espacio en el que se quiere
hablar de lo real más real. La historia corno historia no nació
con la escritura, según dicen los historiadores, sino en la
concordancia mediterránea entre dos sistemas de signos, el
realista y el convencional, la intuición y el formalismo.
Las querellas filosóficas se desprenden de esto. Una lluvia
de secuencias negras bajo el sol de la intuición.

Quite usted la medida. Las letras no son sólo corno en el


alfabeto Morse, puntos, guiones. También son unos abiertos,
cerrados, trazos intermedios, nudos, bordes, grafos en general.
Esta es la topología. El tejedor, yo ya lo sabía, es un artesano
pre-geométrico. Pero también lo es el escriba de cursivas.
Michel Serres 180
El paso del Noroeste 181

Origen
de
la
geometría,
5






Renan tenía las mejores razones del mundo para llamar
milagro el advenimiento de las, matemáticas en Grecia. La
construcción de las idealidades geométricas o el comienzo de
la demostración era, en efecto, un acontecimiento muy
improbable. Si nos pudiéramos hacer una idea de lo que
sucedió en torno a Tales y Pitágoras, estaríamos un poco más
avanzados en filosofía. Los principios de la ciencia moderna,
en el Renacimiento, son una circunstancia mucho menos
difícil de entender, pues, a lo sumo, no se trató más que de un
reinicio. Para testimoniar este milagro griego disponemos de
dos grupos de textos. Por una parte, el propio corpus
matemático, tal como se encuentra en los Elementos de
Euclides, o en otros lugares, tratados o fragmentos. Por otra, la
doxografía, las historias dispersas a la manera de Diógenes
Laercio, Plutarco o Ateneo, algunas, observaciones de
Aristóteles, o las notas de comentaristas como Proclo o
Simplicio. Es poco decir que aquí se trata de dos grupos de
textos, se trata en realidad de dos lenguas. Ahora bien,
plantearse la pregunta del comienzo griego de la geometría es,
precisamente, preguntarse cómo se pasó de una lengua a otra,
de un tipo de escritura a otro, de un lenguaje conocido como
natural y de su notación alfabética al lenguaje riguroso y
sistemático de los números, las medidas, los axiomas y los
razonamientos in forma. Lo que nos queda de toda esta
historia no es más que la presentación tal cual de estas dos
lenguas, los relatos o leyendas y las demostraciones o figuras,
los términos y las fórmulas. Así pues, nos encontramos como
ante dos paralelas que, como bien se sabe, jamás se juntan.
Este origen huye hacia adelante, inaccesible, inalcanzable. El
problema está abierto.
Tres veces he intentado resolver esta cuestión. Primero,
insertándola en la tecnología de las comunicaciones. Cuando
dos interlocutores dialogan o discuten, el canal que los une debe
ser dibujado con un diagrama de cuatro polos, cuadrado
Michel Serres 182
8
completo provisto de sus dos diagonales . Por más fuerte e
irreductible que sea su controversia, por más calmo o tranquilo
que sea su consentimiento, ambos están asociados, de hecho,
dos veces: necesitan, primero, una determinada intersección de
repertorios sin la cual seguirían siendo extraños; luego, se ligan
contra el ruido que obstruye el canal de escucha. Ambas
condiciones son necesarias para el diálogo, pero no suficientes.
Tienen por consiguiente un interés común en excluir un tercer
hombre e incluir un cuarto, ambos prosopopeyas de los poderes
del ruido o de la instancia de la intersección. Ahora bien, este
esquema funciona así, exactamente, en los Diálogos de Platón y
es de fácil comprobación, por el juego de personas y su
nominación, sus semejanzas y diferencias, sus preocupaciones
miméticas y la dinámica de su violencia. Ahora bien, los lugares
matemáticos, y ellos en especial, a partir del Menón y así hasta
el Timeo, a través del Político y otros, son todos reductibles,
geométricamente, a este diagrama. Desde entonces aparece el
origen, se pasa de una lengua a otra, el lenguaje llamado natural
supone un esquema dialéctico y este último, dibujado o escrito
en la arena, tal cual, es la primera de las idealidades
geométricas. La matemática se presenta como un diálogo
logrado o una comunicación con riguroso dominio de su
repertorio y depurada al máximo de ruido. Por supuesto, no es
tan sencillo, en el detalle, donde yace lo irracional o lo
indecible, donde la escucha siempre requiere un cotejo, o sea un
resto, o un residuo, indefinidamente. Pero entonces el esquema
sigue siendo abierto, y la historia, posible. La filosofía de
Platón, por su presentación y sus modelos, es pues inaugural o,
mejor, capta lo inaugural.
Aquí retendremos este primer intento, la expulsión y la
depuración. ¿Por qué el parricidio del viejo padre Parménides
que hubo de formular, por primera vez, el principio de
contradicción? Se observará también cómo dos interlocutores,
adversarios irreductibles, por ejemplo, se ven forzados a
unirse contra un tercero, para que el diálogo siga siendo
posible. Para que sea posible la trama elemental de las
relaciones humanas. Para que se vuelva posible la geometría.
Cállate, no hagas ruido, húndete bajo tierra, sal o muere.
Extraña diagonal que uno creía pura del todo, y que es agonal
y que sigue siendo una agonía.

8
Hermes I, La communication, págs. 39-46 y Diametre et dialogue, en
curso de publicación.
El paso del Noroeste 183

El segundo intento consideraba a Tales al pie de las
Pirámides, bajo la luz del sol. Contenía varias génesis, con una
de ellas ritual 9. Pero yo no había tenido en cuenta que las
Pirámides son tumbas y que, bajo el teorema de Tales, yacía,
oculto, un muerto. El espacio en que el geómetra interviene es el
espacio de las similitudes: ahí está, evidente, alrededor de las
tres tumbas, con forma idéntica y dimensión distinta, e
imitándose una a otra. Y es el espacio puro de la geometría,
aquel del grupo de las similitudes, que vio la luz con Tales. De
suerte que el teorema y su inmersión en la leyenda egipcia dice,
sin decirlo, que yace bajo el operador mimético, concretamente
construido y teóricamente representado, un muerto real, oculto.
Había visto lo sagrado, arriba, en el sol de Ra y en la epifanía
platónica, donde el sol, llegado a la idealidad del volumen
estereométrico aseguraba por fin su diafanidad, no lo había
visto, abajo, oculto bajo la piedra sepulcral, en el cadáver
incestuoso. Pero quedémonos aún en Egipto.
El tercer intento consiste en considerar la doble escritura de
la geometría. Mediante figuras, esquemas y diagramas,
mediante letras, palabras y frases del sistema, organizados según
una semántica y una sintaxis propias. Leibniz ya observaba esta
doble grafía, consagrada por Descartes y los pitagóricos, doble
grafía que se representa y se expresa una por medio de otra, y le
placía, como a muchos, privilegiar a veces la intuición,
clarividente o ciega, solicitada por la primera, respecto a las
deducciones producidas por la segunda. Hay, como es sabido, o
como de costumbre, dos escuelas en la materia. Sucede a veces
que éstas intercambian su poder a lo largo de la historia. Queda
no obstante que el esquema contiene más información que
varias líneas de escritura, que éstas despliegan indefinidamente
lo que sacamos del esquema, como de un pozo o de un cuerno
de la abundancia. El álgebra antigua escribe, dilatándolo, lo que
la figura de la antigua geometría le dicta y que cela de golpe. El
proceso nunca se detuvo, todavía estamos hablando del
cuadrado o de la diagonal. Incluso no es seguro que no sea eso
mismo la historia.
Ahora bien, muchas historias cuentan que los griegos
cruzaban el mar para ir a instruirse en Egipto. Demócrito lo
dice, también se dice de Tales, Platón lo escribe en el Timeo.
Hasta hubo, y como de costumbre, dos escuelas enfrentadas
sobre esta cuestión. Una consideraba a los griegos como los

9
Hermes II, L'interférence, págs. 163-180.
Michel Serres 184
fundadores de la geometría, mientras que para la otra lo eran
los harpenodaptas. Esta disputa hizo olvidar lo esencial: que
los egipcios escribían en ideogramas y los griegos con un
alfabeto. La comunicación entre ambas culturas es concebible
en la relación entre esas dos signaléticas. Ahora bien, ésta es
precisamente la misma que la que separa y une, en la
geometría, figuras y diagramas por una parte, escritura
algebraica por otra. ¿Acaso serán el cuadrado, el triángulo, el
círculo y las demás figuras lo que queda, en Grecia, de los
jeroglíficos? Que yo sepa, son ideogramas. De ahí la
respuesta: la relación histórica de Grecia con Egipto es
concebible en la relación de un alfabeto con un conjunto de
ideogramas, y, como no existe geometría sin escritura, como
la matemática es escrita más que hablada, esta relación es
reconducida a la geometría como trabajo de doble grafía. He
ahí pues un paso cómodo entre dicha lengua natural y la nueva
lengua, paso practicable bajo la múltiple condición de
considerar dos lenguas distintas, dos escrituras distintas, y sus
relaciones comunes. Y esto resuelve de rebote la cuestión
histórica: la brutal detención de la geometría en Egipto, su
congelación, su cristalización en los ideogramas fijos, y el
irreprimible desarrollo de la nueva lengua, tanto en Grecia
como entre nosotros, este inagotable discurso de la matemática
y del rigor que es su propia historia. La relación inaugural del
ideograma geométrico con el alfabeto, palabras y frases, abre
un camino sin límites.
Esta tercera solución borra una parte de los textos. El viejo
sacerdote egipcio, en el Timeo, compara el saber de los
griegos, niños, con la ciencia emblanquecida por el tiempo de
su propia cultura 10. Evoca, para compararlos, crecidas,
incendios, el fuego del cielo, catástrofes. En esta solución
están ausentes el sacerdote, la historia, sea mítica o real, en el
espacio y el tiempo, la violencia de los elementos que oculta el
origen, y de la que se dice expresamente que siempre ha
ocultado este origen. Salvo, justamente, por el sacerdote,
quien posee el secreto de la violencia. El sol de Ra es relevado
por Faetonte, y la contemplación mística por la catástrofe de la
desviación.

Hay que volver a empezar. Volver a esas paralelas que no se


juntan. Por un lado, las historias, leyendas y doxografías,

10
Platón, Timeo, 22b y siguientes.
El paso del Noroeste 185
redactadas
 en lengua natural. Por el otro, todo un corpus de
geómetras, de aritméticos, escrito en signos, en símbolos
matemáticos. No se trata pues de ensamblar dos conjuntos de
textos, hay que intentar reencolar dos lenguas. Una cuestión que
siempre se planteó en la relación de la experiencia y de lo
abstracto, de los sentidos y de la pureza. Vaya uno a saber qué
es de lo puro, que es impuro cuando la historia cambia. No.
¿Puede uno imaginar (si existiese) una piedra de Rosetta en la
que estén escritas en una cara algunas leyendas, en la que esté
escrito en la otra cara un teorema? Aquí, ninguna lengua es
desconocida ni indescifrable, ninguna cara de la piedra plantea
problema, lo que está en cuestión es la arista común a las dos
caras, su borde común, lo que está en cuestión es la piedra
misma.
Leyendas. Uno cualquiera que concibió alguna nueva
solución sacrificó un buey, un toro. El célebre problema de la
duplicación del cubo se plantea para la piedra de un altar en
Delos. Tales, en las Pirámides, raya con lo sagrado. Aún no
estamos, quizá, en los orígenes. Pero, con certeza, lo que
separa a los griegos de sus posibles predecesores, egipcios o
babilónicos, es el establecimiento de una demostración. Ahora
bien, la primera que conocimos es la demostración apagógica,
sobre la irracionalidad de √2.
Y por lo tanto, de nuevo, leyendas. Euclides, Elementos,
libro X, primer escolio. Quien demostró, por primera vez,
dicha irracionalidad, fue un pitagórico. Tal vez se llamaba
Hipaso de Metaponte. Tal vez la Secta había prestado
juramento de no divulgar nada. Ahora bien, Hipaso de
Metaponte habló. Quizá fue expulsado. En cualquier caso,
parece confirmado que pereció en un naufragio. El escoliasta
anónimo prosigue: «Los autores de esa leyenda quisieron
hablar por alegoría. Todo aquello que es irracional y privado
de forma debe quedar oculto, esto es lo que han querido decir.
y que si algún alma quiere penetrar en esta región secreta y
dejarla abierta, entonces es arrastrada en el mar del devenir, se
ahoga en sus corrientes sin descanso.»
Leyendas y alegorías y, ahora, historia. Pues leemos un
acontecimiento de importancia a tres niveles. Lo leemos en los
escolios, los comentarios, los relatos. Lo leemos en los textos
filosóficos. Lo leemos en los teoremas de geometría. El
acontecimiento es la crisis. La famosa crisis de los irracionales.
De esta crisis, la matemática, apenas nacida, estuvo a punto de
morir. Por ella, el platonismo hubo de ser refundido. La crisis
afectaba al logos. Si logos significa proporción, relación o
Michel Serres 186
medida, lo irracional, o alogon, es la imposibilidad de medir.
Si logos significa discurso, el alogon prohíbe hablar. Entonces,
la exactitud se derrumba, la razón enmudece.
De esta crisis, Hipaso de Metaponte, u otro cualquiera,
muere, es la leyenda, y su recubrimiento alegórico en el escolio
de los Elementos. De esta crisis, Parménides, el padre, muere, es
el sacrificio filosófico perpetrado por Platón. Pero, de nuevo, la
historia: Platón nos muestra a Teeteto muriendo, al regreso del
combate de Corinto (369), Teeteto, el fundador, precisamente,
de la teoría de los irracionales tal cual la retoma el libro X de
Euclides. La crisis, tres veces leída, da a leer una triple muerte,
la muerte legendaria de Hipaso de Metaponte, el parricidio
filosófico de Parménides, la muerte histórica de Teeteto. Una
crisis, tres textos, una víctima, tres relatos. Ahora bien, del otro
lado de la piedra, en la otra cara y en otra lengua, he aquí la
crisis y la muerte posible de la propia matemática.
Sea que tengamos que explicar una demostración como se
explica un texto. Ante todo la demostración, sin duda la más
vieja de la historia, aquella que Aristóteles denominará
reducción al absurdo. Supongamos un cuadrado de lado
AB = b, del que una diagonal es AC = a. Queremos medir AC
respecto a AB. Si esto es posible, significa que las dos
longitudes son conmensurables entre sí. Escribimos entonces
AC = a . Suponemos a reducido a su expresión más simple.
AB b b
Entonces, los enteros a y b son números primos entre
ellos. Ahora bien, por el teorema de Pitágoras : a2 = 2b2. Así
pues, a2 es par, así pues a es par.
Y si a y b son primos entre ellos, b es un número impar. Si
a es par, se puede establecer : a = 2c. De donde a2 = 4c2. De
donde 2b2 = 4c2, o sea b2 = 2c2.
Por consiguiente, b es un número par.
La situación es intolerable, el número b es a la vez par e
impar, lo cual, por supuesto, es imposible. Por lo tanto, es
imposible medir la diagonal respecto al lado. Ambos son
inconmensurables entre sí.

Lo repito, si logos es la proporción, aquí a ó 1 , el alogon


b √2
El paso del Noroeste 187
es lo inconmensurable. Si logos es discurso o palabra, ya nada
se puede decir de la diagonal, y √2 es irracional. Es imposible
decidir si b es par o impar.
Establezcamos la lista de las nociones aquí utilizadas:
1. ¿Qué significa, para dos longitudes, ser conjuntamente
conmensurables? Esto quiere decir que tienen partes alícuotas
comunes. Existe o puede formarse una regla, dividida en
unidades, respecto a la cual estas dos longitudes podrán, a su
vez, ser divididas en partes. Dicho de otro modo, son distintas
cuando están a solas, cara a cara, pero son idénticas, poco más
o menos, respecto a un tercer término, la unidad de medida
tomada como referencia. La situación es interesante, y de
sobra conocida: dos diferentes irreductibles son llevadas a la
similitud por un punto de vista exterior. Es una suerte (o una
necesidad), aquí, que el vocablo de medida tenga, en la
tradición, al menos dos sentidos, el de la geometría y el de la
metrética, y el de la no-desmedida, la serenidad, la no-
violencia, la paz. Estos dos sentidos cubren una situación
semejante, una operación idéntica. A la crisis violenta de
Calicles, Sócrates opone la frase célebre: ignoras la geometría.
El Tejedor Real del Político es portador de una ciencia
suprema: la metrética superior, de la que tendremos que volver
a hablar.
2. ¿Qué significa, para dos números, ser primos entre sí?
Esto quiere decir que son radicalmente distintos, que no tienen
divisores comunes fuera de la unidad. Nos aseguramos así de
la primera situación, de su total alteridad, excepto si
consideramos la unidad de medida.
3. ¿Qué es el teorema de Pitágoras? Es el teorema
fundamental de la medida en el espacio de las similitudes.
Pues es invariante por variación de los coeficientes de los
cuadrados, por variación de las formas construidas en la
hipotenusa y los dos lados del triángulo. Y el espacio de las
similitudes es aquel en que las cosas pueden ser de igual forma
y de diferente dimensión. Es el espacio de los modelos y de las
imitaciones. El teorema de Pitágoras funda la medida en el
lugar representativo de la imitación. Ahí, Pitágoras sacrifica
un buey, dice de nuevo el texto legendario.
4. ¿Qué es, ahora, lo par? ¿Y qué es lo impar? Los
términos ingleses que les corresponden dicen en una palabra
los largos discursos griegos; even, par, significa igual, unido,
llano, mismo; odd, impar, significa extraño, desparejo,
además, de sobra, desigual, breve, otro. Decir de un número
Michel Serres 188
este absurdo, que es a la vez par e impar, es decir que es a la
vez mismo y otro.
Conceptualmente, el teorema o la demostración apagógica
no hace más que variar sobre las nociones de mismo y otro,
por la medida y la conmensurabilidad, por el hecho de que dos
números son primos entre sí, por el teorema de Pitágoras, por
lo par y lo impar.
Es una demostración rigurosa, y la primera en la historia,
sobre la mímesis. Dice esto muy sencillo: si suponemos la
mímesis, ella es reductible al absurdo. Entonces la crisis de los
irracionales echa abajo la aritmética pitagórica y el primer
platonismo.
Hipaso divulgó esto, y murió por ello, fin del primer acto.
Hay que decir hoy que eso se dijo hace ya más de dos
milenios. ¿Por qué jugar todavía a un juego decidido?

Pues si la diagonal o √2 son inconmensurables o


irracionales, sigue siendo evidente como mil soles que son
construibles sobre el cuadrado y que su modo de existencia
geométrica no es diferente de el del lado. Hasta el pequeño
esclavo del Menón, ignorante, va a saber y poder construirla.
Así también, los niños saben jugar con la peonza que la
República analiza como estable y móvil a la vez. ¿Cómo es pues
que la razón demuestra como siendo irracionales hechos que los
niños más ignorantes saben establecer y construir? Debe de
haber una razón de esta misma irracionalidad.
Dicho de otro modo, demostramos lo absurdo de lo
irracional. Lo llevamos a lo contradictorio o a lo indecidible.
Pero existe y nada podemos en contra. O, como dirá el otro y
sin embargo, gira. La peonza gira, incluso si demostramos con
argumentos irrefutables que es, indecidiblemente, móvil y fija.
Es así. Por lo tanto, toda la teoría que precede y fundamenta la
demostración ha de ser revisada, transformada. No es la razón
la que manda, es el obstáculo. Lo que se vuelve absurdo no es
aquello cuyo absurdo hemos demostrado, sino la teoría que
condicionó la demostración. Éste es el movimiento tan
corriente de la ciencia: cuando llega a un callejón sin salida de
esta índole, transforma de inmediato sus presupuestos.
Traducción: la mímesis es reductible a la contradicción o a
lo indecidible. Pero existe, y nada podemos en contra. Gira.
Funciona, como se dice. Es así. Siempre se puede demostrar
que no se puede ni hablar: ni caminar, o que Aquiles nunca
alcanzará la tortuga.
El paso del Noroeste 189
Ahora bien, hablamos, caminamos, Aquiles, el del pie
ligero, se adelanta a la tortuga. Es así. Por lo tanto, toda la
teoría que precede ha de ser transformada. Lo que se vuelve
absurdo no es aquello cuyo absurdo hemos demostrado, sino
el conjunto de la teoría que condicionó la demostración.
De ahí la historia, que sigue. Teodoro prosigue en el
camino legendario de Hipaso. Multiplica las demostraciones
de irracionalidad. llega hasta √17. De esos absurdos hay tantos
como se quiera. Incluso sabemos que los hay en mayor
número, por hablar en la lengua usual, que relaciones
racionales. A partir de ahí, Teeteto retoma el pitagorismo
arcaico y presenta una teoría general que fundamenta, en una
nueva razón, los hechos de irracionalidad. El libro X de los
Elementos podrá ser escrito. La crisis cesa, las matemáticas
reencuentran un orden, Teeteto muere, fin de esta historia,
técnica en la lengua del sistema, histórica en la lengua usual,
aquella que narra el combate de Corinto. Platón refunde su
filosofía, el padre Parménides es sacrificado durante el
Parricidio, en el altar del principio de contradicción, pues es
preciso que, de algún modo, el Mismo sea Otro. Entonces, ya
se encuentra fundada la Realeza. El Tejedor Real combina en
una red ordenada las proporciones racionales y las
irracionales, superada la crisis del retorno, superada la
tecnología de la dicotomía, fundada en el cuadrado, en la
iteración de la diagonal. La sociedad, por fin, está en orden.
Este diálogo, fatalmente no se titula el Geómetra, sino el
Político.

La piedra de Rosetta está construida. Supongamos que la


leamos en todas sus caras. En la lengua de la leyenda, en la de
la historia, la de las matemáticas, la de la filosofía. El mensaje
que entrega pasa de lengua a lengua. Lo mismo sucede con la
crisis. Esta crisis es sacrificial. Una serie de muertos
acompaña sus traducciones a las lenguas consideradas. A
continuación de esos sacrificios, reaparece el orden: en
matemática, en filosofía, en historia, en la sociedad política. El
esquema de Girard no sólo permite mostrar la isomorfia de
esos lenguajes, sino también, y sobre todo, su ensamblaje, su
reencolado. Pues no basta con narrar, hay que hacer aparecer
los operadores de ese movimiento. Ahora bien, estos
operadores, todos construidos sobre la pareja Mismo-Otro, se
descubren, en su rigor, desplegados en la primerísima
demostración de geometría. Así como el cuadrado provisto de
su diagonal aparece en la primera solución como el objeto
Michel Serres 190
temático de la relación intersubjetiva completa, formación de
la idealidad como tal, así también la demostración rigurosa
aparece como tal, manipulando todos los operadores de la
mímesis, a saber, la dinámica interna del esquema propuesto
por René Girard. El origen de la geometría está inmerso en la
historia sacrificial y las dos paralelas se encuentran desde
ahora en conexión. La leyenda, el mito, la historia, la filosofía
y la ciencia pura tienen bordes comunes sobre los que el
esquema unitario construye puentes.
Metaponte, el geómetra, era el Pontífice, el Real Tejedor.
Su muerte violenta en la tormenta, la muerte de Teeteto en la
violencia del combate, la muerte del padre Parménides, son
asesinatos. Lo irracional es mimético. La piedra que hemos
leído era la piedra del altar de Delos. Y la geometría comienza
en la violencia y lo sagrado 11.

11
Véase otro origen de la geometría en Le parasite, Ed. Grasset, 1980,
págs. 235-243, y aún otro, aquí mismo, págs. 156-158. Y otro más, siempre
aquí, págs. 97-98.
Índice




RANDONNÉE .......................................................................................................... 9

El nuevo Zenón ........................................................................................... ............ 11


El paso del Noroeste ............................................................................................ 15

PRIMEROS PASAJES .................................................................................... 25

Exacta y humana . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. 31
Sólidos, fluidos, llamas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. .. . 41
Espacios y tiempos ............................................................................................... 67
Historia: el universo y el lugar. Obstrucción ................................... 83

RANOONNÉE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . 91

Donde el paseo pone en entredicho los cuadros de la


exposición . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . 93

SEGUNDOS PASAJES ................................................................................ 113

Obstrucción: la epistemología ................................................................. 115


Historia de las ciencias ................................................................................... 129
Origen de la geometría, 3 ............................................................................. 161
Origen de la geometría, 4 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. 171
Origen de la geometría, 5 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. 181