DIAGNÓSTICO

Rubén Camacho Zumaquero El pan le sabía amargo. Desde hacía dos años, oía unas extrañas voces dentro de su cabeza que le decían constantemente qué debía hacer. Aquellas voces le decían que era un mezquino, un necio sin remedio, y a veces las oía hablar entre ellas, confesándose que él era un auténtico pervertido, sólo que nadie lo había averiguado aún, salvo las jovencitas que salían del instituto y pasaban frente a su tienda. Ahora estaba en el despacho del psiquiatra y le encañonaba con una escopeta de caza. Sobre la mesa, dejó un trozo de pan horneado el mismo día. El señor Guerrero, diagnosticado de esquizofrenia paranoide hacía un año y medio por el susodicho psiquiatra (que ahora estaba en peligro de muerte), sólo quería una cosa. Una acción simple y ordinaria. —Coma usted de ese pan. Sabe amargo. —Señor Guerrero, debe usted tranquilizarse, intentar controlarse y no hacer ninguna tontería. Por favor, baje el arma y podremos hablar tranquilamente. Puedo ayudarle, usted lo sabe, sabe que mi única intención es ayudarle… — ¡Coma el pan! No quiero escuchar sus tonterías o intentar calmarme. Le he dicho que el pan sabe amargo. Coma el pan y verá cómo sabe amargo. —Sí… ya lo sé, de verdad, se lo aseguro. Usted sabe que tiene un problema, está enfermo, sus sentidos no se corresponden con la realidad. Sé que la comida sabe distinta, sé que todo huele distinto y que escucha voces que le dicen lo que debe hacer. Dígame, ¿alguien le está ordenando que haga esto?

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— ¿Quiere usted dejar de tratarme como si fuera un imbécil? Su secretaria, tan lerda como de costumbre, se ha despistado cacareando con un paciente. Yo simplemente he entrado y aquí estoy. Solos usted y yo, no hay ninguna voz. Al menos ahora no. Pruebe usted el pan y me iré. De lo contrario… Guiñó el ojo izquierdo, como si fuera un miope sin gafas que intenta reconocer un rostro cercano, y clavó la vista en la mirilla de la escopeta. En su objetivo, el entrecejo del psiquiatra. Dos años atrás, el señor Guerrero comenzó a oír voces. Le decían que debía besar a una mujer concreta, estudiar unas oposiciones determinadas para asegurar su futuro profesional, vestir con un atuendo selecto y adecuado a su posición y época, hacer los máximos esfuerzos posibles por conservar su trabajo de cuarenta horas semanales u odiar a sus antítesis. A veces, las voces le decían que debía asesinar a los carniceros, a los médicos y a casi cualquier personaje que apareciera en televisión, porque según esas precisas voces, todos ellos urdían un plan para dominar el mundo. A veces, escuchaba: «¡mátalos, mátalos a todos!», y en otras ocasiones las escuchaba decir: «él debería matarlos a todos, sí, debería matarlos…». Tanto en segunda como en tercera persona. Los médicos nunca supieron si estaba deprimido o si sufría algún tipo de alteración mental. Meses después, era prácticamente imposible hablar con el señor Guerrero. Terminó de dependiente en una tienda de golosinas y prensa propiedad de su familia, y apenas podía intercambiar dos frases coherentes con sus clientes. Más tarde, la comida comenzó a saberle mal, los olores le resultaban nauseabundos y su carácter llegó a ser completamente abúlico. Cuando algún vehículo hacía sonar el claxon, el señor Guerrero gritaba, insultaba al conductor, y cuando el humo del tráfico llegaba a su rostro se tapaba las fosas nasales como un enfermo terminal de tuberculosis. Descarrilaba, era hostil, decía sentirse iluminado por las revelaciones de aquellas voces y deliraba al recibir cualquier estímulo. Se sentía amenazado por todos. Incluso por aquel psiquiatra, tan reputado
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como popular al aparecer frecuentemente en los programas de debate social de la televisión, que le diagnosticó esquizofrenia paranoide y obligó a su familia, compuesta apenas por su madre, a medicarle cada día. Pero ahora estaba allí, liberado, sin medicar y con la vieja escopeta de caza de su difunto padre en las manos. Su mirada desprendía un caos de ideas pero sus manos sostenían con firmeza la escopeta. Salvo el arma, que había escondido en su ancho abrigo al entrar a la consulta, sólo llevaba consigo una pequeña mochila y aquel trozo de pan, que ahora estaba sobre la mesa del psiquiatra. Ante el pavor de éste, insistió. — ¡Coma usted ese pan! El psiquiatra agarró el pedazo y se lo llevó a la boca, rezando para que aquella angustia acabara pronto. También rezaba para que su secretaria (si por una vez decía despertar de su somnolencia mental y ser un poco inquieta) hubiera avisado a la policía. Ojalá llegaran antes de que sus sesos decoraran la pared de su despacho, incluyendo diplomas y demás credenciales. Decidió agarrar el pan, darle una mordida y masticarlo lentamente. A medida que salivaba y tragaba, sus ojos fueron abriéndose conmovidos por la sorpresa. —Efectivamente... este pan está amargo. — ¿Ve?, ¡se lo dije! ¡Le dije que el pan estaba amargo! ¿Y ahora? ¿Sigue pensando que estoy loco? —Señor Guerrero, comprendo sus intenciones. Es cierto que el pan sabe amargo, no puedo negarlo, pero eso no indica que usted esté sano. Tiene un problema mental evidente. Déjeme ayudarle por favor. Para ello, deberá bajar el arma… —No, esto aún no ha acabado. Usted me confesó, a mí y a mi madre, que las pruebas médicas no eran concluyentes. Mi cerebro aparentemente es normal, no sufro ningún tipo de dilatación ventricular, e incluso, usted

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mismo me lo confesó, mi perfil no encajaba en ningún tipo de esquizofrenia. ¡Usted lo dijo! —Sí, señor Guerrero, es cierto lo que me dice, pero que un trozo de pan esté amargo no es una prueba de peso para decir que usted no padezca esta enfermedad, ¿comprende? Aún es pronto, debemos esperar, ser pacientes y seguir tratándole. Nunca hay nada concluyente. Por favor, baje el arma… déjeme ayudarle… Mientras el psiquiatra hablaba y mil perlas de sudor bailaban por su ancha frente, cayendo por sus mejillas y cuello como una catarata, el señor Guerrero, con astucia y sin dejar de apuntarle con la escopeta en la sien, sacó un trozo de plástico de su mochila y lo tiró sobre la mesa. —Es chocolate. Pruébelo. Sabe ácido. El psiquiatra estuvo a punto de alzar los brazos y gesticular, pero su impulso desapareció ante el gesto del señor Guerrero, que posicionó el cañón del arma en la piel de la sien y apretó, dándole pequeños toquecitos cada vez más violentos. Sin remedio, el psiquiatra deslió el papel y cortó una onza de chocolate. Ante el miedo, había perdido toda su libertad. Ya se comportaba como un autómata. La escopeta y los golpecitos en la sien eran suficientes para no hacerle dudar. El psiquiatra pensó que, al menos, el chocolate endulzaría el sabor amargo que el pan había dejado en su boca. —Como ve, es una chocolatina nueva, sin abrir. De mi tienda. Vamos, tráguela. ¿A qué sabe? El psiquiatra giró sobre su sillón y miró fijamente al señor Guerrero, impasible hacia el arma, cuyo cañón se balanceaba cerca de su oreja. —Es cierto… sabe muy ácido… es un sabor repugnante… —Bien, ahora, huela esto —volvió a hurgar en su mochila y sacó un frasco de colonia de marca, envuelto en su caja y sin abrir. El psiquiatra roció un poco del perfume en su muñeca. — ¡Mierda!
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—Bah, doctor, no sea usted tan exagerado. Huele mal, pero no tanto. —No, no era ningún tipo de exclamación, es que efectivamente, esto huele a excremento. ¡Huele a mierda! El doctor se levantó y el paciente bajó el arma. Ambos se miraron, tan confusos como cómplices. Salieron del despacho y observaron a los pacientes que esperaban en la sala de espera. Leían revistas con gesto contraído y con la conciencia perdida entre las páginas publicitarias. Nadie reparó en el arma, que el señor Guerrero llevaba semi escondida tras su pierna. Ambos, psiquiatra y paciente, dieron un trozo de pan con una onza de chocolate a cada paciente y también a la secretaria como si fuera una dosis diaria de un medicamento vital, rociaron sus muñecas con el perfume y esperaron sus respuestas. —¡El pan está amargo! ¡Y el chocolate ácido! —¡Esto huele fatal! ¿Qué es? ¿Abono? —¿Oyen ustedes voces que les dicen qué deben hacer, se sienten incapaces de expresar lo que sienten, y tienen frecuentemente ideas descabelladas? —preguntó el psiquiatra. Los pacientes se miraron tímidamente entre ellos. Finalmente, cada uno fue mirando al médico por turnos y asintieron. Entonces, llegó la policía. —Disculpen, ¿todo en orden? El psiquiatra miró interrogador a la secretaria, que le devolvió una mirada ingenua y sorprendida. —Yo no he llamado a nadie… Entonces, los dos agentes, ataviados de uniforme y con las armas y esposas preparadas, se miraron como si ambos fueran locos. —Te lo dije, te dije que nadie había llamado, oyes voces donde no las hay.

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Los dos policías se marcharon mientras en la consulta todos miraban al suelo, ausentes. Al llegar al ascensor, el policía silencioso, el que oía voces donde no las había, replicó. —Peor es lo tuyo, que dices que todo el mundo huele a mierda… — ¡Es cierto! Hoy desperté y el mundo olía a mierda. FIN

Rubén Camacho Zumaquero http://rubencamachozumaquero.wordpress.com http://sobreperrosyperegrinos.blogspot.com http://www.eyecoachs.com

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