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SIDRAGASO

EL PLACER DE LA TENTACIÓN

JUAN MANUEL PÉREZ GARCÍA

LEMNOS DRAWING
Diseño de cubierta: Juan Manuel Pérez García.

Juan Manuel Pérez García
CC BY-NC-ND 2.0
2011

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comerciales. No se puede alterar, transformar o generar una obra
derivada a partir de esta obra.
En la ciudad de Augsburgo, en Baviera, vivía un hombre
modestamente rico, quien se dedicaba al comercio de textiles
flamencos, seda florentina, lana inglesa, algodón cremonés y
cáñamo normando; así como de la pañería y el lino local.
Entregado a sus negocios, había pasado su juventud viajando por
toda la Cristiandad comprando y vendiendo las más finas telas. A
causa de esta nociva dedicación, Günther, que así era como se
llamaba, se había convertido en un hombre de edad madura, que
había alargado la soltería por demasiado tiempo.
Si bien había conocido a un gran número de mujeres en sus
largos viajes, no había encontrado a la doncella que le despertara
el deseo de contraer nupcias con ella. Hasta ahora sólo tenía muy
gratos recuerdos de la Toscana y la calidez de sus damas; en
especial de Amanetta, una bella joven florentina con quien había
tenido furtivos encuentros nocturnos y con quien se había
solazado, muy gratamente, como con ninguna otra.
Ella, con la maestría de sus habilidades, llegó a despertar en
él una gran pasión, al punto de que Günther pensara en el
matrimonio; sin embargo la fatalidad impidió que aquel vago
propósito se cumpliera, ya que cuando la peste negra asoló las
regiones mediterráneas, Amanetta fue una de sus tantas víctimas.
Con cierto grado de desconsuelo y abrumado por tanta muerte, él
decidió abandonar aquellas tierras, otrora tan cálidas y alegres, y
regresar a su ciudad natal.
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Estando nuevamente en Augsburgo, consideró que había
llegado el momento de buscar a una joven recatada para
convertirla en su esposa y con ella procrear una gran familia.
Pasados un par de años después de su regreso, una mañana él vio
salir de la basílica de San Ulrich y Santa Afra a una casta dama,
que de tan sólo contemplarla quedó cautivado; y de inmediato
ordenó a su fiel sirviente Hans la siguiera discretamente hasta su
casa e hiciera todas las averiguaciones pertinentes sobre su familia
y estado.
Cuando el asistente llegó con toda la información que de
manera solícita había recabado, éste vio como Günther se
encontraba sumamente ansioso, caminando de uno a otro lado en
la estancia de su casa, deseando con premura conocer todo de ella;
y queriendo apaciguar un poco el malestar de su señor, así le dijo:
― “Mucho me place traeros muy buenas noticias, pues con
gran diligencia pregunté aquí y allá acerca de la moza que habéis
visto esta mañana y corrí con mucha suerte, pues me topé con
gentes muy amables, que a cambio de algunas monedas me
proporcionaron datos muy precisos. Ella se llama Sylvia y es la
sexta hija de un matrimonio de artesanos, que, según estas
personas, se destacan por su honradez.
“Siendo la más joven, sus padres la han consentido y le han
prodigado amor, al punto que ya estando en edad núbil,
rechazaron propuestas de matrimonio de diferentes mancebos
pertenecientes a otros gremios. Según lo que me comentó una de
sus vecinas, sus padres tomaron esta decisión, pues consideran
que la más hermosa de las gemas no puede ser entregada a gente
plebeya y que su hija merece la mejor de las fortunas.
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“Cuando esto escuché pensé de inmediato en vuestra buena
estrella, pues quién sino Vm. para desposarla. Vos sois uno de los
más ricos comerciantes de la ciudad; no sois un inexperto
mozalbete sin caudal ni un enriquecido viejo impotente y de vil
talante, sino un maduro hombre de patrimonio envidiable y de
agradable aspecto, que ligeramente le dobla la edad, pues dejadme
deciros que ella apenas ha cumplido la edad de quince años”.
Muy agradecido se encontraba Günther por los informes
que su sirviente le había proporcionado, que de manera muy
dadivosa agradeció con una merecida recompensa. Después, sin
demora alguna, ordenó nuevamente a Hans que comprara muy
caros presentes y los entregara a los padres de Sylvia, de parte
suya, solicitando de la manera más atenta, le pudieran conceder,
en alguna tarde, el gusto de conversar con ellos.
Al recibir los espléndidos presentes que aquel acaudalado
comerciante les enviaba, la pareja de artesanos quedó gratamente
complacida y dijeron al fiel sirviente que su noble señor podía
visitarlos el día que mejor le complaciera y a la hora en que
dispusiera, pues ellos estarían gustosos de recibirlo y entablar
amistad con hombre tan honorable como lo era él; de esta manera
ambas partes quedaron en que Günther pasaría a saludarlos a la
semana siguiente, para hablar sobre asunto tan importante como
era el futuro de Sylvia.
Cumplido el plazo, el enamorado pretendiente asistió a su
compromiso en la casa de aquella modesta familia, quien le abrió
las puertas y le tendió la mano con tal naturalidad, como si lo
trataran de muchos años. Acompañado por su asistente, él entró
con las manos llenas de nuevos obsequios para todos; pero
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principalmente para aquella núbil manceba que lo había
cautivado, a quien le entregó unos valiosos pendientes.
Luego de conversar largamente sobre las virtudes y
cualidades que Sylvia poseía, así como los muchos valores que
ellos le habían inculcado para que fuera una mujer recatada y una
casta esposa, Günther tomó la palabra y se dirigió a los padres de
ella de esta manera:
—“No tengo ninguna duda de que la virtud de su hija es sólo
comparable con su belleza y de que ella es un ángel que ennoblece
todo lo que mira. Ante ella el desdén y la ira huyen y aquel quien la
logra contemplar es dichoso. ¡Bendito el lugar, el día, la hora, el
punto en el cual mi mirada se encadenó a la suya! Desde aquel día
ya mi mente en ella solamente se emplea y a cada momento siento
surgir más de un suspiro. Una honda herida ha dejado su
encantadora mirada, de donde surgió el dardo que de esperanza y
deseo me llena, de poder hallar piedad entre virtudes tantas y a
esta hermosa dama hacer pueda compañía”.
Al escuchar tan delicadas y corteses palabras, aquella joven
ruborizóse y candorosamente sonrió y agachó la mirada. Los
padres, complacidos por tan afortunadas declaraciones,
accedieron gustosos a que él pudiera frecuentar a su hija cuantas
veces quisiera. De esta manera Günther se volvió un asiduo
visitante de la familia, llevando para Sylvia hermosos presentes;
los cuales despertaron en ella gran atracción por tan desprendido
enamorado.
Al cabo de un año ambos contrajeron matrimonio y ella, en
la noche de bodas, sacrificó su virtud en el altar de la pasión con
tal docilidad, que su marido quedó ciegamente prendado de su
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esposa, al punto de elevarla a seráfico estado y fijar su residencia
en el mismo Paraíso. Ella, aunque inexperta en las artes amatorias,
pronto adquirió tal habilidad y maestría, que Günther, siempre
generoso, supo recompensar a su esposa con aquello que
conquista el corazón de toda mujer: prendas confeccionadas con
exquisitas telas y joyas de los más preciosos metales y las más
valiosas piedras.
Pronto Sylvia tomó gran apreció por tales obsequios; y
aunque su vida siempre había sido modesta o tal vez porque había
vivido de esta manera, la recién casada se envaneció y comenzó a
pedir con mayor frecuencia tales objetos. No cabe duda que
cuando se alimenta la ambición y vanidad de una mujer, no hay
fortuna que no mengüe ni marido que la aguante; pero también es
cierto que cuando una dama domina las altas técnicas de la
seducción y el quehacer erótico, cautiva de tal manera a su
consorte, que éste no hace otra cosa que complacerla en todos sus
caprichos. Esto fue lo que le ocurrió a Günther.
Al notar que su modesta fortuna había disminuido de
manera considerable, algo alarmado por esta situación, se vio
obligado a abandonar el lecho marital y viajar por el Sacro Imperio
Romano, comprando todo tipo de telas en los principales centros
textiles. De esta manera adquirió lino de gran calidad en
Augsburgo, Ulm y Constanza; pañería en Friburgo, Brabante y
Nuremberg; algodón en Cremona y Pisa, y seda en Lucca y
Florencia. Al no poder viajar a Normandía y Bretaña por el
apreciado cáñamo de la región, a causa de la guerra que
enfrentaba a ingleses y franceses desde hacía diecinueve años, se
conformó con comprar la prestigiada lencería de Reims.
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Un año le tomó este viaje por todas estas ciudades. En él
invirtió gran parte de su hacienda, seguro de duplicarla más
adelante; pero antes de partir hacia la Feria de Primavera en
Frankfurt, donde pretendía vender su mercancías, quiso descansar
por breves semanas en su casa y estar al lado de su hermosa
esposa, a quien deseaba ver y estrechar entre sus brazos. Después
de un año de ausencia, Sylvia recibió y atendió a su marido de
forma tan amorosa, que en ambos se renovó la pasión común en
los recién casados.
Llegado el tiempo en el cual Günther tenía que partir, ella le
pidió que la llevara, pues no deseaba estar más tiempo alejada de
él; además de que anhelaba visitar aquella ciudad y ser parte de un
evento al cual acudían distinguidas personas de todas partes. Ante
los insistentes ruegos de su esposa, él no pudo negarse y ambos
dispusieron todo lo necesarios para su viaje. Sylvia, que nunca
había salido de Augsburgo y poco conocía del mundo fuera de sus
calles, vio todo aquello como una gran aventura.
En la primera noche de su trayecto, ellos descansaron en un
mesón en la ciudad de Ulm. Al entrar en aquel lugar, la aún
candorosa belleza de ella atrajo la atención de varios de los
comensales; pero especialmente de un misterioso ser, que se
encontraba apartado en una de las esquinas de la habitación. Los
recién llegados se sentaron a una mesa y a la moza que los atendió
le solicitaron una opípara cena; y mientras ellos consumían sus
alimentos, el ignoto hombre discretamente no dejaba de mirarla.
De pronto, cuando en su mente cruzó un inquietante pensamiento,
él sonrió con cierta malicia.
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Decidido a cumplir su voluntad, mandó llamar a una de las
mozas y por una buena suma de dinero, le pidió que averiguara
todo acerca de ellos. Ésta, de manera muy astuta, desplegó los
artificios de la coquetería y logró la atención de Hans con miradas
y sonrisas sugerentes. Al cabo de un rato, en el cual ella logró su
propósito de seducirlo, ambos buscaron un lugar más propicio
para poder intimar. Ocultos en la despensa del mesón, los dos
pudieron gozar, hasta ya muy entrada la noche, los placeres de las
carnales pendencias; y una vez satisfechos, ella comenzó a
averiguar todo acerca de aquel matrimonio.
Poco pudo descansar Hans en aquella ocasión, pues en
cuanto el gallo cantó, tuvo que levantarse y disponer todo, para
continuar el viaje en el momento en el que su señor lo ordenara.
Por otra parte, aquella moza cautelosamente se dirigió a la
habitación del misterioso personaje y le contó todo lo que había
podido inquirir. Complacido por ello, él cumplió y pagó lo pactado.
Después llamó a uno de sus tantos criados y le ordenó partir de
inmediato hacia Frankfurt, para que su residencia estuviera
preparada y pudiera hospedar al acaudalado mercader y a su
esposa; además le mandó otras tantas cosas, que permitirían llevar
a término todo lo que había maquinado.
A mitad de la mañana los dos viajeros se despertaron, se
alistaron y bajaron de su aposento para desayunar. Cuando
terminaron, un sirviente de aquel desconocido hombre se acercó a
la mesa y de manera muy cortés, le habló a Günther de esta
manera:
—“Disculpe Vm. el atrevimiento, pero mi señor me ha
enviado para invitarlo a su mesa, ya que se complacería mucho el
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poder conversar con vos e invitarle una buena copa de vino, que
los padres cistercienses realizan en el valle del Mosella.
Seguramente vuestra encantadora esposa aún querrá ocupar más
tiempo para su perfecto arreglo, antes de partir de la ciudad, en el
cual tanto Vm. como mi señor podrán tratar algunos negocios”.
El mercader de Augsburgo aceptó la invitación y se sentó a
la mesa de aquel atento caballero, quien después de saludarlo, se
presentó y le dijo:
—“Mi nombre es Theodor y al igual que vos soy un
acaudalado comerciante, que tiene su residencia en la ciudad de
Frankfurt. Toda mi vida la dediqué a comprar y vender diferentes
productos y logré acrecentar la riqueza de mis arcas, al punto de
no tener necesidad de trabajar el resto de mi vida. Así que he
viajado por los lugares más placenteros del Sacro Imperio, he
conocido el amor de las más hermosas damas, así rústicas como
principales, y he logrado alcanzar una holgada vida, libre de
cualquier preocupación.
“Ahora comparto con vos el mismo destino y me dirijo a mi
casa, donde estoy por recibir a grandes amigos míos, que visitan la
ciudad para mercar las mejores telas. Anoche me percaté de
vuestra llegada al mesón y a la distancia pude observar que
transportáis precisamente todo tipo de paños y de los más
selectos; mismos que estoy seguro les encantarán a mis huéspedes
y por los cuales, seguramente, seréis recompensado con una
cuantiosa fortuna.
“Por tal motivo me atreví a invitaros a mi mesa y a
compartir una buena copa de vino del Mosella, pues deseo, si vos y
vuestra encantadora esposa así me lo permiten, poderlos hospedar
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en mi residencia, donde podrán disfrutar de todas las
comodidades y serán atendidos como su alta distinción lo merece”.
Günther, encantado por tal propuesta, no dudó un
momento y aceptó gustoso la invitación. Al poco rato Sylvia
descendió del dormitorio luciendo radiante, atrayendo la atención
de los caballeros y despertando la envidia de las damas. Theodor,
hombre conocedor de las sutilezas femeninas, pudo observar en el
rostro de ella un gesto de completo regocijo en su vanidad; lo cual
le aseguraba que todo lo que había planeado se cumpliría sin
contratiempo.
Todos partieron de Ulm poco antes del mediodía y
continuaron su trayecto sin tener algún incidente digno de
mención, haciendo escalas para descansar por las noches en las
ciudades de Stuttgart, Pforzheim, Heidelberg y Darmstadt, hasta
finalmente llegar a Frankfurt. Durante estos cinco días, Theodor
supo ganarse muy bien la confianza de Günther y la simpatía de
Sylvia. Ella, desde el primer contacto que tuvo con este misterioso
personaje, se sintió extrañamente complacida con su compañía, ya
que se mostraba como una persona agradable y de conversación
muy amena; además de que parecían envolverlo fragancias
deliciosas.
Estando ya en la ciudad, él los condujo a su residencia, la
cual se encontraba en el lateral sur de la Catedral de San
Bartolomé y separada por una calle de la Gran Casa de Piedra de
los Judíos, un edificio donde se almacenaba madera y se
encontraban también los libros de la ciudad; mismo que poco
tiempo después fue demolido por su gran deterioro y en su lugar
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se edificó la Casa de los Lienzos, la tienda de telas más antigua de
Frankfurt.
Sylvia quedó fascinada al transitar por aquellas calles
bulliciosas, llenas de personas que venían de todos los lugares de
la Cristiandad. También quedó asombrada cuando contempló la
alta torre de la catedral erguirse hacia el cielo, pues era el edificio
más alto que había visto en toda su vida; y su admiración creció,
cuando Theodor comentó que un año antes Carlos IV de Alemania,
había señalado aquel recinto como la sede donde se reunirían los
siete príncipes electores, fijados en la Bula de Oro, para designar a
los emperadores del Sacro Imperio Romano.
La residencia del acaudalado mercader era un amplio
edificio de tres niveles, cuya fachada presentaba paredes
entramadas. Al entrar, todos fueron recibidos por el sirviente a
quien se le había ordenado tenerlo todo preparado para su llegada
y quien tenía listo, para su señor y sus huéspedes, una espléndida
cena acompañada con vino tinto. Al término del banquete, el
anfitrión ordenó que los condujeran a su habitación, la cual era
muy cómoda, pero algo apartada. Theodor se excusó diciendo que
cómo esperaba más visitas, no deseaba que la hermosa Sylvia se
pudiera incomodar por la presencia de sus demás invitados. En los
siguientes días, llegaron a aquella casa un mercader de Venecia
que se llamaba Laurencio, otro proveniente de Cracovia de
nombre Valdemar, uno más, Yani, originario de Copenhague, un
cuarto natural de Gante llamado Tarek y por último Nicholo, un
comerciante de Génova.
Como ya estaba próxima a iniciarse la feria, el ambiente en
toda la ciudad era festivo y muchas de las familias principales
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organizaban banquetes, a los cuales asistían los más prestigiados
comerciantes, para estrechar amistad con ellos y entablar
contratos mercantiles. Theodor tenía relaciones muy cercanas con
las familias más acaudaladas de la ciudad, mismas que lo
invitaban con especial empeño a este tipo de eventos; pero el de
mayor ralea, sin duda, era el que organizaba la familia Römer en
su magnífica residencia, que se encontraba precisamente frente a
la plaza en donde se llevaba a cabo el tal renombrado evento.
Por su puesto él asistió a este banquete acompañado por
Günther, Sylvia y los otros cinco invitados. El anfitrión fácilmente
pudo percatarse de la viva emoción que ella sentía, pues se
mostraba encantada de poder convivir con personas tan
distinguidas y selectas. Urgida por su propia vanidad, la joven
vistió sus mejores galas, con el único deseo de ser aceptada por
esas personas. En el banquete, su lozana belleza se ganó la lisonja
de todos los asistentes, quienes no dejaron de alabar también su
gentileza, porte y elegancia. Embriagada en el placer de la
adulación, Sylvia no se percató de la hipocresía de aquellas gentes.
Atento al comportamiento de ella, Theodor sonreía con malicia,
ante la pronta caída de aquella mujer.
Interesado siempre en descubrir las debilidades del hombre,
él también advirtió la atracción que tenía Günther por el vino, ya
que bebía de forma considerable y esto favorecía a sus aviesos
planes. Atento al comportamiento de todos los convidados, miraba
como varios de los caballeros presentes se esforzaban por tener la
atención de la joven esposa de su invitado, quien gustosa se dejaba
conducir a los mundanos intereses de la época y se entregaba feliz
a los vicios de aquella disipada sociedad.
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Cuando el banquete finalizó, aquel pérfido personaje ordenó
a uno de sus criados decirle a todos aquellos gentileshombres,
quienes mostraron afición por su bella huésped, que concurrieran
a su residencia, de manera muy discreta, ya que allí tendría lugar
un evento que les complacería enormemente. Cuando todos
regresaron a la morada de Theodor, éste pidió a Günther que se
quedara a beber, con él y sus invitados, un excelente vino
borgoñés, al mismo tiempo que trataban algunos negocios; pues
sus huéspedes estaban muy interesados en comprar todos los
paños que él poseía.
Por otra parte, el anfitrión sugirió a Sylvia pasara a su
aposento y se alistara para descansar, ya que seguramente aquellos
asuntos le aburrirían sobremanera. Ella, aunque no se sentía
cansada, se retiró a su habitación, perturbada todavía por todo lo
que había experimentado hasta aquel momento. Camino al
dormitorio, la ofuscada dama descubrió que una de las tantas
habitaciones se encontraba abierta y que de su interior provenía
una tenue luz. Movida por la curiosidad entró en ella y en su
interior halló un cirio casi consumido, al lado de un magnífico
espejo con marco de nogal imperial, laminado en oro.
Atraída por aquel objeto, ella se acercó para mirarse en él y
éste le mostró una imagen seductora, fascinante, que despertó en
su interior una viva alegría y una intensa satisfacción hasta ese
instante nunca experimentadas en toda su vida. Complacida por
aquella visión, no dejaba de mirar lo que el cristal le mostraba.
Absorta en ello, no pudo percatarse que el ambiente se llenaba de
fragancias tan exquisitas, que la envolvían y despertaban en su
interior confusas pasiones, que ofuscaban y debilitaban su
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voluntad. De pronto, a su espalda, escuchó una sonora voz que le
decía:
—“Todo esto puede ser tuyo. Tu vida puede ser así como lo
estás viendo. Todos te honrarán y sentirán admiración por ti,
como este maravilloso espejo te lo está mostrando. El placer
experimentado con las distinciones que esta noche te prodigaron,
no se compara con el deleite que te espera y que puedes mirar en
este frío cristal”.
Sin dejar de observar lo que aquel objeto le presentaba,
Sylvia, con una expresión de absoluta complacencia, preguntó:
—“¿Cómo? ¿Cómo puedo alcanzar todo esto? ¿Qué tengo
que hacer para que esta visión se cumpla? ¿Cuál es el precio a
pagar por tanta dicha?”
—“¿Estás dispuesta a cumplir mi voluntad?”
Al decir esto, la visión que en el espejo se revelaba se
obscureció y mostró la natural imagen de aquella dama. Ella, rota
la fascinación del maléfico artificio, volteó y se vio frente Theodor,
quien, con mirada serena y expresión afable, se acercó, tomó sus
manos y le dijo:
—“¿En verdad deseas que se cumpla lo que has visto?”
—“¡Sí, lo deseo, lo deseo sobre todas las cosas! Sin embargo
¿quién sois? ¿Cómo haréis para cumplir esta revelación?”.
—“Mi nombre es Sidragaso y soy un poderoso barón en la
infernal corte de Satanás. Tengo poder para cumplir lo que tú
quieras, puedo darte todo aquello que tú desees. Abajo, en la
estancia, acompañan a Günther mis huéspedes y otros tantos
mercaderes, dispuestos a comprar todos los paños, al precio que tu
marido fije. Una fortuna obtendrá él si esta venta se concreta y tú
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podrás poseer todo aquello que has visto, sólo te pido un gesto de
obediencia”.
—“¿Qué solicitáis? ¿Qué deseáis que haga para que se
cumpla lo que se me ha mostrado?”.
—“Ellos, cautivados por tu gracia y belleza, sólo desean
contemplar tu hermosura en todo su radiante esplendor, libre de
cualquier prenda que pueda ocultar las atractivas cualidades de tu
marmóreo cuerpo”.
—“Pero… ¿y mi esposo? ¿Él aprueba esta petición? ¿Él está
conforme con lo que vuestros invitados ansían?, ¿su honra está
dispuesta a sacrificar por la riqueza y la opulencia?
—“Günther no será testigo de estos hechos, él nunca sabrá lo
que en la estancia suceda; sin embargo ¿eres tú capaz de realizar
este sacrificio?, ¿podrás complacer a mi petición por lo que yo te
ofrezco?
Tras decir esto, el cirio, casi por extinguirse, vaciló en su
tenue luz y Sylvia, extasiada en los aromas que a aquel oscuro ser
envolvían, guardó silencio y trató de reflexionar sobre todo lo que
él le había dicho; mas las esencias que respiraba, despertaban en
ella inquietudes malsanas, lascivos deseos, voluptuosas fantasías
que mermaban su voluntad. Además, entorno suyo, comenzó a
escuchar las voces de infernales espectros, que en caótica
alternancia decían:
—“¡Acepta Sylvia! ¡Acepta!”.
—“Tendrás todo lo que has deseado”.
—“Todos te admirarán”.
—“Todos te amarán”.
—“¡Acepta Sylvia! ¡Acepta!”.
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—“Tendrás todo lo que has deseado”.
—“Las más costosas joyas serán tuyas”.
—“No habrá prenda que no puedas adquirir”.
—“¡Acepta Sylvia! ¡Acepta!”.
—“Todos te admirarán”.
—“Te honrarán como a ninguna otra”.
—“Vivirás en opulencia”.
—“¡Acepta Sylvia! ¡Acepta!”.
—“Todos te amarán”.
—“No habrá mujer más bella que tú”.
—“Tu dicha será inconmensurable”.
—“¡Acepta Sylvia! ¡Acepta!”.
—“¡Acepta Sylvia! ¡Acepta!”.
Abrumada por tal acoso, el profuso llanto brotó de sus ojos y
ella aún alcanzó a escuchar, débilmente, la armónica voz de una
mujer que le decía:
― “¡Detente Sylvia! ¡No lo hagas! ¡No condenes tu alma! ¡No
claudiques! ¡Acógete en mi amoroso regazo! ¡Cúbrete con mi
divino manto! ¡Entrégate a mis maternales brazos! ¡No lo hagas
Sylvia! ¡No lo hagas!
Sin embargo, la voz fue acallada por las fascinadoras
palabras de aquellos espectros y, dibujándose en el aire una
delgada línea de humo, el cirio terminó de consumirse. Ella,
envuelta en la oscuridad y sometida a sus turbias pasiones, con voz
sumisa a Sidragaso dijo:
—“Mi señor, haré lo que vos me ordenéis, cumpliré con
vuestra voluntad, ahora y siempre”.
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Él, con una sonrisa malévola, soltó de ella las manos y la
abrazó con codicia, como el avaro lo hace con el cofre donde
deposita sus riquezas.
Theodor entró a la estancia donde se encontraban todos sus
invitados, quienes durante todo ese tiempo habían estado
bebiendo. Günther, sin sentido por el exceso de vino, dormía
apoyado sobre la mesa. Al verlo en tal estado, el perverso anfitrión
ordenó a dos de sus criados lo condujeran a su habitación y no lo
importunaran en el resto de la noche. Después se dirigió a sus
huéspedes con potente voz y les anunció:
—“¡Señores! Habéis sido invitados a mi residencia, para ser
partícipes de un evento en el cual se complaceréis muy
gratamente; sólo que para recrearos en él, tenéis que pagar por
ello un precio nada gravoso. Todos habéis venido a esta ciudad
para mercar las telas más finas y llevarlas cada uno a su ciudad.
Aquí tenéis ya todo género de paños. En toda la feria no
encontraran mejores y con ellos, les aseguro, podrán acrecentar
sus fortunas. Comprad a Günther sus mercancías, al precio que él
os indique, y tendréis hoy un convite inolvidable”.
Embriagados por el vino y confundida su mente por los
efectos del mismo, todos aceptaron tal propuesta sin meditarlo un
momento. Theodor dio entonces dos fuertes palmadas y la puerta
de la estancia se abrió de par en par. En la entrada se encontraba
Sylvia, quien sólo vestía la blanca camisa de lino y sobre ésta una
capa escarlata con capucha. Ella entró y se quitó el capuz dejando
ver su blonda cabellera, que enmarcaba el candoroso rostro, en el
cual resaltaban los azules ojos y los rosados labios.
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Luego desató la capa, que cayó tras su espalda, y caminó con
sólo la camisa, entre los atónitos comerciantes, hasta llegar al
centro de la estancia, donde se levantó y quitó la prenda,
terminando completamente desnuda ante el nutrido grupo de
varones. Éstos, jubilosos, contemplaban extasiados el marmóreo
cuerpo y se miraban unos a otros haciendo sátiras muecas.
Dominada por la voluptuosidad, ella se contagió de aquella
impúdica alegría y empezó a bailar en medio de los hombres,
quienes entre risotadas comenzaron a marcar el ritmo con
palmadas.
Atento a todo lo que ocurría, Theodor ordenó a sus criados
traer instrumentos músicos, para acrecentar aún más el festivo
ambiente. Sylvia, entregada por completo a la efusión de sus
ardores, continuó bailando e incitó a todos los presentes a
acompañarla y a desnudarse como ella. Despojados de todo
vestido y con los turgentes espetones, aquellas lascivas marionetas
no pudieron contener más sus pasiones y lanzáronse sobre ella
como hambrientas onzas; siendo los primeros Laurencio,
Valdemar, Yani, Tarek y Nicholo, cerrándose así el infernal
pentáculo. La ofuscada mujer, en lujuriosa crápula, se entregó al
obsceno placer de la orgía y con todos yació. No hubo ni uno solo
que tuviera sentido suficiente, castidad bastante para no pecar con
ella.
Embriagado y apartado de la estancia, Günther no pudo
escuchar ni saber todo lo que en aquella habitación ocurría; por
otra parte Hans, fiel sirviente de la familia, retozaba con una
mozuela de la casa, ajeno a tan escandaloso suceso; sólo el
perverso barón del infierno fue testigo de la caída de aquella mujer
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y de la corrupción de su alma, a la cual pudo contemplar, con
aguda mirada, en los rictus de placer que en su rostro se
dibujaban.
El convite finalizó poco antes del alba. Los invitados,
plenamente satisfechos, abandonaron uno a uno la residencia. Ella
terminó agotada y tendida sobre la mesa. Theodor ordenó que
cubrieran su desnudez, la condujeran al dormitorio y la
depositaran en el lecho junto a su marido. Ya muy avanzada la
mañana, ambos se presentaron ante su anfitrión, quien los saludó
muy cortésmente y les comunicó después, que todos sus invitados
estaban dispuestos a comprar las telas y sólo faltaba que él fijara el
precio. En el transcurrir del día, la venta de todos los paños se
realizó y Günther amasó una cuantiosa fortuna.
Dichosos por tales acontecimientos, el mercader y su esposa
regresaron a Augsburgo y se dedicaron a llevar una vida de
opulencia. Él no escatimaba en gastos por complacerla y mandaba
confeccionar y traer los más preciados artículos de todos los
lugares del Sacro Imperio, así como de tierras lejanas. Por otra
parte, ella vivía feliz en medio de las adulaciones que le
prodigaban las más distinguidas familias de la ciudad. La dicha se
completó, cuando meses después ella presentó claras evidencias de
embarazo. Todos en Augsburgo se alegraron con tal noticia y
felicitaban a la pareja, deseando que el hijo primogénito pudiera
ser un varón.
Sylvia mantuvo ocultó su oscuro secreto y dejó creer a su
marido lo que más le convenía. Finalmente, con grandes
complicaciones que la llevaron al borde de la muerte, ella dio a luz
y las consecuencias de su aberración se manifestaron, cuando la
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matrona recibió un producto deforme y grotesco, que al mirarlo no
pudo evitar emitir un grito de horror. Al contemplar la madre el
engendro que había concebido, le causó tal desolación, que el alma
abandonó su cuerpo y expiró su último aliento.
Enloquecido por el dolor, Günther tomó al recién nacido y
con sus propias manos le dio muerte; y sin poder comprender lo
que había sucedido, él corrió violentamente a todos los presentes y
abandonó los inertes cuerpos de su esposa e hijo. Luego partió de
la ciudad, con toda su hacienda, y poco se supo de él después. Una
vez que toda la casa quedó sola, maléficos espectros aparecieron y
entre golpes e insultos condujeron el alma de aquella dama al
abismal infierno.

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