La siguiente traducción fue realizada por
❛SHADOW WITCHES❜
Esta obra es sin fines de lucro, hecha especialmente de fans para
fans y sin intención de afectar al autor. Ningún miembro del staff
recibe alguna retribución monetaria, por lo que te pedimos no
resubas la siguiente historia a ninguna plataforma.
Si tienes la posibilidad te animamos a apoyar al escritor
adquiriendo sus libros, ya sea en su idioma original o su versión en
español; una vez llegados a sus respectivos países.
Prohibida su Venta Veinte
Advertencia de Contenido Veintiuno
Dedicatoria Veintidós
Playlist Veintitrés
Uno Veinticuatro
Dos Veinticinco
Tres Veintiséis
Cuatro Veintisiete
Cinco Veintiocho
Seis Veintinueve
Siete Treinta
Ocho Treinta y Uno
Nueve Treinta y Dos
Diez Treinta y Tres
Once Treinta y Cuatro
Doce Treinta y Cinco
Trece Treinta y Seis
Catorce Treinta y Siete
Quince Treinta y Ocho
Dieciséis Treinta y Nueve
Diecisiete Cuarenta
Dieciocho Cuarenta y Uno
Diecinueve Cuarenta y Dos
Cuarenta y Tres Cuarenta y Siete
Cuarenta y Cuatro Epílogo 1
Cuarenta y Cinco Epílogo 2
Cuarenta y Seis
Para quienes decidan adentrarse sin saber mucho, recuerden que esta
es una historia de romance oscuro y taboo, y tanto la protagonista
femenina como el protagonista masculino tienen pasados cargados de
temas muy delicados. En este libro hay representaciones de abuso
infantil, violación de menores y pedofilia. Aunque no se describen con
detalle gráfico, aparecen a través de recuerdos o flashbacks.
Este libro no está hecho para enseñarte cómo lidiar o sanar tu
trauma. No esperes que estos personajes actúen con una moral
impecable en todos los aspectos. Ambos se mueven dentro de una
zona moralmente gris.
A partir de aquí, puedes avanzar al Capítulo 1 si lo deseas, pero
queda bajo advertencia que esta historia es intensa y está
profundamente marcada por el trauma.
Advertencias de contenido (incluyen pero no se limitan a):
Violencia, agresión, muerte, asesinato, intento de asesinato, salud
mental, ansiedad/ataques de pánico, violencia con armas, mención de
suicidio, intento de suicidio (flashback, mención, en página),
infidelidad (no entre los protagonistas), violación (flashback,
mención, no entre los protagonistas), abuso a un menor (flashback,
mención, fuera de página), pedofilia (flashback, mención, fuera de
página), violación grupal (flashback, mención, no entre los
protagonistas), secuestro, toma de rehenes, chantaje, uso de
sustancias, muerte de padres (fuera de página), discusiones sobre
prisión/encarcelamiento, coerción para grabar, accidente
automovilístico, incendio de vivienda.
Escenas sexuales explícitas incluyen, pero no se limitan a:
Somnofilia (mención), juego durante el periodo, juego de impacto,
juego primal, voyeurismo, exhibicionismo, degradación, CNC, uso de
juguetes, persecución, juego con semen, nalgadas, juego con
escupitajos, bola de nieve, asfixiofilia, corrida facial, elogios suaves.
Para los que guardan silencio.
Allá afuera hay alguien que te va a creer y te va a escuchar.
Crying While You're Dancing – Dayseeker
ocean eyes – Billie Eilish
Take Me First – Bad Omens
rewind – cryoutloud
bad decisions – Bad Omens
Blood Sport – Sleep Token
Dangerous Hands – Austin Giorgio
Chokehold – Sleep Token
Breathe – Kansh
Fall For Me – Sleep Token
Silence – Marshmello, Khalid
This Is War – Thirty Seconds To Mars
Fall Into – Ally Nicholas
Let You Down – NF
Rain – Sleep Token
Take on the World – You Me At Six
Let It Go – Chandler Leighton, Lo Spirit
Die With A Smile – Lady Gaga, Bruno Mars
To Build A Home – The Cinematic Orchestra, Patrick Watson
Carry You Home – Alex Warren, Ella Henderson
Calista
Todos tienen un pasado, pero el mío es una tormenta que nunca
deja de perseguirme.
Cuando mi vida arde en llamas por mis propias acciones, me quedo
con una elección imposible: perder todo lo que he construido o
esconderme en una cabaña remota con un asesino.
Mi plan es reconstruir la casa de vacaciones donde mi familia una
vez pasó los veranos, con la esperanza de que me distraiga del caos.
Pero hay una complicación importante: mi compañero de piso es
demasiado atractivo.
¿Y quién es este compañero de piso demasiado atractivo? Mi
maldito tío político.
Es un asesino convicto con una historia tan oscura como la mía, y
tal vez esta cabaña no sea lo único que estoy desesperada por reparar.
Ronan
Quince años tras las rejas, y la libertad no sabe mejor que mi vieja
celda de concreto. Pensé que bebería hasta una tumba prematura o
terminaría de nuevo en prisión.
Entonces apareció mi sobrinita, suplicando quedarse en el lugar
donde mi hermano me dejó vivir.
Está arreglando la cabaña, pero puedo ver en sus ojos que yo
también estoy en los planes de reparación.
Pero no necesito que me arreglen; no estoy roto, solo olvidado.
Es una hermosa luchadora con secretos que no está lista para
compartir.
Pero está en una jaula con un león que ha estado hambriento
demasiado tiempo, y ahora que soy libre, tengo un apetito que solo
ella saciará.
Calista
Así es como se siente perderlo todo: como un hueco raro, vacío, justo
en el centro del pecho, recordándome que la cagué. ¿Y lo peor? Que
fui completamente consciente de la acción que incendió toda mi casa.
Las llamas arrasan con la estructura de madera de mi casa adosada
en el centro de Denver. Antes era de un amarillo brillante y bonito;
ahora, está completamente ennegrecida por el hollín. Un estallido
fuerte desde el interior ni siquiera me hace pestañear. No es que esté
demasiado ida para tener miedo, simplemente ya sabía que esto iba a
pasar.
Todo esto es culpa de esa mujer… no, de todos ellos. Nada de esto
es mío, y, sin embargo, soy yo quien lo pierde todo.
¿Cómo puede ser que acciones de hace más de diez años hayan
hecho que mi vida se derrumbara así? Su descuido desencadenó una
reacción en cadena, empujó la primera ficha y dejó que las demás
cayeran una tras otra, como si todo hubiera estado perfectamente
planeado. Un peso que lo detonó todo. Un derrumbe que ni siquiera
me correspondía cargar.
Yo solo era una niña…
Mis vecinos están todos afuera, con los teléfonos en la oreja,
gritándole a la policía que se apuren y salven lo que puedan.
—¡Calista! ¡Dios mío! —Esa voz la reconocería en cualquier parte.
Los pasos pesados de mi mejor amiga y compañera de piso
retumban detrás de mí, y cuando se lanza sobre mi espalda, mis
rodillas desnudas se hunden aún más en la tierra fangosa, ahora
empapada por el agua que sale de las mangueras de los bomberos.
Llegaron apenas unos minutos antes que Genevieve.
Sus brazos se enredan con fuerza alrededor de mi cuello mientras
apoya su rostro contra el mío con desesperación.
—¿Q-Qué pasó?! ¡Cal! ¡Háblame!
Vi cómo el fuego lo consumía todo. Fui testigo impotente mientras
mi vida se convertía en cenizas. Y todo por culpa de ella. Otra vez,
me lo arrebató todo sin siquiera saberlo.
—¡Cal! —Genevieve grita justo en mi oído, y alzo la cabeza
bruscamente para encontrarme con sus ojos color miel, llenos de
lágrimas que ya se derraman sobre sus mejillas oscuras.
Quisiera llorar. ¿Por qué no puedo llorar?
Todo lo que siento es un vacío en el estómago, que va creciendo
como un árbol retorcido y enfermo, uno que me va a consumir hasta
convertirme en eso que tanto he temido ser.
—Gene… lo siento tanto —susurro, y ella gira la cabeza para ver
cómo lo poco que teníamos se convierte en cenizas, luego vuelve a
mirarme—. Me aseguré de que Hunter saliera, pero me arañó y salió
corriendo.
La verdad, que se joda ese gato, siempre me odió por alguna razón.
Pero no soy un monstruo; no podía dejarlo morir ahí. Corrió a
salvarse, quién sabe adónde. Solo espero que el fuego no se haya
propagado a las casas vecinas ni al patio trasero, que probablemente
está igual de consumido que el resto de la casa.
Ella me aprieta contra su pecho, abrazándome con tanta fuerza que
parece más preocupada por mí que por ese maldito gato. Inhalo el leve
aroma de su gel de baño con miel, ahora mezclado con sudor y aire
húmedo.
—¿Cómo pasó esto? —Su voz se suaviza, se vuelve más empática,
menos agresiva. Está entrando en modo terapeuta, tratando de
sacarme con cuidado del estado de shock en el que cree que estoy.
Pero no estoy en shock. Sé exactamente lo que pasó, y sé que algún
día voy a pagar por mis pecados.
El fuego crepita y estalla frente a nosotras mientras los gritos y
órdenes cargadas de miedo resuenan por todas partes. Solo espero no
haber matado a alguien sin querer. No creo que mi conciencia pueda
con eso. Los demonios de mis decisiones ya van a atormentarme lo
suficiente; no soportaría también la carga de una vida ajena.
—Solo estaba cocinando… —Me alejo un poco de ella y bajo la
mirada al suelo—. Supongo que las cortinas… fue un accidente…
Mentirosa.
Maldita mentirosa.
—Mierda… —susurra, y me toma la cara entre las manos para
obligarme a mirarla.
No merezco esa mirada de compasión y ternura que me lanza.
—¿Estás bien? ¿No te lastimaste? —Su preocupación me revuelve
el estómago. No por ella, sino por mí misma.
—Estoy bien, Gene.
Ella aparta con suavidad unos mechones enredados de mi pelo
rubio, acomodándolos detrás de mi oreja.
Respiro hondo otra vez. El olor ácido del humo me inunda las fosas
nasales, punzante y agresivo, mezclado con el aroma de la madera y
el aislamiento ardiendo. Es una bruma pesada, sofocante, que se me
pega a los pulmones. Los árboles que antes rodeaban nuestra casa
ahora sueltan un aroma amargo, resinoso, mientras su corteza se
quema. El olor de las hojas quemadas le agrega un toque dulzón y
extraño a toda esta destrucción que yo causé.
—Vamos a solucionarlo —dice, y vuelve a abrazarme con fuerza,
nuestras mejillas juntas mientras vemos cómo las llamas comienzan a
apagarse—. Tenemos seguro de vivienda. Va a estar bien.
No…
No va a estar bien nunca.
Los pecados que no cometí igual serán míos, porque no hubo nadie
que me protegiera cuando más lo necesitaba.
Ronan
Tres días después
La gente no sabe lo que es la libertad hasta que se la quitan.
Aun así, tomé suficientes decisiones por mi cuenta que me
despojaron de esa libertad.
Ahora que la tengo de vuelta, no se siente como una liberación.
Detrás de esas puertas de metal, donde yo era el rey, me sentía más
seguro. Hoy me están dejando libre de un lugar al que llamé hogar
durante los últimos quince años.
La penitenciaría Valley Den, a las afueras de Durango, ha sido mi
santuario retorcido. Pocos lo verían así, pero para mí, ha sido todo lo
que he conocido por casi la mitad de mi vida.
Las rejas de hierro chirrían al abrirse y, por mucho que me gustaría
dar la vuelta y pedir que me reserven otra tanda de años, no lo haré.
Cumplí mi condena completa, pero eso no significa que no volveré.
El juez no me dio opción a libertad condicional, que es solo otra forma
elegante de decir: “Nos vemos luego, imbécil”.
Lo que sea.
Sin una maldita bolsa con mis cosas, cruzo el umbral hacia la
prisión real: Colorado. Al menos tuvieron la decencia de darme ropa
decente. No me queda del todo bien, pero es mejor que salir con un
overol naranja. No es como si alguien fuera a acercarse de todos
modos, pero al menos no llamarán a la policía.
Estoy parado en un estacionamiento, donde solo hay unos cuantos
autos dispersos, incluyendo un Mercedes negro encendido a unos
metros a mi izquierda. Meto las manos en los bolsillos y doy un paso
justo cuando la puerta del conductor se abre de golpe.
Ya nada me sorprende. Aunque una de esas montañas gigantes que
rodean este lugar estallara como un volcán, igual terminaría de cagar
tranquilo. Pero ver al hombre que se baja del auto, vestido con un
esmoquin negro de pies a cabeza, me hace tensar los hombros y alzar
una ceja.
—¿Eamon? —digo, observando cómo mi hermano mayor, ocho
años mayor que yo, me mira como si estuviera viendo un fantasma.
Su piel, del mismo tono tostado que la mía, palidece al verme aquí
parado, o tal vez al oír mi voz. Una que no ha escuchado desde que
yo tenía dieciséis.
—Ronan… —No lo había visto fuera de una sala de juicio desde
que tenía once, y sinceramente, no esperaba volver a verlo a menos
que fuera en un ataúd o mencionado en un obituario escondido en
algún artículo web.
Cierra la puerta y se acerca con paso lento. Siempre quise
alcanzarlo en estatura, y ver que ahora soy más alto que él me da un
empujón al ego. A sus dieciocho años ya era alto y robusto, pero el
Eamon de cuarenta y seis parece más un empresario que se cuida bien.
Me alegro por él, pero que se joda igual.
Se detiene a un paso de mí y me mira de arriba abajo antes de
encontrar mis ojos. Él heredó los ojos marrones de nuestro padre: el
color de la mierda, muy apropiado para lo que es. Por suerte, yo saqué
los azules de mamá.
—Te ves bien —dice, sonriendo mientras las arrugas en sus mejillas
se estiran.
No digo nada. Solo ladeo la cabeza lentamente.
—Lo siento —continúa—. No sabía que habías vuelto al sistema.
Después de que saliste la primera vez, simplemente… desapareciste.
Parpadeando despacio, levanto el mentón.
—Mi familia se mudó de donde los había visto por última vez, no
tenía teléfono para llamarte. No iba a andar conduciendo por ahí
buscando a gente que me abandonó desde el principio.
Traga saliva con dificultad, la culpa marcando cada movimiento de
su garganta.
—No tenía idea…
—Me importa una mierda, hermano. ¿Qué haces aquí? —Nadie de
mi familia se acercó a verme en quince años, y aunque lo hubieran
hecho, los habría mandado a la mierda. Solo venían a interrumpir mi
paz.
Una media sonrisa se le dibuja en la boca.
—Mi esposa es abogada. Supongo que tu expediente pasó por su
escritorio. Byrne no es un apellido común, y sabía que tenía un
hermano que había estado en prisión antes.
—No respondiste mi pregunta —comento, seco, mientras me paso
la mano por el cabello recién cortado—. ¿Qué haces aquí?
Suspira, pero sigue sonriendo con esa expresión amable y segura.
Esa que ganó con la protección que a mí nunca me dieron.
—Lo que debí hacer antes. Estar para ti. Habría estado ahí la
primera vez que saliste, Ronan, tienes que saberlo.
Chasqueo la lengua.
—¿Esto es tu forma de redimirte? ¿Usarme como herramienta para
lavar tus pecados y perdonarte por todo lo del pasado? ¿Ahora eres un
hombre de Dios, Eamon?
Hace una mueca y niega con la cabeza.
—No… —Hace una pausa, pasándose las manos por la chaqueta,
probablemente intentando secarse el sudor.
¿Te pongo nervioso, hermano?
—Lo entiendo, de verdad, pero estoy aquí para ayudarte. ¿Tienes a
dónde ir?
—Seguro alguna puta me deja colarme en su habitación de hotel un
par de noches.
Niega con la cabeza.
—Nada de eso. Mi esposa y yo tenemos una cabaña a las afueras
de Denver. Está un poco descuidada, pero mientras te consigues…
—No necesito tu ayuda. —Ni siquiera he dado el primer paso y me
agarra del hombro para detenerme. Mi cabeza gira lentamente hacia
su mano. Instintos luchando contra mi cerebro. Parte de mí quiere
romperle la cara por tocarme, la otra intenta mantener el control.
Nadie me toca.
—Por favor, déjame ayudarte. No es por mí, ni por nuestra familia
que ya no existe, es por ti. Te fallé. —Mientras esas palabras salen de
su boca, enderezo la espalda y me zafó bruscamente de su agarre—.
Yo… si hubiera sabido…
Eso dibuja una sonrisa condescendiente en mi rostro, mis hombros
se relajan levemente mientras me acerco más.
—¿Ah, sí, hermanito? Recuerdo vagamente habértelo dicho… en
ese maldito juicio…
No responde tan rápido esta vez, pero no esperaba menos del chico
que se ganó una beca completa a Dartmouth. Cómodo en su burbuja
de privilegio y seguridad.
Respiro hondo, ruedo los hombros hacia atrás y me planto firme.
Meto la mano en el bolsillo mientras fijo la vista hacia el otro extremo
del estacionamiento. Tendría que caminar kilómetros para llegar a la
ciudad más cercana, un camino que ya recorrí a los veinte, así que no
sería nuevo.
Pero podría usar una ducha. Y no tener que follarme a alguien solo
para conseguir una cama.
—No vive nadie más ahí, ¿cierto? —pregunto, sin mirarlo.
—Correcto. Solo es una propiedad que usábamos para vacaciones.
Está abandonada desde hace años… el trabajo, los amigos…
Por favor, cuéntame más sobre tus putos problemas.
No digo nada. Solo le extiendo la mano y la poso en su hombro. Lo
toma por sorpresa, y cuando aprieto, sus ojos se agrandan.
—Suena bien. Gracias, hermano.
Una risa nerviosa se escapa de su garganta cuando lo suelto y
camino hacia el asiento del copiloto. Apenas me siento, el aroma a
cuero y sábanas limpias me llena la nariz. Me abrocho el cinturón y
cruzo las piernas, golpeando sin querer la guantera.
Eamon se acomoda en su asiento, presiona el botón de encendido y
el motor ruge suave. Pasa los dedos por la pantalla central del auto y
apaga la música antes de que comience a sonar. Me lanza una mirada
rápida antes de poner marcha y alejarnos.
Preferiría el silencio, pero no pasaron ni cinco minutos cuando dice:
—Tienes que conocer a mi esposa, Jasmine.
Miro por la ventana, cruzando los brazos sobre el pecho mientras
gruño. Preferiría que me dejara en la cabaña y se olvidara de que
existo, como lo hizo desde que era un niño.
Mi objetivo es encontrar a Ken, que para sorpresa mía no vino por
mí, y ver si aún quiere cumplir sus promesas. Eso y conseguir un
trabajo que me mantenga lo suficientemente ocupado hasta que llegue
a los sesenta o tal vez tenga suerte y muera por una sobredosis o
alcoholismo. Lo que venga primero.
—Tuve un hijo —continúa—. Vive con mi exesposa ahora. Me
volví a casar hace diez años y ahora tengo una hijastra. Todos
vivimos…
—¿Tienes suficiente dinero para comprarme una hamburguesa? —
lo interrumpo, sin que me importe una mierda su vida. Preferiría
chuparle el dedo al alcaide que seguir escuchando su basura.
—Sí, claro.
—Genial. Entonces lo único que quiero oír de ti es: ‘¿Qué quieres
pedir?’
Espero que esté lamentando haber venido a rescatarme.
No lo necesito.
No necesito a nadie.
Preferiría que me dejaran morir, ya sea en una maldita celda o boca
abajo en el lodo. Mientras sea solo, me da igual.
Calista
Me parezco mucho a mi madre, y no hay nada que deteste más.
Desearía con todo mi ser odiar a esa mujer, pero no puedo.
La terapia ha ayudado, no puedo andar por la vida cargando con
este peso aplastante. Aunque sí la culpo por el lugar en el que estoy,
por el desastre que me persigue como un embarazo no deseado en una
familia cristiana.
—Cariño, ¿me escuchaste?
He estado revolviendo mi café en la isla de la cocina de mis padres,
intentando mantener una conversación, pero tengo tantas cosas en la
cabeza que me cuesta concentrarme. Necesito volver a tomar mis
medicamentos para el TDAH o no voy a sobrevivir los próximos
meses con esta tarea inconcebible que estoy por comenzar.
Estoy agradecida de que Genevieve tenga un novio que la dejó
mudarse con él por ahora. No como yo, soltera como un diseño
minimalista sin muebles. Llevo tres días aquí con mi mamá y mi
padrastro, y ahora que estoy a solas con ella, aún no consigo reunir el
valor para pedirle lo que necesito desde que mi casa se quemó.
—Sí, dijiste que Mallorie tiene una propiedad que quiere vender.
Golpeo la cuchara contra el borde de la taza negra, la dejo sobre
la encimera y luego la levanto para darle un sorbo.
Está fría. Por supuesto que sí. El karma es una perra.
—La propiedad es de Taylor, no de Mallorie. Cal, si no puedes...
—Perdón, mamá —suspiré y dejé la taza—. Tengo muchas cosas
en la cabeza y, sin ofender, estar aquí no ayuda.
—Tu padre y yo no estamos en casa tanto tiempo.
Su casa está en el centro de Denver, a minutos de una jungla de
concreto. Ella sabe a lo que me refiero. No quiero los sonidos de los
taxis, los indigentes pidiendo cambio, ni la comida cutre de la tienda
de la esquina. Aunque esas no son las verdaderas razones por las que
quiero salir de esta casa, siguen formando parte de ellas.
Cuando la miro, tiene los brazos cruzados sobre el pecho. Está
vestida para ir a la oficina, y sé que quiere apurar esta conversación.
Tengo veintisiete años y ya estoy harta de toda esta mierda. No soy
de las que piden favores; he ganado buen dinero desde que salí de la
universidad, y aún más ahora que tengo contrato con una empresa de
expansión que construye y moderniza casas vacacionales en todo
Colorado.
Siempre me ha gustado el diseño: líneas finas y perfección para
todos los demás. ¿Para mí? Mi cuarto, como mi vida, es un desastre
constante, aunque permanece bajo llave, igual que yo. Siempre iba a
casa de mis novios o ligues, dejando que mi caos se quedara solo
conmigo.
Colorado no es barato, y lamentablemente no tengo ahorros para
respaldarme. Por eso estoy usando eso como excusa para pedirle
ayuda a mi madre.
—La cabaña… —jugueteo con los dedos—. Hasta que me llegue
el dinero del seguro, ¿puedo quedarme ahí? Por favor.
Frunce el ceño.
—Vas a estar muy lejos de la ciudad. Te va a tomar una hora llegar
al trabajo, cariño.
—Ya hablé con mi jefe, dijo que solo tengo que ir una vez por
semana, el resto puedo trabajar desde casa.
Suelta un suspiro flojo.
—Tendré que hablarlo con tu padre.
No me molesta que se refiera a él así, pero es mi padrastro, siempre
lo ha sido y siempre lo será. Amaba a mi papá, y tras perderlo por el
cáncer, esperaba que solo fuéramos mi mamá y yo.
Dicho eso, Eamon en verdad es increíble. Trata bien a mi mamá y
la mantiene en línea después de que yo logré encaminarla. Lo quiero,
pero nunca será mi papá. Es su esposo, y aunque me alegro por ella,
es una felicidad complicada.
—Técnicamente es tuya.
—No, es nuestra, mi amor. Cuando por fin te cases y compartas tu
espacio, vas a entender.
Gimo.
—¿Por qué me diría que no?
Sus ojos se desvían.
—No he tenido mucho tiempo para hablar con él esta semana.
Nuestros horarios han sido opuestos. Temo que esta semana será
igual… Puedo mandarle un mensaje rápido.
Otro gemido frustrado me sale del pecho.
—¿Y si, mejor, no le decimos nada…? —Soy tan manipuladora, y
me encanta. Con mi cabello rubio, ojos verdes brillantes y un cuerpo
que puedo mover para conseguir lo que quiero, sé cómo jugar. Claro,
eso no funciona con mi familia, pero mis palabras tácticas sí—. Yo
arreglo la cabaña. Tengo amigos contratistas que me deben favores
enormes. Y en seis meses, ¡sorpresa! Le enseñamos lo bien que quedó.
¿Qué dices?
Le pongo mi mejor cara de "por favooor, mami": ojos redonditos y
labios de muñeca que sé que le ablandan el corazón.
Ella junta los labios, las arrugas alrededor de su boca visibles
incluso bajo el maquillaje pesado que usa para disimularlas. Está en
sus cincuenta y tantos, y Eamon en sus cuarentas, lo que hace que no
pueda evitar molestarla con lo de ser una cougar.
—¿Tus amigos contratistas lo van a hacer gratis?
—Bueno… no…
—No puedo permitir que pagues eso.
Me muerdo el labio. Eso no fue un no...
Saca su cartera del bolso.
—Seis meses. Y luego se lo digo. Solo usa la tarjeta para gastos de
la casa. —Me mira y asiente, como recordándose que soy su hija y
que nunca he abusado del dinero.
—No le va a molestar que esté ahí.
Cuando me da una tarjeta negra, se la arrebato.
—Seguro que si le contamos, estaría encantado de que estoy
limpiando el lugar.
Pone los ojos en blanco con una sonrisa grande, de esas que están
hechas para derretir el corazón.
—Los reclamos de seguro están tardando bastante últimamente, y
con las elecciones cerca, todo podría demorarse más. Si necesitas
algo, solo dime, Cal. Dinero, una noche de chicas. Ya nunca pasamos
tiempo juntas.
En realidad, nunca lo hacíamos… no después de perder a papá.
No lo digo, aunque muero por hacerlo. En cambio, le sonrío con
ganas.
—Gracias. —Camino hacia ella y la abrazo por la cintura, sabiendo
que todo esto es parte del teatro.
—Te quiero, cariño.
—Yo también, mamá.
El trayecto toma poco más de una hora, y por suerte solo me toca el
final del tráfico saliendo de Denver. Al suroeste de la autopista 285 se
encuentra el pequeño pueblo de Maple Falls. Es una localidad
diminuta, pero tiene algunos bares que seguro voy a visitar de vez en
cuando para ahogar mis problemas, además de un Walmart y unas
cuantas tiendas locales que se alinean sobre la calle principal entre
tramos de carretera. Es ecléctico, al igual que mi cabaña.
También está Sapphire Valley, una zona residencial que presume un
lago grande propiedad de cuatro familias. Nunca he tenido el placer
de conocer a las otras tres, no sé por qué, simplemente no ha pasado.
Nuestra parte del lago se ha heredado desde mi bisabuelo por parte
de mi papá. Las casas están separadas casi por una milla, o más en
algunos casos, y todas están conectadas por un solo camino. La
cabaña está en el extremo más occidental, accesible solo por un
camino angosto flanqueado por árboles a ambos lados. Sin luces que
iluminen la ruta y con el reloj acercándose a las seis de la tarde, el sol
que se desvanece apenas me da la luz suficiente para ver la curva
adelante.
La cabaña se llama Sanderson Pine, en honor a mi padre, James
Sanderson. Me alegra haber sido lo suficientemente mayor para
opinar sobre conservar el apellido de mi papá, mientras que mi madre
lo cambió a Byrne cuando se volvió a casar. Soy hija de mi padre, y
aunque planeo casarme algún día, espero que quien sea no tenga
problema en tomar mi apellido en lugar del suyo.
Al acercarme a la fachada de madera con estilo rústico tipo A que
se mezcla perfectamente con la naturaleza a su alrededor, respiro
aliviada. Sin autos y sin luces encendidas: silencio absoluto. Está lo
suficientemente aislado como para que pueda gritar durante un
orgasmo y los vecinos ni se enteren.
Está justo al borde del lago, y bajo el cielo tenuemente anaranjado,
alcanzo a ver el muelle donde antes solía estar amarrado un bote
pontón. Creo que uno de los vecinos lo tiene ahora, por un comentario
que hizo Eamon una vez, y tal vez intente recuperarlo.
Me detengo y agarro mi mochila, que lleva un cambio de ropa para
esta noche. Más tarde traeré mis maletas y las pocas cajas que tengo;
la mayoría son cosas que quedaron de la casa de mis papás, ya que
perdí casi todo en el incendio.
Cierro con cuidado la puerta del Mustang y camino por el sendero
de grava. La gran puerta de roble de la cabaña tipo A parece intacta,
pero sé que tendré que hacer una limpieza profunda tanto por fuera
como por dentro. Es hermosa, y desearía no tener que mancharla con
mi enfermedad.
Deslizo la llave, entro en silencio y cierro la puerta detrás de mí.
Enciendo la luz y la sala de concepto abierto se despliega frente a mí.
Sábanas blancas cubren el largo sofá en forma de L y lo que creo que
es una mecedora. Frente a mí, en la pared más lejana, se encuentra
una chimenea que va del piso al techo, y alrededor hay otros adornos
que encajan perfectamente, como un reloj de péndulo y una mesa de
centro.
Esta cabaña de una sola planta se tomó muy en serio eso de “estar
juntos”. Solo tiene dos habitaciones, una de ellas la principal con un
baño remodelado; fue el único espacio que mi madre exigió renovar.
La cocina a la que camino está al otro lado de una ventana que va
de pared a pared y que da a un patio con vista al bosque. Siempre me
pareció raro que no haya un patio del lado del lago, pero si mal no
recuerdo, fue por el diseño del garaje. Tal vez considere cambiar el
diseño, dependiendo del esfuerzo que esté dispuesta a invertir.
Lo peor de esta cocina es su diseño espantoso. Gabinetes marrones
sobre azulejos marrones y beige, con un salpicadero igual de feo. Para
rematar, los electrodomésticos blancos están obsoletos y el fregadero
se está descascarando. Este lugar necesita mucho trabajo.
Mi teléfono vibra en el bolsillo y lo saco rápidamente. Se conecta
automáticamente al Wi-Fi, aunque no me pregunto por qué está
funcionando. Siempre que mi mamá o mi padrastro piden algo, se
hace al instante. ¿Por qué sería diferente reactivar sus servicios?
El nombre de Gene-Vee aparece en la pantalla, y contesto.
—Hola, bombón.
—Hey, baby girl. ¿Qué se cocina? —dice con una risita.
—Definitivamente no nuestro departamento…
—¡Oh, por dios, Cal!
Presiono los labios, conteniendo una carcajada, y me recuesto sobre
la encimera mientras dejo mi mochila y empiezo a golpear el suelo
con el pie.
—¿Quién soy yo para no hacer chistes sobre nuestra desgracia?
Un gruñido atraviesa el altavoz.
—Odio que lo digas. Lo pienso todo el tiempo y ni siquiera estaba
ahí.
Aunque Gene nunca estuvo realmente en peligro, me alegra que no
estuviera en casa por alguna razón inesperada.
—Mi culpa —digo, aunque la disculpa no lleva nada de sinceridad
detrás—. ¿Qué pasa? ¿Cómo está el boytoy?
—Travis está bien, no es un boytoy. Aunque, voy a volver a vivir
contigo. Esto fue demasiado pronto para nosotros.
—Llevan un año, Gene —digo, mirando por encima del hombro
hacia el pasillo oscuro, y luego vuelvo la vista a la horrible lechada
entre los azulejos. Paso mis uñas marrones recién pintadas sobre ella
y niego con la cabeza.
¿Estoy realmente lista para esto?
—Los hombres son asquerosos. —Escucho un “¡Hey, te oí!” de
fondo y suelto una risita ligera.
—Hablo en serio. Al menos tú mantenías tu desastre en tu cuarto,
Cal, y el resto del lugar impecable.
—¡TDAH! —canto—. Puedo enfocarme en los problemas de los
demás, pero los míos, que se jodan. No tengo energía. Y lo peor es
que eso aplica para todo.
Las dos nos reímos, y una vez más vuelvo la cabeza hacia el pasillo,
como si algo estuviera acechando ahí. No escucho nada, pero...
—¿Te animas a unas copas este fin de semana? —Es jueves, y
aunque podría ser lindo volver un rato, prefiero quedarme aquí unos
días más. Algo en mí no quiere regresar tan pronto a la ciudad.
—Me mudé a Sanderson Pine hasta que nos llegue el dinero del
seguro.
Ella suelta un grito ahogado.
—¡Maldita! ¿Y ni siquiera me preguntaste si quería ir contigo?
—¡Juraba que estarías feliz con el boytoy!
—¡Se llama Travis!
Me tapo la boca con una mano, recostándome más sobre la
encimera, pero igual se me escapa la risa. Es contagiosa, y pronto ella
también está riéndose conmigo.
—Aquí no vas a conseguir una polla tan a menudo. —Trato de
suavizar el golpe por no haberle ofrecido venir—. Puedes venir en una
semana o algo así. Déjame instalarme primero.
Justo en ese momento, escucho el crujido de una puerta y el corazón
me da un vuelco en el pecho. Un leve arrastre de pasos le sigue,
resonando desde la oscuridad, y un escalofrío helado me recorre la
espalda. Cada músculo de mi cuerpo se tensa y me quedo inmóvil.
—¿Quién carajos eres tú?
El miedo entumece mis dedos y se me cae el teléfono. Me giro de
golpe, dándole la cara a la voz profunda y amenazante, buscando su
origen en la oscuridad. No tengo que buscar mucho para encontrarla.
Parpadeo varias veces; si no fuera por los tatuajes, juraría que es mi
padrastro, Eamon, caminando hacia mí por el pasillo tenuemente
iluminado. Este gladiador frente a mí está empapado, con solo una
toalla enrollada en la cintura.
Mierda…
Su cuerpo no está esculpido, no está creado por algún dios olvidado.
Al entrar en la sala iluminada, sus manos se cierran en puños a ambos
lados. Ahora que la luz se refleja sobre su piel bronceada, puedo ver
que cada centímetro, desde sus marcados huesos de la cadera hasta su
mandíbula afilada, está cubierto de tatuajes.
—¿Cal? —Escucho la voz lejana de Gene llamándome.
El hombre frente a mí tiene unos ojos casi tan azules como el lago
allá afuera, y bajan la mirada al suelo.
—Cuelga.
Habla de nuevo, y, dios santo, jamás pensé que una voz pudiera
hacerme temblar los muslos así.
—¿Hola? ¿La señal está del culo o qué? Olvídalo, no pienso ir a
forzarme a vivir allá.
No puedo apartar la mirada de él, atrapada en un estado de pánico.
En cualquier película de terror, yo sería la primera en morir.
La expresión que me lanza sugiere que me lastimaría por la menor
molestia.
—Cuél-ga-lo —repite, más lento esta vez, chasqueando los dedos
y apuntando al teléfono en el suelo.
Me apresuro, sin quitarle los ojos de encima, y me agacho para
recogerlo.
—V-voy a llamarte luego.
Antes de que pueda responder, corto la llamada.
¿Eso fue estúpido, verdad? Probablemente debería haberle dicho
que había alguien en la casa, decirle que era un intruso. Habría
llamado a la policía enseguida. Pero no lo hago. Por eso necesito
terapia. Y también por eso estoy soltera. En vez de activar mi instinto
de huida, la idea del dolor despierta algo extraño en mí.
Debería desear que no quiera hacerme daño, pero es lo último que
quiero. El dolor me ayuda a olvidar el ayer y me recuerda que,
lamentablemente, sigo viva hoy.
—No lo voy a repetir —dice, inclinando un poco la cabeza. Su
cabello corto y negro está empapado, pegado a los lados de su cara y
sobre la sien, donde descansa un tatuaje justo encima de la ceja que
dice “SIT”.
—¿Quién… carajos eres tú?
Ronan
Horas Antes
—Ya activé el Wi-Fi.
Solté un gruñido mientras me metía el último bocado de mi
grasienta hamburguesa, justo al cruzar la puerta de la cabaña. Si tenía
que encerrarme en algún lugar, supongo que este sitio aislado, este
basurero, servía. Me cuesta llamarlo así, la verdad. Por fuera no luce
mal, incluso podría decir que es bonita, pero por dentro parece
atrapada en una cápsula del tiempo de hace cuarenta años.
—No hay vecinos en al menos una milla a la redonda —dice Eamon
mientras me pasa de largo, encendiendo algunas luces en la cocina y
otra en el pasillo oscuro. No importa que el sol esté brillando allá
afuera; una vez que te alejas de la sala principal, se siente como
medianoche—. Dos habitaciones, un baño y medio.
Se gira y me lanza una sonrisa amplia. De esas que muestran unos
dientes perfectamente blancos, como una declaración de riqueza en
toda la boca. Una sonrisa despreocupada, con esa arrogancia de quien
dice “me importa una mierda porque puedo”.
La única razón por la que mis dientes están casi igual de perfectos
es porque, aunque no lo creas, a la prisión le importa ese tipo de cosas.
Especialmente a mi dentista… me lo folle bien a cambio de un juego
nuevo de dientes delanteros, después de perderlos en una pelea.
—Hay equipo de gimnasio en el garaje —continúa, aclarando la
garganta mientras se apoya en uno de los dos únicos bancos del
mostrador; los otros, al parecer, desaparecieron. Él y su esposa
claramente tienen dinero, entonces ¿por qué mierda tienen
abandonado este lugar? No es que me importe mucho, pero me
incomoda. Tiene algo bueno y deja que se caiga a pedazos.
—Tengo un extra…
—¿Los vecinos sabrán que estoy aquí? —pregunto mientras
arrastro los dedos por la encimera. El polvo se acumula grueso donde
paso—. No quiero que piensen que me estoy metiendo a la fuerza.
Cuando alzo la mirada y me encuentro con la suya, asiente.
—No te preocupes, sabrán que estás aquí.
—Y tu esposa también. Asumo que ella lo sabrá.
Se ríe nervioso. No hace falta que diga más.
—Maravilloso —gruño.
Rodeo la barra y voy directo al refrigerador. Apostaría que la última
vez que lo usaron fue en alguna fiesta de adolescentes o universitarios.
Cuando por fin logro abrir la jodida puerta, mis sospechas se
confirman. Hay docenas de botellas medio vacías de distintos tipos de
licor, probablemente todas recalentadas y enfriadas mil veces. Saco
una de vodka y cierro la puerta de una patada.
Le quito la tapa de un giro y la lanzo por la habitación. Me recargo
en la encimera y le doy un buen trago. Una oleada de entumecimiento
me recorre; ni siquiera siento el ardor al pasar por mi garganta, a pesar
de que hace años que no bebo. Haberme metido en problemas en
prisión por eso fue estúpido; hubiera preferido arriesgarme con
drogas, la verdad.
Diría que sabe raro, pero ¿quién carajos sabe cuánto lleva ahí?
Le doy otro buen trago y me limpio la boca con el antebrazo.
—No estoy aquí para matar a nadie, Eamon. ¿Me oíste?
Sus ojos se abren de par en par.
—¿Por qué dirías eso?
—Si tu esposa viene y llama a la policía, le voy a romper el cuello.
—No es lo más inteligente que he dicho, pero ¿qué esperaba? Después
de todo, soy un maldito asesino.
Eamon se aclara la garganta y se acomoda la corbata negra.
—Le avisaré, pero Ronan, aquí no sube nadie. Así que tranquilo.
—¿Por qué? —pregunto solo por comprobar si dice la verdad.
—No tenemos tiempo, estamos muy ocupados con el trabajo. Los
dos.
—¿Y tu exesposa? ¿Tu hijo?
—No, técnicamente heredé esta propiedad por matrimonio.
—Ajá… me falta alguien. —Lo miro fijo—. ¿Y tu hijastra?
—También está ocupada. Mencionó que deberíamos vender el
lugar… o tal vez fui yo. Da igual. Ella es probablemente la última
persona que verías por aquí.
Le doy otro buen trago al vodka y me termino la botella. La dejo en
el fregadero y regreso al refri por otra del mismo veneno, pero de
sabor distinto.
—Tengo otra cosa para ti —dice, y el sonido de algo golpeando la
mesa hace que me gire. La curiosidad me atrapa. Sobre la encimera,
bajo su palma, hay varios billetes de cien dólares y, debajo, un cheque.
—Lo pensaste bien, ¿eh? —Tomo varios tragos más, pero el sabor
a piña es tan asqueroso que termino tosiendo.
Eamon, sin inmutarse por mis arcadas, continúa:
—El efectivo es mío. El cheque es de nuestro padre.
Trago con dificultad y aprieto el cuello de la botella.
—No lo quiero.
—Está muerto, Ronan. Fue su último acto…
Estrello la botella contra la encimera sorprendentemente, no se
rompe y doy dos pasos para tomar el fajo de billetes y el cheque. Lo
arrugo en el puño y lo fulmino con la mirada, con la nariz temblando
de rabia.
—Tengo a quién cobrarle allá afuera. No necesito la puta lástima de
ese cabrón, ni siquiera desde su tumba.
Arranco el cheque del dinero y lo lanzo al fregadero. Tomo el licor
de piña y lo vierto encima.
—¿Tienes un encendedor?
Suspira.
—Por favor, no fumes dentro de la casa.
—Maldito mojigato. Y eso que vives en Colorado. ¿No que ya es
legal aquí?
Cuando la botella se vacía, la lanzo junto a la otra.
—Gracias por los… —Cuento los billetes— seiscientos dólares. Iré
por un teléfono.
Otro golpecito en la encimera me hace rodar los ojos.
—No hago esto para que me perdones, Ronan.
Veo por encima del hombro y encuentro una caja de celular sobre
la barra.
—¿También me sacaste un plan de teléfono? Qué fraternal.
—No. Pero todavía existe el mismo proveedor de antes. Si
Necesitas.
—Estaba en prisión, no en otro puto planeta.
Gruñe y yo abro el refri otra vez, sacando una botella de tequila esta
vez. Ojalá esta funcione.
—Escribí mi número en la parte trasera de la caja. —Destapo la
botella y sonrío al ver que está nueva. Claro, no es su licor habitual—
. Pasaré...
—Ni te molestes. —Cierro la puerta y alzo la botella como si fuera
un brindis—. No hago interacciones. No quiero arreglar esto —señalo
entre nosotros—. Para mí, tú y todos los Byrne murieron hace años.
La rabia que tenía por mis palabras se derrite en algo peor: empatía.
Maldita emoción inútil.
—Ronan, por favor…
—Voy a usar tu casa unos meses, hasta tener lo que necesito para
sobrevivir. Luego, igual que tú hiciste conmigo, voy a desaparecer.
Él alza la vista y niega con la cabeza apenas. Ojalá discutiera. Ojalá
me dijera que no tuvo elección. Me encantaría mandarlo a la mierda.
—Vendré el próximo mes. —Es todo lo que dice, antes de tomar su
abrigo y salir por la puerta.
Qué pesada es la culpa que cargas, hermano… y espero que te
trague entero.
Me encanta provocar esta expresión. Es miedo, pero del que
paraliza. Ese que te hace cuestionarlo todo y consume cualquier
pensamiento coherente.
La rubia claramente está abrumada por la intensidad del momento. Si
no estuviera tan borracho, hasta me pondría duro. Sus ojos grandes,
verde lima, me miran fijamente, bien abiertos, sin parpadear, como un
venado encandilado por las luces del auto.
Todavía no ha dicho ni una palabra, ni intenta salir corriendo como
lo haría cualquier chica con dos dedos de frente. La gente rica y su
falso sentido de seguridad… Se nota que encaja perfecto en ese
molde: uñas arregladas, extensiones de pestañas, y ese olor tenue a
bronceador que flota desde ella.
Mientras sigo avanzando, su mentón empieza a inclinarse hacia el
techo. En el momento en que estoy sobre ella, suelta un jadeo.
—¿¡Qué haces en mi casa!? —Suena insegura, como si ya supiera
la respuesta, pero no estoy aquí para analizar sus emociones.
—¿¡Y por qué estás desnudo!?
—Yo hice una pregunta. —Ahora que estoy tan cerca, confirmo que
no es bronceador. Es coco y vainilla. Jamás voy a olvidar de dónde
viene ese olor, por más que lo desee.
—“Solo usa la loción”.
Cuando levanta las manos como si fuera a empujarme, inclino la
cabeza y gruño:
—No me toques.
Mantengo nuestra distancia, pero estoy lo bastante cerca como para
que si respira muy fuerte, lo sienta en mi barbilla.
—¡E-esta es mi casa!
Alzo una ceja y doy un paso atrás, recorriéndola con la mirada.
Lleva leggings negros y una camiseta corta que deja ver los tatuajes
que se extienden de un hombro al otro. Tiene las orejas llenas de
piercings.
—No pensé que mi hermano fuera de los que asalta cunas.
No es que haya venido a decirle qué hacer, pero es demasiado joven.
Miro sus manos. Lleva varios anillos, pero ninguno en el dedo anular.
—¿Hermano… Eamon? —Otra vez, su tono es raro, pero el alcohol
me recuerda que, honestamente, me importa una mierda.
Paso de sus manos a su pecho. Sus pezones están duros, sin sostén,
y se le notan las pequeñas barras que los atraviesan. Bueno, las bolitas
en cada extremo. Hacemos juego. Qué lindo.
Sin levantar la cabeza, elevo la mirada hasta encontrar la suya.
—¿Quién eres? —repito.
—Mi mamá es dueña de esta casa, junto con mi padrastro, Eamon.
…Se volvió a casar hace diez años, ahora tiene una hijastra.
—Fascinante. —Echo el cuerpo hacia atrás de golpe, haciéndola
dar un brinco, y camino hacia el refrigerador. El licor gira
agradablemente en mi cabeza, como si me levantara del suelo. Solo
unos tragos más y tal vez consiga dormir bien—. Ya te puedes ir.
Su jadeo es bastante femenino, y me hace rodar los ojos.
—Disculpa, pero el que se va eres tú. No creo que seas el hermano
de Eamon. Ni siquiera sabía que tenía uno.
Jura que estoy mintiendo, pero estoy tan fuera de la realidad que me
da lo mismo.
—Llama a tu papá para que venga a recogerte.
Antes de cerrar la puerta del refrigerador y llevarme la botella de
whisky a los labios, sus ojos se agrandan y la boca se le abre.
—¿Cuántos años crees que tengo?
Mientras el licor baja por mi garganta, cierro los ojos y me recuesto
contra el mostrador.
—Dieciocho.
—Vete a la mierda. Tengo veintisiete. Y también tengo auto, me
puedo ir sola.
—Entonces hazlo.
No puedo con esto. Solo quiero silencio y soledad. Por eso le pedí
expresamente a mi hermano que no viniera a verme.
Doy otro trago, me impulso lejos del mostrador y me voy hacia el
pasillo.
—Desaparece para cuando despierte, o llamo a papi para que te
venga a buscar.
—¡Eh, eh, eh! —Estoy por llegar al pasillo que lleva a mi
habitación cuando ella corre tras de mí.
—No tienes derecho a estar en esta casa. No puedo tenerte aquí, así
como así… ¡uff!
Se estrella contra mi espalda cuando me detengo de golpe, y el
sonido de mi toalla cayendo al suelo provoca un gruñido profundo
que me sube por el pecho.
—Oh, mierda. Lo siento mucho.
Me doy la vuelta lentamente para encararla. Se endereza y me mira
directo a los ojos. Está oscuro en este pasillo, pero puedo imaginar
que se está poniendo roja… ojalá por vergüenza.
Me acerco.
—Recoge… mi toalla.
Da un paso atrás y traga saliva. Sus ojos bajan a mi clavícula antes
de volver a mirarme.
—Ahora —escupo entre dientes.
Cierra los ojos y se deja caer de rodillas, apresurándose a recogerla.
Me dan ganas de patearla hacia atrás, hacer que gatee como perra para
alcanzarla. Pero no, no se lo merece. Estoy cansado, borracho, y
deseando silencio. Y ella representa todo lo que no necesito en este
momento. Me está sacando de quicio.
Ugh, tengo una sobrina once años menor que yo. ¿Cómo carajos
pasó eso?
Ah, sí. Sobrina política. Detalles.
Cuando se pone de pie y me extiende la toalla, sus dedos rozan mi
pecho. Sigo con la mirada desde su muñeca hasta el codo, notando los
pequeños tatuajes dispersos que decoran su piel. Le quedan perfecto
con ese cuerpo delgado. Me da curiosidad saber si tiene más por todo
el cuerpo.
No la suficiente como para querer desnudarla, así que paso.
Le arrebato la toalla, me doy la vuelta y vuelvo al pasillo.
—Desaparece por la mañana, muñeca, o llamo a papi para que
venga por tu lindo culo.
No dice nada, y yo me meto en el dormitorio principal, cerrando la
puerta de un portazo. La botella de whisky en mi mano se siente más
pesada mientras me acerco a la cama. La acerco a los labios y me dejo
caer sobre el colchón.
Estoy fuera otra vez. No libre, pero fuera. A ver cuánto dura esta
fugaz sensación de libertad, y si logra ganarle a mis intentos de beber
hasta la tumba.
Calista
Dormí en el sofá, eso fue después de haber colocado la mecedora en
el marco de la puerta que da al pasillo. Como si eso pudiera detener a
un hombre como él. Creo que por eso no dormí muy bien.
A medida que el sol empieza a filtrarse por las ventanas, comienzo a
despertar, aunque atontada. Me toma varios quejidos y suspiros
situarme por completo en el momento. Me froto los ojos y me inclino,
enterrando la cara entre las manos. Los sucesos de la noche anterior
pasan por mi mente como una película «una película de terror, claro»
pero como estoy enferma, disfruto cada segundo.
Ese hombre es un maldito gladiador. Seguro entrena todos los días
sin falta, porque no hay forma de que sus músculos no tengan
músculos propios. Las perforaciones en sus pezones, adornadas con
las mismas piedras que uso yo, captaron mi atención justo como las
mías captaron la suya. Y esa “V” marcada que lleva directo a un viaje
que sé que me dejaría más que satisfecha, me sorprende no haberme
puesto a babear.
Cuando me hizo recoger su toalla, de verdad contemplé la idea de
golpearme "accidentalmente" la cabeza contra su polla. Aunque
mantuve los ojos cerrados como la cobarde que soy, aún podía oler su
aroma: una mezcla de almizcle y gel de baño con cedro.
Hace varios meses que no tengo sexo, y soy una puta caliente.
Él exuda peligro, no, lo grita. No tengo dudas de que su mano
podría rodear fácilmente mi cuello y, con tan solo apretar un poco,
amenazar con quitarme la vida.
Estoy jodida. Mi apariencia de chica buena no es más que una
fachada. Ansío la violencia que viene con el peligro. No es del todo
mi culpa o al menos eso creo. No debería excitarme con la idea de que
me pisotee. Pero ¿esperaba secretamente que anoche pusiera su pie
desnudo en mi hombro y me empujara contra la toalla?
Sí.
¿Esperaba que me encontrara lo suficientemente atractiva y, como
en esos libros de los que me habla Gene, viniera al living a follarme
mientras dormía?
Sí.
Estoy enferma, justo como dijeron que estaría. Probablemente él
tenga alguna enfermedad.
Estoy aquí por una razón y necesito mantener el enfoque.
Me quito la manta tejida de encima y voy a la cocina. Sé que hay
una cafetera por aquí. Solo tengo que encontrarla y rezarle a algún
dios para que aún funcione. Tal vez debería rezarle al que está
durmiendo en el cuarto principal.
Después de revolver la mitad de los gabinetes, por fin la encuentro
polvorienta y olvidada. Esto va a ser lo primero que reemplace;
necesito mi cafetera de una sola taza. Si eso me hace una snob, ni
modo. Las cafeteras grandes desperdician el café, y yo solo tomo una
taza para no alterar mi energía el resto del día.
Reviso el resto de la cocina y el corazón se me hunde. No hay café.
Nada. Incluso me tomaría uno vencido si lo encontrara. Lo necesito
para enfrentar el día y afrontarlo.
—Juraría que te dije que te largaras.
Mi cabeza gira en seco y mis hombros se tensan. Tragando saliva,
me doy la vuelta lentamente para enfrentar al hombre cuya voz suena
como si estuviera invocando una tormenta. La mecedora fue movida,
y no puedo evitar sentir un escalofrío de terror por lo silencioso que
debió ser al hacerlo. Se pasa las manos por su corto cabello negro,
frotando los costados rapados, y cuando sus ojos azules se clavan en
los míos, noto líneas rojas extendiéndose en la parte blanca. Asumiría
que está con resaca, pero al avanzar hacia mí, no tropieza ni se apoya
en el mesón.
—No puedes echarme de mi propia casa. —Ya no hablo con la
misma agresividad de anoche. Me sorprendió, y no estaba tan
preparada como creía para un encuentro como este—. Deberías irte
—ojalá mi voz sonara más segura, pero solo refleja mi titubeo.
—Llama a Eamon. —Invade mi espacio personal al abrir los
gabinetes. No me está tocando, pero siento el calor que emana de su
cuerpo, enviando una ola de incomodidad por mi piel. Es como una
advertencia, desafiándome a correr antes de que me queme.
Irónico, en realidad.
—¿Qué tal si…? —me interrumpe abriendo la puerta del gabinete
justo en mi cabeza. Por suerte, soy lo bastante baja para agacharme
un poco y evitar el golpe. Es mi señal para apartarme del todo. Mi
expresión es de incredulidad, pero él solo me lanza una mirada
aburrida—. …nos presentamos.
Pasa la lengua por sus dientes delanteros, saca un vaso de plástico
azul sin siquiera mirarlo y lo pone bajo la llave.
—No.
—Soy Calista. —Que se joda, no voy a retroceder.
Gira la cabeza lejos de mí, abre la llave y empieza a llenar el vaso,
sin decir nada.
Esto no está yendo como esperaba.
Ni siquiera estoy segura de lo que esperaba, pero volver a vivir con
mis padres no es una opción. Honestamente, no parece justo que yo
sea la que tenga que irse.
—Eres el hermano de mi padrastro. Nunca te mencionó.
Cierra la llave y se toma la mitad del vaso antes de volver a llenarlo.
Más silencio.
—Te pareces a él. —Eso lo detiene, y al inhalar profundo, su
camiseta blanca se estira sobre cada glorioso músculo. Siento la
necesidad de inhalar también, como si su aliento dejara mis pulmones
anhelando por más—. Tal vez por eso no corrí directo al bloque de
cuchillos a apuñalarte por allanamiento. Un gruñido bajo y
amenazante sale de su garganta antes de que se dé la vuelta y entre al
living buscando algo. Revisa a su alrededor, deja el vaso en la mesa
de centro y se arrodilla para levantar el sofá.
—Eh… —¿qué está haciendo?
Se pone de pie, escanea la sala y fija la mirada en la chimenea de
piedra. Sigo su línea de visión y veo mi celular sobre la repisa de
madera, conectado al único enchufe del lugar.
Jura entre dientes, y es ahí cuando me doy cuenta de lo que va a
hacer.
—¡No! —grito, pero ya va directo hacia él.
Rodeo la isla de la cocina y salto el sofá, pero él está mucho más
cerca. Ya tiene la mano en mi celular cuando llego a su lado. Ni
siquiera sé por qué me preocupo; tiene contraseña.
Desconecta el cargador justo cuando estiro la mano para
arrebatárselo.
Antes de que pueda reaccionar, me agarra la muñeca y, en un solo
movimiento, me estrella contra las piedras ásperas de la chimenea.
Gimo cuando su mano se mueve con tanta rapidez que me roba el
aliento al rodearme el cuello.
Instintivamente subo las manos para sujetarle el antebrazo, pero
se tensa.
—No me toques —gruñe.
—¡Vete a la mierda! —Mis uñas se clavan en su piel, pero son
acrílicas y siento cómo empiezan a despegarse mientras aplico toda la
fuerza que tengo.
Ni se inmuta.
—No. Me. Toques. —Se inclina, y su presencia me sofoca más que
su agarre. El olor del bosque que rodea la cabaña se mezcla con el
aroma ahumado de fuego ámbar, llenándome las fosas nasales. Mi
cuerpo me grita que luche, pero mi mente suplica que le deje desatar
toda la violencia que quiera.
Cuando intento tragar, su mano afloja apenas lo suficiente para
dejarme respirar, es más un susurro que otra cosa.
No debería obedecer. Debería defenderme como sé hacerlo, pero en
lugar de eso, levanto las manos como si me estuvieran arrestando,
mientras él se acerca, manteniéndonos separados por un margen
mínimo. Siento el celular contra mis dedos, atrapado entre nuestras
manos. En cuanto escucho un pequeño clic, se retira, soltándome en
el proceso.
No quiero exagerar, pero me froto el cuello instintivamente. Fue
todo menos delicado, y una parte retorcida de mí anhela que esa fuerza
me deje moretones en la piel.
Él desliza el dedo por la pantalla de mi celular cuando alcanzo a
toser:
—Por favor, espera. Yo… no les digas.
—Tal vez llame a tu madre. Parece que tú y mi hermano no son tan
cercanos, considerando que lo tienes guardado como ‘Eamon’ —se
burla, mientras sigue deslizando. Después de varias pasadas, gira la
cabeza lentamente y me clava los ojos.
No tengo del todo claro por qué me mira así.
—No hay ‘mamá’ —No es una pregunta, sino un descubrimiento.
Exacto. Hace tanto que la agregué al celular que olvidé que la tengo
como “Jasmine”.
—Mira, ella sabe que estoy aquí. Seguro Eamon se lo dirá de todos
modos…
Sí, claro.
Chasquea la lengua.
—Algo me dice que no.
Bien. Necesito que siga hablando.
Acomodo mi suéter.
—Perdí mi casa en un incendio y estoy esperando el dinero del
seguro. —Sus ojos bajan lentamente por mi cuerpo, tan lento que me
dan ganas de moverme, así que sigo hablando—. Seis meses. Voy a
hacerle mejoras a la cabaña. No… no vi que tuvieras auto. —El garaje
está lleno de equipo de gimnasio y no cabe un auto, así que asumo
que no tiene.
No deja de mirarme, y nunca me he sentido tan expuesta estando
vestida. Sigo con los leggings de anoche y me puse un suéter gigante
de la Universidad de Boulder, Colorado. Sé el momento exacto en que
su mirada llega a mis muslos, porque se detiene.
Trago saliva y continúo.
—Tengo auto. Mientras no lo choques, puedes usarlo. —Hago una
pausa, preguntándome cuándo dejará de mirarme el coño. Cuando
se lame el labio inferior y se lo lleva entre los dientes, se me cae el
estómago hasta el coño.
Joder... esto es peligroso, pero tengo que llevarlo
—Voy a estar trabajando la mayor parte del tiempo. Ni me vas a
ver. —Mentira. La cabaña es demasiado pequeña para eso—. Puedo
quedarme en el cuarto de huéspedes.
Sus ojos finalmente dejan mis muslos, que ya están calientes por la
humedad entre mis piernas.
Una risa nerviosa y débil se me escapa, y justo cuando abro la boca
para seguir hablando, él me corta con un simple:
—Está bien.
Parpadeo rápido. Juro que veo una sonrisa asomar en la comisura
de sus labios. Pero en lugar de eso, sacude la cabeza y vuelve a mirar
mi teléfono, tocando algo antes de apuntarme con la cámara trasera.
—Calista. —Oh, que me jodan. La forma en que dice mi nombre
me pone la piel de gallina y activa todos mis nervios—. Suplica para
quedarte aquí… —Inclina la cabeza para que pueda ver su expresión
dura—. Para quedarte conmigo.
Mi boca se abre.
—¿Qué?
Una de sus cejas se arquea, la que tiene tatuado ‘SIT’, y me muero
de curiosidad por saber por qué se tatuó eso.
—Me escuchaste, muñequita. —Da un solo paso hacia mí,
manteniendo la cámara apuntando directo—. Suplica, así si mami
aparece y ve a un hombre en su cabaña, tengo pruebas de que tú
quisiste esto. No yo.
Me cuesta tragar saliva.
—Dime tu nombre… no pueden ver quién está hablando. —¿En
serio voy a suplicarle a este hombre que me deje quedarme en mi
cabaña?
Se ríe, y juro que no creí posible que se volviera más atractivo, pero
la intensidad de su risa vibra desde mi cabeza hasta mi clítoris.
—Para este propósito, llámame Ronan. —Me preocupa cómo
quiera que lo llame en otras ocasiones.
—Está bien… —Me humedezco los labios y me enderezo—.
Ronan, por favor déjame quedarme. Yo… —No me interrumpe. Solo
mantiene la cabeza inclinada, viéndome, no a través de la cámara, sino
directamente. No sé por qué, pero eso lo hace más inquietante—.
Necesito quedarme aquí. Yo soy la que lo está pidiendo. Por favor.
Sin apartar los ojos de mí, toca la pantalla dos veces y dice:
—Suplica mejor, y… —Baja la mirada a mis pies—. De rodillas,
esta vez.
—¿¡Perdón!? —Casi grito—. ¡Estás jodidamente loco! Ni de
broma.
—Te pondrás de rodillas, Calista, o apagaré la cámara y llamaré a
tu padre.
—Padrastro… —murmuro con desafío.
Tengo problemas serios, porque estoy dividida. Entre dejar que me
degrade así delante de la cámara, además no es algo que haya hecho
jamás. Sin embargo, mi corazón late con fuerza, no por miedo, sino
por anticipación.
«Estás enferma, Cal… ¿por qué me pedirías algo así?» Una
memoria no muy lejana me recuerda lo enferma que estoy.
Resoplando, me arrodillo lentamente y miro hacia arriba—no a él,
sino directo al lente de la cámara. Los tres círculos no indican si está
grabando, pero no tengo dudas de que sí.
—Ron…
—Por esta vez —me interrumpe—. Llámame papi, sobrinita.
Ronan
La anticipación por encender este maldito teléfono me está volviendo
loco. No es que me interese comunicarme con mucha gente. Ken será
probablemente mi único contacto, junto con los chicos. Pero tengo
otra razón para querer tenerlo encendido y conectado... tengo algo
especial esperándome.
Tardó unos días en llegar la tarjeta del banco a la cabaña, y un par
más para que depositaran el dinero. Ahora estoy usando la
computadora del trabajo de mi sobrina para configurar mi línea.
Son las tres de la madrugada y ella está desmayada en el cuarto de
invitados. Aunque no estuviera durmiendo como una roca, soy lo
bastante sigiloso como para haber entrado sin despertarla.
La laptop está recargada contra la mesita de noche, conectada. Es
absurdamente confiada, pero supongo que para una chica como ella
(que parece bastante privilegiada) no le parece necesario ser
precavida. Literalmente me rogó quedarse conmigo aquí. Vivir con
sus padres no debe ser tan malo si está dispuesta a correr este riesgo.
Podría ser un violador serial por lo que ella sabe o incluso un asesino
convicto.
Mi intención es asustarla, no causarle daño permanente. Aunque
desprecio a mi hermano, no vine aquí a lastimarlo. Soy un monstruo
cosido con pura maldad, y los hilos que me sostienen no pueden
romperse ni quemarse. Pero eso no significa que no tenga autocontrol.
Ella es predecible: Calista. ¿No sabe que el reconocimiento facial,
especialmente cuando empujas el dispositivo tan cerca de la cara, es
increíblemente peligroso? Y ni hablar del lector de huellas. ¿La gente
no entiende lo fácil que es cortar un dedo? Supongo que no, al menos
no los que son considerados "normales".
Después de iluminarle la cara con la linterna y dejar que el laptop
se desbloquee con sus lindos rasgos, me acomodo en el sofá para
configurar mi teléfono. La razón de mi urgencia me espera en el
correo: dos mensajes distintos. Ni siquiera abro el primero. Descargo
el segundo de inmediato.
—Por favor, papi...
Maldita sea.
Tal como pasó cuando sus rodillas tocaron el suelo y esas palabras
salieron de su boca, mi polla ya está marcando la tela de mis bóxers.
Este es solo para mí. Podría incluso usarlo en su contra si sigue
tratando de tocarme. En menos de una semana, ya lo ha intentado
como una docena de veces.
Todo parece ser por inocencia o frustración, pero, aun así: nadie me
toca. Ni siquiera ella. Cuando mi hermano me puso la mano en el
hombro el día que salí, tuve que buscar muy dentro de mí un mínimo
de contención para no romperle la muñeca. Él no entiende, y esta
rebanada de pay de durazno tampoco. Pero lo hará.
Me doy un momento para husmear en su laptop, enfocándome sobre
todo en sus redes sociales. Facebook es claramente la que menos usa.
Instagram tiene un par de miles de seguidores, y TikTok todavía más.
Su bandeja de entrada está llena de mensajes, en su mayoría de chicos.
Leídos, pero raramente respondidos. No me voy a poner a revisar los
cientos de mensajes para ver cuál le interesa.
Paso a sus fotos, esperando que sea una pequeña sucia con algunas
nudes guardadas. Lamentablemente, no hay nada revelador. En
cambio, hay algunas imágenes con lo que supongo es una amiga, junto
con fotos de mi hermano posando con una mujer rubia platinada. Por
sus ojos verdes y la nariz pequeña y parecida, queda claro que es la
madre de Calista.
Antes de cerrar la tapa de la laptop, la bloqueo y agarro mi teléfono.
No le doy play al video, solo me quedo mirando su rostro viéndome
desde abajo. Es definitivamente hermosa, pero todo un enigma. Si no
fuera por las perforaciones en sus pezones, juraría que es virgen.
Pero claro, no lo es. No necesito que me lo digan para saber que ya
ha abierto las piernas para unos cuantos. O para una docena de ellos.
Esos labios ya se tragaron una polla o dos, quizás incluso un coño. No
me cabe duda.
Toco el teléfono y dejo que el video corra unos segundos. Sus
manos se deslizan por sus muslos, limpiando el sudor que
probablemente se le acumuló ahí.
—Necesito quedarme. Por favor, papi, déjame quedarme contigo.
Un gruñido frustrado y bajo me vibra en el pecho. Está tan jodida.
El lago se extiende frente a mí, tranquilo y sereno, lo cual me
sorprende, considerando que ya es verano. Es privado, y esperaría que
otras familias con propiedades cercanas tuvieran botes, fiestas o algún
tipo de reunión. El agua es lo bastante amplia como para que no vea
ninguna casa, pero la vegetación frondosa rodea toda la orilla.
Suelto un suspiro, meto las manos en los bolsillos y me recuesto de
lado, disfrutando del calor del sol en mi pecho desnudo.
—Me imaginé que estarías bien lejos de este maldito estado cuando
salieras —resuena su voz, seguida por el sonido de pasos en el muelle
de madera—. No creí posible que te aislaras más, Ronan, maldita sea.
No me volteo de inmediato a reconocerlo cuando se pone a mi lado,
pero cuando nuestros hombros se rozan, giro la cabeza. Se ha dejado
crecer el cabello y lo lleva recogido en una coleta ligera. Le advertí
sobre eso en prisión. A los hombres les gustan las asas.
Ken acaba de cumplir treinta y dos, y aunque creo que su crimen no
justificaba estar encerrado con alguien como yo, se lo agradezco.
Salió hace dos años y ha estado en mi vida desde entonces. Me visitó
todo lo que pudo después de su liberación, trayendo a los chicos y a
Mia.
—Me alegra verte. —Alzo el puño y él lo choca con el suyo en un
golpe rápido y sólido.
Su gran sonrisa viene seguida de una risa.
—¿En serio?
Antes de responder, pongo los ojos en blanco.
—Me alegra que no hayas cambiado tu número. Me hubiera
cabreado si tenía que rastrearte.
Se ríe con un resoplido y mete las manos en sus shorts tipo cargo.
—Te lo habría hecho saber. Perdón por no estar ahí cuando saliste,
me confundí de día.
Me encojo de hombros.
—Todo bien. Honestamente, no esperaba a nadie, así que cuando
mi hermano mayor apareció, digamos que me sorprendí. —Casi al
mismo tiempo, ambos nos cuadramos uno frente al otro.
Ken es más compacto que yo, su físico forjado por años en el tráfico
de drogas. Esa disciplina no se le ha ido; sigue viéndose jodidamente
bien. Considerando que tiene las conexiones para depositar la
cantidad que puso en mi cuenta, apostaría a que ya volvió a ese
mundo.
—La oferta sigue en pie. —Me guiña uno de sus ojos
entrecerrados—. Tengo un cuarto libre, solo que tendrías que lidiar
con los diablillos. Tú me entiendes.
Asiento.
—Estoy bien por ahora. Quiero resolver unas cosas aquí antes de
mudarme al sur, tal vez Texas.
—No hagas eso. —Ríe nervioso y da un paso hacia mí—. Matarías
a alguien allá sin pensarlo dos veces. —Me da un codazo y levanta
las cejas—. ¿Qué tal la reunión familiar?
Con un suspiro pesado, echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos.
—Me compró una hamburguesa. Tres, de hecho.
—Amor de hermanos.
—Pfft. Pura mierda.
Un estruendo suena desde la cabaña, pero ni Ken ni yo nos
inmutamos. En cambio, giramos para ver una camioneta grande
retrocediendo por el camino de grava. Es entonces que Calista sale
por la puerta principal, usando solo unos shorts ajustados y un top
deportivo.
Está jugando con fuego.
Su cuerpo es suave y delgado, sin mucho músculo. Tiene lo que yo
llamo curvas delicadas, muy femeninas y cálidas. Fluyen como el río
junto a la cabaña. Una belleza natural y tierna.
—Ahora entiendo.
—No, solo es decoración —digo con tono seco, mientras la observo
acercarse al conductor de la camioneta justo cuando él abre las puertas
traseras. Ella lo saluda con una sonrisa radiante, lo que me hace volver
la mirada hacia Ken—. Es hijastra de mi hermano.
—Auch, eso sí que es una lástima. —Pasa su lengua por el labio
superior—. O tal vez no.
—Tampoco para ti.
Cuando resopla, me dan ganas de empujarlo al lago para que se
enfríe.
Mi mirada regresa a ella mientras se ríe por algo que dice el
conductor al escribir en una tabla.
—Espero que me consiga un colchón nuevo.
Como si pudiera sentir que la estoy mirando, gira la cabeza y me
ve.
—No parece tu tipo.
Sin apartar la vista de ella, le pregunto:
—¿Y cuál es mi tipo, Ken?
—No una muñeca Barbie. Nunca te imaginé con una reina del baile
rubia. Ella es tu completo opuesto.
Inclino la cabeza mientras ella sigue mirándome.
Oh, muñequita, estás en serios problemas.
Le enseñaré que mirar fijamente a un asesino es la decisión más
estúpida que puede tomar. Quizás no sepa lo que soy, pero tiene que
sospechar que soy peligroso.
Cuando por fin aparta la mirada, empiezo a caminar por el muelle,
con los pasos de Ken detrás de mí.
—Tengo la moto que pediste. Estoy cambiando las placas y te la
llevaré.
—Puedo ir a recogerla —digo, viendo cómo Calista guía al
conductor hacia la cabaña—. Haré que la muñequita me deje en el
pueblo mañana.
—La próxima semana —responde mientras subimos los escalones
hacia la entrada—. Aún no está lista, faltan los registros.
—Entendido.
Calista sale corriendo justo cuando Ken y yo llegamos a la parte
trasera de la camioneta. Él es más hablador, así que no me sorprende
que se apoye contra la camioneta con una sonrisa mientras dice:
—¿Y tú cómo te llamas, preciosa?
Ella pone las manos en la cintura, presionando los dedos contra su
piel expuesta. El movimiento atrae mi atención hacia su ombligo
perforado.
Su nombre debería ser Tentación.
—Calista. ¿Y tú?
—Ken. Un placer. —Le extiende la mano y ella se la da sin dudar.
Él le besa los nudillos con un movimiento suave y rápido antes de
soltarla y mirarla de nuevo—. ¿Tienes novio?
Pongo los ojos en blanco y niego con la cabeza.
—No respondas eso. Ken, ya vámonos.
—Oh, vamos. —Lanza un puño hacia mí, rozando apenas mi brazo.
No fue accidente; aprendió hace tiempo que, por más naturales que
parezcan sus gestos, no tolero el contacto. A menos que yo lo permita.
Y eso es casi nunca. Un puño chocado, y basta.
—Solo estoy bromeando.
—Vamos, Romeo.
—Siempre que seas mi Julieta. —Me guiña un ojo antes de volver
a mirar a Calista, que se ríe.
Si tan solo ella supiera que el mejor amigo de este coqueto tiene
lazos con el Cartel. Es curioso ver el otro lado, el de la ignorancia.
Donde ella ve un rostro fresco, probablemente inofensivo, cuando él
es cualquier cosa menos eso.
La apariencia de Ken es engañosamente pulcra: sin tatuajes
visibles, sin piercings. Casi parece respetable, pero yo sé la verdad. A
diferencia de mí, él oculta su peligro. Yo lo llevo por fuera. No quiero
que vean nada más que lo que soy: un monstruo. Ken, en cambio,
oculta su oscuridad con precisión.
—Nos vemos, Ken. Un gusto —es todo lo que ella dice antes de
meterse en la camioneta.
Mientras nos alejamos, él susurra:
—Te mandaré la ubicación. Te dejaré buena mierda en el asiento,
tal vez hasta unos condones.
—No los necesito. Pero la otra mierda, sí. Me vendría bien una
explosión mental para salir de mi cabeza por las noches, aunque dudo
que vuelva a dormir bien. Algo que me noquee estaría genial.
Calista
¿Por qué tiene que ser tan jodidamente sexy? ¿Por qué no puede ser
feo? Sin dientes, con una panza cervecera de todas las botellas que se
ha bajado en estos días y no con esos ojos azul hielo que me hacen
temblar las rodillas y mojar las bragas solo de pensar que me esta
mirando el coño.
Necesito sacar a Big Bertha y follarme hasta dejarme seca, o voy a
terminar metiéndome en su cama solo para poder correrme.
«No me toques, carajo.»
¿Cuál es su maldito problema con eso? Incluso su amigo al que veo
ahora hablando con Ronan mientras yo bajo de la camioneta con una
lámpara en las manos, mantiene las manos lejos de él. Ni un golpe
juguetón, ni una palmadita en el hombro mientras bromeaba sobre si
tengo novio o no.
Soy una maldita entrometida, lo admito, y necesito saber más de él:
Ronan Byrne.
Después de quedarme mirando más de la cuenta sus tatuajes que
cubren toda su espalda desnuda, me apresuro a entrar y casi choco con
Johnny.
—Wow, cuidado, Cal.
—Perdón, ¿necesitas ayuda o estás bien?
—Todo bien, ya medí la pared del cuarto de invitados. En unos días
te armo el escritorio —dice mientras mira por encima de mi hombro.
Me muerdo los labios y juego nerviosa con la lámpara—. De todos…
los contratistas vienen mañana para empezar con la cocina. No se va
a poder usar por unas seis semanas una vez que comiencen.
Sonrío.
—Perfecto. Voy a poner una cafetera en el garaje. También
podríamos meter el refri viejo ahí, lo lleno con bebidas y comeré
fuera.
Él se ríe, pero vuelve a mirar hacia afuera, así que yo también lo
hago, curiosa. Ahí está Ronan, observando fijamente, no a mí, sino a
Johnny.
—¿Él es parte del equipo de construcción que pediste para esta
obra?
No conoce a mis padres. Es solo un tipo de una de las empresas
contratistas con las que trabaja mi jefe, usualmente para entregas. No
hay daño en decir que no…
—Es de la familia —respondo mientras niego con la cabeza.
Me encojo de hombros y vuelvo mi atención a Johnny.
—Gracias otra vez. Todo lo que creas que puedo cargar, déjalo en
el garaje. Lo demás, en la sala.
—Hecho, Cal. Por cierto, Josh ha preguntado por ti.
Me río nerviosa, frotándome el brazo.
—Ajá… Bueno, tengo que hacer algo —desvío rápidamente—,
pero si necesitas algo, estaré en la habitación de invitados.
Después de despedirme, entro directo a mi cuarto. Hora de
investigar más a fondo este enigma. Honestamente, no sé por qué no
lo hice antes. Hubiera sido más inteligente revisar su historial antes
de meterme en este acuerdo forzado.
Tomo mi laptop, me tiro en la cama y la abro. Escribo “Ronan
Byrne” en Google. No me sorprende que el primer resultado sea una
página de Wikipedia. Paso de largo, cualquiera puede editar eso, y lo
último que necesito es info falsa llenándome la cabeza.
El siguiente resultado me llama la atención: una página de
antecedentes penales. Mi pulso se acelera al ver las palabras en la
descripción. “Ronan Byrne, acusado de homicidio en segundo grado,
condenado a quince años…”
Ahí se corta, y no tengo estómago para abrir el enlace.
Trago saliva. Tal vez debería haberlo escuchado cuando me dijo que
me largara. Hubiera sido lo más inteligente. Pero, como toda rubia
tonta según el cliché, me quedo. No corro. Y ni siquiera sé por qué
trato de convencerme de que tengo una opción. No puedo ir corriendo
con mi padrastro, y menos con mi madre, a pedir ayuda.
Pero estoy enganchada al peligro. Adicta a la adrenalina de todo
esto. Debería estar aterrada, huyendo a mil por hora en la dirección
contraria. Un hombre que no dudo en ahorcarme, empujarme contra
una pared, hacerme caer de rodillas y obligarme a rogarle, que me
hace llamarlo papi, debería darme miedo.
Y, sin embargo, aquí estoy, queriendo más. Debería sentirme
insegura, pero no es así.
Estás jodida, Calista. Igual que tu madre.
Él es un asesino, y yo duermo a menos de siete metros de él. Solo
necesitaría una chispa para motivarse y podría acabar con mi vida bajo
esa misma mano sexy con la que me aprieta el cuello. Dios… ¿de
verdad estoy pensando en que me folle mientras me ahorca justo en
el límite de la muerte?
Un golpe en la puerta me saca de mis pensamientos, haciéndome
saltar justo cuando tenía esa imagen mental tan perturbadora. Cierro
la laptop de golpe, sintiéndome absurdamente expuesta, como si todos
mis pensamientos estuvieran ahí, proyectados en la pantalla.
Y ahí está él. Ronan. Apoyado en el marco de la puerta con un
brazo, mirándome. La forma en que sus ojos me atraviesan me
provoca una oleada de pánico, como si pudiera ver la culpa pintada
en mi cara. O tal vez es solo mi paranoia. De cualquier modo, mis
nervios se encienden y el pulso se me dispara con esa mezcla eléctrica
de miedo y excitación.
—La próxima semana necesito que me lleves al pueblo —dice, y
su mirada baja hacia mi laptop. Me invade una náusea repentina,
como si fuera a cruzar la habitación, arrebatármela y descubrir todos
mis secretos sucios. Rápido, la empujo a un lado y la meto debajo de
las cobijas.
—S-Sí. Claro. ¿Qué día?
—No estoy seguro —suspira y levanta una ceja—. ¿Tienes algún
día que no puedas?
La pregunta viene con un toque de fastidio y trago saliva.
—No. Espera, sí. El jueves voy a Denver por trabajo. Fuera de eso,
estoy libre.
—Trataré de coordinar para que me dejes en el camino. —Golpea
la pared suavemente con la mano, echa un vistazo alrededor del cuarto
y se da la vuelta sin decir más.
¿Ni un “gracias”? No debería sorprenderme. ¿Por qué me importa
siquiera que me dé las gracias? Es un asesino condenado. La cortesía
para él debe ser tan valiosa como la mierda de una hormiga.
Un momento… ¿acabo de aceptar llevarlo? ¿Qué carajo me pasa?
¿Tengo un deseo de morir o qué?
Necesito reevaluar este trato.
—¿Calista? —Su voz grave me sobresalta.
—¡Mierda! —Alzo la vista y él me mira como si estuviera loca—.
Pensé que ya te habías ido, lo siento…
—Se te salía el culo de los shorts. —No creo haber sentido tanta
vergüenza en mi vida.
—Ten cuidado —añade, y se marcha por el pasillo.
Estoy tan, tan jodida.
Calista
Esta semana ha sido difícil. Cada vez que pienso en preguntarle sobre
su tiempo en prisión, me muerdo la lengua y lo único que sale es un
“¿cómo estuvo tu día?”
Ronan se ha mantenido al margen, lo cual me deja a la vez aliviada
e irritada. No es solo que sea callado… es como si fuera un fantasma.
Una mañana, antes de que empezaran las renovaciones de la cocina,
me levanté temprano con la esperanza de atraparlo justo al despertar.
Esperé una hora, pero eventualmente me di por vencida y me fui al
trabajo. Más tarde supe que se había escabullido sin decir una palabra,
y cuando por fin regresó después de la cena, actuó como si no hubiera
estado fuera todo el día. No soy su madre, pero ni siquiera lo escuché
salir. Me había levantado antes del amanecer, atenta, y aun así logró
irse sin que me diera cuenta.
No es que quiera vigilarlo ni nada, pero llamé a Johnny para que
instalara un sistema de seguridad alrededor de la propiedad. Pensé que
a Ronan le incomodaría la idea, pero cuando llegó el equipo de
instalación, me sorprendió. No solo habló con ellos, también sugirió
lugares para las cámaras en los que ni siquiera había pensado.
Pero no pasó mucho tiempo antes de que mi mente empezara a
correr y cuestionara por qué lo dejé involucrarse tanto con la
seguridad. Ahora conoce todos los ángulos de las cámaras y tiene
acceso al sistema. Si quisiera, podría borrar grabaciones o
desactivarlas por completo.
¿Por qué estoy haciendo esto otra vez? No es como si tuviera
muchas opciones, pero eso no hace que la situación sea menos
frustrante.
En realidad, esta molestia viene de mucho más atrás. Si mi madre
no hubiera sido como era, yo no estaría en esta posición. Culparla
ahora no sirve de nada, lo sé, pero igual me carcome por dentro. A
veces no puedo evitar pensar que, si el cáncer se la hubiera llevado a
ella en lugar de a mi papá, yo ya estaría lejos, a cientos de kilómetros
de mi pasado oscuro.
He estado murmurando para mí misma, perdida en esos
pensamientos, mientras estoy junto a mi Mustang rojo. No sé cuánto
tiempo llevo aquí cuando escucho el crujido de unas botas sobre la
grava. Levanto la vista y veo a Ronan acercándose. Tiene las manos
metidas en los bolsillos de unos jeans azul oscuro, ajustados con un
cinturón negro, y lleva puesta una camiseta blanca entallada. Colgado
entre su muñeca y la cadera, trae una chaqueta de cuero. Un poco
exagerado para el calor de casi 27 grados, pero no voy a cuestionar
sus elecciones de moda. Especialmente no cuando se ve así de bien.
Se detiene a un pie de distancia y alza la ceja, esa ceja que dice
«SIT».
—¿Listo? —pregunto, dándome cuenta un segundo tarde de lo
obvio que suena. Por supuesto que está listo; no estaría parado ahí con
esa mirada expectante si no lo estuviera.
Asiente y camina hacia el lado del pasajero, abriendo la puerta.
—Tenías que ser una chica blanca básica y elegir el rojo, ¿no?
Maldito sea, es un imbécil muy alto. Se inclina sobre mi auto, con
un brazo apoyado casualmente sobre el techo, la cabeza ladeada justo
lo suficiente para encontrar mis ojos, claramente esperando mi
respuesta a su comentario lleno de sarcasmo.
No le doy el gusto. En cambio, pregunto:
—¿Cuánto mides, por cierto?
—¿Y eso qué importa?
—Investigación. —Voy a enterrarlo detrás de la cabaña, así que
necesito saber sus medidas. Obviamente no puedo decir eso porque
suena psicótico—. Quiero asegurarme de que los marcos de las
puertas estén adecuados para alguien de tu estatura. —Buena
excusa—. Te veo agachándote cada vez que entras al cuarto principal.
Rueda los ojos mientras se acomoda en el asiento y yo dejo escapar
un suspiro nervioso antes de subirme. Ya dentro, le echo un vistazo
rápido. Está ajustando el asiento todo hacia atrás y abrochándose el
cinturón, de pronto resulta que sí respeta la ley.
—En serio, Ronan, ¿cuánto mides? —Le doy al botón de encendido
y el carro ruge con vida.
—1.80, más o menos dependiendo del día.
—Gracias —digo mientras enderezo los hombros—. Yo mido 1.65.
—Lo sé. —Cruza los brazos y mira por la ventana. Malditas
mariposas me revolotean el estómago con ese comentario. Debería
parecerme raro, hasta espeluznante, que sepa mi estatura exacta.
Aunque también puede que solo esté jugando conmigo, buscando
provocarme.
Pongo el carro en reversa y arranco sin darle una reacción.
Durante los quince minutos de trayecto, lo único que dice son
indicaciones. Yo misma tuve que meter la dirección, que nos lleva a
un pequeño taller escondido entre una tienda de sándwiches y una
librería. La puerta metálica cubierta de grafitis está cerrada, pero a él
no parece importarle.
Cuando abre la puerta, carraspeo.
—¿Quieres que venga por ti más tarde?
Él se gira, echándome una mirada por encima del hombro, y su
mirada baja a mi regazo, donde estoy jugueteando nerviosamente con
mis uñas. Desafortunadamente, también es donde están mis muslos
desnudos, mi falda, aunque llega a las rodillas, se subió hasta la mitad
del muslo durante el trayecto. Esperaba que no lo notara y no quería
llamar la atención bajándola.
Cuando se encuentra con mi mirada, niega con la cabeza y se baja.
Por fin exhalo el aire que tenía contenido cuando la puerta se cierra
de golpe. Me intimida tanto que sé que debería estar huyendo lo más
lejos posible. Si realmente tuviera una opción, creo que lo haría.
Estás tan jodida, Calista. Búscate ayuda.
Apoyo la cabeza contra el respaldo y cierro los ojos.
He estado persiguiendo el verdadero miedo desde el momento en
que lo conocí. No porque lo disfrute, sino porque intento recuperar el
control sobre él. Hablar de lo que pasó ayuda hasta cierto punto, pero
todos interpretan mi deseo de confrontarlo como una señal de que
estoy enferma de la cabeza.
Quizá lo estoy, pero lo que quiero me ayuda. Sé que algún día
podría matarme, tal vez Ronan, o tal vez no. Es posible que una vez
que cierre este capítulo de mi vida, todo mejore y ya no sienta la
necesidad de buscar las cosas asquerosas y retorcidas que me
atormentan. Pero en el fondo, algo me dice que solo va a empeorar.
Un golpeteo en mi ventana me sobresalta y volteo la cabeza para
ver a Ronan, haciendo un gesto con el dedo para que baje el vidrio.
Oh, mierda.
Presiono el botón y la ventana baja automáticamente.
—Perdón, yo…
—No sabía que tenía que deletreártelo —dice, inclinándose hacia
mi ventana. Su rostro a centímetros del mío—. Vete. Y no necesito
que vengas a recogerme. —El aroma de menta en su aliento me llega
a la nariz, pero es el olor de su jabón corporal lo que me hace inhalar
fuerte, ansiosa por llenarme de él.
Estoy a punto de poner el auto en marcha cuando él se inclina y
toma mi muñeca.
—Además… —Lo miro a los ojos mientras dice—: Cambia de
jabón. Tiré el tuyo esta mañana. No compres el mismo. —Abro la
boca, pero él sigue—. Apesta, joder.
Me suelta y se aleja caminando. Piso el acelerador sin pensarlo dos
veces, sin mirar atrás para ver a dónde va o si siquiera entra al lugar.
Su abrazo es inesperadamente agresivo, lo que me pone un poco
nerviosa. No es como si no hubiera visto a Gene en meses; apenas han
pasado unas semanas.
Aun así, le devuelvo el abrazo con la misma intensidad, soltando
ese típico “mmm” cuando por fin nos separamos. Ella aparta con
cariño unos mechones rubios de mi rostro y me sonríe con calidez.
—Has estado tan callada últimamente. Ni un mensaje, ni siquiera
un meme tonto.
—Lo sé, he estado ocupada limpiando la cabaña.
Y tratando de no babear por el hermano de mi padrastro.
—Cuando todo esté listo, voy a tener que ir a ver cómo quedó.
La verdad, no me molesta que sepa que Ronan está cerca. Conoce
mi complicada relación con mi mamá y nunca habla con ella si yo no
estoy presente, lo mismo con mi padrastro. Por ahora, prefiero no
decir nada hasta que planee una visita. Definitivamente no voy a
pedirle al convicto que se encierre en su cuarto mientras mi amiga
anda por ahí.
Sé que no debería llamarlo “convicto”, es bastante grosero. Pero,
para ser justos, él me llamó una “perra rubia básica” en cierto sentido.
Era el único Mustang que había en el lote y yo soy una chica de
gratificación instantánea. Si voy a gastar mi dinero, lo quiero ya. Por
eso siempre pago el envío exprés.
Genevieve se inclina sobre la mesa alta y redonda en la que estamos
sentadas. Vinimos al bar después del trabajo, solo para desahogarnos
y quejarnos de lo decepcionante que es convivir con un hombre.
—Tengo entradas para un concierto. Iba a invitar a Travis, pero ya
me tiene harta.
Me río y doy un sorbo a mi única copa. El regreso de noche a la
cabaña ya es lo suficientemente peligroso como para encima manejar
ebria.
—¿¡Es el Glitz Tour?! —pregunto con entusiasmo. Siempre he
querido ver a Bee en concierto.
—Obvio —responde con un tonito juguetón, y juro que podría
besarla.
—¡Estoy dentro! ¿Cuándo es?
—Te mando los detalles por mensaje… ¡Entradas VIP, bebé!
Me recuesto en la silla y aplaudo con emoción, justo cuando siento
que alguien roza mi espalda. Sobresaltada, me enderezo y me doy
vuelta para decir “lo siento”. No alcanzo a verle bien el rostro, pero
es alto, con la capucha baja cubriéndole la cabeza y una chaqueta de
cuero sobre el suéter. Se dirige hacia la puerta, pero apenas lo registro
antes de volver a enfocarme en Gene.
—¿Estás bien viviendo sola? —pregunta mientras termina su
margarita.
Le sonrío y asiento.
—Sí, no está tan mal. Hago mucho trabajo y estar en el sitio para
un proyecto importante me va a ayudar a crecer. Es una oportunidad
única.
Mentira.
—Qué bueno —dice, tomando mi mano—. Nunca has vivido sola,
y que te lancen a eso de golpe puede dar miedo. Yo estaría muerta de
miedo. Seguro está oscurísimo allá por las noches.
Quiero decirle que el miedo me hace sentir viva. Que a veces,
cuando miro por la ventana, todo lo que veo es oscuridad. Y a veces,
muy en el fondo, espero que al correr las cortinas en plena madrugada,
esos ojos azules e intensos estén allí, mirándome desde la oscuridad.
—No está tan mal —respondo con una sonrisa—. Tengo un sistema
de seguridad, y lo único que ha captado son ciervos y unos conejos.
Estoy agradecida de haber conocido a Gene cuando lo hice; es de
esas amigas que duran toda la vida. No importa qué tan lejos estemos,
sé que siempre va a estar para mí. O al menos eso espero,
considerando lo que he hecho… y lo que aún falta por hacer.
Mientras aprieta mi mano, empieza a contarme los detalles del
concierto, de su vida amorosa, y de los libros subidos de tono que ha
estado leyendo.
Unas dos horas después, nos despedimos.
Gene sale apurada para alcanzar su autobús, ella y Travis viven en
el centro, mientras yo camino hacia el estacionamiento donde dejé mi
auto.
Las luces brillantes me hacen sentir segura, pero una inquietante
sensación me dice que alguien me está observando. Un cosquilleo
extraño me recorre la espalda y me eriza la nuca. Giro bruscamente la
cabeza, sintiendo un leve crujido en el cuello, pero la estructura de
concreto está vacía, solo hay autos estacionados.
Entorno los ojos hacia la garita de seguridad, donde el guardia al
que saludé antes tiene la cabeza agachada. El vidrio está levemente
polarizado, pero puedo notar que ya no me está prestando atención.
Trago saliva y sigo subiendo la pendiente.
Mi Mustang rojo está estacionado a medio nivel, entre el uno y el
dos, y no vi necesidad de tomar el ascensor, aunque ya me están
doliendo los dedos de los pies por los tacones.
Cuando veo mi auto, miro por encima del hombro una vez más,
pero sigue sin haber nadie.
Estoy paranoica, nada más.
Meto la mano en la cartera, busco el llavero y toco el botón dos
veces para encender el motor a distancia. En el mismo instante en que
presiono desbloquear, siento una presencia a mi lado.
Ni siquiera tengo tiempo de gritar antes de que un cuerpo choque
contra el mío y una mano enguantada me tape la boca. Mis piernas
reaccionan solas, pateando, y como estoy justo al lado de un auto
estacionado, apoyo un pie contra él tratando de impulsarme y
desestabilizar a quien me agarra.
Pero no funciona. Su brazo se aprieta más contra mi pecho y mis
brazos, y grito contra la mano que me asfixia.
—Cierra la puta boca —me dice una voz masculina al oído,
haciendo que el miedo me suba como fuego a los ojos.
No. Por favor, otra vez no.
—¡Detente! ¡Alguien, ayúdeme!
Mis dedos rasguñan desesperadamente sus jeans, buscando un
punto de apoyo, pero me lanza contra un auto con violencia. No me
suelta la boca, pero libera mis brazos solo para torcer uno hacia atrás.
Con la otra mano intento empujarme lejos del capó, pero él me agarra
por detrás de la cabeza y me la estrella contra el metal.
Estrellas explotan detrás de mis párpados, y caigo rendida sobre el
capó.
—No venimos por tu coño esta vez, Calista.
Mi visión se vuelve borrosa mientras veo acercarse una sombra.
—Por favor… lo siento… E-estoy intentando…
Ronan
¿Por qué las drogas ya no me pegan como antes?
La marihuana que he estado fumando apenas me da algo más que
un leve dolor de cabeza. Tendré que decirle a Ken que está perdiendo
su toque, aunque tal vez el problema sea yo, no la hierba. También
debo admitir que estoy un poco distraído.
Casi es medianoche y Calista todavía no regresa a la cabaña. No es
que la esté vigilando, pero se me hace raro pensar que esté trabajando
tan tarde. Nunca lo hace cuando trabaja desde casa.
Desde que puso cámaras alrededor de la casa, me ha pasado por la
cabeza meterle un rastreador a su auto. No porque esté preocupado
por ella… es más por una curiosidad morbosa. ¿Para qué necesita
seguridad en una zona supuestamente “vigilada”? Hay una sola
entrada controlada, y salvo que alguien camine por varios acres, no
hay forma de llegar aquí sin mucha determinación.
¿Será que es por mí? ¿Tal vez ya googleó mi nombre?
—Culpable —murmuro, echándome el resto de la cerveza.
Tengo la puerta del garaje abierta, luces apagadas, escondido
mientras me siento en uno de los sillones que antes estaban en la sala.
Ella piensa venderlo, pero me dan ganas de convencerla de que lo
conserve. Después de entrenar, se agradece sentarse en algo que no
sea una banca.
Inclino la cabeza hacia atrás y me recuesto mientras el porro se
consume entre mis dedos. Hace rato que no fumo nada; solo lo dejo
arder hasta la punta.
Calista es una mujer interesante. Tiene mucho dando vueltas en esa
cabeza suya. Estoy casi seguro de que tiene TDAH; se nota en sus
hábitos. La cocina ha sido su obsesión principal, pero no logra
concentrarse en ella más de treinta minutos antes de pasar a otra cosa.
Y ese leve tartamudeo cuando me habla. No puede ser porque le
parezca atractivo; seguro sabe que ella también se ve jodidamente
bien. Si yo no fuera quien soy, ya le habría atado las muñecas a alguna
de las vigas de esta cabaña y le habría follado el alma.
No soy suave en ningún aspecto de mi vida. La violencia es mi
escudo, mi protección. Ya sea estrellando mi puño contra una cara o
metiéndola bien duro, nada en mí es suave.
La curiosidad de Calista es obvia. Sus ojos siempre se quedan
mirando las cicatrices de mi abdomen o se le van a mi tatuaje “SIT”
sobre la ceja. Creo que quiere saber qué fue lo que me convirtió en el
Ronan que tiene enfrente. Tal vez por eso no se atreve a preguntarme
nada serio. Prefiere balbucear un “¿cuánto mides?” a decirme “¿de
dónde vienen esas cicatrices de cuchillo?”
El bajo rugido de llantas sobre grava me saca de mis pensamientos.
Su Mustang entra por el camino, con las luces apagándose cuando se
acerca a la casa.
Apenas se estaciona, aplasto lo que queda del porro con los dedos,
dejándolo morir antes de tirarlo al sillón. Salgo del garaje sin
preocuparme por esconderme.
Ella se baja del auto tambaleándose un poco. Por un segundo, me
pasa por la mente esa inocencia suya. ¿Será posible que haya
manejado borracha? Una parte de mí no quiere saber, porque si lo
hizo, no sé si podré resistirme a ponerla de rodillas y darle una buena
nalgada para que recapacite. ¿Qué tan irresponsable hay que ser para
manejar en este bosque borracha? Un mal giro y podría acabar en el
lago o estrellada contra un árbol.
Se apoya en el carro, se quita un tacón, luego el otro, y camina hacia
la cabaña.
No te importa, Ronan…
Dejo escapar un gruñido. ¿Está tan ida que no se da cuenta que el
garaje está abierto? Ni lo menciona.
Me quedo en silencio, porque ahora quiero observarla. Me acerco a
la puerta de la casa y la abro apenas cuando ella entra. Desde donde
estoy, la veo cruzar hacia la cocina a medio demoler que conecta con
el garaje. Con todas las luces desconectadas, no puede ver mi cara en
la sombra, y yo solo sigo su silueta mientras cierra la puerta y va por
el pasillo hacia las habitaciones. Entro tras ella, cierro la puerta
suavemente y me quito los zapatos con un empujón silencioso.
La prisión me enseñó que el silencio es mi mejor arma. Soy grande,
pero encontré la motivación para dominar el sigilo bastante rápido.
Así que no me sorprende que no haya notado que la observo, ya sea
de día cuando trabaja, o en las noches cuando entro en su cuarto. No
la he tocado, pero como le dije a Ken, es un deleite visual. Dormida
es, probablemente, cuando se ve más hermosa.
Me asomo por el pasillo y la veo en el medio baño. Solo tiene un
lavabo y un inodoro. El agua corre y escucho el cepillo contra sus
dientes. Luego el pop de una botella. Y otro más. Probablemente tomó
Tylenol.
La rabia me sube por el pecho.
¿De verdad manejó ebria? Qué jodidamente estúpida.
Un minuto después sale del baño, gira a la izquierda y entra directo
al cuarto de huéspedes, cerrando la puerta. Espero un poco, luego voy
a revisar qué tomó.
Abro el botiquín del medio baño, ese que según ella quiere renovar.
Solo hay dos botellas: Tylenol, como pensé, y Melatonina.
Pastillas para dormir…
Hago un sonido bajo y levanto las botellas. La de Melatonina está
casi llena; la de Tylenol, a la mitad.
Las dejo de nuevo, cierro el gabinete con espejo, salgo y me acerco
a su cuarto. Pego la oreja a la puerta, atento a cualquier movimiento
de sábanas. Creo oír un suspiro, tal vez palabras entre dientes, pero
nada más. Sin música, sin TV. Solo quiso televisor en la sala, y es
exactamente lo que tiene.
No sé cuánto tiempo paso ahí, pero sé por experiencia que las
pastillas para dormir tardan un poco en hacer efecto. Solo cuando
escucho nada más que su respiración, giro con cuidado la perilla. La
puerta se abre con un leve crujido. Me detengo. Escucho por si se
sorprende, un jadeo, un movimiento.
Nada.
Entro. Mis ojos se fijan en su silueta sobre la cama. Con las cortinas
abiertas, la luna llena proyecta suficiente luz para que vea su rostro.
Me acerco, admirando su perfil. Tiene los labios entreabiertos, y las
ganas de tocarlos son casi insoportables.
En vez de ceder a esa idea estúpida, levanto la cobija. Aún lleva la
ropa del trabajo.
Su blusa está sucia, una capa fina de polvo sobre su pecho, aunque
no veo roturas. Me recuerda al residuo que se le queda a un auto
estacionado mucho tiempo, he lavado suficientes para reconocerlo. El
olor pesado a concreto y escape todavía se le pega al cuerpo, como si
hubiera estado en un estacionamiento subterráneo.
—Hmm…
Llevo la mano a su rostro, aparto su cabello, mis dedos acarician su
piel. Es suave, algo que no he sentido en mucho tiempo. La última
persona que me dio esa sensación fue mi madre: suave, gentil, segura.
No puedo dejarla dormir con esa ropa sucia.
Subo una rodilla a la cama y desabrocho su blusa, sacándola con
cuidado de la falda ajustada. Su sujetador blanco queda a la vista, y
aunque el deseo amenaza con nublar mi juicio, me controlo. Por más
que quiera ver si tiene los pezones perforados, esa línea no la voy a
cruzar. Para mí, el consentimiento es tan firme como mis puños:
inquebrantable e inflexible.
Las pastillas, mezcladas con el alcohol, supongo que la tienen bien
dormida mientras le quito la blusa, luego la falda. No se me escapan
los dedos de los pies, hinchados y amoratados.
Honestamente, nunca pensé que Calista fuera del tipo que pone su
seguridad en riesgo. La curiosidad es una cosa, pero ponerse en una
situación potencialmente mortal es otra muy distinta.
No te importa, Ronan.
Le subo la cobija al hombro y la acomodo de lado otra vez. Paso
una vez más la mano por su piel, justo por su cuello, sintiendo su
pulso. Y es ahí, justo cuando me voy a retirar, que veo algo… un
pequeño rastro de moretones.
Entrecierro los ojos y aparto más su cabello, pero cuesta ver con
claridad.
No te importa…
Maldita sea.
Saco el celular y enciendo la pantalla, iluminando apenas lo
suficiente para ver los hematomas en la parte trasera de su cuello.
Frunzo el ceño y guardo el teléfono.
Pudo haber tenido un buen polvo rudo contra su auto. Yo mismo he
dejado marcas así sin pensarlo, tan metido en una follada que pierdo
el control. Puede ser eso y ya.
No la conozco, ni quiero hacerlo. Pero el nudo en el estómago no
se disuelve con esa explicación.
Antes de hacer alguna estupidez, como despertarla y exigirle
respuestas, salgo de su cuarto, dejando la puerta apenas entornada.
Paso por el garaje, lo cierro bien y activo la alarma, y me detengo una
última vez a revisar que esté bien.
Tal vez estoy exagerando. Mañana veremos.
Mi teléfono vibra en el bolsillo de mi chándal. No dormí bien, pero
no es raro. Las drogas y el alcohol no me dan el sueño que tanto
necesito. Tal vez debería probar algo más fuerte, pero no sería sabio
con Calista cerca.
Saco el celular y veo un mensaje de Ken.
Ken: Hey, perdón por no responder anoche. Estaba enterrado
hasta el fondo en un culito dulce. No hay nada mal con lo que te di,
tú estás acostumbrado a esa mierda ilegal de prisión. Va a tardar un
poco, pero volverá a pegar.
Yo: Si tú lo dices.
Ken: Lo que sea. ¿Ya te follaste a ese rico conejito de la
madrastra?
Yo: No, ni planeo hacerlo.
Ken: Ajá, te vi la cara cuando ese tipo le estaba hablando.
No te culpo. Está buenísima y ya sabes que la fruta prohibida es la
más dulce.
Yo: Ya tuve suficiente de lo prohibido.
Ken: Nunca es suficiente, Ro.
Yo: Para mí sí lo es.
Estoy en el garaje, dejando la puerta que da a la casa entreabierta
para poder oír a Calista cuando salga. Ya casi es mediodía, y aunque
esperaba que durmiera un buen rato, esto ya es demasiado. En las
últimas dos semanas se ha levantado a las ocho, con café en mano en
los primeros quince minutos, y directo de vuelta al trabajo.
Tal vez hoy se saltó el café y fue directo a trabajar.
Aunque lo dudo. Amenazó con apuñalarme si lo movía o rompía,
lo cual me pareció bastante lindo. Una cosita tan violenta. Aunque eso
me deja pensando si adoraría algo más con la misma devoción que le
tiene a su taza de café cada mañana.
Por un segundo realmente considero despertarla. La curiosidad
sobre lo que pasó anoche es más fuerte de lo que debería, y sé que
necesito controlarme.
Justo entonces la veo en la entrada, el cabello recogido en un moño
grueso y despeinado en la cabeza. Se frota los ojos, aparentemente sin
darse cuenta de que estoy ahí, y camina tambaleante hacia el garaje.
—Ha dejado la puta puerta abierta… Imbécil… —murmura, y
siento un tic en la sien. Sé que no lo dijo por mí.
Lleva puesto un camisón largo… más bien una playera enorme.
Me pregunto si será de alguien más.
Ese pensamiento me enciende una ira irracional en el pecho y tengo
que controlarme rápido.
No estoy tan lejos de la vista, sentado en el sillón que da hacia la
puerta abierta del garaje. Giro completamente la cabeza sobre el
hombro, observando cómo camina medio dormida hacia la cafetera,
preparando su mezcla colombiana con leche al vapor y dos
cucharaditas de azúcar.
¿Por qué sé eso?
Mi gruñido audible hace que sus hombros se tensen mientras gira
lentamente la cabeza en mi dirección. La cautela en su actitud (como
una liebre atrapada en una trampa, temerosa del zorro que se le acerca)
me saca una sonrisa.
En cuanto sus ojos se cruzan con los míos, salta, grita y se golpea
la espalda contra la mesa donde está la cafetera.
—¡Joder, Ronan!
Lo admito, escucharla decir mi nombre suena muy bien. Su acento
del oeste no tiene nada de especial, pero hay una suavidad en su tono.
Si tuviera que describirlo, diría que es como una brisa de verano:
ligera, relajante, y refrescante. Tiene una calidez que permanece,
incluso cuando está enojada.
—Creo que me debes una disculpa —le digo con voz suave,
pasando el brazo por el respaldo del sofá. Inclino la cabeza, y, de
forma instintiva, ella hace lo mismo.
Se da cuenta de que hace unos minutos me llamó imbécil mientras
yo estaba sentado ahí.
—Eh, l-lo siento —balbucea—. Tomé de más anoche.
Lleva la mano a la nuca, pero se detiene rápido, como si recordara
algo. Luego se rasca la cabeza, soltándose el cabello de la liga,
dejándolo caer sobre los hombros y la espalda. Tiene mucho cabello,
y si alguien me preguntara cuál es la parte más sexy del cuerpo de una
mujer, diría que es esa. No importa el color; todo está en la textura, el
grosor, la firmeza.
La idea de su pelo trenzado y enredado en mi puño me sacude, y
me escucho preguntar, con más dureza de la que pretendía:
—¿Manejaste ebria anoche?
Traga saliva y empieza a alejarse de la mesa.
—Fue una estupidez… pero me quedé dormida en el auto un rato…
ya sabes, para que se me bajara el alcohol.
Entrecierro los ojos y me humedezco el labio inferior.
—¿Por qué mientes?
Su respiración se corta.
—¡No estoy mintiendo! ¿Por qué me estás interrogando? No eres
mi papá.
—Ya me has llamado papi antes. —Mi sonrisa se ensancha mientras
mi polla se endurece con solo pensarlo—. Es casi lo mismo.
—Ew, no. No quiero pensar en ti como mi papá.
—¿Por qué no? ¿Cómo quieres pensar en mí, entonces? —Me estoy
desviando del punto, pero joder, provocarla es demasiado divertido.
No tiene idea de lo cruel que puedo ser.
—Mi roomie. Mi roomie no deseado.
Odio esa palabra: no deseado. Tuvo suficientes oportunidades para
irse. No tengo dudas de que si le dijera a su mamá que estoy aquí, le
conseguiría un estudio en otro lado sin pensarlo.
Mi tono cambia y pierde su tono juguetón.
—Sé que estás mintiendo, baby girl —empiezo a levantarme, y es
entonces cuando escucho el suave y cauteloso caminar de puntilla de
sus pies regresando hacia la casa—. Y si no lo estás, necesitas una
lección sobre cómo conseguir conductor designado. ¡Hey, regresa
acá!
Está huyendo de mí. ¿Qué carajos?
Calista
¡Mierda, mierda, mierda!
Mis pies descalzos golpean el porche de madera más allá de la
puerta principal mientras salgo corriendo. Estoy demasiado aterrada
para mirar atrás. No tengo idea de a dónde voy, pero no puede ser con
él.
¿Por qué le importa? Dios mío, ¿estaba despierto anoche cuando
llegué? Estaba tan ida, el dolor en mi cabeza es casi insoportable. Si
fuera lista, me habría quedado con mis padres, pero no quería dar
explicaciones. Además, no me siento segura allá.
Aquí, el único depredador es Ronan, y aunque no sea lo más
inteligente, es el oso que prefiero por encima de cualquier otro. Y, sin
embargo, tal vez no soy tan estúpida, porque estoy huyendo de él
como si fuera presa, y él me fuera a devorar viva.
Simplemente no sé mentir. Él parece ver a través de mí,
recordándome constantemente que estoy en un juego demasiado
grande para mí.
Paso corriendo junto a mi auto, bombeando los brazos mientras
atravieso la línea de árboles.
—¡Calista! —escucho que grita mi nombre, pero yo sigo corriendo.
No quiero pensar en nada; él no puede salvarme de este destino.
Me cubro la boca con una mano, respirando con fuerza contra ella,
desesperada por no hacer ruido. El crujido de ramas y hojas bajo mis
pies son los únicos sonidos que rompen el silencio, pero en mis oídos
escucho el zumbido de un líquido caliente. Siento como si sangrara
por ellos, aunque sé que no es así.
Miro hacia atrás y no veo nada, pero sé que no he llegado lo
suficientemente lejos. Necesito alejarme, pensar en qué decirle y
aprender a mentir mejor.
Siento que llevo corriendo una eternidad, aunque solo hayan pasado
unos minutos. No oigo pasos detrás de mí, pero eso no significa que
él no esté cerca.
Miro una vez más por encima del hombro, sin ver a nadie
siguiéndome. Justo cuando estoy por suspirar aliviada y bajar el ritmo,
choco contra algo sólido.
—¡Ugh! —grito al caer al suelo, completamente sin aliento. Al
levantar la cabeza, veo que no es Ronan.
Dos hombres, ambos con polos azul oscuro y pantalones tipo cargo,
se alzan sobre mí. El que recibió el golpe se recompone y da un paso
hacia mí, sus botas negras aplastando la hierba.
—¿Estás bien? —pregunta el hombre de piel oscura, mientras el
otro, blanco, me mira con desconfianza.
—¿Cómo llegaste aquí? —dice el otro.
—Esta es propiedad privada —añade.
Bajo la mirada y veo que ambos llevan linterna y radio en el
cinturón. Supongo que son los guardias de seguridad apostados en la
entrada.
¿Qué hacen aquí…?
Nunca los había visto, pero tampoco suelo ver a nadie en la caseta;
la reja simplemente se abre cuando me acerco.
—L-lo siento… Vivo aquí.
—¿Y por qué estás corriendo? ¿Estás bien? —insiste el guardia
amable.
—Dudo que viva aquí —masculla el otro, dando un paso agresivo
y bajándose a agarrarme.
—¡No me toques! —grito y me echo hacia atrás antes de ponerme
de pie—. Sí vivo aquí, en la cabaña Sanderson. Solo salí a… correr
un poco.
Jesús, necesito mejores mentiras. Solo pienso en decir que estoy
escapando de mi compañero de cuarto, pero eso levantaría
demasiadas sospechas. No quiero meter a Ronan en problemas; él no
ha hecho nada malo. Solo estaba preocupado.
¿Aunque eso fue preocupación? ¿O solo fue entrometido?
—Vamos, Mike. Si dice la verdad, no podemos hacer nada —dice
el otro.
Quiero decirles que sin pruebas no tienen derecho a tocarme,
pero…
—¿Dónde está tu identificación? —pregunta Mike, como si lo
hubiera insultado. Me recorre con la mirada lentamente, se humedece
los labios y sonríe—. ¿Saliste a correr casi desnuda? ¿Al menos traes
bragas?
—¡Mike! —lo reprende su compañero—. Disculpe, señorita.
No respondo. Cruzo los brazos bajo el pecho y doy un paso atrás.
—¿Traes tu identificación? Necesitamos confirmar que vives aquí.
Niego con la cabeza.
—No…
—Entonces tendrás que venir con nosotros hasta que podamos
verificarlo. El allanamiento es…
Corto a Mike
—Podemos volver a la cabaña. Ahí tengo mi cartera —lo
interrumpo.
Él se adelanta rápidamente y me agarra de la muñeca,
arrastrándome detrás de él mientras dice:
—Josh, está allanando. Los ricos no andan corriendo así por el
bosque.
—¡Suéltame, te juro que no…!
—Suéltala —la voz de Ronan me atraviesa el pecho como un
trueno, haciendo que mi corazón se dispare.
Josh y Mike giran hacia donde proviene la voz, y cuando yo
también lo hago, veo a Ronan acercarse con paso firme. Ni siquiera
parece agitado, pero se ve furioso como el infierno.
No puedo evitar pensar si se arrepiente de haberme dejado ir,
porque en cuanto llega hasta nosotros, su puño conecta directo con la
mandíbula de Mike. El golpe me hace dar un salto hacia atrás, y me
cubro el pecho con las manos, intentando hacerme más pequeña.
—¡Qué carajo!
—Ella te dijo que la soltaras y fuiste lo suficientemente imbécil para
no escuchar. —Ronan sacude la mano y levanta el puño otra vez
cuando Josh saca algo del bolsillo trasero. No es un arma, pero se le
parece lo suficiente como para que yo suelte un jadeo: una pistola
eléctrica.
—¡Teníamos sospecha razonable y usamos la fuerza adecuada!
¡Usted acaba de agredir a un oficial! —grita Josh, mientras Mike
sigue sujetándose la mandíbula, probablemente rota.
—No veo ninguna placa —Ronan los escanea rápidamente—.
Según la ley de defensa propia, creí que se la estaban llevando…
¿saben qué? —interrumpe su frase, avanzando otro paso con los
puños cerrados. Cruje los nudillos mientras sisea—: Adelante,
atrévanse a electrocutarme. Me encantaría joderte gratis.
Juro por dios que mi coño acaba de llorar.
Mike por fin logra enderezarse, sujetándose la mandíbula.
—Por favor no… —suplico entre sollozos. Aunque creo que Ronan
podría con los dos, no quiero verlo herido—. Les juro que vivimos
aquí. Mi madre, Jasmine Sanderson ahora Byrne es la propietaria
actual.
Josh tiembla ligeramente al sujetar el taser, sus ojos fijos en Ronan.
No lo culpo. Aunque no sepan que es exconvicto, su presencia es
impone. Con esa camiseta negra sin mangas y chándal grises, sus
brazos, cuello y pecho tatuados completamente expuestos, deja claro
que el dolor no lo intimida.
Tras unos segundos de tensión, Josh baja el arma y retrocede un
paso.
—Si no podemos verificar esa información, llamaremos a la
policía.
—Lárguense —espeta Ronan, dándoles la espalda y girándose
hacia mí. Actúa como si no temiera represalias; quizá hasta las desea,
dándoles la espalda como si los desafiara a intentar algo.
No lo hacen, y el sonido de sus pasos alejándose es casi tan fuerte
como mi corazón acelerado. La mirada de Ronan me atraviesa, su
rabia e irritación intensificando el azul de sus ojos, más profundo que
el lago en el que quiero ahogarme ahora mismo.
Me tiembla el mentón y justo cuando estoy por hablar, él se acerca,
invadiendo mi espacio. Aprieto los dientes y cierro los ojos, esperando
que me estrangule… que me haga daño.
Pero lo único que siento es su calor.
—¿Qué carajo estás haciendo? —pregunta, y lentamente abro los
ojos, alzando el rostro para enfrentar su mirada impenetrable. Está tan
cerca que no entiendo cómo no estamos tocándonos.
Inhalo profundo.
—No lo sé.
Sus ojos se mueven entre los míos.
—No estás con resaca, ¿verdad?
Niego con la cabeza e intento retroceder, pero él alza la mano hacia
mi cuello. Veo cómo se contiene, quedándose a centímetros de
tocarme. La desesperación me llena. Sé que no debería, pero anhelo
su contacto, incluso si duele.
—No te alejes. No corras, Calista. Tuviste suerte de que esos dos te
encontraran —aprieta su mano en un puño—. ¿Por qué huiste de mí?
Cierro los ojos y niego con la cabeza. No puedo decirle lo que pasó,
así que voy a mentir y rogar que funcione.
—Estaba avergonzada.
—¿Por qué? —No duda en preguntar.
Bajo la mirada, incapaz de sostenerle la vista mientras miento.
—Me puse un poco brusca con un chico anoche y… las cosas se
salieron de control.
Llevo la mano a la nuca, frotando donde probablemente ya se está
formando un moretón, sintiendo el dolor latente bajo los dedos.
Él no dice nada, y cuando por fin lo miro, sus ojos están perdidos,
como si estuviera procesando algo más allá de mis palabras.
—Yo…
—¿Lo pediste? ¿Lo consentiste? —Su tono ahora es neutral, ya no
enojado.
—Sí —respondo, siguiendo con el papel. La maldita mentirosa que
soy y siempre seré.
Suelta un suspiro pesado, retrocede, y aunque me duele admitirlo,
ojalá no lo hiciera.
—No te tenía por una puta —dice, y abro los ojos ante esa
palabra—. Dile que no en la cara, al menos. Tienes un moretón en la
sien.
Justo cuando estoy levantando la mano para tocarme la mejilla, él
pasa junto a mí.
—Ponte hielo —es lo último que dice antes de volver a la cabaña.
Me cubro la cara con ambas manos, escondiéndome tras los dedos
mientras la vergüenza me cae encima como una manta pesada. Todo
es demasiado, me aplasta con el peso de mis mentiras, mis pecados y
la sangre que aún no se ha derramado.
Pronto, temo que voy a asfixiarme con todo esto.
Estoy demasiado rota y voy a aplastar a todos los que se crucen en
mi camino con este maldito equipaje.
La última semana ha sido dura terriblemente dura. Ronan no solo está
en silencio, me está evitando activamente. No esperaba mucho
después del desastre que causé, pero la ausencia de un simple “buenos
días” me duele.
Al menos esperaba que notara el cambio en mi gel de baño. Todavía
me sorprende que todo lo que hiciera falta fuera que él me ordenara
cambiar el que he usado por años... y lo hice sin cuestionarlo. Bien
podría ponerme un maldito collar, porque si él me dice que haga algo,
dudo que me oponga.
Bueno, excepto por contarle la verdad de lo que pasó esa noche.
¿Qué se supone que haga? ¿Decirle que mi pasado, escrito por alguien
más, ha vuelto para recordarme que siempre están observando?
¿Me protegería si le dijera la verdad? Ronan no me debe nada, y
por más atraída que me siento por él, claramente esto es unilateral.
Dejo caer la cabeza sobre la mesa de trabajo en el centro de la
cocina demolida, donde una gran manta la cubre para evitar astillas
mientras revisamos los planos. Los contratistas estuvieron aquí
temprano, en la mañana de un sábado, explicando lo que se viene esta
semana: pintar, rehacer el sistema eléctrico, arreglar las tablas malas
y las vigas del techo. Luego, directo a la renovación de la cocina.
La puerta del garaje se abre a mi izquierda, pero no me molesto en
levantarme; Ronan solo se va a encerrar otra vez en su habitación
como lo ha estado haciendo.
Pero eso no pasa. Cuando siento calor extenderse por mi brazo,
levanto la vista y lo veo encima de mí. Todo el aire de mis pulmones
desaparece, y olvido cómo respirar.
Al menos trae puesta una camiseta, pero eso no impide que su
presencia haga que mi corazón busque refugio en mi estómago. No
debería sentirme atraída por mi tío político así.
Estoy por preguntarle qué quiere cuando se recarga en la mesa,
acercándose un poco más a mí.
Joder, ¿va a besarme?
Cuando su rostro está a solo un centímetro del mío, susurra:
—Hay alguien aquí.
El impacto de esas palabras, pronunciadas por sus labios gruesos
enmarcados por su barba incipiente, me deja sin aliento.
—¿Cariño?
¡Oh, MIERDA!
La sonrisa diabólica que se extiende por su cara transforma el hoyo
en mi pecho en un agujero negro que devora cada órgano que me
mantiene viva. Dejé la puerta principal abierta, y ya puedo escuchar
sus pasos sobre la terraza de madera.
—¡Escóndete, escóndete, por favor! —Alzo la mano para moverlo,
pero sus ojos se agrandan. Cierto, no debo tocarlo—. R…
—Nah-hu… —susurra.
Todo mi cuerpo tiembla.
—P-Papi, por favor escóndete. Rápido.
Su sonrisa se amplía, mostrando los dientes. La forma en que
ronronea ese “Buena chica” hace que mi coño llore.
No tiene tiempo de regresar al garaje. En lugar de eso, cae de
rodillas frente a mí, escondiéndose bajo la manta que cubre la mesa
justo cuando mi madre cruza el umbral y entra a la cabaña.
—Vaya, no estabas bromeando. De verdad estás demoliendo todo
esto.
Trago saliva y fuerzo una sonrisa.
—Mamá… ¿Q-qué haces aquí?
Suspira antes de regalarme una sonrisa triste.
—Seguridad llamó, pero también quería ver a mi hija. ¿Está mal?
Maldición, olvidé llamarla, pero he estado demasiado distraída.
—Oh, cierto. Iba a llamarte por eso.
—Está bien, ya está todo aclarado —dice mientras camina más
adentro de la casa, con mis ojos fijos en ella como un halcón. Cuando
se gira y se apoya en el otro extremo de la mesa, unos dedos cálidos
acarician suavemente la parte trasera de mi pantorrilla.
Oh, no…
Oh, no, no, no…
—¿Tienes visita? Dijeron que había alguien contigo.
Me apoyo contra la mesa, agarrando el borde con fuerza mientras
los dedos de Ronan acarician lentamente mi pierna desnuda. Hace
calor, y yo siempre ando en shorts. Ignorar su comentario sobre que
son demasiado cortos fue básicamente mandarlo a la mierda, y ahora
siento que eso va a morderme el culo. Literalmente.
—Sí, ¿hay algún problema? Soy adulta, mamá.
Ella niega con la cabeza, su sonrisa inmutable.
—Solo me sorprende que invites a alguien con todo esto. —Al
señalar alrededor, aprovecho para mirar brevemente hacia abajo.
Ronan tiene una pierna flexionada, con el codo apoyado sobre la
rodilla, mientras su otra mano rodea la parte trasera de mi muslo,
subiendo cada vez más.
Vuelvo la vista hacia mi madre.
—Pudiste haber llamado… —Hago una pausa porque, en el
momento en que él encuentra el borde de mis shorts, mi clítoris late.
El calor en mi vientre es insoportable, y pensar en que me toque donde
no debe hace que mi corazón golpee mi garganta.
Es como si él pudiera sentir cuánto deseo que haga algo prohibido,
porque justo cuando suelto el aliento, mueve su mano hacia abajo.
—Es peligroso estar aquí, eso es todo —dice. Me sorprende poder
mantener esta conversación estando tan alterada, pero mi madre no se
da cuenta de nada—. Deberías haberme avisado para que pudiera
limpiar un poco.
Ella agita la mano.
—Bah, no me importa ensuciarme un poco.
Sí… eso es el eufemismo del siglo.
—¿Te molesta si me quedo un rato? —Normalmente no hacemos
esto—nuestra relación es más por mensajes, con alguna que otra cita
para tomar café. En realidad, no la odio, aunque tengo todo el derecho
de hacerlo, y probablemente debería.
El verdadero problema aquí es que Ronan no va a quedarse oculto
mucho tiempo. Si aparece o si mi madre lo ve, estoy acabada. Claro,
soy mayor de edad, pero si se entera de que he estado viviendo con
mi tío político aquí, todo se irá a la mierda. Las piezas que he colocado
cuidadosamente se vendrán abajo, y no puedo permitirme eso. Ya he
sufrido demasiado para llegar hasta aquí.
—¿Venías a hablar de algo? —desvío la conversación—. Odio decir
que estoy ocupada, pero… lo estoy.
La veo morderse el interior de la mejilla, un hábito que heredé de
ella. Yo solía dejarme la boca tan irritada que apenas podía comer.
—Lo entiendo —suspira, como si lo pensara. Ronan vuelve a
tocarme, pero esta vez lo hace con más suavidad. Aunque mi cuerpo
sigue reaccionando, es algo más sensual. La serpiente tatuada que
rodea mi muslo parece cobrar vida bajo sus dedos. Deseo con todas
mis fuerzas mirarlo, ver qué dicen sus ojos a través de su silencio.
—¿Sabías que tu padre tiene un hermano?
En cuanto las palabras salen de sus labios, los dedos de Ronan se
detienen, aunque no me suelta del todo.
—¿El tío Jax? —Me hago la tonta. Mi padre tenía tres hermanos—
. ¿O Thomas? ¿O…?
—No, cariño, tu padrastro.
Niego con la cabeza y ella se humedece los labios antes de decir:
—Acaba de salir de prisión. Eamon quiere hacer una cena para que
lo conozcamos.
Algo me dice que esa cena será solitaria. No puedo imaginar a
Ronan aceptando la invitación. Él y Eamon no parecen tener relación
alguna, porque si la tuvieran, dudo mucho que Ronan me estuviera
tocando así.
—Qué bien. —Me río, nerviosa—. ¿Cómo se llama? ¿Por qué
nunca habíamos oído de él?
—Se llama Ronan. Creo que tu padre no sabía si seguía vivo
siquiera. Su expediente apareció en mi escritorio unos días antes de
que lo liberaran, y se lo conté a Eamon.
—¿Eamon lo vio?
Ronan me pellizca el muslo por dentro, obligándome a mover los
pies mientras intento no soltar el grito que me sube por la garganta.
—Fue a recogerlo el mismo día que salió, pero desde entonces no
hemos hablado mucho. He estado ocupada con un caso importante, y
él también ha trabajado hasta tarde. —Puedo ver la tristeza entre sus
cejas arrugadas—. No me gusta.
—¿Que trabaje tarde o…? —Sé exactamente a qué se refiere.
—No. Conocer a su hermano.
Me duele el pecho, porque no quiero tener esta conversación con
ella ahora.
—Mamá, hablemos afuera, tal vez al… —Estoy por dar un paso,
cuando Ronan engancha su dedo en una de las presilla de mis shorts
y me mantiene cerca.
Es como si mi mamá no escuchara. Se inclina sobre la mesa,
apoyando la cara en sus manos.
—Mató a alguien, Cal, y tu padre quiere meterlo en nuestra casa.
Intento no temblar, pero no lo consigo. Él lo nota; lo siente. Tira
más fuerte de mis shorts, haciéndome avanzar de forma torpe,
montando sus piernas a horcajadas para ajustar mi posición. Con un
tirón, me obliga a inclinarme sobre la mesa.
—¿Qué hizo exactamente? —pregunto, con la voz temblorosa. Su
rostro está justo entre mis muslos, y para distraerme, tomo una de las
manos de mi madre—. Decir que mató a alguien es muy amplio.
Y recibo dos respuestas.
Una: mi madre me mira como si hubiera perdido la cabeza.
Y dos: Ronan literalmente hunde su rostro entre mis muslos y sube
su mentón hasta que su nariz roza mi entrepierna.
Voy a morir. Mi corazón golpea como loco, cada latido una
advertencia desesperada, y estoy convencida de que va a fallar en
cualquier momento.
—Cal, por favor, le quitó la vida a alguien. No hay forma de…
—¿Y si fue defensa propia? —la interrumpo. Necesito hablar o voy
a gemir cuando él agarra mi muslo y su pulgar roza peligrosamente la
costura de mis bragas. Solo pensar en agarrarle el cabello y
presionarlo contra mí para conseguir algo de fricción en el clítoris me
empapa.
—Eres abogada, mamá. No voy a discutir esto contigo. Tal vez él
cambió.
Lo dudo mucho. He visto la violencia de Ronan y no tengo duda de
que mataría de nuevo si tiene motivos. Pero eso no lo convierte en un
mal hombre. Hasta que alguien me diga que degolló a una mujer por
desobedecerlo, voy a elegir creer que no fue un acto impulsivo.
—No revisé el caso a fondo, cariño, algo sobre una pelea en un bar.
No era su primera vez en prisión, ya había estado antes.
Pongo los ojos en blanco, tanto por su mojigatería como por Ronan,
que se aleja, dejándome espacio. ¿Dije algo mal? ¿No fue suficiente?
Santo cielo. ¿Estoy tan desesperada porque me siga tocando que me
molesta que se haya alejado? Creo que solo quería que me dijera que
fui una buena chica por defenderlo. Estoy mal de la cabeza.
—Entonces… la cena —vuelvo al tema—. ¿Cuándo?
—Viernes en la noche. —Se pone de pie y comienza a rodear la
mesa.
—¡Espera! —Me alejo de Ronan, y esta vez no se resiste—. De este
lado es peligroso, hay muchos clavos. Vamos, te acompaño afuera.
—¿Vas a ir? —Pasa su brazo sobre mis hombros, y yo la rodeo por
la cintura.
Trago saliva.
—Sí, ahí estaré.
—Voy a necesitar tu apoyo. Gracias, Cal. No tengo muchas ganas
de conocer a su hermano, pero contigo será más fácil.
Está genuinamente preocupada. Ronan no puede ser tan malo… ¿o
sí?
Miro por encima del hombro y lo veo levantarse, rodando los
hombros como si se sacudiera la tensión. Nuestras miradas se cruzan,
pero en vez de una sonrisa, me encuentro con esa misma mirada fría
e implacable, una que despierta un deseo tan profundo dentro de mí
que sé que debería huir… y, aun así, solo quiero hundirme en ella.
Dicen que uno atrae lo que es.
No sé si es él, el monstruo, quien me está atrayendo… o si soy yo,
mi oscuridad, la que lo está jalando a mí.
No lo sé.
Ronan
Eso sí que fue entretenido. Mi intención era fastidiarla, y lo logré
bastante bien.
Ya había recibido el mensaje de mi hermano preguntando si iría a
cenar, y acepté. Quiero entender por qué era tan importante para
Calista quedarse aquí conmigo y no con sus padres.
Había estado entrenando, convirtiendo el garaje en una especie de
sauna improvisado, cuando un pitido de la cámara de seguridad me
avisó de que un auto entraba al camino de entrada. Se veía caro, no
era el mismo que usó Eamon cuando vino a buscarme. Supuse que era
una amiga suya, pero para mi deleite resultó ser su madre.
Seré honesto: tal vez me jodí solo. No planeaba tocarla, pero cuando
vi la piel de gallina levantarse en su piel al sentir mis dedos tan cerca,
resistirme se volvió imposible. Lo que le dije a Ken lo sostengo: no
pienso fallármela, pero nunca dije que no iba a tocarla.
Ahora, recargado contra la mesa detrás de la cual me había
escondido hace unos momentos, Calista vuelve a entrar a la casa, con
el rostro encendido y la mirada clavada en el piso.
Cruzo los brazos sobre el pecho y sonrío con arrogancia.
—Gracias —dice, tomando una bocanada de aire—. Por favor, no
vayas a la cena.
Me humedezco el labio inferior, respiro entre los dientes y suelto
un leve chasquido.
—No estás en posición de decirme qué hacer, baby girl. ¿Quién soy
yo para saltarme una reunión familiar?
Mi tono va cargado de burla, bordeando lo condescendiente. Ella
mintió y huyó de mí, así que voy a ser un cabrón y provocarla lo más
que pueda.
Finalmente, sus impresionantes ojos verdes se encuentran con los
míos, y puedo ver el ruego silencioso en el leve temblor de su labio
inferior. Es adorable, de esa forma insolente que me pone. No debería
sentirme atraído por eso, pero ahí estoy, luchando con una erección.
No dice nada. En vez de eso, echa la cabeza hacia atrás y se da la
vuelta rumbo al pasillo que lleva a las habitaciones.
Doy dos pasos largos y le bloqueo el camino. Está mejorando en no
tocarme, y si no fuera tan imbécil, la felicitaría por seguir
instrucciones. Pero eso es lo mínimo que le pedí… no, que le exigí.
Si se porta bien, como antes, la dejaré tranquila. Hasta entonces…
—¿Sabes? —Meto una mano en el bolsillo y apoyo la otra contra
la pared, inclinándome—. Hueles mucho mejor que antes.
Su respiración se corta.
—¿Mi coño o mi gel de baño?
Su coño olía jodidamente divino, y me imagino que sabe igual de
bien.
—Cuida esa lengua, o si no… —Suelto una risita—. Pepino, creo
que es eso. Ahora ya no hueles a culo.
Sus ojos se agrandan.
—Jódete, no olía a culo. Solo porque no te gusta el olor a coco con
vainilla no significa que tengas que ser un imbécil.
—Solo usa la loción, funciona perfectamente.
Inclino la cabeza y doy un paso atrás.
—Tenlo presente: quemo esta casa si traes ese olor de nuevo.
Me grita casi en la cara:
—¿¡Qué te pasa!? ¿Por qué eres tan…?
—¿Violento? —la interrumpo—. No tienes idea de lo que significa
esa palabra si crees que lo que he hecho hasta ahora califica como tal,
baby girl.
—Deja de llamarme así.
El tono desafiante con el que me habla hace que mi polla de un
brinco.
—Entonces, sobrinita.
—No soy tu sobrina.
—Eres la hijastra de mi hermano. Creo que eso te convierte en eso
—respondo con tono neutral.
Cuando aprieta los puños, la provoco para que los use.
—Adelante, úsalos. Te doy permiso para tocarme. —Y antes de que
diga algo más, agrego—. Por violencia.
Respira entrecortado, con las pupilas dilatadas mientras levanta
levemente la mano derecha. Nunca le devolvería el golpe,
especialmente si le doy permiso. Contrario a lo que piensa, golpear a
una mujer no está en mi lista de deseos.
No puedo prometer que no la voy a abofetear, porque algo me dice
que lo haré. Si será su culo o no, está por verse.
Justo cuando creo que va a hacerlo, se escabulle entre la pared y yo.
Se aleja rápido, y el sonido de la puerta cerrándose a sus espaldas solo
hace que mi sonrisa se ensanche.
Me río y me acomodo la polla, presionando mi mano sobre ella.
Probablemente se salvó, porque si me hubiera golpeado, no sé de
dónde habría sacado la fuerza para no hacerle todo lo que lleva días
rogando que le haga.
Calista se fue como una hora antes que yo, y me tomé mi tiempo
recorriendo la autopista rumbo a casa de mi hermano,
arrepintiéndome con cada kilómetro. No estoy del todo seguro de cuál
es el punto de esto, más allá de conocer un poco a su hijastra política.
Es solo por curiosidad, porque en unos meses me largo de este maldito
estado; dejaré todo atrás, incluida ella.
No, corrijo eso: todo este continente me parece demasiado cercano.
Honestamente, cualquier lugar donde no tenga que encontrarme con
los fantasmas de mi pasado estaría perfecto. La mayoría están
muertos, aunque no lo parezca. Es como si siguieran acechando cada
puto paso libre que doy.
Cuando por fin llego a casa de mi hermano, me detengo a observar
la fachada antigua de piedra y detalles de madera oscura que le dan
una apariencia sólida y atemporal. La casa está en un vecindario de
residencias antiguas recientemente remodeladas bajo el Acta de
Rehabilitación de Colorado, algo que solo sé porque Calista y los
contratistas no se callaban con eso de las exenciones fiscales.
He estado prestándole demasiada atención a ella y a sus proyectos.
Ya me está irritando.
Apago el motor de mi r125 negra mate y me bajo, observando la
casa elevada, rodeada de árboles maduros y un jardín perfectamente
podado. Son pasadas las siete, y las luces interiores emiten un
resplandor cálido. A través de las cortinas, veo movimiento; uno de
ellos es Eamon. Por un momento, la idea de dar la vuelta y volver a
mi soledad me tienta fuerte.
Entonces la veo pasar por la ventana, usando un vestido que abraza
cada curva de su cuerpo muy distinto a los leggings y la camiseta que
llevaba al salir. No alcanzo a distinguir el color, pero basta para que
me quede un segundo más. Tiene tan buen culo y unas tetas…
Me quito el casco y subo los escalones del porche, flanqueado por
gruesas columnas de piedra.
Después de otra respiración profunda, golpeo la puerta.
—¡Yo abro! —Y me irrita irracionalmente que no sea Calista la que
grita.
—No te preocupes, mamá. Yo lo hago.
Ahí está.
Escucho pasos apresurados acercándose a la puerta, y me inclino
un poco hacia un lado justo cuando se abre.
El vestido es del color del vino tinto, y es lo primero que noto
cuando la luz cae sobre el porche. Le llega justo arriba de las rodillas,
y la tela se ajusta a cada maldita curva.
Tal vez lleva sujetador, pero bragas no. Con ese vestido tan pegado,
se le notarían. Y aunque esa idea me pone duro, por suerte habla.
—Buenas noches.
Llevo la mirada a su rostro, donde se dibuja una sonrisa arrogante
en sus labios pintados de un rosa terroso.
—Debes ser Ronan.
Esto está mal, este juego que estamos jugando, pero, joder, mi polla
ya se endurece tras mis jeans. Vivimos juntos, y mantenerlo en secreto
se siente mucho más sucio de lo que en verdad es.
Deslizo la mano por mi torso y me desabrocho la chaqueta de cuero,
sonriendo de lado.
—Debes ser la hijastra de mi hermano.
Sus fosas nasales se ensanchan apenas mientras intenta mantener la
sonrisa.
El sonido de pasos acercándose debería romper nuestras miradas,
pero ninguno la desvía. Puedo sentir cuánto la intimido y lo mucho
que quiere salir corriendo, pero aun así se atreve a provocarme. Si no
estuviera tan obsesionado en controlar el deseo que me quema en la
entrepierna, estaría en serios problemas.
—¡Ronan! —dice Eamon al aparecer justo detrás de su hijastra—.
Me alegra que hayas venido.
Aún no…
—Esta es mi hijastra, Calista.
Le pone las manos sobre los hombros, y una parte irracional de mí
quiere romperle la nariz de un puñetazo por tocarla.
La misma sensación que tuve en el bosque cuando ese guardia de
seguridad la tenía entre sus manos.
Raro, porque en realidad no debería importarme.
—Parece que me vestí demasiado informal —digo, apartando
finalmente la vista de ella para mirar a mi hermano a los ojos—. Ella
se vistió como una puta, y tú, como un adulto listo para su baile de
graduación.
Él ríe con nerviosismo, y escucho a Calista bufar antes de
responder:
—Tú pareces sacado de una tienda de segunda mano. No siempre
podemos vernos bien, ¿cierto?
Me muerdo la lengua, sacudiendo la cabeza con una risa baja.
Cuando la vuelvo a mirar, le dejo claro con la mirada que va a pagar
por eso. Sus mejillas se sonrojan antes de que se dé la vuelta y
desaparezca rápido.
Apenas entro a la casa, Eamon se pone frente a mí, impidiéndome
avanzar.
—Oye, escucha… —suelta un suspiro agotado—. Mi esposa,
Jasmine, es muy recta. Es cosa de abogados. También es muy
protectora con Calista.
—¿Y tú no?
—Sí… lo soy. Pero obviamente estabas bromeando con lo del
atuendo.
No lo estaba. Ella está vestida como una puta, mientras él parece
listo para ser chaperón en una fiesta de graduación. No es que me
moleste cómo va vestida Calista. De hecho, me encanta. Demasiado,
en realidad.
—A Jasmine no le agradan ese tipo de bromas.
Bajo la voz.
—¿Entonces por qué me invitaste, hermano? —Levanto una ceja y
doy un paso hacia él. Como si tuviera miedo, da un paso atrás
instintivamente.
—Quería que conocieras a mi familia, que interactuaras con algo
de normalidad, salir un poco de la cabaña.
Debo admitir que me parece raro que Jasmine y mi hermano no
hayan mencionado la cabaña, ni por encima, en las tres semanas desde
que Calista se mudó. Quizá simplemente están muy ocupados como
para que surja el tema, pero yo no podría evitar mencionarle algo así
a mi pareja. Aunque claro, no soy el más indicado para dar consejos
de pareja.
—Ya veo. —Me coloco a su lado—. Guardaré mis bromas para mí.
Estaban preparando la mesa cuando llegué a la casa, y agradezco
que todo parezca listo. Nos ahorramos ese momento incómodo de
quedarnos parados o sentados en la sala, tomando algo y batallando
con la conversación trivial.
Entro al comedor, notando el estilo moderno que contrasta bastante
con el exterior rústico. Veo a una mujer trayendo una botella de vino.
Su largo y grueso cabello blanco me recuerda de inmediato al de
Calista, y supongo que de ahí lo sacó. Sus ojos avellana oscuros se
clavan en mí con cautela, evaluándome.
Me detengo a unos pasos de la mesa, que está puesta con vajilla y
cubiertos caros. Gente rica, pienso con desprecio. Nunca entendí el
sentido de montar una mesa formal. Es solo para comer, ¿por qué
vestirla como una sala de exposición si igual se va a ensuciar toda?
Cal entra por una puerta cercana, el aroma deja claro que es la
cocina y deja un platón que parece ser puré de papas.
—Debes ser Ronan —dice la mujer, como si de pronto recordara
sus modales, cruzando la sala. Extiende la mano hacia mí y yo solo la
miro—. Soy Jasmine Byrne, mucho gusto.
—¿Lo es ahora? —Me meto una mano en el bolsillo y le doy una
sonrisa básica, de esas de “si no hay más remedio”—. Un placer,
señora Byrne. Discúlpeme, no… —Hago un gesto con la otra mano,
rechazando el apretón—. No toco. Tendrá que perdonarme.
—Oh. —Retira rápidamente el brazo y mira más allá de mí, justo
cuando Eamon pasa junto a nosotros—. Está bien. He escuchado que
algunas personas salen de prisión con ciertos problemas sensoriales.
Nunca conocí a alguien que no soportara el contacto físico. ¿Has visto
a un especialista?
No puedo creer que esta perra me hable como si fuera un niño. No
tiene ningún derecho a intentar enseñarme nada. Seguramente he
vivido más mierda que la que ella siquiera puede imaginar.
Estoy a punto de decirle que se vaya a la mierda, pero Eamon se
adelanta.
—No fue la prisión, cariño —es todo lo que dice, porque sabe
exactamente qué fue lo que me causó esto.
Quién me lo causó.
Mis ojos se desvían hacia Calista, que parece mortificada mirando
a su madre. Pero cuando nuestras miradas se cruzan, esa expresión se
suaviza, derritiéndose en curiosidad.
No te gustaría saberlo, pequeña…
—En fin —dice Jasmine, aclarándose la garganta—. Espero que no
tengas aversiones con la comida.
—Mientras no tenga veneno, me la como.
Cal se sienta rápidamente en la silla junto a la que está vacía. Justo
cuando voy a sentarme a su lado, su madre dice: —¿Por qué no me
siento yo contigo, cariño? Deja que tu papá se siente con su hermano.
Calista se acomoda, y como si no hubiera escuchado a Jasmine, me
siento.
—Mamá, por favor —dice con un suspiro frustrado—. ¿Qué va a
hacer? ¿Apuntarme con un cuchillo?
Puede que lo haga… pero no con un cuchillo.
Jasmine murmura algo ininteligible, pero la ignoro y me sirvo. Ni
siquiera tengo hambre, solo quiero terminar esta comida de una
maldita vez.
Me sirvo una porción pequeña de todo, pollo, puré de papas,
espárragos y como en silencio. Mi sobrina no pregunta, simplemente
me sirve una copa de vino tinto y luego llena la suya.
Pasan unos diez minutos en silencio, y me descubro deseando
comer más rápido. Solía hacerlo, la primera vez que estuve en prisión
aprendí a comer rápido, o alguien más lo hará por ti. Para cuando
volví, ya era yo el que se comía la comida de los demás.
—Ronan —dice Jasmine después de tragar un bocado—. ¿Dónde
estás viviendo ahora?
Miro a mi hermano, que empieza a ponerse pálido. Obviamente no
esperaba que fuera tan directa, pero por mi experiencia con los ricos,
no me sorprende. Me follé a una Princesa de la Mafia durante una de
mis breves salidas de prisión y vi cómo el dinero puede moldear la
personalidad de alguien. Les da una sensación de superioridad e
inmunidad.
Aunque me importa una mierda arruinar su relación diciendo la
verdad sobre mi residencia, no quiero que Cal se vaya de la cabaña
todavía.
—¿Por qué? ¿Vas a acosarme?
Sus ojos se abren más, y antes de que pueda decir algo, Calista la
interrumpe:
—Mamá, eso es de mala educación.
—Solo tengo curiosidad.
—En Colorado —respondo.
—No quise faltarte el respeto —dice Jasmine, aunque sus ojos están
puestos en su hija, no en mí. Finalmente vuelve a mirarme—. ¿Y qué
estás haciendo ahora?
Tomo otro bocado y me recuesto un poco en la silla. Esperaba este
interrogatorio, así que no me toma por sorpresa.
—Acariciándome la polla. —Calista suelta una carcajada y juro que
vi algo de comida volar por el rabillo del ojo—. Y trabajo para volver
a estudiar.
Los ojos de Jasmine se abren como platos y le sonrío con desgano.
—Una de esas es verdad.
—Okay —interviene mi hermano, tomando su copa de vino—.
Calista tiene una maestría en arquitectura y diseño. Construyó el
interior de esta casa, y tiene un talento para ver lo roto y convertirlo
en algo hermoso. Esta vieja victoriana no era más que tablas podridas
y fantasmas.
Me vuelvo hacia ella, apoyo el codo sobre la mesa y descanso el
rostro en la mano. Sus ojos están grandes, redondos, su mirada de
sirena se ha vuelto algo más inocente, como la de una cervatilla
asustada. El rubor suave que le sube por las mejillas me da ganas de
avergonzarla cada segundo que esté a su lado.
—¿Te gusta arreglar cosas rotas? —Mi pregunta tiene doble
sentido, porque veo cómo me mira. Aunque podría decir que es
atracción, hay algo más en su mirada curiosa.
Traga saliva.
—Sí.
—¿Por qué?
—Nada está verdaderamente roto, solo necesita atención especial
para volver a ser lo que fue.
Cambio la postura, cerrando el puño para apoyar el rostro en los
nudillos.
—Interesante. ¿Dirías lo mismo de la Torre de Pisa? ¿Del Coliseo
de Roma?
Su expresión de sorpresa despierta una punzada de ira en mí. ¿De
verdad piensa que soy estúpido? Como si le sorprendiera que sepa lo
que son.
—No, no lo diría.
—Imperfecciones perfectas —digo—. No todo necesita, ni quiere,
ser arreglado.
—Y tú…
Cal es interrumpida por la abrupta pregunta de su madre:
—¿Fuiste a la universidad estando en prisión? Tengo entendido, por
lo que dice Eamon, que no viajaban mucho cuando eran jóvenes.
Me cuesta apartar la mirada de Cal, pero sé que tengo que hacerlo,
o acabaré bajo otro tipo de escrutinio. Me vuelvo hacia mi hermano y
su esposa, forzando una sonrisa.
—No, terminé la secundaria. Todo lo demás lo aprendí porque
quise, por mí mismo. Para poder estar al nivel de los privilegiados.
Ella sonríe, haciendo que las arrugas alrededor de sus ojos se
marquen más.
—Un autodidacta. Qué admirable.
La manera en que me habla me resulta condescendiente. Tengo
treinta y ocho años, soy un asesino con un pasado traumático, no un
niño al que hay que aplaudir por aprender a leer.
Mientras me termino el plato, ella insiste:
—¿Estás en libertad condicional?
—Jasmine…
—¡Mamá!
No necesito que me defiendan.
—No, la libertad condicional no es para alguien como yo, me temo.
Ella inclina la cabeza, veo a la abogada en su interior. Estoy a punto
de hacerla pedazos si sigue por ese camino.
—¿Por qué no?
Me río sin humor, sacudiendo la cabeza.
—La libertad condicional es para quienes consideran merecedores
de ayuda. Los que no reciben ese regalo, simplemente se espera que
la caguen otra vez y terminen de regreso en prisión.
Cal se remueve incómoda a mi lado.
—Eso no está bien —responde Jasmine, claramente molesta—.
Puedo investigar por ti y ver si…
—No necesito que hagas nada por mí —digo cada palabra
lentamente, con intención, para que no pierda ni una letra—. No estoy
aquí para pedir ayuda, ni para hablar de lo jodido que está el sistema.
Estoy aquí por comida gratis y porque mi hermano cree que esto
sanará nuestras heridas.
Pero está jodidamente equivocado.
—El pollo quedó delicioso —dice Eamon, tratando de desviar la
tensión.
Empujo el plato hacia adelante, apoyo los codos en la mesa y
entrelazo los dedos bajo la barbilla. Entorno los ojos hacia Jasmine,
esperando que siga. Todos creen saber lo que es mejor para mí, como
si tuvieran derecho a darme consejos que nunca pedí.
—Debiste suponer que iba a preguntar. Ahora que sabes dónde
vivimos, solo trato de proteger a mi familia.
Protegerla, ¿eh?
—¿Entonces por qué mierda lo aceptaste? —grita casi Calista, y un
escalofrío recorre el lado de mi cuerpo más cercano a ella—. Estás
siendo una maldita perra, madre.
—Vaya, cariño, yo no…
—Sí lo eres, ¡y estás avergonzándome a mí y a Eamon!
No siento nada… salvo mi polla endureciéndose por su tono
elevado. Todo esto es información pública, sobre todo para una
abogada. No tengo duda de que ya investigó mi historial. Tal vez no
lo suficiente… o quizá sí, y por eso está tan agresiva. Porque, ¿quién
en su sano juicio querría un equipaje tan pesado cargando en su
familia perfecta?
—Todo bien, señora Byrne. Si de verdad me interesara saber dónde
viven, ya lo habría averiguado. Después de todo… soy un criminal,
se me da bien hacer cosas malas.
—Solo digo que con tu historial, tengo que…
—Mamá, ya basta —Calista necesita calmarse o se notará
demasiado que me defiende. Incluso a mí me intriga. ¿Por qué le
importa?
—Cariño —Eamon la rodea con un brazo—. Él no es ese tipo de
criminal. No lo juzgues.
Ese tipo de criminal… gracias, hermano.
Siempre me he preguntado si alguna vez tendría el valor de decir la
verdad sobre por qué terminé en prisión a los diecisiete años, juzgado
como adulto. Claramente no. Tal vez sea por vergüenza, por haberme
dejado como todos los demás.
Al mirarlo, veo a nuestro padre, y una oleada de odio me atraviesa
los ojos. Una sombra oscura, maldita, que me recuerda que siempre
seré el excluido. Siempre el que la cagó por no hablar a tiempo.
Los golpes secos del tenedor de Jasmine contra la carne me sacan
de mis pensamientos. Me mira y me lanza una sonrisa forzada.
—No te juzgo. Solo tengo curiosidad si te dieron libertad
condicional la primera vez.
Su tono es suave, pero descaradamente condescendiente, con ese
aire de riqueza y privilegio.
—Ya basta. —Calista golpea la mesa con las palmas abiertas—.
Eres una hipócrita, madre. Lo estás interrogando cuando tú…
—¡Calista! —grita Jasmine por sobre su hija.
Ese es mi momento.
—Me largo —digo poniéndome de pie.
No soy de los que golpean mujeres, pero mi paciencia tiene límites.
No es tanto por cómo me trata a mí, sino por Cal. Si se arma una
discusión, a la única que voy a defender es a esa muñeca rubia, y
explicar por qué me importa será otro infierno aparte.
Escucho pasos pesados detrás de mí, pero agarro mi casco cerca de
la puerta principal y salgo.
—Ronan, espera.
Me doy la vuelta de golpe, obligándolo a detenerse a unos pasos de
mí. Cuadro los hombros y me hago más grande. Ya lo soy, pero quiero
dejar algo claro.
—Esperé demasiado por ti, Eamon. Esperé con la esperanza de que
mi hermano mayor volviera por mí. Pero al igual que los demás
hombres egoístas de nuestra familia, hiciste lo que quisiste y nunca
miraste atrás.
Niega con la cabeza, y veo el dolor en sus ojos al entrecerrarlos un
poco.
—Lo siento.
—No quiero tus disculpas. No quiero nada de ti, salvo un techo
donde dormir. —Doy un paso hacia él, haciéndolo retroceder—. No
me invites más a cenar. No vengas a verme.
Hago una pausa al pensarlo mejor.
—Y no le digas que estoy en la cabaña. Me iré antes de que termine
el año. Y, hermano…
Aunque no dice nada, asiente muy sutilmente.
—Espero que la culpa sea insoportable.
Calista
—¿¡Qué carajos te pasa?! —Estoy horrorizada, y eso es decir poco.
Me duele el pecho, y aunque quisiera quedarme, me siento tan mal
que no podría ni terminar mi comida.
—Cal, por favor. —Mi madre bufa, limpiándose los labios con una
servilleta antes de girarse hacia mí. Tiene las cejas fruncidas,
exagerando su mirada de desaprobación—. ¿Por qué lo estás
defendiendo?
—No estoy defendiendo a nadie. Tú estás siendo una imbécil. Si
tanto te molestaba que viniera, ¿por qué aceptaste que lo hiciera?
Suspira.
—No lo hice. Tu padre insistió con esta cena, y no he podido pasar
tiempo con él últimamente.
Niego con la cabeza y suelto una risita irónica.
—Así que usaste este momento para mostrar tu verdadera cara. ¿Se
te olvidó que no hace mucho tuve que arrancarte del sillón porque
estabas tan drogada que no podías ni ir al baño sola?
Cuando gira la cabeza hacia el arco que lleva a la puerta principal,
dejo escapar una risa sin una pizca de humor. Sabía que no se lo había
contado a Eamon. Me rogó que nunca lo mencionara y dijo que ella
se lo diría cuando estuviera lista; han pasado diez años.
—¿Todavía me echas eso en cara después de casi doce años? —
Suena dolida, como si sus acciones no hubieran dejado consecuencias
permanentes. Quisiera decirle que he cargado con este rencor
sofocante desde hace mucho más, desde que papá murió.
Me doy la vuelta para irme, pero se estira sobre la mesa y me agarra
de la muñeca.
—Cal, espera.
Tiro con fuerza y me suelto, yendo hacia la puerta, mi cuerpo
luchando contra el calor que me sube por cada rincón de la piel. Este
sentimiento me es demasiado familiar.
—Te estás poniendo roja, cariño, por favor no...
—¡Suéltame! —grito y le doy un manotazo cuando intenta
detenerme por segunda vez.
—¿Por qué estás tan alterada por esto?
Cuando miro por encima del hombro, noto algo nuevo en su rostro.
Es como si finalmente estuviera pensando por qué me molesta tanto
cómo trató a Ronan.
—N-no lo estoy. No me importa cómo lo trataste. —Qué mentira
tan sucia—. Estoy enojada porque olvidaste tu lugar. Así que déjame
recordártelo: solo porque no te atraparon por lo que hiciste no te hace
menos criminal, mamá.
Su barbilla tiembla con mis palabras, y siento un cosquilleo en las
manos, como si me apuñalaran con agujas. Mi visión se nubla y mi
cabeza zumba como un enjambre de abejas. Estoy empezando a tener
un ataque de pánico, pero no puedo permitir que me pase aquí.
—Ya me disculpé, Calista. Reconstruí mi vida...
—Una vida que yo ayudé a reconstruir cuando debería haber estado
disfrutando de ser animadora, mudándome a otro estado para ir a la
universidad, viajando por el mundo. En vez de eso, tuve que
asegurarme de que fueras a tus tratamientos. —Le clavo el dedo en el
hombro, apretando los dientes por la rabia y el odio—. Asegurarme
de que no recayeras en las drogas.
Veo mi mano temblar justo antes de empujarla hacia atrás.
—A veces... el tiempo no es suficiente para redimirte.
Me doy media vuelta, agarro mi bolso y salgo de la casa, el aire
fresco envolviéndome como un soplo de libertad.
La moto de Ronan ya no está, pero veo a Eamon al final del camino
de entrada, con las manos en los bolsillos y la cabeza inclinada hacia
el cielo. Paso junto a él sin decir nada, sin ganas de conversar, y voy
directo a mi auto.
—Lo siento, Cal.
Mis manos tiemblan tanto que apenas puedo presionar el botón del
llavero para abrir el Mustang.
—No dejes que esto te impida venir a cenar otra vez. Hablaré con
tu madre. —Eamon es un buen hombre, y me duele decirlo, pero mi
madre no lo merece.
—Gracias —respondo con la voz entrecortada. Necesito irme ya.
Mi corazón no se calma y temo que me desmaye aquí mismo.
Me lanzo dentro del auto, presiono el botón de encendido y salgo
disparada por la calle.
Esto no es inteligente.
Mis brazos hormiguean, y ni siquiera siento el pie sobre el
acelerador. Solo quiero cerrar los ojos, luchar contra la opresión en mi
pecho y encontrar una manera de respirar.
«Este no es lugar para una niña.»
Se me forma un nudo en la garganta y no puedo tragar. ¿Cómo
puede juzgar a Ronan cuando permitió que me pasaran esas cosas?
Me paso un semáforo amarillo mientras las farolas iluminan la
oscuridad dentro del auto. Mi mente no se enfoca en a dónde voy; solo
pienso en volver. A las casas, las drogas, los rostros... y el dolor. Ella
fue descuidada con su cuerpo, y con su hija.
De alguna manera, logro mantener la conciencia de mi entorno, y
agradezco por eso, porque de repente una motocicleta se cruza frente
a mí en un semáforo verde. Piso el freno, las llantas chillan, y juro que
huelo el caucho quemado.
Agarro el volante con fuerza y respiro hondo, sintiendo como si
cuchillas me atravesaran los pulmones.
Lo reconozco de inmediato, es Ronan, sentado en la moto. La
chaqueta de cuero que lleva tiene una franja blanca en los brazos, y el
broche plateado de su puño brilla bajo la luz. Levanta la mano y señala
hacia un Walmart.
Hace un gesto brusco con la cabeza, insistente. Ahora entiendo:
quiere que me detenga ahí. Obedezco sin pensarlo, y para cuando
parpadeo, ya estoy estacionada con el motor encendido.
Un golpecito suave en la ventana me hace hervir de vergüenza. No
sé si por lo que dijo mi madre o por haber manejado así en plena crisis.
Golpea de nuevo, más fuerte, y con manos temblorosas bajo la
ventana.
—Bájate, Calista.
Trago saliva y cierro los ojos, deseando poder llorar. Quiero liberar
la presión que me aplasta la cabeza y dejar que toda esta angustia se
derrame, pero no sale. Nunca lo hace.
Después de un momento, finalmente obedezco y abro la puerta. Mis
piernas se sienten entumecidas, y dudo, no porque no quiera obedecer,
sino porque no sé si puedo sostenerme en pie.
—Pon tus manos sobre el regazo —dice, inclinándose hacia mí.
Levanto la mirada y noto una mano apoyada sobre el techo del auto,
mientras con la otra empuja la puerta—. No las muevas, ¿me oíste?
No entiendo por qué me lo pide, pero solo asiento.
—Con palabras —me ordena, su tono afilado me sobresalta.
—S-sí, entiendo.
Suspira, y enseguida comprendo la razón. Una mano se desliza bajo
mis rodillas mientras la otra me sostiene por la espalda, levantándome
físicamente del auto.
Como me indicó, meto las manos entre los muslos, con miedo de lo
que pueda hacer si me da otra oleada de pánico. No quiero sujetarme
de él por error.
Me lleva en brazos como si no pesara nada, y al acurrucarme contra
su cuerpo, no puedo evitar sentir que encajo perfectamente allí. Es
una idea tonta, pero no puedo evitarlo. Mi corazón late con fuerza, y
contengo la respiración.
No dice nada mientras rodea el auto, se agacha para abrir la puerta
del copiloto con una mano y me mantiene estable con la pierna. Una
vez abierta, se arrodilla y me acomoda dentro.
No me pide que me abroche el cinturón. Lo hace él. Tengo que
levantar las manos para que pase la correa, y las alzo como si me
estuvieran apuntando con un arma.
¿Por qué no puedo tocarte...?
Cuando lo abrocha, no me toca la pierna ni dice nada; simplemente
se aleja del vehículo y cierra la puerta. Lo veo caminar hacia su moto,
aparcada junto a mi auto, y luego regresa al asiento del conductor.
Jugueteo con el dobladillo de mi vestido, jalándolo hacia abajo
mientras respiro suavemente para calmarme.
—Ro...
—¿Qué tan estúpida puedes ser, Cal? —Me mira, su rostro
completamente impasible. No hay enojo, ni alegría, solo un hombre
tan desconectado del mundo que parece de otro planeta. Este no es el
mismo Ronan que me miró mientras hablábamos de mi necesidad de
arreglar las cosas. Ese tenía capas, era alguien que quería descubrir.
Este, ahora, es una estatua.
—Yo... no sabía que se pondría tan mal.
—Pudiste haberte matado, ¿sabes eso?
No alguien más. Sino yo. Podría haberme matado a mí misma.
Asiento y pregunto:
—¿Cómo supiste lo que estaba pasando?
Chasquea la lengua y pone el auto en reversa.
—E-espera, tu moto...
—Va a estar bien. —Se esfuerza por sonar neutral, pero la rabia ya
empieza a burbujear por debajo de la superficie—. Carajo, Cal...
—Siento lo que dijo mi mamá —lo interrumpo mientras me alejo
lo más posible de él, sintiendo el vidrio frío contra mi sien.
—Me importa una mierda lo que dijo. Respóndeme. ¿Entiendes que
lo que hiciste fue una estupidez?
—Sí. No había tomado en mucho tiempo, no pensé que me afectaría
así… Lo juro.
Resopla, pero no dice nada. El silencio se vuelve ensordecedor en
el reducido espacio entre nosotros. Las farolas son cada vez más
escasas mientras salimos a la autopista, y la oscuridad dentro del auto
me da más confianza.
—No respondiste a mi pregunta.
Ningún sonido sale de él, ni un bufido ni un gruñido, solo silencio.
—¿Cómo supiste lo que estaba pasando? Pensé que ya te habías
ido…
El cuero cruje bajo la fuerza de su agarre.
—Esperé a la vuelta de la esquina a que salieras. Planeaba seguirte
hasta la cabaña. Pero te vi salir disparada y casi pasarte un semáforo
en rojo. —Hace una pausa, y cuando lo miro, el resplandor rojo del
tablero ilumina su rostro, haciéndome sentir un nudo en la garganta.
La tensión en su mandíbula acentúa sus facciones, y sé que no debería,
pero el impulso de tocarlo es abrumador… de sentir la aspereza de su
barba incipiente bajo mis dedos.
Y luego está esa parte de mí, la más descarada, que quiere obedecer
lo que tiene escrito sobre la ceja… pero sentirlo en otra parte.
—Me acerqué al auto e intenté que me vieras, pero ya estabas ida.
He visto ataques de pánico antes, sabía lo que estaba pasando. Tuviste
suerte de que los semáforos te dieran verde y que no hubiera mucho
tráfico por la hora. Maldición, Cal… —Niega con la cabeza,
decepcionado, y me duele como una puñalada en el pecho. No quiero
que piense eso de mí, y es raro admitirlo. Lo último que merezco es
que sienta algo por mí que no sea desprecio por todo lo que he hecho.
Desvío la mirada hacia mis manos, que aún tiemblan un poco. Me
quedo en silencio porque no quiero poner excusas. No me pasaba algo
así desde los dieciocho y había sido muy cuidadosa para no alterarme.
De pronto, escucho un clic, seguido de una ráfaga de aire caliente
cuando enciende la calefacción. Al mirarlo de reojo, veo que está
enfocado en mis manos… o en mis piernas, no estoy segura.
—Lo siento. —Debería darle las gracias, pero se siente más sincero
pedir perdón. Y no es solo por lo de esta noche… es por mucho más.
Gruñe.
—No.
Trago saliva, frotándome las manos sobre los muslos.
—¿Qué te ayuda? —su pregunta me toma por sorpresa—. Con los
ataques.
Ya me siento mucho mejor, aunque lo único que recorre mi cuerpo
ahora son calambres y una inquietud imposible de ignorar. No voy a
decirle eso; quiero que me ayude.
—Hablar.
—Entonces habla. —Cambia de carril y reclina un poco el asiento.
Este auto no fue hecho para alguien de su tamaño. Se ve incómodo, y
eso me hace sentir aún peor.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Por el gruñido que deja escapar, sé que no quiere, pero responde
seco:
—Claro.
—¿Cuál es tu color favorito?
El lento giro de su cabeza hacia mí y la sorpresa en su expresión
hacen que mi corazón dé un salto estúpido. No debería sentir esta
necesidad por él, está mal por muchas razones.
Aunque quizás por eso quiero correr directo hacia ello… porque es
prohibido.
Duda un momento, pero parece recordar que necesito eso, y dice:
—Granate. ¿El tuyo?
—Verde azulado. Pero más tirando a azul que a verde.
—O sea, turquesa.
—No, verde azulado.
Frunce el ceño antes de volver a enfocarse en el camino.
—¿Eamon es tu único hermano?
—Sí. ¿Tú tienes hermanos? —dispara de vuelta rápidamente.
No necesito una conversación rápida, solo una que me mantenga
distraída de lo que provocó el ataque. Pero supongo que esto es mejor
que el silencio.
—Solo mi hermanastro —hago una pausa, esperando que haga la
pregunta que claramente le ronda en la cabeza, pero no lo hace. Así
que continúo—. ¿Te gustan los animales?
—Los pájaros y los perros, sí.
—¿Tendrías uno?
Su leve risa hace que las mariposas en mi estómago se
agiten…demonios, eso fue tierno. Ya me siento mucho mejor, pero
también más miserable que nunca.
—Jamás tendría una mascota, si eso es lo que preguntas.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué?
Humedece su labio inferior antes de suspirar.
—El mañana no está garantizado, y apegarme a algo… o a
alguien… es lo último que quiero.
Una sensación pesada se instala en mi pecho.
La libertad condicional es para quienes se considera que merecen
ayuda. A los que no, simplemente se espera que vuelvan a arruinarlo
y terminen de nuevo en el mismo lugar.
—Tú no… —Me detengo, dándome cuenta de que estoy a punto de
hacer el mismo error que mi madre: insinuar que hay otra salida. Que
puede encontrar ayuda para no volver atrás. Pero no sería correcto; él
mismo lo dijo: hay cosas que no necesitan arreglarse—. Tiene sentido.
Tal vez fue el hecho de que incluyera a las personas en esa
afirmación lo que me dan ganas de indagar más. Como siempre, es un
impulso egoísta.
—¿Cuánto crees que tarden las renovaciones? —Me alegra que él
desvíe la conversación. Se ha relajado un poco, y ahora su brazo
descansa contra la consola central, su mano colgando cerca de los
portavasos.
—Probablemente unos dos meses. Dejaré el dormitorio principal
para el final, solo necesita pintura y muebles nuevos.
Lo observo levantar la pierna izquierda, y mis ojos, por instinto,
bajan a su entrepierna. Es casi ilegal lo bien que le quedan esos jeans,
y mi comentario anterior sobre la ropa de segunda mano parece
regresarme como una bofetada. Los jeans oscuros le quedan como si
se los hubieran hecho a medida, y no puedo evitar notar el bulto que
definitivamente no debería estar deseando.
—El colchón es una porquería, asegúrate de cambiarlo. —Me mira
mientras cambia de carril, justo cuando me pilla mirando donde no
debería—. Queen o más grande.
Aparto la mirada bruscamente, mirando por la ventana mientras
empujo contra la puerta.
—Como ordenes, papi —lo digo con sarcasmo, no como cuando él
me obliga a hacerlo.
—No. —Su palabra, cortante y afilada, me sobresalta. Me toma del
mentón y me obliga a mirarlo. Duda un momento en apartar la vista
del camino, pero después de un segundo, encuentra mis ojos y me
mira como si pudiera ver hasta lo más profundo de mí—. Cuidado,
muñeca. Esa actitud tuya puede costarte un castigo.
Asiento, sin que tenga que preguntarme si entendí.
Me suelta, y dejo escapar un suspiro pesado. Allá voy, Big Bertha.
Ronan
A la mañana siguiente, me despierto con el ruido de los contratistas
trabajando por toda la casa. No puedo evitar preguntarme si mi
pregunta sobre el tiempo de reconstrucción la llevó a traer más gente
para acelerar las cosas. Me cuesta creerlo, no parece tener muchas
ganas de irse.
Ojalá pudiera decir que yo sí, pero maldita sea… no puedo pensar
con claridad cuando se trata de ella.
¿Quiero tirarme a esa porción de inocencia? Claro que sí, y a estas
alturas, sería solo para saciarme. Cada maldita noche tengo una
erección porque se niega a usar otra cosa que no sean shorts y una
camiseta sin mangas. Me está provocando, lo sé.
Anoche, verla mirar mi entrepierna por encima del jean casi me
hace detener el auto, sacarla y metérsela en la boca. Y luego me llama
“papi”, maldita sea, las cosas sucias que me vinieron a la mente…
Lo peor es que no puedo tomar alcohol para sacármela de la cabeza,
no tan seguido como lo hacía al principio. Me gustaría culpar a la
sensación equivocada que me deja. Últimamente, el alcohol me pega
distinto, probablemente porque no lo había consumido tan seguido en
quince años. Me deja con un dolor de cabeza constante, y el “efecto”
que me da se parece más a la muerte tocando la puerta que a una buena
borrachera.
Pero eso solo sería una excusa.
La verdadera razón por la que he dejado de beber es mi
preocupación por Cal. La forma en que llegó a casa esa noche me dejó
intranquilo, y no puedo quitarme de encima el miedo de que vuelva a
pasar. Si estoy borracho y ella necesita llamarme, no podré ayudarla...
Suelto un gruñido fuerte.
Lo único que quiero es follármela, no andar con actitudes de héroe.
No soy nada de eso, especialmente con ella.
Estaba mirando hacia el exterior del garaje cuando la puerta se abre
detrás de mí. Hablando del ángel caído en persona.
Como si esperara que interactuara con ella, Calista señala su
teléfono y sale disparada, directo hacia los árboles.
Levanto una ceja, sorprendido al verla irse.
Debe ser que el ruido aquí dentro es demasiado para ella… o quizás
está en una llamada súper secreta. Una parte de mí se pregunta si tiene
novio y no lo ha mencionado. Aunque lo dudo. No me imagino a su
madre sin preguntar casualmente cómo está o dónde se encuentra.
A estas alturas, creo que ya me da igual.
Lo que quiero saber es a qué sabe su coño… y si hace esos sonidos
dulces e inocentes cuando se corre.
Me acomodo el bulto con una mano mientras doy unos pasos fuera
del garaje, dejando que la brisa suave me golpee el rostro.
Probablemente debería hacerme una paja antes de terminar
haciendo algo de lo que ambos podamos arrepentirnos.
Un fuerte kree me hace alzar la vista justo cuando un halcón vuela
sobre mí. Es un sonido repetitivo que muchos encontrarían molesto,
pero a mí, curiosamente, no me incomoda.
Aterriza en uno de los tantos abetos azules.
Como si pudiera sentir que lo estoy observando, baja la mirada
hacia mí.
Murmuro algo para mí mientras meto las manos en los bolsillos del
pantalón.
No tengo idea de cuánto tiempo paso allí, en una especie de duelo
visual con un ave, pero cuando escucho pasos sobre la grava,
parpadeo varias veces y bajo la mirada.
Cal se acerca lentamente, con los ojos fijos en el mismo punto
donde yo miraba.
—Un halcón ferruginoso —comenta.
No vuelvo a mirar al ave, me quedo observándola a ella.
No sé bien por qué estoy tan sintonizado con esta… chica, pero
claramente algo la alteró.
No son solo sus mejillas rojas o sus labios hinchados. No. Es algo
más profundo. Como una energía que se percibe en el ambiente.
—¿Todo bien? —pregunto sin tener idea de por qué lo hago.
—Lo estará. —Abraza el teléfono contra su pecho—. ¿Te gustan
los halcones?
Carraspeo antes de mirar de nuevo al animal, aún posado en la
rama.
—Los pájaros me recuerdan a la libertad.
—Oh…
Suelto una leve risa y me doy la vuelta para regresar a la casa,
queriendo evitar ahondar demasiado en lo que acabo de decir.
Lo último que necesito es que empiece a buscar maneras de
“arreglarme”.
—Espera, yo entro. Tú puedes quedarte aquí.
Me detengo y me vuelvo hacia ella.
La tristeza que intenta ocultar con una sonrisa me golpea con una
fuerza que no sabía que existía en mí.
¿Por qué siento esta necesidad repentina de consolarla?
Maldita sea.
Sin decir nada, le doy la espalda y vuelvo a entrar a la casa.
Ronan
La sensación de la aguja deslizándose una y otra vez por mi piel es
como una llama ardiente a la que me lanzaría sin pensarlo. Llevo
horas bajo la máquina de tatuajes, pero el dolor apenas lo registro.
Desde que salí, he estado entrando y saliendo de mí mismo…
algunos días son mejores, otros peores. A veces, todavía espero que
algo suceda, que me pongan las esposas y un policía me arrastre de
regreso a esa celda que alguna vez se sintió como mi único lugar de
protección.
Cuando salí a los veinte, después de haber entrado a los diecisiete,
supe que volvería. Esta vez no era diferente, estaba seguro de ello.
Pero ahora… algo ha cambiado. Una preocupación extraña me sigue
como una sombra. Es como una tormenta en el horizonte: pesada,
tensa… pero que se niega a estallar.
La tatuadora se inclina para inspeccionar su trabajo, apaga la
máquina y rocía solución salina antes de limpiar el exceso de tinta y
sangre. Está trabajando en la parte alta de mi muslo, ya que el torso
prácticamente no tiene espacio.
Este tipo de contacto, ligado al ardor de la aguja, es el único que
puedo tolerar sin querer estrangular a quien lo provoca. Es una
incomodidad física que puedo manejar, a diferencia del peso
emocional que conlleva un toque no deseado.
Antes de la cita, le dejé claro que no me tocara más de lo
estrictamente necesario. Aparte de elegirla por su talento con el color,
es lesbiana. Revisé sus redes sociales antes de hacer la cita. No estoy
de humor para esquivar coqueteos, y por más que de verdad necesite
meterla en algún agujero, no me interesa el suyo.
—Se ve genial —comenta, pasándole una vez más el papel por
encima.
Hasta ahora, no tenía ningún tatuaje a color. Siempre los había
preferido oscuros, como mi visión de la vida. Sin embargo, siento que
este encaja… últimamente he empezado a ver un poco más de color.
Ella se inclina hacia atrás y toma la piel adhesiva, por suerte sin
preguntar por qué elegí ese diseño.
Ni yo mismo sé explicarlo del todo.
Es una silueta de abetos azules, enmarcados por un cielo lleno de
color: púrpuras intensos, rojos y naranjas que se funden sin esfuerzo
hacia los azules y turquesas más fríos.
Y me da igual lo que diga: su color favorito es turquesa, no verde
azulado.
Después de pagar, estoy afuera, recostado contra mi moto,
revisando los mensajes perdidos. Hay varios de Ken, y uno de
Calista… reviso primero al idiota.
Ken: Sé que acabas de salir y todo eso, pero… ¿puedes echarme
una mano?
No lo pediría si no fuera importante. Ese mocoso me jodió
Te consigo lo que necesites
Paso al mensaje de Calista.
Calista BG: Pedí pizza. Está en la nevera del garaje.
Voy a un bar local con una amiga, tengo conductor
designado.
Yo: Ninguna invitación… eso es de mala educación.
No espero que responda de inmediato, así que vuelvo con Ken.
Yo: ¿Qué quieres que haga?
Ken: Tú sabes perfectamente qué necesito, grandote.
Yo: No lo sé, pero dime cuándo.
Ken: Coqueteando conmigo, me gusta.
¿Estás libre esta noche?
Mi teléfono vibra. Cambio a Calista.
Calista BG: ¿Para qué me rechaces? No, gracias.
Yo: ¿No puedes con un poquito de rechazo, muñeca?
Calista BG: Por favor, deja de llamarme así…
Yo: No lo creo. Pídemelo.
Calista BG: No. Vete a la mierda.
Yo: No seas valiente solo por el celular, Calista. Hazlo.
Calista BG: ¡UGH.
¿Vendrías a beber conmigo esta noche?
Yo: No. No bebas y conduzcas o te voy a partir la cara.
Ignoro el "vete a la mierda" que me manda después y vuelvo a
escribirle a Ken.
Yo: Sí, estoy libre. Mándame la ubicación.
¿Preferiría salir a tomar con Calista? Es una pregunta complicada.
Desde la semana después de esa cena en casa de su madre, he estado
luchando por no hacer ningún movimiento con ella. Es una necesidad
de control y dominación, no necesariamente física. Quiero verla de
rodillas, rogando por todo.
¿Quiere ducharse? Que lo ruegue.
¿Quiere una taza de café? Que lo ruegue.
Y cuando se le olvide hacerlo, quiero ver qué tan pálido es su culo
y volverlo rojo bajo mi palma.
Solo porque no he dejado que ningún hombre o mujer me toque, no
significa que me haya negado los placeres que deseo.
La mayoría me da lo que quiero sin mirarme, con las rodillas y
manos pegadas al suelo, dándome lo único para lo que sirven: un
agujero que follar.
Eso me satisface, porque eso es el sexo: una bestia hambrienta,
siempre esperando ser alimentada.
Últimamente, la necesidad de saciar ese instinto con Calista ha sido
difícil de ignorar.
Lo diferente es que quiero verla boca arriba, su rostro rojo de
vergüenza mientras me corro sobre su pecho y su cara.
Usar mis dedos para recoger mi semen y metérselo en la boca, hacer
que se atragante mientras la obligo a tragarse lo que le doy.
Quiero hacerla llorar, gritar, incluso intentar huir. Quiero que sienta
miedo, que vea al monstruo que soy.
Necesito que deje de mirarme como si fuera algo roto, como si
bastara con repararme para encajar en la versión “redimible” de la
sociedad.
Y, aun así, hay momentos en los que quiero dejar que me toque,
para ver si sus dedos no duelen… si no despiertan esa rabia violenta
en mí.
A veces me pregunto si es posible sentir algo más que odio.
Son esos sentimientos los que me trajeron aquí, dejando plantado a
Ken para sentarme en este maldito bar, cerveza en mano, viendo a
Calista charlar con su amiga.
Su amiga es linda no me sorprende, considerando que Cal también
lo es.
Ambas parecen salidas del equipo de porristas del colegio, lo cual
explica toda la atención que reciben de los tipos que entran.
Voy a culpar mi decisión de venir esta noche a la preocupación que
me dejó el “polvo rudo” del que habló hace unas semanas… o tal vez
a la necesidad de ver quién era su conductor designado.
Decir que me alegré de que no fuera un hombre se queda corto. El
alivio que sentí fue casi extraño.
Llevo cerca de una hora aquí, ignorando a Ken. No lo dejé
completamente colgado, sí planeaba ir a ayudarlo, pero la necesidad
de estar aquí fue más fuerte.
Le dije que algo había surgido, que tendría que esperar o llamar a
otro. Luego silencié la conversación.
No quería distracciones.
Desde esta distancia, no alcanzo a escuchar bien lo que hablan, pero
Calista dice algo que hace que su amiga suelte una carcajada.
Termino mi cerveza justo cuando un grupo de tipos se les acerca.
Mi sangre empieza a hervir. Que hablen, está bien… pero más les vale
no ponerle un dedo encima.
Se ha tomado una… no, mejor dicho, cinco copas de más.
Se nota en la mirada caída que está demasiado borracha como para
tomar buenas decisiones.
No estoy aquí para ser su héroe, pero puedo ser el villano de alguien
si hace falta.
Y le agradezco a su amiga por ser la responsable. Solo ha tomado
una cerveza y ahora está tomando agua.
En general, los cuatro idiotas se mantienen más o menos en su lugar.
Uno de ellos se inclina sobre la mesa y agarra una papa frita del
canasto que lleva media hora ahí, intacto.
Calista dice algo, y su amiga le apunta con el dedo, seguramente
diciéndole que se largue. Todos se ríen, empujándose entre ellos,
como si fueran unos niños. Pero entonces uno cruza la línea, y
empiezo a preguntarme si este lugar tendrá cámaras.
Apoya la mano en el hombro de Cal, los dedos deslizándose
peligrosamente hacia su cuello. Ella intenta apartarlo con un
manotazo, pero el imbécil insiste, acercándose más. Me obligo a
quedarme quieto… hasta que ella vuelve a intentar soltarse y él la
agarra más fuerte.
Entonces ella le mete un puñetazo. No una cachetada, no. Un golpe
cerrado, directo a la mandíbula. El tipo apenas retrocede, más
sorprendido que herido. En cuanto su mano va hacia el brazo de ella,
ya me estoy levantando de la silla.
Por esto es exactamente por lo que estoy aquí. Villano, entonces.
La amiga de Cal se pone de pie y le lanza el resto de su agua a la
cara del tipo. Uno de los otros idiotas la agarra de la muñeca.
El chillido de mi silla raspando contra el piso apenas se escucha con
la sangre latiéndome en los oídos. Me abro paso entre los cuerpos que
se han girado a mirar hasta que estoy a unos pasos de ellos, y entonces,
los ojos verdes de Calista se clavan en los míos. Abre la boca, pero no
logro leer su expresión. Me sacude la cabeza con desesperación.
—¡No! —grita—. ¡No lo hagas!
Demasiado tarde, baby girl.
Estaba dispuesto a reproducir algo de violencia con Ken, pero
esto… esto se siente como una mejor inversión de mi tiempo.
Agarro al que la tiene sujeta y lo jalo hacia atrás con fuerza. Sonrío
justo cuando mi puño le estalla la nariz.
En las películas, la gente se queda pasmada, lanzan un “¿Qué
carajos te pasa?” o preguntan quién soy. En la vida real eso no pasa.
Por eso estoy preparado para el golpe que viene derecho a mi cara.
Retrocedo un paso y lo esquivo, atrapando su muñeca justo cuando
lanzo el codo contra su articulación. Siento el chasquido. Grita, y
antes de que se recupere, lo agarro de la camiseta y le estrello la frente
contra la nariz.
Sin soltar su brazo dislocado, lo jalo hacia mí y uso su impulso para
darle una patada limpia a la rodilla. Cae como saco de piedras,
arrastrando a su amigo con él.
Tengo la visión nublada de tanta rabia que apenas registro a los
otros dos que se me vienen encima. Todo lo demás desaparece: los
gritos, el bar, la música, la gente. Solo quedan ellos dos, con los
hombros tensos, listos para pelear.
Levanto la mano y les hago un gesto: adelante, inténtenlo.
Uno de ellos se lanza y, justo cuando lo hace, un cabello rubio
brillante entra en mi campo de visión.
La visión de túnel se rompe. El mundo vuelve a encajar.
Calista se para entre nosotros, desafiante, y eso hace que el tipo se
frene. Pero en ese momento de distracción, otro idiota me agarra del
cuello por detrás y me jala hacia atrás.
La furia me explota dentro. Lanzo el codo hacia atrás con fuerza,
conectando con sus costillas. El crujido me arranca una sonrisa.
—¡Suéltame! —grita Cal.
La miro justo cuando otro imbécil la empuja contra la mesa. Su
cabeza rebota contra la superficie de madera, y por suerte, su amiga
la atrapa antes de que caiga.
—¡Sácala de aquí! —gruño, y lanzo mi cabeza hacia atrás,
golpeando al que me tiene.
La amiga no pierde tiempo, le pasa el brazo de Cal por encima del
hombro y la arrastra hacia la salida.
—¡No, espera! ¡No puedes! ¡Ronan! —suplica, pero ya no estoy
enfocado en ella.
Ahora sí, es momento de refugiarme en mi zona de confort. Donde
la violencia es mi forma de hablar, mi escudo, mi lengua materna.
Gritos empiezan a surgir alrededor, suplicando que alguien pare esto
antes de que se descontrole aún más.
Pero estos tipos pusieron las manos donde no debían, y claramente
no pensaban detenerse.
Y yo tampoco.
Uno lanza un puñetazo torpe, probablemente borracho o
simplemente idiota. Me agacho y su hombro apenas roza mi pecho.
Aprovecho para incrustarle la rodilla en el estómago, escuchando el
“ugh” que suelta antes de empujarlo contra la mesa más cercana.
Un puño roza mi mejilla desde atrás, más ruido que daño. Mi codo
responde solo, directo a su boca, y el sonido del hueso cediendo me
resulta casi dulce.
Otro se lanza por el frente, pero lo recibo con un golpe justo entre
los ojos. Es el que empujó a Calista. Su nariz estalla, la sangre
bajándole por el rostro como un río escarlata.
Empiezo a disfrutarlo, hasta que siento un puñetazo en la sien. Me
tambaleo un poco, pero sonrío. Me hago sonar el cuello y me preparo
para seguir…
Hasta que se escucha un disparo.
Y el bar se convierte en un puto caos.
Maravilloso, simplemente maravilloso.
Calista
Me duele la cabeza, y tengo la sensación de estar flotando.
Después de que me sacaran a rastras del bar, estoy bastante segura
de que me desmayé por un momento. Recuerdos borrosos del trayecto
en auto parpadean en mi mente, y recuerdo claramente haberle dicho
a mi mejor amiga que me calienta mi tío político. Definitivamente voy
a tener que hablar con ella sobre eso.
No logro armar bien lo que pasó o cómo terminé en la cama, pero
al menos estoy de vuelta en la cabaña. El aroma reconfortante de
Ronan me envuelve, aliviando un poco la ansiedad. Todo se siente
nublado, salvo por ese instante en el que entró como Batman a
rescatarme. Parecía furioso... ¡conmigo! ¿Qué carajos hice para
ganarme esa mirada?
Gimo y me obligo a abrir los ojos. La habitación está oscura, y la
cama se siente distinta. Sigue siendo incómoda, pero al moverme, me
doy cuenta de que es mucho más grande que la cama individual en la
que apenas he podido darme vuelta.
Justo entonces, la puerta se abre de golpe, chocando contra la pared,
y un jadeo se me escapa sin querer, resonando en mis oídos. Mis
movimientos son lentos, pero finalmente logro sentarme y entiendo al
instante por qué la cama se siente rara y el aroma de Ronan está por
todas partes: no estoy en mi cuarto. Dios… ¿me metí en su cama
cuando llegué?
Está parado frente a mí, con los hombros tensos mientras respira
hondo. Sus manos se cierran en puños a los costados, y por un
momento, siento miedo de que quiera hacerme daño. ¿Vino a
castigarme por emborracharme tanto que terminé golpeando a un tipo
y obligándolo a venir a rescatarme?
Ni siquiera recuerdo por qué lo golpeé; debió decir algo que me
hizo explotar. Eso lo desencadenó todo.
Si Ronan vino a darme una lección, supongo que seré su alumna
dispuesta.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta con esa voz profunda, oscura,
cargada de emociones que no puedo descifrar.
El corazón me late tan rápido que juro que se me va a salir por la
garganta.
—No... no fue mi intención. Y-Yo... ya me voy.
Aparto las sábanas de un tirón y las vuelvo a agarrar de inmediato.
No tengo ni una prenda encima, y aunque debería sorprenderme, no
lo hace. Siempre termino desnuda después de una noche de
borrachera, sobre todo cuando me paso de estúpida y bebo más de la
cuenta.
Él ladea la cabeza, y mi cuerpo se calienta como si me hubieran
metido al horno.
—Quita la sábana. —Cuando me da ordenes, me convierto en su
marioneta. Cada palabra suya tira de mis hilos y me hace actuar. Sin
pensarlo, obedezco, deslizando la sábana hacia un lado. Estoy
expuesta, desnuda... sin bragas, nada.
Una risa grave, como un trueno, sale de su pecho.
—Ábrete.
Voy a morir de un ataque al corazón o un derrame cerebral, porque
mi cuerpo reacciona más rápido que mi cerebro. Ya estoy flexionando
las rodillas hacia mi culo y abriendo las piernas antes de que pueda
detenerme.
Esto está mal, y no por el hecho de que sea el hermano de mi
padrastro. Eso no es. No debería hacer esto con él, pero ya no quiero
negármelo.
—Qué coño tan lindo tienes... y rasurada… —Si no fuera por la luz
de la luna entrando por las cortinas, no vería el hambre en su mirada.
Se acerca a mí y siento cómo se me eriza toda la piel, el corazón dando
saltos y vueltas en la garganta—. ¿Putita desesperada por follarse a su
tío? ¿eh?
Santa mierda.
Abro los labios, pero solo sale un gemido. Quiero que deje de
llamarse así, pero no puedo negar que quiero que me follen. No,
quiero que me folle él.
—Calista. —Me recuesto sobre los codos al escuchar mi nombre, y
no entiendo por qué, pero su voz suena... tan fuerte, tan íntimo—.
Estás empapada y mojando mis sábanas. Dime, baby girl... ¿qué
quieres?
En secreto, me encanta que me diga así, pero lo negaría hasta la
muerte.
—Hazme daño. —Las palabras salen solas, con una pizca de
arrepentimiento. ¿Por qué dije eso? Normalmente no pido dolor hasta
estar segura de que no me van a dejar. Aunque siempre terminan
yéndose—. Por favor… Ronan…
Se quita la camiseta por la cabeza y la lanza a un lado, luego
desabrocha el cinturón. Da un paso hacia el borde de la cama, y lo
miro entre mis piernas abiertas. Estoy tan jodidamente mojada, y mi
coño late con solo imaginar que lo devora. Quiero que me muerda,
que me chupe, que me folle cada parte que esté dispuesto a tocar.
—Estás desesperada, ¿verdad? —Y aunque suene como una
pregunta, solo atino a asentir—. Lo haré, eso es una promesa, no una
amenaza.
Mi cuerpo tiembla, y más aún cuando se baja los pantalones. En
cuanto bajo la mirada para verle la polla, chasquea la lengua.
—Arriba los ojos, baby girl.
Aspiro el aire bruscamente y lo retengo mientras se sube a la cama
entre mis piernas, avanzando hacia mi rostro. Está tan cerca que siento
su respiración contra mi piel sensible. Su nariz casi roza mi mejilla
cuando se inclina hacia mi oído.
Mis pezones, perforados, se endurecen al punto de doler, y todo lo
que quiero es frotarlos contra su pecho. La desesperación por cerrar
las piernas y apretar para conseguir algo de alivio es tan intensa que
gimo bajito, como un ruego.
Su aliento acaricia mi oído, y mi cabello me hace cosquillas.
—¿Quieres que te lastime... igual que tú me lo vas a hacer a mí?
El aire se me atora, y antes de poder reaccionar, su mano se cierra
en torno a mi cuello y me empuja contra el colchón. No hay ternura,
ni placer. De inmediato me corta la respiración y trato de apartarlo.
Pero tiene todo su peso sobre mí. Me está asfixiando de verdad.
Sus rodillas empujan mi culo mientras una presión brutal se hunde
en mi centro. La quemazón de su entrada me arranca lágrimas, pero
es la falta de aire lo que empieza a calentarme por dentro.
—¡A-Ayuda! —toso, y la saliva se desliza por las comisuras de mis
labios, bajando por mis mejillas hasta las orejas.
—¿Ayudarte? —susurra mientras embiste, y soy incapaz de
registrar cómo se siente dentro de mí. Su tamaño, su grosor... nada.
Todo se está volviendo negro, un hormigueo recorre mi cuello y llega
a mis ojos. Mi visión se oscurece desde los bordes, y araño su brazo,
intentando respirar.
—R-Ronan… por favor… no…
Jadeo.
Peleo.
Nada funciona.
Dios mío, me va a matar.
Se inclina hacia mí, y con el tono más frío del mundo, murmura:
—Te mereces morir por lo que estás haciendo.
Un grito desgarrador se me escapa mientras me incorporo de golpe
en la cama, las manos aferradas a mi cuello, los pies pateando, tirando
todas las cobijas al suelo. La piel se me eriza, y me arrastro hacia atrás
hasta chocar con el cabecero frío de madera.
Respiro agitada, luchando por recuperar el aliento, pero al menos
puedo respirar. Mi pecho sube y baja con fuerza, y me abrazo las
piernas, acurrucándome.
Me toma un momento calmarme, pero por fin mi respiración se
normaliza. Solo fue una pesadilla «una creación de mi mente» pero,
joder, se sintió real. Me duele el cuerpo como si hubiera corrido una
maratón. Estoy adolorida, exhausta, y las sienes me laten con un dolor
punzante.
Cuando por fin logro soltarme del ovillo en el que me convertí,
agarro el teléfono y veo tres mensajes nuevos y una llamada perdida.
Todos son de Gene:
LLAMADA PERDIDA: GENE-VEE.
Gene-Vee: Acabo de llegar a casa. Te dormiste rapidísimo, nena.
Y también tenemos que hablar de... ¿Ronan? No estoy segura si se
escribe así. Siendo honesta, está buenísimo, pero si de verdad es tu
tío, primero diagnostiquemos eso antes de subirnos a ese tren.
Sin juicios, igual. Te apoyo. Aunque te quieras follar a tu tío político
o no.
Dejo caer el teléfono y miro por la ventana, aliviada de estar en mi
propia cama. El sol empieza a salir, lanzando una luz suave, pero me
duele la cabeza como si me hubieran estrellado contra una pared. Me
muevo incómoda, porque, a pesar de que en el sueño Ronan intentó
matarme, tengo humedad entre las piernas.
¿De verdad me hablaría así si llegáramos a tener algo? No quiero
que me ahorque hasta matarme, pero todo lo demás… me hace
morderme el labio.
Sé que no debo cruzar esa línea. Hay demasiado en juego, y por
más que quiera caer de rodillas y rogarle que me ahogue con su polla,
no lo haré.
Es como si de pronto conectara todas esas fantasías sucias que he
tenido con mi tío buenísimo con lo que pasó anoche, y de golpe me
invade el pánico.
—¡Oh, mierda! —grito, agarrando una bata para cubrir mi cuerpo
desnudo antes de salir corriendo de la habitación.
La puerta de su cuarto está entreabierta, y la empujo con cuidado,
moviéndome en silencio. La primera luz del amanecer se cuela en la
habitación, pero su cama está vacía. No me detengo; voy directo al
baño. También vacío.
Con el corazón a mil, corro hacia la sala. Nada. Luego abro de golpe
la puerta del garaje y enciendo la luz. Está completamente oscuro, y
él no está… tampoco su moto. Nunca la deja en otro lugar.
Oh… no…
Siento un nudo en la garganta que me impide tragar. Todo mi cuerpo
tiembla mientras mi mente empieza a imaginar lo peor. Se metió en
una pelea. Es un exconvicto… ¿Y si la policía lo arrestó? ¿Y si está
herido en el hospital? ¿O peor y si ni siquiera llegó y está tirado en
una morgue?
Mi cerebro, aún borracho y dramático, se aferra a esa última
imagen, imaginándolo dentro de una bolsa negra, en un cajón
metálico frío. Me tapo la boca con ambas manos, un sollozo ahogado
escapándose mientras esa imagen se queda grabada en mi mente.
Lo hiciste de todos modos. Lo lastimaste…
Llora… solo llora…
Cerebro… por favor…
Estoy temblando mientras vuelvo a la casa y corro a la habitación
de invitados. Agarro el teléfono y empiezo a buscar como loca:
Pelea de bar, Maple Falls, nada.
Maple Falls, riña de bar, nada.
Maple Falls + Ronan, sigue sin aparecer nada.
De inmediato, busco el número del hospital local y llamo a la
recepción de urgencias.
—Buenos días, gracias por llamar…
No la dejo terminar.
—Hola, estoy llamando para saber si alguien fue ingresado anoche.
Ronan Byrne.
—¿Podría deletrearlo?
—R-O-N-A-N, B-Y-R-N-E. —Me tiemblan las manos. No puedo
creer cuánto me preocupa.
—Un momento, por favor —dice antes de que el teléfono pase a
música de espera. Suena Taste de Sabrina Carpenter y casi grito.
¿¡Cómo me pone en espera!? ¿¡No sueno lo suficientemente
desesperada!?
La música se detiene.
—¿Señora?
—Sí… sí, aquí estoy.
—No se ingresó a nadie con ese nombre. ¿Desea…?
Cuelgo y empiezo a buscar el número de la estación de policía. Solo
hay una en este pueblo pequeño, y la idea de que esté ahí me aterra
más que el hospital.
Justo cuando presiono el botón de llamar y me llevo el teléfono al
oído, una mano se cierra en torno a mi muñeca. Grito, y el teléfono se
me cae de los dedos… pero Ronan lo atrapa en el aire.
En cuanto escucho
—Departamento de Policía de Maple Falls —aspiro aire con fuerza.
Él se lleva el teléfono al oído.
—Número equivocado, disculpe —dice antes de colgar.
Si no me tuviera sujeta, probablemente me desmayaría. Toda mi
piel arde, el miedo aún saliéndome por los poros. Estoy hecha un
manojo de nervios, y él está ahí, calmado como si nada hubiera
pasado.
Tiene un moretón oscuro en la sien y un corte fresco en el labio
inferior. Pero no puedo observar mucho más porque estoy atrapada en
su mirada, intentando leer lo que sea que me esté diciendo. Luce
cansado, ¿preocupado, tal vez? No lo sé.
—Estás haciendo demasiado escándalo para alguien que bebió
como tú anoche —gruñe, dando un paso hacia mí y empujándome
levemente hacia atrás. Estuve caminando por toda la habitación
mientras hacía esas llamadas, y cuando la cama me golpea detrás de
las rodillas, pierdo el equilibrio y caigo sentada de golpe.
Mi pecho sube y baja.
—¿D-Dónde estabas? Tu cara… ¿estás bien? —Levanto la barbilla
para poder mirarlo a los ojos y no a su pecho desnudo.
Él suspira, pone una mano en mi cabeza y me gira suavemente hacia
la ventana. No hay mucho espacio entre la cama y la pared, pero
cuando me empuja hacia adelante, noto una manta y una almohada en
el suelo.
—Respirabas raro cuando llegué —dice, soltándome la cabeza. Me
quedo mirando la cama improvisada en el piso—. Así que dormí ahí
las últimas horas, para asegurarme de que no te murieras.
Después de un momento, lo miro. Sus ojos, pesados por el
cansancio, se clavan en los míos.
—Agua —ordena—. Toma algo. Puedes caminar, así que puedes
cuidarte. Toma Tylenol, come una porción de pizza y vuelve a la
cama.
Levanta la mano, y sus dedos trazan una línea lenta por mi cuello.
El toque es suave, pero me aterra, porque cuando un león acecha a su
presa, se mueve así… lento, deliberado. Igual que su caricia.
—No vuelvas a golpear a nadie, Cal, ¿me escuchas?
Me tiembla el labio inferior, y lo muerdo con fuerza.
—Estoy más que dispuesto a ser tu violencia.
Luego se da vuelta y sale del dormitorio. El portazo resuena como
el punto final a todo lo que dejó atrás. Me quedo sentada, sin saber
qué siento. ¿Atracción? ¿Miedo? ¿Asco de mí misma?
Creo que todo eso está enredado dentro de mí… y me dan ganas de
vomitar.
—Mierda, chica, pensé que estarías fuera al menos por siete días
hábiles.
Gimo por el altavoz
—Cállate, Gene.
Ella suelta una risita adorable.
Dormí otras siete horas, lo cual no me sorprende con lo mal que me
sentía. Física y mentalmente.
—Te llamé tan pronto porque quería avisarte que estoy bien… y
preguntar exactamente qué pasó después de que me sacaste anoche.
Estoy sentada en el muelle, junto al lago, con los pies pateando el
agua que salpica mis muslos desnudos. Cuando salí de la casa, Ronan
seguía dormido… o al menos, seguía en su habitación. La puerta
cerrada y su moto estacionada afuera me lo confirmaron.
—Bueno… —duda, y me intriga por qué. No es como si pensara
que no iba a preguntarle, ¿no?—. Básicamente me dijiste que el tipo
que llegó a “salvarte” como si fueras una damisela en apuros, era tu
tío político. El hermano de Eamon, ¿cierto?
—Sí.
—Y luego, cuando te metí al auto, me dijiste… —Esa pausa me
hace arder las mejillas.
—Oh, no… ¿qué te dije?
Se aclara la garganta, pero ya puedo oír la risa que se le escapa por
los labios cuando suelta:
—Que te hacía llamarlo papi… y que te gustaba.
—¡Noooo! —Alargo la palabra, echo la cabeza hacia atrás y
maldigo mi existencia, rogando que algún dios me fulmine ahora
mismo y me saque de este mundo—. ¿Fue cuando lo grabó?
—¿Qué…? ¿¡Grabación!?
Me inclino hacia delante, frotándome entre los ojos, pellizcándome
el puente de la nariz mientras suelto un gemido. Maldita sea, Cal…
¿qué carajos?
—Eh… no. —Pura mentira, y ella lo sabe.
—Mentira, mentira, bragas en llamas —canturrea antes de estallar
en carcajadas.
—Mátame ya, oh Ser Supremo.
—Siempre tan dramática. En fin, te llevé a la casa y tú me dijiste
que te pusiera en su cama, pero yo no soy estúpida. Así que te dejé en
el cuarto de huéspedes. Sabía que era tuyo porque la habitación
principal huele a ámbar… y a testosterona masculina sexy. —No
puedo evitar soltar una risa—. ¿Él volvió a la cabaña? ¿Está bien?
Suspiro y asiento, aunque sé que no puede verme.
—Sí, volvió… pero está algo golpeado y arañado.
El suave “oooohhh” que suelta me hace morderme el interior de la
mejilla, sacudiendo la cabeza con incredulidad.
—¿Lo vas a curar? ¿Sanar sus heridas? Ese es mi tropo favorito,
Cal.
Esta chica lee demasiados libros. Yo soy más de películas, pero ella
adora sentarme y contarme toda la depravación que lee. Y lo admito…
si tuviera la atención suficiente, leería los que me recomienda.
¿Hombres enmascarados persiguiendo a una chica por el bosque?
Sí, por favor.
¿Un tipo obsesionado cogiéndose a su chica mientras duerme,
metiéndole los dedos para dejarle su semen adentro? Un sueño.
—No, él me obligó a volver a dormir y se fue a su cama. —Voy a
omitir que se quedó a mi lado para asegurarse de que no muriera. Eso
me llena el estómago de mariposas, porque, honestamente, ese tipo de
cosas embarazan.
—Mierda, bueno… en fin. Vamos a retroceder un paso. Él es tu tío.
—Por favor, Gene… es mi tío político. Y eso es un término bastante
suelto. Nunca tomé el apellido de Eamon. Yo ya tenía veinte cuando
se casó con mi mamá, y jamás ha intentado adoptarme.
Gene literalmente dice “jeje”, y yo pongo los ojos en blanco porque
eso, además de ridículo, es adorable.
Aunque no cambia el hecho de que mi madre está casada con el
hermano de Ronan. Seguro que la sociedad lo vería como mi tío, pero
mientras Gene siga hablando, agradezco tener su apoyo.
—Yo digo que lo hagas, aunque sea solo por una buena follada. No
necesito conocerlo para saber que te mandaría a otra galaxia, Cal —
suspira, soñadora—. Sé que tienes gustos… interesantes. Y capaz este
los cumpla todos.
—O piensa que soy una maldita loca como el resto —meto mi
comentario antes de que se pierda demasiado en su fantasía—. Todos
piensan eso. Incluso los que dicen estar en el mismo rollo.
—El masoquismo no es algo raro, baby girl. —Y por eso la amo
tanto. Porque necesito escuchar eso de vez en cuando—. Te gusta lo
que te gusta, y nadie debería juzgarte por ello.
Recuerdo la primera vez que le pedí a un tipo que me asfixiara hasta
casi desmayarme, y se rio de mí. Cuando vio que hablaba en serio, se
fue de mi departamento y me ghosteó.
Le dije a mi último novio que quería que me follara mientras
dormía, que iba a tomar unas pastillas para no despertarme… terminó
diciéndome que necesitaba ayuda. Incluso le habló a una psicóloga y
me agendó una cita.
Suspiro, sonrío y digo:
—Gracias, Gene. Sé que siempre puedo contar contigo para
hacerme sentir normal.
—Tú no tienes nada de normal, pero te amo con toda mi alma por
eso. Si decides dejar que tu tío te folle…
—Por favor, ya basta…
—Me avisas. Tengo curiosidad si está perforado, y qué tan grande
la tiene. Leí un libro de vampiros donde el MMC prota tenía
veintiocho centímetros. La chica era una campeona… gracias a Dios
que sanaba.
No puedo evitar soltar una carcajada, mis pechos casi se salen del
bikini por la intensidad.
—Te amo, bestie —canta ella.
—También te amo, sweet cheeks. Gracias por el apoyo. Hablamos
luego.
—¡Byeeeee!
Cuelgo, dejo el celular detrás de mí y me acerco al borde. El lago
no está precisamente caliente, pero el calor del día hace que el agua
fresca se sienta bien.
No tenía planeado nadar, solo quería absorber algo de sol y darle
color a mi piel.
Pero ahora que estoy aquí… me dan ganas.
Tarareando en voz baja, me inclino hacia adelante y me deslizo en
las aguas azules. El frescor me recorre la piel acalorada,
envolviéndome por completo.
Al salir a la superficie, lanzo el cabello hacia atrás y lo recojo con
ambas manos. Pateo para mantenerme a flote mientras lo ato en una
coleta.
Mientras me alejo del muelle, mi mente vuelve a mi sueño. Aún no
puedo creer que soñé con él… bueno, en realidad fue más una
pesadilla…
—¿Quieres que te haga daño… igual que tú me lo vas a hacer a
mí?
Yo no quiero lastimarlo… ¿Será mi cerebro intentando advertirme?
¿Diciéndome que me aleje antes de que sea demasiado tarde?
Debería salvarnos… al menos a uno de los dos.
Ronan
23 años
—Eres el tipo de carga que no vale la pena llevar, Ronan.
Me echo otro trago, el licor arde más que sus palabras.
—¿¡Me estás escuchando siquiera?!
El sonido de su palma estampándose contra mi mejilla hace que
suelte el vaso, que se estrella contra el suelo con un estruendo que
hace que todo el bar se quede en silencio.
—Destruyes todo lo que tocas, ¿lo sabías?
Golpeo la barra de madera, tratando de llamar la atención de la
bartender morena. Solo me mira, así que bufo y golpeo más fuerte
con el puño, haciéndola saltar.
—¡Me engañaste y vas a quedarte callado! ¿¡Cuál es tu puto
problema?!
El golpe que recibo en la parte de atrás de la cabeza me arranca
un gruñido, y dejo caer la frente sobre mi antebrazo. Cierro los ojos
y empiezo a contar hacia atrás desde diez.
—¡Pedazo de mierda!
Yo no engaño porque no tengo relaciones.
Ella no era más que un agujero que llevé a mi cama demasiadas
veces. No es mi culpa que se haya encariñado. No estoy aquí para
discutir lo que soy o no soy. Me importa una mierda cómo se siente:
me importa una mierda todo, en realidad.
Estoy entumecido.
Hace seis horas enterraron a mi madre. Me enteré por un artículo
en internet. Desde que salí hace tres años, he buscado cada semana
noticias sobre la familia que aún tengo viva. Esta semana, a
diferencia de muchas otras, finalmente apareció algo.
“Joanna Ann Byrne deja atrás a su esposo y a su hijo…”
Tiré el teléfono. No tuve el valor de seguir leyendo ese maldito
“hijo” en singular.
Todavía no entiendo cómo terminé siendo el rechazado por mi
propia familia. Soy producto de lo que ellos mismos crearon. Yo no
pedí nada de esta mierda, y ahora ni siquiera aparezco en el obituario
de mi madre. Sé que ella no hubiera querido eso, pero con el cabrón
odioso de mi padre, no me sorprende.
Una mano se posa en mi hombro. Sé que no es Samantha.
Al girar la cabeza, veo a su hermano, con el pecho inflado y los
ojos inyectados en sangre. O de rabia, o de borracho, quién sabe.
Fui un imbécil por meterme sexualmente con una princesa de la
mafia… o como le gusté llamarse.
—Te metiste con la chica equivocada, Byrne —escupe, literalmente.
No puedo volver atrás…
A su alrededor están sus amigos, y la sonrisa de Samantha es tan
altanera que me dan ganas de arrancársela a golpes.
Ni siquiera sé qué demonios está pasando, porque llevo seis
tequilas y una cerveza encima, pero si quieren pelear, yo me apunto.
—Tuviste suerte de que papá no mandara a sus hombres para
protegerme —dice, y al mirar alrededor, el bar se empieza a vaciar.
El poder de un Cheshire es impresionante. Ojalá yo tuviera eso.
Chasquear los dedos y boom, algo pasa.
Algún día lo tendré.
Si no me muero antes.
El primer puñetazo me da de lleno en la mejilla, y termino en el
piso, cayendo de culo desde el banco de la barra. Escupo sangre
mientras un gruñido me escapa de los labios.
—¡Levántate! —dice uno de sus amigos mientras me agarro de la
barra y me obligo a ponerme de pie.
Inhalo profundo y parpadeo varias veces para estabilizar el mundo
que gira a mi alrededor.
—Debí haberte follado por el culo y luego por la boca… poner la
mierda donde pertenece, perra.
Me lanzo y estampo mi puño contra la nariz del hermano de
Samantha. Se tambalea, y sus amigos se abalanzan sobre mí.
Estar borracho en una pelea es una pésima idea, porque me siento
atrapado en una cinta rota de película.
Un segundo estoy dando un golpe, y al siguiente me están
reventando una botella en la cabeza.
Parpadeo, y tengo a uno de ellos bajo mí, con sangre chorreando
de una herida en mi brazo.
Otro parpadeo, y estoy luchando por ponerme de pie cuando
alguien me rompe una silla de madera contra el hombro.
De pronto, un grito agudo me atraviesa el oído, y sacudo la cabeza,
intentando aclarar mis sentidos.
El mundo gira de a dos y luego de a tres, hasta que se asienta en
una sola imagen.
Lo que veo parece salido de una pesadilla.
Un vaso roto, de los que ya estaban hechos pedazos, está ahora
incrustado en el cuello del hermano de Samantha. Estoy encima de
él, con la respiración agitada, mientras él intenta arrancárselo. La
sangre brota del punto de impacto y gorgotea algo que no entiendo.
Parpadeo una y otra vez.
No puedo volver atrás.
Exhalo, viendo cómo sus ojos se apagan poco a poco. Un peso que
ya me es demasiado familiar se posa sobre mis hombros.
Voy a volver.
Perdóname, mamá… Ojalá te vea pronto.
El sonido de la ducha me arranca de ese maldito recuerdo, y cuando
la gente dice “lo recuerdo como si fuera ayer”, ahora lo entiendo. Fue
tan vívido, que juro que estaba ocurriendo en el presente, no era un
sueño.
Lo de anoche en el bar se sintió demasiado familiar. Ni siquiera hice
la conexión hasta que iba manejando de regreso a la cabaña.
Alguien disparó y eso hizo que todos salieran corriendo. Los tipos
que tocaron a Calista no se quedaron en el estacionamiento, y a pesar
del golpe en la cabeza, logré manejar las tres millas hasta la cabaña—
mareado, pero entero.
Esta mañana le ordené a Cal que comiera algo y volviera a dormir.
Yo simplemente me derrumbé en la cama y me quedé dormido.
Debí haber tomado algo, quizá comer o beber agua, pero lo único
que necesitaba era acostarme.
El sol está alto sobre la cabaña, pero sus rayos anaranjados aún se
cuelan en la habitación. No puedo evitar preguntarme por qué Cal está
tomando una ducha a mitad del día.
Me quito la sábana de encima, salgo de la cama y estiro los brazos
por encima de mi cabeza, casi tocando el techo. Los bajo de inmediato
cuando un dolor agudo me atraviesa la costilla derecha y se extiende
por la columna.
Llevo una mano al costado, tanteando. No hay nada roto, solo un
moretón.
Gimo y miro hacia la puerta del baño justo cuando el agua se apaga.
Me da curiosidad saber si fue lo suficientemente lista para…
—¡Mierda! —susurra-grita, y obtengo la respuesta a la pregunta
que no hice.
—¿Por qué no tiene más de una maldita toalla aquí?
No hay un armario de ropa blanca ahí dentro, ¿qué esperaba?
Mi toalla está colgada sobre la ducha, y me pregunto si la va a usar.
Me acerco, apoyándome contra la pared junto a la puerta y cierro los
ojos, escuchándola.
Hay movimientos, luego el sonido de una tela arrastrándose. Estoy
casi seguro de que huele la toalla. O quizá solo está respirando.
—¿Por qué huele tan bien...?
No, definitivamente la olió.
Cuando gime, no puedo evitar sonreír.
Qué rara.
Escucho sus pasos acercándose a la puerta, así que me acomodo
justo frente a ella cuando se abre hacia dentro. El terror en su rostro
hace que mi polla despierte al instante.
Luego suelta un grito fuerte, sin filtro.
Cuando intenta cerrar la puerta de golpe, mi pie la detiene,
dejándola abierta.
Al darse cuenta de que soy yo, se lleva una mano al pecho y cierra
los ojos, respirando lento para calmarse.
Le doy un momento, y cuando se recompone, su expresión cambia
al enojo.
—¡¿Por qué carajos estás parado ahí en la puerta?! ¡Me asustaste
como nunca en mi vida!
Sus ojos bajan lentamente de los míos a mi pecho desnudo.
Se muerde el labio inferior y lo retiene mientras suelta un leve
murmullo.
—Te oí hablando sola —digo, recargado en el marco de la puerta,
bloqueándole la salida.
—¿Esa es mi toalla?
Tenemos que hablar de lo de anoche, pero cuando los dos estemos
vestidos.
Ese tipo de borracheras la van a meter en problemas, y yo no
siempre voy a estar para salvarle el culo.
Ella se pone color rosa pálido, como el tono de su labial la noche
de la cena con su mamá. Le queda perfecto con esos ojos verde lima.
No voy a mentir, me gusta verla así.
Avergonzarla va a ser la mitad de mi personalidad mientras estemos
en esta cabaña.
—¿Por qué no tienes más de una?
Suelto una risa corta.
—Soy una sola persona. ¿Por qué no trajiste una tú?
Me inclino un poco, ladeando la cabeza.
—¿Todavía tienes resaca?
Sacude la cabeza y da un paso atrás.
—No, solo que… no lo pensé. ¿Puedo irme ya?
Mi mirada baja a sus hombros, donde tiene tatuadas esas flores que
van de un brazo al otro y cruzan por sus clavículas. Son brillantes y
se ven increíbles sobre su piel pálida.
Me da curiosidad si tiene más donde no he podido ver. Sé de los
que lleva en las piernas, especialmente mi favorito: la serpiente.
Pero ¿y su vientre? ¿Su esternón?
Joder, la verdad, es que quiero verla desnuda. Seamos sinceros.
—Puedes —le respondo finalmente tras una pausa.
—Pero mi toalla se queda.
Su pecho sube, y mis ojos bajan a la toalla que sostiene apretada
contra sus tetas.
La tiene bien sujeta, envuelta justo bajo las axilas.
Con un solo tirón… quedaría completamente desnuda frente a mí.
Solo imaginar su jadeo, su cara roja, verla toda nervios casi me hace
ceder.
—De ninguna manera.
Intenta moverse a un lado, pero mi cuerpo ocupa toda la puerta.
—¡Muévete!
El grito es tierno, nada comparado con el pánico real que tuvo hace
un momento cuando abrió la puerta.
Niego con la cabeza, y ella aprieta los dientes.
—Fuiste tan dulce esta mañana por quedarte a mi lado —dice, y eso
me hace detenerme.
¿Me llamó dulce?
—Y ahora estás siendo un completo imbécil. ¡Muévete! No voy a
desnudarme frente a ti.
¿Eso fue lo que le pareció dulce? ¿Que no dejara que se muriera?
Su respiración estaba tan acelerada que pensé que le estaba dando
un ataque de pánico nocturno. Ken solía tenerlos cuando entró a
prisión, y aprendí a lidiar con ellos gracias a él.
Cuando Cal despertó, me quedé en silencio, observando si podía
salir sola de lo que fuera que estuviera soñando.
Estaba murmurando mi nombre, pero no la molesté.
Creo que la estaba lastimando, sobre todo porque gritó pidiendo
ayuda y me dijo que no.
—Suelta la toalla, Cal, y te dejo pasar.
Cruza los brazos, desafiante.
—Detente, Ronan. Eso no va a pasar. Te toco si no te haces a un
lado.
La amenaza podría ser un cuchillo directo a mi cuello.
—Hazlo y te doblo sobre el lavabo, te quito la toalla de todos
modos, y te azotaré mientras te ves babear.
Cuando descruza los brazos, el corazón se me acelera, golpeando
con fuerza contra mi pecho. Su mano se estira hacia mí y aprieto la
mandíbula.
—Muévete.
Sus dedos se posan en mi pecho y mis fosas nasales se abren.
Puedo sentir el calor de su piel acercándose a la mía.
—Yo no hago amenazas, baby girl…
—Hago promesas. La respuesta es no. No me toques… o te vas a
arrepentir.
No le quito los ojos de encima, y cuando traga saliva, su palma se
aplana contra mi pecho.
Calista
Sus ojos se oscurecen y sé que la cagué.
¿Por qué hice eso? Debería saberlo. Maldita sea, Calista.
Mi corazón salta hasta mi garganta, y se siente imposible de sacar.
Todo mi cuerpo tiembla mientras su mirada baja lentamente hasta mi
mano, que está literalmente apoyada sobre su pecho. El piercing en su
pezón roza mi palma, y trago saliva con dificultad.
Una parte ilusa de mí cree que mi toque será diferente. Que sea lo
que sea que le pasa, no me afecta a mí. Que, en lugar de cumplir su
amenaza, me tomará del cuello y estrellará sus labios contra los míos.
Pero eso sería darme algo hermoso, algo perfecto, algo que quiero,
aunque sea una vez. Una fantasía que solo vivirá en mi cabeza.
Se mueve tan rápido que no tengo tiempo ni de agarrar la toalla
antes de que acabe en el suelo. El movimiento me jala hacia él, y
cuando mi pecho desnudo choca contra el suyo, suelto un jadeo. Su
piel está tan caliente, y se siente tan bien, que lo único que quiero es
tener cada centímetro de su cuerpo perfecto frotándose contra el mío.
Pero no me da ni un segundo para saborear esa cercanía antes de
que su mano se pose en la nuca, haciéndome soltar un siseo. Me tira
hacia atrás, y de pronto estoy en la posición que prometió. Mis pechos
se aplastan contra el mármol frío del lavabo, y la piel se me eriza de
inmediato.
La forma en la que me maneja está lejos de ser gentil. Me arrastra
más arriba, mis muslos chocando con el borde del mueble.
—¡Ronan! ¡Detente!
Suelta mi cuello solo para agarrar mi cabello mojado, tirando mi
cabeza hacia atrás. Me arde el cuero cabelludo y, por más que intento
empujarme del lavamanos, no me muevo ni un centímetro. Tiene el
codo de ese mismo brazo presionado en el centro de mi espalda,
inmovilizándome.
Abro los ojos y lo miro a través del espejo. Está observando mi
culo, y cuando se humedece el labio inferior, mis muslos tiemblan.
Intento cerrarlos, pero no porque no quiera que me vea. Necesito
sentir algo entre ellos. Esto está tan jodido, pero estaría mintiendo si
dijera que mi coño no quiere tanta atención como le están dando sus
ojos.
—Tienes un culo increíble, baby girl —dice mirándome a los ojos
a través del espejo—. Lástima que vaya a terminar lleno de marcas
por tu desobediencia.
—¡Detente! ¡No lo hagas!
Entrecierra los ojos y, tirando aún más de mi cabello, se inclina
sobre mí. Siento su polla contra mi cadera, y un gemido escapa de mis
labios. Su otra mano, la que no está sujetándome, se apoya justo en la
curva de mi culo.
—Te mereces un castigo, Cal —susurra en mi oído. Su barbilla,
áspera por la sombra de barba, roza mi hombro mientras se detiene un
segundo—. Di la palabra “no”… y pararé. Esta es tu salida, y dejaré
que corras desnuda hasta tu habitación.
Cuando gira su cabeza y me mira directamente a través del espejo,
mis labios se entreabren soltando un suspiro. Sujeta mi cabello con
fuerza, y sé que debería decir no. Esa palabra debería escaparse,
debería detener esto...
—Lo que hiciste anoche fue una locura —dice, apoyando su frente
contra mi sien—. Y ahora, me tocaste cuando te dije que no lo
hicieras. Di “no”, para que pueda darte la cortesía que tú no tuviste
conmigo.
«¡Suéltame! ¡No, no! ¡Mamá! ¡Mamá, ayuda!»
Las lágrimas me brotan, y respiro temblorosamente antes de cerrar
la boca y quedarme en silencio.
—Sabes que lo mereces. —Se aparta justo cuando asiento con la
cabeza.
Lo merezco...
—Di que mereces ser castigada.
—Y-Yo lo merezco. —La necesidad de cerrar los ojos es tan fuerte
que casi no puedo mantenerlos abiertos cuando llega el primer golpe.
La palmada suena con un crack seco que corta el aire. El sonido no
hace eco, pero mi grito sí.
Otro golpe sigue, y aprieto tanto la mandíbula que me empieza a
doler al instante. Luego otro más, todos cayendo exactamente en el
mismo lugar. El ardor bajo su palma es punzante, y aunque sé que es
imposible, juro que estoy sangrando.
Cambia de nalga, y me da tan fuerte que mi espalda se arquea, mi
boca se abre, y trato de soltarme. Cuando levanta la mano, intento
moverme, escaparme, hacer algo. Pero me mantiene en mi sitio y me
da aún más fuerte, justo en el mismo punto.
Un gemido se escapa de mi garganta, y trago saliva con dificultad.
—Llora para mí. —Me empuja más contra el lavabo, mi mejilla
pegada al espejo mientras vuelve a azotarme. Esta vez, el golpe no es
para que duela, sino hacia arriba, haciendo que mi culo rebote—.
Vamos, quiero ver lo hermosa que te ves cuando lloras.
No tengo palabras, mi cuerpo quiere más, y mi mente también.
Estoy tan jodida. Tal vez tienen razón; tal vez sí necesito ayuda.
Me da otro golpe más, esta vez con la única intención de lastimar,
y mis ojos se abren al sentir cómo el ardor se dispara por mi columna.
Estoy temblando, con las piernas dormidas de tanto estar presionada
contra el mueble, y respirar se me hace difícil. No hay nada
físicamente bloqueando mi pecho, pero no puedo aspirar aire.
Tirando de mí hacia atrás, envuelve su mano alrededor de mi cuello.
No para dar placer, sino lo suficiente para mantener mi cabeza firme.
Lo veo observarme el rostro, el lado que no está cubierto de lágrimas.
—No me toques sin mi permiso, Cal, ¿me entiendes?
Mi pecho sube y baja mientras asiento.
—S-Sí.
Se inclina, su lengua se desliza por mi mandíbula hasta la comisura
de mis labios, literalmente lamiendo la baba de mi cara. Es ahí cuando
siento algo firme contra mi piel. Lo he visto hablar tantas veces…
¿tiene un piercing en la lengua?
—Me habría encantado saborear tus lágrimas, baby girl… pero
supongo que tu saliva tendrá que bastar.
Se aleja de mí y da un paso atrás, finalmente soltándome. Mis
piernas tiemblan mientras me aparto del lavabo y me giro para
enfrentarlo. Llevo las manos a cubrirme, y él chasquea la lengua.
—¿Por qué esconderte?
Vergüenza… aunque no por lo que él hizo, sino por haberlo
disfrutado.
Me encierro en mí misma, cruzando los brazos y bajando la cabeza.
Es imposible no ver cuán duro está; sus pantalones son tan delgados
que básicamente puedo ver la forma de la punta de su polla. Disfrutó
lastimarme, y cualquier persona cuerda tendría miedo.
Yo no. Porque, a estas alturas, ¿quién podría decir que soy una
persona sensata?
—Vete, Calista. —Sus palabras son tan filosas como sus golpes, y
me estremezco instintivamente—. No lo repetiré.
Eso es una promesa, y con ella, salgo corriendo del baño. Cruzo el
pasillo hasta mi habitación, y me siento libre. Aunque esté en un
espacio más pequeño. Cierro la puerta de golpe y de inmediato deslizo
los dedos por mi estómago, directo entre mis muslos.
Ni siquiera necesito aplicar mucha presión. Al tocarme mi coño
empapado, apenas rozo mi clítoris y me deslizo hasta caer sobre mi
culo adolorido. El dolor me atraviesa, pero cuando froto mis dos
dedos contra mi centro palpitante, estoy inmediatamente en el
precipicio de mi climax.
Mis dedos se doblan, mis rodillas se alzan, y mi cabeza golpea la
puerta detrás de mí. Entre dolor y placer, me muerdo el labio para
silenciar el gemido mientras me corro tan fuerte que mi propio tacto
comienza a arder.
Aparto los dedos temblorosos de mi coño, pero dejo las piernas
abiertas. Mi respiración es errática, mi piel arde y está enrojecida.
Todo gira a mi alrededor, y nunca me he sentido tan fuera de control
y tan viva como ahora.
Mis jugos gotean por mi culo hasta el suelo mientras me quedo ahí,
intentando recomponerme. Cierro los ojos y suelto un suspiro
tembloroso.
Puede que él sea mi perdición… pero abrazaría esa tumba con gusto
si eso significa sentirme así hasta que mi corazón deje de latir.
Han pasado dos semanas y no me ha dicho ni una sola palabra. Ni un
“buenos días”, ni un “hola”, absolutamente nada. Ni siquiera sé por
qué me está ignorando. Y yo… yo no puedo obligarme a decir nada,
porque estoy tan mortificada que, si me rechaza, podría vomitar de la
pura vergüenza.
Soy una mujer fuerte e independiente. Gano bien, sé cómo
cuidarme sola. Pero desde que Ronan apareció en mi vida, he sentido
ese deseo de bajar la guardia. De ser cuidada, defendida, de sentir
todas esas cosas cálidas y cursis de las que Gene siempre habla.
Nunca he tenido eso, ni siquiera con mis ex. Claro, me llevaban a
cenar, me hacían regalos, pero jamás peleo por mí. Si un tipo se me
insinuaba, yo era la que tenía que defenderme, la que soltaba un “vete
a la mierda”. Nunca sabían lo que yo necesitaba y, la mayoría del
tiempo, cuando tenía un mal día, lo único que sabían hacer era
preguntarme si ya iba a bajar mi periodo.
Supongo que básicamente estoy diciendo que necesito a un hombre,
no a un niño.
Estoy cansada de pelear sola con mis demonios del pasado. Y, en el
fondo, sé que si confiara en Ronan, él pelearía por mí. Como lo hizo
en el bar. Tal vez lo haría más por su sed de violencia que por
protegerme, pero no me importaría con tal de librarme de este peso.
Es tan egoísta de mi parte, por muchas razones. Ya debería dejar de
esperar algo más que una simple convivencia como compañeros de
casa. Llevamos casi un mes y medio en esta cabaña, y ni una sola vez
hemos cruzado esa línea, ese momento en el que por fin dejemos de
resistirnos a esto sea lo que sea.
Aunque fuera solo tocarlo, creo que moriría feliz.
No sé por qué, pero hay algo en los hombres que no quieren ser
tocados que me dan aún más ganas de tocarlos.
Estoy jodidamente delirando al querer a alguien como él y pensar
que siquiera podría fijarse en alguien como yo. Soy literalmente su
sobrina política. Necesito superarlo, concentrarme en las
renovaciones, cobrar el dinero del seguro, desaparecer antes de que
mi pasado me alcance y olvidarme por completo del malditamente
sexy Ronan.
Ugh.
Me inclino hacia adelante y golpeo mi frente contra el volante. Una,
dos, tres veces, hasta que me quedo ahí, apoyada, soltando un largo y
frustrado gemido.
Un trueno retumba y doy un brinco. Las tormentas de verano aquí
son brutales, y no las soporto. Ahora mismo desearía estar en casa,
envuelta en la tranquilidad de la presencia de Ronan. Ni siquiera
necesitaría tocarme. Solo saber que está ahí, en el garaje, me haría
sentir segura… como si ninguna tormenta, ningún pasado, nada
pudiera alcanzarme.
Siento un cosquilleo en las mejillas, una presión detrás de los ojos,
pero no hay lágrimas. Es como si me hundiera más y más, con todo el
peso aplastándome. Quiero llorar tan desesperadamente. He hablado
de esto con mi terapeuta, pero ella dice que me estoy reprimiendo
inconscientemente. No es cierto. Sé que hay algo mal en mí mental y
físicamente y estoy cansada de que la gente insinúe que de alguna
forma es culpa mía.
Otro trueno sacude el cielo y me echo hacia atrás de golpe, soltando
un grito que retumba en el auto. Golpeo el claxon, manteniéndolo
presionado mientras el estruendo llena el estacionamiento de la
oficina.
Respiro despacio, obligando al aire a entrar en mis pulmones y
después lo dejo salir, soltando el último pedazo del grito. La gente que
sale de sus trabajos me mira, y estoy a punto de mostrarles el dedo del
puro coraje. Que se jodan. Seguro que ellos también gritan de
frustración, pero lo hacen a puertas cerradas, en la comodidad de su
soledad. Yo no. Yo lo hago aquí, a la vista de todos.
Pongo el auto en marcha y salgo de la ciudad. Mi madre me pidió
que pasara la próxima vez que estuviera en el pueblo, pero no puedo.
No tengo la capacidad mental para enfrentarla ahora. Parte de mí
quiere soltarlo todo, y el impulso está tan cerca de la superficie que
siento que podría escupirlo sin querer.
Tomo la autopista y entonces escucho algo extraño bajo el auto un
ruido metálico. Pero no disminuyo la velocidad. Miro por el
retrovisor. Hay varios autos detrás de mí, y más adelante, una docena
más dispersos por el camino. Salí tarde a propósito para evitar el
tráfico y también la tormenta que claramente me alcanzó.
Cambio de carril, moviéndome al extremo derecha, y reduzco la
velocidad. Algo negro en el espejo retrovisor llama mi atención. Un
sedán está justo detrás de mí, demasiado cerca para ser normal.
Mi corazón empieza a latir más rápido. El traqueteo debajo del auto
se intensifica, se vuelve más agudo, como si estuviera sincronizado
con los latidos de mi pecho.
Hago una prueba, vuelvo al segundo carril desde la derecha. Para
mi jodido horror, el sedán también.
No…
El labio inferior me tiembla mientras miro la pantalla del tablero.
La toco varias veces, abro la app del teléfono y presiono la ‘R’. El
nombre de Ronan aparece de inmediato. Es el único contacto que
quiero marcar ahora.
Mi mano tiembla al tocar su nombre. El teléfono suena.
¿Por qué contestaría tu maldita llamada, Cal?
Suena una vez y su voz corta el silencio.
—¿Qué pasa? —Su tono está cargado de preocupación, y no
entiendo por qué. Tal vez porque nunca lo he llamado antes o tal vez
por algo más. Sea cual sea la razón, las mariposas en mi estómago se
desatan, sumándose a las náuseas que ya tenía.
—¿Cal?
—R-Ronan. ¿Dónde estás? —Mis ojos miran por el retrovisor, el
auto aun siguiéndome.
—En la cabaña, ¿y tú? —Lo escucho tomar unas llaves—. Parece
que estás manejando. ¿Qué pasa? Háblame.
—Hay un ruido raro bajo mi auto —empiezo, volviendo al carril
lento mientras paso una salida. No sé qué hacer. Si me detengo al lado
del camino y ese auto es quien creo que es, puede que no vuelva a
subirme a este auto. Pero si tomo una salida, tal vez llegue a una zona
más pública, incluso más segura.
Pero a ellos no les importa. Harán lo que quieran, incluso si la
policía está mirando.
—¿Cómo suena?
—Como metal golpeando el suelo. —El rugido de su moto se
escucha al fondo y susurro un “gracias, joder”.
Él gime.
—Ok, y…
—Ronan… —lo interrumpo—. Creo que alguien me está
siguiendo. —Cuando no responde, el pánico se apodera de mí y
empiezo a hablar rápido—. Lo siento… creo que sí, han estado
cambiando de carril conmigo. Puedo estar exagerando…
—Un momento. —Se queda en silencio y escucho un clic, luego
llantas sobre tierra—. ¿Sigues ahí?
—Sí.
—Primero dime dónde estás. ¿Vas rumbo al sur por la autopista?
—Sí, acabo de pasar Delmar —respondo rápido—. No he perdido
velocidad, no ha pasado nada con el auto.
—Mira el tanque.
Cuando lo hago, la sangre se me congela. Mis nudillos se ponen
blancos de tan fuerte que estoy apretando el volante. Me queda un
cuarto de tanque, y lo llené esta mañana.
—Respira, baby girl. ¿Cuánta gasolina tienes?
Mi estómago da vueltas mientras trato de respirar.
—Un cuarto —susurro, apenas audiblemente.
—¡Mierda! —grita, y la intensidad en su voz no ayuda en nada a
calmar mi corazón—. Escúchame, ¿por qué alguien te seguiría?
—No sé.
Mentirosa. Mentirosa. Mentirosa.
—Calista, no es momento para esconderme nada. Tu seguridad…
—¡Ronan, no sé! —Elevo la voz, temblando más que antes. Odio
mentir, pero no puedo decirle. Igual que no pude contarle sobre esa
noche.
—Está bien, está bien… —suspira, y recién noto que su voz suena
algo amortiguada. Debe tenerme en su casco, pero no oigo ruido
exterior—. Escúchame. Necesito que respires. No puedo dejar que te
dé un ataque de pánico en la autopista. Déjame escucharte respirar.
Me cuesta al principio, pero después de un suave “shhh”, logro
estabilizarme. Respiro, exhalo, y encuentro un ritmo.
—Así, muy bien —me anima—. Ya está. Te tengo. Ahora, sigue
respirando y dame un segundo. —No creo haberme sentido tan segura
en mi vida, y ni siquiera está aquí. El corazón me duele por cómo me
trata, aunque siento que no lo merezco.
Después de un momento, el teléfono empieza a sonar y contengo la
respiración.
—¿Ya no me estás ignorando, Ro? —Reconozco la voz al
instante—. Sigo enojado contigo. Te largaste por un coño esa noche,
pensé que éramos más cercanos.
¿Por… un coño?
No debería sentir nada más que miedo, pero el estómago se me
aprieta. Un ataque de celos me atraviesa, y no sé si la insensibilidad
ya estaba ahí o si es este momento el que la revela.
—Ken, Calista está en la línea. Cierra la puta boca y escucha.
—Ups, lo siento. —Suena como si se encogiera de hombros.
Siento que las orejas me arden de lo calientes que están.
Ronan gime.
—Alguien la está siguiendo. Va a ir contigo. Estás más cerca que
yo.
Él asiente.
—Entendido.
—Haz que Amy esté afuera esperándola.
¿Coño… Amy?
—También tendré a los chicos listos.
El labio inferior me tiembla. No quiero ir a otro lugar más que con
Ronan. Ningún sitio es seguro… excepto él. Necesito su violencia
contra mí, contra ellos, contra el mundo por lo que me ha hecho.
— Baby girl, escúchame, voy a colgar…
—¡No! —grito, la voz quebrada, respirando con dificultad—. No te
vayas, solo… quédate hasta que llegue, por favor.
—No puedo manejar a toda velocidad si estoy pensando en lo que
te está pasando. Tengo que concentrarme o voy a chocar. —Bajo una
mano al regazo, pasándola por el pantalón de trabajo para quitarme el
sudor. Miro al retrovisor: el sedán negro sigue pegado—. Ya voy para
allá, yo…
Cada fibra de mi ser se apaga en cuanto se detiene.
—Voy a ir por ti, no te preocupes. Ken, dale las direcciones y
mantenla jodidamente a salvo. Yo estaré ahí en veinte.
Y luego se corta la llamada. La voz de su amigo llena el altavoz.
—Muy bien, muñeca. ¿Dónde estás?
Calista
Estoy sorprendida de no haber vomitado todavía. Mis ojos no paran
de moverse entre la carretera y el indicador de gasolina, viéndolo
bajar lentamente de un cuarto a un octavo. Cuando por fin se enciende
la luz roja, avisándome que el tanque está casi vacío, siento como si
el corazón se me fuera a detener.
Ken me ha estado hablando como si fuera una niña, no de forma
condescendiente, sino con suavidad, dándome ánimos constantes,
diciéndome que lo estoy haciendo bien y que ya casi llego “a casa”.
Es extraño escucharlo llamar a su casa así, pero no estoy en posición
de discutir.
Tomé la salida que mencionó unos tres minutos después de que
Ronan colgó, y terminé en una zona residencial totalmente
desconocida. Casas rodantes alinean la calle, con patios descuidados
y portones metálicos que apenas sirven para mantener adentro a un
niño curioso. Los perros ladran al pasar, pero no hay nadie afuera.
Este lugar se siente raro… aislado, casi como si estuviera fuera de
lugar. Está asentado en medio del bosque, pero la atmósfera es tan
árida como un desierto.
—Deberías ver una casa amarilla con una cerca blanca, gira a la
izquierda ahí —dice él. Tomo la última curva justo cuando siento que
el carro empieza a toser. Mierda… Nunca habría llegado a casa. Aún
estaría en la autopista.
—Ahí estás.
Miro por el retrovisor y veo el sedán negro desacelerar, las llantas
girando como si fuera a seguirme por esta calle. El pulso se me
dispara, pero en el último segundo, las ruedas se corrigen y el auto
sigue derecho, desapareciendo por la calle de donde yo venía.
Debí haber estado respirando todo este tiempo, pero en cuanto
empiezo a hiperventilar, siento como si se me hubiera olvidado cómo
hacerlo.
—Casa azul —dice—. Estaciónate, Amy te va a hacer pasar. —Y
la llamada termina de golpe.
Dirijo la vista hacia adelante y veo a tres personas afuera. Ninguno
es Ronan ni su amigo. Una de ellas es mujer, los otros dos, hombres.
Mi auto avanza lentamente hasta quedar al frente, y de algún modo
logro ponerlo en “parking” y salir, aunque no sé de dónde saco
fuerzas. En cuanto veo la casa, recuerdos que había enterrado, que
esperaba nunca volver a enfrentar, me inundan con una fuerza que no
puedo controlar.
—Este no es lugar para una niñita, Jasmine.
—¡Ve tras ellos, joder! —grita la mujer, supongo que es Amy,
haciéndome saltar y mirarla—. ¡Deja de mirarla y muévete!
Me concentró en ella mientras los otros dos salen disparados. El
sonido de motocicletas arrancando se mezcla con el chirrido de las
llantas alejándose.
Parpadeo, centrando mi atención en la mujer frente a mí. Es
hermosa. Su cabello rojo brillante cae justo a la altura de los hombros,
enmarcando su rostro con un corte audaz y seguro. Es alta,
probablemente mide como un metro ochenta o más, y sus ojos color
miel me escanean de arriba abajo con una intensidad que me resulta
casi perturbadora.
Y en su mano… oh, dios… una escopeta.
—¿Estás bien? —pregunta, y yo humedezco mis labios, asintiendo
con la cabeza. Su mirada se va a su hombro, donde descansa el cañón
del arma, y luego sonríe con picardía—. No te preocupes, el arma no
es para ti. Era por esos imbéciles, por si se atrevían a meterse en esta
calle. —Da un paso hacia mí—. Me llamo Amaranta, pero mi familia
me dice Amy. Vamos, entremos.
Me quedo clavada en el lugar, con las manos apretadas a los
costados, sin atreverme a moverme ni a decir nada. Entonces, su brazo
se posa suavemente sobre mis hombros, rompiendo la tensión.
—Ya veo que se consiguió un corderito —dice, con un tono
inesperadamente suave, casi cálido. No hay rastro de la dureza que
usó con los hombres de antes.
—Yo… quisiera esperar afuera a Ronan.
—Ro me mata si te dejo acá afuera —suspira, guiándome hacia la
casa. Tiene la misma cerca de alambre que las demás viviendas de la
zona, pero el jardín está mucho mejor cuidado. Noto señales de un
perro: parches de pasto seco y unos cuantos juguetes tirados. De
alguna manera, esos pequeños detalles hacen que el lugar se sienta
más acogedor, más cálido—. Si llegan a pasar de nuevo, no quiero
que estés en peligro, lo siento.
Trago saliva y asiento.
Al llegar al camino de entrada, lleno de autos, echo un vistazo
nerviosa por encima del hombro hacia mi auto, estacionado de forma
torpe en la acera. La casa se siente demasiado familiar, aunque sé que
no es la misma. Aun así, esa sensación incómoda persiste, esa de estar
en un lugar donde no perteneces, expuesta entre extraños.
Cuando la puerta de seguridad se abre con un chirrido, Ken sale y
su rostro se ilumina con un alivio inconfundible. De alguna manera,
esa expresión basta para calmarme un poco. Él hace que este lugar se
sienta diferente, como si en verdad pudiera ser seguro.
Su voz es firme, reconfortante:
—Gracias al cielo. Eres buena para seguir instrucciones, muñeca.
—Creo que la voy a llamar corderito —dice Amy, pasándome como
si fuera una taza o una caja—. Voy a buscar a Cedric para que revise
tu auto. —Luego mira a Ken—. Dale agua.
Vuelve su mirada hacia mí por un segundo y me da un leve gesto
con la cabeza antes de silbar.
—¡Cedric, deja de agarrarte la polla y sal ya!
La mano de Ken en mi hombro es firme mientras me lleva por un
pasillo angosto hacia una sala abierta. La alfombra beige, desgastada
y manchada, se extiende por el cuarto, llenándolo de una calidez
inesperada. Hay sillones desparejos en tonos desteñidos que le dan un
aire vivido. Esperaba un lugar frío y rancio, pero en cambio, el
ambiente vibra con vida, con el olor tenue a cigarro, restos de
barbacoa y un ambientador que ya dio lo que tenía que dar.
Seguimos caminando por la casa, esquivando muebles y pasando
junto a paredes cubiertas de fotos que se difuminan mientras
avanzamos. No logro enfocarme en ninguna; estoy demasiado
aturdida, pero el sentido de familia y recuerdos es innegable.
Llegamos a la cocina. Gabinetes marrones cubren las paredes, y los
electrodomésticos blancos combinan con las encimeras, es casi
idéntica a la cocina de la cabaña antes de que la destruyeran. Mi vista
se posa en una mesa redonda, grande para el espacio, rodeada por siete
sillas. Me doy cuenta de que probablemente solo he conocido a una
pequeña parte de quienes viven aquí. Luego veo algo inesperado: una
silla infantil entre las demás.
—Siéntate, Calista. Te traigo agua. ¿Tienes hambre? —Iba a ser la
hora de la cena cuando llegara a casa, pero ahora mismo la comida es
lo último en lo que puedo pensar.
Niego con la cabeza y me siento, encorvándome un poco hacia
adelante.
—Agua será.
Saco el teléfono del bolsillo trasero y lo dejo sobre la mesa. Solo
tiene unas pocas notificaciones de redes sociales. Quiero llamar a
Ronan con desesperación, preguntarle dónde está y escuchar de su
boca que todo va a estar bien.
Un vaso se desliza por la mesa, y no puedo evitar reír al ver que es
uno con dibujos animados desgastados.
—Tenemos que lavar los platos, lo siento. Estás compartiendo con
Mia.
—Ese es mi favorito —dice una voz infantil que de inmediato llama
mi atención. Unos ojos color avellana, ligeramente rasgados, me
observan con curiosidad. El cabello negro, cortado justo a la altura de
los hombros, rebota mientras cruza los brazos—. No lo tomes.
—No lo haré. ¿Puedo usarlo mientras estoy aquí? —mi voz se
reduce, como si temiera hablar muy fuerte.
—Sí, pero solo si me dices tu nombre. —Frunce los labios, como si
esperara un “no” y ya estuviera lista para discutir.
—Calista, pero mis amigos me dicen Cal.
Una sonrisa enorme se dibuja en su cara, iluminándole los ojos.
—Qué nombre tan bonito. Está bien, puedes usarlo. —Me guiña un
ojo, haciéndome sentir un poco más cómoda en este lugar tan extraño.
Le devuelvo la sonrisa mientras tomo un sorbo, sintiendo cómo una
pequeña parte de mi guardia baja. Ella saca la silla junto a la mía «no
la del asiento elevado» y me sorprendo preguntándome si habrá más
niños en esta casa.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunto, agradecida por esta
distracción.
—Diez.
No es que se pareciera a Ronan, pero mi estúpido corazón
necesitaba confirmarlo. Él estuvo en prisión los últimos quince años
y no pudo haber tenido un hijo entonces.
Cállate, Cal…
—¿Y tú? —pregunta Mia.
—Vieeeeja —bromeo, y eso le saca una risita—. Veintisiete.
—Tan vieeja —me imita, y ahora soy yo la que se ríe. Tomo otro
sorbo de agua, y entonces pregunta con descaro—: ¿Eres la novia de
mi papá? —Se apoya sobre la mesa, los codos clavados en la
superficie, la barbilla descansando sobre las palmas.
—¿Quién es tu papá? —No es que necesitara confirmación, no soy
la novia de nadie aquí, pero sentí curiosidad.
Señala por encima de mi hombro y me giro para ver a Ken buscando
algo en la sala vacía. Cuando vuelvo a mirarla, tiene una sonrisa muy
pícara.
—No, no lo soy.
—¿Entonces de quién?
—No soy la novia de nadie, Mia. Solo… una amiga.
Entrecierra los ojos, y ya sé que esta niña ha visto mucho. Puede
leerme, o leer esta situación. ¿Cómo puede una niña verme con esa
desconfianza?
—Tienes a mi papá y a toda la familia corriendo como gallinas sin
cabeza. Eso es mucho para ser "solo una amiga".
Abro los labios para decir algo, pero un golpe fuerte me hace
brincar. La puerta principal se abre de golpe, se oye el ruido de un
casco cayendo.
Y entonces lo escucho.
—¿Cal?! —La voz de Ronan.
Me levanto despacio de la silla y me pongo de pie.
—¡Tío Ro-Ro! —grita Mia.
Al oírla, su cabeza gira hacia nosotras, y me vuelve la ansiedad al
ver lo furioso que está. Es como un león enjaulado que por fin fue
liberado y ahora busca a quienes lo encerraron. No aparto los ojos de
él, y aunque el tiempo parece detenerse, él no vacila.
Ken intenta detenerlo, pero Ronan lo esquiva y viene directo hacia
mí. Instintivamente extiendo las manos, esperando que me abrace,
que me permita detenerlo. Necesito su consuelo más que cualquier
otra cosa.
Pero sé cómo es… y justo cuando está a punto de alcanzarme,
retrocedo por instinto.
Él no duda en tocarme, porque para él está bien tocarme. Solo yo
no puedo tocarlo a él.
Sus manos sujetan mi rostro, haciéndome girar suavemente de un
lado al otro.
—¿Estás bien? —Su voz transmite preocupación, pero debajo hay
una rabia latente. No sé a quién va dirigida, pero, aunque fuera a mí,
no me importaría. Porque por fin… estoy a salvo.
Asiento, justo cuando él inclina mi rostro para que nuestras miradas
se encuentren.
—Usa tus palabras, Cal. ¿Estás bien?
—S-sí. Estoy bien, gracias por venir. —Mis ojos van de los suyos a
su boca y de regreso, y me muerdo el interior de la mejilla para evitar
que me tiemble el labio—. Gracias por enviarme aquí… —Me
recuesto en sus manos, deseando en silencio que acorte la distancia
entre nosotros y me deje apoyarme en él.
Su pecho se expande, y al bajar la mirada, yo escondo las manos
detrás de mi espalda. Él levanta la cabeza levemente mientras deja
escapar un suspiro largo y agotado. Lleva una mano detrás de mi
cuello y apoya mi frente contra su pecho.
Su corazón late con fuerza, no, no solo late, golpea con violencia,
como si quisiera escapar.
—Gracias… —susurro, dejándome hundir en este momento.
Es como si acabara de llorar largamente y por fin me permitiera
respirar. Recuerdo cómo se siente eso y el alivio que viene después.
Mi cuerpo se siente más liviano, mi mente más callada, y las
emociones que me abrumaban camino aquí se disuelven. Me inunda
una calma profunda, como si cada parte de mí hubiera sido arrastrada
por una marea tibia. Es una mezcla rara de agotamiento y paz, una
que me hace no querer salir jamás de este instante.
Me siento tan en paz que ni me di cuenta que su otra mano se deslizó
bajo mi brazo y descansaba en la curva baja de mi espalda. Me tiene
más cerca de lo que nunca hemos estado, y deseo tanto devolverle ese
gesto de cuidado que me cuesta contenerme.
Pero no lo hago. Porque si lo hago, temo que me suelte.
Después de un largo silencio, por fin dice:
—No tienes que agradecerme. —Apoya su frente contra la mía—.
Siempre voy a responder cuando me llames…
Mi corazón da un brinco, y unas mariposas salvajes se agitan en mi
estómago.
Juro que va a decir algo más, pero en cambio, nuestra burbuja se
rompe con la dulce voz de Mia:
—Tío Ro-Ro… ni siquiera me saludaste…
Una risa suave, forzada, roza mi mejilla justo antes de que se separe
de mí. Baja la mirada hacia Mia y le dedica una sonrisa genuina.
—Hola, duendecilla.
Ella se lanza a abrazarlo, y estuve a punto de levantar la mano para
detenerla, pero sé que él lo haría si fuera necesario.
Solo que no lo hace.
Y ella se aferra a sus caderas con fuerza, soltando un largo
“Mmmm” que solo termina cuando lo suelta.
Él le acaricia la cabeza.
—Ve a revisar a Murphy, creo que lo encadenaron en el patio
trasero. A Cal le gustan los animales, estará bien.
Mia se ríe y sale corriendo por la puerta de la cocina gritando:
—¡Ven aquí, chico! —a todo pulmón.
Ronan toma mi barbilla con una mano y me obliga a volver a
mirarlo, justo cuando escuchamos pasos acercándose.
—Quiero retomar la pregunta de antes. ¿Quién crees que te estaba
siguiendo?
Maldita sea.
Ese momento de ternura se desvaneció. Quiero volver a él, que no
se aleje y me deje aquí mientras Ken se acerca. Siento un impulso tan
fuerte de suplicarle que me abrace otra vez que el pecho se me aprieta,
y tengo que cruzarme de brazos para no alcanzarlo.
—Fue solo un presentimiento… —digo, apartando la mirada
cuando suelta mi barbilla.
—Jefe —dice un hombre, pero no lo miro.
—La línea de combustible estaba cortada. Soldarla es riesgoso. Lo
mejor es reemplazarla por completo.
—Hazlo —dice Ronan, y me sorprende que sea él quien responde.
Solo entonces alzo la vista. Sigue mirándome, y bajo su intensa
mirada sé que no se cree eso de que solo fue un presentimiento.
—Buen instinto, muñeca —dice Ken riendo, y luego se dirige al
otro hombre—. Mandé a los chicos tras el auto, aún no regresan, pero
cuando lo hagan, hablaremos con ellos.
—Pediré la pieza, pero va a tardar unos días. —Cuando miro por
detrás de Ronan, veo a un chico que no parece mucho mayor que yo,
con el cabello azul brillante y manchas de grasa en el rostro y el
hombro.
—Yo lo arreglo, Barbie, no te preocupes —dice, guiñándome un
ojo al notar que lo observo.
Como si sintiera el tono coqueto, Ronan da un paso adelante y se
interpone entre él y yo.
—Gracias, Cedric —dice Ken—. Ro, vamos a pedir comida china.
Quédate a cenar mientras esperamos a los chicos.
Ronan respira profundo, y me sorprende que con el dorso de su
mano roce mi mejilla. Luego me aparta el cabello detrás de la oreja y
deja escapar un suspiro cargado de cansancio.
Y en ese instante, su fuerte fachada se resquebraja una expresión
que nunca había visto lo envuelve.
Tristeza.
—Quédate con Mia un rato, baby girl. Solo esteré al frente, ¿sí?
Quiero decirle que no se vaya, que me quedo con él. Pero no lo
detengo. No me dejaría aquí si no estuviera segura.
—Está bien… gracias otra vez, Ronan. Siento todo este lío.
Ken interviene antes de que él pueda responder.
—Ningún problema, pero ahora me debes el doble. —Su tono es de
broma, pero Ronan no se ríe. Solo se da la vuelta y camina hacia la
puerta de entrada.
Tristeza…
Oh, Ronan, por favor… déjame entrar.
Calista
Siempre me han encantado los niños. Cada vez que surgía el tema en
una conversación, podía verlos fácilmente en mi futuro. Pero después
de pasar las últimas tres horas con Mia, esa esperanza se siente aún
más cierta.
Es absolutamente adorable y no deja de hablar. No sé mucho sobre
niñas de diez años, pero parece mucho más lista de lo que imaginaba.
Cuando llegó la cena, insistió en que me sentara junto a ella y su
primito, el que necesitaba asiento especial. Se llama Dylan, aunque
ella le dice Lin. Mencionó que sus papás lo dejaron con su papá
porque no podían criarlo bien. Se me partió un poco el corazón, pero
la sonrisa de Mia me recordó que debía enfocarme en lo bueno.
Era evidente que todos amaban a Dylan: desde Ken y los chicos de
colores de cabello variados hasta Amy, e incluso Ronan a su manera.
Le estuvo dando galletas de la fortuna en secreto hasta que Ken lo
descubrió en la tercera.
Aunque Ronan no se reía ni sonreía con todo lo que hacía reír a la
mesa, cuando lo hacía... era glorioso. No sé por qué verlo romper su
caparazón me genera tanto bienestar, pero lo hace. Con tatuajes desde
el cuello hasta, probablemente, los tobillos, mandíbula marcada y
labios gruesos que rara vez muestran emoción, es la definición de
inalcanzable. El tipo de persona que instintivamente evitarías en lugar
de buscar consuelo en ella.
Duro por fuera, y por dentro también.
Pero ya he logrado atravesar esa coraza algunas veces. Después de
que me atacaron, cuando se quedó a mi lado en la cama tras lo del bar
para asegurarse de que estuviera bien, y hoy otra vez. La mirada que
me lanzó cuando me vio por primera vez fue intensa, como si
estuviera listo para incendiar el mundo por lo que me hicieron.
No merezco eso… pero maldita sea, lo quiero. Quiero su
protección, aunque sé que no debería. Podría ponerlo en riesgo de algo
mucho peor que regresar a prisión. No debería cargar con mis
problemas, y tal vez debería ser yo quien lo salve a él, no al revés.
Verlo bajando la guardia en esta cena me hace vibrar el corazón.
Amo al Ronan que me acorraló contra la encimera, pero también me
atrae este otro lado. No es un hombre plano. Está hecho de muchas
capas, tan apretadas entre sí que deshilarlas va a doler, pero sé que
será hermoso cuando se revele por completo.
Empiezo a temer más lo que él pueda descubrir bajo mis sábanas
que lo que yo descubra bajo las suyas.
Estoy agachada abrazando a Mia ahora que la noche se ha calmado.
—¿Vas a volver? —me pregunta cuando me separo y me pongo de
pie.
Tarareo bajito, y miro a Ronan a mi lado, que habla con Ken y el
resto. “Los chicos”, como él los llama, Cedric, Lux y Emilio (o Em,
para abreviar) todos lo miran como si fuera su modelo a seguir, una
especie de ídolo que solo habían visto en la tele y ahora tenían en
persona. Risas alegres, miradas brillantes, y se nota que luchan por no
tocarlo, a diferencia de Ken.
Ronan dijo que me contaría luego sobre cómo lo persiguieron en
auto. Pregunté por Amy de pasada, pero él solo me dio una mirada
extraña, así que de inmediato cambié de tema, diciendo que no
importaba.
No voy a mencionarla de nuevo. La verdad, no quiero saber. Voy a
fingir que no me importa lo que haya pasado con ella.
Sí, claro. Solo pensarlo me revuelve el estómago.
—Ya veremos. Voy a hablar con tu tío. —Mia sonríe hacia mí, y me
pregunto cómo se sentiría si supiera que técnicamente soy su prima
política.
Al girarme hacia el grupo, Cedric es el que viene hacia mí,
pasándose la mano por el pelo azul.
—Barbie, me aseguraré de que tu auto esté listo para la próxima
semana.
Muñeca, Barbie, corderito… tantos apodos y solo me conocen
desde hace unas horas.
Niego con la cabeza, le regalo una sonrisa.
—No te preocupes, tómate tu tiempo. De verdad aprecio lo que
están haciendo por mí. Está de más decir que les debo una enorme.
Cuando sonríe, por un segundo temo que mi comentario sonó
insinuante. Pero antes de que pueda pensar demasiado en eso, suelta
un “¡uf!”. Bajo la vista y veo sus manos cubriéndose la entrepierna
mientras Mia retrocede con el puño cerrado.
—Mantén tu berenjena lejos de Cal.
Suelto una risa ahogada y levanto la mirada hacia Cedric, que está
rojo como tomate y retrocede.
Con voz apretada dice:
—Yo, no. Oh, joder, ¿de dónde sacó esa fuerza?
—De mí. —La voz de Ronan retumba con autoridad al rodear a
Cedric y extender la mano hacia Mia, que le da una palmada.
—Nos vemos, duendecilla. —Luego dirige sus ojos azules hacia mí
y hace un gesto con la cabeza hacia la puerta detrás de mí, sin decir
nada.
—¿Cómo? —jadea Cedric, todavía con la respiración entrecortada.
—Te lo dije. —Miro a Mia, que boxea al aire—. Debiste haber ido
a ver al tío Ro-Ro tan seguido como nosotros. Aunque fuera a través
del vidrio, él… —Sus palabras se pierden y se me encoge el corazón.
No me dejan hundirme en ese pesar porque Amy grita:
—Vuelve y trae al corderito.
Miro a Ronan, que no se gira, pero yo sí lo hago y les sonrío.
—Gracias por todo.
—¡Ya sabes, muñeca!
—Nos vemos, Barbie —dice Lux con una sonrisa—. ¡Eh, Ronan,
no te hagas el tímido y trae esa carita bonita otra vez!
No puedo aguantarme la risa esta vez, sobre todo cuando Lux
añade:
—Y no hablo de Cal, eh. Estuviste fuera quince años. Ya
extrañábamos ese ceño tuyo. —Le lanza un beso en su dirección, y
otra vez siento ese nudo en el estómago tan fuerte que tropiezo con el
marco metálico de la puerta. Si no fuera porque Ronan me agarra del
codo, me habría ido de cara.
Los dejó cuando aún eran chicos. Ninguno parece tener más de
treinta, lo que significa que no los vio graduarse, ni vivir tantas
cosas… porque estaba en prisión.
Necesito saber cómo se reencontraron. Dijo que conoció a Ken en
prisión, pero si ya conocía a los chicos de antes, ¿cómo fue? Quiero
conocerlo tan desesperadamente que me duele.
Y el hecho de que haya conocido a Mia en prisión (para que ella lo
llame “tío” después de haberlo visto solo tras un vidrio) tiene que
saber lo increíble que es eso. ¿No?
Ya en la entrada, no puedo evitar notar que no ha soltado mi brazo…
y no pienso mencionarlo.
—Por favor dime que has montado en moto antes.
Un gemido nervioso se me escapa por los labios cerrados. Él solo
suspira y me suelta el brazo, y de repente la piel donde me tocaba se
siente diez veces más fría. Me incomoda el cuerpo, ya extrañando su
calor.
Cuando llegamos a su moto, la observo en silencio. Es elegante,
completamente negra con una franja blanca, igual que la chaqueta que
se puso después de cenar. Levanto la vista y lo veo pellizcándose el
puente de la nariz.
Vuelvo a mirar la moto. Después, a él.
Y entonces lo entiendo.
—¿Por qué importaría si ya he montado una? —Sueno nerviosa,
pero por dentro estoy gritando… porque voy a tener que abrazarlo.
—Si tuvieras experiencia, irías de pasajera con los agarres traseros
—dice mientras da un paso y señala la parte trasera del asiento con
unas pequeñas barras metálicas.
—Mierda. —Ni siquiera intenta disimular su disgusto.
Bueno, ahora me siento como basura. Sé que no es solo por mí, que
no quiere que nadie lo toque, pero igual, no podría verse más molesto
con la idea. Bajo el rostro, desviando la mirada mientras él asimila lo
que vamos a hacer.
—Puedo pedir un Uber… —murmuro, sin intención de que me
escuche de verdad, pero sintiendo que debía ofrecer la opción.
—Habla más fuerte —suelta con voz seca, y al instante me abrazo
a mí misma—. Yo… maldita sea, lo siento. —gruñe antes de
sujetarme el mentón y hacer que lo mire.
—¿Por qué…? —susurro—. ¿Por qué no puedo?
—No eres tú. —Traga con fuerza y exhala un suspiro cargado. Con
tono mucho más suave, pregunta—: ¿Qué dijiste hace un momento?
Me muerdo los labios, dudando en repetirlo, pero su mirada es
insistente y sé que si sigo callada, me lo exigirá con palabras.
—Dije que puedo pedir un Uber.
—No. —Lo descarta sin pensarlo—. No hace falta. —Mira de reojo
hacia la casa, pero yo no dejo de observarlo. La tensión en su
mandíbula se acentúa, y creo oírlo murmurar «resuélvelo», aunque no
estoy segura.
Vuelve a mirarme.
—Cal, montar una moto es peligroso. La confianza es esencial, y
no puedo perder el control porque no me hagas caso.
No digo nada, solo lo miro con los labios apretados. Sus ojos se
agudizan, y veo cómo sus pupilas se contraen, como si pasaran de la
oscuridad a la luz.
—Te vas a sentar atrás, vas a darme las manos, y yo te las voy a
colocar donde deben quedarse durante todo el trayecto. ¿Entendido?
—Sí —respondo, asintiendo—. Lo prometo.
Respira profundo, sus fosas nasales se ensanchan.
—Voy a ir despacio… —Qué perra soy, porque tengo que tragarme
las ganas de decirle que no necesito que lo haga—. Y tomaré las rutas
secundarias, ya que es tu primera vez.
Deja el casco sobre el asiento antes de quitarse la chaqueta. Su
cuerpo es fuerte, marcadamente masculino. Es delgado pero definido,
cada parte visible de él es puro músculo, y hasta el simple acto de
quitarse la chaqueta hace que sus brazos se tensen y las venas se
marquen. Su camiseta negra le queda holgada, pero dios, desearía que
no fuera así.
Se acerca y coloca la chaqueta sobre mis hombros.
—Las piedras pueden volar y cortarte —dice. Me la pongo, dejando
que el cuero cálido me envuelva. El aroma a él me invade, y no puedo
evitar suspirar con alivio.
Después de cerrarme la chaqueta, toma el casco y me lo coloca con
cuidado. Ya está tibio por dentro, impregnado de su fragancia ámbar
y algo más que ahora solo me recuerda a él. Aunque afuera está
oscuro, el visor lo hace casi imposible de ver. Solo cuando lo levanta,
lo ajusta y asegura la correa bajo mi barbilla, la visión se aclara.
Levanto la mirada.
—Gracias —le digo mientras él se sube a la moto, pone el pie en el
soporte y me indica con un gesto que me siente detrás—. ¿Y tú? ¿No
te preocupa? Sin casco, y con las piedras…
No dudo ni un segundo. Paso la pierna y me acomodo contra su
espalda. Lo veo tensarse por un instante, luego relajarse.
—Voy a estar bien. —No le creo del todo, y no por su seguridad,
sino por otras razones.
Coloca sus manos a los lados de su cintura y me indica que le dé las
mías. Las acerco, y él me hala hacia adelante, hasta que mi pecho se
aplasta contra su espalda. Está tan cálido, incluso a través de su
chaqueta sobre mí, que si no fuera por el casco, estaría apoyando la
cabeza en él.
Toma una de mis manos y la lleva cruzada a su pecho.
—Agárrate de mi camiseta. —Hago lo que me dice, y con la otra
hace lo mismo.
—Voy a inclinarme hacia adelante, trata de mantenerte cerca sin
mover las manos. Pero… —Hace una pausa, como si dudara en decir
lo siguiente—. Si sientes que vas a caer, agárrate de lo que sea
necesario para no soltarme. ¿Entiendes?
Solo asiento.
—Odio cuando haces eso —dice mientras enciende la moto.
—¿Qué? —grito, la voz rebotando en el casco.
—Asentir en silencio. Me gusta escucharte. Ahora, ¿entiendes, Cal?
Me arde la cara.
—Sí. Entiendo.
—Buena chica.
Hormigueo inmediato entre las piernas.
Tan pronto como la moto empieza a moverse, me pego más a él.
Ahora entiendo por qué me hizo cruzar los brazos, porque en el
momento en que aceleramos, mi pecho se separa de su espalda. Mis
brazos me mantienen en mi lugar, pero me ajusto rápido, volviéndome
a pegar contra él.
Cuando damos la primera curva, mi instinto es inclinarme hacia el
lado contrario, temiendo que podamos volcar. Pero en lugar de
resistirme, me vuelvo maleable. Lo dejo tomar el control, me muevo
con él y suelto esa preocupación de lo que podría pasar.
La toma con total soltura, y cuando volvemos a ir recto, suelto el
aliento que había estado aguantando durante toda la curva.
—No te preocupes, baby girl —dice—. Yo te cuido. Relájate.
—Okay…
Lo abrazo más fuerte, no por miedo, sino por puro egoísmo. Mis
pensamientos se desvían hacia recuperar mi auto, y lo poco que en
realidad quiero eso. Lo que deseo es esto: subirme a su moto, rodearlo
con los brazos y dejar que me lleve a donde sea. Incluso si no es a
ningún lado, solo por el simple hecho de ir con él.
Lo deseo tanto, y no sé si eso me hace una loca o una patética, pero
ya no me importa. Es una atracción completamente unilateral, pero tal
vez eso sea lo mejor. Él está prohibido para mí, y solo desearía que
existiera un camino donde no tuviera que ser así.
Nunca vamos demasiado rápido, aunque juro que por momentos
está al límite. Cuando levanto la vista, la visera del casco está alzada
y está tan oscuro que no puedo ver nada. Me pregunto si eso hace que
mis nervios estén menos alterados. Si no puedo ver lo que hay allá
afuera, ¿por qué habría de tener miedo?
Me empieza a doler el culo de estar sentada, pero no me quejo. No
he dicho una sola palabra desde que me consoló, asegurándome que
no permitiría que nada nos pasara. Él tampoco ha intentado iniciar una
conversación, lo cual supongo que tiene sentido. Probablemente no
sea fan de tragar bichos, y se ha mantenido agachado durante todo el
trayecto. Con suerte, esa pequeña "ventanita" al frente ayudó con eso.
Demasiado pronto, el pavimento se convierte en grava, y sé que
estamos subiendo por el camino de entrada.
Quiero suplicarle que gire, que demos otra vuelta más, que no
volvamos nunca a la cabaña. Quiero desaparecer con él, incluso si eso
significa que me deje en algún lugar donde nadie pueda encontrarme
y luego se vaya. La idea me duele, pero se siente más real que pensar
que él se quedaría conmigo.
La puerta del garaje empieza a abrirse, y la suave luz que se derrama
hacia la noche hace que todo se sienta un poco más definitivo. Cuando
nos detenemos, saca la pata de la moto y la inclina. Yo aún no he
soltado mis manos, y aunque no hace frío afuera, mis dedos están
entumecidos de tanto sujetarlo.
Justo cuando estoy por pasar la pierna, su mano se posa en mi
cadera.
—Con cuidado, puede que sientas las piernas flojas un momento —
dice.
Tiene razón, así que camino con cautela hasta el banco de pesas y
sacudo la pierna como si fuera un perro.
Me quito su chaqueta lentamente mientras él apaga la moto y se
dirige a uno de los bancos, donde agarra una toalla. Se limpia la cara
y luego se suelta la camiseta.
Después, echa la cabeza hacia atrás y suelta un suspiro cargado de
frustración. Sin mirarme, estira el brazo y golpea el botón del portón,
que comienza a cerrarse con ese sonido metálico, lento… thump,
thump, thump.
Mi corazón se acelera cuando gira la cabeza hacia mí y pregunta:
—¿Quién te está buscando, Cal?
Ronan
Sus labios se abren apenas en el centro, y soy un maldito imbécil por
esta mujer. Maldita sea ella y todo lo que ha provocado en mí desde
que la conocí.
Pasé las últimas dos semanas ignorándola, esperando sacármela de
la cabeza, pero solo terminé jodiéndome más. Cuando me tocó en el
baño aquel día, nada había tenido más sentido y eso me aterrorizó.
Aún despertaba el enojo y el dolor de mi pasado, como siempre lo
hace, pero nada de eso iba dirigido a ella. No quería lastimarla de una
forma que no me hubiese suplicado ya.
Me saca de quicio con sus malditos secretos, y estoy entre darle una
nalgada tan fuerte que le quede marcada y morderle el labio hasta
hacerla sangrar en mi boca mientras la beso.
Siento que la nariz me tiembla.
—No voy a preguntarlo otra vez, y no vas a mentirme, Calista. ¿Me
entiendes?
Se humedece los labios y niega con la cabeza.
—No puedo… por favor…
Paso la lengua por mis dientes y niego con la cabeza.
—¿Quién es? ¿Quiénes son? ¿Es el mismo que te lastimó esa noche
que llegaste toda golpeada y desorientada?
Lanzo las preguntas una tras otra, tan rápido que ella parpadea
como si intentara despejar la niebla en la que la acabo de meter.
No abre la boca, y cuando da un paso hacia atrás, me río sin pizca
de humor.
—¿A dónde crees que vas, muñeca?
—Ronan, no puedo decírtelo.
—¿Por qué? —Doy un paso hacia ella. El garaje no tiene mucho
espacio; está lleno de equipo de gimnasio, mi moto y un montón de
cosas más. Solo hay dos pasillos estrechos, y yo estoy bloqueando
uno. Puede correr si quiere, pero sé que sus piernas no la van a llevar
muy lejos ahora, y como antes, voy a perseguir su hermoso culo.
Ella niega con la cabeza, y yo aparto la vista, pasándome una mano
por el cabello con frustración.
—Si te lo dijera, ¿qué harías? —Le clavo la mirada, cerrando el
puño y luego soltándolo mientras ella comienza a acorralarse sola. Lo
hace cuando tiene miedo, busca encogerse, hacerse más pequeña de
lo que ya es.
A diferencia de ella, yo no voy a mentirle. No escondo mi violencia.
—Ir y matarlos.
—¡No puedes hacer eso, Ronan! ¡Ese es uno de los motivos por los
que no te lo digo!
Entorno los ojos.
—Si le dijera a mi hermano que alguien te está buscando, ¿sabes
qué haría?
—Llamar a la policía…
—Exacto. Él llamaría a la policía. ¿Y sabes qué harían ellos? —
pregunto con más dureza—. Dímelo.
Ella no tiene miedo de lo que yo pueda hacer, porque eso es lo que
quiere. Estoy seguro de que mi no-tan-inocente sobrina política es
adicta al castigo. Una masoquista.
Algo está pasando y es tan evidente como escondido entre las capas
de su fachada cuidadosamente construida. Sus ojos gritan secretos y
mentiras, y aun así, yo ignoraría todas esas señales porque la deseo.
La deseo de una forma tan jodidamente intensa que da asco.
—¡Dímelo! —ladro.
—¡Nada! ¡No harían nada, ¿de acuerdo?! —levanta la voz al mismo
nivel que la mía—. Déjalo…
—No. No voy a dejarlo. No puedo. No soy bueno con las palabras,
Cal. Yo consigo respuestas con los puños.
Sus ojos se agrandan, igual que su boca. Hago chasquear mi lengua
contra los dientes y niego con decepción.
—No pongas esa cara de sorpresa.
Doy otro paso y ella retrocede.
—¿De verdad crees que te golpearía así? Después de todo lo que…
Ella niega con la cabeza.
—No creo que me harías daño, Ronan. Yo…
Aunque lo diga, no estoy seguro de que ella misma lo crea.
—Jamás te pegaría de una forma que no te haya empapado, baby
girl.
Su pequeño jadeo sería tierno si no estuviera tan cabreado.
—Sabes exactamente lo que voy a hacerte para que me digas lo que
quiero saber.
—Para… —gime, retrocediendo hasta presionarse contra la puerta
del garaje.
—Palabra equivocada —murmuro—. Sabes cuál es… esa que
nunca me dices porque no quieres que me detenga.
Inclino la cabeza, haciendo que crujan las vértebras de mi cuello, y
lanzo la última pregunta:
—¿Quién te está haciendo daño? ¿Quién te está persiguiendo?
maldita sea.
—¿Por qué te importa tanto? —me grita, aún más fuerte que yo.
Muestro los dientes en una sonrisa sin rastro de alegría y niego.
—No eres tan estúpida, Cal.
—Yo…
Cruzo la distancia antes de que pueda terminar su oración y le tapo
la boca con una mano.
—Puedes tocarme con violencia, tienes mi permiso.
Apenas termino la frase, su palma impacta contra mi mejilla. Es un
golpe torpe por nuestra posición, pero el ardor me nubla ligeramente
la vista.
Cuando la miro de nuevo, susurro:
—Buena chica. Otra vez.
Cuando intenta darme otra bofetada, le quito la mano de la boca y
le agarro la muñeca. Levanta la rodilla hacia mi entrepierna, y echo
las caderas hacia atrás, evitando por poco el golpe.
—No revientes esas pelotas. —Niego con la cabeza, inclinándome
hacia ella—. Todavía tienen que estar en tu boca.
Gruñe y tira fuerte de su brazo, intentando zafarse, pero no lo logra.
Entonces lanza su puño contra mi pecho. Me hace toser un poco, y
cuando va por otro, lo atrapo con la otra mano y le subo ambos brazos
por encima de la cabeza.
Su camiseta se sube, dejando al descubierto su ombligo con
piercing, y yo doy un paso más, invadiendo su espacio.
—Contesta la pregunta.
—¡No puedo! —gime, luchando contra mi agarre. Sé que si uso una
sola mano se va a soltar, así que dejo que pelee. Que se canse—. ¡No
entiendes, no puedo decírtelo!
—¿Y por qué no? —le doy una patada suave a un pie, luego al otro,
y me coloco entre ellos.
Esta dominación me tiene duro como una roca, pero eso sería un
premio, y no pienso dárselo. Aunque llevo dos semanas soñando con
amarrarla de manos y cubrir esta cabaña con nuestro sudor y semen.
La imagino montándome, con sus tetas rebotando en mi cara
mientras grita mi nombre corriéndose en mi polla.
Cuando su lucha física empieza a apagarse, aprovecho para sujetar
sus muñecas con una sola mano.
—Creo que te está gustando esto, Cal. Pero no se trata de placer. Ni
el tuyo ni el mío. Vas a decirme, ahora mismo, o voy a amarrarte y
meterte a Big Bertha por el culo.
Ella jadea.
—¿C-Cómo sabes de ella?
—Mmm —gruño—. Te preocupa más cómo sé de ella que el hecho
de que te la meta por el culo. Qué puta más enferma eres, ¿verdad,
baby girl?
El gemido que suelta me hace palpitar aún más.
Se muerde el labio, y cuando sus ojos se encuentran con los míos,
sé que está por soltar algo. Así que me quedo callado, dejándole ese
momento.
—Te diré por qué, si tú me dices por qué no puedo tocarte.
Pongo los ojos en blanco.
—Esto no es un intercambio. No tengo que darte nada para que
hables.
—Por favor…
¿Por qué ese maldito "por favor" suyo me desarma tanto?
No entiendo por qué es ella quien logra afectarme así.
Gruño:
—Te aseguro que vas a empezar a usar esa palabra "no" si te cuento
eso, baby girl.
—No lo haré… yo… no lo haré.
Debería querer que lo haga. Querer que deje de intentar atravesar la
muralla que construí con tanto dolor.
Hubiera muerto tranquilo sin saber que existía un toque que no
quería incendiar o destruir. Uno que no viniera de un niño. Como Mia
o Dylan, con Inocencia.
—Dime por qué no me lo cuentas tú primero —digo, pero ella niega
con la cabeza. Endurezco la mirada—. A diferencia de ti… yo no te
he mentido. Si digo que haré algo, lo haré.
Tras varios suspiros temblorosos, cierra los ojos.
—Porque me importas. No quiero que vuelvas a prisión por culpa
de mi mierda.
Chasqueo la lengua.
—No te preocupes por mí, Cal.
—Ya es tarde.
Aflojo mi agarre y dejo que sus brazos caigan. No me alejo. Sigo
ahí, pegado a ella.
—Corrige ese error, porque te aseguro que lo único que vas a
encontrar al final de este camino lleno de piedras es dolor.
Sus ojos, ya enrojecidos, se clavan en los míos. Ella niega, pero no
dice nada.
En cambio, susurra:
—¿Por qué no puedo tocarte?
El ritmo de mi corazón se frena, y el aire se vuelve espeso. Me
siento como un pez fuera del agua. Asfixiado. Desorientado. Sin
rumbo.
—Tú también odiarías que te toquen si a los diez años empezaran a
ponerte las manos y otras partes del cuerpo donde no debían.
Nunca había visto llorar a Cal, pero cuando su cara se transforma
en puro dolor, las lágrimas se acumulan en sus ojos.
—Cuando el ‘no’ no significaba nada. Cuando quienes debían
creerte, pensaban que mentías. Y los que tenían que protegerte, se
ponían del lado del que te dañó.
Doy un paso atrás, y ella niega como si le hubiera dicho una
mentira. Como si no pudiera creerlo.
Me encojo de hombros sin apartar la mirada.
—Dejo de importarme, Cal. Estoy más allá de poder arreglarme,
igual que esta cabaña. Y no quiero que lo hagan.
—Eamon… —No me está escuchando—. ¿Dónde estaba…?
—Me preguntaste por qué no te dejo tocarme, y ya te lo respondí.
Si quieres saber algo más, primero dime quién te persigue.
Parpadea, y las lágrimas bajan en línea recta por sus mejillas.
Seguro saben a derrota y una jodida lástima.
Suelto una risa amarga.
—Te preocupas por mí… —no lo dice como pregunta. Solo
murmura. Y yo solo emito un leve sonido, animándola a seguir—.
¿Por qué yo no me puedo preocupar por ti?
Buena pregunta. Pero no le daré la respuesta.
Sé lo que pasa cuando alguien se preocupa por mí. Terminaré
muerto o de regreso en prisión.
Por eso no me acerco a Mia ni a esa familia que se supone que es
mía.
No hay final feliz para alguien como yo. No hay cuento de hadas
donde acabo con alguien como Calista. No hay victoria. No está
escrito para mí.
—No puedes responder eso… —Da un paso hacia mí.
—Porque te dije que sí querías otra respuesta, primero tenías que
darme la tuya. ¿Quién es, Cal? ¿Quién mierda te está persiguiendo?
Ella niega, y ya estoy harto de esta mierda. Me doy la vuelta hacia
la puerta, pero ella se lanza por el otro pasillo, se tropieza con el banco
de trabajo, tira herramientas al suelo y esas plumas que he empezado
a ver por aquí desde hace un par de semanas.
Cuando se para frente a mí, espero que me toque, que me detenga.
Pero no.
En lugar de eso… se arrodilla.
Y suplica.
—Son… son peligrosos. No puedo permitir que te hagan daño. Por
favor, Ronan. Por favor… ellos… ellos te van a matar.
Inclino la cabeza y me agacho para tomar su barbilla.
La alzo con fuerza para que me mire.
—Entonces que me maten. Y seré libre. ¿Quién eres tú para decirme
cómo quiero morir?
Ronan
9 años
No voy a sobrevivir a esto. Lo hizo demasiado fuerte, y juro que el
cielo se me viene encima.
—¡Eamon! —mi grito retumba por todo el patio trasero justo
cuando empiezo a caer de nuevo hacia el trampolín. Su risa resuena,
fuerte y varonil, tan parecida a la de papá, y apenas tiene diecisiete
años.
Cuando caigo sobre el material elástico, reboto enseguida, girando
en el aire antes de volver a bajar. Me dio un doble salto demasiado
fuerte, y lo sabe. Si me lastimo, mamá se va a enojar muchísimo.
Cuando por fin dejo de rebotar, me arrodillo rápido y levanto la
cabeza. Mi falsa mueca de enojo solo hace que se ría aún más.
—Ten cuidado, eres mucho más grande que yo, hermano.
—Tengo que hacerte más rudo, hombrecito.
Finge que va a saltar otra vez, así que me aplasto contra el
trampolín. Se suelta con una risa malvada, y yo me echo a reír
también, rodando hacia la orilla. La malla me impide caerme y el
acolchado azul se siente como un tapete de gimnasio. Justo lo que
necesito.
Estoy a punto de decirle que lo intente de nuevo pero con menos
fuerza, cuando de pronto se mira los jeans, mete la mano en el bolsillo
y saca su celular.
Por supuesto…
Se lo lleva a la oreja.
—Hola, bebé.
Cuando me mira, me guiña un ojo y susurra con los labios:
“novia”.
—¿Cuál de todas? —grito, y él me lanza esa mirada de traición.
Me tapo la boca y suelto una carcajada.
—Sí, estoy libre. ¿Tú qué haces?
Lo veo mientras se desliza fuera de la malla, salta y sube al patio
hasta la casa.
Me quedo en el centro del trampolín mirando fijamente la puerta
de vidrio. El próximo año seremos solo mamá, papá y yo. Eamon se
irá a la universidad, así que debería ir acostumbrándome a jugar
solo. Tengo amigos en la liga infantil, pero no será lo mismo. Voy a
extrañarlo, y no sé cómo voy a lidiar con eso.
Bajo al jardín y veo a Sammy, nuestro golden retriever, correr
alrededor de la piscina. Se detiene frente a mí, deja caer su pelota y
ladra. Le acaricio el suave pelaje dorado y le lanzo la pelota al otro
extremo del patio.
El sonido de la puerta corrediza me llama la atención. Salen mi
papá y mi tío.
—¿Viste el partido del domingo? —pregunta papá mientras toma
un trago de su “bebida de adulto”, como la llama mamá. Una vez
pensé que era cerveza de raíz y vaya error. Esa cosa sabe horrible,
como si me hubiera bebido gasolina.
—Sí, malditos Raiders…
—Cuidado con lo que dices, Tío T —le suelto con una sonrisa
engreída. Los dos me miran, y papá apunta su bebida hacia mí.
—Así se habla, hijo.
Después le da un golpe a mi tío.
—Hazle caso al niño, o te lavo la boca con gel de baño.
Sammy regresa, dejando la pelota a mis pies. Me agacho a
recogerla y oigo a papá decir:
—Chin, dejé el teléfono adentro. Ahora vengo, y arrancamos con
la carne asada.
Lanzo la pelota y veo cómo Sammy sale disparada tras ella.
Mi tío se para a mi lado, apoyando su mano en mi hombro, justo
donde se une con el cuello.
—Tienes buen brazo, Ronan.
Su mano empieza a frotar suavemente el músculo, y yo volteo a
mirarlo.
—Vas a ser todo un hombre algún día, igual que tu hermano.
Sonrío, porque eso es lo único que quiero: ser como Eamon. El que
se consigue a las chicas, el que juega cualquier deporte y ya tiene su
vida resuelta.
Cuando su mano se desliza hasta la nuca, se agacha, su rostro más
cerca del mío de lo normal.
—Creo que serás mejor que Eamon.
—¿Sí? —pregunto, aunque en realidad no quiero eso. Nunca me ha
gustado competir, ni sentir que debo ser mejor que mi hermano mayor.
Quiero ser como él, su igual.
—Sí. Cuando él se vaya a la universidad, yo me encargaré de llenar
el vacío que deje.
Su sonrisa es tan genuina que le devuelvo una sin pensarlo.
—Eso me encantaría, Tío T.
Él se ríe.
—Vas a tener que ayudarme a cuidar mi boca. A veces se me va la
lengua.
La puerta de vidrio se abre, y él se pone de pie frente a mí. No sé
por qué, pero no se aparta. No le doy muchas vueltas, porque mi
hermano me dijo que esas cosas pasan, que es algo de “hombres”.
Solo que desearía que no se hubiera parado tan cerca porque lo
puedo ver contra la cremallera de sus jeans.
No importa, seguro no se dio cuenta.
—¡Bueno, vamos a empezar esta fiesta! —grita papá, lo que hace
que mi tío por fin se mueva.
Tal vez no sea tan malo que Eamon se vaya a la universidad y me
deje. Voy a estar bien.
10 años
Han pasado tres semanas desde que Eamon se fue a la universidad, y
lo extraño. Mi mamá ya estaba preocupada antes de que se fuera, por
cómo me afectaría, y ahora está hablando de llevarme a hablar con
alguien porque casi no como. He tratado, pero simplemente no se
siente igual sin él en la mesa.
Me cuesta concentrarme en la escuela, y siento que los estoy
decepcionando. Sé que tengo que esforzarme más, no solo por mí,
sino por mi hermano mayor. Él no querría que me rezagara, y me
prometió que llamaría cuando pudiera.
Es domingo, así que mi tío y sus amigos están aquí para ver el
partido. Son ruidosos, pero eso es lo normal los días de juego. Mamá
se toma una botella de vino, y yo me quedo arriba, jugando Sega en
mi cuarto.
Cuando escucho un golpe en la puerta, miro por la ventana. Aún
hay sol, lo que significa que el juego no ha terminado.
—¿Quién es? —pregunto, pausando el juego y poniéndome de
rodillas.
La puerta se abre y entra mi tío. Sonrío y dejo el control.
—¿Qué haces aquí solo, chico?
—Jugando —suspiro, mirando mis manos mientras juego con el
cordón de mi pantalón de pijama.
—Dicen que te ha afectado mucho que tu hermano se haya ido a la
universidad —dice mientras se adentra en la habitación y cierra la
puerta. Miro cómo observa a su alrededor. Mi cuarto es una mezcla
de cosas de mi hermano y mías. Tengo un pez dorado y casi cada
centímetro de mis paredes está cubierto con posters de superhéroes.
Algunos de bandas también, pero sobre todo Batman y los Cuatro
Fantásticos.
—¿Eres tú con quien quieren que hable, Tío T? —le pregunto, y
entonces me presta atención—. Mamá dice que me puedo enfermar,
está preocupada.
—Todos lo estamos —responde con un tono suave, casi en
susurro—. Me pidieron que te ayudara, pero yo no soy la persona con
quien quieren que hables. Esa será una terapeuta.
Me levanto y me paro frente a él. Él me levanta el mentón con una
sonrisa cálida, la misma que me ha dado desde que tengo memoria.
—No sé qué me pasa. Todo se siente…
—¿Vacío? —pone su mano en mi mejilla—. Recuerdo cuando tu
papá se fue a estudiar. Fue duro.
Trago saliva y asiento.
—Sí, no sé cómo manejarlo.
Coloca su mano en mi hombro y me lleva a sentarme en la cama.
Él se sienta a mi lado. Nunca me había sentido incómodo con mi tío…
hasta ahora. Su mano sobre mi pierna me hace sentir raro, como si
algo estuviera mal, pero no logro entender por qué. Me quedo
callado, sin pedirle que la quite.
Él nunca me haría daño.
¿Verdad?
—Tu mamá y tu papá me pidieron que hiciera lo que pudiera por
ayudarte. ¿Confías en mí, cierto?
Siempre he confiado en mi tío. Tiene los mismos ojos cafés que mi
papá, y siempre me ha cuidado. Cuando lo miro, veo familia, porque
eso somos.
—Sí, confío.
—Bien, y Ronan… esto es una ayuda especial que no puedes
contarle a nadie. Tus papás también confiaron en mí contigo.
Trago saliva, y su mano sube un poco más por mi pierna. Mi
estómago empieza a doler.
—O-Okay.
—Promete que vas a portarte bien. —Hay una parte de mí que
siempre ha querido ser bueno para mis papás. Quiero ser como mi
hermano, que nunca los decepcionó. Ellos ni mi tío harían algo para
lastimarme.
—Sí. —No suena como si estuviera convencido, pero lo estoy, solo
que me duele el pecho y tengo ganas de llorar.
—Si llegas a decir algo, no solo me harás daño a mí, romperás a la
familia. No solo se irá Eamon… se irán todos.
Mi boca se abre y empiezo a hiperventilar.
—No… no.
—Shh… —Se inclina y me da un beso en la mejilla. Yo empiezo a
llorar—. Por eso tienes que portarte bien. ¿Puedes hacer eso por mí,
Ronan?
Asiento con la cabeza. Mis manos están empapadas de sudor, las
limpio en mis piernas.
—Muy bien. Y tranquilo, iremos despacio.
Me alegro de no haber comido hoy. Creo que si lo hubiera hecho,
habría vomitado. Y aun así ni siquiera sé por qué me siento así.
Él no me va a hacer daño.
¿Por qué lo haría mi propia familia?
12 años
—Ronan, no entiendo cuál es el problema.
Mi mamá nunca ha perdido la paciencia conmigo, pero no puedo
culparla. He estado suplicándole que me lleve con ellos este fin de
semana.
—Pensé que te encantaba pasar tiempo con tu tío.
Al escuchar quién me va a cuidar, me abrazo a mí mismo,
agarrando mis codos con fuerza.
Sé que lo que me hace está mal, y quiero contárselo. Pero tengo
tanto miedo… miedo de que perder a mi familia duela más que lo que
me hace él. Nunca se detiene. Incluso cuando están en casa, creen
que solo estamos jugando videojuegos.
¿Por qué no ve lo que intento decirle entre líneas? He dejado los
deportes, no veo a mis amigos, apenas como una vez al día. Estoy tan
delgado que ya no entiendo cómo no se dan cuenta de que algo anda
mal.
La terapeuta que ella me hizo ver no sirve de nada. No puedo
decirle nada.
No me va a entender, y según mi tío, ella tendría que contarle todo
a mis padres. Me lo recuerda cada vez que me ve: si fallo, destruyo a
la familia. Si no soy un buen chico…
—Perdón, mamá… —digo bajando la cabeza. Ella se agacha frente
a mí, acariciando mis mejillas para que la mire.
—No te disculpes, Ronan, está bien. —Pasa su pulgar por mi
rostro—. Te amo. Volveremos para la cena del domingo. Tu tío se está
retrasando un poco, pero ya eres lo suficientemente grande para
quedarte solo una hora. No podemos perder el vuelo.
Mi papá ya está en el auto esperándola. Hace tiempo que perdió la
paciencia conmigo. Ya no soy el hijo ejemplar que solía ser. Ahora
soy un problema para él. Un fracaso.
—Te amo, mamá. Dile a papá que lamento ser tan difícil.
Ella me besa en la frente, justo donde empieza mi cabello.
—Tu papá te ama, solo que… le falta un poco de la paciencia que
tiene tu mamá fuerte.
La bocina del auto suena. Asiento, haciéndola irse antes de que él
entre a gritarme.
—Chao, mamá.
La puerta se cierra. El silencio de la casa me ensordece. Solo puedo
escuchar mis propios latidos, mi respiración, mis pensamientos.
Estoy temblando, mirando a mi alrededor como si buscara algo que
hacer.
Debería escapar… pero ¿y si Eamon vuelve a buscarme? No ha
regresado en casi año y medio… pero tal vez lo haga.
Quizás… pueda huir con él. Él me cuidaría, como siempre lo hizo.
Él sí me creería. Él me protegería.
Ya no tendría que doler.
Tío T me dijo que con el tiempo no dolería… que me acostumbraría.
Que mi cuerpo… respondía por voluntad propia.
A veces creo que tiene razón y que quizás eso significa que yo
también lo quiero, aunque duela.
Camino sin rumbo hacia la cocina. He estado leyendo foros en
internet sobre cómo terminar con el dolor. Algunos decían que lo
harían para liberarse. Tal vez… esa sea mi única salida.
Así no correría el riesgo de romper a mi familia.
Liberaría a Eamon…
Tío T ya no podría hacerme más daño.
Y tal vez… mis papás vuelvan a ser felices.
Miro el bloque de cuchillos junto al fregadero.
Muchos decían que tomar pastillas era mejor, más fácil que hacerte
daño con algo afilado.
Subo las escaleras, directo al baño de mis padres.
Mi papá sufre de la espalda y bromea todo el tiempo con que está
“drogado”. He visto el frasco. Al abrir el gabinete, lo encuentro
rápido: “OxyContin”.
Lo tomo, lo abro.
Ojalá no sea inmediato quiero llamar a Eamon y al menos
despedirme.
Tomo un vaso, lo lleno de agua.
Empiezo a tomar las pastillas, unas cuantas a la vez… con agua.
Otra vez.
Y otra…
Hasta que el frasco queda vacío.
Dejo el vaso y la botella en el lavabo. Me miro un momento en el
espejo. Ya estoy muriendo… solo falta que el corazón se detenga.
Tomo el teléfono inalámbrico y me siento al borde de la cama.
Marco el número de Eamon. Lo sé de memoria.
Ojalá conteste.
Ring.
Ring.
Ring.
—Hola, has llamado a Eamon Byrne. Si no contesté, seguro estoy
ocupado. Deja tu mensaje y te responderé en cuanto pueda.
Beep.
Guardo silencio unos segundos.
—Hola, hermano… soy Ronan.
Mis ojos se nublan, y todo empieza a volverse borroso.
—Solo quería llamarte, saber de ti. Decirte que te extraño. Que
lamento que no hayamos estado juntos últimamente.
Una lágrima cae y me ahoga un sollozo.
—Solo quiero que sepas que te amo… y que todavía te admiro.
Quería despedirme.
Beep. Beep. Beep.
La llamada se corta, pero yo sigo hablando.
—Quería ir a más partidos contigo, tal vez hasta el Super Bowl,
aunque fueran carísimos…
Tú aún puedes ir. Te doy permiso.
No sé si es el efecto de las pastillas o solo el cansancio, pero me
siento agotado.
Me acuesto con el teléfono pegado al oído.
—Toma fotos y súbelas al cielo. Yo estaré mirando.
Te amo.
Perdón por no ser tan fuerte como tú.
Ojalá me extrañes…
Ya no digo nada más.
Solo lloro… hasta quedarme dormido.
Esperando… No despertar.
Calista
Él literalmente pasó por encima de mí, dejándome de rodillas en el
garaje.
¿Lo culpo? No. ¿Pero duele? Absolutamente. No es solo mi corazón
el que duele, es mi cabeza y todo lo que hay en medio.
Abro las piernas y me siento sobre el concreto frío, con las palmas
hacia arriba, buscando la manera de arreglar esto. De solucionarlo.
Siempre he sido yo quien repara lo roto.
Saqué a mi madre de la situación en la que estaba, y todavía estoy
pagando el precio. Desde los recuerdos que me dejaron hasta los que
se siguen creando.
Esta cabaña… claro, fue solo una excusa para venir, pero es una
metáfora de lo jodida que está mi vida.
Y ahora, Ronan.
Lo necesito. Necesito que ese hombre que se está robando cada
parte de mí vea que no quiero hacerle daño… no más del que ya le
hice.
¿Por qué no puede ver que lo que intento es no cargarlo con toda
mi mierda? No puede enterarse de lo que hice, porque es un error que
yo debo corregir. Pensé que lo había arreglado diciéndoles que no iba
a hacer lo que me pedían, pero al parecer necesito hacer más para que
me dejen en paz.
Decirle a Ronan que puedo manejarlo no va a ser suficiente para él.
Va a pelearme en cada paso, va a presionar más o se va a alejar, como
hizo ahora.
Y eso es lo último que quiero. No quiero estar más lejos de él…
quiero estar más cerca.
—También detestarías el contacto si tuvieras apenas diez años
cuando empezaron a ponerte manos y otras cosas donde no debían.
Siento el asco subir por mi garganta, tapo mi boca con la mano y
me doblo hacia adelante con un sollozo sin lágrimas escapando de mí.
Oh, Ronan… Me cubro el pecho con ambas manos, cerrando los ojos
con fuerza. ¿Cómo alguien pudo hacerte eso?
Quiero que sepa que mi toque no está aquí para herirlo, sino para
sanar. Quizá podamos hacer eso el uno por el otro. Si él me permitiera
limpiar su pasado, él podría hacer lo mismo con mi presente. Darme
la fuerza para no seguir por el camino que estoy tomando.
—Lo siento tanto… —susurro.
Él no quiere mis disculpas, solo me ha pedido una cosa que le he
negado: ser honesta. Y ni siquiera eso soy capaz de darle.
Soy el peor tipo de persona, aunque jure que no quiero serlo.
Me levanté del piso y caminé directo a la habitación de huéspedes.
Su puerta está cerrada, y aunque quería obligarme a entrar y hablar
con él, algo me decía que necesitaba darle espacio.
Que Ronan diga que sería libre si muriera… me rompe el corazón.
Me drenó hasta la última gota de energía. Apenas toqué la cama, me
atraganté con un sollozo seco antes de rendirme al sueño.
Dormí más de lo que planeaba. Cuando desperté, él ya no estaba.
Su puerta abierta, y su moto desaparecida del garaje.
Había olvidado que hoy venían los contratistas a trabajar en la casa:
instalar los gabinetes de la cocina, mover muebles al salón. Decidí no
pintar los paneles de madera ni cubrir la piedra expuesta. Quería que
el lugar se sintiera como si estuviéramos en medio del bosque, no
atrapados entre cuatro paredes.
Para no estorbar, me fui al muelle, con el celular en la mano,
esperando en silencio el sonido de su moto subiendo por el camino.
Pasaron las horas, y el nudo en mi estómago solo se apretaba más. Ese
sonido nunca llegó.
Sin pensarlo, busqué un contacto en mi celular y marqué. Sonó tres
veces antes de que contestara.
—Hola, cariño —dice Eamon, sorprendido pero contento.
—Hola… —No sé ni por qué estoy haciendo esto. Seguro va a
sospechar. Al menos no estamos cara a cara; es más fácil mentir
cuando no pueden ver tu rostro.
—¿Todo bien? —pregunta, y yo juego con el borde de mis shorts.
—Sí… solo he tenido muchas cosas en la cabeza desde nuestra
cena.
—Oh, vaya —suspira, aclarándose la garganta—. ¿Has hablado
con tu madre?
—No, pero quería preguntarte algo… sobre tu hermano.
Puedo sentir su incomodidad incluso sin verlo.
—Claro… dentro de lo razonable.
—¿Ustedes se llevan… siete años?
—Ocho —me corrige.
—Es bastante diferencia… ¿No tenían más hermanos? —Sé que no,
pero tengo que ser cuidadosa.
—No, solo somos él y yo.
—Por cómo sonaban en la mesa, no parecen muy cercanos…
¿Siempre fue así? —Bajo un poco la voz, mostrándome algo tímida,
como si pisara terreno delicado—. Si está bien que pregunte, claro.
Otra vez suspira, con un resentimiento silencioso que me parte el
alma.
—Amaba… no, amo a mi hermano. Le fallé cuando aún era muy
joven, y no me di cuenta hasta que fue demasiado tarde. Me odia, con
razón. Es egoísta intentar arreglar lo que me negué a enfrentar. Debí
hacerlo mejor por él…
—Lo siento… —digo para romper el silencio—. No debí preguntar.
—Está bien. ¿Por qué quieres saber?
Cierro los ojos y me abrazo las piernas.
—Me dijo algo que se me quedó grabado…
Él hace un pequeño ruido, pensativo.
—Puedo ver si quiere tu número. —Me deja sin aliento su
comentario.
—Él no es mala persona. ¿Ha hecho cosas malas? Sí. Pero es
producto de un mundo que nunca escuchó. No digo que debas verlo.
Preferiría que se mantuviera lejos físicamente, al menos hasta que
sepa qué hacer con su vida ahora que está fuera.
Y aquí estoy, viviendo bajo el mismo techo que él. Entiendo por
qué la gente encuentra a Ronan intimidante, yo también lo hice. Pero
ahora… ahora ya no siento eso.
—Pero eso no significa que deba estar solo. Mandarse mensajes
no estaría mal. Después de todo, son familia… —Su voz se apaga otra
vez. Espero a ver si continúa.
—¿Eamon?
—¿Sí?
—¿Todo bien?
—Sí, perdón. —Respira hondo, suspira del otro lado del teléfono—
. No hay manera de compensarle lo que pasó. Y aunque la hubiera,
no creo que él quiera que lo haga.
Siento un ardor tras los ojos mientras entierro el rostro entre mis
rodillas. El pecho me duele, y no sé si es por Eamon, que
genuinamente suena devastado por no ser perdonado, o por Ronan,
que ha llevado esta carga solo durante tanto tiempo.
—Siempre fuiste muy empática, Cal. Estás empezando a
hiperventilar… respira hondo. —Le hago caso, tratando de respirar
con lentitud—. Eso es… así está mejor.
—Gracias. —Miro hacia el lago y humedezco mis labios. El sol
empieza a caer, los tonos naranjas y rojizos reflejándose en el agua. Y
entonces lo escucho… una motocicleta a lo lejos—. Tengo que irme…
—Veré si le paso tu número, si quieres.
—Sí… me gustaría. Como un amigo por correspondencia. Luego
hablamos.
—¿Amigo por correspondencia? Qué gracioso… Adiós, cariño.
La cabaña está vacía. No puedo creer cuánto tiempo estuve ahí.
Debí haberme disociado o algo, porque no parece que haya pasado
todo el día.
Veo a Ronan entrar con la moto, rodear la casa y meterse al garaje.
Ni siquiera voltea a verme, pero no esperaba que lo hiciera.
Me pongo de pie, guardo el teléfono en el bolsillo y subo corriendo
las escaleras hacia la entrada. La puerta se cierra justo antes de que
pueda llamarlo. Ni siquiera sé qué decirle; solo necesito que me
mire… con eso bastaría para calmar mi corazón.
Cuando escucho la puerta del garaje cerrarse, entro de golpe a la
casa.
—¿Ronan? —Miro enseguida hacia la sala, pero no está ahí. Mis
pies se mueven solos, llevándome frente a su habitación. La puerta
está cerrada. Debería dejarlo en paz. Debería irme.
En vez de eso, gimo en voz baja y digo:
—¿Puedo pasar?
Silencio. Apoyo la frente contra la puerta.
—¿Por favor? —Otra vez, el silencio me responde.
A la mierda esto.
Pongo la mano en la perilla y la giro despacio. El sonido de la
regadera al encenderse me alivia. Al menos no me ignora o bueno
todavía no.
Al entrar a la habitación, mi mirada se posa de inmediato en su ropa
tirada por el suelo. Sus jeans, luego su camiseta, calcetines todo
formando un camino que lleva directo al baño, cuya puerta está
completamente abierta.
El vapor ya se está escapando, invadiendo la recámara principal.
Apoyando mi espalda contra la pared junto al marco de la puerta,
digo con nerviosismo:
—¿Ronan?
El agua cae en distintos ritmos, algunas gotas golpean con fuerza el
azulejo, otras apenas y se sienten, como caricias suaves. Él no
responde, pero sé que me escucha.
—Si no dices nada… voy a entrar.
No estoy segura de qué esperaba. ¿Por qué respondería? Él siempre
ha sido dominante y probablemente le importa una mierda si lo veo
desnudo o no. Si no quiere hablar conmigo, no lo hará. Eso lo he
aprendido bien. Él hace lo que quiere, cuando quiere, sin importar
nada.
O tal vez cree que no voy a atreverme. Que no estoy tan desesperada
por esta conversación, por él, como para hacer cualquier cosa.
Pues está equivocado. Estoy desesperada.
Ya me quité la camiseta antes de poder detenerme. Me desabrocho
el sujetador y me bajo los shorts junto con las bragas. Giro hacia el
baño y sin pensarlo, abro la puerta de vidrio de la regadera.
Tenía que hacerlo sin pensar. Si me detenía un segundo, si lo miraba
siquiera, me habría convencido de que esto era una pésima idea.
Habría salido corriendo, igual que la última vez que estuve desnuda
con él en este mismo baño.
La regadera es bastante amplia, cabrían fácilmente varias personas.
Así que me siento cómoda con los pocos pasos que nos separan.
Él está de espaldas a mí, el chorro tipo cascada golpea directo su
espalda. Ahora puedo confirmar que casi cada centímetro de su piel
está tatuado, desde los hombros, bajando por la curva de su culo, hasta
los muslos y las pantorrillas.
Pero no es su cuerpo perfectamente esculpido ni el arte
impresionante sobre su piel lo que me tiene hipnotizada. Son las
cicatrices. Las que tiene en los costados, justo donde sé que lo que sea
que lo hirió, estuvo peligrosamente cerca de sus pulmones. Hay seis
en total, y el deseo de tocarlas es tan intenso que no hacerlo se siente
como si me cortaran los dedos con cuchillas.
Sus hombros se tensan cuando suelta un suspiro frustrado.
—¿Sí?
Ahora que estoy aquí, desnuda junto a él, no sé dónde quedaron mis
neuronas. Cada pensamiento coherente salió volando con el vapor.
Alguien podría decir que no tenía cerebro por haber entrado así, pero
lo juro, tenía un plan.
Como no digo nada, él se gira apenas un poco y es entonces que
veo un corte en su ceja.
—El silencio no te queda, baby girl.
—¿Qué… qué te pasó?
Se recuesta contra el agua, dejando que le caiga en la cara. No es
solo sangre lo que corre desde su sien; también escurre de su oído, y
pronto, de su cabeza. Pasa una mano por su cabello y cuando por fin
se da vuelta, mi cuerpo entero se enciende.
—Un trabajo —es todo lo que dice—. Esta vez no tuve un coño
estorbándome.
Su forma tan cruda de hablar me hace estremecer.
No aparto los ojos de los suyos, viendo cómo el agua le limpia la
sangre y lo que imagino es tierra o mugre.
Me olvido de todo y alzo la mano para tocar su herida. Sus ojos se
agrandan y el golpe seco de su mano atrapando mi muñeca me hace
brincar. No dolió, pero me tomó tan desprevenida que retrocedo un
paso.
—No.
Así, sin más. No.
—Por favor —susurro—. Déjame tocarte, Ronan, por favor…
Entrecierra los ojos.
—¿Qué te hace pensar que eres tan especial? ¿Qué te hace creer que
tienes un toque mágico que no me va a quemar?
Eso esperaba. Ser su cura. El equilibrio de su caos. La calma que
necesita. Pero claro, eso solo vive en mi cabeza.
—Nada. No soy especial.
Su ceño se frunce ante mis palabras. No creo que le haya gustado
escucharlo, aunque él lo insinuara.
—Hazme daño, no me importa, pero déjame…
—Dime quién te persigue, Cal.
Mi labio inferior tiembla, y de inmediato cierro la boca.
Él gruñe:
—Eso pensé.
—¡Eres un maldito imbécil! —grito tan fuerte que el eco rebota por
todo el baño, pero a pesar del volumen, él ni se inmuta. Al contrario,
se irgue más, manteniendo mi muñeca atrapada. El agua que antes le
caía en la cara, ahora rebota en su pecho, salpicándome la cara.
—Solo… estoy tratando de protegerte.
El movimiento repentino me hace jadear, mi espalda golpea contra
el muro de azulejos y el impacto me deja sin aire. Toso, el ardor en
mis omóplatos es inmediato. Antes de poder recuperar el aliento, él se
pega a mí, su otra mano atrapando mi mandíbula y alzándome el
rostro para encontrar su mirada.
—Ya no necesito que me protejan, y lo sabes. Deja de usar mi
seguridad como excusa. Dime lo que quiero saber.
Su mano suelta mi mentón y baja, lenta, por mi cuello hasta mi
brazo, atrapando mi otra muñeca y subiendo ambas por encima de mi
cabeza.
Mis pechos se aplastan contra él, y cada pequeño movimiento,
combinado con su pecho mojado, hace que mis pezones se froten con
cada músculo de su cuerpo. Su polla roza mi muslo y gimo al sentirla,
mis caderas se mueven, buscando más contacto.
—Esto es tóxico —susurra contra mi oído, su aliento me hace
temblar—. Somos hechos de violencia porque quiero lastimarte por
mentirme. Quiero romperte, hacerte suplicar por misericordia, y no te
la voy a dar.
Mi respiración es caótica, mi pecho quiere alzarse pero su cuerpo
dominante no me lo permite. Cuando sus manos suben desde mis
muñecas, contengo el aliento, y por un momento, juro que mi corazón
se detiene. Entrelaza sus dedos con los míos y apoya la cabeza en la
pared detrás de mí.
Sus palabras, ahora, las siento contra mi cuello.
—Pero también quiero ponerte boca arriba, abrirte las piernas y
follarte ese precioso coño. Quiero ver cómo te hago sentir, oírte gritar
mi nombre…
Él mueve las caderas, y mi pierna, como si estuviera atada a un hilo,
se eleva hasta su cintura.
—Quiero que te corras en mi polla y ver lo puta que eres por mí.
Tiene razón. Joder, tiene tanta razón. Estoy desesperada por
fricción, pero él no mueve las manos ni acomoda su polla para que la
sienta.
—Mírate. —Su nariz roza mi cuello, su boca tan cerca que no puedo
evitar gemir, empujándome más hacia él, hambrienta por sentir sus
labios en mi piel—. Tan desesperada y así vas a quedarte. Necesitada.
Humedecida. Apuesto que estás chorreando por ese coño bien
rasurada que mantienes listo por si me da por arrodillarme y te meto
la lengua en cada uno de tus hoyitos. ¿Es eso?
Aprieto sus manos, nuestras uñas marcándonos con tanta fuerza que
estoy segura de que alguno va a sangrar.
—¿Eres una puta por mí, Cal?
—S-Sí… —Mis caderas se mueven, rogando por algo que roce mi
clítoris sensible—. Ronan, por favor…
—Dímelo, baby girl… y te daré lo que quieres.
Mis dedos se aflojan y, en un susurro entrecortado, le digo:
—Quiero tocarte. Eso es lo que quiero.
Cuando sus labios se posan en mi cuello, justo sobre mi pulso, gimo
sin poder evitarlo. Los imagino en los míos, en mi clítoris, y sé que
con la mínima estimulación, me correría en ese mismo instante.
Ya no hay vuelta atrás, especialmente cuando sube por mi
mandíbula y muerde con tanta fuerza que grito, una mezcla de dolor
y placer.
—Nombre —dice simplemente, y cuando su nariz se apoya en mi
mejilla, cierro los ojos.
Sabría si le miento. No podría soportar que me eche.
Qué patética soy.
—Los Serrano…
Se aleja, pero no rompe el contacto. Apoya su frente en la mía
mientras baja nuestras manos, luego entrelaza nuestros dedos una vez
más.
Sus brazos se levantan, enjaulándome, dejando mi mano a
centímetros de su abdomen. Levanto la mirada, sus ojos medio
cerrados. Me está dando lo que pedí, y mi piel vibra como si algo
eléctrico se moviera bajo ella.
—Dime que está bien —susurro.
Duda. Sus ojos se mueven entre los míos. Puedo ver cómo su pecho
sube y baja. Cuando aprieta la mandíbula y su garganta se contrae,
creo que no va a decir nada. Que no quiere esto, solo está cediendo
porque finalmente le dije lo que quería oír.
Justo cuando estoy a punto de cerrar los puños, murmura:
—Tócame, Calista.
Ronan
La forma en que esta mujer me tiene agarrado del cuello es suficiente
para asfixiarme y matarme. Y lo patético es que no pelearía por mi
vida simplemente lo dejaría pasar. No porque quiera morir, sino
porque sería ella quien lo haría.
Tengo los ojos fijos en los suyos, pero cuando aparta la mirada hacia
mi pecho, la sigo. Sus dedos tiemblan y se mueven con una lentitud
agónica. Está caminando con cuidado, como si yo pudiera romperme
físicamente.
Pero no es el cuerpo lo que se va a romper es la mente. Es ella la
que me arrastra de regreso a esos momentos de desconfianza y un
amor mal interpretado. Cuando no era más que un juguete para las
necesidades enfermas de alguien.
Cuando sus dedos tocan el hueco de mi esternón, se abre un vacío
debajo de él. Como un agujero negro. Es la sensación de un apagón
abrupto, sin previo aviso, sin tormenta que anuncie su llegada. El
entumecimiento empieza por los dedos de los pies y va subiendo,
apoderándose de cada centímetro, hasta que no queda nada que sentir.
Excepto que sí siento. Se arrastra por todo mi cuerpo, no solo donde
ella me toca. Su contacto no es distinto a los demás. Me raspa los
huesos y envía vibraciones incómodas a través de mí.
Ni siquiera ha puesto su segunda mano sobre mí cuando la detengo.
Le sujeto la cabeza, mis pulgares presionan bajo su mandíbula, mis
dedos abiertos a los costados de su rostro, inclinándola hacia atrás
para que me mire, justo mientras me inclino sobre ella.
—¡Detente! —gruño, y ella salta. Sus manos se apartan de
inmediato y las esconde detrás de su espalda.
Sus ojos oliva me atraviesan, y la arruga entre sus cejas me aprieta
el corazón. No eres tú, baby girl. Soy yo. Estoy dañado y nunca voy
a funcionar bien.
Hago que retroceda hasta que su espalda choca contra la pared, y
una de mis manos baja por su mejilla hasta su cuello. La rodeo con lo
justo para sentir su pulso acelerado. Debería querer darle la vuelta,
empujar su rostro contra la pared y enterrarme en ella. Como he
tratado cada agujero que he usado.
Pero no quiero eso. No esta vez. Joder, quiero verla. Ver cómo se le
van los ojos, ver las lágrimas que le provoco, imaginar las estrellas
que ve cuando se corre tan duro que tiene que suplicarme que me
detenga.
—Lo siento. —Su voz se quiebra bajo mi agarre.
Niego con la cabeza. No quiero sus disculpas. Ella no ha hecho nada
malo, y si supiera cómo expresarle lo mucho que deseo que su toque
sea distinto, lo haría.
Tengo unas ganas de besarla que me destrozan las entrañas. Pero sé
que en el momento en que tenga su lengua en mi boca, ella va a
olvidarse de sí misma y va a tocarme. Tal vez no enseguida, pero en
algún momento va a perder el autocontrol que ha tenido para no
rodearme con sus brazos. Esos dedos suaves van a tocarme, y ahí voy
a perder el control.
Y no sé lo que haré. Lo último que quiero es lastimarla. Aquí no
hay forma de atarla.
Estoy buscando excusas, porque podría cargarla ahora mismo,
llevarla a la cama, agarrar mi cinturón y esposarla.
Pero no quiero eso. Quiero que ella me rompa. Que me obligue a
sentir.
Su toque no es distinto…
Sí lo es.
—¡Mierda!
Doy un paso atrás y estrello el puño contra la pared, haciéndola
sobresaltarse. Antes de que pueda detenerme, le doy la espalda y salgo
furioso de la ducha.
—¡Ronan, espera!
Agarro la única toalla y me la enredo en la cintura mientras salgo
del baño. La escucho gritarme detrás, pero la dejo atrás, cerrando la
puerta de golpe. No tengo muchas opciones de escape, pero en cuanto
agarro mis pantalones de chándal, bóxers y la camiseta que había
dejado en la cama, me dirijo al garaje.
Ella no va a salir desnuda a perseguirme, y eso me da el tiempo
justo para vestirme. Aunque estoy empapado, no me importa.
Necesito alejarme.
Por su seguridad.
Y por la mía.
La violencia ha sido mi paz, y protegeré a Cal de eso, con la
esperanza de que, tal vez, solo tal vez, ella pueda ser el detonante que
reemplace esa paz en el futuro.
Conduje toda la noche sin casco, ni siquiera llevaba zapatos. Tengo
la suficiente confianza en mí mismo como para no preocuparme por
chocar, y después de unos minutos respirando aire fresco, mi mente
volvió a un estado seguro.
Había dejado mi teléfono, todo, en la cabaña. Lo único que no dejé
fueron mis malditos sentimientos por esa chica. Maldita sea por
arrancarme la piel y meterse debajo de ella.
He conocido a chicas inocentes como ella antes. Cabello rubio, ojos
brillantes que gritaban confianza y seguridad.
Pero cuando la miro a ella… es diferente. Su cabello no es solo
rubio, es del color del sol, ese que a veces olvidaba estando en prisión.
Sus ojos no son solo verdes, son el pasto donde me revolcaba de niño,
en esa infancia que duró menos de diez años. Esa sonrisa suya no es
inocente. Es sucia. Y la quiero solo para mí.
La quiero toda para mí. Mi puta sucia, la que lleno de semen y
después baño, solo para volver a llenarla. Siempre he cuidado solo de
mí mismo, pero quiero cambiar eso. He visto lo que me provoca hacer
hasta lo más mínimo por ella. Quiero ser más que un cascarón lleno
de traumas. Quiero liberarme del puño que el pasado tiene sobre mí.
Pero estoy luchando contra ese demonio que me dice que si la
lastimo de la forma equivocada, me voy a convertir en lo que tanto he
tratado de escapar. Aunque ella pida castigo y desee el dolor, no
entiende el nivel de daño que puedo causar.
Tengo miedo de lastimarla más allá del perdón. Y sé lo que es no
poder perdonar, no me imagino eso viniendo de ella.
Soy una maldita contradicción.
No la merezco. Lo sé. Pero aquí estoy, buscando la forma de hacerla
mía. Se supone que debo irme, no estar pensando cómo decirle a mi
hermano que probablemente voy a hacer mía a su hijastra.
No puedo. No porque esté prohibido, sino porque si ni siquiera
puedo permitirle que me toque, ¿qué clase de vida le ofreceré? ¿Yo
gritándole cada vez que ponga un dedo sobre mí? ¿Qué clase de
mierda enferma es esa?
Me inclino hacia adelante sobre la moto, que ha estado detenida
quién sabe cuánto. Estoy estacionado frente a un río, lejos de la
cabaña. Lejos de ella.
¿Por qué ese malnacido no llegó una hora más tarde? Habría dejado
que las pastillas me quitaran la vida que ya no quería. No habría
conocido la traición. No sabría lo que es una celda de prisión. No
conocería el verdadero dolor y no habría conocido a Cal.
Tal vez habría visto a ese "Dios" del que tanto hablaba mi madre.
Pero este mundo me dejó sintiéndome indigno, incluso de su amor.
Un hijo olvidado, roto, arrojado a un mundo que prefiere devorarme
antes que ofrecerme una oportunidad.
Y luego me lanza a alguien como Cal, sabiendo perfectamente que
voy a arruinarlo como todo lo demás.
Vivir… realmente es una mierda.
13 años
—Estoy un poco ocupado, hermano —eso fue lo que dijo la semana
pasada.
—¿Cuándo vas a venir a casa? —mi tono suena más brusco, más
rudo. Necesito hablar con él en persona—. Ni siquiera te he visto este
año, ni en tus vacaciones de verano.
Gime, fastidiado.
—Escucha, tuve clases en verano y Amanda está…
—¡Que se joda Amanda, Eamon! ¿Y yo qué?
Nunca fui ese tipo de niño. Nunca decía groserías, y por el tono de
voz de mi hermano, sé que él también está sorprendido.
—Jesús, Ro, ¿qué te pasa?
Agarro el teléfono con fuerza mientras estampo mi frente contra la
pared.
—Tienes que madurar, no iba a estar ahí para siempre. Haz amigos.
Las lágrimas, esas que ya me son demasiado familiares, me bajan
por las mejillas, marcando líneas hasta cruzar mi cuello.
—Yo solo… solo necesito ayuda.
Mis rodillas se sienten huecas cuando tocan el suelo.
—Por favor, ven a casa.
Sé que está molesto por los gruñidos y resoplidos que suelta al otro
lado.
—¿Mamá no te consiguió un terapeuta?
—¡No me estás escuchando! —grito, y con una violencia que ya me
es demasiado normal, lanzo el teléfono al otro lado de la habitación.
El crujido del plástico y los cables rompiéndose acompaña mi grito
de dolor desgarrado.
—¿Qué carajos fue eso? —grita mi papá desde la sala.
Me pongo de pie de inmediato, corro y empujo con el hombro la
puerta que da al patio trasero, saliendo a toda velocidad. Me lanzo
contra la reja de madera al rodear la casa y corro.
Corro.
Y corro.
Y jodidamente corro.
No paro hasta que mis pulmones ya no dan más. Solo cuando mis
pantorrillas se acalambran y las piernas me tiemblan, dejo de
forzarme a seguir.
Las farolas que iluminan la acera me hacen sentir demasiado
expuesto. Seguro que en cualquier momento mamá saldrá en el auto
a buscarme, pero no quiero que me encuentren. Necesito a alguien
que me escuche, alguien que me ayude. Alguien que me mantenga
unido, junto con mi familia.
Cuando salgo del haz de luz, mis ojos se enfocan al frente, y me
pregunto si es una señal. Una iglesia, iluminada desde adentro como
si me estuviera llamando. Mamá hablaba de un “Dios” que ayudaba
cuando le rezaba. Dijo que habían tenido problemas para tener otro
hijo, y que cuando empezaron a hablarle a Él, quedó embarazada de
mí.
Nunca íbamos a la iglesia como familia. A mi papá no le gustaba
pertenecer a nada organizado, salvo a los cultos deportivos.
Camino rápido, deslizándome por los portones verdes de metal. Ya
perdí todo el músculo que tenía cuando jugaba béisbol. Estoy tan
flaco que podrían confundirme con una rama si me quedo quieto el
tiempo suficiente. Mamá pensaba que tenía un trastorno alimenticio
desde que Eamon se fue; papá decía que lo hacía por atención.
Ninguno tiene razón.
Esperaba que mi tío me encontrara tan repulsivo que ya no
disfrutara de tocarme.
Cuando llego a las grandes puertas marrones talladas con ángeles,
intento abrirlas. Están cerradas con llave, por supuesto. Porque
claro, ¿por qué estaría abierto el supuesto lugar de refugio cuando
más lo necesito?
Rodeo la iglesia, trepando con cuidado hasta una ventana lateral.
Me afirmo y trato de abrirla.
Nada.
Golpeo con el hombro, pero siento que solo voy a romperla y
lastimarme si sigo. Nunca antes había quebrantado la ley, pero ¿no
se supone que este lugar es un refugio si lo necesitas? Si Dios ayudó
a mamá, seguro me perdonaría por tratar de encontrar refugio.
Salto al suelo y busco en la zona de césped hasta que encuentro una
piedra que encaja justo en mi mano. Retrocedo unos pasos, lo
suficiente para lanzar con fuerza y romper uno de los vidrios
pequeños. El cristal estalla y me quito la camiseta, envolviéndola en
mi mano para limpiar con cuidado los fragmentos y abrir paso para
alcanzar el pestillo.
Una vez abierto, me trepo y entro, cerrando la ventana tras de mí.
El silencio me recibe, y a medida que avanzo en medio del calor,
respiro hondo. Cera y papel llenan mis pulmones, y, curiosamente,
me recuerda a una biblioteca.
El lugar es amplio, con dos filas de bancas de madera oscura a
cada lado del pasillo. Al frente hay una estatua de un hombre con los
brazos abiertos y una corona de espinas en la cabeza. Frente a él, una
especie de pila y un atril. Alrededor, velas: unas encendidas, otras
apagadas. No es tan brillante como parecía desde fuera.
Tal vez sea por los colores pálidos, blancos y beige. Hay pinturas
en el techo, pero no sé nada de ellas. No puedo verlas mucho tiempo
porque hay hombres y mujeres desnudos. Y ojalá pudiera decir que es
la primera vez que veo un pezón, pero no. Me han obligado a ver tanto
porno que ya conozco demasiado sobre los cuerpos sin ropa de ambos
géneros.
Mordiéndome la mejilla, me siento en la banca más alejada del
frente. Miro al suelo, a mis pies descalzos, y arrugo los dedos.
—Yo…
Mi voz se pierde en el eco del viento que entra por la ventana rota,
acompañando mi voz hecha pedazos.
—No sé qué hice para merecer esto, pero lo siento. Si fue por
mentirle a papá aquella vez que Eamon me llevó a escondidas,
prometo que no volverá a pasar. Si fue por jalar la silla de aquel niño
y que se cayera, juro que fue porque se había derramado algo y no
quería que se mojara los pantalones.
Trago saliva, subo las piernas y me abrazo, apoyando los pies en
la banca.
—Solo… lo siento. Juro que no volveré a hacer nada malo. Solo…
por favor, haz que todo se detenga, y prometo que seré bueno.
Me froto los ojos contra las rodillas, apretándome más fuerte,
esperando que alguien entre y me escuche.
—No sé si puedes ver lo que él me hace —me ahogo en mi propio
sollozo, las lágrimas cayendo sin control mientras confieso todo al
vacío que me envuelve—. Cada semana me toca. Me dice que es
normal, que si no, no se sentiría bien. Pero no quiero que se sienta
bien. Por favor, ayúdame. Nadie me ve. Nadie escucha mis súplicas
silenciosas. Tengo miedo…
El sonido de una puerta de auto resuena fuerte en medio del
silencio. Luego otra.
No reacciono, ni siquiera me muevo cuando la puerta de madera
de la iglesia se abre de golpe.
—¡Policía! —grita un hombre, y las luces intermitentes me
atraviesan, iluminando la banca frente a mí antes de rebotar, duras y
cegadoras—. ¡Manos arriba!
Dispárenme y terminen con esto de una vez.
—¡Te dije que levantes las malditas manos!
No me muevo, pero susurro:
—¿Qué te hice, Dios, para que ni siquiera me escuches?
No sé qué duele más: el golpe que papá me acaba de dar en la mejilla
o la mirada que mamá me lanza. No puedo dejar de mirarla, viendo
esa decepción y arrepentimiento en sus ojos azules.
Murmuro: “Lo siento.” Pero ella solo niega con la cabeza, las
lágrimas se le acumulan en las pestañas antes de caer. Se da vuelta y
se aleja de mí.
La puerta se abre hacia nuestra pequeña sala de madera,
acompañada solo por la presencia de mis padres, el olor a libros y la
tensión. Al alzar la vista, veo al abogado de la familia entrar.
Acabo de ver al juez, y aunque quise gritar cada pedazo de mi dolor,
me quedé en silencio. El rostro del abogado serio cuando mira a mi
papá, y siento que se avecina otro golpe, aunque esta vez no será
físico.
—Como fue una iglesia lo que vandalizó, se considera un crimen
federal. Pero como es su primer delito, solo le darán libertad
condicional.
No entiendo del todo qué significa, pero cuando mamá suelta un
suspiro entre lágrimas, siento un poco de alivio.
—¿Por cuánto tiempo? —pregunta papá, y yo me acerco un poco
más.
Sé que decepcioné a mi mamá, pero agradezco tanto que aún me
quiera. Apenas estoy cerca, me toma de la cabeza y me hunde contra
su pecho. No dudo, la abrazo con fuerza, como si fuera lo único que
me mantiene con vida.
¿Por qué no puedo decirte la verdad? ¿Por qué no puedo ser fuerte
como tú?
—Veinticuatro meses —dice el abogado, y mamá se estremece,
abrazándome más—. Cada fin de semana hará trabajo comunitario,
y su oficial de libertad condicional lo verá entre tres y cuatro veces
por semana.
—Eso suena exagerado…
—¿Cada fin de semana? —pregunto, interrumpiendo a papá y
alejándome un poco de mamá—. ¿Y alguien me va a vigilar?
—Sí. Como vives con tus padres, ellos nos reportarán durante la
semana. Tu oficial vendrá a verte. Durante los fines de semana, él te
llevará a hacer tu servicio.
El calor me recorre el cuerpo, y juro que las piernas me tiemblan.
—Tu tío estará decepcionado. Esos son sus días favoritos para
estar contigo —comenta papá con sarcasmo, y sé que también quiere
quejarse de tener que estar más presente.
Estar más presente… para vigilarme…
Me tambaleo hacia adelante, y mamá interpreta mi casi desmayo
como miedo por lo que me espera. Pero estaría tan, tan equivocada.
Esta es mi salida. Él no va a esperar dos años. Se va a cansar de
mantener distancia, y finalmente voy a ser libre. Va a encontrar a otro
a quien lastimar.
Estoy libre, incluso si estoy atado a lo que ellos creen que es un
castigo.
—Oh, cariño, vamos a ayudarte.
—E-Está bien… —Entierro la cara en su pecho y respiro hondo,
aliviado.
No tengo que sufrir más…
Estoy a salvo…
Por fin…
Calista
—¿Crees que los herrajes deberían ser de bronce o negro mate?
Ya no estoy prestando atención a nada. Lo que pase con esta cabaña
me tiene sin cuidado. Podrían ponerle un salpicadero de arcoíris y yo
igual comería en esa maldita barra.
Bueno, está bien, eso es mentira. Aunque no me molesta el color, la
paleta está pensada para ser neutra en los espacios abiertos.
—Negro mate con el roble y el salpicadero gris mantendrá el
espacio cohesivo. Ya hay suficiente marrón en la madera del resto del
lugar.
Él asiente.
—Y, por último, la chimenea. ¿Quieres que la restauremos o que la
reemplacemos?
La observo. El fuego está encendido, no porque haga frío, sino
porque se fue la luz con otra tormenta eléctrica. Mis amigos
contratistas son los mejores, trabajando incluso cuando apenas
pueden ver. Hicieron lo que pudieron mientras el sol estaba en su
punto más alto, pero ahora que se fue, estoy aquí encargándome de
los últimos detalles.
—Restáurenla. Reemplacen solo lo necesario para que pase la
inspección.
—Como digas, jefa. Cuando llegue todo, espera alrededor de una
semana para la entrega. Deberíamos poder terminar la cocina en unos
días, siempre que no surjan más problemas. Luego la habitación
principal y la de huéspedes. ¿Aún quieres que hagamos el cenador?
Aclaro mi garganta y niego con la cabeza.
—No, cambié de opinión.
Él sonríe.
—Perfecto. Creo que en un mes más o menos lo dejamos listo.
Asiento.
—Gracias, Benny.
Sale por la puerta principal y la cierra tras de sí. Me rodeo la cintura
con los brazos y miro por la ventana de pared a pared, buscando
consuelo en la oscuridad exterior.
Ronan no ha vuelto, y ya pasaron tres días. Dejó su celular, y
después de veinticuatro horas lo usé para llamar a Ken. Su amigo dijo
que no lo ha visto ni ha sabido nada de él. Pensé en llamar a mi
padrastro, pero decidí no hacerlo. Eamon ni siquiera se ha
comunicado con él para pedir mi número, y algo me dice que no lo
hará. Está librando su propia batalla, y es obvio por la forma en que
habló de su hermano que no está listo ni siquiera para perdonarse a sí
mismo. ¿Cómo espera que Ronan lo haga?
Paso a la sala y me dejo caer en el sofá negro, mirando directamente
al techo. Los paneles de madera sostienen el peso de la lámpara de
araña, que no brilla por la falta de luz.
Estoy agotada, pero me imagino que Ronan también. Lo que estoy
haciendo es infantil, persiguiendo a un hombre que está visiblemente
destrozado por un pasado que todavía lo atormenta. Lanzarme sobre
él así no es lo que quiere.
¿O sí? ¿Por qué le importaría saber quién me está siguiendo si no
me quisiera? No tendría razón para cargar con eso si no le importara.
Es obvio que le importas, Cal, no seas una maldita idiota.
Creo que mi mente hiperactiva me deja inconsciente, porque un
golpe repentino me despierta de golpe. Me enderezo de un salto, con
los ojos muy abiertos, y veo a Ronan de espaldas a mí, inclinado sobre
la isla sin terminar en la cocina.
Suspira, y me levanto, la manta que ni siquiera recuerdo haberme
echado encima cae al suelo cuando me pongo de pie.
—Mentiría si dijera que no quise despertarte —definitivamente
suena agotado, con un tono un poco arrastrado. ¿Está borracho?—.
Pero sí quise.
Mordiéndome el interior de la mejilla, doy un paso hacia él.
—¿Estás bien?
Una risa casi inmediata responde a mi pregunta.
—No, baby girl. No he estado bien desde hace mucho, mucho
tiempo.
—Yo…
—No necesito tus disculpas. No hiciste nada malo.
Se gira lentamente hacia mí, su chaqueta de cuero abierta, dejando
ver su pecho desnudo. Lleva jeans (que no traía puestos cuando se
fue) y el cinturón desabrochado.
Mientras lo observo, algo capta mi atención: una lata en el
mostrador junto a él que no estaba cuando los contratistas se fueron.
—Los ojos aquí, Cal.
Mi mirada sube a la suya, y se ve exactamente como suena,
haciéndome contener el aliento.
—Voy a tomar una triple dosis de tus pastillas para dormir. —En
cuanto abro la boca para hablar, levanta la mano—. Voy a estar bien,
solo… necesito dormir y no quiero que nada me despierte.
Baja la mano y la posa sobre lo que ahora distingo claramente como
una lata de pintura.
—Cuando me miraba al espejo, veía sus manos… no, las de todos
ellos.
¿Ellos…?
—Veía sus huellas, y ningún tiempo, jabón o agua podía borrar lo
que veía. Así que cubrí lo que pude. La piel asquerosa y traidora que
no me dejaba seguir adelante.
Me muerdo el labio inferior, deseando correr hacia él, abrazarlo,
decirle que lo entiendo. Que quiero escuchar su historia tanto como
quiero contarle la mía, que no me va a asustar, ni me hará huir, ni me
va a dar asco mirarlo.
Pero por más que quiera mostrarle todo eso con mi cuerpo, no lo
haré. Voy a aprender cómo necesita que esté para él, porque estoy lista
para tomarlo como quiera dármelo.
Lo tomo como él quiera entregarse.
Mira la pintura.
—Es no tóxica, segura para la piel.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué…?
—Buenas noches, Cal.
No me deja terminar la pregunta. No me deja preguntarle por qué
la trajo ni por qué dijo lo que dijo.
Cuando se aleja, mi corazón comienza a calmarse. Ni siquiera había
notado que estaba acelerado, ni que contenía la respiración. Me estaba
asfixiando, incluso si él me estaba dando el aire fresco que había
estado deseando durante los últimos tres días.
Me acerco al mostrador y me detengo sobre la lata de pintura. Mis
ojos se deslizan sobre las palabras.
—Toque de blanco… —murmuro—. No tóxica…
La levanto y noto que fue abierta. Cuando la inclino un poco, veo
una marca de mano en el costado. Aún tenue, pero inconfundible.
Trago saliva, miro hacia el pasillo, y luego de nuevo la lata.
Oh…
Espero una hora, aunque sé que no necesitaba tanto. Si realmente
se tomó una triple dosis de las pastillas, no tardó ni diez minutos en
quedarse dormido. Aun así, quería asegurarme de que cuando entrara
no se moviera. Y no lo hace.
Mi maldito corazón está a mil por hora, rebotando entre el estómago
y la garganta, amenazando con noquearme y arruinar este momento.
Pero el deseo es más fuerte que el miedo.
Me acerco a la cama lentamente, la lata abierta en una mano. La
dejo en su mesa de noche junto a una vela encendida, y me quito todo
menos el sujetador y las bragas.
Ronan no lleva camiseta, y la sábana le cubre hasta las caderas, así
que no sé si trae bóxer o pantalones. Está completamente dormido, un
brazo sobre su rostro, inmóvil. Su pecho sube y baja en una
respiración constante.
Llevo mis manos a su brazo para moverlo, pero me detengo. Él
quiere saber dónde lo toqué.
Humedezco mis labios, luego recojo un poco de pintura con los
dedos, la extiendo por mis palmas y vuelvo a su brazo. Lo rodeo con
mis manos, pero en cuanto lo hago, me congelo.
Está dormido, pero igual espero que se mueva, que me agarre la
muñeca y me aparte. Pero no lo hace, y cuando le quito el brazo del
rostro y lo acomodo sobre la almohada, lo miro.
Su cabeza está ligeramente ladeada, así que pongo mi mano en su
mejilla para girarlo hacia mí. Con la ayuda de la vela, puedo ver la
pintura blanca donde lo toqué.
Bajo la mirada y veo cada lugar donde quiero poner mis manos. No
hay una sola parte de él que no quiera tocar, pero no voy a ser egoísta.
No la primera vez.
Admiro sus tatuajes: diseños de edificios romanos antiguos en
ambos bíceps, formas geométricas cilíndricas, todo parece aleatorio.
Se ve increíble, incluso el ángel en su pecho que mira hacia abajo a
otro ángel que parece haber sido abatido en batalla. Líneas y puntos
rellenan los espacios vacíos, y la única piel visible es donde tiene
sentido dentro del diseño. Su rostro, aparte del “SIT” sobre su ceja, es
lo único sin tinta.
Respiro profundo, pongo más pintura en mis manos y me acomodo
sobre la cama, de rodillas a su lado. Comienzo por su mandíbula,
dejando una huella completa, mientras la otra se posa sobre su pecho,
justo encima de su corazón. Lo siento bajo mis dedos, latiendo
constante, sin miedo.
He visto cómo reacciona a mi toque cuando está consciente. No
puedo imaginar tenerle tanto miedo a algo tan natural, y ese
pensamiento me aprieta el pecho.
En lugar de posar mi mano entera sobre él otra vez, dejo que mis
dedos recorran su abdomen suavemente. Su cuerpo sigue relajado, y
apenas distingo los surcos de sus abdominales. Pero sé cuán fuertes
son. Cada músculo, cada centímetro de él, fue forjado como un
escudo, su manera de protegerse, porque nadie más lo hizo.
Cuanto más bajo voy, más se me tensa el estómago, y al llegar a la
sábana, me detengo. Cada parte de mí desea lo que hay debajo, pero
no así. No la primera vez que me permite tocarlo. Así que subo otra
vez y sigo el rastro de las cicatrices en su abdomen.
Son líneas pequeñas, y odio pensar que son puñaladas, pero no
puedo imaginar otra cosa. Considerando las varias que tiene en su
espalda, me pregunto si lo atacaron en prisión.
Solo imaginar a alguien haciéndolo sangrar me enfurece. Me
empiezo a sentir posesiva, y tal vez por eso quiero demostrarle que mi
toque es distinto. No quiero hacerle daño, pero si él quiere violencia,
quiero ser la única que se la dé. Si quiere sentir algo, quiero que venga
a mí.
Como ahora… Espero que esto sea tan nuevo para él como lo es
para mí. Que el “coño” al que Ken se refería fuera el mío, y que Ronan
le haya dicho que me estaba follando a mí y no a otra cualquiera.
Miro brevemente la pintura.
—Es no tóxica.
Me inclino, meto el dedo en la lata y lo llevo a mis labios, untándolo
alrededor. Luego me subo encima de él, mis piernas a ambos lados de
sus caderas.
Me inclino hacia delante y presiono mis labios pintados en el centro
de su pecho, un roce suave antes de subir al cuello. El primer beso
está amortiguado por la pintura, pero mientras sigo la línea de su
mandíbula, empiezo a sentir el calor de su piel. Su barba raspa un
poco mi boca mientras rozo apenas sus labios.
Coloco mis manos a los lados de su cuello, manteniendo los ojos
abiertos mientras lo beso. No hay respuesta, nada más que su cuerpo
quieto. Por más que quiera quedarme, no lo hago y bajo otra vez a su
pecho, donde recuesto mi cabeza.
No sé cuánto tiempo paso ahí. Solo cuando intenta moverse me doy
cuenta de que probablemente debería irme. Intenta girarse, pero con
todo mi peso encima, no puede. Gime, incómodo, y empiezo a
moverme. Hasta que su brazo me rodea y nos gira de lado.
Aspiro con fuerza y, por instinto, digo:
—Lo siento.
—No eres tú —murmura.
No puede estar despierto. Si lo estuviera, me estaría apartando,
porque tengo ambas manos apoyadas en su pecho.
No creo que quiera que me quede, y aunque me aprieta contra él
como si me suplicara que no me vaya, sé que debería hacerlo. Subo
una mano y le acaricio la mejilla antes de besarle los labios una vez
más. Luego, luchando por liberarme de su agarre, me suelto. Tomo la
pintura, apago la vela y salgo de su habitación. Solo miro hacia atrás
una vez antes de cerrar la puerta.
Mis manos arden por querer volver a tocarlo, y de repente me siento
entumecida.
Nunca había sentido algo así, y me aterra perderlo un día. Perderlo
a él.
Después de limpiar la pintura de mis labios y manos, caí en la cama y
me desmayé.
Ahora solo estoy sentada frente a la chimenea, dejando que el clima
melancólico de afuera se cuele en la cabaña. Empezó a lloviznar, una
lluvia de verano, con el suave crujido de truenos cada tanto. Es
hermoso, pero no puedo disfrutarlo porque, joder, estoy hecha un
manojo de nervios.
No me sorprende del todo que no estuviera despierto cuando salí de
mi habitación esta mañana. Pensé en asomarme a su cuarto, pero no
sé si estoy lista para enfrentarlo después de lo que hice anoche con la
pintura.
Estaba tan segura de que eso era lo que quería que hiciera, pero ahora
que tuve demasiado tiempo para sobrepensarlo, empiezo a dudar. ¿Y
si en realidad la compró para otra cosa? ¿Y si… era una prueba y la
fallé miserablemente? Tal vez la huella no era suya, sino de los
trabajadores que derramaron otra lata por ahí.
No he podido tomarme el café, ya está frío ahí, sobre la repisa de la
chimenea.
Probablemente debería irme, no estar aquí cuando despierte, por si
su reacción es demasiado fuerte como para soportarla. Y, aun así, me
gusta esa mierda masoquista, y aunque estoy cagada de miedo, hay
una parte de mí que no le teme a estar equivocada. Él no es blando, y
si se enoja conmigo, tal vez me castigue.
¿Pero y si tenía razón? ¿Se volverá tierno y cariñoso conmigo?
¿Quiero eso? Joder, no puedo salir de mi cabeza. En serio necesito
ayuda.
Un golpe fuerte me hace dar un brinco y levantarme de un salto.
Unos pasos se acercan rápido en mi dirección, desde los
dormitorios. Mi corazón late con tanta fuerza como él se acerca, y me
preocupa que salga disparado por mi garganta o simplemente se
detenga por no encontrar una vía de escape.
Cuando Ronan aparece, primero mira hacia la cocina, pero
enseguida me ve donde estoy, de pie, con solo mi camisón. Me pongo
a jugar con la tela, estirándola y tirando de ella, nerviosa.
¿Se ve enojado? No… no exactamente, tal vez molesto. Mierda…
—¿Me besaste?
Bueno, ahora es bastante obvio, con la luz iluminándolo todo, y las
marcas de pintura visibles. Dejé decenas de ellas desde su pecho,
bajando por sus caderas, y subiendo de nuevo hasta sus labios.
Algunas están borrosas, lo cual tiene sentido, ya que muchas no
estaban secas cuando él me apretó contra su cuerpo. Incluso yo tengo
manchas blancas por el pecho, de cuando me sostuvo un momento.
—Sí. —No tengo otra respuesta. Es evidente.
Cuando frunce el ceño, me preparo para escucharlo decir que se va.
Que crucé todos los límites, que arruiné cualquier posibilidad de esto;
de nosotros.
Pero estoy equivocada. Tan jodidamente equivocada.
Camina hacia mí con tal determinación que, por instinto, retrocedo,
pero él me rodea con el brazo, apretando mis brazos contra mi cuerpo.
—¿Estás diciéndome que nuestro primer beso fue mientras yo
dormía?
Inclino la cabeza justo cuando sus dedos se deslizan bajo mi coleta
floja, agarrándome del cabello y obligándome a echar la cabeza hacia
atrás.
—Chica mala.
Y entonces su boca está sobre la mía, hambrienta, desesperada,
devorándome como si yo fuera el alimento que le ha faltado durante
años.
Ronan
Mía.
Eso es lo que Calista es, sin lugar a dudas. Aunque sea algo temporal,
con fecha de caducidad, voy a destruirnos a los dos con el tiempo que
tenga.
Ver todas las marcas que dejó en mí confirmó el hecho de que podía
mirarlas sin querer lastimar su origen. Un solo acto no va a arreglar
todo mágicamente, pero es un comienzo. Veo sus marcas igual que
veo mis tatuajes, como si necesitara cada parte de mi cuerpo cubierta
con ella, y solo con ella.
Calista es tan delicada, aunque quiera que la traten como todo
menos eso. Cuando fuerzo mi lengua dentro de su boca, ella gime
contra la mía y, como si solo hubiera ido por un leve roce, intenta
cerrar los labios y girar la cabeza.
Le agarro el cabello más fuerte y gruño.
—No, abre la boca. Déjame saborearte. —Me encanta lo receptiva
que es, cómo obedece sin dudar—. Lengua afuera, baby girl. —
Mientras la hago retroceder hasta que su culo choca con el borde del
sofá, ella saca la lengua. La tomo entre mis dientes antes de
succionarla.
Sus ojos se ponen en blanco, y cuando vuelvo a besarla con fuerza,
es como si hubiera activado un interruptor; de pronto, ella es tan
salvaje como yo hace un momento. Ese es el fuego que quiero en todo
lo que hagamos, ese tira y afloja donde ella siempre va a perder.
—Voy a soltarte —le susurro contra los labios—. Las manos detrás
de la espalda, y si se te ocurre moverlas, te voy a atar. —Ella empuja
los hombros hacia atrás, los brazos ahora donde no puedo verlos.
—Buena chica.
Emite el sonido más sexy y se inclina para otro beso, al que no me
niego. Si se porta bien para mí, entonces le voy a dar todo lo que
quiera.
Mis manos bajan hasta la parte trasera de sus muslos mientras la
levanto y la siento en el borde del sofá. Me muerde con fuerza el labio
inferior, y le devuelvo el favor, mordiéndola y succionando su labio
hasta que lo tengo atrapado en mi boca. Arranco su delicada prenda
de dormir, subiéndola por su cuerpo, y luego la dejo caer sobre sus
hombros como una especie de atadura improvisada. La tela se adhiere
a sus brazos, manteniéndolos suavemente sujetos, dejándola expuesta
pero envuelta por ese abrazo de seda.
Su pecho ahora está completamente desnudo ante mí, y aunque ya
he visto sus tetas antes, es como encontrar el mar en medio del
desierto. Me muero por probarlas, tocarlas, verlas todo el tiempo que
pueda. Esto solo refuerza el pensamiento de encerrarnos en esta
cabaña, cerrar la puerta con llave y no dejar que nadie más entre. Que
camine desnuda para mí, para poder admirar su perfección y tenerla
solo para mí hasta el día en que muera.
Con una mano en el centro de su espalda, agarro una de sus tetas y
pellizco su pezón perforado. Tomando las bolitas de la barra, la giro,
y ella gime. Sus piernas, que están abiertas con nuestras caderas
presionadas, me aprietan con fuerza, como rogando que no me aleje.
Su cabeza cae hacia atrás, y yo bajo al cuello, rozando mi nariz
hasta llegar a su clavícula, donde paso la lengua y luego muerdo con
fuerza. Voy a marcarla para que, quien la vea, incluso ella misma,
recuerde que me pertenece.
Succiono su piel con fuerza, mordiéndola, sintiendo cómo su
cuerpo se tensa debajo de mí. Gimo y repito la acción hasta llegar al
inicio de su pecho, mientras su respiración se vuelve más pesada y
usa los pies para arrastrarme aún más cerca.
Chasqueo la lengua.
—Tan necesitada. —Sus caderas se mueven, y con mi polla
apretada contra mis bóxers, consigue algo de esa fricción que tanto ha
estado buscando.
La recuesto un poco y me llevo su pezón a la boca, dándole
pequeños toques con la lengua mientras se endurece más. Ya hasta
olvido que tengo la lengua perforada por la barra de plástico es
transparente. En la cárcel no toleran esas cosas, pero no iba a perderlo,
me encanta, y sé que a ella también le va a gustar. Le voy a comprar
uno metálico para su precioso clítoris.
—Ah, Ronan, así, justo así. —Maldita sea, suena increíble.
Chupo con más fuerza, tirando de su piercing y haciéndola temblar
debajo de mí. La piel se le eriza y eso me hace sonreír.
Deslizo mis manos a sus caderas, la jalo bruscamente hacia mí, y
mi polla choca contra su coño cubierto.
—¿Vas a ser mi buena putita y mantener las manos atrás mientras
te follo con la lengua?
Inclino la cabeza mientras ella baja la mirada hacia mí, con los
labios entreabiertos, jadeando. Sus mejillas están teñidas de un rosa
delicioso, y cuando parpadea lentamente, pregunta:
—¿Y qué pasa si soy mala?
—Vas a ser castigada. —Paso los dedos por debajo de su ropa
interior y la bajo lentamente por sus muslos. Me aparto solo para
quitársela por completo.
Aprieta los labios, y cuando los suelta, se abren con lentitud.
—Vale la pena el dolor.
Todavía tengo que enseñarle que mi dolor solo llega en forma de
placer o negación. Jamás le pegaría en un lugar donde no lo desee,
pero lo que no quiero es que esto termine porque no puedo manejar
su toque. Me importa tanto que preferiría irme antes de dejar que
cualquier violencia se derrame en los lugares los que no pertenece.
Inhalo profundamente por la nariz mientras le abro más las piernas,
mis pulgares presionando sus muslos, acercándome lentamente a su
coño.
—Si sientes necesidad de tocarme, baby girl, agárrame del pelo. Si
te desvías, te voy a meter el puño.
Lentamente, mueve una mano hacia el frente y la lleva a mi cabeza.
No tengo mucho cabello porque lo mantengo corto, pero seguro se las
arregla. Cuando sus dedos rozan mi cuero cabelludo y lo acarician
hacia atrás, un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Es una sensación tan
buena que solo despierta deseo y lujuria.
Me arrodillo y uso los pulgares para separar su coño brillante.
Inmediatamente veo el metal, un piercing vertical en el capuchón del
clítoris, y ahora entiendo su necesidad de fricción.
—Tu apariencia grita inocencia, pero eres cualquier cosa menos
eso. —Paso el pulgar y lo muevo, su agarre en mi cabello se aprieta
mientras gime. Su pie se apoya en mi hombro y me inclino, rozando
mis labios por su clítoris hasta el pequeño aro que sé que, si se mueve
de la forma adecuada, lo hará golpear ese botoncito hinchado—. Así
como tu boca miente, tu fachada también.
—Ronan, yo…
La corto succionando su piercing dentro de mi boca, luego la abro
y aplano la lengua sobre su clítoris.
Sus caderas se lanzan hacia adelante, y no soy solo yo el que gime
de placer. En cuanto su sabor llega a mí, envuelvo mis brazos por
debajo de sus piernas y entierro la cara entre sus muslos.
No hay sabor artificial en su excitación; es salado, fresco y con un
toque dulce que me vuelve adicto al instante. Mis labios envuelven su
clítoris, succionándolo. Otra mano se clava en mi cabeza, y estoy tan
perdido en sus sonidos y su sabor que no puedo pensar en nada más
que en hacer que se corra en mi cara.
Normalmente, haría que se sentara en mi boca como si fuera su
trono, pero no tengo paciencia. Maldita sea, solo pensaba en mirarla
para ponerla nerviosa, pero en cuanto la vi, supe que tenía que
probarla. La quiero, ahora, siempre y en cualquier lugar, no importa
dónde estemos.
Desciendo solo lo suficiente para deslizar mi lengua en su coño.
Ella se sorprende y se tensa a mi alrededor. Cuando levanto la mirada,
su cabeza está echada hacia atrás, con su pecho subiendo y bajando
como si le faltara el aire.
Está tan apretada, sorprendente considerando que usa cosas como
Big Bertha. De cualquier forma, me alegra saber que voy a moldear
su coño solo para mí.
Saco la lengua y deslizo los dedos entre sus labios mojados,
empujando dos hacia adentro.
—Vas a montarte en mis dedos hasta que te corras para mí, baby
girl. Quiero verte tragarlos como lo harás con mi polla.
Llevo su pie a la parte trasera del sofá, luego tomo una de sus manos
y la coloco sobre su clítoris.
—Tócate, déjame ver cómo te deshaces.
Empujo los dedos, pasando los primeros nudillos hasta que los
segundos amenazan con entrar también, y los dejo ahí.
—Qué coño tan necesitado tienes. Ahora date lo que quieres.
Córrete como has estado rogando por hacerlo.
—¡Oh, joder! ¡Joder! —Lo repite una y otra vez, usando el apoyo
que tiene en mí y el sofá para mover sus caderas. Ver su coño tragarse
mis dedos, envolviéndolos y mojándolos con su flujo, hace que un
gruñido profundo me salga del pecho, acompañado por la necesidad
brutal que tengo de ella.
—Así es, Cal, lo estás haciendo tan jodidamente bien.
Sus dedos rozan su clítoris, y cuando se eleva un poco del sofá,
aprovecho para meterle otro dedo. Mi mano libre abre más su pierna
mientras admiro cómo su cuerpo reacciona a mi mirada. Sus músculos
se tensan y relajan, y la piel se le eriza como si todo respondiera a mí.
Cuando lanza la cabeza hacia atrás y su mano empieza a temblar,
está gritando entre gemidos soñadores que me hacen mojar mis
bóxers. Voy a follarme ese precioso coño y llenarla tanto que me va a
sentir por días. No, semanas, meses, años; o el tiempo que me quede.
—¿Mi chica quiere correrse?
Ella asiente frenéticamente.
—Con palabras, Calista, usa tus jodidas palabras.
—¡Sí! Por favor, papi, por favor… ¡No puedo! ¡No puedo! —Al
curvar los dedos dentro de ella y rozar el punto exacto, su mano
acaricia con desesperación su clítoris y se lanza al vacío. Sus
movimientos pasan de fluidos a frenéticos, y se agarra más fuerte a
mi cabello para no desplomarse.
—Mierdaaaa, baby girl, así es. —Cuando se corre sobre mi mano,
usa la suya para no caerse del todo. Incluso cuando sus caderas dejan
de moverse, yo sigo bombeando lentamente mis dedos, prolongando
su orgasmo.
Tiene la boca abierta, como luchando por no alejarse.
—Ronan. —Su voz es tan soñadora, y joder, voy a pasarme la vida
haciéndola correrse solo para oírla hablar así.
Saco los dedos y los llevo directo a mi boca. Su sabor explota en
mi lengua y gimo. Es como si lo hubieran hecho solo para mí. El
alimento que he estado deseando. Como agua en tierra seca, sin ella,
me marchitaría.
Empiezo a pensar que fue hecha para mí en todos los sentidos.
Cuando mueve las manos, espero, listo para decirle que las vuelva a
poner detrás, pero no hace falta. Se inclina, lleva los hombros hacia
atrás y coloca las manos detrás de sí sin que yo diga una sola palabra.
Justo cuando voy a felicitarla, abre la boca y saca la lengua.
Jodido Cristo… estoy perdido.
—¿Mi putita quiere probarse?
—Por favor —dice con la voz entrecortada.
Bajo la cabeza y recojo su flujo con la lengua, lo que provoca que
sus piernas tiemblen y sus labios emitan gemidos suaves.
Sorprendentemente, me cuesta no seguir comiéndola porque, joder,
¿por qué sabe tan bien?
Cuando me pongo de pie, le agarro la cara para hacer que me mire
hacia arriba y escupo lo que tengo en su lengua. Ella lo traga y luego
estampo mi boca contra la suya.
Necesito más.
Y pienso tenerlo.
Calista es mía.
Toda mía.
Calista
¿Estoy drogada ahora mismo?
Tal vez sí, porque apenas puedo respirar, y siento como si flotara.
Hace mucho que no fumo marihuana, pero esto bien podría ser la
misma sensación.
Mi pecho sube y baja, intentando centrarme después del que
probablemente ha sido el mejor orgasmo de mi vida. La forma en que
me habla es algo que nunca había sentido. Era como si cada palabra
se arrastrara entre mis piernas, haciendo vibrar mi clítoris justo bajo
mis propios dedos.
Siempre le rogué a mis parejas anteriores que me ataran, me dieran
nalgadas, me apretaran el cuello; todos esos actos físicos que muchos
considerarían depravados, pero jamás imaginé que la degradación
sería mi verdadero pecado. Ese que necesito con desesperación.
Me tratan como una muñeca, una princesa, algo frágil durante el
día. Pero no lo soy, y no me importa romperme. Quiero romperme.
Especialmente si es entre las manos de Ronan, bajo su lengua, entre
sus dedos. Mientras sea él quien me arrastre al infierno, estoy
dispuesta a arder solo para que nuestras cenizas se mezclen y ya no se
nos pueda distinguir.
—No debes usar mucho a Big Bertha.
Una presión se acumula justo en mi centro empapado haciendo que
mi espalda se arquea de inmediato. Sus dedos se hunden, no
demasiado, pero lo justo para curvarse y rozar ese punto que me hace
un nudo en el estómago.
—Este coño está tan apretado.
Un gemido se escapa de mis labios cerrados.
—Inclínate hacia adelante —susurra contra mi boca, justo cuando
su otra mano se desliza bajo mi culo y me levanta del sofá. Obedezco
sin pensar, presionando mi pecho contra el suyo. Instintivamente
quiero rodear su cuello con los brazos, porque sus dedos siguen dentro
de mí y no me da ningún soporte por la espalda.
Mis piernas se aferran a él, lo que provoca que mis caderas rueden,
llevando sus dedos más profundo.
—¡Oh, joder!
No lo pienso; apoyo la frente en su hombro mientras mis dientes se
hunden justo sobre su clavícula.
Se tensa, y yo también. Siempre han sido mis manos el problema.
Y no sé qué partes de mi cuerpo no quiere que usen para tocarlo.
Solo hay un momento de pausa, y luego saca sus dedos de mí y me
sujeta por la espalda baja. Nos lleva de regreso al sofá, se deja caer
con fuerza y me acomoda en su regazo.
No sé por qué, pero no quiero recostarme. Tal vez sea miedo a lo
que voy a ver, a decepcionarlo, a no haberlo hecho bien o haber ido
demasiado lejos.
—Estás bien. —Pone su mano sobre mi estómago y, con calma,
como si me estuviera mapeando, la desliza entre mis pechos. Aplica
una leve presión y me empuja hacia atrás, hasta que su mano envuelve
con ternura mi garganta.
—Dime lo qué no debo hacer —susurro, tragando saliva, lo que lo
hace apretar un poco más su agarre.
—¿Y si mejor te digo lo que sí debes hacer, muñequita?
Se humedece el labio inferior y separa apenas las piernas,
acomodando las mías justo sobre sus caderas.
Sus ojos se deslizan de mi rostro a mi cuello, luego a mis pechos, y
puedo ver cómo su mirada pasa de deseo a lujuria en un segundo. Se
enfoca completamente, y cuando baja la vista a mi sexo, el que
mantengo libre de vello excepto por un pequeño triángulo, pasa su
lengua por los dientes.
—Elige una huella —dice, subiendo su mano desde mi cuello hasta
mi barbilla.
Escaneo su torso, sus hombros y todas las zonas que toqué anoche.
La mayoría de las huellas están desdibujadas en su abdomen, pero las
que dejé con más cuidado siguen intactas en su pecho.
Levanto lentamente la mano y señalo la que está justo en el centro
de su torso, entre los músculos marcados.
Desliza su pulgar por mis labios, y como si me hubiera dado una
orden directa, los abro. La descarga de adrenalina cuando mete el
dedo en mi boca y lo arrastra por mi lengua me hace frotarme contra
él. Su polla ya rozaba mi clítoris, pero ahora siento unas especies de
protuberancias que me vuelven loca buscándolo.
—El dolor físico es manejable para mí. Me han apuñalado,
electrocutado, golpeado casi hasta la muerte.
No quiere que me enfoque en el trauma de esa frase, porque su otra
mano, la que no está deslizándome otro dedo en la boca, se posa en
mis caderas y me aprieta más contra él.
—Un simple toque es como ácido en mis huesos. Se adhiere y me
hace querer arrancarme la piel. Todo está en mi cabeza y yo…
Hace una pausa, breve, antes de continuar:
—Tú, pequeña, no puedes arreglarme… no de la noche a la mañana.
Su pulgar me sujeta de la barbilla y me guía como si yo fuera un
pez atrapado en su anzuelo. Sus dedos rozan el fondo de mi lengua,
no lo suficiente para hacerme arcadas, pero sí para hacerme babear,
igual que mi sexo empapa sus bóxers.
—Pon tu mano sobre la marca.
No dudo ni un segundo: presiono mi mano contra el centro de su
pecho. Sus fosas nasales se abren, y en sus ojos, ese azul profundo,
veo cómo se oscurece el mar.
Cuando saca sus dedos de mi boca, no los aleja demasiado. Me
agarra de la garganta y me acerca a él. Nuestros labios chocan; intento
tomar el control con mi lengua, pero él es un maldito animal
hambriento. No tengo oportunidad. Su agarre sobre mí, su lengua
contra la mía, todo gana.
Se impulsa hacia arriba y yo levanto mis caderas, permitiéndole
bajar sus bóxers. No hay pausa cuando el metal frío invade mi centro.
No quiere ternura ni yo la necesito. Él puede ser quien es, y yo lo voy
a recibir.
Cada glorioso y jodido centímetro.
He estado con hombres grandes antes, la mayoría sin idea de cómo
usar lo que tienen. Pero cuando él golpea el fondo de mi vientre, me
deja sin aire. Se traga mi gemido, girando su cabeza y profundizando
el beso.
No sentí la quemazón del primer empuje, pero sí cuando comienzo
a moverme. Tiene piercings, pero joder, siento como si estuvieran por
todas partes. No puede ser, pero el solo pensamiento me hace temblar
y acelerar el ritmo.
Me recuesta hacia atrás.
—Móntame.
Su orden no admite discusión, y cuando empiezo a moverme, sus
manos sujetan mis caderas.
—Rueda, como lo hiciste con mis dedos. Vas a sentir cada curva de
mi polla mientras te folla ese punto dulce.
Nunca imaginé que desearía que un hombre me dijera cómo follar.
Pero supongo que él conoce su polla mejor que yo, y no se equivoca.
Me inclino hacia atrás y ruedo las caderas, sintiendo su punta
acariciando, no, masajeando mi punto G. El nudo en mi vientre hace
que mis piernas tiemblen, y mi cuerpo quiera doblarse hacia adelante.
Mi mano sigue en su pecho, y justo cuando iba a moverla, él la
cubre con la suya. Sus dedos se deslizan bajo mi palma y la mantienen
en su lugar.
—Oh, joder, así, eso es…
—Ronan, voy a… ¡mierda!
Nunca he podido correrme sin estimulación en el clítoris, por eso
me hice la perforación. Pero en este ángulo, no me está tocando como
normalmente necesito y, aun así, su polla me está dando todo lo que
necesito. Mi abdomen se contrae y mis movimientos se aceleran.
Cuando cierro los ojos y me dejo ir, él me sujeta del rostro y me
obliga a mirar.
—Mírame mientras te corres en mi polla, Cal.
Juro que fuegos artificiales estallan incluso con los ojos abiertos,
mientras me estremezco con un segundo orgasmo. Su sonrisa al ver
cómo me doblo hacia adelante hace que mi corazón dé un salto
estúpido. Es como si estuviera orgulloso de mí por correrme y, por
Dios, estoy lista para recibir un trofeo que no pedí.
—Esa es mi buena chica —su elogio, mezclado con la degradación,
me incendia entera.
Un repentino azote en mi culo me hace apretar y gemir.
—Ah, mírate, incluso babeas por mí. —Se inclina desde su posición
y lame mi barbilla y mis labios—. Aún tengo que probar tus lágrimas,
muñequita. Imagino que saben tan delicioso como tu coño.
Juro por Dios, este hombre…
Estoy jadeando, sudando, la chimenea calienta el espacio, y con el
calor de nuestros cuerpos, vamos a terminar pegados el uno al otro en
cualquier momento.
—De rodillas y engancha tus muñecas detrás de la espalda. —Su
sonrisa provoca escalofríos que recorren mi cuerpo, haciendo que mis
pezones ya sensibles vuelvan a latir—. Quiero que te atragantes con
mi polla mientras te tragas mi semen antes de que lo haga tu coño.
Me odio por esto, pero gimo.
—Yo… estoy en…
—Shh. —Me agarra de las caderas y me levanta como si no pesara
nada—. Sentí tu DIU cuando te metía los dedos. Lo sé.
Estoy segura de que mi cara está roja de vergüenza. Él gime, como
si fuera a decir algo más, pero se lo traga. En cambio, se inclina y besa
entre mis pechos.
—Voy a cubrir cada rincón y llenar cada agujero tuyo con mi
semen, muñequita. Pero por ahora, vas a saborearnos juntos y tragar
lo que te dé. ¿Me escuchaste?
—Sí…
—¿Sí? —Su voz es un rugido profundo.
—Sí, papi.
—Bien. Ahora, de rodillas.
Nunca me había dado cuenta de todo lo que he tenido que hacer
para no tocar a alguien. Mientras me arrodillo, casi pongo las manos
sobre sus muslos, pero corrijo el movimiento de inmediato y las llevo
detrás de mi espalda.
Mi cabello se me va a la cara, y justo cuando estoy a punto de
apartarlo, él lo hace por mí con delicadeza. Desliza sus dedos por mis
sienes y luego a través del cuero cabelludo, apartándolo de mi rostro.
Es ahí cuando veo su polla por primera vez y ahora entiendo lo que
estaba sintiendo. No tenía razón al pensar que tenía perforaciones por
todas partes, pero sí tiene más de las que he visto jamás en un solo
miembro.
No es que haya estado con muchos que las tengan.
Tiene la escalera de Jacob, cinco en total, en la parte inferior del
tronco. Y en la cabeza, tiene una cruz mágica atravesándola. No
necesitaba verlo para saber que es más grande que la vida misma, pero
esa ligera curva hacia arriba tiene sentido. Por eso me estaba follando
tan jodidamente rico.
—¿Una putita hambrienta por mi polla, eh, baby girl?
—Sí, papi.
Envuelve su mano tatuada alrededor de ese pedazo de carne y lo
acaricia justo frente a mi cara. Mi excitación lo cubre, haciendo que
su caricia se deslice suave.
—Abre la boca.
No tengo ni una sola razón para dudar, así que hago lo que me
ordena.
Abro la boca, saco la lengua, y él la golpea con la base de su polla.
—Te verías tan bien con un collar, cuerdas en tus muñecas y brazos,
mientras tomas mi polla como la buena mascota que eres.
Sus caderas se alejan mientras toma mi cabello con la otra mano
libre.
—Pecho contra el sofá, no dejaré que te desmayes.
Él ya ha hecho esto antes, porque debe saber que no tengo manera
de sostenerme una vez que empiece.
Golpea la parte inferior de su miembro contra mi lengua y yo juego
con las barritas metálicas. Suelta un gemido sexy y me doy una
palmadita mental, anotándolo para futuras mamadas.
—Suplica por ella, Cal. Dime cuánto la necesitas.
Puedo sentir mis propios jugos escurriendo por mis muslos. Cada
vez que habla, mi coño llora por más.
Saca su polla de mi lengua, y yo jadeo al rogarle.
—Por favor… quiero saborearla, atragantarme, ahogarme con ella.
Prometo tragarme todo lo que me des. Por favor, papi.
Su gemido es tan profundo que apenas y lo escucho por encima del
sonido que hago al atragantarme cuando me penetra la garganta. Me
jala del cabello, la cruz que tiene en la punta rozando el fondo de mi
garganta. No logro llegar ni cerca de la base, y mientras muevo mi
cabeza de arriba abajo, sus gemidos hacen que mis muslos se tensen.
Saber que me pruebo en él es como una droga. Me mareo casi de
inmediato. Siempre he tenido buenos niveles de higiene y nunca he
usado más que agua para limpiarme. Nunca lo diría en voz alta, pero
amo cómo sabe mi cuerpo. Ahora, mezclado con él soy una maldita
adicta que arrastraría su cuerpo por el suelo por un poco más.
Relajo la lengua cuando me jala hacia atrás, dejándome caer con
más fuerza, estirando mi garganta del mismo modo en que lo hizo con
mi coño.
—Mierda, así me gusta. Mira cómo me estás tomando, baby girl.
Empuja mi cabeza hacia abajo y me vuelvo a atragantar, mis
hombros temblando mientras lucho contra el instinto natural de
agarrarme de sus muslos.
—Mierda… —jadea, y mientras el calor sube a mi rostro por la falta
de oxígeno, mis ojos se ponen en blanco.
No le toques… El hecho de que prefiera morir antes que ponerle
una mano encima cuando él no lo desea, dice mucho de lo jodida que
estoy.
No sé por qué me preocupo. Como prometió, me jala justo cuando
los bordes de mi visión comienzan a oscurecerse.
Mi boca sigue abierta mientras me hace sentarme sobre mis rodillas,
mi respiración completamente descontrolada. Él toma su polla y la
acaricia una, dos veces.
—Mantén esa boca tan hermosa bien abierta.
Cuando se corre, lo hace sobre mi rostro, bajando por mi barbilla y
cuello. Su gemido ronco hace que mi piel vibre y mis dedos se
enrosquen de placer. Tras unas cuantas sacudidas más, alza la mano y
la lleva a mi boca. No espero a que me pida que saque la lengua,
simplemente lo hago, dejando que me unte el semen que quedó en su
mano.
Lo dejo reposar sobre mi lengua antes de tragarlo. La mirada de
lujuria y adoración en sus ojos hace que las malditas mariposas en mi
estómago se vuelvan locas.
Sonríe.
—Te ves tan jodidamente perfecta cubierta con mi semen.
Pasa sus dedos por mi barbilla, siguiendo el rastro donde se corrió.
—No desperdicies ni una gota.
Tira de mi cabello y me hace poner de pie, solo para arrastrarme
hacia el sofá. Caigo de espaldas, mis brazos atrapados debajo de mí.
—Cada maldita gota.
Toma los dedos cubiertos con su semen y los entierra en mi
empapado coño.
Se inclina, deslizando su lengua por mi pecho, subiendo por mi
cuello, hasta llegar a mis labios, donde la empuja dentro de mi boca.
El sabor de su semen depositado allí me hace temblar de placer.
Santo jodido cielo… estoy arruinada.
Mátenme ahora porque ya no hay marcha atrás. No quiero a nadie
más, y no podría soportar verlo con otra.
Estoy sin aliento cuando se separa de mí y pasa el dorso de su mano
por mi mejilla. Esa ternura hace que mi corazón anhele más. Quiero
que me envuelva entre sus brazos y me lleve a la cama, que me bese
hasta quedarnos dormidos juntos.
Pero no puedo esperar eso, y mucho menos pedírselo, así que solo
le sonrío, viendo su expresión satisfecha.
—Te tendría de desayuno, almuerzo y cena —murmura.
Asiento rápido, bajando la barbilla hacia mi pecho.
—Ni siquiera te haría rogar.
Su risa suave hace que el calor se me suba a las sienes. Mientras
habla, me ayuda a sentarme.
—Necesito advertirte algo, Cal.
No muestro mi incomodidad, al menos eso espero, pero sí tomo aire
y lo mantengo.
Él sonríe, esa media sonrisa que levanta solo un lado de la boca,
entornando un poco ese ojo. Es la definición de masculinidad, pero
alcanzo a ver la suavidad, aunque sea una grieta tan pequeña que solo
yo notaría.
—Me gustas. —Y bueno, ya estoy perdida—. Y eso es peligroso.
Mi obsesión no es sana.
—Yo también estoy jodida… No enferma, pero también tengo mis
mierdas, Ronan.
Suspira y niega con la cabeza.
—Lo sé.
Mi sorpresa debe haberlo impulsado a seguir.
—El hecho de que alguien venga tras de ti es señal de que hay
algo… —Lleva sus dedos a mi esternón, su índice y medio caminando
entre mis pechos hasta llegar a mi garganta—. Algo aquí dentro que
estás ocultando. —Levanta los ojos y me mira—. Me lo dirás. No esta
noche, pero pronto.
Presiono mis labios y asiento, pero no lo digo en voz alta.
—No sé cómo cuidarte —continúa, ignorando la mentira que le
acabo de soltar.
—Te enseñaré —susurro, llevando mi mano sobre la marca pintada
en su pecho—. Lo haré despacio. Te lo mereces.
—No sabes lo que merezco, baby girl. Aún no. Puede que al final
descubras que no valgo ningún tipo de redención.
Sé que no debería, pero a la mierda, a estas alturas, ¿qué daño puede
hacer demostrarle que tal vez él no es el único psicópata aquí?
—Entonces me volveré irredimible contigo.
Un suave murmullo se escapa por sus labios cerrados.
Presiono con la yema de mis dedos sobre su pecho, y él respira
hondo.
—Tú también me gustas, Ronan. Mucho. Y creo que tenías razón
cuando dijiste que somos tóxicos, pero no el uno para el otro. Creo
que nuestro veneno puede crear algo hermoso, aunque letal para
cualquiera que no sea uno de nosotros.
Suspira por la nariz.
—Ya veremos, baby girl.
Su sonrisa me da un poco de paz, y cuando su mano se posa en el
lateral de mi cuello, me sorprende, pero me alegra que se incline a
besarme.
Es un beso breve, pero lo es, al fin.
Quiero esto… Lo quiero con tanta desesperación que solo pensar
en lo que me persigue y cómo podría arruinarlo, me duele.
Calista
15 años
¿Por qué me está trayendo aquí? ¿No es este el último lugar en el que
alguien debería estar, y mucho menos una adolescente?
Desde que papá murió el año pasado, la adicción de mamá a las
drogas se disparó. Empezó a inyectarse en cuanto le diagnosticaron
cáncer a papá, y después de que él se fue… simplemente nunca paró.
Es la primera vez que me lleva con ella a algún lado. Nunca había
venido a este lado de la ciudad, pero no me sorprende. No se parece
en nada a las casas históricas que rodean la nuestra. Los jardines
impecables que cuidan los vecinos. Sin rejas en el frente porque,
supongo, todos confían en que nadie robará lo que se deje afuera
durante la noche.
Aquí hay casas rodantes, viviendas deterioradas y terrenos vacíos.
Autos amontonados en cada entrada, algunos ni siquiera parecen
funcionar con la cantidad de óxido que tienen encima.
—¿Mamá?
Está sujetando el volante con tanta fuerza que los nudillos se le
marcan bajo la piel, como si fueran a romperla.
—¿Sí, cariño?
Estamos detenidas en una señal de alto y su pierna tiembla tanto
que hace vibrar todo el auto.
—¿A dónde vamos?
Es sábado por la tarde y acabo de terminar de animar en el partido
de básquetbol de la escuela. Normalmente no me cambio hasta llegar
a casa, y de verdad no quiero andar por ahí con mi uniforme.
Suspira.
—Será rápido.
Eso realmente no fue una respuesta, pero en lugar de discutir, miro
al frente justo cuando empezamos a avanzar de nuevo.
Pronto, nos detenemos en una entrada con solo tres autos más, hay
suficiente espacio para estacionar sin apretarnos. Ella sale del carro
casi antes de ponerlo en parqueo.
—Quédate aquí, no tardaré.
Ahora estoy más preocupada. Este vecindario me asusta. En cuanto
cierra la puerta, pongo seguro al auto y me quito el cinturón. Muerdo
nerviosamente el interior de mi mejilla y tiro del elástico de mi falda.
Cinco minutos se convierten en veinte.
Veinte, luego en una hora.
He estado jugando Bejeweled en mi teléfono cuando aparece la
advertencia de batería baja. Al levantar la mirada, está
completamente oscuro afuera. Mi corazón late tan fuerte que siento
que me va a romper el pecho mientras miro a mi alrededor. Solo hay
unos cuantos postes de luz, y aún menos funcionan.
Veo la casa. Hay una luz encendida adentro.
No sé qué hacer. Honestamente, pienso en llamar a la policía para
que venga por mí. Pero siento que me metería en problemas. No estoy
en peligro físico, pero no creo que deba estar aquí. No se siente como
un lugar para mí.
Guardo el teléfono en la guantera, desbloqueo el auto y camino por
el sendero irregular hacia la puerta principal. A ambos lados crece
malezas, muchas invadiendo el concreto del porche. La puerta
metálica está cerrada, pero la de atrás está completamente abierta.
El olor me resulta demasiado familiar, es exactamente como el del
cuarto de estar de nuestra casa, una mezcla de algo químico con un
toque a zorrillo. Cuando lo noté por primera vez, pensé que mamá
estaba diseccionando uno. Hicimos una disección en mi primer año,
aunque solo fue una rana.
Estaba equivocada, muy equivocada.
—¿Mamá? —murmuro, con los nervios congelándome la sangre.
No hay respuesta, pero no la esperaba con lo fuerte que está la
televisión en alguna parte de la casa.
Trago saliva con dificultad y acomodo mis shorts de porrista,
deseando que fueran más largos.
La puerta mosquitera no tiene seguro y entro.
—¿Mamá? —repito, dando unos pasos más al interior. El pasillo
va directo al fondo, porque desde aquí se ve una puerta. Hay varios
arcos a los costados y cuando llego al primero, agradezco no tener
que avanzar más.
Hay varios sillones que parecen sacados de una tienda de segunda
mano, puestos aquí solo con el fin de ofrecer asientos, porque nada
combina. Mi mamá está tirada en uno, con una pierna colgada sobre
el respaldo y la otra cayendo hacia el piso.
Seis hombres, y otra mujer, están igual de desparramados.
Ninguno se ha dado cuenta de que estoy aquí, y no estoy segura de
qué es lo más seguro. Siento que el auto lo sería. Al menos puedo
encerrarme. Tal vez me meta al maletero y baje los asientos para no
morir asfixiada. ¿Moriría así?
—¿Qué tenemos aquí?
Grito instintivamente, sin pensarlo, sobresaltada por la voz detrás
de mí.
Una mano áspera cubre mi boca y empiezo a patear y manotear.
Soy fuerte, papá me metió a clases de karate antes de morir. Estaba
por sacar el cinturón negro, pero quien sea que esté detrás de mí es
mucho más grande. Me domina en segundos, rodeándome con un
brazo que aprieta los míos contra mi cuerpo.
—¿¡Quién carajos trajo a la niña!? —grita, y yo busco con la
mirada a mi madre.
Mi grito de “¡mamá!” se ahoga contra su mano que aprieta más
fuerte.
Ella ni se inmuta, solo mueve la mano como si no le importara.
—Este no es lugar para una niña, Jasmine —dice el hombre antes
de levantarme del suelo y arrastrarme por el pasillo.
Estoy aterrada, pero, aun así, no me salen las lágrimas.
Sigo gritando, pateando, usando todo lo que puedo para liberarme.
La pared es lo único que me ayuda y, en un momento, pateo tan fuerte
que su hombro se estrella contra el otro lado.
Él maldice y me da vuelta, arrojándome sobre su hombro. Golpeo
su espalda, luego su cabeza, pero él lo ignora mientras entramos en
una habitación. Todo mi cuerpo tiembla incontrolablemente.
—¡No, no, no, no, no, no, no! ¡NO! ¡Por favor, no!
Me aferro al marco de la puerta al entrar, mis uñas se clavan en la
madera hueca.
—¡Suéltame! ¡No, no! ¡Mamá! ¡Mamá, ayúdame!
Gruñe con fuerza mientras me arranca del marco.
Me lanza sobre un colchón sin resortes. Es tan duro que parece el
suelo. Me encojo, mirando hacia arriba. Tiene una expresión
aburrida, es alto y ancho, con una panza que se parece a la que mamá
ha empezado a tener. Luego se lame los labios y siento que las
náuseas me suben del estómago a la garganta.
—Te pareces a Jasmine —dice, y se da la vuelta—. A los chicos les
va a encantar eso.
Se va y cierra la puerta de un portazo. Escucho un clic… y luego
otro.
Corro hacia la puerta, intentando girar la manija. Está cerrada.
No importa cuánto tire, no cede.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Ayúdame, mamá, por favor! —Solo se escucha
risa… que se aleja cada vez más.
Me giro rápidamente, la habitación huele a humedad y humo. Está
demasiado oscuro y al buscar un interruptor y prenderlo, nada se
enciende.
Mis rodillas quieren rendirse, dejarme caer, pero no puedo. Papá
me diría que buscara una salida. Que dependiera solo de mí, porque
la única persona que no me decepcionaría, soy yo.
Hay una ventana, y cuando la abro, veo barrotes de metal. Maldigo
mi cuerpo, porque a los doce me empezaron a crecer los pechos.
Ahora, a los quince, tengo talla C y no cabré por ahí.
Voy a intentarlo, no puedo quedarme aquí esperando. Correré y
rogaré a Dios que haya alguien bueno allá afuera que escuche mis
gritos.
Me siento, me volteo y empujo el hombro entre dos barrotes. Ya sé
que no voy a caber. En cuanto mi cabeza intenta pasar, los lados me
aprietan las sienes.
Tomo los barrotes y empiezo a jalarlos. Ceden un poco, lo cual me
da esperanza. Están oxidados, así que busco el más débil.
Gracias a los deportes tengo fuerza. Aunque esté aterrada, no me
dejo vencer. Quiero gritar por ayuda, pero solo lograría que regresen
más rápido. Tal vez mi mente está al borde de colapsar, pero mi
cuerpo sabe que no es momento de rendirse.
Uno de los barrotes del lado derecho está más dañado que los
demás. Apoyo el talón contra él y jalo el otro en dirección contraria.
El metal gime, y aprieto los dientes mientras me esfuerzo.
Ahí va…
El metal se dobla y, cuando uso toda mi fuerza, el que estoy
sujetando se rompe arriba. Salgo volando hacia atrás, cayendo con
fuerza sobre la espalda contra algo duro. Un quejido agudo escapa
de mi boca, y el dolor me atraviesa por completo.
Estoy temblando mientras me incorporo, presionando el área
golpeada. Ya siento que se forma un moretón. Cojeando, me agarro
del borde de la cama para levantarme de nuevo hacia la ventana. Las
piernas apenas me responden. El golpe me dejó sin fuerza, y sé que
se me van a entumecer pronto.
La adrenalina me inunda justo cuando la puerta se abre con
violencia. Al mirar atrás y ver que no es mi mamá, me lanzo hacia las
barras.
—¡Vuelve aquí!
Grito tan fuerte que me tiembla la garganta, y juro que estoy por
salir. El aire frío sobre mis piernas es increíble. Pero justo cuando
paso el pecho, alguien me jala del cabello.
—¿A dónde carajos crees que vas? —No es la voz del primero, pero
podría ser Santa Claus y aun así pelearía.
—¿Piensas dejar así a tu pobre mamá?
Tomo su mano y araño con fuerza, le saco sangre mientras medio
cuelgo de la ventana.
Mis piernas no tienen fuerza, y mientras intento impulsarme, me
arrastra de vuelta. Trato de enganchar los pies, libero una mano y me
aferro a los barrotes para no volver a entrar.
—¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor, alguien! —Ya no voy a llamar a mi
mamá.
Otra mano me agarra el brazo y me lanza hacia atrás. En un
instante estoy de regreso. Un calor me corta la pierna, y grito del
dolor. Ya no solo es terror, es agonía.
Ni siquiera logro enfocar las manos que me tocan. El dolor en la
pierna me sacude el cuerpo, creo que estoy entrando en shock.
—¡Mierda, está sangrando!
Intento incorporarme para ver qué pasó, pero me tumban de nuevo.
—La maldita tenía que correr. Trae el puto botiquín. No quiero a
otra muerta en esta casa.
Forcejear no sirve. Estoy histérica. Me arde la pantorrilla, y el
miedo me ha vencido por completo.
Siento una bofetada.
—¡Cálmate de una puta vez! Jay, tráeme el maldito Rivo.
El ojo del lado que me golpearon duele como si tuviera una pesa
encima.
Un cuerpo se monta sobre mi pecho mientras alguien más me sujeta
los brazos. Siento una punzada en el centro del bíceps. Levanto la
cabeza justo para ver cómo retiran una aguja de mi piel.
—No… por favor… no hagan esto… por favor…
Me estoy ahogando, quedando ciega, muriendo.
El peso sobre mi pecho no es solo por el hombre encima, sino por
lo que me inyectaron. Me arrastra lejos, más y más profundo, hasta
que su rostro se distorsiona en una monstruosidad, un demonio que
no puede existir en el mismo mundo que el hombre hermoso que una
vez conocí.
—Cúrale esa maldita pierna. No quiero tanto desastre.
El mundo desaparece a mi alrededor, y me hundo en el infierno. Es
lo único que tiene sentido.
—Espero que sea virgen. Al menos así valdrá la pena el problema.
Ojalá esa cosa me hubiera dejado inconsciente, en vez de solo
volverme incapaz de moverme. Me arrastra hacia una calma que no
quiero tener.
Sigo sintiéndolo todo. Viéndolo todo…
Quiero morir. Por favor… déjenme morir.
Estuve atrapada en esa casa durante tres días, y mi mamá no recuerda
nada de lo que pasó.
Yo sí…
Lo recuerdo todo, y por eso no he salido de mi cuarto en dos
semanas. Ella dice que estoy exagerando, que la caída fue mi culpa.
Tuvieron que ponerme dieciséis puntos, y se me infectó porque no me
llevaron a un hospital.
Apenas puedo caminar, y cuando mi entrenador me llamó para
preguntar por qué había faltado a las prácticas, le dije que no iba a
poder animar el resto del semestre. No es solo por la herida en mi
pantorrilla, bueno, físicamente sí lo es. El doctor dijo que necesitaré
terapia física por el daño en el músculo y el tejido cicatricial que
probablemente se forme por los puntos.
Ya ni siquiera quiero animar.
No quiero volver a ponerme ese uniforme nunca más.
Está ahí, mirándome, colgado en la silla de mi escritorio. Como
una puta muñeca maldita, no se va.
—Ni siquiera llora, le gusta.
Me escondo bajo las cobijas, las voces, el roce de sus manos… todo
se repite una y otra vez. El disco está rayado y no sé cómo pararlo.
—Las vírgenes se sienten tan bien.
—¡Por favor, que pare! —Agarro la almohada y me la presiono
contra la cara, gritando hasta quedarme sin aire, deseando que me
ahogue de una vez.
Pero no puedo, porque soy débil. En cuanto mi cuerpo reacciona
buscando oxígeno, lanzo la almohada a un lado y me encojo sobre mí
misma. Nunca pensé que mi virginidad fuera algo especial, mientras
yo eligiera a quién dársela.
Tengo miedo… no por los recuerdos, sino porque no lloré. Grité
que no, supliqué que se detuvieran, pero no lloré. Estoy defectuosa, y
tal vez sí lo quise.
Fue mi culpa por entrar a esa casa.
Estoy tan avergonzada.
Quiero esconderme.
No quiero volver a ver a nadie, nunca más.
Lo siento. Me fallé a mí misma…
Ronan
Romance. Desafortunadamente, nunca tuve la oportunidad de
experimentarlo, mucho menos de practicarlo.
Calista merece eso, pero en el momento en que hundió sus manos
en esa pintura y las pasó por mi cuerpo, tiró toda esa mierda por la
ventana.
Lo único en lo que soy bueno es en cuidarme a mí mismo.
Cuando estaba por dejarla en el sofá para irme a bañar, literalmente
tosió para llamar mi atención.
Después de prometer que mantendría las manos entre las piernas,
me pidió que la llevara al baño. Voy a ser muy honesto: la última
mujer con la que me acosté antes de volver a prisión le puse su ropa
en las manos y la empujé hacia la puerta por pedirme quedarse.
El sexo siempre ha sido lo que es. Nada más que una descarga de
tensión. Tanto hombres como mujeres equivalen lo mismo para mí:
mismo resultado, mismos sentimientos involucrados: ninguno.
Claro que eso ya no aplica a esta rubia preciosa que ahora se está
secando el cabello con una toalla frente a mí.
Soy cerrado, y normalmente le diría que use el segundo baño para
hacer su rutina de belleza.
Sin embargo, hay una parte más grande en mí que quiere saber
cómo demonios hace para tener la piel tan suave.
Ella me intriga, pero no como en una fantasía de profesor y alumna.
Es más como si fuera mi ratoncito de laboratorio y yo estoy listo para
observarla, analizarla, aprender lo que necesito para poder
satisfacerla.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —me dice, mirándome a través
del espejo, con esos ojos verde cítrico escondidos tras párpados de
sirena. Ken no se equivocó. No es mi tipo y si la hubiera visto entre
una multitud, no habría mirado dos veces. Tan hermosa como es, lo
que me jala de forma brutal hacia ella es su terquedad y su
autocontrol.
Y debo aclarar que él tenía razón. Tiempo pasado. Ahora, ella es mi
único tipo.
—Depende —respondo, saliendo de la ducha después de cerrar el
agua.
—¿De qué?
—De si tú también respondes una mía. —Tomo la toalla doblada
junto a ella, bajando la mirada a su culo antes de empezar a secarme.
—Las fáciles primero.
Hum.
—No creo que haya una sola pregunta entre nosotros que pueda
clasificarse como fácil, baby girl.
Esa risita inocente que suelta me hace rodar los ojos. Maldita sea,
es tan adorable.
—Podemos intentarlo. Primero… ¿por qué me dices baby girl?
Vale, esa es bastante sencilla.
—Tienes cara de bebé, y eres una chica. —A través del espejo, su
boca se abre en sorpresa, y yo me encojo de hombros—. ¿Qué?
Sigue mirándome sin decir nada.
—Pensé en decirte muñeca, pero no quiero verte como un objeto
suave, y eso es lo que me viene a la mente cuando escucho esa palabra.
—Las Barbies son duras… —murmura.
—Los chicos pueden llamarte Barbie. Tú eres mi baby girl.
¿Esperabas algo más dulce o amoroso?
Aparta la vista de mí y se acerca al espejo, usando las cerdas de un
palito para peinarse las pestañas. No es rímel, porque no salió de un
tubo.
—Está bien… —No creo que lo esté, pero no pienso mimarla por
eso. Es un apodo, ¿qué más se supone que signifique? Y ni de broma
voy a llamarla por un maldito color—. Anda, hazme tu pregunta.
—¿Dónde te hiciste la cicatriz en la pantorrilla? —Una pregunta
fácil… o eso pensé.
—Esa es una respuesta complicada, otra más.
—Vale… volveré a eso— mis palabras son pronunciadas como un
promesa, no juguetona. Es una vieja herida.
Probablemente no me habría dado cuenta si no estuviera mirando
su culo desnudo como la obra maestra que es. Como si estuviera en el
Louvre, mirando de cerca a la Mona Lisa, estoy asombrado.
—¿Cuál es tu segundo nombre?
Una gran sonrisa se dibuja en sus mejillas, sus dientes blancos se
separan mientras aspira aire.
—Winter.
—Calista Winter Byrne.
—Sanderson. Calista Winter Sanderson. Nunca adopte el apellido
Byrne… —Se lame los labios, sin mirarme, pero puedo ver la lucha
por no hacerlo—. Tenía dieciocho años cuando Eamon y mi madre se
juntaron, se casaron cuando yo tenía veinte. Nunca me pidió
adoptarme, y aunque lo hubiera hecho, probablemente me habría
negado.
Me pregunto si fue por razones egoístas por lo que mi hermano no
lo hizo, pero quizás sea lo primero que le agradezca. Técnicamente,
no es de la familia, pero como le dije a Ken, me la abría follado igual
si mi hermano la hubiera adoptado como si no.
—¿Por qué te habrías negado?
—Quiero conservar el apellido de mi padre.
Creo que preguntarle por su padre será un pregunta difícil, así que
volveré sobre ello en otro momento.
Disfruto verla sonreír. No hice sonreír a mucha gente en mi
infancia, y aún menos en mi vida adulta. Así que lograr eso con
alguien como Cal, me golpea de una manera que nada más lo ha
hecho.
Que una mujer como ella encuentre algo de alegría en alguien tan
jodido como yo… me da esperanza.
—Última pareja sexual.
—Tú.
Ella resopla.
—Ronan.
—Ese es mi nombre. —Me meto el cepillo de dientes en la boca y
empiezo a cepillar. Ella inclina la cabeza para mirarme directamente
esta vez, con la boca abierta, una ceja levantada y la otra medio
fruncida.
Yo solo sigo cepillando.
—¡Vamos! Eso fue muy grosero.
Por cómo mueve la mano, sé que quiere tocarme. Golpearme,
empujarme, simplemente tocarme. Pero se detiene y la apoya en su
cintura.
Me inclino sobre el lavabo, escupo y enjuago.
—Fue mientras estaba en prisión.
—Oh… —La miro por el espejo y su cara empieza a ponerse roja—
. No sabía que se podían tener visitas así.
Su tono suena tímido, y me parece curioso que alguien que tiene el
clítoris perforado se ruborice al imaginarme con un hombre.
—No se puede. Me folle a mi dentista. Y a Ken.
Estoy sorprendido de que sus ojos no hayan salido disparados de la
cara.
—¿Es un problema? —Me giro, apoyando el muslo contra el
tocador.
—No, solo estoy sorprendida, supongo. Es ignorante de mi parte
asumir que eres heterosexual…
No sé de dónde sale, pero paso los nudillos suavemente por su
mejilla. Exhala con fuerza, y su mirada se encuentra con la mía.
—Todo bien. El sexo no es algo que romantice. El dentista era un
agujero, igual que Ken.
Su cara se pone aún más roja.
—¿Pero son amigos?
—Es como familia. Fue el único que me visitó. Claro, después de
que él también salió. Además, cuidó de los chicos y me presentó a
Mia. Eso significó mucho.
Mi mano baja hacia su cuello, mi pulgar acariciando el pulso que
late fuerte.
—Date prisa y haz tu pregunta —dice con ese tono entre puchero y
deseo—. Tengo otra.
—Dale, creo que la mía es más difícil y estoy algo distraído.
Vaya que lo estoy, porque mis dedos ya están bajando por la curva
de su pecho, acercándose a su pezón perforado.
—¿Los chicos… son tus hijos?
—Uh, no. —Suelto una risa—. Son hermanos entre ellos. Los
conocí en un albergue para personas sin hogar después de salir de
prisión la primera vez.
—No pueden tener más de treinta…
Le pellizco el pezón duro y ella suelta un gemido ahogado.
—Veintisiete, veintinueve y treinta. —Pongo la mano bajo su pecho
y le doy una caricia lenta con el pulgar en esa joya que le atraviesa el
pezón—. Tenían catorce, dieciséis y diecisiete cuando los conocí.
—Sin techo… —susurra, y sé que está luchando por no excitarse
con esta conversación—. Ronan.
Gimo.
—Escucha, baby girl, si dices mi nombre así, lo próxima en ser
pellizcado va a ser tu clítoris.
—Igual quiero… más respuestas —jadea, y yo cierro los ojos y
respiro profundo. Me inclino, levanto su pecho y succiono su pezón,
tirando con los dientes de la barra metálica. Su pierna se levanta y se
engancha en mi cadera, desesperada por más.
La suelto y me incorporo por completo.
—Haz tu pregunta, no te estoy deteniendo. —La tomo por debajo
del muslo y la levanto. A la mierda todo lo demás. Nos podemos
quedar en la cama todo el día. Estoy ansioso por correrme sobre sus
pestañas recién cepilladas.
Apoyo la mano en su espalda baja para que no se caiga, y la llevo
al dormitorio.
—Pregunta —le digo de nuevo, antes de meter el rostro entre sus
tetas.
Su gemido suave es seguido por:
—¿Cómo fue que Ken se quedó con ellos?
—Le pedí que se encargara de que estuvieran bien cuidados. —La
dejo caer sobre la cama, tomo sus piernas y las enrosco en mi
cintura—. Lo protegí en prisión, y me debía por mantenerlo con vida
y bien follado.
Su gemido se mezcla con una risa jadeante por lo crudo de mis
palabras.
Me inclino y muerdo su cuello, haciendo que sus suaves gemidos
se conviertan en un pequeño grito. Chupo y lamo con ansias, y aunque
ya estaba duro como una piedra, sentir su coño mojado deslizándose
sobre mis abdominales me hace empezar a gotear.
Ella mueve las caderas, y sé que ese pequeño piercing se está
frotando justo donde le gusta.
Sonrío.
—Tan jodidamente desesperada. Me encanta. De hecho, tengo una
pregunta fácil para ti. —Le tomo las caderas y la alejo un poco, solo
lo suficiente para ver su coño completamente abierta para mí.
Empujo el piercing hacia abajo y lo muevo sobre su clítoris. Ella se
agarra del cabecero y deja salir los gemidos más deliciosos. Es como
tener mi propia estrella porno, usando sus sonidos como si alguien
más estuviera escuchando y quisiera correrse con ella.
—¿Te lo hiciste porque los chicos no sabían cómo tocarte?
—S-Sí —jadea—. Eran horribles… Oh, sí, justo ahí.
—¿Ya terminaste con tus preguntas? —Miro mis dedos, ya
cubiertos con sus fluidos.
—No…
—¿Qué quieres saber, baby girl?
—¿Qué significa el tatuaje de “SIT” sobre tu ceja?
Me río, mientras subo sus piernas sobre mis hombros.
—Una orden silenciosa. —Ruedo con ella encima, agarro sus
muslos y la dejo caer directo sobre mi cara.
Tengo casi cuarenta años, y cuando digo que no sé cómo manejar esta
situación, lo digo en serio. He conocido los bordes afilados y los
finales abruptos. Entrar, salir. Solo he pasado tres años de mi vida
adulta fuera de una celda de dos por tres metros, y ninguno de esos
años lo dediqué a buscar una relación significativa. La mayoría fue
sexo, drogas y más drogas. Era un desastre, y eso es decir poco.
Así que ahora que Calista literalmente se ha quedado dormida con
mi polla todavía dentro de ella, no tengo idea de qué se supone que
debo hacer. Mi plan era darle unos minutos antes de volver a empezar,
pero cuando su respiración se volvió lenta, se quedó dormida.
Se portó bien. No me tocó, como prometió, y ahora que duerme,
tiene las manos escondidas debajo de sí misma, atrapadas entre mi
estómago y su pecho. Su cabello está esparcido por todas partes, y sé
que voy a tener que empezar a recogérselo antes de volver a jugar,
porque estoy seguro de que lo tengo entre las nalgas y los dedos de
los pies.
Con cuidado, la deslizo por mi torso hasta poder salirme de ella y
acomodarla a mi lado.
Podría dejarla aquí y dormir en la habitación de invitados. Eso es lo
que mi cabeza le dice a mi cuerpo que quiere. Sin embargo, mi piel
empieza a hormiguear, una sensación de vacío me recorre al pensar
en alejarme de ella.
La acomodo de lado, de frente a mí, y paso los dedos por su cabello,
llevándolo hacia su espalda. Sus manos descansan frente a ella, los
labios entreabiertos mientras respira en paz.
Me pregunto cuáles son sus respuestas difíciles… no, difíciles no.
No quiero usar esa palabra. Pesadas. Esas preguntas y respuestas que
nos aplastan y que terminamos cargando solos. Quiero conocerla. Y
creo que ambos podemos estar de acuerdo en que es algo mutuo. No
me preocupa contarle lo que me pasó. Si después de saberlo todo
decide huir, más le vale correr rápido.
Es mía hasta que yo diga lo contrario, lo cual puede ser
desafortunado para ella. Nunca antes me he obsesionado con nada ni
con nadie, y ya siento cómo esto empieza a consumir cada parte de
mí. Tal vez no sea saludable, pero siendo sinceros, ¿qué carajos es
“saludable”? Mi vida definitivamente no lo es, y algo me dice que la
de mi chica tampoco.
Me bajo de la cama, aunque planeo volver.
Tal como quería, nos quedamos en la cama hasta que cayó la noche.
Ni siquiera cenamos, lo cual probablemente no fue la mejor idea. Ella
se corrió muchas veces, y aunque me aseguré de mantenerla
hidratada, vamos a necesitar comida real cuando despertemos.
Mañana podríamos salir a desayunar. Tal vez al Waffle House. No
he visto uno desde que salí, y me pregunto si todavía existen.
Después de tomar algo de agua y agarrar el balde de pintura, regreso
con ella. Podría jurar que se tomó pastillas para dormir, porque
cuando intento moverla, está completamente inerte.
Maldita sea, la dejé noqueada.
Y aunque suene gracioso, me alegra haberlo hecho. No por
alimentar mi ego, sino porque ahora puedo jugar con sus manos.
Me acomodo a su lado, le tomo la muñeca y guío su mano hacia la
pintura. Después de sumergirle los dedos, dejo algo de pintura en la
cama. Ni modo. Ya hay semen y sudor por todos lados, no me voy a
preocupar por un poco de pintura.
Dejo el bote a un lado, respiro profundo y coloco su mano sobre mi
pecho. Justo en el lugar que ella ha tocado antes, al que le he permitido
acceder. La dejo ahí unos segundos antes de llevarla a mi estómago.
No puedo apartar los ojos de ella, porque cada vez que parpadeo,
siento que no es su mano la que está tocándome. Aunque la suya sea
suave, relajada, sin ninguna agresividad.
Estoy empezando a darme cuenta, poco a poco, de que mi ira no
viene del contacto en sí, sino del hecho de que no puedo superarlo.
Que después de tantos años, mi mente aún no puede separar a esta
chica dulce, que solo quiere hacer algo normal, de mis abusadores.
¿Qué tan jodido está eso?
Llevo sus dedos a mi cuello, los dejo descansar ahí, y luego los paso
a mi mejilla. Mantener los ojos sobre ella ayuda. Y creo que todo se
vuelve soportable porque yo tengo el control.
No sé cuánto tiempo paso haciendo esto, pero cuando mis bostezos
empiezan a ser más seguidos, sé que también estoy listo para dormir.
Si voy a quedarme aquí, necesito acomodarla bien.
Apoyo la cabeza en la almohada, la acomodo, lo que provoca un
quejido adormilado, y la atraigo otra vez hacia mi pecho. Le envuelvo
los brazos alrededor del torso, beso la parte de atrás de su cabeza y la
abrazo fuerte contra mí.
—Buenas noches, baby girl.
Cierro los ojos, respirando el aroma de su gel de baño de pepino,
mezclado con esa fragancia limpia y suave de su champú, que me
recuerda al té verde. Es un aroma calmante, una sensación tan ajena
para mí. Pero, honestamente, no me molestaría acostumbrarme a ella
en mi vida.
Calista
Nunca me había encontrado literalmente noqueada después del sexo.
Al menos no de una forma que me encantaría contar después.
Esperaba despertar en mi propia cama o al menos sola. Jamás
imaginé que estaría envuelta en los brazos de Ronan. Su abrazo es tan
fuerte que estoy sudando. Hace muchísimo calor, y aunque
normalmente prefiero dormir con temperaturas frías, cambiaría una
noche invernal sola por un día soleado con él, sin pensarlo dos veces.
Mi sonrisa está tan estirada que me alegra que no pueda verme,
porque seguro me veo ridícula. Casi logra distraerme del dolor
punzante en mi vientre. Estoy sensible por dentro, con un latido que
baja desde mi estómago hasta mi coño.
Ambos brazos están atrapados bajo su abrazo, su cuerpo
completamente pegado al mío y su rostro enterrado en la parte trasera
de mi cuello. Me muevo apenas con las caderas, y es cuando siento su
polla dura, acomodada justo entre mis muslos.
Antes estaba caliente pero ahora estoy en llamas.
Este hombre nunca se duerme por completo, así que cuando trago
saliva, lo hago lo más silenciosamente posible. Siempre está al borde
entre quedarse dormido y estar completamente alerta. Supongo que es
un hábito que se le quedó de la cárcel, aunque tal vez estoy leyendo
demasiado.
—Voy a asumir... —Su voz ronca me sobresalta en el silencio—
que tu corazón está latiendo así por mi polla, y no porque te esté
abrazando.
—¿Y si digo que por ambas cosas?
Su gruñido hace que mi corazón palpite más rápido, y si me guío
por cómo se mueve su polla, le gusta esa respuesta.
Desliza una mano por mi abdomen, pero mantiene el otro brazo
firmemente apretado a mi alrededor. No quiere que me mueva, pero
cuando sus dedos se cuelan entre mis muslos y llegan a mi centro, doy
un pequeño salto.
—¿Esto es mi semen todavía empapando tu coño, o mi chica ya está
mojada por mí esta mañana?
Mi coño se contrae, y como si fuera un reflejo, muevo mi culo
contra él.
¿Está mal que quiera pasar otras veinticuatro horas en la cama con
él? Sobre todo, ahora que empieza a mover sus caderas, frotando la
cabeza de su polla entre mis pliegues y dándome justo la fricción que
necesito.
—Por favor… —gimo, apoyando la cabeza en su pecho.
—Voy a admitirlo, estoy molesto conmigo mismo por haber tardado
tanto en follarme a mi sobrina política.
—¡N-No me digas así! —Ojalá pudiera decirlo sin sonar tan
malditamente necesitada.
El fuerte golpe de su mano en mi nalga me hace empujar las caderas
hacia adelante, dándole espacio para agarrarme una nalga y abrirme
por completo.
Gime y desliza los dedos entre mis piernas, justo donde estaba su
polla antes, y los pasa hacia abajo, recogiendo toda mi humedad.
Cuando roza la entrada de mi culo, se me escapa un jadeo.
—¿Alguien ha follado este culito alguna vez?
Niego con la cabeza, agradecida de que no.
—No, nunca…
Oh no, espera… ¡mierda! ¿Y si decirle que nunca me ha interesado
probar eso es un completo apaga-pasiones? ¿Y si para él eso es un
dealbreaker?
Cal, cálmate.
—¿Nunca…? —empieza a trazar círculos sobre mi ano, y yo me
muerdo el labio inferior, haciendo lo posible por no alejarme.
—Nunca me ha llamado la atención.
Solo emite un leve murmullo y saca los dedos de entre mis mejillas
con lentitud.
Cuando empieza a levantarse y alejarse, me doy la vuelta y lo miro
desde abajo.
—Podemos intentarlo, no digo que no podamos.
Levanta una ceja mientras me observa.
—Bien, lo vamos a intentar de todos modos. Si no te gusta, entonces
te follaré la garganta y el coño con más fuerza para compensar la
ausencia de ese tercer agujero tuyo.
Me muerdo los labios antes de preguntar:
—¿Entonces por qué te estás levantando?
—Tenemos que comer —responde, pero se detiene, estudiándome
como si notara algo que no estoy diciendo—. ¿Quieres quedarte en la
cama todo el día otra vez?
Suena como una pregunta seria, pero no sé si lo dice con esperanza
o solo por cortesía. Debería decir lo que quiero, que me encantaría
quedarme pero que entenderé si él tiene cosas que hacer.
En lugar de eso, como la cobarde que soy, niego con la cabeza.
—Probablemente sea mejor que nos aseemos.
Cuando se gira hacia mí, mis ojos se agrandan. No por su polla, que
ya está completamente erecta, sino por toda la pintura que tiene en el
cuerpo. No recuerdo haberla tocado anoche, pero estaba tan
enloquecida por el placer que no me sorprendería si lo hice.
Hay huellas de manos por todas partes: su estómago, su torso, su
cuello y hasta en la cara.
—Voy a ducharme para quitarme toda esta pintura. ¿Tú necesitas
salir hoy?
Va hacia el closet donde guarda las toallas, y yo me quedo
observando su culo. Dios santo, hasta sus glúteos tienen músculos. De
verdad debería empezar a ir al gimnasio o entrenar con él. No puedo
seguir desmayándome todas las noches con lo fuerte que me folla.
Necesito resistencia.
—¿Cal?
—No tengo planes —respondo al fin.
—Entonces vas a mantener mi semen dentro de ese coño hasta que
regrese esta noche.
Respiro fuerte por la nariz.
—¿Disculpa?
Asoma la cabeza desde el closet y me mira. No dice nada, pero con
esa expresión me comunica más que si me leyera un libro entero.
—¿Y cómo sabrías si lo hago o no?
También me preocupa mi pH. Sí, soy rara con esas cosas. Me gusta
cuidarme.
Después de unos segundos, vuelve con varias toallas dobladas en
los brazos.
—Cuando te coma el coño más tarde, lo sabré. ¿Por qué preguntas?
¿Planeas desobedecerme?
Esto es exactamente como me imaginaba que sería, y cualquier
chica con sentido común ya habría salido corriendo. Pero yo no. Yo,
con mi estúpido cerebro caliente, quiero que me degrade. Que me
ordene cosas. Sobre todo, que me diga que debo quedarme con su
semen dentro de mí.
Esa idea, por extraña que suene, me llena el estómago de mariposas.
—No… tal vez… —añado con tono juguetón, mientras muevo las
piernas al borde de la cama para ponerme de pie—. ¿Cuál sería mi
castigo si me limpio?
El dolorcito en mi vientre se intensifica cuando me levanto y gimo.
Espera… ¿qué día es hoy?
Él deja las toallas en la cama y ladea la cabeza.
—Tengo esta manía de que la gente me vea tomar lo que es mío.
El calor me sube directo al rostro, haciendo que me olvide por
completo del dolor uterino.
—Te haré correr por esos bosques de allá afuera, completamente
desnuda, y solo te alcanzaré cuando haya gente cerca. Entonces te
meteré mi polla hasta el fondo de ese coño necesitado, y te haré
correrte con una audiencia.
Mi boca se abre.
No digo nada. Santo cielo. Ni siquiera me muevo. ¿De verdad me
dijo eso?
—¿Mi putita necesitada quiere eso? ¿eh?
Mis muslos tiemblan y mi cabeza asiente apenas, porque tiene toda
la razón. La idea de que alguien nos vea, que lo vea a él reclamándome
me enciende como nunca antes.
—Mira cómo estás brillando solo con pensarlo, baby girl. —Toma
las toallas con una sonrisa—. Y ni se te ocurra tocarte. Solo lo harás
cuando yo te lo ordene.
Deslizo las manos hacia mi vientre, pero él ya se da la vuelta, sin
importarle que estaba a punto de probar los límites.
Quiere que lo desobedezca.
Estoy jodida. Y de la mejor manera posible.
Ronan
Salir con una erección como esta, sabiendo que tengo cómo
solucionarla, es realmente de idiotas. Debería dar la vuelta y
follármela antes de irme.
El problema es que no soy de un polvo rápido y ya. Supongo que
ahora es una bendición, aunque de joven no lo fue tanto. Tengo esta
reacción extraña en el cuerpo: puedo correrme una y otra vez, y aún
así es casi imposible calmar mi necesidad.
Un ejemplo perfecto fue anoche: literalmente folle a Cal hasta
dejarla inconsciente.
Antes de salir, estaba parada frente a la puerta del garaje, con las
manos detrás de la espalda y esos ojitos caídos de sirena. Supe que
quería un beso y es una sensación extraña yo también lo quería. No
fue tierno ni romántico, pero a ella le encantó, y a mí me encantó
dejarla ahí, babeando por más.
Es mi pequeña desesperada, y voy a disfrutar cada segundo de esto
mientras dure.
Ya con la moto en marcha y bajando por el camino, toco el teléfono
que tengo sujeto al tablero y marco el número de Ken. Contesta al
primer timbrazo. Rara vez espero más del segundo, si alguien no
contesta para entonces, está ocupado y no vale la pena esperar.
—Hola, Ro. —Escucho gritos de fondo, pero parece que es Mia.
Luego se oyen ladridos. Nada fuera de lo normal—. El auto debería
estar listo mañana o pasado.
Mientras atravieso las puertas abiertas de la comunidad y salgo
hacia la calle, me dirijo a la autopista.
—Gracias, pero llamé por otra cosa. Quiero una actualización sobre
mi solicitud.
—Serrano… ¿Sabes cuánta gente tiene ese apellido?
—¿Ya revisaste si fue algún ex?
—Tuvo varios, pero ninguno con ese nombre. —Hace una pausa y
luego murmura—. Mira, ella es una buena chica, así que revisé a su
familia. El papá era profesor, murió de cáncer de próstata. La mamá
repartía correspondencia mientras estudiaba derecho. Todos parecen
muy correctos. Y luego está tu hermano… quiero decir. —Se ríe, y yo
pongo los ojos en blanco—. No se puede ser más correcto que ese
cabrón trajeado.
Sonrío de lado.
—¿Y eso qué?
—Lo primero que pensé fue en la Casa Serrano. Son una familia
narco notoria que ahora vive mejor que el Presidente, porque solo
venden a ‘la élite’.
—No les digas élite a esos cabrones con plata. —Sé que es como
los llaman, pero eso los hace sonar superiores. Tener dinero no te hace
poderoso. El poder real es otra cosa. Aprieto con fuerza los puños
sobre el manubrio, me inclino hacia adelante y acelero, cruzando un
semáforo que apenas cambia a amarillo y entrando a la autopista.
—Mi error.
—Todo bien. Nunca había escuchado de ellos.
—Antes no se llamaban así. Tenían otro nombre. Debería saberlo,
pero se me escapa. Se hacen llamar Casa Serrano desde hace más de
diez años. No sé si importa, pero lo voy a encontrar. —Al fondo se
escuchan varias voces. Los chicos deben estar despertando. Les sigo
diciendo “chicos” aunque ya son adultos. No son míos, pero igual…
—Volviendo a lo que dijiste… ¿por qué no asumir que fueron ellos?
Ella lo dijo con tanta seguridad, como si yo debiera saber exactamente
de quién hablaba.
Él carraspea.
—La verdad, espero que no lo sea.
El problema es que detesto cuando me ocultan cosas. Calista lo
hizo, queriendo protegerme, y ahora siento lo mismo en Ken.
—Explícate —le ordeno, sin suavidad alguna.
—Esa es una pelea que no podemos ganar, Ro. ¿Pediste algo más
además de ese nombre?
Para mí, esta conversación confirma que es esa familia la que está
detrás de Cal. Aunque no lo fuera, es un buen punto de partida. Puedo
ponerles el miedo de una bala entre ceja y ceja.
—¿Vale la pena? —insiste.
—Volvió a casa golpeada y desorientada —le respondo con un tono
que deja claro que no es una pregunta.
Hay algo más pasando con ella, y ya sé que no me lo va a contar así
como así.
Su risa se mezcla con un poco de caos detrás.
—¿Ya te la follaste?
—Sí, pero eso no cambia que quiero saber quién le hizo daño desde
antes.
—Blandito —se burla—. ¿Qué pasa con tu hermano?
—Estamos saliéndonos del tema, Ken. ¿Tienes a alguien que me
acompañe? No quiero que vengas, por si acaso.
—Blaaandito —repite, y yo me limito a bufar con una risa seca. Él
no puede volver a la cárcel, no con Mia y ahora Dylan. Sé que debería
preocuparme también por mí, pero yo sé cómo cuidarme.
—Tengo a alguien. Se llama Glen —continúa.
—¿Glen-Glen?
—¿Te lo mencioné?
—No dejabas de hablar de él. Kickboxer, exmilitar, ¿cierto?
—Ese mismo —Perfecto—. Le voy a decir que te vea allá. Lleva
tiempo buscando algo más que aceptar que no sea a mí.
Pongo los ojos en blanco y suelto una risa sarcástica.
—Está bien. ¿Dónde lo encuentro?
—¿Te acuerdas de lo que dije sobre la élite? Esta es una puta familia
poderosa. No vas a venir a mi lado de la ciudad y espero que esta vez
sí lleves zapatos.
—Gracias.
—Cuídate, Ro. No quiero ser yo quien le diga a tu chica que estás
en el hospital… o algo peor.
Calista
—Gracias por venir a recogerme —suspiro y echo la cabeza hacia
atrás—. No me había dado cuenta del jodido día que era.
Gene literalmente se rio como niña ante mi queja.
—Para alguien tan conectada con su cuerpo, eso sí que sorprende.
Debes estar muy distraída últimamente.
Llamarla para que condujera una hora, me recogiera y me llevara a
Walmart puede parecer una tontería, pero necesitaba hablar con ella
de todo. Además, necesitaba desesperadamente un tampón. No sabía
cuánto tiempo estaría fuera Ronan, y el papel higiénico doblado no
iba a servir hasta que regresara. No podía creer que ni siquiera tuviera
una sola toalla femenina.
Se va a enojar tanto cuando se entere de que me duché, pero tiene
que entenderlo, no podía dejar su semen, mi jugos y sangre ahí,
simplemente quedándose.
Gimo y me apoyo sobre el carrito azul mientras paseamos por los
pasillos.
—¿Estás bien, baby girl?
—Sí, perdón. —La miro de reojo y tiene una gran sonrisa en la
cara—. Definitivamente he estado distraída.
—Por favooor, dime que es por tu tío político.
¿Por qué insisten con eso? No hay ningún lazo real entre nosotros,
no me importa que mi mamá se haya casado con su hermano. Eamon
no me adoptó y, sinceramente, ya estoy más que lista para cortar lazos
con esa mujer. Cada día que paso con Ronan, es ese el futuro que
empiezo a ver. No el que he estado evitando por su culpa.
Definitivamente me estoy adelantando. Solo hemos follado, y
fácilmente podría ser solo eso. Sexo.
—Voy a pasar por la farmacia a ver si mis medicamentos siguen en
el sistema para pedirlos. Pero sí, él es mi distracción.
Ella mueve los labios para decir “gracias a dios” antes de rodearme
con un brazo y jalarme para que camine erguida.
—Cuéntamelo todo, y me refiero a su polla. Puedes contarme todo
lo demás, pero eso es lo más importante.
No me molesta chismear, pero siento que hablarle de su polla no
está bien, al menos no todavía. Aunque su comentario sobre que le
gusta que le vean me hace preguntarme si en realidad querría que le
contara. Ella es mi mejor amiga, le cuento todo, pero quizá sea su
pasado lo que me hace dudar.
—Tiene un piercing… y un cuerpo como el de un dios.
Ella suspira soñadora.
—Suerte la tuya. Ojalá mi boytoy se pusiera aunque sea uno.
Casi me echo a reír.
—¡Ah, claro! ¿Tú puedes llamarlo así, pero yo no?
Mi teléfono vibra justo cuando ella se ríe a carcajadas, y el eco me
pone nerviosa. Me preocupa que los demás compradores piensen que
estamos locas y empiecen a mirar. Saco el celular, rogando a algún
dios que no sea Ronan y que ya esté en casa.
No lo es.
Se me revuelve el estómago.
Perra: No puede protegerte, maldita zorra.
¿Lo mandaste tras nosotros?
Juré que ya había bloqueado a esta perra. ¿Mandarlo tras ellos?
¿Qué carajo? Otro mensaje entra y veo los puntos suspensivos
anunciando otro más.
Perra: ¡Responde la maldita pregunta!
Miro a Genevieve, que sigue hablando de algún novio ficticio de
uno de sus libros, y rápidamente respondo:
Yo: No me vuelvas a contactar. Ya te dije lo que pasaría si lo hacías.
Bloqueo el número al instante, antes de que llegue el nuevo
mensaje, y borro todo el hilo, pero no sin antes tomar capturas. No
soy estúpida; he guardado un registro de cada forma de contacto y me
he enviado copias por correo electrónico. No puedo dejar que Ronan
vea nada de esto. Estoy decidida a salir de esto por mi cuenta.
Lo último que quiero es involucrarlo y que lo manden de vuelta a
prisión. No sé cómo podría vivir conmigo misma. Ya he hecho
suficiente…
—Tierra llamando a Cal.
Sacudo la cabeza y meto el celular al bolsillo trasero de mis shorts.
—Perdón, ¿qué decías?
—¿Quieres comprar chocolate y comida chatarra para que
comamos mientras chismeamos?
Sonrío, alejando por completo los pensamientos del pasado y
tomando su mano.
—Sí, me encantaría.
—¿Sabes qué quiere tu tío? Además de tu coño.
—¡Maldita sea, Gene! ¡Deja de llamarlo mi tío!
Por desgracia, voy a tener que ir al médico para que me vuelvan a
recetar mis medicamentos para el TDAH. Pero bueno. La cita ya está
hecha y pronto podré concentrarme de nuevo.
Gene todavía sigue aquí después de horas hablando y picando algo.
No puedo evitar sentirme un poco ansiosa por lo que pensará Ronan
si regresa y nos encuentra en el sillón. Sé que me importa demasiado
su opinión, porque, aunque Gene es mi mejor amiga, y técnicamente
esta cabaña es de mi familia, igual me preocupa lo que piense al verla
aquí.
Por la forma en la que hablaba antes de irse, parecía que esperaba
encontrarme desnuda cuando volviera, o por lo menos sin ropa
interior.
Qué mala suerte para él, y para mí, porque va a tener que esperar
mínimo cinco días hasta que deje de sangrar.
—Hace un calor agradable esta noche —comenta Gene. El sol ya
se fue, y me alegra no haber esperado a que Ronan volviera.
—¿Alguna vez te has metido desnuda al lago?
Me río y le doy una patadita suave.
—No.
—¿Quieres?
Mi boca se abre.
—¡No!
—Tienes un tampón, ¿qué importa? Iba a hacer un chiste sobre
tiburones, pero obvio no tendría el mismo efecto.
Sacudo la cabeza y ruedo los ojos.
—Te amo, nalguitas, pero si él te ve desnuda voy a tener que
desvivirte. —Uso el término que ella siempre dice en sus videos
ridículos sobre libros. Eso la hace reír más fuerte de lo que quisiera
admitir que me gusta.
Solo después de que baja un poco del subidón de serotonina y da
un sorbo a su agua, me pregunta:
—¿Ya le hablaste de tus kinks?
Ay, Dios. Aquí vamos.
—Tenemos gustos parecidos.
Ella da un gritito y me lanza una sonrisa enorme.
—La familia siempre viene bien…
—¡Te lo juro, Genevieve!
Estoy a un segundo de lanzarme a pelear con ella y arruinarle el
peinado cuando escucho la puerta del garaje abrirse. Ni siquiera
escuché la moto hasta que se metió. Mi corazón se acelera, y puedo
notar que Gene también se pone un poco tensa por la expresión en su
cara. Lo único que sabe de Ronan es que estuvo en prisión, algo que
aparentemente solté la noche que me llevó a casa desde el bar.
Me bajo del sillón y cruzo las manos detrás de la espalda. Justo
cuando se abre la puerta, me giro hacia Gene.
—Nada de apretones de manos. No le gusta que lo toquen.
Ella aprieta los labios, y ambas esperamos.
Ronan entra, lanza su chaqueta de cuero sobre la encimera sin
siquiera mirarnos. Se quita las botas en la puerta y luego se lleva las
manos a la camiseta. Pensé que solo iba a acomodársela, pero se la
quita por completo.
Soy una perra celosa porque en cuanto lo hace, levanto la mano para
taparle los ojos a Gene, aunque ella me la quita de inmediato.
El sonido de piel contra piel capta su atención, y voltea hacia
nosotras. Sus ojos azules pasan de ella a mí, y se quedan ahí un poco
más.
Se rasca el hombro y camina al fregadero. Su espalda está llena de
tatuajes oscuros, pero con algunos espacios sin tinta donde se ven
moretones, varios, esparcidos desde los omóplatos hasta la cadera.
Antes de alcanzar un vaso en el gabinete, nos mira.
—¿Por qué están ahí paradas en medio de la sala?
Gene suelta una risita.
—Cal está nerviosa por presentarnos oficialmente.
Él hace un sonido con la garganta y yo gimo, dándole un codazo
que la hace soltar un gritito.
—Ronan, ella es Genevieve, mi mejor amiga. Gene, él es Ronan,
mi...
Ya me está pegando, porque estuve a punto de decir “tío político”,
maldita sea.
Abre el grifo y mete el vaso.
—Un gusto. Gracias por sacarla del bar esa noche.
—El gusto es mío, y no fue nada. Solo íbamos a estorbarles.
Se gira para vernos, apoyado contra la barra mientras toma un trago
lento. Su mirada pasa brevemente por Gene antes de quedarse fija en
mí y ahí se queda, sin moverse.
El silencio se instala, y vuelve a levantar la ceja, la que tiene la
palabra “SIT”.
—Ya me voy.
—No te vayas por mí —dice él. Como siempre, me cuesta descifrar
si lo dice en serio o solo por cortesía.
De todos modos, ella se adelanta y me abraza por el cuello.
—Está buenísimo, y da miedo —me susurra al oído antes de darme
un beso en la mejilla.
Sí, me asusta, pero no del tipo que te hace querer huir para salvar
tu vida. Es el tipo de miedo que te hace querer correr solo para ver si
te alcanza… para saber qué haría si lo logra.
—Genevieve —llama Ronan justo cuando ella llega a la puerta. Ella
se voltea, y él pregunta—: ¿Hace cuánto conoces a Cal?
Mi corazón se va directo al estómago. Suena inocente, pero para
mí… no lo es. Algo se siente mal. Mis instintos gritan.
—La conocí en la universidad, así que llevamos… ¿qué?, ¿ocho
años ya? —Gene le sonríe—. Te preguntaría lo mismo —añade
bromeando, apuntándole con una uña recién pintada—, pero ella ya
me contó. Me molesta un poquito que no me haya mencionado antes.
Miro a Ronan justo cuando la comisura de su labio se curva.
—Definitivamente merece un castigo por eso —murmura.
Ahora mi corazón está entre mis piernas.
—Okay, okay, no necesito saber cómo su tío se la folla.
Él suelta una risa baja.
—Me caes bien. Maneja con cuidado.
Esa es su señal para irse, y cuando sale y se cierra la puerta, noto
cómo su mirada se posa lentamente (de una forma jodidamente
intimidante) sobre mí. Trago saliva con dificultad, tanto que tengo que
mover la cabeza como para ayudar al nudo invisible a bajar.
Le sonrío.
—Hola.
—Hola, baby girl. —Jesucristo, la forma en que lo dice hace que
me vibre el clítoris—. Te bañaste.
Levanto las manos cerca del pecho, las palmas hacia él, y niego.
—Okay, sí, me bañé, pero tenía que hacerlo. Me bajó.
Se termina el agua del vaso antes de dejarlo en la encimera.
—¿Y?
Escucho el auto de Gene arrancar y luego el crujir del camino de
grava mientras se va.
—Y tuve que ir a la tienda.
—Estoy esperando la parte que justifique que ignoraras mi única
orden. —Termina la frase y se separa del mostrador, caminando hacia
mí—. Siento que te gusta imaginar lo que haré cuando no me
obedeces.
Estoy literalmente peleando por mi vida, intentando tragar y
respirar. ¿No me escuchó?
—Lo siento. —Mentira. En realidad, sí quiero que me castigue—.
Supongo que puedes volver a perseguirme cuando ya haya… dejado
de...
Mis palabras se apagan mientras invade mi espacio.
Su mano va a mi cuello, los nudillos rozando suavemente hasta la
clavícula. Mis brazos siguen a los lados, y desearía no estar usando
camiseta, solo para sentir su piel sobre la mía.
Se inclina y con un dedo bajo mi barbilla, guía mi cabeza para que
voltee.
—¿Reconsiderar qué? ¿Acaso tu coño deja de funcionar? —Su
aliento roza mi mejilla.
Aprieto las piernas porque siento que el tampón va a salir volando.
—No sabía que la regla bloqueaba tu coño necesitado.
Mi cuerpo entero se prende fuego.
—M-Mi tampón está…
¿Por qué dije eso?
Su mano aprieta mi cuello y la otra se mete directo dentro de mi
pantalón. Grito y lucho contra el impulso de empujarlo. Pero él ni
siquiera considera esa posibilidad, porque sus dedos ya están en mi
ropa interior, abriéndome.
—¡R-Ronan! ¿Qué haces?!
—Destapando tu coño. —Siento que agarra el hilo del tampón, al
menos eso creo porque hay presión ahí abajo—. Relájate, no quiero
que se rompa y tenga que buscarlo.
Cada sensación posible me atraviesa el cuerpo. Emoción,
vergüenza, adrenalina, deseo. No sé cómo sentirme, pero pensar en
que lo rompa y me deje el algodón adentro hace que suelte el agarre.
Cuando lo saca, gimo. Mis manos se abren y se cierran a los lados,
y aunque sé que sobre todo es sangre lo que sale con él, estoy segura
de que también hay algo más. ¿Por qué demonios esto me está
excitando?
—No puedo… —jadeo, y suelta un poco mi cuello, la mano
bajando al borde de mis leggings antes de sacarlo. Qué considerado,
no arrastró el tampón ensangrentado contra mi vientre—. Ronan, no
puedo andar así.
—No vas a caminar. —Levanta el tampón ensangrentado y puedo
sentir cómo me arde la cara de pura vergüenza. Aparto la vista. Sus
dedos están manchados de sangre, y una sensación de hundimiento
me recorre. Creo que ese es el castigo: humillarme.
Me agarra del mentón y me obliga a mirarlo de nuevo.
—Vas a correr.
Mis piernas tiemblan.
—¿Qué?!
—¿De verdad crees que un poco de sangre me va a impedir follar
esa hermoso coño tuyo? —Se ríe, es una risa oscura y baja, con una
sonrisa que me da escalofríos—. He tenido un día largo, baby girl,
pero hablaremos después. Primero, voy a demostrarte que no solo
digo cosas por decir. Que cumplo.
Siento que el corazón me va a explotar. Mi piel hormiguea, y cada
respiración me sale en forma de gemido ahogado.
—¡Está oscuro! —protesto.
—¿Quieres cinco minutos de ventaja?
—¡No voy a correr de noche, Ronan!
—Corriendo o no, igual voy a follar ese coño sangriento. —Se
cierne sobre mí.
Mis ojos se mueven entre los suyos.
—Castígame en la ducha —suplico.
Gruñe.
—¿Qué demonios importa? Es natural, no me importa y no voy a
ser delicado contigo. —Algo cae al suelo con un golpe suave, y su
mano vuelve a mi cuello, el líquido tibio rozándome por la nuca—.
Dime, baby girl, ¿te arrepientes de haberme tocado?
Abro los labios, exhalo suavemente y niego con la cabeza.
—Nunca lo haré.
—Nunca es una palabra fuerte. —Se inclina, rozando sus labios con
los míos—. Puedes usar tus manos para la violencia, pero ahora…
corre.
Calista
Mis palmas chocan contra su pecho antes de darme la vuelta y salir
corriendo. Ni siquiera me molesto en buscar zapatos; ya sé
exactamente hacia dónde voy.
Salgo por la puerta principal directo al lago. Está oscuro, pero el
cielo está despejado esta noche y la luna brilla lo suficiente como para
guiarme como una linterna. Las piedras del camino se clavan en mis
pies, pero cuando llego al suelo blando, la incomodidad desaparece.
La hierba roza mis tobillos y agradezco haberme puesto leggings en
lugar de shorts. Pero entonces, la sensación de líquido filtrándose a
través de mi ropa interior y empapando mis pantalones me hace
fruncir el ceño.
No sé cómo me siento respecto a que me haya follado mientras
estoy en mis días. Tal vez por eso corro tan rápido. ¿En la ducha?
Claro, sin problema. ¿Pero aquí, donde no se puede limpiar nada,
donde sus dedos y su polla pueden mancharse de mi sangre? Dios…
¿intentará comerme?
El estómago se me cae, y cuando llego al borde del lago, giro a la
izquierda y acelero el paso. Respiro agitada, y como la chica tonta de
una película de terror, miro hacia atrás.
Ni siquiera le dije que quería cinco minutos de ventaja.
Aunque sé que es Ronan quien me sigue, grito como si me fueran a
matar cuando lo veo bajando las escaleras y corriendo directo hacia
mí. El corazón me late con tanta fuerza que siento que va a explotar.
Es esa misma sensación que te da al entrar a una casa embrujada.
Sabes que es falso, sabes que no te van a hacer daño de verdad, pero
el miedo es tan real que te eriza la piel. Y, como en esas casas, me
metí voluntariamente en la boca del lobo, sabiendo que me caza
alguien que podría matarme.
Me desvío hacia un grupo de árboles, apenas a unos metros de la
orilla, esquivando ramas y arbustos mientras avanzo. Algunas ramas
están más cerca de lo que parece, y cuando salto sobre un tronco
podrido, los árboles se abren, revelando un claro. A lo lejos, hay más
bosque.
No soy estúpida: sé que me va a alcanzar. Pero si sigo corriendo, tal
vez llegue a la cabaña y logre meterme en la ducha. Ahí puede hacer
lo que quiera, no me importa.
Justo cuando estoy por girarme para regresar, una fuerza brutal me
embiste por el costado. Caigo al suelo con un quejido agudo,
moviendo manos y piernas como loca. Su respiración agitada se
mezcla con la mía, pero no dejo de luchar. Le doy una patada en el
pecho y se tambalea hacia atrás, soltando un gruñido cargado de
frustración. Me impulso para ponerme de rodillas, desesperada por
levantarme.
Pero una mano firme tira de mi cabello hacia atrás. Mi culo golpea
el suelo al ser arrastrada unos centímetros, y luego mi espalda queda
pegada a su pecho, su aliento agitado mientras trata de recuperar el
aire.
—¿Cómo…?! —grito mientras jala mi cabeza, y su otra mano se
cierra en mi garganta. Mis patadas no logran nada, y aunque mis codos
impactan contra su abdomen duro, parece que ni lo siente.
—Te metiste entre los árboles —susurra contra mi oído, su lengua
tibia recorriendo detrás antes de morder con fuerza mis
perforaciones—. Yo corrí por la orilla.
Dejo escapar un quejido frustrado, pero no puedo responder. Me
está quitando el aire poco a poco.
—R-Ronan… —susurro con dificultad.
—Me gusta tu violencia —murmura con voz ronca y cargada de
deseo.
No tenía que decírmelo. Puedo sentir su polla dura presionada
contra mi espalda baja.
El calor que me sube al rostro y el mareo que nubla mi vista me
hacen flotar. Ya ni estoy luchando por respirar, aunque mis uñas se
clavan en sus jeans.
—Quiero más de eso.
Justo cuando siento que voy a desmayarme, suelta mi garganta y
me empuja de lado. Aspiro con fuerza, aferrándome a la tierra húmeda
y al pasto.
Escucho el clic de su cinturón y gimo.
—Por favor… aquí no… —Lo miro desde abajo; su figura ya es
imponente cuando estoy de pie, pero desde el suelo, parece un dios, y
yo, una simple mortal.
Y lo peor es que no me importaría que me pisara. De hecho, lo
deseo. Solo pensarlo me hace sentir aún más sumisa.
Chasquea la lengua y se baja los pantalones junto con la ropa
interior, dejando ver su polla curvada, venosa y con piercings. Sin
decir una palabra, se arrodilla de nuevo, toma la pretina de mis
leggings y los arranca con fuerza. Mi instinto regresa; con una mano
intento sostener la tela y con la otra empujo su muñeca. Clavo las uñas
en su piel.
Un gruñido profundo le brota del pecho.
—Mierda. Eso es, Cal.
Con un tirón, rompe mi agarre y me deja completamente expuesta.
Cuando levanta la cabeza, mi palma lo abofetea tan fuerte que cae
hacia atrás. Sus manos tocan el suelo y su mirada se alza lentamente
hacia mí. Lo golpeé tan fuerte que mis uñas dejaron marcas sobre sus
pómulos.
—Oh-oh, Dios mío… yo.
—No te disculpes —murmura con una sonrisa torcida—. Tu pelea
es hermosa, baby girl.
Un cosquilleo me llena el estómago.
—No debiste dejar de luchar tan pronto.
El calor me sube a los ojos cuando se lanza hacia mí. Intento gritar,
pero cubre mi boca con su mano. Mis piernas patalean, pero pronto
atrapa una entre las suyas y la otra la aplasta contra el suelo.
Trato de quitarle la mano de la boca, pero se me olvida cuando lo
oigo gemir de placer.
Sus dedos suben por mi muslo directo hacia mi coño.
—Mira que empapado tienes el coño. Tan jodidamente ansioso por
mí.
Siento cómo se enciende mi cuerpo entre la vergüenza y el deseo.
Clavo el talón en la tierra justo cuando mete dos dedos en mí. Echo la
cabeza hacia atrás, gimiendo contra su palma.
—He derramado mucha sangre en mi vida —dice, mientras
inmoviliza una de mis muñecas entre su pierna y su pantorrilla. La
presión que ejerce hace imposible liberarme, aunque estemos
empapados de sudor. Intenta atrapar mi otra mano y yo lo golpeo.
Solo se ríe.
—Y sé que la tuya será la más dulce.
Mis ojos se agrandan.
—¡Para, para!
Tras unos segundos de lucha, logra inmovilizar ambas manos, una
sobre mi cabeza y la otra bajo mi cuello.
Sus dos dedos se hunden más, y mi cuerpo reacciona al instante.
—Palabra equivocada otra vez, Cal. Sabes bien cuál es la que debes
decir para que te suelte, pero no lo harás porque eres una zorra
desesperada.
Sigue moviendo sus dedos dentro de mí, curvándolos justo en ese
punto que hace estallar mi estómago.
—No quieres que te pruebe porque te parece repulsivo. Pero no hay
nada de ti que sea asqueroso. Nada.
Chasquea los dientes antes de sacar los dedos, mostrándolos. Están
manchados de sangre, pero la evidencia de mi excitación se extiende
entre ellos.
—Que te persiga te tiene empapada, baby girl. Toda una puta para
el castigo y la idea de ser tomada por un asesino. —Se lleva los dedos
a la boca y los lame hasta dejarlos limpios.
Mi corazón, estómago y entrepierna se van a otro planeta.
Cuando gime, mis ojos se van hacia atrás y sé que acabo de
correrme un poco solo con la idea de mí en su boca.
Un dolor agudo sobre mi clítoris hace que mi espalda se arquee.
Cuando miro, él está en plena acción, dándome otra vez.
—Mírame —ordena, y mientras lo hago, me abre las piernas y se
inclina sobre mí.
En cuanto sus labios envuelven mi clítoris, me dejo caer desde la
cima donde estaba colgada. Su lengua se mueve rápido y mis gritos
de placer resuenan por todo el lugar.
Ojalá Ronan sea el único depredador aquí. Por el bien de los demás.
Porque con la forma en la que me está comiendo, como un hombre
muerto de hambre, siento que mataría a un puma si se atreviera
siquiera a mirarme.
Estoy atrapada en un ángulo tan incómodo que ni siquiera podría
resistirme si quisiera. Mis caderas se mueven solas cuando succiona
mi punto más sensible y sacude la cabeza.
—Oh mierda... mierda... Mierda. —Cada palabra sale más alta
mientras empiezo a temblar. La atención intensa sobre mi clítoris hace
que mi estómago arda y mi cabeza caiga hacia atrás. Solo puedo mirar
el cielo estrellado mientras me deshago por completo.
Cada parte de mi cuerpo tiembla con el orgasmo, desde el cuero
cabelludo hasta los dedos de los pies. Es una mezcla entre cómo tira
de mi piercing y la intensidad del clímax, que me deja viendo puntos
negros flotando en mi visión.
Suelta mi mano de debajo de mi cabeza y libera la que estaba
atrapada entre sus piernas, pero no me muevo. No puedo. Siento que
es físicamente imposible. Mis pantorrillas están hechas nudos y estoy
segura de que partes de mi cuerpo están entumecidas.
No lo sé, y sinceramente no me importa.
Ronan se mueve sobre mí, levanta una de mis piernas sobre su brazo
y se acomoda entre mis muslos. Se inclina, y cuando mi visión
finalmente se aclara, veo su boca manchada de sangre.
Por primera vez, no lo veo como algo asqueroso. Dicen que los
orgasmos son más intensos cuando estás en tu período, y tenían toda
la razón. Es como si toda la superficie de mi cuerpo vibrara
suavemente bajo una manta cálida, flotando en una estrella allá arriba.
—Ver cómo te corres por mí es tan hermoso como verte pelear.
Quiero eso cada maldito día que esté vivo y libre.
Su boca se estrella contra la mía justo cuando me penetra de una
sola embestida. La sensación de ardor es intensa, pero estoy bajo
varios estímulos. Su lengua invadiendo mi boca, el sabor metálico y
salado llenando mis sentidos. Me estira mientras mantiene su polla
adentro, y mi rodilla sube hasta su cadera, abrazándolo, intentando
adaptarme al movimiento.
Sí, joder...
Sus manos toman mis muñecas, levantándolas sobre mi cabeza, y
comienza a moverse dentro de mí con un ritmo brutal. Cada choque
contra el fondo me deja sin aliento.
—Joder, Calista —sisea contra mi boca.
No sé qué me posee, pero levanto la cabeza y muerdo su labio con
fuerza. Él gruñe y se lanza más profundo, cambiando su agarre para
entrelazar nuestros dedos y hundirnos más en la tierra.
Siento sangre fresca en mi lengua, y cuando lo suelto, gotas rojas
caen de su labio.
—Eso es —dice, embistiéndome, quedándose dentro hasta que
siento el metal de su piercing presionar contra mi punto más
sensible—. La violencia sabe a control, ¿cierto, baby girl?
Tiene razón, porque incluso cuando saca su polla de mí y me lanza
boca abajo, levantando mis caderas para volver a entrar sin dudar, lo
siento: control. Mis extraños deseos de ser usada, lastimada y tomada
como si fuera solo carne me devuelven lo que perdí. Consentimiento.
Enreda los dedos en mi cabello y tira de mi cabeza hacia atrás.
Intento apoyarme en las manos, pero me empuja de nuevo. Me
mantiene abajo, con las caderas alzadas mientras me folla duro.
El golpe de su palma en mi culo me hace toser, gritar y gemir al
mismo tiempo. El sonido de nuestros cuerpos chocando retumba, el
eco húmedo de mi fluido y sangre va al mismo ritmo. Ya no me
importa en absoluto mi periodo, el latido en mi vientre está en su
punto máximo. Es como cólicos sin dolor, cada golpe es un masaje a
mis ovarios, y yo soy una puta por querer más.
—Más fuerte. Por favor, Ronan —suplico, mi cuerpo deseando
más.
Él se ríe entre un gemido.
—Así es, suplica por papi como la buena puta que eres.
—Fóllame más fuerte —mi voz se rompe entre el grito, y él obedece
a mitad del mismo—. S-Sí, papi...
Mi grito se corta cuando él agarra mi cadera con la mano libre y me
embiste con fuerza.
Devasta mi cuerpo a tal punto que estoy al borde del llanto, porque
santo cielo, duele, pero duele rico. Este orgasmo es profundo, y el
mundo debería temblar de tan intenso que es.
—Maldita sea, baby girl, eso es... córrete toda sobre mi polla.
Lágrimas brotan de mis ojos mientras él se tensa, sus bolas chocan
contra mi clítoris hasta que siento cómo algo me llena. Sus embestidas
continúan, intento encogerme, pero no me deja moverme. Me sujeta
fuerte, follándome hasta que se vacía completamente dentro de mí.
Su respiración caliente contra mi espalda mientras se inclina sobre
mí. Luego, sus labios dibujan besos por toda mi columna hasta llegar
a mi oído.
—Lo hiciste tan bien, Cal. Tan jodidamente bien.
Ronan
La cargué de regreso a la cabaña después de por fin encontrar la fuerza
para salirme de ella. Me habría quedado destrozándola ahí mismo en
el bosque, pero algo me dijo que era mejor llevarla de vuelta.
Eso no significa que dejé de follarla en cuanto cruzamos la puerta. La
doblé sobre las encimeras a medio terminar de la cocina, haciéndonos
correr otra vez. Luego la llevé a la ducha, donde creo que cubrimos
todo el espacio con algún tipo de fluido nuestro.
Tuve que ayudarla a ponerse un tampón. Dijo:
—Si puedes sacarlos, también puedes ponerlos. —No sé si
esperaba que discutiera, porque no lo hice. Pude mirar su lindo coño
tragándoselo. Estuve a punto de comérmela mientras lo hacía, pero
resistí la tentación. Necesitaba un descanso.
Cuando apoyó su frente en mi pecho, con las manos escondidas
detrás de su espalda, me pidió que la llevara a la cama.
Es extraño, lo admito, pero su versión fuera del estado de lujuria
me resulta bastante entrañable. Es como un interruptor de luz, grita
que la destroce y luego quiere acurrucarse. Nunca me había interesado
lo último. Desde que salí de prisión la primera vez, siempre me he
puesto a mí primero, segundo y último.
Excepto ahora. Por más que quiera hacerla llorar, también quiero
verla sonreír. Es una contradicción que, al menos, ella parece
entender.
Hablando de hacerla llorar... ¿por qué mierda es tan difícil lograrlo?
Por Dios, aunque varias veces se le llenaron los ojos de lágrimas,
siempre parece tragárselas. La única vez que lloró fue cuando le conté
por qué no me gusta que me toquen.
Me pregunto si la cortará... ¿lloraría?
Jamás lo haría. Aunque llegara a desearlo, ella es perfecta, y lo
último que necesita es otra cicatriz. La que tiene en la pantorrilla...
necesito que me diga quién se la hizo. Y si fue por una caída
inocente... entonces puede que la azote por ser imprudente.
Llevo un rato pasándole los dedos por el cabello. Me desperté antes
que ella «no es sorpresa», pero por cómo se ha estado moviendo,
sospecho que ya va a despertar.
Está de espaldas a mí, como ha estado las últimas dos noches, y
probablemente lo seguirá estando. Parte de mí no quiere una cama
más grande; si tuviera más espacio, creo que se alejaría. Nunca he
necesitado mucho espacio, he dormido en una cama individual desde
que tengo memoria, pero por cómo duerme ella, estaría por todos
lados.
Me pone nervioso la idea de despertarme con sus manos sobre mí,
y lo que podría hacer si reacciono instintivamente. Lo último que
quiero es hacerle daño de una forma que no desea.
Su mano se mueve bajo su cabeza y reposa en mi brazo. Esos dedos
suaves, acostumbrados al trabajo duro, se enroscan en mi bíceps, y
respiro hondo. Lo hace tan bien al mantener sus manos lejos mientras
duerme que no voy a castigarla por un movimiento inconsciente.
Aunque cada fibra de mí quiere moverla.
Tragando saliva, pongo mi palma bajo su barbilla, levantándole la
cabeza para ver sus labios entreabiertos.
—Cal, es hora de despertar.
No responde, solo murmura algo inentendible. Podría dejarla,
vestirme e iniciar mi día.
Pero ¿cuánto tiempo tendré esto con ella?
Odio pensar así, que mi mente no me deje creer que esto puede
durar. Pero sé cómo es: alguien como yo no se queda con las cosas
buenas. Soy un vaso astillado. Con suficiente presión, la grieta se abre
y me hago pedazos. Me voy a equivocar como siempre y perderlo
todo.
El calor me sube por el cuello, y me doy la vuelta, sacando mi brazo
de debajo de ella antes de bajarme de la cama. Sin mirar atrás, camino
hasta el armario.
—¿Ronan? —Su voz somnolienta me tira de algo dentro,
haciéndome luchar contra el impulso de acurrucarme a su lado, como
si fuéramos una pareja normal.
Voy a terminar enojado si sigo pensando en lo nada normal que
somos, así que necesito alejarme y respirar.
—Vístete, estaré afuera —le digo al tomar mi ropa.
—Okay… —Es lo último que escucho antes de salir de la
habitación.
Ya vestido, camino hacia el garaje y presiono el botón para abrir la
puerta metálica. El aire fresco es justo lo que necesito, un placer
simple que recordaba anhelar. En prisión, estar afuera es un privilegio,
pero aun así todo está enrejado; el mismo cielo parece apretado.
Cuando salí, lo único que quería era volver. Todo era una mierda
metida entre muros blancos de concreto, pero era lo único que
conocía: comida gratis, techo gratis. Gobernaba ese lugar. Era el rey;
nadie se metía conmigo. Aquí afuera… tengo que sobrevivir. Tengo
que vivir.
Pero... si vivir significa estar con Calista, quizá eso es justo lo que
quiero ahora.
La escucho salir por la puerta detrás de mí, pero no me doy la vuelta.
El golpeteo suave de sus pies acercándose hace que mis músculos se
tensen. Ella sabe que no debe hacerlo, lo sé, pero igual es difícil darse
la vuelta y evitar un error inminente.
Se acomoda contra mi espalda, recargándose en mí.
—Buenos días —dice, levantando la cabeza con una sonrisa—. O,
mejor dicho, buenas tardes.
Se me escapa una risa por la comisura de los labios.
—Tarde. —Enrosco mi brazo alrededor de su cuello, pegándola
fuerte a mí—. Buena chica.
Ella niega con la cabeza.
—Escúchame, Ronan, es muy temprano y necesito café.
Apoyo mi frente en la parte de atrás de su cabeza y respiro profundo
su aroma.
—Solo te llamo como eres.
Permanecemos en silencio un rato, disfrutando los sonidos
tranquilos de la naturaleza. No lo aprecias hasta que has estado sin
eso tanto tiempo. Allá era puro metal golpeando, hombres gritando,
gimiendo... ruido constante, sin sentido. Todo resonaba.
Podría acostumbrarme a esto, especialmente con ella.
—¿Quieres tomar una taza conmigo? —Se aparta de mí y la dejo ir.
—No, pero tenemos que hablar.
Ella gira rápidamente, con los ojos bien abiertos. Su alegría se
transforma en miedo en un segundo.
Frunzo el ceño.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Oh, cierto, um… no le digas eso a una chica. “Tenemos que
hablar.”
Genuinamente confundido, aparto la vista, tratando de entender qué
tiene de malo. Pero no se me ocurre nada.
Cuando la miro de nuevo, sonríe, aunque con expresión cansada.
—Esas palabras juntas son como una pesadilla para cualquier chica.
—Va hacia la cafetera y la sigo—. Mientras no me digas que te vas a
mudar y me dejas aquí sola, podemos hablar.
—Dependerá de tus respuestas.
Ahora su miedo tiene sentido. Mira por encima del hombro
mientras la máquina se calienta.
—Serrano.
Cuando se vuelve a la cafetera, ya sé que no obtendré nada. Gimo
con fuerza, y noto cómo se pone rígida.
—Necesito que me digas la verdad, Cal. Mírame.
—Maldición, ¿no puedo tomar mi…?
—A estas alturas eres completamente capaz de preparar una taza
mientras duermes.
Tira nerviosa de su camiseta, que apenas le cubre el culo. Las bragas
negras que lleva me molestan más, aunque sé por qué las tiene: su
periodo. Le enseñaré que me importa una mierda eso.
—Okay —dice, volteando hacia mí y parpadeando rápido.
—¿Es la familia Serrano? La casa o lo que sea. ¿La mala? —No
estoy seguro de cómo decirlo—. La que trafica drogas ¿Si o no baby
girl?
Asiente, mordiéndose el labio.
Contengo un gruñido mientras mis manos se cierran en puños.
La rabia empieza a hervir.
—¿Por qué mierda los tienes detrás?
El pitido de la cafetera al terminar rompe el silencio.
—Quieren algo de mí que no estoy dispuesta a darles.
Mis ojos se agrandan, y ambos puños se tensan más.
—Esa noche después del trabajo, cuando volviste con moretones,
¿qué te hicieron?
Sacude la cabeza rápido.
—No… no me violaron. Solo se pusieron agresivos, me agarraron.
Lo juro.
Quisiera que eso calmara mi furia, pero no. La tocaron. Eso ya es
suficiente para que me den ganas de matar a alguien...
Ronan
14 años
Los sábados se han convertido en mi día favorito de la semana. Ha
pasado poco más de un año desde que empecé mi libertad
condicional, y he pasado todos los fines de semana limpiando en el
estadio local.
Puedo pasar tiempo con mi oficial de libertad condicional, María
Sandoval, y con otros chicos de mi edad. No he contado por qué me
metí en problemas, y, siendo sincero, no estoy seguro de que lo haga.
Aunque casi todos los demás sí lo han hecho, incluida esta chica,
Amanda. Es muy linda, y creo que podría gustarle. Cada vez que
tenemos que hacer parejas, juro que los dos nos miramos al mismo
tiempo, como si supiéramos lo que el otro está pensando.
Estoy muy emocionado por estos próximos once meses y, después
de eso, tal vez pueda seguir como voluntario si mi mamá está de
acuerdo. Sé que está ocupada, pero si pudiera dejarme en la mañana
y recogerme en la tarde, tendría una buena excusa para estar
“demasiado ocupado” los fines de semana para mi tío. Estoy seguro
de que a mi papá no le importará, ya está ansioso de que cumpla los
dieciocho y me largue de la casa.
También me pregunto si María me dejará mandarle mensajes. Si
digo que sigo en contacto con mi oficial de libertad condicional, eso
podría seguir siendo un buen pretexto. Solo tengo que sobrevivir
hasta terminar la prepa. Después podré mudarme con mi hermano,
con suerte entrar a la universidad, y seguir adelante.
No necesito hablar de eso, solo sanar y cuidarme.
—¡Nos vemos luego, mamá! —grito mientras bajo corriendo las
escaleras y me lanzo hacia la puerta. María llegó hace unos minutos,
la vi desde la ventana de mi cuarto, y ya estoy listo para empezar el
fin de semana.
—¡Espera, cariño!
Abro la puerta de golpe, saludando a mi oficial de libertad
condicional con una gran sonrisa llena de brackets, y la suya es igual
de amplia. La verdad, se siente bien tener a alguien que está
genuinamente feliz de verme, sin segundas intenciones, solo por estar
conmigo.
—Buenos días, Ronan. Feliz como siempre, ya veo.
—Es sábado, mi día favorito.
—¿Te importa si entro? —Su pregunta me sorprende. Ya ha entrado
antes, pero normalmente vamos directo al estadio. Está como a media
hora en carro, y como estamos en temporada de béisbol, nos gusta
llegar temprano para evitar el gentío. ¿No deberíamos estar
yéndonos ya?
Solo asiento con la cabeza y me doy la vuelta para ver a mi mamá
secándose las manos, con una sonrisa enorme en la cara.
Entramos a la sala, como siempre en ausencia de mi papá, y María
mira a mi mamá. Mi mamá mira a María. Luego me miran a mí.
—¿Qué? —pregunto.
—Cariño, ¡María tiene una noticia increíble!
Miro sus manos. Justo la semana pasada, mencionó que creía que
su prometido estaba por proponerle matrimonio. No sé mucho de eso,
pero mi curiosidad se encendió cuando vi una foto suya con un tipo
vestido de bombero, así que le pregunté si era su esposo.
No hay anillo. Al menos, no en su dedo.
Pero hay un zumbido en mis oídos cuando ella dice:
—¡El juez firmó la finalización anticipada de tu libertad
condicional!
Creo que estoy en shock, porque de repente no siento nada en todo
el cuerpo.
—Lo has hecho tan bien, que presenté la solicitud para darte de
baja antes de tiempo…
—¿P-Por qué harías eso? —pregunto tan bajito que casi no me
escucho. Por suerte, mi mamá sí lo hace, así no tengo que repetirlo.
Me arde la garganta, y creo que estoy teniendo un ataque de
ansiedad.
—Es porque lo has hecho muy bien, Ronan. ¡Esto es algo
buenísimo!
El aire a mi alrededor se siente demasiado denso, como si me
estuviera ahogando cada vez que respiro.
—¿Me odias? —Mi pregunta es sincera, porque no puedo imaginar
por qué querría deshacerse de mí tan pronto. Aún me quedaba tanto
tiempo. No, no— ¿Cómo puede estar pasando esto?
—¿Ronan? Hey, hey. ¡Está bien! —Creo que me grita a mi mamá,
pero solo oigo un zumbido en los oídos y, de pronto, estoy mirando
unos pies. Las manos de María me levantan del suelo y un líquido frío
fluye hacia mi boca.
No lo trago.
Ni siquiera quiero respirar.
¿Por qué haría esto? ¿Cómo pudo dejarme ir? Todavía me quedaba
tanto tiempo para pensar en cómo mantenerme a salvo.
Yo juraba que aún tenía mucho más tiempo.
—Que no lo dejen volver. —No sé si lo dije en voz alta o solo en mi
cabeza, pero lo único que escucho como respuesta son susurros de
“shhh” y “todo va a estar bien”.
No va a estar bien.
Yo no estoy bien.
Por favor, no otra vez.
Han pasado tres semanas desde que terminó mi libertad condicional,
y cada fin de semana me encierro en mi cuarto. Cierro la puerta con
llave y la bloqueo con mi silla. No como y no veo a mis padres.
Hasta que mi papá se hartó y quitó la cerradura de mi puerta. Me
dijo que si volvía a bloquearla, me dejaría solo con un colchón en el
cuarto, y si usaba el colchón, me pondría a dormir en un saco de
dormir.
Ya no usa amenazas, solo hace promesas.
Puedo ver que la forma en la que me trata está afectando a mi
mamá, pero ella tiene miedo. Él se ausenta cada vez por más tiempo,
y ella está tratando de salvar su relación, creo. La verdad, no estoy
seguro. Si ella lo dejara, tal vez podríamos mudarnos los dos solos.
Solo ella y yo.
Quizá si le contara lo de mi tío, ella me elegiría a mí y obligaría a
mi papá a hacerlo también.
Lo único que sé es que cada viernes, cuando termina la escuela,
estoy aterrorizado. Porque cuando llego a casa, tengo miedo de que
mi tío esté ahí, esperándome.
No lo he visto desde que empecé la libertad condicional, pero sé
que es cuestión de tiempo. Mi papá ha mencionado que “su hermano”
va a venir, pero todavía no ha pasado. Estoy agradecido por eso, pero
el miedo no me deja en paz.
Mis pensamientos no son lo suficientemente fuertes esta noche,
porque puedo escuchar a mis padres peleando, y es por mi culpa.
Odio ser la razón de esto.
—¡Ese chico necesita ayuda, Joanna! ¡Está enfermo!
—¡No lo está! —Escucho algo romperse, y presiono con más fuerza
contra la puerta, luchando por no bajar a proteger a la única persona
que siempre ha estado de mi lado—. ¡Nunca lo has querido como
quieres a Eamon!
—Yo amaba a ese niño…
—¿Lo amabas?
Cierro los ojos con fuerza y me dejo caer sentado, pasándome las
manos por el cabello mientras aprieto los dientes.
—Ronan necesita ayuda. ¡Ya está mostrando señales de retroceso!
Tal vez fue un error sacarlo de la condicional antes de tiempo.
Otro estruendo me hace dar un salto, esta vez el sonido agudo del
vidrio rompiéndose.
—¡Si pasaras tiempo con él, tal vez podrías descubrir qué es lo que
le duele a nuestro hijo!
—No me vengas con esa mierda. Esto no es mi culpa.
Me jalo el cabello, sintiendo cómo se arranca del cuero cabelludo.
El ardor es un consuelo extraño, una sensación que extrañaba. El
sufrimiento mental es insoportable. No puedo golpear mi cerebro,
arrancarlo y hacer que se detenga.
—¡Vete a la mierda, Dalton! ¡Eres una mierda de persona!
Golpe.
Reconozco demasiado bien el sonido de piel contra piel, y me
pongo de pie antes de pensarlo. Corro por el pasillo, bajo las
escaleras justo cuando la puerta de entrada se cierra de golpe.
Odio que sea mi papá el que esté ahí de pie.
—¿M-Mamá?
No me mira. Solo se da la vuelta y camina hacia la cocina.
—¿Mamá? —Llego al primer piso y corro hacia la puerta. Cuando
la abro, la veo saliendo del garaje. Estoy a punto de correr tras ella,
pero una mano fuerte me agarra del brazo y me jala de regreso
adentro.
—Déjala en paz, carajo. Necesita un descanso de ti y de esta casa.
—Cierra la puerta con un portazo en mi cara antes de soltarme.
Bajo la mirada al piso de baldosas, buscando los pedazos de mí
que se van cayendo. Ella no puede dejarme, no como Eamon.
—Tengo planes este fin de semana —gruñe mi papá.
Mis rodillas golpean el suelo, pero no presto atención al impacto
ni al frío de la puerta contra mi frente mientras me inclino hacia
adelante.
Por favor, vuelve.
—No puedo confiar en que no hagas alguna estupidez, así que voy
a pedirle a tu tío que venga a vigilarte.
—No… —susurro.
Su largo y sonoro suspiro retumba durante varios segundos,
soltando toda su frustración conmigo. Como si yo fuera la maldita
carga de su vida.
—Él te ha extrañado…
—¡No! —grito y golpeo mi frente contra la puerta—. ¡Papá, él me
tocó! —Las palabras salen tan rápido que ni siquiera pienso en las
consecuencias. Esta familia ya está rota ¿por qué sigo intentando
protegerlos? ¿Y yo qué?
—Él me lastimó. A mí… a tu hijo, él…
Su mano me agarra de la camiseta y me lanza hacia atrás, pero es
su puño contra mi mejilla lo que me tira por completo al suelo. El
dolor me atraviesa la cara y juro que mi visión se nubla del ojo donde
me dio. Alzo la mano para tocarlo, pero la retiro de inmediato,
incapaz de soportar la sensación.
—Cierra esa maldita boca mentirosa. ¿Qué carajo te pasa?
No sé si soy yo el que tiembla o si hay un terremoto.
Se para sobre mí, me agarra de la camiseta y me obliga a levantar
los hombros.
—Podrías meterlo en un lío de los grandes con esa mentira.
—¡N-No estoy mintiendo!
Levanta el puño de nuevo, y por reflejo, me encojo.
—¡Por favor, créeme, te lo juro! —Las lágrimas empiezan a caer—
. Papá, y-yo nunca dije nada porque…
Me golpea otra vez, esta vez en la mano, que apenas alcanza a
amortiguar el impacto contra mi nariz.
—No voy a permitir que digas esas mentiras sobre tu tío. ¡Mi
hermano! Él te quiere y nunca te haría daño. Estás haciendo esto por
lástima, por jodida atención. ¿Le dijiste esto a tu madre? ¿Por eso te
cuida como lo hace?
No sé si lo que me cae por la nariz es sangre o mocos, pero no me
limpio para averiguarlo. En vez de eso, me acomodo de lado y me
hago una bolita.
—Necesitas ayuda, Ronan. No has visto a tu tío en más de un año.
Y ahora, de la nada, vienes a decir que te tocó. Eso es un
comportamiento asqueroso.
Mis rodillas tocan mi pecho, y simplemente cierro los ojos.
Por favor, créeme…
—Le vas a pedir perdón en persona por toda esta mierda. Voy a
sacar una cita con el psicólogo. Tal vez puedan darte algún tipo de
medicamento.
Lo siento… Mamá… Mamá, por favor vuelve…
—Si vuelvo a escucharte decir esas mierdas sobre tu tío, unos
cuantos golpes van a ser lo de menos.
Nunca debí haber dicho nada…
Estoy atrapado…
Eamon. Mamá. Ayúdenme.
17 años
No estoy del todo seguro de cómo he sobrevivido estos últimos tres
años, pero ahora que estoy viendo las fotos de un chico de secundaria
cubierto de sangre, casi muerto, tal vez no debería haberlo hecho.
Creo que morí el día que mi mamá se fue y nunca regresó.
—Cariño, voy a pelear por la custodia, pero no puedo estar con tu
padre, y él no me deja llevarte ahora. Dice… dice que no soy buena
para ti.
Mi mamá perdió toda custodia sobre mí. Todo fue por lo que dije
ese día. Mi papá tenía miedo de que se lo contara a ella, y de que ella
me creyera e hiciera una denuncia. Él insistió en que yo mentía, y
ojalá hubiera sido así.
Después de ese fin de semana, mi tío se mudó con nosotros. Su
abuso solo empeoró, y los hombres que invitaba disfrutaban de lo que
él decía que era suyo. Yo.
—Me hiciste esperar más de un año. Te extrañé y tengo que
recuperar el tiempo perdido.
Mi papá estaba saliendo con alguien que no era mi mamá, la
invitaba a casa a veces, pero buscaba activamente estar fuera. Lejos
de mí, o al menos eso pensaba yo.
Me recetaron medicamentos antipsicóticos después de
diagnosticarme esquizofrenia y depresión severa con tendencias
psicóticas. Mi papá les dijo a los doctores que yo inventaba mentiras,
que era un peligro para él y para todos los que me rodeaban.
El día que empecé a tomarlos, dejé de pelear.
Él tenía el control total. Y también mi tío.
Eso fue hasta hace tres días, cuando Mario Allen Thomas me dijo,
en medio de la clase de geometría, que yo era una “marica que
disfrutaba que se la metieran por el culo”.
Le rompí la nariz, luego le clavé una pluma directo en el ojo. Ver
cómo estallaba y la sangre salía al instante sigue tan claro en mi
cabeza, que es como si estuviera pasando otra vez.
Así como con el semen, me he vuelto insensible a la sangre. Pero la
sangre, al menos, la anhelo.
Abriría en canal a un millón de personas con tal de no volver a
probar, oler o ver ni una sola gota del líquido de mi tío o sus amigos
nunca más.
Esta violencia me hace sentir libre.
No he podido respirar desde que tengo memoria, y por primera vez,
aunque estoy rodeado de policías y mirando al juez en esta sala, no
me estoy ahogando.
Ojalá el chico hubiera muerto. Escuché que entonces podrían
haberme dado la pena de muerte. Eso fue lo que mi abogada le
susurró a alguien cuando pensó que no la escuchaba.
Ojalá no vuelva a ver a mi familia. A menos que sea en el infierno.
Y ellos van a rogar que así sea, porque si los veo otra vez, los voy
a meter bajo tierra yo mismo. Los voy a enterrar con mis propias
manos, así como ellos enterraron mi inocencia.
—Ronan —dice mi abogada junto a mí—. Tienes que hablar.
Giro ligeramente la cabeza para mirarla. Ella, como todos los
demás, me ve como un caso perdido. Un chico al que se le dio todo y
no supo aprovechar su privilegio.
—¿Para decir qué? —pregunto.
—Decía que fue una mala reacción a tu medicación.
—No. —La interrumpo—. Mentir solo me va a hundir más. No
fueron las pastillas… Fue él… Todo fue por él.
La forma en que me mira me recuerda lo inverosímil que suena mi
historia y cuán perdido estoy para todos.
A nadie le importa.
Nadie quiere escuchar la verdad.
Nadie quiere creerme.
—Ronan Byrne. —El juez entonces dice mi nombre—. Esperaba no
volver a verte nunca más.
Solo quieren desecharme.
Solo quieren juzgarme.
Solo quieren seguir haciéndome daño.
Y ya lo lograron.
Espero que estén contentos, porque yo jamás lo estaré. Por primera
vez en mi corta vida, lo he aceptado. Este es mi destino: sufrir, recibir
breves destellos de esperanza, solo para que me recuerden que no
todos nacen para tener una oportunidad.
Una oportunidad…
Calista
—Me juzgaron como adulto, y me sentenciaron a tres años en prisión.
La primera semana que estuve ahí, tres hombres adultos me violaron.
Juro que no he respirado. He llorado, no… me he desgarrado
escuchando su historia.
—Fue entonces cuando aprendí que la única persona que iba a
cuidarme era yo mismo.
Odio que no sea yo quien lo esté consolando, sino él a mí, como si
yo le hubiera contado la historia más jodida del mundo. Una que
simplemente no podría ser real, porque ¿cómo alguien (cualquiera) no
le creyó, no vio el dolor en el que estaba, o siquiera se preocupó lo
suficiente como para intentar ayudarlo?
—Esos tres años me endurecieron, y luego me arrojaron de vuelta
al mundo con treinta dólares en el bolsillo y sin nadie a quién acudir.
—¿Dónde estaba tu mamá? ¿Tu hermano? Que se joda Eamon. —
Estoy hecha un desastre. Llorar se siente bien, aunque venga desde
tanto dolor. Le he rogado a algún dios que me permita soltar estas
lágrimas, pero ojalá no hubiera sido por esto.
Él se ríe bajo, y yo juro que me hago más pequeña. Nos mudamos
a la cabaña a mitad de su historia. Para alguien que parece incapaz de
entender las señales emocionales, supo que necesitaba estar bajo
techo.
Me sentía demasiado expuesta, como si alguien nos estuviera
mirando mientras yo me derrumbaba y él dejaba al descubierto todas
sus cicatrices. Aunque sé que somos los únicos en al menos un
kilómetro en cualquier dirección, sentía que hasta los árboles estaban
escuchando.
Después de envolverme en una manta, me sentó en su regazo otra
vez, y ahí hemos estado desde entonces.
—Mi mamá me escribía cartas, pero dejaron de llegar después de
un año. Cuando salí, a los veinte, me enteré de que le habían
diagnosticado lupus. Estaba enferma, muy enferma —suspira, y
puedo sentir el dolor en su voz—. Hubo veces en las que fui mi propio
verdugo. Pude haberla visto, pero temía que el estrés de mi presencia
empeorara su enfermedad. Igual terminó quitándole la vida, tres años
después de que salí. El día que la enterraron fue el mismo día en que
maté a alguien, y mi vida siguió en picada.
—Dios mío, Ronan… Lo siento tanto.
Durante toda su historia, su mamá siempre fue la que luchó. Fue
quien se quedó, incluso cuando la sacaron a la fuerza, ella peleó. No
puedo imaginar lo que eso debió haber sido para ella.
—En cuanto a Eamon, al principio me costó encontrarlo, pero
cuando lo hice, su vida parecía demasiado perfecta para ensuciarla.
Además, lo llamé, y después de dos timbres colgué. Nunca volví a
intentarlo.
—Maldito imbécil.
Asiente.
—Estoy de acuerdo.
—¿Y tu papá?
—Muerto. —No da más detalles. Bien muerto.
—Odio preguntar esto, pero… ¿qué pasó con tu tío?
Eso lo obliga a tomar aire con fuerza, profundamente.
—También muerto, y ojalá pudiera decir que fui yo quien lo hizo.
—Una nueva oleada de lágrimas me cae al ver el dolor y la rabia en
sus ojos—. Me odié por haber callado tanto tiempo, pero después de
contarle a la corte lo que me hizo y que no hicieran nada, me perdoné.
—Terminó violando al hijo de un vecino, y el padre le voló la
cabeza con una escopeta. —Me cuesta tragar—. Dios, el enojo y los
celos que sentí durante semanas después…
Me echo un poco hacia atrás, solo lo justo para liberar una mano y
limpiarme las lágrimas. Pero Ronan me agarra la muñeca para
detenerme. Se inclina y besa la comisura de mi ojo antes de pasar su
lengua por mi sien.
—No sabe tan bien como tus jugos y tus babas —murmura—. Eres
hermosa cuando lloras.
Sé que está mintiendo. No hay forma de que mi cara no esté roja
como tomate e hinchada como una bolsa de papas sin abrir.
Debe ver la cara de incredulidad que le pongo, porque se ríe.
—Puedo hacer muchas cosas malas, pero mentir no es una de ellas,
Cal.
—Ya has comentado antes que lloro… ¿por qué?
—Desde que casi mato a ese chico, me dediqué a hacer llorar a las
personas. Es una forma de arte, y sí, está jodido, pero para mí es como
cuando te maquillas o te haces el cabello. No lo necesitas, pero te
gusta hacerlo. Todos lo hacemos por diferentes razones. Para mí, es
ver a alguien vulnerable. Saber que puedo provocar una emoción tan
fuerte me hace sentir en control. Ver a alguien llorar por su vida… es
eufórico. —La risa que suelta es más por diversión—. Quizás soy tan
retorcido como mi tío…
Mi corazón golpea con fuerza dentro del pecho.
—Tú no te pareces en nada a ese bastardo enfermo.
Asiente.
—No lo soy. Pero eso no significa que esté libre de problemas.
—Todos tenemos problemas, Ronan.
Lo miro, y luego bajo la mirada hacia su mano que descansa sobre
su estómago. La otra cuelga por el respaldo del sillón.
—Como tú —susurra, haciéndome mirarlo entre mis pestañas—.
Tu problema es mentir, baby girl.
Soy más bien una manipuladora, pero mentirosa también me define.
—Siempre he cargado mi ira y mi resentimiento en el estómago,
como un agujero negro que lentamente se abre, listo para tragarme.
Desde que te conocí, siento un peso en el pecho que nunca había
sentido.
Mis ojos se abren, siento que se hunden hacia adentro.
—Oh…
—Solo voy a pedirte una cosa: sé honesta conmigo. No puedo
soportar que me mientan. Puedo exigirte que supliques, que huyas, y
todas esas mierdas que vienen con lo nuestro, pero puedes desafiarme
si quieres excitarme.
Jadeo cuando su mano me toma del cuello y me acerca a él.
—No me mientas. ¿Entiendes?
—Sí —respondo rápido.
—Eso dolería más que si me dispararas en la cabeza. Ese dolor sería
temporal. —El roce de su pulgar por mi mandíbula me hace
estremecer. Se acerca a mis labios, arrastrándolos hacia abajo
mientras se inclina y presiona su boca contra la mía.
—Algún día te vas a arrepentir de haberme tocado —dice antes de
profundizar el beso, su lengua invadiendo y rozando la mía.
Él no entiende lo enfermiza que es mi obsesión con él, así que puede
que sea él quien termine arrepintiéndose de haberme dejado hacerlo.
Han pasado siete días, y no me he arrepentido de nada.
Terminé pidiéndole vacaciones a mi jefe, y odié mentir diciendo
que necesitaba un descanso por salud mental. Me costaba
concentrarme. Cada vez que intentaba conectarme al trabajo, no
pasaban ni diez minutos antes de volver corriendo a la cama con mi
tío político.
Está bien, lo juro, esa es la última vez que hago referencia a eso. Él
es mi novio.
Es domingo por la tarde, y la idea de volver a mi rutina no es
precisamente algo que me entusiasme.
—¿Sabes que cuando te quedas callada… —Ronan rompe el
silencio en el que estábamos—, haces un pequeño zumbido?
Lo miro entonces. Estoy sentada entre sus piernas abiertas, sin
camiseta, mientras me cepilla el cabello. Los dos acabamos de salir
de la ducha después de que él decidiera que era su turno de “pintar”
sobre mí, y las cosas se pusieron bastante intensas.
—No es cierto. —Estoy disfrutando la sensación de que alguien
más peine mi cabello. Requiere bastante esfuerzo mantenerlo en buen
estado, pero no me quejo. A Ronan le encanta, y eso me hace feliz.
—Sí es cierto.
—No lo es. —Juro que nunca me he escuchado hacer ese sonido.
El ruido del cepillo cayendo al sillón me hace fruncir el ceño, pero
no me volteo a mirarlo con esa expresión. Siempre comenta sobre eso.
—Mi chica mohína. Es como si lo hiciera tu garganta cuando
exhalas por la nariz. Escucha.
Contengo la respiración, negándome a darle la razón.
Sus manos se mueven hasta la nuca, juntando mi cabello con una
mano. La sensación de que lo está torciendo despierta mi curiosidad.
No dice nada, solo presiona un dedo en la parte trasera de mi cabeza,
obligándome a mirar hacia abajo.
Dejo de respirar, pero esta vez por una razón totalmente distinta.
¿Está... trenzando mi cabello?
Un sonido suave sale de mi garganta cuando exhalo.
—¿Qué estás haciendo? —Intento distraerlo con una pregunta.
—Tan linda. —Se ríe, ese tipo de risa grave que me hace vibrar
entre las piernas—. Pero prefiero tus gemidos y grititos.
Entonces empieza a dividir mi cabello.
—No hay manera de que sepas hacer trenzas. —Mi voz está llena
de sorpresa, teñida de escepticismo.
—¿Por qué no?
—¿Por qué demonios sabrías hacerlo? Dijiste que solo tenías un
hermano.
Cuando jala un poco mi cabeza con el agarre que tiene sobre mi
cabello, suelto un jadeo. Él baja la mirada, directo a mis ojos.
—No es tan difícil. Literalmente lo busqué en YouTube, Cal.
El calor sube a mis mejillas.
—¿P-Por qué querrías aprender eso?
Afloja la tensión y con el puño cerrado empuja suavemente mi
cabeza hacia el frente. Entonces, el tirón constante en el cuero
cabelludo indica que ya comenzó a trenzar. El silencio de su parte
hace que el calor en mi rostro se extienda por todo mi cuerpo.
Siento que ya va más abajo, así que me inclino hacia adelante,
dejando caer el mentón contra el pecho.
—Buena chica —murmura, y tiemblo ligeramente. Hay un
cosquilleo suave que esas palabras me provocan, pero son los tirones
en mi cabello lo que realmente me da escalofríos.
El sonido de la liga al romperse es seguido por una de sus manos
rodeando mi cuello. La otra se aferra a la trenza gruesa y me echa la
cabeza hacia atrás.
—No está perfecta, pero ya le iré agarrando el modo. Quiero
sujetarla cuando te folle desde atrás.
Abro los labios, soltando un gemido suave.
Gime también y lleva su mano hasta mi mandíbula.
—Abre.
Abro la boca y saco la lengua. Él sube los dedos, abriéndolos como
yo hago con las piernas para él, y mete el índice y el medio a cada
lado. Su agarre sobre mi cabello se intensifica, y gimo.
—Te gusta, ya estás babeando. —Desliza los dedos por mi lengua,
y yo cierro los labios sobre ellos, succionando como si fuera su polla.
Paso la lengua entre ellos mientras él acaricia mi mejilla con el
pulgar—. Eres una puta deliciosa para mí, ¿verdad?
—Mmmhmmm —respondo, y chupo con más fuerza, deseando que
fuera su polla dura la que presiona ahora contra mi espalda.
Él sonríe, y siento mariposas en el estómago. Es una sensación
parecida a cuando me permite tocarlo, aunque sean mínimas. No lo
veo sonreír mucho, excepto cuando está conmigo.
Lentamente, saca los dedos de mi boca y ordena:
—De rodillas.
Me muevo y me acomodo justo entre sus piernas. Levanta mi
barbilla con un dedo, y veo esa mirada familiar de posesión en sus
ojos. Es sutil, pero innegable, la dominancia que antes era por deseo
ahora es por necesidad.
Como si me necesitara, y yo quiero ser necesitada. Quiero sentir
que no podría vivir sin mí, así como yo estoy segura de que no podría
vivir sin él.
—¿Qué te gustaría, baby girl?
Su pregunta me toma por sorpresa.
—¿Hmm?
—Me das todo lo que necesito para acostumbrarme a… nosotros.
No te llamo buena chica por decirlo. —Pasa el pulgar por mi labio
inferior mientras sigue hablando—. Aparte de lo del cuidado después
del sexo, en lo que sigo trabajando… ¿hay algo que te gustaría
explorar? ¿Algo en lo que pueda mejorar?
Mi cara se calienta, y al principio niego con la cabeza.
—Estás haciendo todo bien. —Su sonrisa hace que las mariposas
se alboroten en mi estómago y pecho—. Pero sí hay algo que me
gustaría probar.
—¿Y qué es? —Se apoya con el codo en el respaldo del sillón,
descansando la cabeza en el puño.
No tengo que pensarlo. Me ha perseguido por el bosque y ahora me
domina. Pensé que quería que me atara, pero cuando me permite
tocarlo, lo único que quiero es tener la libertad de hacerlo.
—¿Me follarías mientras duermo?
La pregunta le hace levantar las cejas. Ni siquiera le doy tiempo de
responder, porque la expresión que me lanza hace que me arrepienta
de haberlo dicho.
—Olvídalo, mejor quiero…
—Ya lo he hecho.
Mis ojos se abren mientras mis labios se separan lentamente.
—¿Ya lo hiciste?
Ahora la preocupación asoma en su rostro.
—¿No recuerdas la conversación que tuvimos hace unas noches?
Últimamente hemos hablado mucho, lo cual me encanta, pero no
recuerdo que Somnofilia haya sido uno de los temas. Al menos no que
yo recuerde.
Debe tomar mi silencio como respuesta, porque suspira.
—Lo siento, Cal. —Me sorprende de nuevo.
—¿Por qué te disculpas?
Su mano deja mi barbilla y toma la trenza, arrastrándola por encima
de mi hombro.
—¿Recuerdas que te pregunté si podía follarte incluso cuando no
supieras o lo esperaras?
Podría darme una cachetada. Claro que lo hizo.
—Si eso no fue consentimiento explícito, por eso me disculpo.
—Oh, mierda. Ronan, sí lo fue. Te lo prometo.
Él ladea la cabeza y da un pequeño tirón a mi trenza. Sin decir nada,
veo cómo procesa una serie de emociones. Ronan es el tipo de hombre
que literalmente mataría a alguien por tocarme, pero jamás haría algo
sin mi consentimiento. Incluso la primera vez que me azotó, si yo le
hubiera dicho que no, sé que se habría detenido.
—Está bien —dice por fin—. Lo seguiré haciendo si eso es lo que
quieres. Fui cuidadoso de no despertarte porque te noté muy cansada.
Pero no te preocupes, me aseguré de que te corrieras. —Se inclina
hacia mí y yo me enderezo un poco, inclinando la cabeza para
encontrarme con su mirada—. Haces los sonidos más pornostar,
especialmente cuando estás en un sueño profundo.
Mis muslos tiemblan y comienzo a morderme el labio inferior.
—¿Quieres seguir dormida o que te despierte la próxima vez? —Su
dedo tira de mi camiseta grande, dejando al descubierto la curva de
mi pecho.
Gimo suavemente.
—Ambas. A veces dormida, a veces despierta. —Él baja la mirada,
seguramente viendo mis tetas, pero yo no aparto la vista de él—.
¿Puedo follarte yo a ti mientras duermes?
¡¿Quién soy yo?!
Cuando da otro tirón a mi camiseta, me inclino un poco. Sus labios
rozan los míos, pero no presiona.
—Cuando mi polla esté dura, baby girl, es toda tuya.
Me jala hacia él, y cuando ese miembro duro como piedra roza mi
estómago, suelto un suspiro cargado de necesidad. La urgencia por
bajarle los pantalones y metérmela en la boca es tan intensa que casi
olvido sus límites.
Con esa risa suya que me desarma por dentro, me pasa la lengua
por los labios.
—Sí, eso también significa ahora, mi puta necesitada.
Calista
Las últimas cuatro semanas han sido una mezcla de cosas hermosas y
desafiantes.
No he sabido nada de los Serrano desde que los bloqueé. Sin
embargo, el pensamiento abrumador de que aparezcan de la nada me
ha hecho subirle la sensibilidad a las cámaras. Le dije a Ronan que
ellos no vendrían, pero como ha estado todo tan tranquilo, he
empezado a preocuparme.
Dicho eso, me siento segura con Ronan, y sé que si intentan algo,
él me va a cuidar. Compró un arma, que está guardada en una caja
fuerte en mi oficina, el cuarto de invitados.
Ken la registró a su nombre, ya que Ronan es un exconvicto. Dijo
que se acogería a la quinta enmienda si la policía la encuentra.
Tiene un humor raro, pero no del tipo stand-up cómico. Es humor
negro, y a veces desearía que no dijera las cosas que dice. Como
cuando hace comentarios sobre volver a prisión o morir. El cabrón me
asusta cuando habla así.
Tengo el código de la caja fuerte, pero ya le dije que no sé usar un
arma y que no quiero hacerlo. Me prometió que siempre estaría aquí,
así que si alguien tiene que usarla, será él para protegerme.
Fuera de eso, ha estado tranquilo, y estamos conociéndonos. Más él
a mí que yo a él. Está tratando de entender cómo funcionan las
relaciones. Es tierno, especialmente considerando que me lleva once
años, y soy yo la que tiene todo el conocimiento.
Sobre las renovaciones, la cocina está casi terminada. Deberían
instalar los electrodomésticos la próxima semana. Tuvimos un
pequeño problema con la integridad estructural debajo de los
gabinetes viejos, además de algunas tuberías.
Estoy emocionada por ir de compras para los utensilios de cocina:
cubiertos, platos y todo eso. No pensé que a Ronan le importaría, pero
su nivel de protección llega al punto que a algunos les parecería
molesto, me exigió que lo llevara. Me hace sentir como una princesa,
y él es mi guardaespaldas.
Aunque definitivamente no me trata como a la realeza, lo cual está
bien.
Dicho eso, a pesar de todos sus “supuestos” problemas, tiene dos
de las cualidades más increíbles que muchos hombres ni siquiera
dominan sin haber estado en prisión: comunicación y paciencia.
Estoy feliz con la persona que es conmigo. Cuando las cosas se
calientan entre nosotros, lo resolvemos follando como animales
salvajes. Esa es nuestra forma de ponerle puntos a la herida. Después
de que me llena con su semen y quedo hecha un desastre, los dos
encontramos paz y hablamos de lo que haya pasado.
Aunque no siempre es así, y el sexo no es sólo para resolver
problemas. Me encanta follar con este hombre, pero más aún,
chuparle la polla.
Ahora mismo la tengo hasta el fondo, atragantándome en la cocina,
con baba y pre-semen escurriendo por mi barbilla y cuello. No es sólo
el sabor, sino cómo reacciona, lo que hace que mi coño esté
chorreando hasta mis muslos desnudos. Gime y gruñe como un
hombre obsesionado. Incluso lo he hecho rogarme, y ahora entiendo
por qué le gusta tanto.
—Eso es, joder, baby girl. —Agarra mi cabeza y me aparta
bruscamente, sólo para que inhale aire antes de empujarme otra vez.
La cabeza de su polla golpea el fondo de mi garganta y gimo por lo
intenso que es.
Es brutal porque sabe que puedo con eso, y que lo quiero. Quiero
que me deje marcada y adolorida. Me alegra que con el tiempo haya
aprendido a cuidarme después. Llevarme a la ducha, ponerme hielo
en el vientre, té para la garganta, todo parece un sueño. Para ser un
hombre que no hace cosas románticas, sí que quiere aprender.
Estoy bastante segura de que me estoy enamorando.
Mientras aprieto un trapo con fuerza para no aferrarme a él, mueve
sus caderas hacia adelante y hacia atrás. Le encanta hacer un desastre
con todo lo que hacemos, y yo no quiero volver a estar limpia si eso
significa tener esto para siempre.
Me levanta la cabeza, mis ojos suben para ver cómo me mira desde
arriba. La aprobación en su mirada hace que mi coño suplique ser
llenado después.
—Joder, Cal…
—¿¡Calista!?
Mi corazón se detiene al escuchar la voz que grita mi nombre.
Cuando intento apartarme, Ronan mantiene mi cabeza quieta. He
aprendido a relajar la lengua y la garganta, pero trago, lo que me hace
atragantarme.
—Ah, sí, eso es.
—¡¿Ronan, qué carajos?! —grita Eamon.
Oh… ¡mierda!
—Cuarenta y cinco segundos más, hermano, lárgate si no lo puedes
soportar.
Mi pecho sube y baja, y juro que podría vomitar si no tuviera toda
la garganta ocupada. Me zumban los oídos, y lo único que escucho es
el pulso retumbando.
Estoy contando los segundos, deseando este dominio, pero con
náuseas al pensar que mi padrastro está ahí, viendo cómo su hermano
me folla la boca.
Con un tirón repentino, Ronan se saca y empieza a masturbarse.
—Abre, lengua afuera como mi buena putita.
Hago lo que me ordena, jadeando y temblando físicamente, justo
cuando se corre. Diría que lo disfrutó, porque su orgasmo es largo, y
me llena la boca y la cara.
Cuando me deja ir, me siento hacia atrás y miro rápido hacia la
entrada. Eamon ya no está ahí, y justo cuando me preparo para
levantarme, Ronan agarra mi barbilla y me obliga a mirarlo.
—Dios, estás tan perfecta cubierta con mi semen.
—R-Ronan… tu hermano.
—Que se joda. Yo me encargo de él. —Su mirada es de adoración,
sin una pizca de preocupación—. Eres tan perfecta, baby girl.
—Va a decírselo a mi mamá.
Rueda los ojos, visiblemente frustrado.
—¿Y qué? —Pasa sus dedos por mi cara, recoge su semen y me los
mete en la boca—. Me importa una mierda quién sepa que eres mía.
Soy tan puta porque, aunque estoy mortificada por haber sido
descubierta por Eamon, cierro los labios alrededor de sus dedos y los
chupo dejándolos limpios. Él gime y los mueve dentro y fuera como
si fueran su polla.
—Te voy a recompensar cuando él se largue.
Cuando los saca de mi boca, guarda su polla aún dura en los
pantalones y se aleja.
Veo cómo abre la puerta principal y sale de la cabaña.
Santo cielo, esto no puede ser bueno.
No seas una perra chismosa, Cal…
¿A quién quiero engañar?
Me levanto, aunque algo tambaleante y uso el trapo en mis manos
para limpiar lo que queda en mi cara. Paso corriendo por el garaje, me
pongo las pantuflas de Ronan y camino lo más silenciosa posible
hacia el frente de la casa.
Eamon ya está gritando, pero aún no escucho a Ronan.
—¡De todas las putas mujeres del mundo, tenías que irte a meter
con mi hijastra!? —Al llegar a la esquina de la casa, me pego a la
pared y me asomo para verlos.
Los dos están parados frente a mi auto, Eamon con el pecho inflado
y Ronan ladeado, los brazos cruzados. Me parece tan caliente lo
tranquilo que está, y lo poco que parece arrepentido. Yo, en cambio,
tengo el corazón a punto de explotar.
—¿Por qué, Ronan? ¿Qué carajos te pasa?
—Tantas cosas, pero follarme a Cal no es una de ellas. —Cuando
Eamon da un paso hacia él como si fuera a golpearlo, mis pies se
clavan en la grava. Sé que Ronan puede defenderse, pero no soporto
la idea de que lo golpeen. Estoy entre correr a detenerlos o huir para
no ver lo que pasa. Aún no lo decido.
—¿Lo haces para vengarte de mí?
—¿Y si así fuera? —Llevo una mano a mi boca, temiendo que el
sollozo se me escape. Mi estómago da vueltas, y me tiemblan las
rodillas.
—No serías mejor que la gente que te convirtió en lo que eres —
dice Eamon entre dientes—. ¿En serio? ¿Tú…?
—No, hermano, no estoy usando a Cal.
Las lágrimas caen de mis ojos, y aprieto más la mano contra mi
cara. Siento que el corazón se me va a romper. ¿Por qué siquiera lo
dudé?
—Aunque tú no lo creas, no te culpo por lo que me pasó. Pero sí te
culpo por haberme abandonado, aunque jamás usaría a Cal. Así que
sácate esa idea de la cabeza.
—Entonces ¿por qué estás tú…?
—Voy a detenerte ahí, porque este enojo mal dirigido es bastante
gracioso para alguien que ni siquiera se preocupa por esa chica que
está ahí adentro.
—¡¿Disculpa?! —Nunca había escuchado a Eamon tan furioso.
Siempre fue bueno conmigo, nunca tuve problemas con él, así que se
siente raro que Ronan esté golpeando tan bajo—. ¿De dónde sacas
eso?
—Ni siquiera le escribiste por su cumpleaños hace dos semanas. —
Trago saliva, y se siente como si me bajaran clavos por la garganta—
. Bueno, sí lo hiciste pero dos días tarde. No la has llamado ni una vez
para saber cómo está. ¿No perdió su casa hace unos meses?
Ahora es Ronan quien está furioso.
—Ni siquiera sabías dónde vivía, Eamon. No vengas con tu mierda
paternal. Déjame adivinar, porque esto ya me suena muy familiar.
Finalmente hablaste con tu esposa, ella mencionó la cabaña, quizás se
le escapó decir que Cal estaba aquí.
Sé que debería irme. No debería estar oyendo esto, pero no me
puedo mover. Es como si crecieran raíces de mí, hundiéndose en la
tierra, atándome para siempre.
—Y tú, siendo el cobarde que eres, no dijiste nada y viniste
corriendo para acá. Porque no hay forma de que no supieras que Cal
y yo estábamos en la misma casa. Pero si lo supieras, no querías
quedar mal con tu esposa admitiendo que sabías que tu hermano
convicto estaba en la misma cabaña que su hija.
—Y, Eamon, sé exactamente por qué no le has dicho. La manzana
no cae lejos del árbol, ¿o sí?
—¡Cierra la maldita boca, no sabes nada! Yo sí le dije a Jasmine.
Creo que voy a vomitar.
Tengo que irme.
De alguna forma encuentro fuerza para sacar los pies de la tierra y
corro de vuelta al garaje, sin importarme si hago ruido. Esto ya no es
solo que mi mamá sepa que estoy con él. Si ella lo sabe, esto se acaba
de volver mucho más peligroso para Ronan.
Ronan
Mi baby girl es tan curiosa.
Pensé haber escuchado algo entre los arbustos, pero con la retirada,
al menos puedo suponer que fue Cal. Por eso no iba a dejar que la
insinuación de Eamon «de que estaba usándola contra él» se quedara
flotando en el aire. Me importa demasiado esa mujer como para
permitir que una maldita malinterpretación le haga pensar lo
contrario. Probablemente se sintió mal, aunque fueran solo unos
segundos con esa idea. Y si es así, voy a tener que castigarla por
siquiera considerar que eso podría ser cierto.
—No, no lo hiciste —interrumpo su mentira agresiva—. Si se lo
hubieras dicho, estaría aquí contigo o mandándole mensajes a Cal sin
parar.
—Estabas demasiado ocupado fallándotela como para darte cuenta.
—No, hermano, ahí es donde te equivocas. Asumes demasiado. No
solo me estoy follando a tu hijastra, también estoy saliendo con ella.
—Va a abrir la boca, pero sigo hablando—. La estaba ayudando a
tomar fotos para su… Instagram, creo. Mostrando el trabajo que ha
hecho en la cabaña.
Le dije que era arriesgado mostrar la cabaña considerando que
Eamon no debía saberlo, pero ella dijo que él no tenía redes sociales,
así que estaba bien. Obviamente, tenía razón.
—Tu timing fue perfecto. Me encanta presumir lo bien que mi chica
me chupa la polla.
—¿Por qué ella? —pregunta entre dientes.
—¿Por qué otra, si ella existe?
Sus fosas nasales se abren.
—Estás enfermo. Es tu sobrina, Ronan.
—Política y ni siquiera por mucho tiempo. —Aclaro mi garganta y
meto las manos en los bolsillos—. Esto no se trata de nuestra pequeña
pelea, hermano. Así que necesito que mantengas la boca cerrada sobre
Cal estando aquí. —Cuando pone los ojos en blanco, doy un paso en
su dirección. Se tensa, pero no se echa para atrás—. No le vas a decir
a Jasmine que sabes que Calista está aquí conmigo, ¿me oíste?
Niega con la cabeza.
—Ahora tengo que decírselo.
—No, no tienes. Le permitirás a ella decirle a su madre que está
aquí cuando esté lista. Vas a hacer esto por mí, o voy a chantajearte
hasta asegurarme de que mantengas esa boquita cerrada.
Cuando echa la cabeza hacia atrás, suelta un largo suspiro.
—¿Cuántas veces tengo que pedir perdón?
—Hasta que estés seis pies bajo tierra.
La sorpresa en su rostro me hace soltar una risa.
—Nunca quise...
—Sí, sí. Guárdatelo. Ya te dije que no te culpo por lo que pasó. Pero
sí por no venir cuando te pedí ayuda. En la corte, cuando le dije al
juez, a los diecisiete, que nuestro tío me violó y abusó, ¡te subiste allí
y lo defendiste!
—¡No lo sabía! ¡Estabas enfermo y medicado! ¡¿Qué querías que
hiciera?!
—¡QUE ME CREYERAS! —grito, sacando las manos de los
bolsillos y señalándome el pecho—. ¡Que te pusieras de mi lado! ¡Por
una maldita vez en tu jodida vida! ¡Que me eligieras sobre todo lo
demás porque eso es lo que se supone que hagas como hermano
mayor! ¡No debería haber importado si estaba mintiendo o no! ¡No
dudaste ni un segundo en creerle a papá y a mi violador, Eamon! ¡Ni
uno!
Él aparta la mirada, igual que lo hizo ese día en la corte.
—Fuiste un cobarde.
—Lo fui… pero esta vez quiero arreglarlo. Quiero ser mejor para
ti, ayudarte.
—No, no quieres. Porque si quisieras, no habrías venido a esta
cabaña solo dos veces, sino una docena.
Solo sacude la cabeza, pero no me detengo.
—No quiero tu lástima ni tu simpatía. Pero eso no significa que no
debas arrastrarte intentando dármela.
Su pecho sube y baja, respirando con fuerza.
—Eamon, no le vas a decir a Jasmine.
—Tengo que...
—Si lo haces, le contaré sobre tu aventura.
Cuando me mira de golpe, inclino la cabeza, esperando. Nos
quedamos así, mirándonos. Puedo ver el miedo y la angustia en sus
ojos marrones.
Odio cuánto se parece a papá.
—¿Cómo…? —Sé que no es una pregunta que realmente quiera
que responda.
—Gracias por confirmarlo. —Eso lo hace palidecer más. Estoy casi
seguro de que está a punto de vomitar.
Ya lo sabía, no solo por las señales que Cal había mencionado, sino
porque le pedí a Glen que lo siguiera. Cuando dije que mi obsesión
con Calista era poco saludable, lo decía en serio. No tengo límites
para hacerla mía sin complicaciones.
Papá también siempre estaba "trabajando tarde". El dolor que le
causó a mamá… lo odié por eso, pero también a mí mismo, porque
me culpaba por sus infidelidades. El hecho de que Eamon no haya
cenado con su esposa en semanas, según Cal, me lo dejó claro. Y el
hecho de que esta "aventura" haya empezado meses después de que
ambos nos mudáramos aquí, lo confirma aún más.
—No lo estoy haciendo.
—Claro, hermano. —Suelto un pfft y niego con la cabeza—. No se
lo digas, Eamon, en serio. Y ya que estamos en eso, vas a empezar a
preparar tu divorcio.
Por cualquier medio necesario.
—¿Q-Qué? ¿Quién mierda eres tú para exigirme eso?
Me froto la mejilla, sonriendo.
—Un hombre obsesionado, enojado, y cansado de no conseguir lo
que quiere. ¿Quieres empezar a arreglar esto? —Hago un gesto entre
nosotros—. Ahí puedes comenzar. Además, ¿cuánto puedes amar a
Jasmine si la estás engañando?
—¿Qué probaría eso, Ronan? ¿Eh?
Me doy la vuelta lentamente, dándole la espalda.
—¿Qué probaría? —repite más bajo esta vez.
—Que por una vez tomarías una decisión desinteresada… por mi
bien.
Cruzo la puerta principal en un par de pasos. Él arranca su auto y
se va antes de que termine de cerrar la puerta con suavidad, buscando
a mi baby girl. No tengo que buscar mucho, afortunadamente, Calista
está parada frente a la chimenea, mirándome con el celular apretado
en las manos.
—¿Qué te dijo? —pregunta, inquieta.
¿De verdad le importa tanto lo que piense su madre? Esa mujer
puede pudrirse en una cloaca por todo lo que le hizo a Calista. Que
ella todavía se preocupe así habla de su inocencia.
Desde que su madre vino por primera vez, no ha vuelto. La pelea
en la cena no debería haber sido suficiente para alejarla de su hija.
Pfft. Que se jodan los dos. Tal vez se merecen la una a la otra, pero
yo no quiero eso. Si Eamon está acostándose con alguien más,
necesito que se divorcie de Jasmine, para que Cal no se la pase
cuestionando lo que somos. Puedo llamarla mi sobrina política, pero
no lo es… y no lo será.
—¿Después de que te fuiste? —le digo finalmente, después de
dejarla en silencio unos segundos—. ¿O un resumen de lo que ya
escuchaste?
Sus ojos redondos como cítricos se agrandan.
—¿Sabías que estaba ahí?
Sonrío, asintiendo.
—Sí, pero está bien. Espía todo lo que quieras. —Y lo digo literal.
Nunca voy a esconderle nada. Lo bueno, lo malo, lo feo, lo llevo todo
por fuera. Tampoco quiero nada más que esta cabaña y a ella. Eso no
significa que no seré útil. Estoy buscando trabajo para poder
mantenerla. Lo último que quiero es ser un vago.
—Entonces, después. ¿Mi mamá lo sabe?
—No, baby girl, no lo sabe. Y él no se lo va a decir.
A medida que me acerco, ella esconde las manos detrás de la
espalda.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Cuando estoy lo suficientemente cerca, busco su muñeca y la llevo
hasta mi mejilla. Luego la dejo ir para que la acomode como siempre
hace. Eso la hace acercarse más, y yo paso un brazo por su cuello.
—Él… hmm. —Hago una pausa, observando su mirada firme—.
Hay dos partes en esa respuesta. Una no te va a doler. La otra, quizás
sí. Te diré ambas, pero solo si quieres saberlas.
—¿Tiene que ver conmigo?
El tono puro de su voz me hace sonreír más, porque, joder, no
podríamos ser más distintos.
—No, no tiene que ver contigo, pero igual te dolerá de alguna
forma.
—Dime la que no duele, mientras decido. —Sube los dedos por mi
cabello, jugando con el poco que tengo.
—Le dije que lo mínimo que podía hacer por mí era dejar que tú le
digas a tu madre cuando estés lista.
El suave mordisco de su labio me tiene deseando atraparlo con los
míos.
—Creo que me quedo con esa respuesta, pero si quiero saber
después, ¿me lo contarás?
—Sí, claro.
Levanta la vista hacia mi cabello, sus mejillas se tiñen de rojo.
—¿Te estás ablandando por mí?
—No sé qué significa eso. —Me inclino, meto las manos bajo sus
muslos y la subo a mi cintura—. Explícame.
Presiona su frente contra la mía, aun jugando con mi pelo. Es de los
pocos lugares donde me puede tocar constantemente sin problema.
No puedo negar el placer que me recorre cuando lo jala mientras la
como.
—Es cuando alguien que suele ser rudo, o sea tú, empieza a ser
menos así por alguien.
—Mmm. ¿No he sido siempre así contigo?
—Eh, no —responde tan rápido que me ofende un poco. Tal vez lo
nota, porque añade—: Pero nunca fuiste nada que no quisiera que
fueras.
—Mejor… —Antes de llevarnos al dormitorio, cierro la puerta
principal con llave. Creo que Eamon tiene una copia, pero dudo que
vuelva a entrar después de lo que vio. Espero que sueñe con mi polla
en la garganta de su hijastra; eso sería un buen karma.
—Me gusta lo rudo que eres —continúa ella mientras abro la puerta
del garaje y aprieto el botón para cerrarla. Tengo que ajustarla un poco
para que no se resbale, y por suerte sus piernas se enroscan lo
suficiente como para mantenerse arriba—. Pero también me gusta ver
este lado más suave tuyo.
—Lo que tú digas, baby girl.
Debo admitir que me da miedo que se esté enamorando de mí. No
es que no quiera corresponderle, simplemente no estoy del todo
seguro de ser capaz de hacerlo. La última persona a la que le expresé
ese sentimiento fue a mi madre, y ya sabemos cómo terminó eso para
mí.
Solo necesito tiempo para averiguar si lo que siento por Calista es
eso, pero espero que sí.
—¿Es mal momento para hacerte una pregunta personal? —Retira
su mano de mi cabello, llevando ambas a su pecho antes de inclinarse
hacia mí. Me gusta cargarla así, y si tuviera la energía ilimitada de ese
vampiro de la serie que me ha hecho ver, lo haría todo el día.
—Solo si yo puedo hacerte una también. —Abro la puerta de
nuestro cuarto empujándola con el pie.
—Está bien. —Hace una breve pausa, y en lo que lo hace, la lanzo
a la cama. Ella suelta un chillido y se quita la camiseta de inmediato—
. Hijos, matrimonio… ¿alguna vez has pensado en eso?
Niego con la cabeza.
Antes de que se quite el sujetador, se detiene y me mira como
esperando algo más. No me di cuenta de que necesitaba dar más
detalles.
—No lo había pensado antes. Algo que alguien me dijo se me quedó
grabado, y desde entonces, imaginar que alguien quisiera estar
conmigo por tanto tiempo no parecía posible.
«Eres el tipo de carga que no vale la pena llevar, Ronan». Me
sacudo su voz de la cabeza.
El entrecejo de Calista se frunce.
—Yo puedo… —Siento que quería decir algo más, pero ahí lo deja.
—Eso dices ahora. —Me quito la camiseta y desabrocho el
cinturón—. Mi turno de preguntar.
—Espera.
Se lleva las manos a la espalda y se desabrocha el sujetador, dejando
sus tetas completamente a la vista. Las he visto todos los días desde
que la hice mía, pero igual me pongo duro en cuanto veo su cuerpo
semi desnudo. Estoy descaradamente adicto a ella.
—¿Sí?
—¿Lo harías?
—¿Haría qué?
—Considerarlo. —Su voz tiembla al decirlo.
Suelto un suspiro, sin saber bien cómo responder. Honestamente, la
idea de ser papá me aterra. Solo imagino lo que diría una evaluación
psicológica sobre mí. Probablemente dirían que no soy apto ni para
tener una mascota. Luego está el matrimonio; vi lo que pasó con mis
padres, cómo terminó. La infidelidad de Eamon es solo otra señal de
advertencia. Y Jasmine ni siquiera es su primera esposa, lo cual me
hace preguntarme qué pasó con la anterior.
Dicho eso, estaría mintiendo si dijera que no he fantaseado con
agarrar su DIU y arrancárselo. La idea de que esté embarazada de mi
hijo me ha hecho sentir aún más posesivo de lo que ya era desde que
esa imagen se metió en mi cabeza.
Y ni hablemos de imaginar un anillo en su dedo, una forma clara de
decirle al mundo que no está disponible y que es mía. Nunca había
sentido algo tan intenso y es algo completamente nuevo.
Aunque, claro, todo con ella lo es.
—Olvídalo.
No fue mi intención quedarme callado tanto tiempo.
—No, perdón —suspiro, intentando sonreír—. ¿Podemos empezar
con un perro? —No lo digo en tono de broma, hablo completamente
en serio. Necesito saber si soy capaz de cuidar algo más aparte de mí.
Todavía estoy aprendiendo a hacerlo con la mujer medio desnuda que
tengo frente a mí.
Sus labios se entreabren lentamente, y ya me emociona pensar en
morderlos pronto.
—¿Entonces sí lo considerarías?
Haciendo un sonido bajo con la garganta, me arrastro sobre la cama
entre sus piernas, agarrando sus leggings y quitándoselos.
—Sí.
—Ok, gracias. —Entiendo que quiera saberlo. Si eso es algo que
desea para su futuro y yo no, tal vez sería un punto decisivo.
Aunque, pobre de ella, incluso si dijera que no y tratara de irse, la
dejaría atada a la cama. La prisión no suena tan terrible, ¿no? Igual la
cuidaría y le daría de comer.
Es broma, claro.
—Ahora va mi pregunta. —Le abro las piernas y miro su coño
mojado—. ¿Te excitó cuando tu padrastro te vio ahogándote con mi
polla, baby girl?
Ella coloca sus manos sobre la cabeza, cruzando las muñecas entre
sí.
—Sí, papi, me excitó.
Gimo.
—Lo sabía. Este fin de semana voy a llevarte a un lugar. —Mientras
hablo, deslizo dos dedos por su coño. Su espalda se arquea cuando
paso por su raja—. He esperado para mencionarlo, pero ahora sé que
te va a gustar tanto como a mí.
—¿Qué es? —pregunta jadeando.
—Paciencia, ya verás. Por ahora… —Me acomodo y levanto sus
caderas, haciendo que se doble hacia mí—. Déjame darle su
recompensa a mi buena chica.
Calista
—Ronan, no sé cómo va a funcionar esto. —Ya estoy nerviosa y ni
siquiera me he subido a su moto. No es solo por ir con él, eso lo he
hecho desde que recuperé mi auto. En parte porque amo la sensación
de libertad, pero más que nada, porque así puedo abrazarlo. Ya no me
hace agarrarme de su ropa, ahora me deja envolverme por completo a
su cintura.
Mi corazón da un brinco cada vez que toma nuestros cascos.
Pero esta vez es diferente. Primero, porque quiere que monte
delante de él. Es completamente ilegal, considerando que no sé
manejar y ni siquiera tengo licencia. Me prometió que él seguirá
conduciendo, pero eso no me hace sentir más tranquila.
Y segundo, nunca he montado con un maldito plug anal puesto.
—Baby girl, necesito empezar a entrenarte para que puedas
aguantarme. —Mi maldita entrepierna palpita con solo recordar
cuando me inclinó y me metió un plug de silicona empapado en
lubricante, no más grueso que dos de sus dedos, en mi culo virgen—.
Tu coño y tu culo parecen estar rogándome ahora mismo...
—¿Cal?
Su voz profunda me sobresalta, y casi dejo caer el casco. Fue un
regalo de cumpleaños que, siendo sincera, no me esperaba.
Tiene un diseño moderno, futurista, con un acabado morado oscuro
y detalles rosados, suave al tacto. El tono es tan oscuro que casi parece
negro, resaltado por dos orejitas de gato en la parte superior,
delineadas con luces LED púrpura. Me encanta el mío por sus líneas
angulosas, tiene ese toque femenino mientras que el suyo, en negro
mate y con una forma más redonda, se siente más masculino. No sé
por qué, pero así me parece.
—Perdón, estaba fantaseando con cómo me metiste el plug en el
culo.
Prometí no volver a mentirle, el cabrón puede detectar hasta las más
pequeñas. Y ha sido fácil cumplirlo, sobre todo porque los Serrano
aún no me han contactado. Espero que mis amenazas hayan bastado
para detenerlos. Nunca debí ser usada como un objeto para sus fines,
y aunque los odio por eso, también estoy agradecida porque creo que
salvé más vidas que la mía.
—Voy a jugar con él más tarde, ya lo verás. —Se acerca, toma el
casco y me lo coloca con cuidado. Por un momento, la oscuridad me
envuelve, pero cuando la visera se alza, nuestras miradas se cruzan.
Sonríe, estira la mano y pasa mi trenza por encima del hombro—.
¿Lista?
—Mhmm. ¿Todavía no vas a decirme a dónde vamos?
—No. —Es lo único que dice antes de dar media vuelta y hacerme
una seña para que suba a la moto. Me ha hecho comprar ropa segura
para montar, y hoy no es la excepción… bueno, salvo por el detalle
de no llevar ropa interior. Aun con toda la confianza que tiene en su
conducción, nunca quiere arriesgar mi cuerpo por si acaso pasa algo.
Se pone su casco, baja la visera primero, y yo me miro en el reflejo,
aunque es difícil porque el sol ya casi se ha ido. Llevo una camiseta
negra ceñida de manga larga, pantalones cargo negros con leggings
debajo, guantes de cuero sin dedos y botas tipo militar. Parezco más
una asesina que otra cosa, y no puedo evitar pensar que me veo
jodidamente genial.
Él lleva unos jeans claros desgastados, una camiseta negra simple
y esa chaqueta de cuero que tanto me gusta. Me encanta pensar que
somos una pareja normal, y no tengo dudas de que, al vernos,
cualquiera pensaría lo mismo.
Su mano se desliza por la parte baja de mi espalda y me ayuda a
subirme a la moto. Al hacerlo, siento que el plug está a punto de
salirse. Me tenso y me detengo justo antes de sentarme.
Su carcajada profunda me eriza la piel.
—¿Recuerdas el pellizco al final, cuando te lo metí? Eso evitará que
se salga. Cuando te sientes, se va a acomodar. Adelante.
Obedezco y me siento, lo cual sí lo acomoda, pero joder, cualquier
movimiento lo hace notar. Lo que significa que, en cuanto
arranquemos y empiece la vibración debajo de mí, puede que me corra
antes de llegar.
—Será incómodo por un tiempo, pero aprenderás a amarlo.
Ya me encanta, joder. Me estaba perdiendo de esto por tenerle
miedo a las historias horribles que me contaba Gene, sobre desgarros
y mierda por todos lados.
Ronan se sube detrás de mí, y cuando su cuerpo se pega al mío,
puedo sentir lo excitado que está. Se acomoda de forma que su polla
queda justo entre mis nalgas, mientras yo me inclino y subo los pies
a los estribos.
—Manos en el manubrio y relájate. No te tenses, yo voy a tener el
control total.
Trago saliva.
—Ronan, esto es muy peligroso.
Él se estira hacia adelante, gira la llave y enciende el motor, luego
pone sus manos sobre las mías.
—Como estar con un asesino.
—Deja de decir eso. —No necesito gritar, instaló dispositivos
Bluetooth en los cascos que funcionan como si fueran teléfonos.
Menos mal, porque si me llego a sentir mal, voy a necesitar que se
detenga y cambiemos de lugar.
—Pero es verdad —dice, inclinándose hacia adelante y poniendo la
moto en movimiento—. Soy peligroso en todos los sentidos, y, aun
así, aquí estás.
Nunca había estado adelante. Nunca había visto más que el mundo
pasando a mi lado. Esta vista es algo completamente diferente, y
aunque suene cliché, se siente como volar. Ahora entiendo lo que
sintió Rose en el Titanic, porque mientras cruzamos la milla de bosque
antes de llegar a las puertas del lago privado, no hay nada que
obstruya mi vista. Estoy viendo el mundo a través de un solo cristal,
y nada más. Ojalá tuviera el valor de quitarme el casco, porque
entonces sería solo yo y el viento.
Y, por supuesto, Ronan.
—Lo que sea —digo al fin—. Asesinas mi coño a diario, y ese es el
único crimen que te voy a aceptar.
Su risa ronca me hace sonreír como tonta.
—Si tú lo dices, baby girl.
Nos guía por un par de curvas y el silencio se acomoda entre
nosotros. No tengo idea de a dónde vamos, pero su pista sobre una
salida no tradicional este fin de semana me tiene intrigada. Hemos
tenido algunas cenas, pero en su mayoría nos hemos quedado en la
cabaña. No es que me queje, pero ahora, de verdad estoy emocionada.
La siguiente curva nos saca de la carretera principal hacia una calle
angosta, pavimentada, pero ya algo deteriorada. Hay piedras y restos
de ramas esparcidos por el camino, y conforme avanzamos más dentro
del bosque, se vuelve difícil ver. Sin las luces brillantes de la moto,
estaríamos en total oscuridad, la luna no está llena esta noche, así que
apenas tenemos luz para guiarnos.
—¿Estás bien? —pregunta, deslizando sus dedos entre los míos
mientras sostenemos juntos el manubrio. Su pulgar acaricia el mío,
como diciéndome que está conmigo. Lo sé, y me odio por haber
dudado alguna vez en confiarle mi seguridad.
—Sí. Esto es tan aterrador como emocionante.
—La próxima te llevo por la autopista.
—¡No, no lo harás! —Casi grito—. Esto ha sido perfecto, no lo
estropees.
Se ríe y golpea suavemente su casco contra el mío.
La carretera se alarga, sinuosa y desigual, obligándonos a
zigzaguear con cuidado en algunos tramos. No veo mucho a nuestro
alrededor, sólo lo que tenemos delante. Creo que estamos
descendiendo, pero es difícil estar seguro.
Tomamos una curva cerrada y es entonces cuando veo la luz que se
abre paso entre la densa arboleda. Parpadeante y cálida, es sin duda
fuego.
El cielo se abre y entramos en lo que parece un aparcamiento
improvisado. Hay algunas caravanas, autos y algunas motos. No diría
que está abarrotado, tal vez dos docenas en el aparcamiento. Más allá
de los vehículos aparcados, están las hogueras, repartidas por un gran
lago. Digo que es grande, no porque pueda verlo, sino porque no
puedo. El vacío de la zona que tengo delante sólo me dice que se
extiende a lo largo de kilómetros.
Ronan conduce más allá del aparcamiento, adentrándose en la tierra
y alejándose ligeramente de parejas y grupos de gente. Cuando
aparca, lo hace justo al lado de un grupo de troncos apagados, luego
se baja y me ayuda a hacer lo mismo. Me coloca los dedos en el
pliegue del culo y empuja el plug anal. Jadeo, pero no digo ni hago
nada, porque creo que se estaba asegurando de que se quedara
dentro...
¿Porque no se burlaría de mí con toda esta gente alrededor?
Mientras ambos nos quitamos los cascos, mis ojos empiezan a
adaptarse a la tenue luz del fuego dispersa por la escena. Justo cuando
empiezo a ver a la gente que nos rodea, Ronan alarga la mano y me
tapa la vista.
Suelto una risita.
—Ronan, ¿qué haces?
—Mantén los ojos cerrados mientras enciendo el fuego —me
murmura al oído, haciendo que se me ericen los pelitos de la nuca—.
O simplemente mírame.
—De acuerdo. —Me gusta ser su buena chica, así que haré lo que
me diga. Sus recompensas a la obediencia son demasiado buenas para
desafiarlas y, aunque disfruto con sus castigos, me quedo con lo
primero siempre que puedo.
Cierro los ojos, se aleja de mí y busco la moto. Una vez situada en
ella, me inclino ligeramente y espero sin mirar. Los sonidos a mi
alrededor se intensifican, pero sobre todo lo que me llega es el crepitar
del fuego, y pronto el distintivo deslizamiento de una cerilla contra
una superficie rugosa.
—¿Cómo tienes el culo, baby girl?
Me muerdo el labio y muevo ligeramente las caderas para que mi
culo roce el asiento de cuero de la moto.
—Necesitado. —No puedo evitar reírme mientras lo digo.
Me responde.
—Zorrita traviesa. Recuerdo que me confesaste que no te gustaba.
Ahora mírate, básicamente restregándote contra ese asiento.
Me burlo.
—No me gusta. —Claro que sí.
—Una nalgada por mentirosa. —Mientras el calor de la hoguera
aumenta en mi culo, siento sus manos agarrándome por la cintura—.
Mantén los ojos cerrados.
Baja la mano hasta mi pierna y la abre. Mi instinto natural es
agarrarlo para detener lo que sea que vaya a hacer. Estamos en público
y no quiero ponerme así y tener que esperar a que me lleve a casa.
—Bebé —gimo—. Ya estoy sufriendo, no lo empeores.
Ignora mi fingida agonía.
—Un hombre muy rico compró esta tierra, no me preguntes cómo
porque realmente no me importa. —La sensación de sus dedos
introduciéndose entre mis muslos me hace jadear, e igualmente
enfadada por lo gruesos que son mis pantalones cargo—.
Originalmente iba a hacer de este un lugar para que las familias
acamparan… —Se inclina y me mordisquea la base del cuello. Su
aliento me acaricia la piel mientras continúa—: Sus hijos decidieron
que era un lugar para formar familias.
Cuando me toca el coño, jadeo, pero enseguida me tapo la boca con
la mano.
—Abre los ojos, pequeña. —Hago lo que me dice y, mientras mi
vista se ajusta, continúa su comentario sobre lo que por fin soy capaz
de ver—. Ken me habló de este sitio porque sabe que me gusta que la
gente me vea follar.
—Oh dios mío…
No todas las hogueras se entregan a algún tipo de actividad sexual,
pero son suficientes para que no tenga que buscar mucho. Los que no
están de rodillas chupando o follando, están bebiendo y mirando.
—¿Quieres saber por qué me gusta?
No estoy segura de estar respirando. Mierda, no estoy segura de que
mi corazón siga latiendo. Mi estómago se retuerce de nervios, y me
pregunto si tendré que ordenarle a mi cuerpo que funcione.
—S-Sí —respondo, sin aliento.
—Es saber que alguien puede verme tomando lo que es mío, y no
puede tenerlo a menos que yo se lo permita. —Sube hasta la cintura
de mis pantalones y empieza a meterse lentamente debajo de la tela.
Aprieto el culo y la entrepierna, la sensación de plenitud se intensifica
mientras recuesto la cabeza contra su pecho—. Imaginarán cómo se
siente estar dentro de ti… o cómo sería si yo estuviera dentro de ellos.
Pero no lo sabrán. Solo lo soñarán. Porque tengo el poder sobre cada
par de ojos que nos miran, porque yo tengo lo que ellos no pueden.
En el momento en que sus dedos encuentran mi clítoris y lo frotan
con precisión, vuelvo a jadear.
—Estás empapada por mí, baby girl. Sé que el plug tiene mucho
que ver, pero dime que miento cuando digo que quieres que te vean.
Su otra mano se desliza hacia mi pecho, y lo único que quiero es
deshacerme de la ropa para sentir sus manos ásperas directamente en
mi piel. Me aprieta el pecho, y yo separo las piernas de forma
instintiva, deseando, no necesitando más.
—Que vean que eres tú a la que estoy follando, y no a ellos.
Sus dedos se mueven a mi coño, empujando dos dentro con
facilidad.
—Que te vean tan jodidamente satisfecha y piensen: ‘mi pareja
nunca podría hacerme gritar así’. —Empieza a bombear lento dentro
de mí, y me muerdo con fuerza el labio inferior, mis caderas se
mueven al ritmo de sus dedos—. Que luego se masturben imaginando
cómo rebotan tus tetas o cómo tu coño se traga mi polla.
—¿N-No te molesta que me vean desnuda? —Mi voz está cargada
de jadeos. El calor entre mis muslos sube por mi vientre, suplicando
que me frote más fuerte contra sus dedos.
—No, porque quiero que admiren lo que nunca podrán tener. Que
les arda saber que soy yo quien te tiene. Los celos son algo glorioso,
y me encanta provocarlos.
Me muerde el cuello, succionando con fuerza, y yo me muerdo la
mejilla para no gritar.
—Mierda, me encanta cómo aprietas cuando sientes dolor. No
puedo esperar para follar ese coño que es mío, pero primero... primero
voy a hacer que vean cómo te corres.
Cuando saca los dedos de mi interior, gimo con frustración.
—Ropa fuera. Toda —ordena mientras me ayuda a ponerme de pie.
Lanzo una última mirada a nuestro alrededor. Nadie nos está
mirando, solo se divierten a su manera. Y sí, me siento un poco
incómoda, pero sé que Ronan nunca me pondría en una situación en
la que no estuviera segura. Además, le confío a él mi vida y eso
incluye mi placer.
Me quito las botas, me doy la vuelta y me bajo los pantalones. Ya
no pienso en los demás. Solo en lo sexy que se ve él mientras se quita
la chaqueta y luego la camiseta. Dobla la ropa y la deja sobre la moto,
justo donde están los indicadores.
Tomo aire hondo, me saco la camiseta y el sujetador. Ahora estoy
completamente desnuda frente a él.
—La perfección es mía —dice, lamiéndose los labios y
extendiéndome la mano.
La tomo y él me guía de nuevo a la moto, pero ahora estoy de
espaldas, con mi cabeza recostada justo donde dejó su ropa. No es la
posición más cómoda, pero mientras acomoda mi cuerpo contra el
asiento, todo se siente natural.
—Sujétate de los manillares, baby girl.
Lo hago sin dudar. Mi cuerpo está en llamas, aunque una brisa fría
roza mi piel. No cuestiono sus intenciones. Solo lo observo mientras
toma su casco y se lo vuelve a poner. Da un paso hacia mí,
colocándose justo entre mis piernas abiertas.
—Piernas arriba —ordena, y las coloco en los estribos. Luego baja
la visera del casco—. Varas como te corres por mí.
Hacemos contacto visual a través del reflejo del visor justo cuando
desliza tres dedos en mi coño empapado.
Aprieto los dientes y mis caderas se alzan con la intrusión.
—Si te contienes los gritos, te voy a follar el culo aquí mismo. Y
vamos a ver si te quedas calladita entonces.
Tomo aire entrecortado y libero el gemido atrapado en mi pecho.
Instintivamente quiero echar la cabeza hacia atrás, pero me obligo a
mirar el casco... a él. Su pecho desnudo iluminado por el fuego hace
que mi corazón se desboque. Es imponente, y aunque quiere que me
vea a mí misma, no puedo apartar los ojos de sus brazos, de cómo se
tensan los músculos al meter y sacar sus dedos de mí.
—Eso es, Cal, déjate ir.
Rueda el pulgar contra mi clítoris mientras con la otra mano levanta
mi pecho y lo azota. El dolor agudo en el pezón me hace apretar aún
más a su alrededor.
—Mírate —gruñe, y vuelve a golpear mi pezón directamente. Grito
un gemido profundo.
Me concentro en mi reflejo, veo mis ojos entrecerrados, mis labios
brillantes y entreabiertos. La imagen de mí misma perdida en el placer
es abrumadora. Nunca me consideré fea, pero verme en este estado
tan vulnerable me sacude hasta los huesos.
Y entonces, el orgasmo me golpea con una fuerza brutal, como si
me dieran aire después de haber estado a punto de ahogarme. Mi
espalda se arquea, una pierna se me resbala, y no me contengo. Grito
mi liberación mientras mi cuerpo se sacude debajo de él. El plug lo
hace todo aún más intenso, tanto que juro que me ha hecho correr
hasta mojar el asiento.
Me toma del mentón y me obliga a mirar hacia arriba.
Me veo jadeando, con un poco de saliva corriéndome por la mejilla.
Mi pecho sube y baja con rapidez, y aunque no puedo verle la cara, sé
que está sonriendo. Siempre lo hace después de hacerme correr, como
si se sintiera orgulloso... y eso solo me hace caer más por él.
—Hiciste un desastre —dice con voz suave—. Apuesto a que
olvidaste que hay gente alrededor y que incluso algunos se acercaron
a mirar.
Me niego a mirar, pero algo se revuelve en mi estómago ante la
idea. Me vieron correrme para él. Nadie se atrevió a tocarme.
¿Será así como se sienten las actrices porno? ¿Saber que te van a
mirar, pero no te pueden tocar?
Quizás lo estoy pensando demasiado, pero lo que sí sé es que quiero
más. No puedo negarlo.
Me agarra de la nuca y me incorpora. Me resbalo por mi propia
liberación, pero él me sujeta contra su pecho. El contacto piel con piel
me hace suspirar mientras trato de recuperar el aliento.
—Ahora voy a follarte, baby girl... y vas a gritar mi nombre
mientras lo hago.
Su mano se cierra en mi garganta, y su pulgar baja por el centro.
Estoy lista para perderme en la noche... con él dentro de mí.
Ronan
Verla correrse en mi mano nunca va a dejar de ser fascinante. Es
hermosa en cualquier momento, pero cuando su respiración se
acelera, su cuerpo tiembla y el sudor le cubre la frente mientras se
deshace… eso es la perfección hecha carne.
Saco mis dedos de su interior justo cuando empieza a quitarme el
casco. Ambas manos se aferran a la parte trasera de mi cabeza apenas
lo libera, y me besa con fuerza. Aprieto su cintura con más intensidad
mientras su lengua se abre paso con desesperación en mi boca.
Gimo y le muerdo el labio inferior, arrancándole un jadeo. Cuando
me alejo un poco, está sin aliento, buscando más.
—¿Una putita tan necesitada? ¿eh?
Apoya los codos en mis hombros, sus dedos entrelazados en mi
cabello.
—Para ti, sí. Tu putita necesitada.
El gruñido que brota de mi garganta la atrae aún más.
—Recuerda que todavía estoy vestido, baby girl, y no pienso dejar
que me folles en seco para correrte otra vez.
Poniendo mis manos bajo sus muslos, me pongo de pie con ella en
brazos. Doy un paso atrás y luego dejo caer sus piernas. Aterriza firme
sobre sus pies y enseguida se arrodilla frente a mí.
Sonrío al verla desabrochar mis pantalones.
—Tan impaciente. Me encanta lo hambrienta que estás por la polla
de papi.
Me inclino y agarro su trenza, envolviéndola con mi puño. No se
detiene hasta dejarme solo en bóxers, y cuando va a bajarlos, le echo
la cabeza hacia atrás.
Sus manos caen detrás de su espalda de inmediato, y veo el puchero
asomarse, pero se muerde ese labio inferior antes de que aparezca por
completo.
No ha tocado mi polla. Sus dedos apenas han rozado debajo de mis
caderas, y sé que se muere por hacerlo. Estoy mejorando gracias a su
paciencia, pero odio admitir que nadie me ha tocado ahí desde que
tenía diecinueve.
Es una locura cómo el trauma puede marcar partes del cuerpo con
recuerdos que uno preferiría olvidar, incluso cuando estás dispuesto a
sanar. No puedo. Y al verla desde arriba, me pregunto si esa perra loca
de Samantha tenía razón.
«Eres el tipo de peso que no vale la pena cargar, Ronan.»
Estoy a segundos de perderme cuando Cal me sonríe. Esa sonrisa
devastadora que me pega justo donde debe y me devuelve a ella.
Me ha dicho que puede ver cuando me pierdo en los rincones más
oscuros de mi cabeza, esos que nunca logro abandonar. Esa parte que
se agarra a mis fragmentos más débiles, susurrando que no la
merezco, mientras borra lo que quiero avanzar.
—Seré buena, papi —dice, poniendo las manos detrás de su espalda
y abriendo la boca.
Respiro hondo y suelto su trenza, acariciando su sien hasta su
mejilla.
—Esa es mi chica.
Bajo mis bóxers y me coloco frente a ella, agarrando mi polla y
acariciándola. Saca la lengua y se inclina.
—Adoro esa boquita sucia.
Golpeo la base de mi polla contra sus labios, y ella abre bien la
boca. Paso mis piercings por su lengua, gimo, agarro más fuerte su
cabello y empujo mis caderas hacia adelante.
Puedo disfrutar que me miren, pero en el momento en que empujo
dentro de su boca, todo desaparece y solo existimos ella y yo. Suelto
su trenza, paso los dedos por la parte trasera de su cabeza y dejo que
se mueva por su cuenta.
Sentir sus labios apretarse alrededor, sus mejillas hundirse para
chupar, me arranca gemidos.
—Joder… —Presiono detrás de su cabeza, acercándola a mi pelvis.
Su nariz está a punto de tocarme—. Mierda, chupas como si no
pudieras saciarte. ¿Es así?
Intenta responder, pero termina atragantándose. Su garganta se
cierra alrededor de la cabeza de mi polla y casi me corro.
La aparto con cuidado y ella respira hondo antes de intentar volver
a metérsela. Un hilo de baba le cae por la barbilla y no puedo dejar de
sonreír.
Caigo de rodillas, la tomo por detrás de las piernas y la tumbo. Cae
de espaldas, se queda sin aire, y no pierdo tiempo. Acomodo la cabeza
en su coño y empujo.
Un grito ahogado le sale del pecho, y yo me acomodo al ritmo,
follando lo que es mío. Le agarro las manos por debajo de las piernas
y tiro mientras embisto. Cada movimiento es más fuerte que el
anterior, y ver sus tetas sacudirse con cada golpe hace que mis bolas
se tensen.
—¡Ronan, oh dios mío! —Me dejo caer sobre ella y golpeo ese
punto suave que tanto me gusta trabajar con los dedos.
Suelto sus manos, le agarro una pierna y la giro de lado, apoyando
su pantorrilla contra mi pecho y colocándome sobre su otro muslo.
—Juega con tus pezones, Cal —digo entre jadeos.
Pongo mi palma sobre su abdomen, con el pulgar rozando su
piercing y su clítoris.
Una de sus manos va a una teta, pellizcando su pezón perforado. Su
espalda se curva, dándome el ángulo perfecto para que la cruz en mi
glande se arrastre por todo su punto G.
Empiezo a hacer círculos con el pulgar en su clítoris, y ella se agarra
de mi muñeca.
—A-Ah, por favor… no pares.
—Eso es, baby girl, deshazte para mí.
Justo cuando empieza a correrse, pellizco su clítoris y me entierro
por completo para mantenerla llena mientras la arrasa el orgasmo.
Le dejo tomar un par de respiros antes de girarla de rodillas,
jalándola conmigo mientras sigo adentro. El plug en su culo está en
la posición perfecta, pero ya es hora de mostrarle su verdadero placer.
Agarro los ganchos que suben por su culo hacia su coño y lo saco
lentamente. Todo su cuerpo tiembla mientras intenta alejarse. Me
inclino hacia adelante, agarro su trenza gruesa y la envuelvo en mi
puño.
—¿A dónde crees que vas?
Ella jadea y susurra:
—A-a ningún lado… es que se siente…
La penetro otra vez con el plug, y luego lo saco despacio.
—Oh joder, Ronan, e-espera…
Cae sobre los codos y yo no suelto su cabello, me inclino un poco
más para mantenerla en posición.
Empiezo a mover las caderas, sincronizándome con la forma en que
la follo con el plug.
—¿Quieres que pare? —La mantengo firme con el agarre en su
cabello, pero sus caderas empiezan a moverse, no para alejarse, sino
para acompasar mi ritmo—. Parece que eres una puta por tener ambos
agujeros llenos, baby girl. Dime, ¿te gusta eso?
Empujo el plug de nuevo, haciendo que su culito se ajuste a la
forma, y luego lo saco.
—¡Sí! —Su grito es alto, y si no había llamado la atención antes,
ahora sí—. Papi, por favor…
—Dímelo —le susurro con tono suave y cruel—. Dime cuánto te
gusta que solo yo te llene.
Empujo el plug hasta dejarlo dentro, y le doy tres nalgadas, la
última bajando hasta su muslo.
Su grito tiene un tono de satisfacción que me hace arañarle la piel
y follarla más fuerte.
—Me encanta cuando me follas. —Sus palabras suenan
estranguladas, y sé que está cerca otra vez. Yo también. Siento el calor
subirme desde el estómago—. Solo tú, este coño es solo tuyo. ¡Oh,
joder!
Me inclino y le rodeo el cuello con una mano. Su espalda se pega a
mi pecho mientras le paso el otro brazo por la cintura.
—Cal. —Le muerdo el cuello hasta la línea del cabello y aprieto
más su garganta—. Aférrate a mí. Sin pensar, solo hazlo.
El momento en que sus manos se aferran a mis piernas, tal como le
pedí, una descarga de miedo y éxtasis me atraviesa.
Mis caderas se mueven más fuerte. El sonido de nuestra piel
chocando, sus gemidos mezclándose con los míos, es todo lo que
escucho.
—Papi, me voy a correr, ¡por favor no pares! —Su voz suena
estrangulada, y pienso que tal vez la estoy apretando demasiado, pero
no puedo soltarla. En vez de eso, llevo mi mano a su clítoris y empiezo
a frotarlo y darle palmadas mientras ella gime y se deshace.
Hundo los dientes en su hombro y me entierro completamente
cuando mi orgasmo me sacude. Cada pulsación de mi semen dentro
de ella me hace temblar y gemir. Cuando empieza a temblar, suelto su
cuello y ella respira hondo.
Su cuerpo cae sobre el mío cuando terminamos. No ha soltado mis
piernas, y yo intento mantener mi mente lejos.
Paso los dedos por su cintura, dibujando líneas hacia sus tetas,
pellizcando y jugando con sus pezones.
—Mucha gente nos está mirando —susurra, girando la cabeza para
esconderse en mi pecho.
—Lo sé. —No he mirado para confirmar, pero es imposible que no
hayamos llamado la atención.
Ella sonríe con ternura.
—Me encantó eso.
Le acaricio la mejilla con una mano.
—Bien. No hemos terminado, pero te daré un descanso.
Sus ojos se agrandan, sorprendida.
—Traje malvaviscos para asar. Ya sabes… esas cosas románticas
que todavía estoy aprendiendo a hacer.
Me acerco y la beso. Ella pone su mano sobre la mía, en su rostro.
—¿Cabe una manta en tu moto? —pregunta, separándose un poco.
—Traje algo para que nos sentemos, pero seguimos desnudos.
Su risa inocente y esa sonrisa amplia me hacen volar el corazón.
—Está bien, trato hecho.
Nos quedamos aquí horas, follando entre ratos de silencio. Un par
de personas se acercaron a hablar con nosotros, pero yo no soy
sociable, por suerte ella sí.
Nunca fue al punto de que se quedaran o interfirieran. Por mucho
que me guste que nos miren, soy posesivo y no soporto la idea de que
alguien toque a Cal que no sea yo.
Me he vuelto adicto. Más de lo que creí posible. No tengo ningún
deseo de sentir a nadie más, ni a nada más que no sea ella, y para
alguien tan jodido como yo en temas de relaciones, eso es increíble.
Calista encendió un interruptor que no me deja apagar. Despertó esa
parte de mi cabeza que quiere encontrar una manera de sanar, que no
acepta que ya estoy demasiado roto como para arreglarme.
Vale la pena cargar con el peso.
Tal vez eso es lo que significa amar: aceptarse tal como uno es.
Entender que está bien estar roto y trabajar juntos para llegar a esto.
Todos tienen sus demonios, su equipaje. Se trata de encontrar a
alguien que elija cargar el tuyo por encima del de los demás.
Creo que encontré a esa persona. O al menos eso espero.
Perder a mi madre fue un tipo de dolor.
No quiero ni imaginar lo que sería perder a Cal.
Eso sí da miedo. Mucho más que cualquier caricia.
Calista
Levantarse de la cama se ha vuelto la peor parte de mi existencia.
Durante las últimas semanas, hemos encontrado nuestra rutina
juntos. Además de mi trabajo diario, ya dejé la cabaña completamente
habitable. Todos los diseños interiores están terminados, incluyendo
nuestro dormitorio. Ronan me dijo que convirtiera la habitación de
invitados en mi oficina como si fuera el dueño del lugar.
Durante el tiempo que ha estado aquí, trabajó con los contratistas
para aprender algunos oficios. Verlo ensuciarse las manos ha sido lo
más sexy que he visto. Estaba convencido de que probablemente
acabaría siendo un narcotraficante, pero me alegra que tenga talento
natural para ser handyman. El riesgo de volver a prisión con este
trabajo es prácticamente nulo, y eso es lo que quiero.
Nada de prisión. Solo libertad… conmigo.
Me doy la vuelta en la cama, notando que no está a mi lado. Esta es
la única forma en que alguno de los dos puede levantarse: si el otro
encuentra la fuerza para salir primero.
Gimiendo, me quito la cobija de encima y salgo del cuarto. Pero no
sin antes ponerme una de sus camisetas, por supuesto. Es lo único que
me gusta usar cuando puedo darme el lujo de estar floja.
El pasillo no necesitaba mucho mantenimiento, pero le puse amor
en forma de pintura y algunas imágenes artísticas. Bueno, en realidad
son posters de mis películas favoritas. Ronan no tiene favoritas, salvo
una: Jaws. Es el primero que ves al bajar hacia los cuartos.
Junto con los posters, colgué una pieza que hice para él, de la que
estoy orgullosa, y que juro casi lo hizo llorar cuando se la di.
La sala está completamente abierta a la cocina y el comedor, y el
pequeño loft que antes usábamos como almacenamiento ahora está
vacío, listo para hacer con él lo que queramos. Dejé las vigas de
madera expuestas en los techos altos y abovedados. Aunque oscurecí
el tono natural de la madera con marrón oscuro y negro, cuando el sol
entra por las docenas de ventanas y puertas, no se siente oscuro. Un
sofá seccional negro y una mesa de centro de perfil bajo son el centro
del espacio. La alfombra debajo la eligió Ronan. Negra, con
remolinos verdes y marrones.
Ahora la chimenea tiene un televisor montado encima, porque lo
mejor del mundo es acurrucarse con él en el sofá y ver una vieja
película clásica de terror.
La cocina va de pared a pared con tonos marrones a juego con la
sala, herrajes oscuros y electrodomésticos de acero inoxidable. He
disfrutado cocinar, cosa que históricamente no me gustaba. Creo que
lo disfruto porque escuchar a Ronan gemir con la comida y luego
follarme sobre la isla como agradecimiento… pues sí, eso tiene su
encanto.
Hablando de eso, está sentado en la mesa de comedor alargada para
seis personas, en el extremo más alejado del espacio abierto. Tiene los
ojos fijos en su celular, seguramente respondiendo a Ken, quien ha
estado demandando mucha de su atención estos últimos días.
Mis pies suenan al caminar, lo suficiente para que levante la mirada.
De inmediato deja el teléfono y se pone de pie.
—Buenos días —digo, acelerando el paso.
Rodea la mesa hacia mí, y yo levanto los brazos.
—Buenos días, baby girl.
Me envuelve con sus brazos alrededor del cuello y me da un beso
largo y profundo. Su mano rodea mi espalda y, como hace todas las
mañanas, deshace mi moño para pasar los dedos por mi cabello.
—¿Cuándo vienen Ken y los chicos? —pregunto, pasando mis
dedos por su cabello recién cortado.
—Este sábado, si te parece bien. Mia quiere nadar antes de que se
ponga muy frío.
La idea de que vengan me llena el estómago de mariposas. No los
he visto desde aquel incidente con mi auto, y aunque Ken ha pasado
de vez en cuando, nunca se queda mucho tiempo. Ronan dice que no
ha venido porque aún le preocupa mi seguridad, aunque yo he
insistido en que estoy bien. Además, tiene acceso a las cámaras de
seguridad.
Asiento.
—Deberíamos ir al mercado local en la mañana, comprar frutas
frescas y...
Mi celular suena desde el cuarto.
Sus dedos suben por mi camiseta para agarrarme el culo desnudo.
—Ve, pero sí, el mercado está bien —dice, dándome un beso en la
mejilla. Suelto una risita.
—Terminaré con Ken.
Cuando se aparta y me doy la vuelta, me da una nalgada.
—¡Oye!
Corro de regreso al cuarto y salto sobre la cama tamaño king para
agarrar mi celular que aún está conectado al cargador. El nombre que
aparece en pantalla no es otro que el de mi madre. No he hablado con
ella desde que Eamon apareció aquí hace varias semanas.
Debería haber dejado mi corazón con Ronan. Tal vez así no se me
saldaría por la garganta. ¿Acaso mi padrastro ya le contó?
Antes de que se vaya a buzón de voz, contesto.
—Hola, mamá —No sueno muy entusiasmada de hablar con ella,
pero de inmediato aclaro la garganta, como intentando sonar solo
adormilada.
—Hola, cariño.
Bueno, eso es buena señal. Suena contenta de que contesté, no
enojada.
—¿Qué haces?
—Nada, apenas despertándome. ¿Y tú?
Un suspiro suave se escucha por el teléfono.
—Nada. Quería saber si podías venir esta noche. Quería tener una
charla de mujer a mujer…
Oh, no… Me empieza a temblar la mano.
—Es entre semana, y desde lo del auto, no he estado yendo a la
ciudad. Por si acaso.
Le mandé un mensaje ese día cuando llegué a casa, diciéndole que
iban a revisar mi auto. Fue una buena excusa si intentaba que la fuera
a ver. Le dije que la obra “o sea, la cabaña” era peligrosa y que no
podía venir.
Ahora que ya está terminada, tengo que pensar en otra excusa si se
le ocurre venir a verme.
—Yo paso por ti —dice, y su tono me indica que algo anda mal—.
Podemos emborracharnos, y te quedas a dormir. Es solo una noche
conmigo. ¿Sí?
—Mamá, ¿qué pasa?
Escucho unos ruidos y luego silencio. De verdad no quiero odiarla.
Fue adicta, y sí, eso me hizo mucho daño, pero ha mejorado. Aunque
fue una perra con Ronan, sigue siendo mi mamá. No quiero
abandonarla…
—Es Eamon. Estoy casi segura de que me está engañando.
Un jadeo se me escapa sin querer.
—Ay, mamá… Lo siento mucho.
—No lo sientas. ¿Puedes venir esta noche?
Escucho a Ronan decir algo desde la sala, pero no entiendo qué.
Trato de concentrarme en la llamada, darle a mi madre la atención que
necesita.
—Sí… No sé si me quede a dormir, tengo que trabajar y ya sabes
cuánto odio madrugar.
—¿No puedes hacerte la enferma?
Podría, la verdad. Mi jefe no tendría problema con que falte o entre
tarde. No es por eso… simplemente no quiero pasar una noche sin
Ronan. Sé que suena patético, pero qué carajo, así me siento.
—Iré unas horas, salgo en un ratito.
Es entonces que escucho varias voces en la sala, y el estómago se
me revuelve.
—Gracias, Calista. Te quiero mucho.
Carajo, creo que no escuchaba a mi mamá usar mi nombre completo
desde hace siglos.
—También te quiero, mamá. Nos vemos al rato.
Cuelgo el teléfono, salgo corriendo del cuarto, atravieso el pasillo
y llego a la sala... solo para encontrar a dos policías, con uno de ellos
cara a cara con Ronan.
Ronan
Ken: ¿Chocolate o vainilla? Y por favor elige vainilla porque no
quiero ir a la tienda.
La vainilla está bien, creo que a ella le va a gustar más de todos
modos.
Veo la notificación de que algo fue captado por la cámara, pero la
ignoro. Los ciervos suelen cruzar por aquí a esta hora de la mañana.
Ken: ¿Con o sin fresas?
Ken: Está bien, Mia va a ayudar, así que no esperes
profesionalismo ni nada.
Es un pastel. Nos lo vamos a comer, qué importa.
Un golpe en la puerta desvía mi atención del celular. Me deslizo
fuera de la mesa de comedor de madera maciza, camino hacia la
puerta y miro por la mirilla. Dos oficiales de policía están parados en
nuestro porche.
Interesante.
Guardo el celular en el bolsillo de mi pantalón deportivo y abro la
puerta.
Me planto en la entrada y me recargo en el marco. Los dos se miran
entre sí antes de volver su atención hacia mí.
—Buenos días. ¿Esta es la casa de… —habla el oficial a mi
izquierda y luego mira un aparato que no es exactamente una tablet,
pero sí más grande que un celular— Calista Sanderson?
—Sí.
—¿Y tú eres…? —pregunta el otro oficial.
El que hablaba antes se aclara la garganta.
—Su novio. ¿De qué se trata esto? —Cruzo los brazos sobre el
pecho.
—¿La señorita Sanderson está en casa?
—Sí.
—¿Podemos pasar? —Bajo la mirada por primera vez hacia sus
placas. El hablador es Ramírez. El otro, que me ha estado mirando
como si tratara de recordar de dónde me conoce, es Anders.
—No, puedo ir a buscarla y ella puede hablar con ustedes aquí en
la puerta.
Aunque solo hay un arma en la casa, no puedo arriesgarme a que
anden husmeando y encuentren la caja fuerte. Técnicamente, Cal
puede tenerla, y podría argumentar que yo no vivo aquí, pero no
pienso terminar esposado porque sospechen algo de mí.
—Tú me pareces conocido. —Sabía que eso vendría de parte del
oficial Anders.
—¿Estuviste encerrado...?
—Sí —lo interrumpo—. ¿Puedo saber qué quieren con la señorita
Sanderson?
—No creo que eso sea de tu incumbencia.
Todo lo que tenga que ver con mi chica sí es mi asunto, mi problema
y mi maldito negocio.
Mi sonrisa no es nada amistosa.
—Pero sí lo es.
—¿Tu nombre es Ronan? —pregunta Anders.
Suelto un largo y pesado suspiro.
—Sí.
—Escucha —dice el otro oficial con una risita burlona—.
Queremos hablar con la señorita Sanderson. Este no es tu domicilio,
y te vas a quitar para que…
—Ya escuché suficiente. —Me encanta cómo se le endurecen los
ojos de rabia por interrumpirlo otra vez—. Voy a buscarla para que
hable con ustedes aquí en la puerta.
—¿Estás obstruyendo una investigación?
¿Investigación?
Mis fosas nasales se ensanchan y me enderezo, dejando de
recargarme.
—Creo que sí —dice Anders, dando un paso agresivo hacia mí. Me
empuja del hombro y, si no fuera porque no quiero pasar la noche en
una celda, probablemente le habría roto la mandíbula.
Me empuja hacia atrás y los dos entran a la casa.
—Ni siquiera necesito preguntar si tienen una maldita orden para
entrar así como así.
—No vengas con esas estupideces. He oído hablar de ti, King.
Puede que fueras rudo tras las rejas, pero aquí afuera no eres nada.
Miro la mano de Ramírez, la tiene flotando sobre su arma en el
cinturón, y respiro profundo. Inclino un poco la cabeza, enderezo los
hombros.
Justo cuando estoy a punto de cometer una pésima decisión, la voz
de Cal me detiene.
—¿¡Qué carajos está pasando!? ¡Aléjense de él!
Su cabello rubio aparece mientras corre hacia mí, empuja a Andrés
y se pone entre los dos. Probablemente sea lo mejor, porque de verdad
habría preferido recibir una bala antes que noquear a estos cerdos
azules.
—Él no ha hecho nada —dice, y ambos oficiales bajan la mirada
hacia ella—. Sea lo que sea, están buscando a la persona equivocada.
Dios, qué linda es. No importa que no tenga idea de por qué están
aquí. Yo necesitaba este tipo de apoyo cuando era más joven. Si tan
solo hubiera tenido a una persona de mi lado, sé que todo habría sido
diferente.
Ambos hombres se relajan, Ramírez aparta la mano de su arma.
—Señorita Sanderson, en realidad estamos aquí para hablar con
usted.
La veo tensarse por el rabillo del ojo, pero no dejo de mirarlos.
—Ah, ¿sí? —Está nerviosa, se nota enseguida por su tono.
—Sí, señorita. Se trata de la reclamación del seguro por el incendio
residencial de mayo.
—Ah, sí. Se han tardado una eternidad con eso. —Da un pequeño
paso hacia atrás, lo que hace que su espalda se apoye en mi pecho—.
¿Por fin tienen todo lo que necesitan?
—En realidad, señorita… —Esto me enfurece. Conmigo son unos
malditos, pero con Cal se vuelven otras personas. Una vez criminal,
siempre criminal para ellos.
Está bien, sí, tengo esa energía y hay un arma en la casa, pero igual,
que se jodan.
—Queríamos hacerle unas preguntas sobre el incidente.
En cuanto esas palabras salen de su boca, carraspeo.
—Ya saben cómo funciona esto, señores. —Paso un brazo por su
cuello y ladeo un poco la cabeza—. Debería tener representación
legal. Suena a que hay implicaciones negativas aquí.
—Tú deberías saberlo, ¿no? —se burla Anders.
—¡Oye! —grita mi chica.
—Está bien. Deberías llamar a tu mamá, baby girl. Su mamá es
abogada. Por lo que he oído, muy buena —sonrío—. Seguro le
encantaría saber que se metieron ilegalmente en casa de su hija.
—Solo queremos hacer unas preguntas —gruñe Ramírez entre
dientes.
—Con su abogada presente —exijo.
—Calista, si podemos salir y hablar contigo a solas…
Mi brazo se aprieta un poco más, pero creo que ni siquiera hacía
falta, porque ella responde:
—No. Haré que mi mamá venga mañana. Irónicamente, la voy a
ver esta noche. Ojalá no se me escape contarle cómo han tratado mis
derechos y a mi novio.
Se quedan callados unos segundos, mirándose entre ellos, hasta que
finalmente retroceden hacia la puerta.
—Por favor, preséntese en la estación mañana, o volveremos con
una orden judicial.
—¿¡Una orden judicial?! ¿Por…? —Le tapo la boca con la mano.
—Nos vemos mañana —digo.
Se dan la vuelta y se marchan, cerrando la puerta tras ellos. Es
entonces cuando ella prácticamente grita contra mi palma. Le doy ese
momento y, cuando se le va el aire, la suelto.
—¿Te sientes mejor?
—No mucho. —Se gira hacia mí con esa expresión de rabia tan
adorable. Sé que si tuviera que pelear, podría. Ya lo he visto. No sé
mucho de signos zodiacales, pero ella dice que es por ser Cáncer.
—Bueno… ¿por qué estaban aquí preguntando por el incendio?
Desvía la mirada, y de inmediato sé que está a punto de mentirme.
—No tengo ni idea.
Le tomo la barbilla para que me mire. Sus mejillas se sonrojan
cuando repito la pregunta:
—¿Por qué estaban aquí preguntando por el incendio, Calista?
La actitud juguetona se ha ido, porque ella sabe bien. Yo no hago
esto. Nosotros no hacemos esto. Ella me dice la verdad y yo cambio
mi vida por ella.
Ese es nuestro trato.
Pero… lo vuelve a hacer.
—Te lo juro, Ronan, no tengo ni idea.
Aunque esta vez suena más convincente que antes, siento que me
está mintiendo. No, lo sé… y una pequeña presión aparece en el
centro de mi pecho.
—¿Por qué me estás mintiendo?
Ella niega con la cabeza porque la suelto y me alejo.
—Yo… yo no te miento. Lo juro.
Quisiera hacerla jurar por lo que siente por mí. Jurar por lo que
hemos construido. Pero ese sentimiento extraño de miedo me
mantiene callado.
Sus labios se entreabren y sus ojos se agrandan como si ella también
estuviera aterrada.
Respiro hondo y cierro los ojos. No me mientas…
—Tengo que ver a mi mamá esta noche… —Por supuesto que
cambia de tema—. Solo serán unas horas. No voy a quedarme, pero
necesito alistarme e irme ya.
Siento cómo se acerca, no la miro, solo siento su presencia. El calor
de su mano cerca de mi mejilla me hace levantar la mía y colocarla
sobre la suya, presionándola para sentir su palma contra mi piel.
Por favor, no me mientas.
—Una última vez, Cal… —Abro los ojos para mirarla—. ¿Por qué
estarían preguntando por el incendio después de tanto tiempo?
Su labio inferior tiembla, pero me lanza una sonrisa que me deja
claro que ese vacío en el pecho se va a convertir en un maldito agujero
negro.
—Tal vez solo quieren cerrar los últimos detalles… Bebé, no es
nada.
No es nada…
Maldita sea, odio esa respuesta.
—Dijiste que fue un accidente, ¿cierto?
Ella asiente rápidamente y se pone de puntitas para besarme.
Pequeña mentirosa…
Maldita sea, Cal.
Calista
Esto no está bien.
Malditos sean, dijeron que se encargarían de la maldita policía. Que
no importaba el resultado del chantaje, que me protegerían.
¿Pero a quién quiero engañar? Los dejé en visto, les dije que no
cumpliría con lo que me pedían. ¿Por qué pensé que ellos sí
cumplirían su parte cuando yo no hice la mía?
Nunca quise esto, y ahora estoy atrapada entre la espada y Ronan.
Si le digo la verdad, se va a ir. No importa la razón, porque yo haría
lo mismo. No hay nada en mí que valga la pena después de lo que
hice, y si la policía sospecha que incendié mi townhouse, todo va a
salir a la luz.
Estoy jodida.
Tan, tan jodida.
Toco el timbre en casa de mi mamá. Dejé mi llave al salir de prisa,
sin pensarlo mucho. Ronan estuvo en silencio todo el tiempo que me
estuve alistando, y me enferma haberme ido mientras él seguía
molesto conmigo. Mi papá siempre decía que nunca te vayas molesta
con alguien, porque nunca sabes lo que puede pasar.
Por un segundo pensé en cancelar la cita con mi mamá, pero sabía
que Ronan me presionaría hasta sacarme la verdad. Al final,
probablemente habría cedido. Y entonces lo perdería, y no estoy lista
para eso.
Tal vez mi mamá pueda ayudar con la policía. Fui cuidadosa, lo
hice parecer un accidente: todo en su lugar. Sabía exactamente qué
hacer: cocinar, mover la olla de la estufa, para dejar la hornilla
encendida por "error". Luego, como si fuera planeado, Gene me llamó
después de su turno. Dejé que la conversación se alargara más de lo
necesario. Habíamos dejado la ventana abierta para el gato, y el viento
movió la cortina.
La cortina tocó el sillón.
Después, la alfombra de piel falsa.
Lo vi todo. Debí saberlo. El fuego se extendió tan rápido una vez
que empezó.
«¡Oh, Dios mío, Gene! ¡La casa!»
Cierro los ojos mientras siento el calor acumulándose en mis sienes.
Ronan es el único que puede ver a través de mis mentiras, y siento
que es el karma pasándome factura.
Gene nunca lo notó.
Mi mamá tampoco, cuando le dije que me iba a mudar a la cabaña.
La puerta se abre de golpe, sacándome de esos recuerdos que me
cambiaron la vida.
Mi mamá, con su cabello rubio ceniza casi gris, me sonríe con
cansancio. Tiene ojeras y parece que ha estado llorando. Siento que
voy por el mismo camino; tal vez podamos desmoronarnos juntas.
Cómo llegué a esta situación es culpa de ella, pero aún así siento
empatía por su dolor. Ella no merecía caer en la adicción, pero yo
tampoco merecía pagar las consecuencias.
—Hola, cariño. Pasa.
Le sonrío débilmente y asiento, siguiéndola por el pasillo hasta el
comedor y luego a la cocina. Tiene dos copas, una ya servida y la otra
vacía.
—¿Cómo estás, mamá? —pregunto, intentando mantener el ritmo
mientras caminamos. Ella abre la nevera y yo me siento en el banco
de la isla. Miro por la ventana; el sol aún está alto, y veo los árboles
que plantamos hace casi diez años, ahora lo bastante grandes como
para dar la ilusión de un bosque.
Mi mamá me ofreció esta casa cuando pensó en jubilarse. Ahora,
espero poder pedirle la cabaña en su lugar. Siento que eso va más
conmigo... y con Ronan, si logro arreglar lo que hice.
—¿Cuándo fue la última vez que viste a Eamon?
Saca una botella de vino y me sirve una copa.
—Hace una semana.
Abro los ojos con sorpresa.
—¿Y me lo dices hasta ahora?
—Esperaba que no durara —responde y toma un trago.
Yo también necesito uno, porque no puedo creer que no me haya
llamado antes. ¿Fue después de que Eamon fue a la cabaña? ¿Le dijo
algo a Ronan?... espera...
«…de alguna forma te va a afectar, estoy seguro.»
¿Le contó Eamon algo a Ronan sobre él y mi mamá?
Tomo otro trago y la observo. Tiene un brazo abrazando su cintura,
y ahora noto completamente su apariencia. No es solo su cara lo que
se ve cansado, está... temblando. No la he visto en pantalones de buzo
desde que estaba en secundaria, y además, su camiseta está hecha
trizas.
El silencio cuelga sobre nosotras como un fantasma, y estamos
profanando su tumba. Está esperando el momento justo para gritar,
para mostrarnos que está aquí, y que no somos bienvenidas.
—¿Mamá? —digo por fin.
Sus ojos lucen perdidos mientras me miran fijamente.
—¿Qué hiciste? —su pregunta me toma por sorpresa.
Parpadeo rápidamente y niego con la cabeza.
—¿Perdón?
Frunce el ceño, y las arrugas en su frente se marcan aún más.
—Ronan…
Siento que no puedo respirar.
Toma el resto de su vino de un solo trago.
—¿Qué carajo estabas pensando?
Eamon se lo dijo, tal vez para ponerse de su lado. ¡Mierda! ¿Y si
ella nos culpa a mí y a Ronan por sus problemas? ¡Debí habérselo
contado! ¡Maldita sea!
—Mamá, lo siento por no habértelo dicho antes, pero…
—¡Pero nada! —Golpea su copa contra la encimera, y se rompe en
mil pedazos. Me echo hacia atrás en el asiento, solo mirándola—. Te
lo buscaste. Después de todo lo que has pasado…
—Por tu culpa… —le recuerdo.
La sangre gotea desde su mano hacia la isla de mármol blanco.
—¿No te enseñé nada? —Mis ojos se abren mientras mi estómago
se hunde como si me estuviera devorando desde dentro—. No puedes
huir de tu pasado, por más que lo intentes.
—¡Fue defensa propia! ¡Él es una buena persona, mamá! ¡Eres una
maldita hipócrita! —Me cuesta no lanzarle la copa. ¿Por qué sigo
aquí? Juró que hablaríamos sobre su relación con Eamon. Esto no es
"plática de chicas", esto es ella degradando a quien amo.
Solo está celosa de que me quedé con el mejor hermano.
—Me da igual lo que él hizo, Cal. —Su tono suena dolido, como si
yo fuera la que la hiere—. Es lo que no hiciste.
—Iba a contarte lo nuestro…
Su respiración se hace más pesada, y no puedo creer que todo esto
sea por un hombre. ¿Olvidó que su adicción me llevó a ser violada
por una pandilla? Siempre pasé por alto su lado oscuro, pero ahora lo
tengo de frente.
Una lágrima se desliza por su mejilla mientras sacude la cabeza.
—No, Calista. Te dijeron que te encargaras de él, pero en lugar de
eso, fuiste y te enamoraste como una estúpida. —Luego, su mirada se
va por encima de mi hombro—. Por favor, no le hagas daño.
Mi visión se nubla, y antes de que pueda levantarme, una mano
tosca me cubre la boca. Pateo con fuerza, chocando mi espalda contra
la silla y lanzando al tipo al suelo conmigo.
Un brazo fuerte me atrapa por la cintura, la mano aún apretando
sobre mi boca. Grito con fuerza dentro de su palma y pateo hacia
abajo, mi pie golpea su espinilla y lo hace aullar de dolor.
—¡Maldita perra! —escupe entre dientes.
—¡Cal, deja de pelear, por favor! —Mi propia madre viene y me
inmoviliza las piernas—. ¡Por favor, basta, él no va a hacerte daño!
No me detengo, no puedo. Echo mi cabeza hacia atrás y siento que
golpea algo duro. Escucho otro grito de dolor.
—Solo tienes que hacer lo que te dijeron, por favor, cariño. ¡Su vida
no vale más que la tuya!
El agarre del hombre se vuelve más fuerte, y luego cambia de
posición. Me aplasta contra el suelo, mis brazos quedan atrapados
bajo sus rodillas.
—Trae a la otra perra, tal vez eso la calme.
—¡Ronan! —grito, pero el peso sobre mí hace que suene apagado—
. ¡Ayúdame!
Como si pudiera oírme desde la cabaña.
—¡No! ¡No, por favor no hagan esto! ¡Lo amo, haré lo que sea!
Una mano jala con fuerza mi cabello, obligándome a mirar hacia
arriba. Y lo que veo… es sacado de mi peor pesadilla.
Solo quiero que mi corazón se detenga. Que todo acabe fácil.
Déjenme morir, porque ahora sé que estoy atrapada, y no voy a ser
libre hasta que haga lo que llevan amenazándome desde el principio.
Las lágrimas me corren por la cara mientras sollozo, el pecho
agitándose por el peso del dolor insoportable.
Todo duele, y no puedo…
No puedo matar a Ronan.
Prefiero morir antes que eso…
Ronan
No volvió a casa anoche.
Es temprano y la cama está vacía. No debería sorprenderme, pero
siento que sí. Estoy dividido con respecto a lo que siento. Una parte
de mí quiere dejarlo pasar, pero la otra está furiosa porque me mintió
y me está evitando. ¿Acaso no nos sentamos a hablar sobre nuestros
traumas? Nunca me había abierto tanto con nadie, nunca me había
mostrado tan vulnerable. Lo único que siempre le pedí fue que fuera
honesta, ¿tan jodidamente difícil es eso?
Yo: No volviste a casa.
Después de mandarle un mensaje, me obligo a levantarme y paso
las siguientes horas haciendo absolutamente nada productivo. Desde
limpiar mi moto hasta organizar el garaje. Nada ayuda a despejarme
la mente. Solo necesito que regrese, y podamos hablar.
Jesucristo… si me dice que prendió fuego a la casa por el dinero del
seguro, ¿de verdad cree que la miraría diferente? Claro que la
regañaría, pero solo porque su madre perfectamente podía darle
dinero.
Podría decirme que hizo explotar todo un complejo de
apartamentos solo para romper un contrato de alquiler y aún así estaría
de su lado. Entonces, ¿por qué carajo está siendo tan reservada?
Incluso puedo pedirle a Ken que la ayude si su madre no puede sacarla
del problema.
Voy a encargarme de ella, solo quisiera que tuviera la decencia de
dejarme intentarlo.
He llegado a amarla, y sé que es verdad porque no dejo de
imaginarla. Despertar con ella, solo con ella. Complacer solo a ella.
Alimentar solo a ella.
Calista es lo único en lo que pienso, y soy, sin duda, un hombre
obsesionado con ella.
Yo: No estoy enojado.
Yo: Baby girl, no me ignores. Me mentiste y lo sé.
Sentado en el sillón del garaje, termino un sándwich de pavo con
queso. Lo único que se escucha es el lago y los pájaros a mi alrededor.
Yo: Está bien, pero igual voy a castigarte por eso.
Yo: ¿Puedes llamarme, por favor?
Agarro el teléfono, listo para lanzarlo lo más lejos posible con la
esperanza de que caiga al lago, cuando suena.
Lamentablemente, no es Cal. Es Eamon.
Tomo una profunda bocanada de aire y contesto en el primer timbre.
—Hola —digo, recostando la cabeza en el sillón y mirando hacia
las vigas del techo.
—Hola, Ro. ¿Cómo estás?
—Podría estar mejor. —Me aprieto el puente de la nariz, sin ganas
de hablar con mi hermano justo ahora—. ¿Qué quieres?
Suspira.
—¿Podemos almorzar? Quiero hablar…
Niego con la cabeza, pero no digo nada. Lo que no habría dado por
tener a mi hermano cuando salí de prisión la primera vez. A veces me
pregunto... si hubiera acudido a él entonces, ¿habría cambiado algo
para mí?
Vi la vida que tenía, y creo que una parte de mí temía arruinarla,
porque eso era yo: un fracaso.
—Después de que te condenaron… —continúa, rompiendo el
silencio—. Intenté ir a verte, pero me negaste las visitas. Nadie podía
verte salvo mamá, aunque papá lo prohibiera. ¿Por qué?
Chasqueo la lengua.
—No había nada que decirte. Ni a ti ni a nadie.
—Pudiste haber intentado convencerme… Habría peleado por ti si
solo…
—Eamon —digo con un suspiro pesado—. Me senté ahí y lloré,
contándoles a todos lo que pasó, solo para que me dijeran que mentir
en un tribunal me iba a costar más años. Si… —Aprieto la
mandíbula—. Si hubiera sido tu hermana, no habrías dudado en creer
cada maldita palabra que salía de mi boca. Nadie lo habría hecho.
—Eso no es verdad.
—¿No? ¿Estás seguro? Porque ni siquiera me dieron el beneficio
de la duda. Fui un mentiroso de inmediato. No importó que les dijera
que él tenía tres lunares en el muslo izquierdo, a centímetros de su
polla. Donde ningún niño debería mirar. Fui Ronan, el mentiroso. El
chico enfermo con problemas mentales.
Escucho cómo respira temblorosamente antes de decir:
—Lo siento tanto por no haber estado para ti. —Las lágrimas que
quería verle en persona se sienten en su voz—. Ese día que me
llamaste antes de intentar matarte… me destrozó. Te odié por eso,
pero era solo el reflejo de mi propio odio hacia mí mismo. Yo…
Me inclino hacia adelante, me cubro el rostro con una mano
mientras la otra tiembla sosteniendo el teléfono.
—Todavía tengo ese mensaje de voz y lo escucho cada año. Me
recuerda lo mucho que… —Se aclara la garganta con fuerza y toma
otro respiro inestable—. Te fallé. Todos lo hicimos.
—Sí, lo hicieron… —susurro, pasándome la mano por los ojos.
—Te amo, Ronan. Debí haber sido el hermano que merecías.
Cae un silencio, tan profundo que ni siquiera se oye nuestra
respiración. No sé si aún amo a mi hermano, pero eso no significa que
sea incapaz de hacerlo.
—Lo sé —digo finalmente, después de varios minutos—. Vamos a
hacer una barbacoa este fin de semana. Deberías venir.
—¿Quién va a estar?
—Mis amigos, a los que considero familia… y Cal.
—¿Ella invitó a su mamá?
—No, no lo hizo. Esperaba que para este momento ya te hubieras
encargado de eso.
Gime.
—De hecho, intenté hablar con ella sobre eso hace unos días.
Frunzo el ceño.
—¿Nunca vas a casa? —Mi tono es claramente sarcástico.
—No he vuelto como una semana. Tuvimos una discusión y cuando
llamé para disculparme, me dijo que me mantuviera alejado mientras
se le pasaba el enojo.
Hmm.
—¿Aún vas a divorciarte? —Sé que han estado juntos por un
tiempo y debería sentirme mal por insistir, pero no lo hago.
—Ella va a pelear.
Eso no es un no. Y algo me dice que nunca va a decirlo
directamente. Así que voy a ser un maldito fastidio con eso.
—El sábado puedes venir después de las dos.
Mi teléfono suena con una notificación, y rápidamente la reviso con
la esperanza de que sea Cal.
Desafortunadamente, no. Es Ken.
—Tengo que irme.
—Está bien, gracias, Ro. Nos vemos el sábado.
—Nos vemos.
—Adiós, hermano.
Cuelgo y contesto de inmediato a Ken.
—Hola. —Me pongo de pie y salgo afuera, sintiendo el aire frío
golpearme de inmediato. Probablemente hará demasiado frío para
nadar, pero si los chicos quieren sacrificarse por Mia, allá ellos.
—¿Estás libre?
Vale, directo al grano.
—Sí, ¿qué pasa?
—¿Recuerdas al tipo, Michael Horn? El que me pediste investigar.
Suspiro. Honestamente, me había olvidado completamente de ese
idiota. Estuve tan consumido por Cal que deseché al malnacido que
la lastimó.
—¿Qué pasa con él? —Encontrarlo no es el problema. El problema
es encargarme de él.
No puedo volver atrás.
—Bueno… antes de hablar de eso, quería preguntarte algo.
—Mhmm. —Miro hacia el camino, esperando escuchar o ver el
auto de Cal subiendo por el sendero de tierra.
—El tipo que mataste en ese bar, algo de Cheshire, ¿no?
Un mal presentimiento me revuelve el estómago.
—Sí. Gregory Cheshire, hermano de esa perra loca, Samantha.
—Horn trabaja para los Serrano.
—¿Y? Ya lo sabíamos, eso es…
—Primero trabajó para la familia antes de… Ronan, esa familia
eran los Cheshire. Samantha Cheshire se casó con Armando Serrano.
Un escalofrío me recorre el cuerpo.
—¿Dónde estás ahora?
—En casa.
Miro el lago, el corazón latiéndome con violencia.
—Sabes… siempre pensé que yo sería el que se quitaría la vida…
—¡Ronan! —su grito es fuerte.
—Que bebería hasta la tumba. —Puedo escucharlo gritar, pero sus
palabras no me llegan. Todas sus mentiras. ¿Cómo no me cuestioné
nada? ¿Cómo fui tan jodidamente ciego?—. Ahora todo empieza a
tener sentido.
Ella, tan decidida a quedarse con un extraño.
Esa primera noche, su reacción al verme en la cabaña fue más de
miedo que de sorpresa.
El incendio justo tres días antes de mi liberación.
Mi expediente apareciendo de pronto en el escritorio de su madre.
Por qué no quería decirme más cuando le pregunté sobre los
Serrano.
Las cámaras.
Mi mente va a mil. Porque no hay forma de que Calista esté aquí
para tenderme una trampa.
—¡Ronan, respóndeme, pedazo de imbécil!
—Escúchame —digo con un gruñido cargado de furia—. Haz
exactamente lo que te digo, y al final, asegúrate de cuidar de ella.
—¿Qué quieres decir?
Gimo.
—Ro…
—Ken, vas a hacer exactamente lo que te ordene. No hagas
preguntas. —Miro mi mano, temblando—. Cal está en problemas, y
probablemente me va a costar la vida, así que escucha con atención.
Maldita sea por no decirme lo que estaba pasando.
Maldita sea por hacer que me enamorara de ella.
Malditos ellos por recordarme, una vez más, que mi felicidad nunca
dura.
Calista
10 días antes del incendio
El café es el salvador de cualquier chica trabajadora. No estoy del
todo segura de cómo podría funcionar sin él.
Recostada en mi silla, miro hacia las calles llenas de gente en el
centro de Denver. Gene viene tarde, como siempre, pero no podía
esperar a que terminara de arreglarse. Lo entiendo, se lavó el cabello
anoche y eso lleva su tiempo, pero, carajo.
Su café está frente a mí, por suerte es frío, aunque seguramente ya
estará aguado para cuando llegue.
Tamborileo los dedos sobre la mesa de madera, suspirando mientras
apoyo la frente contra la ventana, que está fresca al tacto. Mi mente
está en otro lugar, lejos de aquí, en una playa hermosa o en las
montañas nevadas de Suiza.
He construido una vida aquí. Soy dueña de una casa que comparto
con mi mejor amiga, tengo un trabajo muy bien remunerado y una
familia que me llama de vez en cuando. Es más de lo que alguna vez
esperé, y ahora tengo privilegios.
Y aun así, me siento vacía.
Creo que es hora de viajar, salir del país por un tiempo. No es como
si tuviera problemas de dinero, y me vendría bien un descanso de este
lugar en el que he estado más de la mitad de mi vida.
De pronto, alguien se sienta frente a mí en la cabina, sacándome de
mi ensoñación.
—Oh —digo, sorprendida. No es Genevieve. En cambio, es una
mujer blanca con unos ojos castaños claros muy bonitos y una coleta
alta. Su cabello oscuro cae sobre su hombro—. Lo siento, ese asiento
está ocupado.
Es una cabina, ¿por qué demonios se sienta como si fuéramos
amigas? En mi vida la había visto.
Miro alrededor, notando lo vacío que está el café.
—Me llamo Samantha —dice con entusiasmo mientras extiende la
mano por encima de la mesa hacia mí. Soy Cáncer, tengo que tomarla.
—Hola... —No entiendo nada, pero igual le estrecho la mano y paso
el café de Gene a mi lado de la mesa.
—Tú eres Calista, ¿verdad?
No soy famosa, carajo, mis vecinos a duras penas recuerdan mi
nombre. Y sí, soy bonita, rubia, de estatura promedio, y vestida como
cualquier otra chica de Colorado, sería un rostro más en la multitud si
no estuviera sola. ¿Cómo sabe quién soy?
—Sí… —respondo, dudosa.
—Maravilloso. Mi apellido es Serrano. —Ese nombre acelera mis
latidos—. Me encanta cómo ese nombre provoca reacciones. Puede
que no sea una familia de las grandes, pero aún causa ese miedo que
estremece. En tu caso, está totalmente justificado. —Su tono es
condescendiente.
No he sabido nada de esa familia en casi diez años. En cuanto mi
madre dejó las drogas y consiguió ayuda, nunca más los volví a ver.
—Hablemos un segundo sobre Jasmine Byrne, ¿sí?
—¿Qué quieres? —pregunto, sin ganas de hablar sobre mi madre.
—Ah, ese apellido me provoca algo. Ira, dolor, venganza. Me
revuelve tanto las entrañas que podría matar a alguien. ¿Tú me
entiendes?
Niego lentamente. Mis manos tiemblan, y aunque las meto entre los
muslos, el temblor se esparce por todo mi cuerpo.
—Qué irónico que tu madre se casara con el hermano del hombre
que le quitó tanto a mi familia… Es como el destino. Nunca puedes
escapar de él.
—¿Qué… qué quieres? —repito, mirando de reojo alrededor del
pequeño café. La gente sigue en lo suyo, pero son inconfundibles los
hombres trajeados sentados en distintas mesas. Trago con dificultad.
Desliza algo sobre la mesa y mi atención vuelve a ella. Su celular
está desbloqueado, y lo primero que veo me revuelve el estómago. De
forma violenta.
Casi vomito el bagel que acabo de comer.
Es mi madre, tirada en un sofá que aún me atormenta en pesadillas,
con una aguja en el brazo y una línea de vómito bajándole por la
barbilla. No es reciente; su cabello todavía está más rubio.
Luego desliza la pantalla y giro el rostro de inmediato, tapándome
la boca con la mano.
—No te sorprendas. ¿De verdad creíste que no guardarían un
recuerdo de lo que les diste?
Cierro los ojos y niego con la cabeza.
—Mis exigencias son simples, y cada rastro tuyo y de tu madre será
eliminado de mi familia. —Me arde el cuerpo entero, y empiezo a
respirar agitadamente contra mi palma. Las puntas de mis pies se
entumecen, y esa sensación va subiendo por mis piernas.
—Si no lo haces, publicaré esas fotos. Se enterarán de que tu
pobrecita madre mintió, y que su esposo usó su influencia en la
fiscalía para ignorar esa pequeña mentira. Ya sabes, la transparencia
es bastante importante en su línea de trabajo.
La miro. Se recuesta contra el asiento, una sonrisa asquerosa en los
labios. Sus dientes están un poco amarillos, y uno parece más nuevo.
Quiero burlarme y hacer una broma sobre drogas, pero claramente no
estoy en posición de ser sarcástica.
—¿Qué dirán…? ‘Madre permite que violen a su hija por una
adicción’ No, eso no suena bien. ‘Madre pierde su licencia, padrastro
en la lista negra, hija en el centro del escándalo’ Tampoco.
Esto es un juego para ella. ¿De verdad no siente nada?
—Ya sé… ‘Hija involucrada en investigación por encubrir a su
madre’ —¿Qué…?
—Sí, porque imagina cuántos casos tendrían que reabrirse que tu
madre cerró. Especialmente aquellos con cargos relacionados a
drogas.
Se me corta la respiración.
—Eso no tiene sentido —digo, aunque desearía sentirme más
segura al afirmarlo.
—Para ti. ¿Has oído hablar de conflicto de intereses y violaciones
éticas? —Se inclina hacia la mesa, cruzando los brazos bajo el
pecho—. Es muy simple. Solo tienes que encargarte de un problema.
—¿Por qué yo? —pregunto rápido—. Pareces tener suficiente
poder…
—No, no podemos hacerlo. Sería demasiado obvio que fuimos
nosotros. No puedo arriesgarme a ir a prisión.
Niego con la cabeza, sin poder creer esta conversación.
—¿Y yo…?
—Si lo haces bien, parecerá un accidente. —Inclina la cabeza—.
De mujer a mujer, ese tipo no merece vivir. Es un pedazo de mierda,
y arruinaron el juicio. Se creyeron sus lágrimas como si fueran reales.
Él no siente nada.
Me tiembla la barbilla mientras miro mi taza de café casi vacía.
—Veneno, tal vez.
—¿Quieres que me acerque a él? —digo en un susurro airado—.
No soy una asesina, y-yo ayudo a construir casas. Soy diseñadora de
interiores, por el amor de Dios.
—Eres bonita y lo bastante inteligente como para acercarte. En dos
semanas saldrá de prisión. Ya tengo gente trabajando para que el
archivo termine justo en el escritorio de tu madre. Inevitablemente se
lo dirá a tu padrastro, pero si no lo hace, tú finges que lo viste en una
noticia online.
Santo jodido Dios… ¿qué está pasando?
—Eres una mujer inteligente, educada, Calista. Una empática, al
parecer, considerando que aún quieres salvar a tu pobre madre. Estoy
segura de que podrás hacerlo funcionar. Te conseguiré un veneno de
acción lenta. —Miro hacia los lados, temiendo que alguien esté
escuchando esta conversación blasfema.
—No te preocupes tanto.
Vuelvo a enfocar mis ojos en ella.
—Será algo humano. Probablemente ni siquiera quiera vivir.
—¿Y después me dejarán en paz para siempre? —Me duele el
pecho. A estas alturas, me da igual mi madre. Que se la lleven, pero
cuando termine, voy a desaparecer.
—Podrás vivir tu bonita vida, linda rubia.
Tal vez ese tipo solo me mate a mí en lugar de que yo lo mate a él,
y así no tendré que vivir con la culpa.
—Está bien… —No puedo creer que esté siquiera considerando
matar a alguien que no conozco—. ¿Cuál es su nombre?
Su sonrisa repugnante me revuelve el estómago.
—Ronan Byrne.
Un mes después
Durante las dos semanas siguientes a mi encuentro con Samantha,
sembré la idea en Eamon. Le recordé la cabaña, me quejé de que
nunca íbamos allá. Le mencioné cómo mamá ni siquiera pensaba en
ese lugar desde hacía casi tres años. Hablé de una fiesta que hice ahí
hace varios meses y cómo no quería volver por lo mal que estaba
mantenida.
Luego provoqué el incendio. Me aseguré de que no hubiera nadie
en casa y de que pareciera un accidente. No podía mudarme a la
cabaña mientras aún tuviera una casa, y así, cuando todo terminara,
podría irme a cualquier parte sin dejar ataduras. Iba a extrañar a Gene,
pero ya estoy cansada de vivir mi vida por alguien más.
Los planes para remodelar la propiedad tenían varios motivos. Uno,
distraerme. Y dos, tener un lugar donde enterrar el cuerpo. Samantha
prometió mandar a unos hombres para ayudarme cuando todo
estuviera listo, y una vez que lo enterrara en un terreno detrás de la
cabaña principal, pensaba poner un jacuzzi encima.
Sabía que Eamon no le diría nada a mi mamá, y ella tampoco le
mencionaría nada a él, porque soy muy buena manipulándola. Se
siente culpable, y en verdad me daría cualquier cosa que le pidiera. Y
debería sentirse así, sobre todo considerando que estoy planeando
asesinar a alguien por ella.
Arruinó mi vida una vez más porque no pudo ponerse en orden
antes de que fuera demasiado tarde.
El problema fue que, en el momento en que miré esos ojos azules,
no sé si fue mi humanidad recordándome que matar está mal, o si vi
a un hombre que merecía ser salvado.
Estoy a cierta distancia de la cabaña en la que llevamos casi un mes
juntos. La construcción es ruidosa, y aunque Ronan me vio salir, le
señalé mi teléfono y corrí hacia el bosque.
El teléfono suena en mi oído, y cuando escucho su voz al otro lado
de la línea, respiro hondo.
—¿Ya por fin lo hiciste?
Me muerdo fuerte el labio inferior, casi saltando en mi lugar.
—No puedo hacerlo…
Grita tan fuerte que casi tiro el teléfono.
—¡¿Cómo que no puedes hacerlo?!
—¡Lo he intentado… lo juro! —El veneno, lo puse en el alcohol,
pero según lo que encontré en la parte más oscura de internet, tengo
que hacerlo en pequeñas dosis. Excepto que él ha dejado de beber. No
toma café, solo agua y a veces una soda, pero no lo suficiente como
para saber cuándo va a tomar algo.
Hemos estado pidiendo comida; no puedo preparar su cena de esa
manera.
El otro problema, incluso si hubiera seguido bebiendo, igual habría
parado después de las primeras dos semanas. Me estoy dando cuenta
de que me atrae, y eso me asusta.
—Vas a hacerlo, Calista, o te juro que…
—No. —digo con firmeza—. ¿Y sabes qué más? —Trago tan fuerte
que siento cuchillas bajando por mi garganta—. Si lo filtras, se lo voy
a contar todo. Lo he escuchado hablando con gente. Tiene conexiones,
Samantha.
—Estás cometiendo un maldito error —escupe con furia.
—No, creo que por fin estoy tomando la decisión correcta. Es una
buena persona…
—¡ÉL MATÓ A MI HERMANO! —grita—. Que te jodan, Calista.
Va a morir.
—¡No! —grito, y enseguida me tapo la boca con la mano—. Se lo
diré todo, aquí y ahora mismo.
Un gruñido sale de su lado. Estoy mirando a mi alrededor, girando
cada pocos segundos para asegurarme de que Ronan no salga a
buscarme.
—Esto puede terminar… —suplico—. Ya se hizo justicia.
—Quince años no son nada. Merece morir como murió mi
hermano.
Me abrazo con un brazo, sacudiendo la cabeza.
—Por favor, déjalo en paz. Sigue adelante. No vale la pena…
La llamada se corta antes de que pueda decir algo más.
Me quedo mirando el teléfono cuando entra un mensaje de un
número desconocido:
Perra: Cuídate las espaldas.
Él te va a dejar tirada, igual que todas las perras antes que tú.
Tú no eres nada.
Calista
No sé cuánto tiempo he estado inconsciente, pero cuando despierto,
tengo las manos atadas detrás de la espalda y la boca cubierta con
cinta adhesiva.
Tardo un momento en adaptarme a la habitación tenue, y cuando
por fin enfoco, veo a Genevieve amordazada y atada contra la pared
más lejana. Sus ojos están hinchados, con mocos y lágrimas
empapando su rostro.
Mis propios ojos se llenan de desesperación. Esto no debía pasar
así. ¿Qué parte tan delirante de mí pensó que Samantha y su plan de
venganza iban a desaparecer solo porque le dije que no? No soy una
asesina, ni una mente maestra en operaciones mercenarias, soy una
chica ignorante, privilegiada, en un mundo que no entiendo. Mi
estupidez nos ha llevado a Genevieve y a mí a ser secuestradas.
¿Qué le habrán hecho a Ronan?
¿Estoy llegando demasiado tarde? ¿Qué hago?
Tiro con fuerza de los cinchos que me cortan la piel de las muñecas
y grito con todo lo que tengo, aunque la cinta no me deje emitir más
que un sonido apagado.
Al tomar aire, Gene emite un murmullo para llamar mi atención.
Cuando enfoco mi mirada en ella, tiene las cejas fruncidas con fuerza.
—¿Cómo? —Suena como si tuviera algo en la boca además de la
cinta—. ¿Cómo pudiste?! —Su voz está amortiguada, pero si habla
bajo, puedo distinguir las palabras.
—Lo siento. —Mi voz también está débil, pero al menos no tengo
nada dentro de la boca. La cinta solo hace que hablar sea más difícil.
—Mentiste… me mentiste. —Sus hombros se sacuden mientras
lanza su pie y me da una patada en la espinilla.
Me estremezco, pero no me alejo. Me merezco que me lastime. No
voy a huir del dolor que quiere causarme.
Ella niega con la cabeza, furiosa, y siento mis lágrimas caer por mis
mejillas. Tengo que tener cuidado, si se me tapa la nariz, puedo
desmayarme por falta de oxígeno.
—Nunca debió ser así.
Lanza ambos pies contra mí, pateando y gritando con su mordaza
puesta.
Me encojo, apretando los brazos contra mi cuerpo, haciéndome más
pequeña mientras el dolor se acumula tanto en mi cuerpo como en mi
pecho.
¿Estarán allá afuera, ahora mismo, yendo tras Ronan? El
pensamiento me revuelve el estómago y me hace soltar un sollozo
ahogado, a punto de vomitar.
¿Qué van a hacer con Gene cuando terminen? ¿La dejarán ir?
¿Dónde está mi mamá? No me importa su bienestar, ni aunque la
hayan obligado a traerme como parte del plan. Yo jamás le haría algo
así a mi hijo, y aunque esté viendo a mi mejor amiga gritar como loca
y patearme, tampoco la elegiría a ella por encima de la seguridad de
mi bebé.
—Lo siento. —digo, aunque sé que no puede escucharme entre sus
gritos histéricos.
Gene siempre ha sido una presencia calmada, y tiene sentido siendo
terapeuta. Pero esto… esto es otra cosa. Esto es desesperación. Fue
secuestrada por mi culpa, por confiar en su mejor amiga. No puedo
culparla por odiarme o por volverse loca.
—Lo siento tanto.
De pronto, la puerta del armario se abre de golpe, y Gene se encoge
aún más. No alcanzo a gritar cuando me agarran del cuello de la
camiseta y me arrastran fuera. Mi cadera raspa contra el suelo de
concreto, y veo cómo se cierra la puerta de donde me sacaron.
Solo hay un auto en los tres espacios del garaje, y la puerta trasera
está abierta. Me retuerzo con los hombros, intentando liberarme de
quien me arrastra. Busco desesperadamente algo a lo que aferrarme
para evitar que me metan a la fuerza en ese vehículo.
Toda mi resistencia se evapora en cuanto algo frío se presiona
contra mi sien.
—Qué jodida molestia. —Una voz masculina profunda retumba en
mis oídos—. Levántate. —Me agarra del cuello y me obliga a
ponerme de pie. Mi espalda se apoya contra su pecho mientras me
guía hacia el auto. En el asiento trasero, veo a Samantha con una
sonrisa burlona en los labios.
Me empujan dentro de la SUV negra, y como tengo los brazos
atados, me ayudan a sentarme. Desde que estoy con Ronan, ya me he
acostumbrado a moverme así. Pero eso no significa que se los voy a
poner fácil. Que se jodan.
No se molestan en ponerme el cinturón. La mujer junto a mí hace
un gesto con la cabeza para que cierren la puerta y luego levanta su
pistola, apuntando directo a mi cabeza.
—Espero que haya valido la pena esa polla.
Murmuro algo, pero no se entiende nada. No pienso decir ni una
palabra hasta que me quiten la cinta.
Por la expresión en su rostro (como si nada le importara), dudo
mucho que eso pase pronto. El sonido de la puerta del garaje
abriéndose me obliga a girar la cabeza y ver cómo la noche nos recibe.
¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
Al salir de la entrada, veo tres autos más, una Van y dos Sedanes
negros estándar. A diferencia del nuestro, sus ventanas no están
polarizadas. Escaneo los vehículos rápidamente, contando siete
personas, quizá ocho. No estoy segura. Luego está nuestro conductor
y Samantha.
Ella me golpea la sien con la punta de su arma, y me estremezco.
—¿Lo valió? —me pregunta. Sus ojos me miran de reojo—. Su
polla. Era buena, ¿verdad?
Empiezo a respirar de forma errática, el pecho me sube y baja con
violencia. Quiero arrancarle los malditos ojos, meterle esa pistola por
el coño y destruir las dos cosas que hayan visto o sentido a Ronan. Sé
que sus manos no lo han hecho. Él nunca dejaría que esta perra lo
tocara.
—Podría decir que estoy celosa, pero no es así. Todo esto siempre
fue sobre su muerte, y nada más.
Qué mentira tan jodidamente grande. Su sonrisa fingida y apretada
lo dice todo. Tal vez su muerte fue el motivo inicial, pero mi negativa
a matarlo ha despertado algo más oscuro en ella.
Suspira y se apoya en su brazo. Su cabello oscuro cae sobre sus
hombros, su maquillaje está impecable y sus uñas perfectamente
hechas. Luce demasiado casual para la mierda que está pasando.
—Vamos de regreso a tu pequeño santuario, Calista —pronuncia
mi nombre con burla—. Vas a terminar lo que empezaste o tu mejor
amiga se muere. Así de simple.
Se me encogen los dedos dentro de los tenis y me inclino hacia
adelante, queriendo desaparecer.
—Oh, por favor. Apenas lo conoces desde hace un par de meses.
Llora un puto río y constrúyeme un maldito puente.
Cuando grito, todo mi cuerpo tiembla con rabia. Odio a esta perra
y no tengo ni puta idea de qué voy a hacer al respecto.
—Incluso hice que fuera algo humano. Una inyección rápida y
muere en segundos. Si la cagas, mando a mis hombres a acabar con
él, y no será bonito —suspira y me golpea varias veces en la frente
con la pistola—. Dispararle es muy sucio. Es más difícil de encubrir,
y aunque lo queme con fuego. —Voy a desmayarme—. Tendría que
pagarle extra a la policía para encubrirlo. Envenenarlo es más fácil de
descartar, y como no tiene familia que lo quiera, nadie va a
cuestionarlo.
Me giro hacia ella lentamente, y sus ojos me atraviesan.
—Y mantén esa maldita boca cerrada —escupe—. Crees que
conoces el dolor, pero no tienes ni idea. Te prometo que no sabes de
lo que soy capaz.
No. Está equivocada. Tan equivocada. Yo sí conozco el dolor,
porque la idea de perderlo me está destrozando por dentro. Todo mi
cuerpo vibra, estoy a punto de vomitar.
¿Cómo vamos a salir de esta? ¿Cómo… cómo lo salvo?
Mis mejillas se empapan con lágrimas mientras lanzo mi hombro
contra la puerta con fuerza y empiezo a jalar con desesperación de mis
muñecas.
Lo siento tanto. ¿Qué hago? Piensa, Cal… piensa, o lo vas a perder.
Ronan
Escucho el sonido de unos neumáticos subiendo por el camino varias
horas después de haber colgado con Ken.
Me duele el corazón y temo lo que viene. Me pregunto si he estado
usando mi trauma como excusa para todo lo malo que he hecho. Tal
vez merezco todo lo que ha pasado y lo que está por pasar. Solo
desearía que no viniera de alguien que me ayudó a bajar la guardia,
alguien que me hizo sentir digno de una vida distinta a la que me tocó.
Lo más jodido es que todavía la amo.
Probablemente creyó que no tenía otra opción, pero no podría haber
estado más equivocada. ¿Por qué no pudo confiar en que yo me habría
encargado de todo… de ella?
El sonido de sus pasos corriendo hacia la puerta me hace inclinarme
lentamente desde la barra. Dejé la casa sin llave, así que cuando
forcejea con la perilla, puede entrar sin problema.
Sus ojos están enrojecidos, con rastros de lágrimas secas por las
mejillas.
Entorno la mirada y le digo con un tono bajo:
—Me ignoraste.
—Tenemos que irnos. —Intenta pasar rápido hacia el pasillo, pero
no se lo permito, y la sujeto del brazo. La arrastro de nuevo frente a
mí, y me mira—. Por favor… tenemos que irnos. Puedo explicarlo
todo.
—¿No crees que ya es un poco tarde para eso, Cal? —Mi estómago
se revuelve con la mirada que me lanza, y me molesta aún más mi
corazón por querer consolarla.
—No… no es tarde. Podemos huir, necesitamos hacerlo.
Entorno los ojos y estoy por decir algo cuando mete la mano en el
bolsillo trasero. Saca una jeringa con una tapa naranja cubriendo la
aguja, y doy un paso atrás, soltando su brazo.
Niega con la cabeza y va hacia la barra, dejándola allí.
—La cagué. Lo hice. —Une las manos, entrelazando los dedos, y
podría jurar que estaba por caer de rodillas—. Ronan, tienes que
creerme cuando te digo que nunca quise esto.
Miro por encima de su hombro hacia las ventanas, ya tragadas por
la oscuridad de la noche. Hay gente allá afuera, lo puedo sentir. Es
como si la negrura más allá estuviera viva, espesa y perturbadora.
Se me eriza la piel, porque sé que hay ojos sobre nosotros. Nunca
he sido paranoico, pero estar cerca del peligro me enseñó a seguir
siempre mi instinto. Es esa tensión silenciosa, asfixiante, de saber que
te observan sin poder ver quién lo hace, lo que me pone los pelos de
punta.
Vuelvo a mirarla, y esas lágrimas suyas siguen fluyendo.
—Hemos estado huyendo por estos bosques durante semanas… —
susurra—. Tenemos que irnos… tenemos que intentarlo… No podía
llamarte… ellos…
Llevo mi mano a su mejilla, y se estremece.
—Oh, baby girl … —suspiro y apoyo mi frente contra la suya—.
Solo debiste decirme.
—R-Ronan, por favor. Tenemos que correr.
No puedo asumir que quien sea que esté allá afuera no esté armado.
Nos dispararían como animales salvajes. Aquí tengo más
posibilidades, y ella está menos expuesta.
Presiono mis labios contra su frente y niego con la cabeza.
—¿Qué valía tanto como para matarme?
Sus piernas flaquean, pero la sostengo rápido del brazo y evito que
caiga. Se agarra de mi camiseta y hunde el rostro en mi pecho.
Mis ojos vuelven a la puerta entreabierta.
—Nada… yo… Tienen a Genevieve…
Una sensación de vacío me invade por dentro. ¿Esto es lo que se
siente al saber que probablemente vas a morir? Mi corazón late con
tanta fuerza que amenaza con noquearme. Me siento caliente, más de
lo normal.
—¿Cuántos son? —pregunto, rodeando su cabeza con los brazos y
mirando de ventana en ventana. Ese silencio inquietante allá afuera
me llena de un temor inminente, como si el desastre ya estuviera aquí.
La mandaron para matarme o para morir a mis manos, porque
sabían que no me iba a dejar matar sin pelear.
—Muchos. —Levanta la cabeza y me mira—. Lo siento.
Me duele el corazón, porque sé que lo siente. No es una mentira, y
ojalá lo fuera.
—La pistola está en el taburete del medio —le susurro al oído. Su
cuerpo tiembla bajo mis brazos, y cierro los ojos.
—Dime que me odias, porque es lo que merezco —solloza mientras
pone las manos en mi pecho. Lo único que siento es ese hermoso
cosquilleo que su tacto aún provoca. Es la sensación que esperaba
tener hasta morir de viejo.
—Necesito sufrir ahora, porque la muerte será mi alivio.
Entonces escucho varios pasos golpeando nuestra vieja terraza de
madera.
Niego con la cabeza.
—No, nunca podría mentirte. Además, decirte la verdad te dolería
más. —Su cuerpo se apoya completamente en el mío, y con una mano
libre la sujeto del cuello—. Te amo, Calista, incluso ahora.
Sus ojos se abren y va a abrazarme, pero no la dejo. La lanzo hacia
un lado justo cuando patean la puerta.
En un segundo me lanzo sobre el primero que entra, con el arma
levantada. Llego antes de que dispare y le empujo el brazo hacia
arriba. El disparo suena y Calista grita.
Le estrello la frente contra la nariz, cierro la distancia retrocediendo
un paso y le doy un uppercut al codo, dislocándoselo. Suelta el arma,
y justo cuando cae al suelo de madera, lo estrello contra la pared, su
cabeza rebota. Le agarro del cabello y le estampo la cara contra el
suelo. Su cuerpo se afloja, pero no espero para ver si quedó
inconsciente. Ya estoy concentrado en el siguiente que entra.
El segundo entra con un tercero, y alcanzo a golpear al más cercano.
El golpe atraviesa sus brazos y le da directo en la nariz, lo hace
tambalearse. Desafortunadamente, el otro dispara y un dolor punzante
me atraviesa el hombro.
—¡Ronan!
Ignoro su grito y embisto con el hombro bueno al que me disparó.
Cae sobre nuestra mesa, y le golpeo la mano hasta que suelta el arma.
Pero sé que esto me supera. Otro disparo suena y un fuego me sube
por la espalda.
—¡Deténganse! ¡Por favor, basta!
Cuando suena el tercer disparo, no siento el dolor. Miro a Cal, que
tiene la pistola en las manos. Está temblando, y sé que no volverá a
disparar.
Puntos negros bailan en mi visión y apenas registro cómo termino
en el suelo. Tal vez fue el puñetazo en la cara, o la bala que entró por
mi espalda. El piso tiembla mientras veo a Calista correr hacia mí.
Otro disparo más, otro dolor agudo en la pierna. La vista se me
nubla mientras ruego, suplico, que el entumecimiento se extienda por
todo mi cuerpo.
Siseo entre dientes, arrastrándome apenas unos centímetros antes
de que alguien caiga a mi lado, tomándome la cabeza y gritándome
palabras que ya no puedo entender.
Estoy a punto de desmayarme, y eso no es bueno. Si me apago, se
acaba la pelea… y mi vida.
—Mierda. —musito.
Una mano mojada agarra mi mejilla y me gira. Cal ocupa todo mi
mundo, y aunque estoy enojado por su falta de confianza, es lo único
que quiero ver antes de morir.
Saber que no volveré a verla me llena los ojos de lágrimas. Pero lo
que de verdad me hace llorar es saber que tampoco veré más a mi
hermano. Juraba que no me importaba, pero parece que sí. Supongo
que estaba listo para empezar de nuevo, para intentar perdonarlo.
Supongo que lo bueno para él es que al menos esta vez sí pudo
despedirse.
—Lo siento tanto. —dice entre sollozos—. Y-yo estaré contigo
pronto, puedes o-odiarme o amarme. —Se inclina y me envuelve la
cabeza en un abrazo—. En el infierno, juntos.
Sus labios temblorosos rozan los míos, y sonrío.
—Yo… llevaré la pintura… —susurro.
Estoy muriendo y juro que apenas había empezado a vivir.
Calista
Manos ásperas me agarran y me arrancan de su lado.
—¡No, no, no! ¡Déjenme quedarme con él, por favor! —El
momento en que lo sueltan, su cabeza cae al suelo y se aleja de mí.
No se mueve.
—¡¡¡RONAN!!! —grito tan fuerte que siento que los oídos me
revientan.
Pateo con tanta fuerza que debo haberle hecho daño a quien me
sostiene, porque suelta una maldición y, por impulso, creo que me
lanza. Solté el arma mientras corría hacia él, y ojalá la hubiera
conservado, o aún mejor, usado para acabar con mi vida de una vez.
Mi cabeza choca contra el borde de la puerta principal y caigo de
rodillas lentamente. La jeringa con la tapa puesta que guardé me
presiona la cadera; su punta sin filo se clava en mi piel. Estoy lista
para arrancarle la tapa y clavármela en el cuello. Acabar con esto
estilo Romeo y Julieta.
Pero entonces me agarran del cabello y me obligan a ponerme de
pie.
—Llévensela. Asegúrense de empaparle las manos con gasolina —
dice esa perra de Samantha, y yo grito de rabia justo en su cara—.
Nuestra pequeña piromaníaca. Matando a su tío político e intentando
escapar.
Intento alcanzarlo, agarrar su mano, pero el tipo me lanza como si
fuera una muñeca de trapo. Los faros del auto me encandilan. Me late
la cabeza, el corazón me duele, y tengo el estómago revuelto con solo
pensar que acabo de matar a Ronan.
No se movía.
No, por favor. Dios, si me estás escuchando, no dejes que esto pase.
Vuelvo a gritar. Y otra vez. Y otra maldita vez. Lanzo mis codos
hacia atrás, desesperada por zafarme, pero alguien de frente me sujeta
las muñecas con fuerza. Un tercero se acerca y de pronto el olor a
gasolina invade mi nariz, mientras el líquido empapa mis brazos y
manos.
—¡No! ¡Malditos hijos de puta, suéltenme! ¡BASTA!
—Métanla al auto y déjenla en la carretera, justo afuera de la
comunidad.
Me levantan en vilo, mi espalda baja queda apoyada en el hombro
de uno de ellos y mi cuerpo cuelga en una posición incómoda. De
cabeza, alcanzo a ver la cabaña, y a varios hombres rociándola con la
misma gasolina que me echaron a mí.
Mi visión se apaga y enciende, como si se estuviera quemando por
los bordes.
Van a culparme a mí.
Creo que me desconecté de mi cuerpo. Ya no siento que estoy aquí.
Cuando me lanzan al auto, todo se siente lejano. En cambio, me veo
de nuevo en la cama, girando para encontrar los ojos azules de Ronan
mientras toma mi mano y la lleva a su pecho.
—Antes se sentía como si mil agujas me rasparan la piel cada vez
que alguien me tocaba. Incluso tú, baby girl.
Las lágrimas calientes me caen por las mejillas, bajan por mi cuello
y empapan la camisa.
—Aún hay algo de incomodidad, pero, incluso el dolor que me
provocas me gusta.
Parpadeo, y el auto está en movimiento. Empiezo a hiperventilar.
Cálmate de una puta vez.
Miro a todos lados, intentando inclinarme hacia adelante, pero el
cinturón de seguridad me lo impide. Aún no salimos del Sapphire
Valley.
Busco la jeringa, todavía está ahí.
—Morir siempre fue la salida más fácil para mí, pero debo admitir
que vivir no parecía tan difícil cuando tú estabas cerca. —Ronan me
amaba y yo lo arruiné todo. Fui ingenua, estúpida. Pensé que podía
protegernos a los dos.
—Lo siento tanto. —susurro, sacando la jeringa, quitándole la tapa
y clavándomela justo en el punto exacto del cuello que Samantha me
había indicado. Dijo que solo tomaría unos segundos. Que no dolería.
Presiono el émbolo. Inyecto el líquido.
Y siento cómo la muerte empieza a caer sobre mí como un manto
pesado.
No me malinterpretes, estoy emocionada por este proyecto. Pero
honestamente no debería estar hablando de esto tan tarde por la
noche. Ya casi son las nueve, y Ronan tuvo que traerme la cena
porque me quedé atrapada con la planificación.
—¿Cuándo crees que podrán comenzar con la construcción?
Quiero este contrato más que cualquiera de los que me han
asignado. No solo porque va a ser muy divertido, sino porque es en
la cabaña al sur del lago, en Echo Ridge.
—Creo que podríamos comenzar la construcción como tal en
primavera. Con el invierno tan cerca, no es muy inteligente iniciar el
trabajo físico ahora.
—De acuerdo. —Escucho decir a mi jefe, respondiendo a mi
sugerencia.
Justo entonces se abre la puerta de mi oficina y me doy vuelta para
ver a Ronan entrando. Lleva pantalones de vestir negros y una camisa
blanca metida por dentro. Entorno los ojos, y él me hace un gesto
señalando su muñeca, como diciendo en silencio: “se acabó el
tiempo”.
—Gracias, Calista, por tu tiempo. Te enviaremos la documentación
necesaria para comenzar con la planificación.
—Gracias a ustedes. —Cuelgo el teléfono y empujo mi silla con
ruedas hacia atrás—. ¿Qué estás…?
—Ven acá —dice, extendiendo su mano. Yo deslizo la mía en la suya
y él me saca de la habitación, haciéndome reír.
Llevo puestos unos pants y una blusa bonita, ya que tengo que
verme medianamente presentable por si tengo que prender la cámara.
—¡Al menos déjame ponerme algo más decente! —me río, mientras
él prácticamente me arrastra por el pasillo hacia la sala.
—Ronan —me quejo entre risas—. ¿Qué está…? —Mis palabras se
desvanecen—. ¿…pasando?
Al llegar a la sala, los sillones están movidos a un lado, la mesa de
centro retirada, dejando un espacio abierto. El fuego está encendido,
y unas velas adornan la repisa sobre la chimenea.
Me lleva al centro de la habitación y me deja ahí por un momento
mientras va hacia la cocina. Observo los detalles, lavanda y petunias,
recogidas del jardín, colocadas en vasitos de vidrio. Es un detalle
pequeño, pero tan pensado, tan él. Siento que se me humedecen los
ojos.
Empieza a sonar una canción, es Die With A Smile de Lady Gaga
y Bruno Mars, justo la que tengo en bucle últimamente.
Su brazo rodea mi cintura y me aprieta contra su cuerpo. Muevo la
mano para tocar su pecho, pero él la toma y la lleva a sus labios,
besando la punta de mis dedos antes de colocarla justo sobre su
corazón.
—Romance. Ya lo entiendo —bromea.
No puedo evitar soltar una carcajada entrecortada.
—Esto es increíble, pero… ¿por qué? ¿Me olvidé de algo? ¿Ya pasó
un año? ¿Es nuestro aniversario?
—¿Y por qué no? —responde, besándome la frente antes de
comenzar a movernos al ritmo de la música. Ninguno de los dos sabe
bailar, pero podemos ser malos en esto, juntos.
—Quería sorprenderte con la cena, espero que haya estado bien.
—Estuvo deliciosa, gracias.
—Dudo poder arruinar unos espaguetis.
Ambos reímos, y siento que mi corazón quiere mudarse al suyo.
—Creo que… —Su mano sube hasta mi cuello, sujetándome con
delicadeza. A veces ha sido suave conmigo, pero nunca tanto como
para calmar a las mariposas en mi estómago—. Estoy empezando a
entender esto.
—Sin duda, lo estás haciendo muy bien —respondo rápido,
envolviendo su cuello con mi brazo, disfrutando de lo fácil que es
movernos juntos en este pequeño baile que compartimos.
Su sonrisa es amplia y tan hermosa.
—Bien. Me gusta hacerte feliz, Cal.
Respiro con dificultad, el calor se acumula tras mis párpados.
—Yo soy más que feliz. Solo espero hacerte feliz también, Ronan.
Él asiente y yo deslizo mi mano hacia su abdomen. Cuando baja la
cabeza y apoya su frente contra la mía, cierro los ojos, dejando que
unas lágrimas de felicidad resbalen por mis mejillas. Mi toque no
tiene ninguna intención sexual, y él lo entiende. Es una muestra de lo
lejos que hemos llegado. Aún nos queda camino, pero sé que lo
recorreremos juntos.
—Tengo algo para ti —digo, luego de unos segundos en silencio—
. Iba a esperar hasta que todo estuviera terminado aquí, pero siento
que tengo que mostrártelo ahora
Me aparto de él y me deja ir. Corro de regreso a la oficina y saco
su regalo del clóset, donde lo tenía escondido entre la ropa de
invierno. Cuando vuelvo, él sigue de pie en el mismo lugar, con las
manos en los bolsillos.
—Creo que este es mi primer regalo desde que tenía nueve años —
dice, bajando la mirada. Esa frase me rompe un poquito, pero él sigue
hablando y la recompone antes de que me destruya—. Mentira. Tú
fuiste un regalo para mí.
Extiende la mano, y yo se lo entrego con cuidado. Quiero decirle
que espero que le guste, pero parece absurdo después de lo que me
acaba de decir. ¿Yo, un regalo? Si no estuviera ya perdidamente
enamorada de este hombre, esas palabras lo habrían logrado.
—¿Qué es? —Mira la caja tipo shadow box, donde están nuestras
huellas de manos impresas en un lienzo. La suya en negro, y la mía
en blanco, perfectamente alineadas una sobre otra. También hay
varias plumas adentro, dos de ellas pegadas en ángulos aleatorios.
Le da un aire armónico sin ser demasiado ordenado, como nosotros.
No somos perfectos, pero juntos somos algo hermoso.
—Un pedacito de nosotros.
Sus dedos se deslizan por el vidrio, como si intentara tocar lo que
hay dentro.
—Las plumas. —murmura.
Sonrío.
—Para que incluso por dentro te sientas libre.
Cuando sus ojos azules se alzan hacia los míos, veo cómo se le
enrojecen ligeramente. Suelta una risa suave, casi melancólica. No
creo que esté triste, porque sigue sonriendo.
—Gracias. Es perfecto. Pero, Cal, no necesitaba esto para sentirme
libre… —Hace una pausa, se acerca a la repisa sobre la chimenea,
acomoda algunas cosas para hacer espacio y coloca ahí el cuadro
con mucho cuidado. Luego vuelve a mí, y su sonrisa… su sonrisa es
la base de mi vida—. Tú haces eso todos los días. Tú eres mi libertad.
La razón por la que lucho contra mis demonios. La razón por la que
quiero vivir.
Sus brazos envuelven mi cabeza cuando echo la cabeza hacia atrás.
Todo mi cuerpo se llena de amor y una necesidad profunda, no solo
de él, eso lo he tenido claro desde el principio, sino que él me necesite
a mí. Siempre he anhelado ser el motivo de alguien, algo más allá de
lo físico. Ser la razón de vivir de alguien.
Y lo encontré en Ronan.
Cuando sus labios se posan suavemente sobre los míos, sé que
nunca podré estar sin él. Podríamos morir en esta cabaña, y si eso
significara quedarnos a habitarla como fantasmas, juntos, sería feliz
por toda la eternidad.
Ronan
Mi cuerpo tiembla violentamente mientras el shock se apodera de mí.
El dolor ya se fue, y agradezco eso.
El olor a fuego y gasolina se cuela en mi nariz, pero no es lo
suficientemente fuerte como para asfixiarme, aunque mis pulmones
ya ni siquiera están funcionando bien. No tengo dudas de que me
desangraré antes de que el fuego me alcance, pero ojalá se apurara.
Algo golpea contra el suelo, y de pronto, unos pies entran en mi
campo de visión. Tacones rojos cubren una piel pálida. No es Calista,
ella jamás se pondría eso aquí. No solo porque se rompería un tobillo,
sino porque nunca podría correr lo suficientemente rápido con ellos.
Ojalá hubiera tenido más tiempo contigo, baby girl.
—Qué desperdicio. —Esa voz no la confundiría jamás.
Ahora que lo pienso, la recuerdo en la corte. Cuando me
sentenciaron a quince años, gritó que era injusto. Que yo debería
morir como murió su hermano.
Samantha se arrodilla a mi lado, pero yo cierro los ojos. La última
cara que quiero ver es la de Calista, aunque ella sea quien me metió
en esta situación.
Supongo que eso no es del todo justo. Técnicamente, yo maté al
hermano de esta loca, pero, aun así. Mi niña solo tenía que decirme lo
que estaba pasando.
—Si ves a mi hermano en el infierno, dile que le conseguí su
venganza.
Al menos no es tan estúpida como para pensar que él estaría en otro
lugar que no fuera ardiendo allá abajo.
El calor se acumula en mi garganta, y dejo escapar una tos,
escupiendo un líquido espeso mientras lo hago. Respirar se está
volviendo demasiado difícil.
No siento nada, excepto la presión en mis oídos. La muerte no es
pacífica, ni siquiera cuando ya estás entumecido. Es ruidosa y
molesta.
Samantha se pone de pie de repente, pero he perdido la audición. El
peso en mis oídos ha apagado la capacidad de percibir incluso el
sonido más leve.
Parpadeo e intento con todas mis fuerzas abrir los ojos otra vez,
pero el abismo de la oscuridad me traga por completo y me recuerda
que ya es mi momento.
Te amo, Cal. Aunque no haya sido por tanto tiempo como quería.
Al menos me diste una probadita de lo que era la felicidad, y de cómo
se siente que alguien cargue con tu peso como si fuera suyo.
Por primera vez desde los diez años, no siento el peso de mi trauma.
No extraño al niño que no me dejaron ser.
No siento nada más que paz.
Y no me siento pesado.
Calista
En el instante en que la aguja perfora la garganta del conductor, él se
sacude y grita. El instinto se activa, y aprieto el cinturón de seguridad
con fuerza. Lleva una mano al arma clavada en su cuello, su mirada
horrorizada se fija en mí.
Jadea intentando respirar, pero su pecho se contrae, su cuerpo
convulsionando con violencia. Su brazo se sacude de forma
incontrolable y suelta el volante. El auto da un viraje brusco, las
llantas chillan cuando salimos disparados del camino angosto. Un
estruendo ensordecedor retumba al chocar el metal contra la madera
que se astilla. El impacto me atraviesa, nublándome la vista hasta que
todo se vuelve negro.
—¿Qué tipo de perro quieres? —pregunta Ronan.
—Cualquiera, tal vez un bulldog.
—Demasiado ruidoso.
—Entonces definitivamente no un husky. —Me río—. ¿Golden
retriever?
—Leales. —Hay algo parecido a tristeza en su voz—. Eso estaría
bien. Pero mejor adoptemos uno mayor.
—¿Por qué? —pregunto con sinceridad—. Podríamos entrenarlo
mejor desde cachorro.
—Porque siempre los olvidan, y aunque no tengamos tanto tiempo
con él, al menos podremos darle un final feliz.
No sé cuánto tiempo estuve inconsciente antes de que unas manos
bruscas me arrastraran de vuelta a la realidad, sacándome del
accidente. Instintivamente, grito y me agito, con la cabeza
palpitándome y un ardor salado quemándome el ojo.
—¡Cal! ¡Cal! ¡Relájate! —grita una mujer, y al instante sé quién es.
Un escalofrío me recorre desde la nuca hasta las piernas.
—¿A-Amy?! —Al girar la cabeza, veo su brillante cabello rojo.
Está sudando y jadeando, iluminada por las luces del auto que resaltan
la preocupación en su rostro.
Me saca a tirones de donde estoy sentada, sin darme tiempo para
recuperar el aliento tras mi ataque de pánico. Mis piernas tiemblan
con tanta fuerza que creo que voy a colapsar, pero ella me sostiene
firme.
—Tenemos que irnos ya. —Toma mi brazo y lo coloca alrededor de
su cuello—. Ken está en la cabaña, pero…
—¿¡Ronan!? —la interrumpo—. ¿Está…?
—Todo está en llamas, los chicos están tratando de entrar. La
policía y los bomberos vienen en camino.
Me está alejando de la cabaña, de él.
—No, por favor, no, llévame de vuelta con él.
Con una maldición, se detiene junto a un árbol y me empuja contra
el tronco. Gimo de dolor, pero obligo a mis ojos a encontrarse con los
suyos. Está furiosa, y las lágrimas en sus ojos indican que está a punto
de quebrarse.
—Ya hiciste suficiente. No sé qué carajo está pasando, pero si él
muere… juro por Dios, Cal… —Sus manos aprietan mis hombros y
gimo de nuevo—. Vas a irte con él, y no puedo dejar que la policía te
atrape antes de que yo tenga esa oportunidad. Al diablo con el sistema
judicial. Lo haré yo misma.
Cuando parpadea, las lágrimas que tanto contuvo finalmente caen,
y asiento.
—Quiero morir… No quiero seguir… no sin él. Déjame, no voy a
correr.
El sonido de las sirenas se escucha a lo lejos.
Sus ojos van de uno al otro antes de soltarme. Justo cuando va a
hablar, mira hacia abajo. Mete la mano al bolsillo y saca su teléfono.
—¿Lo tienen?
Luces azules y rojas se reflejan en su rostro. Extiendo la mano,
buscando ese hilo de esperanza al otro lado. Necesito buenas noticias.
Necesito saber que aún hay una oportunidad.
El tiempo se ralentiza. El olor acre del humo finalmente me alcanza,
y el lugar que alguna vez quise proteger se desmorona hecho cenizas.
Todo se perdió, pero mientras el corazón que lo convirtió en hogar
siga latiendo, viviré con las llamas de mis actos, dispuesta a rogar de
rodillas por su perdón.
Pero la expresión en su rostro me drena la esperanza. Niega con la
cabeza, cierra los ojos y se cubre la boca con una mano justo cuando
los patrulleros pasan a unos cuantos metros de nosotras.
Creo que mi corazón se detiene, porque está listo para irse con él.
No. No puedo aceptar esto.
Sin pensar, echo a correr. Solo ahora noto que hay líquido corriendo
por mi rostro, el aire lo enfría, transformando su calidez en un frío
helado.
—¡Calista! —grita Amy detrás de mí, pero no la escucho. Subo por
la pendiente, esquivando árboles. Aunque estamos algo lejos de la
cabaña, aún seguimos dentro del terreno. Al llegar a la carretera, veo
la entrada, ya hay una ambulancia aparcada frente al incendio. No me
sorprende que la cabaña esté completamente envuelta en llamas, con
la cantidad de gasolina que usaron.
El zumbido de las aspas de un helicóptero me hace mirar hacia
arriba, y tropiezo. Está oscuro, pero una luz ilumina el lago. Un grupo
está junto a la orilla, así que cambio de dirección, esforzándome más,
nada podrá detenerme.
Entonces, un brazo se enrosca con fuerza alrededor de mi cintura,
tirándome hacia atrás. Mi cabeza golpea el pecho de alguien y
empiezo a forcejear.
—¡Calista! ¡Soy yo! —Es Cedric, pero no me importa.
—¡Déjame ir, carajo! —grito, desesperada por liberarme.
—Él… —El quiebre en su voz me atraviesa como una daga—. Cal,
su corazón no… no tenía pulso.
Mis hombros se agitan. Llevo las manos a sus antebrazos, tratando
con desesperación de zafarme.
Ken está arrodillado junto a Ronan, con lágrimas resbalándole
mientras habla con los paramédicos. Mi visión parpadea mientras él
se impulsa y agarra con fuerza el uniforme de uno, gritando. No
necesito escuchar sus palabras para saber lo que dice.
“Sálvenlo.”
Sigo luchando contra Cedric, y cuando mi talón pisa su pie, logro
zafarme.
—¡Mierda! ¡Cal, no!
Lo ignoro y corro, mis pantorrillas arden con cada paso. La ligera
pendiente casi me hace caer, pero la luz del helicóptero, ahora más
clara alumbra a Ronan.
Sus labios están entreabiertos, su cuerpo demasiado quieto. Mis
ojos se nublan, haciéndome difícil ver si se mueve, pero parece…
—No… ¡No! —mi grito hace que una paramédica se levante y se
gire hacia mí. Levanta las manos y trato de esquivarla, pero me
intercepta.
—Señorita, por favor. —Sus brazos me envuelven por los hombros,
intento zafarme, pero estoy débil. Todo mi cuerpo quiere apagarse y
solo grito—. ¡Detente y escucha!
No puedo.
—¡Déjenme ir con él! —grito de nuevo—. ¡Por favor, déjenme!
¡Ronan! ¡Estoy aquí, amor, no me dejes, por favor!
No sé qué pasa después, pero de repente me alejan de la mujer. No
es solo un par de brazos, son varios. Me arrastran hacia atrás y, justo
cuando ella se gira, veo cómo colocan una mascarilla de oxígeno
sobre la boca de Ronan… justo antes de que una ráfaga de viento
levante arena y polvo.
La textura áspera golpea mis ojos, pero ni siquiera parpadeo.
Solo observo cómo Ken y los paramédicos se aferran al hombre sin
el que no puedo vivir.
No puedo, no voy a sobrevivir sin él.
—Por favor, sálvenlo… —Pierdo la fuerza y mis rodillas ceden.
Quien me sujetaba no lo esperaba, porque caigo al suelo.
No quiero que nadie me levante, a menos que sea Ronan.
Calista
Hemos estado sentados en esta sala de espera por más de una hora,
pero Ronan ha estado en cuidados críticos por más tiempo que eso.
Lo trasladaron en helicóptero al UCH en Denver.
Amy dijo que Ken no le sentía el pulso, pero él no es doctor. Cuando
llegaron los paramédicos, el pulso de Ronan era débil, casi
imperceptible. No parecía estar vivo, pero dijeron que su corazón aún
latía, apenas. Creo que por eso sigo viva, porque no tengo dudas de
que Amy cumplirá su amenaza si él no sobrevive.
Ken me contó lo que pasó. Él había conectado los puntos con
Samantha, la hermana del hombre que Ronan mató en la pelea del bar.
Algo sobre mi silencio les hizo sospechar, y decidieron que era mejor
asumir lo peor que quedarse de brazos cruzados y luego arrepentirse.
Tenían un amigo, Glen, que revisó la casa de mis padres. No sé
exactamente qué vio o escuchó, pero lo llevó a llamar a la policía.
Diez minutos después, llegaron y rodearon el lugar. Sacaron a mi
mamá y a Gene, las llevaron a otro hospital. Ken y los chicos fueron
directo a la cabaña, pero no a la nuestra. Ronan les había advertido
que, si se desataba un tiroteo, podrían quedar atrapados.
Cuando escucharon los primeros disparos, llamaron a la policía.
Luego corrieron hacia la casa y sacaron a Ronan justo antes de que el
fuego consumiera toda la sala.
Todavía no logro procesar el momento exacto en que pasó todo,
pero cuando Samantha se dio cuenta de que la policía venía, huyó.
Fue entonces cuando Ken y los chicos entraron y encontraron a
Ronan, ya desangrándose.
Tres personas murieron esta noche, el conductor que me llevó, uno
de los hombres que peleó con Ronan y el tipo al que le disparé cuando
entró por la puerta. Quité dos vidas, y no siento nada por ellos. Pero
si ese número aumenta, si pierdo al hombre que amo, me voy a sumar
a la cuenta.
—¿Cal? —Una voz que me llama me hace tomar aire
profundamente y mirar alrededor. Arrodillado justo frente a mí está
Eamon, con sus manos sobre mis piernas temblorosas—. ¿Puedes
oírme?
Trago saliva y asiento con la cabeza sin pensar. Fue la única persona
a la que llamé, y contestó al primer timbrazo. Es como si supiera que
algo andaba mal.
Llegó en quince minutos, y lo dejaron pasar enseguida, ya que
técnicamente es el único familiar de sangre de Ronan.
—Salió de cirugía y está con soporte vital ahora mismo. —Lleva su
mano hasta mi mejilla, atrapando mis lágrimas—. Les dije que eres
familia, y los convencí de que te dejen verlo.
Después de ayudarme a ponerme de pie, aunque sea con dificultad,
miro a Ken y a los demás, todos tan destrozados como yo.
Agotamiento, preocupación. Esta es la familia que Ronan siempre
mereció. Tenerlos aquí, para él, cuando más los necesita. No puede
morir ahora, no después de por fin tener esto. Simplemente no puede.
Eamon me guía por el pasillo blanco sobre blanco hasta que
llegamos a una habitación. Al acercarnos, un doctor sale justo cuando
una enfermera entra. La seguimos de inmediato, y mis nervios se
disparan cuando distingo unos pies cubiertos por una manta al borde
de la cama.
Me detengo en seco, y siento el brazo de mi padrastro envolver mis
hombros.
—Todo está cubierto, solo verás su rostro.
Mi mano temblorosa se aferra a su camisa mientras me apoyo en él.
—Yo le hice esto, Eamon. No debería estar aquí. —En el momento
en que empiezo a arrepentirme de no haber huido con Amy y
desaparecer, él me envuelve en un abrazo.
—No sé qué pasó, y ahora mismo, no me importa.
Cuando respira de forma inestable, yo ahogo un sollozo. Es ahora
que me doy cuenta de que eligió estar aquí con Ronan, y no con mi
mamá. Es la elección correcta, la que siempre debió hacer por su
hermano.
Yo también debí haber elegido ser mejor por él.
Debí decirle la verdad y confiar en él.
—Lo único que me importa es él, y sé que a ti también. Él se merece
eso; que la gente se preocupe.
Me aparta un poco y levanto la vista hacia su rostro cubierto de
lágrimas.
—Verte a ti y a su… familia allá afuera, es lo que siempre debió
tener. —Hace una breve pausa y suelta un suspiro cargado—. No
huyas como yo lo hice, Cal.
Tiene razón, y soy una cobarde por siquiera pensar que no debería
estar aquí.
—Gracias, Eamon.
Me vuelvo hacia la enfermera, que me dedica una media sonrisa.
—Está respirando por su cuenta, pero lo tenemos en diálisis. —
Ahora dirige su mirada hacia mí mientras continúa—. Tiene varios
tubos, por favor ten cuidado con dónde colocas las manos.
Cuando asiento, se hace a un lado, y entro un poco más a la
habitación. La cortina que antes me impedía ver más allá de sus pies
cubiertos ya no está, permitiéndome observar su rostro estoico.
Este hombre, que me mostró lo que es la verdadera felicidad y
levantó un peso que ni sabía que tenía, ahora parece estar en paz por
primera vez desde que lo conocí.
No he tenido suficiente tiempo contigo. Por favor, despierta. Por
favor.
Me acerco a su lado y levanto suavemente la manta para encontrar
su mano. Tomándola con cuidado, entrelazo nuestros dedos y los
sujeto con mi otra mano.
El sonido intermitente de las máquinas acompaña el suave soplido
del aire acondicionado, y el latido de mi propio corazón retumba en
mis oídos. Siento algo detrás de mis piernas, y al girarme, veo a
Eamon empujando una silla para mí.
La tomo y simplemente continúo mirando al hombre que amo con
cada fibra de mi ser.
Llevo una de mis manos a su mejilla y trazo suavemente sus
facciones.
—Lo siento. Traté de protegerla a ella, cuando en realidad debí
haberte protegido a ti. Una vez más, alguien tomó la decisión
equivocada por ti.
Con cuidado, levanto su mano y beso sus nudillos cubiertos de
tatuajes.
—Te amo, Ronan. Y debí demostrarlo mejor.
El tiempo pasa, y por más cansada que estoy, no he cerrado los ojos
por más de unos segundos. Los doctores y enfermeros han venido a
revisarlo, sin ninguna novedad más que no hay cambios negativos ni
positivos. Prefiero eso antes que lo primero.
Eamon está dormido, y al igual que yo, no ha salido de la
habitación. Quiero pensar que ha pasado un día entero por lo mucho
que mi estómago me está exigiendo comida, pero con la misma
facilidad podrían haber sido solo unas horas.
Cuando se abre la puerta, levanto la vista y veo a una enfermera
acompañada por un oficial de policía caminando junto a ella. Él mira
a Eamon, que ni se inmuta al verlos entrar, y luego vuelve la mirada
hacia mí.
—¿Es usted la señorita Sanderson?
Asiento y aprieto más fuerte la mano de Ronan. «Por favor, no me
lleves ahora» Es lo que quiero decir, porque no puedo alejarme de su
lado. Necesito estar aquí con él a cada segundo, sin importar cómo
evolucione su estado, ya sea que despierte o que su corazón se
detenga, no puedo irme.
—Solo queremos hacerle unas preguntas, nada más.
Asiento.
—Ustedes tenían cámaras de seguridad en su propiedad. ¿Tiene
acceso a los archivos digitales?
Asiento de nuevo.
—Kenneth Asuna, quien puede que aún esté en la sala de espera,
tiene acceso.
Aunque yo creé la cuenta, no puedo pensar con claridad y sé que
sería incapaz de darles los datos correctos. No tengo nada que
esconder, y no me cabe duda de que Ken ya se encargó de cualquier
cosa que pudiera involucrar a Ronan. A mí, en cambio, probablemente
no, pero está bien. Me merezco cualquier justicia que me toque al final
de esta historia.
Él anota algo y luego vuelve a mirarme.
—¿Puede darme un relato de lo ocurrido en las últimas cuarenta y
ocho horas?
Tomo aire.
—Mi mamá me llamó el miércoles por la noche y me pidió que
fuera a su casa. Fui, y la familia que ha estado chantajeándome desde
mayo estaba ahí. Secuestraron a mi mejor amiga, Genevieve
Snowden, y a mi madre, Jasmine Byrne. Al día siguiente me llevaron
de vuelta a la cabaña con instrucciones específicas de matar a Ronan.
Me dieron una jeringa con algo y me dijeron que si no se la inyectaba,
iban a matar a Gene, a mi mamá, y luego a él. —Me inclino hacia
adelante, sujetando su mano contra mi pecho—. Y después a mí.
—¿Por qué no llamó a la policía? —me interrumpe para preguntar.
—¿Cuándo? ¿Cuándo me tenían amordazada y atada en la casa de
mi mamá? ¿O cuando me llevaban a punta de pistola de regreso a la
cabaña? ¿O tal vez mientras intentaba convencer a Ronan de que
huyera? —Mi tono es sarcástico, porque qué puta pregunta tan
estúpida.
Él solo asiente y anota algo antes de seguir.
—¿Sabe por qué iban tras el señor Byrne?
—Ronan mató al hermano de esa mujer, pero fue condenado y ya
cumplió su condena.
—Ya veo.
—¿Han arrestado a Samantha Serrano?
—No puedo divulgar esa información.
—Estoy aterrada por mi vida. ¿Está detenida? —insisto, no por
miedo a ella, sino por la necesidad de saber que la mujer que dejó a
Ronan en este estado no está allá afuera, caminando libre. Esa mujer
merece estar encerrada, pudriéndose en una celda.
Él suspira, cierra su libreta y junta las manos al frente.
—La tenemos a ella y a su esposo bajo custodia.
Desvía la mirada hacia Ronan, pero yo mantengo la mía fija en él.
Luego me mira de nuevo, más lento.
—Los dejaremos solos. Tenga en cuenta que volveremos a verla
para más preguntas.
Es entonces cuando siento una leve presión en mi mano.
Mi corazón se detiene, y giro la cabeza de golpe para encontrarme
con unos brillantes ojos azules que me miran fijamente.
El mundo a mi alrededor se desvanece, dejando solo a él ocupando
cada pensamiento. Su cabeza reposa contra la almohada, y odio que
no me sonría. No puedo leer su expresión, no sé si es de odio o
simplemente de dolor.
De cualquier forma, lo único que importa es que sus ojos están
abiertos y está vivo.
Ronan
Estoy vivo y, joder, me siento “fantásticamente” bien.
Sea lo que sea que me hayan dado, me tiene medio volando. No me
gusta estar así ahora mismo porque necesito estar enojado con Calista,
pero lo único que puedo imaginar es su lengua deslizándose por sus
labios secos.
Me cuesta sentir los míos, o seguro estaría sonriendo. Estoy feliz de
que esté viva, pero la idea de azotarle el culo y dejar un arcoíris en las
nalgas casi me hace reír.
No, demonios, no. Tengo que ser firme.
Aunque esté tan jodidamente linda, toda nerviosa y temblorosa.
—¿Ronan? —Me encanta cómo dice mi nombre—. Oh… Y-yo…
—Se le corta la voz por un sollozo, su labio inferior le tiembla
mientras se inclina hacia mí. Mi mano, la que ella sostiene, se mueve
apenas para presionar bajo su barbilla—. Lo siento tanto. Nunca quise
que nada de esto pasara.
Oh, lo sé, preciosa.
Debería decir algo, en serio, pero verla consumida por el miedo
ayuda un poco. Ver que se siente culpable me confirma que nunca
quiso que las cosas salieran así.
Mientras traga saliva, mira un momento a Eamon, que sigue
roncando en el sillón individual. Yo no muevo la cabeza, solo desvío
los ojos hacia él y luego vuelvo a mi chica, que ya está empezando a
temblar.
—¿Sabes? —digo por fin, y de inmediato tengo que aclararme la
garganta. El sabor amargo que tengo en la boca me raspa la garganta
al pasar—. Dicen que ves la luz cuando estás por morir. Mentira.
Su cara de horror me hace reír.
—Había puertas, no luces. Cada vez que intentaba cruzar una, tú te
interponías. —Se pone de pie, y la silla se desliza hacia atrás—.
Trataste de matarme, me impediste morir. Eres una mujer tan
complicada.
—¡E-Eso no tiene gracia! —susurra entre jadeos.
No puedo evitar soltar una carcajada.
—Pero sí la tiene. —Aprieto su mano, y ella se inclina sobre mí,
acariciándome la mejilla con el dorso de los dedos—. En cuanto
pueda, te voy a castigar.
Trata de no reír, pero la risa se le escapa por esos labios hinchados.
Estas drogas, debería agradecerlas. Si no fuera por ellas, ahora
mismo sería despiadado con mis palabras, pero juro que acabo de ver
un conejo o algo saltar a los pies de mi cama.
Cuando intento mover la otra mano, los cables me jalan y suelto un
gemido.
Ella se inclina sobre mí y apoya su mejilla en mi pecho, soltando
mi mano en el proceso. Esa sí la puedo mover, y la rodeo con mi
brazo, apretándola contra mí en un abrazo.
—Te amo, Ronan. Por favor, perdóname.
Suelto un suspiro suave.
—Más vale que eso no sea un “te amo” por lástima.
Sé que no lo es. Está enamorada de mí desde hace tiempo, pero no
más que yo de ella. Solo que no había reconocido ese sentimiento por
lo que era. Pero ahora no hay duda.
Aunque tenemos mucho de qué hablar, elijo pelear por lo nuestro.
—No —niega con la cabeza, y luego me toma la cara con las manos.
Sus lágrimas caen sobre mis mejillas mientras se inclina y me besa
rápido. Luego lo hace de nuevo. Y otra vez. Y después me envuelve
con los brazos por el cuello, abrazándome con fuerza.
—Yo también te amo, preciosa.
La neblina en mi mente me hace sentir liviano, y cuando cierro los
ojos, lo único que deseo es que volvamos a nuestra cama en la cabaña.
Ese pensamiento mantiene mis ojos cerrados, ver los ciervos al
amanecer y salir en la moto con sus brazos rodeando mi torso. Una
imagen de nosotros subiendo por la montaña, viendo salir el sol
mientras descendemos por la carretera abierta.
La libertad por fin puede ser mía.
Y por primera vez en lo que parece ser toda mi vida, me siento
merecedor de ella.
De amor, de felicidad, de una vida tranquila.
Espero poder tener eso con Cal.
Calista
Ronan se volvió a dormir casi inmediatamente después de salir de su
estado comatoso. Tuve que despertar a Eamon para que fuera por la
enfermera porque me preocupaba que estuviera teniendo uno de esos
momentos finales antes de morir, y que su corazón fuera a fallar.
Por suerte, solo estaba siendo dramática, y él estaba bien.
Bueno, tan bien como alguien que recibió tres disparos y tuvo
edema pulmonar podía estar. Los doctores dijeron que estaban
sorprendidos de que pudiera siquiera respirar por sí solo, pero
advirtieron que probablemente tendrá secuelas, ya que inhaló humo
durante varios minutos, tal vez hasta diez o quince.
Los recuerdos de Ken sobre lo que pasó son un poco borrosos, solo
porque estaba hasta el tope de adrenalina. No lo culpo, yo tampoco
puedo recordar todo con claridad.
Lo único que importa es que Ronan está vivo y, aparentemente,
recuperándose.
Han pasado tres días, y ha estado despierto un total de quizás tres
horas. La primera vez que abrió los ojos, pidió ver a Ken y al resto de
su familia, que había estado durmiendo en la sala de espera. Ronan
les dijo que se fueran a casa, que yo los llamaría si algo cambiaba. Le
preocupaba más que Mia estuviera con una niñera que su propia
condición, lo cual fue casi gracioso, le importaban más las
credenciales de la niñera que su estado de salud.
La segunda vez que despertó, habló con Eamon, y al terminar, lo
despidió para que fuera a ver a su esposa.
La tercera vez que abrió los ojos, por apenas treinta minutos, me
pidió que le contara todo. Así que lo hice, relatando cada detalle. Le
conté cómo conocí a Samantha en la cafetería, cómo incendié mi casa,
cómo planeé que él estuviera en la cabaña, incluso mi intento de
envenenarlo. No omití nada.
Le rogué que me creyera cuando le dije que solo lo hice por una o
dos semanas. No habría sido suficiente para causarle daño. Él se rió
porque juraba que se estaba muriendo cada vez que bebía, y lo atribuía
a la falta de costumbre. Pero la verdadera razón por la que dejó de
tomar fue por mí. Le preocupaba que algo me pasara y él estuviera
demasiado borracho como para ayudarme. Estaba lista para besarlo
hasta que se nos durmieran los labios, pero entonces se volvió a
desmayar.
Es el cuarto día en el hospital y finalmente puede mantenerse
despierto y comer comida sólida. Parece creer que si le doy de comer
me avergüence, pero mientras le doy la última cucharada de gelatina
en la boca, solo sonrío. La verdad, eso solo me hace sentir más amada.
Se lame los labios y se acomoda contra las almohadas apiladas
detrás de él.
—Prefiero la de frambuesa azul.
—Ew, terminamos —bromeo.
—Juro que si terminas conmigo por elegir un sabor, y yo me quedé
contigo después de que casi me matas, podría perder la cabeza.
Sé que está bromeando, y tengo que acostumbrarme. Hay un
sentimiento persistente en mi pecho de que va a seguir
mencionándolo, encontrando alguna manera de hacer chistes sobre
eso cada vez que pueda. Y está bien. Prefiero escucharlo bromear que
vivir en un mundo donde él esté bajo tierra, dejándome sin él.
Cuando empuja la bandeja hacia un lado y levanta las manos,
indicándome que me acerque, no dudo. Lentamente, me subo a su
lado derecho, con cuidado de no tocar donde está herido. No puedo
enroscar mi pierna sobre él, no con la herida de bala en su muslo. Por
suerte, fue una entrada y salida limpia, así que sanará pronto, y no
pasará mucho tiempo antes de que me esté persiguiendo de nuevo por
el bosque.
Sus dedos se entrelazan suavemente en mi cabello, ya muy grasoso.
No me he bañado, demasiado preocupada por dejarlo, aunque sea
unos minutos para usar los baños del hospital. Lo máximo que he
hecho es bajar corriendo «literalmente a toda velocidad» a comprarle
snacks.
—Olvidé preguntarte —dice, antes de besarme la cabeza—. La
cabaña.
Suelto un suspiro largo y froto mi cara contra su pecho.
—Destruida. Tendrá que reconstruirse o dejarse como terreno.
Su mano baja hasta mi cuello, su pulgar rozando mi mandíbula.
—Vamos a reconstruirla.
Levanto la cabeza y él baja la suya para mirarme a los ojos.
—Necesitamos más habitaciones, de todos modos.
Mis labios se curvan en una sonrisa.
—¿Eso significa que me perdonas?
—Ni de cerca —gruñe—. Mal chiste. Te voy a poner un collar.
—¡Ah! —suelto, escandalizada.
—Ajá, y te voy a dar una buena nalgada de la que necesitarás
semanas para recuperarte.
Me río por lo bajo y asiento con la cabeza. Sospecho que se viene
mucho de suplicar, sexo oral y algo de bondage en mi futuro. Aceptaré
mi castigo como la buena chica que puedo ser para él.
—¿Y por qué necesitamos más habitaciones?
—Ya sabes… —Se abre la puerta, y yo murmuro cosas sin sentido,
no queriendo ser interrumpida. Pero eso no detiene a Ronan. —Para
los perros.
Un cosquilleo de mariposas me llena el estómago, y me inclino
rápido para besarlo. Él me guiña un ojo, pero entonces su expresión
cambia y su sonrisa se desvanece al instante. El cambio repentino me
hace voltear la cabeza, buscando qué le arruinó el humor.
—¿Mamá?
Inmediatamente empiezo a incorporarme, pero Ronan me agarra
del brazo y me mantiene en mi lugar.
No es que me importe cómo se ve, pero nunca la había visto tan
mal. Eamon la sigue de cerca, aunque la pasa de largo sin decirle una
sola palabra. Rodea la cama hasta pararse del otro lado, donde yo ya
estoy sentada, y se gira para enfrentar a mi madre.
—Cariño… —empieza ella a hablar, pero la mano de Ronan me
aprieta con fuerza.
Ya le conté todo lo que pasó en su casa, cómo me tendió una trampa,
llevándome directo a los Serrano. Él dijo que tiene suerte de que no
puede levantarse para nada que no sea orinar, o tendría algo más que
preocuparse aparte de su mirada asesina.
—Lo siento. También estaba cuidando a Gene, ¿sabes? Era una
situación difícil.
Bajo la cabeza al escuchar su nombre. Le he mandado varios
mensajes y no he recibido respuesta.
—Pusiste activamente en peligro a tu hija —escupe Ronan—. Que
se jodan los demás, lo único que importa es ella.
Ella me mira y niega con la cabeza.
—No tienes idea de lo que es tomar una decisión difícil. Elegir una
vida…
—Mamá —la corto antes de que siga—. Estás equivocada. Muy,
muy equivocada. Él ha tomado decisiones que tú solo puedes soñar
con ser capaz de tomar. Tú, yo, tomamos malas decisiones.
Miro a Eamon.
—Tú también.
Vuelvo a mirar a la mujer que me crió, la que solía estar ahí antes
de perderse por completo. Niego con la cabeza y me encojo de
hombros, dejando que una vida entera de decepción se asiente entre
nosotras.
—Que te jodan. Por lastimarme y obligarme a decidir entre una vida
u otra. Si hubieras hecho mejor las cosas, si hubieras sido una mejor
madre, nada de esto habría pasado. Te perdoné demasiado rápido, y
me estoy dando cuenta de que debí haberte dejado hace años.
Sus ojos se llenan de lágrimas.
—No tienes idea de lo que sentí después de perder a tu padre.
—¿Olvidaste que yo también perdí a mi papá?
—Eso no justifica nada de lo que hiciste, Jasmine —dice Eamon—
. Ronan me contó lo imprudente que fuiste con la vida de tu hija.
Llevarla a ese ambiente ¿a los quince años?
Ella suelta un resoplido débil.
—Tú no tienes derecho a hablar. Ni siquiera has visto a tu hijo en
qué, ¿tres años?
—Estaba enfocado en nosotros, lo que ahora veo que también fue
un error.
Ronan suelta un suspiro exasperado, pero no agrega nada más.
—¿A qué viniste, Jasmine? —pregunto, viendo cómo la sorpresa
cruza por su rostro. Es un detalle pequeño, llamarla por su nombre,
pero uno que debí hacer hace tiempo, separar a mi madre de la mujer
que me lastimó. Tal vez algún día se gane de nuevo ese título, pero de
hoy en adelante, yo decidiré los límites. Yo elegiré qué tan profundo
será nuestro vínculo.
Después de quedarse viéndome en shock por unos segundos más,
se gira hacia Ronan.
—Para decirte que lo siento. Que no sabía del chantaje hacia ti hasta
que aparecieron con Genevieve. Y… espero que te recuperes pronto.
—Lo único que quiero de ti es que te divorcies de mi hermano —
dice Ronan sin rodeos, para poder tener a tu hija. Si decides seguir
intentándolo, igual voy a tener la vida que quiero con Cal, y en cada
reunión familiar, voy a recordarle a todos lo que le hiciste.
Sé que no le importa el título, ni que le digan “tío político”, pero lo
hace por mí. No sé qué traerá el futuro, si los hijos serán parte de él o
no, pero sí lo son, no quiero que esa sombra esté sobre ellos.
—Nos vamos a divorciar —dice Eamon antes de que Jasmine pueda
responder—. He estado engañándote, aunque seguro ya lo
sospechabas. Los papeles ya están listos.
—Esto es como pagar por una pelea de UFC en PPV, pero sin los
puñetazos —murmura Ronan.
¿Qué carajos es PPV?
—Yo… —Jasmine respira profundo, pero en vez de decir algo,
simplemente se da la vuelta y sale de la habitación.
—Anticlimático.
Me doy la vuelta para ver a Ronan tomando su vaso de agua y dando
un sorbo.
Luego continúa:
—Gracias, Eamon. No tenías que entrar con ella. Parece que aquí
la señorita es perfectamente capaz de mandarla al carajo sola.
Levanto la mirada hacia Eamon mientras se coloca al lado de la
cama. No me mira a mí, sino a su hermano.
—No vine a salvarla, solo vine a estar contigo.
Coloca su mano sobre la rodilla de Ronan y le sonrío.
—Genial.
Puedo notar el cambio en su tono, y sé que Eamon también. Lo
quiere, tanto como quiere pelearlo.
—Igual prefiero mi soledad, con Calista. Hablando de eso,
realmente quiero largarme de este lugar.
—Ni de broma, te vas a quedar hasta que no estés en riesgo de
infecciones. Tus pulmones están dañados, ¿o ya se te olvidó eso?
—Vete al carajo —gruñe Ronan—. Escucha, no quiero que me
estén mimando ahora. Ya casi tengo cuarenta.
Deslizo la mano detrás de mí, buscando la suya. No tardo mucho,
él toma la mía, entrelaza nuestros dedos y la aprieta fuerte.
—Ahorita eres un bebé, ayer mismo tenías pañal puesto.
—No empieces.
Los tres rompemos en carcajadas justo cuando la puerta se vuelve
a abrir. Rápidamente nos callamos al ver entrar a tres oficiales de
policía. El corazón se me sube hasta la garganta, y aprieto más fuerte
la mano de Ronan.
Eamon se endereza.
—¿Podemos ayudarles?
Los tres oficiales miran hacia Ronan, pero luego hacia mí.
—¿Calista Sanderson?
—¿S-Sí?
—Queda arrestada bajo sospecha de incendio provocado,
específicamente por haber iniciado intencionalmente el fuego en su
propiedad.
Mientras la oficial se acerca a mí, Eamon intenta detenerla, pero
ella lo empuja.
—Poner en riesgo a otros y violando las leyes estatales de incendio.
Me toma del brazo y me arranca de la cama del hospital. Puedo oír
a Ronan gritar, pero su voz es opacada por un zumbido ensordecedor.
—Tiene derecho a guardar silencio.
Me cuesta respirar mientras me empujan contra la pared y siento el
clic de las esposas cerrándose sobre mis muñecas.
Ronan
Tres meses después
Todavía cojeo, pero agradezco que no me impida manejar un Honda
Civic normal. Por el amor de Dios, ¿por qué carajos Lux tiene esta
cosa? Es tan pequeña, y él no es precisamente un tipo chico.
Lucho por salir de este pedazo de plástico, apoyando mi peso en el
costado izquierdo mientras cierro la puerta y rodeo el auto hacia las
rejas metálicas del DWCF.
Estoy aquí cinco minutos antes del mediodía, la hora exacta en la
que se supone que Cal debe salir de su encierro. Estoy ansioso por
bromear sobre sus dos meses en prisión por incendio premeditado. Mi
chica tuvo suerte de contar con un gran abogado (que no fue su madre)
y con circunstancias atenuantes a su favor.
Dos meses encarcelada, con doce meses de libertad condicional.
Ha sido un período difícil, pero me dio la oportunidad de empezar
a reconstruir mi relación con mi hermano. Cuando no estaba aquí
viéndola todos los días, estaba con Eamon, Ken, los chicos o Mia.
Calista me dio más que una mujer a quien amar; me dio una nueva
perspectiva de vida. Una que no puedo desperdiciar, y eso empieza
con la idea de vivirla plenamente, con personas que realmente quieran
compartirla conmigo.
Aunque me dio una nueva visión, eso no la salva del castigo que va
a tener que soportar.
El mes previo a su entrada, lloraba y estaba cagada del miedo por
lo que le esperaba. Aunque no tengo experiencia en prisiones
femeninas, le di los mejores consejos que pude: no dejes caer el jabón
y come rápido. Me dio una bofetada antes de que le hiciera el amor
durante horas. Ella tuvo que hacer todo el trabajo pesado, y
probablemente lo seguirá haciendo por varios meses más.
El sonido metálico de la reja abriéndose me hace moverme una vez
más hasta quedar justo frente a ella. Y ahí la veo, con su largo cabello
rubio trenzado sobre el hombro, tal como me gusta, y corriendo
directamente hacia mí.
Deja caer la pequeña bolsa a un metro de llegar, y envuelve
ansiosamente sus brazos alrededor de mi cuello. Sabe que aún estoy
en recuperación, así que no se lanza sobre mí, pero me abraza con
fuerza. Estuvimos juntos en la cabaña durante meses, tocándonos a
cada momento, y tener que estar separados por un maldito plástico sin
poder sentirla fue una tortura.
Subo las manos por su espalda y la abrazo con la misma fuerza.
—Mi criminal convicta —murmuro antes de morder suavemente su
lóbulo con piercing.
—Ya, ya —responde, frotando su cabeza contra la mía—. Ya estás
con las bromas.
Sus manos bajan lentamente a mi pecho y luego rodean mi torso
hasta mi espalda, acurrucándose contra mí.
—Te extrañé.
Mis dedos se deslizan bajo su gruesa trenza mientras me inclino
para hundir el rostro en el hueco de su cuello.
—Yo también te extrañé, baby girl.
Deposito un beso en su cuello y sonrío.
—Nunca quise decirlo por miedo a ser aguafiestas —susurra contra
mi hombro—, pero ¿cómo hiciste para poder visitarme?
Riendo, rozo mi nariz contra su cuello.
—Técnicamente seguimos siendo “familia”. Le pedí a Eamon que
no metiera los papeles del divorcio hasta que salieras.
Aparentemente, ser un delincuente convicto significa que no puedo
pisar una prisión ni nada remotamente parecido. Es bastante
frustrante, honestamente. Puedes ser elegido presidente siendo un
criminal, pero no puedes ni entrar a un edificio.
Pero como aún somos familia, pude salirme con la mía.
Ella se aferra más a mí, y no puedo evitar pensar en cuando fui yo
quien salió por rejas como estas. Espero que esta sea la última vez que
cualquiera de los dos tenga que ver el interior de una prisión, celda o
cualquier muro que nos separe.
—Te amo, Ronan —musita mientras se separa un poco, lo
suficiente para mirarme y regalarme una sonrisa por la que casi morí.
Una por la que ahora quiero vivir—. Gracias por venir a verme.
—Te amo, Cal. Y no tienes que agradecerme eso. Estoy
emocionado por la vida que vamos a tener juntos.
Coloco mi mano en su cuello y la atraigo hacia mí. Cuando mis
labios se encuentran con los suyos, ella se abre con ganas y arrastra
su lengua contra la mía.
Gira su rostro y coloca sus manos detrás de mi cuello.
—Llévame a casa. —susurra contra mi boca—. Donde sea que esté
ahora.
—Motel 6 —bromeo.
—Suena glamoroso. ¿Podemos parar a comprar hamburguesas
grasientas? —Sigue besándome entre sus demandas—. Papas fritas.
Y una Coca.
Me agacho y le agarro el culo por encima del pantalón de buzo.
—Lo que quieras, baby girl.
Mientras sonríe ampliamente hacia mí, un copo de nieve cae sobre
su nariz. Ella desliza sus dedos por mi cabello y susurra:
—A ti.
Sonrío, juntando nuestras frentes.
—Todo tuyo.
Calista
1 año después
Dicen que la felicidad viene en olas, y que hay que tomarla como
viene, porque algún día la marea puede retirarse hacia la Atlántida.
Bueno, no lo dicen exactamente así, pero me gusta pensar que no
es el calentamiento global el que está bajando nuestros niveles de
agua.
Ronan y yo, lo tomamos todo paso a paso, juntos. Este último año
ha sido el más feliz de toda mi vida, y puedo decirlo sin una sola duda.
Él es todo lo que me faltaba: fuerza, estabilidad y ese peso que
necesitaba para mantenerme con los pies en la tierra.
Me dijo lo que Samantha una vez le dijo, que su “peso” no valía la
pena cargar, y no podría estar más en desacuerdo. Si existe un hombre
por el que valga la pena cargar algo, es Ronan. Por más egoísta que él
crea ser, la forma en la que ha aprendido a cuidarme a mí y a su familia
grita que solo necesitaba ser escuchado.
La gente no suele entender cuán vital es saber ver sin palabras y,
cuando se hablan, cuán importante es saber escuchar.
He estado pensando mucho en nosotros últimamente, y aunque ya
pasamos nuestro primer aniversario, no es por eso. Ha pasado un año
desde que salí de “prisión” y apenas una semana desde que terminé la
libertad condicional. Aunque oficialmente soy libre, esa sensación la
tengo desde que fui liberada. No la había sentido desde que perdí a mi
papá.
No era la celda lo que me tenía cautiva, era mi mamá. No me había
dado cuenta del peso que me estaba poniendo encima, de cuánta rabia
llevaba cargando. Cortar todo contacto con ella fue la mejor decisión
que pude haber tomado. Las fiestas han sido difíciles, pero agradezco
a Mia, nuestra pequeña familia, y a Eamon. Ellos han hecho toda la
diferencia.
—¿Estás lo suficientemente abrigada? —pregunta Ronan mientras
nos vamos al carril lento en la autopista.
Aprieto los brazos alrededor de él, no porque tenga miedo, sino
porque, egoístamente, aún disfruto ser la única que puede hacerlo.
—Sí, la capa extra fue una buena idea.
—Bien —dice, llevando una mano hacia atrás para apretarme el
culo.
—¡Ronan! Las manos en el manillar.
El muy descarado solo sube su mano hasta mi cadera.
Pongo los ojos en blanco y deslizo la mano bajo su chaqueta, donde
encuentro su pezón y se lo pellizco. Su carcajada profunda hace que
mi cuerpo reaccione. Maldito por ser tan jodidamente sexy.
Veo las salidas y me sorprende que pasemos justo frente a la de Ken.
Íbamos a su casa a jugar algo llamado Dungeons and Dragons. Ni
Ronan ni yo lo conocemos, pero los chicos han estado rogando que
nos unamos. Dijimos que sí, porque los dos compartimos la idea de
que la vida es muy corta para no disfrutarla con quienes amas.
—¿Te distrajo el pellizco?
—Al contrario, si bajas la mano a mi entrepierna, verás que ni
siquiera tengo una erección.
Suelto un “pfft” y hago justo eso. Pegada a su muslo izquierdo, está
su polla completamente dura.
—Mentiroso.
—Ah, sí, pero ahora ya tocaste mi polla, que era justo lo que quería.
Una risita se me escapa.
—Dios, eres tan tonto. —Aunque probablemente debería soltarlo,
mi mano no se aparta.
—¿A dónde vamos?
—Ya verás.
Tomamos unas cuantas salidas más, y nos desviamos de la
autopista. Damos algunas vueltas y acabamos en una zona residencial.
Es bonita, con árboles alineados en las aceras, jardines cuidados y
casas bien mantenidas. Sé que no debería asociar la apariencia de un
vecindario con seguridad, pero mi PTSD a veces todavía se activa.
Aunque no importa, porque con Ronan me siento segura en
cualquier parte, especialmente desde que Samantha y su esposo
fueron condenados por intento de asesinato, extorsión, conspiración
para cometer asesinato, y tenencia menor de sustancias controladas.
La droga en la jeringa que quería que usara en Ronan era Fentanilo
líquido.
Tuve suerte de tener un buen abogado y también estoy consciente
del privilegio que tengo. Matar al conductor fue en defensa propia, y
así se dictaminó sin duda alguna. Temí que Ronan estuviera molesto
con el sistema, no conmigo, claro, pero solo dijo que eso era lo que
merecía.
Estaba tan orgulloso de mí por pelear y no rendirme. Juro que me
comió como si fuera un restaurante de cinco estrellas.
Después de aparcar y ayudarme a bajar de la moto, toma mi casco
y me guía hacia la puerta principal. Toco por los dos, y en segundos,
un hombre de piel ébano nos abre con una gran sonrisa. El olor a tinta
de tatuaje que emana de la casa me descoloca.
—Qué gusto verlos de nuevo —dice, haciéndose a un lado.
Estoy confundida. No recuerdo haberlo visto antes. Y suelo tener
buena memoria, al menos para las caras.
—Así es —dice Ronan, mirándome y haciendo un gesto para que
entre—. Baby girl, él es Alan. Lo conociste la noche de la fogata.
El calor sube de inmediato a mi cara y levanto la vista de golpe.
Alan solo sonríe y nos hace una señal para que entremos.
—Parece que ese lugar tiene un foro en línea; Ken lo conoce bien.
—Y Ronan también, aparentemente. Cuando lo miro, está dejando los
cascos y acercándose a mí—. Te lo voy a mostrar.
—Ustedes dos son muy populares —interviene Alan, moviendo las
cejas con intención.
—En fin. —Ronan se aclara la garganta—. Alan es tatuador, y como
has estado hablando de hacerte otro, lo contacté. Su trabajo es
increíble.
Mis nervios se desvanecen en el acto. ¡Por supuesto que quiero uno!
Sonrío emocionada hacia Alan, quien nos guía al fondo de la casa, a
una habitación con un ambiente muy particular. He estado en clubes
de striptease y sus zonas VIP. Esto se siente igual, pero con equipo de
tatuaje.
Las paredes son oscuras, con arte bastante sugerente colgando.
Parecen bocetos, probablemente trabajos anteriores. La luz es tenue,
salvo por una lámpara de pie, seguramente para que Alan vea bien lo
que hace. Hay un sillón de cuero negro con almohadas a rayas verdes
y blancas.
Cuando miro a Ronan, está sonriendo de lado.
—¿Te molesta si yo elijo el diseño?
—No —respondo, sacudiendo la cabeza—. Solo no pongas una
polla en mi frente.
Alan suelta una carcajada.
—Aunque el arte es hermoso, tu rostro, querida, ya es una obra
maestra.
—Dios, gracias.
—Tiene razón —dice Ronan—. Puedes perforarte la cara, pero
nada de tinta ahí. Si voy a marcarla, será con mi semen o pintura
temporal.
Me muerdo el labio mientras me acurruco contra él, enterrando la
cara en su pecho. Él acaricia suavemente mi cabello hasta llegar a la
trenza suelta en mi nuca.
—Yo también me haré uno, pero tú vas primero —agrega—. ¿Te
molesta si es sorpresa?
El nerviosismo mezclado con la excitación hace que mi corazón se
acelere, y entre mis piernas ya siento la humedad.
—No, no me molesta.
Se inclina y me da un beso suave.
—Esa es mi buena chica. —Perfecto, ya estoy empapada. Genial.
—Ahora, desnúdate.
Mis ojos se abren como platos.
—¿Q-Qué?
—Me oíste —gruñe, jalando mi trenza hacia atrás—.
Completamente.
Lo miro, luego a Alan que ya está preparando todo. La camilla
negra ahora está inclinada para que quede en ángulo.
—¿Dónde me lo harás? —pregunto mientras me quito la chaqueta.
Estoy ardiendo.
—Pensaba en tu brazo derecho, en el bíceps, pero dejaré que Alan
lo acomode donde se vea mejor. No te preocupes, tengo en mente tus
otros tatuajes, baby girl.
Maldito por ser tan caliente. Soy un charco con forma humana por
este hombre.
Me voy desnudando pieza por pieza, hasta que estoy
completamente desnuda. Sé que debería preguntar por qué, si el
tatuaje es en el brazo, pero confío en que Ronan me dará una
experiencia nueva, y segura.
Ese día en la fogata, con él persiguiéndome por el bosque, me sentí
segura, pasara lo que pasara.
Él toma mi mano y me ayuda a subir a la camilla, colocándome en
un ángulo perfecto para recostarme. Cuando levanto la vista hacia mi
tatuador, lo veo poniéndose los guantes.
—Mírame, Cal —ordena Ronan desde el pie de la mesa. Le clavo
la mirada al instante—. ¿Sabes lo que está a punto de pasar?
Dicho así, ya no estoy tan segura. Hay una parte de mí que cree
saber lo que va a suceder, pero ¿cómo? ¿No es peligroso? ¿No
arruinaría el trabajo de Alan?
No quiero cuestionarlo, porque en el fondo estoy deseando que el
hambre en sus ojos se sacie con mi coño.
Niego con la cabeza fingiendo ignorancia, y siento cómo mi cuerpo
comienza a calentarse.
—Voy a abrirte las piernas y devorar ese delicioso coño tuyo. —Mi
corazón cae al estómago y juro que las mariposas que hay dentro están
atacándose entre ellas—. Y luego lo voy a llenar con mi polla.
—R-Ronan… —Siento a Alan tocándome el brazo, una caricia fría
seguida por una sensación de limpieza. Conozco este proceso.
Rasurar, limpiar, poner el esténcil. El tamaño del papel presionado
contra mi piel me hace pensar que es de un tamaño decente, no
pequeño necesariamente.
—Vas a mantener los ojos en mí todo el tiempo —demanda.
—Mantente lo más quieta posible de tu lado derecho —agrega
Alan—. Llevo años haciendo esto, estoy acostumbrado. Aunque voy
a disfrutar tu show, este es el reto que me gusta. Tatuar estatuas es
aburrido.
No aparto la mirada de los ojos zafiro de Ronan.
—Él no te va a tocar, no comparto lo que es mío. Sin embargo, me
encanta presumir lo que tengo. —Señala por encima del hombro, y lo
sigo con la mirada hasta ver una luz roja parpadeante—. También me
gustaría compartirte con ese foro en línea, pero solo si consientes.
Me encanta que quiera presumirme como suya, eso me hace
desearlo aún más de lo que ya lo deseo.
Cuando retiran el esténcil y sopla una suave brisa, se me eriza la
piel.
—¿Puedo presumirte yo después? —pregunto.
—Por supuesto, baby girl. Cuando sea mi turno, puedes chupármela
y montarme hasta que los dos quedemos satisfechos.
Mordiéndome el labio, asiento.
—Consiento.
Él mira brevemente a Alan, le guiña un ojo, y luego se inclina hacia
mí.
—A mi puta necesitada le encanta que la muestren como un trofeo,
¿verdad? —Sus manos sujetan mis rodillas y me abre bien las piernas.
—Sí, papi.
—Déjalas justo ahí —ordena mientras se inclina hacia atrás.
Obedezco, con los talones presionando contra mi culo desnudo
mientras mis rodillas se mantienen abiertas.
Lo veo inclinarse bajo la mesa, acciona algo, y la mitad inferior de
la camilla cae. Justo cuando la máquina de tatuar comienza a zumbar,
él se arrodilla y con sus manos separa mis labios vaginales.
—Mira lo jodidamente mojada que estás —dice con un tono
meloso.
La mano de Alan presiona mi hombro y empiezo a jadear.
Los ojos de Ronan se encuentran con los míos mientras se inclina y
pasa la lengua por mi clítoris palpitante. Al mismo tiempo, la aguja
de la máquina se clava en mi piel.
Aspiro hondo y siento un extraño cosquilleo recorrerme. El ardor
en mi brazo por la tinta y el clítoris succionado entre sus labios me
hacen temblar.
Mi cabeza cae hacia atrás contra el reposacabezas, mi mano libre
baja hasta su cabeza, aferrándose a su cabello negro corto con fuerza.
Él mueve su cabeza de un lado a otro, manteniendo mi botón entre
sus labios. Este hombre sabe cómo darme placer, siempre ha sabido,
y eso me tiene atrapada sin salida.
Su lengua perforada, ahora con una barra metálica, recorre todo mi
coño antes de agitarse en un patrón en forma de cruz una y otra vez
sobre mi clítoris. Cada nervio en mi cuerpo está despierto, y juro que
me sobresalto en un momento, pero me esfuerzo por mantener todo
movimiento concentrado en mis caderas.
Aun así, mi preocupación por arruinar lo que Alan está haciendo es
innecesaria. Él me está sosteniendo, aunque yo me sienta como un pez
fuera del agua.
—¡Mierda! ¡Ronan! —grito, y él gime contra mí, haciendo vibrar
todo hasta mi estómago.
Varios dedos se deslizan directamente dentro de mi coño, y cuando
los curva para rozar mi punto G, mis caderas amenazan con alzarse
de la camilla. Usa su mano libre para estabilizarme y mantenerme
abajo.
Luego empuja los dedos más profundo, y juro que siento hasta los
nudillos dentro de mí. Una sensación de plenitud me invade, y mi
cuerpo tiembla con ello.
Por primera vez, suelta mi clítoris.
—Voy a arrancarte eso algún día. —Las puntas de sus dedos tocan
mi pared trasera y jadeo. Sé que está buscando la cuerda de mi DIU—
. Y voy a llenarte de mi semen día tras día.
—P-Por favor… —digo entre respiraciones entrecortadas. Solo
pensar en eso me pone al borde. No estamos listos para tener hijos,
pero saber que él quiere eso, me hace correrme con fuerza—. Oh,
dios… joder… ¡eso es!
Su boca vuelve a mi clítoris, y en el momento en que bombea sus
dedos, me corro tan fuerte que la camilla tiembla conmigo. Luego
mueve su rostro para usar su mano libre y golpear y frotar mi clítoris
mientras dejo un desastre sobre él. Jamás me había corrido así sin usar
a Big Bertha y mi varita, pero él ha aprendido a hacerlo como si fuera
algo natural.
—Eso es, baby girl, joder, eso está bien. Mira cómo tu cuerpo se
corre solo por mí.
Veo fuegos artificiales detrás de mis ojos, con la boca abierta
mientras respiro con dificultad.
Él sonríe.
—¿De quién es este coño?
—Tuyo —jadeo—. Tuyo.
—Naturales —comenta Alan, y estoy más que tentada de mirarlo.
Quiero ver su rostro, ver el arte que está creando, pero, sobre todo,
ver si está excitado. Me importa poco su polla como tal, pero saber
que Ronan y yo lo estamos calentando, o a cualquiera del otro lado de
esa cámara, me prende.
Sin embargo, por más que lo deseo, no lo hago. Miro fijamente a
mi gladiador mientras se quita la camiseta, luego los pantalones y por
último sus bóxers. Toma su polla curvada, dura como una roca, y
empieza a masturbarse con su obra maestra perforada.
—Mete tu polla en mí, por favor, bebé.
—¿Cuánto desea mi puta tener mi polla? —pregunta mientras se
gira un poco para que la cámara vea el desastre que ya hizo. También
les da una vista clara de su miembro entre sus dedos, cubierto de
líquido preseminal, lo suficiente como para lubricar su mano.
—Muchísimo… mataría por ella…
Él se ríe.
—A efectos legales, eso es solo una metáfora para “muchísimo”. —
Luego vuelve a centrarse en mí—. Voy a moverla hacia abajo. —La
aguja se separa un poco de mi piel al mismo tiempo que Ronan me
arrastra por la camilla. Me deslizo fácilmente gracias a todo el flujo
que he soltado.
La cruz en la cabeza de su polla se desliza por mi clítoris justo
cuando la aguja vuelve a tatuar mi piel. Entra en mí lentamente, justo
cuando me estoy contrayendo por el ardor de la tinta.
Su sonrisa es diabólica, y mi estómago se tensa por la intensidad de
su mirada.
—Voy a follar tu coño hasta que te corras otra vez, y luego vas a
limpiar tu desastre. ¿Entendido?
—¡S-Sí! —Él embiste con fuerza, y yo jadeo.
Quiero esto hasta el día en que dejemos de existir. Follar, montar su
moto juntos, cuidar a nuestro perro, tatuarnos el uno al otro, esta es la
vida que siempre he esperado. Que me presuma como suya y de nadie
más. Es lo que merezco, y cada día Ronan me lo recuerda.
Después de follarme hasta hacer que le corra otra vez, se puso de pie
junto a la silla mientras yo limpiaba mi desastre, hasta que terminó
llenándome la garganta con su corrida.
Me dio un descanso mientras Alan terminaba mi tatuaje, lo envolvía
y nos decía que podríamos verlo más tarde. Luego fue su turno, y
resultó un poco más complicado follarlo por la ubicación de su
tatuaje.
Terminó tatuándose el pecho, justo sobre donde le dispararon. Era
el único lugar libre además de sus piernas, y él lo quería más al frente,
más visible. La ubicación no era realmente el problema, solo que tuvo
que vendarme los ojos después de que le chupara la polla para que
pudiera montarlo.
Puede que sea una adicta real a este tipo de tatuajes. No puedo
imaginarme volver a tatuarme sin tener la polla de Ronan dentro de
mí, o su cara entre mis muslos.
Una vez que él terminó, cerramos con Alan y nos fuimos al lugar
de Ken. Todos nos estaban esperando, incluyendo a Eamon, lo cual
no me lo esperaba. No llegamos tarde ni nada, simplemente todos
estaban ansiosos por vernos o ver los tatuajes, supongo. Después de
más o menos una hora, los desenvolvimos para verlos por primera
vez. Alan fue un amor y nos dio una segunda piel para aplicarnos
después de mirarlos.
Ver el diseño en Ronan, y luego en mí, casi me hace llorar. Es del
tamaño de una moneda grande, con tres pinceladas de mi color
favorito y un número romano grabado encima. El número es el mismo
para ambos, pero el suyo es en verde bosque.
—¿Esto es una fecha? —pregunto, inclinándome para mirar el suyo
más de cerca.
—Lo es.
—Veintiuno de junio. —Me acaricia la mejilla con los nudillos.
Levanto la mirada y me encuentro con sus ojos llenos de amor,
paciencia y anhelo—. ¿Qué pasó ese día?
Una suave risa se escapa de su garganta.
—Es el día en que me tocaste. —El calor se acumula de inmediato
en mis ojos, las lágrimas empezando a formarse lentamente—. Creo
que lo llaman un recuerdo central. Aunque jamás olvidaré ese día ni
lo que significó, quiero que otros lo vean. Que pregunten: “¿Qué
significa eso?”, para poder decirles: la mujer que amo pintó un nuevo
comienzo para mí.
Las lágrimas cálidas bajan por mi mejilla mientras suelto una risa
ahogada.
—Y para que tú les digas que fue el día en que decidiste cargar con
mi peso.
Aspiro por la nariz, llena de mocos, y sonrío tan fuerte que me
empiezan a doler las sienes.
—Entonces. —continúa, moviendo la mano hacia su espalda—
quiero que también les digas que el mismo día que te hiciste ese
tatuaje, fue el día en que te pedí que te casaras conmigo.
Bajo la mirada, con la piel erizándose desde los brazos hasta las
piernas. En su mano hay una pequeña caja verde abierta, y dentro, un
anillo. La banda es de oro rosado, con un diamante corte princesa
entre dos piedras redondas más pequeñas.
—No es gran cosa, pero… —Se inclina hacia adelante y toma mi
mano, deslizándome el anillo que encaja a la perfección—. Ninguna
cantidad de dinero se compara con lo que vales, así que ni siquiera
voy a intentarlo.
Mis ojos llenos de lágrimas lo miran.
—¿Te casarías conmigo, Calista?
Con los labios temblorosos, asiento y digo entre risas alegres:
—Sí. Un millón de veces sí, Ronan.
Él me agarra por detrás de la cabeza y me besa con fuerza. Los
sonidos de nuestra familia a nuestro alrededor, incluyendo a su
hermano, desaparecen por completo.
Gracias, Ronan, por darme todo lo que siempre necesité, y mucho
más.
Ronan
6 años después
Ella va a ser mi perdición, ya lo sé.
Una vez al mes, durante el verano, Calista y yo organizamos una
reunión familiar. Invitamos a Ken, a Eamon, al resto de nuestra
pequeña familia y a los vecinos de las cabañas cercanas. Es agradable,
y considerando todo lo que ha pasado en este Valle, coincidimos en
que un poco de normalidad viene bien de vez en cuando.
Cal conoció a los dueños de Echo Ridge cuando diseñó su cabaña,
y vaya que son una ‘pareja’ interesante. A los de Wildhart Hollow los
conocimos antes de conocerlos oficialmente, y son geniales. Y pensar
que la historia de Cal y mía era la más tabú.
Hablando de relaciones tabú, la pareja de Starlight Ridge… fue
interesante entenderlos. Especialmente ahora que soy padre. Aunque
son buena onda, y seguro me vieron cargando a mi esposa desnuda de
regreso a la cabaña después de que se escapara de sus ataduras.
Aprecio que no llamaran a la policía y se metieran en sus malditos
asuntos.
Honestamente, tengo que admitirlo: tener a casi veinte amigos,
familiares y niños corriendo por los alrededores de la casa, se siente
bien.
Nuestra cabaña, aún llamada Sanderson Pine, se terminó hace casi
cuatro años. Mantiene el mismo diseño en forma de A que la original,
pero ahora está construida como una verdadera casa. Tres
habitaciones, tres baños completos, una sala amplia y una cocina aún
más grande. Un jacuzzi al costado, dentro de una estructura de vidrio
para las noches de invierno, y un área de juegos para nuestra hija.
—Bájate de ahí —ladro cuando la mencionada criatura escala por
fuera del trampolín—. Si quieres entrar, entra, Sofia.
—Perdón, papá.
Asiento con la cabeza y ella se da vuelta para ir con el hijo de
Cedric, y con la hija de tres años de Lux, que es tan traviesa como
Sofi, con apenas un año menos. Mia también juega con ellos, y aunque
ya es adolescente, salta con los niños como si tuviera su edad.
Una mano se desliza por mi espalda y me hace mirar hacia abajo,
donde mi esposa se coloca a mi lado. Apoya la cabeza en mi pecho y
respira profundo.
—Es un día hermoso —dice, mirando a los niños y luego a mí—.
Aunque más tarde habrá tormenta. Después de acostar a Sofía, ¿qué
te parece si nos acurrucamos frente a la chimenea y la escuchamos
caer?
—¡No le brinques encima a tu prima, Mia! —grita Eamon de fondo,
pero hay suficientes ojos vigilando que no aparto la vista de Cal.
—Recuerdo cuando te daban miedo. —Le doy un beso entre las
cejas—. Suena perfecto.
—Charlotte va a traer los pasteles este año, por si acaso.
Suelto una risa.
—Buena decisión. A la pareja de Wildhart Hollow no se les puede
confiar eso. Uno pensaría que al menos uno de ellos sabría cocinar.
Ella ríe, y no puedo creer lo feliz que me hace, incluso ahora.
—Déjalos en paz. Ayden puede cocinar, solo que no puede hornear.
—¿Y el hermanastro? ¿Cuál es su excusa? —bromeo.
—¡No le digas así! ¡Qué malo eres, Ronan!
Me golpea el brazo, y yo le guiño un ojo con picardía.
—Además del pastel, espero que Starlight Peak no traiga más
cosas.
—No más juguetes, por favor —gimo.
Ella se ríe.
—Es su manera de disculparse. Por cierto, ¿por qué haces eso?
—¿Hacer qué?
—Llamarlos por el nombre de sus cabañas. Sabes que tienen
nombres, cariño.
—Es más divertido así.
Veo rápidamente a Sofía mirándonos y saludando. Cal y yo
levantamos la mano para saludarle de vuelta.
—Y, además, ¿cómo sabes que lo hace para disculparse, baby girl?
—Soy muy hábil… —dice, y alzo la ceja—. Ok, ok, fue Evelyn…
Pongo los ojos en blanco.
—Por supuesto, Echo Ridge. Con una profesión como la suya,
pensarías que sería la última en andar chismeando.
Me da una palmada en el pecho, y río.
—Y Mia y Amy aceptaron cuidar a Sof por nuestro aniversario.
Pedí mis días libres. Así que, ¿sabes qué significa eso, verdad? Voy a
reservar el crucero.
Sonrío.
—¿Y si yo no consigo días libres?
Ella rueda los ojos.
—Claro, señor “autónomo”.
Reímos juntos.
—Nuestros fans estarán tan decepcionados por nuestra larga
ausencia. Menos mal que son tan fieles y que tenemos tantas niñeras
para darnos nuestro “tiempo de cámara”.
—Tu base de fans. ¿Cuántos suscriptores tienes ya, dos punto tres
millones?
La aprieto contra mi pecho, y le doy una sonrisa inocente.
—Puede que vengan por mí, pero oh, cómo les da envidia tu
hermoso…
Su cara se pone roja como tomate mientras me interrumpe
golpeándome de nuevo.
—¡Ronan Sanderson!
—¿Sí, esposa?
Cuando muerde su labio. Dios santo, tengo que recordar que
estamos en público y no quiero darles un show.
—Me encanta cuando me llamas así, esposo.
—Pero “papi” me gusta más a mí —bromeo, bajando la cabeza para
darle un beso suave en los labios—. El crucero suena perfecto, baby
girl.
—¡Cal! —grita la última persona que faltaba por llegar, y ella se
voltea con entusiasmo hacia su mejor amiga.
—¡Gene!
Tomó tiempo, pero después de un año sin hablarse, Genevieve
contactó a Calista para recuperar su amistad. Yo se lo agradezco,
porque notaba que eso le pesaba más de lo que quería admitir. Casi
dos años después, tuvimos a Sofía. Decir que le alegró que su amiga
estuviera ahí durante ese tiempo es quedarse corto.
No puedo decir lo mismo de su madre. No lo menciono en voz alta,
y esa mujer no ha vuelto a aparecer desde que nació Sof, pero me
alegra que se haya quedado fuera de la vida de mi Cal. Ella es mucho
más feliz y está a salvo, y eso es lo más importante.
Suelto a mi esposa para que salude a Gene, justo cuando su esposo
llega por el otro lado con un portabebé.
A veces todavía pienso que voy a despertar y que todo esto fue solo
un sueño. O que en realidad morí ese día en la cabaña, y Calista se
quitó la vida para estar conmigo en un lugar que solo puede
describirse como el Paraíso.
Puede que haya sido eso, pero mientras no despierte o mi vida no
cambie, estoy bien con eso.
Esta es la vida que me merezco, y la cuidaré hasta el último aliento.
—¡Papá!
Me doy la vuelta justo cuando Sofía salta del trampolín y corre
hacia mí. Me agacho lo suficiente para que salte a mis brazos y se
agarre como un koala, y yo soy su árbol.
—¿Sí, monita?
—El tío Eamon dice que los niños son asquerosos.
—No estamos de acuerdo en muchas cosas. —Pongo la mano sobre
su cabeza y le lleno la mejilla de besos—. Pero en eso sí estoy de
acuerdo.
Sus risitas resuenan mientras la giro hacia donde está su mamá.
—La tía Gene está aquí con tu primito, ve a saludar.
—¡Ok! Te amo, papá.
—Yo también te amo, Sof. —La bajo al suelo y sale corriendo.
En cuanto llega al lado de Cal, su mamá pone una mano sobre su
cabecita y me mira. Esa sonrisa brillante y hermosa que me enamora
cada día, diciéndome todo lo que necesito saber.
Ella es feliz, y me alegra haber sido capaz de darle eso.
Gracias, Cal, por cargar con mi peso cuando yo no podía.
Fin.