Responsabilidad civil extracontractual
Como primer punto, cabe señalar que, al hablar de responsabilidad civil, nos referimos en términos
generales a la obligación que asume un sujeto de indemnizar los daños sufridos por otro. Existen,
en lo esencial, dos grandes modelos de responsabilidad civil:
1. Responsabilidad por culpa: En este modelo, la obligación de indemnizar surge cuando el
sujeto ha infringido un deber de cuidado. Si la infracción ha sido sin intención, se configura
culpa; si ha sido intencional, se habla de dolo.
2. Responsabilidad estricta: En este caso, la obligación de indemnizar no se funda en la
infracción de un deber de cuidado, sino en la concreción de un riesgo que el derecho
positivo asigna al sujeto. En este modelo, no se requiere culpa ni dolo para que surja la
obligación de indemnizar: basta con que se materialice el riesgo legalmente atribuido.
En el modelo de responsabilidad estricta, los elementos relevantes son: el hecho voluntario, el
daño y la relación de causalidad entre ambos, sin necesidad de que exista imputabilidad. En esta
línea, el derecho positivo muchas veces impone a quienes desarrollan actividades peligrosas la
obligación de contratar seguros de responsabilidad civil. En tales casos, las personas dañadas
pueden exigir a la compañía aseguradora la indemnización correspondiente. Si el daño excede la
cobertura del seguro, el sujeto que realiza la actividad deberá igualmente indemnizar el perjuicio
causado.
Esta obligación de contratar seguros usualmente se combina con un régimen de responsabilidad
estricta. Así, las víctimas pueden dirigirse primero contra la aseguradora, y en caso de daño no
cubierto, contra quien desarrolla la actividad peligrosa.
Sin embargo, es perfectamente posible que coexista la obligación de contratar un seguro con un
régimen de responsabilidad por culpa, dependiendo de lo que el legislador estime adecuado para
el tipo de actividad.
En cuanto al Código Civil chileno, específicamente el Título XXXV del Libro IV, este adopta, en
general, un modelo de responsabilidad por culpa. Es decir, para que exista obligación de
indemnizar, debe haber dolo o culpa, es decir, infracción de un deber de cuidado, sea esta
intencional o no.
No obstante, el mismo Código contempla casos particulares de responsabilidad estricta. Por
ejemplo, el dueño o poseedor de un animal fiero, que no reporte utilidad alguna para la guarda o
servicio de un predio, debe indemnizar los daños que cause, sin necesidad de probar culpa o dolo.
La ley asigna el riesgo al custodio, quien no podrá eximirse alegando que actuó con diligencia.
Otro caso es el daño causado por cosas que caen desde la parte superior de un edificio. Aquí,
todos quienes habiten dicha parte serán responsables, salvo que prueben que el daño fue causado
por otro. Se trata de una responsabilidad estricta, pues el riesgo está asignado por la ley a quienes
ocupan las partes superiores del edificio.
Fuera de estas excepciones, se sigue el modelo general de responsabilidad por culpa. Dentro de
esta estructura, se distinguen tres órdenes de responsabilidad:
1. Responsabilidad por el hecho propio.
2. Responsabilidad por el hecho ajeno.
3. Responsabilidad por el hecho de las cosas.
En esta cápsula, nos enfocaremos en la responsabilidad por el hecho propio, cuyos requisitos
son:
Hecho voluntario.
Daño.
Relación causal entre el hecho voluntario y el daño.
Culpa o dolo.
Algunos autores agregan un quinto requisito: la capacidad. Dependiendo de cómo se enuncie, esta
puede integrarse en el hecho voluntario, al exigir que este sea ejecutado por una persona capaz.
El hecho voluntario tiene dos dimensiones:
Objetiva: la conducta, que puede consistir en una acción o en una omisión.
Subjetiva o inmaterial: la voluntariedad, es decir, que la conducta sea libre y ejecutada
por una persona capaz.
Omisiones: Generalmente, se requiere una acción para que surja responsabilidad
extracontractual. Sin embargo, hay tres excepciones donde una omisión puede generar
responsabilidad:
1. Cuando la omisión es dolosa.
2. Cuando la omisión constituye una infracción penal que produce daño.
3. Cuando quien omite actuar tiene una posición de garante respecto a la víctima.
Las omisiones se dividen en:
Omisiones propias: pura inactividad.
Omisiones impropias: inacción frente a un deber de actuar, equiparables a acciones
defectuosas.
La voluntariedad exige que la conducta sea libre y realizada por una persona capaz. El artículo
2319 del Código Civil establece que son incapaces los dementes y los menores de siete años. El
mayor de siete pero menor de dieciséis será responsable si actuó con discernimiento, entendido
como la capacidad de reconocer los riesgos de su conducta.
Si un incapaz causa daño, responde quien lo tiene bajo su cuidado, si hubo negligencia, sin que
opere una presunción de culpa. Esta es una responsabilidad por hecho propio del guardián, no por
hecho ajeno.
La culpa, según el artículo 44 del Código Civil, se clasifica en:
Grave: no se observa ni el cuidado mínimo.
Leve: falta de diligencia de una persona media.
Levíssima: falta de diligencia que emplearía una persona extremadamente cuidadosa.
En materia extracontractual, la doctrina mayoritaria sostiene que se responde por culpa leve, en
atención a:
Las expectativas razonables de conducta entre personas sin vínculo contractual.
La ubicación del artículo 44 en el Título Preliminar, aplicable a todo el Código.
La redacción del artículo 2323 que alude al "buen padre de familia".
Fuentes de los deberes de cuidado:
1. Ley: infracción genera presunción de culpa.
2. Usos normativos: aplicables a profesiones u oficios.
3. Creación judicial: el juez determina la existencia del deber de cuidado según criterios
como:
o Probabilidad e intensidad del daño.
o Costos de evitar el daño.
o Valor social de la conducta.
o Relación entre víctima y victimario.
Prueba de la culpa: en general, recae en la víctima (art. 1698 CC). Excepcionalmente, puede
presumirse la culpa según el artículo 2329, especialmente cuando la conducta es peligrosa. Esta
presunción no es unánime, pero ha sido aceptada por parte de la doctrina y la jurisprudencia.
Dolo: definido en el artículo 44 como la intención positiva de dañar. Su prueba es difícil y, en la
práctica, se prefiere alegar culpa. A diferencia del ámbito contractual, en el ámbito extracontractual,
la distinción entre culpa y dolo no afecta la extensión del daño a indemnizar, pues el principio es
la reparación integral (art. 2329).
Solidaridad: en delitos o cuasidelitos cometidos por varias personas, hay solidaridad activa frente
a la víctima (art. 2317 CC).
El daño: toda lesión a un interés legítimo, patrimonial o extrapatrimonial. El daño moral incluye
el pretium doloris (dolor y sufrimiento) y el perjuicio de agrado (pérdida de placer). También se
reconoce la pérdida de una chance, es decir, la frustración de una posibilidad real de evitar un
perjuicio o alcanzar un beneficio. Solo se indemniza si la chance era seria.
Relación de causalidad: tiene dos elementos:
1. Naturalístico: se aplica la teoría de la equivalencia de las condiciones (causa = condición
necesaria).
2. Normativo: teoría de la causa adecuada, que busca determinar si el daño es una
consecuencia previsible del hecho, desde la perspectiva de un observador razonable.
En síntesis, para que exista responsabilidad extracontractual por el hecho propio deben concurrir:
hecho voluntario, culpa o dolo, daño y relación causal. Estos elementos deben probarse, salvo
excepciones específicas que permiten presumir la culpa del autor del daño.
I. Responsabilidad por el hecho ajeno
El Código Civil chileno regula esta forma de responsabilidad principalmente en el artículo 2320,
aunque existen otras normas relevantes que también inciden en esta materia. El inciso
primero del artículo 2320 establece el principio general: toda persona es responsable no solo
de sus propios hechos, sino también del hecho de quienes estén bajo su cuidado. Esta es
una norma abierta, que permite establecer responsabilidad civil extracontractual por el hecho
ajeno no solo en las hipótesis específicas previstas en los incisos siguientes del mismo artículo,
sino también en casos generales donde alguien que esté bajo el cuidado de otro cause un daño
por culpa o dolo.
El inciso final del artículo 2320 establece una presunción de culpa en contra del tercero o
guardián. Este solo podrá exonerarse de responsabilidad si logra probar que, empleando la
autoridad y cuidado que su calidad le confería, igualmente no habría podido impedir el
hecho. Esto implica que el guardián no puede simplemente demostrar que actuó con diligencia,
sino que debe probar que ni siquiera con diligencia extrema habría podido evitar el daño. En
términos prácticos, se exige la prueba de un caso fortuito, es decir, un hecho imprevisible,
irresistible y externo a la conducta del agente.
Desde una perspectiva general, los sistemas jurídicos regulan la responsabilidad por el hecho
ajeno bajo dos modelos:
1. Modelo de responsabilidad estricta: El tercero responde siempre por los daños
causados por quien está bajo su cuidado, sin que sea necesario acreditar infracción a un
deber de cuidado. A esta se le denomina también responsabilidad vicaria.
2. Modelo del doble ilícito civil: El tercero es responsable solo si además del hecho
dañoso del dependiente, él mismo incurrió en una infracción de deber de
cuidado (como no vigilar adecuadamente o haber elegido mal al dependiente).
En Chile, la mayoría de la doctrina sostiene que se sigue el segundo modelo: el de doble ilícito
civil. Esto, aunque puede discutirse dada la severidad de la excusa que contempla el inciso final
del artículo 2320. En este modelo, el hecho ilícito del dependiente se suma al hecho culposo
del guardián, quien habría incurrido en culpa in eligiendo (mala elección del dependiente) o in
vigilando (falta de vigilancia). También puede haber infracción de otros deberes, como
una organización deficiente de la actividad empresarial.
La culpa del guardián se presume por el artículo 2320, y para liberarse de responsabilidad, debe
probar que, aun usando la autoridad y cuidado que su calidad le concedía, no podría haber
evitado el hecho.
Este tipo de responsabilidad supone que tanto el dependiente como el guardián sean personas
capaces. Si el daño lo causa un incapaz, quien tenga su cuidado responderá conforme al artículo
2319, es decir, por su propio hecho culposo, no por el hecho ajeno, dado que el incapaz
es inimputable.
En todos los casos de responsabilidad por el hecho ajeno, la víctima puede optar por demandar al
dependiente, al guardián, o a ambos. Doctrinalmente se discute si esto genera:
Solidaridad pasiva (como sostiene Enrique Barros, aplicando el art. 2317),
Indivisibilidad pasiva del pago, o
Una forma de solidaridad imperfecta.
En cualquier caso, la víctima solo puede ser indemnizada una vez, ya que rige el principio de
reparación integral del daño: se debe indemnizar todo el daño y solo el daño; si se indemniza
más, habría enriquecimiento sin causa.
El artículo 2320, como señalamos, contiene un catálogo no taxativo de hipótesis específicas de
responsabilidad por el hecho ajeno:
1. Progenitores por el hecho de sus hijos menores que habitan en el hogar común (inc.
2º).
2. Guardadores (tutores) por el hecho de sus pupilos que vivan bajo su dependencia y
cuidado (inc. 3º). No se incluye a los curadores, ya que estos solo administran bienes.
3. Jefes de colegios o escuelas, por el hecho de sus discípulos mientras estén bajo su
cuidado (inc. 4º).
4. Empresarios y artesanos, por el hecho de sus dependientes o aprendices (inc. 4º).
Como ya indicamos, la norma del inciso primero permite que haya responsabilidad por el
hecho ajeno en otros casos no enumerados expresamente en la ley, siempre que se cumpla el
presupuesto de que el autor del daño estaba bajo el cuidado del guardián.
Para hacer efectiva esta responsabilidad en juicio, deben probarse:
1. Todos los elementos de la responsabilidad extracontractual por hecho propio del
dependiente: hecho voluntario, daño, relación causal y culpa o dolo (incluso se podría
aplicar la presunción del artículo 2329 inciso 1º).
2. La existencia de una relación de dependencia entre el autor del daño y el guardián, lo
que activa la presunción de culpa del artículo 2320.
Por tanto, la víctima puede:
Demandar al dependiente → debe probar responsabilidad por el hecho propio.
Demandar al guardián → debe probar responsabilidad por el hecho propio del
dependiente + la relación de dependencia.
Si el guardián paga la indemnización, puede luego ejercer una acción de reembolso contra el
autor del daño (artículo 2325).
II. Responsabilidad del empresario
El artículo 2320 inciso 4º contempla expresamente la responsabilidad del empresario por los
hechos de sus dependientes. También ha sido aplicada por la jurisprudencia en relación con
el artículo 2322, que regula la responsabilidad del amo por el hecho de sus sirvientes y
criados, estableciendo que solo se responde si el daño ocurrió en el ejercicio de sus funciones.
Esto ha sido interpretado como una forma de contextualizar la responsabilidad del empresario: si
el hecho que causó el daño no guarda relación con las funciones del dependiente, el
empresario no debe responder.
La excusa del artículo 2322 también ha sido aplicada por analogía: el empresario podrá eximirse
de responsabilidad si prueba que el daño fue causado de un modo imprevisible y que no tenía
medios razonables para prever o impedir el hecho, usando el cuidado ordinario y la autoridad
pertinente.
En derecho comparado, la tendencia es a establecer una responsabilidad estricta del
empresario, en atención a que es quien se beneficia de la actividad de sus dependientes, y por
tanto debe asumir también sus riesgos.
La jurisprudencia chilena se ha acercado a este modelo, aplicando severamente la excusa del
artículo 2320 inciso final, llevando la responsabilidad del empresario hacia la responsabilidad
vicaria.
Para que proceda esta responsabilidad se debe probar:
1. Todos los elementos de la responsabilidad extracontractual por hecho propio del
dependiente: hecho voluntario, daño, relación causal y culpa o dolo.
2. La existencia de una relación de dependencia.
3. Que el hecho dañino ocurrió en el ejercicio de las funciones del dependiente o con
ocasión de ellas.
Por ejemplo, si un chofer de camión atropella a un peatón mientras hace un reparto, aunque el
empleador no haya dado una instrucción directa, se considerará que el daño ocurrió con ocasión
del ejercicio de sus funciones, y el empresario será responsable.
III. Responsabilidad de las personas jurídicas
La responsabilidad civil de una persona jurídica puede parecer compleja, ya que se trata de entes
ficticios, sin voluntad real. Sin embargo, las personas jurídicas sí pueden ser
responsables civilmente, tanto por hecho propio como por hecho ajeno.
1. Responsabilidad por hecho propio:
o Cuando un órgano con poder decisorio (como el directorio) toma una decisión
que causa daño a terceros.
o Cuando hay un defecto en la organización de la actividad empresarial que deriva
en daños a terceros.
2. Responsabilidad por hecho ajeno:
o En los mismos términos que la responsabilidad del empresario por sus
dependientes, aplicando los artículos 2320 inciso 4º y 2322.
Responsabilidad por el hecho de las cosas
Nuestro Código Civil regula la responsabilidad por el hecho de las cosas fundamentalmente en los
artículos 2326, 2327 y 2328. A estas disposiciones se suma una hipótesis contemplada en el
artículo 2323, así como también una acción general de prevención por daño contingente delineada
en los artículos 2333 y 2334.
Además de las normas del Código, existen hipótesis especiales de responsabilidad por el hecho de
las cosas reguladas en leyes particulares. Así, el D.F.L. Nº 458 que aprueba la Ley General de
Urbanismo y Construcción contempla en su artículo 18 un régimen especial para los daños que
derivan de vicios en la construcción, señalando que el propietario primer vendedor será
responsable de todos los daños que provengan de fallas o defectos en la edificación, sea durante
su ejecución o después de terminada, sin perjuicio de su derecho a repetir contra quienes sean
responsables de dichas fallas o defectos que hayan dado origen a los daños. Esta misma norma
hace referencia a diversos profesionales de la construcción que también pueden ser responsables,
junto al propietario primer vendedor.
Antes de revisar los supuestos de responsabilidad contemplados en el Código, cabe señalar que
muchos de ellos establecen presunciones de culpabilidad o incluso reglas de responsabilidad
estricta. También es importante tener presente que el catálogo de hipótesis de responsabilidad por
el hecho de las cosas es taxativo; por lo tanto, sólo existirá responsabilidad por los daños que
deriven de determinadas cosas en los casos expresamente señalados por la ley.
A la luz del artículo 2329, en la medida que pueda imputarse negligencia o malicia a una persona
determinada, podrá pedirse la indemnización de perjuicios correspondiente. En otras palabras, por
mucho que el catálogo de hipótesis sea taxativo, siempre podrá recurrirse a las reglas de
responsabilidad por el hecho propio para solicitar la indemnización de perjuicios fundados en culpa
o dolo.
Hipótesis del Código Civil
1. Artículo 2326. “El dueño de un animal es responsable de los daños causados por el
mismo animal, aun después que se haya soltado o extraviado; salvo que la soltura,
extravío o daño no pueda imputarse a culpa del dueño o del dependiente encargado de la
guarda o servicio del animal.
Lo que se dice del dueño se aplica a toda persona que se sirva de un animal ajeno; salva
su acción contra el dueño, si el daño ha sobrevenido por una calidad o vicio del animal,
que el dueño con mediano cuidado o prudencia debió conocer o prever, y de que no le dio
conocimiento.”
Se establece aquí una presunción de culpabilidad.
2. Artículo 2327. “El daño causado por un animal fiero, de que no se reporta utilidad para la
guarda o servicio de un predio, será siempre imputable al que lo tenga, y si alegare que no
le fue posible evitar el daño, no será oído.”
Este artículo configura un caso de responsabilidad estricta: el dueño no podrá eximirse
alegando que el daño ocurrió por hechos que escapaban a su control.
3. Artículo 2328. “El daño causado por una cosa que cae o se arroja de la parte superior de
un edificio, es imputable a todas las personas que habitan la misma parte del edificio, y la
indemnización se dividirá entre todas ellas; a menos que se pruebe que el hecho se debe
a la culpa o mala intención de alguna persona exclusivamente, en cuyo caso será
responsable esta sola.”
Existen dos posturas doctrinales frente a esta norma: una entiende que hay una
presunción de culpa para quienes habitan esa parte del edificio, mientras que otra sostiene
que se trata de responsabilidad estricta, ya que sólo cabe exoneración probando que el
daño se debió exclusivamente a la culpa o dolo de un tercero.
4. Responsabilidad del dueño de un edificio por su ruina. Para prevenir el peligro que
implica una obra ruinosa, el afectado puede interponer una querella posesoria especial, la
querella de obra ruinosa, regulada en el artículo 932 del Código Civil. Asimismo, cualquier
persona que se sienta amenazada por una obra ruinosa puede ejercer la acción general de
prevención por daño contingente que contemplan los artículos 2333 y 2334.
En cuanto a la reparación del daño, el artículo 2334 concede el derecho a solicitar indemnización
sólo una vez notificada la querella posesoria. En caso de no haberse ejercido esta querella, el
afectado podría igualmente recurrir a las reglas generales de la responsabilidad extracontractual.
Existe un debate doctrinal respecto de quiénes están legitimados para ejercer la querella de obra
ruinosa. Algunos autores sostienen que únicamente los vecinos del edificio amenazante que hayan
interpuesto la querella pueden solicitar la indemnización de los daños. En cambio, terceros no
vecinos que sufran daños por la ruina del edificio sí podrían demandar indemnización sin haber
ejercido dicha querella, conforme a las reglas generales de responsabilidad.
Artículo 2323. “El dueño de un edificio es responsable a terceros (que no se hallen en el caso del
artículo 934), de los daños que ocasione su ruina acaecida por haber omitido las necesarias
reparaciones, o por haber faltado de otra manera al cuidado de un buen padre de familia.
Si el edificio perteneciere a dos o más personas proindiviso, se dividirá entre ellas la indemnización
a prorrata de sus cuotas de dominio.”
Este precepto establece una excepción a la regla del artículo 2317, que contempla la solidaridad
entre autores de un cuasidelito. Aquí, en cambio, los copropietarios responderán
proporcionalmente a su cuota de dominio.
Es importante destacar que el artículo 2328, en su inciso segundo, prevé una acción destinada a
prevenir el daño:
Artículo 2328 inciso segundo.
“Si hubiere alguna cosa que, de la parte superior de un edificio o de otro paraje elevado, amenace
caída y daño, podrá ser obligado a removerla el dueño del edificio o del sitio, o su inquilino, o la
persona a quien perteneciere la cosa o que se sirviere de ella; y cualquiera del pueblo tendrá
derecho para pedir la remoción.”
Se trata de una acción popular orientada a prevenir los daños que pueda causar una cosa que
amenaza con caer, en línea con las acciones preventivas de los artículos 2333 y 2334.
Acción de responsabilidad civil extracontractual
La acción de responsabilidad civil extracontractual tiene como finalidad obtener la
indemnización de los perjuicios sufridos por el demandante. Se trata de una acción personal,
de carácter mueble, patrimonial y prescriptible.
Naturaleza patrimonial de la acción
Al ser patrimonial, esta acción puede ser:
Transferible (puede ser cedida),
Transmisible (puede pasar a los herederos),
Renunciable (puede ser desistida por el titular).
No obstante, existen ciertos matices. Por ejemplo, en relación con el daño moral, parte de la
doctrina sostiene que este no sería transmisible a los herederos de la víctima.
Objeto de la acción
El objeto de esta acción es la reparación o compensación del daño causado. Usualmente, esta
reparación se materializa en una suma de dinero, aunque puede consistir en una prestación
distinta, dependiendo de las circunstancias del caso.
Sujeto activo de la acción
Está legitimado para ejercer la acción:
La víctima directa, es decir, quien ha sufrido el daño.
Los herederos de la víctima, ya que la acción es transmisible.
Los cesionarios de la víctima, porque la acción es transferible.
Además, pueden existir múltiples víctimas de un mismo hecho, dependiendo de su relación con
el bien dañado:
El dueño de una cosa destruida o dañada por un tercero, quien sufre un daño emergente.
El poseedor de buena fe, que cree ser el dueño, también afectado patrimonialmente.
El mero tenedor, que puede ejercer la acción en nombre del dueño.
Cualquier persona que tenga un derecho real sobre la cosa.
El mero tenedor, en nombre propio, no puede exigir el valor de la cosa por no tener un derecho
real sobre ella, pero sí puede solicitar la indemnización de los perjuicios sufridos al verse
impedido de ejercer su derecho personal. Por ejemplo, el arrendatario de una cosa destruida por
un tercero puede reclamar los daños derivados de no poder ejercer su derecho de goce.
Daño a múltiples personas – víctimas por rebote
Cuando un hecho ilícito provoca muerte o daños corporales, pueden existir:
Víctimas directas, si sobreviven al hecho ilícito.
Víctimas por rebote o indirectas, que, sin ser dañadas directamente, sufren
consecuencias personales del hecho.
En el caso de daños patrimoniales, doctrina y jurisprudencia han reconocido legitimación a todas
las personas que recibían ayuda económica de la víctima directa.
Respecto al daño moral, la jurisprudencia ha admitido la acción a favor de víctimas indirectas en
caso de fallecimiento de la víctima directa, siempre que se acredite un vínculo cercano, como
parentesco próximo, matrimonio o acuerdo de unión civil.
Las víctimas indirectas son aquellas que, sin haber sido atacadas directamente, sufren un daño
personal como consecuencia del hecho ilícito.
Acciones populares por daño contingente
En los casos en que se alega la existencia de un daño potencial o contingente, se reconoce una
legitimación activa amplia: cualquier persona que pueda verse afectada por una conducta
negligente podría interponer la acción.
Sujeto pasivo de la acción
El demandado o sujeto pasivo es, por regla general:
El autor del daño (hechor),
Sus herederos (si el hechor ha fallecido),
O terceros responsables, en casos de responsabilidad por el hecho ajeno.
Según el artículo 2316 inciso segundo del Código Civil, también podría ejercerse una acción
contra un tercero que, sin haber participado en el hecho ilícito ni haber sido cómplice del
dolo, haya obtenido un beneficio del dolo ajeno. En este caso, el tercero solo estaría obligado a
restituir el monto del beneficio, sin responder por otros perjuicios.
La doctrina mayoritaria considera que esta última acción no es propiamente una acción de
responsabilidad civil extracontractual, sino una acción restitutoria, fundada en el principio de
que no se puede legitimar el enriquecimiento injusto proveniente del dolo, aun cuando quien
se enriquece no haya actuado con mala fe. A pesar de ello, algunas posturas doctrinarias la siguen
clasificando como parte de la responsabilidad extracontractual.
Extinción de la acción
La acción de responsabilidad civil extracontractual se extingue en dos casos principales:
1. Por extinción de la obligación de indemnizar, conforme a los modos generales de
extinción de las obligaciones.
2. Por prescripción, conforme al artículo 2332 del Código Civil, que establece un plazo de
cuatro años desde la perpetración del hecho ilícito.
Cómputo del plazo de prescripción
No obstante, la jurisprudencia ha sostenido que la responsabilidad civil no se configura sin
daño, por lo que el plazo de prescripción comienza a contarse desde la manifestación del daño
en la víctima, no desde la comisión del hecho ilícito. Esto es especialmente relevante cuando el
daño se manifiesta mucho tiempo después del acto que lo genera.
Suspensión de la prescripción
La doctrina entiende que el plazo de cuatro años puede suspenderse en favor de las personas
mencionadas en el artículo 2509 del Código Civil, como menores de edad o personas bajo
tutela.
Competencia
Dado que se trata de una acción personal y mueble, el tribunal competente será el del domicilio
del demandado. No obstante, si la acción indemnizatoria es ejercida por la víctima en contra del
imputado, se puede recurrir a otros criterios de competencia que favorezcan a la víctima.
Efectos de las obligaciones
Los efectos de las obligaciones consisten en los derechos que la ley reconoce al acreedor para
obtener del deudor el cumplimiento exacto, íntegro y oportuno de la prestación a la que este último
se ha comprometido.
Estos efectos se manifiestan principalmente en dos aspectos:
1. El deber de prestación, que corresponde al deber del deudor de cumplir la obligación
asumida.
2. El sometimiento del patrimonio del deudor al cumplimiento de la obligación, lo que
implica que el acreedor puede ejercer sus derechos sobre todos los bienes del deudor para
satisfacer su crédito.
En relación con este último punto, el Artículo 2465 del Código Civil establece:
“Toda obligación personal da al acreedor el derecho de perseguir su ejecución sobre todos los
bienes raíces o muebles del deudor, sean presentes o futuros, exceptuándose solamente los no
embargables, designados en el artículo 1618.”
Este conjunto de derechos tiene especial importancia y utilidad cuando el deudor no ha dado
cumplimiento a su obligación, ya que permiten al acreedor exigir su cumplimiento forzado.
Clasificación doctrinaria de los derechos del acreedor
Según la doctrina tradicional, los derechos que la ley confiere al acreedor en caso de
incumplimiento son los siguientes:
1. Derecho principal: Derecho a obtener el cumplimiento forzado de la obligación, es decir,
que el deudor realice la prestación convenida.
2. Derecho subsidiario: Derecho a obtener el cumplimiento por equivalencia, lo que se
traduce en el pago de una indemnización de perjuicios en caso de que no sea posible el
cumplimiento específico.
3. Derechos auxiliares: Son mecanismos que permiten al acreedor proteger la integridad del
patrimonio del deudor, para que este no se vea disminuido o alterado en perjuicio de su
crédito. Entre estos se encuentran:
o Acción pauliana
o Acción subrogatoria
o Beneficio de separación
o Medidas conservativas
o Derecho legal de retención
Doctrina contemporánea: remedios contractuales
La doctrina contemporánea ha evolucionado hacia una visión más moderna, según la cual, frente al
incumplimiento de una obligación contractual, el acreedor dispone de una serie de remedios
jurídicos o mecanismos de tutela.
Así, cuando se trata de un contrato bilateral, el acreedor de la obligación incumplida puede optar
por uno o varios de los siguientes remedios:
1. Exigir el cumplimiento de la obligación pactada.
2. Reclamar la indemnización de perjuicios derivados del incumplimiento.
3. Solicitar la resolución del contrato, en caso de que el incumplimiento sea grave.
4. Suspender el cumplimiento de su propia obligación, en virtud de la excepción de
contrato no cumplido, que se entiende en este caso como un mecanismo de tutela de
ejercicio extrajudicial y no como una excepción perentoria en un proceso judicial.
Intereses protegidos del acreedor
Estos remedios tienen como finalidad resguardar dos intereses fundamentales del acreedor:
1. Interés específico: Es el interés particular que llevó al acreedor a celebrar el contrato.
Corresponde al propósito práctico que buscaba satisfacer mediante dicho acuerdo.
2. Interés de indemnidad: Es el interés del acreedor en no resultar perjudicado por la
ejecución del contrato, es decir, en no quedar en una situación peor a la que tenía
previamente o a la que podría haber alcanzado si no hubiera celebrado el contrato.
Según la doctrina contemporánea, no existe un orden de prelación entre los distintos remedios
que puede ejercer el acreedor frente al incumplimiento de una obligación. A diferencia de la
doctrina tradicional, que establece una jerarquía entre los remedios —clasificándolos como
principal y subsidiario—, la visión contemporánea sostiene que el acreedor cuenta con un derecho
de opción, es decir, la facultad de elegir libremente el remedio que estime más adecuado para
satisfacer sus intereses.
Esta libertad de elección se justifica en que los remedios frente al incumplimiento contractual
están diseñados para proteger los intereses del acreedor, quien, como parte perjudicada por el
incumplimiento, tiene derecho a optar por aquel mecanismo que mejor repare el perjuicio sufrido o
le permita alcanzar el objetivo que tuvo al contratar.
Por su parte, la doctrina tradicional fundamenta la existencia de un orden jerárquico en normas
como el artículo 1672 del Código Civil, el cual regula el caso de la pérdida de la especie debida.
Esta disposición señala que el acreedor solo puede exigir indemnización de perjuicios y el
precio de la cosa si la pérdida de la especie ocurre por hecho o culpa del deudor, o durante la
mora de este. En consecuencia, para la doctrina tradicional, el acreedor solo podría reclamar la
indemnización en forma subsidiaria, es decir, si se frustra el cumplimiento específico.
Artículo 1672 del Código Civil: “Si el cuerpo cierto perece por culpa o durante la mora del
deudor, la obligación del deudor subsiste, pero varía de objeto; el deudor es obligado al precio de
la cosa y a indemnizar al acreedor.
Sin embargo, si el deudor está en mora y el cuerpo cierto que se debe perece por caso fortuito que
habría sobrevenido igualmente a dicho cuerpo en poder del acreedor, sólo se deberá la
indemnización de los perjuicios de la mora. Pero si el caso fortuito pudo no haber sucedido
igualmente en poder del acreedor, se debe el precio de la cosa y los perjuicios de la mora.”
La doctrina contemporánea, en cambio, interpreta que esta norma tiene un carácter especial, ya
que se aplica únicamente al caso excepcional de la pérdida del cuerpo cierto debido. Por lo tanto,
no puede derivarse de ella un principio general aplicable a todas las obligaciones contractuales. En
otras palabras, esta disposición no impone una regla de prelación entre los remedios, sino que
regula un caso específico con sus propias particularidades.
En resumen:
Para la doctrina tradicional, existe un orden jerárquico: el acreedor debe primero exigir el
cumplimiento forzado de la obligación (cumplimiento in natura), y solo si ello no es
posible, puede recurrir a la indemnización de perjuicios (cumplimiento por equivalencia).
Para la doctrina contemporánea, no existe un orden obligatorio. El acreedor tiene
libertad para elegir entre los distintos remedios que le otorga el ordenamiento jurídico,
según cuál satisfaga mejor sus intereses, los mismos que motivaron la celebración del
contrato.
Indemnización de perjuicios
La indemnización de perjuicios es, ante todo, una obligación nueva que surge cuando el
incumplimiento de una obligación preexistente causa un daño al acreedor. En la actualidad, se ha
abandonado la tesis sostenida por la doctrina tradicional que sostenía que la indemnización de
perjuicios era simplemente la misma obligación original que había cambiado de objeto debido a
que su cumplimiento en especie se había vuelto imposible.
Hoy se entiende que el cumplimiento por equivalencia y la indemnización de perjuicios son
conceptos distintos:
El cumplimiento por equivalencia consiste en que la obligación original, al hacerse
imposible de cumplir en naturaleza, se transforma en otra prestación —por ejemplo, el
pago del valor o precio—, pero sigue siendo la misma obligación.
En cambio, la indemnización de perjuicios constituye una obligación nueva, autónoma,
que nace cuando el incumplimiento ha producido un daño al acreedor.
Requisitos para la indemnización de perjuicios
Por tratarse de una obligación nueva, la indemnización de perjuicios exige el cumplimiento de
ciertos requisitos propios:
1. Existencia de un incumplimiento por parte del deudor.
2. Imputabilidad del incumplimiento al deudor, ya sea por dolo o culpa.
3. Existencia de un daño sufrido por el acreedor.
4. Relación de causalidad entre el incumplimiento y el daño.
5. Existencia de mora del deudor.
Algunos autores agregan un sexto requisito de carácter negativo, consistente en la ausencia de
causas de exoneración o exención de responsabilidad, como por ejemplo:
El caso fortuito.
El hecho o culpa de un tercero.
El hecho o culpa del acreedor.
El estado de necesidad (según ciertos autores).
La ausencia de culpa.
No obstante, este sexto requisito puede considerarse subsumido en los anteriores, ya que, por
ejemplo, si hay caso fortuito, no existiría imputabilidad ni relación causal directa con el daño.
Por ello, todas las causales de exoneración de responsabilidad pueden ser reconducidas a los
requisitos de imputabilidad y causalidad.
El incumplimiento
El Código Civil chileno no define expresamente el concepto de incumplimiento. Sin embargo, la
doctrina lo describe como cualquier desviación del programa prestacional convenido por las
partes, es decir, cualquier infracción del contenido de una obligación contractual.
Aunque no lo define, el Código distingue tres tipos de incumplimiento:
1. Incumplimiento total: no se ejecuta en absoluto la prestación debida.
2. Incumplimiento imperfecto: la prestación se ejecuta, pero de forma distinta a la acordada
o en forma que no corresponde.
3. Retardo en el cumplimiento: la obligación, siendo ya exigible, no se ejecuta
oportunamente.
Artículo 1556 del Código Civil: “La indemnización de perjuicios comprende el daño emergente y
lucro cesante, ya provengan de no haberse cumplido la obligación, o de haberse cumplido
imperfectamente, o de haberse retardado el cumplimiento.
Exceptúanse los casos en que la ley la limita expresamente al daño emergente.”
Algunos autores sostienen que para que haya incumplimiento debe existir una voluntad del
deudor de no ejecutar, ejecutar imperfectamente o retardar la obligación. De lo contrario, si la no
ejecución obedece a un caso fortuito —esto es, un hecho imprevisible, irresistible y ajeno a los
riesgos asumidos por el deudor—, no existiría incumplimiento propiamente tal, sino una
suspensión de la exigibilidad de la obligación.
La doctrina contemporánea, en cambio, sostiene que el incumplimiento es un hecho objetivo:
siempre que no se haya ejecutado la prestación, se haya ejecutado de forma imperfecta o con
retardo, existe incumplimiento. Otra cuestión distinta es si ese incumplimiento es o no imputable.
La imputabilidad, por tanto, es un requisito específico y esencial de la indemnización de
perjuicios, pero no lo es para otros remedios, como por ejemplo la resolución del contrato. De
este modo, si el incumplimiento es grave pero causado por caso fortuito, no da lugar a
indemnización, aunque sí podría justificar la resolución del contrato.
Imputabilidad
Para que el incumplimiento otorgue al acreedor el derecho a exigir indemnización de perjuicios,
dicho incumplimiento debe ser imputable, es decir, debe deberse a culpa o dolo del deudor.
Culpa
La culpa se entiende como la infracción de un deber de cuidado, es decir, la falta de diligencia
que el deudor debía observar en el cumplimiento de su obligación.
En materia contractual, la culpa se presume, según lo dispuesto en el artículo 1547, inciso
tercero, del Código Civil:
“La prueba de la diligencia o cuidado incumbe al que ha debido emplearlo; la prueba del caso
fortuito al que lo alega.”
Esto significa que corresponde al deudor probar que actuó con la diligencia debida, a diferencia
de lo que ocurre en materia extracontractual, donde la culpa debe probarse expresamente.
Asimismo, el tipo de culpa exigido al deudor depende del carácter del contrato, conforme a si
éste beneficia a una o ambas partes:
Culpa levísima: si el contrato beneficia exclusivamente al deudor.
Culpa grave: si el contrato beneficia exclusivamente al acreedor.
Culpa leve: si el contrato beneficia recíprocamente a ambas partes (contrato oneroso).
La evaluación de la culpa siempre se realiza en relación al deudor, ya que es él quien responde
por ella.
Artículo 1547 del Código Civil: “El deudor no es responsable sino de la culpa lata en los
contratos que por su naturaleza sólo son útiles al acreedor; es responsable de la leve en los
contratos que se hacen para beneficio recíproco de las partes; y de la levísima, en los contratos en
que el deudor es el único que reporta beneficio.
El deudor no es responsable del caso fortuito, a menos que se haya constituido en mora (siendo el
caso fortuito de aquellos que no hubieran dañado a la cosa debida, si hubiese sido entregada al
acreedor), o que el caso fortuito haya sobrevenido por su culpa.
La prueba de la diligencia o cuidado incumbe al que ha debido emplearlo; la prueba del caso
fortuito al que lo alega.
Todo lo cual, sin embargo, se entiende sin perjuicio de las disposiciones especiales de las leyes, y
de las estipulaciones expresas de las partes.”
Dolo
El dolo, conforme al artículo 44, inciso final, del Código Civil, se define como: “La intención positiva
de inferir injuria a la persona o propiedad de otro.”
Existe discusión doctrinal respecto de si esta es la definición aplicable en materia de
responsabilidad contractual, ya que algunos autores entienden que el dolo en este ámbito
consistiría en la intención deliberada de no cumplir. Sin embargo, la mayoría de la doctrina
sigue la definición legal.
Efectos del dolo en materia contractual
1. Agrava la responsabilidad del deudor: De acuerdo con el artículo 1558 del Código Civil:
“Si no se puede imputar dolo al deudor, sólo es responsable de los perjuicios que se
previeron o pudieron preverse al tiempo del contrato; pero si hay dolo, es responsable de
todos los perjuicios que fueron una consecuencia inmediata o directa de no haberse
cumplido la obligación o de haberse demorado su cumplimiento.
La mora producida por fuerza mayor o caso fortuito no da lugar a indemnización de
perjuicios.
Las estipulaciones de los contratantes podrán modificar estas reglas.”
2. Responsabilidad solidaria en caso de dolo múltiple: Si varios deudores incumplen la
obligación con dolo, su responsabilidad será solidaria, según el artículo 2317, inciso
segundo:
“Todo fraude o dolo cometido por dos o más personas produce la acción solidaria
del precedente inciso.”
3. Prohibición de condonar el dolo futuro: La condonación del dolo futuro está
prohibida, ya que implica un objeto ilícito. Por lo tanto, si el incumplimiento doloso genera
daño, el deudor no podrá ampararse en ninguna cláusula contractual que lo exima de
responsabilidad.
Por último, la regla general en materia de dolo es que éste debe ser probado por quien lo
alega, a diferencia de la culpa que, como vimos, se presume en el ámbito contractual.
Daño
El daño puede definirse como toda lesión a un interés, ya sea patrimonial o extrapatrimonial.
Daño patrimonial
Se manifiesta en dos formas:
Daño emergente: corresponde a la disminución actual y efectiva del patrimonio del
acreedor como consecuencia del incumplimiento.
Lucro cesante: se refiere a la pérdida de la ganancia que el acreedor habría obtenido
si el incumplimiento no hubiese tenido lugar.
La prueba del daño emergente suele ser más sencilla, pues se trata de una pérdida concreta y
observable. En cambio, el lucro cesante exige acreditar cuál habría sido el curso ordinario de los
acontecimientos al momento del incumplimiento y que, de acuerdo con ese curso, el acreedor tenía
altas probabilidades de obtener una determinada ganancia.
Para probar el lucro cesante, debe considerarse el interés protegido por el contrato, es decir, el
propósito práctico que el acreedor buscaba satisfacer con su cumplimiento, y demostrar
cómo el incumplimiento frustró las ganancias esperadas.
Daño extrapatrimonial (moral)
Se refiere a toda lesión a un interés extrapatrimonial, como el dolor, sufrimiento o afectación
emocional.
Antiguamente, se discutía si el daño moral era indemnizable en el ámbito contractual, debido a
dos factores:
1. El artículo 1556 del Código Civil solo menciona el daño emergente y el lucro cesante.
2. En el Título XXII del Libro IV (sobre los efectos de las obligaciones), no existe una
disposición equivalente al artículo 2329, que en materia extracontractual establece la
regla general de reparación integral para todo daño que provenga de dolo o negligencia.
A partir de ello, se argumentaba que en materia contractual no correspondía indemnizar cualquier
daño, sino solo aquellos expresamente contemplados por la ley.
Además, se sostenía que la avaluación del daño moral es compleja y que resultaba éticamente
cuestionable reemplazar el sufrimiento con una suma de dinero.
Sin embargo, esta postura está hoy superada. Se entiende que el daño moral sí es
indemnizable en materia contractual. La omisión del daño moral en el artículo 1556 no implica su
exclusión, sino que revela un vacío legal que debe integrarse mediante los principios
generales del derecho privado, especialmente el principio de reparación integral.
La dificultad para avaluar el daño moral no justifica excluirlo en sede contractual, dado que dicha
dificultad también existe en materia extracontractual. Por tanto, sería arbitrario permitir su
indemnización bajo un régimen y no bajo el otro.
Indemnización del daño moral en materia contractual
Lo que sí se discute actualmente es si el daño moral debe indemnizarse siempre en este
ámbito. La respuesta mayoritaria es que solo debe indemnizarse cuando sea un perjuicio
previsible, conforme al artículo 1558 del Código Civil.
Si el incumplimiento es culposo, el daño moral solo será indemnizable si el deudor
previó o debió prever su ocurrencia, lo que dependerá de la naturaleza del contrato. En
especial, esto se aplica a contratos que protegen intereses extrapatrimoniales del
acreedor, como la integridad física o la seguridad personal.
Si el daño moral no era una consecuencia previsible, el deudor no responderá, salvo
que haya actuado con dolo o culpa grave. Esta última, según el artículo 44 del Código
Civil, equivale al dolo en materia civil.
Funciones de la indemnización
La indemnización del daño patrimonial tiene una función reparatoria, pues busca
restablecer el equilibrio económico perdido.
La indemnización del daño moral tiene una función compensatoria, ya que este tipo de daño
no puede ser reparado completamente con dinero. El objetivo es brindar al acreedor medios
para distraerse del dolor que está experimentante o, en general, de la pérdida de placer que
experimenta, con eso nos referimos a que cumple una función compensatoria.
Causalidad o relación causal
El legislador exige que los perjuicios indemnizables sean consecuencia directa o inmediata
del incumplimiento, exigencia consagrada en el artículo 1558 del Código Civil, y en cierta
medida también en el artículo 1556.
Para determinar si un perjuicio constituye una consecuencia directa del incumplimiento, es
necesario acudir a las teorías doctrinarias sobre causalidad, las cuales son las mismas que se
aplican en materia de responsabilidad extracontractual.
La mora
Tradicionalmente, la doctrina ha definido la mora como el retardo imputable en el cumplimiento
de una obligación, una vez que el acreedor ha realizado una interpelación al deudor. Para que
exista mora, deben concurrir los siguientes tres requisitos:
1. Retardo en el cumplimiento de la obligación.
2. Imputabilidad del retardo al deudor.
3. Interpelación, que consiste en una manifestación del acreedor al deudor, en la que le
advierte que el retardo le está causando perjuicios.
El artículo 1551 del Código Civil contempla tres formas de interpelación:
Interpelación contractual expresa: cuando el deudor no cumple dentro del plazo
estipulado en el contrato, salvo que una norma exija una interpelación formal.
Interpelación contractual tácita: cuando la cosa debía entregarse o ejecutarse dentro de
un período determinado, y el deudor deja pasar dicho período sin cumplir.
Interpelación judicial: en los demás casos, cuando el acreedor demanda judicialmente al
deudor.
Además, conforme al artículo 1552, en los contratos bilaterales no puede hablarse de mora si el
acreedor no ha cumplido o no se ha mostrado dispuesto a cumplir su propia obligación. Por tanto,
para que exista mora del deudor, el acreedor debe haber cumplido o estar llano a cumplir.
La doctrina contemporánea entiende la mora no como un simple retardo imputable, sino como un
retardo especialmente calificado por el legislador. Esta calificación se mantiene en el mismo
artículo 1551, y prescinde de la imputabilidad como requisito, desplazando así la visión
tradicional que exigía culpabilidad para configurar la mora.
Efectos de la mora
Una vez constituido en mora, el deudor queda obligado a indemnizar los perjuicios sufridos por
el acreedor, conforme al artículo 1557 del Código Civil. Esta indemnización es uno de los
principales efectos de la mora.
Otro efecto importante se presenta cuando la obligación es de especie o cuerpo cierto: si la
especie perece durante la mora del deudor, éste no queda liberado de la obligación, incluso si
la pérdida se debió a caso fortuito o fuerza mayor. En tal caso, la obligación se transforma: el
deudor ya no debe la especie, sino su precio, además de la indemnización de los perjuicios
ocasionados.
En los contratos bilaterales, si la pérdida de la especie ocurre durante la mora del deudor, no se
aplica la teoría general de los riesgos establecida en el artículo 1550. En su lugar, se produce
una sustitución del objeto de la obligación por una suma de dinero, que incluye el valor de la
especie más la indemnización correspondiente.
Responsabilidad extracontractual, penal y contractual
1. Responsabilidad penal vs. responsabilidad civil extracontractual
Una diferencia fundamental entre la responsabilidad penal y la responsabilidad civil radica en el
principio de tipicidad, esencial en el ámbito penal. Para que una persona sea sancionada
penalmente, es indispensable que su conducta encaje dentro de un tipo penal expresamente
establecido por el legislador. Por el contrario, en materia civil no se requiere dicha tipicidad: basta
con que exista un hecho culposo o doloso que cause un daño y que infrinja un deber de
cuidado.
En efecto, la ilicitud civil se fundamenta en la inobservancia del cuidado debido. Cualquier hecho
que vulnere este estándar puede generar responsabilidad, incluso si no se encuentra descrito
previamente en una norma. La responsabilidad civil tiene su fuente no solo en la ley, sino también
en usos normativos o reconstrucciones posteriores realizadas por el juez, quien puede
considerar diversos criterios, tales como:
1. La probabilidad del daño
2. La intensidad del daño
3. El costo de evitar el accidente
4. El valor social de la conducta
5. La relación entre la víctima y el victimario
2. Apreciación de la culpa
Otra diferencia radica en cómo se aprecia la culpa en cada ámbito:
En materia civil, la culpa se aprecia en abstracto: se compara la conducta del autor con la
que habría tenido una persona media en la misma situación. No obstante, este juicio
abstracto se determina en concreto, considerando las circunstancias externas
concurrentes al hecho (no las internas como edad o sexo).
En materia penal, en cambio, la culpa se aprecia en concreto, considerando las aptitudes
psíquicas y personales del imputado, y si este fue capaz de representarse el resultado
que la norma penal busca evitar.
3. Daño
El daño es esencial en la responsabilidad civil, mientras que no lo es en el derecho penal. En
este último, existen delitos de peligro donde basta con la creación de un riesgo jurídicamente
relevante, sin necesidad de que se concrete un daño.
4. Capacidad de imputabilidad
Respecto a la capacidad, en la responsabilidad civil extracontractual:
Son incapaces los menores de siete años y los dementes.
El mayor de siete y menor de dieciséis años es responsable si se prueba que obró con
discernimiento, el cual se presume según el artículo 2319 del Código Civil.
En materia penal:
No tienen responsabilidad penal los menores de catorce años, conforme a la Ley de
Responsabilidad Penal Adolescente.
5. Personas jurídicas
En derecho civil, las personas jurídicas pueden ser responsables:
Por hecho propio, cuando un órgano actúa culposa o dolosamente, o por defectos en la
organización.
Por hecho ajeno, en los términos de los artículos 2320 inciso cuarto y 2322 del Código
Civil.
En derecho penal, por regla general sólo las personas naturales son responsables
penalmente, salvo excepciones específicas contempladas en la ley, como en los delitos de:
Cohecho
Lavado de activos
Financiamiento del terrorismo
Colusión
6. Renunciabilidad y carácter de la acción
La acción civil es una acción privada y renunciable, ya que tiene carácter patrimonial. En
cambio, la acción penal es pública, y por regla general no es renunciable por la víctima.
7. Estándar probatorio
En cuanto al estándar de prueba, existen claras diferencias:
En responsabilidad civil, se exige el estándar de probabilidad prevalente: basta que
sea más probable que un hecho haya ocurrido a que no haya ocurrido. Sin embargo, en
Chile el Código de Procedimiento Civil establece un sistema de prueba legal tasada,
por lo que en ciertos casos ni siquiera es relevante hablar de estándares probatorios, dado
que la ley asigna un valor específico a cada medio de prueba.
En materia penal, el estándar exigido es más allá de toda duda razonable, conforme al
Código Procesal Penal. Este estándar se aplica para acreditar la voluntariedad del hecho,
la culpabilidad del imputado y los elementos del tipo penal.
8. Competencia de los tribunales
Las acciones civiles son conocidas por tribunales civiles, pero también pueden ser
conocidas por tribunales penales cuando la víctima presenta una querella con acción
civil.
En cambio, los tribunales civiles no pueden conocer acciones penales.
9. Efecto de cosa juzgada de la sentencia penal
La sentencia penal condenatoria produce cosa juzgada en sede civil, conforme al artículo 178 del
Código de Procedimiento Civil, siempre que sea condenatoria. Las sentencias absolutorias o de
sobreseimiento definitivo solo producen cosa juzgada en los siguientes casos (artículo 179
CPC):
1. Cuando se declara la inexistencia del delito o cuasidelito objeto del proceso.
2. Cuando se establece que no hay relación alguna entre el hecho y el acusado.
3. Cuando no existen indicios contra el acusado (sólo respecto de quienes intervinieron en
el proceso penal).
En ningún caso la absolución penal impide la responsabilidad civil por obligación de restituir.
El efecto de cosa juzgada penal en sede civil se limita a:
1. Lo resuelto expresamente por el tribunal penal.
2. Los hechos que sirvieron de fundamento necesario de lo resuelto (artículo 180 CPC).
Esto significa que, si existe cosa juzgada penal, en el juicio civil no podrá presentarse prueba ni
alegaciones incompatibles con lo resuelto o con los hechos que fundamentaron la sentencia
penal.
Responsabilidad extracontractual Responsabilidad penal
Son siempre incapaces los menores de 7 años Son siempre incapaces los menores de 14
y los dementes. años.
El deber de cuidado puede ser establecido con La conducta debe ser típica.
posterioridad por el juez.
La culpa se aprecia en abstracto. La culpa se aprecia en concreto.
El daño es elemento esencial. El daño no es esencial, porque se sanciona
también el desvalor de la acción.
Las personas jurídicas son responsables. Sólo son responsables las personas naturales.
La acción es particular (renunciable). Por regla general, la acción penal es pública.
Los tribunales civiles no tienen competencia Los tribunales penales pueden conocer asuntos
civil. civiles (acciones reparatorias, y acciones
indemnizatorias de la víctima contra el
imputado)
Estándar de prueba probabilístico. Estándar de prueba de la duda razonable.
Responsabilidad contractual y extracontractual
Diferencias entre la responsabilidad contractual y la responsabilidad extracontractual
Si bien algunos autores sostienen que las diferencias entre los distintos tipos de responsabilidad
son contingentes y obedecen a cuestiones de régimen legal, en el sentido de que derivan de la
regulación que el legislador ha establecido para cada clase de responsabilidad, la idea de
responsabilidad como obligación de indemnizar perjuicios respondería, en todo caso, a una
estructura común. No obstante, se comparta o no esta concepción unitaria, lo cierto es que dichas
diferencias de régimen existen y no admiten excepción dentro de nuestro ordenamiento jurídico. En
efecto, el sistema chileno contempla diferencias relevantes entre la responsabilidad civil contractual
y la extracontractual.
La responsabilidad contractual se encuentra regulada principalmente en el Título XXII del Libro
IV del Código Civil, artículos 1545 y siguientes, sin perjuicio de otras disposiciones específicas
contenidas en normas sobre contratos determinados o en instituciones de aplicación general. A su
vez, la responsabilidad extracontractual se regula en el Título XXXV del Libro IV del Código
Civil, artículos 2314 y siguientes, bajo la denominación de delitos y cuasidelitos civiles.
Capacidad
En materia extracontractual, son responsables los mayores de dieciséis años y los mayores de
siete que actúen con discernimiento, conforme a lo establecido en el artículo 2319 del Código Civil.
En materia contractual, en cambio, la plena capacidad para obligarse requiere haber alcanzado la
mayoría de edad.
Culpa
En lo relativo a la culpa, en la responsabilidad extracontractual la doctrina mayoritaria sostiene
que se responde por culpa leve, entendida como la falta de diligencia que una persona media
aplicaría en la administración de sus propios asuntos, según el artículo 44 del Código Civil. Esta
interpretación se basa, además, en la referencia expresa al “buen padre de familia” en el artículo
2323.
En materia contractual, la culpa exigible dependerá de lo estipulado por las partes en el contrato.
A falta de estipulación o norma especial, se distingue según el carácter del contrato:
Si es oneroso, se responde por culpa leve;
Si es gratuito y beneficia solo al acreedor, el deudor responde por culpa grave;
Si es gratuito y beneficia solo al deudor, este responde por culpa levísima.
Mora
En la responsabilidad extracontractual, no se exige la concurrencia de mora para que proceda la
indemnización. Por el contrario, en la responsabilidad contractual, conforme al artículo 1557 del
Código Civil, los perjuicios se deben desde que el deudor se ha constituido en mora, salvo que se
trate de obligaciones de no hacer, en cuyo caso la indemnización se devenga desde la
contravención.
Carga de la prueba
En materia extracontractual, corresponde al demandante acreditar la culpa del demandado,
conforme a la regla general del artículo 1698 del Código Civil. En cambio, en el ámbito contractual,
el artículo 1547 inciso tercero establece una presunción de culpa a cargo del deudor, quien
deberá probar que actuó con la diligencia debida o que incurrió en caso fortuito.
Daños indemnizables
En responsabilidad extracontractual rige el principio de reparación integral del daño,
establecido en el artículo 2329. Se debe indemnizar todo el daño directo causado, conforme al
criterio de la causa adecuada o necesaria.
En la responsabilidad contractual, el artículo 1558 del Código Civil distingue:
A falta de dolo, el deudor solo debe indemnizar los daños que haya previsto o debido
prever al momento de contratar.
Si existe dolo, deberá indemnizar todos los daños directos o inmediatos, sean previsibles
o no.
Solidaridad
En materia extracontractual, cuando dos o más personas incurren en el hecho ilícito, su
responsabilidad es solidaria. En cambio, en materia contractual, la responsabilidad entre co-
deudores es, en principio, simplemente conjunta o mancomunada, salvo que medie dolo o culpa
grave, casos en los que también opera la solidaridad.
Prescripción
La acción de responsabilidad extracontractual prescribe en el plazo de cuatro años, mientras que
la acción indemnizatoria derivada de responsabilidad contractual prescribe en el plazo de cinco
años.
Estructura dogmática
Desde una perspectiva dogmática, la responsabilidad extracontractual se configura como una
obligación primaria, que surge de la infracción de un deber general de cuidado. En cambio, la
responsabilidad contractual se presenta como una obligación secundaria, en cuanto
presupone la existencia previa de una obligación principal derivada del contrato. No obstante, ello
no implica que el acreedor solo pueda solicitar indemnización una vez frustrado el cumplimiento
natural; la jurisprudencia ha reconocido expresamente la autonomía de la indemnización en sede
contractual, permitiendo al acreedor demandar directamente los perjuicios sin necesidad de
solicitar previamente el cumplimiento.
Responsabilidad Extracontractual Responsabilidad Contractual
Son capaces los mayores de 16 años y los Son plenamente capaces los mayores de 18
mayores de 7 que actúan con discernimiento. años.
Se discute de qué culpa se responde. Según Se responde en forma gradual, según el caso,
algunos, de toda culpa. Según la mayoría, solo por culpa grave, leve o levísima.
de culpa leve.
La obligación de indemnizar nace desde el La obligación de indemnizar nace con la mora.
momento mismo del ilícito.
Según parte de la doctrina, no opera el artículo Opera el artículo 1558 CC. El dolo es un
1558 CC y todo daño debe ser reparado, se agravante.
trate de un cuasidelito o delito. Banfi opina que
sí debe aplicarse el artículo 1558 o al menos
construir una regla análoga.
La responsabilidad de los autores es solidaria. Por regla general, la responsabilidad
contractual es simplemente conjunta.
La prescripción es de 4 años. La prescripción es ordinaria de 5 años.
La culpa debe ser probada. La culpa se presume.
Nace en forma principal, por la infracción de un Nace en forma secundaria, por el
deber de cuidado. incumplimiento de una obligación previamente
contraída.
Cúmulo de responsabilidades, derecho de opción y estatuto supletorio en materia de
responsabilidad civil
El cúmulo de responsabilidades, también conocido como "derecho de opción", y luego
abordaremos la cuestión de cuál es el estatuto de responsabilidad general y supletorio: si el de la
responsabilidad extracontractual o el de la responsabilidad contractual. Al hablar del cúmulo de
responsabilidades o del derecho de opción, nos referimos principalmente a los casos en que un
mismo hecho puede ser calificado tanto como un hecho ilícito civil (delito o cuasidelito) como
también como un incumplimiento contractual, generando daño y, por tanto, dando lugar
a responsabilidad contractual.
En otras palabras, el cúmulo de responsabilidades ocurre cuando un mismo hecho puede
generar tanto responsabilidad extracontractual como responsabilidad contractual. Este es un
problema frecuente en ciertas actividades profesionales, como ocurre en el ámbito médico, en el
de la construcción, o incluso en el ejercicio de la abogacía.
¿Existe realmente una acumulación de responsabilidades?
Lo primero que debe aclararse es que la expresión “cúmulo de responsabilidades” es equívoca, ya
que no existe una acumulación propiamente tal. Lo que ocurre es que, a partir de un
determinado hecho, la víctima puede solicitar indemnización bajo uno u otro estatuto. Pero si
obtiene reparación por uno de ellos, ya no puede hacerlo por el otro, pues recibir doble
indemnización por un mismo daño supondría un enriquecimiento injusto.
¿Existe derecho de opción?
La pregunta clave es si la víctima tiene derecho a optar entre uno u otro régimen de
responsabilidad. Tradicionalmente, tanto la doctrina como la jurisprudencia han negado la
existencia de un derecho de opción. Se argumenta que reconocerlo atentaría contra la fuerza
obligatoria del contrato. Según esta postura, si el hecho puede ser calificado como
un incumplimiento contractual, la indemnización de los daños debe regirse por el estatuto de
la responsabilidad contractual. Permitir a la víctima apartarse de dicho estatuto e invocar la
responsabilidad extracontractual implicaría eludir cláusulas contractuales que limitan o eximen
de responsabilidad al deudor, lo que vulneraría la autonomía de la voluntad y el principio pacta sunt
servanda (artículo 1545 del Código Civil: “Todo contrato legalmente celebrado es una ley para los
contratantes”).
Además, esta postura tradicional considera que el estatuto general de responsabilidad es el
contractual y, por tanto, en caso de duda, debe preferirse dicho estatuto.
Excepciones planteadas por Alessandri
No obstante, Alessandri reconoce dos excepciones en que sí cabría optar por uno u otro
régimen:
1. Cuando las partes así lo pactan expresamente: Las partes pueden acordar que el
acreedor tenga la facultad de exigir la indemnización bajo cualquiera de los dos estatutos.
Por supuesto, no pueden acumularse ambas indemnizaciones, pues ello configuraría
una cláusula penal, y no una verdadera indemnización.
2. Cuando el incumplimiento contractual es también un delito penal: En estos casos, la
víctima puede ejercer una acción civil indemnizatoria dentro del proceso penal. Dado que
el juez penal no aplica normas de contratos (por ejemplo, no analiza cláusulas
contractuales ni la existencia del vínculo), lo natural es que aplique el estatuto de la
responsabilidad extracontractual.
Algunos autores, siguiendo a Alessandri, han planteado una tercera excepción: cuando el contrato
fue celebrado por adhesión a cláusulas no negociadas, y es el empresario quien ha incumplido.
En ese caso, el adquirente podría optar por la responsabilidad extracontractual, lo que
permitiría dejar sin efecto cláusulas abusivas o limitativas de responsabilidad.
Evolución doctrinal y jurisprudencial
Hoy en día, diversos autores abogan por reconocer el derecho de opción como regla general,
argumentando que ninguno de los regímenes es especial respecto del otro. Por tanto, si un
mismo hecho puede calificarse como incumplimiento contractual y como delito o cuasidelito
civil, la víctima podría elegir el estatuto que más le convenga.
Esta es, por ejemplo, la postura del profesor Corral. Además, la Corte Suprema ha reconocido
el derecho de opción, señalando que, en la práctica, los regímenes contractual y
extracontractual tienden a unificarse. Esta línea jurisprudencial se ha desarrollado
particularmente en materia de responsabilidad médica, donde el derecho de opción cobra
especial relevancia.
¿Cuál es el estatuto supletorio de responsabilidad?
La última cuestión que abordaremos es cuál es el estatuto general y supletorio de
responsabilidad: el contractual o el extracontractual.
Sabemos que:
Si el daño proviene del incumplimiento de una obligación contractual, se aplica el
estatuto de la responsabilidad contractual.
Si el daño proviene de un delito o cuasidelito civil, se aplica la responsabilidad
extracontractual.
Pero ¿qué ocurre cuando el daño proviene del incumplimiento de una obligación
cuasicontractual o de una obligación legal?
El artículo 1437 del Código Civil, junto con los artículos 578 y 2284, establece que las fuentes de
las obligaciones son:
El contrato
El cuasicontrato
El delito
El cuasidelito
La ley
Entonces, el problema es determinar qué régimen aplicar cuando la obligación nace de un
cuasicontrato o de la ley.
Postura de Abeliuk
Abeliuk sostiene que el estatuto general es el de la responsabilidad contractual, ya que el
Código Civil regula en el Título XII del Libro IV (artículos 1545 y siguientes) los “efectos de las
obligaciones”, y como las obligaciones tienen distintas fuentes, dicho estatuto se aplicaría a todas
ellas, salvo las que tengan una regulación especial (delitos y cuasidelitos).
Sin embargo, esta tesis ha sido criticada por ser formalista, ya que la mayoría de los artículos del
Título XII se refieren expresamente a contratos. Por ejemplo:
El artículo 1545 señala que “todo contrato legalmente celebrado es una ley para los
contratantes”.
El artículo 1546 habla de la buena fe en los contratos.
El 1547 se refiere a la culpa del deudor en el incumplimiento de una obligación
contractual.
El 1550 trata la teoría de los riesgos contractuales.
El 1553 regula remedios por incumplimiento de obligaciones de hacer contractuales.
Y así sucesivamente, hasta el 1558.
Por tanto, esta postura resulta reductiva, al basarse solamente en el título del capítulo y sin
considerar que su contenido se refiere casi exclusivamente a contratos.
Postura de Barros y visión funcionalista
Por su parte, Barros plantea que el estatuto contractual sólo se aplica cuando existe un vínculo
obligatorio previo, y que en los demás casos debe regir el estatuto extracontractual. Así,
considera que el estatuto general es el de la responsabilidad extracontractual.
No obstante, sugiere una visión más funcionalista: aplicar por analogía el estatuto que sea más
adecuado según el caso.
Si el daño deriva del incumplimiento de una obligación legal, debe aplicarse el estatuto
extracontractual, aunque se puedan aplicar normas contractuales para aspectos como
cumplimiento o prescripción.
Si el daño proviene de una obligación cuasicontractual, lo más adecuado sería aplicar
el estatuto contractual, ya que los cuasicontratos presentan importantes similitudes
con los contratos (de hecho, desde el derecho romano se habla de “obligaciones quasi
ex contractu”).
Finalmente, algunos autores van más allá y afirman que no existe un estatuto común, por lo que
debe determinarse caso a caso si corresponde aplicar el estatuto contractual o el
extracontractual por analogía, según las características de la obligación incumplida.