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Adolfo Huirse, Un Lobo ...

Adolfo Huirse, un destacado animador y comunicador del folclor peruano, dejó un legado de amistad y unidad en la comunidad cultural de Lima. Su carisma y generosidad enriquecieron la vida de quienes lo rodearon, convirtiéndolo en una figura inolvidable en el escenario y en la vida personal de sus amigos. Su partida deja un vacío profundo, pero su memoria y enseñanzas seguirán vivas entre aquellos que lo conocieron.

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Adolfo Huirse, Un Lobo ...

Adolfo Huirse, un destacado animador y comunicador del folclor peruano, dejó un legado de amistad y unidad en la comunidad cultural de Lima. Su carisma y generosidad enriquecieron la vida de quienes lo rodearon, convirtiéndolo en una figura inolvidable en el escenario y en la vida personal de sus amigos. Su partida deja un vacío profundo, pero su memoria y enseñanzas seguirán vivas entre aquellos que lo conocieron.

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Adolfo Huirse, un lobo noble entre las brisas.

El lobo, contrariamente de lo que se dice y piensa


de él tiene un gran sentido de unidad, de la familia y
de los amigos sin que esto afecte su individualidad.
Lo deja claro desde el primer momento. Esta
característica le permite tener el necesario y
prudente equilibrio entre sus responsabilidades y su
identidad personal.
El lobo es un gran comunicador, se expresa con el
tacto, con la vista, con sus movimientos corporales y
con su abanico de voces.
Por esto, quien tiene al lobo como su guía espiritual,
es un excelente orador, narrador, escritor y amigo.
Eran exactamente las 10 de la noche de este 13 de enero cuando Ruby Ames, entrañable amiga
del elenco de danzas del Brisas del Titicaca de inicios de los ochenta, me llamó para darme la
primera triste noticia del 2025, veintitrés segundos le bastaron. Respiré, inmediatamente mi
cerebro y mi corazón se encrespan, colisionan, mi piel acusa recibo, me resigno y mis manos se
juntan a la altura de mi boca para ahogar algún tipo de sonido que parezca llanto. Mis rodillas
ceden y caigo sobre mis años. Doris, mi esposa, pregunta sospechando la respuesta, quién, Lalo.
¡Carajo!
- “Señoras y señores, ¡Buenas noches! En el escenario, el mejor espectáculo folclórico bajo
el cielo de Lima”

Adolfo Huirse Cayro acababa de dejar este plano de la vida para convertirse en pensamiento,
memoria y luz. Entonces, la avalancha de recuerdos navega por varios segundos sin destino,
hasta que el primero de ellos se detiene, es la noche del último viernes de junio de 1983, estoy
en Brisas del Titicaca y lo escucho, sí, es él, es su voz.

- “acompáñennos en este imaginario viaje por los rincones del Perú milenario a través de
sus danzas y sus canciones. Sean todos y cada uno de Ustedes bienvenidos”.

Conocí a Lalo; Lalo para los íntimos, en los albores de lo que es hoy la Asociación Cultural Brisas
del Titicaca. Cuando se envestía de animador y sacaba a delante las “Noches de folclor”, eran
únicamente los días viernes desde las 10 pm hasta el alba. Noches donde más que ver un
espectáculo folclórico era un hermoso pretexto para abrazar a los más queridos; primos,
sobrinos, nietos, ahijados, paisanos, todos se conocían. En Brisas de esos años se respiraba
comunidad, familia, tribu. Todo ello se respiraba dentro del Jirón Walkuski 168, la histórica calle,
frente a la iglesia María Auxiliadora, primera de Brasil en el Cercado de Lima. Era la casa de la
familia “Briseña”; era la casa de Adolfo, donde mis 19 años fueron bienvenidos, de manera que
mi incorporación al elenco de danzas resultó casi natural. Adolfo era uno de los responsables de
esa atmosfera. Lo observaba con detenimiento, cuarenta años después puedo decir con
beneplácito que ese rol suyo en la peña, el de animador, que lo hacía tan carismática y
prolijamente, con identificación a la institución, con su saco verde de fino paño y micrófono en
mano, me inspiro para dar vida a Esteban Dido, mi personaje en La Orquestita, obra que
estrenara en 1989 con Cuatrotablas, mi grupo de teatro.

Yo soy un tarapotino orgullosamente Briseño

Cuando un amigo se va, dice el trovador, deja un vacío que no lo puede llenar ni la llegada de
otro amigo. Mi vida tiene varios de estos huecos en el alma, el primero data de 1985, un extraño
cáncer me arrebato la picardía y compañía de Willy Pizarro cuando aún éramos estudiantes de
la Escuela Nacional de Arte Dramático, la querida ENAD. Luego les tocaría el turno a Julio
Osterloh, Jaime Ayat, Alfredo Cervantes, Eduardo Morales y Juan Molina, todos ellos vinculados
a las danzas puneñas y al folclor. Sin embargo, es en los últimos años donde he tenido
significativas y profundas perdidas de entrañables amigos: Mario Delgado, director y fundador
de Cuatrotablas; Jorge Luis Medina, artista iconoclasta gran renovador en la producción y
animación de eventos artísticos; José Luis López Follegati y Ricardo Morel, gestores sociales
cuyas estrellas se apagaron prontamente. Ambos aportaron a las políticas públicas sobre
prevención de conflictos sociales y al dialogo multiactor, aprendí mucho de ellos, unos capos. Mi
compadre Dino Arenas Lozada, el hombre que cambió para siempre las noches barranquinas con
su peña La Candelaria partió a mejor vida en 2017. Hoy Adolfo es una estrella luminosa en el
cosmos de la amistad.

Su don de gente y su generosidad hizo que nuestra estadía en el elenco de Brisas del Titicaca y
posteriormente en el elenco del Departamental Puno fuera placentera e inolvidable. Recuerdo
con bastante claridad que durante los ensayos y previo a nuestras presentaciones en los teatros
limeños nos proveía de conceptos, significados y opiniones sobre las danzas y sus coreografías.
Este hecho nos daba seguridad a la hora de entrar al escenario. Su honda preocupación por el
espectáculo iba desde la gestión del teatro hasta el diseño e impresión de los programas de
mano que se distribuían en las funciones los días de nuestra presentación. Obviamente él era el
maestro de ceremonias y la voz en off del espectáculo. La misma voz juvenil de radio La voz del
altiplano en su natal Puno y radio Del Pacífico ya mayor en la capital, la misma voz, pero mejor.

Fue el último hijo de don Rosendo Huirse Muñoz, eximio músico puneño autor del Himno a Puno,
del famoso huayno Quisiera ser picaflor, así como también de temas como Balsero del Titicaca,
Paja Brava y muchos temas más. Tuvo cinco hermanos, el mayor fue Juan José quien trabajó en
el magisterio como profesor y Jorge quien fue también un destacado músico a quien tuve el
honor de escuchar y conocer.

Como todo buen periodista Adolfo tenía un exquisito manejo del castellano, de nuestras
conversas barranquinas siempre me quedaba con una cita literaria o un título a leer, admiraba y
recitaba a Shakespeare. Exigente profesional, trabajó en la mejor época del diario Expreso,
cuando perteneció a sus trabajadores, periódico fundado por don Manuel Mujica Gallo. Editor
de Contrapunto icónico programa de investigación de Frecuencia Latina en épocas de apagones,
coches bombas y voladuras de torres. Por años también en la edición y dirección de los diarios
El Nacional y EL Observador.
En lo personal, íntimo y privado Adolfo me regaló su amistad a cambio de nada, con él vino el
cariño de Gladys, su esposa, su chocolatito, su eterna compañera, ¿cómo estará? Su concepto
de familia enriqueció el mío. Guardo con cariño sus palabras referidas a la forma y trato que yo
mantenía y sostengo con mi primera esposa, mamá de Ana Belén. Gracias amigo, hoy más que
nunca dimensiono tus comentarios.

Compañero lobo, como me decías después de largos años de confianza, te voy a extrañar.
Aquellas finas conversaciones que siempre tenían rubias embotelladas al centro de la mesa, y
como todo lobo, tus opiniones y comentarios nunca eran frívolos ni vacíos, tenían contenido
sobre coyuntura política, la fe, la moral y la familia que hoy para mí son derroteros. Voy a extrañar
tus llamadas telefónicas solo para preguntarme cómo están mis trilces, refiriéndote a Killa y
Trilce, mis menores hijas y al despedirte, encargarme halagos y elegantes saludos para Doris.
Grande Lalo

Pero nuestra etapa de oro; la amical, la entrañable, la cómplice, la fructífera y fecunda


intelectualmente fue en Barranco en La Candelaria de Dino Arenas Lozada. Toda la primera
década de este siglo, hermosa etapa de las Mestizadas, así llamábamos a las noche de los
miércoles que nos reuníamos para editar la revista Mestizo junto a Fernando Torrejón, quién se
encargaba de la diagramación y el diseño, algunas veces venía el arquitecto moheño Rubén
Valencia Machicao. Antonio Muñoz Monge respondió a tu llamado, vino y aportó; Reynaldo
Naranjo, Eloy Jauregui y Juan José Vega colaboraron con nuestra revista únicamente por el cariño
puro y sincero que te profesaban, solo por ser tus amigos, hasta amigos nos heredaste. Gracias
por tanto "Lalitro" querido.

¡Despéinate!

De las épocas en La Candelaria Peña es que guardo dos deliciosas anécdotas. La primera referida
a una frase que nos regaló una noche de trabajo cuando a Torrejón, el diseñador de la revista se
complicó la adecuada diagramación de una edición aniversario, Lalo amablemente le gritó:
¡Despéinate hermano!, fue su manera de decirle: sal de la caja, se creativo, arriésgate.

La coca del supay

Estábamos finalizando el año y concentrados en el diseño del Programa para la noche de un Año
Nuevo, cuando Edmundo Supay, maestro pututero y encargado con su elenco de montar una
“mesada de prosperidad” por el advenimiento del nuevo año, sacó su habitual porción de hojas
de coca para compartir y picchar mientras conversábamos con cervezas más cervezas menos. Sin
darnos cuenta llegó la madrugada, cerramos la cesión alegres y bromistas al despedirnos todos.
Yo estaba “movido”, Dino y Fernando de igual manera. Edmundo Supay el recio aymara y Lalo se
fueron juntos hasta el Centro de Lima. Me llamó la atención la tranquilidad y lucidez de Lalo a
esas horas de la oscura noche después de haber bebido lo que bebimos. Ya en la esquina de
Tacna y La Colmena se bifurcarían sus caminos, uno hacia Comas y el otro hacia Los Olivos. Nada
de eso sucedió. Encontraron un bar de aquellos y continuaron con la “picchada” acompañados
por las dos últimas cervezas del nuevo día. Dicen que era la una de la tarde y Adolfo Huirse no
conciliaba el sueño, no encontraba racional explicación a su insomnio. Hasta que en un momento
recuerda que todos nosotros escupíamos los bolos de coca después de masticarlos mientras que
él los tragaba. Adolfo Huirse el genuino periodista de memorables jornadas en la prensa nacional
había fabricado un inmenso “Happy Brownie” en su estómago. Cuando nos contó lo sucedido en
su casa aquella mañana nos reímos durante mucho tiempo. Ese era mi amigo.
Querido Lalo tengo que despedirte y prometo no olvidarte nunca, así no te mueres; te seguiré
citando, seguiré parafraseándote, contando tus chistes y llamaré a tu amada Gladys para decirle
que fuiste y serás su…lobo domesticado…su loco enamorado…su mascota fiel.

Qué pena carajo, no hay vuelta atrás. Lo bebido, bebido está, sigamos bebiendo.

La del estribo

- ¿Lalo, una más?

- ¿Quién soy yo para oponerme?

Respondías socarronamente.

Buen viaje hermano.

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