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Giselle's

Giselle Padilla, enfrentándose a la enfermedad de su madre y la carga de cuidar a sus hermanos, decide vender su virginidad a través de un servicio de acompañantes. Kian Svensson, un hombre rico que nunca ha tenido que luchar por nada, se siente atraído por la idea de adquirir la inocencia de una mujer, lo que lo lleva a participar en una subasta de vírgenes. Ambos personajes se ven atrapados en un juego peligroso que desafía sus valores y emociones, mientras buscan una solución a sus problemas personales.

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Giselle's

Giselle Padilla, enfrentándose a la enfermedad de su madre y la carga de cuidar a sus hermanos, decide vender su virginidad a través de un servicio de acompañantes. Kian Svensson, un hombre rico que nunca ha tenido que luchar por nada, se siente atraído por la idea de adquirir la inocencia de una mujer, lo que lo lleva a participar en una subasta de vírgenes. Ambos personajes se ven atrapados en un juego peligroso que desafía sus valores y emociones, mientras buscan una solución a sus problemas personales.

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Traducción de Fans para Fans, sin fines de lucro

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Ni en un millón de años Giselle Padilla pensó que terminaría vendiendo su
tarjeta V por dinero. Sin embargo, cuando su madre enfermó y no pudo seguir
trabajando ni hacerse cargo de los hermanos pequeños de Giselle ni de las
facturas del hospital, Giselle supo lo que tenía que hacer. Se tragó todo su
orgullo y dio un paso al frente para ayudar a su familia convirtiéndose en
acompañante en Innocence Abundance Escort Service, un servicio de
acompañantes donde hombres adinerados pujan por ser el primero de una
virgen. Hombres ricos como Kian Svensson, que acaba de convertirse en el
mejor pujador para contratar a Giselle.
Cuando Kian está cerca, Giselle pierde toda noción de la realidad, y los muros
que rodean su moral y su corazón se derrumban. Sabe que está jugando un
juego peligroso al quedarse, pero no puede marcharse sin un plan para
ayudar a su madre y a sus hermanos.

Kian Svennson nació con una cuchara de plata en la boca. Nunca le ha


faltado de nada. Todo lo que ha querido o deseado, lo ha conseguido con un
chasquido de dedos. Así ha sido durante sus treinta y cuatro años de vida y
pensaba que nunca cambiaría. Sin embargo, su mejor amigo acaba de abrir la
mente de Kian al mundo del tabú. Ni en un millón de años pensó que haría
semejante compra: la inocencia de una mujer. Sin embargo, ya está
totalmente metido y no hay vuelta atrás. Sobre todo, cuando entra en
contacto con una sexy puertorriqueña que hace arder su mundo. La misma
mujer que está a punto de demostrarle que la vida es mucho más que dinero.
¿Será Kian capaz de aferrarse a lo único que no puede verdaderamente tener?
¿O Giselle huirá, dejando a ambos con muchos remordimientos?
Capítulo 1
Giselle

—Mamá, por favor. —Dejo escapar un fuerte suspiro y me


hundo de nuevo en el sofá.

—Mija, no es necesario que pagues mis facturas. —Por el


tono desfallecido de mi madre, me doy cuenta de que está al
borde de las lágrimas.

—No pasa nada. No llores, mamá. Sólo es dinero.

—Trabajas duro por tu dinero. Deberías gastártelo en ti.


Estaré... estaré trabajando de nuevo en poco tiempo. Te lo
devolveré.

Me rompe el corazón escucharla mentirme. Sé que no podría


devolvérmelo porque el médico no le ha dado el visto bueno para
volver a trabajar. El cáncer de mi madre ha hecho mella en ella,
en mis hermanos y en sus finanzas.

—No necesitas pagarme por...


—Por favor, Giselle —interrumpe mi madre. —Cuando vuelva
a trabajar te lo devolveré.

—¡Dile que puedo conseguir un trabajo y pagárselo! —grita


de fondo Lydia, mi hermana de dieciséis años.

—¡NO! —gritamos mi madre y yo.

—No hay necesidad de gritar. Sheesh. Incluso te he oído a ti,


Giselle! —espeta Lydia, haciéndome reír y a mi madre gemir.

—Tienes que centrarte en tus estudios —le dice mi madre.

—Lo sé, pero... —Las palabras de Lydia se desvanecieron.

—Ustedes dos me van a hacer llorar —resoplo, secándome


una lágrima caída. —Acepta el dinero, sé feliz y preocúpate por
ponerte sana, mamá. El dinero es reemplazable. Tú no lo eres.

—Ay, mija —lloriquea mi madre. Oír la tristeza en su voz y


saber que está llorando me rompe el corazón.

Mi madre era una mujer fuerte. Cuando mi padre nos


abandonó cuando yo tenía cinco años, Lydia un año y Luis
apenas unas semanas, mi madre hizo acopio de todas sus fuerzas
y nos crió como madre soltera. Ni una sola vez mostró debilidad
o intentó tirar la toalla. Era una guerrera que se enfrentaba al
mundo sin piedad. Ahora, el cáncer la ha transformado en una
mujer a la que apenas reconozco.
—Tengo que irme. Viene mi jefe. Te quiero. Adiós —miento
entre dientes y cuelgo. Las lágrimas corren por mi cara y aprieto
una almohada cercana. Me mata mentirle a mi madre.

El dinero que le doy semanalmente me resulta fácil. Apenas


si hacía nada para conseguir el dinero. Simplemente, movía el
culo al ritmo de buena música y cobraba mi sueldo. La vida de
una stripper de Atlanta

—Ugh —gemí al pronunciar la palabra stripper.

Ni en un millón de años hubiera pensado que terminaría


siendo stripper; sin embargo, cuando la vida decidió golpear a mi
madre, no me lo pensé dos veces. No hay nada que no haría por
mi madre, Lydia y Luis.

Ding. El sonido de la notificación del correo electrónico de mi


portátil desvía mi atención de mi fiesta de compasión y la dirige
hacia el portátil que tengo a unos metros de mí, sobre la mesita.

Me limpio las últimas lágrimas de las mejillas y me inclino


para ver la pantalla. Es un correo electrónico de Madame Lilith.
Reconozco el nombre. Dirige Innocence Abundance Escort
Service, un servicio de acompañantes del que me habló Stacy,
una de las bailarinas del trabajo.

Dijo que pagaban cinco veces más que nuestras nóminas y


que no teníamos que dejarnos manosear por ningún hombre. El
servicio de acompañantes cuidaba de las chicas. Cuando le
pregunté a Stacy por qué no había solicitado trabajar allí, me dijo
que ya no tenía la tarjeta V. Antes de que pudiera pedirle
explicaciones, salió corriendo del camerino y subió al escenario.
No volvimos a cruzarnos el resto de la noche, pero eso no me
impidió investigar más tarde en casa con mi portátil. Resultó que
tarjeta V es la forma sencilla de decir virginidad.

Yo todavía tengo mi tarjeta V. Todavía no he encontrado a un


hombre que haga que se me caigan las bragas. Claro, he visto y
salido con hombres sexys, pero sólo había una conexión física.
La conexión emocional y espiritual era casi inexistente.

Después de leer la página del servicio de acompañantes,


decidí que valía la pena intentarlo, rellené el formulario de interés
y envié algunas fotos. Eso fue hace dos días. No esperaba que me
respondieran tan pronto. Ni nunca.

Mis ojos repasan el correo electrónico que Madame Lilith


acaba de enviarme. Quiere citarme para una entrevista y un
examen físico. Todas las solicitantes deben ser examinadas por
un médico para comprobar que sean vírgenes.

—¿¡Qué!? —jadeo.

Se toman muy en serio la palabra inocencia en el nombre de


la empresa. Pero, ¿de verdad voy a dejar que un desconocido me
inspeccione?

¿A quién demonios quiero engañar? pienso mientras pulso el


botón de respuesta y escribo: Estoy disponible cualquier día de 9
de la mañana a 5 de la tarde.
Sin dudarlo, le di a enviar y me hundí de nuevo en el sofá.

—Oficialmente he perdido la jodida cabeza.


Capítulo 2
Kian

—Suenas como un maldito asqueroso —gruño en el teléfono.

—Kian. Amigo. ¿En serio? —Geoff Carlton, mi mejor amigo,


se rió entre dientes. —Entonces, ¿contratarás a una
acompañante para un evento y no te la follarás?

—Eso es prostitución. Idiota.

—Estás pagando por adelantado por su tiempo, no por su


cuerpo —responde sin perder el ritmo. Al parecer, preparó su
argumento antes de exponerme su caso.

—Vas a terminar con una jodida E.T.S. —me rio.

—A la mierda con eso. Estoy limpio —gruñe. —Además, voy


a hacer lo de la subasta. Para eso te he llamado. Te he anotado.

—¿Qué jodida subasta? ¿Y qué demonios quieres decir con


que me has anotado? —rechino con los dientes apretados y la
mano libre cerrada en un puño.
—Estás buscando esposa para tener un heredero. Esta
subasta es para pujar por las vírgenes más calientes —alardea.
—Van a ser tan jodidamente calientes y jóvenes.

—¡JÓVENES! —La palabra sale de mi boca y resuena en las


paredes de mi despacho. Seguro que todos los empleados que
están al otro lado de la puerta miran hacia ella y se preguntan
qué demonios está pasando.

—Legal. Por Dios. Tengo algo de moral —dice Geoff en tono


disgustado.

—Apenas —murmuro.

—Que te jodan —se ríe entre dientes. —En serio. Vírgenes


calientes, que han sido investigadas y sus antecedentes
comprobados. Es perfecto.

—¿Son de otros países o algo así?

—Kian, ¿por qué eres tan estirado? —se queja. —Estas son
mujeres americanas, que buscan una vida mejor. Tú y yo, amigo
mío, podemos dársela. Y, a cambio, tú consigues un heredero y
yo una esposa trofeo.

—¿Por qué somos amigos otra vez? —pregunto,


pellizcándome el puente de la nariz. Mi cabeza empieza a palpitar
ante la idea de convertirme en un sórdido ricachón que se compra
una esposa.
—Te voy a mandar un mensaje con un número. Es Madame
Lilith. Es la jefa. Ya está esperando tu llamada. Así que dale tu
nombre.

—No necesito que una proxeneta me ayude a encontrar


esposa.

—Madame —me corrige, haciéndome gruñir y poner los ojos


en blanco.

—No necesito ayuda para encontrar esposa y definitivamente


no necesito comprar una.

—Corta con la mierda, Kian —dice Geoff con firmeza. —Deja


de pensar en las normas sociales. ¿Esta mierda es rara? ¿Un poco
poco ortodoxa? ¿Tabú? Joder, sí. ¿Pero a quién le importa? Ellos
ya han hecho todo el trabajo preliminar. Sabrás lo que le gusta a
la mujer, lo que no le gusta, sus antecedentes y todo lo demás
que pasarías meses intentando aprender. Todo lo que tienes que
hacer es presentarte y ver qué información y aspecto de las
mujeres te llama la atención. Así de sencillo. Si ninguna lo hace,
te vas a casa sin perder nada.

Lo hace parecer tan sencillo como ir a una tienda y comprar


una barra de pan.

Simplemente hay que entrar, mirar, elegir y volver a casa con


el pan. ¿Realmente quiero considerar esta idea? Soy un tipo rico
y bien parecido, fui a una escuela de la Ivy League y no tengo
nada que desear en el mundo... excepto una esposa y un
heredero.

Joder. Geoff tiene razón. No es que vaya a decirle eso. Es la


parte tabú de todo esto lo que me hizo decir que no, pero en el
fondo, la idea me excita.

¿Qué demonios está mal conmigo?

—Estás pensando demasiado. —Las palabras de Geoff


interrumpen mis pensamientos. Sacudo la cabeza y suspiro.

—No necesito ayuda para encontrar...

—¿En serio no se te pone dura pensando en alguna mujer


hermosa dispuesta a entregarte su inocencia? —pregunta. —
Estoy dispuesto a que una virgen sexy me la entregue. Sólo con
saber que soy el único que se la follará... ¡joder, sí!

Me encuentro a mí mismo acomodándome en mi asiento,


intentando dar espacio al repentino bulto en mis pantalones.

—Cállate —gruño. Mi erección está presionando el interior de


mis pantalones. No hay ninguna razón para que se me ponga
dura cuando habla. Son las imágenes que pasan por mi mente
las que me ponen la polla dura como una roca.

Imágenes de una latina ardiente y con curvas chupándome


la polla hasta que exploto en el fondo de su garganta. Ella sentada
en mi cara mientras devoro su coño y recupero fuerzas para
follarme lo que es mío.
—Joder —me contengo un gemido. —Me tengo que ir.

—Sí. ¿Necesitas liberar algo de presión, muchachote? —se


burla Geoff.

—Vete a la mierda.

—Nos conocemos desde siempre, Kian. Sé lo que buscas en


la vida y Madame Lilith va a ayudarte a conseguirlo. Confía en
mí.

—Bien —suspiro derrotado. —Envíame el número.

—Ya lo he hecho, mi amigo. Ya lo he hecho —suelta una breve


risita y termina la llamada sin avisar. Normalmente, me enojaría,
pero ahora mismo tengo otras cosas en mente... disparar mi
carga antes de que termine el almuerzo.

Miro hacia la puerta y compruebo si está cerrada. Lo está,


así que no pierdo el tiempo y saco mi polla. La agarro con fuerza
y la acaricio rápidamente al pensar en el calor y la estrechez de
mi futura esposa.

En pocos minutos, estoy de pie sobre el cubo de basura de


mi despacho, con una mano apoyada en la pared y la otra
acariciándome la polla. Es como correrme por primera vez. Mis
pelotas se tensan con fuerza mientras mi polla palpita y eyacula
con fuerza.

Si éste es mi orgasmo usando sólo mi imaginación de follar


con una virgen, voy a morir follando con la de verdad... o al menos
eso espero.
Capítulo 3
Giselle
Seis días después

—¿Realmente voy a hacer esto? —pregunto tragando saliva


mientras me miro en el espejo.

Las cosas han ido muy deprisa desde que le respondí a


Madame Lilith. Al día siguiente, después de responder al correo
electrónico, me encontraba en Innocence Abundance Escort
Service siendo entrevistada, y tres horas después estaba en el
médico para que un desconocido comprobara que era virgen.
Todo se volvió aún más surrealista cuando Madame Lilith me
preguntó si me interesaría acostarme con un hombre rico y
quedar salvada de por vida.

Al principio me reí, pero luego me di cuenta de que la mujer


hablaba en serio. Me explicó que su negocio también organizaba
subastas de vírgenes para hombres ricos. La idea me produjo un
nudo en el estómago: estar en un escenario delante de un grupo
de viejos ricos. Mi cara debió de delatarme, porque me explicó
que yo tenía tanto que decir sobre quién me elegía como el
hombre. Podía elegir un rango de edad. Parecía surrealista.
¿Quién vende su virginidad a un completo desconocido por
dinero?

Yo. Yo soy la idiota que vende su virginidad a un completo


extraño. Pensar en mi madre luchando por llegar a fin de mes y
mantener a mi hermano y a mi hermana hizo que mi decisión
saliera volando de mi boca. Haría cualquier cosa por ellos. No les
faltaría nada en este mundo. De eso estaría seguro.

Voy a vomitar, pienso mientras me siento congelada en la


silla que parece de salón.

La agencia tiene por norma, y está escrito en blanco y negro


en el contrato, que todas las mujeres que acepten participar en
la subasta deben pasar la noche en la mansión. Debo quedarme
esta noche, todo el día siguiente y hasta el final del gran evento.

—¿Giselle? ¿Cariño? —La asistente de Madame Lilith, Lisa,


me llama por detrás.

—¿Sí? —pregunto sacudiéndome los pensamientos sobre la


enfermedad de mi madre.

—¿Estás bien? —pregunta, acercándose a mí y poniéndose


al lado de Carol, que actualmente me está peinando. Carol es la
encargada de prepararme para la subasta de mañana por la
noche.
—Por supuesto —sonrío fingidamente. —Nunca he estado
mejor.

Observo en el reflejo del espejo como ambas mujeres me


miran. Ambas se ven preocupadas... maternalmente.

—Es sólo por una noche —me asegura Carol. —Demonios, si


yo puedo aguantar el sexo borracho y descuidado de mi marido,
creo que tú puedes aguantar el sexo de miles de dólares —soltó
una risita y luego me guiñó un ojo.

¿Sexo de miles de dólares? Pensar en exactamente cuánto


dinero voy a ganar hace que mi corazón lata a mil por hora. ¿Qué
clase de hombre paga mucho dinero por una mujer virgen? ¿Y
sólo por una noche? No es como si el tipo fuera a quedarse
conmigo al final de esto.

Wham-bam. Gracias, señora, gruño para mis adentros. ¿Y si


es un maldito gordo y feo?

—Todos los hombres han sido seleccionados en función de


tu edad y peso de preferencia, Giselle —suspira Lisa.

¿Acaso hay una burbuja flotando sobre mi cabeza con todos


mis pensamientos internos?

—Es natural preocuparse por el aspecto del hombre, así que


no, no leo la mente —sacude la cabeza y se ríe.

—¿Lo hubieran hecho ustedes? —pregunto, mirándolas a


ambas en el espejo.
—¡Sí! —gritan al unísono, haciéndonos reír a las tres.

—Es dinero fácil. Ni siquiera tienes que mover las caderas, si


no quieres —dice Carol.

—Nadie quiere una foll... nadie quiere sexo flojo —replico.

—¿Y? —replica ella encogiéndose de hombros. —Creo que en


ninguna parte del contrato dice que le des el mejor sexo de su
vida. —Carol mira a Lisa en busca de confirmación.

Lisa sacude la cabeza.

—No. No lo dice; sin embargo, he visto las fotos de los clientes


—dice, abanicándose con su portapapeles. —Sin duda querría
moverme.

—¿Ah, sí? —pregunto con mi interés despertado.

—Oh, sí —sonríe. —No creo que tengas ninguna queja, en


cuanto al aspecto.

—¿Muestran fotos de sus pollas? ¿Cómo de grandes son? —


pregunta Carol, haciéndome ahogar con el aire. Agradezco no
haber estado bebiendo agua o la habría escupido por todas
partes.

—¿Carol? —gime Lisa.

—¿Qué? ¿Qué hay de malo en querer saber sus tamaños?


—De todos modos, Giselle —Lisa me mira en el espejo. —Es
sólo una noche. Lo harás muy bien y luego todos tus problemas
estarán resueltos. Todos.

Siento que sus últimas palabras dan en el blanco. Está


hablando de mi madre. No es que mi madre sea un problema,
pero el dinero definitivamente estaría resuelto si sigo adelante
con esto. O eso espero.
Capítulo 4
Kian

—¿Qué demonios estoy haciendo? —pregunto mirándome en


el espejo.

Geoff se saltó algunos detalles importantes durante nuestra


charla del otro día por teléfono. La virgen no es para quedármela.
Sólo es para una noche. Me sentí en un gran apuro cuando
estaba rellenando el papeleo con Madame Lilith vigilándome
mientras leía el contrato. Todas las campanas y silbatos sonaron,
diciéndome que estaba loco por estar dispuesto a gastar una
tonelada de dinero en una mujer que no iba a conservar.

—Si al final la pasas como la mierda, te lo reembolsaré —dice


Geoff, de pie en el umbral de la puerta.

—Claro —digo poniendo los ojos en blanco.

—Lo juro por Dios —dice levantando dos dedos.

—Si terminas siendo miserable por la mañana, te


reembolsaré el dinero que te hayas gastado.
—¿Y si apuesto un millón de dólares? —respondo con una
sonrisa.

Geoff se encoge de hombros con indiferencia.

Gente rica. Siempre pensando que pueden tirar su dinero.

—Ganamos un millón fácilmente, así que sí, te reembolsaré


un millón si es necesario... Sin embargo, sé que vas a conseguir
a alguna zorra sexy, a la que te vas a follar a lo grande y
terminarás siendo un hombre nuevo.

—Eres jodidamente raro. Lo sabes, ¿verdad? —Me rio entre


dientes.

—Amigo. —Pone los ojos en blanco. —Llevo una eternidad


esperando a que hagas algo tabú. Siempre eres el Sr. Jodidamente
Buenito.

—Sólo porque no pague por sexo no significa que sea un


buenito.

—Eres casi un maldito santo, Kian. El jodido Papa te pide


consejo.

—¡Cierra la jodida boca! —Suelto una carcajada, mientras


Geoff sonríe de oreja a oreja. —Que no haga publicidad cada vez
que mojo la polla no me convierte en un santo.

—¿Te acuerdas siquiera de cómo son los coños?

—Por el amor de Dios, cierra la maldita boca, Geoff —rujo de


risa.
—Bromas aparte, ¿te has hecho un manscape? —pregunta,
mirando por encima del borde de su vaso mientras da un sorbo
lento a su bebida.

—Geoff, vete a casa —gruño.

—¿Qué? Una mujer te la chupará más tiempo si no tiene que


quitarse el vello púbico de los dientes. —Se encoge de hombros y
deja el vaso a un lado.

—Sabes que tu forma de hablar no es una norma social,


¿verdad?

—No estoy dando un discurso público, Kian. Estoy hablando


contigo. Mi mejor amigo.

—Me parece justo —admito.

Al menos aún puedo sacarlo en público y se comporta. Pero


últimamente, cada vez que sale el tema del sexo, se convierte en
un adolescente con las hormonas revolucionadas y sin filtro
social.

—Cierto. Pero actúas como si nunca tuvieras sexo. ¿Qué


demonios? —pregunto poniéndome de pie y dirigiéndome a la
cómoda donde está mi teléfono.

—Es que me encanta el sexo. —Se encoge de hombros con


indiferencia y sonríe como un idiota. Es una sonrisa que me
desafía a preguntarle en qué está pensando. A decir verdad, estoy
bastante seguro de que no quiero saberlo. Sólo hay una cosa con
la que podía relacionarse y es esta noche: la subasta de vírgenes.
—Detente. No voy a picar en lo que sea que estés tratando de
atraerme —digo, agarrando mi teléfono para revisar mis
mensajes.

—Estoy tan jodidamente orgulloso de ti —suelta, secándose


una lágrima falsa.

—Imbécil —murmuro. —Dije que no quería saber lo que


estabas pensando.

—Lo sé. Por eso te lo dije voluntariamente.

Geoff a veces realmente es un grano en el culo. Sin embargo,


es como un hermano para mí. Nos conocemos prácticamente
desde que nacimos. No puedo recordar un momento de mi vida
en el que Geoff no estuviera cerca. Cuando murió mi madre, lloré
en los brazos de Geoff. Cuando mi prometida me abandonó hace
unos años, fue Geoff quien me organizó una fiesta Me deshice de
la perra. Siempre estuvo ahí. Igual que ahora.

Si no fuera por él, no estaría a minutos de subirme a una


limusina para ir a una subasta muda para pujar por una virgen...

—No sé si darte las gracias o mandarte a la mierda por


haberme metido en esto. —Sacudo la cabeza con incredulidad y
luego me rio.

—¿Meterte en qué? ¿Una experiencia única en la vida? —


Levanta una ceja. —Deberías agradecérmelo. Quiero decir, ya me
ofrecí a reembolsártelo si no te lo pasas bien.
—¿Con cuántas vírgenes te has acostado a través de la
subasta?

Geoff extiende la mano y cuenta hasta cuatro, pero luego


sigue contando con la otra mano. Mis ojos se abren de par en par
con cada dígito que toca como representación de las vírgenes que
ha comprado.

—Joder. ¿Tantas? —jadeo conmocionado. —¿Cómo


demonios sigues pudiendo permitirte tus coches? —bromeo.

Geoff deja de contar y pone los ojos en blanco.

—Uno... el negocio va bien. Dos... sólo cinco vírgenes.

—Entonces, ¿por qué demonios has seguido contando?

—Para joderte —dice sonriendo, ganándose un golpe de mi


parte. —Me gustan las vírgenes, pero si las tengo todo el tiempo,
eso arruinaría la emoción de la persecución.

—¿La persecución? Literalmente te vendan los ojos, te llevan


a un lugar misterioso y luego pujas por la chica. ¿Cómo es eso
una persecución?

—Ya sabes lo que quiero decir. Es como el helado. Me


encanta el rocky road, pero si lo comiera todo el tiempo, no sabría
tan bien.

—Tú y tus analogías. —Sacudo la cabeza.

—Esta noche te vas a comer un buen helado. —Levanta la


mano que le queda libre. —¡Sí, joder!
—Eres un absoluto idiota, Geoff. Un absoluto y jodido idiota.

Pero un idiota al que le he permitido que me lleve a la guarida


de lo desconocido. El hombre ni siquiera me apuntó con un arma
a la cabeza. Por mucho que quiera culparlo por haberme anotado
en la subasta, no puedo. La culpa es mía. Yo fui quien puso su
firma en la línea de puntos.

Al final de la noche, lo que sea que pase será culpa mía. De


nadie más. Sólo rezo para que la noche no arda en llamas y
termine con una explosión.
Capítulo 5
Giselle

El gran día

Voy a vomitar. Voy a vomitar. Voy a jodidamente vomitar,


pienso mientras me acuesto en la cama mirando al techo.

Le rogué a Lisa que me diera una botella de tequila para


calmar los nervios, pero es una gruñona con las normas de la
empresa y el contrato que firmé: NO CONSUMIR ALCOHOL
CUARENTA Y OCHO HORAS ANTES DEL INTERCURSO.

Busqué por todas partes y pedí un sedante a todas las


mujeres que participaban en la subasta. Nadie tenía. O al menos
nadie lo iba a compartir. Demonios. No puedo culparlas. Hoy fue
un cambio de vida en muchos sentidos. Al final de la noche,
seremos más ricas y habremos perdido nuestro precioso y
sagrado regalo... nuestra virginidad.

—¡De ninguna manera voy a pasar por esto! —gruño y me


pongo de pie en la cama. —¡He perdido la jodida cabeza!
Bing. Bing. Bing.

Mi corazón da varios saltos antes de entrar en modo pánico.


La alarma que me da aviso de la puja a punto de comenzar
finalmente está sonando. No hay tiempo para correr. ¿O sí?

Toc. Toc.

—Ade... —digo débilmente antes de aclararme la garganta e


intentarlo de nuevo. —Adelante.

La puerta del dormitorio en el que me encuentro se abre


ligeramente. Lisa asoma la cabeza y sonrió.

—Ya casi es la hora del show, Giselle —dice dulcemente con


una enorme sonrisa dibujada en su rostro. —¿Estás lista?

—Um... —Respiro hondo y recuerdo por qué estoy aquí. Por


mamá. Estoy aquí por ella. No hay tiempo para ser un bebé con
el culo grande. Mi familia me necesita.

—Por supuesto —digo sonriendo.

Lisa parece que no me cree, pero no discute conmigo.

—Bien. Lo harás muy bien. Sólo recuerda que cuando suene


el pitido largo la subasta habrá comenzado, así que pon una
sonrisa bonita y bromea inocentemente.

—¿Bromear inocentemente? —pregunto con la cabeza


ligeramente inclinada hacia un lado. Lisa asiente con la cabeza y
demuestra que es bromear inocentemente. Sus gestos me
recuerdan a los vídeos porno tabú de papis en los que he hecho
clic accidentalmente alguna que otra vez.

—Ya veo —asiento en señal de comprensión. —Básicamente,


vender lo inocente y sano.

—¡Bingo! —me señala y me guiña un ojo. —Unos minutos


más y empieza el show. Así que haz acopio de nervios, mírate en
ese espejo, dite a ti misma cómo estás a punto de mejorar la vida
de tu familia y luego siéntate en la cama.

—¿Te volveré a ver?

Es una pregunta tonta. Una de la que ya sé la respuesta. Sin


embargo, tenía que preguntar.

—No —contesta negando con la cabeza. —Pero recuerda que


te apoyo, Giselle. Así que a por ellos, tigre.

Antes de que pueda replicar, sale de la habitación y cierra


suavemente la puerta tras de sí.

—Adiós, Lisa —susurro, conteniendo una lágrima. No es que


Lisa y yo fuéramos íntimas ni que yo quisiera serlo. Es el hecho
de que, en mi mente, ella representa una parte de mí. La parte de
mí que quedará atrás después de esta noche. El yo que se llevará
a la tumba el secreto de haber vendido mi virginidad para mi
familia una vez que la hazaña esté consumada y salga de esta
habitación.
***
El largo pitido sonó débil en realidad, pero en mi cabeza
pareció una sirena de ataque aéreo. Casi me caigo de la cama del
susto que me dio. Nada en el mundo podría haberme preparado
para ese sonido, excepto mi buen amigo Jose Cuervo, que en este
momento está en aislamiento hasta que todo esto termine. Pero
sin duda seremos mejores amigos cuando llegue a casa.

Me armo de valor y me arrodillo en la cama, de cara a la


cámara. Sonrío inocentemente mientras juego lentamente con el
dobladillo de mi lencería baby doll transparente de color granate.
Me muerdo el labio inferior y bajo los ojos hacia la cama antes de
volver a mirar provocadoramente a la cámara.

Desnudarme me ha enseñado mucho sobre la comunicación


sin palabras ni contacto físico. Sólo espero que mi silenciosa
súplica por un joven y ardiente pujador sea recibida por un
hombre así.

¡Bip! ¡Bip! ¡Bip! La luz roja de la cámara se apaga y el corazón


se me desploma en el estómago.

¿Qué? ¿Ya está? La cámara no lleva encendida más de tres


minutos, si acaso.

—Joder. La he cagado —sollozo y me tiro de cara contra la


almohada. Las lágrimas fluyen como una cascada y no me
molesto en detenerlas. Hay en ellas demasiadas emociones.
Nunca antes he llorado apropiadamente por el cáncer de mi
madre. Y ahora esto.

Las lágrimas siguen brotando sin parar. No podría decir


cuánto tiempo lloro. Sólo sé que estoy herida y que necesito
llorar.

¡Toc! ¡Toc! Un fuerte golpe se escucha en la puerta.

—Genial, Lisa está enojada —gimo mientras me doy la vuelta


y me levanto de la cama.

Me miro en el espejo. Dudo que Lisa quiera ver mi fea cara


de llanto, pero por suerte, el maquillaje que Carol usó es digno
de un milagro. Aparte de mis ojos hinchados y mi nariz roja, no
se nota que he llorado. Mi maquillaje está impecable.

—Adelante —grito. —Voy a buscar mis cosas y...

La puerta se abre y mis palabras se interrumpen. No es Lisa,


quien entró. Ni mucho menos.

Mirándome fijamente hay un hombre de pelo negro azabache


corto, piel color aceituna y mandíbula cincelada, que usa una
colonia deliciosa y un traje y corbata negros.

—Hola —me dice con voz ronca.

Joder. Hasta su voz es digna de babear.

—Hola —susurro.
—Soy Kian Sv... —Frunce el ceño, lo que me inquieta. Cierra
la puerta con llave y se acerca a mí. Me levanta la barbilla con el
pulgar y me hace mirarlo a sus ojos verdes.

—¿Quién te ha hecho daño? —pregunta, tomándome por


sorpresa.

—¿Qué? —pregunto en voz alta, negando con la cabeza.

—Has estado llorando.

—Oh —digo débilmente e intento apartarme de él, pero me


rodea la cintura con un cálido brazo y me sujeta la barbilla.

—¿Por qué has llorado, Hermosa?

—Yo... Yo... La subasta no duró mucho. Pensé... —Mis


palabras se desvanecen.

—¿Pensaste que nadie te quería? —pregunta. —Nada más


lejos de la realidad —se ríe entre dientes.

—No tienes por qué mentir. Está bien —susurro.

¡Zas! El lado izquierdo del culo me arde por los azotes de


Kian, pero el escozor pronto es sustituido por otras emociones,
cuando empieza a masajearme el culo. Mi coño palpita con fuerza
y contengo un gemido.

—Lo primero que debes saber de mí es que no te mentiré.


¿Entendido?

—Sí, señor.
—Mmm. Joder. Buena chica —dice, agarrándome el culo con
una mano y el cuello con la otra. Luego me atrae hacia sí y me
besa con venganza. El gemido que antes había reprimido se
escapa en su boca mientras nuestras lenguas se entrelazan. Sabe
a chocolate y caramelo, y su firme agarre sobre mí grita cien por
cien hombre. Parece que esta noche ha sido de hecho mi noche
de suerte.
Capítulo 6
Kian

—Joder —gruño contra sus labios mientras nuestro beso se


intensifica. Mi erección se interpone entre nosotros.

La mujer me puso como una roca desde el momento en que


mis ojos se posaron en su foto del catálogo. Al verla en la pantalla
durante la subasta, me entraron ganas de sacar la polla y
acariciarla mientras la veía burlarse de la cámara. Ahora puedo
verla cara a cara, oler su perfume, tocar su cuerpo exquisito y
saborearlo. Estoy listo para explotar, hasta las pelotas dentro de
ella.

—Tan hermosa —gimo, rompiendo nuestro beso.

Los labios de Giselle están rojos e hinchados. Su pecho sube


y baja rápidamente mientras intenta recuperar el aliento.

—No llores más. ¿Entendido? —digo con firmeza, mirándola


a los ojos color miel.

Joder. ¿Cómo puede ser tan perfecta?


—Sí —responde débilmente. Sus ojos se clavan en los míos,
pero su respuesta es poco convincente.

—¿Por qué has llorado?

Se encoge de hombros con indiferencia y me dan ganas de


darle un azote en el culo, pero me contengo. No debería haberla
azotado la primera vez, pero ansiaba sentir y oír su respuesta.
Reaccionó de maravilla. Por su mirada, me di cuenta de que
estaba conteniendo un gemido o tal vez un grito. En cualquier
caso, su mirada fue suficiente para satisfacerme brevemente.

—No te voy a mentir. Espero lo mismo de ti mientras estemos


juntos... Por favor. —Le acaricio suavemente la mejilla. Sus ojos
se cierran y se inclina hacia mí. —¿Por qué has llorado, Giselle?

Abre los ojos y me miró.

—Lo siento —susurra. —No estoy intentando mentir.

—Está bien. Ven conmigo. —Tomo su mano entre las mías.


Mis ojos se posan al instante en sus dedos finos y delgados
entrelazados con los míos, mucho más grandes.

¿Acaso estoy tomando de la mano a una mujer? Nunca me


tomo de la mano. Es demasiado íntimo. Demasiado vulnerable.
Sin embargo, he tomado voluntariamente la mano de Giselle
entre las mías y no tengo intención de soltarla pronto.

—Por aquí —digo, luchando contra los pensamientos de


intimidad, y llevándola a la cama grande. Con la mano libre le
indico que tome asiento. Una vez sentada, me acomodo a su lado
y coloco nuestras manos juntas sobre mi regazo.

—¿Qué te ha hecho llorar? —pregunto, acariciando con el


pulgar el exterior de su mano.

—Es solo emoción... —Sus palabras se apagan y sacude la


cabeza. —Pensé que nadie había pujado, ya que la cámara sólo
estuvo encendida unos minutos. Pensé lo peor.

—La subasta por ti no duró mucho porque pujé tan alto que
nadie más quiso competir —admito suavemente.

—¿Qué? —pregunta con la boca ligeramente abierta.

Otro momento íntimo. ¿Le cuento cómo actué como un


adolescente impulsivo y grité diez millones de dólares? ¿O lo dejo
en un simple 'pujé alto'?

—Pujé alto —digo con firmeza. —No hubo necesidad de que


la puja continuara.

—¿Por qué?

—Porque me aseguré de que nadie pujara más alto —me


encojo de hombros.

—No. —Sacude la cabeza. —Quiero decir, ¿por qué pujaste


tan alto?

¿Por qué? Porque me has puesto la polla dura como ninguna


otra mujer lo había hecho antes.
—¿Por qué no? —replico.

—Porque... quiero decir, hay otras cosas en las que gastar


dinero además de mi virginidad.

Su franqueza me hace reír.

—Cierto —asiento. —Me había planteado qué hacía yo en


este tipo de subastas, pero entonces vi tu foto en el catálogo y...
—Detengo bruscamente la frase.

¿Por qué demonios estoy siendo tan abierto? No hay nada de


qué hablar. Esto es sólo sexo. Nada más. Ella sólo está aquí para
vender su virginidad. Una prostituta de lujo de una noche.

Lucho por contener mi mirada de disgusto. Esta mujer,


Giselle, no es más que una prostituta costosa.

—Estás pensando que soy una cazafortunas, ¿eh? —Las


palabras de Giselle me atraviesan.

—¿Qué? No. ¡No he dicho eso!

—No fue necesario. Tus ojos lo hicieron —suspira.

—Mira —me froto la nuca con la mano libre. —No nos


centremos en el... método poco ortodoxo de todo esto.
Centrémonos en el momento.

—Difícil de hacer cuando sé lo que estás pensando de mí —


murmura. —No soy una cazafortunas. Apenas veré un centavo
del dinero.
—¿Qué? ¿Por qué? —gruño. —¿Alguien te está obligando a
hacer esto? ¡Los mataré, joder!

Mi tensión se dispara. ¿Quién demonios la está


extorsionando para que se venda? Sea quien sea, está muerto.

—Nadie me está obligando. —Giselle suelta una risita y


sacude la cabeza. —Pero aprecio tu mentalidad de jefe de la mafia
para defender mi honor.

Se me escapa un gemido. ¿Qué demonios está mal conmigo?


Estoy actuando como un completo idiota y ni siquiera estoy
seguro de poder culpar a los nervios. Simplemente hay algo en
ella. Una mujer que acabo de conocer.

—Ni siquiera puedo echarle la culpa a estar borracho —


refunfuño, haciéndola reír.

Joder. Incluso su risa me afecta. Estoy actuando como un


adolescente hormonal y no hay razón para que lo haga. Hay
muchas mujeres hermosas que disfrutan de mi compañía, así
que ¿por qué es Giselle la única mujer que me hace responder de
esta manera?

—Tierra a... Kian, ¿verdad? ¿Ese es tu nombre?

—Correcto.
Capítulo 7
Giselle

Kian se veía como si estuviera lidiando con sus propios


demonios internos. Tal vez sólo era un sórdido ricachón que
compraba vírgenes por placer culpable. Pero parecía como si
fuera un novato en todo esto.

—¿Soy tu primera vez? —suelto como una idiota.

—¿Qué? —se queda sin aliento.

—Tu primera virgen de pago. No tu primera... Quiero decir,


¿es la primera vez que pagas por una mujer? ¿Una virgen?

—Así de obvio, ¿eh? —se ríe entre dientes.

—Un pequito —bromeo, haciendo un pequeño gesto con mis


dos dedos.

—Sí. Definitivamente es mi primera vez.

—No me pareces el tipo de hombre que paga por sexo. —En


cuanto las palabras salen de mi boca, gimo. —Lo siento. Estoy
arruinando todo esto.
—¿Arruinando? —preguntaba y yo asiento con la cabeza en
respuesta. —¿Cómo es eso?

—Esto se trata de sexo. No de charlar. Si quisieras charlar


con alguien, estarías en una cita o... —divago, pero Kian me
silencia con sus labios contra los míos.

Cuando su lengua presiona el pliegue de mis labios, los


separo con deseo dándole acceso a su lengua para explorar. Sin
dudarlo, su lengua entra en mi boca. Le rodeo el cuello con los
brazos y profundizo el beso con avidez, acercando nuestros
cuerpos.

Joder, él sí que sabe besar.

Una de sus manos me agarra el culo. Con la otra mano me


sujeta el pelo y tira de él. Echo la cabeza hacia atrás y se me
escapa un quejido de dolor. El quejido es sustituido por un
gemido cuando Kian me muerde el labio inferior. Se aparta
lentamente y me suelta el labio.

Lo miro fijamente. Me mira con una sonrisa de suficiencia.

—Créeme, cariño, no me importa ir directamente al asunto,


si eso es lo que prefieres —dice con voz ronca, haciendo que me
palpite el coño.

—¿Y qué es lo que tú prefieres? —pregunto inocentemente,


jugando con fuego.

—Te gusta ser traviesa. ¿Verdad?


Antes de que pueda responder, Kian me da una fuerte
palmada en el culo. Grito por el escozor. Aferrándome a su
chaqueta, respiro hondo varias veces para calmarme. Tengo dolor
y al mismo tiempo estoy excitada.

—Lo siento —susurra Kian y me frota el culo donde me ha


golpeado.

—No. No pasa nada —le aseguro.

—¿Te gusta que te castiguen?

—Um... No... no estoy segura, sinceramente.

—Qué pregunta más tonta de mi parte —se ríe entre dientes


y niega con la cabeza. —Como eres virgen y todo eso, supongo
que no te has divertido mucho en el dormitorio.

—No —admito débilmente.

—¿Alguna vez has tenido tu coño siendo adorado por una


lengua? —me dice con una sonrisa perversa.

—Joder —gimoteo y agarro su chaqueta.

—¿Eso ha sido un sí? ¿O un no?

—No. Nunca un tipo ha bajado sobre mí.

—Entonces, yo seré el primero. —Su mirada lo dice todo. Se


está saboreando la idea de ser el primero en devorarme.

—Tengo la sensación de que serás el primero de muchas


cosas esta noche.
—Joder —gime, poniéndose de pie y quitándose la chaqueta.
—Acuéstate sobre la almohada y abre esos hermosos muslos para
mí.

La idea de Kian enterrado entre mis muslos hace que me


invadan muchas emociones. Nerviosismo. Excitación. Deseo.
Todo eso.

—No te lo pediré otra vez, cariño —señala la cama. —Sube a


la cama.

—Sí, señor —susurro, tragándome los nervios y


arrastrándome por la cama king size.

—Tan jodidamente sexy —gruñe Kian con satisfacción. Miro


hacia atrás por encima de mi hombro. Está a los pies de la cama,
desabrochándose la camisa. Me observa como un halcón. —
Quédate así un minuto más.

Me quedo inmóvil, pero sigo mirándolo. Cuando se


desabrocha los últimos botones de la camisa, se la quita
rápidamente y la deja sobre la cómoda. Cuando se da la vuelta y
me mira, me quedo con la boca abierta.

El cuerpo de aquel hombre es el de un dios. Un dios del sexo.


Un dios del sexo jodidamente sexy.

Toda aquella provocación visual me hace desear pasar los


dedos entre mis muslos y aliviar el dolor palpitante de mi coño.
Me aferro a las sábanas y pido con todas mis fuerzas que
Kian me saque pronto de la miseria. Lo necesito casi tanto como
el aire.

—Por favor —gimoteo suavemente. Levanta una ceja y ladea


ligeramente la cabeza.

—¿Por favor? —pregunta desabrochándose la hebilla del


cinturón.

—Necesito... necesito...

—¿Qué necesitas, Hermosa? Dímelo.

Se desabrocha los pantalones y se los baja hasta las rodillas.


Mi boca se abre de par en par, pero no sale ningún sonido. Mis
ojos se clavan en su polla maciza como una roca.

—¿Te gusta lo que ves? —Se agarra la polla y la acarició


lentamente, haciéndome agua la boca.

—Mmhmm.

Kian se inclina hacia mí.

—Necesito tus palabras —gruñe.

¡Zas!

Un grito sale de mi boca por el escozor de su palmada en mi


culo. Mis brazos se rinden y entierro la cara en la almohada.

—Mírame —me ordena. Sin pensarlo, me levanto sobre las


manos y las rodillas y lo miro por encima del hombro.
Esta completamente desnudo. Su mano sigue acariciando su
enorme polla y toda su atención está puesta en mí.

—Date la vuelta —dice subiéndose a la cama detrás de mí.


Rápidamente, me acuesto boca arriba. —Abre las piernas para
mi.

Mordiéndome los nervios, abro las piernas para él.

—Más abiertas. Déjame espacio para meterme entre ellas —


me ordena. A ciegas, hago lo que me dice. —Buena chica.

Me levanta el dobladillo del baby doll que llevo puesto y


frunce el ceño.

—Quítatelo. Quiero ver todo lo que es mío. —Se acaricia la


polla más deprisa. Me incorporo y me quito la fina tela con
facilidad. La tiro al suelo y me vuelvo a recostar.

Ahora estaba completamente vulnerable a Kian. Estaba a su


merced. Y mentiría si dijera que eso no me excita.

—Tan jodidamente perfecta —dice, inclinándose sobre mí y


acariciándome el pezón con la lengua.

Mi espalda se arquea y gimo ruidosamente.

—Tan receptiva —sonríe y se mete el pezón en la boca. Una


de sus manos ahueca mi pecho mientras chupa y lame mi pezón.

—¡Joder! —grito clavándole las uñas en la espalda. Él gruñe


y me pellizca el otro pezón. —¡Kian!
Capítulo 8
Kian

Giselle es el sueño húmedo de cualquier hombre. Tiene la piel


perfecta de color caramelo, el culo redondo y las tetas turgentes.
Cada vez que la toco, su cuerpo responde de una manera que
hace que mi polla se sacuda de excitación.

Le aprieto las tetas y le pellizco los dos pezones. Ella


gimoteaba y me clava las uñas en la espalda. Se me escapa un
gruñido profundo.

—Lo siento. Estoy tan dolorida... —Las palabras de Giselle se


convierten en un grito cuando mi mano golpea la parte superior
de su muslo. Agarro su muslo con firmeza.

—No te disculpes —le ordeno.

—Sí... Sí, señor —jadea y mueve la cabeza frenéticamente.

¿He sido demasiado brusco? Joder.


La suelto. Para mi sorpresa, emite un sonido de
desaprobación. No puedo contener una sonrisa, sabiendo que
esta hermosa e intacta mujer está dispuesta a un poco de rudeza.

—Eres tan receptiva, Giselle.

—Lo siento. —Su débil palabra suena como un cruce entre


una pregunta y una afirmación. Levanto la vista para encontrarla
sonrojada y mirándome con disculpa.

Todo esto es algo nuevo para ella. Tengo que estar atento a
sus necesidades y sentimientos, no precipitarme. Mi lado más
caballeroso lo sabe, pero el alfa que hay en mí no quiere tomarse
las cosas con calma. Quiero lo que es mío.

¿Mío? me pregunto. Es una simple palabra de tres letras,


pero tiene muchos significados.

—¿Qué está mal? —pregunta Giselle, sentándose


ligeramente sobre los codos.

Respiro hondo y gruño antes de intentar abrir la boca.

—Lo que pase en esta habitación queda entre nosotros,


Giselle. No hay necesidad de sentirse avergonzada por lo que te
gusta. ¿De acuerdo?

—Um... de acuerdo.

—Sólo quiero decir que puede que te gusten cosas en las que
nunca habías pensado o puede que más adelante probemos algo
que sea tabú y ambos lo disfrutemos.
—¿Tabú? —dice con una risita. —Todo en esto es tabú.

—Touche, Hermosa. —Beso su estómago suavemente y ella


tiembla. —Tú tienes el control.

Abre la boca para hablar, pero la cierra. No necesita decir


nada. Yo ya sé lo que piensa.

—Sí. Tú tienes el control. Si hago algo que no te gusta, me


dices que me detenga y me detengo. Si decides que no quieres
continuar y que la noche termine, lo dices y nos separamos. Sin
discusiones. Sin herir sentimientos. La noche simplemente
termina. ¿Entendido? —pregunto, sentándome sobre mis rodillas
y quitando mis manos de sus tetas. Quiero que su respuesta no
esté influenciada por la lujuria.

—Entendido —afirma con la cabeza.

—¿Número favorito? —Su ceja se levanta ante mi pregunta,


haciéndome reír. —Será la palabra de seguridad para esta noche.

—Oh. Once.

—Once será. Di esa palabra y todo se detendrá.

—¿Todo? —jadea.

—No tiene que ser todo si no quieres. Podemos cambiar lo


que estemos haciendo. O...

—Lo siento. Lo estoy complicando mucho más de lo necesario


—suspira y se pone de rodillas. Nuestras caras están a
centímetros la una de la otra.
—¿Estás bien? —le pregunto, acariciando suavemente un
lado de su cara.

—Castígueme, señor.

Sus palabras hacen que mis pelotas se tensen y mi polla se


retuerza de anticipación.

—Joder, nena —gimo, agarrando un puñado de su pelo. Se


estremece ligeramente antes de que se le escape un gemido. —
¿Te gusta el dolor, Hermosa?

—No estoy segura, señor.

—Joder. Me encanta que me llames señor.

Me sonríe con maldad.

—Me alegro de que sea feliz, señor.

—¿Quieres hacerme más feliz?

Sus mejillas enrojecen.

—Sí, señor —dice dulcemente.

—Ven a chuparme la polla.

Su mirada se posa entre nosotros, donde mi polla está dura


como una roca y lista para penetrar el dulce y suave coño de
Giselle. Me limpio el semen de la punta de la polla con el pulgar.

Giselle me agarra la muñeca y se lleva la mano a la boca. Con


sus ojos fijos en los míos, lame seductoramente la punta de mi
pulgar. Cuando se lleva el pulgar a la boca y empieza a chuparlo
burlonamente, inhalo bruscamente y contengo un gemido.

—Buena chica —le suelto el pelo y le agarro la nuca. —Rodea


mi polla con esos hermosos labios.

—Sí, señor.

Se coloca de lado y acerca la cara a mi polla. Puedo sentir su


cálido aliento contra ella.

—Deja de burlarte —gruño roncamente y lucho contra el


impulso de meterle la polla hasta el fondo de la garganta.

—Lo siento, señor.

Su lengua acaricia la punta de mi polla y siento que me voy


a correr. Sus labios se abren cuando agarra la base de mi polla y
la introduce en su boca húmeda y caliente.

—Joder. Sí —gimo, agarrando un puñado de su pelo con


ambas manos.

Con la punta de mi polla en la boca, la rodea con la lengua


mientras chupa al mismo tiempo. Es un movimiento de puta
estrella del porno, pero la mirada de Giselle me dice que no está
segura de sí misma. Es algo nuevo para ella.

—¿Es mi polla la primera que chupas, nena? —Se tensa ante


mi pregunta. —Nada de pensamientos negativos.

Le doy una palmada en el culo y la sujeto por el pelo. Chilla


contra mi polla. Las vibraciones de su grito contra mi polla se
sienten tan jodidamente bien y me hacen golpear el otro lado de
su culo para sentir más de ella.

—¡Kian! —Mi nombre suena confuso, pero alto y claro en mi


mente.

—Chúpamela —le exijo.

Ella no protesta. Desliza más de mi polla en su cálida boca,


mientras le froto un lado del culo para atenuar el escozor y el
enrojecimiento.

—Mmm —tararea de placer.

—¿Te sientes bien?

—Mmm. —Sube y baja por mi polla con la boca. Su lengua


se arremolina alrededor de mi tronco mientras me la chupa. La
mayoría de las mujeres chupan demasiado o no lo suficiente.
Giselle no. Es jodidamente perfecta.

—Joder, nena. —Le froto el otro lado del culo y miro hacia
abajo para ver mi polla deslizarse dentro y fuera de su boca. —
Jodidamente hermosa.

Pellizco uno de sus pezones y tiro ligeramente de él. Giselle


gime, haciendo vibrar mi polla. La sensación es increíble y quiero
más.

Deslizo mi mano por su vientre y entre sus muslos. Sus


piernas se separan, dándome pleno acceso a lo que quiero. El
suave coño que me llama.
Mis dedos presionan contra su entrada y son recibidos con
calidez y humedad.

—¿Estás mojada para mí? —le digo sonriendo.

—Mmhmm —contesta, y sigue chupándomela sin decir ni


una palabra más.

Joder, es perfecta.

—Te voy a recompensar por eso —le digo. Me mira con


confusión en los ojos.

No voy a usar palabras para explicarme. No. Mis dedos


hablarán por mí.

Lentamente, empujo un dedo dentro de su humedad,


estirando su coño. Ella gime contra mi polla.

—Joder. Estás apretada —gruño.

Giselle gime y jadea mientras meto y saco el dedo. Lento al


principio, pero cada vez más rápido. Cuando mueve las caderas
al ritmo de mis embestidas, sé que está lista para más.

Retiro el dedo hasta la punta y Giselle me fulmina con la


mirada.

—Compórtate —le advierto. Su mirada vuelve a ser inocente


y continúa chupándomela. —Buena chica.

Sin previo aviso, deslizo dos dedos dentro de su coño.

—¡Joder! —grita, apartándose de mi polla.


—Sigue chupando. Nadie te ha dicho que te detengas.
Capítulo 9
Giselle

Es como si alguien hubiera encendido una antorcha en mi


interior. Las mariposas y los nervios que sentía antes han
desaparecido. Ahora me invade una necesidad primitiva.

Muevo las caderas con avidez, necesitando más de sus dedos.

—¿Se siente bien, nena? —pregunta Kian, sonriéndome.


Bastardo arrogante.

—Sí, señor —susurro, y vuelvo a bajar la boca hacia su polla.


Mi boca se estira para acomodarse a su tamaño.

Joder, es enorme.

Nunca imaginé que mi primera mamada sería a un hombre


del tamaño de Kian. Ahora lo único que puedo hacer es dar
gracias a mis estrellas de la suerte por haber visto mucho porno
y haber escuchado a mis antiguas compañeras de trabajo hablar
de su vida sexual. Si no fuera por esas dos cosas, no tendría ni
la más jodida idea de cómo complacer al dios del sexo que tengo
delante.

Kian me hunde los dedos en el coño con fuerza. Mis tetas


rebotan por la fuerza. Un grito de placer y dolor me abandona y
llena la habitación.

—¡Joder! —gruñe Kian antes de meterme la polla hasta el


fondo de la garganta. Mi garganta se tensa, los ojos se me
humedecen y lucho contra el impulso de echarme hacia atrás.

Kian retira la polla hasta la punta, dándome la oportunidad


de recuperar el aliento. Pero sus dedos no tienen piedad de mí.

—¡Kian! —le suplico sin saber exactamente qué necesito que


haga.

Mi coño palpita y se aprieta cada vez más alrededor de sus


dedos. Una de mis manos se aferra al edredón mientras la otra
acaricia la polla de Kian. Necesito complacerlo tanto como él me
complace a mí.

—Por favor —le suplico.

—¿Por favor, qué?

—Por favor, señor —me corrijo.

—No. —Sacude la cabeza y desliza otro dedo dentro de mí.


Ruedo sobre mi espalda. Mi espalda se arquea sobre la cama. Mi
cabeza se dobla hacia atrás y emito gritos de placer. —Dime qué
necesitas de mí.
—¡Tu polla! Necesito tu polla. —Me sacudo salvajemente
contra la cama por la necesidad. Mis dedos se aferran a las
mantas debajo de mí, por miedo a clavar mis uñas
profundamente en Kian.

—¿Estás lista para que estire ese hermoso coño tuyo? —


pregunta Kian, deslizando sus dedos fuera de mí. Gimoteo en
señal de protesta. Me mira y sonríe.

—¡Kian, por favor! —le gruño, cuando no se mueve entre mis


muslos. —Dame tu polla, ahora.

Separo las piernas y me froto el clítoris con dos dedos. Kian


observa mi mano como un halcón. Agarra su polla y la acaricia
varias veces antes de moverse hacia donde yo lo quiero.

Levanta mis piernas contra su pecho y se mueve hasta que


la punta de su polla presiona mi coño. Se me acelera el corazón,
siento mariposas en el estómago y tiemblo de expectación.

—¿Recuerdas la palabra? —pregunta Kian, mirándome.


Asiento con la cabeza. —Palabras, Giselle. Necesito tus palabras.

—Sí —afirmo. —Recuerdo la palabra.

—Tienes el control de esto así que puedes decir...

—¡Fóllame ya! —le chasqueo, sorprendiéndolo a él y a mí


misma.

—Sí, señora —dice guiñándome un ojo.

Contengo una risita.


—Fóllame, señor.

Kian presiona la punta de su polla contra mí. Mi coño se


estira ante su tamaño y me tenso. Me muerdo el labio y gimo de
dolor mientras él sigue empujando dentro de mí.

—Frota tu clítoris y mueve las caderas, nena —susurra sin


moverse.

Con manos temblorosas, me froto el clítoris con ligeros


círculos. El placer alivia el escozor provocado por Kian. Muevo
lentamente las caderas para que entre más dentro de mí.

Con un movimiento fluido, me pellizca y me retuerce un


pezón. Mi espalda se arquea y gimo con fuerza.

—Tan hermosa —retrocede un poco y luego empuja hacia


delante. —Pellízcate el otro pezón.

A ciegas, levanto la mano y me pellizco el pezón. Más placer


fluye a través de mí, eliminando todo el dolor. Muevo las caderas
con necesidad.

—¿Se siente bien? —pregunta Kian roncamente. Tiene los


hombros tensos y puedo ver en sus ojos que ir despacio lo está
torturando. Se está comportando como un caballero. O al menos
eso me digo a mí misma.

—Mmhmm, —digo suavemente.

—Bien. Déjame jugar con tu clítoris para poder verte jugar


con esas bonitas tetas.
Hay algo en su tono y en sus palabras que hace que mi coño
palpite.

—Joder —gruñe Kian. —Te ha gustado oírme decir que quiero


verte jugar con esas bonitas tetas, ¿eh? Joder, eso sí que es sexy...
Un coño apretado palpitando a mi alrededor. Joder, nena. Estoy
intentando tomarme las cosas con calma, pero si sigues
apretándome la polla así, voy a quererlo rápido y duro.

—Soy tuya. Tómame —digo sin dudar.

—Cariño, no quiero hacerte daño.

Su mano abandona mi pezón y me acaricia suavemente la


mejilla. Su ternura hace que algo se mueva entre nosotros. No
podría explicarlo. Sólo sé que Kian no es el típico hombre. Y eso
me asusta.

Sacudiéndome el miedo, suelto el pezón y le acaricio la cara.

—Hazme sentir bien, Kian —susurro. Su polla se sacude


dentro de mí. —¿Como sabiendo que te deseo?

—Joder, sí.

—Como sabiendo que eres la primera polla que me estira.

Kian cierra los ojos y gime.

—Joooder, sí —dice, abriendo los ojos y mirándome.

—Toma lo que es tuyo.


Sin advertencia, Kian me penetra fuerte, rápido y
profundamente. El dolor me inunda. Se me llenan los ojos de
lágrimas y suelto un grito.

Kian entra y sale de mí varias veces. Mete la mano entre mis


piernas. Su dedo frota mi clítoris en círculos firmes, encendiendo
pensamientos lascivos y una necesidad primaria. El dolor
desaparece como si nunca hubiera existido. Y me encuentro
moviendo el cuerpo al ritmo de sus embestidas.
Capítulo 10
Kian

Mis pelotas golpean el culo de Giselle mientras entro y salgo


de su coño. Está increíblemente apretada. Y es toda mía.

Joder, maldigo para mis adentros cuando la palabra 'mía'


trata de tener más significado del que tiene. Sólo es mía por esta
noche.

La agarro con fuerza por la cadera, manteniéndola en el


lugar, y acelero el ritmo. Necesito sentir todo de ella. La necesita
tanto como el aire para sobrevivir.

Hay algo en Giselle. Algo que me hace querer follarla hasta el


olvido y llenarla con mi semen caliente. Algo que nunca haría.
Los cond...

—Joder —gruño y ralentizo mi ritmo. —Olvidé ponerme un


condón. ¿Quieres que me lo ponga?

—¿Qué? —jadea y luego frunce el ceño. —No te detengas.


Fóllame.
Sus palabras severas y su intensa mirada sellan su destino.
Va a estar chorreando mi semen cuando termine con su culo
sexy.

—Sólo fó...

La penetro hasta las pelotas, cortando sus palabras. Un grito


desgarrador se le escapa. Sus manos se posan en mis brazos. El
dolor se dispara a través de mí mientras clava sus uñas
profundamente en mi piel. El dolor es a la vez insoportable y
placentero. Una experiencia que nunca he tenido.

—¡Joder! —rujo, embistiendo dentro y fuera de su apretado


coño. Ella mueve sus caderas e iguala mi ritmo. Pronto estamos
sincronizados. Sus tetas rebotan con cada embestida. Sus
gemidos, gritos y súplicas llenan la habitación.

—Abrázame con las piernas —le ordeno. Giselle me rodea la


cintura con las piernas y yo la embisto con fuerza, hasta el fondo.

Mis pelotas se tensan y mi polla palpita. Es mía. Toda mía.

—¡Joder! —rujo. Los gritos de Giselle son agudos pero


acogedores.

—No te detengas —suplica. Una de sus manos se clava en mi


pecho. Contengo mi propio grito y miro hacia abajo, entre
nosotros. Cuando se tensa, sé que está preocupada por la
suciedad, así que la miro.
—Tan jodidamente hermosa —sonrío. Su cuerpo se relaja al
instante, acariciando mi ego. Me gusta poder controlar su cuerpo.
Me gusta saber que es mía.

Mía. Joder. Otra vez esa palabra.

—¿No me quieres? —su susurro me atraviesa.

—¿Qué? —gruño y le doy una fuerte palmada en el culo.


Suelta un grito. Su coño se aprieta a mi alrededor, haciéndome
gemir. —Eres mía. ¿Verdad?

—Sí —jadea. —Tuya.

—Buena chica. —Agarro sus caderas con fuerza y tiro de ella


hacia mí. Mi polla embiste profundamente dentro de ella. La
habitación se llena con nuestros sonidos de placer. —Joder,
nena. Te sientes tan bien.

—Kian —jadea. —Soy tuya.

Es como si un interruptor se encendiera en mi mente. Un


minuto, ella está de espaldas y al siguiente, yo estoy de pie en la
cama con ella. Mi polla todavía enterrada profundamente dentro
de ella. Me rodea el cuello con los brazos y se aferra a mí con
fuerza.

—Te tengo —le aseguro y me levanto de la cama, abrazándola


contra mí.

—¿Adónde vamos?
No respondo. Encuentro una pared despejada y la empujo
contra ella. Ella jadea.

—Este coño es mío, ¿verdad? —rechino entre dientes


apretados.

—Tuyo. Todo tuyo —jadea.

—Pellízcate los pezones.

—Me caeré —susurra, lo que le gana un fuerte azote de mi


parte. Gime y se muerde el labio inferior. Le masajeo el culo.

—Pellízcate los pezones —vuelvo a exigir.

Esta vez confía en mí y se pellizca los dos pezones sin


dudarlo. Pellizca, retuerce y tira de sus pezones. Su coño aprieta
mi polla, haciendo que mis pelotas se tensen.

—Joder, sí —gimo, empujando mi polla dentro y fuera de ella


lentamente. Disfrutando cada embestida dentro de ella.

—¡Kian! —grita Giselle apretándose las tetas y moviendo las


caderas. —¡Joder! Voy a...

—¡Córrete para mí! —ordeno, mordisqueando un lado de su


cuello.

Se estremece contra mí. Su coño se aferra a mi polla mientras


sus gritos resuenan en las paredes del dormitorio.
—Kian, otro... voy a... —balbucea mientras otro orgasmo la
sacude. Sus manos abandonan sus tetas y clava sus uñas en mi
pecho.

El dolor y el placer de sus uñas me llevan al límite. Mis


pelotas se tensan y mi polla palpita cuando finalmente cedo a mi
propio orgasmo. Mi esperma caliente estalla dentro de ella.

—¡Joder! —rujo con los ojos cerrados y la cabeza inclinada


hacia atrás. Todo mi cuerpo siente mi orgasmo. Nunca me he
corrido tan fuerte en toda mi vida. Se me curvan los dedos de los
pies y agarro con fuerza el culo de Giselle.

—¡Joder! —grita y vuelve a cubrirme con su orgasmo. Su


coño estruja mi polla, sacándome hasta la última gota de semen.

Cuando ambos hemos dejado de temblar, nos hemos mirado.


Ambos respiramos con dificultad.

—Maldita sea, hermosa —jadeo. —Tan jodidamente bueno.

—Mmhmm, —coincide entre respiraciones. —Alucinante.


Capítulo 11
Giselle

Kian y yo estamos acostados uno al lado del otro en la cama,


intentando recuperar el aliento. El brazo de Kian cubre mi
cuerpo. Me atrae hacia sí y me besa la cabeza.

Su suave roce me tensa mientras el corazón me late como un


tambor y se me hace un nudo en el estómago. Siento como si
tuviera un puñado de ladrillos sobre el pecho. Y de repente parece
que en la habitación apenas hay aire para respirar. Siento el
impulso de salir corriendo. Todo esto es demasiado íntimo.

—Relájate, Hermosa —dice riendo suavemente y vuelve a


besarme la cabeza. —Disfruta del momento.

De mala gana, relajo la cabeza sobre su pecho. Me frota la


espalda y murmura algo en voz baja.

—¿Qué? —Echo la cabeza hacia atrás y lo miro.

Él me sonríe.
—Sólo decía lo bien que se siente esto. Eso es todo. —Me
recorre la columna vertebral con los dedos, haciéndome temblar.
Me acurruco más a su lado.

—¿Te sientes bien? —Su pregunta me hace sonreír. El


hombre realmente se preocupa por los demás.

—Sí, estoy bien.

A decir verdad, ni siquiera estaba pensando en cómo me


siento. Mi mente es una bruma después de los orgasmos
intensamente increíbles.

Las puntas de sus dedos recorren la longitud de mi brazo.


Cierro los ojos y disfruto de sus caricias. Su toque me transmite
una oleada de relajación y calidez.

Es curioso que hace dos segundos me preocupara estar cerca


de él. Ahora disfruto del momento.

Levántate y vete, me digo. No necesito bajar la guardia con


Kian. Esto era cosa de una noche. Sólo somos dos extraños
divirtiéndonos. No necesitamos estar abrazados.

—Respira, Giselle —suspira Kian. —La palabra de seguridad


sigue en vigencia. Si no me quieres aquí, me iré.

—¡No! —exclamo, luego me tapo la boca con una mano y


gimo.

¿Qué demonios está mal conmigo? ¿Acaso quiero a ese


hombre cerca o no?
—Lo siento —susurro. —Ha sido un día raro.

—Lo entiendo perfectamente —ríe entre dientes, haciéndome


soltar una risita. —Ha sido una experiencia nueva para los dos.

—¿Eso nos vuelve locos a los dos? —bromeo.

Kian asiente mientras ríe.

—Definitivamente. Absolutamente locos. —Su risa se


detiene. —¿A qué te referías cuando dijiste que no ibas a ver nada
del dinero?

El corazón me da un vuelco. Respiro con fuerza y niego con


la cabeza.

—Sólo quiero decir que el dinero se va a ir en facturas.

—Pero debería haber dinero suficiente para cubrir tus


facturas y aún te quedará bastante. Unos cuantos millones.

—¿Unos cuantos millones? —Me quedo inmóvil.

—Te dije que hice una oferta alta por ti. O al menos creí
habértelo dicho. No lo sé. —Se encoge de hombros. —Estaba
hecho un manojo de nervios cuando entré en la habitación, así
que no puedo decir lo que divagué sinceramente.

—Yo estaba... Bueno, yo sigo siendo un manojo de nervios.


La verdad.

Kian se inclina y me besa dulcemente.

—No hay razón para estarlo. Estoy aquí —dice sonriendo.


—¿Siempre eres amable con las mujeres de esta manera? —
pregunto, superando todos mis nervios. El cuerpo de Kian se
pone rígido y me preocupa haberlo hecho enojar. —Perd...

—No.

—¿No? —susurro.

—No, de hecho no actúo así con las mujeres. Quiero decir,


no soy un imbécil con las mujeres, pero ya estaría vestido y me
habría ido —suspira pesadamente. —Lo siento. Eso sonó grosero.

—No, no lo sientas. —Lo miro y sonrío. —Sé apreciar la


franqueza. No tienes que endulzar nada conmigo, Kian.

—A la mayoría de las mujeres no les gusta mi sinceridad. De


hecho, me consideran un imbécil.

—¿En serio? —Me incorporo sobre el codo y ladeo la cabeza


hacia un lado. —Eso me sorprende.

—¿Y eso por qué? —se ríe con ganas. Hay un ligero brillo en
sus ojos.

—Me gusta tu risa —admito distraídamente. Cuando su risa


se interrumpe, me arrepiento al instante de mi confesión. —Lo
siento, yo...

La mano de Kian me agarra por la nuca y me atrae hacia él.


Nuestros labios chocan. Su lengua presionaba el pliegue de mis
labios. Mi propia lengua explora sus labios y profundiza nuestro
beso. Las llamas se encienden en mi interior. Jadeo y gimo contra
sus labios. Mis manos se pasean por su cuerpo, ávidas de más.

—Kian —gimo en su boca.

—Giselle —replica él con voz ronca. Nuestro beso continua


con nuestras manos recorriendo el cuerpo del otro. El beso es
como aire. Siento que sin él moriría. Por eso, cuando se separa
lentamente y rompe el beso, gimoteo por la pérdida de su
contacto.

—Vamos a mi casa —jadea.

—¿Qué? —chillo. Sus palabras han salido de la nada.

—Quiero llevarte a mi casa. Donde ambos podamos


relajarnos y no tengamos que apresurarnos cuando salga el sol.
Si quieres, claro —añade.

—Pensé que esto era sólo... cosa de una noche.

—¿Es eso lo que quieres?

—Yo... —Respiro hondo. —No estoy segura de lo que quiero.


Simplemente no quiero que pienses que soy una cazafortunas,
que está tratando de...

Kian me besa con fuerza y se aparta.

—Detente. No vuelvas a decir esas palabras refiriéndote a ti.


¿Entendido? —dice apasionadamente. He tocado un nervio con
mis palabras. El nervio que he tocado me dice mucho de su
carácter y de cómo me ve.
—¿Por qué sonríes? —se ríe y me besa la frente.

—Es que parecías muy apasionado con lo que acabas de


decir. Fue dulce. —Beso la punta de su barbilla y sonrío.

—Eso es porque hablo en serio. Me di cuenta enseguida de


que no estabas en esto porque estés persiguiendo hombres por
dinero.

—¿Por qué?

—Por la forma en que te presentaste. No te lanzaste sobre mí.


Fuiste tímida. Me di cuenta de que estabas en esto por otras
razones. ¿Y tal vez algún día me dirás esa razón? —Su última
frase es un cruce entre una pregunta y una afirmación.

—Tal vez. Un día —le ofrezco con una sonrisa sincera. No


estoy segura de por qué, pero si tuviera que confiar plenamente
en alguien y abrirme a esa persona, tendría la sensación de que
sería Kian.

—Te tomo la palabra, hermosa —dice y me besa la punta de


la nariz. —Entonces, ¿te apetece salir de aquí e ir a casa conmigo?
Incluso te prepararé el desayuno por la mañana.

—¿El desayuno? —jadeo dramáticamente. —¿Sabe cocinar,


señor?

—Sí, listilla. Sé cocinar —se ríe entre dientes. —O podríamos


volar a algún lugar y disfrutar del día.
—¿Volar a algún lugar? —Mis ojos se abren de par en par. Lo
hace parecer tan sencillo.

—Por supuesto. Podemos volar a Florida o cruzar el país


hasta Colorado y disfrutar del frío. Lo que tu corazón desee.

Me quedé atónita. El hombre nunca dejaba de sorprenderme.

—Haces que parezca tan fácil.

—¿Por qué no iba a serlo? —Levanta una ceja. —Tú lo dices,


yo hago una llamada. El avión tendrá combustible y estará listo
para nosotros en una hora.

—No, está bien. —Sacudo la cabeza. —Sería un desperdicio


de dinero.

—Giselle —se ríe ligeramente. —Acabo de gastarme un


dineral en esto. Tomar mi avión para que podamos pasar tiempo
juntos no es un desperdicio de dinero.

—Mujeriego —bromeo.
Capítulo 12
Kian

—Ni mucho menos. —Pongo los ojos en blanco y me río. —


Trabajo mucho y prefiero estar solo aparte de un puñado de
amigos.

—Entonces, ¿por qué estás dispuesto a llevarme a tu casa o


a volar a algún lugar para salir?

Debería haber sabido que esa pregunta iba a venir. Joder. Yo


me pregunto lo mismo.

—Simplemente se siente diferente, supongo. —Me encojo de


hombros con indiferencia para restar importancia a la ansiedad
que corre por mis venas.

—¿Supones? —pregunta divertida.

—Sí, supongo —bromeo.

Giselle esconde la cara contra mi pecho y se echa a reír.

—Somos un desastre.
—Estoy de acuerdo. —Ella no puede verme pero yo asiento
con la cabeza varias veces.

Nada de esta noche ha salido como lo tenía planeado. En mi


mente, iba a entrar en la habitación, lanzar la virgen en la cama
y hacer lo que quisiera con ella. Sin hablar. Sin emociones. Sólo
sexo. Sin embargo, cuando entré en la habitación y estuve cara a
cara con la diosa puertorriqueña toda razón me abandonó.
Simplemente hay algo en Giselle.

—¿Palabra de seguridad? —Me siento y la levanto para que


se siente también.

—¿Palabra de seguridad? —pregunta enarcando una ceja.

—Ahora es el momento de usar la palabra segura si vas a


usarla. Si no, te echaré sobre mi hombro y te llevaré a la ducha.
Luego nos lavaremos, nos vestiremos y nos dirigiremos al
aeropuerto.

—¿Como un cavernícola? —dice con una risita.

—Exactamente como un cavernícola —sonrío.

—Estoy a su merced, señor. —Abre los brazos de par en par


y rápidamente la levanto por encima del hombro y la arrastro por
la habitación hasta el baño.

—Alguien está apurado —bromea.

¡Zas! Le golpeo el culo y me río.

—¡Ay! —chilla.
—Claro que estoy apurado por sacarte de aquí. Quiero
mostrarte el mundo antes de que decidas mandarme a la mierda.
—Hay humor en mis palabras, pero es forzado. Estoy muy
nervioso por pasar tiempo con Giselle. Y aún más preocupado de
que ella se vaya.

—¿Qué te preocupa, Kian?

Mi espalda se tensa y dejo de caminar.

—¿Qué quieres decir? —susurro.

—No lo sé. Percibo que algo te preocupa.

—Vamos a lavarnos y podemos hablar de ello de camino al


aeropuerto.

Abre la boca como si quisiera decir algo, pero la cierra con la


misma rapidez. Asiente con la cabeza y sonríe.

—De acuerdo. Vamos a lavarnos —dice finalmente.

***
—¡Kian! —grita Giselle mientras sigo embistiendo
profundamente dentro de ella.

En este momento está sobre sus manos y rodillas, en la


limusina. Mis dos guardias están contra la parte delantera de la
limusina tratando cuidadosamente de no mirar. De vez en
cuando, me encuentro con sus ojos clavados en Giselle. No es
que pueda culparlos. Ella es sexy más allá de las palabras y hace
los sonidos más celestiales cuando su coño está siendo
machacado.

—¿A quién perteneces? —gruño sin pensar.

—¡Tuya! Soy tuya —grita sin perder el ritmo.

—Buena chica. —Le palmeo el culo y su coño se aprieta en


torno a mi polla. —Joder. Sí.

Continúo aferrándome a sus caderas, manteniéndola en el


lugar mientras embisto profundamente dentro de ella. Cada
embestida tensa mis pelotas y amenaza con hacer explotar hasta
la última gota de mi semen dentro de ella. Pero no estoy listo para
que termine. Quiero que se corra sobre mi polla y que me la chupe
mientras mis guardias miran.

—Córrete para mí —exijo, golpeando su culo en ambas


mejillas. Ella grita a todo pulmón. Giselle tiene toda la atención
de los guardaespaldas. No intentan apartar la mirada mientras
ella rasguña la alfombra y los asientos.

—¡Kian! Por favor.

La agarróo del pelo y tiro de su cabeza hacia atrás hasta que


se ve obligada a mirarme.

—¡Córrete para mí, ahora! —gruño. Su cuerpo se tensa y su


coño aprieta mi polla justo cuando se corre.
Su orgasmo provoca mi propia explosión. Mi espalda se tensa
y me quedo inmóvil. Mi cabeza cae hacia atrás y rujo mientras
vacío cada gota de semen que tengo dentro de ella.

—Joder —jadeo, mirando a Giselle. Tiene el pecho contra el


suelo y respira con dificultad. Tiene el culo rojo de las palmadas
que le he dado. Frunzo el ceño al ver las marcas.

—Ven aquí, nena —susurro, sacando la polla de su interior


y ayudándola a incorporarse. Su rostro está sonrojado, con pelo
por todas partes, y se ve como si estuviera lista para dormir.

—Mmm —bosteza y apoya la cabeza en mi pecho. La levanto.


Me rodea con los brazos mientras yo vuelvo a mi asiento con
Giselle en el regazo.

Miro a los guardias y les digo: —Cambio de planes. Díganle


al conductor que nos vamos a casa.
Capítulo 13
Giselle

—Entonces, ¿cómo sabe? —pregunta Kian, mirando por


encima del borde de su taza de café.

—¡Delicioso! —sonrío, masticando un bocado de mi tortilla


que está cocinada a la perfección.

—Bien. Estaba preocupado. —Deja escapar un fuerte suspiro


de alivio y deja la taza sobre la mesa.

—¿Por qué? —pregunto, levantando mi propia taza de café y


sorbiendo el elixir caliente de los dioses.

—Nunca había cocinado para una mujer —admite en voz


baja, haciendo que me atragante con el café. Rápidamente se
levanta de su asiento y se acerca a mí alrededor de la mesa. Me
da varias palmaditas en la espalda.

—Ya estoy mejor. Gracias. —Lo miro y sonrío. No parece muy


seguro de mi respuesta, pero finalmente vuelve a su lado de la
mesa y se sienta.
—¿Segura? —Kian me mira. Asiento con la cabeza. —¿Fue
algo que dije?

—Sí —admito, dando otro trago a mi café y dejando la taza


en la mesa. —Dijiste que nunca habías cocinado para una mujer.
Me sorprendió. Eso es todo.

—¿Por qué?

—Quiero decir, mírate. —Lo señalo. —Eres increíblemente


sexy y probablemente consigues mujeres todo el tiempo. Supuse
que tuviste una novia o dos para las que cocinaste.

—No. —Sacude la cabeza. —Ni siquiera he traído nunca una


mujer a casa.

Esta vez me ahogo con el aire. Kian empieza a levantarse y


yo niego con la cabeza. Me aclaro la garganta.

—¿Nunca? —pregunto, tratando de hacerlo con calma.

—Nunca. Mi casa siempre ha estado fuera de los límites de


todo el mundo excepto la familia y los amigos masculinos.

—Oh. Wow. Entonces por qué... —Mis palabras se detienen.

—... ¿Por qué tú? —termina mi pregunta. Lo miro y asiento


con la cabeza. —Hay algo en ti.

Lo hace parecer tan fácil. Como si no fuera gran cosa que yo


sea la primera mujer que viene a casa con él o la primera mujer
para la que cocina. Ambas cosas son importantes.
Se me acelera el corazón mientras doy otro bocado nervioso
a mi desayuno.

—¿Así de simple? —pregunto, tratando de actuar con la


misma frialdad que él.

—¿No debería serlo? —replica con calma.

—Quiero decir, si no es un gran problema para ti, entonces


supongo que no lo es para mí.

Se hace un silencio. Nos miramos fijamente a través de la


mesa. Después de varios minutos, ambos soltamos un suspiro.
Nos echamos a reír.

—Claro que es algo importante, Giselle. —Kian deja de reír y


sonríe. —No soy un tipo sensiblero. No se me da bien expresarme
y, sinceramente, nunca he tenido un motivo real para expresarme
en este sentido. Sólo sé que me gusta estar cerca de ti, así que
me arriesgué.

—Como el sexo...

—No —me interrumpe. —No sexualmente. No me


malinterpretes. Disfruto del sexo contigo, pero no es por eso por
lo que me gusta estar a tu lado.

Necesito todo mi poder interior para no sonreír de oreja a


oreja. Sus palabras me derriten como la mantequilla y me elevan
al séptimo cielo. ¿Cómo puedo gustarle a un hombre como Kian,
alguien con dinero y atractivo? No tengo nada de especial. Sin
embargo, me está diciendo que le gusta mi compañía.
—A mí también me gusta estar cerca de ti —admito
débilmente. Él divulgó sus pensamientos, así que es justo que yo
también lo haga. ¿Verdad?

Kian se acerca a través de la mesa y me agarra la mano libre.


Me acaricia la parte superior con el pulgar. Me mira y sonríe.

—Lamento lo que te haya hecho inscribirte en la subasta,


pero me alegro de que nuestros caminos se hayan cruzado,
Giselle. —Sus palabras salen a la misma velocidad que una bala.
Apenas las capto todas.

—Yo también —susurro, apretando suavemente su mano.

—Sé que no confías fácilmente. Demonios, yo tampoco —ríe


entre dientes. —Sin embargo, espero que algún día pueda
ganarme tu confianza, Giselle.

—Va a sonar raro, pero... —Respiro hondo. —Algo me dice


que puedo confiar en ti.

—¿En serio? —Se lleva mi mano a los labios y me besa la


parte superior.

—Sí.

—Bien. —Vuelve a besarme la mano. —Cursi como el


infierno, pero en el fondo sé que puedo confiar en ti de todo
corazón, también. Quizá por eso me arriesgué y te traje a casa.

—Tal vez. —Me encojo ligeramente de hombros. —Sea cual


sea la razón, te estoy agradecida, Kian.
—Yo también, Hermosa. Yo también. —Kian acaricia la parte
superior de mi mano unas cuantas veces antes de dejarla de
nuevo sobre la mesa y soltarla. —Come y luego vamos a hacer
algo. He despejado mi agenda para poder pasar el día contigo.

—Aw. No tenías por qué hacerlo. Sé que el trabajo es


importante para ti.

—No hay problema. Quería tomarme el día libre. Nos dará la


oportunidad de conocernos. Si te parece bien. Ni siquiera pensé
en preguntarte si tenías que estar en algún lugar hoy.

—No. Hoy estoy libre.

Ahora que lo pienso, ¿qué voy a hacer con el trabajo? Como


Kian me dijo antes, después de pagar las facturas médicas de mi
madre y asegurarme de que mi hermano y mi hermana estén bien
atendidos, me sobrará algo de dinero. Desnudarme y convertirme
en acompañante nunca fue mi sueño de toda la vida. Sólo eran
cosas para ganar dinero rápido.

—Entonces, ¿qué es lo que quieres hacer como trabajo? —


pregunta Kian, haciendo que se me abran los ojos y se me haga
un nudo en el estómago.

—Oh, Dios —me tapo la boca con la mano. He pensado en


voz alta. Me arden las mejillas de la vergüenza. Acabo de contarle
abiertamente a Kian que el dinero va para mi madre y mis
hermanos, y que soy stripper.
—¿Por qué estás avergonzada? —Da un mordisco a su
tostada.

—Yo... Yo... —Las palabras se me atascan en la garganta.

—No te avergüences. Puedes contarme cualquier cosa. En


cuanto a que eres stripper o solías serlo, eso es sexy. Y tienes
razón, son trabajos para ganar dinero rápido sin tener que
trabajar como una esclava durante horas. Tus elecciones fueron
sabias.

Al principio pienso que está siendo sarcástico, pero sus ojos


me dicen que está hablando en serio.

—No bromeas, ¿verdad? —pregunto apartando la mano de


mi boca.

—Ni siquiera un poco —dice negando con la cabeza. —


Supongo que tu madre está enferma, así que has dado un paso
al frente por tu familia. Lo respeto. Demuestra que estás
orientada a la familia y tienes el empuje para hacer que las cosas
sucedan. Levanta la cabeza, hermosa.

—Entonces, ¿no piensas diferente de mí?

—En absoluto. —Da otro bocado a la tostada. —Hiciste lo que


sentías que tenías que hacer. La vida no es fácil para algunos.

—Verdad que no. —Suelto una risita débil y me quedo


mirando el plato.
—Cambiemos eso. —Sus palabras hacen que mi mirada se
dispare hacia él.

—¿Qué?

—Bueno —se aclara la garganta. —Cuando me hablaron por


primera vez de la subasta, pensé que era para conseguir una
esposa.

El corazón me da un vuelco. Inspiro con fuerza y contengo el


aliento mientras él sigue hablando.

—De un hombre de mi posición se espera que produzca un


heredero para que el negocio permanezca en la familia. Después
de pensarlo mucho, me he dado cuenta de que eso es lo que
quiero. Bueno, no es la única razón por la que quiero un hijo,
pero en fin. Tengo una propuesta para ti, Giselle.

—¿Cuál es? —susurro.

—Pasemos algún tiempo juntos. Si te parezco tolerable —me


dice guiñándome un ojo, haciéndome soltar una risita, —
entonces nos casaremos. Tendremos un hijo juntos. A ti, al bebé
y a tu familia nunca les faltará absolutamente nada. Nunca.

—¿Por qué querrías hacer eso?

—Creo firmemente que todo sucede por una razón. Nuestros


caminos se cruzaron de la forma más extraña. Tiene que haber
una razón detrás. Y siento que ésta es esa razón.

—¿Qué conseguirías con eso? Si ocurriera, claro.


—Una esposa sexy, buen sexo y un hermoso niño.

—¿Eso es todo lo que quieres? —Sus palabras parecen


demasiado buenas para ser verdad.

—Soy realista, así que no espero que me ames. Sin embargo,


si algún día lo hicieras, eso sería una ventaja —dice sonriendo.

—¿Qué haría yo para trabajar?

Pone los ojos en blanco y se ríe a carcajadas.

—No tendrías que volver a trabajar a menos que quisieras,


Hermosa. Si quisieras ir a la universidad o abrir tu propio
negocio, te ayudaría a hacerlo posible. El cielo sería el límite.

—Sabes que todo esto suena como un sueño, ¿verdad? —Le


doy un mordisco a mi tortilla.

—Seguro que sí, pero lo digo en serio... Todavía no me has


mandado a la mierda, así que ¿significa eso que considerarás mi
proposición? —Sonríe.

—¿Me hace una mala persona considerarlo?

—Giselle —gruñe. —¿Me hace una mala persona hacer la


proposición?

—¡No! —exclamo.

—Entonces ahí tienes tu respuesta —dice sonriente y


victorioso.

—Mocosa.
Me cuesta mantener la compostura y pronto se me escapa la
risa.

—¿Significa esto que considerarás ser mi esposa?

Me reclino en la silla y me golpeo la barbilla con el dedo, como


si lo estuviera pensando largo y tendido. Kian pone los ojos en
blanco y se ríe.

—¿Y bien? —insiste.

—¿Qué vamos a hacer hoy para conocernos mejor? —Una


enorme sonrisa se dibuja en el rostro de Kian ante mis palabras.

—Todo lo que tu pequeño corazón desee y algo más.


Epilogo
Kian
Un año después

—Cálmate, Mijo —dice Carmella, la madre de Giselle,


frotándome la espalda. —Ella no te echará.

—No sé. Se veía realmente enojada —suspiro.

—Está embarazada y de mal humor. No lo decía en serio.


Créeme.

Carmella ha sido mi salvadora durante todo el embarazo de


Giselle. La mujer es como una santa. Intenté resistirme a bajar
la guardia con ella, pero me lanzaba una mirada o un tono
maternal y terminaba desahogándome con ella. De hecho, me
encontré hablando con ella más que con mi propia madre,
cuando tenía preguntas sobre Giselle, el embarazo o la vida en
general.
—¿Qué están haciendo aquí? —pregunta Lydia, acercándose
a nosotros en el pasillo.

—Tu hermana lo echó de la habitación, mija —responde


Carmella. Me doy cuenta de que está conteniendo la risa.

—¿Qué? —jadea Lydia. —¿Dónde está su bolso?

—¿Su bolso? —pregunto enarcando una ceja.

—¿No es ahí donde están tus pelotas? —dice con una sonrisa
burlona, haciéndome reír.

Carmella golpea con fuerza la nuca de Lydia y se va por la


tangente en español.

Capto algunas palabras aquí y allá. Pero incluso si no lo


hiciera, podría decir por el lenguaje corporal de Carmella y el dedo
agitando en la cara de Lydia que Carmella se está pasando con la
pobre chica.

—Está bien, mamá. Por favor —dice Lydia, todavía frotándose


la nuca.

—Entonces actúa como una dama —advierte Carmella.

—Sí, mamá.

Carmella se gira hacia mí y yo me preparo para el impacto.

—No te voy a pegar, mijo. Relájate —Carmella ríe


suavemente. —Ahora, vuelve ahí dentro. Dile a Giselle que dije
que deje de actuar como bruja y que te deje estar ahí para ella.
—Um... ¿bruja no significa bruja? —pregunto en voz baja,
temiendo que Giselle me oiga y piense que la estoy llamando
bruja.

—Sí, pero tú no la estás llamando bruja, sino yo —me


asegura.

—Quieres que ella me mate, ¿eh? —suspiro. Lydia y Carmella


se echan a reír.

—Entra ahí y quédate con mi hermana antes de que te mate


por dejarla sola teniendo a mi sobrino. —Lydia me hace un gesto
con el dedo en la cara.

—Joder, estoy a punto de ser papá. —La palabra papá


resuena en mi mente.

Todo ha pasado muy rápido. Giselle y yo nos conocimos con


una conexión instantánea. Pasamos un mes entero juntos. Se fue
a vivir conmigo, pero quiso esperar un año para casarse, para
que yo tuviera tiempo de cambiar de opinión. Entonces nos
enteramos de que estábamos embarazados y ahora estoy en el
pasillo de un hospital y he sido expulsado de la habitación de mi
novia porque la llamé bonita en vez de hermosa, como hago
normalmente.

—Consigues un pase libre respecto a la palabrota —me dice


Carmella frunciendo el ceño.

—Uy. Lo siento, señora Padilla —me disculpo. Ella pone los


ojos en blanco e ignora mis palabras.
—Eres mi yerno, mijo. Puedes llamarme mamá, si quieres.
Señora Padilla es demasiado elegante.

—No será tu yerno por mucho tiempo si no vuelve a meter el


culo en esa habitación, mamá —señala Lydia.

—Tienes razón. —Carmella asiente y luego señala la puerta


de Giselle. —Ve con ella.

—Sí, señora... —Carmella y Lydia me lanzan miradas


cortantes, deteniéndome en seco. —Iré con ella, mamá. Gracias.

Sin decir nada más, me acerco a la puerta y llamo.

—¡Qué! —grita Giselle. Miro de nuevo a Carmella y Lydia.


Carmella me dedica una sonrisa alentadora, mientras que Lydia
agita los brazos y me riñe como a una gallina. Sin duda es la
hermana de Giselle. Me rio entre dientes.

—Soy yo —contesto.

—¿Qué es lo que quieres? Aquí sólo hay mujeres feas.

—Oh, joder —murmuro en voz baja y luego abro la puerta.

Giselle está sentada en la cama con los brazos cruzados


delante del pecho.

—Eres la mujer más hermosa del universo, Giselle —digo,


entrando en la habitación y cerrando la puerta tras de mí.
Lentamente, me acerco a ella. —Ninguna mujer puede
compararse a ti. Ya lo sabes. Siento haberte llamado bonita y no
hermosa.
—¡Me veo como un troll gordo! —empieza a llorar.

Sin dudarlo, me siento a su lado en la cama y la estrecho


entre mis brazos. Con una mano le acaricio la espalda y con la
otra le quito el pelo de la cara.

—Nena, eres hermosa. ¿Por qué dices eso? —le digo


suavemente.

—Es que me siento... Me siento tan... —lloriquea.

—Eres hermosa, Giselle. Te amo.

Las palabras salen de mis labios con naturalidad. Llevo


meses reprimiéndome esas dos palabras. Me preocupaba decirlas
y que Giselle no sintiera lo mismo y se sintiera obligada a
devolvérmelas.

—¿Me amas? —pregunta, separándose ligeramente y


mirándome.

—Sí, con todo mi corazón.

Una lágrima resbala por su mejilla y se la quito con el pulgar.

—Por favor, no llores. Seré un hombre mejor para ti. Te lo


prometo —le digo, mirándola a los ojos y rezando para que sienta
mi amor por ella. No hay nada en el mundo que no daría o haría
por ella. Ella lo es todo para mí.

—¿Qué quieres decir? —susurra. —Eres el hombre perfecto


para mí.
—¿En serio? Pero te enojas mucho conmigo. —Para mi
sorpresa, suelta una risita y niega con la cabeza.

—Es que ahora estoy embarazada. Lo siento mucho. —Apoya


la cabeza en mi pecho. —Eres tan bueno conmigo, Kian. Cuento
mis bendiciones cada día por tener un hombre como tú con el
que pasar el resto de mi vida.

—¡Espera! ¿Qué? ¿Significa eso...? —Me separo de ella y la


miro fijamente. —¿Serás mi esposa?

—Si me sigues aceptando —sonríe débilmente.

—Hermosa, no hay nada que desee más en este mundo que


tenerte como Señora Svensson.

—Te amo, Kian.

En ese momento, todo mi mundo se detiene. Es como una


experiencia extracorpórea. Algo con lo que he soñado durante
meses, pero que nunca pensé que se haría realidad.

—Tú... Acaso... Tú... —Las palabras no forman una frase


mientras intento hablar.

—Sí —ríe Giselle. —Te amo. Creo que siempre lo he hecho sin
darme cuenta o tal vez tenía demasiado miedo de admitirlo. Pero
te amo más que a la vida misma, Kian.

—Y yo te amo en esta vida y en la siguiente, Giselle.


—Entonces, tal vez una vez que la vida se haya asentado un
poco, podamos casarnos. —Sus palabras son una mezcla de
afirmación y pregunta.

—No. —Sacudo la cabeza.

—¿No? —Parece que está a punto de llorar, así que termino


rápidamente la frase.

—Tendré a un cura aquí dentro de una hora. No me


arriesgaré a que cambies de opinión.

—Oh, Kian. —Apoya la cabeza en mi pecho y se ríe. —No


cambiaré de opinión, pero ya que tienes tanta prisa por
convertirme en la señora Svensson, ¿quién soy yo para negártelo?

—Bueno, qué amable eres, mi amor.

Me inclino y beso a mi futura esposa. Maldita sea, cómo amo


a esta mujer. Todo en ella desde el primer momento en que puse
mis ojos en ella. Desde esa noche he querido que sea mía, y lo ha
sido desde entonces. Pero ahora mi sueño se está haciendo
realidad. Va a ser mía para el resto de nuestras vidas y no podría
ser más feliz.

—¿En qué estás pensando? —Las palabras de Giselle me


sacan de mis pensamientos.

—Sólo pensando en cómo será mejor que me ponga a hacer


llamadas telefónicas para poder casarme con la mujer de mis
sueños.
—Te amo —dice sonrojada.

—Y yo también te amo, Hermosa.

Fin

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