0% encontró este documento útil (0 votos)
55 vistas10 páginas

La Malinche y el malinchismo en México

Este documento analiza la figura mítica de La Malinche en la cultura mexicana, desde sus orígenes en las crónicas de la conquista hasta su reinterpretación en el nacionalismo decimonónico y en obras literarias como 'La culpa es de los tlaxcaltecas' de Elena Garro y 'Malinche' de Rosario Castellanos.

Cargado por

catala.mel
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
55 vistas10 páginas

La Malinche y el malinchismo en México

Este documento analiza la figura mítica de La Malinche en la cultura mexicana, desde sus orígenes en las crónicas de la conquista hasta su reinterpretación en el nacionalismo decimonónico y en obras literarias como 'La culpa es de los tlaxcaltecas' de Elena Garro y 'Malinche' de Rosario Castellanos.

Cargado por

catala.mel
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Ficha de Cátedra - Literatura Latinoamericana II (UBA) - 2020

Unidad 5. Tema: La tradición del malinchismo de la cultura mexicana en el ensayo,


la poesía y la ficción
Andrea Cobas Carral
UBA

Malintzin, Doña Marina, La Malinche: nombres en los que se tensionan las


representaciones culturales sobre un sujeto histórico del que poco se sabe. Constituida
en tanto figura mítica fundacional de la historia mexicana, La Malinche atraviesa un
amplio entramado de textualidades en las que se inscriben disputas políticas,
concepciones de la nacionalidad y propuestas estéticas diversas. Proponemos un
recorrido por algunas de esas cuestiones que facilite para los estudiantes el abordaje de
“La culpa es de los tlaxcaltecas”, de Elena Garro y “Malinche”, de Rosario Castellanos,
así como de la bibliografía crítica de referencia.

En el corpus de Crónicas de Indias, las menciones a la mujer que cumple un rol clave
en el triunfo de Hernán Cortés sobre Moctezuma y los mexicas son escasas y
contradictorias. Según algunas fuentes, Malintzin es dos veces vendida como esclava,
primero por sus padres a comerciantes nahuas y luego por estos a una tribu maya. Según
otras versiones, Malintzin es una princesa hija de caciques de Tabasco repudiada por su
madre y secuestrada por mercaderes nahuas. Más allá de las discrepancias sobre su
origen y sobre las circunstancias por las que termina en manos de los tlaxcaltecas, tanto
los textos de los colonizadores españoles como las fuentes indígenas dan cuenta de un
rasgo que la vuelve excepcional dentro del lote de esclavas que los tlaxcaltecas regalan
a Cortés y su tropa: Malintzin habla maya y náhuatl. Sus saberes lingüísticos –que se
completan con su posterior adquisición del castellano– la transforman en mediadora
entre españoles y amerindios: entre 1519 y la caída de Tenochtitlán en 1521, Malintzin
–bautizada ya en la fe del cristianismo con el nombre de Marina– será la “lengua” de
Cortés y tendrá con él un hijo, Martín Cortés. Hacia 1524, en el marco de la campaña de
conquista de Honduras, Cortés entrega a Doña Marina en matrimonio a Juan Jaramillo
con quien tendrá a su segunda hija, María. Se estima que Malintzin muere alrededor de
1542, ya que ese año María Jaramillo presenta ante la Corte española una “Relación de
méritos y servicios” sobre su madre para reclamar como herencia derechos de
encomienda recibidos por Doña Marina en compensación por su función durante la
Conquista. Más allá de los escasos datos biográficos hallables en los textos coloniales,
interesa el modo en el que esas escrituras comienzan a delinear una figura de La
Malinche, como traicionera lenguaraz y madre de mestizos, que se proyecta
problemática sobre el imaginario mexicano y que deriva en la formulación del
“malinchismo”.

En “La Malintzin de los códices” (2001), Gordon Brotherson estudia diversas fuentes
indígenas dentro de las que distingue dos líneas en la representación de La Malinche.
Por un lado, en los textos de tlaxcaltecas y otros pueblos aliados a Cortés con el objetivo
de derrotar el poder mexica que consideraban opresor, Malintzin es recuperada, en
principio, como una señora indígena ejemplar en tanto sabe manipular los nuevos
valores políticos y religiosos que requiere el momento. Esa estimación positiva que se
replica en fuentes españolas como Historia verdadera de la conquista de la Nueva
España (c. 1568) de Bernal Díaz del Castillo, contrasta con la segunda línea que
Brotherson identifica, la de aquellos textos promexicas que caracterizan a La Malinche
como un instrumento al servicio de la derrota de su propio pueblo, como una mujer que
se entrega voluntariamente al hombre blanco, como una facilitadora de la conquista y de
la evangelización.

Lienzo de Tlaxcala (c. 1550). Moctezuma, Cortés y La Malinche en Tenochtitlán

Luego de la Independencia de México (1810-1821), el nacionalismo liberal retoma esa


segunda perspectiva para construir la figura mítica de La Malinche como condensadora
de una traición a la “nación mexicana” que se instaura como falla originaria. La
publicación anónima en 1826 de la novela histórica Xicoténcatl inaugura en la literatura
el “mito negativo” de La Malinche que es caracterizada en el texto como la traidora por
antonomasia, envuelta siempre en conspiraciones e intrigas, mientras que los valores
positivos en oposición al eurocentrismo de los conquistadores se concentran en el
personaje del joven guerrero tlaxcalteca Xicoténcatl (Grillo, 2011). Durante las décadas
siguientes, se irá rediseñando y completando esa imagen. En “La Malinche y el
malinchismo” (2001), Carlos Monsiváis historiza ese proceso. En primer lugar, se
detiene en algunas formulaciones del liberalismo decimonónico que construye símbolos
que le permiten, por un lado, recuperar lo recuperable de la herencia española y, por
otro, rescatar un pasado anterior a la conquista haciendo así un corte tajante con la
“mentalidad colonizada” (2001: 176) que se introduce durante el virreinato y se asocia
con los criollos. En un contexto en el que surgen concepciones de lo nacional que
excluyen a los “indios” del perfil identitario mexicano, esa reivindicación del pasado
prehispánico habilita a componer un “nosotros” que atestigua una permanencia más allá
de la conquista y que se transforma en clave de una identidad nacional transversal al
proceso colonizador.

Es en ese sentido que una figura como la de La Malinche se vuelve operativa por
contraste. Para Monsiváis, la caracterización de La Malinche como “la barragana de
Cortés” puede leerse en una doble dirección: por un lado, atacarla es atacar a los aliados
nativos de los colonizadores, pero también focalizarse en su condición de mujer
moviliza prejuicios vigentes en la época que refuerzan el carácter negativo de su figura.
En segundo lugar, Monsiváis se detiene en el modo en que a partir de la década de 1930
se consolida el uso del término “malinchismo” que se resemantiza en el contexto
postrevolucionario para aludir a quien elige lo foráneo por sobre lo nacional en materias
política y económica. Por último, Monsiváis analiza una articulación tardía del
“malinchismo” en “Los hijos de la Malinche”, capítulo de El laberinto de la soledad
(1950), de Octavio Paz. Revisemos brevemente el planteo de Paz sobre esta cuestión.
En línea con las operaciones de sentido hasta aquí explicadas, Paz construye la figura de
La Malinche como una Eva traicionera que opone a Guadalupe, la Madre virgen. Para
Paz, La Malinche es entonces La Chingada, la Madre violada, símbolo de la entrega que
se ejecuta en la Conquista. La Chingada, condensadora de todo lo negativo, es la mujer
abierta e incompleta, la traicionera, la que al entregarse al conquistador sacrifica a su
pueblo fundando en ese acto un origen que solo puede ser negado. Paz encuentra en esa
negación una doble ruptura: el mexicano despega su identidad tanto del español como
del indio. La mexicanidad entonces se erige para Paz sobre un profundo sentimiento de
orfandad: “El mexicano […] se vuelve hijo de la nada. Él empieza en sí mismo” (1950:
36). Carlos Monsiváis discute esa lectura y recupera el peso de las tradiciones
culturales, de la historia y de los modos de vida como variables constitutivas de la
identidad que, hacia los años 50, determinan otras interpretaciones de la figura de La
Malinche que se van a consolidar en las décadas siguientes. Para Monsiváis entonces La
Malinche es ya para la mayor parte de los mexicanos sólo interpretable a partir de los
sucesos históricos de la Conquista, de los avatares del proceso de construcción de la
nación y la nacionalidad y de los roles de género que atribuye el patriarcado a los
sujetos femeninos: “la pasividad, la lealtad sacrificial, la traición por amor” (2001: 185).
En ese sentido, Monsiváis señala la necesidad de recobrar para Malintzin su
especificidad como sujeto histórico más allá de las mistificaciones y la especificidad de
su tarea como intérprete por sobre su alegórica condición de traidora.

La reinterpretación de Malinche desde su condición de sujeto femenino a la que alude


Monsiváis encarna en una línea de análisis que recupera a Malintzin como una suerte de
modelo protofeminista por su capacidad, en la coyuntura que le tocó vivir, de sacar
partido de su condición extrema de mujer esclavizada y regalada a los conquistadores.
En ese sentido, la escritora mexicana Margo Glantz –que ha trabajado en profundidad
estas problemáticas en diversos textos– señala en “Las hijas de la Malinche” (1994) la
necesidad de reevaluar tanto los sentidos asociados con su figura como así también su
legado. Al igual que Monsiváis, Glantz parte de discutir con el texto clásico de Octavio
Paz. Si Paz caracteriza a la mujer como un ser esencialmente inferior a causa de su
incompletud y proyecta esa condición al plano de la nacionalidad a través de la
construcción de la figura mítica originaria de La Malinche/Chingada, Glantz retoma esa
definición para desmontarla y analizar sus implicancias.

Para Glantz, Paz funda un “nosotros” que excluye doblemente a la mujer: por un lado,
su condición femenina funciona como una falla ontológica que la borra a priori de ese
“nosotros” y, por otro lado, en tanto sujeto de la historia es marginada –como lo son
también los campesinos, eufemismo de Paz para nombrar a “los indios”– en tanto la
historia desde esta perspectiva, solo puede ser la historia universal, es decir, la historia
como asunto de hombres blancos con conciencia europea. Para Glantz, la proyección de
esas definiciones en la construcción de la nacionalidad a partir de la asimilación
Malinche/Chingada es una doble negación que inscribe en ese “no-ser” el vacío
constitutivo de la nacionalidad mexicana que supondría una desaparición, un
“desclasamiento definitivo” (1994: 2). En ese marco, Glantz se pregunta cómo se
enfrentan las mujeres mexicanas –en particular las escritoras– a esa esencia negativa.
Frente a esa doble negación, frente a “los hijos de la Malinche”, Glantz destaca y
recupera a “las hijas de la Malinche”, autoras mexicanas como Rosario Castellanos,
Elena Garro y Elena Poniatowska que, desde finales de la década del 50, se insertan en
esa genealogía, pero para reescribir, repensar, rediseñar en sus textos las
representaciones en torno de la traición, de lo femenino y de las relaciones étnicas y
sociales que se juegan en la definición de la nacionalidad.

Les proponemos algunas claves para la lectura de dos textos de autoras que Margo
Glantz aborda en su artículo: “La culpa es de los tlaxcaltecas”, de Elena Garro y el
poema “Malinche”, de Rosario Castellano.

“La culpa es de los tlaxcaltecas”, de Elena Garro y “Malinche”, de Rosario


Castellanos:
Elena Garro (1920-1998) publica en 1964 el libro de cuentos La semana de colores en
el que se incluye “La culpa es de los tlaxcaltecas”. Desde su título, el cuento hace
visible el conflicto central que lo atraviesa a partir del término “tlaxcaltecas” que
proyecta sobre el plano textual un conjunto de sentidos que se asocian con el pueblo
aliado de Hernán Cortés durante la Conquista. Traición, derrota, culpa son zonas que el
cuento indaga para construir un sistema de referencias cuyo centro es Laura –personaje
nodal en el relato– que sólo puede ser leída en vinculación con la figura de La
Malinche. Para analizar cómo se configuran esas relaciones podemos detenernos en
algunos aspectos relevantes de la narración:

El cuento construye dos espacios específicos con prácticas y modos de circulación


privativos. Por un lado, se presenta el adentro de la casa con su intimidad atravesada por
jerarquías de clase y de género; sede de una domesticidad que va a ser puesta en crisis.
Por otra parte, el afuera de la casa, como un territorio con sus lugares diferenciados,
aparece como espacio en el que el tránsito entraña riesgos para algunos sujetos. “La
culpa es de los tlaxcaltecas” construye diversas polarizaciones, oposiciones y tensiones
que se van modulando en la narración. Este modo de tramar la espacialidad y las
prácticas del habitar repercute sobre otros aspectos: las temporalidades, las relaciones
entre los personajes, la autopercepción respecto del par traición/culpa, la configuración
genérica de “lo fantástico”, etc. En este sentido, podemos detenernos en la relación
Laura/Nacha para desplegar algunas de esas cuestiones. El narrador que,
alternativamente, asume el punto de vista de Nacha y de Laura las nombra recortando
en ese nombrar para cada una de ellas un lugar social: Laura es “la señora”, “la
patrona”, la esposa “del señor”, la mujer blanca; Nacha, en cambio, es Nachita, la
“india” que sirve, la que asiste, la que escucha, calla y, finalmente, encubre.

El diálogo entre las dos mujeres va marcando el ritmo del relato y en él se despliegan
los sentidos que atraviesan la narración. Componiendo un arco, el cuento inicia y cierra
en la cocina haciendo foco en Nacha como escenas que enmarcan una serie de relatos y
diálogos referidos. Al comienzo, es Nacha quien abre la puerta y deja entrar a Laura,
cruce de un umbral que hará ingresar también en el relato su versión de la historia en la
que se inscribe otro modo de pensar la Conquista. Al final, será Nacha quien abra la
ventana para dejar ingresar al esposo azteca con quien se va Laura. Luego Nacha
abandonará también la casa tras cumplir por última vez con su función en el orden de lo
doméstico: lava la taza de café de Laura, sirve el desayuno a Margarita y se va hacia el
afuera cerrando tras de sí la puerta, límite entre los órdenes, entre el mundo del “ellos” y
el mundo del “nosotros”.

Como el umbral que inicia y cierra el relato, en el cuento tiene relevancia otra figura
que opera esta vez como nexo entre espacios y temporalidades: el puente “donde el
tiempo había dado una vuelta completa” hace llegar a Laura hasta la otra niña que había
sido. El puente, casi al modo de una cinta de Moebius, funciona para Laura como punto
de pasaje entre dos temporalidades, como inflexión entre dos mundos, como pliegue que
delimita su presencia en los dos planos que recupera en su relato. En un procedimiento
que hace pensar en “La noche boca arriba”, de Julio Cortázar, los vaivenes entre esas
dimensiones ponen en cuestión el estatuto de lo narrado. ¿Laura recuerda, imagina o
delira? Las versiones acerca de lo que le sucede a Laura sostienen en el cuento esa
tensión entre cosmovisiones y sistemas de pensamiento. Como señala Margo Glantz en
“Las hijas de la Malinche”, el conflicto central admite, al menos, dos lecturas: la de
Laura es la historia de una violación –la de una mujer blanca agredida por “un indio
salvaje” (1994: 6)– o bien, las manchas de sangre que cubren su vestido rasgado
atestiguan un reencuentro que subvierte la polarización entre el “ellos” y el “nosotros”
que estructura la otra lectura posible de los hechos. De este modo, el relato que Laura
hace a Nacha puede leerse como una suerte de delirio compensatorio ante la violación o
como el reconocimiento de un pasado y una legalidad que retornan para Laura
yuxtapuestos en un presente que le muestra su traición y le da una oportunidad para
remediarla al costo de una nueva traición. De igual modo, las marcas de sangre en ese
otro límite que compone la ventana son un vestigio de la presencia del “indio” que es
leído también en esa doble perspectiva: el que retorna es el violador que vuelve a buscar
a su presa o el que retorna es aquel esposo azteca que busca reencontrarse en la derrota
con su amor perdido en el momento en el que el tiempo va a volverse uno solo para
siempre. El final del cuento con la huida definitiva de Laura y la evasión de Nacha, sin
obturar por completo otras posibles lecturas, pareciera acercarse a la segunda
interpretación, en parte, porque otra vez la perspectiva elegida para la narración es la de
Laura y Nacha en detrimento de los otros puntos de vista presentes en el relato.

El juego entre espacios, temporalidades y versiones reconfigura el perfil del personaje


de Laura y, al hacerlo, problematiza también el mito de la traición fundacional de
México. Las alusiones a la Caída de Tenochtitlán, la mención al libro de Bernal Díaz del
Castillo y las referencias a los aztecas y a los culpables tlaxcaltecas dan espesor a los
sentidos implícitos en la idea de traición que vuelve una y otra vez en el cuento. ¿A
quién traiciona Laura? ¿Quién es Laura? El cuento es preciso en la caracterización
étnica y social de Laura y de su familia: las referencias al esposo, sus vínculos con el
poder, su condición de integrantes de la élite blanca nacional, la organización de su
entorno y los modos de mirar a esos “otros” que aparecen desde la percepción de
Margarita y de Pablo descriptos siempre como salvajes, siniestros y asquerosos son
todos rasgos que delinean el ámbito de pertenencia de Laura. Así, para Laura, la traición
aparece como una figura dual que atraviesa, como ella, las temporalidades: recobrar su
pasado es asumir la traición originaria, pero resolver esa traición implica operar una
nueva en el plano del presente, en el marco de su clase, de su posición social y de su
etnia. El signo de la traición se subvierte, pero persiste como marca inscripta en su
género. A pesar de que el cuento de Garro insiste en abordar lo femenino ligándolo con
la sexualidad y con el amor romántico, el personaje de Laura está marcado por su no
maternidad, cuestión que complejiza la reescritura del mito de La Malinche/Chingada.
Garro retoma el imaginario en torno de La Malinche, pero perturbando los rasgos
hegemónicos asociados con su figura: Laura, que asume la culpa por la traición como
rasgo esencial, no es aborigen ni es madre. Esta lectura se vuelve todavía más
problemática en tanto, como hemos señalado, convive con otra en el relato: Laura es la
mujer blanca violada por el “indio salvaje”, reversión literal del tema de la mujer
“chingada”.

Unos años después de la publicación de “La culpa es de los tlaxcaltecas”, Rosario


Castellanos (1925-1974) edita en su libro Poesía no eres tú (1972) su poema
“Malinche” que constituye un cambio de perspectiva en la relectura literaria de esa
figura. Si como hemos señalado al inicio, Malintzin aparece borrada como sujeto
histórico en las Crónicas y sólo accedemos a ella a través de versiones mediadas que la
cuentan y la interpretan desde ópticas y motivaciones políticas diversas, Castellanos
intenta en su poema darle voz a esa que no tiene voz en el corpus que la nombra. La
construcción de una voz que dice desde la primera persona del singular permite en el
poema reponer otra versión de los hechos, recuperar los avatares de una biografía
apenas delineada en algunos textos y, al hacerlo, poner en segundo plano el entramado
de representaciones que la configuran en tanto artífice de la derrota y epítome de la
traición. Castellanos elige como punto de partida el momento de la vida de Malintzin
previo a la construcción del mito: la voz poética recupera las circunstancias de una
historia anterior al encuentro con el conquistador. Esos datos biográficos que se
consignan, por ejemplo, en Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de
Bernal Díaz del Castillo son retomados en el poema para poner en ellos el foco. Así, en
su poema, Castellanos también señala un origen, pero uno distinto al que la
historiografía liberal construye y reserva para Malinche.

El poema se abre con la recuperación de una escena en la que, desde el trono, la madre
de Malinche anuncia al pueblo la muerte del padre y expulsa a su hija como legítima
sucesora. Las acciones de la madre aliada con el usurpador del trono y la expulsión de la
hija de su reino ponen a Malinche y a su padre asesinado en el lugar de los traicionados.
Los iguala en el plano de los olvidados, de aquellos vaciados de toda especificidad, de
esos que “[s]e toman de la mano y caminan, caminan / perdiéndose en la niebla”. De
este modo, La Malinche no es quien origina la traición sino quien la sufre siendo
sucesivamente repudiada por su madre, desterrada, vendida, esclavizada, regalada y,
finalmente, eliminada en su especificidad al ser escondida entre los pliegues de un relato
sin fisuras que la convierte en madre mítica de la derrota de su pueblo. El poema
registra ese tránsito y lo hace componiendo una alternancia de voces entre la primera
persona que aparece en los versos iniciales y en los finales y una voz coral que ocupa
los versos centrales entrecomillados. En el poema, el tránsito identitario de Malinche
culmina en la asunción de su “destino entre cadenas”, pero lo hace proyectando el peso
de ese destino en la imagen en espejo que compone con su madre, su igual “en figura y
rango”, a quien el texto presenta como la verdadera traidora.

“La culpa es de los tlaxcaltecas”, de Elena Garro y “Malinche”, de Rosario Castellanos


muestran el intento de repensar desde la literatura los sentidos asociados con la figura de
La Malinche. Son textos que inician un camino en la reformulación poética de Malintzin
que se continúa en propuestas más recientes que asumen otros puntos de vista y que la
piensan desde el feminismo o en el marco de las problemáticas que atraviesan la
literatura chicana.

Bibliografía:
Castellanos, Rosario (1972). “Malinche” en Poesía no eres tú. Texto y audio de la
lectura del poema en la voz de Rosario Castellanos en línea.
Garro, Elena (1964). “La culpa es de los tlaxcaltecas” en La semana de colores.
En línea: https://ciudadseva.com/texto/la-culpa-es-de-los-tlaxcaltecas/
Benito Mesa, Iris de. “’(No) me declaro culpable’. La conquista de la voz en ‘La culpa
es de los tlaxcaltecas’ de Elena Garro” en Mitologías hoy. Barcelona:
Universidad Autónoma de Barcelona, vol. 19, 2019. En línea:
https://revistes.uab.cat/mitologias/article/view/v19-de-benito/592-pdf-es
Glantz, Margo. Conferencia “Malinche”, Ciclo de Conferencias Primavera 2019: En
torno a la Conquista. Fílmico. En línea: https://www.youtube.com/watch?v=Fq-
lk5-vd8o
_____. “Las hijas de la Malinche” en Esguince de cintura. México: Conaculta, 1994.
En línea: http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc0g401
Hernández Torres, Ivette. “Traición e identidad en Malinche de Rosario Castellanos” en
Inti, revista de literatura hispánica, Providence College, n° 48, 1998. En línea:
https://digitalcommons.providence.edu/cgi/viewcontent.cgi?
article=2065&context=inti
Monsiváis, Carlos. “La Malinche y el malinchismo” en Margo Glantz (comp). La
Malinche, sus padres y sus hijos. México: Taurus, 2001.
Paz, Octavio. “Los hijos de la Malinche” en El laberinto de la soledad.
En línea: http://chnm.gmu.edu/wwh/modules/lesson6/spanish/octaviopaz.html

Bibliografía de consulta:
Brotherson, Gordon. “La Malintzin de los códices” en Margo Glantz (comp). La
Malinche, sus padres y sus hijos. México: Taurus, 2001. [Hay ejemplares de este
volumen para su consulta cuando las condiciones sanitarias lo permitan en las
Bibliotecas del Instituto de Literatura Hispanoamericana y del Instituto
Interdisciplinario de Estudios de Género].
Grillo, Rosa María. “El mito de un nombre: Malinche, Malinalli, Malintzin” en
Mitologías hoy. Barcelona: Universidad Autónoma de Barcelona, n° 4, 2011. En
línea: https://revistes.uab.cat/mitologias/article/view/v4-grillo/15

También podría gustarte