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Doll Face

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NOTA

La traducción de este libro es un proyecto de Erotic By PornLove. No es,


ni pretende ser o sustituir al original y no tiene ninguna relación con la
editorial oficial, por lo que puede contener errores.

El presente libro llega a ti gracias al esfuerzo desinteresado de


lectores como tú, quienes han traducido este libro para que puedas
disfrutar de él, por ende, no subas capturas de pantalla a las redes
sociales. Te animamos a apoyar al autor@ comprando su libro cuanto
esté disponible en tu país si tienes la posibilidad. Recuerda que puedes
ayudarnos difundiendo nuestro trabajo con discreción para que podamos
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Ningún colaborador: Traductor, Corrector, Recopilador, Diseñador,


ha recibido retribución alguna por su trabajo. Ningún miembro de este
grupo recibe compensación por estas producciones y se prohíbe
estrictamente a todo usuario el uso de dichas producciones con fines
lucrativos.

Erotic By PornLove realiza estas traducciones, porque


determinados libros no salen en español y quiere incentivar a los lectores
a leer libros que las editoriales no han publicado. Aun así, impulsa a
dichos lectores a adquirir los libros una vez que las editoriales los han
publicado. En ningún momento se intenta entorpecer el trabajo de la
editorial, sino que el trabajo se realiza de fans a fans, pura y
exclusivamente por amor a la lectura.

¡No compartas este material en redes sociales!


No modifiques el formato ni el título en español.
Por favor, respeta nuestro trabajo y cuídanos así podremos hacerte llegar
muchos más.
¡A disfrutar de la lectura!
Aclaración del staff:
Erotic By PornLove al traducir ambientamos la historia
dependiendo del país donde se desarrolla, por eso el
vocabulario y expresiones léxicas cambian y se adaptan.
SINOPSIS
La mayoría de los niños no crecen queriendo tener un padre
ocioso. Esos niños no entienden lo peor que puede ser realmente.
Lo que se siente al crecer deseando que tu padre sea un negligente
y no una pesadilla viviente. Yo lo hice. Lo hago. Y mi lugar más
seguro es esconderme entre los monstruos. Así que eso es lo que
hago. Me mezclo en un mar de criminales y depravados. Cualquiera
de ellos es mucho mejor compañía que mi padre. Llevo más de dos
años a salvo, más de dos años manteniendo el equilibrio, más de
dos años siendo otra persona y viviendo mi vida. Entonces él
atraviesa las puertas lacadas en rojo oscuro de mi escondite. Sus
ojos buscan, tantean y saben. Ahora, esta tentación se arremolina
en la punta de mi lengua, burlándose de mis papilas gustativas,
haciéndome desear confesar todos mis pecados a un hombre que
podría castigarme y liberarme de las peores maneras. Esto no es un
romance. Esto no es una historia de amor. Esto es primitivo. Esto
es crudo. Esto es obsesión.

~*~Doll Face es un libro erótico oscuro apto para mayores de


21 años. Contiene temas OSCUROS. Si no te gusta la oscuridad
o desencadenamiento, felices para siempre garantizados, te
desaniman fácilmente los temas oscuros, o simplemente tienes
algún límite/requisito fuerte para una historia, este libro no es
para ti. Si te gustan los temas oscuros, los machos alfa
obsesivos y controladores, y no tienes miedo de lo sangriento
que puede ser el amor... Entonces disfruta.~*~
ÍNDICE
Capítulo 1 Capítulo 15

Capítulo 2 Capítulo 16

Capítulo 3 Capítulo 17

Capítulo 4 Capítulo 18

Capítulo 5 Capítulo 19

Capítulo 6 Capítulo 20

Capítulo 7 Capítulo 21

Capítulo 8 Capítulo 22

Capítulo 9 Capítulo 23

Capítulo 10 Capítulo 24

Capítulo 11 Capítulo 25

Capítulo 12 Epílogo

Capítulo 13 Sobre la autora

Capítulo 14
CAPÍTULO UNO
MEI

El rostro que me mira es familiar, pero no es el mío. Los ojos no


deberían ser verdes, el pelo rubio no es natural, y las capas de base
de maquillaje, labial, sombras y lápiz de carbón son solo una
máscara, una fachada rematada con purpurina y labios rojos. Todo
ello, todo en mí, es tan falso como las pestañas pegadas para
enmarcar los ojos de una extraña.

No, eso está mal. Una extraña es alguien que no conoces. La


conocí una vez, mucho antes que la oscuridad se desatara desde
dentro de los pecados que nacieron. Se arrastró por mis venas con
susurros de seducción. Prometió libertad y una vida más allá de las
sombras que se cierran a mí alrededor. Si solo hubiera sido lo
suficientemente fuerte para luchar contra ella. Si me hubiera dado
cuenta que el mismo pecado que me proporcionaba el escape
también me aprisionaría. Si solo el rostro que me mira fuera una
extraña y no un recordatorio de lo que he hecho. Si tan solo.

—Meissa —grita Tricia, plantándose en la silla a mi izquierda.

Parpadeando, salgo de mis oscuros pensamientos y me concentro


en su reflejo.

—¿Has oído algo de lo que he dicho? —pregunta, inclinándose


hacia la pared de espejos detrás de la mesa de maquillaje.

—Lo siento —digo, sin más, incapaz de deshacerme de los turbios


recuerdos que me atormentan.
—¿Qué demonios te pasa esta noche? —Sus ojos se encuentran
con los míos en el espejo antes de volver a acicalarse para las
peticiones de baile privadas que, sin duda, recibió después de su
increíble actuación en el escenario.

—Nada. —Sacudo la cabeza—. Solo estoy cansada, supongo.

Forzando una sonrisa, miro hacia otro lado, mi mirada cae en la


alerta de texto que leí hace un momento:

Décimo aniversario del descubrimiento del asesino de


Dollhou1se. Tras años sin pistas, las autoridades especulan que
Gilbert Dandry, alias el asesino de Dollhouse, ha muerto en su
escondite. Haga clic aquí para continuar...

Agarrando el borde de la mesa, trago la repentina inundación de


saliva en mi boca. La bilis se eleva, permaneciendo en la base de mi
garganta.

—Sigo sin entender por qué no trabajas más con el público. Con
tu figura y los movimientos que he visto durante los ensayos,
podrías tener fácilmente un par de clientes habituales. —Tricia
suspira.

—Ya te lo he dicho antes...

—Sí, sí, no estás buscando un sugar daddy o clientes habituales


—se burla con un giro de ojos—. Mira, no sé de que estás huyendo,
pero...

—¿Quién dice que estoy huyendo de algo? —me quejo, odiando


cuando la gente se acerca demasiado a la verdad.

—Chica, por favor, no hace falta ser un puto genio para ver que
estás huyendo de algo... —Hace una pausa y se gira para mirar mis
ojos—. O de alguien.

—No sabes una mierda —afirmo, apartando la mirada.

1
Casa de las muñecas
—Sé que estás huyendo o escondiéndote, o ambas cosas. Sé que
Kelly está aquí porque tiene cuatro hijos que alimentar y ningún
padre a la vista, Natasha ni siquiera está jodidamente cerca de estar
en este país legalmente, y Candy se está follando a Joey. ¿Crees que
alguna de nosotras creció con la esperanza de trabajar en este
lugar? —Ella frunce sus labios.

—¿Candy se está follando a Joey? —pregunto en un susurro,


mirando hacia la curvilínea pelirroja en cuestión—. Es tan joven y...

—Y tiene sus putas razones, como el dinero extra para los cursos
universitarios de los que siempre habla. —Tricia me interrumpe,
señalando a la joven estudiante atrapada en esta vida depravada—
. Igual que tú tienes tus razones. —Ella levanta un hombro en un
medio encogimiento.

Tensa, contengo las ganas de enfurecerme con ella. De decirle


que se calle la boca y me deje en paz. En lugar de eso, me vuelvo
hacia al espejo y retoco la máscara que llevo todas las noches.

—El problema contigo es que o estás loca o eres jodidamente


estúpida —dice Tricia, decidiendo continuar.

Colocando ambas manos sobre la mesa, aprieto los puños, cierro


los ojos y respiro profundamente. Una oscuridad, una que vive en
lo más profundo de mí, comienza a hervir.

Mis ojos se dirigen al par de tijeras que descansan en la esquina


de la mesa, e inclino la cabeza hacia un lado. Sería tan fácil
tomarlas y hacer un espectáculo de terror con Tricia. Sería un
espectáculo grandioso, para el que incluso podría vender
entradas... Sacudiendo la cabeza, exhalo una bocanada de aire y
empujo hacia abajo mi ira, el miedo y los pensamientos retorcidos.

—Realmente no es asunto tuyo...

—Quiero decir, si vas a esconderte en un lugar como este solo


para enterrarte en el espectáculo, supongo que tienes problemas
legales.

Si solo fuera esa la peor de mis preocupaciones.


La miseria, el dolor y la muerte siguen cada uno de mis pasos. Y
si Tricia no se calla de una puta vez, va a acabar siendo otra víctima
de mi elección egoísta de vivir en lugar de acabar con todo -acabar
conmigo-, y no solo con este falso yo, sino llevarme al verdadero yo
a la tumba.

Pero no lo haré. He sobrevivido todo este tiempo. Puede que me


esconda detrás de la máscara entre la multitud de libertinaje de la
vida nocturna de Chicago, pero, egoísta o no, no me rendiré.

—Tienes que jugar más inteligentemente, cariño, no más fuerte.

Tricia parlotea, sin importarle o sin darse cuenta de la forma en


que mi espalda se pone rígida y mi mandíbula se tensa.

—Quiero decir, te das cuenta que este lugar es propiedad de


Giovanni Accardo, ¿verdad?

—Me importa una mierda Giovanni Accardo —digo con los


dientes apretados.

—Chica —dice ella—. Debería importarte. Es como un jugador en


el Sindicato de Chicago. Y me refiero a que está en la familia.

Dando una risa sin humor, cruzo mis brazos sobre mi pecho y
me encorvo en mi silla. Sé quién es el dueño de este club y
exactamente a qué familia pertenece. También sé que hago todo lo
posible para apartarme de su camino cuando llegan los trajes caros.
En lugar de montar un espectáculo para ellos, dejo que las otras
chicas coqueteen y atraigan sus miradas.

Claro, el dinero que fluye de esos bolsillos forrados de seda


rejuvenecería mi menguado flujo de dinero, pero el peligro que
irradian es suficiente para que me apegue a mi rutina.

Subir al escenario, sumergirme, girar y envolverme alrededor del


poste lo suficiente para que los borrachos, los infieles y los
primerizos prácticamente tiren sus carteras en el escenario. Y, en
ocasiones, cuando es necesario, salgo de las profundidades del
backstage y trabajo en el suelo. He perfeccionado mi radar de
clientes, capaz de detectar a los hombres casados, hombres de
negocios que viajan, y la pareja aquí para condimentar su
matrimonio. Los que están dispuestos a aventurarse, pero no a
apegarse, son mis objetivos preferidos.

—Entonces, ¿qué? ¿Va a borrar cualquier problema legal que una


de nosotras podría tener porque nos desnudamos en su club? Estoy
bastante segura que no funciona así —respondo con sarcasmo.

—Bien, así que nos estamos inclinando hacia el lado estúpido de


este escenario —insulta.

Girando la cabeza en su dirección, dejo que mis ojos se dirijan a


su cuello, centrándome en el pulso. Un pinchazo en ese delicado
lugar la haría callar.

—Los grandes jugadores vienen aquí regularmente, lo que


significa que solo necesitas la atención de uno. —Ella levanta un
dedo perfectamente cuidado, todos ellos de color rojo oscuro con
puntas negro brillante—. Todo lo que se necesita es que uno de esos
tipos te ponga en una lista de favoritos y ¡puf! tus problemas
desaparecen.

Resoplo. Actúa como si los problemas no siguieran a esos tipos o


que el peligro no irradia a su alrededor como un aura espesa de
barro.

—¿No me crees? —Hay un nivel de ira en su pregunta—. Perra,


¿sabes cuántos de esos tipos vienen aquí solo por ciertas chicas?
Mierda, a Vicky solo le costó tres malditos bailes privados para tener
a Felix Ricci en su rotación regular y luego solo un par de meses
antes que fuera ascendida a amante.

—¿Quién es Vicky? —pregunto, sin que me resulte familiar el


nombre.

—Es la chica de quien ocupas el lugar, porque ahora está


viviendo en un ático por encima de la ley e intocable en el centro de
la ciudad —responde Tricia, con un ligero movimiento de cabeza.

—¿Quién es Felix Ric...?

—Realmente no sabes una mierda, ¿verdad? Tal vez sea el


momento de levantar la vista de vez en cuando para ver qué mierda
está pasando a tu alrededor, ¿eh?
No es realmente una pregunta a la que ella quiera una respuesta,
porque después de soltar los mocos, se aparta de la mesa y sale del
camerino.

Mis ojos vuelven a mirar mi celular. Toco la pantalla, y miro una


segunda alerta de texto:

El caso de la chica desaparecida se enfría después de 7 años.


Kayla Mearson presuntamente muerta.

Borrando las alertas, cierro los ojos. Por desgracia, el recuerdo de


la primera vez que vino por mí, juega detrás de mis párpados.

—Ven con papi, muñeca. —Su mano se extiende, goteando


rojo—. Voy a llevarte a casa.

Levantando lentamente el brazo, me fijo en el familiar


hombre ante mí.

—Eso es. Ven a mí —me insta, dando un paso adelante.

Un grito atraviesa el aire, rompiendo el trance y me lleva a


mirar la cara contorsionada de la hermosa chica con la que
comparto habitación.

El Sr. y la Sra. Branson nos hicieron a Kayla y a mí


hermanas, amigas.

Siguiendo su mirada horrorizada por la habitación, el


hombre me habla una vez más:

—Ven aquí, muñeca —suplica, sonando más cerca—. Tu


familia te echa de menos. Tus muñecas te echan de menos.

Mis ojos se posan en el señor y la señora Branson. Están


tumbados en el suelo con formas extrañas.

—¿Qué pasa con...?


—¡MUÑECA, VEN A MÍ! —Su grito hace que mis ojos
vuelvan hacia él.

Este hombre enloquecido no se parece en nada a mi padre.


Este no puede ser él.

Esta vez, sus dos brazos me alcanzan, empapados de sangre


y sosteniendo un cuchillo.

Kayla grita una vez más, agarrando mi brazo. Mi cuerpo


se sacude por el tirón de sus manos, pero estoy congelada en
mi lugar. Nada tiene sentido. Ni el hombre que tengo delante
ni el miedo que sube por mi garganta.

Mi mirada vuelve a dirigirse al Sr. y la Sra. Branson. Ellos


fueron muy amables conmigo. El Sr. Branson iba a mostrarnos
cómo pescar mañana. ¿Por qué están acostados así? ¿Quién...?

—¡Vamos! —Kayla grita, tirando más fuerte de mi brazo


mientras sus manos manchadas golpean con el puño la parte
delantera de mi camisón de franela.

¿Cómo pudo él hacer esto? Ellos no son muñecos, y el


desorden no es aceptable. Me muerdo el labio inferior,
recordando todas las veces que me regañó por tener la
habitación desordenada, o cuando se me resbaló la mano y...

—Suéltala —grita Scott, saliendo de la oscuridad del


comedor y tirándolo al suelo.

—¡Scott! —Kayla grita a nuestro hermano de acogida.

Estudiando el miedo que marca su cara, toco las lágrimas


que salpican sus mejillas.

¿Por qué ella le iba a temer a papi? Él es...

—Corre —grita Scott—. Ve por ayu..."


Un sonido de gorgoteo llena la habitación, y me vuelvo
hacia la fuente mientras Kayla se lamenta una vez más.

Papi se sienta junto a Scott.

Él Fue quien me enseñó a montar en bicicleta cuando llegué.

Papi baja el metal afilado una y otra vez.

El pecho de Scott, su cuello, su cara... tantas veces su cara.

—No. Puedes. Tenerla. —grita, cada palabra acentuada con


una puñalada—. Ella. Pertenece. Con. Su. Familia.

Los nudos se retuercen en mi estómago y el temor pesa sobre


mis miembros. Subo la mano y toco la humedad de mi pecho,
luego la retiro, mirando la sangre. Con los ojos muy abiertos,
miro a mi padre.

Enterrando el cuchillo en el pecho de Scott por última vez,


papi retuerce su cuerpo cubierto de sangre y me tiende la
mano para que le tome.

Un dolor agudo en el brazo me hace mirar hacia abajo. Las


uñas de Kayla me muerden la piel.

—Está muerto —solloza.

Sacudiendo la cabeza, vuelvo a mirar a Scott. Su cara está


irreconocible y su cuerpo arruinado. Un charco se extiende
debajo de él, oscureciendo lentamente la alfombra.

Papi se levanta y deja caer otro cuchillo al suelo. El ruido


sordo que produce me hace saltar y la comprensión aguda me
atraviesa. Los Branson y Scott no eran muñecos. Ellos eran
reales.

Los recuerdos de todos los médicos, las preguntas, las


miradas que cada persona me dio cuando les conté sobre
nuestros muñecos, pasan por mi mente y todo tiene sentido.
Todo estaba mal. Papi estaba equivocado. Yo estaba
equivocada. Las muñecas estaban equivocadas.

Una vergüenza que no entendía del todo y un miedo que


nunca había sentido antes surgen por mis venas. Antes de
poder pensarlo dos veces, agarro la mano de Kayla y huyo del
hombre que acaba de llevarse a las personas que me cuidaban,
que me enseñaron tantas cosas, que se llevaron todas las
muñecas de la casa sin regañarme por lo que hice con ellas.
Cosas equivocadas.

Corriendo a ciegas, Kayla y yo terminamos en lo profundo


del bosque detrás de la casa.

—No se nos permite estar tan dentro del bosque —le


recuerdo a Kayla—. La señora Branson se enfadará.

—La señora Branson está muerta —grita Kayla,


empujándome—. Están todos muertos, por tu culpa.

—¡Muñeca! —Saltamos ante su grito, nuestros ojos se desvían


alrededor. Este nuevo miedo hace que mi estómago se revuelva
y se retuerza.

—Deberíamos escondernos. —Señalo un árbol hueco,


frunciendo el ceño.

Kayla es más grande que yo, más vieja. No estoy segura si


las dos cabemos.

—Te quiere a ti. —Me empuja de nuevo—. Él puede tenerte.

Ella desaparece más lejos en el bosque, dejándome atrás. La


oscuridad se acerca. El olor a madera húmeda crece más
espeso con cada respiración. Mi miedo se convierte en algo que
lo abarca todo. Me quedo congelada en el sitio.
—¡Ven con papi! No tengas miedo. He venido a llevarte a
casa —grita, más cerca, más urgente, aterrador—. ¡Maldita
sea! ¡Ven a mí ahora!

Es suficiente para poner mi cuerpo en movimiento.

Corriendo hacia el árbol hueco, me meto dentro y me


entierro en la tierra y las hojas. Tapándome los oídos, bloqueo
sus maldiciones y exigencias. Finalmente, cuando se calla, los
sonidos del bosque y las llamadas de un grupo de búsqueda me
encuentran.

—No dejes que Tricia te presione. —Candy se desliza en el asiento


recientemente desocupado, sus ojos castaños claros son suaves con
comprensión y piedad.

—Está bien. —me atraganto, conteniendo las náuseas causadas


por el recuerdo.

Maldición, en los dos años que llevo trabajando aquí, nunca he


tenido una, por no hablar de dos, compañeras bailarinas que
decidan que era el momento para un corazón a corazón de stripper.

—Pero tiene razón —continúa.

Dirijo mis ojos hacia ella y frunzo el ceño. No hay nada que
hacer... para la comprensión.

—Mira, sé que la gente de aquí habla. Soy muy consciente que


mi acuerdo con Joey es de dominio público. —Ella levanta un
hombro—. Tengo un juego final, y en esta vida, las cartas que me
repartieron fueron una mierda. Así que, ahora estoy apilando la
baraja a mi favor.

—Entonces, ¿te acuestas con él por dinero? —pregunto, tal vez


un poco con demasiada incredulidad en mi voz.

—Mira, llámalo como quieras, pero mi acuerdo con él ya ha


pagado mi primer año de universidad. El resto, está en el banco,
porque sé que no durará para siempre con un hombre como él —
confiesa—. Pero Tricia tiene razón, tienes que ser más inteligente y
jugar mejor el juego.

—¿Y qué pasa cuando el juego te haga jaque mate?

Esta vez, ella levanta ambos hombros.

—Al menos he intentado hacer mi vida. No me quedé sentada


esperando que la mierda me pase o no —afirma, sonriendo—. Mira,
solo quería asegurarme que no te molestara, pero también sé lo que
es estar atrapada en un lugar del que quieres salir
desesperadamente. Si he aprendido algo en mi corto tiempo aquí,
es que hay muchos más reyes oscuros que caballeros blancos.
Depende de ti salvarte, y a veces, eso es por cualquier medio
necesario.

Una punzada de otro recuerdo, un medio necesario, susurra el


fondo de mi mente, queriendo que recuerde cosas que intento no
recordar.

Después de retocar su lápiz de labios, me deja sola.

Al encontrar los ojos de la desconocida en el espejo una vez más,


me pongo su rostro.

¿Puedo realmente confiar en una criminal? ¿Es mi única gracia


salvadora en aquellos que mienten, engañan, roban y matan?

Demonios, ¿Realmente eres mejor que ellos?

Cerrando los ojos, inhalo profundamente. Abriendo los ojos en


una exhalación lenta, respondo en silencio a mi propia pregunta:

No. Eres peor. Eres un monstruo nacido de la maldad más oscura


y formado por el pecado.

Pero ¿Y si mi pasado está muerto? Es una posibilidad, aunque


no puedo estar segura. No es que pueda ir a buscar en él o
arriesgarme a exponerme. En el momento en que lo haga, en el
instante en que dé algo, estará aquí cubierto de rojo, o ellos estarán
aquí de azul, con sus placas y esposas.
Incapaz de quitarme de la cabeza los comentarios de Tricia y
tentada por la idea de elegir mis pecados en lugar que ellos me elijan
a mí, decido observar a los invitados del club y a los especiales de
Joey un poco más de cerca.

En las semanas siguientes, escondida en los rincones oscuros del


club, detrás de las cortinas y a través de los espejos bidireccionales,
observo a estos hombres, criminales profesionales, en algunos de
sus momentos más bajos. El sexo suele ser duro. Como cuando un
tipo agarró a una chica por el cuello, la sujetó a una mesa, y se la
folló lo suficientemente fuerte como para mover la mesa un buen
par de metros. Y luego están las drogas. Abundante y fácilmente
disponible para cualquier propósito que deseen. Después, las
chicas son llevadas fuera de las habitaciones privadas, fuertemente
drogadas o agotadas por el uso.

La parte más oscura de mí, la que intento encerrar en lo más


profundo, se deleita en los momentos de voyerismo. Y cuando mi
mano está entre las piernas, son estos casos sucios y depravados
los que recuerdo con claridad para aliviar la palpitación.

Habiendo pasado tantas noches observando los comportamientos


que tienen lugar detrás de la cortina de terciopelo dentro de las
salas VIP, mi curiosidad por las amantes ha crecido
excepcionalmente. Y esta noche finalmente tengo la oportunidad de
ver lo que ocurre con estas mujeres mantenidas. Vicky, la misma
que adora Tricia, ha vuelto al club cubierta de pies a cabeza con
ropa de diseño del brazo de un hombre importante. Su costoso traje
está perfectamente confeccionado para su altura y sus anchos
hombros. El pelo rubio oscuro está peinado suavemente contra su
cabeza, resaltando la estructura ósea de su rostro. Una mandíbula
cuadrada y fuerte, pómulos altos y cejas definidas.

Con un cigarro sujeto firmemente entre los labios, se dirige a un


grupo de hombres que lo rodean. Algunos tienen su propia Vicky,
mientras que otros se divierten con las mujeres disponibles en el
club. En el momento en que este grupo llegó, es evidente que son
diferentes. Hay un poder peligroso vibrando alrededor de ellos que
los grupos de las semanas anteriores no tenían. El aura peligrosa
que crean es la razón por la que los evité en el pasado, bajando la
cabeza y pasando desapercibida.

Desde los rincones en la sombra y los escondites anteriores,


observo las interacciones. Hay una cierta jerarquía, un orden
jerárquico en el grupo. Los hombres sentados son sin duda los que
están al mando, aunque el traje de Vicky es indiscutiblemente el
núcleo. Joey parece un perro faldero, corriendo a las órdenes del
hombre del medio y haciendo su voluntad.

No observo al grupo demasiado tiempo, por temor a que


descubran mi inspección. Habiendo aprendido lo suficiente de lo
que puede suceder a los que son vistos como una amenaza de
observaciones anteriores, lo cual estoy segura, que mi espionaje
sería considerado, me escabullo del rincón oculto y me froto la
nuca, la sensación de ser observada es abrumadora. Me niego a
mirar por encima de mi hombro, me dirijo hacia el camerino.

—No más. —La suave súplica de Natasha en un inglés muy


acentuado suena y yo voy despacio hacia una habitación privada,
inclinándome hacia la puerta.

—Sé una buena chica —gruñe un hombre, seguido de los


gemidos de Natasha.

Un dolor sordo se forma entre mis muslos cubiertos de malla, y


sacudo la cabeza, asqueada de mí misma. Sin embargo, eso no me
impide acercarme. La puerta está abierta unos centímetros, y cierro
los ojos, luchando contra mi oscuridad mientras sus susurros
seductores se arremolinan en mi cabeza, diciéndome que mire, que
escuche.

—Por favor —grita Natasha.

—Vas a tomarlo como la puta que eres —grita otra voz, y mis ojos
se abren de golpe, viendo al hombre golpeando en su culo, su puño
envuelto en su pelo. Él se acerca y le pone la otra mano en la boca.
—Mierda, tranquilo, Don —ordena un hombre, y mis ojos se
lanzan hacia el sonido, encontrando la otra voz desnuda de cintura
para abajo tumbado debajo de Natasha.

Bombeando dentro de ella, él le rodea el cuello con su mano y sus


dedos se flexionan.

La piel del cuello me hormiguea de deseo.

—No seas marica —ladra Don, empujando dentro de ella más


fuerte, sacándome de mi deseo enfermizo.

Su grito ahogado sale de entre los dedos de Don mientras el otro


tipo suelta su cuello para agarrar sus caderas y se mete en ella y la
penetra con más fuerza, gimiendo antes de quedarse quieto debajo
de ella. Soltándola, le da una fuerte bofetada en el costado del
muslo.

Aprieto los muslos, mi clítoris palpita, luchando entre el asco y


un puto deseo de ser ella, de ser castigada.

Con un gruñido, Don le suelta la boca y el pelo, y luego se desliza


de su cuerpo, retrocediendo a trompicones un par de pasos.
Natasha sube del hombre debajo de ella, y él canturrea, agarrándola
por el brazo:

—Tash, ven aquí.

Ella se gira, con una gran sonrisa en su rostro.

—Te limpio —afirma ella, pasando los dedos por su camisa


arrugada.

El inglés entrecortado es claramente una actuación, exagerando


su acento ruso para interpretar un papel.

Al ver sus piernas colgando, se inclina hacia delante. De cara a


la ahora suave polla, ella lame y chupa.

—Qué buena chica. —Sus dedos se mueven por su pelo.

—Cristo, ¿ella hace eso cada vez? —pregunta Don.


—Natasha disfruta de la limpieza —afirma, tirando de ella fuera
de su polla por el pelo—. Cuida de nuestro amigo, nena.

A su orden, ella se arrastra sobre sus manos y rodillas hacia Don,


lamiéndose los labios. Quitando el condón, ella realiza la misma
"limpieza".

Apartándome de la puerta, retrocedo hasta que mi espalda esta


contra la pared y cierro los ojos, tratando de calmar el deseo
perverso que recorre mi cuerpo.

El ruido del pomo de la puerta me pone en movimiento, el sonido


de una bofetada, y luego los dos hombres riéndose me siguen
mientras vuelvo a recorrer el pasillo.

Cuando llego a la cortina que lleva al piso principal, me doy


cuenta que he caminado en la dirección equivocada.

Se abre contra el aire de terciopelo grueso y me encuentro cara a


cara con Joey, sintiendo la presencia del grupo detrás de él.

Sus ojos se abren de par en par, sorprendidos.

—Date la vuelta, Mei —me ordena.

Intentando aún bajar del subidón inducido por la lujuria, solo


parpadeo ante su orden.

—Muévete —ladra, y yo retrocedo a tientas, tratando de pasar lo


más desapercibida posible.

—¿Quién es esta? —pregunta una voz profunda, y mis ojos se


dirigen hacia el líder del grupo.

El núcleo de los malos.

El acompañante de Vicky.

Y su atención se centra únicamente en mí.

—Felix, ella no... —Joey comienza a explicar mi falta de


participación en el baile privado, entre otras cosas.
—No creo que la hayamos visto. ¿Lo hemos hecho, Joey? —Felix
se acerca, tomando mi barbilla con su suave mano, y mi estómago
se anuda mientras busco a Vicky, o a cualquiera de los adornos de
brazos vestidas de diseñador de antes.

—Ella no está en el menú VIP —explica Joey, sonando derrotado.

¿Menú VIP? ¿Es eso lo que son las otras chicas?

—Se harán excepciones —afirma Felix, soltando mi barbilla—.


¿No es así, Gio?

—Por supuesto. —Se ríe un hombre invisible.

Felix me ofrece su brazo y yo me quedo mirando, sin pestañear.

—Mei —incita Joey, y mis ojos se mueven hacia él, aunque estoy
congelada—. Acepta el puto brazo.

—Joey —le regaña Felix—. ¿Es así como le hablas a mis preciosas
chicas?

—Meissa —gruñe Joey, incitándome a actuar.

Deslizando mi mano cubierta de guantes de satén sobre su brazo,


reprimo el deseo que aún me quema el interior de los muslos y mi
pánico en este giro de los acontecimientos, y lo canalizo todo en la
armadura engañosa que llevo.
CAPÍTULO DOS
SAINT

La vi escabullirse en las sombras de este ruinoso agujero de


mierda donde mi primo insistió en que lleváramos a cabo su negocio
esta noche. Felix no estaba impresionado con este lugar desde el
momento en que Gio lo convenció de visitarlo hace dos años y
medio, y si no fuera por su obsesión con Vicky, nunca hubiera
regresado. Ahora, estamos de vuelta en este pozo negro de
drogadictos, borrachos, y putas para lidiar con Gio.

No es que él sea consciente de este hecho. Solo piensa que Felix


quiere visitar el mismo lugar donde comenzaron los engaños de Gio.

Así que, cuando localizo a la pequeña espía, mis propias


observaciones comienzan.

Sus curiosos ojos recorren cada persona en la fiesta de Felix y


Gio, su postura relajada retrata lo discreta que cree que está siendo.
Cuando su mirada se detiene en Felix un gran rato, mis sospechas
aumentan. Alejándome de mi propio rincón oscuro, comienzo mi
recorrido por la sucia alfombra roja.

Su cuerpo se pone rígido, y me detengo, observando sus ojos


alrededor de la habitación antes que se vaya. Las luces que se
arremolinan, iluminan su larga melena rubia, su piel clara y su culo
apenas cubierto, mientras se aleja cada vez más de mí. Es suficiente
para identificarla como una artista, pero no recuerdo haberla visto
en el escenario desde nuestra llegada esta noche.
Ahora, ella se aferra al mismo hombre que había pasado tanto
tiempo examinando.

Entrando en la sala VIP, Felix la guía hacia una silla de cuero de


respaldo alto y se sienta, mirándola y dándole una palmadita en la
pierna.

La chica tímida y sorprendida del pasillo desaparece, y ella se


coloca entre sus piernas, deslizando su pequeño cuerpo curvilíneo
contra el suyo antes de plantar su culo en forma de corazón en su
pierna. Felix, siempre mujeriego, sonríe ampliamente, devorando su
acto.

Y definitivamente es una actuación. Su lenguaje corporal anterior


era cualquier cosa menos la seductora, ahora, ante mí. El pánico y
el miedo brillaron en esos bonitos ojos verdes antes que ella pusiera
su máscara en su lugar. La escaneo y busco cualquier cosa que
pueda ser un cable o dispositivo de grabación. Ella no tiene el olor
de Federal pero nunca se sabe a quién han reclutado o chantajeado
para hacer su trabajo sucio.

—Has estado ocultando, Joey —regaña Felix, pasando su mano


a lo largo de su muslo cubierto de malla.

—Lo siento, señor, ya sabe que las chicas tienen que aceptar el
menú VIP —dice Joey, intentando una vez más que Felix sepa que
esta chica no ha consentido las cosas que Felix seguramente quiere.

Deslizando su mano entre sus piernas, Felix toma su barbilla en


su otra mano.

—¿Mei? ¿Ese es tu nombre?

Ella asiente.

—Es una pena, Mei. —El pulgar de él pasa por la barbilla de ella—
. Las cosas que podría darte.

—¿Quieres que traiga a las chicas? —Joey pregunta, desviando


la atención de Felix de la chica.

—Todavía no. —Le suelta la barbilla y el muslo—. Hay algo que


quiero de la pequeña y bonita Mei.
Es un ligero movimiento, pero su columna vertebral se endereza,
y él le da una palmada en el costado del culo, haciéndole un gesto
para que se ponga de pie.

—Baila para mí, Mei —pide Felix, señalando el poste en el centro


de la habitación.

Sus labios se separan, pero se cierran cuando Joey se adelanta y


le susurra al oído.

La determinación marca su rostro y ella le hace un gesto con la


cabeza antes de pavonearse hacia el poste situado en una sección
elevada en el centro de la sala.

El resto del grupo se acomoda en las sillas y sofás que bordean


la sala, con los ojos fijos en la pequeña rubia, esperando un
espectáculo.

Me acerco a mi primo y le susurro al oído:

—Tienes que tener cuidado, Felix. Esta esconde algo —le informo.

Me mira a los ojos mientras me enderezo a mi altura y levanta


una ceja.

—Es solo un baile, Dante. Relájate y disfruta del espectáculo —


dice, haciendo caso omiso de mi advertencia, con los ojos
concentrados en su actual distracción.

La rubia se agarra al poste dorado, recorriendo la circunferencia


del pequeño escenario, y yo suspiro, alejándome y apoyándome en
la pared detrás de Felix. Puede que no esté preocupado, pero todos
mis instintos me tienen en alerta máxima. Hay algo diferente en
esta chica. Algo que no está bien.

Aunque no me interesan las putas, en el momento en que la


música llena la habitación, encuentro mi mirada atraída hacia ella.
En lugar de los típicos himnos de las strippers, las palabras “No te
pertenezco” flotan en el aire, y en el momento en que la clásica
canción se convierte en un ritmo más pesado y nuevo, me atrapa.

El vaivén de sus caderas, la curva de su pierna, y sus manos


moviéndose sobre su cuerpo tiene a todos los hombres de la sala
fascinados. Los movimientos son elegantes, su cara serena, y sus
ojos... mierda, sus ojos brillan. Pero no con un acto de inocencia.
No, hay una oscuridad en lo más profundo de ellos, un contraste
con su tez blanca.

Las yemas de sus dedos cubiertos de satén se clavan en su piel,


arañando su camino para quitar los trozos de tela que lleva. Ella es
un pecado envuelta en carne de porcelana.

Mis impulsos se abren paso desde el pozo negro de mi interior, el


lugar donde cada pecado, cada acto terrible que he hecho, reside.
Me siento atraído por ella. Cada músculo se tensa cuando ella
termina la canción con el arco de su espalda y el lento deslizamiento
hacia el suelo. Una mano en el poste, la cabeza echada hacia atrás,
las puntas de su pelo rozando las puntas de sus tacones, y la suave
y redondeada carne de sus pechos, mis dedos se estrechan contra
mi muslo. La necesidad de ensuciarla, de marcarla, de romperla,
surge a través de mis venas en un torrente de necesidad.

La música baja para que la conversación sea posible de nuevo, y


en un movimiento practicado, ella levanta y gira su cuerpo desde el
suelo. Joey aparece, entregándole el top y la falda de satén rojo
oscuro que había desechado hace unos momentos, antes de
tomarla del brazo y llevarla hacia la puerta.

—Ella se queda —dice Felix de una manera que nadie


cuestionaría o discutiría.

Joey se detiene, volviéndose hacia Mei para que solo ella pueda
ver su rostro.

Hablando en voz demasiado baja para que pueda oírlo, le suelta


el brazo antes de continuar hacia la puerta.

—Ven aquí —le ordena.

Sus ojos se quedan en la espalda de Joey por un momento, antes


de volverlos hacia Felix.

En el más breve de los segundos, el pánico aparece en su cara


antes que la seductora vuelva a estar en su sitio. Sosteniendo los
trozos de satén contra su pecho, se pavonea hacia nosotros.
Felix se levanta antes que ella lo alcance.

—Permíteme —dice, haciendo un gesto para que se ponga la ropa.

Dudando un momento, ella la pone en su mano extendida.

Apretando el puño, lo encuentro lleno de cuero y miro hacia


abajo. En algún momento, me aparté de la pared y agarré el
respaldo de la silla de Felix.

Frunciendo el ceño, suelto la silla con un movimiento de mi


cabeza, y observo cómo envuelve el top alrededor de su cuerpo,
asegurando los lazos en la parte delantera antes de tirar la falda.

—Ven. —La toma de la mano, tirando de ella hasta su asiento y


la coloca en el brazo de la silla opuesta a la que yo estoy de pie.

Recuperando la silla, se acomoda y grita:

—Joey, por favor, tráelas.

Momentos después, la habitación se queda en silencio mientras


Vicky es conducida a la habitación con las otras putas y amantes.

En mi periferia, noto a Mei tensa.

Las mujeres se acercan a su pareja masculina.

Todas menos Vicky.

Ella está de pie al otro lado de la habitación, con una pequeña


sonrisa en sus labios rojos.

—¿Estás intentando ponerme celosa otra vez? —pregunta, con


burla.

Cuando Felix no responde, Vicky se pasea por la habitación,


pasando sus dedos por los hombros, los respaldos de las sillas, e
incluso se acerca al poste.

—Olvidas que conozco tus preferencias —continúa, empezando a


moverse contra el poste.
—¿Mis preferencias? —Felix finalmente reconoce sus
comentarios.

Rechinando contra el poste, ella asiente, lamiendo su labio


inferior.

—Es demasiado joven. —Ella le da la espalda y mira por encima


del hombro—. Y demasiado delgada.

Agarrando la cremallera de la parte trasera de su vestido, la baja,


dejando que la tela caiga desde su hombro izquierdo.

—Prefieres el cuerpo de una mujer —continúa, dejando que el


vestido caiga por completo.

Con solo un tanga negro y tacones de aguja, Vicky vuelve a su


baile, con sus amplios pechos y su culo redondo balanceándose y
meneándose. Mis dedos no se mueven para tocarla, ni mis oscuros
impulsos se arremolinan para poseerme.

Levantándose de la silla, saca su arma del interior de su chaqueta


y la pone a la altura de sus ojos.

El miedo aparece en su rostro antes que sus ojos se amplíen y se


forme una sonrisa de satisfacción. Abriendo la boca y cerrando los
ojos, se lleva el cañón a la boca y chupa.

—Hotel Mirage.

Los ojos de Vicky se abren de golpe y se desvanecen en negro


mientras su cabeza va hacia atrás, la sangre salpica la pared detrás
de ella cuando él aprieta el gatillo.

Los gritos femeninos ahogan los gritos de sorpresa de la mitad de


los hombres. La otra mitad, la de Felix, es consciente del propósito
de esta noche. Tenemos un traidor, y se tratan rápidamente.

Sin perder el ritmo, Felix apunta a Gio con el arma. El trago


visible y los ojos redondeados delatan los planes de Felix para la
noche. Una rubia con curvas se escapa de su regazo, retrocediendo
hacia la pared más cercana.
Mis ojos parpadean hacia Mei estudiándola. Ella mira fijamente
el cuerpo de Vicky, pero no hay histeria o shock. De hecho, no hay
absolutamente ninguna puta expresión en su cara, y ni una pizca
de asombro deja sus labios.

La voz de Felix atrae la atención de ambos hacia él:

—¿Creías que una puta sería mi perdición? —grita, acercándose


a Gio.

—Felix, no sé lo que ella...

Un segundo disparo de su arma clava una bala en la rodilla


izquierda de Gio. Sus gritos de dolor atraviesan el aire mientras mis
ojos se dirigen a Mei una vez más. La comisura de sus labios se
mueve, pero no sé si quiere encogerse o sonreír.

—Las únicas palabras que quiero escuchar de tu boca serán las


de suplicar por tu vida —grita Felix, escupiendo la cara de Gio, que
se suma a las lágrimas que cubren sus mejillas.

Enderezándose, Felix mira alrededor de la habitación.

—¿Alguien más quiere desafiarme? —Se encuentra con los ojos


de cada hombre, apuntando el arma hacia ellos para enfatizar su
pregunta.

Cuando se fijan en mí, señala al gimiente Gio.

—Saint —dice, dirigiéndose a mí por mi temido apodo—. Es tuyo.

La criatura dentro de mí, la culminación de todos los impulsos


oscuros que persisten en mis partes más profundas, ruge a la vida,
mis ojos se centran en mi presa. Herido y fácil de capturar es mi
preferencia habitual, pero no me alejaré. No puedo. He sido
preparado y formado en este demonio que persigue los sueños de
los criminales y psicópatas. Su propia pesadilla viviente.

Acercándome, desenvaino mi cuchillo con la mano izquierda, lo


agarro por la parte de atrás de su chaqueta, y lo arrastro fuera de
la sala. La mayoría mira hacia otro lado, pero el gran peso de un
par quema en mí, haciéndome mirar por encima del hombro. La
curiosidad y el deseo que ilumina su rostro es casi suficiente para
hacerme olvidar al traidor que le ruega a Felix que lo escuche, pero
a la criatura no se le negará su presa, a pesar de lo atraído que
estoy a alimentarme de la oscuridad que hay en ella.

Mei
Espero que llegue el grito, la conmoción, pero no lo hace. En su
lugar, cierro los ojos y viajo de vuelta a la casa de estilo victoriano.
A la habitación más allá de su estudio, más allá de la habitación de
las muñecas, más allá del lugar donde fui diseñada y corrompida.
Recuerdo los libros, los dibujos y las fotos... un lugar en el que
seguiría colándome siempre que pudiera... hasta ese día.

—Por favor, déjame salir —grita desde la caja de juguetes.

—¿Quieres jugar? —pregunto, emocionada por tener una


muñeca que puede hablar.

Se queda callada durante mucho tiempo, mucho tiempo, la


decepción me invade.

—Sí —responde por fin, y mi emoción vuelve a crecer—. Pero


no puedo jugar aquí.

Me dirijo a la caja de juguetes y empujo la tapa.

—¿Ves una llave? Necesitas una llave —empieza a llorar.

En cuclillas, miro a través de la pequeña abertura entre los


listones. Su cara está mal. Está demasiado oscura. Sus ojos se
abren de par en par al verme.
—Dios mío —jadea, las lágrimas brotan de sus ojos—. Solo
eres una bebé.

—No soy una bebé —le digo, cruzando los brazos sobre mi
pecho.

—Tienes razón. Lo siento. —Ella se limpia las mejillas,


quitándose las lágrimas.

—¿Por qué lloras?

—Quiero que juguemos y no puedo salir —explica.

Mis ojos se dirigen al gran candado plateado.

Mirando alrededor de la habitación, encuentro una pared


de pequeños ganchos y llaves.

—Te sacaré —grito, ansiosa por jugar con una nueva


muñeca.

Saltando, corro hacia las llaves y salto hasta conseguir que


algunas caigan. Llevándolas, empiezo a probar diferentes
llaves, hasta que una encaja y abre la cerradura.

—¡Lo conseguí! —Empujo la tapa para abrirla.

La muñeca se levanta y se agarra a los lados de la caja para


estabilizarse.

—Vamos a jugar —grito, aplaudiendo.

Saliendo de la caja, la muñeca se frota la cara y corre hacia


la puerta.

—Oye —grito, siguiéndola—. Dijiste que jugarías.

En la gran sala de juegos, se detiene y gira en círculo.

Las lágrimas siguen cayendo sobre sus mejillas.


—¿Qué... qué es esto? —pregunta, su voz no es más que un
susurro.

—Nuestras muñecas —le explico, sonriendo con orgullo.

—Oh, Dios mío —jadea, y luego mete las manos bajo mis
brazos para levantarme.

—Me gusta que puedas jugar conmigo —le digo, rodeando su


cuello con mis brazos—. Los otros no hablan ni se mueven.

—¿Qué? —La muñeca se retira, estudiando mi cara.

—Algunos pueden parpadear, sin embargo —presumo.

Su agarre sobre mí se hace más fuerte y la respiración se


vuelve difícil. Entonces, gira y sale corriendo de la habitación.

—Las muñecas tienen que quedarse en la sala de juegos —


protesto.

Todavía en sus brazos, me retuerzo y empujo para


liberarme.

Dentro del estudio de mi padre, mis esfuerzos son demasiado


para ella y me pone de pie.

Levanto la cabeza y la observo recorrer la habitación.

Sin saber qué está buscando, la cojo de la mano e intento


llevarla de vuelta a la sala de juegos.

—No se nos permite...

—Vamos a jugar afuera —sugiere.

Sacudiendo la cabeza, le explico de nuevo:

—No está permitido.


—¿No podemos hacer una excepción, ya que puedo...? —
Cierra los ojos, respirando profundamente—. ¿Hablar y jugar
de nuevo?

Sus ojos se abren, mirándome fijamente, y me muerdo el


labio, sabiendo que está mal, pero la excitación es demasiado.
Agarrando su brazo, la atraigo hacia mí y le muestro el
exterior.

No tenía idea de lo que ese día traería, lo que aprendería sobre mi


familia... sobre mí misma. Que aprendería lo equivocado que era, lo
equivocada que estaba… sobre todo.

Las palabras furiosas de Felix me alejan del recuerdo, pero


también llaman al mal que acecha en mi interior. Se alimenta del
olor de la sangre y el miedo que sale de Gio.

Abriendo los ojos, no puedo evitar centrarme en Vicky. Sus labios


rojos, antes perfectamente delineados, están manchados y abiertos.
Su mandíbula está floja y torcida, con la cabeza ligeramente
inclinada hacia la derecha. El pelo dorado brillante que se extiende
alrededor de su cabeza se vuelve más oscuro, más rojo.

La sangre de Vicky es más oscura que la de las muñecas, y él


nunca estropearía su cara. Hay otras formas, más limpias, formas
más bonitas.

El segundo disparo hace que una ráfaga de éxtasis corra por mis
venas, pero son las siguientes palabras de Felix las que cambian
todo:

—Saint, es tuyo.

La habitación se queda en silencio cuando el hombre grande de


pie a la derecha de la silla se endereza a su altura.

Mirando a los hombres en el otro lado de la habitación, hay una


mezcla de conocimiento y miedo en sus rostros. El aire se vuelve
más denso, un conjunto de horror y anticipación.

Mi piel se estremece, con la oscura excitación que los eventos de


esta noche han desatado.
Sin más dudas, este hombre, Saint, saca un largo cuchillo de su
chaqueta. Moviéndose con propósito y certeza, golpea el cuello de
Gio, arrastrándolo fuera de la silla y hacia el suelo.

—Felix, por favor —suplica, haciendo que Saint apriete su collar


hasta ahogar sus vías respiratorias.

La malevolencia vibra a su paso, haciendo que los demás se


sienten más rectos, miren y se aparten de él cuando pasa, pero no
a mí. No, no puedo apartar mis ojos de esta oscura figura. Cuando
se gira y nuestros ojos se encuentran, reconozco la desinhibida
emoción. Cada pecado, cada mentira, cada pensamiento depravado
baila bajo mi piel, suplicando que siga a la criatura que me llama
desde sus ojos. Cuando se da la vuelta, desapareciendo por la
puerta, los músculos de mis muslos se tensan, queriendo seguirlo.

—Ahora —Felix hace un gesto hacia Vicky—. Deshazte de eso —


ordena, sus ojos se fijan en mí.

Con el arma aún en su mano y la sangre salpicada en las solapas


de su caro traje, la barbilla y la camisa blanca de vestir cerca de su
cuello, se acerca. Cubierto de rojo.

Me deslizo desde el brazo de la silla y me pongo de pie,


interponiendo la silla entre nosotros.

Ante mi movimiento, se detiene.

—Nadie va a hacerte daño —dice.

Dejo caer mis ojos de su cara al arma que tiene en la mano, me


agarro al respaldo de la silla de cuero.

—Yo no te haría daño —me tranquiliza.

Miro el cuerpo retorcido y sin vida de Vicky y luego vuelvo a su


cara.

Arruga la frente.

—Ven aquí —me llama.


Pongo los pies en el suelo y me preparo para usar la silla como
escudo si es necesario.

Con un suspiro, levanta la arma a su lado y la agita.

Un hombre grande con un traje oscuro se adelanta, tomando el


arma.

—Ahí. —Me ofrece sus manos vacías, con las palmas hacia
arriba—. ¿Mejor?

Antes que me obligue a responder, el hombre grande se aclara su


garganta.

—¿Qué pasa, Nico? —Felix pregunta molesto, no me quita los ojos


de encima.

Nico saca un pañuelo blanco de su bolsillo y se lo acerca.

Los ojos de Felix se mueven y se centran en la tela blanca, pero


antes que pueda alcanzarlo, Tricia, que había estado en el regazo
de Gio, aparece a su lado.

Tomando la tela, la acerca a su barbilla, pero no lo toca. Él


estudia brevemente su rostro antes de asentir. Con su silencioso
permiso, ella limpia la sangre.

—Todo el mundo fuera —ordena él.

Avanzando hacia Tricia, ella deja caer su mano y da un paso


atrás, preparándose para seguir sus órdenes, pero él se mueve,
bloqueándola.

—Tú te quedas —afirma, agarrando su bíceps. Me muevo con el


resto de la multitud hacia la salida, pero me detengo en la puerta,
mirando hacia atrás.

Relajando su agarre, Felix desliza sus dedos por su brazo hasta


llegar a su mano. Tomando el paño blanco, se coloca frente a ella
una vez más.

—Abre —le ordena, con voz grave y contenida.


Tricia separa los labios, pero apenas con tiempo suficiente antes
que él le meta el pañuelo manchado de sangre en la boca y le
retuerce el torso, empujándola sobre el lado de una silla con tanta
fuerza que las patas chirrían contra el suelo de baldosas. Su cara
se contorsiona mientras grita, aunque la tela amortigua el sonido.

En una ráfaga de movimientos, él se mueve detrás de ella,


desabrochándose los pantalones. Al arrancarle la minifalda, su
cuerpo se sacude. Tricia levanta la cabeza con un grito ahogado y
el miedo en sus ojos se convierte en arrepentimiento en el momento
en que su tanga es arrancada de su camino.

Nico aparece, bloqueando la escena y utilizando el tamaño de su


cuerpo para obligarme a entrar en el pasillo. Cierra la puerta detrás
de nosotros, pero no antes que escuche a Tricia una vez más.

Su llanto es suave, lastimero, y por muy perra que haya sido, no


puedo evitar dar un paso adelante, queriendo ayudarla. Pero Nico
hace guardia en la puerta cerrada, no dejándome pasar. Su mano
carnosa me agarra por el hombro, haciendo que nuestros ojos se
fijen en una silenciosa batalla de voluntades.

—Mei —dice Natasha, envolviendo su brazo en el mío—. Ven —


susurra, alejándome de la habitación.

—¿Tricia...?

—Hizo su elección —afirma Natasha, llevándonos al camerino—.


Ella sabía exactamente en lo que se estaba metiendo con Felix.

Quiero preguntar por qué, pero sé por qué. La atención de Felix


es exactamente lo que Tricia pensaba que quería, y no puedo evitar
preguntarme si todavía se siente así.

Yo no. Fue estúpido siquiera considerar a estos hombres como


una salida, un escape. En realidad, es simplemente elegir que jaula
quieres. La oscura y oxidada jaula en la que me encuentro
actualmente, o la jaula dorada de una amante de la mafia.

El cuerpo roto de Vicky parpadea en mi mente. Dándome una


sacudida mental, me concentro en volver al camerino, recoger mis
cosas y largarme de aquí.
Tan pronto como entramos en la habitación, Natalia agarra mi
bolsa y comienza a ayudarme a empacar. Arrugo las cejas,
siguiendo sus acciones. Al levantar la vista, ella capta mi mirada
interrogante y sacude la cabeza.

—He oído a Joey —dice, dejando mi bolsa en una silla y me mira


a los ojos—. Saint te quiere.

Con la boca seca, trago dos veces.

—De todos los hombres, tú no quieres a Saint —explica, con los


ojos suplicando que lo entienda.

Quiero gritarle, decirle que no quiero a ninguno de ellos, que ella


es igual de tonta por involucrarse con estos hombres, pero no lo
hago. Confundiendo mi silencio, me agarra las manos,
apretándolas.

—Todos los hombres en esa habitación le temen por una razón,


Mei —dice, su acento siempre hace que mi nombre suene más
áspero—. Incluso Felix se acobardaría si se enfrentara a Saint.

—¿Por qué? —Mi curiosidad gana. Aunque he visto su oscuridad,


sé por qué tienen miedo.

—Está enfermo —escupe—. He visto algunas de las cosas que ha


hecho. Es su carnicero, el asesino a sueldo con el que nadie quiere
cruzarse. La última vez que pidió una chica... —Hace una pausa—
. Nunca más la vimos o supimos de ella.

Trago saliva una vez más, pero esta vez me trago mi vergüenza.
La emoción que sentí en esa habitación, rodeada de la amenaza y
la muerte. La forma en que mi cuerpo reaccionó ante un hombre
tan peligrosamente oscuro y mortífero. Dejando caer mi cara, meto
las últimas cosas en mi bolso, sin querer que vea lo que vive dentro
de mí.

—No tienes tiempo para cambiarte —dice, lanzando un abrigo


largo.

Lo envuelvo sobre mis hombros, aseguro los botones, me echo el


bolso al hombro y salgo corriendo de la habitación.
En la salida, me encuentro cara a cara con Joey.

Sus ojos, duros y fijos, buscan en mi rostro antes de ablandarse.

—Vete, Mei, y no vuelvas hasta dentro de unos días —dice con


un suspiro, abriendo la puerta de un empujón y facilitando mi
huida—. Tuviste suerte esta noche, pero por si acaso, tienes que
alejarte de aquí. Si fueras inteligente, no volverías. —Dudo un
momento de más y me grita—: Maldita sea, Mei, ¡vete!

En lugar de mi habitual parada de autobús, camino tres cuadras


antes de llamar a un taxi para volver a mi apartamento, donde me
encierro en casa, dejo todas las luces apagadas y trato de ducharme
el deseo y la vergüenza.

Me meto en la cama, calculo mentalmente mis ahorros y


contemplo la posibilidad de correr. Tengo suficiente para hacerlo.
Para encontrar una nueva ciudad sucia y un club de striptease
escondido, pero estos no son el tipo de hombres que se rinden. No
importa a dónde vaya, eventualmente me encontraran y lidiaran
con su cabo suelto, y no he terminado en este lugar todavía.

Enterrando la cara en mi desgastada almohada, grito.

Él no se rendirá.

Ellos no me dejarán desaparecer.

Siempre la cazada, la presa.

Volviéndome a girar, dejo caer unas cuantas lágrimas, jurando


que serán las últimas mientras miro el techo manchado en la
oscuridad.

No más. Si me quieren, que vengan a buscarme. No me rendiré,


no sin luchar. No se los pondré fácil.

Empujando las mantas lejos de mi cuerpo, salgo de la cama y me


dirijo al espejo de la pared. La luz de las farolas para distinguir el
pálido rostro en el espejo.
Es hora de aceptar el hecho que la chica que era se ha ido. Es
hora que la mujer rubia y de ojos verdes que me mira se convierta
en mí, para que yo me sienta cómoda detrás de esta máscara.

Apoyando las palmas de las manos en la pared a ambos lados del


espejo, me acerco y me concentro en mi reflejo.

—Ya no serás la presa. Eres Meissa Winters, stripper, puta,


sobreviviente.
CAPÍTULO TRES
SAINT

—¿Qué quieres decir con que se ha ido? —Trato de mantener mi


voz nivelada, tranquila, aunque me siento cualquier cosa menos
tranquilo cuando Joey regresa sin la rubia.

—Para cuando llegué al camerino, ella ya se había ido —repite.

—¿Dónde vive? —pregunto con los dientes apretados, y vuelvo a


meter los brazos en mi camisa blanca.

—¿Cómo mierda voy a...? —empieza, antes de recordar con quién


está hablando.

Al detenerme en el tercer botón, lo miro y levanto una ceja y su


tono cambia rápidamente:

—Quiero decir, no lo sé.

—Cristo —gruño, cuelgo mi corbata y mi chaqueta de traje negro


en el gancho de la pared mientras salgo de la habitación.

—¿Qué se supone que debo hacer al respecto...? —Él hace un


gesto hacia la carnicería detrás de mí.

Gio ha demostrado ser una excelente salida para mis


necesidades. Ahora, solo necesito poner mis manos en la pequeña
rubia para aliviar esta nueva curiosidad y sospecha.

—Llama al limpiador —grito, sin dejarle terminar.


Un fuerte golpeteo atraviesa la puerta de la sala VIP donde Nico
monta guardia.

—Está ocupado —informa con una voz ronca.

Sabiendo que Nico se jugaría la vida antes de desobedecer a Felix,


me detengo y dejo que mis ojos se desvíen hacia la gruesa cicatriz
dentada que le cruza el cuello. Una herida infligida durante un
atentado contra la vida de Felix y que alteró para siempre las
cuerdas vocales de Nico es un testimonio de su lealtad.

Los golpes comienzan a aumentar en volumen y frecuencia


mientras la voz de una mujer grita:

—Lo quiero —grita—. Sí, hazlo… —Se ahoga en un gorjeo


estrangulado mientras Felix gime.

—Parece que la diversión ha terminado. —Asiento con la cabeza


hacia la puerta.

Se hace a un lado, golpea tres veces, hace una pausa, y luego dos
golpes fuertes. Es el código para decirle a Felix quién está en la
puerta, mi código.

—Entra —responde Felix, y Nico abre la puerta, me hace señas


para que entre.

Tengo que reconocerlo. Es muy leal y sigue el procedimiento sin


importar lo que pueda hacerle.

El olor a sexo y a cigarro se filtra por el espacio.

Felix se sienta en el sillón de cuero, con los pantalones subidos


pero la bragueta y la camisa de vestir aún desabrochados.

—¿Tan pronto has terminado? —pregunta, colocando su cigarro


entre sus labios.

—Podría decir lo mismo de ti —me burlo.

Él sonríe, mirando a la mujer desmayada en el suelo.


Mis ojos siguen el mismo camino, esperando ver si ella muestra
alguna señal de vida, su corbata colgando del cuello y las marcas
rojas decorando su espalda.

—Dios, Felix, ¿al menos respira?

—Por susupuesto. —Suprime la idea, como si no lo hubiera


hecho antes.

Inclinándose hacia adelante, le agarra la barbilla, tirando de ella


hasta sus rodillas. Ella le agarra el antebrazo con dedos finos y
temblorosos, su pecho sube y baja en rápida sucesión, los
moretones ya formándose en sus muslos.

—Es una buena chica —elogia él, dándole un beso en la frente


antes de soltarle la cara.

La mujer apoya la mejilla en su rodilla.

—Joey está llamando al limpiador —le digo—. Tengo algunos


asuntos que atender.

—¿Este negocio tiene algo que ver con la sexy pequeña rubia que
tenía en mi regazo antes? —Él arrastra su cigarro antes de
continuar—. Estás perdiendo tu toque, Saint. —Frunzo el ceño,
haciendo que se ría—. ¿Crees que no me he dado cuenta de cómo
la mirabas? —presiona, y yo permanezco en silencio—. Solo me hizo
desearla más. —Ante su confesión, me tenso.

—Entonces, ¿dónde está ella? —pregunto, con rencor.

Felix puede ser un jefe, pero su polla fácilmente desviada le pone


anteojeras.

—Ella no pudo manejar las cosas —suelta una nube blanca de


humo—. Y está. —Mantiene sus ojos en mí, y pasa su mano sobre
la cabeza de ella—. Dio un paso adelante para jugar.

—Lástima que no estuvieras vigilando a la otra rubia tanto como


yo —insulto—. Tal vez hubieras captado los mismos
comportamientos extraños que yo.
Felix se ríe, hasta que ve mi cara. Su sonrisa cae. Empujando a
la mujer de su pierna, se levanta. Con solo un pie entre nosotros,
estrecha sus ojos en los míos.

—¿Dónde está ella? —pregunta, finalmente comprendiendo.

—Se ha ido —ladro—. Le pedí a Joey que me la trajera mientras


me ocupaba de Gio, pero...

—¿Pero qué? —exige, abotonando sus pantalones de vestir antes


de empezar con su camisa.

—Al parecer, se escapó —explico, cruzando los brazos sobre el


pecho—. Si esta chica es una federal o trabaja para alguien,
entonces ya hemos perdido demasiado tiempo y ella ya se ha ido a
estas alturas. —Al pensar que se ha ido, para siempre, mis puños
se aprietan.

—Nico —grita Felix a la puerta cerrada.

En el momento en que se abre, ladra:

—Tráeme a Joey.

—No sabe dónde está —le aconsejo—. Ya he preguntado.

—Lo sé. —El silencioso ronquido de la mujer olvidada a nuestros


pies llama la atención de ambos. Agarrándose la garganta, traga
visiblemente y lo intenta de nuevo—: Sé en qué edificio vive.

La cabeza de Felix vuelve a dirigirse a mí.

—Encuéntrala, Saint. Encárgate de ella.

Aprieto la mandíbula, rechinando los dientes, para evitar golpear


al imbécil arrogante en su cara. No acepto órdenes de él, pero Nico
está mirando. Así que, por respeto a la posición de mi primo, asiento
con fuerza antes de recoger a la mujer usada del suelo y salir de la
habitación.
Tricia no tarda en entregar toda la información que tiene sobre
Mei. No solo su edificio de apartamentos, sino también sus propias
incertidumbres.

La última persona a la que voy a escuchar es a una puta celosa


dispuesta a soportar la atención de Felix cuando claramente no le
gusta el estilo de vida. Aun así, la información que Tricia
proporciona sobre los actos deliberadamente atenuados de Mei, el
hecho de estar tan aislada del resto, y que está segura que Mei está
huyendo de alguien despierta mi interés más que cualquier otra
cosa que haya dicho.

Encontrar a Felix todavía en la sala VIP con el cuerpo de Vicky


no es del todo sorprendente, pero el olor a muerte empieza a tomar
el control. Rápidamente transmito la información de ubicación que
Tricia proporcionó pero me guardo el resto para mí.

—Tráeme a Christian y a Jimmy —ordena Felix a Nico, que se


encuentra justo dentro de la puerta.

—Yo me encargo de ella —afirmo, dejando que mi curiosidad


pisotee las sospechas. Sus ojos pasan de Nico a mí, mirando entre
nosotros. El músculo de mi mejilla derecha se estremece,
disfrutando de su incertidumbre. Es leal a Felix, pero todos me
temen a mí, Saint la criatura oscura que reside donde debería estar
mi alma. Un lugar borrado hace mucho tiempo, solo para ser
infundido con sangre, lágrimas, suciedad, gritos y oscuridad.

—Parece un poco fuera de lo común para ti —comenta,


estudiando mi rostro inexpresivo.

A una edad temprana, aprendí a mantener mis emociones


enterradas profundamente. Mi mentor no aceptaba nada menos,
así que a la edad de siete años, podía ver cómo un hombre perdía
miembros, dientes y lengua sin pestañear. Si lo hubiera hecho, mi
castigo habría sido peor que las torturas que había presenciado y
limpiado después.
Levantando despreocupadamente los hombros, admito:

—Tengo curiosidad.

Felix sonríe.

—¿Saint tiene curiosidad? —Es una burla, no una pregunta—.


Tal vez has desarrollado nuevas... —Hace una pausa, agitando su
mano delante de él—, prácticas en el pequeño juego que te gusta
jugar.

La ira hace una guerra bajo mi piel, sabiendo exactamente lo que


está insinuando. Me inclino hacia delante en mi asiento, con los
codos en mis rodillas. Nuestras miradas se cruzan y un momento
de miedo brilla en sus ojos antes que lo disipe.

—No tengo necesidad de forzar a una mujer —afirmo,


tranquilamente.

Su labio superior se curva, solo un poco.

—Te olvidas, Dante que conozco bien tus preferencias —se burla.

Resoplando, me acomodo en mi silla:

—Felix, solo sabes lo que te permito. Deberías recordar eso —


digo, mis palabras llevan amenaza y promesa. Él abre la boca, pero
continúo—: La pequeña mirada que robaste en mis asuntos
privados es parte de un cuadro más grande que no puedes
entender. No es para... —Hago una pausa, imitando el movimiento
de su mano de momentos antes—. Hombres como tú.

Estrecha las cejas sobre los ojos entrecerrados, sus labios en una
línea fina. Está enfadado y dispuesto a desafiar mi autoridad.
Levantando una ceja, doy la bienvenida a la confrontación. Felix
está teniendo mucho de si mismo. Se olvida quién soy. Olvida que,
en la vida en la que nacimos, podemos ser sangre, pero yo lo supero.

—Arrogante... —comienza, metiendo la mano en su chaqueta.


Antes que pueda meter los dedos bajo la solapa, su silla está de
lado y me pongo detrás de él. Con la navaja en la garganta y la mano
que le atiza el pelo, me concentro en el siempre leal Nico, que me
apunta a la cabeza.
—No seas tonto —le advierto—. No voy a hacerle daño a mi
querido primo.

Dejando que Felix sienta el acero de mi navaja contra su


garganta, suelto los mechones rubios oscuros de su cabeza y me
alejo.

—Baja el arma, idiota —le ladra Felix a Nico.

Sonriendo, vuelvo a deslizar mi navaja en su sitio. Nico baja su


arma, con los ojos duros enfocados en mí.

Ha sido así con Felix desde el día en que hice lo que él no pudo.

La petición era simple, pero espantosa. Felix se congeló en el


momento en que se encontró con los ojos de su padre. Yo no lo hice.
Ni siquiera con mi propia madre y mi padre.

Mientras ambos llevamos el título de "jefe", a diferencia de él, solo


respondo ante el jefe de la familia, Angelo Ruggiano, nuestro tío. Así
que, en ocasiones, a Felix le gusta poner a prueba los límites de
nuestra relación, como esta noche.

Después de ayudarle a levantarse del suelo, Felix envía a Nico a


su recado y endereza su ropa. Cuando Christian y Jimmy llegan,
les ordena que sigan todas mis instrucciones.

Les doy la ubicación del edificio que van a estar vigilando. Con
mi instrucción final de observar, no participar, y que me reporten
toda la información, nos vamos por caminos separados. En el
pasillo hacia la salida, Felix y yo nos cruzamos con un conserje
sucio. Felix no le presta atención, pero mis ojos se encuentran
brevemente con una mirada cómplice. El limpiador, destinado a
pasar desapercibido, ha llegado por Gio y Vicky. Antes de salir, me
pregunto si se disolverán en el mismo barril, mezclándose para
siempre como un final de cuento de hadas mórbido.
De camino a mi ático de Chicago, recibo confirmación del
paradero de Meissa, cerrando las cortinas divisadas en una ventana
del tercer piso antes que se apagaran las luces.

Ante la información, los demonios que me poseen se agitan.


Apretando mi agarre en el volante, el impulso de redirigirme a ella
tensa cada músculo de mi cuerpo.

Su respuesta a la muerte de Vicky y la curiosa excitación en sus


ojos mientras arrastraba a Gio a su final llama al lado más oscuro
de mí. Su conexión, algo que ansía explorar, en el dolor, la sangre
y las lágrimas, todas las cosas a las que incluso los monstruos le
tienen miedo.

Metiendo la mano en la chaqueta, paso los dedos por el frío acero


de la navaja guardada en el bolsillo especial que he añadido a
medida a todos mis trajes. El impulso se asienta, calmando lo
suficiente para evitar que busque lo que actualmente deseo.

Al llegar a casa, me abro paso por las habitaciones y subo las


escaleras hasta el dormitorio principal. Una vez que me he
despojado de mi ropa manchada, la meto en una bolsa negra para
deshacerme de ella mañana.

Desnudo, con la navaja en la mano, me dirijo al baño. Colocando


la navaja junto al lavabo, me meto en la ducha para lavar los
acontecimientos de la noche. Solo hay una cosa que parece que no
puedo limpiar de mi sistema. Y cuando me meto en la cama, pienso
en la pequeña rubia y en todos los secretos que lleva. Esqueletos
que quiero desenterrar y poner a la vista para ver cómo reacciona.

Al despertarme tan repentinamente, y sin saber qué lo ha


provocado, escudriño mi oscuro dormitorio.

Está vacío.

Tomando mi arma de la mesa auxiliar, me deslizo desnudo desde


mi cama de gran tamaño.

Con el talón de la palma de la mano, golpeo la unidad de control


en la pared. El zumbido mecánico de las persianas al abrirse llena
la habitación. Agarrando el arma con ambas manos, la subo y
vuelvo a escudriñar la habitación.
Está vacía.

Dejando caer los brazos, frunzo el ceño.

¿Qué mierda me ha despertado?

Arrojando la Glock a la cama, suspiro y me froto la nuca.

Con una respiración profunda, me sacudo la extraña ansiedad


que recorre mi cuerpo y empiezo el día.

Voy por la mitad de mi entrenamiento cuando suena mi teléfono.

Flexiono las manos con cinta adhesiva, dejo de golpear el saco de


boxeo y miro el celular que descansa en el banco.

Está en movimiento.

El mensaje de Christian me produce un cosquilleo desconocido


en mi espina.

Al teclear mi respuesta, la inquietud de antes vuelve a aparecer:

Síganla. No se comprometan.

Hay un millón de otras cosas de las que tengo que ocuparme hoy,
reuniones a las que no puedo faltar, pero una pequeña mujer con
pelo rubio falso y una máscara pintada con purpurina se ha
convertido en mi objetivo número uno.

Incapaz de concentrarme en el resto de mi rutina, salgo de la sala


de ejercicios para prepararme para el día que me espera. Me pongo
mi propia máscara: un traje azul oscuro de mil dólares hecho a
medida que oculta la criatura malvada y sedienta de sangre que
acecha bajo mi piel.

Renuncio a mi chófer, tengo que hacer esto por mi cuenta. Esta


tarea, esta mujer, es más personal, pero no pierdo tiempo tratando
de averiguar el por qué. Opto por la menos llamativa camioneta
plateada. Me desabrocho la chaqueta, me deslizo en el asiento de
cuero negro, arranco el auto y salgo de la plaza reservada. Antes de
salir del garaje subterráneo, envío un mensaje solicitando la
ubicación de Christian y Jimmy. No tardan en responderme y
conduzco a esa dirección.

Al avisarles cuando estoy cerca, salen de su plaza de


aparcamiento a lo largo del lado de la calle, lo que me permite
entrar. Momentos después, Jimmy se acerca a la ventana del lado
del conductor y la bajo hasta la mitad, permitiéndole recapitular su
día hasta ahora.

—Salió de su edificio a las ocho y media de la mañana, caminó


tres cuadras hasta una pequeña cafetería, y se quedó allí hasta las
nueve cuarenta y ocho. Ahora. —Jimmy asiente con la cabeza al
otro lado de la calle—. Está allí.

Desplazando mi mirada desde él hasta el destartalado gimnasio


en mal estado, y observo los grandes y sucios ventanales. En la
ventana de la izquierda, cuatro de las cinco cintas de correr están
siendo utilizadas. Ninguna es suya. En la ventana de la derecha,
un hombre se ejercita mientras otro lo observa a él. Sigue sin haber
rastro de ella.

—Lleva casi una hora ahí dentro —termina.

Sin apartar la vista del edificio, asiento con la cabeza.

—Supongo que ambos tienen cosas que hacer. Vayan a ocuparse


de ellas y búsquenme en un par de horas —le digo, subiendo la
ventana sin esperar respuesta.

Estudio la fachada del negocio: el logotipo blanco descascarillado,


el cristal agrietado en la esquina de la ventana derecha y los viejos
carteles pegados en el interior de la doble puerta de entrada que
anuncian una nueva clase de spinning, un nuevo horario de
atención y un instructor campeón de boxeo de peso pesado.

No hay manera que este lugar haga suficiente dinero para


permanecer abierto por sí mismo. Alcanzando mi teléfono, estoy a
punto de hacer investigar un poco sobre el negocio, para preguntar
si es uno de nuestros frentes, cuando Mei emerge.

Con la cara sonrojada y el pelo desordenado anudado en la parte


superior de su cabeza, ni una pizca de la máscara maquillada que
llevaba anoche. Su piel es como la porcelana, de un blanco cremoso,
aparte del natural de sus mejillas. Las pestañas que enmarcan sus
ojos no son tan oscuras o gruesas como antes, pero hacen
maravillas en resaltar su belleza. Todo ello podría estar fuera de
lugar, pero hay un atractivo natural, casi juvenil. Algo muy de
muñeca.

Su rostro se vuelve hacia mí y, por un momento, me siento


expuesto, descubierto, entonces ella explora el resto de la calle
antes de salir debajo del toldo descolorido. La observo desde mi
lugar el mayor tiempo posible, pero cuando dobla la esquina, no
tengo más remedio que salir al tráfico.

Doblo en la misma esquina y veo cómo desaparece en otra tienda,


una librería de segunda mano. Doy la vuelta a la manzana, aún
sabiendo que me arriesgo a perderla, pulso el Bluetooth del auto
para hacer una llamada.

—¿Saint? —Sketch responde, sonando distraído.

—Necesito información —respondo—. Te enviaré los datos

—Y yo estoy... —Suelta un suave gruñido, y continúa—:


enviándote novedades respecto a tus otras solicitudes. —Una
bofetada llega a través del teléfono.

—¿Cuál? —pregunto.

—Las dos —dice en un jadeo—. Y una va a ponerte en un estado


de ánimo de destripamiento —revela—. Pero no rebanes y cortes al
mensajero, ¿de acuerdo?

—¿Cuándo lo tendré? —pregunto, ignorando su burla.

—Hoy mismo, más tarde. Mira tu porno —me dice, refiriéndose


al portátil seguro que me ha proporcionado. El que lleva una gran
pegatina de XXX.

—¿Hasta dónde llego con estos nuevos... directores? —pregunta,


sabiendo que no debe revelar demasiado por teléfono. Un gemido
ahogado en el fondo sigue a su pregunta.

—Quiero saber la historia del negocio, si es uno de los nuestros,


y el propietario. Lo quiero todo.
—Lo tengo —confirma.

—¿Estás seguro?, porque pareces centrado en otras cosas —


gruño al teléfono.

—¿Alguna vez te he decepcionado? —replica.

Afortunadamente para él, Sketch tiene razón. No importa la


mierda que ocurra a su alrededor, nunca me ha fallado.

—Te conviene no dejar que esta sea la primera vez que lo haces
—le informo antes de terminar la llamada.

Aparcando en un espacio vacío al final de la calle, le envío su


nombre y el del gimnasio. Como si percibiera la mención de su
nombre, sale de la tienda, con una vieja mochila al hombro, y una
vez más busca en la calle antes de dirigirse a la dirección opuesta
a la que he aparcado.

Durante toda la tarde, apenas se relaciona con los demás,


manteniendo la cabeza baja y moviéndose con determinación entre
la librería, un salón de belleza, y una tienda de comestibles, una
entrada y salida giratoria. Y cuando termina, se sube al transporte
público y toma el asiento más alejado de los pasajeros que ya están
a bordo.

Mi cabeza se arremolina con preguntas y suposiciones. Si ella es


una federal, entonces se ha enterrado tan profundamente en el
juego, que ahora es un miembro permanente. Pero tal vez ella es
solo buena para la distracción. O tal vez ella es muy consciente de
ser monitoreada, vigilada, y este es su intento de despistar su
rastro.

Mi teléfono zumba con una alerta de Christian, confirmando que


él y Jimmy están esperando en su edificio.

Tengo otros asuntos de los que ocuparme, pero el anhelo de


seguirla hace que los demonios se despierten, sintiéndose como
púas que se clavan en mis entrañas. Solo se le será negada por un
tiempo antes que exija su presa. Y una vez que ella esté en nuestro
poder, casi me arrepiento de lo que le permitiré hacerle.
Cuando su autobús gira a la derecha, de vuelta con dirección a
su casa, yo giro a la izquierda, hacia el almacén. La petición de
Angelo no puede ser ignorada. Se necesita un tratamiento especial
para un socio de negocios -El Tratamiento de Saint-. La promesa de
cosas por venir es la única razón por la que mi mitad oscura permite
a su nueva presa quedar fuera de nuestra vista.

MEI
Tres días. No parece mucho, pero cuando no estás acostumbrada
a tener tanto tiempo libre, lo es. Sin mencionar el golpe que reciben
mis mínimos ahorros sin el dinero de las propinas del club. Mi
apartamento no es mucho, pero es seguro. En mi barrio, eso es
crucial y caro.

Respirando profundamente, cierro los ojos y, al exhalar, golpeo el


saco de pesas.

—Lo sabes hacer mejor, Mei —me regaña Junior, sosteniendo la


bolsa en su sitio.

Mis ojos se abren, enfocando el material desgastado y agrietado.

—Nunca cierres los ojos a tu objetivo —continúa.

Uno de los pocos aspectos positivos de tener tanto tiempo en mis


manos ha sido hacer recados atrasados... la venta y la compra de
libros de texto, los retoques de pelo y cuerpo en la peluquería, y el
entrenamiento extra que he hecho en el gimnasio.

—Concéntrate en dónde quieres golpear, memoriza su cara,


estudia sus movimientos —continúa.

Después de un año de entrenamiento de defensa personal y


kickbox, estoy muy familiarizada con las reglas del juego y los
sermones que siguen cuando las rompo. Sus lecciones son mucho
mejores que las de mi instructor de artes marciales mixtas, Jake.
Si me equivoco, todo termina con moretones y puntos de dolor,
cortesía de los barridos de piernas y golpes sorpresa.

—Bien, chica, cálmate —me dice.

Dejando caer mis manos enguantadas, ruedo mi cabeza sobre


mis hombros.

—Buen trabajo. —Es lo último que dice antes de alejarse.

Un hombre de pocas palabras y apenas interesado en mí aparte


de nuestras sesiones. El hombre perfecto, pienso, quitándome los
guantes. Si solo, no fuera tan viejo como para ser mi abuelo, termino
mi pensamiento antes de tragarme media botella de agua.

Al llegar a casa, hago un último encargo. Me detengo en el


apartamento contiguo al mío y alzo la mano para llamar a la puerta.
La puerta se abre de golpe, pero en lugar de la mujer delgada de
setenta y tantos años, de pelo negro oscuro y piel fina como el papel,
se para una mujer con rizos castaños claros.

La tensión se apodera de todos mis músculos y mi instinto de


huida se pone en marcha.

—¿Puedo ayudarle? —pregunta, frunciendo el ceño.

—¿Está la señora Waltman?

—Me temo que mi abuela ha caído enferma —afirma,


examinándome descaradamente de pies a cabeza.

—Lamento escuchar eso. —Cruzo los brazos sobre mi torso—.


Solo quería ver si había terminado con las cosas que estaba
remendando para mí.

Mi relación con la Sra. Waltman comenzó hace más de un año,


cuando arregló algunos desgarros y reforzó el forro de uno de los
bustiers que uso en el club. Ella dice haberlo encontrado fuera de
mi puerta, pero sospecho que lo sacó de mi lavandería antes de
devolver la prenda junto con la oferta de arreglar cualquier otro, por
un precio, por supuesto. Resulta que ella era una costurera en sus
días y, sin duda, una gran estafadora. En lugar de mandarla a la
mierda, respeté su juego. Todos tenemos uno, y ella hacia un
trabajo increíble. Solo variamos el nivel que jugamos en base a
nuestras necesidades y deseos.

—¿Qué cosas? —pregunta, asomándose a la puerta y mirando


por el pasillo.

Doy un paso atrás.

Sus rizos caen sobre los hombros, enmarcando su rostro ovalado.


No se parece en nada a su abuela.

La Sra. Waltman es alta y muy delgada, con rasgos puntiagudos.


A menudo me hacía pensar en las brujas malvadas que había leído
en los libros. Esta mujer es de estatura media, no es delgada, pero
tampoco es gorda. Más bien con abundantes curvas. Y su piel...
bueno, es durazno y crema, no el blanco pálido de la vieja.

Al notar mi retirada, dice:

—Lo siento. —Luego, forzando una sonrisa, explica—: Estoy


esperando a alguien. Ahora, ¿qué estaba remendando?

—Debe haber un par de sujetadores y...

—Me preguntaba por qué la abuela tendría esas cosas. —Su cara
se tensa brevemente antes que la máscara amistosa se deslice de
nuevo en su lugar. Su sonrisa se fuerza, ella levanta un dedo—.
Solo un segundo.

Cuando vuelve a entrar en el apartamento, una sensación me


recorre la piel y los pelos de la nuca se me erizan. Mirando a la
izquierda, luego a la derecha, encuentro el pasillo vacío, pero eso
no cambia la sensación de ser observada.

Mi instinto de correr surge y estoy a punto de salir corriendo


hacia mi apartamento cuando ella llega a la puerta abierta.

—Aquí tienes —anuncia, tendiendo un puñado de objetos.

Los tomo rápidamente y sonrío.


—Gracias —digo, asintiendo con la cabeza.

Me doy la vuelta y me dirijo a la seguridad que ofrece mi


apartamento.

—Me llamo Caroline, por cierto —dice a mi espalda.

Volteando a verla, le hago un gesto con la mano, pero tropiezo


cuando veo una figura sombría en el pasillo, un centenar de
cuchillos estallan en mi estómago.

Acelerando el paso, entro en mi apartamento, dejo caer mi


lencería y aseguro el pomo de la cerradura, los dos cerrojos y la
cadena.

Apoyada en la puerta, me deslizo hasta el suelo, cierro los ojos y


respiro profundamente. No, no puede ser. El era mucho más alto. No
puede ser él.

—Es imposible que te haya encontrado. Era solo la persona que


tu nueva vecina estaba esperando —me tranquilizo—. Mantén el
maldito control —gruño, golpeando mis manos contra el raspado
suelo de madera.

Enfadada por mi reacción exagerada, por mi debilidad, abro los


ojos y empiezo a recoger la ropa del suelo. Escaneo la zona que me
rodea en busca de un bralette de satén morado oscuro.

—Sé que se lo di la semana pasada —murmuro, buscando de


nuevo en las prendas.

Suponiendo que a Caroline se le haya escapado alguna, llevo el


resto a mi vestidor y las guardo. Mi estómago ruge, recordándome
que no he comido desde esta mañana. Haciendo un recuento
mental de las cosas que tengo en mi pequeña cocina, me decido por
un sándwich de queso a la parrilla y un cóctel de frutas en lata.

Con el sándwich y la fruta en un plato en una mano y un vaso de


gaseosa en la otra, me siento en el suelo frente a mi desgastado
sofá. Este, el sillón de cuero agrietado y la pequeña cómoda vinieron
con el estudio. El somier y el colchón de dos plazas son mis únicas
contribuciones reales. A menos que cuentes la mesa de café
improvisada que hice de madera contrachapada y dos cajas de leche
que robé de detrás de una tienda de comestibles.

Poniendo mi comida y mi bebida en dicha mesa, miro alrededor


del espacio abierto. No tengo mucho en cuanto a posesiones. Aparte
de la necesidad de ser frugal, prefiero ser una minimalista. Es
menos lo que hay que dejar atrás o intentar llevar consigo. Dada la
posibilidad real que tenga que salir en un momento, es lo mejor.

Hay un pequeño microondas y una tostadora que compré


durante una venta colectiva de segunda mano hace un año,
suficientes cubiertos, platos, tazas, sartenes y utensilios de cocina
de la tienda del dólar para pasar dos días antes de tener que lavar
las cosas, mi baño tiene una cortina de ducha transparente y
suficientes toallas para una semana, y mi cama está cubierta por
un sencillo edredón de cuadros verdes con sábanas verdes.

No hay elementos decorativos en mis paredes, ni cuadros ni obras


de arte. Mis cortinas son una combinación de verde y rojo, ambas
encontradas en un contenedor de descuento porque los paneles a
juego no estaban.

Vuelvo a centrarme en mi sándwich, le doy un gran mordisco y


busco los nuevos libros de texto que compré hoy y mi guía de
estudio del GED2. Habiendo estado en la calle desde apenas quince
años, y dada mi crianza, tenía el equivalente a una educación de
octavo grado. Pero ahora, estoy tan cerca de entender todo lo que
hay en esta guía de estudio, que puedo sentir el diploma que nunca
tendré.

No dan títulos a las chicas muertas.

Miro fijamente la letra del libro, pero no la veo.

A lo largo de los años, he muerto muchas veces por necesidad…


de supervivencia. Se me nublan los ojos al recordar la primera vez.

2
El GED es un diploma de equivalencia de la escuela secundaria, por lo que puede
utilizarlo para solicitar la universidad o para un currículum de trabajo, al igual que lo
haría con un diploma de la escuela secundaria.
—Tenemos veintidós dólares. —Levanto la cabeza de la
pequeña bolsa en la que guardamos nuestro dinero.

Nuestra madre callejera adoptiva, nuestra líder, que se


hace llamar Winter, se adelanta a mí. Dice que el dinero es
necesario, incluso urgente. Necesitamos quinientos dólares
antes de mañana, pero todavía no estoy segura de cuál es la
prisa.

—¿Han ido a las calles de las que hablamos esta mañana? —


pregunta por encima del hombro.

—Sí —dicen al unísono dos de los chicos mayores.

Suspirando, se detiene, y los cinco la rodeamos como


cachorros que quieren mamar, pero en lugar de leche,
queremos instrucciones, órdenes, o incluso consejos sobre los
mejores autos para entrar, bolsillos para robar.

—Bien —Señala a los dos mayores—. Ustedes dos, vayan a la


calle principal. Es un riesgo, así que tengan cuidado en los
bolsillos de quien se meten.

Con un movimiento de cabeza, salen corriendo por la calle.

—Ustedes dos —Señala a un chico y una chica más


jóvenes—, quiero que actúen como niños bonitos.

Sus caras engañosamente dulces se dividen en amplias


sonrisas, revelando su verdadera naturaleza diabólica.

—Estás conmigo, muñequita —me llama por el apodo


otorgado poco después de encontrarme congelada y cubierta
de sangre. Lo odio, lo cual es en parte por lo que creo que ella
sigue usándolo.

Me pasa el brazo por los hombros y me guía en silencio por


la manzana.
—Hoy, vamos a utilizar tu activo más valioso —me dice al
doblar una esquina.

—No tengo nada —le recuerdo.

—Eres inocente —afirma Winter.

—No soy...

—Eres virgen —explica—. ¿Verdad?

Tragando con fuerza, asiento con la cabeza.

—Sí, pero...

Deteniéndonos, se pone delante de mí. Colocando ambas


manos sobre mis hombros, me mira fijamente a los ojos.

—Ya tienes dieciséis años, y no puedo ser la única


trabajando para nosotros, nuestra familia —dice, suave y
persuasivamente—. ¿No quieres ayudar a tu familia después
que te acogimos, te dimos protección y un lugar donde
quedarte?

Sabiendo que tiene razón, asiento con la cabeza. Le debo


tanto a ella y al resto. Podrían haberme dejado en ese callejón,
asustada, hambrienta y congelada. Y ella podría haberme
llevado fácilmente a la policía, dada la sangre que me cubría,
pero no lo hizo. Me acogió en su familia callejera de menores.

Después de meses de aprender las cuerdas, los trucos de la


calle, y la jerarquía del grupo, Winter me tomó como una
mascota. Donde ella iba, yo debía seguirla. Así es como sé
exactamente lo que ha planeado para mi "activo". He
permanecido en las sombras muchas veces mientras ella
desaparecía en autos y callejones con hombres extraños. Me
he sentado en las escaleras de incendios escuchando todas las
cosas que hacían, y en ocasiones, la escalera de incendios
estaba justo encima de donde se desarrollaba la acción en el
callejón.

Acariciando mi cara, la levanta hacia la suya.

—Bien. —Soltando mi cara, se gira, mirando hacia una calle


conocida—. Vamos a ver si Peter está en casa —dice, tomando
mi mano.

La tomo y le permito que me arrastre por la calle.

Peter, traficante de drogas y a veces chulo, no tiene un


grupo de chicas como los demás. En cambio, hace arreglos
entre mujeres dispuestas y hombres que buscan.

—Definitivamente, es el menos idiota —termina diciendo.

Una parte de mí se calienta con esas palabras, ella se


preocupa lo suficiente como para no empujarme a un extraño
al azar.

Hasta que ella continúa:

—Podemos conseguir más dinero de él, especialmente si está


drogado.

Mi único consuelo es el hecho que probablemente tardará al


menos un día para que Peter haga los arreglos, lo cual dura
poco cuando llegamos a su casa.

—¿Qué edad tiene? —pregunta, dando vueltas,


examinándome.

—¿Importa? —pregunta otro hombre.

Nunca lo he visto antes, y ciertamente recordaría a un


hombre vestido tan bien como él. Nadie en esta calle lleva un
traje tan caro.
Abro la cremallera de la sudadera negra de gran tamaño
que llevo puesta, Peter tira, sacándola de mi cuerpo y
dejándola caer al suelo. De pie, con unos vaqueros y una
camiseta de gran tamaño, se me revuelve el estómago. Peter
se acerca a mi espalda e intento no estremecerme cuando su
mano me agarra por el hombro y se desliza por mi columna
vertebral.

—Tienes que conocer a alguien que... —empieza Winter.

—Ve a ducharte —me indica el otro hombre, señalando


hacia el baño.

Peter me empuja en la misma dirección.

Tropezando, pregunto:

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque necesito que te limpies. —La mirada del


desconocido me hace un nudo en el estómago.

—Max, no sabía que eras un puto enfermo —Peter insulta


entre risas.

—Espera. —Las palabras de Winter detienen mis pasos—.


Ella no va a hacer nada hasta que hablemos de dinero.

El hombre trajeado, Max, se levanta hasta su completa e


intimidante altura.

—Ten cuidado, pequeña —me advierte.

—Háblame de dinero, Max —le dice ella.

Max se acerca, con los puños cerrados.

Acercándose, su pecho le presiona. Empujando sobre las


puntas de los pies, ella estrecha los ojos y le toca el pectoral. Si
hay algo que sé con certeza, es que su temperamento se
enciende cuando se le desafía. Casi siempre saca lo mejor de
ella. Cierro los ojos, esperando que esté lo suficientemente
enfadada como para cancelar la discusión.

Pero Peter también la conoce, así que intenta calmar la


tensión, ofreciendo:

—Trescientos dólares.

Ante sus palabras, abro los ojos.

—Quinientos —contesta ella, con los ojos puestos ahora en


Peter—. Está completamente intacta. Ni siquiera un beso.

Se me seca la boca y el calor me enrojece el pecho. Quiero


gritar. Quiero salir corriendo. Pero de repente me quedo
muda.

—Mil —interviene Max—, y no más. Ahora, límpiala. —Saca


un rollo de dinero en efectivo, empujándolo en su pecho.

—Haré que traigan ropa limpia con mi auto. —Sus palabras


me producen un escalofrío en la piel.

—¿Auto? —pregunta ella, apartando su largo pelo rubio de


la frente—. No va a ir a ninguna parte.

—El trato está hecho. Se viene conmigo —dice Max con


desprecio.

—No —digo, negando con la cabeza, y todas las miradas se


dirigen a mí.

—Ve a ducharte —afirma ella, apretando el dinero con el


puño.
—No te preocupes, mascota, te traeré de vuelta aquí
mañana por la mañana. —Las palabras de Max no sirven
para tranquilizarme.

Cuando no me muevo lo suficientemente rápido, Winter me


ayuda a entrar en el baño y a la ducha.

—Si te ofrecen algo de comer o beber, no lo aceptes —me


advierte—. Pide agua embotellada, y asegúrate que esté sin
abrir.

Frotando la fina y áspera toalla sobre mi cabeza, asiento


con la cabeza y lucho contra las lágrimas.

Con el golpe de la puerta llega una bolsa de ropa e


instrucciones para que me dé prisa.

Comienza con un toque aprensivo, dándome falsas


esperanza que no sea capaz de seguir adelante. Hasta que me
doy cuenta que solo es para aparentar. De lentos a rápidos,
ansiosos movimientos, la blusa y la falda que me habían dado
son arrancadas, arruinadas. Mi cuerpo es entonces puesto en
posición encima del edredón en exhibición para todos. Una
niebla se instala en mis ojos, bloqueando lo que está
sucediendo.

Las manos y la boca de mi profanador se mueven sobre mi


carne, tanto como una burla como brutales.

La sangre ruge por mis venas, creando un ensordecedor


ruido entre mis oídos que empieza a rivalizar con un latido
desconocido entre mis piernas. El primer empujón me
desgarra como un cuchillo, desencadenando una rabia que
nunca antes había conocido.

Las risas profundas y las burlas de los hombres que


observan, que presencian mi muerte, se deslizan sobre mi
cuerpo desnudo, cada palabra empapando mi piel, creando
una chispa en lo más profundo de mi ser.

Con las uñas desnudas, araño la cara del profanador y lucho


contra él.

Deteniendo los empujones, su mano se levanta, y me preparo


para el golpe, pero él agarra las dos muñecas con una gran
mano y las clava a la cama. En el momento en que reanuda el
asalto entre mis piernas, mi cuerpo responde. Levantando mi
cara hacia la suya, encuentro sus ojos oscuros nadando con
ferocidad.

Apretando la mandíbula, entrecierro los ojos y me


encuentro con su mirada, sin pestañear, hasta que una
explosión se arremolina en mis terminaciones nerviosas. La
habitación y mi ira desaparecen cuando mis ojos se cierran y
mi espalda se dobla. Un grito escapa de mi boca, cayendo en
un olvido de hormigueo y calor. La caída es demasiado,
demasiado rápida. Me estoy muriendo.

Un estruendo de aplausos y risas rompe el olvido,


devolviéndome a mi entorno. Mis ojos se abren de golpe
cuando unos dedos húmedos se introducen en mi boca. Una
mezcla de sal, cobre y algo desconocido se desliza por mi
lengua.

—Este es el sabor de mi posesión, pequeña puta —dice,


afirmando el hombre que está encima de mí, antes de
apartarse de mi cuerpo y de la cama, con sus dedos ahora en
su propia boca.

Los hombres felicitan, alaban la actuación, y los ojos se


dirigen a mí. Mirando fijamente mi cuerpo desnudo, se lamen
los labios.
—Cuidado, Max, el chico puede querer quedarse con ella —
se burla un hombre de pelo largo y castaño.

—Mi hijo tiene mejor gusto que eso, diría yo.

Ante las palabras fuertemente acentuadas de otro hombre,


la sala se queda en silencio. Los cuerpos se separan, despejando
el camino para el hombre alto, de grandes hombros de pelo
negro. A diferencia de los demás, él no comparte un segundo
de su atención conmigo. En su lugar, se dirige a grandes
zancadas hacia el asesino de mi inocencia. Dando una
palmada en su hombro desnudo, sonríe antes de acercarlo
para abrazarlo. Luego, por encima del hombro de su hijo,
observa mi cuerpo desnudo con sus ojos oscuros. Se detiene
entre mis piernas y se lame los labios. Incluso cuando es
dedicada al resto del grupo, su mirada permanece en mí. La
mirada de su rostro es familiar, depredadora.

Sentada en el centro de la cama, el dolor jala mis ojos hacia


mi cuerpo.

Las piernas siguen separadas y el rojo tiñe mi piel y la ropa


de cama. Rápidamente las cierro, llevando mis rodillas al
pecho. Todo palpita, y las náuseas se enroscan en mi estómago
al darme cuenta que he disfrutado lo que ha pasado, lo que ha
hecho. De repente, el sabor de mi boca se agria en mi lengua.
Envolviendo mis brazos alrededor de mis rodillas, entierro mi
cara mientras la vergüenza se asienta sobre mí.

La primera vez que morí... me gustó.


CAPÍTULO CUATRO
SAINT

Las fotos que ha enviado Sketch no me sorprenden, ni tampoco


los documentos adjuntos con fechas, horas y lugares. Con el
número de nuestros hombres que se han encontrado con la puerta
de la muerte últimamente, ya estaba seguro que estaban
conectados. Nuestro sindicato tiene un asesino en sus manos,
aunque los otros no quieran admitirlo. Una parte de mí sospecha
de nuestro propio jefe, nuestro Padrino, Angelo.

Cuando hago clic en el primer archivo de sonido -uno de los tres-


que Sketch pudo conseguir, no hay forma de mantener a la criatura
calmada. Angelo es culpable, sin duda. Y no solo de lo que he
asumido. Su culpa es mucho más profunda de lo que yo podría
haber comprendido jamás.

Esa voz. El maldito traidor que proporciona información a Max,


la mano derecha de Angelo. Fechas, detalles, y revelando lo que ha
escuchado.

No tengo que pulsar nada para que el segundo o tercer archivo


de audio comience. Esta vez, es Angelo, y lo que dice desata el
monstruo que soy.

Con mis manos en puño, golpeo el escritorio a ambos lados del


portátil antes de despejar bolígrafos, papeles y una lámpara con un
movimiento de mi brazo. Me alejo del escritorio, saco mi navaja y
apuñalo la esquina ahora vacía. Un grito gutural se me escapa al
tiempo que me inclino hacia delante y presiono las palmas de las
manos contra la madera oscura.

La puerta de mi despacho se abre de golpe.

No levanto la vista al ver la entrada, pero llevan el suficiente


tiempo a mi servicio como para saber quienes son. Russ, Vince y
Tony, mis diligentes, dedicados y leales soldados.

Resoplo al pensar en la lealtad ahora.

—¿Jefe? —Russ es el más valiente.

Inhalando profundamente, me levanto del escritorio y saco mi


cuchillo Jagdkommando del escritorio.

Levanto la hoja frente a mí, manteniendo la vista en ella, y me


dirijo lentamente hacia los tres hombres.

—¿Sabías qué el Jagdkommando —Asiento al acero en mi


mano—, es uno de los cuchillos más mortíferos jamás creados? —
Aprieto el mango con fuerza—. Tiene un agarre cómodo, pero es la
hoja fija de tres puñales y la forma en que se arremolina como una
serpiente afilada lo que lo hace mortal.

Mirando hacia arriba, encuentro a los tres hombres, cada uno


con un arma en la cadera, mirando de un lado a otro entre la hoja
y yo.

Sus ojos siguen el arma cuando dejo caer el brazo a mi lado.

—¿Está… —empieza Russ, traga y luego persevera—. ¿Todo bien?

—No —admito, con la voz baja y profunda.

Cada uno de ellos se endereza y se acerca más. No estoy seguro


de si es un movimiento de seguridad en números o de frente
unificado, pero acerca mi objetivo a mí, a la criatura. Es demasiado
tarde para el traidor ahora.

Dando un paso adelante, no estoy seguro de sí debería estar


orgulloso u ofendido que no retrocedan.
—Un equipo de cirujanos tendría que estar fácilmente disponible
para arreglar el daño que podría hacer —continúo

Tres pares de ojos se dirigen a mi lado derecho antes de


encontrarse de nuevo con los míos.

Levantando el cuchillo, apunto a Russ. Sus ojos se abren de par


en par y traga con fuerza, pero no se mueve.

—¿Qué ha hecho? —Tony pregunta, con las manos levantadas


mientras da un paso hacia adelante.

Con los ojos fijos en los de Russ, respondo:

—Nada.

Volteando el cuchillo en mi palma, lo agarro con el filo dirigido a


Tony y golpeo. El metal atraviesa su cara, y con un giro de mi
muñeca, su largo grito llena la habitación.

Con la empuñadura todavía en el mango, lo mantengo en su sitio


y finalmente me muevo hacia él.

—Tú eres el maldito traidor —le digo.

Tras clavarle el cuchillo en la cuenca inferior, su ojo sobresale, a


punto de estallar. Con otro giro, la carne se abre a través del hueso
de la mejilla. Lo dejo caer de rodillas, y cuando sus labios se
separan en otro grito, la sangre llena su boca.

Levanto un pie, lo pongo sobre su pecho y saco el cuchillo.

Cae de espaldas al suelo y se lleva las manos a la carne mutilada.

—¿Qué más le has dicho? —grito, moviéndome hacia su cuerpo


que se retuerce.

—Yo no...

El rugido dentro de mi cabeza es ensordecedor.

Agachado sobre él, tomo su ojo sobresaliente en mis dedos y se


lo arranco.
—Mierda —grita.

Tiro el ojo al suelo y cierro los ojos. Su grito satisface uno de los
antojos, pero nos quedan muchos más para llevar y un montón de
horas.

Los impulsos oscuros tuvieron una solución inesperada la noche


anterior, dormí sorprendentemente bien para alguien que aún
guarda los secretos de un hombre mortal y protegido.

Cuando entro en mi oficina, una parte de mí se siente


decepcionado de los limpiadores que han borrado toda mi diversión,
pero la otra parte necesita ir al grano. Tomo asiento en mi escritorio,
saco mi celular y hago una llamada a Felix. Si alguien va a sentir lo
mismo que yo, sobre esta nueva información, será él. Al menos,
espero que lo haga, o estoy a punto de darle suficiente munición
para que se ocupe de mí.

Recibiendo su correo de voz, solo lo invito a unirse a mí en el club


de striptease el viernes por la noche. Por mucho que quiera empezar
a tratar con Angelo ahora, el desafortunado accidente de Tony
atraerá atención, y no necesito que caigan más sospechas sobre mí.

Además, tengo otro interés, una pequeña rubia blanca que se


burla en mis malditos pensamientos.

Felix entra en la sala VIP con Nico y otros dos hombres a su


espalda.

—Esta es una conversación privada —le informo, levantando mi


vaso y escurriendo el líquido ámbar.
Él levanta una ceja, expresando su sorpresa, antes de levantar la
mano e indicar a sus hombres que nos dejen.

Cruza la sala y se acomoda en un asiento de cuero adyacente al


mío.

—Admito que sospeché un poco cuando pediste que nos


reuniéramos aquí.

—Dados nuestros recientes acontecimientos aquí, me imaginé


que no sería demasiado llamativo. También tenía la habitación
asegurada antes de tu llegada.

Se reclina en la silla y apoya un tobillo en la rodilla.

—Bueno, ahora me tienes intrigado —afirma, con una pequeña


sonrisa en la comisura de los labios.

—¿Recuerdas la muerte de la esposa y el hijo de Evgeni Volkov?


—Hago una pausa para que me confirme.

—La muerte de la reina Bratva, su príncipe, y el baño de sangre


que inició Evgeni es una historia difícil de olvidar —afirma.

Asiento con la cabeza.

—Sí.

—¿Me has traído aquí para hablar de guerras de sangre


románticas? —pregunta con una sonrisa burlona.

—No —le digo, molesto por su sarcasmo—. Estamos aquí porque


Angelo es quien está detrás de las muertes.

La sonrisa se le borra de la cara.

—¿Por qué iba a...?

—Avaricia, poder, porque podía —interpongo.

—¿Qué lograría asesinando a una mujer y a un bebé? ¿Además


de alterar la tregua que tenemos con la Bratva?

—No eres estúpido, Felix. Has visto lo que Angelo realmente es.
Felix cierra la boca de golpe. Ojos entrecerrados, él estudia mi
cara.

—No estoy tratando de engañarte —le aseguro—. También hay


algo más. —admito.

Su ceño se frunce y los músculos de su mandíbula se flexionan.

—¿Qué?

—No estoy convencido que el hijo de Evgeni haya muerto en la


explosión. —Abre la boca, pero levanto una mano para silenciar su
protesta—. No está confirmado —divulgo—, pero sospecho que
Angelo lo tiene. O lo tenía. Podría haberse deshecho de él más tarde,
supongo.

Cuando busco en mi chaqueta, se pone rígido, solo se relaja


cuando saco un sobre.

Lo levanto, lo miro fijamente y se lo pongo en el regazo.

Al abrir el sobre, saca tres documentos y los examina. El primero


proporciona fechas, lugares y horas -una entrada particular
resaltada-. El segundo, una copia de una foto con sello de tiempo
que sitúa a Angelo justo donde el primer documento, y finalmente,
el tercero, una transcripción del archivo de audio que escuché.

—¿Cómo sé que esto no es un...?

Lanzarle un dispositivo de grabación negro en su regazo lo corta.

Lo toma, se pone los auriculares y pulsa el play.

Cada emoción que aparece en su cara es como una experiencia


fuera del cuerpo. Casi puedo ver el momento en que oye a Angelo
refiriéndose a la pérdida de AJ. “Los sacrificios deben ocurrir para
llegar al círculo de los ganadores”.

—¡Ese maldito mató a su propio hijo! —Felix grita, arrancándose


los auriculares.

—Él es la razón por la que AJ está muerto, sí —corrijo.


—Es lo mismo, joder —argumenta Felix—. Si él no hubiera
empezado una puta guerra de sangre con Evgeni, no habríamos
sido emboscados ese día y AJ -su propio- maldito hijo, Saint,
todavía estaría con nosotros.

Culparlo de su ira sería hipócrita. El día en que perdimos a


nuestro primo fue duro para ambos.

Levantando el aparato, Felix lo rompe contra el suelo.

—Lo trata como una puta baja más a su gran imagen —


despotrica Felix, levantándose de la silla y se pasea.

Su reacción es agridulce. Sé que estará de acuerdo con mi plan


para lidiar con Angelo, pero también está luchando con la pérdida
de AJ una vez más. Solo que, esta vez, también es con la
insensibilidad de nuestro tío.

—Lo pagará —juro, levantándome de la silla.

Felix gira la cabeza en mi dirección.

—¿Y cómo piensas conseguirlo? Ni siquiera Saint saldría de algo


así con vida.

Tirando del puño de mi manga, comienzo:

—La diferencia entre tú y yo, Felix. —Hago una pausa, dándole


mi espalda mientras me dirijo a la puerta—. Es que nunca planeo
la supervivencia. —Agarrando el pomo de la puerta, la abro y salgo.

Cuando llego al final del largo pasillo, corro la cortina de


terciopelo que conduce a la zona central y me quedo paralizado.

Bajo un foco dorado, mi actual obsesión acaricia un poste


metálico con una pierna, el humo del cigarrillo se arremolina
alrededor de su cuerpo como si ella se lo ordenara.
MEI
—¿Qué mierda haces aquí?

Ignorando la pregunta de Joey, me inclino cerca del espejo y me


paso el kohl negro por la línea de las pestañas, fingiendo que está
hablando con una de las otras bailarinas.

—Mei —ladra, agarrando la vieja silla y sacudiéndose—. Te dije...

Al encontrarme con sus duros ojos en el espejo, suelto el lápiz de


ojos.

—Dijiste unos días, Joe —le recuerdo—. Ya casi ha pasado una


semana.

Cinco días, para ser exactos. Aunque el tiempo extra de gimnasio


ha hecho maravillas para mi técnica, no puedo soportar la idea de
permanecer encerrada en mi pequeño apartamento por más tiempo.

Entre sentirme vigilada cada vez que salgo de mi edificio, las


actuaciones nocturnas en la habitación de mi nueva vecina, y mi
escaso dinero para gastos, volver al trabajo es mi única opción.
Independientemente de los hombres que me asustaron en el club y
que hicieron encerrarme en el miedo, ya no puedo acobardarme.
Hice un voto, una promesa a mí misma, y es hora de tomar el
control.

—Apenas una semana, Mei —dice con un suspiro exasperado.

—Necesito el dinero —confieso.

La sorpresa ensancha sus ojos, ajenos a mí al ofrecer algo


personal.

Tragándome la ansiedad y la aprensión, continúo:


—Y necesitaré uno de los escenarios principales esta noche.

Sus rasgos se transforman, lanzándome una mirada escéptica.

—¿Quieres el escenario esta noche? —pregunta, el tono


subyacente que deja clara su silenciosa pregunta.

Si me da un escenario principal, entonces acepto trabajar en la


pista y en las salas de baile privadas.

La oscuridad se agita en mi interior, retorciendo mi estómago con


su febril anticipación de profundizar en la maldad que seguramente
seguirá.

Manteniendo mi máscara en su sitio, asiento con la cabeza.

Los ojos de Joey se entrecierran por un momento antes de


lamerse los labios.

—Bien, pero tengo mis propias condiciones.

Endureciendo mi columna vertebral, me siento y espero.

—Puedes tener el escenario tres... —empieza, y yo lucho contra


el impulso de acobardarme. La tercera etapa es donde se reúnen los
habituales: los borrachos descuidados, los manoseadores y los
hombres que vienen aquí demasiado a menudo para mi gusto. Joey
no es estúpido. Se ha dado cuenta de mi preferencia por el visitante
casual o transeúnte.

—O te subes al escenario uno y montas el espectáculo completo


—termina, dejándose caer en el asiento de al lado. El bullicio del
camerino se calma y siento sus ojos sobre nosotros.

—Está bien —digo a regañadientes.

—Se lo haré saber a Chase —dice con una sonrisa.

Empiezo a volver al espejo, pero él sigue hablando:

—Oh, y Mei, empieza con el acto dulce e inocente. —No es una


petición.
De pie, se acerca a mi cabeza. Agarrando un traje del estante de
la pared, lo deja caer en el asiento ahora vacante. Sabiendo
exactamente lo que ha elegido, no lo miro hasta que sé que se ha
ido de la habitación.

Teniendo en cuenta de lo que hui hace años, la ironía de este


atuendo en particular no se me escapa. De cara al espejo, respiro
profundamente para calmar los terribles deseos que hormiguean
bajo mi piel. Me controlo, tomo el traje y lo pongo sobre la mesa que
tengo delante. El bralette de color carne y el G-string3 están bien.
Es el minivestido blanco transparente lo que hace que mi cabeza se
llene de sentimientos y recuerdos no deseados.

—¿Dónde está tu pelo? —pregunta, con urgencia en su tono


y una caja bajo el brazo.

—Hace demasiado calor —me quejo.

—Pero una muñeca de trapo tiene el pelo de hilo rojo —


insiste, escudriñando la habitación.

Mordiéndome el labio, retuerzo las manos en mi regazo con


delantal. Sé que debo llevar el pelo rojo con este vestido. Se
espera que debe combinar con Annie, mi muñeca favorita
para llevar a mis fiestas de té con la sombra del espejo.

—Muñeca —me advierte, acercándose tanto que sus


brillantes zapatos negros casi tocan mi pierna cubierta de
mallas.

Suspirando, meto la mano por detrás de la cama, saco la


peluca y me la pongo en la cabeza.

—Así está mejor —elogia, deslizando sus manos por debajo


de mis brazos. Me pone de pie y me guía hacia el alto espejo
de la pared.

3
Prenda consistente en una tira estrecha de tela que cubre los genitales y está sujeta a
una cintura, que se usa como ropa interior o por los artistas de striptease.
—¿Por qué tienes la mesa contra el espejo? —pregunta,
empujando la mesa y mi muñeca de juguete favorita fuera de
su camino.

—Para tomar el té con mis amigas —le explico.

—¿Tus muñecas? —pregunta, volviendo a mirar hacia la


mesa, Annie, Penny, Teddy, Sarah y Betty están ahora
volcadas en sus sillas.

Asiento con la cabeza.

Toma a Sarah, mi muñeca de porcelana de piel oscura, y


pasa el dedo por la curva de su cara antes de tocar un rizo
oscuro.

—¿Quieres una como esta? —Me extiende a Sarah—, ¿de


papi?

Asiento una vez más, emocionada ante la idea de una nueva


amiga en la habitación de las muñecas de papi.

—Te gustan más que estos juguetes, ¿verdad? —pregunta,


colocando a Sarah en la mesita puesta para el té imaginario—
. Son más divertidas, ¿verdad?

Sus ojos se iluminan de emoción.

—Oh, sí —estoy de acuerdo—. Es mucho más divertido con


ellas. Cuando las toco, están calientes, y parpadean, y... —El
sentimiento de culpa se apodera de mí—. Pero yo también
quiero a estas —declaro, asegurándome que estas muñecas
sepan que también las quiero—. Y a mi amigo sombra —
admito, buscando en el espejo que aparezca. Pero, como cada
vez que papi está aquí, no lo hace.

Se queda quieto, con las manos tomando mis hombros con


firmeza, los ojos recorriendo mi cara.
—¿Amigo sombra? —insiste.

Antes que pueda responder, sonríe.

—¿Como Peter Pan?

Asiento con la cabeza, sonriendo ante la mención de mi


cuento favorito para dormir.

Terminada la conversación sobre mi amigo sombra, me


sitúa ante el espejo.

—¿Ves lo perfecta que eres? —dice, moviéndose contra mi


espalda.

El calor de su cuerpo se suma al del pelo.

Antes que pueda alejarme, me aprieta los hombros, tirando


de mí más cerca. Cada vez más, su tacto se siente diferente. Su
mirada se detiene. Unos dedos me levantan la barbilla para
encontrar su mirada.

—Tengo algo para ti —me dice con una amplia sonrisa.

—¿Qué es? —La emoción acompaña a mi pregunta, aunque


sé lo que será antes de abrir el paquete decorado con un lazo.
Sacando la caja de debajo del brazo, la coloca en la mesa de mi
fiesta del té.

Es otro muñeco de peluche al que le seguirá un traje a juego.


El vestido sería de mi talla y yo lo modelaría para la única
amiga que podía moverse como yo: mi sombra en el espejo. Si
yo giraba, ella giraba. Cuando yo tocaba el cristal, ella
también lo tocaba. Y a veces, ella hacía algo para que yo lo
repitiera.

Al detenerme demasiado en el pasado, me apresuro a colocar mis


coletas en su sitio. Luchando contra los recuerdos de la sombra en
el espejo, que luego decidí que era solo la creación de una
imaginación infantil, me apresuro a salir al escenario. Mi viaje por
el carril de las pesadillas no me da tiempo a mirar por encima del
público. Esta noche, no podré evaluarlos para mis clientes
preferidos.

Con una rápida presentación y los sonidos enfermizos de la


música, me acerco al poste y me agarro. El ritmo más profundo
entra, una voz inocente canta la letra sobre no tener cuerdas que
me sujeten, y me balanceo suavemente, dando mi inocente acto.

Después de dos años, todavía no estoy segura de sí Joey es un


retorcido o un maldito brillante. Retorcido porque es una maldita
canción de película infantil, o brillante porque el público siempre se
lo come. Nunca hay un sonido fuera de la multitud o un ojo en
cualquier lugar que no sea yo. Él jura que es debido a mi aspecto
juvenil, pero estoy bastante segura que cualquiera de las chicas
tendría la misma reacción.

Diablos, incluso yo siento una reacción, una no deseada. Los


deseos oscuros comienzan su propia danza dentro de mí,
alcanzando, estirándose, tratando de salir de la caja en la que los
encierro.

En el crescendo, respiro, calmando los impulsos justo a tiempo


para que empiece la siguiente canción.

La música con un ritmo fuerte suena en el club y yo empiezo a


mover mi cuerpo y mis caderas, y hago contacto visual con un par
de hombres repartidos por el escenario.

Cambiando de dulce chica a loca ninfómana, digo la letra con los


labios y me muevo por el escenario. Desengancho el minivestido,
este flota en el suelo, dejándome en lencería de color piel cubierta
de piedras preciosas.

Cuando me quito el sujetador, apenas noto el dinero arrojado a


mis pies. Los oscuros impulsos luchan por la libertad. Dejándome
caer a un lado del escenario, intento distraerme con los billetes que
se deslizan contra mi piel y bajo mi tanga. Por el momento,
funciona, hasta que un hombre me agarra el muslo y aprieta.
Agarrando su muñeca, le quito la mano y sacudo la cabeza con
un apretón de labios. Arrastrándome lejos de Señor Manitas, llego
al otro lado del escenario. Sobre mis rodillas, cierro los ojos y me
inclino hacia el escenario. Recorriendo mi cuerpo con las manos,
deslizo los dedos en mi pelo y vuelvo a abrir los ojos hacia el que
llaman Saint.

La ferocidad de sus ojos debería asustarme, pero hace lo


contrario. La malevolencia que hay en ellos me excita. Nuestros ojos
fijos, me pongo de pie y vuelvo a apoyarme en el poste. Girando mis
caderas, rodando mi cuerpo, me atrapa en sus profundidades, y la
oscuridad que encierro se filtra a través de los confines de su jaula,
arrastrándose, estirándose a través de mis miembros. Cada sucio,
y terrible impulso contra el que lucho sale a la superficie,
levantando cada pelo de mi cuerpo. Mis terminaciones nerviosas
crepitan con la anticipación, la excitación y el miedo. Me meto el
labio en la boca y lo muerdo. El sabor metálico que se desliza por
mi lengua me hace palpitar entre las piernas.

Pasando las manos por mis caderas, sigo el pliegue donde mi


torso se une a mi pierna. Estoy a un dedo de deslizarme por debajo
del tanga para aliviar mi dolor, cuando un hombre grita, rompiendo
el trance:

—¡Ven aquí, nena!

Dándome la vuelta, agarro el poste y giro, luchando por bloquear


todo dentro de mí. En cuanto termina la canción, recojo el dinero y
salgo corriendo del escenario. Al atravesar la cortina de los
bastidores, mi bíceps es agarrado con un áspero apretón.

—Eh... —empiezo, pero mi protesta se interrumpe con una palma


de la mano en mi boca mientras me arrastran por el pasillo y me
meten en una habitación privada. Me tambaleo antes de encontrar
el equilibrio. Agarrando la ropa mínima contra mi pecho, me doy la
vuelta para mirar a mi atacante y me quedo paralizada.

—Si quieres un baile, tienes que hacer los arreglos con Chase —
digo con una valentía que no siento en absoluto.
Un lado de la boca de Felix se mueve, aunque no puedo decir si
es de diversión o de disgusto. Se acomoda en un sofá junto a la
pared, apoyando el tobillo izquierdo en la rodilla derecha.

—Tenemos que aclarar algunas cosas, muñeca —dice,


rascándose la mandíbula desaliñada, y me pongo rígida ante el
apodo cariñoso—. Relájate, solo necesito estar seguro que
entendemos lo que pasó la semana pasada. —Dejando caer la
pierna, pone los dos pies en el suelo y apoya los codos en las
rodillas. Sus ojos permanecen enfocados en mí, aunque recorren mi
cuerpo, deteniéndose en los puntos más desnudos.

—No sé de qué estás hablando. —Me sorprende la audacia de mi


voz, especialmente con la forma en que mis palmas están sudando.

Una sonrisa divide su rostro severo.

—Buena chica —elogia, levantándose del sofá.

Con pasos suaves y seguros, me hace retroceder contra la pared


del fondo.

—Te ves muy dulce. —Sus ojos recorren mi cara.

En un movimiento rápido, Felix me toma de las muñecas y me


tira de los brazos hacia los lados, cayendo mi ropa al suelo. Sus
ojos castaños claros se posan en mi pecho y se lame los labios.

Se inclina hacia delante, presiona su cara contra mi cuello y


susurra:

—Qué dulce.

Su lengua recorre mi piel, provocando un indeseado


estremecimiento y los impulsos comienzan a agitarse una vez más.
Pasando su nariz a lo largo de mi mandíbula, inhala. Luego, sus
labios están sobre los míos, presionando, empujando.

Cuando no le devuelvo el beso inmediatamente, su agarre de las


muñecas se vuelve doloroso, y me obligo a obedecer su orden tácita.

Felix me suelta las muñecas, tomando los lados de mi cara y


profundiza el beso. Presionando su cuerpo contra el mío, da un
fuerte empujón mientras sus manos se deslizan por mi cuello y la
clavícula, hasta que puede tocar mi pecho.

—¿Jefe? —Una voz profunda llama a través de la puerta, seguida


de tres fuertes golpes.

Ignorándolos, Felix pasa su pulgar por mi pezón izquierdo, pero


el golpe se repite.

—Dios, Nico —gruñe, apartándose de mí—. ¿Qué pasa? —grita a


la puerta.

La puerta se abre de golpe y el hombre grande de la otra noche


se inclina hacia adentro.

—Hay un asunto urgente —dice con voz ronca.

Sus ojos se desvían hacia mí, y para su crédito, no mira mis


pechos desnudos antes de volver a centrarse en Felix.

—Angelo. —Es todo lo que dice, y Felix se tensa por un breve


momento antes de volverse hacia mí.

—En otra ocasión, muñeca —dice con una sonrisa, y el apodo


cariñoso hace que se me revuelva el estómago. Luego, se va, y sale
por la puerta con Nico.

Recojo la ropa desechada y salgo de la sala VIP. Después de todo,


puede ser el momento de seguir adelante, un nuevo lugar, nuevos
extraños, y menos atención de hombres como él. Un par de ojos
brillantes color avellana aparecen en mi mente, provocando un
cosquilleo en mi espina dorsal y agitando la oscuridad dentro de mí.

De vuelta al camerino, me pongo el sujetador negro sin tirantes,


el liguero y las bragas a juego. Rebuscando en mi bolso, selecciono
un par de guantes negros de seda hasta el codo.
De vuelta al camerino, me pongo el sujetador negro sin tirantes y
el liguero y las bragas a juego. Rebuscando en mi bolso, selecciono
un par de guantes negros de seda hasta el codo. La inocencia puede
ser el juego en el escenario, pero la picardía es el camino a seguir
para llamar la atención de los que buscan un momento de
intimidad. Y puedo prescindir de los guantes en el escenario, pero
la aspereza de mis dedos hace que su uso sea esencial, tan
necesario como las medidas que tomo para que mis huellas
dactilares sean irreconocibles.

—Mei —la llamada de Joey me detiene justo fuera del camerino.


Tiene el ceño fruncido y los labios apretados—. Habitación cinco. —
me dice, más enfadado que de costumbre. No puede estar todavía
enfadado por mi regreso, especialmente desde que consiguió lo que
quería en el escenario.

—No he...

—Tienes una petición —me corta, sin mirar a mis ojos. La


preocupación empieza a roerme las tripas.

—¿Qué esta...?

—No hay preguntas. Solo ve —me interrumpe una vez más—.


Ahora —ordena.

Al oír la tosca orden, me dirijo por el tenue pasillo hasta la


habitación más alejada de todo. Fuera de la puerta, me detengo y
me paso las manos cubiertas de seda por los brazos. Él no me ha
dado el nombre del cliente ni ningún detalle. Maldita sea, maldigo
mentalmente, me manda aquí a ciegas.

Abriendo la puerta, entro en la habitación poco iluminada.

Pensando que aún no ha llegado, busco el interruptor de la luz


del panel.

—Déjala. —La profunda voz me atraviesa. No tengo que verlo para


saber que es él, al que llaman Saint. La excitación me eriza la piel,
la anticipación me acelera el corazón, y el miedo... el miedo me
aprieta la columna vertebral y constriñe mis pulmones. Quiero
correr, pero no estoy segura de sí es para alejarme de la voz o para
acercarme a ella.
—Te atraparé —me informa, y una nueva oleada de terror me
atraviesa—. Cierra la puerta.

Como si mi cuerpo hubiera caído bajo su control, empujo la


puerta detrás de mí.

Unos brazos me rodean por detrás, uno en la cintura, el otro


sobre mi pecho. Su mano áspera me aprieta el hombro, mientras la
otra aprieta la parte carnosa de mi cadera.

Es mucho más grande que yo, más fuerte también, y sus brazos
actúan como bandas inamovibles que me aprisionan contra su
pecho.

Ante su áspera caricia, mi cuerpo cobra vida. Separando mis


labios, inhalo y me inclino hacia él. Bajo la superficie de mi piel,
comienza una lenta quemazón que busca liberarse de los confines
de mi carne.

Felix había provocado una reacción, una reacción inducida, pero


este hombre me llama, atrayendo cada oscuro y profundo deseo de
mi interior.

El calor de su boca acaricia mi oreja, envolviéndome en un


capullo de deseo.

—¿Quién eres? —Las palabras acarician mi lóbulo y cierro los


ojos, intentando luchar contra la respuesta que mi cuerpo tiene
ante él.

Ante mi silencio, Saint me suelta el hombro, su gran mano


deslizándose sobre mi pecho y rodeando mi cuello.

—¿Quién mierda eres tú? —acentúa la pregunta con una flexión


de sus dedos.

El más breve mordisco de dolor me atraviesa, y jadeo, y me


levanto para agarrarle los brazos con ambas manos. El miedo se
arremolina con una combinación mortal de necesidad. La oscuridad
se filtra a través de las grietas de mi armadura, y me arqueo contra
él.
Se pone rígido y suelta el agarre de mi garganta, y el movimiento
es suficiente para hacer retroceder los deseos.

Empujando sus brazos, me zafo de su agarre y lo enfrento.


Incluso en la penumbra, sus ojos color avellana brillan. Es a la vez
miedo y tentación. Sus ojos me recorren, observando cada parte,
lenta y deliberadamente, permitiéndome un momento para estudiar
al peligroso hombre que tengo delante.

Su pelo castaño oscuro está cortado cerca del cuero cabelludo en


los lados, pero lo deja un poco más largo en la parte superior.
Pómulos altos, mandíbula fuerte, y una nariz definida le dan un
rostro severo pero atractivo. Un pecho ancho y unos hombros
musculosos completan el, sin duda, caro traje gris, y estoy segura
que la camisa blanca abotonada protesta por la flexión de sus
bíceps. Es más de una cabeza más alto que mi metro setenta de
estatura. Es atractivo -extremadamente atractivo- pero es la feroz
aura oscura que le rodea la que hace que la gente normal y cuerda
corra.

Está claro que no soy normal, o cuerda, porque es esto a lo que


respondo mayormente. Incluso ahora, quiero ofrecerme como un
sacrificio al peligro y al pecado que percibo en él.

Volviendo sus ojos a los míos, estoy atrapada una vez más en su
encanto. Como un depredador experimentado, su mirada me
distrae de la mano que se extiende para rodear mi garganta.

Al oír el apretón de advertencia, le agarro la muñeca y tiro de ella.


El miedo me recorre, arrastrando todos los demás sentimientos no
deseados.

Inclinándose, acerca su cara a menos de un centímetro de la mía


y gruñe:

—No te lo volveré a repetir.

Me siento atrapada y vulnerable, algo por lo que he luchado tanto


para no serlo. Y este hombre viene directamente y destruye todas
las cuidadosas protecciones que puse en su lugar. Empujando
hacia abajo el miedo, dejo que la ira y la desesperación surjan.
Canalizando todo ello, suelto su muñeca, cierro el puño y doy un
empujón hacia arriba. Mi doble puño choca con su brazo. Es un
músculo sólido, pero mi acción le toma desprevenido.

Usando todo mi peso, me fuerzo contra su pecho, y se tambalea


hacia atrás. No es mucho, pero aprovecho la oportunidad para
agarrar el pomo de la puerta.

Una banda de músculos duros me tira hacia atrás por la cintura.


Abriendo la boca, me preparo para gritar, pero una mano grande y
callosa me cierra los labios.

Me levanta, se da la vuelta y me lleva al interior de la habitación.


Clavando la mano con las yemas de los dedos, trato de liberar mi
boca, pero los malditos guantes no me permiten arañar su piel.

—Puedes gritar todo lo que quieras —gruñe a un lado de mi


cabeza—, pero nadie vendrá por ti.

Me suelta la boca, grito y doy una patada hacia atrás en su pierna


con el tacón.

—Mierda —gime, dejándome caer, y me giro, pateando mis


tacones, preparándome para hacer mi posición. He luchado
durante demasiado tiempo para sobrevivir. No hay manera de dejar
que me mate sin luchar. Puños arriba, me preparo para la batalla
de mi vida.
CAPÍTULO CINCO
SAINT

Mierda, si es una cosita feroz.

Cuando Sketch llamó, en lugar de usar el portátil para enviar la


información que encontró sobre Mei, me volví aún más suspicaz.
Pero entonces reveló sus hallazgos. No es mucho lo que sorprende
a Sketch, pero el misterio que rodea a esta mujer ha despertado su
curiosidad. Su interés en ella es inusual y me molesta.

—Eres una chica muerta —afirmo.

Levantando su barbilla, la veo levantarse en un desafío, y es


jodidamente glorioso.

—Puedes intentarlo, pero no te lo pondré fácil —me informa.

Me enderezo a mi altura, me quito el abrigo y lo tiro sobre la silla.


Sus ojos siguen la acción, al igual que cuando me quito los gemelos
y me remango la camisa.

—No, cariño, eres una chica muerta —le explico.

El ligero estremecimiento ante las palabras no sería perceptible


para una persona normal, pero no soy normal. Capto el ceño
fruncido de su ceja, el endurecimiento de sus labios y la ligera
sacudida de su cuerpo antes de poner una cara inexpresiva en su
lugar.
Sonriendo, me acerco. Sus puños se tensan, y ella cuadra los
hombros, dispuesta a luchar contra mí. Extendiendo la mano, me
la quita de un manotazo, pero arremeto, sin inmutarme, tomando
sus puños con los míos. Sorprendiéndome, ella gira, llevando su
pierna extendida hacia fuera y alrededor. Apartando su pierna de
un manotazo, le empujo la cara contra la pared.

—Así que, lo preguntaré una vez más. ¿Quién eres tú? —


presiono, con demasiada curiosidad por la respuesta. Ansío la
respuesta, la verdad de sus labios rojos.

Un codo aterriza en mi costado, dejándome sin aliento, pero no


lo suficiente como para que la suelte.

—Si así es como quieres —gruño, usando el antebrazo para


sujetarla con más fuerza.

Con mi mano libre, meto la mano en la cintura de mis pantalones.


Con el frío acero en la mano, me inclino hacia su cuerpo. Su aroma
llena mi nariz, una mezcla de vainilla terrosa, almizcle y miedo.

La criatura se agita, ansiosa de ser liberada. Al apoyar el cuchillo


junto a su piel cremosa, mi polla se estremece, deseando participar
en la acción.

Su boca se abre en un jadeo y respira bruscamente cuando


aprieto el frío metal contra su cara. Con cuidado de no romper la
piel, le paso la punta por la mejilla y por el lado del cuello.

Ella inclina su cuerpo hacia el cuchillo y ladea la cabeza para


permitir un mejor acceso, sorprendiéndome de nuevo. Una
sensación desconocida surge en mi interior, la oscuridad se funde
con el deseo de follarla. Mi polla se endurece dolorosamente,
obligando a mis caderas a empujar contra su culo redondo en busca
de alivio.

Cerrando los ojos, sostengo el cuchillo contra su hombro y


presiono. Sus gemidos llenan mis oídos, ahogando la necesidad de
saber quién es y a qué juego está jugando.

Entierro mi cara en su nuca e inhalo profundamente. Su


embriagador aroma a vainilla no es como el de las magdalenas y el
sol. No, es una vainilla espesa y oscura, como la que se encuentra
en las profundidades de un bosque en descomposición.

Con la frente pegada a su nuca, giro el cuello y abro los ojos. Con
el movimiento de un dedo, el cuchillo atraviesa su piel, y su cuerpo
se funde contra mí mientras empuja su culo hacia atrás, dándole a
mi polla la fricción que busca.

Una gota carmesí se forma, colgando tan precariamente como mi


control. Es tan diferente a mí. Y estoy seguro que todavía me teme,
pero le gusta, se excita con el miedo, con mi acero.

La gota de sangre se desliza por el lado del cuchillo, y mi control


se rompe. Llevando mi boca al corte de su hombro, lamo, y ella
jadea mientras mi lengua recorre su hombro, subiendo por su
cuello y llegando a su oreja.

—¿Quien eres? —pregunto con un aliento estrangulado antes de


retroceder. Mis ojos se dirigen al rastro de rojo que hay en su piel,
y la hago girar, obligándola a volver a la pared. Con el cuchillo en
su garganta, agarro su cara con la otra mano, la levanto hacia la
mía y la estudio.

El miedo y la lujuria brillan en sus ojos, pero quiero más. Quiero


la oscuridad familiar que se esconde en su interior. Me sumerjo más
profundamente, cazando, buscando, esperando. Brillando como un
oasis para los demonios -para mis demonios- el alma negra se eleva,
sus ojos se vuelven más oscuros, más pronunciados. La criatura
dentro de mí crece deslizándose bajo mi carne hasta que su
presencia se filtra por mis poros.

Sin control, quito el cuchillo de su garganta, y corto el botón de


mis pantalones y la parte delantera de mi camisa, pasándolo a lo
largo de mi piel. Sus ojos siguen el cuchillo, ensanchándose con
horror y curiosidad al atravesar mi piel. Cuando ella separa los
labios, le pongo el acero ensangrentado en la boca, silenciándola.

Las fosas nasales se le abren. Sus ojos verdes pasan de mi pecho


a mi cara. El lado derecho de su boca se mueve hacia arriba cuando
sus dedos tocan mi estómago, haciendo saltar mis músculos. Su
mano derecha se desliza hacia arriba, aplanándose sobre mi
esternón y empujando contra mí. Sin inmutarme, frunzo el ceño y
su lengua asoma entre sus labios, tocando el cuchillo mientras su
mano se curva alrededor de mi muñeca.

Empujando una vez más, le permito sacar el cuchillo de su boca


y me guía hacia atrás hasta que me sienta en la silla con mi
chaqueta. Se acerca y yo separo las piernas para que se coloque
entre mis rodillas.

La seda manchada de sangre de su guante se desliza hacia arriba


y alrededor de mi cuello. Inclinando la cabeza hacia atrás, miro a
esta seductora. Con los ojos cerrados, se pasa la lengua por sus
labios manchados, y mi polla palpita contra los límites de mi ropa.
Mis demonios arden en cada célula de mi cuerpo, listos para arder
con el deseo de devorarla, pero no es la típica necesidad de mutilar
y destruir. Su hambre es de propiedad, de posesión. Ha encontrado
el consuelo de otra alma rota. No una que reprima su necesidad,
sino que se deleite en nuestro oscuro olvido.

Envolviendo mi brazo izquierdo alrededor de su muslo derecho,


la atraigo más cerca. Agarrando mi cuchillo con la otra mano, la
paso por el interior de su pierna y veo su cabeza caer hacia atrás
mientras un gemido sale de su boca. La mano en mi cuello
desaparece cuando ella la lleva a su pecho y la pasa por su cuerpo.
El rastro de sangre contra su piel blanca desata la necesidad de
devorarla.

Deslizando el cuchillo por debajo del borde de sus bragas negras,


atravieso el endeble material, dejando al descubierto la piel lisa y
desnuda de su coño. Enterrando mi cara entre sus muslos, inhalo.
Está tan excitada, su coño está tan húmedo y preparado para todo
lo que ella no sabe que voy a querer. Sin negármelo, deslizo mi
lengua por su parte más suave.

—Joder —gime, llevando sus manos a mis hombros, y


profundizo, mi lengua se desliza y se retuerce sobre la parte más
sensible de ella. Empujo mi mano contra su culo, apretando,
atrayéndola más cerca, y ella gime al contacto. Un zumbido bajo se
libera cuando retiro mi boca y deslizo el lado plano de mi cuchillo
sobre ella, revelando la parte más húmeda y rosada. El fuerte
estruendo de la sangre que corre por mis venas me consume. Con
un gruñido, empujo mi lengua contra ella una vez más, lamiendo y
chupando la carne sensible. Ella se empuja contra mi boca,
queriendo más, buscando apagar el mismo dolor que siente mi
polla.

Deslizando mi mano sobre su culo, bajo mi pulgar hasta sentir la


húmeda abertura. Dejando mis dedos extendidos en su culo, mi
dedo medio se desliza profundamente entre su melocotón, y
presiono la punta contra su apretado agujero.

Ella se sacude hacia delante, pero se relaja cuando no la penetro.

Con el dedo medio presionando su culo, el pulgar dentro de su


coño y mi boca chupando su clítoris. Se balancea más rápido, más
fuerte contra mí.

Sus manos se aferran a mi cabeza, tratando de encontrar apoyo


en las cortas hebras, y grita:

—¡Oh, joder!

Dejando caer mi cuchillo, toco la parte posterior de su muslo


izquierdo y hago todas las cosas desviadas que quiero, empezando
por devorarla hasta que se corre contra mi boca.

Cuando empieza a bajar de su orgasmo, suelto sus piernas. De


nuevo sobre ambos pies, se balancea inestablemente.

Tomándola por las caderas, le doy un jalón al raso negro que


cuelga de su cadera. Su cuerpo se sacude por la fuerza que se
necesita para arrancar las bragas.

Le meto la mano por detrás de las rodillas y la meto entre mis


piernas hasta que mi nariz roza su estómago. El olor de su orgasmo
mezclado con mi saliva me llena la nariz.

La puerta de la habitación se abre, y Mei intenta apartarse pero


la sujeto con fuerza.

—La habitación está ocupada —gruño sin mirar a la puerta.

—Nunca te tomé por el tipo de hombre descuidado, Dante. —La


voz de Felix me atraviesa.
Enderezando mi columna vertebral, la idea que toque a Mei me
nubla la vista. Los celos no son algo que sienta a menudo, pero
como cualquier otra emoción que alguien tan jodido como yo
experimenta, que Dios ayude a la persona responsable.

El gemido de Mei me aclara la visión. Sus manos se agarran a


mis muñecas, tratando de quitarme las manos que he estado
clavando lo suficientemente profundas en su piel como para dejarle
moratones.

Soltando sus piernas, le agarro las dos muñecas y la tiro hacia


mí.

—¿Te lo has follado? —pregunto con los dientes apretados.

—Ella no vale la pena. Suéltala, Dante —ordena Felix.

Girando la cabeza hacia él, entrecierro los ojos. Se apoya en la


pared, con Nico a su espalda. La arrogancia que muestra corroe la
ira y los celos irracionales que ya siento. No estoy seguro de cuál es
su juego, pero está forzando mi mano a propósito.

—No me lo he follado —Sus palabras son apenas por encima de


un susurro, pero lo suficiente para disminuir la rabia que hierve
dentro de mí, aunque no disminuye mi necesidad de poner a Felix
en su lugar.

—Desabróchame el cinturón —le ordeno sin apartar los ojos de


Felix. No me pierdo la forma en que su cuerpo se tensa o la
vacilación de Mei cuando suelto sus muñecas. Volviendo mi
atención hacia a ella, enarco una ceja—. A menos que prefieras ir
con Felix —la desafío—. La elección es tuya, cariño.

Enterrando la rabia, las náuseas y la mordedura de celos


desconocidos ante la sola mención de su elección por Felix, me
acomodo de nuevo en la silla de cuero. Mis extremidades quieren
arremeter contra ella y sujetarla contra mí, pero los apoyo en los
brazos del sillón, dando el ejemplo perfecto de calma relajada.

—¿Estás seguro que quieres hacer esto? —Felix pregunta,


seguramente acompañando la pregunta con una sonrisa de
satisfacción.
—Haz tu elección, Mei —recalco el nombre que sé que no le
pertenece.

—Sí, Mei. —El hecho que diga su nombre hace que la oscuridad
arañe dentro de mí—. Elige con cuidado. Veo que ya te ha
presentado a la punta de sus predilecciones.

Mis dedos se crispan, queriendo envolver el mango de mi cuchillo


y llevarlo a su garganta.

Los ojos de Mei recorren su cuerpo, observando las vetas rosas y


rojas de su pecho. Cuando levanta la cabeza se centra en Felix, y
yo aprieto la mandíbula.

Con los ojos todavía puestos en él, ella se hunde en el suelo, el


raspado del metal contra la baldosa rompe el silencio antes de
volver de nuevo a su altura. Sin romper el contacto visual, desliza
el cuchillo entre sus pechos y corta el material de su sujetador. Las
copas caen, dejándolas al descubierto para los dos.

Dejando caer los brazos, deja que el material se una a sus bragas
arruinadas a sus pies. Entonces, en un instante de movimiento, el
cuchillo me apunta a la cara.

Felix se ríe, pensando que es victorioso en este enfrentamiento


hasta que Mei trae su mirada a la mía.

La mirada siniestra en sus ojos y la media sonrisa retorcida en


su cara me deja sin aliento. Agarrando el cuchillo en su mano
izquierda, suelta el mango, extendiéndolo para que lo tome.

Enrollo mis dedos alrededor de la base, pero en lugar de soltarla,


aprieta los bordes afilados y tira de su mano a lo largo de el. La
sangre empapa inmediatamente la seda de su palma,
extendiéndose a través de la tela a lo largo de sus dedos.

—Que mierda —exclama Nico.

—Cristo —gruñe Felix, sabiendo que está perdido—. Ella está tan
jodida como él.

Acercándose, sus rodillas tocan el borde del cojín entre mis


piernas. Se inclina y presiona su palma ensangrentada contra mi
pecho. Mi boca se abre en un suspiro de alivio, y empiezo a
relajarme, pero ella no ha terminado.

A horcajadas sobre mi regazo, desliza su palma por mi cuerpo y


dentro de mis pantalones.

Está húmeda y resbaladiza contra mi carne dolorida. Cada


caricia hace que me ponga más duro, enardeciendo a los demonios
a la superficie. Todos mis impulsos depravados se reúnen en
preparación para poseer a la mujer que tenemos delante.

Agarrando sus caderas, la levanto sobre mí, y ella libera mi polla


de sus confines, colocándome en su entrada.

—¿Qué eres? —Vuelvo a preguntar.

Independientemente de las respuestas que busco y las que


obtendré, no cambia el hecho que ella acaba de entregarse
públicamente a mí. Ella es mía, no importa quién o qué termine
siendo.

—Una maldición —jadea ella, metiéndome en su cuerpo.

—Maldito infierno —dice Nico desde la puerta.

—¡Vete a la mierda, Dante! —exclama Felix—. Puedes quedarte


con la puta —dice, seguido de fuertes pasos y un portazo.

Tomando la muñeca de su mano herida, la presiono contra su


pecho y se la paso por la piel. La mancha carmesí oscura provoca a
la criatura, haciendo que quiera más.

Envolviendo mis brazos alrededor de ella, la guío hacia arriba y


por mi longitud más rápido, más fuerte. La fuerza hace que ella
entierre su cara en mi cuello y grite. Agarrando su pelo en la parte
posterior de su cabeza, atraigo su cara hacia la mía y veo cómo el
orgasmo forma una O en sus labios mientras su piel se enrojece y
sus ojos pierden la concentración.

Es jodidamente glorioso verla deshacerse en mi polla. Tanto es


así, que mi liberación pulsa en la base de mi polla hasta el punto
del dolor antes de explotar a través de mí y dentro de ella.
Mucho tiempo después, la respiración vuelve a ser normal, la
levanto de encima de mí y la pongo de nuevo en pie. Desnuda,
manchada con nuestra sangre, y el semen goteando por su muslo,
los sentimientos de propiedad y posesión vuelven a aparecer y se
apoderan de mí. Me levanto de la silla, me meto la polla en los
pantalones y busco mi chaqueta. Agarro el celular, pulso la pantalla
y me lo pongo en la oreja.

Mis ojos encuentran a Mei y observan cómo se instala la


incomodidad. La palma de su mano ya ha empezado a palpitar, y
con lo duro que hemos follado, probablemente también le duela
entre las piernas.

—¿Sí, señor? —responde Jimmy.

—¿Tu jefe ya te reasignó? —pregunto.

A Felix le gusta tirar su poder cuando pierde, así que estoy seguro
que ha informado a sus lacayos que ya no hacen mi voluntad.

—Nos han dado un nuevo trabajo —responde, obediente y


políticamente correcto.

—Muy bien, pero si compartes cualquier información sobre ella,


te haré una visita especial —le advierto.

Los ojos amplios de Mei se dirigen a los míos mientras un visible


escalofrío se desliza por su cuerpo.

—¿Lo entiendes? —presiono ante su silencio.

—S-Sí —tartamudea.

—Pásale también la información a tu compañero —le afirmo


antes de terminar la llamada.

Sacudiendo mi chaqueta, me acerco a Mei y la envuelvo alrededor


de su cuerpo desnudo. Se relaja lo suficiente como para ofrecer una
mínima sonrisa de agradecimiento.

—Recoge tus cosas —le ordeno, observando cómo se tensa.


Le quito un mechón de pelo rubio detrás de la oreja y deslizo la
mano hacia su nuca y acerco su pecho al mío.

—Todavía tenemos mucho que discutir, chica muerta —le


recuerdo, sonriendo ante la determinación que se dibuja en su
rostro—. Ve por tus cosas —le digo, indicándole la puerta—. Te
recogeré en breve, así que no tardes mucho.

—¿Recogerme? —pregunta, con el ceño fruncido.

—Sí. —Es la única respuesta que doy.

No necesita saber que ahora ya no hay forma de escapar de mí.


Por encima de las respuestas que me dará, el ansia y la conexión
con ella solo ha aumentado después de esta noche.

—¿Dónde están...?

—No importa —corto su pregunta—. Toma tus cosas, Mei, o como


te llames.

La tensión y el malestar se desprenden de ella de forma tan


intensa que la habitación empieza a ser sofocante.

—Bien —concede, cuadrando los hombros y se dirige a la puerta.

—Date prisa, chica muerta. —El apodo hace que se tambalee, y


me doy la vuelta. Me acerco el teléfono a la oreja y llamo a mis
propios hombres, los que esperan afuera en el auto en el que
llegamos esta noche.

—Hey, jefe —responde Russ.

—Lleva el auto a la salida trasera. Tengo una invitada conmigo.


—le informo. Mirando la puerta ahora abierta, y una sensación de
incomodidad se instala en mi.

—En ello —responde, y cuelga.

Me enderezo la camisa y salgo de la sala VIP.

Mi primera parada es el baño privado, donde me lavo la sangre


visible y encuentro una camisa nueva colgada en el armario. Es
media talla más pequeña, pero servirá hasta que lleve a Mei a mi
apartamento.

Cuando llego al camerino, la charla se queda en silencio. Mi


reputación parece haber llegado a las putas de este establecimiento.
Bien. Deberían estar asustadas. El miedo mantiene a la gente a
raya. Mirando las caras, no encuentro a Mei.

—¿Dónde está? —pregunto, con la ira ardiendo en mis entrañas.

—¿Quién? —tartamudea una pelirroja muy joven.

—Mei —le digo a mordiscos.

—No la he... —empieza, pero no termina. Sigo la mirada de la


joven pelirroja, encontrando a Tricia.

—Se ha ido —confiesa.

—Tricia —sisea la pelirroja.

—Salió corriendo de aquí hace diez minutos —continúa Tricia

—Ya veo —digo, dándome la vuelta y saliendo de la habitación.


Mi ira se reduce a fuego lento, la parte más oscura de mí está
ansiosa por jugar al cazador.
CAPÍTULO SEIS
MEI

Me limpio, me pongo unos jeans anchos y una sudadera con


capucha, y escapo del club antes que pueda recogerme. El miedo,
no la paranoia, me hace mirar por encima del hombro.

Saint, Dante, o quienquiera que sea, quiere respuestas y mis


acciones en la sala VIP, mostrando mi lado oscuro, han provocado
algo a lo que no sé si sobreviviré. Le di a un hombre peligroso un
vistazo detrás del brillo y el encaje. Un asiento delantero para ver
las partes enfermas y perversas que tanto trabajo me toma
mantenerlas encerradas.

¡Mierda!

Mi máscara se deslizó y ahora él está decidido a arrancarla.

Subiendo las escaleras de mi apartamento, lucho contra las


lágrimas de frustración mientras repaso mentalmente mi plan. Le
llevará al menos un día averiguar dónde vivo. El club no tiene mi
dirección correcta y nunca he invitado a nadie a mi casa. Eso me
da una mañana para empeñar, empacar y salir de esta ciudad. Es
mucho antes de lo que había planeado, pero después de esta noche,
no hay otra opción. Esta vez, me iré muy, muy lejos de aquí. Mucho
más lejos que Chicago. Mañana, voy a ver cuántos Estados puedo
poner entre yo y...

Perdida en mis pensamientos, choco contra un cuerpo sólido y


cálido.
—Lo siento —dice una voz masculina, enviando ondas de
preocupación sobre mi piel, levantando los pelos.

—Lo siento —murmuro, dando un paso alrededor de él.

—Creía que era el único que iba por las escaleras —dice, con un
toque de humor en su voz.

Asiento con la cabeza y sigo subiendo el último tramo.

La sensación de ser observada es demasiada, y miro sobre mi


hombro. Mi paso vacila cuando encuentro al hombre desconocido
que me persigue. No me resulta familiar, y no está vestido como uno
de los hombres de Felix o Saint, pero mi noche me tiene al borde
del pánico.

Tal vez sea mi miedo, pero la mirada de su rostro, su complexión,


y sus rasgos me resultan demasiado familiares, haciendo arder mis
nervios en llamas. Las campanas de alarma suenan en mi cabeza,
y en momentos como este, he aprendido a escucharlas. Redoblando
mis esfuerzos, me apresuro a mi apartamento, cerrando la puerta
con llave.

Dejo caer mi bolso y miro a mi alrededor, haciendo una


evaluación de mis pertenencias. Con un suspiro fortalecedor, vacío
el bolso y lo pongo en la cama junto con una gran mochila.

Rebuscando entre mi ropa, pongo todas las prendas con volantes


y las prendas de vestir que me llevé del club y las meto en el fondo
de la mochila antes de pasar a mi mínimo armario. He mantenido
mis posesiones ligeras precisamente por esta razón, la posibilidad
de salir corriendo en cualquier momento.

Me desnudo, me meto en la ducha y me inclino hacia el chorro.


Apoyando la palma de la mano herida en la pared, utilizo la otra
mano para restregarme el pecho, el vientre y entre las piernas. No
hay forma de detener las lágrimas mientras el agua caliente enjuaga
la sangre, el sudor y el semen. Si tan solo pudiera lavar la noche de
permitirme siquiera considerar la tentación que Tricia puso ante
mí.

—¿En qué estabas pensando? —pregunto, presionando mi frente


contra la sucia pared de azulejos.
En el momento en que habló, mi control desapareció. El instante
en que me tocó, mis inhibiciones desaparecieron. Cuando el
cuchillo de su navaja presionó contra mi piel, el deseo se convirtió
en necesidad. Mis deseos más oscuros se alzaron en reverencia,
derramándose tan fácilmente como la sangre de nuestra piel
cortada.

Envolviendo mi cuerpo con los brazos, me hundo en el suelo, el


rocío golpeando la parte superior de mi cabeza.

Ese cuchillo.

Un escalofrío recorre mi cuerpo, haciéndome abrazar más fuerte.

El frío metal sobre mi piel. La terrible oscuridad en sus ojos


viéndome disfrutar de lo que estaba haciendo. Sabiendo que cada
cosa enferma que hacía me excitaba de una manera que nunca me
había permitido imaginar. Que cada orden suya se sentía como un
hechizo que me ataba a él de la peor manera.

—Estás enferma —me reprendo—. Enferma, enferma, enferma —


coreo, acentuando cada palabra golpeando mi cabeza contra la
pared.

Cuando el agua se enfría, me arrastro y me quito las lentillas.

Al mirarme en el espejo que hay sobre el lavabo, encuentro los


familiares ojos azules de mi verdadero yo que me miran. Puedo
decolorar mi pelo y cubrir mi piel de maquillaje, pero no hay lente
lo suficientemente grande como para enmascarar lo que soy en el
fondo. Mis ojos se desenfocan y juegan trucos, mi cabello se
oscurece a su verdadero color, acentuando el azul brillante natural
con el que nací.

La idea de revelar todo a Saint, el oscuro seductor, hace que un


ardor palpite entre mis muslos. Una certeza irrazonable que no
huirá con miedo o se sentirá asqueado por mi oscuridad que arraiga
en lo más profundo de mi ser. Se bañaría en ella, la sacaría a la
superficie y la enroscaría en mi cuello como una correa.

Me paso una mano por la cara, gimiendo. Agarrando los lados del
fregadero, dejo caer la cabeza. La vergüenza se arremolina en mi
estómago porque mi cuerpo anhela dejarlo.
—¿Qué mierda me ha hecho? —le pregunto al baño vacío,
respirando profundamente para controlarme.

Vestida con unos jeans, una camiseta y una sudadera, termino


de empaquetar todo y recojo los objetos para empeñarlos por la
mañana. Con las zapatillas ya puestas, me duermo, totalmente
preparada para salir corriendo si es necesario.

Al despertarme por los fuertes golpes en mi puerta, me revuelvo


hasta que mi espalda se apoya en la pared. Mirando alrededor del
apartamento, trato de estabilizar mi respiración.

Con las maletas preparadas y puestas junto a la cama, miro hacia


la puerta. El cerrojo sigue en su sitio y todas las ventanas están
cerradas con las cortinas echadas.

Tragándome los nervios, espero a que vuelva el ruido, pero nunca


llega.

Después de cinco largos minutos, me pregunto si lo he soñado.

Me levanto de la cama, me lamo los labios secos y doy pasos


tentativos hacia la puerta. Cuando llego a ella, miro por la mirilla.
Al ver que el pasillo está vacío, me dejo caer en la puerta y apoyo
mi frente contra la madera.

—Me estoy volviendo loca —murmuro de camino al baño.

Después de hacer mis necesidades y cepillarme los dientes, me


trenzo el pelo por la espalda y me pongo la capucha de la sudadera
sobre mi cabeza. Me pongo la mochila y coloco el bolso junto a la
puerta.

Preparada para ocuparme de mi primera orden del día, liquidar


para conseguir dinero en efectivo y obtener un billete de autobús,
tomo mis objetos y salgo del apartamento.
—Mierda —grito cuando mi pie se engancha con algo y me
tropiezo con la puerta opuesta a la mía—. ¿Qué mierda? —gruño,
girándome y mirando al suelo.

Un paquete marrón yace de lado. Inmediatamente miro hacia


arriba y hacia el pasillo, encontrándolo vacío. Me acerco, me agacho
hacia la caja y encuentro una etiqueta rosa que cuelga del cordel
que rodea la caja de zapatos de papel marrón.

Tanteo el cuadrado de color pastel y le doy la vuelta. Una letra


elegante deletrea una palabra.

Muñeca.

El estómago se me revuelve y los pulmones dejan de funcionar.


Los golpes en mi cabeza coinciden con el latido de mi corazón en
pánico. Una mano se aferra a mi hombro.

—No me toques —grito.

—¿Estás...?

Me abalanzo, usando mi antebrazo para golpear a mi atacante en


la pierna. Un fuerte gruñido masculino me hace retroceder hacia la
puerta.

—Oye, cálmate. —Intenta tranquilizarme.

Al deslizarme por la pared, el mundo se tambalea y me aferro a


mi capucha, tratando de llevar más oxígeno a mis pulmones.

—¿Qué pasa? —pregunta una voz femenina.

—La he encontrado en el suelo agitada sobre una caja —se


defiende—. Solo me estaba asegurando que estaba bien.

—¿Qué pasa? —Ante su segunda pregunta, miro y encuentro a


la nieta de la señora Waltman, Caroline.

Lentamente, mi respiración comienza a regularse junto con mi


corazón.

Arrodillándose, ella levanta la tapa de la caja.


—No —exclamo, poniendo una mano en señal de advertencia,
pero es demasiado tarde.

—Es solo una muñeca de trapo —afirma, con una clara irritación
en sus palabras—. Y una vieja y sucia, —añade.

Levanta la muñeca por el pelo de hilo rojo y la sostiene.

Mis ojos se centran en ella mientras aprieto más la puerta a mi


espalda. No sé cómo, pero seguro que sé, quién me ha enviado este
trozo de mi pasado. Annie, mi muñeca favorita, cuelga de los dedos
de mi vecina.

—Vuelve a ponerla en su sitio —le ordeno, cerrando los ojos.

—De acuerdo —dice ella.

—Vuelve a poner la tapa —le digo, apresurándome a seguir


con—: ¿Por favor?

Hay un crujido de papeles antes que ella confirme:

—Está guardada.

Relajando los hombros y abriendo los ojos, encuentro dos


conjuntos sobre mí: uno perteneciente a Caroline, una presencia
familiar molesta y el otro de un tono azul, que me recuerda a los
que escondo detrás de mis lentes de contacto.

También pertenecen al hombre de la escalera de anoche. Hoy


lleva un gorro de lana gris, tirando de él hacia abajo y solo deja
asomar el pelo negro alrededor de las orejas. Es alto, delgado, y el
parecido está ahí. Un escalofrío de aprensión me estremece la piel
ante su presencia.

Cierro los ojos y, en una práctica familiar, me recuerdo


mentalmente que hay millones de hombres de pelo oscuro y ojos
azules en el mundo, y este hombre es demasiado joven para ser él.

—¿Estás bien? —me pregunta.

Volviendo a abrir los ojos, asiento con la cabeza.

—Sí, gracias.
—¿Te dan miedo las muñecas? —insiste.

Al igual que la noche anterior, no me extraña la forma intensa en


que me observa.

—No es nada. —Sacudo la cabeza y agarro las correas de mi


mochila.

—No parecía nada —afirma Caroline—. Lo parecía, ¿John?

—Bien, sí, me dan miedo las muñecas. —Es parcialmente cierto,


y ahora mismo, estaría de acuerdo con casi cualquier cosa para
salir de aquí—. Es solo la idea enfermiza de alguien sobre una
broma.

Doblando la cintura, Caroline recoge la caja, y me la tiende.

—Toma —dice, casi alegre.

—Puedes tenerla o deshacerte de ella —le digo.

—¿Vas a tirarla? —me dice el hombre que ahora conozco como


John. Sus labios se perfilan en una fina línea y un músculo de la
mandíbula salta.

Frunzo el ceño, sin entender por qué está tan enfadado.

—John —sisea Caroline.

—Quiero decir —dice con un pequeño movimiento de cabeza—.


¿No quieres denunciar a la policía o algo así?

Sacudo la cabeza de nuevo, la idea de la policía involucrándose


envía un nuevo miedo a través de mí.

Si él puede encontrarte, las autoridades no tardarán en


encontrarte también.

—No —suelto—. Como he dicho, solo es una broma de mal gusto.

Con manos temblorosas, tomo la caja de las manos de Caroline


abro la puerta y la meto dentro antes de volver a cerrarla.
Cuando me doy la vuelta, los dos me miran, John con las manos
en los bolsillos y el brazo de Caroline rodeando el suyo.

El recuerdo indeseado de sus sonidos sexuales nocturnos


parpadea en mi mente y el calor me recorre el pecho.

—Gracias por comprobar cómo estoy, pero realmente tengo que


irme —les digo, esperando que se den la vuelta y se vayan. Ellos no
lo hacen.

—¿Segura que no quieres llamar a la policía? —John menciona


una vez más, solo que esta vez, es con más curiosidad, mientras
Caroline estudia mi cara con demasiada atención.

Todo en estos dos me confunde. No sé qué quieren de mí, por qué


reaccionan de forma extraña, pero no tengo más tiempo que perder.
Tampoco tendré que lidiar con ellos después de esta noche si todo
sale como está previsto.

—Muy bien —concede finalmente—. Si necesitas algo, ya sabes


dónde estamos. —Hace un gesto hacia su puerta levantando la
barbilla.

—Gracias, pero estoy segura que estaré bien. —Tan pronto como
pueda alejarme de este lugar.

En la casa de empeño consigo aún menos de lo que había


planeado, dejándome con unos fondos mínimos después de
comprar el billete de autobús a Las Vegas. Pero seguramente los
hoteles son baratos y las actuaciones de striptease abundan en la
Ciudad del Pecado. El siguiente obstáculo en mi plan: mi autobús
no sale hasta mañana por la mañana. Podría haberme escondido
en mi apartamento hasta la noche, y luego dormir en la estación de
autobuses, pero después de la entrega especial de hoy, no hay una
maldita manera en el infierno que voy a esperar a que él venga por
mí. También existe la posibilidad que Saint aparezca.
Con las maletas ceñidas a mi cuerpo, salgo de mi apartamento
por última vez y repaso mentalmente mi plan. Me moveré de un
lugar a otro de la ciudad, empezando por la librería de segunda
mano, hasta que sea lo suficientemente tarde como para
esconderme en la estación de autobuses.

—¿Te vas de viaje? —la pregunta de John me sorprende, y


salto—. Lo siento, no quería asustarte. —Él sonríe, apoyándose en
la puerta abierta del apartamento de la Sra. Waltman.

—Um, sí, voy a quedarme con un amigo por un rato. —Obligo una
sonrisa a acompañar mi mentira—. Hemos estado pensando en
mudarnos juntos, así que esto es una especie de prueba.

La agradable sonrisa cae de su rostro.

—¿Novio? —Su voz suena tensa, contenida.

—Sí —miento de nuevo, observando cómo su cara se ruboriza.

—Ya veo —acorta, empujando hasta su máxima altura.

—Bueno, debería ir...

El sonido del ascensor llama la atención de ambos, pero son los


hombres que bajan los que silencian mi despedida.

Los ojos de Saint me localizan con una precisión practicada. Mi


instinto de huida hace que cada músculo se contraiga en
anticipación. Él levanta una ceja oscura, como si me desafiara a
intentar correr.

Mirando hacia la puerta de la escalera, calculo mentalmente si


puedo llegar antes que me alcance. O tal vez volver a mi
apartamento y bajar por la escalera de incendios.

—Mei. —Su profunda voz llama a cada fibra oscura de mi ser—.


Te alcanzaré.

Mi lado enfermo se deleita en la promesa, queriendo ser atrapada.


Tragando con fuerza, cierro mis manos alrededor de las correas de
mis maletas.
—Rápido, adentro —ordena John.

Agarrando mi antebrazo, me tira hacia la puerta de su


apartamento, y mi bolsa se desliza de mi brazo, aterrizando con un
ruido sordo a mis pies.

—Te aconsejo que le quites las manos de encima. —La voz de


Saint está más cerca, acompañada por el sonido de un chasquido
de una arma.

Las manos de John me aprietan, haciendo que me estremezca.

—Esta es la última advertencia que tendrás. —Su profunda voz


amenaza.

Los ojos de John se dirigen a los míos cuando un brazo familiar


me rodea alrededor de mi cintura.

—Suéltame —susurro derrotada. Saint me tiene ahora. Y su


toque derriba cualquier defensa que tenga, llamando a mi
depravación con la promesa de despojarme de mis secretos y
mentiras, abriéndome, liberando el más oscuro de mis pecados.

Uno de los hombres que acompañan a Saint presiona el cañón


del arma en la sien de John. En el momento en que suelta mi brazo,
me arrastra hacia el ascensor y me aleja de mi fuga.

—Toma la bolsa —dice por encima del hombro.

En el ascensor, se vuelve hacia mí, presionando mi espalda


contra la pared marrón que se desvanece.

Con la mandíbula flexionada, sus ojos se clavan en los míos y me


pregunta:

—¿Lo deseas?

Perdida en la ferocidad de su mirada, solo puedo negar con la


cabeza. Me toma el lado de la cabeza con su gran mano y me pasa
el pulgar calloso por la mejilla.

—¿Te quiere?
—¿Qué? —Parpadeo, rompiendo el trance entre nosotros—. No.
Solo es un vecino que vive con su novia. —Me apresuro a explicar.

No siento ninguna lealtad hacia John y Caroline, pero tampoco


quiero ser la razón por la que estos hombres les hagan alguna visita
especial.

—¿Jefe? —pregunta uno de los hombres, que sostiene las puertas


para que no nos encierren en el interior.

Girando el cuerpo para mirar a los dos hombres, me tomo un


momento para estudiarlos.

Uno lleva un traje como el de Saint, pero no lo llena como él. Es


al menos una cabeza más bajo y tiene la piel más pálida. El otro, el
que ha hablado, es alto, delgado y lleva un traje gris claro. Es de la
misma altura que Saint, pero más delgado.

Volviéndose hacia mí, Saint pasa sus manos por mi cuerpo. Al


encontrar mis llaves, las saca de mi bolsillo trasero y se las echa al
hombro. El hombre más alto las toma y espera.

—Recoge sus cosas —ordena.

—En ello. —El hombre se mueve—. Nos encontraremos en el ático


—dice antes de dejar que la puerta se cierre.

Me pongo tensa, pero finalmente encuentro mi voz:

—¿Adónde me llevas?

Me aprisiona con sus brazos y deja que sus ojos recorran mi cara.

—Dime quién eres —responde.

Enderezando mi columna vertebral, dejo que la ira y el miedo


fortalezcan mi determinación.

—Soy Meissa...

—No me mientas —me interrumpe, apartándose y poniéndose de


pie hasta su máxima altura—. Meissa Winters está muerta.
Encontrada por trabajadores de servicios públicos arreglando un
problema de alcantarillado.
Me estremezco al recordar el ataque de Mei, pero lo bloqueo todo
antes de llegar a la peor parte.

—A mí no me pareces una chica muerta —afirma, cruzando los


brazos sobre el pecho.

—¿Qué importa? —pregunto con una risa sin humor—. Voy


camino a salir de esta ciudad, así que dame mi bolsa y…

Resopla.

—Crees que es tan fácil, ¿verdad? —Una sonrisa se le dibuja en


sus labios—. Has visto demasiado, chica muerta.

—No he visto nada.

—También has revelado demasiado —añade, ignorándome.

—No he...

Dejando caer sus brazos, toma mi cara entre sus manos,


atrayéndome hacia él. Inclinándose, aplasta su boca contra la mía
antes de morderme el labio. Al mordisquearlo, me sobresalto, pero
cuando su lengua invade mi boca, y el sabor del cobre se mezcla en
el beso. Apretando su chaqueta, le devuelvo el mordisco.

Riéndose, rompe el beso y desliza sus manos hasta llegar a mi


cuello. Extiende sus pulgares, pasándolos a lo largo de mi tráquea
y me levanta la barbilla. Sonriendo de nuevo, me suelta, haciendo
que me balancee hacia atrás por su pérdida.

Se pasa la lengua por el labio inferior, retomando la sangre antes


de succionarla en su boca. Instintivamente, me paso la lengua
sobre mi labio herido. Las fosas nasales se abren y sus ojos siguen
la acción.

—Te aseguro que averiguaré quién eres, pero te daré una


oportunidad más para decírmelo, chica muerta. —Sus ojos se
dirigen a los míos.

—No soy nadie —respondo mientras el ascensor hace sonar


nuestra llegada al primer piso.
—Como quieras —afirma, tomándome del bíceps y tirando de mí
a su lado.

Un hombre mayor vestido con un sencillo traje negro abre la


puerta trasera de un todoterreno plateado.

—Señor. —Inclina la cabeza.

Saint me empuja al asiento trasero, y el olor a auto nuevo y cuero


llena mis sentidos. Si mis dedos no estuvieran recubiertos con mis
finos guantes, estoy segura que los asientos serían los más suaves
que he sentido nunca. Saint se sube detrás de mí, sacándome de
mi evaluación del vehículo.

La puerta se cierra, encerrándome dentro.

—Esperemos que lo que descubra no te meta en problemas.

Envolviendo mis brazos alrededor de mí, miro por la ventana.

—Esa es la trampa, Saint —admito, volviendo mi rostro hacia el


suyo—. Lo que la gente descubre les mete en problemas a ellos, no
a mí.
CAPÍTULO SIETE
SAINT

Sus palabras me hacen sentir una sacudida de verdad. Ella es


un enigma, y la intriga que inspira es peligrosa para la población
masculina.

La forma en que su vecino la miró, la agarró, me costó todo lo que


tenía para bloquear el impulso de apretar el gatillo. Mierda, esta
mujer me tiene retorcido de una manera que nunca había conocido.

Incluso he contemplado asesinar a Sketch, el mismo que me


ayuda a descubrir sus secretos. El rompecabezas que ella crea para
un hombre como él, acostumbrado a encontrar hasta el último
detalle de una persona, despierta la emoción del desafío. Y me tiene
queriendo cortar su maldita garganta, el bastardo es excesivamente
curioso.

No me gustan los celos. Nunca hubo una razón para esta emoción
en mi vida. El hecho que esta pequeña hembra que no existe lo
saque de mí, lo perturba todo. El boceto es una cosa, pero que lo
haga delante de Felix me enfurece. Hay planes que tengo que poner
en marcha, planes peligrosos y planes cuidadosos.

—Podrías dejarme ir —susurra a la ventana tintada—. Me estaba


yendo de la ciudad y no tengo ningún interés en...

—No ibas a ninguna parte —le informo—. En el momento en que


entraras en la estación de autobuses mis hombres te habrían traído
a mí.
Ella suspira y sus hombros se hunden.

—Es por tu propio bien, chica muerta —revelo.

Su cabeza se inclina hacia mí, y sus ojos buscan mi rostro.

—Anoche tomaste una decisión. —Su boca se abre, pero continúo


antes que pueda emitir un sonido—. Felix no estaba allí para una
sola noche de diversión. —No puedo evitar que me tiembla el labio—
. Sin embargo, se lo negaste.

—Yo... yo... —tartamudea, sacudiendo la cabeza—. Lo llamaron.


Yo no le negué nada.

Sonriendo, me froto el pulgar por la barbilla.

—Cuando te hundiste en mi polla delante de él, entregándote a


mí. —Se pone rígida ante mis palabras— hiciste tu elección.

—¿Y qué? —Deja caer sus brazos, girando su cuerpo para


mirarme—. Me voy de la ciudad y el problema está resuelto.

Resoplo.

—Se podría pensar eso, pero Felix es un hombre orgulloso,


heriste su ego.

Lo que no le digo es que, aún sin nombre, sin su historia, ella


está reclamada. En el momento en que se quitó la máscara y reveló
la oscuridad y la suciedad debajo de ese encantador disfraz, se
convirtió en mía. Cuando desenfundó la navaja sobre su palma,
cubriéndome con su sangre y llevándome dentro de su cuerpo, se
convirtió en mía.

—Eso es ridículo —gruñe, agarrándose al borde del asiento. Miro


fijamente sus manos enguantadas. Todavía no hace suficiente frío
para guantes. Pensando en ello, los lleva puestos cada vez que la
veo. Apenas es otoño en Chicago y el tiempo es cálido la mayor parte
del tiempo.

—¿Quieres que te deje en la estación de autobuses ahora mismo?


—Le cuelgo su libertad como una puta zanahoria que nunca
conseguirá—. Dime quién mierda eres y le diré a Frank que se dirija
a la estación de autobuses.

Es una maldita mentira. He atrapado a mi presa y, como el


animal que soy, jugar con ellas es lo más divertido. Sin embargo,
Felix presionará el tema de su identidad. Si no puedo descubrirla y
pronto, su vengativo culo se lo llevará a Angelo. La última maldita
cosa que necesito es que Angelo se involucre. Él ordenará el golpe
y mi lealtad será puesta a prueba. Otra vez.

Enderezando su columna vertebral, cierra la boca.

—Muy bien entonces. —Levanto un hombro—. Tendré mis


respuestas.

Tomando el celular del interior de mi chaqueta, localizo a Sketch


y pulso el botón de llamada.

—¿Por qué importa? —dice ella, su pregunta apenas audible.

—Sí —responde Sketch con un gruñido.

Se oye un gemido femenino de fondo.

Poniendo los ojos en blanco, inhalo por la nariz y, al exhalar, digo:

—Se necesitan tus servicios.

Al maldito exhibicionista le encanta ser observado y/o ser


escuchado.

—¿Cuándo? —me dice.

—Ahora —digo, sintiendo los ojos de Mei sobre mí.

—Joder —gime—. Estoy como en medio de algo.

—Tienes veinte minutos para reunirte con la chica muerta y


conmigo —le ordeno.

—¿La tienes? —pregunta mientras una voz femenina protesta y


maldice.
—Cuidado. Tu afán no es apreciado —gruño, terminando la
llamada antes que pueda responder.

Sus ojos redondos se quedan fijos en mí. El miedo marca su


rostro, mezclado con una pizca de curiosidad, seguramente
queriendo saber quién y qué es Sketch.

—Porque estoy seguro que no eres un federal —respondo


finalmente a su pregunta—. Pero tengo que preguntarme de qué o
de quién te escondes. Lo último que necesitamos es que la policía
te busque.

—Entonces déjame ir y no tienes nada de qué preocuparte. —Se


apresura a decir en un suspiro.

—Entonces, ¿la policía te está buscando? —le insisto.

Sus labios se aprietan en una línea, cerrándose.

—Me temo que eso no es una posibilidad —retumbo, la


sugerencia de dejarla ir hace que la criatura oscura me arañe.

Su cuerpo se hunde en el asiento.

—Entonces mátame y acaba con esto.

El auto se detiene frente al edificio que llamo casa.

—Frank, danos un momento. —A mi petición, sale del auto y se


coloca junto a la puerta del conductor cerrada.

Mei se acerca a su puerta, con los ojos muy abiertos, pasando del
conductor que sale hacia mí. Su labio inferior empieza a temblar, y
hace que mi polla se retuerza. Está insegura y asustada, pero la
repentina elevación de su barbilla y la tensión de sus manos en
puños significa que también está lista para luchar. El miedo que se
desprende de ella envía una ráfaga de excitación a través de mí. La
emoción de la batalla que promete en silencio, tiene mi polla tan
dura como las cuchillas de acero que llevo.

Extendiendo la mano en un movimiento rápido, agarro su muslo


y separo sus piernas. El movimiento la sorprende el tiempo
suficiente para que ponga mi cuerpo entre sus rodillas.
Las manos agarran el pomo de la puerta y las encadeno en mi
agarre. Levantando sus brazos por encima de su cabeza, transfiero
sus dos pequeñas muñecas en una mano y las aprieto. Su cuerpo
se sacude y se agita, luchando contra mi invasión.

Usando el peso de mi cuerpo, no todos los ciento tres kilos de


peso de mi cuerpo, pero sí los suficientes para calmarla, tomo su
barbilla con mi mano libre y le giro la cabeza.

—Por favor —gime, una súplica silenciosa por su vida. Una


lágrima cae desde la esquina exterior de su ojo cerrado, me
hipnotiza y hace que mi polla palpite.

Colocando mi frente justo encima de su sien, mi lengua sale y


atrapa la lágrima. El momento es tan perfecto -demasiado
jodidamente bello-, la criatura surge bajo mi carne, queriendo un
trozo de ella también.

Con un pequeño movimiento de mi cabeza, mi boca se cierne


sobre su oreja:

—Planeo matarte... —Su cuerpo se pone rígido—. De muchas


maneras en las que suplicarás que te mate, una y otra vez.

Mei
Las palabras deberían asustarme. Su comportamiento debería
aterrorizarme.

Sé que él cree que lo hace. Que el miedo que me recorre, la lucha


que doy y las lágrimas que dejo escapar son el resultado de sus
acciones y promesas. No tiene ni idea que él es solo una parte. Mi
pasado y mi irracional atracción por él intensifican cada emoción
mezclada.
Sus dedos se tensan una vez más, una indicación silenciosa para
que lo mire.

—Vamos —ordena, soltando mi cara.

Con las muñecas aún sujetas en su gran mano, se aparta de mí.


El calor de su cuerpo desaparece y me da escalofríos. Cuando la
puerta se abre detrás de él, el aire de la noche me produce frío. Y
sin soltarme, se retira del auto, sacándome con él.

—¿Hay algo más, señor? —pregunta el conductor, Frank, desde


nuestra derecha.

—No —le dice Saint.

Moviendo mis ojos más allá de su amplio pecho, me concentro en


las amplias puertas de cristal del alto edificio que tenemos delante.
Levantando la cabeza, miro hacia arriba y observo la estructura que
se eleva hasta el cielo.

Un tirón de mis brazos me hace volver a mi captor. Tropezando


detrás de él, entra en el edificio a grandes zancadas. Pasando de
largo de los cuatro ascensores metálicos, dobla una esquina y entra
en un estrecho pasillo privado.

Torciendo el cuello, intento encontrar nuestro destino, pero él es


demasiado ancho para que pueda ver a mi alrededor. Frustrada y
nerviosa, empiezo a morderme la parte inferior del labio. Se detiene
ante un panel de madera y sostiene una tarjeta sobre un pequeño
círculo negro. Doy un salto ante el sonido que hace el panel cuando
se desliza para revelar un único ascensor.

Aún sabiendo que es inútil, planto los pies en señal de desafío.


Saint entra en el ascensor, tirando de mis brazos. Su cabeza se gira
ante mi resistencia, con los ojos entrecerrados. Llevando mis manos
a su pecho, da un paso hacia mí, y yo retrocedo con cada uno de
sus pasos. Levantando una ceja, el lado derecho de su boca se
levanta.

Mientras intento determinar si es una sonrisa o una mueca, me


hace girar los brazos hacia un lado, me suelta las muñecas y me
rodea la cintura con su grueso brazo.
De espaldas a su pecho, nos hace retroceder hasta que estamos
dentro del ascensor.

—Te conviene dejar de luchar contra mí —dice, con un toque de


tensión en su voz.

—Vete al infierno —gruño, sintiéndome atrevida.

De todos modos, va a matarme. Probablemente me torturará


primero, dada su amenaza, así que ¿por qué debería ponérselo
fácil?

Para acentuar mis palabras, me acerco a la puerta del ascensor.


Solo soy capaz de conseguir que las puntas de mis dedos se
enrosquen alrededor del borde del metal antes que me haga
retroceder y golpee su tarjeta contra otro círculo negro. Si alguna
vez he lamentado los guantes que llevo, es este momento.

La tensión de su brazo me deja sin aliento. Me aferro aunque sea


inútil, y me quedo helada cuando el vello de su mejilla me roza la
oreja.

—Tu desafío no está consiguiendo el efecto deseado —retumba,


pasando su nariz por la concha de mi oreja.

—Obviamente —me ahogo, confundida por las amenazas y la


oscura seducción.

El ático es lo que se podría pensar que es: suelo de madera,


superficies brillantes y claras, y ventanas. El momento en que me
obliga a entrar en el vestíbulo, nos reciben dos hombres con trajes
oscuros. Solo sus cabezas giran en nuestra dirección, lanzando a
Saint una mirada expectante.

—¿Está todo preparado? —pregunta, empujándome hacia


delante.
Lucho por zafarme de su agarre, y sus brazos se tensan hasta
que me quedo quieta. Entonces, me suelta.

En dos pasos, me paro junto a una escalera de madera oscura y


miro a través de un arco. Con curiosidad, lo atravieso, y me detengo
para ver la habitación.

El techo es tan alto que sostiene una gran lámpara de cristal.

Todas las paredes están cubiertas de ventanas enmarcadas con


grandes arcos de piedra. Me recuerdan a una iglesia que vi en la
televisión. Más allá de las ventanas hay barandillas para un balcón
envolvente.

Mi cuerpo se mueve para salir por una de las ventanas aunque


no estoy segura de sí me limitaría a contemplar la vista o saltar y
finalmente liberarme.

Los muebles son discretos y parecen una obra de arte intacta


más que unos muebles cómodos. El toque de azul brillante de la
enorme alfombra parece demasiado alegre para un hombre como
Saint.

—Si ella huye. —Sus palabras recuperan mi atención—.


Dispárale. —Termina, caminando por un pequeño pasillo en
dirección opuesta.

No me pierdo las sonrisas a juego que se dedican los hombres


entre ellos.

—Vamos, chica muerta —llama Saint por encima del hombro.

Me doy la vuelta y camino hasta estar junto al ascensor del ático,


mis ojos se detienen en la puerta plateada. Esta es mi oportunidad.
Probablemente mi única oportunidad de intentar una fuga.

—Te alcanzaré.

Girando mi cabeza, encuentro a Saint observándome, con los


brazos sobre el pecho y una ceja levantada.
Enderezando mis hombros, doy pasos tentativos en su dirección.
Antes que lo alcance, se da la vuelta y se aleja, y continúa por el
pasillo.

—Ponte cómoda —me dice Saint, señalando un gran sofá cubierto


de material gris oscuro que ocupa el otro lado de la habitación. Este
mueble es definitivamente para la comodidad, a diferencia de la otra
habitación, y probablemente podría dar cabida a veinte personas.

De pie, detrás del sofá, me rodeo con los brazos.

—Estoy bien —digo, girando la cabeza para mirar por la pared de


ventanas.

Sin apartar los ojos de la vista exterior, siento la proximidad de


su cuerpo mientras se mueve por la habitación. El ruido del
material es finalmente lo que atrae mi atención hacia él.

Se deshace de su corbata en una silla de la barra de desayuno


antes de acercarse.

Dejo caer los brazos y doy un paso atrás.

—Es hora que me digas quién eres, chica muerta —dice.

Me toma del brazo con su gran mano y me arrastra alrededor del


mueble de gran tamaño. Clavo los talones en el suelo,
resistiéndome, pero un sólido tirón me obliga a seguirle.
Desplazándome de la dura madera a una alfombra súper gruesa,
me lleva al otro lado del sofá y se gira para mirarme, con su cuerpo
musculoso, que se dibuja con el paisaje de la ciudad a sus espaldas.
Con los ojos clavados en los míos, desliza su mano por mi brazo
hasta mi hombro y empuja hacia abajo, dándome la silenciosa
instrucción de sentarme. Cuanto más me mira, más difícil es luchar
contra él, así que me rindo.

Sentándome lentamente en el sofá, no me atrevo a apartar la


mirada. Mi culo se hunde en el cojín y me agarro a los bordes. En
el momento en que mi cabeza está a la altura de su cinturón, su
labio da un familiar cambio.

Retira su mano, pero mantiene sus ojos en los míos, se quita la


chaqueta del traje de los hombros y lucho contra el impulso de
alcanzarlo y tocarlo. Es tan jodido y está tan mal desearlo así, pero
el deseo se mueve como lava bajo mi piel. El ardor me recorre y se
instala en los lugares más sensibles.

Sus gemelos brillan en mi periferia cuando se los quita y se los


mete en el bolsillo. Los músculos de sus antebrazos se flexionan y
se agrupan mientras empieza a soltar los botones de su camisa,
mostrando diseños oscuros de tinta en su piel aceitunada y una
camiseta blanca debajo.

Se quita la camisa de la cintura del pantalón y la arroja al cojín


de mi izquierda. El striptease personal continúa hasta que se queda
solo con los pantalones y la camiseta blanca.

Me empujo más hacia el sofá cuando se agacha frente a mí.


Llevando sus manos a mis rodillas, me agarra.

—Tú no eres Meissa Winters —dice de una manera que me reta


a desafiarlo. Cierro la mandíbula, manteniendo los labios apretados
juntos y las palabras mudas—. ¿De verdad vas a continuar con este
juego? —pregunta, ofreciéndome mi última oportunidad.

Pero no puedo. No importa lo que haga o diga, no terminará bien


para mí.

Se lo digo, y su curiosidad termina. Probablemente junto con mi


vida. Podrían entregarme a la policía o peor...a él. Elegiría la muerte
antes de volver con él. Puede que haya sido joven e ingenua todos
esos años, pero había aprendido mucho en mi tiempo lejos de ese
hombre, de esa casa. Incluso cuando una parte de mí, la parte
enferma y retorcida, anhela volver a casa.

Un escalofrío sacude mi cuerpo al pensar en lo que me habría


pasado muy probablemente en esa casa. Viva o muerta, habría sido
una pieza más de su colección. De hecho, yo habría sido la muñeca
más preciada. Su mejor obra. Una parte de mí todavía lo es.

—Bien —ladra, empujando mis piernas, sacándome de


pensamientos tan morbosos.

De pie, a su altura, proyecta una sombra sobre mi cuerpo,


enviando el miedo a través de mis venas. Levanto los pies, los meto
debajo y me acomodo en el respaldo del sofá.
—¿Señor? —Uno de los trajes aleja la atención de Saint de mí.

—Sí, Tony —responde.

—Está subiendo ahora —afirma Tony, de pie de espaldas a la


pared.

Me pongo en tensión. ¿Quién está de camino?

—Pronto tendré mis respuestas, chica muerta —dice Saint con


una sonrisa.

Pasan minutos antes que un hombre alto y delgado entre en la


habitación.

Sus oscuros rizos desgreñados parecen mojados.

—Saint. —El hombre asiente a modo de saludo.

—Sketch —devuelve.

—No luces muerta para mí —dice Sketch, sonriendo


ampliamente—. Mierda, mira esa cara. Pareces una muñequita.

Su mirada se desplaza hacia Saint.

—No me extraña que quieras jugar con ella.

Sus ojos son tan oscuros que parecen negros, y su sonrisa parece
apagada y maníaca. La forma en que me mira fijamente envía
señales de advertencia.

—¿Has traído todo lo que necesitas? —Saint pregunta, con una


molestia que no entiendo en su pregunta.

Sketch palmea una elegante bolsa negra que tiene a su lado.


Acercándose al sofá, sus dedos recorren la correa que lleva en el
pecho y se la pasa por la cabeza mientras se sienta a mi lado, sin
apartar su mirada de la mía. Hay curiosidad, intriga y algo más
detrás de esos iris oscuros. Llama a mis deseos malignos, haciendo
que luchen contra el lugar interno donde los encierro.

Desliza un fino ordenador portátil plateado, una alfombrilla negra


plana y un par de objetos más que no conozco de una bandolera
verde militar, sobre la mesa de café. La velocidad con la que prepara
su equipo es casi tan rápida como la de la mano con la que me
agarra el antebrazo.

Jadeando, le doy un tirón. Sketch puede ser delgado y alto, pero


evidentemente es puro músculo bajo la camisa negra de manga
larga y pantalones jeans.

—Esto es toda una declaración de moda —bromea, pellizcando el


material de mi guante.

Cierro el puño, mi último esfuerzo para asegurarme que el guante


se mantenga en su sitio. Debería haber sabido que era inútil. Con
su pulgar y su dedo, presiona la piel entre los míos, y grito, mi puño
se abre. Al momento siguiente, el guante se desliza de mi mano y
cae al suelo.

Antes que pueda volver a cerrar la mano, Saint la tiene atrapada


en la suya.

—¿Qué mierda has hecho? —pregunta con un gruñido.

—Jesús —exhala Sketch—. Están mutilados —dice mirando por


encima de las puntas de mis dedos, luego a mi cara.

—¿Todavía puedes manejarlos? —pregunta Saint.

Tiro de mi brazo, mi corazón se acelera y los pulmones se


contraen. No pueden comprobar mis huellas. Estoy en el sistema.
Todos los niños de acogida lo están. Me encontrarán.

Con mi brazo libre, golpeo a Saint en las costillas, la necesidad


de salir de aquí se vuelve abrumadora. La sorpresa de mi acción le
hace soltar mi brazo y toser, aprovecho esa distracción, empujando
con mis piernas y saltando a espaldas del sofá.

—No tan rápido —grita Sketch, agarrando mi tobillo en el aire, y


caigo torpemente por el respaldo del sofá, mis pulmones se
agarrotan mientras el aire se me escapa. Ni siquiera puedo gritar.

Unas manos grandes me aprietan los brazos y la sensación


familiar de sus callos contra mi piel es inconfundible. Mientras que
la maldad de Sketch puede llamar a la oscuridad dentro de mí, el
toque de Saint la desencadena. Luchando contra el impulso de
rendirme a él, giro las caderas y doy una patada hacia atrás.
Bloqueando mi pierna, se arrodilla en el sofá. Agarrando sus manos
en mis caderas, tira de mi espalda hacia su pecho, rodea mi cuerpo
con sus brazos y nos sienta de forma que estamos frente al hombre
que va a desatar mi infierno personal.

—Es luchadora —dice Sketch entre risas—. Y malditamente ágil.

Pasando un dedo por mi rodilla, lo recorre por mi muslo.

—Tus talentos te mantuvieron vivo antes —gruñe Saint sobre mi


cabeza—. Pero si sigues tocándola, terminaré lo que empecé hace
años.

Los ojos de Sketch se abren de par en par durante un breve


instante.

Quitando sus dedos, da una pequeña inclinación a su cabeza


mientras una sonrisa se asoma en su rostro; me recuerda a un
villano de dibujos animados que vi una vez.

—Eso no es propio de ti —dice, con un tono burlón.

Saint no dice nada, pero su cuerpo se tensa alrededor del mío.

—Quizá cuando termines con tu juguete...

Sketch se encoge de hombros.

—Es mía —retumba Saint en voz baja, profunda, animal.

Su mano se desliza por mi pecho, rodeando mi cuello. Miedo sería


la respuesta racional, pero la flexión de sus dedos en mi cuello me
excita.

Sketch nos mira por un momento, asiente con la cabeza y vuelve


a su equipo. Busca mi mano desnuda, pero las deslizo por debajo
de mis muslos. Agarrando mi antebrazo, lleva fácilmente mi mano
a su cara.

—¿Cómo mierda has conseguido esto? —Hay asombro en sus


palabras mientras recorre con sus dedos el daño que regularmente
me inflijo. Enrosco los dedos en la palma de la mano, rompiendo su
atención. Con una media sonrisa, me aprieta y retuerce la muñeca,
provocando un grito agudo mientras mi mano se abre. Sin perder
ni un segundo, Sketch la presiona contra una almohadilla plana,
colocando su mano sobre la mía y manteniéndola en su sitio.

Intento zafarme, pero Saint me retiene apretando sus brazos.

—Lo tengo —confirma Sketch, soltándome—. Aunque, no estoy


seguro de qué sacaremos de esas jodidas huellas. —Señala con la
cabeza mis manos en mi regazo.

Apretando los puños, mi ira aumenta y el instinto de


supervivencia se dispara. Le doy un puñetazo, atrapando su brazo,
y luego pateo con mi pierna libre, encontrando su costilla.

—Mierda —grita, agarrándose el costado.

—No vas a conseguir nada de ellos —digo con una risa sin humor.

Los ojos de Sketch se dirigen a mí, centelleando de rabia.


Agarrando mi rostro con su mano, se inclina lo suficiente para que
pueda sentir su aliento.

—Ten cuidado con los monstruos que provocas, chica muerta —


me advierte, y un gemido se escapa de mis labios ante la mordida
de sus dedos en mi mandíbula. Sus dedos se estremecen antes de
caer mientras Saint le sujeta la muñeca hasta que oigo un
chasquido. Sketch gime, con el dolor contorneando su rostro.

—La próxima vez. —Saint suelta el brazo—. Te lo arrancaré de tu


maldito cuerpo —amenaza, empujando desde el sofá todavía
conmigo en sus brazos. Sketch sigue nuestro movimiento,
frunciendo el ceño—. ¿Cuánto tiempo para los resultados?

—Puede que tengamos que hacer registros dentales —dice


Sketch, frotándose la muñeca.

Incapaz de contenerme, mi labio se crispa. Tampoco tendrían


suerte con eso. Sketch no echa de menos mi mirada
autocomplaciente.
—Aunque los hayas cambiado, Cara de muñeca, habrá registros
—afirma con arrogancia.

Tal vez sea el apodo. Tal vez sea el hecho que estos hombres creen
que pueden desvelar la mortaja que he colocado cuidadosamente
sobre mí, no van a conseguir lo que quieren a menos que yo se lo
dé. Cualquiera que sea la razón, el poder es embriagador y mueve
algo dentro de mí.

—Eso crees —me burlo, y sus ojos se entrecierran.

Saint me tira para que lo enfrente, y sus ojos recorren mi rostro.

Tras largos minutos de silencio, pregunta:

—¿Qué significa eso?

Al soltarlo, doy un paso atrás y resoplo:

—¿Crees que los dentistas no visitan los clubes de striptease?


Que no hay un montón de viejos verdes con títulos de dentista
dispuestos a proporcionar servicios a alguien dispuesto a cumplir
sus depravadas fantasías? —No puedo evitar que el asco salga de
mis palabras.

Recordar el fin de semana completo de la actuación de niña que


hice para un hombre lo suficientemente mayor como para ser mi
abuelo me pone la piel de gallina. La forma en que me hizo llamarle
papi y trató a su "niña" se me quedó grabada durante meses,
trayendo consigo terribles pesadillas y recuerdos. Pero, al final,
consiguió que me reconstruyeran los dientes.

Los ojos de Saint se estrechan, sus labios forman una fina línea.

—Cristo —dice Sketch en voz baja—. ¿Quién mierda eres tú?

Ante su pregunta, le miro a los ojos.

—Nadie. No soy absolutamente nadie.

Las palabras son tan ciertas, más honestas de lo que nunca antes
me di cuenta. Por un momento, una parte perdida de mí -el
verdadero yo- grita por ser liberada.
El ancho pecho de Saint bloquea mi visión de Sketch y levanto
los ojos hacia él.

—¿Qué más se puede hacer? —pregunta sin apartar sus ojos de


mí.

—Mierda, hombre. —Suspira Sketch—. Tal vez el reconocimiento


facial, —ofrece, y luego añade—: A no ser que se haya follado los
favores de un cirujano plástico.

—Vete a la mierda —gruño, inclinándome alrededor de Saint para


entregar las palabras al imbécil que está detrás de él. No debería
sentirme insultada, pero lo hago.

—Con mucho gusto me sumaré a tus muescas en la cama —se


burla.

—Basta —gruñe Saint, cruzando los brazos sobre su pecho.

—Solo déjame salir de la ciudad —intento una vez más—. Me


importa una mierda...

—No —interrumpe Saint.

—¿Por qué no puedes...?

Mi pregunta es cortada por la llegada de dos hombres. Son los


mismos hombres de mi edificio de apartamentos. Tienen mis bolsas
y dos cajas de cartón.

—Llévenlas a su habitación —indica Saint.

Volviendo la cabeza hacia él, frunzo el ceño.

—Sígueme —ordena, dándose la vuelta y caminando.

Cuando no le sigo, se vuelve hacia mí y me ordena:

—Ahora.

—Corre, cara de muñeca —se burla Sketch, moviendo dos dedos


en un simulacro de carrera.
—Mei. —El uso del nombre por parte de Saint hace que mi ceño
fruncido deje a Sketch—. Sígueme —ordena una vez más.

La forma en que gruñe la orden me empuja a moverme. Observa


cada paso que doy hasta que estoy a medio metro del arco, entonces
se gira y me lleva a una sala contigua.

Antes de desaparecer en el espacio, pero manteniendo mis ojos


en la amplia espalda de Saint, levanto mi brazo derecho detrás de
mí y le hago un gesto a Sketch con el dedo medio.

La carcajada de Sketch hace que Saint mire hacia atrás por


encima de su hombro, y yo suelto el brazo, corriendo detrás de él
para alcanzarlo. Estudia mi cara. Al no encontrar la respuesta que
busca, me lleva a una escalera.

La fría realización me envuelve el cuello, haciendo difícil respirar.


Si subo estas escaleras, estoy firmando mi certificado de defunción.
En lugar de dar el primer paso, retrocedo, contemplando la
posibilidad de llegar al ascensor antes que me atrapen o me
disparen. Decidida a correr el riesgo, giro y aterrizo en un pecho.

—No tan rápido, cara de muñeca. —Las manos de Sketch


encadenan mis bíceps, guiándome hacia atrás. La parte posterior
de mis talones se encuentra con la base de la escalera y me suelta.
La habitación se inclina mientras comienzo a caer hacia atrás.
Alcanzo el material que cubre su pecho, pero no puedo agarrarlo.
Antes de caer, una mano grande y musculosa me agarra por la
cintura. Saint me levanta hasta que solo los dedos de mis pies tocan
el suelo.

Sketch ofrece otra sonrisa de villano de dibujos animados


mientras soy arrastrada por las escaleras por el hombre que estoy
segura será mi verdugo.
CAPÍTULO OCHO
SAINT

Aunque me enorgullezco de mi autocontrol, cuando se trata de


Mei no puedo aguantar mucho.

Solo pensar en lo posesivo que me siento, sobre alguien que


apenas conozco, me hace hervir la sangre. Meissa Winters está
muerta, y esta criatura luchando contra mí a cada paso del camino
es un completo y jodido espacio en blanco. No saber es un riesgo
que no puedo permitir en mi vida. La falta de control e información,
acabará con un hombre como yo. Estoy demasiado cerca de mi
objetivo final para que esta chica con cara de muñeca pueda
interrumpir mis planes cuidadosamente construidos.

Mi celular vibra contra mi pierna cuando llego al segundo piso de


mi ático. Un piso lleno de habitaciones extras, incluyendo la que
preparé para la chica muerta en mis brazos.

Caminando por el pasillo, a través de una habitación extra, y


luego en otra, la dejo caer en la cama de hierro forjado. Ella aterriza
en la gruesa manta azul claro con un golpe.

—Tus cosas están ahí. —Señalo dos bolsas y tres cajas apiladas
al lado del vestidor.

Sus ojos se dirigen a todo lo que mis hombres han recogido de su


apartamento.

—Eso no es mío —se apresura a decir, y el pánico en su voz me


atrae hacia los objetos.
—¿Qué? —pregunto por encima del hombro.

—La pequeña caja marrón. —Ella lucha visiblemente por


mantener la calma.

Mi celular vuelve a vibrar, pero su reacción me tiene intrigado.


Levantando la caja, quito la tapa y frunzo el ceño.

—Deshazte de ella —exige.

Metiendo la mano en el interior, cojo la muñeca de trapo


descolorida, sucia y hecha jirones. El pelo de hilo rojo está
deshilachado y un ojo de botón está suelto.

Al pasar la mirada de la muñeca desgastada a la caja, veo una


pequeña tarjeta blanca.

Frunciendo el ceño ante la inscripción, me dirijo a Mei y la


encuentro en la cama. Con la espalda pegada a los barrotes de la
cabecera, sus ojos se concentran en los objetos que tengo en mis
manos.

—¿Quién te ha dado esto? —pregunto, acercándome, mientras


ella se aprieta más contra los barrotes—. ¿Por qué alguien te
enviaría una muñeca vieja? —insisto, necesitando entender la
situación y su miedo.

—Deshazte de ella —suplica en un grito estrangulado.

—Dime primero quién la ha enviado y luego… —Mi petición se ve


interrumpida por un golpe en la puerta. Sin esperar respuesta,
Vincent se asoma al interior. Entrecerrando los ojos ante su
intrusión, le veo tragar con fuerza.

—Lo siento, jefe, pero... —Sus ojos se dirigen a Mei, y luego de


nuevo a mí—. Esta siendo solicitado.

La vibración de mi celular acentúa su afirmación. Lo saco del


bolsillo y miro la pantalla. Cada músculo de mi mandíbula se tensa,
haciendo rechinar mis dientes.

Sin dejar de mirar a Mei, le digo a Vincent:


—Pon a Russ en su puerta. Ella no sale de esta habitación.

Su boca se aprieta en una fina línea y la ira ilumina sus ojos. Es


glorioso, hermoso. Quiero que se enfurezca contra mis órdenes. Que
luche contra mí como lo hace justo antes que nuestra oscuridad
nos consuma, mezclándonos en una unión primitiva.

La vibración del celular me saca una vez más de mi aturdimiento.

—No hemos terminado aquí. —Arrojo la muñeca sobre la cama y


veo a Mei retroceder cuando cae a su lado.

Dejándola con la muñeca, salgo de la habitación con una última


instrucción a Vincent:

—Que suban la comida.

—No me gusta que me hagan esperar, Dante —regaña Angelo


desde detrás del ornamentado escritorio de caoba de su casa.

—Tenía algo que atender —le explico en tono aburrido.

El hombre que tengo delante, el jefe de nuestro sindicato, exige


respeto y lealtad, pero últimamente me resulta demasiado difícil
que me importe una mierda.

—Sí... bueno, tenemos una situación. —Coloca sus codos en el


escritorio, enlazando sus dedos, apartando dos y formando un
triángulo contra su boca.

Su silencio me pone de los nervios. Nunca lo demostraré, pero


eso no significa que mis nervios no estén disparando tiros de
advertencia de adrenalina a través de mi cuerpo. Hay demasiado en
juego ahora mismo, y Felix seguramente ha corrido a nuestro tío.
Lo conozco lo suficientemente bien como para sentirme seguro al
asumir que el bastardo está llorando la falta de respeto,
atrayéndonos a Mei y a mí al centro de atención, su intento de ganar
el favor que el tío Angelo me otorga regularmente a mí.
No estoy seguro del por qué me eligió para recibir su atención
cuando era solo un niño, instruyendo a mi mentor, su hermano y
mi padre, para enseñarme cosas que ningún niño debería saber, y
mucho menos ver. La primera vez que vi matar a un hombre, era
un niño de seis años sentado al lado de Angelo.

Flexionando mis dedos en los apoyabrazos de cuero de la silla de


invitados, me preparo para ir a la guerra. Es típico, la vergüenza de
Felix lo obligó a correr hacia Angelo y es suficiente para
entretenerlo, haciéndolo parecer un niño. Pero incluso con mis
planes, no seré tan fácilmente persuadido de ceder en lo que
respecta a Mei

Ella es mía.

—Ha habido una serie de recientes... incidentes. —Angelo


finalmente rompe el silencio.

—Los accidentes —confirmo, relajando los dedos ante la


inesperada dirección del tema. La sorpresa aparece en sus ojos
durante un breve momento.

—¿Qué sabes? —Su pregunta es cautelosa, pero también hay


una pizca de orgullo.

—Que tres de tus principales jugadores han sufrido


desafortunados... accidentes —Doy énfasis en la última palabra.

—¿Y qué opinas de ellos, Dante? —insiste, tratando de


investigarme.

—Que tal vez necesites un nuevo limpiador. —Es todo lo que


ofrezco.

Su mandíbula se tensa y sus ojos se entrecierran.

Las muertes de tres jefes en el último mes y medio me llamaron


la atención porque fui testigo presencial de la primera. Por
supuesto, en ese momento, supuse que Angelo se estaba
encargando de un cabo suelto haciendo que el hombre fuera
apuñalado, y luego cubierto en una explosión por una fuga de gas.
Cuando Sketch me trajo la segunda y tercera muerte presté más
atención. Ambas seguían un patrón similar, excepto que estas dos
tenían un diseño tallado en su carne… un símbolo que Sketch
identificó como Kanji japonés, uno de ellos deletreaba “geisha", y la
otra, "hija".

—Tal vez tengas razón —admite, dejando caer sus manos y se


acomoda en su gran silla—. O tal vez te has vuelto un poco
insolente, tomando el asunto en tus manos.

Las palabras se dicen con ligereza, pero la acusación sigue ahí.

—¿Qué tendría que ganar?

Angelo sonríe.

—¿Cuándo has necesitado algo más que la emoción de derramar


sangre? —Hace una pausa, y con desprecio dice—: Después de
todo, tú eres Saint.

El calor sube por mi pecho, y la criatura se agita de nuevo,


queriendo ser liberada. Levantando la comisura derecha de mi
boca, resoplo:

—Las presas fáciles no son exactamente mi estilo —le recuerdo,


y una carcajada completa escapa de su boca.

—Tienes razón, hijo. —Su tono jovial me dice que la acusación no


iba en serio. Aun así, al oír la etiqueta, me tenso. Mi padre no era
un buen hombre, ni leal. Al final, sus duras lecciones y
entrenamiento, junto con su deslealtad, me habían catapultado a
mi lugar en la familia. Había hecho que mi ascenso fuera tan fácil
como apretar el gatillo tres veces: tres balas y un asesino a sangre
fría que da tres objetivos en lugar de los dos asignados.

Apretando los dientes, lucho contra los sentimientos de ira y


repulsión hacia el hombre delante de mí. Mi propia carne y sangre,
mi jefe, mi creador, mi guardián.

—¿Tu fuente tiene información que quiera compartir? —No se me


escapa el aborrecimiento en su voz cuando se refiere al sobrino de
su esposa.
Angelo nunca ha confiado en Sketch, dada su capacidad y
habilidad para salir del radar. Y Sketch selló su lugar con Angelo
hace años cuando le robó, lo que me llevó a su puerta una noche.

—Nada más de lo que ya sabes, estoy seguro —admito, y él


asiente.

—Estoy poniendo esto en tu plato —dice, con los ojos observando


mi reacción.

—¿Qué hay con Felix? —pregunto.

—¿Qué hay con tu primo? —me responde.

Levanto una ceja como respuesta. Angelo sabe muy bien sobre
los juegos de poder que le gustan a Felix, y a menudo implican
intentos de quitarme el favor.

—Quiero a tu primo, Dante. Es de la familia.

Asiento con la cabeza, sabiendo que la sangre lo es todo.

—Pero me he cansado de sus ansias de poder.

Internamente, resoplo. Este codicioso hijo de puta no tiene


espacio para hablar.

—Aceptaré esto, pero... —Me bato a propósito.

—¿Pero? —Angelo presiona.

—Necesito a Felix fuera de mis asuntos —afirmo.

—¿Tendrá esto algo que ver con la pequeña puta?

No me sorprende que sepa lo de Mei. Si hay algo que sé sobre el


tío Angelo, es que no confía en nadie. He sido seguido por sus espías
desde que era un niño, pero no fue hasta los últimos años que me
di cuenta que me sigue principalmente por miedo.

—No importa cuáles sean mis asuntos —respondo.


—Quédate con tu juguete —concede—. Dudo que dure más que
las otras. —Termina con una sonrisa enfermiza—. Además,
Giuliana solo lo soportará durante un tiempo. ¿No es así?

No se me escapa el tono burlón, el brillo en sus ojos o la forma


en que se lame los labios. El jodido enfermo que tengo delante,
escondió su demonio lo suficientemente bien, solo unos pocos
elegidos sabían de los impulsos enfermos que Angelo lleva consigo.

Muchos temen la oscuridad que desato y la muerte que dejo en


mi estela, pero deberían temer la maldad secreta de Angelo. Y ni
siquiera lo saben.

—¿Sigue visitando a su hermana? —pregunta—. ¿O ha vuelto a


la casa?

Agarrando el cuero marrón de la silla, trabajo para aflojar mi


mandíbula apretada.

—Está en casa —digo, mucho más tranquilo de lo que me


siento—. Sus padres están de visita —añado, asegurándome que se
de cuenta que no está sola. No sé qué ha hecho ella para llamar su
atención, y pensé que su interés disminuiría a medida que ella
creciera, pero no ha sido así.

Se frota la barbilla, perdido en sus pensamientos, al parecer. El


silencio trae el recuerdo del día en que mi destino fue sellado.

—Prométemelo, Dante —Tose alrededor de la sangre que


obstruye su garganta.

—Aguanta, AJ —le ordeno, agarrándolo por las axilas.

Agarrando el material de su camisa manchada de sangre,


lo arrastro a través del caos de los disparos y las pequeñas
explosiones. Al encontrar una mesa volcada, lo empujo detrás
del escudo improvisado y él gime por los empujones.

Mirando alrededor de la habitación, mi mirada se fija en


Víctor. La expresión de mi cara debe decirle todo, porque sus
ojos se abren y se arriesga a atravesar el fuego cruzado para
llegar a nosotros.

—Prométemelo —repite en un gemido apenas audible por


encima de los disparos.

Los dedos de AJ se clavan en mi brazo, atrayendo mi


atención de nuevo a su cuerpo tendido.

—Protégela, Dante. Protégela de él —dice, su súplica es una


gárgara.

—No hay necesidad de promesas. La protegerás tú mismo —


afirmo, estremeciéndome cuando Víctor abre la camisa de AJ.

Múltiples agujeros de bala perforan su pecho y estómago,


pero es en la del cuello en la que Víctor se centra.

—Presiona su cuello —ordena Víctor, y yo cumplo,


presionando mis manos contra su cuerpo.

AJ toser de nuevo, tiene arcadas y escupe sangre al suelo.

Mi demonio despierta, queriendo su sangre, queriendo


venganza.

—Te lo prometo —grito, haciéndole callar—. Giuliana estará


a salvo.

—Mierda —Suspira Víctor, deteniendo las compresiones


torácicas para comprobar el pulso de AJ en su muñeca.

—¿Qué mierda estás haciendo? —grito, agarrando su mano


y colocándola de nuevo en el pecho de AJ.

—Dante —dice Víctor, sacudiendo la cabeza—. Se ha ido.

Dejando caer mi barbilla sobre mi pecho, inhalo


profundamente dos veces a través de mi nariz y libero la
herida en su cuello. Una vez que escuchó que ella estaría a
salvo, me soltó.

Cerrando los ojos, vuelvo a sentarme sobre mis pantorrillas.


La ira hierve en mis entrañas y la rabia sube a mi pecho.
Echando la cabeza hacia atrás, desato mi furia en un fuerte
rugido, luego saco mis dos armas de sus fundas y me levanto
detrás de la mesa.

—¡Dante! —Víctor grita, pero empiezo a disparar,


ignorando la fuerte quemadura que me atraviesa el hombro y
el muslo izquierdo. Los demonios toman el control, disparando,
matando, y deleitándose en el baño de sangre que creamos.

—Tráeme al responsable —las órdenes de Angelo me traen de


vuelta al presente.

—Pondré gente a trabajar —digo, asintiendo levemente con la


cabeza.

—Bien. —Devuelve el gesto—. Max te acompañará a la salida. —


me despide, con los ojos transmitiendo que nuestra conversación
ha terminado.

Me levanto de la silla, me abrocho la chaqueta y me doy la vuelta


para salir.

—Espero verte mañana por la noche —dice a mi espalda.

Mierda. Me había olvidado de la fiesta. Todos los niveles de la


organización estarán presentes. El hermano menor de Felix está
siendo traído al redil y mañana por la noche será un evento "solo
para hombres". Bueno, las mujeres serán abundantes, pero
ninguna esposa está invitada.

—Espero que todos estén allí para el anuncio —ordena, con la


voz más áspera.
—Por supuesto —concedo por encima del hombro antes de salir
de su despacho.

Luchando contra el impulso de sacar mi cuchillo y hacer un favor


a la humanidad, cierro la puerta tras de mí.

En el auto, me concentro en lo que puedo controlar actualmente:


Mei, la pequeña niña muerta en mi apartamento. Tenemos mucho
que discutir. Su pasado, por qué se destroza las yemas de los dedos,
y de quién mierda se está escondiendo.

El lado derecho de mi boca se levanta al pensar en la pelea que


ella presentará. El desafío solo es superado por una cosa: su
sumisión. Una mujer tan oscura, hambrienta y atormentada. Me
impresiona su capacidad para reprimir los impulsos. También estoy
jodidamente hambriento de echar otro vistazo al monstruo
escondido dentro de ella.

Mei
Dado que mi teléfono no se encuentra en ningún lugar y no hay
un maldito reloj en alguna parte de mi actual prisión, no tengo ni
idea de cuánto tiempo se ha ido Saint, ni de cuánto tiempo he
estado atrapada aquí. Aunque fue lo suficiente para que me comiera
medio sándwich y beber dos de las tres botellas de agua que me
trajeron.

Al ver mi reflejo en un espejo de pared, veo lo fuera de lugar que


estoy en otra lujosa habitación. Los colores claros, el brillo de la
iluminación y las superficies limpias me parecen sofocantes. Es
como si la luz intentara apagar mi oscuridad.

Me alejo del espejo y vuelvo a entrar en la parte principal del


dormitorio. Mis pies se hunden en la gruesa alfombra, tentándome
a caminar descalza. Pero no lo hago. Tengo que estar preparada
para cualquier oportunidad de escapar.

La muñeca desgastada sobre la cama llama mi atención. Así


como yo, no pertenece a este lugar. Su pelo rojo deshilachado, su
vestido azul a cuadros, y el delantal sucio chocan con el aspecto
prístino de la cama. Tenemos más cosas en común que nuestro
pasado.

Mis rodillas tocan el lado del colchón antes de darme cuenta que
mi pasado me ha atraído hacia él como una polilla a la llama.
Tragándome el pánico y el miedo, sacudo la cabeza.

—Es una puta muñeca —me digo—. No es una bomba.

Me subo al centro de la cama, cojo la muñeca y me desplazo hasta


el hierro forjado arremolinado en la cabecera.

—Puede que me hayas encontrado allí, pero no puedes atraparme


aquí —susurro, cara a cara con mi vieja amiga.

La cabeza de la muñeca se inclina hacia delante justo cuando la


puerta del dormitorio se abre, haciéndome inhalar bruscamente.
Sketch aparece en la puerta y me relajo, colocando la muñeca en
mi regazo.

¿Qué demonios quiere?

Ante mi aparente relajo, inclina un poco la cabeza y me mira.

—Pequeña niña muerta, si crees que Saint es el único monstruo


al que debes temer, estás muy equivocada. —Sonríe, entrando en
el dormitorio.

Resoplando en silencio, vuelvo a mirar a la muñeca. Sé que es


una tontería. Puedo sentir el peligro en este hombre, pero no parece
importarme. Si van a matarme, prefiero que lo hagan y acaben de
una vez. Han jugado conmigo toda mi vida... figurativa y
literalmente.

—¿Crees que estoy bromeando? No es el único que puede acabar


contigo —insiste.
Mirando por debajo de mis pestañas, le veo agarrar el borde del
estribo.

De los puños a los hombros y a la cara, lo recorro con la mirada.


Es alto, delgado, fuerte y definitivamente peligroso. Este hombre
lleva demonios. Puedo sentirlos llamando desde las profundidades
de esta mirada marrón oscuro.

—Yo no soy el que está terriblemente mal —murmuro, sonando


más tranquila de lo que me siento.

Vuelve a sonreír, levanta una ceja y pregunta:

—Oh ¿de verdad?

—De verdad —digo con una sonrisa de oreja a oreja.

—He visto cómo te tensas y te alejas, queriendo huir de él. —Se


ríe sin humor—. Saint no es alguien a quien no tenerle miedo.
Mierda, a mí me da miedo. Así que pensaría que estás jodidamente
loca si no te preocupas por lo que te hará una vez que haya
terminado contigo.

Incapaz de mantener la sonrisa malvada de mi cara, mi piel se


eriza con el calor de mi ira. El placer que me produce la forma en
que su estúpida sonrisa cae de su cara arrogante alimenta mis
oscuros impulsos, envalentonándome.

Colocando la muñeca a mi izquierda, me pongo de rodillas y


levanto la barbilla.

Sketch suelta el estribo y se endereza hasta alcanzar su altura.

—Tu primer error —digo entre dientes apretados—. Es suponer


que estoy cuerda. Para alguien que se enorgullece de entender a la
gente, lo haces fatal conmigo —me burlo, caminando con la rodilla
hasta el final del colchón.

Deslizando los dedos por el borde del estribo, aprieto el metal.

—Apuesto a que te mata estar... —Inclinándome y apoyando mi


cuerpo en el hierro forjado, cierro la distancia entre nosotros—.
Fallando.
Los músculos de su mandíbula tintinean mientras sus manos se
disparan agarrando mis bíceps. El toque no hace nada para
callarme, pero el contacto no me hace callar. De hecho, su reacción
solo me estimula.

—Tu segundo error es pensar que no he muerto antes —me burlo,


levantando ambas cejas.

—¿Hay un tercero? —la pregunta de Sketch recorre mi cara, una


mezcla de whisky y cigarrillos.

Sonriendo, abrazo la maldad que llevo dentro y miro directamente


a sus ojos oscuros.

—Es que tengo miedo de Saint.

Sus ojos se clavan en los míos durante largos momentos antes


que se amplíen y sus manos se relajen.

—Realmente no lo tienes —exhala con la incredulidad y la


curiosidad aflojando su mandíbula.

Sonrío y me libero de su agarre. Me acomodo de nuevo en la


cama, sin apartar los ojos de los suyos, me acomodo en mi lugar
anterior y coloco la mano sobre la muñeca desechada.

—No, Sketch, no tengo miedo de Saint —confirmo.

—Pero he visto cómo actúas con él —argumenta.

—Está en mi naturaleza querer huir. —Miento parcialmente.

—Es más que eso —dice, negando con la cabeza.

—Sí, lo es. —Al oír la voz de Saint, me tenso.

Se me erizan los pelos de los brazos y la anticipación recorre mis


terminaciones nerviosas.

Su presencia llena la habitación, seduciéndome y torturándome.

Aprieto la muñeca que tengo a mi lado.

—Díselo, niña muerta —me empuja Saint.


Para frenar la euforia que siento cuando él está cerca, cierro la
boca y trato de ralentizar mi respiración.

—Dile quién eres cuando la luz se ha ido y el acto de chica


inocente es desechado —me desafía.

—Vete al infierno —gruño, no enfadada por la verdad que dice,


sino por el hecho que lo sepa.

El mal que acecha en mi interior lo reconoce y lo desea.

Incluso ahora, los impulsos se arremolinan bajo mi piel en una


danza coreografiada diseñada solo para él.

Sonríe, caminando alrededor de la cama, y mis ojos siguen cada


movimiento lánguido de su gran cuerpo. Se detiene a la derecha de
la cama, se inclina y hunde los puños en el colchón.

—He estado en el infierno durante años, chica muerta —


informa—. Ahora, te llevaré conmigo.

La mínima luz en la habitación da la ilusión que sus ojos se


oscurecen, desapareciendo en pozos de negrura. Me absorbe,
haciéndome querer ahondar en esas profundidades y saturarme de
todas las fantasías oscuras.

Estoy a centímetros de su cara antes de darme cuenta que me he


inclinado hacia adelante. Ha plantado sus dos rodillas en la cama,
y yo parpadeo, tratando de romper el hechizo. Antes que pueda
apartarme, me toca la parte posterior de la cabeza y toma mi
barbilla con la otra.

Con una suave ejecución, se sienta a horcajadas sobre mi regazo


y su nariz se abre justo antes de aplastar su boca contra la mía.

Mi cuerpo se enciende, dispuesto a entregarme para que haga lo


que él quiera hacer conmigo. Apretando su chaqueta, siento el
cuchillo justo debajo del costoso material y la realidad vuelve a
entrar en mi cerebro adormecido por la lujuria.

Deslizo mis manos por su pecho y por debajo de sus solapas,


enrosco mis dedos alrededor del mango y saco el cuchillo de un
tirón. Atraviesa su chaqueta y le corta la parte posterior del brazo.
Apenas hace ruido. Maldición, ni siquiera quita su boca de la mía.

—Saint —grita Sketch como advertencia, pero él ya está tenso y


preparado para mi lucha.

Nuestras bocas siguen fundidas, lucho por dominar el beso.


Encerrando su lengua entre mis dientes, extiendo mi brazo. Antes
que pueda volver a bajar el cuchillo, él me agarra la muñeca y
aprieta. Es doloroso, pero no insoportable.

Levantando su cabeza de la mía, nuestros pechos suben y bajan


en una rápida sucesión.

El brillo de sus ojos envía un escalofrío de euforia directamente


entre mis piernas. Una turbia y espesa nube de lujuria se convierte
en un ciclón sin control. Girando, girando, girando, hasta que estoy
mareada y desorientada por él.

Con la mano aún en mi muñeca, guía el cuchillo hacia mi cuello,


manteniéndolo contra mi piel. La lujuria se convierte en deseo, y el
deseo crece en necesidad, quemándome por dentro. Si no me toca
pronto, estoy segura que me quemaré.

Dejando caer la cabeza hacia atrás, me ofrezco a él, permitiéndole


el acceso sin impedimentos para matarme como él quiera.

La parte plana del cuchillo me aprieta el cuello.

—Saint —advierte Sketch desde más allá de nuestra sucia,


depravada y enferma burbuja de juegos preliminares.

—Fuera —gruñe, en voz baja y feroz.

Aprieto los muslos en busca de alivio, pero no lo consigo.

—Saint… —Sketch lo intenta de nuevo.

—Fuera —ruge.

Un fuerte suspiro y el sonido de un portazo es lo último que oigo


de Sketch. El lado derecho de mi boca se engancha, sabiendo que
fue enviado lejos como un niño castigado.
Saint guía nuestras manos unidas, pasando el cuchillo por
debajo del escote de mi camisa. Girando el mango, él intenta cortar
el algodón, pero la tela no cede.

Impaciente, me quita el arma de la mano y me empuja sobre mi


espalda, aprieta la camiseta y la abre.

El suave material cae a mis costados mientras la punta de su


hoja vuelve al hueco de mi cuello.

—Voy a matarte —su susurro es áspero y gutural.

—Lo sé —jadeo, arqueando la espalda lo suficiente como para


desnudar mi garganta a él.

No sé por qué lo hago. Tal vez estoy cansada de huir, de


esconderme, o tal vez, solo tal vez, mi oscuridad no puede pensar
en una mejor manera de morir. El escalofrío que me recorre al
pensamiento de su monstruo tomando el control de mi destino eriza
mis pezones.

—Suplícame que lo haga —ordena en un gemido, arrastrando la


punta hacia abajo, sobre mi pecho, deteniéndose en el valle de mis
pechos.

Atraviesa mi sujetador, revelando la forma en que mis pezones se


extienden hacia él.

Deslizando el lado sin filo del cuchillo sobre mi pecho izquierdo,


el frío metal envía una ráfaga de cosquilleos a mi vientre, y cierro
los ojos.

El cuchillo desaparece, solo para volver en un rápido golpe contra


la punta, que ya está como roca.

Abriendo los ojos en un suspiro, lo encuentro estudiando mi cara.


Me lamo los labios secos y él vuelve a abofetearme el pecho.

El agudo escozor del metal duele, pero también envía una ola de
placer desde mi vientre hasta mi clítoris. La sensación es tan
intensa en el tercer golpe que no puedo evitar retorcerme y golpear
con el puño la manta que tenemos debajo.
—¿Quién eres tú? —pregunta, golpeando mi otro pecho con el
cuchillo de metal.

—Nadie —respondo, sin aliento.

Una ceja oscura se levanta sobre un ojo de color avellana.

—Vas a decirme quién eres, chica muerta. —Sus palabras son


una promesa.

Me golpea el pezón una vez más.

—Oh, Dios —gimo, apretando más los muslos.

Se inclina, acercando su cara a menos de un centímetro de la


mía.

—Aquí no hay ningún Dios, chica muerta, solo demonios —aclara


con un aliento caliente—. Suplícame que lo haga. Suplícame que te
mate —dice contra mis labios, poseyéndolos, forzándolos a formar
las palabras con él.

Cerrando los ojos, admito:

—Ya he muerto una vez, solo acaba de una vez.

Todo se detiene, su cuerpo, el aire y mi corazón.

Él se aleja de mí, poniendo espacio entre nuestros cuerpos. Sus


ojos buscan mi cara y yo miro hacia otro lado, pero él toma mi
barbilla, volviéndola hacia la suya. Me estudia durante un momento
incómodo.

Me siento mucho más expuesta que cuando me desnudo en el


escenario, me cubro el pecho con las manos e intento apartar la
mirada. Sus ojos se dirigen a mis manos sobre mis pechos,
liberándome de su mirada, pero no de la sujeción de mi barbilla.

Volviendo a mirar mi cara, me pasa el pulgar por los labios y


frunce el ceño.

—Saldremos mañana —afirma, soltando mi cara y apartándose


de mí.
Tragando una mezcla de alivio y decepción, me cierro la camisa y
me siento.

A un lado de la cama, se quita la chaqueta y la arroja sobre el


extremo de ella. Mis ojos se centran en las armas enfundadas a sus
lados.

Se las quita y engancha una correa en el extremo de la cama. Me


pican los dedos para tomar las armas y escapar.

Volviéndose hacia mí, empieza a desabrocharse la camisa.

—¿No tienes curiosidad por saber a dónde vamos a ir? —me


pregunta.

—Estoy segura que no me gustará la respuesta —respondo,


acercándome hacia el lado opuesto de la cama. Aunque, cuanto
más pienso en ello, más me doy cuenta de las razones por las que
huyo de él. Necesito distancia de este hombre que me atrapa en su
presencia y me consume con un toque. Si me someto y confieso
todos mis pecados a él, elijo esta jaula dorada.

Se le cae la camisa y se desabrocha el cinturón. El tintineo de la


hebilla metálica me saca de mis pensamientos. Ignorando la
revelación, concentro mis esfuerzos en alcanzar el borde opuesto de
la cama.

—No hay ningún sitio al que puedas ir —dice, y el cinturón cae


al suelo con un ruido sordo.

Con la atención puesta únicamente en mí, se saca la camiseta de


la cintura del pantalón. Mi mandíbula se tensa y le miro fijamente.

—Eres magnífica —gruñe, arrodillándose en la cama.

Me retuerzo y trato de alejarme, pero Saint me encadena el tobillo


con su gran mano. Tirando de mí a través de la cama, lucho hasta
que me inmoviliza debajo de él una vez más. Agarrando mi cuello
con una de sus callosas manos, la lucha abandona mi cuerpo y me
derrito en la caricia de su pulgar a lo largo de mi mandíbula.

—Tu muerte comienza esta noche —dice, con una voz áspera,
baja, prometedora.
Aprieto el edredón con el puño, intentando no tocarlo, pero mi
resistencia se desmorona con cada caricia posesiva. Cada pieza de
mi armadura mental es engullida por una ola de necesidad

La mayoría de la gente dice que la oscuridad es fría y solitaria.


Esa gente no sabe una mierda. El ansia, la lujuria y la pertenencia
me atraviesan, abrasando cada centímetro de mi piel.

Está tan lejos de la soledad y el vacío que he estado viviendo. Mi


alma se alimenta de la intimidad, provocando mi entrega al
monstruo.

—Por favor —ruego, verbalizando mi sumisión.

—Mierda —dice en un suspiro, flexionando la mano—. No va a


doler... —dice contra mi boca—. Demasiado.

Sujetándome como quiere, reclama mi boca justo como lo


necesito. El beso es toda una posesión de mi cuerpo. Los bordes de
su oscuridad bailan sobre mi piel, envolviendo mis extremidades,
sacando la depravación que guardo bajo llave.
CAPÍTULO NUEVE
MEI

Despertando de un tirón, lucho contra las persistentes secuelas


de la pesadilla. Respiro profundamente, tratando de deshacerme de
la sensación fantasma de ser perseguida. Hacía tiempo que no
soñaba con él y estar a su alcance.

Mi entorno se vuelve lentamente consciente. Debe ser temprano


en la mañana. La habitación está débilmente iluminada por las
ventanas, pero la noche aún se aferra a las negras sombras de la
esquina. Me duelen los brazos mientras me subo a la cama.
Apoyada en el cabecero, el recuerdo de las manos de Saint en mi
cuerpo acompaña el dolor. Los músculos de mis muslos se contraen
en anticipación, deseando sentir los huesos de su cadera
clavándose en ellos. Un cosquilleo comienza en mis pezones
expuestos, por lo crudo que se sienten y por el recuerdo de su
atención.

Cerrando los ojos, dejo caer la cabeza contra el metal.

Soy tan débil. He hecho exactamente lo que él quería. ¡Idiota!

—Vamos a hablar de esta muñeca. —Su voz me sobresalta—.


Pero primero, vas a decirme quién eres y qué mierda te hace gritar
en sueños.

Levanto la sábana sobre mi cuerpo desnudo, me la pongo en el


pecho y miro a mi derecha.

Saint está sentado en una silla gris claro de respaldo alto. La


oscuridad se traga la parte superior de su cuerpo, dejando sus pies,
piernas y antebrazos desnudos. El cuchillo que lleva en la mano
derecha brilla en la luz del día y la muñeca de trapo cuelga de su
puño izquierdo.

—Dime quién eres —exige, inclinándose hacia adelante. Su rostro


emerge de la sombra oscura y sus ojos se centran en mí.

Me lamo el labio inferior y me estremezco. Su beso ha sido


castigador y exigente, sellando mi destino desconocido con este
hombre.

—Yo solo... —dudo, cada regla practicada me insta a mentir hasta


que pueda salir de aquí.

Se levanta de la silla, su cuerpo desnudo emerge de la oscuridad


como un ángel caído. Las cicatrices que había sentido en su pecho
se confirman ahora visualmente. Las de su hombro, justo por
encima de su cadera izquierda, y en lo alto de su muslo parecen
heridas de bala. La larga línea que cruza su pectoral derecho es
irregular y más alta que las otras, probablemente un cuchillo u otro
objeto afilado. La anticipación se arremolina en mi estómago,
preguntándome si llegaré a ver las que sentí en su espalda.

La muñeca es arrojada a mi regazo, sacándome de mi lectura de


las heridas de la batalla.

—Solo soy una fugitiva —admito, y no es una mentira. He estado


huyendo durante años.

Deteniéndose en el borde de la cama, golpea su cuchillo contra


su pierna.

—¿Cómo te has convertido en una chica muerta?

Cruzando sus brazos sobre el pecho, observo la forma en que


mete el cuchillo para que no le corte. Está practicado, como si lo
hiciera todo el tiempo.

Mi mente regresa a esa noche y a mi terrible pecado.

Cada vez que me quedo sola con Winter para trabajar en el


vecindario, me asusta y… me aterroriza que me obliguen a
repetir lo que me pasó meses antes. Decir que la noche en que
perdí mi inocencia terminó con el único encuentro sería una
mentira. Hubo otro encuentro más brutal.

—Mira por dónde vas, joder —me regaña Winter,


alejándome de una alcantarilla abierta con cinta y mal
vallada.

—Y deja de pensar en ello —exige con los ojos en blanco.

—No lo hago —miento.

—Y una mierda, Vuelves a tener esa mirada. —Ella suspira,


tomándome por los hombros para que me enfrente a ella—. El
truco es olvidarlo, bloquearlo. Se hace más fácil —me
tranquiliza.

No le conté todo lo de aquella noche.

La vergüenza y el pudor no me permitían confesar todas las


cosas sórdidas y malvadas que me sucedieron, lo que disfruté
y lo que se me impuso. Pero Winter había visto los moretones,
la sangre y el daño emocional cuando me encontró
acurrucada contra un contenedor en la calle cerca del
apartamento de Peter.

—Hola. —El sonido de una voz masculina me hace


estremecer.

Winter se gira hacia él y responde, vacilante:

—¿Sí?

Lo tantea, asegurándose que no es un policía que le está


poniendo una trampa. Sus lecciones sobre cómo venderme
comenzaron al día siguiente que volví al edificio de
apartamentos abandonado que llamamos hogar.

—¿Cuánto? —pregunta, mirando de arriba a abajo su


cuerpo.
—No estoy vendiendo nada —miente.

Nos arrastró a la fría noche por esta misma razón.


Necesitábamos el dinero y ella estaba dispuesta a conseguirlo
por cualquier medio.

Cuando le pregunté por la gran suma de dinero que nosotros,


o yo, acabábamos de ganar, me abofeteó por mi acto de
rebeldía. Aunque, más tarde encontré las agujas que había
escondido dentro de su bota, respondiendo a esa pregunta.
Aparentemente, no siempre se pueden olvidar algunas cosas.
A veces se necesitan escapes químicamente mejorados.

El hombre se mueve en su espacio personal. Cuando me ve,


sonríe.

—¿Cuánto por las dos? —Se frota la barbilla—. Tengo un


amigo conmigo.

Winter me mira por encima del hombro. Sacudo la cabeza y


doy un paso atrás. Poniendo los ojos en blanco, de nuevo, se
vuelve para responderle.

Antes que pueda soltar algo más que un "Ella" de su boca,


dos hombres salen de las sombras y la agarran.

Congelada por el terror, veo cómo la arrastran hacia un


callejón.

—Corre —grita ella, haciéndome entrar en acción, pero el


que se ha acercado me agarra el brazo.

Me inclino y le muerdo la mano hasta que pruebo la sangre.


Él grita de dolor, me suelta y corro, corro, corro y corro.

Me meto entre dos contenedores de basura en un callejón y


me escondo en la suciedad y la oscuridad. Mi corazón late en
mis oídos, haciendo imposible escuchar si alguien me persigue.
Lágrimas recorren mis mejillas, me sostengo la cabeza con mis
manos y me balanceo.

Cuando por fin encuentro el valor para asomarme desde mi


escondite, mi cuerpo está rígido y protesta por el movimiento.
Sin saber cuánto tiempo he estado allí, miro hacia la esquina
del edificio de ladrillo, sin encontrar a nadie.

Me doy la vuelta y me preparo para volver a casa,


esperando que Winter esté allí esperando y lista para
gritarme por haber desaparecido. Pero algo no me lo permite.

Me mantengo en las sombras y vuelvo sobre mis pasos hasta


llegar al lugar donde vi a Winter por última vez. En ese
momento oigo risas, me escondo detrás de una puerta
entablada y me agacho.

—Mierda, hombre, la próxima vez encontraré a la chica —


dice una voz profunda, y el chasquido de un mechero corta el
aire.

—Cállate, idiota, es la mejor pieza que has tenido. —Otro


responde con una carcajada.

—Te puedo decir que su culo estaba apretado como la


mierda. —Un tercer hombre elogia, ganándose el acuerdo de
los demás.

—Greg —grita una nueva voz.

—No puedes seguir así, Jare —se burla en respuesta.

—Ella no está respirando. —El pánico en su voz hace que mi


estómago se anude.

—¿Qué mierda estás diciendo? —Pasos siguen a la pregunta.

—Mierda —grita—. ¡No respira!


—¿Qué mierda hacemos?

Sus voces se mezclan como una sola, pánico, gritos, y luego


fuertes pisadas. Ni siquiera me inmuto cuando pasan a mi
lado, demasiado perdida en las palabras que dijeron.

Me escabullo por la puerta, sin importarme si se giran y me


ven, entro en el callejón donde se la llevaron.

El cuerpo desnudo de Winter está tendido sobre un gran


trozo de cartón. Las caderas, los muslos y el pecho están
cubiertos de moretones. Tiene sangre en la boca, la barbilla y
la mejilla. Su cabeza está en un ángulo incómodo.

Arrodillada, estiro la mano y le toco el hombro.

—¿Winter? —susurro.

No hay respuesta.

—¿Winter? —digo más alto.

No hay respuesta.

Con ambas manos, empujo su cuerpo y grito:

—¡Winter!

Las lágrimas escapan de mis ojos, empapando mi cara y


goteando de mi barbilla. Inclinándome hacia delante, aprieto
mi cabeza contra su brazo y sollozo.

Después de lo que parece una noche entera, recojo su ropa


desechada y rota. Su pantalón, que sigue enganchado a un
tobillo, está cubierto de grasa, mugre y suciedad. Agarrando
la cintura de los mismo, mi mano encuentra algo en su bolsillo
y saco una cartera de lona.
El desgarro del velcro suena como un grito en el silencioso
callejón, haciéndome mirar alrededor para ver si alguien más
lo ha oído.

Dentro, encuentro un par de cientos de dólares y su


identificación.

Meissa L. Winters.

No sé de dónde viene la idea, pero viene igual. Mordiéndome


el labio, miro entre la cartera y el cuerpo sin vida de Winter.

Una palabra flota en mi mente.

Libertad.

—El silencio no va a funcionar esta vez. —La voz de Saint me


arranca de mis recuerdos. Tragándome las lágrimas alojadas en mi
garganta, le digo algo que nadie más sabe.

Con los ojos desenfocados, confieso mi mayor pecado:

—Yo la maté.

Mi confesión se siente como una pieza de mi armadura; mi


máscara ha sido arrancada. Es liberador y aterrador al mismo
tiempo. Los oscuros impulsos comienzan a arrastrarse por mí,
hasta que los entierro bajo la culpa.

—¿La mataste?

Debería haber sabido que no debía esperar conmoción o asco de


un hombre como él, pero la despreocupación en su pregunta me
sigue sorprendiendo.

Asiento con la cabeza, me lamo el labio inferior y le explico cómo


la encontré.

—Entonces no la mataste tú, sino esos imbéciles —me dice.

Sacudiendo la cabeza, argumento:


—No, no sabes el resto. —Antes que pueda interrumpir, le
explico—: Recogí todas sus cosas y las tiré a la alcantarilla, excepto
la cartera y su chaqueta. —Vuelvo mis ojos hacia los suyos—. Luego
volví por Winter. —Llevando ambas manos frente a mí, miro hacia
abajo las manos—. Con mis propias manos, arrastré su cuerpo por
los brazos a la calle. —Me ahogo en la última palabra y respiro
profundamente—. Ya lo tenía todo planeado en mi cabeza. No sabía
cómo o dónde, pero me convertiría en ella. Tendría la edad
suficiente para trabajar, conseguir un apartamento... —Dejo que
las palabras se extinguieran antes de mi siguiente admisión—: Y
entonces, ella gimió.

Esta vez, no puedo mantener las lágrimas a raya. Un sollozo me


sacude el pecho.

—No estaba muerta. Pequeños temblores comenzaron a sacudir


su cuerpo, pero en lugar de llevarla a buscar ayuda o traerla... —
Vuelvo a mover mis ojos llenos de agua hacia su cara, queriendo,
necesitando, mirarle a los ojos—. La empujé de cabeza a la
alcantarilla. —Una risa sin humor se escapa entre los sollozos—. A
veces todavía puedo oír el crujido de su cráneo contra los peldaños
de metal y el crujido de su cuerpo contra el cemento húmedo debajo
de la calle.

La habitación se queda en silencio cuando mi llanto se calma y


me limpio las lágrimas de la cara.

—Entonces, te convertiste en ella. —No es una pregunta, pero


asiento con la cabeza de todos modos.

Sus ojos buscan en mi cara y me doy cuenta que la habitación se


ha iluminado por el sol naciente.

—¿Qué hora es? —le pregunto.

—Temprano —es su respuesta—. ¿Cuántos años tienes?

Se me escapa otra risa sin gracia y me encojo de hombros.

—¿Ahora importa? —Al responder a su pregunta con una


pregunta, me hace ganarme su ceño fruncido, pero lo deja pasar...
por ahora.
—Vas a ese salón para mantener la apariencia.

De nuevo, no es una pregunta, y me pongo rígida, la comprensión


secando mi arrebato emocional.

—¿Me has seguido?

—¿El gimnasio es para mantener tu cuerpo, por el trabajo? —


Esta vez, es inquisitivo.

—¿Cuánto tiempo me has seguido? —presiono, poniéndome de


rodillas.

¿Direcciono su atención a mí? ¿Es él la razón por la que la


muñeca volvió a entrar en mi vida?

—Explica lo del gimnasio —exige, tratando de juntar cualquier


información que tenga sobre mí.

—Explica que me has seguido —gruño.

Dejando caer los brazos de su pecho, lanza su cuchillo en la silla


detrás de él.

—No estás exactamente en posición de preguntarme nada —dice


con los dientes apretados—. Dime quién rayos eres.

El desafío surge en cada músculo, y me lanzo de la cama y corro


hacia el baño. Antes de llegar a la puerta, su brazo me rodea la
cintura.

—Suéltame —grito, con la ira corriendo por mis venas.

—No hay ningún otro sitio al que puedas ir —me dice al oído.

Con un brazo en la cintura y el otro sobre el pecho, me sujeta y


lucho contra él.

—Dime de quién te escondes —la súplica en su voz me


tranquiliza—. Cuéntamelo todo y podré liberarte de ellos.

Su rostro se entierra en mi nuca.


—¿Crees que puedes liberarme? —La ira en mi pregunta tensa
su abrazo.

Antes que pueda soltar el ataque verbal que está en la punta de


mi lengua, me da la vuelta y me inmoviliza contra la pared con su
cuerpo. Su mano me acaricia la cara y me recorre la mandíbula.

—No eres libre —dice, sus palabras retumbantes acentuadas por


el agarre de mi barbilla. Nuestros ojos chocan y la mezcla de
emociones en los suyos me pone los pelos de punta. Agarrando su
muñeca con una mano y la otra contra su pecho, intento apartar la
mirada, pero él no lo permite—. Nunca serás libre. —Hace una
pausa, acercando su rostro al mío—. De mí.

Las palabras, su promesa, deberían aterrorizarme, pero no lo


hacen, y no sé por qué. Tal vez es la forma en que está astillando
mi fachada. Tal vez es que él ha vislumbrado los impulsos oscuros,
el mal dentro de mí, y todavía desea más. No, él ordena más.

Su agarre se afloja lo suficiente como para que deslice la yema de


su pulgar sobre mis labios, y me estremezco cuando llega al punto
sensible. Sumergiendo su cabeza, lame la zona hinchada, y mi
cuerpo reacciona de la forma contraria a la que debería. El dolor se
disuelve en una ráfaga de desesperación. La necesidad que me
conquiste y me consuma despierta los impulsos de nuevo.

—Dime —exige contra mi boca.

Necesitada y frustrada, suelto:

—Soy una chica muerta.

Saint
De pie en el extremo de la cama, con los pantalones puestos pero
sin abrochar, me tomo cada una de las marcas. Un hombre bueno
y decente no vería los labios hinchados, las marcas moradas de mi
boca y la piel enrojecida -la evidencia de mi toque en su cuerpo- y
sentirse como yo.

Claro, la mayoría estaría mintiendo si negara el primitivo deseo


de poseer a alguien por completo. La diferencia entre ellos y yo es
que lo estoy haciendo, pero hay mucho más de lo que incluso
esperaba.

No preveía que el protector surgiera con el poseedor, o la


sumisión que acompaña a mi dominio. Quiero poseerla, y a la vez
liberarla. Necesito que se someta a mí, pero que desafíe todo. Y que
se joda si no anhelo su devoción tanto como yo quiero dar la mía.
Esta pequeña chica muerta, desmayada en la cama, lo ha torcido
todo.

Habiendo memorizado cada una de sus palabras, las repito en mi


cabeza. Sé que hay más, mucho más. Frotando una mano sobre mi
cara, me alejo de la cama, recojo mis cosas y salgo de la habitación.

En lugar de subir al dormitorio principal, me encuentro en la


primera planta del ático preparando una copa en el bar.

Siento su presencia antes que hable.

—Cristo —exclama.

El escozor que sentí en la espalda desde que me bajé de la cama


confirma los arañazos que me ha dejado. Al darme la vuelta y ver la
mirada de Sketch me dice que me ha arañado bien. Una oleada de
satisfacción me endereza la columna vertebral.

—¿Estás sonriendo, mierda? —me pregunta, con un tono de


incredulidad.

Hasta que lo preguntó, no me había dado cuenta que las


comisuras de mi boca se habían curvado.

—Supongo que sí —afirmo, borrando la diversión de mi cara.


—¿Al menos tienes un nombre? —insiste, apoyándose en la
puerta.

—No.

Niega con la cabeza.

—Pero sí me explicó cómo se convirtió en Meissa Winters. —


Comparto antes de vaciar el vodka restante de mi vaso.

Sketch se anima y se endereza hasta alcanzar su altura.

—¿Cómo?

—Sabrás lo que quiero que sepas —gruño, y la sorpresa en su


cara coincide con la que yo siento. Decírselo ayudaría a su
búsqueda de respuestas -una búsqueda en la que lo puse-, pero no
quiero compartir nada sobre mi chica muerta. No cuando su muerte
acaba de empezar. Ya he arrancado un trozo de la vida que ha
estado viviendo, y aunque quiero respuestas, también estoy
disfrutando de la lenta muerte de Meissa Winters.

En lugar de seguir compartiendo, cambio de tema.

—Ella me acompañará esta noche —digo, poniendo mi vaso en la


barra.

—¿Al club?

—Sí —confirmo.

Llevarla a la fiesta esta noche sería una declaración, hacer saber


que me pertenece. Y dado que esta celebración es para el hermano
menor de Felix, y mi primo, podría aumentar las hostilidades entre
nosotros.

—¿Qué pasa con Felix? —Sketch aparentemente tiene


preocupaciones similares.

—Angelo ha hecho un trato —le explico, y sus cejas se elevan a


su frente—. Quiere más información sobre los accidentes.

Metiendo la mano en el bolsillo de la chaqueta que me cubre el


brazo, saco un pendrive y se lo lanzo sin dar más detalles. Sketch
es muy consciente de los hombres que se sacan, los grabados en
sus carne, y todos los demás detalles que había omitido durante mi
charla con Angelo. Como su suposición que es un hombre o una
persona puede estar completamente equivocada.

Puede ser de la familia, mi jefe, y el líder de esta organización,


pero me ha guiado durante demasiado tiempo. Me ha utilizado en
formas que un hombre no debería pedir a un niño. Y yo había sido
solo un niño el día que usó mi lealtad para engañar y manipular de
la peor manera.

Podía respetar los engaños y las manipulaciones. De hecho, lo


hice durante mucho tiempo, hasta que descubrí algunos de sus
actos traicioneros. El más grande era que mis padres no eran los
conspiradores desleales que él me había hecho creer. No, me utilizó
para limpiar el desorden que había creado y para ocultar los actos
tortuosos que volvían a perseguirlo.

—Sabes que no puedes confiar en él. —Sketch interrumpe mis


pensamientos oscuros.

—¿Felix? —pregunto.

—Angelo —aclara—. Ni siquiera yo sé hasta dónde llega su


mierda.

Sé que le molesta no poder conseguir todos los detalles y la


suciedad de Angelo, de la misma manera que los callejones sin
salida con el pasado de Mei lo están llevando al punto de ruptura.
Especialmente con ella echándoselo en cara. Estoy seguro que si no
los hubiera interrumpido ayer por la tarde, la habría encontrado
atada a una silla con un arma en la cabeza. Maldición, puede que
incluso se hubiera puesto químicamente creativo y usado drogas
para hacerla hablar.

—¿Estás seguro de esto? Puedo vigilar a la pequeña muñeca —


ofrece, señalando las escaleras.

—Ella está conmigo —afirmo, apartándome de la barra y


moviéndome hacia las escaleras.

—Ten cuidado, Saint —su advertencia me detiene—. No sabes


una mierda de esta chica. Yo no me involucraría demasiado.
Manteniendo mi espalda hacia él, doy el primer, y luego el
segundo paso.

—No importa quién sea ella —confieso—. Ella me pertenece


ahora.

—Maldito infierno —jura con una fuerte exhalación.


CAPÍTULO DIEZ
MEI

Saint no volvió, ni por la mañana ni por la tarde. Sin embargo,


ha hecho subir comida dos veces, así como más de mis cosas.

Es a la vez una bendición y una tortura. Necesito distancia y


tiempo para reconstruir las paredes que está arrancando, pero el
olor que deja en la cama y en mi piel me distrae.

Llevo mis cosas al baño y cierro la puerta, luego me quito los


lentes de contacto antes de entrar en la ducha de cristal. El agua
caliente cae en cascada sobre mi piel, aliviando mis dolores
musculares. Mis pezones en carne viva tardan un poco más en
adaptarse, y me abstengo de lavarlos directamente.

De pie bajo el chorro, me doy un momento para reorganizarme.

—¿Qué color escondes?

La sorpresa de su pregunta me arranca un grito. Girando, me


aprieto contra la pared de azulejos y me llevo una mano al pecho.

Maldita sea. He estado tan perdida en mi propia cabeza que no


he oído que entraba. Sigo cometiendo errores estúpidos con este
hombre.

Su oscura figura se acerca al cristal empañado, llenando la


puerta con su sombra. Abre la puerta de un tirón y sus ojos se
encuentran con los míos.
—Azul —retumba, mirando el estuche blanco de lentes de
contacto en la palma de su mano.

Al darme cuenta de mi otro error, cierro los ojos. Estúpida,


estúpida, estúpida.

Las manos se deslizan alrededor de mis brazos, alejándome del


azulejo y me saca de la ducha. Levantándome por la cintura, mi
mojado, húmedo y desnudo trasero es posado sobre el lavabo doble.

—Ábrelos. —Sus palabras son cálidas contra mi piel helada.

—Devuélvemelos —respondo.

Me agarra la barbilla.

—Abre —me ordena.

Parpadeando, hago lo que me ordena. Los ojos color avellana se


clavan en los míos, buscando, sondeando, como si pudiera ver mi
alma.

—El azul es mejor —afirma, soltando mi barbilla.

Retrocede y se guarda a propósito el estuche de los lentes de


contacto.

—¿Tienes extras? —pregunta, y empiezo a negar con la cabeza,


pero miro mi bolso.

Él levanta una ceja.

—Sí —respondo con los dientes apretados.

Sonriendo, mete la mano en mi bolso y saca el último juego extra,


y se lo guarda en el bolsillo.

—¿De qué color es tu pelo?

—Rubio —respondo, sabiendo que está preguntando por el color


real, pero sin querer dárselo.

El lado derecho de su boca se levanta y se acerca a mí. Me agarra


del pelo y acerca su boca a la curva de mi cuello.
—¿Cuál es tu verdadero color de pelo? — me pregunta,
chasqueando su lengua contra mi piel.

El frío abandona mi cuerpo al instante.

—Rosa —susurro.

Su puño se aprieta y sus caderas presionan entre mis muslos


desnudos hasta que está pegado a mí. Sentirlo duro y listo bajo el
algodón de sus pantalones hace que mis muslos se tensen y mi
clítoris palpite.

—Si fuera un hombre paciente. —Su mano se mueve por encima


de mi culo y se desliza hacia el interior de mi muslo, rozando con
su pulgar mi coño desnudo—. Esperaría a ver qué crece, pero no lo
soy.

La almohadilla del dedo tortuoso presiona la parte superior de mi


abertura, rozando apenas mi clítoris. Mis caderas se sacuden hacia
adelante y jadeo.

Aligerando la presión, se desliza ligeramente por mis labios. El


roce es angustiosamente lento y fácil. Mi coño hormiguea, palpita,
y las paredes se contraen en previsión. Si se desliza dentro, estoy
segura que me encontrará resbaladiza y preparada.

—Dime el color, chica muerta, y le daré a tu coño lo que desea —


promete.

Presiona una vez más contra mi clítoris y aprieta su agarre en mi


pelo. Dejando el borde del tocador, aprieto su camiseta blanca y
lucho contra el impulso de revelar todo a este hombre peligroso.

Me pasa la lengua por el cuello y utiliza un nudillo para empujar


dentro de mí. Es suficiente para volverme loca pero no lo suficiente
como para llenarme donde más necesito su tacto.

—¿Es esto lo que quieres? —Finalmente desliza un dedo dentro


de mí y se queda quieto.

—Sí —gimo, retorciéndome para conseguir fricción.


—Uh-uh, chica muerta —me regaña, enroscando y encerrando
su dedo dentro de mí para que no pueda obtener ningún alivio.

Gruñendo de frustración, le empujo el pecho. Eso no hace más


que ganarme un meneo de la punta contra el punto más glorioso de
adentro, antes que él se calme una vez más. No es suficiente.
Necesito más, mucho más.

—Ya sabes lo que hay que hacer —me recuerda, enfatizando con
otro lametón donde se unen mi hombro y mi cuello.

—Marrón. —Me rindo—. ¡Marrón oscuro!

Gruñe satisfecho, retira su dedo y liberando mi cuerpo.

—No —protesto, dispuesta a derrumbarme en el suelo, hasta que


él vuelve metiendo su polla dentro de mí y rodeándome por el cuello.

—Oh, sí —grito, llevando mis manos a su grueso brazo y me


aferro a él.

Con una gran mano que abarca la parte baja de mi espalda, mete
y saca, entra y sale, hace círculos y repite, follándome con fuerza y
a fondo.

Su polla se desliza dentro de mí, llevando mi clímax justo al borde


del precipicio. La flexión de sus dedos alrededor de mi garganta me
arranca un gemido justo antes que cambie de posición,
enganchando su pulgar entre mis labios separados.

Lo chupo y lo muerdo suavemente.

Empuja tan fuerte que estoy segura que el interior de mis muslos
me va a doler. Mi orgasmo estalla detrás de mí clítoris y quema mi
cuerpo, consumiendo cada cuidado, cada preocupación y cada
vergüenza.
Salgo del baño con un pantalón de chándal y una camiseta, con
los calcetines en la mano.

Saint se sienta, con los pantalones desabrochados, en la misma


silla de esta mañana. Esta vez, no se centra en mí, está demasiado
ocupado hablando en tono cortante en su celular.

Me acerco en silencio al extremo de la cama, me siento y me


pongo los calcetines.

—No me importa cómo lo hagas, solo hazlo —ladra.

Alcanzo mis zapatillas y deslizo los dedos dentro.

—¿A dónde crees que vas?

Ante su pregunta, me pongo la zapatilla hasta el final, me las


abrocho y empiezo con la izquierda. Una sombra se cierne sobre mí
mientras hago el último nudo.

—Prefiero tener los zapatos puestos —admito sin dar más


detalles.

No necesita saber que me gusta estar preparada para cualquier


cosa, incluso para correr. Tampoco necesita saber que dormir
desnuda, como lo hice, no es mi norma. Prefiero estar
completamente vestida con los zapatos puestos o al lado de la cama.

Mirando hacia arriba, lo encuentro mirando hacia abajo en su


modo observador.

—Un estilista vendrá con un equipo de personas dentro de una


hora —me informa, observando mi reacción.

—¿Estilista? —pregunto.

—Sí, ya te he dicho que vamos a salir esta noche, y esto. —Señala


mi conjunto actual—, no servirá.

—De acuerdo —respondo, indecisa. Es obvio que hay algo más


que tiene que decir.

—También he pedido un peluquero —dice.


El aire sale de mis pulmones y me trago el miedo que me hace un
nudo en la garganta.

—No puedo —suelto, quitando los ojos de su cara.

—No vas a llevar los lentes de contactos, Mei. —No me extraña la


forma en que subraya mi nombre. Cerrando los ojos, trato de
mantener el pánico. No puedo salir sin la máscara, la fachada. Está
exponiendo demasiado.

Unos dedos me agarran la barbilla, tirando de mi cara hacia la


suya.

—Tu muerte es inminente —me informa—. Te traerán opciones


para que elijas, pero solo habrá tonos de marrón oscuro.

—No lo haré —le desafío.

—Lo harás —Suelta mi barbilla—. Qué pronto se te olvidan. —


Sus dedos peinan mi pelo—. Mis habilidades de persuasión.

Quiero quitarle la media sonrisa de la cara de un manotazo.


Abriendo mi boca, pero continúa antes que pueda pronunciar una
palabra:

—Quizá esta vez sea la persuasión con la lengua. —Me agarra del
pelo húmedo, tirando de mi cabeza hacia atrás—. Antes de asegurar
tus brazos a la espalda y te folle el culo.

La parte inferior de mi cuerpo se aprieta y los pezones


hormiguean ante la idea. Sacudiendo la cabeza, me molesta que
haya descubierto tan fácilmente la chica sucia y depravada que
llevo dentro.

Con una sonrisa de complicidad, me suelta la cabeza y retrocede.

—Aún te mataré —promete antes de darse la vuelta y salir de la


habitación.

Me retuerzo y caigo de bruces en la cama, grito, luego inhalo su


aroma que me envuelve como un vicio del que nunca quiero
escapar.
Sketch llega una hora después, trayendo a tres mujeres rubias y
una pelirroja a la habitación. Dos llevan gruesas bolsas de ropa,
otra rueda un gran baúl, y la última lleva dos bolsas negras sobre
los hombros.

Me levanto de la cama y me enfrento a mi pelotón de fusilamiento.


Distraída por las mujeres que se mueven por la habitación, no veo
a Sketch acercarse.

—Vamos a ver lo bien escondida que estás con tu disfraz roto,


muñeca —se burla, y quiero quitarle la sonrisa arrogante de su
cara.

—Cuando todavía no puedas descubrirme —empiezo, observando


su cara—. Por favor, mencióname en tu nota de suicidio —termino
con una sonrisa dulce como el azúcar.

—No sabes qué...

—Retrocede —retumba Saint, atrayendo nuestras miradas hacia


él—. Sketch, ¿has terminado tu tarea?

Un músculo salta en la mandíbula de Sketch.

—Alguien va a ser castigado —me burlo en un susurro.

—Te odio —gruñe por lo bajo.

—Ah, pero yo te quiero —digo en mi tono normal.

Sus ojos se desorbitan antes de deslizarlos hacia Saint.

Saint levanta una ceja antes que un lado de su boca se enrosque.


Sketch se relaja visiblemente y sale de la habitación. Frunzo el ceño,
insegura de lo que acaba de suceder en su intercambio silencioso.

—¿Has venido a vestir a tu muñeca? —pregunto, inclinando la


cabeza.
Sonriendo, entra en mi espacio personal, pero me niego a
retroceder. Le he dado a este hombre demasiado poder…
demasiado.

—Una vez que te mate, chica muerta, Muñeca puede ser un


perfecto nombre. Te tendré como quiera —retumba.

Estúpidamente, la excitación recorre mi cuerpo ante sus palabras


en lugar del miedo y el terror que deberían invocar. Especialmente
que me llame muñeca. Es obvio que necesito salir de aquí y alejarme
de él, pero ¿cómo?

Un carraspeo desde el otro lado de la habitación y doy tres pasos


hacia atrás de Saint.

—Señor, tenemos que empezar si queremos que este lista a las


ocho en punto —se dirige a él, la pelirroja.

—Solo un momento y es toda tuya —promete, y luego se vuelve


hacia mí—. Vamos a ir a un club con mis socios esta noche.

Al recordar a las mujeres que llegaron en brazos de sus socios en


el club, un flash de Vicki entra en mi mente y me preocupa que
Felix esté allí. Tragando, envuelvo mis brazos alrededor de mi
cuerpo.

—Nadie te tocará —me tranquiliza—. Estás conmigo y eso te hace


intocable. A menos que diga lo contrario —añade.

Antes que pueda expresar una preocupación o una protesta, se


dirige a la puerta, y me resigno a seguirle el juego con la vestimenta
mientras lo uso en mi beneficio. La primera oportunidad de correr
que tenga, la aprovecharé, y en un club lleno de gente y con
rincones oscuros, estoy segura que la oportunidad estará ahí.

—Tienes hasta las ocho —dice, saliendo.

En el momento en que la puerta se cierra, las mujeres me rodean.

—Hola, querida, me llamo Megan. Soy tu estilista. —Sonríe la


pelirroja antes de señalar al resto de las mujeres—. Estas son mis
ayudantes, Julie, Helen y Amy.
Luchando contra el temor de la noche que se avecina, pongo una
sonrisa y las saludo:

—Puedes llamarme Mei.

—Ven. —Megan me toma de la mano, tirando de mí hacia el baño.

Me envuelven en una capa negra protectora antes de recortar,


teñir y peinar mi cabello. A continuación viene Julie con su set de
manicura, luego Amy con su caja de maquillaje.

Por lo menos tendré la máscara en su sitio.

—Basado en su forma y tamaño del cuerpo —comienza Helen al


volver a entrar en el dormitorio—. Estos cinco vestidos son los
mejores para elegir. —Señala las prendas colgadas a lo largo de las
puertas dobles del armario—. Con tus ojos, te sugiero este. —
Desengancha un vestido azul, llevándolo y poniéndolo en la cama
junto a un conjunto de ropa interior.

Respirando profundamente, me quito la ropa y me pongo el tanga


negro de satén y encaje. Toco con el dedo el tirante de un conjunto
de encaje negro y lo sostengo.

—¿Qué se consigue exactamente con esto? —pregunto, sabiendo


que no sirve para nada, a no ser que cuente con el envoltorio para
que un hombre se lo quite.

—Eso es solo por diversión. —Ríe Megan—. Lo dejaremos en el


baño para más tarde. —Me guiña un ojo.

Recordando que estas mujeres no tienen idea de mi situación y


esto es solo un paso más cerca de escapar de esta habitación,
contengo mi enfado. Amy me tiende el vestido, y me lo pongo. El
material de terciopelo azul es como un millar de gatitos trepando
por mi cuerpo. Megan sube rápidamente la cremallera de la espalda
y me gira hacia el espejo de cuerpo entero que hay detrás de la
puerta abierta del armario.

El vestido hasta la rodilla sería modesto si no fuera por la forma


en que se adapta a cada curva y el profundo escote en V que me
anuda el estómago. Ahora entiendo la falta de sujetador.
—Pareces otra persona. —Suspira Helen, se arrodilla y me ayuda
a ponerme los tacones de tiras doradas.

Me acerco al espejo y me permito ver el efecto completo de los


cambios. Mis ojos azules al descubierto. El pelo rubio sustituido por
mechones de color chocolate oscuro. Las joyas de oro. Un
maquillaje sensual, pero recatado. Mis labios teñidos de burdeos se
separan. Poniendo una mano en mi estómago, intento detener el
alboroto.

—No —dice Megan, poniéndose a mi lado—. Ella se ve como si


estuviera destinada a ser así.

Mis ojos se dirigen a los suyos en el espejo, y ella sonríe.

—No lo veo a menudo, pero hay momentos, como este en los que
una persona se transforma en sí misma. —Estrechando sus manos,
da una pequeña sacudida a su cabeza y se vuelve hacia su equipo.

—Ahora, debemos limpiar. —Ella aplaude, y se mueven en


acción.

Volviendo a centrarme en mi reflejo, miro fijamente a las mujeres


mirando hacia atrás.

—Él lo hizo —susurro—. Me ha matado.

Meissa Winters ha desaparecido. Una sola lágrima se escapa de


mi ojo perfectamente delineado.

Saint
—Déjalo —le advierto a Sketch por tercera vez.
—¿Cómo estás tan seguro que es una buena idea? —insiste.

Levantando mi vaso, bebo lo último de mi vodka y enarco una


ceja.

—Creo que estás jodidamente loco —anuncia con un fuerte


suspiro—. No sabes ni una maldita cosa acerca de esta chica. Felix
no es conocido por abandonar tan fácilmente, independientemente
de lo que diga Angelo, y...

Sus palabras se desvanecen, el foco de sus ojos está ahora sobre


mi hombro.

Girando en el sofá, encuentro a Mei de pie en el arco.

—¿Qué piensas? —Megan pregunta, guiando a su equipo.

—¿Quién mierda eres tú? —Sketch pregunta, en parte con


asombro, en parte gruñendo.

—Cuidado —le aconsejo, pero no puedo culparle.

Mi chica muerta está desnuda y expuesta. Ojos azules y una piel


blanca enmarcada por un largo pelo oscuro. El único indicio que
queda de Mei es el pequeño tatuaje en su caja torácica. El resto...
maldición, si la versión real de esta mujer es la cosa más gloriosa
que he visto.

La combinación de ira en sus ojos y ese maldito vestido conjura


mi polla y el demonio. Ambos quieren estar dentro de ella -uno para
complacer, el otro para poseer-.

Levantándome del sofá, veo a Mei enderezar su columna vertebral


cuando me acerco. Metiendo la mano en la chaqueta, saco un sobre
y se lo tiendo a Megan.

—Gracias por tus servicios —le digo, tomando la cara de Mei con
la palma de la mano derecha.

—Si no estás contenta con...

—Vamos —dice Sketch, guiando a la mujer—. Te aseguro que


está encantada con los resultados.
—Bienvenida a tu muerte —susurro, y ella se tensa, apartando
su rostro de mí contacto. Frunciendo el ceño, dejo caer mi mano.

—Me gustaría que me mataras... —comienza. Antes que pueda


callarla, termina en un susurro tranquilo—: Antes que sea
demasiado tarde.

Agarrando su barbilla, la obligo a volver a mirar hacia la mía.

—¿Qué quieres decir con eso? —Intenta sacudir la cabeza, pero


mi agarre se lo impide.

—Dime —exijo, acercándome. El olor de su perfume se


arremolina a mí alrededor. Es el mismo aroma a vainilla oscura, del
tipo al que solo pueden oler las criaturas mitológicas.

—No importa —dice—. Has hecho lo que te propusiste hacer. Me


has matado, has matado a Meissa, pero realmente no tienes ni idea
de a qué me estás condenando.

Sus ojos adoptan una mirada muerta, y la odio, mierda.

—Explícate —le ordeno.

—Nunca —me escupe.

Antes que pueda detenerme, le pregunto:

—¿Por qué?

Parpadea dos veces, tan sorprendida por la pregunta como yo.

—Porque no confío en ti —dice en un susurro.

—No se puede confiar en nadie.

Quiero sacudirla y exigirle respuestas, pero ¿cómo puedo hacerlo


cuando vivo bajo el mismo código? No confiar en nadie. La suelto y
dando un paso atrás, le ofrezco mi brazo.

La sorpresa se apodera de su rostro cuando no presiono más. Ella


inhala visiblemente y exhala una vez antes de colocar su pequeña
mano alrededor del pliegue de mi codo.
En la puerta, le entrego un bolso de mano dorado y le pongo un
abrigo negro sobre los hombros.

—Lleva el bolso siempre contigo —le digo, y la conduzco al


ascensor.

Dentro del ascensor, frunce las cejas en señal de pregunta.

—Si nos separamos en algún momento, hay un botón de


activación que me avisará —le explico—. Sin embargo, estarás a mi
lado. —Le rodeo la cintura con el brazo—. Y sé enviar el mensaje
necesario que no debes ser tocada.

—Salvo por ti —suelta.

—Por supuesto —respondo, dándole un apretón.

—¿Estará Felix ahí? —pregunta.

—Sí, pero no será un problema. —Ella resopla ante mi


respuesta—. He tomado medidas —le aseguro, dejando que parte
de mi ira sature las palabras.

En el auto, Frank abre la puerta y le hago un gesto para que


entre.

Se queda en silencio durante un rato. Luego, cuando nos


alejamos de la acera, pregunta:

—¿Qué se supone que debo hacer, decir, no decir? ¿Debo hablar?

Colocando mi mano en su rodilla, dejo que mis dedos bailen a lo


largo de su suave piel.

—Sé sincera —respondo finalmente.

—¿Sincera ? —se burla.

—Sí.

—Les diré que me retienen en contra de mi voluntad y que estás


de acuerdo con eso —insiste.
Volviendo mis ojos hacia ella, encuentro el desafío que tanto
anhelo. Sin sus lentes de contacto, arde mucho más. Sus ojos bajan
para ver cómo me ajusto, pero mi respuesta los devuelve a los míos.

—Cuidado con lo que dices, chica muerta —le advierto—. Si te


quejas demasiado, y alguien puede sentir la necesidad de salvarte
—subrayo—. Créeme, no será el caballero blanco que buscas.

—No necesito un caballero blanco o alguien que me salve. —Ella


se queja, cruzando los brazos sobre el pecho encorvándose en el
asiento.

El comportamiento me hace recordar algo que dijo durante su


confesión. Tendría la edad suficiente para trabajar, conseguir un
apartamento...

—¿Cuántos años tienes?

Ante mi pregunta, la veo retorcerse.

—¿Por qué importa ahora? —responde, igual que antes.

—Dime que no eres una maldita menor de edad —exijo, cansado


de su evasión.

Su cabeza gira lentamente hacia mí, nuestros ojos se cruzan y


ella sonríe.

—Técnicamente te estarías follando a una menor de edad —se


burla.

Alargo el brazo, le doy una palmadita en la nuca y acerco su


rostro al mío. Sus pequeñas manos se acercan a mi pecho,
apretando y empujando al mismo tiempo.

—Esto no es una puta broma —le recuerdo, con mi voz ruda.

—No soy menor de edad —murmura apresuradamente, el miedo


que rodea sus ojos hace que tanto mi demonio como mi polla se
agiten.

—Eso no es lo que estoy buscando —le digo con firmeza.

—Diecinueve —dice, con voz gruesa e insegura.


Diecinueve.

—Maldita sea —exclamo y le suelto la cabeza, sin la dureza de


mis palabras o la forma en que se aprieta contra la puerta del auto.

Al pasarme la mano por la cara, el aroma de su perfume llena mis


fosas nasales, provocando al demonio. A él no le importa dos
mierdas que, en este día de padres adolescentes, soy lo
suficientemente mayor para ser su padre. No, todo lo que quiere es
abrirla y seducirla en su pozo negro, bañándola en la sangre y el
miedo que recoge.

Mis ojos siguen cerrados, tratando de controlar mis impulsos,


pregunto:

—¿El club?

—Tenía diecisiete años, pero con el carné de Mei, tenía casi veinte
—responde ella, su voz suena distante. Vuelvo la cabeza y la
encuentro mirando por la ventana. Está demasiado oscuro para ver
nada a la velocidad que llevamos.

Pronto llegaremos al club, así que le recuerdo:

—Lleva el bolso contigo en todo momento.

Ella asiente lentamente y levanta la barbilla.

—Llegamos —anuncio cuando el auto se detiene en la acera.


CAPÍTULO ONCE
MEI

El club es definitivamente más elegante que en el que yo trabajo,


o trabajaba. El servicio de valet, la entrada de cristal transparente
y la brillante decoración en oro y negro serían suficientes para
hacerlo cien veces mejor, pero es la opulencia lo que lo sitúa muy
por encima.

Las conversaciones se detienen y la multitud se separa cuando


Saint nos conduce a una gran barra que recorre toda la pared frente
a la banda.

—¿Ya estás cansado de tu juguete? —La voz familiar de Felix se


burla desde atrás, y me pongo rígida.

—En absoluto —responde Saint, sin volverse a mirar atrás.

Solo se detiene una vez cuando habla un caballero mayor, pero


es solo un momento de paso. En la barra, me suelta para pedir dos
bebidas al camarero que espera.

Mirando fijamente la espalda de Saint, aprieto mis manos


alrededor del bolso que tanto le preocupa que lleve. Antes que
pueda pensar en todas las razones por las que no debería estar aquí
con él, unos dedos se cierran alrededor de mi bícep y me hacen
girar.

—Esto es definitivamente una mejora de... —Felix estudia mi


rostro mientras sus palabras se apagan. Su ceño se frunce justo
antes que sus ojos se estrechen.
—Quita la mano —ordena Saint, lo suficientemente alto como
para llamar la atención.

Con los ojos llenos de reconocimiento, pregunta:

—Es ella, ¿no?

Deslizando su brazo alrededor de mi cintura, me aleja de Felix


hacia su lado.

—Creo que conoces a Mei —dice Saint con un toque de


condescendencia—. Solía trabajar en tu club.

La mandíbula de Felix se tensa mientras sus ojos pasan de mí a


Saint.

—Se ve bien —concede—. Por fuera. —Bebe del vaso que tiene en
la mano y sonríe—. Pero una puta siempre es una puta por dentro
—dice, burlándose.

El cuerpo de Saint se pone rígido y me agarra por la cintura.


Empieza a doler, pero me lo guardo para mí. Esto es claramente un
enfrentamiento del que no entiendo las reglas.

—Parece que tienes experiencia con las putas, Felix —contesta


Saint, el filo de su voz cortando la tensión—. Por suerte, la mía sabe
cuál es la elección correcta.

La mirada de Felix no puede ser confundida con otra cosa que no


sea una mirada asesina… una mirada que estoy segura que tiene
que ver con la noche en que sellé mi destino con Saint.

La sala cae repentinamente en silenciosos murmullos, como si


los ojos de todos estuvieran en el intercambio actual.

Felix esboza una sonrisa, seguida de una sonora carcajada, y le


da una palmada en el hombro a Saint.

—Vamos, primo. Solo estoy bromeando —dice, en un tono


demasiado alto.

No se me escapa la sonrisa que se dibuja en la comisura de la


boca de Saint. Ha ganado, pero la mirada de Felix, la que no puede
enmascarar con una sonrisa y una risa falsa, tiene una promesa de
retribución.

Las conversaciones a nuestro alrededor se reanudan y otros se


acercan a Saint.

Por suerte, nadie hace nada más que mirar mi cuerpo, sobre todo
mi escote. Apoyada en la barra, alejada de todos, bebiendo lo que
sea que el camarero me traiga.

Por encima del borde de mi copa de vino, dejo que mis ojos
exploren la sala. Al principio, observo las múltiples señales de
salida que muestran el camino hacia mi libertad, luego mis ojos se
posan en una cara familiar.

Natasha se sienta en las rodillas de un hombre. Cuando echa la


cabeza hacia atrás riéndose, veo que es uno de los hombres a los
que vi follar con ella. El recuerdo cosquillea en el interior de mis
muslos así como él ordenándole que limpie la polla de otro hombre
destella en mi mente.

En lugar de la lencería de encaje negro, las medias y las orejas de


gato, lleva un vestido negro sin tirantes. Sentada en su regazo, el
dobladillo está precariamente cerca de deslizarse sobre sus caderas.
La sonrisa que veo en su perfil me hace preguntarme si es una
actuación o genuina. Cuando ella mira hacia la barra, hacia mí,
lucho contra el loco impulso de saludar.

Es algo extraño. Nunca he sido una persona que le gusta llamar


la atención en una habitación llena de gente, así que no estoy
segura de dónde está el deseo de hacer algo tan fuera de lo normal.
No es que importe. Natasha no me ve, la Mei que conoce. Mira a
una chica a la que no reconoce.

Estoy a punto de seguir adelante, comprobar el resto de la


multitud, cuando su cabeza de repente se gira hacia el hombre. Su
mano se desliza por su espalda hasta la nuca de su pelo, donde
aprieta el puño, tirando de su rostro hacia el suyo.

Los otros hombres del grupo ríen, beben y observan a los dos con
atención.
Su mano libre agarra la rodilla de ella, separando sus piernas, y
la columna vertebral de Natasha se pone rígida.

Una flexión del brazo de él le echa la cabeza hacia atrás. La


sonrisa en su rostro no me sorprende, no después de haber visto
su anterior interacción con él. De hecho, en el momento en que su
boca se separa en un jadeo, mis ojos caen con complicidad. La
mano bajo la corta falda de su vestido, se mueve rítmicamente. Su
culo se retuerce y él detiene el movimiento, tirando de su cabeza
hacia él.

Con un asentimiento contenido, ella acepta algo, y el espectáculo


comienza. Veo su boca moverse, aunque no puedo oír o distinguir
las palabras, y Natasha expone sus pechos.

Los hombres que les rodean se concentran en el espectáculo,


ajustándose, aflojando sus corbatas, y lamiendo sus labios. Un
hombre sentado a dos sillas de distancia con una hermosa morena
empuja a la mujer hacia Natasha. Ella mira al hombre con su mano
entre las piernas y, con un gesto de cabeza, acaricia los pechos de
Natasha antes de arrodillarse entre sus piernas separadas.
Agarrando la muñeca del hombre, le quita la mano, le chupa los
dedos, sonríe y se mete entre las piernas de Natasha.

Un estruendo de risas se extiende por la multitud, incluyendo las


del hombre de Natasha.

Esta vez, puedo distinguir lo que dice:

—Mira a mi buena chica —elogia antes de girar la cabeza de ella


para besarle.

Consciente que aprieto demasiado mi vaso, giro y lo dejo sobre la


barra. Se golpea con un ruido sordo, ganando la atención que no
quiero.

¿Es eso lo que se espera de mí esta noche? ¿Va a presumir de su


nueva muñeca… de la forma en que puede vestirme y hacerme gemir
para una multitud? El club es una cosa, pero esto... esto es
humillante.
La vergüenza se arremolina en mi vientre al saber lo mojada que
estaría si me metiera entre las piernas en este momento, lo excitada
que estaría por la exhibición que estoy condenando.

—¿Qué pasa? —la pregunta de Saint se abre paso entre mi


preocupación y vergüenza, y sacudo la cabeza.

—Tengo que preguntar —dice un hombre que no conozco, pero


que ha estado con Saint—. ¿Qué piensa Giuliana de tu nuevo
proyecto?

—No le gusta —gruñe Saint, y el grupo se queda en silencio.

¿Giuliana? ¿Es su compañera habitual en estos eventos?

No tengo tiempo para pensar en ello ni en cómo me hace revolver


el estómago. El pecho de Saint me aprieta la espalda, sus brazos
me aprisionan contra la barra.

—Te he hecho una pregunta —dice, sus palabras sin ceder.

—¿Dónde está el baño? —pregunto, aunque ya lo había deducido


durante mi observación.

—Te acompañaré —afirma. Girando la cabeza, frunzo el ceño por


encima del hombro—. ¿Crees que voy a dejarte vagar libre aquí? —
Resopla—. Pensé que eras más inteligente que eso.

—Dante. —Una ligera voz femenina interrumpe nuestro


desacuerdo.

Soltando la barra, Saint se pone de pie hasta su máxima altura


y se gira. Mirando a su alrededor, encuentro una pequeña brizna
de chica. Su pelo oscuro se extiende en una trenza suelta sobre su
hombro desnudo. El vestido plateado es como una segunda piel,
dejando poco a la imaginación, pero ella no coincide con el resto de
las mujeres de esta habitación. No soy una mujer de pechos
grandes, sin embargo, soy el doble de su tamaño. Es delgada con
mínimas curvas, me recuerda a una niña pequeña jugando a
disfrazarse con la ropa de su madre. Pensaría que tengo razón si no
fuera por el conocimiento en sus ojos. Puede que sea joven, pero ha
visto mucho.
—Nina —saluda Saint.

—Angelo te ha solicitado —explica, con la barbilla en alto.

Su valentía es falsa. Está claro que le tiene miedo... Saint, como


todos los demás. Como debería tenerlo yo.

Su mano se levanta expectante, y extiendo la mano para ponerla


en su agarre cuando Nina añade:

—Nada de mujeres. —Ella traga, y termina—. Felix ya está con


él.

Los ojos de Saint se dirigen a mí, y frunce el ceño.

—Estará conmigo —asegura Nina, moviéndose a mi lado con su


delgado brazo rodeando el mío.

Agarrando mi barbilla, se inclina hacia mi rostro.

—No hay ningún lugar donde puedas huir de mí, chica muerta —
me recuerda—. Mantén el bolso contigo y usa el botón si me
necesitas.

El calor se extiende por mi vientre ante la preocupación que


subyace bajo la amenaza de sus palabras. Sus labios presionan mi
boca antes que desaparezca entre la multitud.

Varias miradas se centran en mí, mirándome de pies a cabeza.

—¿Dónde está el baño? —pregunto, dirigiéndome a Nina.

—Por aquí. —Me indica, llevándome del brazo.

Pasamos por delante del grupo que he visto antes, y Natasha, con
el culo al aire, me llama la atención mientras entierra su cabeza en
un regazo. No es el hombre en cuyo regazo estaba sentada. Él está
follando su culo mientras ella pone su boca a buen uso en la
morena, aparentemente devolviendo el favor.

Encerrada en una cabina de baño, apoyo mi cabeza contra la


madera fría de la puerta y respiro profundamente. Mi mano
permanece en la cerradura, temiendo que alguien interrumpa mi
intento de recomponerme.
Nina no ha dicho ni una palabra, ni en el camino ni cuando
entramos.

El timbre de un celular llena la habitación antes que su voz


rompa el silencio:

—Tengo que ocuparme de algo para Angelo. —El nerviosismo en


su voz delata lo importante que intenta sonar.

—Estaré bien —aseguro, esperando que se vaya.

—No salgas del baño, ¿de acuerdo? —Sus tacones hacen clic en
el suelo de baldosas—. Volveré en unos minutos, pero no te vayas.

Sé por qué tiene miedo. Angelo ha hecho una petición, pero


tampoco quiere sufrir la ira de Saint.

—Entendido —digo, luchando contra mi euforia.

La puerta se cierra, y respiro profundamente tres veces antes de


abrir la puerta, dejando caer el bolso en el suelo y dirigiéndome
hacia la salida del baño.

—Lo siento, Nina —susurro una disculpa que ella nunca


escuchará.

Al abrir la puerta, salgo al pasillo iluminado. Ya debería saber


que las peores cosas suceden a la luz, porque no hay donde
esconderse.

En medio del pasillo del baño, Tentativamente miro alrededor del


espacio que tengo por delante. Puedo pegarme a las paredes, pero
eso me pone en contacto con grupos como el de Natasha, y caminar
entre la multitud me pone en riesgo de ser descubierta.

Un grito a mi izquierda atrae mis ojos. No es Natasha, sino una


de las camareras. Parece de mi edad… mi verdadera edad, y en este
momento sus brazos están asegurados contra su espalda por un
hombre de pie detrás de ella. Otro camarero, un hombre joven, tiene
la cabeza metida entre sus piernas, forzado por otro invitado.

—¿Qué pasa, pequeño, no eres lo suficientemente hombre para


complacerla? —Empuja la cara del chico más adentro, pero esta
vez, no me siento excitada. Las lágrimas que corren por su cara son
una mezcla de dolor, humillación y terror.

—Tal vez seas mejor con la polla. —El hombre tira de su cabeza
hacia atrás—. ¿Es eso?

Unas lágrimas similares recorren la cara del chico.

—Vamos a ver —afirma el hombre, tirando de la cara del chico


hacia su propio regazo.

Ni siquiera había visto sus pantalones desabrochados. Mi boca


se abre, lista para gritar, pero entonces hay un arma en su cabeza.

—Siento un diente y te vas a la mierda —amenaza, sentándose


de nuevo en un sillón de cuero.

La chica grita, pero miro hacia otro lado, incapaz de aguantar


más.

—Eres una cosa encantadora —dice una voz masculina ronca,


acompañada del dorso de sus dedos en mi mejilla.

Lo reconozco inmediatamente. Es mayor, más canoso, pero es


definitivamente él. Nunca podré olvidar su marca de maldad.
Congelada en mi sitio, espero que su reconocimiento se haga
efectivo, pero no llega.

—No deberías estar sola —ronronea, entrando en mi espacio


personal y haciéndome retroceder al pasillo—. Yo puedo ayudar con
eso.

Intento decirle que no estoy sola, pero las palabras se me atascan


en mi garganta. En su lugar, recuerdo la noche de hace años en la
que un hombre tomó mi inocencia, su padre destrozó mi alma, y
este hombre -encargado de devolverme- se llevó lo que él llamaba
su cuota por el servicio. No había nadie que me oyera gritar en el
asiento trasero de ese auto, ningún lugar al que huir, y ciertamente
ninguna oscuridad para esconderme. A plena luz del día, en el
arcén de una calle, nadie lo detuvo. Ni siquiera las dos personas
que se cruzaron con nosotros. Desviaron la mirada y caminaron
más rápido. Mis gritos no significaron nada.
Encontrando por fin mi voz, protesto:

—No estoy sola.

Él se burla, extendiendo la mano y agarrando la tela anudada en


la parte inferior de mi escote.

Le agarro de la muñeca y tiro de ella.

—He dicho que no estoy sola —grito, tirando de su mano y


deseando tener todavía el bolso.

Tirando de mí hacia adelante contra él, entierra su cara en mi


cuello y empieza a chupar.

Recordando mi entrenamiento, subo mi pierna y pongo mi rodilla


en sus pelotas. Gritando, me suelta para agarrar su entrepierna.
Dando un paso atrás, me pego a la pared y me desplazo hacia un
lado.

Mi intento de rodearlo se ve frustrado cuando él me agarra del


brazo. Arrojándome de nuevo contra la pared, cojea hacia delante.

—Pequeña puta de mierda —gruñe—. Sigues pensando que eres


demasiado buena para mí.

Me mira a los ojos y sonríe.

—Sí, ahora lo recuerdas —se burla.

El dorso de su mano se posa en mi mejilla, volteando mi cabeza


hacia la derecha. Unas brillantes ráfagas de luz brillan detrás de
mis párpados cerrados y mis oídos zumban. Mi cuerpo se estrella
contra la esquina del pasillo, algo se clava en mi bíceps. Abro los
ojos a la fuerza, sin atreverme a apartar la vista de él.

—Apuesto a que tu culo está muy suelto ahora, puta, pero haré
que funcione —me amenaza.

Lanzándose hacia adelante, golpea mi rostro contra la pared,


inmovilizándome mientras levanta la falda de mi vestido. Le doy un
pisotón con el talón, tratando de encontrar su pie, y su grueso brazo
presiona en la espalda de mi cuello, sometiéndome al dolor.
Los dedos secos y callosos empujan dentro de mi ropa interior y
pellizcan mi piel, tratando de meterse entre las mejillas de mi culo.

—¡¿Estás loco?! —brama una voz, y yo aspiro la respiración tan


necesaria mientras el cuerpo del malnacido se separa del mío.
Tirando de mi vestido hacia abajo, me concentro en mi salvador,
mis ojos se abren de par en par.

Felix.

—Esto no es asunto tuyo —ladra el hombre, acercándose a


mí—. Somos viejos amigos, ¿verdad, pequeña?

Un escalofrío me recorre la columna vertebral y las lágrimas me


escuecen en el fondo de los ojos.

—No es una mierda —grita Felix, agarrándolo y lanzándolo contra


la pared—. ¡Ella es de Saint!

—Mentira —replica él—. Saint no tiene mujeres.

Felix levanta la ceja, lanzándole una mirada que claramente dice:


¿Me estás cuestionando, imbécil?

Mi atacante se queda quieto, sus ojos se mueven hacia Felix, que


le da un lento asentimiento.

—Sí, estúpido de mierda. Eres hombre muerto.

—No lo sabía —suelta, agarrando el brazo de Felix—. Tienes que


decirle que yo...

—No hay una puta ayuda para ti —se burla Felix—. ¿A quién
crees que acabas de joder?

Sus ojos se mueven hacia mí.

—Lo siento, yo no...

—Espero que te coma el corazón —digo con desprecio, mi lado


oscuro deleitándose con el miedo y la promesa de la muerte de este
bastardo. No solo una muerte, sino una redención tortuosa y
dolorosamente lenta.
Al oír mis palabras, Felix fija sus ojos en mí.

El pánico llena la cara de mi atacante.

Sonrío, esperando que transmita cada onza de la venganza y


maldad que corre por mis venas. Mis ojos siguen a mi atacante
mientras empuja a Felix fuera del pasillo.

—No puedes huir de él —susurro, mirando a Felix.

Él traga visiblemente, y no se me escapa la forma en que se


estremece ante mi cara.

—Ve a limpiarte. —Suspira—. Mandaré a buscar...

—¿Qué mierda está pasando?

Mis ojos revolotean hacia Saint. Él llena la entrada del pasillo,


otros cuatro hombres a su espalda y Nina a su lado. Sus ojos se
estrechan en mi rostro.

—Te mataré —gruñe, avanzando hacia Felix.

—No fue él —suelto, poniéndome en su camino.

Él examina mi cara, agarrando mi barbilla y girando mi cabeza.


Sabiendo que también verá las marcas en mi cuello, hago una
mueca.

—¿Quién ha hecho esto?

Intento mirar hacia arriba, pero su agarre es implacable.

—Arman —dice Felix, firmando la sentencia de muerte del


hombre.

—¿Y qué haces con ella? —Saint presiona, todavía sujetando mi


cara.

—Él lo detuvo —gruño, tratando de liberar mi rostro de su mano.

El pasillo se queda en silencio, hasta que gimo. Soltando la


barbilla, me rodea la cintura con el brazo, me acerca a su lado, y
nos hace girar.
—Encuéntrenlo —ordena.

Los hombres asienten antes de desaparecer entre la multitud.

—No se escapará —promete Saint sin dedicar una mirada a mí.

—Nadie lo hace nunca —susurro, y su brazo se enrosca a mí


alrededor, acercando mi frente a su pecho.

—Quédate cerca. Nos vamos —me ordena, caminando conmigo


entre la multitud, y al igual que antes, se separan, dejándolo pasar.

En el auto, levanto la vista del pecho de Saint para ver a Frank


esperando con la puerta abierta. Tan pronto como sus ojos me ven,
un pequeño respingo me llama la atención. Saint me palmea la
cabeza, enterrando mi rostro una vez más, hasta que puede
colocarme en el auto y subir detrás de mí. Acercándome a su lado,
me echa un brazo sobre mis hombros.

El silencio se hace largo e incómodo. No hay palabras, solo el


sonido de su pesada respiración y el auto moviéndose por las calles.
Varias veces a lo largo del viaje, considero la posibilidad de poner
espacio entre nosotros o decir algo para romper la tensión, pero
cada vez me acobardo.

La rabia vibra en él y casi me asfixia. Para cuando por fin


llegamos a su edificio, mi mejilla izquierda palpita debajo de la piel
apretada.

La puerta se abre, Frank retrocede y Saint me saca del auto


detrás de él.

El viaje a través del vestíbulo, el ascensor privado y hacia su ático


es muy parecido a nuestra salida del club y el viaje en el auto. Es
decir, hasta que Sketch levanta la vista de un portátil colocado en
la larga mesa del comedor.

—¿Qué mierda? —exclama, levantándose de la mesa—. ¿Qué ha


pasado?

Sus ojos se mueven de mi rostro a Saint, y lo que sea que


encuentra allí lo hace callar. Saint me empuja hacia las escaleras.
Tan pronto como cuando llegamos al segundo piso, me muevo hacia
mi lujosa prisión-habitación- solo para que me empujen hacia
atrás. Lo miro, pero su cara permanece estoica mientras me guía
por otra serie de escaleras. La falta de familiaridad de esta planta
hace que se activen todos los botones de mi cabeza. El miedo recorre
mi cuerpo, tensando cada músculo.

Llegamos a un conjunto de puertas de madera oscura, y él me


guía hacia el interior.

Me detengo cuando entramos, y salto cuando su gran mano se


acerca a mi hombro, mi sentido común se acelera. ¿Es aquí donde
finalmente me matará por completo?

Me acompaña hasta el pequeño pasillo de entrada, y me guía a


través de una puerta a nuestra izquierda.

Dentro hay un baño como el que he estado usando, pero mucho


más grande. El tocador, los espejos, la ducha y la bañera parecen
más grandes. Por no hablar de la chimenea de gas en la pared por
encima de dicha bañera.

—Desvístete. —Su orden me sobresalta, y giro, encontrándolo en


la puerta mirándome. El miedo, la anticipación, la autoconciencia
y el fastidio forman una bola de discordia en mi estómago.

—¿Qu- Qué? —pregunto, aunque lo he oído bien.

Él arquea su ceja izquierda, y desato el nudo en el profundo


escote y me quito el terciopelo azul de los hombros. El material se
me engancha en las caderas y lo empujo hacia abajo.

De pie, solo con mis bragas y mis tacones, observo cómo sus ojos
recorren mi cuerpo. Engancho mis pulgares en el encaje de mis
caderas y arrastro la fina tela por mis muslos hasta que caen hasta
mis pies con tacones.

—Para —me ordena mientras levanto un pie. Se acerca tanto que


el calor de su cuerpo me envuelve. Mis pezones se tensan, buscando
su contacto.

Entonces, se arrodilla a mis pies.


Enderezando mi columna vertebral, envuelvo mis brazos a mi
alrededor.

Alcanza cada muñeca y tira de mis brazos hacia los lados.

—¿Te ha tocado? —pregunta bruscamente, con el calor de sus


palabras cayendo sobre mi estómago.

—Puedes ver mi rostro —respondo, concentrándome en la pálida


pared sobre su cabeza.

Sus manos se deslizan por mis brazos, se aplastan en mis


hombros, luego se deslizan hacia abajo para tocar mis pechos.

—¿Te. Ha. Tocado? —repite, incapaz de contener la ira.

Soltando mis pechos, se mueve hacia mis lados, siguiendo el


contorno de mi cuerpo con las yemas de los dedos. En mis caderas,
se aferra, presionando su frente contra mi estómago.

—No —susurro.

La necesidad de tocarlo es casi insoportable, pero no entiendo por


qué. Aprieto las manos a los lados para tener la emoción bajo
control, y lo miro.

Levantando su cabeza de mi cuerpo, sus manos continúan su


lento descenso.

Saint es todo dominio, dureza, manipulación y abrumador. Este


ligero toque me confunde y me pone nerviosa.

En mis tobillos, desabrocha cada correa de los tacones antes de


liberar mis pies de las bragas y los zapatos. Deslizando sus manos
por mis piernas, se detiene en mis muslos, agarrándolos. Durante
un largo momento, no se mueve, y luego se eleva hasta su máxima
altura.

Se eleva sobre mí y me levanta la cara. Nuestros ojos se


encuentran por un momento, luego me suelta, retrocede y me
rodea.
Parpadeando, no puedo evitar preguntarme de qué demonios se
trata esto.

Al oír el sonido del agua, me doy cuenta que enciende la


calefacción y el baño.

—Lávalo de ti —ordena, con los ojos puestos en la bañera que se


llena rápidamente.

La ira derriba mis temores y mi aprensión.

—¿Ahora estoy sucia? —pregunto, incrédula. Caminando hacia


su lado, sin importarme que esté desnuda ante él, me meto en su
espacio personal—. Soy una puta, Saint —le recuerdo—. Me he
vendido así que...

El chasquido de su cabeza en mi dirección y la furia en sus ojos


me silencian.

—Fueron tu elección —gruñe—. ¿Te ofreciste a Arman?

Las náuseas me invaden al pensar en el hombre que abusó de


una adolescente e intentó repetir el acto esta noche.

—Exactamente —refunfuña—. Ahora, métete en el puto baño y


limpia su maldito toque de tu piel. —Se mete las manos en su pelo
corto antes de pasárselas por la cara—. No soporto la idea de sus
manos sobre ti —confiesa.

Su voz, aunque tranquila, contiene una cualidad ominosa que me


hace acceder a sus exigencias.

En el momento en que me sumerjo hasta el pecho en el agua


caliente, mis músculos se relajan y una sensación de alivio me
envuelve. Suspiro, y me apoyo en la bañera.

Cuando me deslizo hacia abajo, sumergiéndome por completo, el


escozor en la cara me recuerda lo jodido que se verá.
Saint
Aprieto los dientes mientras cierro la mandíbula. En el pequeño
pasillo de entrada de mi habitación, coloco las palmas de las manos
en la pared y respiro por la nariz. Después de esta noche, tratar de
evitar que el demonio emerja es tan difícil como la idea que ella este
fuera de mi vista.

Traerla a mi habitación no estaba en el plan, pero no estar allí


para protegerla no ha hecho más que joderme la cabeza. Es tan
abrumador que hasta la criatura oscura lo siente. Él normalmente
consume sentimientos, no los experimenta, y ahora... quiere
sangre.

Cerrando los ojos, inhalo una última vez, exhalo en un whoosh,


y empujo la pared, saliendo de mi habitación. En el segundo piso,
me detengo ante el gran cuadro abstracto del largo pasillo y toco la
parte inferior del marco, desbloqueando el armario especial de la
pared con mi huella dactilar.

Agarrando uno de mis cuchillos favoritos: un cuchillo de


amputación de 1700, continúo hasta el primer piso donde
encuentro a Sketch en el mismo lugar que antes.

En el momento en que entro en la zona abierta, sus ojos pasan


de la pantalla de su portátil a mí, y luego bajan al cuchillo que estoy
golpeando contra mi pierna.

—Encuentra a Arman —le exijo—. Lo quiero vivo.

Entendiendo lo que está ocurriendo en sus ojos, responde con un


asentimiento de cabeza y vuelve a concentrarse en su pantalla.

Me acerco a la larga pared de ventanas y miro la ciudad nocturna


de Chicago cubierta por la noche, pero no veo nada. El rugido de mi
sangre ahoga el mundo y las muchas maneras en las que Arman
sufrirá por tocarla se repiten en mi mente. También servirá como
lección para cualquier otro que piense que puede meterse con lo
que me pertenece.

No oigo mi celular, pero lo siento vibrar contra mi pecho. Me quito


la chaqueta del traje y recupero el teléfono antes de tirar la tela en
el respaldo de un sofá y me lo pongo en la oreja.

—¿Sí?

—No puedes matarlo —dice Angelo, sin saludar, solo dando


órdenes.

—Es un hombre muerto —le informo, todavía mirando sin ver por
la ventana.

—El tío de Arman no estará contento si…

—Entonces no debería haber tocado lo que me pertenece —digo,


las palabras crudas y duras en mi garganta.

Él suspira con fuerza.

—Dante, esto creará un problema, y ahora mismo, no


necesitamos más problemas —intenta una vez más—. Ella es una
puta, no una esposa.

—Angelo —digo, mucho más calmado de lo que me siento por


dentro—. Dile a su tío que se retire o tendré que recordarle el favor
que le hice con una recreación de su esposa —amenazo,
probablemente revelando demasiado.

Angelo no está al tanto de todo lo que hago, y si supiera los


favores que me debe o las relaciones directas que he estado
construyendo, probablemente habría intentado matarme hace
años.

—¿Qué favor?

—Solo díselo —afirmo, colgando y tirando el teléfono al sofá.


—No va a dejar pasar eso —dice Sketch desde detrás de mí, pero
mi rabia no me permite preocuparme por mi sobrecarga.
Girándome, enfoco mi mirada hacia él.

—Tienes muchas putas cosas de las que ocuparte, Sketch —le


recuerdo con sarcasmo—. ¿Qué tal si me traes lo que te he pedido
antes que te familiarices con el filo de este cuchillo —digo,
levantándolo.

Se queda parado, inmóvil, y no puedo evitar la sonrisa que me


tira de las comisuras de la boca. Él sabe muy bien que lo haré; ya
lo he hecho antes. También sé que me teme, pero aun así se
mantiene en pie, sin inmutarse. Lo respeto, por eso es lo más
parecido a un amigo.

El sonido de mi celular pone fin a nuestro enfrentamiento. Él lo


toma del sofá y mira la pantalla.

—Contesta —digo, volviéndome hacia la ventana.

—¿Hola? —saluda Sketch—. Sí, te lo paso.

—No pueden encontrarlo, ¿verdad? —gruño.

—Lo tendré para mañana —asegura Sketch.

—No estoy seguro de poder esperar tanto —admito.

—¿Está ella bien?

Ante su pregunta, me giro para mirarle de nuevo.

—Ella no es tu preocupación —digo, la advertencia en mi tono es


clara.

Él se apresura a replicar con las manos en alto para defenderse.

—Solo quiero saber si necesitamos que el doctor haga una visita.


Eso es todo.

—No —le digo, dirigiéndome a la barra. Tomando el vodka, bebo


directamente de la botella, dejando que el alcohol queme mi
garganta y suprima el demonio hasta que pueda desencadenar en
mi objetivo.
—Hazles saber que tienen veinticuatro horas para encontrar al
imbécil —gruño, dejando caer la botella sobre la barra. Sintiendo
una presencia, me giro y encuentro a Mei de pie en las escaleras.
Su mejilla está roja e hinchada, hasta la esquina de su ojo, haciendo
que se cierre parcialmente.

A pesar del daño causado, su cabello oscuro y húmedo se


extiende en largos y húmedos mechones, enmarcando su cara,
dando a su piel una cualidad translúcida y haciendo brillar sus ojos
azules.

Volviendo a mirar la marca que lleva, aprieto los dientes y agarro


el mango del cuchillo de amputación. Arman conocerá íntimamente
a mi criatura mientras devora su vida un corte a la vez. Y si me
dijera su verdadero nombre, lo grabaría en su corazón antes de
arrancarlo con mis propias manos.

Por el destello de miedo en sus ojos, estoy seguro que mi mirada


es asesina. Pero en lugar de correr, ella cuadra los hombros y dice:

—Necesito hielo.

Su apariencia es atractiva, pero, que me maldigan, si su desafío


y retos no son jodidamente gloriosos. Mis pelotas se tensan,
enviando un pulso a la punta de mi polla.

Observo cómo baja las escaleras. Sus ojos se posan en el cuchillo


en mi mano y se detiene. No dura mucho, solo un par de segundos.

Cuando pasa junto a mí, estiro la mano y la tomo del brazo. Su


cabeza gira en mi dirección, la sorpresa enrojece su rostro.

Dejo caer el cuchillo al suelo, la agarro por la nuca y la aprieto


contra mi pecho. Con un puño en su pelo, inclino su cara hacia la
mía y estudio la marca hinchada, así como el mordisco en el cuello.
Inclinando su cabeza, acerco mi boca sobre la marca y chupo.

Ella se tensa, anudando sus dedos en mi camisa blanca. Me


duele la polla, me urge empujarla contra la pared y follarla hasta
absorberla en mi piel.
Retirando mi boca, examino la marca de mi mordida,
asegurándome que borra la suya. Al comprobar que es así, la suelto.
Su mano se levanta, cubriendo la mancha.

—El hielo está en el congelador —le digo, volviendo a mi vodka.

Cerrando los ojos, me agarro al borde de la barra, luchando


contra la demanda del demonio de consumirla.
CAPÍTULO DOCE
SAINT

No se necesitan veinticuatro horas. Solo se necesitan tres para


que mis hombres me digan dónde se esconde Arman. Bueno... para
decir quién lo está escondiendo.

—Te lo dije —Sketch chasquea, cerrando de golpe su portátil—.


¡No puedes confiar en ese imbécil!

Doblado por la cintura, con las palmas de las manos presionando


la oscura mesa de madera, miro fijamente el grano manchado, la
satisfacción curvando las comisuras de mi boca.

—Probablemente lo tenía cuando llamó, maldición —continúa


Sketch cruzando los brazos sobre su pecho.

Con la sonrisa aún en la cara, levanto la cabeza y observo como


Sketch frunce su ceño, arrugando la piel sobre el puente de su
nariz.

—¿Por qué mierda sonríes?

Me enderezo, levanto un hombro y digo:

—Sé dónde está.

—Si el puto Angelo lo tiene escondido. ¿Cómo diablos esperas...?

Mi sonrisa se hace más grande, silenciándolo a mitad de la frase.


—¿Qué mierda pretendes?

—Angelo no es el único que puede jugar a este juego —le


recuerdo—. Puede que no le ponga las manos encima esta noche,
pero... —Extiendo los brazos a los lados, dejo caer la cabeza hacia
atrás y exhalo un largo aliento, dejando que la criatura se mueva
bajo mi piel—. Tendré mi venganza —gruño, reprimiéndolo antes
que sea demasiado tarde.

—¡Vincent! —grito.

—Sí, señor. —Aparece al instante, y me vuelvo hacia su áspera


voz de barítono.

—Necesitaremos la finca —le informo.

Sus ojos se redondean. Habiendo estado conmigo desde que era


joven, sabe lo que significa la casa abandonada de mis padres. En
los últimos años, se ha convertido en mi santuario y en el patio de
recreo de mi criatura, el altar de la redención y el perdón que nunca
conseguiré o mereceré.

—Sabes lo que hay que hacer. Y tienes una semana.

—Sí, señor. —Asiente con la cabeza antes de salir de la


habitación.

—La finca —dice Sketch, en voz baja y objetivo.

—Sí —confirmo, aunque no era una pregunta.

Sketch solo ha ido a la finca una vez, cuando terminó al otro lado
de mi oscura criatura. Es un lugar en el que no quiere volver a estar,
y, por suerte para él, se ha convertido en un activo, por lo que volver
no ha sucedido.

Ahora, sabiendo dónde y quién tiene a Arman, la emoción de


volver a la finca y la promesa de sangre han despertado a la bestia.
Mantenerlo sometido es cada vez más difícil con sus obsesiones tan
cerca. La certeza de ser liberado, de sangre, y la mujer de arriba en
mi habitación... está tan cerca de salir a la superficie.

—¿Saint? —la pregunta de Sketch está llena de tensión nerviosa.


Cerrando los ojos, todo lo que veo es la elevación de su barbilla.
La forma en que su pelo húmedo se pega a su cara. El sabor de su
piel.

—Estaré arriba —digo entre dientes apretados—. Probablemente


deberías dormir —le digo por encima del hombro—. Tenemos
mucho que hacer en los próximos días.

—¿Todo lo demás está suspendido entonces? —su pregunta está


acentuada por el chirrido de su silla.

—Por supuesto que no —respondo, doblando la esquina hacia las


escaleras.

Al detenerme en el segundo piso del apartamento para devolver


mi cuchillo a la caja fuerte oculta en la pared, un suave golpe viene
de la habitación en la que se encontraba Mei. Aseguro el cuadro en
su sitio y sigo el ruido.

En silencio, entro, encontrando la habitación a oscuras fuera de


una astilla de luz procedente del baño. Manteniéndome en la
esquina oscura, la veo salir.

Está completamente vestida, incluso lleva puesto unos zapatos.

Caminando hacia una de sus bolsas, se agacha y rebusca.

—Mierda —gruñe, golpeando con las palmas de las manos el de


cuero.

—¿Adónde crees que vas?.

Como no se ha percatado de mi presencia, se levanta de un salto


y gira.

—Me has dado un susto de muerte —me dice.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto, saliendo de la esquina.

—Vistiéndome —responde inmediatamente, pero hay algo en la


forma en que dice las palabras. Es demasiado inocente.

Reformulando mi pregunta, le pregunto:


—¿Crees que vas a alguna parte?

En la luz que sale del baño, la veo negar con la cabeza.

—Los zapatos. —Señalo, sin perder de vista la forma en que se


endereza o la tensión en su postura—. Mei, no creerás sinceramente
que puedes salir de aquí, ¿verdad? —Cruzo los brazos sobre el
pecho.

—Yo no...

—Hay códigos que no tienes y mis hombres están por todo el


edificio —explico, bajando los brazos y caminando hacia ella—.
Están abajo, en las puertas principales, en los autos, fuera del
edificio... Podría seguir. La única manera de salir de este
apartamento es con mi permiso o de mi brazo.

Le alcanzo la barbilla, pero ella se aparta de mi agarre.

—No soy estúpida —escupe, dando dos pasos atrás.

—¿De verdad? Entonces quizá quieras explicarme dónde fue a


parar el bolso que te di —le digo.

El destello de sorpresa en su cara y parte de sus labios delata


mucho.

—Tampoco soy estúpido —le digo, manteniendo la voz baja.

Su boca se cierra de golpe.

Por curiosidad, le pregunto:

—¿Hasta dónde creíste que llegarías?

Ella retrocede dos veces más, mientras me muevo para sentarme


en el sillón de respaldo alto.

—Creo que lo olvidé en el baño —responde finalmente.

—Sí, seguro que lo has olvidado —le sigo la corriente a su


mentira, pero solo por un momento—. Mis hombres estaban en la
puerta Mei —confieso—. No hay forma de escapar de la elección que
hiciste.
—¿Qué elección? —resopla—. No tuve elección. Tu concurso de
meadas con tu primo no fue cosa mía —argumenta.

—Yo no te quité la máscara esa noche —replico, empujando fuera


de la silla.

Avanzo. Ella retrocede.

—Te quitaste la máscara de niña buena tú sola —le recuerdo—.


Tú me diste una muestra de la verdadera mujer detrás de la
fachada. Eso fue obra tuya.

Después de haberla arrinconado contra la pared, la enjaulo con


mis brazos.

—Eso fue toda tú, mi bonita y sucia chica muerta —digo,


acercando tanto mi rostro que cada una de sus pesadas
respiraciones calienta mi boca—. He vislumbrado tu oscuridad —
susurro, sintiendo su cuerpo tenso—. Y es jodidamente hermoso.

Incapaz de luchar contra la necesidad de sentirla, de saborearla,


tomo su boca con la mía. En el momento en que mi lengua toca el
borde de sus labios, ella me absorbe. Bajando una mano de la
pared, le agarro la nuca, atrayéndola hacia mí. Y como cada vez que
mi boca está sobre ella, me olvido de mi necesidad de oxígeno hasta
que mis pulmones protestan.

En una gran bocanada de aire, gira la cabeza, poniendo su cara


marcada en mi línea de visión. Incluso con la escasa luz, su piel
hinchada y oscura es evidente. La ira y la sed de sangre vuelven a
aparecer.

—Es un hombre muerto —digo en un gruñido bajo, sintiendo que


ella se pone rígida.

Jadeando, pregunta:

—¿Quién eres tú? —La pregunta me confunde al principio, pero


continúa—: Cuando Felix le dijo que yo era tuya, él... todo cambió
—dice en un susurro—. Todos en ese club te temían a ti, pero sé
que no eres el líder o como sea que lo llamen.

Una risa rápida brota de mi pecho.


—No, no estoy al mando, pero yo... —dudo, sin saber cómo
explicarlo sin asustarla más. Mi rango en la familia se ganó con
respeto, pero también con aprensión por mi naturaleza oscura. Mi
criatura, lo que me valió el apodo de Saint, es bien conocida y
temida. Mei es portadora de una oscuridad, pero si supiera y viera
mi más baja naturaleza en el trabajo... no hay vuelta atrás de eso.
Incluso algunos de los hombres de nuestra organización que se
creían muy duros se acobardan ante mi verdadero yo—. Estoy en lo
alto de los rangos —termino, decidiendo que ella no necesita
conocer todos mis demonios, todavía.

—¿Los rangos? —Sus ojos buscan los míos.

—No es importante —digo, soltando mi agarre en su cuello y


dando un paso atrás—. Quítate los zapatos —le ordeno, y ella
vacila. Viendo su batalla interior, queriendo luchar contra mí, pero
sabiendo que tiene que elegir sus batallas, hace que mi polla
palpite. Finalmente, se quita los zapatos.

—No me los puse para escapar —confiesa, pateándolos a un


lado—. Prefiero tenerlos puestos o al lado de la cama cuando
duermo.

—¿Por qué? —pregunto, tomando su mano.

Sacándola de la habitación, le hago un gesto para que suba las


escaleras.

—¿Qué estamos haciendo? —pregunta, mirando las escaleras


como si fueran una sentencia de muerte.

—Háblame de los zapatos —insisto.

—Dime por qué subimos —replica ella, mirándome fijamente.

Tomando su mano, la subo a mi habitación y la guío por el


pequeño pasillo, pasando por el baño que usó antes.

—Desnúdate —le ordeno, me desabrocho la camisa y me la quito.

—¿Qué? —tartamudea, viendo cómo me desabrocho los


pantalones y los dejo caer al suelo.
—Desnúdate —repito.

Me quito los calcetines y la camiseta blanca y me acerco a ella.

—He dejado el hielo abajo —dice, mientras sus ojos recorren mi


cuerpo casi desnudo.

La rodeo y pulso un botón de la pared.

—¿Sí, señor? —Se oye por el intercomunicador.

Manteniendo el botón presionado, digo:

—Envíen una bolsa de hielo. —Y suelto el botón.

Fijando mis ojos en los suyos, agarro la parte inferior de su


camisa, la tiro por encima de su cabeza y la arrojo al suelo antes de
enganchar mis dedos en la parte delantera de sus jeans. Nuestros
ojos fijos en el uno y el otro mientras desabrocho el cierre, bajo la
cremallera y se los paso por las caderas.

Presionando mi pie descalzo sobre la tela de jean entre sus pies,


digo:

—Sal.

Parpadea un par de veces y luego obedece.

Bajo la mirada, observando a la mujer que tengo delante. Esta


parada junto a mi cama con una camiseta gris ajustada y bragas
blancas, y su juventud nunca ha sido tan evidente. Debería
avergonzarme por las horribles maneras en que quiero ensuciar
esas bragas blancas.

La llamada a la puerta hace que mis ojos se dirijan a su cara y a


la fresca marca. Mis deseos perversos son reemplazados por una
feroz protección. Enderezo mi columna vertebral, tratando de
resignarme a este sentimiento. Estoy acostumbrado a la
posesividad y a proteger lo que es mío, pero esta necesidad de
mantenerla a salvo, sin tocarla, y al mismo tiempo querer poseer
cada parte de ella, es más profunda de lo que quiero admitir.
—Métete en la cama —digo, consciente de la molestia en mi
voz—. Voy por el hielo.

Me giro, sin esperar a ver si obedece. Una parte de mí, la parte


enferma que quiere poseerla, espera que no lo haga.

Mei
Mientras se aleja, observo la flexión de cada músculo, haciendo
que su oscuro tatuaje parezca moverse. Lo que primero parecen
como plumas, resultan ser alas hechas de hojas puntiagudas.

Cuando dobla la esquina, pongo mi culo en el borde de la cama


y aprieto el edredón a cada lado de mi cuerpo. Cerrando los ojos, la
noche vuelve a mi mente, pero en una versión rápida. El dolor en
mi rostro y el agotamiento de los acontecimientos se abaten sobre
mí.

Estoy en un gran problema y no sé cómo salir de él. Y lo más


jodido de todo: ¿realmente quiero escapar?

Levantando una mano, me toco tímidamente la mejilla, y me


estremezco.

—Toma esto. —Extiende la palma de la mano, ofreciéndome dos


grandes pastillas blancas.

—¿Qué son? —pregunto en un susurro.

—Para el dolor —responde.

Dejo caer la mano sobre mi regazo y miro fijamente las pastillas.

—No estoy tratando de drogarte —asegura.


—Eso es lo que dicen todos —me burlo, pero mis palabras caen
en saco roto.

Agachado, sus ojos encuentran los míos. Nuestras miradas se


cruzan. Agarrándome de la muñeca, me gira la mano y coloca la
medicina en ella.

—Tómalas —ordena, presentando un pequeño vaso de agua.

Me meto las pastillas en la boca, suelto el agarre de mi mano


izquierda de la manta, cojo el vaso y me trago la medicina.

Tomando el vaso de mi mano, se levanta y lo coloca en la mesilla


de noche.

Dejo caer la cabeza, aprieto las manos en mi regazo y cierro los


ojos.

—¿Puedo ir ya a mi habitación? —Sé la respuesta, pero tengo que


intentarlo.

Es tan peligroso y abrumador. Todo lo que hace, quita otra capa


de mi ilusión cuidadosamente construida y lo hace con una
facilidad practicada. No hace promesas. No, hace declaraciones de
protección y seguridad, pero ¿Qué haría realmente? Si conociera la
jodida maldad, el resto de mi oscura historia, ¿sentiría lo mismo?

Unos dedos largos y fuertes aprietan mi barbilla temblorosa,


levantando mi rostro hacia el suyo. Abro los ojos.

Tal vez debería confesarlo todo. Él ya me ha matado. ¿Por qué no


devolverle el favor y acabar con su intriga? Hay una posibilidad muy
real que me deje libre entonces. Ya sea a dos metros de profundidad
o de vuelta a las calles, no estoy segura.

Estoy preparada para el no, reforzada para el no, así que mi


cuerpo involuntariamente se sacude cuando responde con un…

—Esa no es tu habitación.

Su mirada es penetrante, transmitiendo la finalidad de sus


palabras.
Tiene mucha razón. No es mi habitación.

—¿Mi jaula?

El lado derecho de su boca se mueve con diversión.

—Dime tu nombre.

Pongo los ojos en blanco y sigo evadiendo su pregunta favorita.

—Chica muerta.

La sonrisa crece lentamente en su cara, mientras su pulgar se


desliza por mi labio inferior. Una sensación difusa me recorre la
piel, aunque no estoy segura de sí es su tacto o las pastillas.

—Duerme —dice, otra orden.

El calor me recorre los hombros y sube por el cuello. Todo, desde


los párpados hasta las extremidades, se vuelve pesado.

Intento preguntar: ¿Qué me has dado? Pero sale distorsionado.

Me despierto con un gemido. Mi rostro palpita, mi cabeza y mi


cuerpo duelen.

Me doy la vuelta y me encuentro como único ocupante de la cama


de Saint, pero un suave movimiento de los pies sobre la gruesa
alfombra me dice que no estoy sola.

—Por fin te has despertado. —Su voz profunda y rica atrae mis
ojos a través de la habitación.

Saint está de pie junto a un armario abierto, metiéndose en un


costoso traje de chaqueta. Me levanto para sentarme y hago una
mueca de dolor. Mi cabeza está realmente pagando el precio sin la
adrenalina recorriendo mi sistema.
—Tómate las pastillas en la mesilla —me ordena, dirigiéndose a
un espejo de pie para ajustarse el cuello y la corbata.

—Como si fuera a caer en eso otra vez —digo, pero permito que
mis ojos deslicen una mirada hacia las pastillas y el agua que
esperan.

—¿Te despertaste o sentiste algún dolor anoche? —pregunta, ya


sabiendo que no lo hice—. Estas no son las mismas.

Alejándose del espejo, se acerca al extremo del grueso pedestal


de madera oscura. Anoche, había estado demasiado distraída para
ver la cama king size o la amplitud del dormitorio principal.

Su dormitorio.

—Tengo que ocuparme de unos asuntos esta mañana, pero


volveré pronto —dice, rodeando la cama.

A mi lado, toma las pastillas, el agua y me las tiende. Cambiando


mis ojos entre las pastillas y su cara, y luego vuelvo a mirar, acepto
su ofrecimiento. Como la noche anterior, una vez que termino, él
toma el vaso. Pero esta vez, se inclina, con los puños en el colchón,
y me dirige una mirada.

—Tienes libertad de andar por el apartamento... —vacila, dejando


que las palabras calen—. Pero no intentes salir. Te aseguro que es
inútil intentarlo. —Se levanta a su altura, mete la mano en su
chaqueta y lanza un celular entre mis rodillas—. Si me necesitas.
—Asiente con la cabeza hacia el aparato y comienza a girar.

Miro fijamente el teléfono, con miedo a tocarlo.

—No te va a morder —bromea por encima del hombro.

—¿Debo llamar a Joey para informarle que no volveré al trabajo


hasta que mi tiempo indefinido como tu cautiva haya terminado?
—pregunto sarcásticamente.

En la entrada del pequeño pasillo, se enfrenta a mí. La sonrisa


que lleva me pone nerviosa.
—Ya se ha enterado que no vas a volver —afirma antes de
desaparecer por la esquina.

No me sorprende su admisión, pero no puedo evitar sentirme


molesta.

—Hijo de puta —gimo, cayendo de nuevo en las almohadas.

Me pongo de lado, cierro los ojos y espero a que las pastillas


hagan efecto.
CAPÍTULO TRECE
SAINT

Al salir del ascensor, me saludan Vince y Russ.

Mirando alrededor de la habitación, está vacía. La televisión está


encendida, pero el sonido está apagado. Como no me gusta la
televisión, busco el mando a distancia para apagarla.

Alrededor del sofá, encuentro el mando y a Mei. Al verla envuelta


en una de mis camisas de vestir y acurrucada en el sofá me provoca
una fuerte punzada en el pecho.

Acercándome, recorro con mis dedos desde su tobillo hasta donde


mis calcetines se detienen, justo debajo de su rodilla. Sus muslos,
a la vista, piden ser tocados. Así que lo hago, toco su rodilla y
recorro su suave piel. Con la otra mano, le quito los mechones de
pelo oscuro de su cara.

Todo mi interior se tensa al ver su rostro. El enrojecimiento y la


hinchazón son significativos. La experiencia me dice que el feo color
púrpura y azul se formará pronto. Mi ira hierve ante la visión,
sabiendo que otro hombre puso su marca en ella.

—Ay —grita ella, con la voz llena de sueño.

Su mano se acerca a la que tengo en su muslo.

Al darse cuenta que he apretado el agarre, aparto la mano de un


tirón.
Unos ojos cautelosos se encuentran con los míos.

—Te pido disculpas. —La frase parece extraña, como si la


pronunciara mal.

Apoyándose en sus antebrazos, se arrastra hacia atrás, hasta que


se aprieta contra el cojín del sofá.

—La cena llegará pronto —le digo, sin poder evitar que mis ojos
la recorran con mi ropa.

Ella aprieta la parte desabrochada de la camisa, cerrando su


escote.

—Me voy a vestir. —Intenta subirse al respaldo del sofá y pasar


sobre el.

La agarro por el brazo y la atraigo hacia mí. Levantando su


muñeca, toco una mancha marrón.

—Esta camisa cuesta trescientos dólares —le digo solo para ver
su reacción.

No me decepciona. La sorpresa aparece en sus ojos antes de


levantar la barbilla con rebeldía y decir:

—Bueno, la próxima vez estaré por aquí en ropa interior.

Le paso un brazo por la cintura y la atraigo hacia mi pecho.

—Si te paseas en ropa interior, te doblaré sobre cada mueble de


este apartamento y te follaré delante de mis hombres —le advierto.

Sus labios se afinan y las fosas nasales se abren. Parpadea un


par de veces antes de desafiarme una vez más.

—No sería la primera vez que alguien nos observa. ¿Verdad? —


dice, refiriéndose a Felix en el club.

Acercando mi rostro al suyo, gruño:

—Pero no lo maté después.


Los labios de Mei se separan en un pequeño jadeo, diciéndome
que ha entendido lo que quiero decir.

Como si fuera a dejar que nos vieran follar y vivir para contarlo.
La pequeña, sucia y oscura es solo mía.

Sentado en la cabecera de la mesa, echo un vistazo a los


contenedores de comida china para llevar.

Mis ojos se desvían hacia Sketch, encontrándolo mirando a Mei.

—¿Hay algún problema? —Mei lanza la pregunta como un


puñetazo.

—¿Quién Mierdas eres tú? —le espeta.

Apartándose de la mesa, saca su arma de detrás y la apunta.

Los ojos de Mei se abren de par en par, pero no de miedo. El


resplandor de sus fosas nasales revela el peligroso subidón de su
lado más oscuro a la vida. Es jodidamente hermosa.

—Estoy harto de esta mierda —grita.

Acomodándome en mi silla, traigo la caja de papel para llevar


conmigo. Con un tono aburrido, le ordeno:

—Guarda el arma.

Luego me meto en la boca unos fideos de baja calidad.

—Vete a la mierda —grita—. ¡No te ocuparás de esto, así que lo


haré yo!

Curvando un lado de mi boca, dejo caer el recipiente sobre la


mesa.

—Enfunda tu puta arma —le exijo.

—Mierda... —Mi cuchillo aterrizando en su mano cambia su


tono—. ¡Mierda!

El arma aterriza en un recipiente de arroz.


—Mierda, Saint —gruñe Sketch. Arrancando el cuchillo de su
mano, lo deja caer junto al arma. Toma una servilleta de tela de la
mesa, la envuelve alrededor de su mano y la ata.

Como profesional del dolor, no me extraña lo poco que se nota en


su cara. Interesante. Su tolerancia no era tan alta hace años.

—Probablemente deberías hacer que te miren eso —ofrece Mei,


con una sonrisa burlona—. Podría infectarse —dice con una voz
dulce y enfermiza.

Sketch toma su arma, con una clara intención.

—Suficiente —grito, cansado de las discusiones.

Redirigiendo la conversación, dirijo mi mirada a Mei.

—Háblame de la muñeca —exijo, señalando a Sketch con la


mano.

Su silla roza el suelo de madera cuando se levanta.

Agarrando los brazos de su silla, sus ojos siguen cada uno de sus
movimientos hasta que desaparece de la habitación.

—Mírame —le ordeno.

Ella respira profundamente y se vuelve hacia mí, con los ojos


como un mar enfurecido.

—¿Cuál es el significado de la muñeca, Mei?

—Es que no me gustan las muñecas. —Se encoge de hombros y


se queda mirando por la ventana que tiene enfrente, con los ojos
desorbitados. Perdida en su mente, su máscara se desliza un poco
más.

—Entonces, ¿por qué alguien te las envía? ¿Y por qué muñecas


viejas y usadas?

Colocando los antebrazos sobre la mesa, alejo los contenedores y


me inclino hacia adelante.
Con los ojos todavía puestos en la ventana, levanta un hombro y
dice:

—Dímelo tú.

Sketch deja caer una caja de zapatos sobre la mesa, y Mei


prácticamente salta de su silla. Las piernas rellenas de la muñeca
de trapo se caen por un lado, mientras que el hilo rojo de su cabeza
sobresale de la otra esquina.

—No te creo —digo, manteniendo la voz baja.

Tratando de mantener su farsa, extiende una mano pálida y


temblorosa. Las yemas de sus dedos rozan el desgastado vestido a
cuadros mientras Sketch deja caer una segunda caja.

—¡Mierda! —grita—. ¡Deja de hacer eso, imbécil!

Con una sonrisa maníaca en la cara, Sketch presiona las palmas


de las manos contra la mesa y se inclina. En lugar de hablar, utiliza
un dedo largo y fino para abrir una nueva caja.

Esta vez sí se levanta de la silla. Con la mano sobre la boca,


mirando fijamente la entrega especial.

La muñeca está envuelta en papel de seda rosa, lo que crea un


contraste con los rizos oscuros y la piel de cerámica.

—Sarah —su susurro me levanta de la silla. Sacudiendo la


cabeza, se aleja de la caja como si fuera a explotar—. ¿Dónde? —
grita.

—Dímelo —exijo.

—¿Dónde? —grita.

Rodeando la mesa, gruño:

—¿Quién envía las muñecas?

Con el cuerpo blando de la muñeca de cerámica en la mano, la


empujo hacia ella.

Retrocediendo dos pasos más, ella pregunta:


—¿Dónde estaba?

—La enviaron al club —le digo—. Ahora, dime de una puta vez
quién te las envió y por qué...

—Un muerto —grita—. ¡Un maldito hombre muerto las envió! —


Ella gira, su cabello oscuro se arremolina alrededor de su cabeza, y
sale corriendo de la habitación.

Mientras Sketch se mueve, extiendo mi mano libre y agarro su


brazo. Mis ojos se quedan en el arco por el que ella huyó mientras
sus ojos se clavan en mí. Sacudo un poco la cabeza y él se queda
quieto.

El sonido de sus pies contra la escalera es seguido por el portazo


de una puerta.

—¿Has encontrado algo? —pregunto, examinando la muñeca en


mi mano.

La seda rosa claro del vestido está descolorida en algunos puntos


y deshilachada en otros. Una sola abertura de media pulgada se
extiende desde la línea del cabello hasta la pequeña nariz. Un ojo
azul brillante está raspado, mientras que el otro habla de una época
mejor.

—La persona dijo que era un servicio de mensajería, pero


ninguno de los de la ciudad tenían una entrega en el club —
responde Sketch—. Lo trajeron a la puerta de entrega trasera. La
cámara allí apesta y la persona tenía una gorra de béisbol, pero
todavía estoy tratando de conseguir algo.

—¿Hombre o mujer? —pregunto, dejando caer la muñeca de


nuevo en la caja.

—Hombre. Creo.

—¿Crees? —gruño, molesto por la falta de putas respuestas en lo


que a ella se refiere.

—La cámara de seguridad es una mierda —se defiende—. Y es


todo lo que tengo para trabajar, por el amor de Dios.
Casi me hace creer que son las muñecas a las que tiene miedo
pero no es miedo lo que veo destellar en sus redondos ojos. Es terror
absoluto. El sentimiento es tan profundo que parece estar a punto
de estallar, de caer en la locura.

—Tráeme algo —exijo.

—¿Qué tal si te consigo uno de tus juguetes favoritos y vas a tallar


la maldita información de ella como normalmente lo haces —gruñe,
tirándose en la silla cerca de su portátil.

Mostrando mi cabeza en su dirección, aprieto la mandíbula y


espero que retroceda, pero no lo hace.

—¿Qué mierda, Saint? Si no vas a poner un puto cuchillo en su


garganta, entonces tal vez debería ponerle un arma. Apuesto a que
entonces obtendríamos todas las putas respuestas.

Estrechando los ojos hacia él, bajo la voz:

—Maurizio, si la tocas, te mataré.

No me extraña la forma en que se encoge al oír su verdadero


nombre, pero es rápidamente reemplazado por emociones que van
desde el desafío a la ira. Por el rabillo del ojo, capto el tic de su
mano, seguramente tentado a sacar el arma en este momento.

Sketch no dice nada más, mientras termino mi bebida, agarro la


muñeca y salgo de la habitación. No entiende del todo que mi chica
muerta es retorcida y oscura por dentro.

Simplemente. Como. Yo.

Sabiendo que no ha ido a mi habitación, entro en el dormitorio


del segundo piso y la encuentro frente a una ventana abierta, con
la cabeza caída y con las manos apoyadas en la cornisa. Levanta la
cabeza, pero no se gira para mirarme.

—Háblame de las muñecas —le exijo, arrojando el objeto que


teme a sus pies.

—Háblame de las otras chicas —replica, sus palabras más duras


de lo esperado.
Cuando no respondo, se levanta de la cornisa y me mira.

—No tienes tantas ganas de hablar ahora, ¿verdad? —Cruza los


brazos sobre el pecho.

—¿Qué otra cosa...?

—No —exclama—. Finge que no lo sabes —dice en voz baja.

Levantando una ceja, no puedo evitar sonreír. Su mirada es como


una recompensa para mi demonio interior. Quiere que luche contra
nosotros, que resista.

—No son de tu incumbencia —continúo evadiendo, esperando


despertar su lado oscuro para jugar.

—Al menos no lo niegas —murmura.

Dejando caer los brazos, se vuelve hacia la ventana.

Su falta de desafío, la manipulación de sus emociones, hace que


la rabia se ponga al rojo vivo en mis extremidades.

Dando cuatro largas zancadas, aprieto mi pecho contra su


espalda. Su cuerpo se tensa, pero no se aparta. Levantando los
brazos, la rodeo y me agarro al marco inferior de la ventana.

Con la boca pegada a su oído, le pido de nuevo:

—¿Quién manda las muñecas?

—¿Por qué debería contarle a un extraño psicópata al...?

Cierro la ventana de golpe, cortándola y haciéndola saltar. Sin


embargo, no se aparta de mí.

—¿Algo? —termina.

Le agarro el pelo de la nuca y se lo muevo hacia un lado.

—Porque tienes menos miedo de este extraño psicópata que al


que envía las muñecas —le digo al oído antes de pasar mi nariz por
el lado de su cuello.
El olor a vainilla oscura asalta mis sentidos. Cierro mis ojos,
saboreándolo, y envuelvo su cuerpo con mis brazos.

Con los brazos pegados a los costados, se debate contra mí, y mi


polla se endurece aún más.

—Si me dices su nombre, ya no serán un problema para ti.

—¿Vas a salvarme, Saint? —resopla ella, todavía luchando.

—No. —Se queda quieta ante mi confesión—. Te equivocas —le


digo, volviéndola en mis brazos.

Le meto los dedos bajo su mandíbula, y su cabeza se levanta


hacia la mía, con los ojos desorbitados por la expectación y el miedo.
Con la otra mano, saco una tarjeta del bolsillo trasero y la sostengo
en alto.

Sus ojos se dirigen a la tarjeta y se ensanchan.

Pronto...

Me agarra la muñeca con las dos manos, las ásperas y callosas


almohadillas de sus dedos se clavan en mi carne. Un apretón de mi
mano detiene sus intentos.

—Por favor —me pide en un susurro, y acerco mi rostro


centímetros del suyo.

—Él quiere lo que es mío, y eso no va a suceder —gruño.

—No soy tuya —argumenta ella—. Y no necesito que me salves —


replica.

Un lado de mi boca se curva.

—No voy a salvarte. Te he condenado.

Sus fosas nasales se agitan y los músculos de su mandíbula se


tensan bajo mis dedos.

—Prepárate para ir a la cama —le ordeno antes de aplastar mi


boca con la suya en un beso rápido y fuerte. Me retiro y le suelto la
cara. Con la barbilla levantada y sin apartar los ojos de mi rostro,
se dirige hacia donde estaban sus maletas.

—¿Dónde están mis cosas? —pregunta, mirando el lugar vacío.

—Arriba. —Al oírme, se da la vuelta, con preguntas no


expresadas en sus ojos—. Te dije anoche que esta no es tu
habitación.

—Dormiré en esta —dice como si fuera una amenaza,


quedándose inmóvil mientras me acerco a ella. Cuando saco mi
cuchillo detrás de mi espalda, su cuerpo da una ligera sacudida,
pero no se mueve.

Tomando el material de su hombro en mi puño, sus manos se


aferran a mi antebrazo, y la hago girar, rompiendo su agarre y
haciéndola maldecir.

Levanto el cuchillo y presiono la punta en la parte trasera de la


camisa y la atravieso. La acción detiene su lucha. Tres cortes de la
costosa tela después, la camisa está prácticamente destrozada.

Haciendo girar el cuchillo en mi mano, la suelto y me dirijo hacia


la puerta.

Antes de salir, le ordeno una vez más:

—Prepárate para ir a la cama.

En lugar de dirigirme a la planta superior, vuelvo al primer piso.

Los ojos de Sketch me encuentran en el momento en que entro


en la habitación y se aparta de su portátil.

—¿Tienes algo? —No se me escapa la pizca de fastidio en su voz.

Con la punta del cuchillo que aún tengo en la mano, golpeo la


pantalla de un celular que está conectado a su portátil.

—Es básicamente un teléfono desechable —dice con un agitado


suspiro—. No hay contrato que la ate a nada. Solo una cuenta para
recargar con más datos y minutos. —Hace un gesto hacia la
pantalla con la mano.
Me coloco detrás de él y miro la pantalla.

—No es una profesional, pero tampoco es una maldita


principiante —advierte.

—Explícate —le ordeno.

—Si los federales estuvieran involucrados, ella estaría enterrada


más profundamente y detrás de identidades y cuentas falsas.

—Pero...

—Ella se mantiene fuera de la red muy bien. Como si llevara


haciendo esto durante toda una puta vida. —Se frota una mano
sobre su cara.

—Así que todavía no tienes nada —refunfuño.

—Hay una cosa que no encaja, pero...

—Sketch —advierto, mi paciencia se agota.

—Hay una alerta de Google que recibió sobre una tal Kayla
Mearson. La alerta está fuera de lugar para alguien que intenta no
tener ningún apego —dice, haciendo una pausa para golpear las
teclas frente a él.

En la pantalla aparece la imagen de una joven con la palabra


MISSING impresa sobre ella.

—Está claro que no es Cara de muñeca.

Me tenso, odiando cómo se me retuercen las entrañas con su


familiaridad con ella.

—No te encariñes, Sketch —gruño, apretando mi mano en su


hombro.

—Mierda —se queja Sketch, apartándose de mi mano—. Lo


entiendo, Saint. Es tuya.

Su mano reemplaza la mía una vez que la suelto.


—Cristo —suelta, haciendo rodar su hombro—. Te das cuenta
que estás actuando como un imbécil obsesionado, ¿verdad? Sin
mencionar que no quiero tener nada que ver con la clase de locura
que albergas en tu cama.

Recuperando mi asiento en la cabecera de la mesa, me encuentro


con sus ojos.

—Ya sabes lo que soy. —Es mi respuesta.

—Ya no estoy seguro de saberlo —me dice.

Agarrando el mango de mi cuchillo, lo vuelvo a lanzar por encima


de mi cabeza y lo cojo por la hoja antes de dar un golpe con la
muñeca. El cuchillo se clava en la mesa de madera a un centímetro
de su muñeca.

—Dios —exclama, apartando el brazo de la mesa.

—Considérate recordarlo.

—Toma —dice, lanzando una carpeta.

La carpeta de manila cae sobre la mesa y se desliza por la


superficie lisa hasta que está al alcance de mi mano.

Colocando la palma de la mano sobre la carpeta, mantengo la


mirada fija en ella, y pregunto:

—¿Está confirmado?

—Está todo ahí. —No se me escapa la cadencia nerviosa de sus


palabras.

Antes que pueda atraerlo hacia mí, la mano de Sketch se posa


sobre la mía. Nuestros ojos se encuentran.

—Tienes que saberlo —Hace una pausa, frunciendo el ceño y se


relame los labios.

Entrecerrando los ojos, saco la carpeta y mi mano debajo de la


suya. Este nivel de nerviosismo no es propio de él.

—¿Qué? —ladro.
—Hay más que... —Traga visiblemente—. Hay más y va a cambiar
todo.

Pasar las páginas es como desenterrar cada cadáver que Angelo


enterró. Los esqueletos se apilan hasta que estoy sumergido. Todo
lo que ya sabía y lo que sospechaba es confirmado. Mirando
fijamente la prueba innegable de los retorcidos juegos de Angelo,
creí conocer el mayor. Que es, de hecho, el catalizador en el
asesinato de su propio hijo en su búsqueda de poder.

—Esto es todo lo que... —Me vuelvo a la sección final del archivo,


y el ritmo del paso de Sketch se convierte en la banda sonora de
una revelación que nunca vi venir—. Esto no… —La página final, la
de la prueba genética, es suficiente para cortar mi protesta.

Enroscando el lado derecho de mi boca, el asco, la ira y el veneno


agitan mi lado oscuro. El demonio quiere carne y hueso bajo
nuestras manos… otra alma que añadir a nuestra colección.

Desde que era un niño, su palabra era ley. Mi padre me lo


predicaba y me lo inculcaba regularmente. No se puede
cuestionar. No vaciles. No muestres miedo.

—Dante, por favor no...

Sus gritos son cortados por el dorso de su mano y ella se


derrumba en el suelo.

El impulso de protegerla tensa mis músculos, pero reprimo


mis rasgos.

—Es una traidora —grita él—. Y una puta.

Las palabras me abren de par en par. La ira empieza a


arder en la boca de mi estómago. Pero su palabra es ley y debe
ser obedecida.

—Veo que sigues inventando tus propias verdades —grita


ella, escupiendo sangre a sus pies.
Él la toma por el pelo y la levanta sobre sus rodillas,
inclinando la cabeza hasta que sus rostros están a solo unos
centímetros de distancia.

Se intercambian palabras, demasiado silenciosas para que


yo las oiga, pero el desafío desaparece de su rostro y es
reemplazado por el terror.

—No —jadea, las lágrimas caen sobre sus mejillas


manchadas de sangre.

—Sí, Theresa —sisea él, arrojándola al suelo—. Es una puta


más.

Los gruñidos de protesta atraen mi atención de la sollozante


mujer en el suelo.

—Papá —grita Felix desde el otro lado de Angelo antes de


moverse hacia la forma atada y amordazada del tío Dino.

—Detenlo.

Las órdenes de Angelo siempre deben ser obedecidas.

Extendiendo la mano, agarro el brazo de Felix, y sus ojos


brillantes en confusión e ira se encuentran con los míos.

—¡Contrólate! —La demanda de Angelo cae en los oídos


sordos de Felix.

Se libera de mi agarre, solo para ser sometido por otros dos


hombres.

—Suéltenme —grita, luchando contra su agarre.

Un fuerte gruñido atrae mi atención una vez más.

La mirada de mi tío es clara. Está advirtiendo en silencio a


mi primo sobre su arrebato.
Felix se calla, pero los hombres no lo sueltan.

—Bienvenido, hermano —saluda Angelo.

Intenta dar un paso adelante, pero su zapato choca con la


pierna de mi madre.

Cada músculo se contrae y siento que mi pecho va a


explotar. Cruzando los brazos sobre el pecho, intento
mantenerme firme y en mi sitio. Cada momento con mi madre
me viene a la mente.

Su canto para dormirme.

Su forma de contarme historias.

La forma en que me da de comer más de la cuenta cuando


voy a la casa.

La mirada triste de sus ojos cuando salgo por la puerta.

Luchar contra las ganas de tomarla en brazos y protegerla


se vuelve físicamente doloroso. Un pozo se forma en mi
estómago, como un revuelto de agujas y cristales.

Abriendo más las piernas, planto los pies. Ir hacia ella es


una debilidad. Es una traidora a nuestra familia, y la
deslealtad tiene un alto costo. Es uno que todos conocemos.

Con su caro zapato italiano, le da una patada en la pierna,


haciéndola gemir.

—Max —Angelo llama por encima de su hombro—. Prepara


a la puta.

Girando la cabeza ante el grito apagado de mi tío, lo veo


luchar contra los hombres que lo sujetan.
—No te preocupes, tú también tendrás lo que los traidores
se merecen, hermano —dice Angelo, con la última palabra
pronunciada con disgusto.

—Dante, por favor. —Se lamenta mi madre en voz baja.

Cuando no la miro, puntas afiladas de mi dolor atraviesan


mi alma.

—Por favor, mírame —me suplica.

—Cállate —gruñe Max, y no tengo que mirar para saber que


hay un arma en su cabeza.

—No es tu culpa —se rebela contra la orden.

—Perra, ¿qué he dicho? —El crujido de los huesos atraviesa


la habitación, seguido de su grito de dolor.

—Deja de intentar ayudarla —dice Angelo.

Por un momento, estoy seguro que me está hablando a mí,


pero luego está claro que las palabras van dirigidas a mi tío.

—Ya la has ayudado bastante, ¿no?.

Los ojos del tío Dino se estrechan en señal de desafío.

—¿Dónde está el otro traidor? —Angelo pregunta,


haciéndome pensar.

¿Otro? La pregunta da vueltas en mi cabeza.

Es una respuesta apagada, pero la cara del tío Dino hace


evidente su intención de "Vete a la mierda".

La risa de Angelo no tiene gracia y es sádica.


Su mano se levanta expectante. Se coloca una navaja en la
palma de su mano, y en cuestión de segundos, el cuchillo
atraviesa el muslo de mi tío.

Felix se tensa, dando un paso adelante, pero no llega más


lejos.

—Dante. —Mi madre ronca, sus palabras interrumpidas por


jadeos para respirar—. No eres como ellos.

Mirando a su forma arrodillada, la mano de Max en su pelo


que la mantiene erguida, nuestros ojos se encuentran.

En ellos, encuentro amor, perdón y comprensión, y me


confunde. Ella sabe lo que le espera.

Sus labios se separan en una sonrisa sangrienta.

La sorpresa desenfunda mis cejas.

—Pónganlos en su sitio —ordena Angelo, y como el soldado


bien entrenado que soy, mi atención se mueve hacia él.

El tío Dino se arrodilla junto a mi madre, el dolor en su


muslo tallado le hace inclinarse hacia adelante sobre sus
manos. Mi madre se ve obligada a ponerse a cuatro patas
cuando Max empuja entre sus omóplatos.

—Dante, Felix, vengan —nos llama Angelo a su lado.

—Los perdono. —Las palabras de mi madre le valen una


patada en el costado.

—Maldita sea, Angelo —maldice el tío Dino, colocando un


brazo protector alrededor de ella.

En un destello de rabia, Angelo apuñala a Dino en el


hombro, una y otra vez, hasta que se aleja de mi madre.
—No toques a la puta —advierte Angelo, con un nuevo tono
de voz que no conozco.

Se endereza a su altura y recupera la compostura antes de


dirigirse a nosotros.

—Ha llegado el momento que ustedes dos demuestren su


lealtad, devoción, y hagan su juramento de sangre —anuncia
reverentemente, y todo se aclara. Sé lo que quiere que hagamos
y la razón de sus palabras de perdón.

—Bastardo —exclama Dino, y otro gruñido de dolor le sigue.

Las armas se dirigen hacia Felix y hacia mí, y Angelo hace


un gesto con la cabeza para que las tomemos.

Tomo el arma y la sostengo a mi lado.

Felix extiende su mano temblorosa sobre el arma.

—Tómala —me insta Angelo—. Demuestra tu lealtad.

Puedo sentir cómo crece la tensión mientras Felix duda.

El oscuro dolor florece junto con mi plena comprensión de


esta situación.

Felix es más un hermano que un primo y su sufrimiento solo


alimenta el dolor que crece dentro de mí. Son como clavos
siendo martillados en mis entrañas.

Apretando la empuñadura de mi arma, doy un paso hacia


adelante, levanto el cañón hacia la frente de mi madre. La
acción hace que Angelo deje de mirar a Felix.

Mis ojos se fijan en los suyos, el amor y el perdón todavía


brillando en sus profundidades antes de cerrarse.

—Ábrelos —le exijo, haciendo que parpadee sorprendida.


Su cabeza se mueve hacia atrás con la fuerza de la bala
antes que su cuerpo sin vida se desmorone en el suelo.

—Ahora, Felix... —empieza Angelo.

Antes que pueda terminar, me desvío, apunto y aprieto el


gatillo por segunda vez.

El tío Dino se derrumba en un charco de sangre que empapa


el cemento.

Arrojando el arma sobre sus cuerpos, retrocedo a mi


posición anterior.

La habitación está en silencio, pero por dentro, estoy abierto


y en carne viva.

—Bueno, eso no fue exactamente como estaba previsto —


bromea Angelo, obteniendo risas incómodas del resto de los
hombres.

Los mismos hombres que miran fijamente al chico de quince


años sin emoción y mortal, que mató a su propia madre y a su
querido tío sin pensarlo dos veces. El que salió de esa
habitación como si nada hubiera pasado, aunque había
desatado el lado más oscuro de él. Uno que se convertiría en
una criatura más fuerte, más oscura, más necesitada y más
vengativa.

Todo había llevado al momento en que me paré frente a mi madre


y le disparé al estilo verdugo. Y mientras la mayoría pensaba que la
obligué a abrir los ojos porque era un puto enfermo, la verdad era
que necesitaba ver el amor y el perdón por lo que estaba a punto de
hacer. Incluso creyendo que ella y mi tío habían traicionado a
nuestra familia, todavía necesitaba eso de ella.
Y ahora, con la información que Sketch me acaba de dar, estoy
de vuelta en esa habitación con ellos.

La mujer a la que llamaba madre había estado supuestamente


intercambiando secretos e información con Leonid Vasechkin. En
ese tiempo, Leo era el jefe de la mafia rusa y esta información es lo
que creía que era la razón por la que el hijo de Angelo, AJ, fue
asesinado.

Como la palabra de Angelo era ley, no me atreví a pedir pruebas.

Ahora, mis sospechas de haber sido utilizado para encubrir sus


acciones están confirmadas. No me di cuenta de la profundidad de
su engaño y del papel que jugó en la muerte de mi querido primo.

Recojo mi celular de la mesa.

—¿Todavía seguirás con esto? ¿Sabiendo lo que todo esto


significa y lo que va a empezar? —pregunta Sketch.

Desplazándome hasta el número de mi primo, toco la pantalla y


me preparo para poner en marcha mi plan.

—¿Sabes qué hora es? —gruñe Felix.

—Sin embargo, respondes —me burlo.

Sin que le haga gracia, ladra:

—¿Qué mierda quieres?.

—Necesito solicitar una audiencia contigo —le informo.

—¿Y esto no podría hacerse a una hora más razonable? —me


suelta.

Le permito su enfado. Solo porque lo que tengo que hablar con él


no solo pondrá su mundo patas arriba, sino también a nuestra
familia. Felix pronto conocerá la verdad de la organización a la que
hemos dedicado nuestras vidas, a la que hicimos un juramento de
sangre para servir y sacrificarse por un bastardo codicioso y egoísta.

—Mañana —digo, ignorando su pregunta—. En suelo sagrado. Al


mediodía.
Ante la mención de dónde quiero que nos encontremos, guarda
silencio.

Entendiendo que esta conversación tiene todo que ver con


nuestra discusión anterior, y podría dejar a uno, o a todos nosotros,
muertos.

—Hecho —dice, terminando la llamada.

Colocando mi teléfono de nuevo en la mesa, me inclino hacia


adelante, con los antebrazos apoyados en la mesa.

El grano de la mesa de madera oscura se desdibuja. Mis


pensamientos se aceleran con las palabras que voy a compartir con
Felix. Palabras que podrían unirnos o separarnos. Lo último,
posiblemente firmará mi certificado de muerte pero Angelo ha ido
demasiado lejos. Sus retorcidas manipulaciones finalmente lo han
atrapado.
CAPÍTULO CATORCE
MEI

Despertando de otra pesadilla, un sádico recordatorio de mi


pasado, una pesada oscuridad y el peso de un gran cuerpo se
asienta sobre mí.

El pánico hace que mi instinto de huida entre en acción. Levanto


la mano, preparándome para usar el talón de mi mano para
aplastar la nariz de esta persona. Antes que pueda hacer contacto,
mi muñeca es atrapada en una mano gigante. No perdiendo el
tiempo y luchando por liberarme, enredo mis piernas alrededor de
sus muslos y me agacho debajo de él, rodando desde la cama.

—Dios —gruñe, soltando mi muñeca.

Sus brazos me rodean en un capullo protector mientras el golpe


de su cuerpo hace sonar la mesita de noche y le quita el aire de los
pulmones. Le pongo las palmas de las manos en la cara y le empujo
con fuerza. Por un momento, me libero de su agarre, solo para que
me agarre los antebrazos.

—Dios —exclama—. Cálmate de una puta vez.

El reconocimiento de su voz, su olor, y mi entorno, detienen mis


maniobras defensivas.

¡Mierda! Estuve tentada a desobedecer y quedarme en la


habitación azul, pero solo hizo falta una mirada a esa muñeca, que
yacía retorcida de una forma antinatural en el suelo, para enviarme
a su habitación.
En un rápido movimiento, Saint se sienta, apretándome contra
su pecho. Una mano encuentra mi culo y la otra la parte posterior
de mi cuello, manteniéndome en el sitio.

—¿Qué mierda ha sido eso? —su pregunta retumba contra mi


pecho.

—Yo no... —Hago una pausa, recordando la pesadilla de la que


me sacó. A medida que la adrenalina disminuye, mis músculos
comienzan a crisparse y mis emociones suben a la superficie.

—¿Mei? —pregunta, dándome un apretón en el cuello.

—No sabía que eras tú —respondo rápidamente.

—¿Quién demonios creías que iba a ser?.

—Nadie —digo, sin querer confesar nada sobre la mierda


retorcida que mi subconsciente y mi memoria me muestran por la
noche.

—Arriba —ordena, liberando mi cuerpo. Me escabullo y me coloco


a los pies de la cama. Levantándose del suelo, sus ojos me
recorren—. Lo único que falta son los zapatos. —Señala mi elección
de pijama.

Cruzo los brazos sobre el pecho, sintiéndome de repente más


expuesta que cuando me desnudo en el escenario.

Da un paso hacia mí. Yo doy un paso atrás. La fría mirada de sus


ojos y su mandíbula detienen mi retirada.

Sentándome a los pies de la cama, me toma por la cintura con


un brazo musculoso y me coloca entre sus rodillas. Su rostro se
levanta y nuestros ojos se cruzan. Hay un breve momento de
vulnerabilidad, y eso me asusta. Este es Saint, El Saint, frío, oscuro
y mortal. Siento que me está mostrando algo, intencionado o no,
que no debería ver.

Abro la boca. Para decir qué, no lo sé, pero él parpadea y el


momento desaparece.
A la altura de mis caderas, aprieta mis pantalones de deporte y
mi ropa interior, y luego tira del material hacia abajo de mis piernas
hasta que se acumula alrededor de mis tobillos. Sus manos callosas
suben por mis muslos y por mi culo desnudo, y luego se aferra a
mí, tirando de mí contra él y forzándome a sentarme a horcajadas
sobre su regazo.

Agarrando el dobladillo de mi camiseta, la rompe por encima de


mi cabeza y luego reclama mi culo y mi cuello con sus manos. Sus
ojos clavados en los míos, me pregunta en voz baja y áspera:

—¿Dime quién te persigue?

—Dime lo que les pasó a las otras mujeres —respondo en voz


baja.

—¿Por qué te interesan tanto?

Tragándome los nervios, confieso:

—Me gustaría conocer mi destino.

Deslizando su mano detrás de mi cuello hasta mi mandíbula, sus


ojos se dirigen a mis labios mientras me pasa el pulgar por la boca.

—No eres como ellas —admite, metiendo dos dedos en mi boca.

Enrollo mi lengua por sus dedos y los chupo mientras los retira.

La emoción que siento ante sus palabras no es normal ni sana.


Sin embargo, una necesidad tan poderosa y consumidora se
apodera de mí. Envolviendo mis brazos alrededor de sus hombros,
me aprieto contra la dura cresta de su polla. La fricción es gloriosa,
me empuja más y más cerca del precipicio de la liberación.

—No —gimo, tan cerca pero negada.

La mano en mi culo se levanta, impidiendo que mi coño haga lo


que más desea.

Deslizando mis brazos bajo los suyos, los enrosco, tratando de


forzarme a bajar sobre su polla cubierta de ropa. Estoy tan cerca.
Solo necesito...
—Quiero sentir cómo te corres a mi alrededor —gruñe.

Envolviendo su brazo bajo mi pierna, introduce dos dedos


húmedos dentro de mí desde atrás.

—Oh, Dios —grito. El alivio es exquisito.

Echando la cabeza hacia atrás, me follo los dedos de su mano


derecha.

Su boca se aferra a mi garganta, chupando, lamiendo,


mordiendo, aumentando las sensaciones que chisporrotean en mi
piel.

—Estás muy mojada —gruñe contra mi piel—. Mi mano está


empapada.

Las palabras me acercan al éxtasis.

Solo necesito... necesito...

Su mano izquierda me aprieta el culo, abriéndome.

Luego desliza un tercer dedo a través de mi humedad y dentro de


mi culo. Ante la invasión, me pongo tensa.

—Tómalo, Mei —me ordena, bombeando sus dedos en mi coño y


mi culo a un ritmo delicioso y sucio—. Eso es —elogia cuando
empiezo a responder a cada empuje de su mano—. Me perteneces,
chica muerta —afirma—. No pueden tenerte.

La gravedad de este momento se pierde en mi abrumadora


necesidad de correrme.

—Dilo —exige, apretando la mejilla de mi culo lo suficiente para


que el dolor disminuya mi placer.

—Joder —grito, dejando caer mi cabeza sobre su hombro. Estaba


tan cerca, y el dolor se hace más fuerte.

La mano de Saint comienza un asalto dolorosamente lento en


ambos agujeros, y en el momento en que sabe que estoy cerca,
recibo un doloroso apretón en el culo.
—Me perteneces —repite, aumentando los empujones. Abriendo
mi boca, muerdo su hombro, la tela de su camisa se pega en mi
lengua—. Dilo —exige, reduciendo la velocidad una vez más.

Asiento contra él, tratando de tomar su mano más rápido.

—Eso no servirá —me reprende, retirando los dedos.

Mi grito gutural es la única forma de expresar el dolor. Dos dedos


húmedos entran en mi culo y jadeo. Mi coño se aprieta en
anticipación, pero no llega. Cada contracción buscando
satisfacción, alivio, hace que mi clítoris lata como una bomba de
relojería.

Gritando de frustración, aprieto mi cuerpo contra su estómago


buscando cualquier tipo de fricción, cualquier cosa que
desencadene el orgasmo que me está quemando por dentro.

Un tercer dedo húmedo se une al sondeo de mi culo, estirando y


llenando. No es suficiente para provocar mi liberación, pero es
suficiente para torturarme.

Soltando su camisa de mi boca, giro la cabeza y suplico:

—Por favor.

—Di las palabras, chica muerta —me instiga—. Dime a quien


perteneces.

—Está bien —jadeo contra su cuello, deslizando mi cuerpo contra


el suyo como una gata en celo.

—Eso no va a funcionar, mi pequeña chica sucia —me amonesta,


usando otro dedo para provocar mi entrada empapada antes de
retirarlo.

—Por favor —le pido con un grito estrangulado.

Mis manos encuentran el camino hacia su estómago. Solo un


toque de mi dedo y mi cuerpo tendrá lo que busca, pero se da cuenta
demasiado pronto.
En un momento, estoy a horcajadas sobre mi captor, suplicando
que me llene en todos los sentidos. Al siguiente, estoy de espaldas,
con las manos inmovilizadas sobre mi cabeza, vacía sin sus dedos.
Su cuerpo se cierne sobre mí mientras meneo el culo como una
puta, sin sentido y hambrienta de sexo.

Su mano libre se mueve entre mis muslos, pero no importa que


me retuerza o empuje, no puedo alcanzarlo.

Cuando su mano se acerca a mi garganta, un pulgar presiona mi


barbilla.

—¿A quién perteneces? —El filo de su voz delata lo cerca que está
de perder el control.

—Fóllame —exijo, esperando que las palabras sucias lo empujen


al límite. Sus manos se flexionan, pero no cede.

—Esas no son las palabras que quiero oír y lo sabes —gruñe, y


me muerdo el labio, evitando hacer la declaración que sellará mi
destino. Pero mis labios se separan en un jadeo en el momento en
que su polla se desliza dentro de mí.

—Sí —exclamo, intentando moverme contra él.

Usando la parte inferior de su cuerpo para mantenerme quieta,


solo me permite sentir la plenitud de su llenada.

—Maldita sea —grito de frustración, luchando contra su agarre.

—Dime lo que ya sabes que es verdad. —Las palabras calientes


se abren sobre mi pezón, y luego él lame la punta dura. Lo siento
hasta mi clítoris y las paredes de mi sexo se tensan—. Joder, Mei,
dilo.

Vuelvo a apretarlo, ganándome un gemido. Tirando de él hacia


atrás, da un empujón exigente, y cada parte de mí inmediatamente
se concentra en una sola cosa: la necesidad que me folle, duro,
áspero, y que me castigue.

Puedo sentir cada centímetro de él, oler la mezcla de lujuria,


necesidad y sexo. El sonido de mi sangre corriendo por mi cuerpo
es todo lo que puedo oír. Este hombre es la clave de mi muerte, y
nunca he querido que nadie me posea más de lo que lo deseo a él.

—Cristo, eres peligrosa —gruñe, dando una nueva embestida de


castigo antes de retirarse.

Cerrando los ojos, dejo caer la cabeza sobre el colchón y lucho


contra un sollozo. La pérdida de él es lo último que mi cuerpo puede
soportar, y anula todos los pensamientos o preocupaciones
racionales.

—Soy tuya —grito, levantando las caderas hacia él—. Te


pertenezco.

Pensando que mi admisión, mi juramento, me ganaría


satisfacción inmediata y la liberación, me sorprende cuando mis
muñecas se liberan y el calor de su cuerpo desaparece.

Abriendo los ojos, miro hacia arriba y encuentro a Saint mirando


hacia abajo. Su camisa cuelga abierta, permitiéndome ver la tinta
oscura en su pecho definido. Bajando los ojos, encuentro que sus
pantalones apenas se aferran a sus caderas y la punta de su dura
polla expuesta. No puedo apartar los ojos de la punta brillante,
sabiendo que es mi humedad.

Entonces, la sensación en la habitación cambia. El brillo oscuro


que vi en sus ojos la noche de la muerte de Vicky no era nada
comparado con lo que arde en ellos ahora. El aire que nos rodea se
vuelve espeso, y no puedo recuperar el aliento. Sus labios se curvan
en una sonrisa siniestra, cuya intensidad me produce un escalofrío
en la espina dorsal. Instintivamente, me arrastro hacia atrás para
alejarme de la criatura que está sobre mí.

Antes de llegar demasiado lejos, su mano me aprieta el tobillo.


Intento usar mi otro pie para liberarme de su agarre, pero también
lo agarra. Con un fuerte tirón, me arrastra por la cama. Me suelta
los tobillos y me agarra los muslos. Abriéndolos, se mueve entre
ellos.

—Me perteneces. —Sus palabras son crudas y no se pueden


discutir.

Aprieta mis piernas hasta donde llegan.


—Tu cuerpo solo recibe el mío.

Su polla se desliza dentro de mí.

—Sí —acepto con un fuerte suspiro.

—Soy tuyo —dice, pero hay una inesperada pregunta en sus


palabras, y no sé cómo responder.

Esto no es un romance, de eso estoy segura. Los únicos


sentimientos involucrados aquí son el miedo, la lujuria, y algo como
Estocolmo. He elegido la jaula dorada y me he convertido en su
posesión, hasta que se canse de su nuevo juguete.

En un movimiento de Saint, mi mandíbula es tomada en su gran


mano, y aprieta hasta que mis ojos se encuentran con los suyos.

—Soy tuyo —insiste.

—Sí —susurro, dándole la respuesta que desea.

Sorprendiéndome, me produce una oleada de satisfacción.

Soltando mi barbilla, recorre con su mano mi cuello, sobre mi


clavícula, entre mis pechos y sobre mi estómago. Cuando llega a la
hendidura entre mis piernas, sumerge sus dedos en el interior y
recoge mi humedad antes de frotarlos contra la entrada de mi culo.
Remolineando, cubriendo, entrando, me prepara.

Ahora, preparada y lista, entra en un acto lento y deliberado de


posesión.

Una vez que está completamente dentro, sus grandes manos


agarran la parte posterior de mis muslos y se balancea dentro y
fuera. El interior de mis muslos se tensa y mi coño se aprieta,
buscando cualquier cosa que lo llene.

Finalmente, dos dedos se introducen en el interior,


proporcionando el alivio que buscaba. Me folla con los dedos hasta
que estoy tan mojada, que gotea para cubrir su polla entre cada
empujón. El doble asalto hace que mi cuerpo, ya sensible, entre en
un frenesí, alimentando mi necesidad de correrme.
Incapaz de aguantar más burlas, me meto entre nuestras
piernas. Sus dedos se entrelazan con los míos y utiliza ambas
manos para hacer que mi orgasmo se estrelle sobre mí,
consumiéndome como un huracán.

—Siente cómo te corres por mí —dice orgulloso, empujando más


fuerte en mi culo.

Mi cuerpo se sacude y tiene espasmos de la manera más


deliciosa, hasta que me derrito en el colchón.

Sin haber terminado conmigo, gruñe con fuerza y me folla. Sus


dedos, cubiertos de mi orgasmo, resbalan contra mi piel, pero no
cede. No hasta que su espalda se endurece en un gemido animal.

Se desploma sobre mí, apoyando su peso en sus antebrazos en


la cama. Su frente húmeda se presiona entre mis pechos, cada
jadeo de su aliento calienta mi piel.

—Eres mía —me recuerda, mordisqueando el costado de mi


pecho.

Demasiado agotada para discutir o incluso obedecer, no digo


nada. En su lugar, cierro los ojos y trato de recuperar el aliento.

Saint se desliza fuera de mi cuerpo, llevándose el peso de su


cuerpo con él. Jadeo por la repentina pérdida y el dolor, mis
músculos se contraen ante el vacío. No tengo que abrir los ojos para
sentir que su cuerpo me encierra. Sus rodillas se apoyan en el
colchón junto a mis muslos. Sus puños plantados a cada lado de
mi cabeza. El calor de su cuerpo llega a mi piel antes que su lengua
me apriete el esternón. Deslizándose por mi cuerpo, deja un rastro
húmedo hasta mi oreja.

—Dime quién te atormenta —susurra.

Abro los ojos de golpe y miro por encima de su hombro. Las


sombras oscurecen el techo, y cuanto más me concentro en ellas,
más crecen y se cierran a mi alrededor. Al igual que mi pasado y el
presente, todo me engulle. El agotamiento y la ira se arremolinan
desde lo más profundo de mi ser.
Cansada de estar fuera de control, enojada por sus preguntas
implacables, y odiándome a mí misma por querer entregar todo en
una bandeja de plata cubierta de sangre, mis emociones burbujean.

—¿Quién me atormenta? —replico con una carcajada, él levanta


la cabeza y me agarra la cara, obligándome a mirarle a los ojos—.
La persona que me devuelve la mirada en el espejo —admito con los
dientes apretados.

Enrollando mis dedos alrededor de su muñeca, intento quitar su


agarre en mí y, como todas las veces anteriores, no me suelta. En
su lugar, acerca su cara a un centímetro de la mía.

—Me estoy cansando de este juego —gruñe—. He matado a


hombres por menos. —Sus dedos se tensan, y el mordisco de dolor
hace que mi otra mano se esfuerce por quitar su agarre. Ignorando
mis intentos, Saint continúa—: Y ellos no me pertenecían, Mei.

Con un movimiento de muñeca, me suelta la cara, haciendo que


mi cabeza se sacuda hacia la izquierda. No es suficiente para que
me duela, pero sí para hacer evidente su irritación.

Cierro los ojos, luchando contra el impulso de decirle todo.


Quiero arrojar en su regazo cada sucio detalle de mi desquiciado y
peligrosamente loco pasado en su regazo solo para verlo retroceder.

Saint puede ser un asesino oscuro y sanguinario, pero ni siquiera


Él podría engomarse de hombros ante los bienes dañados que se
extienden debajo de él. Matar a Winter fue uno de mis mayores
pecados, pero no es lo que manchó mi alma. No, la negrura nació
en mí, alimentada y alabada por la clase más enferma de maldad.

Aprieto los ojos con fuerza, tratando de luchar contra los


recuerdos de emerger y fallar.

—¿No es encantadora? —le dice, pasando una mano por el


vaso.

En lugar de responder, me acerco a la gran caja llena de


agua. Extiendo la mano y paso el dedo por la condensación.

—Está frío —digo, con una pregunta en mi joven voz.


Pasando su mano por mis rizos oscuros, dice:

—Las sirenas solo pueden sobrevivir en aguas más frías,


muñeca.

Se parece mucho al juguete de sirena que tengo para el baño.


Las conchas blancas de su top brillan y su cola es casi el mismo
verde brillante. Su pelo azul fluye por el agua mientras nada,
pero los movimientos no son suaves y elegantes como en los
cuentos que lee papi. No, se sacude, empuja el cristal y tira de
la concha de su cara.

—No nada muy bien —observo, mirando hacia él.

—Las sirenas están acostumbradas al mar abierto, mi


muñeca. —Su mano pasa por mi cabeza—. Solo necesita
acostumbrarse a su nuevo hogar.

Volviendo a centrarme en la sirena, siento curiosidad.

—¿Por qué tiene una concha en la boca?

—No tenemos agua del océano. La concha es mágica,


ayudándola con nuestra agua.

—¿Puede meterse en la bañera conmigo? —pregunto


emocionada.

—Me temo que es demasiado grande para entrar en la


bañera contigo —me explica—. Pero quizá podrán nadar
juntas algún día.

Durante días, pasé todo el tiempo posible observando a la


místicamente bella criatura. Ella a menudo presionaba sus
manos en el cristal, y yo colocaba las mías en el mismo lugar.

Sus movimientos eran a menudo bruscos y erráticos.


Adaptándose a su nuevo entorno, decía papi. Hasta que una
tarde, ella no puso las manos en el cristal, no nadó y no abrió
los ojos. Aburrida, la dejé dormir.

Al día siguiente, el tanque estaba vacío y lloré. Como una


niña mimada a la que le quitan su juguete, lloré.

Hasta que papi me trajo la marioneta.

Sí, el impulso de ofrecérselo todo es tentador. Me aseguraría mi


libertad. En el momento en que sepa exactamente quién y lo que
soy, seré liberada de su prisión en el ático y volveré a las calles o
me liberaré de mi vida por completo. Pero ahora hay dos muñecas.
Una donde viví, y la otra donde trabajé, lo que significa que me ha
encontrado. Y eso, justo ahí...evita que mis labios se separen con
mi confesión. Prefiero morir que volver a caer en la pesadilla de mi
pasado.

Tantos médicos, tanta terapia, y aun así, la paz que encuentro en


esos terrores es lo que siento como un hogar.

Saint se aleja de mí y se retira de la cama, instantáneamente


enfriando mi cuerpo. Luchando contra el amenazante escalofrío, me
apoyo en los antebrazos y me encuentro con su dura mirada.

—Con o sin ti, los encontraré. Y cuando lo haga, tendré todos tus
secretos.

Agarrando la manta que tengo debajo, me envuelvo con ella el


cuerpo y me arrodillo en la cama ante él.

—Estoy deseando que llegue el día en que los tengas todos —


siseo—. Solo para poder ver cómo cada uno de ellos desencadena
todo lo que crees que tienes.

En un instante, me agarra por la nuca y me atrae hacia él. Su


mano derecha sube y se extiende hasta el lado de mi rostro.

—No te equivoques, muñeca, me perteneces.

Levanto la barbilla y lo miro a los ojos.


Su pulgar roza mis labios apretados mientras susurra:

—Ya deberías saber que me gusta tu resistencia, la lucha. Eso


hace que tomarte sea mucho más gratificante.

—Suéltame —gruño, odiando la forma en que sus palabras


reavivan mi lujuria.

Sonriendo, flexiona sus manos, dejándome sentir el agarre


posesivo que tiene sobre mí antes de soltarme y rodear mi cintura
con sus brazos. Levantándome sobre su cuerpo, me acerca tanto el
rostro que nuestras narices se tocan.

—Deberías agradecer mi interés —me dice—. Es la única razón


por la que sigues respirando.

—¿Y cuando pierdas el interés? —pregunto, no gustándome la


forma en que se me revuelve el estómago de preocupación. No
puedo estar segura de sí la ansiedad es por la idea de perder mi
vida o de perder a Saint.

—Dime lo que quiero saber y lo averiguaremos —responde,


dejándome caer en la cama.

Sus manos se deshacen rápidamente de su ropa. De rodillas en


la cama, planta sus puños en el colchón, el peso de su polla
colgando entre sus muslos.

—¿Por qué ponértelo tan fácil? —pregunto, subiendo a la cama


hasta que mi espalda se apoya en el cabecero.

Inclinando la cabeza, me recorre el cuerpo antes de arrastrarse


sobre manos y rodillas hacia mí.

Llevando las piernas hacia el pecho, envuelvo los brazos


alrededor de las rodillas, cierro los ojos y espero su contacto.

Lo siento cerca, al alcance de la mano, pero en lugar de agarrarme


como pensaba, la cama se hunde a mi lado.

Al abrir un ojo, lo encuentro estirado, con un brazo musculoso


doblado sobre su cara.
Sin embargo, me deslizo hasta el borde de la cama y grito cuando
me toma la muñeca.

—No hagas ninguna tontería —me advierte.

Tirando de mi brazo, le digo de golpe:

—Voy al baño a limpiar tu desorden.

Levantando el brazo de la cara, gira la cabeza.

—¿Mi desorden? —pregunta, el movimiento de su labio da una


pista de diversión.

Ignorando la pregunta, le doy un tirón y me empuja hacia un


lado, luego me tira encima de él, pasando sus manos por la espalda
y por el culo hasta que sus dedos se enroscan en la carne de la
parte posterior de mis muslos. Separando mis piernas, coloca una
en cada lado de sus caderas para que me ponga a horcajadas sobre
su cintura.

Empujo contra su pecho para sentarme, pero una mano entre


mis omóplatos me detiene y me mantiene en su sitio. Cuando está
seguro que no me moveré, la mano se mueve hacia la parte posterior
de mi pelo y aprieta los puños, acercando mi rostro al suyo:

—Me gusta mi desorden en ti —admite, sus manos se mueven


hasta mi culo y acaricia un globo antes de sumergir un dedo entre
mis mejillas abiertas y deslizarse por el doloroso agujero.

Mi mente intenta evocar el recuerdo del primer hombre que me


tomó por allí, pero su áspera admisión me saca de los pensamientos
oscuros.

—Me gusta mi desorden en ti.

Saint presiona sus caderas hacia arriba de la cama, burlándose


de la piel sensible entre mi culo y mi coño con la punta de su polla.

—La forma en que tu cuerpo se abre a mí. —Hace rodar sus


caderas, y no puedo evitar que las mías busquen la fricción que él
promete—. Incluso ahora, cansada, enfadada y con miedo, me
deseas. —Cuanto más habla, más tensión oigo en sus palabras.
—No te tengo miedo —miento.

Me toma la cabeza por el pelo y me acerca los labios a la oreja:

—Bien, porque recuerda, muñeca, que soy tuyo. —El calor de su


aliento contra mi piel hace que mis pezones se tensen y mi clítoris
palpite.

Manteniéndonos pecho con pecho, él nos maniobra para que su


espalda este contra el cabecero de la cama. Mi coño se desliza sobre
su dura longitud, la punta presionando mi clítoris.

Con una mano en la cadera y la otra en el pelo, me ordena:

—Toma lo que quieras, muñeca.

—¿Qué eres? —susurro.

No tiene sentido la forma en que la lucha me abandona y me rindo


a sus exigencias.

Levantando sus caderas, se desliza entre mis labios húmedos, y


jadeo, pero no me muevo, luchando contra el deseo de dejarle subir
dentro y poseerme, aunque sé que es una batalla perdida. El calor
de su cuerpo, el olor de su piel, la sensación de él bajo el mío, y la
entrega que está haciendo ante mí... todo es demasiado tentador.
Es algo que quiero poseer.

The Saint, el asesino oscuro, se está sometiendo a mí.

Con las fosas nasales encendidas y los ojos desorbitados por la


frustración, se sacude contra mí.

—¡Maldición, Mei, tómalo! —exige, acentuado por el agarre de mi


garganta y poniendo un pie de espacio entre nuestros pechos.

El acto debería asustarme, pero, como todas las veces antes, hace
que mi libido se dispare. Con una mano, agarro el grueso brazo que
me sujeta y sacudo mis caderas contra él.

—Eso es —gruñe en señal de aprobación.


Es un elogio que nunca habría pensado que quería, pero lo hago.
Oh, lo deseo tanto que mi cuerpo arde, dejando la evidencia húmeda
entre mis piernas y a lo largo de la cresta de su dura polla.

Usando mi otra mano para colocarlo contra mi entrada, me dejo


caer, tomándolo dentro de mí. Cada terminación nerviosa y mis
oscuros deseos se convierten en un anhelo, una necesidad que solo
él puede apaciguar. Me estoy deshaciendo sin posibilidad de
mantenerme unida por más tiempo.

—Toma lo que es tuyo —me insta, relajando la mano en mi cuello,


deslizándola por mi pecho.

Me muevo sobre él, más rápido, más fuerte, y nuestras miradas


conectadas.

El brillo oscuro está ahí, deleitándose con mi depravado


descenso.

—Ahí está —gruñe.

El sonido de la piel golpeando, la respiración pesada, y el olor a


sexo llenan el aire que nos rodea.

Agarrando su nuca con una mano y presionando la otra en la


parte delantera de su hombro, cierro el espacio entre nosotros.
Elevándome sobre él, aprieto mi pezón contra su boca.

Sin dudarlo, él abre la boca, chupando la dura punta entre sus


labios. Cuando sus manos llegan a mis caderas, las muevo para
que me tome los pechos y muelo su polla. Con un gemido, se mueve
hacia mi otro pezón, y luego envuelve mis brazos alrededor de su
cuello y su cabeza. Sujetando su cara contra mi pecho, lo follo
rápido y fuerte. Me arden los muslos hasta el punto de dolerme,
pero el dolor en mi clítoris y la enloquecedora anticipación del
escape orgásmico son demasiado poderosos. Y la fuerza de lo que
está por venir me envalentona.

Deseando que me vea como lo follo, le suelto la cabeza y le tomo


la garganta con mi mano mientras mis caderas no cesan su asalto.
Me permite utilizar mi nuevo agarre para empujarlo contra el
cabecero, pero la satisfacción, el orgullo y el hambre en sus ojos
son suficientes para que yo vacile. Sus manos encuentran mis
caderas, asegurando que encuentro mi ritmo de nuevo, y me
inclino, lamiendo su boca antes de tomar su labio inferior entre mis
dientes.

—Joder —gime, agarrando dolorosamente mis caderas y


aumentando mi ritmo.

Gritando mi orgasmo, suelto su labio. Con el sabor cobrizo en mi


lengua, dejo caer mi cabeza hacia atrás y cabalgo el orgasmo más
intenso de mi vida. Los puntos blancos estallan detrás de mis
párpados y un largo gemido gutural sale de mi garganta. La fuerza
de todo esto se convierte en una sobre estimulación, cada toque
envía una sacudida de dolor placentero a través de mí.

—No hemos terminado —promete mientras colapso contra él.

Me pone sobre mi espalda y Saint se arrodilla sobre mí.


Colocando mi tobillo sobre su hombro y presionando mi otra pierna
abierta, desliza la punta de su polla a través de mis labios saturados
de semen.

—Maldición, estás empapada. —Sin dudarlo, deja caer mi pierna


y entierra su cara entre mis muslos.

Me come con fervor, queriendo hasta la última gota, luego vuelve


a estar dentro de mí, con el tobillo en el hombro y la palma de la
mano presionando, abriéndome de par en par. Sus embestidas son
duras y castigadoras, exactamente lo que deseo. Cuando su pulgar
presiona mi clítoris, gimo, perdida en la sensación de todo ello.

—Tan... jodidamente... bueno. —Sus empujones acentúan cada


palabra mientras mi cabeza golpea el cabecero.

—Sí —gimo mi acuerdo, ganándome un giro de sus caderas—.


Joder, sí —grito.

—Tú. Perteneces. —Sus caderas vuelven a enfatizar sus palabras,


pero en la última grita—: A mí. —Quedándose profundamente
dentro de mí.

Deslizando un brazo por debajo de mí, nos pone de lado.


Su polla se desliza hacia fuera, descansando contra el interior de
mi muslo mientras entrelaza nuestras piernas. Pasando su mano
por la parte trasera de mi muslo, utiliza sus dedos para introducir
su semen.

—Me gusta mi desorden en ti —repite, y mi cuerpo se estremece


mientras dos dedos vuelven a entrar en mí y se quedan allí.
CAPÍTULO QUINCE
SAINT

Inseguro de cómo va a ir la reunión de hoy con Felix, estoy


distraído.

Así que, cuando soy detenido en el último paso por Sketch, no


estoy preparado para su ataque verbal.

—Estás empezando una puta guerra —afirma Sketch,


bloqueando mi camino.

—Soy muy consciente de lo que estoy haciendo, pero si somos


honestos, es Angelo quien empezó la guerra —le recuerdo,
levantando una ceja antes de pasar por delante de él.

Sacando mi celular vibrando del interior de mi chaqueta, miro la


pantalla.

—Mierda —gruñe desde mi espalda—. Vas a hacer que nos maten


a todos.

Ignorando su preocupación, deslizo el teléfono y contesto:

—¿Sí?

—¿Estás viendo las noticias? —Felix pregunta.

—¿Debería hacerlo?

—Mick y Harry están muertos —afirma, sus palabras carecen de


emoción.
—¿Quiénes?

—Ya sabes quiénes, Mierda —gruñe, frustrado.

Respirando profundamente, respondo con una fuerte exhalación:

—El asesino.

—¿Asesino? Por favor, dime que no te estás creyendo todos los


putos rumores —grita, con incredulidad en la hipotética pregunta—
. Ya sabes quién esculca en sus putos objetivos, Saint. Incluso
amenazaron con sacar los ojos de Cosimo.

El temperamento ardiente de Felix se intensifica.

—El Cartel está clasificado —le recuerdo—. Cosimo ya no les


interesa.

—¡Eso es una mierda y lo sabes! —La línea se corta.

—¿Qué mierda ha sido eso? —Sketch pregunta, de pie junto a mí.

—Necesito que añadas a Nick y Harry a tu informació. —Es mi


respuesta.

—Ella ataco de nuevo. —No es una pregunta, sino una


declaración llena de asombro ante nuestra última molestia.

—¿Estás bien seguro que es una mujer?

—Fantaseo con que es mujer —admite encogiéndose de hombros.

Sacudiendo la cabeza, continúo hacia la cocina. Puede que


Sketch me parezca ridículo a veces, pero sería un mentiroso si
dijera que no me impresiona un poco este asesino… o asesinos. Son
valientes y rápidos para actuar.

—Si siguen así, todos ustedes estarán muertos para fin de año —
se burla Sketch.

No está muy equivocado en su evaluación.

—¿Sr. Ruggiano?
Metiendo mi celular en la chaqueta del traje, miro a mi socio
personal. Jacob Colmbs entró a mi servicio cuando yo era solo un
niño, mi padre y mi madre lo trajeron como seguridad.

Sabiendo muy bien que Jacob no me ha llamado por mi nombre


de pila desde que era un niño, me burlo:

—Todavía tan formal después de todos estos años.

—¿Prefiere señor Saint? —No se me escapa el filo de la forma en


que dice mi apodo.

—Bienvenido a casa —saludo, ignorando su pregunta—. Se te ha


echado de menos.

—Y tiene una nueva mascota —responde, levantando una ceja y


extendiendo una taza.

—Mei —recalco su nombre, dejando claro que así debe


llamarla—. Aún está dormida.

Por un momento, mi mente se dirige a la imagen de Mei retorcida


en la sábana de mi cama. La forma en que el suave algodón envolvía
su cintura y se cruzaba bajo su cuerpo dejando los globos de su
culo desnudos a la vista. El deseo de dejar la huella de mi mano en
su hermosa piel había sido casi innegable.

Sacudiendo mis pensamientos llenos de lujuria, continúo:

—Ella tiene la libertad de andar en el ático, pero no puede salir.

No me pierdo la forma en que sus ojos se encienden de curiosidad


antes de dirigirme a Sketch.

—Quiero que centres tus esfuerzos en el pendrive, el desarrollo


de hoy, y necesito que compruebes la reciente actividad de Raúl —
le digo.

—Entonces, ¿crees que el Cartel tiene algo que ver con esto?

—No —mi respuesta me hace fruncir el ceño.

—¿Te importa decirme por qué me arriesgo a que me atrapen


investigándolo?
—Pensaba que no te atrapan —dice Jacob, palabras de las que
se ha jactado repetidamente a lo largo de los años.

Sketch le fulmina con la mirada.

—Prefiero trabajar con total transparencia —le dice a Jacob antes


de dirigirse a mí—. Algo que no está ocurriendo mucho
últimamente. —Sus palabras son acusadoras, pero no encuentro
que me importe una mierda.

—Tú sabrás lo que quiero que hagas —informo. Colocando la


taza, ahora medio llena, sobre la isla, miro mi reloj—. Se me hace
tarde.

—Mandaré por el auto —dice Jacob, volviendo a su rutina.

Ajustando mis puños, les hago un gesto con la cabeza y salgo del
ático.

Frankie mueve el todoterreno por las calles de Chicago con


silenciosa familiaridad mientras un rígido y tenso Vincent se sienta
tranquilamente en el asiento del copiloto. Puede que no sepan el
motivo de esta reunión, pero los hombres que tengo en mi círculo
íntimo están ahí por una razón. No son jodidamente estúpidos y
tienen un conjunto de habilidades. La percepción y la inteligencia
son dos, mientras que ser leal como la mierda es otra. Después de
eso, cada uno posee sus habilidades en diferentes niveles.

La capacidad de Frankie para maniobrar un auto y sus reflejos a


medio segundo, y la capacidad de Vincent para leer una habitación
o una persona solo son igualados por su habilidad para encontrar
gente. Russ, quien nos sigue en un vehículo separado, es un tirador
condecorado que nos cubrirá desde un terreno más alto en un
edificio al otro lado de la calle.
Sé que cada uno de ellos está pensando en esta reunión, pero yo
no puedo decir lo mismo. La mía vuelve a la mujer en mi cama-mi
peligrosa obsesión.

—¿Jefe? —Vincent me saca de mis pensamientos desviados—.


Dos cosas. —Sin esperar una respuesta, continúa—: Estamos a
unos veinte minutos.

—¿Y?

Se gira de lado en el asiento del copiloto, levantando su celular.

Paquete solicitado entregado en destino.

La sensación de victoria es rápidamente reemplazada por la rabia


que he estado encerrando.

Arman está en su lugar, a solo horas de distancia, y todo lo que


quiero hacer es dar la vuelta al puto auto y presentarle todas las
razones por las que la gente teme a Saint, y por qué tocar lo que me
pertenece a mí es una idea terrible.

Vincent aparta su celular, bajando los ojos, y sigo su mirada.

Mi cuchillo de garra personalizada gira alrededor de los dedos de


mi mano derecha, mi cuerpo se mueve en piloto automático,
buscando la comodidad de un borde afilado y un mango familiar.

Sonriendo, alzo la vista y capto sus ojos con los míos.

Mis hombres no son unos maricas. Son fuertes y valientes como


una mierda pero, como he dicho, no son estúpidos. Es inteligente
temerme especialmente cuando Vincent es uno de los pocos que
ven las secuelas de mi particular conjunto de habilidades.

Inclinándome hacia atrás en el asiento de cuero, levanto mi mano


derecha y continúo haciendo girar el cuchillo. La vibración de mi
celular no hace nada para calmar mi estado de ánimo actual.
Tomando mi cuchillo en la mano izquierda, uso la derecha para
sacar el teléfono, deslizo la pantalla y respondo:

—¿Sí?
—Mira quién sigue vivo —responde.

Cerrando los ojos, inhalo por la nariz, tratando de mantener mi


temperamento bajo control. Ella solo utiliza este tono cuando hay
alguien a distancia de escuchar. Todavía me molesta los putos
nervios y es solo en honor a la memoria de AJ que continúo
aguantando este juego.

—No has estado en casa en semanas —continúa con la farsa de


regañar—. Y necesito que vengas a casa.

—Estoy ocupado —digo, mucho más tranquilo de lo que me


siento.

Con el juego a punto de cambiar y la desaparición de Arman tan


cerca, ya puedo oler los toques metálicos en su sangre, esta es la
última distracción que necesito.

—Sí... bueno, tenemos un problema. —Su voz baja lo suficiente


para que sepa que está libre de fisgones—. Rosario está planeando
una cena familiar antes que mis padres regresen a Nueva York. —
No se me escapa la molestia y el cansancio en su voz.

—Cristo —refunfuño, presionando el talón del mango del cuchillo


entre mis ojos. Ser convocado para desempeñar mi obediente
doméstico papel no es lo que necesito en este momento. Y es un
papel que, de no ser por la petición de AJ, no tendría. La ira arde
en mis entrañas. Todo es por culpa de Angelo y su codicia, su
hambre de poder, complejo de Dios.

—Mis pensamientos exactamente —susurra antes que vuelva la


farsa—. Tienes que estar aquí esta noche a las siete y no te atrevas
a llamar y decirme que llegarás tarde. No pido mucho y lo sabes.

Apretando la mandíbula hasta que me duele, la aflojo lo


suficiente para gruñir:

—Bien. —Y lanzo el teléfono al otro lado del auto.

Al oír un carraspeo, miro hacia arriba y me doy cuenta que


estamos aparcados en la calle lateral junto a la Catedral del Santo
Nombre. Frank se para junto a mi puerta, sabiendo que no debe
abrirla todavía.
Me tomo un último momento para ordenar mis pensamientos
antes de golpear el cristal tintado. Frank abre la puerta y una brisa
entra en el interior, ayudando a enfriar mi temperamento.

De pie en la acera, ruedo la cabeza sobre los hombros y


rápidamente escudriño la calle, encontrando a Felix deslizándose
fuera de un auto unos espacios más abajo. Sus hombres se reúnen
a su lado y se mueven a un ritmo constante con él.

—Dante —me saluda, asintiendo rápidamente con la cabeza


antes de entrar en la iglesia.

Lo sigo de cerca. Frankie se queda con el auto, mientras que


Vincent es el único hombre a mi lado.

Dentro de la iglesia, me encuentro con el olor a incienso y pulido


de madera, y la suave iluminación es casi romántica.

—Buenos días, hijos míos —saluda el padre Esposito desde la


puerta de su despacho.

—Padre —respondemos al unísono antes de localizar el panel de


madera oscura al fondo del pasillo. Soltando el pestillo oculto,
descendemos a la parte segura y secreta del sótano. Es lo
suficientemente profundo como para impedir cualquier tipo de
cables de transmisión y celulares, y una vez que la puerta se cierra
detrás de nosotros, se convierte a prueba de sonido. Al llegar al
destino de hormigón y piedra, Felix se vuelve hacia mí.

—¿Qué demonios está pasando? —exige.

Con los ojos puestos en Felix, le ordeno:

—Déjanos.

Vincent no duda, pero los hombres de Felix no se mueven hasta


que él levanta la barbilla. Una vez solos y con la puerta sellada
detrás de nosotros, enderezo mi columna vertebral y cruzo los
brazos sobre mi pecho.

Felix levanta una ceja, una indicación para que empiece.

—Angelo nos ha jodido desde el principio —empiezo.


—Creo que ya hemos hablado de esto —ladra Felix.

—Sí, él es la razón por la que fuimos emboscados y AJ fue


asesinado —afirmo.

—De nuevo, una mierda que ya sé —dice con fastidio.

Tomando asiento en la gran mesa en el centro de la sala, suspira


y se pasa una mano por el pelo antes de preguntar:

—¿Vas a decirme algo que no sepa?

—El hijo de Evgeni no está muerto.

—La mierda —exclama Felix—. ¿Acaso el bastardo enfermo lo


tiene encerrado en alguna parte?

Una parte de mí se siente aliviado al escuchar cómo se refiere a


Angelo. Me da la esperanza que he tomado la decisión correcta al
traerlo en esto, que nuestra relación no sea tan tensa para que
estemos en lados opuestos en la guerra que se avecina.

—No —bromeo, agarrando el respaldo de la silla junto a él.

Tirando de él, giro la silla para que quede frente a él y me siento.

—Lo ha mantenido cerca, escondiéndolo a la puta vista todo el


tiempo —insinúo un poco más la verdad. No quiero abrumar a Felix
demasiado rápido. Es conocido por su fría furia. Mientras que otros
son exaltados y explotan en momentos de severa ira, Felix se calma
-demasiado- hasta que te ejecuta sin problemas de la todos forma
en que lo considera oportuno.

—¿Tú? —Adivina con una risa incrédula—. Por supuesto, claro


que eres el maldito hijo de Bratva desaparecido que creen está
muerto.

—No, Felix. —Sacudo la cabeza, pero le sostengo la mirada.


Mientras el silencio se alarga, veo que la realización suaviza su
rostro.

—Te equivocas —niega.

Permanezco en silencio.
—Es imposible —suelta.

—No lo es —confirmo finalmente—. Felix, tú naciste como


Kazimir Leonid Volkov, hijo de Evgeni y Diana Volkov. El maldito
hijo de Bratva eres tú.

Se levanta de la silla, se da la vuelta y se pasea por un lado de la


habitación.

—¿Cómo es posible? —pregunta, y sin esperar respuesta,


añade—: Encontraron las pruebas del cuerpo de su mujer e hijo en
el auto después que las llamas se extinguieron.

—Angelo organizó el accidente de auto, pero no es lo que todo el


mundo pensaba. Diana apenas estaba viva cuando el auto se puso
en marcha y el niño ya estaba muerto.

Felix se detiene y me mira, sus ojos arden en busca de


respuestas.

—Angelo utilizó el cuerpo del primer hijo de tus padres, un hijo


recién nacido, que convenientemente murió alrededor de la misma
hora en que ocurrió el accidente —le explico, dejando que mis
sospechas sobre ese asunto se filtren en mis palabras.

—Mi madre nunca le habría permitido...

—¿Crees que pregunto? —Me chasquea la lengua—. ¿Cuántos


ataúdes abiertos has visto para un bebé, Felix? La mayoría de la
gente no quiere ver a un adulto muerto, y mucho menos a un bebé.

—¿Evgeni lo sabe? —Sus ojos buscan mi rostro.

—No lo creo. —Niego con la cabeza.

—Entonces, el día que perdimos a AJ... —Se interrumpe.

—Evgeni tomó lo que Angelo le quitó, aunque creo que lo hizo por
una corazonada. No creo que él tuviera ninguna prueba real. Si la
tuviera, pienso que te habría encontrado hace mucho tiempo.

—¿Pero por qué? —Felix hace la misma pregunta que me molestó


a mí.
¿Por qué Angelo asesinaría a la familia de Evgeni y rompería una
tregua de larga duración?

—Avaricia, poder, un jodido movimiento táctico para suplantar el


poder y la influencia de la Bratva. —Ofrezco las únicas conjeturas
que se me ocurren—. Espero no ser el único que vea lo obsesionado
que está con el poder y con gobernar como un maldito tirano.

No es una pregunta, pero Felix asiente con la cabeza.

—Cristo —gruñe Felix—. ¿Cómo pudo mi puta madre ocultarme


esto?

Comienza a pasearse de nuevo.

—No creo que sepa quién eres —le explico—. Estoy bastante
seguro que Angelo llego como el hermano mayor que salva el día.
Acababa de perder a su primer hijo, Felix. Ella no pensaba en tener
un bebé en sus brazos de nuevo, además del hecho que Angelo la
ha acogido desde que era una niña.

Sus ojos se encuentran con los míos, brillando en ellos la


comprensión. Nadie en la familia necesita decir exactamente lo
protector que es Angelo con su hermana. Es evidente en cada acción
protectora cuando se trata de ella.

—Pero mi padre. —Se detiene en seco, moviendo la cabeza en mi


dirección—. Se dio cuenta. Por eso...

Apretando la mandíbula, asiento con firmeza. Esta será la


verdadera prueba entre Felix y yo.

—El maldito lo llamó traidor solo para...

—Poder deshacerse de un cabo suelto —digo, dejando caer mis


ojos al suelo.

No los bajo en señal de arrepentimiento o disculpa. Soy un


monstruo, un demonio, y la muerte es lo que hago, pero esto
siempre ha sido un punto de discordia entre nosotros.

—No soy un idiota, Dante. —Las inesperadas palabras de Felix


hacen que mis ojos vuelvan a los suyos—. Sé que lo hiciste para
que yo no tuviera que hacerlo —me confiesa—. Al principio no —
continúa, volviendo a su asiento anterior—. Pero al final me di
cuenta. Pensaste que no sería capaz de matar a mi propio padre.

—No. —Ahora es mi turno de sorprenderlo—. No dudé ni por un


minuto que lo matarías.

Su ceño se frunce.

—¿Entonces por qué?

—Felix. —Me inclino hacia adelante, con los codos apoyados en


las rodillas—. A la edad de quince años, tenía más sangre en mis
manos que nadie en esa habitación. —Sus ojos se abren un
poco—. Lo hice para que no tuvieras que vivir con ello —admito,
sentándome de nuevo en mi silla—. Mi alma ya estaba retorcida y
negra.

—¿Un santo poseído por un demonio? —Felix trata de burlarse.

—Yo soy el diablo. Solo me hago llamar Saint —replico.

Resoplando, hace un gesto con la cabeza.

—¿Qué mierda vamos a hacer, Dante? No es que podamos


enfrentarnos a él, y seguro que no podemos traer al resto de la
familia sin arriesgar la ira de Angelo.

—Evgeni —sugiero.

—Mierda. —Felix exhala la palabra, frotando su labio inferior con


el pulgar—. ¿Por qué mierda nos creería a nosotros?

Me encojo de hombros.

—¿El amor de un padre? Estoy seguro que necesitaría pruebas,


pero ahí es donde entra el ADN.

—¿Y si no quiero ser su hijo? —Felix lanza las palabras como un


desafío—. ¿Y si él no quiere un hijo?

—Entonces encontraremos otra manera —afirmo, haciéndole


saber que apoyaré su decisión. Luego continúo—: No eres el único
que tiene razones.
Inclinando la cabeza hacia la derecha, levanta las cejas en una
pregunta silenciosa.

—Mi madre y mi padre. —Le recuerdo las otras dos vidas que
Angelo me obligó a tomar con el falso cargo de traidor.

—Mierda. —La palabra sale de su boca—. Él te tenía... —Felix no


termina, eligiendo otra dirección en su lugar—. Es un maldito
pedazo de trabajo, ¿no? —Felix pregunta—. Jodiendo a los niños de
la gente por cualquier razón enferma que tenía.

—Mi madre pertenecía a Angelo antes que mi padre se casara con


ella.

—¿Pertenecía, como en...? —presiona.

—Como en que era su amante —explico. Y continúo—: Después


de casarse con Rosario, ella impuso la ley.

—¿Le obligó a renunciar a su amante?

Asiento con la cabeza.

—Pero está muy pendiente de Nina. No lo entiendo —dice, con


incredulidad en sus palabras.

—Quería a mi madre, y Rosario sabía que ella era segunda ante


ella —aclaro—. Eran puros celos.

—¿Y tu padre se abalanzó sobre las sobras de su hermano? Eso


no suena a tío Dino.

—Angelo obligó a mi madre a hacerlo —resoplo, porque lo que


viene a continuación, en última instancia, establece el escenario de
cómo Angelo operaría en los años venideros.

—Pero por qué...

—Mi madre había llamado la atención de Evgeni durante las


reuniones a las que asistía con Angelo. Así que, una vez que fue
liberada del lado de Angelo, un lugar al que aparentemente no llegó
por elección, sabía que Evgeni podría empujar su avance. Para
impedirlo, le ordenó a mi padre que se encargara de ella —
continúo—. Pero no contaba con que mis padres se enamoraran.

—Mierda, Dante, ¿cuántas veces tuviste que pasar esto por tu


cabeza antes que dejara de sonar como esas malditas telenovelas
diurnas que veía Nonna? —él pregunta.

—Todavía suena como una, pero eso no cambia el hecho que


Angelo nos ha jodido la vida desde antes que naciéramos —le
recuerdo.

—Entonces, ¿crees que tu madre y tu padre trabajaban con la


mía?

Encogiéndome de nuevo de hombros, le digo:

—Solo puedo suponer que se enteraron de tu verdadera línea de


sangre, y estaban trabajando con tu padre contra Angelo. Estoy
bastante seguro que tu madre estaba protegida de todo ello.

—¿Por qué no hacer que los saquen tranquilamente? ¿Por qué el


gran espectáculo de matarlos?

—Su hambre de poder empezó hace años —le recuerdo—. Y qué


mejor manera de afirmar y mostrar su poder que hacer que sus
propios hijos los maten.

Felix niega con la cabeza.

Continúo:

—Yo era y sigo siendo su asesino, su carnicero. Ha manejado mis


hilos durante demasiado tiempo, creyendo que tenía control de su
criatura, pero… —Hago una pausa, sonriendo—. No es inmune al
miedo que invoco o a la venganza que busco.

—No me vengas con tu mirada de quiero ver cómo son tus


entrañas por dentro —gruñe—. Tu punto está hecho.

—Voy a acabar con él, Felix —digo, revelando mi plan.

Se concentra en la mesa, silencioso e inmóvil, durante cinco


largos minutos.
Con un movimiento de cabeza, pregunta:

—¿Estamos seguros que no es Angelo sacando a todo el mundo?


—Sus ojos se dirigen a los míos—. Quiero decir, si está eliminando
a las personas una por una, podría ser él quien elimine a cualquiera
que sienta que es una amenaza para sus secretos. Eso significa que
podríamos muy bien ser los siguientes en su lista.

—No. —Sacudo la cabeza—. Lo consideré, pero las cosas apuntan


en otra dirección.

—¿Qué dirección?

—No te va a gustar la respuesta.

Felix entrecierra los ojos pensando, antes que las arrugas se


suavicen y sonría.

—No esta maldita Geisha Assassin de nuevo —dice, asombrado.

—¿Eres tan rápido en descartarlo?

—Está bien, digamos que creo que una mujer está haciendo todo
esto, ¿has encontrado algo sobre esta Geisha?

—No lo suficiente —admito—, pero sé que tiene vínculos con la


Yakuza que aún no puedo explicar.

—Entonces, ¿es una ella?

—Más bien una colección, creo —revelo—. Mi investigación hace


difícil creer que el asesinato de nuestros hombres sea una sola
persona, y las conversaciones en Japón son de un grupo llamado
los Jōshitai.

—Entonces, ¿no hay una Geisha, por así decirlo? —Asume mal.

—Oh no, hay una mención definitiva de una Yakuza asesina, a la


que se refiere como La Geisha —corrijo.

—¿Es su líder?
—La mayoría de las veces se la menciona como una venerada
sicaria al servicio de la Yakuza, pero, como he dicho, no tengo
suficiente información. Sin embargo, tienes razón en una cosa.

—¿Y eso sería?

—Podríamos ser los siguientes en la lista de objetivos. —Es cierto,


y él necesita entender que Angelo no es el único lugar en el que
centrarse.

—Siento que mi vida se ha ido al infierno. —Felix admite,


frotándose las manos por la cara.

—Necesito saber cuál es tu posición, Felix —digo, cada palabra


una advertencia.

—Realmente es un malnacido retorcido. —Exhala.

—Maté a mi madre solo para ocultar sus secretos y perpetuar su


deseo de poder —digo en voz alta, captando la atención de Felix—.
Me mintió, me utilizó. La única cosa traicionera que ella hizo fue no
amarlo ni quererlo. Luego me hizo cazar a mi padre, como un
maldito animal. Me utilizó como su portador de la muerte una
última puta vez. —Levantándome de mi silla, los ojos de Felix me
siguen—. Sé lo que soy y lo que hago, pero no será por su control
de nuevo —declaro.

Felix asiente, con una expresión asesina formándose en su


rostro.

—¿Cuál es tu plan?

—Tenemos que encontrar aliados —confieso.

—Conozco a unos cuantos —divulga. —Ante mi mirada, se


encoge de hombros—. No eres el único que sabe que es hora de
destronar a nuestro tirano.
CAPÍTULO DIECISEIS
MEI

Dos días.

Dos noches.

No Saint.

Durante la rutina matutina que había comenzado, me siento en


las baldosas del suelo de la ducha, dejando que las lágrimas de
realización caigan de mis ojos.

Me rendí a él, me entregué en una bandeja manchada de sangre.


Y ahora que ha conseguido lo que quería, la emoción de la
persecución, o el desafío, ya no existe. Cualquier lucha que una vez
tuve ha sido demolida. Ahora, tengo que resignarme a esta jaula
dorada. La vida de una amante, juguete... un último pensamiento.

Presionando el talón de mis palmas en mis ojos, un grito gutural


se me escapa. Me froto las manos en la cara antes de levantarla a
la corriente del agua.

Al bajar las escaleras, oigo a Sketch mantener una conversación


unilateral. Curiosa por cualquier información sobre Saint, su
paradero, o cualquier cosa más allá de este apartamento, me
detengo antes de doblar la esquina de la sala principal, el comedor
y la cocina abierta.

—Te está jodiendo —ladra Sketch—. No puedes decirme que no


estaba detrás de involucrar a Giuliana y su familia —continúa.
Giuliana. No es la primera vez que escucho su nombre. Después
de estudiar a los hombres que vinieron al club de striptease, soy
muy consciente que la mayoría de ellos tienen esposas, amantes y
otros asuntos. Tampoco soy tan ingenua como para no creer que
Giuliana es claramente la esposa de Saint. Ha estado con ella estos
dos últimos días.

—¿Cuándo se van sus padres? —pregunta, haciendo una


pausa—. Porque tenemos otra entrega especial para tu juguetito de
arriba —le informa.

Ante la mención de una entrega especial, doy la vuelta a la


esquina. Buscando con los ojos, localizo la caja envuelta en papel
marrón y cordel sobre la elegante mesa de comedor negra. Mi pecho
se contrae ante la familiaridad.

Sin importarme si saben que estoy allí o ver el interior de la caja


hará para mi estado mental, doy largas zancadas hasta la mesa.

—Alguien está despierto —anuncia Jacob.

En los últimos dos días, Jacob ha sido mi consuelo.

Conversando y mostrándome la sala de ejercicios donde trabaja


en técnicas de boxeo conmigo, es la única fuente real de compañía
que he tenido.

Perdida en mis propios pensamientos, el peso de sus dos miradas


todavía se registra, pero no quita la mía de la caja marrón.

—Mierda —exclama Sketch—. Tienes que venir de una puta vez


aquí.

Colocando mis manos sobre el paquete, enrosco mis dedos y lo


rompo.

—Para —grita Sketch—. ¡No sabes que mierda hay ahí!

Se acerca, pero me muevo con la caja alrededor de la mesa.


Arrancando la tapa, me tapo la boca y doy un paso atrás. Los ojos
verdes y el pelo azul son lo primero que reconozco.

—La sirena —susurro entre los dedos.


La enorme presencia de Jacob llena mi lado derecho mientras
Sketch mete la mano en la caja.

—¿Qué demonios...? —Jacob comienza.

—Nadarás con sirenas —lee Sketch en voz alta, cortando a Jacob.


Los ojos de Sketch se dirigen a los míos y termina—: Él no cumplió
su palabra, pero yo lo haré. Lo prometo.

Doblando la cintura, me agarro al borde de la mesa y respiro


profundamente, intentando evitar que la bilis suba a mi garganta.

—¿Qué es esto? —pregunta Jacob, extendiendo la mano hacia la


muñeca.

—No la toques —digo apresuradamente.

—¿Quién carajo envía esta mierda enferma? —Sketch me agarra


del brazo, apartándome de la mesa.

—Sketch —advierte Jacob, tomando mi otro brazo en su


mano—. Probablemente deberías llamar a Dante. —Le indica,
tirando hacia él.

Sketch mira su celular olvidado, me suelta el brazo y maldice. Su


teléfono tiene varias llamadas perdidas. Tocando la pantalla,
inhala, expulsa el aire y se lleva el teléfono a la oreja.

—No empieces conmigo, Saint. No puedo evitar que tu puta


mascota haya perdido la cabeza —exclama minutos después—: Sí,
es otra —responde.

Me fulmina con la mirada.

—El mensaje es diferente esta vez. —Sus duros ojos permanecen


en mí—. Es extra jodidamente espeluznante. Eso es lo que es.

Dejando caer la cabeza hacia atrás, suspira hacia el techo.

—No puedes hacer una mierda a menos que consigas que tu


maldita mascota hable.
Me pongo rígida ante sus palabras y me zafo del agarre de Jacob.
Me acerco a la mesa, me reafirmo en mi decisión, arranco el resto
del embalaje y estudio la muñeca.

Tiene el pelo enmarañado en varios puntos. Donde antes brillaba,


ahora está opaco y desgastado. El brillo verde del rostro se ha
desvanecido y deteriorado. Extendiendo la mano, paso dos dedos
sobre su suave rostro y cierro los ojos.

Sin quererlo, cada muñeca parpadea en mi mente. Annie, mi


querida muñeca de trapo. Sarah, mi preciada muñeca de porcelana.
Ahora, la sirena. Pero no son los juguetes de los niños los que
recuerdo con tanto cariño, sino las muñecas de verdad. Los mejores
regalos que mi padre me otorgaba. Fiestas de té, cepillando su pelo,
bailando para ellas, cuidándolas y amándolas. Un calor enfermizo
y retorcido se instala en mi pecho.

Empujando los sentimientos morbosos hacia el fondo, me


muerdo los labios y susurro:

—Nunca pude nadar con ella.

—¿Qué has dicho? —pregunta Jacob, el shock suena en su


pregunta.

Quitando mi mano, envuelvo con mis brazos todos los pedazos


de mí y los mantengo unidos. Mis ojos se posan en la nota,
concentrándose en una frase aterradora.

Él no cumplió su palabra, pero yo sí.

Abrazándome más fuerte, me giro lentamente y me alejo.

—¿Mei? —Jacob llama a mi espalda—. ¿A dónde vas?

—¿Quién demonios los envía? —exige Sketch.

Al doblar la esquina hacia las escaleras, escucho a Jacob decir:

—Déjala ir.

De vuelta en la habitación de Saint, me siento contra la cabecera


con una almohada sobre mis rodillas dobladas. Enterrando mi
rostro en el algodón egipcio, doy rienda suelta a todas mis lágrimas
reprimidas.

El calor recorre mi mejilla y baja por mi cuello, enroscándose.


Parpadeando despierta, un borrón oscuro yace a mi lado en la
cama. El pánico se apodera de mi pecho, bloqueando todos mis
músculos.

Preparándome para alejarme, el calor en mi cuello se ciñe


apretando el pelo de la nuca.

—Relájate —dice, y mi cuerpo obedece instantáneamente la


orden de Saint. Cada músculo se afloja, acomodándose en la
posición en que me acuesto.

Él arranca de entre nosotros la almohada que había estado


abrazando y me atrae contra su pecho. Espero que me exija
respuestas, sexo o cualquier otra cosa, pero se limita a abrazarme.

—Tienes que comer —dice contra un lado de mi cabeza—. Jacob


me dice que no has comido en todo el día.

—¿Qué hora es? —gimo, con la garganta seca y sin usar.

—Más de las siete —responde.

—Nunca he dormido tanto —digo distraídamente.

Cuando me alejo para bajar de la cama, él lo permite. De camino


al baño, me detengo brevemente para mirar una bandeja de comida
encima de la cómoda.

—Jacob. —Es su explicación.

Sin hambre, sigo ocupándome de mis asuntos, y luego me miro


en el espejo.
—Hola, desconocida —le digo a la versión adulta de la niña que
solía ser—. Ha pasado mucho tiempo. —Durante un breve
momento, veo una sombra en el espejo, pero parpadeo y
desaparece. Un truco de mi mente deformada. Una mente lenta pero
que ciertamente se desliza hacia la locura.

Tomo nota que mi hematoma está empezando a desvanecerse en


verde y amarillo antes que todo vuelva a aparecer. La ausencia de
Saint, probablemente con su mujer y su familia, las muñecas, los
recuerdos... el mensaje de la tarjeta.

Me lavo la cara y me froto las manos con tanta fuerza como para
hacer una mueca de dolor. No hace nada para limpiar el caos en mi
mente. Al salir del baño, me dirijo a la puerta del dormitorio en
lugar de la cama y dejo atrás a Saint.

—Mei —grita, pero camino más rápido, pudiendo llegar a la


primera planta del ático antes que me alcance.

—¿A dónde vas? —Su pregunta atrae la atención de Sketch. Sus


ojos se posan en nosotros en cuanto entramos en la habitación.

Manteniendo mis emociones bajo control, le digo:

—Quiero irme.

Me toma del brazo y me hace girar para que me enfrente a él.

—No te vas a ir a ninguna parte —exige, las palabras son una


promesa.

—Deja que me vaya —le pido en voz baja, apartándome.

Algo en mi expresión amplía sus ojos. Sea lo que sea, me da la


capacidad de apartar mi brazo de su mano. Sin importarme que
estoy en un par de jeans, una camiseta y descalza, me doy la vuelta
y me dirijo a los ascensores.

—Vincent —grita Saint, y el hombre alto y de traje oscuro se


mueve en el pasillo, bloqueando mi camino. Ya no pudiendo
controlar la discordia de mis emociones, cierro mis manos a los
lados y me doy la vuelta.
—¡Déjame ir! —grito.

Se endereza a su altura y cruza los brazos sobre el pecho, da una


imagen muy imponente. Incluso en pantalones de deporte y una
camiseta blanca, la oscuridad de sus actos le rodean como un aura
de muerte y sangre.

Y, como soy una chica terrible y enferma, mi cuerpo se calienta.


Mis propios demonios se retuercen a lo largo de mi piel, queriendo
desnudar mis más frágiles secretos a esta criatura que tengo
delante.

—No —afirma.

Abro la boca para discutir, pero él no ha terminado.

—¿Quieres que te libere? Dime quién envía las muñecas —ofrece,


aunque ambos sabemos que no lo hará, no hasta que se haya
aburrido, o lo que sea.

—¿No deberías estar en casa con tu esposa y tu familia?

Suena a celos, porque en parte lo es, y eso me hace estar más


enojada con él. ¿Qué debería importarme su esposa, su familia? Soy
muy consciente de cómo trabajan estos hombres, y también sus
esposas.

Su expresión no cambia, pero mi visión periférica no pasa por


alto la forma en que la cabeza de Sketch se dirige a Saint.

—Cuidado, muñeca —me advierte.

—Pensé que era una chica muerta —replico.

Dejando caer sus brazos, viene por mí. El miedo sube por mi
espina dorsal, tensando mis músculos, en preparación para huir.
Bueno, a la mierda con eso. En lugar de eso, me mantengo firme y
levanto la barbilla.

—Eras una chica muerta —explica desde un par de metros de


distancia.
Acercando la distancia, su brazo sale disparado, agarrándome
por la nuca. Tirando de mí hacia su cuerpo, mis manos suben y se
apoyan en su pecho.

—Ahora eres mi muñeca para hacer lo que quiera —termina.

—Te odio —gruño, intentando apartar la cabeza de él, pero su


otra mano se levanta, capturando mi barbilla. Incapaz de moverme,
lo único que me queda para callarlo son mis ojos.

—Dante —pide Jacob desde algún lugar detrás de mí.

—No lo haces —afirma, ignorándolo.

El latido de su corazón retumba contra mi palma, cada


respiración pesada se abanica sobre mi rostro, y la caricia de su
mano bajo mi barbilla hace que mi cuerpo cobre vida.

Su boca contra la mía, sin importarle nuestro público, dice:

—Me perteneces.

Los dedos presionan la piel de mi mandíbula, acentuando su


afirmación, antes de rozar mi piel con su pulgar.

—Y yo te pertenezco.

Ante su declaración, abro los ojos de golpe, sorprendida por la


honestidad que encuentro en las profundidades de los suyos.

Sus dos manos se mueven para acariciar los lados de mi rostro y


su frente presionando la mía.

—El suelo estará lleno de los cuerpos de aquellos que te han


hecho y quieren hacerte daño —jura—. Pondré cada uno a tus pies
y grabaré tu nombre en su carne como recordatorio para los demás.

—¿Por qué? —pregunto en un susurro.

—Tú perteneces...

—A ti —termino con lo que asumo que es el resto.

Me equivoco.
—Conmigo —corrige, pasando sus pulgares por mis pómulos.

En un momento, me amenaza con matarme. Al siguiente, le


pertenezco. Y ahora, tengo su completa devoción. Esta conexión que
compartimos no tiene sentido y las cosas se están moviendo
demasiado rápido para que pueda procesarlas. Hay tantas cosas
que podrían hacer que todo se derrumbe a nuestro alrededor,
dejando una escena muy sangrienta.

—Señor. —Jacob se acerca a Saint, poniendo una mano en su


hombro tenso—. Tenemos una situación.

Extiende un iPad y Saint se lo quita de la mano.

Sketch se acerca rápidamente, mirando por encima del hombro


de Saint.

—¿Qué mierda quieren? —su pregunta está dirigida a Jacob, no


a Saint.

Jacob mueve la cabeza hacia mí.

—Están preguntando por Meissa Winters —dice—.


Aparentemente, ha habido una denuncia de persona desaparecida.

Es como recibir un puñetazo en el estómago. Todo el aire sale de


mí y busco frenéticamente en mi mente a alguien que me eche de
menos lo suficiente como para presentar una denuncia.

Los duros ojos de Saint pasan de la tableta a mí, y luego cambian


a Sketch.

—¿Cómo te has perdido eso? —su pregunta está llena de disgusto


mientras golpea el iPad en el pecho de Sketch.

—Claro, vamos a fingir por un puto segundo que ella. —Me señala
a mí—. No tiene ni un maldito pariente, amigo o conexión cercana,
¡y que yo incluya los informes policiales de un puto fantasma en mi
lista de cosas por hacer!

—Deberías haberlo pensado —gruñe Saint.


—Tenemos que abordar la situación —interviene Jacob—, y esto
no está ayudando.

—Digo que se la entreguemos —comienza Sketch, ganándose una


mirada de Saint—. No me mires así, mierda. Tu maldita obsesión
con el coño adolescente fugitivo te está distrayendo de cosas más
import...

La mano de Saint alrededor de su garganta ahoga el final de su


frase.

—Yo tendría cuidado con lo que dejas salir por tu boca —le
advierte.

Los músculos de su antebrazo se flexionan y sus nudillos


empiezan a blanquearse. Sketch deja caer el iPad al suelo.

La culpa es mía. Si hubiera mantenido mi maldita distancia de


esta gente en el club e ignorado a Tricia, no estaría a punto de ver
a alguien morir asfixiado. Estos dos tienen una amistad jodida, pero
es exactamente eso. Ahora, voy a ser la razón de su desaparición.

Antes que pueda detenerme, agarro el brazo de Saint, y grito:

—¡Detente!

Su mano inmediatamente suelta a Sketch, que se tambalea hacia


atrás. Utilizando la mesa del comedor para apoyarse, se agarra la
garganta y jadea.

La sensación de su mirada es como un millar de ladrillos sobre


mi cabeza y me alejo rápidamente de él. Mirando a su cara,
encuentro exactamente lo que espero: sus ojos sobre mí. Sin
moverlos, ordena:

—Traigan a nuestros invitados.

Mis ojos se abren de par en par, y una vez más, trato de


imaginarme quién enviaría a la policía por mí.

La sonrisa que se dibuja en el rostro de Saint, junto a su ceja


levantada, me dice que tiene una idea, y envía una fría realización
a mi espina dorsal. El pánico obstruye mi garganta y las lágrimas
arden detrás de mis ojos. Respirando hondo, intento
recomponerme.

—Mei, ¿estás bien? —pregunta Jacob, dando un paso adelante.

Retrocedo, levantando una mano para detenerlo.

—Ella está bien —advierte Saint—. Solo acaba de descubrir quién


la está buscando.

—¿Quién? —pregunta Jacob.

—La misma persona que le envía los regalos —Saint dice hacia la
habitación.

—Mierda. —Tose Sketch.

—Dios mío —susurra Jacob.

—Señor. —Russ aparece desde el ascensor del pasillo.

Un hombre y una mujer le siguen, ambos vestidos con pantalones


oscuros, una camisa abotonada y una chaqueta. Sus ojos curiosos
se centran en mí, los de la mujer se estrechan al ver mi ojo morado.

Bueno, yo quería irme. Supongo que mi deseo se concedió.


Escoltada de esta prisión por la policía y entregada a las manos de
mi pasado.

No. Eso no puede suceder.

—Marcus —saluda Saint—. ¿A qué debo el placer de tu visita y


la de Darla?

De cualquier otra persona, sonaría cursi, pero Saint lo hace sonar


casi amenazante.

—¿Qué le ha pasado en la cara?

—Darla —advierte Marcus.

—Un malentendido —responde libremente Saint—. Uno que


pronto me encargaré de solucionar.
Ante su admisión, enderezo la espalda y lucho contra el impulso
de buscar respuestas en su rostro.

—Es bueno saberlo —afirma Marcus, cruzando los brazos sobre


su pecho.

—Ahora, ¿el asunto de tu visita? —presiona Saint.

—Sr. Ruggiano, tenemos razones para creer que tiene una Meissa
Winters en su poder. —Es una declaración, no una pregunta, y los
ojos del detective se dirigen a mí.

—Como puede ver, la señorita Winters está perfectamente bien


—dice Saint señalando mi cuerpo.

Los ojos de ambos se dirigen a mí.

—Señorita, se ha presentado un informe que usted ha estado


desaparecida desde hace algún tiempo —dice el que se llama
Marcus—. ¿Sabe por qué piensan que no ha sido por su propia
elección?

—No tengo ni idea —digo, tomando una decisión que me aleja de


mi pasado, e incluso me sorprende lo tranquila que sueno.

—Señorita Winters —dice Darla, bajando los brazos de su


pecho—. Si hay algo mal, si necesita ayuda…

—¿Qué ayuda podría necesitar? —la pregunta es tan frívola y


engreída, tan diferente a mí, que solo puedo rezar para que no se
note mi propia conmoción.

Para demostrar mi punto de vista, me doy la vuelta y me dirijo a


Saint. A su lado, me inclino hacia él, rodeando su bíceps con un
brazo.

—Puede...

—Darla —advierte Marcus de nuevo—. Ella dijo que no necesita


ayuda y ambos podemos ver que está bien.

Ella lo fulmina con la mirada antes de girar y alejarse.


—Gracias, Sain… Sr. Ruggiano —dice Marcus, y luego se dirige a
mí—. Buenas noches, señorita.

Russ y Vincent los siguen fuera de la habitación hacia los


ascensores.

La adrenalina me recorre haciendo que cada músculo y mi


corazón lata rápidamente.

—Se han ido —anuncia Vincent a su regreso.

Soltando el brazo de Saint, retrocedo a trompicones y me agarro


al respaldo del sofá. Se gira, mirando hacia mí.

—Por fin tienes tu oportunidad de escapar —se burla, acechando


hacia mí—. ¿Y no la aprovechas?

El silencio llena la habitación mientras las lágrimas se acumulan


en las esquinas interiores de mis ojos, persistiendo como una
amenaza a mi cordura.

—Bien —gruñe Sketch—. Maldita sea, fue Marcus.

—¿Por qué es algo bueno? —pregunto, evitando la observación de


Saint.

—Le tienes terror —afirma, creyendo que lo tiene todo resuelto.

Ignorándolo, me concentro en lo que ha dicho Sketch.

—Marcus trabaja para ti —digo, y luego acuso—: ¿Acaso los


enviaste aquí solo para asustarme con respuestas?

Una gruesa ceja se arquea sobre su ojo derecho, la diversión


bailando en ellos.

—Quizá —Se encoge de hombros.

—Bastardo —grito, apartándome del sofá—. ¿Qué... quién eres?

—Recuerda —dice en voz baja—, me elegiste a mí antes que la


libertad.

Con una media sonrisa, da un paso atrás.


—Vincent, toma a Frank y el auto. Nos vamos a la finca —
anuncia.

—¿Estás seguro de esto? —Jacob pregunta, acercándose a mi


lado.

Los ojos de Saint se estrechan sobre él antes que tome mi mano


y me atraiga hacia él. Mirando por encima de mi hombro, no me
pierdo la forma en que Jacob se queda mirando nuestras manos
entrelazadas. Su cara se frunce como si estuviera tratando de
resolver algo en su cabeza.

—No necesitas que vaya, ¿verdad? —Sketch pregunta con una


pizca de nerviosismo.

Las dudas de todos me preocupan. Tal vez he presionado lejos y


demasiado.

—Treinta minutos. —Es todo lo que dice Saint antes de


arrastrarme de vuelta al piso de arriba.
CAPÍTULO DIECIOCHO
MEI

Un fuerte ruido me arranca de mis sueños. Un relámpago ilumina


el oscuro dormitorio y un segundo trueno suena aún más cerca que
el anterior.

Presiono una mano en mi pecho, no me sorprende el rápido


latido. Cierro los ojos, intentando calmar mi errático corazón, pero
me asaltan recuerdos de la noche anterior.

Paredes de plástico.

Cuchillos.

Sangre.

Demasiada. Mucha. Sangre.

Yo.

Saint.

Mi nombre.

Me arrastro hasta el centro de la enorme cama, me pongo de


rodillas y respiro profundamente. Busco en todos los rincones
sombríos, esperando que Saint salga de alguno, pero donde espero
paredes de azufre, pozos de fuego y muerte, solo encuentro la suite
principal de color beige y gris suave. No hay cambios y estoy sola.
Más recuerdos se precipitan, despejando la niebla restante del
sueño de mi mente.
Cierro los ojos, inhalo por la nariz y exhalo, tratando de alejar los
horribles hechos de la noche anterior. La forma en que mi
conmoción no se desvaneció en horror y repulsión, como lo haría
una persona normal y cuerda. En su lugar, un hambre profunda y
oscura se abrió paso por mi cuerpo hasta que las yemas de los
dedos me hormiguearon y anhelé más. Cómo el suave mango del
cuchillo había contrastado con el filo dentado de la hoja. El
momento en que cada insidioso impulso floreció bajo mi pálida piel,
haciendo aflorar todos los graves errores y pecados de mi pasado.

Esperando encontrar manchas de sangre, levanto las manos


frente a mi rostro y abro los ojos. Están limpias. Al bajarlas, miro
mi cuerpo desnudo y no encuentro nada que delate que he perdido
lo que me quedaba de alma.

Un escalofrío me recorre la espalda. Envolviendo mis brazos


alrededor de mí, me deslizo fuera de la cama.

¿Qué he hecho?

Con las piernas tambaleantes, tropiezo con el cuarto de baño,


toco el panel de la luz y me quedo paralizada.

El frío de la comprensión me hace sentir un pinchazo en la piel.


El temblor comienza en mi mano, sube por mi brazo y se desplaza
por mi cuerpo.

Sabes lo que has hecho, lo que has desatado, susurra una


pequeña voz.

Sacudiendo la cabeza, intento liberarme del miedo, la vergüenza


y el pánico que me invaden. Obligo a mis pies a moverse y me cuido
de evitar las huellas y los rastros de sangre secas. Las que se
hicieron anoche cuando Saint llevó nuestros cuerpos cubiertos de
sangre a la ducha. Si este es el estado del suelo del cuarto de baño,
hay más rayas y huellas en las escaleras, las paredes del pasillo y
la puerta del dormitorio.

Los conocidos y oscuros impulsos que he mantenido enterrados


se arremolinan libremente en mi interior. Espero el horror, la
repulsión, algo distinto a la completa satisfacción que siento.
Se libró fácilmente, reafirma la voz en voz baja. ¿Recuerdas lo que
hizo cuando eras solo una niña? ¿Recuerdas cómo te hizo daño?
¿Crees que fuiste la única a la que hirió en todos estos años? Intentó
repetir el ataque hace unas semanas. La voz se hace más fuerte,
negándose a ser ignorada.

La imagen de todas las marcas brutales en el cuerpo de Arman,


la sangre que gotea en el suelo y sus manos atadas pasan por mi
mente. La misma satisfacción de ver sus manos poniéndose
moradas se instala en mi pecho como la noche anterior.

—No —me ahogo, deslizándome en la ducha de cristal.

Quiero estar en desacuerdo, argumentar que nadie se merece lo


que hicimos anoche, pero en el fondo sé, demasiado bien que
algunos lo hacen, y es entonces cuando se reproduce el siguiente
recuerdo.

La hoja de sierra que había sostenido, mientras volcaba todos mis


deseos malévolos en un hombre, el que protagonizó mis pesadillas
infantiles y me marcó como mujer.

Sin preocuparme por la temperatura del agua, giro los mandos


hasta que el agua fría me salpica la piel. El impacto que produce
calma parte de mi inminente colapso. Vuelvo a rodear mi cuerpo
con los brazos y me apoyo en la pared de azulejos. Cuando el agua
se calienta, las lágrimas empiezan a resbalar por mis mejillas.

Deslizándome por la pared hasta el suelo, me llevo las piernas al


pecho y las rodeo con los brazos. Con la cara apoyada en las
rodillas, intento bloquearlo todo, olvidar, pero he cometido un
terrible error. En el momento en que cierro los ojos, todo se
reproduce como una retorcida película gráfica en mi cabeza.

No lo aprobaría. Todo el desorden innecesario. Los pensamientos


se adentran en mi mente. Padre nunca dejaría tantas marcas en una
piel perfectamente buena.

Meciéndome en el suelo de la ducha, me tapo la boca con una


mano y reprimo un sollozo.

Al levantar la otra mano, abro los ojos y espero ver su cabello, el


que aún siento contra mi palma. Cerrando los párpados una vez
más, el cuchillo contra su cuello acompaña el olor de la sangre y el
miedo que recuerdo que salía del cuerpo de Arman mientras me
aseguraba que recordaba el miedo de una niña y la ira de la mujer
que tenía su vida en sus manos.

Otro grito se abre paso a través de la mano en mi boca,


recordando cómo no le permití confesar sus pecados o pedir perdón.
Porque no se lo merecía. Sus disculpas cayeron en los oídos de una
niña mala.

Los recuerdos son tan vívidos, tan intensos, que un olor metálico
me llena la nariz y me provoca las papilas gustativas. Los ecos de
los gemidos dolorosos llenan mis oídos, hasta que son sustituidos
por Saint y mis gemidos de placer.

—¡Oh Dios! —Las palabras sollozadas se deslizan entre los dedos


apretados a mi boca.

Papi no aprobaría los métodos, pero estaría orgulloso de una cosa:


recordé sus lecciones de anatomía.

Mi lucha interna entre lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo


malo, y lo que debería y lo que no debería, ha trazado una línea en
el suelo manchado de sangre. Y está cayendo en el lado equivocado.
Todos mis demonios corren sin ataduras por debajo de mi carne,
libres de actuar en todos mis deseos antinaturales.

Golpeando mi cabeza contra la pared de azulejos, trato de hacer


entrar en razón -repitiendo- intentando por todos los medios no
dejar que vuelvan a aparecer las mismas satisfacciones y placeres
de la noche anterior.

—Mei. —A su profunda voz ronca le siguen las manos en mis


brazos—. Cristo —gruñe—. El agua está helada.

Los brazos de Saint me rodean y me levantan del suelo,


interrumpiendo mi espiral descendente. Me saca de la ducha y me
lleva de vuelta a la cama, envolviendo mi cuerpo con la sábana y
colocando el edredón sobre mis hombros.

—¿Qué ha pasado? —Sus manos agarran los lados de mi rostro.

Cierro los ojos y recién ahora noto el castañeteo de mis dientes.


—Jesús, Mei —se burla, alejándose de mí.

Ante su retirada, abro los ojos, temiendo que por fin le repugne
lo suficiente como para marcharse. Pero se limita a encender la
chimenea antes de volver hacia mí.

Arrodillado en el suelo, entre mis piernas, vuelve a tomarme el


rostro entre las manos antes de registrarme el cuero cabelludo con
las yemas de los dedos. Doy un respingo cuando toca el lugar donde
me golpeé contra la pared.

—¿Qué pasó? —dice, su pregunta ahora es una demanda.

Niego con la cabeza, intento liberar su agarre sobre mí, pero no


funciona.

—Suéltame —chillo.

Su ceño se frunce.

—Hay una cosa que tenemos que tener absolutamente clara. —


La dureza de su voz me hace tragar el nudo de emoción que tengo
en la garganta—. Me perteneces, Dahlia.

Al oír mi verdadero nombre, me pongo rígida, mirándolo


fijamente.

—Tú me lo diste —responde a mi reacción—. Yo no lo tomé, y


estoy seguro que no lo devolveré.

—Dime que lo de anoche fue una pesadilla —le ruego,


acercándome y enganchando mis manos en sus muñecas—. Que
solo fue una pesadilla.

La comisura izquierda de su boca se curva en una sonrisa


tortuosa.

—Anoche fue lo más bonito que he visto nunca —retumba,


desafiándome a discutir.

Un sollozo se aloja en mi garganta y las lágrimas me nublan la


vista.

—¿De eso se trata? —pregunta incrédulo—. ¿Anoche?


Intento apartarme de nuevo, pero es imposible con su agarre en
mi rostro. Lástima que no pueda evitar que salgan las lágrimas.

—Mírame —exige.

Aprieto los ojos. Soltando mi rostro, se levanta.

—No malgastes lágrimas en ese inútil —afirma, sus palabras son


un decreto vehemente.

¿Está enfadado conmigo? Mi propia ira se dispara y abro los ojos


de golpe.

—No lloro por él —digo entre dientes apretados.

Saint levanta una ceja, desafiando mi afirmación.

Apartando las mantas de mi cuerpo, me levanto. De pie sobre el


colchón y obligándole a levantar la cabeza para encontrarse con mis
ojos, grito:

—Lloro la pérdida de la poca alma que me quedaba. —Parpadea


ante mi declaración—. He luchado tanto para mantener... —Me
quedo sin palabras, incapaz de encontrar las adecuadas.

—¿Para mantener qué? —presiona, colocando sus manos en mis


caderas desnudas.

—Para no dejarlo salir —intento explicar, rezando para que lo


entienda.

—¿Dejar salir el qué? —empuja.

Mi frustración con él por no entenderlo y conmigo misma por no


ser capaz de encontrar las palabras adecuadas gana.

—La oscuridad que puso dentro de mí.

Con los ojos muy abiertos y las fosas nasales encendidas, sus
dedos se flexionan en la carne de mis caderas.

—¿Quién te la ha puesto? —pregunta Saint, pero ignoro la


pregunta.
—Y ahora, puedo sentirla en todas partes —continúo, levantando
las palmas entre nosotros—. Está bajo mi piel, en mis venas, libre.
—Dejo caer las manos y me encuentro con su mirada acalorada—.
Ya no hay forma de escapar. —Mi voz se quiebra.

—Es perfecto —dice con poca emoción.

—Es aterrador —contesto.

—Eres tú. —Me atrae hacia él.

Sus manos se deslizan sobre mi piel, una presionando la parte


baja de mi espalda y la otra deslizándose entre mis omóplatos.

—Dahlia, eres tú.

—No puedo ser eso —le digo.

—¿Por qué? ¿Quién dice que no se puede?

—No puedo —digo.

—No puedo permitir que un hombre como Arman viva —gruñe,


tensando los brazos.

Mis ojos se abren de par en par y replico:

—Entonces, ¿solo tienes que matar a todos los imbéciles?

—Si se pasan de la raya, entonces hago lo que se pide y es


necesario para proteger a la familia. —Hace una pausa, moviendo
una mano a la curva de mi culo—. Y si te tocan, entonces sí. Puedo
matarlos absolutamente.

Abro la boca para discutir, pero no ha terminado.

—Sin embargo, después de lo de anoche, veo que no lo necesitaré.

Es mi turno de fruncir el ceño en señal de confusión.

—Tú, mi muñeca mortal —empieza, deslizando las manos hacia


mis costillas—. Eres capaz de una magnífica venganza —termina,
presionando sus labios contra mi estómago—. Eres una diosa entre
los mortales.
—Lo que está bien y lo que está mal se está esfumando —susurro,
las palabras son débiles y carecen de vehemencia.

—La justicia es subjetiva. Y anoche, aseguró tu destino al estar a


mi lado.

Me pongo rígida y él levanta la cabeza.

—Mei —dice, volviendo a mi nombre falso, mi máscara.

Dejo caer mi rostro para encontrar su mirada.

—Me has vuelto a matar —admito en voz baja.

Todo lo que había construido y enterrado se ha desmoronado a


mi alrededor. Puedo ponerme la máscara de Mei, pero Dahlia ha
renacido. La ha resucitado sin entender las cosas locas, oscuras y
retorcidas que la persiguen.

Complacido consigo mismo, sonríe.

—¿De qué tienes tanto miedo?

—Lo mucho que me gusta —miento a medias, guardando mi


pasado para mí.

Su contacto con mis costillas se hace más fuerte. Con los ojos
todavía puestos en los míos, baja la barbilla, solo un poco. Entonces
su lengua sale, saboreando la piel de mi ombligo.

—Tú. —Presiona un beso en el mismo lugar—. No tienes. —Sus


labios se mueven sobre mi piel—. Nada. —Llenos, suaves, calientes
y bajando—. De que preocuparte —termina, besando justo por
encima de mi montículo antes de deslizar su lengua entre mis
muslos.

Jadeo.

Lamiendo, saboreando, continúa su asalto y mueve sus manos


sobre mis caderas hasta mis muslos. Los rodea por la parte trasera
de mis piernas y tira de ellas, haciéndome caer sobre la cama. Antes
que pueda recuperar el aliento, está entre mis piernas.
—Pensando en lo de anoche... —Cierra los ojos, lamiéndose el
labio inferior. En lugar de terminar, entierra su cara entre mis
muslos.

Es minucioso, duro y tan exigente como siempre. Me ordena que


diga su nombre, no Saint, sino Dante, y que admita que yo, Dahlia,
le pertenezco solo a él. Y esta vez, no son solo exigencias que espero
de él, sino cosas que yo misma deseo desesperadamente. Que Saint
sea dueño de mi nombre, mi cuerpo y mi alma debería
aterrorizarme, pero no encuentro el deseo de pensar en ello.

Agotada tanto por mi mini crisis como por las cosas


deliciosamente sucias que Saint ha hecho a mi cuerpo, me recuesto
boca abajo en la cama. Con la cabeza apartada de Saint, mis ojos
se centran en una piedra oscura de la pared. Con cada parpadeo,
mis párpados se vuelven más pesados, hasta que ya no puedo
mantenerlos abiertos.

El calor del cuerpo de Saint me aprieta el costado, su mano se


desliza por la parte baja de mi espalda, sus dedos callosos se
mueven sobre mi piel desnuda. Me toca la nalga derecha y extiende
sus dedos. Apoyando su boca en mi hombro, dice:

—¿Qué método anticonceptivo tomas, si es que tomas alguno?

Su mano se flexiona contra mi carne antes de bajar, se curva


entre mis muslos y pasa sus dedos por nuestras liberaciones
mezcladas.

Mis ojos se abren de golpe, mi mente se apresura a contar los


días de mi última menstruación.

—Sé que es un requisito en el club —continúa. Sus dedos se


mueven perezosamente contra mí, como si no fuera un momento de
pánico—. Pero —dice, presionando otro beso en mi hombro—, soy
muy consciente que las reglas no siempre se cumplen.

—Yo… —Me ahogo, incapaz de responderle.

—¿Tú qué? —Su voz se vuelve más seria, quizás notando la


tensión en mi cuerpo.
Su mano desaparece de entre mis piernas, agarrando mi brazo
derecho. Rodando hacia su espalda, me atrae contra su pecho.
Deslizando una mano por mi cabello, aprieta los puños, acercando
mi rostro al suyo.

—¿No tomas nada? —dice, con voz áspera y baja.

Mi cuerpo, como siempre hace con él, reacciona de forma opuesta


a cómo debería. El clítoris palpita, la parte inferior de mi cuerpo
cobra vida y solo puedo rezar para que mis pezones no estén
notablemente duros.

Cuando un músculo hace tictac en su mandíbula, me apresuro


a decir mis palabras:

—No. —Me sale el tiro por la culata.

Antes que pueda terminar, su mano se aprieta en mi cabello.

—No —No es una pregunta.

—Sí... —intento explicar de nuevo.

—¿Sí? —Ahora es una pregunta. Una molesta acompañada de un


gruñido—. ¿Cuál?

—Me preguntaste si no estaba tomando nada —le explico.

—Y tú dijiste que no —gruñe.

Haciendo una mueca de dolor, intento aclarar:

—He dicho que no, es decir, que estoy en algo.

Su mano se flexiona una vez más en mi cabello antes de aflojar.

—Me pongo una inyección cada pocos meses en la clínica —me


apresuro a decir antes que me interrumpa como antes—. Sirve para
otras cuatro semanas por lo menos.

El ceño sigue fruncido, sus labios finos. La mirada es todo lo que


necesito para saber que no me cree. Cree que estoy mintiendo.

Colocando mi mano en su pecho, lo tranquilizo:


—Te juro que me he puesto la inyección desde que empecé en el
club y me enteré de la existencia de Planned Parenthood 4.

—¿Qué eficacia tiene? —pregunta con la misma voz baja.

—Noventa y nueve por ciento. Suelo ir cinco días antes, antes que
se acabe, para asegurarme de no llegar tarde con...

—No necesitarás más citas —me interrumpe de nuevo.

Cerrando la boca, espero a que me explique. Tal vez tenga un


médico personal al que debo recurrir. Algo así, pero no dice nada
más.

En lugar de eso, soltando mi cuerpo en el colchón, se levanta de


la cama. Los movimientos rápidos y bruscos dejan claro su
descontento, pero por mi vida, no puedo entender por qué.
Desnudo, desaparece en el baño, cerrando bruscamente la puerta
tras de sí.

Confusa, insegura y un poco asustada, me levanto. De espaldas


a la cabecera y con las rodillas pegadas al pecho, miro fijamente la
puerta de madera tras la que se ha encerrado. Los minutos parecen
horas hasta que sale. Todavía desnudo, cruza la habitación. Al
llegar a la chimenea, apoya las manos en la repisa y agacha la
cabeza.

—Hay algo que tienes que entender y aceptarlo ahora —ordena.

Tragándome el nudo en la garganta, suelto las piernas,


estirándolas, y me siento con la espalda recta.

Me va a decir que no quiere tener hijos, que me prohíbe quedar


embarazada. Sorprendentemente, una pequeña punzada de
arrepentimiento me recorre el pecho, pero se ahoga ante la idea de
ser madre. Sería una madre terrible. La única vez que experimenté
una verdadera madre fue sofocada por mi pasado en una noche
llena de sangre y terror.

4
Planned Parenthood Federation of America es una organización sin ánimo de lucro que
presta servicios de salud sexual en Estados Unidos y en todo el mundo.
¿Cómo podría alguien tan retorcido como yo merecer o criar un
hijo? Me he reconciliado con todo esto antes que finalmente haga
su declaración:

—Eres mía —me recuerda—. Tú y yo lo sabemos. —Gira la cabeza


para mirarme por encima del hombro.

Sabiendo lo que quiere y antes que pueda preguntar, digo:

—Sí.

Ante mi confirmación, se aleja de la chimenea. Cruzando los


brazos sobre el pecho, se acerca a los pies de la cama. Con los ojos
clavados en los míos, me sostiene la mirada durante largos
momentos antes de continuar:

—No estoy acostumbrado a que las cosas estén fuera de mi


alcance —afirma—. Puede que me lleve tiempo, pero consigo lo que
quiero. ¿Lo entiendes?

Asiento con una pequeña inclinación de cabeza, y las líneas


alrededor de sus ojos se suavizan, mostrando una calidez.

—Pero el tiempo que me está llevando contigo me está volviendo


loco —gruñe, y yo frunzo el ceño.

—Acabo de decir que soy tuya —digo, pero las palabras suenan
como una pregunta.

Dejando caer las manos, aprieta los puños a los lados.

—Pero lo quiero todo —dice entre dientes apretados.

Abro la boca, pero él no ha terminado, así que la cierro de golpe.

—Tus secretos, tu pasado, tu presente y tu futuro me


pertenecerán, Mei.

Me pongo rígida.

—No creas ni por un momento que no voy a poseer hasta la


última parte de ti. —Sus palabras rozan la amenaza.
Una parte de mí se eriza, recordando a otro hombre que deseaba
poseer cosas, mujeres, niños... muñecos.

—Físicamente, emocionalmente, legalmente y con sangre, te


deseo. —Se pasa las manos por la cara, gritando—: Me está llevando
a la distracción y no puedo permitirme distracciones ahora mismo.

Doy un respingo y dejo caer mis ojos sobre el colchón. Su última


afirmación siembra una semilla de curiosidad.

La cama se inclina, atrayendo mis ojos hacia Saint. Se arrastra


por mi cuerpo y se sienta a horcajadas sobre mis muslos.
Sosteniendo mi cabeza con las dos manos, confiesa en voz baja:

—Necesito poseerte como tú me posees a mí. Porque el poder que


tienes sobre mí... —Deja que las palabras se desvanezcan, pero me
dan valor.

Colocando mis manos en sus rodillas, las deslizo hacia arriba y


hacia abajo por sus muslos. Cierra los ojos y sonríe.

Estirando mi cuello, aprieto mis labios contra los suyos. En lugar


de invadir mi boca como esperaba, se aparta.

—Ya no necesitarás la inyección —afirma.

Mis manos se congelan en sus muslos.

—Estarás embarazada más pronto que tarde. Me aseguraré de


ello, follándote a menudo. —Su boca conquista la mía, exigiendo y
tomando. Apartándose y jadeando, continúa—: y sin nada entre
nosotros.

Negando con la cabeza, susurro:

—No puedo ser la madre de alguien.

—Serás una madre feroz. —Parece tan seguro de ello, pero yo sé


que no es así.

Antes que pueda discutir, repite sus palabras de antes:

—Acéptalo. Te tendré toda. Como tú me tienes a mí.


Con pánico a la idea de la inminente maternidad, la rebeldía
empuja las siguientes palabras de mi boca:

—No tengo todo de ti —digo bruscamente—. Tu esposa tiene una


parte.

La parte derecha de su boca se curva, divertida. Me enfurece y


trato de apartarme. Saint me aprieta la cabeza y me obliga a
mirarlo.

—Me gustan tus celos —se burla.

Agarrando sus muñecas, intento quitar sus manos de encima.

—Detente —ordena—. Tiene un papel —concede—. Que se


disolverá con el tiempo.

Mis ojos se abren de par en par mientras la vergüenza me hace


sentir un escalofrío. Matrimonio, hijos, pareja en el crimen y
destructora de hogares son solo algunas de las cosas que él ha
decidido que debo aceptar. No voy a negar el pequeño cosquilleo en
el estómago, pero no estoy segura de poder ser esa criatura que él
ha decidido que sea.

—Cuando dije legalmente, quise decir que serás mía en


matrimonio —aclara, acercando su cara a la mía y añadiendo—:
Entre las otras formas en que te tendré.

Nariz con nariz, me pasa la lengua por la boca antes de chuparme


el labio inferior y morderme. Mi jadeo le permite el acceso total, algo
que no duda en aceptar. Mis manos siguen apoyadas en sus muslos
y suelta mi cabeza para colocar las suyas sobre las mías. Sus dedos
se flexionan antes de llevarlos a su pecho y atraparlos allí.

Por un momento, puedo ver todo en un paquete perfecto. Marido,


mujer, dos hijos, un perro, un gato y un pez de colores, todo ello
envuelto en una casa blanca con adornos azules y una valla. Para
la mayoría, esto es el sueño, el trato perfecto, pero para mí, se siente
como una terrible mentira. La realidad -mi realidad- invade el
sueño, y la casa se funde en una mazmorra, un hombre atado a
una silla en medio de la habitación, Saint con sus cuchillos, y los
niños jugando en un charco de sangre.
Antes que pueda notar mi pánico, llaman a la puerta.

Saint rompe el beso y me mira con los ojos entrecerrados. Tal vez
se haya dado cuenta.

—Mandé a buscar comida mientras estaba en el baño —afirma,


todavía estudiándome.

Después de un momento, parece satisfecho con lo que encuentra.


Sin apartarse de mí ni cubrir nuestra desnudez, grita por encima
del hombro:

—Entra.

—Saint —siseo, tirando de mis manos atrapadas.

Sonríe.

A un traqueteo de platos le sigue la pregunta de Jacob:

—¿Algo más?

La exasperación es evidente en su tono. Se me calienta el pecho


y me pongo rígida, tratando de encogerme detrás del gran cuerpo
de Saint.

—No —dice Saint.

—Tienes suerte que no haya enviado a uno de los hombres en vez


de a mí —sermonea Jacob—. Puede que no sean tan rápidos en
apartar la vista.

—Aprenderían —replica Saint, sus palabras son una promesa de


castigos y dolor.

—Gra… —mi agradecimiento se detiene por la mirada que


oscurece la expresión de Saint.

Poniendo los ojos en blanco, me inclino hacia Saint y le respondo:

—Gracias.

En el momento en que la puerta se cierra, los dedos de Saint


levantan mi barbilla.
—Traeré la comida mientras me dices qué haces exactamente con
Jacob —afirma, soltando mi barbilla.

Está a medio camino de la bandeja de la comida cuando decido


utilizar sus propias palabras para burlarme de él:

—Creo que me gustan tus celos.

Saint se detiene y se vuelve hacia mí. La luz de la chimenea


proyecta sombras sobre su cuerpo desnudo. Entre los tatuajes y la
falta de luz, es difícil distinguir las cicatrices que marcan su piel.
Se endereza hasta alcanzar su máxima altura y me advierte:

—Cuidado con el juego que haces, muñeca. Mis celos conllevan


una sentencia de muerte.

Poniéndome de rodillas, coloco las manos en las caderas y


replico:

—Después de lo de anoche, ¿estás tan seguro que los míos no?

Una gran sonrisa tortuosa se extiende por su cara. Olvida la


comida, regresa a la cama y estrella sus labios contra los míos.
CAPÍTULO DIECINUEVE
SAINT

Tres días y todavía no puedo quitármelo de la cabeza. La forma


en que se quitó la máscara, liberó su naturaleza más oscura y me
entregó una parte de su verdadero ser.

Encontrarla en la ducha a la mañana siguiente rota y castigada


despertó una parte de mí que creía muerta desde hace tiempo. Sentí
en el pecho como si alguien me hubiera arrancado el corazón y los
pulmones, el dolor crecía y me retorcía por dentro. Su ruptura
mental me ha afectado lo suficiente como para obligarla a hacer
peticiones para las que sabía que aún no estaba, ni está preparada.
La preocupación egoísta de que se perdiera en una mente rota, o
que renovara sus esfuerzos por alejarse de mí, me llevó a exponer
tontamente mis planes en lo que a ella se refiere.

La desesperación no es algo que experimente a menudo, pero


cuando lo hago es desagradable para todos los implicados. El hecho
que una pequeña mujer posea todos los pensamientos y deseos, que
despierte un millón de emociones enterradas, hace aflorar el macho
primitivo que hay en mí.

Soy consciente de la forma en que la he deseado desde el


principio. Ahora, después de verla cobrar vida y abrazar las partes
más profundas que se oculta a ella misma, la quiero atada a mí por
la lujuria, el deseo, el matrimonio, los hijos y las acciones terribles.
¿Pero quién mierda le dice a alguien que va a dejarla embarazada
solo para asegurarse que está atada a ti para siempre? Un hombre
obsesionado que teme que la persona que más quiere desaparezca
en una bocanada de humo o en un charco de sangre.
Hace tres días, estuvo a punto de romperse mentalmente.
Aunque todavía lucha internamente, tratando de asimilar este
despertar, su sueño se ha vuelto mucho menos agitado. Está
saliendo del pozo negro del arrepentimiento y la vergüenza,
llevándolos como su propia armadura personal.

—Si fueras otra persona... —dice Jacob, tomando asiento frente


a mi escritorio.

Inclinándome hacia atrás en mi silla de cuero de la oficina, llevo


las puntas de los dedos hacia mis labios.

—No lo habría creído, pero... —empieza de nuevo, mirando


desenfocado, a un punto del escritorio.

La esquina derecha de mi boca se curva.

—Parece que te cuesta terminar las frases —afirmo.

Sus ojos se dirigen a los míos.

—Russ bajó allí.

Al oír las palabras de Jacob, toda la diversión desaparece de mi


cuerpo. Dejo caer las manos y me agarro a los brazos de la silla.
Cada músculo se tensa, preparándose para levantarse.

Levanta una mano, con la palma hacia fuera.

—Detente. —Su tono me hace detenerme—. La oyó gritar y solo


bajó para asegurarse que no estabas en peligro. —Una pequeña
sonrisa se dibuja en su boca—. Ese chico es más leal de lo que te
mereces —se burla.

Volviendo a acomodarme en la silla, alzo una ceja.

—Cuando saliste del sótano... —vuelve a dudar.

Esta vez sé que es por la imagen morbosa que presentábamos


Mei y yo. Nuestros cuerpos cubiertos de sangre y ella envuelta en
mí, habíamos salido como algo de lo que están hechas las pesadillas
y las historias de terror. Saint y su muñequita mortal.

—¿Sí? —presiono.
Nuestras miradas se cruzan y él confiesa:

—Pensé que ella... que tú podrías haberla matado.

Me pongo rígido ante su sinceridad.

—Pero entonces se movió, envolviéndote con más fuerza,


aferrándose a ti como si fueras el centro de su universo. —Hay un
temor en su voz que no me interesa especialmente—. Y una vez que
nos pasaste, ella miró por encima de tu hombro.

Arrugando la frente, estoy impaciente por que vaya al grano.

—Dante. —Se lame los labios—. Sus ojos eran tan amenazantes.
—Mueve la cabeza—. Y esa maldita sonrisa... —Traga con fuerza, y
termina—. Solo la he visto una vez antes. —Hace una pausa,
asegurándose que estoy prestando atención—. El día que te vi
matar a tu madre. Tenías la misma mirada.

Apoyando los codos en el escritorio, desvío la mirada de la


intensidad de sus ojos. No hemos hablado de ese día desde que vino
a trabajar para mí.

—No sé si lo que has desatado es algo bueno o malo. Solo espero


que puedas manejarlo. —No me extraña el tono de regaño.

—Tomo nota de tus preocupaciones —afirmo, mirando fijamente


hacia las sombras de mi despacho.

En el momento en que entro en el salón, encontrando a Mei


metida en el sofá, sus ojos se mueven de la televisión a mí.

—No vas a volver al ático, así que ponte cómoda aquí —ordeno.

—¿Y mis guardias de prisión elegidos serán?


Su atrevida pregunta me hace sonreír. Me dirijo a la pequeña
estantería de licores y tomo un vaso en una mano y una botella de
vodka en la otra. Me sirvo medio vaso y respondo:

—Son para tu protección.

Al darme la vuelta, encuentro a Mei observándome desde una


posición arrodillada en el sofá. Tiene los codos apoyados en la parte
superior de los cojines del respaldo. Aparta los labios hacia un lado
y levanta una ceja sobre un ojo incrédulo.

—¿Es eso lo que te dices a ti mismo para sentirte mejor por


mantener a los prisioneros?

Me acerco al respaldo del sofá, deslizo mi mano libre por su


cabello y agarro un puño. Tirando un poco de su cabeza hacia atrás,
le acerco el vaso a la boca. Cuando presiono el borde contra su
labio, ella abre y acepta el licor claro.

—No tragues.

Su rostro se frunce de confusión ante mi petición.

Apartando el vaso, aprieto mi boca contra la suya y bebo de su


boca. Cuando me retiro, ella se balancea hacia delante queriendo
más. Me chupo el labio inferior y sonrío alrededor del vaso mientras
termino mi trago de vodka.

Soltando su cabeza, devuelvo el vaso a la estantería, me doy la


vuelta y le digo:

—Eres libre de irte cuando quieras.

Sus ojos se entrecierran y expresa su escepticismo:

—¿A qué estás jugando ahora?

—No es un juego —admito.

—¿Soy libre? —pregunta, y añade—: ¿Para irme y no volver?

Se levanta del sofá y se interpone entre nosotros con el gran


mueble de gran tamaño. La aprensión se dispara en mis venas y me
hace sentir acalorado y tenso.
Como el silencio que se extiende entre nosotros es demasiado
para mí, le pregunto:

—¿Adónde quieres ir, Mei? —Antes de que tenga tiempo de


pensar, y mucho menos de responder, añado—: ¿A tu apartamento,
donde llegó la primera muñeca? —Se pone visiblemente tensa—.
¿De vuelta al club donde se entregó la segunda muñeca? —Esta vez
es un notable trago—. ¿O todavía tienes planes de subirte a un
autobús y salir corriendo?

Se lleva la mano a los lados y levanta la barbilla desafiante. Joder,


si es que no es una magnífica contradicción. Pequeña, pero mortal.
Asustada, pero feroz. Libre, pero mía.

—Mi billete es intercambiable —afirma—. Podría...

—¿Hasta dónde crees que llegarás? —mi pregunta es más dura


de lo que pretendía, pero la sola idea de irse es suficiente para
provocar a mi criatura.

—¿De Chicago o de ti? —presiona, de nuevo leyéndome


demasiado bien. No estoy seguro de cuándo se produjo este cambio
en nuestras interacciones. Tampoco estoy seguro de por qué no me
molesta más.

—Ya sabes la respuesta a eso —digo mucho más tranquilo de lo


que me siento.

—Entonces no soy exactamente libre, ¿verdad? —Ella desafía.

Moviéndome alrededor del sofá, me pongo delante de ella una vez


más.

—¿Quieres liberarte de mí?

Sus ojos se suavizan ante mi pregunta, diciéndome lo mucho que


he regalado.

—Eres tú quien puede querer liberarse de mí —dice ella,


apartando la mirada.

—Quieres decir libre de Dahlia.


Vuelve a mirar hacia mí al mencionar su verdadero nombre. Una
mezcla de miedo y preocupación se arremolinan en ellos.

Levanto la mano y le acaricio el rostro.

—Dime quién es y todo desaparecerá —le prometo.

Apartándose de mi contacto, niega con la cabeza.

—¿No te molesta cómo...? —Hace una pausa, dirigiendo una dura


mirada hacia mí—. Con qué facilidad... No tienes ni idea de lo que
estás desatando. —Se aleja de mí y se acerca a las puertas
francesas, mirando al exterior.

—Entonces dime. —Mis palabras son ahora más exigentes.

Su cuerpo se estremece y, con una risa sin humor, dice:

—Ojalá lo supiera.

—¿Señor? —Jacob aparece en la entrada abierta.

Sin quitarle los ojos de encima, respondo:

—¿Sí?

—Tienes una llamada —afirma.

Moviendo mis ojos hacia él, frunzo el ceño.

—Diles que yo…

—Querrás atender esto —insiste—. Es... —Sus ojos se dirigen a


Mei y luego a mí.

Asiento con la cabeza, dándole el visto bueno para que hable.

—Angelo.

—Vaya, esa noticia viajó rápidamente —dice Sketch, apoyándose


en el marco de la puerta—. Apuesto a que ahora estás en la lista de
los malos —bromea.

Al lanzarle una mirada solo consigo una sonrisa en su rostro.


Vuelvo a mirar a Mei y le digo:

—No hemos terminado esta conversación.

Su cuerpo se tensa, pero no dice nada.

Al terminar mi reprimenda verbal con Angelo, aprieto el teléfono


hasta oírlo crujir. Después de haberme amenazado básicamente por
desobediencia, ha terminado la llamada dando órdenes. Se supone
que debo disculparme con el tío de Arman -públicamente- y llevar
a la mujer que me tiene dominado con el coño a la próxima fiesta de
cumpleaños de Felix. Sea lo que sea que haya planeado, tengo que
averiguarlo y hacerlo rápido.

Grito, libero mi rabia y frustración contenidas. La puerta de mi


despacho se abre de golpe y Jacob entra por la puerta con Sketch
en los talones.

Sin concentrarme en nada, ordeno:

—Trae a Felix.

—En ello —dice Jacob, saliendo de la habitación.

—¿Mala decisión? —pregunta Sketch, con mucho sarcasmo.

Al girar la cabeza en su dirección, la mirada que le dirijo es


suficiente para borrar la sonrisa de su cara.

—¿No tienes una investigación que terminar? —le recuerdo la


información que le entregué recientemente.

Como no quería compartirla con nadie, ni siquiera algo tan


simple como su nombre, había tardado hasta esta mañana en darle
a Sketch el verdadero nombre de pila de Mei. Su sonrisa victoriosa
me hizo creer que no tardaría mucho más. Pronto conocería su
pasado y desnudaría cada uno de los secretos que alberga.
—Las búsquedas están en marcha —dice, y se apresura a
añadir—: Todavía no hay mucho que hacer, pero estoy seguro que
pronto tendremos resultados.

—Por tu bien, espero que así sea —gruño, levantándome de la


silla y dirigiéndome a las botellas de licor perfectamente alineadas.

—Trabajo con lo que tengo —argumenta.

—Se te acaba el tiempo —le digo, dándole la espalda.

—¿Tiempo para qué? —presiona.

—El próximo fin de semana es la celebración del cumpleaños de


Felix —informo—. Se espera a la familia.

Sketch resopla:

—Estoy seguro que la tía Rosario preferiría beber veneno a que


yo apareciera —dice entre risas—. Es casi tentador, solo para ver lo
roja que se pone su cara. Además, está la alegría enfermiza que me
produce llamar a Angelo, tío Angie.

Volviéndome, le clavo la mirada y le digo:

—Vas a asistir.

—¿Qué? —Su ceño se frunce.

—Angelo está tramando algo.

Vuelvo a tomar asiento y le pido que se siente. Cuando lo hace,


le hago un resumen de mi llamada y termino la conversación con:

—Así que te voy a necesitar allí.

—Y tú traes a Felix a bordo. —Asiente con la cabeza hacia la


puerta por la que Jacob salió hace unos momentos para buscar a
Felix.

Asiento con la cabeza.

—¿Cuál es el maldito plan aquí, Saint? —Se pasa la mano por el


cabello crecido—. Ya estás llevando a Angelo al límite y llevarme a
mí será definitivamente otro insulto. Este juego se va a poner más
sangriento y todavía no estoy seguro de cuál será el final, pero no
quiero que el mío sea a manos de esos putos cabrones.

Sketch, el hijo bastardo de Maurizio Bianchi y sobrino de la mujer


de Angelo, tiene muchas razones para odiar a nuestros tíos. Su
venganza había sido lo suficientemente elaborada, enfermiza y
convincente como para que se solicitaran mis servicios, para borrar
la mancha negra de la familia de Rosario.

—Señor. —Jacob entra con pasos rápidos—. Felix —Me entrega


otro teléfono.

Recibiendo el aparato, me lo llevo a la oreja.

—Las cosas se están intensificando —digo en lugar de saludar.

—Bueno, ¿qué mierda esperabas cuando rebanaste a Arman?


Cristo, Dante, ¿en qué estabas pensando? —grita.

—Que el imbécil tocó algo que me pertenece —digo, dejando claro


que no me arrepiento de nada—. Y se le trató como corresponde.

—Joder —exclama—. Tú, de entre toda la gente, follándote a una


puta.

—Cuidado, Felix —advierto.

—¿No has aprendido nada de mi situación con Vicky?

—Esto no se parece en nada a tu afición por las mujeres caza


fortunas que te permiten degradarlas para tu propia satisfacción.
—Mantengo mi tono uniforme, sin ninguna emoción.

—Vete a la mierda —gruñe—. No actúes como si yo fuera el único


con preferencias perversas.

Suspirando con frustración, me froto el puente de la nariz. Entrar


en una pelea con Felix no es precisamente mi objetivo. Y entrar en
lo que él cree que son sus preferencias, porque realmente no lo son.
Claro que se excita con los juegos sexuales que le gustan, pero si
de verdad fuera lo suyo no sería tan condenadamente miserable con
cada mujer con la que se acuesta.
—¿Has pensado en lo que hablamos? —Desvío la conversación.

—Se pusieron las pilas —confiesa.

—¿De verdad? —su respuesta me sorprende. Esperaba que lo


pensara, que reflexionara sobre los detalles y que tal vez investigara
por su cuenta.

—No parezcas tan jodidamente sorprendido —dice—. Sé muy


bien que tu información es exhaustiva. Tu pequeña mascota
cibernética sabe lo que hace.

—Me gustaría saber cuál es tu posición sobre el obstáculo. —No


hace falta que diga Angelo para que sepa exactamente a qué me
refiero.

—Esto no va a ocurrir de la noche a la mañana, Dante —afirma.

—Me doy cuenta de eso.

—¿Sí? —presiona—. Aunque mis pesquisas le saquen de dudas.


—Se refiere a Evgeni—. Es una posibilidad muy real que piense que
soy espía de Angelo o incluso que me considere una causa perdida
al pertenecer a este sindicato.

—Es un riesgo importante —admito—. Pero no puedo quedarme


de brazos cruzados después de todo lo que ha hecho y sigue
haciendo. Se supone que somos familia, en sangre y honor.

—Y su egoísmo y avaricia han corrompido incluso al más


corrupto de todos nosotros —añade Felix, haciéndome saber que lo
entiende—. Todos estamos en riesgo hasta que se solucione el
obstáculo.

—De acuerdo —digo, asintiendo con la cabeza.

Mis ojos se mueven entre Sketch y Jacob antes de decir:

—Sin embargo. —Hago una pausa—. Puedo decir que está


planeando algo para la celebración de tu cumpleaños. No estoy
seguro, todavía, de qué se trata.
Me centro en Sketch, que asiente comprendiendo la orden
silenciosa que acabo de darle. Vuelvo a mirar a Jacob y veo cómo
se endereza hasta alcanzar su máxima altura y cruza sus gruesos
brazos sobre el pecho. Puede que no siempre apruebe las cosas que
hago, pero la postura que ha adoptado al respecto es clara.

—Pero pienso saber todo lo posible antes de la fiesta —termino.

—Te avisaré si me llega algo —dice Felix y luego añade—: Sabes


que tiene seguidores leales y que esto podría causar una guerra
masiva que dividiera a la familia, ¿no?

—Sí —admito.

—Muy bien entonces —Felix suena resignado, como si acabara


de tomar la decisión final—. Te veré este fin de semana y recuerda
que me gustan los regalos que dan oral.

Arrojo el teléfono al escritorio.

—¿Se puso en contacto con Evgeni? —pregunta Sketch, con los


ojos muy abiertos.

Niego con la cabeza, le explico:

—No, hice averiguaciones para sacarlo.

—No puedo creer que Evgeni nunca haya sospechado. Quiero


decir, Felix no se parece exactamente al resto de ustedes. Tiene que
tener algún parecido con su esposa u otros miembros de la familia.

—Nunca presté mucha atención hasta saber la verdad y no estoy


muy versado en el aspecto de la mujer o la familia de Evgeni.
Además, Angelo es un bastardo, no un estúpido. Felix nunca estuvo
realmente involucrado con Evgeni. Lo mantuvo así en la medida de
lo posible. Mirando hacia atrás, puedo ver lo bien que orquestó y
maniobró a Felix.

Con un tono incrédulo, pregunta:

—Entonces, ¿nunca se han conocido, en absoluto?

Me encojo de hombros:
—Quizá una vez, brevemente. Me llaman para que participe en la
mayoría de las negociaciones internacionales y quizá recuerde que
una vez Felix estuvo involucrado, pero Evgeni apenas estaba. Felix
se ocupaba sobre todo de nuestros socios del sur —explico.

—El cartel —dice Sketch, desenmascarando mi vaga referencia.

—Sí —confirmo, soltando un suspiro de fastidio—. Hasta que un


malentendido dejó a su hermano cautivo.

Asiente con la cabeza, recordando el calvario de un mes que


supuso la recuperación de Cosimo, el hermano de Felix, y la
aclaración del cargamento de droga desaparecido. Sketch había
sido uno de los principales responsables de la devolución de
Cosimo.

Un pitido desvía la atención de Sketch de la conversación. Saca


su celular y pulsa la pantalla. Cuando su cuerpo se detiene, lo
estudio.

—Tenemos un resultado —prácticamente ronronea.

Levantándose de la silla, vuelve a concentrarse en la pantalla de


su celular.

—Es una coincidencia de una Dahlia Dandry —dice con una


amplia sonrisa en su cara.

Comienza a formarse mi propia sonrisa hasta que sus ojos


vuelven a mirar los míos. El triunfo desaparece y es sustituido por
la sorpresa y la incredulidad.

Con el corazón acelerado, me levanto de la silla.

—¿Qué pasa?

—Ella... —Hace una pausa, desplazándose rápidamente por su


celular.

—¿Ella qué? —exijo, mi paciencia se evapora en una nube de


fastidio.
Deja caer los brazos a los lados, sus ojos redondos vuelven a
mirarme.

—Dahlia Dandry es la hija de Gilbert Dandry —dice, como si yo


debiera saber quién es. Con un movimiento brusco, se dirige a la
mesa de ordenadores de la esquina de la oficina. Se deja caer en
una silla rodante y empieza a teclear en su portátil.

Frunciendo el ceño, me fijo en el nombre. Me resulta vagamente


familiar. La presión se acumula en la base de mi cráneo y un
recuerdo persiste en los bordes de mi mente.

—¿Quién es Gilbert Dandry? —Me tenso ante la pregunta de


Jacob.

Tan atrapado en este nuevo descubrimiento, que olvido que está


en la habitación.

Me acerco a Sketch y miro su portátil, intentando concentrarme


en la imagen que ha sacado. Él levanta la vista de la pantalla y
capta la confusión en mi expresión.

Sketch se echa hacia atrás en la silla, sacude la cabeza y señala


la pantalla.

—Es la hija de Gilbert Dandry, también conocido como el asesino


de Dollhouse.
CAPÍTULO VEINTE
MEI

Como no he visto ni sabido nada de Saint, Sketch o Jacob, me


sirvo el contenido de la nevera. En un taburete alto situado en el
extremo de la gran isla de la cocina, me siento sobre una pierna
mientras la otra cuelga a un lado.

Tomo una rebanada de jamón y queso, la enrollo, la mojo en un


poco de mostaza y me la llevo a la boca. Estoy en medio de un
bocado cuando entra Jacob. Se detiene justo en el umbral. No
saluda ni sonríe. Solo mira fijamente. No puedo leer completamente
su mirada, pero el ablandamiento de sus ojos es claramente de
lástima.

—Espero que no te importe —murmuro entre un bocado y


sostengo el rollo a medio comer.

Me he acostumbrado a la franqueza y a las palabras de Jacob.


Así que el silencio que sigue a mi comentario se vuelve incómodo,
haciendo que se me erice el vello de los brazos. Sin saber qué está
pasando, solo puedo suponer que he hecho algo mal.

Con una visible sacudida de su cuerpo, da un ligero respingo.

—Como señora de la casa, puedes tener lo que quieras —habla


finalmente, moviéndose desde su lugar congelado cerca de la
puerta.
—No soy la señora de la casa —corrijo, viéndolo abrir la nevera,
sacar dos botellas de agua y ponerlas sobre la encimera de granito
entre nosotros.

—Por supuesto que lo eres. —Su voz vuelve a ser la que me


resulta familiar—. ¿Quién más lo sería?

No dudo en responder:

—Su esposa.

Con una mirada que transmite claramente, chica estúpida,


destapa una botella de agua y bebe.

Colocando de nuevo la botella sobre la encimera, revela:

—Nunca ha pisado esta casa.

Esa información no debería provocarme una emoción, pero soy


una persona retorcida. Así que, aunque no lo demuestre, lo siento.
Extiendo la mano, tomo la otra botella, la destapo y bebo.

Jacob continúa:

—Este no es un lugar al que traiga gente.

Sketch entra y, tras oírlo, se apresura a añadir:

—Al menos, no a los que piensa dejar aquí respirando o con todas
sus partes intactas.

Me ahogo con el agua y se me cae un poco por la barbilla.

Jacob mira fijamente a Sketch y me tiende una servilleta de


papel. Se la quito de la mano, me la llevo a la boca y me limpio la
barbilla.

Sketch agarra una manzana de un cuenco y apoya su cadera en


el extremo de la isla. Frotando la fruta en su camiseta, ignora a
Jacob y se centra en mí.

—Pero teniendo en cuenta lo cómodos que están en la mazmorra,


diría que ustedes dos, putos retorcidos, son una pareja hecha en el
infierno —se burla, esbozando una sonrisa de dientes antes de
morder la manzana.

—Oh, cómo me gustaría que no hubieras sido una excepción a la


norma —refunfuña Jacob.

Sketch se golpea la palma de la mano en el centro del pecho.

—Me hieres, Jake —Finge estar herido y luego continúa—:


Además, Mei debería sentirse como en casa, dada toda la
experiencia con...

Jacob lo interrumpe y se dirige a mí:

—¿Qué tal si tú y yo hacemos un poco de ejercicio en el patio


trasero? —Señala las puertas francesas detrás de mí—. Tomaré algo
de equipo y me reuniré contigo ahí fuera.

Definitivamente está pasando algo y obviamente no debo saberlo.


Así que asiento con la cabeza, diciendo:

—Déjame ir a buscar algo para cambiarme.

Al volver la vista hacia Sketch, encuentro su cara inusualmente


seria. Sus ojos se dirigen a mí, pero no me ve. En su lugar, está
perdido en su propia mente.

—Yo me encargo de esto —dice Jacob, apartando mi plato y


desviando mi atención de Sketch.

—Gracias —murmuro, bajando del taburete y saliendo de la


habitación.

Después de mi salida, hay una discusión silenciosa, pero no


puedo entender de qué están discutiendo.
El chándal negro roza mis rodillas y mi camiseta gris recortada
deja al descubierto unos cinco centímetros de piel. El aire frío
acaricia toda mi carne expuesta cuando salgo al patio trasero.

Jacob levanta la vista ante mi llegada. Sentado en un muro bajo


de piedra, se coloca unos guantes negros en las manos. No son
guantes de boxeo estándar, sino que parecen los que usan los
luchadores de MMA.

Levantando las manos, explica:

—No tenemos dos juegos de guantes de boxeo aquí. Me imagino


que estos servirán para un entrenamiento de sparring hasta que
pueda conseguir otros.

Se pone en pie y señala un par rojo.

—Son los más pequeños que pude encontrar, así que espero que
funcionen —Sus ojos recorren mi cuerpo hasta mis pies descalzos
y vuelven a subir, encontrándose con mis ojos—. Este no es
exactamente el tipo de clima de media ropa.

Al mencionar la temperatura, una segunda brisa fría recorre mi


espalda haciéndome temblar.

—Deberías ir más abrigada —me dice en tono paternal. Es el


mismo tono que escucho de él cada vez que hacemos ejercicios
juntos.

Me acerco a la pared, tomo los guantes rojos y me los pongo.


Asegurándolos, digo:

—Cuando empecemos a movernos, estaré bien.

—Es tu desventaja —se burla, estirando y calentando.

—Y aun así te ganaré —me burlo, regalándole una sonrisa.

Me devuelve una y dice:

—Tu sonrisa es encantadora.

—Mejor para distraerte —replico, ocultando mi vergüenza tras


una broma.
La genuina amabilidad que me muestra junto con un cumplido
sincero son cosas a las que no estoy precisamente acostumbrada.
En mi trabajo, suelo recibir comentarios lascivos o falsos elogios y
su única esperanza es que les dé más. Los cumplidos de Jacob no
tienen ataduras y no sé cómo procesar eso.

—¿Lista? —pregunta, adoptando una postura de lucha.

Abriendo y cerrando las manos, pruebo el ajuste de los guantes


y asiento con la cabeza.

—Sí. —Tomo mi propia postura.

—Las damas primero —ofrece, queriendo que yo lance el primer


golpe.

—Respeto a mis mayores, así que tú primero —replico.

Se ríe y empieza nuestro baile.

Cuarenta minutos y dos partidos después, el frío es


imperceptible. El sudor gotea por mi columna y entre mis pechos.
Después de haber pasado tantos días sin entrenar, mi cuerpo ya lo
está notando. Pero ahora, he encontrado mi ritmo.

Jacob golpea con la derecha, yo esquivo la izquierda. Él barre una


pierna, yo salto y envío un golpe acolchado a su costado. Pero antes
que pueda moverme alrededor de su cuerpo, un brazo me rodea el
pecho. Enroscando la extremidad, tira de mi espalda hacia su pecho
y envía un suave golpe a mi riñón derecho.

—Maldita sea —grito, furiosa porque me ha atrapado.

—No lo suficientemente rápido —bromea entre risas.

Su risa muere tan rápido como su brazo desaparece. Miro por


encima del hombro y frunzo el ceño.

—Explícate. —La profunda exigencia de Saint hace que un


escalofrío diferente recorra mi cuerpo.

—La señora... —empieza a explicar Jacob.


—Estoy acostumbrada a hacer ejercicio un par de veces a la
semana —lo interrumpo y me giro.

Los ojos de Saint recorren todo mi cuerpo, deteniéndose en mis


pies.

—Deberías llevar zapatos —refunfuña, trayendo sus ojos a los


míos.

—Estoy bien —aseguro.

—¿Para esto fuiste a ese gimnasio? —pregunta, saliendo al patio.

Asiento con la cabeza.

—¿Solo por el ejercicio? —presiona, acechando hacia mí. Se


detiene a menos de un metro y levanta una ceja.

—No. —Niego con la cabeza—. Me entrené con dos instructores


para aprender a luchar.

Las comisuras de su boca se levantan un poco ante mi confesión.

—Guantes —exige, tirando de su jersey por encima de la cabeza.

Manteniendo sus ojos en los míos, lo tira a un lado y levanta una


mano expectante hacia Jacob. El silencio cae a nuestro alrededor,
hasta que el desgarro del velcro lo rompe como un grito. Jacob pone
los guantes negros en la mano de Saint antes de retroceder y salir
de mi periferia.

—Veamos lo que tienes, muñeca —se burla Saint, deslizando los


guantes sobre sus manos.

Una mezcla de sorpresa y miedo recorre mi cuerpo y doy un paso


atrás. Sus manos se levantan y coloca los pies de una manera que
deja claro que sabe lo que está haciendo.

Tragando, vuelvo a mi posición inicial frente a él.

—Separa las piernas —indica.

Entrecierro los ojos, haciéndole saber que no me fío de sus


consejos.
—Tu equilibrio está comprometido —continúa—. Un golpe y
tropezarás, posiblemente te caerás.

—Eres el doble de mi tamaño —resoplo—. La posición de mis


piernas no supone ninguna diferencia. Además, tendrías que
golpearme primero —me burlo.

La enorme sonrisa en su cara es casi suficiente para distraerme


de su primer ataque.

Él golpea, yo esquivo. Yo golpeo, él esquiva. El baile se prolonga


durante diez minutos antes de llegar a una conclusión. Perderé
cualquier pelea justa con él, así que es hora de usar otras tácticas.

Vuelve a dar un puñetazo, pero esta vez me agacho bajo su brazo


y me muevo alrededor de su cuerpo. Un golpe en el costado, como
hice con Jacob, y gruñe. Pero esta vez, me muevo más rápido. Ahora
detrás de él, salto sobre su espalda antes que pueda darse la
vuelta.

Enrollo las piernas alrededor de su cintura y le paso el brazo por


el cuello. Él mete una mano enguantada entre mi brazo y su
garganta, pero yo cierro las manos y las aprieto.

En mi periferia, veo a Jacob ponerse en pie de un salto. Duda, no


está seguro de si es necesario intervenir.

No lo es.

Saint pasa su otra mano por debajo de mi brazo y rompe mi


agarre. La sorpresa de su liberación me obliga a agarrarme a sus
hombros. Y antes que pueda volver a caer al patio, mi espalda choca
contra el lateral de la casa. No es suficiente para herirme
gravemente, pero la piedra no perdona, lo que me hace gruñir por
el dolor y soltar las piernas de su cintura.

En una pelea real, estoy segura que se apartaría, dejando que el


oponente se desmoronara en el suelo para poder acabar con él. Pero
conmigo, se queda quieto, usando su cuerpo para sostenerme.

—¿Puedes estar de pie? —pregunta por encima del hombro.

Asintiendo, jadeo:
—Sí.

Lentamente, se gira, asegurándose de mantener su cuerpo cerca.


Presionando sus manos contra las piedras a ambos lados, me
enjaula.

—Eres una cosita feroz —elogia, llevando una mano a mi rostro


y apartando mis cabellos sueltos—. Pero siempre ganaré, Mei. —
Sonríe—. Aunque tenga que luchar sucio, hacer trampas o matar
—continúa y siento que ya no estamos hablando de sparring—. Lo
que haga falta —termina, apretando su cuerpo contra el mío.

Un carraspeo detrás de él. Jacob.

—Váyanse —ordena—. A menos que tu quieras que la multitud


que has atraído te observe, te sugiero que lleves esto adentro.

Ante la sugerencia de Jacob, Saint se aparta y se gira. En el


momento en que su cuerpo se aparta de mi camino, veo a cuatro
hombres trajeados sentados en el muro de piedra.

—¿Cómo está mi perímetro? —pregunta Saint, cruzando sus


brazos sudorosos sobre el pecho.

Los hombres salen disparados y desaparecen por la esquina de


la casa.

—No puedes culparlos —dice Jacob, con un toque de diversión


en su voz.

—¿No puedo? —pregunta Saint, quitándose los guantes y


tendiéndolos.

—Como dijiste —Jacob hace una pausa, mirando hacia mí. Saint
hace lo mismo—. Es una cosita feroz —termina, tomando los
guantes.

—Eso es —acepta, extendiendo un brazo hacia mí.

Cuando vacilo, su ceño se levanta. Me pone la mano en la suya,


me empuja hacia él y me quita los guantes.

—Saldremos a cenar a las siete —anuncia Saint.


—El auto estará listo —responde Jacob.

—Hasta entonces, no estamos disponibles.

Manteniendo una mano asegurada en la suya, me guía a lo largo


del patio trasero, bajando un tramo de escaleras, pasando por la
piscina, y luego subiendo las escaleras que llevan a su habitación.
Una vez dentro, me suelta para cerrar las puertas francesas.

—Me gusta que puedas defenderte —afirma, cerrando las


puertas.

Cuando se gira para mirarme, hay ferocidad en sus ojos. Un


aluvión de mariposas me asalta el estómago y un nudo de
nerviosismo se me forma en la base de la garganta.

—Admito que sentí curiosidad después que me tiraras de la cama


en el ático —continúa, iniciando un lento merodeo en mi dirección.

Por cada paso que él avanza, yo doy un paso atrás.

—No huyas de mí —ordena.

Tragándome los nervios, admito:

—Me das miedo.

Se queda quieto. Su ceño se frunce y los músculos de su


mandíbula se agitan.

—Soy la última persona a la que deberías temer —gruñe,


acortando la distancia.

Retrocedo hasta que mi espalda choca con una pared y me


aprieto contra ella. Saint llega hasta mí, dejándose caer de rodillas.
No es lo que esperaba y lo imprevisible me pone más nerviosa.

Unas manos grandes me agarran por las caderas, sujetándome.


Su cabeza se inclina hacia atrás.

—En el primer momento que te vi. —Sus palabras atraen mis ojos
hacia los suyos—. Me sentí atraído. —Tirando de mis caderas, me
acerca para que su barbilla se apoye en mi bajo vientre—. La
primera vez que nuestros ojos se encontraron, me atrapaste —
confiesa—. Y en el momento en que te quitaste la máscara, te
convertiste en mi obsesión.

Sus manos se mueven desde mis caderas, deslizándose a mi


alrededor hasta enjaularme entre sus brazos.

—Dicen que darle a alguien tu nombre le da poder sobre ti.

Me pongo rígida al oír esas palabras y aprieto las manos sobre


sus hombros. Intento zafarme de su agarre. Le entregué mi nombre,
mi poder, como una maldita niña tonta.

—Pero... —La palabra detiene mi lucha—. Contigo es lo contrario


—admite—. Me he pasado la vida asegurándome que nadie me
posea —declara, apretándome más—. Hasta ti. Has visto la fealdad,
has bailado con mis demonios y no has huido.

Cerrando los ojos, dejo caer la cabeza contra la pared. No, no


había huido. Lo acepté, me excitó retorcidamente. Y tal vez sea
porque nos parecemos. Más de lo que él sabe.

Me suelta la parte inferior del cuerpo el tiempo suficiente para


ponerse de pie y capturar mi garganta con su gran mano. Mi cuerpo
se enrojece al instante, queriendo arquearse en él. Y cuando su
pulgar se desliza por mi mandíbula, contengo un gemido.

Bajando su cara a un lado de mi cabeza, susurra:

—¿Por qué la criatura te excita, pero el resto de mí te asusta?


¿Por qué crees que es así, Dahlia?

—No lo sé —respondo en un susurro tembloroso.

—Creo que sí —responde. La mano en mi garganta se tensa y su


lengua toca el lóbulo de mi oreja.

—No lo hago —grito, sin querer admitir todo lo que tanto me


cuesta negar a mí misma.

—Lo haces —replica, levantando la cabeza para capturar mis ojos


con los suyos—. Es más fácil temer al hombre, odiarlo, porque has
tratado con simples hombres durante mucho tiempo, ¿no?
Negando con la cabeza, intento negar sus verdades.

—Pero el lado más oscuro, los demonios, está demasiado cerca


de casa, ¿no? —presiona.

Sigo negando con la cabeza.

Aliviando su agarre en mi garganta, da un paso atrás. Arrastra


su mano por mi pecho y se detiene para tocarme el seno a través de
la camisa.

—Cuando sostuviste el cuchillo... —Frota la yema de su pulgar


sobre mi pezón. Mi cuerpo responde inmediatamente, la punta se
endurece—. Estaba aterrorizado.

Levantando su otra mano, aprieta el cuello de mi camiseta y, con


ambas manos, la rompe. El material se rompe, pero no del todo.
Tiene que cerrar el puño hasta el último centímetro y terminar el
trabajo. Entonces sus manos están en mi estómago, subiendo para
agarrar el pequeño trozo de algodón que mantiene unidas las copas
de mi sujetador.

—No me permití creer o incluso esperar. De hecho, una parte de


mí estaba seguro que vendrías por mí.

Hay un pequeño matiz de diversión en su voz. Tira del sujetador,


rasgando el material y provocando una sacudida en mi cuerpo.

—Pero entonces... —Cierra los ojos y se lame los labios—. Hiciste


más que... —Sus palabras se caen. Los ojos se abren, la misma
ferocidad arde en ellos. Con la mandíbula tensa, dice—: Estás
hecha para mí.

Metiendo las yemas de los dedos en la cintura de mis chándales


cortos, los empuja hacia abajo hasta que se acumulan alrededor de
mis pies.

—Mi promesa de la otra noche no fueron solo palabras —afirma,


tirando de su camiseta por encima de su cabeza—. Te poseeré, te
dominaré, de todas las formas posibles —promete, desabrochando
sus pantalones y tirándolos al suelo junto con su ropa interior.
Su polla salta hacia delante, necesitada y dura. Mi clítoris palpita
y me aprieta buscando alivio.

Apretando su cuerpo desnudo contra el mío, pone sus manos en


mis caderas. Baja la cabeza y me besa el lateral de la mandíbula
antes de enterrar su cara en mi cuello. Luego desliza su cuerpo por
el mío, asegurándose que mis duros pezones rozan su pecho. Sus
dedos callosos se deslizan por mis caderas, bajan y rodean la parte
posterior de mis muslos antes de levantarme contra la pared.

—Aguanta —ordena, colocando la cabeza de su polla en mi


entrada.

Me agarro a sus hombros mientras me baja sobre él.

—Sí —grito, sintiendo cada centímetro de él dentro de mí.

No espera, mueve sus caderas hacia atrás y me penetra con


fuerza y repetidamente.

No son posibles las palabras coherentes. Todo lo que admitió,


prometió, y la forma en que sus empujones me castigan por
atreverme a pensar diferente.

Cuando me corro, me empuja aún más, clavando sus dedos en


mi culo y asegurándose que no se me olvide. Me posee, y yo a él. Su
obsesión es abrumadora y aterradora, pero saber que también lo
poseo a él solo hace que me corra de nuevo.

Sus empujones se vuelven erráticos, frenéticos, y mi espalda baja


se golpea contra la pared hasta que él maldice contra mi cuello.

El cuerpo se afloja y se aprieta contra mí, su pecho sube y baja


con un fuerte jadeo.

Pasando mis manos desde sus hombros hasta su cabello, giro la


cabeza y presiono mis labios justo debajo de su oreja. Se queda
quieto, conteniendo la respiración. Entonces, lo beso de nuevo.

Levantando su cabeza de mi cuello, deja caer mis piernas y se


agarra a los lados de mi rostro.
—Nada te alejará de mí —declara—. No hay nada que permita
alejarme de la única persona destinada a mí. ¿Lo entiendes? —Sus
dedos se flexionan contra mi cabeza.

Sabiendo que, aunque estuviera lo suficientemente cuerda como


para no querer nada con él, no me dejaría ir. Eso debería ser todo
lo que necesito para rechazarlo. Para seguir luchando y
esforzándome por alejarme. Pero está claro que no estoy cuerda. De
hecho, el placer recorre mi cuerpo con cada prenda de posesividad.
Las mías se quedan en la punta de la lengua, sin querer nada más
que poseer cada pedazo oscuro de su alma.

—Sí —susurro.

Devolviendo un breve asentimiento, suelta mi cabeza y da un


paso atrás.

Con el cuerpo aun ligeramente arqueado, apoyo las palmas de las


manos en la pared a ambos lados.

Sus ojos bajan por mi cuerpo. Se detiene en mis muslos y se lame


el labio inferior. Parpadea lentamente y abre los ojos para
concentrarse en los míos.

—Por mucho que odie lavar el semen que gotea por tus muslos...
—vacila, mirando hacia abajo una vez más.

Aprieto las piernas y siento exactamente lo que está diciendo. Al


notar el movimiento, una sonrisa de satisfacción se extiende por su
cara.

Alargando la mano y alejándola de la pared, me guía por el cuarto


de baño, pasa la ducha y entra en la sala de spa. Al meterse en el
agua húmeda, me guía para que le siga.

Se sienta en una esquina, gira mi cuerpo y me coloca frente a él.


Con la espalda pegada a su pecho y la ingle pegada a mi culo, me
mueve el cabello hacia un lado.

—Relájate —dice de la misma manera que hace la mayoría de las


cosas. Una orden.
Es una orden que mi cuerpo está muy dispuesto a cumplir. La
gran bañera de hidromasaje alivia inmediatamente los dolores de
mi entrenamiento y que Saint me haya follado. Pero mientras mi
cuerpo se relaja, mi mente no lo hace.

En poco tiempo, me he sometido completamente a mi captor. La


lógica hace saltar todas las banderas rojas, alertándome de la
locura de todo esto. Me persiguió, me tomó y me mantuvo encerrada
en su ático. Luego me trajo aquí, desatando mis terribles impulsos
y retorcidos deseos. Y todo el tiempo, me he permitido hundirme en
la promesa de su oscura y manipuladora devoción.

Espero a que el miedo se apodere de mí. El pánico que


normalmente se abre paso en mis venas y músculos, empujándome
a correr, asegurar mi máscara y protegerme. Pero no llega. En su
lugar hay algo mucho más peligroso y aterrador. Mi propia
obsesión. Con el mismo hombre que está descubriendo mis
secretos, que me ha matado una y otra vez, y que ha dejado su
marca tan profunda en mi alma.

La comprensión despierta las partes malignas de mí. Alargando


mi pecho, mis extremidades y provocando una punzada entre mis
muslos, me giro y me pongo a horcajadas sobre mi captor, mi
asesino, mi demonio.

—Tenemos planes para cenar. —A pesar de su advertencia, sus


manos siguen llegando a mi culo, apretando mientras ruedo mis
caderas contra él.

Clavando mis dedos en su cabello húmedo, agarro y atraigo su


cara hacia la mía. Sus ojos se abren de par en par con una mezcla
de sorpresa y aprobación. Al juntar nuestras bocas, un sonido
profundo hace vibrar su pecho.

Cierro los ojos y tarareo mi satisfacción, pero las imágenes


empiezan a reproducirse inmediatamente tras mis párpados
cerrados. Sus cuchillos, la sensación de su mano en mi garganta,
la forma en que mi cuerpo arde con solo una mirada, cómo cada
toque deja una marca, y la forma en que me miró hace tres noches,
cubierta de la sangre de la segunda persona que maté. Una persona
que me entregó con un lazo de cremallera en las muñecas.
Sin penetración, dejo caer la cabeza hacia atrás y aprieto con
fuerza su longitud.

—Eso es —insta—. Utilízame. Toma lo que es tuyo.

Mi captor. Mi asesino. Mi demonio. Él es mío.

Grito mientras mi orgasmo se abate sobre mi cuerpo,


mezclándose con la conciencia y el conocimiento.

No solo que Saint es mío, sino que no hay duda de lo mucho que
me gusta.
CAPÍTULO
VEINTIUNO
MEI

A la mañana siguiente, me despierto dolorida y magullada, pero


una ducha caliente ayuda a aliviar las molestias.

Al caminar por los pasillos y bajar las escaleras, todo se siente


diferente. Cualquier duda o sospecha que hubiera tenido antes, ha
desaparecido de la noche a la mañana. Me muevo por la casa con
una facilidad que no había sentido hasta ahora.

Aunque estos sentimientos son nuevos y muy dominantes,


todavía hay un pequeño resquicio de precaución en el fondo de mi
mente. Advertencias que intentan sonar en mi cabeza, es
demasiado rápido, demasiado lejos, demasiado. No te fíes de nadie.

Dejando la lucha mental para más tarde, entro en la cocina y


encuentro a Jacob ocupando un lugar en la isla. El olor a beicon,
mantequilla y tostadas llena la habitación.

—Buenos días —dice con una sonrisa, pero, como ayer, se siente
reservada. Hace un gesto hacia el cubierto, indicándome que me
siente.

—¿Cómo te gustan los huevos?

—Puedo hacer...

Sketch entra a trompicones y dice en un bostezo:


—No le des nada afilado.

Se frota el vientre desnudo, llamando mi atención sobre su


cuerpo semidesnudo. Con un pantalón corto suelto, cuya cintura
cuelga de las caderas, muestra todos sus tatuajes y su tonificado
abdomen. Pero es la piel levantada la que acapara mi atención. Tres
largas cicatrices decoran el centro de su pecho. Todas ellas
camufladas tras un gran tatuaje de calavera negra con alas de
murciélago extendidas sobre sus pectorales.

—Deja de mirarme —se burla.

Desvío la mirada, pero quiero preguntar si Saint le hizo las


cicatrices.

—No pretendo que me arrojen al calabozo de la muerte porque no


puedes resistirte a mí —continúa.

—No es mi culpa que andes medio vestido —suelto—. Si miro


donde estás realmente cubierto entonces me quedo mirando donde
está tu coño.

Jacob tose, disimulando una risa.

—Awww... —Sketch arrulla, una mueca curvando su labio—.


Mira quién vuelve a morder. No creas que solo porque eres
probablemente la persona más jodida de esta casa que...

El golpe de un cuenco de metal contra el granito me hace saltar


y atrae mis ojos hacia Jacob.

Centrado en Sketch, Jacob le lanza una mirada innegable de


“cállate la boca”.

—Como sea —refunfuña Sketch, abriendo la nevera y


asomándose al interior. Una vez que encuentra lo que busca, sale
en silencio.

—Entonces, ¿sobre esos huevos?

—Revueltos —respondo, demasiado consciente que esconden


algo. Todavía no sé qué es, y no estoy segura de querer saberlo. Pero
las advertencias han vuelto, gritando más fuerte en mi cabeza que
antes.

Jacob no hace mis huevos como yo los pedí. No, convirtió los
huevos revueltos a los que estoy acostumbrada en una obra
maestra culinaria.

—No tengo ni idea de lo que pones en esos huevos y ni siquiera


me importa. Ni siquiera si es heroína. Estaban increíbles. Gracias
—alabo su cocina.

—De nada —dice con una reverencia fingida.

Mientras me ayuda a recoger los platos y las sartenes, Jacob me


sorprende.

—Todo está esperando en el patio trasero si estás interesada, por


supuesto.

Sonriéndole, le digo:

—Me encantaría. Es increíble lo rápido que se pierde la práctica


—Estirando los brazos y rodando los hombros, me dirijo a las
puertas francesas.

—Sí, lo es —responde.

Llega primero a las puertas y las abre de un empujón. Me detengo


en seco justo delante de ellas.

Con solo un pantalón corto de chándal bajo, Saint se sitúa en el


centro del patio de piedra. Cruza un brazo sobre el pecho y pasa el
otro por debajo para estirar los músculos del brazo extendido.
Luego repite el calentamiento con el brazo contrario.

—Buenos días —saluda dejando caer ambos brazos y


sacudiéndolos a los lados.

Hoy el cielo está despejado, lo que permite que el sol resalte cada
subida y bajada de los músculos de su pecho. La tinta negra de sus
hombros y pectorales parece mojada por los cálidos rayos, y cada
músculo abdominal se ondula con cada movimiento que hace.
Aclarando mi garganta y dándome una pequeña sacudida
mental, finalmente respondo:

—Buenos días.

Localizo los mismos guantes que usé ayer y me dirijo a ellos. El


calor llena mi espalda cuando deslizo el cuero rojo sobre mi mano
derecha.

Pasando mi trenza por encima de mi hombro, Saint planta sus


labios en mi nuca. En lugar de apartarse, me dice contra mi piel:

—Te vas a pelear conmigo, no con Jacob.

La molestia me hormiguea en la piel. En silencio, me pongo el


otro guante y lo aseguro.

—¿Mei? —presiona, queriendo confirmación.

—¿Y cuando no estés cerca? —pregunto, jugueteando con el


cierre del otro guante, aunque ya está asegurado.

Unas manos grandes y cálidas agarran donde se juntan mi


hombro y mi bíceps.

—Hay una sala de ejercicios —ofrece—. Tendré instalado un saco


de boxeo.

—No me limito a dar puñetazos —replico, filtrando mi fastidio—.


Por eso es mejor un compañero de combate.

Sus manos se tensan y su boca se aparta de mi cuello.

—Creo que saltarse un día o dos no será perjudicial —gruñe


contra mi nuca.

—¿Y esas veces que te vas más tiempo? —insisto, sin saber
exactamente por qué estoy forzando una discusión antes de
enfrentarme a él en un partido.

—Una preocupación innecesaria —puntualiza—. Si es más de un


día o dos, te llevarán a mí.
Me llevarán a él. Las palabras resuenan en mi cabeza. La idea
que me guarde como un juguete hasta que esté listo para jugar hace
que me suba la tensión. Volviéndome hacia él, Saint da un paso
atrás.

—Diferentes socios ofrecen diferentes... —dudo y termino—:


experiencias.

Su mandíbula se flexiona y sus manos enguantadas vuelven a


mis bíceps, acercándome.

—En esta sociedad, solo estamos tú y yo.

Resoplo, sabiendo muy bien que puede seguir recurriendo a su


esposa cuando le plazca. Mientras que todo lo que pido es un
compañero de combate.

—No —reto, empujando mi rostro hacia el suyo—. Para mí solo


estás tú, para ti no es lo mismo. —Me quito de encima su agarre de
los brazos y termino—: Pero solo me refiero a los entrenamientos de
sparring. Y cuando no estés, los haré con quien esté dispuesto.

Cruzando los brazos sobre su pecho desnudo, levanta una ceja y


curva el lado derecho de su boca hacia arriba.

—Y no vayas amenazando a la gente —añado en un grito.

Su sonrisa cae, la ceja baja para encontrarse con la otra en un


ceño fruncido.

—Solo Jacob —reconoce.

—Bien —acepto, y luego añado—: Pero no lo obligues a irse


cuando tú lo hagas o elijo a quien esté dispuesto.

Con la frente aún baja por el disgusto, un músculo de su


mandíbula se mueve. No responde, sino que deja caer los brazos,
retrocede tres pasos hasta el centro del patio y se pone en posición
de lucha.

Me muevo frente a él, levanto los puños y separo los pies.


Comienza nuestra danza.
—Esta tarde llegará un personal de compras —dice como si no
nos estuviéramos lanzando golpes.

—¿Para qué? —pregunto, gruñendo cuando su puño alcanza mi


hombro.

—La conversación distrae —regaña Jacob desde la banda.

—Para lo que necesites —dice Saint, ignorando la reprimenda.

—Levanta el brazo, Mei —indica Jacob.

Yo escucho.

—Te refieres a la ropa.

—Me refiero a lo que necesites —repite.

—Entonces, ¿los tampones, las maquinillas de afeitar para chicas


y la cera son opciones?

Mi pregunta lo distrae y le doy un puñetazo en el costado.

—Bien —elogia Jacob—. Pero cuida tu puntería.

—¿Cera? —pregunta Saint, desviando mi pierna derecha cuando


doy una patada.

—Sí —replico, lanzando un puñetazo y fallando.

Su ceja se levanta, queriendo una aclaración.

—Para depilarme las piernas —respondo, añadiendo


rápidamente—: Y otros lugares.

—Ya veo. —Su tono delata su diversión.

—Supongo que no se me permite comprar por mí misma. —No es


una pregunta.

—Ahora mismo no —es todo lo que dice.

Al enviarle un golpe a la cabeza, me toma la muñeca y me empuja


hacia delante. En lugar de estrellarse contra su pecho, me esquiva.
Usando su otro brazo, me rodea el cuello, tirando de mi espalda
hacia su frente.

—Maldita sea —gruño, agarrando su antebrazo.

No me corta las vías respiratorias. La presión es suficiente para


asegurarme.

—También tendrás que elegir un vestido para una próxima cena


—me dice Saint al oído—. Es el cumpleaños de Felix y estarás a mi
lado, junto con otro compromiso antes de la fiesta.

Me pongo rígida, recordando la última fiesta a la que me llevó. Al


notar el cambio en mí, me suelta el cuello y me hace girar. Me toma
entre sus brazos, me atrae contra su pecho, hunde sus dedos en mi
cabello y me echa la cabeza hacia atrás.

Sus feroces ojos avellana se fijan en los míos.

—Estarás a mi lado y Sketch también —intenta tranquilizarme.

Frunciendo los labios al oír el nombre de Sketch, me quedo


muda:

—Sí, eso me hace sentir mejor.

Los dedos en mi cabello se tensan.

—Nadie te volverá a tocar —promete Saint—. He hecho saber lo


que eres para mí.

—Tu amante —susurro. Las palabras son más dolorosas de lo


que esperaba, así que no estaba preparada para ocultar el dolor en
mi cara.

—Mi todo —corrige, pegando su boca a la mía.


Tal y como había prometido, después de la comida llega un
personal de compra y me mantiene ocupada durante más de dos
horas mirando libros de moda, tomando medidas y haciendo fotos.
Saint hace una aparición informando a la compradora que se
encargará de las joyas. También, antes de hacer su salida, hace un
requerimiento:

—Nada de medias —afirma—, solo ligas.

—¿Te gustaría también elegir mi ropa interior? —suelto.

—Preferiblemente ninguna —replica, saliendo de la habitación.

Las respuestas juguetonas son una novedad, por lo que me quedo


con los ojos muy abiertos y con vergüenza. La compradora
simplemente sonríe con conocimiento de causa y sigue adelante. Al
final de nuestra visita, la compradora acepta una lista de artículos
personales que he creado. No se inmuta ni hace preguntas. En su
lugar, la mete en una pequeña cartera y promete volver mañana.

Más agotada de lo que creía posible por haber hojeado revistas y


libros, me recuesto en el sofá de cuero con el mando a distancia en
la mano.

Me lleva un par de intentos, pero finalmente consigo que aparezca


la guía de canales. Al desplazarme por los canales de cable, me
equivoco de botón y veo un programa llamado Dexter. La dualidad
del personaje y su proceso me cautivan al instante y me pierden en
la dinámica del programa.

—Uh oh, tienes competencia. —La voz de Sketch rompe una


escena particularmente intensa.

Al girar la cabeza, encuentro a Sketch y a Saint de pie justo


dentro de la habitación. No sé cuánto tiempo he estado mirando,
pero estoy segura que mi molestia por haber sido interrumpida es
evidente en mi rostro.
Bajando y entrando en la habitación, Sketch se sienta a dos
cojines de distancia. Acomodándose, continúa:

—A alguien le gustan los follones retorcidos.

Volviendo la vista al televisor, levanto una mano hacia él y le


señalo con el dedo corazón.

Se le escapa una carcajada, pero muevo mi atención hacia Saint


cuando dice:

—Volveremos a la ciudad mañana por la noche.

Mis músculos se tensan y tomo aire.

—Vas a visitar tus viejos terrenos de caza —se burla Sketch.

—Yo. —Levanta la voz Saint, silenciándolo—. Tengo una reunión


con algunos de los hombres del club. —Cuando dice “del club”, sus
ojos se posan en mí.

Mi garganta se siente repentinamente caliente y seca, así que


simplemente asiento con la cabeza.

Al ver mi pánico, Saint me tranquiliza:

—Estarás a salvo.

Apretando la mandíbula, contengo un bufido y el impulso de


recordarle lo inseguro que fue la última vez.

Mi pesadilla repite la noche en que Felix disparó a Vicky. Solo


que esta vez, ella está bailando en la fiesta en la que Arman me
atacó y no es Felix quien aprieta el gatillo, sino yo.

Después de una noche de terribles sueños que me despiertan de


madrugada, estoy llena de tensión nerviosa y malestar. Vestida con
unos capris azules de yoga, un sujetador deportivo y una camiseta
de tirantes gris, decido que la mejor manera de desahogarme es
haciendo ejercicio.

Al llegar al primer piso, lo encuentro silencioso. No es que haya


habido mucho ruido desde que estamos aquí, pero este silencio se
siente cargado. Como si alguien o algo fuera a saltar en cualquier
momento.

Con determinación, atravieso el gran patio hasta el otro lado de


la casa y entro en la cocina. Esta mañana no hay Jacob ni olores
de desayuno. Aunque mi nervioso estómago agradece la ausencia
de huevos y beicon, esperaba que Jacob estuviera aquí para
indicarme dónde encontrar la sala de ejercicios.

Al volver al patio, mis ojos se dirigen a un pasillo que no he


recorrido. Se me revuelve el estómago, una acción nerviosa, pero lo
atribuyo a mis sueños y a la ansiedad por los planes de esta noche.
Me deshago de mis sentimientos de pánico y me dirijo hacia ahí.

Al llegar al final, mis ojos se dirigen por sí solos a las escaleras


que llevan al sótano.

Me pregunto si todavía está ahí abajo, pudriéndose como la basura


que es.

Haciendo una sacudida mental, me doy la vuelta y entro en el


pasillo.

La primera puerta está abierta, revelando un baño. La segunda


puerta está cerrada. Flexionando los dedos un par de veces,
extiendo la mano y giro el pomo. Se abre sin esfuerzo y deja ver un
armario de ropa blanca y material de limpieza. Cierro la puerta,
apoyo la frente en la madera y suelto una fuerte exhalación.

—Dijo que puedes ir donde quieras —me recuerdo en un


susurro.

Se supone que las palabras me aseguran que estoy haciendo algo


o yendo a un lugar fuera de los límites, pero cuando llego a las
puertas dobles de madera, todo sale volando por la ventana.
Agarrando las dos manillas doradas de la puerta, dudo antes de
empujarlas hacia abajo, encontrando que están desbloqueadas y se
abren fácilmente.

No se desbloquearía si la habitación estuviera fuera de los límites.

A pesar que no es la sala de ejercicios, una calma se apodera de


mí. Las estanterías llenas de libros se alinean en dos paredes. Un
gran escritorio de madera de color marrón oscuro se apoya en una
pared con un gran cuadro y una chimenea detrás. La otra pared
tiene dos ventanas con una estantería para licores entre ellas. En
la esquina más alejada hay un escritorio improvisado con
ordenadores y aparatos electrónicos encima.

Un boceto.

Al girar para salir, mis ojos captan el familiar hilo rojo que asoma
de una caja en la esquina del gran escritorio.

¿Por qué traería eso aquí?

Incapaz de resistir la atracción de mi pasado, doy pasos tímidos


y abro la tapa. Una cálida sensación de hogar calienta mi vientre.

Ahí está, con los ojos negros de botón mirando desde una cara de
tela desgastada y sucia. Parte de su sonrisa se ha borrado y hay
una mancha negra cerca de su barbilla. Levanto una mano y la dejo
caer sobre el hilo deshilachado de su cabeza. Su rostro familiar y
todos los recuerdos que lleva consigo vuelven a la mente.

—Pero el cabello me da calor —me quejo.

—No encajas sin el cabello, muñeca —dice mi padre,


volviendo a colocar la peluca roja en mi cabeza.

—No —grito, obligándome a volver a la realidad y arrebatando mi


mano.

Con movimientos rápidos y bruscos, agarro la tapa y cubro la


muñeca de trapo. Mis oídos se llenan con el torrente de mi sangre
y los latidos de mi corazón. Apoyando las dos palmas de las manos
en la superficie del escritorio, cierro los ojos y dejo caer la barbilla.
Inspirando por la nariz y expulsando por la boca, intento recuperar
cierta apariencia de calma.

El nerviosismo todavía me recorre el cuerpo, y en la siguiente


inhalación levanto la cabeza. Al exhalar, abro los ojos y es entonces
cuando lo veo.

Moviéndome por el escritorio, tomo una foto en blanco y negro


que asoma por debajo de una carpeta de manila. Mi reacción es
instantánea y el artículo impreso se arruga por el movimiento de mi
mano.

En casa. Miro fijamente la casa de mi infancia y leo la leyenda.

Casa local de los horrores. Las autoridades aún tratan de


determinar el número de cuerpos.

No es la primera vez que veo esta foto. Me la encontré varias veces


durante mis búsquedas en línea en la biblioteca pública. No debería
sorprenderme encontrarla en la oficina de Saint. No es el tipo de
persona que descansa hasta conseguir todas las respuestas que
quiere.

Dejo el artículo sobre el escritorio, recojo la carpeta y reviso su


contenido. La dejo caer de nuevo sobre el escritorio y doy un paso
atrás. Los nuevos artículos se abren en abanico, pero no puedo
apartar la vista de la foto de mi padre, que se burla de mí desde el
escritorio.

Se cree que los artesanos locales de las célebres casas de


muñecas y muñecas insignia están implicados en un oficio más
siniestro.

Se sospecha que Gilbert Dandry es el asesino de Dollhouse.

Me tapo la boca, me trago un sollozo y parpadeo las lágrimas.

Con la mano libre, extiendo los demás documentos y recortes.


Aparecen un titular tras otro. El que descubre a una mujer
catatónica desconocida encerrada en una habitación impoluta. El
siguiente destacando el descubrimiento de su identidad como Lisa
Michaels, que antes se creía fugada. Otro que revela el nombre de
la mujer que escapó del asesino de Dollhouse. El último que hojeo
anuncia el desenterramiento de fosas comunes, cuerpos mutilados
y víctimas bien conservadas.

Rodeando mi cintura con ambos brazos, intento mantener la


calma. Su presencia familiar y el sonido de varios pares de pies me
hacen tensar. El peso de sus ojos es suficiente para romper la frágil
cuerda que mantiene mi cordura.

—Mei... —comienza Saint.

—¿Qué has hecho? —pregunto, mirando el rastro de papel en


blanco y negro.

Sketch resopla.

—¿Nosotros? Yo diría que has crecido rodeada de una mierda


bastante jodida, Cara de Muñeca.

Cierro los ojos, bajo la barbilla y respiro. Al exhalar, abro los ojos
de golpe. Miro a Sketch desde mi ceño fruncido y sonrío.

—No tienes ni idea —me burlo.

—Crees que es tu padre —dice Saint llamando mi atención.

—No va a parar nunca —susurro.

—Está muerto —afirma Saint, acercándose a mí.

Cuando rodea el escritorio, me alejo a un lado, necesitando


distancia de él, de todo. Levanto la barbilla y estudio su cara,
preguntándome si está afirmando un hecho o una promesa.

—Es imposible que siga vivo. —Saint toma otra carpeta debajo de
la pila y la lanza en mi dirección.

Mirándolo fijamente, no me atrevo a seguir leyendo.

—Estaba gravemente enfermo —continúa Saint, y levanto una


ceja hacia él.

—Tú crees. —No es una pregunta—. Secuestró mujeres, y


hombres, para poder tener muñecas vivas. Para que su muñequita
favorita pudiera jugar con ellos.
—Jesús —se burla Sketch.

—Él no existe —digo con brusquedad ante su exclamación,


devolviendo los papeles a Saint—. No tienes ni idea de lo que has
hecho —digo con una risa sin humor.

—No es tu padre —gruñe Saint, enderezándose a su altura—.


¿Quién más podría ser?

—No hay nadie más —grito—. Él es el único. Éramos solo él y yo


hasta el día en que una de nuestras muñecas me engañó. —Me tapo
la boca con una mano.

—¿Una de tus muñecas? —pregunta Sketch, con incredulidad en


su voz.

Retiro la mano de mi boca. No hay necesidad de ocultar nada


ahora. Ha desatado todos los esqueletos endemoniados de mi
armario. Inclinándome hacia delante, aprieto las palmas de las
manos contra el escritorio y dejo caer la cabeza.

—Tu información es errónea, Saint. La única persona en este


planeta obsesionada con recuperar su muñequita es mi padre.

—Es imposible...

—No —grito, haciendo que sus ojos se ensanchen—. Nada es


imposible.

Me alejo del escritorio y cruzo los brazos sobre el pecho.

—Capturó y coleccionó más mujeres y hombres que esos. —


Señalo los papeles—. Los archivos te lo pueden decir. Solo
documentan los que confirmaron.

Dejo caer los brazos a los lados, me enderezo y lucho contra las
lágrimas.

—¿Te engañó alguien que secuestró? ¿Una de tus muñecas? —


pregunta Sketch, todavía analizando mi admisión y haciendo notar
que no se le escapó la forma en que dije “nuestras”.
—Sí, en tu expediente se menciona que Sara Franklin me rescató
de la casa durante su huida. —No puedo evitar la sonrisa de mi
rostro—. El hecho es, Sketch —digo su nombre como un insulto—.
La dejé libre. —Su boca se abre, pero antes que pueda decir una
palabra, termino—: Porque quería jugar con mi nueva muñeca.

Su boca se cierra de golpe.

—Ella podía hablar. Las otras no podían.

Veo que sus ojos se abren.

—Así es. —Vuelvo a mover mis ojos hacia Saint. Está mirando,
observando, evaluando—. Crecí con las muñecas por las que me
has preguntado, pero esas muñecas de trapo. —Señalo con la
cabeza hacia la caja que contiene la muñeca de trapo—. Solo fueron
inspiración para las muñecas que mi padre me hizo creer que era
normal tener.

Saint se mueve, rodeando el escritorio. Empiezo a retirarme,


aterrorizada por lo que pueda pasar cuando me ponga las manos
encima.

—Tendrías que haber visto el terror y el asco en los ojos de mi


primera psicóloga. Era muy guapa, pero la mirada de horror en su
rostro cuando le pregunté si mi padre la había conseguido para mí
—continúo—: O los otros psiquiatras y médicos que no podían
ocultar sus sentimientos cuando no sabía interactuar con otros
niños. Y luego estaban las muñecas —digo con otra risa sin humor.

Moviéndose para poner menos espacio entre nosotros, sus ojos


siguen cada paso evasivo que doy.

—Nunca había visto una muñeca Barbie, así que por supuesto
quise hacer una. —Bajo la voz—. Como me enseñó mi padre.

Saint se detiene a un metro de mí. Su cara sigue en blanco, sin


revelar nada.

—Maldita sea —dice Sketch.

—La enfermera del hospital necesitó veintiocho puntos para


cerrar la herida del cuello. —Me encojo de hombros—. Y a mí me
tuvieron que bañar tres veces para quitarme la sangre del cabello y
de la piel.

—Ven aquí —gruñe Saint.

—Si quieres todos los detalles sucios y terribles de mi pasado, los


tendrás —arremeto—. La primera vez que mi padre vino por mí, a
pesar de la sangre que cubría el suelo, seguía dispuesta a irme con
él. Quería volver a mis muñecas. ¿Qué tan enfermo es eso?

—Dahlia —dice, su voz es una advertencia.

—No fue hasta que clavó un cuchillo a mi hermano de acogida


delante de mí cuando por fin tuve una reacción normal. Por fin le
temí. Era demasiado sangriento, sucio, impreciso. Solo por eso supe
que era diferente, y el terror se encendió por fin. Salí corriendo.

Mis ojos se desenfocan y vuelvo a esa noche.

—Corrimos —susurro.

—Kayla —ofrece Saint.

Asiento con la cabeza, y mi mente se remonta a la segunda vez


que mi padre vino a buscarme.

—La siguiente vez estaba dispuesta a luchar, pero... —La cara del
agente de policía pasa por mi mente y un sollozo escapa de mi
boca—: Pensé que era mi padre —lloro.

Unos fuertes brazos me rodean, inmovilizando los míos a los


lados y apretando mi rostro contra su pecho. Su olor familiar invade
mis sentidos, trayendo consigo una sensación de confort y
seguridad.

—No ha muerto. —Las palabras de Saint detienen mis sollozos.

Echando la cabeza hacia atrás, le miro y le susurro:

—Eso es imposible.

—Le has herido, pero se ha recuperado —dice Saint con tanta


objetividad que empiezo a preocuparme por lo tranquilo que está
siendo—. Si lees los archivos, verás que el policía sobrevivió. Lo
único que buscaba la policía era una chica desaparecida, y tu padre
era un enfermo terminal. No puede ser él quien te envíe las
muñecas. De hecho, no estoy seguro que fuera él quien fue a
buscarte la segunda vez.

Niego con la cabeza, me trago el bulto de lágrimas no derramadas.

—No hay nadie más —digo—. Estaba sola…

—¿Sola?

—Me enteré más tarde que Lisa Michaels, mi madre, estaba en la


casa, pero nunca la vi —admito—. No fue hasta mucho más tarde,
cuando leí un artículo de prensa en Internet, que me enteré que
estaba en la casa y que la habían ingresado en un centro de
cuidados de larga duración.

—¿Por qué no te fuiste con la familia de tu madre? —la pregunta


de Sketch suena más lejana de lo que realmente es.

Resoplando, muevo mis ojos hacia él.

—¿Por qué querrían una abominación, un recordatorio de lo que


le pasó a su hija?

—¿Te lo han dicho? —No se me escapa el disgusto ni el matiz de


enfado en la pregunta de Saint.

—No directamente —digo con hipo—. Y las palabras exactas


fueron: no podemos traer a esa abominación cerca de nuestra
familia. Viste lo que le hizo a esa pobre enfermera, escuchaste las
cosas que dijo. Es demasiado peligrosa para nuestros otros hijos,
nietos, y ella sería un recuerdo constante de lo que sufrió nuestra
hija.

—Lo has memorizado palabra por palabra —dice Saint en voz


baja.

—Yo era joven, no estúpida —digo—. Además, tenían razón. Era


peligrosa.

—Eras una maldita niña —argumenta Sketch.


—Mei, si no sabías que tu propia madre estaba en la casa, no
puedes estar segura que tu padre no tenía un cómplice, un aprendiz
o alguien más en la casa. —Saint vuelve a encauzar la
conversación.

—Yo... no lo sé —susurro, dejando caer mi frente sobre su pecho.

Apretando su camisa gris de manga larga, trago saliva. La


cacofonía de emociones empieza a pasar factura y el agotamiento
me invade. Mi cuerpo se hunde, Saint soportando mi peso.

—He hecho cosas —susurro contra su pecho.

—Todos hemos hecho cosas —replica, todavía demasiado


tranquilo.

—¿Cuánto tiempo?

Sabiendo exactamente lo que le pregunto, admite:

—Tres días.

—Mi nombre. —No es una pregunta.

Una repentina ola de traición y rabia recorre mis extremidades.


Empujando su pecho, sus brazos caen.

—Yo te di eso —grito. Retrocediendo, señalo a Sketch—. Y tú se


lo diste a él.

Por primera vez en esta sala, la emoción aflora en la cara de Saint.


Su ceño se frunce y sus labios se afinan.

—Le diste mi nombre. Supongo que también debería tenerme a


mí.

Con la rabia brillando en sus ojos, arremete contra mí. Intento


retroceder, pero se dobla por la cintura y me pone un hombro en el
estómago.

—Bájame —le grito, apretando con el puño la parte trasera de su


camisa.
Con el culo al aire, me lleva hasta el escritorio y me deja caer
encima.

Metiendo su cuerpo entre mis piernas, me veo obligada a abrirlas.


Cuando se adentra en mi cuerpo, me inclino hacia atrás, apoyando
mi peso en las palmas de las manos detrás de mí. Sus manos se
plantan a ambos lados de mí, su pecho agitado a pocos centímetros
del mío.

—Dante Santino Ruggiano —grita.

—¿Qué? —pregunto, confundida.

—Mi nombre —aclara.

Arrugando la frente, no sé qué hacer con eso.

—Tu pasado está documentado en blanco y negro, pero el mío


flota en las sombras —continúa—. No somos tan diferentes, Dahlia.

Mi boca se abre, lista para objetar, pero él tiene más que decir.

—Maté a mi madre cuando tenía quince años —confiesa.

Cierro la boca de golpe.

—Y mi tío, el padre de Felix —dice, antes de añadir—: Entonces


cacé a mi padre como un animal para sacrificarlo.

Me muerdo el labio y lucho contra la oleada de alivio y placer que


me producen sus palabras. Los dos somos oscuros y estamos
dañados.

—Tu padre te retorció, intentó crear su trofeo definitivo. —


Levanta su mano derecha hacia mi rostro.

—Su muñeca —susurro.

Asiente con la cabeza.

—Sí. Bueno, mi tío, Angelo, me convirtió en su asesino definitivo.


Una criatura de la que ahora ha perdido el control.
Imitando su acto, levanto una mano temblorosa y la pongo al lado
de su cara. Él cierra los ojos y se inclina hacia mi tacto.

—Pensó que eras para él, pero siempre estuviste destinada a ser
mía.

Al recordar que Sketch sigue en la habitación, me pongo tensa


ante su declaración. Los ojos de Saint se abren con una persistente
necesidad de adhesión que los empaña.

—No me importan tus pecados —dice—. Tengo los míos. —Sus


dedos se flexionan contra mi cuero cabelludo—. Y sinceramente,
necesito que tu alma sea igual de oscura y corrupta —confiesa—.
Es la única manera que la mía no te destruya. No puedo destruirte.

Las lágrimas llenan mis ojos, un parpadeo las libera.

—Eres tan jodidamente perfecta, y me aterrorizas —admite,


llevando su mano izquierda al otro lado de mi rostro—. Es como si
mis demonios te hubieran conjurado solo para atormentarme y
tengo miedo que te lleven.

—Has resucitado todos mis demonios y fantasmas —resoplo—.


Vendrá por mí.

—Eso espero —gruñe—. Porque no hay Dios ni Demonio que lo


salve de El Saint.
CAPÍTULO VEINTIDÓS
MEI

De pie, desnuda en el baño principal del ático de Saint en


Chicago, me miro en el gran espejo del tocador. Desde la mitad del
muslo hasta la parte superior de mi cabeza mojada, examino mi
reflejo.

Ligeras magulladuras en mis muslos, pruebas de la forma en que


Saint me folló hace tres noches. Cuando entramos en la parte
trasera del auto, me invadió una oleada de alivio. Y cuanto más nos
alejábamos del club, más relajada me sentía. Entonces, Saint lo
devolvió todo en una pregunta.

—¿Fue por lo duro que estaba siendo o solo por el hecho de mirar?

La boca se me inunda de saliva, las mariposas se agitan en mi


vientre y cruzo las piernas para aliviar las punzadas ante la sola
mención de Felix y la rubia.

—Quizás fue todo —verbaliza el pensamiento Saint.

Su mano me aprieta la rodilla y me separa las piernas. Agarrando


el dobladillo de mi vestido, intento evitar que se me suba.

Con un movimiento fluido, se desliza desde el asiento de al lado.


Con las rodillas en el suelo del auto, se mueve entre mis piernas, me
agarra las manos y las aparta de la falda. El material se desliza por
mis muslos desnudos hasta el pliegue de mi regazo. Con una muñeca
en cada una de sus grandes manos, me sujeta los brazos al asiento
por ambos lados.
Sus ojos estudian mi rostro, buscando una respuesta que no me
atrevo a dar.

Una parte de mí quiere confesar mi historia de ver a los hombres


follar bruscamente con las mujeres, complaciéndome después en los
recuerdos, y lo mucho que la forma en que él lo toma todo de mí hace
que mi cuerpo cobre vida. La otra parte quiere mantener la boca
cerrada y no darle nada más de mí.

La sonrisa que se extiende por su cara y el familiar brillo oscuro de


sus ojos hacen que me retuerza.

Saint aprieta su cuerpo más cerca y toma mi barbilla en su mano.

—¿He mencionado lo mucho que adoro que levantes la barbilla y


ver el desafío que hay en tus ojos? —divulga, y entonces su lengua
pasa por mi labio inferior. Me agarra la barbilla con más fuerza,
levanta la cabeza y exige—: Dime qué te ha hecho retorcer el culo ahí
atrás.

Apretando los labios, me niego a responder.

—Tengo maneras.

Con sus palabras, un gruñido bajo, suelta mi cuerpo, solo para


meter ambas manos entre mis piernas. La tela de mi vestido se
enrolla hasta mi cintura y le agarro las muñecas. Enroscando sus
dedos bajo mis muslos, tira con fuerza. Mis manos salen volando, la
izquierda encuentra lugar en la puerta y la derecha golpea el asiento
de cuero. Cuando me empuja hacia el borde del asiento, clavo los
talones en la alfombra e intento levantarme.

Saint no lo permite.

—Dime. —Empuja con fuerza entre mis piernas—. ¿Es la dureza?

Sus ojos buscan los míos, pero, aun así, no le doy nada.

—Muy bien —afirma.

Suelta mis muslos, mete la mano entre ellos y aprieta la


entrepierna de mis bragas. Tirando de ellas hacia un lado, utiliza los
dedos de su mano libre para deslizarse por mi humedad. Una amplia
sonrisa arrogante se dibuja en su rostro.

Imbécil.

—Y ahí está mi chica desafiante —elogia, deslizando un dedo


dentro de mí.

Tensando los músculos de mis muslos, mis caderas se mueven


hacia delante, deseando más. Entonces el auto pasa por un bache y
me recuerda que no estamos solos.

Le agarro de la muñeca y miro alrededor de su cuerpo.

—Ojos en mí —ordena.

Cumplo, pero grito:

—¿Vas a matarlo después de mirar?

—Tal vez. —Sonríe.

Mis ojos se abren de par en par y me tenso.

Se ríe antes de proceder a follarme la mayor parte del trayecto a


casa.

Dado que Frank fue el que nos llevó al ático ayer por la tarde,
estoy segura que no corrió la misma suerte que Arman.

Desplazando mi mirada desde los muslos por el estómago, los


pechos y los hombros hasta encontrarme con mis propios ojos, me
trago el bulto de un millón de emociones.

Colocando la mano en mi estómago, la deslizo lentamente por mi


cuerpo, deteniéndome para tocar la marca púrpura del chupón de
mi pecho izquierdo. Cierro los ojos y recuerdo la forma en que le
exigí que chupara más fuerte mientras lo montaba la noche
anterior.

Abriendo los párpados y soltando la mano, vuelvo a echar una


mirada sobre mí. Por mucho que quisiera odiarlo todo, odiarlo a él,
no lo hago. Diablos, la evidencia de lo mucho que estoy floreciendo
me está mirando en el espejo. Comer regularmente comidas
completas y en su mayoría equilibradas, junto con la no adhesión
a mi anterior rutina de ejercicios, ha añadido una redondez a mis
caderas, estómago y pechos. Mi cabello y mi piel están menos
apagados y hoscos. Y aunque he luchado contra la parte más
oscura de mí misma, desatarla con Arman hace más de una semana
y hace unas noches con Felix es la peor clase de adicción. Me siento
libre. Por no hablar de lo estimulante que es abrazar mis sucios y a
menudo depravados deseos sabiendo que a Saint no le repugnan.
Él los acoge, incluso los anhela.

No hay ningún golpe de aviso antes que se abra la puerta del


baño. Saint entra, merodeando hacia mí. Sus ojos recorren mi
cuerpo desnudo, deteniéndose en las marcas que ha dejado en mi
piel. Me vuelvo hacia él y le doy una visión completa de su obra. La
forma en que su boca se estremece ante cada marca hace que mi
clítoris se estremezca.

—Tienes —comienza, poniendo sus manos en mis caderas—. Dos


horas. —Sus manos se deslizan y agarran mi culo, tirando de mis
caderas contra él—. ¿Puedes estar lista?

Asiento con la cabeza.

Volviendo a mover una mano hacia mi frente, su dedo se desliza


por mis labios para rodear mi clítoris. Aprieto el algodón que cubre
sus bíceps y jadeo.

Su cara baja hasta mi cuello.

—Tengo la tentación de follarte —dice, lamiendo mi piel y bajando


el dedo.

—Tengo que prepararme. —Mis manos ahora en la cintura de sus


pantalones, desabrocho y bajo su cremallera.

—Parte de la preparación —gruñe, caminando hacia atrás hasta


el tocador—. Será que la evidencia que te he follado esté entre tus
piernas toda la noche.

Entonces me mete un dedo dentro. La invasión y las palabras


provocan un espasmo en mi coño.
Me levanta sobre el tocador, abro las piernas y me apoyo en las
palmas de las manos. Miro hacia abajo y veo cómo su dedo entra y
sale. Presionando mis caderas hacia arriba, me encuentro con el
empuje de su mano. El cosquilleo de mi clítoris se convierte en un
ardor. Dejo caer la cabeza hacia atrás, preparada para que el fuego
consuma mi cuerpo.

—No —gimo cuando su mano desaparece, solo para gemir


pronto—. Sí —Cuando su polla entra en mí.

Sus dedos se deslizan sobre mi pezón, frotando mi propia


humedad en mi piel antes de inclinarse y llevarse la punta a la
boca.

Una mano me golpea en la parte baja de la espalda y la otra entre


los omóplatos mientras me envuelve en el capullo de sus brazos.
Apoyando mi peso en las palmas de las manos, empujo mis caderas
hacia fuera, dándole libre acceso para que me penetre más rápido
y con más fuerza.

—Sí —exclamo.

Al soltar mi pezón, sus manos se deslizan por debajo de mi culo.


Apretando, mis nalgas se abren y sus empujones se vuelven más
punzantes. Está haciendo exactamente lo que dijo que haría,
asegurándose que lo sienta entre mis piernas durante el resto de la
noche. La fricción y su intención hacen que mi clímax recorra el
interior de mis muslos y mi vientre.

—Dime lo que quieres, Mei —exige, acentuándolo con los


empujones.

Levantando la cabeza, me encuentro con sus ojos y exclamo:

—Quiero sentirte entre mis muslos y en mi coño el resto de la


noche.

Levantando la parte inferior de mi cuerpo del tocador y


sosteniendo mi peso, se introduce en mí. Mi cuerpo se sacude de
un lado a otro. Los huesos de su cadera se clavan en mis muslos.
El placer va acompañado de una pizca de dolor, lo que hace que un
segundo orgasmo me atraviese de repente. Gritando su propia
liberación, empuja una última vez antes de quedarse quieto dentro
de mí.

Una hora más tarde, con el cabello y el maquillaje hecho, y las


piernas todavía doloridas, salgo del baño envuelta en una toalla.
Preparándome para vestirme, entro en el vestidor y me detengo.

Saint está de pie junto a su percha de trajes con solo una toalla
alrededor de la cintura. Con el cabello aún húmedo, observo cómo
una gota de agua se desliza por su cuello y resbala sobre el gran
tatuaje de su espalda. Las alas parcialmente extendidas formadas
por cuchillos son como una advertencia que te llega demasiado
tarde. Porque una vez que puedes ver su tatuaje, estás muerto,
cerca de él, o eres yo, atado a él a través de los pecados, la sangre
y la carne.

Un escalofrío me recorre la columna y, a pesar de lo dolorida que


estoy, siento el deseo de despojarme de la toalla y arrodillarme.
Reprimiendo las ganas, me dirijo a lo que ahora es mi lado del
armario y examino la fila de ropa. He pasado de ser una mujer que
solo tenía ropa para una semana y que cabía en una mochila, a
tener vestidos, camisas, pantalones y lencería de diseñadores caros,
tanto en el vestidor del ático como en un armario completo en la
finca. La sensación es abrumadora y surrealista.

Respirando profundamente, exhalo lentamente y tomo un vestido


dorado de la selección.

La estilista debe tener debilidad por los vestidos con escote


conservador y espalda baja, porque este, al igual que el mini vestido
negro, se hunde en la espalda. La diferencia es que este vestido
dorado de manga larga está cubierto de brillantes desde el cuello
hasta bajo.

Cuelgo el vestido en un gancho de la pared y abro el cajón


superior de la cómoda. Mis dedos se detienen en un sujetador antes
de recordar la espalda abierta. Paso a las bragas, elijo un par y me
las pongo.

—Ponte los tacones —ordena Saint.

Mirando por encima de mi hombro, lo encuentro abotonando su


camisa de vestir negra. Sus ojos pasan de mí al suelo y luego
vuelven a mirar. Mirando hacia abajo, veo un par de tacones
dorados de tiras. No son de los que se pueden poner sin más. No,
estos implican envolverlos en la pierna.

—Póntelos —la repetición de su orden hace que un escalofrío


recorra mi columna y que el calor se acumule entre mis piernas.
Debería querer luchar, rebelarme contra sus órdenes, pero en lugar
de eso, la lujuria recorre mi cuerpo.

Doblando la cintura, meto el pie en un zapato, envuelvo los largos


cordones alrededor de la pantorrilla y los aseguro justo por debajo
de la rodilla. Apoyada en la pared del armario, me pongo el otro
tacón y me quedo inmóvil, dejando que me mire. El peso de sus ojos
se siente como un millón de llamas lamiendo mi piel. Lo único que
deseo es que encuentren su camino entre mis muslos y me
quemen.

Apoyando su corbata suelta alrededor del cuello, se acerca. Su


mano sube, rodea mi cuello y flexiona. Arrastrando la mano hasta
el valle entre mis pechos, aplasta su palma.

Su lengua se desliza, mojando su labio inferior.

En un movimiento repentino, lleva ambas manos a cada lado de


mi cuello y utiliza sus pulgares para inclinar mi rostro hacia arriba.
Sus ojos se mueven entre los míos, como si buscara algo. Cuando
frunzo el ceño, parpadea, me suelta y se aleja.

Me pongo rápidamente el vestido y salgo del vestidor.

Saint está de pie junto a un tocador alto, de espaldas a mí. Ha


terminado de vestirse, su traje oscuro solo acentúa la ominosa
figura que crea.

—Si pudiera dejarte atrás esta noche, lo haría. —Sus palabras


me provocan un dolor agudo detrás de las costillas—. No sé qué va
a pasar esta noche —añade, volviéndose hacia mí—. Las cosas
están en un lugar precario.

Es solo un pequeño titubeo en su voz y un rápido destello en sus


ojos, pero no se me escapa la aprensión y el miedo.

—Estarás a mi lado o al de Sketch toda la noche. —Su voz se


convierte rápidamente en una orden—. ¿Entiendes?

El miedo se aloja en mi garganta, pero antes que pueda


responder, continúa:

—Necesito que entiendas, Mei. Esta noche, no cuestiones ni


dudes.

Tragando con fuerza y enderezando la columna, asiento con la


cabeza.

Nos quedamos mirándonos en silencio durante unos minutos


antes que finalmente parezca convencido. Entonces acorta la
distancia entre nosotros. Metiendo la mano en el bolsillo, ordena:

—Date la vuelta.

Me vuelvo inmediatamente sin preguntar ni demorar, esperando


que eso ayude a demostrar que haré lo que me pidió.

Un collar de oro cuelga delante de mi rostro antes que Saint me


lo acerque al cuello. Me levanta el cabello, lo mueve hacia un lado
y me asegura el cierre en la nuca.

—No te lo quites. —Es todo lo que dice.

Dejando caer mi cabello, miro el colgante que descansa sobre mi


pecho. Un círculo de oro estampado con el aspecto de una brújula.

Cuarenta minutos después, Frank nos lleva a Saint, Sketch y a


mí a un discreto edificio de ladrillo. Vincent y Russ maniobran
alrededor de nuestro vehículo y encuentran un lugar para aparcar
delante de nosotros.

Saliendo del auto, Saint me conduce bajo el toldo verde. El


restaurante italiano Costa's está escrito en letras blancas en el
escaparate. A través del cristal, todas las mesas parecen llenas. Y
cuando entramos en el establecimiento, todas las miradas parecen
estar puestas en nosotros.

En lugar de esperar a la anfitriona, Saint me pone la mano en la


parte baja de la espalda, instándome a continuar. Me guía por el
restaurante hasta un pasillo trasero. Al final del pasillo, tras la
puerta de la cocina y los baños, hay dos puertas de madera. Dos
hombres, de pie a ambos lados, asienten con la cabeza y las abren,
revelando un comedor privado.

Donde parecía que toda la gente del frente estaba mirando, está
muy claro que los de esta sala definitivamente lo hacen. Hay una
breve pausa en la conversación mientras nos estudian.

Saint desliza un brazo alrededor de mi cintura. Me agarra de la


cadera, me acerca a su lado y nos lleva a la habitación. Inclinando
la cabeza hacia atrás, le miro. Sus ojos recorren la habitación.

—Dante —llama una voz con profundo acento italiano.

Los dedos de Saint se aprietan en mi cadera.

—Adelante. —La voz llama mi atención, y Saint nos conduce


hacia ella.

En una mesa situada contra la pared del fondo, cuatro mujeres


ataviadas con una serie de joyas, vestidos de diseño y un maquillaje
impecable están sentadas junto a tres hombres trajeados con un
aire de arrogancia. El que está en el centro es obviamente el que
manda, pero es el hombre grande que está detrás de él al que no
puedo apartar la mirada.

Las arrugas y el cabello canoso revelan el tiempo que ha pasado


desde la última vez que le vi, desde el día en que un hombre llamado
Max compró mi inocencia y me entregó a la oscuridad. Sus
familiares ojos oscuros se encuentran con los míos. Con una ligera
inclinación de la cabeza, frunce el ceño.
Me pongo rígida.

Al notar mi reacción y atraerme más hacia su lado, la boca de


Saint se acerca a mi oído:

—¿Estás bien?

¡No! Grito en silencio en mi cabeza. Con todo el instinto de correr,


tomo nota de las dos salidas de emergencia situadas a lo largo de
la pared del fondo con mi visión periférica.

Me permito mover los ojos hacia el hombre que nos llamó, y


aprieto la mandíbula.

—Dante —dice el hombre al que estoy mirando como si fuera una


pregunta.

—Angelo —saluda finalmente Saint, y casi me rompe.

Por suerte, Saint me arropa en una silla de la mesa antes que me


derrumbe.

Mis ojos se mueven de un lado a otro entre Angelo y Max antes


de dejarlos caer sobre una copa de vino vacía. Sin ver la forma en
que la luz se refleja en el borde, esa noche de hace tantos años pasa
por mi mente. Max comprando y entregándome al hombre que
arrancaría mi inocencia. Mirando por debajo de mis pestañas, veo
a Angelo. Un hombre que, después de alabar a su hijo por haber
matado un trozo de mí, esperaría a que se despejara la habitación
antes de meterme la polla en la garganta.

Saint toma asiento a mi lado. Su mano se acerca a mi muslo y lo


aprieta.

Sabiendo que puede percibir mi malestar y mi pánico, respiro


profundamente, pongo mi mano sobre la suya y, al exhalar, me
coloco la máscara. No voy a dejar que mis emociones o mi pasado
afecten a Saint, aunque estoy segura que luego exigirá respuestas.
Respuestas que pronto descubrirá que no quiere.

—¿Dónde está Felix? —la pregunta de Saint me saca de mis


propios pensamientos.
—Ya viene. —Angelo desestima la pregunta—. Está haciendo una
entrada especial como invitado de honor —concluye antes de mover
sus ojos hacia mí.

—Así que esta es tu nueva... —Vacila un momento antes de


terminar—, ¿adquisición?

—Esta es Mei —presenta Saint—. Mei —Se dirige a mí—. Este es


mi tío Angelo y… —Señala a la mujer rubia a su lado, pero antes
que pueda terminar, aparece Sketch.

—Tía Rosie —arrulla—. Es tan bueno verte.

Sus labios se aprietan en una línea de desaprobación.

Al retirar la silla vacía de mi izquierda, Sketch se acerca a la


mesa.

—Esa es para Felix —dice, con las fosas nasales encendidas.

—¿Debo tomar una silla de otra mesa? —su pregunta tiene tanto
sarcasmo que intento no reírme.

—No sé por qué estás aquí. —Sus palabras están llenas de tanto
asco que me sorprenden. Sus ojos se mueven de él a Saint—.
Deberías haber dejado a tu chucho en casa.

—Tía Rosario, sabes que Maurizio es de la familia —replica Saint.

Ella se burla, levantando la barbilla.

—Es el hijo de la ayuda, no de la familia —replica.

La tensión se desprende de Sketch en oleadas, haciendo aflorar


un lado protector y posesivo en mí. Le he dicho cosas peores, pero
en lo que a mí respecta, solo yo puedo ser una perra atroz con él.
No esta zorra excesivamente maquillada y con rostro de plástico.

—Lo entiendo. —Asiente Saint, haciéndome erizar—. Pero es uno


de mis hombres, así que es de la familia. —Me relajo y Sketch se
calma ante su énfasis en esas dos palabras.

La cara de Rosario se contorsiona, parece que ha chupado un


limón.
—Ya, ya, querida —dice finalmente Angelo, dándole una
palmadita en el brazo—. Maurizio puede ocupar ese asiento vacío.
—Señala la mesa de al lado—. Esta está reservada para el
cumpleañero —explica Angelo.

No sé qué pasa con sus palabras, pero todo parece cargado de


doble sentido. Es frustrante y aterrador.

—Gracias, tío Angie —bromea Sketch, dirigiéndose a la otra


mesa.

El ceño se frunce en la cara de Angelo, pero desaparece al ver que


se acerca un hombre. Se acerca al lado de Angelo, se inclina y le
habla cerca del oído. Sus ojos se iluminan y una gran sonrisa se
dibuja en su cara.

Levantándose de su silla, Angelo da una palmada y anuncia:

—Nuestros invitados especiales han llegado.

¿Invitados? Miro a Saint. Sus ojos se estrechan sobre Angelo.

Una de las puertas de salida de emergencia se abre de golpe y dos


hombres con trajes grises oscuros arrastran a un hombre a la sala.

—Aquí está ahora —anima Angelo.

La sala se llena de aprensión e incertidumbre.

Felix es arrojado a un espacio vacío en el centro de la sala. Uno


de los trajes grises oscuros utiliza su pie para empujar al hombre
sobre su espalda.

Jadeo.

—¿Qué es esto? —pregunta Saint, levantándose de su silla.

Felix está tumbado en el suelo del restaurante con la misma ropa


que llevaba en el club de striptease hace tres noches. Solo que ahora
el caro traje está sucio, roto y manchado. La sangre le cubre la cara,
que se filtra desde una herida sobre uno de sus ojos hinchados y
magullados. Una de sus piernas yace en una posición incómoda y
un profundo moretón rodea su cuello.
—¿Crees que soy estúpido? —grita Angelo.

La atención de todos se desplaza de Felix a él.

Angelo rodea la mesa y grita al cuerpo inmóvil de Felix:

—¡Eres un traidor igual que tu puto padre!

Sacando un arma, apunta a la cabeza de Felix.

—Angelo —grita Saint.

El arma sigue apuntando a Felix y gira lentamente la cabeza


hacia Saint.

—No creas ni por un segundo que te vas a librar tampoco —se


burla Angelo, apretando el gatillo.

La sala estalla en gritos femeninos.

Saint da un paso adelante, atrayéndome detrás de su cuerpo, y


Angelo estalla en carcajadas.

Mirando alrededor del cuerpo de Saint, busco en Felix una herida


de bala hasta que el rojo empieza a extenderse por su hombro
derecho.

—Agáchate —gruñe Saint por encima del hombro. Cuando no


escucho, sino que observo cualquier señal de vida de Felix, se
voltea. Con su gran mano, me agarra del hombro y me empuja al
suelo—. Bajo la mesa —ordena, volviéndose hacia Angelo.

Angelo se gira, apuntando a Saint con el arma.

—No —grito.

Cuando intento levantarme del suelo, Saint retrocede,


bloqueándome bajo la mesa.

—Te di todo —exclama Angelo—. Y tú me pagas de la misma


manera que lo hizo tu madre.

—Al no amarte —bromea Saint.


La cara de Angelo se contorsiona con rabia y le pasa el arma por
la cara a Saint.

—Traidor —grita, empujando el cañón al pecho de Saint.

Inclinándose hacia él, se lame los labios y gruñe:

—Tengo un don especial para los traidores.

En el momento en que las palabras salen de la boca de Angelo, la


puerta de emergencia vuelve a abrirse de golpe. Hay un momento
de estruendo y rotura de cristales.

—Tráemela. —Las palabras de Angelo están llenas de fastidio.

La rabia que desprende Saint me hace sentir a la vez curiosidad


y miedo por saber quién acaba de entrar en la habitación.

—¿Qué le has hecho? —Saint gruñe.

Al asomarme por debajo de la mesa, una mujer de cabello oscuro


es empujada a situarse detrás de Angelo.

El abuso que ha sufrido está en toda su cara. El ojo morado, el


labio ensangrentado y la mejilla hinchada son pruebas físicas, pero
es la ropa desaliñada y la mirada lejana y atormentada de sus ojos
lo que suena demasiado cerca. Su violación es más profunda que la
piel y los huesos.

—Giuliana juró que no formaba parte de tus planes —comienza


Angelo, agitando el arma hacia ella, antes de volver a apuntar a
Saint—. Pero... tenía que ser minucioso. —La sonrisa enfermiza en
su rostro hace que se me anude el estómago—. ¿Lo entiendes?

—Maldito enfermo —le escupe Saint.

—Si te hace sentir mejor —continúa Angelo, ignorando a


Saint—. Le creo y la acogeré en mi casa una vez que seas... —Hace
una pausa. —Incapaz de mantenerla.

—¿Qué? —sisea Rosario, sabiendo muy bien lo que el imbécil está


sugiriendo.
Poniendo los ojos en blanco, Angelo gira el brazo hacia la
izquierda y aprieta el gatillo.

Los gritos llenan la habitación y yo entierro mi cabeza en el suelo,


pero aún oigo el cuerpo de Rosario golpear el suelo.

—Bueno, parece que ahora tendré mucho espacio para ti,


querida. —Sus palabras atraen mi atención de nuevo a Giuliana.

Angelo apunta con el arma a Saint, pero extiende la otra mano


para apartarle el cabello revuelto de la cara. En el momento en que
sus dedos tocan su mejilla, lo veo.

Un fuego se enciende en sus ojos de chocolate.

—Nunca más —grita, su brazo izquierdo se arquea en el aire y la


luz se refleja en el metal antes de clavar un cuchillo de carne en la
garganta de Angelo.

Es entonces cuando recuerdo el estruendo de los platos y el


sonido de los cristales rotos. Debió de agarrarlo de una mesa al
pasar.

Angelo suelta el arma y agarra la empuñadura que sobresale.


Giuliana empuja el cuchillo más adentro. Un disparo suena,
alcanzando a Giuliana en la sien. Se derrumba en el suelo junto a
Felix.

—No lo hagas —advierte Max mientras Angelo se arranca el


cuchillo de la garganta.

La sangre brota de su boca y sobre su barbilla para mezclarse


con la que brota de su cuello. La parte delantera de su camisa se
satura de rojo. No puedo apartar la mirada. Mis oscuros impulsos
aumentan, queriendo añadir nuestros propios cortes a su cuerpo.
Quiero mi propia venganza, cortarle la polla y metérsela en su
propia boca, o en el agujero de su cuello.

Saliendo a rastras de la mesa, me pongo al lado de Saint y


observo la carnicería.

Max se arrodilla junto a Angelo, con la mano sobre su garganta.


Yo también quiero destriparlo.
Dando un paso adelante, Saint extiende su brazo, deteniéndome.

Arrugando el entrecejo, levanto la vista y lo encuentro


escudriñando la habitación.

Siguiendo su mirada, capto toda la escena. Una sacudida de


sorpresa me recorre.

La mitad de los camareros apuntan con un arma a la cabeza de


alguien.

—¿Tú hiciste esto? —pregunto en un susurro.

—No —responde mientras se abren todas las salidas de


emergencia y la entrada de la sala principal.

Dos figuras vestidas de negro, con camisas de manga larga,


pantalones negros y chalecos de kevlar entran por cada una de las
salidas de emergencia que hay detrás de nosotros, mientras que
otras cuatro llegan por la entrada principal. Solo se tarda un par de
minutos en darse cuenta que son todas mujeres, todas vestidas de
negro, con protectores faciales que solo revelan sus ojos.

—Kanojo wa tōchaku suru5 —anuncia una de ellas.

Las cuatro de la puerta principal se separan, permitiendo que


una mujer entre en la sala. Ella también va vestida de pies a cabeza
de negro, pero su máscara es diferente. Al acercarse a ella, el diseño
cobra sentido.

Es la cara de una Geisha.

5
Ella ha llegado.
CAPÍTULO VEINTITRÉS
SAINT

En cuanto las camareras sacaron las armas, supe que estaba


cerca.

La Geisha se acerca. Con el cabello oscuro recogido en un moño


apretado y vestida de negro, aparte de su máscara, no es
precisamente una figura imponente. Una buena cabeza más baja
que yo y delgada, es fácil ver cómo los hombres que ha matado la
subestiman.

En lugar de rodear los cadáveres que hay en el suelo, utiliza sus


largas piernas para pasar por encima de ellos. Mirando hacia abajo
al pasar, se detiene junto a Giuliana. En cuclillas, coloca su mano
enguantada sobre su pecho.

Levantando la mano, hace un movimiento circular antes de


colocar la misma mano sobre Felix.

Dos mujeres con uniformes de camareras se acercan y recogen a


Giuliana del suelo.

—Alto —exijo.

La cabeza de la Geisha se dirige a mí, pero las demás mujeres no


reconocen que he hablado.

—Su familia va a…

—Querrán que su hija viva —habla por primera vez, poniéndose


de pie hasta alcanzar su plena estatura.
Con el protector facial apagado, sigo distinguiendo el acento
japonés. Mi mente se desvía hacia mi hermana, preguntándome si
La Geisha sabe dónde está.

—¿Está viva? —Mei pregunta, la esperanza en su voz es clara.

Los ojos de la Geisha pasan de mí a Mei.

Queriendo mantener a Mei fuera de su radar, me muevo,


bloqueando la vista de la Geisha.

—¿Qué quieres? —pregunto, cruzando los brazos sobre el pecho.

Su cabeza se inclina.

—Era su momento —afirma.

Frunciendo el ceño, miro a Felix.

—Él no —sisea ella—. ¡Él! —Señala a Angelo.

—Mierda —grita Max desde su posición arrodillada, sacando un


arma.

Antes que pueda fijar su objetivo, su pierna sale disparada. El


tacón de la bota le quita el arma de la mano, haciéndola rodar por
el suelo. Una segunda mujer de negro le empuja por la espalda, con
una espada en la garganta.

—Yameru6 —exclama la Geisha—. Kare wa sugu ni shinudarou 7


—Sus ojos se dirigen a mí y termina—: Ichido kore wa kare ga
naniwoshita ka o shiru 8.

—Hai9 —La mujer deja caer su espada.

—¿Quién te envía por nuestros hombres? —pregunto, sin esperar


respuesta.

6
Detente
7 Morirá pronto
8 Una vez que ella descubra lo que ha hecho.
9 Sí
—¿Enviarme? —No se me escapa la risa sin humor que hay
detrás de las palabras—. Me manda Theresa Ann Costa —gruñe.

Cada músculo se tensa al mencionar a mi madre. Apretando la


mandíbula, digo:

—Entonces te manda a buscarme.

Sus ojos se redondean, encendidos de ira.

Entrando en mi espacio personal, se inclina hacia mí.

—Estoy aquí por todos ustedes —dice, sus palabras son una
amenaza.

Levantando los brazos a los lados, alzo una ceja.

—Aquí estoy —la cebo, queriendo que sus emociones se apoderen


de ella—. ¿Te digo exactamente cómo la maté?

La ira llena el espacio entre nosotros, espesa y hostil. Lleva la


mano detrás de ella y saca un arma de una funda.

Al mismo tiempo, Max va por su arma, y la mujer que está detrás


de él blande su espada, asestándole un golpe en el lateral del
cuello.

Se desploma en el suelo y se lleva una mano a la herida abierta,


mientras la sangre se escurre entre los dedos.

La Geisha no vacila ni se distrae.

Espero la presión del cañón y el ardor de la bala desgarrando mi


carne.

—¡No! —Mei grita, deslizándose alrededor de mi cuerpo,


colocándose entre nosotros.

—Mei —gruño, agarrando sus bíceps.

Mi cuchillo me roza el pecho cuando lo saca de mi chaqueta.


Girando, Mei blande la hoja, atrapando el antebrazo de la Geisha
con el filo.
La Geisha da un paso atrás, agarrando su brazo. Con los ojos
fijos en Mei, consigue una presentación personal de mi mortífera
muñequita.

Incluso sin poder verlo, puedo imaginar la mirada decidida y feroz


de Mei. Lo que no se me escapa es el destello de aprobación en los
ojos de La Geisha mientras se mueve lentamente, dando un amplio
margen y llegando a situarse a nuestra izquierda.
Independientemente del respeto que pueda sentir, la Geisha vuelve
a levantar su arma. Esta vez, apunta a Mei.

—Es una pena tener que matarte —le dice a Mei—. Pero... tengo
una deuda que pagar.

—Me importa una mierda tu deuda —le escupe Mei.

Deslizando mi brazo alrededor de su cintura, me preparo para


lanzar a Mei fuera del camino y recibir la bala.

—¿Ves? —dice Sketch, apareciendo a la espalda de La Geisha,


con su propia arma apretada contra su cuello—. Si alguien consigue
matar a la muñeca, seré yo.

En lugar de soltar su arma o rendirse, La Geisha se inclina hacia


Sketch. Los ojos de él se encienden con sorpresa, pero mantiene su
posición. Sus caderas giran hacia atrás, presionando su culo contra
la ingle de él. Luego, apoya su cuello contra el arma.

—¿Qué mierda? —Sketch se desplaza.

Puedo ver la sonrisa arrogante que brilla en sus ojos justo antes
que grite:

—¡Minagoroshi ni suru 10!

No sé mucho de japonés, pero entiendo mátenlos a todos. Se


produce un tiroteo y un caos.

Al arrojar a Mei al suelo, una bala atraviesa mi traje y me roza el


hombro. Agarrando la parte trasera de su vestido, la arrastro por el

10 Mátenlos a todos.
suelo detrás de una mesa. Sketch aparece a mi lado y me entrega
un arma.

—¡Esa zorra está loca! —grita, poniendo la mesa de lado.

—¿Se ha escapado? —exclamo, inclinándome alrededor de la


madera y disparando.

—No empieces, joder —me grita.

El grito de una mujer desvía mi atención de la batalla hacia la


escena que tenemos detrás.

—Cristo —exclama Sketch, asimilando el espectáculo.

Mei está de pie junto a una camarera muerta, con el pecho


agitado, la sangre salpicando su vestido y goteando de mi cuchillo,
y una sonrisa amenazante en su labio. Sus ojos se cruzan con los
míos bajo las pestañas, y brilla el destello oscuro que he llegado a
conocer y adorar. Mi polla, indiferente al caos que nos rodea, se
estremece. Y la criatura me araña las tripas, dividida entre
derramar más sangre y follar con Mei en el charco rojo que hay a
sus pies.

Una bala que atraviesa la mesa cerca de mi cabeza hace que mis
impulsos se controlen.

—Sácala de aquí —le ordeno a Sketch antes de girarme hacia


Mei—. ¡Ve con él!

Manteniendo su promesa de escuchar, asiente con la cabeza y


toma la mano que él le ofrece. En el momento en que sus dedos se
entrelazan, quiero romperle el brazo, pero la necesidad que esté a
salvo anula el impulso.

Con mi atención dividida entre la batalla en curso y sacar a Mei,


salgo de detrás de la mesa y cubro su huida a través de una salida
de emergencia. En el momento en que se alejan de la puerta, me
concentro en la tarea que tengo entre manos.

Disparando balas, escudriño la habitación hasta encontrar mi


objetivo.
Las figuras de negro se mueven por la habitación con una
velocidad y agilidad que serían impresionantes si no nos estuvieran
atacando. Una aparece entre el humo de las armas, con la espada
desenvainada y levantada. Antes que pueda abatirse, levanto mi
arma y disparo. La bala entra en la base de su garganta, dejándola
inmóvil. Suelta la espada y se lleva las manos al cuello. Con los ojos
muy abiertos, abre la boca como si estuviera a punto de hablar,
pero solo le sale sangre por la barbilla.

Cuando cae al suelo, levanto los ojos y los fijo en La Geisha.

De pie, a unos tres metros delante de mí, junto a la entrada del


comedor principal, levanta el brazo. Con un arma en mi dirección,
dispara. Del ancho cañón salen bengalas naranjas y rojas que
iluminan la sala. Salen en direcciones distintas y caen en lados
opuestos a mí. Mientras más humo llena la habitación, la veo
desaparecer por la puerta principal. Un fuerte silbido llena la
habitación, y me tapo los oídos mientras veo cómo sus mujeres
retroceden rápidamente y se desvanecen.

Tosiendo, me agacho para evitar el humo de las bengalas y me


abro paso entre los muebles y los cuerpos derribados. Cuando llego
a las puertas principales del comedor privado, los aspersores se
activan. El humo empieza a desaparecer, el fuego se apaga y la sala
se reduce a los sonidos de las secuelas. En lugar de disparos y
gritos, hay agua, gritos de dolor, mujeres sollozando, muebles que
raspan el suelo y cristales que crujen.

Siento a Vincent a mi lado antes que pregunte:

—¿A dónde fueron?

Incapaz de apartar la vista del pasillo vacío más allá de la puerta


abierta, gruño:

—Se han escapado.

—Era ella —dice uno de los lugartenientes de Angelo, y añade—:


¡Hay que ocuparse de ella!

No me digas, imbécil.

—Saint —grita Russ.


Arrastrando mis ojos lejos del rastro inexistente de La Geisha, lo
encuentro de rodillas. Con los dedos apretados al lado del cuello de
Felix, Russ dice:

—Todavía está vivo.

—¡Vince! —mi llamada lo trae de vuelta a mi lado, esperando mis


órdenes—. Llama a los limpiadores, luego reúne a los hombres para
retirar los cadáveres.

Con un rápido movimiento de cabeza, entra en acción.

Levantando la mirada, observo la destrucción: Los cuerpos, la


sangre y los cristales están por el suelo. Mis ojos se fijan en uno de
nuestros hombres que acuna el cuerpo sin vida de una mujer. Su
gran mano toca el lado de la cabeza de ella, de color marrón oscuro,
y la aprieta contra su pecho. Entierra su cara en la parte superior
de su cabello.

Inesperadamente me asalta la necesidad de asegurarme que Mei


está a salvo, que Sketch la ha llevado al ático. Mi mano se mueve
en una misión subconsciente para recuperar mi celular del bolsillo,
pero el grito del hombre me detiene.

—No —el sollozo sale de su garganta.

Sintiendo el peso de sus ojos, levanto la vista y me encuentro con


los restos de nuestra tripulación mirando. Con Angelo y su
segundo, Max, muertos, la línea de sucesión recae en los subjefes.
Con la mitad de ellos perdidos en la batalla, los hombres de esta
sala esperan que alguien tome las riendas. Y aparentemente, ese
alguien soy yo. Es un movimiento que dudo en hacer, porque en el
momento en que empiezo a dar la dirección y a tomar el mando es
cuando tomo el papel de jefe de la familia.

—Cariño, quédate conmigo —los gritos del hombre me hacen


entrar en acción.

Con el movimiento práctico de un hombre que ha participado en


demasiados tiroteos y batallas territoriales, examino la habitación.

—¿Dónde está Doctor? —lo llamo—. ¿Sigue...?


—Aquí mismo —responde desde el fondo de la sala.

Caminando en la dirección de su voz, lo encuentro presionando


servilletas enrolladas en una herida de bala en el pecho de uno de
nuestros tenientes.

—¿A quién más podemos llamar? —pregunto.

Señala con la cabeza el celular que hay en el suelo.

—Ya he hecho una llamada.

—¿A qué distancia?

Se encoge de hombros.

—Tal vez diez.

Asiento rápidamente con la cabeza y me dirijo a Russ.

—Trae a Jacob aquí y dile que va a necesitar manos extra.

Saca su celular de la chaqueta y toca la pantalla.

Me quito el abrigo, me remango y vuelvo con el Doctor.

—¿Qué necesitas que hagamos?

El doctor empieza a dar órdenes, y me aseguro que se cumplan.

Con los heridos controlados, me siento en la barra, con un vaso


de vodka manchado de sangre en la mano, mientras los limpiadores
separan y retiran los cadáveres. Por desgracia, la mujer de cabello
castaño oscuro es uno de ellos.

Jacob se desliza en el taburete de al lado y dice:

—Sabes lo que has hecho.


Él ya sabe la respuesta.

—Es una carga pesada de llevar —continúa—. Aunque todos


somos conscientes que Angelo era un enfermo hijo de puta para
empezar, no se puede negar el peso de sus responsabilidades.

—Soy consciente —refunfuño, escurriendo el último licor del


vaso.

—La mayoría de los subjefes estaban aquí esta noche, así que
obviamente pudo hacer una demostración de fuerza con Felix. La
mitad de ellos están muertos ahora.

—¿Quieres decirme algo que no sepa ya? —Golpeo el vaso contra


la barra.

—Vas a estar bien —dice.

Las palabras me hacen sentir una sacudida de sorpresa en la


columna. Me retuerzo en el taburete y observo su perfil.

—Sé que no lo has pedido —continúa Jacob—. Y que nunca lo


harías. —Sus ojos se dirigen a los míos—. Pero por si acaso, pensé
que debías saberlo.

Un calor incómodo intenta formarse en mi pecho, pero mi


oscuridad lo apaga antes que pueda identificar la causa.

—Además —añade—. El Saint no conoce el miedo, ¿verdad? —


Sonríe.

Sacudiendo la cabeza, saco el celular del bolsillo interior de mi


chaqueta. Toco el nombre de Mei en la pantalla. Me salta el buzón
de voz y lo intento con Sketch.

—Todo lo que pido —dice Jacob, señalando mi celular—. Es que


no le des a ese pequeño bastardo más poder del que tiene.

El lado derecho de mi boca comienza a curvarse, hasta que


Sketch tampoco responde. Otra sensación desconocida me recorre
la piel.
La sonrisa de Jacob baja, al notar el cambio en mi estado de
ánimo, y pregunta:

—¿Qué pasa?

Al reintentar la llamada, me deslizo desde el taburete. Buzón de


voz. Otra vez. La sensación crece y por fin la reconozco.

—Te equivocas —digo—. Siento miedo.

Me alejo de él y miro alrededor de la habitación.

—Vincent —grito, haciendo que se ponga en pie de un salto—.


Necesito el auto. Ahora.

Con un solo movimiento de cabeza, sale corriendo de la


habitación.

Me dirijo a la puerta y salgo con Russ y Jacob pisándome los


talones. Manteniendo el celular junto a la oreja, marco
implacablemente a Sketch y a Mei.

Por un breve momento, los celos surgen de la boca del estómago


al pensar que están juntos.

Frank está junto al auto, esperando con la puerta abierta. Antes


de entrar, me dirijo a los hombres que están a mi espalda:

—Tomaremos el camino principal hacia el ático y necesito que


ustedes dos tomen rutas alternativas. Busca a Sketch y a Mei —
ordeno.

Sus ojos se abren de par en par, comprendiendo por fin la


cuestión.

Una vez dentro del auto, Frank se apresura a ir al lado del


conductor, sube y se aleja del bordillo.
MEI
Sketch utiliza la culata de su arma para romper el parabrisas de
un auto azul oscuro aparcado detrás del restaurante, luego rompe
el cristal y abre la puerta. Me empuja al asiento del conductor y se
coloca detrás de mí.

—Hazme lugar, cara de muñeca —ordena.

Salto al lado del pasajero mientras él se hunde en el asiento.


Rompiendo parte del salpicadero inferior, tira de los cables hacia
abajo y empieza a arrancarlos, morderlos y retorcerlos. El motor
vuelve a rugir, él se sienta y cierra la puerta de golpe. Salimos
disparados del callejón trasero y rodeamos el edificio, casi rozando
dos autos aparcados.

—Cinturón de seguridad —me indica Sketch, girando hacia otra


calle, y mi cuerpo se balancea a la velocidad que lleva.

—¿Y tú? —pregunto, asegurando el cinturón en su lugar sobre


mi regazo.

—Awww, ¿estás preocupada por mí? —Me mira con una gran
sonrisa.

—Tú... —Empieza a enderezarlo, pero mis palabras se cortan.

El crujido del metal llena mis oídos y el auto da un bandazo hacia


la derecha. Un gran camión con cristales tintados oscuros está
pegado al guardabarros delantero del conductor y no se detiene.

—¡Maldita sea! —exclama Sketch, apretando el volante y


frenando de golpe.

Nuestro auto gira en medio de la carretera y Sketch mueve el


volante hacia la derecha, pisando el acelerador. Mi cuerpo se
desplaza hacia la izquierda mientras él se aleja a toda velocidad del
camión.
—¿Qué mierda? —grita, llevándose el cinturón de seguridad al
pecho—. Un poco de ayuda aquí —grita, sacudiendo la pieza
metálica cerca de su pierna.

Lo agarro y me pongo a tientas con el pestillo, tratando de


bloquearlo en su sitio.

Una vez conseguido, me giro en mi asiento y pregunto:

—¿Quién es?

En el momento en que la pregunta sale de mi boca, el camión nos


golpea por detrás, enviando mi cuerpo hacia el parabrisas antes de
estrellarse contra el asiento.

—Espera —ordena Sketch, girando a la izquierda en la siguiente


calle transversal.

El giro es demasiado brusco.

—¡Joder! —Sketch grita justo cuando yo grito su nombre.

El chirrido de los neumáticos llena mis oídos. Cuando el auto se


inclina, parece que todo va a cámara lenta. Una sensación de
ingravidez se apodera de mi cuerpo, solo impedida por el cinturón
de seguridad que cruza mi regazo y mi pecho.

El crujido y el raspado del metal, una lluvia de chispas y el olor


a goma quemada llenan mis sentidos. Mi ventanilla finalmente se
rinde ante la presión del auto que se desliza sobre su costado. Cruzo
los brazos sobre la cara, cierro los ojos y me protejo de los
fragmentos de cristal.

Hay otro fuerte choque y rebotamos contra algo. Mis manos


vuelan hacia el techo y me sujeto mientras nos volcamos por
completo. El cinturón de seguridad se clava en mi regazo y un dolor
agudo me recorre los muslos. Al deslizarse sobre el asfalto, el techo
empieza a calentarse por la fricción. Abriendo los ojos, veo a través
del parabrisas delantero que se resquebraja cómo la barrera de
hormigón se acerca, se hace más grande.

Conociendo nuestro destino, grito.


—Espera —grita Sketch por encima de todo el ruido.

Chocamos con el objeto inamovible, haciendo que el collar que


me regaló Saint salga volando hacia mi boca. Un dolor agudo me
recorre el brazo, la cabeza se golpea hacia atrás contra el
reposacabezas y el sabor a cobre golpea mis papilas gustativas.
Escupiendo el collar de entre mis labios, grito. El impacto ha sido
suficiente para que me duela la cabeza al instante y se me nuble la
vista. Al oír el chasquido del cinturón de seguridad, veo cómo
Sketch se cae de su asiento. Con las piernas atrapadas bajo la
columna de dirección, su cuerpo cae sobre el volante.

No se mueve.

En un intento de aclarar mi visión, sacudo la cabeza. Es un error.


El pequeño latido en la parte posterior de mi cabeza se divide,
pulsando entre cada sien. Al estar boca abajo, toda la sangre se me
sube a la cabeza, lo que hace que el pulso se intensifique y se
acumule detrás de mis ojos. Llorando por el dolor, aprieto los ojos
y llevo ambas manos para sujetar cada lado de mi cabeza.

Soltando un lado, busco a ciegas el cierre de mi cinturón. Con la


esperanza que ponerme de lado aliviará la presión en mi cráneo,
hurgo en el cierre durante lo que parecen horas.

Distraída por el dolor creciente, no me preparo antes de liberarme


por fin. Mi cuerpo cae del asiento, de cabeza, y todo se vuelve negro.

Saint
Mis manos se aprietan alrededor de mi celular, leyendo el texto
una vez más.

En lugar de una llamada telefónica, Russ envió su ubicación y


un breve mensaje.
Tienes que venir aquí.

Mientras Frank maniobra por las calles secundarias, no puedo


apartar los ojos de la pantalla. Esas cinco palabras han hecho algo
que nunca creí posible. Mi siempre presente criatura está en
silencio. En lugar de la rabia y la sed de sangre hay una punzada
entre mis costillas, casi suficiente para quitarme el aire de los
pulmones. No se parece a nada que haya conocido antes.

—Hemos llegado, señor —anuncia Frank, frenando el auto.

Antes que esté en el parque, estoy fuera de la puerta del


pasajero.

—Saint... —Vincent comienza, poniéndose delante de mí.

Al apartarlo del camino, mis ojos se abren de par en par al ver el


auto volcado.

—¿Dónde mierda está? —rujo, cargando el vehículo.

La cabeza de Russ asoma por el otro lado.

—No está aquí —afirma, con el ceño fruncido por la


preocupación.

—¿Qué quieres decir con que no está aquí? —me quejo, rodeando
el auto.

Mis ojos se posan en el cuerpo tendido de Sketch antes de volver


a mirar a Russ.

—Está vivo —Russ se apresura a asegurar—. Solo está


inconsciente. Necesitamos un doctor...

—Necesitas. —Me muevo en su espacio personal—. Decirme


dónde está Mei.

—Ella ya se había ido cuando llegamos aquí —dice Vincent cerca


detrás de mí.

—Encuéntrenla —le digo.

—Saint —empieza de nuevo Vincent.


Ante su vacilación, me giro y levanto una ceja.

—Alguien causó su accidente —divulga finalmente, señalando el


guardabarros trasero destrozado.

—¿Cómo lo sabes? —pregunto.

—Hay marcas de pintura negra y raspaduras en la parte


delantera del conductor y en el parachoques —explica.

Abro la boca para argumentar que podría haber ocurrido durante


el choque, pero el siguiente comentario de Russ me detiene:

—Y ese mismo alguien usó una palanca para abrir la puerta del
pasajero.

Mis ojos se dirigen a la puerta del auto. Efectivamente, hay dos


lugares obvios donde la puerta fue forzada.

—No pude conseguir que la puerta del conductor cediera —


continúa Russ—. Tuvimos que sacarlo por el lado del pasajero.

Mirando de nuevo a Sketch, observo cómo sube y baja su pecho.

Llega otro auto con Jacob bajando del asiento del conductor. Sus
ojos escudriñan la zona, buscando a la persona que estaba seguro
de encontrar muerta en la escena.

El dolor de antes se disipa. La criatura ya no es silenciosa, sino


que se hunde en mi carne, dejando que mis demonios corran por
mis venas.

—No está aquí —digo bruscamente, enfadado porque alguien me


la ha quitado. Tampoco me agrada el hecho que Jacob se preocupe
tanto.

—¿Dónde...?

—Mete a Sketch en el auto —ordeno, cortando a Jacob.

Vincent y Russ entran en acción. Lo levantan del suelo y su


cabeza se echa hacia atrás. Llevan el cuerpo inmóvil de Sketch
hasta Jacob. Éste abre la puerta trasera y meten el larguirucho culo
de Sketch dentro.
—Limpia el auto y reúnete con nosotros en el ático —le ordeno,
rodeando el auto de Jacob y subiendo al asiento del copiloto.

En el momento en que cierro la puerta, las sirenas suenan a lo


lejos y los transeúntes empiezan a reunirse.

Jacob se desliza de nuevo en su asiento, arranca el auto y se aleja


de los restos.

—¿Qué ha pasado? —pregunta, girando a la derecha en la


siguiente calle.

Sé lo que está preguntando en realidad, y me está costando todo


lo que hay en mí para no destripar al cabrón.

—Alguien se la llevó —divulgo.

—¿Quién haría eso? —presiona, manteniendo los ojos en la


carretera.

—No lo sé, pero lo averiguaré —declaro, mis palabras son un


juramento—. Y sufrirán a manos de todos los demonios que tengo.

Lo suficientemente inteligente como para mantener la boca


cerrada, Jacob se concentra en llevarnos a casa sin llamar la
atención de los agentes de la ley y los vehículos de emergencia que
pasan.

—Una vez que reclame lo que me pertenece, hablaremos de tus


intereses en Mei.

—Estás jodido —ronca Sketch, tosiendo alrededor de las


palabras.

Girando en el asiento del copiloto, lo miro.

—Mi pecho. —Apenas le salen las palabras.

—No intentes hablar —le indica Jacob—. Podrías tener un


pulmón colapsado.

—Dime que puedes rastrearla —digo, aunque suena más como


una súplica.
Los ojos de Sketch se dirigen a los míos y se amplían.

—¿Se ha ido? —Hace una mueca.

—Deja de hablar —advierte Jacob.

Ante mi silencio, asiente con la cabeza.

Al darme la vuelta, me llevo la mano al pecho y no encuentro


nada. Entonces recuerdo que Mei me quitó el cuchillo durante
nuestro enfrentamiento con La Geisha.

Apretando la solapa de mi traje, cierro los ojos y respiro


profundamente.

—La encontraremos —asegura Jacob.

—La encontraré —corrijo, con la mandíbula apretada—. Te


mantendrás jodidamente alejado de ella.

—Jesús, realmente crees…

—En otra ocasión —lo callo.

Sacando mi celular, empiezo a hacer las llamadas necesarias.

—Necesita un hospital, no estar jugando en un iPad —gime el


médico.

—Tengo. —Inhala Sketch—. Que trabajar —termina, plantando


la palma de la mano en su pecho.

Los ojos del médico se dirigen a mí.

—Su pulmón estaba parcialmente colapsado —me recuerda—. Se


va a colapsar de nuevo si no descansa y deja que su cuerpo se cure.
Quiero estar de acuerdo con él, pero Mei también se ha ido
durante unos cuarenta y cinco minutos y necesito la información
que pueda proporcionarme.

—Toma —gruñe Sketch, extendiendo la tableta.

Se lo quito y miro la pantalla. Se acomoda de nuevo en la cama


de la habitación de invitados.

—Está. —Exhala, encogiéndose—. A casi una hora. —Hace una


pausa—. Fuera de la ciudad.

—Se dirigen al sur por la interestatal cincuenta y cinco —termino,


mirando su cara.

Asiente con la cabeza.

—La distancia. —Toma aire—. La están llevando. —Otra


respiración—. Fuera del alcance.

—Joder —refunfuño, metiendo la tableta bajo el brazo. Antes de


salir de la habitación, me doy la vuelta y digo—: Mantenlo en la
cama. Átalo si es necesario.

El largo brazo de Sketch se levanta para lanzar su dedo corazón


en mi dirección.

Cuando llego al primer piso, Russ, Vincent y otros cuatro


hombres me miran expectantes.

—Tenemos que movernos —le digo.

—Tenemos un problema. —La afirmación de Jacob llama mi


atención.

Sostiene la información de seguridad en su propia tableta.

Dos agentes uniformados están en el vestíbulo de mi edificio.

—Están esperando para subir a hablar contigo sobre un


incidente. —Jacob levanta las cejas.

—Barrí el auto y lo encendí —afirma Russ.


—Es el restaurante. —Gimo, pasándome una mano por la
cara—. Déjalos subir —les ordeno.

Retiro la tableta bajo del brazo y miro el punto que se mueve por
la I-55 Sur. Parpadea una vez, dos veces, cautivándome con su
guiño hipnótico antes de desaparecer. El cristal gime en protesta
por mi agarre.

—Sr. Ruggiano, oficiales... —Empieza a presentar Jacob.

—No —ronco, agitando la tableta, como si fuera a hacer aparecer


el punto por arte de magia.

—¿Qué es lo que...?

—¡NO! —grito, arrojando el inútil pedazo de tecnología por la


habitación.

Bajando la cabeza, aprieto los dientes y respiro lentamente por la


nariz.

Se oye un crujido de cristales y un choque de metales contra el


suelo.

—Se ha ido —digo con los dientes apretados.

—¿Quién se ha ido, señor Ruggiano? —pregunta uno de los


agentes.

Una rabia ciega corre por mis venas. Con la criatura desatada,
desenfundo mis dos pistolas, apuntando a los oficiales de mi ático.
El torrente de sangre late entre mis oídos y la presión se acumula
detrás de mis ojos.

—Dante —grita Jacob, levantando una mano.

—Señor —exclama Vincent, poniendo una mano firme en mi


hombro.

Los oficiales sacan sus propias armas.

—Señor, baje las armas —ordena uno.

¡Se ha ido! Cada uno de mis demonios grita desde mi interior.


—He dicho que baje las armas —vuelve a exigir.

Resoplando, mi labio se curva hacia atrás. Bajando las armas,


observo cómo se relajan.

—Ponga las manos en la cabeza y baje... —Mi bala en su pecho


lo interrumpe.

Un disparo llena el aire y un dolor punzante me atraviesa el


hombro izquierdo. Sin pestañear, giro ligeramente el torso y vuelvo
a apretar el gatillo. Esta bala le atraviesa el cuello. Su arma se
estrella contra la madera, lo que hace que se dispare y le alcance
en la pierna. El segundo disparo hace que el moribundo caiga al
suelo.

—Maldita sea, Dante —grita Jacob—. ¿Tienes idea de lo que


acabas de...

Cuando le acerco el arma, cierra la boca.

Con una voz que se siente extraña y fuera del cuerpo, ordeno:

—Llama al limpiador y arréglalo.

Bajando el arma, no escatimo una mirada a los oficiales sin vida.

—Vas a tener a todos los policías de Chicago en la mira por esto


—sisea Jacob.

—Entonces los mataré a todos —afirmo, con la voz aún distante


y fría.

—¿Y si tuvieran familia? —suelta Jacob, tratando de


culpabilizarme. Lo ignoro y me doy la vuelta para irme—. Matarlos
no la traerá de vuelta —suelta, sus palabras me tranquilizan.

Me doy la vuelta y le lanzo una mirada fulminante. A su favor, no


vacila ni se echa atrás.

—Sé que este sentimiento es nuevo para ti, pero no te da vía libre
para asesinar a quien quieras —reprende.

Levantando las cejas, me acerco a su espacio personal. Pecho con


pecho, acerco mi cara a la suya. El destello de preocupación en sus
ojos es la única señal de debilidad que necesito. La criatura se
alimenta del miedo.

—Como cabeza de familia —subrayo—. Tengo reino para hacer lo


que quiera.

—Entonces no eres mejor que Angelo —se burla—. ¡De tal palo,
tal astilla!

Al cerrar las manos en puños, todos los músculos se tensan.

—Adelante, Saint —escupe mi apodo como si le supiera mal—.


Asesíname a mí también.

Me doy cuenta de sus palabras. Al soltar las manos, doy un paso


atrás y miro a los agentes muertos.

Sin querer admitir que tiene razón, le digo:

—Asegúrate que sus familias sean compensadas.

Apartando la vista de la evidencia de mi crisis, dejo caer las armas


al suelo y salgo de la sala de estar.

En el armario de los licores, tomo una botella llena de vodka, la


destapo y doy un trago.

Una avalancha de dolor, tristeza y arrepentimiento me hace


sentir fuera de lugar. Agarrando el borde de la pequeña barra, me
arrodillo y aprieto la frente contra el mueble de madera oscura. El
temblor comienza en mis manos antes de subir por mis brazos y
por mi pecho. Cuando la primera lágrima cae de mi barbilla, hace
tambalear todas mis emociones.

Alargando la mano, toco la gota, manchando el suelo de madera


dura antes de levantar el dedo frente a mi cara.

—La encontraremos —asegura Jacob a mi espalda.

Todavía cautivado por el salado remanente de emoción, digo:

—Llámame lo que quieras, Jacob, pero... —Me froto el dedo y el


pulgar—: Destruiré a cada persona que haya participado en
arrebatármela. Y si le hacen daño... —Cierro los ojos y cierro la
mano en un puño—. No los mataré. No al comienzo.
CAPÍTULO VEINTICUATRO
MEI

Alcanzando, estirando, intento llegar a la superficie, pero algo me


pesa en el pecho. Pateando mis piernas, intento gritar. En lugar de
salir el ruido, inhalo profundamente. La presión sobre mi cuerpo
disminuye y aparecen ante mí momentos de luminosidad.
Empujando mi cuerpo con más fuerza, suelto la respiración en un
jadeo y abro los ojos.

Parpadeando ante una repentina invasión de luz continua,


intento levantar los brazos para protegerme el rostro. Me pesan
mucho y respirar me cuesta demasiado esfuerzo.

¿Acaso me estoy muriendo?

—Se está despertando. —Una voz femenina me atraviesa el


cráneo.

Gimo y trato de rodar hacia mi lado.

¿Estoy atada? ¿Atrapada?

Una oleada de adrenalina aumenta mi pánico. Los temblores


recorren mis extremidades mientras jadeo por un aliento que no
puedo recuperar.

—Cálmate —susurra—. Estás bien.

—¿Qué están haciendo? —dice un hombre, haciendo que me dé


un golpe en la cabeza.
—Cálmate, Andy —dice ella—. Estoy incrementando la
intravenosa para expulsar la droga.

Mi cuerpo se estremece y el hielo se mueve por mis venas.

—Le diste demasiado —acusa—. Te dije que la segunda inyección


no era necesaria.

—Estaba volviendo en sí en la furgoneta. Tenía que hacer algo.

Cada palabra furiosa late entre mis sienes.

—Baas…bas-taaa. —Mi súplica sale de mis labios temblorosos.

—Shhh, Dahlia, estás a salvo —me dice suavemente.

—Toma la manta térmica —ordena la mujer, pero mucho más


tranquila.

Concentrándome en inhalar y exhalar, intento abrir los ojos una


vez más. La luz atraviesa mis pupilas como agujas en la piel y vuelvo
inmediatamente a la oscuridad tras los párpados.

Algo se instala en mi cuerpo y comienza a calentarse. Mis


miembros pasan lentamente de las sacudidas a los espasmos y una
ola de agotamiento me invade. Pronto, vuelvo a caer en el sueño.

Estirando los brazos por encima de la cabeza, intento trabajar la


rigidez de mis músculos. Cuando abro los ojos, inhalo
bruscamente, me meto en la cama y me revuelvo contra el
cabecero.

—No —susurro, observando la habitación suavemente


iluminada—. No puede ser. —Niego con la cabeza.

Las paredes rosa claro, las cenefas de cachemira rosa y los


gruesos visillos de gasa son sofocantes. Al mirar la cama, me
tiembla el labio inferior. Mis pies se sienten aprisionados en el suave
edredón blanco con lazos rosas.

Me llamó Dahlia.
Cerrando los ojos, intento bloquearlo todo, pero soy una persona
retorcida. El anhelo aumenta hasta que no puedo evitar buscar las
cosas que ya sé que encontraré.

Abriendo los ojos, una risa sin humor sale de mi boca.

Los estantes blancos ornamentados con adornos de hiedra


verde.

—Im-posible —tartamudeo. La policía recogió todo lo que había


en la casa de mi padre. Cada parte de la casa era una prueba, así
que ¿cómo llegó todo aquí?

Muchos ojos de cristal y de botón se clavan en mí, su mirada sin


vida es algo que desearía que no me resultara tan reconfortante y
familiar. El deseo de acunar a cada una de ellas y deleitarme con
los numerosos secretos que encierran es tan poderoso y atrayente.
Apretando el cabecero de la cama, aparto la mirada de las
estanterías.

Mis ojos se posan en la mesa blanca de la fiesta del té y en el


espejo del suelo al techo. El cristal me llama como un viejo amigo.
La sombra. No tiene sentido, ahora que sé que fue solo la
imaginación de una mente infantil retorcida. Aun así, busco la
figura oscura que me hizo compañía durante mi soledad. Mi único
vínculo con la interacción social, además de mi padre y sus
muñecas.

¿Sus muñecas? Eran igual tan tuyas, susurra una voz en el fondo
de mi mente.

Al abrir la boca para protestar, la encuentro obstruida por el


miedo, el pánico y, por horrible que me resulte, el alivio. Estoy en
casa.

Todo es exactamente como lo recuerdo: La decoración, los


muebles, la ubicación del pequeño baño y el armario. Está cerrado,
pero no necesito ver el interior. Aun sabiéndolo, me trago el nudo
en la base de la garganta y me bajo de la cama.

Llego a la puerta del armario, deslizo los dedos sobre el pomo y


giro. Abro la puerta de un tirón y salto hacia atrás.
—No —grito, retrocediendo.

Volantes, lazos, rayas y lunares, todos los vestidos de fantasía de


las niñas cuelgan como muertos de un lazo. Sobre ellos, las cabezas
decapitadas de espuma de poliestireno exhiben pelucas de hilo y
cabello real. Todas ellas diferentes de la siguiente, un surtido de
estilos para complacer a un fabricante de muñecas.

Sacudiendo la cabeza, me precipito hacia la puerta del


dormitorio. Intento abrir el pomo, pero lo encuentro cerrado.
Levantando los puños, golpeo la madera blanca y pulida.

El miedo me revuelve el estómago, me dirijo a la primera de las


dos ventanas y abro los visillos. Las lágrimas me queman el fondo
de los ojos y la punta de la nariz me cosquillea cuando la encuentro
tapiada. Consciente que la otra estará igual, no puedo dejar de
comprobarlo, así que me apresuro a correr las cortinas.

Me alejo a trompicones, llego al espejo que está en el techo y


observo mi aspecto.

—Oh Dios —jadeo.

Vestida con un vestido azul claro de baby doll, acentuado con


medias blancas hasta la rodilla, delantal y guantes de encaje hasta
la muñeca, me han quitado el maquillaje y un lazo azul adorna mi
cabeza.

Levantando una mano, la pongo sobre el cristal. Soy exactamente


lo que mi padre siempre quiso. Pero eso no es lo más enfermizo. No,
es lo consolada que estoy en mi disfraz.

Las lágrimas se desprenden y caen sobre mis mejillas


enrojecidas.

Está muerto. Se supone que está muerto.

Un sollozo sale de mi boca y caigo de rodillas. Envolviendo mis


brazos alrededor de mí, trato de mantenerme firme.

—No —grito, limpiando la humedad de mi rostro.

La raya del encaje me enfurece.


—¡NO! —Me arranco los guantes de las manos.

Tirando del delantal, dos brazos me rodean.

—Está bien —dice en voz baja.

La conmoción de su toque, su voz, me tranquiliza.

—Ya estás en casa —me dice, pasando una mano por mi cabello.

—No —grito, arrastrándome.

La gruesa alfombra rosa me quema las rodillas desnudas.

—Esta no es mi casa —protesto.

Alcanzo la pared, me pongo de pie y encuentro un interruptor de


luz. Al pulsarlo, me vuelvo para mirar a este hombre desconocido y
doy un tirón hacia atrás.

—Te dije que no valía la pena todo este problema. —Caroline se


acerca al lado de John, apoyando la cabeza en su hombro—. Se ha
vuelto contra su familia —continúa—: ¡Una traidora!

—Basta —grita, su voz es profunda y autoritaria. También es


demasiado familiar. Demasiado parecida a la suya.

Se encoge de hombros y da un paso hacia mí, pero se detiene


cuando me vuelvo a pegar a la pared.

—¿Por qué haces esto? —pregunto a mis antiguos vecinos.

—¿Por qué? —cuestiona, su pregunta suena más como una


burla.

—Somos tu familia —razona John, poniendo una mano en su


pecho—. Deberías estar con nosotros.

Sacudiendo la cabeza, argumento:

—No soy tu familia. No sé lo que mi padre te dijo, pero...

—Nuestro padre ya no tiene importancia —ruge, acortando la


distancia hasta que solo hay un pie entre nosotros.
Caroline se acerca a su espalda y se burla por encima del hombro
de John.

—Nos ocupamos de él hace tiempo —informa.

Las palabras bailan alrededor de mi cabeza, pero solo una cosa


sobresale.

—¿Nuestro padre? —pregunto en un susurro.

John sonríe.

—No tienes que preocuparte por él —asegura, levantando una


mano para acariciar mi rostro.

La suave mirada de sus ojos me produce un escalofrío. Se me


eriza la piel de la conciencia.

—Estás loco —acuso.

Haciéndome a un lado, pongo distancia entre nosotros.

—No tengo un hermano y una hermana.

En el momento en que las palabras salen de mis labios, recuerdo


lo que Saint dijo antes.

“Si no sabías que tu propia madre estaba en la casa, no puedes


estar segura que tu padre no tenía un cómplice, un aprendiz o alguien
más en la casa”

—Creías que eres su única hija —se burla Caroline, rodeando a


John—. Siento decepcionarte, hermanita.

—Yo nunca... —Busco en mi mente cualquier pista o indicio de


ellos en mi pasado.

Los ojos se posan en mi guante desechado y la comprensión me


golpea en la cara.

Mi habitación siempre estaba limpia, pero nunca la ordenaba.

Mi ropa siempre estaba limpia, pero no la lavaba.


Las comidas y meriendas siempre estaban listas a tiempo, pero
nunca vi a mi padre cocinar.

—Oh, mira, está empezando a creernos —se burla, atrayendo mis


ojos hacia ella.

Inclinando la cabeza, saca el labio inferior.

—Tú. —Asiento—. Te ocupaste de mí.

Sus mejillas se sonrojan y las fosas nasales se agitan.

—Yo era una sirvienta —grita.

—No lo sabía. —Se me quiebra la voz.

—Por supuesto que no —arremete, acercándose—. No nos


atreveríamos a hablar ni a tocarte —exagera—. No se nos permitía.

Parpadeando las lágrimas de mis ojos, las náuseas me hacen la


boca agua. Tragando, sacudo la cabeza.

—No. —Hipo, y lo intento de nuevo—. No lo entiendo.

—Papá lo prohibía —afirma John.

Hay un cambio en su postura, la ira vibra más allá de sus ojos.

—Pero por qué...

—Porque TÚ eras su preciosa muñequita —grita, dando un paso


adelante.

John la agarra del brazo, reteniéndola.

—Molly —dice como advertencia.

Mis ojos se abren de par en par y ella sonríe, cruzando los brazos
sobre el pecho.

—¿Creías que nuestros verdaderos nombres eran Caroline y


John? —Con un bufido, mira por encima de su hombro—. Es más
tonta de lo que pensaba, Andy.
Molly y Andy, mi hermana y mi hermano. No Caroline y John, los
nuevos vecinos de mi edificio.

—Igual que Mei es tu verdadero nombre —se burla, poniendo los


ojos en blanco.

—Suficiente —su orden la hace callar.

—Suéltame —suplico.

—¿Dejar que te vayas? —Su rostro se contorsiona de ira.

Doy un paso atrás, mis muslos se encuentran con el estribo de


la cama de mi infancia.

—Déjate llevar —repite a gritos—. Debes estar con tu familia.

Apretando los dientes, lucho contra la protesta en la punta de la


lengua.

—Me he pasado años buscándote —informa.

Acorta la distancia entre nosotros y me sostiene el rostro con sus


dos manos callosas.

—Estuve tan cerca hace tantos años. —Sus ojos buscan en mi


cara, deteniéndose en mi boca—. Pero huiste de mí.

Mi cuerpo se sacude ante su admisión, queriendo correr ahora.

—¿Fuiste tú? —pregunto lo que ya sé.

La noche en que mi vida cambió para siempre de niña de acogida


a fugitiva en las calles. No fue mi padre quien vino a buscarme, sino
mi hermano.

Su cara se acerca.

—Tú debes estar conmigo. —Sus palabras calientan mis labios.

El repentino recuerdo de lo que había escuchado en el


apartamento de mi vecino me asalta. Los gemidos de ella y los
gruñidos de él.
—Tu madre casi lo arruina todo. Nuestro padre pensó que podía
llevarse lo que había prometido —continúa—. Pero yo me ocupé de
los dos.

—¿Qué? —pregunta Molly en un grito.

—No —lloro.

Apoyando mis manos en su pecho, lo alejo antes que su boca se


acerque a la mía.

Saltando por encima del estribo, me escabullo por la cama hasta


dejar mucho espacio entre nosotros.

—Andy —Molly reclama su atención, pero sus ojos permanecen


fijos en mí, el anhelo y la furia batallando en ellos.

—Cuando esa puta se quedó embarazada —Andy ignora a


nuestra hermana—. ¡me prometió a ti! —Me señala con un largo
dedo.

Sacudo la cabeza en señal de rechazo silencioso.

—Sí —contesta él, moviéndose alrededor de la cama.

Bajando del colchón, doy una vuelta, manteniendo la cama entre


nosotros.

—Estaba tan obsesionado con tu madre —se burla.

—Lo suficiente como para matar a nuestra madre cuando


descubriera lo que estaba haciendo —añade Molly, distrayéndome
lo suficiente como para que él alcance la cama y me agarre.

El roce de sus dedos no encuentra apoyo cuando aparto el brazo


y doy medio paso atrás.

—El hijo de puta la estranguló delante de nosotros y nos hizo


enterrarla. —Sus palabras llenas de asco, continúa—: Todo para
poder consolar a su preciosa Sara.

—Todo lo que hice fue tratar de detenerla —dice Andy.


Confundida por los diferentes recuerdos de los eventos, no estoy
segura de qué creer.

—Te tenía envuelta en mantas, tratando de alejarte de mí. —Un


músculo se mueve en su mandíbula—. No es mi culpa que haya
perdido el equilibrio —grita.

Desplazando mis ojos hacia la puerta del dormitorio, me doy


cuenta que está abierta de par en par. Mirando a mí alrededor, trato
de encontrar una manera de pasar por Molly y salir de la prisión de
mi pasado. Las siguientes palabras de Andy me desvían de mis
planes:

—Cuando su cabeza golpeó la barandilla, estaba seguro que


estaba muerta. —No puede evitar la pequeña sonrisa de su cara—.
Te acuné en mis brazos, abrazándote a mi pecho. —Sus brazos se
mueven, actuando con sus palabras—. Te llevé a tu habitación, te
besé en la cabeza y te puse a salvo en tu cama.

Sus ojos se cierran y aprovecho para alejarme de él y de la cama.

—Ahí es donde me encontró. —Sus ojos se abren de golpe, con la


ira bajando sus cejas—. Fue entonces cuando te apartó de mí y nos
castigó por la traición de tu madre.

Ya no puedo contener la lengua y digo:

—Solo quería ser libre.

—¿Qué te dije? —grita Molly, corriendo a su lado—. Es una


traidora, como su madre.

Con ella fuera del camino, me apresuro a la puerta y la abro de


golpe.

No tengo tiempo de averiguar qué camino tomar, así que giro a la


izquierda y corro por el pasillo.

—¡Dahlia! —Andy grita.

A mitad de camino por las escaleras, tropiezo. El borde de cada


escalón encuentra el lugar perfecto de impacto, creando el peor
dolor en mi cadera, muslo y costillas.
—¡No! —vuelve a gritar.

Su voz es suficiente para mantener mi adrenalina.

Me pongo en pie de un salto y rodeo el rellano del segundo piso.


Al final de la siguiente escalera, veo la puerta principal. En cuanto
veo la libertad, me la arrebata por el pelo.

—Ya sabes qué hacer con ella. —La voz de Molly baja por las
escaleras.

Con la mano en mi cabello, me hace girar y me apoya contra la


barandilla, su mano libre se acerca a mi garganta y me aprieta.

Donde Saint infunde lujuria y deseo con su agarre, el de mi


hermano me llena de miedo.

Agarrándome a su muñeca, intento apartar su mano cada vez


más fuerte de mi cuello.

—Todo lo que he hecho ha sido por ti —dice entre dientes


apretados—. ¡Maté a nuestro padre para liberarte de él, vine a
salvarte de esa familia impostora, me aseguré que tuvieras todo lo
que amabas esperándote, y te salvé del criminal! ¿Y así es como
pagas mi devoción?

Soltándome el cabello, me empuja por la barandilla por el cuello.

Molly aparece a su lado, con una sonrisa de satisfacción en su


rostro.

—Si sobrevives a la caída, no me ocuparé de ti como padre me


obligó a cuidar de tu madre. —No puede evitar la repulsión en su
voz.

Al encontrarme con los ojos de mi hermano, me ahogo:

—Por favor.

Las afiladas líneas de su cara se suavizan, algo de la ira se alivia


en sus ojos.

Molly, al ver que su resolución muere, me mete las dos manos en


el estómago.
—¡No! —Andy grita.

El peso de mi cuerpo se desplaza y mi culo y mis muslos se


deslizan sobre la barandilla. Agarro con más fuerza su muñeca con
la mano izquierda y agito el brazo derecho para intentar agarrarme
a la barandilla. Enroscando las rodillas alrededor de la barandilla,
hago girar los pies en los husillos.

La mano de Andy me aprieta el cuello, cortando mis vías


respiratorias y nublando mi visión. Entonces su mano libre sale
disparada, apretando la parte delantera de mi delantal. Tirando de
mí hacia adelante, me trae de vuelta desde el borde de la caída. Me
suelta el cuello y el delantal, y me rodea con los brazos,
acercándome.

Tosiendo por el dolor de garganta, trago aire.

—¿Estás bien? —Sus ojos buscan en mi rostro.

Apartando la vista de su intensa mirada, sigo tosiendo e


intentando tragar.

—¿Qué estás haciendo? —la pregunta de Andy me pone tensa.

—Ella te traicionó —sisea Molly—. Nos traicionó. Si no puedes


hacer lo que hay que hacer, entonces lo haré.

Tomando mi peso en uno de sus brazos, el otro se arquea y atrapa


el lado de su cara. Es el turno de Molly de agarrarse a la barandilla.

Acercándonos a ella, me mueve a un lado, pero no me suelta.


Entonces su cara está en la de ella.

—Si vuelves a tocarla, te venderé al mejor postor —amenaza.

¿El mejor postor?

—Estoy embarazada —gime.

Oh, Dios mío.

Su cuerpo se tensa durante un breve segundo antes que ambos


brazos vuelvan a rodearme.
—Seguro que también tengo un comprador para eso —afirma.

¿Ofertantes? ¿Compradores? ¿En qué mierda está metido?

Luego me arrastra de nuevo hacia las escaleras.

Sacudiendo la cabeza, clavo los pies en el suelo.

—No —digo con rudeza.

Sus brazos desaparecen, solo para agarrarme por ambos bíceps.

—No quiero hacerte daño, Dahlia. Vamos —ordena, tirando de mí


hacia las escaleras.

—¡No!

Pateando, alcanzo su rótula con mi pie.

Gime, pero no me suelta.

—¡Para! —Sacude mi cuerpo.

Mi cabeza se echa hacia atrás con tanta fuerza que las manchas
flotan en mi visión.

La presión sobre mi estómago me hace tomar conciencia una vez


más. Echándome al hombro, me ata los muslos con el brazo y me
lleva, gritando y golpeando, de vuelta al dormitorio.

Una vez dentro, me deja caer en la cama.

Reboto una vez y luego me alejo de él.

El pecho sube y baja, sus duros ojos siguen cada uno de mis
movimientos.

—Solo necesitas tiempo para acomodarte —me dice.

Sacudo la cabeza.

—Nunca me sentiré cómoda —le informo, viendo cómo se le tensa


la mandíbula—. Y nunca dejaré de luchar contra ti.
Se endereza hasta alcanzar su máxima altura y gira la cabeza,
con chasquidos y crujidos procedentes de su cuello.

—Tal vez cambies de opinión después de un tiempo en tu


habitación. Es increíble lo que un par de días de aislamiento
pueden hacer para que una persona acepte.

Con los ojos abiertos, le veo girar y dirigirse a la puerta del


dormitorio.

—Para —gruño a su espalda—. ¡Déjame ir!

Sin decir una palabra más ni mirar atrás, me encierra en mi


pesadilla.

Me levanto de la cama y me abalanzo sobre la puerta. Golpeando


la madera con los puños, intento gritar, pero el traumatismo en la
garganta lo hace doloroso e inútil.

Apoyada en la puerta, me deslizo hasta el suelo, me hago un ovillo


y lloro.

Por favor, encuéntrame, Saint. Por favor.

El silencio, las paredes rosas, las muñecas y más silencio son


soportables. Al menos, por los días que creo que han pasado.

Estaba tan segura que no podrían aislarme, no completamente y


sin matarme de hambre. Pero estaba equivocada, muy equivocada.
Entre lágrimas de rabia, me despojé del moño en la cabeza, me
arranqué las medias hasta la rodilla y rompí el vestido azul en
pedazos. Los dejé todos en una pila en el centro de la habitación
para que los encontraran.

En algún momento de esa primera noche, se colocó en la


habitación una caja de alimentos no perecederos y se retiró el
vestido destrozado. Y el diminuto cuarto de baño, que no se parecía
en nada al que tenía de niña, ofrecía lo más esencial. Un lavabo, un
inodoro y dos toallas rosas era todo lo que contenía la pequeña
habitación blanca, pero era una fuente de agua.

Tumbada en el suelo, con la cabeza apoyada en el brazo


extendido y vestida solo con unas braguitas blancas, miro fijamente
la luz que sale de bajo de la puerta. Anoche intenté sin éxito
mantenerme despierta para atrapar a alguien entrando, pero al
final me desmayé. Pero nunca falla. Cuando me despierto, una
nueva caja estará justo dentro de la puerta, con la antigua retirada.

Cada vez que me duermo, agotada por el esfuerzo de intentar


mantener los ojos abiertos, me despierto sin saber cuánto tiempo
he estado fuera, si es de día o de noche, o incluso qué hora es. Todo
se confunde en un largo e interminable día.

Rodando sobre mi espalda, me paso un brazo por el rostro

—Dijiste que te pertenecía, ¿dónde estás? —pregunto, deseando


nada más que Saint derribe la puerta.

Se ha olvidado de ti, susurra una voz creciente dentro de mi


cabeza.

Cubriéndome el rostro con ambas manos, sacudo la cabeza y dejo


caer las lágrimas.

Estás en casa, así que sé tú misma.

—¡NO! —grito, golpeando con las manos la alfombra a ambos


lados de mi cuerpo tendido.

Pobre muñequita. Estabas perdida, pero ahora te has encontrado.

—No soy una muñeca —le digo a la habitación vacía—. Soy... —


Las palabras se desvanecen cuando veo movimiento en mi periferia.
Al girar la cabeza, entrecierro los ojos para intentar distinguir lo que
hay al otro lado de la pequeña abertura bajo la puerta.

Dos pies se paran justo afuera.

Respirando profundamente, retengo la respiración y juro que la


puerta se mueve solo una fracción. Luego los pies desaparecen.
—Vuelve —grito en una exhalación.

Rodando sobre mi estómago, me pongo de rodillas, mirando la


alfombra rosa. El color me da asco, esta habitación me da asco y
mi familia me da asco. Me pongo de pie y miro la cama por encima
del hombro. Es lo único que está desordenado, porque había estado
en ella cuando entraron en la habitación.

Girando sobre mi misma, concentro mi ira en la mesita. Las tazas


de té y los platillos están en perfecto orden con la tetera en el
centro.

Con la mente puesta en la destrucción, cargo la mesa.


Alcanzando la tetera de porcelana, un movimiento en el espejo
llama mi atención. Me detengo, miro detrás de mí y no encuentro
nada. Me vuelvo hacia el espejo y veo cómo se mueve la figura
oscura.

Estoy alucinando. Los días de aislamiento me tienen imaginando


cosas, igual que cuando era niña.

—No eres real —le digo al espejo, como si eso fuera a hacer
desaparecer la sombra, que es mucho más grande que cuando era
joven.

Una luz se enciende detrás del espejo, trayendo a Andy a la vista.

—Fuiste tú —me ahogo, dándome cuenta que había pasado mi


infancia jugando con la sombra de mi hermano psicópata.

Sonríe y asiente la confirmación.

Una oleada de náuseas me invade, la bilis me sube a la base de


la garganta. Me apresuro a pasar del espejo al baño y me arrodillo
ante el inodoro.

Vaciando lo poco que tengo en el estómago, tiro de la cadena y


me dirijo al lavabo para lavarme la boca y echarme agua fría en el
rostro.

Te está jodiendo. Ha estado jodiendo contigo desde que eras una


niña. Ahora... ahora piensa que eres solo una muñeca para que él
juegue.
Asqueada de mí misma, había evitado el espejo hasta ahora, sin
querer ver mi derrota. Apoyándome en los lados del lavabo, levanto
la cabeza. Esperando encontrar a Andy mirando desde atrás,
descubro que la cara que mira hacia atrás no es él, aunque sigue
siendo indeseada.

En lugar de la mujer en la que me había convertido con Saint,


miro fijamente a los ojos de la niña asustada de mi pasado. Mi ira
y mi asco se convierten en rabia. Apretando la porcelana bajo mis
palmas, me niego a apartar la mirada de mi reflejo.

Mira en lo que te has convertido. Lo que has permitido que te


hagan. No eres Dahlia la víctima. Eres Mei la sobreviviente.

—Entonces, sobrevive, joder —ordeno—. Sobrevive —grito,


golpeando el espejo.

El cristal se rompe, partiendo mi reflejo en dos, y comienza mi


conspiración.

Después de lavarme el rostro, las manos y el cabello en el lavabo,


me trenzo el cabello oscuro y me lo enrosco en la cabeza. Antes de
meterme en la cama, entro en el armario y me pongo un camisón
de volantes amarillos.

Dando la espalda al espejo, para que no pueda ver las lágrimas


que caen por mi rostro, me aseguro mentalmente que puedo
hacerlo. Me lo repito una y otra vez, hasta que finalmente caigo en
un profundo sueño.

Eres una maestra de las máscaras.

Eres una maestra de las máscaras.


CAPÍTULO VEINTICINCO
MEI

Cuando me despierto, respiro profundamente y empiezo a


representar mi papel.

Me pongo un vestido de rayas azules y blancas hasta la rodilla,


una enagua blanca con volantes, calcetines azules pálidos hasta la
rodilla y guantes blancos, me desenredo el cabello y envuelvo las
ondas en una cinta azul. Incluso llego a calzarme los zapatos negros
de charol.

Dudando un instante, respiro profundamente y me miro en el


espejo. Colocando mi hipotética máscara en su sitio, sonrío
ampliamente. Girando hacia delante y hacia atrás, hago girar la
falda.

Con un pequeño salto en mi paso, me dirijo a la pared de


muñecas.

Cierro los ojos y vuelvo a respirar con fuerza antes de estirar la


mano y arrancar dos de la pared.

Katie, con su vestido de patitas de gatito y sus orejas. Ruby, con


su vestido de pionera y su cara pecosa. Y, por último, Margo, un
diseño que recuerda a la muñeca kewpie. En el momento en que
están en mis brazos, los recuerdos se arremolinan en mi mente. No
el día en que me regalaron estas dos, sino el día en que mi padre
me presentó a mis muñecas de verdad.
Colocando a las dos en sus respectivas sillas en la fiesta del té,
empiezo a actuar. No es un papel difícil de interpretar. De hecho,
todo lo recuerdo como si fuera ayer.

Durante los días siguientes, mantengo mi rutina, vistiendo el


papel, celebrando las fiestas del té, incluso durmiendo con las
horribles muñecas y peluches. El único problema es que no es
horrible. Es familiar y reconfortante.

Cuando por fin se abre la puerta, no muevo ni un músculo.


Temiendo que sea mi imaginación, mantengo los ojos en la mesa.

—¿Dahlia?

Ante su llamada, me permito levantar la vista hacia él. Con la


máscara en su sitio, sonrío.

Recogiendo la tetera, pregunto:

—¿Quieres acompañarnos?

Sus ojos me escrutan, recorriendo mi rostro y la mesa.

—Si te dejo salir de tu habitación, ¿te comportarás bien?

La emoción que corre por mis venas es claramente visible por la


forma en que sus ojos se entrecierran.

Me recupero rápidamente, me pongo en pie de un salto y cierro


las manos delante de mí.

—¿De verdad? —pregunto, jugando con mi excitación real—. Me


gustaría mucho.

Las líneas alrededor de sus ojos se suavizan y me ofrece su mano.

—Ven —ordena, y yo obedezco.

En el momento en que mi mano se desliza sobre su palma, lucho


contra el revuelo que se produce en mi estómago.

Salgo de la habitación, exhalo y me deleito con la vista por la


ventana. El sol aún está alto en el cielo y hay una ligera capa de
nieve en el suelo.
No dice nada mientras me guía por las escaleras y por la casa, lo
cual me parece bien. Me da la oportunidad de ver la distribución de
este lugar.

Mientras que mi habitación es una reconstrucción casi idéntica,


el resto de la casa no lo es. Definitivamente tiene la sensación de
ser una casa victoriana, pero le falta la carpintería ornamentada y
el suelo de madera oscura. Esta casa es mucho más luminosa, con
más ladrillos y baldosas a la vista.

Al pasar por la cocina, por fin puedo ver un reloj. Ni siquiera me


importa si es la hora correcta, solo que tengo el tiempo de vuelta;
no me lo quitan en incrementos desconocidos.

El tintineo de una cadena y un crujido hacen que mi atención


vuelva a centrarse en averiguar nuestro destino. Una brisa fría
entra por la puerta abierta, rodea mis rodillas desnudas y sube por
la falda de mi vestido.

—Necesitarás esto. —Me suelta la mano para echarme un gran


abrigo negro sobre los hombros antes de ponerse el suyo.

Deslizando mis brazos dentro, mis dedos apenas se ven.

—Te conseguiremos uno más bonito —promete, acunando mi


rostro con la mano.

Tragando la bilis que tengo en la garganta, me fuerzo a sonreír.

Volvemos a quedarnos en silencio y me lleva a un gran edificio


metálico. La pintura roja descolorida indica que puede haber sido
un granero. Al echar un vistazo al vasto espacio y a la ausencia de
señales visibles de vecinos o de vida, me doy cuenta de dos cosas.
Una, que esto pudo haber sido una granja, y dos, que no hay
ningún lugar al que pueda huir.

En la gran puerta del granero, agarra un pomo metálico de gran


tamaño.

—¿No puedes hablar en serio? —grita Molly, caminando hacia


nosotros.

—Ahora no —suelta él, haciendo que sus pasos vacilen.


La mirada herida en su rostro es rápidamente reemplazada por
puro odio cuando me encuentra observando.

Al darse cuenta de la amenaza que ve en mí, me acerco al lado de


Andy. Sus ojos se deslizan hacia mí, frunciendo el ceño.

—Tengo frío —le explico, acercándome más.

Me pasa un brazo por los hombros, atrayéndome hacia su lado.

Al mirar la mano que apoya sobre mí, veo que Molly me mira
fijamente.

Sé que es un juego peligroso, pero sin ningún lugar al que huir,


tengo que encontrar otra forma de salir de este retorcido infierno.

Al ver mi sonrisa, sus ojos se abren de par en par.

La visión de su rabia celosa se corta cuando Andy me guía hacia


el granero.

Mirando al frente, la sonrisa se derrite de mi rostro y mi boca se


seca. Para detener el grito que brota, aprieto los dientes. Pero no
puede detener el grito en mi cabeza.

¡No, no, no, no!

El calor de su cuerpo me aprieta la espalda y su boca se acerca a


mi oído. Me cuesta mucho no darle un codazo en la cara y salir
corriendo.

—Sé lo mucho que las querías —me dice en voz baja, rodeando
mi cintura con sus brazos.

Apretando los ojos, lucho por mantener la calma. Fingiendo frío,


me rodeo con los brazos.

Enderezándose, me pregunta por encima de mi cabeza:

—¿No te gustan?

Sacudiendo la cabeza, quiero gritar: ¡No, maldito enfermo! No me


gustan. En lugar de eso, digo:
—No, solo estoy... sorprendida.

Cuando se mueve por detrás de mí, me veo obligada a abrir los


ojos de nuevo y ver el contenido del granero.

Cinco vitrinas se alinean en la pared más lejana, cuatro de ellas


contienen otra pieza de mi pasado.

—Ven —me exige, agarrando el abrigo por el pecho.

Mientras me arrastra hacia delante, veo exactamente qué tipo de


muñecas hay dentro.

La primera, una réplica de mi muñeca kewpie. La segunda, una


réplica de Katie, a juego hasta las orejas de gatita de su cabeza. La
tercera y la cuarta, también a juego con las muñecas de mi
habitación.

Al ver la caja vacía, dirige una brillante sonrisa en mi dirección.

—Tengo está esperándote —me revela.

Al deslizar los ojos de su cara a la caja vacía, se me nubla la vista


y me asalta el mareo.

—Dahlia —me llama, sosteniéndome por los hombros.

—Estoy bien —digo, forzando otra sonrisa—. Solo demasiada


emocionada —miento, fingiendo una mirada de adoración.

—Deberías descansar.

Tomándome de la mano, nos arrastra hacia la puerta del granero.

—¿Qué es eso? —Señalo el gran cajón de embalaje.

—Eso es el crecimiento del negocio —explica Andy, tirando de mí


hacia la enorme caja de madera.

Al mirar dentro, encuentro otra muñeca, pero ésta no es como la


mía. Está modificada. Con los brazos extendidos y asegurados,
tiene lo que parecen alas de mariposa cosidas en su piel. El colorido
diseño se extiende desde las axilas hasta el costado. Luego están
sus piernas. Su piel parece fundida y envuelta en una cuerda, lo
que le da un aspecto de gusano.

Jadeando, doy un paso atrás y sacudo la cabeza.

Molly resopla desde algún lugar detrás de mí, pero no puedo


apartar la vista de la abominación.

—No le gusta tu trabajo, Andy —se burla.

—Sé que no es a lo que estás acostumbrada —se apresura a


explicar. Moviéndose hacia mi línea de visión, continúa—: Es un
pedido especial. Hay especificaciones que...

—¿Pedido? —Me ahogo.

El orgullo ilumina su cara y asiente con la cabeza.

—No hay más casas de muñecas a medida ni muebles para


muñecas —aclara—. Eso es cosa del pasado para nuestra familia.
La gente paga mucho dinero por las muñecas personalizadas que
podemos ofrecer.

—Papá no lo aprobaría. —Las palabras se deslizan de mis labios


como una hija devota, escandalizándome y enfureciendo a Andy.

—Él ya no puede opinar —grita, pisando fuerte hacia mí. Con la


cara pegada a la mía, grita—: ¡Ahora las decisiones las tomo yo!

SAINT
En siete días, he tenido que dividir mi atención entre los malditos
subjefes necesitados de nuestro sindicato, las fuerzas del orden que
cuestionan mi participación en el accidente, así como los dos
agentes desaparecidos que nunca encontrarán, y lidiar con los
molestos padres de Giuliana, todo ello mientras intento recuperar
a Mei.

Giuliana apareció milagrosamente en un hospital al día siguiente


del ataque de La Geisha. El hospital declaró que había sido tratada
y que estaba estable cuando la trajeron dos hombres de un refugio
para indigentes. Ninguno de los dos tenía información, aparte que
les habían pagado una gran suma y les habían proporcionado un
auto para transportarla.

Ni que decir tiene, que sus padres hicieron que la trasladaran del
hospital de aquí a uno de Nueva York cercano a ellos. Su padre,
tras admitir su conocimiento de nuestra falsa de matrimonio, me
amenazó con matarme si me presentaba a verla.

—Mantén a tu gente lejos de nosotros —gritó antes de colgar.

Algunos lo llamarían culpa, pero por muy imbécil que me haga,


es más bien deuda. Así que, aunque comprendo su enfado, también
sé que Giuliana necesitará mucha asistencia médica y he hecho
arreglos con el hospital para todos sus gastos y las actualizaciones
de los médicos.

Ahora es una distracción menos con la que lidiar.

Y si no fuera porque mi círculo íntimo dejó claro desde el principio


que no sería el único en dedicar tiempo a la búsqueda, habría
acabado con la mitad de nuestra organización.

Jacob se puso en contacto con sus contactos en el departamento


de policía y descubrió que el camión del accidente había sido
abandonado en un estacionamiento, pero era un garaje cerrado sin
cámaras de seguridad que funcionaran.

Sin embargo, desafiando las órdenes del médico, Sketch


abandonó la cama para analizar la zona en la que recibimos por
última vez una señal de la ubicación de Mei y para revisar las
grabaciones de las cámaras de ATV de las inmediaciones del
estacionamiento y a lo largo de la I-55 sur. Localizó dos posibles
vehículos a los que podrían haber cambiado. Uno, un todoterreno
blanco, que resultó ser un engaño, y el otro, una furgoneta oscura.
La encontramos circulando por la I-55, pero las imágenes no
permitían ver claramente la matrícula. También desapareció
cuarenta y cinco minutos después de Odell.

Vincent y Russ han estado allí durante casi tres días, tratando
de encontrar cualquier cosa que nos lleve a ella.

—Felix está despierto —afirma Jacob, apartándome de las fotos


que Sketch consiguió de La Geisha saliendo del restaurante.

—Es una buena noticia —respondo.

Estoy realmente contento que mi primo esté vivo y despierto, pero


hay que encontrar a Mei y ocuparse de La Geisha antes que los
subjefes y los capitanes se pongan nerviosos y empiecen a hacer
alguna estupidez en venganza.

—¿Quieres el auto?

—¿Para qué?

Miro fijamente el camión blindado que se llevó a La Geisha y a su


equipo lejos de la escena.

¿De dónde mierda ha sacado un camión blindado sin que nadie lo


sepa?

Debería haber habido banderas rojas captadas por al menos


cinco de nuestros asociados cuando ella lo aseguró, pero ninguno
nos informó. Lo que hace que mi sospecha de una rata en nuestras
filas vuelva a mi pensamiento número uno.

—Dante —grita Jacob.

Levantando la cabeza, enarco una ceja.

—No has oído nada de lo que he dicho, ¿verdad? —pregunta, con


una clara decepción en su cara.

Me paso una mano por la cara y gimo.

—Joder, ya tengo bastante con lo que tengo que lidiar aquí —


Hago un gesto hacia mi escritorio.
—No vas a ocuparte de todo esta tarde —me reprende—.
Entonces, ve a ver a tu primo.

No es una petición.

—¿Y qué quieres que le diga? —Tiro las fotos sobre mi escritorio
y me vuelvo a sentar en mi silla—. No tengo ni una puta respuesta
que darle.

—¿Respuesta a qué?

Girando en mi silla, miro el horizonte de la ciudad.

—A todas las putas preguntas que me haría si estuviera en su


lugar. —No puedo evitar la derrota en mi voz y la odio. Lo detesto
absolutamente.

Mi normalidad, cualquier control que creía tener, desapareció con


Mei. El ático, que una vez fue mi fortaleza, es ahora un recuerdo
inquietante de ella. E incluso considerar la posibilidad de volver a
la finca hace que la criatura cobre vida, pero no con la ansiosa
anticipación de antes. No, ahora el lugar en el que solía satisfacer
mis impulsos más oscuros, donde muchos sufrieron al filo de mi
espada, se ha convertido en un recordatorio burlón. Porque mi
hermosa muñeca mortal no está allí.

Mei ha hecho lo imposible. Ella atrapó al hombre que soy y posee


a la criatura que hay dentro.

Girando hacia el escritorio, golpeo con mi puño la dura madera.

—¡Joder!

—La encontraremos —me tranquiliza Jacob, que sabe


exactamente lo que más me pesa.

Levantando la vista de bajo de mis pestañas, mis fosas nasales


se agitan y le informo:

—Y él se arrepentirá de cada toque, palabra y acto que haya


ocurrido en lo que a ella se refiere.
Levantándome de la silla, esta se desliza hacia atrás y se estrella
contra la pared de cristal.

—Ella me pertenece —declaro.

La criatura se levanta, derribando la máscara de normalidad que


llevo.

No me pierdo el paso atrás que da Jacob cuando deslizo mi


cuchillo fuera de la chaqueta.

Al pasarlo por mis dedos, ignoro cada mella del filo recién afilado.

Sin decir nada más, doy la vuelta al escritorio y salgo de la


habitación.

Jacob no me sigue. Sabe que no debe enfrentarse al monstruo


que sale de la habitación.

Apretando el mango del cuchillo, extiendo el brazo y recorro el filo


a lo largo de la pared. Hasta el ascensor. Una vez fuera del edificio,
me encuentro de frente con Frank. Claramente advertido de mi
estado de ánimo y de mi destino, mantiene la mirada baja.

Cuando llegamos al almacén abandonado, dos de nuestros


soldados se acercan al auto. En el momento en que salgo, se
disuelven de nuevo en la sombra del edificio.

No saludo a ninguno de los hombres mientras me dirijo a una


gran puerta de metal marrón. Se abre cuando estoy a un metro de
distancia y se cierra al entrar.

La criatura se nutre del olor a sangre y a putrefacción de la


habitación.

El arrastre de los cuerpos y el roce de las cadenas atrae mis ojos.

Sonrío cuando veo lo mucho que se han alejado del cadáver que
dejé aquí con ellos.

Sus ojos abiertos siguen cada uno de mis movimientos cuando


llego a situarme junto a ellos.

—¿Siguen jugando a la carta de no sé nada? —pregunto.


En cuclillas, les arranco la cinta adhesiva de la boca.

—Yo pagué por ellas —suelta el de la izquierda en cuanto sus


labios se liberan—. Se suponía que eran putas acompañantes.

—¿Acompañantes? —me burlo, sin creerme nada de lo que dice—


. Eres un capitán —le recuerdo. Luego, moviendo los ojos hacia el
otro hombre, digo—: Y tú eres un puto subjefe. —Levantando mi
cuchillo, lo acerco a su ojo. Él los cierra y yo presiono la punta
contra el párpado—. Un puto Made Man, pero tuviste que recurrir
a prostitutas para una reunión familiar.

Estos dos malditos trajeron cada uno una mujer, que terminaron
siendo parte de los soldados de La Geisha. El hecho que vivieran,
cuando estas mujeres estaban matando a los más cercanos, pone
muchas banderas rojas.

—Se hace todo el tiempo —argumenta el hombre de mi cuchillo.

—Sí —siseo, manteniendo mis ojos en el otro tipo—. Pero no


sobreviven cuando las víboras sedientas de sangre están a su lado,
les cortan el cuello o les meten una bala en la cabeza, como a los
demás.

Desplazando mi peso hacia delante, envío el cuchillo a través de


su suave carne. Se desliza con facilidad, como si su ojo fuera de
mantequilla, hasta que la empuñadura se engancha en su pómulo.

Grita durante unos breves instantes, la conmoción se apodera


rápidamente de él y le hace perder el conocimiento.

—¡Joder! —grita el de la izquierda, corriendo hacia atrás, solo


para volver a gritar cuando choca con lo que queda de una de las
mujeres que trajeron a la cena—. ¡Cristo!

Sacando mi cuchillo de la cuenca del ojo, su cuerpo se desploma.

El movimiento de mi siguiente víctima, atrae mi mirada. Apoya


su cuerpo contra el muro de hormigón.

—Por favor —suplica—. No sé nada. No lo sabía —grita.


Alargando mi cuchillo y mi mano manchada de sangre en su
dirección, aprieta los ojos y se encoge. Pasando los lados planos de
la hoja por cada una de sus mejillas, la limpio.

—Volveré a visitarte pronto —advierto—. Con suerte, tendrás algo


más útil para mí.

En la puerta de metal, golpeo tres veces, hago una pausa y luego


golpeo dos veces. Se abre y salgo.

La necesidad de dolor y la sed de sangre de la criatura se han


aplacado. Pero para asegurarme que ninguno de estos hijos de puta
olvide quién soy, dejo la evidencia de ello en mis manos y en mi
ropa.

—No podemos quedarnos sentados por más tiempo —interviene


en la discusión Michael, un capitán que hace campaña por el
estatus de subjefe, y le siguen murmullos de acuerdo.

—¿Y qué propones que hagamos, Michael? —pregunta Lorenzo,


un subjefe de la zona Oeste de Chicago.

—Nos reunimos. —Da un manotazo a la gran mesa en la que me


siento a la cabeza—. Tenemos recursos, así que pongámoslos en
juego. Encuentren a esta puta y muéstrenle con quién está
tratando.

Harto de las exigencias, sugerencias y discusiones de todos, he


girado mi silla hace casi una hora. De los treinta hombres que hay
en esta sala, solo un puñado no son restos del ataque de La Geisha.
Y solo la mitad de ellos valen algo.

Como Lorenzo es uno de los que tienen algo de sentido común y


comprensión, me apresuro a entrar en la conversación en su
nombre.

—¿Tienen recursos de los que no soy consciente? —Miro


fijamente mi vaso medio vacío, pasando los dedos por el borde.
—Yo... —Michael vacila.

No sé si está sorprendido que me haya unido a la conversación o


si tiene miedo de admitir los secretos que ha estado guardando.

Torciendo el cuello y levantando los ojos hacia su cara, presiono:

—¿Tú?

—Todos tenemos conexiones que explorar —explica


rápidamente—. Alguien tiene que saber algo sobre...

Arrastrando mi vaso de la mesa, se hace añicos contra la pared.


Me levanto del asiento, con las palmas de las manos apoyadas en
la brillante madera, respiro profundamente dos veces, exhalo con
fuerza y levanto la cabeza. Uno tras otro, me encuentro con los ojos
de todos, deteniéndome en Michael.

—¿Crees que Angelo se quedó con el culo al aire, sin molestarse


en encontrar al responsable de matar a sus hombres?

Ante su prolongado silencio, alzo la ceja en señal de respuesta a


la puta pregunta.

—El estado mental de Angelo estaba claramente comprometido


—argumenta.

Le doy crédito al tipo. Tiene agallas.

—Todo el mundo ha sido testigo o ha oído hablar de su


comportamiento antes de ser asesinado. —Se sienta de nuevo en su
silla, con una mirada de suficiencia en su cara—. Por tu esposa.

Me enderezo a mi altura, cruzo los brazos sobre el pecho y asiento


con la cabeza.

—Tienes razón, en ambos casos —acepto—. Nunca sabremos


realmente dónde tenía la cabeza y eso es porque mi mujer clavó un
cuchillo en la garganta del hombre que la atacó y abusó de ella para
obtener información y su propio placer.

La sonrisa arrogante cae de su cara.


—Angelo se buscó la muerte —anuncio a la mesa—. Si alguno de
ustedes quiere desafiarme, que lo haga ahora.

La sala se queda en silencio.

Dejando caer los brazos, rodeo la mesa por detrás de sus cuerpos
sentados.

—Vamos —los animo—. Acabemos con esto ahora, porque puedo


garantizar, joder, que no voy a luchar por ello.

Treinta pares de ojos se acercan a mí, siguiéndome mientras doy


la vuelta.

—Michael —lo llamo.

Se sienta más recto, con aspecto incómodo.

—¿Crees que puedes estar al frente de esta organización?

Cuadrando los hombros, asiente.

—Sí, podría hacerlo.

—Por supuesto. —Doy un paso atrás y señalo la silla en la que


me senté momentos antes—, está ahí para que la ocupes.

—No he dicho que lo quiera —replica Michael.

El lado derecho de mi boca se estremece, pero reprimo el impulso


y escudriño a los hombres una vez más.

—¿Lorenzo? —pregunto, sabiendo que su permanencia es una de


las más grandes en esta sala.

—Quizá si fuera más joven —bromea—. Mi tiempo para eso ha


pasado.

—¿Alguien? —exclamo—. Porque necesito que entiendan y estén


seguros, que están preparados para afrontar el puto lío en el que
estamos metidos.

—Ninguno de nosotros está cuestionando tu capacidad —rompe


el silencio un subjefe de la zona norte—. Aunque, en este momento,
estás distraído por otros asuntos —añade otro jefe aspirante a
capitán, obviamente refiriéndose a la búsqueda de Mei.

Manteniendo la vista en la mesa, pregunto a la sala:

—Si se llevaran a su hija o a su esposa, ¿qué harían?

Levantando la cabeza, capto a un par de ellos moviéndose


incómodos.

—Exactamente. Ahora quiero que entiendan algo más. —


Respirando hondo de nuevo, divulgo—: Angelo ha estado
trabajando con todos nuestros contactos para hacerse con La
Geisha.

—Sí, pero...

Cortando a Michael, continúo:

—He estado trabajando con mis propios contactos para obtener


información y he conseguido fragmentos.

—¿Y no estás compartiendo esa información? —interrumpe


Lorenzo.

Mirándolo a los ojos, respondo:

—No. —Moviendo mi mirada de nuevo alrededor de la habitación,


añado—: Ella tenía acceso a los camiones blindados, a los planos
de los pisos, a la información vital, como el hecho que Felix fuera el
objetivo y fue golpeado por los hombres de Angelo. —Observo la
habitación, veo que se dan cuenta—. ¿Cómo crees que consiguió
todas esas cosas sin que saltara una sola alarma o bandera roja?

—Joder —resopla Michael, pasándose una mano por el cabello


rizado.

—Sí —coincido—. Joder, es cierto.

Cada uno de ellos mira alrededor de la habitación, como si la rata


fuera a saltar y anunciar su traición.

—Hasta que...
Ante el repentino golpeteo de la puerta, todos se levantan de sus
asientos, con las armas en alto.

—¡Saint! —Sketch grita entre golpes en la madera.

Asintiendo a un hombre cercano, agarra el picaporte. Otros dos


le cubren y tira de la puerta para abrirla.

Sin inmutarse por las armas que le apuntan, Sketch levanta su


propia arma.

—Oooh, mira, la mía es más grande que la tuya. —Sonríe antes


de apartar un arma—. Quita esa mierda de mi cara —ordena.

—¿Quién mierda eres tú para interrumpir...? —comienza uno de


los tenientes.

Ignorando al hombre, Sketch lo empuja, con los ojos fijos en mí.

—Tenemos que hablar. Ahora —dice, con el pecho subiendo y


bajando con fuerza.

—Vas a recaer —reprende Jacob desde la esquina en la que se ha


sentado.

Sketch levanta el brazo y le señala a Jacob con el dedo corazón.


Con los ojos todavía puestos en los míos, repite:

—Necesitamos. Hablar. Hablar.

Mei. La ha encontrado.

—Fuera —anuncio.

—No puedes hablar en serio —dice una voz grave con


incredulidad.

Levantando el arma que aún tengo en la mano, apunto al techo


y hago dos disparos antes de girarme para encararlos de nuevo.

—¿Parece que estoy bromeando?

Entre el estruendo de mis palabras y los disparos, evacúan con


la velocidad del rayo.
Cuando la puerta se cierra, dejándonos solo a Jacob, Sketch y a
mí en la sala, presto toda mi atención al hombre que ha irrumpido
en una reunión de los mejores hombres de la organización.

—Ella se puso en contacto contigo —afirma.

—¿Cómo?

Sketch mete la mano en una bolsa que lleva colgada del hombro
y saca una caja con dibujos marrones, amarillos y rojos.

Frunciendo el ceño, se la quito y la examino.

—Es una caja de trucos japonesa —explica Sketch.

No es Mei. La Geisha.

No lo veo, pero siento que Jacob se mueve a mi lado.

—Toma. —Sketch me devuelve la caja.

—¿Y si el truco hubiera sido la muerte? —Jacob pregunta lo


mismo que yo estoy pensando—. Podría haber manipulado esa cosa
con ántrax, por el amor de Dios.

Ignorando a Jacob, desliza un panel oculto, abre una esquina de


otro lado y mueve un par de paneles más, hasta que levanta la parte
superior y la pone sobre la mesa.

Al mirar dentro de la caja, encuentro una flor de amapola seca y


una cadena de oro.

Sketch mete la mano en el interior, pellizca la cadena y la levanta


en el aire.

—Oh, demonios —respira Jacob, alejándose de mí.

—Mataré a esa zorra con mis propias manos —grito,


arrebatándole el collar de Mei de la mano.

—Espera —exclama Sketch, recuperando un trozo de papel


arrugado—. Estaba doblado como un abanico —explica, aplastando
el papel dorado sobre la mesa.
Konnichiwa, Dante.
Es hora que te enfrentes a tu mayor pecado.

Estás cordialmente invitado a hablar en el


último lugar donde Teresa Costa-Ruggiano pronunció
sus últimas palabras.

8 PM

PS... Tengo algo que quieres, pero tengo


condiciones.

Mirando mi muñeca, maldigo.

—Son las siete y media —verbaliza Jacob lo que ya me ha dicho


mi reloj.

—Nunca llegaremos a tiempo al otro lado de la ciudad —digo,


apretando el papel en mi puño.

—Por eso he interrumpido —explica Sketch.

Asintiendo, ordeno:

—Recoge todo. Tengo que intentar llegar.

—Frank, busca el auto... —llama Jacob antes que pregunte, la


puerta se cierra detrás de mí y corta el resto de su conversación.

Son las 8:10 cuando entro en el edificio abandonado junto a los


muelles de carga. Inmediatamente me acuerdo de la última vez que
pisé este decrépito lugar. El rostro de mi madre aparece en mi
mente y sus palabras resuenan en mis oídos.

“Te perdono.”

—No pensé que fueras a venir.

La mujer delgada y mortífera sale de las sombras, con el cabello


todavía recogido en la parte superior de la cabeza y vestida
completamente de negro, aparte del escudo que le cruza la cara.
—Tu mensaje no me llegó hasta hace cuarenta minutos —le
explico, centrando mi atención en ella, además de rastrear
cualquier cosa en mi periferia.

—Ya veo —dice ella, el brillo de sus ojos me hace creer que estaba
al tanto de mi encuentro.

—¿Dónde está ella? —exijo, cansado de este juego tan


prolongado.

—¿Quién? —pregunta ella—. Y asegúrate de saber a quién


quieres encontrar realmente.

—No me vengas con acertijos —advierto.

Ella se encoge de hombros.

—Solo te ofrezco un buen consejo.

Se dirige al centro de la sala y me da la espalda. Este acto me


hace escudriñar el almacén en busca de sus soldados.

—No voy a matarte —dice, todavía de espaldas a mí—. Hoy no, de


todos modos —añade, luego se da la vuelta y pregunta—: ¿Es aquí
donde lo hiciste? —Su cabeza cae sobre el suelo manchado.

Mi silencio la agita y grita:

—¡Es aquí!

—No —respondo con sinceridad.

Levantando el brazo, señalo un punto a un metro a su izquierda.


El lugar donde las rodillas de mi madre tocaron, donde se mantuvo
fuerte hasta el final.

Sus ojos siguen mi movimiento y luego se dirige hacia donde he


señalado. Con los brazos a los lados, echa la cabeza hacia atrás y
susurra algo que no puedo entender.

Vuelve a levantar la cabeza en mi dirección y pregunta:

—¿Recuerdas el lugar exacto en el que asesinas a todas tus


víctimas?
Apretando los dientes, lo único que deseo es destriparla o
dispararle por hacer tantas preguntas.

—No moriré sola —dice, sorprendiéndome por un segundo.

Su habilidad para leer a la gente -a mí- es impresionante, pero


muy molesta.

—Así que tu pequeño ejército está aquí —No es una pregunta. Es


más bien una burla.

Con una ligera inclinación de la cabeza, cruza los brazos sobre el


pecho y admite:

—No.

—¿Qué te hace estar tan segura que puedes...?

—No tengo ninguna duda que me vas a herir de muerte —me


corta—. Pero debes saber que yo conseguiré hacerte lo mismo.

—No —respondo finalmente a su pregunta.

Su ceño se frunce.

—No recuerdo cada lugar —aclaro.

La confusión se disipa.

—Tengo algo que tú quieres, pero también tengo una condición


—aclara finalmente—. Acepta mi condición y entonces te ayudaré.

—¿Por qué ibas a ayudarme? —pregunto, desconfiado.

—Solo diré que tienes algo que necesito, así que esta vez, nos
ayudaremos mutuamente —afirma.

—¿Por qué iba a ayudarte? Acabas de matar a la mitad de mi


organización —le recuerdo.

Levantando un hombro, responde:

—Te hice un favor. Además, no fui yo quien mató a tu padre.

Me pongo rígido.
—Lo hizo tu mujer —remata, confirmando que de alguna manera
sabe que Angelo era mi padre biológico—. Con razón, además, si me
preguntas —añade.

—¿Qué quieres?

—Respuestas —responde inmediatamente—. Ni más ni menos.

—Me temo que tendrás que aclararlo.

—Necesito respuestas que puedas dar —explica ella.

—¿Para qué?

—Ah, ah, ah. —Me hace un gesto con el dedo—. Eso no forma
parte de este trato.

—¿Qué te hace pensar que tengo esas respuestas que buscas?

Su risa está amortiguada por el protector facial, pero sigue siendo


audible.

—Responde a todas mis preguntas y te la daré —afirma.

—¿Sabes dónde está ella?

—¿Qué ella? —La Geisha presiona, levantando una ceja.

Entonces, hace clic. Sabe dónde están Mei y mi hermana.

—Elecciones, elecciones —se burla—. Elige sabiamente, querido


asesino.

—Sabes lo de mi hermana.

—¿Es esa la que deseas encontrar?

Apretando la mandíbula, aprieto las manos a los lados para no


arremeter físicamente. Mi palma arde para desenvainar mi cuchillo.

—¿Quién será? —provoca ella—. ¿La chica perdida que hace


tiempo no ves, o la mascota recientemente robada?

La respuesta me invade, la finalidad de la misma se siente como


la única respuesta correcta.
Nunca he conocido a mi hermana, y quién dice que esta mujer es
la única que puede darme respuestas sobre su paradero.

—¿Dónde está Mei? —pregunto.

No se me escapa el parpadeo de sorpresa en sus ojos color


avellana.

—Tengo cinco preguntas —afirma—. Contéstalas a mi gusto y


tendrás lo que buscas.

—Bien —digo apretando los dientes.

—Primera pregunta —anuncia, levantando el puño en el aire, con


un dedo extendido, el dedo corazón—. ¿Lo sabías? Antes de llegar
a este edificio, ¿sabías que la ibas a matar?

Un dolor agudo me recorre el pecho, recordando aquel día de hace


tantos años.

—No —respondo con sinceridad.

Sus ojos buscan en mi cara antes de asentir rápidamente.

—Segunda pregunta. —Levanta un segundo dedo—. ¿La vio


morir? —pregunta, curvando el labio.

—Sí —admito—. La observó muy de cerca.

El músculo de su izquierda hace un tic. Suelta los dedos de la


cuenta atrás y se pone de pie.

—¿Queda alguien más que estuviera allí?

Lentamente, pero con seguridad, las conexiones comienzan a


formarse. Todos los muertos a manos de La Geisha han sido los
asistentes a las muertes de mi madre y mi tío.

—Solo Felix y yo, por supuesto.

—Por supuesto —repite ella.

—Pero Felix no desempeñó ningún papel real —le aseguro.


—¿Ningún papel? —resopla—. Estaba allí —se burla.

Con la boca repentinamente seca, trago a la fuerza un par de


veces antes de divulgar:

—A los dos nos trajeron para mirar, aprender y luego actuar. A


Angelo le gustaban los juegos retorcidos. Lo mismo ocurrió el día
que nos incorporaron al redil familiar. Quería que yo cuidara de mi
madre y que Felix cuidara de su padre.

—Y tú —se adelanta—. Querías toda la gloria. —Sus brazos se


agitan, arqueándose en el aire—. Así que les disparaste a los dos,
—afirma, con palabras llenas de disgusto.

No necesita entender mis razones, así que guardo silencio.

—Contéstame —exige—. ¿Por qué lo obedeciste sin cuestionar ni


pensar en tu madre?

Dando un gran paso adelante, poniendo menos de dos pies entre


nosotros, me inclino hacia ella.

—Mi disparo fue rápido y limpio —le digo—. Con Angelo le habría
ido mucho peor si yo no hubiera actuado. Lo mismo ocurre con el
padre de Felix. Así que, cuando dudó, tomé las cosas en mis manos.

Mi pecho sube y baja lentamente, la criatura se agita, sin querer


nada más que acabar con esta perra ahora mismo.

—Protegiste a Felix —dice ella, sorprendida con sus palabras.

—Salvé a dos personas de un destino peor que una muerte rápida


—corrijo, sin querer admitir más.

Bajando la voz a un susurro, dice:

—Última pregunta. ¿Qué te dijo ella?

—¿Qué te hace pensar que se le permitió decir algo? —replico,


sin querer compartir mi último momento con ella.

—Cuéntame —insiste.
—Me dijo que no era como ellos. —Hago una larga pausa y
termino—: Luego me dijo que me perdonaba.

Los ojos de la Geisha se abren de par en par y retrocede


rápidamente.

Sacudiendo la cabeza, protesta:

—No.

—Sí —respondo, y luego añado—: Mi madre siempre veía lo


bueno de la gente, aunque no hubiera nada en ellos. Como yo.

Con las manos en las caderas, levanta la barbilla, como si fuera


a seguir discutiendo el asunto.

Antes que pueda decir una palabra, sabiendo que está ayudando
a mi hermana, le digo:

—Entonces, dile a mi hermana que entiendo que quiera que


muramos y que la perdono.

—Tu perdón no es necesario. Estoy segura que a ella no le


importa —replica La Geisha.

Girando sobre sus talones, comienza a alejarse.

—Teníamos un trato. —Cuando se lo recuerdo, se detiene.

Sin mirar atrás, dice:

—Puede que no sea de este país, pero hasta yo sé que un pueblo


tan pequeño como Towanda es el lugar rural perfecto para
esconderse a plena vista.

—Déjate de acertijos y dime en qué parte de Towanda —grito,


dando un paso en su dirección.

Mirando por encima de su hombro, enarca una ceja.

—No he dicho que tenga una dirección.

Mis ojos se fijan en una cuerda negra que desciende del techo.
—Pensé que habías venido sola —le digo.

Encogiéndose de hombros, enrosca el brazo y la pierna en la línea


de la cuerda.

—Mentí.

Con esas últimas palabras, asciende por un panel abierto del


techo y desaparece.

Al salir del edificio, oigo el sonido inconfundible de un helicóptero


y veo cómo uno negro se eleva desde el tejado antes de desaparecer
en el cielo oscuro.

Saco el celular de mi abrigo y me lo llevo a la oreja.

—¿Lo has entendido?

—Lo tengo —responde Sketch—. Ya he enviado a Vincent y a


Russ instrucciones para que se dirijan más al sur, a Towanda.

—Bien. —Me meto en la parte trasera del auto que me espera—.


¿Has confirmado que el collar es de Mei?

—Sí, el chip de seguimiento está dentro, junto con sus huellas


dactilares —confirma.

—Asegúrate que Vince y Russ cubran todo el terreno posible


antes que llegue allí.

—¿No deberías esperar hasta que tengamos algo? —pregunta, y


añade rápidamente—: No me fío en absoluto de esa zorra. Por lo que
sabemos, te está tendiendo una trampa.

—Ella tenía el collar, Maurizio. No dudo que esté tramando algo,


pero tenía el collar de Mei. Tengo que ir.

—Jacob dice que te pases por el ático. Tendrá tus cosas listas.

—Bien —acepto, sabiendo que Jacob es la única persona que


puede acceder a mi colección de cuchillos.
EPÍLOGO
MEI

Cada día es más fácil. Hasta el punto que ya no me preocupa que


Andy descubra mi engaño. No, me preocupa más la persona en la
que me estoy convirtiendo con cada día que pasa.

Después de la explosión de Andy en el granero, me encerré de


nuevo en mi habitación con los vestidos y las muñecas. Cada vez
que miraba uno de ellos, solo veía a las mujeres del granero. Las
imágenes desgarran mi mente, resucitando recuerdos de una época
que he intentado olvidar. Lo peor de todo es el deseo enfermizo que
tengo de volver a visitar el granero, pero no es para liberarlas.

Desde que me encerré de nuevo en mi habitación, he creado una


nueva rutina. Una diseñada para volver a tener la gracia de mi
hermano. Mostrar interés por todas los muñecas, hablar y jugar con
ellas, todo ello está pensado para él. Lo que no había planeado eran
los efectos secundarios que tendría en mi propia estabilidad mental.

Esta mañana, me puse un vestido rosa plisado con cuello peter


pan blanco y mangas abullonadas. Cuando empiezo a enrollar las
medias blancas hasta las rodillas, los deseos enterrados desde hace
mucho tiempo se burlan de mis pensamientos. Al separar mis
mechones en coletas y fijar moños rosas en cada una de ellas,
surgen oscuros impulsos.

Al mirarme en el espejo, mi reflejo se burla a sabiendas de quién


y qué soy en realidad.

Un monstruo envuelto en un bonito paquete.


Cuando termino de vestirme, me dirijo a las estanterías de las
muñecas y las contemplo hasta que se me secan los ojos y me veo
obligada a parpadear.

Agarro el estante inferior con las dos manos y lo empujo hacia


abajo. Apenas se separa de la pared, pero es suficiente para que las
muñecas caigan. Repito el proceso con el siguiente estante, luego
con el siguiente, hasta que el suelo está lleno de muñecas
desordenadas.

Cuando miro hacia abajo, encuentro a Polly Dolly mirando desde


el montón, con su vestido rosa plisado con el cuello de peter pan,
burlándose de mí de la misma manera que lo había hecho el espejo.

Sentada con las piernas cruzadas en medio de la cama, sostengo


la cabeza de Polly Dolly con una mano, su cuerpo con la otra, y
mantengo los ojos desenfocados hacia abajo.

—¿Qué...? —Molly empieza—. Vas a limpiar eso —me dice.

Con la cabeza todavía baja, levanto los ojos y la miro por debajo
de las pestañas. Permitiendo que mis ojos se enfoquen, levanto un
lado de mi boca en una sonrisa burlona.

Se endereza, se mueve incómoda durante un momento, luego


cuadra los hombros y se acerca a un lado de mi cama.

—No voy a recogerlos —dice con un chasquido.

—No te lo he pedido —replico.

—Pequeña... —Sus manos se aprietan y se sueltan—. Siempre


has sido una mimada —afirma, como si eso significara algo para
mí—. Vamos. Recógelos —ordena, extendiendo un brazo hacia la
pila de muñecas.

Cuando no me muevo para obedecer, me agarra el bíceps con la


mano y me tira de la cama.

—Recógelas —grita, arrastrándome hacia los cuerpos disecados


sin vida.

—¡No! —Le quito el brazo de encima.


Se da la vuelta y su rostro se enrojece, y se le marcan unas líneas
de enfado.

—Harás lo que yo diga —me dice.

Esta vez me rio a carcajadas, lo que la indigna aún más.

Con ambas manos, me empuja y confiesa:

—Siempre te he odiado. —Vuelve a empujar—. La forma en que


papá adoraba a su preciosa Dahlia, su muñeca. El modo en que
Andy se pasaba horas mirándote a través de ese puto espejo,
intentando jugar contigo cuando yo estaba allí mismo. —Vuelve a
empujarme y mi espalda golpea la pared junto a la puerta—. Nunca
nadie me prestó atención. Ni una sola vez papi me elogió o me dio
regalos. —Poniéndose en mi cara, toma mi barbilla con su mano
fría—. Incluso cuando finalmente te fuiste —suspira—, todo lo que
hicieron fue hablar de ti y conspirar para encontrarte.

Apartando mi rostro, da un paso atrás y me mira.

—Me das asco. Este pequeño papel que interpretas, que siempre
has interpretado para ellos —resopla—. Te he visto —dice, en voz
baja y amenazante.

Inclinando la cabeza, frunzo el ceño.

—¿Quién crees que te dejó salir de tu habitación? —pregunta,


haciendo que la comprensión me invada—. ¿Quién crees que se
aseguró que pudieras entrar en esos lugares prohibidos? ¿Eh? —
Cruzando los brazos sobre el pecho, se burla—. Sí, preciosa Dahlia,
vi las cosas que hacías en la sala de trabajo de papá cuando creías
que nadie podía ver.

Por mi mente revolotean los recuerdos de haber revisado sus


detallados apuntes, los libros, todos los cuadros y los muñecos que
no había terminado. Los que no estaban terminados nunca debían
molestarse y estaban encerrados en el cuarto de trabajo de papá,
pero me habían gustado. La forma en que sus ojos se movían o
lloraban cuando yo les pinchaba las extremidades. Cómo el sonido
de sus voces, amortiguado por los labios sellados, hacía que mis
dedos se estremecieran de emoción.
—¡Quería que te atraparan! —su grito me saca de recuerdos
oscuros y vergonzosos—. Por una vez, quería que vieran que no eras
su muñequita perfecta. Pero, no, tuviste que arruinar eso también
liberando a esa mujer y trayendo a la policía.

Sus ojos se vuelven acuosos, a un parpadeo de llorar.

Centrada en sus inminentes lágrimas, espero que haya empatía,


vergüenza o algo distinto a lo que siento ahora mismo. Pero no llega
nada que sustituya el asco que levanta los vellos de mi cuerpo.

Bajando la voz, dice:

—Pero si te vas...

Su pensamiento se apaga, pero no antes que lo entienda.

En un instante, me acerca al cuello una gran aguja de plata que


me resulta familiar.

Enrollando mis manos alrededor de su muñeca, intento


detenerla.

—Te convertiré en la muñeca que siempre has pretendido ser —


amenaza, presionando la punta en mi piel.

—Solo hay un problema —me apresuro a decir, y ella se queda


quieta.

Poniendo los ojos en blanco, le explico:

—Así no se hace.

Llevo mi rodilla entre sus piernas, ella gime y retrocede.

Le arranco la aguja de la mano, la miro y frunzo los labios.

—Papá estaría muy decepcionado —le digo—. Ni siquiera es del


calibre correcto.

Haciendo una bola con mi mano derecha vacía, le doy un


puñetazo en el lado izquierdo de la cara. Cae al suelo.
Con pasos rápidos, me sitúo sobre ella. Agarrando sus mechones
castaños, le tiro de la cabeza hacia un lado.

—Pero puedo hacer que funcione —le aseguro antes de clavarle


la aguja en el cuello.

No da en el blanco.

—¡Para! —grita ella, arañando mi brazo.

Al extraer el instrumento, se me escapa una carcajada.

—Me falta práctica —admito antes de volver a pincharla.

—No, para —grita ella, pero sus palabras caen en oídos sordos.

Arteria carótida penetrada, tal como me enseñaron los libros de


papá, la sangre brota del extremo abierto de la aguja.

La alfombra se satura y los movimientos de Molly se ralentizan.


Su cabeza se echa hacia atrás y veo cómo la vida se le escapa de los
ojos. La aguja se desliza fuera de su cuello mientras ella se
derrumba en el suelo.

Con el pecho agitado y la adrenalina corriendo por mis venas, me


coloco sobre su cuerpo y cierro los ojos. Respirando profundamente
dos veces, suelto la aguja y me alejo de mi trabajo. Al pisar
torpemente la cabeza de una muñeca, pierdo el equilibrio y caigo en
la pila de bebés de peluche.

—Estabas celosa de la atención. —Doy una carcajada sin humor


y salgo rodando de los muñecos—. Tú querías esto —le grito a su
cuerpo sin vida, señalando la habitación—. Puedes tenerlo —siseo.

Avanzo a toda prisa, la agarro por debajo de los brazos y la


arrastro hasta la cama, dejando un rastro rojo.

La dejo en la cama, me apresuro a ir al armario y saco todo lo que


voy a necesitar. Despojarla de su vestido azul inspirado en los años
cincuenta me cuesta más esfuerzo y fuerza de lo que esperaba, pero
al final la visto con lunares amarillos y volantes blancos. El toque
final es una peluca rubia y una pinza de pelo de flores amarillas.
Al intentar sacarla de la cama, siento que se ha vuelto más
pesada, así que desarmo la manta que tiene debajo y la uso para
arrastrarla por el suelo.

En la puerta del dormitorio, pruebo el pomo. Se abre. Salgo de la


habitación, atravieso el pasillo y bajo el primer tramo de las
escaleras, con mi hermana mayor arrastrándose detrás de mí.

En el segundo piso, me detengo y escucho.

No hay nada, así que bajo al primer piso.

Pasando por la entrada y el salón, entro en el comedor y me


detengo. Contemplando la gran mesa, los oscuros impulsos se
arremolinan bajo mi piel.

—Querías ser preciosa y codiciada —anuncio, como si aún


estuviera viva. Luego, mis palabras se vuelven más frías, más
duras—. Déjame mostrarte cómo es eso, Dolly Molly.

Tiro de su cuerpo por el duro suelo, tiro, levanto y empujo a Molly


a su sitio. Me enderezo, me coloco sobre ella y me quito un rizo del
rostro. Me paso las manos cubiertas de guantes por la parte
delantera del vestido y veo las manchas. Levantando las manos,
miro fijamente los guantes.

Rojo.

Sangre.

Las partes más oscuras de la mancha comienzan en las puntas


de mis dedos, desvaneciéndose hasta llegar a un rosa anaranjado
húmedo cerca de las palmas. Mirando mi cuerpo, la mayoría de las
manchas parecen más sucias que sangrientas. Todo excepto donde
la sangre ha salido a chorros por el extremo de la aguja y ha
salpicado el rosa plisado.

—Arruina el vestido, arruina la muñeca —susurro.

Apretando los ojos y cubriéndolos con los guantes manchados,


intento evitar que el recuerdo aflore, pero se impone en el primer
plano de mi mente.
—¿Qué has hecho? —grita, agarrando mi brazo y
sacudiéndome—. ¡Qué te he dicho!

Me estremezco y sollozo:

—Por favor, papi, no.

—¡Mira lo que has hecho! —Con la mano que tiene libre,


aprieta el material cerca de la marca de pintura púrpura
oscura que he empeorado al intentar lavarla en el lavabo del
baño.

Me arrastra hasta los ganchos de la pared y quita la bata


azul oscura.

Me la pone en la cara y me dice:

—¿Qué es esto, Dahlia?

—El... el... —tartamudeo nerviosa.

—¡La bata! —grita, tirándola al suelo. Pisándola,


continúa—: ¡Inútil ya que no la has usado!

—Lo siento —grito.

—Ya sabes cuál es el castigo por arruinar tus vestidos —se


burla.

Sacudiendo la cabeza, con el labio inferior temblando,


parpadeo las nuevas lágrimas de mis ojos.

Inclinándose, acercando su cara a la mía, muerde:

—Sí.

Ni el llanto ni las súplicas dan resultado, pero sigo


haciéndolo durante todo el camino hasta la sala de
exposiciones.
Dentro, me arroja al centro de la sala. Aterrizo de lado,
pero rápidamente me incorporo con el trasero. Con los ojos
muy abiertos, veo cómo tira de la cuerda junto a un panel de
cristal y acciona un interruptor plateado.

La cortina azul oscura se retira y la luz parpadea,


revelando a Princesa. La luz brillante hace que su cuerpo se
sacuda en conciencia. Levantando su cabeza con corona, abre
lentamente sus preciosos ojos azules. La luz se refleja en el
color azul plateado de su vestido, proyectando manchas
multicolores en la pared. El mismo vestido que llevo yo, que he
estropeado con pintura.

Siempre se mueven tan lentamente. Ojalá pudieran jugar


mejor conmigo.

Los dedos de la princesa se curvan, sus ojos siguen los


movimientos de mi padre.

—Por favor, papi —le ruego una vez más, empujando sobre
mis rodillas.

Bajando la cabeza, la sacude.

—¿Cuándo vas a escuchar y ser una buena niña? —No es


una pregunta.

Saca una llave de su bolsillo trasero, abre la vitrina, abre la


puerta de par en par y se mete dentro. Los ojos de la princesa
se abren de par en par y su cuerpo se estremece un poco más.

—¿Qué no harás de nuevo, Dahlia? —pregunta, moviéndose


detrás de Princesa.

Ante mi vacilación, repite:

—¿Qué es lo que no harás?

—Arruinar mi vestido —susurro y sollozo.


Metiendo la mano por detrás de su cuerpo, saca un gran
trozo de plástico y empieza a envolverle la cabeza. La
princesa se sacude con más fuerza, finalmente es capaz de
levantar los brazos hacia su rostro, sus manos enguantadas se
deslizan sobre el material resbaladizo.

La envuelve con más fuerza, mostrando el esfuerzo en el rojo


que sube por su cuello, antes de rodearla una vez más. Esta
vez, el cuello. Lo siguiente serán sus hombros.

Princesa intenta mover las piernas, pero las tobilleras no la


dejan.

A las muñecas no les gusta que papá las guarde.

—¿Qué has hecho?

La voz es tan parecida a la de papá. Me doy la vuelta, con la aguja


aún en la mano.

Los amplios ojos de Andy se centran en la muñeca detrás de mí.

—Dahl…

—Ella quería ser yo —lo corto, mirando a la muñeca en la silla—


. Ahora, ella es exactamente lo que soy. —Vuelvo a mover los ojos
hacia mi sorprendido hermano—. Por dentro —añado.

Mueve su mirada de Dolly Molly a la gran aguja de embalsamar


que tengo en la mano. Luego sus ojos suben por mi cuerpo hasta
mi rostro.

La tristeza, la aprensión y luego el miedo parpadean en su cara.


Su miedo me produce un estremecimiento. Me relamo los labios y
doy un paso hacia él. Retrocede. La emoción se convierte en poder.
Una oleada de ella me invade.

—Creía que querías que volviera.


Ante mi pregunta, se endereza hasta alcanzar su máxima altura
y cruza los brazos sobre el pecho. Con la elevación de su barbilla,
no puedo evitar concentrarme en el punto necesario para usar la
aguja en mi mano a continuación.

—Molly era... —empieza.

—Dolly Molly —corrijo.

Deja caer sus ojos hacia la sonrisa maníaca que se desliza por
mis labios y traga con fuerza.

—Es tu hermana —afirma, encontrándose con mis ojos una vez


más.

—Es mi muñeca —respondo.

Acortando la distancia entre nosotros, coloco mi mano


enguantada sobre sus brazos cruzados.

—Y ya tenemos el lugar perfecto para ella —aludo a la caja vacía


del granero.

Mis ojos bajan una vez más a su cuello y aprieto el puño alrededor
de la base de la aguja. Los impulsos aumentan, tensando mis
músculos, preparándose para mi próximo golpe.

Antes que pueda actuar sobre mis impulsos, algo se enciende en


sus ojos, y creo que es excitación.

Andy baja los brazos, diciendo:

—Quédate aquí.

Luego, se va, saliendo de la habitación en un destello de


movimiento.

Me dirijo a la gran mesa de madera, dejo la aguja en el suelo y


apoyo las palmas de las manos en la parte superior. Con el pecho
subiendo y bajando rápidamente, intento luchar contra las
necesidades y anhelos que me empujan a cometer actos terribles,
pero no hay tiempo suficiente.
Al oír las fuertes pisadas en la escalera, me alejo de la mesa y me
reafirmo en mi decisión.

Andy vuelve corriendo a la habitación con una de mis muñecas


en la mano. Antes que pueda preguntar, se pone a mi lado. Me
agarra del brazo y me arrastra detrás de él.

—Tengo algo para ti —explica.

En una puerta situada en el rincón más alejado de la cocina,


deshace una cadena corredera, dos cerraduras de cerrojo y la
cerradura del pomo. La emoción aumenta la fuerza empleada para
abrir la puerta. Se estrella contra la pared, haciéndome saltar.
Luego, descendemos por un estrecho tramo de escaleras hacia la
oscuridad.

¡Corre, Dahlia! ¡No bajes ahí! grita una voz en mi cabeza. Nunca
saldrás de la oscuridad. Las palabras resuenan entre mis oídos,
haciendo que me detenga en el último escalón.

Andy me suelta el brazo y, en cuestión de segundos, una luz


blanca y brillante ahuyenta las sombras del sótano. Pero no es un
sótano, me doy cuenta, escudriñando el gran espacio abierto. Es
una sala de trabajo.

Mesas médicas, bandejas y máquinas abarrotan el espacio. Junto


con dos mesas metálicas. Una está vacía, la otra sostiene una
sábana blanca con forma de cuerpo. Un grito sube a mi garganta,
pero me lo trago.

—Iba a sorprenderte. —Su voz atrae mis ojos hacia él—. Ahora
podemos ser el equipo que estamos destinados a ser —explica.

Sus manos llegan a mi cintura, levantándome del escalón y


acercándome a su pecho.

Apretando mis manos contra sus hombros, no puedo evitar las


náuseas y mi instinto de apartarlo. Suponiendo que quiero que me
baje, que explore, me pone de pie en el suelo de cemento.

Retrocedo tres pasos, dejando mis ojos en él.

—Deja que te enseñe —dice, rozándome al pasar.


¡No!, quiero gritar y volver a subir las escaleras.

—Aquí —anuncia.

Siendo realmente retorcida y sabiendo que nada de lo que pueda


mostrarme es bueno, sigo girando la cabeza en su dirección. De pie
junto a una de las mesas metálicas, echa hacia atrás la sábana
blanca.

—Es solo para ti. —Las palabras gotean de devoción.

Luego, levanta la muñeca que ha recuperado.

Es la muñeca pelirroja de la granja. Ruby.

Al dejar de mirar el juguete y ver a la mujer pelirroja sobre la


mesa, un dolor agudo me atraviesa el pecho. El reconocimiento
recorre mis recuerdos y me precipito a su lado.

No, no, no.

Candy yace tumbada, inmóvil, con su piel clara y pecosa


totalmente expuesta hasta la pequeña franja de cabello rojo que
tiene entre las piernas. Cerrando los ojos, momentos del pasado
juegan detrás de mis párpados.

La blanca y amplia sonrisa de Candy. Candy intentando


consolarme tras el consejo de Tricia que me liara con un hombre
rico. Candy con un libro de texto en su regazo entre actuaciones,
sus gafas en la punta de la nariz y el subrayador en la mano.

¡NO!

—Estará perfecta —me dice, pasándole una mano por el cabello


revuelto.

—No la toques —grito, apartando su mano de un manotazo.

—¿Qué pasa?

La expresión de su cara me dice que no tiene ni idea.

Dejando caer la barbilla, respiro profundamente y exhalo con


fuerza. Una vez más, los deseos no se van a negar. Mirándolo por
debajo de las pestañas, enrosco el labio y le meto las dos manos en
el pecho.

Se tambalea contra la mesa vacía y el traqueteo del metal resuena


en la habitación.

Al ver la bandeja llena de instrumentos, bajo la mano y cierro el


puño en torno al primero que puedo. Girando el brazo, le paso el
filo del bisturí por el pecho.

—Para —grita, sorprendido.

Con los ojos fijos en su garganta, me preparo para mi segundo


golpe. Tan concentrada en la arteria perfecta que late bajo su piel,
que no veo su movimiento. No me doy cuenta de lo que está
haciendo, hasta que el cañón del arma me aprieta la frente.

—Detente —grita. Dejo caer los brazos a un lado y me inclino


hacia el arma.

—Por favor, hazlo —grito—. Sácame de mi puta miseria —grito,


con las lágrimas cayendo sobre mis mejillas.

—¿Por qué? —exclama él, con la devastación que le marca la piel


de los ojos.

—Por qué —imito, siguiéndolo con un bufido—. Porque no soy.


Tu. Muñeca.

Su mandíbula se flexiona y un músculo se contrae en su mejilla


izquierda.

—Estabas destinada a mí —argumenta—. ¡Te prometió a mí!

Con un desafiante levantamiento de la barbilla, alzo una ceja.

—Te olvidas que —digo—. Te quitó la muñeca como castigo —me


burlo.

—No fue mi culpa —grita.

El metal se clava en mi piel, y el dolor es una distracción


bienvenida de mi cordura que se desmorona.
—Eso no es lo que dijo papi —continúo burlándome.

—No lo llames así —grita, poniéndose de lado y enderezando el


brazo que sostiene el arma—. Odio que lo llames así —confiesa—.
Lo hiciste desde el principio —continúa—: Y podía ver la luz
perversa en sus ojos cada vez que lo hacías.

—¿Quieres ser papi? —pregunto, cambiando al modo de niña


dulce.

El hipócrita psicópata que tengo delante tiene el mismo brillo


perverso en los ojos. Levantando mi mano vacía, deslizo mis dedos
sobre su mano.

Inclinando la cabeza, pregunto:

—¿Es eso lo que quieres, papi?

Enroscando mi mano alrededor de la suya, introduzco el arma


más profundamente en mi carne.

Bajando la voz, prácticamente gruño:

—Porque no lo haré.

La ira se enciende en sus ojos y desvío la mirada, centrándome


en su cuello. Con un amplio arco, subo la aguja, mi objetivo es ese
trozo de carne vulnerable.

Me aparta el brazo, haciéndome perder el equilibrio.

—Lo he hecho todo por ti —grita, agitando la arma en mi rostro.

—Nunca pedí nada de eso —le grito—. No de él. Ni a ti. Ni siquiera


te conocía. —Se estremece ante las palabras. Levantando una ceja,
continúo burlándome—: Tú. No. Existes. Para mí.

El dolor brilla en sus ojos antes que la rabia contornee sus


rasgos. Con las fosas nasales encendidas y los labios curvados, me
apunta con la arma entre los ojos.

—Yo no haría eso si fuera tú —dice una voz de mujer apagada.

La luz se refleja en una hoja que se apoya en la garganta de Andy.


El arma se tambalea.

Ya no se centra en mí, doy dos pasos atrás y uno a la izquierda.


La sorpresa y el pánico luchan por la emoción dominante en el
momento en que su rostro aparece a la vista.

Al igual que antes, su brillante cabello oscuro está recogido en


un elegante moño sobre su cabeza. Va vestida de negro, desde el
cuello hasta los dedos de los pies.

Sus ojos se dirigen a mí, pero sigue hablando con Andy.

—Gracias. Conozco a alguien que no estaría muy contento si


hubieras hecho eso, y me temo que es más violento que tú.

—Es un delincuente —suelta Andy, sabiendo exactamente a


quién se refiere.

La Geisha asiente, moviendo sus ojos hacia él.

—Estoy de acuerdo.

—Si intenta llevársela, lo mataré —amenaza Andy.

Con un suspiro, ella vuelve a girar los ojos hacia mí.

—Eres como un imán para los sociópatas posesivos. ¿No estás


harta?

La pregunta me hace sentir una sacudida en el cuerpo. Mi mano


se tensa en torno a la aguja que aún tengo en la mano.

—Podrías acabar con todo —dice, sus palabras son una


seducción baja—. Cambiar tu propio destino.

—Yo…

—No hay padre, hermano, hermana... —Ella hace una pausa—.


O Saint —escupe su nombre como una maldición—. Que te
imponga su voluntad.

Deslizando mis ojos por su cara, por su brazo doblado, me


detengo en la hoja de acero. La expectación aumenta, sin desear
nada más que le pinche la piel. Hipnotizada por la posibilidad,
suelto la aguja de embalsamar y cierro la distancia entre nosotras.

Quitándole la arma de la mano, la apunto a él.

—Eso es —me anima. Al mismo tiempo, su hoja se retira de su


garganta—. Ahora tú mandas —dice apresurada.

—Sobre la mesa —ordeno, asintiendo con la cabeza detrás de él.

—Dahlia, somos fam…

—¡Ahora! —grito.

Cerrando la boca, salta sobre ella. Con las piernas colgando por
el lado, cruza los brazos sobre el pecho en un desafío silencioso.

—Aquí. —Su voz junto a mi oído me hace saltar, pero la jeringuilla


que me cuelga en la cara me distrae de su cercanía.

Al arrebatársela de la mano, doy dos pasos hacia mi hermano. Mi


pasado. Mi captor. La pesadilla que no me deja ser.

—Dahlia —me arrulla—. Tú y yo...

Echando la mano hacia atrás, clavo la jeringa en su muslo y


presiono el émbolo.

—NO vamos a estar juntos —termino.

El dolor y la rabia se reflejan en su cara. Agarra mi mano y sus


dedos rozan mis nudillos. La retiro y, en lugar de mi mano, saca la
aguja de su pierna.

—Qué ehvvvv... —Sus palabras se arrastran y su cuerpo se


balancea.

Con el arma, lo empujo hacia un lado, luego levanto sus piernas


sobre la mesa y lo empujo hacia la espalda.

Doy la vuelta a la mesa y miro las bandejas y las máquinas. Mis


ojos encuentran a Candy y mi paso vacila. Me tropiezo con una
pequeña mesa de instrumental. Las herramientas metálicas
tintinean cuando utilizo una mano para estabilizarla.
Todavía centrada en Candy, la rabia hierve de nuevo, mis
impulsos más oscuros recorren mi espina dorsal y bajo mi piel. La
adrenalina se siente como un subidón que me marea.

Agacho la cabeza, inhalo y fijo la mirada en los tubos de


inyección, las largas agujas y las pinzas.

Tocando cada una de ellas, cierro los ojos.

No lo hagas, me dice la voz en el fondo de mi mente. Nunca


volverás de esto.

—Supongo —interrumpe La Geisha mi lucha interna—. Que


podrías seguir jugando a la pequeña familia feliz con el hermano
más querido. —Por la forma en que su voz se transmite desde
distintas partes de la habitación, sé que se está moviendo—. O
podrías volver con tu criminal asesino para que te mantenga como
una buena mascota —se burla—. Entonces, qué pensará cuando
vea lo que le hiciste a tu propia hermana.

Dirigiendo mi cabeza en su dirección, la fulmino con la mirada.

Levantando las dos manos, con las palmas hacia fuera, me dice:

—Ya, ya, no me apuntes con tus agujas. Estoy bastante


impresionada con tu trabajo.

—No es mi trabajo —corrijo, arrebatando de la bandeja la aguja


de acero inoxidable de doce pulgadas de largo y gran calibre.

—¿Por qué negar lo que eres? —replica ella—. ¿Eh?

—No tienes ni idea de lo que soy —le informo, volviéndome de la


bandeja a mi hermano que está tumbado.

—¿Estás tan segura de eso?

—Sí —respondo, pero miro la cara de Andy.

Sus ojos están abiertos con un lento parpadeo ocasional.

—Dah… —intenta hablar.

—No eres una víctima —continúa La Geisha.


—¿Por qué sigues aquí? —le digo con brusquedad.

—Tú tampoco eres una muñeca —dice, y su voz delata su


diversión—. Aunque los vestidos te sientan bien.

—¡Qué quieres! —grito, levantando la arma y apuntando hacia


ella.

Sus mejillas se levantan, delatando su sonrisa.

—Quiero... no, no soy como los que desean poseerte, dominarte


y decirte lo que eres. Solo me gustaría —subraya la palabra—, verte
de negro.

Resoplando, suelto el arma y la pongo en la mesa junto a la


cabeza de Andy.

—Esto es bastante drástico para un reclutamiento. —No puedo


evitar la incredulidad o el sarcasmo en mis palabras.

—Tú... —La palabra perezosa de Andy llama mi atención—. Mía


—exhala.

Su cara se desdibuja, luego se transforma en mi padre, y mi


pasado se reproduce en mi cabeza. Muñecas, vestidos, castigos,
soledad, perfección, toques, caricias, lecciones...

—Solo has conocido la posesión —continúa su campaña—. Te


ofrezco libertad, verdadera independencia y familia.

Cerrar los ojos solo hace que mis recuerdos sean más vívidos.

Tomo un bisturí, lo acerco al cuello de Andy y corto la piel. Dejo


caer la hoja sobre su pecho y sondeo la abertura con mis dedos.

Utilizo el pulgar y el primer dedo para separar la carne. Con la


otra mano, llevo la aguja a la abertura. Dejando que se quede allí,
levanto los ojos hacia La Geisha. No me pierdo el destello de miedo
en los suyos y enarco una ceja.

—¿Te has pensado tu oferta? —pregunto.

Levantando la barbilla, estrecha sus ojos hacia mí.


A La Geisha no le gusta que la lean como a los demás.

Cuanto más tiempo me mira, más familiares se vuelven sus ojos.


Algo en su dura y fría mirada hace que se me ponga la piel de gallina
en los brazos.

—Claro que no —dice, levantando las cejas en señal de desafío.

Es una tonta. Los impulsos han ido demasiado lejos. Los


recuerdos son demasiado reales. Dahlia ha tomado el control.

—¿Qué tal ahora? —pregunto, empujando la aguja en la arteria


expuesta de Andy.

Hay un rápido chorro de sangre desde el lado abierto de la aguja


antes que comience un chorro más lento.

Su boca se abre en una gárgara antes que las siguientes palabras


salgan de sus labios:

—Bueno... ven... a casa... muñeca...

Mis pulmones se agarrotan. No puedo respirar. Al soltar la aguja,


sacudo la cabeza y retrocedo. Las lágrimas corren por mis mejillas
mientras un sollozo se libera. Me agarro el pecho y tiro del cuello
del vestido, y lucho por respirar.

La Geisha se adelanta, mueve la boca, pero lo único que oigo es


el sonido de mi corazón. Un golpe ensordecedor entre mis oídos.

Al abrir la boca para tomar más aire, un grito se abre paso entre
los golpes de mi cabeza. Entonces, me doy cuenta que el grito es
mío.

—Mei. —Su voz lo silencia todo—. ¿Qué le has hecho? —acusa.

—Por supuesto que la encontraste —dice La Geisha, ignorando


su pregunta.

—No gracias a ti —ladra.

Alargo la mano y me agarro a los bordes de la mesa de metal. Mis


dedos resbalan con la sangre que corre por el borde.
—¿Mei? —Su voz se suaviza—. No pasa nada —asegura.

Al levantar la vista y encontrarme con sus ojos, encuentro algo


que nunca pensé que vería. Lástima. Y en este momento, sé que es
algo que nunca quise ver allí.

—¿Está todo bien? —pregunto con disgusto.

—Lo estará. —Sus palabras son como una orden para que el
universo arregle todo lo que está roto dentro de mí, pero es
demasiado tarde para eso.

Tomando el arma de la mesa, le apunto al pecho.

—Mei —me advierte—. Baja el arma.

—Otro hombre, otra orden. —Las palabras de La Geisha flotan


en mis oídos como una seducción para las partes más oscuras de
mí.

—Me encargaré de ti muy pronto —promete Saint.

—Ella me salvó —le digo.

La mirada dura y decidida de su cara no cambia.

—Para su propio beneficio, estoy seguro —replica—. No puedes


confiar en ella, Mei.

En mi periferia, veo a Russ y Vincent bajar las escaleras del


sótano. Sacan las armas y me apuntan con ellas.

Esta vez, la voz de La Geisha llega por detrás de mí.

—Cuando no pueden controlar a sus mascotas... —


prácticamente canta—, los castigos suceden. —Termina con una
voz más áspera.

—Cierra la boca —grita Saint antes de redirigirse hacia mí—. Es


una mentirosa y un monstruo. Es solo un juego para ella, Mei.

—¡No me llamo Mei! —grito.


La cabeza de Saint se echa hacia atrás, casi como si lo hubiera
abofeteado.

—¿No ves? —grito, agarrando el arma con más fuerza—. Nunca


hubo monstruos bajo mi cama. —Una lágrima solitaria resbala por
mi rostro manchado de sangre—. No, estaban a la luz del día. Se
sentaban a la mesa, te arropaban en la cama, te llamaban hija. —
Curvando el lado derecho de mi boca, resoplo—. Te visten, te llaman
su muñeca y te hacen creer que esa mierda es normal —grito,
manteniendo la arma firme en su pecho—. Me regaló muñecas,
Saint —confieso—. Jugaba con ellas. Creía que eran juguetes, mis
juguetes, me burlaba de ellos y los hacía llorar por no jugar como
yo quería.

La comprensión se extiende por su cara, ampliando sus ojos.

—Por fin te das cuenta —exclamo—. Recuerdo todos los nombres


de mis muñecas, sus ropas, la forma en que cada una tenía un
aroma diferente, y que mis favoritas podían parpadear
—suspiro—. Incluso recuerdo cómo estaban hechas algunas de
ellas. Y donde debería sentir asco y horror, siento cariño y paz en
los recuerdos de mi infancia.

Dejando que mis ojos se desenfoquen por un momento, termino


en un susurro:

—Fui creada, igual que una de estas malditas muñecas —grito,


usando mi mano libre para señalar el cuerpo de Candy—. Y mi
creador liberó a sus monstruos hace años. —Miro al hombre que
agoniza en la mesa frente a mí—. El que fue creado para hacer su
voluntad, persuadido por la promesa de su propia muñeca
especialmente diseñada —informo, usando el cañón de la arma
para apuntar a mi pecho—. Sinceramente, creía que estaba hecha
solo para él —resoplo—. Pero no contaba con que el fabricante de
muñecas quería mantener la muñeca especial encerrada en una
habitación especial toda para él, como su primera y preciosa
muñeca.

—Tu madre —dice Saint, sin preguntar, pero confirmando.

Asiento con la cabeza.


—Me suena, Saint —me burlo—. Encerrándome, su posesión, su
muñeca.

Lentamente, me llevo la arma a la sien.

—Dahlia, no —ordena Saint, usando mi verdadero nombre. El


nombre que engloba todos los actos horribles que he hecho.

—Puedo sentirlo en lo más profundo de mi ser, arañando mis


costillas y exprimiendo el aire de mis pulmones, negándose a ser
encerrada.

Todo dentro de mí se retuerce y convulsiona, la necesidad de


sucumbir al mal se vuelve demasiado.

—Suéltala, Dahlia —exige, separando los pies y enderezándose


hasta alcanzar su máxima altura. No avanza, sino que ensancha el
pecho y estira los brazos a los lados.

Dejo caer el brazo y la arma de mi cabeza, cierro los ojos con él y


se me abre la boca de sorpresa. Se está convirtiendo en mi objetivo.

—He hecho cosas horribles —confiesa—. Y eso incluye las que te


he hecho a ti.

Frunzo el ceño en señal de confusión, y más lágrimas empiezan


a correr por mis mejillas.

—Mi obsesión por ti y todas las mentiras trajeron de nuevo esta


miseria a tu vida —dice, asumiendo la culpa de algo tan inevitable
como mi descenso al infierno.

—Esta es tu oportunidad —me insta La Geisha—. Tu libertad de


todo ello, de todos ellos.

—¡Cállate! —grito por encima de mi hombro, haciéndola callar—


. No eres mejor que ellos.

Mientras se distrae con ella, Saint da un paso hacia mí. Levanto


la arma, apuntando a su pecho.

—Para —exijo, sacudiendo la cabeza—. No lo hagas —advierto,


sabiendo que si se acerca demasiado sucumbiré a él como siempre.
Hace una pausa.

—Tu padre era el monstruo de nuestro pasado. Él. —Señala con


la cabeza a Andy—. Era el monstruo de tu presente. Pero yo soy el
monstruo de tu cama, Dahlia —explica Saint.

La verdad de las palabras me golpea como un ariete en el pecho.

—Al final, el monstruo siempre consigue lo que quiere —susurro.

—Exactamente —gruñe, abalanzándose sobre la arma que tengo


en la mano.

Antes que pueda hacerlo, aprieto el gatillo. La bala encuentra su


objetivo y lo detiene a un metro de alcanzarme. El rojo florece en el
centro de su camisa de vestir. Mirando hacia abajo, su mano se
dirige instintivamente a la herida. Vuelve a mirar a la mía, estira la
mano ensangrentada y me toma la cara.

No. No. ¡No!

—Te perdono, chica muerta —dice rodeando la sangre que se


forma en las comisuras de su boca.

Mi cabeza palpita, como si se partiera en dos, y un grito agudo


llena la habitación. Mi grito.

Un corazón roto debe ser el sonido de la muerte.

Se desploma en el suelo y la habitación estalla. Los disparos


resuenan en las paredes de cemento y un fuerte ardor comienza en
mi brazo izquierdo antes que me deje caer detrás de la mesa para
cubrirme. Cuando lo hago, capto la forma negra de La Geisha
deslizándose por una puerta en la que no había reparado.

Me arrastro bajo la mesa con Candy encima y la sigo. Una vez


atravesada la puerta, la cierro de un tirón y la bloqueo. Al girar, la
encuentro trepando por una pequeña ventana del sótano. Dos
manos la agarran por los brazos para sacarla.

Me abalanzo sobre ellas y le agarro la pierna para impedir que se


escape.
Ella da una patada y se retuerce, y su pie hace contacto con mi
mandíbula. La fuerza del golpe me hace soltarla y tropiezo con la
pared para apoyarme. En el momento en que comienzan los golpes
en la puerta, vuelvo a empujar hacia ella.

La Geisha ha desaparecido, pero una pequeña mochila negra


cuelga de la esquina.

—¡Mei! —Esta vez, es Sketch.

Entonces se oye un fuerte golpe contra la puerta. Empujando un


viejo escritorio por el suelo, espero retrasarles. Sabiendo que, si
entran aquí, estoy muerta, porque he matado a Saint.

Me duele el pecho y se me llenan los ojos de lágrimas.

La puerta empieza a ceder al siguiente golpe.

Limpiándome los ojos, empujo una silla bajo la ventana, tomo la


mochila y salgo. El marco metálico me hace daño en los dedos y me
raspa la rodilla, pero consigo liberarme. El aire frío me rodea y me
hace temblar.

El sonido de un helicóptero me atrae al doblar la esquina de la


casa. El helicóptero está a un par de metros del suelo y La Geisha
se agarra a la parte inferior y se eleva.

Agarrándose al lateral de la aeronave, se gira y me ve. Levanto su


bolsa en el aire y ella se queda quieta antes de hacer una ligera
inclinación de cabeza. Luego, se va.

Se oye un ruido en la parte delantera de la casa y corro hacia el


granero. Dentro, me precipito hacia el gran cajón abierto y vuelvo a
mirar hacia abajo. Con todo el cuerpo temblando, me meto dentro,
me meto en la paja de los embalajes y me pongo la muñeca
mariposa encima.

Pasan horas hasta que estoy segura de que se han ido. Y cuando
estoy segura, sollozo. Fuerte y libremente.
Saint
—¿Quién de ustedes le disparó? —Rechazo el dolor de mi pecho.

—Necesitas descansar —me regaña Jacob desde la silla junto a


mi cama de hospital.

—Necesito encontrarla —corrijo.

—Ella te disparó —dice Vincent.

Lo miro fijamente y aprieto la mandíbula.

—No fue él —dice Sketch, y mis ojos se dirigen a él.

—Solo intenté frenarla, inutilizarla —continúa.

—Te mataré —digo alrededor de una tos, y añado—: Después que


la encuentres.

—Bien. Haz lo que dice Jacob —concede.

Me quito la sábana blanca de encima y me levanto.

—Por el amor de Dios, Dante —exclama Jacob—. Te operaron


hace dos días para sacarte una bala del pecho; ya sabes, la que casi
te atraviesa el corazón.

—Estoy —Gimo, sentándome y lanzando las piernas sobre el


borde de la cama—. Bien consciente.

—Mete el culo en esa cama o te mataré yo mismo —amenaza


Jacob, tirando de su chaqueta hacia atrás para revelar que está
sujeto con correas.

Un inquietante silencio cae sobre la habitación.


—La probabilidad que la encuentres pronto no es grande, Dante
—explica—. ¿No escuchaste nada de lo que te dijeron sobre el
helicóptero?

—Señor —interviene Russ—. No sé a dónde más habría ido o


cómo se habría escapado sin haber estado en ese helicóptero.

Volviendo a caer en la cama, me froto una mano en la cara.

Me niego a creer que Mei haya seguido voluntariamente a esa


perra loca. Por otra parte, parecía que estaba interpretando a Mei
muy bien cuando llegué.

No me sorprende que supiera exactamente dónde encontrar a


Mei, no esperaba que estuviera en ese sótano con ella. Ahora, solo
puedo preguntarme la razón por la que estaba allí. ¿Qué tiene que
ganar?

—Ella no habría ido con La Geisha. —Cuando lo digo en voz alta,


creo que tengo razón.

—Eso no lo sabes —argumenta Sketch—. Ninguno de nosotros


esperaba encontrar esa casa... así. —Se mofa con disgusto—. No
tenemos ni idea de lo jodida que está esa chica de verdad…

Una campanada le corta, sus ojos se abren de par en par.


Metiendo la mano en su chaqueta, saca un celular y enfoca la
pantalla.

—¿Qué pasa? —le pregunto, molesto.

—Nada —dice, metiéndolo de nuevo en la chaqueta.

Vuelve a sonar y levanto una ceja.

—No tiene nada que ver con Mei —asegura.

—¿Entonces con qué tiene que ver, Maurizio?

Su frente se arruga y su boca se afina.

—Tengo un cuchillo y un sótano —advierto.

—Alguien me está investigando —dice.


Dejo de fruncir el ceño y le miro fijamente, esperando una
explicación.

—Tengo algoritmos instalados sobre mí, como tú y todo el mundo


—explica—. Me avisan antes que algo se dirija hacia nosotros. Los
aumenté, los hice más complicados después que esos policías
aparecieran inesperadamente.

Asiento con la cabeza, instándole a continuar.

—Ahora mismo, todo lo que sé, es que mi nombre se ha hecho


popular de repente —concluye.

—No importa lo que sea —empiezo, frotándome el pecho—. No te


tocará.

Haciendo una mueca de dolor agudo que se dispara desde detrás


de mi costilla hasta el hombro derecho, aprieto los ojos y los dientes.

—Eso es. —Jacob se adelanta y pulsa dos botones en mi máquina


intravenosa.

Las drogas se mueven rápidamente, volviendo la habitación


borrosa y quitando el dolor.

—Encuéntrame a La Geisha —murmuro.

Entonces, el mundo se desvanece.

Durante dos semanas me obligaron a permanecer en el hospital.


Cuando me dieron el alta, todos los miembros de nuestro sindicato
enviaron regalos de buenos deseos o los entregaron en persona. El
ático se ha convertido en una puerta giratoria de personas. Ninguna
de ellas es la que necesito.

Estoy de vuelta donde empecé. Buscando, esperando, torturado


por cada minuto que pasa.
Incapaz de dormir, me quedo en el bar del ático. El Vodka Tonic
en mi vaso no se toca, y decido beber directamente de la botella de
licor. Viendo las burbujas de la tónica flotar hacia arriba, mi mente
repite la escena.

Encontramos a su hermana en la mesa del comedor cuando


llegamos y seguimos el rastro de sangre hasta un dormitorio sacado
de una película de terror. Todas las muñecas, el rosa, los lazos, los
encajes y la sangre. Tanta sangre.

Al principio, cuando la encontré de pie entre dos cadáveres


colocados sobre mesas de metal, no estaba seguro de lo que estaba
pasando. La incertidumbre, el desconocimiento, no hizo más que
aumentar la impotencia que había sentido al verla derrumbarse
delante de mí.

Sus ojos me decían mucho, pero sin toda la información, como


que el hombre de la mesa era su hermano y que el otro cuerpo era
una chica del club de striptease, no había entendido del todo su
lucha interior. La batalla que estaba librando entre lo que cree que
es bueno y malo. Me equivoqué en toda la escena y pagué el precio
una vez más: perderla, otra vez.

Me llevo la botella transparente a los labios, inclino la cabeza


hacia atrás y bebo.

Se me eriza el vello de los brazos y se me eriza la nuca. Dejo la


botella sobre la barra, el peso de los ojos en mi espalda es casi tan
grande como el que tengo en el pecho. El aire de la habitación
cambia, cargándose de algo diferente a que Jacob o Sketch estén
en la habitación.

—¿Vas a seguir escondiéndote o vas a intentar matarme


finalmente? —pregunto.

—¿Quién se esconde? —responde con su conocida voz


apagada—. Aunque es decepcionante encontrarte respirando.

Al girarme, juro que por un momento veo a Mei de pie en las


escaleras. Parpadeando, la alta y ágil mujer se hace visible. La
Geisha está de pie en el mismo escalón en el que Mei estaba
congelada.
—La quiero de vuelta —informo, sin querer jugar a sus juegos ni
escuchar adivinanzas.

—Quieres algo —dice ella, volviendo a una pose más natural—. Y


lo que tú quieres tiene algo que yo quiero.
Sobre La Autora
Sadie Grubor es una puta de caramelos de goma Haribo y una
escritora malhablada de momentos y personajes de humor
inmaduro e inapropiado. Sí, esto es un reflejo de ella. Solo puede
esperar que la respetes por la mañana, pero en realidad no lo
espera.

En algún momento, ella puede ofenderte. Sí, se da cuenta de ello


y lo asume. Intentar cambiar eso ha resultado inútil en el pasado.
Es mejor dejar que su boca de mala calidad elimine a la gente con
clase. Todo el mundo está mejor así.

El lado más oscuro de Sadie: V Fiorello

Donde los malos se merecen el amor.

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