Di Su Nombre Francisco Goldman.
Di Su Nombre Francisco Goldman.
Di su nombre
Francisco Goldman
Traducción de Roberto Frías
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transmitida o almacenada de manera alguna sin el permiso previo del editor.
título original
Say Her Name
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Diseño
Estudio Joaquín Gallego
Formación
Quinta del Agua Ediciones
ISBN: 978-84-15601-15-9
Impreso en México
VLADIMIR: ¿Y si nos arrepintiésemos?
ESTRAGON: ¿De haber nacido?
Samuel Beckett, Esperando a Godot
«De ahora en adelante, si tienes algo que decirme, que sea por
escrito», eso me dijo por teléfono Leopoldo, el tío de Aura,
cuando me comunicó que actuaría como abogado de la madre
de Aura en el proceso en mi contra. No hemos hablado desde
entonces.
Aura
Aura y yo
Aura y su madre
Su madre y yo
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Cada vez que Aura se despedía de su madre, así fuera en el
aeropuerto de la Ciudad de México o tan sólo para salir del de-
partamento por la noche o, incluso, al separarse tras comer en
un restaurante, su madre alzaba la mano y hacía la señal de la
cruz para bendecirla mientras susurraba una breve plegaria
pidiendo a la Virgen de Guadalupe que protegiera a su hija.
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Los ajolotes son una especie de salamandra que nunca aban-
dona su estado de larva, algo así como renacuajos que nunca se
convierten en ranas. Solían abundar en los lagos que rodeaban
la antigua Ciudad de México y eran uno de los platillos favo-
ritos de los aztecas. Hasta hace poco, se decía que los ajolotes
aún vivían en los salobres canales de Xochimilco pero en rea-
lidad se encuentran casi extintos, incluso ahí. Tan sólo so-
breviven en acuarios, laboratorios y zoológicos.
Aura gustaba del cuento breve de Julio Cortázar sobre un
hombre tan fascinado por los ajolotes del Jardin des Plantes
de París que acaba por convertirse en uno. Cada día, incluso
tres veces por día, el hombre anónimo de ese cuento visita el
Jardin des Plantes para observar a los extraños animalitos apre-
tados en su acuario, ver su cuerpos translúcidos y lechosos, sus
delicadas colas de lagarto, sus caras aztecas triangulares, planas
y rosadas, las patas diminutas con dedos casi humanos, los
ramitos que brotan de sus branquias, el brillo dorado de sus
ojos, la manera en que casi no se mueven y de vez en cuando
agitan las branquias o se echan a nadar con una sola ondula-
ción del cuerpo. Parecen tan extraños que el hombre se con-
vence de que no son sólo animales sino que guardan una
misteriosa relación con él, que están confinados en silencio al
interior de sus cuerpos pero de alguna manera le suplican con
sus pulsantes ojos dorados que los salve. Un día, el hombre
está observando a los ajolotes como de costumbre, con el ros-
tro muy cerca del exterior del acuario, pero justo a la mitad de
esa oración el «yo» se encuentra ahora en el interior de la pe-
cera y observa al hombre a través del cristal. La transición
sucede tal cual. El cuento termina con el ajolote albergando la
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esperanza de haberle comunicado algo al hombre, de haber
enlazado las calladas soledades de ambos y de que la razón por
la que el hombre ya no visita el acuario sea que está en algún
lugar escribiendo un cuento sobre lo que significa ser un
ajolote.
La primera vez que Aura y yo viajamos juntos a París, unos
cinco meses después de que se mudara conmigo, ella quería ir
al Jardin des Plantes para ver a los ajolotes de Cortázar más que
cualquier otra cosa. Aura había estado en París antes, pero ha-
bía descubierto el cuento de Cortázar recientemente. Uno
hubiera pensado que la única razón por la que habíamos volado
a París era para ver a los ajolotes, aunque en realidad Aura te-
nía una entrevista en la Sorbona porque estaba considerando
dejar Columbia. Fuimos al Jardin de Plantes durante nuestra
primera tarde y pagamos para entrar a su pequeño zoológico
del siglo diecinueve. Frente a la entrada de la casa de los anfi-
bios, o vivarium, había un cartel con información en francés
sobre los anfibios y las especies en peligro de extinción, ilus-
trado con la imagen de un ajolote de branquias rojas en perfil,
mostrando la alegre cara extraterrestre y los brazos y manos
de mono albino. En el interior, los tanques formaban una fila
que bordeaba la habitación, pequeños rectángulos iluminados,
empotrados en las paredes, cada uno enmarcando un hábitat
húmedo un tanto diferente: musgo, helechos, rocas, ramas,
estanques. Fuimos tanque por tanque, leyendo las cédulas: ha-
bía varias especies de salamandras, tritones y ranas, pero nin-
gún ajolote. Recorrimos la habitación de nuevo, en caso de que
no los hubiéramos visto. Al final, Aura fue donde se encontraba
el guardia, un hombre uniformado de edad adulta, y le pregun-
tó dónde estaban los ajolotes. El hombre no sabía nada de los
ajolotes, pero algo en la expresión del rostro de Aura pareció
darle qué pensar y le pidió que aguardara un momento. Salió
de la sala y volvió un momento después acompañado de una
mujer un poco más joven que él y vestida con una bata de la-
boratorio azul. La mujer y Aura intercambiaron murmullos en
francés, así que no pude entender lo que decían, pero la mujer
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tenía una expresión animada y cordial. Cuando salimos, Aura
se detuvo un momento con cara de asombro. Luego me dijo que
la mujer recordaba a los ajolotes, que incluso llegó a decir
que los extrañaba, pero que se los habían llevado años atrás y
ahora se encontraban en el laboratorio de cierta universidad.
Aura llevaba su abrigo de lana color gris carbón y una bufanda
de lana blanca alrededor del cuello. Algunos mechones de su
liso cabello negro enmarcaban en desorden la redondez de las
mejillas suaves, enrojecidas como si las hubiera quemado
el frío, aunque en realidad no hacía mucho frío. Unas cuantas
lágrimas saladas, no un torrente, se desbordaron de sus ojos
anegados y resbalaron por sus mejillas.
«¿Quién llora por algo así?», recuerdo haber pensado.
Besé las lágrimas y respiré ese calor salobre de Aura. Fuera lo
que fuera aquello que tanto le afectó por la ausencia de los ajo-
lotes, parecía parte del mismo misterio que el ajolote espera
que el hombre revele, hacia el final del cuento de Cortázar, al
escribir un cuento. Siempre tuve deseos de saber qué se sentía
ser Aura.
Où sont les axolotls?, escribió en su cuaderno. ¿Dónde
están?
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Aura se mudó a mi departamento de Brooklyn cerca de seis se-
manas después de llegar a Nueva York proveniente de la Ciudad
de México, armada de múltiples becas, incluyendo una beca
Fullbright y una del gobierno mexicano, para comenzar sus es-
tudios de doctorado en literatura hispánica en la Universidad
de Columbia. Vivimos casi cuatro años juntos. Aura compartía
el alojamiento universitario de Columbia con una estudiante
extranjera, una botánica coreana altamente especializada en
cierta área. Estuve en el departamento tan sólo dos o tres veces
antes de mudar las cosas de Aura al mío. Aquel era un depar-
tamento de los que aquí llamamos «de ferrocarril», con un
pasillo angosto y largo, dos habitaciones y una sala al frente.
Un departamento de estudiante repleto de objetos de estudian-
te: su librero de ikea, un juego de ollas, sartenes y utensilios
antiadherentes de tono carbón, una silla roja rellena de cuen-
tas, un estéreo, una pequeña caja de herramientas (también
de ikea y aún sellada con su envoltura de plástico transparen-
te). Su colchón estaba en el piso y sobre él había una montaña
de ropa. El departamento me hizo sentir de lo más nostálgico
por los días universitarios, por la juventud. Moría de ganas por
hacerle el amor ahí mismo, en el suntuoso desbarajuste de esa
cama, pero Aura se ponía nerviosa porque su compañera podía
entrar en cualquier momento, así que no lo hicimos.
La saqué de ese departamento, dejando a su compañera,
con la que Aura se llevaba bien, a su aire. Pero poco más de un
mes después, cuando estuvo segura de que iba a quedarse con-
migo, Aura encontró a otra universitaria que se hiciera cargo
de su parte del alquiler, una chica rusa. Parecía la clase de per-
sona que agradaría a la chica coreana.
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Ahí en la Avenida Amsterdam y la calle 119, Aura vivía a la
orilla del campus. En Brooklyn tenía que viajar en metro
y hacer al menos una hora por trayecto para ir a Columbia, y
solía ir casi todos los días. Podía tomar el tren F, transbordar
en la calle 14 y abrirse camino a través de un laberinto de es-
caleras y largos túneles, que en invierno estaban helados y te-
nían un aspecto lúgubre, para llegar a los trenes expresos 2 y
3, y cambiar al tren local en la calle 96. O bien, podía caminar
veinticinco minutos desde nuestro departamento hasta la es-
tación Borough Hall y tomar el 2 o el 3 ahí. Al final se decidió
por la segunda opción y eso fue lo que hizo casi todos los días.
En invierno el frío podía ser brutal durante esa caminata, sobre
todo con los delgados abrigos de lana que le gustaba ponerse,
hasta que por fin la convencí de permitirme comprarle uno de
esos abrigos completos (con todo y capucha) de North Face, y
envolverla de la cabeza a un poco más abajo de la rodilla en
nylon azul, inflado por las plumas de ganso.
–No, mi amor, no te hace ver gorda, o no sólo a ti, todo el
mundo parece una bolsa de dormir ambulante con uno de esos
y, además, ¿a quién le importa? ¿No es mejor estar cómoda y
calientita?
Cuando usaba ese abrigo con la capucha puesta y el cuello
cerrado por debajo de la barbilla, en combinación con sus bri-
llantes ojos negros, parecía una niña iroqués que da vueltas
enfundada en su propia papoose. 1 Casi nunca salía al frío
sin él.
Otra complicación del largo viaje era que se perdía a me-
nudo. Por estar ausente, perdía su estación o tomaba el tren en
la dirección incorrecta y, enfrascada en su lectura, en sus pen-
samientos o en su iPod, no se percataba hasta encontrarse en la
profundidad de Brooklyn. Entonces llamaba desde un teléfono
público, en alguna estación de la que yo nunca había oído.
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–Hola, mi amor, bueno, estoy en la estación Beverly Road,
me equivoque de dirección otra vez.
Utilizaba a propósito un tono de voz casual: aquello no era
nada, tan sólo se trataba de otra neoyorkina cargada de com-
promisos lidiando con un dilema rutinario de la vida urbana,
pero de todos modos sonaba un poco derrotada. No le gustaba
que la molestara por tomar el metro en la dirección incorrecta
o por perderse caminando en nuestro propio barrio, pero es
que a veces no lo podía evitar.
Desde el primer día de Aura en nuestro departamento de
Brooklyn hasta casi el último, la acompañé a la estación de me-
tro cada mañana, excepto en esos días cuando conducía su bi-
cicleta hasta Borough Hall y la dejaba encadenada ahí (aunque
esa rutina no duró mucho porque los borrachos y drogadictos
sin techo que vivían en el centro de Brooklyn le robaban a me-
nudo el asiento), o cuando llovía o cuando ya iba tan tarde que
debía tomar un taxi para llegar a Borough Hall, o en las raras
ocasiones en que salía disparada por la puerta como un pequeño
tornado furioso, pues se hacía tarde, y yo estaba todavía atora-
do en el baño y le gritaba que esperara, o en las dos o tres veces
que estaba tan molesta conmigo por esto o aquello que de nin-
guna manera quería que la acompañara.
En general la acompañaba hasta la estación del tren F,
sobre Bergen, o a la estación de Borough Hall, aunque al final
acordamos que si se dirigía a Borough Hall yo llegaría hasta
el deli del tipo francés que había en Verandah Place, pues tenía
trabajo pendiente y no podía perder casi una hora diaria en ir
y volver de la estación, aunque ella trataba de incitarme para
llegar más lejos, hasta la avenida Atlantic o, a pesar de todo,
hasta Borough Hall o incluso hasta Columbia. En esos casos,
pasaba el día entero en la Butler Library (unos semestres antes
había impartido un taller de escritura en Columbia y aún tenía
mi credencial) leyendo o escribiendo o tratando de escribir en
un cuaderno, o me sentaba frente a una de las computadoras
para revisar mi correo electrónico o pasar el tiempo leyendo
los periódicos en línea, empezando, por costumbre, con la
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sección de deportes del Boston Globe, pues crecí en Boston.
Normalmente, almorzábamos en Ollie’s, luego íbamos a Kim’s
para despilfarrar el dinero en dvds y cds o echábamos un vis-
tazo en Labyrinth Books y salíamos cargados de pesadas bolsas
con libros para cuya lectura ninguno de los dos tenía tiempo
de sobra. A veces, los días en que no me había convencido para
que la acompañara a Columbia por la mañana, llamaba por te-
léfono y me pedía que fuera hasta allá tan sólo para almorzar
con ella, y a menudo iba.
–Francisco, no me casé para tener que almorzar sola. No
me casé para pasar el tiempo sola –solía decir Aura.
Durante esas caminatas matutinas hacia el metro, Aura era
la que hablaba más, o la única que hablaba; hablaba de sus cla-
ses, de sus profesores, de otros estudiantes, de una nueva idea
para un cuento o una novela o sobre su madre. Incluso cuando
era particularmente neuras2 y repasaba sus angustias de cos-
tumbre, yo intentaba formular nuevas palabras de aliento o
refrasear o repetir otras previas. Me gustaba, en particular,
cuando tenía ánimos para detenerse cada pocos pasos y besar
o mordisquear mis labios como una cachorra de tigre, el gesto
de sonrisa silenciosa que hacía después de mi ¡auch! y la ma-
nera en que se quejaba, «¿Ya no me quieres, verdad?», si no le
tomaba la mano o pasaba mi brazo sobre sus hombros en el
momento en que ella lo deseaba. Me gustaba mucho nuestro
ritual, excepto cuando en realidad no me gustaba, cuando me
llenaba de preocupación: ¿Cómo me las voy a arreglar para es-
cribir otro maldito libro con esta mujer que me hace acompa-
ñarla a la estación del metro cada mañana y que me engatusa
para ir a Columbia y almorzar con ella?
Todavía imagino con frecuencia que Aura camina junto a
mí por la calle. A veces imagino que le tomo la mano, y camino
con el brazo un poco apartado del cuerpo. A nadie le sorprende
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ya ver gente que habla consigo misma por las calles, pues se
da por sentado que hablan con algún aparato que tiene Blue-
tooth. Pero la gente sí te mira cuando advierten que tienes los
ojos enrojecidos y húmedos, y los labios torcidos por una mue-
ca de sollozo. Me pregunto qué creen estar viendo y qué motivo
imaginan para el llanto. A simple vista, una ventana se ha
abierto de forma breve y alarmante.
Un día de ese primer otoño en Brooklyn tras la muerte de
Aura, en la esquina de Smith y Union, vi a una anciana en la
acera contraria que esperaba para cruzar la calle. Era una an-
ciana del barrio, de aspecto común, con el cabello blanco y
bien peinado. Estaba un poco jorobada y la expresión de su
pálido rostro era dulce y blanda, como si disfrutara la luz del
sol y el clima de octubre mientras esperaba con paciencia a que
cambiara la luz del semáforo. La idea fue como una bomba
silenciosa: Aura nunca llegaría a saber lo que significa ser vie-
ja, nunca llegaría a ver su larga vida en retrospectiva. Con eso
tuve para pensar en la injusticia del hecho y en la adorable y
exitosa anciana que, con toda seguridad, Aura estaba destinada
a ser.
Destinada. ¿Había sido mi destino entrar en la vida de Aura
cuando lo hice o me metí donde no debía y torcí su camino
predestinado? ¿Se suponía que Aura debía casarse con alguien
más, quizá con otro estudiante de Columbia, quizá con ese chi-
co que estudiaba a unos cuantos sitios de distancia en la Butler
Library o con aquel de la Hungarian Pastry Shop que no podía
dejar de mirarla tímidamente? ¿Cómo decir con exactitud que
cualquier cosa que no fuera lo que pasó estaba escrita? ¿Dónde
quedan la voluntad de Aura y la responsabilidad ante sus de-
cisiones? Cuando el semáforo se puso en verde y crucé la calle,
¿advirtió la anciana la expresión de mi rostro al pasar junto a
mí? No lo sé, yo tenía puesta la mirada borrosa en el pavimento
y tan sólo quería volver a nuestra casa. Ahí Aura se hacía más
presente que en cualquier otro lado.
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El departamento, que para entonces había rentado por ocho
años, era el área del salón principal en una casa brownstone de
cuatro pisos. Cuando los Rizzitano, la familia que aún poseía el
edificio, vivían ahí y ocupaban los cuatro pisos, el salón prin-
cipal era la sala, pero ahora era nuestro dormitorio. Los techos
eran tan altos que para cambiar una bombilla de la lámpara
colgante tenía que trepar en una escalera de metro y medio,
pararme de puntas en su desvencijado pináculo y estirarme lo
más posible, y aún así acababa arqueado hacia atrás, agitando
los brazos para no perder el equilibrio. Aura, observando des-
de el rincón donde se hallaba su escritorio, decía:
–Pareces un pájaro amateur.
Por el borde superior de los muros blancos corría una mol-
dura de yeso también encalada, se componía de una hilera de
rosas neoclásicas repetidas y, debajo de ésta, otra hilera, más
gruesa, de hojas curvas. Dos altas ventanas, encortinadas y con
profundos antepechos, daban a la calle. Alzándose de piso a
techo entre ambas ventanas, como una chimenea, estaba el de-
talle más chillón del departamento: un inmenso espejo con un
marco barroco de madera dorada. Ahora el vestido nupcial de
Aura cubría parcialmente el espejo, su gancho colgaba de un
cordel que yo había atado a un par de arabescos dorados del
espejo, en cada extremo superior. Sobre la repisa de mármol
que había al pie del espejo, podía verse un altar formado con
algunas de las pertenencias de Aura.
Cuando volví de México esa primera vez, seis semanas des-
pués de la muerte de Aura, Valentina, que estudió con ella en
Columbia, y Adele Ramírez, amiga de ambas que venía de Méxi-
co para visitar a Valentina, vinieron a recogerme al aeropuerto
de Newark en la camioneta bmw del esposo de Valentina, un
banquero de inversiones. Yo llevaba cinco maletas: dos mías y
tres repletas con las cosas de Aura, no sólo su ropa (me negué
a tirar o regalar casi todo lo suyo) sino también algunas de sus
fotos y libros, y una pequeña porción de los diarios, los cua-
dernos y los papeles sueltos de toda su vida. En cambio, si ese
día me hubieran recogido en el aeropuerto mis amigos hom-
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bres para ir luego al departamento, seguro que todo habría sido
muy diferente. Quizá hubiéramos echado un vistazo de incre-
dulidad a nuestro alrededor y luego habríamos dicho «vámonos
a un bar». Pero apenas había terminado de meter las maletas
en casa cuando Valentina y Adele comenzaron a elaborar el
altar. Se lanzaron por todo el departamento como si supieran
mejor que yo donde se encontraba cada cosa, eligiendo y tra-
yendo consigo diversos tesoros, y pidiéndome de vez en cuan-
do mi opinión o mis sugerencias. Adele, que es artista visual,
se agachó frente a la repisa de mármol que había al pie del
espejo y dio arreglo a: el sombrero de mezclilla, con una flor
de tela cosida a un costado, que Aura había comprado durante
nuestro viaje a Hong Kong; la bolsa de lona verde que había
traído a la playa aquel último día, con todo lo que contenía tal
y como ella lo había dejado: su cartera, sus gafas de sol y
los dos delgados volúmenes que estaba leyendo (uno de Bruno
Schulz y otro de Silvina Ocampo); su cepillo, con largos ca-
bellos negros enredados en las cerdas; el tubo de cartón de
palillos chinos que compró en el centro comercial cercano a
nuestro departamento de la Ciudad de México y que luego llevó
al T.G.I. Fridays, donde nos sentamos a beber tequila y a jugar
con los palillos dos semanas antes de que muriera; un ejemplar
de la Boston Review, donde su último ensayo publicado en in-
glés había aparecido a principios de ese verano final; su par
favorito (y único) de zapatos Marc Jacobs; su pequeña ánfora
color turquesa; otras chucherías, souvenirs y adornos; fotogra-
fías; velas y, erguidas y vacías al pie del altar, sus botas mod de
brillante hule, a rayas blancas y negras, con las suelas de en-
cendido color rosa.
–¡Ya sé! –anunció Valentina, de pie frente al imponente
espejo–. ¿Dónde está el vestido de novia de Aura?
Fui a sacar el vestido del armario y traje conmigo la es-
calera.
Era el tipo de cosas de las que Aura y yo solíamos burlarnos:
un folclórico altar mexicano en un departamento de estudiante
como manifestación de una política identitaria cursi. Pero en
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ese momento parecía lo correcto, así que durante el primer
año tras la muerte de Aura, y aún tiempo después, el vestido se
quedó ahí. Con frecuencia compraba flores para el jarrón que
había en el piso y encendía velas, además de comprar otras
para reemplazar a las que se habían consumido.
El vestido de novia fue confeccionado para Aura por una
diseñadora mexicana que tenía una boutique en la calle Smith.
Habíamos entablado amistad con la dueña de la tienda, Zoila,
que venía de Mexicali. En su negocio solíamos hablar del pues-
to de tacos auténticos que algún día íbamos a abrir para hacer
dinero a partir de las hordas de jóvenes borrachos y hambrien-
tos que todas las noches salían de los bares de la calle Smith.
Los tres fingíamos tener un serio interés en unirnos a esta pro-
misoria empresa. Luego Aura descubrió que en el sitio web Daily
Candy recomendaban los vestidos de novia de Zoila, confec-
cionados por encargo, como una alternativa a los de Vera Wang.
Aura visitó el estudio de Zoila, un loft en el centro de Brooklyn,
para hacer tres o cuatro pruebas, y de cada una volvía a casa
más ansiosa. Al principio estaba decepcionada porque, tras
recoger la versión final del vestido, lo encontró más simple de
lo que había imaginado y no muy distinto a algunos de los ves-
tidos comunes que Zoila vendía en su tienda por una cuarta
parte del precio. Era una versión casi minimalista de un vestido
de campesina mexicana. Estaba hecho de fino algodón blanco,
con unos sencillos adornos de seda y encaje bordados, y se iba
ensanchando hacia la base, donde abundaban los volantes.
Pero al final Aura decidió que le gustaba. Quizá el vestido
sólo requería estar en el hábitat adecuado, ese entorno cercano
al desierto, en el pueblo y santuario católico de Atotonilco, en-
tre la vieja iglesia de una misión, los cactus, los matorrales y el
oasis de tierras verdes de una hacienda restaurada que había-
mos alquilado para la boda, bajo la inmensidad del cielo mexi-
cano, azul intenso y luego amarillo grisáceo, y de los turbulentos
rebaños de nubes que lo recorrían de un extremo a otro. Quizá
ahí radicaba la genialidad del diseño de Zoila para el vestido
de Aura: era una especie de vestido liofilizado, en apariencia
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tan simple como el papel higiénico, que se llenaba de vida con
el aire cargado y ligero del altiplano central de México. Era el
vestido perfecto para una boda campirana en México ha-
cia mediados de agosto y, después de todo, el vestido de novia
soñado por toda niña. El vestido se veía un poco amarillento y
los tirantes de los hombros un poco más oscuros por la salada
transpiración. Una de las cintas de encaje que recorrían el ves-
tido más abajo, por encima del punto en el que se ensanchaba,
se había desprendido parcialmente del resto de la tela, la ras-
gadura parecía hecha por una bala. El dobladillo estaba deco-
lorado y roto de tanto que lo habían arrastrado por el lodo,
habían bailado sobre él o lo habían pisado durante la larga no-
che hacia el amanecer de nuestra boda, cuando Aura se quitó
los zapatos de novia y se calzó unos de baile que compramos en
una tienda para bodas, en la Ciudad de México. Eran un cruce
entre los zapatos blancos de enfermera y los tenis de platafor-
ma tipo disco de los años setenta. Ese vestido de novia era una
reliquia delicada. Por las noches, recortado contra la ilusión
de profundidad que da el espejo y el brillo de las velas y las
lámparas, y rodeado por el marco barroco como si fuera una
corona de oro, el vestido parecía flotar.
***
25
Así que ¿cómo podía hacer su trabajo ahora, de esa ma-
nera que siempre había agradado a Aura, si no podía parar de
llorar?, me preguntaba Flor, suplicante. Luego se llevaba la
tristeza y las lágrimas a casa, con sus niños, me explicó más
tarde, cuando llamó por teléfono, y eso no estaba bien, no,
señor, no podía seguir haciéndolo, así que lo sentía mucho pero
tenía que renunciar. No me tomé la molestia de buscar a otra
señora del aseo. Supongo que pensé que Flor se sentiría mal
por mí y volvería. Al final, intenté llamarla por teléfono para
suplicarle que regresara y un mensaje grabado me indicó que
el número estaba fuera de servicio. Luego, aunque parezca in-
creíble, meses después de que renunciara, se arrepintió y lla-
mó, dejando su nuevo número telefónico en la contestadora,
por lo visto se había mudado. Pero, cuando devolví la llamada,
el número era incorrecto. En todo caso, era probable que yo lo
hubiera escrito mal, soy un poco disléxico.
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habían recibido agua en casi tres meses. Hundí el dedo en la
tierra de una de las macetas y la encontré húmeda.
Entonces recordé que le había dejado una llave al vecino
de arriba y le había pedido que regara las plantas de Aura mien-
tras yo me encontraba fuera. Tan sólo tenía la intención de via-
jar a México por el primer aniversario de su muerte y quedarme
un mes, pero me quedé tres meses, y ellos regaron las plantas
durante todo ese tiempo. Limpiaron también las rosas mar-
chitas, que debieron comenzar a pudrirse y a oler mal. Y reco-
lectaron mi correo y lo echaron en una bolsa de plástico que
pusieron a un lado del sofá, justo después de cruzar la puerta
del departamento.
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En la playa, sacamos a Aura del agua, yo y algunos de los bañis-
tas que me vieron o que escucharon mis gritos de ayuda, y la
tendimos en la pendiente, casi una zanja, que las olas habían
hecho, luego la levantamos de nuevo y la cargamos hasta un
lugar plano, donde la pusimos sobre la arena caliente. Mien-
tras se esforzaba por tomar aire, cerrando y abriendo la boca,
susurrando tan sólo la palabra «aire» cuando necesitaba que
presionara de nuevo mis labios contra los suyos, Aura dijo al-
go que en realidad no recuerdo haber oído, así como tampoco
recuerdo mucho de lo que sucedió. Pero su prima Fabiola sí la
escuchó, antes de correr en busca de una ambulancia, y más
tarde me lo dijo. Lo que Aura había dicho, una de las últimas
cosas que me dijo, fue: «Quiéreme mucho, mi amor».
«No quiero morir». Quizá ésa fue la última frase que pronun-
ció entera, quizá sus últimas palabras.
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¿Sonó eso como si tratara de exculparme? ¿Es éste el tipo de
comentario que debería prohibirme hacer? Claro, la súplica y
la invocación de amor de Aura encajarían bien con los senti-
mientos y las simpatías de cualquier jurado, pero no estoy en
un tribunal. Necesito plantarme desnudo ante los hechos; no
hay manera de engañar al jurado que tengo frente a mí. Todo
importa y todo cuenta como evidencia.
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dos
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centros sociales italianos para hombres se habían convertido
en bares de cocteles para hipsters. En cada calle, las browns-
tones que alguna vez se habían transformado en departamen-
tos eran reconvertidas en casas unifamiliares. A unas cuantas
cuadras de distancia, al otro lado de la bqe,1 está el barrio de
Red Hook que es puerto y bahía, de noche suenan desde ahí las
sirenas de los barcos. A Aura le encantaba eso. Haciendo en la
cama una ligera torsión de nadadora, se acurrucaba más con-
tra mí y se quedaba quieta, como si las tristes y largas ráfagas
estuvieran a punto de pasar flotando por encima de nosotros,
como mantarrayas en la oscuridad.
Éste era el estudio de yoga de Aura. Éste es el spa al que
iba por un masaje cuando se sentía estresada. Ésta es su tienda
de ropa favorita y ahí está su segunda tienda favorita. Ahí nues-
tra tienda de peces. Aquí es donde compró esos anteojos tan
cool con cristales de color amarillo. Ése es el lugar donde íba-
mos por hamburguesas y unas copas ya tarde por la noche, ése
el lugar donde íbamos por el brunch y aquél «el-restaurante-
en-el-que-siempre-peleamos». Caminar por estas calles es
ahora eso: nombrar en silencio cada una de las paradas. En el
barrio abundan las pizzerías italianas y los sitios con su propio
horno de piedra, además de un antiséptico y pequeño Domino’s
Pizza en la esquina de Smith y Bergen, a la salida del metro,
cuyos clientes son en su mayoría vecinos de los conjuntos ha-
bitacionales de la calle Hoyt y adolescentes negros y latinos de
una preparatoria cercana. Una noche, volvíamos a casa ya tarde,
después de tomar unas copas con amigos cuando, sin adver-
tirlo, Aura se precipitó por las puertas de cristal del Domino’s
y se plantó frente al mostrador no más de un minuto, lo juro,
antes de volver con la caja de una pizza gigante en las manos
y su cara de mira-lo-que-acabo-de-ganarme. Todas las pizze-
rías elegantes estaban cerradas a esa hora, pero apuesto a que
en ese momento ninguna hubiera podido satisfacer el impulso
de hambre de Aura como Domino’s. Cada noche, en el lugar
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de la Ciudad de México donde ella creció, entre los complejos
residenciales del sur de la ciudad, un ejército de repartidores
con casco y motocicleta, cientos y cientos, zumbaban dispara-
dos como abejas por las congestionadas calles y avenidas, lle-
vando las pizzas a toda velocidad hasta los departamentos y las
familias de madres trabajadoras y solteras como la de Aura. Y
ahora no hay ocasión en que pase frente a ese Domino’s sin
verla cruzar el umbral con la pizza y aquella sonrisa.
La largamente difunta iglesia católica de color lodo que
había en la acera contraria a nuestro departamento se estaba
convirtiendo en un edificio de departamentos (los desarrolla-
dores eran judíos ortodoxos y los trabajadores eran mexi-
canos). Aura se habría alegrado por el nuevo Trader Joe’s que
abrieron en Atlantic y Court. La taquería que íbamos a abrir
con Zoila en la calle Smith se inauguró, pero la boutique cerró
el año pasado y todavía no sé adónde se fue Zoila. A la vuelta
de la esquina está el asqueroso pero popular café con Wi-Fi en
el que a Aura le gustaba estudiar y trabajar cuando no se en-
contraba en Columbia. Le era más fácil concentrarse ahí que
en casa. No estaba yo para molestarla, pidiéndole atención o
sexo, o tecleando ruidosamente en la habitación de al lado, no
había llamadas de su madre desde México. Entraba al café y
la veía sentada en una de las mesas cercanas a la pared de la-
drillos, había un bagel a medio comer sobre su bolsa de papel
encerado y una taza de café. Llevaba el cabello echado hacia
atrás con un pasador o una banda roja o amarrado para que no
le cayera sobre el rostro cuando se inclinaba sobre su laptop.
Tenía puestos los audífonos, y hacía ese gesto de determina-
ción y enfrascamiento mientras se mordía el labio inferior. Yo
me quedaba observándola o fingía que aún no la había visto y
esperaba que ella levantara la mirada y me descubriera. Yo
también solía venir a este café para trabajar, a ella no le im-
portaba. Solíamos compartir una mesa, almorzar, o partir un
bagel o una galleta. Ahora sólo vengo en las mañanas y pido
un café para llevar. Mientras espero en la fila inevitable,
observo las hileras de mesas, la larga banca azul pegada a la
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pared y a todos esos desconocidos, sentados ahí con sus
computadoras.
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A excepción de la mesa en la que escribía, en una esquina de
la habitación de en medio, la que estaba entre la cocina y el
salón en el que dormíamos, y de algunos libreros viejos, Aura
y yo nos habíamos librado lentamente, reemplazándolos, de
todos los muebles de mis desaliñados tiempos de soltero. A
Aura le frustraba que no nos hubiéramos mudado a un nuevo
departamento, libre de restos y recordatorios de mi pasado
sin ella, un lugar que pudiera hacer nuestro por completo, aún
cuando había transformado en su totalidad el que teníamos. A
veces llegaba a casa y me la encontraba empujando incluso los
muebles más pesados por todo el lugar, cambiando la apretada
distribución de una manera que jamás se me había ocurrido o
que parecía imposible, como si el departamento fuera una es-
pecie de complejo rompecabezas que sólo pudiera resolverse
moviendo los muebles y con el que ella se había obsesionado,
o que quizá jamás podría tener solución, aunque siempre se las
arreglaba para que el departamento luciera mejor.
El último mueble que compramos, en una tienda de se-
gunda mano que quedaba a cinco cuadras de distancia, era una
mesa de cocina de los años cincuenta. Tenía una superficie in-
crustada de formica con patrones en azul cerúleo y blanco per-
la, alegre como un dibujo infantil del cielo con sol y nubes.
También en la cocina, había una alacena pintada de verde os-
curo que habíamos comprado en una tienda de antigüedades
en un pequeño pueblo de los Catskills, durante una visita a
Valentina y Jim en su casa de campo. Dos meses después de
que la compramos, la exasperada dueña de la tienda nos llamó
(no era su primera llamada) para decirnos que si no íbamos
por la alacena la pondría de nuevo a la venta sin devolver-
nos el dinero. Y no había sido una ganga. Se podían hallar ala-
cenas de granja como ésa, al mismo precio, en las tiendas de
antigüedades de nuestro barrio y de la avenida Atlantic. Pero
alquilamos una suv en Brooklyn para ir a recoger la nuestra y
pasamos el fin de semana en una especie de pabellón de caza
italoamericano. Había un jacuzzi de plexiglás con brillantes
agregados de latón y una chimenea artificial de gas en nuestra
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cabaña, donde nos refugiamos armados de libros, vino y un
partido de futbol en la tele, sin sonido. Nos desternillamos de
risa cuando tratamos de coger en el ridículo jacuzzi y, si tenía-
mos hambre, íbamos al restaurante (decorado con fotos auto-
grafiadas de los Yankees de Nueva York acumuladas por varias
generaciones) para rebuscar en el perpetuo buffet «coma-
todo-lo-que-quiera» y hallar el espagueti con albóndigas
gigantes, la lasaña de salchicha y otros platillos similares. Al
final, esa alacena nos acabó costando cuatro veces lo que hu-
biéramos pagado por ella en una tienda de Brooklyn.
Junto con la alacena, había en nuestra cocina el resto de
cosas culinarias (los utensilios, las ollas y los sartenes) que
seguían intactas desde la última vez que Aura las manipuló. Su
tostador de Hello Kitty que marcaba el logo de Hello Kitty en
cada pieza de pan. Todavía usaba ese tostador, me alegraba por
la ñoñería femenina de Aura cada vez que untaba de mante-
quilla el rostro de Kitty. La máquina de helados Cuisinart que
Aura compró tan sólo para poder hacer helado de dulce de leche
para su fiesta cuando cumplió treinta años. El cilindro metáli-
co para congelar de la máquina aún se encontraba en el conge-
lador. La larga mesa de comedor de abc Carpet & Home que
compramos con dinero del regalo de boda, y que con sus exten-
siones a cada extremo dio cabida para que más de veinte amigos
que vinieron a esa fiesta se sentaran apretados a su alrededor.
Hicimos cochinita pibil, rajas con crema y arroz verde. Valen-
tina llegó temprano y preparó en nuestra cocina sus albóndigas
con chipotle. Y hubo un pastel de cumpleaños de magnífica
estridencia comprado en una pastelería mexicana de Sunset
Park (el betún era blanco, naranja y rosa, y estaba coronado
por un anillo de rebanadas de fruta glaseada), servido con el
helado de Aura. Su regalo de cumpleaños fueron dos largas
bancas para la mesa. Quería que hiciéramos muchas cenas.
No es verdad que para ser feliz en Nueva York tienes que
ser rico. No digo que otros veinte o treinta o cincuenta mil
dólares al año no hubieran mejorado nuestra situación y no nos
hubieran hecho un poco más felices, pero pocas de las personas
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que nos conocían a Aura y a mí antes de que nos juntáramos ha-
brían dicho que teníamos talento para la vida doméstica.
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Las plantas que Aura tenía en la escalera de incendios habían
muerto desde el invierno pasado y ya sólo eran macetas de plás-
tico y de arcilla llenas de tierra, gravilla, tallos grises y hojas
arrugadas, pero su silla plegable de plástico aún está allá afue-
ra, azotada por la suciedad del clima urbano pero intocada por
ningún humano desde la última vez que Aura se sentó en ella, al
igual que el cenicero de cristal que estaba al pie de las escaleras,
lavado por las lluvias de más de un año. A veces las ardillas salta-
ban desde el barandal de la escalera de incendios hasta el asiento
y bebían el agua de lluvia o la nieve derretida que hacía un charco
en su pequeña concavidad. Cuando el clima era bueno, Aura gus-
taba de sentarse ahí afuera, en esa pequeña jaula oxidada, con los
pies recargados en las escaleras que llevaban al piso de arriba,
rodeada de sus plantas, y leía, escribía en su laptop, fumaba un
poco. No era una fumadora empedernida. Algunos días fumaba
unos cuantos cigarrillos, otros ninguno. A veces fumaba mota.
En general, cuando alguien de la escuela le daba un poco. Toda-
vía tenía su última bolsa de mota, casi vacía, en el cajón de nues-
tra alacena verde. Para Aura era como si la escalera de incendios
no fuera menos jardín que el jardín trasero real de nuestro vecino
de abajo, sobre el que se sentaba suspendida. Yo la molestaba
diciéndole que era como Kramer, el personaje de la serie tele-
visiva Seinfeld, que hacía cosas como ésa, celebrar el cuatro de
julio poniendo una silla de jardín frente a la puerta de su depar-
tamento, fingiendo que el pasillo era un jardín de los suburbios,
y sentándose ahí con una cerveza, un habano y un hot dog.
Una mañana me encontré de pie en la cocina, mirando la
silla de la escalera de incendios a través de la ventana de la co-
cina, como nunca la había mirado antes. Fue cuando se me
ocurrió nombrarla La silla de viaje de Aura. La imaginé des-
cendiendo lentamente por un largo ducto de translucida luz
amarilla-rosada en posición sedente, con un libro abierto en-
tre las manos y cayendo suavemente en la silla, de regreso de
su viaje largo y misterioso. Aura mira por encima de su libro,
advierte que la observo por la ventana de la cocina y dice, como
siempre, con su voz alegre y ronca:
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–Hola, mi amor.
–Hola, mi amor. Pero, ¿adónde te fuiste? ¿Por qué tar-
daste tanto? ¡Sé que no te casaste nada más para irte así y de-
jarme aquí solo!
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–No tiene sentido –dije– llevar el edredón a México y
traerlo de vuelta con nosotros en septiembre. Mira, ocupa casi
toda la maleta. ¿No tenemos un bonito edredón en la cama de
México?
–Pero éste es tan hermoso –insistió Aura–. Y apenas lo
compramos, ¿por qué habrá de disfrutarlo el subarrendatario
antes que nosotros? Quizá deberíamos dejar el edredón en
México, al menos ese departamento sí es nuestro.
En realidad era de su madre. Lo compró para Aura antes
aún de que me conociera, aunque nosotros nos habíamos he-
cho cargo de los pagos de la hipoteca.
–No tenemos que dejar el edredón al alcance del subarren-
datario –argüí–, puedes guardarlo en el clóset y lo estrenamos
en el otoño, cuando volvamos. Imagina cuánto extrañaríamos el
edredón en el invierno si lo dejamos en México.
Sin decir nada más, Aura tiró del edredón, sacándolo de la
maleta, y lo llevó al clóset. Luego volvió a la habitación y siguió
empacando en medio de un silencio de piedra. Durante los
siguientes minutos, me odió. Era su peor enemigo. Tuve que
morderme el interior de la mejilla para no soltar la carcajada.
Después de la muerte de Aura, Valentina me dijo que en
realidad el edredón no había costado ciento cincuenta dólares
sino seiscientos. Aura había temido decírmelo. Pero yo sabía
que no había sido sólo por el dinero. No quería que yo pensara
en ella como «ese tipo de mujer» capaz de dilapidar tanto
dinero en un edredón (aunque yo sabía que sí lo era), de la
misma manera que se molestaba cuando yo advertía que en su
laptop estaba leyendo detenidamente sitios de internet sobre
chismes de los famosos o sobre moda al mismo tiempo que
leíamos o trabajábamos en la cama antes de dormir. Se sentaba
con la computadora equilibrada sobre las rodillas, la pantalla
girada fuera de mi vista, y emitía rachas de tecleo en staccato,
saltando de una ventana a otra. No me molestaba que le gusta-
ran los sitios de internet sobre moda y celebridades. Pero eso
es justamente lo que le hubiera molestado, captar este vis-
tazo de ella misma a través de mis ojos, verme supuestamente
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encantado de que mi joven esposa, cerebral, superliteraria
y estudiante de posgrado, pudiera tener los mismos deleites
que cualquier chica frívola y ama de casa que nunca leía nada
más profundo que la revista People. Que a mí me pudiera gustar
eso, que presuntamente pudiera encontrar lindo y sexy que ella
pudiera satisfacer ese voyeurismo cursi y macho, ¡qué vergüen-
za! Al final de un día pesado, le gustaba perderse en esos sitios,
¿y qué? No significaba nada. Incluso el hecho de que yo lo ad-
virtiera era una distorsión o una exageración de quién era ella
en realidad. ¿Por qué no podía yo mantener la mirada en mi
propio libro o en mi laptop? En mi defensa debo decir que
estaba cautivado por casi todo lo que Aura hacía y que difí-
cilmente podía quitarle los ojos de encima. De verdad, sólo
estaba esperando a que dejara la computadora y se echara en
mis brazos por debajo de las sábanas. Y ella también lo sabía.
Aquella primera vez que volví de México a Brooklyn solo,
después de la muerte de Aura, era mediados de septiembre, el
clima estaba caliente y bochornoso. Parecía, ese otoño de 2007,
que el verano se negaba a terminar, pendiendo sobre la ciudad
como un castigo. Tenía encendido el aire acondicionado día y
noche pero, al final, con el primer descenso de la temperatura,
fui al clóset y, tal como le prometí a Aura, saqué de su envoltura
de plástico el edredón y lo eché sobre la cama. El edredón es-
taba hecho de delgadas bandas horizontales de diversas telas
(parecía que cada tono concebible de los colores brillantes es-
taba representado, con una ligera predominancia de los rojos),
acomodadas a lo largo en líneas paralelas. De verdad parecía
que vibraba ante mis ojos. El edredón incrementaba un poco
más el aspecto femenino de lo que ahora era mi dormitorio de
viudo. Había animales de felpa y robots de juguete; una zapa-
tilla de rubí en miniatura colgaba de la pantalla de una lámpa-
ra; un gran corazón de chocolate, del San Valentín de unos años
antes, seguía envuelto en celofán y listón. En un rincón había
un lujoso love seat en el que se amontonaban grandes cojines
coloridos, cerca de la televisión. El vestido de boda sobre
el espejo. El ángel con alas de Taxco, tallado y pintado, con el
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rostro blanco y los labios escarlata de un lascivo querubín ado-
lescente, colgado de la lámpara con picos, por encima de la
cama, girando por siempre con lentitud desde el cabo de su
hilo de nylon y fijando su mirada de madera en mí, solo en la
cama, tal y como solía mirarnos a Aura y a mí juntos, antes de
alejarse con calma.
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