0% encontró este documento útil (0 votos)
5K vistas296 páginas

Rush and Ruin Parte I Catherine Wiltcher

Este documento presenta un resumen de la primera parte de la novela "Rush & Ruin" de Catherine Wiltcher. Introduce a los personajes principales, Ella y Edier Santiago, quienes crecieron juntos en el mundo del crimen organizado en Colombia. Ahora se encuentran años después en Nueva York, donde Edier es el líder de un cartel y Ella es una periodista. A pesar de su pasado juntos y la atracción que aún sienten el uno por el otro, Edier mantiene a Ella a distancia para protegerla debido a su estilo de vida pelig
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
5K vistas296 páginas

Rush and Ruin Parte I Catherine Wiltcher

Este documento presenta un resumen de la primera parte de la novela "Rush & Ruin" de Catherine Wiltcher. Introduce a los personajes principales, Ella y Edier Santiago, quienes crecieron juntos en el mundo del crimen organizado en Colombia. Ahora se encuentran años después en Nueva York, donde Edier es el líder de un cartel y Ella es una periodista. A pesar de su pasado juntos y la atracción que aún sienten el uno por el otro, Edier mantiene a Ella a distancia para protegerla debido a su estilo de vida pelig
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

NOTA

La traducción de este libro es un proyecto de Erotic By PornLove. No es,


ni pretende ser o sustituir al original y no tiene ninguna relación con la
editorial oficial, por lo que puede contener errores.

El presente libro llega a ti gracias al esfuerzo desinteresado de


lectores como tú, quienes han traducido este libro para que puedas
disfrutar de él, por ende, no subas capturas de pantalla a las redes
sociales. Te animamos a apoyar al autor@ comprando su libro cuanto
esté disponible en tu país si tienes la posibilidad. Recuerda que puedes
ayudarnos difundiendo nuestro trabajo con discreción para que podamos
seguir trayéndoles más libros

Ningún colaborador: Traductor, Corrector, Recopilador, Diseñador,


ha recibido retribución alguna por su trabajo. Ningún miembro de este
grupo recibe compensación por estas producciones y se prohíbe
estrictamente a todo usuario el uso de dichas producciones con fines
lucrativos.

Erotic By PornLove realiza estas traducciones, porque


determinados libros no salen en español y quiere incentivar a los lectores
a leer libros que las editoriales no han publicado. Aun así, impulsa a
dichos lectores a adquirir los libros una vez que las editoriales los han
publicado. En ningún momento se intenta entorpecer el trabajo de la
editorial, sino que el trabajo se realiza de fans a fans, pura y
exclusivamente por amor a la lectura.

¡No compartas este material en redes sociales!


No modifiques el formato ni el título en español.
Por favor, respeta nuestro trabajo y cuídanos así podremos hacerte llegar
muchos más.
¡A disfrutar de la lectura!
Aclaración del staff:
Erotic By PornLove al traducir ambientamos la historia
dependiendo del país donde se desarrolla, por eso el
vocabulario y expresiones léxicas cambian y se adaptan.
RUSH & RUIN
PARTE 1

CATHERINE WILTCHER
SINOPSIS
Ella:
Mi protector. Mi ruina.
Edier Grayson es el Rey de las Sombras.
Un pecador despiadado. Un hermoso mentiroso.
Justo la noche de mi cumpleaños dieciocho, me besó los labios y
pintó las estrellas en el cielo para mí, pero cuando me desperté a la
mañana siguiente ya no estaba.
Ahora pinta de rojo las calles de Nueva York y su corazón es tan
frío como sus promesas.
Edier:
Ella Santiago y yo nos criamos juntos en esta vida de cartel.
Quería a una chica con sol en el alma, hasta que su padre me dio dos
opciones.
Me alejé para evitarle a Ella mi destino.
Ahora es la única mujer que no puedo tener, y la única que veo.
Años después, nos encontramos en la misma ciudad.
La odio por ello.
Mi obsesión es demasiado fuerte...
La deseo aún más por ello.
Pero Ella debería saber que todas las sombras anhelan la luz. Este
es mi mundo, y haré lo que sea necesario para tenerla de nuevo en mis
brazos.
¿El periódico para el que trabaja? Lo compré.
¿Esa cita que hizo con un colega? La aplasté.
Protejo lo que es mío, lo que siempre ha sido mío, incluso cuando
ella no puede admitirlo.
Incluso cuando mis enemigos están decididos a romperla.
PARTE I
De la autora del USA Today Bestseller Catherine Wiltcher llega
la primera parte de un nuevo y seductor dúo romántico mafioso...
Esto es para todos aquellos que tocaron fondo y encontraron su
sol...
NOTA DEL AUTOR
Estimado lector,
Rush & Ruin Pt 1 es un nuevo y seductor romance de cartel de
amigos a enemigos a amantes que toca temas que algunos lectores
pueden encontrar ofensivos o desencadenantes. Por favor, avanza
con precaución.
Esta historia está ambientada en Nueva York y Colombia, y
hace referencia a los misterios que rodean a la brujería y a la
explotación de sus prácticas por parte de los carteles de la droga de
Sudamérica. Sin embargo, no se trata de una historia Romance
paranormal, ni mucho menos. Si tienes tus sospechas, te aconsejo
que sigas leyendo... ¡Lo que ocurre puede sorprenderte!
Temas:
-De amigos a enemigos y a amantes.
-Héroe celoso/posesivo (Demasiado).
-Amor de alma gemelas.
-Montaña rusa emocional.
-Heroína Virgen.
-Acoso.
-Calor (el libro más picante hasta la fecha...).
Rush & Ruin Pt 1 es el primer libro de un dúo. El segundo libro
saldrá en diciembre. Está ambientado en el Corrupt Gods World
(Mundo de los Dioses Corruptos) , pero es una historia independiente. No
es necesario leer ningún otro libro antes.
Muchas gracias por leer.
CW
Personajes:
Dante Santiago - Capo del cartel colombiano.
Eve Santiago - Esposa Santiago, una ex reportera
estadounidense.
Isabella Santiago - Hija mayor de Santiago, media hermana
de Thalia y Ella, reside en Rusia y Colombia.
Ella Santiago - Hija mediana de Dante y Eve.
Thalia Santiago - Hija menor de Dante y Eve.
Joseph Grayson - Segundo al mando de Santiago, jefe de todos
los territorios Santiago en Colombia.
Anna Grayson - Esposa de Joseph, dirige un centro de acogida
para mujeres y niños en Leticia, Colombia.
Edier Grayson - Hijo adoptivo de Joseph y Anna.
Rick Sanders - Un político corrupto con fuertes vínculos con
el cartel Santiago.
Sam Sanders - Hijo mayor de Rick Sanders, el segundo al
mando de Edier Grayson.

Aiden Knight - Un estrecho colaborador del cartel, reside en


Mónaco.
Gabrio, Armando, Antonio, etc. - Varios guardaespaldas y
sicarios de Santiago.
Santi Carrera - Hijo del rival de Santiago, Val Carrera, y
casado con Thalia Santiago.
Gabriela - Trabaja en El Refugio de Colombia.
Queenie Ionescu - Una abogada ambiciosa.
Rob Willis - Redactor Jefe de The New York Eagle.
Ivy Sánchez - Reportera en The New York Eagle.
Sr. Addaman - Director del Hotel Helios.
Dra. Erin Bailey – Reumatóloga.
El Alquimista - El enemigo.
Matias Hurtado - Jefe del cartel colombiano.
Andrés Hurtados - Primo de Matias, el padre biológico de Edier
Grayson.
Amira Hurtados - Madre biológica de Edier Grayson.
Nacio Hurtados - Hermano de Edier Grayson.
Igor Sidorov – Pakhan Bratva Nueva York.
Don Russo - Don mafioso de Nueva York.
PLAYLIST
Bad Bad News - Leon Bridges
You should see me in a crown - Billie Eilish
Seventeen Going Under - Sam Fender
Eastside (with Halsey & Khalid) - Benny Blanco
This is me trying - Taylor Swift
Favorite crime - Olivia Rodrigo
Play God - Sam Fender
Everglow - Coldplay
Dreams - Fleetwood Mac
All These Nights - Tom Brennan
Lavender Haze - Taylor Swift
ÍNDICE
__________________________________________________________________ 2
NOTA _____________________________________________________________ 3
Aclaración del staff:____________________________________________________ 4
RUSH & RUIN ________________________________________________________ 5
SINOPSIS ____________________________________________________________ 6
NOTA DEL AUTOR ___________________________________________________ 9
Personajes: __________________________________________________________ 10
PLAYLIST __________________________________________________________ 12
ÍNDICE _____________________________________________________________ 13
PRÓLOGO __________________________________________________________ 15
PRÓLOGO __________________________________________________________ 18
LA MALDICIÓN _____________________________________________________ 24
1 ________________________________________________________________ 25
2 ________________________________________________________________ 33
3 ________________________________________________________________ 39
EL BESO ___________________________________________________________ 47
4 ________________________________________________________________ 48
5 ________________________________________________________________ 55
6 ________________________________________________________________ 62
7 ________________________________________________________________ 70
8 ________________________________________________________________ 75
9 ________________________________________________________________ 87
10 ______________________________________________________________ 100
11 ______________________________________________________________ 111
12 ______________________________________________________________ 115
LA PROMESA ______________________________________________________ 131
13 ______________________________________________________________ 132
14 ______________________________________________________________ 138
15 ______________________________________________________________ 146
16 ______________________________________________________________ 156
17 ______________________________________________________________ 162
18 ______________________________________________________________ 175
19 ______________________________________________________________ 181
20 ______________________________________________________________ 192
21 ______________________________________________________________ 198
22 ______________________________________________________________ 210
23 ______________________________________________________________ 218
24 ______________________________________________________________ 229
25 ______________________________________________________________ 233
26 ______________________________________________________________ 240
27 ______________________________________________________________ 249
28 ______________________________________________________________ 251
29 ______________________________________________________________ 262
30 ______________________________________________________________ 272
31 ______________________________________________________________ 276
32 ______________________________________________________________ 280
EPÍLOGO __________________________________________________________ 289
AGRADECIMIENTOS _______________________________________________ 292
SOBRE CATHERINE WILTCHER _____________________________________ 294
MUNDO SANTIAGO DE CATHERINE WILTCHER ______________________ 295
PRÓLOGO
Pasado

ELLA
—Hay miles de millones de estrellas en la galaxia, Mi Cielo, pero
nada supera al sol.
Miro fijamente al chico de pelo negro desordenado y extraña
forma de hablar. Nos acabamos de conocer, pero ya me llama Mi
Cielo en español, como si un trocito de mí le perteneciera. Lo dice
con mucho cuidado, como si fuera un regalo que teme romper.
¿Cuántos son miles de millones?
A los cinco años, no puedo contar tan alto, así que me imagino
una gran caja de botones derramándose sobre la manta azul marino
de mamá.
Me observa mientras paso los dedos por la arena, haciendo
líneas rectas y onduladas antes de restregarlas todas. Levantando
la mano, aprieto los labios para soplar los granos pegajosos de mi
piel, riendo de placer por la sensación de cosquilleo que produce.
—¿Qué es una galaxia? —pregunto.
Se queda mirando mi boca por un momento, con los ojos muy
abiertos, como si nunca hubiera visto una sonrisa.
—Está todo por encima de nosotros.
—Pero eso es el cielo.
—Más alto que el cielo.
—¿Más alto que el cielo?
Mi cerebro se revuelve para dar sentido a esta cosa increíble.
Tengo la tentación de mirar hacia arriba y verlo por mí misma, pero
mamá me dijo que nunca lo hiciera, así que pienso en el árbol de
Navidad más alto con esta estrella solar en la cima.
—De todas formas, ¿qué tiene de grandioso?
—Toma, déjame enseñarte. —Metiendo la mano en el bolsillo
de sus vaqueros, saca una pequeña piedra gris. Me la entrega y me
quedo boquiabierta. Alguien ha pintado en ella un sol amarillo,
redondo, brillante y perfecto. Es la segunda cosa más bonita que he
visto en mi vida, mientras la primera está sentado hablándome de
cielos y estrellas como si yo fuera igual de interesante—. No
podemos existir sin él —me explica, observando cómo estudio la
piedra—. Eso es lo que hace que el sol sea especial. Da vida a todo
lo que está atrapado en la oscuridad.
—También hace sombras —digo, recordando algo que me dijo
Papá la semana pasada.
—Así es. —Asiente, mirando de reojo a mis padres. Mamá está
en el mar con un traje de baño blanco, haciendo rebotar a mi
hermanita, Thalia, dentro y fuera de las olas. Papá está de pie en la
orilla, vestido de negro, hablando con la nueva familia del niño.
Tuvo otra familia antes que ellos, pero Mamá dice que ahora
están todos en el cielo.
No mires hacia arriba, Ella. No mires hacia arriba.
—Espero que nunca le pase nada malo al sol —suelto,
sintiéndome ansiosa de repente.
Sonríe, pero es la sonrisa triste de un chico que tiene un
secreto dentro que le duele.
—Yo también —susurra—. Y si sigo corriendo y olvidando,
entonces tal vez, solo tal vez, ella estará bien.
PRÓLOGO
Actualidad

EDIER
—¿Le gustan los juegos preliminares, señor Grayson, o está
aquí para follar?
La mujer roza con las palmas de las manos las sábanas de
satén gris paloma y saca los pechos, el escote del vestido apenas
cubre su pudor.
—Me dejaré los tacones puestos, si quieres. Todo lo que tienes
que hacer es deslizar mis bragas a un lado y... mmm. —Atrapando
su labio entre los dientes, lo deja escapar con otro gemido
torturado, antes de añadir roncamente—: Apuesto a que tu polla es
tan grande como tu reputación.
También lo es mi pistola, estoy tentado de añadir, pero aún no
he decidido su destino.
Tal vez sobreviva.
Tal vez muera.
Tal vez abra su maldita boca y me dé lo que realmente vine a
buscar.
Ella alarga su siguiente gemido como si fuera el ronroneo de
una Harley.
—Nunca he tenido un hombre en ese otro lugar y quiero que
seas el primero.
Es una invitación abierta para aceptar, pero no hay nada de su
cuerpo que desee. Así que la ignoro, agitando la tapa de un viejo
mechero metálico entre mis dedos mientras permanezco sentado en
la silla frente a la cama, con la polla tan muerta como mi corazón.
No se mueve.
Ni siquiera un poco.
Solo hay una mujer que me convierte en piedra, y no es una
puta en una suite de hotel en el Upper East Side...
Un establecimiento del que soy propietario, entre otros muchos
negocios, legítimos o no, en la zona triestatal.
—No dices mucho, ¿verdad? —Hace un mohín juguetón,
tratando mi indiferencia como un desafío—. ¿Y si te enseño lo que
te estás perdiendo? —Con una sonrisa tímida, se pone a cuatro
patas y me entrega su culo en bandeja.
Ya he tenido suficiente.
—Para. —Mi tono provoca un visible escalofrío en su columna
vertebral—. Te sugiero que te sientes, cariño, preferiblemente sobre
ese culo, en lugar de agitarlo en la brisa como una bandera.
Me mira por encima del hombro, olvidándose de sí misma,
olvidándose de sus órdenes, y luego lo recuerda: el pánico inunda
su expresión mientras se esfuerza por obedecer. Sabe quién soy y
lo que he hecho. Sobre todo, sabe de lo que soy capaz, y que no hay
ningún policía en toda la ciudad de Nueva York que pueda tocarme
por ello.
—Bien —murmuro, cuando se sienta erguida y remilgada como
un feligrés en el banco de la primera fila—. Ahora, podemos hablar.
—¿Te refieres a hablar como hablar sucio?
—No, del otro tipo.
Veo cómo sus uñas excavan cavidades en el colchón.
—¿No quieres que te la chupe?
—No.
—Es lógico.
—¿Qué cifras? —Cierro la tapa del Zippo con una viciosa
finalidad.
Lo mira fijamente durante un largo momento, como si sus
propios pensamientos fueran un rompecabezas para ella.
—Cuando me miras no es mi cara lo que ves. Es una mujer. —
La única mujer—. ¿Estás casado?
—No es asunto tuyo. —Empujo un exquisito recuerdo de negro
y oro al fondo de mi mente—. Pero tienes razón en una cosa: cuando
te miro, veo palabras, no acción. —Lentamente, saco la pistola del
interior de mi chaqueta—. No, a menos que contemos con deportes
de sangre.
Se lame los labios con miedo.
—¿Así es como te excitas?
—No me gusta el tabaco, cariño. —Mi expresión se endurece—
. Pero me interesan las mulas colombianas de droga que se hacen
pasar por putas para acercarse lo suficiente como para matarme.
Se queda helada, al ver que se le cae la máscara.
—No lo hagas —murmuro cuando intenta ponerse de pie; mi
Glock ya le apunta a la cabeza—. Te sugiero que te vuelvas a sentar
y me digas quién te ha enviado.
—Ya sabes quién me ha enviado —susurra, su anterior
confianza se ha ido al mierda.
Ahora veo a la chica bajo eso:
Asustada.
Joven.
Prescindible.
—Quiero su nombre real en diez segundos, o aprenderás de
primera mano cómo castigo a las ratas rivales que hacen carreras
de coca no sancionadas en mi territorio... Por no hablar de los que
tienen las pelotas de pensar que pueden ejecutarme en mi propia
ciudad.
—No lo entiendes. —Su cara se arruga—. Me maldecirá.
Maldecirá a mi familia.
¿Maldición?
Se me hiela la sangre ante esto.
—¿Quién lo hará?
—No me hagas decirlo. —Se arrodilla frente a mí y junta las
manos—. Por favor, Dios, por favor, por favor, te lo ruego.
Inclinándome hacia adelante, apunto la boca de mi Glock a su
frente, por si acaso no ha captado el mensaje la primera vez.
—El Alquimista. —Sus ojos se dirigen a la puerta con terror
mientras tartamudea su nombre.
—El Alquimista —interrumpo con mala cara, observando cómo
se estremece a un kilómetro de altura, como si acabara de corear
Voldemort en una puta convención de Harry Potter—. Sí, puede que
haya oído hablar de él.
La magia negra es la religión número uno de nuestros enemigos
en Sudamérica, y El Alquimista es su autoproclamado dios oscuro.
A los que desean la absolución de sus pecados, les vende una
mentira y un par de patas de gallo muertas para que duerman
mejor por la noche.
Lo que más temen, lo siguen ciegamente.
Lo ignoramos hasta que empezó a perpetuar su propia mierda.
Su leyenda creció, y ahora es un problema. Durante los últimos dos
años, ha estado predicando la riqueza, el sexo y el perdón a
cualquiera que esté dispuesto a ayudar a derribar el Cartel
Santiago...
El cartel colombiano número uno.
La organización a la que el hombre que me adoptó ha dedicado
su vida.
La organización a la que he prometido mi propia lealtad,
aunque por razones menos altruistas.
En resumen, El Alquimista se volvió ambicioso, y ahora quiere
una parte de nuestro poder.
Vuelvo a mirar a la chica. Es una de sus discípulas. Llevo
meses siguiéndola y conozco su plan desde hace semanas. Hay
cámaras en todos los rincones de esta habitación, y doce de mis
mejores sicarios están justo en la puerta, pero ninguno de ellos es
tan letal como yo.
Todo lo que necesito es que me des la verdadera identidad de El
Alquimista, cariño; y entonces podré acabar con él para siempre.
—Dicen que mandó a una de sus brujas a maldecirte cuando
eras más joven —suelta de repente—. Dicen que te condenó a
caminar solo. A traer dolor y miseria a cualquiera que se atreva a
amarte.
Las paredes giran.
Las emociones reprimidas durante mucho tiempo empiezan
apuñalar mis entrañas como si fueran cuchillas: Culpa. La ira. El
fracaso.
Vuelvo a estar en Colombia, con diecisiete años, atrapado en
un recuerdo, con los brazos envueltos en sol.
Doce horas después, mis brazos estarán llenos de sus gritos.
—Te sugiero que cierres tu maldita boca si planeas salir de aquí
con vida.
Los ojos de la chica se llenan de lágrimas.
—Es demasiado tarde para mí, pero aún hay tiempo para
liberarla. Si no, El Alquimista le hará cosas terribles.
Ya lo ha hecho.
Dios. Maldición.
—¡Dime quién es! —rujo, mientras mi pasado y mi presente
chocan por segunda vez en mi vida.
—Él es el miedo —murmura, inclinándose hacia la boca de mi
pistola, con una peligrosa calma asentándose en su rostro—. Él es
la destrucción de todos nosotros.
Se mueve tan rápido que no siento su dedo presionando el mío
hasta que mi bala sale de su cráneo. Me tambaleo en mi silla y oigo
sus últimas palabras tan claras como el día, mientras el olor
metálico de la pérdida y el vacío llena la suite del hotel:
—Sabe lo que prometiste, Edier Grayson, y viene a cobrarlo.
PARTE 1
LA MALDICIÓN
1

ELLA
Pasado
Ella, 11; Edier, 17
—¡Edier Grayson ha robado mi rana y lo odio, lo odio, lo odio
por eso!
Aparto los ojos de la ventana cuando mi hermana pequeña,
Thalia, entra en la cocina de Tía Anna, agitando sus flacos brazos y
mascando chicle de menta.
Tía Anna no es nuestra verdadera tía, por supuesto, del mismo
modo que Tío Joseph no es nuestro verdadero tío, pero como mamá
siempre dice, "el amor es más fuerte que la sangre".
Además, Papá mató a la mayor parte de nuestra familia real
hace años.
—No le va hacer daño, tonta. —Tratando de no reír, tomo la
mano de mi hermana menor y la aprieto suavemente.
—¿Estás segura? —Arruga la nariz, como si la confianza
tuviera un mal olor—. He oído que algunas personas di-ectan ranas.
—Disecar —corrijo—. Y no, Edier nunca le haría eso a
Jeremiah.
—Hmmm. —No convencida, se rasca el labio inferior con los
dientes.
—Thals, no hay nada de qué preocuparse...
—¡Sí, lo hay! Podría cocinarlo y comerlo. Las ancas de rana son
un manjar en algunos países.
—Una exquisitez.
—¡Exactamente!
—Aquí, déjame mostrarte. —Tirando de ella hacia las puertas
abiertas del patio, la conduzco hacia el brillante sol colombiano.
Allí, un chico mucho mayor está sentado solo junto a la piscina,
encorvado sobre un cuaderno de dibujo blanco.
Al acercarnos, vemos a la rana lechera de Thalia croando
alegremente en la tumbona a la sombra que está a su lado.
Sin daños.
Sin cocinar.
Sin diseccionar.
—¡Jeremiah! —Thalia jadea, su cara ahora brilla de alivio.
Ojalá papá pudiera ver esto, pienso con nostalgia. No aprueba
que tengamos mascotas, por mucho que roguemos y supliquemos
por una. Dice que el amor se desperdicia con cualquier cosa que no
pueda jurarte lealtad al cien por cien en inglés y en español.
Afortunadamente, Tía Anna no está de acuerdo. Por eso, cada
vez que venimos a quedarnos con ella, el Tío Joseph y con su hijo
Edier, en su gran finca al borde de la selva, nos deja adoptar todos
los gatos, perros y ranas callejeros que queramos.
A ella también le gusta adoptar personas. Ella y el Tío Joseph
adoptaron a Edier hace seis años, cuando solo tenía once, que es la
misma edad que tengo yo ahora.
Tía Anna dirige El Refugio. Es un lugar para mujeres y niños
heridos, asustados y sin hogar. Ella lo llama refugio, pero esa
palabra me hace pensar en chozas con goteras y puertas endebles
cuando sé que es mucho más.
No estoy segura de cómo llegaron Edier y su madre biológica a
este lugar, pero no mucho después de su llegada, ella se suicidó y
lo dejó solo. Pienso mucho en eso, de la misma manera que pienso
en cuánto dolor puede soportar un corazón antes de romperse en
pedazos diminutos e irreparables.
Thalia se aparta un bicho de la cara.
—¿Qué está haciendo con Jeremiah de todos modos?
—Lo está dibujando. ¿No lo ves?
—Oh, genial.
Muy bien.
Tan genial que he estado observando secretamente cómo lo hace
a través de la ventana de la cocina durante la última media hora.
Me encantan los dibujos de Edier. Puede hacer que cualquier
cosa cobre vida, incluso las feas y grises gárgolas junto a las puertas
de esta finca. A veces también me parecen tristes, como si hubiera
una historia detrás de la imagen que aún no se atreve a contar al
mundo.
Sam, nuestro otro amigo de la infancia, piensa que son
estúpidos. Dice que Edier ya es casi un hombre -un sicario Santiago
en formación- y que debería estar disparando armas, no andando a
lo tonto con lápices y pinceles. Dice que si eres un hombre y te has
criado en este mundo, nunca lo abandonas.
Tiene razón, aunque yo creo que está mal.
Edier acaba de ganar una plaza en una lujosa universidad de
arte en Londres, pero todos sabemos que nunca la aceptará. El
padre adoptivo de Edier dirige la organización de Papá en Colombia,
así que está atrapado aquí de por vida.
—Estoy aburrida —declara Thalia con un bostezo—. Voy a
buscar a Gabriela.
—No fuera del recinto, ¿de acuerdo? Ya sabes lo que dijo mamá.
—Lo sé —canta ella, murmurando sus siguientes palabras
como un canto reticente—: Los hombres malos quieren hacernos
daño.
Los hombres malos siempre quieren hacernos daño, pero
"hombres malos" es un cajón de sastre para todos los peligros que
acechan más allá de nuestra seguridad. Para mí es súper confuso
porque sé que algunos hombres malos también pueden hacer cosas
buenas.
Una vez que desaparece en la casa, vuelvo a ver a Edier y se
me corta la respiración. Ya no está dibujando ranas. Tiene la cabeza
girada y me mira.
A mí.
—Mi Cielo. —Me hace señas con una sonrisa—. Ven y cuéntame
tu mañana.
Hay una nueva ronquera en su voz este verano. Lo noté el otro
día.
Historias.
Está lleno de historias.
Tía Anna me dijo una vez que Edier no podía hablar cuando lo
conocieron. Dijo que a veces los ojos ven demasiado y que el corazón
y la boca necesitan un poco más de tiempo para procesar las cosas.
Para mí, es como si todas esas palabras no dichas se hubieran
acumulado dentro de él, y ahora le arañan la garganta como si fuera
arena.
—¿Y bien? ¿Vienes o no?
Me encojo de hombros, conteniendo una sonrisa, como si no
acabara de conceder mi mejor deseo.
La verdad es que lo adoro incluso más que a sus dibujos, y eso
es mucho. Nunca me trata como una niña molesta, y siempre da la
cara por mí, como la vez que Seb, el hermano pequeño de Sam, dijo
que yo no era lo suficientemente valiente como para saltar al lago,
y luego, el año pasado, cuando golpeó a Sam en la cara por hacerme
llorar por una estupidez y le hizo sangrar la nariz.
—Así, ¿eh? —Su sonrisa se amplía aún más—. Pensándolo
bien, estoy demasiado ocupado para detenerme a hablar...
—¡Uf, no te atrevas!
Ante esto, vuelo por el patio en sandalias, con mi vestido de
verano azul pálido rozando las yemas de los dedos. Sus ojos oscuros
se vuelven más claros cuanto más me acerco, y cuando voy a
sentarme a su lado, son tan cegadores que no puedo apartar la
mirada.
Sigue siendo lo más bonito que he visto nunca, pero ya no es
mi secreto. Las mujeres giran la cabeza como girasoles cuando
pasa, y sé que tiene novias. Muchas. El otro día escuché a Mamá y
a Tía Anna hablar de él. No estoy celosa por algo que nunca podrá
ser mío, pero a menudo me pregunto si él también les sonríe.
—Para ti. —Me entrega su dibujo de la rana de Thalia y es
impresionante, como sabía que sería.
—Si lo beso, ¿se convertirá en un príncipe?
Resopla y se aparta el desordenado pelo negro de los ojos.
—Aquí no hay príncipes. No en Colombia. —Mira el horizonte
de la selva tropical que bordea El Refugio con una mirada extraña.
A veces hace eso, se desliza de este mundo a otro, pero siempre
vuelve a mí—. ¿Qué pasa, Mi Cielo? Hoy hay notas azules en tu
sonrisa.
Esa es la otra cosa de Edier, se da cuenta de todo.
—Me voy a casa la semana que viene —digo con un suspiro,
quitándome las sandalias para meter los pies en el agua helada. El
hogar es la isla privada de Papá en medio del océano, sin amigos ni
Edier, con un montón de seguridad de alta tecnología y barras de
prisión invisibles que surgen de las olas.
No puedo creer que las últimas diez semanas hayan pasado tan
rápido.
—Allí estarás a salvo —razona.
—Estoy a salvo aquí.
—¿Se trata que dejes a todos tus animales adoptados?
—Los extrañaré. Sam dice que en China se comen a los perros
callejeros —suelto con el ceño fruncido.
—Sam es estúpido, ¿recuerdas?
—Pero tiene razón, ¿no? —Levanto la vista y me encuentro con
que vuelve a mirarme. Nunca me había mentido antes, pero hay
una sombra de duda en su rostro—. No —susurro, sintiéndome
asustada de repente.
La sombra desaparece.
—No lo haré... nunca.
Hay una pausa.
—¿Podemos intentar rescatarlos?
—Claro que sí.
Tardo otro segundo en asimilar esta gloriosa noticia.
—¿Quieres decir que vendrás a China conmigo?
—¡Dios mío! Realmente eres como el sol, Ella Santiago —
bromea, colocando un mechón de pelo detrás de mi oreja—.
Siempre intentando salvar el mundo, un rayo de luz cegador cada
vez.
—No intento salvar el mundo, solo que los perros no se
conviertan en una sopa asquerosa. El tío Rick me dio un billete de
cien dólares por mi cumpleaños —confieso—. Me dijo que lo
gastara, y que no lo hiciera rodar, signifique lo que signifique. ¿Será
suficiente para comprarme un billete de avión?
—Uno súper barato tal vez.
Lo dice con un brillo en los ojos, lo que significa que él y el
padre de Sam están en una broma que nunca entenderé.
—Siempre podemos tomar prestado el jet de Papá cuando no
esté mirando. —Me llevo las rodillas sobre el pecho, apoyo la
barbilla en ellas y suelto un suspiro de satisfacción—. Podría
dejarte en Londres de camino a casa y podrías ir a esa escuela de
arte y dibujar todo el día, todos los días, durante toda la eternidad.
¿Cómo se llama?
—Orfebres.
—¿Qué te parece?
—Suena bien.
—Sin embargo, no vas a ir, ¿verdad?
Se ríe de una manera que es más lamentable que divertida.
—Quizás algún día, Bonita.
—Tienes suficiente talento. Sé que lo tienes. —Me detengo y
bostezo como lo hizo Thalia, sintiendo un sueño producido por el
sol. El sonido del agua que chapotea hace que mis párpados
revoloteen como las alas de una mariposa.
—Nunca lo pierdas, Ella. —Le oigo decir, mientras le da la
vuelta a la página y empieza a perfilar un pájaro tángara que se
posa en una silla cercana.
—¿Perder qué?
—Tu brillo.
—¿Qué significa eso?
—Ves el mundo como un premio, no como una carga. Es un
regalo.
—¿Eh?
Va a explicarse cuando una fuerte explosión de disparos rompe
la calma de la finca, levantando los pájaros de los árboles y
haciendo sonar los cristales de las ventanas.
Ambos nos congelamos.
—¿Acabas de...?
Los disparos vuelven a sonar, esta vez en ráfagas rápidas y muy
reales, y yo gimo de miedo.
Hombres malos.
Los hombres malos están aquí.
2

ELLA
—Viene de las puertas delanteras. ¡Corre, Ella, corre!
Me agarra de la muñeca y me levanta de un tirón. Al hacerlo,
su cuaderno de dibujo se desliza de su regazo y cae al agua con un
chapoteo. Él no parece darse cuenta, mientras que yo no puedo
apartar la vista y veo con horror cómo el papel se hincha y la magia
se hunde.
—¡Edier, tus dibujos!
—Déjalos. No vale la pena morir por ellos.
Pero me niego a ceder. Parece que algo más se está ahogando
aquí, y no puedo quedarme de brazos cruzados.
Mientras tanto, el tiroteo es un rat-a-tat-tat casi constante a
nuestra izquierda.
—¡Dios mío! ¡Ella! —estalla, sacudiéndome por los hombros con
tanta fuerza que sus dedos me queman la piel—. No puedo dejar
que te pase nada malo. ¿Me oyes? ¿Lo entiendes?
¿No puede?
Estoy hechizada por su expresión... Esa palabra... El miedo en
su voz.
No puedo significar mucho más que no quiero.
En el fondo, hay hombres que gritan ahora. La voz de Papá se
eleva por encima del resto, emitiendo órdenes y amenazas.
—Dibujaré más para ti, Mi Cielo, lo juro. —Finalmente me
suelta los hombros, pero es como si sus dedos nunca se hubieran
ido. Nunca me había tocado, ni siquiera para abrazarme, y sé que
no le gusta que lo toquen. Tía Anna dice que es una manía y que
todos la tenemos, queramos o no—. Ahora mismo, tienes que venir
conmigo, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —susurro.
En cuanto lo digo, me coge de la mano y me arrastra hasta la
casa. Estamos casi en la puerta trasera cuando una voz extraña lo
llama.
—Edier Hurtado. Es hora de temer tu sangre, muchacho. Es
hora de temer a la verdad.
¿Hurtado? Pero el apellido de Edier es Grayson.
Me giro tan rápido que mi pelo oscuro queda atrapado en la red
de mis pestañas. Al apartarlo, veo a una anciana de pie entre las
sombras del camino por el que acabamos de correr, con profundas
líneas en la cara como marcas de garras y tenues mechones blancos
que enmarcan sus mejillas hundidas. Una mano arrugada está
apretada contra una mancha roja en la parte delantera de su sucio
vestido, y la otra nos tiende la mano mientras avanza con pasos
bruscos.
Su dedo apunta en señal de acusación, de la misma manera
que lo hace el de Thalia cuando cree que la he engañado con el
dinero del alquiler en el Monopoly.
—¿Quién eres? —exige Edier, poniéndose delante de mí para
protegerme—. ¿Cómo has entrado en esta finca?
Una ráfaga de aire frío sube por mi piel cuando el calor del día
se desvanece. Los arbustos y los árboles que nos rodean se sienten
como gruesos muros que se cierran, atrapándonos junto a esta
mujer de ojos negros como escarabajos que no parpadean.
—Sé lo que prometiste, niño estúpido. —Se detiene con una tos
que moja sus labios del mismo color que la mancha de su vestido—
. Sé lo rojas que están tus manos.
Espero que Edier le diga que se equivoca. Que solo tiene
diecisiete años y que sus manos están cubiertas de pintura, no de
sangre.
En su lugar, saca una navaja del bolsillo trasero y da un tajo
al aire con un siseo y una amenaza.
—Aléjate de ella, bruja, o te vas a enterar por ti misma.
La anciana mira el cuchillo y sus finos labios se tuercen con
desprecio.
—¿Crees que el acero de Santiago puede detenerme?
Sus siguientes palabras se deslizan en un idioma extraño que
no entiendo, pero que me asusta más que nada. Me recuerda a la
brujería latinoamericana de la que me habló una vez Tía Anna.
Cómo Colombia es ese gran país misterioso lleno de magia blanca
y negra, donde en algunos lugares la superstición y las maldiciones
tienen un poder superior al de Dios.
Ella cierra los ojos, su respiración se agita, y luego se abren de
golpe para clavar pequeños puntos de aguja negros en él.
—No estoy aquí por ella, niño estúpido. Estoy aquí por ti.
Edier vuelve a cortar el aire mientras se acerca.
—¡Atrás!
Pero ella sigue viniendo.
—¿Creíste que podías olvidar? ¿No lo sabes? El pasado es un
esclavo, y no se libera tan fácilmente.
Se queda muy quieto y sus párpados vuelven a cerrarse. Ese
extraño lenguaje vuelve a flotar sobre nosotros.
Esta vez, el aire se vuelve aún más frío. Siento como si se
formaran carámbanos en el interior de mi pecho. Observo aturdida
cómo saca un papel arrugado de los pliegues de su vestido y se lo
mete en la boca, y luego sonríe, como si acabara de disparar una
bala hacia él
—¡Abajo! —gruñe una voz.
Edier se abalanza sobre mi cintura y pierdo el equilibrio; mis
rodillas desnudas rozan dolorosamente el camino de grava cuando
caemos juntos al suelo. Un segundo después, suena un disparo que
marca un círculo rojo perfecto en la frente de la anciana. Se
desploma a unos metros de distancia, con los ojos negros como
escarabajos, vidriosos e inmóviles.
—No hace falta que llores, Mi Cielo —susurra Edier al cabo de
un rato, tirando suavemente de mí para que me ponga de pie y me
quite las lágrimas de las mejillas—. Ahora estás a salvo.
—¿Está herida? —Tío Joseph me hace girar para que me
enfrente a él, sus ojos azul-grisáceos fríos me lanzan calor, no hielo,
mientras se mete la pistola en la parte trasera de sus vaqueros—.
¿Estás herida, Ella?
—Está bien —insiste Edier.
Pero no lo estoy, y él tampoco. Puedo verlo en su cara. Puedo
sentirlo en mis huesos. Esta mañana nos ha cambiado de alguna
manera. Ha cambiado todo,
Tío Joseph frunce el ceño mientras me acaricia la mejilla. Mamá
dice que es de un lugar llamado Texas, pero no parece un Vaquero.
Se parece más a una montaña de Utah, todo bronceado y fuerte.
—Cariño, estás temblando.
¿Lo estoy?
Pienso en el trozo de papel que la anciana se metió en la boca
antes de morir.
¿Por qué lo hizo? ¿Qué significa?
—Thalia —murmuro, recordando a mi hermana.
—Ella también está a salvo.
—Oímos armas.
—Ya no —asegura—. Los no invitados no tardan en ser
desalojados de esta finca.
Pero sus palabras no me reconfortan como deberían. Me duele
el cuerpo y la cabeza. Lo único que quiero hacer es entrar y
tumbarme, pero Edier tiene otras ideas, agarrando el brazo de su
padre cuando nos damos la vuelta para irnos.
—¿Oíste lo que nos dijo, Pá?
—Ha dicho un montón de tonterías, si es a eso a lo que te
refieres.
—¿Seguro que era todo una mierda?
La expresión de Tío Joseph se tensa, igual que la de Papá
cuando no quiere hablar de algo.
—Eras solo un niño cuando el destino te trajo aquí, Edier. Lo
único que dejaste en Bogotá fueron huesos rotos.
¿Huesos rotos?
Edier deja caer su mirada hacia mí, y luego se desliza de nuevo
como un helado por una superficie caliente.
—Esa bruja me maldijo. Sé que lo hizo.
Su padre se burla.
—¿Crees que no he sido maldecido mil veces en este país por
chamanes y charlatanes que agitan sus palos de plumas hacia mí?
Y sin embargo, aquí estoy... lo suficientemente vivo como para
matarlos.
—La mataste cuando ya estaba muriendo.
—¿Eso es una acusación? —dice bruscamente.
—La silenciaste a propósito.
—Porque sus amenazas me estaban molestando.
—Me llamó "Hurtado". —Edier se niega a dejarlo pasar, aunque
puedo ver el enfado que le produce a su padre—. Nadie me ha
llamado así en seis años.
—¿Es eso lo que sientes que eres?
Aprieta los dientes y sacude la cabeza.
—Me llamo Grayson. —Me lanza otra mirada—. Mi futuro está
con Santiago.
—Entonces olvida que esto ha pasado.
Tío Joseph comienza a guiarme hacia la casa.
—La bruja vino a crear problemas y la maté por el insulto.
Al asomarme por encima de su enorme hombro, veo a Edier
quedándose atrás, con cara de que todas las palabras que antes no
podía pronunciar por fin quieren salir.
Quiero que me siga.
Quiero que esté bien, que sonría, que dibuje, que me diga que
Tía Anna va a cocinar arepas para la cena -mis favoritas- y que eso
me va a hacer sentir mucho mejor.
Pero no mira hacia mí. Ni siquiera gira la cabeza. Se limita a
mirar a lo lejos, como si ese otro mundo lo llamara para que se aleje
de su hogar y de mí.
Solo que esta vez no va a volver.
3

EDIER
Las llamas se prenden en la brisa del atardecer, subiendo cada
vez más alto, hasta que todo el cielo arde, brillante, anaranjado y
salvaje. Los cuerpos arden de forma diferente. Debería haberlo
recordado. Esta pira se construyó a toda prisa, pero ya es un
infierno, como si la vieja bruja estuviera hecha de gasolina.
Aquí, la superstición es una canción pop, no un mandato.
Santiago la desprecia tanto como mi Pá, pero sus hombres
insistieron en ella. Prendiendo fuego al cuerpo, liberaríamos la
maldición, o eso decían...
Lástima que no puedan incendiar mi pasado al mismo tiempo.
Con dedos temblorosos, encajo un cigarrillo entre los dientes y
lo enciendo, el primer golpe de nicotina sabe más a caos que a
calma. Todo lo que puedo ver en las llamas es la cara de esa bruja
y el triunfo que rezuman sus ojos negros y muertos.
Ella sabía lo que había hecho.
Ella sabía lo que había prometido.
Ella conocía mi secreto.
¿Pero cómo?
Me hicieron creer que toda mi familia estaba muerta, y el cartel
de los Hurtado destruido...
¿Alguien salió vivo?
Mierda.
Mi cigarrillo no dura mucho. El miedo y la culpa actúan más
rápido sobre la nicotina que la enfermedad que provoca, devorando
el palo hasta que chupo aire.
¿Y ahora qué?
Enciendo otro, y luego un tercero, solo para no pensar en ello.
Finalmente, mi padre adoptivo se acerca a mí y se pasa la mano
por la cabeza, irritado, sin ocultar que preferiría estar en cualquier
otro sitio. Quemar cuerpos no es su idea de un buen momento, pero
sus hombres están nerviosos, así que se requiere una presencia
cínica.
Nunca me ha ocultado quién o qué es. La gente lo llama El
Asesino desde hace años, y hay una razón para ello.
También me ha enseñado que hay dos tipos de hombres malos
en este mundo: los que pecan con el corazón aún latiendo -como él-
o los que están muertos por dentro.
El ritmo de mi padre es su familia: una esposa a la que adora,
y yo, el jodido niño colombiano que adoptó.
Late también por los que han muerto: un hermano que fue
abatido a mi edad, y un hijo que no llegó a dejar los pañales antes
que el auto chocara con un camión que iba a uno veinte en uno
setenta. Moriría en nombre de su memoria. Eso alimenta su
ambición, haciéndolo más duro y más fuerte. Lo he visto cargarse
a veinte hombres armados en una habitación y salir con un
cargador vacío y una sonrisa.
Yo soy el otro tipo de pecador.
Lo descubrí el día que noté un gran agujero vacío en mi pecho.
—Cualquier maldición debería estar ya a medio camino del
infierno. —Se detiene frente a mí, con su gélida mirada recorriendo
mi rostro. No sé cómo ni cuándo las cosas se pusieron tan tensas
entre nosotros, pero todas las palabras que quedaron sin decir
podrían llenar el río Amazonas.
Ladeo mi cigarrillo apagado contra las llamas y contengo mi
ira. Si este es su intento de tranquilizarme tras nuestro
desencuentro de antes, no es suficiente.
Nunca es suficiente.
Dejé algo más que huesos rotos en Bogotá, pero no puedo
contárselo. Hay una regla tácita en la casa de los Grayson: él no
comparte su dolor y yo no comparto el mío.
En lugar de eso, observamos juntos cómo arde la vieja bruja
en silencio, mientras por dentro estoy gritando.
Si pudiera, le diría que esta no es mi primera pira humana.
Que he visto cosas, demasiadas cosas, y he hecho cosas mucho
peores. Que si mirara más de cerca mis dibujos, vería la verdad
mirándolo fijamente, como lo hace Ella, aunque todavía no lo
reconozca. Sé que lo siente, y eso es suficiente para mí.
A los once años, Andrés Hurtado, mi padre biológico, me había
hecho quemar a cientos de hombres de esta manera. La mayoría
estaban vivos cuando sacaba las cerillas, y aún puedo oír sus gritos
en mi cabeza. Andrés era primo hermano del capo Hurtado, en la
época en que Colombia estaba dividida en Los Cinco Grandes, las
cinco clases criminales dominantes, antes que Santiago aplastara
a la competencia con un sangriento golpe de estado que dio lugar a
la dictadura de su cartel.
Mi padre biológico murió durante esa guerra, junto con
Hurtado, pero ambos eran unos depravados malparidos que
tuvieron todo lo que se merecían. Para entonces, yo ya estaba en El
Refugio, pero me hubiera gustado estar allí para sus muertes. Me
habría meado encima de sus cadáveres.
—¿Está hecho? —Miro a mi padre, mientras las llamas pierden
su intensidad. Necesito salir de aquí, encontrar un poco de coño y
dejar de pensar tanto.
Me follo a muchas chicas, pero es más una predilección por el
autodesprecio que por la liberación. Ninguna encaja bien, y solo
acabo odiándolas por ello.
—Sí, está hecho. —Se queda mirando las llamas, como si
quisiera decir algo más—. Quienquiera que fuera la bruja, se ha ido.
Duerme un poco. Santiago quiere hablar mañana.
—¿Sobre qué?
—Está pensando en enviarte a Mónaco.
Mi cabeza se levanta conmocionada.
—¿Qué carajo?
Llevo un tiempo siendo el sicario en prácticas de mi padre,
queriendo más, pero sin atreverme a pedirlo. Aceptando en silencio
que mi lugar en la Organización de Santiago está aquí, en Leticia,
cuando lo único que he querido es largarme.
—Es hora que aprendas a dirigir un negocio, así como a
quemarlo. Nuestro socio puede enseñarte eso. Sé que tenías tu
corazón puesto en ese lugar en Goldsmiths...
—¿Por cuánto tiempo?
Goldsmiths fue un sueño que maté y enterré antes que diera su
primer aliento.
—El tiempo que sea necesario. Volamos a Londres para
manejar algunos malos negocios con un irlandés primero. Después
de eso, te dejaremos en Mónaco con Aiden Knight. En un año más
o menos, te traeremos de vuelta a Colombia, donde podrás hacerte
cargo de las operaciones en Cali.
—Estoy listo.
Sigue corriendo. Nunca vuelvas atrás.
Lo ignoré durante un tiempo. El sol hizo que fuera fácil de
olvidar durante seis años, pero ahora lo recuerdo todo.
—Has nacido preparado, Edier, aunque aún no lo sepas. —
Atrapo a mi padre mirándome con una expresión extraña en la
cara—. No te quedes aquí fuera mucho tiempo. No es bueno
quedarse cerca de la muerte. Mata y sigue adelante.
—Matar y seguir adelante —entono, mirando las brasas
incandescentes mientras sus pasos desaparecen en la noche.
Dejar Colombia será un momento decisivo para mí, como el día
en que llegué aquí, y el día en que descubrí a mi madre biológica
muriendo en la bañera dos semanas después, el rojo de sus
muñecas acumulándose en los azulejos blancos de abajo con un
sonido constante de goteo, goteo que me persigue incluso ahora.
Entonces, pienso en Ella -esa pequeña y perfecta ráfaga de sol-
, que nunca ha conocido ese color, a pesar que su propio padre
trafica con él.
Sin saberlo, cambió el rumbo de mi vida en una playa hace seis
años, y por eso la apreciaré y protegeré hasta el día de mi muerte.
Ella es la razón por la que la propuesta de Santiago es el sí más
fácil que haré.
Mi pasado la amenazaba hoy.
Mi pasado seguirá amenazándola.
Pero no si me voy volando y no vuelvo nunca.

Al final, me voy directamente a casa.


No hay desvío al pueblo para un polvo rápido, seguido de diez
segundos de charla de almohada de mierda. Algo dentro de mí ha
cambiado, atrapado por la misma brisa que hace volar a la vieja por
medio cielo y he perdido el interés por el coño fácil esta noche.
La cocina está desierta cuando entro. Las luces están apagadas
y hay un persistente olor a especias de una cena a la que nunca
llegué.
Me detengo junto a la isla para escuchar las risas apagadas
que provienen del estudio de Pá, al otro lado del pasillo. Está allí
bebiendo bourbon con Santiago otra vez. Sus días de lucha han
terminado ahora que son dueños de Washington, la CIA, el FBI y la
DEA. Su coca fluye libremente de aquí a los Estados Unidos. Todos
los puertos y funcionarios de aduanas de la Costa Este han sido
picados por el motivo del escorpión del cartel. Lo temen, pero
también lo respetan, y pronto nos tocará a mí, a Sam y a Isabella,
la hija de Santiago, mucho mayor que nosotros, construir su
imperio del pecado y hacerlo nuestro.
Estoy subiendo las escaleras, ansiando la nicotina de nuevo,
cuando una ola de desasosiego me golpea de la nada, doblándome
e inundando mi mente de pavor.
¿Qué...?
Me quedo paralizado, contando mis inhalaciones y
exhalaciones en la oscuridad mientras espero que pase, y entonces
oigo a alguien respirar detrás de mí -un tipo de respiración áspera,
entrecortada, que debería estar muerta- que me produce un
violento escalofrío.
—¿Quién está ahí? —gruño, girando en torno a mí, pero todo
lo que veo es una mezcla de sombras, atravesadas por lanzas
plateadas de luz de luna.
Ella.
Las ganas de ver cómo está son abrumadoras y doy los últimos
pasos a la carrera. Cuando llego al pasillo, me dirijo rápidamente
hacia la luz amarilla que sale de la rendija bajo su puerta. Mi mano
se acerca a la manilla cuando un grito desgarrador, como el de un
animal, procedente del interior despierta a toda la maldita casa.
¡Dios mío!
Al entrar en su habitación, veo la cama vacía y sigo un rastro
de ropa de cama desechada hasta su baño.
—¿Qué...?
—¡Edier! ¡Ayúdenla! ¡Ayúdala! —Su hermana, Thalia, se lanza
sobre mí, su pequeño cuerpo vibra de miedo y miseria—. No deja de
temblar y llorar. Estoy tan asustada.
No.
Más atrás de Thalia, Ella está acurrucada en las baldosas
blancas a los pies de la bañera.
Goteo, goteo.
Su espalda está arqueada en un ángulo extraño, sus miembros
extendidos y rígidos como si alguien les clavara un millón de agujas
afiladas. Cuando nuestros ojos se cruzan, veo tanto dolor en los
suyos que mi corazón muerto se agita. Sus mejillas están mojadas
por las lágrimas y hay una extraña erupción roja que mancha el
puente de su nariz. Ni siquiera necesito tocar su piel para saber que
está ardiendo de fiebre.
Esto no puede estar pasando. La bruja me maldijo a mí, no a
Ella.
—¿Cuánto tiempo lleva así? —Empujando a Thalia a un lado,
me paso una mano por el pelo y pienso rápido, conteniendo a duras
penas el muro de pánico que amenaza con aplastarme.
—Acabo de encontrarla hace unos minutos.
—Ve a buscar ayuda, Thalia... ¡Ve! ¡Tu mamá, tu papá,
cualquiera! ¡Despierta a toda Colombia si es necesario!
Se da la vuelta y huye asustada mientras me tiro al suelo junto
a Ella y la atraigo hacia mi regazo, estrechándola contra mi pecho
y tratando de absorber toda la agonía que pueda. Me lo llevaría todo
si pudiera, hasta el último trozo, hasta que yo sea la cáscara rota y
no Ella. Al mismo tiempo, puedo sentir sus dedos haciendo nudos
en la espalda de mi camiseta mientras nos aferramos el uno al otro,
mientras rezo en silencio a un Dios en el que nunca había creído
hasta ahora.
—Mi pasado te hizo esto, Mi Cielo —susurro, mientras suenan
pasos pesados en la escalera. Sé que Ella no puede oírme. Está
encerrada en un mundo de agonía, pero se lo digo de todos modos,
una y otra vez, como una confesión interminable—. La vimos arder.
Matamos la maldición. No entiendo cómo...
—Haz que pare —gime, retorciéndose violentamente mientras
otra oleada de tortura recorre su cuerpo—. Por favor, por favor, haz
que pare. Todo duele mucho.
—Lo haré, pero primero necesito que seas fuerte. —Mi voz se
quiebra mientras acaricio los húmedos mechones de pelo
alejándolos de sus mojadas mejillas con toda la suavidad que
puedo—. ¿Dime que harás eso por mí, Bonita?
Ella solloza en respuesta, estremeciéndose y jadeando, cuando
esos pesados pasos llegan finalmente al pasillo frente a la puerta de
su habitación.
—Tengo que irme —le digo—. Lejos, muy lejos, donde no pueda
hacerte más daño, pero voy a encontrar la manera de arreglar esto.
¿Me oyes? No voy a descansar hasta que tu brillo vuelva a ser
brillante y hermoso. —Ella gime, sus párpados parpadean, y puedo
decir que está entrando y saliendo de la conciencia—. Debería haber
seguido corriendo. Nunca debí... —Mi voz se quiebra de nuevo
cuando la culpa me acorrala—. ¿Ella? Ella, ¡despierta!
¿Qué te hizo esa puta vieja?
Un rato después, la puerta del baño se derrumba detrás de
nosotros y yo pego mi billete de ida directo al infierno.
PARTE 2
EL BESO
4

ELLA
Pasado
Ella, 17; Edier, 23

—¿Has tomado tu Plaquenil?


—Sí.
—¿Y tu Baclofen? Sabes que tienes que espaciar esos chupetes,
si no los efectos secundarios te hacen actuar como Papá después
de dos botellas de bourbon. Como hiciste aquella vez en...
—Lo sé, lo sé, yo también estaba allí, ¿recuerdas?
Me mantengo de espaldas para que Thalia no pueda ver lo
fuerte que me agarro a las cortinas. Sin embargo, no puedo
disimular el suspiro en mi voz.
Se baja de la cama, me rodea la cintura con los brazos y apoya
la barbilla en mi hombro.
—Sabes que es solo porque te amo, cara de tonta.
—Qué linda, y sí lo sé.
—Eso, y el hecho que necesito que te quedes y hagas de
mediador cuando sea mayor. Estoy decidida a casarme con alguien
inadecuado. —Se ríe con complicidad—. Sam dice que Papá ha
comprado una pistola extra especial para la ocasión.
Sonrío y me recuesto en su calor, envolviendo su fuerza y
vitalidad como un par de brazos más. Una vez que los brotes de
lupus disminuyen, los dolores musculares son más manejables,
pero el cansancio nunca desaparece del todo.
—Sabes que estás hablando de toda la población masculina,
¿no? Papá nunca será verdaderamente feliz hasta que nos metamos
en un convento.
—Y jura un voto de abstinencia eterna.
—¿Crees que me ha comprado un anillo de pureza para mi
cumpleaños?
—Mejor aún, un cinturón de castidad. —Thalia me hace girar
para burlarse de mí con sus brillantes ojos azules. Son del mismo
tono que los míos, pero los suyos no se oscurecen con el dolor en
un abrir y cerrar de ojos—. Podrías adornarlo con diamantes y
rubíes, y... —Su mirada recorre la habitación—. Podrías hacer lo
mismo con todas esas cajas de guiones en tu baño. Todo ese blanco
es tan John Lennon la paz fuera de las sábanas sucias de los
setenta.
Y así, el momento de diversión se cuaja.
—Eso me recuerda, ¿has tomado tu Mobic y Prednisona?
Le aprieto la mano para demostrarle que la amo, y que la
valoro, pero que la carga de su constante preocupación, y la
constante preocupación del resto de nuestra familia, a veces me
aplasta más que mi salud.
—Sí, lo he hecho. Danielle me lo recordó hace dos horas. Ahora,
deja de preocuparte y vístete. Me siento bien, estoy aprovechando
el momento, me tomaré un montón de champán a escondidas
cuando nadie esté mirando, y a menos que estés planeando llevar
pantalones de yoga azul eléctrico a mi fiesta de dieciocho años,
tienes que arreglarte... Esto empezó hace veinte minutos.
—¡Mierda! Tienes razón. —Vuela por mi dormitorio presa del
pánico, toda extremidades bronceadas y pelo negro brillante. A los
dieciséis años, mi hermana ya es una fusión dinamita de picardía,
belleza, dulzura, y la amo más que a la vida misma—. Estás segura
que no te olvidarás de...
—¡Sí! ¡No! ¡Vete! Te quiero abajo coqueteando con los sicarios
de Papá, no metida aquí actuando como mi niñera.
Se detiene en la puerta y sonríe.
—Sabes que no lo haría por nadie más.
En primer lugar, no debería ser tu carga.
Esta es la raíz sin corazón de vivir con una enfermedad crónica.
Lo pone todo patas arriba, y me refiero a todo. Es la letra pequeña
que los médicos nunca te cuentan porque, para entonces, el pánico
es de primer nivel, y no quieren mandarlo en estampida por una
calle lateral como un toro en Pamplona.
Los sueños cambian.
Empiezas a vivir a través de tu hermana menor.
Amigos de la infancia que creí que eran para siempre, apenas
recuerdan mi nombre...
La veo desaparecer en el pasillo, preguntándome si tendría su
confianza si no hubiera estado encerrada en un hospital durante
meses, cuando los médicos aún estaban averiguando qué me
pasaba. Tal vez si esas paredes blancas y estériles no me hubieran
hecho entrar más y más en mí misma...
Pero soy quien soy. Ya me he reconciliado conmigo misma.
Estoy decidida a no ser definida por nada, y mucho menos por una
estúpida enfermedad autoinmune.
En cambio, soy la chica que habla demasiado cuando estoy
nerviosa, soltando palabras como balas de una pistola, y llevo la
empatía al siguiente nivel sopesando constantemente el impacto de
mis decisiones. También estoy literalmente obsesionada con
Fleetwood Mac, tanto que Thalia está considerando una
intervención. Y soy terrible caminando con tacones altos. Como una
niña de terrible. Es casi vergonzoso.
Desde la ventana, veo cómo otro super-auto negro sube a toda
velocidad por la entrada de la mansión de piedra gris del tío Rick
en los Hamptons. Frena junto a los escalones de abajo, derrapando
la grava de los neumáticos delanteros como un bis furioso.
Han estado llegando toda la tarde, trayendo cientos de caras
que nunca he conocido a mi propia fiesta de cumpleaños. No tengo
amigos propios, solo los hijos de mis distintos tíos del cartel. Los de
abajo son todos socios de papá, pero no me importa, con tal que él
esté aquí.
Mi teléfono suena. Es Thalia desde la habitación de al lado.
¿Y estás SEGURA que las has tomado?
Respondo con una sonrisa reticente, sabiendo que su
preocupación proviene de un lugar hermoso:
Puede que tenga un sistema inmunitario defectuoso, pero
mi memoria sigue funcionando. Además, hay un invento
maravilloso llamado teléfono inteligente que me recuerda que
debo tomar mis medicamentos a tiempo. ¿Habrás oído hablar
de él?
Su respuesta es instantánea.
¿Lo estoy haciendo de nuevo? ¿Te estoy molestando
demasiado?
Mi sonrisa se amplía.
Sí, pero secretamente te amo por preocuparte.
Dos segundos después...
Bien, porque acabo de robar tu rímel favorito de Dior.
Dejando el teléfono sobre la cama, me vuelvo hacia la ventana,
sintiéndome nerviosa de repente. Nada puede salir mal esta noche.
Simplemente no puede. Porque han sido seis años de desear,
preguntarse, herir y...
La puerta del auto se abre y mi respiración se entrecorta,
incluso antes que el conductor se muestre. Algo en la forma en que
su paso espolea la grava con el amargo crujido de la desgana me
dice que es él... El hombre que ha evitado todas mis llamadas y
cartas desde aquel día en Colombia. Porque ahora es un hombre.
Veintitrés años, letal, poderoso...
Caballeroso en todas las formas en las que rechazó nuestra
amistad cuando yo tenía once años, y cómo todavía me corta el
corazón en la víspera de cumplir dieciocho años.
Edier Grayson.
La verdadera razón por la que le rogué a Papá que me dejara
celebrar mi fiesta en suelo estadounidense.
Sabía que su inasistencia esta noche sería vista como una gran
falta de respeto, y eso es algo que mi padre considera peor que el
mal juicio. Además, es prácticamente una reunión de la clase del
Cartel Santiago abajo. Todos los jugadores importantes están aquí,
lo que incluye a Edier también, ahora que ha tomado el control de
Nueva York y está empeñado en hacerse un nombre.
Lo sé todo sobre él, excepto lo que realmente importa. Sé que
vivió en Mónaco durante un tiempo, y luego en la costa oeste de
Colombia durante un par de años. Se mudó a Nueva York hace poco
y desde entonces ha estado cortando una franja de rojo por la
ciudad, destruyendo una célula de Bratva por orden de mi padre.
Observo cómo se sale desde el auto, elevándose más y más
hasta que se eleva sobre el techo del Ferrari negro. Es difícil
distinguir su rostro mientras sube los escalones, pero puedo ver por
su sombra que también ha cambiado en otros aspectos.
Es más musculoso, más alto... Más imponente.
El botones se adelanta para tomar las llaves de su auto y las
lanza en su dirección con un hábil movimiento de muñeca, y luego
se detiene, con la cabeza girada hacia mi ventana, como si sintiera
que alguien lo está observando.
—¡Rápido! Apaga las luces —siseo a Thalia que ha reaparecido
para robarme el resto del maquillaje.
—¿Qué?
—¡Solo hazlo!
La habitación se sumerge en la oscuridad y él permanece
inmóvil, mirando mi silueta con la misma intensidad con la que yo
miro la suya.
—Me has defraudado, Edier —susurro, apoyando la mano en
el cristal—. Te necesitaba y no estabas.
Su sombra persiste. Es casi como si entendiera, como si
reconociera y aceptara mi acusación, y entonces se dirige a las
puertas abiertas de la mansión de abajo.
—Puedes volver a encenderlas —le murmuro a Thalia, y la luz
vuelve a inundar la habitación.
—¿Qué fue todo eso?
—Danielle bromeó diciendo que mis medicamentos podían
hacerme ver en la oscuridad. Solo estaba probando su teoría.
—¿Y? —Ella estrecha los ojos hacia mí, sabiendo que estoy
diciendo tonterías.
—Y necesito hablar con Papá —digo, cambiando de tema—.
¿Sabes dónde está?
—Donde siempre está, sospecho. Celebrando la corte en un
lujoso estudio o biblioteca en algún lugar, declarando guerras y
cortando cabezas.
—Eres malvada. —Me detengo para besar su mejilla al salir.
—Una de nosotras tiene que serlo, si no Isabella se lleva toda
la gloria. Hablando de eso, ¿va a venir más tarde?
Sacudo la cabeza.
—Ella y el que no debe ser nombrado han vuelto a Rusia —
digo, refiriéndome a nuestra media hermana mucho mayor y a su
pareja, un hombre que nuestro padre odia y ama a partes iguales.
Hemos dejado de mencionarlo por su nombre porque una sonrisa
irónica un día puede provocar una furiosa tormenta al día siguiente.
—Probablemente sea lo mejor. Nadie quiere una cabeza
decapitada con tu pastel de cumpleaños.
—Suena delicioso.
Una vez en el pasillo, compruebo mi reflejo en el espejo. Esta
noche he elegido un vestido dorado, y el material sedoso se amolda
a mi cuerpo como el agua, con mangas que caen por debajo de los
pliegues de mis codos, un dobladillo que roza los dedos de mis pies
recién pintados, y una espalda lo suficientemente baja como para
levantar unas cuantas cejas, concretamente las de papá. Llevo el
pelo negro recogido, con mechones que me rodean la cara, y me
maquillo con mi combinación favorita de base clara y sombra de
ojos ahumado.
No tengo muchas ocasiones para disfrazarme, pero cada una
de ellas es un regalo, e intento que sea lo más memorable posible.
Resulta que me va muy bien con mis nuevos medicamentos. Me
siento más ligera, más fuerte... Tal vez incluso lo suficientemente
valiente como para preguntarle a Edier si la razón por la que me
ignora proviene de un lugar de odio, indiferencia o, peor aún,
lástima.
Por favor, que no sea por lástima.
Mi sonrisa vacila cuando el sabor agrio de esa palabra inunda
mi boca.
Puedo aceptar cualquier otra razón, pero eso.
5

EDIER
Carajo. No quiero estar aquí.
No llevo Armani, llevo una amarga desgana, y está tejida en
cada hilo. Me pesa como el cemento y me oprime el pecho, y ahora
me empuja a subir los escalones y a entrar en un elegante vestíbulo
blanco, cuando lo único que quiero hacer es sentarme en una
habitación oscura, bebiendo un gran whisky, hasta que el
pensamiento de todo el rojo de mis manos se difumine en un
desordenado olvido de nuevo.
Pero lo que Santiago quiere lo consigue, incluida mi presencia
en la fiesta de dieciocho años de su hija. Creo que las palabras que
me dijo ayer fueron: "aparece o vete a la mierda", y cuando le dice
a alguien esto último, suele acabar en una bolsa para cadáveres.
Tras años de duro trabajo, me he ganado Nueva York, y no voy a
ponerlo en peligro con una bala en la cabeza por faltarle al respeto
antes que empiecen a circular los aperitivos.
—¡Ah, mi Grayson favorito! No estaba seguro si lo lograrías.
El senador Rick Sanders sale por la puerta más cercana,
agarrando una botella de Macallan y apestando a disidencia bien
vestida. Es el dueño de esta mansión y nuestro principal hombre
en Washington, pero solía estar en la calle como nosotros.
Hace dos décadas, trazó una línea de coca blanca alrededor de
Nueva York, y nadie se atrevió a cruzarla. Entonces, conoció a una
buena mujer, y eligió corromper el Senado en su lugar. Desde
entonces, ha estado merodeando por esos pasillos, haciendo tratos
para el cartel a escondidas y convirtiendo la explotación en la nueva
palabra de moda para las personas honradas y buenas.
Su hijo mayor, Sam, es igual de encantador, leal y
manipulador, aunque una versión de diecinueve años, lo que lo
hace doblemente letal.
—No tenía muchas opciones —admito, tomando su mano
extendida—. No estaba de humor para mi propio funeral.
Sonríe, pareciendo tan depredador como siempre.
—No compartes la misma sangre que tu viejo, pero ciertamente
tienes la mirada de los Grayson.
—¿Ya lo has matado? —Arrebato un vaso de una bandeja que
pasa, sin importarme lo que sea, con tal que me emborrache—. ¿O
eso ocurre después del postre?
No hay amor fraternal entre Sanders y mi padre adoptivo, pero
se toleran en ocasiones como esta.
—¿Te importaría si lo hiciera? —Levanta su Macallan y da un
trago, esperando pacientemente mi reacción. Sabe que hoy en día
apenas hablamos. Lo que antes era un silencio tenso, ahora
prácticamente no existe fuera de las horas normales de trabajo.
—Me resisto a responder a eso —murmuro, viendo cómo sus
cejas se disparan ante mi extraña elección de vocabulario.
—Como quieras.
Hay una nueva llegada y él cambia sin esfuerzo a las tareas de
anfitrión antes de guiarme hacia una enorme sala de estar que da
a un patio.
—Entra. Ponte a cagar. Knight ya está aquí. La bella del baile
debería bajar en cualquier momento.
—¿Cómo está? —digo, limpiando la sangre seca de mis uñas.
—Mejor de lo que estaba. —Su mirada se detiene, y resisto el
impulso de pasar el dedo por debajo del borde del cuello de mi
camisa—. Le cambiaron la medicación, así que hace tiempo que no
tiene un brote. Santiago no la pierde de vista. Nunca ha tenido un
problema que no pueda arreglar sin violencia, y está en parte
furioso y en parte frustrado por todo el puto asunto.
—¿Camina con un bastón o está en una silla de ruedas?
Intento no pensar en la niña feliz que una vez saltó por el patio
hacia mí con ojos brillantes y una sonrisa de megavatio.
—Cristo, realmente no la has visto en un tiempo, ¿verdad? —
Me mira mientras tomo otro trago de otra bandeja que pasa.
—Dime.
—¿Dónde está la diversión en eso?
—Si quisiera un acertijo, me habría quedado en casa con un
puto crucigrama —le respondo—. Solo responde a la maldita
pregunta.
—¿Por qué demonios debería hacerlo? Soy un político. —Echa
la cabeza hacia atrás y se ríe—. Veo que tú también tienes el mismo
encanto infinito que tu padre. ¿Necesito recordarte que Ella es una
santiaguera? —Me ofrece su botella de Macallan como refresco para
mi champán, decidiendo que mi necesidad es mayor que la suya—
. Ese ADN no se somete a nada sin una batalla. —A través de la
puerta abierta, veo a mi antiguo mentor de Mónaco sosteniendo un
puro Arturo Fuente con mi nombre escrito en él—. Solo una cosita
para tener en cuenta.
—Lo dices como si me importara una mierda.
Le devuelvo la botella y me dispongo a marcharme cuando me
distrae un original de Salvador Dalí colgado en la pared. Al
detenerme a admirarlo, capto un destello de oro con el rabillo del
ojo. Viene de la escalera de mármol que hay más allá. Hay una
mujer que desciende del primer piso, con la mano izquierda
recorriendo ligeramente la barandilla pulida. Algo en su forma de
moverse me llama la atención, aunque no puedo ver su rostro. Sus
ojos están fijos en el suelo, y el cuidado con el que coloca cada paso
me dice que llevar tacones es todavía una novedad para ella.
Mi mirada se detiene. Me intriga ver si el resto de ella está a la
altura de esa promesa de inocencia. Su vestido es caro. De diseño.
Quizá incluso de Givenchy Couture. La forma en que la seda fluye
hace que el material parezca oro líquido, rozando sus pequeños
pechos y caderas, y aferrándose tentadoramente al suave montículo
entre sus piernas.
Cada paso es una delicada lección de precaución.
Cada movimiento de cadera es una sirena para mi polla.
Ya estoy empalmado, lo que me dice que ha pasado demasiado
tiempo desde la última vez que follé con una mujer.
Contrólate, Edier.
Mi mirada se estrecha.
Quiero que esta mujer sea fea de repente. Quiero que sea tan
repulsiva que ni siquiera su cuerpo perfecto sea suficiente para
tentarme. Vivo mi vida por la negación, estos días, porque es todo
lo que merezco.
Como si fuera una voluntad de mi lucha contra la ansiedad,
levanta la vista en cuanto llega al último escalón, pero no me ve.
Está demasiado ocupada reprimiendo una sonrisa de alivio por
navegar por un terreno tan traicionero con unos tacones de punta
de diez centímetros.
Sin embargo, una mirada a su cara.
Eso es todo lo que se necesita.
Una mirada y mi estómago golpea el suelo de mármol blanco
de Sanders junto a mis Oxfords negros.
Mierda. No. Cualquiera menos ella.
Dejé una niña en Colombia, pero de alguna manera esa niña
creció hasta convertirse en una mujer joven mientras yo estaba
ocupado corriendo, olvidando y pecando.
Rodea las escaleras, tan elegante como un ángel, y se aleja de
la fiesta, regalándome una vista trasera de infarto.
El vestido es una estafa. Ha pasado de ser recatado a revelador
en un abrir y cerrar de ojos, dejándome un lienzo de fina porcelana
blanca, hasta el hoyuelo de la base de su columna.
No he dibujado en años, pero me encuentro con ganas de un
lápiz... un pincel... cualquier cosa. Su figura es perfecta. Ninguna
de las valiosas obras de arte que cuelgan en esta casa se acerca a
ella.
Aceptaste la maldición y te burlaste de ella, Mi Cielo. Siempre
fuiste mucho más fuerte de lo que nadie te daba crédito.
—Bebe esto. —El hijo mayor de Sanders, Sam, aparece junto a
mí y me clava una petaca metálica en el abdomen—. Es mucho más
fuerte que cualquier cosa que mi padre te sirva esta noche.
—No me interesa. —Lo alejo. La verdad es que acabo de perder
la sed, el apetito y todo lo demás.
Sam ladea la cabeza divertido, sabiendo exactamente qué, o
más bien quién, es la fuente de mi distracción. No puedo apartar
los ojos de ella, y normalmente nunca me fijo en las mujeres a
menos que estén comprando o vendiendo mi producto.
—¿No es éste el undécimo mandamiento no escrito? —dice—.
¿No codiciarás a la hija de tu jefe?
Le lanzo una mirada despiadada.
—Es una niña.
—Que está a un día de ser legal en todos los estados de este
glorioso país.
—¿Quieres que te rompan los dientes primero, o una bala en
las dos rótulas? —digo ociosamente—. Ninguna de las dos cosas te
sentaría bien, universitario.
Su hermoso rostro se convierte en una sonrisa. Sabe que
cumpliré mi amenaza, pero se divertirá un poco antes que empiece
el dolor. Maldito loco. Ya está contando los días en los que puede
dejar las clases por la vida del cartel.
—¿Cuándo fue la última vez que la viste?
—Años.
La busco de nuevo.
Odiándome a mí mismo cuando mi línea de visión se inclina
hacia el sur de nuevo.
—En ese tiempo pueden crecer muchas cosas.
Aislamiento, autodesprecio...
—Además, tú y tu corazón helado la mataron hace tiempo.
—Me mudé.
—¿No tienen servicios postales o teléfonos en Mónaco o
Colombia? —Resopla con incredulidad—. De todas formas, ¿qué te
ha hecho? ¿Robar tu cuaderno de dibujo? ¿Herir tu frágil ego
adolescente? Si alguien se atreve a mencionarla, le disparas,
literalmente en algunos casos, o eso he oído. Solo estás en su fiesta
de cumpleaños porque Santiago lo exigió. Admítelo, Edier, no
podrías haber mostrado menos interés en Ella estos últimos seis
años que si su apellido fuera Carrera.
—No me menciones a esos bastardos mexicanos. Está enferma.
¿Cómo diablos está...?
Caminando por ahí con ese aspecto.
—Porque elige luchar contra la enfermedad, cada día de su
vida. —El respeto en su voz me toma por sorpresa. Sam tiene más
arrogancia que sentido común, por lo que es notoriamente corto en
esa materia—. Tú también lo sabrías si te hubieras molestado en
preguntar.
—Cuidado, Sanders...
—Se despierta, respira, y luego elige subir al ring y enfrentarse
a ello. ¿Siquiera sabes lo que es el lupus?
No es lupus, es la maldición. Me niego a llamarlo de otra manera.
—Su cuerpo está en guerra consigo mismo. Lo que están viendo
esta noche es su determinación de vivir y divertirse un poco
mientras lo hace, además de una tonelada de medicamentos.
La veo deslizarse hacia una habitación al final del pasillo y
cerrar la puerta tras ella, y luego me dirijo hacia la salida.
—Ya he terminado. Me ocuparé de las consecuencias más
tarde.
—Edier, no lo hagas.
Indignado, me doy la vuelta.
—¿Acabas de darme una orden, universitario? Sabes que
trabajarás para mí si Santiago y papá dan el visto bueno, así que
recuerda con quién estás hablando.
—Mantente en el otro lado de la sala —murmura, dándose
cuenta que ha ido demasiado lejos—. Hay doscientas personas
aquí. Ella no se va a dar cuenta...
Pero, ¿y si quiero que se dé cuenta?
Me bastó una mirada para ver lo vacía que está mi vida desde
que me fui. He echado de menos su bondad, su paz, su luz. He
echado de menos estar cerca de todo lo bueno que hay en su alma
porque ya no me ahogo en todo lo malo que hay en la mía.
Pero también conozco las reglas, y no necesito que una bruja
moribunda me las deletree esta vez.
Estuvimos cerca una vez, y ella pagó un precio terrible por
ello...
Pase lo que pase esta noche, no puedo volver a cometer el
mismo error.
6

ELLA
—¿Te interrumpo?
Mi padre levanta la vista cuando entro en el estudio y cierro la
puerta tras de mí.
—En absoluto —dice, con el rostro impasible, pero hay una
rara calidez en sus ojos cuando señala la silla vacía que hay frente
a él—. Ven... siéntate. —Apartando sus botas negras del escritorio,
deja a un lado lo que estaba leyendo con el mismo aire de autoridad
que tenía Edier cuando le tiró las llaves del auto al botón. La fuerza
de su carisma ya está abarrotando la más que generosa sala.
—Hay tantas historias aquí. —Me maravillo, echando un
vistazo a todas las estanterías sobrecargadas—. Nunca me di
cuenta que el tío Rick era un acaparador de literatura.
—Está claro que hay demasiado tiempo de inactividad entre
tanta venalidad en Washington. —Mi padre vuelve a hacerme señas
para que me acerque con otro de esos gestos altivos y saca el juego
de uno de los cajones del escritorio. Coloca un exquisito juego de
ajedrez entre nosotros, y mi corazón palpita de alegría—. Esto viene
a confirmar lo que sospechaba desde hace tiempo. Los políticos son
legisladores a tiempo parcial y mentirosos a tiempo completo.
¿Jugamos?
—Al menos son bien leídos. —Razono con una sonrisa, viéndolo
girar el tablero en forma de ocho y presentarme dos filas de
relucientes piezas blancas.
Yo siempre juego con blancas. Él siempre juega con negras.
El ajedrez es lo nuestro, o lo era hasta que los negocios lo
alejaron de la isla privada que llamamos hogar durante gran parte
del año pasado. Todas las tardes jugábamos hasta que me mareaba
de cansancio. Es el único juego en el que le he ganado, y la única
vez que he visto un atisbo de esa sombra tenebrosa de la que todo
el mundo habla cuando cree que no estoy escuchando.
—¿Cómo te sientes?
La pregunta es sutil, pero sé que es en lo único que ha pensado
desde que entré en esta habitación.
—Por mucho que te amo, papá, ¿podríamos tener una
conversación que no incluya el estado de mi salud por una vez?
—Si insistes. —Sin embargo, su mirada sigue fija en mi cara, y
sé que está buscando señales de advertencia de la reveladora
erupción del lupus.
Dejo caer mis ojos para ordenar mis piezas.
—No tenemos mucho tiempo. Creo que están a punto de sacar
los entrantes.
—Es tu cumpleaños, mija. Podemos quedarnos aquí toda la
noche si queremos.
—Pensándolo bien, quizá sea mejor que lo hagamos.
—¿Oh?
Miro su ropa y me rio.
—Para empezar, ni siquiera estás vestido para una fiesta.
Todos los hombres aquí esta noche llevan ropa formal, pero él
no. De hecho, nunca lo he visto llevar otra cosa que no sean botas
negras, jeans y una camisa.
—Los hombres como yo no se someten a la etiqueta social, Ella
—dice con una sonrisa de satisfacción—. La colgamos en la pared
y dejamos que los demás la adoren.
Esto me recuerda algo que mi madre dijo una vez sobre él,
sobre cómo se inventa sus propias reglas en este mundo. No era
una justificación casual de sus muchas transgresiones, sino más
bien una declaración de hecho. Algunos hombres dirigen, otros
siguen, y luego está él, el Rey del Pecado, que preside a todos ellos.
Sabía que era un hombre malo desde que era una niña, y eso
me confundía. Se supone que los hombres malos no aman total e
incondicionalmente. Se supone que no se sacrifican. No se supone
que sostengan la mano de su hija y no se cansen cuando ella está
pasando por una ronda tras otra de quimioterapia para ayudar a
suprimir un mal brote de lupus, y todos los horribles efectos
secundarios que conlleva.
Sin embargo, aquí está: mi hermoso y terrible contradicción de
padre -que, por cierto, es otro de los dichos de mi madre sobre él- y
el hombre con el que estoy orgullosa de compartir mi sangre,
aunque su alma sea del mismo color que su ropa.
—¿Tal vez deberías pedirle al tío Rick algunas
recomendaciones de libros? —sugiero, mientras él debate su primer
movimiento—. Mamá dice que el último que intentaste leer fue
Guerra y Paz, solo que te enfadaste tanto por la falta de violencia
gráfica que lo tiraste por la ventana.
Las comisuras de su boca se levantan, provocando una única
grieta en su feroz fachada. Solo permite que las personas que ama
le hablen así. El resto del universo se mantiene a distancia, como
los perros con correa, pero es él quien enseña los dientes.
—Lo creas o no, se lo pregunté, pero no te diré cuál fue su
respuesta. —Vuelve a sonreír ante el recuerdo—. No hasta que
tengas dieciocho años, al menos.
Inclinando la cabeza, compruebo la hora en su enorme reloj
Patek Philippe.
—Entonces tengo exactamente cuatro horas hasta la verdadera
iluminación.
—No hay nada de cierto en ello. —Veo cómo sus ojos se
estrechan ante mi vestido—. Aunque sospecho que eres mucho más
ilustrada sobre ciertas cosas de lo que dejas ver.
Me sonrojo y dejo caer los ojos.
—¿Un consejo? —Avanza un peón negro porque siempre va
primero.
—Por favor, no dejes que esto sea algo sexual. —Avergonzada,
me precipito en mi movimiento y juego el peón blanco equivocado,
y él lo saca del tablero.
—Eso no es algo que deba preocuparte todavía. —Suelta su
primer caballero mientras recuerdo de lo que Thalia y yo nos
reíamos antes. No se permiten chicos. Punto—. Llama a esto una
suave advertencia paternal, Ella.
—No bromees, papá —le digo, liberando mi primer alfil y
deslizándolo tres casillas hacia la derecha—. No sabes ser amable.
Solo sabes blandir bates de béisbol con clavos.
—Hmmm, tal vez tengas razón. —Desliza su reina negra hacia
el centro del tablero en un movimiento audaz, tan típico de él en el
ajedrez y en la vida—. Además, nunca bromeo con el asesinato. No
es bueno para mi coartada. —Una vez que ha terminado, empina
las manos y me contempla por un momento—. Cuando anheles
algo, mija, no te sorprendas demasiado si ese dolor constante se
convierte en una herida de bala sangrante.
Me quedo helada, con la mano suspendida sobre el tablero de
ajedrez.
—¿No estoy segura de seguir?
Sus ojos negros están clavados ahora en la cara.
—Los hombres tienen razones para lo que hacen, y la mayoría
de las veces, no tiene ningún puto sentido para nadie más que para
ellos mismos.
Lo sabe.
Dios mío, lo sabe.
Y yo que pensaba que estaba siendo muy cuidadosa al
disimular mis verdaderos motivos para esta fiesta.
Desinflada, mi mano vuelve a caer en mi regazo. Debería
haberme dado cuenta que iba arrasar con mi plan como un
huracán.
—Pregúntale a Edier Grayson lo que te has estado muriendo
por años. Obtén tus respuestas, y luego deja su historia afuera en
esa marquesina. Es un hombre dañado, Ella. No habrá paz en nada
de lo que diga, pero elijo permitirlo porque es tu cumpleaños.
Después, él volverá a Nueva York, y tú regresarás a la isla con tu
madre y Thalia. Es mejor para tu salud allí.
Pero, ¿y si no quiero volver a un paraíso encadenado?
Pienso en la carta arrugada escondida debajo de mi almohada.
—Sabes que digo la verdad. Cumplir dieciocho años se supone
que es "iluminador", después de todo.
Lo veo tomar mi alfil en un movimiento tan casualmente brutal
como sus palabras.
¿Dañado? ¿Cómo?
—Por favor, no le hagas daño. Todo esto fue idea mía. Fuimos
amigos una vez, pero no hemos hablado desde entonces... Yo solo...
—Me quedo sin palabras en la derrota.
—Es el hijo de mi más antiguo amigo, Ella, y se está perfilando
como extremadamente eficaz para mi organización. Tendría que
cruzar todas las líneas para que le metiera una bala en la cabeza.
—Se pasa la mano por la mandíbula mientras estudia de nuevo el
tablero—. Creo que es tu jugada.
—No creo que sea atractivo, si eso es lo que quieres decir —
digo, sonrojándome de nuevo—. Nunca me interesaría Edier de esa
manera. Solo es otro hombre con muchas explicaciones que dar.
Eso es todo.
—Me alegro de oírlo. En cuanto a él, no se le permite pensar en
ti de ninguna manera.
Apretando los dientes, pongo en juego mi reina, y él se ve
obligado a retirarse con una maldición.
—Mija —murmura como advertencia.
—¿Puedo ofrecerte un consejo a cambio? —Avanzo mi reina
una casilla más hacia la derecha, haciendo que su reina retroceda
aún más y poniendo en riesgo su caballo.
—Te escucharé, pero no hay garantía que vaya a actuar en
consecuencia.
—Las personas dañadas aún sienten, papá. Todavía aman.
Todavía merecen. —Mi visión se nubla, y sé que no es solo de Edier
de quien hablo—. Te pido que no los subestimes, y que te des
cuenta que tienen sus propias razones para hacer lo que hacen... Y
suelen tener sentido con el tiempo.
Ignorando su caballo, coloco mi segundo alfil frente a sus
peones restantes.
—Nunca te subestimaría, Ella Santiago —dice, dirigiendo su
oscura mirada hacia la mía—. Eres mi hija, después de todo.
—Entonces tengo otra petición de cumpleaños, y esta vez es
una grande. —Le sostengo la mirada mientras las mariposas de mi
estómago explotan en colonias.
Tengo un sueño, un sueño imposible que está atrapado al otro
lado de una alta valla etiquetada como "deber, salud y
sobreprotección de mi padre". Puedo ver hermosos colores a través
de las grietas, pero voy a necesitar un mazo para atravesar el arco
iris.
No hay tiempo como el presente.
—Dime.
Se lleva a mi alfil, tal y como había previsto.
Respiro fuertemente, y luego voy por ello.
—Si gano este juego, me gustaría que me dieras permiso para
ir a la Universidad de Nueva York y estudiar periodismo como hizo
mamá. Me gustaría mudarme a la ciudad y tener un poco más de
libertad.
Mi petición queda suspendida en el aire, y luego echa la cabeza
hacia atrás y se ríe, con un tenor rico y despreciativo que llena la
habitación mucho más que su presencia.
—No apuesto el futuro de mi hija en una partida de ajedrez,
mija. No cuando estás tan enferma como lo estás.
—Hay buenos médicos en Nueva York, quizá incluso los
mejores —argumento, con el corazón latiendo como un tambor—.
Demuéstrame que te crees eso que acabas de decir de no
subestimarme. Porque en el fondo sabes que no puedes tenerme
encerrada para siempre, no cuando por fin tengo la oportunidad de
crecer y respirar.
—¿Y cómo vas a conjurar mágicamente una plaza en la
Universidad de Nueva York? —Su tono es bajo y peligroso, como el
gruñido de un animal acorralado.
—Presenté una solicitud en secreto. —Me acobardo al ver su
mirada—. Ya tenían mis notas del tutor de casa y querían ver
ejemplos de mi escritura. Recibí un correo electrónico de aceptación
hace seis días.
La cara de mi padre se queda muy quieta. Ha estado jugando
con uno de mis peones anexos desde que empecé a hablar y ahora
lo tiene aplastado en su puño cerrado.
—Solo hay un fallo fatal en tu plan, hija. Estás asumiendo que
me ganarás en este juego.
—¿Significa eso que te lo vas a pensar?
Sonríe fríamente, y mi esperanza se tambalea.
—Tu fe es seductora cuando sabes que no puedes ganar. Ya
tengo tu alfil, y tu reina está más expuesta de lo que crees.
Se me corta la respiración.
—Entonces, ¿tengo tu palabra?
Hay una pausa.
—Siempre tienes mi palabra.
—¿Lo juras?
Su enorme mandíbula tiene un tic de irritación.
—Solo haz tu movimiento, Ella, antes que tire esta maldita cosa
a través de la habitación.
Con la sangre corriendo en mis oídos, deslizo mi reina hacia la
izquierda, en un movimiento tan exquisito que él nunca lo ve venir.
Cada casilla negra que cruza es otro ladrillo del muro que se
derrumba. Cada casilla blanca es otro atisbo de mi libertad.
—Chequea el mate, Papá —susurro.
7

ELLA
Sus rugidos y maldiciones aún resuenan en mis oídos mientras
me retiro a toda prisa por el pasillo hacia el salón. Desde allí puedo
ver el patio, donde la mayoría de los asistentes a la fiesta se mezclan
en las losas de porcelana, bajo los hilos de luces de araña. Más allá,
el techo abovedado de la carpa del comedor se eleva desde el césped
esmeralda como una ciudadela blanca y sedosa.
Mis manos tiemblan. Mis pensamientos, acallados por la
incredulidad. Nunca me he atrevido a engañar a mi padre, y sé que
habrá consecuencias y un sinfín de condiciones en cuanto ponga
un pie en Nueva York.
Pero hay esperanza. Mucha esperanza. Sobretodo, porque sé
que cuando mi padre da su palabra sobre algo, lo hace en serio. Por
primera vez, la luz ha aparecido alrededor de los bordes de mi jaula
dorada, y es tan brillante que es cegadora... Tanto, que pierdo el
paso y tropiezo con las losas con toda la gracia de un elefante bebé
en patines.
—Tranquila, cumpleañera —murmura un hábil acento
británico mientras me sostiene una enorme sombra—. Odio tener
que decírtelo, pero un pie roto no combina con ese bonito vestido.
Con un "gracias" jadeante, parpadeo ante el rostro
perversamente apuesto del estrecho colaborador de mi padre, Aiden
Knight.
Me suelta el brazo y me ofrece una copa de champán, y luego
la retira con la misma rapidez.
—No eres lo suficientemente mayor —dice con una mueca, pero
sé que no tiene nada que ver con eso y sí con mi enfermedad.
Sin embargo, le quito la copa y me la bebo entera antes que
pueda detenerme.
—Ella, mierda.
—Está bien —gruño, con la parte posterior de mi garganta
todavía en llamas—. Una copa de champán no me va a matar. Lo
he consultado antes con mis médicos.
—No, pero podrían matarme cuando tu padre se entere.
—No se lo diré si no lo haces.
Su ceño desaparece y se ríe suavemente.
—Y me hicieron creer que eras una chica tan buena.
—Incluso las buenas chicas pueden tener hipo, ¿verdad?
—Siempre que no sean inducidos por el champán.
Sonrío, sintiéndome más que un poco imprudente esta noche.
No lo suficiente como para hacerme daño y anular mi medicación,
pero sí para adentrarme en esos Badlands, en lugar de pasear por
el perímetro.
—¿Cómo está Mónaco? —pregunto, tomando un vaso de zumo
de la bandeja de un camarero que pasa para apaciguarlo—. Ha
pasado mucho tiempo desde la última vez que lo visitamos.
Solíamos quedarnos en su super-yate en la Costa Azul todo el
tiempo antes que me enfermara. Cuando te aceptan en el círculo
íntimo de mi padre, pasas a formar parte de una gran familia
criminal feliz. Cada uno de mis "Tíos", se han ganado su estatus
con sangre. Aiden dirige todos los casinos de la Riviera francesa y
permite a mi padre blanquear la mayor parte de sus ingresos a
través de sus establecimientos. A cambio, es dueño de la mayor
parte de Mónaco, que es donde Edier estuvo viviendo durante un
tiempo.
—Caliente. Elegante. Lucrativo... Cristo, solo prométeme que no
te enfadarás y empezarás a cantar karaoke.
—Estaré bien —digo, riendo mientras me acerco a él para darle
un beso en la mejilla—. No hay karaoke, lo juro. Es un placer verte.
¿Está Issa aquí?
Adoro a su esposa. Es inteligente y divertida, y con una lengua
tan afilada como la de su marido.
—Está cambiando los cubiertos de la cena. No puedes dejar
nada al azar en estos días. Y no quiero que me beses así de nuevo,
cariño. No a menos que quieras darme otro deseo de muerte. —El
fantasma de una sonrisa roza sus labios mientras miro a mi
alrededor confundida.
—Pero acabo de dejar a Papá en el estudio. No puede haber
llegado aquí tan rápido.
—No estoy hablando de tu padre, Ella. Estoy hablando del
hombre de allí que está a punto de apuñalarme con todas las dagas
que salen de sus ojos.
Frunciendo el ceño, vuelvo a girar y mi corazón se detiene en
seco. Bum. Así de fácil, todo mi pecho se paraliza.
Hay una segunda sombra de pie frente a la barra, con sus ojos
oscuros dirigidos hacia nosotros, derritiendo al resto de la fiesta
como si él fuera fuego y ellos hielo. Es aún más guapo de lo que
recordaba, con su espeso pelo negro despeinado y sus pómulos de
estrella de cine...
Pero tenía razón. Ahora es un hombre, un hombre grande y
aterrador, con un puño cerrado alrededor de un vaso con tanta
fuerza que es un milagro que no se rompa. Sus nudillos están
cubiertos de tinta negra, llegando hasta la manga de su chaqueta,
y luego saliendo del cuello de su camisa para envolver su cuello,
como si no hubiera fin a su oscuridad.
Lleva las mismas cicatrices y el mismo ceño fruncido que
cualquier otro sicario de aquí, pero podría distinguirlo entre una
multitud de miles. Es un millón de recuerdos que ningún océano
de tiempo podría borrar.
Sol.
Cuadernos de dibujo.
Risas.
La seguridad.
Y la luz. Mucha luz.
Lo recuerdo todo.
¿También piensa en esos días?
Vuelvo arrastrar los ojos hacia su rostro y se me hiela la sangre.
Supongo que eso es un "no".
No hay amabilidad en su mirada. No hay calidez. Si esperaba
un reencuentro feliz, no hay suficiente champán en el mundo para
aliviar la bofetada de esa decepción.
Tirando su bebida, empieza a caminar hacia mí. Corrección:
acechar. Sus movimientos son lentos y deliberados, como los de un
cazador que acecha a su presa. Se me entrecorta la respiración,
pero me mantengo firme, cada paso me hace inclinar un poco más
la cabeza hacia atrás porque debe haber crecido al menos medio
metro desde la última vez que lo vi.
Cuando se acerca, me doy cuenta que no me mira a mí, sino a
alguien que está justo detrás de nosotros. Ni siquiera se detiene. Me
pasa rozando y me inunda con una colonia masculina y
desconocida, y con un aroma de fondo que me lleva directamente a
Colombia.
—Edier, no. —Oigo gruñir a Aiden, pero su advertencia cae en
saco roto.
Al girarme rápidamente, veo que un par de camareros con
bandejas se sitúan justo detrás de nosotros. Alcanzo sus ojos fijos
en mi trasero hasta que se dan cuenta que Edier va directamente
hacia ellos como un misil que busca el fuego.
Murmurando una tonelada de malas palabras, giran sobre sus
talones, con las bandejas volando, y rompen a correr,
desapareciendo por el lado de la mansión con Edier en una
persecución mortal.
8

EDIER
Mi primer golpe golpea la mandíbula del camarero.
El segundo se hace un lío con la nariz y hace sonar su mierda-
para-cerebro- decorando los azulejos blancos prístinos detrás de él
en un arco perfecto de carmesí.
Cómete tu corazón, Banksy.
—¡Jesús, para! ¡PARA! —grita, deslizándose por la pared en un
patético montón, sacando una mano en un inútil intento de
detenerme, mientras la otra se agarra a lo que queda de su cara—.
Lo siento, ¿de acuerdo? —Empieza a llorar, derramando agua
salada sobre su amigo que yace inconsciente a sus pies. El cabrón
estaba tan asustado que se estrelló contra el marco de la puerta y
se desmayó antes que yo empezara.
Sacudiendo el puño, me muestro decepcionado.
—Hijueputa. Todavía no he sudado nada.
—No deberíamos haberla mirado. —Sus palabras comienzan a
arrastrarse, lo que significa que debo haber roto algo bueno—. ¡No
sabíamos que era tu chica!
—Ella no es mi nada —miento fríamente—. Simplemente no me
gustó tu aspecto. —Agachándome, tomo su mandíbula destrozada
entre mis dedos, siseando en señal de desaprobación ante sus
chillidos de cerdo, y agito mi cuchillo frente a él—. ¿Has visto bien,
malparido? ¿Te has imaginado hincarle el diente a ese bonito culo,
o quizá incluso tu polla, si la emborrachas lo suficiente? —Aprieto
los dientes ante la idea que este vago pruebe sus rayos de sol—.
¿Valió la pena?
—¿Vale la pena? —jadea, mirando el cuchillo con miedo.
—El precio que hay que pagar —digo pacientemente—. No se
puede comprobar un culo así de forma gratuita. Siempre hay un
impuesto.
—¿Qué impuesto?
Estoy a punto de arrancarle el globo ocular izquierdo para
demostrárselo cuando se oye el chirrido metálico de un mechero
detrás de mí, seguido del acre sabor del humo de un cigarrillo. Todo
el personal de la cocina huyó de la escena en cuanto irrumpí en la
sala, dejando atrás sus entrantes de mousse de salmón a medio
emplatar. Eso significa que Aiden debe haberme seguido.
—¡Qué puto desastre! —exclama, su acento le hace sonar aún
más desaprobador—. ¿Qué han hecho? ¿Escupir en tu whisky?
—Miraron algo que no debían. —Hago una pausa, mi hoja está
a milímetros de su objetivo. Los zarcillos plateados del humo de su
cigarrillo se enroscan a mi alrededor como un lazo y me alejan del
borde.
Mierda.
—Por favor, señor —solloza el camarero, lanzando ojos
suplicantes por encima de mi hombro—. ¡Creo que va a matarme!
—Oh, hará algo mucho peor que matarte —dice Aiden con
calma—. Yo debería saberlo. Yo mismo lo entrené.
—¡Jesús, JESÚS!
—Cállate la boca —gruño, apagando sus luces con un codazo
bien colocado en su sien antes de ponerme de pie para reunirme
con mi antiguo mentor.
Está apoyado en un mostrador, con los tobillos cruzados, los
ojos entrecerrados y el cigarrillo encendido entre los dedos. Es muy
frío, pero me doy cuenta que también está enojado.
—¿Qué demonios estás haciendo, Edier? Esto es una reunión
social, no una pelea de trastienda.
—Se acabó el espectáculo —le respondo.
—El programa nunca debería haber comenzado en primer
lugar. ¿Qué pasará cuando Santiago se entere de esto? Es el
dieciocho cumpleaños de su hija, por el amor de Dios.
—¿Se entere de qué?
Mi padre aparece en la puerta, dominando el espacio con su
regimentada censura y bajando la temperatura de la cocina a unos
cincuenta grados bajo cero.
Maldiciendo en voz baja observa a los dos hombres
inconscientes a mis pies, mi puño ensangrentado y el cuchillo en
mi mano.
Su expresión se tensa.
—¿Qué ha pasado?
—Nada que no desaparezca de esta cocina en los próximos
cinco minutos —dice Aiden, disipando la situación con brío—. Hubo
un pequeño desacuerdo sobre la carta de vinos. Tu hijo estuvo muy
feliz de ponerlos en orden
—¿Edier? —Mi padre transfiere su mirada glacial hacia mí—.
¿Te importa explicarlo?
—El Chablis no me ha sentado bien —respondo sin ton ni son.
—El silencio resultante se prolonga hasta que golpeo mi cuchillo
contra el muslo, irritado—. Vuelve a la fiesta, Pá. Dijimos que lo
arreglaríamos, y lo haremos.
—Mira lo que haces. —Con una última mirada a los
camareros, desaparece de nuevo en el vestíbulo, justo a tiempo para
perderse mi lento y burlón aplauso por su marcha.
—Creo que es lo máximo que me ha dicho en seis años.
—Intenta escuchar por una vez. —Aiden me lanza su paquete
de cigarrillos—. Si lo hicieras, podrías oír palabras susurradas en
esos espacios fríos y vacíos.
—Tal vez tengo un oído selectivo cuando se trata de sus
tonterías. —Tomo uno y lo meto entre los dientes antes de tirarle el
paquete. No es la primera vez que Aiden trata de abordar el
creciente abismo entre mi padre y yo, pero algunas cosas son
demasiado profundas como para ser cosidas de forma tan limpia—
. Crecer con Joseph Grayson era como vivir en una habitación
insonorizada.
—Entonces, deberías haber gritado más fuerte. —Se queda
pensativo un momento, fumando, hasta que uno de los camareros
se revuelve con un gemido—. Le diré a los hombres de Rick que
lleven a estos malditos idiotas al hospital más cercano... Toma. —
Me lanza su encendedor—. Ya que te gusta tanto encender fuego
estos días, te sugiero que te lo quedes.
Es un viejo Zippo cromado con las iniciales descoloridas "J.K".
grabadas en un lado.
—No puedo aceptar esto. Era de tu padre.
—Su memoria es más que un mechero, Edier —murmura,
dirigiéndose a la puerta—. Arregla esta mierda con tu viejo, o ese
silencio es lo único que te quedará. ¿Qué piensa tu mamá de esto?
—Dice que vive en la esperanza, pero vive en la ignorancia.
—Cristo, eres tan malditamente terco como él.
—¿Estás llamando a Sanders, o lo hago yo? —digo con
irritación.
Aiden suspira y tira la colilla al fregadero.
—Limpia tu mano, mientras limpio tu desorden, y luego nos
reincorporamos a la fiesta. Lo único que se va a derramar por el
resto de la noche es mi whisky.

Treinta minutos más tarde, la cocina está limpia de violencia y


los entrantes salen volando hacia la carpa. El lugar es un mar de
tranquilidad de cromo pulido ahora que los encargados del servicio
de banquetes se han trasladado a sus camiones para preparar el
resto de la comida. Al parecer, la violencia no se presta al
"emplatado" de suflés de queso de cabra y trufa, pero eso es
cuestión de opinión.
Bajaron las luces cuando se fueron, pero la luna entra a
raudales por las ventanas abiertas, junto con el monótono zumbido
de las conversaciones de la fiesta de afuera. Se orquesta con un
constante goteo, goteo en el fregadero de acero inoxidable mientras
me inclino sobre él, con la cabeza inclinada y las manos agarrando
los lados. Me abrí el nudillo con el anillo de la ceja del camarero,
pero lo volvería hacer sin pensarlo. El cuerpo de Ella no es suyo
para fantasear. Tampoco es el mío, pero nunca se me ha dado bien
cumplir lo que predican mis puños.
Mierda, Mi Cielo, ¿por qué tuviste que crecer para ser tan
hermosa y fuerte? Era mucho más fácil ignorarte cuando me ahogaba
en el olvido.
Goteo.
Goteo.
El ruido me arrastra a un cuarto de baño cuando era un niño.
A una bañera llena de agua roja, viendo como la vida de mi madre
biológica se agotaba.
Solía preguntarme si se había suicidado por lo que habíamos
hecho para escapar del infierno, o porque no podía soportar el
hecho que hubiéramos llegado a el Refugio. Una vez leí sobre ello.
Se llama "Síndrome de Tahití". Es cuando una paz recién
encontrada te hace sentir aún más deprimido que el agujero de
mierda que dejaste atrás.
O tal vez no podía soportar el hecho que yo fuera su hijo. Vio
el mal que había en mí y sabía que ninguna cantidad de rosarios
podría absolverlo.
Un ruido en el pasillo capta mi atención. Un instante después,
desenfundo mi Glock y miro fijamente a la mujer a la que estoy
partiendo en dos para proteger.
—¡Ay, por el amor de Dios, Ella! —Suelto la pistola
inmediatamente—. ¿Qué demonios estás haciendo aquí? Sabes que
no debes acercarte a hombres como yo.
La cocina está en su mayor parte oscura y plateada, pero ella
es una visión en dorado, con sus suaves curvas aureoladas por la
luz del pasillo. Su expresión es de ojos abiertos y desconfiada, pero
rápidamente se transforma en algo más cuando mis palabras llegan
a su destino.
—¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué estás haciendo aquí, más
bien? —replica, sin cerrar la puerta tras ella, pero cerrándola lo
suficiente como para llamar mi atención—. Mi invitación a la fiesta
prometía bebidas y cena, no peleas con camareros y largos ratos a
solas en la cocina del tío Rick.
—Perdóname por romper la etiqueta de la fiesta —digo,
disfrutando demasiado de su indignación—. ¿Te hace enfadar, Mi
Cielo?
Su apodo se me escapa antes que pueda detenerlo.
—No me llames así. Perdiste tu derecho hace años cuando Mi
Cielo nunca se extendió a tu universo. Y, sí, estoy enfadada, Edier
Grayson. Estoy enfadada por muchas cosas, y estaré más que feliz
de marcarlas, una por una, en cuanto haya mirado tu mano.
—¿Mi mano?
—Sí, estás sangrando.
Al cruzar la cocina, se detiene directamente frente a mí, su
cercanía hace que todos mis sentidos exploten. La última vez que
estuvimos así de cerca yo medía al menos un metro más. Ahora está
a la altura de mi pecho, y ese no es el único cambio. Su piel es clara
y suave, y el poco maquillaje que lleva acentúa la plenitud de sus
labios y la longitud de sus pestañas negras. Su cuello es fino y
esbelto, y me obligo a no desviar la mirada hacia sus pechos. Su
aroma es tan embriagador como en el patio.
Que me jodan. Esto es cada tono de mal.
—Diecisiete —murmuro para mí—. Diecisiete jodidos años.
—Dieciocho, en realidad. En menos de cuatro horas. —Su voz
se ha vuelto muy aguda, y sé que está tan afectada por mí como yo
por ella. Solo que todavía no tiene un nombre para ello.
—¿Estás tratando de arreglarme? —digo, mirando fijamente su
boca.
Sonríe, ofreciéndome una visión de la niña que una vez fue.
—Ni siquiera yo soy tan hábil. Ahora, quédate quieto. —Me
levanta la mano para inspeccionarla, y puedo sentir cómo tiembla.
Eso, sumado a la delicada calidez de su tacto, hace que mi polla se
llene de vida.
No debería estar a solas con ella. La estoy poniendo en peligro,
en más de un sentido.
—Suficiente. —Aparto la mano, forzando una mirada gélida—.
Es un rasguño. Nada que una botella de whisky no pueda curar.
—Ugh, suenas como cualquier otro hombre aquí. —
Suavemente, la retira de nuevo, sus ojos azules me lanzan una
advertencia de "quédate quieto o si no", y me tiene paralizado—.
Siempre puedes distinguir a los capos y sicarios por el estado de sus
manos. Mi padre tiene una gran y vieja cicatriz que atraviesa el
centro de una palma. Una vez le pregunté cómo se la había hecho
y me dijo que había discutido con un ruso. No me dijo sobre qué
discutían, solo que no terminó muy bien para ninguno de los dos.
Sobre todo para el otro, supongo.
—Tonto kamikaze —murmuro—. ¿Por qué estás divagando?
—¿Lo estoy? —Vuelve a sonreír, abriendo un agujero negro en
mi mente que me hace caer directamente a través de él—. Thalia
siempre me acusa de divagar, también. Hmm... no necesitarás
puntos, pero yo no iría a golpear a más camareros.
—Entonces les dispararé en la cabeza, ¿de acuerdo?
Su sonrisa vacila y yo maldigo interiormente.
Me suelta la mano y da un paso atrás, como si mi respuesta
desechable le hubiera dado las respuestas a las muchas preguntas
no formuladas entre nosotros.
—Gracias por venir a mi fiesta —dice rígidamente, evitando mi
mirada—. Espero que disfrutes el resto de la noche.
Con creciente incredulidad, la veo girar y dirigirse a la puerta,
presentándome ese impresionante lienzo de fina piel de porcelana,
en el que estoy deseando poner mi boca.
Que se aleje de mí es lo mejor que podría hacer, pero maldita
sea si no me enoja.
—Entonces, ¿eso es todo? —digo en voz alta.
Se detiene y se gira.
—¿Por qué, hay más? ¿Realmente vas hablar conmigo después
de todo este tiempo?
—Te enfermaste —grito.
—¿Y? —El dolor en sus ojos me golpea como una bala—. Eso
no es una licencia para apartar a la gente de tu vida. ¿Creíste que
te haría pintar cuadros de mí todo el día cuando estuve en el
hospital? ¿O fue la lástima lo que realmente te alejó? —Su voz se
ahoga con la palabra.
—Ella, para. —Acortando la distancia entre nosotros, hago lo
impensable, cruzando todas las líneas para tomar su rostro entre
mis manos, solo para sentirla temblar bajo mi tacto—. No me das
lastima, Mi Cielo. Mírate. Solo mírate, carajo. —Aún manteniendo
su rostro prisionero, dejo que mi mirada recorra de nuevo su
cuerpo, y es aún más impresionante con su corazón latiendo a
centímetros del mío.
Me gustaría poder decirle lo perfecta que es.
Tal como es ella.
—Te he extrañado —susurra, con las mejillas coloreadas.
—Yo también te he extrañado —digo sinceramente—. Extraño
sentarme en ese patio de Leticia contigo dibujando ranas.
Se ríe de repente, elevando el momento aún más,
recordándome que ella es la bondad y la inocencia, y que la estoy
manchando solo por estar en la misma habitación que ella.
—Era una gran rana. Creo que Thalia le llamaba Jeremías...
¿Todavía dibujas?
De mala gana, retiro mis manos de su cara.
—No durante mucho tiempo.
—Nunca llegaste a Goldsmiths.
—Nunca llegué a Goldsmiths.
—¿Cómo es Nueva York? Papá dice que ahora trabajas para él
allí.
—Ocupado. Ruidoso. Pero no peor que las chicharras
colombianas.
Su cara se ilumina.
—Dios mío, eran muy ruidosas, ¿verdad? Algunas noches no
podía dormir hasta la madrugada. ¿Y los pájaros? ¡Cuántos pájaros
parlanchines! Me inventaba sus conversaciones en la cabeza a las
cinco de la mañana y escribía historias enteras sobre ellos. Volvía
loco a mi tutor.
Es entonces cuando lo siento. El alivio, la paz, el confort que
siempre tengo cuando estoy cerca de ella.
Cierro los ojos para saborearlo. Hace mucho tiempo que no
sentía esta calma, pero entonces lo estropeo mencionando la única
cosa que estamos evitando.
—Sanders dice que estás tomando nuevas medicinas.
Asiente con la cabeza, con un aspecto repentinamente
cansado. Es como si llevara casi tanto tiempo muriéndose por vivir
como yo viviendo por morir, y los dos estamos jodidamente agotados
por ello.
—¿Puedo hacer un trato contigo?
—¿Tengo que matar a alguien?
—Por favor, no hagas bromas así —dice con un suspiro—.
Podría pensar que lo dices en serio.
Oh, pero sí lo hago.
—Si me olvido de decirle a mi padre que me has apuntado con
una pistola esta noche, tienes que prometerme que no volverás a
mencionar mi salud. Al menos, no hasta mañana.
—Eso no es un trato, Ella. Es un chantaje.
Vuelve acortar la distancia que nos separa para ponerme un
dedo suave en los labios, y yo no intento apartarla.
—Solo sé que estoy bien —susurra—. Ha sido duro. Muy duro.
Algunos días he llorado tanto que no sabía si iba a parar, pero en
este momento... ¿Esta noche? Estoy bien. De verdad, lo estoy, y solo
quiero fingir que soy una adolescente normal que está celebrando
una fiesta normal, lo cual es un poco anormal, si soy sincera,
porque está llena de hombres y mujeres que en su mayoría son
veinte años mayores que yo, y que se ganan la vida asesinando a
otros hombres y mujeres, pero aun así. —Retira el dedo y aspira
una respiración temblorosa—. ¿Cuándo podemos soñar, si no es en
nuestro cumpleaños?
—Estás divagando otra vez. —La huella de su dedo me está
quemando en todas las mejores formas.
—Sí, bueno, me estás poniendo nerviosa. Los desconocidos
pueden hacer eso.
—¿Desconocidos?
—Personas que son abandonadas cruelmente por otras
personas, pero que ya se conocen, por lo que técnicamente no se
les puede llamar extraños.
—Ella...
—Tampoco hablemos de eso. Ponlo en una caja etiquetada
como mañana.
Asiento con la cabeza, sabiendo que para entonces ya me habré
ido. Cortando lazos. Causando más daño. Haciendo cualquier cosa
en mi poder para protegerla de mí.
La mamá de Ella está en el pasillo afuera, llamando su nombre.
—Dispara. Me tengo que ir. Papá quiere hacer un brindis de
amor para mí. Vendré a buscarte más tarde, y podremos hablar un
poco más de todas las cosas de las que hemos prometido no hablar.
Supongo que eso incluirá nuestro último día en Colombia también.
Porque para mí es un gran vacío de nada.
—Vete —gruño, sin querer pensar en ello y mucho menos
reconocerlo.
—Supongo que eso es un sí. —Sus ojos recorren mi cara,
buscando pistas de por qué mi expresión se ha vuelto de piedra,
pero nunca las encontrará—. Papá tenía razón. Los dieciocho años
se perfilan como un año iluminado, lo cual es bueno en mi opinión.
Estoy cansada de no saber todo lo importante.
—¿Qué quieres saber?
—¿Cuánto tiempo tienes?
Deja que te enseñe todo.
Retrocede un par de pasos, pero no se aparta.
—¿Puedo hacerte una pregunta más antes de irme?
—Siempre que no esté en la lista restringida.
—Caja restringida, ¿recuerdas? Lo nuestro es demasiado
grande para caber en un solo papel.
Lo nuestro.
Tenemos una cosa.
—¿Llegaste a China como hablamos hace años?
Por primera vez en mucho tiempo, tengo ganas de reír. Fíjate
en lo de "sentir" porque mis labios ni siquiera se curvan.
—Todavía no.
—Deberíamos hacerlo alguna vez. —Desaparece por la puerta
antes de reaparecer de nuevo con esa preciosa sonrisa—. Es bueno
verte de nuevo, Edier.
Es entonces cuando sé que voy a romper su gran y hermoso
corazón.
9

ELLA
Salgo de la cocina con gracia y dignidad, pero después todo se
va a la mierda. A los diez pasos del pasillo, el aire se me escapa de
los pulmones y me agarro a la pared para estabilizarme. Mi ritmo
cardíaco oscila entre lo "altísimo" y lo "peligrosamente combustible",
y un calor salvaje se acumula entre mis muslos.
Cierro los ojos para intentar darle sentido, pero lo único que
veo es a él. Mi ex amigo. Mi número uno de los desconocidos.
Conozco a Edier Grayson desde que tenía cinco años, y estoy
bastante segura que solía robar galletas de la cocina de Tía Anna
cuando ella no miraba, así que ¿qué demonios hace robándome el
aliento esta noche?
Sin embargo, no siente vergüenza.
Ni siquiera se siente mal.
Simplemente se siente... diferente.
Lo que nos unió cuando éramos más jóvenes ha cambiado con
nosotros. Ha ido evolucionando en secreto, hasta que nos
encontramos en una cocina vacía años más tarde, con él
mirándome así, y mi cuerpo respondiendo de formas que no sabía
que podía. Ahora mi coño tiene pulso, un pulso real, y mis pezones
se sienten doloridos y sensibles como si hubiera estado nadando en
un mar de hielo.
Estoy en guerra con mi cuerpo todos los días. No me trae más
que problemas, pero parece que esta noche por fin estamos
sincronizados.
—¡Ella! Ahí estás. Te he estado buscando por todas partes.
Mis ojos se abren de golpe cuando mi madre se precipita hacia
mí, con una sonrisa de alivio. Todo el mundo comenta lo mucho
que nos parecemos. Las dos tenemos el pelo largo y oscuro, los ojos
azul zafiro y la tez pálida, a diferencia de la piel bronceada de Papá
y Thalia, pero ella tiene mucho más aplomo del que yo tendré jamás.
Apuesto a que nunca ha tenido que aferrarse a una pared porque
un hombre la haya mareado y dejado sin aliento.
—He venido por un vaso de agua. ¿Todos han terminado sus
platos?
—Todavía no, ¿y por qué no has pedido a los camareros que te
traigan uno? —Entrecerrando los ojos, me mira con desconfianza
por un momento—. Te ves sonrojada. ¿Segura que te sientes bien?
¿Debo llamar a Danielle? ¿Es todo esto demasiado?
—Mamá, estoy bien —digo, deslizando mis brazos alrededor de
ella y acercándola para que me abrace. A veces, la única forma de
convencer a mis padres que no me estoy muriendo es que lo sientan
ellos mismos—. ¿Debería darle la vuelta a la pregunta? Pareces
preocupada por algo.
—Algunos —corrige ella, enfatizando el plural—. El tío Aiden y
el tío Rick se han ausentado, y tu padre acaba de aparecer en
nuestra mesa con un humor volcánico. —Se separa para apartar
un mechón de pelo de mis ojos—. Ahora mismo, se está cocinando
a fuego lento, pero me temo que la explosión puede ser inminente.
—¿Muertos inminentes? —Miro a través de la puerta de la
cocina mientras nos echamos atrás para llegar al patio, pero Edier
ya se ha ido.
—Muy posiblemente —dice con un suspiro frustrado.
Mis padres son el mejor ejemplo de "los opuestos se atraen". Mi
madre era reportera en Miami cuando se conocieron, y escribía
artículos premiados que denunciaban a hombres peligrosos como
él. Él aceptó ese reto y lo llevó a cabo, eliminando al mismo tiempo
el libre albedrío de ella y no dándole otra opción que enamorarse de
él.
Una vez le pregunté si alguna vez sintió rabia o resentimiento
hacia él por haberla secuestrado de la manera en que lo hizo. Se
limitó a sonreír y me dijo que lo observara con atención. Fue
entonces cuando vi lo fácil que era su matrimonio. Las miradas
pasajeras, los breves roces... Su historia era el eslabón de la cadena
que los unía, y su amor es un amor perfectamente imperfecto en
movimiento. Se inclinó con la tormenta y se sostuvo contra la
marea. Siempre presente e imperecedero.
Es el tipo de amor que aspiro a tener algún día.
—Fuiste la última persona en verlo, Ella. ¿Tuvieron palabras?
—Algo así...
Se detiene y gira, con una sonrisa incrédula en su rostro.
—Le hablaste de la Universidad de Nueva York.
—Le dije... Entonces, podría haberlo engañado para que
aceptara dejarme ir.
Mi madre jadea emocionada.
—¡Por qué, Ella, tienes un talento natural!
De toda mi familia, es la que más me entiende. A las dos nos
encanta escribir, y nos sentimos mal cuando no lo hacemos, como
si no hubiera suficiente oxígeno en la habitación.
Pensé en escribir historias de ficción, pero luego sentí
demasiada curiosidad por las reales. Cuando encontré algunos de
sus antiguos artículos en Internet, devoré sus palabras como si
fueran caramelos. Me hicieron ver que yo también tenía algo que
decir. Que tenía una voz, y un deseo de dar forma al mundo desde
mi propia perspectiva cuando gran parte de la mía durante los
últimos seis años había sido formada para mí.
Mi madre lo reconoció. Al final, fue ella quien me animó a
solicitar el ingreso en la universidad.
—¿Crees que Papá nos perdonará alguna vez?
—Sí, pero antes nos hará sufrir por ello —bromea, enlazando
los brazos conmigo mientras volvemos a salir al patio—. Y no
esperes que tu libertad venga sin un precio. El cartel tiene una gran
presencia en Nueva York. Te vigilarán y custodiarán las veinticuatro
horas del día. Cada paso será ensombrecido. A la primera señal que
afecte a tu salud, te llevarán de vuelta a la isla. Habrá días en los
que te sentirás como si estuvieras vislumbrando algo maravilloso
detrás de una lámina de cristal, pero, Ella... —Se vuelve hacia mí,
ahuecando suavemente mi mejilla—. Tienes que tomarlo y
convertirlo en tu propio tipo de maravilla.
—Lo haré, mamá.
—Prométemelo.
—Lo prometo.
Se inclina para abrazarme de nuevo, porque a veces la única
forma en que los padres pueden poner más amor en sus palabras
es dejando que sus hijos lo sientan por sí mismos. Soltándose con
una sonrisa, añade:
—Al menos ya conoces a gente de la Costa Este. Sam solo está
en Rutgers, en Nueva Jersey, y su hermano pequeño, Seb, podría
empezar contigo el próximo otoño.
Y Edier, pienso con una sacudida, activando de nuevo ese
pulso entre mis piernas.
Edier también vive en Nueva York.
No lo veo durante el resto de la noche, pero siento su oscura
mirada sobre mí constantemente. Me hace sentir un pinchazo en la
piel desnuda y me hace girar la cabeza expectante, solo para
encontrar sillas y espacios vacíos.
Juro que lo vi cuando intentaba hacer la Macarena con Thalia
en la pista de baile y me caía de la risa al estropear todos los pasos.
Por otra parte, también soy una novata del alcohol que se ha bebido
dos copas y media de champán, que siguen siendo dos y media más
de lo que he bebido nunca, así que hace horas que dejé de confiar
en mi vista.
Son las once y media cuando me dirijo al bar para tomar un
vaso de agua. Sam ya está allí con Thalia. Sus cabezas están
inclinadas, y puedo decir que están tramando algo.
—¿Quiero saber qué pasa, o tendrás que matarme después? —
Deslizo mis brazos alrededor de la cintura de Thalia y le doy a Sam
una tímida sonrisa por encima de su hombro. Es mayor que yo y ya
está en la universidad, pero tiene esa vibración fría y letal que Edier
desprende con tanta naturalidad. Es solo cuestión de tiempo que
acabe trabajando también para nuestro padre.
—Aquí tienes. —El camarero me da mi agua, pero sus ojos
están puestos en Sam.
Sam no se da cuenta, o si lo hace, no le interesa. Este año ha
renunciado a ambos sexos. Thalia está convencida que tiene una
novia en Rutgers, pero no nos ha admitido nada.
—Nos vamos a escapar a la playa —confiesa Thalia, con la cara
llena de emoción diabólica—. Sam conoce un camino secreto que
evita toda la seguridad de Papá.
—Thals… —advierto.
—La marea ha subido. El océano está en calma total. Solo
vamos a nadar, y va a ser un paraíso. Volveremos antes que te des
cuenta, lo juro.
—Oye, ¿no tengo que ir?
Ambos me miran como si acabara de admitir un asesinato. Yo
nunca hago nada espontáneo. Eso suele ser cosa de Thalia. Ella es
descuidada. Yo soy cuidadosa. Es solo la forma en que las cosas
son.
Pero entonces pienso en esa caja de cosas tácitas que Edier y
yo creamos para esta noche, y me imagino que también puedo
meter ahí ese estereotipo de mí.
—¿Crees que deberías? —Thalia parece preocupada—. Es una
noche calurosa, pero el agua podría estar helada. No me gustaría
que te enfermaras de verdad....
—Es solo por un par de minutos, ¿verdad? —De repente se me
antoja el océano. Quiero sentirme libre de equipaje y mirar las
estrellas. Quiero sentirme pequeña porque así mis problemas no
parecerán tan grandes—. En cuanto tenga frío, volveré a la casa.
—¿Vamos hacer esto, o no? —Sam se mete un chicle en la boca
y mastica con impaciencia.
—Lo estamos haciendo —digo, extendiendo la mano sobre la
barra del bar para tomar una botella de champán sin abrir y
entregársela—. Si vamos a romper las reglas, rompámoslas todas.
Toma la botella y sonríe.
—Me está gustando esta nueva loca de atar, Ella.
A mí también me gusta.
La playa privada de su padre está curvada como una media
luna, y se refleja en la forma de la luna que brilla sobre ella. Las
puntas de las olas negras están bañadas en plata, y la arena es de
un tono más pálido. No hay más luces aquí, salvo la ristra de
bombillas que hay sobre los escalones que acabamos de bajar.
Entierro los dedos de los pies en la arena mojada mientras
Thalia se quita el vestido y corre de cabeza al agua con un chillido.
—¡Santo cielo, hace mucho frío! ¡Tus pelotas se van a encoger
hasta convertirse en pasas, Sam!
—¡Tha-lia! —le digo, pero Sam se ríe. Arrojando la botella de
champán a mis pies, veo un destello de dientes blancos cuando se
pasa la camisa por la cabeza, se baja los pantalones y la sigue,
lanzándose de cabeza a las olas en un elegante arco de músculos y
tatuajes.
Espero a que estén al menos a diez metros de la orilla para que
mi propio vestido sea un charco de seda dorada junto a la botella.
A diferencia de Thalia, no llevo sujetador, así que me cubro los
pequeños pechos con una mano mientras troto hasta la orilla del
agua.
El primer beso de frío es doloroso. El segundo y el tercero son
pinchazos de hielo. El cuarto me tienta lo suficiente como para
sumergirme aún más, con el agua acariciando mis rodillas. A mi
izquierda, Sam levanta a Thalia y la arroja de nuevo al océano, y el
aire templado de la noche se llena de sus gritos, balbuceos y risas.
Una vez que hay un poco más de distancia entre nosotros,
suelto la mano del pecho y rozo la superficie con las palmas,
sonriendo cada vez que el agua ondulante sube hasta sumergirlas.
Continúo caminando así hasta que llega a mis pechos,
endureciendo mis pezones hasta convertirlos en puntos dolorosos
por segunda vez esta noche.
—¿Oye, Ella? ¿Sigues viva ahí fuera?
—¡Cállate, Sam, estás arruinando mi zen!
—¿Qué mierda es eso?
—¡Lo contrario del caos!
Le oigo burlarse en voz alta de esto.
—No me extraña que no sepa lo que es.
Arrancando las horquillas de mi moño, me tumbo de nuevo en
el agua, dejando que la corriente levante mis pies del fondo del
océano hasta que estoy flotando en la superficie, con mi pelo suelto
retorciéndose en formas etéreas a mi alrededor.
—Tal vez no me odies tanto, después de todo —le susurro a mi
cuerpo, pasándome una mano por el estómago mientras me llevan
un poco más hacia el mar—. Me has traído hasta aquí sin matarme,
y ahora me haces sentir invencible.
En lo alto, las estrellas son cintas de puntos blancos sobre
negro que se arremolinan. Mientras las contemplo, con las manos
en los costados para mantenerme a flote, pienso en la primera vez
que conocí a Edier, y nuestra conversación se me viene a la cabeza.
Aquel día me dijo que el sol era especial y que una galaxia era un
lugar más allá del cielo. Había dicho que el sol estaría bien, pero
solo si seguía corriendo y olvidando...
¿Huir de qué? Del olvido.
En este momento, una extraña ola me golpea de la nada,
cubriendo mi cara como un trapo mojado de sal y robando mi
aplomo. También pierdo la flotabilidad y me hundo rápidamente
mientras lucho por mantenerme de pie.
Presa del pánico, doy una patada con los pies, pero ya no hay
suelo marino debajo de mí. Debo haber ido a la deriva más allá de
lo que pensaba. Mis dedos rastrillan a ciegas el agua, buscando un
lugar donde refugiarse, pero solo hay oscuridad allí abajo, engañosa
e ingrávida.
Dios mío, me estoy ahogando.
A estas alturas, mi pecho está a punto de estallar, y también
hay una miríada de estrellas detrás de mis párpados. Aun así, una
extraña sensación de calma se apodera de mí. Me hace pensar en
ojos oscuros y en momentos perdidos...
Un instante después, un fuerte brazo me rodea la cintura, me
arrastra hacia el cielo y me impulsa hacia la superficie.
Balbuceando y jadeando, me quito el agua de los ojos, pero sigo
ciega al mundo mientras me enrosco en el cuello de mi salvador y
cierro las piernas alrededor de su cintura. Solo cuando mi cabeza
deja de dar vueltas, percibo por fin el olor a especias picantes y
furia.
—¿Qué demonios estás haciendo? —ruge Edier, acercándome
tanto que estamos cara a cara. Boca a boca—. ¡La próxima vez que
decidas ir a nadar de noche, usa un puto salvavidas! ¡Maldición!
¡Voy a matar a Sam por esto!
Miro fijamente su pelo negro húmedo, sus pestañas divididas
como estrellas de mar, su mandíbula apretada y esos ojos oscuros
asesinos.
Dios, es tan hermoso.
Demasiado bonito.
De repente, no importan los últimos seis años de silencio. Que
esté aquí ahora es el doble de fuerte.
—Sam no me obligó hacer nada —murmuro, sintiendo la ropa
bajo las yemas de mis dedos. Su camisa blanca es completamente
transparente y está estirada hasta el punto de romperse sobre su
enorme pecho. Ha perdido la chaqueta en algún lugar del camino,
pero no la funda del arma ni los pantalones. Debe de haberse
zambullido en el momento en que me sumergí—. Fue mi idea venir.
—Me importa una mierda de quién fue la idea. Nunca debiste
dejar la fiesta.
—Estás de pie —murmuro.
—Soy más alto que tú. Mira lo lejos que te has quedado. Un
par de metros más y hasta yo estaría flotando.
Miro por encima de su hombro. Tiene razón. Thalia y Sam son
solo manchas en la distancia.
—¿Estuviste observándome desde la playa todo este tiempo?
—¡Dios mío! Te he estado observando toda la noche, Ella.
Nunca quité mis malditos ojos de ti. No pude ni siquiera cuando lo
intenté.
Soy consciente que mis pechos desnudos están pegados a sus
pectorales, y que mi núcleo está presionando contra algo sólido
como una roca y ardiente.
En lugar de retroceder, aprieto más, y él gruñe otra maldición.
—No lo hagas.
—¿Por qué me estabas mirando?
Nuestras bocas están a un latido del corazón. Puedo oler su
aliento a whisky. Su mano se desvía de mi cintura, bajando antes
de cambiar bruscamente de dirección.
—Es hora de irse.
—No —susurro, temblando más por su calor que por el agua
fría—. Quédate. Conmigo. Aquí mismo, en este océano.
—Casi te ahogas. —Se gira hacia la orilla conmigo todavía
envuelta en él.
—Pero no lo hice, y ahora tengo euforia de superviviente. Estoy
aferrada a la vida y quiero compartir esto contigo. —Trazo la costura
plana de su boca con el dedo—. Antes sonreías más, Edier Grayson.
Todavía había tristeza, como en tus dibujos, pero también había
esperanza.
—La gente no suele sonreír mucho en mi profesión —dice con
tristeza.
—Deja de caminar.
—No.
—Deja de caminar o te beso.
Sus ojos vuelven a girar hacia mí y luego se estrechan.
—No sabes cómo besar a un hombre.
—Entonces enséñame.
—Por el amor de Dios, Ella. Tienes diecisiete años, lo que es
menor de edad en numerosos estados de este país, por no
mencionar que si cruzo esta línea más allá tu padre me meterá una
escopeta por el culo de tal manera que me ahogaré con las balas
por el resto de mi corta vida.
—Pero no en este.
—¿Qué?
—La edad de consentimiento es de diecisiete años en el Estado
de Nueva York, y no te estoy pidiendo que tengas sexo conmigo
Edier. Te estoy pidiendo que me beses.
—No —dice con fuerza, pero me doy cuenta que quiere hacerlo.
—Entonces no me dejas otra opción... —Sosteniendo su
mirada, le suelto el cuello y me inclino hacia atrás en sus brazos
hasta que mi cabeza roza la superficie del agua y le descubro mis
pechos desnudos.
Me suelta con protestas, sus grandes palmas se deslizan por
mi columna vertebral para sostener mi espalda, haciéndome sentir
que nada malo podría volver a sucederme.
A lo lejos, las campanas de una iglesia empiezan a sonar, y
mientras estoy tumbada, con un hombre que apenas mantiene su
autocontrol, cuento cada una de las cáscaras por turnos.
Sé que él también los está contando. Cuando lleguen las doce,
tendré dieciocho años, seré legal y estaré en manos de él. Ni siquiera
la ira de mi padre puede alcanzarnos aquí.
Seis.
Siete.
Ocho.
Parece que estamos al borde de un precipicio que ya se está
desmoronando.
Nueve.
Diez.
Sus palmas se acercan a mis omóplatos mientras inclina la
cabeza. Siento su aliento caliente en mi estómago. Su pelo mojado
me acaricia la piel. La tensión es insoportable, se enrosca roja y
malvada en el lugar donde nuestros cuerpos se tocan tan
íntimamente.
Once.
Es entonces cuando me doy cuenta que siempre lo he deseado.
Solo que no sabía que era cada parte de él hasta ahora.
Doce.
Cuando suena la campana final, sucede muy rápido. En un
segundo, estoy tumbada en el agua flotando, y al siguiente estoy
volando por el aire, nuestras bocas chocando en una brutal
confusión de labios y chispas.
Mi experiencia es casi nula, así que me dejo llevar por la
corriente, abriéndome a una lengua áspera y exigente, permitiendo
que se introduzca en mi alma y la deje viva y deseosa.
—Mierda, Ella. Perdóname. No puedo evitarlo. —Clavando los
dedos ásperos en mi pelo, inclina mi cabeza para tomar aún más
de mí. Es como si no tuviera suficiente. Gimo en señal de protesta,
pero eso solo hace que tenga más hambre—. Sabes a sol y apuesto
a que tu coño sabe igual de dulce. ¿Te mueres por mí, Mi Cielo?
Puedo sentir cómo te aprietas contra mi polla.
Vuelve a besarme, y su mano se desliza por nuestros cuerpos
para presionar entre mis piernas, imitando la forma en que antes
he pasado mi dedo por su boca. Me sobresalto al ver lo sensible que
soy ahí abajo, y él sonríe mientras nos besamos.
—Es demasiado tarde para ser tímida, Bonita. Elegiste invitar
al diablo a entrar, ¿recuerdas?
—Entonces, ¿por qué sigues de pie en la puerta? —Tomando
su mandíbula entre mis dedos, sonrío a través de los millones de
nuevas sensaciones que invaden mi cuerpo.
En represalia, me pellizca una parte que me hace gritar por su
agria dulzura. A continuación, siento que me tira del fuelle de la
ropa interior hacia un lado y que un dedo empuja mi entrada.
—Suplícame que lo haga. —Suena tan embriagado como yo.
—No necesito rogar por algo que ambos queremos.
—Te voy a destrozar, Carajo —advierte de nuevo—. Solo sé
tomar.
—Está bien —digo temblando—. Solo sé dar.
Deslizando mi propia mano entre nosotros, mi corazón
tartamudea al asimilar su enorme tamaño. Me va a partir en dos
con esa cosa.
Me mira fijamente, el agua que chapotea se traga su silencio
mientras se emite un veredicto y se ignoran los argumentos finales.
—Aquí no —dice con la voz ronca, disparando frisones de
lujuria y terror alrededor de mi cuerpo—. ¿Cuál es tu dormitorio?
—La tercera a la izquierda después de llegar a la cima de las
escaleras.
—¿Quién está en la habitación de al lado?
—Solo mi hermana. Mis padres están en el ala este. El tío Rick
y su familia tienen toda la parte trasera de la casa.
—¿Thalia tiene el sueño ligero?
—¿Por qué?
—Porque, Mi Cielo —dice roncamente, inclinándose para
besarme de nuevo—. Vas a estar gritando mi nombre toda la
noche... O eso, o lo vas a corear como una puta oración.
10

ELLA
—¿Qué demonios te ha pasado?
Sam está vestido y me espera cuando salgo del mar con la
camisa blanca de Edier. Insistió en que me la pusiera para proteger
mi pudor. Eso está muy bien, pero después de vislumbrar su pecho
tatuado a la luz de la luna ya no hay nada apropiado en mis
pensamientos.
La mirada de Sam gira con interés hacia la sombra sin camisa
que hay detrás de mí, y luego maldice en voz alta.
—Ah, mierda. Alerta de tsunami.
Un instante después, Edier pasa a mi lado y Sam se revuelca
en la arena, agarrándose la mandíbula.
—¡Hijo de puta! —sisea—. ¿De qué está hecho tu puño,
Grayson? ¿Una bola de demolición?
—¡Malparido! Me vas a comprar un traje nuevo, y luego vas a
comprar otro para tu propio funeral. Lo necesitarás después que
Santiago descubra que pusiste a su hija en peligro.
—¡Para! ¡Para! —grito, pero Edier se limita a mirarme para que
me someta, sus furiosos ojos oscuros hacen que vuelva a ser
dolorosamente consciente de mi propio cuerpo. Tengo los labios
hinchados por sus brutales besos, los latidos de mi corazón se
aceleran como un loco y las yemas de mis dedos aún pueden sentir
el calor y el tamaño de su...
¿Por qué, oh, por qué lo del viaje de poder tiene que hacerlo ver
tan sexy?
—¿Qué peligro? —exige Sam—. ¿Y qué te poseyó para ir a
nadar con un traje de cuatro mil dólares?
—No lo tenía previsto hasta que di un paseo nocturno, vi a Ella
ser golpeada por una ola y hundirse.
—Mierda, ¿es eso cierto? —Sam vuelve a centrar su atención
en mí.
Asiento con cansancio cuando Edier entra en su campo de
visión.
—Ponte el vestido —me dice por encima del hombro.
—No le estaba mirando las tetas —refunfuña Sam. —Por cierto,
creo que me has roto un diente.
—Bien. La próxima vez será tu cuello. Ahora, mira hacia otro
lado.
—¿Dónde está Thalia? —pregunto, poniéndome el vestido a
toda velocidad.
—Dijo que estaba cansada, así que la envié de vuelta a la casa.
Le dije que te esperaría. —Poniéndose de pie, se dirige a Edier con
una mueca—. Solo pretendía darle un poco de diversión. No hay
daño, ¿eh? —En respuesta, se encuentra mirando el cañón de la
pistola de Edier. —Hombre, ¿hablas en serio? —grita.
—Jodidamente mortal.
—No, me refiero a que ¿en serio esperas que crea que esa cosa
aún funciona con medio Océano Atlántico dentro?
—Averigüémoslo, ¿de acuerdo?
—Edier —grito, agarrando su mano y arrastrándola hacia
abajo. La cantidad de testosterona que vuela por esta playa es
ridícula—. No es su culpa. Le rogué que me dejara venir.
Sam mira entre Edier y yo.
—Veo que por fin han acabado la Guerra Fría. Qué jodido
Hallmark. Ahora, si no les importa, tengo que llamar a un dentista
privado de urgencia.
—No tan rápido.
Sam hace una pausa.
—¿Planeas cortarme la polla a continuación?
—Tentador, pero no. —Edier inclina la cabeza hacia un lado,
evaluándolo por un momento—. Me conformaré con tu traje.

Dejamos a Sam maldiciendo y temblando en sus bóxer mojados


en la playa. Edier no se arrepiente de nada, pero yo le pido disculpas
a Sam. Él me mira mal a su vez.
Una vez que llegamos a las puertas de la mansión, Edier se
queda atrás y yo recorro el resto del camino sola. No podemos
arriesgarnos a que nos vean juntos, pero antes de separarnos,
murmura un plan y una sucia promesa que hace que se me
revuelva el estómago. La luz de la luna es mágica y tengo la
intención de aprovecharla. Cualquiera que sea la razón por la que
ha mantenido la distancia, la he dejado de lado.
La fiesta sigue en pleno apogeo a medida que me acerco. El
alcohol fluye, y la banda en vivo ha avanzado a una lista de
canciones cursis 'B' que siempre tiene la pista de baile zumbando.
Está claro que no me echan de menos, y no pasa nada. De todos
modos, nunca se trató de mí. Todo esto era para el hombre que me
dio mi primer beso hace media hora. El mismo hombre que está a
punto de tomar y romper mi inocencia.
Circunvalando la marquesina, entro en la mansión por las
puertas del salón. Casi llego a las escaleras sin ser detectada
cuando choco con mi madre que viene en sentido contrario. Una
mirada a mi pelo empapado y mi rímel embadurnado y se pone en
órbita con preocupación.
—Ella, en nombre de Dios, ¿qué te ha pasado?
—Una larga historia. ¿Cómo está papá?
—Se está calmando, pero puede que no siga así si te ve cómo
estás. —Tomando mi mano, me hace subir las escaleras y entrar en
mi habitación, cerrando la puerta firmemente tras nosotros—.
Cuéntame lo más destacado y luego te dejaré en paz.
—Fui a nadar por la noche. Me siento bien. Ha sido un placer,
y ahora me voy a la cama.
—¿Con quién?
Me quedo boquiabierta, hasta que me doy cuenta que me está
preguntando con quién he ido a la playa.
—Nadie. Yo, eh, fui sola.
—¿Tiene esto algo que ver con tu hermana? —pregunta con
suspicacia—. Entré a darle las buenas noches y se estaba
duchando a la una de la madrugada.
Reprimo una sonrisa.
—No es mala idea.
—Entonces, directamente a dormir. —Acaricia suavemente mi
mejilla—. Lo necesitas más que la mayoría. Y no olvides tus
medicinas... Feliz cumpleaños, cariño. Espero que hayas tenido la
mejor noche.
Hasta ahora ha sido genial, pero aún no ha terminado.
Permanezco en la ducha durante mucho tiempo, frotando y
afeitando cada centímetro de mí mientras mis pensamientos
amenazan con dividirme como átomos. No puedo pensar en todas
las mujeres sexys y seguras de sí mismas con las que ha estado
Edier o me moriré de los nervios. Tampoco puedo pensar en quién
es él o en lo que ha hecho, o estaré entregando mi virginidad a un
pecador a sabiendas.
Al final, vacío mi cabeza. Es un lugar demasiado aterrador para
perderse en este momento.
Cierro la ducha, me seco el pelo con una toalla y alineo mis
medicinas en el tocador del baño. Cinco pastillas blancas. Dos
azules. Dos naranjas. Pequeñas, pero poderosas, como tic-tacs y
promesas.
Me estoy tragando el último cuando se oye un golpe sordo en
mi habitación. Salgo de la suite y voy a encender la lámpara lateral
cuando una mano enorme me tapa la boca y un gruñido y una
sombra me empujan contra la pared.
—No grites todavía, Mi Cielo —murmura una voz, áspera por el
licor y la lujuria—. Déjame darte una razón para hacerlo primero.
—Con un movimiento perverso, me arranca la toalla, dejándome
desnuda frente a él—. Dios mío —sisea, bajando la mirada para
asimilarlo todo—. Es demasiado tarde para cambiar de opinión,
Ella. Ahora eres toda mía para destrozar y arruinar... Sube a la
cama.
Dudo ante su orden.
Me agarra del brazo, me hace girar y me da una fuerte bofetada
en el culo.
—¡Ay! —jadeo, sorprendida hasta la médula, pero
insoportablemente excitada por ello al mismo tiempo.
—Haz lo que te digo o vuelve a pasar —amenaza—. Y baja la
voz o te amordazaré. Esta noche no te vas a follar a un universitario.
Te vas a follar a un hombre. —Se da cuenta de mi expresión y
sonríe—. Dijiste que querías esto, ¿recuerdas?
—Tú también quieres esto —gruño—. Sé que lo quieres... ¡Ay!
Me da otra bofetada que se acerca peligrosamente al vértice de
mis muslos, sacudiéndome de placer y haciendo que un hilillo de
humedad me manche la piel.
Santo cielo, ¿qué fue eso?
—Mira cómo se te pone el culo perfecto para mí. —Me acaricia
el cuello mientras me atrapa de nuevo contra la pared con su
enorme cuerpo. Su barba incipiente está dejando deliciosas marcas.
Su aliento caliente me abrasa la piel—. Este es tu castigo por
haberme hecho desearte tanto, todo el sentido y la razón se está
quemando. ¿Tienes idea de lo que estoy arriesgando al estar aquí
esta noche?
—Más. —Me ahogo, mi respiración sale en jadeos agudos y
superficiales. Es la primera persona que no ha tratado mi cuerpo
como si fuera de cristal en años, y ansío la novedad como si fuera
una droga. Me tiemblan las piernas y no puedo pensar con claridad.
—¿Más? —Se ríe con fuerza—. Y aún no he aplastado tu cereza.
Un escalofrío recorre mi columna vertebral. Sus palabras rozan
lo sádico, y la advertencia de mi padre se arremolina en mi cabeza.
"Está dañado, mija"...
Pero yo también, papá. Yo también... No debería desear su dolor
y su placer, y todas las cosas sucias y degradantes que su toque
promete, pero lo hago.
Caminando inestablemente hacia la cama, me deslizo entre las
sábanas blancas como me ha indicado, pero él arranca la superior
inmediatamente, dejándome temblando y expuesta sobre el
colchón.
—No hay donde esconderse. —Me da otra de esas sonrisas
perversas—. Para mañana, no habrá una parte de ti que no haya
sido follada por mí.
Me aprieto las rodillas contra el pecho mientras él se coloca a
los pies de la cama y se desabrocha lentamente la camisa de vestir
que le robó a Sam. Está oscuro aquí, pero el resplandor ámbar en
el cuarto proyecta formas y retroilumina el espectáculo. Su rostro
carece de expresión mientras se desprende de la prenda, y yo me
deleito con todo lo que ofrece: la espolvoreada de pelo negro, las
duras crestas y ondulaciones de los músculos, las lívidas cicatrices
blancas en su piel bronceada y el enorme tatuaje tribal del sol que
cubre la mayor parte del lado derecho, subiendo hasta el cuello y
bajando hasta la muñeca.
Sus pantalones son los siguientes en desaparecer, y él se
balancea libre, erecto, y jodidamente masivo.
No puedo hacer esto. No puedo...
—Ven aquí —ordena, como si percibiera mi pánico.
De mala gana, me arrastro hacia él.
Agachándose, me toma la cara entre las manos y me pasa las
ásperas almohadillas de los pulgares por las mejillas.
—¿Tienes miedo?
Asiento con la cabeza.
—Deberías tenerlo —admite, con la voz teñida de
arrepentimiento—. No follo con suavidad, ni siquiera por ti, Mi Cielo.
No estoy seguro de ser capaz de hacerlo, pero me aseguraré que
primero estés tan mojada para que el dolor sea fugaz.
Vuelvo asentir, mordiéndome el labio.
—¿Has visto alguna vez una polla dura?
Sacudo la cabeza y mis ojos se dirigen a los suyos. Es grueso y
venoso, y está tan hinchado que parece incómodo, con un líquido
claro que ya gotea de la punta.
—Tócalo.
Vacilante, enrosco mis dedos alrededor de la aterciopelada
circunferencia, y él gime. Empiezo a bombear y sale más líquido
transparente.
—Bésalo.
Guía mi cabeza hacia él, y yo envuelvo la corona con mis labios,
pasando la lengua por la pequeña hendidura, saboreando el océano
y algo más salado.
Sus manos se dirigen a la parte posterior de mi cabeza, me
empujan el pelo y me fijan en su sitio.
—¿Te gusta eso, Ella? —dice bruscamente—. ¿Llenar tu
pequeña boca con mi polla? —Me anima a que lo chupe más y yo le
obedezco, ahogándome cuando empieza a empujar y escupiendo
saliva sobre él.
En lugar de disgustarse por ello, solo gime más fuerte y empuja
más rápido.
—Sigue así y probarás más de mi semen. —Se retira, me
empuja de nuevo a la cama y me pone de frente—. A cuatro patas.
Ahora.
Me esfuerzo por obedecer, gimiendo cuando siento el calor de
su aliento en el pliegue de mi culo. De todos modos, me golpea de
nuevo, lanzándome hacia delante con un grito ahogado mientras mi
piel estalla en llamas.
—Tan bonita con las huellas de mis manos sobre ti —
canturrea, arrodillándose detrás de mí—. Te verás aún mejor con
mi semen derramándose por tus agujeros.
Otra bofetada hace que mi núcleo vibre de necesidad.
Oh, Dios mío, esto es una locura. UNA LOCURA. Siento que estoy
cayendo libremente en el más delicioso pecado.
Con otro gemido de impotencia, dejo caer la cabeza entre los
hombros y abro las piernas para mostrarle lo desesperada que
estoy.
—Mírate toda hinchada y necesitada. —Respira—. Ya eres una
buena chica para mí. Y las chicas buenas son recompensadas. —
Deslizando sus palmas entre mis piernas, separa suavemente mis
labios y murmura su aprobación—. Voy a mantenerte abierta así y
ver cómo goteas por toda la cama para mí.
—Por favor, Edier —jadeo, retorciéndome para acercar sus
dedos al epicentro de toda esta locura. Un solo toque y me
encenderé.
—No mendigues.
—Te odio —sollozo.
—Todavía no, pero lo harás.
Antes que pueda preguntarle qué quiere decir con eso, me pasa
la lengua por el pliegue del culo, dando vueltas donde no debe, y
luego -demonios, no- empujando dentro de mí.
—¡Oh, para! —Mi cara está al rojo vivo por la vergüenza
mientras intento zafarme—. ¡No puedes besarme ahí!
—Puedo besarte donde quiera —gruñe, clavando sus dedos en
mis caderas para mantenerme quieta—. También puedo follarte
como quiera. —En este momento, su lengua vuelve a deslizarse por
el tenso anillo de músculos. La sensación es tan poderosa que me
balanceo sobre los codos en un intento inútil de controlar el caos
que se produce entre mis piernas.
Cuando su lengua desciende, soy un naufragio tembloroso, en
un punto intermedio entre el cielo y el infierno, y entonces introduce
un dedo en mi interior. Grito ante el dolor agudo y retorcido, y él
aspira con fuerza.
—Mierda, estás apretada. Necesito trabajarte más, Mi Cielo.
Su dedo se desliza hacia fuera, y entonces su boca está
finalmente donde más lo necesito.
En el momento en que rodea con sus labios esa parte de mí,
todo mi mundo da un vuelco y se rompe, quemándome por dentro.
Se oye un grito procedente de algún lugar de la habitación antes
que su mano vuelva a asfixiarme la boca.
—Trágatelo —ordena con dureza—. Siéntelo por todas partes.
Te ves tan impresionante ahora mismo, Ella. Tan jodidamente
hermosa cuando te corres. Somos negros y dorados para siempre.
¿Negro y dorado?
Soy vagamente consciente que me han volteado de nuevo, y
luego que me han separado las piernas. Cuando la niebla se
despeja, estoy de espaldas, mirando a un ángel y a un demonio.
—Bienvenida —murmura, bajando la cabeza. Sus duros besos
saben a mi placer y a su violencia—. Te arranqué el orgasmo con
tanta fuerza que te corriste en mi cara.
Me pongo rígida cuando noto también una mancha de
humedad en el colchón debajo de mí.
—¿Me he mojado?
Sus labios se mueven, suavizando su oscura intensidad.
—No, Mi Cielo, hiciste algo que fue jodidamente impecable.
—Eso fue...
—Solo el principio. —Deja caer su boca hasta mi pezón y hace
rodar la punta entre sus dientes—. Estoy planeando corromper
estos a continuación.
Pero estoy demasiado impaciente por tenerlo dentro de mí.
Envolviendo mi mano alrededor de su polla, lo guío hacia mi
entrada.
—Estoy lista.
—Va a doler como una mierda.
—¿Crees que no conozco el dolor? —Alineándolo, unto su polla
con los residuos de mi orgasmo—. Una diferencia. Esta vez, lo
recibo con gusto.
—Me estás matando, Ella —dice con un gemido—. Mi
autocontrol está jodido. No puedo... —Se interrumpe con otra
maldición. Cada músculo de su cuerpo se esfuerza por contenerlo—
. Dime que tomas anticonceptivos.
—¿Pararías si no lo hiciera? —Levantando mis caderas, se
desliza hasta encontrar resistencia. Maldiciendo un poco más, se
muerde el labio inferior con tanta fuerza que sus dientes rasgan la
carne.
Esto es más que nosotros bailando al borde de algo... Esto es
que él y yo nos hundimos.
—No —sisea, sus manos se cierran en puños alrededor de las
mías—. Joder.
—Sí —susurro, inclinando la cabeza hacia atrás y abriendo
más las piernas—. Derrúmbate por mí, Edier. De la misma manera
que yo me derrumbé por ti.
11

EDIER
Golpeando mi boca contra la suya, me meto hasta el fondo en
su coño virgen, no solo tomando su inocencia, sino destripándola.
Había planeado ir despacio y con calma. Entonces, perdí la
cabeza. Tenerla debajo de mí, tan abierta y tan sensible, está
sacando el animal básico que hay en mí. El hecho que lleve un traje
de cuatro mil dólares no significa que me comporte como un
caballero en esta cama cuando el trato que se ofrece no tiene precio.
Es demasiado para ella.
Demasiado pronto.
Su espalda se arquea mientras gime y se esfuerza por
acomodarse a mí. Cuando tengo un raro arrebato de conciencia y
trato de retirarme, sus uñas me clavan ronchas en la espalda.
—¡No te atrevas a parar! —jadea—. Termina lo que has
empezado, Edier Grayson, o si no…
—¿O si no qué? —murmuro, mi burla rozando su mejilla.
—Todavía no lo sé, pero ya se me ocurrirá algo. —En esto,
ruedo mis caderas para deslizarme en esa pulgada final y ella se
ahoga en una respuesta—: ¡Oh, Dios mío!
Las palabras en mis labios no son tan elocuentes. Estoy
enterrado tan profundamente dentro de ella que estoy ardiendo en
su sol. El calor alrededor de mi polla se dispara directamente a la
base de mi columna vertebral. Cuando era más joven, solía follar
con mujeres durante horas y no sentía nada. Con Ella, lo siento
todo, y aún no he empezado a follarla.
Sujetando su cabeza, le quito las lágrimas a regañadientes con
un beso. Se siente tan delicada debajo de mí, tan frágil...
—Muévete —me insta, con los dientes apretados.
—Todavía no.
—Sí, ya.
—Yo tengo el control aquí, Mi Cielo, no tú.
Es entonces cuando sus músculos internos empiezan a apretar
mi polla, y yo me quedo rechazando una marea que está
peligrosamente cerca de consumirme.
—Bien, tú lo has pedido. —Me alejo un par de centímetros y
vuelvo a penetrarla cuando susurra mi nombre en la oscuridad.
Me detengo, pensando en lo puro que suena viniendo de ella,
como la oferta de salvación religiosa, pero sin la recompensa.
—Estoy tan feliz que seas tú. —Ella levanta la cabeza de la
cama para encontrarse con mis labios.
—No lo estarás cuando no puedas caminar por la mañana.
—¿Es otro...? —Se queda sin palabras cuando la meto hasta el
fondo, convirtiendo su dulce cólera en otro grito para que me lo
trague. Repito mi acción en la bajada, tomándola tan fuerte que la
parte posterior de su cabeza aplasta la almohada.
—No me obligues a decirlo —dice con voz profunda, rodeando
mi cintura con sus piernas y sus pequeñas manos agarrando mis
hombros.
Empuje.
—¿Decir qué?
Empuje.
—Una mala palabra.
—¿Una mala palabra? —Me muelo contra ella, provocando otro
precioso jadeo.
—Tengo un récord que mantener.
Vuelvo a pensar en esta noche. Ni una sola palabrota ha salido
de su boca. Ni una sola palabrota.
—¿Es un reto?
—No te atrevas...
Haciendo rodar mis caderas de nuevo, me aseguro que cada
parte de su coño me sienta, y ella grita en respuesta.
—Dilo —me burlo—. Di que quieres que te folle más fuerte.
—Oh Dios...
—Sigues diciendo su nombre, Mi Cielo, pero con todo respeto,
no es él quien te parte por la mitad.
Empuje.
—Más duro. —Se atraganta con la palabra y mi sonrisa se
amplía.
—Dime lo bien que me siento. —Vuelve a arquear la espalda
mientras la penetro un par de veces antes de mostrar una
contención monstruosa y reducir la velocidad—. Cuéntame todo
sobre cómo estarás sentada en la mesa del desayuno mañana por
la mañana con papá, con tus bragas empapadas en mi semen.
Su respiración sale en pequeños y superficiales jadeos.
—Por favor, Edier.
Le doy lo que quiere -un minuto entero- metiendo la mano
entre nosotros para jugar con su clítoris, lo que la hace clavar sus
talones en mi culo.
Cuando noto que está cerca, vuelvo acelerar el ritmo como un
cabrón.
Ella gime y echa la cabeza hacia atrás.
—Todo lo que tienes que hacer es...
—Fóllame. —Su voz es apenas audible. Una concesión a
regañadientes.
—Más alto —ordeno.
—Fóllame —gruñe, y una oleada de triunfo me recorre. Cuanto
más la empujo, más se abre, y más disfruto de su sol.
Después, nuestros cuerpos se confunden. Estoy persiguiendo
un subidón que nunca había sentido antes, sin frenar mi ritmo ni
siquiera cuando su coño empieza a palpitar a mi alrededor.
A su vez, gime cuando mi polla se sacude dentro de ella.
Mordiendo su hombro, entierro mi cara en su pelo y me obligo a
recordar todo lo que ha ocurrido en este momento, y cuando
empiezo a caer en un lugar que solía ser el olvido para mí, me doy
cuenta que me siento extrañamente cerca del paraíso con ella.
Al final, no soy solo yo quien se desmorona. Nos desmoronamos
juntos.
12

EDIER
Había planeado marcharme en cuanto se durmiera, pero sigo
aquí, horas después, tumbado en la oscuridad y luchando contra el
amanecer. Reconociendo que cada minuto que pasa es una cuenta
atrás para una guerra que no tengo posibilidad de ganar.
Está agotada, pero lucha a mi lado, con un brazo extendido
sobre mi pecho y su mano izquierda apoyada en mi corazón.
—Estoy esperando —murmura ella, apenas removiéndose.
—¿Esperando qué? —Tirando de ella encima de mí, vuelvo a
enterrar mi cara en su pelo, respirando cítricos y algo
peligrosamente cercano a la serenidad.
—Para que creas que estoy muerta para el mundo, y luego te
escapes como un ladrón.
—No me escabullo a ninguna parte, Mi Cielo. Hago ruido y
causo disidencia.
Apoyando la barbilla en su brazo, me estudia un momento, con
nuestras caras tan cerca que me deleito con cada una de sus
exhalaciones. Su pelo negro es un precioso desorden recién follado
y le sienta bien, pero solo cuando soy yo quien lo ha vuelto así.
—Admítelo, no tenías intención de abrir nuestra caja de
secretos. Te imaginabas que para entonces ya te habrías ido.
—Mentira. Anoche abrí mucho tu caja.
Su sonrisa se desvanece tan rápido como aparece.
—Me he esforzado mucho por recordar ese último día en
Colombia. Todo lo que tengo son vagos recuerdos de ti dibujando
ranas y luego de despertarme en un baño con mis padres y un
montón de médicos a mi alrededor. ¿Pasó algo más?
—Me emborraché.
—¿Fue después que me llevaran al hospital, o mientras aún
estaba tirada en el suelo?
—Ella... —El tono de mi voz es una advertencia.
—¿Por qué no me visitaste antes de ir a Europa?
—Caja —digo, como si fuera una palabra de seguridad
bastarda—. Ahora, bésame o afronta las consecuencias de
desafiarme.
Mi teléfono suena, pero lo ignoro. Los tres Bratva patsans que
tengo colgados en un almacén de Red Hook tendrán que esperar un
poco más para que se haga justicia. Este no es el momento ni el
lugar para hablar de matanzas. Es la tierra de la inocencia perdida
y el arrepentimiento, al menos hasta el amanecer.
—¿Crees que hay magia en la luz de la luna? —reflexiona de
repente, mirando a la ventana.
—Si la hay, no lo arruinemos analizándolo en exceso.
—Culpo a Selene.
—¿Es un anagrama o un subtexto? —Rozo con mis dedos las
suaves y sedosas curvas de su culo, resistiendo el impulso de clavar
mis dedos y atarnos para siempre.
—Era una diosa lunar. Susceptible a los hechizos y demás.
Cuando desaparecía cada mañana, los griegos creían que una
maldición había alejado su luz. Oye, tal vez la magia que la
mantiene en lo alto del cielo... —Se detiene y se sonroja—. Lo siento,
lo estoy haciendo de nuevo.
—Nunca te disculpes. Me encantan tus bonitas divagaciones.
Las mujeres inteligentes me la ponen dura.
—Todo te pone, ah, duro.
—Mujer inteligente —corrijo con frialdad—. Y te sorprendería
lo selectivo que es.
—¿Sueles hablar de él en tercera persona?
—Es un requisito cuando es tan grande. No cabe en la
narración en primera persona. —Se ríe y no puedo apartar la
mirada—. ¿Te estoy poniendo nerviosa otra vez?
Ella asiente.
—Parecía que querías comerme viva y... oh. —Atrapo su boca
con ese beso que he estado deseando, y ella se derrite en mi
abrazo—. Eres una mala influencia —dice con un suspiro—. Antes
de esta noche nunca había tomado una decisión precipitada en mi
vida.
—O usas malas palabras, aparentemente. Ahora, vuelve a
poner esos suaves labios en los míos. Yo decido cuando dejamos
esto, no tú.
—Tú también eres muy dictatorial.
—La única palabra que escuché en esa frase fue polla.
—¡Deja de fingir que eres un mafioso tonto y obsesionado con
el sexo! Eres mucho más que eso.
¿Cómo lo hace?
¿Cómo puede ver lo bueno en mí cuando todo lo que queda es
malo?
La deposito en el colchón, me levanto de la cama y voy desnudo
al baño. Al regresar con una toalla húmeda, vuelvo apartar la
sábana blanca.
—Abre las piernas.
Sus ojos se abren de par en par.
—Realmente no creo...
—Sin polla. Solo esto. —Separando sus rodillas, presiono la
toalla contra su coño hinchado, y ella cierra los ojos con una mueca
de dolor.
—¿Siempre es así? El sexo, quiero decir.
—¿Qué, doloroso?
—No, perfecto. —Pone los ojos en blanco ante mi sonrisa—. Sé
sincero.
¿Respuesta corta? Nunca. Lo que ella y yo acabamos de hacer
fue una supernova sexual, y nada más que una vida de sexo de
mierda le espera después de esto.
—Me lo imaginaba —murmura, leyendo mi silencio como un
libro.
Mientras tanto, la imagen de ella con otro hombre es tan
jodidamente mala que no puedo parpadear.
—¿Con cuántas mujeres has estado?
—¿Qué demonios es esto? ¿El corazón roto?
—Es una pregunta seria.
—Y me molesta que lo preguntes.
Estoy tentado de decirle que ninguna de ellas importaba. Que
sus nombres son intrascendentes, solo garabatos insignificantes en
una pared que ella misma derribó esta tarde.
No como esto. No como ella.
—Tantas, ¿eh? —dice, sonando dolida. Y joven. Tan
malditamente joven.
La verdad es que no ha habido ninguna en seis años.
Arrojando la toalla, meto la cabeza entre sus piernas y entierro
mi cara en su dulzura. El aroma que desprendemos juntos es
embriagador. Sus dedos se enredan en mi pelo y tiran suavemente.
—Solo contéstame una cosa más. ¿Alguna vez has sonreído
para ellas?
—No sonrío para nadie. —La fulmino con la mirada para
demostrarle que es así.
—Solías hacerlo... por mí.
—Eso era diferente. Éramos niños.
—Lo hiciste antes. Fue fugaz, pero estuvo ahí. Justo después
que me hicieras...
—¿Correrte?
—Hmm, sí eso.
—Dilo.
Sacude la cabeza y cierra los labios con fuerza.
—Dilo.
—Edier...
—Correrme, correrme, correrme —canto con maldad, pasando
un dedo por su coño y acercándoselo a la boca—. Pruébalo tú
misma.
Esos suaves labios se separan obedientemente, y meto mi dedo
tan profundamente que se ahoga. Se recupera rápidamente y chupa
tímidamente, pasando la lengua por la punta, mientras la observo
atónito. Ya estoy empalmado. No, es más que eso... me duele mucho.
—Mi Cielo —le advierto, con la voz cargada de necesidad—. No
empieces algo que no puedas terminar.
Se libera de mi dedo y levanta las caderas para dejar claras sus
intenciones: su coño está húmedo y brilla en la penumbra.
—Pruébame.
Es una vista demasiado hermosa para rechazarla.
Volviendo a meter la cabeza entre sus piernas, le lanzo otra
mirada.
—¿De verdad quieres esto? ¿Que pruebe el semen que hemos
hecho juntos en esta cama? ¿Que introduzca mi lengua en tu coño
tan profundamente que lo respire más que el aire? —Siento que se
retuerce impotente ante esa palabra—. Puede que sea una mala
influencia, pero a tu cuerpo le encanta cada sucio segundo. —
Deslizando mi dedo dentro de ella, giro mi muñeca en un ochavo,
para presionar su calor esponjoso. Al mismo tiempo, rozo con mi
pulgar la punta de su clítoris, y ella da un salto.
—Quédate quieta.
—Lo intento —dice—. Pero no es fácil cuando me disparas
voltajes eléctricos. Tus dedos son como conductores de tortura.
Sonrío y repito mis acciones. Ella no tiene ni idea.
Esta vez, tiembla, pero no se aparta.
—Buena chica. Mejor.
Como recompensa, meto y saco el dedo un par de veces,
empujando mi semen más y más adentro de ella con cada golpe.
Lucho contra las ganas de metérsela hasta el fondo para que se
quede para siempre, escondida del mundo y de las maldiciones de
las brujas, pero eso es solo una fantasía de mierda.
Sus uñas se clavan en los muslos mientras mece las caderas
antes que todo sea demasiado intenso y su mano vuele por encima
de su cabeza para agarrar la esquina de la funda de la almohada.
Su ritmo es hipnótico, como todo lo demás en ella. Su espalda se
arquea cada vez más sobre la cama cuando las olas empiezan a
crecer.
Subiendo por su cuerpo para besarla, gimo cuando su otra
mano encuentra mi polla.
—Carajo.
—¡Más!
Un dedo se convierte en dos. Al mismo tiempo, me hace
trabajar con tanta fuerza que mi respiración es tan agitada como la
suya.
Ella se lanza en espiral con un grito, y yo la sigo, con cuerdas
frescas de mi semen desnudando su pálido vientre y su coño,
mientras por un exquisito momento no existe nada más que esto.
Ella.
Yo.
Nosotros.
Podría amarla. Mis ojos se abren de golpe ante ese peligroso
pensamiento. En esta habitación, ahora mismo, podría desgarrarme
por ella. Mataría por ella, moriría por ella...
Es exponer un secreto, no importa lo profundo que lo haya
enterrado, o lo inconveniente que lo encuentre.
Resulta que, después de todo, tengo un corazón que late y
sangra.

Se queda dormida inmediatamente. Marcada, reclamada y


saciada. Sus pálidos brazos están esparcidos por el colchón, como
si buscaran algo que no se ve. La sábana blanca se enreda en sus
piernas, cubriendo una parte de ella de la que no me canso.
Arrastrándola hasta su pecho, aprieto mis labios contra su
frente antes de vestirme con los pantalones de traje y la camisa de
Sam, y recoger mi teléfono del suelo. La magia de la que hablaba se
desvanece rápidamente, los bordes se curvan como un papel
quemado mientras recorro un mensaje de Gabrio.
Ahora mismo no tengo un segundo al mando, no después que
el último recibiera una bala en las tripas el mes pasado, pero Gabrio
es lo más parecido. Está manteniendo el orden hasta que Sam
arregle su diente y su actitud. Su lugar a mi lado está asegurado,
pero primero tiene que madurar. Sin embargo, a pesar de todo,
siempre me ha gustado el arrogante de mierda. Es leal y astuto, y
sé que no dudará en apretar el gatillo cuando lleguen las órdenes.
La patrulla fronteriza atrapó a Sidorov intentando huir de
NY. El ruso es un desastre. Sigue actuando como si su número
con el Diablo acabara de ser llamado y fuera alérgico al fuego.
¿Sidorov? ¿El Bratva Pakhan?
Ahora estoy intrigado. Cuando un jefe del crimen empieza a
correr como una perrita, los demás se sientan y toman nota.
Golpeo una respuesta.
¿Está cargado?
Gabrio responde enseguida.
Más bien, está cagado de miedo. Está farfullando sobre
algo. No sé qué idioma está hablando. Sea lo que sea, no es ruso
ni inglés.
Aprieto los dientes mientras la fealdad de mi negocio se cuela
en la habitación de Ella. Esto es algo por lo que siempre admiraré
a Santiago. Mantiene a sus hijas en el ojo de la tormenta, pero aun
así se las arregla para protegerlas de lo peor de él. Saben que es un
capo del cartel, y supongo que conocen la enorme recompensa que
el FBI, la CIA y la Interpol tienen por su cabeza, pero nunca ha
destripado a un hombre por la polla al esternón delante de ellas.
Les muestra lo suficiente de sí mismo para mantener la verdad,
pero todo lo demás es una cortina de humo.
Yo no.
Sé exactamente quién es.
He visto su oscuridad porque estoy solo dos pasos detrás de él,
luchando con la mía.
Ve pronto. Hazle cantar.
Deslizando mi teléfono en el bolsillo, enciendo un cigarrillo con
el viejo Zippo que me regaló Aiden. Después de eso, merodeo por el
dormitorio, fumando a toda velocidad, arrastrando cenizas y
conflictos como confeti gris.
Estoy inquieto por irme. Inquieto por quedarme.
Afuera, el amanecer desangra el cielo y es el color que menos
me gusta.
Al acercarme a su escritorio, escudriño una superficie
salpicada de clásicos de la literatura, bolígrafos sin tapa y ensayos
a medio terminar, y luego mis ojos se detienen en un alijo de lápices.
Momentos después, tiro la colilla por la ventana y uno de esos
lápices recorre una página vacía, capturando las curvas de la joven
que duerme frente a mí hasta que estoy satisfecho con el resultado.
Ningún dibujo podría hacerle justicia, y estoy muy oxidado, pero
dibujo lo suficiente para mantener vivo un recuerdo perfecto.
Arranco la página, la meto en el bolsillo de la camisa de Sam y
vuelvo al baño. Me echo agua en la cara, me paso una mano
húmeda por el pelo y me miro en el espejo que hay sobre el lavabo.
Hay un hombre adulto mirándome, pero no lo reconozco. Parece
enfadado. Atrapado. Agobiado por una consecuencia que le
persigue como una sombra.
—Vete a la mierda —murmuro ante su reflejo, mientras llega
otro mensaje de Gabrio.
Semenov está muerto.
Goteo, goteo.
¿Puedes sentirlo venir, Edier?
¿Cómo?
Vuelvo a mirar al hombre del espejo para ver a un asesino y a
un mentiroso que me devuelve la mirada.
Fue por el cuchillo de Arturo. Se cortó la garganta antes
que pudiéramos detenerlo.
Goteo, goteo.
¿Por qué te mataste de verdad, mamá? ¿Fue porque no podía
salvarme o por el trato que hice para sacarnos de allí?
—Vete a la mierda —murmuro de nuevo, dando un golpecito a
mi respuesta.
En camino.
Algo, o alguien, hace que toda la red Bratva abandone Nueva
York en masa. Durante el último mes, han estado saliendo de la
clandestinidad y levantando el vuelo como insectos antes de una
tormenta, y quiero saber por qué.
Me doy la vuelta para salir del baño y veo todas las cajas de
recetas y los frascos de pastillas alineados en su tocador. La gran
cantidad de frascos hace que se me revuelva el estómago, y por
primera vez en seis años, siento verdadero miedo.
No se me permitió preguntar, pero ahora necesito saberlo.
¿Qué tan grave es, Mi Cielo? ¿Van a fallar tus órganos? ¿Es
vital? Cuando está mal, ¿duele respirar y llorar?
Sam le dio un nombre a la maldición antes.
Lupus.
Vuelvo a mirarla a través de la puerta abierta. Apenas se ha
movido. Ignora felizmente que en cuestión de minutos me iré de su
vida para siempre.
Pero es mi culpa que esté enferma. Es mi culpa que no pueda
averiguar por qué la maldición aún persiste.
Es mi culpa que tenga que irme.
La casa está en silencio mientras bajo las escaleras,
encogiéndome de hombros y poniéndome la chaqueta del traje, pero
dejando la pajarita desatada y el pelo despeinado. Conóceme ahora
y sabrás de qué soy culpable. Conoce mis ojos y te cegarán con mi
contradicción.
Las paredes son de color oro rosa. El sol está a punto de salir.
El botones se habrá ido hace tiempo, pero siempre guardo una llave
de auto de repuesto en mi bolsillo para una escapada rápida. Solo
espero que el buen senador no se haya dado cuenta que hay un
Ferrari extra aparcado entre sus Vanquishes y Lamborghinis
cuando se tropezó con la cama anoche.
Me dirijo a la puerta y estoy a un metro de distancia cuando
un cuchillo de caza de nueve pulgadas pasa por delante de mi cara
y se entierra en lo más profundo de la carpintería frente a mí.
Santo...
—Al menos tuviste los huevos de intentar salir por la puerta
principal como un hombre. —Llega una voz burlona detrás de mí—
. Si te hubiera atrapado trepando por su ventana, te habría matado,
allí mismo.
Santiago.
Carajo.
Mierda.
El Diablo.
Me doy la vuelta de golpe cuando sale de las sombras, con una
expresión mucho más oscura que el lugar del que acaba de salir.
—No sabía que habría una salva de veintiún cañonazos para
celebrar mi marcha —respondo, preparándome para el final. El
hombre acaba de atraparme abandonando a su hija, apestando a
sexo y a culpa. No hay vuelta atrás.
—Veinte no, solo uno —corrige, merodeando hacia mí,
apestando a bourbon y a retribución. Es un cabrón alto con al
menos veinticinco años más que yo, pero nunca cometería el error
de pensar que mi edad es una ventaja—. Además, siempre he
preferido un cuchillo a una pistola. No puedes tallar el odio en la
carne de un hombre con tanto detalle con una bala.
Se detiene frente a mí para sacar su cuchillo de la puerta. Me
quedo de pie como una estatua mientras él imita el corte de mi
garganta, la hoja se acerca demasiado para ser cómoda, atrapando
la piel que cubre mi yugular con un rápido movimiento de muñeca,
y sacando la primera gota de sangre. Es solo un goteo, un mero
afluente, pero ambos sabemos que será un océano para cuando
termine el día.
¿Valió la pena?
Cada toque, cada segundo. No hay duda.
—Chica tonta —dice, chasqueando la lengua con irritación—.
Le advertí que dejara esto en la fiesta, no que lo subiera y se
acostara con él.
Sé que es mejor no preguntarle qué quiere decir con eso.
—¿Te la has follado?
También sé que no debo responder a preguntas con amenazas
de muerte.
Sus ojos negros se estrechan ante mi silencio. Nos miramos
fijamente mientras los segundos pasan siniestramente, y entonces
me arranca media mandíbula con su primer golpe. El segundo me
golpea la nuca contra la pared con tanta fuerza que veo las estrellas.
Maldita sea, pega fuerte.
Lo acepto todo sin represalias. Si cualquier otro hombre me
diera un golpe, ya estaría tirado en una morgue, pero esta es mi
medicina por acostarme con la hija del jefe, por deshonrarlo a él y
a su hospitalidad, y por eso me merezco todo y más.
—Me has planteado un gran dilema, Grayson. —Me dobla con
un golpe brutal en el estómago que me deja siseando y maldiciendo
por aire—. Debería llevarte al sótano de Sanders por lo que has
hecho, pero tu apellido es tu tarjeta para salir de la cárcel hoy.
Puedes agradecérselo a tu padre. —Arrastrándome por el cuello, me
pega a la pared, con su cara como una máscara malévola y sus ojos
negros tan fríos como los míos—. Por no hablar que eres el mejor
sicario que tengo. En menos de un año, has convertido al Cartel
Santiago en la organización criminal número uno de la ciudad de
Nueva York. No hay nada que no harías por lo que crees. En ese
sentido, me recuerdas a mí mismo.
—¿Debo sentirme halagado por eso?
Su agarre en mi tráquea se hace más fuerte.
—¿Un cabrón caga en el bosque? No, toma lo que quiere y caga
donde quiere, solo que esta vez te han atrapado. Pero no voy a
matarte, Grayson. No esta vez. En su lugar, voy a contarte todo
sobre una elección que harás un día. —Me suelta para enderezar
mi chaqueta y mi camisa con una sonrisa peligrosa.
—¿Esto es una concesión? —Me arrastro hasta mi altura
completa, sin decidir qué es peor: estar en deuda con él o con mi
padre—. ¿Estás perdiendo tu ventaja, viejo? Sabes que no merezco
tu piedad.
—Tal vez no, pero tengo mis propias deudas que pagar.
—Te refieres a mi padre. —Mi labio se curva con desagrado.
—Él, y algo más.
—¿Qué?
—¿Ves esto? —Tardo un segundo en darme cuenta que está
levantando la mano. Hay una fea cicatriz blanca que le atraviesa el
centro de la palma de la mano y que me hace sentir un recuerdo
reciente—. Esta fue mi elección, y un día -tal vez mañana, tal vez
dentro de unos años- la harás por ti mismo. Verás, yo no soy como
todos esos cabrones de la mafia que venden a sus hijas por su
estatus. Las mujeres no son mercancías que se compran y se
venden. Su felicidad futura no es la mía para intercambiar por el
precio del poder, o para mostrar al mundo lo grande que es mi polla.
Yo tomo la mía a la vieja usanza, por la fuerza bruta. Por eso le juré
a mi mujer que cuando llegara el momento nuestras hijas se
casarían por amor. Llámalo un pago por arrastrarlas a un mundo
en el que no tienen nada que hacer. —Se acerca, con la mandíbula
desencajada y un brillo desagradable en los ojos—. Toma nota de la
palabra casarse, Grayson. Tiene varios significados, muchos de los
cuales preferiría no pensar en que mis hijas lo hagan. ¿Tienes idea
de lo mucho que me gustaría romperte el cuello por olerla en ti?
—No voy a salir ni a casarme con tu hija jamás, Santiago.
Asiente con la cabeza, como si lo esperara.
—No, no lo harás porque no la amas.
—¡Hijueputa! —Con un rugido de dolor, lo empujo—. ¿Quién
mierda eres tú para decidir eso? Puede que seas el dueño de mi
arma y de mi lealtad, pero no eres el dueño de todo.
Sus cejas se disparan al ver mi reacción, y entonces me pongo
a girar de lado por otro de sus salvajes golpe.
—Recuerda con quién estás hablando, Grayson. Sin embargo,
fue una reacción interesante, y solo confirma lo que he sospechado
desde hace tiempo.
—Vete a la mierda —gruño, entre dientes ensangrentados.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintitrés.
—Lo suficientemente mayor como para saberlo mejor, pero
todavía lo suficientemente joven y arrogante como para pensar que
cada camino que eliges es el correcto... No discuto que la ames a tu
manera. Solo que no la amas en todas las formas que ella merece.
—No tienes ni puta idea —gruño, escupiendo una bocanada de
sangre al suelo de mármol blanco de Sanders.
Sacude la cabeza y flexiona la mano.
—¿Crees que no conozco a mi propia hija? ¿Crees que no sé lo
mucho que ha sufrido estos últimos seis años, y que no conozco la
razón que hay detrás? Pero aquí está la cosa... —Dando un paso
adelante, me agarra la mandíbula entre los dedos y me obliga a
mirarlo—. No la amas lo suficiente porque odias más tu pasado, y
por eso no eres lo suficientemente bueno para ella.
—¡Que te jodan!
—Quizás cuando tu ego deje de maldecirme, te callarás y
escucharás. Mi elección llegó hace dos décadas en una habitación
con un traficante ruso llamado Sevastien Petrov. O salía de allí con
él muerto, o no salía vivo.
—Así que lo mataste.
—No, lo cambié —dice, sorprendiéndome. Este hombre se
alimenta de la retribución como las pirañas se alimentan de la
carne—. Tomé una decisión, y en ese momento me dolió más que el
cuchillo que acababa de clavarme en la mano. Cambié todo mi odio
por salvar a la mujer que yace arriba en mi cama, y luego lo envolví
en un lazo rojo y me entregué a las autoridades.
—¿Por qué mierda hiciste eso?
—Mi futuro era más importante que mi pasado, así que lo dejé
pasar. Ahora, es tu turno de hacer lo mismo. Toma esto y libéralo.
Me importa un carajo cómo lo hagas, solo hazlo.
Con una sacudida, me doy cuenta que me está ofreciendo su
cuchillo.
—¿Quieres que me meta esto en la mano?
—Métetelo por el culo por lo que me importa, siempre que
hagas lo que te pido. Ámala entera. No la ames con medio corazón.
A ella no, es demasiado especial, y lo sabes. Por eso te alejas de esta
casa. La estás protegiendo de alguna manera, y esa es otra razón
por la que sigues vivo.
Tomo el cuchillo sin decir nada, luchando contra los oscuros
impulsos.
—Tal vez mi pasado no es tan fácil de cortar.
—Es cierto. —Se encoge de hombros con indiferencia, pero
para él es una señal de advertencia—. Puedo ver cómo atrapar a
cien hombres en una iglesia y quemarlos vivos puede estropear a
un chico, pero supongo, por esa mirada permanentemente
atormentada en tus ojos, que no fue lo peor. Conocí a Hurtado
muchas veces antes de destruirlo —añade, llenando mi asombrado
silencio con su desagrado—. También conocí a tu padre biológico,
y si sus sicarios eran como ellos, sus muertes no deberían ser una
mancha en la conciencia de nadie. Sé lo que hacían a sus hijos. Sé
lo que les hicieron a sus mujeres. Mataste para sobrevivir, Grayson,
igual que el resto de nosotros. No te consumas por ello, o acabarás
ardiendo con el resto.
—¿Desde cuándo lo sabes? —digo aproximadamente.
—Un rato.
—¿Lo sabe mi padre?
Chasqueando la lengua de nuevo, mira hacia otro lado.
—No fue mi decisión enviarte lejos hace seis años, así que lee
en eso lo que quieras.
Me rio amargamente de esto.
Lo único que necesitaba mi padre adoptivo era escuchar, pero
ni siquiera pudo darme eso.
Todo lo que necesitaba era hablar.
Alejo ese pensamiento inmediatamente.
—Era su manera de intentar arreglar las cosas. Personalmente,
me importa un bledo lo que pase entre tú y él mientras no afecte al
negocio. Ten tus rabietas de padre adolescente en tu propio tiempo.
Ahora, sal de mi vista antes que cambie de opinión sobre esto.
—Sidorov está muerto. Se quitó la vida después que lo
atrapáramos en la frontera.
Hace una pausa.
—Así lo he oído. Dirígete a los muelles y mira si esos Bratva
Pakhan que tienes colgados de las vigas pueden arrojar alguna luz
sobre lo que está pasando... ¿Y Grayson? —Me toma del brazo y me
empuja contra la puerta—. Busca una forma de matar tu pasado
rápidamente o acostúmbrate a la tortura. Resulta que mi hija es
tan inteligente y taimada como hermosa, y está a punto de hacernos
la vida interesante a todos. —Su expresión se ensombrece—. Se va
a mudar a Nueva York. Empieza en la Universidad de Nueva York
en otoño.
El suelo cede bajo mis pies.
No. Mierda. No.
No en la misma ciudad, Mi Cielo. Estarás en constante peligro.
Yo seré una amenaza constante.
La mirada de Santiago pasa desapasionadamente por mi cara,
captando la reacción que no soy lo suficientemente rápido para
ocultar.
Momentos después, me destroza el pómulo izquierdo con su
último sello de desaprobación.
PARTE 3
LA PROMESA
13

EDIER
Actualidad
Ella, 21; Edier, 27
—¿Le gustan los juegos preliminares, señor Grayson, o está
aquí para follar?
La mujer roza con las palmas de las manos las sábanas de
satén gris paloma y saca los pechos, el escote del vestido apenas
cubre su pudor.
—Me dejaré los tacones puestos, si quieres. Todo lo que tienes
que hacer es deslizar mis bragas a un lado y... mmm. —Atrapando
su labio entre los dientes, lo deja escapar con otro gemido
torturado, antes de añadir roncamente—: Apuesto a que tu polla es
tan grande como tu reputación.
También lo es mi pistola, estoy tentado de añadir, pero aún no
he decidido su destino.
Tal vez sobreviva.
Tal vez muera.
Tal vez abra su maldita boca y me dé lo que realmente vine a
buscar.
Ella alarga su siguiente gemido como si fuera el ronroneo de
una Harley.
—Nunca he tenido un hombre en ese otro lugar y quiero que
seas el primero.
Es una invitación abierta a aceptar, pero no hay nada de su
cuerpo que desee. Así que la ignoro, agitando la tapa de un viejo
mechero metálico entre mis dedos mientras permanezco sentado en
la silla frente a la cama, con la polla tan muerta como mi corazón.
No se mueve.
Ni siquiera un poco.
Solo hay una mujer que me convierte en piedra, y no es una
puta en una suite de hotel en el Upper East Side...
Un establecimiento del que soy propietario, entre otros muchos
negocios, legítimos o no, en la zona triestatal.
—No dices mucho, ¿verdad? —Hace un mohín juguetón,
tratando mi indiferencia como un desafío—. ¿Y si te enseño lo que
te estás perdiendo? —Con una sonrisa tímida, se pone a cuatro
patas y me entrega su culo en bandeja.
Ya he tenido suficiente.
—Para. —Mi tono provoca un visible escalofrío en su columna
vertebral—. Te sugiero que te sientes, cariño, preferiblemente sobre
ese culo, en lugar de agitarlo en la brisa como una bandera.
Me mira por encima del hombro, olvidándose de sí misma,
olvidándose de sus órdenes, y luego lo recuerda: el pánico inunda
su expresión mientras se esfuerza por obedecer. Sabe quién soy y
lo que he hecho. Sobre todo, sabe de lo que soy capaz, y que no hay
ningún policía en toda la ciudad de Nueva York que pueda tocarme
por ello.
—Bien —murmuro, cuando se sienta erguida y remilgada como
un feligrés en el banco de la primera fila—. Ahora, podemos hablar.
—¿Te refieres a hablar como hablar sucio?
—No, del otro tipo.
Veo cómo sus uñas excavan cavidades en el colchón.
—¿No quieres que te la chupe?
—No.
—Es lógico.
—¿Qué cifras? —Cierro la tapa del Zippo con una viciosa
finalidad.
Lo mira fijamente durante un largo momento, como si sus
propios pensamientos fueran un rompecabezas para ella.
—Cuando me miras no es mi cara lo que ves. Es una mujer. —
La única mujer—. ¿Estás casado?
—No es asunto tuyo. —Empujo un exquisito recuerdo de negro
y oro al fondo de mi mente—. Pero tienes razón en una cosa: cuando
te miro, veo palabras, no acción. —Lentamente, saco la pistola del
interior de mi chaqueta—. No, a menos que contemos con deportes
de sangre.
Se lame los labios con miedo.
—¿Así es como te excitas?
—No me gusta el tabaco, cariño. —Mi expresión se endurece—
. Pero me interesan las mulas colombianas de droga que se hacen
pasar por putas para acercarse lo suficiente como para matarme.
Se queda helada, al ver que se le cae la máscara.
—No lo hagas —murmuro cuando intenta ponerse de pie; mi
Glock ya le apunta a la cabeza—. Te sugiero que te vuelvas a sentar
y me digas quién te ha enviado.
—Ya sabes quién me ha enviado —susurra, su anterior
confianza se ha ido al mierda.
Ahora veo a la chica bajo eso:
Asustada.
Joven.
Prescindible.
—Quiero su nombre real en diez segundos, o aprenderás de
primera mano cómo castigo a las ratas rivales que hacen carreras
de coca no sancionadas en mi territorio... Por no hablar de los que
tienen las pelotas de pensar que pueden ejecutarme en mi propia
ciudad.
—No lo entiendes. —Su cara se arruga—. Me maldecirá.
Maldecirá a mi familia.
¿Maldición?
Se me hiela la sangre ante esto.
—¿Quién lo hará?
—No me hagas decirlo. —Se arrodilla frente a mí y junta las
manos—. Por favor, Dios, por favor, por favor, te lo ruego.
Inclinándome hacia delante, apunto la boca de mi Glock a su
frente, por si acaso no ha captado el mensaje la primera vez.
—El Alquimista. —Sus ojos se dirigen a la puerta con terror
mientras tartamudea su nombre.
—El Alquimista —interrumpo con mala cara, observando cómo
se estremece a un kilómetro de altura, como si acabara de corear
Voldemort en una puta convención de Harry Potter—. Sí, puede que
haya oído hablar de él.
La magia negra es la religión número uno de nuestros enemigos
en Sudamérica, y El Alquimista es su autoproclamado dios oscuro.
A los que desean la absolución de sus pecados, les vende una
mentira y un par de patas de gallo muertas para que duerman
mejor por la noche.
Lo que más temen, lo siguen ciegamente.
Lo ignoramos hasta que empezó a perpetuar su propia mierda.
Su leyenda creció, y ahora es un problema. Durante los últimos dos
años, ha estado predicando la riqueza, el sexo y el perdón a
cualquiera que esté dispuesto a ayudar a derribar el Cartel
Santiago...
El cartel colombiano número uno.
La organización a la que el hombre que me adoptó ha dedicado
su vida.
La organización a la que he prometido mi propia lealtad,
aunque por razones menos altruistas.
En resumen, El Alquimista se volvió ambicioso, y ahora quiere
una parte de nuestro poder.
Vuelvo a mirar a la chica. Es una de sus discípulas. Llevo
meses siguiéndola y conozco su plan desde hace semanas. Hay
cámaras en todos los rincones de esta habitación, y doce de mis
mejores sicarios están justo en la puerta, pero ninguno de ellos es
tan letal como yo.
Todo lo que necesito es que me des la verdadera identidad de El
Alquimista, cariño, y entonces podré acabar con él para siempre.
—Dicen que mandó a una de sus brujas a maldecirte cuando
eras más joven —suelta de repente—. Dicen que te condenó a
caminar solo. A traer dolor y miseria a cualquiera que se atreva a
amarte.
Las paredes giran.
Las emociones reprimidas durante mucho tiempo empiezan a
acuchillar mis entrañas como si fueran cuchillas: Culpa. La ira. El
fracaso.
Vuelvo a estar en Colombia, con diecisiete años, atrapado en
un recuerdo, con los brazos envueltos en sol.
Doce horas después, mis brazos estarán llenos de sus gritos.
—Te sugiero que cierres tu maldita boca si planeas salir de aquí
con vida.
Los ojos de la chica se llenan de lágrimas.
—Es demasiado tarde para mí, pero aún hay tiempo para
liberarla. Si no, El Alquimista le hará cosas terribles.
Ya lo ha hecho.
Dios. Maldita sea.
—¡Dime quién es! —rujo, mientras mi pasado y mi presente
chocan por segunda vez en mi vida.
—Él es el miedo —murmura, inclinándose hacia la boca de mi
pistola, con una peligrosa calma asentándose en su rostro—. Él es
la destrucción de todos nosotros.
Se mueve tan rápido que no siento su dedo presionando el mío
hasta que mi bala sale de su cráneo. Me tambaleo en mi silla y oigo
sus últimas palabras tan claras como el día, mientras el olor
metálico de la pérdida y el vacío llena la suite del hotel:
—Sabe lo que prometiste, Edier Grayson, y viene a cobrarlo.
14

ELLA
—Carpe Diem, gente. Levántense y brillen.
Hay un gemido colectivo de disconformidad en la oficina
cuando nuestro redactor jefe, Rob Willis, aparece en la puerta de su
despacho, agarrando su eterna taza de café con las inmortales
palabras "Para abreviar la historia" escritas en el frente.
Debe haber algo jugoso en el horizonte, porque nunca convoca
sus reuniones matutinas antes de las siete de la mañana. Su
restaurante favorito no empieza a servir sus panecillos Asiago
preferidos hasta las seis y media, y es fastidioso a la hora de
empezar el día con el estómago lleno.
—Carpe Diem, gente. —Vuelve a rugir, mientras la gente sale
lentamente detrás de sus escritorios y cubículos, parpadeando
trasnochados y con las secuelas que les deja la salida de los dientes
de los bebés—. Las noticias no esperan a los con resaca y a los mal
pagados.
—Has acertado —murmura Ivy desde el escritorio de enfrente,
continuando con la mecanografía a toda velocidad mientras se
levanta de su silla—. Ya está, está hecho. —Apoya su dedo en el
botón de enviar como si fuera la madre de todas las condenas—.
Nada dice más "hemos terminado" que un correo electrónico escrito
a toda prisa con siete errores tipográficos antes del desayuno.
—¿Qué ha hecho Chester esta vez? —Agarro el bolígrafo, el
cuaderno y la carpeta y los equilibro con cuidado en una mano,
dejando la otra libre para verter la cafeína en mi garganta a
velocidad de vértigo.
—Se olvidó de la cita de anoche con su madre, que por cierto,
hace que Kris Jenner parezca la matriarca del año. Tuve que
soportar dos horas de charlas sobre los peligros del sexo
prematrimonial sobre una carbonara fría y una copa de vino tinto
que sabía como si algo se hubiera enroscado y muerto dentro de
ella junto con mi alma. ¿He mencionado que es una pariente
cercana de Ebenezer Scrooge?
—Suena a infierno. —Le hago un gesto de solidaridad
femenina, aunque sé que a la hora de comer ya habrá perdonado a
Chester. Por la noche, lo más probable es que vuelva a llevar su
anillo de compromiso. Ella y su prometido tienen el tipo de relación
que da latigazos a los espectadores.
—Tenemos que movernos. —Pasando por delante de mi mesa,
me hace señas para que la siga—. Nadie quiere ser culpado por
causar el cuarto ataque al corazón de Rob en cuatro años.
—Ya voy —murmuro, bombardeando tras ella con mis
desgastadas Chucks negras, tratando de no pensar en el medio café
expreso que llevo en la parte delantera de mi camisa blanca, o en
cómo me he engañado pensando que mi pelo no necesitaba ser
lavado a las cinco de la mañana en mi estado mental de falta de
sueño y delirio.
En resumen, parezco un desastre, pero estoy entre espíritus
afines aquí, excepto Ivy, que está inmaculada como siempre con un
traje pantalón azul marino y tacones rosa neón.
Empecé como reportera junior en The New York Eagle hace
cinco meses, e Ivy fue la primera en apiadarse de mí. Nos unimos
en la sala de redacción por nuestro amor mutuo a Fleetwood Mac y
a los Café con leche de especias de calabazas, ambas lamentando
el hecho que deberían ser algo de todo el año en lugar de una burla
invernal.
Lleva un par de años en Eagle y ya es una reportera de pleno
derecho, un puesto con el que solo puedo soñar mientras me ahogo
en la comprobación de datos, las llamadas en frío y las carreras de
café durante todo el día. También tiene un gran sentido del humor,
parece una supermodelo con el pelo rubio de punta, insiste en
organizarme citas desastrosas que nunca me vuelven a llamar y no
entiende por qué tengo un apartamento en el lado Este cuando todo
el mundo sabe que el Oeste es lo mejor.
Además, tiene una hermana gemela con lupus, así que siempre
sabe qué decir cuando estoy muy cansada, me duele mucho el
cuerpo y me estresa el último análisis de sangre. Mis brotes son
cada vez más regulares y la mayoría de los días tengo un poco de
fiebre. Sigo posponiendo las citas con mi reumatóloga porque sé lo
que va a sugerir que probemos a continuación, y no tengo la
capacidad mental para hacer frente a ese tipo de tratamiento en
este momento.
—¿Cómo lo llevas, Miller? ¿Ya te has dado por vencida? —Rob
me sonríe cuando paso a hurtadillas para entrar en su despacho.
Por razones de anonimato, usé el apellido de mi madre cuando firmé
mi contrato de trabajo, y él se niega a llamarme de otra manera.
Es tan ancho como alto, con más pelo en la cara que en la
cabeza, y nunca he oído a nadie decir una mala palabra sobre él.
Lleva más de cincuenta años en el negocio, cubriendo todo, desde
la Caída del Muro de Berlín hasta las secuelas del 11-S, lo que le
convierte en un dios y una leyenda certificada por aquí.
—Hoy no —digo con una sonrisa despreocupada, continuando
con una broma que ha estado rondando entre nosotros desde el
principio—. He pensado en ver cómo va la semana y tomar mi
decisión el viernes.
—No lo dejes para muy tarde, ¿eh? A Recursos Humanos le
gusta fichar a tiempo para el fin de semana.
—Lo tendré en cuenta.
Al fondo de la sala, con todos los demás estudiantes,
esperamos a que se llenen los asientos alrededor de la mesa de
reuniones ovalada de cristal. Están reservados para los reporteros
y varios redactores, y para aquellos cuyo sueldo anual supera los
treinta mil dólares.
Rob ocupa su lugar habitual en la cabecera y nos mide a todos,
de uno en uno.
—Bien, señores y señoras, vamos a ponernos en acción
Un cambio dramático en las encuestas de mitad de período
tiene prioridad inmediata. Se discuten las respuestas, y se plantean
entrevistas para el potencial de Página Uno. Aunque Eagle está
bastante abajo en la lista de popularidad de los periódicos
neoyorquinos, tenemos una sólida reputación en cuanto a las
noticias políticas y un contenido digital fiable que lo respalda.
Cuando se trata de llenar el resto de las páginas, somos un
grupo tenaz. Bueno, no tenemos muchas opciones con nuestro
presupuesto... Rob tiene la manía de hacer que las pistas débiles
sean noticiables, especialmente cuando vienen directamente de una
fuente.
—No hay humo sin fuego y pobres incentivos monetarios. —Es
uno de sus dichos favoritos, así que me hace entrevistar y
comprobar los antecedentes de cada persona que llama, sin
importar lo locos que sean.
Una vez que todas las historias de actualidad se distribuyen
alrededor de la mesa, nos reducimos a los rumores, cotilleos y a los
intereses humanos que conforman el resto de las páginas. Es
entonces cuando los sagaces ojos grises de Rob vuelven a
buscarme.
—¡Miller! ¿Qué tienes para nosotros? ¿Algo bueno en Twitter
con un fuerte tráfico? ¿Algún gato atascado en los árboles de Park
Avenue?
Hay un murmullo de diversión ante esto.
—Me temo que esta vez no hay gatos —le digo alegremente—.
Pero eso del "perro que se parece a su dueño" vuelve a ser tendencia.
Más ondas cuando uno de los editores le pregunta a Rob si
tiene un pitbull castrado.
Solía odiar hablar en público, pero aquí no hay lugar para la
timidez. Como siempre me dice Ivy, tengo que salir de mi zona de
confort para que me tomen en serio en el periodismo, especialmente
como mujer. Un periódico es un equipo, y no quiero quedarme al
margen.
—¿Algo más?
—Bueno, hay una cosa... Aunque no es realmente un "interés
humano". Una fuente de los forenses avisó de un suicidio hace dos
noches. Un solo disparo en la cabeza. Lo he comprobado y todo
parece legítimo. Los informes policiales dicen que un cuerpo fue
retirado del Hotel Helios de cinco estrellas en el Upper East Side. No
hay circunstancias sospechosas.
—Hay un suicidio cada cinco horas en este estado, cariño.
¿Qué lo hace tan especial?
—Es una mujer. Me enviaron el informe inicial hace unos
treinta minutos. Los forenses notaron un tatuaje en su hombro y
es algo distintivo...
—¿Qué tan distintivo?
—Como una "A" intersectada con un pentagrama invertido.
—Espeluznante. ¿Y?
Dale el chiste, Ella. No le hagas esperar.
—Es el mismo que encontraron en otra víctima de suicidio en
otro Helios el mes pasado. Recuerdo haber leído sobre ello en El
Tribuno. Aquí, creo que guardé el recorte... —Hojeando mi carpeta
roja, la sostengo para mostrársela.
Una lenta sonrisa se extiende por la cara de Rob.
—¿La policía ya se dio cuenta de esto?
—No lo sé.
—Llamaré a mi contacto y lo comprobaré. Mantengamos el
silencio, por si acaso. Buen trabajo, preciosa... ¿Ivy? —Se vuelve
hacia mi amiga—. Ve a comprobarlo y llévate a Ella contigo. Se lo
ha ganado. Informa a la reunión de media tarde. Quiero saber si es
un no-arranque... Ahora, por favor, que alguien vaya a traerme un
alijo de esos putos panecillos antes que empiece a comerme a los
redactores.
Todos salen de su despacho e Ivy me aprieta la mano al pasar.
—El Pulitzer dentro de cinco años, fácil, fácil —susurra—. Pero
no te olvides de nosotros, pobres águilas, cuando tengas un
escritorio en la esquina del Times.
Me rio.
—No encajaría. Me gustan demasiado las gangas en Target.
—Miller, espera un momento. —La voz de Rob me hace volver
a la habitación mientras Ivy me quita la taza vacía de Starbucks de
la mano y me da un suave empujón de ánimo antes de cerrarnos la
puerta.
—¿Está todo bien?
—La verdad es que no. —Tengo el corazón en la boca mientras
veo cómo se acerca cojeando a su escritorio y se deja caer en su
silla con un gemido—. Tengo recortes presupuestarios que me salen
por el culo, artritis grave en la rodilla izquierda, un cálculo biliar
del tamaño de una pelota de golf y mi mujer me amenaza con
mandarme al campamento para gordos.
Muerdo una sonrisa de alivio.
—Suena doloroso.
—No es tan doloroso como las hemorroides, así que eso es algo.
La mayoría de los editores ladran, muerden y babean bolígrafo
rojo por todo. Rob no. Es más bien como Santa Claus en un buen
día, siempre y cuando le sigas dando galletas de interés
periodístico.
—Dejando de lado los lamentos, ¿cómo te estás adaptando?
—Bien. Ivy ha sido increíble...
—Bien, porque tu madre está preocupada por ti.
Lo miro con asombro.
—¿Qué...?
¿Cómo demonios conoce a mi madre?
—Trabajamos juntos en Miami —admite, echándose hacia
atrás en su silla y haciendo una mueca por el ominoso crujido—.
Fue la mejor reportera de investigación que tuve hasta que se
ausentó. No había sabido nada de ella en veintidós años hasta que
hace tres meses apareció un correo electrónico en mi bandeja de
entrada. Me dijo que su hija mayor acababa de abandonar la
Universidad de Nueva York, pero que tenía mucho más talento que
ella, y que sería un idiota si no la fichara. —Sonríe—. Siempre me
ha gustado la franqueza de tu madre. Es una entre un millón.
—¿Realmente, ella dijo eso sobre mí?
Pero en lugar de sentirme halagada, me siento aplastada.
Estaba orgullosa de haber conseguido este trabajo por mis propios
méritos. Me escuece saber que en realidad fue el nepotismo el que
me contrató.
—Oh, no me mires así. No te habría ofrecido el puesto solo por
su recomendación. Hago mis propias investigaciones. Hago mis
propias averiguaciones. Resulta que ibas camino de ser
Valedictorian 1 hasta que dejaste de presentarte. —Se inclina hacia
adelante para apoyar las manos en el escritorio—. Mira, no es
asunto mío lo que te hizo renunciar. A algunos chicos les resulta
más fácil el trabajo que el aula, y parece que tú eres una de ellos.
Sigue adelante, Miller. Estás haciendo honor al nombre.
No se me da bien aceptar cumplidos. Viene de formar parte de
una familia en la que todos son brillantes o despiadados y los
intermedios se acomodan en el segundo lugar.
Sin embargo, sus palabras lo significan todo.
Últimamente he tenido que luchar aún más con mi padre para
quedarme en Nueva York. Cada paso adelante es una nueva
negociación. Es una escalada agotadora, y todavía no estoy cerca

1
Valedictorian es una calificación académica que se otorga al estudiante que da el
discurso final o de «despedida», en el sistema escolar de los Estados Unidos
de la cima. Tengo tantos guardaespaldas a mi alrededor que no
puedo espirar sin que uno de ellos lo inhale, pero quizá, solo quizá,
todo haya merecido la pena.
—No seas amable conmigo, Rob —advierto, mi voz se vuelve
ronca y reveladora—. No he tomado suficiente café para sacudir mis
emociones privadas de sueño. Si dices algo más, lloraré.
Arruga la cara en señal de disgusto.
—Se acepta la gratitud. Las lágrimas no. Ahora, ve a ayudar a
Ivy a encontrar una historia.
15

ELLA
Diez minutos después, me deslizo en el asiento del pasajero del
Honda Civic de Ivy en el aparcamiento de abajo. El parabrisas está
empañado y la calefacción está a tope, pero ella la baja en cuanto
cierro la puerta.
—¿Qué ha dicho?
—Me dijo que tiene cálculos biliares, pero que no me va a
despedir pronto.
Ella echa la cabeza hacia atrás y se ríe.
—Gracias a la mierda por eso. Pero no por los cálculos biliares.
Son una mierda. Le envié un mensaje al contacto de la policía
científica, pero no puede reunirse hasta el jueves, así que pensé en
pasarnos por el Helios. Podemos conseguir un par de Bloody Mary
en el bar y una entrevista con el gerente al mismo tiempo. Bueno,
tal vez yo pueda... Tú puedes seguir mirando piadosamente. Sé que
tus análisis de sangre no son muy buenos ahora mismo.
—¿A las ocho de la mañana? —digo, fingiendo que me
sorprendo.
Ella sonríe y alcanza el equipo de música.
—Si invita la casa, me la bebo. Aunque sea agua del grifo.
Mientras ella sale del estrecho aparcamiento de Eagle y entra
en una calle lateral, yo miro por el retrovisor en busca de los dos
familiares todoterrenos negros. Como estaba previsto, se
introducen sin esfuerzo en el tráfico, tres vehículos detrás de
nosotras. Antes tenía un guardaespaldas privado, pero las cosas no
salieron bien con él, así que ahora tengo tres.
Intento no hacer un escándalo al respecto, siempre y cuando
mantengan una sutil distancia en el trabajo. En casa, ocupan todos
los apartamentos de mi piso, y tengo que comprobarlo al menos dos
veces al día con mis padres. Es claustrofóbico existir en una
burbuja tan protectora, pero si es lo que tengo que hacer para
seguir viviendo una vida semi-normal, que así sea.
Giramos a la izquierda en la siguiente manzana, en dirección
al Este, hacia el número 59 de la calle, y me doy cuenta que no
puedo dejar de pensar en lo que dijo Rob. No sé si enfadarme con
mi madre o abrazarla hasta la muerte por lo que hizo. Lo único que
sé es que necesito este trabajo como el aire, y si su influencia ayudó
a conseguirlo, tengo que tragármelo y seguir demostrando que soy
digna de él.
Han sido unos meses de vértigo desde que abandoné la
Universidad de Nueva York y Thalia se casó con el hombre más
inadecuado del mundo, como bromeaba con hacer cuando tenía
dieciséis años en un dormitorio de los Hamptons.
Lo más loco es que lo hizo por mí.
Lo hizo por una cinta... Diez minutos enteros de grabación
robada, sucia y en blanco y negro que provocó temblores de cartel
en todo el mundo.
Se me revuelve el estómago cada vez que pienso en ello, así que
lo meto en una caja junto a otra caja de un cumpleaños de hace
tiempo en la que intento no pensar en absoluto.
Afortunadamente, lo que empezó como un odio intenso entre
Thalia y Santi Carrera se ha convertido en una relación amorosa
única en la vida, del tipo que yo soñaba con tener algún día. Nunca
la he visto tan feliz como ahora, y se merece cada momento perfecto.
—Swanky AF. —Oigo murmurar a Ivy, mientras aparca el Civic
junto a tres escalones de mármol negro salpicado de oro que
conducen a la entrada del hotel. Las enormes puertas están teñidas
del mismo color, con una elegante "H" de "Helios" grabada en oro
en cada panel de cristal. Incluso el botones y los porteros llevan
elegantes uniformes negros con flecos dorados, lo que les hace
parecer soldados de la hospitalidad. Uno de ellos se adelanta para
abrirle la puerta en cuanto apaga el motor.
—The Independent lo calificó como el mejor hotel de Manhattan
el mes pasado —confiesa, tomando su iPhone del salpicadero—.
Más bien el más caro... Cobran treinta dólares por un bol de
aceitunas en el bar. Hice un reportaje aquí la noche en que el
senador Sanders fue reelegido. La fiesta posterior era tan loca como
la decoración.
Seguro que sí.
De mala gana, pienso en mi decimoctavo cumpleaños y en la
fastuosa fiesta que él y mi familia habían organizado para mí esa
noche.
—La prensa fue expulsada a las nueve, pero el bar no cerró
hasta las seis de la mañana siguiente.
—Y ahora están sacando cadáveres de sus suites de hotel. —
Contemplo el edificio con una sensación de inquietud en mi interior.
Algo en este lugar me pellizca el pecho y me deja moretones.
—Bienvenidas al Helios, señoras —ronronea el portero—. ¿En
qué puedo ayudarlas en su estancia?
Una pequeña mentira piadosa y diez dólares más tarde, nos
encontramos en la recepción y solicitamos educadamente hablar
con el director. El exquisito mármol negro nos ha seguido por las
escaleras hasta el vestíbulo, y ahora estamos nadando en un lago
de él.
Ivy tenía razón. La decoración interior es mucho más
sofisticada que la habitual de los hoteles, donde el oro y el cristal
se vomitan por todas partes en un intento de vender "exclusividad".
Es de buen gusto sin ser burgués. Refinado sin ser poco acogedor.
Incluso los cuadros de las paredes tienen una sutileza
posmodernista, y todos muestran horizontes y soles en distintas
fases del día.
—Sra. Sánchez... ¿pidió verme?
El director del hotel, el Sr. Addaman, sale de su despacho con
un aspecto tan elegante como el resto de su establecimiento. Su
mirada se desliza de mí a Ivy, evaluando rápidamente que no somos
lo suficientemente ricas como para ser huéspedes, ni lo
suficientemente sumisas como para ser empleadas potenciales, lo
que nos convierte en una amenaza potencial.
Entrecerrando los ojos, su pecho se hincha, como si estuviera
protegiendo su precioso hotel de la suciedad que pisamos desde la
acera.
Fingiendo no darse cuenta, Ivy le muestra sus credenciales de
prensa, lo que solo sirve para que su sonrisa congelada se convierta
en un ceño fruncido.
—Señor Addaman, nos gustaría un comentario sobre el trágico
fallecimiento de una joven huésped de este Helios hace dos días.
—Somos un hotel, Sra. Sánchez —dice, mirando con atención
a los clientes bien vestidos que se registran a ambos lados, todos
con sus Louis Vuitton en la mano—. Tenemos miles de huéspedes
que pasan por nuestra puerta cada año, y de vez en cuando ocurren
tragedias como ésta, sin que sea culpa del Helios, debo añadir.
Puedo asegurarles que el Departamento de Policía de Nueva York
ha llevado a cabo una investigación exhaustiva y ha concluido que
no...
—¿Esa es tu respuesta oficial? —lo interrumpe y le pone el
iPhone en la cara.
—Preferiría que hablara directamente con nuestro
departamento de relaciones públicas sobre eso. —Dirigiéndose a la
empleada de la recepción, que tiene la boca abierta, silba una orden
que la hace buscar una tarjeta debajo de su escritorio.
Al mismo tiempo, Ivy se inclina hacia mí y me susurra:
—El tipo es un estirado corporativo. No conseguiremos más
que labios apretados del Sr. Frígido. Mira si puedes encontrar el
bar. Puede que necesite ese Bloody Mary después de todo.
Me alejo de la recepción y me dirijo a los dos brillantes
ascensores dorados situados junto a la pared más lejana. Desde
allí, voy a seguir las indicaciones para la Brasserie Daystar cuando
las puertas delanteras se abren de nuevo de golpe y todo el aire es
aspirado hacia la luz del sol. Una enorme sombra vuelve a entrar,
arrastrando a tres hombres con trajes negros y a una rubia con un
traje de cuero rojo que vale cien veces más que el de Ivy.
Tardo un segundo en reconocer la sombra, y otro en rezar para
que el suelo se abra y me trague entera.
Hoy no.
No cuando parezco un animal atropellado.
Edier ha cambiado desde la última vez que lo vi. Para empezar,
lleva ropa... Un caro traje negro, camisa y corbata negras, y una
expresión asesina a juego. Sigue siendo igual de guapo, pero hay
un giro cruel en sus rasgos, una brutalidad sin sonrisa que me
produce un escalofrío.
No hemos hablado desde la mañana de mi decimoctavo
cumpleaños, y aunque había adivinado que se iría antes que me
despertara, su segundo rechazo rompió algo dentro de mí. El puente
de vuelta parecía casi infranqueable después de eso, especialmente
desde que vivimos en la misma ciudad y compartimos el mismo sol.
Su abandono parece aún más cruel. Su negativa rotunda a estar en
la misma habitación que yo ha sido el doble de profunda.
No me ve encogiéndome detrás de una palmera datilera pigmea
de color verde brillante, pero enseguida ve a Ivy.
—Saquen eso de aquí —ordena a sus hombres, mientras pasa
junto a ella a grandes zancadas, haciendo que todo el mundo se
quede mirando, incluidos dos de mis guardaespaldas que
revolotean junto a la conserjería—. Es de la prensa. Puedo oler su
mierda a una milla de distancia. Si hablamos con alguien, lo
hacemos con el Post y el Times, no con un medio de comunicación
como el Eagle.
—¿Perdón? —En lugar de escabullirse hacia su Honda Civic
como él espera que lo haga, Ivy crece medio metro más de altura,
por pura indignación. Nada asusta a mi amiga, ni siquiera Edier
Grayson. Una vez entrevistó a un preso del corredor de la muerte
acusado de diecisiete asesinatos y le hizo llorar.
—¿Vienes, Queenie? —Edier le dice a su compañera, ignorando
a Ivy.
¿Queenie?
No puedo dejar de mirarla, con esa barra de labios roja de
Chanel que es más una señal de peligro que una declaración de
moda. Parece el tipo de mujer que desayuna cachorros de dálmata
y luego se los envía a su hermana, Cruella, para que haga abrigos
de piel con los restos.
Tal vez sea la idea que ella y Edier estén juntos -de que él
siquiera quiera a una mujer con esa superioridad glacial y esa
adicción al cuero- lo que me empuja a salir de mi escondite tras la
palmera datilera pigmea y meterme en el camino del león.
—Déjala en paz. —Mis palabras, pronunciadas en voz baja,
tienen un efecto de látigo que atrae la atención de todos, incluida la
suya. Se detiene en seco, con la cabeza girada hacia mí—. Dile a
tus hombres que se retiren ahora mismo, Edier. Si le ponen un dedo
encima a Ivy...
Dejo la amenaza en suspenso porque realmente solo puedo
hacer una cosa, y siempre será suficiente para que se siente y
escuche.
Si está sorprendido de verme después de tanto tiempo, no lo
demuestra. Se limita a estar de pie con los puños cerrados y con
cosas oscuras pululando detrás de sus ojos.
Detrás de él, sus hombres han detenido su avance sobre Ivy
para esperar su reacción. Atrapo a uno de ellos mirándome y lo
reconozco al instante: Gabrio. Es el jefe de los sicarios de Edier, pero
antes trabajaba directamente para mi padre. Por su expresión me
doy cuenta que ya ha fichado también a mis guardaespaldas. Todos
estamos luchando en la misma guerra, solo que en batallones
diferentes, y por lo que parece no se hablan muy a menudo.
—Bueno, bueno, bueno. —Edier fuerza una sonrisa fría
mientras se acerca a mí—. El periodista ha traído un recambio. ¿O
es que todavía no has pasado el corte, Ella? Deduzco que no pudiste
aguantar en la Universidad de Nueva York, así que no tengo
muchas esperanzas de ver tu nombre en la prensa pronto.
Sus palabras escuecen como el infierno, pero me obligo a no
inmutarme. No soy la chica que era antes. No soy la adolescente
que se deshacía tan fácilmente en sus manos.
—Yo también me alegro de verte —contraataco suavemente—.
¿Sabe mi padre que le estás robando el estilo, o estás tan metido en
el culo estos días que has tenido que enviar a uno de tus sicarios a
robártelo?
—Esa es una evaluación interesante... —Desliza su miserable
mirada sobre mi atuendo y sonríe—. De una mujer que claramente
se vistió en la oscuridad.
—Vete al infierno, Edier. Deja de ser un bastardo prepotente.
—Usando malas palabras con más frecuencia, ¿verdad?
—Utilizo muchas cosas con más frecuencia, incluyendo mi
derecho a llamarte la atención por tu comportamiento
ridículamente autocrático.
—Gabrio —dice por encima del hombro—. ¿Podrían tú y
Enríquez acompañar a la señora...?
—Sánchez —grito, sosteniendo su mirada—. Ivy Sánchez.
—La Sra. Sánchez a su auto —termina rápidamente—. Usa
toda la fuerza, si es necesario. —Vuelve a sonreír ante mi grito de
sorpresa—. ¿Y Queenie? —Se vuelve para dirigirse a Red De Vil, que
flota a su lado, tecleando algo en su iPhone con sus garras
carmesí—. ¿Serías tan amable de informar a la Sra. Sánchez de su
falta de derechos, teniendo en cuenta que ahora está entrando
oficialmente en mi propiedad? En cuanto a la Sra. Miller, tomará
un método alternativo de transporte a casa más tarde.
Antes que pueda protestar, me toma por la muñeca y
prácticamente me lanza al vagón abierto del ascensor. Para cuando
me recupero, estamos subiendo hacia un destino desconocido y
Edier tiene una mano en la base de mi garganta, inmovilizándome
contra la pared de espejos que hay detrás.
—¿Qué carajo estás haciendo aquí, Ella?
Está tan cerca que prácticamente lo huelo a él y a su caro traje
negro. Su olor es todo lo que recuerdo y más. Hace que la cabeza
me dé vueltas y me duela el pecho.
—Siguiendo una pista —gruño, ignorando esa familiar
punzada entre mis piernas—. ¿Cómo iba a saber que es uno de tus
establecimientos?
—Considerando que soy el dueño de la mayor parte de
Manhattan, Bonita, sabías muy bien que era uno de los míos.
—Ya no sé nada de ti, Edier Grayson. Decidí no hacerlo porque
ese tipo de lecciones siempre conducen a las lágrimas y a la
decepción.
Sus labios se despegan en un gruñido. Es como si le hubiera
herido, pero eso es imposible. El hombre está oficialmente muerto
de cintura para arriba.
Mientras tanto, subimos cada vez más alto a una velocidad de
locos y hay un extraño ruido agudo que emana del mecanismo
sobre nuestra cabeza.
—Sea cual sea el rastro que estás siguiendo, tienes que dejarlo
en paz. —Su agarre sobre mí se afloja y da un paso atrás—. Se
detiene ahora.
—Se acaba cuando encontramos la historia.
Hace una pausa demasiado larga.
—¿Qué historia?
—Dos chicas muertas. Dos suites separadas del hotel Helios.
La policía los catalogó como suicidios, pero ambos sabemos que eso
es ficción. Tú y mi padre tienen a la policía de Nueva York cosida
hace décadas, así que no confío en un solo informe de ellos.
—Vete —ordena—. Antes que te arrastre pateando y gritando
detrás de mí. No creas que no lo haré, Ella.
El calor surge en mis venas.
—¡Me gustaría ver cómo lo intentas!
—¡Ay, Dios Mío! —Se aleja de mí con frustración antes de
pensarlo mejor. Un rato después, me encuentro aprisionada contra
la misma pared de espejos, con esa cálida mano de nuevo en la base
de mi garganta—. Aléjate —me insta de nuevo, con un tono bajo,
peligroso y teñido de una oscuridad que me asusta—. No te lo estoy
pidiendo, Ella. Te lo estoy suplicando, maldición.
Mis ojos se abren de par en par, sorprendidos. Edier no suplica
nada. Obliga a los demás a arrodillarse y luego les da una patada
en la cara cuando están en el suelo.
—¿Qué está pasando? ¿Estás en algún tipo de peligro?
Me mira fijamente y entonces las comisuras de su boca se
crispan.
—¿De verdad me acabas de preguntar eso, Mi Cielo? ¿Sabiendo
quién soy y lo que hago? ¿Te resbalaste y te golpeaste la cabeza en
los últimos tres años, o te folle tan fuerte esa noche que todas las
lindas células cerebrales se hundieron? Fue un infierno de buen
tiempo. Eso lo recuerdo.
Es el apodo lo que lo hace, más que la burla. Puedo sentir cómo
se desgarran los delicados hilos de mi contención cuando años de
dolor reprimido se apoderan de mí.
Cuando el ascensor se ralentiza y las puertas se abren en la
Suite Penthouse, clavo mi rodilla en su entrepierna con tanta fuerza
que me suelta con un gruñido, decidida a hacerle sentir tanto dolor
en el lugar que una vez me dio tanto placer, sin importar la miseria
residual que va a causar a mis articulaciones hinchadas más tarde.
—Yo no era tu "cielo" hace tres años, y seguro que no soy tu
"cielo" ahora —digo enfadada, mientras él retrocede, siseando y
maldiciendo—. Ve a buscar a Queenie. Estoy segura que ella te la
chupará mejor.
Entonces, saliendo del vagón del ascensor, con el corazón
martilleándome en el pecho, vuelvo a meter la mano para golpear
un par de botones del piso al azar, observando triunfante cómo las
puertas se cierran con su aullido de rabia.
16

EDIER
Pisando a fondo el acelerador, el Ferrari sale disparado hacia
el tráfico que se aproxima, cortando tres taxis amarillos y una
berlina negra llena de dignatarios turcos que acaban de llegar a la
puerta de El Helios.
Como si me importara una mierda.
Me duelen las pelotas, pero el dolor de mi pecho está vivo y
ruge. Cuando me levanté de la cama esta mañana con la madre de
todas las resacas, no esperaba encontrarme cara a cara con la
mayor de todas en el vestíbulo de mi hotel tres horas después. Sus
guardaespaldas saben enviarme sus itinerarios por adelantado,
seguidos de actualizaciones cada media hora.
Entonces, ¿qué demonios ha salido mal hoy?
—Supongo que era ella. —Queenie no levanta la vista de su
teléfono mientras hace su aburrida deducción, apenas se mueve en
su asiento mientras zigzagueo por la calle Este 57 a ochenta y cinco,
con sus tacones rojos levantados sobre mi salpicadero, haciendo
descuidadas marcas en el cuero italiano.
—¿Quién? —exclamo, pasando el siguiente grupo de luces sin
ni siquiera mirarlas. Si esta fiebre en mis venas no se quita pronto,
acabaré rompiendo el cuello de ambos. No es que le moleste a
Queenie. Vive para la emoción, y por eso le gusta trabajar para mí.
—No te hagas el tímido. No te conviene. Me refería a la chica
del vestíbulo del hotel que te paró en seco, cosa que, por cierto,
nunca ocurre. Es la otra hija, ¿tengo razón?
—Sí, es la hija —confirmo con los dientes apretados. Pero no
hay "otra" en ella. Es la única que veo.
Una mirada y sé que ambos lo sentimos. Nuestras crueles
palabras hablaban de nuestra mutua agonía. Lo único en lo que
podía pensar era en meter mi polla dentro de ella, y hacer que se
llenara tanto de mí, que nunca tuviera la oportunidad de olvidarnos
de nuevo.
Mierda. Mierda. Mierda.
Este tirón entre nosotros es la carrera hacia nuestra maldita
ruina. Seguimos matándonos lentamente, incluso después de todo
este tiempo.
—No es lo que esperaba.
—Cuidado...
—Oh, no me gruñas, Grayson. Estaba a punto de decir que es
más fuerte de lo que pensaba. Tranquilamente hermosa debajo de
todas esas capas de café derramado y suciedad de reportera. No es
tan impulsiva como Isabella, ni tan dura como Thalia, pero desde
luego no es la bonita alhelí de la familia que me hicieron creer.
Diablos, puede que incluso me guste, y eso es decir algo. Considero
a todos, excepto a ti, a Sam y a Tabs, como montones de mierda
humeantes.
Algo dentro de mí se tambalea violentamente, pero lo obligo a
volver a su sitio. Ella y yo hicimos una caja hace mucho tiempo, y
se queda justo donde la enterramos aquella noche.
—No estaba esperando tu aprobación, Queenie. Eres mi
abogada, no mi polla.
—Menos mal, a juzgar por la cantidad de gestos de dolor que
hay. ¿Qué te hizo en el ascensor? ¿Te dio una patada en las pelotas
o te besó?
Apretando los dientes de nuevo, doblo a la derecha.
—¿Te ha dado un rodillazo? —La risa de Queenie es una
estridente carcajada de alegría, que reprende mis tímpanos durante
todo el trayecto por la Quinta Avenida—. Oh, definitivamente me
gusta ahora. Dime, ¿has tenido un orgasmo por el contacto? Es lo
más cerca que alguien ha estado de esa parte de ti en tres años.
—Esa parte no te concierne.
—Cierto, pero es obvio que te preocupa por la cantidad de
energía reprimida que desprende tu Brioni de tres piezas.
Justo en este momento, llega una llamada de Sam.
—¿Qué pasa?
—Saludos matutinos para ti también, oh poderoso líder —me
responde mi segundo al mando.
—Dos palabras —dice Queenie, ignorando mi mirada de
muerte—. Comienza con Ella y termina en Santiago.
Sam maldice en voz baja, sabiendo que todo el día se ha ido a
la mierda.
—Dime algo bueno, Sanders —gruño, más como amenaza que
como petición.
—Encontramos a Franco. Lo rastreamos hasta la caravana de
su madrastra y lo descubrimos escondido bajo su cama, el muy
pervertido. Ahora está en el puerto conmigo, mirando con nostalgia
por la ventana de un almacén roto a todos los barcos de
contenedores que parten cuando el suyo acaba de llegar. ¿Puedo
empezar sin ti?
—No —digo bruscamente—. Es mío. Dejaré a Queenie e iré
directamente allí.
—Si insistes. —Sam bosteza con fuerza y le reprendo por ello—
. Tengo una bebé con problemas de sueño, Grayson. No te
preocupes por mí.
—Debería cortarte las pelotas por tu falta de respeto.
—Demasiado tarde. La madre de mi hija dice que ya los lleva
puestos. Nos vemos en una hora.
Giro el Ferrari junto al edificio de Queenie en la calle 72 y freno
con fuerza. Cuando se mudó aquí, su empresa ocupaba un solo
piso. Ahora tiene tres, y ni siquiera tiene treinta años. La mujer
tiene una de las mentes más agudas del universo jurídico, pero hace
cuatro años se desnudaba para sobrevivir con una pistola cargada
apuntando a su cabeza.
Los rusos la habían traído a Estados Unidos desde Rumanía
cuando era adolescente, pero cuando abandonaron la ciudad, la
encontré durmiendo a la intemperie en uno de nuestros almacenes.
Resulta que en Bucarest había estudiado el último año de Derecho,
así que le di algo de dinero, le arreglé la nacionalidad
estadounidense y la envié a la universidad para que terminara sus
estudios. Todos los que están relacionados con el cartel Santiago
comparten el mismo disgusto por la industria del tráfico de
personas, desde mi madre con su refugio de asistencia social en
Colombia, hasta el escuadrón secreto de asesinos que Dante
Santiago y mi padre crearon hace décadas para acabar con todas
las cucarachas que pudieran.
Su primer caso después de graduarse fue un juicio por
asesinato que no tenía ninguna esperanza de ganar. Las pruebas
estaban apiladas, y la oficina del fiscal del distrito ya estaba
descorchando el champán, hasta que ella se plantó y dejó a la
competencia fuera de juego. El tipo salió libre de la cárcel diez días
después, a pesar que todos los presentes en la sala sabían que era
muy culpable.
Desde ese día, ha sido mi abogada y a veces mi amiga, aunque
los dos estamos demasiado mal como para seguir las reglas de esa
definición. Todo lo que sé es que ella tolera mi humor negro y yo
tolero a su novia, una perra de grado A llamada Tabitha. Confío en
ella, de la misma manera que confío en Sam, lo que hace que todos
los demás, excepto Ella, sean los raros y el enemigo.
Mientras abre la puerta del pasajero y sale, arrastro mis
pensamientos hacia la cuestión más importante, es decir, lo que
llevó a Mi Cielo directamente a mí.
Hace dos noches, una de las discípulas de El Alquimista se
suicidó después de acercarme demasiado a descubrir la identidad
de su jefe. Ha estado muy ocupado desde que los rusos se fueron
de la ciudad, llenando el vacío al inundar las calles con
metanfetamina y éxtasis, cada envoltorio y ficha estampada con su
distintiva "A" y el logotipo del pentagrama invertido, por no hablar
de la propagación de su mierda casi vudú en cada rincón de esta
ciudad. Las importaciones de productos básicos de magia negra se
han disparado, y no necesito ni tres adivinanzas para saber quién
se ha embolsado los beneficios.
Si lo que dijo la discípula es cierto, El Alquimista me ha estado
causando dolores de cabeza desde mucho antes que empezara a
moverse en mi territorio. Y si realmente fue él quien envió a la bruja
a maldecirnos a mí y a Ella hace diez años, acabo de conseguir un
nuevo incentivo para encontrarlo y quemarlo vivo.
Las maldiciones tienen raíces. Envenena la raíz y la magia
negra muere. Los hombres Santiago creyeron que prender fuego al
cuerpo de la bruja liberaría el mal, pero eso fue antes de conocer la
fuente. Ahí es donde entro yo. Cuando la maldición muere, también
lo hace el último vínculo con mi pasado.
Necesito que Ella también se libere de eso. Libre para vivir una
vida normal y saludable.
¿Libre de mí?
Alejo ese pensamiento mientras Queenie se inclina hacia el
auto para despedirse.
—Reunión de adquisiciones para el nuevo hotel a las nueve —
dice enérgicamente—. No llegues tarde y no aparezcas apestando a
asesinato. Puedes celebrarlo después de cerrar el trato, pero no
antes.
—¿Intentas ponérmela dura?
—¿Intentas hacerme vomitar? —Me mira astutamente por un
momento—. Ajá, tienes esa mirada salvaje e inquieta de nuevo. La
última vez que la tuviste compraste la mitad de Park Avenue.
—Ya no me interesa la propiedad. Es hora de diversificar la
cartera.
Si Ella no abandona esta historia por medio de la persuasión
cortés, encontraré otra manera. No puedo tenerla cerca de esta
guerra de carteles. Es demasiado peligroso.
—De acuerdo, te escucho.
—¿Qué grupo mediático es el propietario de Eagle ?
—Winslow Fire. Son dueños de un par de otros periódicos y
estaciones de radio en los Estados Unidos. Bastante poca cosa. No
mantienen exactamente a Rupert Murdoch despierto por la noche...
—Sus ojos se entrecierran cuando se da cuenta de a dónde quiero
llegar—. Edier...
—Dile a Harris que les ofrezca un tres por ciento por encima
del valor de mercado.
—¿Con este clima? —balbucea, perdiendo la calma—. ¿Estás
jodidamente loco?
—Lo necesito hecho, Queenie. En veinticuatro horas, quiero
ese papel bajo mi control.
Si tengo que gastar miles de millones para mantenerla a salvo,
ni siquiera lo dudaré.
17

EDIER
He recuperado la mayor parte de mi compostura cuando llego
a la terminal de contenedores de Red Hook. Es el principal punto
de entrada de nuestro producto en Estados Unidos, por no hablar
del mejor lugar de la ciudad para cometer las peores depravaciones.
Los constantes gritos de las gaviotas en lo alto son más que
suficientes para ahogar los gritos de los moribundos.
Sam me saluda en la entrada del almacén más grande, sus ojos
oscuros se estrechan al ver mi expresión. Ha crecido mucho desde
la fiesta de Ella en los Hamptons. También se ha hecho disparar y
amar. El tipo es un puto salvaje, y me es leal en detrimento suyo.
Se ha probado a sí mismo repetidamente, y ahora es el eje
sarcástico de toda mi organización aquí en la Costa Este.
—¿Cuchillo o pistola? —dice a modo de saludo.
—Ambos.
Sonríe con maldad.
—Casi me da pena el cabrón.
—No lo hagas.
Me ofrece el mango de su cuchillo fijo, pero lo rechazo. El
cuchillo de caza de nueve pulgadas que me regaló Santiago es el
único que uso estos días. Tal vez cuando grabe mis iniciales en el
pecho de El Alquimista, entenderé por fin la elección de la que
hablaba aquella mañana, pero por ahora es un recordatorio
constante de la mujer por la que vivo, respiro y mato. Aunque
todavía no pueda entregarle cada parte de mí.
Mi amor por Ella nunca ha flaqueado, nunca se ha desviado...
Puede que la haya alejado para protegerla, pero durante tres años
ha descansado limpio en mis superficies, mientras todo lo demás
se ha vuelto podrido y tóxico.
Franco está suspendido de una viga de acero por las muñecas,
sus pies descalzos apenas rozan el sucio cemento. Su camiseta
negra "El diablo me obligó a hacerlo" está desgarrada por el escote a
causa de las manos de Sam, y su cara está ensangrentada y
magullada. Doy tres pasos dentro del almacén, saco la pistola de
mi funda y le reviento las dos rótulas sin dudarlo.
—Boom —murmura Sam, por encima de los gritos de nuestro
sorprendido invitado—. No estás bromeando, ¿verdad?
—Hoy no.
Me quito la chaqueta del traje y se la tiro a Gabrio, que merodea
por allí. A estas alturas, Franco se ha quedado sin fuerzas, con la
cabeza inclinada hacia un lado. Solloza para sí mismo, con un ojo
aterrorizado clavado en mí mientras me desabrocho los puños de la
camisa negra y los subo hasta los codos.
Mira todo lo que quieras, malparido. En unos cinco minutos te
sacaré esos ojos del cráneo.
—¿Estás seguro que este es el tipo que editó la cinta?
Sam asiente.
Una mierda.
Hace ocho meses, un problema con un producto hizo necesario
un viaje a Colombia. Dejé a los hombres de Santiago a cargo de la
vigilancia de Ella, junto con un par de los míos. Por segunda vez en
su corta vida, Ella perdió la puta cabeza y les dio esquinazo.
Una hora más tarde, en un bar de Manhattan, la estaban
apuntando y drogando. Treinta minutos después, un italiano
llamado Bardi la grababa desnuda para chantajear a su hermana.
No le puso un dedo encima a Mi Cielo, salvo para quitarle la ropa y
violarla con su puta cámara, pero hace tiempo que está muerto por
lo que hizo, al igual que todos los demás relacionados con la
grabación. Algunos murieron por mi mano, otros por la de Santiago,
otros por el resiente esposo de Thalia, Santi Carrera, mi equivalente
diabólico en el Estado Jardín de al lado.
Todos somos culpables por dejar que ocurriera, y todos
compartimos la culpa, pero nadie se culpa más que Ella. La he visto
llorar hasta quedarse dormida, noche tras noche, en las pantallas
de mi habitación negra. Hoy en día sigue las reglas con tanta fuerza
que hasta yo siento el pellizco.
Al final, dejó la universidad por ello, y como el cabrón que me
dijo que soy, lo usé como munición cuando arremetí contra ella
antes.
Franco es la pieza final y viva de ese lío. Editó la cinta original.
Hizo las copias.
Está a punto de morir cagado, como todos los demás.
Agarrando su pelo enmarañado, le echo la cabeza hacia atrás
y lo obligo a mirarme.
—¿Sabes quién soy?
Asiente con la cabeza, su cara es un estado de agonía y
arrepentimiento, los mocos y las lágrimas hacen huellas sucias en
su piel magullada.
—¿Sabes lo que hiciste?
Vuelve a asentir, con más fuerza, como si pensara que la hora
de la confesión hará que esto duela menos.
La ilusión es la esperanza ciega de los mentirosos.
—¿Cómo va esa imaginación tuya? ¿O prefieres que te
demuestre lo que hice con tus amigos?
Intenta sacudir la cabeza, pero apenas se mueve. Se da cuenta
que no va a salir vivo de esto. A juzgar por todos los gemidos agudos
que está haciendo, tampoco le está gustando el golpe.
—Lo siento. Lo siento mucho.
—Las disculpas son como la comida china mala, Franco. Todo
el mundo las caga al final.
—Por favor...
Mirando a mi izquierda, capto la mueca de Sam. Sabe que los
que suplican siempre se llevan lo peor de mí. Si decido matar, lo
hago porque se lo merecen. Una vez que mi decisión está tomada,
no se puede cambiar, así que este tonto está perdiendo mi tiempo y
su aliento.
Desenvainando el cuchillo de Santiago de mi cinturón, agito el
filo dentado frente a su cara, sus ojos instantáneamente pegados a
él como si fuera un péndulo oscilante.
—El problema que tengo, Franco —empiezo con desgana—; es
que no sé qué parte de ti cortar primero.
Se echa hacia atrás aterrorizado por mis palabras, el escote
rasgado de su camiseta se desliza para revelar un tatuaje familiar
estampado en su clavícula.
El Alquimista.
Lo miro fijamente, resistiendo el impulso de matarlo de
inmediato.
—Bueno, bueno, ¿qué tenemos aquí? —Trazo las líneas de la
"A" con la punta de mi cuchillo, convirtiendo el color del negro
descolorido en carmesí sangrante, y luego repitiendo lo mismo con
el pentagrama invertido. Mientras tanto, puedo sentir una
oscuridad familiar moviéndose bajo mi superficie, sus puños
helados golpeando mi piel—. ¿Estás pluriempleado conmigo,
Franco? ¿Alguien ha estado subvencionando sus ganancias
vendiendo metanfetamina a precio reducido para el enemigo?
Mis palabras parecen sacudirlo, pero no lo sorprenden.
Observo con creciente furia cómo levanta la cabeza de un tirón y
una desagradable sonrisa empieza a dibujarse en su rostro.
Nuestras miradas se fijan de nuevo.
Es entonces cuando un frío golpea mi columna vertebral y
comienza a arrastrarse en ambas direcciones. Cuando entré en este
almacén, los ojos de este cabrón eran verdes. Lo que me está
mirando ahora es negro.
—No puedes ganar esto, Grayson —susurra, su voz es tan baja
que solo yo puedo oírla, mientras esa sonrisa sigue extendiéndose
hasta convertirse en una mueca bromista—. Mátame todo lo que
quieras, pero nunca matarás tu pasado. ¿No te lo dijo la vieja bruja?
Te ve constantemente. Sus espías están en todas partes. Está
esperando su momento, y luego vendrá por ti, y por lo que
prometiste.
—Me estoy cansando de los mensajes codificados de tu Amo —
grito, echando su cabeza hacia atrás de nuevo—. Si me quiere tanto,
sugiero que venga a buscarme.
Hago una pausa. Nunca hago una pausa. Y entonces le corto la
garganta de oreja a oreja.
El silencio se apodera del almacén mientras Franco exhala su
último aliento. Siento que veinte pares de ojos me arden en la nuca
mientras limpio mi cuchillo en su camiseta.
El Diablo también me obligó a hacerlo, Franco.
Una vez hecho, me vuelvo hacia Sam.
—Quema el cuerpo.
Su cara se arruga con fastidio.
—¿No podemos simplemente...?
—Hazlo. No discutas. Llévalo un par de horas al norte del
estado. Encuentra un crematorio. Apunta con una pistola a la
cabeza del dueño hasta que Franco sea polvo y ceniza, y mándame
un mensaje cuando esté hecho.
—Si tú lo dices.
Al salir a una tarde agradable y húmeda, inclino la cabeza
hacia atrás y cierro los ojos, llenando mis pulmones con el olor
salado del océano para compensar las partes más venenosas de mí.
Sam me sigue afuera. Puedo sentirlo a él y a sus preguntas
rondando detrás de mí.
—¿Qué fue todo eso?
—Asesinato. Deberías probarlo alguna vez. Es malo para el
alma.
—Me refería al extraño regreso del hijo de puta casi muerto. Si
necesitamos un exorcista, conozco a un tipo en Brooklyn que puede
hacernos un trato. —Su broma tiene un matiz tembloroso. Sam está
asustado, mientras que yo solo estoy enfadado y frustrado—. De
todas formas, ¿qué demonios te ha dicho?
—Me pidió una muerte rápida, y yo le complací.
—¿Me estás mintiendo, o a los dos? He visto el tatuaje.
—Era otra rata de El Alquimista, además de un pervertido.
Sam suelta un suspiro mientras echa un vistazo al puerto.
Sabe que esto es algo más que una guerra territorial, y que de
alguna manera es personal para mí, pero me he negado a
confirmarlo o negarlo durante meses. Cuanto menos sepa, mejor.
Quiero su arma, pero no quiero su muerte en mi conciencia.
Abro la boca para darle una respuesta anodina que haga
desaparecer su curiosidad cuando se oye un rugido furioso del
barco de arrastre amarrado junto a nosotros, seguido de una
andanada de ladridos desesperados.
Sam maldice.
—El equipo de López debe estar importando perros para sus
malditos anillos otra vez.
—Es lamentable —murmuro, sacando mi pistola y
comprobando el cargador—. ¿No les dije que les metería una bala
en el cráneo si volvían a traer ese tipo de mierda a mi ciudad?
Momentos después, estamos paseando a bordo de un barco
llamado El Perséfone, listos para enviar el barco de vuelta al
infierno. Los marineros de cubierta se dispersan al vernos llegar. El
motivo del escorpión del cartel tiene más influencia en estos lugares
que las autoridades portuarias.
En la bodega, descubrimos a tres hombres que intentan obligar
a un enorme perro gris a meterse en una jaula metálica utilizando
barras de metal y violencia. El animal no tiene nada que hacer.
Debe sentir lo que le espera. Clava sus garras en el suelo de metal
y deja a su paso huellas blancas y dentadas, chasqueando y
gruñendo con los dientes desnudos y los ojos en blanco.
Veo cómo uno de los hombres hace descender su vara metálica
sobre el lomo del perro, y su aullido de dolor acciona un interruptor
rojo dentro de mí. Lo siguiente que sé es que mi bala está
derribando a Pablo López, justo entre los ojos.
—¿De verdad comen perros en China? —le pregunto a Sam,
mientras los otros hombres dejan caer sus varas y tropiezan hacia
atrás, farfullando de miedo y sorpresa.
—¿Cómo mierda voy a saberlo? —dice, frunciendo el ceño.
—Se lo dijiste una vez a Ella. Ah, olvídalo... Buenas tardes,
caballeros —Vuelvo a dirigirme a los acobardados luchadores de
perros—. Ha llegado a mi conocimiento que no están siguiendo mis
reglas en esta ciudad. —Disparo rápido. Dos disparos más tarde,
los hombres están en el suelo y sangrando—. Supongo que no
volverán a cometer ese error.
Sam pregunta mis órdenes mientras me doy la vuelta para
salir.
—Puedes quemarlos junto a Franco.
—¿Y el perro?
—Llévalo al refugio de la ASPCA más cercano o vete. No me
importa. Hay peores lugares para ser un vagabundo... —Veo al
animal. Ya no está peleando. Está tumbado tranquilamente en la
cubierta, mirándome, con su larga lengua rosa saliendo por un lado
de la boca mientras jadea su versión de la historia.
Puedo decir que es una perra. Los machos no se quedan tan
quietos después de ser atacados. Estamos demasiado ocupados
pavoneándonos y enfureciéndonos, no evaluando y tramando.
También es el puto perro más feo que he visto nunca. No es un
Staffie, ni un Collie, ni un Greyhound, sino una especie de híbrido
mestizo grisáceo y con pulgas, con las orejas desiguales y las patas
demasiado largas para su cuerpo. Parece una gacela que ha tenido
una desafortunada caída en una picadora de carne.
Sam va a recoger la correa atada a su collar, y gruñe
amenazadoramente.
—Supongo que acabo de conocer a tu hermana gemela,
Grayson.
La perra se vuelve y me mira fijamente de nuevo, dejando de
gruñir al instante.
—Por el amor de Dios —murmuro, chasqueando los dedos, y
la perra se acerca directamente y se sienta a mis pies—. No tengo
tiempo para esta mierda.
—Resulta que no acepta un no por respuesta, como todas las
mujeres que conozco —bromea Sam, mientras me arrodillo para
quitarle el collar.
Me deja hacerlo sin un solo gruñido y recorro su cuerpo con la
mirada. No está malherida, por lo que veo, pero necesita un par de
chuletas para engordar.
—¿Tal vez ustedes dos deberían tener una cita?
Ignorándolo, empiezo a caminar hacia la escalera del barco, la
perra me sigue.
—La dejaré en el camino de vuelta a la oficina. Hablaremos más
tarde.
Al subir al Ferrari, intento no pensar en las garras de la perra
arañando mis asientos de cuero mientras marco las localizaciones
del GPS para el refugio más cercano. Todo esto es culpa de Ella,
reflexiono sombríamente. Ella y su corazón blando han infectado
mi mundo.
Al encender el motor, vuelvo a ver a la perra mirándome
fijamente.
—¿Qué?
Ladra una vez, el ruido hace eco.
—Eres jodidamente horrible, ¿lo sabías?
Ella grita de acuerdo.
—En un tiroteo, serías el primero al que dispararía sin importar
de qué lado estés.
Se acurruca en un incómodo ovillo sobre mi asiento
calefactado, todo patas y trozos de pelo sucio y grueso, y mete la
cabeza entre las patas.
Observo por un momento la subida y bajada de su delgado
cuerpo, y lo encuentro extrañamente relajante. Llevo tanto tiempo
solo que he olvidado lo que es compartir silencios.
—Si te cagas en mi auto, te mando directamente a China —le
advierto, mientras sus ojos empiezan a cerrarse—. Y tampoco te voy
a dar un puto nombre. No te mereces que te humanicen cuando
deberían aplicarte la eutanasia. ¿Oyes eso, Dog 2?
Empieza a gruñir en sueños y sacudo la cabeza ante su falta
de respeto. Es tan mala como Sam, pero al menos él dispara
directamente y cumple las órdenes.
—A Ella le gustarías —murmuro, mirando al espacio.
Al final, no me detengo en la ASPCA.
En cambio, la llevo a una reunión con la mafia.

No llego a casa hasta después de las once de la noche.

2
Dog que significa perro en español
El agotamiento me cala los huesos mientras Dog y yo subimos
en el ascensor privado a mi apartamento. Ha sido un día infernal,
que empezó con Ella dándome un rodillazo en los huevos y terminó
con una tensa reunión con los italianos por una serie de robos a
mano armada y otros delitos en su territorio que me acusan de
instigar.
Mi desinterés era glacial. Cazar a El Alquimista es lo único que
merece mi atención ahora mismo. Tengo al FBI y a todos los
departamentos de policía de Nueva York en nómina y en activo,
junto con doscientos de mis propios hombres infiltrados en las
bandas callejeras y repartiendo sobornos e incentivos, pero todavía
nada. La gente está demasiado asustada de él, o no está lo
suficientemente asustada de mí, así que es hora de subir la
temperatura.
Al entrar en mi apartamento, tecleo un número internacional
en mi teléfono.
Responde al primer timbre.
—Estamos adelantando la fecha de la operación.
La mujer se ríe, sin inmutarse por mi cortada demanda.
—¿Tienes un problema de resistencia, Grayson? —ronronea,
con un acento tan parecido al mío, pero mucho más sensual, que
se enrosca alrededor de cada palabra como un humo plateado con
punta de cuchilla—. ¿Qué pasó con lo de "mantener el rumbo"?
—Hoy he matado a otro de sus discípulos, pero no antes de
recibir mi segunda amenaza en una semana. Dile a tu infiltrado que
necesitamos un nuevo horario.
—¿Para cuándo?
—Dentro de tres meses.
—¿Tres meses? —sisea en señal de desaprobación—. Es
demasiado pronto. Habíamos planeado hacer esto en seis meses.
Este es el mayor envío que El Alquimista habrá organizado desde
Colombia hasta el GCT 3, en Nueva York. Ni siquiera estoy segura
que tenga suficiente producto para entonces.
—Es ambicioso. Lo hará realidad. Si ya está en el país como
sospechamos, no estará lejos cuando su barco llegue. Es entonces
cuando lo cogemos y lo quemamos.
Hay una larga pausa mientras calcula las dificultades y los
riesgos. Sin embargo, sé que lo hará. Quiere desenmascarar a El
Alquimista tanto como yo. Siempre hay que enviar a una princesa
del cartel colombiano para atrapar a un aspirante a capo
colombiano, porque no paran hasta que el trabajo está hecho.
—Las cosas que hago por ti, Grayson —dice con un suspiro,
con una rara resignación en su voz para alguien con su reputación.
Ella puede cortar a un hombre tan rápidamente como yo. Se parece
más a su padre que a cualquiera de sus medias hermanas—. Me
debes esto.
—No lo hagas por mí, Isabella. Hazlo por Ella.
Dejo las llaves en la mesa junto a la puerta y recojo una botella
de whisky y un vaso del aparador mientras atravieso el salón. Me
dirijo directamente a mi habitación favorita del apartamento con
Dog pisándome los talones. No se ha separado de mí en todo el día,
y Don Russo no se ha atrevió a comentar su presencia en la reunión
de antes. Cuando terminamos, ella se congració orinando sobre su
valiosa alfombra Fornasetti.
Al marcar un código de seguridad, la puerta metálica se desliza
hacia atrás para revelar una oscura cueva. En la pared del fondo
hay cuarenta y ocho monitores de alta tecnología.
Cuarenta y ocho ángulos en blanco y negro de un apartamento
que conozco incluso mejor que el mío.
Dejo la botella y el vaso sobre el escritorio, tiro un paquete de
Marlboro a medio fumar y un viejo encendedor Zippo junto a ellos
y me desplomo en un sillón de cuero. Nadie conoce mi Habitación
Negra, ni siquiera Sam. Paso la mayor parte de las noches aquí,

3
Estratégicamente situada fuera del puente de Bayona, la terminal semiautomatizada
GCT Bayonne es la más eficiente del puerto de Nueva York y Nueva Jersey
ahogándome más que durmiendo, dejando que mi vida se desarrolle
a través de un lente, pero es mejor que no ver nada.
Las paredes negras envuelven mi obsesión, dándonos a ella y
a mí una jodida sensación de intimidad cada vez que aparece en
pantalla.
Mirando de monitor en monitor para localizarla, casi me olvido
de Dog hasta que ladra.
—Mentirosa. Acabas de comer el mejor filete de tu vida.
La perra vuelve a ladrar y apoya su cabeza en mi muslo, pero
no hago ningún movimiento para tocarla. Todavía no se lo ha
ganado.
Estoy encendiendo mi primer cigarrillo cuando hay movimiento
en la esquina derecha de un monitor. Ella se levanta del sofá, con
la cara contorsionada por el dolor. Es medianoche y es hora de
tomar su Vicodin y Ambien. Conozco su horario de medicación
mejor que ella.
La sigo al cuarto de baño y observo a través del espejo de tres
caras cómo cuenta las pastillas y se las toma. Estudio su rostro
desprevenido con todo detalle. Cuando está sola es cuando sale su
verdad. Es cuando por fin deja escapar su brillante sonrisa,
haciendo que mi puto pecho estalle.
Este es el lugar donde comparto su dolor.
He estado a su lado en todo momento: Los días en los que
apenas puede levantarse de la cama hasta que le hace efecto la
medicación. La cara apretada que hace cuando cuenta hasta diez
antes de llamar a su padre y mentirle, diciéndole que está bien y
feliz, y que si le pide que vuelva a casa una vez más, no tendrá un
regalo de Navidad.
He sido testigo de su confusión y sus dudas después que sus
citas no volvieran a llamar, cuando en realidad todos la querían
porque no hay nada de mi sol que no guste. Fue mi intervención lo
que les hizo correr una milla. Los que le sonrieron, recibieron una
advertencia. Los que la tocaron, recibieron una mano rota. Los que
intentaron besarla se ganaron una estancia en el hospital.
La he escuchado poner su disco favorito una y otra vez, y esa
canción en particular. Sé que es porque la letra le recuerda a mí.
Lo disimula bien en Eagle, pero sus brotes son más frecuentes,
y sus medicamentos necesitan una revisión urgente.
Tomo nota para llamar mañana a su reumatóloga y meterle un
cohete por el culo.
Hago otra nota para pedir que se le inserte un implante de
rastreador.
Después de hoy, no puedo arriesgarme a otra reunión no
programada de nuevo.
18

ELLA
Por favor, no me des "un suspiro", cualquier cosa menos eso.
Estoy sentada en la consulta de mi reumatóloga, mirando
fijamente a su boca, escuchando palabras pero sin entenderlas
realmente. Estoy esperando a que el equivalente médico de un
martillo caiga y destroce esa dulce ilusión que tengo conmigo
misma ahora mismo, la que no estoy realmente tan enferma. Que
el dolor de las articulaciones y los dolores musculares se aliviarán
con el tiempo si descanso más, si reduzco el estrés, si tomo todas
las vitaminas conocidas...
Las malas noticias siempre llegan después de una breve pausa,
y entonces...
Desviando su mirada de la pantalla del ordenador que muestra
los resultados de sangre de esta semana, la Dra. Erin Bailey me da
por fin lo que he estado temiendo: un pequeño y sutil céfiro con la
fuerza de un ciclón.
Es casi imperceptible, pero para mí es el sonido más fuerte de
esta sala, superando el tic-tac del reloj sobre su escritorio y el
parloteo amortiguado que viene de la sala de espera de afuera.
El suspiro.
El agujero oscuro.
La muerte de la ilusión.
Las lágrimas amenazan mis ojos, pero las reprimo con fuerza.
Ya he lidiado con noticias de mierda antes. Puedo lidiar con ellas
de nuevo. Además, anoche no dormí mucho y por eso me siento tan
vulnerable. He oído ladrar a un perro en el apartamento de al lado,
pero mis guardaespaldas se limitaron a mirarme sin comprender
cuando les pregunté sobre eso esta mañana.
—¿Qué tan grave es? —Obligo a mi voz a tener un poco de
fuerza, preguntándome si, una vez terminada esta cita, la doctora
Bailey se irá a su bonita casa y a su amado marido y sus dos
preciosos hijos, y se dará una larga ducha caliente para quitarse de
encima todas las no tan buenas noticias que ha dado hoy a sus
pacientes.
—Tu panel reumatoide no es bueno, Ella —dice suavemente—
. Tus proteínas C3 y C4 han vuelto a bajar, lo que indica que el
tratamiento actual no está funcionando.
Aspiro con dificultad.
—¿No podemos aumentar el Plaquenil? Ha funcionado muy
bien desde que tenía diecisiete años.
Tengo una imagen de mí misma a esa edad. Estoy al límite,
como en esa canción de Stevie Nicks que tanto me gusta.
Avancemos un año, y habrá un océano frío, brazos fuertes, y una
noche en la que me esfuerzo por no pensar.
Haría cualquier cosa por volver a ese momento, cuando yo era
su sol, y él era mi oscuridad.
La Dra. Bailey coloca sus muñecas en el borde de su escritorio
y se inclina hacia atrás en su silla, creando una mayor distancia
entre nosotras para que su próximo golpe duela menos.
—El Plaquenil no está suprimiendo tu sistema inmunológico
por sí solo. Estás teniendo demasiadas infecciones menores además
de todo lo demás. Sé que eres adversa a esta idea, pero creo que
deberíamos considerar un tratamiento de tres meses de
Metotrexato para calmar todo.
Quimioterapia.
Quiere que vuelva a la quimioterapia.
Siento que todo mi cuerpo se hunde en la silla. La última vez
que me sometí a este tipo de tratamiento tenía quince años. No se
me cayó el pelo y todavía podía funcionar, pero las náuseas y el
agotamiento hacían que cada día fuera una batalla.
¿Cómo diablos voy a seguir trabajando una jornada de doce
horas?
Nadie, aparte de Ivy, sabe de mi lupus, pero al diablo,
encontraré la manera de hacerlo funcionar. No tengo elección. Irme
no es una opción. Todo el mundo tendrá que pensar que estoy en
un estado de resaca constante durante tres meses seguidos. Habrá
susurros y rumores, y...
—¿Será una intravenosa, pastillas o...?
—Tabletas. Una vez a la semana. Es bastante simple y los
efectos secundarios no serán tan brutales como algunos de los
otros. Podemos manejar cualquier náusea que puedas
experimentar con una dosis extra fuerte de Phenergen. —Hace una
pausa para dejar que toda la jerga médica se hunda en mi piel como
una hoja roma—. Lo siento, Ella. Sé que esta no es la noticia que
querías.
Mientras empieza a enumerar los demás efectos secundarios,
me alejo de nuevo. Vuelvo a estar en ese océano, en el punto exacto
en que la ola me sumergió. Cuando dejé de luchar contra la
corriente, una sensación de paz se apoderó de mi miedo justo antes
que Edier me salvara.
Quiero esa sensación ahora.
Lo deseo tanto que vendería mi alma por probarlo.
—¿Está todo claro, Ella?
Asiento con la cabeza.
La Dra. Bailey sonríe, pero esta vez no llega a sus ojos.
—Solo hay un pequeño procedimiento que tenemos que hacer
para asegurar la eficacia de los nuevos medicamentos. Si quieres
subirte la manga hasta el tope, puedo realizarlo aquí y ahora con
una rápida inyección de anestesia local.

Cuando vuelvo a la oficina una hora más tarde, hay una


corriente de pánico que sale de cada escritorio y cubículo. Incluso
los canales de noticias de las pantallas superiores se han
silenciado.
Me giro en mi silla, hago una bola con un papel y se la lanzo a
Ivy para llamar su atención. Está al teléfono y en espera, a juzgar
por su expresión de aburrimiento.
—¿Qué pasa? —siseo, entregándole un vaso de Starbucks que
ella toma murmurando.
—Gracias, te quiero, pero más vale que esto sea lo que creo que
es.
Después de dar un sorbo y suspirar satisfecha, aprieta la
boquilla contra su hombro.
—Eagle acaba de ser comprada por un empresario mega rico.
Al parecer, ha comprado todo el Winslow Star Group.
—¿Hablas en serio? ¿Van a cerrar el periódico? —Mi corazón
se tambalea.
Sacude la cabeza.
—Todavía no, pero se están reestructurando. Rob está en una
reunión arriba con el nuevo equipo ahora. Si vuelve a bajar con su
ceño fruncido, ya sabes que estamos todos jodidos... —Se incorpora
con una sacudida cuando se conecta su llamada—. Sí, hola, soy Ivy
Sánchez de The New York Eagley me preguntaba si podrías dar...
hijos de puta —gruñe, mientras la persona que llama le cuelga—.
Hablando de hijo de putas, tengo que interrogarte sobre tu
secuestrador colombiano caliente de ayer en Helios. Tu mensaje me
impidió llamar a la policía, pero mi imaginación seguía alborotada.
Dime sinceramente, ¿conoces a ese tipo?
—Sí, brevemente cuando éramos niños. —Finjo hojear mi
cuaderno mientras Ivy chapotea en su Café con especias de
calabaza.
—Er, perdón. Retrocede un momento, Ella Miller. Omitiste
totalmente mencionar que conociste brevemente al misterioso
hotelero, Edier Grayson, ayer cuando estábamos revisando su hotel
insignia en una historia de sospecha de asesinato.
—No sabía que iba a estar allí —admito, deseando por Dios que
no hubiera estado. Sus palabras aún escuecen, y mi rodilla aún me
duele.
—¿Siempre ha sido un puto arrogante, o podemos culpar al
desastroso trasplante de personalidad por eso? ¿Adónde te llevó en
su ascensor exprés? ¿Al cielo o al infierno?
—Definitivamente, el infierno —murmuro, haciendo que sus
cejas se disparen—. No le saqué nada sobre los suicidios, si es lo
que te preguntas.
—¿Supongo que todavía estamos vetados en Helios?
—Sí, definitivamente aún está prohibido.
—Maldita sea. —Hace una mueca—. Al menos tenemos la
fuente forense. Hemos quedado con él en un bar esta semana
después del trabajo. Rob sigue intrigado por ver a dónde lleva, así
que volvemos a la historia.
En este momento, un silencio sepulcral se apodera de la sala
cuando nuestro redactor jefe entra, dirigiéndose a su despacho y
evitando todo contacto visual.
Lo primero en lo que me fijo es en su corbata y su traje de
chaqueta. Como alguien que bromea habitualmente con que la
camisa blanca arrugada, el cuello abierto y las mangas remangadas
son el único uniforme necesario para la redacción de un periódico,
esto ya es bastante sísmico.
De mala gana, mis ojos se dirigen a su cara, pero Ivy ya está
maldiciendo y confirmando lo que sospechaba. Su habitual aire de
diversión y ebullición ha desaparecido, sustituido por el ceño
fruncido que todos tememos. Incluso sus pasos son pesados y se
arrastran, como si un desastre de diez toneladas les pesara.
Es malo.
Muy malo.
Y entonces me fijo en la mujer distante y sin sonrisa que se
pasea detrás de él, y lo "malo" da un giro hacia lo peor. Hoy no lleva
cuero rojo, pero es el único color que veo.
Cómo se atreve. Cómo demonios se atreven.
Sé exactamente quién ha comprado el periódico... Lo que no sé
es por qué.
19

ELLA
Antes que pueda detenerme, me levanto de mi asiento y camino
hacia el ascensor.
Al pulsar el botón de llamada un par de cientos de miles de
veces, oigo el apresurado roce de una silla detrás de mí cuando uno
de mis guardaespaldas, Rodrigo, se acerca corriendo. Ha estado
merodeando por la zona de recepción fingiendo que leía el National
Geographic, y si se queda durante los próximos veinte minutos,
podrá ver otro ejemplo de lo despiadada que puede ser la
naturaleza.
Se pone a mi lado y yo desvío su mirada interrogativa.
Ni siquiera pienses en parar esto.
La reunión acaba de terminar, por lo que es muy probable que
Edier siga en el edificio, o al menos, esté a punto de salir.
—Vamos, estúpido ascensor —siseo—. No me falles ahora.
Si empiezo a intentar racionalizar mi dolor, sé que me
convenceré a mí misma que no es así, y entonces me enfadaré aún
más conmigo que con él.
Al salir del vagón y entrar en el gran vestíbulo acristalado, lo
veo enseguida. Está de pie frente a las puertas giratorias, de
espaldas, dominando la luz y el espacio como la gran nube oscura
que es. Está charlando con Gabrio y Sam, y con otros hombres que
no conozco que parecen oficiosos y de negocios y muy, muy
presumidos.
Sigue siendo el más alto y el más bello. Y el más ruin. Por
primera vez, veo su traje negro de tres piezas de Brioni como lo que
realmente es: un reflejo de su alma perversa, retorcida y
conspiradora.
Después de eso, no pienso. Simplemente lo hago.
—Edier Grayson —digo en voz alta, caminando hacia él con
piernas temblorosas—. ¡Cómo te atreves, maldición!
Se gira cuando resuena mi voz, al igual que todos los que están
cerca, pero mi atención se centra únicamente en él. Apenas hay un
parpadeo de reconocimiento cuando me ve avanzar, y eso me
enfurece aún más.
Voy a darle una fuerte bofetada en su apuesto rostro sonriente,
pero sus reflejos son mucho más rápidos que los míos. Me toma la
muñeca antes que le roce el pómulo y grito de dolor. No me suelta,
pero afloja el agarre de mi muñeca hinchada y mira por encima del
hombro a mis guardaespaldas, que avanzan, y les indica que se
retiren.
—Vaya, vaya, sí que nos hemos graduado con nuestras malas
habilidades lingüísticas —se burla, girando su oscura mirada de
nuevo hacia mí—. ¿Por qué no dices "maldición" así otra vez, y le
das a mi mano derecha algo en lo que pensar después?
—Eres un asqueroso —replico, liberando mi muñeca—. ¿Quién
demonios te crees que eres para comprar el periódico para el que
trabajo? ¿Y por qué no lo has disuadido? —digo, acercándome a
Sam—. Espero que Edier se cague en todo lo bueno de mi vida, pero
tú no.
Sam se limita a levantar las manos y retroceder con tacto.
—Esto es entre tú y él, Ella. No me voy a involucrar.
—Nunca te tomé por un cobarde sin carácter. Has pasado
demasiado tiempo en malas compañías corrosivas... ¿Y bien? —
Vuelvo mi furia hacia Edier, que tiene la cabeza inclinada mientras
considera mi atuendo de pantalones jeans azules, zapatillas de
ballet nude y elegante chaqueta gris.
—Bueno, ¿qué? —Sigue evaluándome de esa manera fría y
calculada que me hace sentir desnuda y vulnerable—. Al menos hoy
has conseguido mantener el café en la taza.
Se me cae la mandíbula.
—¿Eso es todo lo que tienes que decirme?
—Insistiré en una apariencia mucho más inteligente de todos
mis nuevos empleados en el futuro... además de otras cosas —
añade ominosamente.
—¿Eso incluye a la Sra. De Vil? No estoy segura que llevar
pieles desolladas de crías de animales esté muy de moda hoy en
día. Dime, ¿cuántas vacas murieron para hacer su traje de cuero?
¿El color rojo era una especie de homenaje?
Ambos ignoramos la risa sucia de Sam ante esto.
—Cuidado, Ella —murmura, acercándose un paso—. Eso casi
suena a celos hablando.
—Prefiero follármela a ella que a ti.
—Le haré saber que estás disponible. Mi abogada folla con
mujeres, no con hombres.
Desprecio la sensación de alivio que me invade ante esto.
No es su novia.
No le gusta la superioridad glacial, después de todo.
—¿Por qué? —digo, mi ira pierde fuerza—. Este trabajo es mi
santuario. Lo único que es mío, lejos de mi familia, de mi salud y...
de ti. —Veo cómo sus ojos se encienden con agonía durante unos
breves segundos antes de volver a ser negros y brutales.
—Prefiero no hablar de mis negocios en el vestíbulo de un
periódico —dice con frialdad—. Me han informado que esta gente
no es la más discreta, sea o no de mi propiedad.
—¿Pero estás contento de hablar con un periodista?
—Periodista en preparación —responde, burlándose de nuevo
de mi frágil autoestima—. Pero primero eres una princesa del cartel,
¿o lo has olvidado, Mi Cielo? No estoy seguro que tu redactor jefe
sea plenamente consciente. Recuérdame que lo mencione en
nuestras reuniones de contenido la próxima vez que te pases de la
raya.
—No te atreverías —jadeo, sin saber si está mintiendo o no—.
Mi padre te mataría si me expusieras así.
—Creo que encontrarás que incluso su influencia se detiene en
mis fronteras estos días. Esta es mi ciudad, Ella —lo dice como si
fuera una amenaza—. Hace cuatro años, me la dio, y la he hecho
mía. El subsuelo es mío. Las alianzas son mías. Incluso tus
malditos guardaespaldas responden ante mí.
¿Es realmente tan poderoso como mi padre, o sus delirios de
grandeza son tan grandes como su ego?
—Estás mintiendo.
—Entonces supongo que te perdiste el memorándum sobre el
nuevo orden mundial. Es solo cuestión de semanas antes que tu
media hermana, Isabella, tome el control total de la organización de
Santiago en Colombia, y yo me haga cargo de todo Estados Unidos.
Los imperios son como las serpientes, y todos los líderes necesitan
mudar de piel de vez en cuando. Nuestros padres han estado
planeando esto durante años. Es una sucesión natural.
—No me importa el negocio, Edier. Nunca me ha importado el
negocio. Todo lo que quiero es quedarme en Nueva York y escribir
para Eagle, y vivir una vida lo más normal posible.
—Desgraciadamente, el negocio se preocupa por ti —suelta,
perdiendo finalmente los nervios—. ¿Tienes idea de la cantidad de
amenazas contra tu vida que tengo que afrontar?
Mi cara se sonroja al recordar la cinta, y por su mirada
entrecerrada sé que él también está pensando en ello.
Vergüenza. Culpa. Responsabilidad. Todos ellos han
desempeñado su papel a la hora de asimilar lo sucedido. Las
secuelas de este tipo de violación no caen sobre ti como un monzón.
Es un efecto de goteo -lento y constante- que se lleva un poco más
de tu confianza cada día, y no necesito que un hombre como Edier
Grayson lo empeore.
—No, me lo imaginaba —tutea con frustración—. Tu padre
permite que te quedes aquí por mi protección, además de la suya.
La retiro, y estarás en el próximo avión a su isla.
—¿Así que de esto se trata? —digo en voz baja—. ¿Control y
ambición, y dedo medio a todos los que has herido en el camino?
¿Siempre se trató que tomaras el control de mi padre, o alguna vez
te importe...?
Yo.
No contesta, lo que solo lo empeora.
En lugar de eso, nos quedamos ahí, mirándonos fijamente, con
algo irregular e inoportuno que se cuela entre nosotros. Sé que él
también lo siente. Está ahí, en el duro tic de su mandíbula y en la
tensión enroscada de sus hombros. En cuanto a mí, el pulso entre
mis muslos es una irritación casi constante, y cada inhalación se
siente como un enorme golpe en la cabeza.
—Bien. ¿Quieres hablar de esto? Hablemos, carajo. —Me toma
del brazo y me lleva de vuelta a los ascensores, gruñendo "váyanse
a la mierda" a mis guardaespaldas por encima del hombro.
Me digo a mí misma que solo camina tan despacio porque le da
más tiempo para pensar en nuevas formas de hacerme la vida
imposible, y no porque sepa que moverse más rápido sería doloroso
para mí. Eso significaría que es considerado, lo que claramente no
lo es.
—Suéltame, Edier —grito—. No voy a ninguna parte contigo.
—Lo harás si quieres mantener tu trabajo.
Ivy tenía razón. Realmente es un imbécil.
Una vez dentro del vagón, me sitúo lo más lejos posible de él,
pero su olor y su presencia están por todas partes. Me ahogo en
ellos y no veo tierra firme.
Golpeando su puño contra el botón del piso superior,
empezamos a subir.
—Te odio —le digo con calma, pero ni siquiera parpadea.
—Tienes que cambiar tu repertorio de insultos. Ya me lo dijiste
una vez. —Apoyado en la pared del fondo, mete las manos en los
bolsillos de sus pantalones de traje.
Es su maldita culpa. Su cercanía me está ahogando todas mis
mejores réplicas.
—Esto es diferente. Esta vez, no es un comentario desechable
cuando estoy desesperada para alejarme de ti. Esta vez, lo digo en
serio.
—Bien. Cuéntame más. Te ahorrará una fortuna en terapia.
—¡Eres un mentiroso!
Su rostro se tensa.
—Nunca te he mentido, Ella, te hice esa promesa cuando
éramos niños. Solo te molesta que haya crecido y mantenido las
distancias.
Se me cae la mandíbula por segunda vez en diez minutos.
—Tu propia definición de esa palabra es una mierda
insondable.
—Si insistes en usar grandes palabras, al menos déjame llamar
a un maldito amigo.
—De acuerdo, bien, así que tergiversas la verdad para
adaptarla a tus fines... Y asesinas a la gente para ganarte la vida.
Lo digo como si fuera la última vuelta de tuerca de un cuchillo
sucio, pero él solo se ríe.
—Solo si se lo merecen, Bonita, y la mayoría lo hacen... Vamos,
que puedes hacerlo mejor.
Estamos casi en el último piso. Es un lugar que nunca he
visitado en mis cinco meses de trabajo en Eagle. El último piso es
donde se toman las decisiones importantes, como por ejemplo, si
voy a empujar a este exasperante bastardo de hombre por una
ventana abierta en los próximos cinco minutos.
—¡Sal de mi vida, Edier Grayson! —grito de repente, mis
palabras vienen de un lugar justo en el centro de mi pecho—. ¡Sal
de mi corazón!
Es como un golpe de ácido. En un momento nos miramos
fijamente, y al siguiente él se aleja de la pared, comiendo la
distancia que nos separa en dos cortas zancadas, justo cuando las
puertas se abren. Se detiene a un metro de distancia y la decepción
se siente en lugares que no deberían serlo.
Tomándome del brazo de nuevo, me lleva por un pasillo vacío
y a través de un conjunto de elegantes puertas negras a una enorme
sala con impresionantes vistas de Manhattan.
—¿Qué es este lugar?
—Mi nueva oficina.
—No puede ser —digo con desprecio—. El Diablo no tiene
paredes blancas ni un gusto impecable en muebles italianos.
Además, acabas de comprar esta empresa. Es imposible que hayas
tenido esto decorado de la noche a la mañana.
—Cuando me muevo en algo, me muevo rápido, y guardo todas
mis cadenas y látigos en el sótano. —Me hace girar y me apoya
contra las ventanas del suelo al techo—. ¿Por qué carajo sigo en tu
corazón, Ella? —su pregunta me choca, pero la furia en su voz me
choca más—. Lo nuestro fue cosa de una sola vez. Lo dejé muy claro
aquella noche.
—Haces que suene como si te hubieras acostado conmigo como
un favor.
Me estremezco cuando vuelve a poner una gran mano en la
base de mi garganta. No es un gesto amenazante, me doy cuenta.
Solo está sintiendo el latido de mi corazón traidor por él mismo.
—Me fui antes que te despertaras. Me aseguré de romper esto
en pedazos, para que no me quisieras nunca más.
—Desgraciadamente, eso se fijó en forma de hombres malos
que disfrutan rompiendo cosas, y créeme, lo odio más de lo que te
odio a ti ahora mismo... Podía aceptar despertarme fría y sola, sin
nota y sin explicación esa mañana. Incluso había aceptado que
nuestra pequeña y sucia caja de cosas no dichas permaneciera
cerrada indefinidamente, pero no el fantasma. No su insistencia
durante los últimos tres años en hacerme sentir lo más pequeña e
insignificante posible. Salí de un agujero oscuro para empezar a
trabajar aquí, ¿pero ahora quieres quitarme eso también? —Niego
con la cabeza, sosteniendo su mirada, disparando mis azules
gélidos hacia su oscuridad y muerte—. No voy a dejar que lo hagas.
No esta vez. Amo este trabajo. Lo amo lo suficiente como para
luchar como un demonio por él, así que vas a tener que
acostumbrarte a una nueva faceta de mí.
—¡Jesús, Ella! Si lo supieras. —Cerrando sus puños a ambos
lados de mí, atrapándome, clava su frente en la mía como si
intentara forzar su entrada.
El repentino calor y la presión hacen que mi respiración se
entrecorte. Huelo a whisky y a lujuria. Vuelvo a estar en mi
habitación de los Hamptons, deseando que me toque y me llene.
Temblando, inclino la cabeza hacia atrás para alinear su boca
con la mía.
—Dime, Edier Grayson... ¿Estás preparado para la pelea de tu
vida?
Se tensa cuando mis palabras rozan sus labios.
—Yo también te odio —dice con dureza, cerrando los ojos—.
Odio que no pueda dejar de pensar en lo que hicimos esa noche.
Odio que cuando te corriste en mi cara con tanta fuerza, me sentí
como un dios, o que cuando te llené con mi semen, quise que se
quedara dentro de ti para siempre para que un día, si alguna vez
querías tener hijos, fueran todos míos. —Metiendo la mano entre
nosotros, me acaricia el coño y suelto un gemido de impotencia,
retorciendo mi cuerpo para escapar de su contacto. Una parte de
mí está indignada porque me embosca contra la ventana de esta
manera. Las otras partes, no tanto. Cada movimiento que hago
aumenta la fricción, hasta que me encuentro retorciéndome contra
él en lugar de luchar contra él.
—No podemos hacer esto —gruñe.
—Entonces para —jadeo.
No te detengas. Por favor, no te detengas.
—No puedo parar, Mi Cielo. Ese es el puto problema.
Busco a tientas su cinturón mientras él abre el botón superior
de mis jeans, con movimientos mucho más hábiles que los míos.
Todo lo demás se olvida en este momento. El dolor. La soledad. Las
nuevas medicinas en mi bolso... Es como si su contacto fuera mi
medicina.
Arrastrando mis jeans y mis bragas más allá de mis caderas,
me mete dos dedos sin previo aviso. Cierro los ojos en éxtasis ante
el familiar ardor y la plenitud, y le agarro la mano para animarlo a
entrar más profundamente.
—Sigues estando tan caliente y acogedora para mí, Ella —dice
con dureza—. Justo como te hice.
Empujando mis jeans hacia el suelo con su pie, me ordena que
abra las piernas todo lo que pueda antes que me dé una bofetada
punzante en el coño.
Grito de sorpresa y necesidad, retorciéndome y jadeando un
poco más.
—¿Te gusta eso, Mi Cielo? —Me abofetea dos veces más,
haciéndome retorcer, las vibraciones de su dulce crueldad enviando
ondas de choque a mi núcleo antes que vuelva a hundir esos
mismos dos dedos dentro de mí y me estire ampliamente—. Mojada
y abierta. Una chica tan buena que se ha vuelto mala... Podría
meter dos dedos más y te lo llevarías todo.
Es tan sucio como lo recordaba, tal vez incluso más. Su tacto
y sus palabras están teñidos de una depravación que habla del
tormento que percibí en él ayer.
Me aferro a la parte delantera de su camisa negra mientras me
folla con sus dedos, entrando y saliendo de mí tan rápida y
violentamente que puedo sentir mi deseo derramándose por su
mano y sobre mis muslos. Al mismo tiempo, las olas crecen y
crecen, suspendiéndome sobre ese hermoso vacío. Cuando me roza
el clítoris con el pulgar, me ahogo en una maldición mientras el
orgasmo me recorre el cuerpo como un fuego salvaje, y un nuevo
chorro de humedad me inunda entre las piernas mientras mi
cabeza flota en algún lugar por encima de nosotros.
Por fin me besa, y se abalanza sobre mi boca, robando los
restos de mi placer para sí mismo.
—Jodidamente hermoso —gruñe, con la voz tensa—. Negro y
dorado, todo de nuevo, Mi Cielo. Eres un sol cegador. Eres mi sol.
Es entonces cuando me doy cuenta. Su hotel. Helios. Es la
palabra griega para sol. Su decoración es negra y dorada, como los
colores que profesa que somos.
Oro por la luz que dice que traigo a su vida.
Negro por la oscuridad que trae a la mía.
Se aseguró que yo fuera una constante, incluso cuando me
apartó.
Abro la boca para enfrentarme a él, pero ya está mirando el
horizonte. Vuelvo a sentir ese frío abismo que se abre entre
nosotros.
No, Edier. Quédate conmigo. Quédate con nosotros. No te
atrevas a irte.
Pero su expresión es cerrada. Su mandíbula, apretada. Es
como si ni siquiera estuviera aquí, desnuda de cintura para abajo,
con el orgasmo que acaba de arrancarme tan insensiblemente
filtrándose por el interior de mis muslos.
—Vístete —ordena, abrochando su cinturón con una fuerza
innecesaria, lastimándome de nuevo con su comportamiento de
Jekyll y Hyde4 mientras se dirige a la puerta—. Tengo trabajo que
hacer, y tú también.

4
La definición del Diccionario Británico de Jekyll y Hyde es alguien que a veces es bueno
y agradable y a veces muy grosero o malo.
20

ELLA
Para colmo de males, me deja tirada en la planta superior,
robando el vagón de espera para él mientras todavía me estoy
vistiendo, y luego me obliga a esperar una eternidad para un
segundo.
Las puertas se estaban cerrando cuando salí de su nueva
oficina, y ahora probablemente esté abajo en su Ferrari negro,
sonriendo para sí mismo sobre lo fácil que me desmoroné por él...
otra vez.
Dios, estoy tan enfadada conmigo mismo que es irreal.
Me deslizo en mi silla como un polizón emocional y me debato
entre ahogar mis penas en mi segundo café con leche con especias
de calabaza del día cuando Rob sale disparado de la sala de
reuniones y nos chasquea los dedos a Ivy y a mí.
—Aquí dentro ustedes dos.
Compartimos una breve mirada de "¿y ahora qué mierda?"
porque no hay nada más aterrador que una reunión no programada
con el jefe cuando la empresa acaba de ser comprada.
Entramos, una tras de la otra, y él cierra la puerta tras
nosotras.
—Bien, señoritas, les digo oficialmente que dejen la historia del
suicidio de Helios. Parece que nuestros nuevos señores prefieren
que nos centremos en el ámbito político, en cuanto al contenido.
—¿Me estás tomando el pelo? Esto es una mierda. —Ivy está
con la cara blanca y furiosa, mientras yo maldigo en silencio a Edier
por centésima vez hoy.
Al menos ahora sé por qué compró el periódico.
—Escucha, sé que esto es difícil —dice Rob, sentándose en el
borde de la mesa y cruzando los brazos sobre su enorme estómago.
Se ha deshecho tranquilamente de la chaqueta y la corbata, así que
ya no parece un títere corporativo—. Pero si sabes algo de mí,
sabrás que hay una razón por la que acabo de usar la palabra
"oficialmente".
Levanto la vista y encuentro un brillo perverso en sus ojos.
—¿Quieres que continuemos de todos modos? —susurra Ivy.
Asiente con la cabeza y sonríe.
—Sí, cariño, y luego quiero que lo hagas volar por los aires. Me
parece que cuando alguien me da una orden así, me hace ir en
dirección contraria. Sin embargo, tenemos que ser inteligentes en
esto. Manténganse fuera de los canales habituales. No hay correos
electrónicos de negocios o llamadas en este edificio cuando estamos
discutiendo la historia en caso que estén siendo monitoreadas. Si
hay novedades, nos reunimos en mi cafetería favorita al otro lado
de la calle... Te has quedado muy callada, Miller. ¿Sigues pensando
en dejarlo?
—En absoluto —digo, forzando algo de mi antigua
despreocupación en mi voz—. Solo me preguntaba si romper las
reglas me dará un aumento.
Rob se ríe mientras yo esquivo una mirada cargada de Ivy. Me
dice que ya se ha dado cuenta de quién ha comprado el periódico,
lo que significa que solo es cuestión de tiempo que haga la conexión
entre la compra y la historia de Helios.
Luego está todo el tema del conflicto de intereses, que hasta
ahora estaba haciendo un gran trabajo ignorando. Nadie quiere
averiguar los secretos de Edier más que yo, pero ¿en detrimento de
las personas que me querían y criaron...?
Ya le advertí que estaba en la lucha de su vida, pero yo también
estoy en la mía. Así debió de sentirse mi madre cuando exponía a
los criminales en primera plana y se enamoraba de mi padre a
escondidas. Estoy a caballo entre dos mundos, perdiendo el
equilibrio, y no hay nada más que rocas dentadas y caimanes
esperándome abajo.
Rob toma su taza y da un sorbo pensativo.
—Dime qué más tienes.
—Mi corazonada es que está relacionado con los narcóticos. —
Ivy hojea su libreta en busca de sus notas mientras mi estómago se
hunde desagradablemente—. Otra fuente confirmó que las calles
están siendo inundadas con un producto que tiene el mismo logo
que el tatuaje. También dijo que las tiendas online de la ciudad han
empezado a vender parafernalia vudú, de nuevo, todo con este
mismo logo, lo que tiene más sentido siendo el pentagrama invertido
un símbolo de magia negra.
—¿Magia negra? —Me estremezco ante las palabras mientras
instantáneas aleatorias de recuerdos inundan mi mente:
Rana.
Sol.
Cuaderno de dibujo mojado.
Lo que me pasó en Colombia sigue siendo una pieza del
rompecabezas que falta. Hay un salto temporal de unas catorce
horas entre la mañana y el despertar en el suelo del baño en agonía,
y no puedo recordarlo sea como sea.
¿Y por qué estoy pensando en esto ahora?
—Sí, pero escucha esto... —Los ojos de jade de Ivy han
adquirido el mismo brillo perverso que los de Rob—. Todos estos
narcóticos y plumas de gallo están siendo importados desde
Colombia. Del mismo lugar. Suesca, cerca de Bogotá. ¿Y adivina
qué se rumorea que se sigue practicando allí? La brujería. —Deja
que esa palabra se asiente, o más bien inquiete el momento antes
de continuar—: Para algunos de los carteles más pequeños es más
grande que el catolicismo. Lo utilizan para asesinar a sus rivales,
ganar notoriedad...
—¿Funciona?
Se encoge de hombros.
—Señorita, hay cosas raras por ahí. Creo que es mejor respetar
la superstición y mantener la mente abierta. ¿Recuerdas la historia
de la casa embrujada que hicimos el año pasado, Rob?
—Brujería —suelto, los engranajes de mi mente vuelven a girar.
Ivy frunce el ceño.
—Sí, así es. ¿Cómo...?
—Soy medio colombiana. Mi tía me contaba historias sobre
ellos todo el tiempo.
—¿Crees que tu forense habrá visto más cuerpos con este
logotipo? —pregunta Rob, cambiando de táctica.
Ivy asiente.
—Realmente quiere reunirse esta semana. Creo que tiene algo
grande para nosotros.
—Bien. —Rob se endereza con un gesto de dolor—. Cambiar a
teléfonos desechables. Llámenme en cuanto termine la reunión y
vigilen sus espaldas. Si esto está relacionado con las bandas, nos
verán venir antes que hayamos llegado. —Abre la puerta y convierte
su sonrisa en un ceño fruncido—. Lo siento, señoritas —dice en voz
alta—. Aquí no hay historia, así que búsquenme otra cosa.
—Claro que sí, Rob —dice Ivy encogiéndose de hombros,
mientras capto el fantasma de un guiño suyo.
Lo que sea que estés escondiendo, Edier, lo vamos a encontrar,
de una manera u otra.

Después de una tarde improductiva que consiste sobre todo en


evitar las preguntas de Ivy, salgo de la oficina a tiempo.
Atravesando la recepción, retomando a varios guardaespaldas
por el camino, me estoy deslizando en la parte trasera del
todoterreno cuando mi hermana, Thalia, llama.
—No voy a decirlo. —Hace una pausa para conseguir un efecto
dramático—. No, mierda, no puedo evitarlo.
—De acuerdo, dispara. —Me preparo para un bombardeo de
preguntas relacionadas con la salud. Nadie sabe de mi última cita,
y no quiero que lo sepan. Tengo que idear un plan de resistencia
antes que me ordenen volver a la isla de mi padre.
—¿Crees que Rumours es el mejor álbum de Fleetwood Mac que
existe o el mejor álbum de todos los tiempos?
Me echo a reír, sorprendida de la manera más dulce.
—Eso es fácil, Thalia. Son las dos cosas.
—Sabía que dirías eso. Eres una Gen X atrapada en el cuerpo
de una diosa de casi veintidós años. De acuerdo, siguiente
pregunta... ¿Crees que habrían tenido esa misma vibración creativa
angustiosa si no hubieran estado todos follando, peleando y
divorciándose durante la grabación de ese disco? —Antes que
pueda responder, ella misma se echa a reír. Oigo una voz masculina
de fondo—. Así que Santi acaba de preguntar por qué te estoy dando
la recapitulación de toda nuestra relación, menos la parte del
divorcio. Aunque estoy bastante segura que lo amenacé un par de
millones de veces cuando nos casamos.
—Thalia...
—Última pregunta —dice, cortándome—. ¿Prefieres el sushi o
el tailandés?
—Sushi, ¿por qué?
—Genial, porque estoy de camino a Manhattan para llevarte a
cenar. Santi tiene una reunión de hombres malos con Grayson y
me dejará en el camino. Ah, y Mamá y Tía Anna acaban de aterrizar
en Teterboro y piensan reunirse con nosotras allí.
—¿Lo dices en serio? —Estoy aturdida. No he visto a mi familia
en semanas, y los he extrañado mucho.
—Te juro que cuanto más vieja te haces, más desertan tus
neuronas —dice con cariño—. Mañana es tu cumpleaños, cara de
tonta, ¿o te has olvidado?
Oh Dios, tiene razón. Hoy es el día 17.
—Debía ser una sorpresa, pero soy terrible guardando
secretos. De todos modos, predije el sushi, así que reservé una mesa
en Umai. Es completamente sin pretensiones. Te encantará. Te
enviaré un mensaje con los detalles y te veré a las ocho.
21

ELLA
Alguien ha estado en mi apartamento.
Me doy cuenta en cuanto abro la puerta. Todo está
exactamente donde lo dejé -mis Chucks negros siguen tirados en
un montón desordenado debajo de la mesa y mis girasoles siguen
tristes y apagados y necesitan ser reemplazados- pero el aire es
diferente. Es más denso. Más masculino, y con el más leve rastro
de un aroma que no puedo identificar. Cuando miro al suelo, casi
espero encontrar huellas incriminatorias en la alfombra.
—¿Todo bien, señorita? —Antonio está rondando detrás de mí,
extrañado de por qué no me he movido del umbral.
Normalmente no le permito entrar. Mi padre es el dueño de
toda la planta, así que todas las salidas están fuertemente
protegidas, pero en esta ocasión, me muevo hacia la izquierda para
dejarlo pasar primero. Frunce el ceño durante una fracción de
segundo antes que la comprensión se apodere de él, y entonces saca
su pistola y hace señas a mis otros dos guardaespaldas para que se
acerquen.
—Quédese aquí mientras lo revisamos.
—De acuerdo, Rambo —bromeo, intentando quitarle
importancia.
Me quedo en el pasillo, quitándome el barniz viejo de las uñas
y repasando todas las explicaciones racionales en mi cabeza. Tal
vez me equivoque. Tal vez mi ansiedad está fuera de la escala de
nuevo. Desde el incidente del video, es una montaña rusa para mí
en ese aspecto.
—¿Señorita? —Antonio aparece en la puerta de mi habitación
y me hace un gesto para que me una a él.
No sé qué esperaba encontrar, pero no era el vestido de seda
negro de diseño, el bolso de Gucci y los tacones negros de Louboutin
que alguien ha dispuesto para mí sobre mi edredón blanco. Cientos
de pétalos de rosa han sido esparcidos por el conjunto, pero no son
rojos, son dorados.
Negro y dorado.
Empiezo aborrecer esa combinación de colores.
—¿Fue usted? —pregunta, con cara de inquietud.
Sacudo la cabeza, tentada de decirle que este misterio no
requiere exactamente una deducción al estilo de Sherlock Holmes
para descubrir al culpable.
¿Cómo se atreve a entrar en mi apartamento sin mi permiso?
¿Está en una misión total para joderme esta semana?
—Está bien, Antonio —digo con cansancio—. Puedes decirle a
los demás que se retiren. Yo sé quién ha hecho esto. Por favor, dile
a tu jefe que si cree que un vestido caro es una disculpa adecuada
por lo que ha hecho, está muy equivocado.
Parpadea sorprendido.
—Quiere que llame al señor Santiago y...
—Me refería a tu otro jefe, pero ¿puedes hacerlo en el pasillo de
afuera? Me gustaría cambiarme para la cena, si te parece bien. —
Como no se mueve, le doy un suave empujón hacia la puerta—.
¡Vete! —grito, tratando de no reírme de su expresión confundida—.
Dile a Grayson que no es bienvenido, y que su vestido tampoco.
Estoy bien. Gracias por revisar mi apartamento. Estaré lista en
media hora, ¿y luego puedes llevarme a Umai? Es un restaurante
de sushi en la calle 46.
O no, según el caso...
Diez minutos después, estoy a punto de fundirme. Todo lo que
tengo está sucio, parece una mierda o está en la tintorería tomando
polvo. Mientras tanto, el vestido de Edier está esperando en mi
edredón blanco, burlándose de mí con su fácil elegancia. Me
encantaría volver a meterlo en una caja con alguna nota de rechazo
pasivo-agresivo, pero la desesperación se impone a mis principios
en este momento. Además, no tiene por qué saber que lo he usado.
Siempre puedo sobornar a Antonio para que le diga que lo he tirado
a la basura.
Terminando mi delineador negro, que, por una vez, no me ha
hecho parecer un gato con esteroides, salgo del baño y paso los
dedos por el material del vestido. Es tan parecido al que llevé en mi
decimoctavo cumpleaños. Recuerdo lo invencible que me hizo sentir
aquella noche. No era una paciente, ni una hija atrapada en una
jaula dorada, solo una adolescente normal que era libre de cometer
sus propios errores, incluido el mayor de todos.
Antes de darme cuenta, me quito el albornoz y me pongo el
vestido. Me queda perfecto, como sabía que me quedaría. Edier es
un ser humano de mierda de grado A, pero siempre ha tenido un
gusto impecable. Al meter los pies en los tacones, aprieto los dientes
al sentir el familiar dolor en los tobillos. He aumentado mis
medicamentos esta noche con la esperanza de sentirme semi-
normal, y todavía estoy esperando a que hagan efecto.
Recojo mi bolso nuevo y mi teléfono y me dirijo a la puerta
principal cuando, de repente, se abre con tanta violencia que rebota
en la pared de enfrente.
—¡Quítatelo, Ella! ¡Quítate esa maldita cosa ahora mismo!
Antes que pueda darme cuenta de quién irrumpe en mi
apartamento como una furiosa tempestad, el hombre empieza a
desgarrar los delicados tirantes de mi vestido. Grito y trato de
apartarlo cuando vuelve a cerrar la puerta de una patada, y su
familiar colonia envuelve mis sentidos en una asfixia.
—¡Edier, no! ¿Qué demonios estás haciendo?
—¡Deja de luchar contra mí! —ruge, antes de gritar a sus
hombres en el pasillo exterior—. Sam, busca en las escaleras. Haz
que Gabrio y Hernández barran el aparcamiento.
Todavía me aferro a la tela y a los restos de mi dignidad, pero
él es demasiado fuerte para mí. Se oye un horrible sonido de
desgarro cuando el escote se desintegra y la mirada que le
acompaña es aterradora. Es un hombre enorme y no podría
detenerlo si me forzara contra mi voluntad.
Sam nunca dejaría que eso sucediera.
—¡Sam, ayúdame! ¡Ayúdame!
—Pierdes el aliento, Mi Cielo —sisea, apartando mis manos—.
Sam hace todo lo que le digo que haga.
—¿Has perdido la cabeza? ¡Suéltame!
Pero no se detiene hasta que mi vestido es un desastre
destrozado en el suelo.
—¿Estás ardiendo? —exige, agarrándome por los hombros, con
sus ojos en cualquier lugar menos en mi cara. Para mi alivio, no
hay hambre en su expresión. También podría estar evaluando el
ganado.
—Ardiendo de rabia, más bien —balbuceo, de pie, solo en
bragas y con un brazo echado sobre el pecho para cubrirlos.
No está escuchando. Está demasiado ocupado revisando de
nuevo cada centímetro de mi piel.
—No podemos arriesgarnos. Tenemos que lavarte. —Me toma
en brazos y me lleva directamente a la ducha, a pesar de mis
violentas protestas. También podría estar espantando una pared.
Golpear su pecho y sus brazos es como golpear el hormigón.
—¡No te atrevas a hacer lo que creo que vas a hacer! Acabo de
peinarme y maquillarme. Mi reserva para cenar es en veinte
minutos.
—Al diablo con el maquillaje. No lo necesitas de todos modos.
Eres hermosa sin el.
—No seas tan... ¡Dios mío! —Dejo escapar un grito mientras mi
cuerpo es engullido por chorros de agua hirviendo.
Me deja de nuevo de pie y dirige la ducha hacia mis hombros y
mis pechos antes de bajarme las bragas y hacer lo mismo allí,
pasando sus manos ásperas y callosas por cada parte de mí, y
repitiendo luego con el lavado corporal.
Ya he tenido suficiente.
—¡Para! —grito por encima del siseo del agua, temporalmente
cegada por el implacable torrente—. ¡Solo apaga la maldita ducha!
En cambio, me hace girar y me toma la cara entre las manos.
—¿Te sientes mareada? ¿Falta de fuerzas?
—No, no —tartamudeo, dándome cuenta que sigue llevando su
traje negro y está tan empapado como yo—. No siento nada excepto
pensamientos realmente oscuros sobre ti.
A pesar de mi enfado, no puedo evitar fijarme en la forma en
que el agua corre en riachuelos por su cara, rozando sus pómulos
esculpidos, abriéndose paso entre su barba incipiente y acentuando
su fuerte mandíbula. Su traje está completamente destrozado, la
camisa que lleva debajo se amolda a sus músculos y a sus duros
bordes. Es el segundo que estropea por mi culpa.
Su expresión feroz empieza a relajarse cuando se da cuenta
que estoy bien.
—No te envié el vestido.
—¿Qué? ¿Entonces quién...? —Dejo de pelearme con él en
cuanto sus palabras me golpean. Hay cosas que me hielan hasta
los huesos, y mi intento de asesinato es una de ellas—. ¿Había algo
en el vestido? ¿Alguien intentó envenenarme? —Apenas puedo
pronunciar la palabra.
No responde, pero puedo sentir la tensión en su tacto. Está
dispuesto a darme algo, por fin, ya sea la verdad o más de sus
dolorosos silencios.
Espero que hable, pero no sale nada.
—No —digo con dureza, tratando de arrancar sus manos de mi
cara, pero están pegadas como si fuera pegamento—. No más cajas,
Edier. Tienes que decirme ahora mismo qué está pasando. ¿Es uno
de los enemigos de mi padre el que quiere hacerme daño, o es uno
de los tuyos?
—Mío —gruñe, la palabra apenas audible por encima del agua.
—¿Por qué?
—No importa cuánto corra u olvide —murmura, sonando de
repente agotado—. Siempre me encuentra.
Correr y olvidar.
Dijo esas palabras el día que nos conocimos en la isla privada
de mi padre. Las recordaba la noche de mi fiesta de cumpleaños,
justo antes que aquella ola gigante me hundiera.
—¿De qué huyes, Edier? ¿Qué intentas olvidar?
—De todo lo que no eres, Mi Cielo, y cuanto más pongo mis
manos sobre ti, más te arrastro allí conmigo. —Su sonrisa retorcida
me permite ver de nuevo al asesino que lleva dentro, pero no me
asusta como cuando tenía dieciocho años.
Ha dicho "arrastro".
No hacia abajo.
—¿Estás hablando de tu pasado?
Presiona sus labios contra los míos, pero el beso no es
completo. Se aparta antes que lo haya saboreado.
—Cuando era un niño, mi padre enviaba vestidos envenenados
a las mujeres de sus enemigos. Era su forma de declarar la guerra.
Es la primera vez que menciona su vida antes de ser adoptado,
pero no es un dulce recuerdo. Me está dando una muestra de su
infierno.
—¿Estas mujeres murieron? —digo en voz baja.
—Un poco. —Retirando sus manos de mi cara, se acerca para
apagar la ducha—. Mi trabajo consistía en supervisar el parto y
colarme en las casas para observar. Hice fotos mientras las mujeres
estaban allí, jadeando.
—Edier...
—No lo hagas. —Me lanza una mirada de advertencia—. No
quiero tu maldita lástima.
—De la misma manera que yo nunca quise la tuya. —Puede
mirarme todo lo que quiera, pero sabe que tengo razón—. ¿Crees
que alguien de Colombia me hizo esto esta noche?
—Sí.
—Mierda.
—Deja de decir malas palabras —dice—. No te luce. Te he
corrompido.
—No me has corrompido lo suficiente. —Le ofrezco una débil
sonrisa que parece aflojar su ceño—. Y no cambies de tema.
—Lo necesito. —Su mirada oscura me recorre—. Estás ahí
desnuda, y yo todavía estoy duro por lo de antes.
—Te marchaste —acuso—. Fuiste grosero y cruel. No creas que
te he perdonado, aunque me hayas salvado la vida.
—Una chica buena que se ha vuelto mala —dice roncamente,
repitiendo sus palabras de antes, apoyándome contra el lateral de
la cabina de ducha, y luego frunciendo el ceño ante mi gesto de
dolor—. ¿Te duele?
—No hablamos de mi salud, ¿recuerdas?
—Eso fue un trato de una noche.
—Es un "trato de todas las noches" con nosotros. Voy a
cambiar la regla. No puedes preguntarme sobre eso, y yo no puedo
preguntarte a cuánta gente has asesinado.
Se ríe, un sonido profundo, perverso y cautivador.
—¿Me darás otro rodillazo en las pelotas si lo rompo?
Maldito sea.
Su encanto letal se utiliza raramente, pero cuando lo desata,
es el gran maestro. Ya está derritiendo mi determinación y
encendiendo el calor entre mis piernas.
—Puedo hacer algo peor que eso. —Inclino mi cabeza para
alinear mi boca con la suya una vez más—. Esta es tu única
advertencia, Grayson.
—Considérame advertido.
Estoy hipnotizada por las motas doradas de sus oscuros iris
mientras se inclina hacia mí, con los labios a milímetros de
distancia.
—Cuanto más me alejas, más fuerte me vuelvo... Así que
inténtalo de nuevo, te reto.
Gruñe y me aprieta la erección en el estómago, asomándose a
mí como la hermosa sombra rota que es.
—¿Tienes idea de lo jodidamente reina que te hace eso? Estás
a la altura de cada golpe, de cada desafío. Te niegas a renunciar a
algo que es mejor dejar en ese lugar.
Está hablando de nosotros.
—Edier...
—Dime lo mal que te ha ido realmente —me interrumpe,
tentándome con un pecado invisible mientras me pasa un dedo por
los labios antes de probar la humedad para sí mismo—. Dime
sinceramente, Ella, ¿te follarías a un hombre por información?
—No —susurro, rozando con mis nudillos la parte delantera de
sus pantalones mojados, sintiendo lo grande y duro que ya está
mientras nos deslizamos hacia una honestidad que nunca antes
habíamos alcanzado—. Pero me acostaría con él por la verdad.
—Tócame —me insta, tomando mi barbilla entre sus dedos y
su pulgar, manteniendo mi rostro cautivo, haciéndome arder con la
lujuria de sus ojos—. Quizá entonces ambos encontremos lo que
buscamos.
Desabrochando su cinturón, enrosco mi puño alrededor de su
suave calor. Cuando empiezo a moverlo desde la raíz hasta la
coronilla, inclina la cabeza hacia atrás y gime:
—Mi Cielo... Tu mano está tan apretada como tu coño.
—¿Tratarán tus enemigos de hacerme daño otra vez?
—Nunca dejaré que te pase nada más. Lo juro. —Apartando mi
mano, me levanta por la cintura y me ordena que le rodee con las
piernas. Me inmoviliza contra las baldosas blancas y me mantiene
en esa posición, con los brazos enroscados alrededor de su cuello,
con su polla rozando mi entrada, provocando y probando, cuando
todo lo que quiero es que me penetre y me rompa—. Estoy cansado
de apartarte —dice, acariciando mi cuello—. Estoy tan jodidamente
cansado de ello. Pero cuando sepas la verdad, serás tú la que se
vaya.
Apoyando la mano en su mandíbula, busco de nuevo sus
labios, con el corazón retumbando contra las paredes de mi caja
torácica. Está tan cerca. Está tan cerca.
—Pruébame.
—No puedo arriesgarme.
—Entonces déjame ir.
—Tampoco puedo hacer eso.
—¿Entonces qué somos, Edier?
—Estamos para siempre en ese océano —dice, después de un
largo momento—. Solo nosotros. Juntos. Las únicas dos personas
que quedan vivas.
Qué extraño que ambos busquemos consuelo en el mismo
recuerdo.
—No nos dejes ahí cuando podemos ser mucho más.
—¿Cuánto más?
—Podríamos ser todo.
—Ya lo eres. —Bajándome sobre su polla, empieza a
penetrarme, centímetro a centímetro delicioso, hasta que no existe
nada más que su duro calor dentro de mí y su cuerpo
envolviéndome.
Me lleva así hasta el salón, pasando por las sábanas
contaminadas, y me tumba en el sofá. Cada movimiento que hace
es como si vertiera aceite quemado sobre una superficie dolorida.
Estoy tan llena de él que podría gritar, pero cuando se retira para
quitarse el resto de la ropa, me siento tan vacía que lo maldigo con
frustración.
—Silencio —reprende, sacando la funda de la pistola—. Déjame
ver lo mojada que estás.
Arqueando la espalda, mis piernas se separan, y él gime
agradecido.
—Mastúrbate. Muéstrame cómo te das placer
Dudo, olvidando lo rápido que le gusta que se cumplan sus
órdenes. Un instante después, me pellizca el clítoris como castigo,
y casi llego al orgasmo solo por ese contacto.
—¡Joder!
—No —gruñe, arrancando los botones de su camisa—. Puedo
ver tu coño temblando desde aquí. Te corres sin mi permiso, y no
te va a gustar el resultado... Ahora haz lo que te digo.
Separando mis labios, deslizo mi dedo índice dentro de mi
canal caliente, estremeciéndome por la sensación. Mi dedo no es
tan grueso como el suyo, pero mis músculos internos lo aprietan
con la misma avidez.
—Más —ordena, y cambio a mi dedo corazón para llegar a un
lugar más profundo—. Qué coñito más goloso, Bonita. —Se arranca
la camisa, y entonces la punta de su lengua gira en círculos
alrededor de mi clítoris—. Sabes a la droga más pura.
—Oh Dios, no pares. —Recuerdo este subidón de antes. Esta
sensación de locura total en la que no me basta con sus palabras y
su tacto. Él toma todos mis límites y los destroza, luego escribe su
nombre en las ruinas.
Me siento palpitante y temblorosa, conteniendo la respiración
para llegar más rápido a mi destino. En el momento en que caigo
en el olvido, vuelve a introducir su polla en mi interior, tomándome
tan salvajemente que mis ojos se abren al sentir el dolor.
Pero es nuestro dolor. Lo hicimos juntos. No pertenece a una
enfermedad. Nos pertenece y lo anhelo.
Está a mi alrededor. Entrando y saliendo de mí.
—Eres mía, Ella. —Le oigo decir—. Este cuerpo. Este corazón.
Esta alma. ¿Lo entiendes?
Tres años se desvanecen en la nada. Es tan familiar la forma
en que su cuerpo se mueve dentro de mí. Es el único hombre que
he amado y perdido. Mi primero y mi último.
Se corre tan fuerte como folla, su polla se sacude
violentamente, y cuando se ralentiza, cada golpe medido se siente
extrañamente íntimo para un hombre como él.
—Tengo que irme —murmura en mi pelo.
—Sé que lo haces.
Podría rogarle que se quede, pero no lo hará. Ahora hemos
pasado a momentos secretos, pero es mejor que no tener ningún
momento.
Nuestras bocas vuelven a encontrarse justo cuando Sam
golpea con fuerza la puerta.
—El lugar está barrido. No hay señales de un intruso. Carrera
está enojado. Llegas tarde a su reunión. Me dijo que te dijera que
no terminó muy bien para la última persona que lo dejó plantado.
Y tú perra acaba de cagar por todo el pasillo.
—¿Tienes una perra? —jadeo.
—Una larga historia. Dile a Carrera que se vaya a la mierda —
le ruge a Sam.
—¿Es una cita directa?
—Tu ropa... —Miro el traje arruinado en el suelo—. Y la mía —
añado con una mueca de dolor.
—Llama a tu hermana. Diles que llegarás una hora tarde. Tu
nuevo jefe te está haciendo trabajar demasiado. —Entonces se
acerca peligrosamente a una sonrisa, los destellos dorados de sus
ojos oscuros bailan como llamas—. Hay una boutique de diseño en
Helios. Haré que me envíen una selección ahora.
22

EDIER
Cuando recibí la llamada de Antonio, me dirigía a otra reunión
conflictiva con Don Russo. En el momento en que mencionó el
vestido, estaba dando la vuelta a cuatro carriles de tráfico pesado
en el centro de la ciudad, y no me importó una mierda el baño de
sangre de vehículos que estaba dejando a mi paso.
Solo tenía un enfoque.
El mismo enfoque que he tenido desde que tenía once años.
Manteniendo a Ella a salvo del daño, y a salvo de mí.
Esa misma tarde, había comprobado las coordenadas del GPS
en el rastreador que la siempre complaciente Dra. Bailey le había
insertado ayer en el brazo. Ese pequeño favor les había valido a sus
hijos dos estudios universitarios en la Ivy League de su elección.
Ella fue directamente a su apartamento después del trabajo, pero
mi tranquilidad se desintegró en algún punto entre Madison Avenue
y la calle 79. Reduje a la mitad un trayecto de veinte minutos y
detuve el Ferrari frente a su bloque de apartamentos cuando
llegaron cuatro todoterrenos negros con Sam y el resto de mis
hombres.
Había estado esperando una señal de El Alquimista de que la
guerra era inminente, pero al apuntar directamente a Ella, acaba
de disparar el primer tiro. Ahora tengo que averiguar si lo ha hecho
por su apellido o porque ha descubierto que ella es todo mi puto
universo.
Si es esto último, tengo una rata en mi organización que
necesita ser exterminada.
Al salir de su coño hinchado, mantengo sus piernas abiertas
mientras sus párpados parpadean de cansancio. Espero el
momento en que mi semen empiece a salir de ella para volver a
introducirlo. Por lo que a mí respecta, se queda justo donde debe
estar.
Una vez satisfecho, me pongo los pantalones y la camisa
mojados, dando la espalda a Ella todo el tiempo. Hay cosas nuevas
grabadas en mi pecho que aún no estoy dispuesto a mostrarle.
—Mi Cielo. —Me inclino para besar su cabeza, inhalando su
aroma y manteniéndolo en lo más profundo de mi pecho antes de
enderezarme—. Toma lo que necesites para el pelo y el maquillaje y
ve a prepararte a la habitación de invitados.
—Creí que habías dicho que no lo necesitaba —dice
somnolienta, forzando los ojos para abrirlos, pero están medio
cerrados y desenfocados.
—No lo haces. Estoy siendo magnánimo después que me
hicieras correrme tan fuerte que aún me duele.
Sus labios se curvan en una sonrisa secreta mientras envuelvo
su cuerpo desnudo con una manta azul.
—Tres encuentros en un día. Casi se podría decir que tenemos
una mala costumbre.
—Deja de coquetear con hombres peligrosos —le advierto,
tomándola en brazos de nuevo—. Lleva a cosas peligrosas.
—Solo tú —susurra, rodeando mi cuello con sus brazos de esa
manera tan dulce de la que no me canso. Hay una honestidad en
su abrazo. Es un lago cálido e interminable, y si tuviera que morir
hoy, querría hacerlo ahogándome en él—. Intenté salir con alguien,
pero no funcionó muy bien. Me arruinaste para todos los demás.
Arruiné a todos los demás con mis puños, Mi Cielo. Aclaremos
los hechos. Nunca tuvieron una oportunidad porque nunca les dejé
tener una.
—Para. —Me toca el hombro cuando pasamos por la mesa
auxiliar del pasillo—. Mi teléfono... Tengo que llamar a Thalia y
decirle que llegaré tarde.
Después, la llevo a la habitación que solía ser la de su
hermana. Las paredes están descoloridas por las fotos que faltan, y
el olor a perfume rancio y a vacío es abrumador. Al tumbarla en la
cama, siento la tentación de follarla de nuevo, pero sé que le dolerá.
—Hace mucho frío aquí —dice con un escalofrío, echando un
vistazo al oscuro dormitorio.
Echa de menos la presencia efervescente de Thalia. De hecho,
echa de menos a toda su familia. Lo sé porque yo también leo sus
diarios. Bueno, lo hacía antes que dejara de escribirlos hace un par
de meses. Cree que no es digna de ser una Santiago, pero es la más
fuerte de todas. Ella se separó. Se mantiene de pie por sí misma, y
afronta sus problemas con mucha más dignidad y determinación
de la que quizá se le atribuye.
Hace tiempo que maté la conexión con mi propia familia, y
cualquier sentimiento que tuviera hacia ellos murió con ella. Ahora
la relación entre mi padre adoptivo y yo es estrictamente
profesional. En cuanto a mi madre, el contacto se reduce a una
llamada telefónica al año. No me merecía su amabilidad ni su cobijo
cuando era un niño, y seguro que no me merezco su amor ahora.
Pateando la puerta detrás de mí, tomo su teléfono y llamo a
Sam.
—Es Grayson. Dile al equipo de limpieza que trabaje en todo el
apartamento esta noche. Ella está en la habitación de invitados.
Nadie entra ahí a menos que quiera una bala mía. Necesito a
Eduardo y Dominic en la puerta hasta que ella se vaya, y luego no
se irán de su lado en el restaurante. Los voy añadir a su equipo de
seguridad permanente, junto con los hombres de Santiago.
Al colgar, dejo el teléfono en la mesita de noche y la sorprendo
mirándome. Está sentada, todavía envuelta en esa suave manta
azul que hace que sus ojos ardan como zafiros. Esos brazos que
tanto me gustan le rodean ahora las rodillas.
—¿Cómo sabes mi código de acceso, Edier?
Frunzo el ceño.
—¿Qué código de acceso?
—Mi iPhone. Ni siquiera dudaste. Simplemente lo has pulsado.
—Fácil. Todas las chicas buenas usan su fecha de nacimiento.
—Me dirijo a la puerta, tomándolo como mi señal para salir—.
Supongo que no eres tan mala después de todo.
—Tu madre viene esta noche —dice, sus palabras me alcanzan
cuando salgo al pasillo.
—No lo hagas. —Vuelvo a girar con un gruñido—. No hables de
ello. Ni siquiera lo sueñes. No puedes arreglar algo que se rompió
hace mucho tiempo.
—Todos estamos rotos, Edier —replica ella—. Al menos tú y yo
conocemos nuestros defectos, nuestras grietas, nuestras malas
noticias y nuestros desamores. Hemos tenido tiempo de aceptarlos,
o de arreglarlos si tenemos suerte. Otros no tienen ese lujo. Para
ellos, ya es demasiado tarde.
—Habla por ti. Oigo esa cuenta atrás en mi cabeza todos los
días.
—Yo también —dice ella, con ojos desafiantes.
Ella y yo no miramos al futuro. Vivimos aquí mismo, en el
presente, conmigo tratando de huir de mi pasado, y con su salud
todavía atrapada en una red de pesadilla.
Me dirijo hacia su puerta rota, con nuestra despedida
resonando en mis oídos. Todavía me niego a reconocer el miedo que
sentí cuando creí que la habían envenenado, o el persistente,
siempre presente, que siento por el avance de su enfermedad. Los
hombres como yo no reconocen esa emoción. Es un mal secreto que
escondemos detrás de la venganza y la violencia.
No puedo perder a esta mujer.
Lo que sea necesario.
Cualquier masacre que tenga que cometer.
Quemaré todo el puto mundo antes que eso ocurra.
Repito mis órdenes a mis hombres de a fuera, ignorando sus
miradas de desconcierto ante mi aspecto. Luego, entro en el
apartamento de al lado, despojándome de mi ropa mojada mientras
Dog se adelanta a saludarme, moviendo el trozo de pelo que llama
cola mientras la hago callar cuando amenaza con ladrar.
—Vete a la mierda, Dog —murmuro, poniéndome unos
pantalones negros secos y una camisa negra, y empujándola
suavemente con el pie mientras intenta lamerme hasta dejarla seca.
Se sienta con un triste gemido, y el sentimiento de culpa hace que
le pase la palma de la mano por la cabeza como compromiso. Solo
una vez, eso sí. Sigue estando en deuda conmigo por haberla
salvado, pero no quiero su afecto como pago. No quiero el afecto de
nadie excepto de Ella.
Nadie puede tocarme excepto Ella.
Repasando las imágenes del día en mi habitación negra,
congelo el momento en que un hombre entra en el dormitorio de
Ella a las cuatro de la tarde exactamente, con la cara y la cabeza
cubiertas por una capucha y un pasamontañas. Pulso "grabar" en
un segundo dispositivo y dejo que transcurran los siguientes
minutos, observando cómo se coloca traje antes de levantar su
rostro oculto hacia la cámara oculta en la lámpara. Con furia, le veo
levantar las manos y hacer la forma de una "A" con los pulgares y
los índices.
El Alquimista se está burlando de mí.
Solo dos personas conocían la existencia de esta cámara. Una
de ellas murió hace dos meses por una desafortunada herida de
bala, y la otra se encuentra en esta sala todavía muy viva.
Significa que tengo algo más que una fuga en mi organización.

Sam me espera junto al ascensor privado de mi apartamento,


con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido. Por una vez, no
soy el causante, pero tengo una idea bastante clara de quién es.
—Recuérdame otra vez por qué tenemos una tregua con Santi
Carrera —dice, apenas mirando a Dog, mientras subimos juntos al
vagón—. Si ese pedazo de mierda me hace un comentario más sobre
tu tardanza, voy hacer que se trague su teléfono...
—Porque Thalia se casó con él y tú te estás follando a su
hermana. —Aprieto el botón para el estacionamiento inferior.
Eso lo hace callar durante diez segundos.
—Odio que me digas cosas así y no pueda matarte por ello.
Le lanzo una mirada de reojo.
—Ventajas de ser tu jefe.
—¿Cómo está Ella? —dice socarronamente, ganándose otra
mirada menos favorable cuando las puertas se abren.
—No llevo el vestido el tiempo suficiente para que el veneno
hiciera efecto.
—Estuviste ahí durante mucho tiempo. ¿La besaste mejor?
—Decido ignorar ese maldito comentario porque te necesito
fuera del hospital durante los próximos meses.
—Si no puedo darte una paliza, Grayson... —Sonríe mientras
sale del ascensor de espaldas, lanzando las manos como un maldito
exhibicionista—. Entonces te voy a golpear como pueda.
Golpe.
Carrera nos espera en el aparcamiento privado con una docena
de sus hombres y una docena de los míos. Con un traje elegante,
como siempre. Sarcasmo a raudales. Echa un vistazo a Dog y su
sonrisa se amplía.
—Interesantes sicarios los que contratas estos días, Grayson.
—Es más eficaz de lo que crees. —La perra se sienta
ordenadamente a mis pies, sin apartar sus viejos ojos de mí—. No
cruzas mucho las fronteras estatales, Carrera. ¿Es un viaje de
placer, o será doloroso para los dos?
Hay un entendimiento entre nuestros dos carteles en este
momento, uno que se ha fortalecido por un vínculo matrimonial, y
un respeto mutuo, pero no te equivoques, los animales como
nosotros nunca olvidan su ADN. Nos destrozaremos mutuamente
en el momento en que la tregua se derrumbe.
—Va a ser doloroso para alguien, pero no para nosotros. —
Asintiendo al enorme tanque de un hombre a su lado, la puerta
trasera de uno de los todoterrenos aparcados se abre y un hombre
sale a patadas.
Se oye un grito ahogado cuando sus rodillas golpean el suelo
de cemento. Tiene las manos y los pies atados con cinta adhesiva,
lo mismo que la boca, y los sicarios de Carrera ya han trabajado
sobre él. Su pelo rubio está cubierto de sangre seca y su camiseta
blanca está sucia y rota.
—Agradezco el aviso sobre El Alquimista —Carrera continúa,
mientras el hombre trata de alejarse arrastrándose. No llega muy
lejos antes que la patada del tirador le aplaste los omóplatos contra
el suelo—. Resulta que también ha estado tratando de inundar
nuestro mercado. Pensé en traerte un regalo como agradecimiento.
—¿Quién es? —digo, sonando aburrido. Hay reglas en este
juego, la primera es no mostrar nunca un parpadeo de interés
cuando Santi Carrera te pone un huevo de oro en el regazo. Cuando
se trata de El Alquimista, él está en una base de necesidad de saber.
Los problemas te hacen parecer débil. La debilidad te da aún más
problemas, y así el círculo de la propaganda de mierda del cartel
continúa.
—Un traficante de la calle Spring. Solía ser uno de los nuestros
hasta que desertó. Quizá quieras ver el tatuaje en el centro de su
pecho... —Esa maldita sonrisa vuelve aparecer en su cara mientras
mira a Dog—. Dime, ¿también hace trucos?
—¿Sam? —digo, por encima de mi hombro, ignorando la
provocación—. Encárgate de que nuestro nuevo invitado tenga una
bienvenida santiaguista adecuada. —Con esto, extiendo la mano a
Carrera, su agarre es tan firme e implacable como el mío—. Llévalo
a Red Hook. Dale un par de horas de nuestra hospitalidad
neoyorquina. Bajaré más tarde esta noche para servirle el puto
especial de la casa.
23

ELLA
La selección de vestidos que Edier ha enviado por correo a mi
apartamento es exquisita.
Al final, me decido por un impresionante midi asimétrico negro
que me deja el hombro izquierdo al descubierto y me hace
estremecer el precio. Mi padre es el hombre más rico del mundo,
pero mi independencia económica fue la única condición para
quedarme aquí cuando dejé la universidad.
En pocas palabras, si quería mi libertad, iba a tener que
ganármela. Mi apartamento estaría pagado, junto con mi asistencia
sanitaria y mi equipo de seguridad, pero todo lo demás dependía de
mí.
No puedo fingir que haya sido fácil, pero me ha enseñado a
respetar el dinero y a agradecer mucho cuando me envían un
vestido de tres mil dólares. Por ello, decido llamar a Edier y
agradecerle su generosidad.
Un problema. No tengo su número.
Nunca lo he tenido.
Nunca se me ha permitido tenerlo.
Durante años, ha existido en mi memoria, y ahora está dando
vueltas en mi realidad.
—Antonio, ¿tienes por casualidad los datos de contacto del
señor Grayson? —digo, dirigiéndome al alto colombiano que camina
a mi lado mientras nos dirigimos al aparcamiento.
Lo recita de memoria y luego procede a hacer lo mismo con
otros cuatro.
—¿Tiene cinco teléfonos? —balbuceo.
—Y los sustituye con frecuencia, señorita. Algunos días tiene
seis. Es un hombre muy ocupado.
Claro que sí. Es un megalómano telefónico, además de un
pecador y un rompecorazones.
—Bien, entonces dime cuál es el más probable que atienda.
Sonríe y repite el primero. Lo tecleo en mi teléfono mientras me
deslizo en el asiento trasero del vehículo que me espera.
Suena una vez antes que conteste:
—¿Sí? —La voz de Edier es más un gruñido que un saludo.
—Soy yo —balbuceo.
—Mi Cielo. —Al instante, su voz se suaviza—. ¿Conseguiste los
vestidos?
—Lo hice. Solo quería llamar y dar las gracias.
—Qué modales tan impecables —ronronea, consiguiendo que
tres palabras suenen tan sexy que yo también estoy a punto de
ronronear—. La próxima vez que nos encontremos, te arrodillarás y
me darás las gracias de otra manera.
—No —gruño, juntando las piernas para matar el calor—.
Siento ser una aguafiestas, pero si me arrodillo, nunca me levantaré
sin gritar por todas las razones equivocadas. Mis articulaciones de
lupus no funcionan así.
No se le escapa nada.
—Entonces me pondré sobre mis rodillas y te comeré tu
necesitado coñito, Bonita, hasta que supliques y ruegues por más.
Esa será mi recompensa.
—Para, por favor, para —siseo, sonrojándome con fuerza. Miro
a los dos silenciosos hombres sentados en el asiento delantero, que
fingen no escuchar—. No voy hacer esto ahora, Edier.
—¿Estás en el auto?
—Sí.
—Solo para mis oídos —se queja, de manera agresiva y
posesiva, y luego se queda en silencio por un momento—. No puedo
ir esta noche. Tengo negocios.
—No esperaba que lo hicieras.
Murmura algo en español que me indica que está indeciso.
—Solo sé que lo quiero, carajo.
—Tal vez sea el destino —digo ociosamente—. Quizá me he
dado cuenta que no es sensato a estas alturas de mi carrera
acostarme con el jefe de mi nuevo jefe.
—¿Qué pasa si el jefe de tu jefe no acepta un no por respuesta?
Ahora, pulsa el botón de la pantalla de privacidad, Mi Cielo. Estas
paredes tienen ojos y oídos. Confío en muy pocos, después de ti.
Confía en mí.
No sé por qué eso hace que las cosas se agiten aún más, pero
lo hace.
Tras pulsar el botón, me siento y apoyo la cabeza en el asiento.
Me está mareando con su frenético ir y venir de nuevo. Me está
construyendo sobre arenas movedizas, y en cualquier momento
podría hundirme.
—¿Qué es esto, Edier? —pregunto suavemente—. ¿Es el
preludio para que me rompas el corazón, o es algo más?
—Sabes que no puedo darte más. —Cierro los ojos con
frustración—. Pero tampoco puedo respirar sin ti, carajo. Te pido
que te quedes conmigo en el presente. Si tenemos cuidado, podemos
encontrar otro océano aquí mismo, en esta ciudad.
¿Durante cuánto tiempo? ¿Horas? ¿Días? Y luego te irás de
nuevo.
—No se puede estar quieto en el presente, Edier —digo,
sintiéndome deprimida de repente—. Está en constante
movimiento, igual que la marea.
Se oye el sonido de la puerta de un auto de fondo, y entonces
oigo la voz de Sam.
—Me tengo que ir —suelta, entrando de nuevo en -modo
empresario brutal- antes de murmurar sus palabras de despedida
en español—: Debes saber que las sombras no existen sin la luz.

Llegamos a Umai a las nueve de la noche.


La gente en las aceras se detiene y mira mientras Eduardo y
Dominic me escoltan desde el todoterreno negro hasta el
restaurante, con Antonio y los demás siguiéndome. Es como si esta
noche fuera una celebridad de la lista A flanqueada por un grupo
de guapos guardaespaldas.
Me imagino la respuesta mordaz de Ivy si alguna vez me viera
así. Incluso mi madre parece ligeramente avergonzada por mí
cuando se levanta para saludarme. Como esposa de Dante
Santiago, es una de las mujeres más vigiladas del planeta. La mitad
de los hombres del restaurante son sicarios de mi padre, pero al
menos actúan con discreción y fingen estudiar sus menús, en lugar
de irrumpir aquí como si fueran el Ejército Nacional de Colombia.
—Cariño, ¿ha pasado algo? —murmura, envolviéndome en su
abrazo mientras mis guardaespaldas se sientan, sin ser invitados,
en el cercano kaitenzushi.
—Edier decidió que mi regalo de este año sería avergonzarme
—le digo, sonriendo alegremente para disipar sus preocupaciones.
No será bueno contarle lo del vestido. Solo se preocupará, y confío
en que Edier me mantendrá a salvo. Además, le prometí algo antes
de mudarme aquí, y no puedo cumplirlo si mi padre me arrastra de
vuelta a la cárcel de la isla—. Creo que es su idea de una broma.
—No se parece en nada a mi hijo —dice una voz irónica a mi
izquierda, mientras Tía Anna se inclina a mi lado para abrazarme
con fuerza. La mejor amiga de mi madre es tan bella como amable,
y tan dura como si estuviera destrozada. Después de ser víctima de
la trata a los veinte años, ha dedicado el resto de su vida para
ayudar a otras personas con experiencias similares.
El Refugio fue su primer dedo de corazón a todos los que le
hicieron daño.
Soltar a su marido sobre ellos fue la segunda.
A pesar de lo que dijo Edier, no creo que su conexión familiar
se haya roto irremediablemente. Nada es seguro en esta vida, y
nada está grabado en piedra. Los terremotos ocurren todo el tiempo
y tienen la propensión a remodelar todos nuestros mundos.
—También me compró este vestido.
Mi anuncio hace que la conversación se detenga, y capto las
miradas que zigzaguean por la mesa.
—Ha sido muy considerado —dice Thalia, conteniendo una
sonrisa mientras es la última que se acerca a mí para darme un
abrazo—. Me encanta el estilo asimétrico. Te queda muy bien. No
me había dado cuenta que habían vuelto a hablar.
—No estamos realmente... Solo suspendiendo las hostilidades,
temporalmente.
Bueno, no es una mentira total.
—¿Cómo está? —pregunta Tía Anna con curiosidad, pero todos
oímos la nota de dolor en su voz.
Cabeza de cerdo, dogmático, grosero, mandón, exasperante,
enigmático, obstinado...
Todo.
—Ocupado —suelto, con la esperanza que esa palabra sirva
para explicar en parte por qué la tiene como fantasma de la misma
manera que suele tenerme a mí.
—Por supuesto —dice, aceptando mi respuesta como el paso
lateral de tacto que es, tomando asiento de nuevo mientras mi
madre me hace un gesto para que haga lo mismo.
—¿Elefante? —murmura, sentándose a mi lado—. Solo lo
preguntaré esta vez, lo juro.
Esta es su señal para preguntar por mi salud, también
conocida como "el elefante con dolor de articulaciones en la
habitación".
—Estoy bien —miento, tomando el menú para no tener que
enfrentarme a su escrutinio con rayos láser.
—¿Cómo te fue en tu última cita?
—Mi sangre se mantiene estable.
—¿De verdad? Porque cuando entraste, me di cuenta que
estabas haciendo una mueca de dolor, y tus muñecas parecen un
poco hinchadas...
—Mamá —suplico, y ella levanta las manos en señal de
disculpa—. Lo sé. Lo siento. Es tu cumpleaños. Podemos hablar de
esto en otro momento.
—Gracias. ¿Cuánto tiempo te vas a quedar?
—Anna y yo volamos de vuelta a Colombia esta noche. Tu padre
tiene negocios con Isabella. —Se encoge de hombros con impotencia
y sé que se quedaría más tiempo si pudiera—. No eres la única que
está en constantes negociaciones con él, Ella.
—Sí, pero tú tienes una gran ventaja sobre el resto de nosotras
—interviene Thalia con dulzura.
—Tha-lia —la regaña nuestra madre, dándole un golpe en el
brazo con la servilleta, mientras el camarero se acerca a tomar la
orden de nuestras bebidas.
—¿Es cierto que Papá se aleja del negocio? —digo en voz baja
mientras los demás discuten ruidosamente los méritos del sashimi
sobre el temaki—. ¿Por eso está con Isabella?
Mi madre deja con cuidado la servilleta sobre la mesa.
—Él y Joseph llevan tiempo planeándolo, pero después de todo
lo que pasó el año pasado con Thalia... —Se interrumpe y mira a su
hija menor—. No es la primera vez que se aleja. También lo hizo
antes que nos casáramos, cuando estaba iniciando su grupo de
trabajo contra el tráfico de personas. En lugar de revolotear entre
ellos, ha decidido centrarse en eso por ahora.
—Quieres decir que se está esforzando en su moralidad —digo,
tratando de no sonreír—. Debería saltarse las colas y hacerse cura.
—Cariño, no creo que haya suficiente agua bendita en el mundo
para lavar los pecados de tu padre —responde secamente—. Y,
conociéndolo como lo conozco, no podrá mantenerse alejado del
negocio para siempre.
El camarero vuelve para tomar la primera parte de nuestro
pedido, y entonces Thalia me pregunta en qué artículos estoy
trabajando.
—No mucho. —Dudo—. Aunque hay una historia sobre la
brujería latinoamericana que es bastante reveladora... —Miro a Tía
Anna para ver su reacción.
—¿Brujería? ¿De verdad? —Se inclina hacia adelante con
interés.
—¿Brujería? —Thalia parece confundida—. Espera. ¿Qué tiene
esto que ver con la escena de las noticias de Nueva York? A menos
que el tío Rick haya estado usando prácticas religiosas ocultas para
ganar nuevos votantes de nuevo...
Intercambiamos sonrisas rápidas, mientras Tía Anna me
estudia con atención.
—¿Cuál es la historia?—
—Ha habido un pico en el mercado negro de este tipo de cosas
—digo, manteniéndolo súper vago, pero lo suficiente para despertar
el interés, antes de cambiar de tema—. ¿Cómo está Santi, Thalia?
—¡Bien! —Su cara se ilumina en cuanto menciono su nombre—
. De hecho, hemos decidido celebrar una segunda boda en un par
de meses. Por favor, sé mi dama de honor.
—¡Será un honor!
—Puedes elegir el vestido que quieras, siempre que sea rojo.
El resto de la velada transcurre entre los planes de Thalia y las
noticias de Tía Anna desde Colombia. De vez en cuando, la
sorprendo mirándome fijamente, y mi corazón da un vuelco. Hay
palabras no dichas en sus ojos que quiero escuchar
desesperadamente, pero es una conversación para otro momento.
Estar de nuevo con mi familia es como volver del frío. A medida
que avanza la noche, puedo sentir su amor y su calidez
envolviéndome como una manta. La preocupación por mi intruso
se aleja rápidamente de mi mente, pero Edier sigue al frente, como
el bastardo contundente y exigente que es.
Cuando el jefe de los guardaespaldas de mi madre, Armando,
le murmura algo al oído, sabemos que se ha acabado nuestro
tiempo.
—Toma —dice, deslizando un sobre en mi mano—. Feliz
cumpleaños, Ella. Un pequeño detalle de tu padre y de mí.
—Mamá...
—Rob dice que lo estás haciendo muy bien, por cierto.
Le dirijo una mirada que está entre cómo te atreves y la gratitud
eterna.
—Shush, conseguiste ese trabajo por tu propio mérito, y lo
mantienes con instinto. —Con eso, ella termina la conversación.
Finito. No más. En lo que a ella respecta, lo que hizo para ayudarme
a entrar en NYC, y luego para ponerme en el radar de Rob Willis
son cosas que todas las madres deberían hacer para ayudar a sus
hijas.
—Señora Santiago, su transporte está afuera. —Armando
vuelve aparecer en el horizonte como una tormenta no deseada.
—Gracias... Thalia, querida, le prometí a tu resiente marido
que te vería en casa. Si es como el mío, estará mirando el reloj y
frunciendo el ceño hasta que estés a salvo a su vista.
Nos dirigimos hacia la puerta, encogiéndonos en los abrigos y
bufandas, con Mamá y Thalia caminando delante. Justo antes de
llegar a la acera, siento la mano de Tía Anna en mi brazo.
—Dime —insiste en voz baja—. ¿Tu artículo de brujería tiene
algo que ver con Edier?
Hago una pausa demasiado larga.
—¿Por qué piensas eso?
Mira el tráfico que pasa, su mirada lejana sigue un taxi
amarillo hasta la siguiente manzana.
—Cuando Edier llegó a nuestras vidas, Ella, estaba tan
dañado. Ya sabes que no pudo hablar durante meses... Al principio,
pensamos que era por el trauma del suicidio de su madre, pero
después que Joseph y tu padre destruyeran lo último del Cartel de
los Hurtado, empezaron a surgir historias sobre lo que había estado
ocurriendo en Bogotá y sus alrededores.
—¿Qué tipo de historias? —susurro.
—De niños obligados a cometer terribles atrocidades, abusos
indecibles contra las mujeres... —Se obliga a sonreír a mi madre y
a Thalia, que ya están subiendo a su auto. Mi madre le pide a gritos
que se dé prisa.
—¿Hay algo que no me estás diciendo, Anna?
Necesito conocer de repente cada detalle, por trágico que sea.
Hay un hombre salvaje, hermoso y complicado que tiene mi corazón
en la palma de su mano, y deseo tanto creer que un día yo podría
tener el suyo en la mía.
Se muerde el labio inferior por un momento.
—Se rumoreaba que Hurtado estaba obsesionado con el
ocultismo y los sacrificios rituales -de animales y humanos- —
añade de mala gana, haciendo que mi estómago se revuelva—. Lo
más negro de lo negro. El tipo de cosas que no puedes buscar en
internet a menos que te aventures en lugares oscuros.
¿Fuiste testigo de esto, Edier? ¿Fuiste hecho para ser parte de
ello?
Mi madre está haciendo gestos frenéticos desde el auto.
Armando parece estar a un minuto de DEFCON 1 5. Mientras tanto,
mi propia seguridad se pone nerviosa. Estoy demasiado expuesta
de pie en la puerta de un restaurante de sushi.
—Algo pasó el día que enfermaste en Leticia, Ella.
Me paralizo, olvidando todos los demás pensamientos.
—Sé que no lo recuerdas. Tu madre me lo ha dicho. Una bruja
consiguió entrar en El Refugio. Había cuatro hombres con ella, pero
fueron rápidamente asesinados por tu padre. Aunque creo que
fueron una distracción. Creo que la bruja realmente vino por Edier.
Justo en ese momento, me golpea un revoltijo de emociones:
confusión, tristeza, miedo, pérdida... Tanta pérdida.
Sin embargo, no hay imágenes.
¿Por qué no puedo recordar?
—Edier se fue poco después. Primero, a Europa con su padre,
y luego de vuelta a Cali, en Colombia. No ha vuelto a casa en Leticia
desde entonces.
—¿Y la bruja?
—Joseph la mató en el acto, pero no fue lo suficientemente
rápido. Lo que ella le dijo a Edier en ese corto espacio de tiempo fue
suficiente para que se alejara de nosotros.

5
DEFCON 1 la que señala el estallido de una guerra nuclear. Las DEFCON son un
subsistema de una serie de Condiciones de Alerta, o LERTCON, que también incluyen
las Condiciones de Emergencia
No se estaba alejando, Tía Anna. Estaba corriendo y olvidando.
—Estuve con él —suelto, sintiendo esa certeza tan fuerte en mi
corazón—. Tengo la extraña sensación que intentaba protegerme de
algo... Oh Dios. ¿Crees que la bruja nos maldijo?
—No creo en las maldiciones —dice con firmeza—. Y Joseph
tampoco, pero las palabras pueden ser igual de venenosas si se
susurran en los oídos adecuados en el momento equivocado.
Joseph lleva años diciéndome que deje esto en paz, que Edier tiene
que superar los demonios que haya en su pasado, como hizo él
mismo cuando nos casamos. Pero cuanto más pasa el tiempo, más
siento que mi hijo cae en la oscuridad. —Extendiendo la mano, me
la toma, y puedo sentir cómo tiembla—. No di a luz a Edier, pero
eso no diluye la calidad de mi amor. Sé lo que es. No puedo cambiar
en lo que se ha convertido, pero tal vez con tu ayuda pueda intentar
comprenderlo.
—¿Cómo puedo...? —Me quedo con el ceño fruncido.
Su rostro se suaviza.
—Tiene una conexión contigo, Ella. La tienen desde el primer
día que se conocieron. No es algo que se pueda definir. Simplemente
está ahí, persistiendo sin ser visto como una cuerda invisible. Sé
que tú también lo sientes. Sé lo cercanos que eran. También sé
cuánto te ha herido al ignorarte y alejarte durante tanto tiempo. —
Me aprieta las manos con suavidad—. Mira, tengo que irme antes
que tu madre me mate, pero si recuerdas algo de ese día, ¿me lo
harás saber? Quizá podamos ayudarnos mutuamente.
Me besa brevemente en la mejilla, la luz del techo arrancando
sus lágrimas, antes de alejarse, dejándome con mil espacios en
blanco que solo Edier puede rellenar.
24

EDIER
Pasado
Se siente tan lejos, incluso cuando está a mi lado.
No es nada nuevo. Soy al que más le pega y el que menos le
gusta, pero ha empeorado desde que empezamos este viaje anoche.
Cada tropiezo me hace ganar una bofetada en la cara. Si me atraso,
me amenaza con una paliza. Es como si tratara de sacarme el niño
a golpes, cuando lo único que quiero es sentir su amor.
Pero a Mamá la atraparon haciendo algo que no debía con uno
de los sicarios de Papi, y ahora todos tenemos que pagar por ello.
Un día rojo se abre paso entre los árboles. El aire está ocupado
con insectos negros. No me parece un nuevo comienzo. Solo se
siente viejo y rancio. La libertad temporal de Papi no sabe tan bien
como imaginaba porque la muerte y el miedo nos la han comprado.
Pedimos un aventón en un camión desde Bogotá. No era un
taxi, pero había que pagar algo. Mamá me dijo que esperara fuera
del vehículo durante diez minutos mientras lo arreglaba con el
conductor. Nos dejó cerca de La Pedrera, llamó a Mamá de mala
manera, y desde entonces hacemos autostop en autos y a pie.
Cuanto más nos acercamos a Leticia, más se comporta como
una extraña. Si no estuviera tan cansado, deslizaría mi mano entre
las suyas e intentaría que volviéramos a vivir. Necesito que algo
eche chispas y se contagie y haga que todo vuelva a estar bien, pero
no como la cerilla que tiré en la iglesia empapada de gasolina y que
me sentó tan mal.
Papi me engañó. Me dijo que la iglesia estaba llena de sicarios
que debían ser quemados por traicionarlo. Vi sus caras en las
ventanas mientras las llamas se apoderaban de ellos. Ya no
parecían sicarios mentirosos, solo parecían asustados.
Ayer maté a cien hombres y no me siento bien por ello. No como
Papi dijo que lo haría. Mis manos apestan a humo, y la ceniza sigue
manchando mi piel.
Papi dijo que era mi primera "expiación" por lo que hizo mamá.
La segunda nos espera en nuestro destino.
—Sigue —sisea Mamá, enrollando un bucle más de su rosario
rojo alrededor de su mano, las pequeñas cuentas tintinean. No solía
llevar uno, pero no ha dejado de agarrarlo desde que salimos de
Bogotá. Es casi como si se protegiera de mí.
—¿Cuánto falta?
—El tiempo que haga falta.
Pierdo el equilibrio y grito cuando las pequeñas rocas me
cortan el talón y recibo un fuerte golpe en la cabeza por ello. Mis
zapatos estaban llenos de agujeros antes de empezar, y he estado
caminando sobre la piel desnuda durante kilómetros. El dolor
punzante se ha convertido en una tortura al rojo vivo desde hace
horas, y tengo demasiado miedo de mirar hacia atrás y ver los
pegajosos rastros de sangre.
En su lugar, mantengo mis ojos en el sol naciente, esperando
que queme lo que les hice a esos hombres en mi mente. Ojalá
pudiera dibujarlo y perderme en él, y no volver a salir.
—Me duelen los pies —murmuro.
—Deja de quejarte. Todos hemos tenido que hacer sacrificios.
Si fuera por mí, Nacio estaría aquí en lugar de ti.
Miro fijamente sus zapatos, los que no tienen agujeros, y me
contengo la lengua. Nunca es bueno contestarle. Además, hace
años que sé que mi hermano mayor, Nacio, tiene todo su cariño. Yo
no. Él es su favorito. No yo.
Giramos por otra pista. Ésta es más suave y menos dolorosa
de recorrer. La seguimos durante un rato hasta que vemos unas
puertas más adelante. Hay una hilera de hombres con armas frente
a ellas y monstruos grises de piedra que descansan sobre los muros
a ambos lados.
El Refugio
—¿Esto es todo?
—Sí.
Cuando nos acercamos, Mamá me agarra del brazo y me tira
para que me detenga.
—No olvides lo que tienes que hacer, Edier. La vida de Nacio
depende de ello. —Sus ojos se humedecen como nunca lo hacen
conmigo—. No te atrevas a huir y olvidar, no importa cuánto tiempo
te lleve esto. Hurtado nos matará a todos.
Hurtado es el jefe de Papi y su primo. Apesta a Quesito y se
rodea de viejas brujas temibles que huelen aún peor que él. Papi y
él me mandan a Leticia a hacer algo malo para ellos. Dicen que es
por "venganza".
Solo pensar en ello me revuelve el estómago. Es incluso peor
que las cosas que hacen a las mujeres que tienen encadenadas en
el granero. A veces me hacen mirar y se ríen cuando vomito. Dijeron
que si fallaba en esto, me harían disparar a cada uno de ellos antes
de quemarnos vivos a mí, a Mamá y a Nacio.
Mis ojos vuelven a buscar el sol. Cualquier cosa es mejor que
mirar directamente a alguien que te odia, pero ella me da una fuerte
bofetada en la mejilla.
—¿Has oído lo que he dicho, Edier? Para esta gente de El
Refugio, estamos huyendo de Hurtado. No sabrán lo contrario a
menos que se lo digas de golpe.
Por encima de su hombro, puedo ver una hierba verde y
brillante, y una gran casa a través de los huecos de las puertas,
más verde y más grande que cualquier otra cosa que haya visto
antes.
—No lo haré, mamá.
—Nos quedaremos en este lugar hasta que termine y luego
podremos ir a casa de Nacio. Tu padre me perdonará y volveremos
a ser una familia.
No quiero ir a casa.
No quiero que la hierba verde se vuelva roja, pero tampoco
tengo elección.
25

EDIER
—Como tu abogada, te aconsejo que quemes tu ropa y elijas
una coartada —dice Queenie, dándome un repaso mientras salgo
del almacén limpiando mis manos ensangrentadas en un trapo
sucio—. Toma. —Cambia de posición contra el BMW aparcado para
pasarme una carpeta de manila con documentos grabados con el
logotipo de su empresa—. Hay que firmar estos papeles. Son de esa
importante reunión a la que no te presentaste esta mañana.
No hay juicio en su voz. Queenie es demasiado poco
disciplinada para eso.
—Este es un servicio muy personalizado —digo, tirando el
trapo—. No esperaba que los entregara en mano mi empleada de
doscientos dólares la hora. ¿También vas a facturar la gasolina?
—Naturalmente... Tu querías que este grupo de medios fuera
rápido y yo me enorgullezco de entregar la excelencia a mis clientes,
a cualquier precio. —Queenie mira el almacén detrás de mí—.
¿Supongo que quien está ahí medio muerto se lo merecía? —
Cuando no respondo, suspira y se da la vuelta para abrir la puerta
del conductor—. ¿La has vuelto a ver?
—¿Quién?
—¿Qué te he dicho de hacerte el gracioso? ¿Y cuándo carajo
has conseguido una mascota? —Frunce el ceño hacia Dog, que está
tirada en el suelo a mis pies, mirándola con ojos torvos.
Sonrío al recordar el comentario de Ella sobre Cruella De Vil
del otro día.
—Eso no es una mascota, es un animal de apoyo emocional.
Lo necesito para todos los asesinatos que voy a cometer en los
próximos meses. ¿Tienes un bolígrafo?
Metiendo la mano en el bolsillo, saca una Montblanc y me
estudia mientras firmo en los lugares que ha marcado.
—Soy la cara legítima de tu imperio, Grayson. No quiero ni
necesito saber lo que pasa en el otro lado, pero hay algo grande en
marcha, ¿tengo razón?
—Tengo el control de esto, Queenie, así que no es necesario
liquidar ninguno de mis activos todavía. —Le devuelvo los papeles
firmados antes de deslizar la Montblanc en mi bolsillo trasero—. Y
me quedo con el bolígrafo. Privilegios de los clientes.
—También hice que mi investigador privado hiciera la
excavación que pediste.
Hago una pausa.
—¿Y?
—Tu padre está muerto. No hay duda. Fue enterrado en una
tumba poco profunda en Suesca, cerca de Bogotá, poco después
que Santiago atravesara el lugar con sus Cuatro Jinetes del
Apocalipsis hace más de una década. Hicimos exhumar el cuerpo y
lo verificamos. El propio Hurtado murió en una notoria cárcel
colombiana llamada La Modelo a las dos semanas de empezar una
mierda de condena de nueve años por Evasión de Impuestos,
principalmente porque no pudieron condenarlo a nada más. Las
fuentes dicen que fue tu padre adoptivo quien tuvo un hombre
dentro esa vez.
—¿Y mi hermano, Nacio?
—Todavía estamos tratando de verificarlo. Hay un montón de
cuerpos del cartel en tumbas sin marcar por todo el lugar, Edier.
Necesitamos más tiempo.
—Quiero que se confirme que cada uno de ellos fue asesinado
por Santiago. Envíame fotos.
Al respecto, levanta una ceja rubia y fría.
—La mayoría de la gente se sentiría ligeramente conflictiva al
saber que sus parientes cercanos fueron asesinados por las mismas
personas que los adoptaron, y a las que han jurado su lealtad
eterna.
—La mayoría de la gente no está emparentada por sangre con
el puto mal —respondo, dándome la vuelta para irme—. Y ya
deberías saber que ninguna lealtad es eterna.

No estamos llegando a ninguna parte. Han pasado cuatro


horas y el "regalo" de Carrera se niega a hablar. Tampoco ha habido
ningún tipo de abracadabra con el feo bastardo, solo un silencio
desafiante. Sus ojos siguen siendo grises e inyectados en sangre,
pero el resto de él está rojo y sangrando.
Hasta ahora, su tatuaje es lo único interesante de él. Es más
grande que los que hemos visto antes, y se encuentra en el centro
del pecho como una insignia de honor, con lo que parece una franja
de servicio del ejército debajo. Es más que un discípulo. Este
hombre significa algo para la organización de El Alquimista, y
tenemos la intención de averiguar qué. Después, enviaré a Carrera
un regalo de igual valor.
—Déjalo, Sam —le ordeno, viendo cómo mi segundo al mando
le vuelve a clavar el puño en la caja torácica y no recibe más que
gruñidos a cambio—. Dejaremos que considere sus opciones
durante un par de horas.
Es casi medianoche y anhelo la paz y el tacto de Ella, aunque
es una imprudencia por mi parte acercarme a ella tan pronto
después de lo ocurrido. Por desgracia, la imprudencia se parece
mucho a la gravedad en ese aspecto, y después de construir tantos
muros entre nosotros durante tanto tiempo, puedo sentir cómo se
desmoronan sus cimientos bajo el peso de la misma. Lo que siento
en mis brazos es inconmensurable. Es el único momento en el que
puedo distraerme de la inevitable colisión que se avecina. Necesito
todo lo que pueda de ella antes que todo se vuelva una mierda.
Chasqueo los dedos hacia Gabrio, que está de pie a un lado,
fumando un cigarrillo de forma lenta y comedida. Algunos hombres
son pensadores, y él es uno de ellos. Necesito su cerebro tanto como
la fuerza muscular de Sam.
—Llama a uno de nuestros contactos en la policía de Nueva
York. Consigamos un nombre para este hombre y una dirección...
Lo que sea que tengan.
—Apuesto a que tiene un disco tan largo como mi polla —dice
Sam, acercándose a nosotros y sacudiendo el puño.
—No estamos hablando de su pequeña lista de infracciones
menores de aparcamiento —le contesto, haciendo que Gabrio se
ría—. Quiero todo lo que tienen.
Me pongo la chaqueta del traje sobre la camisa negra
ensangrentada, vuelvo a meter el cuchillo en la funda oculta del
tobillo y me dirijo a la puerta con Dog detrás.
—Quiero un equipo de cuatro hombres vigilando a John Doe
en todo momento, más dos en la puerta y dos en la parte trasera.
Controles cada media hora. El resto de los sicarios pueden irse a
casa.
—Sí, jefe.
—Sam, ven conmigo.
Me sigue hasta el Ferrari y se mete en el asiento del copiloto,
mientras Dog salta a regañadientes a la parte trasera. Pongo rumbo
al Upper West Side. Tengo un asunto más que supervisar esta
noche antes de ir a casa de Ella.
—El equipo de limpieza ha terminado. —Sam está revisando
sus mensajes—. Ella ha vuelto a casa.
—Lo sé.
Me mira de reojo con interés, pero por una vez no hace ningún
comentario.
—Llamó Santiago. —Salgo de Red Hook y tomo a la derecha
para volver a la ciudad—. Viene a Nueva York la semana que viene,
directamente desde Colombia.
Hay una pausa.
—¿Crees que el viejo va a renunciar?
—Eso parece. Lo confirmó con Isabella hace un par de horas.
—¿También tu padre?
—¡Ay, Dios mío! Lo dices como si tuviera línea directa con él,
pero me lo espero... Este grupo de trabajo contra el tráfico de
personas significa tanto para él como para Santiago. Dirigen ese
programa juntos.
—Edier Grayson, antiguo Rey de las Sombras, y ahora
gobernante oficial del Imperio de Santiago de los Estados Unidos —
declara Sam, sonando impresionado—. ¿Tendré que empezar a
inclinarme ante ti?
—Solo si quieres mi puto pie en tu cara.
Ahora, me quedo en silencio. Estoy pensando en un chico al
que se le dijo que era un pedazo de mierda sin valor durante diez
años, y que ahora está a punto de convertirse en el criminal más
poderoso de los Estados Unidos.
—Es hora que tengas tu propio territorio, Sam. —Dejo que esta
bomba se asiente por un momento—. Te voy a dar Las Vegas, ¿si lo
quieres?
Su siguiente respiración se dispara en una maldición.
—¿Hablas en serio?
Asiento con la cabeza.
—No me des una respuesta todavía. Ve a casa. Háblalo. Las
Vegas sigue estando controlada por la mafia en un ochenta por
ciento, pero eso tiene que cambiar. Queenie acaba de "completar"
un nuevo complejo hotelero para la marca Helios, y está justo al
lado de su buque insignia. Sé lo mucho que se destaca por ser el
mal vecino...
Resopla con fuerza ante esto.
—Hay algo más. —Aparco el Ferrari delante de su Vanquish.
Apago el motor y le ofrezco un cigarrillo antes de encender uno para
mí—. No está en mi naturaleza compartir demasiado, pero necesito
que atravieses algo personal antes que te vayas.
—Te escucho.
Miro fijamente las hojas de los sicomoros que se encuentran
sobre mi cabeza y doy un par de largas caladas de nicotina antes
de continuar. Estamos a finales de septiembre, pero apenas hay
brisa. Es como si el mundo entero estuviera conteniendo la
respiración.
—Tenías razón. —El humo sale siseando entre mis dientes
apretados—. El Alquimista está conectado con mi pasado. Alguien
no está muerto y enterrado. Y tengo una fuga. Averigua de dónde
tengo una hemorragia de información y hazlo sutil. Quiero un
registro de cualquiera que sea visto entrando o saliendo del bloque
de apartamentos de Ella, guardaespaldas incluidos.
—Y el tuyo —murmura, echando el humo por encima del
hombro, mientras me giro para mirarlo—. ¿Crees que no sé que
tienes la casa de al lado, Grayson? Es acoso 101. —Sonríe como un
lobo—. Deberías venir a hablarme de ello alguna vez.
—Es complicado —digo—. Mientras tanto, necesito controles
adicionales y vigilancia de cada uno de los sicarios de nuestra
tripulación.
—Estoy en ello.
Dando una última calada, aplasto la colilla en la palma de la
mano, sin sentir nada.
—Isabella Santiago tiene un infiltrado en la planta principal de
El Alquimista en Suesca. Hemos conseguido manipular la hora y la
fecha de su próximo envío a Nueva York. Creemos que ya está en
Estados Unidos por varios mensajes que hemos interceptado.
Seguimos el producto que le llega.
—¿Cuándo?
—Tres meses, si no antes. Originalmente eran seis... pero no
me gusta cómo se están desarrollando las cosas ahora, así que
adelanté la fecha. Esto queda entre nosotros, Sam. Solo lo sabemos
cuatro, y somos dos.
—¿Y el vestido envenenado de esta noche?
—Era él.
—Entonces, ¿también tiene como objetivo a Ella? —La
preocupación en su voz me hace querer golpear su cabeza contra
mi salpicadero, pero también lo agradezco. Todos crecimos juntos.
Nuestra historia compartida le da derecho a que le importe una
mierda y no incurra en mi ira, y también sé que recibiría una bala
por ella, sin duda.
—¿Sabe Santiago lo que está pasando?
—No necesita hacerlo. Este es mi problema para manejar, y
tengo la mejor protección para su hija.
Asiente con la cabeza, asimilándolo todo.
—¿Hemos terminado?
—Hemos —acepto—. Ahora, vete a casa y besa a tu hija esta
noche.
Se baja y se despide golpeando el capó del Ferrari, haciendo
que Dog se mueva y ladre. Antes que pueda ofrecerle una invitación
a la parte delantera del auto, se acurruca a mi lado en una bola
peluda de astuta persistencia.
26

EDIER
Hay algo muy sensual en su forma de dormir.
Por muy hábil que sea a la hora de acabar con sus inhibiciones,
por mucho que disfrute haciendo que esas mejillas se sonrojen y su
piel florezca bajo mis bofetadas y mis toques ásperos, hay una
impetuosidad en la forma en que está despatarrada sobre el colchón
esta noche, con la sábana quitada y sus escasas bragas blancas a
la vista. Está desnuda en todo lo demás, con su piel pálida, suave
y tensa, y su columna vertebral curvándose suavemente por debajo
de la cintura de esas mismas bragas, las que me gustaría bajar
lentamente por sus delgados muslos con mis dientes.
Deslizo el dedo por el monitor, trazando las curvas de su culo,
antes de detenerme en el vértice de sus muslos, sobre ese suave
montículo ante el que me arrodillaría y adoraría cada hora del día
si pudiera; se me hace la boca agua al recordar su meloso sabor.
Mi equipo de limpieza hizo un buen trabajo. Incluso su cama
fue reemplazada para cuando llegó a casa desde el restaurante de
sushi a las once y media. El apartamento estaba impecable, y el
veneno utilizado en el vestido fue detectado. Aunque era un
concentrado muy diluido, si lo hubiera llevado durante una hora
más, habría sufrido graves mareos y problemas de tensión arterial,
por no hablar de las reacciones con su medicación actual.
He recibido la declaración de El Alquimista alto y claro, pero no
va a recibir una de vuelta de mí.
Yo no juego a la guerra. En su lugar, voy a sentarme y esperar
tan pacientemente como Dog, y cuando menos lo espere, le
arrancaré el corazón sangrando de toda su operación.
Apartando los ojos de la pantalla, me sirvo un doble de
Macallan y lo devuelvo de un golpe. No hace nada por enfriar mi
ardor. En todo caso, el calor en el fondo de mi garganta no hace
más que avivar las llamas de mi interior.
La necesito esta noche.
La necesito más que nunca.
Necesito perderme y encontrarme, en su cuerpo de nuevo.
Pidiéndole a Dog que se quede, me introduzco en su
apartamento por la puerta de conexión que había instalado en
secreto el año pasado. Me voy quitando la ropa a medida que
avanzo: primero los zapatos, la chaqueta, la funda y la camisa; y
luego los pantalones, los calcetines y los zapatos. Para cuando llego
a su habitación, estoy completamente desnudo, con mi polla dura
moviéndose, doliendo y marcando el puto camino mientras ocupo
mi lugar a los pies de la cama. La moral no es un código por el que
me rija, y no tiene cabida en esta habitación. El consentimiento es
una línea gris que cruzaré, pero solo para darle placer...
Cierra la boca cerebro, y pon tu boca en Ella.
Parece tan pequeña en medio de la cama, con su largo pelo
negro extendiéndose en abanico sobre la sábana blanca, su
pequeña mano enroscada en un puño suelto y su respiración suave
y uniforme.
Tan frágil y tan malditamente follable.
Arrodillado detrás de ella, hago llover besos suaves por su
columna vertebral, deleitándome con la suave calidez bajo mis
labios, antes de hundir mis dientes en la cintura de sus bragas
como había imaginado hacer. Se revuelve mientras duerme y juro
que levanta las caderas para mí como la jodida buena chica que es.
Una vez que está desnuda, le doy la vuelta y su cabeza se
inclina hacia un lado con el movimiento. Gime, pero sus párpados
permanecen cerrados. Me coloco junto a ella, el colchón se hunde
bajo mi peso y la acerca aún más peligrosamente a mí, y le paso los
dedos por la estrecha franja de vello oscuro que hay entre sus
piernas, y luego le acaricio el coño, gimiendo interiormente por su
abrasador calor.
El reloj digital de su mesita de noche parpadea a la 01:00 de la
madrugada.
Pienso en la mañana en que me fui, hace exactamente cuatro
años, cuando me acosté junto a ella durante horas, librando una
batalla conmigo mismo.
Inquieto por quedarme. Inquieto por irme.
Separo sus piernas lo suficiente para deslizar mi dedo corazón
en su coño. Todavía está mojada desde antes. Todavía gotea restos
de mi semen. Inclino la cabeza y respiro, un aroma tan único y
poderoso que dispara la lujuria directamente a mi polla.
La sensación es tan intensa que tengo que hacer una pausa
por un segundo, de lo contrario me correré por todo su coño antes
de haberla follado. Esto es lo que me hace. No es magia negra, es
blanca. Es el hechizo de Ella, y estoy cien por cien bajo él.
Agachando la cabeza, rodeo con mis labios su clítoris aún
hinchado y chupo suavemente, arrancando otro gemido de su boca
abierta. Al mismo tiempo, muevo mi dedo dentro y fuera de ella,
sonriendo para mis adentros cuando sus caderas empiezan a
moverse al ritmo de mi implacable ritmo, incluso cuando está
dormida.
Aplastando mi lengua, le lamo el coño con movimientos largos
y firmes hasta que noto que la tensión crece en sus muslos. El
movimiento de su cadera aumenta. Es entonces cuando sé que está
despierta y que siente.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta somnolienta, con los ojos
todavía cerrados, esbozando esa sonrisa secreta que me dice que
sabe exactamente lo que es, pero que le gusta, y que si dejo de
hacerlo, se sentirá decepcionada.
—Sorpresa de cumpleaños —murmuro—. Abre más las
piernas, Mi Cielo, y déjame entrar.
—¿Pensé que no iba a volver a verte esta noche?
Empujo un muslo hacia el colchón, perdiendo temporalmente
la cabeza al verla.
—No pude mantenerme alejado.
—¿Ibas a hacer el amor conmigo, aunque me quedara
dormida? —suena curiosa. Mientras tanto, sigo follándola con los
dedos a un ritmo pausado.
—¿Quién dice que no lo he hecho ya?
—Porque todavía estoy insatisfecha, señor Grayson —
susurra—. No te enfades si me duermo justo después. Estoy
tomando dos Valium.
—Estoy a punto de hacer que te corras tan fuerte que me
sentiría insultado si no te desmayaras.
Se ríe suavemente, hundiendo sus dedos en mi pelo.
—Sabes que no puedo resistirme a ti cuando estás ofendiendo
al encanto.
—Te juro que te inventas esta mierda. Todavía estoy superando
lo de "desconocido" de hace cuatro años.
Sonríe al recordarlo.
—Por cierto, eso es una palabra. La busqué después.
—Estaba demasiado ocupado follando mi mano derecha cinco
veces por noche en la memoria... después.
—¿Solo tu mano derecha? —se burla.
Me muevo tan rápido que apenas tiene tiempo de gritar.
Apartando el dedo, arrastro todo su cuerpo por la cama y sobre mi
polla que espera, metiéndola hasta el fondo de un solo empujón.
—¿Crees que me follaría a otra mujer después de tener puro
sol? —gruño, con las pelotas bien puestas y viendo las estrellas—.
Eso es como beber pinot barato después de saborear un Romanee
Conti de 1945, Mi Sol. Ninguna. Ni una sola mujer se me ha pasado
por la cabeza en todo este tiempo, Ella. Ahora, abre tus malditos
ojos y mira el desastre que me has hecho.
Su respuesta es gutural y seductora a partes iguales, mientras
me recorre la espalda con las uñas. Al retirarme, vuelvo a lanzarme
hacia adelante con un golpe brutal.
—¡Ojos! —gruño, y sus brillantes ojos azules se abren y se fijan
en mi cara. Su aliento es entrecortado y áspero. Quiere que me
mueva, que la lleve al límite, pero se merece mi castigo por no
obedecerme lo suficientemente rápido—. ¿Quieres mi polla, Ella?
Ella asiente, aplastando su labio inferior entre los dientes.
—Suplícame por ello.
—Los Santiago no mendigan —susurra, y una sonrisa
peligrosa se dibuja en mi rostro.
—Eso suena como un reto y un desafío, todo en uno, Mi Cielo.
Sus ojos parpadean juguetonamente cuando me levanto, aún
enterrado dentro de ella, y engancho sus rodillas sobre mis
hombros. Al cabo de un rato, mi palma toca la parte inferior de su
culo... con fuerza.
—¡Mierda!
Su coño sufre espasmos al contacto, así que lo hago una y otra
vez, hasta que grita mientras nuevas sensaciones inundan su
cuerpo y la llevan al límite. Para agravarlas aún más, la follo con
fuerza durante un par de golpes hasta que grita mi nombre con
desesperación. Su relación con el dolor es una historia de amor
tóxica. Insatisfecha con lo que su cuerpo le da a diario, anhela que
le dé algo más. Algo que necesita y desea, que inunda su cuerpo de
endorfinas y satisfacción.
—¿Suplicando ya? —me burlo.
Cuando no responde, mi palma rectifica la situación una vez
más, y el delicioso sonido de la piel sobre la piel resuena en el
oscuro dormitorio.
Uno.
Dos.
Tres.
Esta vez, cuando la empujo, el ángulo y la presión sobre su
clítoris son excesivos y se corre tan maravillosamente alrededor de
mi polla que casi me arrastra con ella.
—¿Y ahora? —exijo con dureza, inclinándome para atrapar sus
labios en un beso despiadado que lo consume todo—. ¿O tengo que
sacarte las palabras de la boca?
Sus labios se curvan al instante, sus preciosos ojos me retan a
hacerlo.
Dejando caer sus piernas de mis hombros, me salgo de su coño
y me subo a la cama. Me arrodillo junto a su cara y le ofrezco mi
polla.
—¿Quieres esto? —siseo—. ¿Quieres que te tome así?
Me lanza otra sonrisa socarrona, levanta la cabeza y me
engulle, todo lo que el ángulo le permite.
—¡Hijueputa!
Inclino la cabeza hacia atrás mientras un rayo recorre mi
columna vertebral.
Deslizando mi pierna sobre su pecho, inmovilizándola en el
colchón, le doy más acceso mientras ella sigue chupando y
haciendo girar su suave lengua sobre cada centímetro de mí.
—Mi Cielo —advierto con un gemido—: Tienes que parar...
Se ve tan hermosa llena de mí, moviéndose de un lado a otro,
sus mejillas perfectamente redondeadas, sus ojos azules llorando.
Luego están todos los ruidos húmedos y los gemidos que llenan el
aire...
—Por el amor de Dios, Ella. Me voy a correr. —Aprieto su
sedoso pelo negro mientras cada músculo de mi cuerpo se tensa.
Es la mirada que me lanza lo que me desvela. Puede que la
tenga atrapada debajo de mí, pero ella tiene todo el poder, y lo sabe.
Al final, soy yo el que está rogando por ella.
Me vacío en su garganta con otro gemido torturado mientras
traga frenéticamente, atrapando la sensible punta de mi polla y
haciendo que me sacuda dentro de ella. Cuando salgo, todavía me
estoy corriendo, dejando mi semilla en su lengua y sus labios
mientras me lame. Nada se desperdicia.
Me desplomo en la cama junto a ella y me cubro la cara con el
brazo mientras espero a que mi respiración se ralentice. Mi corazón
late tan fuerte que me martillea su nombre en el alma.
Se retuerce contra mí, apretando sus pechos contra mi
costado, mientras pasa la palma de su mano por mi abdomen,
pasándola por mi pecho y mis brazos.
Antes de darme cuenta de lo que está haciendo, es demasiado
tarde.
Ella los ha visto.
Todos.
Cada.
Uno.
Carajo.
Voy a empujarla, pero ella me detiene con una suave mano en
el hombro.
—No lo hagas, Edier... Quiero mirar.
Apretando los dientes, me dejo caer de nuevo en el colchón y
permito que examine cada uno de los tatuajes, desde los rayos
tribales y celtas que cruzan mi pecho y mis brazos hasta las miles
de líneas de puntuación que atraviesan mi abdomen.
—¿Son estos...?
—Soles.
Para ti. Todo para ti.
—¿Y las marcas de conteo?
—Uno por cada día que hemos estado separados desde que
tenías dieciocho años.
Se queda en silencio un momento y luego vuelve a tumbarse a
mi lado, sin apartar su mano de la piel sin marcar que hay sobre
mi corazón.
—¿Por qué no hay un tatuaje aquí?
Pero creo que ella ya sabe la respuesta a eso.
—Porque eres dueña de esa parte de mí, Ella, y de todo lo que
hay debajo. Lo has sido desde que tenía once años.
Se le corta la respiración y se incorpora de golpe.
—¡Maldito seas, Edier Grayson! —grita, golpeando mis brazos
y mi pecho con los puños—. ¿Cómo has podido apartarme así?
Sabías que mi corazón también era tuyo.
—¡Ella!
—¡Que te jodan!
—¡ELLA! —Atrapando sus puños agitados, la atraigo hacia mí,
abrazándola con fuerza mientras solloza toda su rabia, su dolor y
su frustración en el hueco de mi cuello. Me alejo y atrapo su rostro
entre mis manos—. Hay razones, Mi Cielo, tantas razones por las
que no deberíamos estar juntos.
—¡Nómbralos! ¡Solo nómbralos, maldición! ¡Ya he terminado de
jugar a este juego!
La fulmino con la mirada, con la verdad en la boca.
—¿Se trata de mi padre? —Sus ojos azules arden en busca de
respuestas—. ¿Sabe él lo nuestro? ¿Qué te ha dicho?
—¡Mierda! —La suelto cuando mi teléfono empieza a sonar
desde algún lugar del suelo. Al levantar las piernas de la cama, soy
consciente de su mirada constantemente mientras empiezo a
buscarlo. Su dolor y confusión impregnan el aire entre nosotros,
ralentizando mis movimientos.
Lo encuentro debajo de mis pantalones en la puerta.
—¿Qué? —gruño al teléfono.
—El contacto de la policía de Nueva York ha dado con una
coincidencia —dice Gabrio, indiferente a mi gruñido—. Puede que
quieras sentarte para esto.
—Dímelo.
—El nombre es falso y su historial ha sido borrado, pero la
dirección de su casa es el bloque de apartamentos de Ella Santiago.
27

EDIER
Pasado
—Edier... Ed-eee-errr, tengo algo que mostrarteuu...
Su voz tiene ese sonido metálico y con eco que me dice que está
en el baño del pasillo. También es más débil y confusa, como si
hubiera vuelto a beber botellas de Guaro.
—¿Mamá? —Golpeo la puerta, esperando que no esté desnuda
como la última vez que se emborrachó aquí.
—Entra, niño estúpido.
Al empujar la puerta, veo el blanco y luego el rojo.
Azulejos blancos.
Agua roja.
Goteo, goteo.
—¿Qué has hecho? —Me precipito hacia la bañera cuando la
cuchilla se le escapa de las manos. Cae al suelo con un delicado
zumbido antes de girar y depositarse en un charco de color carmesí.
—No lo hagas —dice, mientras voy a ponerle una toalla en las
muñecas abiertas. Tiene un corte tan profundo que puedo ver los
tendones en movimiento bajo la piel. Mientras tanto, puedo sentir
sus ojos negros clavados en mi cara—. No pudiste hacerlo, ¿verdad?
—adivina—. Ugh, eres patético, Edier... —Me hundo de rodillas
mientras dejo que me haga daño por última vez. Sé que se está
muriendo. Sé que es demasiado tarde. No hay nada más que pueda
hacer para ayudarla.
Está así desde que se enteró que Papi mató al hombre con el
que hizo algo a sus espaldas. Su dolor siempre será más importante
que sus hijos.
—Hoy estuvo aquí. La primera vez en meses, y has defraudado
al pobre Nacio, hijueputa sin agallas. —Se pone a llorar y yo me
quedo mirando al suelo—. Hurtado los matará a los dos ahora, pero
no conseguirá matarme a mí.
No le hablo de las fotografías que Nacio me ha enviado en
secreto. Las de él con las mujeres atrapadas en el granero de Papi.
Está orgulloso de ellas. Está disfrutando. Solo salimos de Bogotá
hace tres semanas, pero mi hermano ya está perdido por la maldad
de Papi.
No necesita saber el destino de su hijo favorito antes de morir.
—¿Quién te va a querer alguna vez, Edier? —gruñe ella,
deslizándose lentamente por la cabeza blanca y curvada de la
bañera—. ¿Quién va a amarte alguna vez...?
Sus últimas palabras gorgotean y son tragadas por el agua roja
mientras se hunde fuera de la vista, pero la verdad de ellas se queda
en este baño.
Me siento allí mucho después que ella se haya ido y horas antes
que alguien me encuentre, haciendo dibujos y patrones en la sangre
de Mamá, y deseando que mi propia muerte venga a buscarme
primero.
28

ELLA
—Dos tragos, y ninguno de ellos es alcohólico. Es un día
deprimente en el infierno. —Ivy las deja sobre la mesa y se deja caer
en el asiento de al lado—. Hablando de eso, no me has contado
cómo fue tu cita con el reumatólogo el otro día.
—Estaba a la altura de aquella doble endoscopia y
colonoscopia que me hicieron en mi decimosexto cumpleaños, o de
la vez que mi hermana se dejó mi Vintage Mac Tee favorita en un
aeropuerto de Maui.
—Ouch.
—¡Ay! —coincido, pasando el dedo por el lado de mi vaso,
retomando todas las pequeñas gotas de condensación en mi piel.
Por desgracia, el camino se vuelve a congelar rápidamente por el
frío de mi agua mineral, que es una descripción miserablemente
exacta de mi vida en este momento. Desde que Edier abandonó mi
apartamento hace dos noches y empezó a filtrar mis llamadas, todo
parece estar un par de grados más frío.
—¿Qué medicamentos mágicos te han sugerido que pruebes?
Juro que mi hermana es un dispensario de lupus estos días.
—Metotrexato.
Hace una mueca de dolor y vuelve a dejar la bebida sobre la
mesa.
—¿Quimio? ¿En serio? Lo siento mucho, Ella... ¿Cuándo
empiezas?
—Empezó ayer. Las náuseas han aparecido esta mañana. —Le
enseño mis muñecas para que vea mis nuevas bandas contra el
mareo—. Hasta ahora, no hay vómitos, solo cansancio y antojos de
jengibre. —Echo un vistazo al concurrido bar, negándome a seguir
pensando en ello. Todavía no hay rastro de nuestra fuente forense.
Compruebo mi reloj. Ya lleva veinte minutos de retraso.
—¿Quieres hablar de ello?
—No. Solo necesito dejar esta estúpida bengala. Estoy harta de
sentir mis rodillas como si se clavaran fragmentos de vidrio en ellas.
Además, la quimio es solo por un par de meses...
—Eres una maldita estrella de rock, ¿lo sabías? —Ivy me
sacude la cabeza con admiración—. Cualquier otro estaría
desmayado en la cama, viendo películas malas en repetición.
—Cualquier otro no tiene una historia periodística interesante
que perseguir... Eso si nuestra fuente aparece alguna vez.
—Oh, lo hará. Ha insistido en convocar esta reunión. —Hay
una pausa—. ¿Quieres que vaya a tu casa más tarde? Podría ser tu
animadora desde el otro lado de la puerta del baño si los
antieméticos empiezan a fallar.
—Por muy tentador que parezca, hay algunas líneas que los
compañeros de trabajo nunca deben cruzar. —Le dirijo una sonrisa
de pesar—. Sin embargo, sabes que te quiero un montón por la
oferta.
—Sí, lo sé. —Me da un suspiro exagerado—. Soy una reportera
muy adorable, a pesar de mi reputación de zorra.
No puedo evitar reírme de esto. La simpatía no es infinita. Lo
he comprobado a lo largo de los años. Es raro encontrar a alguien
como Ivy que no se deje intimidar por la naturaleza a largo plazo de
esta enfermedad. Lo mejor de todo es que sé que sus ofertas son
genuinas y que nunca tendrán fecha de caducidad.
—¿Se lo vas a decir a Rob?
—No.
Rob se lo dirá a mi madre. Tres horas después, un avión privado
aterrizará en Teterboro, Nueva Jersey, para llevarme a casa.
—Valiente.
—¿Estúpida?
—Maldita inspiración. Si necesitas una excusa para faltar al
trabajo, pídela. Al parecer soy la reina de las tonterías, o eso dice
mi prometido... —Se interrumpe cuando entra en el bar un hombre
alto de unos treinta años con un traje negro y gafas de montura
gruesa—. No pienses en eso. Creo que nuestro hombre acaba de
llegar. —Ivy le hace un sutil saludo y él se acerca directamente—.
No es lo que esperaba, en absoluto —añade en un susurro lateral.
Sé a qué se refiere. No se parece en nada a otras fuentes
periodísticas anónimas que se esconden en nuestras reuniones
bajo sombreros de ala ancha y gafas oscuras.
Se mueve como si estuviera cortejando el interés, con su pelo
negro alborotado en la cara y un tono de piel tan rico en bronceado
como el de Edier.
Distante y sin sonrisa. Brutalmente compuesto.
Yo no lo llamaría guapo como tal, es demasiado frío para esa
descripción, pero todas las mujeres del bar se fijan en él de todos
modos.
Es imposible que trabaje todo el día en laboratorios criminales
sin ventanas.
Nos ponemos de pie para saludarlo, y él nos da la mano a su
vez. Su tacto es aún más frío que el de mi vaso y me estremece el
contacto. Si se da cuenta, no comenta nada.
—¿Sr. Gutiérrez? Soy Ivy Sánchez, y esta es mi colega de Eagle,
Ella Miller. Gracias por aceptar reunirse con nosotros.
—Buenas noches, señorita Sánchez. Señorita... Miller. —La
leve vacilación antes de decir mi apellido se atrapa como una mala
astilla. Es inconfundible, un agujero negro para todos los que
conocen mi mentira.
¿Es mi imaginación, o su mirada acaba de parpadear hacia la
cabina donde están sentados mis guardaespaldas?
No les dije nada sobre esta reunión, aparte que era una cosa
genérica de trabajo. En lo que respecta a ellos y a Edier, esta
historia murió hace días. Hemos mantenido las reglas de Rob. Nada
de correos electrónicos o llamadas en el lugar de trabajo. Los
teléfonos quemados siempre...
—Por favor, tome asiento. —Ivy indica el banco vacío de
enfrente—. ¿Puedo ofrecerle una bebida?
Sacude la cabeza y se introduce en nuestra cabina con su
anguloso cuerpo, desabrochando el botón de su caro traje con un
movimiento fluido. Sus zapatos son de fina piel negra italiana. Lo
sé porque son los mismos que lleva Edier con sus trajes Brioni.
Mi barómetro de malestar se dispara diez veces.
—Gutiérrez... ¿es eso español? —pregunta Ivy, lanzándose a la
conversación trivial que es una habilidad en la que juro que se
especializó.
Hay una pausa.
—En realidad, es colombiano.
Mi estómago da un vuelco salvaje cuando se gira para mirarme
de nuevo, con los labios torcidos, como si disfrutara de mi reacción.
Mierda.
Como santiagués, nací con un detector de amenazas
incorporado. Ahora mismo, me está gritando órdenes:
Inventa una excusa.
Levántate y vete.
Ahora, Ella, AHORA.
—Qué coincidencia. —Oigo decir a Ivy—. La propia Ella es
medio colombiana.
—Es una coincidencia —dice con suavidad, sin quitarme los
ojos de encima.
—¿De dónde eres?
—Un pueblo llamado Suesca, a las afueras de Bogotá.
—¿Había algo que deseaba compartir con nosotros, señor...
Gutiérrez? —Esta vez me toca dejar una pausa escéptica antes de
pronunciar su apellido. Quiero que sepa que ahora estamos
jugando al mismo juego, y por el ligero giro de sus cejas ha
funcionado—. En sus mensajes insinuó que había visto este tatuaje
de pentagrama invertido en otros cuerpos. ¿Puedes confirmarlo?
Golpea ligeramente las uñas sobre la mesa.
—Quizá me tome esa copa, después de todo. Sorpréndame,
señorita Sánchez. Algo... americano.
No es el único hombre que conozco que puede usar palabras
como amenazas.
—Enseguida. —Ivy me lanza una mirada de "tranquilidad"
mientras se pone de pie. No quiere perderse ni un segundo de esta
conversación, pero tengo la sensación que no hablaremos del
artículo cuando ella se vaya.
Estoy en lo cierto. En el momento en que ella llega a la barra,
su sonrisa desaparece y sus labios se aplanan en una fina línea
roja.
—Tal vez deberíamos dejar de fingir ahora, señorita.
Su acento también se ha perdido. Es mucho más pesado de lo
que estaba dejando ver.
—¿Quién eres tú? —digo en voz baja.
—Un paso más cerca del hombre que buscas, dejándote un
paso más cerca del mío. —Juguetea con mi bebida durante un
momento, dibujando una letra y una forma en la misma
condensación antes de hacerla girar para mostrármela.
No necesito mirar hacia abajo para saber qué es.
—¿Me estás diciendo que sabes quién cometió estos
asesinatos?
—¿Quién, las dos putas? —Sonríe—. Te sugiero que le hagas
esa pregunta al hombre que tienes en la cama, y por favor, no me
aburras con tus mentiras y reproches —añade al ver mi cara—. Lo
sé todo sobre usted, señorita, por mucho que intente ocultarla o
rechazarla. No tienes ni idea de lo vulnerable que lo has hecho
desde que volviste a irrumpir en su vida la semana pasada. Todo
hombre tiene una debilidad, y yo estoy mirando directamente la
suya. —Sin pedir permiso, toma un largo trago de mi agua y se
choca los labios como si fuera lo más delicioso que ha probado.
—Dime tu verdadero nombre —exijo, perdiendo los nervios.
—Todavía no.
—¿Cuál es el gran misterio?
—Te admiro mucho por tu persistencia, Ella —dice, eligiendo
irritarme con su condescendencia—. Luchas por tu libertad del
mismo modo que hombres como yo y Edier Grayson luchamos por
el poder y el estatus. Eres implacable por eso, e incluso dulcemente
taimada, si se me permite el atrevimiento.
—No sé de qué estás hablando.
—¿Te gustaría ver una demostración del verdadero poder? —
Es como si no me hubiera escuchado—. Entiendo que estás
familiarizada con ese concepto, al haber crecido con un padre como
el tuyo, pero ¿has considerado alguna vez las posibilidades de un
poder sin límites?
—No, gracias, me voy. —Voy a ponerme de pie, cuando esa
mano helada sale disparada y se cierra como un tornillo de banco
alrededor de mi muñeca, justo por encima de mis bandas anti
mareo. Las mira pero no hace ningún comentario—. Mantengamos
esto agradable, ¿de acuerdo? Sería una pena que toda esta buena
gente de Nueva York muriera por tu impetuosidad.
Lo miro fijamente, luchando contra una viciosa oleada de
náuseas.
—Tengo tres guardaespaldas armados sentados a cinco metros
de distancia, Sr. Sea Quien Sea —le respondo—. Una señal mía y
no saldrás vivo de este bar.
—También te olvidas de los dos todoterrenos aparcados
enfrente, por no hablar del que está aparcado en la calle lateral
detrás del bar —añade, con sus ojos negros brillando—. Hago mis
deberes antes de entrar en una reunión con cualquier Santiago,
señorita. Incluso con los decorativos, tipo alhelí. —En esto, se
inclina hacia mí, su aroma añejo me revuelve aún más el estómago.
En cualquier momento, sus elegantes Oxfords van a ser lanzados—
. No creas ni por un segundo que no habrá consecuencias si decides
seguir un curso de acción más lamentable esta noche.
Lo miro fijamente, pensando rápido, y luego me vuelvo a hundir
en mi asiento.
Dirige mi mirada a Ivy, que sigue esperando en la barra,
haciendo implícita su segunda amenaza. Un movimiento en falso y
le dirá exactamente quién soy. La vida que tanto me ha costado
construir aquí desaparecerá de la noche a la mañana.
—Ahora, sobre esa demostración de poder...
—No me interesa.
—Deberías estarlo —se burla.—. Observe y tema, señorita.
Luego, quiero que corra a ver a sus amigos y familiares, y les diga
exactamente quién es el rostro de su enemigo.
Con esto, da la vuelta a su muñeca y la suspende un par de
centímetros por encima de la mesa, con la palma de la mano hacia
el techo. Con una sonrisa despiadada, la cierra lentamente en un
puño.
De inmediato, el aire se me escapa de los pulmones y el velo
sobre mi memoria perdida se agita violentamente en mi mente. Veo
destellos del día que olvidé -una anciana, palabras extrañas, el
sonido de las balas- antes que un grito desgarrador me devuelva a
la cabina del bar.
Parpadeo y mi mirada se dirige a una mujer que está junto a la
cabina de mis guardaespaldas. Tiene las manos tapándose la boca,
con una expresión de horror en las yemas de los dedos.
Un instante después, Antonio pasa tambaleándose junto a ella,
con la sangre brotando de la nariz y la boca mientras se agarra la
garganta. Contemplo con creciente horror cómo se desploma en el
suelo, convulsionando violentamente.
Oh, Dios mío.
Salgo volando de mi asiento para ayudarlo, pero el desconocido
me tira hacia atrás, con las muñecas doloridas gritando por su duro
trato.
—¡Suéltame!
—Ya se están muriendo, señorita —dice, sonando divertido—.
No hay nada que pueda hacer por ellos ahora, excepto ver su
desaparición.
Pestañeo para contener las lágrimas mientras mis otros dos
guardaespaldas salen a trompicones de la cabina, y el suelo pulido
que tienen debajo se convierte rápidamente en una laguna de color
carmesí.
El bar se queda en un silencio sepulcral.
Esto no está sucediendo.
Esto. No. Esta, Sucediendo.
—¿Eres tú? —Vuelvo a arrastrar los ojos hacia el extraño ultra
compuesto que está sentado frente a mí. Su puño sigue cerrado,
pero incluso mientras digo las palabras, la parte racional de mí
intenta comprender lo que estoy presenciando—. ¿Estás haciendo
esto?
—¿Ahora crees en el verdadero poder?
—¡Para! Basta ya. —Me abalanzo sobre la mesa para agarrar
su puño y abrirlo con un premio, pero él se limita a bailar fuera de
su alcance, burlándose de mí con su creciente sonrisa.
Mientras tanto, en el bar, es como si se hubiera dado el
pistoletazo de salida para ver qué cliente puede actuar más como
un animal en estampida. Los clientes corren en todas direcciones,
algunos para ayudar a mis hombres, pero la mayoría se dirige a la
puerta.
Mi pensamiento primordial es alcanzarlos y consolarlos, pero
cuando voy a ponerme de pie de nuevo, esa mano de hielo vuelve a
enroscarse en mi muñeca y a robarme el aliento.
—Estás enferma, Ella —murmura—. Puedo hacer que todo
desaparezca por un precio.
—¡Suéltame!
—¿No te gustaría saber cómo se siente lo "normal"? ¿Caminar
sin hacer muecas de dolor? ¿Despertarte por la mañana sin que te
duelan todos los huesos del cuerpo? ¿Vivir una vida sin pastillas ni
rutinas, sin citas con el médico, sin agujas y sin requisitos
dietéticos?
—¡Nunca estaré tan enferma como para querer eso de ti!
Esta vez consigo una risa, en lugar de una sonrisa, pero es
igual de frígida y hostil.
—Niña estúpida. Dile a Edier Grayson que tiene algo que me
pertenece. Si no me lo devuelve pronto, me llevaré algo suyo. —
Consigo apartar la muñeca, y entonces cojeo para llegar a Antonio
antes que sea demasiado tarde, las últimas palabras del
desconocido arrastrándose tras de mí como un humo negro—. Dile
que es hora de cumplir su promesa.
Mis pasos vacilan.
—¿Qué promesa? —Pero cuando vuelvo hacia él, ya se está
fundiendo en la multitud junto a las puertas de entrada.
—Deles un poco de espacio y dignidad, señorita. —Un portero
con cara pálida comienza a conducirme también hacia las puertas—
. Los servicios de emergencia están en camino. No podemos hacer
nada más. Tiene que abandonar el local y esperar a la policía.
—¿Están muertos?
Su expresión sombría ya me dice las peores noticias
imaginables. El lugar parece un matadero y ninguno de los hombres
del piso se mueve ya.
—Señorita, ¿ha oído lo que he dicho?
Conmocionada hasta la sumisión, le permito que me empuje.
Me encuentro afuera, con movimientos bruscos y
descoordinados. No veo a Ivy por ninguna parte. Doy vueltas en una
acera abarrotada, con caras sorprendidas rodeándome por todos
lados, con los ojos cegados por el neón y la confusión, y entonces
dos fuertes brazos me rodean por los hombros y me atrapan contra
un pecho duro como una roca que me resulta familiar.
—No te resistas, Mi Cielo —murmura en mi oído mientras el
alivio me invade—. Tenemos que salir de aquí, y tenemos que
hacerlo ahora.
Me tropiezo cuando va a llevarme a un todoterreno que me
espera. Sin perder una zancada, me levanta y me coloca en el
asiento trasero antes de subir también.
—¡Muévete! —sisea, dando un puñetazo al asiento de adelante
mientras Gabrio acelera para alejarse del bordillo, dispersando a
los preocupados curiosos y esquivando por poco la aguda cabalgata
de vehículos de emergencia que llegan.
Para cuando estamos a dos manzanas, ya no puedo contener
las lágrimas. Solo he llorado un puñado de veces a lo largo de los
años, y la mayoría de ellas han estado relacionadas con Edier, pero
el miedo y la conmoción están creando un tsunami imposible de
resistir.
Edier no dice nada. No me presiona para que le dé información
o explicaciones. Se limita a abrazarme, dejando que manche la
parte delantera de su camisa negra con mis lágrimas. Al mismo
tiempo, las olas de náuseas son como una borrasca que golpea las
paredes de mi estómago. Vienen con más fuerza y más rápido hasta
que el desenlace es casi inevitable.
—Aparca —jadeo, sentándome de un tirón.
Frunce el ceño.
—No...
—¡Voy a vomitar, Edier, así que para el maldito auto si no
quieres que te ensucie más el traje!
El auto chirría hasta detenerse y llego a tiempo a una calle
trasera vacía. Me toma del pelo la primera vez que bajo y no me
suelta hasta la última.
La enfermedad de la quimioterapia no viene con alivio. Esas
mismas olas nunca cesan ni mueren. Solo es cuestión de aguantar
lo peor hasta que tu cuerpo está tan destrozado que el sueño es la
única opción. Ni siquiera puedo contar el número de veces que me
desvanezco antes de tambalearme de cansancio y caer de nuevo en
sus brazos.
—Te tengo, Mi Cielo.
¿Pero quién te tiene a ti?
Es mi último pensamiento irregular antes de sucumbir
finalmente a la oscuridad.
29

ELLA
Estoy atrapada en un Salón de los Espejos.
Por todas partes veo monstruos con caras sonrientes y ojos
negros. Intento huir de ellos, girando a lo loco como hice antes en
la acera, pero sigo tropezando con cadáveres a los que les sale
sangre de la boca. Me ahogo en el pánico. Tengo el pecho apretado
por el miedo... Llamo a Edier a gritos, pero nunca viene. Nunca
responde.
La escena cambia. Ese velo se agita de nuevo, dándome otro
vistazo y anticipo de ese mismo recuerdo.
Hurtado.
La bruja le llamaba Edier Hurtado.
Cuando era niña, me dijeron que nunca le preguntara a Edier
por su vida antes de venir a El Refugio. Mi madre lo llamaba
"respetar los límites", pero la advertencia era innecesaria. Sabía que
había algo oscuro detrás de él. Me fascinaba tanto como a él mi
felicidad y mi luz, y creo que eso fue lo que nos unió desde el
principio.
Con el paso del tiempo, vi la tristeza en sus dibujos. Vi la forma
en que sus ojos se desviaban hacia el horizonte constantemente,
como si pudiera intuir que algo le esperaba tras los altos muros de
piedra de El Refugio, merodeando arriba y abajo como un tigre
inquieto. Sabía que no había escapatoria, y cuando la bruja
apareció fue solo un catalizador de lo inevitable...
Con un suave jadeo, abro los ojos a una nueva oscuridad y a
un nuevo desconocimiento. Esta cama no es mía. Las sábanas
huelen demasiado a él y el humo del cigarrillo flota en el aire. Hay
persianas oscuras en las ventanas, no los coloridos estampados
geométricos que encontré en un zoco de Marrakech hacen tres
veranos. Una de las lamas está atrapada en un ángulo
desordenado, y está recibiendo la luz de la luna como un barco que
se hunde.
Llevo una camiseta negra que me queda demasiado grande. Me
duelen los músculos del estómago y tengo un sabor agrio en la boca,
pero al menos lo peor de las náuseas ha pasado. El reloj marca las
cuatro de la madrugada, y cuando busco a tientas el interruptor de
la luz, hay un vaso de agua en la mesita de noche, además de todas
mis medicinas apiladas en una pila ordenada al lado.
—Vuelve a dormir, Mi Cielo.
Mi cabeza se gira hacia la izquierda. Edier está sentado en el
suelo de espaldas a la pared, con sus largas piernas estiradas
delante de él, casi tocando la cama. Me mira con los ojos
entrecerrados y con un cigarrillo colgando de la comisura de la
boca, como si fuera un modelo parisino descuidadamente elegante.
Dios sabe que es lo suficientemente guapo como para serlo, a pesar
del estado deshecho del resto de su cuerpo. Su camisa está
arrugada, los puños sueltos en las muñecas y remangados un par
de veces, más como una idea de última hora que como una decisión
consciente. Tiene el pelo negro revuelto y una barba de al menos
dos días que le oscurece la mandíbula.
Una mano descansa sobre una botella de Macallan con
demasiada familiaridad para que sea una copa. Creo que ha estado
bebiendo toda la noche.
—Mira cómo me siento —murmuro, volviéndome hacia él—. Y
la respuesta rara vez está en el fondo de una botella, o eso me han
dicho.
—Aunque ayuda a embotar la decisión. —Se quita el cigarrillo
de la boca y lo aplasta en el cenicero como si le ofendiera. Su voz
hace juego con su aspecto: desgarrado y crudo.
¿Qué decisión?
—Creo que deberíamos haber ido a China. —Sonrío, pero es
una débil burla. No puedo deshacerme del aire de finalidad que hay
en esta habitación y me está asustando más que mis pesadillas—.
Deberíamos haber robado el jet privado de mi padre y arriesgarnos.
Apoya su cabeza en la pared y considera mis palabras.
—¿Cuántos animales habríamos rescatado?
—Miles. —Acerco la sábana blanca a mi pecho y la meto debajo
de mi brazo desnudo para que sea más cómoda—. Millones,
incluso... Para compensar todas las veces que mi padre me dijo que
no podía tener una mascota. Rebelión infantil en su máxima
expresión...
—Para. —Me interrumpe a mitad de camino y toma un trago
de Macallan, haciendo una mueca mientras lo quema—. Me
imaginé que se te habían pasado las divagaciones verbales.
—No se puede salir de esas cosas. Solo entran en hibernación
por un tiempo, como los osos, los erizos y...
—Ella, mírame. —Su mirada oscura se fija en la mía, y me
encuentro conteniendo la respiración.
No quiero que sus próximas palabras den peso a esa horrible
sensación de finalidad. Es como si volviera a estar en la consulta
de la Dra. Bailey, esperando otro de sus suspiros.
Al final, me pongo nerviosa y rompo el silencio primero.
—¿Es este tu apartamento?
—Sí.
Miro a mi alrededor, observando la austera selección de
muebles y la falta de cuadros en las paredes. No es un hogar, es
una existencia. Sin alegría y funcional.
Se merece mucho más que esto.
—Pensé que sería más grande. Eres el dueño de la mayor parte
de Manhattan, después de todo...
—Algunas cosas valen más que las posesiones materiales.
—¿Es esa la respuesta de tu galleta de la fortuna, o algo en lo
que realmente crees? —Sentada, me envuelvo con los brazos
alrededor de las rodillas, adoptando mi propia versión de la posición
de corsé.
—No duermo mucho.
—¿Debería leer algo en eso?
—Hay otra habitación al final del pasillo —me dice,
lanzándome una mirada sucia.
—¿Es la hora? —Aspiro un poco de aire—. ¿Abrimos ya todas
nuestras cajas?
No responde. Gran sorpresa. Pero ya he terminado de esperar.
—Toma. —Selecciono un frasco de pastillas blancas de mi
reserva de medicinas, lo lanzo al otro lado de la habitación y él lo
toma con los reflejos de un asesino—. Quien tenga el Ambien, puede
hacer las preguntas. Tú primero.
—¡A la mierda el Ambien! —Poniéndose de pie, lo lanza contra
la pared más lejana y el frasco de pastillas explota al impactar
bañando la habitación en pequeñas piedrecitas blancas—. Te dije
que dejaras pasar esta historia, Ella. Incluso compré Eagle para
hacerla desaparecer. ¿Y qué haces? Ignorarme y correr
directamente hacia un edificio en llamas cubierto de gasolina. —Se
pasa la mano por la mandíbula mientras lucha por contener su
furia—. Ahora tengo tres guardaespaldas muertos y a tu padre
respirando en mi nuca otra vez.
Nunca lo había visto perder el control así. Todo en él es tan
hermético e impenetrable.
Entonces pienso en Antonio y en mis otros guardaespaldas, y
la culpa me abruma.
—Tenemos el mismo objetivo. Solo que lo abordamos desde
distintos ángulos.
—¿Qué quieres decir con eso?
Desvía la mirada como si ya hubiera dicho demasiado.
—Acabamos de ir a reunirnos con una fuente...
—Y te metiste en una gran trampa. Te dije la semana pasada
que siempre serías una princesa del cartel primero. No importa
cuánto lo disfraces en el comercio minorista de bajo nivel, o con un
trabajo que paga menos dinero al año que lo que yo gano en las
calles en una hora. No puedes cambiar tu sangre, Mi Cielo. O la
aceptas, o te ahogas en ella.
—¿Eso es lo que estás haciendo, ahogarte en la sangre de
Hurtado? —digo, mirándolo fijamente—. Si necesitas encontrar este
objetivo, déjame ayudarte. Trabajemos juntos para variar, en lugar
de correr en direcciones opuestas.
—Es demasiado tarde.
Un pensamiento horrible aflora y rápidamente lo deshago.
—¿Qué le dijiste a mi padre?
—Que habías tenido un momento de estupidez temporal... otra
vez.
Ya hemos bailado en torno a este tema, pero nunca nos hemos
enfrentado a él.
—¿La has visto? —pregunto, sonrojada.
—¿La cinta del año pasado? Sí, la vi, maldición. Necesitaba la
motivación para cuando torturé a los malparidos que la hicieron.
Por cierto, todos murieron gritando —añade con malicia—. Puedes
agradecérmelo después.
—No me das nada —digo con desesperación—. Hablas con
interminables acertijos y luego desapareces durante días... años.
Sabía que esta historia estaba relacionada con tu pasado cuando
me advertiste de ella. Estaba cansada de esperar a que...
—Te estaba protegiendo. —Se aleja y empieza a pasearse por
la habitación.
—No, estabas tratando de controlar la situación al dejarme
fuera de nuevo. Eres como una máquina de propaganda rusa,
filtrando la verdad, mientras me das a cuentagotas trozos de ti
mismo que nunca serán suficientes para hacerme un todo. —
Apartando las sábanas de un puntapié, muevo las piernas fuera de
la cama y busco el agua.
—¿Qué estás haciendo?
—Bebiendo —respondo, tomando un sorbo—. Es cierto que no
es una botella de Macallan, pero es lo mejor que puede hacer una
abstemia como yo. Después de eso, voy a parar, a respirar
profundamente y a intentar no tirarte este vaso a la cabeza.
—¿Por qué, porque sabes que tengo razón?
—No, Edier —digo, con la voz temblorosa—. Es porque creo que
he estado enamorada de un hombre embrujado desde los dieciocho
años, y ya no puedo competir con sus fantasmas. —Me doy la vuelta
para que no pueda ver mis lágrimas, pero él se arrodilla frente a mí,
me agarra la barbilla entre los dedos y me obliga a mirarle.
—¿Crees que me amas, o sabes que lo haces?
—¿Importa?
—Me importa.
—¿Lo dirías de vuelta, si lo hiciera?
Su mandíbula se tensa, y ese frío silencio vuelve a levantarse
como un muro invisible entre nosotros.
—Habla conmigo.
Nada.
—¡Habla conmigo, maldita sea! —Perdiendo los nervios, intento
apartarlo, pero es demasiado fuerte. De alguna manera, acabamos
juntos en el suelo en un lío emocional y enfadado, y yo sentada
torpemente a horcajadas sobre él, golpeando mis puños contra su
pecho para intentar forzar la salida de las palabras.
—Para —ordena, tratando de agarrar mis muñecas—. Te vas a
enfermar.
—Ya estoy enferma.
—¿Y de quién es la culpa? —ruge de repente, con el rostro
contorsionado por la agonía—. ¡Mía, Ella, mía! Traje tu infierno
conmigo cuando entré en El Refugio y en tu vida.
—No eres responsable de mi enfermedad, Edier Grayson —digo
con un grito ahogado, tomando su cara entre mis manos. Intenta
apartarme, pero no se lo permito. Necesita escuchar esto. Tiene que
entenderlo—. Lupus es una parte de mí. No es la maldición de una
bruja. Cualquier brujería que haya ocurrido en ese bar anoche no
es lo que me hizo enfermar.
—Ella...
—No, es hora que escuches por una vez en lugar de dar
órdenes. Creo en el destino, por muy duro que sea conmigo a veces.
No nací para ser tan fuerte como tú, Sam e Isabella. No soy tan
inteligente ni tan vivaz como Thalia. Estaba destinada a aguantar y
sobrevivir, y ser la persona que soy por ello.
—Eres mejor que todos nosotros por eso.
—Deja ir a este fantasma —le suplico, rodeando su cuello con
mis brazos—. Márcalo. Tíralo a la basura. No puedes reclamar y
sentirte culpable por esto.
—Ya no puedo mantenerte a salvo, Mi Cielo.
Vuelve haber esa sensación de finalidad. Ese peso sin nombre.
Voy a preguntarle a qué se refiere cuando un perro empieza a
ladrar desde algún lugar del apartamento. El sonido es un
bienvenido alivio de toda la charla del alma y la tensión que se ha
estado acumulando.
—¿Es eso...?
Maldice en voz baja.
—Sí.
Cuando ve que me cuesta ponerme de pie, me ayuda
rápidamente a levantarme.
—¿Puedo conocerlo?
—Es una hembra.
—¿Cómo se llama?
—Dog.
—Creativo —bromeo, pero ya no me escucha. Está demasiado
ocupado enviando mensajes a otra persona.
Su teléfono suena cuando voy a saludar el sonido de las patas
rascando en las tablas del suelo que viene hacia mí a toda velocidad
desde el fondo del pasillo.
—Sí, está aquí. —Le oigo decir—. La veremos en una hora.
—¿Ver a quién? —Me detengo en el umbral de la puerta, y
entonces me golpea hacia atrás una enorme bomba de afecto, gris
y de pelo raído.
—Dog, bájate —gruñe, mientras me impulsa a la cama,
enamorándome por segunda vez en mi vida.
—Te juro por Dios, Dog —dice, sonando exasperado,
intentando apartarla de mí con el pie, pero el animal lo esquiva
cuidadosamente cada vez—. No suele estar tan nerviosa.
—No está nerviosa, es preciosa —digo, arrullando a Dog, que
mete la nariz en mi mano para pedir más atención, que yo solo estoy
encantada de darle.
—Estás en la minoría. Ella odia a todos los demás. Trató de
morder a Sam.
—Seguro que se lo merecía. Bien hecho, Dog —le digo, dándole
elogios y cariño extra por eso—. ¿Cuánto tiempo la has tenido?
—Una semana. Interrumpimos un comercio ilegal de perros...
—¿Quieres decir que la has salvado?
Sus ojos se estrechan ante mi tono.
—No soy el maldito héroe aquí, Ella. He disparado a tres
hombres en la cabeza antes de irme.
—Al menos la buena intención estaba ahí. —Su teléfono vuelve
a sonar—. ¿Quién te manda mensajes tan temprano?
—Tu padre. —Levanta la cabeza para medir mi reacción.
—¿Mi padre...? —Me detengo al ver la expresión de su cara. Es
como si acabara de prender fuego a la habitación y estuviera
esperando a ver si me he dado cuenta.
Es entonces cuando se produce el terremoto.
Este aire de finalidad no es suyo ni nuestro. Es el mío. Es por
una guerra que comenzó en mi decimoctavo cumpleaños con un
juego de ajedrez y un acuerdo.
—No —susurro, su traición me cala hasta los huesos—. Esto
no... No después de todo. Tú, más que nadie, sabes lo mucho que
mi trabajo y mi libertad significan para mí.
—Es demasiado peligroso para ti Nueva York —dice—.
Especialmente con tu tratamiento.
—¡Esta es mi vida!
—Tú eres mi vida.
—¿Por qué no luchas por mí?
—Tómate un respiro, toma un poco de perspectiva, y entonces
quizás veas que sí.
—¿Cuándo? —le escupo la siguiente palabra porque es lo único
que se merece. Estoy demasiado sorprendida para llorar.
Demasiado enfadada para defenderme. Juró protegerme y ahora ha
hecho lo que su propio enemigo me amenazó anoche.
Se ha llevado todo.
—Lo llamé hace un par de horas. —Veo su mandíbula
apretada, pero no quiero ver su dolor. Solo quiero sentir las marcas
de los mordiscos de los míos—. Ya estaba en Miami. Su avión
aterriza en veinte minutos. Hoy te llevará de vuelta a la isla.
Espera la explosión, pero nunca llega.
En lugar de eso, saco a Dog de mi regazo, me pongo de pie y
busco mi ropa.
Solo queda una cosa por hacer cuando te han roto el corazón,
te han cortado la línea de la vida y todos tus sueños se han hecho
añicos.
Sal de ahí y encuentra la manera de planear tu regreso.
30

EDIER
Un buen hombre se talla el corazón por amor y en su honor se
resucitan monumentos. Los poetas escriben sonetos, y ese espacio
vacío se llena de idolatría y respeto.
Un hombre malo hace lo mismo y recibe el tratamiento del
silencio, desde Manhattan hasta el aeropuerto de Teterboro, Nueva
Jersey. No hay monumentos para mí, solo un agujero en el pecho
del tamaño de Texas.
Sus AirPods han estado puestos en sus oídos todo el camino
para negar la desgracia de volver a escuchar mi voz. Ahora sus
brazos están llenos de Dog, no de mí, y sé que hoy las perderé a las
dos.
Ella me odia. Lo entiendo. He tomado su vida y todo por lo que
ha luchado tan duro para construir para sí misma y lo he tirado por
la borda. Cree que la he traicionado, pero no puedo perderla. No
puedo perderla.
Prefiero su odio con pulso, que su amor con solo un recuerdo.
El jet privado de Santiago nos espera en el asfalto, brillando en
blanco bajo el sol naciente, con ese familiar motivo de escorpión
dorado picando la cola del avión. Ha venido en cuanto le he dicho
que su salud estaba empeorando. El resto no es importante. De eso
me encargo yo, no él. Ahora mismo, necesita a su familia a su
alrededor mientras controla su lupus.
Después de eso, volveré a reclamarla.
No tiene elección. Aunque me lleve diez días o diez años, volveré
a convertir ese odio en amor. Entonces, ella llevará mi anillo y
tendrá mis hijos. Ha sido nuestro destino desde el principio, y
ninguna maldita maldición o brujería va a desbaratar eso.
Detengo el Ferrari a veinte metros del avión. Nos sentamos un
momento, escuchando el zumbido del ventilador del motor.
Volvemos a estar en el océano, justo antes de besarla, solo que esta
vez los tiburones están dando vueltas.
Arrancando sus AirPods de sus oídos, va a abrir la puerta.
—Para.
Ella se congela.
—No tengo nada más que decirte, Edier. Ve a estar con tus
fantasmas. Los necesitas más que a mí.
Cuando la alcanzo, ya está a medio camino del avión, detrás
de Dog. Siseando una maldición, la hago girar, las palabras que he
mantenido prisioneras dentro de mí durante tanto tiempo
finalmente se rebelan.
—¡He dicho que pares, maldición!
—¡Suéltame!
—Nunca —gruño—. No hasta que escuches esto. —Le agarro
la barbilla para evitar que gire la cabeza—. Te he amado durante
más de la mitad de mi vida, Ella Santiago. Te he amado desde el
momento en que te sentaste en esa playa a mi lado cuando tenía
once años. He amado tu luz, tu pasión, tu talento. Eres la dueña de
todo, Mi Cielo. Sobre todo, te pertenezco.
Sus ojos se abren de par en par, pero aún no he terminado. Ni
siquiera cerca.
—Me ves, de la misma manera que me veías cuando éramos
niños. Es como si supieras que me estaba ahogando, como si
supieras que era un chico dañado y desordenado que andaba por
ahí con una hoja de afeitar en el bolsillo trasero esperando la
oportunidad de acabar con ella... Pero tú cambiaste eso. Cambiaste
mi vida. Ardiste tanto que me hiciste olvidar mi propio dolor, y todo
lo que he tratado de hacer desde entonces es protegerte.
Ahora está llorando, sus lágrimas salpican sus mejillas y mis
dedos. Puedo sentir los ojos negros de su padre deslizándose sobre
mí mientras desciende del avión.
—Grayson, quita tus malditas manos de mi hija.
—No te metas en esto —le respondo, sin mirarlo siquiera. Que
me vea sangrar por todo este asfalto por su hija. Si esta es la última
oportunidad que tengo con ella, no me iré hasta que termine.
—Hiciste que quisiera vivir cuando me esforzaba por morir,
Ella. —Dejo que mi confesión se asiente en ella por un momento—.
Dicen que el amor es ciego pero nos encontró en la oscuridad. Dicen
que el amor duele, pero si se hace bien, es una maldita agonía. —
Me acerco para sentir los latidos de su corazón contra el mío—. No
creas que fue una decisión fácil para mí. No creas que no me senté
en el suelo mientras dormías en mi cama buscando otra forma que
no fuera esta. Sabía el precio que tendría que pagar para
mantenerte a salvo, pero el otro precio no es una opción.
—Podríamos haber imaginado...
—No —digo bruscamente—. Mi pasado viene por mí, y no va a
tomar rehenes. Hice una promesa hace mucho tiempo. Pensé que
estaba muerto, pero resucitó. Ahora, necesito quemarlo, y
terminarlo.
—Tus otros fantasmas —adivina.
—El mayor fantasma de todos. —Me alejo para mirarla por
última vez, memorizando cada centímetro perfecto de su rostro—.
Tienes que irte... Tu padre está esperando.
Asiento con la cabeza a Santiago, que está rondando cerca, con
cara de piedra, y que parece que el asesinato sería lo más amable
que podría hacerme en este momento. Entonces, me doy la vuelta
y me alejo, abriéndome paso a través de una tormenta de nieve
invisible. Cada paso se siente antinatural. Mi pecho está a punto de
estallar.
—¡Edier, espera!
Viene detrás de mí. A un metro de distancia, está tirando su
bolsa al suelo, y entonces mis brazos y mi boca están llenos de ella.
La levanto en el aire y ella rodea mi cintura con sus piernas y ese
hermoso santuario suyo serpentea alrededor de mi cuello. La
inspiro y no quiero volver a exhalar.
—Yo también te amo y te odio. Odio que no me dejes estar a tu
lado —jadea—. Pero no creas ni por un minuto que me voy a subir
a ese avión sin que me jures un para siempre, Edier Grayson.
¡Júralo!
—Dime que tú también amas eso —digo con un gemido—. Dime
que un para siempre, y mataré por ello. Mataré por ti.
—Para siempre —susurra—. Es por lo que estás luchando
ahora. Por lo nuestro. La mía y la tuya. La magia negra nunca podrá
competir con la blanca.
—Para siempre... te lo juro, Ella.
Siento sus labios sobre mí una última vez. Oigo el lejano rugido
del océano y luego se aleja de mí con Dog a su lado.
Tampoco mira hacia atrás.
Por una vez en la vida, todos miramos hacia adelante.
31

ELLA
Dos semanas después...
Es mi teléfono el que me despierta a las tres de la mañana, no
las ruidosas chicharras que hay fuera de la ventana de mi
habitación.
Parpadeo, tratando de sacudirme el cóctel de medicamentos
nocturnos que están enturbiando mis pensamientos, mientras mi
dispositivo sigue vibrando en mi mesita de noche e iluminando la
oscuridad. Me doy la vuelta y descubro que mis sábanas están
húmedas de sudor. El aire acondicionado ha estado silbando toda
la noche, pero la feroz humedad de la selva de Leticia se ha colado
en mi habitación.
Molesta por el ruido, Dog salta a mi cama y se tumba a mi lado
con un gruñido resentido.
Nunca volví a la isla privada con mi padre. Negocié con él
durante dos horas seguidas para que el avión se desviara a
Colombia. No estaba preparada para alejarme completamente de
Edier, ni tampoco para sentarme y dejar que mi cerebro se
descompusiera mientras esperaba que la quimioterapia calmara las
respuestas inmunológicas de mi cuerpo. Quería venir a Leticia para
intentar recomponer los pedazos rotos de su historia por mí misma,
y sabía que Tía Anna aprovecharía la oportunidad para ayudarme.
Además, habría cientos de sicarios de Tío Joseph aquí para
protegerme.
No soy lo suficientemente rápida para captar la llamada la
primera vez, pero mi dispositivo vuelve a cobrar vida tras un par de
segundos.
El número está restringido, pero solo hay dos personas que
saben de su existencia. Esa es la regla que hicimos en la sala de
reuniones Eagle ese día.
—¿Hola? —murmuro.
—¡Ella, soy yo! Soy una genio. Solo dime que soy una maldita
genio.
—¿Ivy? —Me inclino hacia la mesita de noche y enciendo la luz,
deseando que mi cerebro se mueva un millón de millas más rápido
para alcanzar el de mi amiga.
—¡Los tengo!
—¿Qué tienes?
—Los informes de toxicología. Para esos tres hombres que
murieron en el bar el mes pasado.
Ahora estoy muy despierta. Rob me puso en un año sabático
después que le hablara de mi tratamiento contra el lupus, y
habíamos acordado a regañadientes archivar la historia hasta que
volviera. Además, después que Gutiérrez desapareciera, todas las
demás pistas habían muerto.
—¿Y?
—No me preguntes cómo los conseguí. Fue completamente
poco ético y tal vez un poco ilegal también, pero tu corazonada era
correcta. Habían sido enterrados. Los originales se destruyeron,
pero algún tonto del laboratorio hizo una copia y se olvidó de
archivarla... La estoy viendo ahora mismo. Y tampoco me pidas que
te explique las partes científicas. Solo tengo el nombre del veneno
que encontraron en su sistema.
Cierro los ojos con alivio.
No hubo magia negra en el bar esa noche. Fue solo un truco sucio
de un mago retorcido.
—¿Lo sabe Rob?
—Voy a encontrarme con él en la cafetería más tarde. Escucha
esto... Es una extraña droga híbrida llamada escopolamina, más
conocida como "Aliento del Diablo Colombiano". Por sí sola, te
incapacita, te da alucinaciones, ese tipo de cosas. Pero esto fue
mezclado con algo más para hacerlo más letal. Eso es lo que hizo
que esos hombres vomitaran sangre como vampiros antes de morir
de insuficiencia respiratoria. —Se interrumpe para maldecir a un
taxista, y me la imagino corriendo por una calle concurrida de
Nueva York, echando chispas con sus tacones rosa neón—. Hay
otra razón por la que llamo. También he investigado un poco sobre
el Sr. Houdini de aquella noche. Resulta que no existe ningún
"señor Gutiérrez" que trabaje en el laboratorio forense, ni en este
estado ni en Nueva Jersey. Fue una mierda total.
Maldita sea. Esperaba que se olvidara de él, pero fue un deseo
estúpido.
—Ya se han borrado todas las grabaciones de seguridad, pero
me las arreglé para sacarle una foto cuando se iba. He pasado los
dos últimos días investigando. Mi prometido es un ex policía, y solo
me costó treinta y seis mamadas para que me ayudara... —Suspira
con fuerza—. De todos modos, su verdadero nombre es Quito
Moreno, y solía ser un traficante y a veces chantajista en Brooklyn
hasta que lo acusaron del asesinato de un tendero. Las pruebas
estaban apiladas hasta que un abogado recién titulado intervino en
el último momento y lo libró. —Se oye el portazo de un auto de
fondo, mientras se abre otro en mi mente—. Esta es la mejor parte,
Ella... He visto una foto de esta abogada... No es más que la misma
zorra presumida de piel roja que vimos en Helios con Edier Grayson,
y de nuevo en Eagle el día que tomó el control de la empresa.
Mi estómago cae como una piedra.
Sabía que ese color de lápiz labial era una advertencia.
—¿Estás segura? —susurro.
—Al cien por cien. Te enviaré las imágenes ahora.
Tengo que llamar a Edier. Tengo que advertirle...
—Mira, tengo que irme. Estoy en un taxi llegando a su oficina
en la calle 72.
Esto hace que me desprenda de las sábanas húmedas y me
tambalee de la cama horrorizada.
—¡No, Ivy, NO! No puedes...
—Tengo que irme. Te llamaré más tarde. No tengo ni idea de
zonas horarias, ¡lo siento!
—¡Ivy, espera!
Pero ya se ha ido.
Con el corazón en la boca, la llamo de nuevo, pero me salta el
buzón de voz.
—Oh Dios, por favor contesta, por favor contesta. —Busco a
tientas mi otro teléfono. Pulso el número de Edier, pero también
suena. Lo intento de nuevo, y es lo mismo—. ¡Mierda, mierda,
mierda!
La perra ladra y grita mientras disparo mensajes urgentes a
todas partes. Pero no me mira a mí. Está mirando directamente a
la ventana.
Intento con Sam a continuación, y entonces la luz de mi mesita
de noche se apaga, junto con el LED verde de alimentación del
cargador de mi iPhone.
Debe ser un corte de energía.
La perra ladra una vez más.
Me dirijo a la puerta cuando la primera ronda de disparos
golpea la casa.
32

EDIER
Miro el teléfono y veo que es Ella la que llama desde Colombia,
y lo pongo en silencio de mala gana. Por mucho que me guste
escuchar su suave voz, este asunto tiene que terminar
rápidamente.
Guardo el teléfono en el bolsillo interior de mi chaqueta y me
concentro en la pila de papeles que tengo delante, firmando cada
uno de ellos y entregándoselo a Queenie para que lo compruebe.
Mientras tanto, ella está sentada en una silla a un par de asientos
de distancia, mordiéndose el labio inferior.
—¿Me dan un premio? —Arrojo mi bolígrafo sobre la mesa de
reuniones de cristal pulido después de despachar el último—. ¿Una
camiseta de recuerdo, quizás?
—No seas codicioso, Grayson —contesta ella, su tono es suave,
su rostro impasible—. El señor Santiago acaba de cederte a ti una
parte sustancial de su patrimonio en Estados Unidos. Ahora eres el
quinto hombre más rico del país.
Hace un par de años, esto habría sido música para mis oídos,
pero a mi nuevo reino le falta una reina, y cada victoria se siente
como un hueco desde que Ella se fue. Mi obsesión no se detiene
porque tenga un hueco en mi cama y pantallas vacías en mi
habitación negra. He estado controlando su rastreador GPS
numerosas veces al día, tengo línea directa con los sicarios de mi
padre en El Refugio y estoy en contacto regular con mi madre
adoptiva por primera vez en años.
Sin embargo, no es suficiente.
Estoy contando los días.
La necesito debajo de mí, desafiándome. Amándome. Ansío la
forma en que su cuerpo se levanta cuando la llevo a sus límites.
Extraño esos jadeos dulces y entrecortados que hace justo antes de
correrse, como si le robara el oxígeno y el autocontrol.
De todos modos, algo ha cambiado dentro de mí desde que se
fue, de la misma manera que cambió hace años cuando me paré
frente a una pira en llamas y vi a la bruja arder, solo que esta vez
me está soplando en una dirección diferente. Las distancias ya no
parecen tan inaccesibles, y los silencios no son tan vacíos. Por fin
la dejé entrar, y no hizo que se cayera el puto cielo. Ella sigue
estando a salvo. Ella todavía me ama. Todavía hay un para siempre
esperándonos una vez que esta guerra se gane y ella esté lo
suficientemente bien como para volver a casa.
Yo también me estoy abriendo a los demás, a pesar de haberlos
apartado durante tanto tiempo. Normalmente, en las reuniones con
Santiago, mi padre se sentaba a su izquierda y evitaba el contacto
visual conmigo. Hoy, nuestras miradas se han encontrado al
sentarnos, y ninguno de los dos ha apartado la vista. Por una vez
veo más allá de mi propio dolor. Estoy viendo más allá del suyo.
Estoy viendo el suyo.
—¿Tomamos una copa, en cambio? —Santiago señala la
botella de bourbon que hay en la mesa entre nosotros. No es de mi
gusto, pero puedo permitirme ser conciliador. Después de todo, el
hombre acaba de hacerme rey.
Le hago un gesto a Sam, que inmediatamente se inclina hacia
adelante y empieza a servir tres vasos.
—¿Queenie? —Le lanzo una mirada de reojo—. Insisto en que
te unas a nosotros.
Ella levanta la vista de su maletín Gucci con sorpresa, pero
acepta con una sonrisa apretada mientras Santiago despide a todos
los demás de la sala,
Vuelvo a llamar la atención de mi padre cuando pasa. Quizá
Aiden tenía razón hace tantos años. Debí haber escuchado más y
haber hablado más. Tendría que haber asumido mi maldita culpa
en lugar de utilizarla como ariete, y entonces tal vez podría haberla
dejado ir más rápido.
—Por los nuevos comienzos. —Santiago levanta su copa en un
brindis antes de recostarse en su silla y dejar caer sus botas negras
sobre la mesa que tiene adelante.
—Por los imperios que mudan de piel por el bien de la
corrupción —le respondo con un clip, haciéndole sonreír.
Bebemos profundamente mientras Queenie da sorbos a su
vaso con delicadeza.
—¿Cómo está? —La sonrisa de Santiago se transforma en la
máscara inexpresiva que usa cuando el asesinato es inminente,
pero aún no está preparado para cometerlo.
—Mejor —digo, sabiendo que está siguiendo sus movimientos
tan de cerca como yo.
Una llamada a la Dra. Bailey esta mañana me aseguró que la
quimioterapia de Ella está funcionando. Sus marcadores C3 y C4
están aumentando de nuevo. Sus nuevos médicos colombianos
están trabajando con su reumatólogo de Nueva York para darle el
mejor plan de tratamiento disponible.
—¿Te ha dolido tomar esa decisión?
—Ni hablar —admito, metiendo la mano en la chaqueta y
sacando su cuchillo de caza. Lo pongo sobre la mesa entre nosotros
y me encuentro con su inquebrantable mirada negra—. ¿Quieres
que te lo devuelva?
—¿Ya has terminado de liberar tu pasado?
—Pregúntame de nuevo el mes que viene, pero no podría
amarla más de lo que ya lo hago. —Con esto, le doy un golpe, la
hoja brilla en la luz mientras comienza a girar en círculos
apretados—. Sanders aceptó el puesto en Las Vegas. Hará la
mudanza dentro de dos meses.
—Lo que coincide perfectamente con el lanzamiento de la
campaña presidencial de su padre. —Santiago apura el resto de su
bourbon y se ríe con fuerza.
Mientras tanto, Queenie se levanta de su silla, todavía bajando
los restos de su propia bebida.
—Grayson, tengo otra reunión en una hora. Voy a volver a la
oficina...
—Siéntate —interrumpo agradablemente—. Todavía no hemos
concluido nuestros asuntos.
Se deja caer de nuevo con un resoplido, y yo decido ignorar sus
miradas de soslayo.
La trayectoria del cuchillo empieza a ser más lenta. Alargando
la mano, Santiago le da otra vuelta fuerte mientras doy un trago a
mi vaso, contemplando el líquido ámbar de su interior.
—¿Cómo supiste que estaba con Ella la noche de su fiesta?
—Es un tema peligroso para sacarlo en mi presencia. —Me
tiende su vaso vacío para que lo rellene—. Cuando llegas a mi edad,
la observación se convierte en una forma de entretenimiento.
Aprendes a leer las inflexiones, los matices sutiles en las salas
llenas de gente... —Se interrumpe antes de añadir con maldad—:
Por supuesto, nada de eso importa cuando pasas por debajo de la
ventana abierta de tu hija a las dos de la madrugada.
Mierda.
Su mirada se estrecha.
—Durante las siguientes tres horas, imaginé todas las formas
en las que desollaría la carne de tus huesos, Grayson, y luego
recordé cómo había tramado toda la fiesta solo para hablar contigo.
Las comisuras de mi boca se crispan.
Solo un tonto confundiría tu dulzura con fragilidad, Mi Cielo.
—Grayson, realmente creo...
—Siéntate —gruñimos a Queenie al unísono, revelando la
bestia bajo nuestra calma.
Esto la hace callar inmediatamente.
Me pregunto si finalmente se está dando cuenta que nunca
saldrá viva de esta habitación.
Me toca a mí hacer girar la hoja, pero esta vez no uso tanta
fuerza. La reunión está llegando a su conclusión natural, y tenemos
otros asuntos que atender.
—Háblame de la promesa.
—¿Qué promesa?
—La de tu pasado. La que le mencionaste a Ella antes que
subiera a mi avión.
Mis ojos se levantan sorprendidos cuando la hoja se detiene
con fuerza, con la punta apuntando directamente a él. El momento
tiene un gran significado, pero decido no confirmar ni negar sus
sospechas. Hay cosas que es mejor dejar que mueran en el pasado
en lugar que sangren en el presente.
Al ver las persianas de acero en mi mirada, concede con una
mueca, y se sirve otro trago. Nuestra batalla se libró en un vestíbulo
hace tres años. Desde entonces, el tiempo se ha convertido en
nuestro igualador. Si él me golpeara ahora, yo le devolvería el golpe.
Si no tengo ganas de responder a su pregunta, no hay nada que
pueda hacer para obligarme.
Más bourbon llega a su vaso antes de mirarme
especulativamente.
—¿Te gustaría hacer los honores, o lo hago yo? Creo que ya
hemos jugado bastante con ella.
—Mi abogada. Mi problema.
Un rato después, estoy apuntando con mi Glock a la cabeza de
Queenie con una expresión tan fría como el hielo.
—No —le digo, mientras intenta ponerse de pie, con la sorpresa
escrita en su rostro—. Ya estoy de un humor bastante salvaje. La
traición le hace mal a un hombre, especialmente cuando es una
mujer la culpable.
—¿De qué estás hablando? —susurra—. Soy tu abogada,
Grayson. Me conoces.
—Al contrario, resulta que te conozco muy poco. —Ya se hace
la dramática, incluso le tiembla el labio inferior de una forma muy
poco propia de una reina, pero ya me he cansado de sus
estupideces—. Además, como te dije antes, ninguna lealtad es
eterna...
—¿Por qué demonios se supone que te he traicionado? —jadea.
—La lista es extensa. Empecemos por cómo se encontró un
juego de llaves de repuesto de mi apartamento en tu bolso esta
mañana.
Su rostro palidece.
—Puedo explicarlo.
—Bien. Esperaba que estuvieras dispuesta a hablar. La
alternativa sería arruinar un flamante traje Brioni. —Levantándome
de la silla, me apoyo en el lateral de la mesa, sin perder la puntería
de mi arma—. Es un poco lamentable que te haya dado un
apartamento, ropa, dinero y una educación universitaria... solo
para que me mientas a la puta cara. —Mi furia resuena antes que
mi voz se deslice de nuevo hacia ese tono frío como el hielo—. Tu
primer error fue mostrar demasiado interés por Ella. El segundo fue
darme algo que no te pertenece.
Vuelvo a meter la mano en el bolsillo interior y le lanzo el
bolígrafo Montblanc del que me apropié en Red Hook. El bolígrafo
se desliza por la mesa de cristal en una elegante pirueta y cae en
su regazo, pero ella no hace ningún movimiento para recogerlo.
—Resulta que tiene grabado el nombre de un holding con
vínculos con una Bratva rusa. Retira otra capa de mierda, y ellos
son los que siguen enviando chicas a los Estados Unidos... Ahora,
¿por qué tendrías eso, Queenie? —Reflexiono lentamente—.
Santiago no está muy contento, dado su interés en erradicar el
tráfico de personas.
Veo cómo sus ojos revolotean nerviosos hacia él y todo su
cuerpo tiembla.
—Los rusos vieron venir a El Alquimista hace cuatro años y se
fueron de Nueva York porque son unos malparidos supersticiosos.
Lo que quiero saber es cómo El Alquimista los convirtió a tal punto
que ahora hacen tratos entre ellos para traer chicas a mi ciudad.
Su cabeza se inclina hacia adelante, derrotada, y su pelo rubio,
antes elegante, cae desordenadamente sobre su cara.
Estoy decepcionado. Esperaba más lucha de ella.
—Quiero su verdadera identidad, Queenie.
—Sinceramente... —Se estremece cuando avanzo hacia ella,
deteniéndome justo al lado de su silla—. ¡Te juro, Grayson, que
ninguno de nosotros sabe quién es! Se comunica a través de un
hombre llamado Quito Moreno. Es nuestro controlador.
Interesante.
El "regalo" de Carrera finalmente se rompió anoche. Ese fue el
único nombre que obtuvimos de él antes que muriera de sus
heridas.
—¿Cómo se conocieron?
Vacila.
—Fue el hombre que mantuve fuera de la cárcel en mi primer
caso.
Hijueputa... Aprieto los dientes para mantener la compostura.
—Desde entonces, has estado trabajando de forma paralela
como su chica de los montajes: provocando disensiones con los
italianos y haciendo que parezca el cartel, utilizando falsas putas
en las habitaciones de los hoteles para acabar conmigo... —Sacudo
la cabeza en señal de desaprobación—. No puede ser por el dinero.
Solo este trimestre te he hecho ganar dos millones.
—No me creerías si te lo dijera. —Incluso su voz suena apagada
y derrotada—. Solo sigue adelante y dispárame. Si no lo haces, lo
hará él.
—Dame algo y lo haré rápido.
Queenie nos mira a mí y a Santiago antes de fijarse en él.
—¿Es usted jugador de ajedrez, señor? —pregunta en voz
baja—. Si es así, sabrá que la reina es siempre la pieza más
importante del tablero, no el rey.
Eso le hace ganar una segunda pistola apuntando a su cabeza.
—¿Qué carajo se supone que significa eso?
—Esto es lo que hace. —Se vuelve hacia mí, con sus ojos azules
vidriosos de miedo—. Se mete en tu cabeza. Lo retuerce todo. ¿No
lo ves? Tú nunca fuiste el objetivo final, Grayson. Utilizaba tu
pasado para desestabilizarte a ti y a tu organización, para abrir una
brecha entre tú y Ella... Cuando eso no funcionó, cambió de táctica.
Miro fijamente a Queenie, el suelo cede bajo mis pies. No quiero
creer nada de lo que dice la perra traidora, pero escucho la verdad
en cada palabra.
—La quería fuera de Nueva York. Lejos de su obsesión. Lejos
de la protección de su padre. Él sabía que ella nunca se quedaría
en su isla. Ella es demasiado inquieta. Él estaba preparado para
perseguirla dondequiera que fuera, pero ahora ella ha vuelto al
único lugar donde más la quería... Colombia.
Ella.
—Siempre ha sido sobre ella, Grayson. Ella es la que él quiere.
Oigo a Santiago rugir pidiendo más respuestas mientras corro
hacia la puerta, sacando mi teléfono mientras voy, viendo catorce
llamadas perdidas de Ella y siete mensajes cada vez más
desesperados.
No vi más allá de mi propio dolor lo suficientemente rápido.
Su número suena.
Vuelvo a marcar.
Nada.
¡Mierda, mierda, mierda!
Cuando llego al pasillo, mi padre ya está a mitad de la escalera,
gritando instrucciones al piloto para que prepare el avión.
Es entonces cuando lo sé.
Había tres demonios en este juego, y uno nos ha superado a
todos.
EPÍLOGO

EDIER
Pasado
Hay un monstruo viviendo dentro de mí.
Fue creado a partir de los resbaladizos azulejos rojos del baño
donde ella murió.
Arruina todo lo que es bueno, como cuando estoy caminando
con mi nuevo Pá, y me está contando todo sobre Texas y algo
llamado El Álamo, y haciendo que una parte de mí crea que tal vez
no soy un pedazo de mierda tan inútil después de todo.
Él embota mis días y oscurece mis noches.
También tiene otro nombre.
La vergüenza.
Vergüenza que la gente a la que fui enviada aquí para hacer
daño solo quiera darme su amor y protección. Vergüenza que
todavía esté aquí, rondando alrededor de ellos como una mala
maldición.
Cuando luego mate a mi monstruo con la hoja de afeitar que
tengo en el bolsillo, yo también me acostaré y cerraré los ojos, y
podremos ir juntos a otro lugar. No hay ninguna razón para que
siga vivo. Toda mi familia está muerta. Pá y Nacio fueron asesinados
por el hombre alto que estaba frente a mí en la playa hoy, hablando
con mi nueva familia.
Estoy feliz por eso. Triste por todo lo demás.
—Edier, ¿por qué no vas a pintarme unas piedras? —me insta
mi nueva mamá.
—De acuerdo.
Es extraño saber que voy a morir, pero al menos tengo tiempo
para despedirme de todas las cosas que amo primero.
Con eso en mente, me siento en la playa durante años,
pintando soles amarillos en once piedras grises, una por cada uno
de los años que estaré aquí en la tierra, hasta que algo me llama la
atención. Hay una niña en la orilla que da vueltas en la arena con
los brazos extendidos y su pelo oscuro volando en todas direcciones.
El sol está directamente detrás de ella; grande, brillante y cegador.
La sumerge y la pierde de vista: la engulle por completo un minuto
y la incendia al siguiente.
Me atrapa mirando y deja de girar de un tirón. Tras un rato de
indecisión, se acerca corriendo. Es como si la luz viniera
directamente hacia mí, y me preparo para el impacto.
Se detiene a un metro y sonríe. Me quedo mirando su boca
porque nunca había visto nada tan bonito como su sonrisa. Es puro
sol, y todo el mundo sabe que el sol mata a los monstruos y aleja la
oscuridad.
También es oro puro. Precioso y raro. Y el oro necesita ser
protegido a toda costa.
—Hola —dice tímidamente.
Está de pie frente a mí, mirándome. Es como si ocupara todo
el cielo.
Mi Cielo.
Hoy he venido a morir y ahora no estoy tan seguro. La hoja de
afeitar en mi bolsillo se siente más pesada ahora, como si tuviera
otro propósito.
—Hola —respondo tartamudeando—. ¿Quieres venir a sentarte
conmigo?
—De acuerdo. —Se tumba en la arena y cruza sus flacas
piernas delante de ella. No puede tener más de cinco o seis años—.
¿De qué hablamos?
—El sol —suelto.
—¿Y el sol?
—Hay miles de millones de estrellas en la galaxia, Mi Cielo, pero
nada supera al sol...

CONTINUARÁ...
(La segunda parte se publica en diciembre de 2022)
AGRADECIMIENTOS
¡Gracias por su paciencia en la espera de este libro! Fue un
libro difícil de escribir para mí, especialmente cuando se trata del
tratamiento de Ella. He estado en la sala del médico. He esperado
los suspiros. Me han dicho que la quimioterapia es la única opción,
y nada te prepara para ese momento.
Empecé a escribir en 2017 mientras me sometía a un
tratamiento contra el cáncer. Tenía treinta y siete años, con un
diagnóstico de fase 4, y me estaba perdiendo el primer día de colegio
de mi hija menor. Recuerdo haber llorado hasta una hora en el baño
del hospital, todavía conectada a mi soporte intravenoso,
preguntándome dónde había salido todo mal. Después, abrí mi
portátil y escribí las inmortales palabras "Capítulo Uno". Escribí
sobre un personaje llamado Dante Santiago, un hombre que se
estaba muriendo lentamente por dentro, pero por una razón
diferente a la mía. Por aquel entonces, ni siquiera sabía que el
romance con la mafia y el cartel era un género. Solo tenía una
historia que contar sobre la oscuridad y la luz.
Publiqué Hearts of Darkness en 2018. Creo que vendió cinco
copias en su primer mes (¡gracias mamá!) No sabía nada de
relaciones públicas ni de impulsos de lanzamiento. No tenía ni idea.
A través del boca a boca, la gente empezó a leer mis libros. Desde
entonces, me han salvado literalmente la vida. Me han permitido
someterme a varias operaciones de pulmón y me han permitido
centrarme en algo más que en el cáncer. Si has leído uno de mis
libros, gracias -de verdad- de mi familia a la tuya. No hay palabras
para expresar lo agradecida que estoy.
En segundo lugar, me gustaría dar las gracias a Cora por su
inestimable visión de la vida con el lupus. Personalmente, ¡creo que
las dos somos unas malditas estrellas de la quimioterapia! Gracias
también por sus palabras de ánimo y su amistad.
Por mi maravilloso marido, Matt. Mi apoyo número uno.
Navegamos juntos por muchas cosas, más de las que nos
corresponden, pero su amor y ánimo constantes son los que me
hacen seguir luchando y escribiendo cada día. Y a nuestras dos
preciosas niñas que odian mis plazos casi tanto como yo. Gracias
por su infinita paciencia.
Sammy, Siobhan, Imogen y Joanne. Gracias por animarme
desde la barrera. Un agradecimiento especial a Lissete Aberg por
responder a mis numerosas peticiones de traducción al español, sin
importar la hora del día. Imogen, tus habilidades de corrección de
última hora fueron increíbles, como siempre.
Gracias Autumn y Wordsmith Publicity por todo lo que hacen
por mí. Y a mi increíble equipo de ARC, y al equipo de calle. Estaría
irremediablemente perdida sin ustedes.
Y por último, a TODOS los lectores, revisores, bookstagramers
y booktokers... Hacen que cada escáner, prueba y operación de
cáncer invasiva merezca la pena. Gracias por hacer que mis sueños
se hagan realidad.
Catherine x
SOBRE CATHERINE WILTCHER

Catherine Wiltcher es una autora de novelas románticas con


éxito de ventas en USA Today y Amazon. Sus libros incluyen la Serie
Santiago y Corrupt Gods World.
Después de trabajar en la producción de televisión y cine
durante diecisiete años, a Catherine le diagnosticaron cáncer a los
treinta y siete años. Empezó a compartir sus experiencias de vida
con la enfermedad con el Huffington Post y la prensa británica para
ayudar a concienciar a la gente. Escribió su primer libro mientras
recibía tratamiento, que posteriormente fue recogido por una
editorial tradicional.
En la actualidad, escribe personajes dañados y peligrosos que
siempre se enamoran con fuerza y profundidad de sus mujeres,
cueste lo que cueste.
Vive en el Reino Unido con su marido, sus dos hijas pequeñas
y su loca spaniel, Bella.
MUNDO SANTIAGO DE

CATHERINE WILTCHER

(Romance mafioso oscuro)


Hearts of Darkness

Hearts Divine

Hearts on Fire

Shadow Man

Reckless Woman

Devils & Dust

Lovers & Liars (próximamente)

Cristo Sinners World

(Dark Mafia Romance)

Black Skies Riviera

A London Villain

A London Viper (próximamente)

A London Thief (próximamente)

Corrupt Gods World (Romance mafioso oscuro)

Born Sinner

Bad Blood

Tainted Blood
City of Thieves

Rush & Ruin, Pt 1

Rush & Ruin, Pt 2 (próximamente)

NOTA 
 
La traducción de este libro es un proyecto de Erotic By PornLove. No es, 
ni pretende ser o sustituir al original y
Aclaración del staff: 
 
 
Erotic By PornLove al traducir ambientamos la historia 
dependiendo del país donde se desarrolla
 
 
 
RUSH & RUIN 
PARTE 1 
 
CATHERINE WILTCHER
SINOPSIS 
Ella: 
Mi protector. Mi ruina. 
Edier Grayson es el Rey de las Sombras. 
Un pecador despiadado. Un hermoso mentir
De la autora del USA Today Bestseller Catherine Wiltcher llega 
la primera parte de un nuevo y seductor dúo romántico maf
 
Esto es para todos aquellos que tocaron fondo y encontraron su 
sol...
NOTA DEL AUTOR 
Estimado lector, 
Rush & Ruin Pt 1 es un nuevo y seductor romance de cartel de 
amigos a enemigos a amantes
Personajes: 
Dante Santiago - Capo del cartel colombiano.  
Eve 
Santiago 
- 
Esposa 
Santiago, 
una 
ex 
reportera 
estado

También podría gustarte