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ESTA ES NUESTRA FE
Un lugar para conocer las verdades fundamentales de la fe católica

EL ESPÍRITU SANTO

PRESENCIA PERMANENTE

DE DIOS
EN MEDIO DE NOSOTROS

La palabra “espíritu» significa en hebreo: soplo, aliento, aire, viento. El Espíritu Santo es el «soplo de
Dios», el «aliento de Dios», el «espíritu divino».

Igual que el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo existe desde siempre, y es Dios como ellos y con ellos.
Un solo Dios en tres personas, como proclama el Misterio de la Santísima Trinidad. En la Biblia
leemos:

“Al principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y
el soplo de Dios aleteaba sobre las aguas” (Génesis 1, 1-2).

El Espíritu Santo es además, quien hace existir a Jesús en el seno de María, y desde el primer
instante de su concepción virginal, habita en él. Lo dijo claramente el ángel Gabriel en el episodio de
la Anunciación que relata san Lucas en su Evangelio:

«El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer
será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lucas 1, 35).

Los Evangelios nos cuentan que en muchas ocasiones Jesús habló a sus discípulos del Espíritu
Santo, y les anunció su venida como un gran suceso:

«El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, se los enseñará todo y les recordará todo
lo que yo les he dicho… Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad completa; pues
no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y les anunciará lo que ha de venir. él me dará gloria,
porque recibirá de lo mío y se los anunciará a ustedes… él dará testimonio de mí. Pero también ustedes
darán testimonio» (Juan 14, 26; 16, 13-14; 15, 26b.27).
Como lo prometió a sus discípulos, Jesús hizo a la Iglesia el don del Espíritu. En el momento de su
muerte, Jesús “entrega” su espíritu a Dios, y Dios lo comunica a la Iglesia. Este es el sentido de las
palabras del Evangelio de san Juan, al anunciar la muerte de Jesús: “Jesús dijo: ‘Todo está cumplido’.
E inclinando la cabeza entregó el espíritu” (Juan 19, 30).

Más adelante, en su primera aparición a los apóstoles, Jesús resucitado realiza un gesto que
confirma su entrega en la cruz:

“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas por miedo a los judíos,… se
presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘La paz sea con ustedes’… Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
‘Reciban el Espíritu Santo…’” (Juan 20, 19.22).

Esta efusión del Espíritu Santo se consumó el día de Pentecostés. El Espíritu Santo descendió
sobre ellos y les entregó sus dones; a partir de este momento la Iglesia crece y se desarrolla bajo
su protección y ayuda.

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un
ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces
vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos.
Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les
permitía expresarse”. (Hechos 2, 1-4)

A partir de este momento, el Espíritu Santo, espíritu de Jesús resucitado, vive en la Iglesia y en cada
uno de cuantos la formamos, iluminándonos con su luz, fortaleciéndonos con su fuerza, y
guiándonos como verdadero maestro del bien y la verdad.
EL ESPÍRITU SANTO Y SU ACCIÓN EN NOSOTROS

Como sucedió a los apóstoles, nosotros recibimos el Espíritu Santo por primera vez en el Bautismo,
y de una manera especial en la Confirmación, y nos hacemos templos suyos, como dice san Pablo.
El Espíritu Santo permanece en nosotros mientras estemos en gracia, es decir, mientras no
tengamos pecado grave.

Con su presencia, el Espíritu Santo nos comunica sus DONES y carismas, que nos permiten

participar activamente en la construcción de la Iglesia, familia de Dios. Estos dones del Espíritu
Santo son: sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad, y temor de Dios. Todos los
tenemos en mayor o menor grado, y podemos acrecentarlos pidiéndolos insistentemente en la
oración. Recordemos las palabras de Jesús en el Evangelio de san Lucas:

«Si, pues, ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el
Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lucas 11, 13).

Cuando nos hacemos conscientes de la presencia del Espíritu de Dios en nosotros, y lo dejamos
actuar como él sabe hacerlo, esa presencia suya produce una serie de FRUTOS que se manifiestan
claramente en nuestro modo de ser y de obrar, y los demás pueden percibirlos. Los frutos del

Espíritu Santo son: “Amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de
sí…” (Gálatas 5, 22).

El Espíritu Santo es el más grande regalo que Dios puede darnos, porque es él mismo, su presencia
viva y actuante en cada uno de nosotros, y en la Iglesia, su familia, comunidad de salvación y de
vida eterna.

El Espíritu Santo
nos recuerda las enseñanzas de Jesús y nos anima a ponerlas en práctica en nuestra vida
diaria; nos pone en íntima comunicación con Dios hacia quien deben tender todos nuestros
actos; nos ayuda a creer y a esperar, aún en los momentos más difíciles;
nos enseña amar y a perdonar de corazón, a tolerar y a comprender, a servir y a
compartir; pone en nuestra boca las palabras apropiadas para hablar de Dios a nuestros
hermanos; nos hace constructores de la paz en la justicia; nos llena de su bondad y de
su amor.

Esta acción del Espíritu Santo – en la Iglesia y en cada uno de nosotros – es tan determinante y
profunda, que san Pablo afirma: “Nadie puede decir ‘¡Jesús es Señor!’, si no es por influjo del Espíritu
Santo” (1 Corintios 12,3)

EL ESPíRITU SANTO NOS CONFIGURA COMO VERDADEROS

MISIONEROS DE JESÚS, CONSTRUCTORES DE SU REINO

El libro de los Hechos nos refiere, que después de su resurrección, Jesús, en su última aparición a
los discípulos, les dijo:

“Recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda
Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hechos 1, 8).

El día de Pentecostés se cumplió la promesa de Jesús. El Espíritu Santo descendió sobre los
apóstoles reunidos en el lugar donde se había realizado la Cena de Pascua, los llenó de su luz y de
su fuerza, y ellos, dejando a un lado el temor que antes los dominaba, se lanzaron a la gran aventura
de anunciar por todas partes, con sus palabras y con su vida, a su Maestro Resucitado. El mismo
libro de los Hechos nos narra, con lujo de detalles, los grandes prodigios que el Espíritu realizó en
ellos y por ellos, y cómo en poco tiempo, era ya numeroso el grupo de los que creían en Jesús y se
bautizaban en su nombre.

El Espíritu Santo, Espíritu de Jesús resucitado, hizo a los apóstoles y nos hace hoy a

nosotros, misioneros, es decir, mensajeros de Jesús, encargados de anunciarlo, de darlo a conocer,


de exponer su mensaje de amor, de justicia y de verdad, aquí y allá, y hasta los confines del mundo;
de hacerlo presente en el ambiente en el que cada uno de nosotros se desenvuelve.

Para realizar esta tarea, el Espíritu nos comunica sus dones y sus gracias, y hace de nosotros
hombres y mujeres nuevos, más fieles, más capaces, más generosos, más decididos, más
arriesgados… Hombres y mujeres con un solo objetivo, con una sola misión: gritar por todas partes,
con nuestras palabras y con nuestra vida,

que Dios es nuestro Padre, el Padre de todos los hombres y mujeres del mundo, sin distinción de
razas, ni de clases, ni de condición social; sin exclusión de edades, ni de culturas, ni de
costumbres;
que nos ama con un amor inmenso que lo supera todo, tanto, que nos dio a su Hijo Jesús
como Salvador, y que quiere que todos seamos felices y tengamos la Vida Eterna.

ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Espíritu Santo, Señor y dador de Vida, invádeme con tu presencia misteriosa que todo lo transforma y
enriquece, y comunícame tus dones y tus gracias, para que yo pueda ser lo que estoy llamado a ser.

Dame el don de Sabiduría que me permita penetrar y gustar, en la intimidad de mi corazón, todo lo que
viene de Dios.

Dame el don de Entendimiento que fortalezca mi fe y mi esperanza y me lleve a aceptar y creer, con todas
las fuerzas de mi alma, la verdad revelada por el Padre.
Dame el don de Ciencia que me ayude a descubrir tu presencia activa y constante en medio del mundo, sin
dejarme contaminar por el mal

Dame el don de Consejo que me haga sensible al bien y la bondad y me permita saber lo que debo hacer en
cada momento y en cada situación, y ayudar a otros en esta tarea.

Dame el don de Piedad que ilumine mi corazón y mi mente y me ayude a mantener buenas relaciones con
contigo y con mis hermanos.

Dame el don de Fortaleza que me haga capaz de actuar con valentía, sin temor a las consecuencias,
buscando siempre y en todo la Voluntad del Padre.

Dame el don de Temor de Dios que me permita amar tu Trinidad santa con todo el corazón, y me conduzca
por sus caminos, sin vacilaciones ni dudas.

Espíritu Santo, Fuente de la Verdad y del Amor, sana mi alma de todo sentimiento negativo que turba y
enceguece; que mi vida sea reflejo de tu luz y todas mis acciones hagan realidad en el mundo los frutos de tu
gracia. Amén.
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MATILDE EUGENIA PÉREZ TAMAYO


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