Elsa
Virginia Feinmann
El departamento donde vivimos tiene dos partes. Una es nuestra. Hay un living todo
encerado, pasillos con bibliotecas, la sala de juegos, los tres dormitorios. Mi hermana y yo
tenemos el baño rosado y mamá tiene un cuarto de baño, donde a veces jugamos a la
rayuela con las baldosas blancas y negras. Las patas de la bañadera son de león.
La otra parte también es nuestra, pero no nos importa. Muy pocas veces me meto ahí.
Está la cocina, el lavadero, un pasillo con ropa tendida y muy al fondo, la pieza de
servicio. Es angosta, sin ventanas. El bañito no tiene bañadera. Sólo un cuadrado en el
piso y una ducha.
Mi hermana y yo cenamos todas las noches en el living con mamá. Antes vemos los
dibujitos y nos cepillan el pelo con secador hasta dejarlo suave y esponjoso. Los
domingos, sobre esa mesa, hacemos los deberes de catecismo con la abuela.
La parte de adentro no me interesa hasta que llega Elsa. Mamá la contrata cuando
renuncia Dominga, que no nos puede seguir cuidando porque su hija tuvo un bebé. Tengo
diez años, casi once. No necesito que me cuiden. Yo misma, en poco tiempo, planeo tener
un bebé.
Mi hermana pidió uno de juguete para Navidad. Es de plástico duro y cuando lo da vuelta
llora. El llanto parece salir de la radio, o de un micrófono, parece el maullido que hacen los
gatos a la noche en el restaurante de enfrente, La Piu Bella. Vivimos en el último piso, en
el edificio más alto de la cuadra. Tenemos una terraza que nos pertenece. Yo salgo de
noche a mirar a los gatos que caminan por el techo de La Piu Bella. Son casi todos
negros. Curvan el lomo y erizan la cola, y a veces uno se sienta arriba de otro y se
mueven y hacen esos maullidos de llanto de bebé de plástico. Mamá me obliga a entrar.
Le pregunto por qué hacen esos ruidos y me dice que es para espantar a las ratas.
Cuando Dominga se va mi hermana llora. A mí me da un poco de pena nomás. Dominga
tenía la cara y los brazos gordos y era parecida a la abuela. Usaba anteojos gruesos, casi
no hablaba, cuando cepillaba el pelo a veces hacía doler.
Mamá recibe a Elsa por la entrada de servicio. Nosotras tratamos de mirar. Hay una
señora de pelo corto negro con un mechón blanco, de piel oscura y cara como los chinos.
Mamá le dice que no, que pensó que era ella, que por el nombre pensó en alguien más
grande. La señora insiste. Atrás se asoma una mujer que no se parece a nadie, ni a la
abuela ni a mamá ni a la señora china. Su cara no es redonda, es un triángulo perfecto,
tiene el pelo largo y ojos como los de Bambi, del color del chocolate que me gusta, uno
que en el papel dice “avellana”. Mamá dice que no se puede hacer responsable, pero
llegan a un arreglo, dicen “casa y comida”. La señora apoya el bolso que traía al lado de
Elsa y se va. Veo sus piernas, son como las de las chicas que juegan al tenis. Pasa una
por encima del bolso, lo agarra de un tirón y entra. Mamá la lleva directo hasta la pieza de
servicio. Le dice que hace una excepción, que no era lo que quería, que ni siquiera parece
los dieciséis años que tiene.
Las sigo por la parte de adentro de nuestro departamento. Elsa avanza rápido, delante de
mamá, como si conociera el camino. Paso entre la ropa tendida, no quiero dejar de mirar
ese brazo que sujeta el bolso, que aunque es de mujer tiene músculo, y es del color que
toma mamá después de pasar todo el verano en la playa. No quiero dejar de mirarle el
pelo,que la golpea a cada paso en la cintura, como si ella fuera el jinete y el corcel
encantado a la vez.
Llegan a la pieza de servicio y entra sólo Elsa. Nunca me había dado cuenta. No hay
espacio para dos personas ahí. Mamá se da vuelta y me acorrala en el pasillo para volver.
Paso por un costado, quiero mirar adentro de la pieza. Qué hacés, vení para acá, me dice
ella y yo rápido: quiero ir al baño. Acá no que está roto, me saca mamá y Elsa igual ya
había cerrado la puerta.
Esa noche cenamos huevos fritos. Los hace mamá y ya sabemos que es lo único que
sabe hacer. No comemos canelones ni niños envueltos como cuando estaba Dominga.
Nadie sirve la mesa. De la parte de adentro se escucha música. Mamá se levanta y cierra
todas las puertas que comunican con el interior. Le pregunto si no tendríamos que hacer
arreglar el bañito de servicio si está roto, y me dice que no, que está roto para nosotras,
pero que otras personas pueden usarlo igual. Cuando nos manda a dormir, una vez que
atravesamos el pasillo largo, nos lavamos los dientes en el baño rosado y cada una se fue
a su dormitorio, todavía escucho la música.
La primera tarde que mamá se va visito a Elsa. La parte de adentro tiene techo de plástico
transparente, el sol se concentra, la ropa se seca, larga vapor. Me saco el pulover. Hay un
hombre que canta, con una voz agitada, medio cantado, medio recitado “Amor, amor.
Amor, amor. ¡Te necesito! Quiero decirte tantas cosas que me confundo. Mira mis labios
cómo tiemblan por besarte. Mira mis brazos cómo quieren estrecharte”. Elsa sale. Tiene
shorcitos de jean y musculosa. Me impresionan mucho sus ojos del color del chocolate
ese.
–¿Qué hacés?
–Nada.
–¿Querés pegar conmigo?
Está el grabador plateado de donde sale la música, y una pila de casettes. Una cucheta
de metal azul, que son dos camas angostas, una arriba de la otra. Ella se trepa a la de
arriba. Llenó casi toda la pared con recortes de revistas, pegados con cinta scotch. Son
caras de personas que no conozco. Algunas en papel de diario a color, otras más
brillosas. Me pasa la tijera y me dice que vaya cortando pedacitos de cinta. Ella tiene un
montón de revistas del domingo, de donde elige. Claudio Levrino, me dice, mirá los ojos
que tiene. Es un señor de labios finitos, como pintados de rojo. Elsa le da un beso al
papel, se lo refriega contra la boca mmm mmmmmm y después me lo pasa.
–Ponelo allá, al lado de Susana Giménez.
Me agarran ganas de hacer pis.
–Ah, te ayudo –se baja de la cucheta de un salto–, porque está roto.
Entro en el cuadradito de servicio, hace calor, el pis no me sale. Siento como si me
hubiera quedado arriba y me duele. Elsa dice ¿estás bien?
Me vuelvo a subir la bombacha. Abro.
–Sí.
–Hay que tirar así, mirá.
Trepo a la tapa del inodoro para ver. No hay botón, sino un agujero en el cemento.
Adentro está lleno de agua, y hay un cañito de plástico, con un alambre, como un
anzuelo. Elsa y yo juntamos las cabezas para asomarnos. Ella me agarra la mano y entre
las dos agarramos el cañito, lo levantamos, sale toda el agua del depósito. Ahora viene lo
difícil, dice, hay que embocarla. Movemos el cañito. Para arriba, para abajo, para arriba,
como buscando algo. Ella se ríe. Tiene olor a chicle rico. De pronto se encaja ¡plop! Y el
agua deja de salir. Así se hacía.
La abrazo del cuello para que me baje.
Me quedo toda la tarde ahí, tratando de llenar las paredes de recortes y llegar hasta el
techo. Después de un rato, ya sé cómo se llaman casi todos los artistas de las fotos y
también me aprendí la letra de “Amor Amor”.
Es un casette amarillo con letras rojas y en la tapa dice “Los Galos”.
–¿Por qué tiembla así el hombre? –le pregunto a Elsa mientras trato de despegar la punta
del rollo de cinta scotch.
–Porque necesita a la mujer.
A la noche escucho los maullidos desde el techo de La Piu Bella. Tienen algo parecido a
esa canción. Se hace de día, los gatos ya duermen, y yo no dormí.
Elsa empieza a usar un uniforme azul con puntillas blancas. Le pido a mamá que me
compre uno pero no me lo compra. Esa tarde ponemos la novela de Alberto Migré. Mi
hermana se sienta en el piso, Elsa en el sillón, y yo me acuesto con la cabeza sobre sus
piernas mientras me acaricia el pelo. Estoy segura de que mi hermana no entiende la
novela, es demasiado chica. Sólo Elsa y yo la entendemos. Además yo ya conozco a
Claudio Levrino, que es el que maneja el colectivo. En la novela se llama Juan. Y Victoria
es rubia y de familia rica pero se hace pasar por mucama porque está enamorada de él.
Tiene un uniforme parecido al de Elsa que le queda hermoso. Juan se mete por la parte
de atrás de la casa y la descubre como millonaria. Ella se queda con los ojos muy
abiertos, la boca también, y ponen la música, “para vivir, hay que tener un gran amor, para
vivir”. Elsa clava las uñas en el sillón y yo grito. Mi hermana se va a la sala de juegos. No
puedo esperar hasta mañana, no puedo. Le pellizco fuerte la pierna a Elsa, le arrugo el
uniforme, agarro un almohadón del sillón y lo aprieto entre las piernas como si fuera un
subibaja, lo abrazo, como si fuera un caballo, como si fuera un gato, como si fueran Juan
y Victoria ¿qué vamos a hacer hasta mañana?
Se escucha la llave de mamá y Elsa salta del sillón, apaga la televisión un segundo antes
de que mamá atraviese la puerta del living.
Esa noche tampoco duermo. Ni mamá ni mi hermana dijeron nada, pero yo escucho
música en la pieza de servicio. Me levanto lento. Espero a que los ojos se me
acostumbren a la oscuridad. Empiezo a caminar por el pasillo. Piso la madera encerada
del living. No hago ruido. Abro la puerta que da a la cocina. Ahí hay baldosas frías. Me
apuro un poco más. Llego a la pieza, está oscura, no hay música. Golpeo. Elsa no
contesta. Entro. Se escucha su respiración, tranquila. No está en la cucheta de abajo.
Subo, tanteo, me meto. Tiene un camisón de pelusa muy suave, y el cuerpo hirviendo.
Siento todos sus huesos, es flaquita, igual que yo, con la piel tirante, y en la parte del
pecho se siente mucho calor. Apoyo mi cabeza ahí. Ella me acaricia, me da besos en el
pelo. Susana Giménez, Monzón, Olmedo, miro el techo mientras me quedo dormida por
primera vez en muchos días.
Los domingos Elsa tiene el día libre. Se saca el uniforme, se pone jeans y musculosa,
sale con el pelo mojado, como si fuera al Italpark. Va a volver recién el lunes. A casa viene
la abuela. Nos sentamos con ella en la mesa grande y respondemos las preguntas del
libro de la Nueva Alianza.
1. ¿Eres CRISTIANO?
–Sí, por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo.
2. ¿Quién es CRISTO?
–Dios y Hombre verdadero, hijo natural de Dios vivo.
3. ¿Cuál es la Insignia o Señal del CRISTIANO?
–La SANTA CRUZ.
4. ¿Por qué?
–Porque es figura de CRISTO CRUCIFICADO, por quien fuimos redimidos en ELLA.
5. ¿Cómo hacemos uso de ELLA?
–Signándonos y santigüándonos.
6. Muestra cómo se hace.
Mi hermana y yo hacemos la señal de la Santa Cruz.
7. ¿Cuándo hemos de hacer uso de ELLA?
R. Al comienzo de una obra buena, al salir a la calle, entrar en la iglesia, o en peligro de
pecar.
Duermo en la pieza de Elsa todas las noches. Ponemos “Los Galos”, apagamos el velador
y la abrazo fuerte. Otras veces salimos a la terraza. Con la poca luz que viene de la calle
alcanza para vernos. También alcanza para ver a los gatos en el techo de La Piu Bella,
sentados de a dos, uno arriba de otro, haciendo ese maullido. Elsa pone el despertador a
las siete. Cuando suena me levanto, cruzo el lavadero, la cocina, el living, el pasillo de la
biblioteca y me meto en mi cama. A los quince minutos nos viene a buscar para
desayunar, vestirnos e ir al colegio.
Una noche me cuenta algo. El domingo la siguió un hombre por la calle, con un auto,
despacito. Le hablaba desde ahí, con la ventanilla baja. Ella caminó contramano y lo
perdió, pero él se bajó y la siguió por la vereda. Le ofreció un cigarrillo. Ella lo aceptó,
aunque no sabía fumar. Él le dijo que se llamaba Marcos.
–¿Y qué más te dijo?
–Si quería ir a un albergue.
–¿Para qué?
No me contesta. No sé qué es un albergue, pero cuando me diga para qué me voy a dar
cuenta.
–¿Para qué quería?
Elsa se ríe.
–Para pasar un rato agradable.
Pienso que entendí, pero al mismo tiempo siento que no. La abrazo más.
Cada vez que vuelve de sus salidas me cuenta del hombre, de Marcos. Trae cigarrillos y
los fuma en la pieza. Me gusta el olor, y el gesto que hace cuando saca el humo por la
boca.
–¿Ya pasaste el rato agradable?
–No, solamente entré al auto.
En el auto él la besó como Juan a Victoria, como en la canción de Los Galos.
–¿Le temblaban los labios?
–No.
–¿Te estrechó?
–¿Qué? –Elsa se ríe, es más linda que Victoria aunque no sea rubia.
–No viste cómo dice la canción.
–No...
La estrecho para mostrarle, la estrecho fuerte, ella se ríe, me hace cosquillas, que salga,
que no la dejo respirar, la estrecho más todavía, le doy besos, amor amor te necesito, ella
se sube a la cucheta, yo también, decimos qué frío, qué frío, temblamos, nos tapamos,
juntamos las piernas, ella me frota la espalda, yo refriego la cara contra su camisón de
pelusa, ella me da besos en el pelo, me late el corazón, me dan muchas ganas de hacer
pis. Me lleva. Después quedo cansada, dormimos.
A la mañana me despierta mamá.
Cuando se asegura de que la reconozco sale. Se queda esperando con la puerta abierta y
la mano sobre el picaporte. Salgo. Caminamos por el pasillo hasta mi habitación. Me
pregunta qué hacía ahí. No le contesto. Me explica que esa no es nuestra parte de la
casa, que no corresponde, que la mire, que levante la cabeza. No la levanto. Le digo que
si no me deja dormir ahí me voy tirar de la terraza. Ella hace un chasquido con la lengua y
dice que no me quiere ver más por las dependencias de servicio, que duerma de una vez
por todas y que la próxima me encierra en la habitación con llave.
Esa noche los gatos se oyen más que nunca. Agarro la almohada, tengo frío y tengo calor,
la abrazo con las piernas, le doy besos, le pego, lloro.
Ahora es mamá la que nos trae el desayuno. Elsa se queda en la cocina y lo único que
escucho de ella son los platos que lava. Mi hermana anda de un lado para otro con ese
bebé de plástico. No podemos ver la novela. A la noche cenamos en silencio y mamá nos
manda a la cama. Abajo de mi almohada hay algo que cruje. Es un recorte de revista. Es
Claudio Levrino. Le doy un beso mmm. Siento ganas de hacer pis.
La abuela abre el armario y saca el libro de la Nueva Alianza y los cuadernos de
ejercicios. Leemos:
28. Narra el Divino Misterio de la ENCARNACION:
–Vino el Arcángel Gabriel a anunciar a nuestra señora que el verbo divino tomaría carne
en sus entrañas sin detrimento de su virginal pureza y el Espíritu Santo formó, de la
sangre purísima de la virgen, un cuerpo de niño perfectísimo y un alma nobilísima,
quedando sin dejar de ser Dios, hecho hombre verdadero.
Le digo que tengo que ir al baño, que voy al de servicio que está más cerca. Me apuro y
entro en la pieza. Despego un recorte de la pared. En letras azules dice “Gabriela Gili”. Es
Victoria, de la novela. Se la pongo abajo de la almohada a Elsa.
Vamos y volvemos del colegio en un micro naranja, sólo vemos a Elsa en el almuerzo y a
la hora de la cena. Trae la comida y a veces habla con mamá de las compras o de alguna
mancha en las cortinas o la alfombra y productos para sacarla. Mamá le dice que se
recoja el pelo cuando entra a la parte principal de la casa. Es larguísimo y le lleva tres
vueltas levantarlo. Que no te queden mechones, por favor, dice mamá, y Elsa se pasa la
mano por detrás de una oreja, y de la otra, y pareciera que me mira.
Finalmente tengo el plan. Voy a ir un rato por noche, sin quedarme a dormir. Voy a ir un
rato a escuchar música, a mirar las fotos del techo, y después me vuelvo. La primera
noche no me animo a salir de la habitación. La segunda llego hasta el living y no sigo. La
tercera golpeo despacio. Elsa me abre, me agarra la cabeza y se la pega al cuerpo. Subo
a la cucheta, ella también, enredamos las piernas, ya no hace frío, hace calor. Sí, hace
calor. Se saca el camisón de pelusa. Es distinta a mí. Así vas a ser, me dice. Cuando seas
grande. Me muestra. Se toca en la parte donde ella tiene redondo, marrón y duro, y yo
muy chiquito y rosado. De acá ¿ves? De acá comen los bebés. Quiero tener un bebé, le
digo, quiero tener un bebé de las dos. Tira la cabeza para atrás, se ríe, dice que no, que
yo todavía soy un bebé, que soy chiquita, me da besos en el pelo, me pone la cabeza
arriba de ella, ahí cerca de donde dijo que comen los bebés.No aguanto más las ganas de
hacer pis. Vamos al baño. Tiramos juntas del cañito. Me vuelvo a mi habitación.
Voy todas las noches para hacer lo mismo. Durante el día hago pis a cada rato. Cuando
estoy en el baño me siento en el bidet a mirarme. Ya hice y sigo teniendo ganas. Me late,
a veces me duele, creo que estoy lista para tener un bebé con Elsa.
Ese lunes tarda en llegar. Al mediodía no está y a la noche tampoco viene a servir la cena.
Mamá busca una tarjetita y llama por teléfono, pero no le contesta nadie. Espero a que
todas se duerman y atravieso el departamento. Ella está en la cucheta de abajo,
acurrucada.
–¿No dormís arriba? –digo como una tonta.
–Andate.
Me acerco.
–Andate –y como no me muevo, dice bajito: “pendeja de mierda”.
Me hierve la cara. Nunca nadie me dijo así. Le pido que por favor pongamos el casette de
Los Galos. Voy a ponerlo y me empuja, que no me acerque, que no la toque, que no se
quiere mover. Que ahora ella quizás va a tener un bebé, porque fue al albergue y pasó el
rato agradable. Es como los gatos, me dice, los del techo de La Piu Bella. Eso es lo que
están haciendo. Para tener un bebé hace falta un varón. Tienen un cañito como el del
baño. Tenés que moverlo igual, para arriba y para abajo, y después te lo meten adentro.
–¿Hace falta un varón?
–Sí, un varón, con un cañito, y te lo va a meter.
Entonces hago ruido. Tiro la pila de casettes, pateo el piso, golpeo la cucheta de metal
con la tijera de cortar cinta scotch. A los cinco minutos viene mamá y me saca de un
brazo. Me lleva a mi habitación y cierra con llave. Me alegro. En algún momento me voy a
tirar de la terraza, y prefiero que piense que fue por eso.