Guerriero Leila - Los Malditos

También podría gustarte

Está en la página 1de 393

 

LEILA GUERRIERO (ED)

Los malditos

 
ALAN PAULS | Jorge Baron Biza

ALEJANDRA COSTAMAGNA | Teresa Wilms Montt

DANIEL TITINGER | Martín Adán

ANDRÉS FELIPE SOLANO | Bernardo Arias Trujillo

ÓSCAR CONTARDO | Rodrigo Lira

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ | Porfirio Barba Jacob

EDMUNDO PAZ SOLDÁN | Jaime Saenz

GRAÇA RAMOS | Samuel Rawet

GABRIELA ALEMÁN | Pablo Palacio

RAFAEL LEMUS | Jorge Cuesta

JUAN JOSÉ BECERRA | Ignacio Anzoátegui

RAFAEL GUMUCIO | Calvert Casey

BORIS MUÑOZ | Rafael José Muñoz

ROBERTO MERINO | Joaquín Edwards Bello

MARCO AVILÉS | César Moro

MARIANA ENRÍQUEZ | Alejandra Pizarnik

ALBERTO FUGUET | Gustavo Escanlar


Agradecimientos

Gonzalo Celorio, Damián Tabarovsky, Albison Linares, Florencia


Garramuño, Rodrigo Fresán, Elvio Gandolfo, Hernán Carrera, Juan Lechín, Rafael
Ocío Cabrices, Camilo Jiménez, Giuseppe Caputo, Santiago Roncagliolo, Santiago
Rosero, Guillermo Altares. 
 

PRÓLOGO

Leila Guerriero

El mail decía así: “Aproveché para ir a Manizales, la ciudad donde murió


Arias Trujillo, y te cuento que, entre otras cosas, visité a una de sus sobrinas, una
mujer que guarda la mascarilla mortuoria de su extraño tío. La acariciaba como si
se tratara de un gato. Eso para decirte que la cosa va muy bien”. Iba firmado por
Andrés Felipe Solano, escritor y periodista que, por esos días, seguía las huellas de
su coterráneo, el colombiano Bernardo Arias Trujillo, escritor, diplomático amateur
y morfinómano profesional, muerto por sobredosis en 1938. En ese mismo
momento, en otras ciudades, otros periodistas y escritores revisaban
correspondencia, visitaban universidades, hablaban con viudas, novias, amigos,
psiquiatras y académicos para reconstruir la historia de diecisiete escritores de
once países latinoamericanos (Chile, Uruguay, Argentina, Colombia, Venezuela,
Perú, Bolivia, Ecuador, Brasil, Cuba y México), todos ellos atravesados por
diversas formas del padecimiento, todos ellos dueños de una obra proteica y
poderosa, todos ya muertos.

El resultado son los diecisiete perfiles que integran este libro, que existe
porque Matías Rivas, director de publicaciones de la Universidad Diego Portales,
tuvo la idea.

Un perfil. Un perfil no es un ensayo ni una crítica ni un análisis literario. Un


perfil es un perfil. Una mirada en primer plano sobre los trabajos y los días, los
maridos y los hijos, los tíos y las bibliotecas, los armarios, los libros, los poemas, los
viajes, los amantes, las manías, las píldoras, los electroshocks.
*

Todos los escritores cuyos perfiles integran este libro son latinoamericanos
(excepto dos, uno nacido en Estados Unidos y otro en Polonia, que desarrollaron
su obra en Latinoamérica); están muertos (no antes del siglo XX pero sí después:
uno se arrojó al vacío en 2001, otro murió por sobredosis en 2010); tienen una obra
contundente (que, en la mayoría de los casos, aunque con notorias excepciones,
está olvidada y/o es inconseguible), y padecieron diversos grados de desdicha y de
devastación, ya sea por ejercer el sexo a contrapelo en el momento y el lugar
equivocados, por escribir en contra (de su época, de su circunstancia, de su
entorno), por vivir en contra (de su época, de su circunstancia, de su entorno), por
haber enfermado cuando no había cura, por no tener amor ni patria ni padres ni
hermanos ni casa ni rumbo ni consuelo. Vivieron en un mundo que les resultaba
demasiado incomprensible o demasiado despreciable o demasiado hostil, y se
enfrentaron a él con hostilidad, con desprecio, con fragmentación, con fragilidad,
con espanto.

El chileno Joaquín Edwards Bello por el chileno Roberto Merino.

El argentino Jorge Baron Biza por el argentino Alan Pauls.

El uruguayo Gustavo Escanlar por el chileno Alberto Fuguet.

El ¿cubano? Nacido en Baltimore Calvert Casey por el chileno Rafael


Gumucio.

El colombiano Bernardo Arias Trujillo por el colombiano Andrés Felipe


Solano.

El venezolano Rafael José Muñoz por el venezolano –que es, además, su


hijo– Boris Muñoz.

La chilena Teresa Wilms Montt por la chilena Alejandra Costamagna.

El chileno Rodrigo Lira por el chileno Óscar Contardo.


El peruano Martín Adán por el peruano Daniel Titinger.

El boliviano Jaime Saenz por el boliviano Edmundo Paz Soldán.

El ecuatoriano Pablo Palacio por la ecuatoriana Gabriela Alemán.

El ¿brasileño? Nacido en Polonia Samuel Rawet por la brasileña Graça


Ramos.

El argentino Ignacio Anzoátegui por el argentino Juan José Becerra.

El colombiano Porfirio Barba Jacob por el colombiano Juan Gabriel Vásquez.

El peruano César Moro por el peruano Marco Avilés.

La argentina Alejandra Pizarnik por la argentina Mariana Enríquez.

El mexicano Jorge Cuesta por el mexicano Rafael Lemus.

Esos son: los escritores; quienes los escriben.

El ensayista mexicano Gabriel Zaid publicó, en 2006, en la revista


colombiana El Malpensante, un artículo llamado “Periodismo cultural”. Allí se
preguntaba: “¿De qué debería informar el periodismo cultural? Lo dijo Ezra
Pound: la noticia está en el poema, en lo que sucede en el poema (...) Pero informar
sobre este acontecer requiere un reportero capaz de entender lo que sucede en un
poema, en un cuadro, en una sonata; de igual manera que informar sobre un acto
político requiere un reportero capaz de entender el juego político: qué está
pasando, qué sentido tiene, a qué juegan Fulano y Mengano, por qué hacen esto y
no aquello. Los mejores periódicos tienen reporteros y analistas capaces de relatar
y analizar estos acontecimientos, situándolos en su contexto político, legal,
histórico.

Pero sus periodistas culturales no informan sobre lo que dijo el piano


maravillosamente (o no) (...) Informan sobre los calcetines del pianista”.

Si, en efecto, todo buen periodista debería ser alguien capaz de entender lo
que dice el piano, maravillosamente o no, debería ser, sobre todo, alguien capaz de
entender cuándo es hora de abrir el cuadro e informar, también, sobre los
calcetines del pianista. Durante semanas, o meses, Merino, Fuguet, Costamagna,
Pauls, Solano, Muñoz, Titinger, Paz Soldán, Alemán, Ramos, Becerra, Vásquez,
Avilés, Enríquez, Contardo, Gumucio y Lemus leyeron, entrevistaron, hurgaron,
caminaron, preguntaron, fueron a ver. El resultado es este libro sobre lo que dice el
piano pero, también, sobre los calcetines del pianista. Porque los hechos son fáciles:
lo difícil es entender cómo llegaron las personas hasta allí.

Jorge Baron Biza descuartizando libros de su biblioteca para regalar sus


partes favoritas a parientes y amigos; Joaquín Edwards Bello refugiándose en un
prostíbulo después de la publicación de su novela; Jorge Cuesta visitando a un
médico y exponiéndole su teoría de que una degeneración de la próstata lo arrastra
inevitablemente a la androginia; Calvert Casey dejando de lado su educación
racional y neoyorquina para participar de ritos de la santería cubana; Rodrigo Lira
pidiendo la mano de las hijas solteras de Parra, Donoso, Edwards: Colombina
Parra, 12 años, Pilar Donoso, 16, Pilar Edwards, 15; Alejandra Pizarnik sentándose
en las rodillas de un amigo gay, queriendo tener sexo, enojándose cuando él sólo
puede aplacarla con caricias; César Moro, usualmente discreto, comportándose
como una bailarina de cabaret durante una entrevista de trabajo con el funcionario
de una empresa telefónica; Porfirio Barba Jacob fumando marihuana por las calles
de la ciudad de México, hablando a gritos de “el día en que maté a mi padre”;
Ignacio Anzoátegui diciéndole a una jueza que “la justicia no puede emanar de
una mujer”; Samuel Rawet entrando al Hotel Nacional de Brasilia con una jaula de
pájaros sin pájaro en la que promete encerrar “a todos los corruptos” y a “las ratas
judías”; Pablo Palacio transformándose en personaje cruel, capaz de jugar una
broma atroz a unos amigos cuyo padre ha muerto; Jaime Saenz robando de la
morgue el pie de un cadáver y llevándolo con él a todas partes; Martín Adán
recluyéndose por propia voluntad, a los 27 años, en un psiquiátrico de Lima;
Rafael José Muñoz resistiendo a la tortura en una cárcel de Venezuela gracias a los
poderes mentales que está convencido de poseer; Bernardo Arias Trujillo buscando
sustancias y grumetes por las calles de Buenos Aires y redactando más tarde, como
juez, sentencias en contra del consumo de drogas; Teresa Wilms Montt casándose a
los 17, sin el consentimiento de sus padres y, poco después, tratando a su marido
de “canalla”, “indigno cobarde” y “puerco”; Gustavo Escanlar haciendo las veces
de testigo –no oficial– del casamiento de un serial killer uruguayo.
Hechos, hechos, hechos: los hechos son fáciles. Lo difícil es entender.

“–En sus últimos años ella estaba muy interesada por la obscenidad, me
costaba seguirla. Siempre llamaba de madrugada, pero llegó un momento en que
se volvió demasiado demandante y podía ser agotadora”, le dijo el escritor
argentino Edgardo Cozarinsky a Mariana Enríquez, recordando a Alejandra
Pizarnik.

“Un día me lo encontré en Lima tirado en el suelo, hecho una mierda en la


calle, y lo levanté. Él me miró y me dijo ‘¡Suéltame, soy Martín Adán!’, así con su
voz ronca y fuerte. ‘No, le dije, yo soy Carlos Miguel de la Fuente Gálvez y tú eres
mi tío querido Rafael de la Fuente Benavides’. Entonces me miró, se sacudió y me
dijo ‘Vete, yo soy Martín Adán’. Supongo que me reconoció, pero él cuando
chupaba se ponía horrible. Pero era Martín Adán, pues, un genio carajo” le dijo
Cocoy, sobrino de Martín Adán, a Daniel Titinger, recordando a su tío.

“(...) para ese cumpleaños Rodrigo vendió la bombona de gas de su casa


para poder hacerme un regalo.

–¿Qué te regaló?

–Los Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, de Nicanor Parra”, le dijo la


chilena Alicia Oportot a Óscar Contardo, recordando a su compañero de estudios
Rodrigo Lira.

“Saenz era un ermitaño, pero eso no lo hacía antisocial y, de hecho, era muy
alegre, sociable, lleno de chistes, ceremonias y supersticiones (...) Para García
Pabón, era ‘carismático, generoso, jodido, insoportable’. (...) Podía ser un
energúmeno si las cosas no salían como quería, pero tenía una risotada franca y
ayudaba a los jóvenes con sus primeros libros”, escribe Edmundo Paz Soldán sobre
Jaime Saenz.

“Hasta ese momento había funcionado como un reloj la máxima que afirma
que la marca de una inteligencia superior es poder mantener dos ideas opuestas en
la cabeza sin dejar de funcionar. La inteligencia de Palacio podía reconocer que no
había salida posible y aun así intentar cambiar el mundo. Su militancia y su
escritura, pues, no se contradecían. Pero, por esos años, algo cambió y la vida
comenzó a presentarse como un continuo proceso de pérdidas y
resquebrajamientos. Quizás fue entonces cuando supo que había contraído sífilis,
una enfermedad que en ese momento sólo podía tratarse con mercurio. Ninguna
opción era alentadora: para curarse tendría que envenenarse con el remedio y, si la
cura no surtía efecto, esperar un deterioro general”, escribe Gabriela Alemán sobre
Pablo Palacio.

Los hechos son fáciles. Lo difícil es entender la minucia: las inevitables


contradicciones que hacen que nadie sea, del todo, un demonio o un ángel
encendido.

Y antes y durante y después: la obra.

Jorge Baron Biza escribiendo una novela única y fulgurante que se lo tragó
vivo; Teresa Wilms Montt escribiendo libros de un lirismo oscuro que la crítica
saludó de pie; Gustavo Escanlar escribiendo una obra tan explícita como
insoportablemente autobiográfica que la crítica aún no saluda; Bernardo Arias
Trujillo escribiendo una novela cuya importancia se comparó con la de La vorágine
y que lo hizo famoso a los 33 años; Rafael José Muñoz escribiendo poemas que son
objeto de culto en Venezuela; Calvert Casey que fue, según Guillermo Cabrera
Infante, “el escritor ideal para una época ideal –mientras duraron ambas”; Rodrigo
Lira, que no publicó un solo libro en vida, que aun así despertó el interés de
Enrique Lihn y de Nicanor Parra, y cuya devoción se replica como si se tratara de
una estrella de rock; Martín Adán, a quien Allen Ginsberg escribía cartas en las que
decía “Quiero leer tus más sucios garabatos secretos, tu Esperanza, / en su más
obscena Magnificencia” y cuya obra, casi toda inédita, se guarda en un sótano de la
Universidad Católica de Lima; Pablo Palacio, que publicó artículos y libros que
dividieron las furias en el Ecuador de los años ’30; Joaquín Edwards Bello, cronista
chileno de éxito en su época y con lectores fieles hasta el día de hoy; Jaime Saenz,
de quien se dice que es el escritor boliviano más grande del siglo XX; Alejandra
Pizarnik, poeta de admiración, estudio y consumo en varios países a la redonda;
Jorge Cuesta, figura mítica de la literatura y la crítica mexicanas; Samuel Rawet,
que contribuyó a la construcción de Brasilia (era ingeniero) y escribió ensayos,
novelas y cuentos recibidos con elogios por la crítica y con indiferencia por los
lectores; Ignacio Anzoátegui, de una incorrección ideológica difícil de tragar,
admirado por intelectuales cuyas convicciones están en sus antípodas; Porfirio
Barba Jacob, dueño de la que fue, según Alfonso Reyes, “la mejor prosa
periodística en lengua castellana”; César Moro, de quien se dice que fue, junto a
César Vallejo, el poeta peruano más importante del siglo pasado pero cuyos libros
no se consiguen en ninguna parte.

Antes, después, ahora: la obra.

A veces, reconstruir la historia de un hombre o una mujer muertos es entrar


en un palacio en ruinas en el que todavía zozobran angustiosamente los ecos de los
valses viejos. Alejandra Costamagna llegó hasta la casona donde había vivido la
familia Wilms Montt, en la calle Viana 301, de Viña del Mar, y se topó con un
cartel: “Casa vacía: se robaron hasta las cañerías de cobre e instalación eléctrica. No
insista”. Andrés Felipe Solano peregrinó hasta el barrio de Hoyo Frío, en
Manizales, Colombia, buscando la casa en la que murió Bernardo Arias Trujillo, y
la encontró transformada en la Comunidad Terapéutica El Edén. El peruano Marco
Avilés entró al cuarto del barrio de Barranco, en Lima, donde vivió César Moro, y
encontró una “habitación de techos altos y llena de cachivaches” de cuyas paredes,
alguna vez cubiertas por las ilustraciones del poeta, colgaban “toallas y un afiche
de vinil donde nadan peces gordos”. El argentino Juan José Becerra buscó la casa
de Ignacio Anzoátegui en Buenos Aires y encontró “un edificio de seis pisos donde
se ignora olímpicamente la estela que ha dejado mi personaje”. Rafael Lemus fue
tras los pasos de Jorge Cuesta, en México, y se encontró con nada: “La Escuela de
Ciencias Químicas en el pueblo de Tacuba, entonces fuera de la ciudad: cercada y
abandonada, devorada por el centro. El edificio de Tampico 8, colonia Roma,
donde vivió con Lupe Marín y al que más tarde se mudaron Diego Rivera y Frida
Kahlo: un anodino loft contemporáneo, pretendidamente ligero, con un consultorio
dental (‘Smile Center!’) detrás de los vidrios de la planta baja. (…) El manicomio
donde padeció su primer encierro: derrumbado, ahora un deportivo y un
supermercado”.

Otras veces, reconstruir la historia de un hombre o una mujer muertos es


abrir cofres donde no siempre hay lo que se espera. La madre de Rodrigo Lira le
contó a Óscar Contardo que sólo cuando supo que poetas como Nicanor Parra o
Enrique Lihn mostraban interés por su obra, entendió que lo que su hijo escribía
“no eran puras leseras”. “No se puede soslayar el carácter mercenario de (Porfirio)
Barba Jacob, cómo alquilaba su pluma a ciertos poderosos, cómo acomodaba sus
ideas al molde que mejor las horneara. En ese ejercicio lamentable cortejó
dictadores, se hizo el cegatón ante muchas realidades, apacentó su rebeldía”, le
dijo el poeta Juan Manuel Roca a Juan Gabriel Vásquez.

Otras veces, reconstruir la historia de un hombre o una mujer muertos es un


ejercicio de pura tristeza. Roberto Merino, al recordar la relación gélida de Joaquín
Edwards Bello con dos hijos de su primer matrimonio, reproduce la carta que
envió uno de ellos: “Querido papá: he venido innumerables veces a verte. Quería
decirte lo contento que estaba con el abrigo y que la camisa me quedaba muy bien.
Ayer vine de nuevo y mientras te esperaba en la esquina tú pasaste y entraste a la
casa. Golpeé yo y no abriste.

¿Por qué, papá? ¿Estás enojado conmigo? (...) Te ruego me llames, yo iré a
verte y espero encontrarte. Créeme sinceramente que te quiero”. Alan Pauls, al
narrar el momento en que las colaboraciones de Jorge Baron Biza en el periódico La
Voz del Interior se vieron casi interrumpidas debido a la crisis económica, dice: “Es
un golpe duro para Baron Biza: económico (porque su confusa pero modesta
economía parece depender de la relación con el diario), pero también social (el
contacto que mantenía con el círculo de periodistas amigos se vuelve más
intermitente) y sobre todo anímico (está cada vez más fuera de lugar, más
desamparado). (...) Como le escribe a Juan Carlos González, editor de la sección
Cultura: “Mi agenda me dice que [el día en que iba al diario] es el día de la semana
en que estoy seguro que almuerzo (...) Y que mis notas serán publicadas y que
pagaré el alquiler a fin de mes. Y que si tengo algún lector atento, podrá entender
algo de lo que escribo”. “(...) Más de una vez, en medio de la tarde, suena el
teléfono de la sección y atienden y reconocen su voz, que vacila del otro lado, hasta
que se disculpa y dice haberse equivocado de número al marcar y se despide.
Recién cuando sea demasiado tarde sabrán hasta qué punto mentía”.

Como si la onda expansiva del daño siguiera produciendo círculos en las


aguas del presente, la reticencia de algunos entrevistados terminó siendo parte
troncal de las historias. A Juan José Becerra le costó acceder a los familiares
directos de Ignacio Anzoátegui. Un día consiguió cita con una de sus hijas,
Josefina, pero, aunque Becerra tocó el timbre veinte veces en la dirección
convenida para el encuentro, la mujer no lo atendió. Alberto Fuguet, que viajó a
Montevideo tras los pasos del cuerpo más tibio de este libro, Gustavo Escanlar, que
murió en noviembre de 2010, se topó con un inesperado universo endogámico en
el que casi nadie –amigos, editores, parientes, novias– estaba dispuesto a aparecer
dando su nombre. Otras veces no hubo reticencias, sino asombro: “¿Sabe hace
cuánto no oía el nombre de Bernardo Arias Trujillo? –le preguntó a Andrés Felipe
Solano un hombre de 91 años llamado Otto Morales Benítez, ex ministro
colombiano–. Yo creo que hace unos treinta, cuarenta años”. Otras, ni reticencia ni
asombro, sino pura pena: “Él tenía tanto valor. Todavía siento una profunda
tristeza cuando pienso en él” le dijo a Graça Ramos la hermana del brasileño
Samuel Rawet, muerto veintisiete años atrás, mientras acariciaba una carpeta de
plástico con las últimas pertenencias de su hermano: “La última goma, la lapicera,
el documento de identidad, el certificado de defunción”.

Como si la onda expansiva del daño siguiera produciendo círculos.

El periodista venezolano Boris Muñoz cuenta la vida y la muerte de su


padre, José Rafael Muñoz, y escribe cosas como esta: “A los períodos de sobriedad
y lucidez los seguían inevitables crisis alcohólicas (...) Había días en los que salía a
la calle sobrio y, un par de horas más tarde, un taxi lo dejaba en la puerta del
edificio hecho un guiñapo. (...) Vivíamos en un primer piso, de modo que yo
miraba todo escondido tras la ventana, con un escalofrío de vergüenza que venía
acompañado por el deseo malsano de que el hombre tirado en el suelo no fuera mi
padre. (...) Sin embargo, como no había nadie más en casa, bajaba a recogerlo y lo
ayudaba a acostarse en el sofá”.

El escritor chileno Alberto Fuguet cuenta la vida y la muerte del uruguayo


Gustavo Escanlar, con quien intercambió correspondencia y a quien vio, al menos,
dos veces, y escribe cosas como esta: “Fui tras un escritor y volví salpicado de
sangre, con la historia de un hombre ciego por los focos, el maquillaje pastoso, la
droga dura, la orina propia, la farándula mal iluminada y berreta, el cotilleo, el
morbo, y con la sensación de que un huracán había azotado a la gente que lo había
conocido, que parecía estar recuperándose de un mal que los había cambiado para
siempre”.

El escritor chileno Roberto Merino cuenta la vida y la muerte del chileno


Joaquín Edwards Bello, de quien su abuelo era amigo, y escribe cosas como esta:
“Recuerdo bien la mañana de febrero del ’68 en que Edwards Bello se suicidó de
un balazo. La noticia la dieron en la radio de la cocina. Yo tenía siete años y fue la
primera vez que escuché su nombre. Como mi abuelo había sido su amigo, o más
bien su contertulio, mi mamá exclamó: ‘¡Oh, tu Tata se va a morir!’. Entonces me
subí a un monopatín y me fui a la parte de delante de la casa gritando: ‘¡Se suicidó
Joaquín Edwards Bello!’. Mi abuelo no dijo nada, simplemente me miró serio con
una expresión de ausencia”.

El malditismo es, quizás, una categoría difusa y evasiva pero, en todo caso,
no está reservada para siglos viejos: no es una categoría en extinción.

La forma de su muerte no los une.

Están la horrible muerte de Jorge Cuesta que, emasculado por su propia


mano, se ahorcó en la celda de un neuropsiquiátrico de México en 1942; la oscura
muerte de Rodrigo Lira, que se cortó todo lo que pudo cortarse en la bañera de su
departamento de Santiago en 1981; la literaria muerte de Alejandra Pizarnik, que
escribió la frase “no quiero ir nada más que hasta el fondo” y tomó pastillas en su
departamento de Buenos Aires en 1972; la suave muerte de Calvert Casey, que
despachó un frasco de barbitúricos en una habitación de Roma en 1968; la muerte
casi genética de Jorge Baron Biza, que se arrojó de un piso doce desde un edificio
de la ciudad de Córdoba en 2001; la muerte anunciada de Gustavo Escanlar, que
murió en un hospital de Montevideo en 2010; la muerte por morfina de Bernardo
Arias Trujillo en una casa de Manizales en 1938; la muerte por veronal de Teresa
Wilms Montt en una habitación de París en 1921; la muerte por disparo de Joaquín
Edwards Bello en su casa de Santiago en 1968. Pero también la muerte de César
Moro en una cama del Instituto del Cáncer de Lima en 1956; la muerte por
tuberculosis de Porfirio Barba Jacob en su departamento de la ciudad de México en
1942; la muerte por paro cardíaco de Samuel Rawet en su casa de Brasilia en 1984;
la muerte por parálisis estomacal de Pablo Palacio en el Hospital General de
Guayaquil en 1947; la muerte a bordo de siete enfermedades distintas de Jaime
Saenz en un departamento de La Paz en 1986; la muerte por problemas renales de
Martín Adán en el hospital limeño Santo Toribio de Mogrovejo en 1985; la muerte
“ahogado por el agua acumulada en sus pulmones, luchando por liberarse de una
camisa de fuerza” de Rafael José Muñoz en el Hospital Clínico Universitario de
Caracas en 1981; la muerte, al borde del despedazamiento por mutilación
sanitarista, de Ignacio Anzoátegui en un hospital de Buenos Aires en 1978.
La forma de la muerte no los une.

Con los cerebros revueltos por las convulsiones del electroshock, los estados
alterados por la pena, el alcohol o la morfina, perseguidores de patrias que no
encontraron nunca, extraviados en el amor, perdidos en el sexo, transidos por el
abandono: la forma de la muerte no los une. La muerte es sólo el puerto al que
llegaron todos.

Los une, a veces, esa materia que se llama olvido, esa cosa esquiva que se
llama genio, y una forma, muy humana, del desasosiego, de la insatisfacción y de
la rabia.
 

ALAN PAULS

JORGE BARON BIZA , EL HOMBRE DEL SUBSUELO

A LOS VEINTE AÑOS, Jorge Baron Biza vive en Buenos Aires, en un


departamento con las paredes pintadas de negro. Mantiene las persianas bajas, las
ventanas cerradas y las cortinas –mórbidas, pesadas como telones de teatro–
siempre corridas. Es su cueva. Nada anuncia todavía la hinchazón, la línea de los
huesos borrada ni los boquetes de amnesia que el alcohol habrá dejado en él quince
años más tarde, pero lleva ya dos emborrachándose con regularidad. Toma lo que
encuentra: cognac, whisky, licores baratos, hasta alcohol de quemar, pero sobre
todo ginebra, cuyas botellas amontona bajo la cama a medida que las liquida.
Beber es el sello de un programa de spleen que también incluye putas, los últimos
cuartetos de Beethoven y meter de vez en cuando la cabeza en el horno. Es cierto
que corre 1962, y que el existencialismo –sobre todo en la versión prêt-à-porter que
pone de moda la bohemia de Buenos Aires– está a la orden del día. Pero el
ensimismamiento tenebroso en el que está enrolado Baron Biza viene de más lejos,
o quizá de más cerca. Es un decadentismo heredado, de segunda mano, que acaso
ya fuera viejo y no tuviera lugar en el mundo cuando el que lo sobreactuaba no era
él sino su padre, Raúl Barón Biza: dandy, escritor de panfletos pornográficos,
rentista millonario, conspirador.

Los primeros años son de un cosmopolitismo gitano, a la vez desvalido y


chic: Córdoba, Friburgo, Buenos Aires, Montevideo; cubiertas de barco, colegios
alemanes, gobernantas polacas de un metro ochenta y dos que hablan cuatro
idiomas. El gran mundo en el que Jorge Baron Biza chapotea desde que nace, en
1942, ya está cortado por una dosis venenosa de aprietos y necesidad. El destino
mundano del señorito se confunde con el desbande desesperado del fugitivo.
Aunque los financie, la fortuna familiar no explica esos vagabundeos
internacionales. Si los Barón Biza no paran de viajar es porque se dejan arrebatar
por dos pasiones irresistibles. Una es la pasión del desastre sentimental. Raúl
Barón Biza es un “distinguido caballero de la sociedad cordobesa”; Clotilde
Sabattini, la hija de Amadeo Sabattini, caudillo radical y gobernador de Córdoba.
Ya son medio prófugos cuando se casan en Toledo, un pueblito de Canelones,
Uruguay, en 1936: Sabattini padre no aprueba del todo el romance. Barón Biza es
viudo y tiene treinta y seis años; Clotilde, diecisiete. La primera separación
sobreviene a los noventa días de estar juntos. Dedican las casi tres décadas que
viven legalmente casados a hacerse la vida imposible: idolatrarse, celarse, iniciarse
juicios de divorcio. La segunda pasión es la política. Raúl –yrigoyenista furioso– es
un radical revolucionario que ya ha conocido la cárcel y el exilio; Clotilde, una
intelectual sabattinista convencida (que en 1958 llegaría a presidente del Consejo
Nacional de Educación). Y “radicales”, a fines de los años ’40, quiere decir
antiperonistas. Jorge Baron Biza tiene cuatro años cuando vive en Suiza, arrastrado
por un primer exilio político, ocho cuando aterriza con sus dos hermanos en la
cárcel de mujeres del Buen Pastor, adonde el régimen de Perón confina a su madre
–presidenta del Congreso Nacional de la Mujer Radical– en 1950, y nueve cuando
la familia entera se asila en Montevideo.

Es asmático, desde muy chico. El inhalador es una prótesis vital, a la vez


una necesidad y un signo, como los smokings de su padre que a los treinta años
insiste en ponerse y más tarde, a los cincuenta y cinco, como el bastón, que sirve
para apuntalarlo al caminar pero denota al mismo tiempo una distinción de clase
que se pierde (y que él nunca lució). A mediados de los ’90, cuando enseña en la
Universidad de Córdoba, Fernanda Juárez, una joven que más tarde será su
asistente, irrumpe en su clase (no lo conoce todavía) y lo sorprende de pie junto al
pizarrón, hablando a través de un pañuelo de seda verde –el mismo con el que
suele protegerse el cuello– que le tapa la boca y la mitad de la nariz y tiene atado
en la nuca, al estilo far west. “Discúlpenme”, se explica, “soy asmático: el polvo de
la tiza y los borradores me hacen muy mal”. Juárez lo llama el Llanero Solitario.

El coup de théâtre es impactante aunque tal vez algo tardío. ¿Por qué no se le
ocurre treinta años antes, cuando viaja a Córdoba para cumplir la última voluntad
de su padre? Llega al campo de mañana, contempla el olivar que su padre plantó
otros treinta años atrás –muy cerca del monumento altísimo, con forma de ala,
donde enterró a su primera mujer, Myriam Stefford, una actriz austríaca con
veleidades de aviadora–, elige el árbol más hermoso o más digno y destapa la
urna. Cuando derrama las cenizas al pie del árbol, una ráfaga de viento se levanta.
La escena, de pronto, se mueve en cámara lenta: parte de las cenizas se esparce en
la tierra; la otra parte, como animada por una fuerza espectral, rencorosa y ávida,
le azota la cara y se le mete entre la ropa, en el pelo, en la boca, “haciéndome toser
cada vez más fuerte a medida que las partículas impalpables descendían por mis
pulmones”.

No encaja, nunca encajó, no encajará nunca. Nace en Buenos Aires pero todo
lo empuja a Córdoba, de donde son sus antepasados. No tiene ni tendrá jamás
acento alguno. Lo identifican con una clase que su padre ya había traicionado o
pervertido. Basta que pronuncie su apellido para que le atribuyan una fortuna de
la que, en rigor, cuando él está en edad de gastarla, ya queda muy poco. (Su padre
la ha derrochado en buena vida, excentricidades, monumentos funerarios,
asonadas políticas). Uno de sus primeros artículos, publicado en 1971 en la revista
dominical del diario Clarín, es un retrato de Isidoro Cañones, un personaje de
historieta que caricaturiza a los bon vivants que viven tirando manteca al techo en la
noche de Buenos Aires. El texto, que descifra al héroe cómico en clave trágica, bien
puede leerse como un autorretrato: “Con un pie en las ‘buenas familias’, sus
penurias económicas lo llevan a frecuentes incursiones por la trastienda de la
sociedad (...) Lo enrolaron en una clase que no disculpa el menor desfallecimiento
económico. (...) La burguesía menor o el proletariado no lo aceptarían pues
únicamente conciben y desean el ascenso social. Le queda el lumpen, suma de
seres desarraigados que no hacen cuestiones de principios. Pero no es una
categoría que haga felices a sus integrantes”.

Pasa la mayor parte de su vida en Buenos Aires, donde sobrevive gracias a


empleos precarios, austeros, en ese limbo minado de ansiedad que son los sótanos
del mundo editorial y el periodismo free lance. En 1993, después de sufrir una de
sus muchas crisis nerviosas, toca fondo y vuelve a Córdoba, que es como volver a
un nido siniestro, abrigado pero sofocante, endogámico, donde se agazapan las
fuerzas de las que siempre ha querido escapar. Un lugar habitado por la familia
(como se dice de una casa habitada por fantasmas). Nunca termina de insertarse.
Es el anacronismo encarnado: cuando escribe usa palabras como “hombrachones”,
“moraba”, “ambulando”; tiene problemas con la velocidad, las computadoras, las
reglas de juego de la actualidad periodística.

Wikipedia lo saca de quicio. Atormenta a sus sobrinos con un reto ritual:


¿quién encontrará la información más rápido? ¿Él, que la busca en la Enciclopedia
Británica, o ellos, rastreándola en internet?

Pero esa compulsión a la asincronía no es el goce que fue para su padre. Es


un calvario, el principio activo de una extenuación. En 1998, hablando de su padre
en un programa de televisión, Jorge Baron Biza evoca “el apego un poco ingenuo
[que tenía] por el margen, el alcohol. Creía que en el fondo de la copa había algo.
Jugó mucho a esas apuestas, y yo, por lo que sé, creo que en el margen no se
encuentra nada”. El pudor (que vela detrás de ese “por lo que sé” su feroz
prontuario alcohólico), la indolencia y una dificultad incurable para abrirse paso
en un mundo ajeno parecen ser el capital que le lega la clase a la que nunca
perteneció.

Su vida es un caso dramático de portación de apellido, una lucha incesante


con y por el nombre. Lo inscriben en el registro civil como Jorge Barón Biza, pero
cada vez que sus padres se separan, “la conciencia feminista de mi madre exigía
que se me agregase el Sabattini de su familia”. Su nombre profesional –con el que
figura en los planteles de las editoriales donde trabaja y las revistas donde escribe–
es Jorge Baron (sin acento en la o), el mismo que usa para firmar las tarjetas
postales, las cartas (que escribe a menudo en el dorso de fotocopias), las esquelas
con que suele reemplazar al teléfono y que llena con frases de gratitud, sentencias
ominosas (“Nacer: primero y más terrible de los desastres”), citas de Auden.
Recién recupera su nombre civil en 1987, trabajando en La revista, un house organ de
la “alta sociedad” que prefigura el kitsch de Hola y en cuyas fotos suele aparecer
sonriendo de costado, como un impostor o un doble agente, sentado de black tie
entre filántropas y damas de caridad, comiendo con empresarios y marchands,
siempre con un anotador y un lápiz en la mano. La idea es de Rubén Tizziani, su
jefe: hubiera sido una estupidez imperdonable desaprovechar el perfume
aristocrático que irradia el Baron Biza.
Ése es finalmente el que queda impreso cuando le llega el momento de
hacerse un nombre, y un nombre de autor. Así –“Jorge Baron Biza”– firma la novela
con la que desembarca a los cincuenta y seis años en la literatura. Lo único que
distingue su apellido del de su padre es la falta del acento. Pero el problema está
lejos de resolverse. En la última página, casi cayéndose del libro, después de
enumerar con escrúpulo las fuentes a las que recurrió para escribirlo, alguien que
firma “JBB” reconoce que su “nombre actual” es Jorge Barón Sabattini, y confiesa
que no sabe “si ‘Jorge Barón Biza’ debe ser considerado mi otro apellido, mi
patronímico, mi seudónimo, mi nombre profesional, o un desafío”.

Durante ocho largos años (1972-1980) trabaja en los bastidores de la


industria editorial de Buenos Aires: colecciones de fascículos, enciclopedias, libros,
guías. Es (sucesiva y, a veces, simultáneamente) corrector, redactor, editor,
coordinador editorial, traductor, supervisor, compilador. Cualquier función es
buena si le permite ser imperceptible. Como los aprendices de esclavos de Robert
Walser, sólo parece tener un afán: vivir en segundo plano, ser un fantasma (fue de
hecho ghost writer) o nadie. Sólo hay dos criaturas que tuvieron el derecho de ser
Alguien, y esas dos criaturas han muerto. Su curriculum es un rosario de puestos
de segunda línea, que él desempeña de manera irreprochable. Puede revisar veinte
veces un artículo que no leerá nadie. Se toma seis meses para traducir un relato de
veinticuatro páginas de Proust. Atraviesa su peor época de alcohólico y a menudo
vuelve de almorzar tambaleándose, envuelto en una nube de vino, pero cuando
corrige no perdona una errata.

No quiere ser invisible para burlar la ley sino para honrarla, imponerla,
ejecutarla al extremo. En Baron Biza, el anonimato no hace juego con la
transgresión sino con el culto de una promiscuidad reservada, sin épica ni glamour,
en la que sabe que puede perderse por completo. El alcohol, Baron Biza no lo busca
en el mundo nocturno y espectacular donde lo dilapidó su padre. Lo busca solo, en
sus departamentos-cueva, o en el subsuelo, junto a desconocidos, en los bares de
parado del pasaje que corre bajo la avenida 9 de Julio, justo debajo del Obelisco,
dos galerías sórdidas, malsanas, donde siempre es de noche y que de algún modo
le pertenecen. Tiene a su nombre acciones de la galería por valor de doscientos mil
pesos, un botín que su padre –que gana la licitación para explotarlas en 1960,
cuando se hacían llamar Grandes Galerías– le lega diez días antes de matarse.
*

Escribe un libro único, en todos los sentidos de la palabra. Un libro que sólo
él podía escribir, un libro fuera de serie, un libro que hace lo que él nunca pudo
hacer: inventarse un lugar en el mundo. Es una novela, se llama
(momentáneamente) Leyes de un silencio y ya está escrita y terminada en 1995,
cuando Baron Biza tiene más de cincuenta años. Ya vive en Córdoba, lejos del
cuartel general de decisiones que es Buenos Aires, de donde se ha llevado unos
pocos trofeos: un hígado exhausto, el recuerdo de las sesiones de terapia
electroconvulsiva –cuerpos sacudiéndose uno tras otro en camas vecinas, los
delantales blancos de los médicos acercándose a la suya– y cierta experiencia en un
mercado periodístico ruin pero versátil, donde gacetas barriales coexisten con
boletines de tarjetas de crédito y revistas soft porno disfrazadas de satíricas. Y muy
pocos contactos, por no decir ninguno, en el mundo literario. Se pasa dos años
repartiendo capítulos del manuscrito entre sus pocos amigos, algún familiar
confiable (Marcelo Scelso, su primo, que también escribe), escritores locales
(Antonio Oviedo), compañeros de La Voz del Interior, el diario para el que colabora
desde 1995. Con sus conocidos de Buenos Aires tiene una actitud precavida, de
una modestia sospechosa. Al ensayista Christian Ferrer, que lo contacta interesado
en escribir sobre su padre, le manda una copia anillada y le advierte que la novela
le parecerá “convencional”. Con Gastón Gallo (responsable de Simurg, una joven
editorial especializada en escritores excéntricos u olvidados de la literatura
argentina) reemplaza “convencional” por “costumbrista”, un estigma más a tono
con la imagen de provinciano primerizo que el mismo Baron Biza tiene de sí y que
le adjudica por anticipado a su interlocutor.

Las principales editoriales con sede en Buenos Aires la rechazan, a veces


incluso sin leerla. En 1997 la manda al premio Planeta, pero ni siquiera figura en la
nómina de los diez finalistas. Ya no quedan muchas opciones, y Baron Biza se
resiste a la que elige la mayoría de sus colegas cordobeses una vez que han
golpeado todas las puertas: publicarla en un sello local. Un mes después la registra
en Buenos Aires con un título nuevo: El desierto y su semilla. Pagada de su propio
bolsillo –una modalidad nada infrecuente por entonces en la edición
independiente–, la novela sale en 1998 bajo el sello Simurg, con un falso
Arcimboldo en la portada. El texto de la solapa es uno de los coming outs más
crudos que se recuerden en la literatura argentina y es del mismo Baron Biza: “Una
gran corriente de consuelos afluyó hacia mí cuando se produjo el primer suicidio
en la familia. Cuando se desencadenó el segundo, la corriente se convirtió en un
océano vacilante y sin horizontes. Después del tercero, las personas corren a cerrar
la ventana cada vez que entro en una habitación que está a más de tres pisos. En
secuencias como ésta quedó atrapada mi soledad. Por lo demás, nací en 1942, me
formé en colegios, bares, redacciones, manicomios y museos de Buenos Aires,
Friburgo del Sarine, Rosario, Villa María, La Falda, Montevideo, Milán y Nueva
York. Leí Mann, traduje Proust. Viví treinta años de mi trabajo como corrector,
negro, periodista (desde publicaciones de sanatorios psiquiátricos hasta revistas de
alta sociedad) y crítico de arte”.

Cien veces más brutal que su solapa, El desierto y su semilla se despliega


entera en esa tensión perversa entre nombre propio y nombre del padre, relato del
yo y novela familiar, vida personal y archivo mítico de los progenitores. Un gag de
comedia negra y Baron Biza despacha la usanza suicida de los Barón Biza-
Sabattini: Raúl se pega un tiro en 1964; Clotilde se defenestra en 1978; la hermana
menor, María Cristina, azafata, se mata con una sobredosis de barbitúricos en 1988.
Ahí está la tragedia familiar. La tragedia particular de Jorge debe rastrearse más
bien en ese “por lo demás” que articula las dos partes del texto de solapa, bisagra
irónica e inconsolable que pone en evidencia hasta qué punto la vida del autor,
para el autor mismo, no es mucho más que un despojo, el excedente de una
experiencia protagonizada por los que le dieron la vida. El desierto y su semilla es la
autobiografía de un sobreviviente: alguien para quien la vida verdadera sólo
puede enunciarse en pasado porque ya ha sido vivida, diseñada, escrita por otros,
y la vida propia sólo es concebible como vida de segunda, adjunta, accesoria. La de
Baron Biza es la tragedia radical del sobreviviente: no poder vivir sino como
parásito, condenado a alimentarse de aquello a lo que sobrevivió.

La novela empieza in medias res, con la violencia intempestiva de un


Scorsese doméstico: un chorro de ácido estragando el rostro de una mujer de
cuarenta y siete años: “La cara ingenuamente sensual de Eligia empezó a
despedirse de sus formas y colores. Por debajo de los rasgos se generaba una
nueva sustancia: no una cara sin sexo, como hubiera querido Arón, sino una nueva
realidad, apartada del mandato de parecerse a una cara”. La escena es real, aparece
documentada en los anales policiales y es el hit macabro alrededor del cual orbita
la leyenda Barón Biza. Para restituir su verdad histórica basta con reemplazar los
nombres de la ficción por los del registro civil, como en un roman-à-clef. Arón, el
hombre que vacía el vaso de vitriolo en la cara de su mujer, es Raúl Barón Biza;
Eligia es Clotilde, rebautizada según “Ligeia”, el clásico romántico-freak de Poe;
Mario Gageac, la primera persona que describe las mutaciones de la carne materna
con asombro, con maravillada curiosidad, menos como un damnificado indirecto
que como un testigo privilegiado, es el hijo: Jorge.

Asistir al nacimiento de la desfiguración es una de las revanchas de la


ficción, porque Jorge no estuvo en el departamento de Esmeralda al 1200 –pleno
centro de Buenos Aires– donde treinta años antes, el 16 de agosto de 1964, ante un
par de abogados estupefactos, su padre remata con la famosa bofetada de vitriolo
la reunión que definiría los términos de su divorcio con su madre. Vive en el
mismo edificio pero en otra ala, en su cueva de paredes negras y aire viciado, y
acude y acompaña a su madre en el viaje al hospital: “Mientras la llevábamos del
departamento de Arón al hospital –en el coche de uno de los abogados (...)– se
quitaba las ropas quemantes, empapadas. Los reflejos de las luces de neón del
centro de la ciudad pasaban fugaces por su cuerpo. Al irrumpir en la calle de los
cines, el semáforo nos detuvo, en tanto que una multitud zángana se paseaba
indiferente a nuestros bocinazos. Algunos seres erráticos atisbaban hacia el interior
del auto, sin entender si se trataba de algo erótico o funesto. Las luces titilantes y
escurridizas echaban acordes fríos sobre los cromados del auto y el cuerpo de
Eligia”. Y es en el hospital donde un diario de la época sorprende al hijo: “Camina
nervioso, sin detenerse casi nunca, un muchacho de 20 años, uno de los tres hijos
de este matrimonio deshecho con rara violencia. Con la barba crecida y los ojos
desorbitados, trata de comprender algo en ese drama absurdo que ha caído como
un martillazo sobre la vida de su familia”. (La prensa amarilla es menos cruel con
Jorge que su padre, que diez días antes de la reunión, después de reprocharle a
Clotilde que pretenda “robarle sus hijos”, le pide en una carta que deje afuera a
Jorge de la discusión sobre la separación de bienes: “¿Qué puede saber ese
muchacho de 22 años, enfermo y amargado, de lo que hay que hacer o no?”). La
agresión contra Clotilde es sólo el primer acto de la catástrofe. Esa misma noche,
Raúl Barón Biza vuelve al departamento de Esmeralda a matarse. Prueba con
estricnina, pero toma una dosis demasiado alta y la vomita. Después se pega un
tiro con un 38 largo.

Treinta y cinco páginas después, la crónica de sangre termina y empiezan los


avatares de la posteridad filial. Jorge Baron Biza resume en un par de líneas el
destino de sus hermanos (Carlos, el mayor, queda a cargo de la diezmada fortuna
paterna, buena parte de la cual pagará los tratamientos de Clotilde; María Cristina,
la menor, permanece en Córdoba, donde ya vivía con su madre) y dedica las
siguientes doscientas treinta a medirse con la parte del legado que le toca: su
madre. Ése es su destino: ser la sombra, el testigo, el exégeta, el crítico de ese work
in progress que es la carne de su madre. Está a su lado, la acompaña a Milán (donde
se somete a un complejo programa de reconstrucción facial que dura veinte meses),
la asiste con médicos y enfermeras, le lee en voz alta, pero sobre todo la escruta y la
describe, como si fuera menos un hijo que un retratista adicto, encarnizado,
demencial, que pinta las metamorfosis del rostro materno con los idiomas de la
crítica de arte (“Como las zonas de color se escondían en las cavernas que abrían
los médicos, estudiaba de cerca los abismos de las mejillas para observar su
evolución y desear que de esas pinceladas rebrotase la armonía”) o la geología
(“Una rigidez general invadió la cara de Eligia; las protuberancias se estabilizaron
en una superficie lunar inexpresiva”).

Todo lo que cae fuera de esa misión es patético y se lee en el registro de una
memoir lúcida y desolada. Su tema: el devenir lumpen de un caballero contrahecho,
que parodia su don de lenguas reivindicando el cocoliche. Bebe sin parar, callejea
como un mendigo, entra en contacto con una serie de mujeres pagas (azafatas,
enfermeras, una prostituta italiana cuyo rostro termina tajeando con una navaja),
hace de extra en un par de sórdidas ceremonias sexuales, oficia de guía para una
pareja de viejos viajeros americanos que lo mantienen. El narrador pormenoriza la
decadencia pero jamás la exalta. La degradación nunca es una causa (nada más
alejado de Baron Biza que un militante): es el colmo de los efectos. De ahí que lo
que brilla por su ausencia en la novela sea la satisfacción. Empezando por el sexo,
nunca nada se consuma del todo en El desierto y su semilla. Todo está frenado,
reprimido, pospuesto, incluso abortado por un déficit esencial: la imposibilidad de
desear.

La recepción crítica de El desierto y su semilla es unánime: el libro es notable;


los escritores celebran su anomalía, su singularidad, su estilo inclasificable. “Una
de las mejores novelas publicadas en los últimos años”, dice el suplemento
“Cultura y Nación” de Clarín, que le dedica una página entera. “radarlibros”, el
suplemento literario del diario Página/12, lo elige libro del año. Poco a poco, de la
mano de la autoficción, el libro se abre paso en el mundo académico (donde hará
carrera una vez que su autor haya muerto). Nada mal para la primera novela de un
escritor tardío, publicada en un sello más bien minoritario que agota dos ediciones
(unos tres mil ejemplares) en unos pocos años. Pero la reacción de Baron Biza es
ambigua: se siente halagado por el consenso crítico, aunque deplora que las
lecturas se dejen seducir por el factor autobiográfico. Es evidente que esperaba
algo más que prestigio. “Estoy tan apartado allá en Córdoba...”, dice en 1999 en
una entrevista con la revista Página/30: “Muchos medios todavía no reseñaron El
desierto y su semilla. No me ha llegado el éxito y estoy tan pobre como antes”.

¿Qué clase de respuesta habría hecho justicia a la excentricidad de la novela?


Quizá Baron Biza soñara con que El desierto y su semilla emularía ciertos
acontecimientos mediático-literarios típicos de los años ’60: primeros libros
extraños, idiosincráticos, tironeados entre el autodidactismo y la erudición, la
sofisticación salvaje y el escándalo, que surgían de la nada, seducían a la crítica y
los medios y vendían sorprendentemente bien (Nanina de Germán García, por
ejemplo, o La traición de Rita Hayworth de Puig). Por lo demás, El desierto y su semilla
excede largamente (si no lo desmiente del todo) el proyecto original de su autor:
“espantar fantasmas girando con lupa y escalpelo en torno de viejos episodios”. La
novela es en sí misma un objeto trágico. Es la novela de un don nadie que busca
hacerse escritor exhumando un material –la ruina real de su familia– que,
precisamente porque es real, está llamado a borrar todo espesor literario.

El libro no fue la salvación que Baron Biza esperaba. Funcionó más bien al
revés, reabriendo llagas. Lo enemistó con su hermano Carlos (que había intentado
disuadirlo, amenazando incluso con cortarle la mensualidad que le pasaba en caso
de publicarlo), reflotó en la opinión pública las truculencias del pasado familiar y
exasperó la sensación de aislamiento que Baron Biza experimentaba. Córdoba no
está a la altura de sus ambiciones literarias, aunque le proporciona el amparo de la
pequeña red familiar Sabattini (su primo Marcelo, su prima Claudia –gran amor
platónico–, su tía María Luisa, una de las dedicatarias de El desierto y su semilla, que
le sale de garante cada vez que alquila un departamento), escapes esporádicos a La
Falda (donde se ve con un misterioso grupo de amigos de juventud que en
Córdoba nadie conoce) y la vida social que le ofrecen sus compañeros de La Voz del
Interior, para el que escribe crónicas urbanas y reseñas de muestras de artes
plásticas. Dos años y medio de trabajo en la Universidad de Córdoba, como
profesor en la cátedra “Movimientos estéticos de la Argentina”, le dejan un sabor
agridulce: la frustración, por un lado, de no haber podido conseguir un puesto
efectivo (no tiene título universitario), algo a lo que aspira al menos para tener un
seguro médico estable; por otro, cierto prestigio entre los estudiantes, sobre todo
los que están dispuestos a leer sus gestos anacrónicos (una de sus clases, “La loca
no se rinde”, postula la lírica como la única fuerza que ni el mercado, ni la
tecnología, ni la racionalidad instrumental son capaces de asimilar) como
posiciones de resistencia poética; Fernanda Juárez, por ejemplo, que firmará con
Baron Biza muchos de los artículos de arte que publica La Voz del Interior.

Pero la paga es miserable (ciento cuarenta pesos por las crónicas urbanas,
setenta por las notas de arte –por entonces ciento cuarenta y setenta dólares
respectivamente–, sumas que Baron Biza, además, reparte en partes iguales con
Juárez y Rosa Halac, sus dos asistentes), y lo que gana con las notas que envía a
Buenos Aires (Arte al día, “radarlibros”, la página de arte de La Nación) apenas
maquilla su situación. Todo es frágil y provisorio y cuelga de hilos que se
deshilachan. Cada tanto desaparece de golpe, sin aviso, durante dos o tres
semanas. En La Voz del Interior ya no se alarman: saben que “se tomó unas
vacaciones”, como llama Baron Biza a la decisión de internarse cada vez que “se
desordena” y no puede con su propio pellejo.

Toma su última vacación en marzo de 1999, poco después de una mudanza.


Creyendo huir del ruido, Baron Biza ha dejado el departamento que ocupaba cerca
del parque Sarmiento (el edificio es tranquilo, pero el piso demasiado bajo) y
alquilado otro en la calle Obispo Trejo, un piso doce, externo, muy luminoso, en un
edificio flamante de ladrillo a la vista y prominentes balcones curvos de cemento.
Pero la maniobra no resulta: Obispo Trejo es una calle infernal, y de noche el
estrépito le impide pegar un ojo. Semanas después, al borde de una nueva
depresión, Baron Biza se interna en la clínica de siempre, el Instituto Bermann,
cuya directora Silvia Bermann, vieja amiga de los Sabattini, es la otra dedicataria
de El desierto y su semilla. Desde ahí hace llamar a Fernanda Juárez. Le pide que le
lleve algo de fruta y que no se olvide el borrador de la nota en la que estaban
trabajando. “Lo vi flaco, como con veinte kilos menos. Y muy triste. Nunca lo había
visto tan triste”, escribe Juárez en “La visita”, uno de los textos inéditos en los que
evoca la figura de su maestro. El primero de abril, Baron Biza le envía una esquela
escrita en el dorso de una reproducción de Fader:

Muy estimada Fernanda:Quiero dejarle testimonio del aprecio que siento por
usted, por su carácter trabajador y animoso. En estos días incómodos para mí –creí
solucionar un problema y me metí en otros– usted (¿vos?) has sido una ayuda
insustituible y no puedo menos que expresarle la gran amistad que siento a pesar
de las décadas que nos separan. Estoy solo y mi proyecto de “cueva” ha salido mal.
En estas circunstancias azarosas usted se ha portado como una amiga de verdad.
Merece toda la felicidad del mundo, y la conseguirá.Jorge.*

Atesorar, desprenderse: va y viene entre esos dos reflejos. Guarda intactas


durante años las cosas de su padre que su madre conservó intactas, durante años,
en el departamento de Esmeralda donde tuvieron lugar el ataque con ácido y los
dos suicidios. De golpe, sin embargo, se pone a regalar todo: trajes, zapatos,
pañuelos de seda cruda, toallones del padre; carteras, abrigos, joyas de la madre.
(Más tarde repartirá a diestra y siniestra, como si fueran estampitas religiosas, las
fotos del sillón quemado por el vitriolo, y donará papeles, fotos, documentos y
cartas originales de su padre a quienes se interesen por su obra.) Melómano
empedernido, tiene una formidable colección de discos (que a menudo le piden en
préstamo los programas de música clásica más informados de Radio Nacional),
pero a la primera de cambio no vacila en distribuir entre los amigos sus fetiches
más valiosos.

Regala sobre todo libros. Como vive siempre en departamentos de un


ambiente, “no puedo darme el lujo de tener una biblioteca de tamaño regular”.
Raúl Santana, poeta y crítico de arte, visita la famosa biblioteca laqueada del padre
y, cediendo a su insistencia, se lleva los tres tomos de la segunda edición de las
Memorias del general Paz. A Fernanda Juárez le regala su ejemplar de Viaje al fondo
de la noche de Céline. A su primo Marcelo, la Retórica de la ficción de Booth. A Carlos
Schilling, de La Voz del Interior, su edición Folio de Rojo y negro usada, releída hasta
el cansancio, con un profuso aparato crítico anotado a mano en los márgenes.

Arranca las partes que prefiere de los libros y las reparte entre destinatarios
cuidadosamente elegidos. Cada vez que visita a su primo en el campo, saca de un
viejo portafolios que lleva en bandolera libros que ha desmembrado ad hoc y cuyos
restos regala a sus sobrinos. Partes enteras de su propia biblioteca están
compuestas sólo de libros mutilados. Siente una sola nostalgia: la biblioteca de su
madre en Buenos Aires. Apenas mudado al departamento de Obispo Trejo, llama a
Fernanda Juárez y le pide que vaya a verlo. Al llegar, afuera, junto a la puerta,
Juárez encuentra los cincuenta y dos tomos apilados de la Enciclopedia Británica.
Son para ella. A Rosita Halac (con quien acaba de publicar Los cordobeses en el fin del
milenio, una selección de los artículos que escribieron a dos manos para La Voz del
Interior) le tocan dos alfombras.

*
Jorge Baron Biza escribe El desierto y su semilla durante la primera mitad de
la década del ’90, pero el presente desde el que su narrador reconstruye la historia
es el presente inmediatamente posterior al suicidio de la madre: enero de 1979.
Mario Gageac vuelve al departamento de Esmeralda (“donde vivieron Arón y
Eligia pero no Arón con Eligia”) y descubre que se ha convertido en algo más que
una tumba. Ahora es un museo familiar. Muerto Arón, sus despojos fueron
conservados por Eligia. Muerta Eligia, todo –las reliquias paternas y maternas:
trajes gangsteriles, aguas de colonia, una máquina de afeitar con barbas de la
última afeitada, camisas amarillentas de cuello y puños duros que “ya eran un
anacronismo en los sesenta”, tailleurs, blusas severas, cremas para la piel, los
maquillajes que Eligia usaba para disimular los injertos– pasa a manos de Mario.
Encuentra también unas botellas abiertas del licor barato que Eligia usaba para
preparar postres y otra, casi terminada, del whisky escocés que tomaba su padre.
Decide que no vale la pena mudarlas y se las bebe. En un momento sale al balcón,
se asoma al jardín donde cayó su madre. “Una cadena parece tironear de mí hacia
el vacío”, escribe. Pero se le ocurre pensar que ni su madre ni su padre “parecían
libres después de sus suicidios” y renuncia a la tentación, y se deja invadir en el
acto por “una sensación rica de posibilidades”.

Las condenas que Gageac sufre en el cuerpo a los treinta y seis años son las
mismas que afligen a Baron Biza luego de publicar la novela, camino a los sesenta.
Al asma y los trastornos glandulares derivados del alcohol se han agregado
vómitos frecuentes, un sobrepeso que lo complica al caminar y una sensación
general de vulnerabilidad que arrastra desde 1999, cuando poco después de
mudarse a Obispo Trejo resbala en la calle y se rompe el brazo derecho. Por lo
demás, está más solo que nunca. Se ha separado de Marta Terrera, su última novia
(una de las pocas estables que se le conocen), y cada vez que vuelve a su
ensordecedor piso doce maldice el día en que decidió mudarse.

En 2001, con la peor crisis de la historia argentina moderna en el horizonte,


La Voz del Interior, que acaba de pasar a manos del grupo Clarín, recorta
drásticamente sus presupuestos. El plantel de colaboradores es el primero en sufrir
las consecuencias: menos dinero, menos encargos de trabajo. Es un golpe duro
para Baron Biza: económico (porque su confusa pero modesta economía parece
depender de la relación con el diario), pero también social (el contacto que
mantenía con el círculo de periodistas amigos se vuelve más intermitente) y sobre
todo anímico (está cada vez más fuera de lugar, más desamparado). Además de
una fuente de trabajo, La Voz del Interior funcionaba como un marco benéfico, un
hábitat, una promesa. Como le escribe a Juan Carlos González, editor de la sección
Cultura: “Mi agenda me dice que [el día en que iba al diario] es el día de la semana
en que estoy seguro que almuerzo... Y que mis notas serán publicadas y que
pagaré el alquiler a fin de mes. Y que si tengo algún lector atento, podrá entender
algo de lo que escribo”. Ya no tiene mucho que hacer. “Tenía mucho tiempo y lo
había leído todo”, dice Carlos Schilling. “Más de una vez, en medio de la tarde,
suena el teléfono de la sección y atienden y reconocen su voz, que vacila del otro
lado, hasta que se disculpa y dice haberse equivocado de número al marcar y se
despide. Recién cuando sea demasiado tarde sabrán hasta qué punto mentía”.

El 2 de septiembre de 2001 aparecen sus dos últimas notas. Publica en


“radarlibros” “La cárcel del lenguaje” y en La Voz del Interior “El canto de la lejana
libertad”, una crónica donde lee los graffiti carcelarios como una “literatura del
límite” y reivindica el derecho de las víctimas (los presos) de conservar “ese rincón
al que no ha llegado nadie”, ese “misterio” que quizá lo “explicaría todo” y donde
“residen el amor y su redención”. El texto es un modelo de la prosa periodística de
Baron Biza: está escrito en presente, y su autor sólo condesciende al juicio o la
interpretación cuando su arte máximo –una combinación maniática de descripción
y encuadre– alcanza el límite crítico en que debe convertirse en otra cosa: “En las
enormes superficies sin color, o de colores tan desvalorizados que ya no se
distingue el pardo del gris, el rojo parece tener una fuerza especial, un tono escaso
pero intenso en la cromática de la cárcel. Aparece como un campanazo, pero
significa sentimientos distintos en cada caso: Dios, la mujer y el infierno. ‘Alégrate,
Jesús no desprecia a nadie’; ‘Sole, te dejaré de amar el día que un pintor logre
dibujar el sonido de una lágrima al caer. Pino’. Todo lo importante, lo subrayado,
va en rojo intenso. Todo en rojo”.

El 6 llama a Rosita Halac para avisarle que piensa mudarse de nuevo, esta
vez a un departamento que le ofrece su tía María Luisa.

En la madrugada del domingo 9 se tira al vacío desde el balcón de su


departamento de Obispo Trejo. Su cuerpo, interceptado por el balcón del segundo
piso, no llega hasta la calle. Los dos mil pesos que ha dejado sobre su escritorio son
–presumiblemente– para no incomodar a los deudos con los costos de su decisión.

*
Dejó una novela inédita, La mujer en lo alto. Contra la tesis que él mismo
había hecho circular (“Escribí El desierto y su semilla para sacarme de encima a mi
padre”), el libro sugiere desde el título algo que ya estaba presente en El desierto,
aunque escamoteado de algún modo por el encarnizamiento con que se lo exhibía:
hasta qué punto la Madre estaba tan encumbrada como el Padre en su panteón
atormentado y en qué medida esa idolatría filial oscilaba siempre entre el culto
estetizante y la obscenidad de la profanación. La historia transcurre en 1956,
cuando el narrador tiene catorce años y viaja al norte argentino con un grupo de
amigos –todos porteños, todos de clase acomodada– y una misión a la vez
hormonal y política: perder la virginidad con una “cabecita negra”, emblema de
esas clases populares del interior que el peronismo envalentonó a bajar a la capital,
y a lavarse “las patas en las fuentes”, y que la revolución militar que derroca a
Perón en el ’55 ha obligado a replegarse.

Lo único que se conoce de la novela, publicado de manera póstuma en el


blog killerjuanita, es un fragmento epistolar desconcertante (“Carta al pito”),
pariente fallido de los streams of consciousness retro de Manuel Puig, donde el
narrador se queja ante su sexo de las incomodidades que le hace pasar cada vez
que entra en erección: “Los calores que ahora me mandás son excesivos,
demasiado rígidos y demasiado tenaces. Subís y te enganchás en el elástico del
suspensor y no te tranquilizás aunque haya gente cerca, ¡profesores! Yo soy un
chico serio. ¿Qué hago con ese globo de carne caliente que no me deja en paz y que
se infla hasta cuando estudio física, que no sé nada y tengo parcial y no quiero
llevármela porque no y porque soy el primero de la clase?”. Baron Biza soñaba con
escribir una ficción “pura”, capaz de darle la espalda al archivo familiar, pero el
material, una vez más, es autobiográfico: el escritor habría hecho su debut sexual
en el norte, siendo un adolescente, mientras acompañaba a su madre en una de sus
giras oficiales como presidenta del Consejo Nacional de Educación.

Baron Biza trabajó en La mujer en lo alto después de publicar El desierto y su


semilla, pero la novela era anterior y en 1998 ya estaba terminada. Todo hace pensar
que volvió a ella menos por un interés literario genuino que por necesidad, para
conjurar el vacío que adivinaba al acecho detrás de su debut. Un año antes de
suicidarse llegó a enviársela por correo a su editor, Gastón Gallo, pero unas
semanas después lo llamó por teléfono para pedirle que no la leyera. La había
revisado y no estaba del todo satisfecho. Había decidido reescribirla. En un par de
meses le haría llegar la versión corregida, definitiva. Gallo colgó y, sin siquiera
abrirlo, tiró el manuscrito anillado a la basura. La versión prometida nunca llegó.
De haber llegado, ¿habría cambiado algo? Probablemente no. Lo único que
habría podido salvar a Baron Biza es la indiferencia, esa facultad extraña,
paradojal, que no puede evitar envidiar cuando escribe sobre Lepré, el héroe
masculino de El indiferente, el relato temprano de Proust –otro asmático– que Baron
Biza traduce y epiloga en 1987 para la editorial Rosenberg-Rita de Buenos Aires.

Hay mucho de Baron Biza en Lepré, o es mucho lo que Baron Biza lee de sí
en ese Bartleby del erotismo que es Lepré: la “osada precisión”, una “fina
amabilidad”, el gusto por los modales y la corrección formal, cierto culto de la
distancia y el pudor físicos, la asocialidad, el vicio incondicional de las putas, que
le viene del padre y lo resguarda de las amenazas del orden femenino general
(empezando por las de Magdalena de Gouvres, la mujer que intenta en vano
seducirlo a lo largo del relato). Pero si Lepré leído por Baron Biza no es un
minusválido ni un prodigio mezquino sino un héroe, el artífice de una hazaña
incomparable, es porque ha logrado aniquilar lo que aniquila a Baron Biza: la
angustia. Y el arma con que la ha aniquilado es la indiferencia, eso que para el
escritor es lo imposible por excelencia. La pasión de Baron Biza es la carne; y la
carne, como escribe en El desierto y su semilla, “no es indiferente”.

Baron Biza no se mata por el peso de una genética suicida, ni por fidelidad a
la tradición familiar, ni por las penurias económicas que –como el caballero
anacrónico que era– compartía con los hombres y escondía a las mujeres. Se mata
por agotamiento: porque su cuerpo no da más. Como escribe el poeta cordobés
Silvio Mattoni: “¿Quién afrontaría los traumas de la vejez, el asedio de la pobreza, la
decadencia de la memoria, cuando un solo paso lo libera de golpe?”. Aunque quizá
también se mate porque entiende algo insoportable: hasta qué punto ese libro
único que escribió, y que lo hizo un escritor, abole en él la posibilidad de escribir
cualquier otra cosa. Único, en ese sentido, no quiere decir sino letal. La novela lo
funda como escritor al mismo tiempo que lo aniquila, lo pone a brillar pero lo
consume entero, y para siempre, en el trance mismo en que deslumbra. Más que
una operación de conjura, El desierto y su semilla es una condena. El maldito aquí no
es Baron Biza (cuya existencia invisible es el reflejo invertido de la del padre) sino
su libro, que es extraordinario y se cierra sobre su autor como una trampa. El caso
de Jorge Baron Biza dramatiza la lógica mortífera de lo autobiográfico: no puede
escribir sino aquello que lo niega como sujeto; quiere liberarse, “cambiar de tema”,
ser alguien de una vez por todas, pero para eso deberá renunciar a escribir; pero
escribir (“ser sólo un texto”, como el mismo Baron Biza escribe en El desierto y su
semilla) es su única posibilidad de ser... En ese sentido, ¿quién sabe si la decisión
límite de quitarse la vida no equivale a quitársela a los que se la dieron, es decir: a
reapropiársela?
Hay muchas cosas excepcionales –es decir: irreproducibles– en la novela de
Baron Biza. La más espeluznante, la que corta literalmente el aliento, es el modo a
la vez crudo y elaborado, brutal y tortuoso, en que en sus páginas se intersectan
vida y literatura, dos órdenes acostumbrados por lo general al premio consuelo de
acompañarse, reflejarse, ser uno la metáfora o la versión falaz del otro. Cuando
Baron Biza pide que su novela sea leída “fuera de las redes familiares” y celebra a
los lectores que anteponen la obra literaria de su padre a su vida maldita, lo que
hace –por paradójico que suene– no es definir las condiciones de su “liberación”
(que le permitirían seguir viviendo y escribiendo) sino sentar las bases de su
autoaniquilación.

Extirpar de la obra el elemento de vida que la contamina, la desvirtúa,


incluso la secuestra, es destruir precisamente la fórmula que hace que en El desierto
y su semilla vida y literatura se toquen, se hagan carne. La vida como potencia de
literatura, la literatura como potencia de vida... Es un prodigio extraordinario, pero
¿quién que se diga humano sería capaz de sobrevivirlo?
 

ALEJANDRA COSTAMAGNA

TERESA WILMS MONTT , DE TUMBA EN TUMBA

“CASA VACÍA: se robaron hasta las cañerías de cobre e instalación eléctrica.


No insista”, advierte el cartelito con letra manuscrita, clavado en el muro. Casa
vacía es blanca, estilo inglés: madera y cemento, con porche, virgencita y terreno
amplio para jardín. Pero está vacía y se robaron todo. Cuatro hombres vestidos con
mamelucos instalan un cartel en la entrada: publicidad a escala gigante sobre la
próxima teleserie nocturna. No saben de quién fue este sitio anclado en el corazón
de la ciudad chilena de Viña del Mar.

No conocen a Teresa Wilms Montt.

Las escaleras que conducen al balcón son cuatro o cinco peldaños rotos. Las
puertas de la despensa son palos improvisados donde pudo haber una reja. Hay
candados en todas las ventanas. Hay polvo, hay lagartijas y arañitas costeras que
trepan el damasco, el níspero, la encina. Hay frutos reventados en un colchón de
hojas.

Hay los últimos hilos de una enredadera que trepa los muros de esta casa
vacía, blanca, estilo inglés.

Y hay también el origen de una historia. Los primeros peldaños de una


mujer de belleza fatal que desacató los códigos sociales de su época y pagó cara,
carísima su falta. En este esqueleto palaciego de calle Viana, casi esquina con
Traslaviña, cruje un pasado que hoy se pierde en el bullicio de la modernidad.

*
Pero esa casa alguna vez estuvo llena y fue un palacio. En la mansión de
Viana 301, que abarcaba una manzana completa entre jardines, bodegas y salones,
echaba raíces el matrimonio Wilms Montt: Federico Guillermo Wilms Brieba,
descendiente, dicen, de la realeza prusiana, y Luz Victoria Montt Montt,
emparentada con cuatro presidentes de la república (Manuel Montt, Jorge Montt,
Pedro Montt y Ramón Barros Luco). Siete hijas, además de una tropa de
institutrices, cocineros, matronas y choferes, llenaban la casa. Siete niñas de
melenas doradas, ojos glaucos y facciones de muñeca alemana, nacidas entre 1892
y 1899: Luz, Teresa, María, Carolina, Carmen, Ana y Victoria Wilms Montt
deslumbraban al vecindario. Tanto así que la calle Traslaviña era conocida como
Tras las Wilms. Y aunque cada parto desairaba los ánimos del patriarca Wilms, que
esperaba al retoño continuador del apellido, el hombre terminó por traspasar sus
aspiraciones a María Teresa de las Mercedes, la segunda del tropel, nacida el
viernes 8 de septiembre de 1893. Y la llamó, a falta de herederos varones, mi Tereso.
De masculino tenía muy poco Teresa Wilms Montt, pero el apodo acentuó la
diferencia con sus hermanas.

Más tarde ella misma acuñará otros nombres que serán seudónimos:
Thérèse, Tebal, Teresa de la †. Con ellos firmará artículos de prensa y cinco libros –
cuatro de prosa poética y uno de cuentos, redactados entre sus veintitrés y sus
veintiséis años– y prolongados diarios, escritos desde la adolescencia, que serán
rescatados a un siglo de su nacimiento en sus obras completas (Libro del camino,
Grijalbo, 1994) por la ensayista chilena Ruth González-Vergara, a cuyo trabajo
corresponde hoy la mayor parte de la información biográfica disponible sobre la
autora. Escudada en estos seudónimos escribirá, al principio, cosas como: “Morir
debe ser una cosa deliciosa, como hundirse en un baño tibio durante las noches
heladas”. O: “Se imagina que la muerte es un medio de transporte para alcanzar el
cielo, ese cielo que desea como un enorme pastel blanco”. O, llevando la aspiración
al límite: “Soñar, sin parar, encerrada entre las paredes de mármol, lisas y limpias,
de una tumba”. Pero la muerte soñada, esa cosa deliciosa, no llegará aún. No
mientras sea adolescente, no mientras viva en su mundo fantasioso.

Las hermanas de Teresa, auténticas criaturas de salón, jugaban a las


muñecas o se alisaban el pelo con brillantina, mientras ella alucinaba con los tonos
violetas del cielo; pasaba horas leyendo a Flaubert, Baudelaire, Verlaine; soñaba
con ser Floria Tosca, Madama Butterfly o cualquier otra heroína de Puccini; y se
reía sola. Especialmente desabrida era la relación con su hermana Luz, la
primogénita, la favorita de su madre, con quien compartía institutrices. El esquema
era siempre igual: aplausos para Luz, reproches para Teresa. Una de estas tutoras,
a quien la niña describirá como una vieja caduca, le hacía escribir cien veces el
verbo obedecer. “Se pasa la vida copiando el verbo obedecer y se lo sabe de sobra
gramaticalmente sin haber pensado nunca en practicarlo”, escribirá en sus
primeros diarios, sin fechar, hablando de sí misma en tercera persona. La señora
Wilms también la castigaba. Así recreará Teresa una escena de infancia: “¡No
quiero que leas!, le grita su madre cuando la sorprende en sus escondites,
haciéndole daño con los brazos y pinchándola para arrancarle el libro que hace
pedazos”.

Excepto en los sueños, leyendo o sentada al piano, Teresa no lo pasaba bien.


Sus seres cercanos le parecían odiosos: “Entiende que su madre no dice siempre la
verdad, que su padre no tiene voluntad, que su abuela es maniática y que los
amigos que frecuentan su casa no son sinceros”, apuntará en sus diarios. “Teresa
no es feliz”. Pero más tarde, ya lejos del palacete de la calle Viana, con veintidós
años, marido, dos hijas y la ilusión de que su infancia era una historia cerrada,
escribirá: “Hay dos seres en mí, eso sólo yo lo sé (…) Para vivir en este mundo
conviene mostrar sólo el que me conocen”. No sabrá entonces que la historia recién
está en sus comienzos.

Más que la historia, ésta es quizás la leyenda operística de Teresa Wilms


Montt. Basta ensayar la sinopsis: niña de alcurnia, romántica, jaquecosa, lectora
activa, incomprendida por su familia, rechazada por su madre. Jovencita de mente
abierta, trilingüe, casada a los diecisiete años sin consentimiento de sus padres,
linda a rabiar, maltratada por su marido. Muchacha de ideas claras, simpatizante
del anarquismo, madre joven, sin espíritu práctico, histriónica, seductora, bohemia,
infiel. Esposa acusada de adulterio, encerrada en un convento por ocho meses,
separada de sus hijas, ignorada por sus padres, escritora de diarios febriles,
fumadora, enamorada de quien no debe, adicta a los somníferos, al opio, suicida
frustrada que ruega ver a sus hijas. Mujer que huye del convento y del país con un
poeta de alcurnia, bella a morir, aficionada al canto, sola entre hombres, escritora
admirada por los círculos intelectuales bonaerenses, amante de un poeta suicida,
quebrada de amor. Escritora que huye del continente, que intenta arrojarse al mar,
que pide el divorcio, que establece relaciones con la bohemia y el vanguardismo
europeos, que clama ver a sus hijas, que se apaga. Chilena sin familia en Europa.
Mujer que busca la muerte y la encuentra al tercer intento, en un frasquito de
Veronal, en París.

“Sus libros son el más fiel espejo del hastío de su vida desolada (…).

En sus páginas está la historia de su alma desnuda”. Así es descrita su obra


en el prólogo anónimo de Lo que no se ha dicho (Nascimento, 1922), recopilación
póstuma de sus textos, que incluye una entrevista hecha por la escritora chilena
Sara Hübner en París, en 1920. El libro es un homenaje, pero un homenaje extraño.
La escritura de Wilms es catalogada en el mismo prólogo como “una queja
repetida en la misma cuerda, el soliloquio monocorde de un alma enferma de
tristeza, ahogada por la melancolía”. Muy distinto será el juicio de Ruth González-
Vergara que, además de publicar las obras completas de Wilms Montt, escribió una
documentada biografía (Un canto de libertad, Grijalbo, 1993) y guarda hoy, con
autorización de la familia, varios manuscritos inéditos. En clave teórica, González-
Vergara sintetiza el aporte de la autora: “Teresa rupturó esta ley mayestática de
casta: invadió el espacio abierto, civil, de dominio masculino y lo hizo suyo”.

¿Y cómo lo hizo? ¿Cómo escribe, en realidad, Teresa Wilms Montt? Así, por
ejemplo, en el libro Los tres cantos, de 1917:

Mi alma es un palacio de piedra donde habitan los ausentes, trayéndome la


sombra de sus cuerpos para alivio y compañía de mi vida.Mi alma es un campo
devastado donde el rayo quemó hasta las raíces, y donde no puede florecer ni el
cardo. Mi alma es una huérfana loca que anda de tumba en tumba, buscando el
amor de los muertos. 

O así en 1918 (En la quietud del mármol ):

Mis manos pordioseras de caricias tratan de arrancar de tu ataúd una ternura. 


O así en 1921, en los diarios íntimos, a pocos días del desenlace:

Nada tengo, nada dejo, nada pido. Desnuda como nací me voy, tan ignorante de lo
que en el mundo había. 

Teresa Wilms Montt escribe a veces enmascarada, a veces a capela, sobre sí


misma. Sobre penitencias, sobre la felicidad esquiva, sobre muertos y amantes,
sobre cunas como féretros, sobre claustros, sobre gente malquerida, sobre divorcio,
sobre ojos sin luz propia, sobre ojos de jirafa mansa, sobre manchas y deshonras,
sobre fosas, sobre culpas, sobre lobos que comen corazones, sobre huídas y baúles,
sobre opio, sobre morfina, sobre abejas lujuriosas, sobre lirismos mal vistos, sobre
amores arrancados en capullo, sobre amor, amor, amor hasta el hostigamiento;
sobre muerte, muerte, muerte hasta la muerte.

La escritura de Teresa Wilms Montt es el coro de su leyenda.

Pero la leyenda de la escritora es también, necesariamente, la historia de


Gustavo Balmaceda Valdés, su marido. Niño de familia aristocrática, nacido en
1885, huérfano temprano de madre, denostado por su padre, incomprendido por
su madrastra. Sobrino de un presidente suicida (José Manuel Balmaceda),
consanguíneo de diputados, políticos, diplomáticos. Alto, ojos azules, buena facha.
Jovencito rebelde, internado en colegio de curas, visto por su familia como un
inepto incapaz de conseguir algo más que un empleo administrativo. Cazador de
zorros, fanático de la ópera, lector tardío. Marido obsesionado con el qué dirán,
celoso, impulsivo. Autor y protagonista de una novela en clave (Desde lo alto, 1917):
Mariano Echagüe, casado con Ester Krause, en su martirológica ficción.

Cosas así escribe Gustavo-Mariano sobre Teresa-Ester en Desde lo alto:

 
En aquella alma desconcertada, pervertida por lecturas absorbidas sin disciplina y
a destajo, se había producido una aridez muy poco femenina, un ateísmo de esos
desoladores y aplastantes. 

Y pronto, frente al embarazo de su mujer, dispara:

Pero lo más triste era que hasta los instintos maternos aparecían en Ester como
atrofiados. Jamás la vio Mariano preocupada de los menesteres propios de su
estado. El ajuar del hijo, esa cosa que absorbe todas las facultades de la futura
madre, no logró sustraerla a sus lecturas ni a sus distracciones sociales.¡Cómo
habría gozado él si al volver por la tarde hubiese encontrado a su esposa, como
entre espumas, en medio de esa lencería delicada. 

Tal como la señora Montt castigaba a su hija al verla leyendo, Balmaceda le


prohíbe a Teresa Wilms ciertas lecturas. Una tarde la encuentra hojeando Los
civilizados, de Claude Farrère, novela de moda por aquellos días, premio Goncourt
1905, donde figuran frases como “Hay que parecer sabios de día y locos de noche”.
Y ésta es su reacción:

Mariano, en cualquiera otra ocasión, se habría detenido a observar a su mujer que


no eran las obras de ese novelista las que, con mayor propiedad, debían estar en
sus manos. Pero (…) harto de grescas domésticas, tomó su sombrero, se caló el
sobretodo y salió, ansioso como nunca de respirar el aire de la calle. 

Luego de esta escena, el narrador detalla las aventuras con Nubia, su


amante, “una criatura divina, inteligente y sensitiva”. El hombre dice sentirse “en
la necesidad de buscar y saborear emociones violentas”. Pero sigue vigilando a su
esposa, cada vez más indignado:

Esther, que poco a poco iba abandonando su actitud pasiva para volver a las
volubilidades imperiosas que eran el fondo de su naturaleza femenina, había
vuelto también a sus devaneos literarios. Tornaba a devorarse sin selección alguna
cuanto volumen pillaba a mano. Pero ya no se contentaba con leer, sino que ahora
escribía. 

Es 1917 cuando Balmaceda publica Desde lo alto. Pero antes hubo días felices.

La acción comienza una noche de 1909, en el palacete de Viña del Mar. José
Ramón Balmaceda y Sara Valdés Eastman, padre y madrastra de Gustavo, son
invitados a una recepción de los Wilms-Brieva. El muchacho, de veintitrés años,
suele compartir trasnoches con su primo Vicente Balmaceda Zañartu y está
desilusionado de la vida. Ese día, para salir de la rutina, decide acompañar a su
familia. Y entonces ocurre:

“Llegó de lo alto el gorjeo de una voz femenina que insinuaba una romanza
sentimental. Mariano, lírico empedernido, se quedó escuchando con secreto
interés”, escribirá Balmaceda en su novela. Quien canta es la niña Teresa y lo que
entona es La Bohème, de Puccini. Al rato, Gustavo y la muchacha hablan de ópera,
de la tristeza provinciana de Viña, de las incomprensiones familiares, de la
orfandad. Teresa escucha a este hombre atormentado y ya lo quiere. Tiene dieciséis
años y le parece que esto es el cielo. Al día siguiente le lleva una flor. Ella a él; no él
a ella.Y no cualquier flor: un pensamiento. Lo demás viene solo: el noviazgo, las
promesas, soy tuya, soy tuyo, la idea de casarse, la oposición de las familias.

Para los Balmaceda-Valdés la muchachita es hija de un extranjero arribista,


por más que la madre sea sobrina del mismísimo Presidente de la República, Pedro
Montt. Y para los Wilms-Montt este tipo es, como lo relata Ruth González-Vergara
en Un canto de libertad, “un fracasado y oscuro funcionario, pariente de un
suicidado”. Gustavo Balmaceda en Desde lo alto, sin embargo, difiere. Según él, sus
futuros suegros pronostican al joven una vida “de descalabros y sin sabores” al
lado de esta niña que definen como “un pequeño monstruo de sensualidad,
pervertida y falaz”. Balmaceda reproduce, incluso, una discusión entre Teresa y su
madre, que culmina cuando la señora Montt vocifera: “¿Tú me lo dices a mí, tú, a
quien he tenido que arrancar de los brazos de tu profesor de piano?”.

Como sea, los enamorados se rebelan: el 12 de diciembre de 1910, en Viña


del Mar, Gustavo Balmaceda y Teresa Wilms son declarados marido y mujer. En la
celebración sólo participan los parientes del novio. El señor Wilms y la señora
Montt han advertido a la niña que una vez casada se olvide de ellos. Que no entra
más a la casa de Viana. Y así será. Esa misma tarde los recién casados viajan a
Santiago, de luna de miel. Y a los pocos días arranca el conflicto. La desenvoltura
de Teresa se estrella con los celos de Gustavo. Él tiene otra idea del matrimonio. Le
molestan la actitud indócil de su esposa, sus modales relajados. ¿Una mujer
hablando fuerte, bebiendo en público, tomando la iniciativa? ¿Qué es esto?, se
pregunta.

Esto es, por ejemplo, lo que ocurre el 31 de diciembre de 1910. El matrimonio


asiste a una cena en el Club Santiago. Y de pronto ella decide cantar una romanza
al piano. Aplausos, piropos: es la reina de la noche. Amparado en su alter ego,
Gustavo escribirá: “Mariano había sufrido. Se hubiera dicho que presentía ya las
amarguras que, como frutos malsanos, iba a serle dado recoger de esa hora en
adelante en los estrados sociales”. Muy pronto el conflicto se transforma en crisis:
el esposo sale de madrugada, tiene aventuras sexuales que define como
“pecadillos”, intenta dominar a la esposa. La esposa recibe sermones, alza la voz,
no piensa obedecer. El esposo cree ver amantes de la esposa en todos los rincones.
La esposa recibe golpes. Él se justifica: “Se limitó a tomar a su mujer de las
muñecas y lanzarla con indignación lejos de sí”. Ella aguanta, aguanta: explota. La
esposa, sí, tendrá un amante.

En los diarios de Teresa, Gustavo es “un canalla”, “el terrible lobo”, “un
indigno cobarde”, “el puerco de G.”. En la novela de Gustavo, Teresa es “una
pervertida”, “aquel bibelot tan bonito como falto de sesos”, “la histérica
neurótica”, “una demimondaine”. Y Vicente Balmaceda Zañartu, el primo de
Gustavo, ocupa un lugar primordial en las páginas de ambos. En las del hombre es
“aquel truhán”, “el terrible Fico”, “el brillante calavera”. En las de la mujer, en
cambio, es Jean, Vicho, “mi amante ídolo”.

Los celos del marido se disparan un verano de 1911, aunque aún sin
motivos, cuando el matrimonio visita a Vicente Balmaceda Zañartu en su hacienda
de la costa central. Es ahí donde el hombre cree ver señales peligrosas entre su
mujer y su primo, que se miran mucho, coquetean. Tanto así que adelanta el
regreso y viaja a Viña para entrevistarse con su suegro. Guillermo Wilms, que hace
rato ha olvidado a mi Tereso, apenas escucha los alegatos del yerno: “No me ofrece
ya garantía alguna de fidelidad”, se queja Gustavo. “No puedo seguir poniendo mi
dignidad en manos tan frágiles e inconscientes, y es indispensable buscar algún
arbitrio que ponga término honorable a una situación tan escabrosa”. La respuesta
del patriarca Wilms, que treinta años más tarde morirá por demencia senil, es
redonda: “Bótela usted a la calle si no puede hacer otra cosa”.

Gustavo no la bota a la calle, pero lo piensa. “Él la encerraría, la recluiría


para siempre”, escribe. Ni el nacimiento de su hija Elisa, el 25 de septiembre de
1911, apacigua sus celos.

El sueldo que recibe como empleado del Servicio de Impuestos del Estado se
vuelve insuficiente, y entonces pide un traslado a alguna ciudad más llevadera. A
ver si ahora, con menos estímulos sociales, logra domar a Teresa. El destino es
Valdivia. Y el destino es también el deseo de Wilms Montt, a los dieciocho años, de
ser escritora y firmar Thérèse. Balmaceda no lo puede creer: “A aquella altura de
su vida fue cuando Ester, primero como en broma, consultando a su marido, y
luego con todo desenfado, intercaló una h entre las letras de su nombre y se firmó
Esther”. Y en el colmo de la angustia, la acusa de una infamia mayor e inventa una
escena de prostitución. “Esther lo había traicionado, y no a la manera vulgar,
cediendo a la seducción de un amante, dejándose llevar acaso por la sugestión
malsana de cierta literatura que dignificaba el adulterio, no, sino acudiendo a la
venta”, fantasea el marido. Y convoca a un consejo familiar en la casa de los
Balmaceda en Santiago, para ver si ahora lo escuchan. Pero no. Nadie le cree, nadie
le hace caso. “Demasiada tragedia en la familia, hijo: todavía hay quienes
pretenden enrostrarnos el suicidio histórico de tu pobre tío”, argumenta el padre,
refiriéndose a la muerte del presidente Balmaceda, ocurrida en un lejano 1891.

El marido en celo piensa, sin embargo, que la tragedia no es demasiada


todavía. Que ya van a ver lo que es tragedia. Y pide un nuevo traslado, lejos, lo
más lejos posible.

A mediados de 1912, Gustavo y Teresa se mudan a Iquique, mil ochocientos


kilómetros al norte de la capital. Viajan con Elisa y la criada Rosa Montes, la mama
Rosa. Ya en el puerto salitrero, Wilms Montt hace amistad con el poeta y
dramaturgo Víctor Domingo Silva, quien más tarde será Premio Nacional de
Literatura. Y tal como lo fue en Santiago y Valdivia –tal como lo será en todas
partes– la mujer es la estrella de las tertulias y las reuniones sociales iquiqueñas. En
un raro gesto contra la autonomía que busca, firma ahora como Tebal (Te de
Teresa, Ba de Balmaceda) y publica artículos en la prensa local. El 2 de noviembre
de 1913 nace, sietemesina, la segunda hija del matrimonio: Sylvia. Pero eso no
altera la rutina de la escritora que, a los diecinueve años, cree haber encontrado un
equilibrio perfecto:

Vivíamos en un hotel de mala muerte, pero el mejor del puerto, rodeados de toda
clase de hombres extranjeros y chilenos, comerciantes, médicos, periodistas,
literatos, poetas, etc. Una vie de bohème, más o menos. La noche era para charlar, el
día para dormir, la tarde para escribir”, anotará en sus diarios. “Yo era la única de
sexo femenino en aquellas reuniones (…), abusaba del licor, de los cigarrillos, del
éter (…) Me gastaba ideas anarquistas y hablaba con el mayor desparpajo de la
religión –en contra– y participaba de las ideas de la masonería”. 

Esa satisfacción, sin embargo, es una cuenta regresiva. Gustavo también


participa en política y adhiere a la campaña senatorial de Arturo Alessandri Palma,
futuro presidente del país. Y contra toda lógica, invita a su primo a trabajar por el
candidato en la zona. Vicente Balmaceda Zañartu –que entonces tiene veintinueve
años y morirá de sífilis antes de llegar a los cincuenta– atraca en Iquique con la
comitiva alessandrista el 28 de febrero de 1915. Viene radiante. Teresa lo ve
radiante: y entonces empieza el romance. “Recuerdo un paseo que hicimos al
cementerio de Iquique con mi Jean”, hará memoria Wilms Montt, unos meses más
tarde. “En la muralla de una tumba había una enredadera en flor, y él me regaló
una de ellas. Flor de tumba, así ha sido mi amor por él”. No sabe la mujer, en aquel
momento, que así serán todos sus amores.

En mayo de ese mismo año Gustavo envía a Teresa con sus hijas y la mama
Rosa a Santiago. Sabe que el desenlace está cerca; sólo le falta el remate. Deja pasar
unos meses, vuelve a la capital y así lo hace: “Entró al escritorio y encendió la luz.
Destacóse ante sus ojos la caja de fierro que tantos días atrás había observado con
la misma angustia del que está frente a su tumba (…). Lo que estaba haciendo era,
sin duda, una violación, y eso era horrible, indigno (…) ¿Violación? Y lo que había
allí dentro, ¿qué era entonces?”. Lo que hay allí dentro son las cartas entre su
primo y su mujer: “mi Jean”, “mi amor”, “mi Tejita”. Lo que hay allí dentro es la
prueba que necesita el hombre rabioso, caliente, deshonrado para convocar de
urgencia al tribunal familiar y, ahora sí, encerrar a la esposa adúltera. Por primera
y última vez a Gustavo Balmaceda, que morirá en Oruro nueve años más tarde, le
hacen caso.

El lunes 18 de octubre de 1915, a las siete de la mañana, Teresa Wilms


ingresa al convento de la Preciosa Sangre, ubicado en Compañía 2226, en el
aristocrático barrio Brasil de Santiago. “No era extraño ver convertidos estos
sagrados recintos en prisiones de las díscolas hijas de la sociedad chilena a
principios de siglo”, apuntará Ruth González-Vergara en la biografía de la autora.
El convento, entonces, cuenta con una sección para las mujeres locas y otra para
recluidas por castigos morales. Teresa hubiera preferido estar loca, pero a sus
veintidós años está más cuerda que nunca. A veces recibe las visitas de algún
pariente lejano (nunca las hermanas, nunca los padres) o de sus amigos Paul
Garnery, Sara Hübner o Vicente Huidobro, que ya entonces ha publicado cinco
libros y esbozado una estética propia, el creacionismo, y que más tarde será una de
las cumbres de la poesía chilena junto con Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Pablo
de Rokha.

A Teresa la animan estas visitas, pero su cabeza todavía está en otra parte.
Durante los primeros meses de reclusión intenta gestionar el divorcio, ver a sus
hijas que ahora viven con los abuelos Balmaceda y la mama Rosa, hablar con sus
padres, suicidarse con morfina. Todo fallido. Sólo logra escribir hasta el desgarro.
Los diarios de esta etapa están dedicados casi por completo, con apodos y licencias
poéticas, a Vicente Balmaceda Zañartu: “Tengo miedo, Jean, que esta nueva
felicidad sea también muy corta”, escribe al inicio. Y al final: “Toda el alma, toda,
toda te entrega en un beso tu quiltrilla huacha”. Pero deja ver que el amante no es
tan distinto al marido. Que el amante tampoco tolera sus lirismos. Ella trata de no
tomárselo en serio. Le dice: “Creo, Vichito mío, que si no fuera por mis rarezas, tú
no te habrías enamorado de mí”. Y luego: “La Thérèse será Tejita hasta que se
muera y tú serás un Tejo leso si no me quieres así”.

Está claro que Balmaceda Zañartu, Tejo leso, no la quiere así. Y Tejita
finalmente renuncia. Al octavo mes de reclusión acepta una idea de Huidobro –que
la admira como escritora aún inédita, que adora sus lirismos– y huye del convento
disfrazada de viuda. Huidobro y Wilms Montt han nacido el mismo año, son hijos
de la aristocracia, hablan varios idiomas, adoran París. Y en junio de 1916 toman el
tren en la Estación Mapocho y desembarcan en Retiro, Buenos Aires. El poeta
dictará una charla en el Ateneo Hispano el primero de julio, y en agosto regresará a
Chile para embarcarse a Europa con su esposa, Manuela Portales Bello. Teresa, en
cambio, nunca más pisará tierra chilena. La última mención que hace Gustavo
Balmaceda de su mujer en Desde lo alto alude precisamente a este acontecimiento:
“Su primera salida fue para escapar al extranjero. Un pobre diablo de poeta que
debió encontrar en el camino de su desesperada fuga, quedó prendido entre sus
redes y abandonó también su hogar, donde gemía una madre y una santa esposa”.

“–¿Qué hubiera usted querido ser? –Lo que soy –responde Teresa Wilms a
Sara Hübner en la entrevista publicada en Lo que no se ha dicho–. De cualquier otro
modo me habría aburrido más”.

Si antes fue un convento en Santiago, ahora será el Plaza Hotel en Buenos


Aires. Si antes fue cien veces obedecer, ahora serán bombones en la confitería
Richmond, tertulias en el café Tortoni, libros en El Ateneo, ópera en el Teatro
Colón. Teresa está decidida a hacerse un nombre en las letras y así lo hace: camina
por calle Florida, con su sombrerito y su bastón de caña, hasta el edificio de la
revista Nosotros, donde colaboran Huidobro, Unamuno, Azorín, Valle-Inclán y
otros consagrados. Y pide una reunión con Alfredo Bianchi y Roberto Giusti, los
directores. A la semana siguiente ya es colaboradora remunerada de Nosotros, y
conoce a Antonio Mercatali y Balder Moen, que pronto serán sus editores literarios,
y hace amistad con intelectuales y artistas, y se muda a una pensión en Charcas
889, y da clases de idiomas, y canta arias de Puccini y recita sus poemas, y ahora
más que nunca la noche es para charlar, el día para dormir, la tarde para escribir.

“Teresita fue popular en Buenos Aires”, escribirá el cronista y escritor


Joaquín Edwards Bello, amigo de Wilms Montt, en la revista chilena Sucesos, en
1921. “Todos querían conocer a esa joven fría como los arcángeles y los nihilistas,
hermosa y fuerte, con ojos maravillosos pero un poco indiferentes al amor”. Pero
se equivocará Edwards Bello. Porque esos ojos glaucos, que le parecen tan fríos,
encubren un chispazo. Un fuego que por esos días se llama Horacio Ramos Mejía.
Es un poeta argentino de veinte años, hijo de familia aristocrática, ultra sensible,
que asiste a las tertulias de la revista Nosotros y admira y endiosa y muere por esta
chilena de veinticuatro años que rehúsa el compromiso. Que lo quiere, sí, pero
como amante. Que rechaza sus sueños de matrimonio, de hacer una familia. Que le
pide que la entienda, por favor, que tiene un pasado deshonroso. Que las hijas, que
la edad, que imposible. Que lo apoda Anuarí. Mi Anuarí, mi adorado Anuarí, pero
sin compromisos, mi amor.

El debut literario de Wilms Montt ocurre en otoño de 1917, y se llama


Inquietudes sentimentales. Muy pronto, en primavera, aparece Los tres cantos. La
autora, que ha firmado estos dos libros de prosa poética como Thérèse Wilms
Montt, ve cómo las ediciones se agotan de inmediato y la crítica aplaude: “prosa
armónica, rotunda, sonora, coloreada, de bien cortados períodos”, “mezcla de
erotismo y espiritualismo”, “muestra de temperamento excepcional”.

Y éste es su temperamento en palabras:

Nada tengo, nada quiero; mi cabeza dolorida, enferma del extraño mal, se
abandona sobre la mesa, pesada como block de mármol. Mi espíritu es más de la
muerte que de la vida; aspira más a dormir que a estar despierto; se inclina a la
tierra donde encontrará su cama. 

Y ésta su prosa rotunda:


 

No soy feliz ni podría serlo; porque, entonces, no sería hermana de los miserables:
porque no tendría el alma ilimitada de indulgencia. Los sombreros me causan la
sensación de cabezas cortadas y momificadas, y aquellos de los cuales cuelgan
bridas de colores, se me antojan cabezas arrancadas por mano brutal, donde ha
quedado adherida una vena sanguinolenta. 

Y ésta su tétrica proyección del erotismo:

Seré la novia casta que os dé toda la intensidad de su virgen dolor entre lápidas y
piedras (…) ¡Muertos míos, muertos míos! Las ondas de mi mar interior se llenan,
preñadas de dulzuras al borde de vuestros lechos. 

La chilena da entrevistas, recita en público, se siente cómoda en Argentina.


Fuera de sus hijas, no extraña nada de su tierra natal. “Aquí, en el país de ustedes,
hay cultura, amor a lo bello, artistas de verdad, hay independencia individual,
cada uno vive como se le ocurre o puede, en cambio allá en Chile… la Iglesia
domina aún, la separación entre la sociedad es profunda”, dice cuando la
entrevistan en la revista argentina Fray Mocho. No sabe, no tiene como saber, que
esa frase acuñada en sus diarios volverá una y otra vez: “Teresa no es feliz”.

–¿ Ha amado usted mucho?

–No he amado nunca.

–Teresa, ¿por qué miente usted?


–No miento. ¡Pero sí! Espérese… He amado a ese hombre, después que se
mató por mí.

Me señala un retrato colocado entre los de sus hijas, junto al velador”.

Así reproducirá Hübner las palabras de la escritora, en su entrevista de Lo


que no se ha dicho.

El enamorado Anuarí no entiende las razones de Wilms Montt, el rechazo. Y


al mediodía del 26 de agosto de 1917 se corta las venas en su casa de Ayacucho
1022. Teresa está con él y no puede hacer nada: lo ve morir en sus brazos,
desangrado.

No son días los que siguen a la muerte del amante. Son, para Teresa,
manchones de invierno en el cementerio de la Recoleta. Son pasar las horas entre
lápidas y escritura: “De la vida a tu tumba, de tu tumba a la vida, ése es mi
destino”. Son páginas borroneadas que luego cuajarán como ofrendas. Son, por
ahora, abandonar Argentina, huir del luto y partir a Nueva York para servir como
voluntaria en la Cruz Roja. La madrugada del 13 de diciembre de 1917 se embarca
en el buque Vestris con un baulito, algunos ejemplares de sus obras publicadas, y
la idea de ser distinta al mundo que la rodea. Una vez a bordo escribe: “Viajar, he
aquí el sueño de tantos burgueses panzudos. No saben que para estarse treinta
días en el mar hay que tener en la sangre infinito y ellos sólo tienen glóbulos rojos.
Yo soy comadre del lucero del alba”.

Hay momentos buenos en aquel viaje, como el banquete en su honor que


organiza la tripulación. Pero hay momentos trágicos, como su intento fallido de
arrojarse al mar: un pasajero la detiene y ella le explica que sólo “quería
descansar”. Y hay, al final, momentos de absurdo: “Estoy detenida por graves
sospechas de espionaje al servicio teutónico”, escribe en sus diarios el 4 de enero
de 1918, recién arribada a Nueva York. El apellido, los ojos verde azulados, el pelo
rubio: a los guardias norteamericanos les parece que es una espía alemana. Y
aunque dos días después es liberada, a la chilena ya no le interesa seguir en ese
país ni alistarse en la Cruz Roja. Entonces cambia América por Europa y se
embarca otra vez.

*
“Mi destino es errar”, escribe por esos días. Pero su destino es también la
bohemia y la intelectualidad de los años veinte en Madrid y París. A comienzos de
1918 se instala en una pensión madrileña. En la mesa de noche guarda una foto de
sus hijas Elisa y Sylvia, como un amuleto. Ahora, con otros aires, la noche vuelve a
ser para charlar, el día para dormir, la tarde para escribir. Entre tertulias y cafés
literarios, se reencuentra con Vicente Huidobro y Joaquín Edwards Bello. Y hace
amistad con escritores, dramaturgos y pintores españoles. Entre los más cercanos
están Ramón Gómez de la Serna, Jacinto Benavente, Julio Romero de Torres y
Ramón del Valle-Inclán. Sobre todo Valle-Inclán, con quien visita Toledo y Ávila.
En mayo de 1918, ya asumida como Thérèse Wilms Montt, publica En la quietud del
mármol, su tercer libro, con prólogo del crítico guatemalteco Enrique Gómez
Carrillo. Y pocos meses más tarde viene Anuarí, prologado por Valle-Inclán, quien
se pregunta “de qué mundo remoto nos llega esta voz extraña, cargada de siglos y
de juventud”.

Esta voz extraña de Wilms Montt llega, quizás, del mundo remoto del
amante inmolado. Con él habla en estas páginas: “Viniste a mí; yo no te esperaba”,
dice. Y luego: “Insulto al miserable destino que ha arrancado todos mis amores en
capullo”. Y al final: “Soy una niña vieja, Anuarí”. Y la herida, ésa al menos, se va
cerrando. A pesar del luto, a pesar del tormento de no ver a sus hijas, a pesar de los
recuerdos del claustro, de la indiferencia de sus padres, de la hondura de sus
escritos, es posible que estos sean los mejores años de la escritora. Los más libres.

Con sus nuevos camaradas, no se avergüenza del fracaso conyugal ni de la


impericia doméstica. Joaquín Edwards Bello recreará en una crónica de 1924,
publicada en el diario chileno La Nación, una escena puntual. Valle-Inclán, Wilms
Montt y otros amigos se juntan a cenar.

“Esa noche se trataba de una cazuela chilena que prepararía Teresa en casa
de un pintor conocido. Recorrimos muchas tiendas de aves, de vinos y verduras y
llegamos a casa del pintor a las diez”, relata el cronista. Y acto seguido refiere la
singular solución de la cocinera para ablandar al animal: “A las once, Teresa
mandó poner bicarbonato, porque la gallina parecía de fierro; además había
echado un huevo y, todo junto, se pegó”. Los comensales terminan cenando en un
restaurante y Teresa canta para ellos La Bohème. La misma Bohème que tarareaba en
el palacete de Viña del Mar. La misma de Iquique y Buenos Aires.

*
En 1919 Wilms Montt vuelve a Buenos Aires para publicar su quinto y
último libro, Cuentos para los hombres que todavía son niños. Es un volumen de relatos
que firma como Teresa de la †, quizás haciéndose cargo de una cruz imaginaria.
Una rúbrica que será también su último seudónimo. Allí escribe, por ejemplo, una
versión de Caperucita roja en la que la niña se enamora del lobo. Y el desenlace no
es, no puede ser auspicioso: “Desde entonces todas las mujeres llevamos el corazón
cubierto por una caperucita roja de nuestra sangre. Porque todas hemos sido
heridas por el lobo de ojos brillantes, de gestos graciosos, de palabras melifluas”.
La obra recibe buenas críticas y Teresa tiene la posibilidad de quedarse en
Argentina. Pero la ausencia de Anuarí le pesa demasiado y regresa a Europa a
bordo del transatlántico Daryo. Después de un paso por Londres y Liverpool, se
establece otra vez en Madrid. Y algo cambia su rutina de golpe: Rosa Montes, la
criada de Iquique, le hace saber que José Ramón Balmaceda, para quien aún
trabaja, asumirá una misión diplomática y se instalará en Francia con toda la
familia. Y toda la familia para Teresa tiene dos nombres: Elisa y Sylvia, sus hijas. Sin
dudarlo, arma el baúl y toma el tren a París.

Es 1920 y se instala en el céntrico Hotel Danou. Antes de la llegada de las


niñas, establece vínculos con André Breton, Paul Éluard, Max Ernst. También están
Huidobro y Edwards Bello, con quienes mantiene lazos cercanos. Ella sigue el
pulso de la noche parisina, pero su cabeza está anclada en la reunión con sus hijas.
Han pasado cinco años desde el último encuentro. Ruth González- Vergara
conversó con Elisa y Sylvia Balmaceda Wilms entre 1989 y 1992, y reproduce estos
diálogos en Un canto de libertad. Hoy ambas están muertas, pero entonces rondaban
los noventa años y recordaban perfectamente la primera cita con su madre en
París.

Dice Elisa, la mayor: “Nosotras éramos dos niñitas que no sabíamos que
teníamos una madre (…). No teníamos ningún contacto con mi mamá Teresa. Y
mediante esas almas caritativas de mi mama Rosa y algunos criados de los
Balmaceda pudimos encontrarnos con ella en los jardines. Fue un verdadero
complot. Estábamos sentadas entre flores, en el Trocadero, cuando apareció
nuestra madre, con una capa y un sombrerito con un alfiler, que casi se le caía. La
vi muy hermosa. Se me cerró todo: el estómago, el esófago porque era una emoción
biológica, era la emoción total”.

Dice Sylvia, la menor: “La primera vez que la vi, en París, fue una impresión
muy grande. Yo tenía seis o siete años. Con mi hermana y mi mamita íbamos por
Les Champs Elysées cuando se detuvo un taxi y nos hizo señas una mujer con una
capelina negra. Nos acercamos.

Yo la quedé mirando abismada de su belleza (…). No sabía que era mi


madre. Se acercó para abrazarme y me dijo: ¡Mi amor, yo soy tu mamá!”.

Después de varias gestiones diplomáticas, las visitas son oficializadas y


Teresa puede ver a sus hijas jueves y domingos. Las recibe en su pequeño
departamento de la avenida Montaigne, número 6, en el barrio de Champs Elysées.
Wilms Montt, que se ha teñido el pelo de negro y se siente vieja a los veintisiete
años, hace planes. Confía en que saldrá el divorcio y se irá con las niñas y la mama
Rosa a Suiza, a empezar de nuevo. Llega a tener como pretendiente al adinerado
André Citroën, fundador de la industria automotora francesa, con quien está
dispuesta a formar una familia si es necesario. Por momentos piensa que eso es el
cielo. Vive todo ese año dedicada a Elisa y Sylvia. Las llena de regalos: desde flores
y muñecas hasta una tortuga, que las niñas bautizan Teresina. Pero esto no es el
cielo; nunca lo fue.

En octubre de 1921 la familia Balmaceda regresa a Chile y Teresa pierde a


sus hijas, por segunda vez y para siempre. Aunque tiene algunos proyectos, como
reeditar la revista La Guirlande bajo su dirección y publicar en francés, todo ahora
le parece vacío. En noviembre apenas tiene ánimo para escribir en su diario:
“Quiero reposar en la tierra solamente envuelta en una sábana o si es posible en un
pedazo de tierra de la fosa común”. En diciembre deja de escribir, se borra. Fuma
como bestia, no sale de la cama, se enclaustra en su habitación de la avenida
Montaigne. “En la cabeza de la Nada se ha suicidado una idea”, ha escrito alguna
vez. “Sólo existe una verdad tan grande como el sol: la muerte”, insiste. “Así
desearía yo morir, como la luz de la lámpara sobre las cosas, esparcida en sombras
suaves y temblorosas”, remata. Y el jueves 21 de diciembre de 1921 lo hace: se
apaga sola, gota a gota, mientras el narcótico fluye suave y tembloroso por su
sangre. La portera del edificio la encuentra al otro día en la cama, inconsciente, y la
lleva de urgencia al hospital Laënnec de la calle Sévres. Dos días agoniza en la sala
18 del sanatorio, hasta que el sábado 24 de diciembre deja de respirar.

Se acaban Tejita, Tebal, Thérèse, Teresa de la †, Teresa Wilms Montt.

“En la noche de Pascua de Jesús del año 1921, cuando el Père Noël traía a la
tierra los más hermosos juguetes del cielo, se llevó el cielo el más hermoso juguete
de la tierra”, escribirá Vicente Huidobro en un homenaje póstumo, reproducido en
1976 en sus Obras completas. “Teresa Wilms es la mujer más grande que ha
producido la América. Perfecta de cara, perfecta de cuerpo, perfecta de elegancia,
perfecta de educación, perfecta de inteligencia, perfecta de fuerza espiritual,
perfecta de gracia”.

La mujer que escribió siempre a contrapelo, que odiaba el verbo obedecer; la


mujer que veía su alma como “un palacio de piedra donde habitan los ausentes”; la
escritora que habló de amores arrancados en capullo y cunas como féretros, fue
enterrada el 30 de diciembre de 1921 en el cementerio Père Lachaise. A pocos
metros de Oscar Wilde, no muy lejos de Edith Piaf y Molière. A un costado de los
amantes Eloísa y Abelardo, en la división 82 del antiguo camposanto. Es una
tumba gris, de paredes lisas y limpias, como todas las tumbas, con una inscripción
de honor en letra firme: “Teresa Wilms Montt: Egregia Escritora Chilena”, en el
corazón de París, a más de diez mil kilómetros de esa casa blanca, estilo inglés,
vacía, de su Viña natal.
 

DANIEL TITINGER

MARTÍN ADÁN , LA VIDA DE CARTÓN

TE VOY A CONTAR cómo conocí a Martín Adán. Era el año cincuenta y siete. Yo
tenía once y ya hacía mis poesías, pues, mis cojudeces. Llenaba un librito con un montón de
poesías y leía a mi tío Martín Adán. En la familia todo el mundo lee, hasta los perros leen.
Me acuerdo que un día salimos de la casa con mi tío Nica y él me dijo, te voy a presentar a
tu tío Rafael de la Fuente. Porque él por ratos era Rafael de la Fuente y por ratos era Martín
Adán. Yo estaba aterrado, carajo, de todo lo que uno oía sobre él. Nos fuimos a un bar al
costado de Palacio de Gobierno, que lo atendía un japonés. Ahí tomaba el tío todos los días.
Se ponía al costado de la puerta, en una mesa redonda de mármol antiguo. Lo recuerdo y lo
veo clarito. Se sentaba todo mugriento como siempre, con su sombrero sucio, la barba
crecida, los bigotes llenos de tabaco, amarillos, su cigarro, su sobretodo así, su corbata
desarreglada, una mierda, carajo. Sucio, sucio, sucio. Y tomaba vino con Inca Kola, un
trago de porquería al que le decían lija.

Carlos Miguel de la Fuente es Cocoy. Todos lo llaman así y él lleva puesta


una camisa floreada de verano, un jean percudido y una voz rasposa, sesenta y
cuatro años que parecen cincuenta y pocos y unos lentes oscuros y redondísimos
que ahora miran al mar embravecido de Pacasmayo: un muelle largo y decrépito
como una astilla al norte del Perú, la tarde azul. Sobre la mesa, una cajetilla de
cinco cigarros sabor soft cherry vanilla.

Decirle Carlos Miguel, en estas circunstancias, sería casi una falta de respeto.
Hay quienes incluso lo llaman Loco Cocoy, pero eso podría ser demasiado. Aunque
Cocoy me dice que en su familia todos tienen algo de locos. Su tío Martín Adán –
que de a ratos era Rafael de la Fuente–, pero también su propio padre que un día,
por leer tanto a Verne, construyó un avión de madera lo suficientemente grande
como para poner de piloto a un muchachito de trece años, subirlo a un segundo
piso, convencerlo de que se agarre fuerte del timón y arrojarlo al vacío. O aquella
tía borracha que tomaba leche con pisco, o el tío que voló con dinamita esta misma
terraza del club Pacasmayo, donde estamos.

–Los De la Fuente somos así, carajo, todos locos, borrachos y pendejos.

Por ejemplo un día, cuenta Cocoy, alguien le preguntó a su tío poeta, oiga
señor, ¿usted es algo de los De la Fuente del Río de la Plata? En el Perú, una
pregunta como esa tiene que ver más con la alcurnia que con el simple parentesco.
De la Fuente suena a aristocracia, a buena familia, al menos hasta que aparece
Martín Adán en una recepción llena de políticos y modales inflados. Según la
leyenda, entonces, un ex presidente serio y ceremonioso se acercó y le dijo oiga
señor, ¿usted es algo de los De la Fuente del Río de la Plata? No, respondió Martín
Adán, nosotros somos los marqueses del Jequetepeque. ¿Y qué hacen con los
blasones? Martín Adán lo midió de arriba a abajo y contestó con una rima: nos
limpiamos el ojete.

Estalla Cocoy y su risa es una ola estrellándose contra la terraza del club.

–El ojete –repite, palmeando la mesa–, disculpa la palabra pero el tío era un
borracho pendejo. Esa historia hasta ahora la recordamos en la familia.

El inicio de esta investigación era un fracaso. Yo no sabía nada sobre Martín


Adán. Nada, excepto que había empezado a escribir La casa de cartón en el colegio,
desde los dieciséis años, en su prehistoria de 1924 cuando vivía en Barranco, ese
barrio viejo y bohemio con vista al mar de Lima. Y sabía también que luego de
publicar esa ¿novela? ¿Poema en prosa? ¿Quién sabe qué? Se había vuelto un
escritor famoso dentro del círculo literario limeño, una cofradía pequeñita de
abrazos mutuos. Y que mientras eso sucedía, Martín Adán se transformaba en un
fantasma precoz y penaba por los bares del Centro de Lima, y vivía aislado en un
manicomio. Sabía del talento, del alcohol y de la locura, en ese orden: sabía lo que
cualquiera podría decir sobre Martín Adán.

“Ya ha principiado el invierno en Barranco; raro invierno, lelo y frágil, que


parece que va a hendirse en el cielo y dejar asomar una punta de verano”.

La casa de cartón siempre me había parecido, desde ésa, su primera línea, una
obra de ingenio desmesurado y maravilloso, sobre todo si había sido escrita por un
niño de dieciséis años. Me gustaba el ritmo: la música de las palabras.

El libro, que cuenta las experiencias de un adolescente durante un verano en


Barranco, se publicó en 1927, con el auspicio de dos intelectuales de la época, Luis
Alberto Sánchez y José Carlos Mariátegui, prólogo y colofón respectivamente, el
empujón que cualquier novato soñaría. Pero dos o tres años después esos mismos
pasillos literarios que lo habían aplaudido de pie por La casa de cartón lo lapidaban
sin piedad: la leyenda de Martín Adán opacaba su obra.

El alcohol, el manicomio, ¿por dónde empiezo? Un día cualquiera, cuando


recién me hacía esas preguntas, me llegó el correo de Rafo León, un buen amigo,
escritor y periodista que además, por casualidades de la genealogía, aparece en el
árbol de los De la Fuente, en una rama cercana a la del poeta: “Martín Adán era
primo de mi padre, un De la Fuente que en norteño significa loco, descuadrado,
delirante. Hay de hecho un gen familiar ahí descolocado, que da mucha locura y,
no siempre, talento. A Martín Adán le dio los dos de sobra”.

–Era un genio, ese huevón –dice Cocoy.

Pacasmayo es un distrito costero al norte del Perú, kilómetro 666. Un pueblo


rancio con malecón y cementerio, con casonas que huelen a naftalina: un tiempo
que fue, en blanco y negro.

Fue. Ya no será. Pero cuando Pacasmayo era, Martín Adán solía pasar
temporadas con los De la Fuente, su familia paterna, lejos de Lima, esa ciudad que
lo atormentaba y de la que había que huir: evaporarse.

Martín Adán huyó. Desde los veintisiete años, vivió la mayor parte de su
vida recluido en un manicomio por voluntad propia. Escribió La casa de cartón y
después se alejó del mundo. Soy un animal acosado por su ser, escribió casi cuarenta
años después de publicar ése, su primer libro. Excepto la poesía, ya nada parecía
importarle demasiado. Nunca se bañaba. Siempre llevaba la misma ropa y la barba
de varios días. Olía mal. No le preocupaba el dinero y se quedó sin nada. Salía del
manicomio para emborracharse y durante esas salidas era común verlo caminar
por el Centro de Lima con un sobretodo oscuro, su sombrero, sus anteojos
redondos y siempre una grosería en la punta de la lengua.

“A los dieciséis años escribí La casa de cartón y mi vida dio un vuelco


completo. Todos parecieron olvidar que era un adolescente como cualquier otro, y
comenzaron a tratarme como un fuera de serie”, dijo en su última entrevista,
publicada en el diario La República luego de su muerte. Se cree que concedió sólo
dos entrevistas en toda su vida, ambas cincuenta y cuatro años después de haber
publicado La casa de cartón.

También cuentan que se lo veía borracho en alguna cantina de mala muerte,


escribiendo en servilletas o en libretas negras o en la platina de las cajetillas de
cigarrillos; en cualquier superficie de papel cuando lo atacaba, de pronto, la poesía.

“En Lima tenemos muchos crepúsculos, uno de ellos soy yo”, dijo Martín
Adán.

–Te voy a contar cómo lo conocí –dice ahora el sobrino Cocoy, y enciende un
cigarro soft cherry vanilla para empezar su historia–. Era el año cincuenta y siete...

La historia es la de siempre: la embriaguez, esa supuesta locura de


manicomio, la homosexualidad reprimida, la soledad, el tormento. ¿Pero acaso he
venido hasta Pacasmayo para oír lo mismo que leí en las biografías y en las
leyendas que circulan por internet?

Hace unas horas, en un pueblo llamado San Pedro de Lloc, a diez minutos
de Pacasmayo, Lila de la Fuente, otra sobrina del poeta, me mostró una fotografía
de Martín Adán. Se lo ve joven y con bigote, vestido de blanco y de pie junto a
unos arbustos que cubren la fachada de una casa. “La casa es esta misma casa”, me
dice sosteniendo la foto decrépita con una mano y señalando el suelo de esta casa
con la otra. La vieja casa hacienda de los De la Fuente. O las ruinas bien cuidadas
de la casa hacienda. O Martín Adán que mira a la cámara, flaco y erguido como un
poste de luz, y hasta parece contento debajo del bigote. La fotografía tiene una
fecha en el reverso: 18 de febrero de 1944.

–¿Martín Adán era sociable, un tipo feliz como el de la foto?

Lila de la Fuente me mira unos segundos, duda unos segundos. La casa


tiene techos altos, pisos de mayólica y paredes amarillas; ella es bajita y bien
peinada, de unos cincuenta años.

–Martín Adán no creo que fuera muy sociable.

¿Y Rafael de la Fuente?

En febrero de 1944, cuando se tomó esa foto, Martín Adán ya vivía internado
en el manicomio Larco Herrera, de Lima. Tenía 35 años y había publicado La casa
de cartón (1927) y los libros de poemas Itinerario de primavera (1932), La campana
Catalina (1936), La rosa de la espinela (1939) y Sonetos a la rosa (1942). Ya escribía en
revistas poemas indescifrables, y su fama no crecía tanto como su leyenda de
bohemio sin rumbo: el alcohol la locura la pobreza la homosexualidad. En febrero
de 1944 ya había escrito “Aloysius Acker”, un poema que se volvió mítico porque
el propio autor lo destruyó luego de revelar algunos versos.

Jugamos a vivir y vivirY tú mueres. Y yo muero.¡Aloysius Acker ha nacido! 

Sólo se destruye lo que se quiere esconder y “Aloysius Acker” es el gran


misterio para el puñado de expertos en Martín Adán. ¿Estará ahí la clave de su
vida, el motivo de su encierro?, se preguntan. Sin embargo, Rafael de la Fuente, el
otro, no parecía ser ningún enigma: cogía una maleta y viajaba a Pacasmayo, tal
vez sólo para visitar a la familia, y hasta era capaz de sonreír vestido de blanco
para una foto.

–Aquí tengo otra joyita.

Lila de la Fuente me hace abrir un sobre dirigido a Santiago, su padre, y


fechado el 22 de marzo de 1950, un año antes de que Martín Adán publicara
Travesía de extramares (sonetos a Chopin), su libro menos digerible, el más difícil, el
más musical. Lo abro con cuidado. Se trata de una carta mecanografiada y firmada
de puño y letra: Rafael, con lapicero de tinta negra y un borrón bajo la f. El papel es
tan delgado y débil que tengo miedo de que se desintegre en mis manos. Lila de la
Fuente me pide que lea en voz alta.

Primo y amigo querido:He esperado hasta hoy para escribirte porque quería darte
buenas noticias confirmadas y para comunicarte cosas edificantes que a doce días
pasados cerca de ti se deben: me tienes, desde que llegué a Lima, convertido en un
ángel, tomando solo chicha morada y corrigiendo libros míos por publicarse.
Nicanor está alarmado con mi santidad y me pregunta en la mañana y en la tarde
si mi presión sigue bajando. 

Un par de párrafos más y luego la firma, Rafael. Y luego Lila de la Fuente


saca otra foto de una maleta negra. La maleta permanece abierta todo el tiempo,
bajo un ventanal por el que entra mucha luz. El sol de San Pedro de Lloc nubla la
vista, y junto a la maleta hay algunos escudos de bronce enmarcados y el fósil de
una radiola enana. En la maleta abierta se ven una revista dedicada a la vida de
Martín Adán, un separador de libros con la cara de Martín Adán, la foto de Martín
Adán, que es en realidad el tío Rafael vestido de blanco, y esta otra donde él carga
a su sobrina Lila, mirándola con ternura, ella con sus trenzas y el vestidito de
fiesta. El interior de la maleta está forrado con una tela blanca, o que algún día fue
blanca.

–Esa maleta era de mi tío Rafael.

Lila de la Fuente dice mi tío Rafael y no Martín Adán.

Pienso que no es posible probar que esa maleta fuera suya, pero prefiero
creer que sí. Que Martín Adán empacaba y huía con esta maleta de Lima, donde ya
lo llamaban loco poeta maricón pobre genio borracho, y que a San Pedro de Lloc,
Pacasmayo, llegaba Rafael de la Fuente.

“A Martín Adán pueden escudriñarlo todo a través de sus obras. A Rafael


de la Fuente no, le hacen daño”, dijo Martín Adán.
*

–Mira, yo te explico –dice Cocoy–. Un día me lo encontré en Lima tirado en


el suelo, hecho una mierda en la calle, y lo levanté. Él me miró y me dijo
“¡Suéltame, soy Martín Adán!”, así con su voz ronca y fuerte. “No, le dije, yo soy
Carlos Miguel de la Fuente Gálvez y tú eres mi tío querido Rafael de la Fuente
Benavides”. Entonces me miró, se sacudió y me dijo “Vete, yo soy Martín Adán”.
Supongo que me reconoció, pero él cuando chupaba se ponía horrible. Pero era
Martín Adán, pues, un genio, carajo.

Empieza a oscurecer y el sol se va poniendo en el mar de Pacasmayo. El cielo


se torna de un color amarillento o rojizo o mala poesía. El humo del cigarro. El
sobrino Cocoy y sus lentes redondísimos.

–Y ya que lo conociste, Cocoy, ¿sabes si tuvo alguna mujer o era


homosexual, como algunos dicen?

–No, no, no era maricón, ah, solo creo, o sea, a mi manera de ver, no le
gustaban ni las mujeres ni los hombres. Mi tío Rafael no nació para hacer familia,
sino para ser poeta.

Como te decía, no creo que Martín Adán fuera muy sociable. Claro que venía para
estar con la familia, pero era un gitano. Aparecía y desaparecía sin avisar. Ah, pero yo era
su sobrina querida, la chocha de mi tío aquí en Pacasmayo. Él me tenía cargada todo el día,
y como ves las fotos lo demuestran. Él es mi tío Rafael, mira qué joven y qué flaco.

En sus extravíos él venía por aquí con su gabán negro y su sombrero; incluso en
verano se vestía igualito y sudaba como un camote. Esa foto en la que sale de blanco es rara.
Recuerdo que mi mamá toda la vida paraba jalándole las orejas, que vístete, Rafael, que
báñate, Rafael, que cámbiate, Rafael. Venía por aquí porque era íntimo de mi tío Nicanor,
que era bohemio como él. Pobrecito, mi tío Nica, también era muy filósofo, muy profundo,
muy rayado, pues, muy loco. Bueno, se fue rayando con el tiempo y hasta se vestía como
Martín Adán. Como te habrás dado cuenta, hay hartos locos en la familia.

*
Unos días antes, en Lima, fui a buscar a quien me dijeron que más sabe
sobre Martín Adán. Tienes que entrevistar al profesor Luis Vargas Durand, me
dijeron. Sabía que en Pacasmayo vivían familiares directos, pero posponía ese viaje
temiendo no encontrar nada. Porque al comienzo de la investigación la constante
era esa: nadie sabía nada. Casi todo lo que se había escrito resultaban leyendas,
anécdotas que se repetían como una letanía de datos imprecisos: alguien me dijo
que alguien le dijo. Sus amigos están muertos. No tuvo hijos. Nunca se casó. Su
herencia ni siquiera es bibliográfica: salvo La casa de cartón, desenterrada en
algunos colegios, ya nadie lo lee. No hay calles ni plazas ni escuelas con su
nombre, los lugares en los que vivió se transformaron en una galería comercial de
paredes metálicas, en el Centro de Lima, y un bar llamado Zipango, en Barranco, y
tienes que entrevistar al profesor Luis Vargas Durand, me dijeron.

–Martín Adán no estaba enfermo, era un borracho de mierda –me dice Luis
Vargas Durand, biógrafo entrenado en las desdichas del poeta, autor de Martín
Adán (Editorial Brasa S.A. Lima, 1995) y experto en descifrar sus sonetos más
incomprensibles.

La habitación está repleta de libros y él se acaba de despertar. Luis Vargas


Durand es bastante joven y lo contrario al intelectual académico de traje y lentes
que imaginé. Esta mañana lleva un pantalón polar de buzo azul, una camiseta
sucia, una perra gorda y chusca que no deja de olisquearme, libros en el suelo y en
todas las paredes, sandalias con medias negras, una barriga prominente y una
cerveza en la mano. La noche debió estar movida. Luis Vargas Durand es Lucho.
Todos lo llaman así y decirle profesor Luis Vargas Durand, en estas circunstancias,
sería una falta de respeto.

–Martín Adán vivía solo, no tenía a nadie, en la calle paraba tirado en las
veredas, tenía que vivir en un manicomio, pero no estaba enfermo.

Lucho no habla con desprecio, sino con una chocante familiaridad, como si
estuviésemos conversando sobre un amigo suyo de toda la vida. Martín Adán no
estaba enfermo, no estaba loco, ni siquiera está probada su mariconería, dice, “y a
nadie le importa la virginidad de su culo”. Supongo que es lo que pasa cuando lees
a alguien mucho tiempo y husmeas hasta debajo de su alfombra. Hace más de
veinte años que Lucho se obsesiona por Martín Adán. Pero ahora, dice, tiene que
hacerme una pregunta.
–¿Quieres un pollo a la brasa?

José Antonio Bravo es un hombre muy parecido a Günter Grass, pero sobre
todo es otro biógrafo de Martín Adán, autor de Biografía de Martín Adán
(Paramonga, Lima, 1988). Ya nadie lee a Martín Adán, así que conversar con los
interesados en su obra es sólo cuestión de un par de llamadas. Puede ser a Luis
Vargas Durand, que es Lucho, o también a José Antonio Bravo, a quien visité un
día en su casa con patio y una higuera y él me pidió que no grabara, que apuntara
nomás en mi libreta, que si había leído su libro, que él era el único biógrafo de
Martín Adán. Apunte, dijo.

“La primera vez que lo vi fue en el bar de un japonés, al lado de Palacio de


Gobierno. Él tenía cara de borracho, así no hubiese tomado. Estaba con una cerveza
y yo me paré al lado de la puerta, tratando de no molestar. Me levantó el brazo así,
y pensé que me estaba saludando. La luz, me dijo, le estaba tapando la luz. Me
moví y seguí mirándolo. Al rato me llamó y me hizo una seña para que me sentara
con él. ¿Es usted poeta?, me preguntó. No. ¿Entonces es periodista? No. ¿Bueno,
entonces usted qué cosa quiere? La rosa no es la rosa, le contesté yo. ¡Eso es mío!,
me dijo él. Luego lo seguí frecuentando”.

–Joder, todo el mundo dice que conoció a Martín Adán, que entrevistó a
Martín Adán y que hasta se emborrachó con él –dice Lucho, que ahora ha
arrimado unos libros y se ha sentado a la mesa para mordisquear un pollo a la
brasa.

–Por favor, Martín Adán paraba solo, hecho una mierda en hoteluchos, en el
manicomio.

Pero ese Martín Adán de las leyendas es el más famoso y del que más se
habla y del que más se ha escrito. Yo vi a Martín Adán sentado en el Cordano, en el
bar Zela, en el Maury. Yo tomé con Martín en el bar del japonés. Yo levanté a
Martín Adán del suelo. Yo le dije la rosa no es la rosa. A mí me confesó que era
homosexual.
–Así como lo oyes, Titinger –me dice Lucho.

Así como lo oyes. A mí antes me decían el gato Titi, así que de alguna manera somos
parientes. Bueno, esa es otra historia. Te decía que no recuerdo el nombre del periodista que
escribió sobre la homosexualidad en la literatura, y ahí cuenta que Adán le había dicho que
era homosexual, y que su drama era que tenía un miembro muy grande, y que no
encontraba homosexuales pasivos que lo soportaran, imagínate, pues, Martín Adán era un
bromista y tenía esa clase de respuestas. Y otra vez, así como me has buscado tú, me buscó
otro periodista que era un loco de mierda, y me contó que Adán se había bajado los
pantalones delante de él y le había mostrado que era hermafrodita, o sea que tenía un pene y
una vagina. Y ese huevón después me buscó en la universidad y me dijo que estaba
escribiendo sobre eso, me dejó copia de sus papeles y desapareció.

La génesis de Martín Adán no tiene que ver con su nacimiento, en Lima, en


1908, sino con la publicación de La casa de cartón, en 1927. Entonces sólo era Rafael
de la Fuente Benavides, vivía en Barranco y era un jovencito retraído al que le
decían El Cura, tal vez porque crecía bajo la sombra de la hermana de su madre,
una tía beata, tiránica y dominante llamada Tarsila.

–La tía era una mierda, no lo dejaba hacer nada –dice Lucho, un trago de
cerveza, un trozo de pollo.

Su padre, Santiago de la Fuente, ya había muerto en Pacasmayo. Su madre,


Rosa Mercedes, era un apéndice de esa tía autoritaria con la que rezaban el rosario,
bordaban e iban a misa. La familia era de una aristocracia venida a menos, de la
que sólo les quedaba el apellido. También vivían con un tío loco al que he leído
que mantenían amarrado en el sótano de la casa, esa que muchos años después
sería el bar Zipango, un cartel en la entrada, unas mamparas de madera y rejas
negras que dan a la calle.

“Aparece de cuando en vez, detrás de las mamparas realizando sonidos


extraños y guturales el tío maxmordón. Era sólo una sombra que venía con sus
ruidos a quien los conocidos de la casa ya estaban acostumbrados”, escribió en su
biografía José Antonio Bravo. Pero el tío retardado, loco, también había muerto. Y
había muerto su hermano menor, César.

“Tenía una inteligencia prodigiosa. Sólo me acompañó nueve años y lo


necesité toda mi vida”, dijo Martín Adán en una sus dos entrevistas.

Luego, en San Pedro de Lloc, el pueblito cercano a Pacasmayo, buscaré a un


viejo ocultista que cuentan que ha develado, a través de un anagrama, el “Aloysius
Acker”, y que dice que tanto misterio en torno al poema destruido, y a la propia
vida del poeta, tienen que ver con César. Casi no hay datos sobre el hermano
menor, al punto que hay quienes dudan de que haya existido. Otros, sin embargo,
aseguran que César de la Fuente Benavides era capaz, desde muy niño, de ir a
misa y luego recitar de memoria el evangelio, imitando hasta las muecas del cura,
y que era, además, mucho más inteligente que el propio Rafael. Que Ramón, uno de
los protagonistas de La casa de cartón, en verdad es César, el hermano muerto: “Yo
seré Ramón un mes, dos meses, todo el tiempo que tú puedas amar a Ramón. Pero
no: Ramón ha muerto, y Ramón nunca tuvo la cara triste (...)”.

A mí “Aloysius Acker” siempre me pareció un nombre demasiado forzado, así que


no descarto la posibilidad de que se trate de un anagrama. Eso escribí en un diario de aquí
de Pacasmayo. Para hacer un anagrama hay que formar una oración usando las mismas
letras de un nombre, sin que falte ninguna. Este tipo de cosas a mí me fascinan, y creo que
todos los nombres tienen uno o más anagramas. Mira, escribimos ALOYSIUS ACKER,
aquí ponemos la C, aquí la E... CESAR SULKA I YO. César fue su hermano menor y sulka
quiere decir menor de edad en quechua. Yo pienso que todas las cosas tienen su escondido, y
que Martín Adán recurre al anagrama porque se trata de algo muy íntimo, esa relación
especial que tenía con su hermano, dos muchachos solos que vivían en la casa de estas dos
señoras locas. Tenían que crear un mundo especial para ellos dos. Un Aloysius Acker.

De su vida en el año 1927 se sabe muy poco, salvo que Rafael de la Fuente
aún no era Martín Adán, pero que ya escribía La casa de cartón.

“Mi quinto amor fue una muchacha sucia con quien pequé casi en la noche,
casi en el mar”.

Era una época de apariencias y él era un menor de edad y esos textos


indecentes no eran dignos de un De la Fuente Benavides, cómo se te ocurre, y la tía
beata y la honorabilidad de la familia venida a menos, esa aristocracia de apellido.
Había que cambiarse el nombre, ser otro. Martín Adán nació de esa necesidad. El
seudónimo, creado justo antes de la publicación de La casa de cartón, fue su primera
forma de huir. Seguiría huyendo toda la vida.

¡Aloysius Acker está naciendollenando de grito la casa, el cielo!¡Aloysius Acker


está naciendo!¡Aloysius Acker, hermano mío,el hermano mayor, el hermano
pequeño!. 

Hay quienes piensan que el “Aloysius Acker” es un poema dedicado a un


diplomático inglés de quien Martín Adán estaba enamorado. Pero todo es leyenda
en la vida del poeta, pedacitos de verdad salpicados en la historia de quien poco se
sabe.

–Son cojudeces –dice Lucho–, Martín Adán era un tipo maravilloso en una
sociedad de mentira, una sociedad de hipocresía y falsedad.

Su perra gorda y chusca no deja de olisquearme. Le hago cariño. Él a veces


la aparta y le dice no molestes a los invitados, Lisha, anda báñate, Lisha, no seas
como tu dueño.

Martín era el nombre de un mono que solía hacer gracias en un parque de


Lima. Adán se llamó el primer hombre. Martín Adán sería el eslabón perdido, la
línea imaginaria que va del mono al ser humano.

–Es que era un bromista, le gustaba joder –me dice Lucho, apartando a su
perra–. Y ahora permiso que voy al baño.

*
Como dicen los gitanos, Martín Adán tuvo un mal fario, un mal destino, una
maldición. Primero murió su papá, luego su hermano César, su mamá, su tío retardado, y
lo pusieron en un colegio que le despertó la mente liberal, que lo sacó del clero en el que lo
había metido su tía desde niño. Y así perdió su tiempo, su juventud. Después murió su tía.

Tuvo mala leche, Martín Adán. Pobre, yo creo que fue una víctima. Y el mal fario no
queda ahí. Martín Adán se quedó sin casa, sin trabajo, y lo único que le quedó fue el
manicomio. Felizmente, porque no tenía adonde ir. Yo lo visité varias veces. Doctor Bravo,
me decía. Imagínese, él me decía doctor Bravo.

Sólo se imprimieron quinientos ejemplares de La casa de cartón, suficientes


para iluminarlo con los reflectores de la crítica más elogiosa. Terminaban los años
veinte y las revistas daban fe del nuevo talento. Martín Adán aparecía en Amauta,
Letras, Presente, Abcdario, Nueva Revista Peruana, Horario, Mundial. Después de eso,
prefirió darse vuelta y mirar hacia otro lado: se volvió impenetrable y oscuro.

–Su poesía se vuelve hermética, al más puro estilo gongorino.

Lucho sale del baño sin camiseta y con el pecho algo mojado, como si se
hubiese pasado una esponja húmeda por el cuerpo. Dice que Martín Adán no se
bañaba y “esa afición yo tampoco la comparto”. Ahora lo recita de memoria.

–Compás de la bogada de Caronte –dice, moviendo el brazo a ese compás,


lentamente–, tú libérame ya de sutileza.

Esa versión del hombre que quiso llamarse Martín Adán es el de los años
treinta, cuarenta, el que vivía en el manicomio Larco Herrera y escribía así, compás
de la bogada de Caronte. Caronte, por supuesto, es el barquero de la muerte, y el
poeta lo invoca para que lo salve de la vida. Lucho siempre tiene una explicación
para estas cosas. La vida es la sutileza. La muerte es Caronte, pero ni siquiera es
Caronte sino su barca; pero tampoco es su barca, sino el remar de Caronte; pero
tampoco es el remar, sino el compás de la bogada de Caronte.

–Tú libérame ya de sutileza... –un silencio cómodo– son poemas que hay que
traducir, como los de Góngora.

*
Martín Adán era un escritor. Rafael de la Fuente alguien que existía sólo
para la familia. Y el escritor no podía soportar la carga de ser un niño genio con un
libro excepcional. De modo que, después de La casa de cartón, empezó a refugiarse
en el alcohol, en un manicomio, a apartarse buscando la cordura que le hacía falta.
Empezó a escribir versos difíciles como los de “Leitmotiv”, tal vez de fines de los
años treinta.

–No aquel Chopin de la melografía:Colibrí ïnfalible en vahaje,O cumbrera y cabrío


nel celaje,O perspicuo piloto por sombría... 

Su primer ingreso al manicomio Larco Herrera data del 8 de setiembre de


1937, diez años después de la publicación de La casa...

Hay una ficha del hospital.

Actitud tranquila, acogida benévola.Hace referencia que en estado de embriaguez


siente palpitaciones angustiosas.Hay coincidencia de su vicio que denomina
“enviciamiento alcohólico” y de inferioridad por su adaptación a la vida. 

Martín Adán era amigo del director del Larco Herrera, pero uno no se muda
a un manicomio sólo por ser amigo del director. ¿Qué lo llevó a ese encierro? ¿La
presión de haber escrito un solo libro y que ese libro fuera un libro genial? ¿El
alcohol? ¿El mal fario? ¿Su padre su hermano su madre su tía? Sólo se sabe que se
internó en el manicomio, a los 29 años, y que empezó escribir nada más que para sí
mismo. Ni siquiera era un paciente, más bien un hospedado ilustre gracias a la
amistad con el director.
Salía de ahí cuantas veces le daba la gana, a visitar bares para rodearse de
amigos esporádicos que le pagaban los vicios, a vagar por alguna librería, un
hostal sin brío, un amante, y viajar de tanto en tanto a Pacasmayo para ver a la
familia. Se convirtió en un bicho raro de la literatura peruana. Del autor de La casa
de cartón, salvo el seudónimo, quedaba muy poco. Regresaba siempre al Larco
Herrera, y siempre regresaba mal. A veces, incluso, acompañado por policías.

“Diagnóstico: alcoholismo crónico”, se lee en una ficha del manicomio, de


mayo de 1943, cuando ya había escrito La rosa de la espinela y Sonetos a la rosa,
dedicados ambos a la contemplación de la belleza en una rosa. La rosa no es la rosa
y Martín Adán, en el pequeño círculo de la literatura limeña, era más un demente
que un poeta. Ya para entonces, el hospedado ilustre había iniciado un tratamiento
con inyecciones de insulina que le provocaban el coma, al parecer la única manera
de adormecer sus recurrentes crisis alcohólicas. Así como el electroshock, la
insulinoterapia era común en los tratamientos psiquiátricos de la época. Disminuía
la agitación psíquica y motriz.

–La idea –dice Lucho– es que cuando ves la muerte cara a cara, quedas tan
mal que no vuelves a meterte trago nunca más.

Como si sólo Caronte pudiese curarlo del alcoholismo. O la barca de


Caronte. O el compás de la bogada de Caronte y la insulina: Martín Adán habría
visto la muerte de cerca en busca de la sutileza, que es la vida, y ese tratamiento no
funcionó. Seguía saliendo del manicomio a beber, lo regresaba la policía, y así
sucesivamente. ¿Y qué hacía en el manicomio, mientras tanto? Escribía, leía
recostado, envuelto en sábanas, sin afeitar, siempre en pijama.

“Es propenso al delirium tremens y siente ruidos que no lo molestan”, dice


otra ficha del Larco Herrera. Lucho obtuvo todas las fichas gracias a su amistad
con un psiquiatra que... “mejor aquí apagamos la grabadora”.

Gingivitis, dentadura mal conservada.Estable en su lecho, afectuoso, lúcido y


orientado. Optimista en su tratamiento.Fuma en exceso.Gran aficionado por la
literatura. Poco afectuoso con sus familiares. Gastador.Muy piadoso.Al ser
interrogado sobre la causa que motiva su ingreso, dijo lo siguiente: “Mi resolución
es absolutamente voluntaria. De trastorno mental nada tengo. Soy bebedor desde
los 18 años, pero hará cerca de dos que bebo con suma frecuencia”. Regresa en
estado de completa ebriedad, verborreico, coprolálico y un poco perseverante en
sus protestas de amistad y aprecio. Físicamente regularmente desnutrido. 

Del manicomio a la calle y de la calle al manicomio. Así hasta que llegaron


los años cincuenta, y Martín Adán dejó de escribir.

Sebastián Salazar Bondy fue un poeta y dramaturgo que nació –casualidad


geográfica, azar literario– en la misma calle que Rafael de la Fuente Benavides:
Corazón de Jesús, en el Centro de Lima. Tal vez fuera esa proximidad, o quizá una
amistad pasajera, de tertulias y librerías, la que llevó a Salazar Bondy, autor del
ensayo Lima la horrible, a escribir sobre Martín Adán en un periódico de la capital.

Eran los años cincuenta y el poeta, que rondaba los 40 años, ya no escribía
nada. Había abandonado el Larco Herrera para vagar entre bares y hoteluchos,
completamente solo, y podía aparecer de pronto en la redacción de un diario, en
este caso El Comercio, y decirle a un grupo de periodistas reunidos ante él, la barba
crecida, el sombrero deforme: “Quiero seguir sufriendo y amando al Perú yo solo,
sin compañía de nadie”. O también: “Soy Martín Adán, así me bauticé yo mismo;
ahora resulta que soy más Martín Adán que Rafael de la Fuente”.

A esa sombra, Salazar Bondy le dedicó un texto.

“En cualquier café o bar de Lima es posible encontrar, perdido entre la


múltiple fauna urbana, a un hombre descuidado en su trazo y su traje, cuyo
aspecto engaña con relación a su persona y a su personalidad. Dicho hombre desea
pasar inadvertido, confundirse con la multitud, ser uno en la varia muchedumbre.
De su boca, quien lo requiera, se oirá frases irónicas, viejos versos españoles,
sentencias de clásicos y románticos, palabras de diverso calibre, verdades como un
templo y simples juegos de sentido y concepto. Pero aunque rehúya la compañía
con impertinencias francas o veladas, este limeño de vieja e ilustre prosapia anda
en pos de la más completa compañía de una total y absoluta identificación con la
esencia humana que es, en su pensamiento, parte de la divinidad inasible. Va tras
el encuentro, en fin, de la belleza suma. Tal es lo que sus poemas, por más
herméticos que se nos aparezcan, claman angustiadamente”.
–Este cojudo sí que era maldito –me dice Lucho–, pero hubo gente que lo
sacó de ese marasmo de casi una década.

En Lima la horrible, en los pasillos literarios de la ciudad, corría el rumor de


que el poeta se había vuelto loco, alimentado por esos internamientos en el
manicomio y esa poesía rara como el compás de la bogada de Caronte, o el colibrí
ïnfalible en vahaje, etcétera.

Además, Martín Adán no era cualquier hijo de vecino, y ese detalle encendía
aún más la hoguera de la chismografía: un De la Fuente Benavides había caído en
desgracia. Hasta un amigo de su infancia, Estuardo Núñez, con quien pude
conversar una tarde en su apacible casa de jardín y pileta, hombre que ya pasó los
cien años, decía que tal vez una operación al oído, que le habían hecho de niño
para salvarlo de la fiebre escarlata, le había dañado el cerebro. Que además esa
operación sólo se la hicieron a él y no a su hermano César, que por eso habría
muerto. La locura, la culpa, el Aloysius Acker como un mundo perfecto donde
César aún podía vivir.

¡Quemaré la casa paterna?... ¡partiré de la patria?...¡Seré un monje en un


monasterio?...¡Me echaré a marear, tatuado, barbudo, descalzo, en el último de los
veleros?... ¡Todo me es igual, Aloysius Acker!...¡Sólo tú me eres idéntico!... 

Pero eran los años cincuenta y Martín Adán ya no escribía nada. Hubo
gente, contaba Lucho, que lo sacó de ese marasmo.

Primero apareció el texto de Sebastián Salazar Bondy. Poco después, en


1959, un jovencísimo Mario Vargas Llosa, con bigote y sin ningún libro bajo el
brazo, señaló a Martín Adán con el índice y le increpó a gritos en la revista Cultura
Peruana, vademécum de los intelectuales de entonces, por qué no había seguido el
camino que empezó con La casa de cartón. “Ahora ya parece improbable que Martín
Adán cumpla la parte que le correspondió en el pacto que selló con la literatura
peruana”, escribió Vargas Llosa. “Se sabe que no escribe nada –apuntó Vargas
Llosa, con algo de maldad–; nada indica que volverá a escribir”.

–Varguitas le saca la mierda –Lucho alza la voz–, le dice eres un cadáver,


una mierda, Martín Adán, no has cumplido tu compromiso con la sociedad
peruana. Y con todo lo rata que es, resulta maravilloso porque le dice la verdad.

Esa verdad sacude a Martín Adán poco antes de que Allen Ginsberg, poeta
beat estadounidense, aparezca en Lima con sus lentes de carey y esa barba
hinchada y revuelta.

“Porque nos encontramos al anochecer / Bajo la sombra del reloj de la


estación / Mientras mi sombra visitaba Lima / Y tu fantasma agonizaba en Lima
vieja cara necesitando una afeitada”, escribió Allen Ginsberg, que vino al Perú en
busca de chiquillos y ayahuasca y encontró al fantasma de Martín Adán una tarde,
deambulando fuera de un bar como el remar de la bogada de Caronte, con su
tristeza tan Aloysius Acker y su sombrero. La leyenda dice que se conocieron,
fueron a beber al bar Cordano, compartieron cama en el Hotel Comercio, y que
Ginsberg se enamoró de Martín Adán. Pero el traductor Jorge Capriata fue el único
testigo de ese encuentro y mucho tiempo después, en 1995, escribió una crónica
sobre aquella tarde en la revista Hueso Húmero. Ahí cuenta que lo que Ginsberg vio
primero en Adán fue una araña descolgándose de su sombrero. Es una linda fea
imagen: una araña en caída libre desde la cabeza del sucio poeta peruano del Perú,
y Ginsberg señalándola con el dedo. Martín Adán, dice la crónica de Capriata, la
arrojó al suelo y la pisoteó con furia. El poeta beat no pudo contener el fastidio: la
vida de una araña, para él, valía tanto como la suya.

“Porque erróneamente pensé que estabas melancólico / Saludando tus pies


de 60 años que huelen a muerte de las arañas en el pavimento Y tu saludaste a mis
ojos con tu voz de anisado ”.

Ya en el Cordano, según Capriata, traductor incómodo y amigo común,


Martín Adán le dijo a Ginsberg: “¿Por qué escribe usted porquerías?”. Ginsberg no
entendió el español, pero entendió bien: “Al menos me baño todos los días y no me
huelen los pies... a arañas muertas”.

–Parece que es la única vez que se vieron –me cuenta Lucho–, pero Ginsberg
le dice déjate de cojudeces, Martín Adán, déjate de escribir lo que tú no eres.

¡Sus, huid, si la nada campea,pero antes me cobrad galgos hastíosalguna rosa que
la mía sea! 
Déjate de poesías que nadie entiende, Martín Adán, de esos absurdos
sonetos a la rosa, etcétera.

Martín Adán sabía muy bien quién era Ginsberg. Pero quizá ya no sabía
muy bien quién era Martín Adán. Se conocieron esa tarde de arañas muertas. Se
escribieron cartas. Se hicieron amigos. Martín Adán diría de él: “Tiene talento, pero
el de Satanás”. Y Allen Ginsberg, sin embargo, siguió planeando una nueva vida
para su viejo poeta sudamericano: “Quiero leer tus más sucios garabatos secretos,
tu Esperanza, / en su más obscena Magnificencia. ¡Mi Dios!”.

Lucho se emociona, le lanza un hueso a su perra.

–Que se sienta tu llanto y tu dolor en tus versos, le dijo Ginsberg. Deja la


represión de lado, tú eres un poeta maldito, le dijo.

Martín Adán, de pronto, volvió a escribir.

–¡Tiene visita! –le grita su enfermera al oído.

Él voltea, me mira, y vuelve a lo suyo: una caminata en cámara lenta, bien


agarrado de su andador con vista a un jardín con pileta.

–Hola –le digo–, vengo a hacerle una entrevista sobre Martín Adán.

–Sí.

–¿Podemos conversar unos minutos? –Hable más fuerte.

–¡Que vengo a entrevistarlo sobre Martín Adán! –¿Sobre Martín Adán?

La voz de Estuardo Núñez apenas se oye. Es un silbido ronco y silencioso,


como del más allá. Nunca he entrevistado a un hombre de 102 años. No sé qué
preguntarle, por dónde empezar. Yo creía que los amigos de Martín Adán ya
estaban muertos, que no quedaba nadie de esos primeros años, pero aquí estoy
ahora, con un sobreviviente.
Estuardo Núñez estudió en el Colegio Alemán con Rafael de la Fuente, y fue
su compañero y amigo, y he leído en una biografía que fue él quien creó el
seudónimo de Martín Adán. Eran inseparables. Al menos hasta que Núñez escribió
en un diario que Martín Adán, su amigo, se había vuelto loco, que venía de una
familia pobre y pretenciosa, con un tío retrasado mental encadenado en el sótano.
¿O será que se alejaron porque en Lima la horrible los coros de beatas cantaban la
homosexualidad del poeta?

–¿Usted cómo se llama? –empieza él.

Le digo mi nombre. La enfermera dice que mejor me cambie de sitio, el


señor escucha mejor con el oído izquierdo.

–Usted estudió con Martín Adán en el Colegio Alemán, ¿qué recuerda de él?

–Bueno, él trataba siempre de ofrecer una versión personal de las cosas que
va viendo o que va sintiendo o que va, ehhh, promoviendo, ¿no? Su actitud
siempre era muy crítica.

–¿Desde niño fue muy crítico?

–Sí, sí, daba siempre una versión muy personal de las cosas.

–Ya, pero en ese colegio todos eran muy críticos y muy inteligentes.

–Fue una generación muy rica en valores de literatura, y él siempre daba


una versión de lo que estaba viendo, ehhhh, de lo que iba pensando.

Quizá he llegado tarde a la entrevista con Estuardo Núñez. Unos años tarde.
Yo quería que él me hablara de la tía Tarsila, del tío loco amarrado en el sótano, del
hermano César, de Rafael de la Fuente Benavides. Cambio de estrategia, voy al
grano.

–¿Recuerda cuando Martín Adán publicó La casa de cartón? –Muy bien lo


recuerdo, entonces él empleaba una versión muy especial de las cosas...

–¿Por qué cree que luego Martín Adán se recluyó, se alejó de todo?

–Él fue de una época en la que le tocó una apreciación distinta de la vida que
estaba viviendo, ehhh, siempre tuvo una versión muy particular del vivir.
Estuardo Núñez repetirá lo mismo durante diez o quince minutos, lo que
dure la entrevista: “Martín Adán siempre tuvo una versión muy especial de las
cosas, de la vida”. Parece algo muy sencillo, pero también puede ser una
afirmación llena de significado, sobre todo viniendo de quien viene: una forma de
darle la vuelta a la página. Limar lejanías. Decir, sin decir, me equivoqué contigo,
Rafael de la Fuente, sólo eras un tipo distinto a mí. Sólo querías ser Martín Adán.

Luego me dice gracias y me da la mano. Es fría y frágil, como la mano de un


hombre de 102 años.

–Ha tenido suerte –dice la enfermera–, el señor no suele hablar.

Terminé la investigación sobre Martín Adán un día cualquiera, a los cuatro


meses de haberla empezado. Hablé con mucha gente, leí muchos libros, hice lo que
tenía que hacer y me quedé con una abrumadora sensación de infinito, de no haber
terminado. Podría investigar sobre Martín Adán veinte años más, como Luis
Vargas Durand, y seguir, como él, con muchas preguntas. Nada es exacto en la
vida del poeta. Su homosexualidad puede ser parte de la leyenda, todo puede ser
parte de la leyenda. Entonces, ¿qué hacen un biógrafo, un periodista? Tratan de
navegar en un océano oscuro de datos, de gente que te dice yo me senté vi tomé
hablé levanté a Martín Adán del suelo. Pero el resultado es el mismo: hermético y
solitario.

Tal vez en Pacasmayo se dieron cuenta y me dijeron que si quería saber más,
cuando regresara a Lima tenía que hablar con Ramón de la Fuente, él sabe muchas
cosas del tío Rafael.

Te voy a ser sincero. Yo a Martín Adán lo conocí muy poco, en la librería de Juan
Mejía Baca, un chiclayano muy intelectual y famoso en esos años, pero que tenía muy poca
clientela. Recuerdo que Martín Adán se metía a la trastienda de la librería, donde tenía su
escritorio Mejía Baca, al fondo, y ahí se reunía con los que iban a escucharlo. En esa época
yo tenía unos veinte años, Martín Adán era de otra rama de la familia, pero era mi tío, y yo
iba con mis hermanos Pedro y José Cayetano, que sí eran sus amigos. Recuerdo que lo
primero que hacía Martín Adán cuando llegábamos era abrir una botellita de pisco. Juan
Mejía Baca le dejaba hacer lo que quisiera. Era su protector, y todo lo que Martín Adán
escribía se lo quedaba Mejía Baca. Libretas, lo que sea. Él le manejaba la vida, no sé, a veces
pienso que lo tenía casi preso. Cuando murió Martín Adán, Mejía Baca se quedó con toda la
obra, pero después la donó a la Universidad Católica. Fue un buen hombre, ¿no?

El nuevo despertar del poeta coincidió con los primeros años sesenta.

Ya lo había remecido Salazar Bondy y Vargas Llosa le había dicho no eres


nadie. La insulinoterapia no había hecho efecto, Martín Adán había muerto y con
él Aloysius Acker, o la ilusión de un mundo perfecto, y era un fantasma cuando
Allen Ginsberg le abrió los ojos con sus modales beat: que se sientan tu llanto y tu
dolor en tus versos, poeta maldito.

–Aquí están los tesoros –me dice Luis Vargas Durand–, bienvenido.

Han pasado un par de meses desde que lo vi por última vez, y hoy me ha
citado en la Universidad Católica, donde Lucho es el profesor Luis Vargas Durand,
qué ha sido de tu vida. Le cuento que estuve en Pacasmayo, con la familia paterna
de Martín Adán, los De la Fuente, gente muy buena, Lucho, pero todos están locos.

–Yo ya hice ese viaje –me dice mordaz, celoso, algo loco, y va abriendo
puertas hasta que llegamos al sótano de la biblioteca, donde se guardan las
ediciones especiales.

Aquí está toda la obra de Martín Adán, poeta maldito, escritor de culto.
Aquí están los tesoros, bienvenido.

En Lima, antes de ir a la Universidad Católica para que el profesor Luis


Vargas Durand me mostrara las reliquias, visité, por sugerencia de Ramón de la
Fuente, a Magdalena de la Fuente, otra pariente de Martín Adán. La más loca de la
familia, me dijeron. Se hace llamar Gaviota.
–Es la hija de mi tío Nicanor –me dijo Ramón.

Nicanor es el tío Nica, el primo más querido de Martín Adán, y a quien solía
visitar en Pacasmayo. Y estaba loco y lo internaron en el manicomio para tratarlo
con electroshocks.

Gaviota baja de un taxi atolondrada, nerviosa, arreglándose el peinado


Cleopatra y abanicándose la cara con una mano. Se ha excedido en el maquillaje,
los labios rosados e intensos, las sombras verdes bajo los ojos y las uñas rojísimas.
Me dice, a manera de presentación, que es novelista, poeta, antropóloga, psicóloga
y que ahora está apurada, que todo el día ha estado correteando de aquí para allá
porque mañana vence el plazo para inscribirse como candidata a la presidencia del
Perú. Hay que entrar, dice. Estamos en la puerta de un McDonald. Le digo que no
es un buen lugar para una candidata a la presidencia, y menos para una novelista
sobrina de Martín Adán. Ella se ríe, sus dientes están manchados de lápiz de labios
y supongo que tiene hambre.

–¿No quieres ser mi vicepresidente?

–Mejor hablemos de tu tío.

Yo tengo muchas anécdotas que no tiene nadie. Un día mi tío Martín Adán me
cargó, yo era una niñita con cara de genio, y casi me tira al suelo. Mi papá le dijo, oye,
huevón, casi cagas al futuro Premio Nobel. Es que yo era índigo, y la gente mezquina,
envidiosa, dice que Gaviota está loca. Y la Lila jura que la niña de la foto es ella, pero yo voy
a ser presidenta del Perú, ¿ya?, la presidenta Gaviota y tú si quieres puedes ser mi
vicepresidente. Mira, mi papá tampoco estaba loco, sólo tenía rasgos, pero el noventa y
nueve por ciento de mi familia sí está loca, yo soy antropóloga y psicóloga y te lo puedo
decir, lo he analizado, la locura es hereditaria, está en los genes y mi papá me decía que
somos dscendientes de Juana la Loca. Mi mamá me decía Gaviota, yo nunca te pegué para
que no salgas loca como tu papá y tu tío Martín Adán. No, no te rías, mira, yo tengo una
mentalidad cosmopolita, soy como Martín Adán sólo que no soy borracha. Si tomara me
dirían Gaviota borracha, pero no tomo. También soy poeta y novelista y tengo una novela
que se llama Dios es gay. Pero antes, mira, volviendo a lo de la presidencia, te digo que soy
enemiga de la pena de muerte. Ya, ya, está bien, sobre Martín Adán lo que te puedo decir es
que nació para escribir. Yo soy como él, sólo que no estoy loca.
*

En 1961 llegó de visita a Lima Celia Paschero, asistente de Jorge Luis Borges,
y conoció a Martín Adán en el centro, en la librería de Juan Mejía Baca. Los
intelectuales y novelistas y poetas y etcétera solían conocerse ahí, en esa librería sin
mucha clientela que hoy es la marisquería y picantería K-bo Blanco, fachada roja
casi fosforescente. Ramón de la Fuente recuerda haberlo visto allí, con la botellita
de pisco y la misma anécdota. Todos dicen que han tomado con Martín Adán, me
dijo Lucho hace un par de meses, y el librero Juan Mejía Baca, dice ahora, se había
vuelto muy cercano al poeta, a tal punto que ya era el custodio de toda su obra.

–Lo que ves aquí lo donó Mejía Baca antes de morir.

El profesor Luis Vargas Durand abre un armario de metal, en este sótano


con ediciones especiales de la Universidad Católica, una perilla que gira
lentamente y suena jiiiiii, el aullido del óxido. Juan Mejía Baca lo guardaba todo
pero era, más que nada, un editor obsesionado por algunos autores. Le gustaba
frecuentarlos, tomarse fotografías con ellos. Martín Adán se hacía viejo y
necesitaba un cable a tierra, una conexión con el mundo. Mejía Baca necesitaba
codearse con el poeta más evasivo del Perú. Martín Adán era su premio mayor y el
librero se convirtió, entonces, en el recolector de lo que el poeta iba dejando por
ahí, salpicado en servilletas, en cajetillas, en cualquier pedazo de papel.

En el armario veo decenas de libretas negras envueltas en unos plásticos


transparentes, sobres de manila repletos de hojas sueltas manuscritas, fólders, las
reliquias del poeta, el Santo Grial, etiquetas que dicen “MMSS de creación”, cajas
especiales contra las enfermedades del tiempo y del clima.

Una vieja leyenda dice que Mejía Baca pagaba a los mozos de los bares para
que salvaran de la basura lo que manchaba Martín Adán con su lapicero, sus más
sucios garabatos: facturas, tarjetas, jiiiiii, todo lo que ves aquí.

Empezaban los años sesenta y el poeta había vuelto a escribir. Y fue


entonces, durante ese despertar, cuando Celia Paschero, desde Buenos Aires, le
escribió una carta a Martín Adán. En esa carta –ingenua y hermosa, según Mejía
Baca–, Paschero le pedía datos de su vida “y si es posible –decía–, contados con
toda la sal que usted sabe poner en cuanto dice y escribe”. Había ofrecido un
artículo sobre Martín Adán al diario La Nación, de Buenos Aires, tal vez como
primer ejercicio de la tesis doctoral sobre poesía peruana contemporánea que
estaba preparando. “Un artículo humano, en el que se sienta su sangre y su piel”,
continúa la carta. Martín Adán le contestó en una de sus libretas negras,
escondidas ahora en este armario de metal.

¿Quieres tú saber de mi vida?Yo sólo sé de mi paso,De mi peso,De mi tristeza y de


mi zapato. 

–Todo eso está aquí en la Católica –dice el profesor Luis Vargas Durand.

Los años sesenta fueron, para Martín Adán, de mucha producción. “Escrito
a ciegas” es el poema en respuesta a Celia Paschero. Luego escribirá “La mano
desasida”, “La piedra absoluta”, todo en las libretas negras que empezó a
entregarle Juan Mejía Baca para que no desperdigara su malditismo por cualquier
parte. Lucho toma una libreta al azar. La abre. Estoy inquieto, nervioso.

Salvo la firma borroneada en la carta que guarda Lila de la Fuente, Rafael,


con tinta negra, hasta ahora no he visto nada escrito de puño y letra.

De ángeles tristes,Caídos,Está hecha mi persona. 

Es una letra tímida en tinta azul, que invita a leer cada palabra con lentitud.
Una letra hermosa, como de alguien que recién está aprendiendo a escribir, o que
lo está olvidando.

 
Los dioses son eternos:Ignoran de conflicto:He de vivir sin treguaEternamente en
tanto que vivo. 

–Ya, ya, deja de copiar –me dice Lucho en broma, pero cerrando la libreta.

Luego saca del armario cinco cuadernos anillados y escritos a máquina que
suman, en total, 1.205 páginas. Son las transcripciones de las libretas, recolectadas
por Juan Mejía Baca y que, según Lucho, permanecen inéditas casi en su totalidad.

–El ochenta por ciento inédito –dice.

Sabe de qué habla porque fue el encargado de la transcripción.

–¿Y por qué no publican todo? –le pregunto, mientras reviso algunas
páginas.

Pero yo amé la vida sobre todas las cosas. 

–Son cojudeces, Martín Adán no escribía para publicar.

Me explica que, de una u otra manera, todos sus libros son inventos de los
editores: una reunión de versos con un título que los unifica.

Y yo estoy como el aire rompiéndome en el hito. 

–Ya, ya, deja de copiar –vuelve a decirme Lucho, y se ríe bajito.

En 1973 Martín Adán dejará de escribir para siempre.


*

En 1973 Martín Adán será internado en una clínica psiquiátrica y luego otra
vez en el Larco Herrera, en un encierro tan corto que será casi imperceptible. Juan
Mejía Baca, amigo editor custodio de la obra, se hará cargo de él, le llevará ropa,
comida, se encargará de que le den sus medicinas. Pasará el tiempo y Martín Adán
dejará de beber, se recluirá en un asilo, volverá a ser Rafael de la Fuente Benavides,
perderá casi todo el pelo y no morirá como poeta maldito del Perú, como predijo
Ginsberg, sino de viejo, a los setenta y seis años.

–¿Así que en Pacasmayo todos están locos? Ya hemos salido del sótano de la
Universidad Católica y Lucho abre la puerta de su auto. Me pide que no entre, que
el sol está tan fuerte que hay que dejar que se ventile un poco.

Martín Adán tenía problemas renales y el reloj le pasaba la factura de tantos


años malos. Él había dicho: “Cuando muera no quisiera estar presente” y “Yo sólo
sigo viviendo por rutina”.

Ya entonces sentía que la poesía era un acto inútil. En enero de 1984 salió del
Larco Herrera rumbo al hospital Santo Toribio de Mogrovejo. Lo operaron de
glaucoma y cataratas, y perdió la vista de un ojo. Un año después, el 29 de enero de
1985, sus problemas renales empeoraron y tuvo que ingresar al quirófano.

No se sabe si alguien lo esperaba afuera. Supongo que no. Sólo se sabe que
no soportó la cirugía y que murió a las once de la noche.

Se llevó todo, como suele decirse. Dejó la leyenda.

–En Pacasmayo están todos locos, Lucho.

Entramos a su auto, aún hirviente, y Lucho me mira con evidentes ganas de


decirme algo. Duda, se ríe, pregunta: –¿Y ya hablaste con Gaviota?
 

ANDRÉS FELIPE SOLANO

BERNARDO ARIAS TRUJILLO, POR DOS GRAMOS DE AMOR

LA BRUMA, los ojos brillantes de un perro, un viejo rencor, nadie supo qué
lo distrajo. Lo cierto es que el carro azul-plata se estrelló contra la estatua del
general Santander y se convirtió en una flor de metal humeante. Dicen que había
salido de una fiesta en un club, que aún tenía una copa en la mano cuando se subió
a su Ford, al que llamaban “El pájaro azul”. Eran las cinco de la mañana de un
jueves de 1942 y faltaba poco para que en Manizales, una ciudad enclavada en las
montañas de Colombia, se empezaran a ver los picos nevados de la cordillera.
Cuentan que el monumento perdió la cabeza y que él, un médico orgulloso, se
quedó sin cara. Como pudo abandonó el carro y caminó hasta su consultorio, a
cuadra y media del lugar del accidente. Atravesó la Plaza Fundadores con el
pellejo colgando, con su traje bañado en sangre, con la muerte a cuestas. Hablan –
la gente, las señoras–, de la pila de papeles que quemó antes de inyectarse.
Encontraron las cenizas en una caneca de metal. Dicen que eran cartas de una
mujer casada, una amante. Otros dicen que era la novela donde contaba la historia
secreta de su mejor amigo, un escritor muerto cuatro años atrás a quien envolvió
una tragedia peor.

–Eso dicen.

Otto Morales Benítez mira fijo y repite:

–Eso es lo que dicen.

Es casi mediodía en la Sala de Juntas del ex senador y ex ministro de trabajo


colombiano de 91 años, al que le tiene sin cuidado que el letrero de metal –Sa a de
Juntas– haya perdido una consonante. Le importa más, muchísimo más, que no
falten los tarjetones donde escribe con su pluma fuente las dedicatorias que
acompañan su más reciente publicación, una historia sobre la industria del café en
varios tomos. Ha firmado doscientos libros. Se los envía a sus amigos, señores
como el ex presidente del país Belisario Betancur, al que llamará en unos
momentos. Todavía tiene puesta la gabardina marfil con que salió de su casa. El
sombrero y un paraguas se adivinan en una esquina de su escritorio, en una
habitación contigua. Parece que vino a la oficina sólo para contar esta historia.

–¿Sabe hace cuánto no oía el nombre de Bernardo Arias Trujillo?

No puede dejar de mirar a los ojos. Mira como si estuviera tasando el alma
del que lo escucha. Debió aprender a hacerlo durante sus correrías políticas por
valles, sabanas, desiertos. Nada lo distrae, ni siquiera el gran ventanal desde donde
se ve una plaza de toros, los edificios bancarios, los diminutos oficinistas, las
nubes. Tiene su despacho en el piso 19 de la torre más alta de Colombia, en el
centro de Bogotá.

–Yo creo que hace unos treinta, cuarenta años.

Le pide a su secretaria té. Y buñuelos. Insiste en que vaya en el acto a


comprarlos. Quiere estar solo. La mujer desaparece. Entonces habla del accidente
mortal, del carro destruido, de la cara desfigurada de Jaime Robledo, de la extraña
quema de los papeles, de la jeringa, de la sobredosis. Cuenta la historia para
señalar la complicidad, el secreto que unía al médico con el escritor muerto, un
hombre que hoy muy pocos recuerdan pero que fue despedido el 5 de marzo de
1938 por el periódico colombiano El Tiempo con solemnes lamentos: “La muerte de
Arias Trujillo cobra dimensiones de trágico episodio para la literatura colombiana
que tenía en él una tan segura y brillante realidad”.

Mientras habla, el ex ministro –y profesor de literatura– saca un pañuelo


blanco a cuadros, se limpia la nariz con prudencia, lo dobla en seis partes iguales y
lo guarda. Como a tantos otros, como al médico Jaime Robledo, la imagen del
escritor malogrado se resiste a abandonarlo. Hace medio siglo firmó su primer
ensayo sobre Bernardo Arias Trujillo y hoy, 73 años después de su muerte, le
vienen a preguntar por él. No titubea, conoce muy bien las cuatro esquinas de la
vida del escritor: menciona su reputación como abogado, como juez, como
periodista. Su espíritu liberal, casi de izquierda, en contraste con la arraigada
vertiente conservadora de Manizales, ese peligroso río alimentado por la iglesia y
los periódicos de ultraderecha que circulaban con titulares como el que se publicó
en el diario local La Patria el día de su extraña muerte, a propósito del auge del
nazismo y el fascismo en Europa: “La conversión del mundo hacia las derechas es
el contragolpe natural con que responde la civilización contra la barbarie”. Los
bárbaros eran los comunistas. O los judíos, como escribió en la segunda página del
mismo diario el editorialista Juan de Dios Restrepo: “La heroica pujanza hitleriana
ha tenido que batallar durante 18 años para liberar a Alemania de aquella
pestilencia mortal”. Esa era la ciudad donde Arias Trujillo paseaba sus
incomodidades, su voz empapada en oporto, sus silencios. Y donde el ex ministro
empezó su carrera política y conoció el veneno amargo del escritor. Recuerda, en
especial, la ponzoña que Arias Trujillo destilaba en sus panfletos, en las columnas
que escribía para ese mismo periódico conservador, el tercero en importancia de
Colombia, en las que era capaz de soltarle a un canciller, en medio de una posible
guerra limítrofe entre Colombia y Perú, “mula muerta que se ha atravesado
maliciosamente en todo momento en que la patria le hubiese agradecido más su
marginación que su exhibicionismo”. Termina, febril: “Usted es apenas un costal
repleto de mierda”. El ex ministro quiere hablar, también, de los méritos literarios,
de la importancia continental de Risaralda (1935), la novela de Arias Trujillo que
pone a la altura del clásico latinoamericano Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos. En
cambio no dice nada sobre el extraño carácter del escritor, sobre su vida solitaria,
sobre los cardenales que tenía en los brazos. Calla sobre su constante, desesperada
huída, primero del pequeño pueblo donde nació, Manzanares, después de
Manizales, la capital del departamento de Caldas, luego de Bogotá, donde
estudiaría derecho. Y, finalmente, de Buenos Aires, la ciudad a la que llegó como
diplomático y en la que escribió la piedra angular de su leyenda negra, una novela
que firmó bajo el exótico, wildeano seudónimo de Sir Edgar Dixon.

–No puedo decir nada sobre ese libro –aclara tajante, con rigor de abogado.

Es la primera vez que mira por el inmenso ventanal de su oficina. Se pasea


por la plaza de toros, las torres de los bancos, los minúsculos oficinistas, las nubes
pesadas como el mercurio, y vuelve, algo molesto:

–Nunca la tuve en mis manos.

Ni siquiera la hojeó. Casi nadie lo ha hecho. Fue publicada en Buenos Aires


en 1932. La mayor parte de las copias que Bernardo Arias Trujillo envió desde
Argentina a Colombia, a través de la casilla Nro. 495 que abrió en la Dirección de
Correos y Telégrafos, fueron confiscadas por su familia y quemadas. Algunos
escritores salvaron un par y la comentaron por lo bajo. La novela se llama Por los
caminos de Sodoma. Tiene un subtítulo: Confesiones íntimas de un homosexual.
*

A doña Emilia Trujillo le bastó tenerlo a su lado unos pocos años para saber
que Bernardo era una rara avis. En diciembre de 1946, casi una década después de
la muerte de su hijo, el periódico El Colombiano, de Medellín, la entrevistó. Por ese
tiempo la memoria de Arias Trujillo todavía estaba muy viva. En la entrevista,
doña Emilia lo describe como un niño “solitario y silencioso en medio de los
hermanos abundantes”.

Emilia Trujillo de Arias dio a luz a Bernardo en Manzanares el 19 de


noviembre de 1903. Ese mismo año nació el médico Jaime Robledo. Doña Emilia
hizo bautizar a su octavo hijo por el sacerdote Antonio Hartmann, como lo
atestigua la partida de bautismo que abre una edición definitiva del conjunto de
ensayos titulado Diccionario de emociones, fechada en 1960. La primera edición del
libro, que da cuenta de “lo que excitaba espiritualmente” al escritor según Otto
Morales Benítez, fue publicada en 1938. Una página después de la copia del
documento oficial aparece su retrato cubierto por un papel semitranslúcido,
lechoso, en el que hay grabadas tres arañas de largas patas y cuerpo peludo, y tres
moscas atrapadas en los hilos de sus trampas. Parte de su cara está cubierta por
una sombra.

Dice la madre en la misma entrevista: “Nosotros estábamos habituados a su


silencio especialmente en la mesa del comedor. Terminada la comida se abstraía en
la lectura y apenas respondía con monosílabos”. Bernardo, el callado, administraba
su mutismo en medio de una familia numerosa. Florencia, Luisa, Matilde, Cecilia,
Carmen Teresa, Lucía, Adela, Javier, Alfonso, Beatriz, Gonzalo y él, estaban
regidos por la mano adusta de José María Arias, un modesto empleado público.
“Mi esposo era conservador firmísimo, de los que han hecho de la manifestación
política un acto espiritual”. Bernardo, por el contrario, se afilió al Partido Liberal
muy joven. Desde ese momento la literatura y la política fueron las dos caras de
una misma obsesión.

El muchacho dejó la casa paterna para acabar sus estudios en Manizales.


Recorrió en soledad los cien kilómetros que separaban su pequeño pueblo de la
capital del departamento, en ese momento enriquecida por el café, una ciudad de
provincia que se ufanaba de ser la menos mestiza, la más confesional de Colombia.
Allí empezó a frecuentar la Librería Moderna, colmada de clásicos griegos y
novedades francesas, y a compartir tardes con quien sería su gran amigo: Jaime
Robledo, al que había conocido en el Instituto Universitario. La librería era una
cueva tibia donde refugiarse porque, mientras tanto, se hospedaba en la casa de un
viejo militar, Jesús Arias, su tío, que había participado de batallas, revoluciones e
innumerables guerras civiles hasta conseguir el grado de general y que, en su
retiro, había escrito libros como la Guía práctica para la cría y explotación de los
animales domésticos y el Reglamento para la Policía Departamental de Caldas.

“La convivencia en la propia casa con la excesiva austeridad, el fanatismo


religioso, el godismo cerrero y la disciplina marcial del general Arias, debió
provocarle no pocos conflictos y una natural reacción, y por lo tanto aversión, por
las actitudes sectarias”, dice Hernando Salazar Patiño, uno de los investigadores
que, como una porcelana rota, han recogido, organizado y pegado los trozos de la
vida de Arias Trujillo.

Quizás por eso el joven taciturno, con un espíritu moldeado por el encierro
montañoso, fundador de un centro literario en el colegio, empacó de nuevo apenas
terminó su bachillerato. A los 19 años supo que huir era salvarse, que si
permanecía en Manizales se iba a diluir en el odio y el tedio. A pesar de las exiguas
finanzas de su familia, marchó a Bogotá a estudiar derecho en la Universidad
Externado, donde se formaban los mejores abogados del país. Como para muchos
otros de su generación, el derecho fue la carrera que resultaba más afín a las
humanidades. Empezó a tratar con políticos liberales influyentes que le ayudaron a
publicar en pequeños diarios sus primeros artículos y encontró tiempo para editar
en el folletín Novela Semanal tres historias sentimentaloides, con nombres como
Cuando cantan los cisnes, y un puñado de poemas que marcaron el nacimiento de
una tormentosa vocación literaria. Entre una cosa y otra, Arias Trujillo no
desatendía su carácter huraño: “Vivo solo, en un apartamento de dos piezas (...) Es
en un tercer piso que me da la ilusión de un castillo fabuloso o de esa torre de
marfil de la que hablan los poetas, en donde se pierde un poco el contacto con los
hombres y se vive mejor, más de acuerdo con uno mismo”, le decía por carta a su
madre, que fue siempre la destinataria de sus noticias. No hay cartas dirigidas a su
padre.

“La vida de mi hijo en Bogotá ha permanecido en el mayor silencio. Pero ya


era el escritor fundamental”, dijo ella en la entrevista con El Colombiano. Un silencio
que cobijó la naturaleza de sus relaciones amorosas. Doña Emilia las intuía por un
escrito que le dedicó y que fue rescatado por la Revista Manizales después de su
muerte. Se llama “Canto filial”. Arias Trujillo se presenta ante su madre como un
infiel: “Con una impureza luciferina preferí unos brazos pecadores y traicioneros a
tus pobres brazos”. Un doliente: “Llego nuevamente donde tí, arrepentido,
crucificado por los hombres”. Un paria: “Somos una minoría errante que sufrimos
y fallecemos por la intolerancia de nuestros hermanos que no quieren comprender
que somos diferentes”. Como un alma rota: “Ahora estoy pálido y fraccionado”.

En junio de 1927, a los 24 años, Arias Trujillo se graduó como abogado. De


los 36 retratos de directivos, maestros y alumnos de la promoción de ese año, él es
el único que sale de perfil. Está peinado hacia atrás con furia, la nariz domina su
cara, los ojos son dos pozos negros que apenas se adivinan.

“Es un ser como extraño”, le decía doña Emilia a El Colombiano. Esa tarde
“fui obsequiado con un té en el Palace, uno de los salones más elegantes de
Bogotá”, le contaba a su madre por carta. Le regalaron un par de gemelos y un
cuadro que colgó en su pequeño apartamento. Era imposible para un joven de
provincia pensar en vivir como escritor, aunque el arrojo y la acidez de su estilo ya
despertaban asombro: “Bailarina política de infinitas tonalidades, que conoce la
escala cromática de todas las entregas” escribió acerca del recién nombrado
secretario de gobierno de Caldas en el diario El Universal, y el secretario era un
hombre de su mismo partido político. Esperó durante un tiempo un cargo público
que le habían prometido, pero el cargo nunca llegó. La pobreza empezó a morderle
los tobillos y tuvo que regresar a Manizales, donde se había instalado su madre ya
viuda con la numerosa prole, y donde el aspirante a novelista consiguió trabajo
como juez departamental de policía. Viviría tan sólo diez años más, una década
huracanada en la que escribiría dos novelas, un libro de crítica literaria, un libro de
ensayos políticos, varios poemas, un centenar de artículos, traduciría un clásico
moderno y encontraría en la morfina sosiego para su corazón, esa zarza ardiente.

No hay rastros de su bautizo con la droga. Quizás fue durante sus años en
Bogotá. Eduardo García Aguilar es un escritor manizalita. Vive en París, donde
trabaja para la A F P (Agence France-Press) desde hace tres décadas. A los 17 años
ganó un concurso con un ensayo sobre la obra de Bernardo Arias Trujillo. “Se sabe
que en Bogotá había antros de drogadicción, fumaderos de opio –dice. La
marihuana era moneda corriente en las barriadas, en los medios populares y en las
clases altas bohemias de la capital y en las zonas de tolerancia de las capitales de
provincias. Hay canciones, relatos, memorias que hablan de eso. Sin duda Arias la
tuvo que haber probado en Bogotá, donde había mucha droga entonces. O
después, en Buenos Aires”.
*

–Sus sentencias eran unas joyas, estaban muy bien escritas. Los abogados las
estudiaban con placer –dice Otto Morales Benítez, que llama a su secretaria dos
veces, pero ella aún no ha regresado con los buñuelos.

Una de esas sentencias se titula “La drogas heroicas” y fue reproducida por
la Revista Manizales en 1944. Bajo ese nombre se conocía a la morfina, la heroína y la
cocaína, que a finales del siglo XIX y principios del XX habían sido recetadas como
medicamentos y tónicos para curar todo tipo de males. Su uso era tan extendido
que el papa León XIII llegó a prestar su imagen para promocionar el vino de coca
Mariani y le concedió una medalla de oro a su creador, el corso Angelo Mariani, en
reconocimiento a la capacidad de la bebida para “apoyar el ascético retiro de Su
santidad”, como lo dice James Inciardi en su libro de 1992 The War on Drugs.

Al ser médico, Jaime Robledo, el fiel amigo de Arias Trujillo, tenía la


potestad de recetar drogas heroicas.

–De alguna manera fueron víctimas de un clima nacional, de una suerte de


epidemia. En el aire se sentía la influencia de libros como Las confesiones de un
comedor de opio de Thomas de Quincey –dice el ex ministro.

En su sentencia el juez menciona a Charles Baudelaire y a dos escritores,


también franceses del siglo XIX, con los que sin duda se identificó. Uno de ellos es
Claude Farrere, autor de la novela Los civilizados, que trata sobre la vida de un
hombre frívolo y decadente. El más importante, Jean Lorrain, era el espejo en el
que Arias Trujillo se miraba. Lorrain fue un escritor abiertamente gay, amante de
los luchadores de feria, explorador en profundidad del vicio, que desafió a duelo a
Marcel Proust. Escribió para Le Journal –donde colaboraba Émile Zola– virulentas
crónicas que le valieron toda una legión de seguidores. Adicto al éter, Lorrain
murió sifilítico. La sentencia, que en teoría Arias Trujillo redactó como una
admonición para prevenir a los jóvenes del consumo de drogas, puede leerse como
un resumen detallado y culposo de sus tratos con los narcóticos. Es la confesión de
una máscara: “Bajo el influjo tenebroso de las drogas blancas todo al principio es
contentamiento y bienestar. Extraídas del zumo de adormideras cariciosas y de
amapolas color púrpura, se les puso el nombre del dios del sueño, en memoria de
Morfeo, la divinidad vacilante que no conoció la verdad de la lucha de la vida
brava. Una vez bajo su imperio, desaparece la fascinación para dar paso al
tormento. Ellas cobran con avaricia cada minuto de placer, con siglos de tortura”.

El juez que dictó esta sentencia terminaría muerto de una sobredosis de


morfina el 4 de marzo de 1938 con un libro de Teresa de Ávila en la mesa de noche.
Su amigo, Jaime Robledo, haría lo mismo cuatro años después. No quiso vivir sin
cara y Arias Trujillo, quizás, no soportó tener que amar siempre a la sombra.

Alguien movió algunos hilos en Bogotá, probablemente uno de sus


poderosos benefactores. En todo caso, el 22 de abril de 1932 le llegó un comunicado
desde la capital: “Complacido comunícole decreto número setecientos nueve (709)
Hoy nómbrasele Secretario Ad-Honorem Legación Colombiana Argentina”.
Aceptó el puesto a pesar de que no recibiría un centavo. La pobreza sería el precio
a pagar por largarse de Manizales.

Dos años antes, había escrito una oración de cuatro hojas, llamada
“Aclamación a Cristo”. La hizo copiar a obreros, zapateros, ebanistas y otros
grupos cercanos a la Logia Masónica Nieves del Ruiz, perseguida por el presbítero
Darío Márquez, dueño y señor de las almas de la ciudad. Fue repartida a
mediodía, sin firma, a la salida de misa de la iglesia principal de Manizales. El cura
le declaró la guerra a Arias Trujillo desde el confesionario. Todos sabían que el
panfleto era de su autoría, porque nadie más se atrevería a reclamar el regreso de
un Cristo socialista: “Vuelve, Camarada Jesús”.

Su madre sólo le repetía: “Modérate hijo, por favor”.

En junio de aquel año llegó a Buenos Aires. Viajó en barco hasta Santiago de
Chile, pasó a lomo de mula la frontera –un día, a las cuatro de la tarde, vio las
nieves perpetuas del Aconcagua acompañado por diez perros–, durmió en
Mendoza y, exultante, tomó el tren hacia la capital argentina, el sitio donde se
había publicado buena parte de los libros que había leído en su vida, entre ellos las
obras de Marcel Proust y Oscar Wilde. Lo recibió el jefe de la delegación, José
Camacho Carreño, que se encontró al abrir la puerta de su casa “con un radical
como se criaban antes, con azufrado lenguaje para Dios y sus ministros, con
sañudo antibolivarianismo, con espumante fobia a los godos”, como lo recordaría,
poco después de su muerte, en un artículo en el diario El Tiempo. José Camacho
Carreño tenía un buen sueldo y hacía vida diplomática a todo vapor, mientras que
Arias Trujillo estiraba los pocos pesos que le pagaban por artículos publicados en
los periódicos argentinos Crítica o La Razón, colaboraciones que le ayudó a
encontrar su jefe. Con frecuencia llegaban a su nombre esquelas de eventos
sociales, como una invitación al Jockey Club para celebrar el Gran Premio Nacional
en octubre de 1932, firmada por Ernesto A. Bullrich. Él iba a husmear pero prefería
descolgarse por los arrabales, como lo confirmó Camacho: “El tango lo escuchó, no
con languideces aristocráticas (...) sino lo vio brotar salobre, como puñal de sílabas
celosas en boca de los grumetes”.

Arias Trujillo vivía en una casa de familia, donde por fortuna “me quieren
mucho y no me apuran por dinero”, le contaba a su madre en una carta fechada el
26 de abril de 1933. Trabajaba como empleado de día, y en las noches recorría los
bares adyacentes al por entonces llamado Paseo de Julio, una zona de la ciudad
que el escritor argentino Roberto Arlt describió como “la recova canalla”. En esas
calles se realizaban los “saraos uranistas”, según definió en 1908 las fiestas
homosexuales el abogado criminalista argentino Eusebio Gómez en su libro La
mala vida en Buenos Aires. Arias Trujillo se movía en los bajos fondos en busca de
drogas. Y marineros. En uno de los extremos de aquel Paseo, justo en la estatua de
mármol blanco de Giuseppe Mazzini, lugar de encuentro de los homosexuales de
la época, Arias Trujillo seguramente vivió las noches descritas en Por los caminos de
Sodoma. Desde su escritorio en la delegación colombiana, entre fiebres opiáceas y
extravíos, Arias Trujillo contó la historia de David, un hombre de provincia que se
enamora de Charles Wills Evans, un trapecista de circo. La única persona a quien
se atreve a confesar su amor sin nombre, como lo llama, es a María Mercedes,
angelical heroínomana y aficionada a seducir niños. Pero el dueño del circo
descubre el romance entre los dos hombres y denuncia a David, que es sometido a
juicio y condenado a un año de prisión. Mientras está en la cárcel, su amiga muere
y Evans se va con el circo a otro país. Al salir de prisión, David sueña con irse a
Buenos Aires para apaciguar su dolor. La novela salió a las calles de Buenos Aires
en 1932 bajo el sello de la Editorial Pagana.

Varios hombres conversan a pocas cuadras del lugar donde murió Arias
Trujillo. Están sentados en un cuarto de una de las primeras edificaciones de
Manizales, una casa de techos altos que tiene por lo menos ciento veinte años,
donde funciona la secretaría de cultura de la ciudad.
–Con lo que le pagaron por esa novela vivió un año en Buenos Aires –dice
con aplomo Alfonso Valencia Llano, doctor en historia por la Universidad
Lomonósov de Moscú. Valencia Llano escribió Bernardo Arias Trujillo, el intelectual,
(Universidad de Caldas, 1997), hasta hoy la investigación más completa sobre el
escritor.

Está en la oficina de Carlos Arboleda, el secretario de cultura que ha


decorado el sitio con varias fotos ampliadas en las que aparece junto a Gabriel
García Márquez. En la habitación hay otros dos hombres: José Miguel Alzate y
Ángel María Ocampo. Son dos investigadores silenciosos que van tras nuevos
datos sobre la vida de Arias Trujillo como si fueran cazadores de mariposas.

–La escribió por dinero y a la ligera –dice Valencia Llano, desdeñoso.

Por los caminos de Sodoma estuvo escondida durante 58 años. En 1990 Lucio
Michaelis, sobrino del escritor, la publicó por primera vez en Colombia en forma
independiente. Pagó de su bolsillo por una edición de mil ejemplares que llegó a
muy pocas manos y ni siquiera medio siglo después se atrevió a poner el nombre
de su verdadero autor. La única referencia a su tío es la editorial: BAT. Antonio
Ochoa, historiador y jefe de documentación del Museo Nacional de Colombia,
descubrió a Arias Trujillo por azar cuando alguien se refirió al escritor en una
conferencia como el primer defensor de los derechos de los gays en Colombia.
Ochoa escribió un corto ensayo sobre Por los caminos de Sodoma y trató de contactar
varias veces a Michaelis a través de un apartado aéreo, pero Michaelis nunca
respondió. Ochoa está seguro de que la novela es clave para comprender los
discursos médicos y criminalísticos que llevaron a penalizar el homosexualismo en
el año 1936 en Colombia. El código penal de ese año, en el Título XII. De los delitos
contra la libertad y el honor sexuales, capítulo IV. De los abusos deshonestos, dice
en su artículo 323 que incurrirán en prisión de seis meses a dos años aquellos “que
consumen acceso carnal homosexual”. Y también para entender por qué Arias
Trujillo escribió esta frase a su madre el 26 de abril de 1933 desde Buenos Aires:
“Al paso que iba yo moriría loco en ese terrible Manizales”.

El secretario de cultura, indiferente, saca de su maletín uno de los pocos


ejemplares de la novela que existen. Lo hace como si se tratara de la cuenta del
agua. Es un arrume de fotocopias empastadas en forma de libro de tapa dura.
Alguien se tomó el trabajo de pasar la novela a computador. La fuente que escogió
es ingenua, sencilla, como de trabajo colegial. La copia de Arboleda está
identificada con el número 00052 y tiene el sello del misterioso apartado aéreo en
Cali, Colombia. El número es 5795. Al más viejo de los investigadores se le ilumina
la cara. Nunca la había visto antes. Las cejas de Valencia Llano se vuelven una sola.
Aunque Arias Trujillo prestó su nombre a un colegio, un puente y una orden
cultural, su primera novela no se encuentra en ninguna biblioteca pública de la
región. En la primera página de Por los caminos de Sodoma se lee: “Esta vida que voy
a narrar, tiene algo de extraordinario. No es la vida cotidiana, medida con el rasero
común de las gentes. Es una existencia dolorosa, el vivir de un hombre anormal,
que un día cualquiera habrá de ser carne de clínica, de suicidio o de laboratorio”.

Cuando se le acabó el dinero recibido por la novela, Arias Trujillo hizo


gestiones para ser trasladado a una posición con sueldo en la Legación de
Colombia en Brasil pero la inminente guerra entre Colombia y Perú, por una
diferencia limítrofe en la Amazonía, frustró sus intenciones. Por defender los
intereses colombianos en Montevideo, a donde fue enviado en misión diplomática,
se enfrentó al encargado de negocios peruanos en Uruguay, al que sacudió con
furia, como le cuenta a su madre: “Escribí una página violenta que causó una
verdadera sensación en los círculos diplomáticos y sociales”. Estuvo a punto de ir a
duelo pero el peruano nunca envió a sus padrinos para el lance de honor. “He
salvado por esta vez mi pellejo, que expuse en forma insólita, y a todas estas el
gobierno de Colombia no se ha mosqueado ni se ha movido a ponerme un sueldo”.
La mano que se cerraba sobre su garganta no le impidió ver por primera vez la
vida abierta de par en par. Bajo los aleros de la gran ciudad era el escritor y sobre
todo el hombre que quería ser, alguien libre “de esa maledicencia, esa suspicacia,
ese chisme mendaz y bellaco de nuestras aldeas”, le escribió a doña Emilia.
Además, en Buenos Aires frecuentó a Federico García Lorca (después conocería a
los escritores mexicanos Alfonso Reyes y José Vasconcelos). Se trataron por
primera vez en 1933, en la embajada de Colombia. Aquella tarde está relatada en
su libro Diccionario de emociones.

“Por esta época andaba yo ‘convaleciente de exquisitos males’ y cultivaba


con latina voluptuosidad una fiebrecilla permanente de 38 grados que apenas me
mantenía en pie y me hacía sentir un grato sopor de opio desconocido”. Ese día el
español le recitó “La casada infiel”. Su aire prohibido resonó en la cabeza de Arias
Trujillo. “El calor levantino de la hora, la voz sedosa de García Lorca, el vaho de
los vinos, el humo gris de los cigarros turcos, el eco de las estrofas dichas, las notas
del clavicordio, mi exquisita fiebre de enfermo consentido, todo orientalizaba mi
emoción en una deliciosa somnolencia de morfina”.
Después de ese encuentro iluminado se cruzó con Lorca varias veces, en
restaurantes de la Avenida de Mayo. Tomaron y comieron como la primera tarde y
puede que hayan ido del brazo al Paseo de Julio, en busca de grumetes y exquisitos
males. Se despidieron en noviembre de 1933, en plena acera, en la calle Esmeralda,
antes del inminente regreso de Arias Trujillo a Colombia en vista de que no había
conseguido un puesto con honorarios. Se separaron para siempre. Ninguno viviría
más de cuatro años.

Ya en Colombia, bajó por el río Magdalena desde la ciudad de Barranquilla.


Era el tiempo en que, en las orillas, todavía se asoleaban los caimanes y los barcos
eran a vapor. Llegó a Manizales a principios de 1934. Fue recibido con reticencia.
La gente sabía que era el autor de Por los caminos de Sodoma. El chisme se había
difundido a través del confesionario del cura Darío Márquez y no le perdonaban
párrafos como este: “Acercarme a un adolescente, es para mí, María Mercedes, un
instante de fiesta. Sobre todo cuando ese mancebo es todavía un niño, cuando tiene
esa edad imprecisa en que su voz está cambiando de tono y sus formas indecisas
pertenecen a un tercer sexo, a un género neutro en que son hombres y mujeres y
niños. Parecen hombrecitos en botón. Luego, después de esta edad indefinible,
viene la belleza suntuosa del verdadero efebo, del muchacho de dieciséis años,
como Evans, como algunos cadetes maravillosos de la Academia Militar y de la
Escuela Naval, como los futbolistas de los colegios”. Una prosa tan libertina como
la de Fernando Vallejo, sólo que cincuenta años antes.

Arias Trujillo se retiró a la casa de campo de su cuñado, Federico Michaelis,


donde el alemán guardaba pólvora y dinamita que expendía en su ferretería,
llamada Electra. Michaelis se convirtió en su mecenas. Cuando no estaba en la casa
de campo, vivía con él y con su hermana Lucía en una casona en Manizales. A
pesar de que el domicilio de su madre estaba a pocas cuadras, Arias Trujillo no
quiso vivir con ella. No quería que sufriera por sus escarceos con la morfina a la
que –aunque, como quedó dicho, sus comienzos con las drogas son difíciles de
rastrear– se había hecho adicto en Buenos Aires. Sobre la pólvora negra que el
alemán le vendía a los cazadores y la dinamita que se usaba en las minas de oro de
la región, el escritor corrigió las pruebas de un descarnado libro sobre la realidad
política colombiana que tituló En carne viva. Lo había empezado a escribir a bordo
del West Mahwah, el barco que lo llevó de regreso. Cuando no estaba trabajando
en él se abandonaba al ruido ensordecedor de las cigarras. Las oía una por una.
Descomponía las partículas de brisa que rozaban la punta de sus pies descalzos. Su
amigo, el médico Jaime Robledo, no tenía problemas para conseguir la morfina. Al
despertar tenía las pesadillas cosidas al espinazo.

Ya empezaba a oler a muerto.

El suegro de Valencia Llano trabajaba en la ferretería Electra, el negocio de


los Michaelis Arias. Los últimos tres años de su vida Arias Trujillo los vivió con la
pareja. Fueron los años en que puso los pies en la oscuridad hasta hundirse.

–Mi suegro fue testigo de siete de sus sobredosis. Cuando terminaba la crisis
le preguntaba a Bernardo por qué lo hacía, por qué se drogaba de nuevo– dice
Valencia Llano, las cejas en alto.

“Lo hago porque ya nadie habla de mí”, fue siempre su respuesta.

Hubo otro escrito, tan encendido como Por los caminos de Sodoma, que Arias
Trujillo escribió en Buenos Aires. Es un poema de amor desmayado que lleva por
título “Roby Nelson”:

Lo conocí una noche estando yo borrachode copas de champaña y sorbos de


heroína;era un pobre pilluelo, era un lindo muchachodel hampa libertina (...). 

¿Por qué no tuvo problemas en reconocer el poema y condenó a la bastardía


a Por los caminos de Sodoma?

–No le negó la paternidad porque el poema fue un éxito– dice Valencia


Llano. Llegó a los sectores populares con mucha rapidez. Es un poema osado y
atrevido, escrito para el pueblo pero, también, para mortificar a una sociedad
pacata y mojigata, como era la población de Manizales en 1933.
El poema fue incluido en antologías populares de poesía y circuló por los
pueblos y ciudades de toda Colombia. Los copisoleros en las cantinas, los solitarios
en los cafetines, los putos en las zonas de tolerancia, repetían con fervor:

(...) Se llama Roby Nelson flor del barrio,que va de muelle en muelle, de vapor en
vapor,este chico vicioso de cabellos eslavovende cocaína y amor (...). 

Pero también los intelectuales de la época, los obreros de los sindicatos, los
estudiantes del Instituto Universitario de Manizales: (...)

Y besando su cuerpo de palidez divinaque tenía la eucarística anemia de las


rosasle dije tembloroso en un dulce clamor:Te pido solamente que me vendas dos
cosas, un gramo de heroína y dos gramos de amor (...).*

–Fue muy valiente en admitir su cacorrería. La expresión refulge como una


joya barata en la Sala de juntas del ex ministro Otto Morales Benítez.

–Pero en realidad esa no fue su perdición. Arias Trujillo empezó a meterse


con políticos con los que no debía. Su secretaria por fin le ha traído un buñuelo
dorado. Él arranca trocitos y se los come uno tras otro, sin decir nada. Luego se
arregla el audífono que lleva en el oído derecho. Pide una segunda taza de té y que
le llamen al ex presidente Betancur, el último representante de esa raza de
colombianos que gobernó buena parte del siglo XIX y del XX, hombres que
combinaron el estudio de la gramática latina, las traducciones de poetas franceses
y los diálogos de Platón con los oscuros asuntos del poder. Una raza a la que se
negó a pertenecer Arias Trujillo. Una raza que atacó.

–En carne viva lo distanció definitivamente del poder –reconoce Morales


Benítez. Imagínese, dedicarle un capítulo al presidente de esa época y titularlo
“Alfonso López en pijamas”.

El ex ministro estalla en una carcajada adolescente que hace resonar la taza


de té. En el libro Arias Trujillo dice de López, con sorna: “El hombre que le hizo
falta a Europa”.

La obra, que publicó en 1934 Arturo Zapata, dueño de una importante


editorial en Manizales, fue una bomba que agotó la edición pero le dejó las manos
tiznadas. “Cagatintas de oficio, descendiente de generales apócrifos y de coroneles
sin charreteras bien ganadas”, dijo de un ministro. Le cerraron de inmediato las
puertas en los periódicos de Bogotá. Algunos de sus amigos lo protegieron. Silvio
Villegas, director del periódico La Patria, curiosamente un conservador acérrimo, lo
puso en su nómina de colaboradores. Arias Trujillo tenía 31 años y, para no
desfallecer de aburrimiento, de spleen, había decidido comenzar un nuevo proyecto
después de En carne viva, algo completamente diferente a lo que había escrito, una
novela que le daría fama en todo el país y que espantaría por un tiempo a los
heraldos de la muerte.

El hacendado Francisco Jaramillo Montoya lo invitó a pasar un tiempo en su


finca de Portobelo, cerca a Manizales, el corazón tenebroso donde se originó la
colonización blanca sobre un enclave de negros libertos o fugados de las guerras
civiles del siglo XIX. Eran los negros de Sopinga, nombre original del pueblo
principal del valle de Risaralda, que más tarde fue cambiado por el insípido y
clerical La Virginia. Arias Trujillo recorrió la zona a caballo, a pie, en canoa. Se
emborrachó tardes enteras en la fonda El Mocho, donde se destilaba aguardiente
de contrabando, y después de varios meses de ir y venir por la zona decidió contar
desde adentro la vida de aquellos negros, entre bucólica y violenta, y la terrible
épica de sus colonizadores. Le resultó un libro de corte criollo y de formas
modernas. Lo tituló Risaralda. Película de negridumbre y de vaquería, filmada en dos
rollos y en lengua castellana. Desafiante la dedicó: “Para vosotros, negros litorales y
mediterráneos de Colombia” todo un puntazo para las gentes de Manizales, que se
vanagloriaban de su sangre pura castellana. En octubre de 1935 tuvo los
borradores listos. Editorial Zapata lo publicó y un mes más tarde fue elevado al
título de “escritor nacional”. La crítica lo aduló, Tomás Carrasquilla, el autor
costumbrista más importante de Colombia, lo celebró: “Risaralda me lo confirmó en
el amplio campo de la novela, donde todo cabe. Encontré, pues, en Usted, lo que
busco siempre en todo autor nuevo: un caso”. Sin duda Arias era una nueva voz,
poderosa, que, en Risaralda, escribía cosas como esta: “(...) Pero un día, un negro
desvirgó la pubertad de la montaña. Vino, caballero sobre una balsa, en gitano
errabundaje huyendo de la guerra civil, y allí plantó su tienda, absorto ante este
valle de dicha, abrigado por dos cordilleras y ceñido por dos ríos fraternales”. O
esta, describiendo los tatuajes sobre un “ancho pecho peludo”. “Tenía una Virgen
del Carmen, patrona de los cuatreros, bien diseñada sobre la mamilla izquierda,
coincidiendo la cabecita del Niño Dios con el lunar carnoso de la tetilla. La estampa
era un prodigio de filigrana y de miniatura. En el duro bíceps derecho, estaba
dibujado un corazón terriblemente herido por un puñal siciliano cuya punta
chorreaba sangre de celos y de venganzas. Al pie, en letras claras, se leía esta frase
veraz: ‘De la cárcel se sale un día; del cementerio, nunca’”.

El gobierno propuso filmar la historia, que fue comparada con La Vorágine,


de José Eustasio Rivera, y por último se le entregó un puesto público para que
tuviera una entrada estable. En 1936 vivía su fama en plenitud. Viajó por todo el
país, fue a Cartagena, donde se le encargó la presentación de los Juegos Deportivos
Nacionales que se realizarían en Manizales a finales de ese año. Los temblores de la
droga parecían haber desaparecido. Los halagos le servían de bálsamo.

Sin embargo, a principios de 1937 su vida se enturbió de nuevo. El escritor


se impuso una vez más sobre el burócrata. Renunció a su puesto y se dedicó a
traducir La balada de la cárcel de Reading de Oscar Wilde. En el prólogo de la
publicación se ensañó con la versión del poeta más engolado del país y dos veces
candidato a la presidencia: “Sin que esto sea agravio sino justicia, merece más la
horca don Guillermo Valencia por haber adulterado tan criminalmente la balada
de Wilde, que el propio Charles T. Wooldridge, ajusticiado en Reading”. Además
dijo, sin temblor en la mano, que era la primera vez que la dedicatoria original del
escritor irlandés aparecía “en idioma alguno”. Wilde le había dedicado así el libro
a Robert Ross, que lo recibió después de que cumpliera su sentencia por sodomía:
“Cuando salí de la cárcel, unos me esperaban con ropas y especias; otros, con
buenos consejos. Tú me esperaste con amor”.

Con la ayuda de su suegro, el dependiente de la ferretería Electra, el


historiador Valencia Llano reconstruyó aquellos días finales, umbríos, silenciosos
como ríos subterráneos.

–Se le veía en las mañanas salir de la casa de los Michaelis hacia el Café El
Polo, donde se sentaba a solas. No permitía que nadie le hablara. Una o dos horas
conversaba consigo mismo.
En la tarde, después del almuerzo, Arias Trujillo se detenía a ver los cuatro
yarumos de hojas blancas, únicos árboles que dejaron en pie los colonizadores que
tumbaron aquel bosque donde se fundó Manizales. Una cerveza en el Café
Germania, al que llamaba “el muro de las lamentaciones”, y otra caminata lenta
hacia el Parque Caldas o la Plaza Fundadores, la misma que atravesaría su amigo
moribundo en medio de la bruma.

–Vestía de luto cerrado, con sombrero de alas anchas, camisa blanca y


corbata desanudada para llamar la atención sobre su perfecto descuido de dandy.
Llevaba un bastón que había traído de Buenos Aires.

El periodista Luis “El indio” Yagarí lo vio por esos días, como cuenta en la
columna publicada el 6 de marzo de 1938 en La Patria: “¿Recuerdas la palidez y el
temblor de tus manos, cuando escribí sobre un papel, a manera de título, ‘Lo que
me dijo un esqueleto’? Aquel día nos dijimos adiós. Yo hablaba con un muerto”.

“(...) En mis noches paganas de crisis voluptuosas

en los hondos naufragios de mi fe y mi dolor

yo te pido como antes que me vendas dos cosas:

un gramo de heroína y dos gramos de amor”, dice la última estrofa de Roby


Nelson.

Ruth Peñaloza Arias, sobrina de Arias Trujillo, deja una caja sobre la mesa
del comedor de su casa en Manizales y se sienta. Saca un álbum de fotos. Mira el
retrato de Emilia Trujillo el día de la muerte del escritor. Ocho años después del
entierro los periódicos todavía la buscaban para saber la razón de la repentina
muerte de su hijo en aquella casona de los Michaelis, con su amigo Jaime Robledo
a los pies de la cama, y poco después de haber decidido regresar a Buenos Aires,
“donde hay un ambiente más favorable para mi temperamento”, como publicó en
La Patria el 5 de marzo de 1938.

La mujer de 83 años saca más cosas de la caja. Un cuaderno forrado en tela


en el que se lee la palabra Diario en letras rojas, una carpeta con documentos, una
funda de cuero para pasaporte con la figura repujada de un barco sobre una cama
de olas. Es inevitable pensar en Arias Trujillo tembloroso como una hoja al viento
en los brazos de un marinero. Por último saca la mascarilla que le tomaron poco
después de morir. El escultor Gonzalo Quintero se encargó del molde de la cara del
difunto, tal como se hacía con los escritores y artistas en el siglo XIX. La pone sobre
la mesa. Lleva el bigote recortado, tiene los labios finos, una frente amplia con
entradas y un lunar, que nunca apareció en sus retratos, debajo del ojo izquierdo.
La mascarilla color hueso está pegada a una tabla de madera.

–Lo pusieron en cámara ardiente toda la noche. Me acuerdo de las flores, el


piso, las paredes, todo estaba cubierto de flores. Yo tenía diez años.

Se detiene por un momento para acariciar la mascarilla. Pasa su mano por la


frente, la nariz y termina en el cuello. Es un roce intenso, estremecedor. La mujer
ama a su manera y sin misterio a los muertos. Le pide a una de sus hijas que haga
café. Hojea una libreta en la que se consignaron los nacimientos y las muertes de la
familia. Busca la fecha y la encuentra, anotada con caligrafía apacible, en tinta color
verde o azul. La tenue luz del comedor no permite distinguir:

1938. El 4 de marzo murió Bernardo Arias Trujillo a las 2 pm en Manizales. 

La escueta anotación, casi notarial, contrasta con el montón de recortes


pegados en el diario que perteneció a la madre de Ruth, Adela. En las páginas
iniciales hay recetas de postres, alfajorcitos de hojaldre con dulce de leche, consejos
para evitar las hemorragias nasales y mantener limpios los hornos, junto a los
obituarios que se publicaron en los periódicos. Ninguno habla de la causa real de
la muerte. Los más escrupulosos dicen que se trató de un ataque cerebral, que
había pasado toda la noche en vela quejándose, que dejó los borradores de una
novela sobre la gesta del café. Ese día en Manizales se esperaba una nubosidad de
8, el grado máximo. El viento soplaría en dirección al suroeste. En la noche
presentarían en el Teatro Olympia Sacrificio de amor, con Ann Dvorak. La Patria
tituló: “La inesperada muerte de Bernardo Arias Trujillo motiva un inmenso duelo
nacional”.

–Corramos a don Bernardo –dice una de las hijas de Ruth para poder servir
el café y mueve la mascarilla.
El mismo diario publicó en los días que siguieron a la muerte su último
escrito. Se llama “Por los Valles de Apulo”. Describe un paseo por el campo y el
encuentro con una mujer, una campesina: “¿Y para qué seguir el catálogo de sus
gracias que no han de ser mías, sino que serán del goce del patrón que te ama?”.
Está dedicado a “Jaime Robledo Uribe, gentleman”, un médico apuesto, casado. Su
amigo entrañable.

El 12 de marzo, ocho días después de su muerte, se publicó un especial sobre


su vida, encargado por La Patria a Blanca Isaza. La mujer lo presentó así: “Era un
inconforme, un desadaptado, realizaba en nuestro medio la absurda y brillante
paradoja wildeana”.

En el diario hay un artículo firmado en Bogotá por Carlos Martín, el poeta y


profesor que despertó en García Márquez su vocación literaria. Dice de Arias
Trujillo: “De pie la belleza en cada uno de tus libros se yergue: desnuda para
cantar con un pulso viril lo que nos pertenece”. Junto a la receta de huevos con
salsa, está el obituario titulado “Baudelaire Criollo”, escrito por Danilo Cruz Vélez,
que años más tarde sería discípulo de Martin Heidegger en Friburgo, Alemania.
Cruz Vélez es el único de los panegiristas que incluyó Por los caminos de Sodoma en
sus obras: “Este libro no fue introducido en Colombia no por la timidez de su autor
sino por la monjil santidad de nuestros gobernantes. Él nada tenía que tachar (...)
Así pasó por este mundo el mejor prosista de su generación”.

El 4 de marzo de 1938, Jaime Robledo cruzó la reja de hierro de la casa de


los Michaelis, caminó por el vestíbulo, el comedor, atravesó la biblioteca, subió por
las escaleras y encontró a Bernardo Arias Trujillo agonizando en una de las
habitaciones. Lo declaró muerto a las dos y media de la tarde y no dejó dudas
sobre la causa: “Arias Trujillo se fue por la borda. El golpe lo dio con morfina en
una dosis tan maciza que cuando el médico llegó no había posibilidad de hacer
nada. Ya había puesto los dos pies en los estribos de la muerte. El médico fui yo”,
le escribió a su padre en una carta. El político conservador y periodista Silvio
Villegas escribió sobre Arias Trujillo, en el prólogo a la segunda edición de la
novela Risaralda (1942): “El complicado registro de su corazón sigue siendo un
enigma aún para sus amigos”. Quizás Jaime Robledo conocía ese registro, pero no
hay manera de saberlo. Fernando Londoño Londoño, que sería canciller,
embajador y alcalde de Manizales, fue el orador en los entierros de los dos amigos.
Dijo de Robledo: “Entregar un secreto a su alma era como sepultarlo en el fondo
del mar”.

La casa está en un barrio de Manizales con un nombre que invita a la


eutanasia: Hoyo frío. Tenía cinco habitaciones, comedor, vestíbulo, sala, biblioteca,
patio interno, jardines circundantes, antejardín y pórtico, pero hoy sólo se conserva
el cascarón. Sobre el terreno donde se plantaban siemprevivas, crestas de gallo,
botones de oro y anteojos de poeta, se levantó una construcción de cemento de tres
pisos. De lejos parece un absceso descomunal. Una cruz en el techo apadrina la
estructura. En la antigua puerta de entrada, de casi dos metros y medio de alto, un
letrero ruega:

FAVOR ENTREGAR LAS FACTURAS EN LA PUERTA DEL LADO

En la fachada, junto a una ventana, hay una virgen con las manos juntas en
señal de oración, y una frase: “Venid a mí todos los que estáis cansados y
agobiados y yo os aliviaré”.

Un adolescente con voz y maneras de hombre grande abre un portón de


metal café con leche. Son las doce del día y están sirviendo el almuerzo en un patio
cubierto. Fríjoles, arroz, tocino frito. Jugo de naranja en vasos cortos. Algunos
ancianos esperan a que los empleados acaben de poner los platos para sentarse. En
una pared, una cartulina anuncia que la “Comunidad Terapéutica El Edén escogió
a: Juan Carlos Giraldo como Residente del mes de diciembre de 2010 por su
compromiso con su tratamiento de rehabilitación”. Acompaña la mención la foto
de un hombre de unos cincuenta años, moreno, con el pelo gris cortado al ras. La
coordinadora del hogar de paso y centro de rehabilitación en que se convirtió la
casona se llama Ana María Neira y no tenía noticias de que aquí hubiera vivido
por un tiempo, y muerto para siempre, un periodista panfletario, liberal, ensayista,
abogado, juez, morfinómano, suicida y, para muchos, el más grande escritor de la
región. Fue en una de las habitaciones de esta casa donde lo encontró Jaime
Robledo. Fue aquí donde puso los dos pies en los estribos de la muerte.

En el patio interno la hierba crece sobre el cemento y unas sillas se pudren al


sol. En el primer piso, el residente del mes recoge los platos del almuerzo y, con
una torpeza infinita, espanta dos moscas.

Otto Morales Benítez habla por teléfono. Regaña a alguien. El regaño es


largo pero termina con una despedida dulce y un consejo. Todo el tiempo ha
estado haciendo garabatos sobre una hoja. Parece indeciso, no sabe si pedir una
tercera taza de té o un segundo buñuelo. Entonces dice:

–Otro de sus amigos también murió de forma trágica. Era un excelente


orador, un abogado y político destacado. Fue horrible. Venía muy mal después de
lo que pasó con su cuñado.

El abogado José Camacho Carreño, el jefe del escritor en Buenos Aires, había
nacido en 1903, el mismo año en que nacieron Arias Trujillo y Robledo. El 31 de
diciembre de 1938 su cuñado, el hermano de su mujer, lo agredió en una fiesta. Al
parecer se había metido con su hombría y la ofensa fue tan grave que Camacho
Carreño lo mató. Le iniciaron, entonces, un proceso en el que se defendió a sí
mismo. Aunque ganó el juicio, al parecer no se repuso de haber asesinado a un
hombre y viajó a la costa, a un sitio llamado Puerto Colombia, para olvidar. Dicen
que se levantaba triste y se acostaba triste, y que un día de 1940 se emborrachó y se
metió al mar. No regresó vivo a la orilla. El ex ministro sugiere que, si Camacho
Carreño sabía algo acerca de Arias Trujillo, se lo llevó al fondo del océano.
Después se pone de pie y llama a su secretaria. Quiere su sombrero, su paraguas.
 

ÓSCAR CONTARDO

RODRIGO LIRA , EL ALARIDO

ANTES QUE TODO, antes que el artista, antes que el cadete, antes que el
estudiante mediano, mediocre, fatal, antes que el marihuanero, antes que el
jovencito vestido para una lluvia inglesa en medio del otoño reseco santiaguino,
antes que el hombre de voz engolada, antes, mucho antes, hubo una madre. Y la
madre se llamaba Elisa. “Para Elisa de su hijo Rodrigo”, reza la dedicatoria del
libro de ilustraciones, regalo de un cumpleaños.

–No me puso nada más, sólo eso “Para Elisa”. Me hubiera gustado algo más.

La madre de Rodrigo Lira abre los ojos, dos focos grises que no centellean.
Para reafirmar su opinión sobre la materia que nos convoca –la vida y la obra de su
hijo, poeta– hace una pregunta. La formula con una sonrisa severa, como si no
esperara una respuesta sino corroborar un hecho.

–Tú crees que si yo quisiera escribir sobre alguien, sobre una persona
conocida ¿podría hacerlo?

La pregunta queda en el aire, flotando en la sala de su casa sobre la música


que surge de un disco con ciento veinte temas de versiones orquestadas de óperas,
musicales de Broadway, canciones de películas. El carácter diluido de las melodías
provoca un efecto curioso. Hay algo en ellas que resulta, a la vez, ligeramente
familiar y tristemente lejano. La respuesta a la pregunta es “Creo que sí, que usted
podría escribir sobre la vida de alguien que le parezca interesante”. Sin embargo su
voz y su rostro sentencian que la respuesta ha sido incorrecta.
–Me parece poco ético hacerlo –dice.

La sentencia se esparce por el departamento de muros color beige, un sitio


acogedor con algunos muebles de otro tiempo –un comedor macizo, circular,
inglés–, otros más modernos, pequeños adornos y el armazón de una máquina de
coser antigua transformada en arrimo. Elisa ya pasó los 80 y dice que está cansada.
Que no quiere hablar sobre él, que los detalles no sirven más que para complacer a
voyeuristas.

–Yo ahora tengo muy presente la vida de Rodrigo, porque la vida de


Rodrigo terminó.

Lo que quiere decir con eso es que la vida de su hijo tuvo un principio y un
fin, y que ella fue testigo de eso el día en que él cumplió 32 años. Y aquí está,
sentada, mirando con sus ojos grises, negándose a hablar y queriendo, al mismo
tiempo, hacerlo.

–¿Tiene usted algún poema favorito entre los que él escribió?

Se queda pensando y explica que ella no consideraba que lo que escribía


Rodrigo fuera realmente poesía. Que ella creía que poesía eran Rubén Darío,
Becquer, no esos textos que a veces le ayudaba a mecanografiar, como “Con suma
Urgencia”, que comenzaba así: “Para todo servicio se necesita niña de mano / o de
dedo”. ¿Qué clase de poema es ese? ¿Dónde está la rima? ¿Dónde la belleza, dónde
el amor infinito, dónde la amada sincera? Lira hablaba de cosas como el esmog, los
anuncios callejeros, las tetas y el pubis, su “angustioso caso de soltería”, la
marihuana. Esas cosas a Elisa le disgustan. Una vez lo acompañó a un recital
poético, pero cuando llegó el turno de que él leyera su trabajo, el pudor
transformado en pánico hizo que ella saliera del lugar.

–Pensé que haría el ridículo.

A juzgar por una nota que su hijo dejó antes de suicidarse, él llegó a pensar
lo mismo: “(...) con respecto a mis textos y manuscritos, no sé si se podrá hacer
algo. Durante mucho tiempo les tuve mucho cariño y les atribuí importancia.
Ahora las cosas han cambiado, pero de todas maneras sentiría que se destruyeran
así no más”.

Sólo cuando la vida de Rodrigo terminó, su madre supo que había opiniones
muy diferentes con respecto a la calidad de su trabajo. Fue en el mismo funeral,
entre la navidad y el año nuevo de 1981, en una iglesia de la calle Manuel Montt,
cuando su punto de vista comenzó a cambiar. Allí vio caras desconocidas, rostros
de estudiantes, profesores y amigos de los que nunca había oído hablar, y algunos
de ellos, poco después, le hicieron saber que existía interés por publicar los poemas
de su hijo. Supo, incluso, que poetas de la talla de Enrique Lihn y de Nicanor Parra
lo respetaban.

–Nos dimos cuenta que lo que escribía no eran puras leseras.

El “nosotros” incluye a su esposo, que ya ha muerto, y en cierta medida a


sus otros tres hijos, hermanos de Rodrigo. Tiempo después del suicidio, ella y su
marido decidieron visitar a Nicanor Parra en Isla Negra. Llevaban parte de los
escritos de Rodrigo para que el poeta los orientara sobre la posibilidad de
publicarlos pero, cuando llegaron allá, Parra no estaba.

–Nos cruzamos, él había viajado a Santiago.

La vida, a veces, es poco más que una serie de eventos desafortunados. Elisa
Canguilhem vuelve súbitamente a la pregunta inicial.

–¿Te refieres a si me gustaba algún poema de él?

Entonces comenta que su poema predilecto es uno que dice algo así como
“yo soy poeta porque vivo a expensas de mis padres”.

–Me gustaba ése porque era la realidad.

Rodrigo Lira nació en 1949 en la Clínica Santa María de Santiago de Chile.


Fue el primer hijo de un total de cuatro varones –seguirían Ignacio, Sebastián,
Gonzalo– del matrimonio de Elisa Canguilhem y Gabriel Lira. Niño promisorio,
escolar nómade, estudió en la universidad pero nunca terminó una carrera, fue
poeta pero nunca publicó un libro en vida, se enamoró pero nadie le recuerda una
novia.

–Una vez en Valparaíso me lo topé en un bar, estaba con una mujer,


tuvieron algo, Pati creo que se llamaba, nunca más la volví a ver –dice el escritor
Roberto Merino–, que fue su amigo y lo conoció en 1979.
En 1978, a los 29 años, Rodrigo Lira irrumpió por primera vez en la escena
literaria cuando, con un poema, logró una de cuatro menciones en el concurso
Alerce, de la Sociedad de Escritores de Chile. Al año siguiente ganó el primer
premio en el concurso de poesía de una revista de contracultura llamada La
Bicicleta. Aunque modesto, ése sería su principal logro artístico en vida.

Recién después de su muerte, y luego de reunir un conjunto de textos


desperdigados, tres de sus amigos lograron publicar, en 1984, el libro Proyecto de
obras completas (Editorial Minga y Camaléon), con prólogo de Enrique Lihn. El
crítico literario de más peso por entonces era el sacerdote José Miguel Ibáñez, que
firmaba su crítica en El Mercurio bajo el seudónimo de Ignacio Valente. El 2 de
diciembre de 1984, Valente dio su veredicto sobre la obra póstuma de Lira: “Su
talento poético más específico fue el de la parodia (…) Las afinidades sonoras y las
asociaciones inmediatas de imágenes lo seducían de modo irresistible. De estas
largas secuencias sonoras y metafóricas Lira sabe arrancar ciertos chispazos
verbales ingeniosos pero el mecanismo justamente por ser un mecanismo y por
reiterarse en exceso deriva en cierta inconsistencia, en una poesía muy
desarticulada que abandona la coherencia interna de la propia intuición para
entregarse al primer juego de palabra que sale al paso”. Valente termina su crítica
diciendo: “Este Proyecto lo es doblemente en cuanto obra inconclusa y en cuanto
boceto de una poesía posible”.

Proyecto de obras completas, cuya tirada inicial fue de 500 ejemplares, se


transformó en un objeto de culto para las generaciones siguientes y Lira en una
suerte de ícono. “Me dice David Wallace (profesor de literatura) que los
muchachos y las muchachas estudiantes de pregrado en literatura de la
Universidad de Chile cuentan a Rodrigo Lira como uno de los suyos” escribía el
profesor de literatura Grínor Rojo en el prólogo de Declaración jurada, el segundo
libro de Lira, publicado más de veinte años después de su muerte, en 2006. Sobre
ese volumen dio cuenta el crítico Camilo Marks, sumándole a su reseña el factor de
celebridad que con los años adquirió la figura del poeta: “Rodrigo Lira no es un
mito más de la literatura chilena, sino la figura arquetípica que reúne, en su vida y
creaciones, todo el potencial de extravío, perdición, descarriamiento de una
vocación llevada a sus últimas consecuencias, en el límite extremo de la ruptura
con el lenguaje”, apunta en su libro La crítica, el género de los géneros (Ediciones
UDP, 2007).

La leyenda cobró nuevo impulso cuando Roberto Bolaño lo mencionó, en su


libro Putas asesinas (Anagrama, 2001), integrando la lista de los “seis tigres de la
poesía chilena del año 2000”. Una aseveración arriesgada que desafiaba la muerte
del propio Lira quien, como el mismo Bolaño explica, “ya se había suicidado y
llevaba varios años pudriéndose en algún cementerio o sus cenizas volando
confundidas con las demás inmundicias de Santiago”.

Rodrigo y sus tres hermanos eran hijos de militar. Y un hijo de militar es un


ciudadano en tránsito. Ir de una ciudad a otra, de un colegio a otro, hacer amigos,
dejarlos, volver a hacerlos. La familia de un oficial del ejército, como era la de
Gabriel Lira y Elisa Canguilhem, habita además una zona socialmente extraña
–“ambigua”, como decía el propio Rodrigo Lira en su extravagante “Curriculum
Vitae”, un texto escrito dos meses antes de su suicidio con el que pretendía
conseguir empleo como redactor creativo en una agencia de publicidad y en el que
reseñaba, por ejemplo, sus internaciones psiquiátricas–, a medio camino, con
aspiraciones de status que no se satisfacen con el sueldo de las fuerzas armadas.
Por eso, preparándose para después del retiro, Gabriel Lira también estudió
derecho. El plan era prosperar, salir adelante. En ese mundo creció Rodrigo Lira.
De los colegios de provincia pasó, en 1958, al exclusivo Verbo Divino, de Santiago,
donde estuvo cinco años, desde cuarta preparatoria hasta segundo de
humanidades. Allí sus compañeros lo apodaban “el guatón Lira”, como cuenta en
un documento inédito que guarda su amigo, el pintor Óscar Gacitúa, a quien
conoció en 1979. En ese texto Lira apuntó que también tuvo otro apodo: “(…) dos
vecinos, Diego y Rodrigo P. De A. Con aviesas intenciones dieron en apodarme
‘mister pico’. Cuando informé esto a mi madre, ella comentó ‘esa es una palabra
muy fea’. La palabra para designar en familia a mi pene y los de mis hermanos era
‘pajarito’. El de mi padre permanecía innominado”. Luego, la familia se mudó
nuevamente a la provincia, a la ciudad de Iquique, 1900 kilómetros al norte de
Santiago. En esa ciudad Rodrigo ingresó al Colegio Don Bosco, que su madre
describe como “de bajo nivel” para un niño que ella y su marido consideraban
“brillante”. Este diagnóstico fue el principal argumento para decidir enviarlo de
vuelta a Santiago.

–Teníamos la posibilidad de que entrara en la Escuela Militar.

Y así fue como sucedió, en 1964.

–Se veía muy lindo de uniforme. En realidad era muy buen mozo. Después
ya no lo fue.
En la Escuela Militar Rodrigo ya era un hombre. Alto, delgado, de pelo
ligeramente más fino y claro en la parte superior de la cabeza y más oscuro en los
costados. La frente despejada, las cejas gruesas, los ojos oscuros. Era la primera vez
que vivía separado de su familia pero, excepto por haber ganado un premio de
artes plásticas, nada especial parece haberle ocurrido en la Escuela Militar donde
estuvo sólo dos años. El sexto, de humanidades, lo cursó en el Liceo 11, un
establecimiento fiscal, del que egresó en 1966. Su padre había pasado a retiro y la
familia se había instalado definitivamente en Santiago, en el vecindario
acomodado de Las Condes.

Esa escolaridad nómade sería un rasgo que continuaría cultivando en la


universidad. El capital cultural del que solía jactarse no era un asunto de
asignaturas cursadas. Su cultura, sus aficiones, esa mezcla de erudición y calle,
emanaba de otro sitio. De la voluntad cosmopolita de quien nunca cruzó el océano
y tal vez del gusto de su padre por la música, la pintura y la ópera, de las lecturas
sin orden ni academia, del francés que aprendió a pulso y de una Enciclopedia
Larousse que el abuelo Canguilhem habría rescatado del barco que lo había llevado
desde Francia a Chile. Esa Enciclopedia, su orden, sus clasificaciones, el universo
dispuesto en pequeñas reseñas, marcaría la manera en la que Lira –que vestía tweed
y gorra deerstalker a los Sherlock Holmes, corbata tejida y tirantes en los
pantalones– desplegaría su manera de ver el mundo. En el prólogo de Proyecto de
obras completas, Enrique Lihn recuerda una visita intempestiva que hizo a su casa,
en la que hizo “un despliegue de erudición relacionada con viejos y nuevos autores
americanos de tiras cómicas y temas antiguos. Era eso: un erudito de la
contracultura, del pop art”. Como los bandoneones que se abren y cierran para
emitir sonidos, la inteligencia de Lira se dilataba en taxonomías pero, en lugar de
mantener un ritmo, una constancia, parecía hacerlo a sobresaltos.

–Extremaba la racionalización, podía hablar demasiado tiempo de alguien o


de algo. Se concentraba en un tema que no daba para tanto y no paraba de hablar
de eso –cuenta Roberto Merino.

La generación de Rodrigo Lira, los nacidos poco antes y poco después de los
’50, entró en la juventud a tiempo para los cambios de los años ’60. El destino los
instaló en una etapa de transformaciones sociales que llevaron al país por una
curva que se fue cerrando cada vez más. El gobierno de derecha de Jorge
Alessandri fue reemplazado en 1964 por el del democratacristiano Eduardo Frei
Montalva, que se presentó como la alternativa moderada y confesional frente al
avance de la izquierda que proponía cambios más agresivos inspirados en la
revolución cubana. Su gobierno desarrolló diversas reformas que pretendían
modernizar la estructura social. La más importante fue la reforma agraria que
terminó quitando poder a los partidos conservadores.

Para las elecciones de 1970 los partidos de izquierda optaron por agruparse
en torno al candidato Salvador Allende, en una plataforma llamada Unidad
Popular. El triunfo de Allende –socialista y marxista– fue un desafío para el
sistema democrático chileno, pero el 11 de septiembre de 1973 un golpe de Estado
derrocó a su gobierno y una Junta Militar, encabezada por Augusto Pinochet,
asumió el poder. La generación de Rodrigo Lira –que había vivido su juventud en
una efervescente y conflictiva democracia– terminó resignándose a la dictadura. En
el poema “Inserción” escrito a fines de los ’70 y publicado en Declaración jurada,
Lira dice: “Hoy ha muerto la generación de mi padre –engendradora de nuestra
generación– / Poco hay que decir”.

Pero cuando Lira egresó del liceo, en 1966, la idea de “juventud” era un
cascabel que todos empezaban a agitar desde distintas esquinas.

En la prueba de selección para el ingreso a la universidad, que determina a


qué carrera profesional o programa de licenciatura se accede, obtuvo un puntaje
discreto que le permitió entrar a la carrera de sicología en la Universidad Católica.
Allí estuvo sólo un año. Luego se cambió a filosofía y, en 1970, a la Escuela de
Artes de la Comunicación. No parecía decidirse a perseverar en nada y el niño que
“ya hablaba antes de cumplir un año” y al que su madre destacaba por su
inteligencia, comenzaba a desencantar a su familia. “Llega el momento en que uno
sintió una tremenda desilusión por la evolución de Rodrigo de niñito genio a…
cuando al salir del colegio, nosotros por nuestra manera de ser pensamos que iba a
estudiar leyes, que iba a ser un abogado brillante”, dijo su madre en el documental
Topología del pobre topo (2000) de Hernán Dinamarca.

En 1967 los estudiantes de la Universidad Católica iniciaron un movimiento


que reclamaba reformas al sistema. Las relaciones con la autoridad se tensaron y
comenzó una huelga que incluyó la toma de la Casa Central. El diario El Mercurio
informó que el movimiento no era propiamente estudiantil, sino una suerte de
estrategia política manejada por el Partido Comunista. La respuesta de los
estudiantes fue colgar en el frontis de la Casa Central de la universidad un lienzo
con una frase que se hizo célebre, “El Mercurio miente”, y Lira fue parte de ese
movimiento. Dos años después desertó definitivamente de la Escuela de Artes de
la Comunicación. Para ese entonces Salvador Allende había ganado las elecciones,
y el rumor del cambio social, político y económico se hacía cada vez más fuerte. Su
familia era opositora al nuevo gobierno, pero sin mayores aspavientos. Sobre sus
propias preferencias políticas no hay claridad. A uno de sus psiquiatras le dijo que
fue simpatizante del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), una
agrupación que reivindicaba la lucha de clases compuesta en gran medida por
estudiantes universitarios, a la izquierda del gobierno de Allende. Según otros
testimonios, como el de Roberto Merino, nunca se interesó por la política
contingente.

En 1971 trabajó en la Editorial Quimantú, creada por la Unidad Popular, con


la intención de masificar la industria editorial y publicar libros a bajo costo para
que las clases bajas tuvieran acceso a la literatura. Entró al departamento de
publicaciones infantiles y educativas, pero sólo por algunos meses. Su madre
recuerda el episodio como un hito que señalaría un cambio.

–La preocupación misma comenzó cuando estaba trabajando en Quimantú.


Había conseguido un trabajo interesante, y de un día para otro se le ocurrió
renunciar a eso para irse al norte con una mochila.

Así, de un día para otro, decidió irse. Viajó por el desierto del norte de Chile
unos meses –no queda claro cuántos– y volvió a Santiago antes de que terminara el
año. El malestar de sus padres iba en aumento: el hijo que habían juzgado brillante
no tenía planes claros. Además, ya era evidente que tenía por costumbre fumar
marihuana, algo intolerable para una familia de clase media de esa época, sobre
todo para la de un militar. “Marihuana” era, por entonces, sinónimo de droga, más
aún que la cocaína, a la que sólo tenían acceso unos pocos, y que el LSD, que
apenas se conocía. Ser “marihuanero” era un estigma, incluso dentro de la
universidad. Entonces, su madre decidió hacer algo.

–Leí en un diario la existencia de un grafólogo y le pesqué escritos y se los


llevé al grafólogo y él me dijo “aquí hay una personalidad que necesitaría apoyo
sicológico”.

–¿Cuándo le diagnosticaron esquizofrenia?

–Nunca me voy a olvidar de ese día, ni de quién se lo dijo, pero de eso no te


voy a hablar.

Eran los meses finales de 1971. Recién llegado de su viaje por el norte,
llevado por su madre, Rodrigo Lira fue por primera vez a ver a un psiquiatra:
Armando Roa, una eminencia de la psiquiatría local, reconocido por sus opiniones
conservadoras y por haber escrito un libro contra el consumo de la marihuana.
“Con Roa comenzó mi peregrinación psiquiátrica” le dijo años más tarde a su
amigo, el poeta y psicólogo Eduardo Llanos. Roa le habría sugerido dejar de fumar
marihuana, pero Lira no estaba dispuesto y en su poema “Testimonio de
circunstancias” (“Advierto / que no soy sicótico me dicen ‘loco’ pero a los que me
dicen ‘loco’ otros a su vez les dicen ‘flaco’/ tal como se dice ‘flaco’/–a veces me dicen
‘flaco’/ y un flaco re’flaco me dice gordo”), publicado en Proyecto de obras completas,
se desquita:

“al Dr. ARMANDO ROA, autor de un infame opúsculo difamatorio a


MADRE CÁÑAMO”.

Pero para su familia el problema, además de la marihuana, eran la falta de


constancia en la universidad y la convivencia, que empezaba a hacerse insufrible.
Roa hizo un diagnóstico de esquizofrenia hebefrénica y eso, de cierta manera,
marcó una ruta. A partir de 1971, luego de una primera internación de dos meses
en la Clínica Psiquiátrica de la Universidad de Chile, las visitas al psiquiatra se
hicieron periódicas. Mientras, su intento por buscar una disciplina académica
sufría sucesivos fracasos. Hasta 1974 tomó y abandonó cursos de arte y de
psicodanza con un grupo de terapeutas vinculados a la corriente conocida como
“grupo Arica”, una suerte de movimiento consagrado a la meditación
trascendental que no se privaba del uso de marihuana. En 1975 rindió nuevamente
la Prueba de Aptitud Académica y logró ingresar a la Facultad de Bellas Artes de
la Universidad de Chile. Allí tomó un curso del departamento de biología,
seguramente motivado por su interés en las plantas y la ecología. En eso coincidía
con el poeta norteamericano Gary Snyder, uno de sus escritores predilectos. En el
poema “Paseo de las flores”, Lira escribió: “De un cerro entre los cerros en la
escarpada ladera estaban las flores silvestres ofreciendo sin pudores sus colores
desplegando tranquilas sus tropismos viviendo su vida a la usanza del monte al que
sube un hombre que sólo las ve al recoger unas cuantas”. Pero esos nuevos
estudios tampoco prosperaron, y se interrumpieron por completo cuando la
familia lo internó nuevamente.

La siguiente escena transcurre en 1975 en la Clínica Psiquiátrica de la


Universidad de Chile. Uno de los maestros de psiquiatría, el doctor Otto Dörr,
recorría los pabellones junto a un grupo de alumnos, aspirantes a psiquiatras. Uno
de los aspirantes era Arístides Rojas. Dörr se desplazaba en sus dominios
enseñándoles a sus discípulos las consecuencias de los trastornos mentales.
Arístides Rojas recuerda:

–Un día entramos a una sala a ver a los pacientes del pabellón.
Era una gran sala donde había treinta camas con pacientes de diferentes
patologías, diferentes formas de locura.

Eran cerca de diez alumnos los que rodearon una de esas camas. En el centro
del semicírculo, el doctor Dörr. Frente a ellos, postrado, un hombre con “unos ojos
negros que despedían relámpagos y una barba tupida”. Entonces el maestro le
habló al paciente.

–Buenos días, Rodrigo ¿cómo está usted?

–Como las huevas doctor, cómo quiere que esté.

Entonces, Dörr tomó por el hombro a Arístides Rojas y le susurró al oído:


“Descarnado, esto es propio de la esquizofrenia”. Rojas recuerda que el
diagnóstico de Dörr fue esquizofrenia paranoide, “la más peligrosa de las
psicosis”. Luego, le asignó a Rodrigo Lira como paciente. El primero de su carrera
de psiquiatra.

–Todavía Rodrigo no había publicado nada. Escribía como todas las


personas que tienen dificultades psiquiátricas y aterrizan en una clínica. Ahí vi sus
primeros versos, muy primarios todavía. Le dije “Rodrigo, yo sé lo que es la
poesía, porque es mi pasión y tú tienes condiciones para escribir, sigue
practicando”.

–¿Por qué estaba internado?

–Me dijo que él llegó una noche a su casa, desesperado, angustiado y vio a
toda la gente reunida en torno a la televisión. Dijo “mamá” y lo hicieron callar; dijo
“papá” y lo hicieron callar. Vio el televisor y, enloquecido de rabia, le dio una
patada y lo hizo trizas. Era el caso más difícil del pabellón. Solía burlarse de los
médicos. A una placa de reuniones que decía “Psiquiatras” le agregó al final “SS”.

No hay precisión acerca de cuánto tiempo estuvo internado, pero debió ser
una hospitalización lo suficientemente extensa como para impedir que retomara la
universidad durante ese año y el siguiente.

Lira aprendió inglés y francés de forma autodidacta y trataba a las palabras,


en todos los idiomas, como objetos susceptibles de ser despedazados.

–Más que un poeta, se consideraba un diestro operador del lenguaje –dice


Roberto Merino.

Su manera de contemplar el lenguaje parecía la de un entomólogo que se


enfrentaba a un insecto nuevo. Un ejemplo es su colección de dichos populares
franceses que incluyen la palabra “bec”, que literalmente significa “pico”.
Expresiones triviales que traducidas de manera literal se volvían frases tan
carentes de sentido como obscenas, porque “pico”, en Chile, es la manera vulgar
de llamar al pene. Recolectó cerca de veinte dichos, como “bec fin” –literalmente
pico fino– que en francés alude a alguien con remilgos gastronómicos, o “tomber
sur un bec” caer sobre un pico que significa “encontrarse con una dificultad
importante”. Antes de morir le confió al pintor Óscar Gacitúa la lista de refranes
para que hiciera algo con ella.

–Me dejó una caja con material, textos, dibujos, en la puerta de mi casa antes
de navidad. Él se mató un 26 de diciembre, dice Gacitúa, que ilustró cada uno de
los dichos con un grabado que pensó publicar, pero la madre de Lira se lo prohibió
porque le parecieron obscenos.

Lira combinaba la escritura con la imagen y el diseño. Existe un autorretrato


suyo hecho con líneas curvas sobrepuestas, círculos y semicírculos que forman una
figura dislocada y sinuosa. En ese autorretrato ya no era el jovencito delgado, sino
un hombre grueso y calvo de mirada punzante. Dibujaba imágenes pobladas de
falos de distintos tamaños y colores, confeccionaba collages con recortes de diario,
hacía marionetas de papel. Muchos de sus poemas son trozos de frases ordenadas
geométricamente sobre un fondo blanco y así un verso es un cuadrado, otro un
rectángulo, unos cuantos más se descuelgan hacia el fondo del papel como un
acantilado de palabras. Se dibujaba a sí mismo con el bigote que en ocasiones era
barba y, otras, gruesas patillas. Exploraba una apariencia para cambiarla por otra,
tal como despedazaba anuncios de diarios, publicidades, nombres y apellidos: el
poeta Enrique Lihn Carrasco era, para él, Ca-ca-rrasco; en el texto “Inserción”
escribió aludiendo al grito “Y va a caer”, utilizado como protesta contra la
dictadura de Pinochet: “Iba caer, iba caer iba caer y caca es y vaca es y vaca es y
va a caer y va / caer!”.

Un año o dos antes de su muerte, durante un recital de poesía, le


preguntaron por sus poetas favoritos y citó a Allen Ginsberg, Gary Snyder y
Gregory Corso. Todos beatniks, norteamericanos, hijos de una sociedad
industrializada, herederos de la cultura y la imaginería pop y consumidores de
drogas. Un ambiente muy distinto a la realidad chilena de esa época, y con el que
logró contactarse a través de la literatura, la música y un amigo. Carlos Kelly era
un puntarenense que había hecho un viaje a Buenos Aires. Allí había conocido el
rock y la vida moderna, más allá de la trova cubana y los sueños con serpientes
que exigía la izquierda del momento. No hay registro de dónde, cómo y cuándo se
conocieron con Lira, pero los puntos de unión son contundentes: Kelly manejaba
información sobre música norteamericana, rock progresivo –un bien escaso para
un país lejano, pobre y empeñado en su propia vía al socialismo– y tenía debilidad
por la marihuana. Lira organizó con Kelly una feria de artesanía antes de la
navidad de 1972 en la esquina de las calles Providencia y Nueva de Lyon.

–La noción de amistad puede ser relativa, pero creo que Lira tuvo pocos
amigos, muchos menos de los que tiene póstumamente. Su vida social era más o
menos intensa durante cortos períodos y muy limitada habitualmente –dice el
poeta Antonio de la Fuente, que conoció a Lira meses después del golpe de Estado,
saliendo de un recital de jazz en el centro de Santiago–. Fue en el otoño de 1974.
Con un grupo de amigos comunes pasamos frente a La Moneda, camino de algún
boliche. Frente a la guardia de carabineros, Lira se fue al suelo diciendo “Hache
hache, que vienen los rockets” –burlándose del bombardeo a La Moneda durante
el golpe de septiembre del ’73–. La autoridad lo miraba con estupefacción.
Nosotros también. Fue su tarjeta de presentación. Lira tenía 24 años, yo 19.

Rodrigo Lira tuvo amigos, pero no uno que lo haya conocido desde siempre
y en todas sus facetas, como niño, como joven, como adulto, como artista y como
enamorado, que supiera con certeza con quién celebraba la pascua, que tuviera la
confianza para contradecirlo. Eduardo Llanos y Óscar Gacitúa, por ejemplo, no
fumaban marihuana y eso, quizás, marcó una distancia: ninguno de los dos
conoció la casa de Lira. Entre Llanos y Lira todo era un poco formal, contenido, y a
Gacitúa lo visitaba en su casa. El doctor Arístides Rojas no recuerda que
mencionara a algún amigo en particular durante las sesiones de dos horas que los
convocaron, como médico y paciente, entre 1975 y 1977, pero sí dice que se
enorgullecía de haberle fracturado el brazo a un tipo en una riña. Y habla de su
tozudez:

–Se oponía a cualquier proposición que yo le hiciera. Una vez le dije:


“Rodrigo, para mí tú eres un exponente fidedigno de lo que un literato definió
como ‘acto gratuito’. Me preguntó qué significaba eso y yo le expliqué que era
como ordeñar una vaca para luego arrojarle en la cabeza su propia leche. Le dije
que eso era lo que él hacía conmigo. Que me estrujaba, me cuestionaba y al final
me miraba con un desprecio monumental”.

–¿Y qué respondió él?

–Él respondía mascullando.

Más que amigos, tuvo un puñado de testigos parciales a los que de cuando
en cuando abandonaba para refugiarse en un letargo que debió ser doloroso.

–Aparecía por la casa como esas tías empobrecidas de la familia que llegan a
la hora de comida –dice el pintor Óscar Gacitúa. En 1975, Arístides Rojas, le
recomendó a la familia que lo ayudaran a mudarse solo. Rodrigo tenía 25 años y el
lugar escogido fue un departamento, arrendado por sus padres, en calle Grecia
907. El departamento era el número 22 y quedaba en el segundo piso de un edificio
que tenía un total de cuatro, en un barrio familiar de clase media rodeado de
jardines descuidados y cerca del conjunto de bloques de departamentos conocidos
como Villa Olímpica.

–Tras la puerta, un corto corredor daba sobre el living-comedor –recuerda


Antonio de la Fuente–. A la derecha, la cocina y luego el dormitorio. En el
dormitorio, en el muro de la izquierda una ventana y, a la derecha, el baño. Desde
el living se accedía a un balcón que daba a los jardines de esos edificios. Lira solía
sembrar suspiros azules, ipomeas, flores que cubrían el balcón.

A Lira le gustaban las flores, las plantas y los árboles. Su predilecto era el
ilang-ilang, el árbol que escogió su familia para plantar frente al mausoleo donde
depositaron sus restos cremados. La botánica podría ser interpretada como una
forma de desplegar su ansiedad por clasificar, como lo establece en el poema
“Testimonio de circunstancias”: “Pero preciso hacer notar que la yerba / proviene
de las matas de cáñamo y que las matas de cáñamo no son ANDRÓGINAS y lo que
funciona para la acupuntura esa los pitidos o piteadas, o las pipas son las
inflorescencias de las HEMBRAS”. Pero esa obsesiva organización mental no se
reflejaba en su propio hábitat, oscuro y descuidado. En su casa, que según sus
amigos solía estar muy sucia, había libros por todas partes, recortes, piezas de
bicicletas y, aunque nunca tuvo teléfono, pilas de guías telefónicas.

–En cuanto a la decoración –dice Antonio de la Fuente– por llamarla de


alguna manera, puedo decir que era un lugar austero, oscuro, con montones de
libros por el suelo y una taza de WC sobre la mesa del comedor. La oscuridad era
porque a Lira le gustaba mantener echada la persiana. Cuando estaba abierta, la
luz entraba a borbotones.

En el poema “Topología del pobre topo”, incluido en Proyecto de obras


completas, escribió: “Tormentoso, el Topo tiembla: tiene tristeza: atrona un poco. El
Topo no tiene comida: dinero tiene tampoco. Pero tiene taller Tiene taller: en las tardes
tornea tañe tararea –atrona un poco El Topo se empecina se desmide se tropieza: se
tropieza el Topo, repta –tiene anatomía–, atrona un poco”.

Vivir de forma independiente fue, en cierto modo, una solución al conflicto:


su presencia en casa de sus padres era una fuente de tensiones para la familia y el
contraste de su vida –despojada de logros de los que jactarse– con la de sus
hermanos hacía más evidente el fracaso de las expectativas: Ignacio, el que le
seguía en edad, era ingeniero y ya se había casado; Sebastián era músico y tenía un
posgrado en el extranjero; Gonzalo, el menor, era estudiante de geología. Todo
parecía marchar relativamente bien, hasta que en 1976 un resfrío fuerte lo decidió
volver a casa de sus padres. Desde allí llamó a Arístides Rojas.

–¿Qué le dijo?

–Me dijo con esa voz plañidera de niño: “Puta la huevá, estoy aquí en la casa
de mi familia, me vine a refugiar aquí porque no tenía donde estar, estoy
refugiado”.

Dijo que el ambiente no era el mejor, que su padre apenas lo quería mirar. El
psiquiatra fue a verlo.

–Lo encontré en una atmósfera deplorable para él. Lo único que quería la
gente de su casa era que él estuviera fuera de su espacio, y él estaba buscando
refugio, acogida. Y en ese ambiente, que él conocía mejor que nadie, no podía
encontrar esa acogida pidiéndola como él la pedía. Porque no la pedía, la exigía. Él
despreciaba a su familia, tenía una relación muy difícil con su padre, lo
consideraba un idiota. Las relaciones familiares son ambivalentes, pero él no era
capaz de asumir la responsabilidad que le cabía. Siempre estaba, como la mayor
parte de los neuróticos, poniendo la responsabilidad de sus actos en los demás. O
sea, si él era mal recibido, era porque esta gente era egoísta, de corazón frío. Nunca
estaba al paso de decir “Sí, entiendo que no me quieran ver, me he ganado esta
reacción”. Siempre se estaba haciendo la víctima.

Arístides Rojas lo llevó desde la casa de sus padres a la Clínica del Carmen,
un establecimiento psiquiátrico. Lo ingresó y se marchó a su consulta donde,
apenas llegar, recibió una llamada desde la clínica: Lira había destrozado un
ventanal e intentado cortarse el cuello. Rojas regresó inmediatamente y Lira, que
estaba amarrado en el “pabellón de agitados”, le pidió que lo desatara.

–Me dijo “oye, huevón, líbrame de esto, libérame”.

Conversaron, llegaron a un trato y Lira prometió comportarse. El psiquiatra


convenció a los encargados de que lo soltaran. Lo que siguió a continuación
marcaría el fin de la relación entre ambos: Lira no le perdonó a Rojas que pidiera
que le administraran electroshock.

–Me dijo: “Conchetumadre, por tu acción yo he ingresado al grupo de los


estigmatizados por la medicina, a los electrocutados”. Reconozco que hacerlo fue
una expresión de mi impotencia, los medicamentos que usaban ya no servían. Le
dije que considerara los hechos, que por salvarlo de la locura lo hice. Ahí se
terminó la relación con él. Sé que Rodrigo tiene defensores que consideran que fue
maltratado por los psiquiatras.

Arístides Rojas se refiere a las críticas de algunos amigos de Lira. Según


Eduardo Llanos, el diagnóstico de esquizofrenia estaba equivocado y sostiene que
todo se debió a una “confusión psicopatológica y psiquiátrica de la época”. Cree
que “para mucha gente en la actualidad él hubiera sido un tipo muy normal. En el
contexto de esos años él no tenía un lugar. Eso me duele”. El doctor Arístides Rojas
tiene otra perspectiva:

–El prejuicio que hay respecto de Rodrigo es que fue maltratado por la
psiquiatría. Y eso hay que entenderlo en una perspectiva que no distorsione la
realidad. Yo fui el primer psiquiatra que determinó que él requería un
electroshock, después del incidente en la Clínica del Carmen.

La orden de Rojas fue una secuencia de tres electroshocks aplicados con una
inyección de pentotal. Luego de eso, y de una internación de varios meses, Rodrigo
Lira volvió a su consulta sólo para despedirse. Más tarde, incluiría los pormenores
de su diagnóstico y de los electroshocks en “Curriculum Vitae”, el texto escrito dos
meses antes de su muerte: “Con muy escasos ingresos, en un período nacional –y
mundial– de ‘estagnación’ y restricciones en el mercado ocupacional, mi situación
psicológica se deteriora bastante como para proceder a nuevas hospitalizaciones,
en la Clínica P.

De Valdivia y la Del Carmen, en la cual se me aplican tratamientos de


shocks”.

–Nunca tuvo problema en contar lo de los electroshocks. Él era como


escribía –dice el pintor Óscar Gacitúa.

En ese texto incluyó sus datos clínicos y, si bien no determina cuánto tiempo
estuvo internado, indica que fue en 1976: “Sólo a fin de año alcanzo un cierto nivel
de tranquilidad”.

Luego del tratamiento, interrumpió una vez más sus estudios. A mediados
de 1977 hizo un viaje de “reposo” a la región de Coquimbo, al norte de Santiago.
En “Declaración jurada” relata que volvió a Santiago el martes 30 de agosto y que
su primera actividad fue ir a contemplar la luna a la Villa Olímpica, el vecindario
de bloques de departamentos cercano a su casa. Allí un grupo de muchachos lo
invitó a compartir una botella de pisco y fumar marihuana. Él aceptó. Pero
entonces llegó una comisión civil de carabineros. “Yo estaba más interesado en la
Contemplación de la Luna majestuosa que en el inmediato entorno humano, de
modo que fui sorprendido cuando se me interpeló en forma amenazante, siéndome
solicitados mis documentos, los cuáles habíanseme quedado en el departamento”,
escribió en “Declaración jurada”, donde hizo una extensa relación de los hechos
que terminaron con él escapando de la policía y refugiándose en su departamento,
donde se cambió de ropa. Luego se fue a casa de sus padres, al otro lado de la
ciudad. “Al comunicar esta lamentable historia a mi señora madre, ella fue del
parecer de que lo mejor que podía hacer era volver al norte, puesto que ocurría que
había en Vicuña un giro para mí que yo no retirara. De modo que el miércoles
treintaiuno de agosto volví a pisar la tierra de la Cuarta Región, de dónde regresé
el jueves quince de septiembre, hace dos días”.

Tenía 28 años. Volvió a la universidad al año siguiente y emprendió una


nueva carrera en el Pedagógico de la Universidad de Chile, un lugar al que llamó
su “nicho ecológico”.

En el número 1259 de la calle Condell de Valparaíso hay una puerta


estrecha. La puerta lleva a una escalera que sube hasta la segunda planta y
desemboca en un espacio en forma de herradura en el que hay una tienda de
regalos, una oficina de contabilidad y un bufete de abogados. En el centro, un
pequeño sex shop llamado “Para ti”. En el local hay productos de distinto tipo
desplegados como en un almacén de barrio. Junto a la puerta de entrada un
maniquí con lencería y, en las repisas, falos de plástico. El poeta Alejandro Pérez
trabaja en la tienda. Es, para muchos, el amigo más cercano que tuvo Lira durante
sus últimos años. Ambos eran admiradores de los beatniks, leían a Ginsberg y
escuchaban a los Beatles. Ambos disfrutaban con el rock progresivo, el grupo
Kansas y Jethro Tull.

–A los cubanos no los queríamos escuchar más –dice Pérez.

En otoño de 1978 Alejandro Pérez estudiaba sicología en el Pedagógico de la


Universidad de Chile, una de las instituciones más afectadas por el golpe de
Estado, donde profesores y alumnos sufrieron detenciones, hubo desaparecidos y
exiliados y se cerraron escuelas. Un día de otoño los entonces estudiantes de
sicología y poetas Eduardo Llanos y Alejandro Pérez caminaban frente al
Pedagógico por la vereda norte de avenida Macul. Las hojas de los plátanos
comenzaban a teñir las veredas y un hombre de gorra les comentó que se estaba
acumulando mucha hojarasca que convenía transformar en tierra de cultivo. Ese
hombre era Rodrigo Lira que había ingresado al bachillerato en lingüística. De
hablar sobre los árboles pasaron a conversar sobre literatura, de la literatura a la
poesía hispanoamericana y de eso a Enrique Lihn, una suerte de tótem para una
parte de esa generación. Los nuevos amigos empezaron a reunirse en la pequeña
oficina que ocupaba Eduardo Llanos como alumno en práctica de sicología. Otro
punto de reunión eran las canchas del interior del campus: los fumaderos del
Pedagógico.

–Coincidimos, suena feo decirlo, pero éramos buenos amigos marihuaneros


–apunta Alejandro Pérez.

–¿Dónde conseguían marihuana? –En la avenida Grecia, cerca del


departamento de Rodrigo, en la Villa Olímpica.

–¿Qué poesía le gustaba?

–Lírica, musical, era pegado con los ritmos, con la forma en que sonaba.
Teníamos debates infinitos sobre el significado de una expresión en inglés. Si
escuchábamos una canción del grupo Kansas, por ejemplo, nos deteníamos en la
frase “nothing last forever”, y particularmente en la palabra “last”. Sabíamos lo
que significaba, pero discutíamos sobre por qué significaba “durar” y no “último”,
cómo se llegaba a ese sentido, qué hacía que no se confundieran las expresiones.
No teníamos una buena teoría de la traducción para sostener nuestros puntos de
vista, pero debatíamos horas.

–¿Cómo lo describirías?

–Como una persona sensible que estaba dispuesta a cualquier cosa por
satisfacer las necesidades de otro que quisiera escuchar. Estaba ávido de ser
escuchado. Podía leerte veinte versos, 150 versos, y mientras tanto uno lo único
que podía hacer era fumar un cigarrillo.

Todo indica que, a fines de los ’70, Rodrigo Lira estaba lleno de planes.
Quiso reformar los jardines de su vecindario y plantar marihuana alrededor, una
idea que incluso presentó a la junta de vecinos del edificio.

–Trató de convencerlos diciéndoles que la plantación iba a permitir financiar


los gastos comunes. Expuso esto muy serio, creía que iba a ser aprobado por el
resto. Era un proyecto muy meticuloso en el que ocupó bastante tiempo– dice
Óscar Gacitúa.

También propuso sembrar hortalizas en un terrenito detrás de la escuela de


historia, aprovechando los amplios espacios que existían en el Pedagógico. Roberto
Merino escuchó que en una oportunidad Lira le sugirió a la administración de la
universidad aprovechar la cantidad de informantes de la policía secreta de la
dictadura –conocidos como “sapos”– que circulaban por el campus y pedirles que
regaran el pasto. Otro de sus planes, quizás el más importante, parecía ser lograr
cierto reconocimiento. Toda la obra que se le conoce, y su actividad en recitales de
poesía, es posterior a 1977. En “Curriculum Vitae” anota: “El período 1978 a 1980:
Ingreso al programa de ‘bachillerato en lingüística’ en el Campus Macul de la
Universidad de Chile: Participo en una notable cantidad de lecturas en público de
poesía y en varias publicaciones”. Las publicaciones a las que se refería fueron seis
revistas de literatura que seleccionaron trabajos suyos. En 1978 ganó, por primera
vez, un premio: una mención en un concurso de la Sociedad de Escritores.
Siguieron a ese algunos otros, lo que llevó a pensar que tal vez fuera posible vivir
de los certámenes.

–Ni era una idea tan descabellada –dice Eduardo Llanos–. Yo en el año 78
debí ganar unos diez premios. No era imposible, pero era evidente que se
necesitaba un trabajo sistemático y un nivel de frugalidad asombrosa. Porque no
suena igual decir “vivir de concursos” si lo que hay que reunir son unas cuantas
luquitas mensuales, porque el resto lo tenía más o menos asegurado por la familia,
que cuando hay que pagar grandes cuentas.

–¿Cómo era su humor?

–Sarcástico. Pero no era consciente del sarcasmo. El sarcasmo típicamente


como figura supone zaherir al otro, mordisquearlo. Pero él empezaba en el juego
de palabras.

–¿Como Lihn Cacarrasco?

–Sí, pero lo hacía porque le encantaba hacerlo.

Rodrigo Lira resultaba una criatura extrañamente atractiva para la nueva


generación de poetas, con quienes se llevaba un promedio de cinco años de
diferencia. El círculo era pequeño, unos pocos conocidos que se movían en un
espacio cultural aplastado por las circunstancias. Él se hizo notar por sus
declamaciones, por su estampa estrafalaria, por sus anteojos gruesos de carey, por
el bolso de cuero en el que llevaba una guía de teléfonos amarillas que incluía el
mapa de la ciudad. “Por si me pierdo”, fue la explicación que le dio a una
compañera de curso.

–A fines de 1978 empecé a escuchar el nombre de Lira. Era un tema de


conversación. Por lo tanto, cuando yo entré en contacto con él al año siguiente, ya
tenía bien claro quién era –cuenta Roberto Merino.

Rodrigo Lira se hizo acompañar por sus nuevos amigos en los patios de
Macul, en las casas, en las veladas que se extendían desde que comenzaba el toque
de queda instaurado por la dictadura de Pinochet hasta la mañana siguiente, en los
pocos lugares de una bohemia perdida: el Pushkin, Los Cisnes, Las Lanzas. Su
nombre comenzó a resonar en el opaco ambiente cultural de entonces. Asistía a
recitales de poesía en la Sociedad de Escritores, en la Corporación Cultural de Las
Condes y en el Instituto Goethe. Era “el loco Lira” que, a fin de cuentas, no lo era
tanto. Quienes lo conocieron durante esos años no recuerdan nada parecido a un
arranque violento.

–Rodrigo no era violento –afirma Antonio de la Fuente–. Él y su madre, cada


uno a su manera, me contaron un episodio singular. Estando doña Elisa de visita
en el departamento de la avenida Grecia, intentaban él y ella llevar adelante una
conversación, pero Lira no conseguía concentrarse porque en la calle un niño
tocaba un pito con estridencia. En un momento se levantó, bajó a la vereda y le
arrebató el pito al niño. La madre del niño hizo un escándalo que la madre de Lira
intentó calmar como pudo. Pero estos arrebatos, más vistosos que propiamente
violentos, Lira se los propinaba a sus padres, nunca a sus amigos.

De la Fuente no llama “locura” a lo que le ocurría a Rodrigo Lira, sino


“descomunión”:

–Lira era, probablemente, “menos extranjero en el lugar que en el


momento”, como dice la canción. Esa descomunión, más que la falta de
reconocimiento, lo llevaba de los momentos bajos a los momentos malos. Por lo
demás, sabía que no llegaría a viejo.

“En cualquier caso advierto / que no tengo un gran futuro por delante / que
de repente puedo mandarme a cambiar en forma voluntaria” escribió en “Testimonio
de Circunstancia”.

En el libro Putas asesinas, de Roberto Bolaño, el narrador dice que tuvo un


sueño. Que soñó que conocía a Enrique Lihn y que Lihn le confiaba que, entre los
principales poetas chilenos del año 2000, estaba Rodrigo Lira.

El miércoles 26 de diciembre de 1979, Rodrigo Lira decidió celebrar su


cumpleaños declamando “el recital más extenso de su producción”, según lo
describe Roberto Merino.

–El lugar fue el salón de actos del Museo Vicuña Mackenna. Con música de
Weather Report de fondo y una especie de oficina como escenografía, Lira leyó en
una atmósfera oscura sus cautivantes poemas largos, entre las risas de los
asistentes, en esta ocasión decididamente parciales al autor.

–¿Cómo aparecía en escena?

–Se presentaba con un rollo de papel que iba desenrollando en la medida en


que leía. Es curioso que una performance tan simple como esa, perfectamente
tolerable en la actualidad, en esos tiempos produjera tanto desconcierto.
También planeó un matrimonio por conveniencia. Óscar Gacitúa conoció el
plan que consistía en casarse con la hija de algún escritor. Un matrimonio que se
arreglaría entre él y el padre de la escogida. Hizo una lista de escritores que le
interesaban y que tenían hijas solteras –algunas de ellas adolescentes– y diseñó
unas cajas en las que iba una carta de petición de mano y algunas otras cosas.
Gacitúa detalla:

–Era algo completamente delirante porque por ejemplo la Colombina Parra,


hija de Nicanor debió tener unos 12 años; Pilar Donoso 16 y Pilar Edwards más o
menos la misma edad. Andrea Lihn, hija de Enrique, también era adolescente. A
ninguna de ellas las conocía. Lo que hizo fue enviar a cada uno de estos escritores
una caja de zapatos. No me contó lo que había puesto dentro. Sé que a Enrique
Lihn le mandó una de esas cajas y que lo que había dentro lo enfureció.

Gacitúa fue testigo de la furia de Lihn en un recital poético organizado por


la Sociedad de Escritores. En esa oportunidad Lira abordó a Lihn y le preguntó de
manera muy ceremoniosa si había recibido “su envío”.

–Y para mi sorpresa Enrique, que le tenía un cierto aprecio, le dijo: “No


acuso recibo de su mierda”. Esto dejó a Rodrigo muy apanicado. Después supe que
entre las cosas que iban dentro de la caja había caca, por esto de que Enrique Lihn
se llamaba Enrique Lihn Carrasco y Rodrigo le había puesto Enrique Lihn
Cacarrasco. Según Rodrigo era un homenaje que aludía a cierta tradición medieval.

No fue el único acto desafiante de Rodrigo Lira al poeta que admiraba y a


quien, en cierto modo, le debía haber ganado, en 1979, el primer premio del
concurso de poesía de la revista La Bicicleta: Lihn había sido parte del jurado y
según sus propias palabras “inclinó la balanza” para que Lira ganara con el texto
“4 tres cientos sesenta y cincos y un 366 de onces”. Luego de eso –y sin que
mediara razón aparente– Lira parodió a Lihn en sus narices en un recital poético y
tiempo después pensó que la mejor manera de que el autor reconociera sus
habilidades era editando completamente su novela La orquesta de cristal y
entregándosela, reformulada. “Había descuadernado La orquesta, haciéndole poner
un lomo de espiral plástico; así le sumó páginas en blanco que se inundaron de
enmiendas, inserciones o eliminaciones y sustituciones, a que había sometido mi
novela, a partir de un solvente trabajo de corrector”, recordaría Lihn en el prólogo
de Proyecto de obras completas. Alejandro Pérez hace una exégesis del gesto: dice
que, en el fondo, Lira quería decirle al maestro “esto soy capaz de hacer y esta
primera muestra que le doy será gratis. Las que vienen no”. Pérez cree que tenía
un sentido simbólico y uno práctico: Lira quería encontrar un modo de ganarse la
vida, generar ingresos como corrector, editor o creativo publicitario, y su intención
era que Lihn lo eligiera como ayudante o secretario. Lihn no se dio cuenta de la
intención de fondo, y así lo escribió en aquel prólogo: “Rodrigo salió furioso
conmigo de esa visita. Según le confidenció a Cacho Gacitúa, había esperado que
contratara sus servicios como secretario editor, corrector de pruebas y de estilo;
algo que a mí no se me pasó por la cabeza”.

Pero sí logró ser aceptado como parte de un círculo. Meses después Enrique
Lihn, que había sido convocado a un encuentro en Nueva York y quería llevar un
registro de lo que opinaba cierto sector acerca de la realidad nacional, lo invitó a
participar de una reunión de escritores jóvenes. Óscar Gacitúa grabó en video la
conversación. Era enero de 1981. Lira tenía 31 años. Vestía pantalón con
suspensores, una camisa de manga corta y patillas gruesas. El lugar era el
departamento de Lihn, que escuchaba desde un sillón de mimbre cuyo respaldo
tenía la forma de cola de pavorreal. Una vez finalizada la reunión, Óscar Gacitúa se
dio cuenta que quedaba algo de cinta y preguntó si alguien quería recitar algo.
Rodrigo se puso de pie, buscó lo que hubiera a mano para disfrazarse –un
sombrero bombín, una chaqueta oscura y un corbatín amarillo–, pidió sentarse en
el sillón del anfitrión y comenzó a declamar esparciendo el rollo de papel de
costumbre, impostando la voz, tal como lo haría después, en noviembre de ese año,
un mes antes de suicidarse, representando un fragmento de Otelo, de Shakespeare,
en Cuánto vale el show, un programa que se emitía a la hora de almuerzo y al que
acudían cantantes y humoristas aficionados que presentaban su espectáculo para
luego ser recompensados con una suma modesta de dinero.

–La presentación en Cuánto vale el show la ensayó en mi casa –dice Óscar


Gacitúa–. Nos tuvo varios días tomándole el tiempo con reloj. Necesitaba controlar
a qué velocidad iba a recitar. Nos lateó horrendamente, lo recitaba a distintas
velocidades.

En la televisión apareció gordo, agitado, semicalvo, usando una gorra


oriental y un camisón. El animador lo presentó como “soltero, 31 años, de
profesión editor”. Luego de su breve interpretación explicó: “Yo en realidad soy
poeta, llegué a esto a través de la poesía por mi interés por recitar declamar mis
propios trabajos, no quise traer un poema mío porque ya de alguna forma tengo
mis propias publicaciones y no puedo pasar como aficionado, en cambio como
locutor, como actor, como artista de la voz, soy absolutamente autodidacta”. No
ganó, pero el jurado le otorgó 8.700 pesos de la época (223 dólares) como premio
consuelo. Usó el dinero para comprar una bicicleta. En paralelo a su incursión
televisiva, redactó “Curriculum Vitae”. En la primera hoja aparecen dos fotos
suyas. Una de anteojos, corbata y gorra, con el semblante circunspecto. La otra,
mostrando la calva con gesto de niño regañado. Entre otras cosas señala que: “a)
no me molesto en aprobar ninguno de los cursos en los que me inscribo; b) sin
embargo, no pierdo mi calidad de alumno”. Caracteriza su “nivel cultural” como
“bastante elevado” y su estado civil como “Soltero, sin hijos” a lo que agrega en
una nota a pie de página: “lo de soltero es un problema”.

En su poema “Angustioso caso de soltería”, un hombre busca una “niña de


mano” y ofrece: “un cuerno de unicornio / en el cuál se enrolla la fértil y señalada
provincia / de un largo y angosto corset de soledad, / un reto de su resto difícil de
aceptar o de asumir: un cacho, / un cuerno lleno hasta el borde y hasta rebosante
de / semen, sudor y lágrimas”.

–¿Cómo le iba con las mujeres?

Alejandro Pérez se acomoda en el sillón y hace un gesto de resignación


acompañado de un resoplido.

–Era bastante más desafortunado que nosotros, fallaba en reconocer a la


mina que le estaba dando la pasada. Porque una cosa es la mina que se desea y otra
la que realmente va a dar la pasada. Finalmente no terminaba ni con una ni con
otra, sino con prostitutas.

En el poema “Ela, Elle, Ella, She, Lei, Sie” Lira hace una síntesis de las
mujeres que deseó y las que tuvo, como si fueran una misma. En ese poema,
incluido en el libro Declaración jurada, escribe: “Sé de buena fuente que hacia mí es
péndulo entre miedo y amor”. Al final anota un Postscriptum en el que menciona
con iniciales y nombres de pila a todas menos a una, la más importante según
Antonio de la Fuente, a la que sólo se refiere como ella, en cursiva.

–Si Lira prefirió no mencionarla, ¿por qué habría de hacerlo yo treinta años
después? –se excusa De la Fuente.

–Yo creo que a él le hubiera gustado una L.A. Woman, una mujer que deja
sus apósitos menstruales en cualquier sitio, pero ese tipo de mujer no existía en
Chile –dice Alicia Oportot, que fue su compañera en el Pedagógico y que era, en
aquellos años, estudiante de danza.
Oportot cree que Lira cargaba con un personaje que ella pasó por alto desde
el principio, desde el momento en que se toparon en clases de lingüística y él miró
su estampa de bailarina espigada, y después el anillo en su mano, y le dijo “Ah,
estás casada” y ella sonrío y le conversó y lo llevó a su casa y le presentó a su
marido y se hicieron amigos.

–Cuando estaba en mi casa se relajaba. Se encargaba de hacer ensalada y


decía que para preparar una se necesitaban cuatro: un sabio para la sal; un
generoso para el aceite; un mezquino para el limón: y un idiota que la revuelva.

–¿Él hablaba de su familia contigo? –No. No se refería a la familia

–¿Y a alguna chica que le gustara?

–Tenía una “amigocha” por ahí. Pero no andaba con ella. Era una onda
medio clandestina. A él le gustaba la fotógrafa Leonora Vicuña. Era “amigocha”
pero no se metió con él, no prosperó en el área chica como a lo mejor hubiera
querido Rodrigo.

Alicia invitó a Rodrigo a su cumpleaños número 21, en noviembre de 1979,


que celebró en su casa. La fiesta comenzó con una sopa alucinógena a base de
cactus San Pedro.

–En esa época yo tenía una parcela en el campo, cerca de Santiago. Con mi
marido teníamos nuestras plantaciones: hilera de choclos, hilera de cannabis sativa
y por aquí y por allá un San Pedro. Para ese cumpleaños mío llegaba un invitado y
yo le daba un vaso de San Pedro, en lugar de una copa de pisco sour. Al ratito
andaban todos pegados al techo.

–¿Era la primera vez que lo hacían en grupo con Rodrigo?

–Sí, la primera vez que lo probaban. Fue todo muy bonito, porque para ese
cumpleaños Rodrigo vendió la bombona de gas de su casa para poder hacerme un
regalo.

–¿Qué te regaló?

–Los Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, de Nicanor Parra. Eduardo Llanos
cree que a Rodrigo le pesaba no lograr establecer “pequeñas rutinas de
normalidad”. Tener una novia, un trabajo. En noviembre de 1981 ambos hablaron
del tema y Lira le pidió que le recomendara un especialista. Llanos le dijo que
intentara con el psiquiatra Marco Antonio de la Parra quien, como dramaturgo
además de médico, parecía el nombre apropiado. Lira apuntó la recomendación y
se lo comentó a su madre. Elisa Canguilhem llamó a la consulta del psiquiatra y
consiguió una hora para el 28 de diciembre. Durante esos días, Rodrigo habló del
“pozo oscuro” en el que se sentía. Cuando eso sucedía, se replegaba. En una de
esas oportunidades, Alicia Oportot lo visitó con una amiga.

–Hicimos Tai Chi, prendimos incienso, una limpieza de alma para que se
fuera la mala onda. Rodrigo estaba feliz.

–¿Cómo estaba él cuando llegaron?

–Estaba en su cama, tirado mirando el techo. Pero se puso contento de esta


visita tan inesperada. Nos contemplaba mientras hacíamos Tai Chi. Imagínate, ver
a este par de jovencitas atractivas sólo para él.

–¿Cuándo fue la última vez que lo viste?

–No recuerdo una fecha pero recuerdo que hablamos sobre un proyecto que
él tenía. Quería encadenarse frente a la sede de la Sociedad de Escritores y cortarse
la frente, porque es una zona que sangra mucho. La idea era hacer una
performance. Me dijo que se iba a encadenar y se iba a cortar la frente, e instalar
unos bastones de cambio de micro con motivos de colores.

–¿Eso fue lo último que recuerdas de él?

–Sí.

En el atardecer del 24 de diciembre de 1981, Rodrigo Lira llegó atormentado


a la casa de Roberto Merino.

–Llegó en bicicleta, la que se había comprado con lo que ganó en Cuánto vale
el show. Le habían dado un topón en la calle y decía que ya no se podía vivir en esta
ciudad, que nadie tenía la más mínima amabilidad. Estaba muy angustiado. Habló
de matarse. Traté de disuadirlo de la idea, le dije que esperara ir a la consulta con
De la Parra. Pero yo era muy pendejo, no sabía qué hacer.

En la poesía “Ulterior Desdibujo Contribución Zoo-eto-lógica al


trabalenguas del Topo” Lira escribe: “Al final de la película, el Topo se aleja /
Gimoteando, murmurando sus quejas, gemebundo / Por flojera no se muere
todavía”.
El 26 de diciembre de 1981 era su cumpleaños. Ese día, a media tarde,
Antonio de la Fuente fue a visitarlo.

–Hacía muchísimo calor. Como siempre, fui por detrás del edificio y silbé
hacia el balcón la melodía ritual, el inicio de los Cuadros de una exposición, de
Mussorgsky. Pero no se asomó, como hacía siempre, para intercambiar un gesto de
reconocimiento antes de ir a abrir la puerta. Entré al edificio y golpeé a la puerta.
Desde dentro, escuché ruidos y a una voz que formulaba una frase ininteligible.
Supongo que sería uno de sus hermanos. Salí a la calle y me di cuenta de que en la
esquina había una pareja de carabineros.

De la Fuente había comprado una docena de chilenitos –alfajores con dulce


de leche– para celebrar, y los llevaba en un paquete de color blanco, amarrado con
un cordel. Pero no hubo motivo de festejo porque, cuando De la Fuente llegó a la
casa, Rodrigo Lira ya estaba muerto.

El domingo 27 de diciembre de 1981, en las páginas policiales del diario La


Tercera, un pequeño titular informaba sobre el suicidio de un poeta y detallaba: “El
joven poeta Rodrigo Lira Canguilhem se suicidó ayer en su domicilio de avenida
Grecia autoinfiriéndose heridas cortopunzantes en diferentes partes del cuerpo. El
hallazgo lo hizo su hermano Ignacio, quien concurrió hasta el inmueble signado
con el número 907 a las 11.30 horas de ayer. Lira fue encontrado en el baño de su
domicilio con profundas heridas punzantes en el cuello y rostro y con heridas en
ambas manos que al parecer le causaron su deceso por anemia aguda”.

En la puerta del edificio de Grecia 907, horas después de su suicidio, alguien


pegó un letrero con cinta adhesiva anunciando que la misa “por el eterno
descanso” se realizaría el día 29 de diciembre. Óscar Gacitúa vio ese anuncio:

–Parecía una broma negra. Pocas semanas después me llamó por teléfono su
madre invitándome a tomar el té y a conversar. Esa tarde comprendí el drama de
esa familia. Ellos nunca creyeron que lo que Rodrigo escribía tuviese algún valor y
menos que le importara a tanta gente. Él les dejó una carta en la que hacía mención
a sus escritos y sus padres, aún incrédulos, empezaron a pensar en la necesidad de
publicar un libro.

Sus amigos Alejandro Pérez, Eduardo Llanos y Roberto Merino se


propusieron reunir el material sobre el que Lira había estado trabajando. Eran
versiones revisadas de poemas que había enviado en octubre al Concurso Literario
Gabriela Mistral. Pérez conocía el seudónimo que había utilizado para participar y
logró rescatar los textos, pero publicarlo tomó tres años. La razón principal de la
demora fue lograr la autorización de su familia.

–La madre inicialmente no quería que se incluyera ningún poema en el que


apareciera la marihuana –dice Alejandro Pérez.

El 14 de noviembre de 1984, en la Plaza Mulato Gil, de Santiago, fue


presentado Proyecto de obras completas, el primer libro de Rodrigo Lira. En 2006 se
editó el segundo, Declaración jurada. Allí se incluye un poema llamado “Grecia
907”. El poema empieza así: “De repente / no voy a aguantar más y emitiré un
alarido”.
 

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ

PORFIRIO BARBA JACOB , EL REINO ESTÉRIL DE LAS LÁGRIMAS

¿QUIÉN ERA EN REALIDAD? Porfirio Barba Jacob, que de niño y de joven


fue Miguel Ángel Osorio, que durante un breve tiempo fue Maín Ximénez y luego,
durante un tiempo no tan breve, Ricardo Arenales: ¿quién era este hombre?
Porfirio Barba Jacob, que al final de su vida llegó a pensar en llamarse Juan Pedro
Pablo y pasar así de tener un nombre que no tenía nadie a tener un nombre que era
todos y, por tanto, lo convertía en nadie: ¿quién era? El 23 de junio de 1941, medio
año antes de su muerte, Porfirio Barba Jacob escribía en una carta: “Mi enfermedad
sigue avanzando. Ya no soy Barba Jacob el optimista, Barba Jacob el errabundo,
Barba Jacob el impetuoso. Ahora soy el viajero que se marcha definitivamente
hacia lo desconocido”. Barba Jacob el agnóstico, Barba Jacob el iconoclasta, ahora
escribía: “Pero ya creo en Dios, ha resucitado en mi alma la fe vibrante y
consoladora, mi corazón ha vuelto a la niñez”. No fue la única vez que asoció la
religión con la nostalgia: “Mi fe renacida en los escombros de mi alma”, escribió
más tarde, “el recuerdo de la niñez, esas cosas que se van ahondando en el corazón
a medida que pasan los tiempos”. Eso escribía el que ya no era Barba Jacob el
impetuoso, Barba Jacob el errabundo, Barba Jacob el optimista. Todas esas cosas no
era. ¿Pero quién era, entonces?

Era un colombiano que vivió más tiempo fuera de Colombia que en ella. Era
un periodista mercenario que sólo escribía por dinero pero que produjo, según
Alfonso Reyes, la mejor prosa periodística de la lengua española. Era un defensor
de ideas liberales que, en algún momento, justificó los fascismos europeos. Era,
como lo escribió el poeta colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, “homosexual,
sifilítico y marihuanero” pero también un espíritu conservador que aconsejaba a
alguien en una carta: “Cuide su moral y su salud, no pierda todo el tiempo, lea
cuanto pueda”. Era un oportunista que llegó a escribir una biografía del
revolucionario mexicano Pancho Villa, a pesar de que años antes había tenido que
huir de México por sus escritos antirrevolucionarios.

Todo eso era.

Y era un poeta, un gran poeta que nunca publicó un libro en vida. Sus versos
aparecieron en revistas de mayor y menor prestigio, en periódicos, en cuadernillos,
pero si hubo libros fue porque los publicaron sus amigos, a veces sin consultárselo,
lanzando al mundo versiones muy diversas de los poemas, lo que le provocaba
grandes disgustos. En síntesis: la bibliografía de Barba Jacob es una contradicción
tozuda. Los libros que quiso publicar quedaron inéditos; los que se publicaron
durante su vida no tuvieron su participación cabal.

Libros que quiso publicar y no publicó: una novela de juventud llamada


Virginia, escrita en el municipio colombiano de Angostura y cuyo manuscrito fue
sometido a embargo por el alcalde bajo cargos de inmoralidad. Una colección de
poemas titulada La vida profunda que, anunciada en 1928, recogería los poemas de
su vida pasada pero que nunca llegó a existir. Una colección de poemas sin título
que recogería los poemas de su vida presente pero que, por supuesto, corrió la
misma suerte desgraciada. Un tratado sobre la “Filosofía del lujo”. Una novela
sobre su niñez titulada Viaje a Sopetrán, y de la que llegó a escribir algunas páginas
que se perdieron después de su muerte.

Libros que otros publicaron sin pedirle autorización o sin que él tuviera
oportunidad de dar el visto bueno sobre las versiones de los poemas o sobre su
organización: Rosas negras, publicado por sus amigos de Guatemala en 1932, sin su
consentimiento, usando como prólogo un escrito autobiográfico que Barba Jacob
había escrito en México años atrás. Canciones y elegías, publicado por sus amigos de
México en 1933. La canción de la vida profunda y otros poemas, publicada en Colombia
por Juan Bautista Jaramillo Meza en 1937. Y el que apareció después de su muerte:
Poemas intemporales. Se publicó en México, en 1944. El escritor colombiano
Fernando Vallejo, autor de El mensajero, la mejor biografía jamás escrita sobre
Barba Jacob, dice que se publicó en una “imprenta oficial y con papel regalado”.

Todo lo cual, como se sabe, no ha impedido que miles de colombianos sean


capaces de recitar, aunque nunca hayan oído hablar de Porfirio Barba Jacob, los
siguientes versos:

 
Hay días que somos tan móviles, tan móviles, Como las leves briznas al viento y al
azar. 

De manera que Porfirio Barba Jacob fue muchas cosas.

Bueno, sí. ¿Pero quién era?

–Ah, tú quieres que te hable de “Perfidio”–me dice Juan Manuel Roca.

No se puede decir de Roca, uno de los grandes poetas de su generación, que


sea heredero directo de Barba Jacob. Pero todo poeta colombiano lo es de alguna
manera. Todo poeta colombiano ha pasado al menos un momento bajo su hechizo.
Los versos de Roca se deben leer dentro de la tradición de ese otro poeta inmenso
que es Aurelio Arturo, uno de los más grandes que ha producido jamás Colombia,
pero, como dice Roca, “Arturo siempre manifestó su admiración por Barba Jacob”.
Y luego cuenta que a Luis Cardoza y Aragón, el poeta guatemalteco, le dolía
recordar a Barba Jacob gritando desde una esquina de Bogotá: “Una limosna para
el más grande poeta de Colombia”. Se refiere Roca a un poema que Cardoza y
Aragón publicó en sus Poesías completas en 1977:

En la esquina de El Tiempo, en la esquina del tiempo, Un esqueleto –con


piltrafasDe amojanada carne ardiente recubierto–, Te escupe el rostro, Bogotá, y te
tiende,Lento cuervo de sombra,El ala mendicante:Una limosna para el más grande
poeta de Colombia. 

El Tiempo era el periódico bogotano cuyas oficinas quedaban en el corazón


de la ciudad, la calle Diecisiete con carrera Séptima, y que Cardoza y Aragón
conoció bien pues vivió en Bogotá varios años. Del guatemalteco –de su curioso
libro El río– es también la siguiente descripción física de Barba Jacob, más
metafórica que literal, de apariencia cruel pero de fondo compasivo. “Era delgado,
moreno, aindiado, terroso, de aire meditabundo, de vértices y vórtices, entre
cetrino y asfalto, literario hasta la indecencia, con algo de cadáver viviente de luz y
de vileza. Todo él fue un supositorio, una almorrana, un fruto ácido. Su rostro, de
burócrata de funeraria, de emisario de la fatalidad; rostro laminado, que más así lo
veía por la nariz aquilina desplomada sobre la boca infecta, que resistía con
dificultad el hongo venenoso de un sonreír inseguro y equino. Había demencia en
los ojos de esta centaura tenebrosa”.

–Más que estudios de su poesía –dice Roca– lo que ha crecido es su leyenda


negra. Los críticos confunden su vida con su obra.

Lo cual tal vez resulte inevitable, dice, dada la “enorme vitalidad” y el


“exotismo” de esa obra. Pero hay algo de impostado en su vida, algo que no
resulta del todo genuino.

–Ese carácter trashumante –dice Roca– es como una forma de insatisfacción


y de rebeldía, aunque no pocas veces esto tenga ciertos rasgos fraudulentos. Se
trata de una rebeldía con algo de teatral, de una puesta en escena, pero sin duda es
una actitud refractaria a la vida rutinaria y un desprecio por la vida burguesa. Esos
períodos de paria más que de viajero no lo invalidaban para, en sus cortos
momentos de bonanza económica, enfundarse como buen hedonista en kimonos
de seda y beber los mejores vinos.

Paria o viajero, trashumante o exiliado, Barba Jacob hizo del desarraigo una
manera de vivir más que ningún otro poeta latinoamericano. ¿De dónde le venía
ese carácter? O, dicho de otra forma: ¿de qué huía?

–Los pocos años que pasó en Angostura –dice Roca– o en Santa Rosa de
Osos, este último un pueblo camandulero que tiene más iglesias que casas, sin
duda debieron marcarlo con un aire conventual que quiso exorcizar con azufre.

Santa Rosa de Osos, en el departamento colombiano de Antioquia: allí nació


Barba Jacob el 29 de julio de 1883 (el mismo día que Benito Mussolini, recuerda
Fernando Vallejo). Salvo que Barba Jacob no nació Barba Jacob, sino Miguel Ángel
Osorio Benítez, un niño flaco, desgarbado y feo que algunos compañeros de
escuela apodaban “carecaballo”.
La única imagen que queda de su padre, Antonio María Osorio, es una foto
en la que aparece, muy joven, vestido con la sotana de los seminaristas (luego
abandonaría el seminario, pero el seminario no lo abandonaría a él: seguiría siendo
un hombre religioso hasta el fundamentalismo). ¿Y su madre, Pastora Benítez? La
foto que queda, según Fernando Vallejo, la muestra vestida de negro. Miguel
Ángel, dice Vallejo, nunca la quiso: para él era apenas una mujer extraña que lo
llevó a Angostura a los pocos meses de nacido, lo dejó a cargo de sus abuelos –la
versión familiar no incluye ninguna explicación detallada de las razones– y se fue
con su marido a Bogotá. Así describe al abuelo la biografía de Vallejo: “burdo,
rudo, tacaño, ignorante, rezandero”. La abuela fue la persona a quien más quiso
Miguel Ángel: su muerte en 1905, cuando él tenía veintidós años, debió de romper
uno de los pocos lazos que todavía unían al joven con su tierra.

A Roca le gusta evocar las palabras que aparecen en el prólogo de Rosas


negras, el libro de 1932 (y que no son el prólogo de nada, sino un texto titulado
originalmente “La Divina Tragedia”, que Barba Jacob escribió en México y luego
fue rescatado, sin avisar, por los amigos que publicaron el libro): “Allá en mi
nativa Antioquia y en su más áspera porción, donde el cura melifica y amenaza, las
madres procrean hijos como la caña de maíz granos, y la civilización es dulzura sin
inventos, obras de misericordia sin locomotoras, castidad sin cinematógrafo”. O
estas otras: “¿Qué me diste tú, Santa Rosa de Osos, ni tú Angostura, ni tú mi
nutricia Colombia, para educarme? Una escuela en donde se arremolinaban como
cuarenta niños, amén de veinte grandezuelos, en un salón sin ventanas; donde el
maestro, cuando no faltaba, era borracho socarrón o caramelo de pedagogía
religiosa, y donde aprender a leer era como una risueña designación de la fortuna”.

Santa Rosa de Osos, Angostura, Colombia entera, como escenario de asfixia,


como una gran pesadilla de claustrofobia.

–Toda esa pregonada actitud de poseso, de maldito, quizás le venga de su


propia repulsa al cristianismo vivido en su infancia –dice Roca. Pero hay mucho en
todo esto de lo que el poeta colombiano Jorge Gaitán Durán llamaba la capacidad
de simulación del colombiano, y nada más colombiano que Porfirio. Tal vez por
eso acostumbraba a decir que “vivir es esforzarse”. Se esforzó, sí, al mismo tiempo
que en crear sus poemas con mucho rigor, en lavarse la máscara antes que la cara,
en crearse un personaje.

Las máscaras. La primera se la puso en 1901. Tenía 18 años; había


comenzado ya a componer versos e incluso algún relato, y aun textos que
navegaban a medio camino entre la prosa y el verso, y en uno de ellos apareció
fugazmente un tal Maín Ximénez con el que Miguel Ángel Osorio tuvo un breve
coqueteo. Maín Ximénez no era propiamente un seudónimo, sino el personaje de
un largo poema, pero eso no quiere decir que Miguel Ángel no lo usara en alguna
ocasión o se confundiera con él. Cinco años más tarde, en 1906, Miguel Ángel llegó
a Barranquilla, el gran puerto colombiano sobre el Caribe, y allí decidió llamarse
Ricardo Arenales. Según lo cuenta Vallejo, había considerado nombres diabólicos
como Terremoto o Centellas, pero luego descubrió el sustantivo Arenales. “Y se
hizo este razonamiento: Arenales es una extensión de arena; la arena es el desierto;
y el desierto era su alma”. Con el nuevo nombre firmó un puñado de poemas en
Barranquilla, uno de ellos titulado “En la muerte de Carmen Barba Jacob”. Es la
primera vez que aparecen los curiosos apellidos en su biografía. Pero antes de que
los tomara como propios pasaron dieciocho años, dieciocho años trashumantes en
que todo el mundo lo conoció como Ricardo Arenales. El 22 de octubre de 1907,
Ricardo Arenales se embarcó hacia Costa Rica. Así comenzaron su exilio y su
leyenda.

De Costa Rica a Jamaica, de Jamaica a Cuba. En Cuba, seis meses de vida


despreocupada fueron lo más cerca que estuvo de la tranquilidad: se involucró con
la gente del periódico El Fígaro, donde descubrió que el ilustrador era colombiano,
luego que era antioqueño, luego que era de Santa Rosa de Osos, luego que era su
pariente a través de su abuela materna. De Cuba a Veracruz, donde esperó un mes
hasta que consiguió el dinero para un pasaje de segunda clase a Ciudad de México.
Allí lanzó una moneda al aire: “Águila, Monterrey; sol, Guadalajara”. Salió águila
y fue a dar a una Monterrey por entonces provinciana, donde consiguió empleo en
el periódico llamado El Espectador. Se acostumbró a mantener a una puta enfrente,
visitándola en pleno día cada vez que necesitaba “despejarse la cabeza”, y fundó,
con dinero prestado, una de las grandes revistas de su tiempo: la Contemporánea,
que publicó a Alfonso Reyes y a los hermanos Henríquez Ureña. En Monterrey fue
testigo de una tormenta de proporciones bíblicas y de una serie de inundaciones
que mataron a cientos y dejaron quince mil damnificados. Una de esas noches de
tormenta, según escribiría años después, “celebré mis nupcias con la Dama de
Cabellos Ardientes”. Fernando Vallejo me hablaría más tarde de ella:

–Es la marihuana, pero también la lujuria– me dijo.

Barba Jacob acababa de descubrir un ingrediente esencial de su vida.

–Trabajó como periodista en Monterrey, Texas y, claro está, en Ciudad de


México –dice Roca. Allí quiso sumarse a las tropas de Álvaro Obregón, un general
manco del que los mexicanos de hoy dicen que era el menos corrupto de los
militares, pues tenía sólo una mano para robar.

En México conoció la revolución y su violencia. Escribió para varios


periódicos, y desde sus páginas lanzó dardos envenenados a los triunfantes (a la
revolución la llamó “vandalismo mal encubierto”). Poco a poco, sus posiciones le
fueron creando enemigos poderosos y cerrando las puertas, hasta que levantó
tienda de nuevo. A quienes lo amenazaban les escribió, desde las páginas de El
Churubusco, las siguientes palabras: “Los anónimos que llegan hasta las oficinas de
Churubusco dirigidos a mi nombre, me hacen saber que estoy definitivamente en la
lista negra, y que he de pagar con mi vida el delito de no haber palpitado de
entusiasmo ante los triunfos de una revolución que no es nacional porque detrás
de ella no se columbra otra cosa que las ambiciones y las perfidias del yanqui”. No
es sorprendente que poco después –a mediados de 1914– se le vea abandonando
México de manera casi clandestina. El destino fue Guatemala: allí tuvo uno de los
encuentros fundamentales de su vida. Tras un recital de su propia poesía, conoció
a un escritor local que se volvería su acompañante más asiduo durante la
temporada guatemalteca, y que debe su breve fama a aquel excéntrico poeta
colombiano de voz profunda y ademanes convencidos.

–Arévalo Martínez –dice Roca–. El que lo adoptó como personaje de su


relato “El hombre que parecía un caballo”.

Rafael Arévalo Martínez escribió ese relato en el mes de octubre, y lo hizo a


raíz de una disputa famosa con Barba Jacob. Al parecer, Arévalo Martínez le había
dado el manuscrito de una novela autobiográfica y le había pedido su opinión.
Pero Barba Jacob se desentendió y, días después y en un ataque de orgullo,
Arévalo se presentó en su casa para recuperar la obra. “Si traspasa usted la puerta
con esos originales, no vuelva a poner un pie aquí”, le espetó Barba Jacob. Arévalo
Martínez se marchó y la ruptura de la amistad fue irremediable. Dice Fernando
Vallejo que Arévalo Martínez escribió el cuento sobre Barba Jacob para paliar la
pérdida, y al hacerlo nos dio la imagen más conocida del poeta. En esos rasgos
físicos –el mentón en punta, la cara estrecha, los dientes prominentes, los ojos
pequeños, la nariz quebrada– estaría de acuerdo más de uno. “Este hombre de
mirada arrogante”, escribe Vallejo sobre Barba Jacob, “que le hacía recoger el
mentón con el gesto arisco de un brioso corcel”.

–Luego trabajó en Guatemala –dice Roca–, y en Nueva York, y en Honduras,


y en San Salvador.

De esos tránsitos no se sabe mucho. En El mensajero se lee que el tirano


guatemalteco Estrada Cabrera lo echó del país por su “conducta escandalosa”.
Pero no sabe Vallejo, ni sabe nadie, de qué conducta se trataba. Tampoco se sabe
qué hizo en Honduras. Pero sí se sabe que para abril de 1915, con 32 años, estaba
de nuevo en La Habana, de nuevo publicando en El Fígaro. Durante esa segunda
estadía en la ciudad escribió varios de sus poemas más conocidos, entre ellos la
“Canción de la vida profunda”:

Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,como en las noches lúgubres
el llanto del pinar. 

Pero nueve meses después de haber llegado a La Habana, mientras era


todavía Arenales, ya estaba embarcándose de nuevo, incapaz de quedarse quieto.
El invierno lo pasó en Nueva York, escribiendo en español por doscientos dólares
al mes, donde, solía decir, iba a regar semillas de marihuana al Central Park; el
verano lo sorprendió en el puerto de La Ceiba, en Honduras; en La Ceiba lo
sorprendió la quiebra y se fue clandestinamente hasta Amapala, puerto hondureño
sobre el Pacífico, donde le preguntó a un amigo: “¿Y yo para dónde voy?”. El
amigo le dijo que en San Salvador había dinero y no había poetas, de modo que a
San Salvador fue a dar.

–Allá tenía todo –me dirá Vallejo–. Nombre, plata, amigos. Hasta el
presidente lo llamaba.

Y sin embargo, en diciembre de 1917, ya se marchaba otra vez, ahora a


Monterrey.

–No se entiende por qué –me dirá Vallejo–. Porque así era él.

Recaló en Monterrey y de Monterrey se fue por la misma razón que le había


hecho abandonar San Salvador: porque así era él. Estuvo en Ciudad Juárez, en El
Paso, hasta en San Antonio. Fue por esos días que escribió la legendaria biografía
de Pancho Villa: legendaria, según Vallejo, porque nadie la tiene, porque no existe
de ella ningún ejemplar. Después del periplo norteño, el poeta volvió a Ciudad de
México. Y se quedó hasta que, esta vez, no se fue sino que lo echaron.
*

Lo echaron de México.

Y lo echaron de Guatemala.

Y lo echaron de El Salvador.

Lo echaron de México. Hacia 1922, Barba Jacob escribía en el periódico


Cronos violentas editoriales contra las publicaciones gobiernistas, contra ministros
y autoridades y contra el artículo 33 de la Constitución, que permitía la expulsión
de los extranjeros indeseables. Más tarde el mismo artículo le fue aplicado a él: el
ministerio de gobierno lo expulsó por ser extranjero y “participar en política”.
Barba Jacob fue a dar a Guatemala, y allí ocurrió su segunda metamorfosis. En la
noche del 15 de septiembre de 1922, estuvo a punto de ser fusilado cuando lo
confundieron con Alejandro Arenales, un enemigo del régimen. Así decidió que ya
era hora de cambiar de nombre. En ese momento murió Ricardo Arenales y nació
Porfirio Barba Jacob. A los pocos días, según Vallejo, sus amigos más íntimos
recibieron “unas esquelas fúnebres con orlas negras, en que un desconocido,
Porfirio Barba Jacob, les participaba el deceso de su amigo común Ricardo
Arenales”.

Lo echaron de Guatemala. En agosto de 1924, Barba Jacob dio un discurso en


la feria de Jocotenango: en sus palabras, que se han perdido, el gobierno presente
resultaba ser heredero de una tradición de corruptos. Pocos días después, por
orden del general Ubico, ministro de guerra, los agentes de la policía pasaron a
buscarlo por la casa donde se hospedaba y, para finales de mes, Barba Jacob ya
estaba en El Salvador.

Lo echaron de El Salvador. Fue en noviembre de ese mismo año, 1924, y por


orden del presidente, Alfonso Quiñones (a quien Barba Jacob había llamado
“sórdido señor” en un escrito). La expulsión estuvo adornada, según cuenta Barba
Jacob en una carta, “con mil zalamerías y blanduras”, pero no por ello fue menos
expulsión que las anteriores. Se le agotaban los destinos posibles. Cuando pasó del
puerto salvadoreño de La Unión al puerto nicaragüense de Puerto Morazán, sabía
que había echado otra moneda al aire. Sólo que esta vez no le salió tan mal: en
Nicaragua pasó trabajos, fue humillado y tuvo que salir pronto hacia el siguiente
paso de su exilio interior, pero al menos ya no lo hizo en soledad, porque allí
conoció a la única persona que fue testigo del resto de su vida. Se llamaba Rafael
Delgado.

Barba Jacob lo encontró –es el verbo justo– en la ciudad de León y a fines de


1924. “Apuesto, ignorante, indolente”: así lo describe Vallejo en El mensajero. Tenía
dieciocho años cuando Barba Jacob se le acercó en la calle y le pidió que le
comprara unas aspirinas. “Para lo cual”, leemos en el libro de Vallejo, “le dio un
billete grande, si bien valían unos centavos, y luego no le recibió el cambio
alegando que nunca lo hacía”. El encuentro fue casual pero definitivo: Rafael
Delgado nunca volvió a separarse de Barba Jacob, o más bien Barba Jacob lo
mantuvo a su lado para siempre: ninguna otra presencia fue tan constante como la
de este muchacho mujeriego que a veces hacía pasar por su hijo adoptivo y quien,
según Vallejo, fue además su amante. Con él salió de Nicaragua, perseguido por
voces que lo llamaban pervertido y por el padre de Delgado, que fue hasta la
estación de trenes desde donde partieron para decirle a su hijo que en la familia
podían ser bebedores y mujeriegos, sí, pero nunca maricones. Con él llegó a
Honduras por barco (Delgado iba como polizón) y en el hotel de Tegucigalpa se
hicieron pasar por padre e hijo para no provocar el rechazo de los dueños chinos.
Con él se embarcó hacia La Habana, previa parada en Nueva Orleans, y con él
recaló en Perú en 1926. Todo habría ido bien si al dictador Augusto Leguía no se le
hubiera ocurrido pedirle a Barba Jacob que fuera su biógrafo, pero que lo tratara en
el texto “como a Bolívar”. Barba Jacob el venal, Barba Jacob el mercenario, en esta
ocasión no encontró el cinismo suficiente y se negó. Perseguido y acosado por el
poder, regresó a Colombia en abril de 1927.

En “Futuro”, poema redactado a comienzos de los años ’20, Barba Jacob


escribió:

Vagó, sensual y triste, por islas de su América;En un pinar de Honduras vigorizó


el aliento;La tierra mexicana le dio su rebeldía,Su libertad, su fuerza… Y era una
llama al viento. 

Y luego:

 
“Era una llama al viento y el viento la apagó”.*

Comentando su abandono de El Porvenir, el exitoso periódico que Barba


Jacob había fundado antes en Monterrey (con los veinticinco mil pesos que cuatro
ciudadanos aportaron a la causa), Vallejo da en El mensajero este diagnóstico: “La
causa profunda fue la de siempre: el ansia de movilidad, que presidió todos sus
actos; quedarse en un sitio habría sido una traición a sí mismo”. Pero el ansia de
movilidad, puede pensarse, adopta distintas formas: a veces puede llamarse
persecución política; a veces, censura moral. Tras la salida de Barba Jacob de
Guatemala, en 1924, José Rodríguez Cerna, un escritor local, dejó este retrato:
“Porfirio Barba Jacob es, como se recuerda, el literato colombiano que se hizo
famoso como Ricardo Arenales. Se llama en realidad Miguel Ángel Osorio. Es
personaje que cambia de nombres como de camisas o de amantes masculinos”. Y
luego dice que Barba Jacob “conoce como nadie las voluptuosidades de la
marihuana y del alcohol, los relampagueos del sable y los misterios de Sodoma y
Gomorra”. No fue la única acusación pública que recibió, aunque es imposible
saber cuánto pesaba la moral latinoamericana en su ansia de movilidad.

En Cuba, por ejemplo, su homosexualidad dejó dos rastros: conoció a


Federico García Lorca y quedó incluido en Paradiso, la novela de José Lezama
Lima. Lo de García Lorca me lo contó Vallejo:

–Después de una fiesta, se fueron juntos a conseguir marineros, y acabaron a


las dos de la mañana en el malecón. Cada uno tenía al suyo, pero Lorca no fue
capaz, y Barba Jacob se fue con los dos. “Nadie sabe para quien trabaja”, decía al
día siguiente.

Lo de Paradiso es de una elocuencia extraordinaria, no sólo sobre la memoria


que Barba Jacob dejó en Cuba, ni sobre sus preferencias sexuales, sino sobre las
razones que tuvo para escoger el seudónimo que lo acompañó la mayor parte de
su vida. En el capítulo IX de la novela hay una extensa discusión sobre –entre otras
cosas– la historia de la homosexualidad. Foción, uno de los protagonistas, está
haciendo algunas consideraciones acerca de la Edad Media. Entonces habla de “la
herejía de Barba Jacob, condenado en 1507, afirmando que moriría degollado y
después de su resurrección las mujeres concebirían sin varón. Afirmaba que el
pecado original consistía en la cópula con Eva, sin tener que ver con la manzana”.
Y luego:

Recuerde usted aquel poeta Barba Jacob, que estuvo en La Habana hace pocos
meses, debe haber tomado su nombre de aquel heresiarca demoniaco del XVI, pues
no sólo tenía semejanza en el patronímico sino que era un homosexual
propagandista de su odio a la mujer. Tiene un soneto, que es su ars poética, en el
que termina consignando su ideal de vida artística, “pulir mi obra y cultivar mis
vicios”. Su demonismo siempre me ha parecido anacrónico, creía en el vicio y en
las obras pulidas, dos tonterías que sólo existen para los posesos frígidos. 

En Colombia, el poseso frígido leyó su poesía en teatros llenos a reventar y


supo, o creyó saber, lo que era el regreso del hijo pródigo. Estuvo en su tierra: en
Santa Rosa, en Angostura, en Medellín. Pero pronto su suerte volvió a ser la de
antes y los recitales de 1929 fueron un fracaso. Pensó entonces en recitar sus versos
en Venezuela, pero el dictador José Vicente Gómez le negó la entrada. Barba Jacob
se quedó en Bucaramanga, la ciudad colombiana de la frontera, y allí declaró ante
un periódico: “He vivido peligrosamente, aunque sin proponérmelo”. Volvió a
Bogotá y vivió una época dura, de vagar por las calles con Rafael, sin la
tranquilidad de un techo, alojándose en hoteles de paso y escapándose sin pagar
después de unos días. Alicia, la sobrina de Barba Jacob, le habló a Fernando Vallejo
del mote que le pusieron al poeta en la Bogotá de esos días: “El terror de los
hoteles”.

Durante los primeros meses de 1930, un Barba Jacob fantasmagórico salió de


Bogotá hacia el suroccidente, pasó por Cali y llegó a Buenaventura, el mismo
puerto del Pacífico por el que había entrado tres años atrás, y en Buenaventura se
embarcó hacia Panamá. “El navío se fue alejando”, escribe Vallejo en El mensajero,
“alejando del muelle, de la ciudad de casuchas de madera, del extraño país de los
conservadores y liberales que se quedaba atrás, ahora sí para siempre, con su
ladrona pobreza, con sus penalistas y asesinos, con sus poetas envidiosos, con sus
rencillas y rencores, con su inmensa, infinita, inconmensurable mezquindad”.

Barba Jacob volvió a Ciudad de México en septiembre. Ya no volvió a salir.


Allí murió, dedicado al periodismo y recostándose sobre la reputación ganada con
poemas pasados.

El oficio de periodista acompañó a Ricardo Arenales y también a Porfirio


Barba Jacob durante el resto de su (de sus) vidas. Fue su manera de ganar dinero
pero también de estar en el mundo: de perseguir prestigios y acumular influencias,
de pedir favores y de pagarlos, de halagar a sus amigos y de vengarse de sus
enemigos. (Hacia el final –y esto es un ejemplo entre miles– el propietario del hotel
de Ciudad de México donde se alojaba, un viejo franquista, le perdonaba las
deudas cada vez que Barba Jacob escribía a favor de Franco.)

–No se puede soslayar el carácter mercenario de Barba Jacob – dice Roca–,


cómo alquilaba su pluma a ciertos poderosos, cómo acomodaba sus ideas al molde
que mejor las horneara. En ese ejercicio lamentable cortejó dictadores, se hizo el
cegatón ante muchas realidades, apacentó su rebeldía.

Y cita Roca la cínica declaración del Barba Jacob maduro: el periodismo


“consiste en escribir muchos artículos cortos con desenvoltura comedida, opinar
sobre todos los temas que uno no conoce, saber ponerse romántico todos los días
de distinto modo, profesarle horror a la verdad y urdir todos los días pequeñas
trampas donde caigan los lectores ingenuos, que aún quedan algunos”.

La persona que mejor conoce su faceta periodística es Eduardo García


Aguilar, novelista y editor colombiano que estuvo a cargo de Escritos mexicanos,
una recopilación de los artículos de Barba Jacob que el Fondo de Cultura
Económica publicó en 2009. García Aguilar vive en París desde hace varios años,
pero antes pasó quince en México, donde leyó a Barba Jacob y entrevistó a quienes
lo conocieron. México, ese país contradictorio y difícil en el cual, a pesar de las
carencias, de las tensiones, de los problemas que encontró, Barba Jacob parece
haber estado a sus anchas. México, que escogió a Barba Jacob como Barba Jacob
escogió a México. México, donde pudo ser el que nunca hubiera sido de haberse
quedado en su tierra. Antes de que el terremoto de 1985 destruyera la ciudad,
García Aguilar trabajó en la agencia France-Presse, muy cerca de los lugares donde
transcurrió la vida del poeta.

–Viví un año en la calle Regina donde estuvo hospitalizado, y la oficina de


France-Presse, en la Torre Latinoamericana, quedaba cerca de la calle López, donde
murió, del Hotel Sevilla y de los edificios viejos de los diarios donde colaboró,
situados todos en la calle Bucareli. Visitaba mucho el barrio Santa María la Ribera
donde le hacían homenajes los amigos.

García Aguilar conoce el DF de Barba Jacob como pocos. Lo ha recorrido en


busca del poeta, y no sólo los palacios del centro, la colonia Roma y la Condesa,
sino también “la otra cara de la moneda, o sea los barrios delincuenciales descritos
por él en sus reportajes sobre la prostitución, la droga y la delincuencia. El mundo
sórdido en colonias situadas al sur de la calle Bolívar, como la Doctores, todavía
está ahí”.

–Puedo intuir que Barba encontró en México un lugar donde pudo


desplegar su creatividad pese a los avatares políticos, cosa que no era posible en
Colombia, donde, por su origen popular y provinciano y su bohemia, nunca
hubiera sido aceptado en las élites bogotanas y hubiera sido condenado a la más
absoluta marginalidad.

–Y México lo adoptó.

–Barba Jacob amó a México y fue feliz en ese país, amaba su gente, su
comida, sus soles, su naturaleza, sus indios, su cultura, su capital metropolitana,
sus ciudades de provincia. Era su hábitat perfecto. Como todos los colombianos
que nos vamos, llega un momento en que queremos a Colombia, regresamos a
visitarla, pero la verdad, no es esencial para vivir. Por eso no creo que tuviera
nostalgia de ese ambiente tan asfixiante y atrasado y mucho menos de su
Antioquia natal. Por otro lado, por sus lecturas, creo que se consideraba una
especie de judío errante y su nombre muestra esa relación afectiva con la diáspora
sefardita y con la figura de ese hombre que va de país en país sin llegar jamás a un
destino. A él le gustaba esa errancia. No sólo de país en país sino de ciudad en
ciudad, pues en México iba de un lado para otro, a Monterrey, Guadalajara,
Morelia, la frontera norte, la frontera sur… Sí, era una versión del judío errante.

En una entrevista que se publicó el 23 de diciembre de 2010 en el periódico


mexicano El Universal, García Aguilar daba esta opinión: “Como periodista, Barba
Jacob es un hombre acorde con su época, donde el periodista es servil, debe ceñirse
a las órdenes del grupo de poder que lo emplea y golpea a quien le ordenan
golpear. Esa tradición mexicana reinante en aquella época por desgracia ha
seguido vigente a lo largo del siglo XX, durante los largos años del pri, y creo que
sigue vigente ahora en el siglo XXI, salvo muy pocas excepciones”. Así que le
pregunté si lo consideraba un mercenario del periodismo.
–No, no creo que fuera un mercenario. Pero hay afinidades ideológicas y
sentimentales. Barba no simpatizó con la revolución mexicana, admiró a Porfirio
Díaz y tuvo nostalgia de su gobierno de afrancesados como buen modernista
decimonónico que era. Nunca estuvo cerca de los intelectuales de la revolución
como Diego Rivera, Siqueiros o Frida Kahlo. Era un “modernista rezagado”, como
dijo Octavio Paz, un exquisito literario de gustos finiseculares, que no tenía mucha
afinidad con los gustos estéticos de la revolución zapatista ni con lo que llamaba el
bolcheviquismo o con las ideas marxistas-leninistas muy en boga en la época. Era
un liberal en el amplio sentido de la palabra.

–Pero eso no coincide con su vida –le digo.

–Por desgracia casi todo lo que se ha escrito sobre Barba Jacob es una
recopilación de anécdotas que pasan de mano en mano aumentando y variando el
menú de las ocurrencias picarescas. Pura chismografía barata de época que llegaba
alterada, revisada y aumentada desde México a Colombia y viceversa. Esa leyenda
del maldito engominado, el sinvergüenza, homosexual, alcohólico, marihuano, que
presta y no paga, viene a dominar al verdadero Barba, que era un hombre de una
gran capacidad de trabajo. En mi recopilación figura sólo una parte de sus escritos.
Por fuera quedaron cajas y cajas con recortes de muchos otros artículos. Era una
máquina de trabajo que podía escribir él sólo un periódico entero. En Monterrey y
la Ciudad de México todas las personas que lo conocieron coinciden en esa
capacidad de trabajo desbordante del joven, en ese talento periodístico
extraordinario para encontrar títulos a los artículos, escribirlos al instante y armar
escándalos de la nada. Francamente no era un vago ni un borrachín. Es imposible
escribir todo eso si uno permanece borracho.

El mismo Barba Jacob, sin embargo, se encargó de alimentar esa


chismografía. Fumaba marihuana en la calle, a pesar de (o precisamente por) la
sanción social que esos excesos provocaban en la conservadora capital. Según
recuerda Vallejo, le gustaba beber mezcal de punta y andar por los callejones de
Ciudad de México soltando sonoras carcajadas sólo por molestar y hablando a
gritos de “el día en que maté a mi padre”. En El Heraldo de México escribió, bajo el
seudónimo Califax, una serie de reportajes amarillistas sobre la cocaína y la
marihuana. “La Dama de los Cabellos Ardientes”, el apodo cariñoso que le tenía a
la hierba, aparece en varios de sus textos; y luego están los celebérrimos sucesos
del Palacio de la Nunciatura.

El “palacio” era en realidad un caserón de la calle de Bucareli, en México,


que había sido reformado para albergar a un Nuncio apostólico que nunca llegó.
La casa se dividió en habitaciones y se puso en alquiler; uno de los huéspedes era
Ricardo Arenales, que pronto comenzó a publicar una serie de crónicas sobre
sucesos sobrenaturales, apariciones de fantasmas, aldabones que golpean solos,
huéspedes perseguidos por niños de blanco que atravesaban las paredes. Al final
resultó que la casa del horror no era más que el escenario de todos los excesos.
“Orgías de homosexualismo y marihuana”, las llama un moralista que aparece
brevemente en el libro de Vallejo. Para García Aguilar los excesos los han cometido
los testigos, directos o indirectos, y en general los intérpretes –más o menos
autorizados– de la vida de Barba Jacob.

–Como todo hedonista de su época –dice–, le gustaba la buena vida, comer


bien, ver a sus amigos, ir a buenos restaurantes, cocinar, como me lo confirmó
Renato Leduc en una entrevista, y gastarse el sueldo en farra o viajes.

Renato Leduc: mexicano, poeta, periodista, marido de Leonora Carrington y,


sobre todo, responsable de la edición de Canciones y elegías en 1933. Barba Jacob lo
había recibido en su casa a fines de 1932. Leduc llegó con Edmundo O’Gorman,
que acababa de fundar la editorial Alcancía, y entre los dos le propusieron a Barba
Jacob una edición de sus poemas que sólo tenía como finalidad aliviar su
economía. Barba Jacob escribió el prólogo –en él deja bien claro que esos versos
pertenecían a un volumen futuro, Antorchas contra el viento, que no existió nunca–,
pero por lo demás se sintió decepcionado por los poemas, su organización y la
edición en general del libro. Y su situación económica no cambió gran cosa.

–El latinoamericano de clase media vive siempre por encima de sus


verdaderos recursos –me dice García Aguilar–. Barba fue, como cualquier
periodista de terreno, un vitalista, no un misántropo tacaño, encerrado y lleno de
miedos. Y además los periodistas son así. Ganan poco y gastan mucho. Su cercanía
al poder les genera espejismos de grandeza. En los periódicos él simplemente era
un contratado, un empleado, nunca fue socio capitalista. Eran proyectos efímeros
al vaivén de la inestabilidad política de la época. Barba Jacob es un ejemplo notable
de capacidad de trabajo. Fue tan divertido, variado, ocurrente, mitómano,
maníaco, que dio lugar a esa leyenda de opereta agenciada por gente muy menor a
él que tuvo el honor de conocerlo. Era difícil y cascarrabias, como me lo dijeron
antes de morir Luis Cardoza y Aragón, Renato Leduc y otros, pero todos los seres
humanos somos paranoicos, envidiosos, neurasténicos, tristes, alegres. Hay que
superar las anécdotas y la leyenda en torno a su figura. Barba no era un gran
diplomático al estilo de Reyes. Era un periodista pobre y bohemio, un intelectual
precario pero orgulloso, que hizo lo que pudo, además luchando con sus
enfermedades pulmonares de difícil curación en su época y además estigmatizado
por su condición sexual.

–Para ti, o según lo que has investigado, ¿cómo es su relación con Rafael
Delgado?

–Para mí es un joven al que quiso como un hijo. Sabemos que era mujeriego.
Cuando están en Manizales, al parecer tiene un lío de faldas complicado para la
gazmoña sociedad manizalita de esa lejana época y tiene que huir con Barba de la
ciudad.

Barba Jacob huyendo. De los que lo expulsaban, de los que lo querían fusilar
equivocadamente, de los que lo censuraban. Barba Jacob huyendo de sí mismo.
Barba Jacob, el eterno disfrazado, el que soñaba, como dijo cuando dejó de ser
Arenales, con forjarse su propia moral. En el poema “La balada de la loca alegría”,
escribió:

Una bacante loca y un sátiro afrentoso Conjuntan en mi sangre su frenesí


amoroso. 

En ese mismo poema se llama “un perdido” y “un marihuana”. En ese


mismo poema reconoce que “la muerte viene” y que “todo será polvo”.

En octubre de 2010, durante una larga mañana lluviosa de París, Fernando


Vallejo me habla de la muerte de Barba Jacob. Estamos en un comedor de hotel en
el bulevar Raspail; hemos comenzado a hablar de El mensajero. Vallejo lo escribió
dos veces: una vez usando la tercera persona que corresponde a las convenciones
de la biografía y otra en primera persona, esa primera persona airada y caprichosa
y llena de digresiones que usa en sus novelas. ¿Qué lo llevó a rehacer por entero un
libro ya publicado? Muy sencillo: Vallejo había llegado al convencimiento de que el
proceso de investigación sobre la vida de Barba Jacob había sido igual de
interesante que la información conseguida.
–En una biografía –me dice– lo importante no sólo es saber, sino contar
cómo se sabe.

Y Vallejo sabe mucho de Barba Jacob. Le pido entonces que me hable de él.
O mejor: le pido que me hable de su muerte, ocurrida en Ciudad de México y en la
madrugada del 14 de enero de 1942.

–Desde el día anterior había estado bajando la temperatura –me dice–. Esa
noche estaban a seis grados bajo cero. El agua se congelaba en las tuberías.

Barba Jacob vivía en el tercer piso (segundo, si no se cuenta la planta baja)


del número 82 de la calle de López, un apartamento frío y desnudo que sin
embargo era mejor que la pieza del Hotel Sevilla en la que había pasado los
últimos años. Se había mudado el 2 de enero, según Vallejo, “para tener un lugar
decente donde recibir a sus últimos visitantes”. Estaba consciente de que le
quedaba poco de vida, de que la tuberculosis que lo aquejaba estaba ganando la
batalla, y quería tener un mejor lugar para recibir visitas.

–El problema es que los visitantes ya no llegaban –dice Vallejo–. O por lo


menos no como antes.

Como antes. Durante los años en el Hotel Sevilla, la habitación de Barba


Jacob había sido una especie de lugar de encuentro de la vida mexicana. La gente
comenzaba a llegar a las siete y se iba a la madrugada. Escritores, marihuaneros,
poetas, políticos, borrachos, artistas: Alfonso Reyes, José Revueltas, Octavio Paz:
todos pasaron por el cuarto de Barba Jacob, todos lo oyeron recitar poesía y dar
opiniones políticas con un cigarrillo encendido entre los dedos. Sobre esa
habitación Vallejo escribió: “Lejos de la prosaica realidad, caldeado por el humo de
la marihuana, el cuarto empezaba a flotar, como globo aerostático”. Barba Jacob
recibiendo el homenaje de sus admiradores, Barba Jacob recibiendo las acusaciones
de sus enemigos, Barba Jacob peleándose con sus amigos y echándolos del cuarto.
Barba Jacob mostrándoles fotos de muchachos desnudos, Barba Jacob metiendo en
el cuarto a jóvenes que encontraba por la calle y que a veces le robaban, Barba
Jacob leyendo, muerto de risa, las acusaciones de homosexualidad que le lanzaban
los periódicos mexicanos. Barba Jacob tomando tequila de una botella que parecía
no tener fondo, Barba Jacob cocinando sancochos y preparando agua de panela en
un reverbero de alcohol, Barba Jacob usando el alcohol del reverbero para darle
algo más de interés al agua de panela. Barba Jacob, en fin, tosiendo hasta echar
sangre por la boca. “Mis pulmones son ya una pobre cosa que se deshace”, escribió
en una carta en junio de 1941.
–Lo operaron por esos días –dice Vallejo–. Le dijeron que con esa operación
le regalaban ocho meses de vida, y resultó verdad. En todo caso, en enero del ’42
ya estaba en las últimas. Le subían los tanques de oxígeno por la escalera. Los
tanques de oxígeno pesan mucho, y se los subían por la escalera, hasta el tercero,
para que pudiera respirar.

El apartamento tenía dos habitaciones y cajas de madera desperdigadas a


modo de muebles. Barba Jacob hizo que le llevaran un cura para confesarse, pero
lo rechazó, según averiguó Vallejo, porque “buscaba uno inteligente”. La noche del
5 de enero se confesó; el viernes 9 la prensa colombiana dio la noticia de su muerte:
era un error, pero nunca hubo retractación. En la noche del martes 13 recibió la
visita de su amigo Carlos Pellicer, poeta mexicano, museólogo y profesor
universitario.

–Le dijeron que Barba Jacob se estaba muriendo. Pellicer estaba dirigiendo
un ballet en el Palacio de Bellas Artes, y de ahí salió corriendo a ver a Barba Jacob.
Llegó justo a tiempo para verlo vivo.

Cuentan que se había acostado al revés, con los pies sobre la almohada, para
poder mirar un crucifijo que era el único adorno del cuarto. Cuentan que no quería
que le apagaran la luz, porque le daba pánico la oscuridad. Cuentan que miraba el
crucifijo y decía: “Ya, por Dios, ya, Señor”.

–¿Quién cuenta todo eso?

–Todo eso me lo contó Conchita, la esposa de Rafael Delgado.

Se llamaba Concepción Varela, todo el mundo le decía Conchita.

¿Sabes quién es Rafael Delgado?

–Sé quién es. Está en tu libro, tú lo llegaste a conocer.

–Lo busqué por toda Centroamérica y acabé por encontrarlo en Nicaragua.


Esto era a finales de los setenta, el terremoto acababa de pasar y casi lo mata. Me lo
encontré en una casita con piso de tierra, llena de pañuelos hechos en Colombia, de
pintalabios y otras cosas que Rafael vendía para sobrevivir. Ya para ese momento
había abandonado a Conchita, claro. La abandonó porque Conchita no podía tener
hijos. Le dije quién era yo, le dije que estaba escribiendo sobre Barba Jacob. Lo
asusté un poco: yo lo conocía perfectamente, yo sabía dónde había pasado cada
año de su vida… Nos fuimos al cementerio y hablamos de Barba Jacob. Rafael era
un ignorante, pero recitaba de memoria los poemas. Él fue el que me dijo cómo
había sido la noche de la muerte.

–Él estaba con Barba Jacob.

–No. Barba Jacob murió a las dos de la mañana. Rafael había bajado en ese
mismo momento a llamar por el teléfono público de la calle. ¿Sabes a quién estaba
llamando? A Jorge Zawadsky, el embajador de Colombia, para pedirle un tanque
de oxígeno.

Hay una sola foto de la escena mortuoria, de la cama, del crucifijo solitario
en la pared. Se publicó en El Universal Gráfico, me cuenta Vallejo, y en ella está
Rafael. También están Conchita, la mujer de Delgado; la enfermera; el embajador
Jorge Zawadsky y su mujer: todos vestidos de negro. El mismo periódico incluyó
una esquela fúnebre: “Su hijo adoptivo Rafael Delgado Ocampo y la Embajada de
Colombia, lo participan a usted con el más profundo dolor”.

En el poema “Los desposados de la muerte”, Barba Jacob había escrito:

Como un licor de bajo precio,La vida le produjo una embriaguez innoble. 

Pero lo dijo de otro, no de sí mismo. Y, además, eso fue antes, mucho antes
de que la innoble muerte lo alcanzara.

“¿Adónde está la vida?”, le dijo Barba Jacob una vez a cierto entrevistador.

“No la vaya usted a buscar en los libros ni en las declamaciones falsas de los
poetas. La vida son dos partes que hay que saber dividir con astucia: una, para
engañar a los hombres –la Humanidad es otra cosa– y otra para servir a la Tierra
Futura que existe en el insignificante número de seres humanos y animales que nos
comprenden en el misterio de las cosas que queremos decir con palabras. Buscar lo
complejo y lo difícil de la vida real es caminar hacia la neurosis y el suicidio. Sea
usted el hombre vulgar de todos los días y con arreglo a un programa, diciendo a
cada circunstancia los lugares comunes más brillantes. Cuando termine su día
vulgar, se esconde en su cuarto y se hace usted su café. Y se sumerge en la
verdadera belleza de la vida leyendo y escribiendo en los libros que nadie lee”.

En el poema “Acuarimántima” escribió:

Yo, Rey del reino estéril de las lágrimas,Yo, Rey del reino vacuo de las rimas. 

Eso escribió. El hombre vulgar, escondido en su cuarto, habiéndose hecho su


café. Rey del reino vacuo de las rimas. Rey del reino estéril de las lágrimas.
EDMUNDO PAZ SOLDÁN

JAIME SAENZ , EL VISITANTE PROFUNDO

JAIME SAENZ nació en La Paz, Bolivia, el 8 de octubre de 1921, en una


familia de clase media de recursos limitados. Sus padres, que nunca se casaron
entre ellos, fueron Genaro Saenz y Graciela Guzmán. Él, músico y teniente coronel
de artillería, era mucho mayor que ella, que sólo tenía quince años cuando quedó
embarazada. Por parte de padre, el linaje era distinguido: el abuelo de Jaime Saenz
era el coronel Andrés Guzmán de Achá, héroe en la guerra del Pacífico con Chile y
sobrino del general José María de Achá, presidente de Bolivia de 1861 a 1864; el tío
abuelo era el coronel Alfredo Lazarte, héroe en la guerra del Acre con Chile.

Aunque era hijo único de Genaro y Graciela, tuvo cuatro medios hermanos,
uno por parte de padre y tres por parte de madre (Yolanda, Elba y Nela). Pasó por
varios colegios de importancia: comenzó en La Salle, siguió en la Escuela México y
terminó en el Instituto Americano en 1938. Juan Capriles y Gregorio Taborga, dos
escritores conocidos, fueron sus profesores en la Escuela México. Su padre, Genaro
Saenz, no tuvo presencia en su vida; no sólo no vivió con él sino que nunca lo
conoció. En La piedra imán (1989), su texto más autobiográfico, Saenz recuerda a su
madre:

Con hermosa expresión de antigüedad, remota y triste,con lacio cabello


negro, que peinaba con moño,y con grandes ojos negros,emerge de entre las
sombras y se me aparece, suave como la lluvia.Graciela era una mujer que vivía la
vida a su antojo. Su hermana mayor, Esther, la protegía, y cuando llegaron los hijos
prácticamente se hizo cargo de ellos. En Memoria solicitada (Eds. Mujercita Sentada:
La Paz, 2004), las memorias de la poeta boliviana Blanca Wiethüchter sobre su
intensa relación con Jaime Saenz –lo conoció en 1968 porque quería hacer una tesis
de licenciatura sobre su obra; se convirtió primero en su discípula y luego en su
amiga más cercana–, se cuenta que en los años sesenta en la casa de Saenz había
una foto de su madre pero que a él no le gustaba verla porque decía que mostraba
los hombros y llevaba maquillaje (“Eso de maquillarse es tarea de prostitutas”,
gritaba). Wiethüchter conjetura que en realidad la foto lo ponía nostálgico y
prefería no verla para no recordar.

Saenz se autorrepresenta en La piedra imán como un niño frágil y angustiado.


Su madre, dice, lo creía “retraído y huraño, y además muy tímido”. Su falta de
amigos y su excesiva timidez –no le gustaba salir de su cuarto, no quería ir al
colegio, lo asustaba el sol– hicieron que ella llegara a pensar que quizás su hijo era
“retardado” o tenía “algún mal de nacimiento”. Saenz se ve a sí mismo como un
niño torturado que alguna vez quiso quemarse vivo y otra suicidarse bebiendo
agua:

(...) y bebí agua y agua hasta reventar, y quien sabe qué cantidad
bebería;pero la verdad es que me hinchó la barriga como un tambor,y encima me
dieron una azotera. (La piedra imán)También cuenta que enseñó a robar a uno de
sus primos (plata, para comprar pólvora “y hacer volar la casa de un señor
Galindo”) y que se volvió tartamudo durante un tiempo. En “Artista”, un texto
publicado en 2010 en la revista boliviana La mariposa mundial, el poeta Sergio
Suárez Figueroa, íntimo amigo de Saenz, cuenta que este tenía un tío abuelo, el
coronel Alfredo Lazarte, que le llenaba la cabeza de historias siniestras de violencia
y muerte.

Saenz tuvo varios trabajos durante su infancia y adolescencia: a los diez


años, fue encargado del archivo de fotos del periódico La Razón; a los dieciséis,
redactor de noticias del periódico La República; a los diecisiete, jefe de la sección de
estadística de YPFB (Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos). No hay datos
concretos de su formación literaria en esa época, excepto que en La Razón llegó a
conocer al escritor Franz Tamayo, autor del ensayo Creación de la pedagogía nacional,
un libro muy influyente en el ideario de la revolución de 1952 que transformaría
las estructuras sociales y económicas del país con la nacionalización de las minas,
la reforma agraria y el derecho al voto universal.

El esposo de su tía Esther, Alberto Ufenast (un suizo-francés que hablaba


siete idiomas), fue una presencia importante durante su infancia y adolescencia e
influyó en sus lecturas. En su libro de relatos Vidas y muertes (1986), Saenz lo
describe “con nariz prominente, largas patillas, mirada penetrante, cachimba y
maleta de mimbre”. En esa maleta había obras de Goethe, Nietzsche, Kleist, Scott,
Flaubert y Thomas Mann que leería después (La montaña mágica le tomaría tres
meses). Más que los libros, sin embargo, las cosas que el hombre decía –“La
paradoja encierra un misterio, y por eso, para saber lo que significa el misterio, hay
un solo camino, es la paradoja”– y que Saenz escuchaba “extasiado”, se
convertirían en parte de su cosmovisión.

Un momento fundamental ocurrió en 1938, cuando a los 17 años, sin haber


terminado el bachillerato, fue escogido para formar parte de una delegación de
jóvenes que iría a Alemania a estudiar. Llegó a ese país en septiembre y quedó
deslumbrado por la histeria colectiva en torno al nazismo. Su apasionamiento fue
tal que llegó a solicitar enrolarse en las Juventudes Hitlerianas para invadir Polonia
(fue rechazado). Se quedó durante quince meses, y volvió a Bolivia en diciembre
de 1939 con una admiración por Hitler y el nazismo que lo acompañó a lo largo de
su vida. Cuando sus amigos protestaban por la esvástica dibujada en una pizarra y
la foto de Hitler que tenía en la pared de un cuarto del chalet en que vivía, en el
callejón Muñoz Reyes (en Miraflores, un barrio de clase media), Saenz no les hacía
caso. Lo fascinaba el lado religioso, mágico, místico del nazismo, y tenía una gran
simpatía por el irracionalismo alemán. Estaba en contra del exterminio nazi de los
judíos, pero a la vez era un furioso antisemita.

Leonardo García Pabón, profesor de literatura latinoamericana en la


Universidad de Oregon, conoció a Saenz a fines de los años setenta y señala que el
poeta asociaba a los judíos con el capitalismo, y que ya en los años cuarenta su
postura contra el capitalismo y la burguesía era clara: el nazismo era para él el
último gran esfuerzo por detenerlos. Saenz llegó a utilizar ideas nazis sobre la
importancia de lo telúrico para aplicarlas a Bolivia y creía que en la potencia de la
raza aymara se encontraba el futuro del país (en su escritorio guardaba la foto de
un indio aymara gigante). De hecho, se consideraba un nacionalista de izquierdas
y participó en la revolución de 1952, trabajando durante tres años en la dirección
de informaciones de la presidencia de Víctor Paz Estenssoro.

En 1942, Saenz formaba parte de la división de prensa de la embajada de los


Estados Unidos, lo cual le dio cierta estabilidad económica (trabajó allí durante
diez años). Sus primeros escritos publicados también datan de esa fecha (“Poemas
de 1942”). Un año después escribió Café y mosquitero, un libro de poemas
descubierto hace sólo una década, y editó con amigos una revista llamada
Cornamusa. Se lamentaría, años después, de no tener ejemplares de esa publicación,
efímera como tantas de la época.

Cuando regresó de Alemania fue a vivir con su madre y tuvo años de


bohemia dura: había comenzado a beber a los quince, pero fue a sus veinte cuando
se convirtió en alcohólico y, durante los diez años que siguieron, hasta 1952, se la
pasó entrando y saliendo de cantinas de mala muerte. Hay varias conjeturas acerca
de su relación con el alcohol: se dice que sufría de depresiones continuas que lo
llevaron a beber; se dice que era una forma de épater le bourgeois, un gesto de
rebeldía ante la “gente bien” de la clase a la que pertenecía y que rechazaba
profundamente por encontrarla falsa, materialista; se dice que era una búsqueda
de trascendencia, un camino hacia una realidad más profunda que la que lo
rodeaba. Posiblemente todas estas razones hayan sido ciertas. En su obra, sin
embargo, el alcohol aparece sobre todo como el deseo de encontrar el “verdadero
camino de conocimiento”. En La noche, su poema de 1958 en el que habla de la
relación con el alcohol, escribe:

La experiencia más dolorosa, la más triste y aterradoraque imaginarse


pueda,es sin duda la experiencia del alcohol.Y está al alcance de cualquier
mortal.Abre muchas puertas.Es un verdadero camino de conocimiento, quizá el
máshumano, aunque peligroso en extremo.Y tan atroz y temible se muestra, en un
recorrido deespanto y miseria, que uno quisiera quedarse muerto allá.Pues el
retorno del otro lado de la noche es en realidad unmilagro, y únicamente los
predestinados lo logran.En la novela Felipe Delgado (1979), para muchos su obra
maestra –la escribió durante más de dos décadas a partir de 1958–, el protagonista,
Felipe Delgado, busca el conocimiento a través del alcohol: el alcoholismo y el
delirium tremens le permiten acceder a un grado de conciencia superior, a un estado
de revelaciones y una visión más profunda de la realidad. Aquí es importante la
figura del aparapita –un indio aymara que se gana la vida recorriendo la ciudad
cargando cosas a sus espaldas–, idealizado por Felipe porque es capaz de “sacarse
el cuerpo” (encerrarse en una bodega y beber hasta la muerte). La bodega es un
espacio sacro donde se llega al autoconocimiento a partir de la destrucción. No es
casual que la que Felipe frecuenta se llame El Purgatorio:

Era una cosa inquietante, extraña y triste el haber resumido el mundo en la


bodega El Purgatorio (…) Era una cuestión de misticismo. Pues en ciertos lugares
el ejercicio se practicaba cómodamente, ni cerca ni lejos del mundo, en medio del
bienestar, lejos del terror, del peligro y la miseria, en desproporción con la
búsqueda. En un recinto tabernario, tan peregrino y oscuro como El Purgatorio,
donde la ingenuidad era el denominador común, costaba la vida toda búsqueda;
cada cual tenía que asumir su propia actitud en el aprendizaje de la vida y la
muerte.En 1944, Saenz se casó con Erika Kressberg, una alemana de extracción
judía (una gran muestra de sus contradicciones). No hay datos de cómo la conoció,
pero Elías Blanco Mamani cuenta en su libro Jaime Saenz, el ángel solitario y jubiloso
de la noche (Casa de la Cultura Franz Tamayo, 1998) que los padres de ella se
oponían al matrimonio y que tuvieron que casarse en secreto. En La piedra imán,
Saenz la describe así:

Era alta y rubia, era ingenua y sana; y sus ojos, de un color entre azul oscuro
y violeta pálido, eran en verdad muy claros.Una vez casado, fue a vivir por un
tiempo con su esposa a la casa de su madre. Luego se mudaron cerca de la plaza
España, en el barrio de Sopocachi. En la primera época del matrimonio hubo cierta
estabilidad, pero no duró mucho. Él volvió a su vida noctámbula en las cantinas y
Erika no aguantó: además de las borracherras, mientras ella estaba encinta Saenz
recibió como obsequio un cachorro de tigre que complicó las cosas. Sergio Suárez
Figueroa recuerda, en “Artista”, que el escritor (…)

muchas veces en que llegaba ebrio se tendía en cama –dormía con el tigre en
la misma habitación–, al día siguiente, al despertar de su sueño profundo
observaba en la fiera señales poco amigables porque esta rugía con las fauces
encrispadas. Entonces él se incorporaba y con una violencia mimetizante
acercábase al felino y rugía a su vez parodiando la furia del tigre, consiguiente
desagrado y alarma de los familiares. Verdaderamente, tales escenas no eran
bucólicas.Saenz reconoce sus culpas en La piedra imán:

A ese paso, mi mujer era hasta tal punto comprensiva, que no hacía
problema ni renegaba, sino cuando me tambaleaba y cometía atropellosde puro
borracho,cosa ésta que por desgracia sucedía con demasiada frecuencia.(…)Ahora
bien, mi vida de hogar discurrió bajo el signo de la violencia, de la discordia, del
miedo y la pesadumbre;A decir verdad, en mucha parte el culpable fui yo.Saenz y
Erika tuvieron un hijo en 1946, pero el chico murió tres días después del
nacimiento. Jourlaine, su segunda y única hija, nació en 1947; poco después Erika
pidió el divorcio, que se concretó en 1948, y decidió regresar a Alemania en 1949.
Eso produjo, en 1950, un intento de suicidio por parte de Saenz: se cortó las venas
y fue socorrido por su tía Esther y por su sobrina Silvia Mercedes Ávila, que sólo
tenía diez años.

Después de Erika, Saenz no tuvo más relaciones sentimentales de


importancia. En 1967 se casó con una mujer llamada Teresa Frank pero, aunque no
hay muchos datos, parece haber sido más un juego que un matrimonio real. La
publicación póstuma de su novela Los papeles de Narciso Lima Achá (1991), en la que
se narran los amores de un boliviano con un alemán, hizo que se especulara sobre
su presunta homosexualidad. Lo cierto es que nunca se supo nada concreto al
respecto, y que en su vida pública siempre se mostró atraído por mujeres.
Wiethüchter cuenta en sus memorias que era un seductor, “muy enamoradizo,
pero así como se enamoraba con facilidad, se desengañaba con la misma
simplicidad. Dramático, vivía al borde del suicidio amoroso”.

Según su sobrina Gisela Morales, en un texto llamado “Momentos”,


publicado en la revista La mariposa mundial en 2010, Saenz “sufría mucho por la
falta de su amada y de su hija, carencia que perduró por siempre”. Saenz no
volvería a ver a su hija Jourlaine. Un par de décadas después recibiría cartas de ella
y de Erika, pero no podría entender la de Jourlaine porque estaba escrita en
alemán.

En La piedra imán escribe que

La Erika recordaba los tiempos idos; y lo hacía con no sé qué encanto,no


desprovisto de cierta amargura.*

Saenz tuvo dos experiencias de delirium tremens, en 1953 y en 1954, que lo


tuvieron al borde de la muerte. Blanca Wiethüchter escribe que en esos delirios
Saenz veía negritos de unos diez centímetros “que bailaban cueca enloquecidos,
pañoletas rojas de lunares blancos sobre la cabecita las mujeres, y todos, agitando
pañuelitos blancos con la mano, zapateando sobre el inflamado vientre de Saenz”.
Otro de sus delirios era verse encerrado en una lata de sardinas o en una calle sin
salida.

Confrontado con la decisión de escoger entre la escritura y el alcohol, Saenz


dejó el alcohol. Tuvo recaídas, sobre todo al final de su vida (el portentoso poema
La noche es producto de eso), pero en general logró mantenerse apartado. El
escritor boliviano Alan Castro cuenta que Saenz tenía una botella de singani –pisco
boliviano– siempre cerca; se servía apenas una tapita, y decía: “¿Qué es más fuerte,
yo o el diablo?”. García Pabón piensa que el mito del Saenz oscuro se debe sobre
todo a esta etapa de juventud y a su conocida afición nocturna (se levantaba entre
las seis de la tarde y las ocho de la noche, se acostaba a las seis de la mañana). Pero,
aunque todavía se cree que fue el alcohol el que permitió que Saenz escribiera sus
más grandes poemas, en realidad fue al revés: vivió alejado del alcohol durante los
años de mayor fermento creativo (entre 1955, cuando fue la publicación de su
primer libro, El escalpelo, y fines de los setenta).

Varios amigos recuerdan que durante esta época a Saenz le gustaba visitar la
morgue. En los días de la revolución del ’52 se robó el pie de un cadáver y lo
llevaba a todas partes para asustar a los amigos. El escritor boliviano Oscar Soria
señala en un texto llamado “Historias”, publicado en La mariposa mundial en 2010,
que “entraba Jaime con el paquete en la mano y saludaba. Descubría su paquete. Se
escuchaban gritos. Era una sorpresa desagradable, impresionante en todo caso.
Jaime agarraba el pie humano, lo envolvía y se despedía”. Todo siguió así hasta
que la esposa de Soria le reprochó su falta de respeto y le pidió devolver el pie a la
morgue. Jaime asintió pero no le hizo caso (tiró el pie al jardín de una de las casas
del vecindario).

García Pabón piensa que las visitas de Saenz a la morgue le servían para
saciar un interés más metafísico que morboso. Ver qué sensaciones físicas
experimentaba, enterarse a qué olían los cadáveres, estaba ligado a su obsesión por
comprender qué pasaba con el alma después de la muerte. En Felipe Delgado, el
protagonista de la novela también visita la morgue. Al observar el cadáver de su
padre dice: “El cuerpo estaba cansado. ¡Qué actividad abrumadora, la vida! Cada
cual, quieras que no, hacía lo posible por liberarse de la vida durante la vida (…)
Felipe Delgado volvió la cabeza. Sobrecogido por el enigma del cuerpo, no pudo
decir nada”.

Paradójicamente, aunque vivía con un profundo deseo de muerte a Saenz le


horrorizaba morir y tenía pánico a ser enterrado vivo. Llegó a dar instrucciones a
un amigo médico, Cayo Rivera, para que se cerciorara de que estaba muerto:
quería que le cortaran las venas.

En 1957 publicó Muerte por el tacto; en 1960 Aniversario de una visión, y en


1964 Visitante profundo, todos de poesía. Aniversario de una visión y Visitante profundo
fueron publicados, más que por una editorial, por una imprenta, la Burillo, que
también publicaría los poemas de El frío (1967). Aniversario de una visión fue lo
suficientemente exitoso como para tener una segunda edición en 1961. En estos
libros se encuentra establecida la poética central que recorre toda la obra de Saenz:
la búsqueda del lado profundo de la vida, que sólo puede lograrse a partir de lo
que la crítica Elizabeth Monasterios llama, en el texto “La provocación de Saenz”
(incluido en Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia. Tomo II. Alba María
Paz Soldán y Blanca Wiethüchter, editorial. PIEB, La Paz, 2002), “una racionalidad
radicalmente otra”. Esta búsqueda de “lo otro” se lleva a cabo en múltiples niveles:
la noche, la locura, el alcohol, la muerte, lo demoníaco, lo místico y esotérico serán
formas de ingresar al misterio de la vida (Fernando Aguirre: “Felipe Delgado de
Jaime Saenz: estética, política y el acto de deglución indigenista”. Trabajo no
publicado).
A mediados de los sesenta Saenz comenzó a ser reconocido como un poeta
fundamental. En 1966, el influyente ensayista Sergio Almaraz –citado por Elizabeth
Monasterios en el trabajo mencionado– escribió que la importancia de su obra tenía
que ver con el “haber explorado el desdoblamiento de la conciencia para conocer el
mundo”. Dos años después, otro escritor importante, Porfirio Díaz Machicao –
también citado por Monasterios–, escribió que Saenz era un “grande y hondo
poeta: inquietante, abismal, señero”. Ese mismo año Juan Quirós, crítico de
renombre, incluiría su obra en el libro Las cien mejores poesías bolivianas.

La canonización de Saenz ocurrió en vida cuando, en 1975, con motivo del


Sesquicentenario de Bolivia, se creó una Biblioteca Nacional con las obras
fundamentales de la literatura boliviana, y se le pidió que preparara una antología
de su trabajo para incluirla en la Biblioteca. El libro, titulado Obra poética, incluía la
tesis de Wiethüchter sobre su obra, “Estructuras de lo imaginario en la obra poética
de Jaime Saenz”.

Cuando en 1964 murió su madre, Saenz recayó en el alcohol durante ocho


meses, y comenzó a vivir con su tía Esther, que lo cuidaría hasta su muerte. Todos
los testimonios coinciden en la importancia de la tía Esther en la vida de Saenz.
Blanca Wiethüchter escribe que:

Su tarea diaria, su ofrenda cotidiana, consistió en hacer todo aquello que demanda
la vida doméstica, más ir al correo, más pagar las facturas, del agua, de la luz (…)
Trabajos tantos para hacer y deshacer. Ellos fueron los que le otorgaban ese aire
vital, la soltura emocional y la libertad interior al sobrino, que gracias a ello,
lograba sobrevivir; sobrevivir, escribir y hacer su obra.*

En las casas en las que vivió (en el callejón Muñoz Reyes y en la calle
Estados Unidos en el barrio de Miraflores, en los barrios del Bosque de Bolonia y
de Achumani), solía apoderarse de un cuarto, la habitación-escritorio en la que
dormía, trabajaba y recibía a sus amigos. Los cuartos estaban llenos de los objetos
peculiares que le gustaba coleccionar: un telescopio de refracción, una mesa de
relojero regalada por un amigo uruguayo (Saenz arreglaba todo tipo de máquinas
y sabía mucho de relojería), una muñeca rubia de cera, un saco de aparapita, un
pino navideño seco. Las paredes estaban repletas de retratos de compositores
(Bruckner, Brahms), escritores (Lautréamont), estrellas y galaxias. Tenía un cuadro
con la frase “Es necesario navegar, vivir no es necesario”, y un letrero en alemán
que decía “Entrada al silencio”.
El poeta tarijeño Edgar Ávila Echazú rememora en “Lugar”, un texto
publicado en 2010 en La mariposa mundial, cómo Saenz, acompañado siempre por la
tía Esther, cambiaba de viviendas pero no de cuarto: “Se llevó consigo a las cosas
de su cuarto y al cuarto mismo en un largo peregrinaje (…)”. El chalet del callejón
Muñoz Reyes “conservaba cierto ordenamiento y el olor de las casas alemanas de
los años treinta. Saenz lo habitó durante muchos años; viviendo fuera de él sólo en
los espacios de tiempo en los cuales todavía se enfrentaba con los terrores de la
noche del alcohol”. En cuanto a los cuartos de las casas del Bosque de Bologna y la
de Achumani: “En la primera el cuarto se vio reducido a una inimaginable y avara
situación. Y de ahí, que ni siquiera se podía escuchar música, ni mucho menos
jugar al cacho. Así es que Saenz por entonces imaginaba consuelos en el arreglo de
viejos relojes. En Achumani tuvo a su disposición mucho más del espacio que
hubiese deseado. Pero no había allí vestigio alguno de los árboles y sí solamente el
calor infernal de un horno de ladrillos casi pegado a su dormitorio, el calor espeso
del polvo rojo y un silencio de páramo maligno. Sin embargo, haciendo de tripas
corazón, comenzó las inacabables copias de su primera novela”.

Saenz llamaba Talleres Krupp a la habitación donde se hacían los arreglos de


relojería y se reunía con los amigos en torno a una mesa octogonal. En los años
sesenta se contaban entre ellos gente de peso, como el pintor Enrique Arnal, el
compositor Jaime Villalpando y el escritor y político Marcelo Quiroga Santa Cruz.
Álvaro Diez Astete, otro de sus amigos, recuerda en “Breviario”, un texto
publicado en 2010 en La mariposa mundial, que se hacía llamar “Tristán, el
ermitaño”, que le gustaba jugar a los dados (cacho, generala), escuchar música
clásica y boleros de caballería, y hablar de compositores y escritores. Su tía Esther
lo llamaba “el hombre que duerme”, pero era legendaria su dedicación a la
escritura: la misma tía recuerda que cuando escribía podía pasarse días sin dormir
y sin comer. El poeta Ávila Echazú señala que esa dedicación tenía que ver con su
impulso creativo, de inventor: una vez arregló un reloj durante dieciséis horas
seguidas. También era un buen dibujante y su obsesión era dibujar calaveras
(algunas de sus ilustraciones fueron portadas de sus libros; en 1967 las expuso en
la galería Arca).

Wiethüchter recuerda que Saenz era muy ritualista y que los Talleres Krupp
eran una tertulia continua, “una larga conversación metafísica”. Se hablaba de
Blake, Villon y Dostoievski, aunque los libros que se prestaban eran de autores más
populares (Dumas, Chandler, Hammett). Alvaro Diez Astete añade otros nombres:
Vallejo, Arguedas, Céspedes, Hölderlin, Rilke, Eliot, Lovecraft, Poe, Stevenson,
Stapledon, Bradbury. No le interesaban ni el boom ni Borges. De la poesía
boliviana, rescataba sobre todo a Tamayo, Antonio Ávila Jiménez, Óscar Cerruto y
Edmundo Camargo.

En la década del sesenta la fascinación de Saenz con el nazismo se combinó


de manera natural con su interés por el ocultismo. Descubrió El retorno de los brujos,
libro publicado en 1960 por los franceses Louis Pauwels y Jacques Bergiers, en el
que se especulaba acerca de la vinculación de los jerarcas nazis con cultos
esotéricos y de la forma en que el saber alquímico había permanecido vigente en
una época cientificista, como conocimiento alternativo al racional. Este libro fue
uno de los grandes best-sellers de la época: en sus diversas traducciones llegó a
vender dos millones de ejemplares a lo largo de diez años (la traducción al español
es de 1962). Para Ávila Echazú, El retorno de los brujos dio “alas a la imaginación de
Saenz” y cuenta, en “El ‘nazismo’ de Jaime Saenz”, publicado en el suplemento
literario El Duende el 14 febrero de 2010, que una vez Saenz lo llevó a una bodega,
seguro de que ahí se encontraba el segundo de Hitler, Martin Bormann (que,
obviamente, no aparecería).

Al calor del libro de Pauwels y Bergiers, Saenz se dedicó a aprender la


doctrina teosófica de Madame Blavatsky y Annie Besant – que propugnaba que
todas las religiones eran diferentes versiones del mismo saber oculto, una doctrina
que fue muy influyente en Europa y Estados Unidos a fines del siglo XIX y
principios del XX–, e incluso inició sesiones mágicas en su cuarto, en las que, según
Ávila Echazú en “El ‘nazismo’ de Jaime Saenz”, debía existir “un círculo defensivo
del Maligno”. También leyó Psicología y alquimia, de Carl Jung, y estudió a místicos
como Milarepa. Gurdieff era clave en su pensamiento.

García Pabón menciona que a Saenz los amigos le duraban dos o tres años.
Entonces se peleaba con ellos y volvía a formar otro grupo. Muchos jóvenes iban a
visitarlo, pero no soportaban por mucho tiempo la personalidad avasalladora del
poeta, que era muy exigente, no aceptaba que pensaran de forma distinta a la suya,
y les pedía todo lo que se le ocurría (cocaína, por ejemplo).

Si bien era cierto que Saenz recibía visitas a partir de las ocho de la noche y
tenía cartulinas negras en sus ventanas para que no entrara la luz, tampoco eludía
hacer cosas durante el día. De hecho, paradójicamente para un hombre al que no le
gustaba salir de su cuarto, uno de sus libros más representativos es Imágenes
paceñas (1979), crónicas sobre lugares y perfiles de personajes representativos de La
Paz, en las que trata de encontrar el alma profunda, indígena de la ciudad, y
aprehender lo tradicional que retrocede ante el avance incontenible de aquella
modernidad capitalista que él detestaba. En el libro se muestra como un gran
conocedor de la capital, alguien que ha recorrido todos sus vericuetos y
memorizado sus detalles más significativos.

En el más oscuro confín de algún barrio, en un olvidado callejón cuya boca


se abre a quién sabe qué precipicio; en un simple muro de adobe, que ha desafiado
los embates de las lluvias y de los vientos a lo largo de mucho tiempo; en la puerta
ignorada de algún zaguán, o en la piedra lisa y lavada que reposa años de años en
una plazuela quizás innominada; allí puede encontrarse el espíritu de la ciudad, la
cifra de muchos misterios.Lo destruido por el progreso es romantizado: “La
destrucción de una ciudad ha sido la verdadera causa de su definitiva
permanencia (…) Extrañamente, querría decir que una ciudad es indestructible”.

Saenz era un ermitaño, pero eso no lo hacía antisocial y, de hecho, era muy
alegre, sociable, lleno de chistes, ceremonias y supersticiones (su amigo Alvaro
Diez Astete recuerda que llevaba en el pecho un escapulario y una calaverita de
cristal y que no salía de su casa sin persignarse). Para García Pabón, era
“carismático, generoso, jodido, insoportable”. Según Wiethüchter, cuidaba mucho
su vestir: arreglarse podía tomarle una hora. Era guapo, delgado, de nariz algo
respingada, labios carnosos y pómulos salientes; a mediados de los setenta, cambió
los bigotes por una barba crecida. Usaba perfume, tenía los zapatos lustrados,
masticaba pastillas de menta (sin embargo, le tenía miedo al dentista y fue
perdiendo los dientes). Era ceremonioso con las mujeres, las saludaba con venias, y
su lenguaje sonaba algo antiguo, ilustrado. Podía ser un energúmeno si las cosas
no salían como quería, pero tenía una risotada franca y ayudaba a los jóvenes con
sus primeros libros. En “Lugar”, Ávila Echazú recuerda las risotadas: “Estallaban
como un aluvión de granizo y hacían temblar a los objetos y derramaban una
alegría imposible de contener”. Diez Astete escribió que las tertulias de Saenz
tenían un “ambiente lúdico en que se ejercitaba un sentido del humor inigualable a
partir del versátil sentido del humor de Jaime”. García Pabón piensa que más que
un hombre oscuro aficionado a la magia negra, era un místico. De hecho, en Vidas y
muertes, Saenz se representa a sí mismo de esa forma:

El místico es el llamado a escribir un autorretrato.El autorretrato del místico


será el retrato del mundo.(…) Y sabe el místico que no piensa el que piensa con la
cabeza sino el que piensa con el cuerpo,el cual en realidad no piensa, sino que
medita la aniquilación del cuerpo que medita; y tal el místico que medita un
autorretrato.Diez Astete recuerda que Saenz estaba fascinado con la posibilidad de
“caer al cielo”, lo cual significaba perderse en algún sitio alejado del altiplano
paceño, “en una noche absolutamente despejada y sin luna, tenderse de espaldas
mirando al cielo indeciblemente estrellado y (…) caer al cielo”. Una noche lo
hicieron los dos, junto a Alberto Villalpando: fueron hasta El Alto, llegaron a una
planicie y se separaron y “luego cada cual se tendió en la tierra mirando hacia el
cielo, donde vimos el universo en su pavorosa desnudez”. Esas búsquedas de la
revelación no ocurrían sólo en las afueras de la ciudad; para Wiethüchter, salir a la
calle y pasear por los barrios de La Paz con Saenz era todo un “acontecimiento”. Le
encantaba Llojeta, donde había un cementerio y el precipicio más profundo de la
ciudad: “Amaba los abismos. Amaba quedarse y mirar. Se adentraba en ellos,
esperando la develación de un misterio”, dice en su memoria. Junto a su
deambular por esa ciudad que era íntimamente suya, estaba la conciencia de que él
era un “visitante profundo”, alguien que estaba de paso:

Nunca me sentí en el mundo como si fuera mi casa; siempre me sentí


quisquilloso, susceptible y desasosegado,como un intruso o, en el mejor de los
casos, como un mero visitante. (La piedra imán)Entre otros libros importantes de su
última época se encuentran los poemas de Recorrer esta distancia (1973) y Bruckner
(1978), la novela Felipe Delgado (1979), los relatos de La piedra imán (1981), el poema
La noche (1984) y los cuentos de Los cuartos (1985). En Recorrer esta distancia hay una
sátira despiadada a esa clase media de la que provenía y que rechazaba
profundamente:

Van al campo y navegan a su gusto, viajan en tren, vuelan en avión, comen


bizcochos y reparten besos y saludos,muy ufanos de sus zapatos bien lustrados, de
sus cabellos cortados a la última moda, de su tez bien asoleada, y de sus carteras de
cuero de cocodrilo.(…)hay que ver ese raro don de gentes, el empuje, la
drasticidad, el talento, el secreto encanto que en todos sus actos demuestran, y la
espiritualidad del gesto; esa desconcertante sutileza con que opinan sobre arte y
piscología;(…)la consumada técnica con que mascan y con que tragan las mil
vitaminas para mantenerse rollizos y proteger la salud.A partir de 1970 fue
catedrático de literatura en la universidad estatal de San Andrés donde, a fines de
esa década, impartió un taller de escritura que sería muy influyente para las
nuevas generaciones.

En 1973 trabajó en el ministerio de informaciones de la dictadura de Hugo


Banzer. De fines de los setenta data la mayor parte de los textos de Tocnolencias
(2010), un libro publicado después de su muerte. En “El famoso negro”, un texto
de 1979 incluido en Tocnolencias, Saenz muestra que su antisemitismo lo
acompañaría hasta el fin de sus días y escribe de “los siempre oscuros y vedados
manejos de los hijos de Sión” y de “vastos programas de largo alcance planificados
con rigurosa precisión por las mentes depravadas del mundo judeo-liberal”.

Desde 1983 vivió en la Casa del Poeta, una vivienda de la alcaldía de La Paz,
y permaneció allí hasta el día de su muerte. En sus últimos años volvió a beber.
Estaba cansado y sentía que había dicho todo lo que tenía que decir. Llegó a tener
siete enfermedades diagnosticadas, desde la uremia hasta la neumonía. En Recorrer
esta distancia, escribió:

Estoy separado de mí por la distancia en que yo me encuentro;el muerto


está separado de la muerte por una gran distancia.Pienso recorrer esta distancia
descansando en algún lugar.De espaldas en la morada del deseo,sin moverme de
mi sitio –frente a la puerta cerrada,con una luz del invierno a mi lado.Esa muerte
empezó a llegar a grandes pasos en 1986. Él parecía saberlo, ordenó sus
manuscritos, destruyendo los que no le interesaban y terminando los incompletos.
En agosto de ese año se puso mal y cayó en la inconsciencia. Se recuperó un poco
el 13 de agosto. Pasó esos días bebiendo y pidiendo que le leyeran fragmentos de
El señor Balbuena, un texto que estaba corrigiendo. Mantenía los ojos cerrados y ni
siquiera podía tomar el caldo que le preparaba su tía. Una de sus últimas frases fue
de Goethe: “Sólo el amor salva”. En su cuarto de la Casa del Poeta quedaban pocos
objetos de los tantos que había cuidado con devoción, y tampoco había retratos en
las paredes, lo que hizo que Wiethüchter especulara que Saenz había entrado a ese
cuarto a morir.

El doctor Carlos Rivera lo atendió en esos últimos días. El 14 de agosto, en


su “Diario”, publicado en La mariposa mundial en 2010, Rivera describió la
respiración del poeta como “angustiosa” y diagnosticó una broncopulmonía
bilateral manifiesta. El 15 sintió que el pulso era “apenas perceptible, pero su
corazón aún late fuerte (...) va apagándose en forma angustiosa (…) Creo que
pasará esta noche, y tal vez mañana el visitante Profundo se apodere de él (…)”.

Jaime Saenz falleció el 16 de agosto de 1986. La distancia había sido


recorrida.
 

GRAÇA RAMOS

SAMUEL RAWET : SOLEDAD SOBRE SOLEDAD

SZMIL URYS RAWET. Samuel Rawet. Szmur. Samuel. Rawet. Judío. Polaco.
Inmigrante. Brasileño. Hermano mimado. Hijo rebelde. Dramaturgo. Ingeniero.
Cuentista. Ensayista. Semi ángel semi demonio de las cuadras de Brasilia.
Esquizofrénico. Paranoico.

A los 45 años, Samuel Rawet tiene el cabello y la barba entrecanos y se viste


de blanco. Espera a su amigo, el poeta Ézio Pires. Le gusta hacerlo junto a los
pilotes modernistas que caracterizan la arquitectura de Brasilia. Cuando el poeta
llega, caminan. Rawet domina la escena, hace comentarios sobre literatura.
Aconseja: “Si no encuentras facilidad en construir personajes de carne y hueso,
piensa que los edificios de esta ciudad son personajes”. Sabe de qué habla. Cuando
escribe, convierte la soledad en un tema central pero también la experimenta:
“¿Cuándo el dolor es intenso, cuándo el sufrimiento llega al límite de sí mismo?”,
es la pregunta de su último libro de cuentos, Que los muertos entierren a sus muertos
(1981), cuya portada está ilustrada por buitres en un paisaje de piedras.

Inventor de personajes naufragados entre distintos mundos, entiende


también mucho de abstracciones. Pasa horas pensando en tangentes, elipsis,
bóvedas de edificios: hasta 18 horas por día haciendo cuentas, realizando
proyecciones y estudiando perspectivas. Anota todo en cuadernos y utiliza la regla
de cálculo. A veces se ayuda con la Fórmula de Gravina, que pocos ingenieros
dominan tan bien.

Forma parte del equipo que levantó toda esta ciudad, proyectándola en
tableros de arquitectura. Muestra gran afición por la geometría, aunque le gusta
afirmar que de matemática nada entiende. Cada vez que se retiran las estacas de
una obra es presa de una enorme preocupación y la seguridad que demuestra en el
rigor del cálculo es sustituida por crisis ansiosas. Suda frío, fuma más de lo mucho
que ya fuma, se embota con tazas de café. Pero sus cálculos siempre funcionan.

Desarrolló, solo, algunos de los más complicados cálculos que sostienen las
formas monumentales de Brasilia, la capital brasileña planeada y construida entre
fines de 1956 y comienzos de 1960 según el diseño urbanístico de Lucio Costa. Son
suyos los proyectos estructurales de las cúpulas del Congreso Nacional y los del
Palacio Itamaraty, edificios diseñados por Oscar Niemeyer, tarjetas postales de la
ciudad que Rawet eligió para vivir los últimos años. A los 50, escribió en el ensayo
“SQS 103, Bloque E, Ap 120 o La derrota de Le Corbusier” (1979): “Aunque no me
sienta tan viejo, un cansancio milenario me domina cuando abro la ventana de este
bloque de Supercuadra en Brasilia. Un resquicio de cielo, una hilacha de verde,
descargas de automóviles sufriendo de diarrea o utilizando sopa de repollo en vez
de gasolina, y unos gritos o gañidos de voces minerales”.

Vive entre dos mundos –el literario, el del cálculo– que insiste en mantener
separados. En el primero se siente cómodo. En el otro desempeña un papel
profesional de manera frenética, compulsiva, sin traerlo a colación en
conversaciones con amigos. Entre las dos instancias, cada una exigiendo lo máximo
de su capacidad, llevándolo a un esfuerzo exagerado, construye un mundo en el
que, de a poco, la capacidad de abstracción se vuelve desmedida. Y a pesar del
esfuerzo por mantener las dos esferas aisladas, su obra ficcional y ensayística
significa una amalgama asombrosa de un imaginario en el que lo autobiográfico se
instala como cicatriz para siempre dolorida.

–Fue el sujeto más atormentado que conocí –dice su compañero de


andanzas, el poeta Ezio Pires, nacido como él en 1929, durante una entrevista
realizada en un bar del ala norte de Brasilia–. Era tan cáustico consigo y con el
mundo que nunca tenía sosiego, guiado por un masoquismo judaico mal resuelto,
una intransigencia enfermiza.

Entre 1975 y 1982 él y Rawet mantuvieron encuentros esporádicos durante


los que cumplían siempre el mismo ritual.
–Cuando estaba calmo, aparecía por las mañanas para caminar; cuando se
sumergía en la oscuridad, pasaba días sin dar noticias. Desconfiado, jamás quiso
subir hasta mi departamento y conocer a mi familia. Los encuentros eran al aire
libre. Él era una ficción permanente, un personaje de Dostoievsky.

Las desapariciones se daban en épocas de “intensa vibración”. Entonces, se


comportaba como Rafael, protagonista de su pieza teatral Adiós (1980) que,
después de pasar por una crisis psiquiátrica, decide romper con el tratamiento
tradicional y “tratarse” a través de caminatas sin rumbo. A Rawet podía vérselo
caminar, a toda hora, por el llamado Sector de Diversiones Sur que, entre el Hotel
Nacional y el Conic, es una zona de negocios y oficinas durante el día y el área
preferida de prostitutas, travestis, homosexuales y heterosexuales en busca de
diversión nocturna. Allí, en esa porción de Brasilia, deambulaba Rawet noche tras
noche. “Solitario bebo ahora, y me gusta beber en soledad, solitario camino de
noche, ahora, solitario viajo de noche. Terror. Náusea. Dolor”, escribió en
“Hermanos de la Noche del hermano de la noche Renard Perez” (1979).

Nació en la “casi aldea” llamada Klimontow, en Polonia. Muy delgado, de


piernas torcidas, cabellos rubios casi blancos, le gustaba tomar sopa caliente de
remolacha, se divertía yendo a la plaza donde se instalaba la feria semanal, jugaba
en la nieve. Su mayor placer era tirar piedras en el lago del bosque que estaba cerca
de su casa. “Ah, las nieves de mi infancia, ah, las dulzuras de los azotes que ligué
porque pateé una pelota en la calle. Fueron a contarle al viejo barbudo (ya entonces
había delatores), y el hombre lanzaba espuma por la boca en la sala del edificio de
la sinagoga”, rememoró en el ensayo Devaneos de un solitario aprendiz de la ironía
(1970).

Los primeros años de vida estuvieron marcados por la ausencia del padre,
Szapsa, comerciante, riguroso seguidor de la doctrina judaica. Entre 1931 y 1933,
Szapsa estuvo lejos de la ciudad, buscando mejores condiciones de supervivencia.
Al regresar a su casa, la grave crisis económica y las amenazas de persecuciones
étnicas diseminadas por Europa lo llevaron a emigrar fuera del continente.

El pequeño Rawet no entendió qué pasaba cuando, cerca de los cuatro años,
su padre partió pero esta vez llevando a Moisés, el hijo primogénito. El destino
elegido fue Río de Janeiro, entonces capital del Brasil.
En Polonia permanecieron él, su madre Sura-Lai –mujer de talla media,
rostro oval, cabellos negros y ojos grises, de quien heredó el interés por los libros,
el amor a la música y la inestabilidad mental–; Chasriel, hermano mayor, y Mindla,
su hermana de dos años. “Nuestra situación en Polonia era pésima. Vivíamos
prácticamente a la espera de un pasaje para el Brasil”, recordó en una entrevista
publicada en el periódico Correio da Manhã, en 1969. Vivían en la casa un primo
mudo y un pariente con deficiencia mental. En la ciudad estaba también la abuela
materna, que se negaría a ir al Brasil por considerar que era tierra impura. Ya
adulto, decía que su abuela era una mujer irritable, irritación que él también
experimentó después de los 30 años, en muchas disputas reales e imaginarias, y lo
hizo alardear de que eran grandes su agresividad verbal y su irreverencia:
“Además de eso, soy realmente maleducado”. Pero de adolescente y joven adulto
era distante, educado y gentil.

Su escritura estaba impregnada de su experiencia, como es típico de los


escritores a partir de la modernidad, pero su caso era más complejo porque, a
partir de mitad de los años ’60, empezó a interpretar la vida de los personajes que
inventaba. Decía que necesitaba vivir como ellos para narrar sus acciones, dotarlos
de un discurso.

–A fines de los años 1960, iba al baño, no se limpiaba y subía hediondo al


ómnibus, sólo para ver la reacción de las personas y escribir sobre eso– dice el
arquitecto Carlos Magalhães, nacido en 1933 y responsable en esa época del
estudio de Oscar Niemeyer en Brasilia. Algo parecido a lo que él cuenta aparece en
Devaneos de un solitario aprendiz de la ironía, el libro que Rawet editó de manera
artesanal en 1970, y en el ensayo Yo-tú-él: análisis eidético (1972), donde, además de
discutir aspectos de la masturbación en la homosexualidad masculina, dispara
cuestionamientos filosóficos desde un lugar inusitado: sentado en el baño de un
bar en Río de Janeiro, atacado por una diarrea: “¿Y de qué se nutre un paria? De un
puro aliento de la existencia, de una esperanza de ausencias, de un cansancio
renovado por humilde aceptación y una certeza imponderable de instantes
compactos”.

Junto a la piscina del Hotel Nacional, de Brasilia, él y Carlos Magalhães se


reunían cada quince días. Usando overol de jardinero, bolso de lona cruzado sobre
el pecho, se adentraba en la recepción hacia las cinco de la tarde y su figura
provocaba miedo y extrañeza. Cargaba una jaula sin pájaro, a veces cubierta por
un paño. Cuando alguien le preguntaba por ella, la respuesta era inflexible: “En
ella voy a colocar a todas las ratas, a todos los corruptos”. Algunas veces, en tono
elevado, decía que la jaula era para colocar a las “ratas judías”.

El mensaje tenía destinatarios inmediatos: el hotel, propiedad del


empresario judeo-argentino José Tjurs, por mucho tiempo abrigó las reuniones de
la Asociación Cultural Israelita de Brasilia, y él había roto con el judaísmo al hacer
público el ensayo “Kafka y la mineralidad judaica o la tonga da mironga do
kabuletê”, publicado en la revista Escrita, en septiembre de 1977. “¡Quiero pedir a
esa media docena de ocho o nueve, o cuatro o cinco, de judíos o compañeros de
judíos en sus transas marginales, que viven molestándome por ahí, que
desinfecten!”, escribió en ese texto. Considerado por el escritor y psiquiatra
Moacyr Scliar, en “La condición judaica” (1985), como expresión del auto odio
judío resultante de un estado paranoico, el ensayo continúa así: “No, no soy
antisemita, porque semitismo no significa necesariamente judaísmo, soy antijudío,
lo que es muy diferente, porque judío significa para mí lo que hay de más bajo,
más sórdido, más criminal en el comportamiento de este animal de dos patas que
anda vertical”.

La familia Tjurs consideró que el texto era el resultado de un proceso de


enloquecimiento progresivo y continuó permitiendo su entrada al hotel, pero
Rawet empezó a ser recibido con desconfianza. Él, insistente, siguió frecuentando
sus dependencias. Recurría a los servicios de un masajista japonés, que aliviaba sus
dolores de espalda, consecuencia de un accidente de auto. Le gustaba ir al sauna y
apreciaba comer frutillas con crema en el buffet. Siempre insistió en pagar sus
cuentas.

Otras reacciones fueron más fuertes, aunque silenciosas, según estimaciones


de compañeros de arquitectura e ingeniería. “Entonces, Bloch lo bloqueó”, dice
Jaime Dantas Campello en el proyecto Declaración de Historia Oral, del Archivo
Público del Distrito Federal, que recupera historias de la construcción de Brasilia.
Rawet nunca fue empleado del empresario de origen judío Adolfo Bloch, dueño
del imperio capitaneado por la revista Manchete, pero en 1964 publicó un artículo,
en esa revista, sobre la arquitectura de Oscar Niemeyer y estaba negociando con el
grupo la publicación de un libro cuando llegó al público aquel ensayo sobre su
rechazo al judaísmo. El grupo continuó tratándolo bien, pero presionó a otros para
que no publicaran sus textos. Rawet, entonces, empezó a decir que había roto un
contrato con Adolfo Bloch, por haber descubierto que no pagaba derechos de
autor.
–Entraba en crisis, salía de ellas después de un tiempo, pero siempre
quedaba un residuo acumulado –recuerda Carlos Magalhães. El vaso se iba
llenando hasta que explotaba de nuevo.

Los intervalos, a partir de la década de 1970, se fueron haciendo cada vez


más breves.

–Mantuvo los encuentros, era mi amigo desde la época de la construcción de


la ciudad, nunca perdí la paciencia, aunque hacia el final el diálogo se haya vuelto
muy difícil.

Durante los años del alejamiento paterno, en Polonia, la sinagoga adquirió


importancia fundamental. El edificio imponente era el centro de la vida cultural y
religiosa de Klimontow, donde la población se componía mayoritariamente de
judíos, diezmados durante la segunda guerra mundial. En la escuela que estaba
junto a ella, Rawet se alfabetizó en yidish y recibió las primeras enseñanzas
religiosas. Sus primeros años transcurrieron entre el idioma polaco, que se
escuchaba en las calles, y el yidish, la lengua familiar. En esa aldea descubrió la
existencia del teatro, que sería una de sus grandes pasiones. El pueblo se
alborotaba cuando un grupo de aficionados montaba piezas de Gabriela Zapolska
(1857-1921), la célebre autora de teatro moderno polaco, que enfatizaba la sátira
social abordando la historia de seres destrozados, proletarios y prostitutas.

Criado entre judíos pobres, orgullosos de su legado cultural, a los siete años
finalmente partió desde el Puerto de Gdynia y llegó a Río de Janeiro dos semanas
más tarde, el 20 de julio de 1936, en compañía de su madre, su hermano y su
hermana, rebautizados Ezequiel y Clara en los trópicos. Era de noche, cerca de las
9, cuando avistaron las luces y la silueta de la ciudad que amaría ferozmente al
punto de llamarla “ciudad puta”. “Aquí conocí el dolor, el terror, la humillación, la
euforia, el gozo, la exaltación. Aquí amé y odié. Aquí cogí y me cogieron”, escribió
sobre Río de Janeiro poco después de cumplir 40 años, en 1969, cuando regresó
desde Brasilia para dar comienzo a una época en la que alardeaba un nuevo lema:
las cuatro “s”, de sal, sur, sol y suciedad.

Su padre Szapsa y su hermano Moisés habían conseguido instalarse, aunque


precariamente, como comerciantes de ropas. Todos vivían en una casa alquilada,
de paredes desteñidas, en la Calle de las Golondrinas, en el suburbio de Olaria. La
casa tenía sala, dos cuartos y un patio. Fue la primera de las seis en las que habitó
junto a su familia y vivió hasta 1952 en esa región de Leopoldina, un área elegida
por los askenazis, en especial rusos, polacos y besárabes.

Empezó a estudiar en la Escuela Primaria Hebreo-Brasileña Mendele


Mocher Nunes, pero la única cosa que reconocía eran los números y los ejercicios
de matemática. El portugués le producía inseguridad y necesitaba de la mímica
para comunicarse, como contó en Devaneos de un solitario aprendiz de la ironía: “A los
siete años, en el suburbio de Río, con la mano izquierda sosteniendo una caja
invisible y los dedos pulgar, índice y medio de la mano derecha envolviendo un
palito invisible, logré comprar la primera caja de fósforos, raspando lo invisible en
lo invisible”. Preguntaba a todos el significado de las palabras, e interrumpía el
discurso de cualquiera para preguntar: “¿Qué quieres decir con eso?”. Más
adelante, ya adulto, sus interrupciones impedirían el diálogo y resultarían
irritantes, pero de niño eran otra cosa. En su primer libro publicado, Cuentos del
inmigrante (1956), hay un texto llamado “Gringuito” que habla sobre las
dificultades de adaptación de un niño extranjero a la realidad brasileña. El cuento
retrata a una criatura que padece prejuicios y es golpeada y describe a su madre
como una mujer siempre ocupada con los quehaceres domésticos, incapaz de
reparar en el hijo. En la vida real, Rawet, con los ojos clavados en el pizarrón,
copiaba nombres y números como un autómata, procurando intuir, sin
comprenderlas, qué significaban las frases de la profesora. Intentó dominar esa
lengua difícil escuchando la radio, prestando atención al habla de las calles donde
jugaba al fútbol y andaba en bicicleta. Hacia el final de la infancia, comenzó a
escribir como ejercicio para domar la lengua.

–Le gustaba escuchar programas de radio, y después escribía otra versión de


la historia narrada– recuerda su hermana Clara, a quien leía textos que no se
preservaron, y que comienza la frase siguiente con la expresión “mi compañero”,
pero después calla. Los textos recordaban la estructura de los cuentos de Las Mil y
Una Noches.

Está sentada en el sofá del ático del edificio elegante donde vive, en el barrio
de Leblon, en Río de Janeiro. A los casi 80 años habla bajo y pausado. A su lado
David Apelbaum, su marido, la ayuda a completar informaciones.

–La imagen que quedó es triste. Él tenía tanto valor. Todavía siento una
profunda tristeza cuando pienso en él –dice–, pasando la mano por la reliquia que
sostiene en el regazo, la carpeta de plástico azul con documentos y objetos de su
hermano: la última goma, la lapicera, el documento de identidad, el certificado de
defunción.

Al repasar algunas fotos, susurra: –Era bonito, ¿ve?

–¿Tuvo novias?

Clara esboza una sonrisa. Ofrece un chocolate, copias de las fotografías. En


una de ellas, Rawet lleva un traje de color claro, corbata oscura, camisa a rayas.
Debe tener unos 30 años, usa anteojos de armazón redonda y gruesa. Tiene el labio
inferior ligeramente más grueso que el de arriba.

En 1970 la pequeña editora Olivé lanzó su primer libro de ensayos con el


título Homosexualismo: sexualidad y valor, en el que cuestionaba los prejuicios
sexuales: “¿Hay alguna ley absoluta que obligue a un hombre a tener relaciones
sexuales con una mujer?”. Y repetía en letras mayúsculas la frase “el hombre elige
la forma de su sexualidad”, entrecomillando el verbo. Intrigado con el tenor del
texto, uno de sus más queridos amigos, el crítico literario Fausto Cunha (1923-
2004), decidió preguntarle acerca de su orientación sexual, pero él no admitió esa
invasión. Pelearon en forma virulenta y nunca más hablaron del asunto. Cunha
escribió, acerca de Diálogos, una reunión de cuentos que su amigo publicó en 1963:
“Es un libro amargo de la primera a la última página porque la comprensión nunca
se realiza. Para el autor el diálogo no existe”. Rawet nunca fue visto en compañía
de hombre o de mujer, y produjo varios textos que abordaban el tema de la
homosexualidad, a partir de situaciones homoeróticas que alegaba haber vivido.
En Yo-tú-él indagó ferozmente: “¿Basta nacer con una cabeza, tronco, miembros,
cojones o una concha entre las piernas para ser hombre o mujer, basta?”. Siendo
jóvenes, él y Fausto Cunha se enamoraron de la misma muchacha, Teresa
Brandwain, hoy la consagrada actriz Teresa Raquel. A comienzo de los años ’50,
solían encontrarla en el Club Cabiras, reducto de la intelectualidad progresista
judía de Río. Era una mujer refinada, parlanchina, de inteligencia deslumbrante.
Fausto, más atrevido, le propuso casamiento pero recibió un no como respuesta.
Rawet, que era más tímido, se le acercaba poco y le gustaba verla bailar. Sólo le
pidió que le trajera algo especial de regreso de un viaje por Europa, pero a la
muchacha, que tenía 17 años, se le olvidó.
–Si él se hubiese declarado, me habría casado con él –dice Teresa Raquel–.
Era culto, interesante, tenía un tono de voz tranquilo.

–Si se hubiese casado con ella, tal vez su vida hubiese sido diferente –dice
Clara, su hermana.

Él, de carácter estricto y pensamientos radicales –“para él lo que dice la


palabra es lo que vale”, explica su hermana–, también despertó pasiones. Por él se
derritió la poeta Zila Mamede (1928-1985), aunque Rawet jamás permitió una
conversación íntima con ella y se irritaba cuando sus amigos querían propiciar el
acercamiento.

–De jóvenes, vivíamos detrás de las muchachas –dice el poeta y embajador


brasileño Alberto da Costa e Silva, nacido en 1931, en una sala de la Academia
Brasileña de Letras, en Río de Janeiro. No había señales de homosexualidad en él,
los muchachos saben de esas cosas.

Entre tazas de café y vasos de agua, el académico Da Costa e Silva recuerda:

–Llevaba en sí millares de años de perfeccionamiento del pueblo judío, y


tenía un gran corazón. Pero la mente se le fue desorientando, pasó a reaccionar con
violencia ante lo que lo incomodaba.

Atribuye ese desorden al hecho de que Rawet hizo, durante toda su vida, un
excesivo esfuerzo para ser racional, para encarar la vida seriamente.

–Quería que todo se encuadrase en una explicación, como si la vida cupiera


en un papel cuadriculado. No aceptaba desvíos.

Las primeras alteraciones comenzaron a principios de los años ’60, y se


hicieron más intensas en las décadas siguientes, cuando comenzó a vivir
permanentemente atacado por delirios. “Échala afuera, es una bomba, son ellos
queriendo matarme”: así reaccionó, a comienzos de la década del ’70, cuando el
novelista Esdras do Nascimento (1934) lo llamó por teléfono para pedirle que
pasara por su departamento a buscar un regalo. Dalva, mujer de Esdras, había
hecho una almohada para aliviarle los dolores de espalda, pero Rawet apareció
muchas horas después, de madrugada (había cruzado buena parte de Río de
Janeiro a pie) e insistió en que debían librarse del paquete: “Échala afuera, es una
bomba (...)”. En días tranquilos, podía quedarse mucho rato mirando pintar a
Dalva.

–Cuando ella se acostaba en el colchón para descansar, él también se


acomodaba en el piso y dormitaba –dice Esdras do Nascimento en la mesa de un
bar en Copacabana, el barrio que frecuentaban en esa época. Era muy lógico
exponiendo ideas, se quedaba horas en un asunto, exigiendo gran esfuerzo del
interlocutor, pero poco a poco eso se fue agravando, él fue enloqueciendo.

Durante ese período decidió crear una editorial y la denominó Puta-Que-O-


Pariu. Publicó en ella el ensayo Devaneos de un solitario aprendiz de la ironía,
reproducido en fotocopias Xerox, pero, para inaugurarla, le propuso a Esdras do
Nascimento escribir historias de cuatro líneas para proyectarlas en diapositivas. La
única que se salvó fue: “(...) una negra, de noche, De anteojos oscuros, Diciendo
además (...)”. Eran bromas, pero también un ejercicio de narrar con el mínimo
recurso.

A la hora de escribir, desde el principio ambientó a sus personajes, que se


adentran en callejones, antros, lugares inhóspitos, en áridos paisajes periféricos. Su
nouvelle Abama (1964) tiene como protagonista a un caminante solitario: “Fui
creado sobre heces y de heces me nutro. ¿Cuándo se volverán estiércol, cuando
abono? Zacarías podría haber escuchado esta frase si el lenguaje utilizado fuera
crudo y no ese otro, figurado, mascarada de pornografía y pretendidamente
objetivo”.

Escribía, ya desde los 15, piezas de teatro y cuentos, un género que trabajaría
con más énfasis al entrar en la facultad de ingeniería. Su amor al teatro creció
cuando, durante el curso de secundaria en el Colegio Santa Teresa, conoció a
Augusto Boal (1931-2009) quien, en la década del ’70, sería el creador del Teatro del
Oprimido, método pedagógico y movimiento teatral que alentaba la resistencia
política en plena dictadura militar. Augusto Boal, que también se formaría como
ingeniero, y Benjamin Benzon, Moyse Beiguelman e Ivan Batalha, eran algunos de
los amigos a quienes le gustaba llevar a su casa. Durante ese período leyó a
muchos dramaturgos clásicos pero también se divertía con espectáculos de revista,
riéndose de las construcciones de doble sentido. En la década del ’60 escribió la
parodia “Farsa de la pesca del pirarucu y de la caza del jacu”, censurada por la
dictadura: “Lo alto está en lo bajo Lo negro en lo blanco El derecho en el revés Lo
curvo en lo recto El macho en la hembra El día en la noche Lo vertical en lo
horizontal El sol en la luna El movimiento en el reposo Lo limpio en lo sucio Lo
villano en la virtud Lo nuevo en lo viejo ”.

–En la juventud, el teatro lo fascinaba más que la literatura –dice Clara, su


hermana–. Le gustaba mucho escuchar piezas montadas en la radio y de asistir a
grupos teatrales.

De adolescente, adaptó “El Cuervo”, de Edgar Allan Poe, para la radio, pero
mucho de lo que escribió para teatro fue a parar a la basura y casi todo lo que
sobrevivió permanece inédito. Cuando asistió en 1957, a los 28 años, a la
representación de “Los amantes”, pieza de su autoría montada en el Teatro
Municipal de Río de Janeiro, tuvo una de sus primeras crisis de rabia. Le gustó la
dirección, apreció el trabajo de los actores, pero se sintió molesto con su
desempeño: le pareció que los diálogos no estaban bien estructurados y, al regresar
a su casa, rompió gran cantidad de piezas escritas.

–Tenía pocas pulgas a la hora de tomar decisiones –recuerda su hermana.

Ella, su compañera de bromas, su lectora preferida, fue testigo de su trabajo


como calculista del Monumento a los muertos de la segunda guerra mundial que
se levantó en Río de Janeiro en los primeros ’60, una imponente estructura de 31
metros de alto, de las primeras en las que se usó hormigón a la vista en el país, que
lo tenía orgulloso.

–Fue un joven calmo, suave. Un joven sin preocupación por la vanidad, pero
siempre prolijo, limpio.

En 1974 y después de algunas disputas, Rawet rompió relación con su


familia y se mudó definitivamente a Brasilia.

–La familia decidió construir un pequeño edificio en el suburbio para


alquilar y llamamos a otro ingeniero para iniciar la obra, que cometió errores –
cuenta David Apelbaum, el marido de Clara, al recordar una de las muchas
cuestiones que incomodaron al escritor en su convivencia con la familia–.
Consideramos que Samuel era demasiado genial para un trabajo tan simple.

Pero él sintió que no era respetado. Después se quejaría también por una
discusión acerca de los gastos necesarios para mantener a su padre, Szapsa, que
trabajó casi hasta el día de su muerte, en 1975. Hasta hoy, Clara no acepta el
alejamiento de su hermano y muestra una discreta curiosidad por saber cómo
fueron sus últimos años de vida.

Cuando él era todavía joven, la prosperidad de los negocios familiares dio


como resultado un amplio y lujoso departamento en Catete, barrio de clase media
de Río de Janeiro, con un cuarto exclusivo para cada uno de los hijos. El suyo tenía
muchos libros, lo que le permitió aislarse y estudiar durante los años de facultad.

–Él vivía en su mundo –recuerda Clara.

Pero vivían todos en un hogar tenso. El comportamiento de la madre, Sura,


se fue modificando. Se había sumido en una tristeza profunda después de la
muerte de un hijo cuando todavía estaban en Polonia, y empezó a tener graves
crisis nerviosas después de la pérdida de otro, Isac, nacido en Brasil. Tuvo varias
internaciones psiquiátricas con diagnóstico de esquizofrenia. “Yo tenía unos nueve
o diez años cuando se manifestó”, escribió Rawet, acerca de la dolencia de su
madre.

–Hubo períodos muy pesados en que todo se hizo muy difícil –cuenta Clara.

Acerca de la muerte de Isac, el único hermano brasileño, su relato es sucinto:

–Samuel paseaba con el carrito por una calle sin pavimento, el carrito se
volcó y el niño cayó y quedó totalmente lleno de barro.

Una vecina le dio un baño y nadie contó nada a Sura ni a Szapsa.

–Al día siguiente, mucha fiebre, seguida de muerte –dice Clara, que resume
el estado de su hermano, después del accidente, con mayor economía aún–.
Samuel tuvo problemas cruciales.

Después de las internaciones de la madre sobrevinieron períodos difíciles. El


más grave fue cuando ella abandonó a la familia, en 1954. Quería reencontrarse
con una hermana y viajó a Israel, donde permaneció por casi 10 años. Szpasa
aceptó a disgusto el viaje y Clara asumió muchas de las tareas de la casa. Sura
regresó a Brasil para morir al poco tiempo, de cáncer en el lóbulo frontal.
*

Rawet tenía 20 años cuando envió al periódico O Espelho, del Gremio


Cultural y Recreativo Stefan Zweig, un texto sobre la lucha entre judíos a causa de
la construcción de una sinagoga. Se basó en un hecho real y, aunque irónico al
abordar el tema, no llegó a usar el lenguaje seco y áspero que caracterizaría a su
literatura. El texto se parecía a la voz de un rabino contando una parábola a sus
fieles. Comenzó a publicar cuentos en medios más importantes cuando todavía
estudiaba en la universidad y gracias a la novelista Dinah Silveira de Queiroz
(1911-1982), que abrió las páginas del periódico A Manhã a nuevos talentos en 1949.
De hecho, Rawet le dedicó a ella su primer libro, pues la admiraba mucho. La
misma admiración expresa ahora el novelista Renard Perez, nacido en 1928,
durante una conversación regada con café y bizcochos de maizena.

–Todos amábamos a Dinah –dice, en su departamento de Copacabana–. En


medio de los muchachos de Dinah, él sobresalía. Porque era discreto, elegante,
fantástico. Yo conocí a un joven curioso, talentoso, que leía mucho, sufría para
escribir, rehaciendo un texto innumerables veces, pero también a alguien a quien le
gustaba divertirse, beber, conversar con los amigos.

Pero más tarde, algo en él se desintegró y empezó a ser un personaje


aturdido, que sufría mucho por casi todo.

–Después que se mudó a Brasilia, los relatos comenzaron a dibujar un


cuadro más extraño. Pero conmigo siempre se mantuvo gentil y atento.

–Él, Fausto Cunha y yo frecuentábamos mucho la Biblioteca Nacional.


Éramos lectores ávidos –dice el escritor Assis Brasil, nacido en 1932, sentado en la
pequeña sala de su casa, en Teresina, en la distante provincia del Piauí.

Assis Brasil cuenta que conoció a Rawet cuando ejercía de secretario de


redacción del Suplemento Dominical del Jornal do Brasil, el suplemento de cultura
más importante del país en los años ’50.

–Vivía en conflicto con el mundo, se indagaba sobre todo en todo momento.

Rechazaba el modelo familiar, cuestionaba la lógica del lucro, y estaba


convencido de que su familia, a excepción de Clara, no le daba importancia a su
trabajo como escritor. Reacción contraria tuvo la crítica, que eligió sus Cuentos del
inmigrante, publicados a sus 26 años, como uno de los acontecimientos literarios de
1956. Lo destacaron como dueño de una prosa ríspida y seca. Un estilo
caracterizado “por la dureza de los cortes”, definió el periodista Reynaldo Jardim
al saludar el libro.

–Él forma parte de una generación que a los veinte años ya había leído
mucho y construía un pensamiento consistente– decía Jardim, en su casa de
Brasilia, durante la entrevista concedida poco antes de morir.

“Nunca antes el género había sido tan violentamente revuelto en su


estructura”, escribió Assis Brasil en el año de la publicación.

A pesar del entusiasmo de la crítica, Rawet nunca ganó dinero con la


literatura y mucho de lo que recibió por su trabajo como ingeniero fue utilizado
para sostener su actividad de escritor, cuya obra, compuesta por siete libros de
cuentos y nouvelles y seis ensayos, está casi toda publicada en pequeños sellos.
Sólo dos libros de relatos salieron en una editorial grande, uno de relatos y un
ensayo: Cuentos del inmigrante y Yo-tú-él, editados en la entonces potente José
Olympio. Cuando vendió un departamento en Río de Janeiro para financiar la
edición de buena parte de su obra, su familia empezó a verlo como un perdulario.

Con el tiempo, los Rawet dejaron de vender ropa y artículos de cama y se


volvieron negociantes de cuerina. Más tarde, abrieron un negocio de muebles por
decisión de Sura. “El lugar del hombre es el trabajo”, decía ella. En un ensayo,
Rawet contó que trabajaba en el negocio durante las tardes, después de ir a la
escuela, y que eso lo dejaba aturdido. Pero la lógica familiar del trabajo permaneció
encarnada en él. Cuando escribía a mano, o de pie frente al tablero que sostenía la
máquina de escribir Hermes 3000, sabía que la primera cosa a resolver era la
profesión del personaje. “Un personaje vive, come, se viste y, aun insano, necesita
dinero para cultivar sus delirios”, escribió en el cuento “Fe de oficio” (1967).
Rechazó la idea de retirarse por invalidez incluso después de una grave crisis
psiquiátrica que atravesó en 1978, con el diagnóstico de esquizofrenia paranoide.
Pasado el desorden intenso, retornó al trabajo de ingeniero en la Secretaría de
Tránsito y Obras del Distrito Federal.

Eligió ser ingeniero porque era bueno con las cuentas, porque tenía dominio
del dibujo y porque ése era el deseo de sus padres. Sin embargo, le gustaba hablar
sobre las diferencias entre vocación –ser escritor–, y carrera –ser ingeniero. En 1954,
poco después de graduarse en la Escuela Nacional de Ingeniería, fue contratado
por el estudio de Joaquim Cardozo (1897-1978), el más célebre proyectista de
hormigón armado que tuvo el país y quien, como Rawet, padecería al final de la
vida serios trastornos mentales, de carácter melancólico. Cardozo es también un
gran literato, poeta sensible, con pleno dominio de su arte. Rawet llegó al estudio
gracias a la recomendación del crítico literario Oswaldino Marques (1916- 2003),
con quien compartía departamento en la calle Santa Clara, en Copacabana. En ese
momento, antes de mudarse a Brasilia, había dejado la casa paterna porque no
soportaba más la persecución que su padre hacía de su hábito de fumar. En esa
época dejó de comer kosher y empezó a alimentarse en bares y restaurantes.
Trabajaba con cálculos durante el día, se divertía por la noche y escribía de
madrugada. Dormía poco pero, productivo y feliz, consiguió organizar la
publicación del mencionado Cuentos del inmigrante.

Por entonces, su amigo Oswaldino Marques le pidió que fuera su testigo en


el proceso de separación matrimonial. Durante el juicio Rawet permaneció callado,
demostrando irritación ante las preguntas del juez. Preguntado que fue por su
amigo acerca de los motivos de su mala disposición, no explicó nada y dejaron de
hablarse. Cuando amigos comunes intentaron acercarlos, Marques dijo que no
soportaba el comportamiento errático, la rebeldía terrorista y la inmadurez de
Rawet. Rawet dijo que Marques era un rilkecito aborigen que nunca había visto
Grecia, pero se daba aires de ateniense.

En 1957 el estudio de Cardozo empezó a realizar los cálculos estructurales


de varios edificios de Oscar Niemeyer para la nueva capital. Cardozo, Rawet y
Victor Fadul trabajaban en Río de Janeiro y enviaban los planos por avión. El ritmo
de trabajo era frenético, la cobranza por plazos, y los viajes a Brasilia, constantes.
Su respeto por Cardozo crecía: admiraba, en especial, su habilidad para conciliar la
vida de ingeniero con la de poeta. Cuando Cardozo le encargó desarrollar el
proyecto del Congreso Nacional, la euforia y la agonía se volvieron inmensas. Se
sentaba en la cocina, con su hermana Clara, y empezaba a mover los cuencos,
colocando uno boca arriba, otro boca abajo, en referencia a los formatos apoyado y
volcado de las dos cúpulas del Congreso Nacional que tanto trabajo le daban. “Fue
un período en que no escribía nada. Me agotaba físicamente, apasionado por el
trabajo”, repetiría en las entrevistas de años más tarde. Fueron cálculos tan difíciles
que, al ser concluidos, Cardozo despertó a Niemeyer en medio de una noche para
decirle que había encontrado la tangente que posibilitaría la construcción, pero no
mencionó el nombre del asistente. Así, de a poco, el sentimiento de aprecio por el
maestro dejó espacio a los desencuentros.

–Extrañábamos aquella pelea, la encontrábamos una cosa casi picaresca –


dice Glauco Campello, arquitecto que también trabajó en la construcción de la
capital, hoy de 76 años–. Él desarrolló una manía de persecución y pasó a acusar a
Cardozo de cosas inimaginables.

Había días en los que no hablaba con nadie en el estudio. Peleaba con las
personas sin que nadie entendiera el motivo y hacía las paces cuando quería.

–Llegó a decir que había comprado un arma para matar a Cardozo y a Fadul
–dice Carlos Magalhães.

“La angustia me domina completamente, tengo la impresión de que me


estupidiza. Recuerdos. El estado de angustia y estupidez total a principios de
1962”, escribió en “Angustia y conocimiento”, reconociendo las dificultades del
período. Entonces, Cardozo le pidió que se estableciera en Brasilia y él lo hizo, a
partir de 1963.

–Se quedó sin estacas afectivas –reflexiona Da Costa e Silva.

Incómodo con la ausencia de vida urbana, frecuentó mucho el prostíbulo


“Sete Quedas” y los bares de la Ciudad Libre, donde vivían los candangos que
construían la capital. Con intenso nerviosismo, empezó a asumir públicamente que
los cálculos del Congreso Nacional eran de su autoría y, en 1970, llamó a Cardozo
“charlatán” en una entrevista con O Globo. Pero en 1977, después de que Cardozo
fuera procesado y absuelto en la demanda judicial a causa de la caída de una obra
que había proyectado, y en la cual habían muerto obreros, Rawet acogió en abrazo
amoroso a su ex maestro y, en “Crónica del aprendiz”, lo defendió, mostrando los
imperativos que la arquitectura moderna brasileña impuso al cálculo estructural y,
en el fondo, a la seguridad de las obras.

Sin descanso entre una obra y otra, pasó a ser responsable por el desarrollo
de la proyección de otros edificios y, más adelante, del Palacio de Itamaraty.

–Su impacto como proyectista está allí, pues necesitó proyectar vanos de
concreto, entonces imposibles, inmensos en extensión y de pequeño ancho, todo
muy rápido –dice Carlos Magalhães.

El ingeniero Hilderval Teixeira, en declaración al Archivo Público, recordó


que tales cálculos fueron hechos al mismo tiempo que la obra, y no proyectados
con anterioridad: “Samuel también prestó un gran servicio ¿vio? Excelente
proyectista. Hasta quedó loco de tanto andar con números”.

Por aquellos años, obsesionado con los cálculos con los que se construía
Brasilia, Rawet sufría, dormía poco, se alimentaba mal, se quejaba de no encontrar
tiempo para escribir: “Pasé mucho tiempo sin escribir, haciendo sólo ingeniería,
pero llegué a la conclusión de que no era posible”, decía en una entrevista.

Aun así, 1963 fue un año de muchas novedades ya que publicó Diálogos y,
para espanto de ingenieros y arquitectos, imaginó un puente para unir Río de
Janeiro a Niterói.

–Era una belleza, en la parte más alta tenía mirador, tenía restaurante–,
detalla Jaime Dantas Campello al Archivo Público.

Los compañeros, sin embargo, no creyeron en su viabilidad y, aunque él


probó con números que estaba en lo correcto, la obra permaneció en el papel.

Ese primer exilio en Brasilia duró un año. Después, poco antes del golpe
militar que instaló a la dictadura en marzo de 1964, se fue a Lisboa, donde recorrió
la ciudad a pie, día y noche. Desde allá, aceptó la invitación de Niemeyer para
viajar a Israel e integrar el equipo que proyectaría los edificios de la Universidad
de Haifa y las torres Nórdia, en Tel Aviv. Pero Israel, la tierra prometida de sus
antepasados, la nación amada por la madre, sólo le generó frustración.

–Él sólo hacía el trabajo, no conversaba con nadie –dice el arquitecto Hans
Müller (1929), a quien no le gusta recordar la convivencia durante ese tiempo–.
Cuando hablaba, era incoherente y contradictorio. Comenzó a decir que iría a
comprar una jaula para colocar a todas las ratas en ella.

Se frustró, también, porque quería conocer al filósofo judío de origen


austríaco Martin Buber y visitar el Jardín de los Olivos, pero no lo consiguió.
Finalizados los cálculos del edificio de la Universidad, partió sin aviso, en barco,
hacia Marsella. En ese período, escribió la mayor parte de uno de sus más bellos
libros de cuentos, Los siete sueños (1967), ganador del Premio Guimarães Rosa.
Cuando regresó a Brasil, en 1965, estaba muy debilitado y decía escuchar voces.

–Tenía una característica divertida, porque cuando sentía que se estaba


volviendo loco, se internaba solo –dijo el ingeniero Jayme Zettel al Archivo
Público.
Su primera internación en una clínica psiquiátrica fue dispuesta por su
hermano Moisés, a comienzo de los años ’60.

–Necesitó electroshocks –dice el marido de Clara, David Apelbaum.

Pasada la crisis, Rawet decidió estudiar psiquiatría. En Yo-tú-él escribió: “Ya


sentí temor por esta vibración. Hoy no temo a la locura. Es una forma de
conciencia-en-el-mundo que, bien utilizada, puede conducir a la apertura y al
conocimiento de espontaneidades esclerosadas por la tiranía de cobardes e
idiotas”.

En esa efervescencia atribulada permaneció en Brasilia hasta fines de 1969,


cuando regresó a Río de Janeiro donde permaneció hasta comienzos de 1974.
Sobrevino un período de abandono, que coincidió con la época en que empezó a
escribir ensayos viperinos, en los que se expuso de manera exacerbada, como los
textos sobre la homosexualidad y la cuestión judía. ¿Realidad? ¿Ficción?
¿Alucinación? Los límites se vuelven precarios. Vivía en el hotel Paissandú, donde
empezó a aislarse y a enviciarse con la televisión, un hábito que abandonaría más
tarde. Durante ese período, casi no trabajó como ingeniero. Aprovechó el tiempo
para caminar, leer y escribir.

–Llevaba sin verlo hacía un tiempo y lo reencontré en ese período –cuenta


Assis Brasil–. Me di un susto: el cabello estaba más largo, la barba entrecana,
parecía la imagen arquetípica de un judío.

Por esos días, se negó a participar en el bar mitzvah de su sobrino Ariel, hijo
de Clara y David, niño que adoraba y que sería más tarde el único familiar
presente en su entierro.

Poco después, a los 44 años, regresó a Brasilia. En esa ciudad inventada


construyó buena parte de su obra literaria: además de Diálogos y Abama, escribió El
terreno de una pulgada cuadrada (1969), y los libros de ensayos Conciencia y valor
(1969) y Angustia y conocimiento (1978), un gran número de textos sueltos
publicados en diferentes diarios y revistas, y el reportaje, pionero en el género en el
país, que narra la saga de los obreros que construyeron la nueva capital brasileña,
llamado “Diario de un candango” (1963).

*
Sus últimos diez años en Brasilia lo transformaron en uno de los primeros
personajes excéntricos de la ciudad que ayudó a fundar. Hecho un hombre en
ruinas, andaba por Sobradinho, un barrio a 22 kilómetros del Plano Piloto, tejiendo
en voz alta el sentido de las cosas. A veces pasaba la noche discutiendo con una
mujer imaginaria, repitiendo: “La culpa es tuya”. Se lo veía comiendo de ollas,
sentado en las esquinas del barrio. En los recuerdos de Esmeralda Fonseca da Silva
(1929), que alquiló para él la última vivienda, “estaba mal vestido y maltrecho”, las
ropas no combinaban, parecían estar siempre sucias.

–Evitaba el contacto con los vecinos –recuerda ella–. Pidió para depositar los
alquileres, que nunca se atrasaron, en una cuenta bancaria.

Se mudó a ese sitio después de muchas desavenencias con los vecinos del
Plano Piloto, donde había empezado a pasearse primero en ropa interior y después
desnudo. Los vecinos reclamaron, él persistió y la administradora llamó a la
policía. Llamado a dar explicaciones por estar cometiendo un acto de atentado al
pudor, Rawet dijo que se desvestía para saber qué reacciones provocaba el
personaje de un cuento que estaba escribiendo. Estuvo a punto de ir preso, pero
mostró el esbozo del texto a los policías, que le aconsejaron portarse como un
sujeto real y lo dejaron ir.

De todos modos, nada acabó ahí. Compró un pie de mortero, lo envolvió


con un paño, y lo usaba para golpear el techo con fuerza cuando el vecino de arriba
hacía ruido. O arrojaba huevos a quienes lo incomodaban.

–A veces, salía de casa con el fondillo del pantalón sucio de sangre –dice el
portero del edificio de la SQS 103, Amaro Machado de Araújo, desde hace 33 años
en el puesto–. Cuando estaba más calmo, vestía una bermuda, se acostaba en la
reposera de lona extendida en el césped próximo al edificio. Se dejaba abrasar al
sol, leyendo y haciendo anotaciones.

–No hablaba con nadie –recuerda Amaro.

–Conversar con él era semejante a abrir la página de un libro al acaso, había


siempre algo diferente para escuchar –dice el poeta TT Catalão, que lo recibía en la
redacción del Correio Braziliense–.

Eran encuentros esporádicos, el último de ellos en tiempo de seca. El


pantalón blanco de Rawet había dejado lugar a la bermuda, las zapatillas, las
camisetas informales. Siempre tenía mucha sed, porque mantenía la costumbre de
hacer largos recorridos a pie.

Murió en una casa pequeña, en una de las cuadras más antiguas de


Sobradinho. Su cuerpo fue encontrado en el sofá, cuatro días después de su
muerte, ya putrefacto. Sobre su regazo había un plato de sopa Knorr y dos libros,
uno en francés, otro en inglés. El certificado de defunción dice que fue víctima de
insuficiencia cardíaca y de senilidad.

Era el 25 de agosto de 1984.

Durante meses, todos en el barrio lo habían visto cargar baldes de agua


desde la sede de la Administración Regional, donde trabajaba, en un recorrido de
900 metros, porque el agua y la luz de su casa habían sido cortadas por falta de
pago. Cuando los bomberos derribaron la puerta a pedido de los vecinos,
alarmados por el olor y las moscas azules, encontraron el sitio repleto de fósforos
usados y cabos de vela. En uno de los cuartos estaban su cama de soltero y un
pequeño armario. En otro, el tablero. En el último, la biblioteca, perfectamente
organizada.

Como el protagonista de su nouvelle Viajes de Ahasverus a la tierra ajena en


busca de un pasado que no existe porque es futuro y de un futuro que ya pasó porque fue
soñado (1970), después de muerto mantuvo la condición de errante. Enterrado en el
Cementerio Campo de la Esperanza en Brasilia, fue exhumado cinco años después,
a pedido de la familia, y transferido al Cementerio Israelita de Río de Janeiro.
Hasta hoy, al poeta Ezio Pires le gusta exhibir una foto que le dio Rawet. En ella se
ve a un hombre joven, vestido de blanco, que baja la rampa del Congreso Nacional.
Al fondo, el edificio, aún en construcción, evoca las ruinas de lo que se llama
moderno.

Traducción de Claudia Solans


 

GABRIELA ALEMÁN

PABLO PALACIO , UN HOMBRE MUERTO A PUNTAPIÉS

EL PASADO SIEMPRE amenaza con desaparecer, sólo que nunca lo hace del
todo. Sigue ahí, a nuestras espaldas, tras una puerta sin candado pero con perilla
defectuosa. Únicamente al espiar por la cerradura podemos acercarnos a él. El
ángulo de visión es corto y lo que se distingue, fragmentado. Para narrarlo, para
elaborar una historia completa, hay que llenar los puntos ciegos basándonos en la
información que conocemos y unirla con hilos. Durante años el hilo que unió la
historia del ecuatoriano Pablo Palacio fue la locura: la explicación que se fijó, como
en las antiguas placas fotográficas, al momento de su muerte en 1947. Pero no fue
la única. Con cada nueva generación que buscó penetrar su obra surgieron otras
explicaciones, que retomaron otros hilos. Algunos quisieron interpretar sus textos
basándose en su temprana orfandad; otros, buscaron la clave en la sífilis que
padeció durante años.

Fue Benjamín Carrión –ensayista, escritor contemporáneo de Palacio y gran


difusor de su obra– el que unió, por primera vez, en el ensayo Mapa de América
(publicado en Madrid en 1930), su genialidad con un incidente de la infancia:
“Cuentan de este muchacho que a los tres años de edad no daba señales de gran
inteligencia, ni mucho menos. Un buen día, la niñera lo llevó consigo a lavar ropa
blanca en el arroyo. (...) La niñera lavaba y el niño, mientras tanto, se entretenía
andando a gatas por los bordes del agua. (...) Volviendo de su canto y de su
ensueño, mira hacia el sitio en donde estuvo el niño. A los gritos de espanto de la
mujer horripilada, los puebleros de la loma hicieron multitud para seguir en la
corriente loca las posibilidades de encontrar al desaparecido. Y de cascada en
cascada, la espuma nada devolvía. Sólo medio kilómetro más lejos, ya en la
llanura, al confluir del torrente con el río, deshecho, amoratado, informe, el cuerpo
del muchacho. Días entre la vida y la muerte. Pero cuando comenzó a sanar de sus
setenta y siete cicatrices, las palabras, que antes del accidente eran difíciles,
babosas, surtieron llenas de inteligencia. Y en la curiosidad infantil que iba
descubriendo las cosas, como alguien que despierta de una larga letargia
cataléptica, había siempre el acierto de las relaciones y las comparaciones: parecía
una persona mayor. No balbuceó nunca, no dijo medias palabras”.

Palacio nació en Loja, provincia ecuatoriana fronteriza con el Perú, fuera de


matrimonio, hijo del hacendado Agustín Costa que no aceptó reconocerlo
legalmente. Un amigo de su madre, Clementina Palacio Suárez, una mujer de la
clase alta lojana, lo inscribió en el Registro Civil en 1906. Cuando ella murió,
Palacio quedó a cargo de su tío, José Ángel Palacio, hombre acaudalado pero
conservador y sin familia propia. El tío aceptó que su sobrino no siguiera el destino
de orfebre que le tenía trazado y que hiciera estudios secundarios y, todavía
después, al constatar su alto rendimiento académico, lo envió a la lejanísima Quito
para que realizara sus estudios universitarios. Pues para salir de Loja, había que
seguir un tortuoso camino de diez días, bordeando precipicios a lomo de mula,
antes de llegar al mar o a una estación de ferrocarril para seguir camino.

El escritor Alejandro Carrión (sobrino de Benjamín Carrión) fue su gran


amigo y recalcó, en el prólogo a las Obras completas (1964), la primera compilación
que se hizo de la obra de Palacio, que “cuando ya era un gran escritor, el mayor de
todos los jóvenes escritores del país no por la edad sino por la fuerza y la
originalidad, se divertía permitiendo que tocaran el hueco que quedó en su cráneo
al soldarse los huesos: cabía en él la falange del dedo índice. La gente de mi pueblo
decía que por esa fractura le entró al cerebro el talento literario. La verdad es que
en su familia nunca había habido un escritor. Fue un milagro del ángel de la
literatura el que, en ese revoltijo de espumas furiosas, la trizada cabeza roja de ese
niño no hubiese sido devorada por la muerte”. Pero, “transcurridos los años, no
pocas personas atribuyeron a la caída de Palacio en el Torrente del pedestal, la
fuga tormentosa de su bien reconocido equilibrio mental” diría Hugo Alemán, otro
contemporáneo suyo, en el perfil que trazara en el libro Presencia del pasado.

El mito fundacional fijó, pues, la conexión entre la genialidad y su locura.


Pero si el mito explicaba el nacimiento del genio, no explicaba el desprecio de
Palacio por la autoridad. Para eso había otra anécdota que dejaba en claro que el
espíritu libre de Palacio era parte de su personalidad y no un rasgo adquirido.

Benjamín Carrión había llevado a Loja, en la década del veinte y desde la


capital de Ecuador, la costumbre de los Juegos Florales. En esa justa se elegía una
reina de belleza a la vez que se convocaba a un concurso literario. Cuenta Carrión,
en Mapa de América, que en los juegos convocados en 1921 “se recibió, entre
muchas ingenuidades, una especie de cuento, vargasvilesco en la forma recortada
y asintáctica, pero que acusaba cierta facilidad de disparate expreso, intencional.
Entre descalificar al audaz que tomaba el pelo al Jurado o premiarlo por
curiosidad, optamos por lo último. El autor resultó ser Pablo Palacio”. Alejandro
Carrión termina el relato en la introducción a las Obras completas: “El ceremonial
exigía que los poetas y cuentistas premiados avanzaran por el escenario hasta
delante de la linda reina y, arrodillados a sus pies, recibieran el premio –flores
naturales– de sus blancas manos. Luego, dominando los aplausos, leían la
composición premiada. Pablo asomó en el tablado vistiendo su descuidada ropa de
colegial sin familia: pantalones sobre la rodilla, camisa sport sin corbata,
despeinado el rojo cabello rebelde. Tímido, algo ruborizado por lo caudaloso de los
aplausos. Avanzó ante la reina, pero no se arrodilló. Se negó terminantemente a
hacerlo: hasta el fin de la sala se oían los apremiantes llamados de los maestros de
ceremonias. En el público se armó la tremolina. Gritaban, silbaban: había surgido
el caos. La fiesta amenazaba hundirse. Alguien penetró al escenario y poniendo las
manos sobre los hombros del muchacho, quiso hacerle arrodillar. El chico se
sacudió violentamente y abandonó el escenario sin recibir el premio. Las manos de
la linda reina quedaron llenas de rosas”.

Con esos dos movimientos –los inicios de la genialidad y la tozudez del


escritor– quedaron, durante muchos años, selladas su infancia y su temprana
juventud. Otras situaciones importantes, como las circunstancias de su nacimiento,
quedaron ocultas detrás de la imagen del testarudo rebelde. Pero nuevas
generaciones de críticos buscarían en su temprana orfandad y su infancia solitaria
otra explicación a sus escritos. Para ello se remitirían a la nota biográfica de Palacio
publicada por Jorge Reyes en 1943, Presencia y ausencia de Pablo Palacio: “Otro día el
niño es apresuradamente sacado de su casa. Momentos después mira pasar un
cortejo fúnebre. Con infantil curiosidad pregunta por el muerto y le responden que
es su madre. Lo inesperado del suceso pone en tensión sus músculos, aprieta sus
labios, le agita el corazón y pone niebla en sus ojos, pero el llanto se le queda
dentro, se desliza suavemente hasta lo más hondo de su ser y lo traspasa de esa
amargura irónica que no ha de dejarlo jamás”.

Palacio llegó a Quito en 1924, con 18 años cumplidos. Se inscribió en la


Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Central. En la misma carrera, pero en
un año superior, estudiaba Jorge Carrera Andrade, que sería el poeta más grande
de Ecuador. Carrera Andrade lo presentó a sus amigos, todos ellos poetas, pintores
o artistas. Los años veinte, en Ecuador como en el mundo, fueron el tiempo de lo
nuevo: de lo complejo y de lo nuevo. Los años de Pound, Eliot, Huidobro, Vallejo,
Mariátegui, Pirandello. Los años en que las revistas literarias cobraron importancia
continental. En Ecuador circulaban Amauta, Revista de Occidente, Martín Fierro,
Revista de Avance. Los nuevos amigos de Palacio trabajaban en las publicaciones
más importantes de la capital o las dirigían, como era el caso del poeta Hugo
Alemán que contó en su libro de semblanzas Presencia del Pasado (Casa de la
Cultura Ecuatoriana, 1953) que “una tarde llegó a nuestra oficina (…) Yo mantenía
entonces una revista de aparición mensual: Esfinge. Le solicité una colaboración.
Me la dio y se publicó en el segundo número. También nos otorgó otro cuento: ‘Un
nuevo caso de marriage en trois’, para América, revista en la que colaborábamos
todos. Luego, con los escritores que acudían cotidianamente a nuestro centro de
trabajo, estableció Palacio nexos de intimidad (…) Palacio nunca se sintió
incómodo, menos extraño, entre nosotros. Antes bien, innumerables ocasiones
estuvo a nuestro lado. Pero nunca sin una honda y medida valoración del tiempo”.
Pues él era, ante todo, un gran estudioso y alguien para nada afecto a la bohemia,
como muchos de sus colegas de la época. Cuenta el escritor lojano Nicolás
Kingman, ahora de 93 años, que conoció a Palacio a los 6, cuando Palacio iba a
almorzar a la pensión que tenía su madre en la calle Castro, al lado del parque de
La Alameda: –Con Pablo había una relación muy cercana, como era paisano.

Pero era circunspecto. No le gustaba estar en grupo, era muy solitario pero
era un gran revolucionario. Un hombre de gran talento, militante.

En 1926, al tiempo que empezaba a publicar, se unió al recién fundado


Partido Socialista. Ya instalado en la vanguardia política, sólo le faltaba
establecerse en la vanguardia literaria. Lo haría ese mismo año.

Entre abril y julio de 1926 los fundadores y colaboradores de la revista Hélice


ocuparon una fría covacha en la Plaza de la Alameda, según la describió Raúl
Andrade, secretario de la publicación. La nueva revista, cuyas proclamas la
colocaban de este lado de los ultraístas, definía al arte como “la alquimia de la
inverosimilitud” y “la fluida pirotecnia de la sinrazón”. Los colaboradores se
proclamaron iconoclastas y “nihilistas, sin maestros ni semidioses”. Eran el guante
que le hacía falta a la mano de Palacio. Ahí publicaría cuatro de los relatos que
compondrían su primera colección de cuentos. Pero antes de que eso ocurriera,
tuvo que pasar por la prueba de la presentación. Cuando solicitaron colaboraciones
para el primer número, pasó a máquina el cuento en el que más confiaba, “Un
hombre muerto a puntapiés”, y salió en dirección de La Alameda. Antes de cerrar
la puerta de su cuarto, tomó un sobretodo, por aquello de abril, aguas mil. Fue
recibido en una pequeña sala, según relata Hugo Alemán, donde permaneció
sentado junto a otros noveles escritores –Palacio tenía apenas veinte años–
esperando que Camilo Egas, pintor que regresaba de París, o Gonzalo Escudero,
poeta vanguardista que ejercía de director literario, lo recibieran. Pero nadie
aparecía y, cansado del silencio que imperaba en la sala, salió a recorrer los
terrenos del Parque de La Alameda. Bajó a la plazoleta con la estatua de Bolívar,
cruzó el Observatorio Nacional y llegó a las puertas de la Escuela de Bellas Artes,
junto a la laguna artificial. Alguna vez, recién llegado a Quito, había pensado en
estudiar allí. El cielo presagiaba un aguacero y los estudiantes salían corriendo del
edificio. Aún no lo sabía pero pocos años después su esposa, Carmita Palacios,
“escultora y escultura” según crónica de la época, estudiaría en esa escuela. Corrió
junto a ellos porque, sin que se diera cuenta, había pasado el tiempo. Traía la
ansiedad prendida a los talones cuando volvió a las oficinas de la revista. Aún no
habían recibido a nadie. Se volvió a sentar. No tardó en salir un modesto emisario
para informarles que sería imposible atenderlos y pedirles que volvieran otro día.
Pero –hizo una pausa– si estaban allí para entregar colaboraciones podían
dejárselas a él. Palacio entregó su texto con desgano. Había planeado dejarlo en
manos de los directores pero no quería regresar con el cuento para guardarlo en
una gaveta. Se lo entregó al muchacho, se puso el sombrero, el sobretodo y salió.
En la calle ya llovía y llegó empapado al cuarto que alquilaba a la familia
Cárdenas. Se quitó la ropa traspasada de agua y se tendió en la cama a estudiar. Ya
se había olvidado del desencanto que le había producido la visita a Hélice cuando
volvió de la universidad, al día siguiente, y en la sala de la casa lo esperaba el
mismo muchacho que había recibido su cuento.

–Señor Palacio, le esperan en las oficinas de Hélice –le dijo.

–¿Para qué?

–Me dijeron que no podía volver si no lo traía de regreso conmigo.

Cuando llegó le informaron que su cuento era “extraordinariamente


valioso” y que sería publicado en el primer número de la revista.
Hélice no tardó en convertirse en “la primera cabaña independiente” del
mundo cultural ecuatoriano. Desde ahí Palacio pudo afinar su aguda e irónica
pluma y su particular sentido del humor. Una de las primeras cosas que hizo al
integrarse al grupo de colaboradores fue negarse a formar parte de la “Sociedad de
Amigos de Montalvo”, porque, “sucede que en realidad, no soy amigo de ese
señor”. Ese señor era el ensayista ecuatoriano más importante del siglo XIX, cuyo
pensamiento liberal estaba fuertemente marcado por el anticlericalismo y la
oposición a los dictadores de su época. Al romper completamente con las amarras
del pasado, al deslindarse del Cosmopolita, como se llamaba a Montalvo, Palacio
también rompió con la cultura deudora de la herencia hispánica tan cercana a la
literatura culta del país. Al aliarse con Hélice reconocía, junto a ellos, que los
artistas modernos habían perdido “su indumentaria mesiánica, para convertirse en
un atorrante maravillado que no sabe decir nada, sino morder las piedras preciosas
de su hambre espiritual”. Ese sería el nuevo hogar del muchacho con cara de
cuchillo. Junto a sus nuevos hermanos de letras el hombre alto, delgado, de
espalda ancha, de cabellos ondulados y pelirrojos, recorrió la ciudad. Durante
cuatro meses de convivencia y de reuniones (sólo salieron cuatro números) logró
formar una estrechísima amistad con Raúl Andrade, el más ácido de los ensayistas
de su generación: “Me encontré con Raúl Andrade en la galería de los inmortales;
se rió de mí, calificando mi perfil de bolivariano, mutuamente avecinamos nuestra
cólera constipada a lo largo de las calles de la ciudad, planeando nuestra futura
vida bonaerense. Fuimos amigos para lo que son amigos todos los paisanos del
mundo. Para engañarnos, porque los amigos son los únicos hombres a quienes
podemos engañar; para llevarnos algo de nuestro respectivo aburrimiento; para
librarnos de una congestión de secretismo; para preguntarnos: ¿Qué es de esa
vida? ¿Se fue anoche al teatro? ¿A qué hora se acostó? ¿A qué hora se levantó?
También estuvimos a la caza de un par de mulatas que nos recibieron todas las
noches para jugar cartas”, escribió sobre su amistad en la revista Savia. Así pasó
1926.

En 1927 publicó dos libros, los cuentos de Un hombre muerto a puntapiés, y la


novela Débora. Y, al hacerlo, se convirtió en el más comentado, admirado y
discutido de los escritores jóvenes del país. Pero fue una fama que llegó con
escándalo, “con un escándalo inenarrable”, según cuenta Alejandro Carrión en las
Obras completas: “¿Un escándalo inenarrable? Sí, a causa de que nunca se había
escrito cuentos así. Y a causa de que nunca más volverían a escribirse en tal forma:
irritante, hiriente, a veces ají, a veces puñal, y con un conocimiento de la vida que
se parecía al conocimiento que tiene el cirujano de la carne viviente: cortante,
ensangrentado. La gente se sintió toda ella herida, sacudida, profundamente
indignada. Pero, al mismo tiempo, con la sensación de que en las letras
ecuatorianas había surgido un gran escritor”.

Escribió Palacio, en Un hombre muerto a puntapiés:

(…) Y le atestó un furioso puntapié en el estómago. Octavio Ramírez se desplomó,


con un largo hipo doloroso.Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al ver en
tierra a aquel pícaro, consideró que era muy poco castigo un puntapié, y le propinó
dos más, espléndidos y maravillosos en el género, sobre la larga nariz que le
provocaba como una salchicha.¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés!
Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como
el caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse
de una nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de
zapato contra otra nariz!Así:¡Chaj!Con un gran espacio sabroso.¡Chaj! (…). 

Gonzalo Escudero escribió en Hélice una crítica al libro: “Un hombre muerto a
puntapiés se llamaba el brevario. ¿Cuentos? Sí. Cuentos amargos, acres, helados
como cocaína. Araña de doce garras su libro, puede convertirse en una clepsidra
de doce horas terribles. Escorpión que circundado por una elipse de fuego se
emponzoña con su propio elixir de veneno. Columpio batiente para los ahorcados.
Coz y latigazo a la vez. Jazz-band de la muerte (…)”. Raúl Andrade escribiría otra
reseña para Savia: “Yo le agradezco a Palacio por haber derramado el amoníaco de
su humor en la literatura que disfraza sus malos olores con polvo de arroz y
colonias baratas, expresamente fabricados por el Institute de Beauté para los climas
tropicales”.

Esos cuentos estaban protagonizados por antropófagos, por una monstruosa


doble y única mujer, por homosexuales, por sifilíticos desequilibrados. Allí estaba
el germen de su obra: la crítica a la sociedad, el odio a la burguesía, la sátira como
instrumento, la disolución de la forma narrativa tradicional. Más tarde, ese mismo
año, aparecía Débora:

(…)Tengo sobre la mesa dos pipas que no se fuman.Nubloso, como la llegada del
sueño.Voluntad de la parálisis, descendente, blanda, larga.¡Ay! –El salto en el
lecho, creyendo que se caía–.De nuevo la voluntad de la parálisis.Hasta la hora de
la vendimia de los espíritus, cuando en la ciudad han dejado de pensar sesenta mil
hombres. Cuando, en la ciudad, el silencio se ha enfundado en la inmovilidad de
los cuerpos.Cuando se ha hecho la tiniebla subjetiva (…). 

Benjamín Carrión, en Mapa de América, escribió sobre la novela: “(A)


diferencia de las obras modernas de carácter introspectivo, que emplean siempre el
‘yo’, tomando un airecito confidencial en primera persona, para contarnos casi
siempre historias de inversiones y más vicios secretos, Pablo Palacio ensaya un
procedimiento cuya realización, es, por lo menos, de una poderosa originalidad:
como en el cinematógrafo, proyecta el negativo de sí mismo sobre la pantalla –no
sin antes estilizarlo con su humorismo implacable– y él se constituye en operador y
espectador de la película”.

Después de la publicación de sus dos libros, Palacio continuó con su vida


pero su situación económica sufrió un deterioro. Su tío, al enterarse de su afiliación
al Partido Socialista, había dejado de enviarle dinero y, para tensar más las
relaciones, la publicación de su primer libro casi lo mata. Así lo relata Alejandro
Carrión en las Obras completas: “Don José Ángel Palacio, en un día para él
inolvidable, leyó en un diario de la capital, con los ojos saltándose de las órbitas del
puro susto, esta información espantosa: ‘Un hombre muerto a puntapiés por Pablo
Palacio’. Se trataba de un anuncio del libro recién nacido. El buen viejo, que jamás
creyó que un chico de Loja pudiese escribir un libro, y que, además, nunca pensó
que así podría titularse un libro, tuvo la espantosa impresión de que su sobrino
había cometido un crimen atroz”. De todos modos, Palacio continuó con sus
estudios. Iba a nadar todas las mañanas a El Sena, una piscina al sur de la ciudad;
se unió a la Sociedad de Estudios Sociológicos de la Universidad Central; participó
de las reuniones del Partido Socialista y siguió publicando en distintas revistas:
Savia, Claridad, Llamarada, Revista Universitaria. Pudo haber viajado a Rusia,
enviado por los socialistas, pero no aceptó la invitación. El poeta Jorge Reyes, su
amigo y confidente, escribió en la crónica ya mencionada que Palacio “es ante todo
un sedentario. Los horizontes que ambiciona los lleva en su interior. Le basta el
aire de su propia libertad. Le entretiene mucho más ir pintando monigotes en las
levitas condecoradas, disparar proyectiles de migajón a la cabeza respetable de los
grandes señores, desmontar su gloria”.
Pero el ambiente de Quito era sofocante. Nicolás Kingman rememora cómo
era la ciudad, casi ochenta años atrás: –Los prejuicios de esa época eran tremendos
en lo social y lo racial. Las clases altas despreciaban a la clase media. El poder
conservador era tremendo y los liberales se volvieron de derecha. Uno podía entrar
con los amigos, luego de hacer una colecta entre todos, para beber unas copas en el
bar del Hotel Metropolitano, sólo para que nos dijeran que no había cerveza, ni
brandy, que todo se había acabado, mientras veíamos que se les servían esas
mismas bebidas a los de la clase alta de Quito: los Lasso, los Borja, al futuro
presidente, Galo Plaza. El clero era tremendamente reaccionario e intervenía en la
política y, en reacción a eso, los prostíbulos proliferaban. A una cuadra de la iglesia
de Santo Domingo había uno y también había muchas fondas donde nos fiaban y
terminábamos las noches de bohemia en la “Cuco con cintas” o en la del “Perro
Rojas” o el “Huevas Yépez”. Los partidos de izquierda, la Vanguardia
Revolucionaria, el Partido Comunista, el Partido Socialista, formaron fuerza y
lograron mucho respaldo popular.

Pero si en su militancia Palacio creía en el cambio, en su literatura todo era


aire estancado. Este es el epígrafe que abre Un hombre muerto a puntapiés: “Con
guantes de operar, hago un pequeño bolo de lodo suburbano. Lo echo a rodar por
esas calles: los que se tapen las narices le habrán encontrado carne de su carne”.

En 1929 hubo un incendio en la Universidad Central. La conmoción fue


enorme y los libros de la biblioteca, refugio de Palacio en esos años, sólo se
salvaron por la labor desesperada de maestros y alumnos, como cuenta la crónica
de Luis Felipe Torres aparecida en la Revista Horizontes en noviembre de ese año:
“Desde el tercero, ya llegan las llamas, desafiantes, al primer piso. En los millares
de libros de la biblioteca y en los papeles del archivo encontrarán el más regalado
pasto. Un instante más y los tesoros de la ciencia y de la historia no serán sino un
montón informe de cenizas (…) Empero los profesores, los estudiantes, los mejores
hijos del pueblo, están resueltos a todo: a vencer o morir (…) Y, en un bloque
cerrado, allá nos fuimos y, desesperadamente, salvamos los libros y los papeles,
que fueron arrojados, en un instante, en uno de los patios, donde semejaban, poco
después, una montaña sagrada, ya inaccesible al devorador elemento”.

Sin poder asistir a clases, la vida de Palacio se redujo. “De 1929 a 1932
Palacio desaparece, se oculta, no vive para nadie más que para sí mismo. El día y la
noche los pasa entre papeles y libros, trazando esquemas, dibujando teorías (…).
Este período es de desconcierto, de depresión moral, de inquietud y desconfianza
hasta en sí mismo. La vida le duele y le aflige. No encuentra la postura exacta de su
ser en el mundo. Se siente incómodo y vive con dificultad. Un día vende su
medalla de primer premio de literatura, otro (…) cambia por unas monedas sus
primeros trabajos de aprendiz de platero. (…) Se arroja de bruces en la
melancolía”, cuenta Jorge Reyes en la crónica que escribió en 1943 para la Revista
del Mar Pacífico.

Hasta ese momento había funcionado como un reloj la máxima que afirma
que la marca de una inteligencia superior es poder mantener dos ideas opuestas en
la cabeza sin dejar de funcionar. La inteligencia de Palacio podía reconocer que no
había salida posible y aun así intentar cambiar el mundo. Su militancia y su
escritura, pues, no se contradecían. Pero, por esos años, algo cambió y la vida
comenzó a presentarse como un continuo proceso de pérdidas y
resquebrajamientos. Quizás fue entonces cuando supo que había contraído sífilis,
una enfermedad que en ese momento sólo podía tratarse con mercurio. Ninguna
opción era alentadora: para curarse tendría que envenenarse con el remedio y, si la
cura no surtía efecto, esperar un deterioro general. El mercurio se podía
administrar por cuatro vías: en forma de ungüento, en baños de vapor, en pastillas
o en inyecciones intramusculares. Su aplicación, además de casi siempre inútil, era
una tortura y, aunque los médicos lo sabían, entre eso y no hacer nada, preferían
suministrarlo. Los efectos secundarios del tratamiento incluían cambios de
temperamento, depresión, temblores, pérdida de peso, fatiga, colapso de los
riñones y el sistema gástrico y, eventualmente, alucinaciones, delirio, ansiedad y
psicosis.

A pesar de todo, siguió con sus estudios y en 1931, cumplidos los 25 años, se
graduó como doctor en jurisprudencia. Siguió publicando, ahora en las revistas
Hontanar y Élan, mientras se transformaba en un brillante abogado. Pero el hombre
bueno que era empezó a retroceder, aunque todavía esporádicamente, detrás de un
personaje cruel.

Cuenta Nicolás Kingman un episodio curioso. Durante la década del treinta


el padre de Kingman vivió durante algún tiempo en Estados Unidos sin que la
familia mantuviera contacto regular con él. Un día apareció en el diario El
Comercio, de Quito, una nota donde se relataba sin mayor detalle que el hombre
había muerto millonario, en los Estados Unidos. Fue entonces cuando doña Rosa
Riofrío, madre de Nicolás Kingman, decidió recurrir a Palacio, el viejo conocido de
la familia, para que siguiera las diligencias del caso y averiguara, primero, si era
verdad lo que decía la nota y, en tal caso, que iniciara los trámites para el cobro de
la herencia. Palacio aceptó, pero el tiempo comenzó a pasar sin que progresara el
caso. No respondía a las llamadas y cuando lo hacía les decía a los Kingman que
los trámites marchaban con lentitud, aunque insistía en que no se preocuparan ya
que estaba en contacto con las autoridades del Consulado de los Estados Unidos y
los funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores del Ecuador. Un día,
cuando ya habían perdido las esperanzas, Palacio reapareció jovial y entusiasta y
les contó que había organizado una audiencia con la persona clave, la única que
podía dar solución a sus problemas. Doña Rosa y sus hijos tomaron un coche que
los llevó desde el centro hasta el barrio de La Mariscal, al norte de la ciudad, donde
se encontraba el Palacio de Najas, la mansión neoclásica residencia de la cancillería
ecuatoriana. Palacio, que los esperaba en las escalinatas de mármol de la entrada,
los condujo hasta el portero del Ministerio de Relaciones Exteriores. Los presentó
y, mientras todos se miraban desconcertados, les dijo a los Kingman que el portero
era la persona más informada de toda la cancillería. Que él era el único que los
podía ayudar. Le pregunto a Nicolás Kingman qué pensaron cuando eso ocurrió: –
Pablo tenía un humor perverso, muy duro, con base en ironías muy serias. Un
humor negativo, se burlaba de todos cáusticamente.

Le digo que eran amigos, coterráneos, que el chiste no tenía gracia, le


pregunto si no pensaron, entonces, que algo ocurría.

–Creíamos que era la forma de ser de él. Había escrito esos libros tan llenos
de ironía y sarcasmo...

Es posible que el tratamiento contra la sífilis, que antes de la existencia de los


antibióticos tenía mucho más de azar que de ciencia, ya estuviera haciendo
estragos.

1932 sería un año clave para Pablo Palacio. Publicó su tercer y último libro
de ficción, la novela Vida del ahorcado y “recobra el ánimo. Se muestra otra vez ágil
y despierto. Readquiere su físico de nadador y gimnasta. Y una buena tarde,
recorriendo la política de esa hora en la que todo es duro y difícil (…) Palacio
resuelve que fundemos un periódico”, cuenta Jorge Reyes en la crónica ya citada.
El periódico era Cartel. Ya había abierto su estudio jurídico, en el mismo
departamento donde vivía, en la esquina de las calles Venezuela y Chile. Dictaba
clases en la universidad y era subsecretario de educación, convocado por Benjamín
Carrión, ministro de la cartera por entonces. Su humor permanecía intacto. En una
carta que le escribió a Carlos Manuel Espinosa, director de la revista lojana
Hontanar, resumía sus actividades de la siguiente manera: “Me pide que escriba
para Hontanar que aparecerá a fines de julio. No es verdad, Hontanar no aparecerá
a fines de julio, sino más tarde, en agosto o septiembre. Para entonces escribiré
gustoso. Hoy no porque estoy de sacha1 examinador (mal dicho está: sacha quiso
decir alguna vez salvaje) y tengo que preguntar a los niños. ‘Dígame, niño, ¿qué es
la patria potestad?: dígame, niño, ¿qué es la sociedad conyugal?’. También tengo
que sentarme en medio de unos caballeros tontos, tengo que oírles hablar y
apuntar las cosas que dicen, bien ordenaditas en especies de reseñas que llaman
actas. También tengo que interesarme porque uno que otro desgraciado pague sus
deudas al chulquero2 de la esquina. Y tengo también que dormir, que comer, que
hacer limpiar mis zapatos y salir a conversar al parque. Por último, tengo que
hacerme crecer los bigotes. ¡Qué soy un hombre atareado, doctor Espinosa! Pero
escribiré naturalmente. Ustedes han estado haciendo la revolución, pillos. Cuando
triunfen, me avisan. Antes no, porque soy un hombre ocupado”.

La década del treinta estuvo marcada por grandes debates ideológicos en


torno a la función de la literatura en Ecuador. Un nutrido grupo de escritores, tanto
de la costa como de la sierra, se afiliaron a los partidos socialista y comunista.
Aunque sus posiciones eran encontradas, eso no impedía que se reunieran para
discutir. Las reuniones que tuvieron mayor resonancia a nivel nacional se dieron
en Guayaquil, en la buhardilla de Joaquín Gallegos Lara, gran escritor, crítico,
periodista y, sobre todo, difusor del comunismo en Ecuador. Fue en su casa de
grandes ventanales y fachada de madera que se enfrentó verbalmente, en 1932, con
Luis Alberto Sánchez, ensayista y dirigente político peruano exiliado en Ecuador.
El escritor Alfredo Pareja Diezcanseco lo describió así en El aire y los recuerdos,
publicado en 1959: “Admiraba la gran capacidad polémica y el apasionamiento de
Joaquín Gallegos Lara, cuya voz metálica, hinchándole las venas del cuello, salía
de un pequeño cuerpo enfermo, hundido en la hamaca de mocora, de la que
colgaban dos piernitas infantiles y atrofiadas. (…) El escritor José de la Cuadra
intervenía irónicamente de vez en cuando. Y Luis Alberto Sánchez (…) que era con
quien Joaquín discutía, replicaba a cada instante”.

El acalorado debate giró en torno a los usos del realismo y la función del
escritor en la sociedad. Ese día el debate recién se iniciaba pero se prolongaría,
durante los últimos meses de 1932, en las reseñas que tanto Gallegos Lara como
Sánchez publicarían sobre Vida del ahorcado, el libro en el que Pablo Palacio escribió
cosas como esta: “(…) Mira la belleza del cadáver en manos del disecador
inexperto. Dócil, flexible, la piel lisa pegada al hueso, en las posiciones más
inverosímiles de su repertorio. Se puede hacer de él lo que en vida no pudo hacer
de sí mismo. Torturado su quietud para arrancarle aquella pequeña fibra
escondida. A la derecha, a la izquierda, tan pronto arriba el pecho como la espalda.
¡Nathanael! ¡Agripina! Si tus parientes pudieran meter las narices por la rendija
echaran sin vacilar una lagrimita! ¡Agripina! ¡Agripina! Mira su belleza descuidada
y donosa. Ten cuidado de ‘esos magníficos huesos de las caderas que tienen la
forma de una bacinilla’. Ahí está sin pasión, sin odio, como nunca logró estarlo. Sin
vergüenza, sin respeto (…)”.

“En Vida del ahorcado –escribió Luis Alberto Sánchez en El Día–, el disparate
se roza con lo trascendental y la polémica con la ironía. (…) Palacio se –¿cómo
decirlo en castellano sin ofender a nadie?– S’enfiche en el público y en los graves
magisters. Su ‘Junio 25’, sus ‘Románticas’, su ‘Rebelión del bosque’, su ‘Canto a la
esperanza’, denuncian a un lírico, a quien la desconfianza en el lirismo obliga a
volverse irónico (…) Así nos da esta colección de páginas ácidas, zumbonas,
elegíacas de cuando en cuando; y un acento suyo, propio, que es toda una
anunciación y, más aún, una confirmación”.

“Pablo Palacio, para no pasar por tosco o escaso de refinamiento –escribió


Joaquín Gallegos Lara en El Telégrafo–, alude y elude a la realidad, frena la
imaginación, ahorra su lirismo, como observa el crítico aprista Luis Alberto
Sánchez, y nos da éstos sus inteligentes libros subjetivos, el último de los cuales
publicado, Vida del ahorcado, me ha llegado hace poco (…) Se admira en ella la
inteligencia. Pero se la encuentra fría, egoísta, y se puede ver al fin, que Pablo
Palacio no ha podido olvidar su mentalidad de clase, que tiene un concepto
mezquino, clownesco y desorientado de la vida, propia en general de las clases
medias cuya existencia niegan los interpretadores autóctonos de la realidad
americana (…)”.

Después de publicar esa novela, Palacio dejó de escribir ficción, pero no


abandonó los libros. Tradujo la edición francesa de las Doctrinas filosóficas de
Heráclito de Efeso para la editorial chilena Ercilla; fue nombrado profesor titular de
Historia de la filosofía en la Universidad Central del Ecuador; dirigió las páginas
especiales del periódico socialista La Tierra y escribió para los diarios El Día y El
Socialista; publicó ensayos filosóficos en la revista Bloque; lo nombraron secretario
de actas del Sindicato de Escritores y Artistas; fue síndico, durante tres años, de la
Federación Deportiva de Pichincha, y decidió aventurarse en el mundo del cine
como empresario. Se asoció con Luis Alberto Sánchez en 1933. En abril de ese año
se inauguró el Teatro Bolívar, el más grande de Ecuador y, según publicidad de la
época, uno de los más grandes de los países que miraban al Pacífico, con capacidad
para 2.500 espectadores. Así relata Sánchez, en su Testimonio personal. Memorias de
un peruano del siglo XX, su aventura cinematográfica: “Me convertí en empresario
de cine, para lo cual obtuve la exclusividad de algunas películas del sello ‘UFA’,
entre ellas El Ángel Azul de Marlene Dietrich y Varieté, de Emil Jannings.
Estrenamos esas películas y también Pagliacci en el gran Teatro Bolívar de Quito,
luego las enviábamos a provincias. El negocio se paralizó pocos meses después.
Menos mal que coincidió con el fin de mi destierro. Pablo Palacio, mi socio, perdió
como 900 sucres, y yo, mi trabajo, un poco de ahorros y algunas esperanzas”.

En 1933, Palacio conoció, durante un paseo campestre, a la que sería su


esposa, Carmita Palacios. Ella tenía 19 años y él 27. Según crónica de José de la
Cuadra: “Al menos romántico de los poetas paisanos, los ojos y los labios de
Carmela Palacios le arrancarían de alma abajo versos de loa. La canción de los ojos.
La canción de los labios. Un álbum completo de canciones galantes. Pero Carmela
Palacios no pone orgullo en sus admirables accidentes físicos (…) Su orgullo lo
finca en su obra de artista, continuada, perseverante, tenaz (…)”.

Carmita era escultora y también había incursionado en el teatro. Durante


cuatro años mantuvo su noviazgo con Palacio mientras él continuaba con su
cátedra universitaria y el trabajo en su estudio de abogado. Aunque el mundo del
escritor se amplió gracias a su prometida, su mundo laboral siguió marcado por la
línea que atravesaba la Plaza de Independencia, en el corazón del centro histórico
de Quito. En una punta se encontraba su estudio y, en la otra, la Universidad
Central del Ecuador.

La crónica de Max Lux, aparecida a los pocos días de la muerte de Palacio en


El Comercio, habla de esos años: “Por los claustros austeros pasaba su silueta de
atleta joven y en las aulas su voz tenía resonancias metálicas al explicar una a una
las diferentes escuelas filosóficas, desde los lejanos tiempos de Zenón de Elea hasta
los más cercanos del existencialismo de Husserl. En aquella época Pablo venía a la
biblioteca de la universidad, en la que yo trabajaba y vivía. Buscaba libros,
observaba breve y acertadamente los pasajes que leía y después de algunas horas
de estudio se marchaba, subrayando la despedida con una sonrisa cordial y franca.
(…) Fue en alguna de esas tardes cuando me dijo: ‘He dejado para siempre la
literatura; no volveré a escribir novelas’. Y al decirlo, acariciaba algún texto de
Plotino, cuya traducción iniciaba”.

Por esos años redobló su fe en la disciplina partidista. Así lo atestigua la


declaración que dio al diario El Universo en 1934: “(…) Sin disciplina no se hace
absolutamente nada. Con un partido disciplinado que es el secreto de una
organización y con una más amplia difusión doctrinaria se estará apto para la
captación del poder”. También profundiza sobre esto en una conferencia que
dictará en Loja ese mismo año: “Nuestro partido no es religioso, pero es
fundamentalmente ético. Tenemos que demostrar que queremos una cosa buena
siendo puramente buenos. El ejemplo interno de un partido político es la única
muestra anticipada de lo que sería su obra (…) llegará algún día en que las ideas
socialistas se habrán realizado enteramente y entonces vendrá la abundancia, la
paz, la justicia, todos aquellos bienes que ahora (…) echamos de menos”. El creer
ciegamente en esa disciplina hizo que terminara su larga y estrecha amistad con
Benjamín Carrión. Cuenta Alejandro Carrión en las Obras completas que: “El
Partido Socialista había declarado la oposición al gobierno del presidente Juan de
Dios Martínez Mera, nacido según se decía de un fraude electoral (…) El canciller,
doctor Antonio Quevedo, amigo íntimo de Benjamín, le propuso la embajada en
México y Benjamín aceptó. El hecho produjo consternación mortal en el joven
partido y cuando se repusieron de la impresión, una ola de ira se alzó contra
Benjamín. En una asamblea, tras encendidos discursos, lo expulsaron. (…) Los
violentos ataques afectaron hondamente a Benjamín. En especial porque Pablo
Palacio y Jorge Reyes, dos de sus amigos más queridos, estuvieron acordes con la
expulsión y votaron por ella, razonando su voto. Pablo, cuya amistad con
Benjamín databa desde siempre y que tan cerca se hallaba de él, sufrió mucho:
colocado entre su adhesión al partido y la acción de su amigo que él no aprobaba,
se rindió al fin a su deber partidista. Su amistad (…) se destruyó”.

¿Es el mismo hombre que en carta de 1931 le escribía esto a su amigo


Benjamín Carrión: “Rendiré mi grado después de pocos días. Voy a dedicarme
definitivamente a la profesión, si es posible.
La política, a la porra. Y las y los proletarios, a la porra. ¿Para qué toda esa
comedia? Aquí los pobres, ¡los pobres pobres!, les llaman a los socialistas ladrones.
Entonces, ¿qué tendremos que ver nosotros con eso?”?

En 1937 se casó con Carmen, después de regresar de un viaje de reposo en el


balneario de Salinas del que volvió rebosante de salud. En 1938 nació su hija Elena
y él fue elegido secretario segundo de la asamblea constituyente. La línea sobre la
que transcurría su vida se amplió para formar un triángulo, pues la asamblea se
reunía en el Palacio de Carondelet, a pocos pasos de la Universidad Central. Pero
ese triángulo que trazaba a diario en sus caminatas desaparecería pronto. El fin se
acercaba. Así lo cuenta Alejandro Carrión: “Comencé a notar increíbles fallas en su
trabajo. Se distraía en el curso de las sesiones, hasta el extremo de hacérsele
imposible captar las mociones formuladas por los diputados en la discusión.
Finalmente, me hice cargo de esa tarea. A veces, trastocaba palabras y los
legisladores achacaban el clamoroso resultado a la ‘maldad’ de Pablo. Tal, por
ejemplo, cuando, anunciando el resultado de una votación, dijo: ‘Por el Honorable
Fulano de Tal, setenta votos. Por el Honorable Zutano de Cual, cuarenta centavos’
(…) Cuando oía la risa general y las protestas tan furiosas como inevitables,
mostraba una sorpresa profunda. ‘¿Qué pasó? ¿Qué pasó? ¿Por qué tanto
cacareo?’, me preguntaba”. La sífilis es una enfermedad provocada por el
Treponema Pálido. La bacteria tiene forma de sacacorchos y, como tal, penetra el
organismo de una manera implacable provocando innumerables estragos, entre
ellos, inflamación de las glándulas inguinales y llagas. El tratamiento de mercurio
que causaba lagunas mentales y el deterioro del sistema nervioso se depositaba en
el hígado y el cerebro, donde lo acogía la glándula pituitaria, situada en la base del
cráneo.

Para 1939 sus amigos lo encontraban ausente e irritable. Se quejaba de


trastornos estomacales y tenía amnesias recurrentes que imposibilitaban su
ejercicio profesional. Su esposa decidió ingresarlo en la clínica psiquiátrica del Dr.
Julio Endara en Quito, donde lo atendieron los mejores psiquiatras de la ciudad.
Por entonces, los métodos más modernos para tratar la sífilis aconsejaban un
tratamiento combinado: administración intensiva de mercurio, alternando con un
compuesto en base de arsénico llamado Salvarsán, más iodo de potasio que se
suministraba por vía intravenosa. Con los años, los pacientes crónicos que recibían
ese tipo de medicación se volvían víctimas de una parálisis general pues, aunque
desaparecían temporalmente las inflamaciones glandulares, el hígado y los riñones
se degeneraban hasta provocar una necrosis.

Por entonces comenzó el paulatino desmembramiento de su patrimonio, con


el que hizo frente a los gastos del tratamiento. Su esposa hipotecó la casa que
habían comprado y terminó por venderla, pero Palacio no mejoraba y los médicos
aconsejaron llevarlo a Guayaquil, donde podría ser tratado por el Dr. Carlos Ayala
Cabanilla, fundador de la moderna psiquiatría ecuatoriana. En 1940 Pablo Palacio
tenía 34 años, y él y toda su familia, que ahora incluía un hijo recién nacido, se
trasladaron a Guayaquil. Vivieron durante un tiempo en una casa arrendada, pero
el escritor empezó a tener episodios de violencia y, luego de pasar cortas
temporadas interno en la clínica psiquiátrica, para 1945 ésta ya se había vuelto su
morada permanente. Por esa época lo visitaron los escritores Alfredo Pareja
Diezcanseco y Enrique Gil Gilbert. Esto es lo que contó Diezcanseco en su libro de
memorias: “No nos reconoció, aunque nos preguntó cómo estábamos. Nos miró
fijamente durante largo rato, con sus ojos dulces y asombrados, mientras pasaba y
repasaba el índice por los labios y movía la cabeza lentamente de un lado a otro”.

Su deterioro avanzó, alternando momentos de abulia con episodios


irascibles, mientras los médicos continuaban con un tratamiento que no ofrecía
mejora. Privado de sus libros y encerrado, enflaqueció. El rostro, ahora enjuto, se
vio enmarcado por una barba rojiza y descuidada. A finales de 1946, cuando tenía
40 años, su cuerpo colapsó y lo trasladaron al Hospital General Luis Vernaza. Allí
se le diagnosticó una parálisis estomacal. Fue imposible salvarlo. El 7 de enero de
1947 Pablo Palacio murió en la cama 27 de la sala San Juan de Dios en el Hospital
General de Guayaquil. Atrás quedó el muchacho pelirrojo que había deslumbrado
a todos. Atrás el hombre que creyó estar listo para enfrentar lo que viniera. Lo que
vino fue el silencio.
RAFAEL LEMUS

JORGE CUESTA , DOS VECES SUICIDADO

Agucé la razón

tanto, que oscura

fue para los demás

mi vida, mi pasión y mi locura.

Dicen que he muerto.

No moriré jamás:

¡estoy despierto!

XAVIER VILLAURRUTIA,
“EPITAFIO DE JORGE CUESTA”.

CERO. Habría que empezar allá: en Córdoba, Veracruz, el 21 de septiembre


de 1903. Habría que decir: allí y entonces nace Jorge Mateo Cuesta Porte-Petit –y
agregar–: tal vez el más lúcido, sin duda el más trágico, de los escritores
mexicanos. Luego habría que encontrar la manera de contar esto, por lo menos
todo esto:

1905: Jorge Cuesta –entonces un bulto de año y medio y diez o doce kilos– es
dejado caer por la niñera y golpea su cabeza contra un buró. 1912: Es operado del
párpado izquierdo –el objetivo: retirarle un pequeño “tumor”, producto del
accidente– y adquiere su rasgo físico distintivo: una mirada dispareja, el ojo
derecho más abierto que el izquierdo. 1915: Se suscribe a las revistas literarias de la
ciudad de México y esboza sus primeros textos literarios –algún poema, algún
relato, un exasperado tributo a la labor de los profesores. 1921: Se muda a la capital
del país y se matricula en la Escuela de Ciencias Químicas de la Universidad
Nacional de México, tal vez para complacer –o tal vez para superar– a su
dominante padre, un hacendado venido a menos con la revolución que intenta
sortear la crisis improvisando abonos y fertilizantes. 1924: Publica su primer texto,
el cuento “La resurrección de Don Francisco”, y conoce en un café de la ciudad de
México a los también incipientes Gilberto Owen, Salvador Novo y Xavier
Villaurrutia, con los que muy pronto formará el grupo Contemporáneos, llamado a
renovar y avasallar la cultura mexicana. 1926: Se enamora de Lupe Marín, la mujer
de Diego Rivera. 1928: Se casa con Lupe Marín y firma y prologa una controvertida
antología de poesía mexicana armada por todos los miembros de Contemporáneos,
encontrando de ese modo su función dentro del grupo –será el crítico, el polemista,
el hombre de ideas. 1932: Se separa de Lupe Marín y funda Examen, una revista
literaria que durará apenas tres números y desde la que orquesta una rigurosa
campaña contra el nacionalismo cultural mexicano. 1934: Aparecen sus dos únicos
“libros”: las plaquetas El plan contra Calles y Crítica de la reforma al Artículo Tercero,
ambas en edición de autor. 1937: Migrañas, primeros delirios. 1938: Termina, pero
no publica, su poema mayor, “Canto a un dios mineral”; empieza a consumir las
sustancias enzimáticas que él mismo prepara en los laboratorios donde trabaja.
1940: Primer internamiento en un sanatorio psiquiátrico: se le aplican
electrochoques y se le inducen comas insulínicos. 1941: Se acuchilla los genitales;
en un hospital le detienen la hemorragia y le amputan los testículos. 1942: Es
internado por última vez en un sanatorio psiquiátrico, esta vez en el pueblo de
Tlalpan, a las afueras de la ciudad de México; se cuelga en su habitación; muere
horas más tarde a causa de la asfixia. Es allí y entonces que habría que terminar: el
13 de agosto de 1942, en ese sanatorio, ese cuarto, el cadáver de Jorge Cuesta
todavía tibio.*

UNO. Habría que empezar allá y terminar allí, pero la verdad es que uno
siempre escribe aquí y ahora.

Aquí y ahora: viernes 24 de junio de 2011, mediodía, Panteón Francés de la


ciudad de México.

Llegar hasta este punto no es sencillo: hay que sortear embotellamientos,


esquivar a los vendedores ambulantes parapetados afuera del cementerio, mentir a
los guardias que controlan el acceso y merodear entre tumbas y tumbas para dar,
casi en un rincón, con la olvidada lápida de Jorge Cuesta. Es una lápida como
tantas otras: pequeña y descuidada, de cemento blanco ya cuarteado, castigada con
el tosco rostro de un Cristo y con tres cruces redundantes. Una planta brota,
silvestre, de un florero; algunas hierbas escalan las cruces; un par de hormigas se
pasea por las letras esculpidas del epitafio: “Jorge Cuesta. Septiembre 23 de 1903.
Agosto 13 de 1942. E.P.D. Recuerdo de su padre, hijo y hermanos”. No es mucho,
está claro, pero es todo lo que tenemos: la única prueba material de que Cuesta
existió.

Es inútil atravesar la capital en busca de otros indicios, de otras huellas. Los


lugares que Cuesta habitó o frecuentó en la ciudad de México –donde pasó casi
toda su vida adulta– han sido transformados o, de plano, demolidos. La Escuela de
Ciencias Químicas en el pueblo de Tacuba, entonces fuera de la ciudad: cercada y
abandonada, devorada por el centro. El edificio de Tampico 8, colonia Roma,
donde vivió con Lupe Marín y al que más tarde se mudaron Diego Rivera y Frida
Kahlo: un anodino loft contemporáneo, pretendidamente ligero, con un consultorio
dental (“Smile Center!”) detrás de los vidrios de la planta baja. Los laboratorios de
la extinta Sociedad Nacional de Productores de Alcohol: también extintos. El
manicomio donde padeció su primer encierro: derrumbado, ahora un deportivo y
un supermercado. El sanatorio en que se colgó: inencontrable, las viejas calles de
Tlalpan ya renumeradas, todo oculto bajo nuevas e infranqueables bardas. No
queda nadie, además, que lo haya conocido y pueda señalar otros sitios o hablar
detalladamente del personaje –que su párpado izquierdo, que aquella noche de
verano, que ese Jorge tan extraño.

Al final esto es todo lo que nos queda de Jorge Cuesta: algo de polvo bajo
esta lápida, algunos testimonios de segunda mano, un puñado de retratos
fotográficos y una obra pequeña y miscelánea, reunida en tres volúmenes del
Fondo de Cultura Económica y casi toda escrita en diarios y revistas, para reseñar
una novedad editorial, discutir un episodio apenas recordado o polemizar con otro
borroso fantasma tanto sobre la educación socialista impuesta por los gobiernos
posrevolucionarios como sobre la autonomía de la Universidad Nacional, el
“compromiso” literario, la imposibilidad de elaborar una literatura
específicamente “mexicana” o la estridente exclusión del modernista Manuel
Gutiérrez Nájera y el desdén a Amado Nervo en aquella Antología de la poesía
mexicana moderna (1928) preparada por todos los jóvenes del grupo de
Contemporáneos y firmada y defendida a solas por Cuesta (“Manuel Gutiérrez
Nájera y Amado Nervo son dos tristes, melancólicos, apesumbrados, neurálgicos y
pésimos poetas”). En total: cuarenta y pocos áridos poemas y ciento veintitantos
textos ensayísticos, en su mayoría breves y ocupados en demoler los cuatro o cinco
enemigos de siempre –el marxismo, el nacionalismo, el muralismo mexicano, la
mitología revolucionaria, los hábitos románticos. No mucho más que eso. Todo
eso.

En otro caso se diría: si se quiere conocer al escritor, hay que volver a sus
libros. No en el caso de Cuesta, autor de una obra ascética y compacta. Para ser
sinceros, pocos autores han dejado una huella tan ligera de sí mismos en su propia
escritura –un vaho apenas. Enemigo de la expresión romántica y afanado en
ocultarse debajo de una forma abstracta y clasicista, Cuesta evitó las confidencias,
aun en su poesía; practicó una prosa mecánica, casi desprovista de emoción, e
intentó realizar –como ha señalado el crítico Francisco Segovia en Jorge Cuesta: La
cicatriz en el espejo (Ediciones Sin Nombre/ Conaculta, México, 2004)– una “crítica
sin gusto”, convencido de que “pensar es olvidarse”. Además, hay que aceptar que
a estas alturas es ya imposible leer, de verdad leer, su obra. Sencillamente no hay
manera de volver atrás hasta toparse, de golpe, con esos textos tal como fueron
publicados por primera vez: nuevos, aislados, libres de su problemática condición
de clásicos. Hoy todos ellos están insertos en una abultada trama de lecturas,
críticas e interpretaciones que han reinventado su contenido. De hecho, es hora de
reconocer que hoy la obra de Cuesta es menos de Cuesta que de todos los que la
hemos leído –y que el rostro que se refleja en la página no es tanto el suyo como el
nuestro.

Jorge. Jorge Cuesta. Ni siquiera al pronunciar este nombre traemos de vuelta


al hombre que durante treinta y ocho años se llamó de ese modo. Convocamos un
fantasma –esa imagen, maleable y manoseada, que ha terminado por suplantar al
hombre de carne y hueso.

No extraña de este modo que Cuesta, alguna vez tan material, haya acabado
por convertirse en una figura mitológica de la cultura mexicana. Una presencia de
la que apenas se conserva alguna huella en este mundo y a la que persiguen
rumores, leyendas, literatura. Una vida cuyo desenlace –la locura, la emasculación,
el suicidio– parece más propio de una novela que de una biografía. Un mito –el
gran mito de la literatura mexicana. Como tantas veces se ha repetido: nuestro
escritor maldito –nuestro único escritor maldito.

DOS. “Jorge Cuesta –escribió su amigo y médico Elías Nandino en el


artículo “Retrato de Jorge Cuesta” (1958)– era alto, delgado, con cabello castaño,
con ingesticulante tristeza petrificada en la cara, con manos largas y huesudas, con
madurez precoz en su conjunto. Vestía casi siempre en negro, azul negro o gris. Su
frente era amplia y su mentón un poco adelantado y fuerte. Sin deuda alguna con
Adonis, creaba fuera de sí una aureola angelical, satánica, sorpresiva, atrayente,
que hacía pensar que se estaba junto a un ser superior, donde se daban cita la
inteligencia y la intuición, la magia y el microscopio. (...) era completamente ajeno
a su cuerpo. Su existencia se consumaba por su evasión. Como el radium, se hacía
presente por el poder que esparcía. Su cárcel molecular quedaba borrada ante la
fuerza de su irradiación. Por esto su materia no intervenía en su palabra. Cuando
hablaba se hacía oír, pero no se sabía de dónde venía su voz; era como el
ventrílocuo de sí mismo y las frases que trasmitía daban la impresión de nacer de
los fantasmas del aire. (...) Sus movimientos se valoraban lentos, mecánicos,
antihumanos. Caminaba tieso, sin doblar las rodillas, con la medida matemática de
un compás al que, sin disminuir su ángulo, se le permitiera la facultad de andar.
(...) Había momentos, al atardecer especialmente, en que su piel tomaba un color
de cerebro. (...) el peso de su cráneo resultaba demasiado pesado para su cuerpo”.

*
TRES. En el primer retrato Cuesta tiene 27 años y mira fijamente la cámara
de Manuel Álvarez Bravo. ¿Fijamente? El ojo izquierdo, más o menos oculto por el
párpado, parece estar a punto de distraerse mientras las demás facciones –los
labios gruesos, la nariz ancha, el severo ojo derecho– se mantienen estáticas,
disciplinadas. Una sensación semejante, de fijeza y movimiento, despide la ropa
que lleva: traje oscuro y camisa clara, el cuello un poco ladeado, lo mismo que la
corbata. Cuesta no sonríe, y tampoco parece desafiante. Aunque luce joven, uno no
puede imaginarlo portándose como tal, quizá porque se sabe que entonces estaba
por convertirse en padre o porque se ha leído que jamás se permitió una actitud
infantil, ni siquiera cuando era niño.

Para decirlo pronto: hay algo a la vez solemne e informal en esta fotografía.
Uno podría emplear la imagen para respaldar los numerosos testimonios que
hablan de un Cuesta frío y reservado, erguido y alerta, elegante, jamás relajado,
siempre bien vestido y perfumado con una loción de lavanda que él mismo
preparaba, cerebral, hermético, casi inhumano. Uno podría usarla justo con el
propósito contrario: para sostener el caso de un Cuesta leve y más o menos
bohemio, nocturno y de risa fácil, cortés, retraído pero apacible, “profundamente
humano”, tal como lo describieron sus amigos Gilberto Owen y Rubén Salazar
Mallén o tal como aparece –bebedor y parlanchín– en una carta que Octavio Paz
envió a José Emilio Pacheco en septiembre de 1965: “Para mí (Cuesta) fue, ante
todo, una persona que pensaba en voz alta. Yo le oí decir ‘El clasicismo mexicano’
en un bar de la calle Madero. Sus interlocutores éramos una muchacha, que creo
que era su amante, y yo, que lo escuchaba boquiabierto. Le confieso que esa
versión verbal me parece, en el recuerdo, mejor y más viva que el texto escrito”.
Mejor y más viva que este texto escrito, la interpretación más singular de la
literatura mexicana:

La historia de la poesía mexicana es una historia universal de la poesía:


pudo haber sucedido en cualquier otro país; tiene una significación para cualquier
espíritu culto que la considere y aspire a comprender los ideales que ha servido y
que la han caracterizado. Estos ideales que, en un espacio geográfico limitado –
México–, dentro de una sociedad particular –la mexicana– y a través de una época
histórica definida, fascinaron a diversos temperamentos, han sido, también por la
variedad de sus apariencias, también por la variabilidad de sus formas, los mismos
ideales que han perseguido la poesía de cualquier otra nación moderna. Hasta
cuando, siguiendo las múltiples tendencias románticas, sus productos han sido los
más particulares o los más exóticos, la poesía mexicana no ha podido substraerse
de verificar, de esta manera, un destino universal de la poesía. Cuando se ha
mexicanizado, cuando se ha americanizado, cuando, por ejemplo, se ha buscado a
través del empleo de giros y vocablos indígenas, no ha podido evitar que aun
entonces haya sido, tan sólo, uno de tantos exotismos que han distraído y
cautivado accidentalmente a la conciencia de una sola cultura: la occidental. Por
esta razón, la poesía mexicana es una poesía europea, como en rigor toda poesía
americana lo es. (Primer párrafo de “El clasicismo mexicano”, Obras reunidas II,
FCE, 2003, p. 259.)Al final parecería que no hay un solo Cuesta y que no tiene
sentido afanarse en descubrir al Cuesta verdadero. De hecho, más que de
encontrarlo, se trata de inventarlo. Una de dos: o uno se alía con aquellos que
quieren hacer de él un héroe romántico, y entonces se habla de su poesía y se
diserta sobre su alquimia y se exagera su locura, o uno toma partido con aquellos
que desean convertirlo en un príncipe clasicista, y entonces se habla de su crítica y
se diserta sobre su ciencia y se exagera su inteligencia. O quién sabe: acaso hay
manera de esquivar ambos bandos y de postular que Cuesta no era a fin de cuentas
ni romántico ni clasicista y que ocupaba un espacio intermedio, vacilante, entre
ambas tradiciones. Tal vez valga decir que su inteligencia era insólita –apolínea
pero embriagada, sensata pero demente– y que por lo mismo rebasa nuestras
categorías. Tal vez se pueda agregar que, a pesar de su sostenido esfuerzo, su obra
no alcanzó a desprenderse nunca del irracionalismo romántico ni a fijarse en una
tranquila forma clásica. Para confirmarlo basta recorrer su prosa –primero incapaz
de alcanzar la deseada transparencia, luego resignada a ser calificada como densa
y difícil– o asomarse a su obra poética, compuesta por unos cuantos poemas, en su
mayoría sonetos, que pretenden renunciar a toda sensualidad y a todo vitalismo
(pocos detalles, anécdota nula, un incorpóreo yo poético) para ser pura inteligencia
y que sin embargo son tan lúcidos que terminan por quemarse a sí mismos y por
desprender delirantes volutas de humo:

No para el tiempo, sino pasa; muereNo para el tiempo, sino pasa; muerela
imagen de sí, que a lo que pasa aspiraa conservar igual a su mentiraNo para el
tiempo; a su placer se adhiere. Ni lleva al alma, que de sí difiere,sino al sitio
diverso en que se mira.El lugar de que el alma se retiraes el que el hueco de la
muerte adquiere. Tan pronto como el alma el cambio habita,no la abandona el
cambio en lo que dejani de la vida incierta la separa; se aventura y su riesgo sólo
imitaal tiempo entonces su razón perpleja,pues goza la razón, más no se
para.Entonces: a la mitad del romanticismo y el clasicismo, Cuesta permanece
incómodo, crítico de una tradición pero incapaz de acomodarse en la otra, en
tensión permanente, siempre inestable.

Inestable como su propio cuerpo, que alguna vez, se dice, amenazó con
deslizarse de un sexo a otro.

CUATRO. El episodio es incierto. Se sabe que es 1940 y que Cuesta arrastra


desde 1926 unas tortuosas hemorroides. Se sabe que sangra y que no encuentra
manera de detener las pequeñas pero insistentes hemorragias. Se sabe que,
aconsejado por su hermana, visita en septiembre de ese año al doctor Gonzalo
Rodríguez Lafora: no un proctólogo sino un psiquiatra. Lo que ocurre allí, en el
consultorio del doctor Lafora, hay que imaginarlo. Al parecer Cuesta empieza
exponiendo su caso y adelantando una hipótesis radical: las constantes crisis de
hemorroides que sufre, sumadas al consumo de ciertas sustancias enzimáticas que
él prepara, han terminado por degenerar su próstata y por provocarle una
modificación anatómica que lo arrastra, concluye, hacia la androginia. Al parecer el
doctor Lafora, después de escuchar al paciente, apura un diagnóstico – afección
mental debida a una inclinación homosexual reprimida– y se niega a practicarle
una revisión física. Al parecer Cuesta suspende la sesión y abandona enfurecido el
consultorio.

Esto es seguro: un día después de esa consulta, el 19 de septiembre de 1940,


Cuesta se sienta frente a su máquina de escribir y teclea una carta de cinco o seis
folios al doctor Lafora. Sorprendentemente no hay ira ni dolor en ella. Más extraño
todavía: aunque se acostumbra decir que Cuesta atravesaba entonces una severa
crisis psicótica, no hay aquí rastro alguno de locura. En esta carta está el Cuesta de
siempre: el hombre serio y metódico que, en vez de exponer sus emociones y
deslizar algunas confidencias, comenta las injustas relaciones entre los médicos y
los pacientes y discute cierta bibliografía con el objeto de demostrar que su teoría
sobre la androginia no es un delirio. Lúcido hasta el final, escribe:

No soy yo quien imagina que hay estados intersexuales que se manifiestan


anatómicamente. Ni soy yo quien expresa que la forma de esta manifestación
anatómica puede ser, en unos casos, una desviación o degeneración de la próstata.
Me parece impertinente que un enfermo le cite a un médico los autores, aunque no
si se trata de un libro que tiene un carácter de vulgarización científica, como es el
de Remy Collins, Las hormonas, y que un enfermo sin conocimientos médicos
encuentra placer en consultar, sobre todo si se tiene el propósito, no de curarse él a
sí mismo, sino de tomar una conciencia más clara de sus propios síntomas, cosa
que le permite expresarlos con más claridad al médico en cuyas manos se pone.
Pues bien, este libro, entre otros, justifica el absurdo en que usted ve el síntoma de
una obsesión. (...)También recuerdo que encontró usted otro absurdo en la opinión
que le expresé de que las funciones enzimáticas son químicamente funciones
sexuales, o viceversa. (...) Me parece conveniente hacer notar que no hay en realidad
autor de química biológica, de diez años a esta, que no sostenga que las funciones
sexuales son funciones enzimáticas y que no sostenga, además, que la unidad
enzimática de un organismo vivo (sin exceptuar al hombre) radica en la función
reproductiva, como se pone de manifiesto en el embrión. (...)Y el fin de esta carta no
es otro, señor doctor, que preguntar a usted si quiere interesarse, no en mi
preocupación, sino en lo que constituye su objeto, o sea la evaluación anatómica y
fisiológica que se ha verificado en mi organismo probablemente desde hace diez y
seis años, y que también probablemente fue acelerada por la ingestión de
substancias enzimáticas, cuya naturaleza me he interesado en mostrar a usted.
(“Carta al doctor Gonzálo Rodríguez Lafora”, Obras reunidas III, Fondo de Cultura
Económica, 2007, 194-197.)*

CINCO. Está Jorge Cuesta y están los demás críticos literarios. Ellos se
esfuerzan y a veces aciertan; comentan un libro y luego otro libro hasta adquirir
algo de carácter; redactan con pena, como si sospecharan que es mejor no escribir
nada o intentar, como los otros, un puñado de versitos. No Jorge Cuesta. Lo
primero que sorprende en Cuesta es su obvia vocación crítica. El hombre tiene
veintidós años cuando publica su primer texto crítico –una reseña de Santa Juana,
de George Bernard Shaw– y ya es entonces un crítico literario. Lo sigue siendo
meses, años después, cuando analiza obras, alienta polémicas, fulmina a autores,
firma una antología y escribe poemas que ejercen la crítica por otros medios. No
dejará de serlo, y con cuánto brillo, hasta el último de sus días. Si son muchos los
entusiastas que creen haber nacido para médicos o poetas, son pocos, casi ninguno,
los que nacen para críticos literarios. Cuesta fue uno de ellos, y qué fortuna: era la
inteligencia más potente de su generación.

Cuesta, está claro, no fue el poeta más fino ni el escritor más versátil de los
Contemporáneos. No dejó, como José Gorostiza, una obra maestra ni le compitió a
Salvador Novo el rol del escritor experimental y pionero. Fue otra cosa: el
pensador –literario, político, moral– de la generación. Mientras duró el grupo, no
hubo necesidad de firmar un manifiesto: Cuesta era el manifiesto. Muchos de sus
conceptos y prácticas (el elogio del cosmopolitismo, la censura del nacionalismo, la
crítica de las veleidades románticas, la atención con que pensaba la literatura, la
idea de que la creación debía ser ante todo crítica) son prácticas y conceptos que
hoy relacionamos con los Contemporáneos, a pesar de que algunos de sus
miembros –Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano– representaban casi
lo contrario. A la manera de los mejores críticos, Cuesta ofreció un programa a sus
vecinos y modificó de inmediato el panorama literario que pisaba: advirtiendo
aliados y enemigos, participando en y decidiendo las polémicas de su época,
aventurando en “El clasicismo mexicano” una interpretación general de la
literatura mexicana escrita hasta entonces.

SEIS. “Cazador incansable de evidencias, de certidumbres –escribió Gilberto


Owen en el ensayo “Encuentros con Jorge Cuesta” (recogido en sus Obras, Fondo
de Cultura Económica, México, 1979)– [a Cuesta] no le satisfacía nada que fuera
menos que eso, pues aunque como es natural no siempre llegase a la verdad, ya era
bastante conseguir su verdad. Nadie, humano, ha aspirado jamás a alcanzar más
que eso. Y a esa cacería se lanzaba su móvil espíritu por todas las regiones del orbe
espiritual, la música y la poesía, la pintura y la política, la sociología y la literatura,
con una agudeza y una honradez crítica intachable. Creía, con Wilde y su paradoja,
que ‘quien crea es el espíritu crítico’, y ponía en sus investigaciones el calor
amoroso de quien va a engendrar y no simplemente a contemplar el fruto del amor
de los otros. No le parecía suficiente una crítica que se limitara a estudiar la obra
de arte, o la obra poética, al servicio de las obras mismas, descubriendo su
significación técnica y su situación histórica, sino que se valiera de ellas para un
nuevo acto de creación, esa clase de crítica que ambiciona ser una intuición, como
de segundo grado, que contuviera en sí a la intuición artística, y decía con Gide:
‘La conciencia de una obra no es obra de su autor’”.

SIETE. Está Jorge Cuesta y están a su lado otros muchos... ingenieros


químicos. A ver. En 1921, a los 18 años de edad, Cuesta abandona Córdoba,
Veracruz, y se muda a la ciudad de México para inscribirse en la Escuela de
Ciencias Químicas. Cinco años más tarde vuelve a su pueblo natal para trabajar,
sólo durante algunos meses e intermitentemente, en un ingenio azucarero que
produce, entre otras cosas, ron. Tiempo después imparte, quién sabe con cuánta
vocación, algunas clases en la escuela de donde es egresado y desperdicia las
tardes en una oficina del electrizante Departamento de Alcoholes de la Secretaría
de Hacienda. Finalmente, en 1937, es nombrado jefe de laboratorio en la Sociedad
Nacional de Azúcar y Alcoholes, puesto que mantendrá a pesar de sus crisis y
hasta sus últimos días.

Los críticos más fantasiosos han hablado de un alquimista, como si Cuesta


hubiera gastado sus días y noches en los laboratorios buscando una sustancia
imposible. La verdad es que Cuesta era un químico, sencillamente un químico, y
perseguía objetivos menos irreales. La nómina de sus hallazgos no es pequeña ni
despreciable: elaboró una sustancia capaz de retrasar la maduración de las frutas,
investigó el complejo vitamínico de la marihuana, innovó un procedimiento para
suprimir el mal olor de los fermentos de la caña de azúcar, aseguró haber creado
un polvo que permitía al que lo ingería beber alcohol sin riesgo de embriagarse y,
cerca del final de su vida, experimentó con la ergotina, un componente con
propiedades a la vez analgésicas y alucinógenas. Hay quien sospecha (Jesús R.
Martínez Malo) que Cuesta, jugando a solas con la ergotina, pudo haber arribado a
una fórmula similar a la del ácido ligérsico, sesenta años antes de que el suizo
Albert Hofmann la “descubriera”. Lo que es un hecho es que si Cuesta descubrió el
ácido ligérsico, probó el ácido ligérsico. Esa era su costumbre: consumir sus
propias sustancias, experimentar consigo mismo, no tanto para viajar sino para
volver del viaje y analizar el itinerario.

El extremo: unos pocos días antes de su muerte, internado ya en el sanatorio


psiquiátrico donde habrá de suicidarse, Cuesta insiste en seguir siendo el ingeniero
Cuesta. Lejos de su laboratorio, escribe un carta con instrucciones precisas: que
compren esto, que preparen aquello, que le lleven todo al sanatorio para que él
pueda consumirlo y ¿qué?, ¿sedarse?, ¿curarse?, ¿precipitar el desenlace?

Comprar: en Beick Félix (esquina de Madero y Motolinia), 500 gramos de ácido


tartárico, 300 gramos de tanino ligero en dos paquetes, uno con 250 y otro con 50
gramos.–En Carlos Stein (Zócalo): Solución de insulina que contenga 3,000
unidades.–25 gramos de extracto fluido de ergotina.En Regina: 1 kilo y medio de
permanganato en tres paquetes de medio kilo.(...)Añadir al resto que quedó en la
cazuela tres litros de agua: agitar durante un rato para que el sedimento vuelva a
flotar completamente; dejar en reposo cinco o seis horas para que se asiente, y
entonces separar todo el líquido que quede claro encima del asiento. Saldrán como
cuatro litros. Estos, en dos partes, o todo junto si caben en un solo recipiente, se
ponen a la parrilla a hervir, en una cacerola, hasta que se agoten completamente, y
quede seca la substancia sólida que contienen. De la substancia seca que se recoja,
hacer dos partes iguales, que deberán molerse lo más fino que se pueda. Una parte
repartirla en seis papeles doblados como los de las boticas. La otra parte se divide a
su vez en tres partes iguales que se utilizan como sigue: La primera incorporarla
mezclando perfectamente bien en un pomo de cajeta de Celaya de los de vidrio, de
tal modo que quede repartida lo más homogéneamente posible la substancia en la
cajeta. La segunda metérsela a una botella de salsa de tomate Catsup, también
incorporándola lo más homogéneamente que se pueda. La tercera parte usarla
para mezclarla a una torta de elote.Que el domingo en la tarde me traiga Víctor ¼
de kilo de mantequilla y un queso de Toluca, junto con la botella de salsa de
tomate y el pomo de cajeta. Ésta se puede comprar en la tienda de la esquina de
Insurgentes y Coahuila. Que también me traiga los papeles y seis paquetitos de
chicle con doce pastillas. La torta de elote que me la traigan el viernes, con algo de
fruta.*

OCHO. “Esas horas –escribió Octavio Paz en el ensayo “Contemporáneos.


Primer encuentro” (Obras completas, volumen IV, Fondo de Cultura Económica,
México), recordando la primera vez que escuchó a Cuesta, en los pasillos de la
Escuela Nacional Preparatoria– fueron mi primera experiencia con el prodigioso
mecanismo mental que fue Jorge Cuesta. Al hablar de mecanismo no pretendo
deshumanizarlo; era sensible, refinado y profundamente humano. En su trato
conmigo fue siempre atento, generoso y hasta indulgente. Pero su inteligencia era
más poderosa que sus otras facultades; se le veía pensar y sus razonamientos se
desplegaban ante sus oyentes con una suerte de fatalidad invencible, como si
fuesen algo pensado no por sino a través de él. He conocido a personas muy
inteligentes y casi todas ellas se servían de su inteligencia para esto o aquello (...)
pero Jorge Cuesta era un servidor de su inteligencia. Mejor dicho: de la
inteligencia. (...) Cuesta estaba poseído por un dios temible, la inteligencia. Pero
inteligencia es una palabra que no designa realmente a la potencia que lo
devoraba. La inteligencia está cerca del instinto y no había nada instintivo en Jorge
Cuesta. El verdadero nombre de esa divinidad sin rostro es Razón. La gran
tentadora: sólo la Razón endiosa”.

NUEVE. ¿Un artista maldito? Más bien un personaje trágico. Hay que ver
nada más cómo se enfrenta una y otra vez a su destino y cómo su destino lo aplasta
todas las veces. Primero: intenta plantarse en una forma clásica y acaba escribiendo
una obra densa y fragmentaria que algo tiene ya de posmoderna. Después: se
esfuerza por distanciarse de todo estereotipo romántico y termina representando,
en el escenario de la literatura mexicana, el rol del poeta demente y suicida.
Además, y no menos importante, entre una derrota y otra se obstina en librarse del
México bronco –denunciando el nacionalismo, alabando la cultura francesa,
afirmándose como un intelectual independiente– y el México bronco lo atropella
no una ni dos sino tres veces.

El México posrevolucionario, salvaje e irracional, se presenta primero en la


figura de una mujer morena y de ojos verdes llamada Lupe Marín. Cuando Cuesta
la conoce él es un joven de veintipocos años y ella es la esposa de otro hombre –y
no de un hombre cualquiera: de Diego Rivera, el jefe del muralismo mexicano,
macho comunista y pistolero. Dos años más tarde, cuando Cuesta y Marín se
casan, da arranque lo previsto: el infierno conyugal. Ella es una mujer hermosa y
explosiva, ávida de aventuras y dinero; él es un crítico literario que sobrevive
trabajando en laboratorios químicos y en oficinas públicas y que presume de poder
permanecer estático durante horas en una misma silla. Lupe se impacienta y grita;
Jorge observa y se hace de nuevos argumentos contra el temperamento saturnino.
Lupe amenaza y se enferma; Jorge calla y medita textos que jamás escribirá
mientras su interés por ella va menguando. Esta rutina dura dos desdichados años,
hasta que el matrimonio se disuelve, no sin antes procrear un hijo, Lucio Antonio,
que será educado en Córdoba por la familia de Cuesta (y que morirá en 2005, luego
de haber participado en la edición de las obras reunidas de su padre en el Fondo
de Cultura Económica). Desde luego que Lupe se despide a su manera: en 1938
publica una novela autobiográfica, La única, casi enteramente dedicada a injuriar a
su ex esposo. En la portada: un dibujo, hecho por Rivera, en el que Lupe y su
hermana Isabel sostienen una bandeja con la cabeza de un hombre que tiene el
párpado izquierdo caído. Entre las tapas: un personaje, inútilmente llamado
Andrés, que nació en Córdoba y vive en la ciudad de México, escribe ensayos
herméticos y garabatea sonetos incomprensibles, desea secretamente a su hermana,
detesta a los niños, agrede a su esposa y demás linduras, todas producto de la
cabeza de Lupe, del rencor de Lupe.

El segundo encontronazo sucede en 1932, año en que Cuesta lanza por fin su
proyecto más deseado, la revista Examen, y anuncia otro, los Libros de Examen,
una pequeña editorial que habría de publicar, entre otras cosas, obras de los
Contemporáneos, sonetos del propio Cuesta y, claro, un título de André Gide, dios
tutelar del veracruzano. La revista es necesaria: aparece justo cuando las otras dos
publicaciones del grupo, Ulises y Contemporáneos, han terminado y cuando intensas
batallas intelectuales sacuden y reconfiguran el campo cultural mexicano. La
revista es inesperada: ya no una publicación literaria, como las otras de
Contemporáneos, sino cultural, a la vez poética y política, crítica e inventiva. La
revista es belicosa: se opone frontalmente a la hegemónica cultura nacionalista y –
como ha señalado el crítico Guillermo Sheridan en Malas palabras: Jorge Cuesta y la
revista Examen (Siglo XXI, México, en prensa)– se esfuerza por inventar en México
el rol del intelectual independiente, al margen del aparato estatal pero siempre
atento a los asuntos públicos. La revista es, ay, fugaz: dura sólo tres números,
aplastada por el bronco México de los años treinta. Ocurre que Cuesta publica en el
primer número un relato de Rubén Salazar Mallén, “Cariátide”, que contiene,
dirán sus enemigos, “malas palabras”. Ocurre que esos enemigos aprovechan la
oportunidad para condenar la calidad moral del grupo Contemporáneos
(“homosexuales”, “afrancesados”, “antirrevolucionarios”) y para exigir la censura
de la revista. Ocurre que una panda de burócratas atiende los reclamos y decide
que en un país como México, donde el poder se disputa a balazos y hasta los
diputados cargan pistolas, todo está permitido salvo que una revista cultural
imprima algún carajo, algún puta, algún mierda. Desde luego que Cuesta se despide
a su manera: en el tercer y último número de Examen publica un ensayo en que
critica “la mojigatería, la incultura y el más mediocre periodismo” y advierte sobre
el riesgo de “confundir y debilitar a las almas originales y libres, hasta el grado de
embarazar la originalidad y la libertad que son su privilegio”.

La tercera aparición del México bronco tiene lugar un día de 1940 y es


literalmente demoledora. Digamos que es un buen día: Cuesta no padece migraña
y el trabajo en el laboratorio ha sido menos tedioso que otros días. Digamos que
camina plácidamente, de regreso a su casa, en la colonia Condesa. Digamos que
atraviesa el hermoso Parque México y allí mismo, unos metros antes de llegar a su
departamento, es interceptado por un puñado de hombres. Son tres o cuatro
simpatizantes de Vicente Lombardo Toledano, el líder charro del mayor sindicato
obrero de la república. Algo dicen, elevan el tono, le reclaman a Cuesta haber
publicado un duro artículo político. En venganza, lo muelen a golpes.

DIEZ. Ese año, 1940, empieza así, con esa golpiza, y continúa meses más
tarde con Cuesta en el consultorio del doctor Lafora, explicando vanamente cómo
su cuerpo se ha desplazado hacia un pliegue intersexual. El año no termina de
mejor manera: unos días después de su encuentro con Lafora, el mismo mes de
septiembre, Cuesta es internado por primera vez en un hospital psiquiátrico. Al
parecer delira. Al parecer amenaza con hacerse daño y arrancarse o quemarse los
ojos. Si es una cosa o la otra, al final da casi lo mismo; a los médicos del sanatorio
(el infame Manicomio General de La Castañeda, inaugurado con bombo y platillo
por Porfirio Díaz durante las fiestas del Centenario) les importan poca cosa los
detalles y deciden actuar como es su costumbre: choques eléctricos, comas
insulínicos. No se sabe cuándo abandona Cuesta el lugar, tal vez cinco o seis meses
después de haber ingresado. Esto es seguro: el Cuesta que sale de allí ya no es el
Cuesta de antes.

1940. ¿Es entonces cuando se jode Cuesta? Cómo saberlo. Tal vez la caída
empieza muchos años atrás, casi al principio, con una caída no metafórica, cuando
la niñera suelta al niño y el niño estrella su cabeza contra un mueble. Tal vez la
locura se desata bastante más tarde, con el consumo de ergotina y otras sustancias,
o aun después, con la publicación de la novelita de Lupe Marín, que vaya que atiza
la paranoia del veracruzano. Tal vez todo estalla de repente, en un instante, un
buen día de 1937, cuando los delirios irrumpen –Jorge cree ver serpientes en todas
partes, desea llenar la tina con cenizas y hundirse en ella. O quizá nada estalla
nunca y Cuesta va arrastrando su locura todo el tiempo, desde el primero hasta el
último día, siempre al tanto de ella, controlándola primero, siendo controlado
después, y quizá por ello es que, en un momento de plena lucidez, puede
asegurarle a Lupe que morirá joven y desquiciado.

¿Qué tipo de locura? El “diagnóstico” de Lupe Marín, improvisado en alguna


entrevista muchos años después de la muerte de Cuesta, no es desde luego muy
riguroso: “A Jorge Cuesta todas las células le funcionaban mal, no era nada
normal, ¿comprendes?, las células como que no enchufaban. Empezaron crisis
espantosas y Jorge sufrió como pocas gentes pueden haber sufrido en la vida,
porque en sus ratos de lucidez se daba cuenta de su gravedad y era un sufrir
horrendo”. Otros diagnósticos, pretendidamente más serios, realizados por
algunos psiquiatras tiempo después de la muerte de Cuesta, tampoco convencen:
que Cuesta sufría de esquizofrenia, de bipolaridad, de un delirio de persecución
mal atendido. Para acercarse a la locura de Cuesta hay que empezar por poner
entre comillas la palabra locura y, en un giro foucaultiano, volver la vista hacia las
instituciones y las personas que lo diagnosticaron y trataron. Hay que advertir
también que su “locura” no fue nunca pura “locura”: se alternaba con momentos
de brutal inteligencia –o, mejor dicho, era de pronto indistinguible de su
inteligencia. Ya se vio aquella aguda carta que escribió al doctor Lafora en medio
de una supuesta crisis psicológica. Pueden leerse también las dos o tres cartas que
redactó a su hermana desde su último encierro, pidiéndole algunos libros de
química y las Divagations y Poésies de Mallarmé, y puede atenderse uno de los
rumores más insistentes en torno a su biografía: que el día en que los enfermeros
fueron por él para internarlo por primera vez en un hospital psiquiátrico, él les
pidió unos minutos, se encerró en su estudio y escribió tranquilamente las tres
últimas, heladas estrofas de “Canto a un dios mineral”, el clímax de su poesía, una
silva de 37 estrofas, un poema filosófico en que una conciencia, desprendida del
cuerpo y luego de captar “la seña de una mano”, desvaría acerca de la materia y el
tiempo y el lenguaje:

A otra vida oye ser, y en un instantela lejana se une al titubeantelatido de la


entraña;al instinto un amor llama a su objeto;y afuera en vano un porvenir
completo la considera extraña. El aire tenso y musical espera;y eleva y fija la
creciente esfera,sonora, una mañana:la forman ondas que juntó un sonido,como en
la flor y enjambre del oídomisteriosa campana. Ése es el fruto que del tiempo es
dueño;en él la entraña su pavor, su sueñoy su labor termina.El sabor que destila la
tinieblaes el propio sentido, que otros pueblay el futuro domina.*

ONCE. Una tina de baño. Un objeto cortante. Un hombre en una tina de


baño que se clava un objeto cortante –¿un cuchillo, una navaja, un instrumento de
laboratorio?– en los genitales.

1941.

Algunos dicen que el episodio sucedió en casa de unos amigos, en el


Desierto de los Leones, donde Cuesta permanecía casi recluido. Otros hablan de su
propia casa, en el barrio de San Ángel, estando él a solas. Según el crítico Miguel
Capistrán, “solo se acuchilló los testículos”. De acuerdo con su amigo Luis
Cardoza y Aragón, “se cortó los genitales, que tapaban el orificio de salida de agua
de la bañera”. De un modo u otro, la mutilación ya no estilística, a través de una
prosa que lo desaparece, sino física, un órgano menos. ¿Qué cruzaba, qué diablos
cruzaba, por la mente de Cuesta en este instante? Cuenta la leyenda: una imagen
de su hermana Natalia. Se agrega: Cuesta se mutiló los genitales como castigo por
haber cometido incesto con su hermana. Pero no hay pruebas de tal incesto –y más
bien parece que esa leyenda no es sino producto de otra mentira perpetrada por
Lupe Marín en su libelo, una y otra vez rechazada por Natalia. Además, ¿para qué
insistir en encontrarle una razón a un acto inexplicable? No hay nada que nos
ayude a comprender y asimilar este episodio. Sólo hay detalles: una tina, la hoja
metálica de un objeto, el pene y los testículos a punto de desprenderse del resto del
cuerpo o ya desprendidos, inútiles en el fondo de la tina. Eso y lo que siguió a todo
eso: un hospital, algunos médicos, un bisturí que termina de cercenar aquello que
todavía cuelga, una aguja y un hilo que cierran la herida y detienen la hemorragia,
otro Jorge Cuesta.

DOCE. En el segundo retrato aparece otro Jorge Cuesta. No ya el hombre,


mitad joven mitad adulto, de aquella fotografía de Álvarez Bravo ni el personaje, a
veces apolíneo, a veces dionisiaco, que dibujan los diferentes testimonios. Este es el
último Cuesta, unas semanas o unos meses antes de morir, y posa por última vez
ante una cámara. Otra vez lleva traje y corbata pero esta ocasión el saco parece
quedarle grande, como si su cuerpo se hubiera encogido luego de perder el pene y
los testículos. La cabeza, por el contrario, luce más grande, demasiado pesada, casi
como un lastre, y todo en ella ha explotado: los labios se ven más gruesos; la nariz,
más ancha; el ojo derecho, más salido, casi desorbitado. El ojo izquierdo se oculta
esta vez no bajo el párpado sino detrás de una sombra, y lo mismo hace todo el
lado izquierdo de la cara. Es el último Cuesta, ya se dijo, pero, pensándolo bien,
parece algo distinto: un Cuesta póstumo, ya situado del otro lado, inaccesible para
los vivos, absolutamente indescifrable. No es que su figura despida una vez más
un halo de oscuridad y misterio. No es tampoco que luzca denso y hermético. Es
otra cosa: es que ha cruzado un umbral y ya es final, irremediablemente ilegible, tal
como ese ¿poema? Que garabateó en su último encierro, días antes de colgarse, y
que un enfermero rescató del bote de la basura:

En la sempiteromia Samarkandaurge una extenua charamusca ilesala


estreptococcia de una burinesacon miríficos buergos de charanda. Mi pedúnculo
cálido tropiezacon el rupijo númido de organda.*

TRECE. Otro despojo, también rescatado de su último encierro. Una nota,


una última nota, escrita entre 1941 y 1942, subrayada y tachada por el propio
Cuesta: “Porque me pareció poco suicidarme una sola vez. Una sola vez no era
suficiente, no ha sido suficiente”.

*
CATORCE. Entonces, claro, la muerte. El martes 11 de agosto de 1942,
alrededor de las seis de la mañana, en un cuarto de un hospital psiquiátrico
ubicado en el entonces pueblo de Tlalpan, Jorge Cuesta se cuelga. Al parecer se
cuelga de los barrotes de la ventana, o tal vez de la manija de la puerta. Al parecer
se cuelga con los lazos de su propia camisa de fuerza, o tal vez con las sábanas o
con una cuerda conseguida no se sabe dónde. Lo cierto es que el más brillante de
los escritores mexicanos flota suspendido en la habitación de un sanatorio. Lo
cierto es que es descolgado aún con vida y trasladado a otro cuarto. Lo cierto es
que dos días más tarde, el jueves 13 de agosto, a las 3:25 de la madrugada, muere –
muere al fin Jorge Cuesta.

El acta de defunción –“congestión pulmonar”– no aclara lo más importante.

¿Qué había del otro lado de esa ventana?

La puerta: ¿a dónde llevaba?

QUINCE. El sol estrella sus rayos contra la tumba. La lápida se enciende y


resplandece. Ya se apagará más tarde. Ya todo esto –las cruces, el epitafio, el polvo
de Jorge Cuesta– volverá a eclipsarse y a fundirse con la noche, como todas las
noches. Porque me pareció poco suicidarme una sola vez. Una sola vez no era suficiente, no
ha sido suficiente.
 

JUAN JOSÉ BECERRA

IGNACIO ANZOÁTEGUI, EL FASCISTA QUE RÍE

IGNACIO BRAULIO Anzoátegui Sáenz nació el martes 25 de julio de 1905


en La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires, en medio de una huelga de
carpinteros, una invasión de hormigas que elevó el consumo de los venenos Balkan
a récords históricos y el auge de las píldoras rosadas del Doctor Williams –mitad
fármaco, mitad placebo– para las “personas pálidas”, que compartían cartel en las
farmacias junto a un vigorizador neumático de industria argentina para revertir la
impotencia sexual.

Su padre, Vicente Anzoátegui González, integrante de una tercera


generación de criollos afincados en la provincia norteña de Salta, llegó a La Plata,
una ciudad más joven que él, con su mujer Amalia Sáenz Maza. Entre ambos
produjeron a Ignacio Anzoátegui, le confeccionaron un ajuar con ropa de la casa Al
Niño Elegante, de calle 7 entre 53 y 54, donde ahora hay una ferretería
especializada en herramientas eléctricas Black & Decker y, apenas el pequeño
Ignacio cruzó la línea de los seis años, lo inscribieron en el Colegio San José,
fundado en 1902 por el Obispo de la Diócesis local “para que la juventud pueda
cultivar su espíritu y formar su corazón”.

El Colegio San José da a los fondos de la Municipalidad de La Plata, donde


se concentran el centro geográfico y el poder civil, aunque siempre mirando en
temerosa contrapicada hacia el frente de la catedral, una mole neobarroca, hija
formal de las catedrales de Amiens y Colonia, que la dobla en altura y domina el
eje urbano. Llamo al colegio y espero que me pasen con algún directivo. El
auricular es la fuente de la que brotan acordes de cuerdas y luego la voz de un
empleado de maestranza que me pide que espere y deja el teléfono sobre una
mesa. A la distancia –la distancia telefónica: la que permite que las cosas puedan
verse en la imaginación– es posible reconstruir bajo la luz del mediodía el clima
escolar que se filtra por medio de los gritos de los niños que han de estar en un
recreo.

–Ya lo comunico.

El director del nivel secundario, Crisanto García, me cita para el día


siguiente.

Ahora, en el patio del colegio, bajo el mismo sol de ayer, espero que
aparezca. Un minuto después somos las dos únicas almas sobre los bloques de
cemento centenarios que cubren toda la superficie, excepto los huecos
rectangulares de los que brotan tres tilos, un modo disciplinario pero muy visible
por el que se ha decidido dejar que la naturaleza ingrese a los claustros.

García es el último de siete hermanos nacidos en Palencia, Castilla y León,


hace unos sesenta años. En un idioma de palabras argentinas mezclado con la
música de una lengua más antigua –la de su pueblo– me dice que en los archivos
no ha quedado registro de Ignacio Anzoátegui, pero que puede reconstruir cómo
era el colegio en los primeros años del siglo XX. Lo primero: es una institución que
pertenece, desde 1903, a la Congregación de Sacerdotes del Sagrado Corazón de
Jesús de Bétharram, fundada por San Miguel Garicoits en honor al santuario
mariano que se alza al pie de los Pirineos, zona de milagros y escala obligada del
Camino de Santiago para quienes lo inician en Francia.

–En esos años los maestros eran exclusivamente sacerdotes franceses que
hablaban español y enseñaban religión, pero también artes y ciencias. Anzoátegui
debió haber tenido su primera formación escolar con ese tipo de aprendizaje, que
además era muy severo. Ahora los alumnos discuten todo.

Crisanto García me conduce al subsuelo por una escalera de mármol. La


mañana se pierde en la oscuridad y en un frío de interiores que no parece nuevo.
La tibieza del día cae a un pozo. Pasamos por la sala de química y entramos al
primer ambiente del laboratorio. En uso, pero también en involuntaria exposición,
como si en los sótanos se tendiera una línea del tiempo que describe la evolución
tecnológica a la escala de un cuento de hadas, se puede pasar revista a una
modernidad caduca: transformadores de intensidad, telurómetros, galvanómetros,
shunts de medidas, vatímetros, simuladores del sistema solar, barómetros y
termómetros gigantes, lupas, radiómetros, generadores de electricidad por fricción,
tubos de vacío y objetos sin nombre, o ya sin funciones, casi todos de industria
francesa.

Un paso más y, en el segundo ambiente, la física se hace a un lado para darle


paso a lo vivo, o mejor dicho al estudio de lo vivo. Estamos en la sala de ciencias
naturales en la que, como debe ser, abundan los contraluces y un humo
transparente de polvo bacteriano, y también unas enormes vidrieras destinadas a
mostrar los resultados de un siglo de arte necrológico. Digamos que las lechuzas,
los búhos, las comadrejas, los zorros, las palomas, los armadillos –se trata de una
antología de animales autóctonos– han sido embalsamados para que nos miren sin
pestañear. ¿Y Anzoátegui? ¿Adónde está? García me saca del romanticismo:

–Los niños de la generación de Ignacio Anzoátegui veían todo esto.


Aprendían todo. Se les enseñaba el camino de la fe y una disciplina para
mantenerse en él. Pero también aprendían cosas relacionadas con el progreso del
mundo. Igualmente han pasado tantos años que la memoria falla.

Sabemos a ciencia cierta que el día que Ignacio Anzoátegui cumplió trece
años vio pasar el coche fúnebre que llevaba el cadáver del poeta Carlos Guido y
Spano desde la esquina de Callao y Melo, en la ciudad de Buenos Aires, donde se
había mudado con su familia. Más tarde recordó el episodio y el lugar exacto en el
que estaba en uno de los capítulos de Vidas de muertos (1934), su libro más célebre,
y castigó a Guido y Spano, famoso por sus exclamaciones románticas traídas de los
pelos, con una breve biografía en tono de ofensa en la que lo considera un haragán
perfecto (“Yo creo que la parálisis de los últimos años fue nada más que un
pretexto para quedarse en la cama”) pero que, a la vez, describe su perfil social
como si se mirara al espejo: “Su hogar era el hogar porteño que andaba mal de
dinero y andaba bien de antepasados”.

Como en el de Guido y Spano, en el hogar de Anzoátegui destellaban los


nombre patricios un poco opacados por la pobreza, y un hecho familiar en el que
vio por primera vez la posibilidad de lavar el honor personal, en el caso de que
fuese manchado, con el recurso de la escritura: la aparición, en 1857, de un folleto
llamado “La calumnia”, publicado por la Imprenta del Comercio de Salta, y
firmado por su abuelo, Vicente Anzoátegui Pacheco de Melo.
A punto de ser nombrado Juez de Paz en la ciudad de Salta, Vicente
Anzoátegui fue acusado de robar 400 pesos de la hacienda Yurcuma, Provincia de
Chichas, Bolivia. Los denunciantes actuaron según el denunciado por un “espíritu
de partido” al amparo del gobernador Puch, quien transformó la denuncia civil en
criminal. Vicente Anzoátegui reaccionó literariamente con la redacción de “La
calumnia”, en la que en medio de la pasión justiciera y la indignación se hace
presente la injuria como un arte de defensa personal. Lo que para Vicente
Anzoátegui estaba en juego –y por lo tanto en peligro– era su reputación, la de
todos los Anzoátegui, los del pasado y los del porvenir, y también la de la sociedad
salteña: “Una reputación, cualquiera que sea en nuestros pueblos nacientes, no es
un don del individuo, una adquisición propia, sino que pertenece a la sociedad de
la que es miembro”.

Ignacio Anzoátegui tomó de su abuelo la idea de que la escritura es una


salida al exterior de las pasiones y los pensamientos más íntimos y, por lo tanto,
una extensión de sí mismo. En 1920 egresó del colegio La Salle de Buenos Aires,
que como el Colegio San José de La Plata pertenecía a una orden de sacerdotes
franceses, y en 1926 se incorporó a los Cursos de Cultura Católica, en cuyo house
organ llamado Criterio, escribió sobre cine en un tono en el que se mezclaban la
crítica –una crítica silvestre sobre una disciplina nueva–, la celebración fanática de
ciertas estrellas y, por supuesto, sus dos caballos de batalla: la descalificación y la
censura.

Mareado por la novedad del cine y la búsqueda juvenil de un lenguaje


propio que le permitiera hablar con autoridad, Anzoátegui escribió alabanzas a
Charles Chaplin y a Greta Garbo –al tiempo que enterraba vivos a Lon Chaney y
Buster Keaton– y separaba las aguas del gusto: de un lado La quimera del oro, de
Chaplin (“Ilíada de nuestro siglo”); y del otro, Metrópolis, de Fritz Lang (“Ninguna
película, como ésta, me ha zamarreado tanto de aburrimiento”).

El cine fue lo que conectó a Anzoátegui con la modernidad. En el libro Nueve


cuentos (1940) incluye, colocándolo afuera de la tradición del género, un texto
llamado justamente “Cine” que tiene mucho de crónica sentimental. Es el relato de
la experiencia más bien ordinaria del cinéfilo que, sentado en su butaca, observa el
entorno mientras espera que se apaguen las luces de la sala. Ese hobby
contemplativo derivó en una especie de diccionario incompleto que Anzoátegui
reunió en Vocabulario del espectador de cine (de Extremos del mundo, 1942). La gracia
de lo que significa cada lugar común del lenguaje cinematográfico no deja de
respetar, como orden y a la vez como parodia, la secuencia alfabética de un
diccionario serio (“actor”, “actriz”, “adiós”, “ambiente”, “amor”, “arpa”, “asma”,
“banco de plaza”, “beso”, “bigote”, etc.) del que se desprenden algunos hits en los
que el atardecer “es un estadio de degeneración sentimental que sirve de marco a
un hombre y una mujer”; el corazón es “un instrumento de placer que suele
proporcionar algunos dolores, como todos los instrumentos de placer”; y la
decencia es “una superstición de origen desconocido”.

Pero ¿que eran los Cursos de Cultura Católica, el otro foco de atención que
gravitó sobre la juventud de Ignacio Anzoátegui tanto o más que las novedades del
cine, el arte de la época? Jorge Norberto Ferro, investigador de literatura de la
Edad Media y autor de Ignacio B. Anzoátegui, una monografía publicada por
Ediciones Culturales Argentinas en 1983 en colaboración con Eduardo Allegri,
tiene que saber algo. Lo busco en la casa: está en el Instituto de Investigaciones
Bibliográficas y Crítica Textual del conicet (el prestigioso Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas), donde consume su vida laboral. Lo busco
allí: está en la casa. Finalmente aparece, luego de concluir la primera etapa de la
odisea cotidiana que lo trae desde Bella Vista, una localidad de casas bajas del
partido de San Miguel, situado a poco más de 30 kilómetros de la ciudad de
Buenos Aires.

Nos encontramos en un bar del centro, en la calle Rodríguez Peña, entre


Bartolomé Mitre y Rivadavia, para conversar mientras miramos hacia el segundo o
el tercer piso del edificio de enfrente, donde está –o estuvo– el departamento en el
que Jorge Ferro organizó la charla que Ignacio Anzoátegui dio en 1970 para un
grupo de jóvenes que orbitaban alrededor del padre Alfredo Sáenz, un cura
nacionalista y enemigo jurado de Gramsci, Marx y Rousseau, además de militante
de la unión natural entre catolicismo y patriotismo, a los que describió como
“amores gemelos”.

–Nos juntábamos para estudiar la Suma Teológica, de Santo Tomás, con el


padre Sáenz. Éramos unos borregos de veinte años (...).

Un golpe de memoria histórica lleva a Ferro hacia 1926, el año en el que


Ignacio Anzoátegui entró a los Cursos de Cultura Católica –de los que surgió la
Universidad Católica Argentina–, creados por su amigo Tomás Darío Casares,
miembro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación entre 1944 y 1955.

–Yo creo que la generación de intelectuales católicos de los años ’20, en la


que estaba Anzoátegui, se formó contra la generación del ’80 del siglo XIX, esa
generación superpoblada de figuras liberales que los nacionalistas consideraban
“santones laicos”, como las de Alberdi y Sarmiento. O sea: las figuras indiscutibles
de la historia argentina que, en general, eran antihispanistas y anticatólicas. En ese
momento, en los Cursos de Cultura Católica, se juntaron tipos que se dieron cuenta
que los intelectuales católicos habían sido unas bestias y entonces surgió lo que
seguramente fue la primera generación de católicos ilustrados de la Argentina.
Después se fueron metiendo los curas y los cursos se jodieron.

La aparición de los textos de Anzoátegui en los años ’30 del siglo XX fue una
reacción histórica contra un orden moderno pero demasiado establecido, una
especie de ataque punk al progresismo conservador que había que desplazar por
antiguo. El nacionalismo católico, créase o no, alguna vez fue lo nuevo. “Esa pose
de enfant terrible, Anzoátegui la sostuvo toda la vida”, dice Ferro, buscando en la
memoria esas horas, que ya murieron, en las que Anzoátegui habló para el joven
que fue.

–Lo llamábamos por su segundo nombre, Braulio. Era muy simpático en el


trato personal, incluso con nosotros que éramos muy jóvenes y se suponía que
teníamos pocas cosas en común con él.

Más tarde me hice muy amigo de su hijo mayor, y el recuerdo que tengo es
el de una persona muy rigurosa consigo mismo pero no con los demás. Hay que
pensar que su generación fue la de esos católicos para quienes las mujeres eran un
talón de Aquiles.

La costilla de Adán como talón de Aquiles es una idea que aparece en el


segundo libro de Anzoátegui, Georgina Arnhem y yo, una novela breve publicada en
1933 por la editorial Viau y Zona. De entrada tenemos un yo vital deslizándose
hacia los campos artificiales de la literatura, y una descripción del personaje de
Georgina que no alcanza a realizarse del todo en el lenguaje. Se la presenta como
una mujer que “tenía las cejas rubias, dibujadas así: (...)”, y se completa su imagen
con una ilustración. La historia es la de un hombre comprometido en matrimonio
que se enamora de otra mujer para revelar, en las primeras páginas, la experiencia
del deseo como tortura moral y trampa sin salida: “Quería escaparme del
romanticismo del enamoramiento, pero cada vez me enamoraba más”. Lejos de la
santidad, el personaje asume el tormento de la pasión amorosa y exclama: “¡Qué
glorioso es el dolor!”. El final es predecible: Anzoátegui decide que su personaje
abandone a Georgina y asuma el sacramento pactado con Luisa, su prometida.
Voy a contarle esta historia a Masi Zapiola, viuda del hijo mayor de
Anzoátegui (también llamado Ignacio). El lugar donde vive es Bella Vista, el
mismo barrio de extramuros que habita Jorge Ferro.

Para llegar tengo que tomar varias autopistas, rozar el perímetro de la


ciudad de Buenos Aires, pasar por un enorme basural público sobrevolado por
bandadas de gaviotas mutantes y, como sabía que iba a ocurrir, perderme en un
espacio sin referencias, o con una sola: una estación de servicio Shell que no parece
ser la más adecuada para ayudarme en la pesquisa de un personaje
ultranacionalista.

Estamos en el living-comedor abovedado en el que Ignacio Anzoátegui


estuvo dos veces participando de fiestas familiares. En la biblioteca hay varios de
sus libros, entre los que llama la atención uno de tapa dura con el escudo de la
República Argentina y una lista de autoridades –encabezada por el dictador Jorge
Rafael Videla– que nos recibe en la página tres al modo de un besamanos impreso.
Se llama Buenos Aires, y fue publicado en 1980 en conmemoración del cuarto
centenario de la segunda fundación de la ciudad. Un caso editorial muy extraño,
porque el texto es en realidad un prólogo escrito en 1936 para acompañar un libro
de fotografías de Horacio Cóppola –egresado de la Escuela de la Bauhaus y autor
de las imágenes de la primera edición de Evaristo Carriego (1930), de Jorge Luis
Borges–, encargado para el cuarto centenario de la primera fundación. Pero la
sorpresa más grande se encuentra encriptada en el prólogo, escrito por un tal José
Angel Paolino, secretario de educación de la nación, a quien en uno de sus párrafos
plagados de remilgos y ripios intransitables, se le escapa la siguiente
consideración: “El trabajo de Anzoátegui, a pesar de las licencias que se toma (...)”.

Le cuento a Masi, en dos palabras, el argumento de Georgina Arhem y yo, y de


golpe se ilumina el fondo del túnel. En los meses en que la escribió, Ignacio
Anzoátegui estaba comprometido en matrimonio con una chica de apellido Gallo.
En 1932 ó 1933 los pactos nupciales que se daban entre personas, pero también
entre familias, se cumplían casi sin posibilidades de replegarse hacia la duda o la
postergación. Pero Anzoátegui canceló su boda y se casó con Josefina Padilla, alias
Fifa.

Encimando la revelación, como si la quisiera borrar del aire en la que se


expandió como un hongo de lenguaje tóxico, Masi Zapiola se apura a desmentir
que los pecados cometidos por Anzoátegui se hubieran orientado hacia la
infidelidad. No conoce esos pecados o no los confiesa, y nuestra charla, matizada
con café negro, una brevísima entrada en confianza y noticias que llegan en directo
del Abierto de Tenis de Madrid desde un televisor encendido que no veo, sigue
dominada por su encanto, basado en decir y no decir.

Pero nada detiene a una persona que desea hablar. Entonces, luego de una
pausa de tipo moral, regresa al mundo con algunos detalles y una confesión
abstracta que describe la lucha interior de su suegro, la lucha clásica del virtuoso
contra las fuerzas íntimas que lo acechan para desviarlo del camino, con el
recuerdo de una conversación en la que Anzoátegui pudo identificar y señalar el
elemento que más le costaba conseguir a su identidad religiosa: el “propósito de
enmienda”, una de las condiciones de la confesión, por la que se le exige al
pecador la disposición a esforzarse para evitar la reincidencia.

–El propósito de enmienda. Eso era lo que más le costaba del catolicismo.

El propósito de enmienda y las mujeres fueron dos temas en uno en la vida


de Anzoátegui, a los que le agregó una preocupación desmedida por el sexto
mandamiento del catolicismo romano, al que llamó “el más incómodo” y “el
principal”: “No cometerás actos impuros”. Es hora de ir a dos capítulos de
Extremos del mundo, dedicados a comentar en tono de perdonavidas (justamente
Anzoátegui, famoso por lo implacable) los supuestos adulterios de Lope de Vega y
de Juan Ruiz, alias Arcipreste de Hita, autor de Libro de buen amor, publicado en el
siglo XIV.

Lo que hace Anzoátegui es defender, sin que nadie las ataque, las
debilidades de Lope de Vega y de Juan Ruiz, además de desarrollar un ejemplo de
intríngulis moral protagonizado por él mismo donde quedan claras las diferencias
entre pensar y decir lo que se piensa: “Si yo pensara que la mujer del fabricante de
botones es más bella que mi mujer, no ofendería por eso a mi mujer ni al fabricante
de botones, ni pervertiría a la mujer de éste; pero si yo publicara ese pensamiento,
si se lo comunicara a mi mujer, al fabricante de botones y a su mujer, entonces yo
sería técnicamente un hombre inmoral”.

“Callar para no herir”. Ese fue el principio de la “buena educación” de


Anzoátegui. Excepto que estuvieran en juego, y por lo tanto en riesgo, sus ideas
más primitivas, las que defendía con la dureza irracional de un fanático. Un
ejemplo extremo: entre 1949 y 1955, Anzoátegui fue Juez en Primera Instancia en lo
Civil y, pocos meses después de haber dejado el cargo, en 1956, sostuvo una
discusión pública con María Luisa Anastasi de Walger, la primera jueza de la
historia argentina. Los gustos medievales que Anzoátegui deseaba extender a la
sociedad chocaron con una resolución liberal acerca de la ruptura de un
matrimonio redactada por Anastasi de Walger. Anzoátegui la atacó: “La justicia no
puede emanar de una mujer”. Pero Walger contraatacó casi sin tomar aire y
Anzoátegui debió comparecer unas horas en la alcaldía de tribunales.

La hija de la jueza, la periodista Sylvina Walger, me cuenta por teléfono


aquello que recuerda del incidente. Está cansada y no desea atenderme
personalmente. No me importa. Acostumbrado a verla en las pantallas de
televisión, puedo imaginar sus gestos, su bronceado imperecedero y una simpatía
que va saliendo de su hibernación con el correr de los minutos. Pero está claro que
no le intereso yo sino Anzoátegui, la figura que la lleva a la juventud de su madre,
y a su propia infancia.

–Se dijeron de todo, pero después mamá y él se hicieron amigos íntimos y


conocimos a la mujer y a los hijos, que eran un batallón.

La memoria es una bola de nieve. Sylvina Walger ha aflojado una piedra


pequeña o la raíz de una brizna y se han desatado los detalles que se le vienen
encima ladera abajo. Ve el pasado: las visitas que la familia Walger hacía a la casa
que la familia Anzoátegui alquiló durante casi cuarenta años en la calle Laprida,
entre Peña y French, en Barrio Norte; la irrelevancia de Anzoátegui en el mundo
literario y, también, lo que había y no había que esperar de él. Había que esperar
su gracia y el trato cordial de “esos nacionalistas del tiempo de ñaupa que te
besaban la mano”, pero “no había que esperar nada de él que tuviera que ver con
la democracia”. No le extrañaría que hubiera sido un mujeriego, pero una cosa no
quita la otra –no sólo no la quita: les da un equilibrio– y entonces Walger recuerda
la belleza y la bondad de la mujer de Anzoátegui, Josefina Padilla, pero también el
aspecto que la envolvía:

–Hermosa, pero arruinada, dejada, desgastada, llena de hijos… Como todas


las mujeres de los nacionalistas.

La cuadra de la calle Laprida que va desde French hasta Peña tiene una
forestación más antigua que los edificios sobre los que habitualmente echan
sombra y, en este momento, despiden una peste otoñal de hojas secas y polvos
alérgicos. Son plátanos australianos de más de ochenta años cuyas copas se
inclinan para rozarse en las alturas de vereda a vereda. Hay una Asociación de
Criadores de Holando Argentino, donde se reúnen los propietarios de ese petróleo
blanco que llamamos leche, una peluquería unisex, una plaza angosta y seca como
empotrada al borde de una esquina, una inmobiliaria, un laboratorio de análisis
químicos y lo que fue la casa de Ignacio Anzoátegui –un hueco, una cápsula de
aire, como todas las casas– convertida en un edificio de seis pisos donde se ignora
olímpicamente la estela que ha dejado mi personaje.

Casi todos los caminos son inconducentes, pero elijo uno que me lleva a
Rubén Savi, el supuesto ábrete sésamo del barrio. Me estrello contra la puerta
metálica de su almacén y, para disimular, espío borrando con mi cuerpo el efecto
de espejo que produce el sol al dar contra los vidrios. El interior es inverosímil.
Hay una verdulería, una carnicería, un kiosco y una rotisería. Cada boca de
expendio es una escenografía aparte y sospecho que hay una razón oculta: negar
los protocolos de uniformidad de los supermercados, incluso de los mini markets,
en los que las líneas de las góndolas se integran en una oferta común que sitúa en
el mismo estatus –a la misma altura– un preservativo escamado y un bife de
chorizo. Pero el negocio de Savi no se va a rebajar a la mezcla, por lo que mantiene
los rubros celosamente separados como planetas que, aún girando en la misma
órbita, se distinguen unos de otros por sus formas.

–El señor Savi abre a las 17.

Una joven mujer boliviana me da la extraña buena nueva, que no es extraña


por abrir a las 17, un horario pueblerino que la ciudad ya no usa, sino porque la
mujer me atiende afuera del comercio sin dejar de pertenecer a él. Se ve que Savi le
ha permitido operar –a cambio de controlar su espacio soberano– un pequeño
mercado de frutas estacionado contra la fachada del local, al menos hasta que se
inicie, como debe ser, el comercio regular, para el que faltan todavía unos minutos.
Mejor dar vueltas, aunque sean vueltas en falso y sin referencias, por el pasado
geográfico de Ignacio Anzoátegui y preguntar por su recuerdo a quien quiera que
se cruce en mi camino. Comienza la encuesta. En la panadería de la esquina, en la
librería de la calle Peña, en la recepción de la Asociación de Criadores de Holando
Argentino, en la Inmobiliaria Dacal de Laprida y French, en las porterías de los
edificios. Pero no lo conoce nadie: nadie.

Al cabo de mi gira encuentro a Rubén Savi en el puesto en el que trabaja y


conserva su pasado personal: la caja registradora de su negocio. Tiene un
guardapolvo blanco, el pelo abundante peinado hacia atrás y marcas que le cruzan
el rostro debido a la tremenda siesta que ha dividido su día en dos. Un retrato de
Carlos Gardel engorda de melancolía la locación. Savi mantiene varias
conversaciones a la vez pero no está en ninguna. De modo que aprovecho la
confusión y filtro el nombre del escritor Ignacio Anzoátegui.

–Anzoátegui, pero sí, Ignacio Anzoátegui, el que tocaba la guitarra...

Tengo que salir al cruce de la divagación para contribuir a que la memoria


de Savi se encause y regrese al lugar desde donde se desbarrancó. Le digo que el
Anzoátegui que cantaba era Ignacio hijo –murió en 2009–, y que necesito que me
hable de Ignacio padre. Entonces ocurre un hecho descontrolado de proliferación y
vaguedad: se presentan en la memoria de Savi todos los Anzoátegui: Ignacio
padre, los hijos, la legión de nietos y, al final, Josefina Padilla: la señora.

–La señora venía acá con los hijos, que eran un montón, y siempre pedía
bifes, pero se imagina que es difícil acordarse de algo que pasó hace tanto tiempo.
El Anzoátegui escritor murió en el ’87...

–En el ’78.

–En el ’78. Ahí está. Con más razón. Lo que sí me acuerdo de ellos era que se
la pasaban acá. Si no venía uno, venía otro. Y el Anzoátegui padre tomaba vino
blanco marca Arizu y andaba siempre de traje. Siempre.

Savi se va deslizando hacia un terreno firme: la vida cotidiana. Debe tener


cerca de ochenta años y la ilusión de que en su almacén museo no pasa el tiempo.
En honor a la tradición de las charlas en las que alguien quiere saber algo y el que
debe saber, el último testigo que queda, no sabe o no recuerda nada, doy un
manotazo de ahogado y le pregunto si me puede describir la casa en la que
vivieron los Anzoátegui y cuyo fantasma convive con él en la misma cuadra. Pero
Savi no sólo no me escucha: tampoco me ve. Es un fracaso que tomo como un
triunfo porque si bien me voy sin la descripción, al menos me llevo la idea de que
alguien la haga por él. ¿Quién? Sacudo el árbol genealógico de Ignacio Anzoátegui
y anoto el nombre de uno de sus nietos: Facundo Landívar.

Lo voy a ver a la redacción del diario Clarín, donde acaba de asumir un


cargo importante. Me lleva a su box. El traje no borra del todo su espíritu casual,
que se filtra en los accesorios. El ringtone del iPhone, un reloj náutico bien curtido y
el aire silvestre que despide su figura y que no parece bajar del mismo río que nos
trajo a Ignacio Anzoátegui. Está preparado para decirme lo que ha estado pensado
desde que lo llamé pero también para improvisar –a los tumbos: como surge la
verdad en el recuerdo– una breve biografía de su abuelo.
–Yo creo que su hispanismo, su militancia nacionalista, su catolicismo, todo
lo que defendió desde muy joven fue una manera de dejar en claro que él, por
principio, estaba en otro lado: en la vereda opuesta. Era como un “contra”, siempre
del lado políticamente incorrecto. Y de ese lado, en el extremo. Su hijo menor fue
quien le hizo probar su propia medicina, como si hubiese dicho: “¿Así que papá es
hispanista y falangista? Ahora vamos a ver quién lo es más”. Y se fue a vivir a
España. Andaba con una capa, como un verdadero cruzado, y se casó con una
Padilla, igual que el padre. Se llamaba José Antonio, supongo que en honor a José
Antonio Primo de Rivera.

De pronto, Landívar me entrega unos papeles. Son fotocopias de un


ejemplar de la revista de humor Tía Vicenta, publicada en Buenos Aires el 17 de
julio de 1968, que reproducen una tapa ilustrada con un dibujo de Landrú en el
que conversan dos morsas antropomórficas, en alusión más que directa al parecido
del dictador Juan Carlos Onganía con las bestias acuáticas; y, también, la página
cuarenta, en la que aparecen quince artículos de un Estatuto de la morsa, que no
lleva firma pero que escribió Ignacio Anzoátegui.

El texto es una parodia muy lograda del discurso burocrático que las
dictaduras argentinas se afanaban en redactar apenas asaltaban el poder civil. Y de
todos ellos, hay uno, el artículo 5°, que parece pasar por encima de las ideas ultra
conservadoras de Anzoátegui, como si la experiencia de escritura y el amor al
chiste fuesen más importantes que cualquier meditación –pensado con frialdad,
Onganía venía de voltear a un gobierno democrático, la institución que Anzoátegui
más detestaba–, para adoptar un inesperado tono liberal: “Los tres poderes
obsoletos que hasta ahora venían acarreando la ruina del país con los nombres de
Poder Ejecutivo, Poder Legislativo y Poder Judicial recibirán de hoy en adelante
los nombre de On, Ga y Nía”. Pero la broma no gustó y Tía Vicenta salió de
circulación para convertirse en un hito, quizás el más famoso, de la censura de
Estado al humor político argentino. ¿Adónde estaba, entonces, Ignacio
Anzoátegui? Del otro lado.

Le pido a Facundo Landívar si me puede dibujar la casa de la calle Laprida,


que para eso vine. Toma un papel en blanco y una lapicera de tinta negra y deja
que la memoria hable a través del cuerpo. Un cuarto de la sangre que mueve su
mano viene de Ignacio Anzoátegui pero, además, está yendo hacia él. Sangre y
recuerdos: ¿qué otra cosa es una familia? De modo que el edificio espantoso que vi
a pocos metros del almacén de Rubén Savi es demolido en un instante por la mano
de Landívar para que en su lugar –imaginario, pero tanto o más importante que los
lugares reales– vuelva a edificarse no sólo una arquitectura del pasado sino
también las costumbres, mitad humanas y mitad animales, que cobijó durante
cuarenta años.

Es una casa de las llamadas “chorizo”, con una puerta a la calle y una línea,
que podemos llamar pública o común, en la que se sucedían un zaguán, un
comedor para invitados, un patio central, un cuarto y, al fondo, una cocina y un
comedor diario. La línea más privada se sucedía del lado derecho, comenzando
por el escritorio de Ignacio Anzoátegui, su dormitorio, el dormitorio de su mujer y,
luego, los dormitorios en los que se acomodaban los hijos. ¿Vamos bien?
¿Anzoátegui y su mujer dormían en cuartos separados?

–Bueno, sí. Al menos desde que yo tengo memoria. Con esa idea de que era
un artista, el abuelo vivía como aislado en su propia casa. Cualquier problema, se
encerraba a escribir. Pero mejor preguntale a mi madre, Josefina Anzoátegui, una
de las mellizas del abuelo. Anotá los teléfonos...

Ignacio Anzoátegui se recibió de abogado en la Universidad de Buenos


Aires, en 1926, con una tesis sobre la adopción en Roma. Se doctoró en
jurisprudencia y comenzó a imaginar una carrera judicial, lo que de un modo
explícito fue seguir la tradición iniciada por su abuelo Vicente Anzoátegui,
también doctorado en jurisprudencia y egresado de la Universidad de Charcas, en
1835. Pero la carrera judicial tuvo una base política al amparo del nacionalismo
católico que ideó y ejecutó en la Argentina el golpe de Estado del 4 de junio de
1943 en el que el general Arturo Rawson terminó con la presidencia de Ramón
Castillo, conocida por su inclinación al fraude y a la corrupción. El general Pedro
Pablo Ramírez sucedió a Rawson al tercer día de la “revolución” y entregó la
gestión de la educación pública a un grupo de católicos hispanistas que, apenas
desembarcaron en sus despachos, se dedicaron a reimplantar la enseñanza
religiosa, intervenir las universidades y prohibir el uso en las radios de palabras
surgidas del argot del tango. Anzoátegui formó parte de ese elenco restaurador
junto a Bruno Genta (asesinado en 1974 por el Ejército Revolucionario del Pueblo)
y el escritor Gustavo Adolfo Martínez Zubiría, alias Hugo Wast, asiduo
colaborador de Clarinada, llamada a sí misma “Revista anticomunista y antijudía” y
muy elogiada por Der Stürmer, la publicación oficial del nacionalsocialismo
alemán. Primero lo hizo como secretario de la presidencia del Consejo Nacional de
Educación, y luego como secretario de cultura, cargo al que renunció antes de la
llegada de Perón al poder, en 1945. Es una renuncia que, según como se vea, lo
desvía o lo reencauza hacia la carrera judicial, porque en 1948 asume el cargo de
defensor de menores, incapaces y ausentes y, un año más tarde, es nombrado Juez
en Primera Instancia en lo Civil, hasta 1955. También tuvo una frondosa vida
familiar. En los doce años que van de 1935 a 1947 se reprodujo en once hijos –siete
varones y cuatro mujeres–, a los que a la hora de sentarse a la mesa amenazaba con
una frase que con el tiempo se volvió una marca registrada de la comedia familiar:
“Coman o lo llamo a Sarmiento”. En la frase, deslizada simultáneamente en forma
de amenaza privada y chiste político, puede hallarse el genoma del tono
anzoateguiano, en el que la violencia ideológica, la soltura verbal y la hibridez de
géneros se asocian en una prosa irritante que casi no tiene parentescos en la
literatura argentina.

El disgusto que le provocaban las ideas liberales de Sarmiento produjo uno


de sus textos más violentos y recordados, una semblanza publicada en Vidas de
muertos. Le reconocía algunas condiciones, pero según su parecer “le faltaba una: la
de ser católico, porque sólo un católico tiene derecho a ser brutal con la vida”. La
brutalidad sin derecho que le achacaba a Sarmiento, a quien calificó de “maniático
de la acción”, parecía ceder frente a un estilo en el que Anzoátegui veía algo de sí
mismo: “No le tentaba la elegancia cajetillista ni la otra elegancia llorona. Él
pensaba ‘la puta que los parió’ y escribía ‘la puta que los parió’”.

Lo acusó de haber matado la cultura con la instrucción y de haber


introducido tres plagas: “el normalismo” (la escuela pública), “los gorriones” y
“los italianos”, a quienes despreciaba masivamente: “Los italianos mezclaron las
orillas con la ciudad; se arrimaron al compadraje y lo metieron adentro cuando
menos lo pensábamos. Nos ayudaron a levantar las cosechas, pero las máquinas
hacen lo mismo y no se cruzan con nuestra sangre. Ni siquiera nos trajeron su
ciencia ni su arte, porque tuvimos que cruzar el mar y traerlas nosotros, aunque
detrás de eso se vinieran las primas donnas y las cantantes que retardaron en veinte
años nuestra salida del romanticismo”. Pero su italofobia tenía una excepción:
Benito Mussolini. El retrato de Il Duce compartía cartel en su escritorio junto con el
de otra primerísima figura del star system fascista, Francisco Franco, en este caso
dedicado de puño y letra en un viaje de Anzoátegui a España, una de las pocas
excursiones que lo sacó de su casa y acentuó su hispanofilia.

En Vidas de muertos, Sarmiento no es el único damnificado del ajuste de


cuentas de Anzoátegui con los pensadores liberales argentinos. También pasan a
degüello Juan Bautista Alberdi, ideólogo de la Constitución Nacional (“Dijo
gobernar es poblar y se quedó soltero”) y Esteban Echeverría, autor de El matadero
(1840), el primer texto de ficción de la literatura argentina (“el mar le puso en la
cabeza una especie de manía byroniana”). Pero si se deja de lado la reacción de
Anzoátegui contra los personajes públicos interesados en la política y el Estado, el
libro es –sobre todo– un monstruo crítico de dos cabezas que apunta a liquidar
tanto a las figuras de los escritores consagrados como a sus obras. Dice de José
Enrique Rodó: “La importancia de Rodó en América es una cosa indiscutible. Por
él se han guiado todos los que querían escribir bien y no podían”; y lo sepulta con
un epigrama: “Nació simplemente para radicarse en las antologías”. Las atenciones
destinadas a Almafuerte no son más amables: “No tuvo nunca el mínimum de
religiosidad para ser hombre”. Pero la sagacidad un poco publicitaria de
Anzoátegui lo lleva a darle el máximo maltrato a Rubén Darío, el poeta que más
influyó en la literatura argentina de principios del siglo XX y opuso al hispanismo
una salida “moderna”, es decir de época. Para Anzoátegui, Darío fue un
“agricultor retórico” sometido a la cursilería y a la “servidumbre verlaineana”, y el
celebrado “musicalismo” de su poesía era considerado “un musicalismo vano: el
entretenimiento de un músico que se dedicara a perfeccionar el sonajero”.

Para los detractores, sin embargo, a Vidas de muertos le faltó alguien:


Bartolomé Mitre. La sorpresiva omisión de quien había hecho méritos de sobra
para alistarse entre los ideólogos liberales que desfilaban por el libro –y que los
progresistas de la época asociaron al temor de Anzoátegui a enfrentar a la familia
Mitre, propietaria del influyente diario La Nación– fue recordada por Arturo
Jauretche, escritor y polemista del peronismo, al describir una breve polémica
entre Anzoátegui y Homero Manzi, autor de tangos muy populares como
“Milonga sentimental” y “Sur” y militante de forja (Fuerza de Orientación Radical
de la Joven Argentina), una agrupación de jóvenes intelectuales que en los años ’30
del siglo XX adscribieron a un socialismo democrático, nacional y laico.

Según Jauretche: “Después que nos balearon en la calle Florida, desde las
ventanas de ‘La Fronda’, Ignacio Anzoátegui, que acababa de publicar Vidas de
muertos, nos soltó un brulote. Homero [Manzi] contestó: ‘Usted, que se ha metido
con todos los próceres menos con uno: el que dejó un diario de guardaespaldas
(...)”.

La línea de Vidas de muertos, orientada a atacar a una serie personajes


intocables de la historia, se continúa en 1954 con la publicación de Vidas de payasos
ilustres. Pero esta vez, Anzoátegui abandona la lectura agresiva de personajes
argentinos y latinoamericanos y se encarga de ajusticiar ciertos nombres
universales y de origen diverso: Sócrates, Tolstoi, Kipling, Fray Bartolomé de las
Casas, Hans Christian Andersen, Voltaire, Poncio Pilatos, Daniel Defoe, Calvino y
Corneille. Sin la prosa brillante de Vidas de muertos, esta remake de injurias
conserva, no obstante, una misma modalidad de ataque. Sócrates: “payaso griego”,
“mulato obeso”. Bartolomé de las Casas: “demagogo de los Derechos del Indio,
olvida los Derechos del Hombre al perdón”. Voltaire: “la inteligencia ha sido en los
tiempos modernos la planta maldita de Francia”, “[Voltaire] se mofó de Dios
porque lo sabía grande”. Defoe: “cuando Dios dijo que no conviene que el hombre
esté solo fue para advertir a la humanidad que [el personaje de Defoe] Robinson
Crusoe era un payaso”. Andersen: “incapaz de volar, escribió el cuento “El patito
feo” que es la autobiografía del resentimiento nórdico”. Tolstoi: “era el Almafuerte
de Rusia”. Y –para resumir la masa de invectivas– Kipling, quien para Anzoátegui
representaba varios elementos del mundo que denostaba, como el liberalismo y la
burguesía de Inglaterra, además del antropomorfismo parlante de los animales de
Kipling, en los que su censor creía ver la sombra atea de Darwin: “esa prerrogativa
de inglés rico (haber ido a África) no lo autorizaba a erigirse en el reformador de la
jerarquía natural establecida por Dios, en virtud de la cual el hombre es siempre el
hombre, caído o levantado, y el animal es su súbdito”.

La escritura de Anzoátegui no fue solamente el efecto artístico de una pasión


ideológica, ni lo que vulgarmente se conoce como estilo. Fue, también, una
caligrafía. Cada palabra era la unidad de medida de su artesanado, que no
aceptaba la enmienda (el error más pequeño significaba destruir la página); y hasta
sus sentencias, cuando fue juez (un juez famoso por lo incorruptible), eran
reconocidas por ese testimonio corporal –el de hacer la letra– y también por el
cambio de registro y la sorpresa, basadas en un principio mitad formal, mitad
moral, que resumía en una frase: “Sin poesía no hay justicia”.

Sin embargo, la pasión filtra siempre el pensamiento y la artesanía. Si hay un


estilo anzoateguiano quizá radique en su esfuerzo por traducir los términos de un
idioma en uso a otro en el que ese idioma no pueda ser reconocido y, aún así –o
por eso–, darle buenos momentos a una prosa que pasó a ser inesperadamente
vindicada por las publicaciones de Estado.

En 2005, la Biblioteca Nacional de la Argentina comenzó a publicar una


colección llamada Los raros que incluyó la reedición de Vidas de muertos
acompañada de un prólogo de Christian Ferrer, titulado “El cruzado”, que es,
posiblemente, el primer texto de conocimiento profundo sobre la obra de
Anzoátegui: “Fue el ‘niño terrible’ de la derecha argentina. Caústico y caprichoso,
batallador y sarcástico, tajante e ingenioso, intolerante e irreverente a la vez, se
diría que redactaba con estoque y al ritmo del sonsonete. Su idea de la crítica no
supone la disposición constructiva, muy por el contrario: ‘no respetar las ideas
ajenas sino cuando coinciden con las propias’ era uno de sus apotegmas, que no
desentona con esta ‘florecilla espiritual’ que le servía a modo de máxima: ‘hoy
mismo mandar a alguien al carajo’”.

Voy a la Biblioteca Nacional a entrevistarme con su director, Horacio


González. La rampa por la que me deslizo en ascenso hacia la enorme cápsula de
cemento que, iluminada en la noche, tiene algo de nave en posición de despegue o
aterrizaje en contacto con el entorno pampeano de ombúes y sombras boscosas,
presenta las baldosas flojas. El clac de las placas de mosaico despegadas rompe el
silencio, pero es un ruido que de inmediato se lleva el viento. La oficina de
González está llena de personas esperando y es él mismo quien sale de su
despacho y acompaña a sus visitantes hacia conversaciones breves pero, al parecer,
satisfactorias.

Me toca pasar. Se sienta o más bien se arroja en un sillón y su rostro queda


pegado a un retrato de Borges. Me dice que decidió publicar Vidas de muertos en la
colección Los raros “porque la de Anzoátegui no es una escritura encasillable, lo
que hace que la experiencia de lectura que propone suceda en un límite. Se trata de
motivos cristianos que no evitan el grotesco ni el collage. Es como la izquierda de
la literatura de derecha, lo que produce un extraño efecto: el de un fascismo que
ríe”.

Una vez publicada la edición de la Biblioteca Nacional, un conocido poeta


de origen judío se presentó en el despacho de Horacio González para cuestionarle
la aparición de una obra de Anzoátegui en un catálogo de gestión pública. Pero el
hecho ya estaba consumado y las explicaciones del caso fueron entonces, como
ahora, de estricto orden literario. Del vaivén de la charla sale expulsada de mi
memoria una frase de Anzoátegui –“en la Argentina habría que crear la Dirección
Nacional de Patadas en el Culo”– y González ríe y analiza brevemente su gusto:
“Es que Anzoátegui proponía un pacto interno muy fuerte en la lectura de sus
textos. Esa incorrección ideológica y también formal no se ha dado mucho después
de él. Bueno, tal vez Fogwill haya tenido algo que ver con ese modo de elegir la
posición inesperada para decir algo. Pero en los escritores argentinos de derecha
esa gracia ya no existe”.

El sexto hijo de Ignacio Anzoátegui, Martín –ex juez federal durante la


dictadura 1976/1983 y acreedor de cinco minutos de fama por allanar organismos
de derechos humanos en 1979– desarrolla en el aire que une nuestra conversación
telefónica, interferida por los ruidos urbanos, una reseña cuyos encabezados
comienzan con las palabras “no” y “nunca”, lo que recrea la vida de su padre en
una secuencia de restricciones y encasillamientos de los que muchas veces el
propio Ignacio Anzoátegui se fugó escribiendo. Se trata de una memoria negativa:
“Mi padre nunca usó mocasines ni zapatillas, nunca lo vi con una remera, nunca
tuvo pantalones cortos, nunca vio un partido de fútbol y nunca salió de vacaciones;
nunca usó reloj pulsera, y nunca tuvo auto, ni chequera ni casa propia porque
decía que un juez ‘no debe deber’. Y nunca escuchó música. Era un hombre del
siglo XVI o XVII”. Intento insertar un bocadillo: “esos fueron siglos de silencio”, a
lo que Martín Anzoátegui agrega, con el mismo impulso que lo venía empujando:
“de silencio y de pensamiento”.

Quizás no se da cuenta pero está haciendo quedar a su padre como el


estúpido que nunca fue. ¿Cuál es la gracia de esos “no” y esos “nunca”? Además,
los hechos no suenan ni por asomo como los más importantes en la vida de quien
los experimentó. Aspiro a que me revele, de su padre, una gota de modernidad,
una ráfaga de duda, una tentación de pensar todo de nuevo. ¿Qué ocurrió, por
decir algo de lo que obligadamente debió haberse enterado, cuando aparecieron
Los Beatles? No miento si digo que la voz de Martín Anzoátegui se mete en el
interior de mi pregunta: “¡Ah, no! ¡Por favor! ¡¿Que iba a decir?! ¡Que eran unos
morfinómanos!”.

Entonces, sin necesidad de que le pregunte, usa en su favor una pausa de la


charla y decide hablar del tema: “Me dijo Masi que te contó que papá tenía en su
estudio un retrato de Mussolini y otro de Franco. Te cuento: el de Franco estaba
dedicado porque se conocieron en España. Y el de Mussolini no era sólo de
Mussolini sino de Mussolini junto a Hitler. Por el hecho de escandalizar, el viejo
decía que era nazi ‘con dos zetas’. Pero una cosa fue para él el Hitler de los años ’30
y otra el Hitler exterminador, que papá condenó apenas supo lo que estaba
pasando”.

Hitler habrá sido revisado, pero Franco no. En 1946, Anzoátegui viajó a
España invitado por dirigentes falangistas y fue recibido en la Academia Nacional
de Mandos e Instructores con el discurso de un tal José Antonio Elola Olaso,
Delegado del Frente de Juventudes que, hemos de suponer, no incluía a las
juventudes disidentes. En el tono altisonante y falsamente épico de la era
franquista, Elola Olaso leyó a su homenajeado: “Ignacio Anzoátegui, camaradas,
nos ha dicho que viene de regreso a España después de una ausencia de 400 años”;
y luego, refiriéndose al estilo del invitado, comprimió todos los elementos que en
Anzoátegui encarnaban el honor y el prestigio en una sola frase: “Tu voz fuerte de
soldado y de poeta”.

En compensación a esas deferencias hiperbólicas, Anzoátegui dio una serie


de conferencias reunidas más tarde en Escritos y discursos a la Falange (Ediciones
Nueva Hispanidad, 2005) entre las que se destaca una introducción demasiado
obsecuente para un hombre de carácter: “Excelentísimos señores, jerarquías y
camaradas de la Falange, señoras y señores: la Revolución Francesa ha muerto.

Ya antes de morir olía a podrido. Por eso algunos creen que todavía vive:
porque todavía huele”. La intervención, espectacular si se piensa que fue hecha
luego de la Conferencia de Yalta de 1945 en la que lo que se decretó fue la muerte
del nazifascismo estatal, tiene en la defensa de Franco y sus acólitos –únicos
sobrevivientes ideológicos del bando de los derrotados– varios componentes de
marginalidad y autismo pero, sobre todo, un cierta blandura que aparece en los
momentos en que Anzoátegui debía afrontar la experiencia mundana del
intercambio personal.

En una de las 1600 páginas de Borges (Destino, 2006), de Adolfo Bioy


Casares, hay una entrada del 19 de mayo de 1967 en la que ambos amigos se
muestran sorprendidos de la división entre la obra violenta de Anzoátegui y su
carácter amable y desarrollan a dúo los principios de cierta psicología literaria.
Borges, referido por Bioy, dice que “Carlyle, León Bloy, Mencken y algún otro
energúmeno literario crearon un personaje, que era ellos mismos, y lo hicieron
escribir en ese carácter. Ignacio Anzoátegui es una versión ínfima y debilísima de
ese personaje, pero con esta particularidad: que personalmente es muy cortés”. A
lo que el propio Bioy Casares agrega: “Esa cortesía echa una extraña luz sobre su
conducta en la vida y en los libros. En esa dualidad, cada una de las dos maneras
de ser queda en tela de juicio. ¿Por qué es cortés en el trato directo? ¿Porque
considera que un matón infringe la cortesía y buena educación? Entonces ¿por qué
no es cortés y educado por escrito? ¿O admira la descortesía y los malos modales,
pero no se atreve a emplearlos cara a cara con la gente? ¿Confía en que la cortesía y
la buena educación estarán bastante afianzadas en sus lectores para que no lo
apaleen? Tal vez con fundamento y modestia confía en que no han de leerlo”.

Masi Zapiola refuerza esa idea con el recuerdo de una anécdota de la vida
cotidiana. Anzoátegui, un fetichista del vestuario formal y los zapatos con
cordones, pasó por una conocida casa de ropa de la avenida Santa Fe, entró,
permaneció dos minutos y salió con cuatro camisas. ¿Por qué? Porque no pudo
decirle a la vendedora que no quería o no necesitaba llevarlas.

Mi recuerdo de la charla con Masi se corta. Ahora fantaseo con la imagen de


Ignacio Anzoátegui atareado en arrear hijos a las iglesias, auditar sus evoluciones
confesionales y llevar la cuenta de los rezos como quien sigue el tic-tac de un reloj
moral. Pero tengo encima a Martín Anzoátegui, quien vuelve a la carga con sus
“nunca” y acomoda mis especulaciones con golpes de recuerdo: “El viejo nunca
nos impuso creer en nada, nunca nos obligó a ir a misa y nunca lo escuché discutir
con nosotros sobre religión. De los once, algunos salieron religiosos y otros no, y
eso nunca afectó nuestra relaciones”. Entonces, ¿por qué Ignacio Anzoátegui es un
autor de la bibliografía fascista argentina?, ¿por qué su libro Escritos y discursos a la
Falange forma parte de la colección de la editorial Santiago Apóstol, junto a Breve
retrato sobre el anticristo, de Vladimir Soloviev, y La perversión democrática, de
Antonio Caponetto, director de una conocida revista de intrigas y catarsis
naziparanoides llamada Cabildo? ¿Por qué? Martín Anzoátegui no duda en poner a
salvo a su padre: “Esos son unos fanáticos, y papá no era un fanático. En su obra
no vas a encontrar un sólo párrafo que recomiende la violencia”.

Me dicen que la editorial y librería Santiago Apóstol funciona en la calle


Riobamba, en el centro de Buenos Aires. Sus propietarios o gerentes son los
hermanos Jorge y Marcelo Gristelli, miembros de una Agrupación Custodia y
conocidos al modo de Eróstrato (pionero de la destrucción como garantía de la
fama personal) por romper marchas gays y dañar en 2004 la retrospectiva del
artista plástico León Ferrari en el Centro Cultural Recoleta, integrada por obras
que ya habían sido exhibidas en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y en el
Reina Sofía de Madrid. El grupo encabezado por los Gristelli irrumpió en la sala –
de administración pública y laica–, ejerciendo la violencia contra las esculturas de
Ferrari y una curiosa crítica de arte oral cuya palabra fetiche fue la palabra
“blasfemia”. Tomo aire y voy a la librería Santiago Apóstol: cerrada. Nadie sabe
qué pasó. Quizás la literatura nazi ya no sea negocio en América Latina. Sigo
algunas líneas de investigación (está bien: googleo) y compruebo que se han
mudado ¡a Bella Vista!, el barrio del Gran Buenos Aires en el que viven Masi
Zapiola y Jorge Ferro. La librería está a metros de la estación de trenes, por donde
recuerdo haber pasado sin advertir el frontispicio de la guarida ultranacionalista.
Así es el mundo en el que vivimos: invisible.

*
Llamo a la casa de Josefina Anzoátegui, madre de Facundo Landívar y,
según se cuenta en la familia, hija preferida de Ignacio Anzoátegui. Atiende y
conversamos amablemente. Está al tanto de mi entrevista con su hijo y acepta que
nos veamos mañana a las dos de la tarde en su casa de Vicente López y avenida
Pueyrredón. Llegó la hora señalada. Voy caminando por la avenida Alvear. Paso
por la puerta de la secretaría de cultura de la nación y recuerdo un episodio que
me contó María de los Angeles Marechal –hija del escritor Leopoldo Marechal– y
no me explico por qué todavía no me senté a evocarlo. Es un drama al que hay que
acostumbrarse: por cada palabra que se escribe, se pierden millones. Estamos en
1974. El presidente Juan Domingo Perón decidió nombrar en el cargo de ministro
de educación y cultura a Ignacio Anzoátegui. La noticia lo alegra y llama a María
de los Angeles para ofrecerle ser su secretaria privada. Pero detrás del rumor
comienza a moverse la izquierda peronista, que impugna la elección de
Anzoátegui y promueve la de Jorge Alberto Taiana, quien asume en su lugar. A la
decepción no la acompañó el resentimiento sino la resignación. Volvió a llamar a
su secretaria prometida y le resumió el asunto con una frase aplicable a miles de
circunstancias diferentes: “Son cosas de la vida”.

Era una experiencia más de idas y vueltas entre él y el peronismo. Ignacio


Anzoátegui acompañó al peronismo fundacional, del que se alejó el 16 de junio de
1955 –un recordado bloomsday de la historia argentina– cuando Perón mandó a
quemar las iglesias de Buenos Aires, o no impidió que otros lo hicieran. Ese día,
cruzó la línea y salió a la calle a defender de los incendiarios la parroquia San
Agustín de la avenida Las Heras, su lugar casi diario de penitencia y contrición.

Toco el portero eléctrico en el botón que corresponde, el departamento C de


la planta baja. Espero, en vano, que la voz de Josefina salga por las perforaciones
de la placa de bronce. Llevo el dedo al botón otra vez, y otras dos veces, y veinte
veces más. La llamo desde mi teléfono. Hay una regla no escrita que hace que el
rechazado se vuelva insistente, y yo no soy la excepción. Pero todo tiene un límite
(ese límite es el agotamiento) y se me ha pasado la hora del almuerzo. Un haz de
memoria o de intuición ilumina mi escaso talento cartográfico y descubro que la
casa de Josefina Anzoátegui es un punto equidistante entre la casa de la calle
Laprida y el cementerio de la Recoleta donde está enterrado su padre. No se
debería interpretar esa posición. Me intriga más saber por qué no me recibió.
Excepto con Facundo Landívar, acaso la única muestra liberal de la familia
Anzoátegui, llegar a la intimidad de mi personaje ha sido como picar piedras. En
un primer momento, el momento del contacto, los familiares se mostraron amables
y abrieron las puertas de sus casas, descolgaron los teléfonos y exudaron –o
sobreactuaron– simpatía. Pero luego lo abierto se cerró de golpe y las relaciones
comenzaron a perderse en el silencio, o en rectificaciones extrañas, como las de
Masi Zapiola, quien de un día para el otro se olvidó de darme el teléfono de su
hijo, me pidió que no reprodujera ciertas cosas sobre Ignacio Anzoátegui –promesa
con la que estoy cumpliendo– y no me contestó más los correos.

La adicción al cigarrillo llevó a Ignacio Anzoátegui a un callejón sanitario


sin salida, en el que –por supuesto– siguió fumando. Lo internaron a principios de
1978. Masi Zapiola lo iba a visitar y, en confianza, escuchaba a su suegro pensar en
voz alta: “Yo no sé qué carajo hacer”. El aparato circulatorio de Anzoátegui
comenzó a flaquear y entró en crisis. Le cortaron una pierna. Los médicos no
tenían otro plan que seguir la ruta de la mutilación y recomendaron cortarle un
brazo. Pero la familia se negó y Anzoátegui murió de 2 de abril de 1978 en la sala
de terapia intensiva del Sanatorio Anchorena.

Aquí debería terminar la historia, pero algún tipo de influencia


anzoateguiana se extendió en el tiempo, al menos hasta el 2 de abril de 1998, el día
en que su viuda, Josefina Padilla, murió de un infarto en la misma sala de mismo
sanatorio en el que había despedido a Ignacio.

Las fechas, separadas por veinte años exactos y unidas por el mismo
escenario, tuvieron todos los ingredientes de la magia negra o los hechos
paranormales. El desenlace sorprendió a la familia que, aún así, lo juzgó natural.
Por supuesto, no fue un artificio, pero mucho menos un hecho ordinario. Josefina
Padilla se internó –escribo lo que me contó Martín Anzoátegui– por un problema
insignificante y murió sin conciencia de los peligros propios, rezando por los otros,
los desahuciados de la terapia intensiva.

Que su muerte haya caído en un aniversario redondo de la de su marido le


da al episodio un halo de asunto histórico y un perfil de memorial, además de unir
al matrimonio en un más allá sobre el que Anzoátegui no se detuvo demasiado a
escribir. Apenas si imaginó un viaje fúnebre por la avenida Quintana –vía regia de
acceso al cementerio de la Recoleta– en un párrafo de Buenos Aires: “Que se abre
como un pasillo de la Eternidad: la alameda por donde galopará la diligencia que
nos lleve a la muerte, con su cruz en lo alto y sus caballos solemnes y
cabeceadores”. La cruz, la diligencia, los caballos dotados del valor antropomórfico
de la solemnidad, componen una escena medieval surgida de la literatura clásica y,
también, de una imagen de antigüedad y nobleza que Anzoátegui siempre quiso
dar de sí mismo.
 

RAFAEL GUMUCIO

CALVERT CASEY DESAPARECE

ESTA ES LA HISTORIA de un hombre que quiso morir en La Habana y no


pudo. De un hombre que eligió una muerte caribeña y antimperialista pero que
tuvo la más europea e imperial de las muertes. Esta es la historia de Calvert Casey,
que amaneció muerto el 18 de mayo de 1969, en su departamento de la Via Gesus
María, en Roma.

“Calvert era el escritor ideal para una época ideal –mientras duraron ambas”
resume Guillermo Cabrera Infante en el retrato que le dedicó en su libro Vidas para
leerlas (Alfaguara, Madrid, 1992). Intentó Casey ser el puente entre las distintas
identidades que lo componían. Murió cuando sus contradicciones dejaron de ser
admisibles. Fue el fin de una época, El fin de la edad de plata como tituló, en 1973, el
poeta español José Ángel Valente el libro de poemas en prosa que le inspiró su
muerte; la señal de que había empezado otra era sin merced ni perdón, un
universo en el que la delicadeza de un tartamudo, de un escritor que escribía en la
frontera del silencio, ya no sería admitida.

Calvert Casey, homosexual y comunista, coleccionista de pornografía y


escritor, devoto de la santería (el vudú cubano) y de San Juan de la Cruz. De padre
americano y madre nacida en Cuba, nacido él en Baltimore (la ciudad de Edgar
Allan Poe, otro escritor que se sentía más cómodo entre los muertos que entre los
vivos) en 1924. Calvert Casey, resultado de un parto difícil que lo mantuvo por
años entre la vida y la muerte, huérfano de padre desde 1926 (o desde 1927: todo
en su vida es impreciso, inasible). “Habrá que ver si su papá se suicidó también
porque quitarse la vida produce un singular hipnotismo” –se pregunta en una
entrevista publicada en La Gaceta de Cuba su amigo Antón Arrufat, cubano, autor
de la obra de teatro Los siete contra Tebas, y de la novela La noche del Aguafiestas, a
quien Calvert Casey le dedicó su libro de cuentos El regreso.

El destino de Calvert Casey, vacilante como su habla, raro como su


presencia delgada. Llevado de regreso a La Habana por su madre a finales de los
años veinte. Tímido, afeminado, tartamudo, culto y solitario en las calles de la
ciudad vieja donde los demás niños jugaban a gritos, silboteando el trasero de las
mujeres y apostando a quién la “voltearía” primero. Calvert Casey, buscando toda
la vida una posible madre que lo salvara del exilio y la incerteza. La filosofa
española María Zambrano, la insaciable animadora de salones literarios Olga
Andreu Habaneros, o la escritora madrileña Felicidad Blanc sintieron al conocerlo
la necesidad de cuidarlo, de protegerlo del aura de indefensión que lo
acompañaba, de su nostalgia permanente, del dolor que le producía su torturada
vida sexual, despreciado por un amante italiano, despreciado por otro argentino.
Calvert Casey y su obra, arrancada, como las piedras de una mina, al silencio y a
los papeles quemados. Cincuenta y cinco años a la hora de su muerte, dos libros de
relatos, El regreso (Seix Barral, 1966), Notas de un simulador (Seix Barral, 1969), uno
de ensayo, Memorias de una isla (ediciones R, 1964), una novela de juventud –Los
paseantes– publicada en una edición que pagó de su bolsillo y de la que intentó
quemar todos los ejemplares, y otra, Gianni, Gianni, escrita a finales de los sesenta,
que arrojó al Tíber y de la que queda un solo capítulo –llamado “Piazza
Morgana”– que se encontró entre sus papeles de difunto. Un capítulo que hará, por
su fama póstuma, más que el resto de su obra. “Uno de los grandes textos que un
cubano ha escrito sobre el amor” –dice Antón Arrufat en la entrevista con La
Gaceta. Traducido del inglés por Vicente Molina Foix y plato fuerte de todas las
tesis universitarias que se han escrito sobre el autor, es el máximo logro en ese arte
de llegar a ser nadie que fue la obsesión de Calvert Casey: la historia de un ser que
entra en la herida que su amante se hizo al afeitarse y se aloja en los rincones
mínimos de su cuerpo hasta fundirse con él.

Calvert Casey, que se pasó la vida buscando algún rito, alguna


comunicación con el más allá o el más acá, con la muerte o con el limbo donde
estuvo antes de venir al mundo, esa paz que su nacimiento rompió. Calvert Casey
–anónimo en los años cincuenta, feliz escritor en los sesenta– que probó, para
tender el puente a ese territorio primigenio, con todas las ilusiones que le ofrecía su
época: la literatura, la sicoterapia, la revolución, la santería, el hinduismo y la
mística quietista católica, esa extraña forma de adoración a Dios que pedía no
hacer ni decir nada, sólo llenarse de la divinidad. Todos los intentos de Calvert
Casey fueron siempre el mismo intento de volver al silencio húmedo y feliz de los
que no han sido engendrados, ese remanso del que habla en tantos de sus cuentos:
las ceremonias de conversación con los muertos en “In Partenza” y “Las visitas”,
los muros muertos que describe en “La tía Leocadia, el amor, y el paleolítico
anterior”, los golfos de agua, petróleo y restos genitales en sus poemas en prosa
sobre “En San Isidro”, o esa forma extraña de eternidad que es convertirse en parte
del amante, alojarse en su cuerpo, visitar sus venas, esperar en sus glándulas
linfáticas, que explora en “Piazza Morgana”.

“Después de su muerte –escribe Cabrera Infante en Vidas para leerlas– hablé


con mucha gente que invariablemente decía ser la última en ver a Calvert Casey
vivo y llegué a la conclusión de que Calvert había visto en sus últimas horas más
gente que en toda su vida”.

La observación, que intenta ser irónica, tiene algo de cierta. Los últimos
meses ese solitario tartamudo vivió rodeado de amigos y conocidos, nuevos y
antiguos, a los que fue a visitar a distintos rincones de Europa. Barcelona, Madrid,
Ginebra y Roma. Guillermo Cabrera Infante, su jefe en los “Lunes de la
Revolución” (el suplemento literario del periódico cubano Revolución, que se
publicó entre 1959 y 1961); José Ángel Valente, su compañero de trabajo en
Ginebra; Juan Luis Panero y María Zambrano que le presentaron a Valente; Italo
Calvino, de quien fue guía privilegiado en la Cuba revolucionaria; Aquilino
Duque, que trabajó con él en la fao (Food and Agriculture Organization); Vicente
Molina Foix, de quien se hizo amigo en su último viaje a España. Calvert Casey,
como lo recuerdan sus amigos en ese último viaje de 1968, iba lleno de chucherías
hindúes, teorías sobre la trasmigración de las almas, chismes sobre escritores y
funcionarios cubanos. Tan vivo estaba el último Calvert Casey, viajando para
preparar la publicación de su novela corta Notas de un simulador en la editorial
barcelonesa Seix Barral, por entonces la más prestigiosa en lengua española,
hambrienta por publicar la nueva literatura de la revolución cubana (con nombres
como Cabrera Infante, Lisandro Otero, Antón Arrufat, Lezama Lima y Virgilio
Piñera, todos confundidos en la misma curiosidad político-literaria), tan vivo
estaba, decía, como para hablar pestes de Gianni, su amante italiano, tan joven, tan
cruel, que había negado su visible amor para casarse con alguna heredera o para
explotar a otro tan necesitado como él de algún abrazo. Tan vivo como para
prestarle a Cabrera Infante el dinero suficiente para salvarlo de la policía inglesa
que le exigía un pago sustancioso a cambio de los papeles necesarios para
regularizar su situación de inmigrante. Tan vivo que se enamoró platónicamente
de Felicidad Blanc, la madre de los hermanos Panero, poetas y dandies esquizoides
de Madrid. Tan vivo como para discutir con el poeta José Ángel Valente acerca de
cómo reeditar la obra de Miguel de Molinos, el gran teórico del quietismo español.

Saldar cuentas, preparar ediciones, visitar conocidos. ¿Sabía que era el


último viaje? Cualquier viaje podía ser el último, sugiere Antón Arrufat. En La
Habana, en los dorados años sesenta, cuando todo parecía andar bien, Casey ya
había tratado de matarse varias veces, cuenta. Lo había intentado también antes, en
Nueva York.

Cabrera Infante, con esa lucidez paranoide tan suya, lee en la muerte de
Casey una trama perversa. La burocracia norteamericana y la censura cubana
conjurando contra un Calvert Casey que se había vuelto incómodo para todo el
mundo. Estados Unidos, que tramitaba tan lentamente como podía su petición de
pasaporte –él había renunciado vistosamente a tenerlo, a comienzos de los sesenta
y como forma de solidarizarse con la revolución cubana–, y Cuba, que le negaba el
reconocimiento oficial necesario para renovar su puesto de traductor y editor de La
Gaceta de la FAO.

Cuba donde, a la hora de su suicidio, yacía muerta desde hacía un mes su


madre. ¿Fue su muerte una forma de volver a ella? Su muerte acontecida en el
departamento de la Vía Gesù y Maria, número 5, pasillo interno 4, donde, según el
informe policial, “Giaveca a letto in una posizione che sembrava naturale ed aveva
a fianco un falcone vuoto di barbiturici”: Yacía en el lecho en una posición que hacía
natural pensar que se había tomado un frasco entero de barbitúrico. Acompañan el
informe fotos de la colección de estatuas, postales, pinturas sodomitas. La
pornografía, una antigua afición a la que Calvert Casey había tenido que renunciar
mientras vivía en Cuba, a la que había vuelto en Europa y uno de los temas de su
escritura en los últimos tiempos: las formas de penetrar más profundamente, más
completamente al otro. El sexo como uno de esos intentos de ir más allá, que
terminó en un pequeño escándalo en las páginas amarillas de los diarios romanos.
Un extraño extranjero, cubano y americano, que coleccionaba pornografía
homosexual a la vista y paciencia de todo el mundo.

Las pocas fotos que quedan de Calvert Casey subrayan su condición de


fantasma. En la más oficial de todas (la que publica Ecured, la versión cubana de
wikipedia) parece un hombre aterrado saliendo del fondo de un túnel. ¿Qué edad
tiene? Es imposible adivinarlo. ¿Un joven prematuramente viejo, un viejo
indecentemente joven? Felicidad Blanc quedó impactada por su aspecto de
adolescente eterno, pero al mirar la foto se entiende por qué Casey se empeñó en
traducir Las montañas de la locura de H. P. Lovecraft: una mano trata de esconder la
boca espantada, las cejas se alarman y él, delgado y calvo, parece buscar una salida
que no encuentra.

No se parece en nada a sí mismo en otra foto, más posada, que lo muestra en


un patio interior de La Habana, el patio de su propia casa en la calle de la Luz “en
el primer piso de una bella casona de dos pisos de La Habana Vieja –cuenta el
escritor mexicano José de la Colina que lo frecuentó a mediados de 1963–, profusa
en las allí llamadas mamparas, con un pequeño patio y un corredor con macetones
y no sé cuántos arcos ‘de medio punto’ que remataban con sus multicoloridos
abanicos de cristales las puertas interiores y las ventanas hacia la calle”. Calvo,
afeitado, serio, con expresión desconfiada, la foto lo muestra intentando un rostro
convincente para la solapa de sus libros en Seix Barral.

Una tercera foto es la que mejor explica la tímida evanescencia del personaje.
Calvert Casey en una calle cualquiera de La Habana. Los lentes que intentó no usar
en las dos fotos anteriores, el gesto de resignación delicada que también está
ausente de las otras pero que vuelve en los relatos de sus amigos y conocidos. El
delicado Calvert Casey que sabía escuchar, ayudar, prestar dinero, mover
contactos inverosímiles en la burocracia de Cuba para liberar a amigos de la cárcel
o conseguir un kilo de carne molida. En la foto la luz ahoga el objetivo, su cara está
a punto de borronearse, su silueta es apenas visible. Como también está siempre a
punto de desaparecer en los testimonios de los que lo conocieron.

“Conocí a Calvert Casey demasiado tarde –escribe Cabrera Infante en Vidas


para contarlas–, esto es demasiado tarde para mí. Todos los que conocieron a
Calvert creían que lo habían conocido demasiado tarde”.

¿Su infancia, su adolescencia? Apenas se sabe lo que cuenta en varios de sus


relatos. El tío que intenta iniciarlo sexualmente en algunos prostíbulos vecinos, y
que aparece en “El paseo”, el relato incluido en El regreso.

“Terminada la comida, Ciro se sentó en la banqueta que ocupaba


habitualmente a un extremo del balcón. La calle estaba desierta. Sólo la brisa
murmuraba en las esquinas. Miró el cielo de verano y el inmenso mundo que lo
rodeaba, y luego de nuevo la calle, donde los ruidos que se oían era ya muy
escasos”.

Los amores frustrados de la tía Leocadia, en el cuento que lleva su nombre.

“Vivimos rodeados de muertos, sobre los muertos, que en número inmenso


nos esperan tranquilos en los cementerios del mundo, en el fondo del mar, en las
capas innúmeras de la tierra que nunca volverán a ver el sol, y que posiblemente,
sin que nos percatemos de ello, hay cenizas suyas en el cemento con que
levantamos nuestras casas o en la taza que llevamos a la boca cada mañana;
cenizas de ojos y de rostros y de manos, que permanecen junto a nosotros todo el
tiempo que duran nuestras vidas y que nos rodean y están junto a nosotros y
encima de nosotros”.

Las visitas llenas de flores en el Potosí, el famoso cementerio cubano que era
también para las tías una especie de fiesta.

“Y ese año encontré otra lápida porque en vez de ir a la bóveda por donde
siempre voy, como la capilla está abierta y ese día dicen misa y yo fui, cuando
terminó salí por la derecha y encontré otra lápida que me gustó muchísimo porque
el epitafio es de lo más raro y se lo hizo a un hijo sordomudo un padre sordomudo
también y lo leí muchas veces y lo copié en la jaba”.

El joven Casey, que se sabe distinto, presiente que nada bueno le espera en
la Cuba católica y prostibularia de los años cuarenta. Recién cumplida la mayoría
de edad, se va a Montreal a aprender francés. Allí se especializa en traducir
documentos para organismos internacionales. Viaja a Ginebra, a Roma, a Nueva
York, donde trabaja para la recién creada onu. Es una etapa larga de la que queda,
apenas, su propio testimonio en “El regreso”, su cuento más famoso, de 1957, que
da título a la recopilación del mismo nombre, y que resulta un autorretrato apenas
velado de la vida que llevaba en Nueva York a mediados de los años cincuenta: el
amor contrariado por un argentino, que en el cuento llama Alejandro; la amistad a
medias romántica con una señora chilena; sus lecturas de D.H Lawrence, Kafka, y
Henry Miller.

“Era como si entre él y cada uno de los episodios de su vida – describe, en


“El regreso” –, entre él y las gentes que conocía y que parecían tenerle cierto apego,
se interpusiera un vacío del que hubieran extraído el aire, y los contemplara del
lado de allá, lejanos, como objetos tumefactos a los pocos segundos de nacer,
incapaz de cruzar la terrible barrera y tocarlos.
Y después de cada episodio –no admitían otro nombre– viajar, amar, odiar,
trabajar, hablar, se quedaba inerte, un poco indestructible, como inviolado y
entero, no consumado, no usado, dispuesto de nuevo a henchirse de posibilidades,
como una virgen terca cuya virginidad se restaurara milagrosamente al final de
cada noche de amor; el cráneo brilloso bajo los cabellos ya muy escasos, las sienes
un poco grises, pero el rostro joven, extrañamente adolescente bajo el ralo mechón
sin vida”.

No hubo en él, hasta que decidió regresar a Cuba y escribir en revistas


literarias de la isla, ni una señal de querer vivir como escritor. Traducía
documentos que nadie leía, y hay una ausencia de publicaciones y de noticias
pasmosa hasta que, a mediados de los años cincuenta, gana el concurso de la
revista New México Quarterly con su cuento “The Walk”, (su primer relato
publicado, escrito en inglés, que en castellano se llamaría “El paseo”) que narra la
visita semifrustrada de un joven a los prostíbulos para iniciarse sexualmente, en un
lenguaje sucinto y sutil, parecido al de Salinger y Capote. Esa publicación abría
ante él una promisoria carrera de escritor de cuentos para revistas como Harper´s
Bazaar o el New Yorker, que vivían su época de gloria, una carrera que podría haber
llegado a ser rentable –el cuentista norteamericano de tema cubano– si,
bruscamente, no hubiese decidido volver a Cuba y convertirse en un escritor en
español.

Casey llegó a Cuba en 1957, sin aviso y después de diez años de ausencia,
cuando faltaban dos años para que se produjera la revolución en el año nuevo de
1959.

El escritor y director teatral cubano Humberto Arenal, director de las obras


de Virgilio Piñera, habla de él en Encuentros (Editorial Unión La Habana, 2003), y
no hace más que subrayar su vocación de fantasma: “Su nombre y apellidos –
recuerda Arenal refiriéndose a la vida de Casey como trabajador de la Cuban
Telephone Company– resultaban muy extraños para aquellos adolescentes,
jóvenes más bien, que trabajábamos como mensajeros en la Cuban Telephone
Company. Llamarse Calvert Casey era una cosa desusada, casi un reto. Y todavía
más que esa persona tuviera un aire intelectual y ausente. Supongo que yo estaba
tan prejuiciado en su contra como los demás. Para la mayoría era un tipo raro,
sorprendente. Y eso ha sido siempre así en Cuba –y quizás en el mundo– difícil de
aceptar. Calvert soportaba nuestros comentarios con indulgencia y nunca lo vi
contestar de mala forma las preguntas tontas y los comentarios solapados que casi
siempre le dirigíamos”.

Ese adolescente tímido y tartamudo que describe Arenal de pronto publica a


sus propias expensas una novela, Los paseantes, con el seudónimo de José de
América: “Creo que el escritor Antón Arrufat conserva un ejemplar de este libro
que habrá que tener en cuenta cuando se estudie el total de su obra. Yo no
recuerdo casi nada de este libro que compré o él me regaló en algún momento.
Pero recuerdo con bastante nitidez la sorpresa y los comentarios que provocó. Iban
desde burlas descarnadas, a la justa sorpresa de que uno de nosotros fuera capaz
no sólo de escribir un libro sino de publicarlo. De todos modos creo que Calvert
ganó algunos puntos en nuestra estimación”.

“Es un libro espantoso –dice Antón Arrufat– Los paseantes se considera


porque permite comprender cómo un escritor que ha creado un libro malo,
después de varios años puede escribir cuentos superiores”.

Pienso en Calvert Casey en una terraza cualquiera de La Habana, pienso en


la brisa que lo toca, en la tibieza que lo abraza, en el ruido que lo acoge. Lo veo
justo antes de la revolución que revolucionará su vida, treinta y tres años,
trabajando de dependiente de una quincallería, escribiendo en su tiempo libre un
relato sobre un americano que regresa a la Cuba de su infancia para encontrarse
con la muerte: “El regreso”, el cuento, el libro, su destino.

“Contemplaba a esta gente vivir –cuenta en ‘El regreso’–, deformándolas con


generalidades risueñas. Parecían felices, infinitamente más felices que las de la
hosca ciudad donde él vivía. Tenían el rostro plácido, el aire tranquilo, las carnes
abundantes y serenas. Lo banal, lo diario, no avergonzaba aquí, como en aquel otro
mundo donde vivía. Esta gente sabía estar. Se repitió la frase varias veces: sabían
estar, saber estar, regocijado del descubrimiento feliz. En aquel frío Norte, él había
perdido el viejo arte de saber estar (la frase allí era incluso intraducible) y tendría
que aprenderlo de nuevo, pacientemente, amorosamente”.

Ese cielo de una claridad que no puede ser verdad, en el que la miseria y el
olvido dan lo mismo. Ese algo contra natura que vuelve locos a los gringos que se
quedan demasiado tiempo en las islas fatales del Caribe. La trampa del trópico que
acaba por cerrarse sobre su víctima. Ese callejón sin salida, ese mundo
indescifrable al que Calvert Casey regresó por culpa de una tarde en Roma a
mediados de los años cincuenta.

“Esa vez –escribe José de la Colina en la revista Letras Libres en el año 2002–,
andando por la populosa Vía Barberini, dejando a sus espaldas el marmóreo
conjunto de delfines y dios Tritón, se le trastocaron tiempo y espacio: se vio en La
Habana, en un parque del Vedado donde el anfibio dios romano se volvía estatua
de un Neptuno cubano, y se creyó bajando por los soportales de la Calzada de la
Reina, entre bullicios de gente habanera, blanca, negra, mulata, mientras las
balconatas que se deslizaban por encima de su cabeza se transformaban en los
balcones desde los cuales, antaño, veía amanecer en el trópico”.

Y luego, tan luego, la premonición de muerte. La sensación de trampa, el


placer terrible de tener que volver.

“La visión, decía, –sigue contando José de La Colina– le causó el miedo de


los elefantes que, moribundos, se encuentran lejos de su lugar natal. Él era cubano,
pues aunque había nacido en Baltimore, de padre norteamericano y madre cubana,
su infancia había arraigado en Cuba; y temiendo que podría haber perdido su
tierra de elección, el paraíso que todos tememos, el infierno que todos amamos,
quiso volver a la isla”.

El círculo completo: Calvert Casey que abandona Nueva York, donde los
cementerios se esconden lejos de la ciudad en colinas de pasto perfectamente
recortadas, para volver a La Habana, donde la muerte es una fiesta llena de
cúpulas, ángeles, regresos, bailes, chismes y peleas entre espíritus. Lo que ató a
Calvert Casey a Cuba fue justamente esa relación especial con la muerte. Esos
mitos entrecruzados, donde los santos católicos enmascaran los dioses yoruba, los
espíritus que vio en la santería que le haría descubrir, ya en Cuba, Emilio Castillo,
su amante mulato, oficiante del rito. Un descubrimiento múltiple: la revolución, el
amor, la santería, todo confundido en una mezcla contradictoria de la que no
podrá separar elementos, comprender fronteras. El intelectual neoyorquino que
Calvert Casey seguía siendo enlazó esas ceremonias de cocineras y tías viejas, con
todo lo que había leído de D. H Lawrence, Henry Miller y el siquiatra alternativo
Wilhelm Reich, apóstoles de una liberación del cuerpo, de un retorno a lo pagano.

*
En Cuba fue un soldado perfecto del contingente del escritor Virgilio Piñera,
que lo presentaba como uno de sus descubrimientos más raros, y pudo usar en
beneficio propio todas sus extrañezas. Su conocimiento de varios idiomas (francés,
inglés, italiano), su estilo económico nacido de las lecciones de literatura que había
tomado con la gran cuentista norteamericana Katherine Anne Porter en los años
cuarenta, su sexualidad ambigua, todo esto estuvo al servicio de llenar –con
cualquier cosa: con ensayos que son cuentos, con artículos que son ensayos, con
declaraciones, con manifiestos– los “Lunes de la Revolución”, el suplemento
literario de Revolución, leído por escritores de todo el continente y donde él empezó
a trabajar.

“Calvert –dice Cabrera Infante–, encantado con esta atmósfera de maelstrom


y el barco que nunca se va a pique, tan diferente a las Naciones Unidas, donde el
deber de cada funcionario era hacer ver que movía la mayor cantidad de papeles
por minuto sin que nunca fuesen a ninguna parte: el paraíso del burócrata”.

En 1959, el año de la revolución, Casey tenía 39 años y era partidario, como


tantos jóvenes de su época, de un retorno a las fuentes del paganismo, pero
paradójicamente se hizo parte de una revolución socialista y atea por razones
estrictamente religiosas: vio en ella una forma de romper con la culpa cristiana. Él,
que soñaba con bajar vestido con falda de seda y musselina las escaleras de
mármol del centro asturiano de La Habana. Él, que mientras soñaba con eso
rechazaba todas las ventajas alimentarias a las que tenía derecho como funcionario
cultural –encargado de pasear a los escritores que visitaban la isla– para
alimentarse como cualquier cubano común y limpiar así su cuerpo de cualquier
vicio capitalista.

Estoico, vio cómo a mediados de 1962 se clausuraba los “Lunes de la


Revolución”, donde escribía, y se sometía a sus colaboradores a larguísimas
sesiones de autocrítica ante la presencia misma del comandante Fidel Castro. Vio a
su maestro, Virgilio Piñera, decirle temblorosamente a Fidel, ante un grupo de
artistas reunidos en la Biblioteca Nacional, que no sabía por qué pero que sentía
miedo, mucho miedo. Vio a Fidel responder a ese miedo con una frase de
inolvidable retórica: “Dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada”.
Aceptó ser trasladado con la mayor parte de sus amigos (Arrufat, Desnoe,
Armando Fernández) a la Casa de las Américas –la institución cultural dedicada a
premiar los esfuerzos creativos y revolucionarios de todo el continente– donde
empezó a trabajar en la publicación llamada, precisamente, Casa de las Américas.
Siguió traduciendo, escribiendo, mostrando las calles de La Habana a los visitantes
ilustres, y participando de los rituales de Emilio, a escondidas, porque los ritos de
la santería, como sucedería también con los intelectuales y los homosexuales,
habían caído bajo el celo vigilante de las autoridades.

“Cuando llegamos al Habana Libre –cuenta el mexicano José de la Colina– y


lo invité a tomar algo en uno de los bares interiores, echó una mirada desconfiada
hacia el hall y dijo que no podía acompañarme, que debía ir, ¡en domingo!, a su
trabajo en la Casa de las Américas, y se despidió, amable y apresurado. Más tarde,
cuando supe que ciertas personas señaladas como inmorales tenían prohibido
entrar en los grandes hoteles de Cuba a los que llegaban los visitantes extranjeros,
sospeché que Casey, aun si al parecer no estaba tan fichado como por ejemplo el
inteligente y temeroso y temerario Virgilio Piñera, habría preferido no arriesgarse”.

Otro escritor mexicano, Emmanuel Carballo, en un ambiente de intimidad,


parece haberle confesado sus miedos más urgentes: le habló de las granjas para
rehabilitar homosexuales, de las redadas de la policía en las que había caído
Virgilio Piñera. Carballo le había preguntado a una autoridad por las granjas y por
la persecución a los homosexuales, pero se le había negado todo. Las autoridades
de la Casa de las Américas hablaron a solas con Calvert Casey para conminarlo a
ser más discreto con las visitas recibidas. “Dentro de la revolución todo, fuera de la
revolución nada” –se le recordó. Sus variados contactos en distintos mundos le
confirmaron sus temores. Supo entonces, lo sabía quizás ya cuando escribió “El
regreso”, que al otro lado de esa luz sobre el malecón, de esa extraña libertad, de
esa amistad con los muertos, se escondía una forma de crueldad. El protagonista
de “El regreso” es torturado por error por la policía de Batista y lanzado luego
como un trapo viejo a los acantilados del malecón. “Pocos minutos antes de morir
–termina el cuento– perdió la lucidez terrible que le había alumbrado los últimos
meses de su vida con una luz intolerable. Antes de perder la razón, recordó
detalles aislados e insignificantes de su existencia: el monograma con orla de un
pañuelo, la forma de sus uñas, los exabruptos del porteño que más lo habían
vejado, las palmas finas y húmedas de las manos de Alejandro.

Luego echó a andar, dando gritos agudos con la boca muy abierta, cantando,
tratando de hablar, aullando, meciendo el cuerpo sobre las piernas separadas,
logrando un equilibrio prodigioso sobre el afilado arrecife.

(…)

Donde primero hundió las tenazas el cangrejerío fue en los ojos miopes.
Luego entre los labios delicados”.

Cuando echaron de la Casa de las Américas a Antón Arrufat, su jefe y


amigo, Casey empezó a pensar en irse. Una invitación de su traductor al polaco, y
una asociación de escritores de Hungría, le permitieron conseguir, a mediados de
1966, un permiso oficial para partir sin ruido y conservar su departamento, de tal
forma que ni su madre ni Emilio fueran molestados cuando él ya no estuviera allí.

“Cuantos conocimos a Calvert –escribe el poeta español José Ángel Valente


acerca del momento en que Calvert regresó a Ginebra en 1967– sabemos que éste
llegó de Cuba irrevocablemente suicidado. Después de su frustrado regreso al
medio originario, del que huyó aterrado por la implacable persecución que el
gobierno desencadenó contra los homosexuales, Calvert sabía –y así solía
repetirlo– que sólo le mantenía en vida la existencia de su madre en la Cuba del
retorno imposible. Apenas fallecida su madre, Calvert llevó al acto lo que en el
interior de sí ya estaba consumado: la muerte”.

En Europa, lejos de Cuba y de Emilio, pasando de una organización


internacional a otra, ejerciendo otra vez de traductor, Calvert Casey dejará
progresivamente de escribir cuentos. Intentará la poesía y la prosa poética para
luego abrigarse en la novela, otra vez en inglés. Emilio, el mulato tranquilo, será
reemplazado por Gianni, Giovanni Losito, el joven guapo que lo atormentará hasta
la muerte. La santería será reemplazada por nuevos intereses: la mística, hindú
primero, católica después. Alejado de cualquier guía espiritual, de cualquier
ilusión revolucionaria o redentora, seguirá por la pendiente más peligrosa: la
tendencia de todo rito místico que lleva al oficiante a despojarse de su identidad
para ser poseído por otro y experimentar el sueño, la pesadilla de vivir sin ser él
mismo. En Notas de un simulador, su intento de novela, se inspirará en El Libro
Tibetano de los Muertos para contar las aventuras de un hombre que se dedica a
coleccionar el último suspiro de sus vecinos. El protagonista sin nombre camina
por las calles, una Habana fantasmal donde las familias estacionan autos
abandonados en medio del salón y acumulan infinitas bolsas de basura. Una
pesadilla sin comienzo ni fin, en la que el protagonista parece no sufrir en lo más
mínimo. Pesadilla feliz que explora aún con más riesgo y sorpresa en lo que ha
quedado de Gianni Gianni, la novela que botó al río.
“Ya he entrado en tu corriente sanguínea. He rebasado la orina, el
excremento, con su sabor dulce y acre, y al fin me he perdido en los cálidos huecos
de tu cuerpo. He venido a quedarme. Nunca me marcharé. Desde este puesto de
observación, donde finalmente he logrado la dicha suprema, veo el mundo a través
de tus ojos, oigo por tus oídos los sonidos más aterradores y los más deliciosos,
saboreo todos los sabores con tu lengua, tanteo todas las formas con tus manos
¿Qué otra cosa podría desear un hombre?”.

¿Fue una pelea amorosa lo que llevó a Casey a ahogar su manuscrito? ¿Por
qué se salvó ese capítulo? ¿Qué brujería, qué encantamiento, qué peligro escondía
la novela? ¿Fue eliminada por temor a que sus frases se hicieran realidad? El terror
al conjuro, el miedo ante ese territorio enorme que sugiere el texto mismo: “He
conseguido lo que todo sistema político o social siempre ha soñado, en vano,
conseguir: soy libre, completamente libre dentro de ti, por siempre libre de todas
las cargas y temores. ¡Ningún permiso de salida, ningún permiso de entrada,
ningún pasaporte, ninguna frontera, visado, carta de identidad, nada de nada!”.

Calvert Casey pasa de poseído a espíritu que posee, pedazo de nadie, virus
alojado en la esquina misma del flujo sanguíneo. Logra la esencia misma de los
ritos chamánicos, ser otro. Morir porque son los muertos los que más saben, mejor
viven, más comprenden. Porque los vivos son sólo sus reos, sus víctimas, sus
sombras en la tierra.

¿Fue el suicidio una suerte de premio que reservó para el final? ¿Una orgía
solitaria de la que tendría el implacable placer de no regresar? ¿Quiso convertirse
en su propio experimento, recorrer ese tránsito descrito en sus libros como algo
placentero, dulce y suave, inofensivo, sin sombra de morbo o de dolor?

Cerró los ojos en 1969, en una habitación cercada por el ruido de las
motonetas romanas. El frasco de barbitúrico hizo lo que le quedaba por hacer, el
viejo sueño que rodeó toda su vida: ser nadie, nada. Intentar el camino inverso: no
desde el tartamudeo hacia las palabras, sino hacia el silencio donde nadie se
equivoca.
 

BORIS MUÑOZ

RAFAEL JOSÉ MUÑOZ , UN POETA EN EL ECLIPSE

EL VIERNES ANTERIOR la vida seguía su curso. Al irme al colegio, me


despedí con el ritual acostumbrado: “Bendición, papá”. “¡Dios me lo bendiga,
catire buenmozo, carajo!”. Se estrujó los ojos antes de hacer a un lado Un nuevo
modelo del Universo, un grueso tratado de metafísica del místico ruso P. D.
Ouspensky, y sacó un billete de su cartera: “Aquí tienes 50 bolívares. Trata de que
te alcancen hasta el lunes porque tu papá no ha podido ir al banco”. Después me
abrazó dándome muchos besos en la mejilla, como siempre. Estaba sentado frente
a la mesita del teléfono, en una silla mariposa con estampas de grandes flores, y
seguía en piyama con la bata verde y los lentes oscuros de toda la vida. Cuando lo
abracé dejó escapar un breve suspiro con un aroma a hígado alcohólico. Es un olor
inconfundible, una mezcla acre de medicamentos y bilis. Entonces mi madre me
llamó a la cocina. “Más tarde vienen a buscar a tu papá”. No quise comprender lo
que me decía, así que fui otra vez a la sala y, antes de salir, lo abracé, estreché mi
rostro contra su cara sin rasurar y pasé mi mano por su cabeza blanca. Aquella fue
la última vez que lo vi vivo. Mientras caminaba hacia la parada del autobús pasó a
mi lado la ambulancia de los bomberos que iba a buscarlo.

Murió tres días más tarde, en el Hospital Clínico Universitario, ahogado por
el agua acumulada en sus pulmones, luchando por liberarse de una camisa de
fuerza. Tenía 53 años. Fue el 9 de noviembre de 1981, en Caracas. La noticia
apareció desplegada en el vespertino El Mundo y, al día siguiente, en las primeras
planas de los principales periódicos venezolanos: “Ha fallecido Rafael José Muñoz,
poeta y dirigente político contra la dictadura”. Esa misma noche, por la capilla
funeraria, pasó un desfile de amigos que contaban anécdotas de la resistencia
clandestina, de la prisión y la guerrilla, para terminar lamentando la gran pérdida
de “el poeta”. Así lo llamaba todo el mundo y yo estaba acostumbrado, aunque en
aquel entonces no había leído una sola de sus páginas. Apenas tenía doce años y
no sabía nada de la muerte.

Me acerqué al ataúd y apoyé mi cara contra el cristal. Lo vi muy bien


vestido, con un traje gris, una camisa blanca, una corbata oscura y la piel rojiza y
fresca. Mi propósito era comunicarme telepáticamente, despertarlo con mis
pensamientos, sacarlo del sueño profundo en que se encontraba. Esperé a que su
respiración empañara el cristal, a que sus ojos se abrieran. Pero nada sucedió. El
patio de la funeraria se llenó de coronas enviadas por familiares, políticos y
artistas. Llegó el presidente de la cámara de diputados del Congreso Nacional y
más tarde, cuando exhausto de tanto llorar me fui a dormir a una habitación de la
funeraria, apareció el ex presidente Carlos Andrés Pérez, uno de sus grandes
amigos, y en vez de darle el pésame a mi mamá se lo dio a mi tía, creyéndola la
viuda. Cuando Carlos Andrés Pérez fue ministro del interior, poco menos de dos
décadas antes, había hecho perseguir implacablemente a mi tía por guerrillera y,
ya presidente, la había indultado por razones humanitarias. Al día siguiente
apareció, algo desaliñado, el maestro Santamaría, quien en la escuela primaria
había enseñado a mi padre las primeras rimas de Rubén Darío y rudimentos de
versificación. “En los últimos tiempos, el poeta leía la Biblia y comentábamos sus
pasajes por teléfono. Tenía gran conocimiento de ese relato, pero no creo que fuera
creyente”, declaró Santamaría al periódico El Nacional. “Ahora es un Armagedón
que navega en el mar”. Entre los amigos entrañables faltó al menos uno: José
Agustín Catalá, antiguo mentor y editor con quien compartió la cárcel en los
cincuenta, durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. “No quise ir al velorio
del poeta –me dijo Catalá en 2009–. Estaba molesto con él porque destruyó su vida.
Pero también conmigo por haberle conseguido el apartamento para que trabajara
fuera de la casa en su ‘Homenaje a Neruda’. Fueron varios meses y durante ese
tiempo, en realidad, usaba las horas de trabajo para beber sin parar hasta que
acabó con su existencia”.

Mi padre vivió bajo la sombra del alcohol casi toda su vida. Hizo lo que
pudo para dejarlo, pero terminó vencido. Cuando yo era niño muchos de nuestros
encuentros transcurrían en la barra o en alguna mesa del bar La Giralda, a una
cuadra del céntrico bulevar de Sabana Grande, en Caracas. Era a principios de los
setenta y las autoridades no le prestaban la menor atención a la presencia de niños
en los bares. Recuerdo esa enorme casona como un sitio umbrío, pero no carente
de atmósfera. Tras la barra solían estar Antonio o Manolo, los hermanos Gallardo,
unos españoles republicanos que habían huido de Cuba cuando comenzaron las
expropiaciones en los inicios de la revolución. Jamás le preguntaban qué iba a
beber, sino que destapaban una cerveza muy fría y se la servían en una jarra
congelada. A mí, en cambio, siempre me preguntaban. “¿Y qué quieres hoy?”.
“Una Orange Crush”, respondía invariablemente, acomodándome en un taburete
alto junto a mi padre para poder alcanzar el pitillo en la botella. Él abría su libreta
y tomaba apuntes que después abandonaba, como éste, que llevé muchos años
doblado en mi billetera:

En los ojos del loro está el secreto del soly de la formación del mundo sideral.—En
la madera está todo. Contémplala.Allí encontrarás los misterios de la arquitecturay
el secreto de las catedrales.—El universo lo hizo el hombre.Nadie osaría hablar de
Cirio o del Alfa del Centaurosi antes no hubiese estado consubstanciado con su
ambiente.Todo lo que soy es lo que es el mundo.*

No estoy muy seguro de las causas que lo empujaron a beber desde muy
joven, pero sí tengo alguna idea de dónde y cuándo descubrió el alcohol. “Cuando
llegué a vivir a Puerto Píritu, al año siguiente que tu papá, él ya había comenzado
a beber con Julián Saume, que era un muchacho encargado del bar” –me contó mi
tío Alí Muñoz–. “Al cerrar, terminaban con todo lo que había quedado en las
botellas y se emborrachaban a muerte mientras recogían y ordenaban”.

“A los 14 años tu papá decidió ir de Guanape a Puerto Píritu a estudiar


bachillerato, pues la escuela en Guanape sólo llegaba hasta la primaria”, me contó
mi tío Tom López.

Mi padre nació en Guanape un pequeño pueblo a 280 kilómetros de la


capital venezolana, el 22 de mayo de 1928 y, por ser ése el día de Santa Rita de
Casia, lo apodaron Rito. Era hijo ilegítimo de los tórridos amores de Agustín
López, hacendado a quien llamaban el Kaiser, y Zoila Piedad Muñoz, hija del
médico y farmacéutico de Guanape. Tom, en cambio, era hijo legítimo de don
Agustín con Margarita Barrios. Aunque Rafael José era cinco años mayor que Tom,
ambos pasaron parte de la infancia juntos en el pastoreo y el ordeño de la hacienda
El Manzano. “Teníamos muy buena relación porque Rito era muy agradable. De
los hermanos Muñoz, él era el único que se acercaba a nuestra casa, que era donde
vivía don Agustín, e incluso llegó a mudarse con nosotros durante varios años.
Trabajaba mucho y yo lo acompañaba a llevar las vacas”.

Rafael José madrugaba para llevar leche fresca a la mesa, cortaba la leña
para el fogón, daba de comer a las aves del corral, preparaba las alambradas,
llevaba las vacas a los establos al caer la tarde. Era un peón más en las tierras de
don Agustín. “Cuando mi papá veía un hombre trabajador se enamoraba de él. De
ahí su relación especial con Rito. A pesar de la distancia que imponía el viejo, Rito
lograba estar cerca del padre a través del trabajo”, decía Tom.

Agustín López fue un hombre legendario en su región y bastante atípico


para su época. Además de hacendado, llegó a ser jefe civil de Guanape, pero
renunció al darse cuenta de que su carácter, poco conciliador, estaba reñido con el
cargo. Tom lo recuerda como un hombre seco, calculador. Escogía a sus mujeres
con cuidado, no sólo por su belleza física o su inteligencia, sino también por las
tierras o propiedades que tuvieran en su haber. Piedad Muñoz, madre de cuatro de
sus hijos, era la hija del doctor Pedro Celestino Muñoz, médico y gran autoridad
del pueblo, y de él había heredado la única botica y la oficina de correos. Margarita
Barrios de López, su esposa legítima, 30 años menor que él, era hija de un
importante hacendado de la zona. En asuntos políticos, Agustín fue conservador
casi toda su vida, pero también enemigo de la dictadura y el autoritarismo. En un
viaje de negocios a Caracas asistió a un acto político que tuvo a Rómulo Betancourt
como orador principal. Fascinado por las ideas del joven político –fundador de
Acción Democrática y llamado, décadas más tarde, “el padre de la democracia
venezolana”–, se hizo militante de su causa, dándole ánimos a través de extensas
cartas y apoyo económico durante sus exilios. Cuando Agustín murió, Rómulo
Betancourt le dedicó una de sus columnas en la primera plana del periódico. Desde
entonces no ha dejado de especularse sobre el lazo que los unió. ¿Era el Kaiser de
Guanape el padre biológico del hombre que llegaría a ser presidente en 1945? Sea
como fuere, ambos tendrían una profunda influencia en la vida de mi padre, Rafael
José Muñoz.

En la infancia, Rafael José y su madre, Zoila Piedad Muñoz, fueron muy


cercanos. Él era el primogénito de la mujer más independiente y culta del pueblo.
Pero, cuando creció, la relación se hizo más distante y áspera, debido a la inquina
sembrada por Agustín cuyo orgullo había quedado herido luego de que Piedad
decidiera ponerle fin a ese romance que había dejado cuatro hijos y decenas de
cartas de amor ardiente. “Cuando Rito tenía 10 u 11 años –recordaba Tom–, Piedad
comenzó su relación con Serrano, el telegrafista, padre de Artajerjes, el menor de
los Muñoz y también poeta. Estábamos don Agustín, Rito, Alí y yo en la esquina
de la bodega de Tito. En la esquina opuesta, donde estaba el telégrafo, vimos a
Piedad. Don Agustín entonces le dijo a Rito: ‘Allá está tu mamá pegada como una
hiedra a la baranda del telegrafista’. Mi tío Alí Muñoz recuerda el mismo episodio,
pero en su recuerdo las palabras de Agustín no guardan ninguna sutileza y en vez
de decir ‘como una hiedra’, dice una ‘como una perra’”.
El deterioro de la relación con su madre y el trato seco de Agustín animaron
a Rafael José a buscar un horizonte más allá del paisaje de su infancia y mudarse al
pueblo costero de Puerto Píritu. Decidió argumentar, para evitar discusiones, que
quería seguir estudios de bachillerato, ya que en Guanape la escuela llegaba sólo
hasta sexto de primaria. La tarde en que fue a buscar a su padre para contárselo,
éste estaba en la barbería y, después de escucharlo, toda su respuesta fue: “Haga
como mejor le parezca”. A partir de ese momento, la relación entre ambos se
volvió monosilábica.

Rafael José abandonó sin aspavientos la casa de los López. Sin embargo, en
1943, Agustín enfermó de cáncer en la garganta y, ya moribundo, tomó su caballo
y atravesó la densa sabana por el camino de las recuas de mulas hasta el pueblo
costero de Puerto Píritu, donde había mejor atención médica y donde estaba su hijo
que, por entonces, tenía sólo 15 años. Rafael José cuidó a su padre durante muchos
días, hasta que murió, asfixiado y en sus brazos, intentando decirle algo. De
aquella tentativa de reconciliación nació, 20 años más tarde, la “Elegía a mi padre
Agustín”, que cierra El círculo de los 3 soles, su segundo libro, publicado en 1969.
Allí, Agustín no es una figura hosca y desaprensiva sino un padre brahmánico, con
una estatura imponente y magnánima, como si la desazón experimentada en la
infancia pudiera ser reparada por la imaginación.

Elegía a mi padre Agustín(…)En fin, ha muerto padre Agustín, lo llora Baltazar,y


los peones de la hacienda Manzano, y sus hijos. ¿Quién me regalará plumas de
Cristofué, quién oleráraíces en la tarde, quién cogerá los nidos,quién se internará
en el patio de las coitorasy llamará a los muertos,y levantará una lápida con un
ladrillo que diga: Kroft,umugen de bornsnet, bertiken ats grubest,buitemb uonem
para las rocas de Anchuría,sombrest para el delirio? (…).*

A los 16 años, Rafael José ya escribía poemas. “La pasión política y la pasión
poética se manifestaron en tu papá desde muy joven – decía mi tío Tom–. La
primera, le venía de don Agustín que como ferviente admirador de Rómulo
Betancourt siempre debatía sobre los problemas políticos del país y era, además,
un hombre muy atento al acontecer internacional. Nuestra casa era la única de
Guanape donde había un afiche de la fuerza aérea británica durante la segunda
guerra mundial. Papá seguía los acontecimientos cada día en la radio de un vecino.
En la poesía, Rafael José comenzó escribiendo unas cartas de amor que eran la
envidia de sus amigos, por lo efectivas. Sin ser muy apuesto, conseguía con las
cartas la atención de las damas hermosas. Empezó a escribir sonetos eróticos que
luego lo metieron en más de un problema. De hecho, no pudo terminar el
bachillerato en el liceo Fermín Toro porque cuando le tocaba presentar exámenes
de historia, en vez de contestar qué había caracterizado al Siglo de Pericles o como
se había llevado a cabo la Independencia de España, se dedicaba a escribirle
poemas eróticos a la profesora Eunice Gómez”.

Poco después de la muerte de su padre, Rafael José decidió irse a Caracas.


Abordó el vetusto vapor Trinidad que, en dos días de lenta navegación, lo llevó
hasta el puerto de La Guaira. El viaje tuvo un incidente afortunado. El señor
Álvarez era un extremeño de unos cincuenta años que había luchado en el bando
republicano durante la guerra civil española. Allí había conocido a Miguel
Hernández, de modo que al descubrir los ímpetus poéticos de Rafael José, Álvarez
se puso a declamar poemas de Hernández, Machado y Lorca, ampliando el hasta
entonces limitado repertorio poético de mi padre.

Una vez en Caracas, y sin un centavo en el bolsillo, aceptó trabajar como


facturador y cajero en el matadero de Agustín, su medio hermano mayor, que
había prosperado en el negocio de los frigoríficos. A mediados de octubre de 1945,
cuando tenía 17 años, la historia venezolana sufrió un quiebre radical. Un golpe
cívico-militar derrocó al general Isaías Medina Angarita. El cabecilla del golpe era
Rómulo Betancourt, ya por entonces líder de Acción Democrática, el partido que
había fundado en 1941. Hizo un llamado a que los jóvenes se incorporaran a la
fundación de la democracia, y de pronto todas las piezas del país parecieron
encajar de forma nueva y deslumbrante.

Rafael José había conseguido un puesto de maestro en una escuela de San


Diego de los Altos, en las afueras, y ya por entonces la política empezó a convivir
con la poesía. Por las noches iba a los cafés del centro a contagiarse del ánimo de
renacimiento que reinaba en las tertulias universitarias donde se reinventaba el
futuro. Por otra parte, escuchando a los poetas mayores como don Fernando Paz
Castillo, y a otros más jóvenes pero ya consagrados como Vicente Gerbasi, sentía
que la poesía era una pasión irrevocable. Descubrió que los surrealistas parisinos
no lo conmovían tanto como el vitalista Neruda y el melancólico Vallejo. Había
llegado a ellos a través del poeta y ensayista Juan Liscano, uno de los intelectuales
más respetados del país, el primero en publicar sus poemas y notas críticas en la
Revista Nacional de Cultura, quien lo alentó siempre a optar por la poesía y no por la
política. Catorce años mayor, Juan Liscano no era sólo su amigo sino también,
hasta cierto punto, su padre sustituto. Así lo demuestra la dedicatoria de El círculo
de los 3 soles: “A Juan Liscano, amigo, maestro, padre”.

La mañana del 24 de noviembre de 1948, la promesa de un país democrático


saltó en pedazos. Rafael José tenía 20 años y se despertó aturdido por el ruido de
los tanques mordiendo el asfalto mientras se desplazaban hacia el Palacio de
Miraflores, muy cerca de su casa. Ese fue el fin de la presidencia de Rómulo
Gallegos, el novelista de la legendaria Doña Bárbara, que había seguido en el
mando a Rómulo Betancourt. Acción Democrática y el Partido Comunista de
Venezuela fueron declarados ilegales y muchos de sus dirigentes forzados a
marchar al exilio. Todo esto volcó a Rafael José a la lucha partidista. Ya era
militante destacado de la juventud de Acción Democrática, pero se afincó aún más
en su formación ideológica y desarrolló destrezas como organizador.

Por esa misma época, la familia López se estableció en Caracas. Rafael José
encontró, al mudarse con sus medio hermanos, el calor familiar que había perdido
desde Guanape. Pasaba mucho tiempo escuchando tocar el piano a Titina, una de
sus hermanas, a quien adoraba. La casa donde vivían quedaba en la parte más baja
de La Pastora, justo detrás del Palacio de Miraflores. En el saloncito había un
tocadiscos. Tom todavía recuerda que Rafael José era un gran melómano. “No le
gustaba ir a conciertos pero le fascinaba la música. Nos sentábamos junto con
Titina todos los domingos y escuchábamos la sinfonía Patética, que es la número 6
de Tchaikovsky, o la 5ta de Beethoven, que tanto le gustaba. Cuando no oíamos
música, se encerraba muy temprano en la oficina del fondo con sus libros de poesía
y una botella de ron. Todavía puedo oírlo recitar con enorme exaltación:
“Desembarqué en Picasso a las seis de los días de otoño / recién el cielo anunciaba
su desarrollo”. La poesía realmente lo tomaba, producía un rapto en él. “Soy feliz”,
decía.

La organización política comenzó a tomar cada vez más tiempo en su vida,


pero su pulsión poética no entendía de dogmas y, cuando podía, se encerraba a
escribir. Una tarde, a principios de 1952, se acercó a Vicente Gerbasi con un
puñado de poemas. A Gerbasi lo asombró que alguien de 22 años hablara de la
muerte aun en sus poemas amorosos. Ponderó sus sonetos, diciendo que estaban
llenos de sonoridad y de “una fuerte luz oscura”, y lo alentó a ser original sin
contemplaciones. Esa breve aprobación fue suficiente para que Rafael José se
animara a reunirlos en su primer libro, Los pasos de la muerte (Ediciones de la
Revista Hispana, 1953), cuyo prólogo firmó el propio Gerbasi. El libro es, en
realidad, una desconcertante exploración de la muerte como presencia cotidiana, y
está poblado de angustiosas visiones pero no exento de humor y parodia:

Por aquí viene la muerte caminandocon su pesada carga de cabellosTiene un color


de ojo de sardinasu pelambre es de potro de carreray su mirada, de nocturna
máscara. 

Pero, finalmente, se consagró a la política a tiempo completo. Decidió no


abandonar el país y ayudó a Leonardo Ruiz Pineda, secretario general del partido
en la clandestinidad, a reconstituir Acción Democrática. Un día de ese mismo año,
a causa de que ya abusaba de la bebida, doña Margarita de López tomó una
decisión amarga y le pidió que se fuera de la casa. Esa fue su salida definitiva del
reino familiar. El desarraigo y la soledad se anclaron más profundo y nada lo
consoló de la separación de sus hermanos: Titina, Celina, Tom.

La dictadura de Marcos Pérez Jiménez estaba en el poder desde diciembre


de 1952 y la situación de Rafael José se hizo precaria. A fines de 1952, Leonardo
Ruiz Pineda había sido asesinado en una emboscada. Desde entonces, y en apenas
tres años, Pérez Jiménez hizo eliminar a tres secretarios generales de Acción
Democrática y a cientos de militantes, además de poner tras las rejas a sus
dirigentes principales. Entre 1952 y 1958 Rafael José entró y salió de la cárcel no
menos de una decena de veces. Cuando podía, escribía poemas que daba a sus
amigos, para que los resguardaran en caso de que lo pusieran preso. De todos
modos, en los allanamientos que practicaba la Seguridad Nacional en las
residencias de estudiante donde vivía por entonces, se perdieron muchos
manuscritos originales.

Por esos mismos tiempos se acercó a los maestros metafísicos como George
Gurdjieff, Piotr Ouspensky, Madame Blavatsky y Paul Burton, descubiertos gracias
a la equipada biblioteca de temas esotéricos de Juan Liscano. En su doctrina del
Cuarto Camino, Gurdjieff planteaba que la trascendencia era el resultado del
desarrollo interior individual, de un conocimiento que podía llevar a la
comprensión del lugar propio en el universo. Pero, de acuerdo con Gurdjieff, esa
sabiduría sólo podía lograrse a partir de una cuidadosa exploración de la
conciencia que llevara a la mente al límite. Esos pensamientos dejaron una huella
permanente en su obra y en su manera de concebir su lugar en el mundo.

Un día de 1955, cuando tenía 27 años, fue capturado distribuyendo


propaganda y llevado a la Seguridad Nacional, el centro de inteligencia y tortura
del régimen de Pérez Jiménez. El director de Seguridad se llamaba Pedro Estrada,
también apodado el Chacal de Güiria, y era un hombre con modales de dandy. Su
lugarteniente era Miguel Silvio Sanz, un negro robusto de cuyos labios siempre
colgaba un habano encendido, que atizaba antes de apagarlo en el cuerpo de sus
víctimas. Sanz quería que Rafael José revelara nombres, lugares, fechas, planes, y
ordenó que lo trasladaran al sótano. Ahí, durante días, lo golpearon, lo acostaron
desnudo sobre una panela de hielo, lo hicieron permanecer horas con los pies
descalzos sobre el borde afilado de la rueda de un auto, le aplicaron electricidad en
los testículos, lo sumergieron boca abajo en un barril de agua. Él dijo que no
hablaría. Que no perdieran su tiempo porque sus castigos no le causaban dolor.
“Tengo poderes mentales. Sus castigos no me lastiman”, les dijo. “Si no creen en mi
palabra, compruébenlo ustedes mismos”. Entonces lo golpearon, y ni siquiera
gimió. Durante una de las torturas, alguien ordenó que le apagaran un cigarrillo en
el pene. Después, enviaron el calzoncillo ensangrentado en una bolsa a la familia.
Pero él siguió sin delatar a sus compañeros. Una noche intentaron ablandar a uno
de ellos, torturado en la habitación contigua. Le dijeron que Rafael José había
contado todo. Sin embargo, cuando lo llevaban a su celda, mi padre lo alertó
gritándole: “No abras la boca. Estos coños de madre quieren hacerte creer que yo
canté, pero no les creas. No les he dicho ni una palabra”. Después de mucho, sus
captores se dieron cuenta de que no podrían sacarle nada, y que era preferible
mantenerlo preso. Lo enviaron a la cárcel de Ciudad Bolívar, a 600 kilómetros de la
capital, donde pasó preso casi todo 1957.

“La tortura fue algo terrible. Era muy difícil de resistir y casi todo el mundo
terminaba cantando” –recordaba mi tío Alí Muñoz, quien también fue encarcelado
y torturado–. “No porque quisieran traicionar, sino porque te sometían a una
violencia brutal. Tu papá era muy jodido, porque a cuenta de que él no delataba, le
exigía a todos la misma verticalidad. Una vez se sospechaba que yo había cantado.
Estábamos presos y él me increpó. ‘Eres sospechoso de delación’. Le respondí que
no lo había hecho. ‘Tienes que probarlo porque si no serás un soplón hasta que
demuestres lo contario’. ¿Crees que soportar más torturas te hace mejor?, le
respondí. Carajo, no faltaba más, mi hermano, mi verdugo”.

En la cárcel de Ciudad Bolívar estrechó su amistad con el historiador y


periodista Ramón J. Velázquez, que ocupó brevemente la presidencia de
Venezuela en 1993. Velázquez lo recuerda como uno de los jóvenes más
comprometidos de Acción Democrática, con una capacidad extraordinaria para
abstraerse del sufrimiento: “El poeta tenía una característica que sólo tienen los
pastores. Cuando nos llevaban al patio, él fijaba la vista en los árboles y pájaros
que se asomaban más allá de las alambradas. Se concentraba oyéndolos y parecía
entenderlos. Cuando estábamos en el calabozo, se retiraba a un rincón. Sentado en
el catre y, abstraído de las discusiones que lo rodeaban, comenzaba a apuntar
versos en un cuaderno escolar. Habíamos arreglado con uno de los carceleros para
que nos permitieran usar una máquina de escribir. El poeta Muñoz esperaba su
turno y mecanografiaba los poemas en unos folios azules que luego guardaba
celosamente en una carpeta”.

Milagrosamente, algunos de los poemas carcelarios, de mayo y noviembre


de 1957, sobrevivieron. Tienen el aire fluvial del Orinoco que corría al margen del
presidio. En uno de ellos añora la libertad que representa como una “zona de
incertidumbre y de promesas”. Otro, “América, te canto en esta hora”, refiere en
tono dramático:

Ah, estas cadenas, estasruedas de frío hierro amenazandohasta el germen más


puro;estas garras malditas horadandoesa porción del alma que nos duele,ese
rincón tranquilo, esa praderaadonde solo llegan las ramas y las nubes. 

El 15 de diciembre de 1957 hubo un plebiscito para legitimar la dictadura de


Pérez Jiménez, que proclamó su triunfo. Sin embargo, en la madrugada del 23 de
enero de 1958, tras una oleada de protestas gremiales, la dictadura terminó y los
presos políticos fueron liberados casi de inmediato. Exaltado de felicidad, después
de pasar siete meses preso, mi padre y otros militantes saltaron a bordo del primer
bus a Caracas. La travesía tomó casi dos días durante los cuales festejaron con
aguardiente. Cuando llegaron, la capital seguía en estado de júbilo, con las calles
tomadas por la gente.

Suele decirse que la poesía de mi padre nació tardíamente, tras una vida de
zozobra, y que disputó su lugar con la política hasta, finalmente, imponerse. El
ensayista y poeta Jesús Sanoja Hernández insiste en que su obra era la de un
desorbitado que, en medio del delirio alcohólico, cabalgó al borde de los abismos
demoníacos, la revelación divina, el disparate matemático, la dislocación del
lenguaje y la locura, reinventando el idioma. Esta enumeración caótica, sintetizada
por el crítico Guillermo Sucre como la búsqueda de un “esperanto poético”, no da
cuenta, sin embargo, de la transformación que sufrió mi padre y que lo llevó de
una crisis existencial profunda al descubrimiento de una desconcertante
imaginación.

Su crisis empezó en la década del sesenta, cuando quiso optar por el


radicalismo de la lucha armada pero, paralelamente, empezó a sentir un profundo
desencanto con la política.

En 1959, Rómulo Betancourt, líder de ad, hizo llamar a los dirigentes jóvenes
a su despacho para amenazarlos con una sanción disciplinaria por haber apoyado
una precandidatura que no era la suya. Cuando Betancourt hablaba muy pocos
osaban rebatirlo pero mi padre lo tomó por la corbata y comenzó a zarandearlo.
“Vamos a hablar claro. Usted está conspirando contra la unidad”, dijo,
advirtiéndole que su eventual elección traería el riesgo de un nuevo golpe militar.
“Los militares no lo quieren, los demás partidos no lo apoyan, los empresarios no
le tienen confianza. Carece de respaldos. Si usted es electo, todo se va al carajo.
Entonces, ustedes se irán nuevamente al exilio y los que nos joderemos aquí somos
nosotros como nos jodimos durante 10 años”. La cosa quedó allí, pero el divorcio
entre el líder histórico y los dirigentes jóvenes era ya efectivo. Un año después, en
abril de 1960, ya electo Rómulo Betancourt como presidente, se consumó la
expulsión del partido de casi todo el buró juvenil. Betancourt estaba dispuesto a
pagar ese precio para consolidar su proyecto político con el apoyo de Estados
Unidos y la expresa misión de contener el contagio de la revolución cubana, que
amenazaba con regarse como un incendio por el continente.

La primera vez que Fidel Castro salió de Cuba, en 1959, viajó a Caracas. El
motivo secreto era extender, en Latinoamérica, la emancipación de Estados Unidos
y su idea era que Betancourt lo apoyara. Pero éste le volvió la espalda y se
convirtió en su más encarnizado antagonista. Sin embargo, Castro se reunió con los
izquierdistas que ya se mostraban inconformes con las alianzas del nuevo gobierno
con la oligarquía y el clero. Rafael José Muñoz fue uno de los principales
promotores del debate sobre la lucha armada y la posibilidad de seguir la vía
cubana.

“Al poeta le tocó poner orden en esa situación” –recuerda Domingo Alberto
Rangel, ideólogo fundador del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria)–.
“Era un hombre muy singular. No he visto ser más nervioso. Sostenía los pañuelos
en sus manos sudorosas y los rompía a causa de la impaciencia. Para él no existían
los plazos en el tiempo. Quería que todas las tareas se cumplieran inmediatamente
y pedía celeridad en todo. Era ideal para la organización, pero en el MIR
abundaban los bohemios y él solía pelear con quienes eran desmañados con el
tiempo. Eso no impidió que fuera el gran secretario de organización del MIR.
Tomó el dictamen de la dirección nacional del partido y se dedicó a recorrer el país
para recomponer y compactar las fuerzas de la izquierda, dispersas en el momento
de la división de Acción Democrática”.

También se encargó de coordinar los preparativos de la creación de los


frentes guerrilleros y viajó a La Habana clandestinamente. “Yo lo acompañé.
Asistimos a una reunión con Raúl Castro y Ramiro Valdés, en la que nos
entregaron un maletín con 150.000 dólares para el movimiento guerrillero –asegura
Antonio Octavio Tour, en aquel entonces un joven militante–. El viaje fue
complicado porque tuvimos que salir clandestinamente por la frontera con
Colombia y a partir de ahí movilizarnos en aviones privados”.

Rafael José se había casado, en 1959, con Nelly Olivo, mi mamá. Vivieron
desde el principio en un matrimonio contrariado, que duró hasta su muerte, y tuvo
un distanciamiento de ocho años. No podía haber seres más distintos. Ella era
bióloga y él poeta, pero la verdadera diferencia radicaba en el carácter: él era
ordenado, puntual y socialdemócrata; ella soñadora, revolucionaria y tan abstracta
que sus conversaciones, salpicadas de una profusa jerga médica y biológica,
resultaban incomprensibles. Sin embargo, eran buenos compañeros y se guardaban
respeto.

El sueldo que recibía mi padre en el MIR no alcanzaba para gran cosa, de


modo que mi madre hacía malabarismos para estudiar y sostener a los hijos con el
pequeño salario que recibía como técnica de investigación en la universidad. “Pese
a que la política lo absorbía casi totalmente, el poeta siempre encontraba un
momento para escribir –decía mi madre–. Después de asistir a tres reuniones,
organizar la logística de quienes se iban a la guerrilla, mover armas de un sitio a
otro, volvía a su máquina Erika e introducía dos hojas blancas en medio de las
cuales insertaba una lámina de papel carbón”. Junto a la máquina, colocaba un
vaso de cerveza o vino y le daba unos sorbos como preludio a la escritura. “Apenas
comenzaba a teclear, no paraba hasta traspasar al papel lo que tenía en la mente,
fuera un artículo de opinión, un manifiesto político o un poema. Como le tenía
manía al desorden, después de terminar recogía todo y clasificaba el trabajo con
minuciosidad. La máquina quedaba como si no la hubiese tocado”. Sin embargo, la
vida que llevaban era desordenada. El acoso de la Dirección de Inteligencia Policial
los llevaba a no tener rutinas fijas. Cuando él tenía que ocultarse, sus hijos pasaban
un buen tiempo sin saber dónde estaba. “Para no ponerlos en peligro, yo tenía que
dejarlos con mi mamá mientras las cosas se tranquilizaban. Eso era muy
angustioso para ellos”, recordaba mi mamá en una de las conversaciones que
tuvimos a fines del año pasado, antes de su muerte.

En los sesenta, mi padre amplió el estudio de los maestros esotéricos. Había


comenzado con George Gurdjieff y su discípulo, Piotr Ouspensky. Siguió con
libros históricos sobre alquimia y cábala. Visitaba con frecuencia la librería del
Centro de Orientación Filosófica y formó una amplia biblioteca con títulos como
Los relojes cósmicos y Hermetismo y religión. Esas sospechas acerca de la existencia de
otras dimensiones capaces de ampliar la percepción no tardaron en permear su
poesía. La metafísica terminó por convertirse en un refugio del profundo
desencanto político que había empezado a sentir, y que fue clave en su crisis
existencial que empezó en estos años.

Antonio Tour estuvo cerca suyo en los momentos en que su convicción


revolucionaria comenzó a resquebrajarse. “El poeta supo que había habido
ejecuciones sumarias en los focos guerrilleros del Occidente. Una compañera había
sido ejecutada por despertar un ataque de celos entre dos guerrilleros. El
comandante encargado del frente decidió ejecutarla para eliminar el motivo de la
discordia. Otras cosas pasaban en la guerrilla urbana, incluyendo la desaparición
de una enorme suma de dinero que se había destinado a ayudar a los compañeros
que salían de las montañas. Todo eso, además de las rencillas entre los líderes del
mir, lo decepcionaron. Pero él nunca habló de eso. Cuando se asomaba el tema
entre tragos, él sólo decía: ‘Tour, dejemos el pasado en el pasado y sigamos
bebiendo’. Sólo una vez entró en materia para decirme: ‘Eso no era lo que se
suponía que haríamos. Estábamos aquí para derrotar la injusticia y fomentar la
democracia’. Y ahí acabó. Después de una pausa siguió bebiendo”.

Su mente, agotada con las luchas internas del MIR, producía febriles
imágenes de la vida en el campo junto a su padre, que funcionaban como un alivio
a la perturbación. Pasaba las madrugadas en vela y un reumatismo que había
empezado a padecer gastaba sus horas con dolores atroces. Las rachas alcohólicas
se hicieron más largas y constantes, y tuvo ataques cada vez más funestos de
reumatismo, que el alcohol ya no lograba apaciguar. Sin embargo, pese a su
desencanto, estaba decidido a unirse a la guerrilla.

La noche en que iba a hacerlo llegó temprano a casa a preparar lo poco que
iba a llevarse. Estaba exhausto y tenía los nervios a flor de piel. Lo aguijoneaba la
duda acerca de lo que iba a hacer. ¿Tenía sentido? Llevaba tres años sin tomar un
respiro de la actividad partidaria y de las persecuciones y, además, mi mamá
estaba embarazada de su tercera hija. Él le había hablado vagamente de un viaje de
trabajo, pero ella sospechó. Estaban a punto de cenar cuando empezaron a discutir
acaloradamente. “Sabía que me ocultaba algo –decía mi mamá–. Yo tenía una jarra
de agua y le iba a servir. Pero me detuve y lo miré fijamente para que me dijera
qué pensaba hacer”.

De pronto, mi padre se puso de pie, hizo a un lado las pocas cosas que
preparaba para llevarse, y farfulló algunas palabras para sí mismo. Mi mamá vio
en él una mirada angustiada que no había visto nunca antes. Sacó una cerveza de
la nevera y volvió a la mesa, luchando por recuperar la compostura. Marla y Yuri,
sus hijos de tres y dos años, mis hermanos, lo miraban en silencio, sentados frente
a los platos de comida humeante. Mi padre iba a sentarse otra vez, pero se detuvo.
Entonces sobrevino el ataque. Con una energía inesperada, volteó la mesa echando
al suelo toda la vajilla.

Permaneció inmóvil, tratando de ordenar los pedazos rotos de sí mismo,


pero no pudo y, en vez de marchar a la montaña, fue hospitalizado en una clínica
psiquiátrica.

A principios de 1963, semanas después de este episodio, emprendió un largo


viaje que lo llevó, gracias a gestiones de sus amigos comunistas, a Europa y la
Unión Soviética. Poco se sabe sobre su estadía en Moscú. Pasó dos meses en un
sanatorio de la ciudad, rehabilitándose del alcohol y aliviando el reumatismo. Una
fotografía lo muestra en el Teatro Bolshoi, acodado en una mesa sobre un fondo de
terciopelo rojo y arabescos dorados. Lo acompañan dos hombres. Según contaba
después, el más joven se llamaba Boris y era su intérprete. En su honor, llamaría
Boris a su último hijo.

En las heladas caminatas por los jardines del sanatorio y por los bosques del
parque Kolomenskoe, en Moscú, el agotamiento cedió y él empezó a dedicar
tiempo y energía a la escritura. Regresó a Caracas en abril de 1963, pocas semanas
antes del nacimiento de Valentina, su tercera hija, cuyo nombre exaltaba la hazaña
de la cosmonauta Valentina Tereshkova, la primera mujer en el espacio. Este
nacimiento lo acercó de nuevo a la vida familiar. Alejado del alcohol, vivió uno de
sus mejores momentos. Los conflictos y peleas con mi mamá habían disminuido
aunque, por causa de la difícil personalidad de ambos y del carácter enamoradizo
de mi padre, la relación nunca llegó a ser armónica. Fue un período de
extraordinaria fecundidad para su obra. Al cabo de unos meses comenzó a escribir
poemas en cuadernos escolares, con una letra llena de picos, siempre nítida. Eran
versos extraños, en nada parecidos a su obra anterior, en los que intentaba reflejar
en palabras lo que, decía, le había “llegado” en imágenes.

El año 1964, en que trabajó como corrector de pruebas y estilo, y como


articulista en diversas publicaciones, puede verse cómo la aparición de una galaxia
tras la explosión de una supernova: se sintió renacer. Trabajó con mayor intensidad
y llegó a escribir más de 20 poemas en un solo día. Cada nueva jornada aparecían
sobre el papel anagramas, anagogías y analogías desconcertantes, que podían
leerse como expresiones que intentaban escapar del significado convencional, pero
también como voluptuosas creaciones de una lengua en estado edénico. El
producto de esa vertiginosa erupción es El círculo de los 3 soles (Editorial Zona
Franca, 1969), compuesto entre 1964 y 1968, un volumen de más de 500 páginas
con poemas que van de unas pocas líneas hasta trabajos de varias secciones con
muchas páginas. Algunos están escritos en prosa y otros en largos bloques o en
aforismos de pocas líneas. Algunos muestran un denso desarrollo y otros son
ráfagas o pensamientos confusos. Hay un afluente caracterizado por ficciones
matemáticas formuladas en ecuaciones inconcebibles. Hay parábolas que versan
sobre dimensiones del tiempo y el espacio expresadas en genealogías inalcanzables
para la experiencia humana de un solo hombre y que, sin embargo, son “vividas”
por la voz poética. En otros poemas predominan las alusiones esotéricas trufadas
en versos que refieren a transmutaciones alquímicas y cabalísticas. Hay una
vertiente en la que se esbozan la metempsicosis de Rafael José Muñoz en RJM,
muzoñumjuansan, el hijo, el padre y, finalmente, Rafsol. En las pastorales y elegías
hay pájaros, árboles y paisajes que parecen pertenecer a lugares y civilizaciones del
pasado o el futuro. En general, en los poemas menos convencionales el tiempo es
alterado por momentos que quiebran la linealidad y palabras que equivalen a
efectos sin evidente causa. Él decía que sus poemas venían de profundidades del
ser y que le aparecían dictados por una voz interior.

Tengo un deseo extraño de colocarme en el Billónde ir más allá, de colocarme en el


Trillóndonde el tiempo anida sus Siglos.Tengo un deseo extraño de ser Tres:Onu
ne aicnese y onirt ne anosrep.Tengo ganas de quedarme así:Uno en esencia y trino
en persona. 

En muchos poemas, el lenguaje es sometido a un estrujamiento tal que


termina descoyuntado, vuelto una representación fonética.

Cuando no escribía llevado por el frenesí, pasaba horas y horas absorto en la


búsqueda de imágenes y símbolos que lo llevaran a crear una poética que buscaba
unir la palabra y el número.

Desde las Sumarijas RegionesBerlinescher astronomischer chlurderAften gnoste


must;Así son, por trillones de kilómetrosBajando najitos, sin viento,Entran hacia el
callejón donde esperan las Cariátides (…). 

El círculo de los 3 soles está poblado por una zoología, una geología y una
botánica de ciencia ficción. En un poema habla de las “cuevas de Epsilón”, en otro
menciona “la cola de Andrómeda bajo sudores de platino”, en otro se refiere a las
“grutas de Osiris”. Los animales reales o imaginarios también están presentes: “el
loro de Alejandría”, “la garza No. 1”, “el Venado de ojo de lucero”, “las Dos
Hormigas Negras Evangelistas del Círculo”, “el Pez Austral”, “la Tortuga
Argentorati”. A su exaltada memoria emocional y a la capacidad de evocar paisajes
que no conocía, añadía el soplo de la fábula y la proporción del absurdo. Fue capaz
de imaginar su propia gestación, en una revuelta y una burla contra su historia
familiar.

Las revelaciones de RafsolMe fui a la colina y contemplé la noche,otosoropas


estrellas, begonias azules, anaxulas negras,y en el infinito espacio la forma de un 3
(…). Díjeme: Ex nació de Ex y engendró a Ox,Ox creó a Seh y Seh engendró a
Yex,Yex creó a Lex y Lex engendró a Fex;y cuando Fex hubo desaparecidonació
Agustín, hijo de Dominga;y Agustín engendró a Tito y a Titina y a Tom y a
Celeniay a Amado;y he aquí que más tarde, cuando pasean las cucarachaspor el
corredor de las casas de Guanepa,Agustín se encontró con Piedad,hija de Pedro
Celestino Muñoz;y he aquí que Agustín y Piedad se unierony de esa unión nació
Rito y Alíy Rosalía y Ludgerio;y Artajerjes nació de la unión de Piedad con
Serrano.Rito se llamó RafsolDíjose que nació por obra y gracia del Espíritu Santo;Y
que la mañana en que nació cantó un cristofué,díjose también que nació con
poderes extraños: podía ver a 1.000 trillones de años luz,podía resucitar a los
muertos,podía perdonar los pecados,podía detener el Universo, si cerraba los ojos
(…). 

Símbolos alquímicos e iniciáticos como la roszul, el huevo, el mandala, la


piedra, el espejo, el ojo, la llave deben vérselas con cruces, sepultureros, ataúdes,
funerales. La presencia de la muerte es melancólica, como han destacado todos los
críticos, pero no es menos cierto que para él la muerte no está exenta de festejo,
ceremonia y humor negro. Entre todos los textos hay uno que escribió el 22 de
marzo de 1968, cuando tenía 39 años, que sirve de pórtico al libro, y que es una
invitación a su propio entierro:

Ha muerto cristianamente el señor Rafael José Muñoz.Sus amigos: Juan Liscano


Velutini, Jesús Sanoja H., Ramakrisna, Krisnamurti, Romain Rolland, Pitágoras,
Platón, Tsu Tsu, José Stalin, Mao Tse Tung, Moisés, Alberto Schweitzer, Hermann
Hesse, Thomas Mann, Walt Withman, Mauricio Maeterlink, James Joyce, George
Ivanovich Gurdjieff, Piotr D. Ouspensky, Madame Blavatsky, Annie Besant, Mabel
Collins, Thomas Hamblin, Los Doce Apóstoles, Los Peregrinos de Oriente, invitan
al acto del sepelio, el cual se efectuará el día 22 de marzo de 1968.Sitio de
encuentro: Jardines de Guanola.Hora: 5 a.m. O 5 p.m. 

La muerte ficticia del poema es el punto culminante de esa crisis existencial


que lo hizo abandonar la política y abrazar la poesía.

Cuando El círculo de los 3 soles se publicó, en 1969, mi tío Alí Muñoz le


celebró los sonetos. La respuesta de mi padre fue un golpe en el estómago: “Los
sonetos los escribo para que los güevones (mentecatos) que no entienden lo otro,
que es la verdadera poesía, se enteren de que de verdad escribo”.
Hoy, el crítico venezolano Rafael Arráiz Lucca considera El círculo de los 3
soles como uno de los diez libros de poesía venezolana más importantes del siglo
XX y, con los años, Rafael José Muñoz empezó a ser mencionado como un poeta
que además fue político, y no como lo contrario. Aunque la academia lo ha
estudiado muy poco, varias generaciones de lectores lo han mantenido, de modo
oculto y misterioso, increíblemente vivo.

Sus dos críticos principales, Juan Liscano y Guillermo Sucre, tenían visiones
antagónicas sobre su obra. Liscano dice que Rafael José Muñoz recreó las
vanguardias sin conocerlas a fondo. Guillermo Sucre, en La máscara, la
transparencia, toma con pinzas esta tesis. Sin ocultar su desdén por Liscano y con
abierto desaire hacia Rafael José, se pregunta si éste es un “poeta realmente
complejo o simplemente complicado”. Dice, severo: “Este poeta venezolano
transgrede todos los límites expresivos en insalvables criptogramas (…) El lenguaje
de Muñoz, en gran medida, deja de ser un sistema de símbolos compartidos con el
lector real o virtual”. Reconoce que la obra es el producto de “una gran tensión
interior, de un inconsciente trabajado por las más duras pruebas personales”. Sin
embargo, advierte: “El peligro de Muñoz, y se percibe mucho en su libro, es el de
(re) caer en lo eneguménico: que ‘el humilde del sinsentido’ de que habla Lezama
recordando a San Juan de la Cruz, derive en la arrogancia del furor destructivo”.
Pero reconoce al poeta versátil y diestro que está detrás de lo que él llama la
“arrogancia del furor destructivo”, tanto del lenguaje como de su propia persona.
La confusión babélica, que por momentos recuerda la “cristalina mezcolanza” de
Rimbaud, hace a Sucre hablar de una desmesura y una mitología personal que
elevan a Rafael José Muñoz de rango, salvándolo de un anacrónico vanguardismo.
Se trata de un “esperanto poético en el que caben diversos idiomas
deliberadamente falseados”. Sin embargo, prefiere el lado mesurado de su poesía.
“Así, hay otra cara de su libro (además de las mil que el tiempo irá revelando) en la
que el lenguaje, sin perder su visión y su búsqueda extrema, vuelve por sus
propios poderes, luminosos o oscuros, pero ya no abandonados al egotismo del
poeta vidente (yo soy un elegido, es una de las convicciones de Muñoz). En ese
otro plano es donde la experiencia sin duda mística de este poeta se ahonda y
esclarece a sí misma; donde su mitología personal, adquirida o inconsciente, parece
coincidir con un logos necesario”.

Durante estos años su relación con el alcohol empezó a ser otra vez
tormentosa. Vivía torturado por la dipsomanía, que lo llevaba a pasar largos
períodos de abstinencia, alternados con otros en los que el consumo de alcohol era
incontrolable. Mi tío Alí Muñoz dice que su vínculo se resintió a causa de las
hospitalizaciones, porque le tocaba ser el malo de la película. “En varias ocasiones
tuve que hacerlo hospitalizar. Tu mamá quedaba inconsolable. ¿Pero qué iba a
hacer yo? ¡Era mi hermano! Una vez le monté una trampa para llevarlo bajo
engaño a la clínica. Al descubrirla, me insultó y se resistió de mil maneras. Como él
era muy persuasivo, casi convence al doctor para que lo dejara ir. Entonces tuve
que plantármele diciéndole: “Doctor, yo lo respeto mucho a usted, pero el poeta no
saldrá de aquí bajo ningún respecto a menos que esté sobrio”.

Las clínicas eran un suplicio más truculento que la tortura. Lo enfundaban


en una bata hospitalaria y lo amarraban a la cama para evitar que huyera. Y no
sólo debía padecer el espantoso síndrome de abstinencia alcohólica, cuyos estragos
físicos son más largos y terribles que los de la heroína o la cocaína, sino soportar el
tratamiento de electroshocks con que pretendían curarlo. Pero el hospital no
merecía el estoicismo de la cárcel. Los médicos decían que su mente había sufrido
daños por la tortura y el alcohol y, aunque nunca hubo por parte de ellos un
diagnóstico claro, muchos sostienen que su poesía era una expresión de locura, y
que el trance onírico que usaba como método creativo era producto de una
indeterminada enfermedad. Esta hipótesis es ingeniosa, pero limitada. Tiene, en el
fondo más de demérito que de elogio, pues evade vérselas con lo que dicen o
plantean los poemas mismos, su desorbitada creación y su profunda musicalidad.

Cuando Rafael José salía de las hospitalizaciones quedaba con los sentidos
embotados, desconectado del mundo, en un pliegue del tiempo y el espacio donde
sólo cabían él y sus demonios. Mientras tanto, el matrimonio se iba a la deriva. “El
poeta era luz en la calle y oscuridad en la casa”, solía quejarse mi mamá, porque mi
padre seguía siendo un amigo entregado a sus amigos pero un hombre complejo
en su propia casa. Aunque mi mamá reconocía sus esfuerzos desesperados para
superar el alcoholismo, sentía que sus hijos –Marla, Yuri, Valentina– ya habían
sufrido suficiente durante una infancia trastornada por ausencias inexplicables,
mudanzas repentinas y el acecho de los cuerpos de seguridad que, en busca de
armas y propaganda, dejaban la casa patas arriba y el aire infectado de terror.
Además, estaban las crisis recurrentes, marcadas por estallidos nerviosos y delirios
que culminaban en hospitalizaciones.

Una noche de principios de septiembre de 1968, cuando ya había terminado


la corrección de El círculo de los 3 soles, volvió achispado a casa. Estaba de un
humor particularmente jovial y llevaba un ramo de flores con la intención de
reparar las asperezas que había atravesado con Nelly en los últimos meses.
Todavía quedaban restos de ternura entre ambos. Esa noche hicieron el amor por
última vez en su vida. El encuentro de los dos cuerpos fue borrascoso. Pocas veces
estuvieron de acuerdo en algo, salvo en el recuerdo de esa noche. Ella se quedó en
silencio sintiéndose levitar. Él encendió un cigarrillo y la vio sumergirse en el
sueño. De pronto, ella sintió que su cuerpo se desdoblaba y que atravesaba paredes
hasta llegar a la calle. Él dijo que la vio salir del cuerpo y, al verla caminar por la
calle en ropa de dormir, comenzó a llamarla para que volviera.

Mi mamá supo de inmediato que había quedado embarazada y, desde


entonces, pasó cada día mortificada por los efectos que podía tener el alcoholismo
de Rafael José en la formación del feto. Nueve meses después, el 21 de mayo de
1969, un día antes del cumpleaños número 41 de mi papá, nací yo, Boris, el hijo
mejor. Mi papá recibió la noticia con júbilo pero acusó a mi madre de haber
adelantado el parto para evitar que naciera el 22, igual que él. “Tu papá era un ser
arbitrario”, se oía repetir a mi mamá al rememorar mi nacimiento. Cinco días
después, mi padre abandonó la casa.

Nadie ignora que, para llenar una ausencia, la memoria inventa recuerdos
benévolos o disimula aquellos que resultan dolorosos. Durante mucho tiempo, mi
imaginación volaba hasta la habitación del Hospital Clínico Universitario, donde
murió mi papá y que yo nunca conocí. Allí, junto a la cama, veía su cuerpo
atrapado por la camisa de fuerza. Escuchaba su voz llamando a mi mamá: “Nelly,
Nelly, Nelly…”. Y sentía su respiración arrinconada. Después, esas imágenes
terribles daban paso a otras en las que mi papá emergía de su lecho de muerte y se
instalaba de nuevo en el mundo, sobrio y curado por siempre jamás. Esas fantasías
lograban anular mi desdicha pero, tarde o temprano, la ilusión estallaba para dar
paso al verdadero recuerdo de los días que compartimos entre 1978 y 1981, los
únicos años en que, desde mi nacimiento, vivimos en familia.

En realidad, se separó de mi madre pero no de sus hijos. Desde que se fue,


aunque no volvió a dormir en casa, nos visitaba varias veces a la semana. Los
domingos nos llevaba al matiné del teatro Río de la Calle Real. Luego,
religiosamente, terminábamos sentados todos en una mesa de La Giralda. Pero
para mí el gran acontecimiento llegaba los sábados. Me recogía en nuestro
apartamento del edificio Papirusa de la avenida Orinoco de Bello Monte y
caminábamos a través de la avenida Casanova hasta llegar a la antigua Calle Real
de Sabana Grande, en lo que luego se transmutó en una irreconocible arteria
atascada de vendedores, a una estrecha pero infinita juguetería de la que yo podía
llevarme cualquier cosa que quisiera. Me decía que era el Bazar Muñoz y que todo
lo que había adentro era mío. Muchos años después, atando cabos, descubrí que el
Bazar Muñoz no era sino el Rey de las Piñatas, una de las pocas tiendas que
sobrevivió con cierta dignidad a las invasiones bárbaras que, en los años noventa,
volvieron al bulevar más entrañable de la ciudad, un corredor asediado por todas
las taxonomías de miseria humana. Cada vez que paso por ese punto de Caracas
me asaltan aquellos episodios de felicidad infantil, perfumados con el aroma a
lavanda de los pañuelos de mi padre. Son instantes cargados con una fulminante
ilusión de eternidad, como si toda la alegría de la infancia estuviera cifrada en esas
pequeñas ceremonias del amor.

Mi papá volvió a casa un poco antes de las elecciones presidenciales de 1978.


Había trabajado en la campaña presidencial de 1972 como consejero político de
Carlos Andrés Pérez, y luego como su secretario personal. Cuando Pérez fue electo
presidente, en 1973, mi padre fue nombrado comisionado Especial de la
Presidencia. Él esperaba que su participación en la arrolladora victoria del
presidente fuera reconocida con un puesto más destacado, pero algunos de sus
amigos más antiguos conspiraron en su contra calificándolo de hombre enfermo,
no apto para una posición ejecutiva.

El día en que volvió, lo vi entrar a casa con la falta de energía propia de un


hundimiento y la inconfesada desesperación de la derrota. Poco antes le habían
diagnosticado cirrosis hepática. Su hígado se cobraba revancha produciéndole
temblores y despellejándole las manos.

En aquella época, en la radio se oía día y noche Paula C, un despecho


intelectualoso de Rubén Blades. Mi papá solía asomarse a la ventana y, mirando el
cerro Ávila, repetir una y otra vez el estribillo: “Oye que triste quedé cuando se fue
Paula C Vivir sin un amor no vale nada No vale nada, tú ves”. Por esos datos supe
que él también arrastraba una pena de amor. De hecho, durante un tiempo se había
enredado con una mujer mucho más joven que él y menos tolerante que Nelly, que
lo había echado sin contemplaciones. También había malbaratado en aguardiente
el dinero que había ganado durante sus años de trabajo en el gobierno. Cuando
regresó a casa, interrumpió toda actividad partidaria, salvo la publicación de
artículos de opinión en el vespertino El Mundo y comentarios sobre ocultismo en la
revista Cábala. Supongo que creía que apartado de las causas políticas y de
cualquier aspiración de poder, lejos de cualquier militancia, podría establecer una
rutina normal con su familia. Pero vivía en permanente estado de guerra contra sí
mismo, cargando con la tristeza elemental que siempre lo había perseguido.

Poco a poco, dejó de ser un hombre activo, enérgico y callejero. Renunció a


frecuentar los bares de Sabana Grande para quedarse bebiendo, leyendo y
escribiendo en casa. A la vez, adoptaba rituales y pasatiempos paradójicos, como
hacer el desayuno los domingos o jugar a las adivinanzas con las canciones de
salsa y la música clásica de la radio. Hoy me parece increíble que la melancolía que
se lo tragaba no fuera suficiente para derribarlo por completo y hacerlo abandonar
la escritura, a la que se aferraba con celo. Consumía diariamente un litro de ron y,
arropado por el vapor etílico, se sentaba frente a la máquina. Una vez que
empezaba a teclear sólo tomaba las pausas que le dictaba la respiración, como si
escribir poemas y artículos lo mantuviera unido al mundo por un hilo de tinta.

A veces lo sorprendía declamando sonetos que había aprendido de memoria


en la juventud, murmurando fragmentos incomprensibles. Insomne, cuando ya
nadie en la casa estaba despierto, se sentaba de nuevo a escribir poemas que
abarcaban la hoja completa, de arriba a abajo y de un borde al otro, sin dejar el
menor resquicio libre. En la mañana, me asomaba a espiar la máquina de escribir
pero, por lo general, no entendía nada del soliloquio interminable que poblaba
aquel montón de papel.

No he podido encontrar más que un puñado de esas páginas entre los


abundantes escritos que dejó. Sin embargo, en el último año he leído muchos
poemas que puso en manos de Jesús Sanoja Hernández, gracias a quien se salvaron
de las mudanzas familiares que parecían más bien naufragios. La mayoría están
marcados por una honda tristeza. La evocación de la muerte ya no es irónica,
juguetona o reflexiva, sino inmediata: la muerte como solución al dolor de vivir.
Los últimos poemas apenas si despiden algo de la luz y el sentido que le faltaron a
su vida.

En agosto de 1981, tres meses antes de morir, escribió un poema amoroso


dedicado a Mireya, una joven vecina. Luego de comparar a la quinceañera con la
luz del día, el canto de la tarde y decir que tiene un olor a pomarrosa, cambia de
tono bruscamente:

Ya ni tengo ganas de vivir.Muero, seguido por mi propia muerte.No tengo nada,


todo se convierteen un no ser, un desistir. No aprendo ni siquiera a convivircon la
lluvia, la noche, con lo inerte.Pienso en mi suerte, en mi pobre suerte.Solo pienso
en mi polvo, en sucumbir. 
Estoy seguro de que en ese momento ya presentía su propia muerte y, a
pesar de que el alcoholismo lo inutilizaba cada vez más, durante los años previos
se las había arreglado para terminar En un monte de Rubio (Editorial Centauro,
1979) y Doña Piedad y las flores, una plaquette dedicada a su madre. Más adelante,
escribió “Homenaje a Pablo Neruda”, un libro que permanece inédito. El título En
un monte de Rubio alude al lugar de nacimiento de su amigo Carlos Andrés Pérez, a
quién consagra el libro como una especie de biografía poética. Sólo muy
recientemente se lo ha empezado a leer con independencia del contexto político en
que fue escrito ya que, en verdad, la crítica de la época no le prestó atención, ni
siquiera para criticarlo como un servicio al poder.

Durante los tres años que vivimos juntos, la vida fue tumultuosa para todos.
En los períodos de sobriedad parecía disfrutar de cierto sosiego, a pesar de que los
temblores de la abstinencia le sacudían el cuerpo. En esos raros momentos,
vivíamos la ilusión de la normalidad. Se levantaba temprano, se bañaba y leía el
periódico antes de sentarse a su máquina. Si tenía que salir, pasaba a recogerlo un
taxi o se iba caminando, pues le encantaba recorrer distancias que, para mi
imaginación, eran inabarcables. Una vez caminamos tomados de la mano hasta la
Plaza Venezuela. Luego de un buen trecho nos detuvimos a comer hamburguesas
en un puesto callejero. No he olvidado que al ordenar las llamó “hamburger”, con
pronunciación inglesa. Después atravesamos avenidas llenas de concesionarios de
autos, hasta que giramos a la altura de la calle de los hoteles. Cuando por fin
llegamos a la Torre Polar de Plaza Venezuela, me dejó en el cine mientras él se
sentaba a conversar con su viejo amigo, el cantante puertorriqueño Daniel Santos,
que no era adicto al alcohol sino a la cocaína. Ese día vi la película Can’t Stop the
Music, una fabulación infantilizada sobre la formación de la banda gay Village
People. Recuerdo todo con gran nitidez porque fui intensamente feliz durante el
paseo. Pero al salir del cine encontré a mi papá con los ojos enrojecidos y el
inconfundible aliento de los tragos.

A los períodos de sobriedad y lucidez los seguían inevitables crisis


alcohólicas. Como cabía esperar, aquellos eran cada vez más breves y espaciados.
Había días en los que salía a la calle sobrio y, un par de horas más tarde, un taxi lo
dejaba en la puerta del edificio hecho un guiñapo. Varias veces cayó allí sin poder
levantarse. Vivíamos en un primer piso, de modo que yo miraba todo escondido
tras la ventana, con un escalofrío de vergüenza que venía acompañado por el
deseo malsano de que el hombre tirado en el suelo no fuera mi padre. Los vecinos
no sabían cómo reaccionar y yo me sentía incapaz de enfrentarme a ese
espectáculo. Sin embargo, como no había nadie más en casa, bajaba a recogerlo y lo
ayudaba a acostarse en el sofá.

Vivir con alguien encadenado a la melancolía y el dolor estuvo a punto de


hacer perder la cordura a mi mamá. Cuando mi papá era atrapado por trances de
delirium tremens, se desataban en casa situaciones descabelladas. Más de una vez lo
vi sostener conversaciones simultáneas con grupos de amigos invisibles. Arreglaba
como podía los muebles de la sala. Los invitaba a sentarse y, en una esquina del
semicírculo, disertaba sobre política y filosofía, sobre el amor, la música, las
noticias. En uno de esos delirios obligó a mi mamá a servir café a los seis miembros
de su cenáculo. Ella, de hecho, vertió café en las seis tazas y las colocó con gran
ceremonia donde se hallaban los amigos imaginarios. En otras ocasiones nos
conminaba a mí o a alguno de mis hermanos a sentarnos en la sala para seguir con
atención lo que esos fantasmas tuvieran que decirnos. Había duendes recurrentes,
que aparecían para aliviar el desamparo en el que vivió desde su niñez. Uno de
ellos, tal vez la más comprensiva de sus sombras, era el señor Angelo, un notario
de modales corteses que llegaba sin anunciarse para consolar los desvelos del
poeta con su sabiduría de otro mundo.

La única hospitalización que pareció curarlo de veras ocurrió a mediados de


1980, en el Hospital Clínico Universitario. Salió de ella renovado y casi brioso.
Durante ese período comenzó a decir que estaba escribiendo otro libro de poemas.
“Se llama ‘Los secretos del jabón azul’ y es sobre los arcanos de Hermes, el tres
veces grande, quien anunció el cristianismo y escribió la ‘Tabla Esmeralda’”,
afirmaba, rotundo y con teatral grandilocuencia. Nunca encontré ese libro entre sus
papeles, salvo una mención aislada en otro poema, y una carpeta rotulada “Los
secretos del jabón azul” que estaba vacía.

Aunque José Agustín Catalá, su fiel amigo y editor, aún se lamenta por
haberle hecho más fácil la tarea de destruirse prestándole un apartamento para
escribir fuera de casa, no es del todo exacto que se encerrara allí sólo para beber. El
24 de abril de 1980 entregó en MonteÁvila Editores un libro inédito titulado
“Poemas”. Este manuscrito desapareció en el laberinto de archivos muertos de esa
editorial. Pero también escribió su “Homenaje a Neruda”, ciento veinte folios de
un desmesurado poema en el que la voz poética conversa con Neruda, llamándolo
por su nombre o “el hondero entusiasta”. Allí mi padre mezcla referencias de la
vida y obra del poeta chileno con la suya propia. Largos pasajes cabalgan hacia la
incoherencia y, aunque siempre retoma el nombre de Neruda, por momentos
refiere episodios y anécdotas políticas de sus años militantes, mencionando tanto a
sus amigos como a sus adversarios y torturadores.
Es imposible precisar cuándo comenzó a beber de nuevo, pero debe haber
sido a mediados de aquel año, poco después de enterarse de que un cáncer de
pulmón devoraba a su hermano Ludgerio. Jesús Sanoja Hernádez escribió que
cuando mi padre le entregó los originales de “Homenaje a Neruda”, cargaba “la
muerte pintada en el rostro y metida en el alma”. Eso debe haber sido en
septiembre u octubre de 1981.

Algunas semanas antes del día en que murió fueron a entrevistarlo unos
periodistas del suplemento cultural “Papel Literario”, del periódico El Nacional.
Sus respuestas fueron tan absurdas que nunca pudieron publicar el artículo. El
fotógrafo Vasco Szinetar le hizo varios retratos esa mañana. Muestran a un hombre
envejecido que aparenta al menos 20 años más de los 53 que tenía. A fines de
septiembre llegó la noticia de la muerte de Rómulo Betancourt en Nueva York que
lo hizo murmurar durante días, como si hubiese muerto un familiar muy cercano.
A principios de octubre murió Ludgerio.

Mi papá no paraba de beber. Tenía las manos desconchadas por las cirrosis,
estaba flaco y la cabeza se le había vuelto completamente blanca. Desde su
habitación, que permanecía casi todo el día con la persiana baja, se filtraba un
fuerte olor a bilis y alcohol. Sin embargo, entre nosotros la relación seguía estando
llena de ternura.

Una semana antes de que lo llevaran al hospital soñé con su muerte. Me


asusté mucho y, atenazado por un mal presentimiento, se lo conté a mi mamá esa
misma mañana. Estábamos en el paso peatonal, esperando la luz para cruzar la
calle. Ella respondió: “No te preocupes por tu papá. El poeta tiene más vidas que
un gato. Primero nos entierra a todos y después se muere él”. Entonces cambió la
luz, ella me tomó de la mano para cruzar y yo me quedé dándole vueltas a sus
frases. Las había dicho ya muchas veces, con leves variantes. En ocasiones no era
un gato sino un Ave Fénix. Pero esta vez no se trataba de una simple fórmula: la
imagen de un padre invulnerable, capaz de volver de la zozobra gracias al don de
la resurrección, conjuraba no sólo mis miedos sino también los suyos. Y la verdad
es que aquel viernes 6 de noviembre de 1981, cuando el poeta me despidió con
besos antes de irme al colegio, no recordé mi sueño de la semana anterior. Nada
me hizo pensar que esa era la última vez que iba a verlo vivo, ni que en pocas
horas más mi papá se iba a morir.
 

ROBERTO MERINO

JOAQUÍN EDWARDS BELLO, EN LA PIEZA OSCURA

JOAQUÍN EDWARDS BELLO nació en 1887 en Valparaíso y se suicidó en


Santiago en 1968. Sobre su nacimiento dejó un párrafo muy elocuente entre sus
miles de crónicas: “Sepan ustedes, señores, que yo nací el año del cólera, de la
salida del tranque de Mena, de la voladura del puente Cal y Canto; Rubén Darío
acababa de lanzar desde los cerros de mi natal Valparaíso un inmenso grito Azul a
toda el habla hispana y el presidente Balmaceda se paseaba por los pasillos de La
Moneda (el olor de la tragedia ya comenzaba a impregnar la vieja construcción de
Toesca). En ese ambiente vine al mundo, y muy temprano los hechos reales
comenzaron a interesarme. Así, mi lectura favorita fue el mundo mismo, el fait
divers en la vida y en los diarios”.

Es difícil clasificar a Edwards Bello en la categoría de maldito. Primero,


porque él mismo hubiera rechazado con énfasis la posibilidad; segundo, porque
fue un periodista y novelista bastante exitoso en su época. Todavía hoy las
eventuales reediciones de su obra cuentan con lectores fieles, muchos de ellos
jóvenes, y la prensa lo recuerda cada tanto, generalmente para apoyar reportajes en
los que se trata de descifrar la identidad chilena. Este concepto imantó su escritura,
tanto en sus célebres crónicas como en sus novelas. A la adhesión de los lectores
hay que agregar el reconocimiento institucional: fue miembro de la Academia
Chilena de la Lengua y dos veces premio nacional: de literatura en 1943 y de
periodismo en 1959.

Habría que decir que, más que maldito, fue un individuo incómodo e
incomodante, un crítico permanente e impredecible de las costumbres nacionales,
muchas veces caprichoso, motivado por traumas personales y convicciones
arbitrarias, pero siempre dueño de un estilo veloz que a veces chispeaba como una
fusta. Además, a raíz de lo mismo, fue políticamente inubicable, oscilando según el
tiempo entre el socialismo y el nacismo (a la distancia y con “c”, porque así se
conoció la réplica chilena del nazismo alemán), pero mayormente inclinado a cierto
conservantismo individualista. Si bien muchas de sus opiniones podrían
considerarse democratizantes, el mismo que las suscribió declaró alguna vez –en
una de sus crónicas de la madurez– no votar en las elecciones porque su voto “vale
lo mismo que el de un cogotero del Callejón del Guanaco”. También este amante
del pueblo podía, si lo pillaban con el ánimo virado, redactar frases como “ese
renacuajo fétido llamado el chileno” (ésta era, eso sí, una afirmación privada:
aparece en una carta de los años 20 a su amiga María Letelier del Campo).

Ciertos rasgos de su personalidad le dieron fama de intratable: algunas dosis


de paranoia, arranques de orgullo, accesos de ira, veleidades del ánimo. Ostentó
desde joven una amargura existencial que encajó con su suicidio en 1968. Esta
forma de morir alimentó retrospectivamente su mito. Lo otro fue el hecho de haber
terminado sus días más bien pobre en circunstancias que por su familia –de raíces
plutocráticas y aristocráticas– le habría correspondido el destino de un millonario,
o al menos el de un hombre próspero.

Al contrario, nunca recuperó las fortunas heredadas que dilapidó en su


juventud y se dedicó con pasión al periodismo, una actividad mayoritariamente
asumida por gente de la clase media. Fue un gran cronista, sobre todo en el rubro
de los “hechos diversos”, como él señala. Su arco temático es un extenso
paradigma, y en él caben desde los esplendores del Segundo Imperio hasta la
miseria de los conventillos chilenos, fusilados, meretrices, fantasmas de París,
palabras quechuas en el habla local, revoluciones, cine, incendios, aburrimiento,
calles de Madrid, Mussolini, Eça de Queiroz, bellezas y fealdades de Santiago, en
fin, una cuestión sin término. Casi toda su carrera la realizó en el diario La Nación
(liberal entre 1917 y 1930, y al servicio de los gobiernos de turno desde esa fecha
hasta ahora). Comenzó a escribir oficialmente para el periódico en 1921 y su última
crónica se dio a conocer pocos días después de su muerte.

Entre tanto publicó novelas que casi nunca pasaron inadvertidas. En ellas
siempre se perfila un conflicto social vinculado a la separación de clases,
preponderante en la sociedad chilena (es más: una preocupación distintivamente
nacional). Las que más se recuerdan hoy son El inútil (1910, una sulfúrica crítica a
la clase alta que finaliza no obstante en una especie de redención), El roto (1919, la
historia naturalista y fatal de un tipo nacido en un nido prostibulario y delictual),
La chica del Crillón (1935, el prolongado drama de una joven venida a menos que
logra recuperar su lugar social y reivindicar a su padre), En el viejo Almendral (1934,
una sucesión de reflejos autobiográficos: el aprendizaje existencial de un
adolescente de clase alta de Valparaíso).

Recuerdo bien la mañana de febrero del ’68 en que Edwards Bello se suicidó
de un balazo. La noticia la dieron en la radio de la cocina. Yo tenía siete años y fue
la primera vez que escuché su nombre. Como mi abuelo había sido su amigo, o
más bien su contertulio, mi mamá exclamó: “¡Oh, tu Tata se va a morir!”. Entonces
me subí a un monopatín y me fui a la parte de delante de la casa gritando: “¡Se
suicidó Joaquín Edwards Bello!”. Mi abuelo no dijo nada, simplemente me miró
serio con una expresión de ausencia.

De ahí no supe más. Mucho después, en el ’75, una tarde más bien triste de
vacaciones de invierno, mientras se hacía de noche, paramos con mi papá en la
vitrina iluminada de una librería de la calle Morandé, de Santiago, mirando los
libros en silencio. Había uno de Joaquín, amarillo, con una foto suya en la tapa, en
la que aparecía muy atildado. Mi papá sacó el habla y me confesó su admiración
por el escritor, me habló un poco de su neurosis, de sus mañas, y agregó una frase
que no se me olvidó jamás: “Le tomó gran odio a su clase”.

Como todo lo que tiene que ver con el contradictorio e impredecible


Edwards Bello, esa afirmación tendría que ser relativizada. Su “desclasamiento”
fue hasta por ahí nada más. Se puede decir que si bien hizo todo lo posible por
sacudirse de los yugos y de los libretos sociales, mantuvo siempre cierta aura de
altanería que podía resultar intimidante para los demás. Decía que no era snob ni
en comidas ni en amistades, pero esto no significa que estuviera disponible para
mucha gente. En La Bahía, el restaurant que más frecuentaba (el recinto era por lo
demás propiedad de su familia), estaba siempre listo para expulsar de la mesa a
cualquiera que se acercara a interrumpir su conversación. Según los mozos del
restaurant, al tercer whisky se ponía un poco intratable. Ay del desconocido que
cometiera la imprudencia –llevado por la admiración– de mandarle una botella de
champagne: debía recibirla de vuelta con un rosario de improperios.

Lo que odiaba de la clase alta chilena era más bien el filisteísmo y la


impostura. En 1932 escribió en una de sus crónicas de La Nación: “Algunos lectores
se preguntarán: ¿por qué, siendo Edwards, no tiene fortuna? Voy a responder: uno
de los acontecimientos más desagradables y útiles de mi vida fue la pérdida de mi
herencia. No la gocé ni la malgasté, la perdí rápidamente casi sin olfatearla. Desde
ese mismo momento empecé a ser alguien. Si yo hubiera conservado mi dinero
sería uno de esos señores dominicales –de bastón y guantes– muy útiles a la
sociedad sin duda, pero sin interés. Sería el hombre que, por no hacer nada, no
tiene enemigos, ni actos censurables, ni frases útiles para una mayoría ni peligrosas
para las minorías. Sería el hombre feliz que en jerga social santiaguina llaman el
pilar de lujo de una familia. La pérdida de mi fortuna fue como el ácido que revela la
placa fotográfica de la vida. A veces en un salón de gente admirable pienso: ¡pude
ser tan tonto como ellos!”.

En sus largos últimos años vivió en un “caserón modesto” de la calle Santo


Domingo, cerca de Cumming, junto al convento de los capuchinos, en un barrio
que ya hacía tiempo había venido a menos y donde de repente –observó el
escritor– aparecía en cualquier ventana un papelito con el anuncio “se vende
mantequillera de plata”. Se trataba, a su entender, del fantasma de la pobreza: otra
casa donde no se comería más mantequilla. Desde ese minarete observaba además
la procesión cotidiana de perros vagos, los escupitajos en las veredas (“todos los
días a las siete de la mañana comienza la escupidera nacional”) y el
comportamiento humano en general. Una vez vio con perplejidad que una
mendiga botaba con un gesto de desprecio la sopa de ajos que él le había
mandado: a él la sopa de ajos, favorita del duque de Osuna, le traía evocaciones de
Madrid y de una íntima felicidad doméstica.

“Mi barrio es un barrio con sentido común”, se lee en una de las páginas de
su libro El marqués de Cuevas. “Diría que todos viviríamos bien si no se metiera el
centro, la gente de allá arriba. Es un barrio de personas que han querido vivir como
clase media, sin lujos. Aquí nadie quiere parecer príncipe. Por la noche se adivina
la pobreza del barrio en las luces eléctricas de los pisos altos, sin pantallas, ni
lámparas. Nada produce tanta idea de pobreza como esas bombillas (ampolletas)
colgadas en un cuarto desnudo, sin visillos en las ventanas. Es la luz ahorcada”.

El escritor Alfonso Calderón, que fue su secretario y su editor, comenzó a


visitar a Edwards Bello en esa casa a comienzos de los años ’60, cuando ya había
tenido un primer ataque cerebral. No era simpático de entrada: de hecho, al saber
que Calderón había vivido en el norte le deslizó una pachotada: “Sí, son todos
ladrones por allá”. En otra ocasión Calderón le regaló una colección de discos
viejos con canciones francesas de los años diez. Días más tarde Edwards lo
recriminó: “Usted me ha hecho mucho daño porque me ha hecho recordar el
tiempo en que fui feliz”.
Su infelicidad, en los largos últimos años de su vida, provenía en gran parte
de la hemiplejia, que lo humillaba y le impedía trabajar. La hemiplejia era la
enfermedad que más temía, según le había confesado a sus amigos. “Si yo quedara
hemipléjico”, había dicho, “no dudaría en pegarme un balazo”. Fue lo que hizo la
mencionada mañana de febrero, después de tomar desayuno –una manzana, un
huevo duro, medio litro de leche con cereales, un vaso de agua mineral
Cachantún– y de canturrear alegremente “Non, je ne regrette rien”, la canción de
Edith Piaf. Cuando su mujer Marta y Daniel, su hijastro, escucharon la detonación,
supieron de inmediato de qué se trataba el asunto. No era la primera vez que
consideraba la idea o el impulso de suicidarse, como consta en las varias notas de
despedida, con fechas distintas, que su familia encontró posteriormente semi
ocultas dentro de unos libros. En su última mañana, aparentemente tranquila, el
rumor del canturreo fue cortado por el estruendo de un disparo. Daniel trató de
abrir la puerta pero ésta estaba trabada por el cuerpo del viejo escritor. El balazo se
lo dio en la boca. La pistola era una Colt que le había regalado su padre sesenta
años atrás.

Alguien me dice que siempre hay en Chile viejos como Edwards Bello y que
uno simplemente no los conoce por falta de notoriedad. La figura es, no obstante,
compleja. Se podría decir que era orgulloso, anti intelectual, socialmente fregado,
observador de costumbres, individualista, escéptico, feroz en la descalificación,
crítico de su clase y aventajado rotólogo, esto es, experto en la psicología del roto, el
hombre popular. Sus observaciones en este rubro son innumerables, y las fue
registrando en sus novelas, por boca de sus personajes, y en sus crónicas. Estas son
de sus crónicas de La Nación de los años ’30: “El tipo popular actualmente puede
definirse como desperdicio de una selección violenta y rápida”. “El chileno, según
lo he visto, come, se divierte y baila, no por orden cotidiano, sino a golpe de
excesos: hoy panzada, mañana vientre vacío; hoy borrachera y mañana agua; hoy
gritadera infernal y mañana silencio fúnebre”. “El roto es un príncipe mugriento,
apenas iniciado por el sombrío vestíbulo de la muerte. Si le damos limosna, nos
larga un discurso y se va a tomar a nuestra salud”.

Era conservador en la medida en que descreía de las novedades, las


panaceas y las promesas políticas, pero totalmente liberal en sus teorías
económicas, aunque defendiera a brazo partido la nacionalización de las riquezas
mineras contra el usufructo inglés y norteamericano. A la vez era partidario de los
gobiernos fuertes, de ahí su admiración por Portales, el ministro conservador de la
década de 1830, que enderezó el estado por medio de la mano dura, y a la vez de
Balmaceda, el presidente liberal, quien estableció una dictadura para controlar los
excesos del Congreso y terminó suicidado en 1891, el año de la revolución.
Edwards Bello, además, demostró un temprano entusiasmo por Mussolini, que
empezó a mermar ante la invasión italiana de Abisinia, y su flirteo con el
movimiento “naci” chileno estaba relacionado con sus ideas nacionalistas. Hay que
señalar que esta adhesión nunca fue oficial, y se ha conocido hace poco con la
publicación de Cartas de ida y vuelta, el epistolario de Edwards Bello editado por
Salvador Benadava (Ediciones de la Universidad Diego Portales, 2011). En ese libro
(en una carta de Edwards Bello a J. Salinas Ortiz, abanderado nacista, en
noviembre de 1936), se lee: “Tengan cuidado, nacistas de mis simpatías, de no
aparecer como enemigos de los humildes. Sería un vasto error político de enormes
consecuencias. Peguen al casco y no a las arboladuras, decía Nelson. Sus enemigos
quieren hacerlos aparecer como apaleadores de rotos. Los provocan para eso.
Cuando empiecen a caer los verdaderos enemigos de la patria, los anarquistas de
arriba, los sanguijuelas y parásitos, yo, autor de El roto, dispararé codo a codo con
ustedes”. De más está decir que ese momento no llegó jamás. A diferencia de otros
escritores, particularmente franceses, Edwards Bello nunca se inmoló por idearios
de esta índole, ni se puso uniforme alguno, ni militó en partidos políticos.

Fue quizás la influencia británica de su formación la que moldeó su


personalidad en este aspecto: ser quien se es y nada más, rehuir la teatralidad
irresponsable, no llamar la atención. En este sentido, particularmente significativo
para él fue su paso por el internado inglés de Sulham Tead Rectory. Su familia lo
mandó allá en 1904, cuando tenía 16 años. Lo primero que aprendió es que
llamarse Edwards en Inglaterra era equivalente a llamarse Soto y se sintió liberado
de la carga chilena de su apellido.

Influencia británica y condición de porteño fueron en su caso una misma


cuestión. No llamar la atención involucraba no incurrir en fantasías capilares, a su
modo de ver muy propias de los santiaguinos. Hay que agregar que Valparaíso, la
ciudad donde nació, tuvo hasta comienzos del siglo XX un cierto tinte inglés en las
costumbres, en la arquitectura, en los mobiliarios. Él mismo hacía notar la
existencia, en recintos bancarios lúgubres y estrechos, de ingleses que a través de
los años sólo leían The Times e ignoraban quién era el presidente de Chile.

Pero Valparaíso era más que eso. En una crónica de finales de los años ’20
cuenta su asombro al observar, en la noticia de un evento social femenino en Viña
del Mar (conurbado con Valparaíso), una mayoría increíble de apellidos alemanes,
italianos, escoceses, franceses. Para él era claro que los no criollos constituirían
algún día la nueva oligarquía, por su tendencia al trabajo sistemático en el
comercio, y por no considerar denigrantes algunos trabajos menores. Ya en su
infancia, se sintió parte de un mundo ampliado y diverso. Por un lado estaba la
vieja clase alta y por otro el bajo pueblo, cuya cercanía experimentó en el Liceo de
Valparaíso, donde su padre lo trasladó en un arranque democratizador. Pero
además estaban los extranjeros, que irrigaban la vida porteña con estímulos
adicionales. “Oscilaba mi niñez entre cambiantes direcciones internacionales”,
escribió cuarenta años más tarde en una de sus crónicas, “porque si mis juguetes
eran del germano Burmeister, mis ropas eran de la Casa Simon, mis escenarios
eran de Madrid y Roma, y mis conocimientos del Colegio de Mister MacKay. ¡Qué
guirigay! ¡Qué guirigay! En casa nuestros padres nos mantenían en la línea de
chilenismo que el liceo completó en la adolescencia. Pero quedarían para toda la
vida esas oscilaciones de carácter que no encuentra el verdadero y profundo
rumbo, como ocurriría con niños ingleses, españoles o franceses”.

Vivir en Chile –y particularmente en Santiago, a la que llamó Feópolis– era


para Edwards Bello poner a prueba constantemente su capacidad de tolerancia,
que a veces simplemente hacía agua. Le molestaba que lo interrumpieran cuando
hablaba, que quisieran sacar partido político o monetario de su persona, que lo
visitaran sin aviso, que en las reuniones sociales se hiciera gala de erudición
libresca, que lo miraran en la calle.

Este último punto es relevante. Cuenta en alguna parte que cuando era niño
vio una vez a su padre hacerle “las tremendas” a unas señoras que lo miraron a los
ojos al cruzarse con él en una calle del centro de Santiago. Por “las tremendas”
tenemos que entender el gesto que se efectúa –para insultar a alguien– con las
palmas hacia arriba y los dedos curvados. Esto significa: bolas, testículos. Lo
curioso es que rememora este exabrupto paterno con admiración. Pensaba que las
miradas –al menos las que se prodigaban en el centro hacia comienzos del siglo
XX– estaban hechas para zaherir o para taladrar.

El otro problema que tenía con las miradas callejeras se refería al


“encuentro”. Encontrarse en la calle con algún conocido, algún latero, le podía
significar quedarse estacado en la vereda escuchando las progresivas y tediosas
evoluciones de los temas ajenos. Por eso caminaba muy erguido, con la mirada fija
en un punto lejano.

Pertenecía a una rama directa de la familia fundada en Chile por el inglés


George Edwards Brown a principios del siglo XIX, quien se quedó en La Serena
tras su deserción del buque pirata Blackhouse, donde oficiaba de “médico”. El mito
establece que George Edwards se enamoró de una joven de la ciudad, Isabel
Ossandón, y que fue escondido por la familia de ella en una tinaja de greda para
ponerlo a salvo de la tripulación.
“En alguna oportunidad”, escribió el periodista venezolano Felipe Massiani,
“Joaquín Edwards Bello habló de sus abuelos paternos y recordó que ‘el primer
Edwards que llegó a Chile fue un corsario’; a alguien, tal vez de la parentela del
escritor, no le gustó su declaración y lo refutó alegando que aquel Edwards no
había sido corsario sino doctor. A lo que contestó el novelista humorísticamente:
‘Es decir que el hecho de poner lavativas a los marineros de un buque de vela en
1807 era ocupación más noble que la de corsario (…) Dejemos el antepasado
médico a los parientes mediocres (…) Yo siempre seré descendiente del corsario
Edwards que desertó por amor: por eso escribo con garra”. (Cecilia García-
Huidobro, Un transatlántico varado en el Mapocho, el Mercurio-Aguilar, Santiago,
2005).

La suya no era en absoluto una rama pobre, pero carecía del esplendor de
aquellas que le han dado al apellido una resonancia plutocrática. El padre, Joaquín
Edwards Garriga, trabajaba en el banco que sus parientes habían fundado en
Valparaíso y observó durante toda su vida una especie de rigor victoriano. Se
desprende de las palabras del hijo, siempre encomiásticas, que el padre era un
hombre que había renunciado a la imaginación a favor de las responsabilidades
prácticas de la existencia; metódico y carente de ambigüedades, basaba sus
principios de vida en el ahorro, la confiabilidad de la palabra empeñada y la
austeridad (“hizo su fortuna con una herencia y el esfuerzo de su trabajo”). No
gastaba en peluquerías: él mismo les cortaba el pelo a sus cinco hijos los domingos,
y luego les daba a cada uno una chaucha o un penique.

En 1905, la familia Edwards Bello se trasladó en pleno a París. El padre de


Joaquín buscaba encontrar allá el tratamiento al cáncer que lo consumía. Fue en
vano: murió al poco tiempo, tras haber sido estafado por unos chilenos que
ofrecían un supuesto método infalible para curar la enfermedad. Joaquín, que
entonces tenía dieciocho años, retuvo para siempre una escena dolorosa: vio
cuando un pedazo de mandíbula se desprendió de la cara de su padre para caer en
una palangana. Alguna vez habló de las imágenes contrastadas: la tristeza del
departamento donde se alojaban y afuera la primavera de París, el olor
embalsamado de las flores y el rumor renovado de la calles. Fue el momento
específico en que percibió “el llamado de la ciudad”. En esos días, en el Bosque de
Boulogne, conversó por casualidad con la emperatriz Eugenia. Su encuentro con la
Bella Otero cuenta en el repertorio de sus vergüenzas. Con unos amigos se habían
confabulado para seducir a la cupletera española, reputada como una de las
bellezas de la época: él fue encomendado para ir al teatro y entregarle un ramo de
flores. Lo hizo: se presentó vestido con el uniforme de su colegio y la diva –en cuyo
camarín se mezclaban los olores de los perfumes con el de los chorizos en plena
fritanga– le dio propina. No vio en él a un galán, sino a un botones.

No está claro en qué momento comenzó a desvincularse del destino que le


correspondía por familia. Cuando niño, en Valparaíso, decía que quería ser
abogado, carrera que por cierto nunca siguió. En los años anteriores al Centenario
se lo veía por las calles de Santiago como un petimetre muy elegante, conformando
un ruidoso grupo –a bordo de uno de los cuatro automóviles que había en la
ciudad– con sus primos Lamarca Bello y Balmaceda Bello. De ese tiempo quedan
los últimos testimonios en que disfrutó de una alegría franca, sin desviaciones de
ninguna índole. Su padre había muerto hacía poco en París y por lo tanto vivía de
su herencia. Los primos eran igualmente opulentos y estaban disfrutando los
últimos días de irresponsabilidad antes de los respectivos matrimonios. Las horas
del día las repartían entre bailes, clubes, casinos y excursiones de caza a las afueras
de Santiago. Él hablaba después de “los tiempos de Vicho Balmaceda” para
referirse a esa época.

(Vicho era el más caracterizado de sus cercanos: muy alto, imponente, dueño
de una hacienda gigantesca entre Melipilla y Rancagua, medio huaso por lo
mismo, amante de Teresa Wilms, la escritora que hizo perder la cabeza a medio
mundo, incluido Vicente Huidobro. El mismo Joaquín tuvo una cercana relación
con Teresa. Coincidieron en Madrid, en 1918. La cercanía con Joaquín se terminó
en una estación de trenes. Teresa se molestó por las maletas que él llevaba,
excesivamente ordenadas a su entender, y consideró que éste era más el equipaje
de un burgués antes que el de “su Arlequín”. El sueño se rompió como una
burbuja de champagne, para expresarlo en su retórica. “Usted no es mi Ideal”, fue
lo último que le dijo).

El escritor también recordaría este período, previo a la Gran Guerra, como


“el tiempo gordinflón”: un momento de aparente distensión social, caracterizado
por el dispendio, grandes banquetes, grandes carcajadas, dolce far niente, humo de
Joutards y la dorada evanescencia del champagne. El champagne se tomaba a
destajo en todo el país y es casi el símbolo de esos días que parecían inaugurales y
que sin embargo eran todo lo contrario: una colilla agónica de un tiempo que
largaba su último esplendor.

En esos días se verificó su participación en un duelo que el tiempo se ha


encargado de mistificar. No fue nada, más bien una cachetina atendida por
padrinos: a raíz de un dibujo burlesco publicado en la revista Sin sal, Alfredo
Riesco, otro joven equivalente, retó a Joaquín a duelo, ya que sus explicaciones de
la ofensa no fueron consideradas satisfactorias. Se juntaron en un lugar remoto del
Club Hípico. El hecho es que el enfrentamiento duró tres minutos. En un momento
Joaquín quedó sentado en el suelo, tapándose un ojo con las manos: le pusieron un
esparadrapo y se hicieron las paces. Cuando se retiraba con sus amigos, que iban
bastante preocupados, soltó la risa y les dijo: “Quítenme esta cataplasma, si no ha
pensado pegarme en el ojo, pero yo no estaba dispuesto a seguir recibiendo
bofetadas de ese jodido”.

Sin embargo ya había una especie de sombra merodeando en la mente de


Edwards Bello. A veces simplemente se desaparecía, a veces se ponía
excesivamente cáustico y criticón, según sus cercanos. Fue entonces cuando
empezó a incubar ese extraño resentimiento que posteriormente le agriaría la vida.
Así describe él mismo su situación en una crónica evocativa: “Viaje a Europa;
duelo de familia. Llegada a Chile, después del terremoto, enguantado en suaves
casimires de Debacker saturado de la primera petulancia volteriana y zolesca. Es
preciso remontarse a esa época –y me remito al recuerdo que hacen de ella quienes
me vieron– para comprender lo que una irrupción así podía significar en Santiago,
en el centro u ombligo de la ciudad provinciana, aun ahora, que fundara don
Pedro de Valdivia. Entonces, en las calles de procesiones, Estado o Ahumada, se
notaba la presencia de todo forastero; las miradas fusilaban a cualquiera que no
hubiera nacido y vivido en la cultura mapochina, domiciliado entre Matucana y
Mosqueto”.

Pero además, en ciertas noches lúgubres, el joven Edwards Bello enfilaba los
pasos por las barriadas peligrosas –Bandera hacia Mapocho, San Pablo hacia
Matucana– y se sumergía en “bohemias pestíferas”, según la expresión de Gabriela
Mistral. Sus ojos aceitunados registraban lo que después supo tan bien describir:
las tenebrosas diversiones alcohólicas del bajo pueblo, cuyas tradiciones, a su
entender, fueron arrasadas por el espíritu nacional, imitativo incondicional de lo
extranjero. Como nadie dio el tono del escenario nocturno de extramuros: las calles
iluminadas por pálidos faroles, el ayayay de la cueca en los lupanares y el grito de
algún acuchillado cuyo cuerpo se desploma sobre el huevillo de la calzada.

“Detrás de los tabiques, el cemento y los estucos de la Alameda”, escribió en


1923 a propósito de un asesinato en un conventillo, “detrás de las férreas
armazones de las estaciones Alameda y Mapocho, a un paso de la plaza y de La
Moneda, empiezan los tugurios populares, las casas en cuya frente está escrita la
clase social inferior de una manera chocante. Son los entrebastidores, como el forro
de la ciudad, lo que se oculta a los extranjeros como una llaga. Santiago, con sus
barrios bajos infectos, sus postes de teléfonos y el basural que lo circunda por falta
de hornos crematorios, es como un pie sucio y fétido con zapato Luis XVI. No hay
proporción entre los palacetes del Parque Forestal, la calle Dieciocho y Alameda, y
los ranchos y conventillos que se suman por miles y miles. Por un palacete de
mampostería hay diez mil ranchos de barro; por un niñito blanco y robusto hay
diez mil fetos vivientes color aceituna”.

“Como observador de la elite”, escribe el historiador chileno Manuel Vicuña


sobre Edwards Bello en el prólogo de Crónicas reunidas (Ediciones UDP), “se
mueve en los márgenes. Incursiona en la vida de sociedad aunque sin instalarse de
lleno. Entra; sale. Participa; se ausenta. A veces itinera por hoteles de mala muerte,
con una maleta a cuestas. Se pierde sin dejar rastros de su paradero, ni siquiera
entre sus familiares. Sus arrancadas, como les llamó su primo Andrés Balmaceda
Bello, podían durar semanas. Eran como desahogos, actos de descompresión. Las
putas, el juego, las malas juntas, la farra: sólo se podía especular sobre los motivos,
Edwards Bello no daba explicaciones. El ambiente prostibulario de la novela El roto
surte pistas sobre sus incursiones en los bajos fondos, que él, con la inventiva
verbal de un desertor de la ciudad patricia, designa como los escondrijos y
subterráneos sociales. Edwards Bello adhería a la poética realista que aconseja la
inmersión en los ambientes y el trato directo con los sectores que se desea retratar,
y él la practicó con una fidelidad instintiva y ocasionalmente atormentada”.

“Mi vida me parece un cuento de Perrault”, le confiesa en un número de


1927 de la revista Zig-Zag a la periodista que firma como La Dama Audaz. “Me
ocurre como a aquella princesa a quien Barba Azul le permitiera entrar en todas las
habitaciones menos en una. Yo me asomé una a una a todas las habitaciones que
me dio la vida para elegir. Y sucesivamente también me deslumbraron en todas
ellas la belleza, la fortuna, las situaciones esplendorosas. Pero mi destino me
empujó al cuarto oscuro, al cuarto vedado, donde no había nada que ver y donde
me metí de cabeza para sufrir todo género de tormentos”. (Cecilia García
Huidobro, op. Cit).

En 1910 apareció su novela El inútil, un libro saturado de intensidad pero


deficiente en su estructura. Se corrió la voz de que la obra estaba escrita en clave –
que en sus páginas aparecían camuflados los agonistas de la vida social
santiaguina del momento– y todo el mundo se vio obligado a leerla. De la noche a
la mañana, recordaba el mismo Edwards, se vio convertido en escritor famoso.
Famoso pero repudiado en los salones y en el centro: le hicieron el vacío (“la
neumática”, según sus palabras) y le propinaron numerosos respingos: una forma
ofensiva de cortar el saludo al vuelo. Él tenía veintitrés años y no soportó el
chaparrón. Se refugió en un prostíbulo de la calle Borja, más allá de la Estación
Central, en un barrio alumbrado con patibularios chonchones, donde por las
mañanas era frecuente encontrar algún fiambre tendido en la vereda. Este es el
escenario que usó posteriormente como modelo para su novela El roto, (1919) que
le valió bastante más prestigio literario. En ese libro, de influencia naturalista,
Edwards trazó el destino fatal de un niño nacido en un lenocinio del cochambroso
barrio Estación y bosquejó el ambiente prostibulario de sordos interiores, olores
acres y atmósfera de encierro. Pero el rechazo a El inútil marcó su ánimo para
siempre. Su acritud, su mala disposición hacia la clase a la que pertenecía, se
acentuó desde entonces. Partió a Rio de Janeiro en 1911 y de ahí de vuelta a París,
donde ofició de rastacuero: se entregó a un vértigo de despilfarro un poco cínico.

Una carta de su primo Andrés Balmaceda, despachada a Chile en julio de


1913 a su hermano Fernando, lo pone en escena con su modo de vida de entonces:

“Comenzaré por decirte que (Joaquín) se trajo una chiquillita de 16 años; es


un encanto, mide aproximadamente 1.50 m. De altura, una figurita de Greuze, con
la cabeza como un canastillo y con una cara de primera comunión que es de
morirse de la risa. Es completamente ingenua porque parece que nunca ha visto ni
un teatro. La viste donde Paquin y le ha regalado no sé cuántos miles en joyas.
Anoche fue al teatro con una toilette que le cuesta 4.000 francos. Iba a tropezones
con la cola, la gente nos seguía por los pasillos y se divertía con este espectáculo
tanto como nosotros, hasta el punto de preocuparse más de ella que de la
representación. A la salida nos esperaba un regio Deloné Belleville de Joaquín,
para llevarnos al hotel que está a 50 m. De distancia. Por supuesto que el coche sólo
lo arrienda, y a precio de oro. Llegados al hotel mandó a acostarse a la chicoca, que
estaba que se caía de sueño, pero que protestó muchísimo porque quería seguirla
con nosotros”.

“Ya te imaginarás”, sigue Balmaceda, “lo divertido que se ve Joaquín con


este piscoiro, la tiene como un animalito para llamar la atención. La toca, la mira y
después suelta la carcajada, así se lleva todo el día. La noche de la noce, dice el
Marqués [Félix Ossa, festivamente apodado Marqués de Montemar], metió tal
pelotera de gritos, que él, que estaba en el piso de arriba, los escuchaba como si
estuviera a su lado”.

“En la sala del casino Joaquín es el hombre más popular. Todo el mundo lo
conoce, y se para a mirarlo cuando pasa. Entra repartiendo billetes de 100 francos y
puñados de luises. Para qué decirte el séquito de mujeres que lo rodea. Mientras él
está jugando hay dos mozos que se ocupan en destapar champagne para todos los
que se acercan a él y otros dos para recoger el dinero que se le cae de la mesa”.
“Está con una suerte que espanta. Es el Napoleón de la gran mesa. Todos le
temen y desde que él llega los jugadores empiezan a dejar sus asientos y los
curiosos a agruparse a su alrededor comentando sobre su figura, su modo de jugar,
etc., etc., etc. Ayer, después de una recogida fuerte, repartió ochocientos francos de
pourboire entre los croupiers y los mozos de la mesa. Por supuesto él fue el que más
gozó. Anoche ganó 15.000 y sumas iguales recoge todos los días desde que llegó.
Tiene depositados de las ganancias 70.000 francos”. (Andrés Balmaceda Bello, Bajo
el polvo de los años, Dibam, Santiago, 2000).

En una crónica escrita cuatro décadas más tarde, a comienzos de los


cincuenta, Edwards Bello agregó algunos datos al episodio. La niña francesa se
llamaba Chiffon y lo que se daba en el teatro era La dama de las camelias. Cuenta que
en un momento, indignada ante el comportamiento de Armand Duval, el
personaje de la obra, Chiffon le gritó ¡cochon! Desde el palco.

Un año después de esta escena vino la gran guerra y con ella un cambio
radical en la vida parisina, que se volvió desconfiada y hostil para los extranjeros.
El propio Edwards Bello divide la experiencia de París entre el antes y el después
de la guerra. Como descendiente de ingleses fue llamado a las armas y deportado
como desertor a un regimiento de zuavos, pero movió los hilos diplomáticos que le
permitieron evadir el bulto. Lo lamentó más tarde porque pensaba que un escritor
se alimenta, más que de los libros, de una existencia cuanto más aventurera mejor.
Así consigna este episodio, entre otros de su vida de los que tuvo tiempo de
arrepentirse: “En 1910 un brasileño amigo me convidó a Manaos, donde el
gobernador Bittencourt acababa de sublevarse. Debíamos ir juntos en un barco de
180 toneladas, llamado Livramento. Estuve titubeando hasta la noche antes, y al fin
preferí quedarme entre la concurrencia del High Life Club. La vida nocturna de
Río era muy agradable entonces. Perdí la oportunidad de conocer el Amazonas y
las regiones del oro negro. En 1912 un potentado inglés me pidió que le
acompañara como secretario a Angola y al África del Sur, donde tenía negocios de
minas. Rehusé. En 1916 una ley de Clemenceau hizo que fueran al frente, en
regimientos disciplinarios, todos los residentes en París de ascendencia británica,
francesa, italiana, rumana o serbia. Yo fui preso como desertor en el Hotel
Friedland, llevado a Saint Denis y enrolado en 5º regimiento de zuavos.

“En vez de aceptar tan emocionante aventura, puse telegramas a mi


hermano Emilio, que era cónsul en Liverpool. Dos meses más tarde me llevaron a
la Corte de Justicia en París y me pusieron en libertad. Torpeza imperdonable de
parte mía fue no aceptar los acontecimientos tal como se me presentaron entonces,
pues estoy convencido de que en el destino de los escritores lo más importante es
poner el espíritu el mayor número de grabados con la calidad más fuerte y
luminosa que sea posible”.

Es imposible aproximarse a la vida de Joaquín Edwards Bello sin entrar en la


interpretación e incluso en la especulación. Primero porque él mismo fue un
incesante especulador durante más de medio siglo, y segundo porque si bien su
obra tiene numerosas vetas autobiográficas, el escritor dejó no pocas zonas oscuras
en torno a su figura. La verdad es que siempre irradió un aura de misterio, desde
sus primeras apariciones sociales hasta sus últimos años cuando se ganó fama de
viejo chiflado en el barrio de Cumming por andar a pie pelado en el pasto. Éste era
uno de los innumerables consejos del doctor Lezaeta, vecino suyo y pionero de la
medicina natural, con cuyas friegas de ortigas mitigó en parte las secuelas del
ataque de hemiplejia que le sobrevino en 1958, cuyas secuelas le arruinaron la
parte final de su vida.

En 1968, tras su suicidio, el crítico literario Hernán Díaz Arrieta (Alone), que
antiguamente había sido su amigo, escribió: “Y acaso ahora solamente, reducido a
perpetuo silencio, empiece a aclararse el misterio de una de las personalidades más
complejas, aunque parece difícil que alguna vez se llegue al fondo”.

Al rompecabezas de su personalidad le faltaban algunas piezas, según


consideran amigos cercanos de su lejana juventud. Y sus mutaciones de ánimo, su
eventual violencia, incluso su paranoia, fue testificada por quienes lo conocieron en
el decurso de su existencia.

Los testimonios se suman: creía que le robaban, que querían usurpar su


tiempo, que se aprovechaban de su pobreza, como le restregó en el oído alguna vez
por teléfono –antes de cortar bruscamente– a su primo Ismael Edwards Matte,
director de la editorial Ercilla.

Lo que más intrigaba a Alone era la relación de Edwards Bello con sus hijos
Joaquín y Bernardo, un capítulo de triste desenlace. En las miles de crónicas que
escribió –que abundaban en ataques a la educación y en referencias a la vida
diaria– los menciona, como mucho, un par de veces. Los tuvo a principios de los
años ’20 con su primera mujer, Angeles Dupuy, una española de la que poco se
sabe y con la que se casó in articulo mortis. Hay mucha cortina neblinosa en este
punto. Se subentiende que, aparte de un acto de contrición tardía, aquel
matrimonio fue una forma de darles a los niños el apellido Edwards. Ellos
crecieron en Santiago, en la quinta de Montolín, con su abuela Ana Luisa Bello,
pero por motivos que el psicoanálisis puede indagar carecieron del afecto de su
padre. Daniel Cádiz, hijastro de Joaquín, considera que él recibió cuando niño las
amorosas atenciones que éste había denegado a sus hijos biológicos.

Las cartas de los hijos ya adultos, reveladas en Cartas de ida y vuelta, son
tristísimas. Dan cuenta de las constantes demandas que Bernardo y Joaquín
remitían a su padre: demandas materiales, declaraciones de afecto, además de
pasajes que dejan ver una situación dramática de pobreza. En una carta no
fechada, Joaquín hijo escribe desde Valparaíso: “Querido papá: te escribo casi
inmediatamente de separarme de ti para rogarte me perdones por el estúpido
gesto que he tenido, debido al mal estado de mi sistema nervioso. Mis sentimientos
hacia ti son y serán siempre del más profundo respeto y sincero cariño”. En otra,
despachada desde el pueblo de Las Cabras, se despide diciendo: “Si hallo ocasión
te enviaré de acá un regalo pero no sé qué te pueda agradar, por ejemplo un chuico
de los ricos vinos que hay por acá, un pavo o un lechoncito”.

Bernardo escribe desde Valparaíso en junio de 1948: “Si no encuentro


ocupación de aquí a fin de mes te ruego me mandes $140 para el pasaje y para
sacar una chaqueta de la lavandería. Si consigo ocupación mandaré un telegrama,
pero ya lo veo muy difícil”. Y días más tarde: “Esperaré hasta la una. Ya he
esperado bastante. Estoy listo para partir. Estoy muy tranquilo”.

La más conmovedora de las cartas la firma Bernardo y está sin fecha:


“Querido papá: he venido innumerables veces a verte. Quería decirte lo contento
que estaba con el abrigo y que la camisa me quedaba muy bien. Ayer vine de
nuevo y mientras te esperaba en la esquina tú pasaste y entraste a la casa. Golpeé
yo y no abriste. ¿Por qué, papá? ¿Estás enojado conmigo? Estoy muy nervioso por
esto. Este primero me cambio a Vicuña Mackenna a pieza más barata. También
quería decírtelo pensando lo aprobarías. Te ruego me llames, yo iré a verte y
espero encontrarte. Créeme sinceramente que te quiero. ¿Qué ha pasado?”.

El mencionado epistolario de Joaquín Edwards Bello trae una especie de


bomba de efecto retroactivo: un conjunto de cartas en inglés que sugieren una
relación sentimental con María Antonieta Hagenaar, la mujer holandesa de
Neruda, relación de la que nadie tenía la menor idea. El gobierno de González-
Videla había traído a Santiago a la Hagenaar en 1948 para iniciar un juicio contra
Neruda , que se había convertido en un opositor peligroso, y es de imaginarse que
ella aceptó por el abandono que el poeta la había sometido junto a la hija de ambos,
Malva Marina, que nació afectada de hidrocefalia.

Si bien el estado mental de la holandesa daba por entonces para cualquier


cosa, sus palabras son elocuentes: “Nos amamos. Aquí está tu felicidad y te niegas
a tomarla. ¿Por qué quieres seguir siendo un esclavo de la tiranía de esa mujer? Es
simplemente insoportable, persiguiéndote a todas partes (…) Encontrémonos el
lunes en la misma pastelería, y si no recibes esta carta a tiempo el martes a la
misma hora. No dejes de venir. Es una orden, mi querido Príncipe”. Al parecer el
romance declinó rápidamente, a juzgar por las posteriores quejas de María
Antonieta: “Después de que nos encontramos en Cumming quedé con la
impresión de que tú considerabas todo esto como una aventura vulgar,
contrariamente a la idea que yo tenía de ti. Esto me puso tan triste y me amargó
tanto que pensé que nunca podría perdonarte. Y luego otro golpe la otra noche.
Fue insoportable, increíble. Estaba aterrada. Realmente pensé que te habías vuelto
loco. Estaba triste, enojada, desesperada, confundida (…) Luego vino tu carta de la
mañana siguiente, solicitándome las fotos y pensé: no, hasta que me haya pedido
perdón de rodillas”.

En sus crónicas, Edwards Bello siempre escogió los hechos biográficos que
afianzaban el personaje que hablaba en ellas. Su sentido del decoro le impedía
entrar en confesiones, que cuando aparecen dan la impresión de haber sido
encriptadas. En las entrevistas –que trataba de eludir lo más posible– tampoco iba
mucho más allá del personaje y podían despertar en él la paranoia más galopante.
Pedía las pruebas y sufría ante sus propias declaraciones. Lo que se sabe de su vida
junto a Marta Albornoz, la relación más perdurable de todas las que tuvo, ha sido
gracias a entrevistas muy posteriores realizadas al constructor civil Daniel Cádiz,
el hijo que ésta aportó al matrimonio.

Marta y Joaquín se conocieron a fines de los cuarenta, cuando ella era


garzona del restaurant vegetariano El Naturista, inaugurado veinte años antes por
Ismael Valdés Alfonso en el centro de Santiago (sus vitrinas fueron mucho más
tarde el lugar de exposición del Quebrantahuesos, el delirante diario mural de
Nicanor Parra, Enrique Lihn y Alejandro Jodorowsky). En un documental de
Carlos Pérez (Pesquisa sobre J.E.B.) y en la addenda de un libro ensayísticobiográfico
de Salvador Benadava (Faltaban sólo unas horas… Dibam, Santiago, 2006), Daniel
Cádiz da cuenta de algunos aspectos de la relación de su madre con el escritor. La
primera vez que él vio a Edwards Bello fue a principios de la década del cincuenta,
cuando tenía cuatro años: doña Marta lo llevó al centro, subió con él una escalera
muy larga rematada en su cúspide por unas puertas batientes a través de las cuales
se llegaba a un garito bastante turbio saturado de humo, le señaló a un señor que
jugaba en una de las mesas y le ordenó: “Vaya y dígale papá, la mamá lo está
esperando”. Desde ese momento Joaquín se convirtió en su padre. De hecho aún
hoy Daniel se refiere a él como “el papá” y asegura haber heredado la afición de
Edwards por las apuestas (al igual que sus hijos biológicos Joaquín y Bernardo).
Pero no sólo eso: fue depositario de su amor y sus cuidados. Lo recuerda
ayudándolo a hacer las tareas del colegio, o llevándolo sobre el lomo por la casa
como si fuera un caballo. Por Daniel sabemos que Joaquín, en los años reposados
de su madurez, celaba a doña Marta: la seguía de árbol en árbol por la Plaza Brasil,
frente a la cual le había puesto una peluquería. A veces llegaba a la peluquería y se
ponía a conversar con las clientas. Su conversación era fácil, fluida y amable
cuando quería. Manifestaba una buena educación, “que podía abandonar al primer
contratiempo”, según Alfonso Calderón. La única ocasión en que Daniel lo vio
pelearse con su madre fue a raíz de la visita intempestiva de un viejo amor, María
Letelier del Campo, una señora de fuerte personalidad emparentada con un par de
presidentes. María se presentó en la casa de Santo Domingo dispuesta a revivir
antiguos fuegos amorosos, pero él la echó a la calle y trató de sacarla
definitivamente de su vida, aunque no pudo evitarse un mal rato con Marta.

Daniel es además quien maneja las llaves del mausoleo donde está la tumba
de Joaquín Edwards Bello, donde éste comparte espacio con el prócer Martínez de
Rosas, uno de sus innumerables ancestros de prosapia. Por los Rosas y los Pinto y
los Mendiburu estaba vinculado a familias argentinas. Por lo Bello a Venezuela.
Por lo Dunn y lo Edwards a Gran Bretaña.

Si se pudiese armar con ella una figura, la vida de Joaquín Edwards Bello
aparecería ante nuestros ojos partida en dos: una juventud esplendorosa, bohemia
dorada, “parisitis”, despilfarro de la fortuna, en un período que va desde 1906
hasta 1920; y un extenso corolario –la madurez, la vejez– en el cual su inteligencia
estuvo siempre vigilante, aún a riesgo de sobreinterpretar los hechos, de cargar las
tintas de las opiniones, de desconfiar profundamente del prójimo. “Tuvo
esperanzas hasta 1932”, dijo alguna vez Alfonso Calderón. Ese fue el año en que
dejó por única vez de escribir en La Nación porque –a raíz de la coerción del
presidente de facto Carlos Ibáñez– el diario había pasado a ser un ministerio.

Volvió al tiempo, pero su retirada del periódico alcanzó a desilusionar a sus


lectores, que por entonces ya sumaban legiones. Uno de los mitos vinculados a su
vida señala que había gente que compraba el diario estrictamente el día en que
aparecía su crónica semanal, y que después de leerla simplemente lo botaba. “No
puedo levantarme sin antes leer a Edwards Bello”, dejó dicho el embajador
norteamericano Claude Bowers en su libro Misión en Chile.

La desconfianza era para él una medida de supervivencia. En su visión Chile


estaba lleno de ladrones, de lateros, de estafadores y de abusadores. Esto valía para
todas las clases sociales, rotos, mediopelos y pijes.

Una vez, en 1951, la revista Ercilla puso en la tapa una foto suya a página
completa: él aparecía en escorzo, con un sombrero un poco gangsteril y una
gabardina, sosteniendo un diario doblado sobre el pecho. No era una mala foto,
pero Edwards Bello reaccionó con furia: consideró que su aspecto en la imagen era
patibulario, que figuraba con dos corridas de papada y dientes de tiburón. Les
echó la culpa a los peruanos del APRA (Alianza Popular Revolucionaria
Americana), que por entonces, con Raúl Haya de la Torre a la cabeza, vivían en
Chile. Eso que años antes, sobre todo en su libro de ensayos Nacionalismo
continental (1925), había suscrito y saludado los principios del APRA.

Las finanzas del ex millonario Edwards Bello fueron en parte un misterio. En


sus últimos años vivía modestamente, y se quejaba de que en La Nación cualquier
recién llegado trabajaba menos que él para ganar el doble. Con Alone –un hombre
de su clase que de todos modos vivía de sus escritos periodísticos– conversaban
por carta sobre la ley que les impedía trabajar una vez jubilados. Uno de los lujos
que Joaquín se permitía cuando había algo de plata era encargar espárragos y
ostras a La Bahía. El otro era pasear en taxi: paseos melancólicos y solitarios a la
Quinta Normal y otros lugares semi abandonados que alguna vez brillaron con
una concurrencia juvenil, alegre y empingoratada. De cualquier modo, a veces la
situación económica cambiaba, en la medida en que la familia Edwards Bello iba
vendiendo propiedades bastante suntuosas en Santiago y Valparaíso.

En el mencionado documental de Pérez también aparece el escritor Enrique


Lafourcade, quien refiere un episodio impensado: una mañana de fines de los años
’50, él, Enrique Lihn y Alejandro Jodorowsky –todos paladines de la generación
literaria de recambio– pasaron por la casa de Joaquín sin previo aviso. El viejo
escritor –que ya había sufrido un ataque de hemiplejia– inesperadamente dio
orden de dejarlos pasar. Estaba tembloroso, “gordo y con cara de pájaro”, y mandó
a buscar para los visitantes un poco de Coca-Cola. Según Lafourcade, Lihn y
Jodorowsky comenzaron a reírse de la situación, y Edwards Bello trataba
infructuosamente de acompañarlos en el humor. La escena arroja un efecto terrible,
como si de ella se desprendiera una ley inexorable de la existencia.

Quizás la única novela de Edwards Bello que perdure sea En el viejo


Almendral (de fines de los años treinta, publicada posterior y sucesivamente con los
títulos En el viejo almendral y Fantasmas). Es la menos programática de sus obras
narrativas. Quizás por primera vez en este género se olvidó de las comprobaciones
sociológicas y se dedicó a narrar. Hay en ella un trasfondo universal, la experiencia
de salida al mundo de un niño sensible, que registra en la retina las innumerables
apariencias de la vida. Particularmente ejemplar es el modo en que describe la
impresión de Santiago en la mente de un joven provinciano que ve a la ciudad por
vez primera: “¡Cuán poco trabajo me cuesta recordar aproximadamente la manera
de ceración silvestre con que me representé la capital en esos días! El vibrar de las
campanas en el aire matinal; las casas o palacios de los padres de la patria,
holgadas y sanas; los castillos árabes, el Concha y Toro, el Vicuña… la calle de
Ahumada, cuyo nombre recuerda a un hermano de la santa de Ávila. Todo eso lo
vi con unos ojos que ahora no existen. ¡Nunca más! Nunca más miraré esos
palacios con el respeto sencillo que puso el adolescente de entonces, con la
idealidad de encontrarse verdaderamente en su Bagdad prometedora.

¡Y cuánta elegancia creí notar en las calles! La puerta de la Fotografía de


Heffer, la esquina de Huérfanos y Ahumada con la pastelería de Torres. La Casa
Pra y la Casa Francesa. Docenas de niñas bonitas, recatadas, en parejas o cuartetos,
delante de sus ayas o madres… En cierta parte de la Alameda la gente de la haute
iba y venía en carruajes brillantes, tirados por caballos finos y lustrosos, como
nunca viera antes. Entre los carruajes, de todas formas y de arneses diversos con
cocheros bien plantados, llamaron mi atención los que, según supe más tarde, se
llamaban tonneaux, pequeños, circulares, a manera de juguetes suntuosos de
jóvenes millonarios que los manejaban de manera nonchalante mientras la gente no
cesaba de pasar por el centro del paseo (...).

“Esa noche comí en el hotel; mis oídos, mis pies, mis ojos, todo mi cuerpo
estaba rendido. No sé cuánto daría por volver a un estado espiritual parecido al de
entonces, aunque fuera por unas pocas horas. Todo eso se refugió en la región de
las quimeras y los sueños”.

Pero quizás la obra mayor de Edwards Bello esté cifrada en sus crónicas. Son
miles y vivió de ellas y para ellas la mayor parte del tiempo. Trabajaba con un
enorme archivo de recortes, una especie de prolongación de la memoria, donde
iban a parar las notas de prensa que pesquisaba todas las mañanas y páginas de
libros de los cuales guardaba sólo lo que le producía interés: el resto iba a la
basura.

A pesar de su repulsión por el psicoanálisis llegó a afirmar –en una crónica


de los últimos tiempos dedicada a la película Psicosis– que su archivo era para él
como el claustro materno.

Es curiosa la carencia total de alusiones en las obras de Edwards Bello a su


vinculación con las vanguardias de principios de siglo. Si bien fue cercano –al igual
que Borges– al ultraísmo español (llegó a publicar en 1920 un libro de prescrita
insolencia: Five o’clock Te Deum), y si bien fue nombrado por Tristan Tzara
“embajador del dadaísmo en Chile”, en un momento descartó la estética de estos
movimientos y se sumergió en un proyecto literario aparentemente más simple y a
la vez más difícil de clasificar. Las novelas que escribió apuestan a trazar
problemas esenciales de la psicología y la sociabilidad chilenas, pero al otro lado
del tapiz presentan una figura autobiográfica. Aún Teresa Iturrigorriaga, la
protagonista de La chica del Crillón, se nos aparece como una especie de máscara del
autor. Sus opiniones, sus observaciones sobre la vida social de Santiago y de Viña
del Mar, se superponen en perfecta simetría con las que Edwards Bello fue dejando
en sus crónicas. Teresa es habitante de dos mundos excluyentes entre sí –el de la
oligarquía y el de la pobreza–, que es la misma dualidad que Edwards Bello
experimentó en su vida. Hay algo más en este rasgo que la pérdida de la fortuna:
ya en los días iniciales del escritor, los días de su salida al mundo, debido a la
decisión de su padre de darle una educación democrática en el Liceo de
Valparaíso, se vio en la necesidad de aprender –o al menos considerar– los códigos
de los niños pobres de los cerros.

“La idea de esa novela me la dio Ortega y Gasset, a quien siempre tuve por
un poco tenorio”, declaró en una entrevista de 1962. “Me contó una vez que luego
de estar embelesado ante el interés que le demostraba una joven santiaguina,
escuchó, de muy buen talante, esta confesión: ‘Usted me gusta. ¿Sabe por qué? ¡Se
parece tanto a mi papá!’. Ortega decía que le hubiera agradado, de tener tiempo,
escribir una novela traduciendo en palabras y hechos el modo de pensar de las
muchachas santiaguinas, tan bellas, tan distinguidas, tan llenas de personalidad y
de secretos. El asunto me dio vueltas en la cabeza hasta que terminé escribiéndola
yo”.

Sería muy difícil llevar a buen término una biografía de Edwards Bello, en la
medida en que él mismo fue muy selectivo al momento de deslizar hechos de su
vida en sus escritos. En las novelas apela a la prerrogativa común del narrador: el
expediente de la imaginación, el “cualquier coincidencia con personajes reales no
es más que eso: pura coincidencia”. En las crónicas es extremadamente selectivo.
Escribió mucho sobre su padre, un poco menos sobre su madre y casi nada sobre
sus hijos. En cuanto a sus amores, solamente esbozó algunas escenas de los del
pasado remoto, aventuras con jóvenes humildes de Londres, de París, de Ginebra.
Nadie identificable en la pequeña sociedad chilena, “el gallinero”, “el eriazo”
donde finalmente todos nos reconocemos las caras.
 

MARCO AVILÉS

CÉSAR MORO, UN FANTASMA EN ARENAS MOVEDIZAS

El arte empieza donde termina la tranquilidad.

CÉSAR MORO.

CÉSAR MORO existe. Hay que alimentar esta teoría después de salir de las
librerías de Lima donde los vendedores dicen lo contrario.

–¿Tiene algún libro de César Moro?

–No, señor, no hay.

Algunos poetas mueren y entonces sus libros comienzan a venderse por


montones. Con César Moro ocurre lo contrario. Sus libros no se encuentran por
ninguna parte, a pesar de que él ha muerto hace más de medio siglo y las reseñas
de los eruditos dicen que podría ser, junto con César Vallejo, el poeta peruano más
importante del siglo pasado. En las librerías de Lima, Moro es un fantasma. El
célebre poeta que no existe en los anaqueles.
*

Es una típica tarde de verano limeño, en el cementerio Presbítero Maestro,


el más antiguo de la ciudad, y el sol agresivo le confiere un halo tortuoso a la
simple tarea de encontrar un nicho.

–Moro Moro Moro Moro Moro… –susurra el panteonero Carlos Izaguirre,


con la concentración de quien busca entre los estantes de una inmensa biblioteca.

Lleva quince minutos murmurando entre pabellones descalabrados a cuya


sombra se guarecen algunos perros flacos. Es un cincuentón de rostro colorado,
marcado por arrugas profundas, y cada tanto se pasa una mano por la frente. Las
pocas palmeras que salpican el cementerio parecen a punto de arder, y se podría
pensar que el sol es el culpable de las grietas en los mausoleos y no los ladrones de
las barriadas cercanas que cada tanto entran para llevarse algo de valor: una
escultura, una placa, una lápida. El cementerio tiene categoría de museo, y cada
piedra es una reliquia.

–Nada más venden las lápidas, les borran el nombre y las vuelven a usar
para otros muertitos –explica Izaguirre.

César Moro escribía en francés, y fue el poeta surrealista más exótico de


París, donde llegó en 1925, a los veintitrés años, cuando los surrealistas –André
Breton, Paul Eluard, Louis Aragon– eran una guerrilla que se enfrentaba a la
religión, al arte y a la política, y agitaban la ciudad con sus versos de escritura
automática, exposiciones escandalosas y panfletos agresivos. París era la capital del
mundo para los poetas, y varios países de Latinoamérica tuvieron al menos un
poeta exiliado allí. El chileno Vicente Huidobro. El ecuatoriano Alfredo Gangotena.
César Moro, el primer poeta latinoamericano que formó parte del grupo
surrealista, vivió ocho años en Francia y, cuando regresó al Perú, en 1933, llevó
consigo la ola de esa revolución. Luego, en 1938, se mudó a México y ayudó a
sembrar el surrealismo en ese país. Sus versos hacían añicos al lector. Más que
lectores –explica el crítico peruano José Miguel Oviedo–, tenía víctimas.

Cuando dejes de estar muerto serás una brújula borrachaUn cabestro sobre el
lecho esperando un caballero moribundo de las islas del Pacífico que navega en
una tortuga musical cretina y divina Serás un mausoleo a las víctimas de la peste o
un equilibrio pasajero entre dos trenes que se chocan. 

Moro publicaba poemas y artículos en Francia, Perú, México. Traducía al


español los textos de sus colegas franceses e ingleses. Era el gran agitador
surrealista. Pero él, que había logrado un enorme prestigio en México, volvió al
Perú un día de 1948 como quien busca un último refugio, llevando consigo una
maleta, un perro y una rara enfermedad. Pesaba menos de cincuenta kilos. No
tenía dinero y debió sobrevivir como profesor de escuela. Algunos alumnos se
burlaban de él porque era delicado y homosexual. Le decían maricón. Le escupían
en la espalda. Murió en un hospital público en 1956, cuando tenía cincuenta y tres
años. Al velorio asistieron su madre, algunos sobrinos y pocos amigos. Había
publicado tres libros. Todos escritos en francés.

El final de la historia podría ser ése. Un final de reseña literaria.

Llamo por teléfono a una librería de Lima.

–¿Tiene en venta algún libro de César Moro?

–No, pero sí tenemos de Tomás Moro.

Tomás Moro fue un sacerdote inglés que imaginó una isla donde se le rendía
culto a la filosofía. En el cementerio de Lima, el panteonero Izaguirre no conoce esa
historia pero sabe que Moro era un poeta importante: durante la década que lleva
trabajando en el Presbítero Maestro, al menos media docena de veces estudiantes u
hombres con aspecto de intelectuales le han pedido ayuda para encontrarlo. Todos
se paran frente a la tumba con fervor, leen algo, quizás un poema. Y tocan el nicho.
Siempre tocan el nicho. Seis visitas en una década es una estadística importante en
este lugar donde a otros muertos –ex presidentes, sacerdotes, militares o artistas–
no los visita nadie.

–Malditos hijos de puta –dice ahora Izaguirre.

Sobre una piedra se ve la huella de una placa ausente. Allí está enterrado
Abraham Valdelomar, un famoso escritor de principios del siglo XX al que se lee
mucho en las escuelas del Perú. Izaguirre habla con la amargura de quien ha
perdido una batalla importante.
–¿Ya ve lo olvidado que está todo esto? ¿Ya ve?

Es imposible saber en qué estado se encuentra la tumba que buscamos.

César Moro era virgo. Era tímido. Delicado. Pero una ironía violenta lo
volvía temible a la hora de escribir. Huidobro de mierda, truquero, poeta al escape
–le dijo al poeta chileno Vicente Huidobro, que se burlaba de los surrealistas–.
Lima la horrible, charco natal –escribió sobre esa ciudad, donde nació el 19 de
agosto de 1903. Era apasionado. Odiaba y amaba con intensidad. Le gustaba
imponer sus ideas. Lo expulsaron del colegio siendo adolescente y nunca terminó
sus estudios. No trabajaba. Detestaba tener que hacerlo para ganar dinero. Su
padre, que era un médico reconocido, murió cuando él tenía cuatro años y le dejó a
su esposa algunas propiedades. Su madre, María Elvira Más, era una viuda muy
católica (recibía misa en casa todos los días), que fomentaba el espíritu artístico de
sus cuatro hijos. César tomó clases de pintura y aprendió a bailar siendo
adolescente. Quería ser bailarín clásico. También quería ser pintor. Escribía
poemas. Era esbelto, bajito, de frente amplia y cabello crespo. Siempre iba bien
peinado. Tenía el rostro anguloso, los ojos azules algo hundidos y una mirada que
parecía burlarse permanentemente de todo. Le gustaba poner apodos. Adoraba
broncearse en la playa. En las fotos aparece de traje y corbata, o en traje de baño
con el torso desnudo. Siempre tenía novios. Le gustaban los hombres sencillos; los
militares, por ejemplo. Pero lo asfixiaba la Lima de los años veinte, una sociedad
religiosa que vivía en la calma vigilada de una dictadura. Moro, que leía mucho en
francés, quería irse del país. Su madre tenía amigos importantes. Uno de ellos era
el dictador Augusto Leguía, presidente por entonces, un déspota generoso. Él le
ofreció a esa amiga becas para sus hijos. Carlos, el mayor, se fue a España a
estudiar pintura. Moro se marchó a París. Llevaba varias pinturas suyas en la
maleta. Quería ser pintor. Quería ser bailarín clásico. Quería ser poeta. Tenía
veintitrés años y muchas ideas para su futuro. Faltaban treinta años para que los
muchachos de un colegio de Lima le escupieran en la espalda y le gritaran
maricón.

La biografía de Moro no existe. Tampoco nada como un biógrafo. Sólo hay


testimonios de familiares y amigos, recogidos en artículos dispersos. Recuerdos
fugaces. O recuerdos de recuerdos. Un día, mientras hacía esta investigación, recibí
un correo electrónico del profesor Julio Ortega, un especialista en César Moro que
trabaja en la Universidad de Brown, en los Estados Unidos, y que ha sido por años
un difusor de su obra. “Si tú ves las biografías y memorias en las que se habla de
Vallejo llegarás a la lamentable conclusión de que los peruanos somos los peores
amigos. Y eso porque somos testigos desaprensivos, de mala memoria y peor
documentación. No existen memorias de sus contemporáneos [de Moro],
suficientes entrevistas, correspondencia recuperada. Quizá haya que agradecer que
no exista una biografía sobre Moro”.

Había que tomar con cuidado las palabras del profesor Ortega, no sólo
porque su pesimismo podía ser una maldición sobre esta historia, sino porque en
el fondo tenía razón. Hurgar en la vida de Moro es arrojarse a un universo de
personas que ya murieron, que dejaron poco o nada escrito o que, si aún viven,
sólo conservan anécdotas vagas. En la guía telefónica figuran dos sobrinos del
poeta. Uno lo recuerda. El otro no.

José Quíspez Asín es sobrino de César Moro. Tiene ochenta y dos años, el
bigote blanco bien recortado, la camisa dentro del pantalón y la cintura del
pantalón sobre el ombligo. Y pasa las tardes en una salita llena de elefantes. Papá
elefante, mamá elefante y bebé elefantito. Nueve familias de elefantes de cerámica
dispersas por toda la sala de su casa, en un tranquilo barrio de clase media de
Lima.

–¿Biografía? A mí no me hable de biografías. Yo no he leído ninguna. Yo


sólo soy un militar retirado y lo único que me une con mi tío es el apellido.

César Moro se llamaba Alfredo Quíspez Asín Más hasta que decidió
cambiarse de nombre. Lo hizo en el Registro Civil de Lima, cuando tenía unos
veinte años. El sobrino recuerda que en su familia solían contarse durante la
sobremesa algunas historias sobre ese hermano de su padre que vivía en el
extranjero. Decían que siempre le había molestado su nombre verdadero porque le
parecía de indio.

–Sus amigos le decían Quispecito, Quispicanchis, y eso ha debido joderlo


mucho al hombre. Ya sabe cómo era la gente en Lima.

Moro recordaría el ambiente de la Lima de su adolescencia como


“pueblerino, desolado y pretencioso”. Una vez le escribió una carta a su hermano
Carlos: “La cuestión del nombre ha sido siempre para mí una tortura y
naturalmente he tratado de sacudírmela (…) Cuando me escribas pondrás en el
sobre: Don César Moro”. El nombre era el de un personaje de una novela de
Ramón Gómez de la Serna.

José Quíspez Asín dice que no sabe qué nombre figura en la lápida del
cementerio, porque nunca ha visitado el nicho de su tío.

Sólo tres veces tuvo contacto con él. La última fue en el funeral. La segunda,
cuando Moro regresó de México, en 1948. Entonces José Quíspez Asín era un joven
teniente del ejército, y acompañó a su madre a visitar al pariente. No se dijeron
nada.

–Fíjese, yo era un militar y él, un intelectual muy importante. ¿De qué


podíamos hablar?

Moro era homosexual. Era tímido. Era irónico. Era reservado. Dicen que
hablaba mejor con las mujeres que con los hombres.

En París, una amiga que a veces lo alojaba lo presentó a los surrealistas. Ella
cantaba en un cabaret del que era asiduo el poeta André Breton, el fundador del
movimiento, a quien Moro leía y admiraba. El grupo siempre estaba en busca de
nuevos adherentes y rodeado de escándalo. Habían publicado la revista La
revolución surrealista, un panfleto contra el escritor Anatole France, titulado “Un
cadáver”, y gritaban vivas a favor de Alemania, cuando Alemania era enemiga de
Francia. Tenían largas sesiones de creación donde experimentaban la escritura
automática hasta llegar al trance, y habían decretado que el año 1925, el año del
surgimiento del grupo, era el fin de la era cristiana. Moro se les unió hacia 1928.
Para entonces ya escribía en francés con fluidez y enviaba algunos poemas al Perú.
Un día se disgustó por la forma en que tres de ellos salieron publicados en Amauta,
una célebre revista de Lima que difundía a los autores de vanguardia, y escribió
una queja: “Gerente: Has publicado mis poemas de una manera infame (…)
Merecías… Pero es que mereces algo?”. “Señora –escribió otra vez a un personaje
limeño–, a pesar de ser usted un mastuerzo muy delicado le decimos: Mierda”.

Tenía el carácter furioso y rebelde de los surrealistas. Quienes estudian su


obra dicen que habría sido surrealista aún si el surrealismo no hubiera existido. A
Breton, que era el cabecilla del grupo, le disgustaban los homosexuales, pero Moro
mantenía discreción sobre sus aventuras en los bares de París. (Por entonces, tenía
un novio ruso llamado Lev cuya fotografía conservaría por el resto de su vida.) A
veces dejaba de asistir a las reuniones y entonces Breton le escribía notas
preguntándole por su paradero. Hablaba poco de sí mismo. Su mejor amigo en
Lima, el poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen, escribió una semblanza en la
que decía que Moro fue “uno de los pocos o más bien el único con quien no
necesitaba canjear palabras para ponernos de acuerdo –la armonía era tácita–.
Curiosamente esa confianza mutua excluía la confidencia. Durante los años en que
lo frecuenté –casi a diario en Lima– nunca intercambiamos ninguna”.

¿De qué hablaba entonces Moro, el irónico, el burlón?

En la casa de los elefantes, José Quíspez Asín recuerda la primera vez que
vio a su tío. Fue más o menos durante los años treinta, poco después del regreso de
Moro al Perú como profeta del surrealismo.

–Esa vez fue muy curiosa. Yo era un niño. Recuerdo que él me explicó un
rasgo de los hombres de la familia. Eran cuatro hermanos: Carlos, Jesús, Alfredo,
que era él, y José Luis, mi padre. Me dijo que todos tenían el pelo ondulado. Lo
mismo ocurría con los sobrinos, mis primos. Menos conmigo. Yo tengo el pelo muy
lacio y grueso. Vea. Era muy gracioso mi tío.

–¿Y le dijo algo más?

–Sí, me llamó pelo duro.

En París, Moro consiguió empleo como pintor de brocha gorda en la


remodelación de un teatro. Fue jardinero. Profesor de idiomas. Niñero. Pareja de
baile. Era propenso a la indisciplina y a la vida nocturna. Detestaba trabajar y en
1928 escribió un poema para explicarlo. “Abajo el trabajo”: “Pecho de bisonte el
pantalón y la chaqueta hacen el trabajo pero tu corazón tiene un panorama Y el jugo de
tu chaleco (…) Pero vosotros todos / Invitación a no trabajar”.

Tenía una vida oscilante. Vivía en casa de amigos. En talleres. A veces se


quejaba con su hermano Carlos porque no tenía dinero para comprarse materiales
de dibujo. Del teatro donde lo contrataron como pintor, lo expulsaron por hacer
dibujos pornográficos en las paredes. Eso lo recordaría años después Francisco
Avril de Vivero, un niño al que Moro cuidaba y contaba cuentos a cambio de
alojamiento en la casa familiar.
A mediados de los años treinta, ya en Lima, Moro se presentó a una
entrevista de trabajo. Un amigo suyo llamado Ricardo Tenaud era funcionario en
una empresa telefónica y lo llevó ante su jefe. Poco después de la conversación, el
jefe llamó a Tenaud y le reclamó por haberle llevado a “una bailarina de cabaret”.
La anécdota se la contó Tenaud, poco antes de morir, al periodista Pedro Favarón,
quien escribió un libro sobre Moro. Moro no era amanerado pero ese día debió
comportarse así para no conseguir el empleo. Durante esa etapa iba mucho a la
playa y vivía de su madre, que le daba algo de dinero. Lima seguía siendo una
ciudad amodorrada, sin vida cultural, presa de la dictadura militar de Óscar
Benavides que, entre otras cosas, mandó cerrar la universidad de San Marcos.
Moro organizó en esta ciudad la primera exposición surrealista de Latinoamérica,
con muchas pinturas suyas y de algunos amigos. “Esta exposición –escribió en el
catálogo– muestra tal cual es por primera vez en el Perú una colección sin elección
de obras destinadas a provocar el desprecio y la cólera de las gentes que
despreciamos y detestamos”. Por esos años, conoció al joven poeta Emilio
Westphalen y se hicieron amigos. Juntos publicaron el manifiesto Vicente Huidobro
o el Obispo Embotellado, donde insultaban a ese poeta chileno con quien Moro
mantuvo una corta pelea literaria. Lo acusó de haber parodiado un texto de Luis
Buñuel de una manera lamentable. Huidobro le respondió: piojo homosexual. Moro le
contestó: Huidobro de mierda.

Moro y Westphalen lanzaron juntos un boletín político en apoyo a los


republicanos españoles, pero el gobierno militar confiscó la publicación y detuvo a
Westphalen. Moro, que temía lo mismo, se fue del país. Así fue como llegó, en
1938, a México, ese país que iba a convertirse en una enorme sede surrealista
donde se asilaron muchos de quienes huían de la Europa en guerra. Vivió en
México durante una década. Fueron sus mejores años como poeta y también los
peores para su salud.

En México escribió mucho. Publicó sus primeros libros, Le château de grisou y


Lettre D’amour, en pequeñas ediciones artesanales. Organizó una gran exposición
surrealista con André Breton, quien pasaba un temporada allí, en 1940. Publicó
poemas y artículos en revistas. En uno de ellos criticó las ideas de Breton sobre la
homosexualidad, y en 1944 se volvió un disidente del movimiento, como otros
surrealistas que también se habían peleado con el supremo líder. Pero mientras
ocurrían todas esas aventuras públicas, Moro se enfermó, se empobreció y sufrió
en secreto el desamor de un hombre: A.

A. era Antonio Acosta Martínez. Un joven cadete al que había conocido a


fines de 1938 y a quien dedicó cinco cartas de amor – Cartas a Antonio–. Antonio
también inspiró el único conjunto de poemas que Moro escribió en español, La
tortuga ecuestre, y que no pudo publicar por falta de dinero. Ese libro, escrito en
1939, mientras se deshacía en sufrimiento, es su obra más bella, visceral,
apasionada.

Tan pronto llegas y te fuisteY quieres poner a flote mi vidaY sólo preparas mi
muerteY la muerte de esperarY el morir de verte lejosY los silencios y el esperar
del tiempoY los silencios y el esperar el tiempoPara vivir cuando llegasY me
rodeas de sombraY me haces luminosoY me sumerges en el mar fosforescente
donde acaece tu estarY donde sólo dialogamos tú y mi noción oscura y pavorosa
de tu ser. 

La historia de este amor es la siguiente: Antonio tiene menos de veinte años


y se prepara para ingresar a una escuela militar en México. Moro lo ayuda dándole
dinero. Le compra ropa, zapatos.

Antonio ingresa a la escuela militar.

Antonio es un joven díscolo. Falta a la escuela por beber con sus amigos.

Antonio le pide más dinero a Moro. Moro se desespera porque no lo tiene,


pero lo consigue.

Antonio tiene la llave de la habitación de Moro. A veces acude.

Moro le escribe esto en una carta:

 
El amor en la noche. Un tumulto se anuncia, un tumulto como de sangre que se
vierte. Las alas del mundo empiezan a dormir, y sólo tus ojos iluminan el silencio,
el gran silencio que reina a tu llegada. Y te desprendes como un árbol o como la
noche, a pasos callados, como el gran caballero que aparece en los sueños. Con tu
rostro severo, con el misterio y la distancia y con el gran silencio.Yo no podré
besarte, a veces dices, yo no podré besarte (…). 

Antonio es la felicidad y a la vez la tortura:

Abrásame en tus llamas poderoso demonio; consúmeme en tu aliento de tromba


marina (…) –le escribe en otra carta– dispérsame en la lluvia y en la ausencia
celeste, dispérsame en el huracán de celajes que arremolina tu paso de centella por
la avenida de los dioses donde termina la Vía Láctea que nace de tu pene. 

Antonio a veces no puede ir al cuarto de Moro. Cuando eso ocurre, Moro va


a la escuela militar y le habla a través de las rejas. Un domingo, Antonio aparece,
pero sólo se queda media hora. Moro se siente desgraciado. “Una maldición me
hace vivir y me impide suicidarme”, le escribe en una carta a un amigo.

Antonio hace y dice cosas hirientes. Un día en que Moro no puede darle
dinero, amenaza con conseguirlo de otras personas. Le deja una nota: “¿Verdad
que no te importa? –tú eres el único ser capaz de hacerme caer en actos que con
otros jamás…”.

Antonio, a veces, rompe con Moro. Moro se deprime. Le escribe cartas


pidiéndole que regrese. Antonio vuelve. Así pasan algunos años. El carácter del
joven se apacigua y le escribe al poeta: “No quiero que sigas sufriendo de lo que ya
has sufrido moralmente por mí”. Pero Moro sufre. No come. Adelgaza. Se
enferma. Nunca menciona cuál es el diagnóstico que le dan los médicos.

Antonio, en 1942, se muda a Querétaro donde asiste a un centro de


entrenamiento para oficiales. A veces va al DF a visitar a Moro, que sigue enfermo.
Antonio se casa con una mujer.

Antonio, en 1944, tiene un hijo. Moro intenta quererlo como si fuera suyo.

Antonio, al año siguiente, pide su baja en el ejército y se muda a Monterrey


para dedicarse a su familia.

Moro está deprimido.

Moro, desde México, escribía con regularidad cartas a su amigo


Westphalen, que, en los años cuarenta, difundía el surrealismo en Lima. A veces
Moro le hablaba de la falta de dinero y de su enfermedad. El origen de la desgracia
parecía ser Antonio.

28 de diciembre de 1944Me siento indudablemente mejor que en esos últimos dos


años en que estaba realmente moribundo y más cerca de la muerte que de la vida.
Cuando reveo 1941, 1942, 1943 y parte de este año, no comprendo cómo he podido
soportar el golpe y zafarme del aprieto. Debía ver pronto a mi médico, pero
desgraciadamente él mismo está ahora enfermo y he tenido que quedarme un
largo tiempo sin verlo. Parece que estará visible a principios del año; entonces
podré saber con toda certeza cuál es el estado real de mi salud. (…) Acaba de nacer
un hijo de A. No lo conozco todavía pero tiene la obligación de ser bello y
misterioso y potente. ¿No es acaso todo ello profundamente triste? ¿Cómo podría
ser de otra manera para mí? No veo apenas en toda vida noble sino un fracaso
profundo. El mío viene de tan lejos que data de antes de mi nacimiento. 21 de
marzo de 1945Acabo de atravesar la más extraña crisis en mi salud. He estado
completamente inconsciente más de 48 horas y semi inconsciente seis días. (…)
Estaba solo en mi cuarto y únicamente al sexto día se me ha ocurrido hacer llamar
a alguien (…) El médico me ha aconsejado que vaya a reposarme a alguna parte
pero no tengo con qué. 13 de junio de 1945Debo comunicarte que he decidido, si
puedo, regresar al Perú lo más pronto posible. Lástima que cueste tan caro: $U.S.A.
250 (…) Hay que jugar a la lotería si queremos vernos. Me da igual que seas tú o yo
quien gane porque sé que tendré mis $250. 5 de julio de 1946Si pudiera decirte
cuánto me agobia la vida, cómo se organiza para matar toda esperanza, todo
deseo, antes de matarme físicamente. Darse enteramente a una idea o a un amor y
después de ocho años de dedicación, de amor loco, de adoración, encontrarme
peor que al comienzo, es decir más solo por esta derrota y tan magullado. 1 de
octubre de 1946El viernes estuve en el consulado del Perú. Pinche país, el Cónsul
había recibido un papel diciendo que comprara un pasaje, por vía marítima, y de
tercera clase para mí. No te puedes imaginar lo desagradable que sentí ante la
insolencia de ese insulto semioficial y semicómico. Además el Cónsul me dijo que
estaban locos porque no hay barcos de pasajeros y sí unos de carga de 400
toneladas. 21 de octubre de 1946¿Qué piensas si hiciéramos un negocio juntos?
Como uno probable pienso en la venta de perros de raza, objetos, pinturas, joyas
del siglo XIX. ¿Se conocen acaso en Lima los “royal poodles” o “caniche real”? Son
perros increíbles, soberbios y muy caros. El pequeño cuesta mil pesos. Pienso que
si llevara una pareja, macho y hembra, tal vez sería negocio presentar esa raza
desconocida en Lima y hoy muy apreciada. (…) Un hecho es cierto y es que quiero
romper con la tradición de bohemia, seguir sin un centavo y parar en un pequeño
empleo donde me ganaría doscientos soles. 9 de febrero de 1948No digas, si ves a
mi madre, que viajaré en avión para evitarle la angustia.Yo me encuentro en un
estado de persecución y de nerviosidad excelentes.Pronto empezaré a ingerir
cantidades de “Bellergal” a ver si logro controlarme ligeramente. 9 de febrero de
1948Figúrate que ahora hay aquí una epidemia, casi, de meningitis. Esta mañana
comí en casa de A. Unos vecinos de su casa tienen ya una niña con fiebre altísima.
Esto me hace temblar por su hijito que como ya te he dicho es mi pasión senil. Esto,
unido a mil motivos difíciles de narrar pero fáciles de imaginar, me tienen en una
verdadera postración. 30 de marzo de 1948¿Es en la realidad tan horrible, tan
abrumadora Lima? Sé que es un páramo, que lo cursi, lo mediocre, lo falso
imperan sin recurso. Pero, y los seres humanos? O no hay un solo ser humano, no
existe un solo rostro que valga el exilio? (…) El sol, el aire, el mar, no siguen siendo
la maravilla de las maravillas? No hay perros, pájaros, plantas? Ahora, después de
tantos años de haber pensado en el suicidio, sé que amo la vida por la vida misma,
por el olor de la vida (…). Espero que nos ayudemos mutuamente para
defendernos del agobio de la vida en Lima. 8 de abril de 1948Llegaré, salvo
contratiempo, el 16 a las 14 horas. No sé si el aeródromo está lejos de la ciudad.
¿Vendrás a recibirme? Lo espero porque estaré desamparado con mi perro. (…)
Mis saludos y afecto a los amigos queridos que se regocijan de verme.*

Moro regresó a Lima en avión el 16 de abril de 1948. Tenía cuarenta y cinco


años y toda su obra en una maleta de mano. Había enviado parte de su equipaje
por barco, en tres cajas. Una contenía los cuadros que había pintado durante los
diez años que había pasado en México. Otra tenía ropa y libros. Esas dos cajas
nunca llegaron, se perdieron ¿Qué y cuánto desapareció allí? Si en la historia de
Moro hay agujeros negros, éste es uno de los más importantes.

El que sí llegó a salvo al Perú, en aquel viaje, fue Pacho. Pacho era un perro.
Un salchicha juguetón a quien Moro menciona en algunas cartas desde México.
Algunos testigos recuerdan haberlo visto. Uno de ellos dijo que murió atropellado
por un coche. André Coyné, un amigo y amante de Moro, negó esa noticia. Como
la de su dueño, la de Pacho también es una biografía difícil.

“Bebé de Venus Bebé vuelto ojo Bebé de Navidad / Bebé tigre / Bebé tallo
Bebé beso Bebé tírame Bebé Bebé para mí”. Ese poema es uno de los últimos que
Moro escribió en Lima, y Bebé tigre, el personaje, puede ser un hombre. Un hombre
joven, con un diente filoso como un colmillo de tigre, que se llama André Coyné.
En sus últimos años, Moro empezó a explorar en el lenguaje, en los sonidos, en las
reiteraciones. Pero esta es su etapa menos valorada. La angustia de sus años
anteriores “parece haber desgastado su drama vital”, ha dicho el crítico peruano
Ricardo Silva-Santisteban. ¿México lo había consumido? “En todos los temas de su
obra –escribió Mirko Lauer, otro crítico peruano–, Moro parece al borde del crimen
pasional”. En México, en medio del amor-desamor de Antonio, Moro escribía: “Te
veo en una selva fragorosa y yo cerniéndome sobre ti Con una fatalidad de bomba de
dinamita Repartiéndome tus venas y bebiendo tu sangre”. Pero el hombre que
llegó a Lima ya no tenía esa fuerza. O, en todo caso, ya no se sentía así. “Bebé
beso / Bebé tírame Bebé Bebé para mí”.

Moro había regresado a Lima con la ilusión de curarse. Quería reencontrarse


con su madre, que estaba enferma y a quien no había visto en diez años. Extrañaba
el mar. El mar, en su poesía, es una presencia constante. En la vida, una obsesión
sensual. Allí transcurrió su primera cita con André Coyné.

Un día de diciembre de 1948 –comienzos del verano en Lima– Moro


tramitaba un diploma de profesor de francés en la Alianza Francesa. Allí le
presentaron a André Coyné, un muchacho recién llegado de Francia que quería
estudiar a Vallejo. Vallejo, para Moro, era un poeta “apaleado”, y Coyné debió
aprender a soportar sus burlas. En una foto de la época, Coyné aparece alto y
delgado; tiene el cabello rizado y lleva unas gafas que le dan apariencia de
intelectual maduro. Moro lo invitó a una excursión por la playa. El paseo tuvo
algunos accidentes. Mientras descendían por los acantilados, siguiendo un camino
de tierra, una masa de piedras se desprendió desde lo alto. “Tuve la sensación de
que el sol se me iba a caer encima”, escribió Coyné muchos años después
recordando ese momento. Una piedra le cayó en la frente y le produjo una herida
sangrante. Moro lo auxilió y lo acompañó hasta su habitación –la de Coyné–,
donde le hizo algunas proposiciones. Coyné tenía reparos por la diferencia de
edad. Él tenía veintiún años y Moro cuarenta y cinco. Sin embargo accedió y, años
después, hablaría de ello con cierto humor: “Allí pasó lo que tenía que pasar”. El
romance fue breve, no duró más de un año, y terminó porque el joven francés se
enamoró de un pintor. Moro y Coyné dejaron de verse durante un tiempo.
Después fueron amigos y confidentes. Coyné ha liberado algunos datos sobre la
vida sentimental de Moro, administrando con recelo de viuda la información para
darle privilegio a la difusión de su obra.

Moro publicó, en vida, sólo tres libros: Le château de grisou, Lettre d’amour y
Trafalgare Square. Coyné se encargo de encontrar al menos una decena de inéditos
más. “Si yo no hubiera estado ahí en su muerte –dijo en una entrevista que le
hicieron en 2003–, Moro sería un nombre dentro de la literatura peruana pero un
poeta casi sin poemas. Tengo a veces la sensación de haberlo inventado”.

Después de él, Moro tuvo otros amantes. Hombres sencillos, “sin intereses
poéticos o artísticos”. Coyné recuerda a un militar de bigotes gruesos y a otro que
alquilaba carpas en la playa. Coyné vive ahora en Francia, en compañía de un
enfermero que lo ayuda. Es difícil hablarle. Se le entiende muy mal a través del
teléfono. Visitó el Perú por última vez en 2008 para un homenaje a Vallejo. Se lo
veía bastante cansado y afectado por la edad, recuerda Walter Espinoza, un amigo
suyo que lo acompañó. Esa vez, Coyné trajo consigo una maleta llena de
documentos importantes para cualquier biógrafo de Moro. Al regresar a Francia ya
no la llevaba consigo.

–¿Qué hacía Moro para ganar dinero en Lima? Le pregunto a Walter


Espinoza, que podría ser el biógrafo de Moro.

Podría, si se sentara a escribir todo lo que sabe. Pero hacerlo, calcula, le


tomaría cinco años de dedicación exclusiva. Espinoza es un poeta e historiador del
arte, que trabaja en un museo, y tiene algunas obsesiones profesionales. El
surrealismo. Algunos artistas surrealistas peruanos. Moro. Me enseña parte de su
archivo un domingo en la sala de su casa, en un barrio de clase media de Lima. Es
un hombre de treinta y ocho años, de piel cetrina, que lleva el cabello largo hasta
los hombros y habla con la velocidad de un relator de fútbol. Viste un polo con un
dibujo de la ciudadela preínca de Chan Chan y unos borceguíes con aplicaciones
de telares andinos cubiertos de polvo. Parece un típico cazador de gringas.

–La vida de Moro está repartida por todos lados, no está en los libros –dice
mientras escarba en una montaña de papeles protegidos en sobres y bolsas de
plástico–. Con decirte que hace unos diez años casi nadie lo conocía.

André Coyné dio un taller sobre Moro y el surrealismo en una universidad


de Lima, en 1997. El auditorio tenía ciento veinte butacas. Sólo tres estaban
ocupadas. Espinoza era uno de los asistentes. Le mostró a Coyné una revista
antigua donde el mismo Coyné había publicado un artículo sobre Moro y le pidió
que se la autografiara. Se hicieron amigos. Cruzaron cartas. Llamadas telefónicas.
Volvieron a verse cuando Coyné regresó al Perú para la celebración del centenario
de Moro, en 2003, el año en que más se habló de Moro en el Perú. Los estudiosos
de su obra –que parecen ser sus únicos lectores– se reunieron en un congreso para
discutir sobre su poesía y quedó claro que Moro era un poeta con muchos
estudiosos, pero sin biógrafos. Durante esas visitas esporádicas y en algunas
llamadas telefónicas, Espinoza le contaba a Coyné sobre sus averiguaciones.
Publicaba una revista de poesía que circulaba en las universidades y difundía a
Moro con su propio dinero. Entrevistaba a los amigos del poeta que aún estaban
vivos. Recuperaba fotografías. Eso llamó la atención de Coyné.

En la sala de su casa, Espinoza abre un sobre y lee una carta que le envió
Coyné: “Walter: te mando una primera entrega de cartas de Moro, las dirigidas a
su hermano Carlos, el pintor Carlos Quíspez Asín. Hasta más. Un abrazo”.
Espinoza tiene unas ochenta cartas que Moro envió a familiares, amigos, y quizá
pronto publique una selección. Dice que tiene, también, manuscritos originales de
Moro, primeras ediciones de sus libros, pero prefiere no mostrarlos por temor a
perderlos, a que se malogren o a que se los roben. “Valen mucho dinero”.

–¿Sabes que hacía en Lima para vivir? –le pregunto.

Se toma su tiempo mientras sigue escarbando entre papeles. Busca una foto.
Dice que en Lima, Moro salía con “un hombre cobrizo, de bigotes, seguro pobre”, y
al que probablemente, como a Antonio en México, le daba dinero.

–Mi teoría es que vendía arte precolombino.

Espinoza recuerda lo que Coyné le contó una vez. Era principios de los años
cincuenta, y Coyné tenía que viajar a París para visitar a su familia. Moro le pidió
que buscara a André Breton y le entregara una escultura de madera de la cultura
Chancay. Durante el viaje, Coyné debía sacar el artefacto a la intemperie para
evitar que la humedad lo deteriorase, pero se olvidó y la escultura llegó podrida.

–Moro se molestó, pero después se le pasó. Igual es una hipótesis. Moro iba
mucho a la playa de Ancón con amigos. En Ancón hay arte Chancay bajo la arena.

Todo es una probabilidad. Hipótesis para un biógrafo. Ahora Espinoza


trabaja en el Museo de Arte Moderno, en Trujillo, una ciudad a quinientos
kilómetros de Lima, y dice que le falta tiempo para seguir investigando. También
le faltan varios documentos. Cuando Coyné visitó el Perú por última vez, en 2008,
Espinoza estuvo con él durante toda su estadía. Coyné no podía quedarse solo en
la habitación del hotel porque corría el riesgo de caerse de la cama y Espinoza se
quedó a cuidarlo como un enfermero. Mientras Coyné dormía, revisó la maleta
cargada de papeles que el hombre había traído desde Francia. Allí descubrió las
fotocopias de unas cartas que Antonio, el cadete mexicano, le había escrito a Moro
cuando éste ya había vuelto al Perú.

–¿Qué decían esas cartas?

–En todas ellas Antonio empezaba diciéndole que estaba arrepentido –dice
Espinoza–. Antonio disculpándose. Amando.

Poco antes de regresar a Francia, Coyné le dejó esas cartas a otro amigo
suyo, un reconocido especialista en Vallejo llamado Jorge Kishimoto. A Espinoza,
en cambio, le dejó treinta cartas originales escritas por la viuda de Vallejo. Algo de
Vallejo para el especialista en Moro. Algo de Moro para el especialista en Vallejo.
Espinoza no puede ocultar la contrariedad ante esta decisión que pareció un error,
aunque estima mucho a Coyné y dice que le gustaría reunir dinero para traerlo a
vivir sus últimos años al Perú.

–Allá está olvidado –dice–. Quién sabe si la enfermera que lo cuida se esté
quedando con los libros o los documentos que él tiene.

*
La última fotografía que Moro se dejó tomar en Lima es una rareza de
coleccionista. Walter Espinoza la guarda entre sus papeles y sólo me la mostró
durante unos segundos. En ella, Moro está sentado en un sofá en la sala de una
casa. Los ojos hundidos. El rostro demacrado. Un esbozo de sonrisa. Parece un
niño enfermo. El saco lo envuelve como si fuera un manto.

A mediados de 1955, Moro estaba grave. El diagnóstico es impreciso, pero es


probable que tuviera leucemia u otro tipo de cáncer.

“He estado un mes enfermo, preso de dolores, probablemente histéricos, que


han desparecido hace tres días”, le escribió a un amigo el 9 de setiembre de ese
año. Para entonces vivía retraído, “aparte de André y Margot, con nadie hablo”. Su
mala salud y la necesidad de pagar los tratamientos lo obligaron a trabajar mucho,
acaso por única vez en su vida. Enseñaba francés en cuatro lugares diferentes,
entre ellos la Universidad Agraria, la Escuela de Oficiales de Chorrillos y el colegio
militar Leoncio Prado. Los edificios estaban en extremos opuestos de Lima. Él iba a
cenar todos los días a casa de su madre. Las distancias lo fatigaban. En el colegio
militar Leoncio Prado tenía algunos problemas.

“En las clases solíamos ‘batirlo’ como se batía a los huevones –recuerda el ex
cadete Mario Vargas Llosa, en El pez en el agua, su libro de memorias–. Le
tirábamos bolitas de papel o lo sometíamos a ese concierto de hojitas de afeitar
aseguradas en la ranura de la carpeta y animadas con los dedos (…) Veo, una
tarde, al loco Bolognesi, caminando detrás de él y meneándole el brazo a la altura
del trasero como una monstruosa verga. Era muy fácil batir al profesor César Moro
porque, a diferencia de sus colegas, no llamaba nunca al oficial de turno para que
pusiera orden, echando un carajo (…) Ahora estoy seguro de que, de algún modo,
lo divertía estar allí. Debía ser uno de esos juegos arriesgados a los que los
surrealistas eran tan propensos, una manera de ponerse a prueba y explotar los
límites de su propia fortaleza”.

En el colegio había una vicuña que escupía cuando los estudiantes la


fastidiaban. Un día, el loco Bolognesi imitó a la vicuña y le escupió a Moro por la
espalda. “Si Moro hubiera sabido que del Leoncio Prado iba a salir un escritor (me
refiero a Mario Vargas Llosa) lo hubiera odiado anticipadamente”, dijo Coyné en
una entrevista, en 2003.

Llamé a Max Silva Tuesta, otro ex alumno de ese colegio que ahora también
es escritor y psicoanalista. “Vargas Llosa ya lo ha dicho todo”, me dijo por teléfono
y se excusó de responder más preguntas.

Moro llegaba a su casa fatigado después del trabajo. Sacaba una tumbona y
se recostaba a fumar en el balcón. Era un balcón compartido con otros vecinos, en
la Bajada de los Baños, una calle arbolada que desciende al mar en el barrio de
Barranco. Una niña de seis años solía esperar a ese vecino amable que le leía
cuentos y le enseñaba a escribir.

–Era lindo, guapo. Agarraba un cuaderno y me hacía dibujar circulitos.

Isabel Álvarez es ahora una mujer de sesenta y dos años, cabello corto, y
gafas en la punta de la nariz. Su esposo está enfermo y ella pasa los días
cuidándolo. Viste una camisa azul sin mangas y ha salido a tomar el sol al mismo
balcón donde Moro le dio sus primeras lecciones, cuando aquél era un lugar
tranquilo, bueno para descansar. Ahora la Bajada de los Baños es un río de
cebicherías bulliciosas que se pelean los clientes que suben desde la playa.

Moro alquilaba dos habitaciones que tenían acceso a un patio y a una terraza
interior que miraba el mar. Allí había una buganvilla. Álvarez, que entonces sólo
era una inquilina más de esa casa, ahora es la dueña y, mientras me acompaña a
recorrerla, habla de un juicio que les ganó a los propietarios originales.

El cuarto de Moro es una habitación de techos altos y llena de cachivaches.


Suena una radio a todo volumen y, en una cama, hay un adolescente que trata de
dormir. Un año antes de su muerte, Moro había cubierto estas paredes con sus
pinturas, cuadros pequeños que llenaban la habitación del piso al techo. Ahora, de
las paredes cuelgan toallas y un afiche de vinil donde nadan peces gordos. Al otro
lado está el patio, pequeño, sin techo, donde se mecen algunos calcetines
extendidos al sol. La antigua cocina se ha transformado en un depósito de cajas.
Detrás debe estar la terraza con la buganvilla, donde Moro solía tomar el sol.

–¿Y la terraza? –le pregunto a Álvarez invitándola a mostrarme el lugar.

–Ay, eso ahora es de la vecina del costado. Todavía está en juicio, creo.

La vecina del costado tiene mal humor y un perro rabioso, de modo que sólo
es posible mirar la terraza desde la calle donde caminan los bañistas. A lo lejos, se
ven una pared en ruinas y rastros de una buganvilla seca.

–¿Se acuerda de Pacho? –le pregunto a Álvarez, de vuelta en el balcón que


mira a la calle.

–¿Quién es Pacho?

–El perro de Moro.

–Ayyy, lindo era, todo chiquito. Parecía un alumnito más. ¿Qué habrá sido
de él, pues?

–¿Y Cretina?

–¿Cómo dijo?

–Dicen que también tenía una tortuga llamada Cretina.

–No, de ella sí no sé nada. Al final siempre es así. Nos morimos y no


podemos llevarnos a nuestros animales.

–¿Tienen en venta cualquier libro de César Moro? –No, señor. No tenemos


en stock.

El profesor Julio Ortega no sabe si llamar maldición o bendición a lo que


ocurre en torno a la vida y los libros de este poeta. Intentó reunir por primera vez
todos los poemas de Moro en un solo volumen para el fondo editorial de la unesco.
Al igual que las huellas de su vida y sus cartas, la poesía de Moro está dispersa.
Coyné publicó algunos libros y antologías en español y francés, colaboró con
algunas selecciones publicadas en Lima, y le cedió al profesor Ortega gran parte de
su trabajo para que éste lo prosiguiera. Reunir lo que se encontraba disperso –
escarbando en archivos particulares, revistas antiguas y ediciones de circulación
limitada– les tomó a Coyné, y después a Ortega, medio siglo. Finalmente, el fondo
editorial de la unesco se quedó sin dinero cuando el machote del libro ya estaba en
la imprenta. Ortega intentó publicarlo en una editorial de México, pero el director
que se había interesado se retiró de la empresa. De modo que esas pruebas están
ahora en la universidad de Poitiers, en Francia, donde algunos profesores las
conservan con la esperanza de editarlas en francés, el idioma en que están escritos
casi todos los poemas. “Sí, hay una maldición (¿o será bendición?) con la obra de
Moro –me escribió Ortega en un mensaje electrónico–. Todo proyecto de editarlo
ha fracasado. Algunos autores no requieren difusión. Esa radicalidad uno la
reconoce, después de cuarenta años de leer a Moro, como la forma rebelde de una
poesía que, al final, es superior a nuestras fuerzas”.

En Lima, en 1952, Moro publicó su tercer libro de una manera propicia para
que nadie lo leyera. Los poemas de Trafalgare Square –doscientos ejemplares
numerados–, al igual que sus dos libros anteriores, estaban escritos en francés.
Imprimé au Pérou.

Carlos Germán Belli era un joven poeta peruano que estudiaba francés y
había conseguido un ejemplar de Le château de grisou, en una librería pequeña de
Lima que vendía libros en ese idioma. Era fines de 1955 y ese poemario que Moro
había publicado en México en 1943, en una edición de apenas cincuenta
ejemplares, era una extraña presencia en la capital de Perú. Belli lo leía con ayuda
de un diccionario, “Je parle aux sourds oreilles tuméfiées Aux muets plus imbéciles
que leur silence impuissant Je fuis les aveugles car ils ne pourront me comprende
Tout le drame se passe dans l’oeiln et loin du cerveau”, y apuntaba con un lápiz el
significado de las palabras desconocidas. “Hablo a los sordos de orejas tumefactas a los
mudos más imbéciles que su silencio impotente Huyo de los ciegos pues no podrán
comprenderme Todo el drama sucede en el ojo y lejos del cerebro”. Un día su madre
lo encontró estudiando el librito y le contó que ella conocía a ese poeta. Era
farmacéutica en el Instituto del Cáncer, un hospital público donde Moro había sido
internado –y que ya no existe–, y prometió que le conseguiría una cita. Belli
recuerda ese momento más de medio siglo después, mientras hojea el libro en la
sala de su casa.

Es una mañana tranquila marcada por los ladridos de su perro y el ir y venir


de una empleada que hace la limpieza en el segundo piso. Belli tiene ahora ochenta
y tres años, el cabello finísimo y una voz delgada. Es, como dicen en los diarios,
uno de los poetas vivos más importantes del Perú. El encuentro con Moro duró
una media hora. La memoria de Belli es imprecisa en detalles. El cuarto era
austero. Dice que había una cama, una ventana. Moro lo recibió con una sonrisa.
–Seguro hablamos de poesía y de poetas franceses.

Moro estaba demacrado. Belli dice que su madre le había dicho que tenía
leucemia, pero que él no podría afirmarlo. Cuando le mostró el ejemplar de Le
château de grisou, Moro le obsequió un ejemplar de Trafalgar Square, su tercer libro,
editado en Lima con un dibujo de la artista española Remedios Varo. El suyo es el
exemplaire 181, un volumen frágil de hojas amarillentas donde Belli ha subrayado
algunas palabras. No está dedicado.

–¿Usted le preguntó algo?

–Oh, sí, ya recuerdo. Le pregunté cómo se sentía. Se me ha quedado grabado


lo que me dijo: “Estoy como en arenas movedizas”.

Un día Moro recibió a una amiga en su habitación del hospital. Ella lo invitó
a dar un paseo. Él parecía tener buen ánimo y le pidió unos minutos para vestirse.
Ella volvió un rato después y lo encontró abatido. Moro se había asomado a la
ventana y, al otro lado, había visto a una mujer que compraba naranjas. Aquella
escena corriente, le dijo a su amiga, le había hecho sentir que ya no tenía fuerzas
para nada.

El pintor peruano Fernando de Szyzslo escuchó esa historia de primera


mano y ahora la recuerda mientras busca entre los estantes de su biblioteca.
Sección Moro.

–La vida se le había escapado. Es tan triste. Se había convertido en una


persona muy frágil, transparente casi, vulnerable.

Szyzslo conoció a Moro en la peña cultural Pancho Fierro, en el centro de


Lima, donde se reunían algunos artistas jóvenes para beber y charlar. Moro había
vuelto de México y tenía algunos amigos nuevos en ese lugar, pero luego, debido a
su enfermedad, dejó de ir. Szyzslo no recuerda casi nada de esos encuentros. Sólo
una frase que Moro solía exclamar cuando estaba muy animado: Rosas, rosas, rosas
crecen de mis dedos.

El pintor viste un pantalón blanco, una camiseta terracota bien planchada, y


lleva sus ochenta y seis años de manera envidiable.
Quiere encontrar un libro póstumo de Moro que él ilustró; mientras repasa
los anaqueles, sigue recordando algunas cosas.

El velorio. Moro falleció el 10 de enero de 1956, en el Instituto del Cáncer, y


al velorio acudieron su madre, algunos familiares, varios amigos y una
representación de oficiales militares de la escuela de Chorrillos, uno de los lugares
donde enseñaba francés. Szyzslo recuerda que ellos cargaron el ataúd.

–Fue terrible el contraste: un poeta tan vanguardista, tan libre, iba en


hombros de militares.

También recuerda un altercado: un sacerdote quiere decir unas oraciones y


no lo dejan. André Coyné trata de explicarle que Moro era ateo. El sacerdote grita,
se enfurece, se retira. Szyzslo no asistió al entierro (no recuerda la lápida), y dice
que la noticia pasó casi inadvertida fuera del círculo de amigos.

Un obituario publicado el 12 de enero, en el diario El Comercio, informaba de


la muerte con algunos errores. Decía que “las numerosas ediciones de sus libros
poéticos fueron y son cotizados en los círculos literarios” y que vivió muchos años
en Estados Unidos. “Ojalá que la obra de este insigne poeta peruano no se pierda”,
finalizaba el artículo.

Meses después del funeral, Szyzslo y André Coyné organizaron en Lima una
exposición con los cuadros que Moro había pintado hacia el final de su vida, los
mismos que cubrían todas las paredes de su casa. En la exposición se vendieron
muchas de las obras y el dinero se usó para imprimir sus primeros libros
póstumos, ambos en 1958: Los anteojos de azufre, una colección de artículos y
ensayos; y La tortuga ecuestre, aquel libro que había escrito en México, inspirado
por el amor-desamor de Antonio, y que salió en una edición de apenas cincuenta
ejemplares. Szyzslo me muestra ese libro. Lo ha empastado en cuero. En el interior
hay un grabado abstracto que él compuso para cada uno de los ejemplares. Son
unos trazos azules, amarillos y negros, que se superponen.

–¿Qué pasó con el resto de las pinturas, las que no se vendieron?

–Westphalen tenía varias. El grueso creo que lo tenía la familia o Coyné.


Ahora cuando él se muera, porque siempre está tan enfermo, ¿qué va a pasar con
ellas? No sé.

El periodista Jorge Kishimoto, amigo cercano de Coyné, me contó que éste


había cedido la mayor parte de su archivo a la fundación Getty, en Estados Unidos,
y a un archivo surrealista francés. El archivo de Westphalen, el gran amigo de
Moro, que murió a principios de siglo, también ha sido vendido por sus herederos
a esa fundación.

–El atractivo de la plata –dice Szyzslo–. Pero también hay una gran
inseguridad en los archivos nacionales.

Ha trepado a una pequeña escalera para buscar la primera edición de Lettre


de amour, el segundo libro que Moro publicó en México. Pasan los minutos y no lo
encuentra.

–Alguien se la debe haber robado, caray. ¿No ve usted?

La radio, que está encendida, cuenta, con un extraño sentido de la


casualidad, que las autoridades han cerrado la Biblioteca Nacional para investigar
el robo de libros y documentos antiguos.

–Es una pena todo. Yo no quisiera que mi archivo se empiece a desparramar,


tampoco. Es que tengo cosas muy valiosas.

Antes de despedirnos, Szyzslo me lleva a un rincón de su biblioteca, donde


guarda un recuerdo que le dejó la viuda de Vallejo muchos años después de que él
fuera enterrado en París. Es un cuadro que protege un poema mecanografiado y
borroso, un original.

Sobre el papel resalta un mechón de cabello negro sujeto con una cinta
delgada y blanca.

–Es la única parte de Vallejo que se conserva en el Perú.

César Moro guardaba sus poemas en una cómoda de madera. La había


comprado en el remate de trastos de un hotel antiguo que iba a ser demolido, en el
centro de Lima. Le afectaba la ola destructora de mansiones sobre las que
levantaban “los volúmenes de cemento de la arquitectura funcional”. “¿No son
necesarios los recuerdos?”, escribió en un artículo, y la frase parecía una
premonición de su propio futuro sin biógrafos y sin sus libros en las librerías.
André Coyné fue a la casa de Moro días después del entierro y abrió los
cajones de aquella cómoda. “Eran papeles amontonados de toda su vida, algunos
ordenados, la mayoría no”, recordaría en un texto que escribió en 2003. Lo
acompañaba Carlos Quíspez Asín, el hermano pintor de Moro. Juntos retiraron las
pinturas que tapizaban las paredes. Carlos estaba dispuesto a quedarse con los
muebles y las pinturas, pero no sabía qué hacer con los documentos. “Yo no
conozco francés, soy incapaz de descifrar la poesía de César, si no te llevas tú, tal
cual, esa masa de papeles, por más que me pese, me veré obligado a quemarlos”,
dijo esa vez, según recordaría Coyné. Y así fue. Él se llevó los documentos.

En la cómoda, Coyné encontró la larga correspondencia que Moro y Antonio


habían cruzado durante los últimos años. Antonio seguía sin encontrar un buen
trabajo. Moro le enviaba dinero cada vez que Jorgito, el hijo de Antonio, estaba de
cumpleaños. Las cartas ahora están en manos del especialista en Vallejo, Jorge
Kishimoto.

Una tarde, después de una larga espera, Kishimoto me citó en su estudio.


Esperaba que me mostrara las cartas, pero me dijo que las guardaba en otro lado.
Desde hacía varios años él se encontraba preparando una edición con la
correspondencia del poeta, pero el proyecto se retrasaba por falta de tiempo. ¿Qué
decían las cartas? ¿Era cierto que Antonio le pedía perdón a Moro? Kishimoto
respondió moviendo la cabeza de arriba abajo.

Coyné reveló un fragmento de uno de esos mensajes dirigidos a Moro en un


texto que escribió para el centenario del poeta.

16 de junio de 1948Deberías venir otra vez a México, tengo tantos deseos de verte,
estar contigo. 

Estar contigo no es lo mismo que estar contigo.

Días después de aquella inspección en la cómoda, Coyné decidió hojear los


libros de cabecera. Entre las páginas de uno de ellos encontró un poema. Era un
texto que Moro jamás había mostrado a nadie.
 

ANTONIO es Dios ANTONIO es el Sol ANTONIO puede descifrar el mundo en


un instante ANTONIO hace caer la lluvia ANTONIO puede hacer oscuro el día o
luminosa la noche ANTONIO es el origen de la Vía Láctea ANTONIO tiene pies de
constelaciones ANTONIO tiene aliento de estrella fugaz y de noche
oscuraANTONIO es el nombre genérico de los cuerpos celestesANTONIO es una
planta carnívora con ojos de diamanteANTONIO puede crear continentes si
escupe en el mar ANTONIO hace dormir el mundo cuando cierra los
ojosANTONIO es una montaña transparente ANTONIO es la caída de las hojas y
el nacimiento del díaANTONIO es el nombre escrito con letras de fuego sobre
todos los planetasANTONIO es el diluvioANTONIO es la época megalítica del
MundoANTONIO es el fuego interno de la Tierra ANTONIO es el corazón del
mineral desconocidoANTONIO fecunda las estrellasANTONIO es el Faraón el
Emperador el IncaANTONIO nace de la NocheANTONIO es venerado por los
astros ANTONIO es más bello que los colosos de Memnón en Tebas ANTONIO es
siete veces más grande que el Coloso de Rodas ANTONIO ocupa toda la historia
del mundo ANTONIO sobrepasa en majestad el espectáculo grandioso del mar
enfurecido ANTONIO es toda la Dinastía de los Ptolomeos México crece alrededor
de ANTONIO 

El poema original está escrito a máquina en dos colores. ANTONIO resalta


en rojo en cada una de las líneas. Todo lo demás es negro.

En el cementerio, el panteonero Carlos Izaguirre ha encontrado el nicho de


César Moro. Está al pie del pabellón Santa Aurora, un edificio polvoriento en
medio de un mar de edificios sucios. La lápida de mármol es discreta, no llama la
atención. “César Moro Más. X enero MCMLVI”. Está sucia, pero intacta. No hay
rajaduras ni signos de que alguien haya intentado robársela. El epitafio dice: “Una
rosa fatigada soporta un cadáver de pájaro”. Es un verso de La tortuga ecuestre, el
único libro suyo escrito en castellano. Algún aficionado debió asociar el título del
poemario a un caballo y a una tortuga y dibujó, con un clavo, esas dos figuras en
los bordes del cemento. En una revista publicada por el centenario de Moro, en
Lima, un artista interpretó de la misma manera el título y creó una composición en
la que se ve a una tortuga-jinete sobre un caballo que galopa en un paisaje verde.
Pero el origen de la imagen es menos literal, más surrealista. Siendo niño, Moro vio
en un zoológico el espectáculo de dos tortugas inmensas que copulaban a la vista
de todos. La de encima, la que cabalgaba, era la tortuga ecuestre.
 

MARIANA ENRÍQUEZ

ALEJANDRA PIZARNIK, VESTIDA DE CENIZAS

–Es ella –susurra Fernando Noy, y apunta a la llama de la vela, que tiembla
tocada por una súbita brisa.

La encendió para hablar de su amiga, para convocarla.

–Es Alejandra. Ella viene cuando se la nombra, es terrible.

Fernando Noy es uno de los mejores poetas de Buenos Aires, agitador


cultural, gay, ex-reina del Carnaval de Bahía. Fue también el amigo más cercano de
Alejandra Pizarnik durante su último año de vida, cuando ella ya era una poeta
famosa y él un adolescente de 19 años recién llegado de la Patagonia, que
vagabundeaba por la ciudad con el pelo largo, en trances psicodélicos. Una noche
de sexo y lisergia encontró, en el baño de una casa, un ejemplar de Extracción de la
piedra de locura, el libro que ella había publicado en 1969. Quedó conmovido: “Toda
la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo escribo la
noche”, dice allí Alejandra Pizarnik, en el poema “Linterna sorda”. Al día siguiente
buscó a Alejandra Pizarnik en la guía telefónica y la llamó. Ella atendió con voz
asmática.

–Parecía que estaba teniendo sexo, era un susurro orgásmico.

Quiso verlo de inmediato: “¡Por fin alguien que no viene recomendado!”, le


dijo. Quedaron en encontrarse al día siguiente. “Montevideo 980 7° D”, indicó,
“pero no hay portero eléctrico, tenés que llamarme desde la esquina, desde el bar
El Cisne”.
El edificio donde vivió y murió Alejandra Pizarnik conserva su puerta de
hierro pintada de verde y tiene una amplia entrada con espejos, un patio interno.
Está en el elegante barrio de la Recoleta, donde ella no resultaba una vecina típica.
Cuando Fernando Noy la vio por primera vez, en el hall de ese edificio, creyó que
era un muchachito de pelo largo, jeans y camisa blanca.

–El encuentro tuvo algo extraño: los dos estábamos muy drogados y los
espejos de las paredes hacían un aleph calidoscopal. Le dije: “¿Sabés que te
confundí con un Rolling Stone? Con Brian Jones.” Y ella: “Y yo te confundí con una
prostituta alemana”. Así fue nuestro primer encuentro, una carcajada de ella, que
era de tamboriles y de llamas.

Desde esa primera vez, a principios de 1971, Fernando y Alejandra pasaron


muchos días y noches en el departamento de la calle Montevideo, pero el momento
que él recuerda con especial escalofrío fue la tarde en que ella le pidió ayuda para
“exterminarse”. “Cuando yo tome mis pastillas me voy a meter en la bañadera y
sólo necesito que me sostengas la cabeza cinco minutos bajo el agua”, le dijo. Él
decidió seguirle la corriente. “Está bien. Cómo no”. Alejandra se quedó
boquiabierta, pero no dijo nada ni volvió a pedirle ayuda. Él estaba en Brasil
cuando ella finalmente se suicidó en el mismo departamento en que la había
conocido, en septiembre de 1972, a los 36 años, con cincuenta pastillas de Seconal
sódico, un barbitúrico que se usa como sedante e hipnótico y que en dosis elevadas
causa depresión respiratoria y muerte. Hasta hace diez años, cada vez que pasaba
por Montevideo 980 Fernando Noy tocaba el timbre del 7° D, sólo para recibir la
reprimenda del portero: “¿No sabe que ella no vive más acá? Se mudó”.

El portero fue despedido por la administración, nadie sabe demasiado bien


por qué, y en el bar El Cisne, de la esquina, sólo un mozo recuerda vagamente a
“una poeta judía que se mató”.

Elías Pizarnik y su esposa Rejzla Bromiker –más tarde, Rosa– llegaron a


Buenos Aires desde Europa Oriental –su pueblo natal era Rovne, hoy en
Eslovaquia– en 1934. Es posible que el apellido original de la familia haya sido
Pozharnik, y que los funcionarios de migraciones lo hayan consignado
erróneamente. En cualquier caso, Alejandra lo pronunciaba acentuando la segunda
sílaba, Pizárnik. La pareja se instaló en Avellaneda, una localidad en las afueras
pero muy cercana a la ciudad de Buenos Aires. Avellaneda fue un polo industrial
pujante hasta los años ’60, y en decadencia desde mediados de los ’70, pero nunca,
ni en su esplendor, fue un lugar bonito. Allí nació Flora Pizarnik, la futura
Alejandra, el 29 de abril de 1936. El padre trabajaba como cuentenik, un oficio
tradicional de la comunidad judía: vendía joyas puerta a puerta; a veces ropa
blanca y electrodomésticos. Era socialista, tocaba el violín, había sido integrante de
una orquesta. Durante la segunda guerra toda la familia que había permanecido en
Europa, tanto los Pizarnik como los Bromiker, fueron masacrados primero por los
nazis y luego por los soviéticos. Sólo había quedado un tío Pizarnik, residente en
París. Alejandra era muy pequeña para comprender lo que sucedía pero el terror,
la muerte y el exilio debieron atravesarla. Con el tiempo, encontraría en la
identidad judía un refugio a su permanente sensación de extranjera.

La familia pronto pudo mudarse a una casa de dos plantas en la calle


Lambaré 149, muy cerca de la avenida Mitre, la calle principal de Avellaneda. Las
dos hijas, Myriam (la mayor) y Flora (a quien llamaban Buma o Bumita, “flor” en
idish) fueron enviadas a dos escuelas simultáneamente: la Normal Mixta de
Avellaneda, y la Zalman Reizien Schule, donde recibían educación judía.

La infancia es el lugar al que Alejandra Pizarnik volverá una y otra vez en su


poesía, como a un espacio ideal. Sin embargo aseguraba haber sido una niña
infeliz. Escribe en su diario, en 1958: “¿He tenido yo una infancia? No, creo que no.
No tengo ni un recuerdo bueno de mi niñez (...) El solo hecho de recordarla me
cubre de cenizas la sangre. Sólo algunas angustias, algunos sucesos lamentables,
sobre todo lamentablemente sexuales” (Diarios, Lumen, 2003). Se refiere varias
veces en esas páginas a una pérdida de la inocencia, a una infancia arruinada.
Muchos estudiosos de su obra creen que sufrió un abuso sexual cuando era chica:
“Tanto sus diarios como su prosa poética dejan entrever un abuso sexual sufrido
durante la infancia, aunque no revela ningún detalle que esclarezca dicho
episodio”, escribe Eve Gil (“Abrazar el infinito”, suplemento cultural “Arena”, del
diario Excelsior, México, marzo de 2010).

–Hay muchas expertas en España que están convencidas de un caso de


abuso, incluso de incesto –dice Cristina Piña, poeta y crítica literaria argentina,
autora de Alejandra Pizarnik. Una biografía (Corregidor, 2005)–. Yo creo que pudo
haber una experiencia sexual en la infancia que, unida a una sensación de carencia
profunda, debe haber producido efectos devastadores. Pero no creo que haya sido
un caso de incesto. Estoy absolutamente segura de que, si hubo un abusador, no
fue el padre. Sí es evidente que ella se siente la más fea, la menos querida, la que
está en desventaja con respecto a su hermana.
Ingresó a la secundaria en la Escuela Normal Mixta, entonces posiblemente
el mejor establecimiento educativo público de la zona sur del conurbano
bonaerense. Estudió allí entre 1949 y 1953. Por esos años se sentía fea. Tenía acné.
En su biografía, Cristina Piña la retrata en su entrada a la adolescencia: usaba
mochila –algo insólito en los años ’50–, falda tableada escocesa, medias amarillas o
verdes, sweater de cuello alto también verde. Llevaba el pelo muy corto, castaño.
Fumaba desde los 15 años. Puteaba con maestría. Había empapelado su habitación
con fotos de revistas y pintado una pared de negro. Escuchaba ópera y a Edith Piaf.
La preocupación por su físico la torturaba. “Buma era gordita”, escribe Cristina
Piña, “no gorda, apenas rellena y con piernas fuertes, y vivió la adolescencia entera
matándose de hambre. También, a partir de cierto momento, se acostumbró a las
anfetaminas; luego descubriría que le daban una lucidez especial para escribir y
vivir la noche”. El nombre de las pastillas para adelgazar que usaba era Parobes;
tomaba tantas que sus amigas la llamaban “la farmacia”. Pero nadie se alarmaba
demasiado porque las anfetaminas eran, en esa época, de venta libre. “En algún
momento Buma empezó a pedirles a todos que la llamaran Alejandra, que luego
sería su único nombre literario”, escribe Piña. “¿Por qué Alejandra? Puedo suponer
que por sus resonancias rusas: años más tarde les pediría a sus amigos que la
llamaran Sasha, el diminutivo ruso de Alejandra. O por sus resonancias
triunfales”.

Su forma de hablar era extraña. Ella decía que era tartamuda, pero no está
claro qué producía su dicción personalísima, su forma de arrastrar las palabras con
esa voz gruesa, hipnótica.

–Alejandra hablaba literalmente desde el otro lado del lenguaje –dice la


poeta, ensayista y lingüista argentina Ivonne Bordelois, una de sus mejores y más
constantes amigas–. El ritmo de sus palabras entrecortadas imprevisiblemente,
“pa-raque-veasel-po-e-ma” producía un cierto hipnotismo, como un tren en que
cada vagón corriese a diferente velocidad.

De su diario, 1959: “Cada día tartamudeo más. Pero no sé si es tartamudez.


En el fondo, no quiero hablar. Así como me alimento sin querer hacerlo sino que lo
hago por compulsión o por temor del vacío, así hablo, sabiendo no obstante, que
debería callar”.
A pesar de sus inseguridades, se mantuvo firme en el deseo de estudiar algo
relacionado con la literatura. La decisión tenía algo de rebeldía: si era la hija
diferente, la rara, lo sería hasta las últimas consecuencias. No tenía ninguna
intención de ser lo que su familia y su clase esperaban de una mujer en los ’50. En
los últimos años de la escuela secundaria ya les hablaba a sus compañeros de sus
deseos de ser escritora, y leía desordenadamente a Jean Paul Sartre, William
Faulkner, Rubén Darío.

De su diario, 1954: “Acá, entre el cansancio y el humo, entre el Miedo y las


ansias inmortales, me digo: he de escribir o morir. He de llenar cuadernillos o
morir”.

Ese año se inscribió en la escuela de periodismo, que entonces estaba en la


calle Libertad, entre Diagonal Norte y Tucumán, pleno centro de Buenos Aires.
También se anotó en filosofía y letras. La facultad estaba por la misma zona: en
Viamonte entre San Martín y 25 de Mayo. Esa parte de la ciudad era de circulación
obligatoria para artistas e intelectuales de la época, que discutían en los bares de la
calle Florida y la avenida Corrientes, que compraban libros en las librerías Galatea
–que traía las últimas novedades francesas–, en Verbum, en Letras. Ella recorría
esos lugares a los 18, deslumbrada, pero le hacía falta un guía y lo encontró ese
mismo año.

Juan Jacobo Bajarlía era poeta, narrador, ensayista, abogado, y uno de los
intelectuales más peculiares de la Argentina, gran conocedor del ocultismo y las
vanguardias europeas, especialista en literatura de horror y vampirismo. En 1954
tenía 36 y era profesor de literatura moderna en la escuela de periodismo. Durante
el mes de abril, después de una clase sobre el dadaísmo y Tristan Tzara, reparó en
su alumna Alejandra Pizarnik, que se sentaba en la primera fila. Una tarde,
después de clase, ella se acercó para preguntarle si era posible conseguir el libro Le
surrealism et l’aprés-guerre, de Tzara, que Bajarlía traducía y del que hablaba en
clase. Se lo prestó –era imposible encontrarlo en Buenos Aires– y la invitó a tomar
un café a la Confitería Real, cerca de allí, en Corrientes y Talcahuano. Alejandra le
contó que su padre era “joyero a domicilio” y su madre “una vieja rezongona”.
Que tenía escoliosis, que eso le provocaba dolores de espalda y que estos, a su vez,
no le permitían respirar bien. Por eso debía consumir analgésicos, cosa que hacía
constantemente. Bajarlía se sintió atraído, tempranamente fascinado. Se ofreció a
acompañarla hasta su casa. En la puerta prolongaron la despedida, él contando
anécdotas insólitas de Tzara, ella riendo. El encuentro fue interrumpido por la
madre, que los obligó a separarse gritando “¡Buma, Buma, hasta cuándo!”.
Alejandra y Bajarlía comenzaron una relación de un año. Cuando tenían
dinero comían en el restaurant Edelweiss, un bodegón alemán tradicional. Después
de la cena se quedaban hasta tarde en el estudio jurídico de Bajarlía, frente al
Obelisco. Él le hablaba de Artaud, de Joyce, de Breton, de Lautréamont, de Trakl;
ella fumaba, calentaba café y consumía analgésicos. Él la recuerda cambiante,
melancólica: “En Alejandra las reacciones se generaban sorpresivamente. Era
obsesiva e inestable. Diría que era circular. Estar exaltada o deprimida era cuestión
de segundos”. (J.J Bajarlía, Alejandra Pizarnik, anatomía de un recuerdo, Ed.
Almagesto, 1998)

Alejandra había acertado al acercarse a Bajarlía: él estaba fuertemente


vinculado a los poetas de la vanguardia, especialmente del invencionismo y el
surrealismo. Esto significaba que era amigo de personalidades como el poeta
surrealista Aldo Pellegrini; del psicoanalista Enrique Pichón-Rivière, pionero de la
disciplina en el país, estudioso de los poetas malditos, que muchos años más tarde
sería analista de Alejandra; de Oliverio Girondo, de Edgar Bayley, de Raúl Gustavo
Aguirre.

De su mano, Alejandra entró al círculo esencial de la poesía argentina que,


por supuesto, incluía a editores y directores de revistas. Bajarlía la llevaba a los
bares, donde se discutía y se leía hasta la madrugada. A mediados de 1954 la inició
en el sanctum de Oliverio Girondo y Norah Lange, la pareja de poetas más famosa
de Buenos Aires, en la calle Suipacha 1444. Ellos se interesaron en la opinión de la
adolescente sobre los poemas que había leído Oliverio Girondo durante la velada,
y ella dijo que le habían dado la sensación de un río que se abría camino entre las
rocas. Después de esa noche, insistió en que quería publicar. Bajarlía prometió
ayudarla.

A esa altura, la relación entre ambos era íntima. Cuando se les hacía tarde
para volver a Avellaneda, dormían en el estudio de él. Una vez, alrededor de las
cuatro de la madrugada, Bajarlía se despertó con los gritos de Alejandra.
“Debatiéndose entre la asfixia y la taquicardia, lloriqueando, Alejandra sólo
atinaba a decir ‘me muero, me muero’”. Asustado, fue a buscar al portero y a su
mujer, que lograron tranquilizarla. Cuando se sintió mejor, le contó la pesadilla
que la había angustiado: en una montaña rodeada de un laberinto de laderas,
buscaba la salida y no la encontraba. Aparecía entonces un ser extraño con una
capucha que la miraba y se reía a carcajadas. Le decía: “Los que suben aquí sólo
bajan cuando yo lo ordeno”. Asustada, ella se arrojaba al vacío. Entonces despertó.
Las pesadillas eran frecuentes y después de esos terrores nocturnos solía
deprimirse y llenarse de miedos y preguntas sobre la muerte.
Otras jornadas en el estudio eran más gratas. Allí corrigieron los poemas del
que sería su primer libro, en una noche literalmente en vela a causa de un apagón.
De los cuarenta y cinco poemas originales quedaron veintiocho, y Bajarlía habló
con su amigo Arturo Cuadrado, editor de Botella al mar, una editorial prestigiosa
que solía interesarse en poetas jóvenes. A Cuadrado le gustó el libro, y decidió
cobrarle a Alejandra sólo el 50% del costo de edición. El gasto lo cubrió el padre de
ella.

Su primer libro, La tierra más ajena, se editó el 10 de septiembre de 1955,


firmado por Flora Alejandra Pizarnik. En adelante eliminaría para siempre el
“Flora”. Un mes después aparecía la primera reseña en el diario La Época, firmada
por el poeta Rubén Vela. Decía: “Una voz original se levanta de esa tierra ajena, de
esa tierra extraña que es Flora Alejandra Pizarnik (...) Creemos estar en presencia
de un crecimiento imprevisto, de una personalidad fuerte y vigorosa”. Rubén Vela
era miembro del grupo Poesía Buenos Aires, otro de los círculos sagrados de la
poesía argentina.

A Alejandra siempre le había gustado mucho dibujar y, durante un tiempo,


estudió con el pintor surrealista uruguayo Juan Battle Planas, pero no duró. Le
importaba más corregir los poemas de su segundo libro, que Bajarlía le llevó a Raúl
Gustavo Aguirre, director de Ediciones Poesía Buenos Aires.

Antes de que se iniciara su despegue definitivo como poeta, la relación con


Bajarlía entró en crisis. Una tarde de noviembre de 1955, ella apareció en el bar
Montecarlo, de Marcelo T. De Alvear y San Martín, donde Bajarlía corregía una de
sus piezas teatrales. Cargaba una valija. Se sentó y la abrió: llevaba ropa interior,
faldas, pañuelos, papeles en blanco, borradores y algunos ejemplares de La tierra
más ajena. Se había ido de su casa después de una pelea con su madre. “Nos
dijimos de todo”, le explicó. La madre le había gritado “mala hija” y “mujer de la
calle”. Y Alejandra había tomado una decisión. “Quiero casarme”, le dijo a Bajarlía.
“La vieja ya me había dicho en otra ocasión que me casara con vos. Quiero casarme
ahora mismo, no aguanto más”. Bajarlía buscó excusas racionales: el dinero, la
diferencia de edad, la precipitación. Ella se mantuvo firme. Pasaron toda la noche
discutiendo en bares de Buenos Aires y, hacia el amanecer, en bares y plazas de
Avellaneda. Finalmente, él le pidió tiempo para pensarlo, pero ella se lo negó.
Ahora o nunca, dijo. Bajarlía no quiso o no se atrevió a tomar una decisión y con
un beso la dejó en la puerta de su casa.

Con los años, Alejandra renegó de su primer libro, al punto que no lo


consideraba parte de su obra. Las interpretaciones del rechazo son varias. Quizá le
disgustaba que hubiera sido pagado por su padre y por eso no lo consideraba del
todo propio. Quizá le disgustaban sus defectos de debutante. Quizá lo asociaba con
el romance frustrado. Pero tomando como base el material biográfico disponible no
se puede saber. Los años 1954 y 1955 de sus Diarios no tienen una sola referencia a
esos recorridos o a la relación con Bajarlía. Eso no significa que las referencias no
existan: el diario está incompleto. En la versión editada faltan 120 entradas,
suprimidas por su albacea Ana Becciú que, además, ha excluido casi por completo
el año 1971 y en su totalidad 1972.

“Dentro de las omisiones más ideológicas destacan las referencias a sus


relaciones lésbicas, pasajes con fuertes connotaciones sexuales y violencia física”
explica Patricia Venti, académica venezolana, en “Lectura de los diarios de
Pizarnik: censura y traición”, Revista de estudios literarios. Universidad Complutense
de Madrid, 2004).

Algunos de estos fragmentos han sido rescatados por Venti; en su artículo


“El cuerpo de la letra” (marzo 2011) incluye, por ejemplo, los siguientes
fragmentos inéditos: “D vuelve a mostrar sus fauces de hembra de alcoba. La
deseo profundamente. Su cercanía es como una pre-masturbación. Todo mi ser se
reduce a la piel. La peau! La peau! Ni que decir de lo que daría yo por su cuerpo
cuando me mira sonriente! D. Tan sucia y superficial. Tan adorable. Tan lejana!
(...)”. (Entrada del diario íntimo, 3 de agosto de 1955. Alejandra Pizarnik Papers,
Archivo 1, carpeta 3. Biblioteca de la Universidad de Princeton.) O: “Hoy llegué a
un pobre orgasmo después de imaginar mucho tiempo que los nazis me apuntaban
y me entregaban a un militar tenebroso y muy temido, que me castigaba mientras
fornicaba conmigo (...) De todos modos lo esencial es esto: me excita que me
castiguen”. (Entrada del 30 de diciembre de 1959. Alejandra Pizarnik Papers,
Archivo 1, carpeta 8.) La mayoría de los especialistas que han tenido acceso al
diario, depositado en Princeton, se reservan el contenido, en general porque lo
usarán en futuras publicaciones. Cristina Piña asegura que no solamente se han
eliminado entradas sexuales, supresión que habría sido un pedido de la familia.
También quedaron afuera, inexplicablemente, referencias a escritores y varias
lecturas. Se han eliminado opiniones sobre Gabriel García Márquez (que le
encantaba), referencias a lecturas de textos de pueblos originarios americanos y los
pasajes en los que habla de su culpa por haber sobrevivido a toda su familia,
muerta en el Holocausto. La arbitrariedad en estas decisiones resulta
desconcertante y descuidada.

En 1956, Alejandra no regresó a la escuela de periodismo ni a la Facultad de


Filosofía y Letras. No volvería a estudiar y, desde entonces, se dedicó
exclusivamente a la poesía. Quizá por el vértigo de encontrarse sin la universidad,
sin trabajo y sin pareja, sumado a sus angustias, su tartamudez, sus pesadillas,
decidió ver a un psicoanalista. Llegó así al consultorio de León Ostrov, psicólogo y
profesor de psicología experimental. Se enamoró de él y le dedicó su segundo
libro, La última inocencia (1956), publicado por Poesía Buenos Aires, que guarda
uno de sus poemas más célebres, el ínfimo y genial “Sólo un nombre”: “alejandra
alejandra debajo estoy yo alejandra”.

Para entonces aún vivía con sus padres y se relacionaba con otros grupos de
poetas, como el Grupo Equis, donde conoció a Roberto Juarroz, que reseñaría muy
elogiosamente La última inocencia en el diario La Gaceta de Tucumán. También en
estos años conocería, en el bar La Fantasma, a Olga Orozco. A pesar de las muchas
diferencias personales serían inseparables. Orozco era una poeta enorme, la gran
representante del surrealismo argentino que estaba en su mejor momento. Ella, con
su enorme prestigio, le presentó muchos poetas y editores a Alejandra y fue
enormemente comprensiva cuando debió escuchar sus angustias, su miedo a la
locura y a la muerte.

De su diario, noviembre, 1957: “Cada mañana despertar, tener que llorar y


tomar café. No puedo gozar de la vida. No encuentro en ella ningún interés. Ojalá
enloquezca o muera pronto”. Llamaba a los amigos de madrugada, angustiada.
Olga Orozco, para tranquilizarla, le escribía “certificados de bruja blanca”, notas
que le dictaba por teléfono como amuletos protectores. Cristina Piña recoge uno de
ellos en su biografía: “Yo, gran cocinero del rey, mientras miro pasar las nubes
atestiguo por el mismo árbol que da sombra a mi balcón que Alejandra Pizarnik
está perfectamente sana, que no hay nadie que le vaya a pisar siquiera su sombra
(...)”.

En 1958 publicó Las aventuras perdidas (1958), dedicado al poeta Rubén Vela,
de quien también estaba enamorada, platónicamente hasta donde registra la
memoria de quienes los conocieron. En Las aventuras perdidas ya estaba claramente
demarcado su universo poético y personal: el epígrafe de Georg Trakl que nombra
a “la ardiente enamorada del viento”; el hermoso poema para Olga Orozco,
“Tiempo”: “Yo no sé de la infancia más que un miedo luminoso y una mano que me
arrastra a mi otra orilla”; “Exilio” dedicado a su editor Raúl Gustavo Aguirre; “El
despertar” para su analista León Ostrov: “¿Cómo no me extraigo las venas y hago con
ellas una escala para huir al otro lado de la noche? ... Señor La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo”.

Sin embargo, sentía que le faltaba completarse como poeta. Y soñaba con
que esa culminación sucedería en París. Su fascinación por Francia no es extraña
entre los jóvenes de su generación.

–En aquella época el francés todavía era la segunda lengua de la mayoría de


la gente, muy por encima del inglés –dice el escritor y cineasta Edgardo
Cozarinsky, autor de Vudú urbano, que conoció a Alejandra–. De Francia llegaba la
vanguardia y la filosofía más leída y prestigiosa. El francés era el idioma que a la
gente joven de la época le permitía acceder a otro mundo.

Ella, enamorada de los surrealistas y los poetas malditos, necesitaba


formarse allí. En 1960 se fue en barco a Europa, con el dinero que le dieron sus
padres.

–No hay un mango que no venga de los padres –dice Cristina Piña–. Ella no
tiene ningún tipo de ayuda económica. En París se mantuvo con el dinero que le
mandaron. No hay ninguna ayuda oficial ni extra oficial, ni una beca ni nada.
Alejandra nunca había trabajado, ni nunca va a trabajar, salvo por algunas
colaboraciones en revistas.

Las primeras semanas las pasó en casa de sus tíos, pero aguantó muy poco y
alquiló una pequeña habitación frente a la iglesia de St. Sulpice. En ese barrio, en
un pequeño restaurant, conoció a Ivonne Bordelois, que cuenta:

–Nos presentó mi tía. Alejandra se vino con todo, camionera, puteando. Se


imaginaba que iba a encontrar a una niñita acartonada porque yo era de una
familia francesa. Y a mí me causaba gracia porque había en ella un esfuerzo
demasiado intenso, algo infantil, en tratar de chocarme. Pero cuando empezamos a
hablar de literatura, entendí que ella sabía. Era menor que yo y sabía más que yo.
Me di cuenta de que no debía dejarla pasar.

Ivonne empezó a alternar sus clases en La Sorbonne con visitas al


departamento de la rue St. Sulpice.

–Alejandra destruyó ese departamentito desde todo punto de vista, nunca


limpió nada, era un caos de papeles, hacía frío. Era maravilloso escucharla hablar
de poesía esas tardes y noches: decía cosas que yo no había escuchado antes, que
ciertamente jamás había escuchado en la academia. Era agudísima en sus juicios.
Tenía un humor increíble, negro, judío, delirante. Tampoco había conocido a nadie
capaz de hacer lo que ella hacía con el castellano: la sonoridad que le encontró a la
lengua es única. Yo creo que Alejandra es la Rimbaud del español: llevó el lenguaje
a lugares donde nadie más llegó. Con una diferencia: fue más valiente que
Rimbaud. Él abandonó la poesía, mientras que Alejandra luchó con el lenguaje
hasta el final, puso el cuerpo. Era fascinante. Todos los que la conocían quedaban
fascinados.

Entre los fascinados estaban sus dos amigos más famosos: Julio Cortázar y
Octavio Paz. Cortázar la invitaba a comer, la protegía, la hacía escuchar jazz y
blues, la llamaba amorosamente “bicho”.

–En París no solamente había argentinos– dice Cristina Piña. Estaba todo el
boom latinoamericano, estaba García Márquez, Vargas Llosa, todos divinamente
muertos de hambre. Comían tarde, mal y nunca. En una época, lo único que
tomaba Alejandra era té. Los papás le mandaban una pequeña cantidad de plata
con la que se moría de hambre, pero en París.

Octavio Paz estaba en una mejor posición: era agregado cultural de la


embajada de México y solía mandar un auto oficial a buscarla cuando la invitaba a
cenar, junto a su esposa Elena Garro. Para que tuviera un ingreso extra, Julio
Cortázar le dio el manuscrito original de Rayuela para que lo pasara a máquina.
Alejandra no lo hizo jamás y estuvo al borde de cometer un pecado literario
sideral:

–Casi perdió el manuscrito– cuenta Cristina Piña. Lo extravió y Cortázar lo


logró salvar no sé cómo. Le insistió para que se lo devolviera hasta que ella lo
encontró.

También se enamoraba. De Georges Bataille, a quien veía en el Café de Flore,


aunque nunca le habló. Del poeta colombiano Jorge Gaitán Durán, director de la
revista Mito (que publicaba a Borges y al por entonces desconocido García
Márquez), que murió en un accidente de avión en 1962. Hizo amigos que le
durarían toda la vida, como Elvira Orpheé, narradora y poeta argentina de belleza
legendaria que entonces se encontraba en París con su esposo diplomático, Miguel
Ocampo. A sus 90 años, Elvira recuerda:

–No teníamos cosas en común. Yo creo que la amistad pasaba porque yo


hablaba siempre en serio y ella hablaba siempre en broma. Lo que ella decía en
broma me gustaba, y lo que yo decía en serio le gustaba a ella. Era muy graciosa,
pero no exageraba. Estaba en su justo punto.

A pesar de que era famosa por su humor, sus angustias seguían siendo
muchas.

De su diario, 1962: “Sólo después de haber tomado diez cafés y de haber


tragado varias pastillas de revitalizantes cerebrales puedo respirar con libertad,
andar sencillamente por las calles sin que el deseo de matarme se haga imperioso”.

Sin embargo, en esa ciudad fue feliz y se convirtió en una poeta madura. En
París escribió el que para muchos es su mejor libro, Árbol de Diana. En 1962 lo
publicó en Buenos Aires Editorial Sur, el sello asociado con la revista Sur, dirigida
por Victoria Ocampo, gracias a que el libro tenía un prólogo de Octavio Paz, que
hubiera abierto las puertas del infierno. Escribía Paz: “El producto no contiene una
sola partícula de mentira”. Fue un gran triunfo. Árbol de Diana guarda sus líneas
más populares, “una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo la
rebelión consiste en mirar una rosa / hasta pulverizarse los ojos”, y un mapa de sus
afectos. Le gustaba homenajear a sus amigos y, de paso, exhibirlos: Aurora
Bernárdez y Julio Cortázar o Ester Singer, que sería la esposa de Italo Calvino. Sus
años parisinos no podían ser mejores: había crecido como poeta, era amiga querida
de los más importantes escritores latinoamericanos. Pero los miedos, la angustia y
el sufrimiento psíquico la atormentaban. En una carta a su psicoanalista León
Ostrov escribe: “Aquí me asalta y me invade muchas veces la evidencia de mi
enfermedad, de mi herida. Una noche fue tan fuerte mi temor a enloquecer, fue tan
terrible, que me arrodillé y recé y pedí que no me exiliaran de este mundo que
odio, que no me cegaran a lo que no quiero ver, que no me lleven adonde siempre
quise ir”.

Amaba el papel, los cuadernos, los lápices. Cuando Ivonne le envió un


cuaderno desde Boston, escribió en su carta de agradecimiento: “¡Qué cuaderno,
mi madre, me mandó mi amiguita! Viene a ser el Rolls Royce o el Rolex o la
Olympia en materia de cuadernos.

Tan perfecto, simple, como salido de chez Hermés, hermoso y serenamente


lujoso”. Julio Cortázar, en su poema “Alejandra Pizarnik” recuerda su fetiche:
“Amabas, esas cosas nimias aboli bibelot d’inanité sonore las gomas y los sobres una
papelería de juguete el estuche de lápices / los cuadernos rayados”.

No le gustaba tomar sol. No quería tener plantas ni flores en sus


departamentos: “Aquí adentro, viva, solamente yo”, decía. Le gustaba el blues,
Lotte Leyna, Janis Joplin, Bach y Vivaldi. Odiaba los bancos, creía que eran templos
del mal y no sabía hacer trámites. Le tenía miedo a los subterráneos, a los trenes y
a cualquier forma de transporte público. Gastaba fortunas en taxis. Cuando
hablaba mezclaba juegos de palabras, obscenidades, humor judío, humor absurdo.
Sus amigos recuerdan mucho más su humor que su desdicha.

–Yo lamento que haya trascendido con el halo trágico. Suicidarse se suicida
mucha gente: ella era distinta, era una visionaria. Su humor tenía cantidad de
matices y hacía cosas preciosas cuando conversaba –dice Ivonne Bordelois.

Arturo Carrera, uno de los más importantes poetas argentinos


contemporáneos, y su amigo desde 1966, dice:

–Divertía mucho a sus amigos, aunque les hacía cosas terribles. Una vez, por
ejemplo, llamó a las 4 de la madrugada a casa de Enrique Pezzoni –uno de los
editores de Sur y Sudamericana, su gran amigo–, atendió la madre y Alejandra le
dijo: “Su hijo es puto”.

–Era muy difícil caminar con ella por la calle, porque se fascinaba
constantemente. Era como llevar a un niño de la mano, porque para ella en la calle
todo era un orgasmo. ¡Esa sombra! ¡Ese árbol! ¡Esa esquina! Todo desfalleciendo.
No se podía avanzar –dice Fernando Noy.

–Podía ser muy linda y podía ser muy fea, cambiaba muchísimo.

Era muy seductora. Tenía una mirada muy rara, ojos de un color
perturbador, violáceo; andrógina, parecía un niño de catorce años, un poco
cabezona y chiquita de hombros –dice Ivonne Bordelois.

–Alejandra tenía ojos violetas, verdes, a veces rojos, el fuego sagrado de esa
cara, era un hombre hermoso, era Orlando, era un niño, era una mujer bella –dice
Fernando Noy.

–No era bonita. Era fea. Creo que eso era parte de su tragedia. Y que por eso
era tan graciosa. Pero una mujer con esa gracia no tenía por qué deprimirse por su
físico, a menos que se encontrara con idiotas. Y generalmente ocurría eso. Como
mucha gente que tiene un complejo con su físico desarrolló una actitud mental que
le hacía gracia a todo el mundo, para seducir a los demás y ocultar lo que le pasaba
–dice Elvira Orphèe.
–Le quedaban muy bien las faldas pero siempre usaba pantaloncitos. Yo le
pedía que usara falda porque tenía unas piernas preciosas. Tenía un pullover
grandote para el invierno todo manchado de Coca-Cola porque tomaba
directamente de la botella, y se le caía sobre la ropa, era un enfant sauvage –dice
Arturo Carrera.

En 1964 estaba otra vez en Buenos Aires, a disgusto. Vivía en la casa


familiar, que ahora quedaba en el barrio de Constitución, en la calle Montes de Oca
675. Años más tarde escribiría en el diario: “No sobrellevo esta ciudad fea... No
quiero morir en este país... No soy argentina, soy judía”. La extrañeza y la angustia
no le impedían ser una estrella en la escena literaria: aparecía en vernissages con
una túnica gris y una rosa roja en la mano; exponía sus dibujos influenciados por
Paul Klee y Odilon Redon. En esos años las oscuridades estaban demasiado
iluminadas por el brillo de su estancia en París.

–Cuando Alejandra volvió tenía una aura. Se sabía que ella había estado con
Octavio Paz y Julio Cortázar. Volvía con mucho prestigio, pero ella no se daba
corte con eso. No había ninguna arrogancia de su parte, nunca sacaba el tema de
París, solamente si le preguntaban. Una vez le pregunté: “¿Cómo es Calvino?”. Y
me dijo, sencillamente, “Muy divertido” –recuerda Edgardo Cozarinsky.

Alejandra volvía a circular por las mismas calles, librerías y bares que la
habían visto nacer como poeta en los años ’50, pero estaban cambiados, eran más
de su gusto.

–Alejandra pertenecía a una subcultura juvenil que a partir de mediados de


los ’60 empezó a circular por los alrededores del Instituto Di Tella, la base del arte
contemporáneo de Buenos Aires –dice Cozarinsky–. Fue un renacer. La primera
vez en mi vida que yo vi chicos de pelo largo con maquillaje en los ojos fue en los
años ’60 en esas calles. Había mucha gente rara que frecuentaba la zona: fue un
corte en las costumbres de la ciudad, una irrupción de jóvenes y de excéntricos.

Un corte que, sin embargo, no se extendía al resto de la ciudad, todavía


conservadora y provinciana.

–Una vez la acompañé al Jockey Club de Florida y Viamonte – dice


Cozarinsky–. No era un lugar demasiado exclusivo. Pero a ella no la dejaron entrar
porque llevaba pantalones. Era 1965, creo. Las excentricidades de Alejandra, que
después se hicieron tan legendarias, a veces eran cosas así, relacionadas con el
contexto de la época, muy represivo y pacato.

En 1966 ganó el Premio Municipal de Poesía por Los trabajos y las noches, su
libro de 1965 editado por Sudamericana. Festejó en un salón privado del Edelweiss
junto a Girondo, Lange, Orozco, Manuel Mujica Láinez. Colaboraba habitualmente
con la revista Sur, a través de la que se relacionó con intelectuales extranjeros como
Evgeni Evtouchenko o el alemán Hans Magnus Enzenzberger. Por estos años
también se empezaron a conocer sus relaciones amorosas con mujeres.

–Había una chica, Daniela, que después nadie volvió a ver, muy misteriosa,
linda y seca, muy desafiante –recuerda Edgardo Cozarinsky–. Siempre silenciosa,
midiendo a la gente. Pero su pareja más constante y larga fue con Marta Moia, una
fotógrafa y traductora. También estaba Ana Becciú, que ahora es su albacea, pero
no fue pareja de Alejandra, era una amiga. Alejandra no ocultaba su lesbianismo,
pero tampoco lo ponía en primer plano.

Becciú no fue pareja ni una de sus amigas más cercanas –así lo afirman, al
menos, quienes las conocieron– pero estuvo muy presente en sus últimos meses de
vida, incluso oficiando como asistente, de modo que, por persistencia, quedó
encargada de su obra. Pero Marta Moia sí fue su compañera de 1970 a 1971 y la
ayudó a mudarse sola por primera vez al departamento donde iba a morir, en la
calle Montevideo. También le hizo una entrevista célebre, publicada en El deseo de
la palabra (Barcelona), en 1972. Allí, Alejandra le confiesa que escribe “para que no
suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al Malo... Escribir
un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos
estamos heridos”.

A pesar del éxito y la intensa vida social en Buenos Aires, su deseo más
ferviente era volver a París, a sus años felices. Pero en 1966 ese sueño se
resquebrajó: el 18 de enero murió su padre de un infarto, en el departamento que
la familia tenía en la ciudad balnearia de Miramar. Desde entonces idealizó a su
padre, que se convirtió en un personaje de sus poemas. (“Ojos azules, ojos
incrustados en la tierra fresca de las fosas vacías del cementerio judío”, escribió en
“Los muertos y la lluvia”, 1970). Pero, en realidad, la relación con sus padres
siempre había sido compleja. Dependía de ellos en extremo, como si estuviera
incapacitada, y se resentía por eso. Escribe en su diario: “Debo repetir por
milésima vez que mis padres se esmeraron en arruinarme. Y lo lograron. Por
ignorancia, por estupidez y por falta de afecto”. Ivonne Bordelois cree que
Alejandra fue injusta con ellos:

–Su madre la cuidaba, evitaba que muriera de hambre o de roña. Ella la


trataba muy mal. Al padre, que después idealizó, yo la vi tratarlo como a un perro,
con gran desprecio. A mi juicio los padres eran gente decente, muy amable,
trabajadora y esforzada, y ella los trababa como sirvientes, como si fuera una
princesa.

Fue un tiempo de hacer nuevos amigos, poetas jóvenes. En 1966 apareció


Arturo Carrera, recién llegado del pueblo de Coronel Pringles, donde había leído
Árbol de Diana. Como Noy, lo primero que hizo fue llamarla por teléfono.

–Le llevé Gitanes y una tortuga de juguete que no le gustó nada. A partir de
ahí fuimos muy amigos y ella fue generosa: me presentaba a sus amigos literarios
como “el poeta adolescente”.

Gracias a él existe un registro muy importante de su voz: en 1972, Carrera


publicó su primer poemario, Escrito con un nictógrafo, y ella quiso presentarlo. Fue
la única vez que Alejandra Pizarnik presentó un libro. Y la única vez que grabó un
poema ajeno.

–Primero lo grabamos en mi casa con un chico que nunca volvimos a ver: a


veces me pregunto si no habrá desaparecido en la dictadura –cuenta Arturo
Carrera–. Y después pasamos la grabación en el Centro de Arte y Comunicación de
Buenos Aires. La voz salía de la oscuridad. Era tan impresionante que ella se
asustó de sí misma y me apretaba el brazo.

Tenebrosa, la voz oscura de Alejandra repite los versos del poema de


Carrera, que tanto recuerdan a los suyos propios: “estos muertos son míos”.

A fines de los ’60 y principios de los ’70 el deterioro de Alejandra era claro.
La crisis tan temida explotaba lentamente. Desde la muerte de su padre la
situación económica de la familia había empezado a ser más endeble y ella seguía
sin trabajar y recibiendo ayuda de su madre. En 1968 ganó la beca Guggenheim,
que la alivió. No sólo tenía dinero propio por primera vez, sino que podía
demostrar que era capaz de ganarse la vida con la poesía. Por algún motivo
decidió ir a Estados Unidos a recibirla –algo muy poco habitual: no es necesario
viajar para recibir la beca– pero duró muy poco en Nueva York: la ciudad la
horrorizó. No conocía a nadie, se sentía perdida, no hablaba inglés. Tenía
intenciones de visitar a Ivonne, que estaba estudiando su doctorado en lingüística
en el MIT –Massachusetts Institute of Technology– pero no logró reunirse con ella
porque no pudo soportar y huyó a París. Ivonne, que la estaba esperando en el
campus donde residía, se sintió aliviada. Estaba en temporada de exámenes, y
sabía la dificultad que implicaba la compañía de Alejandra.

–Era como estar con un niño de tres años. Era terriblemente demandante.
Cuando me anunció que no venía fue un alivio. También me sentí mal, culpable,
porque yo la adoraba.

En París, no encontró su ciudad luz. Octavio Paz ya no estaba, Cortázar


estaba ocupado. Fue como si incendiaran su último refugio. Ivonne cree que a
partir de entonces empezó el declive.

–Yo no sé qué diagnóstico se podría haber hecho. Si era bipolar... Para mí era
un genio. Pero sí era una persona con problemas de convivencia y aterrizaje en la
realidad, y eso con el tiempo se fue acentuando. Alejandra sentía que no encajaba.
Hasta con los mejores amigos la relación se resquebrajaba. Todos estaban más o
menos anclados en la tierra, o flotaban por momentos. Ella flotaba todo el tiempo.

En 1970 estaba otra vez en Buenos Aires, muy atormentada. Dependía


intensamente de su nuevo terapeuta, Enrique Pichon- Rivière, el hombre que había
conocido cuando era adolescente, que la trataba en forma gratuita, no sólo porque
no era una extraña sino porque era amiga de su hijo, Marcelo. Muchos creen que
los métodos heterodoxos de Pichon-Rivière no eran el tratamiento ideal para ella.

–Pichon Rivière experimentó medicaciones con ella –dice Cristina Piña–. En


mi opinión fue un encuentro fatídico. Yo no sé qué diagnóstico se puede hacer de
Alejandra y además no puedo hacerlo, pero se maneja que pudo haber sido
maníaca depresiva o, en los términos de hoy, bipolar. Siempre había consumido
anfetaminas, calmantes y sedantes pero iniciada la década del ’70 su consumo era
muy intenso, y cuando se mudó a vivir sola la heladera solía contener pastillas
como único alimento. Estaba tan delgada que a veces abría la puerta del
departamento completamente desnuda, para que la vieran: por primera vez en
toda su vida le gustaba su cuerpo. Sus amigos se alejaban.

–En sus últimos años ella estaba muy interesada por la obscenidad, me
costaba seguirla –cuenta Cozarinsky–. Siempre llamaba de madrugada, pero llegó
un momento en que se volvió demasiado demandante y podía ser agotadora.

En 1970 tomó una sobredosis de anfetaminas y debió ser trasladada al


Hospital Pirovano, donde le salvaron la vida. Durante la internación escribió un
poema extraordinario llamado “Sala 18-Pirovano”: “Una señora originaria del más
oscuro barrio de un pueblo que no figura en el mapa dice: El doctor me dijo que
tengo problemas. Yo no sé. Yo tengo algo aquí (se toca las tetas) y unas ganas de llorar
que mama mía”. El episodio –el hospital, el intento de suicidio– quedó registrado
en una intensa dedicatoria que escribió para su amigo Julio Cortázar en una
plaquette llamada La pájara en el ojo ajeno, publicada ese mismo año en la revista
cultural española Papeles de Son Armadans. Allí, en una página en blanco, con letra
cansada y en tinta azul, dice: “Julio fui tan abajo. Pero no hay fondo Julio, creo que
no tolero más las perras palabras. La locura, la muerte. Nadja no escribe. Don
Quijote tampoco. Julio, odio a Artaud (mentira) porque no quisiera entender tan
sospechosamente bien sus posibilidades de la imposibilidad. PS Me excedí,
supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo
salvo (ahora, oh Julio) de la locura y de la muerte.

(Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio
–que fracasó, hélas) PS En el hospital aprendo a convivir con los últimos desechos.
Mi mejor amiga es una sirvienta de 18 años que mató a su hijo. Empecé a leer
Diarios. Te apruebo mucho políticamente. Tu poema de Panorama es grande
porque me hizo bien (lo leí en el hospital)”.

Por entonces, ya vivía en el departamento de Montevideo, por primera vez


sin su familia.

–Cuando murió el padre, le dieron ese departamento con la herencia –dice


Ivonne Bordelois–. Favorecieron a Alejandra por sobre Myriam. Myriam estaba
casada y Alejandra necesitaba contención.

Fernando Noy recuerda a la madre, Rosa:

–Le decíamos Mamushka. Era incomparable, una Mary Pickford trágica.


Siempre estaba desesperada por su hija, cocinaba, le compraba ravioles. Y
Alejandra le decía: “Los quiero quemados”. Rosa quería alimentar a su hija, quería
cuidarla, ella veía el horror.

A veces organizaba reuniones, invitaba a amigos a cenar, pero no cocinaba


porque no sabía cómo. En 1971 publicó La condesa sangrienta, un texto en prosa
basado en el libro del mismo título, publicado en 1962, por la poeta surrealista
francesa Valentine Penrose. El texto, preciso, aterrador y elegante, contaba la vida
y obra de Erzébeth Báthory, una condesa húngara del siglo XVI que asesinó a más
de 600 muchachas en su castillo de los Cárpatos, por sadismo, por satisfacer su
deseo y para usar la sangre de las vírgenes con el objetivo de mantenerse siempre
joven. Erzébeth no es una vampira mítica: fue una cruel asesina real que se bañó en
la sangre de muchachas pobres. Alejandra debió sentir un enorme atractivo y hasta
una peculiar identificación con la macabra condesa: la belleza convulsiva del
personaje, el hecho de que Julio Cortázar también se fascinara con ella en su novela
62/Modelo para armar (1968), la relación erótica con las muchachas, el deseo de
juventud, la voracidad.

Los relatos que los amigos hacen de estos años son fragmentarios, están
llenos de zonas oscuras y de silencios. Se habla del desenfreno sexual de Alejandra,
que tenía relaciones con el florista de la cuadra, con empleados de comercios del
barrio y con perfectos desconocidos. Fernando Noy cuenta que con frecuencia
quería tener sexo con él, y se sentaba sobre sus rodillas. Cuando Fernando no
podía aplacar su deseo más que con algunas caricias, ella se enojaba. Es posible,
sólo posible, que esta hipersexualidad estuviera estimulada por el consumo de
Artane, nombre comercial del trihexifenidilo, un medicamento que se usa para el
Parkinson y la depresión psicótica, y que en combinación con anfetaminas –así lo
usaba, mezclado con benzedrina o fenacetina– provoca alucinaciones y un efecto
afrodisíaco caracterizado por la desinhibición y la euforia. Pero quizá su voracidad
fuera anterior. Después de todo, La condesa sangrienta apareció originalmente en
1965, en la revista Diálogos, de México, así que debió haber escrito el texto en París.
Explorar la sexualidad de Pizarnik es casi imposible sin tener acceso a esa parte de
los diarios que no ha sido publicada, y a una serie de manuscritos en prosa que
continúan inéditos.

A muchos amigos, especialmente a quienes la conocían desde la


adolescencia, Alejandra les negaba que tuviera relaciones con mujeres. A Olga
Orozco, por ejemplo, le decía: “Olguita, ¿vos no vas a creer que soy lesbiana, no?
Porque no es cierto”. A Ivonne Bordelois tampoco le hablaba de las mujeres:

–Ella me ocultaba a sus amantes, amigas y novias mujeres, tenía ese pudor.
Era una pavada. Nuestro amigo en común Enrique Pezzoni decía que estaba
enamorada de mí, pero yo jamás me di cuenta: si fue así, nunca me lo dejó saber.

Según se desprende en sus diarios, Alejandra no se consideraba lesbiana: no


se estaba ocultando sino que, sencillamente, no creía que eso definiera su
identidad: “Estoy cansada de este supuesto clima homosexual, que no es auténtico
en mí. No sólo no soy lesbiana ni lo puedo ser (...) Cuando desperté imaginé mil
llamadas telefónicas a M. Imaginé mil cartas, imaginé que me moría y la mandaba
llamar en mi agonía. Y no comprendo por qué tiene que ser así. Pero pasa que me
asusta la palabra “homosexual”. Prejuicios viejos en mi vida joven”. (Entradas del
diario íntimo, 18 de diciembre y 25 de diciembre de 1960. Alejandra Pizarnik
Papers, Archivo 1, carpeta Biblioteca de la Universidad de Princeton, citadas en “El
cuerpo de la letra”, Patricia Venti, 2011)

Hay otra identificación, la de la eterna juventud, que se relaciona con su


deseo de ser una niña eterna. Deseo o necesidad o imposibilidad de crecer. Muchos
creen que ese estar detenida, ese negarse a ingresar al mundo adulto, precipitó su
muerte. ¿Cómo puede sostenerse más allá de los treinta años esa desatención
absoluta de los ritos sociales y del mundo del trabajo sin un mecenas, o una familia
millonaria, o una pareja dispuesta a proveer? Para mantenerse pura y niña,
Alejandra debía morir, real o metafóricamente, porque era imposible mantener esa
infancia prolongada.

Pero, a pesar de la crisis, en su departamento de la calle Montevideo su


trabajo continuaba. Tenía un pizarrón en el que escribía versos, una colección de
muñecas rusas, un teléfono verde, lápices de colores, carpetas, varias bibliotecas.
Sobre la mesa de trabajo, las dos máquinas de escribir: una con tipos normales, la
otra con tipos en cursiva. En la biblioteca, los libros favoritos forrados de distintos
colores y cubiertos con celofán.

En 1971 recibió la beca Fullbright, pero como consistía en una invitación al


International Writers Program de Iowa, Estados Unidos, no pudo usufructuarla,
porque su inestabilidad emocional le impedía viajar.

En los últimos años, su proverbial humor se volvió más y más negro.


Impregnaba sus textos. En uno de ellos, La bucanera de Pernambuco o Hilda la
polígrafa (1971), que fue publicado después de su muerte e incluido en Textos de
sombra y últimos poemas (1982) “algo huele a podrido en las palabras”, define la
escritora y crítica María Negroni. El lenguaje escapa a la perfección formal, se
desfigura, se enloquece. Estos textos suelen llamarse “obscenos” o “humorísticos”
y para muchos revelan un costado muy verdadero y tangible de Pizarnik, el de la
mujer audaz, algo salvaje, sexuada, divertida que era. Ivonne Bordelois no es una
apasionada de esa parte de la obra, pero por motivos lejanos a lo literario.

–Siempre me pareció una especie de síntoma de deterioro. Me parecían más


gritos de angustia que chistes. Yo nunca se los pude festejar. Son graciosos pero
hay algo oscuro, algo que raspa.

En el capítulo de La bucanera… llamado “Una musiquita muy cacoquímica”,


dedicado a su novia Martha Moia, escribe: “Aunque turbada, la enturbanada se
masturbó. Torva caterva de mastinas pajeras, grutas agrietadas, culos pajareros,
¿sabréis piafar como un pifano?”. En estos textos, cree Cristina Piña, está la clave
de su derrumbe psíquico:

–Ella apostó todo al lenguaje. Y cuando el lenguaje se fue a la mierda, o ella


lo hizo irse a la mierda, se destruyó lo que había armado, lo que la contenía. Esa
experimentación con el lenguaje de los textos obscenos le hacía mal. Por algo no
publicó ninguno. Alejandra se tomaba la poesía en serio: escribía “hacer con mi
cuerpo el cuerpo del poema”, y era la verdad. Y cuando empieza ese estallido de
voces, ese infierno musical... Es como cuando un chico se enoja y rompe un
juguete. Queda devastado, después se quiere morir, porque no lo puede arreglar.
Alejandra rompió la casa de muñecas donde podía vivir y quedó a la intemperie.
En esa casa había un espacio, una patria. La devastación que supone La bucanera de
Pernambuco es terrible. Un viento violento arrasó con todo.

El último tiempo estuvo marcado, además, por una gran pasión: la que vivió
con Silvina Ocampo. Alejandra había conocido a la narradora y poeta en 1967, a
través de su participación en la revista Sur, que dirigía Victoria, hermana de
Silvina. Tenían muchos gustos e intereses en común: la infancia, los juegos de
palabras, el misterio, el erotismo. Silvina era la esposa de Adolfo Bioy Casares e
íntima amiga de Jorge Luis Borges. Alejandra le enviaba cartas acompañadas de
litografías de Odilon Redon, dibujos de niñas en la nieve, niñas llevando flores y
cometas, cartas escritas con tinta verde y turquesa. Hay mucho de juego en ellas, y
de un amor dedicado, cuidadoso. Escribe Cristina Piña: “Si bien se veían y se
visitaban, la relación utilizaba la mediación del teléfono como factor de escamoteo
y fetiche central. En esas conversaciones se leían mutuamente textos, se reían de sí
mismas y de los demás, jugaban a ser crueles entre sí. A veces, en el período de
mayor frecuentación, una de ellas se limitaba a respirar del otro lado del
auricular”. Fernando Noy recuerda una visita a Silvina; fue la única vez que
Alejandra lo llevó a casa de los Bioy:

–Me dijo: “Quiero que me acompañes a la casa de Silvina y Adolfito. Él


enseguida te va a leer su libro de citas”. Quería que lo distrajera para que ella
pudiera hablar con Silvina. Yo me quedé con Bioy charlando, y Alejandra se fue
con Silvina. Una hora después salieron. La Ocampo bajó la escalera en chancletas.
Nunca más la vi. Era inabordable. Alejandra quedaba tan triste después de los
encuentros, porque se le escapaba el amor.

¿La relación llegó a ser sexual? Nadie parece poder afirmarlo. Era una
relación sin dudas erótica. Alejandra envió su última carta a Silvina ocho meses
antes de suicidarse, el 31 de enero de 1972. Es una carta de furiosa despedida: “...
Silvine, mi vida (en el sentido literal) le escribí a Adolfito para que nuestra amistad
no se duerma. Me atreví a rogarle que te bese (poco: 5 o 6 veces) de mi parte y creo
que se dio cuenta de que te amo SIN FONDO... Te dejo: me muero de fiebre y
tengo frío. Quisiera que estuvieras desnuda, a mi lado, leyendo tus poemas en voz
viva. Sylvette mon amour, pronto te escribiré. Sylv, yo sé lo que es esta carta. Pero
te tengo confianza mística. Además la muerte tan cercana a mí (tan lozana!) me
oprime (…) Sylvette, no es una calentura, es un re-conocimiento infinito de que sos
maravillosa, genial y adorable. Haceme un lugarcito en vos, no te molestaré. Pero
te quiero, oh no imaginás cómo me estremezco al recordar tus manos... Silvina
curame, ayudame, no es posible ser tamaña supliciada. Silvina, curame, no hagas
que tenga que morir ya”. (Correspondencia Pizarnik, Ivonne Bordelois, Seix Barral,
1998). No es extraño que amigos como Fernando Noy estén convencidos de que
Alejandra murió por amor.

–Ella lo escribió: “La que no supo morirse de amor y por eso nada
aprendió”. Fue la imposibilidad de concretar esa relación fantástica, maldecida por
todos los biógrafos de su época. Para los que fuimos testigos, la supresión de ese
amor es un asesinato de Alejandra. Demonizan su sexualidad. Todo poeta es
hermafrodita. Hay una conjura en contra de la verdad. Ella se mató por amor, no
porque estaba cansada, aburrida y loca.

Fue internada nuevamente en el pabellón psiquiátrico del Hospital Pirovano


en 1972, tras una crisis depresiva intensa. Pocos la visitaron. Ivonne estaba en
Estados Unidos. Se cuenta que Adolfo Bioy Casares fue una vez, a leerle y decirle
que Silvina Ocampo no iba a poder ir. Su madre y su hermana iban seguido:
después de años de conflictos, la relación familiar acabó siendo amorosa. Fernando
Noy fue varias veces.

–Estaba más tranquila, menos desgarrada. Dibujaba. Eran internaciones


ambulatorias, salía los fines de semana y yo me quedaba con ella en su casa. Los
domingos tenía que volver antes de las 8. Y siempre volvíamos volando en taxis,
tratando de llegar a tiempo. Las enfermeras la dejaban entrar con mucho amor
cuando llegaba tarde, porque ya la querían, ella seducía a todo el mundo.
Al salir del hospital, el 24 de septiembre de 1972, recibió en su casa la visita
de su elegante amiga Elvira Orphée. Para no “ofenderla”, ordenó y limpió su
departamento.

–Pasamos una tarde muy divertida, haciendo cadáveres exquisitos. No


comimos en su casa porque no la íbamos a poner a Alejandra a cocinar, y por lo
visto nadie tenía plata para ir a comer a un restaurant. Yo tampoco sé cocinar. No
recuerdo bien quién nos acompañaba, creo que era Ana Becciú. Me fui temprano,
porque no soy de acostarme tarde. Fue una cosa completamente normal: Alejandra
hacía los chistes que le festejábamos, todo muy pacífico, muy tranquilo. Jamás se
me hubiera ocurrido que ella tomaría una decisión tan trágica, que albergaba una
desdicha semejante.

En la madrugada del 25 de septiembre, Alejandra fue a buscar a Fernando


Noy pero la portera del edificio le dijo que él se había ido de vacaciones. Entonces
regresó a su casa y, en algún momento, tomó cincuenta pastillas de Seconal. Por la
mañana la llamaron por teléfono varias amigas –Olga Orozco, entre otras– pero,
aunque no fueron atendidas, ninguna sospechó nada. Finalmente una de ellas, que
tenía llaves, entró al departamento de la calle Montevideo a buscar unos libros.
Hay quienes afirman que esa persona fue Anna Becciú, la futura albacea, pero
otros tienen dudas. Sea como fuere, la encontró agonizando. En su pizarrón de
trabajo, donde solía escribir las palabras como si fuera una tela de pintor, se leía:
“no quiero ir nada más que hasta el fondo”. Alejandra Pizarnik murió camino al
hospital y su cuerpo fue velado el 26 de septiembre en la Sociedad Argentina de
Escritores, recién inaugurada.

Durante los días que siguieron, sus amigas Olga Orozco, Ana Becciú y Elvira
Orphée se encerraron en el departamento para preservar y ordenar sus papeles. A
pesar de la fiel custodia, alguien se llevó una caja de fotos y otras personas
tomaron objetos y libros. Los diarios y las obras inéditas tuvieron un recorrido
accidentado: Aurora Bernárdez, la esposa de Cortázar, los tuvo durante un tiempo
en París, con la excepción de un cuaderno que Marta Moia decidió conservar. Por
pedido de Miryam Pizarnik, hermana de Alejandra, Ana Becciú se convirtió en la
albacea literaria y los papeles y diarios se depositaron, finalmente, en Princeton.

Y, aunque ya estaba muerta, Fernando Noy vio a su amiga todavía una vez
más, en París.

–Yo estaba muy deprimido porque había perdido un amor. Decidí morir por
él. Fui al Bois de Boulogne y colgué una soga de una rama, a modo de horca. Pero
me quedé dormido y en el sueño llegó la Pizarnik con su gamulán verde. Me dijo:
“Fernando, no te suicides. Estos son los pasadizos secretos de la desesperación,
aún peores que los de la vida. Si te matás, vas a sufrir diez veces más. Y yo te
imploro que no”. Le vi bigote y barba, la vi masculina. Me desperté y ya estaban el
patrullero y la ambulancia. Estuve nueve meses internado, pero ella me salvó la
vida. Alejandra era una capitana de vuelo, una exigente astronauta del alma, y
muy dulce. Era bravísima y dulce.

Alejandra Pizarnik está enterrada en el cementerio judío de La Tablada, al


oeste de Buenos Aires. Cada dos o tres meses su foto desaparece de la tumba y hay
que reemplazarla. Alguien se la lleva, pero los guardias del cementerio, uno de los
más custodiados de la Argentina, jamás han podido atrapar, o ver, a ese ladrón
furtivo.
 

ALBERTO FUGUET

GUSTAVO ESCANLAR, TODO NO ES SUFICIENTE

EMPECEMOS ASÍ: la mañana en que el escritor uruguayo Gustavo Escanlar


se casó fue plácida. Era 17 de febrero de 2005 y él tenía 43 años. Ya no era un lirio
pero, a pesar de que, según el mito urbano la higiene le importaba poco y le
gustaba lucir descuidado, ese día llevaba traje, camisa blanca y corbata negra,
“elegantísimo como era él”, me dice Eleonora Navatta, la mujer con la que se casó.

–Siempre usaba traje negro con corbata negra, en general camisa blanca o
celeste clarita. Le gustaba mucho vestirse formal, aunque no lo creas –dice,
mientras come un chivito en un local del barrio de Pocitos, en Montevideo.

La ceremonia fue en la capital uruguaya, esa ciudad que a veces parece


Ciudad Gótica y otras un pueblo chico que ha crecido mucho. Eso, supongo, él lo
tenía claro. O, al menos, lo tenían claro quienes lo veían correr hacia su
autodestrucción.

–Algunos lo tomábamos en serio, creíamos en su potencial. Pero sí es cierto


que lo odiaban, y mucho. Lo despreciaban. Uruguay es un país muy jodido.
Gustavo se fue de boca con cosas que no se pueden tocar y pagó el precio. Esto es
muy chico, no hay posibilidad de escapar. Para colmo él no tenía refugio afuera.
Terminó siendo más uruguayo que lo que hubiera deseado –dice, mientras
caminamos por los pasillos azotados por el viento del mercado del puerto, el
escritor y dramaturgo Gabriel Peveroni que lo conoció cuando era adolescente.

Gustavo Escanlar moriría cinco años después de su boda, el 12 de noviembre


del 2010. En esos cinco años publicó una novela en el extranjero –La alemana, en
2009, en Buenos Aires–, se transformó en padre, triunfó en la radio y en la
televisión, escribió un par de cuentos notables pero, aunque gente muy cercana a él
pensaba que había abandonado la droga, lo cierto es que la cocaína, más un asma
crónico (el Cabeza, como le decían, era adicto a los inhaladores, que consumía de
manera compulsiva) terminaron con él antes de tiempo.

Cuando se casaron, Eleonora Navatta tenía trece años menos que él, un
primer matrimonio y un hijo de ocho años llamado Gaspar. Él nunca se había
casado.

–No me regaló nada, yo tampoco. Teníamos las típicas alianzas de oro


finitas, las que usa todo el mundo, éramos bastante clásicos con eso –dice ella.

En una nota publicada en el diario Crónicas el mismo día de su muerte,


Escanlar respondió así a la pregunta ¿Dejaste de ser un adolescente?: “Sí, la
paternidad me ha cambiado. El tema de ser responsable por una persona, por un
ser vivo, te cambia bastante. Yo les recomiendo a las maestras que les hagan tener
mascotas a los niños, que es más o menos lo mismo que la paternidad”.

El casamiento sólo fue un trámite legal, no hubo fiesta. Ocurrió en el


Registro Civil, en la parte más bonita y decrépita de Montevideo a la que todos
llaman Ciudad Vieja. Estuvieron Mabel Patrone, la madre de Gustavo, unas tías,
colegas de radio Sarandí, donde él tenía un programa llamado “Las cosas en su
sitio”, amigos de la época del colegio, el periodista y antiguo dueño del semanario
Búsqueda, Danilo Arbilla, y el escritor y crítico de El País de Montevideo, Elvio
Gandolfo. Su padre, Demetrio Escanlar, un gallego de pocas palabras que emigró a
Uruguay de joven, estaba postrado, porque padecía un cáncer en la columna.
Eleonora, arquitecta no titulada, varias veces campeona sudamericana de esgrima,
asistente y a veces co-conductora de Escanlar en radio Sarandí, no iba de blanco y
no estaba embarazada.

–Aunque te parezca increíble, nuestra hija, Violeta, nació el 17 de noviembre


del 2005. Nosotros nos habíamos casado el 17 de febrero.

Fue ella quien no permitió que llegaran cámaras de televisión para


transmitir en directo el casamiento.

–Ofertas hubo. Gustavo ya era más que un personaje público: era una
estrella mediática.

Eleonora llamó al canal 10, el canal de televisión donde trabajaba Gustavo, y


logró que la ceremonia no fuera más pública de lo que ya era. Para ese entonces,
Escanlar era un columnista estrella de la revista Búsqueda, además de un personaje
clave en Zona Urbana, un programa nocturno de televisión que batía todo los
récords de audiencia con un tono zafado e irreverente que mezclaba la actualidad
con el humor y el morbo. Cuando él y Eleonora se casaron llevaban dos años
juntos, y la fecha de la boda fue anunciada en el programa que hacían en radio
Sarandí. Fue por ese anuncio que los medios y los fans llegaron al Registro Civil.
Los que llegaron sin ser invitados fueron la madre de Pablo Goncalvez, la novia de
Pablo Goncalvez, y el chofer de la madre de Pablo Goncalvez. ¿Quién es Pablo
Goncalvez? El único serial killer uruguayo. Hijo de diplomáticos (nació en España,
su padre se llamaba Hamlet), este joven rubio y educado provocó, a comienzos de
los años ’90, pánico entre las chicas de la clase alta uruguaya. Se le atribuye haber
asesinado a tres de ellas, con maniobras de asfixia, por lo que pronto quedó
rotulado como el “estrangulador de Carrasco”, el elegante barrio de Montevideo
donde ocurrieron los asesinatos. Goncalves fue condenado a cadena perpetua en la
Cárcel Central de Montevideo.

La aparición de estos parientes de Goncalvez no sorprendió a nadie, porque


Gustavo tenía un lazo con él. “Con Pablo Goncalvez tenemos una relación especial.
Yo quise hacer una nota con él durante toda mi vida”, dijo en un blog, y era cierto.
Escanlar quería escribir la gran novela de no-ficción inspirada en él. Para Crónica
roja (Aguilar, Montevideo, 2001), el libro que hizo por encargo acerca de varios
crímenes locales, el caso Goncalvez quedó reducido a un par de líneas. Su
intención era hacer un A sangre fría pop pero, al comprender la gran carga de
trabajo que implicaba un libro así, intentó armar una nota para la televisión. La
burocracia ministerial y la policía no se lo permitieron. De todos modos, a través
de diversas reuniones que tuvo con Goncalves en la Cárcel Central, se estableció
“una relación muy particular”. “El tipo es muy vendedor, muy inteligente, muy
seductor, y logró seducirme…” dijo Escanlar en una entrevista televisiva. “No
puedo decir que sea mi amigo. Pero tampoco puedo decir que no lo sea”.

Un mes después de la boda de Gustavo y Eleonora, Pablo Goncalves


cumplía años y tenía derecho a utilizar el parrillero de la cárcel. Así, los invitó a
festejar con él. Cuando llegaron, sacó unas alianzas y le pidió matrimonio a su
novia. Dijo: “Me inspiré en ustedes; los quiero imitar”. Y le pidió a Escanlar que
fuera su testigo. Él estuvo a punto de decir que sí, pero Eleonora lo contuvo: “Si
aceptás, te la van a cobrar; los medios no te van a dejar tranquilo”. Cuatro meses
después, Gustavo y Eleonora regresaron a la cárcel para asistir a la boda. Ella fue
testigo oficial, y él testigo-voyeur.
Gustavo Escanlar nunca asesinó a nadie pero sí hirió a demasiados. A sus
enemigos intelectuales (partiendo por su némesis: Mario Benedetti), y a aquellos
que lo dejaron entrar en su intimidad y después huyeron por considerarlo
“tóxico”. Murió demasiado joven, a los 48 años, y aunque la cocaína y los excesos
tuvieron un rol determinante, quizás su tragedia fue que nunca estuvo del todo
unido, siempre hubo algo en él que lo escindía.

–Compartimentaba –dice Natacha López, amiga suya que, después del


funeral, se dedicó a juntar todo el material escrito por Escanlar con el fin de
reeditarlo y, en el proceso, se encontró con gente a la que nunca había conocido–.
Jamás me presentó a nadie y ahora capto que era gente que fue muy importante
para él.

Miro, en You Tube, algunas de sus apariciones en los diversos programas de


televisión en los que participó: Zona Urbana, desde 2003 a 2005; Insomnio, en 2005;
Bendita TV, que condujo entre 2006 y 2008. Ahí también compartimentaba. El tipo
sensible, el escritor frágil y lleno de dudas, daba paso a un showman irresistible,
lleno de certezas, frases provocadoras y un deseo de escandalizar que poco tiene
que ver con sus mejores textos: Gustavo Escanlar bebiendo un vaso de leche de
gorila; Gustavo Escanlar invocando nombres de personajes públicos y gritándoles
desaforadamente a cámara; Gustavo Escanlar sosteniendo un perro llamado
Benito, amordazado con un bozal y envuelto en una cadena cerrada con un
candado; Gustavo Escanlar cantando, con la música de YMCA, de Village People,
una canción dirigida a Pepe Mujica, presidente de Uruguay, que decía “Pepe, llegó
el momento de alcahuetearte”.

–Él se mató, se mataba. Digamos que estaba vivo, que es lo que se necesita
para morir –me dice el escritor Gabriel Peveroni–. No se llevaba bien con él mismo,
y le costaba relacionarse con los demás.

No debía ser fácil su vida. Debía sufrir por no poder escribir más, por ser tan
inadaptado.

–¿La foto preferida de su infancia…? Estoy en el Parque Rodó con (...) cara
de culo dándole de comer a las palomas. Veo esa foto hoy y me descubro (...)
idéntico a mí mismo (...): la exacta mezcla de soledad, indefensión, tozudez y
fuerza.

¿En qué características suyas descubre a sus padres? La curiosidad


colindante con el chusmerío, la capacidad de manipulación, la incapacidad de
manejar el dinero y los ahorros de mi madre. Los malhumores, la tozudez, la
soledad de mi padre.

¿Qué rasgos de su personalidad quisiera extirparía? El desorden ambiental,


la personalidad adictiva.

(Entrevista a Gustavo Escanlar de Juan Andrés Ferreira, diario El Observador,


2005.)

Una noche antes de partir hacia Montevideo, donde no había estado desde
1996, cuando conocí al ya por entonces notorio y mediático Gustavo Escanlar, tomé
mi bicicleta y, en el frío y la neblina de un Santiago azotado por una ola polar
innoble, pedaleé hasta la Plaza Uruguay, un sitio algo escondido que asocio a
epifanías e intimidad cinematográfica. En esta plaza es donde se me han ocurrido
cierres de libros, comienzo de crónicas, escenas de películas. Pero esto no es acerca
de mí: es acerca de alguien que apenas conocí, con quien estuve unas horas en dos
momentos y dos continentes distintos en un lapso de tres años. Alguien a quien vi
por última vez en mayo de 1999, en un congreso literario organizado por Casa de
América, en Madrid, en el que, de alguna manera, él robó el show y, al mismo
tiempo, lo destrozó. Aquella tarde calurosa en Casa de América entendí que, entre
toda la grasa, el pelo, el talento y las pulsaciones de Escanlar, había un ser que no
era capaz de contenerse. Debajo de su máscara de chico
travieso/encantador/seductor había una bestia cuya meta era clara: destrozarlo.
Destrozarse. No salir vivo de allí.

En la plaza saqué una libreta y anoté los nombres de uruguayos que conocía.
Este viaje, esta búsqueda, esta posibilidad de ir detrás de un muerto reciente y
poder conversar con sus amigos y amores, me parecía un regalo del cielo. ¿Qué
mejor que pasar una semana conversando de libros y de escritores y releyendo la
obra de alguien que pudo ser tu amigo? No partía a Montevideo tras un
desconocido; iba en busca de trozos de vida de un compañero de ruta a quien
siempre sentí cercano. Partía a Uruguay, pensé, a buscar la historia de un escritor
que tuvo menos suerte que muchos de sus contemporáneos. Quizás en
Montevideo me encontrara con un libro sin terminar. Quizás pudiera acceder a sus
diarios, cartas, moleskines. Ese era mi plan: una agenda literaria, mucho abrigo y
bufanda, recorriendo librerías de viejo, conversando con escritores de todas las
edades.

Me equivoqué.

Rotundamente.

Por un tiempo, en los ’90, fui un fan de Escanlar. O, al menos, un fan de la


idea de Escanlar. Creí que era alguien indispensable, el mejor de todos pero el que
tenía menos suerte, el Manuel Puig posmoderno-rockero que estaba dispuesto a
sacrificar su obra con tal de que su obra fuera personal. Leer a Escanlar por
primera vez fue impactante: no parecía latinoamericano, no parecía escritor. Más
que escribir, parecía hacer música; más que narrar, parecía estar vomitando y
jalando al mismo tiempo. Por eso lo invité a participar de un par de antologías que
co-edité, (McOndo, con Sergio Gómez, publicada por Grijalbo en 1996, donde
Escanlar participó con un cuento llamado “Gritos y susurros”; Se habla español, con
Edmundo Paz Soldán, publicada por Alfaguara en el año 2000, en la que Escanlar
participó con un cuento llamado “Pequeño diccionario spanglish ilustrado”) donde
siempre era el mejor o, al menos, el más freak, el más eléctrico.

Ahora, después de haber regresado de Montevideo, siento que lo que me


tocó vivir en esa ciudad fue una novelita trash. Escanlar era mucho más oscuro,
estaba mucho más escindido, era mucho más complejo que sus festivos primeros
libros de relatos, Oda al niño prostituto (1993) y No es falta de cariño (1997), infestados
de referencias pop y dibujos porno, que terminaron leyéndose como una suerte de
manifiesto pro-adolescencia y anti-establishment, lo que, para algunos, lo
transformó en un autor de culto y para otros en un exhibicionista especializado “en
espantar viejas”. Era John Belushi fusionado con Bukowski, pero sin obra. Fui a
Montevideo a seguir a un escritor y me topé con un Lou Reed que tomaba un
desvío por el wild side camino a su cita diaria –obligada, culposa, merquera– con
sus padres.

¿Por qué todo lo que tengo en mis libretas, en mi grabadora, en mi


computador, en mis carpetas con fotocopias, parece los trozos de una película que
tenía protagonista pero no un guión? Fui tras un escritor y volví salpicado de
sangre, con la historia de un hombre ciego por los focos, el maquillaje pastoso, la
droga dura, la orina propia, la farándula mal iluminada y berreta, el cotilleo, el
morbo, y con la sensación de que un huracán había azotado a la gente que lo había
conocido que parecía estar recuperándose de un mal que los había cambiado para
siempre. Los que lo quisieron no estaban dispuestos a dar la cara y los que lo
odiaron tampoco. Todos, sin embargo, me hablaron mucho. Concertaba entrevistas
que iban a durar sólo cuarenta y cinco minutos y terminaban alargándose dos
horas para luego enfrentarme a frases del tipo “no podés citarme”, “esto es muy
fuerte; yo tengo hijos”; “no es bueno estar ligado a Escanlar”; “lo desprecié, sí, pero
estamos en Uruguay”; “lo quise mucho pero no sé si deseo ver mi nombre
impreso”. No entendía. Aún no entiendo. ¿Quién era Gustavo Escanlar? ¿Era un
escritor? Publicó un poemario, ahora inconseguible, llamado El pene en la boca
(1988); el libro de relatos y textos híbridos Oda al niño prostituto (YOEA,
Montevideo, 1993); el libro de relatos No es falta de cariño (Aymara, Montevideo,
1997) y la novela Estokolmo (Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1998). Después de eso,
se detuvo. En el año 2003 empezó a trabajar en la televisión. Sólo en 2009 publicó
una novela, La alemana (Factotum, Buenos Aires). Entre una cosa y otra aparecieron
tres de sus cuentos en tres antologías (McOndo, Líneas aéreas y Se habla español), el
libro periodístico, Crónica roja, en 2001, y la recopilación de crónicas y columnas
Disco duro (Fin de Siglo, Montevideo, 2008). Publicó un cuento, “40” (que, según
decía, formaría parte de un libro llamado 40 y otros cuentos), en la revista
argentina La Mano, en 2005, y otro, llamado “Ex”, en la revista argentina
Lamujerdemivida, en 2008. Y eso fue todo ¿Un escritor que no escribe, o que no
puede escribir, deja de ser un escritor? El crítico Ignacio Bajter, veinte años menor
que Escanlar, colaborador de diversos medios como Letras Libres, de México, y
Brecha y El País, de Uruguay, no lo conoció personalmente y quizás por eso es
capaz de hablar de él: –¿Escanlar? Un payaso. Estuve mucho tiempo esperando un
gran libro suyo, pero nunca llegó. Pudo ser Disco duro, su libro de recopilación
periodística, de 2008, pero no. Nadie habla de los libros de Escanlar porque los
libros fueron un apéndice en su papel de payaso. Diría: en su mal ejecutado papel
de bufón. Payaso, pero no a la manera de Gombrowicz ni de artistas de vanguardia
y post o neovanguardia. Escanlar no incorporaba formas ni las pensaba, no hacía
complejas sino burdas las relaciones con las cosas. A fines de los ’80 estuvo más
encendido, pero ya en estos últimos años la fama lo sorprendió como al mejor
arlequín de la estupidez altisonante de la derecha. No creo que su muerte súbita e
inesperada mejore su literatura.

Gabriel Peveroni es menos tajante, entre otras cosas porque era amigo y lo
admiraba: –Acá Escanlar es el personaje, lo que hizo en la tele, el que puteaba y
tomaba pis. Lo interesante es sacarlo del contexto de Uruguay. Tengo mis reparos
en algunas cosas, pero en lo que tiene que ver con la prosa, tenía un gran manejo
técnico y un estilo propio. Hay una mirada diferente de Uruguay, que es también
otra de las cosas que no se bancan en el pueblo chico. Es un buen cronista del
borde, de lo marginal. Y la tele le hizo daño, pero también en la tele él hizo una
serie de informes, en programas como Zona Urbana e Insomnio, sobre ese otro
Montevideo que no aparece ni en las novelas ni en la tele.

estoy acostumbrado a equivocarmeestoy acostumbrado a que me peguen,estoy


acostumbrado a pagar carasmis equivocaciones.pero también,estoy acostumbrado
a reinventarme,estoy acostumbrado a recomenzar.estoy acostumbrado a que me
quieran.esa es otra bisagra.se pierden cosas,se ganas cosas.pierdo dinero,pero mi
mente sigue ahí, implacable:molestairritadaconfusa 

(Poema de Gustavo Escanlar aparecido en revista Freeway, Montevideo,


mayo, 2005.)

Es junio de 2011. Camino por el barrio “del sur” de Montevideo: Palermo.


Algunos me dijeron que no fuera solo, que era el Bronx, que era un “sitio bravo”.
Es, como mucho, un barrio de clase media, tranquilo, algo quedado en el tiempo,
cerca de este río que parece mar y de un grupo de edificios populares que parecen
sacados de una película de Pasolini. Este es el barrio de la infancia de Gustavo
Escanlar, el escenario de sus novelas Estokolmo y La alemana, el sitio donde se alzan
dos gimnasios importantes en su vida: el club de box Palermo y la sede central del
equipo de basquet Atenas, uno de sus grandes amores obsesivos (hizo, en 2008, un
documental para la televisión llamado “Esto es Atenas”, sobre las peripecias de
este club que no ha tenido grandes triunfos a lo largo de su historia). El
departamento donde pasó su infancia está a pocas cuadras del club de box, en un
edificio de cuatro pisos, modernista, que no tiene ni un ápice de decadencia; está
perfectamente bien cuidado y, me imagino, hace cuarenta años lo estaba aún más.
Las calles están iluminadas, hay árboles. En la mitología uruguaya quizás Palermo
fue o es “un sitio bravo” pero me cuesta entender por qué alguien diría algo así. A
mí me parece un lugar ideal para criar un hijo.

“Nací el 18 de mayo de 1962. Soy hijo único. Soy asmático. Estudié en


escuela y liceo católicos y por eso odio a los curas en particular y a la iglesia en
general. Me crié en el barrio Palermo. Si sos montevideano, sabés de lo que hablo.
Es el barrio de los negros, del candombe y las llamadas. Odio el candombe fuera de
Palermo” escribió en una entrevista, en un blog genérico llamado Tematika.com,
ante el desafío de un fan anónimo. “Mi padre era español y mi madre es criolla.
Cuando fui a visitar su pueblo natal, donde viven actualmente nueve personas, sus
compañeros de infancia me abrazaban y se llamaban unos a otros diciendo “¡Llegó
el hijo de Demetrio! ¡Llegó el hijo de Demetrio!”. Estudié medicina, psicología y
literatura. No terminé nada. Publiqué siete libros y miles de artículos periodísticos.
Trabajé –y trabajo– en prensa escrita, radio y televisión. Muchos me aman. Muchos
me odian. Hay quien quiere pegarme cuando se cruza conmigo por la calle. No sé
manejar autos ni motos. Consumo de todo, pero lo que me hace más feliz es el
consumo de cine, música, literatura y mujeres. Hace unos años me casé. Y a los
nueve meses, exactos, nació Violeta”.

Carlos Muñoz, periodista y director teatral, amigo de toda la vida de


Escanlar, lo conoció en el liceo católico, el Seminario de los Jesuitas, donde
estudiaron muchos políticos, presidentes, científicos e intelectuales uruguayos, y
que, pese a estar en Palermo, no era un establecimiento barato. Carlos Muñoz le
llevaba cinco años y lo conoció cuando estuvo encargado de dirigir una tropa de
scouts –Los Castores– a la que pertenecía Escanlar que era, por entonces, un chico
retraído y gordito de doce o trece.

–Empezó siendo mi alumno y de inmediato me di cuenta de que era el más


brillante, el más divertido, el más travieso, a pesar de lo tímido y de que no lo
pasaba bien en el colegio. Le pegaban, le hacían bromas. Un colegio de hombres es
bravo.

Escanlar era gordo, torpe, asmático, pero amaba los deportes. A Carlos
Muñoz esto no le parece nada raro. Cree que a Gustavo le hubiera gustado ser un
campeón de box o un jugador destacado de basquetbol.

–Admiraba a los jugadores, a los lúmpenes, a los chorros, a los que no tienen
trancas físicas o sicológicas. Como muchos artistas, escribía o se fascinaba con lo
que no podía ser. Le gustaba el olor del club de box. Me decía cosas terribles:
“Nunca nadie puede confiar en mí, amigo; tené cuidado: te puedo cagar, te voy a
traicionar si tengo la ocasión”. Se sentía identificado con esa frase del mito del
escorpión, esa que dice que el escorpión te va a clavar no porque sea malo sino
porque es un escorpión. Lo loco es que yo sentía que podía confiar con él porque
me decía todo eso. Le gustaba coquetear con el desastre. Todo lo hacía buscando
historia y creo que por eso armó en los ochenta lo de Arte en la Lona, en el club de
box, porque sabía que haría historia. Queríamos celebrar el regreso de la
democracia. Fue una semana en el sótano del club donde pasó de todo:
performances rarísimas (una chica con una araña enorme metida en un cuartucho
durante toda la semana), peleas de catch y box. Abríamos a las seis de la tarde y
seguíamos hasta las seis o siete de la mañana. Un grupo de escritores de las
revistas under leyeron poesía en pelotas. Salíamos de la dictadura y esto era como
un grito de libertad. Todo el mundo apretado, transpirado, borracho, drogado. Por
eso, creo que buena parte de lo que hizo fue para tener historias y para que
contaran historias de él.

Vamos en auto con Danilo Arbilla, que fue dueño y director del semanario
Búsqueda, un tabloide intelectual y al que muchos tildan de ser de derecha. En
Búsqueda, Arbilla fue jefe de Escanlar, que llegó a la revista en 2004, después de
haber pasado por buena parte de los medios de Montevideo, como Relaciones,
Marcha, Punto y Aparte, Lea, El día, el suplemento “Qué pasa” del diario El País.

–Para ser un tipo tan grande, el pibe andaba buscando padres y me gustó
poder ayudarlo, acogerlo. Lo quise, lo admiré. Era un tipo brillante, sin filtro. Vivía
y decía todo lo que le daba la gana. Yo estaba en un noventa por ciento de acuerdo
con las locuras que escribía. Muchos de los que leían su columna cada jueves
también, aunque no lo admitieran. Lo leía incluso la gente que lo odiaba o que
sentía asco por lo que Búsqueda representa. Casi todos estaban de acuerdo con lo
que decía porque se atrevía a pensar lo que la izquierda pensaba pero jamás
admitiría. Se le iba la mano, es cierto, pero esa era su gracia. Me hacía reír y era
muy, muy inteligente.

Muchos me dicen que no debería juntarme con Arbilla porque, justamente,


pertenece a Búsqueda, un “pasquín facho”, “una sábana reaccionaria”. Arbilla me
pregunta: –¿Qué te han dicho de mí?
Le digo y se ríe. Dice que, para él, Búsqueda es “de centro-derecha y liberal”.

–Aquí escribe Vargas Llosa. Eso le gustaba a Gustavo.

Pero, para decir la verdad, todos me han hablado mal de todo el mundo:
“ojo, ten cuidado: es turbio”; “no le creas”; “es un hijo de puta”. Por ejemplo: le
escribo a un escritor que conozco, un tipo encantador, aunque otros me dicen que
no lo es. Me responde que estará feliz de verme y me invita a su casa. Le respondo
aceptando y diciéndole que estoy intentando saber más de Gustavo Escanlar. No
vuelve a escribirme. Imagino que porque Escanlar lo consideraba un enemigo. Pero
Escanlar también descalificó a Benedetti y se mofaba de Galeano y se burlaba del
dramaturgo y novelista Mauricio Rosencof (que estuvo varios años preso y fue
torturado por la dictadura en la cárcel de Punta Carretas, hoy un shopping), que lo
acusaba de falta de ética y caradurismo.

–¿Estás escribiendo de quien…? –¿Alguien de verdad te mandó para acá…?


¿Te pagaron el pasaje? ¿Escanlar?

–Mirá: hablemos pero off the record, ¿tá?

–No sé si quiero hablar de él. Fuimos amigos, confié en él. Sé que murió
odiándome. Yo no lo odio, no lo odié. Quise odiarlo.

–¿Escanlar? ¿Esto es una broma?

–Gustavo no era facho, que seguro ya te lo han dicho, ¿o no?; ¿Qué más te
han dicho? –me dice Danilo Arbilla.

¿Qué más me han dicho? Qué no me han dicho. Lo refrescante, lo que


impresiona, es que el primero que dijo todas esas cosas fue el mismo Escanlar en
sus textos, entrevistas y declaraciones.

–Yo creo que era de izquierda más que derecha –insiste Arbillo–. Su tema
era más generacional; más un asunto de estética que, digamos, de ética.

El escritor Gabriel Peveroni cree lo mismo.

–Ni de derecha ni de izquierda. Era un provocador. Y como la cultura y el


establishment están dominados por la gerontocracia de izquierda, sus dardos fueron
para ahí una y otra vez, hasta quedarse sin espacio. Creo que fue creando el
personaje y que al final esa era su forma de relacionarse con el mundo. Su prestigio
no se diluía por atacar a esos nombres y te diría que a la larga el que ganó fue
Escanlar. Nadie con dos dedos de frente en Uruguay defiende a Benedetti como
poeta, nadie piensa a Galeano como escritor y de Rosencof se piensa que es un
viejo narcisista que tiene un delirio con Artigas. Todas esas cosas las fue diciendo.
El tema es que aburrió, y ese es un factor que él no podía controlar, porque vivía
de eso y tenía que hablar por la radio, escribir crónicas y decir pavadas en la tele.
El personaje se lo fue comiendo.

En las columnas de Búsqueda, Escanlar escribía cosas como estas: “…lo peor
va a ser estético (...). Si gana el Frente Amplio, ya lo estoy viendo, va a haber
estatuas vivientes, y teatro en las ferias, y malabaristas en las esquinas, y clowns y
acróbatas y gente arriba de zancos por todos lados, y mucha gente aprendiendo a
tocar el tambor y bailando candombe y formando comparsas en toditos los barrios.
Mauricio Rosencof va a seguir siendo casi dueño del canal municipal”. O estas,
tomadas de una columna donde intenta analizar “lo peor” del 2008: “Los
alcahuetes de siempre hablando de los 50 años de la ‘revolución’ cubana y
titulando ‘rara como encendida’, refiriéndose a una dictadura. Fidel Castro,
convertido en un muñeco de cera con equipo Adidas, fue suplantado en el poder
por su hermano bobo… (...) Néstor Kirchner en la selva vestido con uniforme caqui
esperando rescatar a los rehenes de las farc y quedar en la historia. (...) Hugo
Chávez diciendo ‘no hay chavismo sin Chávez’, intentando una vez más
perpetuarse en el poder. El mono con navajas venezolano siguió teniendo tontos
que lo festejan en América Latina –y en todo el mundo… (...) Jorge Drexler
dedicándole una canción al plan Ceibal. Una canción tan, pero tan, pero tan
horrible que le debe haber dado vergüenza al mismísimo Nicholas Negroponte”.

Fue en Búsqueda donde Escanlar vivió el que quizás fue el mayor de todos
sus escándalos, exceptuando sus resonadas internaciones en clínicas a las que
llegaba por exceso de cocaína (“se metía piedras enteras, ni las picaba”, me aseguró
un amigo muy cercano, con el cual compartían dealer), donde los propios
enfermeros le tomaban fotos y las subían a internet.

–Cuando llegó a Búsqueda –dice Arbilla–, ya había pasado por buena parte
de los medios. Era un periodista y un columnista famoso, un hombre de radio, un
experto en rock y un escritor under publicado en el extranjero. Además de
medicina había estudiado letras y había sido profesor un par de años en la
Facultad de Comunicaciones. O sea, se hacía el salvaje pero no lo era. Pero creo que
con sus columnas en Búsqueda y el programa de televisión, logró que su notoriedad
aumentara en forma exponencial. Hasta que a mediados de esta década todo lo
que hacía era público.
Así fue como uno de sus mayores escándalos empezó en Búsqueda pero,
debido a su fama, se derramó por todas partes. En 2005, reseñó la novela El curioso
incidente del perro a medianoche de Mark Haddon y publicó la reseña en la revista. Y
empezaron a llegar mails, no sólo a Búsqueda sino a otros medios, donde se
denunciaba que la columna era un plagio. En efecto, Escanlar la había copiado de
El Mercurio, de Chile, googleando desesperado una noche de insomnio cuando la
merca no lo dejaba expresar sus puntos de vista, favorables al libro de Haddon.

–Yo le pregunté: “Gustavo, ¿esto no es así? Esto es una calumnia de tus


enemigos, ¿no?” –dice Arbilla–. “No sé, me dijo. A veces estoy tan volado, tan ido,
Danilo, que no sé que es mío y qué es ajeno. No es para joderlo a usted, ni a la
revista. Ni siquiera creo que fue para joderme a mí: yo escribo mejor que ese
chileno y usted lo sabe”.

Arbilla no quería despedirlo, pero ante la confesión del propio Escanlar no le


quedó más que pedirle la renuncia, aunque le mantuvo parte de su sueldo. El
plagio levantó tal escándalo que lo despidieron también de radio Sarandí y del
programa de televisión Zona Urbana.

–Escanlar era un loco, un zafado, un artista –dice Arbilla–. Al año regresó


como jefe de cultura de Búsqueda y lo hizo estupendo. Las mejores cosas que
escribió, creo, son de esos últimos años. Lo quise mucho, él me quiso, yo creo que
me veía un poco como un padre. Pero era libre y eso acá no se perdona. Lo
matamos y se mató.

Gustavo Escanlar volvió a la televisión, en 2006, con Bendita TV, donde


permaneció hasta 2008: dejó el programa después de salir de una internación en el
hospital Maciel.

–¿Sos un provocador?

–Yo no me defino de esa manera. Me resulta un poco frustrante que cuando


escribo de un libro o una música que me copa, obtengo mucho menos repercusión
que cuando escribo el vómito.

–¿Te cambió en algo salir de la televisión?


– (...) La relación con la gente en la calle no cambió demasiado. Me hacen las
mismas preguntas de siempre. O me gritan: ¡Escanlar, dame un saque!

–¿Querés volver a la televisión?

–No necesariamente. Creo que mi mejor faceta es la escritura. Me explico


mejor, redondeo mejor las ideas, estoy en soledad…

(Entrevista a Gustavo Escanlar, realizada por Gerardo Tagliaferro, aparecida


el 12 de noviembre de 2010, en el semanario Crónica.)

Es desconcertante, absurdo: casi ninguna de las veinticuatro personas con


las que hablé en Montevideo me permite dar su nombre. Hubo personas con las
que estuve diez minutos y, después de haberme explicado que no tenían mucho
para decir, comenzaron a enviarme mails con anécdotas, detalles, recuerdos,
escaneos de cartas, insistiendo, una y otra vez: “no me podés citar”; “tengo
familia”.

Escanlar, como escritor, es curioso. Crónica roja es un sampleoremix de otros


reporteros policiales y es, como mucho, eficaz. El libro, encargado por Aguilar, fue
un éxito pero no una obra personal. Era una seguidilla de crónicas deslavadas que
usaba el reporteo de periodistas de otras épocas para armar una enciclopedia
amarillista. Lo mejor era cuando Escanlar escribía acerca de Escanlar. Esa sangre
pura destilada, esas confesiones, aparecen en todas partes: en Estokolmo y La
alemana, sus dos novelas pulp, y, sobre todo, en los cuentos, poemas y textos
inclasificables, tan exagerados como pornográficos, que conforman sus dos
primeros libros (Oda al niño prostituto y No es falta de cariño), que se alzan y
sorprenden en su honestidad. Sus posts autobiográficas (publicadas en un blog
llamado Los siete sentidos que tuvo entre 2006 y 2007) y su columna en Búsqueda
eran pequeños aguafuertes acerca de sí mismo y no tanto acerca del mundo que le
gustaba criticar. Lo mejor de Escanlar sucedía cuando quedaba en bolas y dejaba
de esconderse.

Sting. (2) jubilados, pensionistas y pasivos en general, mirá vos qué denominación:
pasivos (3) la cerdos y la ortodoxia de enrique symns. (4) eric clapton (5) los
neohippies, los paleohippies, los hippies (6) cutcsa y el transporte colectivo todo (7)
mi madre (8) jorge denegri… (11) todo ser llamado ángel (cazá que name). (12) los
ecologistas en general… (15) los beatles (16) los ascensores llenos (17)… (24) los
intelectuales que aman a los lumpen (25) los que toman vino tinto (26) los
vegetarianos que se creen que son una vaca para andar comiendo pasto… (38) las
(los) groupies que se creen talentosas (39) toda persona que se crea talentosa pero
jamás se esfuerce por demostrarlo (40) los sociólogos (41) coger (42) los amigos (43)
el teatro (44) el teatro experimental (45)… (51) los taxistas que te hablan (52) los
mozos de los bares que se toman confianza …las murgas y el carnaval del uruguay
todo… el yoghurt (64) el parque rodó (65) el bar mincho (66) los gauchos en
particular y la gente del interior en general (67) peñarol (68) los que andan en
bicicleta (69) la oreja cortada (70) yo mismo. 

(“Cosas que odio”, texto de Gustavo Escanlar publicado en la revista under


La Oreja Cortada, Montevideo, diciembre de 1990.)

La madre de Gustavo Escanlar, Mabel Patrone, vive en una casa muy


pequeña. La calle es arbolada y queda en Buceo, el mismo barrio donde está el
cementerio en el que enterraron a Gustavo. La vivienda tiene más jardín que
metros cuadrados: un dormitorio, y una cocina que hace de comedor y living. El
dormitorio está repleto de cientos de muñequitos de porcelana. Colgando de la
pared, sobre la cama matrimonial, hay una gran foto en blanco y negro de Gustavo
cuando era niño. Mabel me sirve lasaña que recalienta en un microondas. Tiene
puesto un delantal floreado. Ella hizo siempre el aseo en los diversos
departamentos en los que vivió Gustavo, a cambio de un sueldito. Le pregunto si,
cuando limpiaba, nunca encontró parafernalia de droga, sábanas manchadas.

–No, era un chico desordenado, como todos los chicos, pero tenía su orden.
Yo limpiaba pero no cambiaba de lugar sus cosas. Era un caos ordenado. Era un
chico que estudió, inteligente, preparado. Siempre leyó mucho.

Mabel es viuda desde hace unos años. Su marido, Demetrio, que trabajó
para la empresa de petróleo estatal, murió después de mucho tiempo de estar
postrado. Cuando Gustavo iba a verlo, se encerraba en el baño a jalar cocaína para
enfrentarse con esa muerte lenta. Mabel exuda energía y buen humor. Se ve bien
para sus más de setenta, teñida, entusiasta. Me cuenta que un tipo del barrio la
invitó a salir pero que jamás saldría con él “porque es un viejo, tiene como
ochenta”. Fue costurera y trabajó para “algunas de las mejores modistas de
Montevideo”. Le gustaban Sandro y las películas melodramáticas. Dice que casi
nunca paga los taxis cuando va al centro porque cuando les hace saber que es la
madre de Gustavo Escanlar, los taxistas no le cobran.

–Los tacheros lo amaban.

Le pregunto si cree que tuvo enemigos, gente que le haya hecho daño.

–No, todos lo querían, fue un chico muy querido.

Le pregunto si ella veía los programas de televisión en los que participaba.

–Eran bárbaros, muy graciosos.

Le pregunto si vio la emisión en la que su hijo hizo un reportaje acerca de la


“orinoterapia”, después fue al baño con un notario, orinó frente a él y se tomó la
orina.

–Siempre fue un chico talentoso, osado, divertido. Un gran hijo.

–Pero se tomó la orina.

–Claro: fue un gran profesional, hacía lo que le pedían y sabía que eso le
gustaba al pueblo; se contactaba con la gente. Imaginate lo complicado que era los
últimos años salir con él. Lo tocaban, lo miraban, le tomaban fotos.

Le pregunto si no le dolió que Gustavo abandonara medicina y se hiciera


escritor.
–Sufrimos, sí, sobre todo su padre. Fue una decepción pero era lo que quería
y qué se puede meter uno, era grande. Si hubiera sido doctor, quizás usted mismo
no hubiera venido del extranjero, de Chile, a escribir de él.

Con respecto a su muerte, Mabel me dice que “la tercera fue la vencida”.
Gustavo tuvo tres episodios, uno tras otro, entre 2008 y 2010, en los que, por abuso
de drogas, terminó en el hospital. Uno de esos episodios fue en su casa, delante de
su padre. Mabel me cuenta que ella sabía que en algún momento se iba a morir por
“la cosa del consumo” y que, por un lado, es una pena enorme pero que, por otro,
“él sufría y quizás ahora descansa y todos sabemos donde está: de alguna manera
estamos más tranquilos”. Dice que lo que le duele es que se pelearon, justo ese día
de noviembre, unas horas antes de que muriera.

–Gustavo venía a casa todos los días. Después del laburo –la radio, el
periódico, la revista, siempre tenía mil cosas– o antes de ir a la televisión pero
siempre: nos daba dinero, remedios, me llevaba al cine. Cuando ya era periodista,
me llevaba todos los jueves a los cines del centro, para que pudiera entrar gratis. A
veces me iba a buscar y comíamos algo. A veces veíamos cosas de terror juntos,
unas cosas llenas de sangre. Era un loco.

Le pregunto por qué pelearon.

–Es privado –me dice–. Pero es una pena porque peleábamos mucho, nos
gritábamos. Él era muy osado y siempre decía que yo tenía una doble vida, que
tenía otros hombres, que con quién sabe cuántos pibes salí antes que con Demetrio.
Igual, siempre al día siguiente de esas peleas nos reconciliábamos. Era el mejor hijo
del mundo: tan culto, escritor, publicaba en el extranjero.

Le pregunto si ha leído sus libros:

–Todos, sí.

–¿No le parecen un poco fuertes?

–La vida es fuerte. Pero esas son cosas de chico. Era joda. A Gustavo le
gustaba joder.

*
Una foto de mi padre a los 25se ríe, tiene pintano se imagina que le esperanuna
mujer histéricaun hijo maricónun trabajo sin éxitosuna amante frígida y asmáticala
madre que lo abandonó pidiéndole cariñono se imagina todo eso porque tiene
solamente veinticinco–mi edad ahora–y tiene la fuerza del recién llegadola fuerza
del galleguito dispuesto a todo la fuerza del enamorado no se imagina nadaporque
está peinado a la gominay tiene puesta su mejor corbatay pide que le retoquen la
fotoy “de noche cuando me acuesto rezo a la virgen de lamacarena” retumba en su
cabezay ríeno se imagina naday veinte años despuésperderá esa sonrisa 

(Poema del libro Oda al niño prostituto.)

Después de abandonar la carrera de medicina, cuando le faltaba sólo un año


para terminar, Gustavo Escanlar, que aún vivía con sus padres (se mudó solo por
primera vez a los 30 años), se perdió en los vericuetos de otro Montevideo, con
otros montevideanos: los punks, los new-wave, los que querían experimentar con
drogas y sexo y estaban fascinados con la música de chicos ambiguos, tristes y
suicidas de Inglaterra. “Estaba haciendo lo que el mundo y mi familia esperaba de
mí: buen alumno, novio fiel, etc. Pero todo con una insatisfacción interior que
podía canalizar a través de la neurosis o de una ruptura. Por suerte la canalicé con
un cambio, y no tuve necesidad de ser un médico neurótico que le gustara ir de
putas y escribir poemas. (...) Mis padres esperaban tener un hijo médico (...) Fue
salir de la normalidad para mirar otra cosa” le dijo en mayo de 2005 a Gabriel
Peveroni en la revista Freeway. Peveroni dice: –Lo conocí en la época de las revistas
subterráneas, los fanzines que los punks, anarcos y vagos empezamos a sacar en el
’86. Yo editaba con gente del liceo Cable a Tierra, y Gustavo sacó un par de números
de Suicidio Colectivo. Ahí nos cruzamos, pero yo ya lo leía, porque él, que me
llevaba 6 ó 7 años, empezó a laburar en la prensa un par de años antes que yo. Él
estaba para matar a Benedetti y poner a Bukowski, sacar a Los Olimareños y poner
a Prince. Siempre un poco provocando, con las drogas, con el sexo, asustando
viejas en un país de viejos. Yo tenía 17, 18, 19 años cuando Escanlar empezó a
hacerse un nombre de maldito, a enfrentarse a la izquierda cultural. A mí me
divertía y siempre lo defendí a capa y espada. Siempre fue un outsider, siempre le
hicieron la vida imposible, aunque es verdad que se lo buscó.
“Aquel anarco de la Facultad derivó en un liberal individualista. Si quería
modificar el mundo, primero tenía que modificar el mío”, le dijo a Peveroni en
aquella entrevista de Freeway, que sorprende por las fotos: en ellas posó como un
muerto envuelto en una bolsa de morgue, o apuntándose con un revólver en una
playa tapizada de basura.

Pero fue en 1987 cuando llegó el momento que marcó un antes y un después.
Porque una cosa es publicar en folletines a mimeógrafo y otra salir en una revista
seria atacando al escritor más prestigioso del país. Suena poco creíble, pero así
sucedió. En 1987, el semanario político-cultural Aquí publicó una entrevista con el
escritor uruguayo Mario Benedetti, en la que decía algunas cosas contras los
jóvenes. Benedetti había marchado al exilio durante la dictadura (que en Uruguay
comenzó en 1973 y terminó en 1985), y sus libros habían sido prohibidos durante
ese período. Escanlar que, como muchos, los había consumido secretamente, se
sintió traicionado por esa visión escandalizada ante una juventud que “estaba en
otra”, y envió una carta de lectores. Y, a pesar de que en ese momento su nombre y
su apellido no significaban nada, se la publicaron. Porque, al parecer, alguno de los
editores estaba de acuerdo con lo que decía y porque, tal como sucedería después
con otros editores, preferían que fuera él quien se inmolara. Ese diciembre de 1987,
cuando Gustavo Escanlar tenía 25 años, salió publicada, en Aquí, una carta contra
Mario Benedetti que decía:

Lo confieso: en una época supe ser un ávido lector de Benedetti. Dije bien: en una
época. Otra. Otra época que ya fue, que ya no está. El exilio, la prohibición, su
condición lejana y legendaria de dirigente político, sus polémicas en el viejo
continente, colaboraron para que –idealización de don Mario, el “abuelo bueno”
mediante– cientos de jóvenes universitarios nos compenetráramos con tregua y
geografías. Pero todo sabe tener una esquina rota: había algo en aquella literatura
(no podríamos decir qué) que no acababa de convencernos; había algo en aquel
espejo que no alcanzaba a reflejarnos… Algo se había roto… Y Benedetti un día
dejó de gustarnos. Benedetti ya no era “lo nuestro”. En vez de pasarnos una noche
entera leyendo La tregua, la pasábamos mejor y más placenteramente con
Bukowski… (...) La mastodónica bestia llamada Cultura-Oficial-Tradicional-De-
Izquierda está muriendo. Pero está muriendo sola; ni parricidio ni resentimiento
mediante. Está muriendo de aislamiento. A los jóvenes nos queda la conciencia de
la orfandad, la que nos deja las manos libres para hacer lo que queramos. ¿Es
mucho pedir, don Mario, o tengo que comprar patente de intelectual? 
Todo el país leyó la carta porque ¿qué hacía un semanario serio, progresista,
anti-dictatorial, publicando un ataque así? Nada fue igual después. La “teoría de la
bisagra” de Gustavo Escanlar (“Un tipo a lo largo de su vida tiene siete bisagras.
La teoría es esa. Que somos como los gatos, y que tenemos siete chances para
cambiar. A veces se cambia por voluntad muy propia, y otras veces los cambios se
dan por circunstancia que te vienen de arriba…”) funcionó. Y, en marzo de 1988,
tres meses después, él, que seguía escribiendo gratis para fanzines pero que ahora
estudiaba Letras, apareció en Marcha, la respetada revista tótem de la izquierda,
respondiendo a los alegatos y enojos de un sobregirado Benedetti que, tal como lo
insinuaba Escanlar, no estaba dispuesto a que un muchacho le faltara el respeto y
había renunciado a seguir formando parte del consejo editorial de Aquí. Y esto fue
lo que escribió Escanlar:

¿…entendés que como generación no somos ni del silencio ni de la crisis, sino que
sólo somos la generación de la llovizna, porque jode pero no moja? ¿sabés que
estoy podrido de escribir cartas y cartas y cartas a seminarios? ¿entendés que la
cuestión de las generaciones no pasa por la edad? ¿que la juventud o la vejez se
manifiestan en las actitudes estéticas, en las posturas frente a lo nuevo, en la
creación de alternativas? (...) ¿ves que llego al final y todavía y todavía no tengo
una propuesta? ¿qué esperabas? ¿una declaración de principios? ¿una incitación al
aporte constante y a la lucha militante? (...) ¿entendés que no puedo hacer nada de
eso? ¿que me invade la desesperanza? ¿que desesperanza no es resignación? ¿que
esto que acabo de escribir también es un acto de fe? ¿cuándo vamos a empezar a
vivir? Ante tanta duda, ante tanta incertidumbre, ante tanto patrullaje, a los
jóvenes sólo nos queda una certeza: “siempre seremos prófugos”.*

–¿Por qué tomas una actitud despechante en tus comentarios? ¿Cómo


fueron tus comienzos? –Andrea

Empiezo por el final: mis comienzos en la vida fueron en 1962. Alguien dijo
alguna vez que toda vida tiene siete bisagras, siete momentos en los que cambia
radicalmente. Yo ya voy por el tercero. (...) Mi primera vida fue normal y
ordenada. Aunque niño rebelde, con Martín Lasarte, eximio futbolista y director
técnico, nos turnábamos y competíamos a ver quién era el mejor de la clase.
Jugando al fútbol, eso sí, él era mucho mejor que yo. Fui a los Talleres Don Bosco.
Escribía bastante bien, leía de todo –Billiken, Anteojito, Charoná– y veía
muchísima televisión, pero nunca los productos para niños (...) En los actos de fin
de año, me encantaba actuar y recitar y cantar. Era uno de los líderes del coro.
Después fui al liceo Seminario. La censura cruel de los adolescentes hizo que dejara
de cantar y que me dedicara al estudio y a enamorarme en secreto de compañeras
todas más altas que yo. También hizo que dejara de escuchar a Sandro para
empezar con Beatles y terminar con Yes. El último casete que me compré, cuando
terminé preparatorios, fue The Wall. La vi en Buenos Aires y tenía miedo que la
policía me estuviera esperando a la salida del cine para llevarme preso. (...)
Cuando terminé preparatorios no sabía qué hacer. Ya no era el mejor alumno. Era
el rebelde, el guionista de la clase. Edité dos periódicos. Uno contaba, con mucha
ironía, los partidos de fútbol de salón de la clase. Era el Superdeportivo. El otro
publicaba fotos de compañeras, profesores y profesoras trucadas. (...) Como no
sabía qué hacer me metí a estudiar medicina. No tenía nada que ver conmigo. Pero
duré seis años. Aproveché esa especie de “moratoria adolescente”, ese “changüí”,
para leerme todo, para ir al cine casi todas las noches, para autoeducarme, para
hacer lo que el liceo no hizo. Y en esos tiempos descubrí lo que quería: escribir.
Usaba barba larga. Mis compañeros de medicina creían que estaba loco. El
periódico del gremio se negaba a publicar mis artículos anarcos y cuestionadores.
El punto de inflexión, la bisagra, el comienzo de mi segunda vida, fue durante y
después de la lectura de Rayuela que me recomendó una amiga anarca de la que
estaba enamorado y nunca me dio pelota. Rayuela hizo que largara todo.
Simultáneamente, el semanario Aquí publicó una entrevista a Benedetti donde
decía no se qué de los jóvenes, medio que los puteaba, decía que estaban en otra. Y
yo, que había leído al viejo en libros forrados para que los milicos no supieran que
lo leía, que me había emocionado con La tregua y con Montevideanos, esperaba que
el viejo se hubiera vuelto un poco más generoso con nosotros, con los pendejos que
lo llegamos a adorar y no tuvimos más remedio que comérnosla acá y que
tratábamos de conseguir todo lo que hacía en Buenos Aires, o con algún amigo que
viajara a Europa. Me calentó esa soberbia de don Mario y escribí una carta a Aquí
diciendo todas las cosas que estaban haciendo los jóvenes y que los viejos
ninguneaban, desde Brecha, sobre todo. (...) Y Benedetti se enojó tanto con que Aquí
publicara mi carta de lector que renunció a seguir en el consejo editor del
semanario. “¿Esto es lo que don Mario entiende como tolerancia y pluralismo?”,
pensé yo. Y escribí otra carta de lectores, esta vez más larga, para Marcha. (...)
Después organicé, con Carlos Muñoz y Rosario González, Arte en la lona.
Averiguá qué fue eso. En su momento, año 1988, tuvo su importancia. Y cuando
estaba a punto de irme a España me llamó Alejandro Bluth para decirme que
escribiera en Punto y Aparte. Desde ahí no paré. Pasé por mil publicaciones. Estuve
en Lea, en Relaciones, en Aquí, en Búsqueda, en Tres, y ahora estoy en Búsqueda de
nuevo. Y en Galería, que me encanta. En radio empecé hace dos o tres años. Jamás
pensé que podría llegar a irme bien. Y en tele, después de dos intentos que más
vale no acordarse, el año pasado, con Zona urbana. Y escribí cuatro libros. Hay dos
que todavía podés conseguirlos en librerías, o fotocopiarlos. La primera parte de tu
pregunta no la entiendo. No sé qué es “despechante”. Supongo que te referís a que
soy terminante, soberbio. O algo por el estilo. Y no tengo respuesta. Es parte de mi
personalidad. Creo en lo que digo. Soy vehemente.

(Respuesta de Gustavo Escanlar durante un chat con sus lectores,


organizado por el portal Montevideo.com, donde tenía un blog llamado Los siete
sentidos; Montevideo, 2005.)

N., una ex novia que Gustavo Escanlar tuvo a comienzos de los ’90, me
escribió esto después de hablar por teléfono y explicarme que, “por un tema de
integridad moral”, prefería no dar muchos datos: “Vos sabés lo que implica
Gustavo en este país”: “Cuando volví del extranjero, a mediados del ’94, me
encontré con un Gustavo que no conocía. Por eso no quise mantener ningún tipo
de vínculo con él. Podía seguirlo a través de los medios, pero no quise. No lo podía
mirar, me dolía, sentía que se iba matando de a poco. Tampoco me gustaba
escucharlo en la radio (sobreactuado, exagerado) o leerlo (sentía que no había nada
nuevo). Hasta que la vida me lo plantó en el ómnibus dos meses antes de su
muerte, dieciséis años después. Y me encontré con el Gustavo que yo había
conocido. ¿Conocés el show Titanes en el ring? Era una programa de lucha libre,
pero para niños. Gustavo amaba todo lo que tenía que ver con la lucha, el boxeo, el
basquetbol. Bueno, pensé que te podría servir esta cancioncita. Se me ha estado
repitiendo todo el día desde que supe que estabas en Montevideo. Es de su
personaje favorito, el Mercenario Joe. ‘Mercenario Joe, Mercenario Joe, no te quiere
ni tu padre ni tu madre; Mercenario Joe, no tendrás amor, es el Mercenario Joe, Joe,
Joe’. Se la sabía de memoria y la cantaba”.

Sólo a dos preguntas puedes decir paso ¿estás listo? La primera pregunta,
¿Gustavo Escanlar es un personaje?

GE: Paso

¿Escanlar volvería a plagiar?


Eh… no.

¿Conoces a otros periodistas que plagiaron?

Sí. Todos.

¿Te gustaría denunciar a gente que plagió?

No.

Cuando perdiste tu trabajo en Zona Urbana, ¿lloraste?

No. Tenía ganas de llorar, pero no llegué a llorar.

¿Te acostaste con algún travesti?

Paso.

Se acabaron los “pasos”

Que levante la mano el que no se ha acostado con un travesti… Ah, son


todos unos mentirosos. No se dieron cuenta.

¿Tuviste relaciones sexuales en tu vida con más de 30 prostitutas?

No.

¿La audiencia tiene derecho a conocer aspectos de tu vida privada?

Tiene, sí, claro.

Te internaron en el CTI por insuficiencia renal ¿pensaste que te morías?

Sí. Pensé que me moría. Sobre todo, me dio un ataque de pánico cuando
llegó la ambulancia. Ataque de pánico es lo peor que te puede pasar.

¿Se alegró mucha gente con tu internación?

Ah, no lo sé, pero se debe haber alegrado alguna gente.

¿Sos un mentiroso compulsivo?


Sí. Todo artista, yo me considero artista, es un mentiroso compulsivo. El arte
es mentira.

Cuando sos infiel ¿lo reconocés?

GE: Sí. Pero soy pocas veces infiel. Casi nunca.

¿Saliste alguna vez con alguna menor de edad?

Menor de edad. No. No. Que yo supiera, no. Ella dijo que tenía 18.

Mario Benedetti ¿es buen actor? Es buen escritor, perdón.

No. No. Muy malo.

Eduardo Galeano ¿es buen escritor?

No. No es escritor, es un mentiroso, además.

¿Por qué es mentiroso? ¿Por qué, gratuitamente, le decís mentiroso?... o no


gratuitamente.

Porque él creó una sistema, una ficción, que es el mundo de los buenos y el
mundo de los malos y en función de eso hace toda su obra. Estamos acá, de este
lado estamos los buenos, que son ellos, y al otro lado están los malos, que son los
imperialistas, el norte, etc. Y eso es una mentira, el mundo es mucho más ambiguo
que eso. Pero en base a ese esquema, el loco ha fijado una obra y se ha hecho
millonario con los dólares que tanto desprecia.

¿Hay que legalizar la marihuana?

Eh, la marihuana ya está legalizada, vamos a empezar por ahí, porque


cualquiera puede consumir. Lo que yo reivindico es el derecho de cualquier
persona de meterse lo que quiera dentro de su cuerpo y que el estado no se meta
en eso. Tanto la marihuana, como el cigarrillo como lo que sea.

¿Estás a favor del aborto?

GE: Estoy a favor, claro. Porque también es parte de sacarse cosas de su


cuerpo.
¿Sentís que la mayoría de la gente te valora?

GE: Sí, sí.

Antes de mandarte una macana, ¿pensás en tu hija de 2 años?

Eh, sí. Ahora sí. No, claro. Es algo importante.

¿Ser hijo único moldeó tu personalidad?

Sí, por supuesto. El hijo único es un ser mucho más solitario, más jodido.

¿Sos un hombre egoísta?

Sí, soy. Egoísta. Sí.

¿Fuiste o sos un sexópata?

No, sexópata no. Yo pienso el 90 por ciento de mi vida en el sexo, como todo
el mundo. Eso no es ser sexópata.

¿Rezaste o le pediste a dios algo en el último mes?

No. No. Me sorprendí, pero cuando pensé que me moría que yo dije “soy
tan hijo puta que voy a invocar a dios en el momento de mi muerte después de
haber renegado de él toda la vida” pero no, no. Me mantuve incólume.

¿Alguna vez fuiste a terapia?

Sí, pero no duré mucho.

¿Por qué?

Porque claro, o sea… Me pasaba que me sentía más inteligente que el


terapeuta. O sea… un acto de soberbia, claro, obviamente. Entonces yo le decía
“ahora me vas a decir tal cosa”, entonces el tipo me decía tal cosa. Entonces dije,
“no, vamos dejáte de joder, ya está”.

¿Desde que comenzaste con el programa Bendita TV muchos colegas te


retiraron el saludo?

No, al contrario. Bendita TV como que moldeó mi imagen positivamente. Ahí


me odiaban más en Zona Urbana, era más el facho de alguna manera que en Bendita
TV que soy más el payaso.

¿Estás molesto, irritado y confuso?

Sí, siempre.

E: ¿Dijiste la verdad en todas las respuestas?

No.

(Entrevista a Gustavo Escanlar en el programa de televisión Mundo Cruel, de


Orlando Pettinatti, Montevideo, 2008.)

Escanlar murió varias veces. Una de todas estuvo a punto de morir en la


unidad de cuidados intensivos. Otra persona quizás hubiera empezado terapia o se
hubiera refugiado en la iglesia.

Escanlar decidió hacer un show y, en 2008, quiso celebrar su muerte “como


Dios manda”. A lo largo de tres noches, junto a uno de sus compañeros de radio,
Gustavo Fernández Insúa, montaron un espectáculo llamado “Crónicas del CTI”
en el Espacio Guambia de la Ciudad Vieja. Era junio y hacía mucho frío.

–Sobre un telón aparece la cara de Escanlar y dos fechas: 1962- 2008 –dice
Gustavo Fernández Insúa, mientras toma mate–. La gente aplaude. Era como ese
momento de los Oscars donde pasan las imágenes de los muertos, que le fascinaba
al Cabeza.

Me ofrece ver una parte del espectáculo en su computadora, y entonces


suena “Cuando un amigo se va” de Alberto Cortés. Se prende una luz y aparece
Gustavo Escanlar, en una cama en posición vertical, vestido con uno de esos
pijamas que dan en las clínicas. Hay un rockero joven que toca el piano. La gente
se ríe.
–No se daba cuenta que podía morirse de verdad –le digo.

–Todos se mueren de verdad.

–Pero dos años después...

–Era una broma, un juego, un show. A él le gustaba All That Jazz.

Más tarde aparece Escanlar, cantando un tango que dice “Se dice de mí”,
adaptado: “Se dice que soy falopero, que plagio, que soy puto, que…”.

–Apágalo –le digo–. Prefiero recordarlo muerto.

Encuentro subrayados míos en su primera novela, Estokolmo, publicada en


Barcelona por Mondadori, en su colección Reservoir Books, destinada a lectores en
busca de rarezas. La novela, de 1998, y el último de sus libros de ficción antes de La
alemana, es un thriller tarantinesco en el que tres amigos de Palermo secuestran a
Demonio, una niña rica que ansia vivir una experiencia límite. Publicar Estokolmo
en España fue un triunfo. Lo malo es que la novela nunca llegó a las librerías de
Montevideo. Estas cosas son las que subrayé:

(...) Hay solamente dos cosas en la vida que son para siempre, que no tienen vuelta
atrás, de las que no podés arrepentirte: tener un hijo y matar a alguien. Yo, que
siempre le rajé a las seguridades, a las definiciones, a los compromisos, sé que
jamás voy a tener un hijo. Por eso me cagué tanto cuando maté a alguien… Tener
un hijo te genera responsabilidades: tenés que darle de comer, que pasarle guita a
la madre, que elegirle la escuela. Si es mujer, además, tenés que cuidarle la concha.
Ahora, matar a un tipo lo que te genera es una especie de vacío, una cosa rara que
nunca había sentido y que solo se me fue, por un rato, con el ácido (...). (...) Yo
estoy convencido que el lugar donde nacés te determina para siempre.Que hay
lugares que te condenan. Si nacés en Uruguay ya estás cagado.*

–Hola, S. Gracias por responderme. Es importante conversar contigo, que


fuiste su novia antes de que empezara a publicar. ¿Estarías dispuesta a hablar
con tu nombre? Muchos me han hablado “off the record” y “anónimamente”. Es
como inexplicable.

Gracias a ti, Alberto, por recordarlo. Te explico por qué nadie quiere dar su
nombre. (...) la imagen de Gustavo a través de los medios era atroz para Uruguay.
Es muy difícil explicar que lo querías y que era un gran tipo. Su imagen en la
televisión era la de un ser demente, endemoniado. Lo mío viene más por un tema
con mi esposo. Yo confiaba en Gustavo y lo quería muchísimo y estaré siempre
agradecida por haberlo conocido.

(Fragmento de “Ex”, cuento de Gustavo Escanlar escrito en ocasión de la


muerte de su padre y publicado por primera vez en la revista argentina
Lamujerdemivida; Buenos Aires, 2008.) Después de que la doctora me dio la noticia
me fui llorando por la calle Rivera.

Fue hace dos años, y fue la verdadera despedida de mi padre. Aunque al final
demoró en morirse, ese fue el real momento de la pérdida. “Vamos a abandonar el
tratamiento”, me dijo la tipa. “El cáncer ya avanzó por todo el cuerpo. Cualquier
cosa que hagamos va a ser inútil”. (...) Se notaba que yo no le caía simpático a la
doctora. Me lo decía todo así, sin anestesia, con una fingidísima amabilidad
demasiado sobreactuada. Hasta parecía que se sonreía. No estaba tratando de
consolarme. Estaba disfrutando. (...) Mi padre no sufrió dolores óseos ni fracturas,
como decía la doctora al borde del orgasmo. Simplemente, se fue apagando. Dejó
de reírse, dejó de cantar, dejó de oír, dejó de caminar. De a poco se fue olvidando
de las cosas. Terminó en una cama, sin poder hacer nada. Pasamos tres semanas en
terapia intensiva, recibiendo informes diarios de los médicos que no sabían por
qué carajo seguían prolongándole la vida. (...) La muerte en la terapia intensiva
tiene una ventaja respecto a las demás muertes: uno se acuerda, exactamente, cómo
fue la última vez que vio con vida al otro. La última vez que vi a mi padre vivo lo
que más me impresionó fueron las llagas que tenía en las comisuras de los labios.
“Son hongos provocados por el respirador”, me dijo la enfermera. (...) Mi padre se
murió el 9 de octubre. Lo enterraron en la tumba 1113. Cuando salí del cementerio,
entré en un quiosco y le jugué a la quiniela. No gané nada. Buscando coincidencias
estúpidas, me acordé que desde el 9 de abril yo no pruebo una línea.*

Converso de nuevo con Carlos Muñoz, que dirigió algunas de las obras de
teatro que ambos adaptaron a partir de cuentos de Escanlar. En 2005, después de
que Gustavo saliera de su primera estadía en una clínica por sobredosis, le
propuso a Carlos Muñoz filmar un documental acerca de su vida como ex adicto.

“Podríamos grabar mi recuperación”, me dijo.

Desde 2005 y hasta poco antes de su muerte filmaron mucho y Gustavo


terminó diciendo a cámara cosas como: “Quizás no debí formar una familia; nunca
tuve una, nunca quise una, siempre me aplastó la supuesta familia que tuve, y
ahora creo que no soy capaz de tener una”. Filmaron incluso el funeral de su padre
al que no asistió nadie, excepto él, su mujer y su madre.

–Yo creo que estaba devastado pero no lloró. Creo que lo que más le daba
terror era quererlo y demostrarle a su padre que lo quería. Sé que se metía merca
para enfrentarlos. Escondía sus emociones y adicciones pero escribía sobre esas
cosas. Era, antes que nada, un actor.

Me junto con Natacha López, amiga muy cercana de Escanlar durante los
noventa. Es productora de cine, y su centro de operaciones –LaVorágine Films–
está lleno de afiches y ordenadores Mac.

–No sé si debería hablar contigo. Gustavo una vez me pidió que no hablara
de él, que no contara nada de las cosas que hablamos como amigos. Pero nunca me
dio instrucciones de qué hacer cuando ya estuviera muerto. Podía decir y hacer las
cosas más desinhibidas en público, podía desnudarse y arriesgarse a hacer el
ridículo, pero le costaba mucho más la intimidad, hablar con otros de sus
fragilidades.

Se hicieron amigos en 1991, durante la filmación de El hombre de Walter, de


Carlos Ameglio, un experimento hecho con más esfuerzo que dinero, basado en un
cuento de Mario Levrero. El protagonista era Escanlar, que casi lo único que hacía
era correr tras mujeres en calzoncillos por un palacete en ruinas hasta encontrarse
con una tortuga gigante.

–No creo que le importase ser respetado. Sí quería ser famoso, sí quería ser
idolatrado, sí quería ser alguien importante. Por sobre todo ser admirado u odiado,
no ser indiferente. Él quería salir del gris.

Natacha produjo, a petición de Gustavo, “la performance” del lanzamiento


de los relatos de Oda al niño prostituto en un recinto under del centro. Era 1993 y
asistieron críticos, periodistas, músicos de rock, poetas, artistas plásticos. Gustavo
financió todo porque la editorial era pequeña. No invitó a sus padres y le pidió a
Natacha que le consiguiera una limusina y paparazzis falsos que fotografiaran la
entrada. Natacha me muestra una grabación del evento. Aparece Gustavo
cantando, afeitándose al son de Depeche Mode y recitando: “¿Puede uno
convertirse en una persona completamente distinta? ¿Cómo es posible modificarse
espiritualmente sin sufrir daños en el proceso? He martirizado mi cerebro millones de
veces intentando comprender por qué no soy de otra manera y de hallar un modo
de cambiar. Pero todo ha sido en vano /¿Es posible calmar el océano frente al Cabo
de Hornos…?”. Luego se saca la ropa, queda en slip y se sienta para masturbarse
ante un televisor que muestra escenas de una telenovela porteña en la que aparece
una actriz en topless (“no se le paró”, aclara Natacha; “era una actuación”).

–Detrás de todo lo que otros consideran locura, había un alma sensible, en


gran conflicto. Era, antes que nada, un artista y un ser que consumía la vida
vorazmente. Hubo un momento, durante los ’90, en que conectamos muy fuerte.
No importa las vueltas que haya dado nuestra relación o las zonas de confusión en
las que haya entrado después. Esa hermandad siempre estuvo por sobre todo.

Siempre el lazo fue una mezcla de lo tóxico con lo emocionante. Pero él


conmigo siempre se abrió tanto que yo pensé que era así con todos los que quería.
Muchas de nuestras grandes peleas durante los ’90 fueron porque él me decía que
su vínculo conmigo era especial y yo no le creía. En estas charlas que he tenido más
recientemente con sus cercanos me doy cuenta que él era muy hermético, y me
siento muy culpable de no haberle creído.

En sus últimos años, el plan era escribir un libro: Cuarenta y otros cuentos.
Escribió uno de los relatos que quería incluir, llamado “40”, cuando cumplió
cuarenta años, en 2002. El texto apareció en la revista argentina La Mano en 2005.

(…) Una tarde, mientras la esperaba en la cama, tirado, vi mi imagen reflejada en


el espejo. La cara de la desgracia. (...) Mi cuerpo peludo, mi panza redonda, como
si me hubiera tragado una pelota, mi pequeña pijita, mi pirulín, asomaba entre los
pelos, feliz y despreocupada. Todavía no estoy tan tan tan decadente… Uno llega a
ese estado de frigidez y congelamiento que llamamos vida cotidiana por miedo.
Toda mi vida tuve miedo. Miedo a mis padres, a los maestros, a la policía, a los
profesores, a los estudiantes que tiraban piedras, a Narciso Ibáñez Menta. Miedo a
que los niños más grandes, los de quinto o los de sexto, me cagaran a patadas…
Miedo a que los pupilos del colegio me cogieran, como se lo cogieron a Bertolotti
en el baño. Miedo a ser maricón, trolo, puto, homosexual, centauro. O a que los
demás pensaran que lo era. Miedo a que a la salida de The Wall un milico leyera
mis pensamientos y me llevara en cana. Miedo a desaparecer, a que me metieran la
picana. Miedo al ridículo, a la exclusión, la marginación, miedo a que nadie
quisiera bailar conmigo en las fiestas de quince, miedo a que no me gustara la
música cool, a ser terraja. Miedo a quedarme sin trabajo, miedo a no tener casa,
miedo a no tener guita… No sé si dormirme de nuevo, si pegarme un saque o si
suicidarme. Me pego un saque. Hay quien dice que eso es suicidarse lentamente,
que es el suicidio de los cagones. Me pongo a escribir. Escribir es todo lo contrario.
Es la única chance que tenemos los cagones de llegar a ser eternos (…).*

Eleonora me deja ver la biblioteca de Gustavo, que está en una casa a la que
se ha mudado hace poco, pero casi no hay libros. Hay una copia de McOndo, varios
de Rubem Fonseca. Los demás son libros de Eleonora ¿Y el resto? Le pregunto si
están embalados.

–No. Los vendía. Deben estar por ahí en librerías usadas o en casas de la
gente que los compró. Gustavo siempre necesitaba plata. Gastaba más de lo que
ganaba, siempre, ganara bien o no. Acá salir en la tele no es como en Hollywood.
Te pagan tres mangos. Vendía los libros para comprarse otros, qué sé yo, para
comer hamburguesas y para transar.

–¿Transar?
–Merca.

9 de abril. Seis de la tarde. Estaba en casa de mis viejos. Le había preparado los
remedios a mi padre. Como todas las tardes, esperé a Martín, mi motor psico por
aquella época. Apenas me dejó la bolsa y se fue, me serví un gramo entero, de una,
sin repetir y sin soplar. (...) Nunca me di cuenta en qué momento la merca me dejó
de provocar placer. Seguramente fue una cosa progresiva. Pero la euforia del
principio dio paso, poco a poco, a una paranoia bastante jodida. (...) Aquella tarde,
la de la terapia intensiva, el 9 de abril, me metí en un supermercado. Los tipos que
me perseguían se movían entre las góndolas. Me querían agarrar. Estaba
desesperado. No sabía por qué no me agarraban de una vez y me mataban y se
dejaban de joder. Me tenían rodeado. Estaban ahí. Ahí. En la góndola de duraznos
en almíbar que tiré a la mierda. En los envases de cerveza que rompí mientras
gritaba. Entre las pilchas que intenté descuartizar porque ocultaban los bultos de
los cuerpos de los que me perseguían. Ahí. Ahí estaban. Ahí venían a agarrarme. A
preguntarme qué había tomado. A meterme en un patrullero. A llevarme al
hospital. 

(Fragmento del relato “Ex”, Lamujerdemivida, Buenos Aires, 2008.)

Gustavo Escanlar murió de verdad el 12 de noviembre de 2010. Le he


pedido a su mujer, Eleonora, si puede contarme algo de ese momento, y ella me ha
pedido pensarlo porque le resulta muy duro. Pero dos semanas después de haber
dejado Montevideo me llega un mail suyo que dice así: Alberto:

Trataré de decirte más o menos las cosas, hay muchas cosas que no las sé
porque obviamente no estábamos juntos todo el tiempo. Y aunque hubiéramos
estado juntos todo el tiempo, tampoco lo sabría todo. El paro cardíaco lo hizo el
jueves 11 de noviembre, de mañana, en casa. El miércoles había cerrado la edición
de Búsqueda, que era una edición especial, por los 25 años del semanario, y escribió
una columna tremenda. (...) Un resumen de la cultura de los últimos 25 años
(apareces tú, además). (...) más allá de la adrenalina del cierre, él, como era muy
organizado para laburar, el martes ya tenía todo cerrado. El miércoles sólo ajustó
detalles. Estaba orgulloso de cómo había quedado.

El miércoles (...) me fui a una cena que tenía con mis amigas (...) Volví de la
cena y me dormí y él quedo despierto, pero no era algo raro porque siempre se
dormía más tarde, miraba películas y a veces escribía. Le gustaba la noche, siempre
se encendía con la noche (...) De mañana (...) sentí un ruido horrible y fui a ver. Se
habían caído todos los libros de una biblioteca (...) él se había caído sobre la
biblioteca. Yo supuse que estaba drogado, porque no reaccionaba. Estaba en el piso
y sólo se sentía un ronquido. (…) ahí me di cuenta que estaba en paro. Llamé a la
ambulancia y también llamé a mi hermana que trabaja en ambulancias. Llegó
primero mi hermana y empezó con la reanimación y después llegaron los de la
ambulancia y lo intubaron y se lo llevaron al sanatorio y estuvo 24 horas en el CTI,
pero ya sin actividad cerebral. El viernes (a la mañana) me llama un compañero de
Búsqueda que había ido por el sanatorio (...) para avisar que había fallecido. (...)
Finalmente el sábado 13 a las 3 de la tarde pudieron llevar el cuerpo a la casa
velatoria, y [el velatorio] duró sólo una hora y media (...). Hubo mucha gente,
muchísima. Periodistas, políticos de diferentes partidos, amigos, conocidos,
también desconocidos. (...) Yo creo que ya lo sabía, pero eso terminó de
confirmarme cuánto se lo quería y se lo valoraba (...) Creo que no hay nada más
para contar.

Eleonora N.

La segunda y última vez que lo vi fue en Madrid. Recuerdo retazos de


imágenes, frases sueltas: “¿Sabés dónde se consigue hachish?”. Trato de ubicar, en
Montevideo, a Daniel Mella, otro escritor uruguayo que estaba invitado a ese
congreso organizado por Casa de América y la editorial Lengua de Trapo, en mayo
del 1999, con ocasión del lanzamiento de Líneas aéreas, una antología de cuentos
inéditos que intentaba reunir a todos los autores latinoamericanos nacidos después
del año 1960, o sea, post boom. Escanlar y Mella, que tenía por entonces 22 años,
fueron las estrellas de ese congreso. Todos hablan de “los uruguayos”, pero casi no
recuerdo haber hablado con Escanlar. Lo recuerdo un día, sudado, cuando
apareció con Daniel Mella, que parecía un surfista californiano. Escanlar tomaba
agua mineral y nos decía que había visto Todo sobre mi madre y que se quería follar
a Cecilia Roth. Recuerdo eso. Pero lo vi muy poco. Él andaba en plan demoler
hoteles (y comprar remeras y drogas y anteojos y discos) y yo ya sólo quería
dormir en ellos. Su cuento era uno de los mejores de la antología, quizás uno de los
más comentados por los asistentes. Se llamaba “Una fiesta popular” y terminó
convirtiéndose, años después, en prólogo o primer capítulo de su novela La
alemana (una suerte de segunda parte de Estokolmo pero de una violencia gore
inusitada, que tuvo una pequeña vida anterior bajo otro nombre, Dos o tres cosas
que sé de Gala, con prólogo de Peveroni y publicado en Uruguay en 2005, en la
editorial Linardi y Risso). Como nunca estaban, pero iban a todas las fiestas, a
Escanlar y a Mella les empezaron a decir Batman y Robin. Tengo esta imagen,
también, en una taberna: Escanlar con una remera negra de los Simpsons
comiendo jamón serrano y contándonos que se iba a follar a Mella.

Hasta que llegó el día.

Me dicen que fue el primer día; yo creo que fue la clausura. Da lo mismo.
Los organizadores optaron por darle la palabra a un invitado de honor: Mario
Benedetti. La sala estaba repleta, no sólo de escritores sino de periodistas, de
diplomáticos. Yo estaba sentado en el hemiciclo. Después de unos aplausos
apareció Benedetti y empezó a dar su charla. Según encuentro en la red, el autor de
Primavera con una esquina rota recibió a más de treinta autores nóveles con palabras
de aliento: “Algunos exquisitos dicen que las grandes utopías ya no tienen
vigencia, pero ¿y las pequeñas?”. Abogó también –según un sitio de noticias
culturales– por la recuperación de la ética: “Los artistas, los intelectuales, los
escritores, los poetas tenemos que ser resistentes ante el lavado de memoria.
Tenemos que volver a los valores éticos”.

Ahí empezó la debacle.

Escanlar y Mella aparecieron en la entrada del teatro. Estaban los dos sin
camisas, sudados. Escanlar, gordo, peludo, mojado; Mella, dorado como un
muñeco Ken, lampiño. “Mira, –me dijo Edmundo Paz Soldán entonces–, va a decir
algo”. Y, en efecto, Escanlar empezó a chillar: “¡Cómo se atreve a aconsejar a los
jóvenes si usted nunca lo fue. Usted cree que la vida se divide en blanco y negro,
usted escribe puras mentiras!”. Algo así.

Creo que lo sacaron los de seguridad, pero según Daniel Mella, que ahora es
un hombre y padre de familia, fue él quien lo sacó y lo subió a un taxi para llevarlo
hasta el hotel. Mella me aclara las cosas y las ordena: Escanlar, unos años antes,
había sido su profesor en Comunicaciones (algo que hizo por un tiempo, mientras
escribía mil notas y publicaba sus primeros libros), y lo hacía leer a Bukowski y le
ponía buenas notas y le decía que era un genio y que con su pinta podía triunfar.
Mella ni siquiera lo conocía mucho, sólo como un profesor desordenado que les
llenaba la cabeza de “malas ideas pero también de una seguridad de que podíamos
escribir como queríamos, que uno podía escribir sin pensar en qué era correcto o
en estar preocupado por la crítica”.

–En rigor, no fuimos nunca amigos; era mi profesor. Nunca tuve un lazo
fuera de clases en Montevideo.

Pero cuando se toparon en Madrid se unieron “por esa cosa de ser


uruguayos”. Mella acompañó a Escanlar una noche, en su desesperado viaje por
los suburbios de Madrid buscando hachis. Después lo dejó en el hotel y no sabe
qué sucedió, pero tiene clarísimo el momento del check-out. Estaba pagando sus
extras cuando Escanlar rodó, borracho, escalera abajo. Cuando vio a Mella, le pidió
dinero.

–Guacho, pasáme unos mangos.

Mella le dio cien dólares y sintió una pena profunda.

Fue ahí, en Casa de América, en un Madrid ardiendo, la última vez que vi a


Gustavo: sudando, gritando contra quien él creía el enemigo y que, a ojos de todos
los demás, parecía un abuelito un poco pasado de moda.

Aún no logro saber si soy un consumidor, que necesita consumirlo todo, o soy
alguien que necesita producir. Creo que más bien soy un consumidor que se
apasiona con todas las cosas que se pueden consumir en el mundo. Yo me
dedicaría sólo a consumir (...) Uno consume dvds, libros, música, gente. Ir
conociéndolos, ir chupándoles, robándoles, sacándoles historias. Uno es un
vampiro. También me apasiona –y quizás está mal que lo diga– criar a una
persona. Me apasiona ver todo el proceso de crecimiento de mi hija Violeta. Capaz
que la tuve exclusivamente para consumirla, no lo sé… 

(Fragmentos de una nota realizada en la librería Gran Splendid de Buenos


Aires, durante el lanzamiento de La alemana; Buenos Aires, 2009.)

La primera vez que estuve con Gustavo fue en el invierno de 1996, en


Montevideo, un mes o dos antes de que apareciera la antología McOndo que co-
edité y donde seleccioné, como representante de Uruguay, a Escanlar. Conocía su
trabajo porque un día llegó, al diario El Mercurio, donde trabajaba entonces, un
sobre a mi nombre con Oda al niño prostituto. Esto debió ser por el año 1993. En la
primera página había una dedicatoria:

Para un mac hermano encontradocasualmente en el mall (en la librería del mall) 

Yo no había leído nunca nada parecido en idioma español: me pareció


delirante y se lo pasé a todos mis amigos. Nadie entendía si eran cuentos o
crónicas, pero todos lo devoraron. Con Gustavo intercambiamos un par de cartas y
le pedí autorización para publicar uno de los cuentos menos explícitos. Creo que
contestó que se había masturbado de felicidad o algo así.

Aquel invierno de 1996 yo iba a presentar mi novela Por favor, rebobinar,


reeditada por Alfaguara, a la Feria del libro de Montevideo, y el encargado de
prensa de la editorial, que por entonces era Fernando Estéves, pensó que Escanlar
sería la persona ideal para presentarme. Me lo dijo en el aeropuerto de Carrasco.
Le dije: “Genial. Escanlar es mi autor uruguayo favorito y me mandó un cuento
para McOndo que ahora debe estar en imprenta”.

Nos conocimos en un bar, una hora antes de la presentación. No hablaba,


sólo me miraba y sonreía y tomaba Coca-Cola. Luego fue al baño. Volvió y me
pasó una servilleta. Me dijo: “Te dejé algo”.

Fui al baño. En la tapa del inodoro había un sobre con un gramo de cocaína.
Yo ya no le hacía, pero jalé. Y me guardé el resto.

A la presentación en la Feria no fue nadie, y nos fuimos los tres a una


pizzería. Fernando se tuvo que ir así que nos quedamos los dos solos. Antes que
Estéves se fuera a su casa, entre los dos rebautizaron una novela que yo estaba
terminando: pasó de llamarse Prensa amarilla a Tinta roja
–Es un tango, pero la literatura es afanar –me dijo Escanlar–. Es un buen
título. Háceme caso.

Después fue al baño y, cuando volvió, me preguntó si quería otra línea. Así
que fui otra vez al baño. Esa noche nos fuimos caminando de Pocitos al Centro,
que es un trecho. No recuerdo de qué, pero hablamos mucho. Creo que él citaba
cada tanto a algún director o actor o escritor, porque la trivia era una forma de
hermanarse. Me pareció que no se sentía parte de un grupo, que estaba un poco a
la deriva.

Al día siguiente, Fernando Esteves me llevó al programa de radio de


Escanlar y estuve al aire como una hora. Él tocaba discos que aparecían en mis
libros y me preguntaba qué sensaciones me producían. Otro día me llevó al Palacio
Salvo, un edificio emblemático del centro de Montevideo, una suerte de cohete
espacial gótico salido de Flash Gordon. Subimos a un ascensor de rejas y llegamos
a un departamento de vampiros donde un dealer delgadísimo, que escuchaba New
Order y tenía un afiche de Stranger than Paradise, el mismo que tenía yo en mi casa
y que luego fue la portada de Estokolmo, nos saludó con un beso en la mejilla. Ahí
mismo, en una mesa de vidrio, tomando una gaseosa de toronja, jalamos un gramo
con una tarjeta de Lan Pass. El dealer escuchaba música y estaba descalzo y tenía un
gato que le lamía los dedos. Gustavo me dijo que quería hacer un diccionario
spanglish y me contó una navidad que había pasado en Boston y analizamos la
carrera de Winona Ryder y le conté que McOndo estaba por salir pronto en
Barcelona y en Santiago (¿acaso el Mc viene de él, del Mac de aquella dedicatoria?;
quizás el verdadero inventor de McOndo es Escanlar), y me dijo que nos iban a
matar pero que él iba a ser un defensor acérrimo, incluso cuando yo quisiera huir
de ese monstruo. Me habló de la angustia de no dormir, me preguntó si sería su
amigo si viviera en Montevideo, me dijo que no tenía hermanos, que era solo, que
se sentía solo, que a veces quería escribir y no sabía cómo. Creo que le hablé de La
ley de la calle y no respondí a sus preguntas porque, en algunas ocasiones, toda
respuesta es errada. “No debiste elegirme pero me elegiste para McOndo. Eso va a
dañar mi vida, pero le va a dar más sentido. Ahora sí que me van a odiar acá –me
dijo–. Me sacaste de acá. Yo te admiro y ahora vos me admirás. Lo estoy
logrando”. Me fui o me escapé de ese edificio gótico, y él se quedó. Me acuerdo
que, ya en la calle, pensé: “Podría ser amigo de él si viviera en Montevideo”.

En 1996, cuando publicó No es falta de cariño, me escribió una carta para


pedirme un blurb, una de esas frases que se colocan en las fajas o las contratapas,
elogiando el libro. Me contó que uno de los cuentos era el que había aparecido en
McOndo: “Gritos y Susurros”.
Escribí algo y se lo faxeé feliz. Fue una frase tonta que ahora me parece
patética y adolescente, un chiste personal y algo que podía –pensé– ayudar a
cultivar el mito. Hoy me parece de mal gusto:

Den gracias a Dios que Escanlar escribe y no mata inocentes. Nadie arma líneas
como este talento uruguayo. Sus libros deberían tocarse en la radio. Y muy, muy
tarde. 

Apareció en la contratapa, con una foto suya en la que aparece rapado, más
joven, más flaco, aferrado a una Coca-Cola. ¿Para qué contribuir a hacerlo más
maldito de lo que ya era? Si ni siquiera leí el libro. Pero yo también era joven.
Después de eso, casi nunca más nos escribimos. Durante 2001 me envió Crónica
roja, que me decepcionó, así que nunca le dije nada. Me molestó que se llamara tan
parecido a Tinta roja, que publiqué en 1996, pero después pensé: “Si ese título me lo
dio él”. Reapareció en mi vida hace un año, por mail, cuando se topó con mi novela
Missing:

Me emocionaste. Me hiciste pensar que para algo sirve esto de escribir. Volví a
pensar en nuestra hermandad cósmica más allá del tiempo y la distancia (¡¡¡no
puede ser que nos gusten los mismos libros!!! quiero darle un abrazo a Ellroy por
mis rincones oscuros!!!) y, sobre todo, te agradezco porque leyéndote me dieron
ganas de escribir, de cerrar cuentas, de mirar el pasado familiar. 

Me contó que estaba escribiendo cuentos, que quería hacer algo con su padre
y su familia de Galicia. Me dijo que pronto iba a publicarse La alemana. Quedó en
enviármela pero no me llegó. Me dijo que quizás coincidiéramos en una feria del
libro, pero no coincidimos. Después, me llegó una invitación a un festival
organizado por la revista española Eñe, en Montevideo, que se hizo en agosto de
2009. Escanlar era uno de los que iban a participar. Yo quería ir, pero estaba por
estrenar mi segunda película y me tocaba corregir las pruebas de una novela
nueva, así que no fui.

Escanlar murió tres meses después.


SOBRE LOS AUTORES

ALAN PAULS nació en 1959 en Buenos Aires, Argentina. Es escritor,


periodista, crítico y guionista de cine. Ha sido profesor de teoría literaria en la
Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Fue jefe de redacción de la revista
Página/30 y subeditor de “Radar”, suplemento dominical de Página/12, con el que
sigue colaborando periódicamente. Entre septiembre y diciembre de 2009 fue
visiting professor en la Universidad de Princeton (USA). En la actualidad escribe
regularmente para la Folha de Sao Paulo y presenta el ciclo de cine independiente
Primer Plano por la señal de cable I-Sat. Entre sus libros publicados se destacan los
ensayos Manuel Puig: La traición de Rita Hayworth (1988), La infancia de la risa (sobre
Lino Palacio) (1994), Cómo se escribe un diario íntimo (1998), El factor Borges (2000) y La
vida descalzo (2006). Ha publicado seis novelas: El pudor del pornógrafo (1985), El
coloquio (1989), Wasabi (1994, reeditada en 2005), El pasado (2003, premio Herralde
de novela), Historia del llanto (2007) e Historia del pelo (2010). Sus libros han sido
traducidos a más de doce lenguas.

ALEJANDRA COSTAMAGNA nació en 1970 en Santiago, Chile. Es


periodista y magíster en literatura. Ha publicado las novelas En voz baja (Premio
Juegos Literarios Gabriela Mistral 1996), Ciudadano en retiro (Planeta, 1998), Cansado
ya del sol (Planeta, 2002) y Dile que no estoy (finalista del Premio Planeta – Casa
América 2007), y los libros de cuentos Malas noches (Planeta, 2000), Últimos fuegos
(Ediciones B, 2005), Naturalezas muertas (Cuneta, 2010) y Animales domésticos
(Mondadori, 2011). Ha escrito para revistas como Gatopardo, Rolling Stone y El
Malpensante. En 2003 obtuvo la beca del International Writing Program de la
Universidad de Iowa, Estados Unidos. Su obra ha sido traducida al italiano, danés
y coreano. En Alemania le fue otorgado el Premio Literario Anna Seghers 2008 al
mejor autor latinoamericano del año.

DANIEL TITINGER nació en 1977 en Lima, Perú. Es periodista, director


periodístico del diario deportivo Depor, perteneciente al Grupo El Comercio. Ha
sido director de la revista peruana de crónicas y reportajes Etiqueta Negra. Es autor
del libro de crónicas Dios es peruano. Historias reales para creer en un país (Planeta,
2006). Sus textos se han incluido en las antologías Selección peruana
(Estruendomudo, 2007), Dios es chileno (Planeta, Chile, 2007), Locos, malos y virtuosos
(Recreo, 2007) y Mundiales inolvidables [para gritar, para cantar, para llorar]
(Universidad Adolfo Ibáñez/Uqbar Editores, Chile, 2010). Ha colaborado con la
revista The Virginia Quarterly Review (Estados Unidos), y escribe para publicaciones
de América Latina como Letras Libres (México), Don Juan (Colombia), Surcos
(Argentina), y Europa como Courier Internazionale, Room (España), Hard Gras
(Holanda). Su segundo libro de crónicas, El Diablo es peruano (Planeta) saldrá en el
segundo semestre del 2011.

ANDRÉS FELIPE SOLANO nació en 1977 en Bogotá, Colombia. Estudió


literatura en la Universidad de Los Andes. Ha publicado la novela Sálvame, Joe
Louis (Alfaguara, 2007). Fue editor de la revista colombiana SoHo. Una de sus
crónicas, “Seis meses con el salario mínimo”, fue, en 2007, finalista del premio que
otorga la FNPI, presidida por Gabriel García Márquez. Ha publicado crónicas y
artículos en diversos medios entre los que se cuentan SoHo y Rolling Stone
(Colombia); Gatopardo y Travesías (México); Paula (Chile); El País (España) y The
New York Times (EE.UU). En 2008 el gobierno de Corea del Sur lo invitó a una
residencia literaria de seis meses en Seúl. En 2010 la revista inglesa Granta lo
escogió como uno de los 22 mejores novelistas jóvenes en español. Actualmente
trabaja en su segunda novela, Los hermanos Cuervo.

ÓSCAR CONTARDO nació en 1974 en Curicó, Chile. Estudió periodismo en


la Universidad de Chile. Entre 1996 y 2010 trabajó como periodista en el
suplemento “Artes y Letras” de El Mercurio. Sus artículos han sido publicados en la
revista Sábado (Chile) y Gatopardo (México). Algunos de sus trabajos se han incluido
en los libros Crónicas de carnaval (Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano,
2006); Los primeros 50 años de la televisión chilena (Facultad de Comunicaciones UC,
2007); Crónicas de otro planeta (Randomhouse, 2009) y Las cien mejores crónicas de
2010 (Ocho libros, 2010). Es coautor de La era ochentera: tevé, pop y under en el Chile
de los ochentas (Ediciones B, 2005) y autor de Siútico: arribismo, abajismo y vida social
en Chile (Vergara, 2008) y Raro: una historia gay de Chile (Planeta, 2011). Actualmente
es columnista de la sección Santiago del diario La Tercera.

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ nació en 1972 en Bogotá, Colombia. Es autor del


libro de relatos Los amantes de Todos los Santos (Alfaguara, 2001); de la recopilación
de ensayos El arte de la distorsión (Alfaguara, 2009), y de las novelas Los informantes
(Alfaguara, 2004, finalista del Independent Foreign Fiction Prize en Inglaterra),
Historia secreta de Costaguana (Alfaguara, 2007, premio Qwerty a la mejor novela en
castellano en Barcelona), y El ruido de las cosas al caer, que recibió el premio
Alfaguara en 2011. Ha traducido obras de John Hersey, John Dos Passos, Victor
Hugo y E.M. Forster, entre otros. Es colaborador habitual de El país (España), El
Malpensante (Colombia) y Letras Libres (México), y columnista del periódico
colombiano El Espectador. En 2007 ganó el Premio de Periodismo Simón Bolívar
para ensayo cultural. También es autor de una breve biografía de Joseph Conrad,
El hombre de ninguna parte (2004, Panamericana/Norma). Sus libros se han
publicado en 14 lenguas y veinte países.

EDMUNDO PAZ SOLDÁN nació en 1967 en Cochabamba, Bolivia. Es


profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Cornell y autor de
nueve novelas, entre ellas Río fugitivo (1998, Alfaguara), La materia del deseo (2001,
Alfaguara), Palacio quemado (2006, Alfaguara) y Los vivos y los muertos (2009,
Alfaguara); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (Los amigos del libro,
1990), Desapariciones (Centro Simón I. Patiño, 1994) y Amores imperfectos (1998,
Alfaguara). Ha coeditado los libros Se habla español (2000, Alfaguara) y Bolaño
salvaje (Candaya, 2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011). Sus obras
han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los
que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia
(2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en
diversos medios, entre ellos los periódicos El País (España) y La Tercera (Chile), y
las revistas Etiqueta Negra (Perú), Letras Libres (México), Qué Pasa (Chile) y Vanity
Fair (España).

GRAÇA RAMOS nació en 1960 en Parnaíba, Brasil. Es doctora en historia


del arte por la Universidad de Barcelona. A principios de los ’80 se graduó en
periodismo en la Universidad de Brasilia donde también concluyó el máster en
literatura brasileña. Fue reportera y editora en algunos de los principales
periódicos brasileños –O Estado de São Paulo, Folha de São Paulo, Jornal do Brasil,
Correio Braziliense– y en las revistas Manchete, IstoÉ y Veja. Actualmente, coordina la
colección Brasilienses, destinada a artistas de la capital brasileña. Es autora de los
libros de no-ficción Maria Martins: escultora dos trópicos (Artviva, 2009), Ironia à
brasileira: o enunciado irônico em Machado de Assis, Oswald de Andrade e Mario
Quintana (Paulicéia, 1997). Participó como coautora de los libros de ensayos Brasília
aos 50 anos: que cidade é essa? (Tema, 2010) y Os criadores: Athos Bulcão, Burle Marx,
Lucio Costa e Oscar Niemeyer (Multicultural, 2010). Publicó en el primer semestre de
2011 A imagem nos livros infantis: caminhos para ler o texto visual (Autêntica).

GABRIELA ALEMÁN, de nacionalidad ecuatoriana, nació en 1968 en Rio de


Janeiro, Brasil. Tiene un PHD en cine y literatura otorgado por la Universidad de
Tulane, Nueva Orleans. Recibió una beca Guggenheim en 2006. En 2007 formó
parte del grupo Bogotá 39, que reunió a escritores latinoamericanos de hasta 39
años, bajo la convocatoria del Hay Festival y Bogotá Capital del Libro. Ha publicado
seis libros de ficción. Entre los más recientes se cuentan Body Time (Planeta, 2003);
Poso Wells (Eskéletra, 2007, 2ª. Edición 2010) y Álbum de familia (Estruendomudo,
Lima, 2010/ Ed. Panamericana, Bogotá, 2011). Sus cuentos han aparecido en
diversas antologías, entre ellas: El nuevo cuento latinoamericano (Norma, Bogotá,
2009), Lluvia negra, (Jiji Yambo Cartonera, Asunción, 2009), Les bonnes nouvelles de
l’Amérique Latine (Gallimard, Paris, 2010) y Cinco metros de perversión (Textofilia,
México D.F., 2011). Ha escrito en El País (España), El Viejo Topo (España) y SoHo
(Colombia). Es colaboradora regular, desde el 2005, del International Film Guide,
editado por Wallpaper Press, Londres.

 
RAFAEL LEMUS nació en 1977 en la ciudad de México. Es ensayista y
crítico literario. Editó las revistas mexicanas Cuaderno Salmón y Letras Libres y ha
colaborado en diversas publicaciones de su país, como La Tempestad, Luvina y El
Ángel, y en las españolas Quimera, Cultura/s entre otras. Es autor de la colección de
cuentos Informe (Tusquets, 2008) y del ensayo Contra la vida activa (Tumbona, 2009).

JUAN JOSÉ BECERRA nació en 1965 en Junín, provincia de Buenos Aires.


Publicó los ensayos Grasa (Planeta, 2007), La Vaca Viaje a la pampa carnívora (Arty
Latino, 2008) y Patriotas (Planeta 2009); y las novelas Santo (Beatriz Viterbo, 1994),
Atlántida (Norma, 2001), Miles de años (EMECE, 2004) y Toda la verdad (Seix Barral,
2010). Fue profesor de guión cinematográfico en la Universidad Nacional de La
Plata y guionista de documentales. Desde 1996 escribe en la revista argentina Los
Inrockuptibles. Ha publicado artículos sobre literatura, cine y sociedad en varios
medios, entre ellos Otra Parte, S-H, Brando, Crítica, Perfil, Bazar Americano y Ñ
(Argentina), Cuadernos de Salmón (México) y Retors (Francia). Desde hace varios
años escribe la columna “Ultima fila” en Sin Aliento, el diario del Festival de Cine
Independiente de Buenos Aires (BAFICI). Su última novela, La interpretación de un
libro, será publicada por editorial Candaya, de Barcelona, en 2011.

RAFAEL GUMUCIO nació en 1970 en Santiago, Chile. Aunque cursó


estudios de profesorado, ha vivido fundamentalmente del periodismo. Escribió y
escribe en los periódicos El Mercurio y Las Últimas Noticias (Chile), El País (España)
y The New York Times (Estados Unidos), y en las revistas The Clinic y Fibra (Chile),
Letras Libres y Gatopardo (México). Es autor de las novelas Memorias prematuras
(Sudamericana, 1989, cinco reediciones), Comedia nupcial (Debate, 2002) y La deuda
(Random House, 2010); de una historia de chile en Los platos rotos (Sudamericana,
2004), de un libro de viaje, Páginas coloniales (Random House, 2006), y de los libros
de ensayo Contra la belleza (2010) y La situación (Editorial Universidad Diego
Portales, 2011) Es actualmente director del Instituto de Estudios Humorísticos de la
Universidad Diego Portales, de Chile.
 

BORIS MUÑOZ nació en 1969 en Caracas, Venezuela. Es investigador


invitado del Rockfeller Center for Latin America de Harvard University y
colaborador de las revistas Gatopardo (México) y El Malpensante (Colombia), así
como del diario El Nacional (Venezuela) del que fue corresponsal en New York
entre 1996 y 2003. Entre sus libros se cuentan La ley de la calle. Testimonios de jóvenes
protagonistas de la violencia en Caracas (en coautoría con José Roberto Duque:
Caracas, Fundarte, 1995) y Despachos del imperio (Random House Mondadori, 2007).
También es coeditor de Más allá de la ciudad letrada. Crónicas y espacios urbanos
(University of Pittsburgh Press, 2003) y ha participado en numerosos libros
colectivos como Lo mejor de Gatopardo I y Crónicas de otro mundo (Random House
Mondadori 2005 y 2009, respectivamente).

ROBERTO MERINO nació en 1961 en Santiago, Chile. Estudió literatura en


la Universidad de Chile. Desde 1987 ha trabajado como editor, periodista y
columnista en medios de prensa nacionales: Apsi, Hoy, Don Balón, El Metropolitano,
Fibra, Las Últimas Noticias, El Mercurio. Actualmente es profesor de literatura en la
Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales, de Chile. Ha
publicado dos libros de poesía – Transmigración (1987) y Melancolía artificial (1997,
reeditado en 2009)– y los siguientes libros de crónicas: Santiago de memoria (Planeta,
1997), Horas perdidas en las calles de Santiago (Sudamericana, 2001) y En busca del loro
atrofiado (Juan Carlos Sáez Editor, 2006). En 2008 se publicó su libro Luces de
reconocimiento (Ediciones Universidad Diego Portales), una recopilación de ensayos
sobre literatura chilena.

MARCO AVILÉS nació en 1978 en Abancay, Perú. Es periodista y editor. Ha


colaborado con revistas como Letras Libres (México), L´Internazionale (Italia), Effilee,
Courier, y sus textos han sido traducidos al alemán, francés, italiano y japonés. Ha
publicado Día de visita (Editorial Aguilar, 2007), un libro de crónicas sobre reclusas
enamoradas que habitan un penal de Lima. Editó la antología Locos, malos y
virtuosos (Editorial Recreo, 2007), una muestra de cronistas peruanos
contemporáneos. Ha trabajado de reportero en el diario El Comercio y en la revista
de actualidad política Caretas. Fue editor central en la revista de notas y personajes
sociales Cosas (Perú), y director de la revista de crónicas y reportajes Etiqueta Negra.

MARIANA ENRÍQUEZ nació en 1973 en Buenos Aires, Argentina. Es


licenciada en periodismo y comunicación social por la Universidad Nacional de La
Plata. Es subeditora del suplemento de arte y cultura Radar del diario Pagina/12
(Argentina). También es redactora de Soy, el suplemento gay-lésbico del mismo
diario. Publicó dos novelas, Bajar es lo peor (Espasa Calpe, 1995) y Cómo desaparecer
completamente (Emecé, 2004), una colección de cuentos, Los peligros de fumar en la
cama (Emecé, 2009) y una nouvelle, Chicos que vuelven (Eduvim, 2010). Varios de
sus relatos aparecieron en antologías como La joven guardia (Norma, 2006), Una
terraza propia (Norma, 2006), En celo (Sudamericana 2007), Replicantes: antología de
cuentos contemporáneos dominicanos y argentinos (El fin de la noche, 2009) y Los días
que vivimos en peligro (Emecé). Parte de su obra ha sido traducida al alemán, el
francés y el italiano.

ALBERTO FUGUET nació en 1964 en Santiago, Chile. Se recibió como


periodista en la Universidad de Chile. Es profesor y escritor en residencia de la
Universidad Diego Portales de ese país. Ha publicado los libros de cuentos
Sobredosis (1990, Planeta) y Cortos (2004, Alfaguara) y coeditado las antologías
Cuentos con walkman (1993, Planeta), McOndo (1996, Grijalbo), Se habla español (2000,
Alfaguara) y Mi cuerpo es una celda: la autobiografía de Andrés Caicedo (2008, Norma).
Ha escrito seis novelas, entre ellas Mala onda (1991, Planeta), Por favor, rebobinar
(1994, Planeta), Tinta roja (1996, Alfaguara), Las películas de mi vida (2003,
Alfaguara), Missing: una investigación (2009, Alfaguara) y Aeropuertos (2010,
Alfaguara). Es autor, además, de los libros de no-ficción Primera parte (2000;
Aguilar) y Apuntes autistas (2007, Aguilar). Ha dirigido tres largometrajes: Se
arrienda (2005), Velódromo (2010) y Música campesina (2011). Ha recibido una beca de
la fundación Guggenheim (2010). Ha colaborado con ensayos, columnas y
reportajes en revistas y periódicos como The New York Times Magazine, Time, The
Washington Post, Foreign Policy (Estados Unidos), El amante (Argentina), SoHo
(Colombia), Etiqueta Negra (Perú) y Estudios Públicos y El Mercurio (Chile).
Actualmente es colaborador de la revista Qué Pasa (Chile).
LEILA GUERRIERO

LOS MALDITOS

© Leila Guerriero (de la selección y edición), 2011

© Ediciones Universidad Diego Portales, 2011

Primera edición: diciembre de 2011

ISBN 978-956-314-151-1

Universidad Diego Portales

Dirección de Extensión y Publicaciones

Av. Manuel Rodríguez Sur 415

Teléfono (56 2) 676 2000

Santiago – Chile

www.udp.cl (Ediciones UDP)

Diseño: Juan Guillermo Tejeda + TesisDG

Fotografías de portada:

Martín Adán (Foto archivo Pontificia Universidad Católica del Perú) Jorge
Baron Biza (Foto de Gabriel Fernando Díaz)

Alejandra Pizarnik (Foto de Sara Facio)

Rafael Muñoz (Foto archivo Boris Muñoz)

También podría gustarte