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Staff
Traducción Corrección
Kitten Sleep Pumpkin
Chloé Mata Ilusiones
Sunflower Maye
Alex Corrección y
N_N Lectura Final
Zelda Sleep Pumpkin
Soraya Kitten
Diseño Revisión Final
Sunflower Sleep Pumpkin
Raizabel Kitten
Contenido
Sinopsis Capítulo 11 Capítulo 22
Capítulo 1 Capítulo 12 Capítulo 23
Capítulo 2 Capítulo 13 Capítulo 24
Capítulo 3 Capítulo 14 Capítulo 25
Capítulo 4 Capítulo 15 Capítulo 26
Capítulo 5 Capítulo 16 Capítulo 27
Capítulo 6 Capítulo 17 Capítulo 28
Capítulo 7 Capítulo 18 Capítulo 29
Capítulo 8 Capítulo 19 Capítulo 30
Capítulo 9 Capítulo 20 Epílogo
Capítulo 10 Capítulo 21
SINOPSIS
Remington Stringer nunca ha sido como la mayoría de las chicas.
Es franca, descarada y no quiere nada más que escapar del agujero
infernal de Nevada al que llama hogar.
Al borde de los dieciocho años, con una madre fallecida y un
padre bien intencionado pero ausente, se ve obligada a valerse
por sí misma. La única persona de la que ha tenido que depender
es su obsesivo hermanastro, Ryan. Pero, lo que solía ser su ancla
se está convirtiendo rápidamente en un cañón suelto.
Cuando Remi tiene la oportunidad de asistir a la mejor escuela
privada del estado durante su último año de secundaria,
aprovecha la oportunidad. Entonces conoce al Sr. James.
Ornamental, distante y totalmente irresistible.
La mayoría de las chicas se desmayan en secreto.
La mayoría de las chicas garabateaban su nombre con corazones
en su cuaderno.
Pero Remi Stringer nunca ha sido como la mayoría de las chicas.
Capítulo 1
Remi
Déjame empezar diciendo que no odio mi vida. Para alguien de
afuera, puede parecer una mala vida, pero no me importa. Yo
sé la verdad. Tengo un techo sobre mi cabeza. Estoy friendo
jugosos filetes en la cocina. Mi padre, Dan, no es abusivo ni está
en prisión, lo que básicamente me pone en una gran ventaja en
comparación con el resto de los chicos de mi vecindario. Tengo a
Ryan, que cuida de mí, y, en parte, aunque de una manera poco
convencional y jodida, me siento amada.
En su mayoría.
Pero sentirse amada no significa que esté feliz con mis
circunstancias. No significa que esté contenta en la calle en la
que vivo, que se las arregla para manchar a cada hombre, mujer
y niño que tiene la mala suerte de aterrizar aquí. No significa
que no intente escaparme.
Vivo en Las Vegas, la ciudad que te chupa el alma y escupe lo
que queda de ti. Tu trabajo es recoger los pedazos y descubrir
quién eres.
Estoy a punto de hacerlo. Lo estoy planeando. Pronto.
Doy vuelta al filete, y la sartén ardiente silba de alegría. Doy
dos pasos a mi derecha. Revuelvo la pasta hirviendo. Al dente,
como le gusta a Ryan. Camino hacia el fregadero. Me lavo las
manos. Miro por la ventana, el vidrio está lleno de agujeros y el
marco oxidado y comido por el calor abrasador y los años.
Entonces sonrío. Veo a Ryan arrodillado en nuestra hierba
cubierta de maleza, frente al asfalto agrietado y magullado de la
carretera, trabajando en su Harley. Como si me sintiera, levanta
su mirada hacia la mía.
Ryan no es mi hermano biológico. Mi madre, Mary, murió en un
accidente de auto cuando yo tenía dos años. No la recuerdo, y
aunque estoy triste por no haberla conocido nunca, es mi papá
por quién realmente me siento dolida. Todo lo que me queda de
Mary Julia Stringer es una vieja y destartalada cámara de los
noventa, y me aferro a ella como si fuera mi salvavidas.
Solía usar el cuarto oscuro de mi instituto para revelar la película
yo misma, pero ahora, tendré que pensar en otra cosa. Soy
autodidacta. Estudiante independiente, si quieres. Pero eso no
viene sin un precio, porque probablemente no soy buena, pero
hacer fotos es lo que me gusta. Papá dice que mamá siempre
tuvo una cámara en la mano.
Es curioso como esas cosas pueden ser transmitidas sin siquiera
conocerla o tener su influencia. Me hace sentir conectada a ella.
Unos años después de su muerte, mi padre volvió a intentar salir
con alguien. Aquí entran Darla y un Ryan de diez años. Sabía
que Darla era mala para papá, incluso a la tierna edad de cinco
años. Ella olía a humo y a perfume barato y siempre se esforzaba
por hacerme sentir como una carga. Pero Pops parecía feliz, al
principio, de todos modos, y yo tenía a Ryan. Así que no todo
fue malo. Sin embargo, durante los cinco años siguientes, las
cosas se deterioraron, junto con su relación. Darla empezó a
escaparse de nosotros durante días, e incluso alardeó de otros
hombres delante de mi padre. Después de más de unas cuantas
peleas bastante severas, Darla finalmente se había marchado para
siempre. Cuando mi padre encontró a Ryan, que sólo tenía quince
años, empacando sus cosas, le dijo que las desempacara y que
fuera a poner la mesa para la cena, y eso fue todo. Darla estaba
fuera, y Ryan se quedaba. Cuando le pregunté a mi padre por
qué se había ido, su respuesta fue algo así como: “Darla es una
puta. No seas como Darla”.
Debidamente anotado, papá.
La noche que Darla se marchó fue la primera noche que me colé
en la habitación de Ryan. Era inocente, por supuesto. Quería
consolarlo, aunque no mostraba signos de estar particularmente
triste por la ausencia de su madre. Al principio, se puso rígido
cuando sintió que la cama se hundía bajo mi peso.
Pero mi intuición había sido correcta, porque esa noche, Ryan
me abrazó y lloró hasta quedarse dormido mientras yo le frotaba
el brazo y sollozaba en silencio. Nunca volvió a llorar, y nunca
hablamos de ello, pero todavía duerme conmigo en ocasiones.
Excepto que ahora, es Ryan el que se cuela en mi habitación.
Y no es inocente. Ya no lo es.
Los años pasaron, como siempre, si bien Ryan sigue viviendo en
casa, ni mi padre ni yo queremos verlo irse. Tal vez sea porque
papá rara vez está en casa. Hace la ruta Las Vegas-Los Ángeles
dos veces por semana, y ocasionalmente hace viajes más largos
que lo mantienen en la carretera durante semanas, lo que le deja
muy poco tiempo para la paternidad. Ya que dormir sola en esta
casa en ruinas, en este horrible vecindario es casi un deseo de
muerte, estoy feliz de tener a Ryan a mi lado. Con su alta
estatura, sus músculos tatuados, camiseta rasgada y su expresión
de “no me jodas” pegada a la cara, tendrías que ser estúpido
para entrar en nuestra casa.
Esa no es la única razón por la que estoy feliz de tenerlo cerca.
Nos necesitamos el uno al otro. Siempre hemos sido nosotros
contra el mundo. No es que el mundo estuviera particularmente
en contra nuestra. Simplemente no le importábamos.
Empiezo a hacer la salsa para la pasta. Tomate. Albahaca. Aceite
de oliva. Una tonelada de ajo. Leí la receta en algún lugar en
Internet después de que Ryan y yo la vimos en un programa de
cocina que salió al aire en uno de los pocos canales que tenemos.
Tal vez lo haga sonreír por una vez. Siempre ha sido una bomba
de tiempo. Del tipo casera y altamente impredecible. Pero
últimamente, siento que está a segundos de explotar.
Tic, tic, tic.
Para el resto de la preparación de la comida, estoy en piloto
automático. Pico, revuelvo, escurro, volteo, arreglo todo en los
platos, saco dos botellas de Bud Light de la nevera y pongo la
mesa. Luego procedo a patear la puerta chillona y golpeo mi
puño contra la pantalla unas cuantas veces para llamar su
atención.
—La cena está lista. —Grito.
—Dos segundos. —Escucho el tintineo de herramientas pesadas
cayendo sobre el concreto cerca de la hierba amarilla sobre la que
está arrodillado. Su moto lleva dos semanas jodida, y no puede
llevarla a la tienda porque se gastó los últimos dólares en pagar
la fianza de su mejor amigo, Reed. No es que tener una moto
averiada le haya retrasado en absoluto. El tipo nunca está en
casa.
—El filete se está enfriando. Mete tu trasero adentro o comeré
sin ti. —Murmuro y cierro la pantalla de la puerta con un golpe.
Lo espero, encorvada en mi silla frente a nuestros platos,
deslizando mi pulgar por la pantalla táctil de mi teléfono, una
de las tres cosas que mi padre se asegura de que siempre
tengamos al día: el alquiler, la comida y mi teléfono. La mayoría
de los niños se enfadarían por tener un modelo antiguo, pero
estoy feliz de que esta cosa tenga capacidad para navegar en
Internet. Ryan entra y se derrumba en la silla frente a mí, sin
molestarse en lavarse las manos sucias y grasosas.
Me arriesgo a echarle un vistazo. Ryan luce como un hombre. Se
ha visto así desde hace mucho tiempo. Sus brazos están rasgados,
no como una rata de gimnasio, sino como un tipo que hace
trabajos manuales, su cuerpo es grande, ancho y dominante.
Cabello rubio oscuro y tan largo que casi le toca los hombros,
ojos marrones, estructura ósea cortada -lo único bueno que
heredó de su padre real. Cada vez que salimos juntos de la casa,
lo cual, hay que reconocerlo, no es frecuente en estos días, las
chicas con las que fui a la escuela se lanzan sobre él. Se ha tirado
a la mitad de ellas, lo sé, aunque sean menores de edad.
Si soy honesta, parece ser la mitad del encanto de este tipo.
Aparte del hecho de que está tatuado de pies a cabeza.
Es esa vibra un poco inestable y peligrosa que emite. Toda chica
quiere ser buena hasta que un chico malo la saca de sus casillas
y la corrompe.
Todas las chicas odian a quien se interpone en su camino. Esa
sería yo. Al menos en su mente. Claro, Ryan se las follaría, pero
eso es todo lo que tienen. Siempre estaba demasiado cerca de
mí, me miraba demasiado tiempo. Se daban cuenta. Y eran
despiadadas. Así que me consideraban la brotherfucker 1.
Realmente no me importaba. Ryan no ayudó en nada
advirtiéndole a toda la población masculina de Riverdale que se
alejaran de mí. Había terminado la secundaria antes que yo
empezara, pero es una especie de leyenda por aquí. Nadie en su
sano juicio se cruzaría con él.
—¿Cómo está el filete? —Pregunto, manteniendo mis ojos en mi
propio pedazo de carne mientras lo corto cuidadosamente.
—Jugoso. —Se ríe, con la boca llena. Desde mi periférica, veo
un rastro de líquido sangriento que viaja desde la comisura de su
labio hasta su barbilla, pero no hace ningún movimiento para
limpiarlo. Le da otro mordisco, sus ojos se clavan en mí.
1
Apodo utilizado para describir a alguien que tiene relaciones sexuales con sus hermanos.
—Entonces, ¿cuándo vas a cumplir dieciocho años?
—Eres mi hermano. —Sonrío—. ¿No deberías al menos fingir que
sabes esta clase de mierda?
—Soy un hermano de mierda. —Responde, su voz tan seca como
su filete es jugoso—. Y cuando se te hace una pregunta,
responde, joder. Es realmente así de simple, Rem.
Esa es la parte que probablemente debería mencionar, me llama
Rem. Me llamo Remington, y mis amigos me llaman Remi, pero
Ryan, para mi consternación, me ha estado llamando Rem desde
el primer día.
—Dieciséis de agosto. —Me quejo. Ryan mueve sus ojos arriba y
abajo mi cuerpo tanto como puede con la barrera que es la mesa
entre nosotros.
—¿Qué son dos semanas más? —Murmura mientras se frota el
labio inferior con el pulgar, y está brillando con el aceite de oliva
de la pasta y el jugo del filete.
—¿Hasta qué? —Pregunto, haciéndome la tonta. Sabe que no
soy tonta. De hecho, le molesta que quiera más de la vida que
mi diploma de secundaria. Pero sus comentarios se han vuelto
cada vez más inapropiados en los últimos meses, y aunque es
halagador, a veces las alarmas suenan en mi cabeza.
—Hasta que tu hermano mayor pueda mostrarte cuánto te
quiere. —Ryan se ríe siniestramente. Suelto una sonrisa nerviosa.
Sé que Ryan quiere llevarme a la cama, pero más que eso, quiere
ser mi dueño. Ser dueño de mis pensamientos, mis acciones, mi
cuerpo. Él cree que ya lo hace. En su mente retorcida, lo llama
amor. ¿Por qué no lo haría? No es que Ryan haya visto un buen
ejemplo de ello. Yo tampoco. En su mente, me protege, me
cuida y me necesita. En cierto modo, yo también lo necesito.
Pero, no puedo vernos sucediendo, nunca. Esto, lo que estamos
haciendo en este momento, es como sería el resto de mi vida.
Yo cocinando la cena, deseando estar en otro lugar, y Ryan
estando perfectamente contento con trabajar en su moto y
emborracharse con sus amigos de mierda cada noche. No, gracias.
No es que la atracción no esté ahí. Estaba muy enamorada de él
cuando era más joven. Creía que colgaba la luna y las estrellas,
haciendo todo más brillante en mi aburrido universo, y creo que
hice lo mismo por él. Pero si él fuera el único, no se sentiría
tan mal cada vez que su palpitante polla “accidentalmente” se
presiona contra mi culo por la noche.
Me levanto de mi asiento, llevo los platos al fregadero y vuelvo
con una cerveza nueva, abriéndola delante de él. Cuando lo hago,
me rodea la cintura con un brazo y me agarra con un movimiento
rápido para que me ponga a horcajadas en su regazo.
Puedo sentir la costura de su cremallera rozando mi entrepierna.
No voy a mentir, se siente bien.
—Oye. —Respira en mi boca, siempre un susurro de un beso,
pero nunca ahí. Donde quiere estar.
—Hola. —Trago visiblemente.
—Entonces. —Su mano viaja hacia mi muslo interno, y siento
algo rígido debajo de mí. Respiro profundamente. La habitación
es oscura y sucia y pequeña, llena con nuestros viejos muebles,
con nuestros pasados. No es exactamente romántico, pero no
puedo negar el sentimiento embriagador que me recorre.
—¿Eres virgen, Rem? —Susurra contra mis labios otra vez, y
esta vez podría calificarse como un beso. Una parte de mí quiere
que lo sea. La otra parte me ruega que no pase por esa línea
invisible y frágil que estoy atravesando ahora mismo—. ¿Te has
reservado para mí? ¿Mantuviste esto intacto?—Sus dedos se
ciernen sobre mi ingle, apenas tocando.
—No. —La palabra sale más como un gemido. No importa el
hecho de que sólo lo he hecho dos veces. No necesito decirle
quién fue. Él lo sabe. Zach Williamson. Undécimo grado. El único
chico con el que salí más de dos meses antes de aburrirme.
De hecho, pasamos todo un semestre juntos antes de que lo
dejara. No me importaba que le hubiera dado mi virginidad. No
estaba esperando al “único”. Para ser honesta, nunca pensé que
una persona que pone sus partes íntimas en el cuerpo en otra
persona fuera tan importante. Probablemente es bueno que no
tuviera muchas expectativas, porque ambas veces fueron bastante
anticlimáticas.
Hay algo en la expresión ya entrecerrada de Ryan que se vuelve
aún más oscuro y severo, y por un minuto, mi corazón late más
rápido por la razón equivocada. No porque esté excitada, sino
porque estoy nerviosa. Espero, estudiando su expresión
cuidadosamente, antes de que su dura mirada se convierta en
una sonrisa a medias y plácida.
—Bien. —Dice y me aprieta el trasero un poco demasiado fuerte,
indicando que no cree que esté bien en absoluto—. No creo que
puedas manejarme sin un poco de práctica, de todos modos.
Entonces sus labios ya no están rozándome -me están besando-
y no lentamente. No pide permiso. No es tentativo o inseguro.
Su lengua invade mi boca en un instante, y me atrapa
desprevenida. Mientras yo aspiro aire, él aprovecha la oportunidad
para profundizar nuestro beso. Pongo ambas manos en sus mejillas
para que se aleje, y él quita mis manos de encima.
Posesivo. Hambriento. Enojado.
—Sabes como el cielo, hermanita. —Sisea en mi boca. Nada de
esto se siente bien. La gente nos conoce como hermano y
hermana. El hecho de que no estemos relacionados por sangre es
sólo un poco de consuelo. Demonios, ni siquiera el beso se siente
bien. Como si lo estuviéramos haciendo todo mal. Siento que me
aprieta más el culo, me clava sus sucias uñas en mi carne y hago
una mueca de dolor.
—He estado esperando tanto tiempo para esto. —Sus palabras
no sólo profundizan en mí, sino que también lo hacen sus dedos,
que ahora se arrastran lentamente, de forma brusca, hacia mi
sexo. Exhalo con fuerza.
—Ryan, —Dejo caer mi frente sobre la suya—, me estás haciendo
daño.
—Lo sé. —Su lengua sigue atacando mi boca, sus manos son aún
más agresivas que antes.
Pánico. Se me mete en mí lentamente. Conozco a Ryan. Lo
conozco bien. No es un mal tipo -definitivamente no es un buen
tipo, pero tampoco un violador- y sabe muy bien que mi padre
lo mataría si alguna vez me hiciera daño de verdad.
—Mañana empiezas la escuela. —Dice, lamiendo el camino hasta
mi barbilla y mi cuello. Lo dejo, y aunque no quiero esto, no
puedo evitar la reacción de mi cuerpo a su toque. Está
tarareando, cantando, pidiendo más. ¿Y por qué no ceder a
sentirse bien con alguien que conozco y en quien confío con mi
vida? Aún así, algo me retiene.
—¿Cómo vas a llegar hasta Henderson todos los días?
—Voy a tomar el autobús. —Respondo rotundamente. No voy a
renunciar a esta oportunidad. Mi padre de alguna manera me
pago la matrícula de uno de los mejores institutos de Nevada.
Privada. De primera categoría. Dijo que ha estado ahorrando
durante años, y sólo ahora, mi último año, ha ahorrado lo
suficiente para enviarme. No es que me esté quejando. Creo que
papá secretamente se siente culpable por haberse ido tan a
menudo. Eso, y que ha escuchado lo que los chicos de la escuela
dicen de mí. Que soy una puta. Una brotherfucker.
Después de que mi mejor amiga, Ella, se mudara, empeoraron.
Yo era un llanero solitario. Un blanco fácil. Los chicos tenían
miedo de interactuar conmigo -maricas-, pero las chicas… Las
chicas son viciosas y sigilosas. Como los chicos, también tienen
miedo de Ryan, pero se cagaron en el fondo. Robando mi ropa
cuando estaba en la ducha después de Educación Física. Cosas que
no podían ser rastreadas directamente a ellas, aunque todos
sabíamos quién lo hizo. Y aunque honestamente nunca me
importó lo que los demás pensaran de mí, me ofrecieron un
boleto dorado para salir de este pueblo de mierda, y no voy a
renunciar a él. Especialmente por algo tan minúsculo como el
transporte.
—Los autobuses no trabajan tan temprano, nena. —Ryan se ríe,
y ¿por qué pensé que era tan atractivo en primer lugar? Su
sonrisa es demasiado grande, sus dientes demasiado puntiagudos,
como los de un lobo, y el olor de su sudor es demasiado agrio.
—Buen intento. Lo he comprobado, Ryan. Trabajan las
veinticuatro horas.
—Puedes caminar, mi culo. —Echa la cabeza hacia atrás,
riéndose—. No vas a tomar el autobús sola. Te voy a llevar y te
voy a buscar, ¿entendido?
Odio depender de cualquiera para cualquier cosa. Puede que no
tenga auto, pero he trabajado desde el día que cumplí catorce
años. Mi padre firmó un permiso, para consternación de Ryan, y
yo conseguí un trabajo en el Dairy Queen a la vuelta de la
esquina, donde renuncié a regañadientes una vez que descubrí que
no tendría tiempo de trabajar cuando empezara la escuela.
Cuando necesito estar en algún lugar, camino o monto mi
bicicleta. Como dije, detesto depender de alguien, pero si hay
algo que odio más, son las mañanas. Específicamente, temprano
en las mañanas. Y para llegar a la escuela a tiempo, tendría que
levantarme a una hora intempestiva.
Quiero decir que no.
Debería decir que no.
Pero mientras su erección dura como una roca se me clava
violentamente, digo algo totalmente distinto.
—Bien.
Capítulo 2
Remi
La mayoría de los niños odian los uniformes escolares.
Nunca he sido como la mayoría de los niños. Además del hecho
de que no tengo que poner ningún esfuerzo en mi atuendo diario,
es algo sexy, en una especie de porno travieso y de bajo
presupuesto. Falda azul marino a cuadros que termina justo
encima de las rodillas, camisa blanca con botones y cuello
planchado, blazer azul a juego y calcetas negras hasta la rodilla.
Me faltan los Oxfords que se supone, debería estar usando, pero
Ryan ya ha gastado más de doscientos dólares por este uniforme,
y no podría pedirle que también me comprara unos zapatos. Él
querría algo a cambio, incluso si tuviera el dinero, y mi padre no
estará en casa por lo menos hasta la próxima semana. Así que
estoy usando mis desgastados y confiables Chuck T's 2. Todo lo
que necesito es una jodida cola de cerdito y un collar de cuentas
anales para aparecer en una de esas cartas “Littering Strip3”.
Subo las escaleras más intimidantes que he visto en mi vida,
mientras me suelto el cabello y lo dejo caer libremente por mi
espalda. Ryan milagrosamente arregló su moto a tiempo para
2
Edición Especial de Converse All Star dedicada a Chuck Taylor, jugador de Béisbol profesional.
3
Cartas con imágenes de Strippers, éstas son repartidas en la mayoría de las calles de Las Vegas.
llevarme a la escuela esta mañana, y montar en la parte trasera
de una moto significa un montón de jodidos enredos.
Me quito los auriculares de los oídos y pauso la canción de Halsey
en mi teléfono mientras me dirijo a los salones con aire
acondicionado de West Point. Todo en West Point es diferente
a Riverdale. Riverdale estaba lleno de mesas con grafitis, viejas
máquinas expendedoras de mierda y edificios en ruinas. Pero la
mayor diferencia es que West Point está todo bajo techo. En
Riverdale, y en la mayoría de las escuelas de Nevada, cada clase
estaba en un edificio separado. Olvídate de tratar de encontrar
una mesa para el almuerzo dentro, todos trataban de escapar
del horno que es Las Vegas comiendo en la cafetería. Sólo tuve
suerte una vez. Al menos no tendré ese problema aquí.
Ignoro los ojos curiosos y maliciosos y me concentro en el papel
amarillo con el número de mi casillero y la combinación en mi
mano. 88A. Estoy completamente fuera de mi elemento, y me
siento desnuda. Expuesta. Como si todos pudieran ver a través
de mí, como si supieran que no pertenezco a este lugar. Me
obligo a mantener la cabeza alta. West Point es todo lo contrario
de Riverdale, pero la escuela secundaria es la escuela secundaria,
y estos buitres pueden oler la debilidad a una milla de distancia.
Localizo el 88A, y por supuesto, es el casillero superior. Me
quito mi largo cabello castaño del hombro y me pongo de puntillas
para trabajar en el candado. Casi espero que sean electrónicos,
debido a que todo lo demás en esta escuela es de alta tecnología.
Finalmente, se abre y reviso mi agenda para ver qué libros puedo
meter dentro por ahora, porque mi mochila está pesada como la
mierda. Meto mi vieja mochila a cuadros Vans en el interior, sólo
me llevo el libro de texto de mi segunda clase, Discurso y Debate,
mi carpeta y un lápiz.
La clase es básicamente una hora de asistencia, anuncios diarios,
y la hora social, por lo que sé. Me quedo atrás, observando los
diferentes grupos, y me sorprendo gratamente cuando parezco
pasar desapercibida.
Mi aula de la segunda hora está vacía cuando llego, y puedo elegir
cualquier asiento del aula. Hago una pausa en la puerta, mirando
los nuevos y brillantes escritorios libres de cualquier tipo de
tallado, y apuesto a que ni siquiera tienen goma de mascar
debajo. De alguna manera, esto se siente como “Cruzar el
Rubicon4”. Ya no hay vuelta atrás. Y puedo esconderme atrás o
sentarme adelante y tomar por lo que he venido aquí por las
bolas. Se dueña de esta maldita escuela preparatoria, Remi, una
voz en mí manda. Una sonrisa burlona tira de los labios cuando
4
Referencia a hecho biblíco en el que Julio César cruzó el río Rubicon y precipitó la guerra civil en el año
49 a.C
me siento al frente y al centro, directamente frente al escritorio
del maestro. Y espero que él o ella no sea un escupidor.
Los estudiantes empiezan a llegar, y yo me ocupo de estudiar
mi horario. Lenguaje y composición del inglés AP, estadísticas
AP, francés, y, por supuesto, introducción al discurso y al debate.
Esto está muy por encima de mi cabeza, pero el temor no se
acerca a la emoción que me recorre. Escucho a todos sentarse a
mi alrededor, mi cabello cayendo como una cortina protegiéndome
de su vista, pero aún puedo sentir sus miradas y escuchar sus
susurros.
De repente, la charla se detiene y una voz profunda e imponente
asalta mis oídos. Se me pone la piel de gallina en los brazos, y
no estoy segura de dónde viene, porque nunca he reaccionado así
ante una voz en toda mi vida.
—Clase. —Dice la voz baja. ¿En serio? ¿Esa es su presentación?
Nada de “Hola, ¿qué tal el verano?” Asumí que los profesores
de aquí se dedicaban a untarle mantequilla a sus estudiantes y a
los padres ricos. Supongo que el profesor aquí no recibió el
memorándum.
—La mayoría de ustedes se conocen, pero tenemos un par de
caras nuevas este año. Saquemos esto del camino, porque hay
mucho trabajo por delante. ¿Señorita LaFirst? —Su tono es
corto y abrupto, ¿y por qué no puedo mirar hacia arriba?
Jesucristo, ¿qué está pasando, y cómo hago para detenerlo?
—¿Sí? —Una voz femenina vacilante gorjea.
—¿Te importaría contarnos un poco sobre ti? —Prácticamente
puedo oír sus ojos rodando.
—Acabo de ser transferida desde Asher.
—Fascinante. —Arrastra las palabras, sus pasos se acercan.
—¿Algo más que añadir?
—No. —Su voz es pequeña. Que se joda. Ya he superado su
condescendiente trasero.
—Bien. Señor… —se aleja, supongo que para comprobar el nombre
en su hoja de asistencia—. ¿Stringer?
Y es mi turno de poner los ojos en blanco, la corrección está
en la punta de la lengua, pero cuando me quito el cabello del
rostro y lo miro, las palabras mueren en mi lengua.
La palabra "guapo" no le hace justicia, y por primera vez en mi
vida, me quedo sin palabras.
Su mandíbula y pómulos parecen tallados en piedra, con un corte
de cabello muy fino, y sus ojos entrecerrados, una fascinante
mezcla de gris y azul, me miran con atención. Labios exquisitos,
el labio inferior mucho más lleno que el superior, y una nariz
fuerte y recta llenan su rostro tallado. Su cabello negro, grueso
y ligeramente ondulado, se aleja de su cara de una manera que
lo hace parecer más hombre que cualquier otro que haya visto
antes.
Como un joven Clint Eastwood, reflexiono interiormente.
Él no puede ser el maestro. Simplemente no puede. ¿Cómo
demonios se supone que nos vamos a concentrar?
La ira irracional me llena las tripas, retorciéndose alrededor de
una bola caliente de lujuria que crece cada vez más al sur de mi
ombligo. ¿Tengo que mirar esta cara todo el año y fingir que no
me afecta? Pero mientras hago mi berrinche silencioso, me doy
cuenta de que aún está esperando una respuesta.
—¿Remington Stringer? —Vuelve a preguntar, su paciencia pende
de un hilo. Está directamente frente a mí ahora, mirando justo
por encima de mí. Tiene una cadera apoyada en su escritorio, y
lleva una camisa de vestir blanca y nítida, con las mangas
arremangadas hasta los codos, vaqueros oscuros y elegantes, y
zapatos marrones brillantes. Tengo que levantar el cuello para
ver su cara, está tan cerca. Al menos me saca de mi reacción
física a su proximidad.
—Aquí. —Me las arreglo para murmurar, y odio lo débil que
suena. Sus ojos se dirigen hacia mí, y levanta una ceja incrédula.
—No pareces un Remington. —La sonrisa en su cara es suficiente
para que salga del trance.
—Y tú no pareces un maestro, pero aquí estamos. —Lo respondo
con el mismo sarcasmo que tan generosamente sirve a todos los
demás. Mis ojos se abren, mis compañeros se ríen, su mandíbula
se endurece, y todo lo que quiero es alcanzar y agarrar esas
palabras y volver a meterlas en mi boca.
¿Qué carajo me pasa?
Me mira de arriba a abajo, y no sé si es asco o molestia que
colorea su preciosa cara. Sea lo que sea, me dice que ya he
conseguido un lugar en su lista de mierda, que es el último lugar
en el que necesito estar ahora mismo. Dios, ¿cómo pase de
sentarme en primera fila para no perderme ni una palabra de lo
que dice a lanzar insultos? Realmente soy una pieza de trabajo.
—Pido disculpas por no cumplir con tus estándares. —Se burla.
—Ya que estamos en el tema de las normas, West Point tiene
un estricto código de vestimenta. Las zapatillas no son un calzado
aceptable. —Envía una mirada acentuada hacia mis zapatos.
Increíble.
Y así como así, las cosas van de mal en peor.
—Oficina del director Charles, señorita Stringer. —Inclina la
cabeza hacia la puerta, su rostro sigue perfectamente compuesto,
sin ninguna emoción. Su nivel de autocontrol es algo que aún no
he encontrado—. Apúrese.
—Por favor, no puedo… —Me aclaro la garganta, odiándome a
mí misma por quebrarme, y odiándome aún más por mi estúpido
desliz de lengua. No puedo permitirme zapatos. No puedo ir a
casa. No puedo arruinar esto. Pero tampoco puedo decir nada
de eso en voz alta.
—¿No puedes...? —Cruza sus brazos sobre su pecho expectante.
No me conoce ni a mí ni a mi vida. Para él, sólo soy otra niña
rica y prepotente con aversión a la autoridad.
—No importa. —Suelto a través de mis dientes apretados.
Recojo mis cosas y voy hacia la oficina del director Charles, que
bien que recuerdo como llegar allí. Tuve orientación la semana
pasada, pero esta escuela es enorme... y alegaré mi caso. Su
secretaria me informa que está en una reunión, así que espero
en uno de los grandes sofás de cuero contra la pared. Después
de media hora, su puerta se abre y un chico rubio con hoyuelos
sale.
Parece de mi edad, tal vez más joven, pero quién sabe. Sus ojos
no tienen la mirada endurecida que, estoy casi segura, tienen los
míos.
—Señorita, —El director Charles chasquea los dedos, como si mi
nombre estuviera en la punta de su lengua.
—Stringer, —Le ofrezco, con una sonrisa educada en mi rostro.
—Remington Stringer.
—Ah, sí, señorita Stringer. ¿Qué puedo hacer por usted? —Me
pide que entre y me siento frente a su escritorio. Su lujosa
oficina no hace nada para hacerme sentir que pertenezco a este
lugar. Tiene un maldito juego de té y pequeñas esculturas de
bronce en su escritorio y enormes estantes que avergüenzan a
mi biblioteca local. Las paredes de color marrón profundo están
llenas de marcos decorativos que se jactan de sus logros. Reprimo
el impulso de hacer una broma sobre libros encuadernados en
caoba y cuero, porque por alguna razón, no lo tomo por un fan
de Anchorman5.
—Como sabe, soy nueva aquí, —Comienzo.
—Sí, soy consciente. —Concluye, juntando los dedos.
—Me enviaron a la oficina porque no tengo zapatos adecuados.
No tengo una cantidad infinita de dinero, o nada, en realidad, a
5
Película Estadounidense protagonizada por WillFerrell, Steve Carrell, entre otros.
mi disposición. Tengo suerte de estar aquí. El uniforme por sí
solo fue suficiente para quebrar mi cuenta bancaria, pero lo logré.
No sé cuándo podré permitirme un nuevo par.
Decido ir directo al grano porque sé que no puedo darme el lujo
de ser tentativa o demasiada educada. Creo que el hombre que
tengo delante respeta eso, o al menos no se horroriza por ello,
porque las cejas del director Charles se entrejuntan mientras echa
un vistazo a dichosos zapatos, evaluando silenciosamente la
situación.
—Esta escuela y entrar en una buena universidad son las cosas
más importantes del mundo para mí, señor. Y aunque prometo
conseguir unos nuevos y brillantes Oxfords tan pronto como
pueda, odiaría pensar que West Point es el tipo de lugar que
echa a alguien porque no tenía los medios para comprar sus
lujosos zapatos. Y francamente, no estoy aquí para hacer un
desfile de moda. Estoy aquí para aprender.
¿Mis zapatos son realmente tan ofensivos? ¿O el Sr. D-bag6
simplemente quería darme una lección? Quiero estrangularlo. Sólo
de pensar en su cara engreída hace que mi corazón pierda su
ritmo habitual y se vuelva loco en mi pecho.
—Basta de teatros, señorita Stringer. —Me despide—. Consiga
zapatos adecuados cuando pueda y vuelva a las clases mientras
6
Diminutivo de Douchbag: Imbécil
tanto. ¿Cuál es tu segundo período? Se lo haré saber a tu
profesor.
Bueno, eso fue fácil. Casi demasiado fácil.
—Discurso y debate.
—Ah. El Sr. James. Debería haberlo sospechado.
¿Sr. James? Ni siquiera supe su nombre antes de que me
echaran. Nuevo récord.
Mi cara debe mostrar mi confusión, porque él lo explica.
—Es severo, sino un poco malhumorado. Pero es una fuente
invaluable de conocimiento. Como probablemente ya has
experimentado, no es el tipo de persona con el que te gustaría
debatir. De todos modos, aprenda a arreglárselas en su clase y
le irá bien en West Point, señorita Stringer.
—Gracias, señor. —Digo mientras me levanto del asiento frente
a él y me giro hacia la puerta.
—¿Y señorita Stringer? —El director Charles me llama. Hago una
pausa en la puerta y miro hacia atrás.
—Su expediente académico fue impecable. West Point puede
abrirte muchas puertas. No lo desperdicies.
—Sí, señor. —Trago, sintiéndome regañada y halagada al mismo
tiempo.
—Eso es todo, me despide y vuelve a prestar atención a la pila
de papeles de su escritorio.
Hasta nunca, creo. Y ahora, la parte dura, suavizar el frío, frío
corazón del Sr. James.
El resto del día es borroso. Cuando vuelvo a la clase del Sr.
James, ni siquiera me echa un segundo vistazo. Gracias, niño
jesús. Asisto a mis clases, tomo notas, y en general me mantengo
al margen, que es exactamente a lo que aspiraba cuando llegué
aquí. Me siento aliviada al ver que mi segundo período fue un
fallo, porque, aunque aprecio la oportunidad de asistir a esta
escuela secundaria elegante y fuera de este mundo, lo que
realmente necesito es una beca para una buena universidad. No
tengo ni idea de lo que quiero estudiar.
No tengo ni idea de dónde quiero estar cuando sea mayor. Sólo
sé que tiene que ser fuera de Nevada. Algo que me permita ser
completamente independiente, lo que significa que ya estoy
atrasada.
Estos chicos han tenido sus caminos trazados desde los pañales,
algunos incluso antes, estoy segura, y estoy aquí esperando entrar
en la universidad, cualquier universidad, lejos de aquí.
El almuerzo es un asunto con un toque de The Great Gatsby 7
en West Point High. La cafetería se parece más a un aeropuerto
brillante con ventanas del suelo al techo con vistas a las colinas
de Nevada, paredes de ladrillos rojos y mesas nuevas y brillantes
que parecen más bien cabinas de comedor, sólo que de roble
profundo. Este lugar está libre del ligeramente molesto pero muy
deprimente olor a comida basura barata, aceitosa y hecha en
masa. La combinación del espacio elegante y el uniforme impecable
y planchado hace que me sienta como si estuviera caminando en
un universo paralelo.
No me gusta y no me apetece estar cerca de ninguna de las
personas que he conocido durante mis periodos, así que tomo
una bandeja, consigo unas verduras frescas y pechuga de pollo
salteada y quiero gritarle a la señora del almuerzo: "ES SOLO
UN MALDITO POLLO, ¿POR QUÉ NO LO LLAMA ASÍ?" y
sentarme al final de la sala.
Sentada en el respaldo con los pies en el banco, miro mi
almuerzo y trato de calcular mi próximo movimiento social.
7
The Great Gatsbyes una novela de 1925 escrita por el autor estadounidense F. Scott Fitzgerald hace
referencia por la elegancia en ambos casos.
La idea general es mantenerme alejada de los problemas y no
meterme en mierdas que puedan hacer que me expulsen. Eso
significa que puedo ser amable con todos, pero no necesariamente
tengo que hacer amigos. Simplemente necesito asegurarme que
tampoco hago enemigos.
Aun mirando mi almuerzo intacto, siento que algo golpea el lado
de mi muslo y levantó mi cabeza. Es el chico rubio que salió de
la oficina del director Charles. Y él simplemente me golpeó con
su carpeta. Arqueo una ceja en interrogación. Se parece a todos
los demás aquí. Rico, limpio y arrogante como el infierno. Ahora
que está cerca de mí, puedo ver que sus ojos son azul marino y
que tiene los labios muy llenos -demasiado llenos, tal vez- y un
cabello que daría envidia a cualquier banda de chicos respetables.
—¿Te puedo ayudar? —Pregunto, no soy capaz de controlar
completamente mi actitud.
—No lo sé. —Inclina la cabeza hacia un lado—. ¿Puedes?
Es la inclinación de su voz lo que lo delata. Gay. Tan gay. Hablo
de la Cam de Modern Family gay. Y no puedo explicarlo, pero de
repente, me siento mucho menos precavida.
—Depende de lo que estés buscando. —Ofrezco una sonrisa que
también es una rama de olivo. Creo que la toma.
—Estoy buscando buena compañía y malas influencias.
—Entonces soy tu chica.
—Me alegra oírlo. —Se lanza teatralmente al asiento de enfrente
y suspira—. Porque todos aquí parecen aburridos y estoy
perdiendo la cabeza. —Sus ojos se ponen en blanco y ambos nos
reímos cuando miramos la bandeja que acaba de poner en la mesa,
porque está llena de ensalada de col rizada con manzanas y otras
tonterías.
—Christian. —Se señala a sí mismo.
—Remington. —Me pongo un dedo en el pecho—. Pero mis
amigos me llaman Remi.
—Entonces supongo que así te llamaré yo también.
Christian me dice que es otro de los pocos estudiantes nuevos,
y que también es un estudiante de último año, por lo que
prácticamente nos relaciona de alguna manera.
Tal vez no sea la mejor analogía, porque mi hermanastro tiene
el hábito de meterme la lengua en la garganta y tratar de
meterse en mis pantalones, pero divago. Christian acaba de volver
de estudiar de un internado suizo con un nombre muy largo,
muy francés. Se suponía que terminaría sus estudios allí e iría a
la Universidad de Oxford. Sin embargo, su abuelo, el tipo que
lleva los hilos del bolso en su familia, se está muriendo, así que
sus padres decidieron mudarlo de vuelta aquí para que toda la
familia pudiera pasar más tiempo con su amado patriarca.
Christian dice que no le importa de ninguna manera, porque trata
de divertirse sin importar dónde esté, y yo le creo.
La conversación es fácil y también lo es olvidar cómo ha empezado
este día. Tal vez por eso estoy tan sorprendida por el final de
la misma. Después del almuerzo, en el que Christian y yo
intercambiamos números de teléfono y nos prometemos
encontrarnos después de que suene la última campana, asistí a
mis dos últimas clases. El horario de bloque es otra cosa a la que
tengo que acostumbrarme. Tenemos cuatro clases por día aquí.
Dos antes del almuerzo y dos después.
Cuando Christian y yo finalmente nos encontramos en el pasillo,
nos dirigimos a la entrada principal del edificio de ladrillos rojos.
Nos reímos y hablamos del tatuaje de Britney Spears en la
entrepierna cuando escucho el ruido de una Harley. Me congelo
instantáneamente, porque el sonido es tan agresivo y fuera de
lugar en comparación con el gorjeo de los pájaros, la pequeña
fuente frente a la entrada y los silencios bajos de los estudiantes
bien educados, y eso me devuelve a mi realidad.
Botas de cuero.
Tatuajes en abundancia.
El aroma de la posesividad, la pobreza y la desesperación en el
aire.
Sí, todos tienen un olor. Huelen a Ryan.
—¡Yo, Rem! Mira tu fino trasero con ese uniforme. —Ry se ríe
como si fuera la primera vez que me viera así, sacando su casco
y mirándome sin siquiera esconderlo. Inmediatamente me vuelvo
rojo escarlata. Se supone que es mi hermano. Se supone que es
la palabra clave. Puedo ver a Christian mirándome desde mi
periferia, preguntándose qué demonios está pasando.
Mi agarre en las correas de mi mochila se aprieta, y fuerzo una
sonrisa. Es curioso lo consciente que estoy de nuestra inapropiada
dinámica ahora que estoy en West Point.
—Ese es mi hermanastro. —Digo, poniendo énfasis en la palabra
"nastro". No creo que el pseudo-incesto me dé ningún punto en
esta escuela. Incluso Christian el más genial que un pepino lo
desaprobaría—. Él es mi transporte.
Christian sólo asiente con la cabeza, y el movimiento es débil, al
igual que su expresión cautelosa. Conozco esa mirada. La he visto
antes, así que miro hacia otro lado. Lástima.
No me compadezcas, joder.
—¿Nos vemos mañana? —Christian pregunta. Y mi mirada se
dirige hacia él porque mirar hacia otro lado fue un gran error.
Ahora sé con certeza que todos los que nos rodean miran de
Ryan hacia mí, tratando de llenar los espacios en blanco.
—Seguro que sí. —Le doy un choque de puños y maldita sea, si
la perspectiva de una nueva amistad no me anima un poco y doy
un paso valiente hacia mi hermanastro. Luego otro y otro. Bajo
las enormes escaleras que llevan a la fuente que da a la entrada
del instituto, y cuando estoy lo suficientemente cerca de Ryan,
me abraza. Un increíblemente incómodo y codicioso abrazo.
No tengo hermanos biológicos, pero no estoy segura de que
nuestras ingles se deban tocar.
Ryan me deja ir después de largos segundos, y con cada uno que
pasa, me doy cuenta de que nunca encajaré aquí. Y no son solo
mis zapatos desgastados. Cuando me suelta, sus fosas nasales
están dilatadas, su mandíbula apretada, y está mirando fijamente
a Christian. Llevo mi mano a la mandíbula de Ryan, rozando mi
pulgar a lo largo de su rastrojo, calmando su tormenta de la
manera en que sólo yo parezco ser capaz de hacerlo. El pánico
se arremolina en mis entrañas. Sé lo que está pensando, y
necesito distraerlo y desactivarlo. Ryan siempre ha sido
sobreprotector, pero en los últimos meses, ha cruzado el
territorio defensivo y ahora está directamente en la zona de la
locura.
—Te extrañé hoy. —Murmuro, conteniendo la respiración. Espero
su reacción y suspiro con alivio mientras sus ojos se suavizan al
tacto.
—¿Adivina qué? —Ryan sonríe, y sé que Christian está olvidado.
Por ahora, de todos modos. Ryan es precioso, no se puede negar,
pero en vez de desmayarme por esa sonrisa, estoy harta de ella.
—¿Qué? —Pregunto, aún estando demasiado cerca de él y
demasiado cerca de su motocicleta y demasiado cerca de la
situación en la que estoy desesperada por salir.
—Te traje un regalo.
—¿Lo hiciste? —Levanto una ceja, escéptica. Él asiente, se da la
vuelta y saca un nuevo y brillante casco rojo de Shoei 8. Mi
corazón cae. No puede permitirse esto.
—Mira esto. —Dice. Lo agarro. Es pesado como el infierno, pero
no me quejo. Es mucho mejor que el que usé de camino a la
escuela que parecía un casco militar de la vieja escuela. Pero
también sé que Ryan está en la ruina, así que el hecho de que
tenga dinero me preocupa. No hay forma de que lo haya
conseguido honestamente.
8
Marca de cascos premium de motocicletas
—¿Ryan? —No necesito hacer la pregunta real. Sólo el hecho de
que estoy mirando el casco como si fuera una bomba y no un
regalo me lo dice.
Ryan se aclara la garganta. —¿Qué? Últimamente ha estado
haciendo turnos extra en el garaje. —Dice. Podría estar diciendo
la verdad. Ha estado fuera mucho últimamente, pero la mirada
en sus ojos me dice que está ocultando algo.
Tengo tantas cosas que quiero decirle, pero lo único que me sale
es -bien-. Porque sé que es volátil, y generalmente no me
importa, puedo cuidar de mí misma, pero no quiero una escena.
No aquí.
—Súbete a la maldita motocicleta, nena. No tengo todo el día.
Me subo, con ganas de salir de aquí. Ryan siempre ha sido mi
lugar seguro. Mi zona de confort. Pero ahora mismo, siento como
si dos mundos chocaran, y estoy desesperada por mantenerlos
firmemente separados.
Él serpentea su mano hacia atrás y me da un apretón en el
muslo antes de arrancar su Harley y la acelera, dejando una nube
de polvo y humo detrás de nosotros.
A través del velo de inmundicia, me arriesgo a echar un último
vistazo a West Point High por el día.
Veo a Christian en la escalera, mirándonos con una expresión de
preocupación, su mochila todavía colgada casualmente en un
hombro.
Un grupo de chicas esnobs nos miran desde su lugar, sentadas en
los escalones con sus cafés con leche agarrados.
Y el Sr. James, de pie, con las manos en los bolsillos, luciendo
aún más enojado de lo que estaba antes
Capítulo 3
Pierce
¿De dónde demonios ella ha salido?
No de aquí, eso es seguro.
He estado enseñando a niños privilegiados lo suficiente como para
reconocer al que no encaja cuando lo veo. Sin mencionar que yo
era uno de ellos. Cuando entro a clase y la veo en primera fila,
la ignoro completamente, como hago con el resto de las chicas
del instituto, que tienden a ser un poco demasiado entusiastas,
es mejor no animarlas. No me doy cuenta de la forma en que
sus amplios e inocentes ojos me atrapan. No me doy cuenta de
su puchero rojo. Y definitivamente no me doy cuenta de la forma
en que su cuerpo llena su uniforme a diferencia de cualquier otra
chica de su edad. Para mí, ella es sólo otra estudiante. Al menos
eso es lo que me digo a mí mismo.
No se parece a las demás.
Ese es mi segundo pensamiento, y viene de un lugar tan profundo
de la parte de atrás de mi cabeza, que no estoy seguro de tener
el acceso necesario para borrarlo de mi mente. He enseñado
Discurso y Debate en esta escuela durante cuatro años, y conozco
a todos estos estudiantes. No me refiero a los nombres o las
caras. El tipo. Los que piensan que son tan buenos como su peor
nota. Los que planean, traman y traicionan si eso significa ser
los mejores, incluso a expensas de otros. Eso es lo que el director
Charles me da. Lo mejor. Les damos las herramientas y la
disciplina que necesitan para tener éxito en cualquier carrera que
su mami y papi hayan elegido para ellos, así siguen siendo
perfectas, pequeñas copias a carbón de sus padres.
Con sus Converse blancos y su esmalte de uñas negro, sé que es
diferente. De cualquier manera, me tomó desprevenido cuando
me habló en medio de la clase y me obligó a responder
rápidamente.
Le dije que recogiera sus cosas y se fuera, y casi me arrepentí,
porque no estoy seguro de cuál es su historia. Se está revelando
contra sus padres o es una estudiante becada. Esas son las únicas
dos opciones en esta escuela. Supongo que es un poco de ambas.
Conozco ese tipo, porque yo era igual. Luché y me resistí a mis
padres en cada paso del camino mientras crecía. No encajaba en
la vida de robot.
Me gustaba la música, el arte y la bebida. Eso me hizo mucho
bien. Sigo siendo la oveja negra, pero de alguna manera, terminé
enseñando en el mismo mundo contra el que me rebelé tan
duramente, sólo que estaba en California. Imagínate.
Me paso la mano por la cara y cierro la pantalla de la laptop
que he estado mirando fijamente durante los últimos diez
minutos.
¿Por qué carajos le estoy dando un segundo pensamiento?
Dejo mis pertenencias y decido tomar un paquete de cigarrillos y
una Coca-Cola de cereza del otro lado de la calle antes de regresar
para terminar de armar el resto del programa de estudios del
año. ¿Ves? Rebelde. Estos deberían haber estado listos para
distribuirse el primer día.
Luego veo a Remington Stringer.
Y no está sola.
Se acerca a un tipo que parece un desertor de Sons of Anarchy 9,
y él la abraza. Ella acepta su abrazo. No puedo ver su cara, pero
parece casi nerviosa, lo que me parece muy fuera de lugar para
una chica que insulta a su profesor el primer día de clase.
Básicamente están moliéndose en el estacionamiento, y en algún
lugar de mi cabeza, sé que debería ponerle fin. Pero es como un
accidente de auto del que no puedo apartar la vista. Si antes no
estaba seguro, ahora está claro. No es una princesa de West
Point.
9
Es una serie de televisión estadounidense creada por Kurt Sutter sobre la vida en un club de moteros
(MC) que opera ilegalmente en Charming, un pueblo ficticio en el Norte de California.
Le agarra el culo, mira por encima de su hombro y ve al chico
rubio con el que salió de la escuela. Christian Chambers. Le di
clases en su último período. Obviamente es gay, pero no hay
forma de que el tonto de la motocicleta lo sepa por su aspecto.
La mirada de Remington sigue a la de su novio motorista, y
cuando sus ojos se posan en Christian, toda su cara cae
horrorizada. Ella junta sus rasgos rápidamente y vuelve su
atención para apaciguarlo. Si la escena no fuera tan espeluznante,
verlo caer bajo su hechizo tan rápido como lo hizo sería cómico.
Le tiende a Remington un casco rojo y cuando se da la vuelta
para montar su motocicleta, sus ojos se encuentran con los míos
por una fracción de segundo. Y eso es todo lo que se necesita
para que lo reconozca. Meto mis manos en los bolsillos para
evitar que estrangule al bastardo aquí y ahora.
¿Qué carajos está haciendo Remington con este tipo? Ryan
Anderson. El hombre que he estado tratando de encontrar
durante el último año. El hombre que arruinó a mi familia. El
hombre que quiero muerto.
El año escolar se ha vuelto mucho más interesante. Gracias,
Remington Stringer.
Capítulo 4
Remi
Abro la cerca de alambre de nuestro patio y paso por la colección
de latas de cervezas vacías y sillas mal emparejadas, que tienen
huellas permanentes de Ryan y sus amigos buenos para nada,
antes de entrar. El interior, desafortunadamente, no es mucho
mejor. Vivimos en el gueto10 de Las Vegas, donde las casas están
invadidas por cucarachas de alcantarilla, y las calles están llenas
de drogadictos. Irónicamente, todas las calles de nuestro
vecindario llevan el nombre de escuelas de la Ivy League. Vivo en
Yale, lo cual asumo es lo más cerca de una escuela de la Ivy
League que estaré. Sin embargo, West Point podría cambiarlo
todo. Y vaya si tuve un gran comienzo. No.
Ignorando la montaña de platos en el fregadero, las herramientas
de Ryan tiradas por todas partes, y una sospechosa mancha
húmeda en la vieja alfombra verde, me dirijo directamente a mi
habitación. Seamos honestos, este lugar no es nunca el Ritz,
pero cuando papá sale de la ciudad, va de mal en peor. Y no
puedo preocuparme hoy. Me detengo a mirar mi tabla de corcho
gigante llena de fotos encima de mi cómoda. Veo a mi madre
10
Zona o barrio habitado por personas que tienen un mismo origen o condición y viven ausladas y
marginadas por motivos raciales o culturales.
embarazada de mí. Mi padre llevándome a dar un paseo en la
parte trasera de su viejo Softail, luciendo una sonrisa de Kool-
Aid11 y el cabello castaño claro y raído. Luego las más recientes
de Ella y yo fumando hierba en su auto en una vieja carretera
secundaria mientras se suponía que debíamos estar en la escuela.
Y Ryan. Tantas fotos de Ryan. Enseñándome a patinar,
sentándose conmigo en el hospital después de que me rompiera
el tobillo con dicha patineta a finales de esa semana, armando
nuestra tienda de campaña en nuestro viaje de campamento con
papá, selfies en los conciertos en los que nos colamos, y montones
de puestas de sol y tomas panorámicas de las incontables veces
que condujimos alrededor sólo para escapar del infierno de Las
Vegas. Me arrojo boca abajo sobre el edredón azul pálido encima
de mi vieja cama doble. Me quito los zapatos, sin mover el rostro
de la cama, agradeciendo a mi estrella de la suerte que Ryan
tuviera planes. Desapareció justo después de dejarme. Otra vez.
No estoy segura de dónde o qué está tramando, pero ahora
mismo, estoy agradecida por el silencio. Me pongo de espaldas y
miro fijamente al techo de palomitas de maíz de arriba y cuento
las vueltas de las aspas del ventilador.
Qué día.
La cara del Sr. James aparece en mi mente, sin ser invitada, y
11
Marca de refrescos en polvo. Su logo es una jarra sonriente.
me estremezco. Por supuesto, tendría el profesor más guapo
para agraciar un aula, y por supuesto, me las arreglaría para que
me odiara a los veinte segundos de conocerme.
No es que lo culpe. Mi diarrea verbal ha hecho todo su efecto
hoy. Aunque no fue del todo mala. El resto de mis clases fueron
jodidamente duras, como era de esperar, pero se sintió bien.
Realmente bien. Estaba totalmente abrumada y fuera de mi
elemento, pero al mismo tiempo, sentía que estaba exactamente
donde pertenecía. Conocer a Christian fue una ventaja, también.
Salgo a la cocina y saco un Hot Pocket 12 del congelador. Después
de devorarlo, decido dar por terminada la noche. Me quito las
calcetas, la falda y la camisa y los doblo con cuidado. Sólo tengo
una falda y una camisa extra, así que tengo que mantenerlas lo
más bonitas posible durante todo el tiempo que pueda.
Estoy demasiado cansada para ducharme, así que me pongo una
gran camiseta blanca de algodón, ya sea de Ryan o de mi padre,
y me meto en la cama. Me concentro en los sonidos de afuera
para distraerme de mis pensamientos. Escucho el bajo de un auto
que está unas cuantas casas más abajo, un grupo de adolescentes
que se interrumpen entre sí, sirenas en la distancia y el sonido
rítmico de las ruedas de una patineta que se golpea contra las
12
Los Hot Pockets son empanadas para el microondas que generalmente contienen uno o más tipos de
queso, carne, o vegetales.
grietas de la acera. Y en poco tiempo, los ruidos de mi ciudad
me adormecen.
No sé cuánto tiempo llevo dormida cuando siento dos brazos
fuertes a mi alrededor y una nariz que me acaricia el cuello.
Ryan. Últimamente, sólo duerme conmigo cuando está drogado.
Puedo oler el alcohol filtrándose a través de su piel, pero de
alguna manera, sigue siendo reconfortante.
—No puedes dejarme, Rem. —Me susurra al oído, con una voz
tan áspera como su tacto. La desesperación de sus palabras me
rompe el corazón y me recuerda al chico herido que una vez fue.
—Ya casi has terminado el instituto. —Continúa—. Y pronto, te
irás a la universidad y nos dejarás atrás. No puedo protegerte si
no estás aquí.
—Shh, está bien. —Lo tranquilizo, frotando su brazo como
siempre lo hago cuando está así y evitando el tema por completo.
Sé que no debería darle esperanzas. Sé que esto va a explotar
pronto, pero ahora, cuando está borracho, vulnerable e inestable,
no es el momento de servirle una saludable dosis de realidad.
Tengo convertida la desactivación de la bomba que es Ryan en
un arte, y nada de lo que diga ahora mismo será bien recibido.
No cuando está en este estado.
Me aprieta más fuerte, y unos minutos después, cuando su
respiración se estabiliza sé que se ha desmayado, sucumbo a la
seguridad de sus brazos y vuelvo a dormirme.
Busco a ciegas mi teléfono en mi mesa de noche, tirando una
botella de agua en el proceso antes de que finalmente sienta el
frío plástico de la funda en mi mano. Abro un ojo y trato de
concentrarme en la hora. Una vez que mis ojos se ajustan, salto
de la cama como si estuviera en llamas. La escuela comenzó hace
diez minutos.
Mierda. ¡¿Por qué demonios no sonó mi alarma?!
Me estoy pateando a mí misma por no ducharme cuando tuve
tiempo anoche. Grito el nombre de Ryan de camino al baño, pero
no obtengo respuesta. Me lavo los dientes mientras voy en busca
de él. Este lugar es una caja de zapatos, así que no debería ser
difícil encontrarlo.
—¡Ryan! —Grito alrededor con la boca llena de pasta de dientes.
—¿Dónde estás?
Abro su puerta a empujones, sólo para encontrar su cama vacía.
Dios mío. Llego tarde a mi segundo día de clases.
Me visto en un tiempo récord y tiro mi cabello sin lavar en una
desordenada trenza de cola de pescado. Lanzo mi mochila sobre
mi hombro y salgo corriendo para ver si por algún milagro Ryan
se levantó temprano para trabajar en su Firebird de la vieja
escuela que ha estado sobre bloques en el camino de entrada
durante el último año. No. No hay tanta suerte. Y lo que es
peor, su motocicleta no está.
Vamos, Ryan. No me jodas así. Hoy no.
Es demasiado tarde para tomar el autobús ahora. Estoy
sopesando mis opciones en mi cabeza, ninguna de ellas, cuando
escucho el revelador estruendo de su Harley en la distancia.
Aleluya maldita sea.
Ryan conduce a través de la entrada y levanta una pierna como
si estuviera a punto de bajarse de su moto.
—¡No, no, no, no te atrevas! ¡Tenía que irme, como, hace cinco
minutos! ¿Dónde estabas? —Grito, corriendo hacia él.
—Retrocede, Rem, y corta la mierda. Tenía que ocuparme de
algunas cosas esta mañana. Estoy jodidamente cansado, y no
tengo paciencia para tus berrinches ahora mismo.
No sé qué pudo haberlo sacado de la cama antes del mediodía,
una especie de fin del mundo, pero no tengo tiempo de buscar
respuestas. Arranco mi casco nuevo del viejo columpio de metal
del patio y me subo detrás de Ryan. Él sale como un murciélago
del infierno, y me veo obligada a sujetarle su torso con más
fuerza.
Entra y sale del tráfico y de alguna manera se las arregla para
no quedarse atascado detrás de una luz roja.
Llegamos al estacionamiento, y no sé qué hora es, pero la horda
de estudiantes afuera me dice que el segundo período está por
comenzar. Creo que Ryan me va a dejar bajar, pero para mí
horror, sigue adelante. Directo a la fuente. Directo a donde la
mitad de la escuela todavía está. Se mueve por la acera y se
desliza hasta una parada paralela a la fuente, creando así una
escena.
—Aquí tienes, princesa. —Se burla. Yo giro los ojos mientras me
desabrocho el casco y empiezo a deslizarme, pero su enorme mano
me agarra del muslo, manteniéndome en el sitio. Arqueo una ceja
en interrogación.
—Di ‘gracias’, Rem.
—Gracias, Rem. —Digo a través de los dientes apretados.
—Dilo dulcemente, muñeca. —Insiste. Todos los ojos están
puestos en nosotros, y para ellos, probablemente no parezca
nada más que una pequeña PDA 13. Pero la mano de Ryan me
aprieta el muslo tan fuerte que me lloran los ojos.
¿Quién es esta persona?
—Ryan. Ya basta. Llego tarde.
—No hasta que me agradezcas. —Dice con veneno en su voz y
señala su mejilla.
Al diablo con esto, pienso, y una vez más, trato de bajar de la
motocicleta. Sus dedos aplastan mi pierna, pero es su pulgar
metido en el interior del muslo lo que me hace gritar de dolor.
—¡Qué mierda, Ryan! —Prácticamente grito, y estoy agradecida
de que la mayoría de los otros estudiantes hayan entrado. El
miedo a llegar tarde triunfa sobre el drama, otra diferencia entre
West Point y Riverdale. Ryan señala su cara una vez más con
un destello malicioso en sus ojos. Es un imbécil, pero nunca lo
he conocido como cruel. Este no es el Ryan con el que crecí, y
esta nueva comprensión me golpea justo en el estómago. El chico
que me hizo macarrones con queso y me dejó acompañarle a él
y a sus amigos a la pista de patinaje, el chico al que idolatraba
y adoraba, se ha ido. Es un extraño que lleva la cara de mi
hermanastro.
13
Pelea De Amantes
Y este chico juega con reglas diferentes, así que mejor me adapto,
rápido.
Le doy un beso rápido en la mejilla, pero me agarra la barbilla y
se gira para plantar sus labios en los míos. Yo le grito y le doy
un tirón, pero él simplemente se ríe.
—Vete a la mierda. —Escupo. Salto y me dirijo hacia la puerta
principal.
Casi estoy dentro cuando le oigo gritar: —Qué pena lo de tu
alarma, Rem. ¡Deberías tener más cuidado la próxima vez!
Nunca le dije que mi alarma no sonara. Ese hijo de puta.
Después de hacer una parada rápida en la oficina por un pase,
corro por el pasillo, sin detenerme en mi casillero. Se me han
soltado mechones de cabello por el viaje hasta aquí, y me froto
las lágrimas que empiezan a secarse en mi cara. Soy un desastre.
Hago una parada frente a la puerta de la clase del Sr. James y
me tomo un segundo para recuperar la compostura.
Recupera la compostura. Cada segundo que pierdes es otro
segundo que llegas tarde.
Respiro profundamente y abro la puerta. Ni una sola persona
levanta la vista. Nadie, excepto el Sr. James, por supuesto.
Él frunce el ceño en mi dirección mientras agacho la cabeza y
corro hacia mi escritorio.
—Señorita Stringer, ¿Algo que decir? —Al diablo con mi vida.
Está sentado en su escritorio mientras el resto de la clase revisa
un paquete de algún tipo. Lleva una camisa de vestir azul claro
y pantalones negros. Su cabello está alejado de su cara, y frunce
el ceño mientras me deja entrar. Sus ojos parecen ablandarse por
una fracción de segundo, pero luego la expresión severa vuelve a
su lugar tan rápidamente que me pregunto si lo estoy
imaginando.
—Lo siento mucho. —Comienzo—. Por lo de ayer, y por llegar
tarde. No volverá a suceder. —Le prometo. Me da un paquete.
—Asegúrate de que no suceda. —Dice entre dientes.
—No tolero la tardanza. Ahora, hoy es un nuevo comienzo.
Cuéntanos algo sobre ti. Ayer no tuviste la oportunidad.
¿Es en serio? Esto no es un jardín de infantes. Ya no necesitamos
jugar a juegos para romper el hielo. Pero la mirada expectante
en sus ojos me dice que va en serio. Y está esperando una
respuesta.
—Yo… —Empiezo, articulo como siempre. Aclaro mi garganta y
lo intento de nuevo—. Me gusta tomar fotos. —Esta vez con
más firmeza.
Un niño murmura algo sobre fotos de desnudos en voz baja, pero
el Sr. James no lo oye o elige ignorarlo.
—¿Qué tipo de fotos? —Pregunta, pareciendo genuinamente
interesado, y me lanza a un bucle. Ayer era insensible y distante,
y hoy todavía parece helado, pero casi humano.
—No lo sé. —Me encojo de hombros—. Cosas tristes. Cosas
hermosas. Todo.
El Sr. James me estudia durante largos segundos antes de sacudir
su cabeza en dirección a mi escritorio. Tomo eso como mi señal
para tomar mi asiento.
Una vez que estoy sentada, vuelvo mi atención a los papeles en
mi mano. Es un programa de estudios. El Sr. James se levanta
y comienza a guiar la clase a través del esquema del año, y sé
que debería prestar atención, pero todo lo que puedo hacer es
concentrarme en la forma en que sus labios llenos se mueven
cuando habla, la perfecta cantidad de barba incipiente en su cara,
y la forma casual en que pasa una mano por su cabello oscuro
mientras apoya una cadera contra su escritorio.
Es todo un maldito hombre. Y aunque está claro que tiene más
clase en su dedo meñique que yo en todo mi cuerpo, puedes decir
que, en el fondo, que es un chico malo. O tal vez un chico malo
reformado. Pero apesta a sofisticación y riqueza. Entonces, ¿por
qué es un maestro? Mi mente trabaja horas extra tratando de
encontrarle sentido a esta dicotomía antes de finalmente
conformarse con “no cuadra”.
Me pregunto si está casado. Me pregunto cómo es ella. Ya la
odio. Luego me imagino a él y a su quizás inexistente esposa
revolcándose en la cama, él comiéndosela mientras ella le tira de
su perfecto cabello, y cruzo mis piernas, apretando la suave tela
húmeda entre mis muslos.
Mis ojos recorren todo su cuerpo con una apreciación
desvergonzada por la forma en que su camisa abraza su pecho y
sus bíceps. Sus mangas están subidas hasta el codo y ¿Quién
sabía que los antebrazos podían ser sexys? Estoy pervirtiendo a
mi profesor aproximadamente dos segundos después de ser
maltratada por mi pseudo-hermanastro. Parece de fiar.
Sacudo esos pensamientos de mi cabeza e intento concentrarme
en las palabras que salen de su boca una vez más. Cuando miro
a sus ojos, están entrenados para mí.
—Escriban cualquier pregunta y rellenen la última página. —Se
dirige a la clase, pero sigue mirando hacia mí. Su mandíbula se
endurece, y sus ojos se estrechan mientras bajan por mi cuerpo.
Mi corazón se acelera, y siento que mis oídos se calientan bajo
su atención. Arrastro mis dientes a través de mi labio inferior y
cruzo una pierna sobre la otra. Sus ojos no se separan de mis
piernas, y su expresión se transforma en una de… ¿enfado?
Miro hacia abajo e inmediatamente sé exactamente que está
mirando. Joder. Ryan dejó un pequeño regalo en forma de su
maldita mano en mi muslo. Es rojo brillante, y la obvia marca
de sus cuatro dedos dejan poca duda de quién las hizo. Tiro de
mi falda y me muevo en mi asiento, odiando que piense que soy
una especie de víctima indefensa.
Evito el contacto visual por el resto del período, y cuando suena
la campana, prácticamente corro hacia la salida. Pero el Sr.
James no puede hacer nada fácil.
—Stringer, espera. Necesito hablar contigo. —No hay duda en
su voz. Me congelo en el lugar, sin querer desafiarlo, pero
definitivamente sin querer quedarme atrás y enfrentarlo. Soy
una chica con inteligencia de la calle. Tal vez no lo he visto todo,
pero he visto la mayor parte, y Dios sabe que he tratado con
mucha gente. Gente más temible que el Sr. James.
Pero de alguna manera, él me asusta más que cualquiera de los
criminales y asquerosos que he encontrado a lo largo de los años.
Ni siquiera tiene sentido.
Me pongo en marcha y lo miro fijamente a los ojos, porque,
aunque me siento incómoda con él, no está en mi naturaleza
dejar que este tipo de cosas se vean.
—¿Sí, Sr. James? —Mi tono es un poco raro. No puedo
ocultarlo. No estoy segura de querer hacerlo. Sus manos están
metidas en los bolsillos de sus pantalones de vestir negros, está
de pie en su altura total, impresionante, y sus ojos se deslizan
por mi cuerpo, desde los dedos de los pies hasta la cabeza,
deteniéndose brevemente en mis muslos. Aspiro un poco de aire
y cierro los ojos. Maldita sea, Ryan.
—Descíframe esto. —Da un paso en mi dirección, rodeando su
escritorio, y mi corazón está en mi garganta. El peligro sale de
él, y no sé cómo evitar que mi cuerpo responda al suyo. Porque
está ahí. La electricidad. La atracción. La lujuria.
No puedo ser la única que lo siente. Se siente demasiado grande
para ser unilateral.
Oh, qué patético sería eso si yo fuera la única que se quema bajo
estas ropas.
El Sr. James continúa: —Ayer, cuando te vi por primera vez,
parecías estar en buena forma, excepto por los zapatos, por
supuesto. Hoy, encontré algo diferente. Eres una chica
inteligente, así que no necesitas que te lo deletree. Dígame,
señorita Stringer, ¿hay alguna razón para preocuparse por su
seguridad?
Trago y miro hacia otro lado para que no vea lo que hay en mis
ojos. Ni siquiera yo misma estoy segura de lo que hay ahí.
¿Miedo? ¿Deseo? ¿Ansiedad? Todo lo que sé es que necesito salir
de aquí, rápido.
—No hay necesidad de preocuparse. —Sacudo la cabeza—. ¿Puedo
retirarme ahora?
—No, no puede. —Su voz es tan fría, que da un poco de consuelo
a las abrasadoras olas de calor que parece estar haciendo dentro
de mi cuerpo—. ¿Qué ha pasado? Explícalo. Con palabras.
Preferiblemente una cantidad suficiente para que pueda tomar
una decisión educada sobre si llamar a los servicios sociales.
—Es gracioso que tú digas eso, usas tan pocas. —Me lanzo sin
querer. Tengo que dejar de hacer eso. Burlarme de él así, como
si fuéramos iguales. El Sr. James levanta una sola ceja, un
fantasma de una sonrisa encuentra sus labios perfectos.
—Señorita Stringer. —Advierte, su tono frío lame mi carne
ardiente—. No saldrás de aquí hasta que me lo expliques.
—Me peleé con la manija del cajón de la cocina.— Digo
tontamente—. Perdí. —Dejo que la mentira se me escapara de
la lengua, y la expresión del Sr. James me dice que no me cree
ni por un segundo.
—Pon la palma de tu mano contra la marca. —Ordena. Mi primer
pensamiento es, joder, sabe que es la huella de una mano. Mi
segundo pensamiento es aún más alarmante. Su tono exigente
me excita.
Le echo un vistazo, y sus ojos están dilatados, así que sé que no
soy la única que lo siente. Que siente esto. Ese pensamiento me
golpea como una tonelada de ladrillos. El Sr. James es un hombre
adulto, y yo lo afecto.
Y de repente, poner mi mano en mi muslo no parece tan malo.
Tal vez ponga a prueba su moral.
Hago lo que me dice, sin romper el contacto visual con él. No
necesito mirar hacia abajo para encontrar la marca porque todavía
está ardiendo, incluso después de todo este tiempo. Sus ojos
bajan, lentamente, no dejo de notarlo, hasta que se detienen.
Comenzando justo por encima de mi rodilla, lentamente trazo
mis uñas negras hacia arriba, amontonando mi falda en el muslo
en el proceso. Coloco mi mano sobre la marca, sin revelar el
hecho de que todavía me pica al tacto.
Su garganta se mueve cuando traga, y mira hacia arriba.
—¿Va a convertir en un hábito el mentirme, señorita Stringer?
Se acerca a mí, me hace retroceder hasta mi escritorio. Me
siento en el borde con la falda todavía abultada. Tengo el impulso
de empujarlo más, de abrir mis piernas, y dejarle ver lo que me
hace.
—¿Vas a seguir haciéndome preguntas a las que no puedo
responder? —Pregunto sinceramente, dejando que mi falda vuelva
a su sitio—. Soy una chica grande. He estado cuidando de mí
misma durante mucho tiempo.
Da su último paso hacia mí, borrando el espacio entre nosotros,
y ahora puedo verlo, olerlo y sentirlo. Que Dios me ayude,
necesito evitar que mis rodillas se doblen y ver a través de esta
cosa, porque él me hace querer cosas. Cosas que no debería querer
hacer con mi profesor. Cosas que una chica no debería querer
hacer nunca.
—Ese es el problema. —Sisea—. La estaré vigilando, señorita
Stringer. Confío en usted. Si algo le pasara, y no lo reportara,
bueno, estoy seguro de que no tengo que decirle lo malo que
sería para los dos.
—Gracias. —Digo bruscamente, porque aparentemente, he
terminado de actuar como una mocosa por hoy—. Pero no hay
necesidad.
—Al contrario. —Se da la vuelta, enviando una última mirada a
mi muslo. No pregunto si estoy excusada. Sé que, si no dejo su
clase ahora, haré algo de lo que ambos nos arrepentiremos. Así
que me doy la vuelta hacia la puerta, dando pasos tentativos,
ambos con miedo de que me detenga y no lo haga.
Él no me detiene.
Me deja ir.
Y debería hacerlo.
Porque es mi maldito maestro.
Pero un segundo antes de que la puerta se cierre detrás de mí,
le oigo decir: —No habrá una próxima vez, señorita Stringer. No
a su tardanza, a no hablar con su educador, y no a montar su
pequeño espectáculo. ¿He sido claro?
—Sí, señor. —Trago mientras cierro la puerta detrás de mí y
descanso la parte de atrás de mi cabeza en su ventana, cerrando
los ojos. Santa. Mierda.
Capítulo 5
Pierce
Abro el maletero de mi camioneta Audi y saco las bolsas de papel
con comestibles. Los voy a llevar hasta el cuarto piso, como hago
cada mes.
Toco y ella no responde, pero eso no es nada nuevo. Me importa
un carajo. Abro la vieja puerta, lo cual es fácil porque este edificio
está podrido y todo es decadente, incluyendo mi cordura, y entro
al apartamento. Ella no viene a recibirme, pero vendrá una vez
que esté segura de que solo soy yo, y por solo un par de horas,
me sentiré cerca de Gwen nuevamente.
Organizo la mantequilla de maní, mermelada, pan y pepinillos en
los estantes la dieta de Shelly consiste en la de un niño de cuatro
años mezclado con antojos de embarazo cuando escucho la puerta
del dormitorio crujir al abrirse.
─¿Pierce?, cariño, ¿eres tú? ─Su voz tentativa va seguida de
una tos profunda que enfatiza la pregunta mientras se dirige a
la cocina en sus gastadas zapatillas.
Me doy la vuelta y apoyo mi cintura contra el mostrador,
cruzando los brazos sobre mi pecho observándola.
Shelly está en los principios de sus treinta, pero bien podrían
ser sesenta. Ella fue hermosa alguna vez, pero las drogas, el
alcohol y la vida la arruinaron.
─¿A quién más estas esperando? ¿El Papa? ─Arqueo una ceja,
y ella se ríe y tose, metiendo mechones de cabello grasiento
detrás su oreja. Ella me abraza y yo acepto su abrazo, por
ninguna otra razón sino por el hecho de que ella era la mejor
amiga de mi hermana.
─Te ves bien, chico, ─dice ella. Dime algo que no sepa. Si enseñar
a chicas de secundaria me ha enseñado algo, es que soy agradable
a la vista. Las chicas jóvenes enamoradas pueden ser peligrosas,
así que soy estricto y mantengo a mi imbécil egocéntrico. Parece
estar funcionando bien hasta ahora.
Las cosas se pusieron realmente difíciles cuando Gwen me dejó.
Podría decir "nos dejó", pero me dejó a mí, realmente. Mis
padres dejaron de preocuparse al minuto en que ella fallo en ser
la persona que ellos querían que fuera. Cortaron su flujo de
efectivo y dejaron que se las arreglara sola en lugar de ayudarla
con su adicción.
Para mí, no era tan simple. Quizás porque mis padres siempre
estuvieron tan ocupados en mantener las apariencias y sus
preciosas carreras, que no se tomaron el tiempo para ser padres
o conocerme, pero Gwen lo hizo. Gwen me llevó a clases de
natación dos veces por semana e intentó, pero falló, hacerme
pasteles de cumpleaños cada año y me motivó más que mi madre
alguna vez lo hizo. Ahora que ella se había ido, una parte de mí
también. Una parte que extraño y realmente agradecería tener
de vuelta.
─Gracias ─digo, exhalando con fuerza y agarrando una silla de
jardín del tipo barato que obtienes por un dólar en Dollar Tree,
que es parte de su área de comedor. Me dejo caer, tiro la cabeza
hacia atrás y cierro los ojos con un suspiro. ─La extraño ─le
digo.
─Yo también la echo de menos. ─Shelly se pone una mano sobre
el hombro. ─Dicen que se pone mejor .
─Ellos mienten. ─Me muerdo el labio. La escucho reír, pero no
hay nada feliz al respecto.
─Todavía eres tan joven y exitoso, Pierce. Puede que no sepa
mucho acerca de la vida. ─Ella se ríe amargamente—. Demonios,
ni siquiera sé si voy a llegar al mes que viene, pero sé que puedes
ser feliz de nuevo. Deja todo esto detrás de ti y vive tu vida
antes de que otra vida se desperdicie. Tal vez encontrar una
chica. Tener tu propia familia un día. ¿No quieres eso para ti?
Supongo que esa es la parte más triste. Las mujeres no ocupan
mis pensamientos. No por más de una noche, de todos modos.
No recuerdo haber mostrado interés en algo más que un cuerpo
cálido para pasar la noche en los últimos años. El rostro de
Remington parpadea en mi mente, y lo aparto tan rápido como
vino. Ni siquiera la conozco, pero la encuentro fascinante. Es
como ver un accidente automovilístico. Ella es espectacular de
una manera triste y hermosa. Lo sé hay más detrás de esos
grandes ojos verdes. Por suerte no soy lo suficientemente loco
ni autodestructivo como para descubrirlo.
─Gracias por el consejo, mamá, ─escupo, y eso me otorga un
ligero golpe en el hombro─ ¿Y tú, Shell? ¿No quieres eso? ¿Cómo
es que lo que te estás haciendo a ti misma es diferente?
Sus ojos se llenan de lágrimas que intenta ocultar mientras se
concentra en una pelusa en sus pantalones.
─Olvidaste mis cigarrillos ─dice Shelly, evitando mi pregunta
totalmente.
─No lo olvidé. Esas cosas te matarán —replico, aunque sé que
me he encontrado fumando más en los últimos días de lo que lo
he hecho en toda mi vida. Fumar es el vicio menos peligroso de
Shelly. Siempre vamos a través de esta conversación.
Definitivamente iré a buscarle cigarrillos. Y lo haré porque sé que
ella estará esperando aquí arriba, sacando los viejos álbumes de
ella y su difunta mejor amiga, Gwen, y me contará todo sobre
sus aventuras siendo jóvenes, salvajes y libres. Luego, le
preguntaré sobre el paradero de Ryan, y ella se negara a decirme.
Si tengo suerte, sin darse cuenta me dará otra pequeña pieza
del rompecabezas.
─Camels14. Paquetes blandos. Es crucial.
─Te van a matar.
─No cariño. Las drogas lo harán.
─ ¿Ese es el objetivo? ¿Morir? Si es así, estás en el camino
correcto. ─Finalmente me levanto de la silla
─Al menos soy buena en algo.
Decido caminar a la estación de servicio Rebel a unas pocas
cuadras de distancia. Es una parte mala de la ciudad, pero en
realidad me gusta. Por lo real que se sienten las calles. En
Summerlin, casi parece que nada malo puede tocarte con sus
14
Marca de cigarrillos
aisladas, urbanizaciones privadas. Lo cual es, por supuesto,
mentira. Muchas cosas malas me tocaron. Tocaron a Gwen.
Dejaron marcas. Del tipo permanente. Simplemente porque no
puedes verlos, no significa que no estén allí.
Doblo la esquina cuando escucho el escape de motocicletas detrás
de mí. Dejo de prestarle atención y empujo la puerta para abrirla.
Suena la campana de la puerta. Un chico grande y somnoliento
con una cola de caballo negra y rizada, levanta la cabeza de una
revista Playboy y se hurga la nariz mientras sigue mis
movimientos detrás del mostrador. Hola a ti también.
─Tres paquetes de Camels, suaves, y un paquete de Reds 15.
Señalo lo que yo voy a necesitar. Decido acortar mi visita con
Shelly esta semana. Estoy de humor de mierda. De aspirar un
poco de vapor. Especialmente después de hoy. El hijo de puta
que dejó una marca qué durará algunas semanas en el muslo de
Remington Stringer ha estado ocupando mis pensamientos.
Herir a las mujeres no es mi estilo. Dentro o fuera de la cama.
Sin embargo, lastimar a las personas que lastiman a las mujeres,
sin embargo, es algo a lo que estoy completamente abierto.
Especialmente porque sé exactamente quién es y quiero hacer
muchas cosas al respecto, pero ninguna de ellas beneficiará a ella.
15
Marca de cigarros
O a mí, para el caso. Necesito ser paciente y jugar bien mis
cartas.
Todavía no sé qué papel juega él en su vida, e informar esto al
director Charles la arrastraría a un montón de drama que estoy
seguro no necesita, pero no puedo, en conciencia, hacer la vista
gorda.
El cajero me llama y agarro mis cosas. Justo cuando me doy la
vuelta, me chocó contra con un hombro.
Hablando del diablo.
Ryan Anderson, también conocido como el aventón de Remington
Stringer, me está mirando directamente a los ojos. Lo miró
fijamente pero impasible, mi cara no revela una maldita cosa.
Nos miramos el uno al otro demasiado tiempo para que sea una
coincidencia, hasta que alguien con una chaqueta de cuero sin
camisa debajo y jeans holgados lo agarra por el hombro y lo aleja.
─Vamos Ryan. Tenemos mierdas que hacer. Salgamos de aquí.
Quiero matarlo por hacer lo que hizo, y no solo por mi hermana,
pero me encuentro indefenso. Por ahora. Solo por ahora.
─¿Te conozco de algún lado? ─Levanto la barbilla y lo inspecciono.
Esta parte es crucial para mí, porque necesito saber cómo
proceder con Ryan Anderson. Cuál será mi enfoque. Él no dice
nada, solo me mira como si estuviera hablando un idioma
extranjero. Si él me reconoce, no lo revela ¿Qué demonios le
pasa a este chico?
─Lo dudo ─resopla—. No voy a ningún club de campo.
─Soy el profesor de Remington Stringer, Pierce James ─le
explico por mi cuenta, porque no hay manera de que este
Neandertal conecte los puntos sin un poco de ayuda. Me da una
lenta inspección, evaluando la situación, y su frente se arruga.
─¿Oh sí? Soy Ryan ─escupe, sin ofrecer su mano.
─ ¿Un amigo de la familia? ─Fingí ignorancia.
─Hermanastro ─aclara, agregando énfasis en la palabra nastro
como si eso hiciera la diferencia─ también soy su dueño.
También estás a punto de que te den una paliza.
─¿Lo haces? ─Sonrío casualmente—. Y que pensaba que eso era
ilegal desde 1863.
Por supuesto, este idiota no entiende la referencia y me mira
sin comprender.
─Ella es mía ─dice de nuevo, esta vez más lento, dando un paso
en mí dirección. No hago ningún movimiento, este imbécil no me
intimida—. Asegúrate de recordarlo. ─Él dice la amenaza
directamente en mi cara, las venas de su cuello reventando.
─Soy su maestro. ─Lo evito con una sonrisa fácil, inafectado.
─Voy a asegurarme de que mis alumnos superen el año de forma
saludable y segura, no importan las consecuencias. ─El borde de
mi tono no deja espacio para la duda. Estoy devolviendo la
amenaza—. Es literalmente mi trabajo.
Antes de que vuelva con otra amenaza ociosa ─los hombres como
él siempre necesitan tener la última palabra─ salgo de la estación
de servicio, mis manos agarrando la bolsa de plástico.
Voy directo a la casa de Shelly, esta vez solo me quedo media
hora.
Omito la parte sobre mi nueva conexión con Ryan, aunque no
estoy seguro por qué, y completo mi misión por la noche. Hago
un corto viaje al bar, recojo a una mujer al azar, uso el condón
en mi billetera y termino mi noche solo en la cama, fumando y
mirando al techo.
Ryan Anderson. Ahora tengo una manera de llegar a él, y lo
haré.
Él va a pagar. Me aseguraré de eso.
Capítulo 6
Remi
Ryan nunca ha sido acusado de ser razonable o racional, pero
esta noche, parece estar llevando su comportamiento inestable a
un nivel completamente nuevo. Yo no sé lo que se le metió por
el culo, pero prácticamente puedo escuchar la bomba de tiempo
haciendo tictac. Estoy acostada boca abajo sobre el azulejo frío
de la cocina, intentando refrescarme mientras hago mi tarea de
inglés. Ryan no me deja poner el aire acondicionado más bajo. Mi
cabello se está pegando a mi cuello, e incluso en una camiseta
sin mangas con tirantes de espagueti y un par de pantalones
cortos para dormir rosa fuerte, todavía estoy caliente. Entre el
calor, la mirada furiosa de Ryan y su pierna rebotando en su
lugar, el enfoque no es fácil.
─¿Tienes algo en mente, Ryan? ─Resoplo, rodando sobre un
codo para mirarlo a los ojos.
─¿Estás hablando de más, Rem? ─él responde bruscamente.
¿De qué diablos está hablando?
─No más de lo usual bromeo.
Él asiente con amargura y toma un trago de su cerveza.
─Es curioso, tu profesor dice lo contrario.
¿Mi qué?
Ryan se levanta y camina lentamente hacia mí, y me apresuro a
salir de mi posición vulnerable en el suelo. Me levanto con el
mostrador a mis espaldas y enderezo mis hombros. Por primera
vez en mucho tiempo, no solo espero, pero ruego, que mi papá
regrese a casa más temprano que tarde de Los Ángeles.
─No sé de qué estas… ─Ryan me interrumpe golpeando su
cerveza contra los gabinetes sobre mi cabeza. Se rompe,
empapando mi hombro con líquido tibio y trozos de vidrio roto.
Me estremezco tanto que me resbalo en la cerveza que se
acumula a mis pies descalzos, pero Ryan me aprieta los bíceps
para mantenerme erguida.
─¡No me mientas joder! ─Ryan grita, y su saliva cae sobre mi
mejilla. Mis ojos están muy abiertos por el miedo, pero no es
por mí. Es por Ryan. Con cada día que pasa, es cada vez más
difícil ignorar el hecho de que algo está muy mal con él. Y no sé
cómo solucionarlo.
─¿Estás fallándolo, Rem? ¿Es así como te metiste en esa
elegante escuela tuya? Bueno, si estás vendiendo tu trasero,
entonces al menos debería obtener un descuento familiar, ─se
burla, agarrando mi cintura y apretando. Para nada suave.
─¿Te escuchas a ti mismo? Hay tantas cosas mal con esta
conversación. No estas teniendo ningún sentido, Ryan. ─Lo
empujo lejos, y esta vez, tampoco soy amable. Sus ojos se
suavizan brevemente antes de enfriarse de nuevo.
─Mantén tu boca cerrada acerca mí. No necesito ninguna atención
extra ahora mismo. No necesito a nadie respirando sobre mi
cuello. ─El golpea sus puños hacia los gabinetes, encerrándome.
─Tu lindo profesor te va a salvar, Rem. Tú y yo, estamos
destinados a esta vida. Nunca seremos lo suficientemente buenos
para personas como ellos. Es hora de que te acostumbres. No
dejes que esa bonita cabeza tuya se llene de dulces mentiras. soy
tu verdad, cariño. Solo somos tú y yo.
Asiento brevemente, y él se va y golpea la puerta mosquitera
contra el marco. Una vez que escucho su motocicleta desvanecerse
en la distancia, dejo mis lágrimas caer. Lloro por mí, porque una
parte de mí cree en Ryan cuando dice que estoy destinada a
esta vida. Y lloro por Ryan. Por el niño que era, y el hombre
en el que no llegará a ser. Esta ciudad es veneno que se filtra a
través de las venas de todos los que viven aquí. Y el único
antídoto es salir.
Ryan ha ido demasiado lejos, puedo verlo ahora. Y una parte de
mí tiene miedo de que él no saldrá vivo.
Una parte de mí tiene miedo de que ya sea demasiado tarde.
Ryan y yo no nos dijimos una palabra en todo el día ayer, yo
estaba demasiado enojada por cómo me trató, y Ryan estaba
simplemente, bueno, enojado en general. Cuando gritó mi nombre
después de dejarme en la escuela, pensé tal vez se iba a disculpar,
pero en cambio, recibí un severo recordatorio de mantener mi
boca cerrada.
Ahora, estoy en el segundo período donde he estado disparando
dagas con mis ojos al señor James durante los últimos cuarenta
minutos. Con cada segundo que pasa, yo progresivamente me
enojo con él por interferir. Ni siquiera sé qué pasó con él y Ryan,
pero está claro que no puedo confiar en él.
Cegada por puro odio, odio que se sumerge en la lujuria,
ligeramente cubierto por algo salvaje y completamente
embriagador, ni siquiera me doy cuenta de que está hablando
conmigo hasta que su voz se convierte en un gruñido bajo y
enojado.
─Señorita Stringer, le hice una pregunta.
Enderezo mi columna vertebral, afilada militarmente, e inclino
mi barbilla hacia arriba. ─Me disculpo, Sr. James ─digo
robóticamente, y veo sus rasgos fundirse en confusión por mi
tono─. Me temo que no escuché eso. ¿Puede amablemente
repetirlo?
No voy a dejar que me arruine esto. Me voy de este lugar con
o sin la ayuda del Sr. James. Es una clase de debate, por el
amor de Dios. Un periodo electivo. Soy buena en todo lo demás
hasta ahora. Solo necesito sobrevivir a este hombre por el resto
del año.
─Estamos hablando del tema del matrimonio entre personas del
mismo sexo. ¿Le gustaría contribuir?
─Estoy a favor, ─murmuro—. Si eso es lo que estás preguntando.
─No es una encuesta, señorita Stringer. Explíquese.
Miro a mi alrededor, muy consciente del hecho de que todos los
ojos están puestos en mí. Pero no son los ojos de los otros
estudiantes de los que tengo miedo. Son esos azules grises que
me están mirando con el ceño fruncido. Me traicionaron y ahora
quieren mi cooperación. No debería estar tan enojada, pero lo
estoy.
Preparada como podría estar bajo las circunstancias, contesto
─Igualdad de derechos, —separo mis labios y sus ojos caen hacia
ellos antes de volver a mis ojos con rapidez. Gane. Voy a joder
un poco con él solo para vengarme y demostrarle que puede
tener la mayor parte del poder aquí, pero ciertamente no todo.
─Las personas deberían tener el derecho de casarse con quien
quieran. No es mi problema, de todos modos.
─ ¿Con cualquiera? ─El Sr. James pregunta, sus manos anudadas
detrás de su espalda mientras comienza a caminar por el estrecho
espacio entre mi fila de escritorios hasta la pared más cercana.
─Entonces, señorita Stringer, ¿puedo casarme con mi mascota?
Me burlo. ─Por supuesto que no. No es lo mismo.
─Ilumíneme.
Esto es tan estúpido. ¿Por qué está haciendo esto?
─La gente debería casarse con otras personas. De lo contrario,
crea ... caos.
─¿El caos es malo? ─pregunta, esta vez a toda la clase. Una
chica con granos en la parte de atrás levanta la mano y responde.
─Si. Porque donde hay caos, hay anarquía.
─Y donde hay anarquía, hay diversión, ─murmuro, sin pedir
permiso para hablar. Siento los ojos del señor James en mi
espalda, aunque yo no me doy la vuelta para comprobarlo. Encendí
algo allí, y voy a dejar que arda hasta que sienta la ira y las
llamas de sus acciones.
─La anarquía es divertida, ─repite mi declaración, como si
reflexionara sobre esto.
─Si puedes manejarlo. ─Me encojo de hombros
─Puedo manejarlo, si necesitas candidatos dispuestos. ─Un chico
bonito y guapo a mi derecha se ríe, golpeando con el puño a su
amigo. Ambos llevan puestas chaquetas universitarias de color
burdeos y caras presumidas que puedo romper sin siquiera sudar.
─Señor Herring, señor Schwartz, cuidado, —murmura el señor
James.
─Lo siento, señor, ─murmura el idiota, desinflado.
Suena la campana, y los estudiantes se levantan de sus asientos,
sillas raspando y los libros se cierran de golpe. Me pongo el cabello
sobre el hombro mientras me agacho para agarrar mi mochila,
pero un par de zapatos de cuero castaño unidos a unas largas
piernas delgadas cubiertas de mezclilla oscura me detienen en
seco. Me detengo casi imperceptiblemente y vuelvo a la tarea en
cuestión. Me paro, balanceo mi bolso sobre un hombro e intento
pasarlo. El señor James evade y me bloquea, nuestros frentes
casi chocan. Pongo los ojos en blanco y giro sobre mis pies para
caminar hacia el otro lado, pero él agarra mi muñeca, haciéndome
congelar en el sitio. La adrenalina me atraviesa con su toque, y
me sacudo de su agarraré.
Estábamos solos. En el salón. Quiere acorralarme de nuevo, pero
esta vez, voy a tomar la delantera.
—Remington. Detente. ─Dice mi primer nombre por primera vez
con aire de autoridad que hace que mi barriga se mueva con
deseo. Me doy la vuelta y pinto mi cara con indiferencia.
─Tenemos que dejar de reunirnos así, Sr. James ─le digo,
mordiendo mi labio inferior—. No quisiera que nadie tuviera una
idea equivocada.
─Corta las tonterías. ¿Qué te pasa hoy? ─Sus cejas se arrugan,
como si honestamente no supiera que hizo mi vida
significativamente más complicada por una pequeña conversación.
─¿Crees que me conoces lo suficientemente bien después de unos
días para hacer la evaluación? Bueno, no lo haces. No soy un
proyecto para que arregles y hacerte sentir mejor contigo mismo.
Y agradecería que te quedaras fuera de mis asuntos. ─Podría ser
reprendida por hablar con un miembro de la facultad así, pero
no puedo evitarlo. Todo lo que quiero hacer es mantener un bajo
perfil, graduarme y entrar en una universidad decente en
cualquier lugar menos aquí.
─¿Qué quieres de mí? ─Pregunto, acercándome aún más.
—¿Huh? ¿Cuál es tu juego?
El Sr. James echa su cabeza hacia atrás y suspira hacia el techo,
con las manos sobre sus caderas.
Él no sabe lo que quiere de mí. Él jodidamente no lo sabe. Y si
lo hace, seguro como el infierno que no quiere admitirlo para sí
mismo.
Me está volviendo loca. No hay otra forma de explicar mi próximo
movimiento. Tal vez sea una represalia por entrometerse en mis
asuntos. Tal vez es solo una excusa para sacarlo de quicio. Pero
incluso mientras hago lo impensable, lo inimaginable, todavía no
me arrepiento. Ni siquiera con un hueso en mi cuerpo. Doy un
paso en su dirección y coloco mi mano sobre el primer botón de
mi camisa de vestir, jugando con ella.
─¿Quieres esto? ─Separo mis labios, mis ojos caen a su boca.
—¿Hmm? ¿Es eso?
Da un paso atrás inmediatamente, y suelto el botón, exponiendo
piel lechosa y un toque de escote. Si libero el siguiente, él va a
ver el valle de mis tetas grandes y pesadas que solo están
aseguradas por mi desgastado sujetador de Wal-Mart.
─Señorita Stringer, ─advierte, pero ya sé lo suficiente sobre el
Sr. James para saber que esta advertencia no tiene la autoridad
habitual. Él sabe que debería detenerme, y lo hace, pero su
intento es tonto en el mejor de los casos.
Mi dedo se desliza hacia mi segundo botón, y doy otro paso hacia
su dirección. Él da otro paso atrás. Como un tango. No sé si lo
estoy jodiendo para demostrarle que soy peligrosa, que debería
dejarme en paz o porque estoy desesperada por su reacción. Su
atención. Dios, su todo.
─No respondió mi pregunta, señor James. ─Libero el segundo
botón, y mis pechos levantados lo miran ahora, desafiándolo a
mirar hacia ellos. Él no lo hace. Sus ojos se entrecierran y sus
fosas nasales se dilatan.
─No respondí porque no quiero insultarla. ¿De verdad le gustaría
una respuesta a su pregunta?
─Si. ─Lamo mis labios, dando otro paso, y esta vez, él incluso
parece no darse cuenta de que dejó de caminar hacia atrás.
Estamos casi pecho a pecho ahora, y sé cómo se vería si alguien
abre la puerta. Él también, porque cruza los brazos sobre el
pecho y levanta la barbilla, su postura resguardada y rígida. Tan
diferente de su postura habitual de seguridad. Qué bueno que es
la hora del almuerzo, o los estudiantes ya estarían hablando sobre
esto ahora.
─No me interesan las chicas de secundaria, señorita Stringer.
─Creo que los dos sabemos que no soy tu típica adolescente,
Profe, ─respondo.
Lo estoy presionando, a lo grande, pero quiero ver hasta dónde
puedo llevar esto sin que metan mi culo en detención, o peor.
─Llámame profe una vez más ... ─Su rostro se acerca al mío, y
demonios, lo veo en sus pupilas. Está ardiendo.
Sí, no me estoy imaginando esto.
Esto es mutuo. Esto es magia.
─ ¿Y qué? ─Sonrío, descaradamente empujando mi pecho entre
nosotros—. ¿Y qué vas a hacer exactamente al respecto? ─Mi
voz se vuelve fría en un segundo—. Mantente fuera de mi vida
personal. Seré la mejor estudiante que pueda, Sr. James, pero
no puedes hablar con mi hermanastro y provocar caos en mi vida.
Lanzo las palabras que hablamos en clase de debate en su cara.
─No estaba removiendo nada, Remington. Simplemente estaba
dejando caer muy sutilmente una advertencia. ─Sus labios
formando una línea fina. No estoy segura de quién es más
aterrador, si él o Ryan.
Son intimidantes de maneras muy diferentes. Y miren esto, se
refirió a mí por mi nombre de nuevo.
─Yo puedo cuidar de mí misma.
─Siento disentir. Mira tú cadera.
─Tal vez debería dejar de mirarme, Sr. James. Tu trabajo es
educarme, no comerme con los ojos. ─Yo solo fui hacia allí.
─Eso es gracioso viniendo de la mujer que se arroja a su maestro.
Dice rápidamente. Un profesor de debate, después de todo.
─¿Entonces ahora admites que soy una mujer? ─Sonrío
dulcemente, girando un mechón de cabello castaño alrededor de
mi dedo, haciendo un estúpido espectáculo que puede ver
directamente.
Eso me premia con una sonrisa, la primera sonrisa genuina que
he visto del Sr. James Es curioso, ni siquiera me he dado cuenta
de que realmente no sonríe hasta ahora.
Pero es glorioso y hermoso, y quiero que esta sonrisa sea solo
para mí.
─Debería ser abogada, señorita Stringer, ─dice sombríamente,
haciendo un gesto con la cabeza hacia la puerta, despidiéndome.
─Serías muy peligrosa.
─Estoy en la clase correcta entonces. ─Me pongo la mochila en
el hombro y me alejo. Se desploma en la silla junto a su escritorio
detrás de mí y suspira.
─Estás en la clase correcta, pero definitivamente eres el tipo
equivocado de estudiante.
─¿Qué pasa con el Sr. James? ─Christian pregunta mientras me
abraza por el hombro de camino a la cafetería. Resoplo y
engancho un hombro hacia arriba.
─¿Qué quieres decir?
─Te mantuvo después de clase. De nuevo. ─Menea sus
perfectamente formadas cejas.
─Ugh, ─gimo mientras me quito el brazo de encima—. Está
enojado conmigo. No estoy segura por qué. ─Me agrada mucho
Christian, pero cuantas menos personas conozcan mis asuntos,
mejor.
─Ah-ja, ─dice, poco convencido.
─Señorita Stringer. ─Reconozco la voz cortante del director
Charles y levanto la mirada para verlo por el pasillo, dirigiéndose
hacia mí. Jesucristo, no puedo tener un descanso en este lugar.
─¿Esperaba que tuviera el calzado adecuado para la próxima
semana? ─Yo miro hacia mis Chucks que he hecho exactamente
cero esfuerzos para reemplazar.
─¡Trabajando en ello! ─Prometo.
─Muy bien.
─Parece que el Sr. James no es el único que está enojado contigo.
─Christian me susurra al oído después de que el director Charles
pasa.
─Cállate. ─Me río y golpeo su hombro con el mío.
La cafetería no está abarrotada ni ruidosa como Riverdale. Dios
aun la hora social es tranquila para estas personas. Qué aburrido.
Christian señala con la cabeza hacia la fila de comida. No tengo
dinero para el almuerzo hoy, así que finjo que no estoy
hambrienta. Christian no me cree, pero tampoco me presiona.
Una vez estamos sentados, él lanza un rollo en mi dirección.
─Dije que no tenía hambre ─digo, atrapándolo con una mano.
─Tengo que mantener ese trasero maduro, Remi. Remi maduro.
Eso suena bien, ─reflexiona.
─Eres un idiota.
─Y tú eres una terca. ¿Realmente no vas a decirme por qué él
te mantuvo después de clase durante dos días seguidos?
─¿Puedes bajar la voz? ─Siseo, mis ojos se mueven para medir
si tenemos espías—. No hay nada que decir.
─Entonces supongo que no te interesan los rumores sobre él.
Christian bromea.
─No iría tan lejos. ¿dime el tuyo y yo te diré el mío? ─pestañeo
exageradamente.
─No suelo jugar a este juego con chicas, ─dice arrastrando las
palabras—. Pero por ti voy a hacer una excepción. Habla.
Respirando profundamente, decido que no hay nada malo en
decirle a Christian sobre Ryan. Por un lado, a juzgar por su
reacción hacia él el otro día, estoy seguro que él ya sospecha
algo. Y dos, simplemente no veo a Christian como un tipo
malicioso.
─Mi hermanastro está pasando por algunas cosas. Se puso un
poco duro conmigo el otro día, y el Sr. James se dio cuenta.
Solo quería asegurarse que yo estaba a salvo. Como parte de la
descripción del trabajo, ¿sabes?
Christian niega con la cabeza.
─Sabía que algo estaba mal con ese tipo.
─En serio, Christian, he vivido con él la mayor parte de mi vida.
Él no es una amenaza. Él está ... luchando, ─reitero.
─No importa, cariño. No seas esa chica. No pongas excusas para
él.
─Escucha, no soy una idiota. Conozco a Ryan, y él no es peligroso.
Incluso mientras digo las palabras, me pregunto si eso sigue siendo
cierto.
─Tu turno, ─le recuerdo, dándole un mordisco al rollo más suave
que he tenido en toda mi vida.
─Está bien, esto es lo que sé. Su primer nombre es Pierce.
Pierce. No sabía que un nombre podía ser sexy, pero estaba
equivocada. Se parece a un Pierce. Todo apuesto con un lado
oscuro. Brosnan no tiene nada contra este chico.
─Veintinueve años, ─continúa—. Perpetuamente soltero, pero
nunca falta de compañeras. Estaba enseñando en California, pero
vino aquí. Hace un par de años. Luego, a mediados de año, se
fue. Nunca regreso, ─dice haciendo una pausa para un efecto
dramático—. Hasta ahora ─agrega pensativamente—. Eso es todo
lo que sé.
─¿Recibiste toda esta información en menos de una semana? Ni
siquiera conozco la mascota de la escuela, y tú tienes la historia
de vida de todos.
─Gente como yo. ─Él se encoge de hombros—. Somos un regalo.
Suena la campana de advertencia, y ambos nos ponemos de pie.
─Caballeros. ─dice.
─¿Huh? ─Pregunto tontamente.
─Caballeros de West Point. Esa es nuestra mascota. ─me guiña
un ojo.
─Anotado. ─Me río—. Me aseguraré de archivar eso en cosas que
no me importan un carajo.
Capítulo 7
Pierce
Tic, tic, tic.
Ella dice que su novio es una bomba de tiempo. Que ella nunca
sabe cómo va a aparecer. Agradable y encantador, o borracho y
violento. Yo le digo que eso es lo que obtiene por salir con un
drogadicto y un traficante de drogas. Ella no escucha, Gwen
nunca escucha.
Lo que pasa con mi hermana mayor es que ella puede ser mi
madre y una niña al mismo tiempo. Como ahora, cuando la veo
acostada en una piscina de su propio vómito en el departamento
que comparte con su compañera de cuarto, Shelly, todo lo que
quiero hacer es arrojarla a la bañera, encontrar al idiota que le
dio las drogas y acabar con él.
─¿Cuál es su nombre? ─La tomo del brazo y la llevo al baño.
Desearía poder llevarla a casa conmigo, pero ella nunca vendrá.
Yo desearía poder organizar una intervención, pero mis padres
no quieren nada que ver con ella y nunca más estarán allí. Parado
allí solo rogándole que se cuide solo será un recordatorio del
hecho de que a nadie más que a mí le importa.
─Él es el mejor. ─Ella sonríe para sí misma cuando abro el grifo
y la saco a ella fuera de su ropa maloliente. Ella discute. Un
hermano nunca debería ver su hermana desnuda. No a esta edad,
de todos modos. ─Él es realmente dulce, Pierce. Lo es.
─¿Sí? ─De alguna manera lo dudo—. ¿Te vendió las drogas?
Ella sacude la cabeza. ─Me lo dio gratis. Estoy probando para él.
─¿Estás probando drogas para él? ─Repito sus palabras, atónito.
La peor parte es que ella es una chica inteligente. Chicas
inteligentes, aprendí con el tiempo y experiencia, a veces hacen
cosas muy estúpidas por los hombres. Gwen se escapó de
California después de que ella fue a UCLA. Ella tiene un título
y habla tres lenguas. Ella pudo haber sido muy exitosa, una mujer
muy feliz, si ella quisiera serlo. Pero ella no quiere. En cambio,
ella me siguió a Las Vegas y se dejó atrapar por las personas
equivocadas.
El equivocado estilo de vida. Lo que ella quiere es desafiar a
nuestros padres. Y en lo que ella falla en entender es que no
están conectados de la misma manera que nosotros. Cortaron
todos los lazos con ella y siguieron adelante. No les importamos
lo suficiente como para criarnos. ¿Por qué iban a preocuparse lo
suficiente como para cuidarnos cuando creciéramos?
─Rehabilitación, ─le digo, tirando su ropa a la basura. No tiene
sentido lavarlas solo compraré unas nuevas. Son dos veces más
grandes, de todas formas. Gwen se ha vuelto muy delgada y
aterradora en los últimos dos meses. Se está desvaneciendo, y
físicamente duele verla. ─Tienes que ir a rehabilitación, o volveré
a California y cortaré todos los lazos. Lo digo en serio, Gwen.
─Por supuesto. ─Ella ríe—. Déjame. Como ellos. No es como si
te hubiera criado.
─Sí me criaste ─estoy de acuerdo. ─Me criaste, y ahora es mi
turno de cuidarte. Algo que es un poco difícil de hacer cuando
estás empeñada en destruirte a ti misma.
Ella se ríe más histéricamente, rozando lo maníaco. La lanzo a
la bañera, está helada, y ella se lo merece.
─¡Te odio!, ─grita, escupiendo en mi cara. La miro fijamente
nuestros ojos nivelados.
─Está bien. Dame su dirección, —le digo. Estoy listo para hacer
algo estúpido, pero ya no me importa.
─No. ─Ella cruza los brazos sobre el pecho, sentada en la bañera
llena como una niña.
─Gwen.
─¡No!
─¡Mierda! ─Golpeo los azulejos.
─¡No me lo quitaras! ─ella grita.
─Oh, ya veremos eso.
Ryan Anderson.
Estoy sentado en mi auto, mirándolo desde el otro lado de la
carretera mientras trabaja, con el torso desnudo, en su
motocicleta. Saqué la dirección de Remington Stringer de la lista
de contactos en línea, y lo hice solo para poder ver dónde vive.
Eso no tiene nada que ver con Remington y sus avances, aunque
sé que, lógicamente, en algún momento tendré que asegurarme
de que ella sepa que no puede hacer ese tipo de truco de nuevo.
No se trata de Remington, no de la forma en que Remington
quiere que sea sobre Remington, y ella necesita saber eso. Pero
tengo mucho tiempo para aclararle eso a ella. En este momento,
estoy más interesado en Anderson.
Teniendo en cuenta el hecho de que mi automóvil probablemente
va a destacar en su vecindario, estacioné en la esquina de su
calle, donde no me puede ver, pero definitivamente yo puedo
verlo a él y su pecho entintado reluciente de sudor. El imbécil
no se ve mal, y por alguna razón, eso me molesta.
Las imágenes de él tocando y haciéndole cosas a Gwen se
transforma en unas de él con Remington, y el pensamiento
revuelve algo en mí que nunca supe que existía.
Quiero venganza. Justicia.
Pero no sé toda la historia, y me está matando.
Remington Stringer no está emancipada, pero estoy seguro que
no sé si su padre o madre están cerca tampoco. Un Daniel
Stringer firmó todos y cada uno de los documentos escolares de
ella. Supongo que es su padre, pero no sé si él está presente.
Por lo que sé, Ryan es la única persona consistente en su vida.
Eso no me disuade de cazarlo y llevar la justicia al caso de mi
hermana, pero por alguna razón, hago una pausa.
Más allá del duro exterior, Remington Stringer es una adolescente
que todavía necesita ser atendida, y de mala gana lo reconozco.
Estoy a punto de poner mi vehículo en avanzar y irme. Esto fue
un error. Acechar a Ryan Anderson no me va a hacer ningún
bien. Si hará algo solo me enojará más por mi incapacidad de
actuar en mi deseo de arrojarlo a una celda. Sé dónde está ahora.
Eso es lo que es importante.
Mi mano está en la consola, y giro la cabeza para ver que el
camino está despejado cuando escucho su voz.
─La cena está lista, Ryan. Lleva tu trasero dentro.
Salta los tres escalones hacia abajo desde su puerta hacia el patio,
usando una camisa de gran tamaño, y el solo hecho de que sea
de él me hace apretar mi mandíbula, sus piernas desnudas son
largas y su cabello castaño y ondulado vuela en todas partes por
el viento caliente. No debería mirar. No quiero mirar. Mi mirada
se dirige a la casa de al lado, pero ella habla de nuevo.
─Ryan, necesito un favor, y realmente necesito que no seas malo
al respecto.
La puedo ver desde mi visión periférica parada ligeramente por
encima de él, y él está mirando hacia su camisa donde deberían
estar sus prendas interiores, quiero matarlo y encuentro mis ojos
siguiéndolos nuevamente. No es el hecho de que él está mirando
la camisa de la señorita Stringer lo que me molesta. Al menos
eso es lo que me digo a mí mismo. Es el hecho de que él la ve
como otra víctima. Al igual que Gwen.
─¿Que necesitas? ─Anderson pregunta, sus músculos
flexionándose. Idiota. Él está tratando de seducir a su
hermanastra, y por lo que sé, él ya podría haber triunfado.
─Dinero para zapatos nuevos. Sé que dijiste que hiciste más
turnos en la tienda ...
Eso realmente me hace resoplar. Si ella realmente piensa que su
hermanastro tiene un trabajo legítimo, ella está completamente
equivocada. He estado tratando de encontrarlo en todas partes
en Las Vegas desde que Gwen murió en vano. Y si bien es una
ciudad bastante pequeña, es lo que llamarías caótica. Vegas es el
lugar perfecto para desaparecer. Todas las luces, fiestas, turistas
y tentación. Hicieron un gran trabajo.
Hasta ahora.
─¿Qué pasa con tus zapatos? ─Ryan pone sus manos en sus
caderas, escaneando sus piernas. Él la mira de una manera que
puedo decodificar fácilmente, incluso desde el otro lado de la
calle. Conozco esa mirada porque a veces se la doy a las mujeres,
dos segundos antes de arrancarles la ropa interior con los dientes.
─Tienen un código de vestimenta en West Point. ─Ella se encoge
de hombros, moviendo sus dedos a través de su cabello—. El
director Charles me ha estado molestando por eso. Tú sabes
cómo son estirados y todo.
─Bueno, el dinero es escaso este mes.
─Pensé que dijiste que ibas a comprar un nuevo toy hauler 16 para
pasar el verano en California. ─Ella se aclara la garganta y mi
corazón se rompe. No debería, pero lo hace. Esta chica está muy
lejos de la chica descarada en mi clase.
─¿Me estás vigilando? ─Anderson pregunta, empujando su pecho
hacia el suyo. Me recuerda como me empujó su pecho hoy más
temprano. Yo estaba un poco desconcertado por lo audaz que
era, pero no tomé en consideración el hecho de que es todo lo
que ella sabe. Ella no conoce lo sutil. No lo sabría incluso si le
golpeara en la cabeza.
─No vigilando, Ry. Solo trato de no meterme en demasiados
problemas en mi nueva escuela.
─Tal vez deberías meterte en problemas, ─responde Ryan—. De
esa manera puedes quedarte aquí y dejar de tener todas esas
fantasías acerca de irte con las que te están alimentando allí.
Conozco tu juego, Rem. Lo conozco bien.
Rem
─La cena se está enfriando, ─dice bruscamente, dándose la vuelta
y regresando a la choza que llaman hogar. Me alejo, directamente
al centro comercial más cercano.
16
Los toy hauler (en inglés también llamados “toy box”, “Sport Utility Recreational Vehicle”, “Sport
Utility RV” o “SURV”) son caravanas o autocaravanas que han sido acondicionadas para poder
transportar en su interior un vehículo, como una motocicleta, un quad, una moto de agua o un pequeño
automóvil. De esta manera, junto con la zona habitable disponen de una zona de garaje, a la que se
accede mediante una rampa de acceso desplegable manual o automáticamente.
Tres, cuatro, cinco pares de elegantes zapatos Oxford con
cordones negros en diferentes tallas, solo para estar seguro.
Estarán esperando en su casillero a primera hora de la mañana.
La señorita Stringer no va a terminar como lo hizo mi hermana.
Yo me asegurare de eso.
Capítulo 8
Remi
─Bueno, hola, Cenicienta. ─Christian finge hacerme una reverencia
cuando me encuentro con él en el pasillo, meto mis libros de
texto en mi casillero y cerrándolo resoplo, rodando los ojos. Este
día no puede ser peor.
─Escuchaste, ─digo inexpresiva.
─No creo que haya un alma en el campus que aún no haya
escuchado. —Christian está igualando mis pasos, y se ve más
activo hoy. Su sonrisa extra ancha—. Entonces, ¿quién es el
admirador secreto?
─Quizás no sea un admirador. Tal vez sea una broma a mi costa
porque no estoy jodidamente forrada como todos los demás.
Me encojo de hombros, estirando los dedos de los pies dentro de
mis golpeados Chucks. Si era una manera de burlarse de mí o no,
ya no me importa me niego a usarlos. Cuando llegué a la escuela
esta mañana, un arsenal de zapatos nuevos esperaba dentro de
mi casillero.
No voy a mentir estaba tentada a probármelos, pero mi orgullo
y la desconfianza general sobre todos aquí, a excepción de
Christian, no me dejaría. Lamentablemente, algunos de los
estudiantes que deambulaban por el pasillo lo vieron, y se corrió
la voz de que alguien me compró zapatos. Me convertí en un
caso de caridad. Lo único que rechazo ser alguna vez.
─Lo que sea. Mírate. Robas miradas. ─Christian sonríe
deteniéndose en su casillero y girando la cerradura hasta que
abre. Comprueba su teléfono discretamente, y como la perra
curiosa que soy, miro por encima de su hombro.
─¿Qué demonios es eso? ─Grito, alcanzándolo con mi mano, pero
Christian es más rápido.
─¡Remi! ─él grita.
─¿Qué? ─Me río, porque se sonroja, y no pensé que fuera siquiera
posible para él ponerse nervioso por cualquier cosa—. Por favor
dime que era la imagen de una polla.
─No es nada. ─Se mira los zapatos.
─ ¿Por qué estás actuando tan avergonzado? Christian Chambers,
¡estas sonrojado! ─Él pone los ojos en blanco—. ¿Es esto, como,
un chico de Tinder al azar, o estas saliendo con alguien?
─Estoy hablando con alguien.
─¿Alguien secreto? ─Me cubro, inclinándome más cerca, mis
oídos atentos. Él asiente, pareciendo algo derrotado. Mi sonrisa
desaparece, fundiéndose en un ceño.
─Alguien que todavía está en el armario, ─supongo.
Ninguna respuesta. Oh, eso es jugoso, pero tampoco es asunto
mío. La única parte que realmente odio de toda esta conversación
es el hecho que Christian no confía en mí. Le di toda la
información sobre Ryan, así que pensé que tal vez él también se
abriría para mí. Pero entonces, para ser completamente honesta,
no le dije toda la verdad sobre el Sr. James o de mi pequeña
Alicia Silverstone al estilo de The Crush tampoco, así que no
puedo estar demasiado enojada.
─Está bien, no tenemos que hablar de eso. ─Le acaricio el brazo
con torpeza—. Sólo avísame cuando estés listo, me alegraría ser
un hombro sobre el que llorar o, ya sabes, escuchar chismes sobre
ti y tu niño juguete.
─Gracias.
Vamos por caminos separados, y hago una parada rápida en la
oficina del director Charles. Un asistente de la oficina entregó
una nota informándome que pasara por su oficina en mi hora
almuerzo. Su secretaria me da luz verde para pasar, estoy a
punto de entrar cuando una voz familiar me detiene. La puerta
está abierta y mi corazón se detiene cuando veo al Sr. James.
Empiezo a darme la vuelta para irme, pero en contra de mi
mejor juicio, me quedo. Solo puedo ver una parte de él, sentado
en la silla frente al escritorio, y no puedo ver al director Charlas
en absoluto.
─Solo quería asegurarme de que estás aguantando,
considerando... —La voz del director Charles es baja y
preocupada.
─Estoy bien ─el Sr. James lo corta bruscamente.
─Bueno, eso puede ser cierto. Y si es así, me alegra escucharlo.
Yo simplemente no quiero tener una repetición del año pasado.
¿Qué pasó el año pasado?
─Eso no sucederá, ─le asegura el Sr. James. Escucho movimiento
y entonces el director Charles se para a su lado, dándole una
palmada en la espalda.
─Hazme saber si necesitas algo.
El Sr. James asiente con la cabeza, luego se levanta, y lo tomo
como mi señal para irme. Me pongo de puntillas y voy hacia las
sillas que están afuera de su oficina y me siento justo antes de
que abran la puerta. Pongo una sonrisa falsa que se desvanece
una vez que veo la expresión en la cara del señor James. Se ve
enojado e incómodo, y aunque no estoy segura de qué se trató
esa conversación, tengo ganas de abrazarlo. Ni siquiera estoy
segura de por qué estoy tan afectada por él, pero mi rostro rojo
me traiciona. No debería haberle tirado esa mierda ayer sobre
él.
─Señorita Stringer. ─El Sr. James asiente bruscamente, su
máscara se desliza de nuevo en su sitio.
─ ¿Sí? ─El director Charles me mira por encima del ancho
hombro del Sr. James. Me imagino cómo se verían esos hombros
mientras se sostiene sobre sus antebrazos y empuja dentro de
mí. Mis pensamientos no pueden ser saludables, pero al mismo
tiempo, es natural. Estoy dispuesta a apostar que no soy la
primera estudiante con un enamoramiento de colegiala.
─Director Charles. ─Ignoro completamente al Sr. James, tirando
del mango de la puerta con una sonrisa flácida—. Me dijeron que
quería hablar conmigo.
─En realidad, señorita Stringer, solo estaba revisando para ver
si logró corregir la situación de sus zapatos, ─dice, mirando hacia
abajo a mis pies—. Pero puedo ver que eso es un no, y ver cómo
te estás ajustando.
─Todavía estoy trabajando en ello, ─explico, evitando la mirada
penetrante del Sr. James─. Y no me puedo quejar. Todo lo
demás va bien.
─Muy bien. ─El asiente.
─¿Eso es todo? ─Pregunto esperanzada. Puedo sentir que me
mira acusadoramente como si él supiera que estaba escuchando a
escondidas.
─Puede retirarse, ─dice, volviendo a su oficina.
Capítulo 9
Pierce
"¡Pierce, tienes que ayudarla! Apenas respira y no reacciona. ¡Está
jodidamente mal, Pierce! ¡Apúrate, por favor! ¡No... ¡No sé qué
hacer!"
Ese es el mensaje de voz que me espera de Shelly tres meses
después de que mi hermana empezó a salir con Ryan Anderson,
y yo tengo que tomarme el resto del día libre y correr a su casa.
La llevo al hospital. Me quedo con ella todo el tiempo, —dos
días enteros—, sin apartarme de su lado.
Anderson nunca se molestó en visitarla. Ni una sola vez. Y no
puedo decir que este un poco sorprendido.
Ella no está exactamente en coma, pero está fuera de sí durante
largas horas. Cuando por fin abre los ojos, me sonríe
disculpándose, y por un minuto desgarrador, se parece a la chica
que solía conocer, la que me llevaba a tomar un helado cada
viernes y me ayudaba a decorar el árbol de Navidad que tuvimos
que encargar por Internet porque nuestros padres nunca se
molestaron en comprar uno.
—No fue Ryan, Pierce. Fui yo. Me pase un poco. Me dijo que lo
mezcló con algo, que no se necesitaría mucho para drogarme,
pero supongo que me dejé llevar un poco.
No soy una persona religiosa, pero si existe un Dios, tiene que
matar a Ryan Anderson. Acabarlo ahora mismo. Aprieto su mano
con la mía y sonrío, fingiendo que no me importa, aunque lo
hago.
—Está bien. ¿Me puedes dar su número de teléfono? —Dejé de
buscar su dirección hace mucho tiempo, y ahora lo único que me
impide averiguar la información por mí mismo es la estúpida
lealtad que tengo hacia mi hermana—. Sólo quiero hacerle saber
que estás bien.
Gwen frunce el ceño, viendo a través de mí, incluso en su estado.
—Pierce, no. Te lo dije. Esta va por mi cuenta.
No, no es así, Gwen.
No, no es así.
Después de que le dan el alta, la encierro en mi apartamento.
No tiene llave, y supongo que puede intentar saltar del segundo
piso en el que vivo si realmente quiere, pero no lo hará. Eso es
lo único que me da esperanza. Gwen no quiere morir. Sólo quiere
ser amada. Lástima que esté buscando ese amor en el lugar
equivocado. De la persona equivocada.
Voy a trabajar, regreso, y descubro que mi cerradura ha sido
manipulada. No puede ser Gwen, porque en el fondo sigue siendo
una niña rica de California. Pero sé quién pudo ser, y me alegro
de poder conocerlo al fin.
Al entrar en mi apartamento, los encuentro acostados en mi
sofá. Desnudos. Pareciendo muertos para el mundo.
Ahora tengo una cara para el nombre. Ryan Anderson todavía
parece un niño. Pero también parece un matón. Es alto, moreno
y tiene escrito problema por toda su cara. Y está matando
lentamente a mi hermana.
Lo agarro por la garganta y lo aprieto. Sus ojos se adaptan
lentamente y tarda un minuto en salir de su aturdimiento
inducido por las drogas.
—Si le das drogas de nuevo, acabaré contigo. —Sonrío, mi voz
es suave. Está tan colocado, de cualquiera que sea la droga que
usa, que no parece saber dónde está o qué está pasando. Dudo
que siquiera sepa en qué planeta está.
—Qué mierda. —Dice, forcejeando y tropezando en cámara lenta.
Tiré su ropa por la puerta y lo eché, esperando que nunca
volviera.
—¿La edad es un factor importante en una relación? —Pregunta
Samantha, golpeándose la barbilla con el lápiz. Todos los viernes,
dejo que mis alumnos escojan el tema que les gustaría debatir.
Descubrí que los hace más interesados y comprometidos con la
clase, y también me mantiene en contacto con sus intereses. No
soy tan viejo. Veintinueve años no es exactamente viejo, pero no
tengo el tiempo o la necesidad de leer sus revistas y ver sus
estúpidas películas y programas para estar al tanto. Así que lo
acepto. Y todos los años sin falta, surge este tema.
—Muy bien, Srta. LaFirst, escuchemos su introducción al tema.
Me apoyo en mi escritorio y la escucho. Herring, el puto pijo
que se sienta a la derecha de Remington, le pasa notas. Los
ignoro, aunque sólo sea para recordarme que no tengo un interés
particular en la Srta. Stringer, sino en su hermano. Mejor lo
recuerdo, porque las líneas comienzan a desaparecer, sólo un poco,
y eso me hace sentir algo incómodo.
LaFirst habla. Tiene razón. La clase comienza la discusión.
—No saldría con un viejo. —Resopla abriendo los ojos una chica
de la clase, Tiffany—. Quiero decir, ¿cuál sería su motivación?
¿Es sólo un idiota que busca carne fresca? ¿O quiere a alguien a
quien pueda manipular porque no tiene tanta experiencia como
él?
—¡Saldría con un hombre mayor! —Exclama otra chica, Faith
Matthews—. Al final, todo se trata de la conexión y la química
entre dos individuos. ¿Verdad, Sr. James? —Se contiene para
no guiñarme el ojo. Yo simplemente levanto una ceja.
—Hay muchos aspectos que aún no han tocado. Quiero que
profundicen en estos temas: leyes, expectativas, estigmas,
intereses y metas. —Respondo secamente, con mis ojos
escudriñando la clase. Veo a Herring -el idiota- deslizando otra
nota en la palma de la mano de Remington. Ni siquiera la he
visto abrir ninguna, así que no puedo molestarla. No es que
quiera hacerlo, pero me hace enojar irracionalmente.
—Sr. Herring, ¿tiene algo que aportar a esta charla?
Levanta la cabeza y sonríe disimuladamente. Este chico es un
imbécil, y si no fuera por el hecho de que mami y papi están
forrados, no tendría un solo amigo aquí.
—¿Qué? ¿Cómo me siento sobre salir con una MILF 17? Creo que
17
Mommy I like to fuck.Madre que me gustaría follar.
lo haría. Quiero decir, ¿por qué no? Aunque por ahora, me quedo
con las chicas del instituto. Incluso le he echado el ojo a una en
particular. —Guiña el ojo y finge dar un codazo a Remington,
aunque están demasiado separados. La expresión de Remington
es aburrida y apática. Me tranquiliza un poco, aunque no debería.
—Sí, ¿cómo tu novia? —Mikaela Stephens se enfada, y Herring
no parece ni un poco arrepentido.
—Mi error, nena. Olvidé que estabas aquí. —Se ríe, y sus amigos
le siguen. Imbéciles.
—¿Señorita Stringer? —Pregunto, antes de que pueda
detenerme. No es que parezca sospechoso. Ella participa
regularmente en estas discusiones, y se espera que todos lo
hagan. Es porque estoy demasiado fascinado con esta chica, y eso
me pone nervioso.
—No me importaría el estigma. —Dice, todavía con los ojos
puestos en la tabla detrás de mí.
—¿Y las expectativas? —Pregunta Herring. La clase se ríe, y me
parece que tengo curiosidad por saber su respuesta.
—También estoy bien con las expectativas. —Ni siquiera
parpadea.
—Bueno, pareces una chica de ride o die chick18. —Schwartz se
ríe.
—Pareces una chica motociclista. —Murmura la Srta. Matthews.
—No hay necesidad de endulzarlo. El término que buscas es
“white trash”19. —Mikaela Stephens resopla. Levanto la cabeza.
—Stephens, repita, por favor. —Digo, tan indiferente como
puedo. Levanta la cabeza de los garabatos del cuaderno que tiene
delante y abre la boca, sin palabras. Ella no pensó que yo la
escucharía. Mikaela Stephens. La nieta del senador. Una
animadora. La niña del póster donde todo lo que ves es vacío y
superficial.
—Lo siento, Sr. James. —Murmura.
—Eso no es lo que dijo. —Sonrío con tranquilidad—. Y eso no es
lo que pregunté. Repita su última frase, señorita Stephens.
Ella mira a la izquierda y a la derecha, claramente incómoda. Me
arriesgo a echar un vistazo a Remington. No parece que le
importe demasiado, y eso no sólo me tranquiliza, sino que me
hace sentir un orgullo mal dirigido.
Mikaela repite sus palabras, mirando hacia abajo, pareciendo
culpable.
18
Ride or Die chick. Hace referencia a una chica que no tiene miedo de ser o hacer todo lo que su
hombre necesita. (Sexualmente)
19
Basura blanca termino con el que se refieren a personas de un status económico bajo.
—Señorita Stephens, hablaremos después de la clase. —Digo. Ella
asiente con la cabeza.
Continuamos la discusión. Suena la campana. Todos se ponen de
pie menos Stephens. Remington, incluida. —Usted también,
señorita Stringer.
—¿Otra vez? —Murmura Herring, molesto, mientras se echa la
mochila al hombro y se dirige a la puerta. Necesito parar.
Necesito parar esto, pero la perspectiva de venganza es
demasiado para resistirse. Me digo a mí mismo que no tiene nada
que ver con esta atracción invisible que siento cuando se trata
de Remington.
Me siento detrás de mi escritorio.
—Stephens, ven a sentarte junto a Stringer.
Lo hace sin vacilar. Por una fracción de segundos, creo que podría
desafiarme, pero luego recuerdo que Remington Stringer es la
única chica en West Point que lo haría. Y la única lo
suficientemente loca como para excitarse con ello.
—Discúlpese con la señorita Stringer.
—Lo siento. —Le dice a Remington, que ni siquiera la mira. Ella
continúa hurgando en su esmalte de uñas negro y astillado—. No
quise decir eso.
Sí, lo hizo.
—Señorita Stephens. —Saco el papelito de detención—. Dos días.
—¡Oh Dios mío! ¿Habla en serio? —Ella lanza sus brazos al aire,
exasperada.
—Una semana. —Digo tranquilamente—. A partir del lunes.
Se tapa la boca con la mano, con los ojos abiertos, agitándolos
de un lado a otro. Sabe lo que pasará si otra palabra se le escapa
de los labios. Garabateo en la hoja de detención, la arranco de la
libreta y se la doy con una sonrisa. —En mi mundo, sus acciones
de hoy en la clase se clasifican como bullying. No toleraré el
acoso, de ninguna forma. ¿He sido claro?
—Sí, señor.
Se levanta y sale del aula, cerrando la puerta tras ella. Remington
sigue en su asiento.
—Ya puede irse, Stringer. —Le digo. Lo que no puedo agregar
es que no quiero que lo haga. ¿Qué mierda me pasa?
Finalmente levanta la mirada de sus manos y sonríe. —He estado
pensando en ti esta semana.
Oh, mierda no. Me levanto y recojo mis cosas. La laptop, la
libreta, la cartera y las llaves.
—Puede retirarse, señorita Stringer. No ponga a prueba mi
paciencia. No otra vez.
—¿Te gustan mis zapatos? —Pregunta, abriendo las piernas unos
centímetros. No mucho. Lo suficiente para que quiera echar una
ojeada y ver lo que hay entre ellas, como hizo su hermanastro
el otro día, y ese pensamiento me hace sentir como una basura.
No sé por qué sigue usando sus zapatos viejos, y obviamente
está provocándome, pero yo no revelo nada.
—No particularmente. —Digo brevemente—. Si no abandona mi
salón en diez segundos, lo tomaré como una señal de que le
gustaría unirse a su buena amiga, Stephens, en detención.
—No me importa. —Se encoge de hombros—. No es como si
tuviera un aventón a casa hoy. Mi hermanastro está fuera de la
ciudad.
Trago
—Stringer. —Le advierto.
—Pierce. —Responde.
A regañadientes, muevo mis ojos para mirarla. Mi escritorio está
limpio, y es hora de que mueva los pies y me vaya. Sus piernas
están abiertas de par en par, y todo lo que tengo que hacer es
bajar la mirada y ver sus bragas. Ella sonríe. Sabe lo que me está
haciendo, y me hace querer romper todas las reglas y mostrarle
que no es la única que puede ser descarada. Joder, yo inventé
el descaro, cariño.
—Cierra las piernas. —Parpadeo, rápido—. Si me vuelves a hacer
este tipo de mierdas una vez más, le diré al director Charles.
Afirmas que quieres salir de tu situación, pero ¿sabes lo que
pienso? Creo que tienes miedo. —En la superficie, ella parece
imperturbable, levantando una ceja sardónica. Pero sé que mis
palabras le están llegando porque el fruncimiento de sus labios es
una indicación. Su labio inferior tiembla un poco. No tengo
piedad. Ella necesita oírlo.
—Estás asustada. —Repito—. Tienes una oportunidad aquí, y
ahora que es una posibilidad real, no tienes idea de cómo
manejarlo. Así que, aquí estás, seduciendo a tu profesor.
Saboteando tu oportunidad porque esta vida, en esta ciudad, es
todo lo que conoces.
—¿Es eso lo que estoy tratando de hacer? —Sus labios rojos se
curvan en una sonrisa, sus muros se levantan, más altos que
nunca. Dios, esta mujer. Sí, mujer. Las niñas pequeñas no son
mi tipo. Nunca lo han sido. Pero Remington Stringer es sólo
técnicamente una adolescente. Ella es mucho mayor que su edad.
—No me importa lo que estés tratando de hacer. —Doy un paso
hacia la puerta, agitando la cabeza, haciéndole una seña para que
se una a mí—. Sólo quiero que te vayas de aquí.
—¿Por qué no puedo quedarme? ¿Quizás eres tú el que tiene
miedo?
—Estoy cerrando la puerta detrás de ti.
—Tal vez deberías cerrarla con nosotros dentro. —Ella sonríe.
La sangre corre a mi polla, y realmente necesito salir de aquí.
—Acabas de ganarte una semana de detención.
—Bien. —Pone sus bonitos labios de una manera que me hace
pensar que ha conseguido exactamente lo que quería. Cuando se
pone de pie, me permito rápido ajuste, mirando sus cremosas y
largas piernas, y su figura de reloj de arena. Necesito desahogarme
esta noche. Esta chica es un problema de la peor clase.
Mantengo la puerta abierta para ella, y finalmente se va,
balanceando sus caderas exageradamente. Joder.
La veo irse, resistiendo el impulso de ofrecerle un aventón una
vez que la escuela termine.
Ni siquiera vamos en la misma dirección.
No sólo geográficamente, sino en la vida.
Capítulo 10
Remi
Me siento, mis pies colgando del banco de la estación de
autobuses con mi cámara en el regazo, todavía atrapada en mi
encuentro con el Sr. James. Parte de mí encuentra su intento
de psicoanalizarme molesto, pero la forma en que me mira, como
si yo fuera todas las reglas que ha querido romper, me da un
subidón como ningún otro.
Reviso mi teléfono para saber la hora. Ni siquiera sé cuándo llega
el autobús a esta parte de la ciudad, y sólo espero llegar a casa
a tiempo antes de que esté demasiado oscuro para caminar por
las calles. Ryan no está por aquí hoy, dijo que iba a ver un toy
hauler a unas horas de distancia de casa, y realmente debería
haber pensado en ello. Tal vez debería conseguir algún aerosol. O
pimienta en spray. Algo que me haga sentir un poco más segura.
Aunque, discuto internamente, la mayoría de las personas de las
que debería alejarme son las que suelen pasar el rato en mi jardín
delantero.
Al menos tengo eso a mi favor.
No me importó demasiado el insulto de Mikaela. Me sorprendió
que al Sr. James si lo hiciera. Por otra parte, tal vez fue sólo
otra forma de avergonzarme. Y parece que cada vez que lo hace,
intento superarlo y vencerlo en su propio juego. Empujar de
regreso siempre ha sido algo que me ha gustado hacer. Es una
lucha diaria para permanecer neutral.
Te estás haciendo la lista, Remi.
Estoy escuchando a Queens of the Stone Age y murmurando la
letra de "No One Knows", cuando escucho una voz familiar y me
detengo.
—Sube.
Miro hacia arriba y veo al Sr. James. Estoy más que un poco
sorprendida de verlo aquí. Aunque no parece feliz de verme en
absoluto. Veo la indecisión que refleja su rostro.
Me apunto con un dedo el pecho. —¿Yo?
—Sí, tú. Es sólo un aventón. Resulta que sé que no vives en el
mejor vecindario, y es mi deber como educador mantenerte a
salvo.
Otra vez con esa mierda. ¿Está tratando de convencerse a sí
mismo o a mí? Sonrío y salto del banco. —¿Me das detención y
luego me llevas a casa? Lo que tú digas. Tú eres el jefe.
Agarro mi bolso y me dirijo hacia su camioneta.
—Bonita minivan. —Bromeo mientras me deslizo en el asiento de
cuero liso que me quema la parte trasera de mis muslos. Esta
tensión no es una broma. Él sólo parece ligeramente irritado por
mi broma.
—Es un Audi Q7. —Explica mientras se aleja de la acera, como
si yo supiera lo que eso significa. Levanto las cejas
inquisitivamente, causando que suspire, exasperado—. No
importa.
—Entonces, ¿se supone que debo ignorar el hecho de que sabes
dónde vivo? —No puedo asumir que me ha investigado. No cuando
ha cerrado con vehemencia mis avances. Pero tampoco puedo dar
otra explicación.
—Abróchate el cinturón. —Me mira de reojo, evitando mi
pregunta. Interesante. Tal vez me buscó. Hago lo que dice y me
abrocho el cinturón de seguridad, robándole una mirada, y
literalmente siento mi estómago dar vueltas. Desde sus gafas
negras y su pelo perfectamente despeinado hasta la forma en
que su antebrazo se flexiona cuando agarra la palanca de cambios,
es jodidamente impecable. Desearía poder meter la mano en mi
mochila y sacar mi cámara para capturarlo en este momento. Y
decido hacer justamente eso.
El Sr. James ni siquiera se da cuenta al principio, pero el sonido
del obturador hace que su cabeza se dirija hacia mí, sus cejas
fruncidas.
—¿Qué estás haciendo? —Pregunta, la sospecha le obstruye la
voz.
—Tranquilícese, profe. Es sólo una foto. —Tomo unas cuantas
más. Su mano en el volante, mis pies en su tablero, el nuevo
mural de la autopista.
Guardo mi cámara y mis ojos se dirigen a los suyos. No puedo
decirlo con seguridad por las gafas de sol, pero estoy bastante
segura de que está concentrado en mis muslos, y su garganta se
mueve con un trago pesado.
Mis manos empujan nerviosamente el borde de mi falda, y ajusto
mis piernas que se pegan al asiento de cuero caliente. Su cabeza
se sacude, se aclara la garganta y se centra de nuevo en la
carretera. Estoy sonrojada y en llamas, pero no es por el sol de
Las Vegas.
Me muerdo el labio para no decir nada estúpido y descanso mi
frente contra la ventana. Coquetear es tan natural como respirar
para mí, pero una cosa es ponerle una trampa en la escuela. Este
pequeño juego se siente muy real fuera de la escuela y en el
espacio íntimo de su auto.
A medida que nos acercamos a mi casa, mi estómago se revuelve
por una razón muy diferente. No quiero que vea donde vivo.
Dice que lo sabe, pero saber mi dirección y ver dónde vivo son
dos cosas completamente diferentes. Odio avergonzarme de algo
que no puedo controlar, y en eso siento una punzada de culpa.
Mi padre trabaja duro para mantener un techo sobre nuestras
cabezas, y no hay vergüenza en eso. Espero que el Sr. James
pregunte por las indicaciones, pero seguro que sabe exactamente
a dónde va.
Al principio no lo noto, porque nuestra calle está llena de autos
de mierda estacionados por todos lados, bloqueando mi vista de
la entrada, pero cuando veo a Ryan y su amigo Reed en el patio,
todo mi cuerpo se llena de temor. Y cuando veo la cerveza en
su mano, ese miedo se convierte en pánico. ¿Qué demonios hace
en casa? ¿Y por qué no estaba en la escuela para recogerme si
estaba en la ciudad?
Giro mi cabeza, mis ojos abiertos suplicándole que me entienda.
La mandíbula del Sr. James se tensa y sacude la cabeza
imperceptiblemente.
No me lo va a poner fácil.
—Gracias por el aventón. ¿Nos vemos mañana?
Se desabrocha el cinturón de seguridad, y me giro para ver si
Ryan se ha dado cuenta de nuestra llegada. Oh, lo ha hecho, de
acuerdo, y está caminando directamente hacia nosotros.
—No. —Imploro antes de que Ryan esté al tanto—. No tengo
la energía para lidiar con esto esta noche.
—¿Lidiar con qué, exactamente, Remington? Creí que habías
dicho que no estabas en ningún tipo de peligro. —Pongo los ojos
en blanco y salgo, me encuentro cara a cara con mi querido
hermanastro. Sus músculos, vaqueros manchados de grasa, y sus
enormes brazos, cubiertos de tinta, cruzados sobre su pecho.
—¿Juegas a ser el chófer de todos tus estudiantes? —Ryan
mueve su barbilla en dirección a Sr. James. No me atrevo a
mirarlo, pero siento que viene detrás de mí y suspiro, sabiendo
que esto no va a terminar bien.
—Sólo me aseguro de que llegue a salvo a casa ya que nadie más
se preocupó por ella. —Dice mientras presiona la palma de su
mano sobre mi espalda baja. Se supone que es un gesto educado,
estoy segura, pero conozco a Ryan, y él no lo verá de esa manera.
Ni siquiera puedo pretender que el peso de su gran y cálida mano
sobre la parte baja de mi espalda no me afecta. Su dedo meñique
descansa en el pequeño espacio de piel sobre mi falda, donde mi
camisa se ha subido, y si estuviéramos en cualquier otro lugar,
estaría tentada a pedirle que me muestre lo bien que sus manos
pueden hacerme sentir en otras partes de mi cuerpo. Pero Ryan
se da cuenta de la posición de su mano, y sé que tengo unos dos
segundos para actuar antes de que la mierda golpee el ventilador.
Y aquí vamos.
Ryan agarra mi brazo y me aparta del camino. Mi pie se engancha
en una roca en el patio, causando que me tropiece.
—Entra a la casa, Rem. —Dice Ryan mientras bebe el resto de
su cerveza y se limpia la boca con el dorso de la mano. Arroja la
botella vacía junto al resto de botellas en nuestro patio...
—Ry, es mi profesor. No seas ridículo.
—Remi. A casa. Ahora.
—Ella no es un perro, hombre. —En ese momento, Ryan se
abalanza sobre Sr. James, pero me las arreglo para saltar entre
ellos antes de que haga contacto. Mis manos están en su pecho,
y sé que podría apartarme como un insecto, pero no lo hace.
Sus respiraciones salen en ráfagas cortas y rápidas por la nariz,
y sé que tengo que aclarar la situación antes de que pierda el
control. Una vez más.
Tick, tick, tick.
—Ry, llévame dentro. —Mi voz es firme y calmada,
contradiciendo la ansiedad que se arremolina en mis entrañas. No
me responde. Ryan parece estar disparando dagas por los ojos
mientras que el Sr. James parece casi aburrido.
—Vámonos. —El brazo de Ryan me rodea la cadera de forma
posesiva, y sé que lo he conseguido.
—No vuelvas a tocar a mi maldita chica. No le hables. Ni siquiera
la mires a menos que esté en clase. No te lo diré de nuevo.
Llevo a Ryan a la casa, y esta vez, me deja. Reed nos sigue de
cerca. Después de que entramos, va directo a la nevera y toma
otra cerveza. Pongo mi mochila en el mostrador de la cocina y
miro por la ventana, sólo para ver al Sr. James. Está apoyado
en el auto, con los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño
fruncido. Me muerdo el labio y miro a Ryan que ya está
firmemente plantado en el sofá junto a Reed, bebiendo otra
cerveza, sin tener en cuenta nuestro pequeño concurso de
miradas.
—Gracias. —Modulo silenciosamente. El Sr. James asiente con la
cabeza una vez y se dirige al lado del conductor. A pesar del
drama, siento una sonrisa tirando de mis labios. Él siente algo.
Tiene que hacerlo.
—¿Por qué carajo estás tan feliz? Lo digo en serio, Rem.
Mantente alejada de él. Él es malas noticias. —Ante eso, tengo
que reírme.
—¿Él es malas noticias? Tú eres el que me abandonó, me dejaste
volver por mi cuenta a casa, ¿y para qué? ¿Para emborracharte
con este imbécil a mitad del día? —Lanzo mi brazo en dirección
a Reed—. Sin ofender, Reed.
Eructa y mueve las cejas. —No pasa nada.
—Sólo fue un aventón. Y deja de decirle a la gente que soy tuya.
Es aterrador.
—Es la maldita verdad. —Dice—. Y he tenido un cambio de
planes. La mierda pasa, Rem, y lo creas o no, mi vida no gira
en torno a ti. —Ojalá fuera cierto.
—Imbécil. —Murmuro y me volteo a la cocina.
Me preparo un sándwich de pavo, cojo una botella de agua y me
dirijo a mi habitación para pasar la noche. No preparo la cena
para esos cabrones. De todos modos, tengo la sensación de que
se estarán bebiendo su cena esta noche.
Me despierto cuando unas manos ásperas me tocan el pecho a
través de mi camiseta sin mangas y el olor de la cerveza invade
mis fosas nasales. —Ryan, detente—. Siseo, con mi voz aún
aturdida por el sueño, mientras le doy un codazo en el estómago.
Estas reuniones a media noche son cada vez más frecuentes, y
son a partes iguales irritantes y alarmantes.
—Vamos, Rem. Lo necesito. —Siento su erección presionando mi
culo, y me alejo.
—Estás borracho. Sal de mi cama.
—Oblígame. —Exclama mientras me coloca de espaldas y me
presiona con su peso—. ¿Le has estado dando este pequeño y
dulce cuerpo a tu maestro, Rem? ¿Es por eso que ya no me
quieres? Ese niño bonito no puede hacerte sentir como yo.
Déjame mostrarte. —Empieza a tirar de mis pantalones cortos
para dormir, y eso es lo que me hace salir de mi nebulosa
somnolienta.
—¡Suéltame! —Lo golpeo y me las arreglo para quitarme de
encima su culo borracho, él cae al suelo con un golpe sordo.
—¡Joder, Rem! —Grita, todavía tendido en el pequeño espacio
entre la pared y mi cama. Sé que podría fácilmente dominarme
y tomar lo que quiera, pero no lo hace. No lo hará. Sé que, en
el fondo, Ryan nunca me haría daño de ese modo. Golpea su
puño contra mi pared tres veces antes de ponerse de pie y salir
furioso.
No digo ni una palabra. Miro fijamente al techo, preguntándome
cómo llegamos a este punto. Mi hermanastro, mejor amigo y
héroe de la infancia se ha convertido en alguien que ni siquiera
reconozco. Cada momento crucial de nuestras vidas se reproduce
en mi cabeza, y los disecciono todos, preguntándome qué pudimos
haber hecho de forma diferente, hasta que sale el sol. Y cuando
sucede, he llegado a dos conclusiones. Y no es nada que no supiera
antes.
Ryan necesita ayuda, y yo necesito salir de aquí.
Ryan se fue todo el fin de semana, y mi padre llamó para
hacerme saber que estaba tomando otra ruta, así que estaba
sola en casa. El aburrimiento extremo me hizo llamar a Christian,
y él vino a rescatarme. Pasé dos días enteros bebiendo al lado
de la piscina en una casa tan hermosa y lujosa que nunca imaginé
que existiera. Sus padres no estaban en casa, así que tuvimos
acceso a su interminable suministro de alcohol. Christian parecía
necesitar la distracción tanto como yo, pero teníamos un acuerdo
tácito. No preguntes; no cuentes. Decidí guardar mi
interrogatorio para el lunes, es decir, hoy.
Espero tener que arrastrar a Ryan fuera de la cama para que
me lleve a la escuela después de estar lista, pero para mi
sorpresa, está caminando por el pasillo fuera de mi puerta,
pasando ambas manos por su cabello grasiento.
—Lo siento, Rem. Lo siento, estoy jodido. —Me abraza, y yo
me deleito con la familiaridad. No importa lo inestable que se
vuelva, creo que sus brazos siempre me harán sentir segura. No
tiene sentido, y ciertamente no es saludable, pero somos
nosotros. Le paso la mano por la espalda de manera relajante, y
él sigue hablando.
—Tengo el peso del mundo sobre mi espalda. No sé cómo arreglar
las cosas. Las cosas que he hecho... —Se aleja. Está divagando,
no tiene ningún sentido. Puedo sentir su corazón latiendo en su
pecho, y sus ojos se ven frenéticos.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué hiciste? —El frío llena mis venas.
Como si de repente se diera cuenta de lo que dijo, se incorpora
y se separa de mí.
—Vamos. Vas a llegar tarde a la escuela. —Dice, efectivamente
cambiando de tema. Asiento lentamente, sin saber qué decir o
hacer por él, tomo mi mochila del mostrador. Meto una banana
y una botella de agua en mi bolsa y salgo.
—¿Has dormido algo? —Lo examino, me preocupa tirar de una
cuerda invisible en mi corazón. Se ve como una completa mierda.
Sus ojos están rojos, y su piel se ve húmeda.
—Estoy bien. Métete en tus asuntos.
Ryan está inquieto de camino a la escuela, golpeando su manubrio
en cada semáforo y moviendo su rodilla. Incluso cuando llega al
estacionamiento de West Point, no puede bajarme de su
motocicleta lo suficientemente rápido, y se va antes de que
pueda siquiera murmurar un "gracias".
Parece nervioso. Casi, paranoico, con la forma en que sus ojos se
mueven, vigilando constantemente su entorno.
Después de la primera hora, no puedo encontrar a Christian en
ninguna parte, así que me adelanto a la segunda hora. Cuando
veo que el Sr. James es el único que está ahí, me replanteo mi
decisión. Me detengo en la puerta y dudo un minuto en darme
la vuelta para salir.
—Entre, señorita Stringer. Siéntese. —Dice casualmente, sin dar
ninguna indicación de si el viernes las cosas le parecieron raras o
no.
—Yo, uh, no sabía que ya estarías aquí. —Digo tontamente.
Me da un rápido asentimiento antes de volver a prestar atención
a su portátil.
Me dirijo a mi escritorio y me doy cuenta de que los trabajos
de la última clase están calificados y esperando. Veo la B menos
en el mío y pongo los ojos en blanco. Ese trabajo fue una A, sin
duda. Paso a la segunda página y veo una nota adhesiva que dice:
Remington, si alguna vez te encuentras en problemas.
702-639-0628
Santa. Mierda. Mi profesor me acaba de dar su número. Una
parte de mí quiere hacer un baile feliz en mi escritorio, pero mi
arrebato de alegría muere cuando me doy cuenta de que es por
todas las razones equivocadas. O, supongo, las razones correctas.
Siente lástima por mí.
—¿Qué demonios es esto? —Pregunto, agitando la nota pegada
a mi dedo.
—Es exactamente lo que dice que es. No parece que tengas un
padre cerca. Tu fuente de transporte es tu poco confiable, e
inestable hermanastro. Y vives en la parte más peligrosa de Las
Vegas.
—¿Y? ¿Cómo es eso asunto tuyo? —Mi orgullo herido me tiene
actuando como una mocosa, pero no puedo evitarlo.
—No lo es. Yo sólo... —Suspira y se frota una mano en la
mandíbula—. He visto de primera mano lo que puede pasarle a
las chicas en tus zapatos. —Dice críticamente mientras tiene una
mirada distante en sus ojos. Es un momento inesperadamente
sincero y libre de sarcasmo, parte de mi irritación desaparece.
No sé qué pensar de ello.
—Conoces a muchas chicas pobres con padres ausentes, pero bien
intencionados y hermanastros obsesivos de barrio, ¿verdad?
Saco mi labio inferior y asiento. Su habitual máscara distante
vuelve a su sitio con mis bromas, y suena la campana.
—Guarde el maldito número, señorita Stringer.
—Sí, señor. —Digo sarcásticamente. Cuando me mira de nuevo,
juro que veo una sonrisa, pero la borra en cuanto los alumnos
entran al aula, y el momento se desvanece.
Durante la clase, escondo mi teléfono debajo de mi escritorio y
guardo su número. En un momento de valentía, o tal vez de
locura temporal, escribo mi número en la parte de atrás de la
nota adhesiva. Cuando nos despide, está parado frente a su
escritorio, y me tomo mi tiempo para empacar, así que soy la
última en salir. En cuanto la última persona se levanta, la sigo
y le pongo la nota en la palma de la mano. Su mano caliente
aprieta la mía, y frota su pulgar sobre mi muñeca antes de
apartar su mano, guardando mi número con rapidez. Sus ojos se
mueven para asegurarse de que nadie más lo ha visto, y luego
me mira expectante.
—En caso de que alguna vez me necesites. —Explico, incapaz de
ocultar mi sonrisa. Sus cejas se levantan con sorpresa, y yo me
alejo, con mi mano aún ardiendo por su contacto.
—Alguien se acostó con alguien. —Bromea Christian al ver la
estúpida sonrisa que aún tengo grabada en la cara. Engancha un
brazo con el mío.
—Ojalá.
—Puedo ayudarte con eso. —Dice Benton Herring—. El chico de
la segunda hora que le gusta acosarme. Mientras me quita los
libros de las manos.
—No, gracias. —Digo, intentando recuperar mis libros.
—Whoa, whoa, whoa, sólo estoy tratando de ser un caballero
por aquí. —Benton se ríe mientras sostiene los libros sobre mi
cabeza.
—Amigo, vamos, —Me quejo—. Hoy tengo mi primera comida, y
es el día de la pizza. Pizza. —Enfatizo—. Nunca te perdonaré si
se acaban antes de que consiga un trozo. O siete.
—Acepta salir mañana conmigo, y lo haré.
—Ew —Digo, arrugando mi nariz, porque es la única respuesta
apropiada a eso.
—Tick-tock, nena. La pizza se va muy rápido.
Antes de que pueda poner los ojos en blanco por su pequeño
juego, Christian da un paso al frente y empuja a Benton. Fuerte.
Su espalda golpea los casilleros, y se ve tan confundido como yo.
Bueno, esto se intensificó rápido.
—Deja de ser un imbécil y dale los malditos libros. —Exige
Christian con los dientes apretados. Benton tira mis libros y
empuja a Christian de vuelta.
—¿Cuál es tu maldito problema? Si no supiera que eres más gay
que una bolsa de pollas, pensaría que estás celoso. —Benton
parece engreído, pero no dura mucho porque el Sr. James camina
ahora hacia nosotros luciendo su alto, imponente y sexy cuerpo.
—Sepárense, señoritas. —Dice Sr. James, sonando aburrido
mientras mira entre Dumb and Dumber. Ninguno de los dos dice
una palabra.
Ni siquiera sé qué mierda acaba de pasar. Hasta ahora, Benton
era un idiota inofensivo. Un cabrón engreído que es molesto, pero
nunca malicioso. Pero aún más sorprendente es el
comportamiento de Christian. Ni siquiera sé qué fue lo que
provocó esa reacción.
Cuando el Sr. James se cansa de su silencio, ordena a todos que
se muevan.
Me agacho para recoger mis libros dispersos y me voy a almorzar.
—Oye, Remi, ¿verdad? —Me giro hacia la voz, y una chica hispana
de cabello negro se apresura en mi dirección.
—Sí, ¿Qué pasa? —Pregunto mientras me ajusto la calceta de
mi rodilla en el pasillo. La escuela ha terminado, pero todavía
tengo detención. Increíble
—Soy Samantha LaFirst. O simplemente Sam. ¿Tenemos la
segunda hora juntas? —Lo dice como una pregunta.
—Oh, sí, es cierto. Creo que también tenemos inglés juntas.
—Sip. —Ella asiente con la cabeza—. Necesitas un poncho para
la primera fila de esa clase. —Se ríe.
—Ya lo he notado. —Refunfuño.
—De todos modos, soy asistente de clase en mi tercera hora, y
Christian me dijo que te dijera que no lo esperaras. Se fue a
casa.
—Me lo imaginaba. —Hoy le pasa algo—. Pero gracias por
decírmelo.
—Seguro. Hasta mañana.
Mi teléfono vibra en mi mano, y veo un mensaje de mi padre.
Hola, Hurricane. Me detuve a almorzar y pensé que podría
reportarme. ¿Te mantienes alejada de los problemas?
Papá me llama Hurricane Remi. Dice que soy una fuerza a tener
en cuenta, como mi madre, y siempre causando problemas. Si él
supiera el tipo de problemas que estoy buscando. Decido
responder más tarde porque necesito llegar a detención. Justo
cuando doblo la esquina junto a la clase del Sr. James, Mikaela
aparece.
—¿Qué estás mirando? —Gruñe.
—No me gustan los prejuicios, pero si tuviera que adivinar, diría
que estoy viendo a una niña narcisista que se siente amenazada
por alguien que no es otra que ella misma y que usa su máscara
de niña mala para esconder sus inseguridades. Pero, como dije,
no me gustan los prejuicios.
La boca de Mikaela se abre, pero no le doy oportunidad de
responder. Camino directamente a mi asiento en la clase de Sr.
James. Mikaela se coloca detrás de mí, casi haciendo pucheros.
—Señoritas. —El Sr. James saluda desde su escritorio—. Lean.
Hagan su tarea. Contemplen el significado de la vida. No me
importa. Nada de teléfonos y nada de hablar.
Le doy un saludo disimulado y saco un cuaderno. Su boca se
contrae. Mikaela suspira dramáticamente y estudia sus uñas. Va
a ser una semana larga.
No sé lo que esperaba conseguir o lograr con la detención, pero
sea lo que sea... no ocurrió. Tal vez fue la presencia de Mikaela
en la habitación, tenía que serlo, me convencí, porque Pierce
James nunca ha sido tan frío y desinteresado conmigo en nuestra
corta relación.
Han sido terribles cinco días de detención. Cinco días de estar en
la misma habitación que el Sr. James y tener que actuar como
si no estuviera afectada. Cinco días de ignorar las miradas de
muerte de Mikaela. Cinco días de ver su descarado intento de
coqueteo para salir de detención y de resistir el impulso de
estrangularla. Han sido cinco días de mierda, así que ¿Por qué
no me siento feliz de que haya terminado?
—Muy bien, señorita Stringer, señorita Stephens. La detención
oficialmente ha terminado. Tratemos de no perder más tiempo
del otro en el futuro. —Mikaela sale por la puerta antes de que
él termine la frase. Yo adopto un enfoque más lento,
contemplando mi próximo movimiento.
—¿Todo bien, señorita Stringer? —El Sr. James pregunta
mientras estudio los garabatos de mi cuaderno.
—Todo está bien. —Murmuro, golpeando el dedo contra mis
labios carnosos. La verdad del asunto es que, la detención no es
tan mala. Me quedo mirándolo, lo que probablemente no sea
saludable, pero es agradable, y cuando estás en mi lugar, tomas
cada pequeña cosa buena que se te presenta. Tengo que hacer
mis deberes. De todos modos, Ryan siempre llega tarde a
recogerme, así que no es como si tuviera más tiempo libre si no
estuviera en detención. Y no olvidemos que no es que tenga prisa
por llegar a casa.
—Bueno, es hora de guardar las cosas. —Dice Sr. James,
inclinándose hacia adelante, con las palmas de las manos apoyadas
en su escritorio—. Y... Vete.
A regañadientes, recojo mis cosas. Veo sus ojos escudriñándome.
Yo también lo contemplo. Quiere preguntarme si tengo un
aventón. Lo sé. Me desharía de Ryan de alguna manera si me
preguntara. Sólo que el Sr. James no pregunta. Se da la vuelta
y se va.
Estoy en lo cierto.
No tengo un aventón, no hasta dentro de 40 minutos. Ryan
me envió un mensaje de texto diciendo que trabajó en el taller
hasta tarde y que ahora está en camino, así que tengo tiempo
para perder.
Al principio, merodeo por la fuente de la entrada, pero luego
veo al Sr. James caminando hacia la tienda más cercana. Como
soy una idiota sin autocontrol, hago lo único que no debería
hacer: sacar la cámara de mi mochila y seguirlo.
Si lo piensas bien, no es una operación tan grande como para
llevarla a cabo. West Point está en medio de una vasta, amplia
y arbolada calle que parece que ha sido copiada y pegada de una
película, todo lo contrario de donde Yo vivo. Suburbia-galore20
está repleto de gente de clase alta y lleno de mujeres de mediana
edad, con gafas de sol detestables, comprando con sus hijas. En
otras palabras, me las arreglo para seguirlo sin ser vista. Me paro
detrás de un árbol y lo observo mientras entra a la tienda. A
través del vidrio, lo veo sacando una lata de Coca-Cola de cereza
y caminando hacia la caja registradora.
Click, click, click.
Señala dos cosas detrás del tipo que lo atiende, y este última
lanza un paquete de cigarrillos y condones en su bolsa.
Click, click.
20
Se refiere a un lugar lleno de gente
Lentamente, bajo mi cámara y entrecierro los ojos. Mi corazón
está galopando, golpeando mi caja torácica, y ahora no es sólo
porque estoy al borde de acosar al hombre que me enseña.
¿Condones? Quiero decir, lógicamente, no debería sorprenderme.
Es guapísimo. ¿Qué es exactamente lo que espero que haga?
¿Rechazar a las mujeres de su edad por su estudiante? Sin
embargo, se siente como una traición.
No debería estar con nadie más.
Demonios, sé que estoy diciendo locuras, pensando locuras para
ser exactos, pero él no debería.
Es un juego peligroso, pero al parecer, sigo jugando, porque
cuando sale de la tienda con su bolsa de sexo y cigarrillos, todavía
lo sigo. No regresa a la escuela. Va en la otra dirección, hacia un
pequeño café. Viéndolo así, a plena luz del día, fuera de la escuela,
me da una nueva perspectiva de Pierce James. Veo cómo lo mira
la gente, cómo lo miran las mujeres, y me doy cuenta de que lo
que me atrae de él también atrae a otras mujeres. Es tan alto,
tan dominante, no puedes dejar de mirar. Y realmente debería
dejar de investigar. Ha dejado muy claro que no quiere hacer
nada conmigo, e incluso si lo hiciera, ¿qué diablos estoy diciendo?
Tengo que concentrarme en salir de aquí, no en joderme el camino
con otro problema.
Click. Click, click.
Mi cámara lo captura estrechando la mano de un tipo. No
reconozco al otro hombre, pero ¿por qué lo haría? Me viene una
idea loca. Tal vez Pierce es gay. Tal vez compró los condones
para poder ir a la ciudad con este tipo. No es probable. Él no
me miraría de la manera que lo hace si eso fuera cierto. Se
encuentran en el café, y el hombre le da un sobre de manila,
que Pierce toma.
Me muero por saber qué contiene, pero me conformo con tomar
unas cuantas fotos más. Hablan un poco más, y cinco minutos
después, él está caminando de vuelta hacia West Point. Espero
unos minutos antes de regresar a sentarme en las escaleras y
esperar a Ryan. Y pasar el resto de mi tiempo de espera
repasando las nuevas imágenes que tengo de Sr. James.
Estoy en problemas.
Graves problemas.
La única diferencia es que esta vez no me dejé arrastrar por los
problemas de los demás.
Yo lo creé. Todo. Por mi cuenta.
Capítulo 11
Pierce
Ducky Woods es el mejor investigador privado de la ciudad. Es
mejor que lo creas, porque ha ayudado a acabar con algunos de
los mayores gánsteres del juego en Las Vegas. Sus servicios no
son baratos. Normalmente no me gusta recurrir al fondo
fiduciario de mis abuelos. Con la excepción de mi casa, vivo un
estilo de vida bastante modesto. La compré porque cuando Gwen
murió, quería un lugar lejos de la ciudad para poder esconderme
del mundo. Pagar mis cosas, incluso con el salario de un profesor,
es algo que me enorgullece, pero me importa una mierda. Vale
cada centavo, y me va a ayudar a armar un caso a prueba de
balas contra Ryan Anderson. Algo que lo lleve a prisión de por
vida, preferiblemente, sin libertad condicional.
Ducky ya ha empezado a presentar pruebas.
Taller de autos, mi culo. Ryan ha estado traficando con todo,
desde medicinas recetadas hasta heroína durante los últimos cinco
años de su vida. Es un trabajo a tiempo completo, pero
recientemente ha encontrado el tiempo para expandirse y
empezar a traficar también con armas. Nada demasiado grande.
Armas no registradas al estilo de Harry el Sucio. No estoy seguro
de dónde las consigue, pero espero que no las guarde en su casa.
Remington merece algo mejor. Mucho mejor.
Ese lugar no es seguro.
Lo que me lleva a por qué decidí ir por ello con toda la fuerza.
Por un segundo, me sentí culpable por el hecho de que le quitaría
a la única persona en su vida a la que realmente le importa. Sólo
para entender que, en el gran esquema de las cosas, si la única
persona que te ama es la que te maltrata física y mentalmente
y vende drogas y armas para vivir, entonces estás mejor sin ellas.
Porque este imbécil no le va a hacer ningún bien. Para empezar,
ya es responsable de una muerte. No será tan afortunado como
para salir libre por matar a dos. Al menos no bajo mi vigilancia.
Esta noche, arrastré a una chica que conocí en un bar a mi cama
y me la follé hasta dejarla sin sentido. Fue una jugada calculada
por mi parte, y muy raramente siento la necesidad de tener
sexo con extrañas.
A veces tienes tantas cosas de las que ocuparte en tu vida que
el sexo no vale la pena y prefieres masturbarte rápidamente en
vez de hacer el esfuerzo. Pero desde que empezó el año escolar
y Remington Stringer entró en mi vida con sus labios carnosos,
sus ojos verdes y su cabello largo y castaño, necesito una salida.
Hoy fue el peor día, porque cuando su detención terminó, no
quiso irse.
Y yo tampoco.
Cuando Mikaela se fue, me di cuenta de que podía ir a la puerta,
cerrarla, caminar hacia ella, ponerla sobre su escritorio y
comérmela hasta que gritara mi nombre. Y ella me dejaría. Y
diablos, ella amaría cada segundo de ello, tal vez más que yo. El
pensamiento era tan real, tan vívido, y lo más peligroso, muy
probable, tenía que actuar rápido. Así que lo hice. Me acosté
con otra persona.
¿Ayudó? No.
¿Sigo pensando en ella? Diablos, sí.
Debería parar.
Esto no tendrá un felices por siempre.
Pero no puedo.
No lo haré.
El día siguiente se alarga. Discurso y Debate es el tipo de clase
que es muy acertada. Si tienes unos cuantos estudiantes
intelectuales en la clase, es lo más satisfactorio y estimulante
que te puede pasar como profesor, por lo que elegí este tema
por encima de cualquier otra cosa. Pero si trabajas con un montón
de idiotas, te preguntas por qué demonios estabas tan empeñado
en convertirte en profesor. Mi licenciatura es en derecho. Soy
muy bueno en lo que hago. Puedo ganarme la vida con ello. Una
vida que incluye un salario de seis cifras, autos deportivos y
amigos en altos cargos. En cambio, tomé una decisión consciente
de enseñar a otros el arte del debate. Espero, que para cuando
termine mi trabajo aquí, todos mis estudiantes puedan salir de
un caso de asesinato sin tener que sudar.
Al final del día, paso por el pasillo hacia mi clase, listo para
calificar algunos trabajos. Será una tarde larga, pero tengo mi
lata de Coca-Cola de cereza y mis cigarrillos para el descanso,
ahora fumo a tiempo completo, desde que descubrí que Ryan
estaba justo debajo de mis narices, ni siquiera puedo quejarme
cuando Shelly me pide que le compre un paquete.
Abro la puerta de mi aula, y la cierro con llave por si acaso.
Odio que me interrumpan cuando leo y califico los trabajos, doy
la vuelta y veo a Remington Stringer sentada en la primera fila,
su asiento designado, mirándome directamente a los ojos.
—La escuela ha terminado. —Gruño, quizás demasiado agresivo,
pero necesitamos algo de espacio entre nosotros. Rápido. Esto
se está saliendo de control. Lo último que necesito ahora es más
tiempo con Remington, pero supongo que es lo menos que puedo
hacer viendo que estoy a punto de llevarme a la única persona
que está ahí para ella.
—Lo sé. —Se encoge de hombros, reventando un chicle de frutas
que me hace estremecer la columna vertebral. Ella huele muy
bien, y ese es otro problema con ella sentada tan cerca de mí.
Pero he decidido mantener mi tiempo de detención contigo. De
todas formas, estás aquí, así que, ¿por qué te importa?
—Porque es inapropiado e innecesario. —Disparo, frotando mi
barba de dos días.
—Tendré que estar en desacuerdo con ambos testimonios, Sr.
James. No hay nada inapropiado en que yo haga mis deberes en
su clase mientras usted califica los trabajos, y de hecho tiene un
punto, porque como usted sabe, tengo suficientes distracciones
en casa. No es un ambiente adecuado para estudiar.
Le va bien en mi clase, y sé exactamente a qué va a casa. Le
concedo eso. De todas formas, estoy demasiado cansado para
discutir. Al menos aquí, sé que está a salvo. De él, en todo caso.
Me dirijo a mi escritorio y dejo la pila de papeles. Sus ojos me
siguen. Ordeno mis bolígrafos rojo y negro, saco mi portátil, y
luego reviso mi teléfono buscando mensajes de mis padres y de
Shelly. Durante todo el tiempo, sigue mirándome. Y me gusta.
No debería, pero me gusta.
—Los ojos en tu trabajo, Stringer.
Se lame el labio inferior lentamente y parpadea una vez. Yo hago
lo mismo, pero al diablo si me encuentro con su mirada. No le
daré ese poder sobre mí. Es sólo una maldita niña.
Sólo que no parece una niña.
—Estoy mojada. —Murmura. Mis ojos se abren de par en par.
—¿Qué diablos acabas de decir?
—Apuesto21. —Corrige, su sonrisa casual—. A que no está tan
malhumorado después de las clases, Sr. James.
—De cualquier manera, no lo descubrirás. —Murmuro, y me dejo
caer en mi asiento.
—Ya lo hago. Me diste un aventón, ¿recuerdas?
Por supuesto que lo recuerdo. Quería entrar en su casa y hacer
pedazos a Ryan. Llegar hasta su pecho y hacer que su corazón
dejara de latir. Pero no digo nada. Debería echarla a patadas. El
reglamento me advierte que lo haga, fuertemente. En realidad,
ya estoy cruzando los límites al escuchar su pequeña boca sucia
diciéndome que está excitada. Debería arrastrarla por la oreja a
la oficina del director y darle detención por el resto del año.
Pero no participo en su juego. Ella quiere que haga eso. Quiere
21
Juego de palabras entre Wet = Mojada y Bet = Apuesta
más detención. Más atención. Honestamente, debería y podría
ser expulsada por el tipo de mierda que está haciendo si alguien
más lo supiera.
—Señorita Stringer, odiaría matar su única oportunidad de entrar
en una universidad decente sin tener que despojarse de su ropa,
¿y por qué? ¿Un flechazo? Corte el rollo.
Me despojé de las sutilezas y la golpeé con la incómoda verdad.
Porque esa es la realidad de las cosas. Remington Stringer se
quedará atrapada aquí para siempre si no controla su
enamoramiento. El hecho de que el sentimiento sea mutuo no
tiene importancia.
No se rinde ante mi mirada, ni parece estar desconcertada.
Cualquier otro estudiante ahora mismo estaría llorando. No
acepto mierda de nadie. Y he hecho llorar a más de una
estudiante cuando aplasté su pequeña fantasía de estudiante
profesor. Pero esta chica no tiene miedo. Está programada de
forma diferente. Ya lo veo.
—No pondrías en peligro mi futuro. —Su ancha y roja boca se
amplía, y se apoya en el respaldo de su asiento, dibujando círculos
perezosos con sus uñas negras sobre su clavícula.
—¿Oh? ¿Y eso por qué?
—Te gusto demasiado.
—Señorita Stringer, apenas la soporto. Si cree que le daré un
trato especial…
—Ya lo haces. —Se inclina hacia adelante y se apoya en sus
codos, apretando sus tetas, y joder, estoy duro como una piedra.
Esto no puede pasar. Necesito levantarme y abrir la puerta.
Pero no puedo arriesgarme a que me vea empalmado como un
adolescente. No soy Herring ni Schwartz 22. Soy el maldito
profesor—. Ya lo haces, Pierce. Me diste un aventón. Y tu
número de teléfono. Y aquí estás, dejándome quedarme contigo
después de la escuela. Eres tan responsable de esto como yo. Tal
vez hasta más. Porque yo sólo estoy respondiendo.
Fuiste una parte interesada en todo esto—. Deja de acariciar su
piel para poder recorrer la habitación con el dedo—. Y ahora no
hay forma de detenerlo.
Los días siguientes son muy similares.
Remington Stringer regresa todos los días por la detención que
no tiene. Ya estamos sobre la línea de relaciones apropiadas entre
estudiantes y profesores, y si seguimos así, sea lo que sea, vamos
22
Hace referencia a una persona que huye
a ir tan lejos que ni siquiera podremos recordar cómo es la línea.
Pero aún así, dejo que se quede. Me digo a mí mismo que no
tiene nada que ver con la forma en que hace que mi polla se
estremezca con un vistazo a esos labios carnosos, y tiene todo
que ver con el hecho de que sé que está más segura aquí que en
casa. Pero la verdad es más complicada que eso. Remington
Stringer no está a salvo conmigo. Ni siquiera está a salvo de sí
misma. Remington Stringer no estará a salvo hasta que se vaya.
Ella lo sabe. Yo lo sé. El reloj está corriendo.
Tick, tick, tick.
Día tras día, viene a mi clase, hasta las cuatro y media, con el
pretexto de hacer sus deberes. A veces lee. A veces escucha
música con sus auriculares. A veces me molesta con sus incansables
preguntas. Pero siempre tentadoras. Siempre empujando los
límites. Con cada movimiento de sus piernas, lamida de sus labios
y movimiento de su cabello; es tan seductora sin esfuerzo, tan
profundamente arraigado en ella que no estoy seguro de que sea
consciente de lo que está haciendo.
Es una tentación de principio a fin, pero el acto de chica mala,
sospecho, es solo eso. Un acto. Es una inocente atrapada en un
cuerpo compuesto de todos los pecados que he querido cometer.
Una buena chica con malas intenciones. Remington no piensa en
las consecuencias de sus acciones. Yo soy el adulto, es mi trabajo
hacer lo que sea responsable. Así que, eso es precisamente lo que
hago. Proporciono un ambiente seguro y tranquilo después de la
escuela, mientras ignoro su descarado coqueteo y lucho contra el
deseo de aceptar lo que ofrece. Para tomarla. Para usarla. Para
reclamarla.
Este acuerdo tácito ha funcionado bien para nosotros, si no
cuentas mi sufrimiento interno. Hasta hoy. Hoy, cuando hace
tanto calor que se ha recogido el cabello largo en una desordenada
cola de caballo en la parte superior de su cabeza.
Hoy, cuando la expansión de su cuello está expuesta y cuento las
hermosas líneas que la recorren. Hoy, cuando su bolígrafo está
entre sus amplios labios mientras mordisquea la punta. Hoy,
cuando sus largas piernas rebotan al ritmo que sólo ella puede
oír. Hoy, cuando me mira fijamente, desafiante, bajo sus gruesas
pestañas. Es como si ella supiera que mis sentidos parecen estar
intensificados y que soy muy consciente de su atractivo y mi
determinación podría romperse en cualquier momento. Hoy joder.
Ella necesita irse.
—Es viernes, señorita Stringer. ¿No tiene nada mejor que hacer
que pasar el rato con su profesor?
—Podría hacerte la misma pregunta. —Se burla—. Un tipo como
tú no puede andar corto de compañía. Y aún así, aquí estás.
Conmigo. ¿Por qué crees que es así?
—Bueno, claramente, soy masoquista. —Digo secamente. Estar
cerca de ella es doloroso, pero no en la forma en que ella debe
estar pensando. Se muerde el labio y mira a su escritorio en una
inusual muestra de vulnerabilidad. Si no la conociera bien, diría
que la he ofendido. No tiene sentido que esta chica, que es más
dura que la mayoría de los hombres adultos que conozco, tenga
sus sentimientos heridos por un comentario frívolo.
Sin siquiera hacer un esfuerzo consciente por hacerlo, estoy en
su escritorio en dos largos pasos. He visto a Remington Stringer
adoptar muchas caras. Cabreada. Excitada. Pero esta no es una
de las que quiero ser responsable.
—Mírame. —Ordeno suavemente.
Siempre rebelde, tiene los ojos fijos en el suelo. Le levanto la
barbilla con dos dedos, y joder si su fuerte respiración y la vista
de su pulso chocando con su cuello no me hacen algo.
—Siempre eres bienvenida aquí. —Y eso es lo más cercano a un
cumplido que puedo hacerle, porque ciertamente no puedo decirle
lo que realmente pasa por mi mente. Ella pone los ojos en blanco
de esa manera auto-despreciativa suya, y yo me pongo en
cuclillas, ahora a la altura de la fuente de mi tormento.
—Te veo, Remington. Debajo de toda esa bravuconería hay una
chica que es lista más allá de sus años. Alguien que es
malditamente inteligente y demasiado hermosa para su propio
bien. —No quise decir la última parte en voz alta, y a juzgar
por la forma en que sus labios se abren, soltando un pequeño
suspiro, no creo que ella lo esperara tampoco. Nuestras miradas
se quedan fijas, nuestras mentes trabajando horas extras
tratando de averiguar cómo navegar por este territorio
inexplorado.
Su teléfono suena desde su escritorio, rompiendo nuestro trance.
Me aclaro la garganta y vuelvo hacia mi pila de papeles. Ella vacila
sólo por un segundo antes de responder.
—¿Hola? —Una pausa—. Jesucristo, Ryan, ya voy. Dije que saldré
enseguida. —Dice, exasperada. Guarda sus pertenencias en su
mochila y se dirige hacia la puerta. Duda en la puerta antes de
volverse y mirarme por encima del hombro. Se muerde el labio
inferior, de nuevo, y mis ojos siguen el movimiento.
—Gracias. —Dice suavemente. Y luego se va.
Me he rendido respecto a follarme a otras mujeres para no pensar
en Remington. Y como no puedo sacarla de mi sistema, recurro
al menor de dos males. Estoy en la cama a las diez de la noche
de un viernes masturbándome con pensamientos de mi
estudiante. Patético. Esto se está convirtiendo en un ritual
nocturno, y cada noche la odio un poco más por ello. Por hacer
que la quiera. Por hacerme cuestionar mi moral, mi humanidad,
mi gusto en mujeres en general. Pero sobre todo, me odio a mí
mismo porque me gusta. En cierto modo, me gusta esto que
estamos jugando, aunque soy el único que tiene todo que perder.
Ella no tiene nada que ver con el juego.
Me la imagino a horcajadas en mi regazo mientras me siento
detrás de mi escritorio en la escuela. Me la imagino subiéndose
la falda antes de liberarme de los pantalones. La imagino
deslizando sus bragas a un lado y hundiéndose en mi polla. Yo
trataría de quedarme quieto. No ser un participante activo,
como si eso me absolviera de mis crímenes, mientras me usa para
librarse. Pero no podría evitar que mis caderas se elevaran. No
podría evitar que mis manos alisaran sus muslos para agarrar su
culo y guiar sus movimientos. Y cuando la sintiera apretando a
mi alrededor, no podría contenerme de…
Un zumbido violento de mi mesita de noche interrumpe mi
perversión justo antes de explotar. Considero ignorarlo y terminar
lo que empecé, pero algo me dice que responda. Es un número
que no reconozco, una razón más para ignorarlo, pero la
curiosidad saca lo mejor de mí, y la acepto.
—¿Hola? —Un soplido. Música amortiguada y gritos de fondo.
—¿Sr. James? —¿Remington? —. Sé que es tarde. Sé que no
debería llamar, pero te necesito y…
Te necesito. Esas palabras que salen de su boca me afectan más
de lo que deberían.
—Dime dónde estás. —Le digo, cortándole el rollo.
—Estoy en mi casa. Ryan y sus estúpidos amigos...
—¿Alguien te tocó? ¿Estás bien? —Prácticamente gruño.
—Estoy bien. —Susurra, evitando la pregunta—. Me encerré en
el baño.
—Quédate donde estás. Estoy en camino.
—Bien. —El hecho de que esté siendo cooperativa, obediente, me
dice que no está nada bien.
Conociendo lo que sé de Ryan, no me tomo el tiempo de hacer
nada más que meter mi polla en mis pantalones cortos de
gimnasio y meterme unos zapatos antes de salir a la carretera.
En Las Vegas, siempre hay tráfico y siempre hay construcciones.
¿Pero un viernes por la noche? Estoy jodido. Me lleva casi
cuarenta minutos llegar a la casa de Remington, y cada minuto
que pasa se siente como horas. Una sensación de déjà vu me
abruma, haciéndome sentir aún más ansioso. ¿Cuántas veces he
hecho esto mismo? Excepto, que no fue una estudiante la que
necesitó ser rescatada. Era mi hermana.
Me desplazo por mi registro de llamadas, nunca guardé su número
porque estaba tratando de hacer lo correcto, y envío un mensaje
de texto rápido.
Ya casi estoy allí. No te muevas hasta que entre a buscarte.
Arrojo mi teléfono al asiento del pasajero, buscando la calle de
Remington. Sé que es una de esas calles universitarias... Yale.
Giro a la derecha y veo su casa inmediatamente. Es difícil no
verla. Los autos y las motos ensucian la entrada y el camino. La
música resuena desde dentro. Me veo obligado a aparcar unas
cuantas casas más abajo. Casi dejo el motor en marcha con mi
prisa, pero sé que cuando volviéramos no tendríamos una forma
de salir de aquí si lo hiciera.
Me obligo a aparentar calma, a caminar y no a correr. Paso por
delante de la gente sentada en el patio bebiendo y abro la puerta
principal. Nadie se da cuenta de mi entrada. Veo un pasillo con
cuatro puertas. No estoy seguro de cuál es el baño, pero es todo
lo que hay en la casa, así que sé que ella está cerca.
Intento con una puerta, y parece ser su dormitorio. Hay un
hombre sobre una chica, moviéndose entre sus muslos, y lo aparto
por la parte de atrás de su camisa.
—¡Qué mierda! —Grita el tipo, ajustándose la entrepierna. Miro
a la chica de la cama, No es Remington, gracias a la mierda, y
salgo sin ninguna explicación.
La puerta número dos está cerrada, así que la golpeo.
—¿Remington? ¡Soy yo! ¡Déjame entrar! —Grito sobre la música.
El pomo de la puerta se gira, entro y cierro la puerta detrás de
mí.
—¿Qué está pasando? —Pregunto mientras mi mente trata de
seguir el ritmo de lo que están viendo mis ojos. Ella está en el
suelo con las mejillas manchadas de lágrimas y los muslos
ensangrentados. A su lado hay dos toallas con manchas de sangre
y pequeños fragmentos de vidrio esparcidos a su alrededor.
—Estoy bien. —Dice otra vez—. Quiero decir, me han pillado,
pero estoy bien. Lo que vi... —Se aleja, su labio inferior comienza
a temblar.
—¿Qué? —Le pregunto—. ¿Qué viste?
—¿Puedes sacarme de aquí primero? Te lo contaré todo.
Asiento y extiendo una mano para ayudarla a ponerse de pie.
Las palmas de sus manos también parecen estar cortadas, pero
resisto el impulso de interrogarla hasta que volvamos a mi auto.
—¿Lista? —Pregunto en su lugar. Ella asiente con la cabeza una
vez y coloca su pequeña mano dentro de la mía. Abro la puerta
y la mantengo cerca de mi lado cuando salimos. Justo cuando
estamos a pies de la puerta, Ryan se levanta del sofá. Es
entonces cuando me doy cuenta de que la mesa de café de vidrio
está destrozada. Hay latas de cerveza y tazas de comida rápida
que se han derramado sobre la alfombra y billetes de dólar
recubiertos de una sustancia blanca.
—¿Qué coño estás haciendo con mi chica? ¡¿En mi casa?! —Grita
Ryan, moviendo la mandíbula de un lado a otro. Está sin camisa
y sudando mucho, lo que por sí solo no significa mucho, porque
es agosto en Nevada, pero el hecho de que no puede quedarse
quieto, balanceándose de un lado a otro junto con las pupilas
dilatadas es un claro indicio. Conozco los signos mejor que nadie.
Definitivamente se está drogando—. No te lo estás follando,
¿verdad, Rem? ¿No es eso lo que dijiste? Pequeña perra
mentirosa —Escupe.
—Ella viene conmigo. —Le informo con los dientes apretados.
Estoy tratando de permanecer calmado, pero firme, porque sé
por experiencia lo volátil e irracional que esta mierda puede hacer
a la gente.
—¡Al demonio con eso! —Ryan ruge, pasando por encima de los
vidrios y la basura para llegar a nosotros. Yo pongo a Remington
detrás de mí.
—Un puto paso más, y no sólo te daré una paliza, sino que
llamaré a la policía y les haré saber tus pequeñas actividades
extracurriculares. —Mi voz es muy amenazante. Ya debería haber
llamado a los malditos policías. No lo haré... todavía no. Pero
no necesita saber eso. Me vengaré. Conseguiré justicia. Sólo un
poco más…
Veo la vacilación en sus ojos. Se pregunta si estoy mintiendo.
—Sólo déjame ir, Ry. No le hagas esto a papá. —Dice Remington
mientras se coloca entre nosotros.
Ryan levanta las manos y gira hacia la pequeña multitud que nos
observa, ignorándola por completo.
—¿Oyeron eso, chicos? —Se ríe—. ¡Va a llamar a los malditos
cerdos!
Se vuelve hacia mí. —¿No lo sabías? YO SOY EL DUEÑO. DE
ESTE. PUEBLO.
Es un montón de mierda, pero está tan drogado que
probablemente se lo cree.
Remington me jala del brazo, tirando de mí hacia la puerta.
Mantengo un ojo en Ryan, dejando que ella me lleve fuera. Abro
la puerta del pasajero para dejarla entrar, y cuando estoy
caminando a mi lado, miro hacia arriba para ver a Ryan parado
en su puerta, con los brazos apoyados en el marco.
—¡También soy su dueño, hijo de puta! —Grita y arroja una
botella de cerveza a mi auto. Falla, y eso lo enoja aún más. Se
da la vuelta para volver a entrar, tirando a una chica cuando
intenta agarrarlo y preguntarle si está bien, y luego da un
portazo.
—Tienes que salir de ahí. —Señalo secamente, extendiendo la
mano a través de la consola para abrocharle el cinturón. Ella está
fuera de sí. Completamente. No me gusta esta nueva Remington.
Me gusta la que me mira como si fuera su próxima comida,
aunque es una mierda en la que ambos no creemos. La Remington
de la escuela puede lidiar con lo que estoy a punto de tirar
cuando encierre a su hermano. ¿Esta? De ninguna manera.
Todavía está en su uniforme, con las rodillas pegadas al pecho,
huellas de lágrimas secas en sus mejillas sonrojadas. Y tal vez me
hace un enfermo bastardo pensar así, pero nunca se ha visto más
hermosa que en este momento. Es vulnerable y está sangrando,
pero aún así tiene fuego en los ojos.
—¿Por qué crees que te llamé? —Dice ella.
—Quiero decir para siempre. Necesitas irte para siempre.
Capítulo 12
Remi
La paranoia de Ryan no tiene límites. Últimamente ha sospechado
más de mí, pero no he sido precisamente discreta. Sabía que
quedarme hasta tarde en la escuela todos los días no sería bueno.
Pero, últimamente no pude resistir la necesidad de estar en
cualquier lugar menos en casa. El hecho de que esté pasando todo
el tiempo extra en la clase del Sr. James... bueno, eso es
simplemente un bonus. Me encanta apretar sus botones casi
tanto como verle retorcerse, pero en algún momento, ya no supe
a quién estaba torturando. ¿A él o a mí? Hoy, en mi detención
auto-inducida, quería que me pusiera las manos encima. Que me
agarrara por la cintura y me mostrara cómo un hombre toca a
una mujer. No es un niño torpe. Quería sentir su piel en la mía,
probar su lengua. ¿A qué sabrá él?
Entonces Ryan llamó y la realidad se me vino encima. Me dio el
habitual discurso de tercer grado sobre follarme a otros tíos.
Le informé que podía follarme a quien quisiera. No le gustó eso.
En vez de ir a casa, me hizo acompañarlo en sus mandados, uno
de los cuales incluía ir a la casa de su amigo a recoger un
"paquete". En retrospectiva, debería haber sabido antes de ese
momento, las señales estaban ahí todo el tiempo, pero me he
dado cuenta de que a veces estamos ciegos a la verdad cuando
se trata de las personas que más amamos. Es la forma en que
nuestro corazón se protege a sí mismo.
Ryan negó consumir drogas, dijo que "sólo las vendía"... porque
eso es mucho mejor. El resto del día lo pasé juntando las piezas
del rompecabezas. La paranoia. Los cambios de humor. Las noches
largas. Todo tenía sentido. Mi cerebro trabajaba horas extra,
tratando de averiguar cuándo empezó, por qué empezó, y
preguntándome qué podría haber hecho para detenerlo.
Cuando Ryan empezó a llamar a la gente a la fiesta, una
oportunidad de ampliar su clientela, estoy segura, una sensación
de temor se agitó en mis entrañas. Sabía que no terminaría bien.
Me dijo que me quedara en mi habitación, lo cual era la norma
en noches como esta. Por lo general, estaba feliz de complacerlo.
Lo último que quería hacer era pasar el rato con un montón de
vagos.
Pero esta noche fue diferente. Necesitaba quitarme las vendas
cuando se trataba de Ryan. Para ver la verdad. Y ahora, desearía
no haberlo hecho.
Estaba sentado en el sofá con algo atado alrededor de su brazo.
Su largo y grasiento cabello rubio colgaba delante de sus ojos, y
la chica en su regazo se inclinó hacia él para inyectarle algo en
las venas. Al principio estaba congelada en el lugar. Pero la vista
de la jeringa rompió mi trance.
—¿Qué mierda, Ry? —Grité, y las lágrimas que no sabía que
estaba conteniendo empezaron a caer por mi rostro. Se puso de
pie, dejando que la chica en su regazo cayera sobre su culo.
—Sólo vendiendo, ¿eh? ¿Qué es esto? —Antes de tomar una
decisión consciente al respecto, estaba frente a él, empujando
sus hombros, golpeando dondequiera que pudiera lastimarlo. Me
agarró por los hombros, sacudiendo la mierda fuera de mí.
—Joder, para, Rem. ¡Vuelve a la cama! —Pero no me moví. Mi
corazón estaba roto. En lugar de quebrarme, me aferré a la otra
emoción luchando por salir a la superficie. Furia. ¿Cómo pudo
hacer esto? ¿A mí, a mi padre, a sí mismo? Todo lo que hemos
hecho es amarlo.
—¡Eres un pedazo de mierda, Ry! Nada más que un drogadicto,
como Darla. Felicidades, hermano mayor. Eres el hijo de tu
madre. —Me eché a llorar.
Fue ese comentario lo que lo hizo.
Un empujón de Ryan y me caí de espaldas sobre la mesa de vidrio
para el café. Se rompió, y un trozo de cristal apuñaló mi muslo
interior. Me preparé para la caída con las manos extendidas
cuando caí. Un par de pedazos de la mesa de café estaban
incrustados en mis palmas, pero el único dolor que sentí fue por
Ryan. El amigo de Ryan, Reed, intervino entonces, y una de las
chicas trató de ayudarme a levantarme, pero le quité la mano.
Cuando intenté volver a mi habitación, encontré a una chica
masturbándose con un tipo en mi cama. Esa fue la gota que
colmó el vaso. Tuve que salir de ahí. Tiré al azar algo de mierda
en mi mochila, una muda de ropa, mi cámara y Dios sabe qué
más, todo mientras ellos seguían como si no hubiera nadie
mirando.
Después de 27 millones de llamadas sin respuesta a Christian,
finalmente cedí y llamé al Sr. James. Después de todo, por eso
exactamente fue por lo que me dio su número. Probablemente
no me contestaría. Excepto que lo hizo. Y más que eso, le
importaba.
Este profesor estaba más preocupado por mí de lo que nadie más
lo había estado en toda mi vida. Había algo terriblemente triste
en ese hecho, pero no puedo negar que se sentía bien ser
protegida.
Sr. James irrumpió en la puerta del baño, de alguna manera
pareciendo más intimidante que una casa llena de motociclistas y
drogadictos con sólo un par de shorts de gimnasio de malla y una
ajustada camisa cuello en V blanco. Y me protegió. Me defendió.
Me rescató. Normalmente no era el tipo de chica que necesitaba
ser salvada, pero Pierce James en el papel de caballero blanco
fue una visión que no olvidaré fácilmente. Sus cejas estaban
juntas, sus fosas nasales dilatadas. Su piel brillaba por el calor
de la noche de verano. Su cabello normalmente dócil era un
desastre, y nunca ha lucido mejor para mí.
Ahora estoy en su auto, una vez más, excepto que esta vez, no
tengo idea de a dónde vamos. Percibo una batalla interna en él,
así que no pregunto. Cualquier lugar es mejor que casa. El vidrio
apenas rompió la piel de mis palmas, y el corte en el interior de
mi muslo ha dejado de sangrar, pero trato de bajar más la falda
para no manchar de sangre su asiento, por si acaso. Sr. James
me mira y sacude la cabeza.
—¿Qué pasó? —Pregunta bruscamente.
—Yo...
—No importa. No me lo digas. Todavía no. —Interrumpe.
Trago sin palabras, sintiendo mi edad por primera vez desde que
nos conocimos. Los dos estamos tranquilos mientras nos saca de
los límites de la ciudad, hacia la presa Hoover. Todavía no
pregunto a dónde vamos. Donde quiera que sea, confío en él.
Unos minutos más tarde, veo un cartel que dice Lago Mead
Marina. Él aparca y caminamos en silencio hacia los muelles.
Finalmente, se detiene y me hace un gesto para que entre en
una casa flotante atada al muelle.
Es una casa flotante modesta, y no hay mucho en su interior.
Una pequeña mesa blanca con una cabina azul en forma de U y
un pequeño sofá con una vieja colcha que está detrás de la mesa.
El Sr. James camina directamente hacia la mini nevera y toma
dos cervezas. Alcanzo una, y me la quita de las manos.
—De ninguna manera. —Sacude la cabeza—. Ya es bastante malo
que estés aquí. No te voy a dar alcohol además de eso. Estas
dos son para mí.
He estado bebiendo cervezas con Ryan y mi padre desde que
tenía 16 años, pero ahora no es el momento de discutir, así que
mantengo la mirada perdida. Él toma ambas cervezas en minutos
y toma otra. Se sienta en la cabina y hace un gesto hacia la
cama con su botella.
—Empieza a hablar. —Ordena, haciendo un gesto con la cabeza
de ladeada para que me siente. Percibo su tono exigente justo
entre mis muslos.
—¿Te refieres a lo de esta noche?
—Me refiero a todo. No dejes fuera ni un solo detalle,
Remington. Quiero saber cómo llegaste a donde estás, qué pasó
en el camino, y cómo podemos mejorarlo para ti.
Me siento en el borde de su cama, y le cuento toda la historia,
de principio a fin. Le cuento sobre la muerte de mi madre, acerca
de mi padre conociendo a Darla y acogiendo a Ryan. Darla
marchándose. Mi padre estando en la carretera todo el tiempo,
y como Ryan era mi hermano, mi mejor amigo, y mi padre, todo
a la vez. Le digo que últimamente me siento más como el padre.
Le cuento cómo llegué a West Point. Le digo que Ryan ha sido
una bala perdida, de ahí la razón de pasar el tiempo en la escuela
más de lo que cualquier estudiante en su sano juicio querría.
Por último, le hablo de las drogas. Cuando llego a la parte en la
que me caí de la mesa, creo que sus dientes pueden romperse
bajo la presión de su mandíbula.
—Estoy bien. —Insisto, separando ligeramente las piernas,
trazando el rastro de la sangre seca—. Es sólo un pequeño corte.
—No es la primera vez que ha sido físicamente agresivo contigo.
Dice, no pregunta. Su mirada dura penetra en mi autoconfianza.
Miro fijamente al suelo.
—Si te refieres a las marcas en mi muslo... —Y cuando veo la
mirada en sus ojos, el adulto designado que no me cree, mi voz
es más firme esta vez—. Sr. James, sé cómo cuidarme sola.
—¿Cuándo regresa tu padre? —Ignora mi declaración.
—La próxima semana. Martes o miércoles. —Trato de recordar,
pero no es tan fácil hacer que mi cerebro funcione bajo la mirada
de este Adonis masculino. Él toca sus labios, como si contemplara
toda la situación, y mis ojos se centran en sus perfectos labios.
Dios, es tan caliente.
—¿Tienes algún otro lugar donde quedarte? —Pregunta. Lo
pienso un poco. No mucho. Ya conozco la respuesta. Nope. Eso
sería un gran y gordo no. La única persona que consideraría un
amigo de verdad es Christian, y no podrá explicar mi presencia
en su casa por unos días. Ni siquiera me siento cómoda
contándoselo. A pesar de nuestra amistad, todavía es difícil
admitir lo mal que se han puesto las cosas en casa. Mi vida es
tan diferente de la de los otros estudiantes de West Point, que
creo que a veces es difícil de comprender.
No respondo, pero miro hacia otro lado, afuera, por la ventana
del pequeño bote. Es acogedor aquí. Hay un sofá amarillo de
tamaño medio que parece viejo pero cómodo, una pequeña cocina
y un baño al que se puede bajar.
—Remingt... —Empieza de nuevo. Le corto el rollo.
—¿Qué quiere que diga, Sr. James? ¿Que la respuesta es no?
No tengo a nadie en quien confiar cuando las cosas van mal. Te
llamé, ¿no? —Me quito un mechón de cabello del rostro,
frustrada—. Eso debería avisarte sobre mi situación en general.
No quiero que me salves. Quiero que me hagas olvidar.
Mi voz se quiebra en la última frase, y lo odio, y me odio a mí,
y odio esto. Quería divertirme con Pierce James. Quería que él
fuera una distracción de la realidad, y en cambio, de alguna
manera se ha convertido en toda mi vida, y todo lo demás es
una distracción.
—Puedes quedarte aquí.
—No necesito tu caridad.
—No vas a conseguir nada. —Es su turno de saltar y levantarse
de su silla, caminando hacia mí. Él es autoritario. Y grande. Todo
un hombre. Mi suposición era correcta la primera vez que lo vi.
Él no debería ser un profesor. Es demasiado amenazante para
ello.
—Si fueras un caso de caridad. —Sus ojos se entrecierran hacia
mí—. Tiraría tu caso en el escritorio del director y miraría hacia
otro lado. Si fueras un caso de caridad, seguiría el reglamento.
Tú. No. Eres. Un. Caso. De. Caridad. Necesitas un lugar hasta
que esto pase. Tienes que ser honesta con tu padre sobre lo que
pasa con tu hermanastro. Si es un hombre inteligente, puede
que eche a tu hermanastro una vez que se lo expliques. Estoy
contando con ello. Hasta entonces, te quedas aquí. ¿Entendido?
Hay una pausa en la que todo está en completo silencio, excepto
por los lejanos chillidos y gritos de los barcos de fiesta de los
alrededores.
Inclino mi cabeza, sabiendo que tiene razón y odiándolo. —Sí.
—Buena chica.
Lo único es que... no soy buena. Y estoy a punto de convertirme
en algo peor de lo que él nunca ha imaginado, porque esto, aquí
mismo, su compasión, me está volviendo loca. Sin pensar en las
consecuencias, algo que nunca hago cuando estoy cerca de él, lo
empujo a la silla frente a mí y subo al mostrador de madera de
la pequeña cocina. Separo mis muslos, muy ligeramente. Finjo
que reviso la herida sangrienta.
Traga con fuerza, y mis ojos captan el movimiento de su
garganta. Sus ojos finalmente bajan, entre mis piernas, mientras
traga de nuevo. Victoria.
Mi corazón está dando volteretas en mi pecho, y aunque no me
ha tocado, siento que me estoy empapando. Sus ojos permanecen
fijos en mí, y me da el valor para llevarlo un poco más lejos.
Deslizo mis dedos hacia mi ropa interior blanca de bikini y rozo
mi clítoris sobre la tela. Por medio segundo, me siento insegura
por mí no tan sexy ropa interior, pero la mirada en sus ojos, un
poco enojada y muy caliente, borra ese pensamiento.
Temo que me rechace de nuevo. Que me diga que me detenga.
Que me tire al maldito lago, no lo sé. Pero él no hace ninguna
de esas cosas. En vez de eso, se para y toma una cerveza, una
vez más, y luego vuelve a la cabina. Esta es la última cosa que
debería pensar en hacer después de esta noche, pero es la primera
vez que no me ha rechazado, y necesito saber que no soy la
única que siente esto. Necesito saber que le afecto tanto como
él me afecta a mí. Se sienta adelante, con los codos sobre las
rodillas, la botella colgando entre dos dedos mientras me estudia.
Quiere mirar.
Me inclino sobre mis codos y subo mis piernas para que mis pies
descansen en el borde del mostrador. Ahora mis piernas están
abiertas de par en par. Si alguien entrara ahora mismo, él
parecería estar desinteresado. Pero yo sé la verdad. Él quiere
esto. Pero quiere que yo tome la decisión por él. Me froto sobre
mis bragas, otra vez dando vueltas lentamente alrededor de mi
clítoris. Tocarme no es nada nuevo, pero con el Sr. James
mirándome, nunca se sintió mejor. Se me escapa un gemido, y
mis caderas empiezan a balancearse al tacto. Se lame los labios
y toma otro trago. Cuando se sienta de nuevo en su asiento,
veo exactamente cuánto me desea a través de sus pantalones
cortos de gimnasio. Pero no hace ningún movimiento para
tocarse.
Reto aceptado.
Respiro profundamente y retiro las bragas a un lado, mostrándole
las partes de mí que nunca nadie ha visto. Nunca he estado
expuesta de esta manera. Incluso con mi ex, Zach, fueron sólo
dos veces, y siempre en la oscuridad, bajo las mantas. Estoy
expuesta y en exhibición para mi profesor, y el pensamiento sólo
me calienta más.
Esto. Esto es lo que he estado esperando.
—Joder. —Respira, y lo tomo como una victoria. Deslizo dos
dedos dentro, y se introducen fácilmente con lo mojada que
estoy. Mi cabeza cae hacia atrás, y me follo con los dedos más
fuerte, frotando el apretado haz de nervios con el talón de la
palma de mi mano.
—Te imagino tocándome así casi todas las noches. —Admito sin
aliento—. Y en clase. Es todo en lo que pienso. —Muerde su
labio inferior, pero no responde.
Pongo la palma de mi mano sobre mi pecho mientras balanceo
mi otra mano, y siento como se construye. No voy a durar
mucho más. Lo veo de nuevo. Me mira como si yo no fuera nada
y todo al mismo tiempo. No tengo ni idea de lo que pasa por
su mente, y eso lo hace mucho más caliente.
Todo esto es un juego mental. Podría estar jugando conmigo, y
pensar que no soy más que una estúpida niña, un juguete barato
que pronto se romperá. Dios, ni siquiera estoy segura de sí está
duro por mí o por la situación. La pura desesperación que exhibo
al ofrecerme como un sacrificio.
Quiero romper ese control. Me paro y camino hacia él. Cuando
estoy de pie junto a la mesa delante de él, deslizo mi ropa
interior por mis piernas, dejándola caer al suelo.
—Remington. —Advierte, su voz sigue siendo dura y áspera. Es
la misma voz severa que me dice que deje de tocarme. Que vaya
a la oficina del director. Que me comporte. Sólo que esta noche,
me comportaré mal hasta quebrarlo.
Antes de que tenga la oportunidad de objetar, me siento en la
esquina de la mesa, moviendo una pierna alrededor de él para
que esté entre mis muslos. Su aliento sale irregular, y me apoyo
en un codo, mientras mi otra mano se desliza hacia abajo. Sus
ojos están pegados donde mis dedos lentamente se abren camino
hacia dentro y hacia fuera. Dentro y fuera.
—Me pregunto a qué sabes... —Susurro—. Tus labios. Tu polla.
—¿Alguna vez te has preguntado cuál es mi sabor?
Su mandíbula se mueve. —¿Qué te parece?
—¿Por qué no lo averiguas?
Saco mis dedos y los hago girar alrededor del borde de su cerveza,
luego traigo la humedad de vuelta, frotando más rápido, más
fuerte. Estoy cerca, y cuando se lleva la botella a los labios y
hace un trago largo, sus ojos nunca dejan de estar sobre mí,
estoy perdida. Un gruñido primitivo sale de sus labios después de
terminar, y su lengua se desliza sobre su labio inferior para lamer
el resto de mi excitación. Sus labios están brillando con lo que
siento por él. Con lo mucho que lo deseo.
—Pierce. —Su nombre sale como un gemido, y luego llego al
clímax largo y duro, con la boca abierta en un grito silencioso.
Empiezo a cerrar las piernas por reflejo, pero siento dos manos
fuertes que me agarran las rodillas, manteniéndome abierta para
él. Y luego me vengo otra vez, largo y duro.
—Joder. —Susurro, todavía sacudiéndome por la intensidad de
mi orgasmo.
—¡Mierda! —Gruñe, dejando caer sus manos de mis rodillas como
si estuvieran en llamas. Sigo flotando cuando se levanta
bruscamente y se aleja, dando un portazo al pequeño baño que
hay detrás de él.
Me da tiempo para ponerme cómoda en mi nuevo terreno.
El que yo reinaré, aunque sea por unos pocos días.
En el que lo haré mi rey.
Capítulo 13
Pierce
Siempre solía fruncir el ceño a los hombres que dejaban que sus
pollas dictaran su comportamiento.
Tal vez es porque mi padre metió la suya en cualquier cosa que
tuviera pulso. Cuando yo era más joven, él no tenía límite con
sus amantes o cuando no estaba en uno de sus muchos viajes de
negocios. Le gustaban los niños menores de edad. Niños y niñas
por igual. Y joder, no me sorprendería descubrir, en este punto,
que también se follo a ovejas si la oportunidad se le hubiera
presentado.
Gwen fue la que lo descubrió. De todas las personas. Era una
buena chica, rogando ser reconocida por mi padre. La cosa fue
que nunca se preocupó demasiado por nosotros. No es que eso
la disuadiera de intentarlo.
Un día, cuando regresó de Zurich y dejó su maleta en medio del
vestíbulo como el maldito saco inútil de esperma que era, ella se
encargó de desempacar por él. Poner su ropa sucia a lavar y
reacomodar sus zapatos en su estante.
Ella encontró algo de ropa sucia, todo bien. Estaban mezcladas
en su equipaje con fotos de él con innumerables mujeres y niños
en posiciones comprometedoras.
Psicología 10123 los niños quieren crecer para ser exactamente
como su padres, o todo lo contrario. Estoy seguro de que sé
dónde estoy parado.
Es por eso que me molesté cuando me encontré abriendo los
muslos de mi estudiante para poder ver su resbaladizo y rosado
coño brillando para mí mientras ella estaba llegando al clímax
sobre mi mesa. En mi barco. En el en medio de la noche.
¿Qué es lo que me pasa? Mierda, todo. Todo está mal conmigo.
Tan pronto como cerré la puerta del baño detrás de mí, empecé
a masturbarme como un chico de dieciséis años en pleno éxtasis.
Ni siquiera tuve la dignidad de entrar en la ducha. No, apoyé
una pierna sobre el asiento del inodoro, una mano contra la pared
y con la imagen de sus dedos dentro de ella misma.
La sangre en sus muslos.
La mirada en sus ojos.
Su desesperación. Mi desesperación.
23
Clase de psicología básica
Necesitaba sacarla de ese lío, pero no podía arriesgarme a que
conociera mi dirección real. Ya estábamos cruzando líneas y
límites en una velocidad peligrosa.
Incluso ahora, mientras miro su figura dormida, sé que está mal,
no la veía como un profesor preocupado debería ver a su
estudiante. Yo la veo como un cazador que está a punto de
devorar a su próxima presa.
Tengo que luchar contra ello. Cada célula cerebral en mi mente
me grita que ponga un alto mientras pueda, porque las puertas
que llevan a la salida de este se están cerrando una por una a
una velocidad increíble. Pero entonces mis instintos, mi cuerpo,
todo mi ser, me está gritando que me la lleve.
Quiero marcarla.
Quiero follarla.
Quiero hacer cosas que no puedo justificar. No como abogado.
No como un maestro. No como hombre. Y no como un ser
humano decente.
Sus ojos se abren suavemente. Me siento frente al sofá en donde
ella está durmiendo. Pasé la noche arriba en la cubierta mirando
las montañas y no pegue un ojo. Puedo ver que está confundida.
Le lleva unos cuantos segundos para recordar lo que pasó anoche.
La fiesta. Ryan perdiendo su mierda. Yo llevándola al barco. Y
luego…
Ni siquiera lo pienses, bastardo. Bórralo de tu maldita memoria,
como deberías.
—Buenos días. —Ella es la primera en hablar. El olor del jabón
que ella usa todavía se aferra a su piel, manzanas o algo así.
Simple. Natural. A diferencia de las chicas con las que va a la
escuela, que apestan a Prada y Valentino.
Y, sin embargo, hay algo tan real en esta chica y precisamente
por eso me paso los dedos en el cabello y miro hacia el otro
lado.
—Te dejé dinero en la mesa. Hay un Kmart 24 al final de la calle
y algunas tiendas de conveniencia alrededor del área si necesitas
comida o artículos de tocador. Te recogeré el lunes por la mañana
y te llevaré a la escuela…
Ella se levanta y me detiene, levantando la mano.
—Espera, ¿te vas?
—¿Qué creía que iba a pasar, señorita Stringer?, ¿Qué me
quedaría aquí y te llevaría a un viaje en barco con flores y
champán? —Jesucristo. Incluso para mis propios oídos, sé que
24
Mini supermercado
sueno como un imbécil de primer grado. Estoy tratando de
despistarla. Para que deje de seducirme. Porque la verdad del
asunto es que la gente tiene poder sobre ti sólo si tú los dejas.
Docenas de mujeres y niñas han tratado de seducirme en el
pasado.
Ninguna tuvo éxito. Hasta ella. Hasta Remington Stringer.
—Quizás no champán. Dejaste claro que bebía. —Ella bosteza, se
estira. Sus pezones están erectos. Su cabello es un desastre.
Ahogo un gemido. Necesito salir de aquí.
Me pongo de pie.
—Te veré el lunes.
—No tengo nada que hacer aquí, Sr. James. No hay libros. Ni
una laptop, nada. ¿Qué se supone que debo hacer?
—Estoy seguro de que encontrarás una manera de entretenerte.
—Te gustó verme entretenerme. ¿Por qué no te quedas de todas
formas?
Maldita sea.
Parpadeo dos veces, una sonrisa casual todavía se extiende por
toda mi cara.
—Cuide su boca, señorita Stringer.
—Cuide sus manos, Sr. James—, responde, levantando sus ojos
verdes para conectar con los míos, y luego humedece sus
exquisitos labios.
—Parecen vagar por lugares a los que no deberían ir cuando
finalmente bajas la guardia.
—Tengo que salir de aquí, —digo, esta vez tanto a ella como a
mí, porque joder, no sólo está un paso por encima de todas las
demás chicas de su clase, de su escuela. Han pasado años desde
que sentí que había conocido a mí igual.
—Quédate, —insiste, su voz aguda y mandona.
—No puedo prometer decoro si lo hago.
—Cuento con eso.
Empiezo a caminar hacia la puerta que lleva arriba al muelle. El
pequeño barco se mueve al ritmo de mis pies. Huele a polvo y a
negligencia en este lugar, pero lo amo demasiado como para
dejarlo ir. Aquí es donde Gwen y yo fuimos a los Hamptons todos
los días durante el verano para sentarnos, beber cervezas, y hacer
planes. Cuando se mudó a Nevada, seguí su ejemplo y me lo traje
conmigo.
—Dices que quieres ayudarme. —Ella levanta la voz, y yo aún
con una mano en el marco de la puerta y la otra en el cabello,
cierro los ojos. No debería escucharla. Sabía que no debía hacerlo.
Y sin embargo aquí estoy, por todo el lugar, dejándola
dominarme.
—Dices que te importa, pero lo que estás haciendo no es mejor
que lo que hace Ryan. Me dejas en un lugar extraño con unos
cuantos billetes y esperas que me las arregle por mí misma todo
el fin de semana. Es mejor quedarme en casa pateando piedras
con mis vecinos, esperando que mi padre llegue.
Ella tiene razón, y me mata. Quiero que sea argumentativa y
astuta, ella ya sobresale en mi clase incluso cuando no estamos
en sesión.
—Sabes las implicaciones, —digo sin girar la espalda para mirarla.
—Soy consciente, y soy lo suficientemente responsable para
enfrentarlas. —Hay una sonrisa en esa voz, y me gustaría
quitarla. Con mis labios sobre los suyos.
Finalmente, giro sobre mis talones, lentamente.
—Nadie puede vernos juntos. —Mi voz es de acero.
—Nadie lo hará. —Se encoge de hombros—. Pero no nos
quedaremos en el barco hoy. Te voy a llevar a dar un paseo.
—¿Sabes conducir?— levanto una ceja.
—No, pero usted me va a enseñar, profesor.
Remi
Nunca había estado en un auto como el de Pierce antes de
conocerlo. Estaba acostumbrada a autos destartalados y cosas
que parecían como si las hubieras sacado de una chatarrería. Los
asientos aquí huelen a cuero real, y el aire acondicionado enfría
hasta mis huesos. Aprieto el volante como si me hubiera hecho
daño de alguna manera, mis nudillos son blancos como la nieve.
Miro al frente, con miedo de dejar que mis ojos se desvíen hacia
la izquierda o la derecha.
Papá está demasiado ocupado para enseñarme a conducir, y Ryan
nunca lo haría, así que nunca había tenido la oportunidad de
aprender a hacerlo.
—¿Algún consejo? —Pregunto mientras el GPS me arroja las
direcciones. Sabía exactamente a donde quería ir después de que
lo convencí para pasar el día conmigo. Marcó todas las casillas.
Nadie nos iba a descubrir, y siempre he querido estar allí.
—Lo primero y obvio es: respirar, —murmura, aparentemente
entretenido—. Pareces ansiosa.
—No quiero arruinar tu auto. Es muy caro.
—Fue idea tuya conducirlo.
—Las ideas parecen mejores en la teoría que en la práctica,
admito.
—Deberías tenerlo en cuenta la próxima vez que intentes seducir
a tu Educador.
—No es lo mismo. Estoy muy de acuerdo con el hecho de estar
con usted, Sr. James. Creo que ambos necesitamos esta
distracción en nuestras vidas.
Después de que acordamos el lugar al que queríamos ir, tome mi
mochila, la que Pierce había conseguido de mi habitación antes
de que me llevara a su auto anoche. Contiene mi posesión más
importante, mi cámara. Aparte de eso, Pierce fue a un mercado
en la carretera antes de que saliéramos y nos compró comida
para el viaje. Cosas básicas. Sándwiches envueltos en plástico,
patatas fritas y refrescos. Todo estaba en el asiento trasero
mientras nos deslizamos por los caminos dorados y las montañas
polvorientas.
Una hora después de que empezamos el viaje, Pierce me dice que
me detenga. Quiere conducir el resto del camino a St. Thomas,
el pueblo fantasma que fue demolido por el mismo lago Mead en
el que flota su barco.
Es un sitio histórico que siempre quise ver, pero Ryan nunca
quiso ir, y papá siempre estaba en la carretera. Lo último que
quería hacer en sus días libres era conducir.
Giro a la derecha en el arcén de la carretera desierta. Hay algo
tan puro e íntimo sobre compartir el desierto con nadie más que
él. Nadie puede vernos ni oírnos aquí. Podemos salirnos con la
nuestra. Con todo.
Con lo que quiero ser capaz de hacer con él. Cada. Día.
Me desabrocho el cinturón, abro la puerta y salto. Él hace lo
mismo, sin el salto, porque Pierce mide como 1.88 metros.
Camino alrededor del auto y me encuentro con él en el maletero.
Nuestros hombros se tocan, y él agarra mi brazo de la nada.
Subo la mirada y me encuentro con la suya. Él aprieta mi bíceps
ligeramente.
—¿A qué estás jugando Remington Stringer?
Sacudo la cabeza. —Sólo una pobre chica de la parte mala de la
ciudad, intentando abrirse camino. ¿Cuál es tu secreto, Pierce
James?
—No tengo secretos. —Pasa saliva y su garganta se mueve.
—Tonterías. Me tienes, y soy un secreto. ¿Cuál es tu otro
secreto? ¿El que te está comiendo vivo? No eres la primera
persona privilegiada que he conocido. Pero tú eres el primero que
ha tratado de salvarme.
No responde. Alejo mi brazo de él.
—Si quieres tocarme, está bien por mí.
—No quiero tocarte.
—¿Es por eso que te masturbaste después de que yo me tocara
ayer?
—¿Cómo diablos sabes eso?
—Dejaste escapar un gemido que oí desde el otro lado de la
habitación. Tienes suerte de que yo no abriera la puerta para
ayudarte a terminar el trabajo. Soy paciente, Sr. James. Pero
también tengo mis límites.
—Deberíamos hacer un giro en U, —dice.
—Ya estamos demasiado lejos para volver ahora, —digo, y no
estoy sólo hablando de St. Thomas.
El resto del viaje es silencioso. Sostengo mi cámara sobre mi
pecho y miro a mis alrededores, tomando fotos todo el tiempo.
Nunca he estado cara a cara con la naturaleza antes. Siempre
ha sido concreto y suciedad para mí, desde el primer día. Y
decido que quiero más de lo que la vida con Pierce James me
ofrece, aunque él no sea quién lo ofrece.
Cuando llegamos a St. Thomas, aparca el auto, y ambos salimos.
Solía estar poblada por colonos y mormones a mediados y finales
de 1800 antes de que las aguas del lago Mead lo sumergieran.
El lago bajó de nuevo en los inicios del 2,000, y el pueblo
resurgió de su tumba acuática. Caminamos alrededor durante un
tiempo, pasando por los restos desmoronados de los edificios de
la ciudad. Es loco pensar que estaban bajo el agua y se
mantuvieron algo intactos hasta sólo hace quince años. El viento
del desierto es caliente, y susurra contra mi piel. Me quito la
blusa, pero estoy en un sujetador deportivo, así que no es gran
cosa. Parece más como una camisa cortada que cualquier otra
cosa. No hablamos mucho. Pero es un silencio cómodo. No
necesitamos palabras. Creo que ambos estamos disfrutando la
sensación de estar juntos de esta manera.
—La Cámara de Comercio parece una mano dándote el dedo,
comento secamente, y Pierce se ríe a mi lado. Me encojo de
hombros.
—Es verdad.
Clic, clic. Tomo algunas fotos de lo que queda del edificio. La
naturaleza tiene una forma de destruir las cosas hermosas. Me
pregunto si eso es lo que le pasó a Ryan. Si se arruinó o si él
corrompe a otros. O tal vez ambas cosas.
—Dejas volar tu imaginación, —comenta Pierce, metiendo las
manos dentro de sus bolsillos. Es atlético. Puedo verlo ahora.
Bíceps abultados y una amplia espalda. Lleva pantalones caqui y
una camisa negra de cuello en V que a mí me encantaría
arrancarle. Eso significa que tiene algo de ropa en el barco, lo
noto pues anoche llevaba algo más. Mi mente se descontrola.
¿Y si se queda a pasar la noche otra vez?
¿Y si esta vez dormimos juntos?
—De donde yo vengo, soñar es lo que te salva. —Pateo una
pequeña roca.
En realidad no vamos a ninguna parte, pero seguimos caminando.
—Y de donde yo vengo, demasiados sueños te destruyen, —dice
amargamente. Me animo. Nunca ha dicho nada sobre su pasado,
presente o futuro para mí antes—. ¿Cómo es eso?
—Bueno, ¿conoces el término padres helicóptero? En el Condado
de Orange, ellos son más o menos padres de F—16. Te presionarán
para que seas mejor que el hijo del vecino, sin importar el precio.
Incluso si el precio es la cordura de tu hijo.
—¿Se supone que debo sentirme mal por ti? —Resoplo e
inmediatamente me arrepiento.
No conozco su historia. Todo lo que sé es que algo salió mal a
lo largo del camino. Pierce James no es un hombre feliz. Es
guapo, temido, apreciado, y sonríe raramente.
—Te da los pros y los contras de cada situación, —dice, sin
inmutarse por mi actitud.
—Siendo siempre el profesor de debate, —digo, lo cual es otra
vez, tonto. No debería recordarle que es mi maestro. Debería
estar haciéndole olvidar eso.
—Cosas malas suceden en vecindarios como el mío, —le digo,
cambiando el tema.
—Cosas malas suceden en familias como la mía, —responde,
suspirando.
Nos detenemos en medio de la nada, nada más que polvo y
suciedad en kilómetros.
Su mirada me hace sentir incómoda, me encojo de hombros y
sonrío, pero eso sólo hace que su expresión melancólica se vuelva
aún más enojada.
—¿Estás teniendo sexo con tu hermanastro? —pregunta.
—¡Qué mierda! —Lo alejo, con las palmas de mis manos golpeando
contra su pecho. Giro sobre mis talones y camino con fuerza
hacia el auto. Qué imbécil.
¿Quién hace ese tipo de preguntas? Corro de vuelta al lugar de
donde vinimos, pero Pierce es más alto y más rápido que yo. Me
agarra del hombro y me da vueltas. Pierdo la razón. Y pierdo
cada gramo de autocontrol que queda en mí.
—¡Aléjate de mí! —Gruño. Sus ojos están en blanco. Le importa
un bledo mi pequeño ataque de histeria.
—Es una pregunta de sí o no, Remington.
—¿Por qué te importa? Sólo eres mi profesor, ¿verdad?
—Los dos sabemos que eso no es cierto.
—Entonces, ¿qué somos? —Pongo una mano sobre mi cadera, mi
cuerpo en lenguaje seductor, pero mi tono me traiciona. Estoy
molesta y avergonzada, pero sobre todo, avergonzada.
—No puedes hacerme preguntas sin antes responder las mías.
—¿Por qué, porque eres mi maestro?
—No, porque soy mucho más que tu profesor.
Eso me hace callar. El descaro que tiene me toma por sorpresa.
Quiero reírme en su cara. Decirle que está alucinando, pero tiene
razón. Él es mucho más que mi profesor, y ni siquiera nos hemos
tocado aún.
Mojo mis labios y resoplo. —No estoy durmiendo con mi
hermanastro.
—¿Alguna vez lo has hecho?
—No.
—¿Has hecho algo inapropiado con él?
—No.
—¿En absoluto?
—Nos hemos besado, —lo admito, sintiendo el rubor subiendo
por mi cuello y llegando a mis mejillas. Incluso las raíces de mi
pelo arden de la vergüenza.
Jesucristo. ¿Por qué tengo que ser un desastre?
—¿Cuándo?
—Un día antes de que empezara la escuela.
—¿Te gustó?
Me encojo de hombros. No tiene sentido mentir. Pero eso fue
mucho antes de que supiera de su existencia.
—¿Estás viendo a alguien más? —Pregunta ahora, su voz tensa.
Él da un paso hacia mí. Es casi invisible. Como si flotara hacia
mí.
Pero está cerca. Más cerca de lo que nunca ha estado.
—No, —respondo. —¿Tú?
—No, —dice.
Silencio. Nuestra lujuria es densa y pesada en el aire. No soy
sólo yo, lo sé. Somos nosotros. Quiere besarme. Quiere que lo
seduzca. Esta vez no. Esta vez, confesará que me quiere. Que
quiere esto.
—¿Qué somos? —Susurro. Me acerco más a él. Sólo un poco. Un
paso adelante. Sintiéndolo. Oliéndolo. Casi puedo saborearlo. Este
hombre… este hombre es la salvación.
—No lo sé, —admite, la punta de su nariz toca la mía por un
breve momento.
—Yo tampoco.
—Pero sea lo que sea, —su mano se mueve a mi lado, pero no
me atrevo desconectar mi mirada de la suya—, ya está
sucediendo, y no puedo hacerlo para.
Así como así, su boca se aplasta contra la mía. Es salvaje y
completamente increíble. Toma un puñado de mi cabello de una
forma que nadie ha hecho, de una manera que un hombre haría,
profundizando nuestro beso. Mi boca se abre para él
instintivamente. Me acompaña de vuelta, y pierdo el equilibrio
hasta que mi espalda golpea su auto.
Quema, y no podría importarme menos. Tomo su cara con ambas
manos y permito que nuestras lenguas bailen juntas
frenéticamente. Se arremolinan, se burlan, se persiguen, dicen
tantas cosas, cosas que no podemos decir en clase.
Pierce James me está besando.
Pierce James me quiere.
Pierce James va a ser mío.
Digo esto en mi mente para hacerlo más real, pero todavía se
siente como un sueño. Como si pudiera despertarme en cualquier
momento, como si fuera cualquier otro día de escuela y
encontrara mi mano metida dentro de mis bragas con un confusa,
somnolienta expresión de decepción en mi rostro.
Decido probar la realidad. Si esto realmente no es un sueño, no
me dejará y no lo llevará más lejos. Lo sé. Levanto mis piernas
y las envuelvo alrededor de su cintura.
Me deja hacerlo.
Su furiosa erección presiona mi ombligo, y yo gimo con fuerza
cuando me doy cuenta de que nunca he tenido un sueño tan
vívido en toda mi vida.
—Pellízcame, —lloriqueo en su boca. Es ridículo, pero necesito
que sea verdad.
No me responde. Sólo me toma por la mandíbula y hunde su
deliciosa lengua en mi boca otra vez.
—Pellízcame, —repito. Y esta vez, presiona su cuerpo firme
contra el mío, es todo abdominales apretados y hombría, captura
mi labio inferior entre sus dientes y lo tira lentamente hasta un
punto de delicioso dolor antes de liberarlo.
Suspiro.
Me despertaría de algo así.
Pero no lo hice.
Está sucediendo de verdad.
—Iré al infierno por esto, —dice.
—Te seguiré ahí abajo.
Capítulo 14
Pierce
Tengo seis llamadas perdidas, que no me molesté en comprobar
hasta que volvimos al bote. Remington se metió a la ducha, no
sin antes ofrecerme unirme a ella. Dibujé una línea allí. Tenía que
ponerse en algún momento, después de todo.
Dos de mi madre. Ella puede esperar. Dos de Shelly, ella
probablemente se quedó sin comida y sin cigarrillos, uno de Guy,
un amigo que veo una vez en Blue Moon para tomar una cerveza
extraña y demostrarle al mundo que sigo vivo, y una es del
investigador privado que contraté para derribar al hermano de
Remington.
No devuelvo ninguna de ellas, pero hago una nota para ver cómo
está Shelly. No he estado allí en un tiempo, y como
probablemente no saldría de su casa ni aunque estuviera en
llamas, ha llegado a depender de mí. Pero salir fuera de este
bote y enfrentar el mundo real es invitar a la realidad a mi fin
de semana, no estoy listo para eso todavía.
Agarro un bloc de notas que cuelga de la pequeña y vieja nevera
y garabateo a Remington un mensaje diciendo que voy a salir a
recoger una pizza. No hay nada que comer aquí salvo comida
enlatada y patatas fritas.
Mientras conduzco la corta distancia a la pizzería, me pregunto
cómo diablos voy a explicarle a Remington lo que estoy a punto
de hacerle a su hermanastro. Fue un alivio escuchar que el
bastardo no llegó tan lejos como para conseguir entrar en sus
pantalones, pero sé que todavía está unida a él. ¿Lo ama?
Tal vez. Espero que no. Una cosa es segura, necesito decírselo
antes de que la mierda pase.
Porque no quiero que ella esté allí cuando dicha mierda golpee el
ventilador y todo el mundo se ensucie.
Cuando vuelvo al cobertizo para botes, ella está sentada en el
sofá en una de las camisas que guardo en el pequeño armario,
desplazando su pulgar en su celular. Abro la puerta y ella no se
da cuenta. Sus ojos están pegados al teléfono y desde ese ángulo,
es la típica adolescente.
La típica adolescente a la que me he follado en seco en medio
del desierto hoy.
Fantástico.
Dejo la caja de pizza sobre la mesa en vez de anunciar mi llegada,
pero eso es principalmente porque estoy enojado conmigo mismo,
no con ella. Sus ojos me ven, y parpadea.
—¿Algo va mal? —pregunta.
No respondo. Preparo la mesa con cualquier cubierto que
encuentro aquí y saco dos latas, una de Coca-Cola y otra de
Cereza. Ella dice que no bebe soda, y me río. Me pregunta qué
es tan divertido mientras ambos nos sentamos en nuestros
asientos en la mesa.
—Soy un adicto, —lo admito.
—¿A las bebidas con gas? —Ella sonríe.
—A todo. Cigarrillos, alcohol… —Dejo la parte del sexo fuera, no
debería ir por esta ruta. Eso sería animarla, y no estoy soy ese
tipo de idiota—. ¿Tú?
—No tengo ninguna adicción, —admite, y le creo porque
Remington Stringer no es del tipo que se puede controlar, no
con drogas, y no por su hermanastro—. No fumo, bebo una
cerveza de vez en cuando, y normalmente opto por el agua o el
jugo de naranja.
—Eso es saludable, —observo.
—Soy una chica sensata.
—Una chica sensata no compartiría un beso con su
profesor, —digo secamente, quitando las aceitunas de mi pizza
en lugar de mirarla. Aún es difícil de aceptar lo que hice.
—No es sólo un beso que compartimos. Había más allí, —insiste,
mirándome a los ojos.
—¿Más qué?
—Más todo. Más nosotros.
Y esa noche, cuando ella se va a dormir al pequeño sofá y no
me puedo marchar, me pongo cómodo en un saco de dormir
debajo de ella y pienso, tienes razón, Remington. Compartimos
mucho.
Tu hermanastro nos ha contaminado a ambos.
Pero esto terminará pronto.
Remi
El domingo por la mañana, tomamos el barco a una cala aislada
en el lago Mead. Cuando se quita la camiseta, exponiendo ese
torso largo y esculpido. No puedo evitar romper su regla de no
hacer fotos. Saco mi cámara del fondo de su bolsa impermeable,
lo que me hace ganar una mirada de desaprobación, una que
ignoro. Me muerdo el labio, luego me acerco a él, me pongo a
hacer pucheros con el labio y hago un efecto ojos de cachorro
con mis ojos, y él gime dramáticamente.
—Sea lo que sea, la respuesta es no, —gruñe.
—Vamos, —gimoteo, batiendo las pestañas. Envuelvo un brazo
alrededor de su cuello, me pongo de puntillas, y acerco mi boca
a su oreja. Puedo oler y casi saborear la sal de su sudor.
—Sólo…, —susurro, a paso de tortuga aún más cerca—. Una
pequeña… —Le pellizco el lóbulo de la oreja, y él toma aire…entre
sus dientes—. ¡Selfie! —Grito, extendiendo mi brazo para poder
tomar una foto rápida antes de que pueda detenerme. Él rompe
su trance, y yo me río como una maldita hiena con la expresión
de su cara. De repente, su cara se transforma en una sonrisa
siniestra, y mi risa se convierte en una risa nerviosa.
—Te vas a arrepentir de eso, pequeña, —dice burlonamente. Él
arrebata la cámara de mis manos antes de arrojarla a una pila
de toallas. Entonces él se acerca, y me da pánico porque no
tengo a donde correr.
—¡Pierce! —Chillo, y en algún lugar del fondo de mi mente,
pienso en el hecho de estar aquí, solos y lejos de la escuela,
pienso que estar con él se siente tan natural como respirar.
Él me carga al estilo de luna de miel mientras yo pateo y grito
en sus brazos, aunque los brazos de Pierce James no son un mal
lugar para estar. No lo es. No. Del. Todo. Más porque es dónde
voy a estar en unos dos segundos.
—Por favor, no, por favor no, por favor no. ¡Lo siento!
—Demasiado tarde para lamentarlo ahora. —Ajusta su agarre,
como si se estuviera preparando para arrojarme al agua.
No se atrevería. Estoy completamente vestida, por el amor de
Dios. Pero debería saber mejor antes de subestimarlo. Me lanza
al aire sin esfuerzo y golpeo el agua gritando.
—¡Oh, hijo de puta! —Le grito de vuelta mientras lucho con mi
cabello que amenaza con asfixiarme. El agua no esta tan fría
como pensé que estaría, pero supongo que no debería
sorprenderme.
Hoy hace al menos 43°. Me sumerjo en el agua para alisar mi
cabello y subo justo a tiempo para ver a Pierce saltar tras de
mí. Grito y corro hacia la orilla, pero no sirve de nada. Él nada
como un tiburón, y supongo que eso me convierte en el cebo.
Mi corazón late con fuerza y cuando estoy casi cerca de la orilla,
me doy la vuelta para medir su distancia. Excepto que no lo veo
en ninguna parte, lo que significa…
—¡Ah! —grito, sintiendo que una mano firme me tira del tobillo.
Me doy la vuelta para verlo emerger a través del agua, sacándose
el cabello oscuro de la cara, empujo sus abdominales, pero no
gruñe.
—No huya de mí, señorita Stringer. Siempre la atraparé, —dice,
acorralándome cerca de la orilla. Lo dice como una amenaza, pero
desearía que fuera una promesa—. Ahora, discúlpate. —Está tan
cerca ahora. Sus fuertes brazos están a ambos lados de mí. El
agua es menos profunda aquí, y él puede llegar al fondo, pero yo
sigo siendo demasiado baja para llegar.
—No lo siento, —susurro, y en un movimiento audaz, envuelvo
ambos brazos alrededor de su cuello y mis piernas alrededor de
su cintura. Sus manos encuentran mis caderas de forma rápida,
y los dos estamos respirando con dificultad. Su expresión es una
que otros encontrarían intimidante, pero sé que esta es la mirada
que lleva cuando está librando una batalla interna. Siento su
bulto entre mis piernas, y me balanceo sin siquiera pensarlo. Deja
caer su frente a la mía en un suspiro.
—Remington, —advierte, pero sus manos se deslizan hacia abajo
para apretar mi trasero algo completamente diferente. Abre los
ojos, y luego se concentra en mis labios. Él se acerca un poco
más, muy ligeramente, y yo cierro los ojos. Siento su boca contra
la mía, y yo la abro. Su aliento caliente se mezcla con el mío, y
sus labios húmedos rozan los míos. Y luego Pierce James muestra
lo divertido que puede ser “sólo besar”.
Comemos mariscos para el almuerzo en un rincón oscuro de un
restaurante donde terminamos hablando de nuestras vidas. Creció
en Orange County, y nunca ha salido de Las Vegas.
—No entiendo por qué estás aquí. El mundo es grande, y tú
puedes estar Viajando. Este lugar es una pocilga.
—No me atrevo a salir de este agujero de mierda. —Lleva un
sombrero que es lo opuesto a su atuendo habitual, pero igual de
sexy, con una severa expresión. Sus brazos cruzados sobre el
pecho hacen que sus músculos sobresalgan. Intento ignorarlo
porque definitivamente no podemos enrollarnos en público.
—¿Por qué?
—Me mudé aquí después de la universidad. Dejé mi carrera de
abogado para convertirme en un maestro. Mi hermana me siguió
hasta aquí para escapar de mis padres. Ella sólo vivió aquí por
un par de años, y quiero volver a California eventualmente, pero
tengo algunos cabos sueltos que atar aquí primero.
¿Quiere volver a mudarse? Ni siquiera tiene sentido sentirme
decepcionada, ya que no planeo estar aquí después de la
graduación, pero aun así siento la decepción.
—¿Se mudó? —Mastico una patata frita mientras apuñalo con
mi tenedor a los pobres camarones encogidos nadando en una
salsa blanca no identificada.
—Ella murió, —dice en voz baja. Mis ojos se abren con horror.
—Jesús. Lo siento mucho.
—Yo también. —Parece relajado, calculador y oscuro. El mismo
de siempre.
Uno pensaría que me está diciendo que se retrasó un poco en la
declaración de impuestos.
—¿Cómo sucedió?
—Prefiero no hablar de ello ahora mismo.
—Bien. —Me siento extremadamente incómoda, y probablemente
él puede verlo por la forma en que me muevo en mi asiento. Se
mete unos calamares fritos en la boca y mastica, tomando un
sorbo de su insípida Coca-Cola.
—¿Crees que volverás aquí cuando termines la universidad? —él
pregunta. Necesito sacudir la cabeza de lado a lado para
asegurarme de que escucho correctamente. Eso fue abrupto.
Además, no estoy segura de cuáles son mis planes. Mis planes
inmediatos son besarme con él un poco más. Aparte de eso,
tomare casi cualquier migaja que la vida me arroje, siempre y
cuando me lleve a otro lugar.
—Lo dudo, —digo—. Tal vez venga de visita de vez en cuando
para saludar a mi padre y Ryan. Pero aparte de eso…
—¿Por qué Ryan, —corta mis palabras— ¿No ha hecho suficiente
daño? Los tipos como él son veneno para las mujeres.
Hay algo en su tono. Algo nervioso que me hace detenerme y
examinarlo fijamente por un segundo. ¿Qué es lo que sé sobre
Pierce James, aparte de los hechos… De repente, su presencia
aquí parece sospechosa.
—¿Por qué sigues aquí, Pierce? —Lo llamo por su nombre de
pila, incluso aunque no estoy segura de cómo se siente al
respecto. Me apoyo en la mesa, mis dedos se entrelazan.
—Trágicamente, tu hermana ya no está aquí. Entonces, ¿por qué
estás aquí?
—Remington. —Hace esto otra vez donde me advierte
simplemente diciendo mi nombre. No me muevo. Se ríe a
carcajadas.
—¿Estás siendo una chica mala?
—¿Estás evadiendo el tema?
—¿Me estás haciendo preguntas sin contestarme otra vez? Creo
que ambos acordamos que eso es algo que no voy a tolerar.
—No estoy siendo una chica mala. —Mantengo mi tono informal.
—Pero no estoy segura de qué hacer con tu obsesión por mi
hermano.
—Hermanastro, —corrige.
—Papa, patata. —Me encojo de hombros.
—No te merece en su vida.
—Eso no lo decides tú. —Rechino mis dientes.
—Me gusta cuando te enfadas. —Él levanta una ceja.
Inmediatamente me derrito y me odio por ello. Maldita sea,
Pierce James.
Sus ojos siguen en los míos mientras le hace señas a la camarera
para que nos traiga la cuenta. Él paga y nos vamos. Caminamos
juntos, pero no nos tocamos. Hay algo chisporroteando en el
aire, y no puedo esperar a que explote. Cuando los dos nos
metemos en su Audi, arranca el auto y conduce fuera de los
límites de la ciudad hasta que llega a un viejo y desolado camino
de tierra, entonces apaga el motor.
Espero.
Lleva una mano a un lado de su asiento y presiona un botón. Su
asiento se aleja unos pocos centímetros más del volante. Da una
palmadita en su regazo.
—Ven. —Es una orden.
No lo pienso y lo hago.
No pierdo el tiempo. Muevo una pierna sobre la consola central
y me siento ahorcajadas de él. Sus manos encuentran
inmediatamente mi cintura, agarrando casi dolorosamente fuerte.
Me encuentro con sus ojos y me muerdo el labio por su
proximidad.
Agarra la parte posterior de mi cuello y apoya su frente contra
la mía, exhalando de forma irregular.
—A la mierda las consecuencias, —murmura, y luego sus labios
están en los míos otra vez. Su lengua pasa por mis labios, y sabe
a Coca-Cola de Cereza.
—Mmm, —me quejo, chupando su lengua dentro de mi boca. Él
gime, y yo siento su dura longitud entre mis piernas.
Instintivamente, me agarro a él, buscando egoístamente la
fricción que necesito. Desliza ambas manos por la parte de atrás
de mis pantalones cortos y me acerca a él. Él está follando mi
boca con la suya, y no quiero que esto se detenga nunca. Este
sentimiento.
Justo aquí. Es tan perfecto que podría llorar. Me aprieta el
culo, controlando el ritmo, y me alejo de nuestro beso para
jadear por la sensación. Él lame, pellizca y muerde desde mi
mandíbula, hasta la clavícula, y en todos los lugares intermedios.
Sus labios están en mi cuello, pero mi corazón está en sus
dientes.
Quiero más, así que levanto la camiseta blanca que le robé por
encima de mi cabeza y la arrojo en el asiento trasero. Sus ojos
se dirigen a mi sujetador deportivo, y mis pezones se ponen
demasiado duros. Se me pone la piel de gallina. Y él ni siquiera
ha hecho un movimiento todavía. Cruzo mis brazos sobre mi
pecho para quitar mi sujetador, pero justo antes de que esté a
punto quitarlo, sus manos detienen las mías.
—Remington, espera, —dice, como si no pudiera creer que me
está deteniendo.
Ya somos dos. Yo dejo caer mis manos, y él endereza mi sostén,
tirando de él de vuelta sobre mi pecho.
—No podemos ir más allá de esto, —explica.
—Pero te necesito, —casi me quejo—. Necesito que me hagas
sentir bien.
—Joder, Remi. No puedes decir cosas así, —gruñe, empujando
sus caderas hacia arriba. Quiero derretirme contra él. Siento que
podría hacerlo. Mi lujuria por él está goteando en mi ropa
interior. Cada nervio de mi cuerpo tiembla con desesperación.
Remi. Es la primera vez que se refiere a mí aparte de señorita
Stringer o Remington o dolor en el culo, y me muero un poco
por él usando mi apodo.
—¿Por cuánto tiempo? —No necesito especificar. Él sabe lo que
quiero decir.
—No lo sé. —Sacude la cabeza, frotándose la cara con las palmas
de las manos.
—Jesucristo. Mira, no quiero arruinarte.
—Se está dando mucho crédito a sí mismo, Sr. James, —bromeo,
Levantando una ceja, enmascarando el miedo que se me está
metiendo en la cabeza. Él podría arruinarme. Podría arruinar su
carrera. Este juego que estamos jugando no va a tener un final
feliz. Y si no tenemos cuidado, las consecuencias serán graves.
Él sonríe, pero cuando empiezo a moverme encima de él otra
vez, la sonrisa desaparece.
—Entonces, ¿sólo besar? —Yo pregunto.
—Sólo besos. —Asiente débilmente.
Y eso es lo que hacemos, hasta que el sol se pone.
Pierce
Por la noche, desenrollo mi saco de dormir bajo el sofá y me
quedo mirando el techo, preguntándome en qué momento
voluntariamente le di mis bolas a una adolescente de diecisiete
años, y cuando, si es que alguna vez, voy a recuperarlas.
Me digo a mí mismo que me quedo aquí para protegerla de
cualquier mierda que acecha en las sombras de su vida, pero es
una pobre excusa que no permito el lujo de creer. Después de
todo, no le metí la lengua en la boca tratando de protegerla.
No me he apoyado en el tejido húmedo de sus vaqueros para
asegurarme de que estaba bien. No mordí su suave carne como
si fuera mi comida favorita para salvarla.
La deseo.
Quiero más de ella.
Y es ceder o entregar mi carta de renuncia mañana, a primera
hora del lunes, y salir de allí.
Podría hacerlo. Renunciar. Puedo hacerlo en un abrir y cerrar de
ojos, si estuviera decidido.
Antes de que decidiera ayudar a la juventud de América con mis
brillantes habilidades educativas, fui pasante en Rosenthal,
Belmont y Marks en Los Ángeles. Tengo el currículum para hacer
lo que quiera. Ni siquiera tengo que ser un profesor si no quiero.
Me pongo de lado y apoyo mi cabeza en mi antebrazo, mirándola
fijamente a través de la pequeña luz que proporciona la Luna.
Ella es hermosa, pero no es eso. Muchas chicas de West Point
lo son. Y eso es justo lo que son. Chicas. Remi Stringer no es
sólo una chica.
Si lo fuera, no se habría resoplado en mi cara cuando mi polla
estaba firmemente sujeta entre sus muslos y me dijera que yo
no tengo la capacidad de arruinarla. No así, de todas formas.
Repaso los últimos dos días en mi cabeza en cámara lenta, y
antes de darme cuenta, él sol sale. A las seis, me levanto y le
hago el desayuno. A las seis y media, meto el dinero del almuerzo
en su mochila. A las seis y cuarenta y cinco, la despierto.
—Hora de ir a la escuela, Remington. —Intento parecer firme,
pero se ha ido. Ese escudo ya no está ahí. Y siempre está ahí
cuando hablo con mis estudiantes.
Se estira en el sofá como un gato perezoso bajo el sol, una
sonrisa en su rostro sus labios deliciosos, y mi polla se sacude
dentro de mis pantalones.
—Mmmm, pero no quiero que el fin de semana termine.
—Lástima, ya ha terminado.
—El domingo se sintió muy corto.
—Eso es lo que pasa con los fines de semana. Son cortos, —me
quebranto, a pesar de que mis fines de semana solían sentirse
muy lejanos al último que pasé con ella.
—Y los días de semana son largos y duros. Al igual que…—Ella
extiende la mano señalando mi polla en mis pantalones.
—Remington, —la detengo, tirándole un montón de ropa sobre
su rostro para que no vea la furiosa erección que tengo. Sus
pezones están erectos, y su cuerpo es la cosa más suave y madura
que he visto. ¿Cómo puede ser que sólo esté en último año?
—Cinco minutos o conduciré sin ti.
—Eso realmente me suena como un plan. —Se ríe en su brazo.
—No seas descarada.
—¿O?
—O tomaré el papel de adulto responsable en tu vida, y entonces
tú realmente estarás en problemas.
—Me gusta meterme en problemas cuando es contigo, —dice,
enderezándose en el sofá y agarrando las ropas.
—Entonces estoy feliz de informar que ambos estamos real y
completamente jodidos.
Su cadera se conecta con mi cintura mientras se pavonea hacia
el baño para cambiarse. Lo que no sabe es que si se desnuda aquí
y ahora, esta vez no la detendría.
—Bien, —susurra.
Y eso es todo.
Capítulo 15
Remi
Todo es una función cuando se trata de Pierce James.
Primero, tuvimos que pasar por su casa antes de ir a la escuela
porque él tuvo que recoger su ropa de vestir y lo que sea que
necesite para su clase. Me quedé en su camioneta, examinando
su casa desde la ventana. Pierce vive en uno de esos nuevos
desarrollos en las afueras de Las Vegas, los lujosos y de ricos.
Este se llama El-Porto, y todas las casas son iguales, estilo
rancho con césped perfectamente cuidado. Una está decorada con
un letrero gigante que dice “¡Es un niño!” y se extiende por el
césped, junto con una cigüeña azul que tiene el nombre del bebé,
su cumpleaños y su peso. Dios mío. También podrían dar su
número de seguro social mientras están en ello. Se siente como
si viviéramos en dos planetas diferentes.
Me siento extrañamente sin aliento. Como si esto fuera
monumental en cierto modo, aunque yo no sé cómo puede ser.
Es sólo una casa. Una casa realmente hermosa, pero sigue siendo
sólo una casa. Y aún así, hay otra pieza de él que ahora pertenece
a mí. Que sólo yo tengo, de todas las chicas de la escuela.
Pierce se mete en su casa, ni siquiera se molestan en cerrar la
puerta y aparece veinte segundos más tarde, cerrando su bolso
de cuero marrón. Cuando se abrocha el cinturón de seguridad,
dice, —Probablemente deberías borrar este lugar de tu memoria.
—Jesús, Pierce. —Sacudo la cabeza, rodando los ojos. En realidad,
estoy bastante enojada, y puede que no lo demuestre, pero el
ardor en mis ojos sugiere que también quiero llorar. Se está
haciendo viejo todo este asunto del acto de “no te quiero en mi
vida”. Agarro mi mochila más fuerte en mi pecho y miro por la
ventana. Suspira a mi lado, comenzando a conducir
—No lo decía en serio.
—Ilumíname, entonces, —digo, pero mi voz pierde ese interés y
entusiasmo que suelo mantener para él. Más suspiros. No dice
nada, y mi corazón deja de latir en mi pecho antes de que él
finalmente grite.
—Joder. Supongo que lo decía en serio.
—Bien. —Es todo lo que digo.
Trata de charlar el resto del camino a la escuela. Lo ignoro. Esto
no está sucediendo. He terminado de perseguirlo como un
pequeño cachorro.
Cuando estamos a dos cuadras de la escuela, le hago una señal
con mi mano para que se detenga. —No tiene sentido entrar
juntos, ¿verdad? Caminaré el resto del camino.
Mi voz es seca y falta. Falta de emoción, falta de interés, falta
de alma. Se detiene en la acera, inclinando su cuerpo para
mirarme y decir algo, pero ya estoy fuera de la puerta.
No miro atrás para ver su cara de confusión.
No le doy la oportunidad de darme órdenes.
Coloco mi mochila sobre un hombro y corro a la escuela, dejándolo
sentir cómo me hace sentir día tras día.
Pequeño.
Remi
Cuando veo a Christian en el pasillo antes de la clase, no le
pregunto por qué no me respondió el fin de semana, porque no
tengo que hacerlo. Puedo verlo yo misma. Pasó por algún tipo
de transformación. Tiene un piercing y ha teñido su cabello de
verde. No verde botella. Oscuro y misterioso… Estoy hablando
de El Joker verde. Se ve… extremo.
—Maricón,—Herring tose cuando pasa junto a Christian y junto
a mí en el pasillo, enderezando su chaqueta del equipo
universitario sobre sus anchos hombros. Sus secuaces le siguen,
con sus gorras de béisbol al revés y sus estúpidas sonrisas. Pongo
una mano sobre la espalda de Christian.
—Que se joda. ¿Qué pasa?
Christian le echa un vistazo a Herring antes de cerrar su casillero
y lo cierra con llave.
—Malditos heterosexuales, —se queja.
Al menos no soy la única rara aquí.
Levanto una ceja. Él sacude la cabeza, y ambos caminamos hacia
la entrada. Vamos por un café al otro lado de la calle. Aunque
Pierce metió algo de dinero en el bolsillo más pequeño de mi
mochila. Los benjamines 25 cayeron al suelo con un suave golpe
cuando la abrí para obtener un pedazo de goma de mascar en
literatura inglesa, aun así no voy a usar su dinero. Estoy cansada
de sentirme como su proyecto personal, y aunque me mataría
antes de volver a Ryan y admitir la derrota, tampoco tengo
ganas de volver al barco.
—¿Tienes secretos, Remi? —Sacude la cabeza para mirarme
mientras bajo las escaleras hasta el nivel de la calle. Me esfuerzo
25
Billetes de 100 dolares
por no sonrojarme, lo cual irónicamente hace que me ruborice
aún más.
—Claro. Quiero decir, todo el mundo los tiene. A veces los
mejores momentos de la vida son de los que no puedes hablar.
—Bueno, yo sí. Y es uno grande.
—Bien. —Humedezco mis labios, manteniendo mis pasos y mi voz
y todo sobre mí extra casual, porque sé lo raras que pueden ser
estas cosas. Es difícil salir del closet a la edad de Christian. Es
difícil salir del closet a cualquier edad, y tengo el presentimiento
de que, aunque esté dentro, el tipo que le interesa no lo está.
—Y cada vez que tengo que verlo en los pasillos, pretendiendo
ser alguien que no es, es un recordatorio constante de que nunca
será mío. Él nunca sale. Ya ni siquiera quiere que lo vean conmigo.
No pregunto si es Benton Herring. Una parte de mí sabe la
respuesta a eso. Otra parte no quiere creerlo. Pero la voz de
Christian me golpeó, porque esta conversación puede ser sobre
Pierce y yo.
Un secreto que es demasiado grande para cargarlo. Una historia
de amor que no está destinada a ser escrita. Un guion que
cualquiera puede saber, a kilómetros de distancia, que no va a
tener un final feliz.
Después del primer período, asisto a regañadientes a mi clase de
Discurso y Debate. Una parte de mí se muere por volver a verlo.
Para olerlo. Para conseguir una dosis del hombre, no me canso
de hacerlo. La otra parte teme por las mismas razones.
Me siento en mi escritorio, y cuando Benton Herring pasa a mi
lado, da un golpe mi escritorio. Ni siquiera me molesto en mirar.
Todavía estoy desplazando mi pulgar a través de mi Facebook,
tratando de averiguar a través de su actualización si mi
hermanastro aún está vivo.
Parece que lo está, y se registró en algún lugar de Reno. Que
divertido, pero al menos podré ir a casa hoy después de la escuela.
El hecho de que no tenga que depender de Pierce hoy es una
pequeña victoria.
—Pssst, Remi. —Benton está ahora inclinado hacia mí a través
de su escritorio. Él huele a demasiada colonia de Abercrombie y
Fitch y a desesperación.
Ignóralo.
—Remi. Remi. Remi. Remi. Remi.
—¿Qué? —Me doy la vuelta y lo golpeo, probablemente
pareciendo una psicópata, pero ni siquiera me importa. No me
gusta mucho ahora mismo. No es que lo hiciera en primer lugar.
—Te invito a una fiesta. Una fiesta especial en mi casa. Todos
los detalles en la página. Mikaela hizo invitaciones especiales
porque es linda y caliente y con talento. ¿Verdad, Mikaela?
Gira la cabeza y le guiña un ojo.
—Debería haber añadido que no se permiten zorras en las letras
pequeñas. —Ella mastica un chicle rosa mientras está
profundamente concentrada en ponerse una capa de esmalte de
uñas rojo ardiente.
—No me interesa, —digo, ignorando a Mikaela.
—¿Por qué? —Benton pregunta.
—Porque no me gustas tú ni ninguno de tus amigos, —digo
honestamente—. Y porque llamaste maricón a Christian, y
francamente, encuentro tu comportamiento y toda tu existencia,
espantosa.
Benton echa la cabeza hacia atrás y se ríe. —Oh, Jesús, Remi.
Relájate un poco. Chris está acostumbrado. Es sólo una broma.
Deja de ser una perra estirada.
—¿Ah si? —Sonrío dulcemente.
—Sí. —Pasa sus ojos a lo largo de mis piernas desnudas bajo mi
escritorio.
—Entonces, ¿puedo llevarlo?
Su sonrisa arrogante se derrumba en un ceño fruncido. Pillado.
—Remington, —advierte Mikaela con su voz nasal detrás de mí.
—Siento decírtelo, pero Christian es gay. No puedes quedarte
embarazada y sacarle algo del dinero a su familia. Es mejor que
hagas tus apuestas con alguien más…
No puedo soportarlo más. Me doy la vuelta, sosteniendo el
respaldo de mi silla, y la golpeé con mi propia marca de maldad.
—¿Celosa?
—¿Por qué estaría celosa de la basura? —Se ríe y le da un codazo
a uno de sus malvadas secuaces.
—Porque tu novio me quiere, y no podrías sostener una polla si
la tuvieras en la cara, —digo simplemente. Sospecho firmemente
que Benton es la conexión secreta de Christian, pero mi golpe
funcionó, porque Mikaela se ve como a punto de combustionar
espontáneamente.
—¡Quemada! —Uno de los amigos de Benton golpea su escritorio,
y el sonido llega a mis oídos.
—¡Maldita perra! —Mikaela ruge de pie, y antes de saber qué
está sucediendo, se está lanzando hacia mí. Todavía estoy sentada
cuando ella me agarra del cuello de mi camisa de uniforme y me
lanza al otro lado de la habitación. Aterrizo en el escritorio de
Benton y veo su sonrisa mientras se inclina entre mis piernas
para abofetear mi cara. Me recupero. Rápido. Mientras su brazo
baja hacia mí, agarro sus dos muñecas y las tuerzo como si fuera
un pomo de puerta, aplicando tanta presión como puedo y oigo
sus pequeños huesos graznando juntos.
Un grito chillón sale de su boca. Hace eco entre las paredes, y
la empujo lejos de mí. En el fondo, oigo a la gente gritar:
—¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea!
—¡Pelea de gatas! —y— ¡Acaba con esa perra, Kae! — Ella se
lanza a mí otra vez.
La alejo, dejando que se golpee contra la pared. La gente a
nuestro alrededor se ríe. Estuve en un montón de peleas de niña.
Con chicas. Con chicos. Ryan siempre dice que soy un peleonera
y que, si tuviera más disciplina, podría ser totalmente una
luchadora.
Cuando las risas y los gritos a nuestro alrededor mueren, también
lo hace la lucha.
Mikaela y yo miramos hacia arriba, no estoy segura de cuándo
exactamente la inmovilicé en el piso, todo es una niebla cuando
la adrenalina se apodera de mi cuerpo y veo a Pierce, quiero decir
al Sr. James, mirándonos fríamente a las dos.
—Arriba, —dice, parado detrás de su escritorio, las puntas de
sus dedos cruzadas. Ahora parece un extraño.
También suena como uno. Es difícil creer que este es el hombre
que me besó como si fuera la única. El que me dijo cosas, cosas
personales, sobre su familia y su hermana y la vida. El calor en
mi cara es insoportable. Pierce James es un camaleón. Cambia
sus colores todo el tiempo.
Tiene tantas facetas-maestro, amante, hermano, salvador,
enemigo- él siempre me desequilibra cuando me mira, porque
nunca estoy segura de cuál de esos es el Pierce que estoy viendo.
Las dos nos enderezamos, apoyándonos en un escritorio y una
silla. Mikaela tiene el labio hinchado por un puñetazo que le di,
y su cabello es un desastre. Tengo rasguños sangrientos en mi
brazo, pero eso es todo. Sé cómo esquivar una bofetada o un
puñetazo. Soy la hermana de mi hermanastro, después de todo.
—Señor, yo… —Mikaela empieza, pero Pierce la detiene,
pareciendo más aburrido que cualquier otra cosa.
—Siéntense. Las dos.
Toda la clase lo está mirando como si nos hubiera ordenado que
nos besáramos y nos acariciáramos en su escritorio. Eso es
inaceptable en West Point y en general. No se termina una pelea
entre dos estudiantes sin enviarlos con el director.
—Quiere decir… —La boca de Mikaela se cae.
—Quiero decir que me ocuparé de esto más tarde. Esta clase es
importante, y no quiero que ninguna de las das se lo pierda.
Será castigada, señorita Stephens.
—Oh. —Su voz se desvanece con decepción.
—Oh, en efecto.
Miro a mi alrededor antes de apresurarme a tomar mi asiento.
No me atrevo a mirar a Pierce. No estoy segura de dónde
estamos, pero no me arrepiento de haber actuado como lo hice
esta mañana. Estoy cansada de este juego de frío y calor. Cansada
de que me dé una probada y luego negármelo en el siguiente
aliento. Negándose a sí mismo lo que ambos queremos.
Lo veo en de reojo abriendo un grueso libro rojo con páginas
amarillas, pero mantengo mis ojos en mi escritorio. Quiero
mantener mi cabeza en alto, pero no puedo. No en este
momento. Benton Herring está chocando los cinco con sus amigos
a mi izquierda como el gilipollas que es. Probablemente
disfrutaron mucho del espectáculo.
Especialmente la parte donde nuestras faldas se lanzaron en
paracaídas y todo el mundo pudo ver nuestra ropa interior en el
proceso. Maldita Mikaela.
“Bailamos alrededor de un anillo y suponemos, mientras que el
secreto se sienta en el centro y sabe.” Esta es una cita de
Robert Frost. Hoy, vamos a discutir secretos. Estoy seguro de
que todos han visto las noticias en algún momento de este mes,
así que saben sobre el asunto entre nuestro presidente, John
Holloway, y la Secretaria de Estado Elsa Dickenson. Ambos eran
solteros. Holloway está divorciado, y Dickenson nunca se había
casado antes. Sin embargo, este tipo de relación se considera
tabú. No es así. Una mala conducta. “Secretos”. Todos los
tenemos. Algunos de ellos son grandes. Algunos de ellos son
pequeños. ¿Cómo determinamos lo que es grande y lo que es
pequeño, y hacemos que los secretos nos den un peso moral?
Hoy, discutiremos todas esas cosas.
Presiono mi frente contra la mesa fría y cierro los ojos, buscando
consuelo. No quiero oírle hablar. Especialmente no quiero
escucharlo hablar de secretos. Sobre nuestro secreto. No quiero
oír eso lo que estamos haciendo está mal. Mi único consuelo es
que Pierce normalmente no expresa sus opiniones en clase.
—Creo que los secretos son moralmente corruptos. —Una chica,
Jasmine, empuja sus gafas en el puente de su nariz con un
resoplido.
—No hay ni siquiera una persona en este mundo que no tenga
secretos, —Schwartz, el amigo de Benton Herring, dice en voz
alta. Me arriesgo a ver a Benton. Está muy tranquilo ahora. No
debería estar sorprendida, pero lo estoy.
¿Él y Christian? ¿En serio? Mierda. Pero parece tan… idiota.
—¿Señorita Stringer? —Pierce pregunta. Sacudo mi cabeza
solemnemente.
—No hay necesidad de sacudir la cabeza. No te han ofrecido
nada. Se te exige que contribuyas al debate, —dice con frialdad.
Mantengo mi posición. Literal y figurativamente. Mi cuerpo está
rígido y listo para la batalla.
Mi corazón, por otro lado… se siente como si ya hubiera perdido.
—No me siento bien, Sr. James. Creo que necesito ir a la
enfermería. —Empiezo a levantarme cuando me dice—: No tienes
permiso.
—¿Perdón? —pregunto. Irónicamente, debo señalar.
—Dije que no tienes permiso. Te quedas aquí. ¿Sí? ¿Hannah?
Veo que levantaste la mano.
Hannah empieza a hablar, y yo pego el culo a mi asiento,
preguntándome qué demonios está pasando.
—Los secretos me asustan, —dice Hannah—. ¿Y si salen a la luz?
Un montón de gente puede salir herida.
—Los secretos son la naturaleza humana. Todos queremos
mantener algunas cosas para nosotros mismos.
—Los secretos pueden hacer que te maten.
—Los secretos son lo que mantiene a este mundo en movimiento.
—Secretos…
—No quiero ningún secreto en mi vida, —anuncio, de la nada.
Doblando mis brazos sobre mi pecho ahora, pareciendo resuelto.
—Los secretos te hacen sentir sucio.
—¿Estás diciendo que no tienes ningún secreto? —pregunta Pierce
como si tuviera un pensamiento profundo, y aunque su voz es
ligera y distante como siempre, sé que la respuesta a esta
pregunta tiene un peso especial para él. Le sigo la corriente,
mirándolo a los ojos.
—Ya no.
—¿Es así? —pregunta. De nuevo en conversación, pero esta vez
veo un destello de irritación en sus ojos. Tal vez hasta le duela.
Asiento con la cabeza.
—No creo que nunca pueda revelar mis secretos. —Otra chica,
Amanda, se ríe nerviosamente. Pero Pierce sigue mirándome y
yo sigo mirándolo a él. La campana suena. Ninguno de los dos
nos movemos. Los estudiantes empiezan a recoger sus cosas.
Mikaela se queda en su lugar. La tensión es tangible y pesada en
el salón de clases. Tanto ella como yo estamos esperando ver
cómo va a reaccionar a lo que vio antes en clase.
—Las dos se libran con una advertencia, —dice Pierce, fingiendo
ir a través de los papeles de su escritorio. Casi me ahogo con la
lengua. Mikaela mira entre él y yo, sin moverse ni un centímetro.
Parece demasiado sorprendida para ser una perra, así que al
menos tengo eso a mi favor.
—¿Soy yo… es ella…? —Ella me señala, y sé que no ha hecho
nada malo pero, ¿aún así quiero matarla por ello?
—No me ponga a prueba, señorita Stephens. No sé qué ha pasado
hoy, y francamente, no perderé el sueño preguntándome. Pero
le diré una cosa… —Su voz es baja y amenazante—. Esta es tu
última oportunidad. Mantenga el drama fuera del campus y
especialmente fuera de mi clase, y no tendremos ningún
problema. ¿Está claro?
—Sí, señor. —Mikaela asiente con la cabeza, demasiado aliviada
para cuestionarlo, recoge sus cosas. Yo, por otro lado, estoy
enojada.
—¿Me estás tomando el pelo? —Mikaela me mira con los ojos
abiertos, temiendo que haga que Pierce se replantee su decisión,
y Pierce parece con una expresión en blanco y aburrida.
—Ella me ataca en clase y se libra con una advertencia? ¡Esto es
una mierda! —¿Por qué haría eso?
—Puedes irte, ahora, Mikaela. Parece que la señorita Stringer
quiere el castigo en este momento. —Lo dice casi
juguetonamente, y a pesar de mi indignación, mis bragas están
húmedas de nuevo. Oh, mierda.
La puerta se cierra detrás de Mikaela, y todavía estoy mirando
mi escritorio. Esto es tan estúpido. Si realmente me va a
castigar, que lo haga ahora mismo, que me suspendan ni siquiera
está en mi mente.
Algo más lo está, y apuesto a que le late entre las piernas.
Él desliza su brazo sobre su silla y me mira fijamente, sentándose
con las piernas abiertas. Más como un estudiante, menos como
un profesor. Cada centímetro de él como un hombre. Mi vientre
se tambalea, y una vez más deseo que no sea tan fácil de mirar.
—¿Sin secretos? —Él levanta una ceja, sus dedos unidos en la
mesa.
—¿Me van a suspender? —Finjo que me importa. Como cualquier
otra cosa.
—No. —Su voz es plana—. ¿Te está intimidando, Remi?
Necesito saber. Y sé que puedes soportarlo, pero no me importa,
puedes hacerlo.
—Mikaela no me intimida, —respondo rotundamente, levantando
mi mirada para encontrarme con la suya—. Pero ella merece ser
suspendida por lo que hizo hoy.
Ni siquiera me pregunta qué pasó. Conoce a Mikaela y me conoce
a mí. Y de alguna manera, aunque no quiera, me hace sentir
mucho mejor, sobre todo. Tengo a mi lado a alguien que cree en
mí. En mi persona.
—Ella debería ser castigada, —dice, como si esto no importara.
—Pero si ella es castigada, tú también lo estarás. Entré y te
encontré encima de ella, Remi. —Escucharle decir mi nombre en
la escuela parece tan equivocada, pero tan correcto—. Lo hice
para protegerte. Pero entonces tuviste que ir y abrir esa boca
tuya, —dice, caminando hacia mi escritorio y arrastra mi labio
inferior hacia abajo con su pulgar.
Trato de actuar sin ser afectada, pero mi respiración se acelera,
y siento mis pezones endurecerse.
—Esa boca tuya te va a meter en problemas, —dice—. Entonces…
¿no hay secretos?
—No más secretos. —Nuestras miradas se profundizan el uno al
otro. Pone otra silla delante de mí y se sienta adelante con sus
codos en mi escritorio. Hay un calor sofocante a nuestro
alrededor. Es la sensación que me ha enganchado, mi primera
adicción. Mi único vicio. El universo desaparece de nuevo, y
estamos siendo succionados por una pequeña y blanca cápsula que
está flotando. Siento el pop, pop, pop en mi vientre.
Pierce James puede hacer que mi cuerpo baile sin siquiera
moverse. Creo que nunca he conocido a alguien que tenga tal
poder sobre mí.
Desliza su pierna hacia mí y la envuelve con la mía. De tobillo a
tobillo.
Seguimos mirándonos el uno al otro.
—No juegues conmigo, Stringer. Soy más viejo, más sabio, más
grande y más más poderoso que tú, —sisea, y un pequeño gemido
se me escapa de los labios. Esta demasiado serio para siquiera
preocuparse por eso. Me pongo sobria, sacudiendo el peso de la
lujuria de mis hombros.
—No puedo seguir haciendo esto. Suplicando por migajas de
afecto cuando solo me dices lo equivocados que estamos. No
puedo hacer lo del frío y el calor. Si tú me quieres, me tomas.
Él empuja su pierna entre mis dos muslos, y porque soy un
masoquista, las separo. Mi falda es corta. La necesidad de ser
llenada por Pierce James hasta el borde, hasta que aúlle de
placer y dolor, se está apoderando de cada una sola pulgada de
mi cuerpo.
—Eres una parte de mi vida, —dice, casi con fastidio. Como si
él no quisiera que fuera verdad. Y no lo quiere. Eso ya lo sé. De
hecho, él desea todavía poder decirme que cierre las piernas, que
tome mi mochila y que me vaya a la mierda de su clase. Pero
no puede, así que, en vez de eso, su ángulo se desplaza hacia
arriba.
Esa es toda la conexión que podemos conseguir con un escritorio
entre nosotros, la puerta puede estar cerrada, pero no está
cerrada con llave.
—No es suficiente, —digo, mirándolo bajo mis gruesas y largas
pestañas. Mi voz es un tierno susurro, y su garganta se balancea
en reacción. Mi mano se cae entre mis piernas, pero esta vez no
me toco. No. Esta vez, será el quien me va a dar placer.
—No hagas esto, —advierte.
—¿Hacer qué?
—Terminar con esto.
—¿Terminar qué? —Presiono, parpadeando hacia él, con los ojos
cerrados y tan inocente. Y así, sin previo aviso, se pone de pie,
va hacia la puerta y la cierra por dentro, y se da la vuelta,
todavía sosteniendo el pomo con los nudillos blancos.
—Siéntate en mi escritorio, —ordena. Todo se pone tenso de
repente.
Todo. Mis pezones están apretados y me ruegan que me toque
para dominar algo de la lujuria. Mi centro está palpitando. Mis
bragas están completamente mojadas. Quiero quedarme quieta y
jugar con él un poco más, pero mi deseo supera cada bocado de
orgullo del que me aferraba. Camino por encima a su escritorio,
saltando sobre él con mi cara hacia la pizarra. La palabra
“secreto” aún está escrita en rojo, rodeada de rayos de sol que
señalan en otras palabras: escándalo, moral, misterio y
consecuencias. Todas las cosas de la que hablamos en clase.
Me doy cuenta de que esto es real. La gente está pasando la
puerta cerrada el pasillo. Escucho gritos, el sonido de los iPhones
a través del piso, y algunas chicas riéndose y protestando cuando
un grupo de chicos rebotan un balón de baloncesto dentro de las
instalaciones de la escuela.
Trago con fuerza, con los ojos en blanco hacia atrás mientras
pienso en lo que está a punto de suceder.
Se acerca a mí. Lentamente. Todavía está al mando. O al menos
me hace creer que lo está. Pierce se detiene cuando todo su
cuerpo está entre mis piernas, con su cintura al nivel de mi sexo.
—¿Terminar qué? —Le repito, porque todavía no me ha
contestado.
Se inclina hacia adelante y me muerde el labio inferior con sus
dientes blancos y rectos, susurrándome en la boca: —Nuestro
secreto.
Entonces siento sus dedos, sólo la punta de ellos, dibujando
círculos perezosos en mis rodillas. Como si no tuviera prisa. Como
si no fuera una posibilidad de que alguien tratará de abrir la
puerta en cualquier momento. Como si lo que tenemos fuera
real. Escalofríos recorren mi columna vertebral y hace que mi piel
se vuelva punzante cuando profundiza nuestro beso, me inclino
hacia atrás, con las manos sobre su escritorio, tratando de no
ser aplastada por él. Su lengua devora mi boca, y sabe como
chicle de menta y al hombre que quiero dentro de mí.
Una de sus manos viaja más profundamente en mi muslo interno,
y el otro se agarra a mi cadera, clavándome en la mesa como si
tratara de huir.
—Me gusta nuestro secreto, —me gruñe en la boca, las puntas
de sus dedos bailando en el área sensible entre mi sexo y mi
muslo. Pellizca ese hueso ahí, o tal vez es un músculo, y todo
mi núcleo está a punto de explotar.
—¿Por qué? —Me raspo en su boca, y su agarre en mi cintura
sólo se aprieta y está empezando a sentirse muy duro. Como si
estuviera tratando de poseerme de alguna manera—. ¿Por qué
es un pequeño y sucio secreto?
—No hay nada sucio en ello. —Sus dedos se enganchan en el
tejido húmedo de mi ropa interior, y ni siquiera tengo tiempo
de sentirme avergonzada por mi excitación que está bastante
untada por todo su escritorio. Chupa con hambre mi garganta,
su barba y sus dientes rascando mi piel sensible, y estoy a punto
de perder la razón.
Sus dedos se zambullen en mí. No uno. Ni dos. Tres.
Y no es sucio. Es obsceno, y ambos lo sabemos.
Se sumerge en mi cálido centro, dentro y fuera, no rítmicamente,
sino en una manera que me hace saber que no está tan cerca de
tener el control como quiere. Me deslizo hacia adelante y me
monto en su mano, tomando el control de la situación. Su mano
entre mis piernas y ahora sé por qué su mano está en mi cintura.
Es eso o desabrocharse el cinturón y follarme en bruto y sin
sentido en su escritorio.
—Mierda, mierda, mierda, mierda. —Su voz es apenas audible,
nada más que un frustrado susurro, cada vez que me penetro
con sus nudillos en lo profundo de mi ser.
Me llena. Me estira. Me consume de una manera que ningún
hombre haría, no es un estúpido enamoramiento de instituto lo
que está pasando.
Es la realidad de las cosas, y ambos lo sabemos.
—Me voy acorrer, —gimo, y es la primera vez que miro hacia
abajo para ver su enorme erección apuntando hacia mí. Miro hacia
arriba, y él luce torturado. Cada curva de su cara lo delata. Le
encanta esto, y odia que le encante. Se está follando a su
estudiante con los dedos, y está asqueado de sí mismo. Bien. Me
hizo sentir como una mierda esta mañana por pedirlo.
—Córrete. —Inhala profundamente, con su nariz en mi
cabello. —Córrete, mi secreto favorito.
Y lo hago, colapsando debajo de él.
Todo se vuelve más brillante.
La tierra se rompe debajo de nosotros.
Y cuando termino, me levanto, aliso el dobladillo de mi falda,
reorganizo mi ropa interior debajo de ella, pongo mi mochila sobre
mi hombro, y le doy una palmadita a su pecho.
—Gracias por eso, Sr. James. Oh, por cierto, no necesitaré que
me lleve a casa esta noche.
Abro la puerta y me voy.
Así de fácil.
Dos pueden jugar a este juego, profesor.
Capítulo 16
Remi
Después de la escuela, Christian me espera en la puerta, apoyado
en un poste, con una mirada de melancolía.
—Me llevas a casa, y luego te quedas conmigo hasta que me digas
lo que está pasando, —le informo, poniendo mi dedo índice bajo
su nariz para mover su septum 26. Me quita la mano y rueda sus
ojos.
—Bien. Pero, te vi llegar a la escuela hoy… —se aleja, esperando
mi reacción—. Con el Sr. James. Parece que ambos tenemos algo
que confesar.
Bueno, mierda.
Mis ojos miran alrededor, buscando a cualquiera que pueda haber
escuchado.
—Está bien, —lo reconozco. Patea el poste y engancha un brazo
alrededor mi cuello.
—Remi, Remi, Remi—. Él chasquea la lengua y sacude la
cabeza. —Tengo la sensación de que tus pecados son mucho peores
que los míos.
26
El septum es el cartílago que tenemos entre las fosas nasales, el aro atraviesa esta zona.
—Y probablemente mucho más divertidos, —bromeo, moviendo
mis cejas sugestivamente.
—Mmm, eso es discutible. —Christian se ríe, y luego me atrae
para darme un rápido beso en la frente.
Caminamos hacia su Range Rover, y cuando enciende el motor,
yo estallo en risas. Me mira, confundido.
—¿Qué? —exige.
—Lo siento, —Digo, cubriendo mi boca con el dorso de mi mano—
. Tú. Te ves ridículo conduciendo esto ahora. Eres demasiado
punk rock.
—Cierra la boca, —murmura, saliendo del aparcamiento, pero
tampoco puede mantener la cara seria—. Estás celosa de mi auto
dulce culo.
—Diablos, sí, lo estoy, —lo admito—. Entonces, ¿vas a decirme
qué pasa con Christian 2.0?
Christian suspira, pasando una mano por su cabello verde oscuro.
—Es complicado. —Le lanzo una mirada que dice “duh es obvio”,
y él continúa.
—Benton y yo…
—¡Lo sabía! —Lo señalo triunfalmente, casi saltando de mi
asiento.
—Sí, sí, eres un Sherlock Holmes normal, —murmura—. De todas
formas. Nosotros… ya sabes. Estamos juntos. O lo estábamos.
No lo sé ahora. Benton es bisexual, por ejemplo. Y puedo lidiar
con eso. No es como si estuviera realmente con Mikaela, a pesar
de lo que pueda creer. Pero a él le importa tanto. Joder. Mucho.
Sobre lo que todos piensan. Cuando sólo estamos nosotros, todo
está bien. Es perfecto, incluso. Pero una vez que pasa tiempo
con su hermano mayor o sus amigos imbéciles, es como si un
interruptor se moviera. Es frío, distante… odioso. ¿Recuerdas el
día que peleamos en la sala? —pregunta, mirándome antes de
girar sus ojos de vuelta a la carretera—. Estaba coqueteando
contigo para hacerme enojar, la noche anterior fue la primera
noche que nos enrollamos, y al día siguiente, fue como si quisiera
castigarme por ello.
Suena demasiado familiar.
—Ni siquiera puedo pretender saber lo difícil que debe ser no
sólo admitir a ti mismo, sino a tu familia y amigos que eres gay,
pero no puede tratarte así, amigo. Ya es bastante malo ser el
pequeño y sucio secreto de alguien, —digo, pensando en mi
conversación con Pierce. A veces los secretos son necesarios.
—Estoy tan harto de que me importe una mierda lo que piensen
los demás. Sólo para, no sé, probar un punto o algo así, decidí
hacer algo que he siempre quise hacer, —dice, señalando su nuevo
look—. Mis padres lo odian. Mi madre ni siquiera quiere que mi
abuelo me vea. Benton realmente lo odia. Pero no me importa.
Soy libre, carajo.
—Una reina del drama, —me burlo.
—Culpable.
—Sabes que cuando Benton arremete así, no se trata de ti,
¿verdad? —Añado más seriamente—. Se odia a sí mismo y se
desquita contigo.
—Lo sé. —Asiente sombríamente. Nos detenemos en mi jardín,
Christian deja salir un silbido por lo bajo.
—Maldición, Remi. Hay muchas cosas que no me has contado.
Jadeo mientras miro hacia arriba para evaluar el daño, y mi
estómago instantáneamente se retuerce. Esperaba más latas de
cerveza y basura, pero esto es mucho peor.
El patio está lleno de sillas rotas, botellas de cerveza desechadas,
y Señor sabe qué más, pero lo que realmente preocupa es la
puerta mosquitera rota, completamente separada del marco, y
mi puerta principal que se ha abierto. Por dentro es aún peor.
La mesa está volteada, los vasos esparcidos por el suelo.
Recipientes de alcohol, cigarrillos y cajas de pizza vacía cubren
todas las superficies. Mis pies se pegan al suelo de las baldosas,
y huele como a la muerte directa aquí. Es como si Ryan no
hubiera estado en casa en días. Ese pensamiento envía un
escalofrío por mi columna, Tengo pánico, algo le está pasando.
Pero dejo el miedo a un lado. Es Ryan. Él es invencible. El único
que podría hacerle daño es él mismo, y si hay algo que puedo
decir con seguridad sobre Ryan, es que el chico es un
superviviente. Siempre lo ha sido.
Escaneo el resto de la casa, buscando cualquier cosa que falte o
esté rota. El espejo del baño está destrozado, pero aparte de
eso, las otras habitaciones parecen estar mayormente intactas.
Gracias a Dios.
Vuelvo a la cocina, ignorando la forma en que mis zapatos se
pegan al suelo a cada paso, y tomo las bolsas de basura debajo
del fregadero. Saco una, tiro la caja a Christian, y empieza a
barrer las cosas del mostrador y las arroja a la bolsa.
—Suéltalo, —dice Christian, agachándose para recoger los trozos
más grandes de vidrio.
—Es una larga historia. —Suspiro—. Ni siquiera sé por dónde
empezar.
—Mira alrededor, Cenicienta. Tenemos tiempo.
—Te llamé el viernes por la noche, —empiezo—. No respondiste,
así que todo este asunto es básicamente tu culpa, —me burlo,
pero mi sonrisa no llega a mis ojos.
—En resumen, Ryan tuvo una fiesta. Le pillé tomando drogas, y
no me refiero a fumar hierba. Lo confronté. Me empujó a la
mesa de café. Necesitaba salir de aquí.
—Mierda, Rem. Siento no haber contestado. Benton…
—Está bien. —Sacudo la cabeza—. El Sr. James me había dado
su número. Él sabe cómo se puede poner Ryan. Así que lo llamé.
Y vino a buscarme.
—De ninguna manera. —Christian sonríe como el gato que se
llevó el canario—. Dime. Vino aquí todo en modo “capitán Save
a Hoe27”.
—Totalmente lo hizo. Si no hubiera estado tan molesta, me
habría excitado.
Christian levanta una ceja ante eso.
—Vale, estaba un poco excitada.
27
Canción del artista E-40
—Obviamente. Continua… —Respiro profundamente antes de
continuar. Decir esto en voz alta lo hace real. Una parte de mí
quiere explotar, pero una parte mucho más grande se siente
protectora de nuestro secreto. Si tengo que decírselo a alguien,
Christian es la mejor opción. Tiene demasiados esqueletos propios
para ir por ahí exponiendo los míos.
—Me llevó a su cobertizo para botes. Nos besamos. Mucho. Pero
él no quiere ir más lejos que eso. Pasamos todo el fin de semana
juntos, pero luego esta mañana, fue como si no quisiera tener
nada que ver conmigo. —Ato bolsa de basura y la tiro por la
puerta principal, y luego vuelvo para llenar otra. No le cuento
el incidente de la clase de hoy. Engancharse en clase es
probablemente la peor cosa que podríamos haber hecho.
—Probablemente esté asustado. Tampoco lo culpo exactamente,
Rem, —él dice implacablemente.
—¿De qué lado estás?
—Del tuyo. Siempre. Pero podría perder su carrera. Su
reputación. Podría ir a la cárcel. ¿Qué es lo que realmente tienes
que perder en esta situación?
Todo. Ya estoy muy metida. Y eso es lo que me temo.
—Deja de querer darle sentido a tu estúpida lógica.
—Sólo quiero dejar las cosas claras nena. Pero creo que se
preocupa por ti. Llámame loco, pero no creo que se arriesgue
sólo por un pedazo de culo.
—O tal vez se dio cuenta de que cometió un error, y ahora está
tratando de hacer lo mínimo para mantenerme callada.
Christian resopla.
—Vamos, Remington. Soy gay, e incluso yo estoy un poco
enamorado de ti.
—¿Qué? —Me río.
—Eres caliente. —Se encoge de hombros—. Por no hablar de
genial y lo inteligente como la mierda que eres. El trío perfecto.
—Bueno, gracias, pero creo que volveré a salir con personajes de
ficción. Todo el mundo sabe que los chicos de los libros son
mejores.
Christian pone los ojos en blanco y pone una pila de platos en el
fregadero.
—No estaría tan seguro de eso, —dice, mirando por la ventana.
—Hablo en serio. Ha dejado muy claro que se arrepiente.
—¿Es por eso que está acechándote a fuera de tu casa ahora
mismo?
¿Qué?
Me muevo tan rápido que mi cola de caballo me golpea en el
rostro. Miro hacia afuera y por supuesto, ahí está el Sr. James,
alejándose de mi casa.
No sé por qué, pero esto me hace sentir un tanto triunfante
como irracionalmente enojada. Quiere que me olvide de donde
vive, pero puede llegar a mi casa cuando le plazca.
Quito la mochila de la mesa de la cocina y saco mi teléfono.
Murió durante el fin de semana, así que lo enchufo cerca del
mostrador y espero que encienda. Una vez que se enciende, ignoro
el ataque de los textos entrantes de Ryan de los últimos dos
días y le envío un mensaje rápido a Pierce.
Yo: ¿Ahora me espías, profesor?
Mi teléfono suena ni siquiera diez segundos después.
Pierce: Sí. Pensé que nuestra relación no era lo suficientemente
dramática, así que he decidido añadir el acecho a la lista.
A regañadientes, sonrío ante eso.
Yo: ¿Qué relación? Sólo eres mi profesor, ¿recuerdas?
Pierce: El hecho de que todavía pueda olerte en mis dedos dice lo
contrario.
Oh, santo Jesús. Siento que mis mejillas se calientan al recordar
a esas talentosas manos en mi cuerpo hace una hora.
Yo: Váyase a casa, Sr. James.
Pierce: Sólo me aseguro de que estés a salvo. La casa de botes
sigue siendo toda tuya.
Yo: No será necesario.
Arrojo mi teléfono sobre el mostrador, ignorando la sonrisa de
Christian.
—Sí, tienes toda la razón. No le importas para nada. De hecho,
yo creo que te odia, —dice sarcásticamente. Tiro una lata de
cerveza vacía en él, pero la esquiva.
—Menos hablar. Más limpiar.
—No puedo creer que me convencieras de hacer esto de
nuevo, —se queja Christian—. Sabes, eres una especie de mala
influencia.
—Me lo dicen mucho, —digo, saltando de su bestial auto.
Anoche, Christian me ayudó a limpiar toda la casa antes de
informarme de que íbamos a tener una fiesta de pijamas. Nos
pidió una pizza, y nos quedamos despiertos hasta tarde hablando
de los hombres tan volátiles en nuestras vidas y cómo apestan.
No quería ir a la escuela hoy por un par de razones. La primera
porque hoy es mi cumpleaños. La segunda, bueno, estaría
mintiendo si dijera que no quiero ver a Pierce, pero el deseo de
castigarlo es más fuerte que mi impulso para verlo hoy. Apenas.
Cuando Christian luchó conmigo por saltarse todo el día, saqué
la tarjeta de cumpleaños. Se rindió y me llevó a desayunar antes
de perder todo el día bebiendo Bloody Marys y jugar videojuegos
en su casa. Quería tener un día de piscina, pero el cielo estaba
oscuro y sombrío, el aire estaba inusualmente pegajoso. Se acerca
una tormenta, y es el mejor regalo que podría haber pedido. Me
encanta la temporada de monzones 28. Ahora, tenemos unos
cuantos tragos demás, y tengo un par de horas para matar antes
de que mi padre vuelva a casa.
—¿Y ahora qué, cumpleañera? ¿Película? ¿Llamadas telefónicas
de broma? —Christian mueve las cejas.
—Hoy cumplí dieciocho años, no doce. —Me río. Aunque las
llamadas de broma nunca pasan de moda.
28
El monzón es un viento estacional que se produce por el desplazamiento del cinturón ecuatorial. En
verano los vientos soplan de sur a norte, cargados de lluvias. En invierno, son vientos del interior que
vienen secos y fríos.
—Bien, chica dura. Vamos a comprarte un paquete de cigarrillos.
Mejor aún, conseguiremos un tatuaje, o iremos a un club de
striptease, —bromea.
—¡Oh Dios mío, eres un genio! —Digo, de repente, emocionada
por la idea.
—¡Estaba bromeando! No quiero ver tetas caídas. Incluso si no
fuera gay. —Él se estremece, y yo me río.
—No el club de striptease. ¡El tatuaje! —Me río. Todavía tengo
el dinero de Pierce escondido en mi bolso, y me siento lo
suficientemente infantil como para gastarlo.
—Joder, sí, nena, hagámoslo, —dice, agarrando su teléfono.
—¿Qué estás haciendo?
—Llamando a un Uber. Estoy ebrio. —Oh. Bien. Treinta minutos
después, estoy mostrando mi identificación, y luego estoy medio
desnuda en una mesa de tatuajes de cuero negro en alguna tienda.
Imaginamos que no serían bastante relajados con el hecho de
tatuar a los borrachos, pero mis nervios y el viaje me han hecho
recuperar la sobriedad.
El tipo que está a punto de tatuarme se llama Dylan. Es alto,
está tatuado y es delgado, pero es hermoso.
—¿Va a doler? Esa es una pregunta estúpida. Apuesto a que la
gente te pregunta eso siempre, —balbuceo nerviosamente.
—Sip.
—Sí, va a doler, o sí, ¿te lo dicen mucho?
—Ambos.
De acuerdo entonces.
Respiro profundamente y le digo lo que quiero que haga.
—Bastante fácil. —Asiente pensativo—. Muy bien, hermosa. Date
la vuelta a tu lado izquierdo y que empiece la fiesta. —Se coloca
los guantes, y me siento un poco aliviada cuando veo que su
tinta parece legítima. No es que se haga sus propios tatuajes,
pero al menos tiene buen gusto.
Christian toma mi mano que se extiende sobre mi cabeza desde
su taburete, a mi lado, mientras me agarro la camisa para
cubrirme el pecho con la otra mano. Oigo el zumbido antes de
sentirlo y trato de no saltar cuando la aguja golpea mi delgada
piel debajo de mi pecho y cerca de mis costillas. Al principio, no
está mal, pero intenta rascarte en el mismo lugar una y otra
vez. Se pone crudo rápidamente.
—Hijo de mil putas, esto duele, —siseo.
—Toda una dama. —Christian se ríe a mi lado.
—¿Cuánto tiempo ha pasado?,¿Una hora? —Me quejo. Christian
rueda sus ojos.
—Ni siquiera veinte minutos, reina del drama. ¿De dónde es eso,
de todos modos?
Asiente con la cabeza a las palabras que se están grabando en mi
piel.
—Es de una de mis canciones favoritas. Y, también, uno de los
apodos de mi padre para mí.
Siento que Dylan me pasa un trapo contra mis costillas, y luego
el zumbido se detiene.
—Levántate y compruébalo tú misma, —dice, sosteniendo un
espejo.
Es perfecto. Dos líneas que empiezan justo debajo de mi pecho
derecho escritas a través de mis costillas en la escritura más
bonita y delicada que he visto nunca.
Soy la violencia en la lluvia torrencial.
Soy un huracán.
—¡Me encanta! —Emito.
—Súper sexy, nena, —dice Christian, sacando algo de dinero de
su cartera.
—¿Qué estás haciendo?
—Dándote tu regalo de cumpleaños. —Él sonríe.
—Chris, no. Tengo dinero. —La idea de Pierce de “dinero para
el almuerzo” era más de cien dólares. Además, tenía un par de
dólares propios. Dios, realmente necesito un trabajo.
—Guarda el dinero de tu sugar daddy. —Sonríe.
—Te odio, —digo, empujando su hombro—. Pero te amo.
Gracias.
Dylan pone algún tipo de pomada fría sobre mi tierna piel y me
venda.
—Vale, deja esto puesto durante seis horas. No lo toques. Lo
digo en serio, —advierte, apuntando con un dedo de la.
mano—. Una vez que te quites la venda, lávate todo el ungüento
y quítalo con un jabón suave, como un Dove. Mantenlo hidratado
con algo que no tenga ninguna fragancia. No lo cubras de nuevo.
Después de las seis horas. Déjalo respirar. No nades o sumerjas
la tinta hasta que todas las costras se caigan. Usa el sentido
común y todo estará genial.
—Uh, ¿puedes escribir todo eso? —Estoy demasiado emocionada
para centrarme en todo lo que acaba de decir. Se ríe y me da
una bolsa con instrucciones y una muestra de alguna pomada para
frotarla después. Con cuidado me pongo la camisa de nuevo sobre
mi cabeza, y nos vamos.
Después de obligar a Christian a tomar algunas fotos de mi
tatuaje con mi cámara y fuéramos por un café, que yo invité, le
pedí que me dejara en casa, así puedo esperar a mi padre.
Necesito hablar con él sobre Ryan. Estoy temiendo tener esta
conversación, pero sé que Pierce tiene razón. Necesito darle a
mi padre la oportunidad de ser un padre. Y aunque lo más
probable es que Ryan me odie después, es la única forma para
que tenga alguna esperanza de llegar a los treinta años. Él sólo
se ha ido un par de semanas, pero parece una vida entera. Todo
tiene que cambiar.
—Buena suerte con tu padre. Envíame un mensaje más tarde,
perra cumpleañera, —grita desde la ventana.
—Nos vemos.
Cuando entro por la puerta, mi casa está completamente como
la dejé. Significa que Ryan todavía no ha mostrado su cara. Creo
que nunca he estado tanto tiempo sin verlo, y cuando pienso en
cómo nos hemos distanciado y cuánto ha cambiado, siento una
punzada de tristeza. Y sólo un poco culpa.
Cada año en mi cumpleaños, mi papá y Ryan me llevan a
Freemont Street para ver el espectáculo de luces. No esperaba
exactamente que Ryan apareciera como si no hubiese pasado
nada, pero me duele no tenerlo aquí. Tomo mi teléfono para a
ver si ha enviado más mensajes de texto, nada. Mí padre viene
tarde, que sorpresa. Así que mientras espero, como, me ducho
y termino de limpiar. Cuando me quedo sin cosas que hacer, me
acuesto en el sofá y abro un libro en mi aplicación de kindle. El
inconfundible sonido de un camión de dieciocho ruedas
eventualmente interrumpe mi lectura, y corro fuera. El monzón
se está moviendo con fuerza y rapidez. El cielo está casi
completamente negro, y el viento está aullando.
—¡Papá! —Chillo, lanzo mis brazos alrededor de su cuello, inhalo
profundamente.
Huele a café y a tabaco de mascar, y sé que si se diera la vuelta,
vería la reveladora huella circular en su bolsillo trasero donde
guarda el mencionado tabaco masticado.
—Oye, Huracán, —dice cansado, usando su apodo para mí. Cuando
él ve la pantalla lanzada al azar contra el costado de la casa, me
echa una mirada, pero sorprendentemente, no hace ninguna
pregunta.
—Tengo que hablarte de algo, —digo mientras nos tomamos
nuestro tiempo caminando hacia la puerta. No tenemos prisa por
salir de la tormenta. Casi todos mis recuerdos favoritos con mi
padre tienen lugar en noches como esta.
Una vez que estemos dentro, examina los daños. Está tan limpio
como pude conseguir, pero todavía falta una mesa de café y hay
unas cuantas manchas extra.
—Sí, yo diría que sí, cariño. —Se levanta la gorra y se limpia el
sudor de su frente con su antebrazo antes de lanzar la gorra
sobre el mostrador.
—Déjame hacer un café primero. —Suspira.
—Ya me he ocupado de ello. —A mi padre no le importa si son
-9° o 45° Celsius. Todavía bebe café las 24 horas del día, le
sirvo en su taza favorita de Harley Davidson antes de tomar
asiento en la mesa frente a él, enredando mis dedos y
apoyándome en mis codos.
—Ryan necesita ayuda, papá, —empiezo, sutil como siempre.
Está luchando ahora más que nunca. Toma un sorbo de su bebida,
sin mostrar ninguna señal de que ha escuchado lo que he dicho.
Trago antes de continuar. —Este fin de semana, sólo… explotó.
Eso es lo que le pasó a la puerta, y, bueno, todo lo
demás, —digo, gesticulando por la habitación.
—Remington. —Suspira—. Creo que tú eres la que necesita
ayuda. —Su voz es una línea plana. Toma un segundo que lo
asimile. No podría estar más sorprendida si decidiera pararse y
golpearme en la cara. Ciertamente se siente igual para mí.
—¿De qué estás hablando? —Pregunto, mis cejas hunden con
confusión.
—Ryan me lo contó todo. Pensé que esta escuela sería buena
para ti. Un nuevo comienzo. Pero parece que fue
contraproducente. —Deja su taza y pasa una mano sobre su corta
barba, un hábito nervioso suyo que me dice que se siente
incómodo.
Oh, Dios mío. Ahora tiene sentido. Su falta de entusiasmo. Su
no—reacción al ver el daño. Ryan llegó a él primero. Siento mi
sangre calentándose en mis venas, hirviendo de rabia.
Ese hijo de puta.
—¿Y qué te dijo exactamente, papá? —Digo, cruzando mis
brazos a la defensiva.
—Hace tiempo que me ha dado a conocer sus preocupaciones.
Desde que empezaste en West Point. Pero dijo que después de
este fin de semana, no podía verte destruirte más. Dijo que
tenías una fiesta y que había drogas de por medio.
—¿Qué? Ese maldito mentiroso.
—¡Ese chico es un desastre preocupándose por ti, Remington! Él
probablemente todavía te está buscando. Eres todo lo que tiene.
¿Por qué iba a mentir?
—¡Porque lo atrapé tomando drogas! ¡Era su fiesta y sus amigos
de mierda! —Extiendo mis brazos, mostrándole los cortes y
moretones que están sanando.
—¡Me empujó a través de una maldita mesa de cristal! —Grito.
Había una docena de testigos. Tal vez más. Pero conociendo a
Ryan y a sus amigos, van a decir lo que les convenga. Estoy
completamente indefensa. Es mi palabra contra la de ellos. El
mundo es tan injusto. Es un pensamiento juvenil, incluso ingenuo,
pero me golpea en mi estómago. Y se queda ahí, cavando más
profundo.
—Ryan dijo que estabas borracha y te caíste en la mesa.
Levanto las manos.
—Bueno, tienes una respuesta para todo, ¿no? —Agito mi
cabeza. Jodidamente increíble.
—Dime algo, Remington, —dice papá oscuramente, con las cejas
hundidas.
—¿Está mintiendo también acerca de que tú sales con un hombre
mayor?
—¡Tienes que estar bromeando! —Grito, ni siquiera tratando de
controlar mi estallido. Esto es una locura. Me levanto porque
necesito hacer algo con mi cuerpo, y preferiría que ese algo no
sea tirar la cafetera en su cara.
—¡Responde a la maldita pregunta! —Ruge.
Estoy paseando de un lado a otro en la pequeña cocina que se
siente como si fuera a impedir que me escape. No hay manera
de que yo tire a Pierce bajo el autobús. Nunca he tenido que
mentirle a mi padre, pero por esto…
Ni siquiera es una pregunta. Cree que soy una mentirosa, de
todos modos. También podría actuar.
—No, —digo uniformemente—. Llamé a mi amigo Christian, muy
gay, mi amigo adolescente… y me recogió. Dejó que me quedara
con él para que no estuviera cerca de Ryan. Ha cambiado, papá.
Me hizo daño. Más de una vez.
—Lo que sea que haya pasado con ustedes dos, estoy seguro de
que no lo dijo en serio, parece que esto fue un gran malentendido.
Ya sabes cómo es cuando se trata de ti. Sólo está siendo un
hermano mayor sobreprotector.
—¡Porque me quiere a mí, papá! No hay nada fraternal en su
amor. Confía en mí. —Saber cómo Ryan me ha estado tratando
sólo le romperá el corazón a mi padre, pero estoy más allá de
pensar racionalmente en este punto. Y tengo el corazón roto
ahora mismo.
—No digas ni una maldita palabra más. No sé lo que está pasando
con ustedes dos, pero no quiero que hables así. Tu hermano ha
pasado mucho. La última cosa que haría es lastimar a cualquiera
de los dos.
No hay forma de llegar a él. Ahora lo veo. Sostengo mi cabeza
entre mis palmas, con el temor de que esté a punto de explotar.
—Si quieres permanecer inconsciente, entonces está bien. Pero
no voy a quedarme y mirar. —Me pongo los zapatos cerca de la
puerta.
—No irás a ninguna parte, —dice, cruzando los brazos.
—Feliz puto cumpleaños para mí, —murmuro entre las lágrimas
luchando su camino a la superficie. Y con una mirada a la cara
de mi padre, la forma en que suspira pesadamente y aprieta los
ojos como si estuviera pateando mentalmente su propio culo, lo
sé. No está aquí por mi cumpleaños. Ni siquiera se acordaba.
Sacudo la cabeza con incredulidad y abro la puerta.
—Remington, espera, —dice papá casi tímidamente, frotando su
frente. Pero no puedo esperar. Estoy perdiendo a Ryan, y mi
padre no sólo parece despreocupado por su propia hija, sino que
prefiere engañarse a si mismo antes de admitir que Ryan necesita
ayuda.
—Remington, —dice de nuevo, más agudo esta vez—. ¡No puedes
salir con eso! —Hace un gesto afuera donde el clima se ajusta a
mi estado de ánimo. Oscuro, tormentosa, embrujado.
Con una mano en el pomo de la puerta, lo miro por encima del
hombro.
—Mírame.
Abro la puerta principal, la pesada puerta de metal ya está
golpeando contra el lado de la casa repetidamente. El viento está
aullando, pero el aire está caliente y opresivo. Mi cabello choca
contra mi rostro mientras trato de averiguar mi próximo
movimiento. Pero ya sé a dónde voy. Nunca fue una elección.
Pierce
Salgo corriendo hacia la parada del autobús. No me importa que
no tenga nada conmigo, excepto unos pocos billetes en mi bolsillo
o que la lluvia este cayendo con fuerza y sólo estoy en una
camiseta sin mangas, mis pantalones cortos, y mis Chucks. No
me importa que no tenga mi teléfono, ni que estoy corriendo
alrededor de una parte sórdida de la ciudad, sola por la noche.
Nada de eso importa. Solo puedo pensar en llegar a Pierce.
El viaje en autobús es borroso. Nadie me habla o me mira con
curiosidad. Nadie se pregunta por qué una joven está empapada
y visiblemente molesta en un autobús sola por la noche. Esto es
Las Vegas. Probablemente soy la cosa más normal que este
autobús ha visto todo el día. Miro por la ventana, viendo, pero
no absorbiendo realmente hasta que las asquerosas gasolineras y
licorerías empiezan a convertirse en cerradas comunidades y
céspedes bien cuidados. El largo viaje no hace nada para calmarme.
Con cada minuto que pasa, me siento más desesperada, más
derrotada.
Fiesta de lástima para mí, la mesa ya está lista.
La lluvia se convierte en granizo que golpea el autobús, y el
conductor se desvía para evitar un choque de tres autos en una
intersección. Los truenos suenan no muy lejos. Finalmente, el
autobús llega a una parada a un kilómetro y medio del lugar de
Pierce. Respiro profundamente antes de salir al monzón. Corro
en dirección a la casa de Pierce, salpicándome a través de las
inundadas calles, y una vez que llego a las puertas de su
vecindario, me doy cuenta de que ni siquiera tengo el código.
—¡Joder! —Pateo la puerta y me arrepiento inmediatamente de
esa decisión cuando el dolor irradia a través de mi pie. El viento
sopla el granizo a mi lado, enviando mil balas en mis piernas
desnudas, y un relámpago que ilumina el cielo. Mentalmente,
trato de recordar lo que mi padre me enseñó sobre la medición
de la distancia de una tormenta.
—Muy bien, Remi, mira la luz, luego cuenta los segundos hasta
que escuches los truenos.
—Un Mississippi, dos Mississippi, tres Mississippi, cuatro
Mississippi,
Cinco Mississippi…
Los truenos retumban antes de que llegue a seis.
—Cinco segundos, —le digo, sentada en el mostrador con mi
barbilla en mis rodillas sucias, mirando las palmeras que amenazan
con caer en el patio.
Espero que lo hagan. Me encantan las tormentas. Pero incluso
más que verlas, me encanta jugar entre sus restos después.
—Así es. Así que, para averiguar dónde cayó el rayo, divides los
números de segundos entre el rayo y el trueno por cinco. ¿Qué
tan lejos está la tormenta?
—Cinco dividido por cinco es uno, así que… ¿un kilómetro y
medio? —miro, emocionada de que está tan cerca. Me despeina
el cabello con una sonrisa orgullosa.
—Bingo, —dice y vuelve su botella de cerveza para otro trago.
—Y si son menos de treinta segundos, ¿qué debes hacer?,
pregunta.
—Cubrirme, —respondo firmemente.
—Buena chica.
—¿Puedo ir a jugar afuera cuando termine? —le ruego.
—Claro. Los monzones no tienen nada que hacer contra el huracán
Remi, —bromea.
Otro relámpago me saca de mi recuerdo, y cuento.
—Un Mississippi, dos Mississ. —El trueno atraviesa el cielo ni
siquiera tres segundos después. Dios, soy un idiota. Ni siquiera
tengo mi teléfono conmigo. Las lágrimas caen rápido y duro
ahora, mezclándose con la lluvia. Me acerco al teclado fuera de
la puerta y apuñalo números aleatorios en un intento para
entrar. Intento todas las combinaciones de números obvias sin
éxito.
Hijo de puta.
Final y afortunadamente, un auto viene a la vuelta de la esquina.
Me pongo detrás del teclado mientras el auto se acerca, y una
vez que introduce el código, está con demasiada prisa para darse
cuenta o incluso preocuparse de que me deslizo a través de la
puerta detrás de él. Me devano los sesos tratando de recordar
dónde está exactamente la casa de Pierce. Se ve tan diferente
por la noche. Cuando paso la gran señal “¡Es un niño!” de antes,
sé que voy en el camino correcto. Entonces, veo su casa.
Ahora probablemente sería el momento de pensar en algo que
decir. Una explicación de por qué estoy aquí. Sin ser invitada y
en ruinas. En el medio de una maldita tormenta. Pero la etiqueta
nunca ha sido mi fuerte. Llamo al timbre y espero, de repente
tengo miedo de que ni siquiera esté en casa.
Su auto no está en el frente, pero asumí que estaba en el garaje.
Especialmente en este tiempo. Pero luego abre la puerta. Todo
desaliñado y con los ojos adormecidos la perfección. No tiene
camisa, y su perfecta V se muestra en lo bajo de su pantalón de
chándal gris.
—¿Remington? —pregunta, abriendo la puerta de par en par. La
somnolencia en sus ojos se transforma rápidamente en
preocupación—. ¿Qué demonios estás haciendo Aquí? ¿Cómo
llegaste aquí? —Escanea la calle para buscar mi fuente de
transporte antes de agarrar el dobladillo de mi camisa y tirarme
dentro.
Cierra la puerta y la cierra con llave por si acaso. No respondo
a su pregunta. Ni siquiera sé qué decir. Todo lo que sé es que
lo necesito.
—Remington, di algo. ¿Qué ha pasado? —Su voz es dura, pero
se derrite en los bordes.
Debería contarle todo sobre mi noche con Ryan, con mi padre y
lo haré, pero ahora mismo, no quiero hablar de eso. Pierce me
toma la cara con las dos manos, registrando mis ojos. Sus pulgares
rozan mis mejillas mientras sus dedos se clavan en mi nuca, y el
movimiento es tan simbólico para él.
El perfecto brebaje, áspero, pero dulce. Exigente, pero paciente.
—Remington, —advierte ese tono que nunca deja de dar
escalofríos a través de mi cuerpo.
—Es mi cumpleaños, —susurro.
Capítulo 17
Pierce
Estoy en mi oficina, reflexionando sobre el hecho de que no pude
ver a Remington hoy mientras repasaba la nueva información que
tengo sobre Ryan. Debatiéndome cómo iba a decirle sobre mi
conexión con él, cuando escuché el timbre de la puerta. No pude
creer lo que mis ojos vieron cuando abrí la puerta y encontré a
mi mayor tentación ahí de pie, empapada con la ropa pegada a
su cuerpo como una segunda piel. Su cabello empapado goteando
sobre sus converse blancos. Su pecho se agita y sus pezones se
tensan contra su camiseta de tirantes. Sus ojos rojos. Dios, es
hermosa cuando está triste. Me hizo querer matar a todos sus
dragones y luego hacerla llorar al mismo tiempo. Mis sentimientos
por esta chica nunca tuvieron sentido. He intentado luchar contra
esto, hacer lo correcto, a pesar de lo que mis acciones en la clase
de ayer le hicieron pensar. Pero luego dice tres palabras que
cambian todo.
—Es mi cumpleaños, —susurra finalmente, ojos verdes mirándome
a través de pestañas gruesas, húmedas y oscuras, y mi
determinación se fue.
El juego cambia.
El telón se levanta.
El abogado que hay en mí pone mi cuerpo en marcha.
Mi cuerpo da luz verde a mis manos.
Y entonces estoy sobre ella, levantándola en mis brazos,
envolviendo sus piernas alrededor de mi cintura mientras me
aprieta los hombros. Choco su espalda contrala pared de la puerta
principal, y ella deja salir un pequeño grito. Sus labios están
separados, y los trazo con mi lengua antes de deslizarme dentro.
La beso como si me ahogara y ella es el aire que respiro, y me
besa como si tuviera miedo de que yo desaparezca en cualquier
momento. Como si fuera a entrar en razón y la fuera a detener.
Si fuera un hombre inteligente, lo haría.
No voy a ninguna parte esta vez, Remi.
Mis labios encuentran su cuello, y bombeo mis caderas entre sus
pantalones cortos mojados.
—Pierce. Sí. —dice suavemente, sin aliento, con urgencia. Y eso
es todo el permiso que necesito. Doy la vuelta y me dirijo a las
escaleras, sosteniéndola con una mano en la nuca y otra en el
culo. Subo los escalones de a dos, mientras sus manos me agarran
el cabello y sus dientes me muerden el cuello. Estamos frenéticos
y desesperados, ambos sabemos lo que está a punto de suceder.
Ninguno de los dos habla, temiendo que se rompa el hechizo.
De una patada abro la puerta de mi habitación y la acuesto sobre
mi cama. Mis manos se enredan en la cintura de sus pantalones
cortos aún empapados y luego los estoy tirando hacia abajo, junto
con su ropa interior, mientras ella arranca su camisa, exponiendo
al par de tetas más perfectas que he visto en mi vida. Llenas y
de porcelana con pezones firmes en el más suave tono rosado.
Me inclino para succionar su pezón dentro de mi boca cuando lo
veo. Un tatuaje debajo de un envoltorio transparente.
—¿Cuándo te lo has?...
—Hoy. —Se encoge de hombros. Mis dedos rozan su torso,
deslizándose hasta el borde del apósito, la miro pidiéndole
permiso. Ella asiente, sosteniendo sus brazos sobre su cabeza. Lo
despego, revelando dos líneas que me dan una visión aún más
profunda de cómo se ve Remi a sí misma. Destructiva. Alocada.
Y ella es esas cosas, pero se olvidó de algunas. Hermosa. Sensible.
Feroz. Fuerte. Leal.
—¿Te gusta? —pregunta en voz baja.
—Me encanta. Eres increíble, Remington Stringer.
Doy un paso atrás para tomarme un momento para guardar esta
imagen en mi cerebro.
Ella yace allí, temblando, con su oscuro y húmedo cabello
esparcido sobre mis sábanas blancas y sólo con sus tenis. Su figura
diminuta luce aún más pequeña en medio de mi cama
King—sized. Sus labios rojos e hinchados. Sus ojos rogando que
los siguiera.
Nunca he sido un hombre religioso, pero ver a Remington Stringer
acostada en mi cama como un cordero de sacrificio me hace
querer arrodillarme, enterrar mi cara entre sus muslos, y
adorarla. Así que eso es lo que hago. Sin romper el contacto
visual, me arrodillo delante de ella, pasando mis manos por sus
muslos, deteniéndome para lamer el corte en su muslo, y arrastro
mis labios hasta el pliegue de su pierna.
Mis brazos mantienen sus piernas pegadas a la cama mientras
separo sus labios con mis pulgares, exponiendo el interior rosado.
Mierda, ella es magnífica en todas partes.
—Dime que quieres que te pruebe, Remi. —Mi voz está tensa,
pero necesito saber que ella quiere esto.
—Dios, sí, —ella respira, retorciéndose debajo de mí. Su piel se
eriza antes de que la toque.
Sus ojos aún están fijos en los míos, me inclino hacia adelante
para tomar el primer bocado de lo que es mío. Una lamida
superficial roza su clítoris, y tan pronto como mi lengua hace
contacto, sus caderas de se acercan a mi cara con un jadeo.
—Dios mío, —murmura, apretando las sábanas entre puños
cerrados.
Si no lo supiera, pensaría que esto es nuevo para ella. Que yo
soy el primero en estar entre estos muslos cremosos y probarla
con mi lengua. Ese pensamiento, sin importar cuán fuera de lugar
pueda estar, me hace volver por más, y esta vez no soy gentil.
Chupo y muerdo su clítoris hinchado, y luego paso con mi lengua
y me la como como si mi vida dependiera de ello. Ella levanta
las rodillas, se extiende, queriendo más.
—Pierce, —se queja—. Se siente tan…
Pongo una mano en cada rodilla, y luego las pongo a ambas sobre
la cama, exponiéndola ante mí completamente.
—Joder, —respiro. Es tan suave, húmeda, blanda y ahora mismo,
es mía. Aplasto mi lengua y la lamo desde su apretado manojo
de nervios hasta su aún más apretado agujero, y todo lo demás.
Cuando me la follo con la lengua, ella grita, apretando alrededor
de mi lengua, y me tiene gruñendo contra la cama como si fuera
un niño que está caliente, tratando desesperadamente de aliviar
el dolor en mi polla.
Sus pies se deslizan a mis lados, bajando mis pantalones de
chándal.
Cuando no puedo soportar más no estar dentro de ella, me
limpio el sudor y me arrastro sobre su cuerpo. Le palmeo las
tetas y me meto una punta en la boca. Su espalda se arquea, y
me agarra por detrás de la cabeza, sosteniéndome en su pecho.
Me acerco a sus labios y la beso largo y fuerte, dejándola
saborearse a sí misma en mi lengua, mientras me acomodo entre
sus muslos. Cuando mi polla se encuentra con su centro
resbaladizo, no puedo evitar el gemido que sale de mi boca, o la
forma en que mis caderas se empujan hacia ella. Deslizo mi polla
entre sus labios mientras Remington se sostiene en mi.
—Mierda. Estás tan jodidamente mojada que podría deslizarme
dentro de ti, —gruño.
—¿Por qué no lo haces? —Está sin aliento, pero es audaz como
siempre—. Quiero esto, Pierce. Te quiero a ti, —insiste, y antes
de que me de cuenta de lo que está haciendo, envuelve sus
piernas en la espalda, angula sus caderas y me congelo. La punta
de mi polla desnuda e hinchada está apenas dentro de ella.
El maldito cielo. Puro.
—Remington, —advierto, aprieto mis ojos. Ya es bastante malo
que esté a punto de follarme a mi estudiante. Follarla a pelo es
una cosa completamente distinta. Incluso yo tengo límites.
—Necesito sentirte. Sólo un poco, —ruega seductoramente
mientras comienza a moverse contra mí, trabajándome dentro de
ella. Sus cejas están juntas y se muerde el labio inferior.
¿Cómo puedo resistirme cuando me lo pide de esa manera?
Me pongo de rodillas y me agarro la base de la polla,
masturbándome con sólo la punta dentro de ella.
Cuando no puedo soportar más la provocación, me retiro,
ignorando su lloriqueo de protesta y frotando su clítoris con la
cabeza de mi polla.
—Ábrete para mí, Remi. Abre tu coño, —instruyo mientras me
inclino hacia adelante para alcanzar a ciegas el cajón de mi mesita
de noche y buscar un condón. Ella obedece, sus tímidos dedos
con uñas pintadas de negro se sumergen en su interior mientras
yo rompo el papel de aluminio con los dientes, luego lo enrollo
en tres segundos y me coloco de nuevo en su caliente entrada.
—Detenme ahora si no quieres esto. —Le sujeto los antebrazos
a los lados de su cabeza, enjaulándola. Esos grandes ojos verdes
me miran suplicantes, con tanta confianza, y tomo eso como mi
respuesta. Me lanzo a ella con un movimiento brusco, causando
que grite, y por Dios, está apretada.
Tan apretada que duele.
—Déjame entrar, Remington, —aprieto los dientes, trabajando
mi polla dentro de ella. Cuando nuestros ojos se encuentran, me
sorprende encontrar dolor en lugar de placer pintado en su
rostro, y hago una pausa.
—No te atrevas a detenerte, —dice, clavando sus uñas en mis
hombros.
—No podría parar ahora aunque lo intentara.
Le meto dos dedos en la boca. —Chupa, —ordeno. Y ella lo hace.
Cuidadosamente.
No puedo esperar a sentir esa boca en mi polla.
Saco mis dedos de su boca y los suelta con un chasquido, entonces
los llevo hasta donde estamos conectados y la froto hasta que
está retorciéndose contra mí, rogando por más, más fuerte, más
rápido. Me siento sobre mis talones para verme entrar y salir
de ella, y podría correrme sólo con lo que veo. Su largo y delgado
torso, la linda marca debajo de su seno derecho, sus tetas llenas
rebotando cada que se encuentra conmigo, cada empuje, su cabeza
echada hacia atrás en éxtasis. Esta chica es letal. De alguna
manera, sé que ella será mi fin, pero no me importa. Pues esto
de aquí, vale más que mil muertes.
Cuando sus piernas empiezan a temblar, pongo una mano debajo
de su pequeña espalda y la cubro con mi cuerpo otra vez. Entierro
mi cara en su cuello húmedo, mientras finalmente me permito
ceder. Me la follo castigándola. La estoy castigando. Por
abandonarme ayer. Por no venir a clase hoy. Por hacer que la
quiera.
—Córrete conmigo, Remi, —le susurro al oído antes de llevar su
lóbulo entre mis dientes.
—¡Pierce, me corro!, fóllame, me corro, —grita en mi oído
mientras se aferra a mi polla. Me hace llegar al orgasmo, y yo
me entierro en ella una vez más, llegando hasta la empuñadura
mientras me corro dentro de ella.
—Jodeeeeer, —gimo. Remington envuelve sus piernas alrededor
de mi espalda, sosteniéndome dentro de ella. Nuestros pechos
suben y bajan, pegados el uno del otro y mis sábanas están
empapadas de la ropa mojada que está debajo de ella, pero
ninguno de los dos hace un movimiento para separarse. Sé que
cuando lo hagamos me golpeará. La realidad de lo que hicimos.
Lo que yo hice. La culpa. Pero aún así no me arrepentiré.
Nos acostamos envueltos el uno en el otro, con sus uñas trazando
arriba y abajo mi espalda mientras entierro mi nariz en su cuello
hasta que las sábanas se enfrían y sus dientes empiezan a
castañetear.
—Mierda, vamos a calentarte, —me disculpo.
—Mhm, —murmura con sueño.
—¿Quieres tomar una ducha caliente?
—Uh—uh, —dice, sacudiendo la cabeza, y yo me río.
—¿Tienes hambre?
—No quiero nada. No quiero moverme nunca. —Ella bosteza y
se estira, y siento que mi polla empieza a endurecerse de nuevo.
Me muevo contra ella, y ella se estremece por el movimiento.
—¿Estás herida? —Pregunto, saliendo.
—Un poco dolorida, —admite—. Pero es un buen tipo de dolor.
—Remington, esta no fue… —Me aclaro la garganta, no estoy
seguro de cómo preguntar.
—No, —dice simplemente—. Pero no había pasado en mucho
tiempo, y no fue nada como esto.
—¿Cómo qué?
—Como nosotros.
La beso duro, porque sé lo que quiere decir. Yo también lo
siento.
Veinte minutos después, la levanto sobre la encimera de mi baño,
coloco sus talones en el borde, y me doy un festín con su coño
hinchado, luego bajo las escaleras para hacerle un sándwich
mientras se ducha.
Ella baja con una de mis camisetas blancas. Sus largas piernas
desnudas bajando por mis escaleras. Sus caderas se balancean. Su
cabello mojado goteando. Su rostro fresco, sin maquillaje, lo que
la hace parecer tan joven e inocente. Noto por primera vez las
ligeras pecas en su nariz, y decido aquí y ahora que me gusta
más esta versión de Remington.
Ella come, y yo la observo.
Ella bebe refresco, y yo la observo.
Me dice que diga algo, pero todo lo que tengo que decir es sucio
como el infierno o aterrador como la mierda.
Tomo su mano sin decir nada y la llevo de vuelta a mi dormitorio,
sintiéndome mucho más yo, mi verdadero yo, antes de la muerte
de Gwen, mucho más yo que cuando ella primero entró a mi
lugar. En mi casa. En mi dominio.
Se detiene en mi oficina y se asoma por la puerta ligeramente
abierta.
—¿Qué? —Me pongo gruñón.
—Siempre he querido follar en tu escritorio. —Se encoge de
hombros con una sonrisa.
—¿En la escuela?
Ella asiente con la cabeza. —Quiero sentir mi culo desnudo
rechinando contra los papeles de Mikaela y su estúpido grupo
mientras me follas sin sentido.
No debería ser tan difícil de escuchar como lo fue. Eso es seguro.
Abro la puerta de una patada y echo mi cabeza hacia un lado.
—Señorita Stringer, —digo—. A mi escritorio.
Se arrodilla y se arrastra en cuatro patas hacia el interior de la
habitación, su culo me reta de alguna manera.
Y estoy acabado.
Oficialmente soy completamente suyo.
Capítulo 18
Remi
Estoy sentada en su oficina y le cuento todo.
Está calificando los trabajos. No me deja ver lo que obtuve, pero
no importa. Ya sé que saqué un sobresaliente. Y no porque me
esté acostando con mi profesor, sino porque soy muy buena
debatiendo, lo que demostré esta noche cuando convencí a Pierce
de que me follara por tercera vez.
El latente dolor entre mis piernas es reemplazado por uno real.
Me duele en todas partes. Siento que me abrió y me llenó con
más de lo que podía manejar. Mis muslos todavía tiemblan por
los estragos de cada vez que tuvimos sexo.
Pierce lleva puesto sus pantalones de chandal grises y una larga
camiseta blanca. Hace calor afuera, pero Pierce mantiene su casa
como un iglú. Él todavía parece caro y rico, incluso en ropa que
Ryan suele llevar. Pierce huele a limpio. Como el jabón y la
colonia y un poco a mí. Y como el sexo. Mucho como sexo, en
realidad.
—¿Así que tu padre no te cree? —pregunta, pasando sus manos
por mi cabello. Estoy inclinada bajo su escritorio, viendo una pila
de fotos que recientemente había revelado. De nuestro viaje del
domingo. De la nueva imagen de Christian. Son fotos al azar,
como una de mis zapatos en una acera agrietada. La única flor
lo suficientemente valiente y fuerte para crecer en nuestro patio,
que de otra manera estaría lleno de tierra y malas hierbas. Y de
Pierce. Hay tantas fotos de Pierce. Él no tiene ni idea. Tengo
unas cien más esperándome en casa. De él. Mirando hacia abajo
a sus papeles detrás de su escritorio. Sonriendo a un estudiante
que respondió a su pregunta. Mirándome con esos ojos que
prometen darme placer y dolor por igual.
—No. —Me quito un mechón de cabello del rostro—. Le cree a
Ryan. Incluso Cuando le dije que Ryan me desea…
—Ya veo. —Pierce frunce los labios, y sé que está enojado.
—¿Así que eso es lo que te hizo huir?
—No me escapé. Sólo… me alejé de una muy jodida situación.
Eso, y que no se acordó de mi cumpleaños.
Pierce rueda su silla de oficina hacia un lado para que me coloque
entre sus piernas, miro hacia arriba y lo veo mirándome
fijamente.
—Quiero que recojas tus cosas y te vayas de allí.
—No tengo a dónde ir, y antes de que lo sugieras, no puedo
vivir en el embarcadero para siempre. Está demasiado lejos de la
escuela y de la civilización, y aunque odio lo caliente y frío que
eres conmigo, admito que mudarnos juntos sería pedir que nos
atrapen.
—¿Qué pasa con Christian? —Pregunta. Me encojo de hombros.
—Su familia está pasando por un momento difícil. Dudo mucho
que ellos vayan a dejar que una —basura blanca— viva bajo su
techo.
—No eres basura blanca, —Pierce dice con los dientes apretados.
—Eso no es lo que el resto de la escuela piensa.
—El resto de la escuela puede irse a la mierda.—
—Muy maduro. —Me río, pero en realidad, me siento un poco
mejor al oír eso. Él me toma la mano y tira de mí para que me
siente sobre sus muslos. Se siente tan diferente, estar sentada
sobre él en lugar de Ryan. Enredo mis brazos detrás de su cuello
y miro fijamente sus profundos ojos azules.
—Ya me las arreglaré. —Aliso su camisa como una excusa para
tocar más de él.
—No es necesario. Te alquilaré un lugar cerca de mi casa mañana
a primera hora mañana.
—Estás loco.
—Tienes dieciocho años, —dice—. Puedes vivir por ti misma. Todo
lo que pido es que mantengamos esto en secreto. Por ahora.
—Sabes que lo haré. —Y mientras lo digo, me doy cuenta de
que estoy dejando que Pierce cuide de mí. Estoy renunciando a
algo que es completamente mío y poniendo mi confianza en él.
Me están cuidando por primera vez en mucho tiempo, y no estoy
segura de cómo me siento al respecto.
—Traeremos tus cosas de tu casa mañana después de la escuela.
Me da una nalgada y me estremezco porque todo sigue doliendo.
—No quiero hacerlo. —Mi voz está por debajo de un susurro.
Casi inexistente. Pierce sabe exactamente lo que quiero decir
porque sacude la cabeza.
—No quiero que hagas esto sola. —Pasa su pulgar sobre mi
mejilla—. Te mereces mucho más que esta vida.
—Lo sé, pero quiero encontrar ese ‘más’ yo sola. Para ganármelo.
—Te lo has ganado. —Sus labios están ahora sobre los míos, y
sus dedos están en mí cabello—. Ahora déjame merecerte.
Pierce
Al día siguiente, recibí una llamada de Ducky Woods, el
investigador privado que contraté, saber sobre el caso de Ryan
Anderson es algo a prueba de balas. Desde el punto de vista de
un abogado, puedo decir directamente que puedo encerrar a este
tipo en la cárcel por mucho tiempo. Nevada no acepta ninguna
mierda cuando se trata de redes de narcotráfico y armas. Y Ryan
Anderson ha estado muy ocupado con ambas. Cuelgo la llamada
después de concertar una cita en una cafetería al otro lado de
la ciudad, lo más lejos posible de West Point y aunque no me
pregunta por qué, lo sé. Sé por qué, y eso me está matando.
Es hora de decírselo a Remington. Incluso después de lo que me
ha dicho sobre cómo su padre la trató, cómo Ryan la empujó en
la maldita mesa de café, yo todavía sé que ella estará angustiada.
Los tipos como Ryan Anderson no son villanos por completo.
Digo, ¿quién lo es? Pero cuando no trata de empujar su lengua
en la garganta de ella y cuando no la está mandando, también la
cuida. Le da dinero, la lleva y le pregunta cómo ha ido su día.
Trato de razonar conmigo mismo. Diciéndome que esto es lo
mejor para Remi. Y mi hermana, Gwen, merece un cierre. Ella
merece la verdad. Pero al final del día, ni siquiera yo puedo
quitarle a Ryan Anderson la cosa que nunca podré ofrecerle a
Remington: la historia.
Él fue el quién la besó para que mejorara cuando se raspó la
rodilla y le vendó la muñeca cuando se cayó de un árbol y la llevó
a ver los fuegos artificiales del 4 de julio, cuando todavía no se
daba cuenta de lo bonito que eran las cosas que brillan en la
oscuridad.
Paso a Mikaela Stephens por el pasillo. Está usando su uniforme
de porrista, blanco y azul celeste, y se ve cada centímetro del
robot que fue criada a ser. El hecho de que se meta con mi
novia, que ya tiene tanta mierda con la que lidiar en la vida, me
molesta.
Por Dios. ¿Acabo de llamar a Remington Stringer mi novia?
Incluso en mi cabeza, parece… raro. Raro, pero luego
extrañamente bien. Trato de no pensar en ello demasiado.
No reduzco la velocidad al pasar por delante de ella, está apoyada
en su casillero, sosteniendo sus libros en su pecho mientras se
ríe con un par de sus amigos, pero cuando me ve, empieza a
perseguirme.
—¿Qué castigo recibió Remington? —Mikaela mantiene mi ritmo,
y ya está sin aliento.
—¿Recuérdame otra vez por qué es asunto tuyo?
—Es que no la vi ayer, y me preguntaba si ella obtuvo…
—No, —digo secamente—. Deja de preocuparte por los demás y
empieza a pensar sobre tu propio futuro.
—Recibí una carta de aceptación de la UCLA. —Su voz es
esperanzadora. Como es que ella espera que esté orgulloso de
ella. En todo caso, me recuerda que nadie ayudó Remington a
ver las universidades. Nadie guio a Remington sobre dónde debería
aplicar. Nadie ha considerado la idea de que ella vaya a la
universidad. Es como si su presencia aquí, en West Point, fuera
una gran jodida broma.
Hago una nota mental para ayudarla con eso también, a pesar
de que he pasado la mayoría de mi mañana buscando
apartamentos en Zillow para poder encontrarle un lugar para
que se quede. Esta chica está llenando cada espacio en blanco de
mi vida, y aunque había bastantes de esos antes de que entrara
en mi existencia, me encanta lo ocupado que me hace sentir.
Cuan vital. Cuan importante.
—Bien por usted, señorita Stephens.
Llegamos a la oficina de Charles. Toco dos veces. Ella se
estremece. No le pongo atención.
—Desearía que me odiara un poco menos, Sr. James, —gime, y
odio esa cosa nasal y adolescente que hace. Apoya un hombro
contra la pared y hace círculos en el suelo con su pie.
—No te odio.
—Tampoco te gusto.
—Te trato como a cada uno de mis estudiantes.
—No como a Remington. Parece que pasa mucho tiempo.
contigo. —Sus ojos se dirigen hacia mí, como si dijera “atrapado”.
Y sé que está tratando de chantajearme.
—¿Algo que quiera decirme, señorita Stephens?
—Hay rumores en el campus. —Ella sonríe, una astuta y fea
sonrisa, y aunque tiene un rostro genéricamente hermoso, esa
mirada le hace a su persona algo absolutamente horrendo de
mirar.
—Estoy de acuerdo. Se llaman rumores por una razón. Las
consecuencias de propagarlos y causar problemas a sus compañeros
de estudio y a los profesores son más graves de lo que puedas
imaginar. ¿Quiere ir a UCLA, ¿verdad, señorita Stephens? —Me
inclino hacia ella, justo cuando escucho al director arrastrando los
pies dentro su oficina camino a abrirnos la puerta.
Mikaela traga. —Por supuesto.
—Entonces te aconsejo que no me hagas enojar. Le prometo,
señorita Stephens, no dudaré en escribir cartas detalladas a cada
uno de las escuelas a las que te gustaría asistir y decirles lo que
pienso de ti. Y, por supuesto, mis colegas estarán encantados de
contribuir a mí evaluación sobre tu persona.
El director abre la puerta, y los dos erguimos nuestras espaldas.
—Hola, señor James, señorita Stephens.
—Hola, —digo, neutral como siempre, y Mikaela se escabulle.
Y me siento un poco más vivo que cuando entré a la escuela.
Capítulo 19
Remi
Veo a Benton en el pasillo apoyado en el casillero de Mikaela.
Ella le está dando un beso francés, besándolo hasta el olvido y
de vuelta, pero él parece que apenas está aguantándose de
devolver su almuerzo. Cuando ve a Christian, sin embargo, se
pone hambriento. Él mete su mano en la falda de ella, y la sube
tocando la parte sensible de su piel, donde Pierce me tocó ayer,
están dando un espectáculo. Miro hacia atrás, Christian está al
otro lado del pasillo, mirándolos como si fueran todo lo que está
mal en el mundo. Y para él, lo están.
Me apresuro a ir hacia él, con mi mochila sobre los hombros.
Christian dice que soy la única adolescente que conoce que aún
usa una mochila. Le doy un codazo y un guiño.
—Te ves caliente, señor.
—¿Sí? No lo suficientemente sexy para el tipo que quiero,
obviamente.
Dejo que mis ojos se desvíen hacia Benton y Mikaela. No sé lo
que Christian ve en Herring, pero sea lo que sea, desearía que
no lo viera, porque hace que mi mejor amigo se moleste mucho.
—Déjalo en paz. —Lo tiro de la camisa del uniforme, y él se
libera de mi toque y se acerca a Benton. Le agarro del brazo y
lo llevo hacia la otra dirección, pero Christian tiene una fuerza
considerable cuando está enojado. Se dirige hacia Herring, y la
muchedumbre se abre para él, como Moisés separando el Mar
Rojo, porque todo sobre el lenguaje corporal de Christian grita
pelea, y todo el mundo está en busca de sangre, especialmente
cuando no es de ellos.
—¡Puta madre! —Escucho la voz de Benton gritando ante el ruido
sordo del golpe de su espalda contra el casillero de Mikaela, eso
hace que mi corazón dé un salto mortal de mi pecho.
Corro hacia Christian de nuevo, tratando de alejarlo de la escena,
murmurando, —no vale la pena —y— por favor, detente —y
odiando la forma en que esto se está desarrollando ante los ojos
de todos, porque Christian podría ser abiertamente gay, pero
Benton no lo es, y parece el tipo de persona que
imprudentemente hace algo horrible cuando las cosas no salen
como él quiere.
—¡Eres un imbécil! —Christian grita en la cara de Bento, escupe
por el calor del momento. La gente nos rodea a los cuatro.
Algunos sacan sus teléfonos y toman fotos mientras que muchos
de ellos susurran en los oídos del otro. Los ojos de Mikaela se
dirigen hacia los míos, y frunce el ceño. No hace ningún
movimiento para evitar que se peleen, y por un segundo, me
pregunto si sabe que su novio es gay. Ella tiene para saber que
no está interesado en lo que ella tiene.
—¿De qué carajo estás hablando? —Benton se ríe, pero es una
risa antinatural y nerviosa. Cualquiera puede notarlo, estoy
segura.
—Eres un cobarde, —Christian empuja su pecho—, y un fraude.
Continúa. —Eres un mentiroso. Eres un peón. Eres un maldito
marica.
Christian está de racha, y yo quiero lanzarme entre ellos, pero
egoístamente sé que esto significaría que me van a etiquetar
como “esa chica” para el resto del año escolar. Aunque está
empezando a no importarme.
—¿Estás drogado otra vez? Pareces un bicho raro con ese piercing
en la nariz.
—Es un septum, basura, y tu lengua estaba jugando con él sólo
hace unos días.
Santa. Mierda.
La cara de Benton Herring se retuerce en la ira y la traición, y
antes de que yo tenga la oportunidad de detenerlo, lanza a
Christian hacia el suelo y lo golpea con sus puños en la cara
mientras se le sube a horcadas. Engancho mi brazo alrededor del
cuello de Herring y trato de alejarlo, pero es demasiado grande
y fuerte para mí. No lo hace. No cede.
—¡Ayuda! Jesús, ¿qué carajo les pasa a ustedes? —Grito mientras
Herring golpea sin piedad a Christian como si no fuera más que
una muñeca de trapo.
—Por favor, —repito, tratando de quitar a Herring de encima
de Christian. No puedo ver la cara de mi amigo. Está tan
ensangrentado que ni siquiera puedo distinguir sus rasgos faciales.
Quiero matar a Benton. Quiero gritarle a Christian. El bullicio se
ralentiza, pero no estoy segura de por qué. La adrenalina en mi
cuerpo me ciega. Me ensordece. La gente grita a mi alrededor,
y luego ya no. La conmoción se detiene. Siento una mano firme
y fuerte levantándome, es el Sr. James. Antes de que tenga la
oportunidad de reaccionar y caer en sus brazos y llorar, lo cual
es un error. Mal. Sacude a Benton por el cuello de su camisa.
—Que alguien llame a una ambulancia, —instruye, y mi corazón
se rompe cuando veo a Christian en el suelo, le miro bien la cara
por primera vez desde que sacó del closet a Benton.
—Jesús. —Me tapo la boca con las manos—. Cristo. Oh, Dios
mío, Christian. —Me acerco a él y le toco la cabeza suavemente.
Él parece muerto. Legítimamente arruinado.
Herring debió de ser llevado por alguien más, porque Pierce está
justo a mi lado un segundo después, quitando mis manos de la
cara de Christian.
—Vaya a clase, señorita Stringer, —ordena, pero su voz es muy
suave. Como el terciopelo en mi piel. Intento no dejar que me
influya, pero no estoy negándolo más. Soy suya, y cada parte de
mí pertenece a este hombre y puede hacer lo que quiera conmigo.
Yo, Remington Stringer, que he sido decepcionada por cada
hombre de mi vida. Por todos los hombres… excepto el Sr.
James.
—Estoy tan preocupada por él, —digo, y mientras lo hago, me
doy cuenta de que estoy llorando. Lágrimas saladas están en mi
boca, y sacudo mi cabeza, como si esto de alguna manera fuera
mi culpa.
—Te mantendré informada cuando sepa más, —me susurra,
sabiendo que está mal.
Asiento. —Gracias.
Voy a clase sintiéndome como una perdedora total. En el pasillo,
la gente sigue dispersa, y los oigo chismorrear sin siquiera bajar
la voz.
—¿Qué fue todo eso?
—Chambers básicamente sacó a Benton del closet delante de toda
la escuela.
—Lo que sea. ¿Benton? Ni hablar. Mikaela Stephens es su novia.
—Tal vez sólo sea su tapadera.
—¿Crees en los rumores de Herring?
—No lo sé, hombre. Si no fuera gay, ¿reaccionaría de esta
manera?
—Oye, ¿te has enterado de que Chambers y Stephens se han
peleado?
Remi
Tomo el autobús a casa porque Pierce ha desaparecido y no está
en ningún lado. No estoy preocupada. Es algo que hace a veces.
Tengo la sensación de que tiene algo que ver con su hermana, y
aunque desearía que se abriera más a mí, sé de primera mano lo
mal que se siente cuando quieres guardar un secreto del mundo.
El viaje en autobús no es tan malo. Me da tiempo para pensar.
Pienso sobre empezar de nuevo, lejos del ambiente tóxico al que
llamo hogar. Pienso en cómo voy a ir y llenar mi maleta sólo con
mis pertenencias importantes. Pienso en cómo arreglaré mi
relación con mi padre y Ryan, porque los quiero a ambos a pesar
de todo, o tal vez incluso por eso, y en cómo todos nos vamos
a reír de ello una vez, dentro de dos o tres años, cuando esté
en otro lugar. Me imagino cómo se sentiría venir a visitarlos de
vacaciones de vez en cuando y no sentirme atrapada o controlada.
Sentir a mi familia a mi alrededor, saber que hay personas que
me aman incondicionalmente, porque, aunque estoy locamente
enamorada de mi profesor, lo que tenemos es diferente. Lo que
tenemos es más que sudor, gemidos y empujes.
El autobús se detiene a un kilómetro de mi casa y comienzo a
caminar, agarrando las correas de mi mochila con mis manos. Le
envié a Christian unos cuantos mensajes de texto antes, así que
compruebo si ha respondido. No lo hizo. Miro fijamente a mis
mensajes de texto para él.
Por favor, dime que estás bien. ¿En qué hospital estás?
Estoy muy preocupada por ti. ¿Por qué tuviste que ir a buscarlo?
¿Estás lastimado?
Benton Herring probablemente será expulsado. Es el último año.
Sus padres están enfadados.
Abro la puerta de mi casa que no se siente realmente más como
mi casa y entro. Papá no está en casa, pero ¿qué más hay de
nuevo? Camino hacia mi habitación y se siente como algo
definitivo. La casa es un desastre otra vez, pero supongo que
Ryan está en otra juerga. Mi habitación parece destrozada, pero
toda mi mierda sigue aquí, aunque dispersa. Saqué dos grandes y
viejas maletas, una de ellas tiene un agujero gigante en el medio
y el otro no se cierra del todo, pero tendré que hacerlo y
empezar a empacar lo poco que hay de mis posesiones y que en
realidad me pertenecen. Ropa. Un osito de peluche que Ryan me
consiguió cuando tenía doce años, aunque me gustaban más los
monopatines.
Algunos libros y las fotos que mi padre me compró a lo largo de
los años. Fotos de mi madre. Fotos de Ryan, de mí y de papá.
Sólo… cosas. Cosas que me ponen triste y nostálgica y que me
hacen odiar en lo que todos nos convertimos.
Abro el cajón de mi mesita de noche y hago una pausa. Mi
cámara no está ahí. Parpadeo. Lo cierro. Lo abro de nuevo. Es
estúpido, lo sé, pero no hay manera de que no esté ahí. Estaban
allí ayer. Ahí es donde la puse.
Sólo que ahora ya no está.
Siento el pánico tomando mi garganta y apretando fuerte. Mi
cámara. La cámara de mi madre. Lo único que me queda de ella.
Esa mierda ni siquiera vale tanto dinero, así que sé con certeza
que Ryan no trató de venderla.
Las fotos.
Frenética, volteo el colchón. Escondo todas mis fotos debajo de
él. Todo lo que fotografié. Porque soy yo la que hace todas las
camas y cambia todas las sábanas de la casa. También se han ido.
Joder. Joder. Joder.
Doy vuelta al colchón hasta que está en el piso. Las fotos se
han ido. Las fotos de Pierce no están. Hay un huracán en mi
estómago, y yo prácticamente vuelo hacia al dormitorio de Ryan,
aunque sé que no está allí.
Abro la puerta y está vacío. Hay agujas en su mesita de noche
y un arma en la cama desordenada. Quiero llorar. Quiero matarlo.
Quiero ayudarlo.
Salgo de la casa en un segundo. Ni siquiera estoy segura de dónde
podría estar. Por muy jodida que sea nuestra relación, también
hay confianza. Cuando él me dice que va a algún sitio, ni siquiera
pregunto por qué o dónde o cuándo ¿estaría en casa? Intento
en el taller donde se supone que trabaja, pero el dueño del lugar
me mira como si me hubiera vuelto completamente loca cuando
le pregunto si mi hermano tiene un turno y responde: —¿Quién?
¿Ryan? No, no está aquí. No ha estado aquí en meses.
Camino en círculos. Pruebo en el mercado de comida de la calle
y algunos de las casas de sus amigos e incluso llamo a Reed.
Pasan tres horas. Cuatro. Pierce está llamándome y enviándome
mensajes de texto. No respondo. Necesito resolver esto primero,
me digo a mi misma. Necesito asegurarme de que Ryan mantenga
la boca cerrada. Vuelvo a casa y veo su motocicleta estacionada
en medio de la hierba amarilla moribunda, y no estoy segura de
qué es lo que más me alivia o asusta. Corro a la casa y abro la
puerta.
—¡Ryan! ¡Ryan!
Está sobre el sofá como si estuviera medio muerto, y hay una
chica a horcadas de él. Corrección: está follándolo. Tiene el cabello
largo y rubio. Teñido. Y lleva un uniforme escolar barato. Un
uniforme… no muy diferente al mío. Mi estómago se revuelve.
Sostengo la manija de la puerta principal, negándome a entrar
más a la sala de estar. El peligro está en el aire. Está en todas
partes. Está en mis huesos.
—Sal de aquí, —dice Ryan, sosteniendo las caderas de la chica en
sus ásperas palmas y llevándola a su polla, puedo ver cada vez
que ella tira hacia arriba, brillando con su excitación.
—Necesito hablar contigo.
—Estoy ocupado.
—Tienes algo mío.
—¿Qué sería eso? No puede ser tu virginidad. Tú regalaste esa
mierda al primer chico cachondo que la pidió. Has dado la vuelta
a la manzana, eh, ¿Rem?
—Jódete, Ryan. Quiero mi cámara. —Trago con fuerza—. Y mis
fotos.
—Tu cámara está rota. Conduje sobre ella. Está en el patio
trasero, —dice, su voz plana y profesional—. Y estoy guardando
las fotos de tu profesor para que pueda enseñárselas a papá.
Parece que últimamente le ocultas muchas cosas. Y a mí también.
Lo hago por tu propio bien, hermanita.
Entonces hago lo impensable. Estoy tirando de Ryan. Arrojo mi
teléfono sobre el mostrador, y entonces salto sobre ambos,
lanzando a la chica lejos de Ryan. Se revuelca de espaldas en
nuestro sofá andrajoso y grita molesta. Agarro a Ryan por el
cuello y le grito en la cara:
—Dame las fotos!
—No hay ninguna posibilidad en la tierra. —Se levanta, con la
polla todavía dura y apuntando hacia mí, me agarra de las
muñecas y me lleva a la pared más cercana. Intento liberarme,
pero no puedo.
—¿Cuándo vas a ver que sólo somos tú y yo, Rem? Siempre
hemos sido nosotros. Hasta que llegó él. Está arruinando.
¡Todo! —grita, luciendo un poco loco.
—¿Cómo puedes creer realmente eso después de todo lo que has
hecho, mientras tú polla todavía está mojada por otra persona?
¿No ve lo loco que es? —Frunce el ceño, se divierte, y sé que
he dicho algo mal. Me suelta las muñecas y da un paso atrás.
—Estás celosa. ¿Es eso es? —se burla.
—¡Dios! ¡No! Nunca podríamos estar juntos, —digo firmemente,
con la garganta pesada con emoción—. Incluso si pudiéramos,
¿realmente crees que yo podría quererte a ti ahora? Mírate.
Este no eres tú. Este no es el Ryan que amo.
Inhala con fuerza y se tira del cabello. Veo el cambio en su
comportamiento. Su cara se transforma en algo tan amenazador
que doy un paso hacia atrás y trato discretamente de alcanzar
mi teléfono en el mostrador. Mantengo el teléfono a mis
espaldas, presiono en la opción de llamada perdida para que
devuelva automáticamente la llamada. No quiero hacer enojar a
Ryan, pero también sé que necesito salir de esta situación.
—¿Dónde está papá, Ry? —Pregunto, de repente nerviosa por
estar a solas con él.
Bueno, casi a solas. El movimiento que veo de reojo me llama la
atención, y giro la cabeza para ver a la chica acomodando su falda
y reuniendo sus pertenencias.
—Ustedes dos están jodidamente enfermos, —grita antes de
caminar hacia la puerta, sacudiendo el culo más de lo necesario.
Hace una pausa, esperando una reacción, pero Ryan ni siquiera
mira en su dirección.
—¡Ugh! —se queja antes de irse finalmente. Una vez que se ha
ido, lo intento de nuevo, con la esperanza de que Pierce me
conteste y pueda reunirse conmigo en donde estoy.
—Sólo dame las fotos, Ry. Por favor.
—Te lo dije. No hay una maldita oportunidad de que eso suceda.
¿Realmente pensaste que podías follarte a tu profesor y salirte
con la tuya? —Se acerca de nuevo.
—No es así. —Y no lo será. Tal vez así es como empezó, pero
ahora, es… todo.
—Me importa una mierda cómo sea. Ya no lo estás viendo,
excepto para las clases. Tienes suerte de tener eso. —Ryan lleva
su mano a mi cara y me acaricia la mandíbula con su pulgar.
—Y si me entero de que me has desobedecido, dulce hermana,
no sólo le diré a tu padre y a la escuela. —Acerca su boca a mi
oreja y aprieta su agarre en mi rostro—, Lo mataré, carajo.
—Quítate de encima, —Digo con los dientes apretados. Todavía
está completamente desnudo y demasiado cerca. No se mueve.
Oigo que una voz familiar gritar mi nombre, y Ryan ladea la
cabeza por el sonido.
—¡He dicho que te apartes de mí! —Grito, envolviendo un brazo
alrededor de su cuello y tirando de él para darle un rodillazo en
la polla.
—¡Joder! ¡Pequeña perra! —Ryan ruge, cayendo de rodillas. Ni
siquiera lo pienso. Salgo corriendo.
—¡Remington! ¡Remi! —Escucho la frenética voz de Pierce a
través del teléfono.
Una vez fuera, me llevo el teléfono a la oreja.
—¿Pierce, Acabo de salir de mi casa. ¿Puedes reunirte conmigo
en algún sitio?
—Estoy a la vuelta de la esquina. Ya estaba en camino hacia ti
cuando tú llamaste. No te muevas. —Su voz suena tranquila,
pero lo conozco lo suficiente para saber que bajo la superficie es
todo lo contrario. Ni siquiera llego al final de mi calle aún
inundada, cuando veo su auto dando vuelta en la esquina. La
pone en el parque y salta a mi encuentro.
—¿Estás bien?— pregunta, tomando mi rostro en sus manos y
doblando sus rodillas para que esté a la altura de los ojos. Asiento
con la cabeza en sus palmas.
—Vamos. —Abre la puerta del pasajero y me ayuda a entrar,
abrochando el cinturón de seguridad para mí. Me encanta cuando
hace eso. Es un pequeño e inocente gesto, y debería ser lo último
en mi mente, pero me hace sentir… querida. Apreciada, por más
cursi que suene. Mi padre me es indiferente, Ryan quiere
poseerme, los chicos de la escuela me desean… pero Pierce me
trata como si me necesitara. Y odia hacerlo.
Llegamos a mi casa, y lo miro, confundida.
—¿Pierce?
—Quédate en el auto, —ordena, abriendo la puerta del auto.
—¡No! No entres ahí. No vale la pena. Por favor, Pierce. —No
sé por quién tengo más miedo, Ryan o Pierce. Todo lo que sé es
que es la última cosa que Pierce necesita en su vida.
—He dicho que te quedes aquí. Sólo voy a tener una charla con
él.
—Llévame a casa. —No es una pregunta. Sabe que no me refiero
a mi casa.
Suspira, volviendo a su asiento después de cerrar la puerta.
Agarra un puñado de mi cabello, llevando mi cabeza bajo su
barbilla. Me besa la frente tres veces antes de soltarme y dar
la vuelta al auto.
Capítulo 20
Pierce
Dudo que Remington haya comido hoy, así que paro en un In—
N—Out en el camino a mi casa. La miro y la veo mojando una
patata frita en su batido de chocolate, con sus pesados párpados
tratando desesperadamente de mantenerse abiertos. Ésta maldita
chica. En un solo día ha tratado con Mikaela, Christian y Benton,
su padre, Ryan y conmigo. Sin embargo, todavía se sienta allí,
comiendo un batido de chocolate cómo si todo estuviera bien en
su mundo. Yo, por otro lado, estoy a tres segundos de explotar.
Puedo parecer tranquilo, pero no he hecho más que darle una
paliza a Ryan en mi mente desde que recibí la llamada.
—¿La comida es buena? —Pregunto, haciendo un gesto hacia su
hamburguesa a medio comer.
—Muy buena, —gime, apoyando la cabeza en el reposacabezas.
Ella deja caer su cabeza y se dirigen a un lado para
mirarme—. Me llevas a los lugares más bonitos.
—Mocosa. —Sé que está bromeando, pero me hace preguntarme
qué sería si yo no fuera su profesor, y pudiera llevarla a citas
reales. ¿Cómo es que todavía tenemos todo el año escolar por
delante, y ya estamos tan metidos? Sería egoísta de mi parte
dejar que esto continúe. Pero soy un hombre egoísta cuando se
trata de Remington Stringer.
—¿Has oído algo sobre Christian? —Pregunto en un intento de
distraerme a mí mismo de mis pensamientos. Me acerco a la
puerta y pongo el código.
—No. Intenté ir al hospital después de la escuela, pero no
respondió a los mensajes de texto para decirme dónde estaba.
Entonces cuando llamé, sus padres contestaron y me dijeron que
no querían visitas. —Aprieta el puño sobre su regazo, y tengo
que contener una sonrisa. Mi chica es una pequeña fiera.
—Estará bien,—se lo aseguro.
—Lo sé. —Ella asiente con la cabeza—. Dios, podría golpear a
Benton. Todo esto por un secreto—.
Remington no ha explicado su situación, pero por lo que escuché
después de la pelea, puedo llenar los espacios en blanco. Cuando
me detengo en mi entrada, ella no hace un movimiento para
salir.
—Los secretos arruinan vidas, Pierce. —Y sé que no está hablando
de Christian. No tengo una respuesta para eso. No le mentiré y
le diré que todo saldrá bien, o que ambos saldremos de esta
indemne. Porque uno de nosotros está destinado a quemarse.
Ambos sabemos eso.
Finalmente, se desabrocha el cinturón de seguridad y sale del
auto. Cuando nosotros entramos a mi casa, está oscuro, tranquilo
y ensordecedoramente silencioso. El completamente opuesto al
caos que es la vida de Remington. Ella mira a su alrededor,
observando su entorno, como si fuera la primera vez que
realmente ve mi casa. Supongo que lo es, pensando en cómo fue
la única otra vez que estuvo aquí, pues la tuve sobre su espalda
en el suelo a los dos segundos.
Se dirige directamente a las escaleras, trazando la barandilla con
un dedo mientras se dirige a mi habitación. Me mira, con la
barbilla descansando en su hombro, su cabello en un enredo que
le cae por la espalda. La mirada en sus ojos es un fuerte contraste
con lo aguerrida que puede ser.
Está dejando caer su escudo, dejándome ver su lado vulnerable,
y rogándome que no haga que se arrepienta.
—Te necesito. No quiero pensar en Ryan o Kaela o mi padre o
cualquiera de ellos. Aquí, en tu casa, siento que nada de eso
puede tocarnos. Quiero que me folle, Sr. James. ¿Vienes?
pregunta simplemente, suavemente.
—Esperemos que más de una vez.
Subo los escalones después de ella, y ella se ríe, maldita risa, y
corre por mi habitación. La abordé sobré mi cama, su espaldas a
mi frente. Su culo frente a mi polla. Agarro sus dos muñecas
por encima de su cabeza con una mano y alejo el cabello de su
rostro con mi otra mano. Me aplasto contra su culo, y gime
suavemente. Le lamo el borde de la oreja antes tomar en un
puño su cabello.
—No puedo prometerte un para siempre, Remi. Ni siquiera puedo
prometer que ninguno de nosotros no saldrá herido. Pero puedo
prometer algunas cosas, —susurro bruscamente en su oído. Ella
se arquea de nuevo hacia mí—. Prometo cuidar de ti, incluso
cuando no me dejes. Te prometo que mientras esté contigo, no
pensaré en otra mujer, y prometo follarte bien, y amar cada
minuto de ello. —Ella se contonea contra mí de nuevo, su
respiración se vuelve irregular. Me agacho y le subo la falda. Le
palmeo un poco el culo y lo aprieto antes de darle una nalgada,
lo que me hace ganar un chillido.
—¿Es suficiente para ti?
—Sí, —susurra.
—Bien. Porque me gustaría follarte ahora. —Tiro de sus bragas,
deslizándolas lo suficiente. Me desabrocho los pantalones y me
los quito. Deslizo la cabeza de mi polla a través de su coño,
asegurándome de que está lo suficientemente húmeda. Por
supuesto que sí; siempre está lista para mí, antes de meterme
dentro de ella en un fuerte empujón.
—¡Mierda! —grita, tambaleándose hacia adelante. La tiro hacia
atrás por las caderas y la mantengo en su lugar.
—No huyas de mi polla, nena. Mantén tu trasero arriba. —Ella
asiente con la cabeza frenéticamente, su rostro se presiona en
mis sábanas. Me retiro a un ritmo lento antes de que me sumerja
de nuevo. Ella gime, bajo y agudo. Le doy un empujón en las
piernas con las mías hasta que sus rodillas están metidas bajo su
pecho. Apoyando mis manos detrás de la cama, me inclino hacia
atrás y me veo deslizarme dentro y fuera. Ella está en exhibición
para mí, su falda del uniforme amontonada alrededor de sus
caderas. Joder. La sola vista es suficiente para hacerme venir.
Cuando ella se levanta sobre sus antebrazos y empieza a follarme
de vuelta, me rompo. Me acerco y jalo su falda, usándola como
palanca para follarla más fuerte.
—Tan bien—, murmura en las sábanas.
—Todo lo es contigo. —Ella se aleja de mí y mi polla estalla hacia
arriba… y me golpea en el estómago. Antes de que pueda
preguntar qué está haciendo, ella se da la vuelta, arrastrándose
hacia mí. Baja la cabeza y toma una larga lamida de mi polla.
—Me muero por probarte, —dice antes de agitar la lengua
alrededor de mi punta, nunca rompe el contacto visual.
Por Dios.
Cuando pienso que nada puede ser mejor que la lengua de
Remington, me lleva a su boca y cierra sus labios a mi alrededor.
Mis caderas se mueven hacia adelante por sí mismas, y ella se
atraganta un poco. Retrocedo ligeramente, pasando mis manos
por su cabello.
—Chúpame, —gruño. Y ella lo hace, con la cantidad perfecta de
presión.
—¿Te probarás a ti mismo en mí? —Tararea su respuesta y
envuelve una mano alrededor de mi base, trabajando mi eje
mientras chupa mi corona. Guío sus movimientos, yendo un poco
más profundo cada vez. Cuando golpeo la base de su garganta,
las lágrimas brotan de sus ojos, y sólo me lo hace más difícil.
Ella sostiene mis caderas y me mira, unos grades ojos verdes, con
rímel negro corriendo por sus mejillas. Tan malditamente
hermosa.
Me tumbo de espaldas, tirando de ella encima de mí con un
rápido movimiento.
—Preservativo, —digo, agarrando sus muslos. No puedo creer que
casi lo olvido. Se inclina hacia adelante y agarra uno de mi mesa
lateral antes de sostenerlo para mí. No lo acepto.
—Pónmelo. —Se muerde el labio y hace lo que digo, lo abre y
luego lo pone en mi polla, que aún brilla por su boca.
—Ahora, ponme dentro de ti, —instruyo. No hay duda. Ella se
inclina hacia adelante y se extiende detrás de ella, colocándome
en su entrada. Ella pone sus manos a cada lado de mi cabeza
antes de bajarse sobre mí.
—Oh, Dios mío. —Cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás,
dando vueltas a sus caderas mientras estoy enterrado dentro de
ella. Le desabrocho la camisa, dejándola colgando de ella, y saco
sus pesados pechos del sujetador negro. Veo vislumbrar su tatuaje
al que casi olvido antes de inclinarme hacia adelante, tomando su
pezón en mi boca y chupando.
Duro. Sus lentos círculos se convierten en un balanceo, y luego
me está montando duro y rápido. No lo está haciendo un
espectáculo. No está gritando como una estrella porno. Sus
movimientos son descoordinados y frenéticos, pero a ella no le
importa. Se está llevando a su placer, y es la cosa más sexy que
he visto en mi vida. Se sienta, y el nuevo ángulo nos tiene a
ambos gimiendo.
—Me siento tan llena. Es tan profundo.
—Recuéstate, —le digo bruscamente. Lo hace, arrancándose la
camisa y el sujetador antes de apoyar sus manos en mis rodillas.
Me acerco para frotar su clítoris con mi pulgar, tratando
desesperadamente de resistir el impulso de correrme.
—Por favor, no te detengas, —ruega, con los ojos cerrados. Ella
agarra mi muñeca y sostiene el talón de mi palma donde lo
necesita.
—Ven, nena. Córrete sobre mí, —me muelo sobre ella. Levanto
mis caderas, forzándome a ir imposiblemente más profundo, y
siento su coño contraerse a mi alrededor. Ella cesa sus
movimientos, así que me siento, envuelvo mi brazo alrededor de
su espalda baja, y la follo fuerte durante el orgasmo.
—Siento que te corres, Remi. Me estás apretando mucho.
—No te detengas, no te detengas, no te detengas, —canta como
una oración. Y yo…no quiero parar nunca. Nunca tendré
suficiente. Su boca se abre en un grito silencioso, y meto mi
lengua. El beso es descuidado y desesperado, y cuando me chupa
la lengua, no puedo contenerme. La agarro duro de la cintura,
sosteniéndola en su lugar mientras me empujo lo más profundo
que puedo, corriéndome como un géiser.
Remington deja caer su frente sobre mi hombro, balanceando
perezosamente sus caderas mientras ambos terminamos. Le beso
la sien, trazando las puntas de mis dedos hacia arriba, por su
columna vertebral.
—¿Cómo lo hice, Sr. James? —murmura en mi cuello, y yo me
río.
—A+. Su mejor trabajo hasta la fecha, señorita Stringer. —La
levanto de encima y me acuesto antes de cubrirla con mi edredón.
—Es bueno saberlo. —Ella bosteza—. Debería irme a dormir.
Tengo escuela por la mañana, y mi profesor es una especie de
idiota.
Me río mientras camino al baño principal para hacerme cargo del
condón y me limpio. Cuando salgo, Remington está acurrucada
en su lado, una mano bajo la mejilla, y sus labios separados muy
ligeramente. Silenciosamente, me acerco a ella y rozo su mejilla
sonrojada con mi nudillo.
—¿Qué me estás haciendo? —Musito en voz alta. Trato de darle
sentido a los sentimientos abrumadores y extraños que me
golpean, pero todos me golpean a la vez, lo que hace difícil
agarrar cualquier cosa, excepto una cosa. Mía.
Le doy un último vistazo antes de volver a ponerme los
pantalones y agarro mis llaves. Sé lo que tengo que hacer.
Capítulo 21
Pierce
Cuando estaba en la escuela de leyes, mi profesor apareció un día
en mi puerta dentro los dormitorios, sin previo aviso. Recuerdo
haber sujetado la puerta mientras estaba de pie en el umbral,
un hombre de setenta y tantos años con una capa blanca de
cabello muy fina y demasiadas arrugas para distinguir sus rasgos
faciales, y dijo, —Tienes que cambiar de rumbo.
—¿Qué? —Pregunté, riéndome. Vengo de una familia de
abogados, y ese era el propósito donde quería que mi padre se
sintiera orgulloso. O al menos, el pensar en decepcionar a mis
padres me hizo sentir un poco incómodo.
—¿Por qué dices eso?
—No puedes ser abogado.
—¿Por qué?
—Porque no eres mejor que un matón.
—¿Qué te hace decir eso?
—Lo veo, Sr. James. Te observo todo el tiempo, y cuando no
te gusta algo, te rompes. No tienes el autocontrol para
convertirte en un abogado. Eres impulsivo. Tampoco tienes
paciencia para ello. Eres un horrible jugador de ajedrez.
—Gracias, —dije, cerrándole la puerta en la cara. Me gradué con
honores, pero tenía razón.
Soy impulsivo.
Puedo ser despiadado.
Especialmente cuando algo que es mío está en peligro.
Ryan está a punto de aprender por las malas que tenemos algo
en común.
Al minuto siguiente de que Remi se durmiera, conduje hasta su
antigua casa. Sabía que Ryan estaría aquí. No esperaba el gran
camión plateado con el eslogan, “National Pipes: Creamos
carreras, no trabajos”, estuviera estacionado justo afuera de su
casa. Su padre también está aquí. El eslogan contra este barrio
podrido y fuera de forma es suficiente para hacerme reír. Es
decir, si todavía pensaba que había algo de lo que reírme en toda
esta retorcida situación.
Estoy usando mi ropa de trabajo. Pantalones de vestir, camisa
de vestir negra y mis Oxfords marrones. Me acerco a la puerta
y llamo una o dos veces, sabiendo que están aquí. La Harley
Davidson está estacionada en su lugar asignado de césped
amarillento, también.
El sonido arrastrado y el parloteo indistinto me hacen sentir
algo. No porque estoy preocupado por estos dos idiotas, sino
porque me mata que esta es la banda sonora de la vida de Remi.
Ryan abre la puerta mosquitera, encontrando la cerradura
oxidada. Todo hace ruido. Espero, quieto y tranquilo, pero
mentalmente preparándome para una pelea, preguntándome
cuándo demonios este imbécil va a mirar hacia arriba y ver que
no soy uno de sus amigos traficantes de drogas.
—Oye, que… —La puerta se abre, y él se queda de pie allí con
una sucia camiseta sin mangas, un rastrojo de seis días, y esa
mirada aturdida de un hombre que no está seguro qué día u hora
es—. ¿Qué mierda? —Parpadea.
—La mierda es que tú y yo vamos a tener una larga conversación
esta noche, te guste o no. —Lo agarro por la garganta y lo llevo
de vuelta a la casa. Ryan Anderson no se resiste. Todavía no, de
todas formas.
Mi agarre en su cuello no es tan fuerte como quiero que sea y
soy más alto y más grande. Más amenazante. Luego está mi
tono. Mi voz. Sueno como un hombre con el que no quieres
meterte. Porque no lo soy.
Me detengo cuando está junto a su mesa de comedor y le suelto
la garganta, tirándolo en una de las sillas de madera carcomidas.
Todo en el lugar apesta, él incluido. Ryan mueve la cabeza de
lado a lado y se ríe maniáticamente.
—Tú eres él, —dice. Mi sangre se congela en mis venas. Por un
segundo, creo que me reconoce de su tiempo con Gwen. Desde
el negro agujero que parece haberme arrastrado más
profundamente a la depresión hasta que Remington Stringer
entró en mi vida con sus largas piernas y sus labios carnosos y
me dio algo de su luz—. Tú eres el maldito profesor, amigo.
Está drogado. Perdido. Completamente jodido. Se ve cansado,
sus ojos inyectados en sangre con anillos purpuras que adornan
las cuencas de los ojos. Su piel está toda húmeda. Sus brazos y
la franja de piel que se asoma de su camiseta sin mangas. Su
pecho. Agarro una silla, la hago girar y me siento, mis brazos
abrazando la parte de atrás.
—¿Dónde está tu perezoso padre?
—¿Te refieres al padre de Remi? —Olfatea fuerte y pone los
ojos en blanco, sacudiendo su cabeza—. No te daré una mierda,
hombre. ¿Por qué iba a hablar contigo? A menos que me des
dinero, por supuesto.
—Es simple, Anderson. Hablarás conmigo, porque soy la única
persona que puede evitar que te metan en la cárcel durante
mucho tiempo.
—Estás lleno de mierda, —escupe al suelo. Lo miro fijamente
como si fuera basura.
—¿Vendiendo armas y drogas? Te enfrentas a quince años si eres
afortunado. Pero no tienes tanta suerte, ¿verdad? Si la tuvieras,
estarías fuera de este agujero de mierda a estas alturas.
Entonces, intentemos de nuevo. ¿Dónde está papá Stringer?
—Se está follando a la vecina de al lado. Su marido trabaja con
él en la misma compañía, y se ha ido en un largo viaje por la
noche. ¿Quieres ir y felicitarlo por su polvo de compasión?
Jesús, este tipo es todo clase. Sonrío educadamente. —Supongo
que sólo somos tú y yo entonces, amigo. ¿Sabes por qué estoy
aquí, Ryan?
Se sienta y enciende un cigarrillo, exhalando fuerte. —Porque
eres un pervertido de mierda y estás buscando otro pedazo de
culo joven en un barrio donde las chicas no tienen suficiente
dinero para demandar tu elegante trasero?
—Son muchas palabras grandes de un hombre muy simple. —Me
inclino hacia adelante y le golpeo la nariz como si fuera adorable,
me quita la mano y gruñe.
—Es bueno que hayas venido aquí, Profe. Tengo un asunto
pendiente contigo, también.
—¿Lo haces? Qué bien. Deberíamos hacerlo más a
menudo, —digo, pero mi corazón está tomando velocidad, rápido.
Mi estómago se tambalea. Tal vez esté mintiendo, pero lo dudo.
Mucho.
—Sí. Quiero decir, tengo fotos tuyas pasando el rato con mi
hermana. —Ryan despeina su cabello rubio con la misma mano
que sostiene su cigarrillo, encorvándose hacia atrás y mirando
nada en particular, viéndose pensativo—. ¿Por qué carajo la
llevaste a tu barco y salieron a comer? Se supone que debes
educarla, ¿me entiendes? Sólo dale herramientas para su futuro.
Le estás dando tu herramienta, sin duda. Pero no creo que sea
lo que tenías en mente. —Se ríe a carcajadas.
Sacudo la cabeza. —No creo que lo entiendas. Tengo pruebas
contundentes contra ti, Anderson.
—Tienes una erección por las adolescentes. Eso es lo que tienes.
—Tengo fotos tuyas andando por ahí y dándole a los adolescentes
Glocks29 envueltas con una toalla. Vendiendo a una mujer
embarazada una maldita coca.
—¡Quién coño eres tú para sermonearme! —Ryan lanza sus brazos
al aire, escupiendo mientras grita—: Mírate a ti y tu propio
desastre. Estas follando con una maldita adolescente, por el amor
de Dios.
—Puedo meterte en la cárcel por mucho tiempo. —Siento que
mi voz se eleva junto con el nivel de pánico en mi cuerpo.
—Yo también puedo.
—Tiene dieciocho años. —¿Qué estoy diciendo? ¿Qué es lo que
estoy admitiendo?
—Estás acabado, —escupe Ryan.
—Mataste a mi hermana, —digo en voz alta. Más claramente,
mientras la cara de Ryan se retuerce en confusión antes de que
el reconocimiento se asiente sobre el—. Tú mataste a Gwen. Mi
hermana. Se ha ido.
Hay un latido de silencio en el que ambos tomamos profundas y
enormes respiraciones, y entonces antes de que nos demos
cuenta, estamos en el suelo. Le estoy dando un puñetazo en la
29
La Glock, a veces llamada por su fabricante Glock «Safe Action» Pistol, es una serie de pistolas
semiautomáticas diseñadas y producidas por el fabricante Glock Ges.m.b.H. de Deutsch-Wagram,
Austria.
cara, sintiendo sus huesos quebrarse bajo mi puño. Se retuerce.
Lo lanzo al otro lado de la habitación y lo agarro de nuevo. Esta
vez me agarra del brazo, listo para mí, y lo retuerce con fuerza.
Siento el dolor, pero no puedo preocuparme. Las cosas que pasan
por mi cabeza… Son más importantes de lo que siento
físicamente.
Gwen.
Remington.
El pasado.
El futuro.
Mi presente. Mi presente es un secreto, pero no por mucho
tiempo, decido. Ella anhela la normalidad. Necesita estabilidad.
Nunca seríamos normales, pero las mejores cosas nunca lo son.
Seré su constante. Su red de seguridad. Alguien a quien ella
aprenda a confiar y no tenga miedo a depender de ella.
Ryan y yo somos un montón de miembros y sangre antes de que
escuche el zumbido de mi teléfono. Es la mitad de la noche, y
sólo hay una persona que podría llamarme en este momento.
Me enderezó, poniéndome de pie y empujando mi pie sobre su
cara, parado sobre él, pisando su mejilla.
—¿Hola? —Pregunto, respirando fuerte—. ¿Remi? ¿Hola? ¿Estás
ahí?
Oigo papeles revolviéndose, y las pequeñas succiones de aire que
ella toma.
Entonces el teléfono se queda en silencio.
Mierda.
Remi
Incluso antes de abrir los ojos, sé que estoy sola.
Es un sentimiento al que me he acostumbrado en los últimos
años. El frío de las sábanas que me envuelven. Ni siquiera estoy
segura de lo que me despierta, pero una vez que mis ojos
parpadean abiertos, envío una mano a la mesita de noche,
buscando alrededor por mi teléfono, pero viniendo con las manos
vacías.
Miro el despertador de Pierce y compruebo la hora. Las dos y
media de la mañana. La luz del baño de Jack y Jill está apagada,
el resto de la casa oscura y tranquila. Espero un rato, dispuesta
a volver a dormirme sin éxito.
Suspiro.
Compruebo la hora de nuevo. Las tres y tres minutos.
¿Dónde diablos está?
Caminando hacia su vestidor de madera, tomo prestado una de
sus camisetas blancas, inhalando el aroma de su hombría,
disfrutando del suave tejido de Balmain30 acariciando mi cuerpo.
Decido revisar su oficina. Esta no sería la primera vez que Pierce
vaga por allí a horas inexplicables. Bajo las escaleras y me dirijo
hacia el único otro lugar, además de su cocina, en el que he
estado en esta casa. Mi golpe es ligero, pero aún así hace que la
puerta agrietada se abra más.
Su silla ejecutiva de cuero marrón está vacía. El teléfono de su
escritorio me llama para que lo use. El mismo teléfono que
estudié religiosamente… —es uno antiguo de dial giratorio que
probablemente cuesta una fortuna—, mientras yo estaba inclinada
sobre él, mi rostro sólo a una pulgada de los números dorados
que me miraban fijamente.
Me dejo caer en su silla y tomo el teléfono, marcando el número
que he memorizado de memoria mucho antes de que lo usara, y
espero a que lo atienda.
30
Marca de ropa fina para caballeros
Accidentalmente choco el ratón de su ordenador, —¿Quién usa
todavía un ratón?— su monitor se ilumina, iluminando su
escritorio. Él no contesta. El miedo me roe las tripas, tirando
de una invisible cadena de pánico. Estoy a punto de colgar y
recalcular mi plan, pero entonces veo algo que me hace hacer una
pausa.
Un sobre de manila, no muy diferente al que vi que le entregaron
ese día fuera del café después de la escuela.
Yo dudo. Por mucho que odie los secretos, —los secretos son lo
que ha hecho mi vida un caos y confusión, lo que llevó a Christian
al hospital—, reconozco que no me corresponde leer. Al mismo
tiempo, pienso en todas las cosas que no estoy al tanto. Todas
las cosas que Pierce James mantiene alejadas de mí.
Su familia.
Su hermana.
Su trayectoria.
Su historia.
Leer o no leer-debatir esto, Sr. James.
Mis dedos encuentran el camino hacia el sobre. Lentamente. Sin
duda. Ellos se toman su tiempo, al igual que hago cuando sopeso
las consecuencias. Mi padre cree que soy una mentirosa. Ryan
cree que soy una zorra. Y Pierce… quién sabe lo que Pierce
piensa. Que soy incapaz de cuidarme a mí misma. O quizás que
soy demasiado joven para entender completamente lo que está
pasando a mi alrededor.
Pero lo entiendo. Claro como el cristal. Y tengo la sensación de
que las cosas sólo se sentirán más real después de que abra este
sobre, marcado con la palabra confidencial con llamativas letras
rojas.
Vierto el contenido del sobre arriba del escritorio con un suave
golpe y lo miro fijamente un momento antes de darme cuenta
de lo que estoy viendo. Antes de que los nombres aparezcan.
Antes de que mi nombre aparezca.
Hay fotos.
Hay testimonios.
Hay secretos revelados.
Hay verdades.
—¿Hola? ¿Remi? —La voz ronca de Pierce pregunta en la otra
línea, me asusta.
—Cariño. —Suena como si estuviera sin aliento—. ¿Está todo
bien?
Dejo que el teléfono se me escape de los dedos, y golpea el
escritorio con un golpe.
Todo era una mentira.
Nunca me quiso.
Todo era una mentira.
Me usó.
Todo era una mentira.
No somos nada. Ni siquiera un secreto. No somos más que un
pecado.
Pierce sigue hablando, pero todo lo que puedo oír es el sonido
de mi propio corazón en mis oídos. El hecho de que siga latiendo
es casi tranquilizador, porque duele. Me duele mucho. Doliendo,
rompiéndose, escapando. De repente, estoy ingrávida. Inquieta.
Estoy flotando fuera de mi cuerpo, y miro todo lo que me ha
pasado en las últimas semanas,—en los últimos meses, realmente,
desde que empecé mi último año— y la claridad me envuelve
como una descarga eléctrica.
Dejo caer el teléfono, agarrando los papeles en una de mis manos.
Mis piernas me llevan a la puerta principal, donde me detengo.
Mis pies están desnudos, y todavía llevo su ropa. ¿Hasta dónde
puedes correr cuando la única cosa que te alimenta es la ira, los
secretos y el engaño?
Estoy a punto de averiguarlo.
Capítulo 22
Remi
Esta noche, hago algo que nunca pensé que haría.
Algo que me prometí a mí misma que no haría, de hecho.
Esta noche, duermo en la calle. Vale, dormir es un poco
dramático, pero esto se siente bastante melodramático en este
momento. Mayormente sólo deambulo por ahí hasta que salga el
sol.
No es una decisión consciente más que la forma en que están las
cosas. No puedo volver a casa, literal y figuradamente. Necesito
dejar que Ry se calme, necesito procesar toda la información que
acabo de descubrir, y los autobuses no van del vecindario de
Pierce al mío en medio de la noche.
Pateo pequeñas rocas y camino en lo que parecen círculos por
mucho tiempo hasta que llego a esta gasolinera en una
intersección en el medio de ninguna parte.
Puedo ver las luces de la ciudad de Las Vegas parpadeando en la
distancia. Dorado, rosa, púrpura y verde girando alrededor y
alrededor. Parece apropiado que haya nacido en la Ciudad del
Pecado. Me pregunto qué habría dicho mi madre sobre todo esto.
Sobre lo que fue de papá y de mí. Sobre Pierce.
Saco mi teléfono que encontré enredado en las malditas mantas
de la cama de Pierce—no es mi cámara, pero lo puede hacer— y
capturo el momento en que un indigente sale del mercado de
comida junto a la estación con un sándwich en su mano y se lo
da a una mujer sin hogar que está sentada al lado de la carretera.
Los papeles que encontré en el sobre de Pierce no dejaban espacio
para un malentendido. Se sentó en la información de Ryan por
tanto tiempo y produjo todo con lo que pudo incriminarlo. Estaba
confundida, molesta y frenética por irme. Apenas llegué al porche
de Pierce para ponerme unos zapatos y tomar la evidencia contra
Ryan antes de que me fuera. Y ahora estoy preguntándome si
Ryan tenía razón todo el tiempo.
Dijo que Pierce estaba jugando conmigo.
Dijo que Pierce tenía una agenda.
Dijo que yo estaba destinada a salir herida.
Todas esas cosas pasaron. Pierce me ha herido más que nunca
antes nadie lo había hecho, no importa lo mucho que pretendiera
protegerme. Mi corazón se rompió bajo su vigilancia.
Caminé hasta la estación de autobuses en el momento en que el
reloj marcó las seis y me subí al primer autobús de vuelta a casa.
En el camino, pienso en lo que podría encontrar. ¿Papá y Ry me
perdonarán siquiera? ¿Hay algo que perdonar, de todos modos?
Y le digo a Ryan todo —sobre la loca agenda que Pierce tiene
en su contra ¿Por qué diablos el Sr. James está detrás de mi
hermano, de todos modos?—o simplemente lo mantengo y me
conformo con el hecho de que Pierce no tiene ningún acceso a
toda esta evidencia ahora.
Cuando vuelvo a casa, todos se han ido. La sala de estar está
hecha un desastre. Me siento más sola que nunca.
Me acerco a mi cama, entierro mi rostro en la almohada y lloro.
Lloro hasta que me duermo.
Lloro hasta que mi odio hacia mí misma, y hacia Pierce, e incluso
hacia papá y Ryan se convierte en un adormecido.
Lloro hasta que no quedan más lágrimas en mí.
Pierce
Llego al trabajo de un humor particularmente agrio a la mañana
siguiente.
El hecho de que tenga un ojo morado y un labio cortado no
ayuda en nada tampoco. Parece que he estado en una pelea de
perros. Yo también me siento así. La forma en que dejé las cosas
con Ryan estaban mal, pero volver a casa y ver mi cama desnuda
sin ella y mi escritorio de la oficina desnudo de la evidencia que
reuní contra él durante meses y meses es nada menos que trágico.
Toda mi existencia, todo lo que tengo y quiero y por lo que vale
la pena vivir, esta de repente fuera de alcance, y estoy
contemplando hacer cosas que ni siquiera debería estar pensando.
En Ryan Anderson, principalmente. Pero también en el resto de
este jodido lugar.
Porque no me engañaré a mí mismo. Remington Stringer era una
chica problemática antes de que llegara aquí… pero ahora está
perdida y desaparecida por nuestra culpa, también.
La primera clase es un borrón. Ni siquiera me molesto en fingir
que me importa. Me veo ridículo con mi camisa de vestir blanca
y corbata negra delgada y pantalones de vestir azules que se
supone que te hacen ver sofisticado.
Soy todo menos eso ahora mismo.
—¿Qué le pasó a su cara, Sr. James?
—Me caí.
—También está en tus brazos.
—Bien, me metí en una pelea con un drogadicto.
—Ja, ja. Vamos, ¿qué ha pasado?
Bueno, no puedo decir que no haya dicho la verdad. El primer
período pasa, y luego el segundo es el de Remi. No está aquí, y
no me sorprende, pero su silla vacía se está burlando de mí. No
puedo esperar a que pasen las horas, los minutos, los segundos,
así puedo correr a su casa y suavizar las cosas. Sólo que no estoy
seguro de que todavía pueda.
En el almuerzo, el director Charles me sorprende en el pasillo.
Estoy pasando a través de los estudiantes, a través de la vida,
a punto de salir por la puerta y conseguir unos cigarrillos y una
Coca-Cola. Casi me olvido de mis vicios. Por un minuto dejé de
fumar. Pero entonces ella se fue y me ahogué de vuelta en la
desesperación.
—Sr. James, ¿podemos hablar?
—Tal vez incluso un poco, si eso es lo que se necesita para
transmitir tu punto de vista. —Le sonrío fácilmente, sujetando
mi bolsa de cuero bajo el brazo. El director se pone a mi lado,
y los dos miramos al frente.
—Los padres de la señorita Stephens me llamaron esta mañana.
Me lleva un segundo recordar porque mi mente está en otra
parte. Mikaela Stephens. La chica que intimida a Remi. Asiento,
preguntándome a dónde se dirige.
—Sus padres encontraron mensajes de texto sobre una pelea que
supuestamente sucedió en tu clase con otro estudiante.
¿Remington Stringer?
No tiene sentido negarlo.
—¿Si?
—¿Fueron disciplinados? —Puedo oír la preocupación en su voz.
El temor.
Me paro en la puerta que da a la escalera de la calle.
—Las dos se fueron con una advertencia.
—¿De quién fue esta decisión? ¿De la junta de estudiantes?
El director Charles acaricia su barbilla en mi periferia. Oh, sí.
Esa es la parte en la que debería mencionar que en esta pequeña
y elegante escuela, la gente es juzgada por la junta de
estudiantes. Son como el juez, el jurado y el verdugo de aquí.
—Nunca lo planteé al cuerpo estudiantil, —digo bruscamente.
—¿Por qué no?
—Porque soy un adulto capaz de tomar mis propias decisiones.
—Así no es como funcionan las cosas por aquí.
—Así es como funcionan las cosas para mí—. Me doy la vuelta y
lo dejo allí de pie.
—También les preocupaba que pudiera haber algo inapropiado
ocurriendo con usted y la señorita Stringer. Dijeron que la
señorita Stephens le confió a ellos sobre esto esta mañana. No
tengo que decirte lo serio que esta acusación es, Pierce. Dime
ahora si hay algo de verdad en ello.
Estoy seguro de que su hija les dio la única verdad que sabe. Que
el Sr. James y la Srta. Remington han permanecido en el aula
mucho tiempo después de que la campana haya sonado. Tal vez
incluso sepa que cerramos la puerta con llave algunas veces. No
fui exactamente cuidadoso las últimas veces.
—Hay un poco de verdad en cada mentira, —digo. Y esa es la
única información que está sacando de mí.
No tengo tiempo para los Stephens. No tengo tiempo para el
Director Charles. Francamente, tampoco tengo tiempo para mis
estudiantes. Me decido por un capricho de que por primera vez
en mucho tiempo, voy a hacer algo diferente. Algo que no es
para nadie más que para mí.
Camino hacia mi auto en el aparcamiento de los profesores,
enciendo el motor, y conduzco hacia el lado malo de Las Vegas.
Al único lugar donde quiero estar.
Con ella.
Capítulo 23
Remi
Al mediodía, la puerta se abre y se cierra. Sigo en la cama,
medio dormida, medio despierta y parpadeando hacia el techo.
Los papeles que le robé a Pierce están en un lugar donde nadie
los puede encontrar, en un viejo libro de texto que guardé de
mi antigua escuela. Tal vez sea toda la adrenalina que corría por
mis venas anoche, pero hoy, me siento extrañamente sin energía.
—¿Hay alguien aquí? —Escucho la voz de Ryan, y el mero sonido
de él hace que todo mi cuerpo se estremezca con sollozos
incontrolables. Lloro porque quiero salvarlo. Lloro porque quiero
salvarme. Lloro porque una vez, él no era el hombre que intentó
meterme una mano bajo la falda. Él era el hermano que me
enseñó a patinar y me regaló accesorios de fotografía para mis
cumpleaños.
—Yo. —Apenas susurro, todavía estoy acostada en mi
cama—. Estoy aquí.
Sus pasos se hacen más fuertes con cada segundo que pasa. El
miedo me apuñala en el pecho, mezclado con un inexplicable
anhelo. No puedo entender todo lo que estoy sintiendo en este
momento. Siento demasiado dolor para pensar con claridad.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Pregunta, sus dedos se ciernen
sobre el marco de mi puerta. Luce como… Ryan. Como un fuerte
vikingo. Como el hombre que ayudó a criarme y toleró mi
enamoramiento, y luego bailó en la línea entre lo apropiado y lo
inapropiado. Y aunque ha perdido un poco de peso recientemente,
sigue siendo hermoso.
Cubro mi boca con la mano y sacudo la cabeza, sintiendo las
lágrimas correr por mis mejillas. —Todo está tan jodido, Ry.
Estoy tan enojada contigo. Con él. Por todo.
Él está a mi lado en un segundo, sentado en mi cama y tirando
de mí en un abrazo. Entierro mi cara en su hombro. Huele a
gasolina y a cigarrillos y a casa. Una casa que no huele a flores
y comidas preparadas o un agradable perfume femenino, pero
sigue siendo mi casa.
—Oh, cariño. Rem…—Su voz desaparece dentro de mi cabello, y
él lo acaricia, y yo me rompo un poco más, la nostalgia hace que
mi corazón se desborde—. ¿Qué te hizo el bastardo?
—Ambos son unos magníficos bastardos. —Sorbo en protesta,
alejándome de él—. Tú. Pierce. Papá. Son lo peor, todos. Papá
creyendo tus mentiras. Tú haciendo de mi vida un infierno. Pierce
traicionándome.
—Estoy celoso. —La voz de Ryan es lo más suave que puede
ser—. Lo estoy arruinando porque estoy celoso de él. Se suponía
que esto no iba a pasar de esta manera. Te convertiste en una
persona diferente desde que empezaste a ir a esa escuela
elegante, y se sentía como si nos estuvieras dejando. —Hay una
pausa. Ryan mira fijamente al suelo. Luego—. Vino aquí anoche.
—¿Lo hizo? —Me aparto para poder examinar la cara de mi
hermanastro. Él asiente solemnemente, apartándome un mechón
de cabello de la cara.
—Claro que sí, nena. Me amenazó. Así es como conseguí esta
cosa bonita. —Señala su mejilla que actualmente está morada.
Ni siquiera me molesté en notar que Ryan se ve todo golpeado.
Parpadeo una, dos veces.
—¿Le hiciste daño? —No sé por qué estoy preguntando esto.
Ciertamente no debería importarme, pero me importa. Él asiente
con la cabeza.
—Probablemente se ve peor que yo hoy.
—Bien. —Digo, enderezando mi columna vertebral—. Se lo
merece. —Pero por dentro, mi corazón se rompe por otra razón.
—¿Qué hizo? —Ryan exige, y su voz tiene cierto borde en su
tono. La misma violencia que se eleva sobre nosotros desde que
empezó a mezclarse con la gente equivocada.
Y por mucho que quiera proteger a Ryan, el chico con el que
crecí, el chico que me cuidó todos estos años, aunque de una
manera extraña y jodida, también quiero proteger a Pierce.
Ambos me han hecho mucho daño. Ni siquiera debería querer
distraerme con la idea de ayudar a ninguno de ellos, pero por
ahora, me guardo el sobre manila secreto de Pierce para mí.
—Dime, Ryan. ¿Por qué Pierce James te odia tanto? ¿Qué le
has hecho?
Ryan se lame los labios y mira hacia otro lado.
Culpable, pienso. Culpable hasta el fondo.
Pierce
Golpeo la puerta de su baño unas cuantas veces, esta vez
gruñendo.
—Gwen, por el amor de Dios abre. No tengo todo el día. Estoy
en mi hora de almuerzo. Necesito enseñar el tercer período en
veinte minutos, y el tráfico es una locura.
No responde. Me siento hasta el tope de descontento y molesto.
Toda la situación de Gwen me pone de los nervios. Ella va a
conseguir ayuda aunque tenga que arrastrarla por el cabello y
arrojarla al centro de rehabilitación más cercano con una
habitación para un nuevo inquilino. Hace una semana, hablé con
la Mother Dearest 31, que había accedido a desembolsar algo de
dinero para un centro en Santa Bárbara donde Gwen pudiera
desintoxicar se. Habíamos decidido dividirlo a la mitad, yo con mi
salario de maestro y ella con su cantidad indefinida de millones
en el banco. No me importa. Sólo quiero que Gwen se mejore.
—Maldita sea, Gwen, el agua se está filtrando. —Levanto un pie
y miro el agua que se arrastra por debajo de la puerta del.
baño—. Juro por Dios, que si no abres la puerta ahora mismo
voy a entrar.
Nada.
Hasta ahora no lo había sentido. El miedo que te agarra por la
garganta y te aprieta con fuerza. Abro de una patada la puerta
cerrada y la encuentro en la bañera, desnuda, con la cabeza bajo
31
Apodo usado para a su mamá
el agua. Corro hacia ella, resbalando unas cuantas veces en el
suelo mojado. Todo su cuerpo se ha hundido en el agua.
Y no hay burbujas.
No hay burbujas.
No está respirando.
—Gwen, Gwen, Gwen, cariño. —Mi voz es extraña para mis oídos.
Sueno… frenético—. Estás bien. Vamos… Vamos a sacarte de
aquí. Vamos. —La agarro por el cabello antes de sacarla. La
pongo en el suelo y soy tan estúpido como para preocuparme
por el frío que debe sentir sobre su piel antes de llamar al 911.
Mis dedos están temblando. No puedo mirarla. No porque esté
desnuda. Porque está azul.
Después de colgarle a la chica del centro de emergencias, hago
rodar a mi hermana mayor a un lado, tratando de que vomite
algo del agua que ha tragado. Luego la vuelvo a poner de espaldas
e intento administrarle RCP 32a su cadáver. No lloro. Ni siquiera
estoy triste en este momento. Estoy enojado. Jodidamente
furioso, para ser honesto.
—¿Por qué diablos hiciste eso? ¡Maldita sea! —Grito.
—Mierda, Gwen. No pareces herida. Vas a estar bien.
32
Resucitacion cardio pulmunar
—Gwen. Gwen. Gwen. Gwen.
La ambulancia llega unos minutos después. Observo desde la
esquina de la sala mientras la meten en una bolsa para cadáveres.
Me doy cuenta de que no tengo a nadie a quien llamar. Nadie
con quien compartir esto. Apuesto a que mis padres no se
sorprenderán si los llamo.
—Se veía… bien. —Le digo a uno de los paramédicos.
Incluso para mis propios oídos, esto suena loco. Mi hermana no
estaba bien. Mi hermana era adicta a la heroína. Era una
drogadicta. Se veía demacrada, desnutrida y con ojos salvajes
desde hace mucho tiempo. Desde unos tres meses después de
que me siguiera a la Ciudad del Pecado, para ser exactos.
—Parece una sobredosis. —Dice el joven con acné, con una voz
de disculpa—. Creo que sufrió un paro cardíaco, pero sabrás más
después de que te envíen el informe. Lamento su pérdida.
—Sí. —Me froto la cara con la palma de la mano—. Yo también.
Vuelvo a casa, me meto en mi propia bañera y miro las baldosas.
Pensé que lo había procesado, pero estaba equivocado.
El dinero cae dos semanas después. Me va bien en esas semanas.
Tan bien. Hago todos los arreglos necesarios para el funeral,
notifico a mis padres y a nuestros amigos, hago a la gente venir,
colegas, amigos, examantes, y me ayudan a preparar todo.
Es dos semanas después cuando conduzco por la zona que
finalmente me golpea.
El semáforo está en rojo. Miro por la ventana de mi auto y veo
a Ryan Anderson cruzando la calle con una chica al azar que
parece una típica drogadicta. Maquillaje embadurnado, ojos
hinchados y cuerpo flaco envuelto en una minifalda.
Su brazo está sobre su hombro, y él se ríe y le susurra algo al
oído.
Él lo hizo.
Se lo hizo a Gwen, y ahora se lo va a hacer a esta chica.
Ella está tan fuera de sí que le dejaría salirse con la suya, lo sé.
A la mañana siguiente, entrego mi renuncia al director Charles y
decido dedicar los próximos meses a asegurarme de que Ryan
Anderson no vuelva a arruinar otra vida.
—Guarda tu renuncia para ti mismo. —El director Charles empuja
la carta que escribí a través de su escritorio—. Hablemos de ello
el año que viene. Puede que te sientas diferente.
—Nunca me sentiré diferente. No puedo trabajar. No puedo
concentrarme. —No puedo respirar. Mi hermana me crio, maldita
sea. ¿Y qué he hecho yo a cambio? La arrastré a una madriguera
de drogas, alcohol y malas elecciones.
—Lo harás, Sr. James. —La esquina izquierda del labio del
director Charles se desliza hacia arriba con media sonrisa—.
Cuando estés listo, sucederá. Hay mucho que esperar de la vida,
incluso si no luce de esa manera en este momento. Siempre
recuerda eso, ¿hmm?
Pierce
La puerta metálica gime mientras se balancea hacia adelante y
hacia atrás, ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que esta casa ha
recibido mantenimiento? Quiero sacarla de aquí. Estuve
malditamente cerca de hacerlo, también.
Caminando por su entrada, me convenzo de que puedo razonar
con ella. Remington es una chica inteligente. Seguramente,
después de que le diga toda la verdad, lo entenderá.
Pero entonces recuerdo que Remington es como un cable con
corriente. Es emocional y audaz, y no hace nada a medias. Ella
siente todo mucho más profundo que yo, -o que la mayoría de
la gente, sospecho, -y por eso está tan herida. Ha sido lastimada
por casi todos en su vida, y yo no soy mejor.
Llamo a la puerta principal -está cerrada, gracias a Dios- tres
veces, pierdo la paciencia antes de que termine la segunda, y
llamo al timbre un sinfín de veces. No funciona. Gran sorpresa.
Espero unos segundos, y luego vuelvo a llamar.
Nada.
Sé que ella está aquí. Es espeluznante como el infierno, pero
puedo sentirla. Como sé que está en un salón de clase incluso
antes de que yo atraviese por la puerta.
—¡Remington! —Grito, sin importarme una mierda el hecho de
que alguien pueda oírme y verme. Ya he pasado la etapa de
matar mi carrera. En este momento estoy bailando sobre el
cadáver—. Abre la puerta, cariño. Vamos.
La peor parte es que puedo oírla lloriquear. Está llorando. Puedo
mirar a través de su ventana, pero me gustaría pensar que tengo
más dignidad que eso. —Remi. —Digo, ahora más suavemente.
Nada.
—Tengo noticias de Christian. Sé que quieres saber. —Miento.
Jesucristo. Soy un maldito imbécil, pero no puedo evitarlo.
Después de unos segundos, la escucho caminando descalza por el
suelo, y la puerta se abre. Se ve como el infierno. Bonita como
la primavera, porque sigue siendo Remi, pero aún así.
—¿Cómo está? —Ella abraza la puerta contra su pecho, como si
pudiera protegerla de mí. Como si necesitara ser protegida.
Sacudo la cabeza.
—Lo siento, en realidad no lo sé. Sólo necesitaba que vinieras
aquí. Yo…
Cuando empiezo a hablar, ella trata de cerrarme la puerta en la
cara. Soy rápido para escabullir un brazo y detenerla -Mierda,
eso duele – y empujar la puerta para abrirla cuando entro sin su
permiso. Técnicamente, ella puede llamar a la policía.
Lógicamente, debería hacerlo. Pero estoy tomando algunos riesgos
aquí en nombre de lo que sea que tengamos.
—Eres un mentiroso, un tramposo y un imbécil. —Me escupe en
la cara, alejándome. Sus ojos parecen hundidos. Como si hubiera
estado llorando durante horas—. ¡Confié en usted, Sr. James!
Puede que no signifique mucho para usted, pero para mí… Para
mí lo era todo. —Agarra un jarrón vacío de la mesa del comedor
y lo lanza al otro lado de la habitación, y siento una puñalada
de dolor, porque sé que ella es la única aquí que pensaría en
poner flores en la mesa. Quiere que todos piensen que es dura e
insensible, pero todavía hay una chica que, no importa cuánto la
vida le arroje, sigue intentando hacer su oscuro mundo un poco
más brillante con unas malditas flores. El jarrón falla por un
centímetro. Doy un paso hacia ella. Ella me señala con un dedo.
—No lo hagas. Has perdido tu derecho a acercarte a mí. Llamaré
a la policía ahora mismo si no te vas. Ni siquiera me importa lo
suficiente como para preguntar qué maldita obsesión tienes con
mi hermanastro. Sólo quiero que salgas de mi vida. Tenemos un
semestre más para tolerarnos el uno al otro. No te acerques a
mí.
—Sabes que eso no es posible. —Digo fríamente, dando otro paso
en su dirección, sabiendo exactamente lo que estoy haciendo y lo
peligroso que es, y aún así tomo el riesgo—. No puedo alejarme
de ti.
—Puedes, y lo harás. De mi. De mi familia. De todo lo que me
importa y que tú quieres destruir.
—Remi, hice esto por ti.
—Sr. James, —Enuncia, como si ya no fuéramos íntimos. Como
si nunca hubiéramos pasado. Como si no estudié cada curva de
su cuerpo y vi su expresión aturdida cuando su cuerpo se soltó
y se quemó con placer en mis manos.
—Espero que no creas las tonterías que me estás diciendo, porque
seguro como el infierno que yo no.
—Ryan es peligroso, —Le digo. Está temblando por todas partes
y abrazando su pecho. Quiero hacer que su dolor desaparezca,
pero sé que no puedo, así que continúo—. Ryan es la razón por
la que mi hermana murió. Tuvo una sobredosis de la mierda que
le dio tu hermano. Se la follo y la drogó y finalmente la
mató. —No hay emoción en mi voz.
—¡Mentiroso! —Se lanza en mi dirección y me empuja—. Estás
mintiendo. Sal de aquí.
—Tenía miedo de que se lo hiciera a otra persona. —Me quedo
arraigado en el lugar, mirándola fijamente—. Y entonces te
conocí, Remington, y esa pequeña cantidad de miedo se volvió
paralizante cuando me di cuenta de que su próxima víctima podría
ser la mujer de la que me estoy enamorando.
No se han pronunciaron palabras más honestas, y aún así, no
encuentro mi verdad particularmente liberadora o cómoda. La
encuentro extrañamente exasperante. Incluso enloquecedora.
Porque se suponía que esto no iba a suceder, y sin embargo
sucedió, a pesar de mis mejores esfuerzos.
Me enamoré de una chica que se sentía como una mujer y me
hizo sentir como un hombre en lugar de un fantasma.
Me enamoré, al principio, de una idea; en la mitad, de sus curvas;
y al final, de todo el paquete.
Me enamoré de mi estudiante, y ahora estoy aquí, pidiéndole
que peque. Pidiéndole que haga lo que yo no aprobaría ni
desaprobaría. Pidiéndole que me ame.
Remi echa la cabeza hacia atrás y se ríe antes de sacudirla
sombríamente.
—Lárgate.
—Remington…
—No. Lárgate, Pierce, —Se acerca a la puerta y la abre de par
en par—. Sal de mi casa, de mi vida, de mi cabeza. Has tenido
suficiente tiempo para contarme todo esto sobre Ryan. Tuviste
tiempo para advertirme. Tuviste el tiempo para explicarte.
Tuviste todas las oportunidades para hacer esto bien, o dejarme
decidir por mí misma si quería tener una relación con alguien que
persiguió implacablemente a mi hermano. Eres un abogado, por
el amor de Dios. Sabes a lo que se enfrenta. No me digas que
no reconoces lo mucho que me has herido.
—Lo sé. Y déjame asegurarte…
—No. Ya has terminado de asegurarme. Fuera, —Dice otra vez,
y esta vez no tengo otra opción. No puedo obligarla a que me
escuche—. Has terminado aquí. Por favor, no lo hagas incómodo
en la escuela o me hagas hacer que ponga en peligro tu carrera.
—Dice que con la voz más grave que he escuchado antes de
añadir— Y eso va para tus planes de derribar a Ryan también.
Tengo ventaja sobre usted, Sr. James. Le sugiero
encarecidamente que deje a mi familia en paz y se centre en la
suya. Vaya a buscar otra estúpida chica a la que arruinar.
Palabras duras de una chica que sabe lo que es una vida dura.
Le doy una última mirada para ver si hay espacio en su corazón
para darme otra oportunidad. No lo hay. Su cara es dura, y su
labio inferior tembloroso es el único indicio de que tal vez ella
también me amó alguna vez.
—Fuera. —La palabra cae de sus labios más silenciosamente ahora.
Me voy, sin la chica.
Sin las pruebas contra Ryan Anderson.
Y lo más importante, sin mi alma.
Capítulo 24
Remi
Christian sale del hospital dos días después con ojo morado y la
nariz fracturada. Luce como me siento. Un completo desastre.
Pero mientras me deleito con él en su habitación, me doy cuenta
de que no se trata de mí en este momento. He copiado de mis
cuadernos todos los deberes que se ha perdido y le he comprado
su ensalada favorita de quínoa y aguacate en la panadería de
enfrente de nuestra escuela. Me siento en el borde de su cama
y le cuento los últimos chismes, dejando a Benton fuera, por
supuesto, cuando gime mientras se cambia de lugar.
—¿Remi?
—¿Si?
—¿Cómo crees que la escuela se sentirá para mí el resto del
año? —Su voz es pequeña. Se refiere a la salida de Benton, no
importa lo que pasó entre ellos, creo que sabe que estaba
equivocado, y al hecho de que ahora es la persona más odiada
entre los deportistas.
Quiero decirle que todo va a salir bien, pero la verdad es que
probablemente sea el mayor marginado de nuestro año, aparte
de mí. Aunque Benton Herring se apresuró a barrer los rumores
sobre él siendo gay bajo la alfombra, dijo que Christian ha tenido
una extraña fijación con él desde que se mudó a Riverside High
y que tuvo que rechazarlo unas cuantas veces, sé que la historia
está lejos de terminar.
—¿Honestamente? Creo que ambos deberíamos invertir en un
buen spray de pimienta. —Suspiro.
—Al menos nos tenemos el uno al otro. —Christian me acaricia
el cabello oscuro, y trato de sonreír, pero es difícil mirarlo, con
los círculos púrpuras y verdes alrededor de sus ojos, el amarillo
de los moretones que se desvanecen en sus mejillas, sin querer
llorar. También quiero llorar simplemente porque mi corazón está
roto en mil pedazos diferentes, y no tengo idea de cómo
arreglarlo. Ni siquiera estoy segura de querer hacerlo. Una parte
de mí cree que merezco todo este dolor. Hice algo malo. Lo hice
con mi maestro. Tal vez debería pagar el precio.
—Siempre me tendrás. —Tomo su mano y entrelazo mis dedos
con los suyos, tranquilizándolo.
—Entonces, ¿Qué pasa con el Sr. James? ¿Siguen
viéndose? —Se levanta de su cama, subiendo a una posición
sentada. Sonrío a través del dolor, porque eso es lo que la vida
me ha enseñado.
—En realidad no.
—¿Por qué?
—No era quien yo pensaba que era.
—¿Y eso por qué?
—Pensé que, en todo caso, yo sería su perdición…—Digo,
mordiéndome el labio inferior y hurgando en mi esmalte de uñas
negro y astillado—. Resulta que fue la mía.
Remi
Han pasado dos semanas desde que Pierce apareció en mi puerta
rogándome que lo escuchara. Suplicando por perdón. Dos semanas
en las que intenté convencerme de que con el tiempo se sentiría
mejor. Que no puede doler tanto. Que la vida sigue adelante.
Que era sólo un enamoramiento adolescente.
Lo veo caminando por el pasillo, y el tiempo se detiene. Camina
en cámara lenta, al menos a mis ojos, pero quizás es porque
cuando se trata de él, todo lo demás se desvanece.
No me mira. No me habla. Intento convencerme de que me está
dando el espacio que le pedí. El espacio que chantajeé para que
me diera, amenazando con contarle al mundo sobre nosotros.
Pero la verdad es que, en el fondo, estoy asustada, herida y
desesperada. ¿Y si me superara? ¿Y si se olvidó de mí? ¿Y si yo
no era más que un polvo rápido?
Pienso en nuestro tiempo juntos más de lo que debería, en cada
momento de vigilia, y luego sueño con ello mientras duermo. Y
aunque sólo han pasado dos semanas, cada día, se hace más difícil
imaginar exactamente cómo se sintió su toque contra mi piel.
Cómo olía cuando hacíamos el amor en su cama. Cómo sabía
cuándo follábamos en su escritorio de la oficina.
—¿Remington? —Escucho una voz que dice mi nombre y miro
hacia arriba. Es Pierce. Trago con fuerza.
—¿Sí? —Mi espalda se endereza con su voz. Estamos en el pasillo.
Se ve increíble con uno de sus trajes ajustados.
—Sígame. —Su voz es tan distante y lejana. Como si me hablara
desde el otro lado del país. Lo odio. Asiento débilmente y me
muevo en su dirección, y me lleva a la oficina del director Charles.
—¿Estoy en problemas? —Pregunto a sus espaldas mientras
pasamos junto a estudiantes, animadoras y la conmoción de la
hora del almuerzo.
—No, en absoluto. —Gira a la derecha, como sabía que lo haría,
y estamos frente a la oficina del director Charles.
—¿Qué está pasando? —Mi ritmo cardíaco aumenta, y me
pregunto si puede estallar espontáneamente por todo lo que está
pasando aquí. ¿Le ha hablado al director Charles de nosotros?
¿Quiere que vuelva? ¿Qué está pasando aquí?
—Me he dado cuenta de que aún no has rellenado ninguna
solicitud para las universidades. —Estrangula el tirador de la
puerta que da a la oficina.
Sacudo mi incredulidad e intento calmarme. —Sí. No. No tuve
tiempo.
Riverside hace registrar tu historial de solicitudes y cartas de
aceptación en su sistema en línea para que se puedan enviar a
las universidades potenciales todos los documentos y cartas de
referencia necesarios. Mi archivo estaba en blanco, ya que no
tenía el tiempo ni la mentalidad adecuada para hacer planes
académicos.
—Bueno, me tomé la molestia de establecer algunas
opciones. —Llama a la puerta suavemente, luego la abre, y detrás
del escritorio del director Charles hay una mujer que no conozco.
Es joven, tal vez de unos veinte años, y lleva un traje y una
dulce sonrisa, su cabello rubio en un moño apretado.
—Hola, Remington. Soy Holly Tate. —Ella eleva su brazo para
un apretón de manos, pero yo no hago ningún
movimiento—. Soy una asesora externa. Mi trabajo es encontrar
a los estudiantes la universidad que mejor se adapte a ellos.
El Sr. James habló muy bien de ti. No puedo prometerle nada,
pero puedo intentar darte algunos atajos para tus universidades
de interés una vez que veamos tus notas y tus asignaturas
optativas.
Quiero reír y llorar al mismo tiempo. Quiere cuidarme y asegurar
mi futuro después de que lo amenacé y lo eché de mi casa.
Jesús. Sólo Pierce James haría algo así.
Pero no quiero su generosidad. No quiero su ayuda. Quiero olvidar
que alguna vez sucedimos y seguir adelante.
—No, gracias, —Me escucho decir. La sonrisa de Holly se esfuma
de su rostro, y me da un poco de consuelo—. Pero agradezco la
oferta.
Me doy la vuelta y me voy. Espero que me siga, pero cuando no
lo hace, no me sorprende.
Todo está cambiando. Nosotros estamos cambiando. Lo único que
no está cambiando es mi vida familiar. No. Eso se queda ahí.
Como un mal hábito que parece que no puedes sacudirte.
Papá está en la carretera otra vez, con nada más que un mensaje
rápido diciéndome que lo solucionaríamos cuando vuelva.
Ryan ha vuelto a desaparecer y a dejarme plantada cuando
necesita recogerme del colegio, dándome esporádicamente el
almuerzo y el dinero del colegio.
Y la realidad de mi destino es tan clara como el cielo de la casa
de botes de Pierce en el lago Mead.
No hay nada que ver aquí.
Todas las cosas interesantes y hermosas están pasándole a otras
personas.
Capítulo 25
Pierce
Gwen siempre solía decir que la esperanza es una enfermedad
contagiosa. Si no tienes cuidado, puede atraparte. Solía reírme
en aquel momento. No tenía esperanza porque no lo necesitaba.
La tenia a ella. Tenía amigos. Tenía un futuro brillante por
delante. Vi el mundo a través de lentes color de rosa. Pensé que
lo tenía todo.
Hoy no tengo nada.
No tengo ningún amigo. Quiero decir, sí tengo. Por supuesto que
sí. Pero no reales. Los he alejado a todos.
No tengo un futuro brillante por delante. Tengo un trabajo
mediocre que mantengo porque no quiero salir de este lugar.
No tengo a Gwen.
Y no tengo a Remi.
Eso me deja con tiempo libre en mis manos, así que hoy he
decido hacer algo productivo con mi vida.
Me conecto a mi cuenta de Amazon y ordeno lo que quería pedir
para ella el día que apareció en mi puerta, empapada, diciéndome
que era su cumpleaños. Entonces, conduzco al Supermercado más
cercano y compro para Shelly su comida habitual digna para un
jardín de niños.
Estoy tratando de mantener mi mundo en movimiento sin
ninguna otra razón que no sea Remington Stringer. Se me ocurre,
mientras camino por los pasillos demasiado brillantes del
supermercado, que no tengo nada que perder o ganar fuera del
juego aparte recuperarla.
Después de que terminé de pagar todo, conduzco hasta la casa
de Shelly. Yo sé que ella estará allí, porque a menos que esté
drogándose, ella estará en casa. Y la última vez que la vi, estaba
muy enferma. Lo que significa que ella no lo ha usado en mucho
tiempo. Con suerte, ella podría seguir así.
Si ella está en casa, no hay problemas.
Si está drogándose, sé exactamente dónde compra sus drogas.
En que esquinas mirar. Y sé que incluso si no la encuentro, ella
estará de vuelta en su apartamento tan pronto como pueda para
meter una aguja en su vena.
Cuando llego a su conjunto de apartamentos, me doy cuenta de
que no he estado aquí en mucho tiempo. Desde que Remington
y yo estuvimos juntos. Venir a visitar a Shelly siempre se trató
de venir a visitar a Gwen. Y Remington proporcionó la distracción
que necesitaba para proteger a una mujer que realmente podía
salvar. No estoy seguro de que Shelly pueda ser salvada. Dudo
que ella quiera serlo.
Llamo a la puerta de Shelly dos veces, con las bolsas de papel
llenas a mis pies. Escucho música desde al otro lado de la puerta.
Breaking Benjamin a todo volumen. Ella no podría escucharme
incluso si le gritara desde adentro.
Mirar fijamente esta puerta me lleva de vuelta a la época en
que miré su puerta del baño cuando encontré a Gwen. Todo
parecía tan ordinario… hasta que no lo fue.
Decido por capricho entrar. Ella siempre cierra la puerta aunque
vive en un basurero que ni siquiera un indigente robaría. Entro
y examino la sala de estar. Vacía. La música viene del dormitorio.
Vierto las bolsas de papel en su pequeño o inexistente mostrador
de cocina. Esta ya repleto de botellas de refresco medio vacías y
bolsas de papas fritas rotas. Entonces procedo air por el pasillo
corto y estrecho para llamar a su puerta y asegurarme de que
todavía sigue viva y respirando.
La puerta está abierta.
Miro adentro y veo a Shelly encima del maldito Ryan Anderson.
El está sentado en su cama, su espalda contra el cabecero,
mientras ella lo monta con su camisa todavía puesta.
El maldito Ryan Anderson que mató a Gwen.
El maldito Ryan Anderson que está matando a Remi de una
manera completamente diferente.
El maldito Ryan Anderson, quien mató mi esperanza, y cuando
la esperanza irrumpió de vuelta a mi vida en la forma de su
hermana, él hizo que esta desapareciera también.
En lugar de pensarlo bien—que es lo que debería haber hecho—
yo actúo. Abro la puerta de golpe y entro, con fuego en mis
ojos. Todo mi cuerpo está lleno de ira. Puedo acabar con este
idiota en dos minutos, estoy tan furioso en este momento.
—¡Shelly! —Grito, agarrando el estéreo de la cómoda que está
junto a su armario y arrojándolo contra la pared. La música se
detiene. Shelly gira la cabeza y me mira con la boca abierta, de
placer, shock, sorpresa o los tres, no estoy seguro. Ni siquiera
me importa.
Señalo a Ryan, jadeando, viendo como sus ojos vidriosos intentan
reenfocarse y comprender que está pasando. Está borracho. Ella
está drogada. Increíble.
—Levántate ahora mismo, —le digo—,y déjanos a Anderson y a
mí solos.
—Whoa, Whoa. —Anderson sale de lo que sea que esté, empuja
a Shelly que se aleja para rodar sobre el colchón y se levanta
tambaleándose. Él se mete la polla de nuevo en los pantalones,
que no se molestó en quitar cuando empezó a follarse a mi
hermana muerta y a la compañera de cuarto de su ex novia. Qué
manera de actuar. Levanto una ceja, porque más de lo que es
irritante, también es patético. —¿Qué mierda haces aquí? ¿Me
estás siguiendo, profe? Lárgate de aquí. Carajo.
—Shelly, fuera. —Lo ignoro.
—Shelly, quédate. —Responde.
Shelly nos mira y decide despegar su trasero del colchón y salir
después de todo. Soy mucho más dominante que este idiota, y
si ella teme a alguno de nosotros dos, es a mi. Eso me deja a
solas con Ryan. Mi cabeza es un desastre. Quiero matarlo, puedo
matarlo, Dios sabe que soy capaz de hacerlo, pero al mismo
tiempo realmente necesito pensar esta mierda por el bien de
Remi.
—Ella me eligió,—dice Ryan con indiferencia, encendiendo un
cigarrillo y soplando el humo hacia arriba—. Rem. Eligió volver
conmigo. Como sabía que lo haría. Ella es mi destino, Profe. Soy
suyo. No puedes deshacer esto. Dios quiere que estemos juntos.
—No hables en nombre de Dios. Apenas puedes formar una
maldita frase.
—Tsk, tsk —Ryan se ríe, sacudiendo la cabeza—. Veo que todavía
no has superado a mi futura esposa.
—Literalmente te he encontrado teniendo sexo con otra mujer,—
le digo. Ryan se encoge de hombros. Todo mi cuerpo está
temblando. Joder, quiero matarlo—. Remi sabe cómo son las
cosas. Pero siempre volveré con ella.
—Mataste a mi hermana.
—No. —Ryan se estira lentamente, y de repente, se ve mucho
más sobrio. Toma otra calada de su cigarrillo, y aunque me muero
por uno, nunca, nunca le pediré nada a este bastardo. Escucho a
Shelly arreglar todo en la cocina.
—Gwen se lo hizo a sí misma. Le di drogas para probar, pero
ella tomó una sobredosis. Ella tomó tres veces de lo que solía
tomar. Lo sé porque medí cada fracción de gramo antes de
dárselo. Y ella lo usó todo. Gwen quería morir. Su opción habitual
no la habría matado. ¿Ponerla en el hospital? Tal vez. No soy
un asesino. No sabía que esto iba a suceder.
—Eres un maldito mentiroso, —escupo. Pero la cara de Ryan se
contorsiona de dolor, y sacude su cabeza un poco más.
—No soy un asesino, hombre. Me preocupaba por Gwen.
—¡Le diste drogas!
—¡Todos tomamos drogas, hijo de puta! —Ryan lanza sus brazos
al aire, exasperado—. ¿Qué carajo? Le conseguí sus drogas como
tú le conseguías la cena a Remi. Esta es nuestra comida. Esta
es nuestra vida. Esto es lo que necesitamos para llegar al
siguiente puto día.
—No. —Es mi turno de sacudir mi cabeza. Simplemente… no.
—Sí, —dice Ryan—. Sí, me gustaba Gwen. Pero ella estaba
triste, hombre. Ella estaba triste todo el puto tiempo. Estuve
triste cuando ella murió. Pero no me sorprendió. Y sabía que no
había sido un accidente.
Sacudo la cabeza, sintiendo las lágrimas apuñalar mis globos
oculares. Quiero salir de aquí. Quiero quedarme y escuchar más.
Quiero jodidamente matarlo. Quiero preguntarle más sobre mi
hermana. Una hermana que no conocía tan bien como pensaba,
pero estoy empezando a darme cuenta de que he estado
albergando resentimiento en cantidades que no estoy preparado
para lidiar con ello.
—Arrastrarás a Remington por el mismo camino si no la dejas
ir, ya sabes, —le digo en lugar de gritar y pelear y burlarme de
él como desesperadamente quiero—. Quieres que se quede para
que puedas disfrutar de su luz. Pero ella va a terminar como
Shelly o incluso como Gwen si no sale de este pueblo, y ambos
lo sabemos.
—No. —Ryan golpea el cigarrillo contra la pared para apagarlo.
Es asqueroso, Pero, de nuevo, toda esta habitación está llena de
colillas de cigarrillos y huele a orina—. No, me pondré mejor.
—No lo harás, y ambos lo sabemos.
—Voy a hacerlo.
—No puedes.
—Ella es mía.
—Ella no es de nadie,—admito—. Pero si alguna vez llega a ser
de alguien, si realmente la amas, es mejor que esperes como el
infierno que no sea a ti a quien pertenezca.
—¡Cállate! —grita, tirando de su cabello.
—Tu sabes que es verdad.
Ryan cae de rodillas y llora. Quiero hacer lo mismo, pero me
detengo. En cambio, doy un paso atrás. Lo miro y siento pena
por él. La vida le falló como le falló a mi hermana. O tal vez
ambos fallaron en la vida y no tenían las agallas ni la fuerza para
tomar otra parte en la prueba.
—No quiero que Rem se convierta en Gwen,—admite Ryan,
olisqueando. Él se ve como un chico de esta manera. Sentado en
el suelo, revolviendo su cabello rubio con su puño.
—Entonces sabes qué hacer al respecto. —Le digo.
—Quizás, —responde.
Quizás es mejor que no.
Capítulo 26
Remi
La cafetería se ve más pequeña.
Los pasillos parecen más estrechos.
Todo se está acercando a mí. Quiero alejarme, pero al mismo
tiempo, estoy desesperada por quedarme y verlo. Sentirlo. Estar
cerca de él.
Christian está tratando de mantener un perfil bajo, algo que no
estoy segura de que sea capaz de hacer. Él espera por mi en la
puerta después de cada clase, y nosotros caminamos juntos, con
los brazos unidos, para ir a almorzar o para ir a nuestro próximo
período. Puedo casi oler su inseguridad. Desde que él y Benton
lucharon en el pasillo, ha estado tratando de no llamar la atención
sobre sí mismo. Pero incluso en uniforme escolar, todo sobre él
es colorido. Si fuera un personaje en un libro, saltaría de la
página.
Como ahora, estamos caminando hacia la entrada, a punto de
salir de la escuela y llegar al centro comercial más cercano, y me
cuenta sobre su próximo viaje a Nueva York, está tratando de
entrar en la Universidad de Nueva York y está mirando los
dormitorios: arroja los brazos al aire y queda atrapado
describiéndome la gran ciudad antes de que haga una mueca y
baje la voz.
—Así que, de todos modos, necesito una nueva maleta. Y tal
vez una nueva corbata. Quiero ser positivo, ¿sabes? Realmente
siento que puedo reinventarme allí. —Ambos estamos entrando
por las puertas, y mi corazón se siente un poco más ligero. Al
dejar West Point detrás de mí. Dejar a Pierce atrás es otra
historia.
Ryan ha estado bien en los últimos días. Mayormente ausente y
muy tranquilo, pero no en la forma en que estaba cuando estaba
usando. No sé por qué, y no me atrevo a preguntar. Lentamente
se está convirtiendo en el viejo Ryan, y eso es lo que importa.
—No necesitas reinventarte, —digo distraídamente—. Me gustas
tal como eres.
—Otras personas aquí no lo hacen.
—Otras personas aquí son estúpidas. —digo.
—Porque eres un genio, ¿no? —Escucho una voz familiar detrás
de mí y giro la cabeza con el ceño fruncido. Christian gira, todo
su cuerpo inclinado hacia la voz. Él reacciona como yo reacciono
a Pierce.
Adicción. Obsesión. Atracción. Reacción.
—¿Qué quieres, Herring? —Siento que se me abren las fosas
nasales. Tomo la mano de Christian y la aprieto por
seguridad. —Si te acercas él, serás expulsado. —Benton debería
ser expulsado, pero Christian no quería presentar cargos, y con
padre senador de Mikaela y su propio padre, nunca se enfrentó
a ningún problema real. Y él lo sabe.
—Solo quiero hablar con él. —Benton mira a Christian. No a mi.
No puedo leer su expresión, pero seguramente no puede ser
bueno. No después de su último encuentro juntos.
—Sigue soñando, —resoplo.
—Hablemos. —Benton me ignora, dando un paso hacia Christian.
—Solos,—dice.
—No. —Sacudo la cabeza.
—Si. — Escucho a Christian decir. Quiero atraerlo hacia mí, pero
él ya esta caminando hacia Benton en el pasillo desierto. Escucho
el eco de sus pasos. Y miro su espalda. Esto es amor, pienso con
amargura. Te atrae; te vuelve loco. Supera cualquier idea lógica
y plan racional que puedas tener.
—Ten cuidado. —Mi voz tiembla. Benton le dice algo al oído. No
están demasiado cerca, pero están lo suficientemente cerca como
para parecer íntimos. E incluso aunque no hay nadie más que
nosotros, sé que algo ha cambiado en el deportista. Que esta
vez, no necesito preocuparme por la seguridad física de Christian.
Necesito estar preocupada por su corazón—. Oye, ¿puedo
esperarte aquí? ¿Tal vez abajo? —Lo intento por última vez.
Christian se da vuelta y niega con la cabeza.
—Anda. Te llamaré después. Gracias nena.
De mala gana, aprieto las correas de mi mochila y bajo las
escaleras de dos en dos. Camino hacia la estación de autobuses,
sintiendo el sol en mi piel.
Trato de pensar en cualquiera de las cosas que deberían ocupar
mis pensamientos: solicitudes para la universidad, arreglar las
cosas con papá y Ryan, trabajo escolar. Pero nada se queda. Todo
en lo que puedo pensar es en él.
Me encorvo en el banco de plástico en la estación de autobuses
y miro la nada al otro lado del camino. Edificios. Arboles.
Personas. Mis muslos desnudos se están quemando con el plástico
caliente, pero no me importa lo suficiente como para ponerme
de pie.
Un vehículo que reconozco se detiene frente a mí y la puerta
del pasajero se abre.
—Entra, —me dice Pierce, apoyándose en su volante.
—No. —digo en voz baja.
—Necesitamos hablar.
Pienso en Benton y Christian. Cómo Christian prácticamente
perdonó a Benton después de golpearlo hasta sacarle la mierda,
o parecía dispuesto a perdonarlo y sacudo la cabeza. No puedo
permitirme ser cegada por el amor. No después de que el amor
me dio una patada en el culo y trató de quitarme la única familia
que me queda.
—No me interesa, Sr. James.
—Detente con el Sr. James. Ya hemos pasado eso.
—Hace unas semanas, me habrías regañado por llamarte cualquier
cosa menos eso, —digo, y no suavemente, moviéndome en el
banco—. Vete. Alguien puede verte. No quiero empañar esa
preciosa reputación tuya.
—Entra.
—No.
—Está bien. Saldré,—dice, desabrochándose el cinturón de
seguridad y saliendo rápidamente de su auto en un instante. Está
estacionado en el medio del camino, y estoy bastante segura de
que está rompiendo quinientas reglas diferentes a la vez.
Observo mientras da la vuelta al auto con algo en la mano. Es
una caja. Una grande. La deja caer en mis manos, y puedo sentir
que es pesada. Su envoltura es roja, pero parece que un niño lo
envolvió … antes de que un auto le pasara por encima.
—Esto es por tu cumpleaños. —Me mira con seriedad—. Lo
envolví yo mismo. —Y me doy cuenta de que Pierce no está
preocupado por nada. Podría ser atrapado, y ni siquiera le
importa un comino. Él está parado aquí con su estudiante,
dándole un regalo. Su rastrojo y sus ojos inyectados en sangre
también me dicen que no se siente mejor que yo.
—Sin regalos. —Sacudo la cabeza, empujándola de nuevo a su
pecho, todavía sentada.
—Tómalo, —dice—. Tienes que hacerlo. Me sentiré mejor si lo
haces.
—Porque estoy tan preocupada por tus sentimientos en este
momento.
—Escucha. —él suspira—. Esto es un error. Todo esto. No puede
terminar de esta manera.
—¿Quién eres tú para decirlo? —Me río con amargura—. Tú
fuiste el que lo jodió.
—Trataba de protegerte. —dice, por enésima vez—. Saca la
cabeza de tu trasero, Remington. Tu hermano es peligroso. Tu
hermano trata con personas muy sospechosas, y estoy preocupado
por tu seguridad.
Esta vez no puedo evitarlo. Me levanto y lanzo el regalo envuelto
por la ventana abierta del pasajero de su auto. —No, señor
James. Querías venganza. Olvídate de lo que éramos. Olvídate
de lo que pudimos haber sido. ¿Recuerdas cómo solías decir que
te preocupaba que me arruinaras? ¿Qué me romperías el corazón?
Pues felicidades. Lo hiciste. El tuyo no se ve en mejor forma
que el mío, Sin embargo, Así que por favor, para. Sólo detente.
Déjame lamer mis heridas en paz. No te necesito.
—Es una cámara Polaroid. —Pierce me lanza una mirada de dolor.
Una mirada que nunca he visto en su cara. Su garganta se sacude
cuando traga. El baja la mirada—. El regalo por tu cumpleaños.
Para capturar todas las cosas tristes y hermosas. —Repite mis
palabras desde el segundo día de clases, y mi corazón se rompe
poco más.
Empiezo a caminar hacia la siguiente estación de autobuses, sin
mirar atrás.
Esto no es una historia de amor.
Esto ni siquiera es una historia de odio.
Este un cuento con moraleja.
Pierce
Conduzco tras ella.
Me detengo cuando me doy cuenta de que se ha ido a otra
estación de autobuses.
Maldigo. Mucho.
Hago un giro en U.
Quiero llamarla, mi dedo se cierne sobre su nombre en mi
teléfono.
No lo hago.
Lo hago.
Cuelgo.
El director Charles me llama. No respondo.
Shelly me está llamando. Le doy ignorar.
Mi madre me está llamando. Atiendo.
—Necesitas venir para el cumpleaños de tu padre. —Su voz me
deja fuera de lugar. Ningún hola ¿Cómo estás? nada.
—Necesitas borrar mi número y olvidar que alguna vez
existí. —Replico.
—Tal vez. Hablemos de ello en persona. —Esto es tan de mi
madre que ni siquiera es gracioso. Suspiro. No es que tenga algo
mejor que hacer.
—¿Cuándo?
Ella me da la hora y el lugar. Dice que me enviará un mensaje
de texto con la Dirección completa del Condado de Orange. No
la he visitado desde que Gwen murió.
—¿Hay algo mal? —ella pregunta después de que hayamos
terminado. Estoy conduciendo en círculos. Estoy pensando en
círculos. Sacudo la cabeza, a pesar de que ella no puede verme.
—No. No hay algo. —Me río con amargura—. Todo.
Todo está mal.
Capítulo 27
Remi
—Voy a salir. El dinero del autobús está en el mostrador.—grita
Ryan desde el cocina mientras trato de convencerme
mentalmente de salir de la cama. En las últimas dos semanas,
me ha estado dejando dinero para el almuerzo y el autobús.
Siempre que Christian no se queda dormir y me lleve.
—Pensé que no me querían a mi o a mi motocicleta en ningún
lugar cerca de tu escuela. —No solo se ha encargado del almuerzo
y del dinero del autobús, sino que incluso ha estado arreglando
el viejo Firebird para que yo pueda tenerlo. No creo que Ryan
este mejor financieramente. De hecho, él afirma haber dejado de
vender drogas y armas de fuego, y enojó a más de unas cuantas
personas en el proceso, así que él está Probablemente sufriendo
por dinero. Creo que él deja sus propias cosas para asegurarse de
que yo tenga todo lo que necesito. Y eso me hace sentir aún
peor.
—Gracias, Ry. —grito, enterrando mi rostro más profundamente
en mi almohada.
—Te quiero, Rem.
—También quiero. —Y lo hago. Aunque una gran parte de mi
corazón esté roto por Pierce, la otra mitad que pertenece a
Ryan está empezando a volver a la vida y se llena de esperanza
por primera vez en mucho tiempo.
Verlo así me recuerda uno de mis recuerdos favoritos de él.
—¿Estás lista, Rem? —.Ry pregunta, agarrando su tabla de la
parte de atrás de su Firebird33. Yo también agarro la mía, un
regalo de Ryan, y caminamos hacia el parque de patinaje.
—¿Por qué siempre tienes que traerla? Pensé que íbamos a elegir
entre algunas zorras del parque de skate. —El amigo de Ryan,
Ethan, se queja desde dentro de la valla de eslabones de cadena.
Pongo los ojos en blanco y me doy la vuelta.
—Porque quiero, joder. Hoy le estoy enseñando a hacer un ollie 34.
¿Verdad, Rem? —Ryan dice que con un guiño en mi dirección, su
cabello rubio brillando con el sol.
—Sí —.Me encogí de hombros, tratando de lucir relajada, como
si no me importara. Pero estoy emocionada. He estado
trabajando en mi ollie durante semanas. Y me encanta cuando
Ryan me deja ir con él al parque de skates.
33
Marca de patinetas
34
Truco aéreo de skate que se realiza sin usar las manos. Inventado por Alan Ollie Gelfand
Ry me toma de la mano y me lleva al parque de concreto,
pasando el medio tubo y el pasamanos, y me lleva a un área
plana para practicar. Veo un grupo de chicas de primer año que
fueron a mi escuela el año pasado sentadas en las gradas, riéndose
entre sí cuando pasamos, y algunos chicos de mi escuela nos dan
miradas curiosas. Pero, no me importa. Nadie intentará nada con
Ryan aquí. —Muy bien, Rem. Muéstrame tu postura.
Lo hago.
—Dirige con tu derecha. Eres una tonta con pies izquierdos
¿recuerdas? Eso puede ser difícil, pero por ahora sólo vamos a
hacer ollies estacionarios.
Yo muevo mis pies.
—¿Así? —Pregunto, metiendo mi largo cabello detrás de la oreja.
—Bien. Bien, ahora echa la cola hacia atrás, y luego desliza la
parte frontal de tu pie por la tabla y empuja hacia adelante.
Lo intento, pero apenas consigo levantarme del suelo.
—Cerca. Inténtalo de nuevo. Esta vez aleja tu pie delantero un
poco de los pernos para que tengas más espacio para deslizarte.
Levanta, deslízate, empuja.
Lo intento de nuevo, pero esta vez casi me caigo de culo.
—¡Ugh! —Me quejo, frustrada.
—Aquí. Sujétate a mí. Tienes miedo de caer, y eso es la mitad
del problema, —dice Ry, agarrándome las dos manos —. No te
dejaré caer, Rem. Inténtalo de nuevo.
Respiro profundamente. Ryan tiene razón, porque esta vez,
cuando no tengo que preocuparse por la caída, aterrizo. No fue
mucho, cuando mucho, aire, pero lo aterricé.
—Buen trabajo. —Ryan sonríe, y yo grito, poniendo mis brazos
alrededor de su cuello.
—Quiero hacerlo de nuevo. Esta vez por mi cuenta.
—Veámoslo. —Sonríe, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Lo aterrizo de nuevo.
—¡Joder, sí, Rem! —Se ríe con orgullo.
—¡Ey! ¡Ryan! —Ethan grita desde su lugar junto a las chicas de
primer año, saludándolo.
—Vuelvo enseguida. Sigue practicando. —dice, señalándome con el
dedo cuando se aleja.
Lo intento unas cuantas veces más y mejoro un poco con cada
intento. Me estoy Sintiendo valiente, como un malote, y decido
intentar de hacer un ollie sobre el pequeño riel pocos metros de
distancia. La primera vez, falle porque no tenia suficiente
velocidad. La segunda, falle porque no tenía suficiente valor. La
tercera vez, casi que lo logro sobre el riel. La cuarta vez, me
siento bien, y justo cuando estoy a punto de deslizar mi pie
delantero, siento algo caliente goteando por mi pierna. Eso me
distrae, y pierdo mi salto. Mi tabla golpea el riel y me envía
volando hacia adelante. Aterrizo a los pies de uno de los chicos
mayores que no reconozco.
—¡Asqueroso! —grita, alejándome de él con el pie—. Esto es por
lo que no deberíamos dejar entrar a las perras en el parque de
patinaje. —Sus amigos se ríen, y yo más confundida que nada.
Todos se están riendo y señalándome, y cuando miro hacia abajo,
me horrorizó al ver la sangre entre mis piernas. Pero no me
siento adolorida. No ahí, de todas formas.
Un par de chicas de mi escuela se dirigen a ver qué es lo que
está pasando, cafés helados en la mano.
—¡Jodidamente asqueroso, Remington! Tapa esa mierda. —dice
una de ellas con la nariz arrugada. Creo que su nombre es Sydney.
Sydney es una idiota.
Mi tobillo está gritando de dolor, y estoy tratando de no llorar,
pero mi labio inferior comienza a temblar, y mi visión se nubla
con las lágrimas.
—¡Alguien venga a buscar a su chica! Está sangrando por todo el
parque. —el tipo de antes grita. Alcanzo mi tabla, avergonzada
y con dolor. Lucho por levantarme, y nadie se ofrece a ayudarme.
De repente, el chico delante de mí parece aterrorizado. Se pone
derecho, a punto de mearse de miedo. Y entonces yo sé por
qué.
Como de costumbre, Ryan dispara primero y hace preguntas
después. Él golpea chico, dando un solo golpe en la cara y esta
fuera. Golpea el pavimento como un saco de patatas, y todo el
mundo jadea.
—¡Rem! ¿Qué carajo pasó? ¿Estás bien? —pregunta, frenético.
Asiento temblorosamente.
—¡Lárguense de aquí! —Ryan le grita a los imbéciles entrometidos
que nos rodean. Son lo suficientemente inteligentes como para
escuchar.
—¿Puedes ayudarme a levantarme? No puedo mover mi tobillo,
y creo que estoy herida, —digo, haciendo un gesto hacia la sangre
que cubre mis piernas.
Ryan suspira y se rasca la nuca, incómodo.
—¿Qué? —pregunto.
—No estás herida, Rem. Tú, uh, empezaste tu período. —Tose.
—¡Tengo once años! —grito. Me siento sorprendida. Quiero decir,
supongo que sabía que iba a venir. Pero, pensé que tenía otro
año o dos. Apuesto a que si tuviera una madre estaría más
preparada. Dios sabe que mi padre preferiría ahorcarse a sí mismo
que tener esta conversación conmigo. Y ahora el pobre Ryan está
atrapado con el trabajo.
—Es lo que es. —Se encoge de hombros. Se pone de pie y se
quita la camiseta negra, su pecho desnudo excepto por el tatuaje
de cruz en su pectoral derecho que uno de sus amigos le hizo en
una fiesta.
Me pone la camisa por la cabeza, y luego me levanta en sus
brazos como un bebé. Ryan se asegura de que la camisa cubra mi
trasero y sale del parque de skate, justo cuando el chico al que
noqueó empieza a moverse.
—¡Ethan! Agarra nuestras tablas —dice.
Ethan se apresura a hacerlo.
Ryan me lleva a casa, me llena la bañera y luego va a la tienda.
Regresa con dos cajas diferentes de tampones, tres tipos de
toallas sanitarias, ropa interior, ibuprofeno, un par de DVDs y
chocolate. Un montón de chocolate.
—¿Qué es todo esto? —Seguramente no necesito todos estos.
—La señora de la tienda dijo que estos, —recoge una caja de
tampones que se ven diferentes de los otros, —son más fáciles
para los principiantes. Supongo que ellos no tienen el aplicador o
alguna mierda. —Se encoge de hombros.
—Estos son normales —dice, dando la vuelta a otra caja—. Y si
no quieres probar estos, puedes quedarte con las toallas. Pero
no me preguntes la diferencia, porque joder si lo sé.
No pude evitar sonreír.
—¿Y el resto? —Pregunto, divertida.
—El ibuprofeno es para los calambres. El chocolate, bueno, no
estoy realmente seguro —dice, rascándose la cabeza—. Ella dijo
que los necesitarías. Las películas son porque no hay ni mierda
en la televisión, y estoy aburrido.
—¿Te vas a quedar conmigo? —Pregunto, sorprendida—. Puedes
volver al parque de skate, Ry. Estoy bien aquí.
—Nah. Rem y Ry por siempre, ¿recuerdas? —dice, golpeando mi
puño con el suyo terminando con el apretón de manos secreto
que inventamos hace unos años.
—Gracias. Por todo.
—No es gran cosa.
Pero lo fue para mí. Ese es el verdadero Ryan. Ferozmente leal
y aterrador como el infierno.
Irónicamente, un par de semanas después de ese incidente, me
rompí el tobillo de verdad, y no fue ni de lejos tan traumático.
Salgo de mi habitación, tratando de encontrar una excusa para
no ir a la escuela hoy. Nadie va a detenerme.
No tengo ninguna regla en esta casa. Hice las mías mientras
crecía, pero creo que hice un buen trabajo porque no soy una
drogadicta, embarazada o muerta en una zanja. La casa se ve
relativamente bien. No está limpio por ningún tramo de la
imaginación, pero Ryan no ha hecho una fiesta aquí en dos
semanas, y se nota. Le envío un mensaje de texto a Christian.
Yo: ¿Cómo te fue ayer?
Christian: Bien, creo. Te lo contaré todo hoy.
Yo: Hoy no voy a ir a la escuela.
Christian: ¿por?
Yo: No lo sé.
Sí Lo se. Porque no quiero enfrentarme a Pierce. Pero no quiero
admitirlo tampoco.
Christian: Entonces iré a verte después de la escuela.
Yo: Por favor, hazlo.
No responde a eso. Dejo caer mi teléfono sobre el mostrador y
miro a mi alrededor. Nunca me he sentido tan sola.
Remi
—Hola, ¿qué pasa?
—¡Lo que pasa es que no puedo acercarme a tu calle! —Christian
suena exasperado, resoplando fuerte. Oigo bocinazos de diferentes
carros, y Christian gritando—. ¡Sí, sí, lo sabemos! Hemos estado
atrapados aquí por veinte minutos, imbéciles.
—¿Hubo un accidente? —Me dejo caer en mi sofá y mastico la
punta de mi cabello. Es legítimo, lo mejor para comer por aquí.
Tengo que ir al supermercado antes de que mi padre llegue la
semana que viene. Ryan trae algo de Wendy’s al final de cada
día, pero cuando mi padre venga de vuelta a casa después de
estar en la carretera durante semanas, me gusta asegurarme de
que consiga algunas comidas caseras.
—No lo sé. ¿Quizás? Quiero decir, parece mucho más serio que
eso. Hay como cinco carros de policía aquí.
—Hmm. Pongo los ojos en blanco. —Probablemente un robo,
conociendo mi vecindario.
—¿Y tres ambulancias? Y cinta amarilla. Nunca un momento
aburrido en tú vecindario. No me extraña que te aburras de
nuestra escuela de preparatoria.
Me tumbo en el sofá y empiezo a dar vueltas por los pocos
canales que mi televisión tiene para ofrecer.
—Estoy aburrida ahora mismo, —me quejo—. Dime lo que ves.
—Bien. — Suspira—. Veo seis… no, siete policías diferentes. Al
menos uno de ellos está caliente.
—Sí. —Mis ojos se vuelven caídos y perezosos. Tal vez porque
no he comido ninguna cosa durante todo el día. A veces me
olvido de funcionar correctamente. Especialmente desde que todo
lo de Pierce ha sucedido—. ¿Y?
—Precaución. Ambulancias. Una motocicleta a un lado de la
carretera…
Mi corazón se detiene en mi pecho. —¿Qué? —pregunto—.
Repite eso, por favor.
—Dije ambulancias, una motocicleta…
Esta vez Christian ni siquiera termina su frase antes de que
cuelgue.
Me pongo mis Chucks blancos y salgo volando por la puerta en
un segundo. Mi corazón está en mi garganta.
Ambulancias. Motocicletas. Policía. Ryan.
Corro hacia la carretera principal. Mis piernas son una entidad
separada del resto de mi cuerpo. No sabía que podía ser tan
rápida. Llego a la escena. Ya está oscuro afuera, y las luces rojas
y azules me ciegan. Veo las ambulancias.
No veo a Ryan.
Hay un grupo de gente esperando, susurrando y tomando fotos.
Voy a través de la multitud y corro hacia uno de los oficiales
que está parado en el otro lado de la cinta amarilla, sus brazos
doblados sobre su pecho. Se ve sombrío y serio.
—¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado? —le pregunto sin aliento.
Apenas sacude la cabeza para mostrarme que me ha oído. No
voy a recibir una mierda de él, lo sé en ese momento. Miro a
mi alrededor. La gente está llorando. Algunas mujeres se tapan
la boca con incredulidad. No estoy segura de lo que está pasando.
Camino por ahí tratando de encontrar un hueco entre la
multitud, pero hay demasiada gente alrededor de la escena, así
que no puedo ver lo que realmente está pasando en la carretera.
No es hasta que recibo un mensaje de texto de Christian que
recuerdo que le colgué.
Creo que se cayó la llamada. Me voy a ir. ¿Lo intentamos de
nuevo Mañana?
Ni siquiera respondo.
—¿Remington? Remington, ¿eres tú? —Mi vecina, Janice, se
apresura hacia mí. Vive al otro lado de la calle y tiene como
dieciocho hijos de un montón de padres diferentes, y es un poco
demasiado entrometida, pero es una buena persona.
Trabaja duro. A veces hornea cosas para papá en su cumpleaños.
Yo incluso no quiero empezar a pensar por qué están cercanos o
por qué ella recuerda su cumpleaños.
—Hola. —Trato de sonreír, quitando un poco de cabello de mi
rostro— ¿Qué es lo que está pasando?
—¿Viste? —Ella señala detrás de su hombro, sus ojos llenos
tristeza. Sacudo la cabeza.
—Está demasiado lleno de gente. Estoy muy preocupada. Ryan
fue a buscarnos algo para comer, y no ha vuelto… —me alejo.
—Espero que no sea un accidente.
Su cara se convierte en horror, me agarra y me abraza contra
su pecho. Huele a cigarrillos y a vainilla. —No lo es, cariño. No
es un accidente.
Suspiro con alivio.
—Le han disparado.
Mis venas se llenan de hielo instantáneamente, y me congelo.
—Ryan… alguien le disparó a tu hermano.
Me aparto de ella, y esta vez no trato de escabullirme entre la
multitud. Empujo a la gente a diestra y siniestra, mis ojos en la
cinta amarilla. Pateo, empujo, y paso deliberadamente por encima
de los dedos de los pies de otras personas.
Sólo me detengo cuando veo la figura de Ryan en el suelo.
Sus ojos siguen abiertos. Está mirando al cielo. Parece sorprendido
más que cualquier otra cosa. Más que asustado. Más que triste.
Más que cualquier cosa.
Está tirado en el camino, y la sangre sale de su camiseta blanca.
Los mechones de su cabello rubio siguen bailando en el aire. No
puede estar muerto.
Los paramédicos corren a su alrededor, pero no intentan salvarlo.
—¡¿Por qué no lo están salvando?! —Grito, abriéndome espacio
a través de la horda de gente en mi camino. Siento a la gente
tirando de mis brazos, tratando de detenerme, pero no me
pueden detener.
—¡Es mi hermano! Déjenme ir. ¡Es mi hermano! —Me las arreglo
para llegar a Ryan, y luego caigo de rodillas, levanto su cabeza
hacia mi regazo, y lo abrazo desesperadamente.
—Por favor no, por favor no, por favor no. —Es todo lo que
puedo decir, una y otra vez—. Por favor, que esto no sea real.
Por favor, que qué esto no sea real. —Escucho a los oficiales
gritar sobre no tocar “el cuerpo”, y quiero matarlos por reducirlo
a sólo un cuerpo. Es mi hermano. Mi mejor amigo.
—Te quiero, Ryan. Y estoy orgullosa de ti. Tan orgullosa. Rem
y Ry por siempre. —Sollozo en su cabello —. ¡Ni siquiera pude
despedirme! No es justo. No es jodidamente justo.
Siento dos brazos fuertes que me levantan, así que beso su cara
una, dos, tres veces. Y luego están cubriendo su cuerpo y
llevándoselo mientras permanezco congelada en el lugar, sin tener
en cuenta lo que me rodea.
Pierce
Escucho las noticias locales al fondo mientras hago la cena. Estoy
cortando papas y cebollas cuando levanto la cabeza para mirar la
imagen que se está mostrando en la TV.
—La víctima murió por sus heridas antes de llegar al Hospital
St. John. Su familia ha sido informada. La policía está buscando
a los sospechosos mientras estamos hablando.
—Conexiones de drogas.
—Tráfico con armas.
—Cuatro incidentes previos.
—Amplios antecedentes penales.
Esto podría describir a la mayoría de la gente en Las Vegas, pero
no necesito ver su ficha policial en la pantalla para saber que es
él. Simplemente lo sé. Agarro mi chaqueta y me voy.
Remi
Una hora más tarde, la policía se presentó en mi puerta. Para
entonces, ya he informado a papá, quién cortó su viaje y regresará
a casa inmediatamente. Para entonces, ya he hecho la maleta.
Estuve de acuerdo con Christian en reunirme con él en la esquina
de la calle principal para que no tenga que esperar en otro atasco
de tráfico causado por el incidente. Ni siquiera sabemos si sus
padres me dejarán quedarme.
—¿Si? —pregunto. Janice me está sosteniendo. Ella me ayudó a
entrar en la casa antes.
Los dos policías se agarran el sombrero con sus puños mientras
hablan conmigo. No dejo que una palabra se filtre en mi cerebro.
Las palabras sólo flotan alrededor de mí en el aire, casi visible.
Janice asiente mucho.
El auto de Christian aparece al final de la calle.
Voy hacia allí cuando termino con la policía, viendo a Pierce
James, de pie al otro lado de la calle, diciendo tantas cosas con
la mirada.
Me subo al auto de Christian y me voy.
Capítulo 28
Remi
La primera noche, lloré en la cama de Ryan hasta que me
desmayé de puro agotamiento.
La segunda noche, los padres de Christian me dejaron quedarme
hasta que mi papá regresara a la ciudad, pero no están contentos
con ello. No he pegado un ojo en toda la noche. Todo lo que
puedo pensar es en cómo Ryan está muerto y que ahora estoy
realmente sola.
Pierce
Esa noche, fumé.
Tomé.
Visite a Shelly.
Se disculpa, diciendo que estaba drogada y sola.
Lloré en su hombro. Jodidamente Lloré en su hombro.
Le cuento todo.
Ella también llora.
Shelly dice algo acerca de cómo ella mejorará, pero sé que no es
cierto.
Me arrastro de vuelta a casa por la mañana para encontrar al
director Charles en mi puerta. Joder. Es un día de escuela, y
estoy faltando de nuevo.
—¿Estoy despedido? —Tengo hipo.
—¿Quieres serlo? —Levanta una ceja.
—Podría hacerlo. —Me encogí de hombros.
Remi
Christian va a la escuela, pero yo no.
Me quedo en su habitación. Sería muy raro salir y enfrentar a
su madre y a su tía. La casa es enorme, pero eso no es algo
necesariamente tranquilizador.
Me paso el día navegando en la página de Facebook de Ryan,
viendo los mensajes de condolencia que llegan y llorando.
Remi
Pierce está llamando cada media hora.
No contesto.
No como.
Apenas respiro.
Miro la pantalla, rogando que papá llame y me diga que está en
casa. No lo hace.
Pierce
Intento en su casa.
Intento en la escuela.
Intento con todos en su vecindario.
Sé que está en casa de Christian. Debe estarlo.
Así que le envío unos cuantos mensajes más antes de tirar mi
vida por el inodoro.
Necesito verte. Lo siento mucho, cariño.
No voy a renunciar a ti. Lo sabes, ¿verdad?
Esperaré tanto tiempo como tenga que hacerlo.
En realidad, eso no es cierto. Voy a ir por ti, ya sea que te guste
o no. Porque me necesitas. Porque yo te necesito. Porque así es
como ambos nos curaremos.
Remi
Christian vuelve a casa con Benton Herring. Este último parece
avergonzado y educado. Están tomados de la mano. Tal vez la
madre de Christian se fue, y ese es el por qué se siente tan
valiente.
—Lo siento, —dice Benton. No estoy segura de si se refiere a
cómo me trató, cómo trató a Christian, o lo siente por mi
hermano. Tal vez todo.
Ni siquiera suena como él mismo.
Asiento con la cabeza. —Yo también.
Capítulo 29
Remi
Me encuentro con papá en nuestra puerta.
Es demasiado entrar en la casa sin que Ryan esté allí. No he
vuelto desde la primera noche. Es como admitir que él realmente
se ha ido, y no creo que pueda hacerlo. No en este momento.
Papá es un desastre. Su cara está cansada y pálida. Hay rastrojos
por todas partes. Sus ojos están hinchados y con costras de
sueño en las esquinas.
Me derrumbo en un abrazo. Sus brazos se sienten bien. Seguro.
Familiar.
Las lágrimas se deslizan por las esquinas de mis ojos antes de
que pueda detenerlas. Janice y Christian están aquí, a nuestro
lado, y no son familia, lo que me hace dar cuenta de lo solos
que estamos. Lo solos que siempre hemos estado. ¿Dónde están
los amigos de Ryan? ¿Todo su séquito? No necesito que alguien
responda a esta pregunta.
Todos ellos se escaparon o están siendo actualmente investigados
o arrestados. Ryan estaba destinado a ser atrapado. Pero no de
esa manera.
Dios, no de esa manera.
Christian me frota la espalda en círculos de forma incómoda.
Janice suspira y mira lejos, lágrimas en sus ojos.
—Me lo dijiste, —dice papá, agarrándome más cerca de su
pecho—. Me dijiste y no escuché.
—Está bien. —Inhalo.
Nuestro mundo está roto, y nada puede arreglarlo. El sol se
pone. Los pájaros dejan de chirriar.
Y finalmente me doy cuenta de que Ryan se ha ido. Para siempre.
Remi
Al día siguiente es el funeral.
La gente del vecindario se reúne en el cementerio local, pero no
muchos de ellos. No tanto como me gustaría ver, eso es seguro.
Algunos tienen trabajo. Algunos no tienen transporte. A algunos
simplemente no les importa.
Llevo un vestido negro de manga larga, y papá está nadando en
un traje que tomó prestado de un vecino que es tres tallas más
grande que él.
El evento comienza en la iglesia. Un evento de ataúd abierto.
Ryan está allí, sé ve pacífico, hermoso, y más que todo eso, se
ve como él mismo. Sé que es estúpido, pero es realmente difícil
comprender que alguien se ha ido cuando están físicamente a tu
lado. Cuando parecen tan vivos. Sólo… dormidos.
Entonces en la ceremonia de entierro, veo a Pierce. Ni siquiera
intenta ser discreto, aunque no asistió ningún miembro del
personal de la escuela. Christian y Benton están aquí, uno al lado
del otro, y el Sr. James se dirige a la primera línea de la gente,
como si conociera a Ryan, como si se preocupara por Ryan, e
incluso aunque esta es mi oportunidad de oro para odiarlo de
nuevo, para alejarlo una vez más, no tengo la energía para
hacerlo.
Cuando la ceremonia termina, camino hacia Christian y Benton.
Abrazo a mi mejor amigo. Él golpea mi hombro como si quisiera
decirme algo.
—El Sr. James está aquí. —dice Benton. Asiento con la cabeza.
—Debe haber oído lo de mi hermano, —digo tontamente.
—Creo que está aquí por ti. —Los ojos de Christian están
suplicando. Él quiere que yo le dé a Pierce otra oportunidad.
Creo que se sentirá mejor al saber que hay alguien que me cuide
mientras mi padre está de viaje. Pero estar con alguien para que
puedas depender de él es una idea horrible. Así es como la
mayoría de las mujeres de mi calle terminaron como lo hicieron.
—¿Te conozco? —Papá se acerca a Pierce, que lleva un traje
negro de punto muy caro.
—Soy amigo de su hija. —dice suavemente, pero también
secamente. No su profesor. Su amigo. No se me escapa, y odio
que mi corazón se agite en mi pecho cuando le oigo confesar lo
que somos.
Más que un estudiante y un profesor.
Más que palabras.
—Pareces un poco mayor para ser su amigo.
—Ella es un poco mayor para su edad, señor.
Mastico mi labio inferior mientras camino hacia ellos. Pierce se
anima, endereza su columna vertebral. El sol es imperdonable.
Todos nosotros estamos sudando en nuestra vestimenta negra, a
pesar de ser noviembre. Bienvenido a Nevada.
—Remington. —dice Pierce.
—Pierce. —No puedo evitar llamarlo. No por Sr. James. Hoy,
él es Pierce.
—¿Puedo ofrecerte mis condolencias? —pregunta. Asiento con la
cabeza.
—¿A solas? —Se estira. Creo que escucho su corazón saltando
un latido mientras lo sigo hasta un roble, una cosa enorme del
tamaño de mi casa, probablemente…en la esquina del cementerio.
Ambos estamos en la sombra. Yo jugueteo con el dobladillo de
mi vestido. Ahora que estamos solos, dejo caer mi sonrisa de
labios cerrados y mis ojos suaves y se vuelven más nítidos en los
bordes. La gente está lo suficientemente cerca para ver lo que
estamos haciendo, pero lo suficientemente lejos como para no oír
lo que estamos diciendo. Pierce mete las manos en los bolsillos y
respira.
—Lo siento mucho, Remi.
—Gracias. —digo.
—Sabes que no tiene nada que ver conmigo, ¿verdad? Nunca
desearía que algo así le sucediera a mi mayor enemigo. Y Ryan
no era mi enemigo. Ya no lo es. Él era… —Creo que Pierce está
a punto de decir —tuyo—pero él se detiene a sí mismo. Bien.
No quiero oírlo, y definitivamente no quiero pensar en ello. Ni
siquiera es verdad.
—Antes de morir, —digo, apoyando mi hombro en el fresco
tronco del árbol marrón oscuro—, empezó a actuar de forma
diferente. Diferente para bien. Como el viejo Ryan. Estaba
esperando una llamada para un puesto en un centro de
rehabilitación de pacientes internos. Lo estaba intentando. Y
luego lo mataron por ello. A mi padre le dijeron que ellos
sospechan que alguien estaba molesto porque ya no vendía más.
Eso, o él le debía dinero a alguien.
Pierce asiente con la cabeza. —Tuvimos una charla. Esperaba
poder comunicarme con él. Él realmente te amaba, Remi.
—¿Lo hiciste? —Mi corazón se rompe, pero vuelve a la vida. No
estoy segura por qué. Tal vez porque escuchar algo que no sabía
sobre Ryan hace que me se sienta un poco más viva y el agujero
en mi pecho se sienta un poco más pequeño. Yo empuje todo en
ese agujero dentro de mi corazón. Incluso las palabras de Pierce,
el arma peligrosa de todas.
—Sí. —Asiente débilmente—. Le dije que si realmente te ama,
debería dar un paso atrás. Y lo hizo. —dice Pierce. Me trago
mis lágrimas y sacudo mi cabeza.
—No puedo vivir sin él, —admito. Es verdad. Él es… era… una
gran…parte de mi vida, ni siquiera me molesté en comprobar si
tenía un efecto negativo o positivo en mí.
—Puedes, y lo harás. Te ayudaré a superarlo. A través de todo.
—No quiero tu ayuda.
—No te estoy preguntando. —Su voz es seca—. Renuncie a mi
trabajo.
Mis ojos vuelan y parpadeo. —¿Hiciste qué?
—Renuncie.
—¿Por qué?
—Porque decidí perseguirte. Y persiguiéndote mientras seguía en
un trabajo donde tenía mucho más poder sobre ti no era justo.
O moral. O derecho. Necesitaba reenfocarme. Me diste lo que
necesitaba. Ahora te voy a dar lo que necesitas.
—¿Y qué es eso? —pregunto, apoyándome en él sin quererlo.
—Paz.
Capítulo 30
Pierce
Me siento en la cama de Remi, preguntándome si hice lo correcto
o lo espectacularmente incorrecto.
Eso es lo que más me gustó del debate. No hay bien o mal en
este mundo. No hay blanco y negro. Remington y yo vivimos en
la zona gris. La lógica no tiene sentido. La intuición es peligrosa.
La única forma de saber si hiciste lo correcto o incorrecto es
salir y verlo hasta el final.
Remi está en la sala hablando con su papá. Mientras tanto, hago
llamadas. Llamo a mi madre para decirle que iré al cumpleaños
de papá con Remington, a pesar de que todavía no lo he contado
a ella. Llamo a Shelly, pero ella no responde. Luego le envío un
mensaje de texto a Drew, mi amigo que me ha rogado que me
una a su bufete de abogados desde que nos conocimos cuando me
mudé aquí.
Yo: Estoy listo para volver al lado oscuro.
Drew: ¿Te refieres a practicar leyes?
Yo: Es mejor que el autoempleo. Ligeramente.
Drew: Obtendrás una oficina en la esquina si decides trabajar
conmigo.
Yo: Esa es una mala negociación de tu parte. Ni siquiera sabes lo
que estoy ofreciendo.
Drew: Te estás ofreciendo a ti mismo. Cualquiera sería un tonto
por no tomar eso.
Dile eso a mi novia.
Justo entonces, Remi entra a su habitación. Ella me ve sonriendo
y hace una pausa. Ella todavía sospecha de mí. No la culpo.
—¿Todo bien? —Ella pregunta.
—Si. —Me siento derecho en su cama, de alguna manera todavía
me siento como un pervertido por estar aquí, a pesar de que su
padre también está en la casa y estamos completamente vestidos
y no estamos cerca el uno del otro—. ¿Qué está pasando?
—Shelly está afuera esperándonos.
—¿Nosotros? ¿Plural? —Me levanto. No se conocen, pero le he
mencionado a Shelly a Remi casualmente algunas veces.
—Ella quiere decirnos algo. Vamos al restaurante por el camino.
¿Estás listo?
Ya tengo puesta la chaqueta. Esto debería ser interesante.
Remi
Pido café, pero no lo bebo.
Es curioso cómo este restaurante está cerca de mi casa, pero he
estado aquí tal vez tres veces en toda mi vida. Me siento frente
a Shelly. Pierce se sienta a mi lado. No hemos hablado en
absoluto desde que arreglamos las cosas. Ahora que lo pienso, ni
siquiera hemos arreglado las cosas oficialmente.
Ya nada tiene sentido en mi mundo, o al menos así es como me
siento. No es la parte donde murió Ryan, tampoco la parte
donde Pierce y yo estamos bien de alguna manera como resultado.
Ahora creo que nunca quiso lastimarme. Entiendo los "porqué"
de eso, y sé que él es con quien se supone que debo estar.
Lo sé con cada hueso de mi cuerpo, y ahora necesito confiar.
Confiar en él. Pero, algo todavía me está frenando.
Shelly se ve áspera. Necesita quinientas comidas dentro de ella,
una buena ducha, un corte de cabello y un montón de cariño
para volver a verse humana. Toda su apariencia grita drogadicta.
La mierda que está debajo de sus uñas es probablemente tóxica
en este momento. Pero todo lo que veo es a Ryan, y quiero
abrazarla. Para ayudarla.
—No me conoces. —Shelly juguetea con un paquete de azúcar,
pero tampoco toca su café. Ella tiene su bolso a su lado. Alguna
imitación de diseñador. Parpadeo, mirándola
inexpresivamente—. Pero te conozco. Bueno, en cierto modo te
conozco.
—Explicate. —Ordena Pierce secamente. Shelly se mueve en su
asiento. Estamos sentados en una clásica cabina roja de un
restaurante. Una camarera con un uniforme amarillo y un delantal
blanco se acerca a nosotros con una cafetera y le guiña un ojo a
Pierce mientras hace estallar su chicle. Estoy a punto de
explotar.
—Bien.—Shelly deja caer el azúcar y cae de espaldas al respaldo
del asiento—. La cosa es... bueno, bueno, comencemos desde el
principio. Remington, la hermana de Pierce, Gwen, solía ser mi
compañera de cuarto. Ella también solía ser la novia de Ryan.
No digo una palabra. Sólo la miro. Ryan tenía muchas novias, así
que no estoy segura de a dónde va esto. Ella continúa.
—Ryan solía hablar de ti. Todo el tiempo. Estaba muy orgulloso
de ti. Dijo que tú y él iban a salir de esta mierda juntos. No
solía usar nada al principio. Sólo vendía. Pero una vez que
comenzó a usar drogas, se apegó a ti. Se obsesionó, incluso. Se
volvió violento. Manipulador. Tramposo. Antes de que Gwen
muriera... —Shelly se ahoga, y las cejas de Pierce se hunden, así
que supongo que él tampoco tiene idea de a dónde va con esto.
Shelly comienza a llorar, agarra unas servilletas y se sopla la nariz
ruidosamente.
—Gwen sabía que iba a morir. Ella lo planeó. Estaba tan cansada
de pelear. —Ella respira hondo antes de continuar—. Decidió usar
el dinero que sus padres le dieron para comida y alquiler y... la
vida, supongo, para pagar tu matrícula. Ella nunca te había
hablado, pero te vio cuando estaba de fiesta en tu casa con
Ryan. Vio cómo te trataba. Dijo que le recordabas una versión
más dura de sí misma, y que, si no podía salvar su propia vida,
entonces también podría tratar de ayudar la tuya. Cuando me
contó todo esto, no sabía que planeaba terminar con su vida, lo
juro.—Llora, mirando a Pierce, sus ojos pidiendo perdón.
Ahora lo veo. La culpa. El arrepentimiento. Ella los usa como
una segunda piel. Y conozco el sentimiento demasiado bien. Mis
manos caen a la mesa con una palmada, y mi boca se abre, las
lágrimas brotan de mis ojos.
—Imposible. —Dice Pierce, su voz temblorosa mientras toma mis
manos entre las suyas.
—Es verdad. —Shelly sorbe por la nariz, sacando algo de su bolso.
Un lote de papeles arrugados. Pierce se los quita de la mano y
frunce el ceño. Veo mi nombre allí. Veo el nombre de Gwen. Veo
todos los detalles. Ella fue con mi papá y le ofreció dinero. Él
se mostró escéptico, pero ella insistió en que quería permanecer
en el anonimato, así que él inventó la historia de mierda sobre
ahorrar. Todo tiene sentido, pero nada de eso lo hace.
Ha perdido a su hermana.
Perdí a mi hermano.
Y ambos estaban conectados con un destino trágico.
Pierce levanta los ojos de las páginas. —Gwen quería que conociera
a Remi. Ella quería que yo la cuidara.
Shelly sonríe con una sonrisa triste entre las lágrimas. —No creo
que eso sea lo que ella tenía en mente. —Ella hace un gesto a
nuestras manos juntas en la parte superior de la mesa.
Pierce se encoge de hombros y besa mi sien, como si fuera la
cosa más natural del mundo. —Tomaré lo que ella me dé.
Remi
Cuando regresamos a mi casa, Pierce arroja mierda al azar en una
maleta para mí, mientras me siento en mi cama aturdida. Se ve
tan fuera de lugar en mi pequeña habitación con su pintura
descascarada y muebles antiguos y de segunda mano.
Pierce le informa a mi padre que me llevará de regreso a su casa,
y no me sorprende que no pelee. Sé que eventualmente
tendremos que hablar, pero ahora no es el momento. Janice ha
sido una pesadilla, así que no me siento culpable por dejarlo. No
es como si alguna vez se hubiera hecho daño a si mismo por
dejarme.
El viaje a la casa de Pierce es tranquilo y el estado de ánimo
sombrío, pero esperanzador. Creo que ambos estamos tratando
de entender qué significa todo esto para nosotros. Todavía no
puedo creer que Pierce renunció a su trabajo. Pero dijo que nunca
fue lo que realmente quería hacer, de todos modos. Dijo que
todo tiene una temporada, y esa temporada de su vida ha
terminado. Su mano está firmemente encajada entre mis muslos,
sin sondear ni deambular, y me da un fuerte apretón en la
pierna. Lo miro: todo el cabello negro como la tinta, las cejas
fruncidas en concentración, la mandíbula endurecida, los labios
perfectos y me pregunto qué hice para merecer a alguien como
él. Alguien que lucha por mí. Hace sacrificios por mí. Cree en mí.
No sé mucho sobre el amor, pero si no es así, no sé qué es.
—Te amo. —Confieso. Y lo hago. Tanto que duele físicamente.
Su cabeza gira hacia mí, una ceja se levanta con diversión.
—¿Ahora te estás dando cuenta, cariño? —Él se ríe, la primera
risa real que escucho de él en semanas, y le saco el dedo.
medio—. Porque la he estado amando, señorita Stringer.
Ahora estamos llegando al camino de entrada de Pierce. En lugar
de salir del auto, desliza su asiento hacia atrás y acaricia su
regazo. Sin decir una palabra, me subo a la consola, todavía con
el vestido que llevaba para el funeral de Ryan. Su funeral. Suena
muy mal. Está muy mal.
Al segundo que los fuertes brazos de Pierce me rodean, entierro
mi rostro en su cuello, disfrutando de la comodidad que está
ofreciendo. Sus manos suben y bajan por mi espalda,
tranquilizándome.
—Debes estar triste, Remi. —Dice bruscamente, sus labios tocan
mi oreja—. Tienes que estar triste. Tienes que llorar. No tienes
que volver a la escuela mañana, ni siquiera al día siguiente, pero
después de eso... —Se apaga, agarrando mi barbilla con una orden
silenciosa para mirarlo a los ojos. Mis ojos vidriosos se clavan en
los suyos azul cristal.
—Después de eso, vuelves a la escuela.
Asiento con la cabeza.
—Te reúnes con Holly Tate nuevamente para discutir opciones
universitarias antes del corte de otoño.
Otro asentimiento.
—Te mudas conmigo hasta nuevo aviso.
Asiento, espera, ¿qué? Pierce me da una mirada, retándome a
discutir, y ruedo los ojos y asiento una vez más.
—Y vienes a cenar y a conocer a mis padres en un par de semanas
para el cumpleaños de mi padre. —Dice tan casualmente como si
estuviera hablando del clima.
—Pierce. —Empiezo, pero él me interrumpe.
—En Orange Country.
—Jesús. —Respiro, bajando mi cabeza sobre su hombro.
—Pero en este momento. —Gruñe, levantando las caderas y
desabrochándose el cinturón—. Todo lo que necesitas hacer es
dejarme amarte. ¿Puedes hacer eso por mí, Remi?
—Dios, sí. —Susurro.
—Buena chica.
Él desabrocha la parte posterior de mi vestido y deja que se
acumule en mi cintura, exponiendo mi pecho desnudo, antes de
levantar mi vestido por encima de mi trasero y deslizar mis
bragas a un lado. Se inclina hacia adelante, su boca caliente toma
mi pezón derecho en su boca mientras me levanto y coloco su
polla en mi entrada.
Me deslizo sobre su calor duro como una roca lentamente, muy
lentamente, dando la bienvenida a cada centímetro que me
alimenta. Me mira a los ojos, buscando, y se siente más íntimo
que él dentro de mí. Una vez que está completamente asentado
dentro de mí, empiezo a moverme sobre él. Pierce me agarra la
nuca con una mano y agarra mi trasero con la otra, guiando mis
movimientos. Lo que comenzó como un baile lento y sensual se
transforma rápidamente en uno de desesperación, necesitando
estar enredados el uno en el otro tan profundamente que somos
uno solo.
Me muevo contra él, duro, pero sin prisa mientras nuestro sudor
se mezcla entre nosotros. La boca de Pierce cae sobre la mía, y
su lengua pasa por mis labios. Oh, cómo he extrañado su sabor.
Nuestras lenguas y cuerpos se mueven en perfecta armonía.
Fuimos creados para esto.
De repente, Pierce se agacha y empuja una palanca haciendo que
su asiento se recline y se recuesta, cruzando las manos detrás
de la cabeza. Agarro la manija sobre su ventana y levanto mis
caderas antes de caer de nuevo. Hago esto hasta que
prácticamente estoy rebotando en su regazo y siento que mi
orgasmo se está construyendo.
—Nena. —Gime, y sé que también está cerca. Sus manos se
mueven hacia mis caderas y suavizan las curvas de mi cintura
antes de palmear mis senos. Él los aprieta y luego pellizca mis
pezones, y lo siento directamente hasta mi clítoris.
El placer que me recorre es demasiado para soportar, y me
derrumbo sobre él. Un brazo envuelve mi espalda y el otro acuna
mi cabeza contra su pecho mientras se hace cargo, empujando
dentro de mí más profundamente que nunca, literal y
figurativamente.
Esto no es solo una follada.
Esto es pasión.
Esto es amor.
Esto es curación.
—Estoy cerca. —Gimo, sosteniendo mi trasero en su lugar
mientras él me golpea con un ritmo castigador.
—Córrete conmigo, niña bonita.
Lo hago. Me corro en olas interminables hasta que me tiemblan
las piernas. Estoy deshuesada. Soy una jalea. Y aún estoy
convulsionando sobre él.
—Joder, Remi. —Maldice, empujándome un par de veces más
antes de levantarme de su polla, así que en lugar de eso me
siento a horcajadas sobre sus muslos. Su mano se da vuelta para
apretarse la polla y luego me doy cuenta de que es porque no
usamos protección.
Pierce agarra mis caderas y me empuja hacia adelante, su polla
acurrucada entre mis labios.
Me sostiene en su lugar mientras me folla así, su dura longitud
resbala a través de mi excitación, pero nunca penetra, hasta que
cierra los ojos y su cuerpo se sacude. Gruesas cuerdas de semen
se disparan sobre su estómago que se flexiona con su clímax. La
vista, junto con la fricción contra mi clítoris, me hace correrme
otra vez.
—Dios, te amo. —Dice, todavía recuperando el aliento mientras
me quita el cabello húmedo de la frente.
—Yo también lo amo, Sr. James.
Epílogo
Día de la graduación
Pierce
Han pasado siete meses desde la última vez que pisé West Point,
y aunque no puedo decir que lo he extrañado, tampoco me
perdería este día para el mundo.
Me siento en una de las cientos de sillas en el exuberante patio,
tirando de mi cuello, ignorando el calor sofocante y las miradas
curiosas de padres, maestros y estudiantes de primer año. Si
piensan que me importa una mierda sobre lo que piensan de mí,
tienen otra cosa por venir. Ahora que Remington se está
graduando, ya no tengo que preocuparme por lo que piensen de
ella. Poco después de que Remington regresó a West Point, el
Director Charles la llamó para interrogarla sobre nuestra relación.
Remington lo negó, y como no había ninguna prueba y ya había
renunciado, la dejó.
Estoy sentado al lado del padre de Remington, Dan (lo que
esencialmente admite al mundo que estoy en una relación con mi
ex alumna), e ignoro la forma en que mordisquea nerviosamente
la piel muerta alrededor de su pulgar. Decir que no le tengo
mucho cariño sería el eufemismo en el siglo.
Ha tratado a Remi de una manera que ni siquiera trataría a
nuestra futura mascota, y mucho menos a un niño. Pero por
ella, me la juego tranquilamente.
Por ella, juego juegos que nunca pensé que jugaría.
Por ella, soy un hombre diferente.
Dan y Remington están construyendo lentamente su relación
nuevamente. Se disculpó por estar ausente la mayor parte de su
vida y por no creerle cuando ella le advirtió sobre Ryan. Remi
aceptó, pero ha mantenido su distancia. Hemos estado viviendo
juntos, compartiendo una cama y una cocina, y cosas que son
solo nuestras, secretos a los que nadie más tiene acceso, y aunque
los pecadores como yo solo pueden desear ir al cielo, mi culo
bastardo ha logrado escabullirse de alguna manera por la puerta
y ha entrado a esta cosa llamada paraíso.
“La tierra de la esperanza y la gloria” asalta mis oídos desde los
altavoces cerca del escenario, y los estudiantes están siendo
llamados para recibir sus diplomas. Escaneo el mar de adolescentes
vistiendo togas de seda, buscando a Remington. La encuentro
sentada al lado de Christian y Benton, a pesar de que sus apellidos
deberían tenerlos completamente dispersos. Ella está apretando
la palma de Christian en la de ella y susurrando algo en su oído,
su pierna se balancea en su lugar. Adorablemente nerviosa. Algo
revolotea en mi pecho.
Christian le tengo aprecio. Está en la casa varias veces a la
semana, y no tiene ningún interés en las curvas y piernas suaves
y femeninas de mi novia. Eso lo hace tolerable, aunque sea un
poco, en mi libro. El otro niño, Herring, bueno, el jurado todavía
esta deliberando. Christian y él están saliendo abiertamente, pero
sigo pensando que el niño es un imbécil. Supongo que a Christian
le gustan los imbéciles. Literalmente.
Mikaela Stephens, sorprendentemente, no estaba muy molesta
ni sorprendida cuando se supo la verdad sobre Benton. Resulta
que la pequeña Mikaela guardaba sus propios secretos, que
salieron a la luz un par de meses después cuando una captura de
pantalla de su beso con otro estudiante comenzó a circular, una
estudiante muy femenina. Todos tienen secretos. El nuestro tuvo
un final feliz.
Remington lleva su toga azul sobre lo que sé que es un vestido
negro muy sexy. Cuando se para, me río porque está vistiendo
sus característicos Converse blancos. Siempre tan rebelde. Y no
la preferiría de otra manera.
—Remington Nicole Stringer. —Llama el director Charles a través
del micrófono. Se ve casi tan orgulloso como yo. Es difícil no
apoyar a una chica como Remington. La gente no puede evitar
sentirse atraída por ella.
Sé que mi lamentable trasero nunca tuvo una oportunidad. Echo
un vistazo a Dan, que golpea con enojo sus ojos, como si estuviera
enojado con las lágrimas que están a punto de caer. Le doy una
palmadita firme en el hombro, y eso es todo lo que puedo
ofrecerle.
Remi le da la mano a Charles y él mira hacia sus zapatos mientras
le dice algo al oído. Remi solo muestra su sonrisa de megavatio
que aparece un poco más cada día, le da un pulgar hacia arriba
y dice: —¡Trabajando en eso! —Charles niega con la cabeza, pero
no puede ocultar su sonrisa.
Dan y yo nos paramos y aplaudimos, tal vez un poco demasiado
fuerte, pero pregúntame si me importa. Remington se rompió
el culo para llegar a este punto, a pesar de toda la mierda que
la vida le arrojó, y fue aceptada en la UCLA por si fuera poco.
Ella se especializará en psicología, y no tengo que ser un genio
para entender por qué. Todavía le duele haber perdido a Ryan,
pero más que eso, quiere entender por qué, y tal vez pueda
ayudar a otros que sufren las mismas aflicciones. No podría estar
más orgulloso de esta mujer.
He estado trabajando en la firma de mi amigo Drew y hemos
decidido expandirnos. Dirigiré la oficina de Los Ángeles, y en solo
dos meses más, ambos nos mudaremos al Golden State.
Intento no pensar en lo que hubiera pasado si Gwen no hubiera
intervenido. Sé en el fondo que Remington se habría arrastrado
fuera de ese vecindario de cualquier manera. Ella no tiene un
hueso flojo en su cuerpo. Pero no nos habríamos conocido. Todavía
estaría trabajando en mi trabajo mediocre, viviendo mi vida
mediocre, interactuando solo con Shelly. En realidad, Gwen me
salvó al salvar a Remi.
Hablando de Shelly, desearía poder decir que se ha recuperado.
Ella pasa por episodios de sobriedad, pero parece que no
permanece. Incluso le ofrecí enviarla al mejor centro de
rehabilitación del estado, pero ella tiene que quererlo por sí
misma. Y desafortunadamente, ella simplemente no está allí
todavía.
Cuando termina la ceremonia, es puro caos. Todos se unen a sus
familias. Abrazos. Llantos. Risas. Celebración. Toma de fotos.
Veo a Remington, que está con Christian cerca de la entrada, y
avanzo entre las personas, dirigiéndome directamente hacia ella.
Antes de que ella siquiera me vea venir, la levanto y la giro.
—Felicidades, cariño. —Le digo, todavía sosteniéndola por la
cintura.
—Todos nos miran. —Susurra con una sonrisa en su rostro.
—Entonces demos un espectáculo, señorita Stringer.
Agarro la parte posterior de su cabeza y la beso para que todos
lo vean. Ella se abre a mí de inmediato, y sus manos se levantan
para tomar mi cara. Ignoramos los susurros, las risas, los gritos
y los silbidos. Nada de eso importa. Somos solo nosotros en este
momento.
A veces los secretos arruinan vidas. Pero a veces las salvan.
Fin